Miedo y rechazo

JOSEAN, 08/05/2021

El jefe de gabinete y consejero áulico de Pedro Sánchez, Iván Redondo, participó en 2018 en unas jornadas organizadas por el PSOE bajo el título Elecciones y emociones. En una famosa intervención, que estos días se ha rescatado en varios medios, afirmaba que “…de las tres principales emociones que tenemos, con las que además se puede jugar en campaña electoral, la primera sería el miedo, la segunda sería el rechazo, y la tercera, la esperanza, la ilusión”. Los que conocen bien a este consultor lo definen como un tipo hábil, calculador, buen estratega, un gran negociador al que se señala como el principal artífice del éxito de la moción de censura que aupó a Pedro Sánchez al poder en mayo de 2018.

Todo lo que se ha movido en el PSOE en los últimos tiempos, no tanto en el partido como en las alianzas del equipo de gobierno, lleva su firma, su huella como negociador capaz de aunar voluntades tan diferentes como las de Unidas Podemos y el PNV, Bildu, Esquerra o el PDeCat, Nueva Canaria, o cuando los ha necesitado, Ciudadanos. Pero con las elecciones a la Comunidad de Madrid el PSOE se ha estrellado de manera estrepitosa. Ni uno solo de sus cálculos, ni una sola de sus estrategias ha sido acertada. Han jugado tanto con el miedo y el rechazo, que no han sido capaces de llegar a la tercera de las emociones que el mismo Redondo decía que jugaban un papel tan destacado.

Desde el mismo instante en que se convocaron las elecciones, todos los partidos han “jugado” (por utilizar las palabras de Iván Redondo) con el miedo: el miedo a la ultraderecha, el miedo al trío de Colón, o por el otro lado, el miedo al socialcomunismo que con tan poco acierto ha gestionado la pandemia. Ha sido la campaña más desagradable que recuerdo desde que tengo posibilidades de ir a votar. En cada intervención de Pablo Iglesias, en cada una de sus frases, aparecían las palabras ultraderecha y fascismo, al principio asociadas solo a Vox, pero a continuación relacionándolas con el Partido Popular y con su candidata Isabel Díaz Ayuso. Lo ocurrido en Vallecas, alentado por el que era hasta hace nada vicepresidente de gobierno, fue lamentable. Como el episodio de la Cadena Ser o las cartas con amenazas, todo ha sido vomitivo durante la campaña.

Y a toda acción sucede una reacción, así que Santiago Abascal y Rocío Monasterio plantearon su batalla en términos de “frenemos al frente popular”. Joder con el lenguaje guerracivilista, joder con la puta manía de clasificarnos a todos en rojos y fachas. Todo lo que se movía por un centro moderado ha sido arrasado, primero UPyD y luego Ciudadanos, que se ha pegado el tiro en la sien con las mociones de censura o con la gestión de Ignacio Aguado en Madrid.

El caso es que a los madrileños nos han puesto en la tesitura de tener que elegir entre esos dos bloques que los mismos partidos han creado de manera intencionada, y al agitar nuestros miedos ha ocurrido que, más que elegir votar a favor de uno, se ha votado mayoritariamente en contra del otro, del que más rechazo producía. Y ese rechazo no lo causaba Ángel Gabilondo, sino el tándem PSOE-Podemos, o mejor dicho, cualquier posibilidad de gobierno en el que pudiera entrar Pablo Iglesias. A mediados de marzo del año pasado, según empezó la expansión de la pandemia y cuando los fallecidos apenas superaban los dos centenares, escribí que “todo vale en la guerra contra el rival político, incluso las desgracias, o sobre todo las desgracias. Todo vale para atacar, criticar, crispar y sacar tajada de una situación, por dramática que esta pueda ser”. Y lo que ha ocurrido con Madrid es digno de estudio.

No voy a defender la gestión de la pandemia que hizo el gobierno de Isabel Díaz Ayuso, porque la primera ola fue dramática y se llevó por delante a casi 18.000 personas, pero es que prácticamente ningún gobierno del mundo se enfrentó de manera adecuada a una situación como esta. Pero sí reconozco que se hizo mucho por mejorar y controlar las siguientes oleadas. El consejero de Sanidad de Madrid, Enrique Ruiz Escudero, es médico de profesión, luego estoy seguro de que sabe algo más de esto que todos nosotros y que los tertulianos opinadores de todo y conocedores de casi nada. O que un ministro de Sanidad filósofo. La Comunidad de Madrid propuso una serie de medidas que fueron muy criticadas por el gobierno central por venir de quien venía, con descalificaciones, para ver cómo meses después se implementaban. Estos quince meses de ataques han sido vergonzosos. Los test de antígenos, las PCR en los aeropuertos (pedidos en junio, aprobados en noviembre), bajar el IVA de las mascarillas, que nos dijeron que “no se podía, pero ahora ya sí se puede”, los cierres perimetrales, las mascarillas FFP2, tachadas de “insolidarias y egoístas” por Fernando Simón,… Que si los franceses venían a Madrid a emborracharse, aunque aparecieran estadísticas que demostraban que habían entrado más franceses en Cataluña que en la capital, que si Madrid falseaba las estadísticas, aunque luego lo desmintiera el propio Fernando Simón. La última polémica llegó con la petición de la vacuna rusa Sputnik, medida ampliamente criticada por “desleal” e “irresponsable”, hasta que se supo que el gobierno alemán estudiaba también su compra. La campaña de ataques a los hospitales de Ifema y el Isabel Zendal darían para un estudio sociológico sobre el rechazo.

Madrid molestaba y molesta. Todos los líderes del PSOE y de Unidas Podemos se turnaban para atacar cualquier medida que se aprobara en la Comunidad de Madrid, aunque no fuera la única región en tomarla. Se daba la bienvenida a ingleses y alemanes y se insultaba a los madrileños. Emiliano García Page se permitió hablar de “la bomba radiactiva vírica” que les llegó de Madrid, sin contar que miles de sus ciudadanos trabajan en esta provincia que acoge a todo el mundo sin distinciones. Yo, como buen madrileño no nacido en Madrid que soy, me he sentido atacado numerosas veces en el último año por insolidario, fiestero, egoísta, irresponsable y “tabernario”. El presidente de un organismo público como el CIS, José Félix Tezanos, tomaba partido por quienes le habían designado para el puesto. Pero de todas las cosas surrealistas que hemos vivido en este último año, ninguna me ha llamado tanto la atención como la petición de Gabriel Rufián de que nos subieran los impuestos a los madrileños… y ver solo dos días después a la ministra de Hacienda María Jesús Montero defendiendo dicha medida. Seguramente será culpa de Madrid que Cataluña tenga un déficit siete veces superior al de Madrid, o que la deuda generada por la Generalitat sea 2,3 veces superior.

Como decía la semana pasada, el problema no está en los ingresos, sino en el descontrol de los gastos. Y yo como madrileño, me fío bastante más de Javier Fernández Lasquetty (aunque pueda no coincidir en lo ideológico con él), consejero de Hacienda de Madrid, que de Gabriel Rufián. Así que nos tocaba votar el 4 de mayo y se había generado tanto miedo y rechazo que ni siquiera valorábamos la tercera emoción mencionada por Redondo, la esperanza. Esperanza… Aguirre. El PP de Isabel Díaz Ayuso es el de esa Esperanza y a mí no me genera ninguna ilusión. Ni siquiera ha tenido que hacer campaña, o vender un proyecto, le bastaba con defenderse de los ataques. La carta que nos llegó a casa solo contenía una palabra: Libertad. La simplificación del mensaje llevada a su mínima expresión: libertad o comunismo, fascismo o Venezuela, izquierda o derecha, rojos o fachas. El enorme demérito de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias es haber logrado que cientos de miles de madrileños hayan olvidado que el Partido Popular de Madrid era hace nada el partido de Ignacio González o Francisco Granados, el partido y la región en donde comenzó la Gürtel con el Albondiguilla en Boadilla y con Jesús Sepúlveda en Majadahonda. Ojalá no volvamos a esos tiempos, y creo sinceramente que no lo haremos.

No había que ser un lince para saber que Isabel Díaz Ayuso iba a arrasar en las elecciones, como así ha ocurrido. Incluso dirigentes socialistas de toda la vida como Joaquín Leguina o Nicolás Redondo Terreros, o el filósofo Fernando Savater en El País, apoyaron la candidatura de Isabel Díaz Ayuso. El Partido Popular ha ganado en 4.194 de las 4.416 secciones censales. En todos los distritos de la capital, en 177 de los 179 municipios de la comunidad, y también en esos barrios como Vallecas, que Pablo Iglesias se atribuyó como “nuestro”.

Es para que Iván Redondo, si tan buen estratega y analista es, se lo mire. Esas alianzas que procuran beneficios puntuales en el corto plazo son letales en el medio y el largo plazo. Pasan factura, igual que las campañas desproporcionadas de ataques e insultos.

Un millón seiscientas veinte mil personas se han “radicalizado”, tócate los… Si la respuesta de la izquierda es la vuelta a la guerra civil de Carmen Calvo o los insultos de Juan Carlos Monedero, será cuestión de tiempo que la derecha arrase a nivel nacional.

Como todos los lectores asiduos de este blog sabéis, si queréis colaborar por una buena causa a través de una ONG contrastada, es posible hacerlo mediante microdonaciones en este enlace: Ayuda en Acción/colabora

El gran despilfarro

JOSEAN, 01/05/2021

A mediados de los ochenta, el actor y humorista estadounidense Richard Pryor protagonizó una comedia con el mismo título de este post (Brewster’s millions en el original), cuyo argumento, en principio de lo más simple, terminaba convirtiéndose en algo estresante cercano a la pesadilla: para cobrar una herencia millonaria, el personaje tenía que gastar 30 millones de dólares en un mes, pero sin comprar nada, solo contratando proyectos o servicios inútiles que no le dieran ningún rédito pasado ese plazo. Para ello abre una oficina a la que empiezan a llegar pirados ofreciéndole proyectos inverosímiles como poner un motor a un iceberg y traerlo de no-sé-dónde o inicia una campaña electoral invirtiendo un pastón en carteles y merchandising, pero con eslóganes que incitan al voto por cualquier otro rival.

Estas semanas me he acordado tristemente del argumento de esta película y ha sido viendo las explicaciones del gobierno con la preparación (y las múltiples presentaciones) del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia. Desde que la Unión Europea aprobó dicho plan de recuperación (en mayo del año pasado, no olvidemos que ha transcurrido casi un año) hemos oído hablar de muchos proyectos sobre los que se ha concretado poco, salvo que debían llevar las palabras sostenible, inclusivo y digital. La idea de que va a caer un maná del cielo de Bruselas se ha difundido por los dos partidos de gobierno, especialmente por parte del socio del PSOE, Unidas Podemos. Todavía no había llegado un euro y ya estaban hablando de la no devolución de los mismos o discutiendo su condicionalidad a la necesidad de hacer reformas. Estoy seguro de que su celebración de la supresión temporal del techo de gasto y los objetivos de estabilidad presupuestaria heló la sangre a muchos en Europa.

El caso es que la llegada de esos fondos europeos resulta más necesaria que nunca y constituye una oportunidad de oro para reformar antiguas estructuras de nuestro país que han quedado obsoletas: económicas, industriales, administraciones públicas, en materia de medio ambiente… La duda radica en saber si los actuales dirigentes (y no hablo solo del gobierno central, sino también de las comunidades autónomas) cuentan con la capacidad suficiente para hacerlo, y sospecho que esa misma duda la comparten numerosos dirigentes europeos.

Los Presupuestos Generales del Estado se diseñaron contando con 26.634 millones de euros de adelanto de los fondos europeos y pese a que los mismos no van a llegar hasta 2022, se presupuestó un incremento de gasto en todas las partidas y para todos los ministerios. La falta de rigor en el control de los fondos públicos, unido a las demandas de todos los socios del gobierno en la aprobación de los presupuestos, va a suponer un incremento del déficit público hasta niveles nunca vistos en nuestro país, y eso que partimos del más alto de toda Europa. Y el déficit sostenido se transforma en deuda pública, y esa deuda en un lastre para el futuro. La “next generation” se va a cagar en todos los que intervinieron en la gestión de los fondos Next Generation, no tengo ninguna duda.

Ni siquiera cabe el consuelo de pensar que de los 140.000 millones que teóricamente deben llegar a España en los próximos ejercicios, 72.700 son ayudas directas y 67.300 corresponden a préstamos que, de momento, no se van a solicitar. Si algo han demostrado los políticos de nuestro país es que una vez que crean un cargo público, sea comisión, secretaría, grupo de expertos, consejo o empresa, no desaparece. Los seres vivos públicos nacen, crecen, no desarrollan nada, procrean y nunca mueren. Y no me refiero a médicos, profesores, fuerzas y cuerpos de seguridad, funcionarios de carrera, trabajadores sociales, etc., no. Me refiero al ingente e infinito crecimiento de afines a los partidos que se crean para vivir de lo público.

El actual Consejo de Ministros (¡y Ministras!) consta de 23 miembros (¡y miemb…!, no, eso no), incluyendo al presidente y las cuatro vicepresidencias creadas. Son seis ministerios más que en el primer gobierno de Pedro Sánchez, en 2018. En ese primer gobierno había 25 secretarías de Estado, que tres años después ascienden a 30. Evidentemente, las razones que motivaron dichos incrementos no fueron de eficiencia o mejora de gestión de lo público, sino para hacer hueco al nuevo socio de gobierno. Para los que nos escandalizamos con este despelote, resulta recomendable este gráfico de la evolución del número de vicepresidencias y ministerios en las últimas cuatro décadas: hemos vuelto a los niveles de mayo de 1980.

