Hace ocho años

Cuanto mayor eres parece que los años pasan más rápido, veloces, sin apenas tiempo para saborearlos, para disfrutarlos, para observar, tomar perspectiva. De repente adviertes que ya estás de nuevo en verano, inicio del curso, navidades, fin de año, cumpleaños… ¿y ya ha pasado otro año?

Hoy se cumplen ocho años desde que arrancó este blog de los «Cuatro amiguetes y unas jarras», ocho años desde aquella Declaración de intenciones en la que se explicaba de qué iba a hablar cada uno de los cuatro. El 99 por ciento de los blogs muere en su primer año de vida, luego llegar a ocho años es una señal de buena salud, de que ha captado el interés de un buen número de lectores, un «me llena de orgullo y satisfacción», que decía el emérito. Por cierto, aunque pueda parecer que los ocho años pasan muy rápido, tanto que nos falta aún perspectiva histórica para valorar ciertos asuntos, nada más lejos de la realidad. Por ejemplo, cuando nació este blog, el mismo Juan Carlos I acababa de abdicar en favor de su hijo Felipe VI, quien comenzó su reinado (según Barney) con un discurso repleto de referencias futboleras. Juan Carlos I, Mariano Rajoy en la presidencia de gobierno, Angela Merkel en Alemania y Barack Obama en Estados Unidos. Y el Madrid campeón de Europa, porque hay cosas que tampoco cambian demasiado, y está bien que sea así.

Una visita a las hemerotecas del 15 de agosto de 2014 nos puede ayudar para hablar del paso del tiempo en estos ocho años, o para ver lo que siempre permanece ahí, inalterable.

Josean: Vaya, el titular principal podría haber sido escrito la semana pasada. La zona euro en problemas, atascada, con una economía alemana que no carbura, y ya sabemos que si la locomotora sufre, el resto de los 28 lo pasa peor. Cambiamos «Rajoy» por Pedro Sánchez y también seguimos hablando de reformas estructurales que no terminan de concretarse, salvo por la vía del incremento de impuestos. La columna de la derecha hace referencia a un escándalo de corrupción, uno de los temas de los que más se ha hablado en este blog, sin importar el partido del que procediera. La parte inferior de la portada también podría ser, con ciertos matices, de hace apenas unos días:

El interminable procés catalán, en su día con Artur Mas, los centros de acogida de inmigrantes colapsados por las pateras y un nuevo caso de abuso policial en Estados Unidos, con el único cambio de que el presidente en aquel agosto de 2014 era Barack Obama. En el blog vivimos la época pre-POTUS Trump y ya llevamos casi dos años de la posterior. Y «La deuda pública supera ya el billón de euros». Los peligros del endeudamiento excesivo, la recuperación que nunca llega, las medidas equivocadas, el gasto público excesivo o despilfarrado en chorradas, de todo eso se ha hablado en el blog mientras la deuda pública seguía disparándose. Ocho años.

«El mundo está cansado de tanta guerra», decía el Papa Francisco entonces. Y nos parecía que lo de este año con Ucrania, Taiwán, o los conflictos ya medio olvidados en Siria, Somalia o Yemen eran lo excepcional. Nunca hemos dejado de estar en guerra, y nunca hemos dejado de estar cansados de la misma.

Lester: la portada de El Mundo de aquel día hablaba del Canal de Panamá, de los cien años transcurridos desde el arranque a principios del siglo XX. Este blog tuvo la inmensa fortuna de contar en detalle la ampliación del Canal en junio de 2016, con un amplio reportaje desde allí mismo que (si se me perdona la molestia) ya quisiera el propio diario madrileño.

La otra noticia de portada es la del brote de Ébola, aquel virus que venía de África y nos tenía acojonados, ¿quién no recuerda a la enfermera Teresa Romero y el sacrificio de su perro Excalibur? Para mí, lo peor fue comprobar ya entonces cómo se utiliza cualquier suceso para politizar, enmierdar y asustar al personal. Un juego de niños al lado de lo que ocurrió después con la Covid-19, el p… virus al que también hubo que dedicarle mucho tiempo en el blog (Aplauso a una generación de héroes, Casi feliz en casa, Volverán las malditas mascarillas, Las cicatrices del coronavirus, entre muchos otros).

