Cosas que vosotros no creeríais

BARNEY, 18/09/2022

Desde el pasado viernes, desde el preciso instante en el que se señaló el final del partido de semifinales entre España y Alemania del Eurobasket en Berlín, he leído y escuchado varias veces que si España consigue este título será una de las hazañas más impensables de nuestro deporte, o del deporte mundial en general. La verdad es que no estoy de acuerdo, pero vivimos en los tiempos de la hipérbole y la exageración periodística, no sé si como un modo de atraer la atención o por la propia ignorancia de la prensa. Lo cierto es que yo también creía que esta selección iba a tener un campeonato de transición, a caballo entre los «juniors de oro» y sus dos décadas de éxitos y los jóvenes que comienzan a despuntar en categorías inferiores, pero hablamos de un equipo de Sergio Scariolo. De una selección que ya ha dado sobradas muestras de poder competir en cualquier situación. Para mí fue más sorprendente que se hiciera con el Mundial de 2019, por ejemplo. Mundial, con Estados Unidos, Argentina, Australia y todas las potencias europeas. Sin nuestro mejor jugador de siempre, Pau Gasol. Con Víctor Claver en el quinteto titular (jamás pensé que rendiría al nivel que Scariolo fue capaz de sacar de él).

Sergio Scariolo sabe sacar petróleo de sus equipos, da igual las armas con las que cuente que él se adapta. Ya lo hizo con aquella selección de 2019 que apabulló a Argentina en la final tras haber sembrado dudas en la fase previa o haber estado a un tiro libre de la eliminación en semis frente a Australia. También logró sacar el máximo a la plantilla para eliminar a Francia en el Eurobasket disputado en suelo galo en 2015, en la que posiblemente sea la mejor actuación de Pau Gasol de toda su carrera (40 puntazos frente a Gobert y compañía). Aunque para mí Sergio Scariolo siempre estará en mi lista de entrenadores top de baloncesto por la Liga ACB del año 2000, la que se conquistó en el Palau con un equipo que, según comparaba plantillas, me parecía de peor nivel que el Barça. Fue un gran día de Sasha Djordjevic, pero también de Alberto Angulo, Lucio Angulo o jugadores muy normalitos como Struelens o Brent Scott. Ese es Scariolo. Y aquel día se vio también quién era Nacho Rodríguez, un tipo mal deportista, desagradable y maleducado, «valors» suficientes para terminar colocado como delegado de la sección de baloncesto del club azulgrana.

Pero hablábamos de las grandes sorpresas del mundo del deporte, de esas «cosas que vosotros no creeríais» si no os las contaran, pero que ocurrieron, porque el deporte es impredecible y ojalá siga siéndolo, desafiando las predicciones del Big Data como Rafa Nadal o el Real Madrid han hecho en este 2022. En el mundo del fútbol voy a destacar algunos triunfos de los que más me descolocaron en su momento:

  • El triunfo de Grecia en la Eurocopa de 2004. Vi los tres partidos de eliminatorias, saldados por 1-0 frente a Alemania, la República Checa y Portugal, y es inconcebible que los helenos pudieran llevarse aquel torneo con una defensa cerrada y acertando en la única ocasión de la que disponían por encuentro. Pero ocurrió. Hay quien critica que España ganara su único Mundial tras eliminar 1-0 a Portugal, Paraguay, Alemania y Holanda de manera consecutiva, pero España venía de ser campeona de Europa y fue mejor en todos y cada uno de los partidos. Un portero en trance, una muy buena defensa, un centro del campo en el mejor momento de sus carreras y un Villa sobresaliente. Si no hubo más goles fue por el empeño de Del Bosque en jugar con uno menos (Fernando Torres).
  • Dinamarca en la Eurocopa de 1992. Una maravilla. Una de esos sucesos extraños que ocurren muy de vez en cuando y descolocan muchos de los mitos creados alrededor del fútbol, como el de las concentraciones previas a los campeonatos. Dinamarca fue invitada para sustituir a Yugoslavia, apartada por el conflicto de los Balcanes y en apenas una semana se presentó con un equipo destinado a ser comparsa y desaparecer rápido. A la hazaña de Schmeichel, Vilfort, Brian Laudrup y compañía está dedicado el relato El bigote de Kim.
  • Algunos títulos de Champions como el del Oporto de Mourinho en 2004 o el del PSV en 1988 están entre los más sorprendentes de entre los que he visto. El PSV no ganó ni uno de sus partidos de cuartos, semifinales y final, pero logró el título. La semifinal frente al Madrid está en mi listado de las derrotas más dolorosas que recuerdo. Pero aun siendo sorprendentes, creo que pocos títulos lo fueron más que el del Steaua de Bucarest en Sevilla (1986), y quizás más viendo el desarrollo del partido, con el Barça marrando uno tras otro los cuatro penaltis de que dispuso.
  • En un partido puede pasar de todo, pero lo que no resultó ni medio normal fue el título del Leicester en la Premier League 2015-16. Las casas de apuestas pronosticaban un 5.000 a 1 por su victoria, es decir, nadie esperaba que se mantuvieran en lo más alto de la clasificación al finalizar el campeonato. Pero los jugadores de Claudio Ranieri lo hicieron. Muchos de ellos tenían ya muchas vueltas dadas en el mundo del fútbol sin destacar de manera especial (Vardy, Schmeichel Jr., que siguió a su padre en esto de los sorpresones del deporte) y otros fueron estrellas con posterioridad (Mahrez, Kanté), pero se juntaron en la mejor temporada de sus vidas, generaron la confianza necesaria y lograron un título imposible. Seguramente irrepetible en décadas.

Otros deportes como el tenis han vivido momentos fugaces de algunos deportistas, sorpresas inesperadas que los han llevado a grandes triunfos, como el de un Michael Chang de 17 años en Roland Garros. Su único Grand Slam en un cuadro en el que nadie lo conocía al inicio del torneo. Algo parecido al primer título de Mats Wilander, un sorpresón en su momento, con la diferencia de que el sueco consolidó una gran carrera con posterioridad.

Algunas de estas hazañas resultan tan inesperadas que son muy propicias para una película. La victoria de los norteamericanos sobre los «invencibles» jugadores de hockey sobre hielo de la URSS en los Juegos Olímpicos de Lake Placid (1980) dieron lugar a la película Milagro en el hielo (MIracle on ice). El partido se celebró unos meses antes del boicot de los norteamericanos a los Juegos de Moscú, luego a la tensión del partido se añadió la guerra fría latente entre ambos países. Los rusos también tienen una película sobre su particular hazaña frente a los norteamericanos: Tres segundos. Una peli que cuenta la primera derrota de los Estados Unidos en un partido en los Juegos Olímpicos, en Múnich 72, tras un controvertido final que hubo que reanudar. Por tres segundos, los suficientes para que Belov anotara la canasta que cambió buena parte de la historia de este deporte.

Aunque en un post sobre hazañas del deporte que concluye con la gran pantalla, no podía faltar Invictus. Clint Eastwood a los mandos, Morgan Freeman como Nelson Mandela, Matt Damon como el capitán Pienaar y la conjunción de un equipo en busca de un objetivo común: la victoria. Igual que en aquella película el argumento deportivo giraba sobre cómo frenar el terrible poderío rival, con el temible Jonah Lomu al frente, los de Scariolo hoy tendrán que comenzar a trabajar en defensa, como han hecho durante todo el campeonato. Defensa, defensa y defensa. Equipo, equipo y equipo. Como en 2019. Como el Madrid en el Palau. Sin estrellas. Pero con todos sumando para obtener el triunfo. Vamos a por los franceses.

Miramientos de y sobre Marías

LESTER, 14/09/2022

El pasado domingo falleció de manera inesperada el escritor madrileño Javier Marías a los setenta años de edad. Ya se ha glosado su figura de manera conveniente estos días, incluso con obituarios del estilo de los que el propio Marías aborrecía, así que no voy a extenderme mucho más sobre su figura. Más que sus novelas (algunas excelentes, otras me resultaron soporíferas) o sus relatos (me encantan incluso los que reconoce que escribió por encargo), me gustaba su manera de escribir, de razonar o de envolverte en sus pensamientos, lo que se apreciaba de manera especial en muchos de sus artículos y entrevistas. Un tipo con las ideas claras, con muchas de las cuales no coincidía, pero que explicaba con convicción y sin ánimo de que el que lo escuchara fuera a cambiar de opinión. Así pienso, así lo creo y con esa rotundidad lo expreso. Todo ello con una educación exquisita y un manejo del lenguaje impropio de la época actual. Era de esos pocos escritores que podían hablar de lo que quisieran con plena libertad, sin necesidad de rendir cuentas a nadie, sin plegarse a exigencias editoriales o a correcciones políticas que odiaba. Como su amigo Arturo Pérez-Reverte y pocos más en España. Ni que decir tiene que ambos fueron elevados a la categoría de «pollaviejas» por cierta «modernez», palabras estas, las entrecomilladas, que seguro que deleitan a Don Arturo, pero que Don Javier probablemente detestaría.

He rescatado una recopilación de retratos de escritores en lengua hispana titulada Miramientos, en la que Javier Marías se obligaba a escribir sobre una foto de los autores fotografiados con «la única condición que me impuse para la elección de los retratados fue que no entrara gente cuyo aspecto me resultara antipático o desagradable (no me tientan las invectivas, y ya nos caen demasiadas), ni de la que tuviera tan mala opinión personal o literaria que pudiera influirme a la hora de describir y comentar su rostro». «En ningún caso se habla de otra cosa que de eso, de los rostros y actitudes: ni de las vidas ni de las obras».

Con esta premisa, Valle-Inclán «hoy nos recuerda a un rabino con su sombrero blando», Borges «nunca fue joven o esa impresión nos ha quedado» y la mirada de Pablo Neruda «se ve estrábica malamente y no puede ser diáfana, pero es que además denota maquinación y resentimiento». Juan Benet, Eduardo Mendoza, Victoria Ocampo y así hasta quince escritores. Como Guillermo Cabrera Infante de joven, «un joven lo bastante respetuoso para llevar corbata en una década que no apreciaba el respeto, los sesenta, y lo bastante desenfadado para llevarla floja, con el botón alto de la camisa desabrochado». Es inevitable incumplir el requisito de partida, puesto que el conocimiento del escritor retratado por parte de Marías se advierte en la descripción de la fotografía, pero seguramente este hecho enriquece la divagación.

Con todo ello se me ha ocurrido hacer lo más osado que jamás hice en este blog: escribir mi propio Miramiento sobre una foto de Javier Marías. Concretamente utilizaré la de la fotografía empleada en La Galerna en el homenaje Mañana en el partido piensa en mí, escrito por Jesús Bengoechea, un magnífico recuerdo del autor, de su afición al fútbol y al Real Madrid, como demostró en una larga entrevista en la misma web. Allá vamos.

