Barra libre, por Lester

Fiesta de empresa

Tras casi diez minutos de paciente espera, cuando por fin encontré el hueco para pedir un par de cañas y la camarera estaba sirviendo de modo diligente las mismas, se me acercó una atractiva compañera de Recursos Humanos y me dijo “ya que estás, pídeme otra, por favor”, frase acompañada de una agradable sonrisa, a lo cual por supuesto que me presté, “otra, por favor”, pues nada resulta más persuasivo que una sonrisa femenina, así somos algunos de simples; mas siempre ocurre que el imbécil de la oficina técnica al que no soportas, aquel cuya fama de caradura le precede, se arrima a tu oído y te escupe “ah, Lester, y para mí, un tinto y un blanco”, “¡ah, y ya que estás ahí, una sin alcohol!”, y no contento, se gira hacia sus ya casi borrachos compañeros y les anima “¿queréis algo vosotros, os falta algo por ahí?”, peticiones que atiendes por educación, no por ganas, mientras reprimes esa fuerza interior que te impele a mandarle a tomar por donde le introducirías un poste de madera astillada del cableado eléctrico.

Sí, amigos, la copa de empresa en formato cóctel con canapés, jamoncito, bandejas de pinchos sofisticados y, por supuesto, barra libre de cerveza, vino y refrescos. Un formato con ventajas evidentes a la hora de departir con un mayor número de compañeros y evitar así el tradicional problema de las comidas alrededor de una mesa: “que no me toque con el jefe”, o con el cenizo, o con el plomo, o el triste, o con la loba, o con el del mal olor (¿se admite “halitóxico”?), o con el que siempre la lía o con los que te hacen sentir vergüenza ajena por el tono impropio de sus supuestas gracietas, proferidas con un volumen que no utilizarían ni en las gradas de un estadio de fútbol.

Cada vez que te acercas a por una cerveza ves que hay algunos compañeros, por supuesto tíos, que se mimetizan con la barra, no pierden nunca su sitio y seguramente por eso siempre tienen el vaso lleno, vaso que no marean, sino que degluten con prisas pues saben que hay un límite (de hora) para pedir sin límite (de birras). Y los tíos con una cerveza en la mano somos muy peligrosos. Barra libre de comentarios. De todo tipo. Poniendo a caldo a la empresa, al jefe, criticando al que ha elegido el sitio, o despotricando del jamón o del catering mientras se les escapa el bigotillo del langostino entre los dientes. Si el lugar es modesto, porque es modesto, y si el lugar es cojonudo, pues porque la empresa se gasta un pastizal en estas cosas en lugar de subirle el sueldo ¡a él!, “que soy el que más dinero hace ganar” a los jefes. Trato de huir de los tipos del doble-pegado-a-la-mano como de la peste, pero en estos eventos de tantas horas de duración es inevitable cruzar un par de frases con ellos, sobre todo porque te llaman la atención con un primer gruñido como el que utilizan los pastores para el ganado:

– ¡¡Heeeey, hey, Lester!! ¡¡Yeejeey, aquí!! (ante tu fingido despiste) ¿Tú sabes cuánto se han gastado por cabeza en este sitio?

Es una pregunta retórica, pues ante tu indiferencia y sea cual sea tu respuesta, “no sé”, “no me interesa”, “treinta euros”, “está todo cojonudo” o directamente “me la suda”, ellos te lo sueltan con todo tipo de apreciaciones, interpretaciones y por supuesto, críticas. A medida que avanza la jornada, aumenta el número de felipones que sueltan por la boca, una mezcla pastosa de cerveza y carne mechada que salta de sus resquicios interdentales directamente a la pechera de tu chaqueta. Tratas de limpiártelo como puedes, sobre todo para ver si se dan cuenta o se disculpan, hechos que por supuesto no se producen, y en cuanto puedes te largas de allí, pues sabido es que de permanecer en esa conversación tu camisa acabaría con tantos churretones como la cúpula de Barceló para la ONU.

En esos días de exaltación colectiva de la amistad, no podía faltar la barra libre de comentarios machistas. No me voy a escandalizar siguiendo las normas de la moral políticamente correcta que nos tratan de imponer, ni mucho menos mentiré diciendo “yo no los hago, los demás son chicos malos”, porque la realidad es que prácticamente todos los hacemos o al menos los consentimos. Esta misma semana se ha disculpado incluso el “macho alfa” Pablo Iglesias por su comentario de hace años sobre Mariló Montero y ciertos azotes excesivos, pero en el fondo lo que ha dicho no deja de ser cierto: cuántas de estas bromitas soltadas en grupos de WhatsApp y únicamente para amigotes y kolegas nos avergonzarían si salieran a la luz pública, o si por un casual se publicaran en la Intranet de la compañía.

Lo que sí tengo muy clara es la línea invisible entre la broma y el mal gusto, y así como tolero con agrado lo primero, detesto lo segundo. Y no está de más alabar la elegancia y belleza de nuestras compañeras de curro (por trasladar de un modo legible lo de “la azotaría hasta sangrar”), pero odio los comentarios soeces sobre las mismas y las prácticas sexuales que determinados compañeros imaginan con ellas, “la empotraría contra la pared”. Vas listo. Ante tu mirada indiferente, te sueltan:

– Vamos, Lester, no pongas esa cara, no me digas que tú no la empotrarías contra la pared.

– La chica está para lo que tú quieras, para empotrarla contra la pared, claro que sí, pero es muy distinto si te digo que yo, yo personalmente, no la empotraría contra la pared, no tengo ningún interés.

Es el momento de todas las copas de empresa en el que alguien suelta el célebre refrán sobre la olla y dónde no introducir los atributos masculinos. ¡Chupito para el primero que la suelta! No es por eso, les digo, sino porque estoy felizmente casado y no voy a hacer el payaso con chicas veinte años menores que yo. Además, tengo un truco infalible que aprendí hace años para salir con elegancia de estos momentos:

– Siempre recuerdo lo que decía Lord Chesterfield: “el placer efímero, la postura ridícula y el precio escandaloso”.

Jojojojo, se ríen, aunque alguno no ha entendido la frase, sueltan otros tres perdigones y entonces es cuando otro de esos compañeros casados te cuenta su truco:

– Yo me pongo frente al espejo como Travolta en Pulp Fiction y me repito su frase: “ahora te vas a tu casa y te haces una buena paja”.

cóctel-empresa

Es así, son los grandes clásicos de la copa de empresa o la cena de navidad. Decía que los tíos con una cerveza en la mano son muy peligrosos, pero más lo son aquellos con una cerveza en la mano y media docena en el cuerpo. Algunos rajan más de la cuenta y hablan con total desconocimiento de los compañeros, y sobre todo, de las compañeras. Hace poco leí la diferencia entre ligar y acosar: si eres guapo, ligas. Si eres feo, estás acosando.

En mi primera cena de empresa, hace ya unos 25 años y recién incorporado a la misma, estuve hablando con una chica diez o doce años mayor que yo, llamémosla Elena, por ejemplo. Una conversación agradable, sin ningún interés afectivo o sexual por ambas partes. Pues se me acercó un tío y me soltó:

– Bah, no tienes nada que hacer, Elena es lesbiana.

Pero apenas unos minutos después se me acercó otra chica, esta vez de mi departamento, y me dijo:

– Ya he visto cómo se ha lanzado la loba de Elena a por ti, le molan los yogurines.

“¿Cómo?” Con el tiempo descubrí que la tal Elena tenía novio de los de toda la vida y que solo hablaba conmigo porque sí, por su simpatía innata, con naturalidad, pero para los tíos era lesbiana porque le habían tirado los tejos y había pasado de ellos, y para las chicas era un putón porque se llevaba bien con los que acabábamos de entrar. Pues muy bien, será que el pueblo nunca salió de algunos.

Como el tema no me va, procuro moverme bastante para hablar con cuanta más gente mejor, pero sin quererlo, me encuentro con “Mantodemierda”, el mismo tipo que se ha pasado las últimas dos semanas con la copla de todos los años, “no pienso ir”, “no me apetece encontrarme con determinadas personas”, “no estoy de humor”, “que no, que no voy”, frases que te espeta aunque no le hayas preguntado, ni mucho menos insistido.

– Hola, Lester, al final he venido.

– ¡No jodas! No me había dado cuenta, pensé que eras un holograma.

– Cachondo, todos los años la misma gracieta.

– ¿Me repito? ¿Yo?