Ver a Michael J. Fox en portada y hablar del paso del tiempo parece inevitable. Nadie como su personaje Marty McFly para mirar hacia atrás y regresar al pasado, o al futuro, o conmemorar que este blog llegaba a la fecha mítica del 21 de octubre de 2015, que como todos los frikis sabemos, es la fecha «futurista» que Robert Zemeckis imaginó durante el rodaje de 1985.

Barney: en cuanto a la parte del deporte, me hace gracia ver en todas las portadas a Luis Suárez, quizás el tipo más sucio que haya visto sobre un terreno de juego. Marrullero, agresivo, faltón, mordedor… en agosto de 2014 era noticia porque llegaba al Barça con una sanción de varios meses tras el bocado que le pegó a Chiellini en el Mundial de Brasil. Pues nada, en el Barcelona encontró ese paraíso de impunidad que tanto he denunciado en el blog. Ocho años sin una sola expulsión (salvo una por doble amarilla en Copa), con un historial de agresiones e insultos brutal, más en su época culé que en la del Atleti. Ocho años después se ha ido de rositas de la Liga española, un caso digno de estudio que no analizará el autoproclamado mejor periodismo deportivo del mundo.

Prefiero irme a las portadas de la prensa deportiva, que entonces nos hablaban de:

Pues sí, razones para soñar. Este blog ha podido disfrutar de las Champions del Madrid en Milán, Cardiff, Kiev y París. Y varias Ligas. Han sido buenos años para los madridistas, qué duda cabe. Hemos vivido las despedidas de Cristiano Ronaldo y de Gareth Bale. E innumerables triunfos de Rafa Nadal, otra constante en estos ocho años. Pero también ha habido muchos huecos para el baloncesto, Pau Gasol, Pablo Laso, el atletismo y los Juegos Olímpicos de Río en 2016 y de Tokio en 2021.

Travis: se me ha ocurrido mirar la taquilla de aquel agosto de 2014 y lo cierto es que fue un poco para echarse a llorar:

Que no digo que Los guardianes de la galaxia no sean entretenidos, pero es que la colección de «éxitos» cinematográficos de la época no ha pasado a la historia precisamente. No en vano, compruebo que aquel fue:

Y no me extraña, si lo ilustran con una foto de los soporíferos Transformers. ¿De verdad que este es el cine que nos vendrá en próximos años?, me preguntaba. Porque hasta para hacer cine de explosiones y acción hay que tener clase, como en mi debut en el blog: Armageddon y Gravity. Peliculones, sin duda. Obras maestras al lado del top-ten de aquel agosto lejano.

Si me voy al año 2014 completo, fue un gran año para el cine español (al que se ha defendido en este blog, por cierto), con tres películas entre las diez más taquilleras. La estupenda Ocho apellidos vascos, la entretenida El Niño y la última de Torrente. De este listado, la que más se recuerda sin duda es El Lobo de Wall Street, del maestro Scorsese, que ha aparecido varias veces en estos ocho años (Taxi driver, El irlandés, New York).

En fin, que este blog seguirá un año más. Sí, lo siento, somos así de brasas: van 545 post, más un centenar en otros medios, dos libros (Relatos de un tiempo fugaz y Aguafiestas), un tercero que llegará en septiembre y muchas, muchas lecturas. Será un placer seguir contando con vosotros.

Un abrazo.

Amnesia digital

JOSEAN, 31/07/2022

No hace mucho tiempo recibí un vídeo de broma en el que se hacían pruebas para acceder a una academia de superhéroes. Llegaba uno y le preguntaban: “¿y usted, qué superpoderes tiene?”. Y el aspirante contestaba algo así como: “me sé varios números de teléfono de memoria”, “recuerdo las fechas de cumpleaños de mis mejores amigos”. A cada afirmación, los examinadores contestaban admirados con un “¡halaaa!”, y al final, el entrevistado concluía: “sé llegar a los sitios sin usar el GPS”. ¡Admitido!, claramente.