No he querido saber, pero he sabido que el autor fotografiado, cuando ya no era joven y no hacía mucho que había regresado a su despacho de trabajo, puso una nueva cuartilla en su máquina de escribir, releyó las notas manuscritas los días previos, sacó un nuevo cigarrillo y buscó que el fotógrafo hiciera coincidir la punta del mismo con el centro geométrico del retrato. No lo he comprobado, pero estoy seguro de que si trazara las diagonales del marco invisible de la foto, se cruzarían en el extremo del cigarro que parece aún no encendido. Sin duda esta actitud muestra no solo cierta rebeldía por parte del autor al resaltar el proscrito tabaco, como si quisiera lanzar el mensaje de que cuanto más lo prohíban, con más denuedo se dejará mostrar fumando, sino además un refinado gusto por la escenografía y la composición cinematográfica. La foto tiene algo de Kubrick sin tener nada que ver con Kubrick. Líneas rectas, paralelismos, simetrías, profundidad de campo y el personaje en el centro de la acción, incluso cuando no hay acción.

Nadie piensa nunca que pueda ir a encontrarse con la noticia de la muerte del autor cuyos textos visitaba con frecuencia y que ya no verá más su rostro en medios cuyo nombre recuerda. La frente despejada del escritor, las pronunciadas entradas, denotan una cierta edad difícil de discernir, y en su modo de peinarse hacia atrás se advierte una despreocupada coquetería, como la de quien finge no preocuparse en exceso por su aspecto, pero a la par quiere mostrar la mejor imagen posible. No me arreglo mucho porque no soy ningún galán de época, ni aspiro a nada remotamente parecido, pero por otro lado me agrada agradar, mostrar el rostro de aquel que fue, pero ya no será.

La máquina de escribir en estos tiempos modernos de los ordenadores, las tablets y los móviles abunda en la sensación de rebeldía, desprende un aroma clásico de escritor de época, del que aprendió un único modo de hacer las cosas y no quiso saber de los avances que la tecnología podía procurarle. Lo mismo sucede con los libros, tanto los situados en las estanterías del fondo de la foto como los apilados sobre la mesa. Parecen dispuestos de tal modo para una consulta rápida, breve, algunos de ellos con marcapáginas, quizás para rescatar una frase, un hecho anclado vagamente en la memoria, un artificio literario de algún autor lejano, o quién sabe si el significado preciso de una palabra en otra lengua, detalle propio del trabajo de un traductor. Los matices, la semántica inexacta, el uso correcto de las palabras para cuando llegue el momento de plasmarlas en la cuartilla. Acudir a la fuente y no a un buscador de Internet que podrá dar más respuestas y sin lugar a dudas con mayor rapidez, pero jamás con la precisión requerida por el autor.

La elección del entorno no es fortuita, pues pocas veces una decisión no es deliberada y en mayor medida lo es si de ese escenario escogido dependerán las conclusiones que los lectores extraigan. El retratado escoge lo que quiere mostrar, del mismo modo que un deportista enseñará músculo, un actor su mejor faz o un cantante una postura sensual, salvaje o pasada de vueltas en función del rol que guste desempeñar. Marías escoge el cigarrillo, la mirada tímida, la vieja máquina de escribir y el abrigo de una librería repleta de volúmenes.

La librería de una persona explica mucho sobre esa propia persona, a buen seguro más de lo que sospechamos: gustos, aficiones, la predilección por algunos autores, el orden de los libros, el modo de emparejar las obras, el cariño por ciertos ejemplares valiosos. No puedo leer los títulos de los libros, pero puedo imaginar a Shakespeare en distintas ediciones e idiomas, varios clásicos españoles de más de un siglo, pero también Alejandro Dumas, Julio Verne, Robert Louis Stevenson y mucho autor británico no muy conocido, ejemplares descubiertos en tiendas antiguas de Oxford o Londres, escritores que no pasaron a la historia universal con apellidos extraños como Galsworthy, pero que bien pudieron habitar o incluso proclamarse monarcas del imaginario reino de Redonda.

«Y siempre que muere alguien, una de las cosas que más me chocan y me resultan más incomprensibles es la desaparición repentina, abrupta, de cuanto el vivo recordaba y sabía hasta hacía unos momentos», (Javier Marías, septiembre de 2005). Cuántos proyectos inacabados, cuántos esbozos de novelas, artículos o relatos quedan olvidados, perdidos para siempre, entre las notas del despacho que aparece en el retrato. «Se nos borra sin querer demasiado, para además cancelar los vestigios y ecos de lo que una vez fue presente y tuvo significado».

Todo lo que odio de este fútbol actual

BARNEY, 04/09/2022

Hay determinadas jugadas, acciones o gestos que veo cada vez con mayor frecuencia en los partidos de fútbol, cosas que me molestan como espectador, pero que se han incorporado hasta el punto de haberse convertido en vicios que contaminan el juego, no digamos ya el espectáculo, que en ocasiones, como dicen los comentaristas, «brilla por su ausencia». Muchas de estas acciones se permiten y toleran por parte de tipos que seguramente no han jugado al fútbol en su vida, o lo han hecho poco: árbitros y periodistas. Solo así se entiende que los elementos incluidos en esta «relación de cosas que odio del fútbol moderno» proliferen cada semana. Me crié con el fútbol de finales de los setenta y principios de los ochenta, y como ya escribí en su día, «el fútbol que me gustaba se muere». Lo cual es una pena, porque los jugadores han mejorado mucho física y técnicamente con respecto a aquella época, y los campos son ahora alfombras y no patatales. Vamos con esa relación, a la que animo a los lectores a que sumen sus propuestas:

  • ¿Qué mierda es esa de pitar penalti porque tras un despeje el defensa o el portero choquen con el delantero rival? Ayer mismo se revisó durante un par de minutos un despeje del portero del Girona en el partido frente al Mallorca, ¿de verdad hay que revisar estas cosas? ¿O cuando un defensa mete un patadón siguiendo aquella máxima de «el balón en el área quema» y choca después con el delantero que llega a la carrera?

Recuerdo a esos porteros de los ochenta y noventa como Schumacher o Pfaff, que cuando salían de puños no respetaban ni a rivales ni a compañeros. Ahora se pitan penaltis inverosímiles tras los despejes de un balón, ¡nos estamos volviendo locos! Y escuchas a los periodistas y árbitros retirados opinar sobre lo bien sancionadas que están esas jugadas. No, si ahora el defensa tiene que despejar con cuidado, que una cosa es desviar o dejar un regalito al delantero rival, y otra muy distinta una acción merecedora de penalti. Pero para eso, primero hay que haber jugado un poco a esto. Antes era muy sencillo: el que llega primero al balón y a TPQlo.

  • Los empujoncitos por detrás a los defensas, que se dejan caer. En este fútbol actual en el que los defensas soban el balón mucho más que los delanteros y los centrocampistas, en ocasiones se ven presionados por el delantero rival y no pueden girarse o encontrar una salida fácil al balón, así que optan por sentir el aliento del delantero rival, en ocasiones mucho más pequeño que estos bigardos de metro noventa y se dejan caer. Como el roce suele ser ridículo y el árbitro no suele pitar de primeras, muchos han optado por otra argucia: dejarse caer sobre el balón y retenerlo bajo el cuerpo o atraparlo con las manos. Ahí sí obligan al árbitro a mojarse y este, entre la amarilla al defensa o pitar falta, optan por lo sencillo: jugada nueva, ventaja para el defensor. Lo hacen casi todos, pero para que no se me acuse de partidista, voy a escoger un ejemplo «de los míos»: Sergio Ramos era un experto en esto de dejarse caer, lo cual me desesperaba, joder, con lo cuadrado que estás y «te ha tirado» Messi. O Correa, o Gabriel Jesús, amos, no jodas, Sergio. En los ochenta, un buen defensa no andaba con gilipolleces, y antes de verse en esas, sacaba el balón del estadio de un patadón.
  • Los empujones reales por detrás que no se señalan. Igual que se ha extendido ese empujoncito como algo permitido, los mismos defensas saben que cuentan con otro arma a su favor, que es meter un empujón al delantero que está armando la pierna para el chut o el centro. No puede ser con mucha fuerza, ni con el brazo muy extendido, pero el noventa y mucho por ciento de las veces los árbitros hacen el gesto de «carga legal», y no lo es, cojones. Una carga legal es hombro contra hombro. Rüdiger contra Piatti, bum, y lo mandas al córner, pero un empujón por detrás con el antebrazo sobre el omoplato del delantero debería ser siempre penalti y no se pita casi nunca. Una jugada en la que se especializó Mascherano, el segundo jugador con más penaltis realizados y no señalados que recuerdo (el primero es Piqué).
  • Las pausas de hidratación. ¿Pausas para qué??? ¿Otra interrupción más del juego, con lo que os cuesta a veces poneros en marcha? En estas cuatro primeras jornadas de Liga ha habido pausas de hidratación a los treinta minutos de cada parte, desquiciantes para el espectador. Podría entenderlo para el Mundial de la infamia de Catar si se jugara por encima de los 35 grados, pero ¿en lo que llevamos hasta ahora de Liga? Todavía recuerdo aquel pedazo de Mundial de México en 1986, con partidos a las cuatro de la tarde locales, con temperaturas y humedad asfixiantes, y tíos como Maradona ofreciéndonos los mejores ratos de fútbol que hayan presenciado nuestros ojos.
  • Las pérdidas de tiempo. Están relacionadas con lo anterior, con el dinamismo del juego y el espectáculo para el espectador. Ya incluí jugar con el tiempo parado o cronometrado en mis Propuestas para cambiar el Reglamento del fútbol. porque estoy hasta los mismísimos de ver a esos equipos que tardan dos minutos en poner el balón en juego. El Atleti casi gana una Champions jugando a que no se jugara durante toda la segunda parte de Lisboa 2014. Es desesperante y no es una cuestión del Reglamento, con el actual se puede evitar o minimizar. Que alguien revise los partidos del Osasuna, Granada o Elche el año pasado en el Bernabéu, indignante es poco. El Madrid supo aprovechar esa laxitud de los árbitros en sus prórrogas frente al Chelsea y City en la última y memorable Champions. ¿Cuánto se jugó en aquellas segundas partes de la prórroga, alguien tiene el dato? Como madridista celebré cada saque de puerta o cada falta a favor porque sabía que ahí nos íbamos a comer buena parte del escaso tiempo restante, pero como espectador es un timo. Incluso, se hace otra «trampa» en toda regla en este fútbol moderno: los recogepelotas. Cuando el local tiene urgencias, aparece un nuevo balón al segundo de haber salido el anterior. Cuando el local tiene necesita administrar la ventaja, hay que recurrir al viejo sistema de pedir el balón a la grada. ¡Qué grandes momentos aquellos para el público, qué desesperación para los rivales!
  • Sobre los entrenadores y el fútbol de la posesión infernal. Un entrenador de los ochenta no podría hacerlo hoy en día porque moriría en cada partido de un infarto: ¿se puede saber qué hace el portero dando toquecitos con dos defensas en su área pequeña para sacar de puerta? El Madrid cayó con el City en 2020 por esos fallos en la salida de balón (Varane). El Barça perdió 19 balones en su propio área el día que el Bayern les encalomó ocho chicharros, ¿de verdad que Setién seguía diciendo que había que sacar el balón de ese modo? ¿Y eso de los córners hacia atrás, cuando tienes a tus centrales metidos en el área? Recuerdo haber visto al City sacar lo que toda la vida se ha llamado un «gilicórner» desde la derecha, pasar el balón a un centrocampista más atrasado, y este al al lateral, y a su vez el lateral hacia su portero para volver a comenzar el ataque por el lado izquierdo. ¿Esto qué es? Llévate el balón a tu casa porque has metido tres goles, no porque lo has desgastado con mil pases horizontales o hacia atrás, como España en el Mundial de Rusia 2018. Qué distinta sería la historia si Modric hubiera jugado este córner hacia Isco, que le pedía el balón, ¿no?
  • El VAR. Lo han conseguido, aborrezco esta herramienta que debería haber servido para mejorar la limpieza del fútbol. Han conseguido que ya no celebre los goles, como el de ayer de Vinícius o el de Karim la semana pasada, porque me toca esperar un par de minutos para que confirmen que todo era correcto, lo cual, visto cómo se tiran las rayas en nuestra Liga, no me hace esperar nunca nada bueno. Pero no es solo eso, es el criterio cambiante de las manos, que ya no se sabe cuándo sí o cuándo no, lo que comentaba sobre los despejes y los choques posteriores, la aleatoriedad de las decisiones (PreVARicar, directamente), o cómo se analizan las jugadas y aun con veinte cámaras se toman decisiones erróneas, como el gol anulado a Benzema en la final de la pasada Champions. Una sinvergonzonería que me hace añorar los ochenta y los clásicos «árbitro comprao, pito regalao» o sencillamente «¡árbitro, joputa!!!». La inmundicia actual con ayuda de la tecnología nos lleva a algunos a pensar directamente en conspiraciones.