En fin, le dedicas dos minutos, escuchas sus quejas, y antes de que te amargue lo que queda de evento, le dices que te vas a por otra cerveza. Así transcurren las horas, hablando con unos, con otras, divirtiéndome, escuchando de todo, relajándome del estrés laboral, comiendo lo que se puede, bebiendo más de lo que debieras, y cuando miras el reloj compruebas con asombro que llevas seis horas en el sitio. Me doy cuenta de lo insultantemente jóvenes que son mis compañeros, y de lo mayor que empiezo a resultar para estos eventos, así que empiezo a recogerme para retornar a mi humilde morada.

Que quede claro por mucho que haya largado que me lo paso siempre de pelotas. Tengo numerosos compañeros a los que considero amigos, en los que confío un huevo y me lo paso bien con ellos, y sí, la becaria está de miedo, ¡qué pasa!

Y ahora, barra libre para las críticas, amigos.

Cara Lester

 

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Freddie Mercury y Lady Gaga, por Travis

 

Dos estupendas películas alrededor de la música rock y el mundo de los conciertos coinciden estos días en las carteleras: Bohemian Rhapsody y Ha nacido una estrella. Tienen algunos puntos en común y a la vez son muy diferentes entre sí. La cantante Lady Gaga interpreta a un personaje de ficción, mientras que Freddie Mercury revive en la piel de un actor que no canta, Rami Malek.

Ambas películas cuentan historias conocidas en mayor o menor grado por los espectadores (la creación de la banda británica Queen y una nueva versión de Ha nacido una estrella), y sin embargo se ven con agrado, se disfrutan mientras uno no se da cuenta de que está llevando el ritmo con las piernas o tarareando todas las canciones de Queen.

Ha nacido una estrella

Se trata de la cuarta versión de esta historia, tras las de William Wellman (1937), George Cukor (1954) y Frank Pearson (1976). En el fondo es un argumento bastante socorrido en el mundo del cine, pero no por ello menos fascinante: un personaje en la cima que se siente atraído por una desconocida a la que anima y ayuda a llegar a lo más alto, para comprobar con el tiempo cómo el discípulo comienza a superarle mientras la estrella inicia el declive. Las estupendas Eva al desnudo y The artist se basan igualmente en esta historia. De un modo tangencial, es la historia de Obi-Wan viendo que ya no puede controlar a su padawan Anakin, el cual le supera y además pervierte las enseñanzas del maestro, abandona el lado luminoso de la Fuerza.

La versión actual supone el debut en la dirección del actor Bradley Cooper, y cualquiera que vea Ha nacido una estrella pensaría que lleva decenas de películas a sus espaldas. Se maneja de modo espectacular en las escenas de masas, en esos conciertos con miles de fans pendientes del artista, está inmenso moviéndose entre tramoyistas y equipo técnico tras el telón, en el recorrido que va de una copa de whisky en la caravana a pisar con firmeza el escenario, y a la vez resulta sobrio y acertado en los momentos de intimidad de la pareja, cuando estos aparecen desnudos de toda la parafernalia que rodea a las estrellas.

La estrella de vuelta de todo es Jackson Maine (Bradley Cooper), que en pleno deterioro físico y creativo conoce a Ally (Lady Gaga), una cantante aficionada que trabaja de día en un supermercado y actúa por las noches en un bar infame al que acude Cooper en busca de un último trago. La química entre ambos es evidente desde el primer instante y de ese buen rollo personal, afectivo, musical y creador se nutre toda la trama. Ambos son mejores cuando unen sus talentos.

Lady Gaga - Bradely Cooper - Ha Nacido Una Estrella

La fuerza de la música en pantalla es de tal intensidad que el primer acorde de guitarra de Bradley Cooper es suficiente para engancharte a la película. Y no ha pasado ni un minuto de metraje. Las canciones que escuchamos y la banda sonora al completo componen otro de los enormes aciertos de la película. El director se pasó cuatro años estudiando el personaje, contrastando opiniones con productores musicales y buscando el sonido que la película demandaba. Acertó. Cada canción encaja perfectamente en el momento que vemos en pantalla: los grandes temas de rock para los conciertos, las baladas intimistas, las suaves melodías que escribe Ally y que Cooper ayuda a potenciar, la espantosa canción comercial de Lady Gaga (no es Ally en ese momento), y por supuesto, la impresionante versión de La vie en rose (Edith Piaf) que nos regala la protagonista.

Ocho de los temas aparecen firmados por Lukas Nelson, en cuyo aspecto parece haberse fijado Bradley Cooper para la composición de su personaje. Para mi gusto, son los mejores temas de la película, junto con el impresionante Shallow de Ally. El personaje de la joven crece en cada aparición en pantalla, y aunque trata de mantener su estilo y el sonido que la hace especial, se ve inmersa en un mundo que todo lo devora y arrasa, empezando por su arte. Me recuerda a esas jóvenes desconocidas arrastradas por la vorágine de la música moderna y comercial que las transforma en “otra cosa”, un producto artificial en el que prima la imagen, el peinado, el vestuario y el físico. Desaparece el artista y toman protagonismo los productores y los agentes. Ally se convierte en Lady Gaga y pierde totalmente su encanto.

Bradley Cooper no es músico ni cantante, pero hace un gran papel. Lady Gaga no es actriz, pero compone una Ally deslumbrante. Se habla de ella como la gran favorita para el Óscar a mejor actriz. En definitiva, una película muy recomendable para amantes de los conciertos y la música rock.

Bohemian Rhapsody

Is this the real life?

Is this just fantasy?

Las dos primeras frases del temazo Bohemian Rhapsody son perfectas para hablar de la película del mismo título basada en el éxito del grupo británico Queen,  desde su formación hasta el concierto Live Aid en 1985. Adelanto que salí del cine con una sonrisa de oreja a oreja, el ritmo (que no tengo) en el cuerpo y cantando varios de los grandes éxitos del grupo, así que no seré objetivo, o lo seré desde mi subjetividad de aficionado a la música de los 70 y 80, repleta de grandes grupos y entre ellos, el cuarteto Queen.

Freddie Mercury

Is this the real life?

Es lo que parece durante buena parte del metraje, y especialmente cuando ves en pantalla a Rami Malek y Gwilym Lee transformándose en Freddie Mercury y Brian May. También están muy ajustados a sus papeles Ben Hardy como Roger Taylor y Joseph Mazzello como John Deacon. La película comienza como casi todo biopic, exaltando la genialidad del protagonista sin necesidad de explicar nada acerca de su formación musical: un tal Farrokh Bulsara, de familia parsi, se pone a cantar, tiene un chorro de voz inigualable y como es un puto genio convence a sus futuros compañeros en mitad de la calle, de ahí salta al escenario de un pequeño local, y como es un fucking genius, de ahí a un gran disco todo parece un camino casi de rosas.

Brian May

La personalidad arrolladora de Freddie Mercury es el motor de la película, que sin embargo nos muestra el contraste entre su histrionismo en los escenarios y la timidez en las relaciones personales, ya sea con su compañera de toda la vida, Mary Austin, o con los distintos hombres con los que mantuvo relaciones. El proyecto para la película se comenzó a gestar en 2010 y en su origen se pensó en el exageradísimo / divertidísimo / incorrectísimo Sacha Baron Cohen para interpretar a Freddie Mercury. Sinceramente, me alegro de que el proyecto pasara al actor de origen egipcio Rami Malek, que literalmente clava el papel.

El director elegido fue Bryan Singer, un habitual de los X-Men, perpetrador de cosas como Superman returns, y uno de esos directores cuya mejor película fue la primera, aquellos tramposos Sospechosos habituales rodados en estado de gracia. No pudo terminar el rodaje de Bohemian Rhapsody, que abandonó por una enfermedad de su padre, aunque se haya hablado de desavenencias con la productora, la Fox, y en su lugar la terminó el director inglés Dexter Fletcher.

La película es larga, dos horas y cuarto, pero se pasan en un suspiro. Te das cuenta de la cantidad de canciones que conoces prácticamente enteras y de cómo son piezas creadas por y para el público, para que disfrute sus ritmos por igual en un concierto, en un musical (lo único salvable de We Will Rock you! son las canciones), o en partidos de baloncesto o fútbol (de nuevo We Will Rock you! y por supuesto el We are the Champions). Desconozco por qué se elige 1985 y el concierto de Wembley para finalizar la historia, pero si la idea es completar hasta el año de la muerte de Freddie Mercury, en 1991, por mi parte perfecto. Iré a verla, seguro.

Los trabajos de ambientación y caracterización de los personajes son fantásticos, y los más aficionados pueden disfrutar de vídeos que comparan el clímax final de la película con la actuación real en el Live Aid. Una gozada:

Is this just fantasy?

La voz que escuchamos en los ensayos y las grabaciones no es de Rami Malek, ni mucho menos de Freddie Mercury, sino de Marc Martel, un músico canadiense que tiene varios vídeos en YouTube clavando la voz del cantante de Queen.

