Una gran muralla a China (I), por Josean

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Hace unas pocas semanas estuve en El Puerto de Santa María, junto al paseo marítimo de la playa de Valdegrana, donde veraneé hace veintimuchos años. Me apeteció pasar por el lugar en el que cenamos muchas veces, el típico sitio con una carta de pescaíto frito y… pescaíto frito. Simple, riquísimo todo. En su lugar había un Hiper Asia.

En la zona en la que vivo en Madrid he visto desaparecer muchos comercios y restaurantes, pequeños empresarios que iniciaban sus negocios con ilusión y después de varios años de infructuosa lucha terminaban echando el cierre. Pero hay un restaurante chino abierto desde hace más de quince años con el local más grande de toda la zona, lo cual no me molestaría si no fuera porque nunca he visto entrar a nadie en el mismo.

En el Bazar Asia (no digo cuál porque todos tenéis uno cerca, seguro) abren de nueve de la mañana a once de la noche los siete días de la semana. Pese a que lo tengo vetado en mi familia, alguna vez me ha tocado ir a por algo a última hora y siempre hay cinco, seis o siete tíos trabajando, varios de ellos menores. Le pido ticket siempre y en la vida me ha dado una factura, sino el rollo de la calculadora o, cuando le pido factura, como mucho me da un papel en el que pone:

Art. 1 _____ 1,00

Art. 2 _____ 0,70

El IVA se estila tanto como en la provincia de Cádiz. Los adolescentes de la zona compran ahí sus bebidas y se van al parque que tienen enfrente porque “el chino no pide carné”, como dicen mis hijos.

La broma con la que empiezo este post vale para Usera tanto como para amplias zonas de Madrid, Barcelona, Vancouver (donde su influencia se siente incluso en los ascensores y las supersticiones chinas), Melbourne o Nueva York. Atravesad la calle Leganitos y pasad por su peluquería china, masaje chino, restaurante chino, fundas de móviles chinos, fideos chinos, inmobiliaria china y parafarmacia china. Menos mal que no les dieron permiso para cambiar la fachada del Edificio España en la cercana Plaza de España, porque veía que acabábamos permitiendo un Edificio Hong Kong con dragones en la recién denominada Plaza de Beijing.

En lo profesional he tenido pocas experiencia con empresas chinas, pero tuve una con el Bank of China de la que salí bastante cabreado. El ICBC (Industrial and Commercial Bank of China) tiene su sede para España en pleno Recoletos, en una de las zonas más caras de Madrid. Entramos en la oficina y tuvimos una reunión cordial de algo más de una hora, pero en lugar de ofrecernos financiación de la manera en la que la banca suele hacerlo, nos dijeron que su modo de trabajo era diferente. Nos solicitaron toda la información técnica de nuestros productos, o que incluso les cediéramos una de nuestras máquinas para ofrecérnosla a mejor precio, fabricada en China y, entonces ya sí, financiada por el ICBC. Nos negamos, por supuesto, les hablamos de la propiedad industrial, el know how y todas esas cosas que no creo que les sonaran a chino.

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Un par de años después detuvieron al director general del banco y a otros cuatro directivos en una operación de lucha contra el blanqueo de capitales relacionada con la operación Snake, en la que se investigó a otras 47 personas que trabajaban en una red de tráfico internacional de mercancías eludiendo el pago de impuestos. Se les imputaban otros delitos contra la Hacienda Pública, contra los derechos de los trabajadores, contrabando, pertenencia a organización criminal y falsedad documental. Casi nada.

Venga, me olvido de todas estas cosas que hacen aflorar mi lado xenófobo que tanto me incomoda y me pongo a ver el fútbol. Ah, pues va a ser que no, porque el Madrid juega a un horario infame, una hora impropia para el fútbol, pero que LaLiga de Tebas acepta para que el partido se pueda ver en China, ese mercado de creciente interés porque parece que va a ser el que ponga la pasta en los próximos años. Ya han empezado a llevarse a jugadores de primer nivel ofreciendo salarios imposibles de igualar en Europa.

Pues voy a ver una peli, aunque si es moderna por supuesto tiene que tener un personaje chino en el bando de los buenos, porque el mercado chino es básico para Hollywood. Hay chinos ya hasta “en una galaxia muy, muy lejana”, y si Hollywood se deja arrastrar por la imposición Rider, perdón, la inclusión Rider, esto será obligatorio aunque haya que forzar los guiones de modo salvaje.

Si todo esto no es una invasión silenciosa y consentida en toda regla, que venga alguien y me lo explique, por favor. Que trabajan mucho, que son austeros, que dedican su vida al trabajo, todo lo que queramos decir será cierto y contra eso no tengo nada que objetar, pero mi indignación no viene por eso sino porque no compiten con las mismas reglas. Hasta ahora he hablado de pequeñas anécdotas de la microeconomía, pero el asunto de fondo macroeconómico es mucho más serio. La inversión china en España creció un 162% en 2018 y seguirá aumentando si las empresas españolas ven que la solución a sus problemas financieros pasa, como está ocurriendo, por abrirse al capital chino.

Acabo de finalizar el libro La imparable conquista china, continuación de La silenciosa conquista china, de los periodistas Juan Pablo Cardenal y Heriberto Araújo, y el panorama que presentan es desolador. Como bromeaba alguien hace tiempo, “tenemos que empezar a decidir qué tipo de país es el que queremos dejar a los chinos”.

A lo largo de sus capítulos los autores nos desgranan toda una trama organizada y dirigida por el gobierno chino para hacerse con el control de los recursos naturales, los activos estratégicos occidentales y la tecnología. Lo preocupante no es eso, sino que al igual que en los pequeños ejemplos que comentaba al principio, la adquisición de esos activos no se hace compitiendo limpiamente con las mismas reglas de mercado que se nos han marcado a todos. Y se llevan por delante lo que haga falta.

Por esta razón, estoy expectante ante la resolución del conflicto comercial entre Estados Unidos y China. Después de un año de guerra comercial, el gobierno norteamericano aprobó una subida del 10 al 25 por ciento de los aranceles a productos chinos importados por un valor cercano a los 200.000 millones de dólares, y amenazó con subidas similares a otros 300.000 millones adicionales. El déficit comercial de Estados Unidos con China se redujo un 14 por ciento.

No voy a poner a Donald Trump de ejemplo de nada, pero por lo menos se ha atrevido a frenar la invasión china. A su manera, eso sí, pero ha conseguido que las inversiones chinas en Estados Unidos cayeran un 83 por ciento en 2018. La falta de acuerdo se debe principalmente a la negativa del régimen chino a introducir reformas legislativas que protejan la propiedad intelectual y por asuntos derivados con la cesión forzosa de tecnología.

No es que las empresas europeas y norteamericanas hayan sido un dechado de virtudes allá donde han invertido, ni un ejemplo a seguir en muchos casos, pero por muchas razones me preocupa el poderío de la economía china. Por su opacidad, por la falta de transparencia, las trampas, por todas esas cosas de las que hablaré en la segunda parte.

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Este mes se han cumplido treinta años de la matanza en la plaza de Tiananmen. Los amagos de parte de la población, estudiantes en su mayoría, reclamando mayores libertades fueron atajados a golpe de tanque. Algunos cálculos hablan de diez mil muertos, pero treinta años después continúa el silencio oficial acerca de lo ocurrido esos días. Y sin embargo seguimos abriendo las puertas de Occidente a este régimen que ignora los derechos humanos fundamentales y aprovecha lo peor del capitalismo amparado por la dictadura del Partido Comunista.