Y por supuesto, con la maldita prensa como colaboradora.

V de Vendetta (I): la novela gráfica

TRAVIS, 28/08/2022

Verdaderos valientes vislumbrarán la versión de TraVis que versa sobre las venturas vividas por V, el villano para varios, visionario para otros, en la vasta V de Vendetta, vigorosa y nada virtuosa obra en tres volúmenes de Alan Moore. El que para algunos expertos en el mundo del cómic es el mejor creador de historias para novelas gráficas de todos los tiempos ideó una trama retorcida, antisistema y con tintes proanarquistas que fascina a sus lectores desde hace casi cuatro décadas.

Con permiso de esa obra maestra que es Watchmen, V de Vendetta es quizás su obra más reconocida internacionalmente, no solo por las adaptaciones cinematográficas de Zach Snyder (Watchmen: la película) y James McTeague, de la que hablaremos en la segunda parte de este post, sino por la popularidad que ha adquirido la máscara de Guy Fawkes en los últimos tiempos, en protestas multitudinarias o manifestaciones del tipo Rodea el Congreso, Occupy Wall Street o similares.

«Remember, remember, the Fifth of November», Guy Fawkes y la Conspiración de la Pólvora. El intento de voladura del Parlamento inglés en 1605 es el símbolo empleado para mostrar la lucha contra un poder opresor, que es lo que se muestra desde las primeras viñetas de la novela de Moore. En esta ocasión, el dibujante fue el inglés David Lloyd, cuya obra más conocida hasta la fecha era Night Raven. La historia fue encargada por la revista inglesa Warrior, una sucursal para el Reino Unido de Marvel. Todos los capítulos comienzan con la letra V (Valores, La Voz, La Violencia, El Veneno, Valerie, Los Vestigios, Valhalla…) y el primero de ellos, El Villano, nos muestra una Inglaterra bajo toque de queda y una estricta vigilancia del gobierno. La acción se sitúa en 1997 tras una guerra nuclear en la que el Reino Unido no participó. Los desórdenes en las calles provocaron la llegada al poder de un grupo fascista, Fuego Nórdico, que me suena como algunos de los grupos que conocemos: Amanecer Dorado (Grecia), La Liga Norte (Italia) o Agrupación Nacional (Francia).

La atmósfera opresiva y sometida a un ente controlador recuerda de manera no disimulada al 1984 de George Orwell. El poder está organizado con partes del cuerpo humano: los Dedos (la policía), el Oído (el espionaje), la Voz (la propaganda del régimen), los Ojos (los vigilantes), la Nariz (los investigadores),… Cámaras en las calles, una versión oficial única, eslóganes que se repiten o aparecen en anuncios en las calles, el Líder Supremo que quiere «que la población recuerde por qué nos necesita», la supresión de la cultura como la conocemos…

La novela se publicó en su primera parte entre 1982 y 1985, concretamente hasta el capítulo 10 del segundo libro, El Veredicto. Sin embargo, tras el cierre de la revista Warrior, pasó varios años inacabada, sin que se supiera el final de las andanzas de los personajes, hasta que fue DC Comics quien encargó su conclusión en 1988. Consta de tres libros y sorprende que pasara todo este tiempo durante el cual permaneció con la misma fuerza, o que incluso aumentara la crudeza de la misma respecto a cuando fue inicialmente pergeñada. Alan Moore tenía menos de treinta años cuando la concibió y estaba aterrado ante la posibilidad de que Margaret Thatcher se perpetuara en el gobierno.

Años después su discurso no había cambiado, como se aprecia en la Introducción que escribió con motivo de la publicación completa de la obra entre 1988 y 1989.

«Ya es 1988. Margaret Thatcher ha estrenado su tercera legislatura y afirma con rotundidad que los conservadores conservarán el liderazgo hasta el próximo siglo. Mi hija menor tiene siete años y la prensa sensacionalista dice que hay campos de concentración para personas con sida. Los nuevos antidisturbios llevan visores negros, igual que sus caballos, y en el techo de las furgonetas han instalado cámaras de vídeo rotatorias. El gobierno ha expresado su deseo de erradicar la homosexualidad aunque sea como concepto abstracto, y uno no puede más que especular sobre qué minoría será la próxima contra la que se legislará. Me he planteado llevarme a mi familia fuera del país dentro de poco».

Esta es una de mis viñetas favoritas, en la que «el gobierno de Su Majestad» se complace en devolver a los ciudadanos «el derecho a la privacidad». Si Orwell y Moore hubieran sabido entonces de la Patriot Act norteamericana o de tantos programas de ciberespionaje como los que existen en la actualidad, pensarían que se quedaban cortos.

La obra fue concebida e ilustrada inicialmente en blanco y negro, y así se publicó en sus primeras ediciones hasta que quedara suspendida. Fue DC Comics quien pidió que se le añadieran esas paletas de color en la conclusión y reediciones posteriores de la obra, y lo encargó a Steve Whitake y Siobhan Dodds. Por esa razón hay tanto negro en el libro, tanta escena con abuso de las sombras y unos colores poco variados, nada que ver con Watchmen, por ejemplo.

Otra elección de los autores fue que no hubiera onomatopeyas, tan habituales del lenguaje de los cómics, ni bocadillos de pensamiento, lo que hace que toda la acción sea «pronunciada» o «dictada» por algunos de los personajes. Las referencias de la novela son numerosas, van mucho más allá de 1984. Las escaleras de las viñetas que preceden a este párrafo recuerdan los grabados de Escher. Hay diálogos extraídos de Shakespeare o Pynchon, música de los Rolling Stones, Beethoven y David Bowie, películas de James Cagney, escenas que recuerdan a Batman… El autor mencionó en entrevistas a Dick Turpin, Robin Hood y obras que desconozco como ¡Arrepiéntete, Arlequín! o el cuadro Europa después de la lluvia, pintado por Max Ernst poco después de que Hitler alcanzara el poder en Alemania.

En ese Londres distópico y antipático, los libros han sido prohibidos, como las películas, la música o la pintura, lo que convierte a V en una especie de guardián del Arte, de los movimientos culturales creados por el ser humano.

Pensar o razonar es peligroso para el gobernante, mejor acabar con todo ello: Fahrenheit 451. O Goebbels y el nazismo, que se manifiesta también en los campos de concentración o reeducación, con experimentos genéticos y mutaciones hormonales en los prisioneros. Esta parte acerca de un gobierno fascista y manipulador que experimenta de modo salvaje sobre la reeducación de los detenidos puede recordar vagamente a La naranja mecánica de Anthony Burgess. Un gobierno que surge como respuesta al desorden imperante en las calles o que contrata a redomados hijos de puta para mantener el control.

La doctora Delia Surridge, partícipe activa de la reeducación de los presos, que incluye terapias para homosexuales y todo, tiene (para mí al menos) uno de los mejores momentos de toda la obra: ¿puede un asesinato a sangre fría resultar poético? Pues sí, o así lo parece, tanto en el cómic como en la posterior película. V se venga también de la doctora, pero lo hace sin sufrimiento y para ello se vale de una de las rosas que había aprendido a cultivar en el campo. Una variedad que, como todo lo bello, había desaparecido.

La doctora es la única persona que ve la cara de V en toda la novela. Lo conoce, sabe quién es y las aberraciones que cometieron con aquel prisionero de la celda «cinco». O «V». Hay mucho más que una venganza en la motivación del protagonista de la obra. Aunque para algunos estudiosos de la obra sea importante averiguar su identidad, y se han organizado debates sobre si hay pistas en la novela (que si es el padre de Evey, que si es la rea de la celda IV, que si es alguno de los dirigentes en el poder), lo cierto es que carece de relevancia, al menos para mí. A V lo mueve un sentido muy particular de la justicia, una vieja compañera que considera que fue vejada y a la que hay que restablecer. A su manera, claro está, lo cual sitúa al propio V en un escalón diferente del fascismo.

En la segunda parte hablaré de la película producida por las hermanas Wachovski cuando eran hermanos, de las diferencias notables con la novela y de los aciertos o cobardías a la hora de adaptar el cómic de Moore y Lloyd. Hasta entonces, os dejo con otro de mis momentos favoritos, del que ya hablé en Cadena perpetua por lo que me recuerda al mismo: la liberación de Evey bajo la lluvia.

Porque solo cuando lo has perdido todo, eres libre.

Continuará: V de Vendetta (II): la película.

La semana que viene quizás

LESTER, 22/08/2022

– Hola, Miguel.

– Hola.

– ¿Qué tal ha ido la semana?

Debido a su timidez, Miguel no se mostraba muy hablador hasta que su madre se marchaba.