Pero la voz no es la única fantasía de la película. Había visto ya el documental Days of our lives antes de Bohemian, y después de verla, apenas un día después, me tragué el otro gran monográfico sobre su carrera,  Freddie Mercury: The Great Pretender. Ambos muy recomendables. Sin embargo, te das cuenta de que, como hace siempre Hollywood, se cambiaron algunos detalles de la biografía de Freddie Mercury y del grupo, seguramente para aumentar el interés de la historia o para rebajar la calificación y poder acceder a todos los públicos.

La película no omite las orgías en casa de Freddie, ni los excesos del artista, aunque suaviza la mayoría de los detalles. Tampoco elude sus meses de escapada por los antros neoyorquinos gays, ni su promiscuidad en aquellos años en que el SIDA se extendió como la pólvora. Algunos detalles son menores, como el momento en que fueron grabadas algunas canciones, o el directivo de EMI que nunca existió, pero otros resultan bastante cuestionables.

La pareja del cantante, Jim Hutton, no era camarero, sino peluquero, y por supuesto que no lo presentó a sus padres el mismo día del concierto Live Aid, en ese momento que la película nos cuenta como una búsqueda de la aceptación por parte de su conservadora familia. Llevaban ya varios años de convivencia.

El grupo no llevaba más de dos años separado, como nos cuentan en la película, sino que habían rodado otro disco apenas un año antes del concierto. Esa inexistente separación sirve a los guionistas para crear el conflicto y la reunificación de la banda, cuando lo cierto es que habían actuado juntos apenas un par de meses antes del concierto de Wembley.

Y lo que me parece más discutible es que se date en 1985 el contagio con el VIH de Freddie Mercury, cuando según parece, no tuvo constancia hasta 1987 ó 1988. Sirve a la historia para darle mayor dramatismo, pero falsea los momentos que suceden tras conocer el diagnóstico. Creo que se le perdona, como todo a la historia que cuenta.

Nothing really matters

Anyone can see

En The Great Pretender se habla sin tapujos de su enfermedad, de la época loca del cantante y de la maravillosa historia que tuvo de entendimiento creativo con Montserrat Caballé (recientemente homenajeada por Barney en La Galerna).

Repito lo dicho con anterioridad, si el corte en 1985 es para rodar una segunda parte, hay material suficiente, y vistos los resultados en taquilla, interés del respetable.

Cara Travis

 

 

 

 

 

El consenso imposible, por Josean

 

Consenso partidos-1

Hoy se cumplen 40 años de la aprobación de la Constitución en referéndum por una amplia mayoría de los ciudadanos que acudieron a votar. Por diversas razones de todo tipo, y cada uno tendrá las suyas, parece cuestionada como pocas veces lo ha estado en las cuatro décadas anteriores. En buena parte, esa crítica viene de personas que ni siquiera habían nacido cuando se redactó o aprobó, o que parecen desconocer cómo se gestó, en una época tremendamente difícil cuando apenas hacía tres años del fallecimiento de Franco.

Ese momento me pilló con apenas ocho años de edad, y no soy ningún experto en la materia, si bien creo que hemos vivido cuarenta años de innegable crecimiento y modernización del país, lo cual no quita para que haya que plantearse reformar lo que haya que reformar, o modificar todo aquello que haya quedado obsoleto o anticuado.

Hoy, cuando todo está a un clic de distancia, voy a hacer todo lo contrario: acudir a la vieja prensa de papel, a ese recopilatorio de portadas del diario El País del que ya he hablado en alguna otra ocasión (Conde, Pujol, Rato, Otegui y Beatrix Kiddo), para publicar las portadas relacionadas con este asunto que más me ha interesado leer un día como hoy.

Finalmente esa abstención fue del 33 por ciento, promovida por partidos como el PNV o ERC. Como estos días se leen muchas chorradas, como que fue una constitución promovida por la extrema derecha, o como ha dicho hoy mismo Alberto Garzón, sin “consideración al movimiento obrero, al PCE y a la lucha antifranquista”, hay que recordar el amplio consenso generado, con el 88,5 por ciento de los votos ciudadanos a favor, y con el refrendo en el Congreso y el Senado de 551 de los 598 representantes de los grupos. La posición de los partidos políticos y distintos grupos fue a favor en el caso de PSOE, UCD, Alianza Popular, y, ¡Alberto!, Partido Comunista de España, UGT y Comisiones Obreras. Hicieron campaña por el NO a esta Constitución: los batasunos, ERC (se abstuvieron en el Congreso y votaron en contra en el referéndum) y, ¡Alberto, escucha, pisha!, la extrema derecha de Falange Española de las JONS y Fuerza Nueva.

Ese amplio consenso se generó desde mucho tiempo antes. Era una necesidad imperiosa, salir de todo aquello que pudiera representar la dictadura franquista e iniciar una nueva etapa.

El 17 de marzo de 1978 finalizaron los trabajos de la ponencia constitucional. Los llamados “padres de la Constitución” reunían un poco de todo ese maremágnum que era la política en esos años de la transición, desde ministros franquistas como Fraga a representantes del PCE (Jordi Solé Tura) o el PSOE (Gregorio Peces-Barba), pasando por la Minoría Catalana (CDC, UDC, ERC) representada por Miquel Roca y la UCD (Gabriel Cisneros, Miguel Herrero de Miñón y José Pedro Pérez-Llorca).

El papel de la Corona

Me resulta difícil justificar una monarquía hoy en día, en pleno siglo XXI, mantener unos privilegios desde la cuna y heredados por vía directa de la unión del espermatozoide y el óvulo, y no por méritos o elección de los ciudadanos, pero estoy tan harto de nuestra clase política que ahora mismo me atrevo a manifestar que me molesta menos la Corona que la república que algunos anhelan.

Cito textualmente de El País, 23 de julio de 1977:

Con la frase La democracia ha comenzado, el Jefe del Estado reafirmó su intención de tránsito de una Monarquía impuesta por un régimen dictatorial a una Monarquía constitucional y democrática.

La izquierda recelaba del papel del Rey que en su discurso destacaba “la función integradora de la Corona y su poder arbitral, que cobran un especial relieve en sus relaciones con las Cortes”. El talante negociador y dialogante de Adolfo Suárez fue fundamental para el desbloqueo de la situación:

No fueron meses fáciles. A medida que paso portadas veo un gran número de asesinatos de la banda terrorista ETA y de los GRAPO, también activos por aquella época. El Ejército y la Iglesia católica también recelaban de la redacción de la nueva Constitución.

Las autonomías

Para que el proyecto saliera adelante con esa amplia mayoría que la situación demandaba, había que buscar un encaje con el que se pudieran sentir cómodos los que nunca están cómodos, pues de la eterna queja hacen virtud: los nacionalismos. Primero se restablecieron las instituciones catalanas, septiembre de 1977:

Y a continuación, Suárez en persona inició el proceso de negociación del Estatuto vasco de autonomía, culminado en julio de 1979:

Evidentemente, los verdaderos antisistema de siempre, los batasunos en sus distintas formas, aquellos que según Pablo Iglesias mejor entendieron que no era posible conseguir lo que uno quiere dentro de este marco constitucional (¡!), no aceptaron el Estatuto, ni se presentaron a la formación de ese primer Parlamento vasco (1 de abril de 1980), aunque bien que cobraron los honorarios que el Estado español represor les deparaba.

Calificaron al órgano legislativo vasco de “institución de la reforma” marcado por “las limitaciones y encorsetamientos emanados de la reaccionaria Constitución española”, que no era capaz de dar solución a las “reivindicaciones mínimas democráticas del País Vasco”. Mejor el democrático tiro en la nuca o el coche bomba reivindicativo.

Por si estos ataques terroristas de una banda de ultraizquierda no fueran suficientes, los grupos de extrema derecha también hicieron de las suyas esos años. El ataque al despacho de los abogados laboralistas de Atocha, donde la actual alcaldesa de Madrid Manuel Carmena salvó su vida, el asesinato de Yolanda González o los nostálgicos del antiguo Régimen en la Guardia Civil y el Ejército, con la frustrada Operación Galaxia:

Y por supuesto, el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981:

En aquellos días, los ciudadanos dieron una vez más un ejemplo de superación, una voluntad de mirar hacia adelante y cambiar este país. Yo creo que la mayoría ni sabía lo que había votado con la Constitución, pero para ellos representaba una puerta hacia el futuro y cerrar la del pasado. ¿Que había que mejorar cosas? Por supuesto, no debió de ser nada fácil, con la crisis económica brutal, la extorsión etarra, la devaluación de la moneda o la corrupción, sin pertenecer aún a la Unión Europea (o Comunidad Económica Europea por entonces), pero se logró:

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No soy nada optimista ante la situación actual, no veo eso que se llama “sentido de Estado” en la mayoría de los líderes actuales de los partidos. La mayoría de ellos ni había nacido en 1978, y a algunos les da pie a decir que no tienen por qué seguir esa Constitución que califican de “franquista”, con un par.