Es una coña, pero nos hace pensar en cómo lo que parecía normal puede llegar a resultar extraordinario en el mundo actual. Según parece, el uso excesivo de la tecnología está haciendo que perdamos determinadas facultades, o no tanto perderlas, sino que se nos están atrofiando algunas capacidades por desuso. Al delegar en ese pequeño aparato que siempre llevamos encima, hemos dejado de preocuparnos por cómo llegar a los sitios, por hacer cálculos sencillos, por las fechas de cumpleaños de familiares y amigos (siempre habrá una red social que nos lo recuerde) o por memorizar datos. Siempre tendremos Google a mano para salvarnos de ese apuro y rescatar un dato histórico, el nombre de una actriz, el resultado de un partido o el tugurio aquel de Londres que tanto nos gustó. Las cosas normales sobre las que sueles tratar con colegas. Pero también las cosas serias.

Cada vez leo con más frecuencia el término “amnesia digital”, un término referido al hecho que parece contrastado de que el cerebro pierde la capacidad de retener información en el momento en que no tiene el estímulo para hacerlo, pues siempre tendrá un aparato cerca para desempeñar esa función por él. Como se preguntaba Rebecca Seal en este interesante artículo publicado en The Guardian, Is your smartphone ruining your memory? Al “subcontratar” la memoria a un aparato externo, el modo de funcionar de nuestro cerebro se altera.

Los neurocientíficos están divididos. Algunos, como Chris Bird (Universidad de Sussex), indican que siempre hemos utilizado aparatos para recordar cosas, ya fueran cuadernos, notas o post-it, alarmas, y que delegar esa tarea en un teléfono nos ayuda a concentrarnos en otras tareas y ser más eficientes. Otros, como Oliver Hardt (McGill University, Montreal), advierten de los posibles perjuicios que el hecho de prescindir de nuestro cerebro para tareas básicas puede generar a largo plazo. “Cuanto menos uses la mente, cuanto más prescindas de tus propios sistemas para desarrollar tareas como los recuerdos o la flexibilidad cognitiva, mayores probabilidades de desarrollar demencia”. La universidad de McGill elaboró un estudio en 2010 sobre los efectos del uso prolongado del GPS en usuarios que llevaban largo tiempo empleándolo y la conclusión fue que simplificar tareas que requieren cierto esfuerzo mental, como interpretar un mapa, hacía que los usuarios ejercitaran menos el hipocampo, lo que a la larga traería efectos perjudiciales sobre sus funciones cognitivas.

La tecnología no puede ser perjudicial para el ser humano y quizás el problema no sea tanto el hecho de simplificar una tarea como la ingente cantidad de distracciones que el móvil nos genera. La neurocientífica Barbara Sahakian (Cambridge) lo tiene claro, como demostró un experimento sobre comprensión lectora con o sin mensajes y notificaciones de móvil durante la lectura de un texto. Parece obvio. En la misma línea escribe Catherine Price, autora del libro How to break up with your phone, Cómo romper con tu móvil: “No estamos preparados para la multitarea. Si prestas atención al móvil, no lo estás haciendo con el resto de cosas. Y solo recordarás aquello a lo que prestas atención”. Y sobre las distracciones advertía que las notificaciones constantes del móvil (los sonidos impertinentes, que diría yo), impiden que tu cerebro realice los procesos para transferir el recuerdo del corto al largo plazo.

No tengo ni idea de neurociencia, pero todo esto me recuerda a la función de grabar en un archivo informático: la distracción es como un corte de energía en mitad del proceso de almacenamiento. O como despertar en mitad de los sueños. Larry Rosen, autor de un libro titulado The Distracted Mind: Ancient brains in a High-Tech World, algo así como La mente distraída: cerebros ancianos en un mundo de alta tecnología, indicaba que “las distracciones constantes dificultan codificar la información en la memoria”.