– Vengo en tres horas, cuando termines -le dijo su madre mientras le plantaba un beso en la frente.

– Termino en dos y media, Mamá, pero ven cuando puedas.

– Pero es que no me dejan salir antes, es cuando tengo permiso, vendré en cuanto pueda.

La madre llevaba uniforme de trabajo. Dejó al niño sentado junto a la anciana que le había saludado al entrar, dijo adiós con la mano y se marchó de forma apresurada.

– Me he terminado el último libro que me dejó -indicó Miguel una vez que se cerró la puerta de la sala.

– ¿Qué te ha parecido?

– Me ha gustado mucho, me lo acabé en tres días. Me gustó todo, menos el final. No creo que el capitán Nemo merezca morir después de todo.

– ¿Y cómo sabes que ha muerto? El libro no lo cuenta.

Miguel miró a «la señora de la butaca de al lado» y como cada semana, le pareció que el gris de su mirada se azulaba por momentos, de manera especial cuando hablaban de algún libro, como si un brillo iluminara unos iris cansados y los hiciera recuperar algo de vida.

– Ya, pero se intuye, el Nautilus desaparece en el remolino y se supone que el mar se lo traga con toda la tripulación.

– Pues por eso mismo te he traído esta semana La isla misteriosa. No quiero contarte nada, pero si te ha gustado el capitán Nemo, te gustará saber lo que ocurrió con él y con todos sus compañeros del Nautilus.

Estas conversaciones comenzaron unos dos meses antes, cuando Miguel visitó por primera vez aquella sala gris en la que la mujer y otra serie de «gente mayor» aguantaba unas horas de espera con paciencia. Mejor dicho, con resignación. Miguel quería utilizar el móvil de su madre para pasar el rato, pero la madre lo necesitaba durante la jornada. Protestó porque su madre tampoco le dejó llevar la Play, porque «puedes molestar a las demás personas de la sala».

– Venga, que no será mucho tiempo, se te pasará volando.

En ese momento preciso fue cuando la señora de pelo cano se ofreció a ayudar al chaval, que no tendría más de once años.

– Ten, te puedo dejar este libro. El protagonista se llama como tú.

Miguel miró el libro con extrañeza, «un libro con mi nombre en la portada», luego con escepticismo, pero finalmente accedió a ojearlo porque vio que entre las letras, cada seis u ocho páginas, había como un cómic, unas viñetas que contaban la historia. Le impresionaron unas escenas de peleas a caballo, otras con un sable sobre los ojos del protagonista y se quedó intrigado por saber qué ocurría con los tipos que cruzaban un río en una balsa. Y además, «qué otra cosa podía hacer para matar el tiempo».

– Puedes quedártelo hasta que lo leas y me lo devuelves la próxima vez que coincidamos -la sonrisa de la mujer arrugaba aún más su rostro, pero la hacía más venerable, más cercana-. Era de mi hijo y se lo iba a llevar a mi nieto esta tarde, pero no te preocupes, que le llevo otro. Le encantan y siempre llevo alguno encima.

Una semana después, Miguel confesó haber leído el libro del tirón, al principio solo las viñetas, pero como quería entender la historia, acabó leyéndolo entero. Le contó que su propia madre se sorprendió al verle devorar un libro, algo que llevaba años sin hacer.

– Decía Umberto Eco -dijo la señora-, que el libro pertenece a la misma categoría que el martillo, la rueda o las tijeras: una vez inventado, no se puede mejorar.

Así fue como comenzaron estas conversaciones entre dos personas que apenas se conocían, que no coincidían en casi nada, una mujer que superaba de largo los ochenta años y un preadolescente en un lugar en el que ninguno de los dos quería estar.

– Hay que ser muy fuerte para aguantar como lo hizo Miguel Strogoff, para no contar la verdad ni siquiera a Nadia.

Miguel quedó fascinado por la historia del correo del zar, pero sobre todo por los viajes que Julio Verne planteaba en sus libros, así que en las siguientes semanas, la mujer le dejó Viaje al centro de la Tierra, Cinco semanas en globo, De la Tierra a la Luna, La vuelta al mundo en ochenta días

– ¿Sabe?, llevo varias semanas hablando con usted y todavía no sé su nombre.

– Es cierto, pero como pasaba con Miguel Strogoff, a veces no es necesario contarlo todo. Es más, no voy a decírtelo, sino a plantearte una adivinanza. Es el mismo nombre de una mujer decidida que aparece en una de estas novelas. Te doy una pista: valiente, tenaz, de las que no tiemblan ante las dificultades y persigue su empeño sin rendirse.

Una semana después, Miguel volvió con la respuesta:

– Se llama María, como la hija del capitán Grant.

– Pues si así te parece, a partir de ahora seré María.

Miguel le devolvió el ejemplar con 20 000 leguas de viaje submarino y se quedó contemplando la portada de La isla misteriosa. La conversación sobre Nemo le había dejado con ganas de iniciar la lectura y al igual que las semanas anteriores, el tiempo en la sala se le hacía hasta corto.

– No entiendo el odio del capitán Nemo hacia el mundo, por mucho sufrimiento que le hubieran hecho pasar. Pero aun así, no creo que mereciera morir.

– ¿Y por qué crees que se comporta con esa crueldad con los que no pertenecen a su tripulación, a su reducido mundo?

Miguel se quedó pensativo, dudaba acerca de la respuesta.

– No lo sé, no sé si actúa así por venganza o porque cree que el mundo es injusto.

– Es que no lo es -le dijo María-, y no todo el mundo se comporta de ese modo. El mundo no es justo, claro que no, mira tu situación y dime si es justo que alguien de tu edad tenga que pasar por esto.

El azul de la mirada de la mujer había vuelto a un gris más tristón, como el que solía mostrar justo hasta el momento en el que Miguel entraba cada jueves en la sala. Pero aquel jueves parecía diferente. Entró una enfermera, se acercó a Miguel, miró su reloj, anotó varios datos en el cuaderno y le retiró la vía que tenía puesta en el brazo. Poco después apareció su madre por la puerta.

– Venga, Miguel, nos vamos.

Miguel estaba serio, pensativo. Cogió el libro y se giró para despedirse de María:

– Muchas gracias, y hasta la semana que viene, María, ¡nos vemos!

– Hasta la semana que viene, Miguel. Quizás.

Hace ocho años

Cuanto mayor eres parece que los años pasan más rápido, veloces, sin apenas tiempo para saborearlos, para disfrutarlos, para observar, tomar perspectiva. De repente adviertes que ya estás de nuevo en verano, inicio del curso, navidades, fin de año, cumpleaños… ¿y ya ha pasado otro año?

Hoy se cumplen ocho años desde que arrancó este blog de los «Cuatro amiguetes y unas jarras», ocho años desde aquella Declaración de intenciones en la que se explicaba de qué iba a hablar cada uno de los cuatro. El 99 por ciento de los blogs muere en su primer año de vida, luego llegar a ocho años es una señal de buena salud, de que ha captado el interés de un buen número de lectores, un «me llena de orgullo y satisfacción», que decía el emérito. Por cierto, aunque pueda parecer que los ocho años pasan muy rápido, tanto que nos falta aún perspectiva histórica para valorar ciertos asuntos, nada más lejos de la realidad. Por ejemplo, cuando nació este blog, el mismo Juan Carlos I acababa de abdicar en favor de su hijo Felipe VI, quien comenzó su reinado (según Barney) con un discurso repleto de referencias futboleras. Juan Carlos I, Mariano Rajoy en la presidencia de gobierno, Angela Merkel en Alemania y Barack Obama en Estados Unidos. Y el Madrid campeón de Europa, porque hay cosas que tampoco cambian demasiado, y está bien que sea así.

Una visita a las hemerotecas del 15 de agosto de 2014 nos puede ayudar para hablar del paso del tiempo en estos ocho años, o para ver lo que siempre permanece ahí, inalterable.

Josean: Vaya, el titular principal podría haber sido escrito la semana pasada. La zona euro en problemas, atascada, con una economía alemana que no carbura, y ya sabemos que si la locomotora sufre, el resto de los 28 lo pasa peor. Cambiamos «Rajoy» por Pedro Sánchez y también seguimos hablando de reformas estructurales que no terminan de concretarse, salvo por la vía del incremento de impuestos. La columna de la derecha hace referencia a un escándalo de corrupción, uno de los temas de los que más se ha hablado en este blog, sin importar el partido del que procediera. La parte inferior de la portada también podría ser, con ciertos matices, de hace apenas unos días:

El interminable procés catalán, en su día con Artur Mas, los centros de acogida de inmigrantes colapsados por las pateras y un nuevo caso de abuso policial en Estados Unidos, con el único cambio de que el presidente en aquel agosto de 2014 era Barack Obama. En el blog vivimos la época pre-POTUS Trump y ya llevamos casi dos años de la posterior. Y «La deuda pública supera ya el billón de euros». Los peligros del endeudamiento excesivo, la recuperación que nunca llega, las medidas equivocadas, el gasto público excesivo o despilfarrado en chorradas, de todo eso se ha hablado en el blog mientras la deuda pública seguía disparándose. Ocho años.

«El mundo está cansado de tanta guerra», decía el Papa Francisco entonces. Y nos parecía que lo de este año con Ucrania, Taiwán, o los conflictos ya medio olvidados en Siria, Somalia o Yemen eran lo excepcional. Nunca hemos dejado de estar en guerra, y nunca hemos dejado de estar cansados de la misma.

Lester: la portada de El Mundo de aquel día hablaba del Canal de Panamá, de los cien años transcurridos desde el arranque a principios del siglo XX. Este blog tuvo la inmensa fortuna de contar en detalle la ampliación del Canal en junio de 2016, con un amplio reportaje desde allí mismo que (si se me perdona la molestia) ya quisiera el propio diario madrileño.

La otra noticia de portada es la del brote de Ébola, aquel virus que venía de África y nos tenía acojonados, ¿quién no recuerda a la enfermera Teresa Romero y el sacrificio de su perro Excalibur? Para mí, lo peor fue comprobar ya entonces cómo se utiliza cualquier suceso para politizar, enmierdar y asustar al personal. Un juego de niños al lado de lo que ocurrió después con la Covid-19, el p… virus al que también hubo que dedicarle mucho tiempo en el blog (Aplauso a una generación de héroes, Casi feliz en casa, Volverán las malditas mascarillas, Las cicatrices del coronavirus, entre muchos otros).

Ver a Michael J. Fox en portada y hablar del paso del tiempo parece inevitable. Nadie como su personaje Marty McFly para mirar hacia atrás y regresar al pasado, o al futuro, o conmemorar que este blog llegaba a la fecha mítica del 21 de octubre de 2015, que como todos los frikis sabemos, es la fecha «futurista» que Robert Zemeckis imaginó durante el rodaje de 1985.