Cualquier posibilidad de consenso necesario para cualquier objetivo parece imposible, porque hoy parece vetado coincidir con el rival, acordar una posición común. Se busca dividir, confrontar, trazar de nuevo una raya que nos separe en bandos. Lo último ha sido ver manifestaciones y quema de contenedores para protestar por unos resultados electorales. No sé qué será lo siguiente. ¿La crisis de los 40?

Cara Josean

 

Cuando Hacienda reconoce su incapacidad, por Josean

AEAT

A principios de este año, durante un receso del fragor de la inspección de Hacienda que mi compañía está sufriendo, le planteé un problema al inspector jefe:

– Tenemos una nueva actividad en la que no sé cómo vamos a hacer para tributar por el servicio que prestamos, y menos aún, cómo coño van a hacer ustedes para investigarnos.

Le conté al inspector la nueva actividad que estamos desarrollando, un servicio que se abona a través de una plataforma de pago por móvil. Me escuchó atentamente durante unos cinco minutos:

– Ponemos a disposición del usuario esta plataforma y nos llevamos una comisión, un fee sobre la venta por el servicio. Hablamos de un fee que anda en un rango entre diez céntimos y un euro por operación, pero eso sí, hablamos de miles de operaciones a diario. Tengo claro que ese fee tributa con IVA, pero luego tenemos que pagar al propietario de la aplicación, al banco cuya plataforma de pago utilizamos y al suministrador del servicio o producto sobre cuyo precio aplicamos nuestro fee.

Para que no nos perdiéramos (empezando por mí mismo), fui escribiéndolo en mi libreta, utilizando el ejemplo de una transacción de diez céntimos de euro:

AEAT-Libreta– Estamos negociando los acuerdos con todas las partes discutiendo ya el cuarto decimal, la centésima de céntimo de euro, es decir, una mierdecilla, la caspa de las moscas, una ridiculez equivalente a millones de bolívares, en definitiva, una cantidad ínfima. Esto es para el banco, que creo que está exento de IVA, esto es el IVA que ingresaremos cuando lo conozcamos y recibamos, esta es la parte del suministrador principal, que no sé cómo coño tengo que liquidar con él, si es con IVA o no, y por último, la aplicación pertenece a una empresa con sede en la isla de Jersey. Ahí va mi pregunta: ¿cuál es la manera fiscalmente correcta de liquidar estas operaciones? Y sobre todo, ¿de qué manera nos van a rastrear ustedes la pista dentro de unos años, cuando quieran inspeccionarnos?

El inspector, zorro viejo, tras mirarme con unos ojos entre perplejos y cabizbajos, me contestó:

– ¿Sabes qué te digo? Que tengo 62 años y espero que esa inspección le toque al siguiente.

Tenía toda la razón. Con esa frase reconocía no solo su incapacidad, que en el fondo era similar a la mía, sino también la visión pragmática que Hacienda ha tenido que adoptar para adaptarse a los nuevos tiempos. Me he acordado de esta conversación a raíz del Anteproyecto de ley presentado recientemente (23 de octubre) del impuesto sobre determinados servicios digitales.

La Exposición de motivos del anteproyecto comienza hablando de la economía digital y las nuevas formas de hacer negocios que han surgido con la misma. Reconoce que estos negocios no requieren de una presencia física en el país en el que se presta el servicio, lo que entra en conflicto con las normativas fiscales internacionales. Hay una desconexión entre el lugar donde se genera la transacción económica, y el lugar donde las empresas tributan.

Una escultura con el logo del Euro a las afueras del Banco Central Europeo en FráncfortParece evidente que la economía digital plantea importantes retos fiscales a los estados, que ven cómo la economía “real”, por definir de un modo al comercio tradicional, pierde peso frente a “la nube” que mueve millones de euros a diario en transacciones difícilmente controlables. A nivel europeo, se lleva trabajando varios años para evitar o al menos controlar ese traslado de beneficios entre países que al final terminan tributando en aquel con menor tasa impositiva. No solo eso, sino que además no siempre se liquida por los servicios reales prestados ni por el total de los mismos.

Solo por mencionar algunos de los informes elaborados sobre este asunto, tenemos:

  • Proyecto sobre BEPS (Base Erosion Profit Shifting) de la OCDE y el G20, de donde surgen:
    • Informe relativo a la Acción 1 sobre los retos fiscales de la economía digital de 5 de octubre de 2015.
    • Informe intermedio sobre los retos fiscales derivados de la digitalización de 16 de marzo de 2018.
  • Comunicación de la Comisión Europea por “Un sistema impositivo justo y eficaz en la Unión Europea para el Mercado Único Digital”, adoptada el 21 de septiembre de 2017.
  • Paquete de propuestas de Directivas y Recomendación para alcanzar una imposición justa y eficaz de la economía digital presentadas el 21 de marzo de 2018.

AEAT-GAFA

Está claro que hay una preocupación, aunque los avances son lentos debido a la complejidad de determinar qué operaciones estarían sujetas y dónde se generan los beneficios. Parece haber una coincidencia general en que no es de recibo que las empresas denominadas GAFA (Google, Amazon, Facebook y Apple) obtengan suculentos beneficios año tras año y que los impuestos que abonan en los diferentes países en los que operan sean ridículos. Para tratar de combatir o al menos controlar esta carencia del sistema, la Comisión Europea presentó en marzo de 2018 una propuesta de Directiva relativa al sistema común del impuesto sobre los servicios digitales que grava los ingresos procedentes de este tipo de prestaciones.

Al crear un impuesto sobre los ingresos, al margen del ya existente de sociedades, que grava los beneficios, las autoridades fiscales están lanzando el mensaje de que no pueden controlar el lugar en el que se genera el valor, ni el importe del mismo.

En España nos hemos adelantado y de modo unilateral se acaba de presentar el anteproyecto de Ley, que ya prevé la adaptación a la futura norma europea cuando finalmente se apruebe. Sinceramente tengo dudas de su funcionamiento y de su éxito, aunque coincido con la necesidad de hacer algo en este Mercado Único Digital. MUD sería el acrónimo, y me parece apropiado pues “mud” en inglés significa barro, fango. El terreno en el que se van a mover las autoridades fiscales de los distintos países buscando esos céntimos virtuales que circulan a toda velocidad entre países.

Los sujetos pasivos obligados van a ser las grandes empresas con una facturación superior a 750 millones de euros que perciban más de 3 millones de euros en el concepto de prestación de servicios digitales. El tipo impositivo acordado es el 3%, ese mismo tres por ciento que me recuerda tristemente al tres per cent catalán o al impuesto revolucionario de la Gürtel.

La localización de la prestación del servicio se va a realizar conforme a la ubicación de la dirección IP del usuario o, como prevé el anteproyecto, “otros medios de prueba admisibles en derecho, en particular, la utilización de otros instrumentos de geolocalización”. La próxima vez que esté cerca de Algeciras o Tarifa, o de los Pirineos, el pago del impuesto dependerá de dónde se conecte mi móvil, si a Marruecos, a Francia, o seguirán siendo servicios prestados en España. En fin, que lo veo todo como un lío, como decía mi colega inspector.

Según la Memoria de impacto de la aplicación de la norma que acompaña al Anteproyecto, el Ministerio espera recaudar un importe que se mueve en un amplio rango entre los 600 y los 1.258 millones de euros anuales. Vamos, que no tienen ni pajolera idea. La cifra inferior resulta de aplicar el porcentaje del PIB español sobre el europeo (7,5%) a un estudio de la Comisión Europea sobre los posibles impactos de la creación de la tasa, y el importe más alto surge como en tantos otros presupuestos de un ejercicio voluntarista de crecimiento de ingresos por publicidad “con una tasa de actualización de las cifras muy alta”. Cito literalmente el coeficiente de incremento: “muy alta”. Entre los 600 y los 1.258 millones de euros, casi nada.

Si eso es el tres por ciento, significa que hay empresas que prestan servicios digitales por un valor entre los 20.000 y los 41.933 millones de euros, pero a continuación la Memoria indica que según algunas bases de datos de tráfico y servicios de empresas de telefonía, la recaudación del impuesto sería de solo unos 100 millones de euros. Ooops!