Luego está la cifra de asesores que pueden contratar en esos ministerios, nombramientos de libre designación, normalmente de fuera de la administración pública, que son designados a dedo sin tener que justificar un mínimo currículum o preparación. Este artículo de Voz Pópuli hablaba de 1.212 asesores con un coste anual de 65,4 millones de euros, un fuerte incremento en comparación con las cifras (también estratosféricas) de 860 asesores y 44,8 millones de euros anuales del último gobierno de Mariano Rajoy. No he podido validar el origen de estas cifras que me parecerían escandalosas si fueran ciertas, pero me resultan igualmente escandalosas las determinadas por la web Newtral.es, elaboradas tras realizar solicitudes de información a los diferentes ministerios a través del Portal de Transparencia. Este análisis concluye que el gobierno de coalición tuvo en nómina al menos a 224 asesores, y dice “al menos” porque el ministerio de Interior (Grande Marlaska) y el gabinete de Presidencia no contestaron a los requerimientos. 224 asesores de libre designación de los que no podemos saber el salario ni la trayectoria profesional porque así se decidió en la propia Ley de Transparencia, a la que ya le dediqué su correspondiente crítica por cagadas como esta (Ni transparencia, ni buen gobierno).

El sueldo base de un asesor ascendía a 51.945 euros en 2020 y el de un consejero técnico de información, de 45.638 euros, a los que hay que sumar los complementos específicos de 28.320 euros por “asesorar” en una vicepresidencia y de 21.299 euros si es en un ministerio. Y no acaba ahí la cosa, sino que además tienen unos complementos de productividad que son variables: “varían” en función de lo que al que les ha colocado le parezca bien. Todo ello me parece un despelote infinito, como puede comprobar cualquiera con sus propios ojos echando un vistazo al Real Decreto 139/2020, de 28 de enero, por el que se establece la estructura orgánica básica de los departamentos ministeriales. Dejo solo un artículo para el que quiera hacer sumas:

Del análisis de Newtral llaman la atención muchas cosas, como el hecho de que el ministerio que designó a mayor número de asesores durante el primer año de gobierno fue el de la Vicepresidencia de Derechos Sociales y Agenda 2030 ¡con 18! asesores afines designados a dedo por Pablo Iglesias. Prácticamente el triple que Sanidad, Trabajo o Educación, para que se entienda bien cuáles son las prioridades de ese ex vicepresidente que solo hablaba de la importancia de la sanidad, el trabajo y la educación.

España tiene muchos problemas, pero el de la ineficiencia de las costosísimas administraciones públicas es uno de los más gordos y de más difícil resolución, puesto que quienes tendrían que resolverlo son los que lo han originado. Pero no termina en el gobierno central, ni mucho menos. Este martes 4 de mayo tenemos elecciones a la presidencia de la Comunidad de Madrid y uno ve con asombro que el número de diputados autonómicos sube de 132 a 136. ¿136 diputados en la Asamblea de Madrid? ¿Para qué? La Generalitat de Cataluña tiene otros 135 diputados en el Parlament y todavía no han sido capaces de formar gobierno después de más de dos meses. En la Asamblea de Murcia, donde se originaron estos últimos movimientos de silla por controlar el poder, hay 45 diputados y en Andalucía, otros 109. Suma y sigue, y si todo ello redundara en beneficio del ciudadano, no lo discutiríamos, el problema estalla cuando vemos la torpeza de casi todos ellos para gestionar una crisis como la generada por la pandemia o para crear estabilidad económica o desarrollo para sus respectivas regiones.

(En el interior te hablan de la preocupación por el medio ambiente. Ya…)

Siempre que leo estas cifras me acuerdo de la teoría de las élites extractivas que los norteamericanos Daron Acemoglu y James Robinson desarrollaron en su libro ¿Por qué fracasan los países?: las élites extractivas “tienen como objetivo extraer rentas y riqueza de un subconjunto de la sociedad para beneficiar a un subconjunto distinto”. Es una aberración que desde el año 2000 hayan crecido las transferencias de competencias a las comunidades autónomas y que hayan aumentado paralelamente los cargos autonómicos y los asesores de los gobiernos centrales. Esta misma semana escuché en la radio un dato escalofriante: desde marzo de 2020 se ha creado un puesto público por cada cuatro empleos que se han destruido en el sector privado. Si los datos son ciertos, el sector público ha aumentado en 149.400 asalariados en los últimos doce meses, mientras que las empresas han destruido 605.400 empleos. Es insostenible.

El economista y profesor de la universidad de Barcelona José María Gay de Liébana publicó esta semana un artículo que leí con interés, pese a que su título cabreaba por la mera posibilidad de que nos lo planteáramos en serio: ¿Y si nos intervinieran? El profesor elabora unos cálculos de la deuda pública española, añadiendo al 120% oficial ya conocido el montante global de pasivos en circulación de todas las administraciones y la deuda de las empresas públicas, y sitúa la cifra en la acongojante cantidad de “2.028.737 millones, el 180,8% del PIB“. Concluye el profesor diciendo que “durante estos años recientes se ha demostrado la manifiesta incapacidad de nuestros gobernantes y la clase política para sacar adelante a España. Quizás es la hora en que necesitamos que vengan desde fuera y nos pongan firmes para así poder desarrollar todo nuestro potencial económico“. Yo no puedo estar de acuerdo con la intervención externa, pero sí con el control exhaustivo de todas nuestras finanzas, justo lo contrario de lo que están demandando Sánchez, Iglesias y Montero desde que llegaron al gobierno. Y más control ahora que van a llegar millones desde Europa y se ha fomentado un cambio legislativo para relajar dichas medidas de control.

La Unión Europea lleva años reclamando tres reformas fundamentales a nuestros gobiernos: laboral, fiscal y del sistema de pensiones. La del sistema de pensiones no se ha comenzado porque crea unos conflictos que ningún gobierno quiere afrontar. Las modificaciones en la legislación laboral van en línea contraria a lo demandado por Europa, y la fiscal se ha centrado única y exclusivamente en incrementar la carga fiscal a las empresas y a lo que llaman “las grandes fortunas”, que en la mayoría de las medidas son “las medias fortunas”, la clase media. Cuando uno no es capaz de controlar su gasto público, ¿qué es lo que hace?: plantear que hay que subir los impuestos. La recaudación fiscal cubría hasta hace dos años el 93 por ciento del gasto público. Ahora apenas alcanza el 75 por ciento, y este es un dato más que preocupante.

Concluyo donde comencé, con la oficina de Richard Pryor recibiendo proyectos y unas costosas campañas electorales. Espero que no se cuelen proyectos para amigos como el del machismo de la M-30. ¿Cómo se va a articular el dineral proveniente de Europa? Pues a través de lo que el Real Decreto recoge como seis pilares, cuatro ejes y diez políticas palanca:

Y si concretamos un poco más, estas políticas se desarrollarán a través de treinta líneas de acción (algo inconcretas, por cierto):

Si esto fuera el Un, Dos, Tres, al llegar al número 6 ya habrían saltado las Tacañonas para decir que habían repetido una respuesta.

El punto 29 es la mejora de la eficacia del gasto público, que espero que no consista en crear un nuevo comité de asesores y subdirectores para decir cómo hay que ahorrar. Y por cierto, todo muy resiliente, digital e inclusivo. Esperemos que la inclusividad no consista en pagar a “especialistas” o “especiedelistos” para hacer contribuciones como esta:

Poco nos pasa.

Memoria (II): el olvido

LESTER, 05/04/2021

De acuerdo con todos los expertos a los que me referí en la primera parte, los recuerdos se construyen en la memoria a partir de una alteración de la realidad (quizás sea mejor decir “adaptación”) por parte de nuestro cerebro, influido por los sentimientos y la carga emotiva. La memoria selecciona la parte que más interesa al individuo, o que más llama su atención, y desdeña los malos recuerdos o la negatividad asociada al hecho recordado. El pasado se dulcifica la mayoría de las veces, se tiende a caer en la nostalgia, en la pena por la pérdida de un tiempo que creemos que fue feliz y quizás no lo fue tanto. El verso de Jorge Manrique concluía diciendo aquello de “cualquier tiempo pasado fue mejor“, que no tiene por qué ser cierto, y de hecho muchas veces no lo fue, pero sí la percepción que queda.

No tengo claro que una memoria exacta, capaz de recordar hasta el más mínimo detalle de lo que ocurrió, sea lo deseable. Ni siquiera tengo claro que sea negativo poseer una memoria escasa, o más bien, una memoria selectiva que se quede solo con lo positivo y elimine todo aquello que afecte a la persona o le hiciera algún tipo de daño. Al menos como individuo, esa memoria selectiva le permitirá mirar hacia delante, dejar atrás el pasado, no anclarse y revivir una situación desfavorable. La memoria implacable, eficaz, puede perpetuar el rencor, mientras que esa otra memoria falible o maleable, “adaptada”, puede llevar con mayor facilidad al perdón o la reconciliación. El olvido, por tanto, puede tener sus ventajas ocasionales, pero como todo en la vida, en su justa medida, puesto que el olvido excesivo tampoco resulta conveniente: sin recuerdos ni memoria, se condena a la persona a perder su esencia, lo que es. Su personalidad, las experiencias que lo formaron, sus capacidades racionales, su buen o mal humor. En definitiva, la persona que era deja de serlo, como por desgracia vemos en los enfermos de Alzheimer. En El río de la conciencia, de Oliver Sacks, hay un capítulo dedicado a los estudios de Freud como neurólogo, y para él, nada era tan importante para la formación de la identidad como el poder de la memoria; nada garantizaba más nuestra continuidad como individuos. Pero los recuerdos cambian, y nadie era más sensible que Freud al potencial reconstructivo de la memoria, al hecho de que los recuerdos se reelaboran y revisan continuamente”. Para Sacks, “no existe una manera fácil de distinguir un recuerdo o una inspiración auténticos, sentidos como tales, de los que se toman prestados o se sugieren, entre lo que Donald Spence denomina la verdad histórica y la verdad narrativa”.

Todo lo dicho para el individuo tiene un tratamiento muy diferente cuando se trata de crear una memoria colectiva. En cuanto alguien menciona la posibilidad de dejar atrás el pasado para evolucionar como sociedad, surge otro que de manera inmediata recuerda la famosa frase del filósofo George Santayana:

“Aquellos que no pueden recordar el pasado, están condenados a repetirlo”.

Esta frase, inscrita en uno de los barracones de Auschwitz, se ha utilizado de manera incorrecta en múltiples ocasiones, y se ha tergiversado en parte su interpretación, porque desde luego lo que no dijo nunca fue que “los pueblos que olvidan su historia, están condenados a repetirla”, como he escuchado tantas veces. Santayana hablaba desde una perspectiva antropológica de basar el progreso en la experiencia, en lo que llamaba la “retentividad”: “…y cuando la experiencia no se retiene, como entre los salvajes, la infancia es perpetua. Los que no pueden recordar el pasado, están condenados a repetirlo“. No habla de una memoria colectiva, ni de los pueblos o su historia, porque posiblemente no exista una memoria colectiva, o una memoria del pueblo como tal, salvo la que se crea y se transmite por sus dirigentes, con todos los peligros que ello conlleva, porque otra frase muy conocida nos advierte que “la historia la escriben los vencedores”, con todo lo que tiene ello de subjetivo.

En cualquier caso, esta frase entra en conflicto con lo escrito por Lewis Hyde acerca de la necesidad de dejar atrás el pasado para poder avanzar como sociedad (Breviario del olvido. Apuntes para dejar atrás el pasado). Para los interesados en el tema, les recomiendo un programa que escuché recientemente sobre el asunto en La Cultureta, de Onda Cero (dejo aquí el enlace). En el mismo, hablaron de las leyes del olvido promulgadas en la antigua Grecia para avanzar como sociedad sin necesidad de recordar continuamente el pasado de unos y otros. También salió el nombre de David Rieff, el hijo de Susan Sontag, cuyo libro Contra la memoria es toda una declaración de intenciones en contra de la memoria histórica. En el libro (que no he leído, pero ya he apuntado en la lista de “pendientes”), David Rieff habla de la creación de la memoria colectiva por parte de los nacionalismos de todo tipo, y de cómo la memoria de horrores pasados enciende profundos odios étnicos, violencia y guerras. Se centra en lo que vio con sus propios ojos de corresponsal de guerra en la antigua Yugoslavia, en Ruanda o en Sierra Leona, en cómo los distintos pueblos, etnias o nacionalidades se reprochaban continuamente lo sucedido en el pasado. “En las colinas de Bosnia aprendí a odiar, pero, sobre todo, a temer la memoria histórica colectiva”. Su siguiente libro también lleva un título clarificador: Elogio del olvido. En una entrevista para la promoción de su nuevo libro, en 2017, pronunció afirmaciones tan contundentes (y controvertidas) como que el recuerdo puede servir como arma de guerra y el olvido puede ayudar a construir la paz.