Barney: en cuanto a la parte del deporte, me hace gracia ver en todas las portadas a Luis Suárez, quizás el tipo más sucio que haya visto sobre un terreno de juego. Marrullero, agresivo, faltón, mordedor… en agosto de 2014 era noticia porque llegaba al Barça con una sanción de varios meses tras el bocado que le pegó a Chiellini en el Mundial de Brasil. Pues nada, en el Barcelona encontró ese paraíso de impunidad que tanto he denunciado en el blog. Ocho años sin una sola expulsión (salvo una por doble amarilla en Copa), con un historial de agresiones e insultos brutal, más en su época culé que en la del Atleti. Ocho años después se ha ido de rositas de la Liga española, un caso digno de estudio que no analizará el autoproclamado mejor periodismo deportivo del mundo.

Prefiero irme a las portadas de la prensa deportiva, que entonces nos hablaban de:

Pues sí, razones para soñar. Este blog ha podido disfrutar de las Champions del Madrid en Milán, Cardiff, Kiev y París. Y varias Ligas. Han sido buenos años para los madridistas, qué duda cabe. Hemos vivido las despedidas de Cristiano Ronaldo y de Gareth Bale. E innumerables triunfos de Rafa Nadal, otra constante en estos ocho años. Pero también ha habido muchos huecos para el baloncesto, Pau Gasol, Pablo Laso, el atletismo y los Juegos Olímpicos de Río en 2016 y de Tokio en 2021.

Travis: se me ha ocurrido mirar la taquilla de aquel agosto de 2014 y lo cierto es que fue un poco para echarse a llorar:

Que no digo que Los guardianes de la galaxia no sean entretenidos, pero es que la colección de «éxitos» cinematográficos de la época no ha pasado a la historia precisamente. No en vano, compruebo que aquel fue:

Y no me extraña, si lo ilustran con una foto de los soporíferos Transformers. ¿De verdad que este es el cine que nos vendrá en próximos años?, me preguntaba. Porque hasta para hacer cine de explosiones y acción hay que tener clase, como en mi debut en el blog: Armageddon y Gravity. Peliculones, sin duda. Obras maestras al lado del top-ten de aquel agosto lejano.

Si me voy al año 2014 completo, fue un gran año para el cine español (al que se ha defendido en este blog, por cierto), con tres películas entre las diez más taquilleras. La estupenda Ocho apellidos vascos, la entretenida El Niño y la última de Torrente. De este listado, la que más se recuerda sin duda es El Lobo de Wall Street, del maestro Scorsese, que ha aparecido varias veces en estos ocho años (Taxi driver, El irlandés, New York).

En fin, que este blog seguirá un año más. Sí, lo siento, somos así de brasas: van 545 post, más un centenar en otros medios, dos libros (Relatos de un tiempo fugaz y Aguafiestas), un tercero que llegará en septiembre y muchas, muchas lecturas. Será un placer seguir contando con vosotros.

Un abrazo.

Malos tiempos para LaLiga

BARNEY, 12/08/2022

Esta noche comienza el campeonato de Liga 2022-23 y no resulta especialmente atractivo, o al menos eso me parece a mí. No sé si es por el calor del verano, la pereza que me produce ver de nuevo a Tebas o por saber que se va a parar todo en noviembre para jugar el Mundial de la infamia en Catar, pero el caso es que este campeonato no me motiva de manera especial. Quizás sea porque no veo el nivel de equipos y plantillas que en años precedentes. O quizás sea porque el producto no se ha vendido bien.

Como todo aficionado sabe, el campeón de la última Liga fue el Real Madrid, que ganó con cuatro jornadas de antelación, ni más, ni menos. No fue un Madrid tan espectacular como el de la Liga de los récords de Mourinho (2011-12), con tan buen juego como el de la Quinta del Buitre, ni se ganó con la épica de la Liga de la cofradía del clavo ardiendo (Fabio Capello, 2006-07), pero fue un equipo muy sólido, bien armado en defensa y que contó con el año espectacular de Benzema y Vinícius en punta.

Los de Ancelotti, tan criticado durante meses como cualquier entrenador que pise el banquillo blanco, vencieron con una solvencia apabullante, con el único momento de duda en toda la temporada de la derrota en casa por 0-4 con el Barça. El Real Madrid fue el campeón de Europa en la final de Saint Denis en mayo, tras superar al PSG, Chelsea, Manchester City y Liverpool, luego no hay nada que objetar ante el que fuera el mejor conjunto de Europa. Dejando a un lado las situaciones irracionales que vivimos en las eliminatorias de Champions, los títulos son los que deciden, y si bien el juego o la plantilla no hacían prever este éxito, la temporada fue irreprochable (Supercopa, Liga y Champions): el mejor equipo, el mejor jugador (Karim), el mejor portero (Courtois) y el mejor jugador joven (Vinícius). Y las cuentas más saneadas.

Habrá quien diga que no hubo rival en la competición doméstica, pero son los mismos que en los primeros meses de competición proclamaron que el Atleti tenía de largo la mejor plantilla de España. O los mismos que alabaron el juego de los de Xavi Hernández sin considerar cómo se los aupó por parte del colectivo arbitral para que entraran en Champions y plantearan algo de batalla. Cuando uno escucha los audios entre Gerard Piqué y el presidente de la Federación, Luis Rubiales, en el que desvelan que el acuerdo con los árabes maneja unas cantidades muy diferentes si no están Madrid y Barça en la Supercopa, le entran ciertos pensamientos sobre la falta de higiene en la competición. Pensamientos que llevo soltando en este blog casi desde sus orígenes (Reglamento de la Federación Culé, El Villarato morirá matando, PreVARicar). Las primeras jornadas con Xavi Hernández en el banquillo fueron un escándalo tras otro (el 1-0 al Espanyol, las manos de Piqué en Villarreal, de Busquets en Pamplona, la diferencia de criterio con las manos en Elche…) y preveo que este año va a ocurrir exactamente lo mismo durante el inicio del campeonato. Resulta todo tan obsceno que se me hace inevitable recordar el arranque de la temporada 2017-18: el Madrid venía de ganar la Liga y la Champions, había derrotado con comodidad al Barça en la Supercopa por 1-5 (contra un De Burgos Bengoetxea de vergüenza) y en menos de dos meses estaba a diez puntos de los culés en Liga.

Hoy empieza LaLiga y varios equipos de Primera están teniendo dificultades financieras para inscribir a los jugadores. Equipos tradicionalmente de la parte alta se ven obligados a vender a sus mejores jugadores para poder superar el control económico del estamento. El Valencia ha tenido que vender a Gonçalo Guedes al Wolverhampton por 30 millones, cuando lo fichó hace cinco años por 40. Estuvo a punto de regalar a Carlos Soler para cuadrar el presupuesto y no tengo la certeza de que no vaya a hacerlo en algún momento. El Sevilla ha traspasado a Diego Carlos por unos 33 millones al Aston Villa para poder equilibrar sus números, pero como seguía sin ser suficiente, ha vendido a Koundé al Barça por 50+5 millones, cuando hace un año pedía 80 por el mismo jugador (cifra que mantiene si el que pregunta es el Real Madrid).

El Betis no ha podido inscribir aún a Claudio Bravo, Willian José, Luiz Felipe, Luis Henrique Guardado, Joaquín y Dani Martín, y tendrá que vender algún jugador de la plantilla para aligerar su masa salarial, mejorar sus cifras y contar con los jugadores.

El Atleti ha querido deshacerse de varios jugadores con ficha alta en el mercado (Morata, Saúl, Lemar, salió Suárez), pero no ha podido porque los competidores tampoco andan demasiado sobrados. Que esa es otra cuestión para analizar la situación del mundo del fútbol en España: qué cantidad de jugadores arriesgaron la temporada pasada al no renovar con sus equipos, esperando una suculenta prima de fichaje al llegar gratis a otros clubes, y ahora están sin equipo o aceptando rebajas considerables sobre sus anteriores emolumentos. Como Dembélé en el Barça, por ejemplo, que aguantó insultos, ultimátums, mobbing y al final ha tenido que aceptar la rebaja del cuarenta por ciento. Como Isco, sin equipo hasta hace dos días. La ficha del Sevilla, según dicen, es de un millón de euros por temporada, cuando en el Madrid ganaba seis o siete veces más (que tampoco está mal para un exfutbolista). Marcelo, Cavani, Mertens, Juan Mata, Tello, Nolito, Januzaj, Cheryshev… jugadores importantes en su momento, algunos veteranos ya, pero otros en una edad que los convierte en valores todavía muy aprovechables.

Sorprenden las dificultades económicas de los clubes cuando hace un año el presidente de LaLiga, el ínclito Javier Tebas, se presentó como el salvador de los clubes con un acuerdo con el fondo CVC bajo el brazo. Un acuerdo al que se adhirieron todos menos el Real Madrid, el Barça y el Athletic de Bilbao. Qué mal se ha vendido un producto como LaLiga, desde luego. Y habrá quien diga que no se puede competir contra la pujanza de la Premier, pero no estoy nada de acuerdo. Durante un lustro completo, los campeones de los torneos europeos fueron los siguientes:

Qué mal se vendió este producto durante años. Para los que hablan con cierta inferioridad de LaLiga española, habría que recordarles que el Villarreal alcanzó este año las semifinales de la Champions tras eliminar al Bayern de Múnich (diez Bundesligas consecutivas) y a la Juventus (gran dominador del Scudetto en la última década). En los últimos tiempos, el Sevilla ha ganado cinco veces la Europa League, el Atleti otras tres y el Villarreal la de 2020-21, con otros equipos finalistas como el Athletic de Bilbao (2012) o el Espanyol (2007). El Madrid domina la Champions de largo con cinco títulos en las últimas nueve temporadas, más la del Barça en 2015, más las finales del Atleti, ¿de verdad LaLiga no resulta atractiva como para atraer más espectadores? Pues sí. Me pasa a mí mismo. Cada año que pasa me repugna más esta competición.

Cada vez que habla su presidente es para atacar al equipo con mayor número de seguidores, al que más interés atrae por la competición, el Real Madrid. Actuaciones suyas en campeonatos como el de la pandemia (un calendario adulterado), o contra los clubes de la Superliga, mintiendo de manera descarada, o en épocas de crisis económica como la actual, haciendo la vista gorda con las cuentas del Barça mientras se desciende o se echa de las competiciones europeas a otros clubes con menor peso, o se deniega lo que a otros se permite, me hace rechazar lo que venga del campeonato nacional. Pese a lo cual sigo viéndolo siempre que puedo y sin pagar el dineral que cuestan las plataformas (repletas de antimadridistas, por cierto). Masoquismo, lo reconozco.