Me ratifico en mi idea de que los señores de Hacienda tienen la misma idea que yo y que mi vecina octogenaria de esta nueva economía. Con esa vecina o con un niño de ocho años, podríamos cuestionarnos todo el funcionamiento de la operativa:

¿Funcionará si solo se aplica en España y no en el resto de Europa? ¿No se crearán nuevos “paraísos tributarios” si los tipos impositivos son distintos por países? ¿Dónde tributa ese malayo ubicado en Jersey que ha desarrollado la aplicación que se utiliza en España? ¿Y si esa empresa desvía un porcentaje de mis operaciones y me estafa, la responsabilidad ante Hacienda también es mía? ¿Seguirán escaqueándose las empresas chinas?

El juego de las siete y media

Más dudas que me surgen. ¿Os acordáis del juego de las siete y media? Había que acercarse a esa cifra, pero sin pasarse. Pues este impuesto está definido del mismo modo. Puesto que solo se aplica a empresas con una facturación superior a 750 millones de euros en el ejercicio anterior, me imagino al Director Financiero de una de estas compañías, a medida que se acerca el cierre del año, diciéndole al Director Comercial:

– Oye, contrólate y no vendas más estos dos meses. Sí, ya sé que llega navidad, pero es preferible facturar 749 millones que 751 ó 770, porque nos van a crujir un impuesto de 22 millones de euros como te pases de esa cifra. ¡Relájate, tronco, tómate unas vacaciones, ofrece descuentos del 70-80%!

O bien, ¿las compañías podrán crear un entramado de sociedades más pequeñas para repartir la cifra de negocios por distintas actividades y no alcanzar el límite maldito?

En fin, que me parece bien que se haga algo por controlar a estas empresas, para que dejen de reírse de los gobiernos europeos (caso Starbucks en Montoro miente), pero reconozco mi incapacidad para definir un mecanismo de fiscalización adecuado y efectivo. Se lo dejo al siguiente, como el inspector.

Ah, y una última cosa. Por supuesto y gracias a la corriente populista legislativa, no falla la referencia al impacto de género para concluir que no existe tal impacto. ¿Por qué no? Cuando se repercuta el impuesto a los usuarios, y habida cuenta de que las mujeres utilizan más este tipo de servicios para Instagramear, postear en Facebook o guasapear, ¿hablaremos de un impuesto machista?

AEAT-Impacto

¿Y cuando hablemos de las criptomonedas? ¡Que pase el siguiente, por favor!

 

 

 

 

Populismo legislativo, por Josean

Populismo

Recientemente vivimos el enrevesado (y surrealista) desenlace de la sentencia sobre el AJD, el “pasito pá’lante, pasito pá’trás” del Supremo, pero aun quedaba recorrido al sainete. “La banca siempre gana”, nos contaron, “los bancos son malos”, era el contexto creado. Tranquilos, no pasa nada. El señor presidente de gobierno, con su S de Sánchez o de Superman en el pecho, nos prometía que lo solucionaría: en menos de 48 se redactó y publicó un decreto ley para que los consumidores no tengan que pagar este impuesto “nunca más”. Y que lo paguen los malvados señores de la banca, le faltó decir.

Creo que todos tenemos claro que quien gana a la hora de recaudar un impuesto es la administración, ya sea central, autonómica o local, y que las empresas privadas (y los bancos lo son) establecen el precio de sus productos en función del estudio de costes que realizan. Pero hoy no quería hablar de eso, sino de la rapidez en aprobar un nuevo decreto ley a pesar de los criterios y advertencias de la carrera judicial en contra de ese sistema. De rondón han colado una modificación importante, y es que el pago de este impuesto no será deducible para el banco que lo soporte, con lo cual el coste del mismo va a ser superior para el ciudadano si, como es de esperar, el banco lo repercute al cliente. Trato de explicarlo en el cuadro adjunto con datos aproximados:

AJD2

Así que si el banco, como es previsible, repercute al cliente el impuesto en los costes de formalización de la hipoteca, el ciudadano pagará más y las administraciones públicas recaudarán un importe superior. El banco no va a perder, de eso estoy seguro.

Vuelvo a recordar una vez más el texto del abogado del Estado Jesús López-Medel, titulado Lamento por la seguridad jurídica, en el que evidenciaba la peligrosa “tendencia de los últimos años de introducir reformas normativas a toda costa”. El texto es de febrero de 2013 y me importa poco el signo político del partido en el poder (el PP entonces). Lo que contaba resulta preocupante: “Ello tiene su origen no solo en una peligrosa tendencia a considerar que el poder mayoritario tiene legitimación a hacer lo que quiera y en la forma que desee sino también en otros factores”.

¿Que surge un problema? Que nadie se preocupe, que aquí viene nuestro presidente de gobierno en modo salvador a solucionarlo. “Todo se decide con premura, con escaso tiempo para reposar ideas, sin escuchar a sectores afectados, cuando no se legisla de modo epiléptico por algún hecho social que es noticia en los medios de comunicación”. Parece un chiste, pero esas críticas en foros o redes sociales, esas condenas “tuiteras”, al final están provocando el ruido mediático necesario para que nuestra clase política plantee reformas que requerirían mucha más reflexión (Leer sentencias en los tiempos del tuit). “Lo importante para ellos, los dirigentes, es que la sociedad vea que el poder político reacciona con prontitud, haciendo ver que con un cambio normativo se va a arreglar el asunto o no se va a repetir”.

Populismo legislativo, demagogia normativa. Y creo que ningún partido está libre de caer en este error. Hace un par de días, el 20 de noviembre, tras el cachondeo del apaño de nombramiento y filtración del presidente del Consejo General del Poder Judicial, unido al “guasap” de Cosidó y la renuncia de Marchena, el Partido Popular presentó una enmienda sobre la marcha para reformar la Ley Orgánica del Poder Judicial. Todo bien, todo de acuerdo,… si no fuera porque copió literalmente la Ley de 1980, incluyendo anacronismos como las referencias a Audiencias Territoriales y Jueces de Distrito. No son mis nulos conocimientos legales los que me han llevado a saberlo, sino las palabras del abogado Tsevan Rabtan, habitual colaborador de El Mundo, el cual definió perfectamente la cagada: “sacan proyectos de la chistera en horas para ganar la discusión en Tuiter”.

Diapositiva2

¿Qué es el populismo? ¿Y tú me lo preguntas? Populismo eres tú, y yo, y todos. Populismo es que nos den lo que queremos escuchar, que no necesariamente es lo que conviene a los intereses generales. Ayer mismo escuché en la radio a un diputado hablar de “populismo tributario” a raíz de lo ocurrido con el AJD. Se me ocurrió entonces buscar el término con el que titulo este artículo y me apareció “populismo judicial”, que complementa lo que trato de explicar. Es un paso más. Hace algo más de dos años se desarrolló una jornada en la Fundación FIDE en la que se habló de “sentencias que, con dudoso fundamento en las Leyes, parecen responder a la presión de la opinión pública y a un deseo de proteger a los ciudadanos que va más allá de la “tutela judicial efectiva” que garantiza el artículo 24 de la Constitución”.

Diapositiva1El populismo ha llegado para quedarse, se ha instalado en nuestro sofá y se está fumando un puro, con las consecuencias que indica el artículo: debilitamiento del principio de legalidad y jerarquía normativa, y merma de la seguridad jurídica (hace tiempo que saltó por los aires).

Esta misma semana el proyecto para establecer un impuesto a la banca presentado por Unidos Podemos ha sido rechazado en el Congreso. Se puede acceder fácilmente al texto (enlace) y llama la atención que su Exposición de motivos parece un discurso del partido repleto de lugares comunes sobre lo malvado de la banca y el atraco a los ciudadanos. Ojo, que el que haya leído anteriormente este blog sabrá que aquí no hemos sido muy amigos de algunas de las prácticas de los últimos años, pero para este partido la solución consiste en incrementar el tipo del impuesto de sociedades a “las entidades de crédito” en 10 puntos porcentuales para los próximos cuatro años. Hayan o no participado en el rescate bancario, e independientemente de los fondos públicos recibidos y enterrados, que es a lo que se refiere la Exposición de motivos.