Llegado a este punto, reconozco que siempre que se habla de memoria histórica en España tengo mil dudas. Los que nacimos en los últimos años de la dictadura, los que fuimos adolescentes en los ochenta, no teníamos un problema, o no creíamos tener un problema sin resolver con la guerra civil española. Había pasado medio siglo, creo que todos teníamos familiares que habían estado en ambos bandos y sin necesidad de hablarlo éramos conscientes de que en una guerra se cometen todo tipo de tropelías por parte de todos, de unos y de otros, o de “hunos” y de “hotros”, como diría Miguel de Unamuno. Los padres de los que somos de mi generación nacieron en la posguerra o eran muy críos en los últimos años de la guerra y todos ellos miraron hacia delante creyendo que no convenía remover ese pasado incómodo. Poco después de la muerte de Franco se promulgaron diversas medidas de indulto y el Real Decreto 10/1976 habló directamente de amnistía. La palabra “amnistía” viene del griego “mnéme”, memoria, y significa precisamente su negación, “olvido, perdón”. El texto del real decreto era claro en sus intenciones:

“La Corona simboliza la voluntad de vivir juntos todos los pueblos e individuos que integran la indisoluble comunidad nacional española. Por ello, es una de sus principales misiones promover la reconciliación de todos los miembros de la Nación, culminando así las diversas medidas legislativas…

“Al dirigirse España a una plena normalidad democrática, ha llegado el momento de ultimar este proceso con el olvido de cualquier legado discriminatorio del pasado en la plena convivencia fraterna de los españoles. Tal es el objeto de la amnistía de todas las responsabilidades derivadas de acontecimientos de intencionalidad política o de opinión ocurridos hasta el presente…”

Pero todo este “olvido” volvió a la actualidad muchos años con la llamada Ley de Memoria Histórica, Ley 52/2007, “por la que se reconocen y amplían derechos y se establecen medidas en favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la guerra civil y la dictadura”, promulgada durante el gobierno de Zapatero, con el siguiente objeto:

Sin embargo, pese a indicar que la Ley trata de “fomentar la cohesión”, se habla cada día más de la necesidad de la memoria histórica, pero no con la idea de resarcir a determinadas víctimas o de ayudarles a encontrar los restos de sus familiares, sino con ánimo revanchista, en muchos casos, con intención de reescribir la historia. Hoy se habla más que nunca de “¡Franco, Franco!”, ¡joder, un dictador muerto hace 45 años!, y sobre todo de lo que algunos llaman “sus herederos”, avivando un odio que no existía y creando de nuevo dos Españas cada día más distanciadas. Y me preocupa especialmente por cómo se ha parido y gestionado todo este proceso, por esa manera de diferenciar la “verdad histórica” de la “verdad narrativa”, por las personas que han dirigido el proceso y sobre todo por las intenciones con las que algunos lo hacen. Nunca se me olvidará aquel desliz de Zapatero a Iñaki Gabilondo en el que dijo que “nos conviene que haya tensión“.

Habrá quien me diga que, si tan a favor del perdón o el olvido estoy, por qué me resisto a hacer lo mismo con gente como Arnaldo Otegi o los tipejos de Bildu, y creo que la respuesta es evidente. Lo primero es que no estoy a favor del olvido, sino del conocimiento. Lo segundo, nuestros padres hicieron un trabajo cojonudo para que nos uniéramos y miráramos hacia delante, fuéramos de derechas o de izquierdas, más progres o más conservadores, lo pasado, pasado está, había que unirse como nación, modernizarse, entrar en Europa, etc. Los que en su día daban respaldo político a ETA se dedican ahora a homenajear a los asesinos cuando salen de las cárceles y vuelven a sus pueblos. No hay arrepentimiento alguno, no hay empatía alguna hacia los familiares de las víctimas, mientras que sí la ha habido siempre en España para enterrar nuestro pasado “guerracivilesco”.

Quizás la solución pase por hacer algo como lo que hizo Italia durante el gobierno de Matteo Renzi con la apertura del museo del Fascismo en Predappio, a quinientos metros de la casa en la que nació Benito Mussolini. Entendieron que había llegado la hora de romper con un tabú de setenta años y que la mejor manera no era ocultar u olvidar el pasado, sino precisamente mostrarlo, explicarlo. Como dijo el presidente de su partido, Matteo Orfini: “Somos un país antifascista, lo que está reconocido en la Constitución. No tenemos necesidad de cancelar nuestra memoria. Borrarla es un elemento de debilidad, no de fuerza por parte de quien la practica“.

Estos días estoy leyendo la recopilación de artículos de Francisco Tomás y Valiente A orillas del Estado, y precisamente una figura como la suya, magistrado del Tribunal Constitucional propuesto por el PSOE en 1991, abogaba por una solución como la que comento sobre Italia:

“Hemos hecho en este país la transición a la democracia sobre la bisagra de una reforma cimentada en el silencio y la ruptura de la espiral de venganza. Así había que hacerla y no hay que arrepentirse de ello. Bien hecha estuvo. Pero del silencio al olvido y la ignorancia solo hay dos pasos, y sería pernicioso que muchos los dieran”.

“Quienes no vivieron el franquismo, o solo conocieron su etapa final, deben estudiarlo para no repetirlo. Deber nuestro es transmitirles, sin rencores ni ánimos de venganza, sino con distanciamiento metódico y sin más pasión que la de sembrar lucidez y tolerancia para el presente y el futuro, lo que aquel régimen, hoy tan lejano como peligrosamente desconocido, fue”.

Y más adelante, en A vueltas con la transición, se lamenta de cómo algunos están avivando los enfrentamientos:

“La hicimos entre todos, y ahora parece que nos preocupa tanto saber quiénes fueron sus protagonistas, que las peleas que entonces no hubo corremos el riesgo de (¡por fin!) entablarlas en este otoño por tantos conceptos caliente”.

“Mi segunda observación consiste en recordar algo que quienes vivimos aquello rememoramos con orgullo y sin arrepentimiento: la viva solidaridad de todos los españoles demócratas”.

Los artículos son de 1993 y de 1995, ni más ni menos. Claro que habla con conocimiento y madurez, le preocupa la ignorancia y para que todo esto llegue a nuestro país deberíamos tener una clase política culta, formada, que dejara en manos de los expertos lo que pertenece al ámbito de la historia y no del “relato”. Y sobre todo, una clase política generosa que no se pase el día contando los réditos electorales que van a obtener por reavivar el odio o incendiarios proclamando que “hay que acabar con el Régimen del 78”.

Desigualdades

JOSEAN, 14/03/2021

Hace apenas una semana se presentaban las cifras de empleo de febrero y con ellas, la evolución de los últimos doce meses. El pre-Covid y el “on-Covid”, sin que veamos todavía el post-Covid que estamos deseando comenzar de una vez. Desde marzo de 2020, cuando estalló la pandemia y se decretó el estado de alarma, la situación económica es dramática, tanto para empresas como para autónomos y familias. El paro supera de nuevo los cuatro millones, cifra que no se superaba desde abril de 2016. A esa cifra habría que añadir las 900.000 personas que se encuentran actualmente en ERTEs y los 510.000 autónomos que permanecen en situación de cese de actividad.

El panorama es desolador, y con el aumento del paro lógicamente crece la desigualdad. Según un reciente informe de Oxfam, la tasa de pobreza severa en España (considerando como tales a aquellas personas que viven con menos de 16 euros al día) ha aumentado del 9,2% de la población al 10,86%, lo que supone añadir 790.000 personas a ese triste grupo de gente que malvive por debajo del nivel de subsistencia. Casi 800.000 nuevos pobres.

Los datos del paro se pueden analizar desde diversos puntos de vista. Llama la atención el sexo de los parados, puesto que 2.304.779 mujeres están en situación de desempleo, mientras que los hombres se quedan en una cifra lejana: 1.704.010, “apenas” el 42,5%. Estos datos sitúan la tasa de desempleo femenino en el 19,3%, mientras que la masculina está en el 14,1% (Datos del Informe de la Fundación Adecco). Desigualdades de todo tipo, por sexo, por comunidades y por edad.

Se incide mucho en la tasa de paro de los jóvenes menores de 25 años, cercana al 50%, un dato cuatro veces por encima del existente en países como México o Corea del Sur. Según los datos del último INE, de los cuatro millones de parados, 366.403 tienen menos de 25 años. En muchos casos se trata de jóvenes recién salidos de la formación profesional o de la universidad, con idiomas o másteres diversos, que no encuentran su hueco en el mercado. Buena parte de ellos emigrará, otros cuantos opositarán, y muchos caerán en el desánimo. No es consuelo, pero muchos de ellos seguirán viviendo de (y con) sus padres más tiempo del que les gustaría, a la espera de que lleguen tiempos mejores.

Hay otro grupo de edad al que se presta menos atención, que es el de los mayores de 50 años. Hablamos de 936.200 personas, es decir, cerca de la cuarta parte de los parados actuales. En su caso la situación se agrava puesto que la mayoría tiene cargas familiares y un horizonte incierto por delante, con la jubilación aún lejos de su alcance. Y desde luego las posibilidades de lograr un contrato disminuyen enormemente tras pasar la barrera psicológica de los cincuenta. La Organización Mundial de la Salud identifica la discriminación por razón de edad al mismo nivel que la discriminación por sexo o raza, y en el caso de la edad el problema aumenta a medida que pasa el tiempo o cuanto mayor sea la edad. Más del 70 por ciento de los parados mayores de 55 años son desempleados de larga duración, es decir, llevan más de un año sin encontrar trabajo. Surgen así nuevas desigualdades, que se acrecientan si añadimos el factor sexo a los datos. Según el mencionado Informe de Adecco, el 57 por ciento de los desempleados de larga duración son mujeres y en el tramo superior a los 55 años suponen casi dos tercios del total:

En este blog ya dediqué una entrada a la brecha salarial y otra a esa enorme diferencia (que además se ha incrementado) entre directivos y empleados, una auténtica grieta salarial creciente relacionada con el momento en que cada generación se incorporó al mercado de trabajo y comenzó a ocupar los puestos de responsabilidad. En el mencionado tramo de edad por encima de los 50 años van a convivir los trabajadores con el sueldo normalmente más alto de las compañías y los desempleados de larga duración cuya pensión se va a reducir de manera considerable.

No voy a extenderme más en estos asuntos porque lo que me interesaba era resaltar algunas diferencias que se están produciendo y aumentando en el sistema. La propia Covid-19 se ha cebado de modo distinto entre hombres y mujeres. Según el Informe del INE, el número de hombres fallecidos por Covid-19 es superior en todos los tramos de edad por debajo de los 85 años, y solo es superado por encima de esta barrera, fundamentalmente porque hay el triple de mujeres que de hombres en esos rangos de edad.

Buceando en los datos del INE se pueden encontrar esas estadísticas que aparecen de manera excepcional en las noticias, como son las cifras (escalofriantes por otro lado) de suicidios en España. En una consulta rápida obtengo los siguientes resultados:

El suicidio es la primera causa externa de muerte en España, por encima de los accidentes de tráfico. No podemos entrar a averiguar las causas que motivaron estas tragedias, pero llama la atención que se repita la proporción de uno a tres entre mujeres y hombres a lo largo de toda la serie temporal. Las cifras son terribles, suponen más de diez suicidios diarios, motivo por el que numerosas voces llevan años reclamando un Plan Nacional para la prevención del suicidio, considerado por la Organización Mundial de la Salud como un grave problema de salud pública.

Sigo la evolución de esa estadística desde hace tiempo y siempre me ha sorprendido la “estabilidad” de las cifras, la anomalía que suponen en un país en el que (creo) se vive tan bien. Como también me asusta la estadística de los accidentes laborales, otra lacra que, pese a haberse reducido en los últimos años, sigue en unas cifras escalofriantes. En 2020, y pese al parón de actividad, fallecieron 708 trabajadores, 595 de ellos en accidentes durante la jornada de trabajo y 113 durante los trayectos de ida y vuelta al centro de trabajo, los llamados “in itínere”.

Entrando en el detalle de esas cifras se advierte una diferencia importante por el sexo de los fallecidos, 565 de los cuales eran hombres y 30 mujeres. Quizás se deba al peso mayoritario de los hombres en sectores como la construcción, la industria o el transporte, donde apenas hay presencia de mujeres, pero no deja de resultar llamativo. Los partidos en el poder presentaron una norma seguramente inconstitucional para promover la presencia de mujeres en las llamadas carreras STEM (ciencias, tecnológicas, ingeniería y matemáticas), pero evidentemente no les interesó forzar un cambio de paradigma en estas otras profesiones en las que las mujeres están infrarrepresentadas.

Finalmente retiraron la propuesta e hicieron bien, porque vistas las explicaciones que daban algunas sobre esta medida, caían en actitudes machistas que teníamos ya olvidadas. Los porcentajes tan desiguales en la estadística de los accidentes laborales son similares, pero a la inversa, a los porcentajes de los fallecimientos (llamémoslos asesinatos) por violencia de género o violencia doméstica. Una auténtica lacra que por desgracia no reduce sus cifras año tras año.

Todas las estadísticas nos llevan a conclusiones evidentes: aumentan las desigualdades de todo tipo. Entre ricos y pobres, entre contratos fijos e indefinidos, salariales, generacionales, por razón de sexo,… La pandemia lo ha agravado todo y solucionarlo requiere de políticas activas de diversos ministerios: Empleo, Hacienda, Economía, Sanidad, Inclusión, Seguridad Social,… En España estamos tan convencidos de corregir las desigualdades que hasta tenemos un Ministerio para luchar contra todas ellas desde “una perspectiva de género”. Los resultados saltan a la vista:

Evidentemente, la evolución de estos datos económicos no depende del Ministerio de Igualdad, cuya agenda ha estado marcada por otros asuntos, como los intentos de aprobación de la Ley de Libertad Sexual y el Proyecto de Ley para la Igualdad Plena y Efectiva de las personas Trans. ¿Entonces, la Ley de Igualdad de Trato y No Discriminación no ha sido parida en ese Ministerio? Pues tampoco, puesto que fue aprobada en el Consejo de Ministros a iniciativa del PSOE y con la abstención de Podemos, pese a contar con toda una ministra de Igualdad de dicho partido en el gobierno. Las diferencias entre los dos partidos de gobierno son evidentes en numerosos asuntos de esta índole, pero quizás la titular del Ministerio de Igualdad, Irene Montero, ha estado del lado de las asociaciones feministas y todo se debe a una persecución constante de su actividad por parte del “heteropatriarcado” más rancio y caduco. Lo cual me cuadra mal con el hecho de que un centenar de asociaciones y colectivos feministas hayan reprobado su primer año de gestión por considerar que está cayendo en una “deriva antifeminista”. O a mi modo de ver, en una pelea absurda entre mujeres y hombres.