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El éxito de su economía, cuyo PIB es veinte veces superior al de 1989, ha servido para sacar de la pobreza a buena parte de la población y esta ha respondido aceptando esa carencia de libertades. Según un estudio del Asian Barometer Survey, de Taiwán, el 63 por ciento de los chinos apoya el régimen político actual y son pocos los que ansían la democracia en el país. Seguro que no piensan del mismo modo en Hong Kong, donde dos millones de personas se han manifestado en contra de la ley que permitiría extraditar a China a sus ciudadanos.

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Los tiempos cambian. La Gran Muralla china se construyó hace más de dos mil años para frenar la invasión del país por potencias extranjeras. Quizás Donald Trump, el amante de los muros de contención, haya sido el primero en animarse a construir algo que empieza a parecer tan necesario como poner una Gran Muralla a China.

(Continuará)

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Incombustible Rafa, por Barney

Nadal 1

Nadal ha vuelto a hacerlo una vez más y van doce. 12, ¡12 triunfos en Roland Garros en los últimos 15 años! Llega el mes de junio, afina su figura, fortalece las piernas, olvida las dudas y pone esa mirada de ganador que asusta a sus rivales desde los primeros puntos.

Da igual las dudas que acumule durante los torneos previos, las derrotas que haya podido sufrir, incluso ante rivales con los que no solía caer nunca, parece indiferente, inalterable. Nadal cumple años durante la segunda semana del torneo (3 de junio) y no solo no comienza su declive, sino que parece que cada temporada juega mejor. Este año ha estado muy sólido, sin apenas fallos, bien al saque, al resto, desde el fondo y tremendo desde la red.

Dominic Thiem es un jugador espectacular, quizás el mejor sobre tierra batida de los jóvenes que están por suceder al trío que se lo ha llevado casi todo en los últimos quince años. Le incluimos en el grupo de los “jóvenes” porque los “veteranos” Rafa, Nole y Roger Federer siguen dominando el circuito y los grandes títulos, pero en septiembre cumplirá 26 años. A los 26 años Nadal ya había ganado 10 Grand Slam, Federer 11 y Djokovic 6. Entre los tres han ganado 53 torneos grandes, es decir, lo que vendría a ser más de 13 temporadas completas. Una burrada, espectacular.

Durante estos años ha habido tenistas inmensos cuyo palmarés parece menor, pero es que el trío de abusones apenas han dejado que mojaran Wawrinka (un Roland Garros, un Abierto de Australia y otro de Estados Unidos), Andy Murray (dos Wimbledon y un Abierto de Estados Unidos), el argentino Juan Martín del Potro y el croata Marin Cilic (un Estados Unidos cada uno).

El partido de hoy ha sido impresionante, sobre todo en los dos primeros sets. El primero ha durado 56 minutos y justo cuando Nadal ha perdido su saque (2-3) ha dado sus mejores golpes y ha sacado lo mejor de sí mismo para doblegar al austriaco. No sé qué pasa por su cabeza (excepto, a veces, cuando juega contra Nole), pero el tío es capaz de sobreponerse a los peores momentos, a los break points adversos, y doblegar al rival. No solo les gana esos puntos, les come la moral, les hunde mentalmente. Hoy he visto a Thiem desquiciado por momentos, pensando en tirar la toalla como he visto en finales del pasado a Federer, Wawrinka, Ferrer y al propio Djokovic en la espectacular final de 2014.

El segundo set se ha ido hasta los 51 minutos y los últimos juegos han sido de lo mejor que se ha visto en mucho tiempo. Se lo ha llevado Thiem como se lo podía haber llevado Rafa, pero parece que el 5-7 adverso ha servido al manacorí para meterle todavía un par de marchas más a su juego y arrasar a su rival por 6-1 y 6-1. No creo que ese palizón final se deba solo al cansancio de Thiem, que tuvo que acabar el sábado su terrible semifinal contra Djokovic (que llevaba 26 partidos seguidos de Grand Slam sin perder), sino que mucho ha tenido que ver el nivel de Nadal. Se me acaban los calificativos, bestial, brutal, genio, puta máquina, inconmensurable, invencible. El gesto de Thiem al acabar el partido es el de un tío desesperado contando las temporadas hasta que se retire ese mamonazo que las devuelve todas y cada vez más fuertes y profundas.

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Nadal acaba de cumplir 33 años. 18 grandes a sus espaldas. En este blog escribí en mayo de 2015 sobre el gran Rafa Nadal, cuando algunos lo daban por muerto y acabado, y el propio Rafa se disculpaba con el público de Madrid por su mal partido en la final contra Murray. Ni muerto ni acabado. Ya le han enterrado muchas veces y siempre ha resurgido con más fuerza. El adjetivo que me queda es incombustible.

Los muertos salen a hombros, por Lester

Jard Poncela

“Los muertos, por mal que lo hayan hecho, siempre salen a hombros”.

Esta mítica frase del dramaturgo Enrique Jardiel Poncela me viene a la memoria cada cierto tiempo, de modo especial cuando fallece alguien, da igual si ha sido la mejor persona sobre la faz de la tierra, un tío controvertido o directamente un redomado hijo de perra. Los muertos siempre salen a hombros, como los toreros triunfantes de la plaza, aunque su vida no hubiera sido precisamente un dechado de virtudes, o al menos no en su vertiente pública.

Parece como si la muerte tuviera la facultad de ennoblecer al fallecido, como si con la misma todas sus fechorías quedaran perdonadas, o al menos exculpadas. Por supuesto que hay que respetar a la familia del fallecido, mostrar las condolencias (si se les conoce) a los más cercanos, o al menos no ahondar en el dolor, pero llevo mal la falsedad y la hipocresía.

Si Alfredo Pérez Rubalcaba hubiera escuchado en vida los elogios que soltaron algunos de sus adversarios y (por qué no decirlo) enemigos tras su repentina muerte, no habría abandonado la vida política y a buen seguro habría seguido en la primera línea: “si tan bueno soy, si soy un hombre de Estado como ha habido pocos, si soy una de las figuras más relevantes de las últimas décadas, si soy un tipo indispensable para entender España, ¡no puedo irme a dar clases a la universidad, me necesitan!”

El presidente de Gobierno Pedro Sánchez fue uno de los primeros en subirse al carro de los elogios y quizás de los últimos en bajarse, porque su muerte ocurrió apenas tres días antes del inicio de la campaña electoral e interesaba mantener esa imagen revitalizada y de unidad del PSOE, una imagen que solo la muerte de alguien de peso podía lograr. El tratamiento informativo fue excesivo, especialmente en Televisión Española, la “tele de todos” que nunca es de todos, sino de quien manda. La realidad es que Rubalcaba no se hablaba con Pedro Sánchez y se había apartado de la primera línea entre muchas otras cosas por sus discrepancias, pero eso no iba a evitar el aprovechamiento de su desgracia:

Jard Rubalcaba.PNG

El fin de semana pasado falleció de modo inesperado otro personaje muy conocido, el futbolista José Antonio Reyes. Según han dicho algunos medios, circulaba a 237 kilómetros por hora y su apego a la velocidad era conocida por los que le rodeaban. En su accidente mortal se llevó por delante a su primo y  otro familiar quedó gravemente herido, ingresado con pronóstico grave. El futbolista era un tipo que caía bien, había jugado en el Sevilla, Real Madrid, Atleti, Arsenal, Benfica, Córdoba, Español, Extremadura, en la selección española,… un tipo con mucho más talento que cabeza. Su muerte fue una pena, como todas aquellas que suceden a temprana edad, pero fue consecuencia de su poco seso, como le ocurrió en otros momentos de su carrera profesional. Enseguida comenzaron las muestras de cariño, admiración, los elogios que hacía años no recibía, pero también llegó el mensaje discordante del ex portero Santi Cañizares:

Jard Reyes Cañizares

Cañizares nunca fue el más listo de la clase, ni el que mejor se explicaba, le vi hacer el ridículo hace años en una entrevista con Manel Fuentes, intentando hacerse el gracioso y explicar el sexo tántrico con poca fortuna, pero en su mensaje trataba de incidir en la inconsciencia del futbolista, o en la directa responsabilidad del jugador en su muerte y en el daño a otras víctimas. Lo hizo como tantas otras veces, mal, y no porque no tuviera razón en lo que trataba de explicar, sino por lo mal que lo decía. Le llovieron palos por todos lados, los “ofendiditos” que saltan ahora cada vez que alguien dice una frase fuera de lugar, por simple que pueda parecer. El propio Cañizares, hastiado de la polémica, terminó unas horas después diciendo: “Claro que merece un homenaje y un gran recuerdo por su carrera”. Nadie dice lo contrario.

Cada vez que fallece un personaje famoso, suelo estar más atento a las reacciones que a la propia carrera del fenecido, salvo que sea desconocida para mí. Lo hago por dos razones: la primera, si conozco bien al personaje, porque no me interesa que me cuenten todo lo bueno que hizo obviando sus fracasos o errores, y la segunda, por la gracia que me produce escuchar ciertos halagos, especialmente de los que lo machacaron, atacaron o simplemente ignoraron en vida.

Si es un escritor quien muere, enseguida aparecen cientos de “amigos” que habían cenado o comido con él la semana anterior, lo cual conforma una vida social tan admirable como sorprendente para ser la última semana de vida de un tipo moribundo, o sacan un artículo muy personal con cartas antiguas o una supuesta conversación trascendente con “ese gran tipo que se nos acaba de marchar”. Si es un actor o una actriz quien muere, los compañeros de profesión que no se ocuparon de verle ni de ayudarle a encontrar trabajo se desviven hablando de “un talento innato que no supo ser valorado”. También lo sueltan algunos que fueron directores o productores que no llamaron a su puerta en años, qué digo años, en lustros o décadas.

A veces el personaje que se va a criar malvas es un tipo siniestro que no merece el más mínimo de los cariños, y ahí es cuando observas el difícil ejercicio periodístico de evitar decir que el muerto era un cabrón y siguió siéndolo hasta el último día de su vida, sin ni siquiera un arrepentimiento postrero que pudiera suavizar sus tropelías.

De Jesús Gil se dijo que era una figura “única, irreemplazable, carismática, excesiva”, “un luchador nato”, o le veías atizando un puñetazo a José María Caneda, el antiguo presidente del Compostela, y el narrador decía que era “un tipo impulsivo, vehemente”, “amigo de sus amigos”. Menos mal que no me gano la vida blanqueando cadáveres.

Con todo, el fenómeno que más despierta mi atención en relación con estos asuntos luctuosos es la progresiva mejoría de la calidad artística de los trabajos del fallecido después de fallecido. ¿No ganaba batallas el Cid Campeador después de muerto? Pues algo parecido ocurre con algunos artistas, cuyos representantes o herederos logran vender todo lo que nunca imaginaron en vida, además de escuchar los elogios que jamás cosecharon mientras danzaban por este mundo. Suelen conseguir además otro hecho insólito: reciben de repente el respaldo de la crítica.

¿Habría merecido Heath Ledger los halagos que le llegaron por su papel de Joker en El caballero oscuro de no haber muerto? Pues elogios puede que sí, pero posiblemente poco más. Sin embargo, el actor murió un 22 de enero, justo en el momento adecuado para llevarse todos los premios: Globo de Oro, Óscar al mejor actor de reparto y el Bafta.

James Dean

¿Habría sido James Dean el mito en que se convirtió de no haberse matado en accidente de coche con 24 años? La leyenda del actor se multiplicó con su muerte, pese a que aún no se habían estrenado sus últimos trabajos, Gigante y Rebelde sin causa. Su mirada con el ceño fruncido se debía más a su miopía que a su habilidad interpretativa, y su voz en Gigante tuvo que ser doblada parcialmente porque resultaba poco inteligible. En esta misma película hay escenas en las que se ve a Rock Hudson con ganas de abrirle la cabeza por su sobreactuación, como en la escena de la soga, donde no es que le robara los planos, es que desviaba la atención. Fue su muerte la que lo convirtió en leyenda. Se le asoció al lema “vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver”, erróneamente atribuida a Dean, cuando es una frase pronunciada por Humphrey Bogart en Llamad a cualquier puerta.

Club de los 27

Brian Jones, Janis Joplin, Amy Winehouse, Jim Morrison,… varios de los cantantes muertos a los 27 años cuya fama creció de modo exponencial tras su muerte. Como Kurt Cobain, del que llegué a leer en uno de esos panegíricos tras su suicidio: “al igual que Jimi Hendrix, supo marcharse antes de que lo cambiaran”. Vamos a ver, que la muerte “ennoblece” para algunos, o dignifica incluso sus trabajos anteriores, pero de ahí a decir que pegarse un tiro en la boca como Cobain, o asfixiarse con los propios vómitos como Hendrix es “saber marcharse” hay un mundo.

A Antonio Flores le llovieron los elogios que nunca escuché en vida, que si era un gran compositor, o un estupendo letrista,… ¡hombreee! Que cuando no sabía cómo acabar la canción decía parachururuchururuchuru, parachururuchurururuuu, o ayayayayay esa camiseta, o mi gato hace uyuyuyuy, no nos pasemos solo por la desgracia sufrida.

El amiguete Travis nos contó una vez un esbozo de guion titulado Necrocinefilia, basado en parte en este fenómeno de exaltación del fallecido de modo trágico. Trata de un grupo de amigos que están deseando rodar sus historias y no tienen éxito con ninguna hasta que le cuentan a uno de los productores: “es que el guionista acaba de morir”. Es mentira, por supuesto, tienen que ocultar y fingir la muerte del guionista, que “desaparezca” durante una temporada, pero consiguen el interés del productor, la pasta, ruedan la peli y alcanzan un notable éxito porque a la crítica le interesa esa “visión fatalista del autor, que sin duda preveía un trágico final en su vida”. Pese a que el guionista quiere contar la mentira, salir a la fama y recoger su Goya, los compañeros le convencen para rodar una segunda película. Las mentiras ante la prensa van creciendo y creciendo tanto como la angustia del “falso fallecido” y… si alguien quiere saber el final de la historia que afloje la pasta para producirla.

Jardiel Poncela

En fin, que como decía Jardiel Poncela, los muertos, por mal que lo hayan hecho, siempre salen a hombros. Sabía bien de qué hablaba. Tuvo un final de vida con poco éxito, acumulando fracasos, pasando penurias económicas, y en su nicho dejó la siguiente frase como epitafio:

Epitafio Jardiel Poncela

Una final de Champions sin el Madrid

Final Champions 1

BARNEY, 02/06/19

“Tarde de expectación, tarde de decepción”, como dicen en los toros. Esperábamos mucho de esta final y resultó un partido feo, trabado, incluso soso para lo que suelen ser los equipos ingleses. Actualizo la información al final de lo escrito ayer. Casi acierto la porra, pero Alisson demostró tener muy buenas manos, no como las de su predecesor.

