People Get Ready
There’s A Train A Comin’
You Don’t Need No Baggage
You Just Get On Board
All you need is faith
To Hear The Diesels Hummin’
You Don’t Need No Ticket
You Just Thank The lord
You Just Thank The lord
You Just Thank The lord
(Versión de Jeff Beck y Rod Stewart de la canción de Curtis Mayfield People Get Ready sobre ese tren de esperanza que acoge a todos los que se suban, sin discriminación ni equipaje, sin pedir ticket, solo con su fe. Se convirtió en un himno no oficial del Movimiento por los Derechos Civiles en los sesenta)
TRAVIS, 01/05/2026
Como indicaba en la primera parte, el tren se incorporó al cine desde sus inicios, desde aquel primer rollo de celuloide que se proyectara en París ante decenas de espectadores asombrados. En numerosas ocasiones sirvió como metáfora de la propia vida, de su imprevisibilidad, de la toma de decisiones que hay que hacer en medio de ese trayecto: elegir compañeros de viaje (o chocar con indeseables que no escogiste), cambiar de vagón porque piensas que tu situación va a mejorar, aunque no siempre resulte de ese modo, o saltar en marcha ante el inevitable destino. La propia decisión de tomar ese tren o no puede marcar el devenir futuro de una persona. “Subirse al tren” como frase para sumarse a un proyecto, porque “este tren solo pasa una vez en la vida”, falacia absoluta donde las haya.
Ilsa decidió no subir a aquel tren para huir de París ante la llegada de los nazis y tanto la vida de ella como la de Rick (Humphrey Bogart) tomarán diferentes derroteros para siempre. En el andén de la estación, solo queda la imagen de desamparo de Rick ante un mensaje de despedida simplón a más no poder (las cartas de Ingrid Bergman). El reencuentro ocasional en Casablanca solo servirá para revivir el pasado y pensar qué podría haber sucedido si Ilsa hubiera tomado aquel tren. No contento con esa ruptura en la estación, Michael Curtiz rodó otra separación de ambos en el aeródromo final, “anda, chica, vete tú con ese húngaro esnob, que yo me quedo aquí con este gendarme francés” (El celuloide oculto en el armario). Me encanta ese final, que nadie piense que lo ridiculizo, y creo que a la familia Trueba también le encantó porque tanto Fernando como David lo “emularon” en dos de sus obras:

- David, guionista de Los peores años de nuestra vida, hace que ese personaje soñador y enfermo de cine que es Gabino Diego opte por la renuncia a la chica (Ariadna Gil) como gesto de amor extremo, y todo ello en la estación de tren, cuando este está a punto de partir (y el “otro” tipo, Jorge Sanz, anda por ahí).
- Fernando empleó una avioneta similar a la de Casablanca en la escena final de La niña de tus ojos para narrarnos el sacrificio de Antonio Resines en la huida de Penélope Cruz de la Alemania nazi.
El tren arranca y desaparece la posibilidad de subirse a él, ¡cuántas escenas habremos visto de personajes que no llegan a tiempo, cuántas vidas separadas por las dudas previas! Además, tiene otra característica que sirve muy bien al propósito de los guionistas cuando tienen que urdir una trama: su puntualidad. Tenía, más bien, hablar de puntualidad en los tiempos actuales parece una broma de mal gusto. “Lo tomas o lo dejas, pero a tal hora sale el tren, tú verás si lo pillas o no”.
Algo así le sucede a la pareja formada por Gary Cooper y Grace Kelly en Solo ante el peligro (High Noon). El pitido del tren en la distancia es un elemento más de la trama, tan importante como la recordada banda sonora de Dimitri Tiomkin, pues ese inconfundible sonido marca la llegada en tren de los forajidos al pequeño pueblo de Hadleyville. Ese pitido se clava en el tímpano del espectador con la misma crudeza que en el rostro de Gary Cooper, que sabe lo que le espera. El personaje de Gary Cooper tendrá la oportunidad de huir con su mujer en el siguiente tren… o cumplir con su deber de sheriff y enfrentarse a los pistoleros.