El presupuesto del Ministerio de Igualdad o “igual da” se ha incrementado hasta los 451 millones de euros para 2021. Suponemos que la ministra en cuestión es una persona preparada para gestionar estos fondos, más los que tienen que llegar de Europa, porque pensar que ha llegado al puesto por sus relaciones personales sería de un machismo insoportable. Sería algo parecido a lo que se dijo de Ana Botella, que pese a ser licenciada en Derecho, haber obtenido la oposición al Cuerpo de Técnicos de la Administración Civil del Estado y tener amplia experiencia en diversas Administraciones Públicas, se le acusó de llegar al cargo por ser “la mujer de” o “elegida a dedo por”, lo cual, visto cómo se cuecen las cosas en política, puede tener mucho de cierto. A mí personalmente, Ana Botella nunca me gustó y me incomodaba su modo de explicarse, pero el machista insoportable que pronunció aquellas palabras fue Pablo Iglesias.

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Un cuento progremita

LESTER, 06/03/2021

La delegada de Juventud estaba radiante. Aquella soleada mañana de martes convocó a sus compañeros de la concejalía de Cultura, así como al propio concejal, y les presentó el proyecto que la tenía tan ilusionada:

– Buenos días, compañeros y compañeras. Como os adelanté la semana pasada, estamos trabajando para ofrecer una formación en teatro e interpretación para los y las jóvenes de la localidad, que por lo que nos han transmitido otros años, es un tema que interesa a muchos de ellos y ellas. Por esa razón, se nos ocurrió a Gema y a mí que podía ser muy interesante trabajar desde el principio en una obra que fuera conocida por la mayoría de los asistentes a los cursos y ofrecer una representación para sus padres y madres al final del trimestre. Gema, por favor, cuéntales nuestra idea.

– Gracias, Carla. Sí, estamos hablando de chavales y chavalas de entre 12 y 16 años de edad, luego estuvimos pensando en una obra conocida por todo el mundo, pero que se pudiera adaptar a lo que entendemos son unos valores más adecuados al momento actual.

Alberto permanecía impasible, de brazos cruzados, con el aire ausente de siempre. A él le iba más la acción y este tipo de actividades le importaban más bien poco. Ramiro, el concejal, de largo el más veterano de los asistentes a la reunión, se incorporó levemente, apoyó los brazos sobre la mesa y preguntó de manera directa:

– ¿A qué obra pensáis meterle mano?

Gema y Carla se miraron entre ellas. Estaba claro que esperaban una reacción similar, así que se sonrieron y Carla tomó la palabra para responder con el discurso que tenían preparado:

– Antes de que digas nada, Ramiro, antes de que pongas el grito en el cielo, te repito que vamos a adaptar la obra, que vamos a hacer que incluya los valores que queremos transmitir a nuestros jóvenes: solidaridad, resiliencia, tolerancia, generosi…

Ramiro extendió su mano como implorando la respuesta:

– ¿Y esa adaptación es de…?

El Principito -respondieron ambas al unísono.

– ¡No me jodas! ¡El Principito! Con lo que estamos machacando a la monarquía, vamos a montar un show sobre ese chico “tan majo”, hijo de reyes, con derechos sobre…

– No, no, no, en absoluto, por eso queríamos explicártelo. En ningún caso será un príncipe, estamos dándole vueltas al modo de convertirlo en un ciudadano o ciudadana republicana ejemplar.

– ¡El Republicanito! -volvió a la carga Ramiro.

Ramiro era antiguo militante del Partido Comunista, “del de toda la vida”, y llevaba mal los nuevos tiempos de integración en la formación Alpedrete Se Puede, pese a que en el reparto de cargos le había tocado la concejalía de Cultura. Había militado en el PCE de finales de los setenta y principios de los ochenta, “de cuando luchábamos de verdad por la defensa de los trabajadores, en los comités de empresa, montando huelgas, piquetes… y no perdíamos el tiempo en moñadas sobre el lenguaje inclusivo o en discusiones sobre la bandera”. Ese discurso que todos en el ayuntamiento habían escuchado alguna vez estaba a punto de salir de nuevo de su boca.

– No, el Republicanito, no, sonaría ridículo…

– Si además es un tipo alto, rubio, bien formado, ¡un puto nazi! ¡Qué coño un nazi, si es como nuestro Príncipe antes de que fuera Rey!

– Ramiro, no te consiento que llames nazi a un personaje escrito precisamente por alguien que combatía contra los nazis en el frente de África. Si nos dejas, tratamos de explicarte nuestra idea -sugirió Carla.

– El simple hecho de que sea un hombre blanco responde a los estereotipos del heteropatriarcado -continuó Gema-, años y años de obras protagonizadas por hombres blancos y si me apuras heteros, así que el giro consiste precisamente en eso, en convertirlo en una mujer, no necesariamente rubia, no necesariamente alta, no…

– Os recuerdo que la obra es para adolescentes y sus padres, -interrumpió Ramiro-. Por favor, no me pidáis convertirla en mujer cis o trans, o lesbiana, que ya tenemos el escándalo montado.

– Nuestra idea va más por la vía de hacer de ella un personaje racializado.

Ramiro apreciaba los esfuerzos de Carla y Gema, valoraba sobre todo su juventud, entusiasmo y empuje, pero sin embargo las temía por su ausencia total de formación y lo sencillo que resultaba manejarlas, llevarlas por donde la corriente dictara o hacia donde las modas, especialmente las del lenguaje, las dirigieran. Todavía recordaba la que se montó cuando Carla se lió con un “ex-jarrai” e invitó a su grupo de vascos radikales a tocar en las fiestas del pueblo. La oposición pidió su cabeza por unas letras inadmisibles y solo se salvó por el hecho de que la contratación se hizo casi a precio de saldo y dentro de un pack completo en el que se incluían varios grupos de música alternativa de diferentes provincias. “Fue un error. Lo siento, me he equivocado, no volverá a ocurrir. Si esto os sirve en otros casos, espero que valga esta vez”, fue su manera de zanjar el asunto en el pleno municipal.

– ¿”Racializada” significa negra?

– Qué bruto eres, Ramiro -respondió Carla-. Estamos pensando en una joven empoderada de origen magrebí, que sabes que en el pueblo ha crecido mucho la comunidad del norte de África. Además, pensamos que encaja perfectamente porque, te recuerdo, es allí donde se desarrolla el libro original.

Alberto intentó mediar en la situación, sobre todo porque vio que el gesto serio de Ramiro se había distendido. Sin duda alguna, su cerebro empezaba a valorar la idea.

– Ramiro, si te parece, vamos a dejar que nos expliquen el planteamiento. A mí me suena bien, una magrebí en el desierto del Sáhara cuestionando a un europeo repleto de prejuicios, no tiene mala pinta.

– Si te vas al libro original -continuó Carla aprovechando la tregua-, es una crítica al modo de entender el mundo de los mayores. Está el vanidoso, el millonario que no sabía para qué quería acumular tanta falsa riqueza, el rey que exigía obediencia y sumisión, el borracho… Podemos visibilizar muchos temas y llevarlos a nuestro terreno.

Ramiro permanecía en silencio. En el equipo de gobierno del ayuntamiento valoraban su capacidad e integridad, así como su visión realista de la situación, pero quizás por la edad, por esa negatividad o desencanto que mostraba, y sobre todo por esos prontos ocasionales, se había ganado a pulso fama de cascarrabias. Seguramente su cabeza estaba imaginando la representación que le proponían las dos jóvenes. El libro original de Saint-Exupéry le había parecido siempre una gilipollez supina, un cuento mucho más infantil e infinitamente menos profundo de lo que sus seguidores pretenden, pero era consciente de que no lograba que su afición a Gramsci o Gorki calara en los jóvenes que le acompañaban en el partido. “El comunismo es mucho más que ponerse un mechón morado y un candado en la nariz, es rebeldía intelectual frente a un sistema individualista e insolidario”, solía decir. A sus propuestas culturales de los últimos tiempos, los ciclos sobre Bertolucci y Eisenstein, no había asistido nadie, ni siquiera sus “camaradas” más cercanos. Por el contrario, Carla conectaba bien con la gente más joven del pueblo. Sus propuestas resultaban ciertamente banales a Ramiro, muy simplonas, pero tenía que reconocer que lograban el seguimiento de la gente, la asistencia de jóvenes y mayores, y de paso conseguía lo que llamaba “llevarlos a nuestro terreno”. En otras palabras: adoctrinar, dejar el mensaje progresista en cualquier manifestación artística o cultural, por intrascendente que pudiera parecer a priori.

– Ahora tenemos una reunión del equipo de gobierno y os tengo que dejar -dijo Ramiro cuando salió de su meditación- , pero os diré lo que vamos a hacer. El lunes me traéis el guion completo de lo que pretendéis representar y yo os lo apruebo o no. Os lo diré en la misma mañana.

– Pero, Ramiro, eso es censura, no puedes cortar nuestra libertad de… -respondió Gema.

– Claro que puedo, ya lo creo que puedo. No todo vale y no quiero sorpresas, ¿entendido?

A la semana siguiente, las dos jóvenes presentaron su proyecto a Alberto y a Ramiro. El guion tenía poco más de treinta páginas encuadernadas con el título La princesa del desierto. A Ramiro le gustó, “tengo que reconocerlo, no suena monárquico, sino poético y nos pone inmediatamente en contexto”. Hicieron una lectura acelerada de los principales aspectos del cuento. El viaje entre planetas de El Principito se había convertido en un deambular de la joven magrebí en patera entre islas occidentales que le denegaban la entrada con argumentos peregrinos.

– Reconozco mi sorpresa, esto suena interesante, abre bastantes posibilidades.

– Hemos trabajado intensamente en el libro -respondió Carla henchida de orgullo-, llevamos varias semanas leyendo y releyendo el maravilloso relato y…

– Vamos a ver, no os vengáis arriba, que se lee en cuarenta minutos, que no es Bakunin precisamente.

– ¿Vaqué? Mira, Ramiro, hemos trabajado mucho en el proyecto, reconoce que para una representación infantil y juvenil es una obra perfecta que nos permite dejar ciertos de mensajes a los y las jóvenes del pueblo.

– Recuerda que casi todos los capítulos de El Principito -continuó Gema-, terminaban con “Las personas mayores son decididamente muy, muy extrañas”. Espero que te parezca bien nuestra idea, pero queremos cambiar “las personas mayores” por “los europeos”.

– El hombre de negocios millonario no tiene tiempo para atender a la joven de la patera porque tiene que contar su fortuna, que amasa y protege con esmero. El borracho que se avergüenza del tipo de vida que lleva representa el modo de mirar hacia otro lado de Europa. El rey solo anhela nuevos súbditos que incorporar a su reino. Al hombre del farol se le va la vida en sus obligaciones absurdas, sin sentido, y no tiene tiempo precisamente para aprovechar el tiempo. Vamos a cambiar el farol por algo diferente, todavía no sabemos qué, si un móvil o Netflix, pero algo que represente esta sociedad capitalista deshumanizada.

Ramiro cerró el guion sin esperar a la última página. El ceño fruncido que caracterizaba su gesto se había relajado. Esbozó lo más parecido a una sonrisa que era capaz de hacer y dijo:

– Adelante, tenéis mi aprobación. Buen trabajo.

Las dos jóvenes saltaron eufóricas de sus asientos y se abrazaron. Gema recibió el abrazo y un morreo de Alberto, con el que estaba liada, como todos sabían en el ayuntamiento, y Carla se acercó a Ramiro para propinarle un fuerte beso y un achuchón. Sus senos se apretaron contra el cuerpo de Ramiro, que no hizo nada por apartarse. No en vano, había visto esas “domingas” en múltiples manifestaciones de la joven, cuando las mostraba en reivindicaciones de las que siempre había dicho entre sus más cercanos: “no sé si es una protesta de alto contenido intelectual, pero desde luego Carla tiene unas tetas espectaculares”.

Al final del trimestre se representó La princesa del desierto. El centro cultural estaba lleno. Unas doscientas personas abarrotaban la sala y otras veinte o treinta ocupaban los pasillos o permanecían de pie. El colectivo magrebí del pueblo había acudido en masa, no en vano una de las suyas interpretaba la obra. También estaban los vecinos de toda la vida, el ala más conservadora, que además había acudido con padres, hermanos y abuelos.

Con lo que Ramiro no contaba era con los cambios que tras los ensayos se habían incorporado al guion. Carla y Gema encargaron la adaptación teatral a un tipo que les habían recomendado del comité central del partido, uno de esos sujetos “con ideas propias y espíritu transgresor”, como decía en su propio perfil en redes sociales. Ramiro tampoco había previsto dos elementos que no supervisó en su día, puesto que fueron incorporados después: la música y los dibujos. Para la música se escogió un grupo marroquí tradicional que cantaba en árabe. Carla y Gema no sabían ni lo que decía, pero les sonaba bien. Lo que ocurrió fue que el sonido del árabe, con sus jotas, erres fuertes y haches aspiradas, sonaba un tanto brusco por los altavoces y los más pequeños de la localidad comenzaron a reírse. Los marroquíes y argelinos que habían acudido a la representación consideraron aquello una falta de respeto y pidieron silencio de manera un tanto brusca, lo que no sentó bien a algunos familiares de los niños que se habían carcajeado. El ambiente se tensó aún más cuando uno de los versos de la canción, que mencionaba al profeta, se mezcló con las risas de un grupo de niños pequeños que estaban jugueteando por las butacas. Gritos de “respeto”, contestaciones airadas y numerosos “chsssst” entre el patio de butacas.