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BARNEY, 01/06/19

Voy a comenzar de prepotente sobrao (con la única intención de que trinen los antimadridistas) afirmando con convicción que se me hace raro una final de Champions en la que no esté el Madrid. Hasta ese nivel nos habíamos acostumbrado, se jugara bien o mal a lo largo del resto de la temporada. La última vez que se dio esta circunstancia fue el 6 de junio de 2015, hace casi cuatro años, cuando el Barça derrotó a una Juventus que entonces no era “un equipo de viejos”.

Se me hace más raro aún presenciar esta final de Champions en mi ciudad, con autobuses y marquesinas engalanadas para la ocasión, con una Orejona enorme frente al Palacio Real, y pensar que la desastrosa temporada de los blancos nos ha privado de asistir una vez más al partido más importante del año.

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Se me va a hacer raro que el Madrid no sea campeón de Europa después de 1.099 días. Hasta ahí hemos llegado, un período tan largo como los que solo Bayern Múnich (1974-76), Ájax de Ámsterdam (1971-73) y Real Madrid (1956-60) habían gozado en la historia de este torneo.

Pero sin duda para rareza la de los seguidores del Atleti cuando vean una Champions en su estadio, en un Wanda Metropolitano al que acceder por el bulevar de los sueños rotos, sueños destrozados en el minuto 93 o estrellados directamente contra el palo. Los atléticos podrán verla, visitarla, fotografiarse junto a ella,… pero solo por unas horas. Es una bonita metáfora de la historia de ese club, tan cerca que puedes rozarla con los dedos, pero nunca alcanzarla.

Por mi parte veré la final tranquilo y será la primera vez en los últimos cinco años que se de tal circunstancia. Me da igual quien la gane, no tengo filias ni fobias especiales hacia ninguno de los dos equipos, y según parece por el silencio de la prensa no hay deudas que pagar a nadie en esta ocasión. Lo digo abiertamente, me gustan ambos finalistas, me agrada su concepción del juego un tanto a la vieja usanza y el modo que tienen ambos entrenadores de plantear los partidos.

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Ocurre que en esto del fútbol la emoción aumenta si tomas partido por uno de los contendientes, como ocurrió con el pasado Boca-River o con los partidos del Mundial que vi en directo, ya fueran un Dinamarca-Francia (con los rivales de los bleus, por supuesto) o un Nigeria-Islandia (con las islandesas, claro que sí). Así que pregunto: ¿con qué equipo voy esta noche?

Argumentos a favor del Liverpool:

Desde pequeño el Liverpool fue uno de esos segundos equipos que todos tenemos, como para mí eran el Ínter de Milán o la selección danesa. Una de las primeras finales que vi en directo fue la de 1984, aquella en la que derrotaron a los locales de la Roma en la tanda de penaltis. Por aquel entonces los reds tenían un equipo que cumplían la máxima del monólogo de Leo Harlem según la cual las marcas de ginebra escogen su nombre añadiendo una “s” a un jugador del Liverpool: Grobelaar, Grobelaar’s, la ginebra de moda, Whelan, pues Whelan’s, la ginebra joven, Neal, Neal’s, la más cool, etc, y así podríamos seguir hasta MacManaman y la ginebra más chic, la inventada MacManaman’s.

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Solo dejé de ir con ellos en aquella terrible noche de Heysel en 1985, y aun así, era tal mi manía a los equipos italianos que mi subconsciente a veces prefería que ganaran los ingleses. Volví a vibrar con el Liverpool aquella noche de 2005 en Estambul cuando levantaron tres goles al Milán en una segunda parte memorable, con Xabi Alonso y Gerrard tirando del carro. Tiene a su favor una afición envidiable, con un himno mítico, el You’ll never walk alone, y este año (y ya es triste) nos ha regalado quizás la mayor alegría de la temporada, al menos la que mejores chistes nos ha traído: el 4-0 al Barça.

El Barça del mejor jugador de la historia de todas las civilizaciones y las galaxias interestelares, acompañado del mejor portero, el mejor central, el mejor lateral, el 9 estratosférico,… que se volatilizan cuando el conjunto cae derrotado con estrépito:

Final Champions 5

Argumentos a favor del Tottenham:

La cosa pintaba muy chunga para los madridistas tras la eliminación a primeros de marzo. Si ganaba el Barça andando, como había hecho toda la temporada, teníamos cachondeo asegurado. Si ganaba la Juventus, tendríamos que escuchar a Ronaldo decir que el Madrid era él y nada más que él, y tras su marcha el abismo. Pero si hubiera ganado el City del “inventor del fúpbol”, nos habría tocado escuchar de nuevo todas esas cantinelas sobre la reinvención del juego, la verdad absoluta sobre el único estilo posible y su profeta Pep, el semidiós todopoderoso (entiéndase por “todopoderoso” contar con 1.400 millones de inversión).

Así que le debemos al Tottenham que se ventilara al City y a esos muchachotes rubios del Ájax que juegan tan bien al fútbol y que nos bajaron del pedestal tres años después. Son muchos puntos a su favor. Este artículo del As que intentaba echar mierda de nuevo sobre el Madrid me empezó a dar la pista sobre a quién apoyar:

Final Champions 6

Resulta que lo que intentaban vender sobre que “gracias a que el Tottenham se deshizo de lastres millonarios que se llevó el Madrid, el equipo pudo crecer”, se convierte en un artículo que elogia casi punto por punto lo que ha hecho el Real Madrid en su gestión deportiva en los últimos ejercicios: vender bien para invertir en talento joven, reforzar algunos puestos con la cantera e invertir en un nuevo estadio. ¿Verdad que el artículo podía haberse titulado de un modo completamente distinto? “Un exitoso modelo de gestión similar al del Madrid”, por ejemplo. Pero claro, hablo del As de Relaño, o de su émulo Vicente Jiménez, qué se puede esperar.

El Tottenham ha estado fuera y casi eliminado varias veces a lo largo de la competición:

  • Pasó la primera fase debido a su empate en el minuto 85 en el Camp Nou y sobre todo, gracias a que el Inter no fue capaz de ganar en San Siro en la última jornada al PSV Eindhoven.
  • Contra el City estuvo eliminado en el minuto 94 durante unos segundos, justo los que tardó el VAR en anular el gol de los locales y dejar a Pep con el mismo careto que con la declaración frustrada de independencia.
  • Contra el Ájax necesitó esperar al minuto 95 para completar su heroica remontada con el hat-trick de Lucas Moura. Tremendo.

Cuando un equipo ha tenido tantas veces el agua al cuello, está preparado para enfrentarse a cualquier reto.

Los entrenadores:

Me caen bien los dos, me parece que lo que han conseguido tiene un mérito acojonante. Final Champions 4Será la tercera final de Klopp, una con el Dortmund y la segunda consecutiva con el Liverpool. Su sonrisa transmite hambre y confianza a toda la plantilla, jugadores que corren como posesos, presionan y salen a la carrera sin pensar en especular con el balón en los pies. Pero Jurgen Klopp se pasó meses diciendo muchas tonterías acerca de la desgraciada lesión de Salah en la final de Kiev, y cayó en el ridículo al mantener la estupidez de la conmoción cerebral del portero Karius, el hombre de las manos de mantequilla que fue rápidamente enviado a Turquía para seguir con su carrera de errores.