Sea por las razones que sean, parece claro que nuestra capacidad de memorizar se está viendo alterada. Recordamos datos de hace décadas con gran nitidez y no somos capaces de acordarnos dónde o qué cenamos el fin de semana pasado. Un estudio del ABCD (Adolescent Brain Cognitive Development) sobre 10.000 niños menores de diez años demostró que aquellos que habían estado más expuestos al uso de aparatos tecnológicos como tablets o móviles tenían un córtex más fino de lo que debería ser para su edad. El grosor del córtex está relacionado en edades más avanzadas con episodios de Parkinson, Alzheimer o migrañas.

La memoria es básica, por mucho que podamos delegar los datos relevantes a un dispositivo. Quizás en unos años puedan insertarnos un chip con los conocimientos necesarios de ingeniería, cocina, historia o lucha a la manera de Matrix, pero aún así creo que sería un error no ejercitarla. La memoria es fundamental para asentar nuevos conocimientos (por mucho que haya tutoriales que te expliquen hasta cómo atornillar un picaporte), para poder razonar, relacionar conceptos, integrar unas partes del conocimiento con otras. Para aprender. Para desarrollar habilidades.

En su día le dedicamos dos post completos a la memoria. La primera parte (Memoria: los recuerdos) estaba dedicada a la configuración de los recuerdos y a la falibilidad de la memoria (según Oliver Sacks y Elizabeth Loftus), a cómo las emociones influían en la creación del recuerdo, adaptando la realidad si era necesario. La segunda parte (Memoria: el olvido) trataba sobre la bondad del olvido, la inexistencia de una memoria colectiva o la necesidad de borrar el pasado, según otros autores (Lewis Hyde, David Rieff), o quizás más eficaz, fomentar el conocimiento del mismo “con distanciamiento metódico” (Francisco Tomás y Valiente, Matteo Orfini).

Y voy a ligar todo lo expuesto al apocalipsis digital que algunos estudiosos de la materia sugieren. El saber, el conocimiento, la Historia con mayúsculas, todo está almacenado en soportes externos. Libros durante siglos, luego diskettes, cintas, CD’s, memorias externas cada vez más potentes, servidores… la nube. Si fuera cierto lo que algunos preconizan, todo ese conocimiento almacenado en la nube podría desaparecer un día igual que se borraron para siempre los conocimientos almacenados en la biblioteca de Alejandría. O muchos de los conocimientos ya existentes se pueden perder o no reproducir jamás al no haber soportes para ello: cintas VHS, reproductores de CD’s, cambios de formatos de los soportes digitales…

Si el ser humano está perdiendo la capacidad de memorizar y almacenar conceptos, habrá que confiar en el soporte externo, en la memoria tecnológica. Ahora bien, no solo en el soporte, sino en lo que se almacena. ¿Quién lo decide, bajo qué criterios? El recuerdo está condicionado por la emoción, y el olvido puede ser necesario para avanzar como sociedad. Me resulta inevitable llevar todo este berenjenal a la llamada Ley de Memoria Democrática, cuyo proyecto acaba de ser aprobado en el Congreso.

(Continuará)

Relacionados:

Memoria (I): recuerdos

Memoria (II): el olvido

Los sueños interrumpidos

14 horas sin móvil

Con perspectiva degenero

JOHANA, 26/06/2022

A finales de 2020, publiqué en este mismo blog uno de los posts que más lectores ha tenido hasta la fecha, aquel en el que concluíamos que la M-30 era machista, y de manera especial los túneles. Llegué a tal convencimiento tras descargar y leer el estudio encargado por el gobierno del ayuntamiento de Madrid en 2018, un informe por el que se pagaron 52.000 euros, en el que citaba como fuentes para fundamentar su análisis unas estadísticas sobre la escasez de paseos de mujeres por los parques de la ciudad chilena de Temuco y el pensamiento de un personaje de ficción de una novela desconocida de 1970. Frente a tamaña fiabilidad de las fuentes empleadas, solo cabía asentir y aplaudir las conclusiones.

A principios de marzo de este año, poco después del inicio de la guerra de Ucrania, la ministra de Igualdad Irene Montero afirmó sin pestañear que «las mujeres son las que más sufren en cualquier conflicto bélico». En su caso no hizo falta ni siquiera un sesudo estudio que demostrara sus palabras, bastaba con ver las imágenes por televisión de esas pobres mujeres que escapaban del país cargando con sus hijos (opresión heteropatriarcal), mientras los hombres se quedaban en el país con sus amigotes para tomar vodkas, ver el fútbol por la tele y a ratos, coger unos fusiles para tratar de defender sus ciudades del avance de las tropas rusas. Si en el fondo la solución al conflicto no es tan complicada, como la propia ministra explicaba con sencillez: bastaba con poner a más mujeres a negociar la paz con Putin.