Salió rápidamente al escenario “la princesa del desierto”, el público apaciguó sus ánimos y cesaron los gritos cruzados entre ambos lados. Una niña con chilaba y el hiyab tradicional musulmán comenzó a hacer preguntas al narrador de la historia, el aviador que se había perdido en el desierto. La representación transcurría de manera aparentemente fluida, si bien, cada vez que la niña pronunciaba la frase “los europeos son decididamente gente muy extraña”, se oía algún “joder” en el público. Ramiro vio entre los espectadores a algunos de los vecinos de toda la vida, “Pilar, la de la tienda de chuches, Emilio, el del banco, Adriana, la de la farmacia, Antonio, ese facha nostálgico”. Antonio estaba sentado pocas filas delante de Ramiro, que le veía murmurar con su mujer y revolverse incómodo en el asiento. “Joder con el adoctrinamiento”, se oyó en alto una de las veces.

El segundo elemento que no había controlado Ramiro era la representación de los dibujos, una de las señas de identidad de la obra original de Saint-Exupéry. Para La princesa del desierto los dibujos se proyectaban sobre el fondo blanco del escenario. Carla y Gema escogieron a un amigo de un amigo que tenía un conocido con facilidad para los trazos. Talento poco, pero tenía la habilidad suficiente como para que se entendieran sus dibujos. Y entre él y el director decidieron incorporar cambios como que el rey que exigía pleitesía no era un rey, sino un obispo, y en la pared aparecía un dibujo de una cruz. El obispo resultaba antipático, autoritario, casi inquisitorial, y la sombra de la cruz crecía con cada una de sus frases, en contraposición con la media luna que aparecía en el horizonte cada vez que la niña que hacía de princesa hablaba. Una niña que transmitía calma, paz, curiosidad. Antonio y otros vecinos comenzaban a murmurar cada vez más alto.

El director decidió incorporar otro cambio e hizo que otra de las islas-planetas estuviera ocupada por un policía pertrechado con casco, escudo y una porra. El policía recibía de muy malos modos a la niña, blandía la porra, profería gritos para impedir que se acercara a su isla y de una patada apartó la barca. Algunos niños que estaban en el grupo de los magrebíes se asustaron por la violencia que mostraba el policía, pero el escándalo fue mayúsculo cuando en la pared se proyectó una esvástica. “Esto es demasiado”, se oyó en voz alta. Antonio se levantó de la butaca y se marchó con su familia, junto con otras tres o cuatro familias. Entre esas personas estaba Fructuoso, policía municipal de toda la vida, un buenazo al que conocía todo el pueblo y que había acudido a la representación con sus nietos. Mientras salía del teatro, Antonio se cruzó con Ramiro, al que le dijo: “tendrás noticias mías, esto es intolerable”.

Alguno de los padres del colectivo magrebí soltó en voz alta “¡cerrad al salir!”, a lo cual alguno de los que abandonaban el teatro contestó “¡cállate, moro!”. Ramiro empezaba a ponerse nervioso y se sumó a los que pidieron silencio al resto del público. Las controversias no terminaron ahí. Carla y Gema habían decidido sustituir el famoso dibujo de Saint-Exupéry del sombrero que no es tal sombrero, sino una serpiente que devora un elefante.

– Demasiados símbolos fálicos -pronunció Carla en la reunión con el director, mientras preparaban la obra-. Aparte de que es una imagen que puede impresionar a los más pequeños y pequeñas, y crearles un trauma, es evidente que la serpiente tiene una connotación de dominación machista. No olvidéis que una de las formas de denominar al pene en inglés es one-eyed snake. Y en cuanto al elefante y su trompa colgando… demasiado obvio.

Tras una tormenta de ideas entre los tres, en la que se descartó la idea de una babosa o una cochinilla para el elemento femenino que querían incorporar al dibujo, concluyeron con lo que finalmente apareció en pantalla: una ballena buceando en el interior de una copa menstrual. La sorpresa para los padres que presenciaban la obra fue morrocotuda, por mucho que el diálogo de los personajes incorporaba una explicación sobre el papel de las mujeres por un mundo sostenible y su preocupación por el medio ambiente. “¿Eso qué es, Mamá?”, se repitió en varias filas. Se levantaron otras tres o cuatro familias de las primeras butacas, algunas con niños muy pequeños que no entendían nada de lo que estaba ocurriendo, críos que no paraban de preguntar por todas esas cosas raras que estaban viendo sobre el escenario, “¿qué es una copa mistral, Papá? ¿Y un tampax?”. Hacia la mitad de la obra apenas quedaba la mitad de los espectadores, familiares y amigos de la protagonista, varios colegas de Carla, Gema y del grupo municipal, y algunos pocos vecinos más que permanecían con sus hijos.

El lío definitivo se montó tras la otra decisión que tomó el trío de cambiar el dibujo original del cordero encerrado en una caja.

– ¡Eso es terrorismo contra los animales! Además del zorro y las gallinas, evidente parábola de un machista irredento a la caza de mujeres.

La representación comenzó con la imagen de la caja. La niña habló de que los animales debían ser libres y vivir en la naturaleza a su aire, porque eran nuestros hermanos. Cuando el aviador le respondió que los animales también servían para alimentarnos, la princesa del desierto comenzó a llorar y soltó un discurso sobre el terrorismo carnívoro y el daño medioambiental que el consumo de carne supone al planeta.

– ¡Matar a un corderito es una salvajada!

En ese momento todas las filas de espectadores marroquíes, argelinos, mauritanos o de donde fueran se levantaron de los asientos y comenzaron a gritar airadamente.

– ¡Es la fiesta grande del Islam!

– ¡Aid Al Adha, la Fiesta del Sacrificio! ¡Respetad nuestra cultura!

El padre de la niña que protagonizaba la obra subió al escenario, cogió en brazos a su hija y le dijo en árabe algo que no hacía falta entender. “¡Es nuestra tradición! ¡No estamos dispuestos a que nos insulten de esta manera!”, prorrumpió dirigiéndose al escaso público que permanecía. Los pocos espectadores que quedaban trataron de poner paz y tranquilizar a las familias, Carla subió al escenario para tratar de hablar sobre el valor de la tolerancia en el relato y en nuestras vidas, pero nadie la escuchaba porque el griterío del patio de butacas era ensordecedor. Ramiro ni siquiera trató de mediar en la situación. Estaba muy mayor para estas cosas. Se quedó en su butaca observando la situación, las protestas de las familias, los llantos de Carla y Gema, las risas del director y sus colegas, y las caras de pánico de los pocos niños que quedaban en el teatro.

Al día siguiente, el vídeo que alguno de los vecinos había grabado se hizo viral: la esvástica y el policía, el obispo cabrón y la cruz, las protestas de los vecinos,… Varios medios de comunicación acudieron a la localidad y comenzaron a publicar cifras que todos los habitantes desconocían: porcentaje de inmigrantes sobre el total, incremento de la inseguridad, estadísticas sobre robos con violencia, ataques a comercios, pintadas racistas,… Mucho ruido, tanto, que el alcalde convocó una rueda de prensa en el propio ayuntamiento para leer una declaración institucional de apoyo a las familias y de respeto a la policía local. A continuación, Ramiro tomó la palabra:

– Lo siento otra vez. Me he equivocado de nuevo. No volverá a ocurrir. Y no volverá a ocurrir porque presento mi dimisión irrevocable.

Apenas le quedaban dos años para jubilarse. Algo haría con su vida, pero desde luego sería lejos de los focos de este mundo que cada día entendía menos.

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Los adjetivos del nuevo capitalismo

JOSEAN, 23/01/2021

La tendencia no es de ahora, pero sí tengo la sensación de que se ha incrementado mucho en el último año, de manera especial tras el estallido de esta pandemia. Me refiero a la tendencia a adjetivar todo lo que rodea al mundo financiero, económico, fiscal o al sistema capitalista en el que vivimos. A raíz de la expansión del virus por el mundo y de las alteraciones que provocó en nuestro modo de vida, llevándonos a extremos de confinamiento y reclusión que jamás sospechamos, se publicaron numerosos artículos en el sentido de venganza de la Naturaleza, respuesta del planeta por la pérdida de biodiversidad o, como dijo Inger Andersen, director ejecutivo del programa de medio ambiente de la ONU: “la Naturaleza nos está mandando un mensaje“. La recuperación de la calidad del aire o de las aguas, la disminución de toneladas de residuos y de emisiones de gases a la atmósfera, o la invasión de especies del centro de las ciudades, fueron vistas como la victoria de la Tierra ante nuestro desaforado afán consumista. La ONU sentenció en mayo: El coronavirus: la advertencia del planeta de que la humanidad debe cambiar.

Pero la tendencia viene de muchos años atrás. La carta que el CEO de BlackRock, Larry Fink, envía a sus inversores al inicio de cada año pareció premonitoria allá por enero de 2020. Hablaba de Un cambio estructural de las finanzas, poniendo el foco en la sostenibilidad y la lucha contra el cambio climático por “el impacto significativo y duradero que tendrá en el crecimiento económico y en la prosperidad – un riesgo que, a la fecha, los mercados han sido lentos en reflejar”. El nuevo estándar de BlackRock para invertir pasaría a ser la sostenibilidad, unido a la mitigación de riesgos ESG (environmental, social and governance), la transparencia y la exigencia de la medición de la huella de carbono a todas las empresas con las que el fondo colaborara o trabajara. Es un paso más en una tendencia iniciada hace una década y, ya sea como declaración de intenciones interesada o como voluntad decidida por el cuidado del medio ambiente, es un paso en la buena dirección. Al menos la web del fondo deja clara su apuesta por “lo verde”:

Se ha escrito mucho en los últimos años acerca de estos asuntos, y de manera especial tras el Acuerdo de París por el clima firmado en 2015 y la aprobación en la ONU de los Objetivos de Desarrollo Sostenible y la Agenda 2030. Resulta sintomático que una de las primeras declaraciones de Joe Biden al acceder a la presidencia de Estados Unidos haya sido para volver al Acuerdo de París del que se desvinculó el país durante la presidencia de Donald Trump: “Queremos liderar, no con el ejemplo de nuestro poder, sino con el poder de nuestro ejemplo”.

En esa línea, la Comisión Europea aprobó en 2018 su Plan de acción para una economía más limpia, poniendo especial énfasis en lo que se denominó “Finanzas Sostenibles”. Se trata de un ambicioso plan para clasificar las actividades de las empresas en “verdes” o “no verdes”, y primar de algún modo las consideradas “sostenibles”. Como el capitalismo entiende por encima de cualquier otra cosa de sus propios intereses, el Plan prevé incentivar este tipo de actividades con una financiación más barata, mayor facilidad de acceso de las empresas a proyectos públicos de inversión y la exigencia de certificaciones para poder acceder a fondos europeos. Parece que cobra importancia real la Información No Financiera de las empresas, esa parte de las cuentas anuales que se rellenaba de una manera genérica y bienintencionada, pero poco concreta. Algo que contrastaba con la detalladísima Información Financiera, en donde no escapaba un euro al control de los administradores de las compañías, ni de los auditores.

Finanzas sostenibles, economía circular, fiscalidad justa, empresas socialmente responsables, transición ecológica, transformación digital,… son cada vez más los adjetivos que se incorporan a la redefinición de nuestro sistema. Fondos de “impacto”, o fondos de inversión solidarios, una figura mucho más extendida en el mercado anglosajón, que son “inversiones que buscan una rentabilidad financiera y también un impacto social o medioambiental positivo“, en palabras de Arturo Benito, de Impact Bridge AM. Estos productos mueven ya más de 633.000 millones de euros, y se han especializado en sectores como la salud, la alimentación o el acceso a la energía y la vivienda. La CNMV tiene registrados 19 fondos de inversión solidarios y 44 fondos ESG que basan sus inversiones en criterios sociales y medioambientales.

Dentro de esa tendencia a adjetivar (y cambiar la cultura empresarial y financiera), me encontré hace tiempo con otro artículo que hablaba de El gurú del buen capitalismo. Hablaba de Paul Polman, exconsejero delegado de Unilever, que defendía que “la opinión pública está castigando a las empresas que se comportan de forma irresponsable”. Pero lo que me llamó la atención es que si se hablaba de “buen capitalismo” es porque el articulista entendía que había un “mal capitalismo”. O un capitalismo voraz, salvaje e irresponsable que se preocupaba únicamente del beneficio del accionista y no del impacto en la sociedad. Quizás la pandemia haya acelerado muchos de los cambios que se llevaban años anunciando.