Por el otro lado, el argentino Mauricio Pochettino está llamado a dirigir en un futuro no muy lejano al Real Madrid. Un tipo muy correcto, estudioso del fútbol, ex jugador y entrenador del Español, madridista, como no se cansa de repetir, y que nos regaló aquella genial frase acerca de si entrenaría al Barça en algún momento de su vida.

Definitivamente voy con el Tottenham, pero soy tan cenizo que ganará el Liverpool 2-1. Ganará el fútbol en cualquier caso, disfrutémoslo.

Actualización tras la final

Fue un partido feo, una final que me recordó a algunas de los ochenta y noventa cuando el que marcaba el primer gol se llevaba el título. Todo estuvo condicionado muy pronto por lo sucedido en el primer minuto, un penalti que yo sigo sin ver (¿no decía Valdano que no se podían pitar penaltis tan pronto?), aunque quizás con el Reglamento a aplicar desde la próxima temporada sí lo sea:

Por momentos pareció que el partido iba a finalizar 1-0 con un penalti que no era. Como la final de Heysel en 1985, cuando, una vez retirados los cadáveres (aun hoy sigo estupefacto con aquello), se decidió con un penalti fuera del área a Boniek transformado por Platini. En aquellos años decíamos que en televisión se veía clarísimo, que esto había que cambiarlo. Pues nada, ayer teníamos VAR, decenas de cámaras y que el árbitro se niegue a consultar la pantalla es uno de esos sinsentidos que no podremos comprender jamás. 

Hubo mucho miedo en ambos equipos, sorprendente en ambos entrenadores, y lo más imperdonable es ese miedo cerval a perder la posesión del balón. Van a tener que prohibir ceder el balón a los porteros o el campo atrás, porque ralentiza el juego, lo vuelve soporífero por momentos. No es ninguna barbaridad, igual que se aprobó la norma hace años para que los porteros no pudieran jugar con las manos en las cesiones de sus compañeros. Algo que mejore el juego.

El Liverpool no quería perder su ventaja y el Tottenham no quería exponerse demasiado en defensa ante un equipo con puntas tan veloces como los reds. Así que tuvimos un tostón de partido. El Liverpool se encomendó a Van Dijk en defensa y al buen hacer de Alisson en la portería. Klopp dijo muchas tonterías hace un año sobre la conmoción de Karius, pero bien que se gastó 75 millones de euros en fichar a un porterazo de manos recias como el brasileño, el crack que estuvo “el día de Manolas” y “el día del córner más Origi-nal del mundo”.

Los Hotspurs no tiraron a puerta hasta el minuto 70, cuando Dele Alli lo intentó con la fuerza de mi hija. De mi niña cuando tenía cuatro años. Me parece un jugador muy sobrevalorado, como Eriksen o Pogba, dos que suenan para reforzar al Madrid. El Tottenham mejoró mucho con la salida de Lucas Moura, que no sé por qué no estuvo en el once inicial.

Ayer surgió un debate en algunos foros sobre si había sido la peor final de la historia de la Champions, y yo creo que no, me he tragado bodrios mucho peores que el de ayer, por flojo que fuera el partido.

  • 1988: PSV Eindhoven 0 – Benfica 0.
  • 1990: Milán 1 – Benfica 0.
  • 1991: Estrella Roja 0 – Olimpique de Marsella 0.
  • 2003: Milán 0 – Juventus 0.

Y hubo otra final aburridísima, disputada en Sevilla en 1986, pero cuyo hilarante desenlace nos dejó una sonrisa de oreja a oreja: Steaua de Bucarest 0 – Barcelona 0.

Fin de la temporada futbolística, a ver qué nos depara la próxima. Esperamos grandes cosas, o al menos una mejoría. El suelo está muy bajo.

Un recuerdo para José Antonio Reyes, una pena su fallecimiento en el día de ayer. Muy bonito el homenaje de su antiguo compañero Alberto Moreno.

Final Champions 11

DEP.

Pulp Fiction cumple un cuarto de siglo, por Travis

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En mayo de 1994, el entonces semidesconocido director, guionista y actor Quentin Tarantino se hacía con la Palma de Oro en el Festival de Cannes por su segunda película, Pulp Fiction. Su propuesta, transgresora y gamberra como pocas, se llevó el galardón por delante de otras películas más típicas de lo que suele ser este festival de vanidades y meñiques enhiestos como A través de los olivos, del iraní Abbas Kiarostami, Quemado por el sol, del ruso Nikita Mikhalkov, el nuevo sopor de colores de Kieslowski, Rojo, y la cuota tradicional oriental, ¡Vivir!, del cineasta chino Zhang Yimou.

Visto con la perspectiva que dan los veinticinco años transcurridos, creo que el premio fue un acierto. Supongo que el jurado tendría fuertes discusiones a la hora de elegir entre las tradicionales obras aptas para estómagos cinéfilos más o menos pedantes y esta Pulp Fiction irreverente de Quentin Tarantino. El jurado de aquel año estaba formado por personas tan dispares del mundo de la cultura como la actriz francesa Catherine Deneuve, el escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, el compositor argentino Lalo Schifrin o el británico de origen japonés Kazuo Ishiguro (Premio Nobel de Literatura en 2017), y parece ser que para que el premio fuera a los matones de Tarantino resultó fundamental que dicho jurado estuviera presidido por una eminencia en este noble arte cinematográfico como es Clint Eastwood, alguien que puede valorar una obra diferente de un autor diferente y dar lecciones desde su punto de vista como director, actor, músico o productor de grandísimas obras.

Hubo numerosos aplausos, pero también abucheos y críticas del público asistente a la gala en el Palacio de Festivales y Congresos de Cannes, lo que provocó la respuesta del director en forma de peineta:

Hoy en día me parece un gesto totalmente impropio e inadecuado, pero recuerdo que cuando le vi hacerlo, y pese a saber poco de él, pensé: “este tío me cae bien”. Le estaba dando una patada en sus mismísimos genitales ¡y en su casa! a esa crítica esnob que presume de disfrutar tostones infumables que provienen de países exóticos.

El propio nombre del director, Quentin Tarantino, sonoro, rotundo, poco habitual, parecía predestinarle como director, igual que si te llamas Martin Scorsese o Howard Hawks. Además, con esa cara de loco solo podía parir locuras maravillosas o bodrios absurdos, pero por fortuna han predominado las de la primera categoría. El título de su segunda película, Pulp Fiction, resultaba tan atractivo como el de la primera, Reservoir dogs, por no sé qué extraña razón, ya sea intriga o curiosidad, un hecho insólito que ocurre con la mayoría de su filmografía al margen de su posterior calidad: Jackie Brown, Death proof, Inglourious Basterds, Django unchained, Kill Bill,…

Fuimos muchos los que acudimos en masa hace veinticinco años a ver esa peli de título raro y montaje desordenado, de pistoleros con traje negro que hablan de hamburguesas antes de liarse a tiros, de atracadores de cafeterías de tres al cuarto y de boxeadores que saldan su deuda con mafiosos tras atacar con una katana a dos violadores que están de la olla. No solo vimos esa película, la escuchamos. Saboreamos cada canción, las que conocíamos y las que descubríamos a medida que avanzaba el metraje contemplando cómo encajaba cada pieza en su correspondiente escena con una perfección asombrosa. Desde el potente Misirlou de Dick Dale & The Del-Tones hasta el Surf Rider de los títulos de crédito finales, obra de The Lively Ones.