Otros estamentos como el arbitral tampoco invitan al optimismo. LaLiga 2020-21, la que concluyó con el título del Atlético de Madrid, es la más vergonzosa que recuerdo en años, lo cual es difícil cuando tienes algunas como la de los 19 penaltis a favor del Barça. Mientras la Premier ha planteado que se puedan escuchar los audios entre los árbitros de VAR y los de campo, el presidente del Comité Nacional de Árbitros, Medina «Cantadelejos», ha añadido más «zonas grises» de interpretación, menos claridad, mayor subjetividad a unas normas cuyos cambios de criterio ya sufríamos cada semana.

Todo ello en un campeonato en el que las líneas del VAR se trazan con un despelote rayano con la tomadura de pelo (Las rayas del VAR).

La Federación Española de Fútbol mantiene a Luis Rubiales, un presidente con varias investigaciones abiertas, un tipo siniestro que hace negocios con Gerard Piqué sin que los periodistas deportivos lo encuentren como problemático, o como un conflicto de intereses. Exactamente igual que ocurre con Javier Tebas, que patrocina algunos de los proyectos de la empresa del mismo Piqué. Y por detrás de todo ello, los tentáculos de Jaume Roures: proveedor de imágenes, gestor de los derechos de televisión, avalista de Laporta y desde esta mañana, «financiador» del Barça para que pueda inscribir a sus fichajes.

Una empresa con 3 millones de euros de capital que afirma que pone 100 millones de euros para comprar el 24,5% de Barça Studios, una empresa que facturó 30 millones en 2021 (al 100%, ojo). Que la podrida Liga de Tebas acepte este contrato es clave para que el Barça pueda inscribir a Lewandowski, Raphinha, Koundé, etcétera. Que se cierren contratos de 100 millones de euros en dos tardes resulta poco creíble. El Barça tenía varias salidas: no fichar como el que más en el mundo, no renovar a Dembélé (¿con Ferrán Torres y Raphinha recién fichados?), vender a Pedri, Gavi, Araújo o Ansu Fati, ceder en lo que pretende cobrar por los traspasos de DeJong o Depay (y arreglar las diferencias salariales con los jugadores), vender antes de debutar a Christensen o Kessié (como hizo con Junior Firpo hace un año), no mantener 30 fichas… Aparte de asuntos éticos como no lanzar a la prensa contra Braithwaite, Umtiti (como a Dembélé hace apenas unos meses), o despedir sin indemnización a Mattheus. Podían no haber permitido las trampas en el pasado como los diferimientos de salarios de los capitanes o los trueques/amaños Neto-Cillessen, Arthur-Pjanic. En lugar de eso, critican a Tebas por haberlo permitido y ahora por no dejar que se lo permitan de nuevo. Son increíbles:

Pretenden jugar con otras reglas, como siempre, pese a lo cual se les dejará hacer, como han hecho toda la vida. Porque tengo claro que al «sistema» le interesa un Barça fuerte y competitivo. Y a Florentino Pérez también, que está echando un cable a Laporta en cuanto tiene ocasión. Solo me lo explico con la Superliga en el horizonte.

Todo esto es politiqueo y finanzas, y a mí en el fondo me gusta el fútbol, pero es que el deporte como tal, me parece más aburrido cada temporada. O mejoran el Reglamento (aquí dejé mis propuestas), o volvemos a un fútbol más directo y menos teatralizado como el de antaño, o seguirán perdiendo espectadores y con ello, ingresos. Más clubes van a pasarlo mal. El mío no. Y como buena parte de ese resto son antimadridistas, que se j… junto con Tebas. Lo siento por un campeonato que he seguido y querido toda mi vida… hasta que he madurado, si es que alguna vez lo hice.

Trilogía del Odio:

Valencia

Sevilla

Osasuna

Memoria colectiva, memoria democrática

JOSEAN, 06/07/2022

(Continuación de Amnesia digital)

El último post sobre los estudios acerca de la pérdida de memoria provocada por el uso excesivo de los móviles, así como el dedicado al componente emocional en la configuración de los recuerdos, hacen referencia a la memoria del individuo, de la persona o el particular que configura su pasado, adapta la realidad si su subconsciente lo considera necesario, y aloja en su memoria solo aquello que le interesa y del modo en que le conviene.

Pero una cosa muy diferente ocurre cuando se habla de la memoria colectiva, inexistente para algunos autores. Subjetiva o peligrosa para otros. En la antigua Grecia se promulgaron unas leyes conocidas como “del olvido”, cuyo objetivo consistía en dejar atrás el pasado para avanzar como sociedad hacia el futuro, en no recordar de manera continua las guerras y los viejos enfrentamientos entre pueblos como la manera de progresar, de construir una sociedad. Los libros de David Rieff Contra la memoria y Elogio del olvido son toda una declaración en contra de esa memoria colectiva.

“En las colinas de Bosnia aprendí a odiar, pero, sobre todo, a temer la memoria histórica colectiva”.

David Rieff habla de la necesidad que suelen tener los nacionalismos de crear una memoria colectiva para, a partir de esas afrentas del pasado, reales o supuestas, marcar diferencias, barreras, avivar conflictos étnicos, xenófobos o de clases, sin importarles llegar a crear nuevas situaciones de guerra. Lo vio con sus propios ojos y lo vivió durante sus años en la antigua Yugoslavia, en Sierra Leona o en Ruanda. Yo no creo en el olvido, sino en el conocimiento objetivo de los hechos, incluso en su difusión, como se hace en países como Alemania o Italia, que no tienen reparos en mostrar su historia más oscura. Lo que Don Francisco Tomás y Valiente definió como un estudio del pasado “sin rencores ni ánimos de venganza, con distanciamiento metódico y sin más pasión que la de sembrar lucidez y tolerancia para el presente y el futuro”.

En España sufrimos una terrible Guerra Civil cuyas heridas parecen no cerrar nunca, por mucho que una transición que creímos modélica trabajó en su empeño. En 1976 se aprobaron diversas medidas de indulto a los represaliados durante el régimen franquista y un decreto de amnistía con el objetivo de “promover la reconciliación de todos los miembros de la Nación” y “el olvido de cualquier legado discriminatorio del pasado en la plena convivencia fraterna de los españoles”. La propia Constitución de 1978 iba un paso más allá en ese esfuerzo de reconciliación. Sorprende escuchar hoy, bien avanzado el siglo XXI, a aquellos que dicen que la Constitución no les representa porque fue aprobada por la ultraderecha y sin tener en cuenta las sensibilidades nacionalistas o de izquierda. En El consenso imposible, a los cuarenta años de la Constitución, recordamos que fue aprobada con el voto a favor del Partido Comunista, UGT, Comisiones Obreras, el noventa por ciento del voto favorable en Cataluña, dos tercios en el País Vasco y el voto contrario de la Falange Española y Fuerza Nueva. Pero es una norma de ultraderecha, pues vale.

La Ley de Memoria Histórica, aprobada en 2007, nació “con el fin de fomentar la cohesión y solidaridad entre las diversas generaciones de españoles en torno a los principios, valores y libertades constitucionales”, y tenía además como gran objetivo la “reparación moral y la recuperación de la memoria personal y familiar”. Este punto es importante para mí por todo lo que comentaba al inicio: esa memoria personal y familiar es de cada uno, de cada familia. De cada individuo, pues cada uno lo vivió en sus carnes de un modo diferente. Nada que objetar, sino todo lo contrario, apoyar a todas esas familias que han tratado de recuperar su pasado, rehabilitar las figuras de sus familiares o encontrar los cuerpos de todos aquellos que fueron enterrados en fosas comunes.

Para mi sorpresa, en 2020 comenzó la tramitación de un nuevo Anteproyecto de Ley de memoria histórica, ahora llamado de Memoria Democrática. El proyecto se ha aprobado el pasado 7 de julio de 2022. Su prólogo se centra precisamente en la construcción de esa memoria colectiva que comentaba al inicio:

“Desde el fin de las guerras civiles y conflictos mundiales que asolaron Europa en el siglo XX, y especialmente desde el Holocausto, el impulso de las políticas de memoria democrática se ha convertido en un deber moral que es indispensable fortalecer para neutralizar el olvido y evitar la repetición de los episodios más trágicos de la historia.”

“Los procesos de memoria son un componente esencial de la configuración y desarrollo de todas las sociedades humanas, y afectan desde los gestos más cotidianos hasta las grandes políticas de Estado. El despliegue de la memoria es especialmente importante en la constitución de identidades individuales y colectivas, porque su enorme potencial de cohesión es equiparable a su capacidad de generación de exclusión, diferencia y enfrentamiento”.

Si no interpreto mal esta última frase, afirma que el proceso de construcción de esta memoria colectiva puede cohesionar tanto como enfrentar, que puede servir para unirnos tanto como para separarnos. Pues anda que…

“Por eso, la principal responsabilidad del Estado en el desarrollo de políticas de memoria democrática es fomentar su vertiente reparadora, inclusiva y plural”.

“La historia no puede construirse desde el olvido y el silenciamiento de los vencidos. El conocimiento de nuestro pasado reciente contribuye a asentar nuestra convivencia sobre bases más firmes, protegiéndonos de repetir errores del pasado. La consolidación de nuestro ordenamiento constitucional nos permite hoy afrontar la verdad y la justicia sobre nuestro pasado. El olvido no es opción para una democracia”.

Decía que la tramitación de esta nueva Ley era una sorpresa, porque entendía que la de 2007 estaba surtiendo sus efectos, como reconoce el propio prólogo presentado en 2022:

“El gran valor de la Ley 52/2007, de 26 de diciembre, reside en haber situado la memoria personal y familiar en el ámbito de la ciudadanía democrática, mediante el reconocimiento general de las víctimas, su derecho individual y colectivo a la reparación y declarando ex lege la ilegitimidad de los órganos represores del franquismo”.

“Se trata, en suma, de articular una respuesta del Estado para asumir los hechos del pasado en su integridad, rehabilitando la memoria de las víctimas, reparando los daños causados y evitando la repetición de enfrentamientos y cualquier justificación de violencia política o regímenes totalitarios”.

Los objetivos son los mismos, entonces, ¿qué es lo que puede preocuparme de esta Ley? Pues sobre todo una cosa, que en el fondo son dos: que sí trata de crear una memoria colectiva única, pero además, quiénes van a estar en esa tarea de configurar la misma. Uno ve a Esquerra Republicana de Catalunya, una de las formaciones que de manera más impúdica se dedica a falsear el pasado, y no puede esperar nada bueno de su participación activa. Lo mismo puede aplicarse a Unidas Podemos y a Junts X Cat. Pero ya el colmo está cuando uno ve que en ese proceso de construcción de la memoria común está el partido que alberga a los tipejos que con mayor ahínco trataron de destruir nuestra democracia en sus primeros años: Bildu. La declaración de principios de su portavoz no puede ser más clara: “vamos a poner en jaque el relato de una Transición ejemplar».