“El cisne verde” es un concepto creado por el Bank of International Settlements (BIS), del que comenzamos a escuchar a principios de febrero de 2020, justo cuando el virus y sus consecuencias estaban a punto de reventarnos en la cara. El cisne verde hace referencia a una crisis financiera motivada u originada por desastres climáticos o medioambientales: los incendios en California y Australia, las inundaciones en el sudeste asiático o el centro de Europa, los huracanes en Centroamérica, o lo que nadie preveía, el impacto del virus SARS-COV-2 en las economías de todo el mundo. La destrucción de centros de producción, el hundimiento de economías de países enteros o la destrucción de empleos y empresas son algunas de las consecuencias de esos cisnes verdes. También los llamados “riesgos de transición”, como son los cambios regulatorios que pueden llevar a desincentivar unos sectores (materias primas, combustibles fósiles) en beneficio de otros (energías renovables). Los riesgos definidos por el Foro Económico de Davos en su informe de 2020 son muy numerosos:

En términos de probabilidad e impacto:

El propio Manifiesto de Davos de 2019 hablaba de esa necesaria “refundación” o “transformación” del capitalismo, basada en tres principios:

  • Las empresas no funcionan únicamente para sus accionistas, sino también para las comunidades locales y la sociedad en general, y deben involucrar a empleados, clientes y proveedores.
  • Las empresas no son solo unidades generadoras de riqueza, sino que atienden a las necesidades de toda la sociedad. En este punto hace mención a la importancia de los ejecutivos de las empresas y las desigualdades (La grieta salarial).
  • Una multinacional es en sí misma un grupo de interés al servicio del futuro global.

Sea por un interés altruista o por un interés propio de las empresas, el caso es que los pasos son firmes y se ha avanzado muchos en estos temas. Los fondos europeos para la reconstrucción (Next Generation-EU), de 750.000 millones de euros, se concentrarán en todos los aspectos mencionados y serán una gran oportunidad para avanzar en algunos campos. Solo espero que se gestionen bien. La ministra de Economía, Nadia Calviño, ha dicho recientemente que “El objetivo último es conseguir una España más verde, más digital, más cohesionada social y territorialmente y también más igualitaria en términos de género. Por razones de equidad social pero también de racionalidad económica; para lograr un crecimiento robusto y sostenible desde el punto de vista económico-financiero, pero también medioambiental y social“. Espero que haya una colaboración público-privada eficiente, en proyectos sólidos y necesarios, que se fiscalicen adecuadamente y que no se nos vaya el dinero en estudios chorras, sino en atender las necesidades reales de la sociedad.

Verde, digital, justa, sostenible, solidario, social, responsable… todos estos adjetivos me parecen perfectos. Ahora bien, me resulta extraño conjugar la “transformación digital”, pasar de “un país de camareros” a ser productores de tecnología, con un plan educativo en el que se pueda obtener el bachillerato con suspensos, o en el que no se fomente abiertamente la excelencia o el esfuerzo. Y a nivel mundial, creo que todos estos esfuerzos no funcionarán si no se frena a un país al que le importa tres cojones ser ecofriendly, un país como China, que no se define como capitalista precisamente, al que le importa muy poco la gestión medioambiental, los derechos humanos, la transparencia, la justicia fiscal y la propiedad intelectual. Entonces sí que vamos a saber lo que significa otro adjetivo de moda: ser “resiliente”. Saber adaptarse a las circunstancias adversas.

Hoy se cumple un año del inicio del confinamiento en Wuhan, y mientras China ha tenido un crecimiento del 2,3% en un año crítico, las economías occidentales han experimentado caídas de entre el 5% y el 12%. Insostenible.

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El año que nos encerramos cautelosamente

El año que vivimos peligrosamente es una película de Peter Weir de 1982 ambientada en las revueltas de Indonesia a mediados de los sesenta. Inicialmente me pareció un buen título para definir lo que había sido 2020, pero una vez que analizas que todo lo que tenías que hacer era confinarte, reducir tu actividad al mínimo y no hacer nada me pareció que quedaba un tanto exagerado. De ahí el título escogido.

Un año como el que acaba de terminar no podía hacerlo de una manera más adecuada que como lo ha hecho: mal, penoso, lamentable. No lo digo por el vestido de la Pedroche, no. Ni lo digo solo por “regalarnos” una de esas sobreactuaciones a las que Nacho Cano nos tiene acostumbrados (ahí queda su particular intervención en el homenaje a Miguel Ángel Blanco), sino sobre todo por una nueva polémica y división acerca de la bandera de España en la Puerta del Sol: el artículo de Ignacio Escolar, los insultos habituales en redes sociales, Televisión Española tapando la bandera con medio metro de flores,… en fin, la polarización de la sociedad una vez más y la manipulación de todo desde los medios y la clase política. Que una bandera de 1785 utilizada durante siglos (también por la Primera República) sea “un problema” tan grande me hace pensar que estamos perdidos como sociedad.

Como dice la letra de la canción de Nacho Cano, en este momento del año “hacemos el balance de lo bueno y malo”, aunque sea un par de días después y no “cinco minutos antes de la cuenta atrás”, y de eso va este primer post del año, o último de 2020, según se mire. Si vamos a las cifras de este blog de los Cuatro amiguetes y unas jarras (aunque cada vez haya menos jarras que tomar con amigos), el número de lectores se ha triplicado en comparación con el año 2019, que ya había sido el mejor de largo, algo tan espectacular como sorprendente. 60 artículos en total publicados en este blog, 15 en otros medios, más otros 23 firmados de manera apócrifa en sitios inconfesables, y la edición de Aguafiestas en un año muy completo. Solo en este blog hemos llegado a las 70.000 lecturas, pero si añadimos las de LinkedIn, La Galerna y Planeta Fútbol seguramente hayamos superado los 100.000 lectores en todo el año, congrats! Y gracias a todos por el interés.

Esas son las estadísticas, que pueden decir mucho o no contar nada, pero de lo que hoy se trata es de hablar de las tendencias que han marcado el año, de qué temas se han ocupado los cuatro amiguetes en estos doce meses en los que nuestro modo de vida saltó por los aires. Y el comentario sobre el vestido de la Pedroche o la bandera solo eran excusas para comentar uno de los temas que más nos preocupan y que ya estaban en el primer post del año (Despropósitos de Año Nuevo): la polarización de la sociedad. Cristina Pedroche es una mujer “empoderada” o “cosificada” en ese nuevo lenguaje, según pertenezcas a un bando o al otro (y ya me preocupa hablar de bandos), en ese discurso de rojos y fachas que todo lo contamina, no digamos la bandera. La utilización partidista de todas las herramientas al alcance de la clase política ha servido para desunir aún más a una población sorprendida por la pandemia que necesitaba la unión de esfuerzos y la coordinación de administraciones, y su actuación ha vuelto a poner de manifiesto que no están a la altura de los ciudadanos, que en su mayor parte han tenido un comportamiento ejemplar, solidario y responsable. Las cicatrices del coronavirus necesitarán años para cerrarse.

El Amiguete Josean ha dedicado buena parte del año y de sus esfuerzos a explicar las reformas fiscales que se anunciaron a principios de año (Las grandes corporaciones son malas, un tema complejo que dio para dos partes) y todos los cambios legislativos que se implementaron con el estado de alarma (Y todo en un mes), con mucha precipitación y rectificaciones constantes que no trajeron los resultados deseados. A veces hay que fiarse más de criterios técnicos que ideológicos cuando se van a tratar determinados asuntos, como los Presupuestos Generales del Estado, que pecan de una serie de errores, como ingresos erróneamente calculados y gastos infravalorados. El peaje también de tener que contar con algunos socios que no son los mejores compañeros de paseo (Sí se puede. No se podía, pero ahora ya sí se puede). No quería dejar el tema de la ideología en cuestiones de dinero público, porque uno de los textos más celebrados de este blog es aquel sobre el estudio del impacto de género en un túnel. Sí, con un par: La M-30 es machista.

El Amiguete completó su año con los capítulos VI y VII del libro no publicado Grandes errores de las escuelas de negocios (ahí lo dejo por si algún editor se siente interesado por la idea), en esta ocasión dedicada al modo de confeccionar presupuestos en una empresa. La esquizofrenia del CFO es la que le anima a escribir este tipo de artículos, así como un relato casi verídico sobre una visita a declarar en los juzgados (Con Animal en el juzgado).

La Covid-19 lo ha impregnado todo este año, también los temas recurrentes en este blog: el deporte, el cine, algún viaje o voluntariado, los maratones,… El Amiguete Lester se ha quedado sin correr un maratón por primera vez desde 2003, así que este año no hemos tenido crónica maratoniana desde algún lugar lejano (o cercano, pues tenía inscripción para Madrid en abril). Pero nos ha contado el placer de correr por el placer de correr, cuando no hay un plan exigente de entrenamientos detrás, y sobre todo, cuando has estado casi dos meses encerrado en tu casa sin salir. El placer de salir a la calle y trotar al aire libre, algo que creíamos que no nos faltaría nunca y en este 2020 desapareció de nuestras vidas como tantas otras cosas. Lester reconoció haber estado (casi) feliz en casa disfrutando con la familia y el tiempo en común, incorporando nuevas aficiones, y el “casi” sería completo de no ser por todo ese sufrimiento cercano que a todos nos ha llegado de un modo u otro. Cae la felicidad en los índices que miden estas cosas intangibles y el relato El oso gris nos trasladó a un futuro cercano que podría ser aún peor que este año de aislamiento y distancia social que hemos vivido. Otro relato extraño, Espectros sobre la pared, y una primera incursión en la poesía, Volverán las malditas mascarillas, completan el año de Lester.

El cine no ha escapado a la pandemia, y el cierre de las salas, así como el bajo nivel de los estrenos, ha llevado al Amiguete Travis a refugiarse en temas atemporales, como si es mejor el libro o la peli, en una larga conversación con Reggie que se alargó en dos partes muy interesantes por las aportaciones de ese gran fichaje del blog. La ausencia de estrenos hizo que Travis repasara algún clásico, como en Mi cita anual con Ben-Hur, se equivocara en los Óscar de Parasite, tratara las manías de algunos directores (Los cigarrillos Red Apple y el Imperio Austro-húngaro) y el modo que tiene Hollywood de tratar la figura de sus presidentes, ya sean ficticios o reales. El confinamiento también dejó huella en algunos posts, como en Ensayos de un futuro distópico, sobre el modo de tratar este tipo de catástrofes en el cine, o en la peli surrealista que podría escribirse juntando una buena colección de pelis que aparecieron en los reordenamientos de casas que todos hicimos durante el encierro. Un año tan raro como 2020 ha visto los estrenos de dos de los directores más exitosos e interesantes del panorama actual: Christopher Nolan y David Fincher. Ambos pasaron por el análisis de Travis, tanto Nolan con Tenet, en la parte del elogio (sin spoilers) y en la crítica furibunda (destripando el argumento), como Fincher con su visión de la escritura del guion de Ciudadano Kane en Mank (Citizen Mank, Ciudadano Fincher). Un formato que se va a repetir a buen seguro es el de destripar una novela gráfica o cómic y posteriormente su versión cinematográfica. Este año ha sido el de Watchmen, la novela gráfica y la versión de Zach Snyder. En 2021 toca V de Vendetta.

En cuanto a Barney y sus diatribas futboleras, 2020 ha sido un año en el que el deporte no ha escapado a la drástica alteración que ha supuesto la pandemia para todo nuestro mundo conocido. La Liga se suspendió durante tres meses, la NBA se disputó en agosto, Roland Garros en octubre, nos quedamos sin Juegos Olímpicos ni Eurocopa de fútbol, en fin, todo muy raro. El mejor resumen de Barney lo podréis encontrar en La Galerna, en modo Carta a un 2020 muy, muy perro.

En este blog comenzamos con la Supercopa y las nulas críticas al Cholo y acabamos con el primer relato de Barney, Lituriaga, ambientado en el Torneo de Navidad de baloncesto allá por los ochenta. Entre medias hubo tiempo para hablar de esta temporada tan extraña (Déjà vu de la 2016-17), la vergonzosa exigencia de algunos acerca de la Liga inconclusa (La solución belga, el sueño húmedo culé), los incomprensibles olvidos o la desmemoria de la prensa (La mano no era de Dios) y el triunfo final de los de Zidane en el campeonato. El parón en la competición sirvió para encontrar los lazos en común entre los Tauro del 70 (André Agassi, Luis Enrique y Simeone) o para hablar de las derrotas más dolorosas, las que nos siguen revolviendo el estómago tanto tiempo después. El blog dedicó cinco extensos artículos a la vuelta de la NBA y la victoria de los Lakers con el mejor especialista de la materia en España (aquí, guiño): Barney Jr. La muerte de Maradona sirvió como excusa para hablar de los mejores de todos los tiempos en varios deportes y por último, Barney no pudo evitar su tradicional crítica a la penosa prensa deportiva de este país.

Ha sido un año productivo, sin duda. Es lo que tiene pasar tanto tiempo encerrados. El blog ha cumplido seis años y goza de muy buena salud. Los ingresos generados (muy bajos de momento, por “el odio a monetizar”) han servido para apoyar una serie de proyectos solidarios en Perú (con Gam-Tepeyac) y de Ayuda en Acción de apoyo a familias desfavorecidas por la Covid. Como resumen de lo que han sido estos seis años cada Amiguete agrupó su centenar de textos en un recopilatorio que sirve de índice para lectores recientes:

Muy orgullosos de lo logrado, cómo no. Este blog solo busca entretener y aportar información, y lo que no va a descuidarse en ningún momento es el lado humano. El título del documental estrenado recientemente sobre las personas que han estado en la guerra cruenta contra el virus (y sobre los que lo han padecido) me sirve para hablar de la mayor enseñanza que nos deja 2020, aunque haya sido arrojándonosla a la cara: olvídate de egoísmos, preocúpate del que tienes al lado, deja de lamentarte de gilipolleces, quiere a tu familia, llama a tus amigos,… Esta situación la revertiremos entre todos, y cuanto más unidos estemos y menos divididos, como empezaba este artículo, será mucho mejor. Más sencillo, más efectivo. La mitad de las lecturas de este año aciago han sido para un texto que hablaba de todo esto y de reconciliación, de las lecciones de vida que nos dejaron nuestros padres, los más castigados por el virus: Aplauso a una generación de héroes. Muy grandes, a ver si aprendemos.