No hay ámbito, materia o problema en la vida que no tenga que incorporar la perspectiva de género en la actualidad. Se evitarían así muchos problemas, como por ejemplo, los creados por las tradicionalmente machistas Matemáticas.

Las matemáticas socioafectivas y con perspectiva de género no suponen «escribir sobre un papel rosa», como dice Clara Grima, matemática, profesora, divulgadora y una de las voces a favor de este cambio, sino combatir «el estereotipo de que las matemáticas no son para las chicas», o evitar el hecho de que «las niñas se perciben a sí mismas como peores en matemáticas». Lo cierto es que afirmar ciertas cosas acerca de la inferioridad de las mujeres en esta materia (con mejores notas en las pruebas de acceso a la universidad, por ejemplo) me parece de un machismo insoportable y me provoca algo parecido al nombre de esta profesora. Es el mismo machismo del que partían algunos colectivos feministas para promover el acceso de más mujeres a las carreras denominadas STEM (Science, Technology, Engineering and Mathematics):

En los casi ocho años de existencia de este blog ya se han tocado muchos asuntos relacionados con el «machismo» latente en la sociedad: el lenguaje es machista (Horrifying palabros), incluso el hebreo si lo usas en inglés (De ofendiditos y pollaviejas), el cine es machista y solo debe aceptar la «Imposición Rider» a la hora de producir películas, el fútbol y el mundo del deporte son machistas, las políticas tributarias deben considerar la perspectiva de género en sus análisis de impacto (Populismo legislativo),… Pero también hemos tratado asuntos en los que perspectiva de género cobra todo el sentido, como la violencia de género, la brecha salarial o las desigualdades económicas y laborales.

Con lo que no contaba es con algunos de los nuevos «actores» del machismo. Los desastres naturales, por ejemplo, que también deben ser machistas y discriminatorios, pues «reproducen estereotipos de género».

A esta conclusión llegaron tres investigadoras del Departamento de Sociología de la universidad de Oviedo, tras analizar la ayuda prestada tras el terremoto de Lorca (Murcia) en 2011, puesto que «los hombres aparecen como protagonistas del salvamento, mientras que las mujeres son vistas fundamentalmente como beneficiarias de la ayuda masculina». Los hombres son los héroes y las mujeres, las víctimas, o algo así. No sé, yo cuando veo una tragedia observo unos servicios de emergencia coordinados en los que hay bomberos (y bomberas), enfermeras (y enfermeros), psicólogos y psicólogas, militares (también mujeres), médicos y políticos de ambos sexos,… Y sobre todo víctimas. Y «víctimos», ahí no hay discriminación. Creo sinceramente (y que se me perdone la osadía) que el terremoto, las inundaciones, los incendios y las pandemias no entienden de perspectivas de género.

Llegados a este punto, era inevitable que confluyeran el cambio climático y la perspectiva de género. Las Naciones Unidas tienen grupos de trabajo para analizar estas conexiones, si bien todo lo que he leído hasta la fecha no habla en realidad del cambio climático, sino de problemas culturales y sociales en países en vías de desarrollo que aumentan con las consecuencias del cambio climático. Por ejemplo, regiones en las que las mujeres trabajan en la agricultura o se encargan del abastecimiento de agua de sus familias, lugares en los que el cambio climático puede acabar provocando escasez de cosechas o sequías.