“La construcción de una memoria común no es un proyecto nuevo en la sociedad española.”

“El proyecto memorial más importante se plasmaría veinte años después (de la Guerra Civil)  en el Valle de los Caídos, inaugurado por el dictador Francisco Franco en el vigésimo aniversario de la «victoria» militar (1 de abril de 1959), monumento al que esta Ley presta especial atención al estar llamado a ser un eje fundamental de la resignificación democrática contemporánea de las políticas franquistas de memoria”.

La exhumación y traslado de los restos de Franco fueron aprobados con un solo voto en contra en el Congreso, ¿podemos pasar ya a otra cosa, que tenemos muchos problemas por resolver? Un buen amigo mío, bien situado en la judicatura, me dijo hace tres años:

– No te engañes, no se trata solo de hablar de Franco todo el día, aunque haya pasado casi medio siglo desde su muerte, el verdadero objetivo es quitar la cruz del Valle de los Caídos, porque ahí sí se va a generar una división, que es lo que muchos buscan en realidad.

Por mucho que yo insistía en la necesidad de reparar a los familiares de las víctimas, o destinar fondos a la búsqueda de los que nunca aparecieron, que es el objetivo de las asociaciones de víctimas, me contestó:

– Lo que se indica sobre la reparación de las víctimas de la guerra solo se va a hacer con las de un bando, sindicatos, partidos, represaliados, ¿tú crees que se va a indemnizar a una sola parroquia o a la Conferencia Episcopal por los bienes que fueron arrasados? ¡A la Iglesia, ni más ni menos, que es del «otro bando»! Terminaremos echándonos a la cara los muertos de uno y otro bando.

Todo este lenguaje de los bandos me revuelve el estómago y lo percibo más vivo cada día que pasa. Me vienen a la cabeza las palabras de Zapatero a Gabilondo, cuando decía que ”conviene que haya tensión”.

El libro sobre la Guerra Civil del que se habla siempre como referencia del conflicto, y de las atrocidades cometidas por ambos “bandos”, A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España, de Manuel Chaves Nogales, tiene un relato, ¡Viva la muerte!, en el que uno de los personajes del pueblo en el que se ha producido una reciente matanza por parte de los falangistas, cuenta orgulloso cómo sucedió:

– Yo estuve allá. Y si no fue así, tendrá que venir algún vecino del pueblo a rectificarnos.

El jefe territorial de la Falange, el señor Tirón, “que sabía a qué atenerse respecto de la verdad histórica y la verdad verdadera, sofisticaba:

– El hecho en sí poco o nada importa. A la historia lo que le interesa es su sentido, la significación histórica que pueda tener, y esa no la dan nunca los mismos protagonistas, sino los que inmediatamente después de ellos nos afanamos por interpretarlo”.

Como añade más adelante: “Tú estuviste allí, pero para enterarte de lo que pasó te faltaba perspectiva histórica”.

Esta obra fue escrita en plena Guerra Civil, y en su magnífico prólogo, de mayo de 1937, Manuel Chaves Nogales se definía a sí mismo como “antifascista y antirrevolucionario por temperamento”, y afirmaba que “mi única y humilde verdad era un odio insuperable a la estupidez y a la crueldad; es decir, una aversión natural al único pecado que para mí existe, el pecado contra la inteligencia”. No gustó a nadie y su obra estuvo oculta, desaparecida, durante más de medio siglo, quizás, o seguramente, porque no se posicionó en ninguno de los dos bandos, sino en contra de todos ellos:

“Idiotas y asesinos se han producido y actuado con idéntica profusión e intensidad en los dos bandos que se partieran España”.

A mí toda esta necesidad de reescribir el pasado con la perspectiva histórica que menciona el falangista de la obra de Chaves Nogales, me trae irremisiblemente al genio de George Orwell, un gran conocedor de nuestra contienda, por cierto, y de la desinformación que nos ha acompañado siempre:

“Ya de joven me había fijado en que ningún periódico cuenta nunca con fidelidad cómo suceden las cosas, pero en España vi por primera vez noticias de prensa que no tenían ninguna relación con los hechos, ni siquiera la relación que se presupone en una mentira corriente. (…) Estas cosas me parecen aterradoras, porque me hacen creer que incluso la idea de verdad objetiva está desapareciendo del mundo. A fin de cuentas, es muy probable que estas mentiras, o en cualquier caso otras equivalentes, pasen a la historia”.

En su obra más famosa, 1984, el Ministerio de la Verdad se dedica al control de la información, de la realidad presente y futura, la adapta a las necesidades del Partido si es necesario:

“Y si todos los demás aceptaban la mentira que impuso el Partido, si todos los testimonios decían lo mismo, entonces la mentira pasaba a la Historia y se convertía en verdad. «El que controla el pasado —decía el slogan del Partido—, controla también el futuro. El que controla el presente, controla el pasado.» Y, sin embargo, el pasado, alterable por su misma naturaleza, nunca había sido alterado. Todo lo que ahora era verdad, había sido verdad eternamente y lo seguiría siendo. Era muy sencillo. Lo único que se necesitaba era una interminable serie de victorias que cada persona debía lograr sobre su propia memoria. A esto le llamaban «control de la realidad»».

¿Bildu va a participar en ese control de la realidad? ¿Y los disidentes serán expulsados del sistema? La despedida del historiador Antonio Elorza de la redacción de El País, tras cuatro décadas de colaboración, me hace pensar en ello. El tono amargo de su carta de despedida (publicada en The Objective, puesto que El País no quiso que saliera en sus páginas) me recuerda mucho al de Antonio Caño, antiguo director del periódico. Sus críticas a Zapatero, a la negociación con ETA, al yihadismo, y sobre todo, al independentismo catalán, concluyeron en lo que define como «una operación de limpieza» que terminó con su colaboración con este medio. «Ese desencadenamiento que priva al independentismo catalán de toda legitimidad para presentarse como demócrata, cuando ha puesto en práctica un estricto totalitarismo horizontal para forzar la homogeneización de la sociedad catalana».

Exacto. Los que se jactan de no cumplir las sentencias, de la falta de legitimidad de los tribunales que los juzgan, los que apoyaron el tiro en la nuca (pero reivindican como nadie el olvido) y los que recogieron las nueces del árbol que los etarras agitaron, como actores principales de la «memoria democrática». Los que siempre hablan de la figura del «relator», del contador de sus historias, ven que sus enmiendas son aprobadas a cambio de vaya usted a saber qué. De verdad que hago esfuerzos, pero me va a costar mucho estar de acuerdo con lo que salga de ahí.

Amnesia digital

JOSEAN, 31/07/2022

No hace mucho tiempo recibí un vídeo de broma en el que se hacían pruebas para acceder a una academia de superhéroes. Llegaba uno y le preguntaban: “¿y usted, qué superpoderes tiene?”. Y el aspirante contestaba algo así como: “me sé varios números de teléfono de memoria”, “recuerdo las fechas de cumpleaños de mis mejores amigos”. A cada afirmación, los examinadores contestaban admirados con un “¡halaaa!”, y al final, el entrevistado concluía: “sé llegar a los sitios sin usar el GPS”. ¡Admitido!, claramente.

Es una coña, pero nos hace pensar en cómo lo que parecía normal puede llegar a resultar extraordinario en el mundo actual. Según parece, el uso excesivo de la tecnología está haciendo que perdamos determinadas facultades, o no tanto perderlas, sino que se nos están atrofiando algunas capacidades por desuso. Al delegar en ese pequeño aparato que siempre llevamos encima, hemos dejado de preocuparnos por cómo llegar a los sitios, por hacer cálculos sencillos, por las fechas de cumpleaños de familiares y amigos (siempre habrá una red social que nos lo recuerde) o por memorizar datos. Siempre tendremos Google a mano para salvarnos de ese apuro y rescatar un dato histórico, el nombre de una actriz, el resultado de un partido o el tugurio aquel de Londres que tanto nos gustó. Las cosas normales sobre las que sueles tratar con colegas. Pero también las cosas serias.

Cada vez leo con más frecuencia el término “amnesia digital”, un término referido al hecho que parece contrastado de que el cerebro pierde la capacidad de retener información en el momento en que no tiene el estímulo para hacerlo, pues siempre tendrá un aparato cerca para desempeñar esa función por él. Como se preguntaba Rebecca Seal en este interesante artículo publicado en The Guardian, Is your smartphone ruining your memory? Al “subcontratar” la memoria a un aparato externo, el modo de funcionar de nuestro cerebro se altera.

Los neurocientíficos están divididos. Algunos, como Chris Bird (Universidad de Sussex), indican que siempre hemos utilizado aparatos para recordar cosas, ya fueran cuadernos, notas o post-it, alarmas, y que delegar esa tarea en un teléfono nos ayuda a concentrarnos en otras tareas y ser más eficientes. Otros, como Oliver Hardt (McGill University, Montreal), advierten de los posibles perjuicios que el hecho de prescindir de nuestro cerebro para tareas básicas puede generar a largo plazo. “Cuanto menos uses la mente, cuanto más prescindas de tus propios sistemas para desarrollar tareas como los recuerdos o la flexibilidad cognitiva, mayores probabilidades de desarrollar demencia”. La universidad de McGill elaboró un estudio en 2010 sobre los efectos del uso prolongado del GPS en usuarios que llevaban largo tiempo empleándolo y la conclusión fue que simplificar tareas que requieren cierto esfuerzo mental, como interpretar un mapa, hacía que los usuarios ejercitaran menos el hipocampo, lo que a la larga traería efectos perjudiciales sobre sus funciones cognitivas.

La tecnología no puede ser perjudicial para el ser humano y quizás el problema no sea tanto el hecho de simplificar una tarea como la ingente cantidad de distracciones que el móvil nos genera. La neurocientífica Barbara Sahakian (Cambridge) lo tiene claro, como demostró un experimento sobre comprensión lectora con o sin mensajes y notificaciones de móvil durante la lectura de un texto. Parece obvio. En la misma línea escribe Catherine Price, autora del libro How to break up with your phone, Cómo romper con tu móvil: “No estamos preparados para la multitarea. Si prestas atención al móvil, no lo estás haciendo con el resto de cosas. Y solo recordarás aquello a lo que prestas atención”. Y sobre las distracciones advertía que las notificaciones constantes del móvil (los sonidos impertinentes, que diría yo), impiden que tu cerebro realice los procesos para transferir el recuerdo del corto al largo plazo.

No tengo ni idea de neurociencia, pero todo esto me recuerda a la función de grabar en un archivo informático: la distracción es como un corte de energía en mitad del proceso de almacenamiento. O como despertar en mitad de los sueños. Larry Rosen, autor de un libro titulado The Distracted Mind: Ancient brains in a High-Tech World, algo así como La mente distraída: cerebros ancianos en un mundo de alta tecnología, indicaba que “las distracciones constantes dificultan codificar la información en la memoria”.