¡Feliz 2021, amigos!

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Presupuestos 2021 (II): infravalorar los gastos

JOSEAN, 12/12/2020

Un error bastante común que se suele cometer a la hora de realizar presupuestos es el de estimar de manera errónea los gastos, infravalorándolos, y “ajustar” luego a martillazos los ingresos para que cuadren con el objetivo que se pretende mostrar (que no alcanzar). Como expliqué en la primera parte (y siempre según mi opinión), los ingresos previstos en los Presupuestos Generales del Estado para 2021 parecen claramente sobrevalorados o sobreestimados, luego mi duda radica en saber si se inflaron intencionadamente para justificar el incremento de gastos que se prevé realizar durante el ejercicio 2021. Y sería una pena, porque tras la terrible pandemia que hemos sufrido, no solo en España, sino a nivel global, los PGE-2021 tienen que ser más estrictos y rigurosos que nunca para poder convertirse en la herramienta que canalice la recuperación por la doble vía del impulso de la inversión pública y de los fondos europeos del Plan Next Generation.

Toca ser rigurosos, lo que no está reñido con la austeridad. Austeridad no en el sentido peyorativo de la palabra que la crisis financiera nos dejó, sino en el sentido de la RAE: severo, sobrio, sin excesos. Puesto que van a venir 140.000 millones de euros de la Unión Europea en los próximos años, que no son un regalo, toca gestionarlos con sobriedad, sin excesos ni derroches en partidas superfluas. Sin planes E improductivos, para que se me entienda, sino que se aprovechen para eso que tantas veces hemos escuchado: un cambio en nuestro modelo productivo.

La principal premisa en la que se basan estos presupuestos aparece en las primeras páginas del Proyecto de Ley: la suspensión de los objetivos de estabilidad presupuestaria y deuda pública, con lo que “se autoriza de esta forma incurrir excepcionalmente en déficit estructural con la finalidad de permitir la adopción de las medidas necesarias a fin de mitigar los efectos adversos de la pandemia a nivel socioeconómico y abordar un programa de recuperación coherente con el proyecto de la Unión Europea”. Pero esta medida es excepcional y no debe considerarse en ningún caso como recurrente, por lo que convendría que algunos miembros del gobierno rebajaran sus ilusiones respecto a una barra libre de gasto, cuando ya nos vamos a situar en los peores puestos de Europa en deuda y déficit públicos. Europa no lo va a permitir, y una mala gestión de los fondos en estos primeros años puede terminar afectando a los siguientes ejercicios.

(Cuadro extraído del Informe de Valoración de los Presupuestos de la CEOE)

La acumulación de errores para elaborar un cálculo aparentemente mucho más sencillo, como es el recuento de los fallecidos en la pandemia (un 60% más, según cálculos del INE, lo que podría llevar los 47.000 oficiales a una cifra superior a los 75.000) me hace desconfiar de algunos de los cálculos presentados en los PGE-2021. El profesor de la Universidad de Oxford Tim Vlandas ha desarrollado un índice tristemente interesante, el Pandemic Misery Index, que mide los efectos combinados del exceso de mortalidad y de los incrementos de desempleo en los distintos países, y nuestra posición (por desgracia) aparece en los puestos de cola:

Se gestionó mal la crisis sanitaria (como en casi todo el mundo, esto no es un tema de gobiernos de derechas o de izquierdas) y las medidas de apoyo económico no fueron suficientes para crear muros de contención de tal robustez que frenaran la caída de la economía. Según un estudio del Banco Central Europeo, las medidas económicas aprobadas por el gobierno (fundamentalmente la prolongación de los ERTEs, los aplazamientos fiscales y los avales del ICO) evitaron el cierre del 36% de las empresas españolas, y alerta de lo que puede ocurrir cuando se retiren las medidas de apoyo económico. De ahí las sucesivas prórrogas de los ERTEs y de la devolución de los créditos del ICO, lo que en el corto plazo resulta necesario, pero en el medio y largo es insostenible, puesto que se termina sosteniendo a empresas que no son viables.

Si nos centramos en la estimación de gastos previstos para 2021, se aprecia un elevado incremento en todas las partidas, lo cual es posible por el adelanto previsto de 26.634 millones de euros de la Unión Europea que no van a llegar a lo largo de este ejercicio, sino en 2022. El total de gastos asciende a 383.543 millones de euros, de los cuales, como ocurre siempre, las mayores partidas son las pensiones y las transferencias a otras Administraciones Públicas (comunidades autónomas y Seguridad Social).

Ya antes de la aprobación de los presupuestos, sorprendió el anuncio del gobierno del incremento de las pensiones y los salarios de los empleados públicos un 0,9 por ciento, sobre todo cuando el IPC interanual se mantiene en tasas negativas (-0,8 en noviembre) y corremos el riesgo de caer en una deflación sostenida. Se calcula que esta medida tendrá un impacto de unos 3.000 millones de euros, repartidos entre todas las administraciones. No voy a criticar la medida porque ambos colectivos han sido tradicionalmente los más castigados en anteriores crisis, pero me entra la duda de la conveniencia de la misma en este preciso instante (la reposición del cien por cien del personal funcionario, por ejemplo), así como una duda más grande aún sobre los cálculos que han llevado a ese porcentaje, que será el doble para las pensiones no contributivas. Sobre todo porque la reforma del sistema de pensiones en España fue una de las principales demandas de la Unión Europea a nuestro país en las negociaciones para la percepción de las ayudas comunitarias.

Evidentemente no soy un experto en contabilidad pública como para meterme partida por partida en las estimaciones de gasto, pero una de ellas sí llama la atención y es la destinada al pago del desempleo, 25.012 millones de euros, como resultado de la estimación (muy optimista) de las tasas de desempleo en el 16,3 por ciento para 2021. Las previsiones del Banco de España sitúan la tasa de desempleo del próximo ejercicio en un rango entre el 19,4 y el 21 por ciento, y la propia estimación de gasto del Servicio Público de Empleo Estatal (SEPE) prevé liquidar este ejercicio un importe de 35.083 millones de euros en esta misma partida. Veremos qué ocurre a partir del 31 de enero (fecha de finalización de los ERTEs) y sobre todo con la esperada recuperación de la actividad a lo largo de todo el ejercicio, pero a priori parece que el cálculo es muy corto.

España tiene un mercado laboral muy dependiente del turismo y los servicios, y las medidas de protección del empleo aprobadas supusieron una protección del trabajador “estable”, pero volvió a dejar a su suerte a los trabajadores precarios. Durante este ejercicio 2020 hemos padecido una disminución del 86’6 por ciento del número de turistas extranjeros y una reducción del 90 por ciento de dichos ingresos, y la recuperación de este sector, que aporta un 12 por ciento del PIB, es prioritaria. La hostelería es otro sector fuertemente afectado y cuya recuperación se prevé complicada. Esta semana escuché un debate en la radio sobre si “se debía rescatar la hostelería” a la manera en que se hizo con “el ladrillo” en manos de la banca. Bueno, aquí ya hicimos ese ejercicio, aunque fuera en plan irónico, hablando del “bar malo”, un organismo ficticio llamado BARHEB. Me pareció interesante la solución planteada en Alemania consistente en apoyar económicamente a los bares y restaurantes con un ingreso equivalente al 75 por ciento de su facturación en el año anterior. Si aquí se adoptara una medida similar, tendría “gracia” saber cuántos empresarios de la hostelería iban a lamentar llevar esa caja B de ingresos, por desgracia tan extendida, y de qué manera iban a tratar de obtener la compensación.

Los fondos del plan Next Generation son una gran oportunidad para cambiar ese modelo productivo para evolucionar del “país de camareros” a una economía mucho más moderna y todas esas palabras que se añaden ahora a todo: digital, integradora, inclusiva y resiliente. Bromas aparte, los programas de la Unión Europea deben destinarse a infraestructuras productivas el día de mañana (vuelvo a decir que no más planes E), centradas en los sectores destacados indicados en el propio Plan: eficiencia energética, sostenibilidad, economía circular, digitalización de las empresas y las administraciones públicas, y todo ello apostando por la innovación y (por fin) el I+D+i. Es una oportunidad que no puede desaprovecharse y será necesaria la mayor colaboración público-privada de una manera eficiente para gestionar y canalizar todos los fondos que llegarán en próximos años si no hacemos el canelo.

Y llegados al punto del aprovechamiento de los fondos, es donde aparecen los “socios” de gobierno en esta aprobación de presupuestos, esos socios que ya han dicho por activa y por pasiva que no les importa la vertebración de España, sino “qué hay de lo mío”. Nada más aprobarse los presupuestos, me heló la sangre la imagen de los representantes de EH-Bildu y ERC, Mertxe Aizpurua y Gabriel Rufián, exigiendo su peaje independentista. Mal empezamos, no habían transcurrido ni veinticuatro horas desde la aprobación de los presupuestos por parte de los que el PSOE definió como “patriotas y valientes”.

La lista de peticiones para el apoyo a los presupuestos incluye medidas relacionadas con la educación y el uso del español, los indultos, la cesión de competencias, el incremento de los fondos para sus comunidades en detrimento de otras y una supuesta armonización fiscal que no toque el cupo vasco. Ayer supimos que el gobierno va a retirar a la Generalitat catalana la supervisión económica sobre sus finanzas, “estupendo”. Insisto, mal empezamos si cada una de las comunidades va a la guerra por su cuenta para manejar su parte de la tarta sin tener en cuenta el proyecto global, ¿no tuvo ese objeto la cumbre de presidentes de comunidades el pasado mes de julio?

Hace años había un chiste que decía que cómo podíamos vivir en un país en el que la ministra de Sanidad se llamaba Mato, el yate del Rey era Bribón, el principal banquero era Botín y la alcaldesa que debía evitar las macrofiestas era Botella. Ahora parece que nos queda otro país totalmente distinto, en el que el responsable de las finanzas del socio (investigado) de gobierno se llama Monedero, la portavoz del partido del gobierno Lastra todo lo que toca y el socio imprescindible para todo es Rufián. Ojalá no desaprovechemos la oportunidad de salir de esta. No sé quién es el autor de este chiste gráfico, pero representa lo que muchos sentimos:

Hasta la próxima, sed buenos, inclusivos y resilientes, signifique lo que signifique eso.

Presupuestos 2021 (I): sobredimensionar los ingresos

JOSEAN, 05/12/2020

Hace apenas dos meses, en el capítulo VII de los Grandes errores de las escuelas de negocios, concluí que los mayores errores que nos solemos encontrar al analizar presupuestos (budgets), de negocios o filiales son dos:

  • Ingresos sobredimensionados.
  • Costes infravalorados.

Lo que una familia o una empresa puede enmendar de diferentes maneras, normalmente recortando gastos, apretándose el cinturón o desprendiéndose de algún activo, en lo referido a las cuentas de la administración pública termina convirtiéndose en déficit público, o en un déficit superior al presupuestado. Y el déficit sostenido en el tiempo y no corregido, en deuda. Y la deuda, en lastre. La evolución de la deuda pública española es preocupante desde hace muchos años. Según los datos del Banco de España, la deuda pública se ha triplicado desde 2004 y en términos del PIB puede llegar a alcanzar el 130% a lo largo del próximo ejercicio:

El Congreso de los Diputados ha aprobado esta semana los Presupuestos Generales del Estado para 2021 con los votos favorables de PSOE, Unidas Podemos, Más País-Equo, Compromís, Teruel Existe, Nueva Canarias, el Partido Regionalista de Cantabria y aquellos con los que el mismo presidente Sánchez dijo que no se pactaría nunca: Esquerra Republicana, PNV, EH-Bildu y el PDeCAT. 189 votos a favor de 11 formaciones diferentes, lo cual tiene un indudable mérito, pero encierra también algunos peligros, como es el hecho de que cada una de esas formaciones va a exigir “lo suyo”, el peaje a pagar por su apoyo.

Los Presupuestos de 2021, como el propio preámbulo del anteproyecto de Ley indica, se hallan “indefectiblemente condicionados por los efectos de la emergencia de salud pública provocada por la pandemia del COVID-19 y la consiguiente perturbación de la economía, de alcance global”. Precisamente por esa perturbación de la economía global llama la atención que los presupuestos prevean un incremento de los ingresos del Estado, cuando parece indudable que la recaudación por el impuesto de Sociedades se verá lastrada por el deterioro de los resultados de las compañías, el IVA por la caída del consumo y el IRPF por las pérdidas de empleo generalizadas cuando muchos de los ERTEs se conviertan en EREs. Según El Economista, la caída de ingresos tributarios hasta agosto era superior al diez por ciento, y solo por el impuesto de sociedades, cercana al 47%:

En el mismo período de tiempo, la caída en la recaudación del IVA se sitúa en el quince por ciento, mientras que los ingresos por IRPF se han mantenido con un pequeño recorte gracias a las prórrogas de los ERTEs.

Se calcula que la recaudación fiscal del ejercicio 2020 caerá entre 40.000 y 48.000 millones de euros al finalizar el ejercicio. Por esa razón, en este contexto económico tan incierto y complejo, sorprende que el Informe Económico y Financiero que acompaña a los PGE-21 presente un incremento tan importante de los ingresos, tanto de índole tributaria como no tributaria:

Se prevé un repunte de los ingresos por Sociedades, IRPF, IVA, Hidrocarburos y en todos los impuestos en general, pero no ya comparado con 2020 (que sería normal dado el año que hemos pasado), ¡sino respecto a 2019! Suben también los impuestos a la cerveza, ¡gobierno dimisión!