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Me compré la banda sonora, me compré el guion (y lo leí y subrayé varias veces), puse en mi habitación el mítico póster de Uma Thurman fumando en la cama con el peinado del Príncipe Valiente, me compré la banda sonora de Reservoir dogs, me regalaron otra recopilación de temas musicales seleccionados especialmente por Quentin Tarantino,… En resumidas cuentas, me subí a la moda tarantiniana que se abrió con el exitazo de Pulp Fiction.

En cierto modo, creo que la figura del bueno de Tarantino se nos hizo cercana a los aficionados al cine al conocer su historia y ver cómo había llegado hasta la cima del éxito a una edad tan temprana (31 años por entonces). No era el típico director al uso que había estudiado en una prestigiosa escuela de cine, sino que era un aficionado más, un tipo que había trabajado durante años en un videoclub y que había engullido más cine que el que muchos veríamos en varias vidas. Pero, sobre todo, el suyo era un tipo de cine sin reglas en el que valía cualquier propuesta, desde empezar con la definición de diccionario del término “pulp” hasta dibujar un cuadrado en el aire o alterar el orden lógico de las escenas sin razón aparente.

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La película contó con un presupuesto modesto, de unos ocho millones de dólares, de los cuales cinco fueron para los actores, que cobraron muy por debajo de su caché habitual. Fue un éxito rotundo y la recaudación se elevó por encima de los doscientos millones de dólares, aunque su éxito no fue solo de taquilla, sino también como influencia para otros directores y guionistas, como una especie de “vale todo lo que propongas siempre y cuando lo hagas con pasión, con emoción y por supuesto con respeto a todo aquello que homenajeas”, ya sea el wéstern, el cine negro, el blaxploitation o las pelis orientales de karatekas.

La película consiguió siete candidaturas a los Óscar, en las categorías consideradas más importantes, aunque solo se llevó el de mejor guion, escrito por el propio Quentin en Ámsterdam con la colaboración de su antiguo compañero de videoclub, Roger Avary. Es un guion tan sólido y brillante como poco convencional, con grandes ideas y diálogos, pero también totalmente heterodoxo, repleto de ideas muy locas que pasaban por la cabeza de un Quentin no sabemos si algo “fumao”, ideas que sorprendentemente pasaron el filtro de la producción, y que, más sorprendente aún, lograron la complicidad del público. Y nuestras sonrisas, aunque el origen de las mismas esté en la cabeza reventada de un pobre chaval, en las discusiones acerca de limpiar los sesos de la tapicería, o en una inyección de adrenalina en el corazón de una yonqui a punto de morir de sobredosis.

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Se le criticó esa banalización de la violencia, y puedo entenderlo, pero es que no deja de resultar gracioso que en una peli de matones sin escrúpulos resulte tan relevante para la trama cada vez que el personaje de Travolta va al baño:

  • La primera vez dice claramente “me voy a cagar” en la cafetería y es entonces cuando sucede el atraco a la cafetería.
  • La segunda vez está hablando consigo mismo frente al espejo (“ahora te vas a casa y te haces una buena paja”) mientras Mia Wallace está a punto de morir en el sofá del salón.
  • La tercera vez está jiñando y leyendo pulp cuando el personaje de Butch se lo carga a tiros.

Algunos diálogos son largos porque Tarantino se recrea en ellos, en la supuesta brillantez de lo que cuentan, aunque en algunas películas lo logra mejor que en otras. En Pulp Fiction está más medido que, por ejemplo, en Death Proof (algún speech infumable) o que en momentos puntuales de Malditos bastardos o Kill Bill. El problema es que Tarantino se gusta tanto a sí mismo hablando de series B o masajes en los pies que  por ejemplo cuando Jules y Vincent llegan a la puerta de los chavales ¡que se van a cargar! no han terminado su diálogo y se van al final del pasillo para terminarlo, prosiguen dos o tres minutos más hablando de temas intrascendentes, y entonces y solo entonces vuelven y entran al piso. Es un tortazo a las reglas clásicas, pero funcionó. Y por cierto, ya que hablo de los masajes a los pies, recomiendo este vídeo sobre el fetichismo del director acerca de los mismos:

La película tiene 154 minutos de duración, es larga para lo que cuenta y quizás podía haber durado menos, pero como se disfruta cada frase, cada canción o cada imagen casi irreal, se te olvida que por momentos puede resultar lenta. Aunque muchos la calificaron de rompedora o novedosa, en realidad Tarantino lo que hace es reinventar, mezclar y utilizar los cientos de influencias cinematográficas y musicales que pasan por su cabeza. El baile de Mia y Vincent está basado en Ocho y medio de Fellini, los matones de Código del hampa hablan de las proteínas de un buen filete después de cargarse a John Cassavettes, y el MacGuffin del maletín ya se había visto en El beso mortal o en Belle de Jour de Buñuel.

Respecto al contenido del maletín con brillos dorados circulan por Internet teorías muy divertidas, como que contiene los diamantes robados en Reservoir dogs, pero mi favorita es la que dice que en el interior del mismo guarda el alma de Marsellus Wallace. Esta teoría cuenta que el mafioso pactó vender su alma al Diablo y por esa razón tiene una tirita en la nuca, que es por donde se la debió extraer Lucifer. La relación con el maletín viene porque la combinación para abrirlo es el número 666.

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En realidad Tarantino contó tiempo después que el actor Ving Rhames se había hecho un corte afeitándose la cabeza y que al director le pareció que hacía más intrigante su personaje, así que le pidió que no se la quitara. Ya está, es como el globo naranja de Reservoir dogs y las teorías imaginativas de la gente, no hay más.

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Tarantino tiene sus fetiches, sus gustos particulares y se recrea en ellos, como cuando el personaje de Butch (Bruce Willis) elige el arma con el que se va a cargar a los tipos de la tienda que están sodomizando a Marsellus Wallace. Nos muestra sucesivamente un martillo como en The toolbox murders, un bate de béisbol como en Los intocables de Eliot Ness, una sierra eléctrica homenaje a La matanza de Texas y finalmente se decanta por una katana al estilo de las pelis de samuráis que tantas veces ha reconocido que le encantan. ¿Sería la katana de Hattori Hanzo que luego aparece en Kill Bill? Igual que la marca de cigarrillos de los protagonistas o las hamburguesas Big Kahuna, elementos que se repiten en la filmografía de Tarantino.

 

Como curiosidades de la película están los actores inicialmente pensados para los papeles principales, hoy impensables como Michael Madsen o Daniel Day Lewis para el papel de John Travolta, o Michelle Pfeiffer o Meg Ryan para el que recaería en Uma Thurman. ¿Daniel Day Lewis con Meg Ryan haciendo el bailecito? No quiero imaginármelo, no, por favor. La película consiguió en el momento de su estreno el récord Guinnes por el mayor número de fuck y derivados en el metraje, 265, pero la marca le duró solo un año al ser superada por el Casino de Martin Scorsese. Y años después sería superada de nuevo por los más de 500 fuck de El lobo de Wall Street del mismo Scorsese.