Ayer mismo pudimos leer una nueva noticia sobre los fondos que el Banco de España da por perdidos tras el rescate bancario. Indignante, estoy de acuerdo, una vergüenza. De acuerdo con la propuesta de Unidos Podemos, pongamos entonces un impuesto a los que hicieron bien las cosas (o menos mal) y que sean ellos los que paguen los errores de los gestores de estas entidades:

Rescate bancario

Hay que tener cuidado con el modo de legislar y con la forma de hacer las cosas, porque podemos cargarnos la competitividad de nuestro sector bancario. Ese mismo populismo es el que nos ha traído también la horrible moda del lenguaje supuestamente inclusivo y así nos encontramos con que el borrador de acuerdo para los Presupuestos Generales del Estado, pactado por Unidos Podemos con el partido de gobierno, el PSOE, despliega su insoportable “las y los”, “los y las”, para que no haya un orden predefinido y muchas más chorradas de estilo similares, como la “fiscalidad de género”, sea lo que sea eso, que ni el propio borrador es capaz de definir:

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Gracias a estas modas, ahora en cada norma nos encontramos con párrafos sobre la perspectiva de género en algo que aparentemente no se ve afectado. En la Memoria que acompaña al impuesto sobre las transacciones financieras, se puede leer lo siguiente:

Diapositiva5Vale, o sea que el impuesto afecta por igual a hombres y a mujeres, no vaya a ser que los hombres especulen más en Bolsa que las mujeres y haya que aplicar un coeficiente multiplicador o reductor. Por cierto, ya están tardando algunos en decir que la frase “los dos colectivos de hombres y mujeres” excluye a esas personas que no se sienten identificadas con ninguna de las categorías comúnmente consideradas, queer o como se diga ahora. Y a ver quién se atreve a contradecir lo “populistamente” correcto.

Puede parecer una chorrada, pero el año pasado el ayuntamiento de Madrid contrató un estudio de impacto de género de las obras de soterramiento de la M-30. Costó 52.000 euros y me prometí a mí mismo buscarlo y dedicarle un post entero, porque recuerdo a una concejala explicando que la mayoría de conductores son hombres y de ahí surgía la necesidad del estudio. De verdad que no puedo más, me estoy haciendo mayor y soy un carca machista retrógrado.

Ah, y supongo que franquista. El populismo está ganando la batalla. Por supuesto que creo que los restos de Franco tenían que haber salido hace tiempo del Valle de los Caídos, pero estoy totalmente en contra de cómo se está llevando a cabo el proceso. De nuevo a través de un decreto ley no consensuado ni pactado entre los principales partidos, con el único objeto de dividir, de trazar una raya, de revolver las tripas del ciudadano. Alguien dijo recientemente que hay dos tipos de nostálgicos de Franco: los franquistas y los antifranquistas.

PP y PSOE han sido capaces de ponerse de acuerdo en los nombramientos de los miembros del CGPJ, o para copar las principales instituciones de este país, o junto con Ciudadanos para tumbar el proyecto de Podemos sobre el impuesto a la banca. Mayor consenso aún ha conseguido el polémico proyecto de Ley Orgánica de Protección de Datos, ¿de verdad que era tan urgente este decreto ley, de verdad que en estas cuatro décadas no ha habido un momento para llegar a un amplio acuerdo sobre la exhumación de Franco y el destino final de sus restos?

Cara Josean

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El influjo magnético de la sonrisa sobre los postes

Larguero

BARNEY, 17/11/2018

La mayor sonrisa que ha circulado por el mundo del fútbol en los últimos años ha sido, sin duda, la de Zinedine Zidane, y además, la ha mostrado en el que posiblemente sea el puesto más difícil de este mundillo: entrenador del Madrid. Hagas lo que hagas, digas lo que digas, pongas a quien pongas, y sean los resultados buenos o malos, te van a criticar. Toda la prensa, también la que se supone que es afín, la que siempre sabe más que el entrenador de turno o se inventa historias sobre jugadores para enmerdar. Y el bueno de Zizou ha respondido a todos esos ataques con una sonrisa (aunque terminara hastiado de la batalla y diera un portazo desde lo más alto diciendo “ahí os quedáis”).

Su última temporada como jugador fue complicada. No estuvo bien, y pese a que le quedaba un año más de contrato, decidió retirarse tras el Mundial de Alemania en 2006. Afortunadamente para los amantes del fútbol, recuperó su mejor nivel durante esos partidos con la selección. Su exhibición contra Brasil en cuartos es uno de esos momentos memorables de la historia del deporte en los que sientes que un jugador controla todo lo que pasa en el campo, para el balón igual que el tiempo, y dirige a sus compañeros con el mismo acierto que aparta a los rivales. Fue bestial. Y recuperó la sonrisa.

En la final contra Italia se produjo un penalti a favor de Francia en el minuto 7. Zidane lo lanzó suave y al centro, a lo Panenka. Demasiado alto, pensamos muchos. El balón se fue al larguero, pero llevaba tanta delicadeza como efecto, rebotó en la madera, se fue hacia dentro de la portería, apenas un palmo, botó, volvió a besar el larguero y salió despedido hacia el terreno de juego. Estoy seguro de que no hay físico en el mundo que sepa explicar esos movimientos imposibles.

“El fútbol es un estado de ánimo”, comentó una vez Jorge Valdano. Ya, y también está el efecto de los rayos gamma sobre las margaritas (Paul Newman) o la influencia de la luna sobre las emociones o los embarazos. Pero es cierto, así que hoy voy a hablar de algo tan absurdo, pero para mí tan real, como la influencia del estado de ánimo en la suerte. Y la suerte en el fútbol se aprecia con todas sus grandezas y miserias en los balones a los postes, que funcionan como un imán, con un polo positivo que atrae, envuelve y ayuda a los de su signo, y otro negativo con el que repele a los cenizos.

TrezeguetEn aquella final de 2006 en Berlín, a Zidane se le torció el gesto durante la prórroga. El terrorista Materazzi le provocó mentándole a su hermana y el francés respondió con el cabezazo más famoso de la historia de los mundiales. Tarjeta roja, y la final se decidiría por penaltis. El mejor lanzador de Francia no estaba sobre el terreno de juego, así que tuvieron que ser sus compañeros los que dirimirían el resultado. Le llegó el turno a David Trezeguet. Solo hay que ver su cara y su mirada, los dientes apretados, para saber lo que iba a ocurrir: al larguero. Podía haber desafiado de nuevo las leyes de la física y haberse ido para dentro, pero rebotó hacia fuera. Italia campeona.

Isaac Asimov dijo que “la suerte favorece solo a la mente preparada”. De alguna manera inverosímil, los postes se alían con el que lleva el gen ganador, o con el que al menos está convencido de que va a alcanzar el éxito. Y en ocasiones incluso parece que los postes adquieren vida propia. El Madrid tuvo otra gran sonrisa contemporánea de Zidane, la de Roberto Carlos. En aquel lanzamiento de falta impresionante contra Francia, el poste izquierdo de la portería francesa se mueve para abrazar el balón del brasileño, como queriendo acompañarlo hacia el fondo de las mallas, como en un dibujo de Mortadelo y Filemón. Uno ve esta foto y sabe que es imposible que el balón acabe dentro si no es por obra y gracia de efectos paranormales.

Roberto Carlos

El mundo del fútbol está lleno de ejemplos de cómo el que busca su suerte como un aliado más para la victoria termina encontrándola, mientras que el que no confía en el éxito pese a sus cualidades termina fracasando. A veces es solo una cuestión de ánimo.

En su tercera y última temporada en el Madrid, el portugués Jose Mourinho se jugaba la final de Copa en el Bernabéu frente al Atlético de Madrid. No había ganado la Liga y se había pasado media temporada peleando con la prensa en público y con parte del vestuario en privado. La semana previa a la final de Copa habló mucho más de Casillas que de la propia final. El título le daba igual, o al menos eso parecía. El Madrid jugó mucho mejor que su rival, pero se estrelló hasta tres veces contra los postes y el Atleti terminó ganando 2-1. A los tres días, Mourinho llegaba a un acuerdo para dejar el club. Era evidente que su cabeza no estaba en Madrid desde hacía tiempo, y su estado de ánimo chocó contra la madera.

El Atlético de Madrid, el eterno Pupas, es un gran ejemplo de mi teoría. En la final de Champions en Milán va perdiendo 1-0 contra su eterno rival cuando el árbitro les regala un penalti. Por la cabeza de Griezmann pasa toda la historia de derrotas y frustraciones del club, pasan la final de Lisboa, el gol de Ramos en el 93 y el “qué dirán si lo fallo”. Así que Griezmann hizo lo mismo que Trezeguet en estos casos: chutar fuerte. Demasiado fuerte y ¡BAM!, al larguero.

 

Pero el fútbol es caprichoso y suele conceder segundas oportunidades, así que nos vamos a la tanda de penaltis. La cara de Juanfran provoca aún más lástima que la de Trezeguet. Creo que todos sabemos el resultado: Juanfran al palo. A veces la línea que separa el éxito y el fracaso es tan delgada como esos centímetros que llevan el balón hacia dentro o lo despiden hacia fuera. Me recuerda al inicio de la película de Woody Allen Match point, cuando habla de la vida y la suerte, y la fracción de segundo en la que no sabes si la bola que toca la cinta de la red caerá de un lado o del otro:

“Aquel que dijo más vale tener suerte que talento conocía la esencia de la vida. La gente tiene miedo a reconocer que gran parte de la vida depende de la suerte, le asusta pensar cuántas cosas escapan a nuestro control.” Estoy de acuerdo, pero hay circunstancias que decantan la balanza en un sentido u otro, al poste o adentro. Porque “la buena suerte no es casual, es producto del trabajo”, dijo Emily Dickinson, “la sonrisa de la fortuna tiene que ganarse a pulso”.