Sea por las razones que sean, parece claro que nuestra capacidad de memorizar se está viendo alterada. Recordamos datos de hace décadas con gran nitidez y no somos capaces de acordarnos dónde o qué cenamos el fin de semana pasado. Un estudio del ABCD (Adolescent Brain Cognitive Development) sobre 10.000 niños menores de diez años demostró que aquellos que habían estado más expuestos al uso de aparatos tecnológicos como tablets o móviles tenían un córtex más fino de lo que debería ser para su edad. El grosor del córtex está relacionado en edades más avanzadas con episodios de Parkinson, Alzheimer o migrañas.

La memoria es básica, por mucho que podamos delegar los datos relevantes a un dispositivo. Quizás en unos años puedan insertarnos un chip con los conocimientos necesarios de ingeniería, cocina, historia o lucha a la manera de Matrix, pero aún así creo que sería un error no ejercitarla. La memoria es fundamental para asentar nuevos conocimientos (por mucho que haya tutoriales que te expliquen hasta cómo atornillar un picaporte), para poder razonar, relacionar conceptos, integrar unas partes del conocimiento con otras. Para aprender. Para desarrollar habilidades.

En su día le dedicamos dos post completos a la memoria. La primera parte (Memoria: los recuerdos) estaba dedicada a la configuración de los recuerdos y a la falibilidad de la memoria (según Oliver Sacks y Elizabeth Loftus), a cómo las emociones influían en la creación del recuerdo, adaptando la realidad si era necesario. La segunda parte (Memoria: el olvido) trataba sobre la bondad del olvido, la inexistencia de una memoria colectiva o la necesidad de borrar el pasado, según otros autores (Lewis Hyde, David Rieff), o quizás más eficaz, fomentar el conocimiento del mismo “con distanciamiento metódico” (Francisco Tomás y Valiente, Matteo Orfini).

Y voy a ligar todo lo expuesto al apocalipsis digital que algunos estudiosos de la materia sugieren. El saber, el conocimiento, la Historia con mayúsculas, todo está almacenado en soportes externos. Libros durante siglos, luego diskettes, cintas, CD’s, memorias externas cada vez más potentes, servidores… la nube. Si fuera cierto lo que algunos preconizan, todo ese conocimiento almacenado en la nube podría desaparecer un día igual que se borraron para siempre los conocimientos almacenados en la biblioteca de Alejandría. O muchos de los conocimientos ya existentes se pueden perder o no reproducir jamás al no haber soportes para ello: cintas VHS, reproductores de CD’s, cambios de formatos de los soportes digitales…

Si el ser humano está perdiendo la capacidad de memorizar y almacenar conceptos, habrá que confiar en el soporte externo, en la memoria tecnológica. Ahora bien, no solo en el soporte, sino en lo que se almacena. ¿Quién lo decide, bajo qué criterios? El recuerdo está condicionado por la emoción, y el olvido puede ser necesario para avanzar como sociedad. Me resulta inevitable llevar todo este berenjenal a la llamada Ley de Memoria Democrática, cuyo proyecto acaba de ser aprobado en el Congreso.

(Continuará)

Relacionados:

Memoria (I): recuerdos

Memoria (II): el olvido

Los sueños interrumpidos

14 horas sin móvil

¡Muera el futbolcentrismo, claro que sí!

LESTER, 24/07/2022

“Futbolcentrismo”, toma ya. No falla con el colectivo de inventores de “palabros”, términos que ni siquiera están en la RAE (otro organismo machista, sin duda) pero que suponemos que ayudan para describir una situación conflictiva o un problema de gravedad que merece ser analizado. Al leer el término pensé que podía referirse al peso que tiene el fútbol para muchas personas en esta vida, que lo sitúan en el centro de su jornada diaria, gente que organiza sus semanas en función del día que juega su equipo, pero enseguida comprobé que no, que significaba algo muy distinto.

El “futbolcentrismo” representa el uso abusivo de este deporte en los patios de los colegios, algo que, por lo que leo, debería ser erradicado porque “en el patio existen unos usos de poder y sumisión que se practican diariamente”, según Sandra Molines, profesora de Florida Universitària, y supongo que experta en género, como María Gijón, con quien arranco este post. Que es un tipo de experto que encuentro cada vez con más frecuencia, como en este otro artículo, Patios igualitarios frente al futbolcentrismo, en el que tres arquitectas han diseñado una alternativa para el uso de los patios “con perspectiva de género”:

“Cuando observamos un patio, generalmente hay un grupo dominante (mayoritariamente masculino) que ocupa el espacio central con modalidades de juego expansivas e invasivas respecto a las otras actividades…”. Con todo lo que se ha hecho para promover el fútbol femenino, incluso de manera forzada, dándole más espacio en las noticias y portadas que el interés real que despierta entre los aficionados, y ahora te llegan estos grupos a decirte que hay que reducir o suprimir el fútbol en los patios porque es una actividad exclusiva de niños.

Yo no soy experto en género, pero sí en patios, faltaría más, que me he formado en varios y luego he asistido expectante al cambio de normas con los recreos de mis hijos. Hay que suprimir el fútbol, claro que sí, un balonazo puede ser un principio de violencia de género, como parece que se da a entender, y la no participación en el partido es un principio de exclusión social, pues “la propia configuración del juego hace que las personas que no juegan queden relegadas a los extremos y lo más lejos posible”. Ya puestos, suprimamos también el juego de polis y cacos, porque generaba situaciones de buenos y malos, de delincuentes y represores en el que unos queríamos jugar el papel de los que se evadían y en otros se perpetuaban roles de dominación en los que podían atrapar a sus víctimas.

Prohibamos canciones como aquella de la comba que decía que “al pasar la barca, me dijo el barquero, las niñas bonitas no pagan dinero”, pues vuelve a caer en el estereotipo de las ventajas asociadas a la belleza física y no al intelecto para la consecución de objetivos en la vida.

Prohibamos el juego del churro, por supuesto, y no solo porque el que no se agachaba ejercía el papel secundario de “madre”, sino porque invitaba a los chavales (y chavalas, claro) a someter y oprimir a sus compañeros, lo que generaba patrones de dominación y violencia que solo podían acabar en acoso escolar.

El balón-prisionero, en mi colegio denominado balontiro, no solo ocupaba un amplio espacio del patio, marginando a los que no querían jugarlo, sino que además incitaba a emplearse con saña para atrapar a pelotazos a los compañeros, y en ocasiones, con dos pelotas en juego, terminaba con balonazos directos a la cara o al cuerpo que no eran otra cosa que preludios de agresiones y bullying.

Estas expertas en género proponen alternativas de una gran belleza, “que los patios incluyan zonas de naturaleza, con árboles, sombras, no un mero patio de cemento”… Creo que esta mujer ha visto pocos patios del centro de las ciudades, pero es que además, ¡dos árboles han sido toda la vida los postes de una portería! Sandra Molines opina que “el patio podría ser la mejor de las aulas del cole, pero para ello se debería educar en esos espacios”. ¡Pero que los chicos quieren desfogarse, correr detrás de un balón, meter unas canastas, jugar al frontón aunque sea con la mano, una pelota de tenis y en cualquier pared del colegio, déjalos tranquilos durante el recreo! “Cuando no se educa conscientemente en la igualdad, se educa inconscientemente en la desigualdad. La formación es la herramienta necesaria para poder detectar el sexismo en las escuelas”, afirma.

El colectivo de arquitectas Equel Saree plantea repensar “los espacios y las ciudades desde el feminismo y la participación comunitaria”, ya que la supuesta segregación por género en los juegos provoca “el sedentarismo de la mayoría de niñas, que charlan y pasean alrededor de la pista, con consecuencias negativas para su salud, su autoestima y su desarrollo físico y cognitivo”. Siempre he dicho que todas estas consideraciones sobre una supuesta inferioridad de las niñas y las mujeres en las que caen estos colectivos que piden cambiar las normas o regular todo lo ya regulado por el sentido común,  me parecen de un machismo exacerbado, pero no sé si se dan cuenta de ello. En uno de estos artículos, Sandra Molines propone “espacios para el juego tranquilo, como pintar, cantar, juego simbólico e imaginativo, música, lectura, juegos de mesa, etc”. Insisto en que les falta algo de patio. En mi colegio podíamos desarrollar habilidades pictóricas (los baños siempre fueron una escuela rupestre al estilo de las cuevas prehistóricas), jugar al ajedrez o a las damas (desconozco cómo se interpretarían estos juegos con una perspectiva de género, pero seguro que mal) y los que querían leer, tenían una zona oculta y algo alejada para ello. De hecho, allí fue donde vi por primera vez descubrí a unos compañeros que me enseñaron revistas especializadas en anatomía femenina. Siempre hubo espacios en los patios, no sé por qué tanta manía con regularlos.

Entre las alternativas propuestas, se habla también de ping-pong, bádminton (¿¿¿en un patio escolar???) y colpbol. Reconozco que he tenido que buscar qué era esto del colpbol. Leo con estupor que es “un deporte de equipo que supere las limitaciones educativas de los deportes tradicionales”, “que fomente la máxima participación posible de todos los jugadores”, “que reduzca al mínimo las diferencias individuales”, en definitiva, “un deporte que evita el incremento de las desigualdades”, que “se convierte en un agente socializador con una gran carga de beneficios socioafectivos asociados”.

Anonadado me quedo. Toda mi puñetera vida jugando al fútbol o al baloncesto, tratando de mejorar mis habilidades individuales por el bien del equipo y resulta que lo que tenía que hacer era reprimirlas, pasarle la pelota y la responsabilidad a otro. Empiezo a pensar si todo esto no consistía en una guerra contra el fútbol, sino en algo mucho más cercano al adoctrinamiento.

Hace un par de años leí algunos artículos sobre el fútbol infantil, de chavales menores de ocho años, en el que colectivos de padres pedían que se suprimieran los marcadores porque los niños encajaban mal las derrotas. En algún foro leí a otros que proponían que los goles se celebraran conjuntamente por ambos equipos, el que había marcado y el que recibía el gol, porque los niños tenían que entender el componente lúdico del juego y celebrar cuando se alcanzaba el éxito, el gol, aunque fuera en tu propia portería. Pocas veces he leído una gilipollez tan gorda. Por supuesto que los que perdíamos nos íbamos a casa cabreados, llorando, escocidos, incómodos, rabiosos, de todo, pero aquello era un acicate más para mejorar, para progresar y hacerlo mejor en el siguiente partido. Y si exagero un poco, pero creo que no demasiado, parece que ahora hay que hacerlo todo tan plano y tan sencillo que el verdadero objetivo no es otro que coartar la decisión individual de destacar, de mejorar. De tomar la iniciativa.

Dejadme el fútbol tranquilo, coño. Y los patios repletos de futbolistas en potencia (de ambos sexos, claro).