El festival de Cannes hizo las paces con el director hace muchos años y reconoció su inmenso talento cuando le designó presidente del jurado en 2009. Quentin Tarantino es un enamorado del cine, de todo el cine existente y esta semana ha presentado su última película en Cannes, Érase una vez en Hollywood. Cine sobre el cine dentro del cine, yo ya estoy babeando solo con lo que he visto en el tráiler:

He leído ya algunas críticas muy favorables y luego está la de Carlos Boyero. En su estilo.

Veinticinco años ya de Pulp Fiction, todo un clásico. Un cuarto de siglo también de Forrest Gump, Ed Wood, El rey León, Cadena perpetua o Balas sobre Broadway. Cómo pasa el tiempo. De todas ellas habló el amiguete Barney esta semana en La Galerna, os lo recomiendo (enlace a Aquellos maravillosos años: 1994).

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Reservoir Rider dogs.

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14 horas sin móvil, por Lester

Adicción al móvil

Un día de la semana pasada salí de casa poco después de las seis y media de la mañana. Cuando estaba llegando a Madrid, me di cuenta de que no llevaba el móvil encima, “¡qué putada!”, pensé, y nos hemos hecho tan dependientes del cacharro que por una fracción de segundo me planteé volver a casa a por él. “¡Qué cojones, podré sobrevivir!”

Volví a casa sobre las ocho y media de la tarde, lo que significa que estuve unas catorce horas sin móvil, y, ¡oh, sorpresa!, no me pasó nada, llegué sano y salvo. Tal como lo digo suena a terapia al estilo de las que pasan personas con problemas de alcoholismo o ludopatía: “Hola, me llamo Lester, y llevo catorce horas sin mirar la pantalla del móvil”. Algo de eso hay en el fondo: dependencia, adicción, necesidad, ansiedad en ausencia del estímulo, es decir, mono.

Entré al gimnasio de sonámbulos del que ya he hablado aquí alguna vez y al no tener nada que escuchar, pues el móvil ahora es nuestro teléfono, cámara de fotos, GPS, MP3, agenda y entrenador personal, pude fijarme más en los detalles de lo que me rodeaba. Los tatuajes de los malotes de las pesas, las espantosas conversaciones de las brujas, los vídeos de tipas siliconadas en los monitores, la música a todo meter por los altavoces,… Dicen que a las personas sordas o ciegas, al estar privados de uno de los sentidos, se les agudizan los demás. Pues creo que eso fue lo que me pasó, porque normalmente me abstraigo en mi mundo con los cascos, escuchando noticias o podcasts frikis, y ese día advertí que mis sentidos estaban potenciados como si fuera Spiderman tras el aguijonazo de la araña. Veía con más claridad, escuchaba voces desconocidas y conversaciones totalmente intrascendentes sobre vecinas o batidos proteínicos, y olía a Nubetóxica con mayor intensidad. Las fosas nasales se dilataron al aspirar el hedor del sudor trimestral de la señora y como un Rexona que no abandona, su recuerdo me persiguió a lo largo de toda la jornada.  

Llegué a la oficina y, al subir al ascensor, hice el gesto instintivo de sacar el móvil del bolsillo, gesto que repetiría varias veces a lo largo del día, como si de un vaquero presto a desenfundar se tratara. ¡Error! Ahí no había nada. Me pasó en la cafetería de empresa, en el baño, en una reunión de trabajo, en diversos momentos del día. Se ha convertido en un gesto tan instintivo como colocarnos el flequillo, hurgarnos la nariz o como pueda serlo para Rafa Nadal sacarse la goma del calzoncillo del orto.

Al no tener el móvil con el que abstraerme de la realidad practicando el buceo en el trivial mundo del guasap o el sensacionalista de los titulares de noticias, me sentí un poco como el protagonista de Una cuestión de tiempo al final de la peli, cuando decide seguir el consejo de su padre y fijarse en los detalles que no había percibido la primera vez que vivía una situación: el peinado de su compañera, el mensaje en una camiseta, una sonrisa amable, las zapatillas de colores de algunos yogurines,… Bien es verdad que al haber pertenecido a esa generación que tuvo su primer móvil cerca de la treintena, y datos al rebasar los cuarenta, no soy el típico tío que va todo el día por la calle, la oficina o la cafetería enfrascado en su mundo virtual de la puñetera pantallita, pero reconozco la influencia de estos cacharros en nuestro comportamiento diario, muy superior a la que nos gustaría reconocer.

El móvil es un arma de distracción masiva. Hace tiempo que le quité el sonido de los avisos, casi al principio de los tiempos, porque eso de que te suene un ring o un toc-toc-toc cada vez que entraba un guasap o un correo era un puto infierno que te impedía concentrarte en cualquier cosa. Odio cuando mis compañeros tienen el sonido activado en las reuniones de trabajo, que a veces se convierten en un concierto en el que puedes ver los distintos timbres escogidos: la flecha, la moneda, los nudillos sobre la puerta, el timbrazo, la tecla de piano o el gorgorito-los-cojones.

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También desactivé hace tiempo los avisos de correos o guasaps pendientes de leer, porque si mirabas la pantalla y leías “38 mensajes de 9 grupos diferentes” o “14 correos electrónicos recibidos” terminabas entrando a leerlos. En mi caso, cuando el número supera los cincuenta sabes que alguien ha muerto o que se está buscando una fecha para una cena o un cumpleaños. Aquel día fue diferente y me pude concentrar mejor en mi trabajo. Hubo gente que intentó localizarme y no lo consiguió a la primera, pero oye, ¡descubrieron el teléfono fijo!

– Te he llamado al móvil y no me lo has cogido.

– Claro, me lo he dejado en casa, pero mira, como no me muevo de mi chiringuito me puedes encontrar en este aparato ultranovedoso llamado teléfono fijo. Funciona igual que el móvil, con la única diferencia de que no lo puedo coger cuando estoy meando.

– Cualquiera diría que te lo has dejado aposta.

– Pues no ha sido así, pero descuida, que a partir de hoy voy a hacerlo una o dos veces por semana.

Fui a comer con un compañero de trabajo, algo rápido porque seguíamos con mucho follón en el curro, pero en la conversación surgió una duda acerca de un dato. Lo de siempre, un resultado de fútbol, un actor en una peli, el nombre de una tía buena en la misma peli (o en la ofi o en el restaurante o por la calle), o si el gato de Schrödinger era negro y traía mala suerte, o no lo era y lo freímos con las putadas que le hicimos en el Adicción al móvil 3interior de la caja. La conversación normal entre compañeros.

Pues en lugar de confiar en mi memoria, va mi compañero, desenfunda el móvil y con los dedos grasientos de patatas fritas se puso a buscar la respuesta en San Google. Ah, San Google, el buscador que evita los antiguos conflictos familiares con tu “cuñao”:

– Que sí, que me acuerdo perfectamente, que el Atleti iba ganando tres a cero al Madrid cuando el árbitro pitó aquel penalti y expulsión.

Antes le decías lo normal, no tienes ni puta idea, forofo patético, o le soltabas un guantazo por bocazas, pero ahora ambos sacáis el móvil, gugleáis y resolvéis el conflicto. Hasta ese punto ha influido el móvil en nuestras vidas, hasta ese nivel le ha restado emoción.

Pero lo mismo que digo en público que se puede vivir 14 horas sin el móvil, también soy capaz de reconocer que tiene enormes ventajas, y no me refiero solo a lo que habría sido la reciente avería que padecí en mitad de todo el meollo del centro de Madrid de no haber llevado un móvil encima, sino por lo que vendría al llegar a casa, poco antes de la medianoche.