LopeteguiNunca fui un defensor de Julen Lopetegui, ni como seleccionador nacional, ni mucho menos como entrenador del Madrid. Creo que no vi ningún partido completo de los 22 que dirigió con la selección, apenas 30 ó 40 minutos de 6 ó 7 partidos. Siempre me pareció un triste, un tipo que tenía que hablar ante la prensa, pero que preferiría estar haciendo mil cosas diferentes, aunque fuera partir troncos o lamentarse de su mala suerte con unos chatos de vino en la barra de un bar. Esa mirada esquiva y tristona le acompañó los pocos meses que dirigió al Real Madrid.

Tengo amigos a los que sí les gustó su fichaje y el cambio de estilo mostrado por el equipo durante los primeros partidos, con su clímax en el encuentro frente a la Roma. Pero Lopetegui seguía sin transmitir sensaciones positivas. Se perdió con el Sevilla, se empató a cero con el Atleti, y se palmó con el Alavés en el descuento. La mayor sequía goleadora en 116 años de historia del club. A la tristeza de Julen se sumó la angustia que transmitía. Contra el CSKA de Moscú el Madrid fue mucho mejor que el equipo local, tuvo una veintena de ocasiones, pero se estrelló tres veces con el poste. Las cosas no mejoraron con el Levante: cerca de treinta ocasiones de gol, pero el equipo se seguía estrellando contra el poste. Otras tres veces.

Estaba claro que el infortunio acompañaría siempre al que con su mirada cabizbaja transmitía exactamente eso. Le quedaba una última oportunidad para engancharse a la Liga: en el Camp Nou y contra el máximo rival. Tras una primera parte regalada al contrario (2-0), los jugadores mostraron algo de ese orgullo que les hizo campeones de Europa por tercera vez consecutiva hacía apenas cuatro meses y medio. El primer cuarto de hora de la segunda parte fue magnífico: un gol y otras tres ocasiones claras. Modric tuvo la oportunidad para cambiar la suerte del técnico, ajustó su disparo y ¡BAM!, a la madera de nuevo. En ese momento supe que Lopetegui se iría. Por méritos propios.

La prensa soltó una serie de nombres que me produjeron más intranquilidad que esperanza: Conte, Laurent Blanc, Guti, ¡Arsene Wenger! ¿Y por qué no Clemente o David Vidal? ¿O Jorge D’Alessandro o Paco Jémez? Joder, cuánta chorrada sin fundamento.

El club optó por la salida sencilla, la revolución tranquila de Santiago Solari, entrenador del Castilla. En su primera rueda de prensa como entrenador del primer equipo, Solari contestó a los periolistos de un modo impecable. Con una amplia sonrisa. Y también en ese momento me convencí de que volveríamos a sonreír todos.

Solari

“El Madrid vive en permanente crisis, incluso cuando ganamos Champions”. Ahí la lleváis, buitres.

Tras la victoria ante el Melilla en Copa del Rey, el Valladolid llegaba al Bernabéu por delante del Madrid en la clasificación. Otro partido complicado en el que la tensión se podía cortar con un cuchillo. En la segunda parte, aún con 0-0 en el marcador, los visitantes se lanzaron en varias ocasiones a la contra. Con toque, con acierto. Chutaron dos pepinazos lejanos que… se fueron contra el larguero. No tengo ninguna duda de que con Julen habrían entrado. El final del partido lo conocemos. Salió Vinicius Jr. y marcó de rebote. Con suerte. Sonrió Solari, sonreímos todos. La suerte había cambiado.

Todavía es pronto para saber del futuro de este proyecto, pero hay detalles que nos invitan al optimismo. No solo que los cambios de jugadores y patrón parecen lógicos, o que se va a mejorar la pésima preparación física, sino que el efecto magnético de la sonrisa sobre los postes funciona ahora a nuestro favor. Con 0-0 en el marcador ante el Viktoria Plzen, un mal despeje de Nacho se fue hacia nuestra propia portería. Al palo. Contra el Celta el partido se podía haber complicado mucho en los primeros veinte minutos, pero el cabezazo de Okay se fue al poste y el primer gol cayó de nuestro lado. 2-4 y la buena racha que continúa.

Todo ha cambiado, empezando por las sensaciones que transmite el entrenador. Esta semana hemos sabido que Solari ha renovado hasta 2021. Es muy pronto para saber si el equipo tendrá éxito en esta temporada, pero de lo que no cabe ninguna duda es de que la sonrisa ha vuelto, y con ella, la fortuna. ¡Suerte, míster, y trabajo, mucho trabajo!

 

 

 

El conflicto del secundario, por Travis

 

Billy Wilder

“¿Qué sentirá el tipo que se mete en la cama cuando se van los amantes?”

Según cuenta el propio Billy Wilder en el libro de Cameron Crowe Conversaciones con Billy Wilder, así se gestó una de las películas que siempre figura entre las mejores de la historia: El apartamento. Tras preguntarle Cameron Crowe sobre diversos rumores que circulaban por Hollywood acerca de la génesis de esta historia de un oficinista gris y tristón que cede el apartamento a sus superiores para lograr ascensos en la empresa, el director confiesa:

El origen de El apartamento se remonta a cuando vi la magnífica película de David Lean Breve encuentro (1945). Era la historia de un hombre que tiene una aventura con una mujer casada y va en tren a Londres. Van al apartamento de un amigo de él. Vi la película y dije: “¿Y qué ocurre con el tipo que tiene que meterse después en esa cama tibia?” Es un personaje interesante.

Reconozco que se me escapó una sonrisa cuando leí este párrafo. Solo a este genial director de origen austríaco se le ocurre pensar durante una película romántica como Breve encuentro en “el tipo de la cama tibia”. Y de un personaje secundario como ese tipo surge la idea, pero necesita algo más. Un problema, una dificultad añadida, un dilema. “Una persona que despierta compasión”, dice Wilder. “Para que saliera bien, hacía falta que fuera un poco tímido. Era un detalle importante, el problema que debíamos resolver; teníamos que encontrar la forma perfecta de transmitir ese mensaje. Lo hace todo cargado de ingenuidad”. Y una vez logrado, la historia se escribe sola, la obra maestra fluye de modo natural.

El apartamento Billy Wilder

En cierto modo, de eso va el post de hoy, de secundarios con tanto interés o más que el papel principal, o de cómo rodear al personaje de reparto con un conflicto, un pasado convulso o un dilema moral para que su figura crezca en pantalla. De personajes secundarios bien construidos cuyo desarrollo puede protagonizar una película entera. Como todo está inventado, y todo tiene su nombre anglosajón, es lo que se conoce como spin-off. Dar total protagonismo a un rol nacido para ser secundario.

Así surgió por ejemplo U.S. Marshals, con el comisario Gerard extraído directamente de lo mejor de El fugitivo, un tipo implacable interpretado por Tommy Lee Jones que le comía todo el protagonismo a Harrison Ford en cada escena. O El gato con botas, que se ganó la simpatía del público en las secuelas de Shrek, hasta el punto de ganarse un largometraje completo con todas las estrellas: Antonio Banderas, Salma Hayek, Chris Miller en la dirección y Guillermo del Toro en la producción.

Son secundarios que molan, que atraen la atención del respetable, o pueden ser papeles no secundarios en una historia coral, pero que destacan de tal modo que se merecen su propia película. Como Lobezno y sus cuchillas entre los numerosos X-Men, hasta el punto de haber generado su propia saga. O como Frasier, el psiquiatra eternamente acodado en la barra del bar de Cheers que llegó a protagonizar once temporadas de éxito en la NBC. En España tuvimos a nuestra Carmen Machi protagonizando Aída, y demostrando cómo se podía hacer una espantosa serie a partir de un glorioso personaje de la celebrada Siete vidas.