Otra vez el tren y el wéstern cruzan sus caminos, como en El último tren de Gun Hill, el que debe servir para que Matt Morgan (otro papelón de Kirk Douglas) escape del pueblo con el detenido, el hijo de Rick Belden, su antiguo amigo, interpretado por Anthony Quinn. La puntualidad del tren, la hora exacta de salida de ese último tren, marcará las tensas horas de espera en las que Matt deberá enfrentarse a medio pueblo y a su antiguo compañero de batallas. Con música de fondo, no podía ser de otra manera, del mismo Dimitri Tiomkin, que acentúa cada escena.
Ahora bien, ¿hablamos de puntualidad? Podemos concretar aún más, como en ese otro wéstern titulado El tren de las 3.10, tanto en la versión de Delmer Daves de 1957 como en la de James Mangold de 2007, pero a mí el que me pareció especialmente hilarante es ese tren que pasaba solo una vez cada veinticinco años, eso sí, con rigurosa puntualidad. Solo a Javier Fesser se le podía ocurrir rodar algo tan absurdamente “zumbao” y divertido como esa escena, y sucedía en El milagro de P. Tinto:
Y si hablamos de trenes como metáfora de la vida, había un tipo de trenes que conducían a un solo destino: la muerte. Cualquiera que haya visitado Auschwitz habrá comprobado cómo los alemanes, en ese proceso tan suyo de hacer más eficientes los procesos industriales (aunque su único producto sea el exterminio de personas), solo construyeron una vía en el trayecto a los barracones. De los vagones bajaban sus ocupantes, que permanecían medio muertos, hambrientos, ateridos de frío, y el tren daba la vuelta a por otro «cargamento». Como mencionan los personajes de Maus, solo había una forma de escapar de allí y era por la chimenea. De todo ello dio buena cuenta La lista de Schindler, capaz de mostrar con precisión tanto el horror del campo de exterminio como el hacinamiento de los judíos en los trenes.
Este doble post está a punto de finalizar, habré mencionado unas cuarenta películas y no he hablado aún de la que quizás sea la mejor del tema, que además lleva un título que no deja nada a la imaginación: El tren. John Frankenheimer rodó esta maravilla en 1964, una película en la que el tren que da título no es metáfora de nada, ni falta que le hace, sino simplemente sus vagones cargan centenares de obras expoliadas por los nazis en Francia. Poco antes de la llegada de los aliados a París en 1944, un coronel alemán, apasionado del Arte con mayúsculas, decide llevarse a Alemania todas las obras de gran valor artístico que pueda. Aunque la Resistencia francesa considera inicialmente que tratar de frenar el expolio podría suponer numerosas pérdidas y un desgaste innecesario, el grupo decide finalmente, encabezado por Burt Lancaster, evitar que ese tren llegue a su destino. Lo que sucederá durante las dos siguientes horas de metraje es una carrera de obstáculos, persecuciones, maniobras y ardides de todo tipo para impedir que el tren abandone el país. Me cansé solo de ver a Burt Lancaster en acción, menudo despliegue actoral y físico. Pocos directores tan buenos para rodar la acción como John Frankenheimer, y cuando un buen guion y unos grandes actores lo acompañan, el resultado es un peliculón como este.
Por cierto, qué claridad para explicar el funcionamiento del sistema ferroviario: cambios de vías, movimientos de agujas, trenes de sustitución… La película tiene más de sesenta años y la acción se explica con una claridad que echo en falta en muchas de las películas actuales.
Aquí lo dejamos por esta semana.
-Eh, ¿no vas a hablar de Raquel Welch, Charlize Theron, Ursula Andress o Kelly LeBrock?
-¿Y qué pintan en este post?
-¿Acaso no hablamos de metáforas, más o menos sutiles? Estaban como un tren.