El móvil yacía tranquilo en el baño, aún con batería. No sé cuántos mensajes y llamadas perdidas tenía, tampoco eran excesivas. Nadie había muerto, no se me había olvidado ningún cumpleaños, seguían sin acordar la fecha de una cena, mi vida podía seguir. Pero dos horas después el móvil se activó como en sus mejores días y se disparó con cerca de dos centenares de guasaps: el Liverpool acababa de endiñarle cuatro goles al Barça y aunque solo sea por esas gozosas horas de disfrute cabroncete para el que los españoles estamos mejor dotados que ningún otro pueblo en el mundo, aunque solo sea por el deleite que nos provoca el hundimiento ajeno, merece la pena llevar el móvil encima.

 

Cara Lester

La Champions le debía una, por Barney

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Los aficionados al fútbol, especialmente los madridistas, nos hemos hartado de escuchar en los últimos años que “la Champions le debe una” a alguien, a un club, un jugador, un entrenador,… casualmente se la debía a cualquiera que compitiera contra el Madrid.

Tiene cojones que esas “deudas del juego” solo eran vistas por la prensa española, esa lamentable prensa deportiva que algunos tachan de madridista, lo cual me causa una enorme perplejidad. Suelo contestar a mis amigos antimadridistas (algunos me quedan) que será madridista por el tiempo que le dedican, desde luego que no por los elogios de los comentarios. Hasta cuando no juega el Madrid, como esta deliciosa semana de semifinales de Champions, se acuerdan del club más laureado del mundo.

“La Champions le debe una al Atlético de Madrid”, dijeron antes de la final de Milán (2016). ¿Puedo saber por qué? ¿Por qué le debe una a un equipo ramplón que estuvo a punto de ganar un partido con media ocasión y un autobús durante más de una hora? ¿Por qué se merece ganar una Champions un equipo que se dedicó el resto del tiempo tras el gol a perderlo con un descaro vergonzoso? ¿Porque les empataron en el tercer minuto de descuento de una segunda parte en la que se perdieron seis, por eso? ¿El mundo del fútbol le debe algo al Cholo Simeone, aparte de reconocerle el mérito de haber llevado a este equipo y con ese estilo a dos finales de Champions y a la conquista de una Liga en la que competían Messi y Cristiano Ronaldo?

“La Champions le debe una a Buffon”, dijeron antes de la final Madrid-Juventus en Cardiff (2017). Volvieron a decirlo en la eliminatoria de la temporada pasada entre ambos equipos, la del famoso penalti de Benatia a Lucas Vázquez, que recordemos que a juzgar por algunas crónicas no fue mas que un tropezón con la línea del área pequeña. Este año nuestros periolistos se olvidaron de que la Champions le debía una a Buffon, igual que se olvidaron de mencionar lo duro que resulta que te señalen un penalti en el descuento cuando está bien pitado, como le ocurrió al portero contra el Manchester en la jugada que dejó fuera al PSG.

Durante los días previos a la final de 2018 en Kiev, el mantra que repetía la prensa era otro: es una final indigna, descafeinada, entre “el tercero de la Liga española y el cuarto de la Premier”, como escuché en la Cope (vía El Radio de Richard Dees, of course). Podían haber mencionado que se juntaban 17 Champions/Copas de Europa sobre el terreno de juego, o que el Liverpool se había cargado al City de su idolatrado Guardiola y a la Roma que se cepilló a su no menos adorado Barcelona. Muchas críticas a la temporada del Madrid, a su juego, su entrenador, lo de siempre, y pocas menciones al hecho de que el equipo de Zizou había vencido en París, Turín y Múnich, derrotando a rivales sin importancia como el campeón de Francia 5 de esos 6 años, al campeón de Italia sin interrupción desde 2012 y al campeón de la Bundesliga 5 años consecutivos.

Pero era una final “descafeinada”, por supuesto, y si a alguien le debía la Champions el trofeo era sin duda a Jürgen Klopp, responsable de montar un equipazo en Liverpool o en Dortmund, con aquel enorme Borussia capaz de romper el monopolio del Bayern en la Bundesliga y de alcanzar la final de la Champions en 2013.

De la final “indigna” del año pasado hemos pasado por arte de magia a la mejor Champions de todos los tiempos. Con un par, sin pestañear.

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El Tottenham, que lleva sin ganar la Premier desde el año 61 y un torneo europeo desde el 84, frente al Liverpool, otro equipo con una larga sequía en la Premier, donde no triunfa desde 1990. Pero es la mejor de todos los tiempos, pues vale. Es lo que tiene que no juegue el triunfador en una de cada cinco ediciones, que automáticamente revaloriza cualquier título.

Entonces, insisto en mi pregunta: ¿a quién le debe la Champions un título?

Pues según uno de los feladores habituales de Pep Guardiola, el éxito de los equipos ingleses se debe a la presencia de este entrenador en Inglaterra. Curioso, igual que sucedió en el Mundial, donde ya daban por seguro el triunfo de su selección por el aura mágica del noi de Santpedor.

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A los periodistas les da igual que el Liverpool de Klopp y el Tottenham de Pocchettino jueguen de un modo totalmente opuesto a los equipos de Pep Guardiola, las semifinales han sido una oda al juego directo y sin contemplaciones, a la velocidad de circulación de balón y si el momento lo requería, como en la segunda parte de Ámsterdam, a los balones largos áereos, les da lo mismo: es un triunfo de Guardiola.

Lo de siempre con este entrenador y con el malo malísimo de Mourinho, el único capaz de romper en los últimos cinco años esta hegemonía de los equipos españoles en Champions, Europa League, Supercopa de Europa y Mundial de clubes (manteniendo tal consideración para el que se ha convertido en bandera del independentismo catalán):

Pues no, no se la debe a Guardiola, ni mucho menos a Messi, el que iba a ganar “esta Copa tan linda” porque este año se lo había propuesto. Debe ser que los anteriores no le apetecía, ¿no le motivaba acaso?

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Mi respuesta sería que esta Champions es una gozosa vuelta al fútbol que me gusta, a la brega, a la lucha noble, al juego de equipo en el que el conjunto prevalece sobre las estrellas, como ocurrió en un Liverpool sin Salah, Firmino ni Keita, o en un Tottenham sin Harry Kane. Y pocos estilos como el inglés se acercan a ese tipo de fútbol que me gusta desde hace décadas.

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Tengo clara mi respuesta:

  • El 8 de mayo se clasificaba el Tottenham con un gol en el minuto 95.
  • El 7 de mayo pasaba el Liverpool aprovechando el despiste de los jugadores culés, un descuido provocado por su manía de protestar al árbitro tras cada falta o córner, algo que sabía Klopp según este artículo del The Telegraph y que manejó con picardía.
  • El 6 de mayo se cumplían 10 años de lo que algunos llamaron “el Iniestazo”, el famoso gol del manchego en el descuento en Stamford Bridge, pero que para la mayoría fue realmente el “Ovrebazo”, el tan acojonante como sospechoso arbitraje del noruego Tom Ovrebo, el más lamentable que recuerdan los aficionados antes de la irrupción del Aytekinazo.

Desde aquel día la Champions le debía una al fútbol inglés y era de justicia que esa deuda se la cobrara al Barça. Eso sí, limpiamente.

Cara Barney