Resulta inverosímil un crecimiento de los ingresos en mitad de una caída del PIB sin precedentes, cifrada por el propio gobierno en un 11,2% para 2020 (11,6% para la OCDE). La recuperación en 2021 será del 7,6% según las previsiones del gobierno, si bien la OCDE ha rebajado estas expectativas al 5,4%. Con este panorama, la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (AIReF) ha cifrado el error en el cálculo de los ingresos incluidos en los Presupuestos entre 9.000 y 18.000 millones de euros. El PIB no recuperará en 2021 los niveles previos a la Covid-19, por lo que el incremento de la recaudación solo se explica por dos razones (la tercera, el sobredimensionamiento interesado y voluntarista de los ingresos es opinión y por tanto, me la guardo):

  1. Los ingresos de unos 6.800 millones de euros de los fondos europeos (mecanismo React-EU) para la recuperación. En gastos se prevén otros 27.000 millones a cuenta de los futuros fondos europeos, pero se han incluido como un adelanto para el propio ejercicio 2021, es decir, antes de recibirlos de Europa.
  2. La subida de impuestos. Y aquí es donde por desgracia desaparecen los técnicos del Ministerio de Hacienda y entran ideologías, intereses de los distintos partidos y prejuicios. Aparte de la “madrileñofobia”, que es una de las mayores rarezas que parece que nos va a dejar esta crisis.

La subida de impuestos

En el Impuesto de Sociedades se han aprobado una serie de medidas para la tributación de los dividendos, reduciendo el límite de la exención al 95% y modificando el método de cálculo de los límites para la deducibilidad de los gastos financieros. A estas medidas, que ya se anticiparon a principios de año, le dediqué dos artículos bajo el título Las grandes corporaciones son malas, un título no exento de ironía en el que intentaba explicar que, ya desde los tiempos de Cristóbal Montoro, se están rompiendo los principios de neutralidad fiscal que deben regir en cualquier sistema tributario. Se trata de incrementar la recaudación por este impuesto en grandes grupos empresariales con filiales en el extranjero (aunque también afecta a grupos nacionales), pero a costa de incurrir en doble imposición, es decir, gravando resultados que ya habían tributado en el país de origen.

Por otro lado, en julio de este año se produjo una noticia relevante en materia fiscal como fue la declaración del “Montorazo” como inconstitucional, es decir, aquel anticipo del impuesto establecido en el RD 2/2016 para incrementar la recaudación en el pago a cuenta del impuesto de Sociedades, porque vulneraba los principios de neutralidad y capacidad económica de las empresas (la sentencia es demoledora, muy dura en algunas frases). En aquel año se aprobó también el RD 3/2016 que recogía una serie de medidas tendentes a incrementar la recaudación, medidas tales como limitaciones a las compensaciones de bases imponibles negativas de ejercicios anteriores o a ciertas deducciones, y la obligación de revertir determinados deterioros que habían sido deducibles hasta 2013. Montero ha seguido las pautas de Montoro y vuelve a cargar sobre las grandes empresas, pero su proyecto de presupuestos sufriría un severo revés si el Tribunal Constitucional declarara que dichas medidas del RD 3/2016 son inconstitucionales.

En cuanto al IRPF, se aumentan los tipos máximos a la base liquidable general (a partir de 300.000 euros) y a la del ahorro (superior a 200.000 euros). Nada que objetar, nada que no hubieran hecho anteriores gobiernos en épocas de crisis, ya fuera con carácter permanente o temporal. Lo más llamativo es la fijación de ciertos socios de gobierno con los planes de pensiones privados, que van a ser más necesarios que nunca en años venideros, habida cuenta del deterioro de “la hucha” de las pensiones. Quizás convenga recordar a sus detractores que no son un asunto exclusivo de “ricos”, puesto que en España se calcula que existen unos 8 millones de planes de pensiones privados. Quizás por esa razón el retoque haya sido menor: se reducen los incentivos fiscales a los mismos rebajando el límite deducible de 8.000 euros anuales a 2.000, lo que se calcula que afecta solo al 8% de los planes privados existentes y que no tendrá un efecto relevante en la recaudación.

El IVA no va a subir finalmente, como hizo el gobierno de Zapatero en 2010 y el de Rajoy en 2012, pero se eleva el impuesto a las bebidas azucaradas al 21%, pero se mantiene al 10% cuando el consumo se realice en un bar, restaurante o servicio de restauración, lo cual no deja de ser curioso.

Se incorporan otros impuestos de los que ya hemos hablado en anteriores post, como el de transacciones financieras, pero excluyendo finalmente los derivados, y el impuesto sobre determinados servicios digitales, pero ambos se aprueban de manera unilateral y saliéndose de los criterios unificados o armonizados que están planteando la propia Comisión Europea y la OCDE. Con tipos impositivos más elevados y una expectativa de recaudación dudosa.

Pese a que a algunos se les llene la boca hablando de “subir los impuestos a los ricos” (y en esa línea parece que entra el incremento de un punto porcentual del impuesto de transmisiones de títulos nobiliarios, una “preocupación” que teníamos todos los españoles), no parece que sean solo los ricos los que nos vayamos a ver afectados por la subida de los impuestos sobre las primas de seguros del 6% al 8%. Están previstos además otros incrementos de tasas, algún retoque al impuesto de Hidrocarburos o el impuesto de Actividades Económicas.

La sensación que tengo de los incrementos previstos en los ingresos de los PGE-21 es que no se van a obtener, fundamentalmente por la situación económica general y por el efecto negativo de algunas de estas medidas en unas empresas ya muy tocadas. La política fiscal de las administraciones públicas debería ser un asunto tan “del interés general” como para no dejarlo en manos de algunos políticos sin conocimientos en la materia y obsesionados por repetir unos mantras que no son ciertos: “los ricos son malos y evasores, los pobres son víctimas de los ricos malos y evasores”. O la gilipollez supina de decir que Madrid es un paraíso fiscal. A los políticos que dicen estas cosas o que promueven el aumento de la presión fiscal en tiempos de pandemias, no les voy a recomendar que estudien lo que han hecho la mayoría de gobiernos en el resto de Europa. Solo les voy a pedir que analicen el caso de un gobierno de corte similar en lo ideológico al suyo: el de Portugal.

Continuará en: Presupuestos 2021 (II): infravalorar los gastos.

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Sí se puede. No se podía, pero ahora ya sí se puede

JOSEAN, 15/11/2020

Ahora resulta que sí se podía (¿acaso alguien lo dudaba?). Me refiero a que no se podía, pero ahora ya sí se puede bajar el IVA de las mascarillas, por más que desde el gobierno se nos indicara que no estaba permitido por la Unión Europea. Uno miraba los tipos impositivos de nuestro entorno y todos los países tenían tipos mucho más bajos que el nuestro, pero trataban de convencernos de que no era posible pese a que ya en mayo la Unión Europea indicó que se podían rebajar las tasas e impuestos de todos aquellos productos relacionados con la Covid-19.

No se podía, pero ahora ya sí se puede exigir una PCR negativa a los viajeros que lleguen de países de riesgo, como venían haciendo Italia y Francia, sin ir más lejos. La medida entrará en vigor a partir del 23 de noviembre, pese a que durante muchos meses se desestimó la implantación de esta medida, y aun hoy sigue haciéndolo el coordinador de emergencias, Fernando Simón.

“Sí se puede” fue un eslogan popularizado por la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, una forma de decir que había alternativas para los ciudadanos, que sí se podía paralizar un desahucio en los años duros de la terrible crisis del ladrillo que terminó en crisis de deuda. El partido de Pablo Iglesias se adueñó en sus inicios del eslogan, tres palabras que además encajaban a la perfección con el nombre escogido para el partido, Podemos, un lema que sus seguidores proclamaban en sus mítines y manifestaciones públicas.

“Sí se puede” como lema de que sí se podía hacer otro tipo de política, más cercana al ciudadano, como nos vendían, y alejada de ese gran “Monstruo” de varias cabezas que eran (pronúnciense con voz catastrofista) la banca, las grandes empresas, la Unión Europea, ¡la casta! Cada semana que pasa descubrimos que muchas de las cosas que pensábamos que no eran posibles, realmente sí lo son.

Ahora parece que sí se puede dormir tranquilo teniendo a Pablo Iglesias de vicepresidente de gobierno. Atrás quedaron esos tiempos en que Pedro Sánchez decía que no se podía formar un gobierno en coalición con los de Pablo Iglesias, porque con Unidas Podemos en el gobierno no dormiría tranquilo por la noche. Junto con el 95% de los ciudadanos que tampoco se sentirían tranquilos”. Septiembre de 2019, Sorprende la naturalidad con la que hemos visto que “sí se puede”.

Sí se podía pactar con Bildu, pese a que escuchamos en innumerables ocasiones que “con Bildu no se acuerda nada” (junio de 2019), o que “no me voy a reunir con Bildu”, “ni siquiera para decirles que no” (febrero de 2016), porque estaba claro que “con Bildu no vamos a pactar, si quiere se lo digo cinco veces o veinte durante la entrevista” (abril de 2015).

El primero de los documentos de la ignominia fue el acuerdo firmado con nocturnidad y alevosía entre el PSOE y Bildu para derogar la reforma laboral. Estoy convencido de que el logotipo del PSOE en el mismo encabezado que el de EH Bildu tuvo que revolver los estómagos de miles de militantes socialistas, empezando por Nadia Calviño.

Pero aquel documento tan bochornoso ha sido sustituido por la elección de Bildu como socio preferente para el acuerdo de negociación de presupuestos. Que sea Arnaldo Otegi quien anuncie ufano el principio de acuerdo no es casual, lo que ha creado malestar en varias voces destacadas del partido socialista.

Pues sí, resulta que no se podía, pero ahora ya sí se puede pactar con Bildu e incluso blanquearlos, como llevan haciendo desde hace unos meses, y de modo especialmente vergonzoso esta última semana. Pero es que ¡también se podía pactar con Esquerra Republicana de Cataluña!, pese a que Pedro Sánchez dijera hasta la saciedad que no iba a pactar los presupuestos con los independentistas por la oposición de los militantes del partido y, entre otras cosas, porque “los líderes independentistas no son de fiar”.

El otro día escuché en la radio que es Pedro Sánchez quien ha cambiado de opinión, porque Pablo Iglesias había tenido muy claro desde el principio cuál era su agenda. Y en este punto de las coaliciones está claro que ha sido su partido el que se ha salido con la suya en la elección de los aliados. Pero hablar de coherencia en el caso de Iglesias tampoco parece lo más acertado.

Parece ser que no se podía salir del barrio de toda la vida porque eso significaba perder el contacto con la gente y era peligroso el rollo de aislar a alguien. Este rollo de los políticos que viven en chalets, que no saben lo que es coger el transporte público o el precio de un café”. No se podía, pero ahora ya sí se puede uno comprar un casoplón de 600.000 euros, moverse en coche con escolta y chófer, y alejarse “del pueblo”. Pero es que las “líneas generales” de los que llegaron para combatir a la casta han cambiado tanto como los Siete Mandamientos que los animales escribieron en el muro de la granja de Orwell (Rebelión en la granja podemita).

No se podía mantener a un imputado o investigado en el partido, no digamos a un condenado, pero ahora ya sí se puede. Recordemos que los líderes de Podemos dijeron hasta la saciedad que no era admisible que un partido tuviera miembros imputados en sus filas, o que no se asumieran responsabilidades políticas en una investigación por financiación irregular. Esta misma semana, el 20 de noviembre, la cúpula de Podemos acudirá a declarar por financiación irregular.

Pedro Sánchez dijo que no se podía permitir que un partido condenado por corrupción estuviera en el gobierno, pero tras la sentencia de los ERE y la condena a los dos anteriores presidentes de su formación parece que sí se puede, y veremos qué ocurre con la investigación a Podemos. Los de Iglesias insistieron con que no se podía tener a miembros del partido imputados y en cargos de responsabilidad, pero ahora ya sí se puede, e incluso se les asciende, como ocurrió con Isa Serra o con Pablo Echenique. Al igual que hacían los líderes animales de la granja, en Podemos han añadido una coletilla a la máxima de la que presumían: “no tendrán que dimitir si son imputados… por actividades ajenas al ejercicio de su cargo público”.

Y así con prácticamente todo. No se podía, pero ahora ya sí se puede beneficiar uno de su estatus de aforado, pese a que en el código ético del partido se abogaba por lo contrario o pese a que en su programa electoral hablaran de “eliminar los privilegios procesales”. No se podía politizar la justicia, ni controlar la elección de los miembros del Consejo General del Poder Judicial, pero ahora ya sí se puede, incluso yendo un paso más allá y designando directamente al mayor número posible de miembros afines.

No se podía hacer bromas machistas, pero ahora ya sí se puede e incluso se puede ejercer el machismo más trasnochado “guardando” durante meses la tarjeta SIM del teléfono de una mujer de veintitantos años para no someterla a “más presión”.

No se podía meter mano a la educación sin un consenso previo, no se podía nombrar consejeros a dedo, y menos aún que fueran familiares, amigos o personal de confianza del partido, no se podía nombrar un fiscal general del Estado que no fuera independiente, no se podía controlar a los medios de comunicación, ni coartar la libertad de expresión, ni aplicar la llamada “ley Mordaza” (excepto si era para proteger la seguridad de los moradores de cierta casa de Galapagar), en fin, no se podían hacer muchas cosas, pero queda claro que ahora ya sí se puede.

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