Cuando se anunció la venta de la saga Star Wars a Disney para producir nuevas películas, se buscaron nuevas historias en planetas ya creados en este universo galáctico (en su día ya se produjo la infumable La batalla en el planeta de los Ewoks), o se plantearon nuevas tramas a distintos personajes. Se buceó en sus pasados, los guionistas desarrollaron sus inicios o su futuro, y así fue como se anunció para 2020 la película de Boba Fett, el cazarrecompensas de la primera trilogía que cuenta con miles de seguidores en las redes. A mí este tipo nunca me gustó demasiado, así que tampoco lamenté cuando anunciaron la cancelación de la producción. Yo creo que no daba para tanto y ya sabemos suficiente de sus orígenes gracias a El ataque de los clones. Como spin-off se han sugerido diversas historias de entre las cuales finalmente se realizaron Rogue One y Solo, sobre cómo el contrabandista Han Solo se volvió tan cínico y desencantado como le conocimos hace décadas.

Pero se trata de algo distinto, a mí lo que de verdad me gustaría es que en ocasiones cogieran a un personaje, con el mismo actor, le crearan un trauma o un conflicto, que le dieran cien vueltas de guion y nos lo soltaran en pelotas en medio de una trama compleja. Con algunos personajes que me han encantado lo veo difícilmente posible, pues parece que su desarrollo ha llegado ya a su fin.

Por ejemplo, Sarah Connor, la madre guerrera de la saga Terminator. Ya hemos visto su evolución de camarera tímida en la primera a guerrillera asesina e implacable de la segunda. Creo que los años que median entre ambas pelis podrían haber dado para una peli interesante (no Las crónicas de Sarah Connor), para una especie de Narcos con una Sarah devorando a todos aquellos hombres despiadados de los que pudiera aprender algo salvaje que le sirviera el día de mañana con su hijo John. Pero tenía que haber sido con Linda Hamilton, no veo a otra actriz, y me temo que ya no será posible.

El teniente Dan, o teniente Daaaan de Forrest Gump, también era un personaje secundario que bien podría haber merecido su spin-off. Pero creo que su evolución ya pasó durante el metraje, cuando deja de ser ese veterano tullido malhablado, pendenciero y alcoholizado que “tenía que haber muerto en el campo de batalla” y aparece con piernas y casado con una vietnamita. Su conflicto se resolvió durante la tormenta subido al mástil del barco de gambas, cuando, como dice Forrest, “creo que hizo las paces con Dios”.

Uno de los mejores secundarios que he visto en años es el coronel de las SS Hans Landa de Malditos bastardos, el peliculón de Quentin Tarantino ambientado en la Segunda Guerra Mundial. Es un redomado hijo de puta de lo más simpático y siniestro a la vez, uno de esos tipos que da más miedo cuando sonríe que cuando está serio, y sabe ser hijo de puta en francés, alemán, inglés o italiano. Una pena que Aldo Raine/Brad Pitt le grabe una esvástica en plena frente, porque habría tenido gracia ver a este psicópata incorporado a la vida normal en plena posguerra. Me lo imagino en el típico barrio residencial de Los Ángeles interrogando al lechero o al repartidor de periódicos.

Así que, puesto que no veo que se vaya a sacar más partido de Sarah Connor, del teniente Dan o del coronel Hans Landa, me voy a atrever a dejar tres ideas absurdas siguiendo la frase de Billy Wilder “¿y qué ocurre con…?”, ideas que en su día me rondaron la cabeza tras ver por enésima vez las obras originales en las que aparecen estos grandiosos secundarios.

Héctor Elizondo Pretty WomanEl gerente del hotel de Pretty woman

El mejor papel de esta peli que no han puesto NUNCA en la tele es para mí sin duda el interpretado por Héctor Elizondo, el gerente del hotel en el que se alojan Richard Gere y su amiguita de 2.000 dólares Julia Roberts. Profesional impecable, elegante, siempre comedido y con la frase exacta, el gerente se merecía su propia película. Los productores lo sabían y cuando trataron de repetir el éxito con Novia a la fuga, no solo contrataron a Gere y a la Roberts, sino también a Elizondo, aunque fuera para un papel chorra. Un tipo que dice con aire de lord inglés “cuesta desprenderse de algo tan bello” mientras devuelve un collar de diamantes, pero devora con la mirada a Julia Roberts, ¡joder, productores, olvidaos del vainas del Richard Gere, el tipo interesante es este!!!

Podían haberle desarrollado un guion en el que, después de una vida entera dedicada al hotel y a tapar los trapos sucios de la gente de bien, le anuncian su prejubilación. De modo perro y miserable, racaneándole la pasta. Eso coincide con la llegada de otro tipejo como el Gere de la primera, un tiburón de los que compran por igual empresas y prostitutas, que luego desprecian del mismo modo que a los trabajadores de esas empresas recién adquiridas.

En mi película, el bueno de Barney, que así se llama en Pretty woman, decide vengarse y pasar a la acción. Por si hubiera pocos ingredientes, el millonetis ha traído a una fulana al hotel y le ha dejado un pastón por pagar. Barney, que lleva años tragando la falta de ética de los hombres de negocios, casi tantos como los que lleva sin tocar a una mujer, decide que ya ha desperdiciado demasiado su vida. Va a pasar al ataque. Los poderosos hombres de negocios pueden echarse a temblar. Creo que sería mucho más interesante que una hipotética y almibarada Pretty Woman 2 que espero que nunca se ruede.

Señor Lobo Harvey KeitelEl señor Lobo de Pulp Fiction

Otro profesional intachable, míster “soluciono problemas”. Creemos que el Lobo es un tipo acostumbrado a lidiar con gente de la peor calaña, mafiosos, asesinos, extorsionadores, políticos corruptos,… Es un individuo aparentemente sin escrúpulos, sin sentimientos, que lo mismo te limpia un coche de sesos de yonqui que te organiza una fiesta privada para mafiosos y congresistas. El profesional adecuado al que acudir cuando “los negocios” se tuercen. Me habría encantado una película suya enterrando los cadáveres de otros y cobrando una buena pasta por ello.

¿Y qué haría con su inmensa fortuna? Ese sería el núcleo del filme, el motor de todas sus acciones. En realidad mi señor Lobo sería un tipo atormentado por los asesinatos que cometió en Vietnam drogado hasta las trancas, y desde que volvió a Estados Unidos ha estado manteniendo a una familia de ocho niños a los que dejó huérfanos hace décadas. Detesta a la gente para la que trabaja, pero los generosos emolumentos que recibe son los que le permiten pagar la educación y la subsistencia de una familia entera de campesinos, uno de los cuales se ha hecho mayor y viaja a Los Ángeles para trabajar como ayudante del señor Lobo. Ese Harvey Keitel daba para todo lo que Tarantino le hubiera planteado.

El profesor Rupert de La soga

¿Qué ocurre después de la trepidante hora y media de La soga de Hitchcock? ¿Qué pasa por la cabeza de James Stewart, Rupert Cadell o Profesor Sarcasmo, esa fuente de inspiración para el asesinato que cometen sus alumnos más aventajados.

James Stewart La soga

“El homicidio resolvería tantas cosas.

Desempleo, pobreza, las colas para comprar entradas en el teatro,…”

“Un pollo es tan buena razón para matar como una rubia, un colchón lleno de billetes o cualquiera de las prosaicas razones corrientes”.

Tantas bromas sobre los seres superiores y cómo los inferiores merecen la muerte que al final quienes le escucharon y creyeron lo llevaron a la práctica. Ese inolvidable profesor Rupert no puede desaparecer cuando se cierra el telón. O va al trullo como inductor del asesinato o decide hacer como sus alumnos y llevar a término sus estrafalarias teorías, contradiciendo sus propias frases:

“Algo profundo, en lo más íntimo de ti te llevó a hacer esto. Pero hay algo dentro de mí que no me habría dejado hacerlo y no me dejaría jamás participar en ello. Me has avergonzado esta noche de toda idea mía de seres “superiores” o “inferiores”. Pero te agradezco esa vergüenza”.

A lo mejor en ese momento salía del armario como los dos jóvenes asesinos, dos homosexuales cuya relación afectiva ocultó la censura. “Estos tíos han hecho lo que yo nunca me atreví”. Estoy por borrar esta frase, guardo tan buenos recuerdos de James Stewart que no me lo imagino en plan gay psicópata.

Es lo que tiene forzar algunas situaciones, que la línea que separa lo interesante del ridículo es muy fina, y de ello podía darse cuenta Ridley Scott, que ha anunciado un Gladiator 2. ¡Por favor, que alguien lo pare! Sin Máximo Décimo Meridio, sin Cómodo ni ninguno de los actores que nos maravillaron hace 20 años, alguien tiene que pararlo. Solo leer el argumento que tenía pensado da más pena que los que yo he planteado:

“Puedo traerle de vuelta. Sé cómo hacerlo. Usando el cuerpo de un guerrero moribundo como un portal que puede traer a alguien de vuelta”.

No, por favor, que la nueva censura lo frene. ¡Larga vida al secundario, muerte a Gladiator 2!