Movimientos migratorios, abandono escolar de las niñas, violencia contra las mujeres… Los países mencionados en este otro informe son Nigeria, Chad, Sierra Leona, Pakistán… Con el debido respeto, no son problemas de la lucha contra el cambio climático, sino del propio machismo existente en estas sociedades, muchas de ellas, digámoslo abiertamente, musulmanas, países que no están avanzando en derechos sociales, sino retrocediendo y dejándose llevar por el radicalismo. En las conclusiones nos indican que:

El Informe recomienda trabajar sobre cinco puntos concretos, aunque solo escriba cuatro, y me ha dado por pensar si esta mujer va a ser una de las que tiene problemas reales con las matemáticas. Bromas aparte, siempre he creído que el cambio climático y la igualdad de género eran dos luchas necesarias que deberían acometerse por separado, porque además esta mezcla afectaba negativamente a la resolución de ambas. La primera debe estar dirigida por el mundo de la ciencia, la ingeniería, la tecnología, el diseño de productos y nuevas técnicas, etc., mientras que la segunda debe analizarse desde perspectivas jurídicas, sociales o educativas, y se puede y debe avanzar mucho en las conquistas sociales en todos los países. Y todo ello es independiente de los avances tecnológicos o científicos, y de las normativas sobre emisión de gases, residuos o economía circular.

Puede que esté equivocado, ojo, por eso, cuando se presentó el estudio ¿Por qué el Pacto Verde Europeo tiene que ser ecofeminista? corrí a descargarlo antes de que lo retiraran (como hizo el ayuntamiento de Madrid con el del machismo de la M-30, por cierto).

Uno tiene que aprender de todo y de verdad que tengo la mente abierta a nuevos conocimientos, pero es que el propio prólogo, con un lenguaje inventado e incómodo de leer, estuvo a punto de hacerme desistir del intento:

Quizás sea la primera vez que leo un estudio o informe de este tipo en el que el autor explica su condición sexual, identidad de género y raza (al menos creo que quiere decir que no es blanca), factores que, por lo general, me dan exactamente igual cuando voy a leer a alguien. Reconozco que no me he leído las 151 páginas porque tiene partes infumables, pero sí los capítulos que me interesaban, que eran los que podían relacionar el cambio climático con la perspectiva de género, porque trato de entenderlo. El Informe defiende justo lo contrario de lo que indicaba yo en los párrafos precedentes: «buena parte de las políticas medioambientales ignoran el género (…) y el Pacto Verde Europeo no es ninguna excepción. Se centra fundamentalmente en resolver los problemas con soluciones tecnocientíficas, a pesar de que lo que realmente necesitamos son respuestas transformadoras desde el punto de vista social». De verdad que hay párrafos que me parecen propios de gente obsesionada con las diferencias entre hombres y mujeres, o de meter un ideario sobre asuntos que no tienen nada que ver: comienza con los movimientos LGBTQ+, luego los LGBTQIA+, luego desaparece la A, pero, ¿no estábamos hablando de cambio climático?

Yo creo que hace falta que cada uno trabaje en su especialidad y que los fondos públicos, ya sean europeos o nacionales, se destinen a su mejor uso posible. Los Fondos Next Generation no son regalos de la Unión Europea, sino préstamos que habrá que devolver con los rendimientos generados en actividades productivas, no en financiar tanta comisión de estudio para decirnos que los tornados o los terremotos son machistas:

Ya lo están consiguiendo. Resulta casi imposible enfrentar esta corriente, ahora bien, por mucho que consigan fondos de la Unión Europea, no creo que me vean utilizando el término «todes»:

Es tal el ideario de términos y explicaciones sobre identidad de género que cuando llega el capítulo en el que tienen que opinar sobre los efectos de determinadas sustancias químicas sobre las mujeres, caen en el hecho de que llevan páginas explicando que sentirse mujer es algo ajeno a los genitales o al propio cuerpo, así que tienen que aceptar el «convencionalismo» de que un cuerpo tenga anatomía femenina o masculina. Ay, la química, esa otra machista y tránsfoba.

Después de leer algunos capítulos y revisar el índice del Informe, comprobé que de lo que menos había aprendido era de cambio climático, una pena el tiempo invertido. Esta semana entrante, sin ir más lejos, se presentan en Europa algunos de los siguientes asuntos:

  • Propuesta de modificación del Régimen de Comercio de derechos de emisión.
  • Unificación de normas estándares de CO2 para turismos y furgonetas.
  • Propuestas previas al consejo de Energía del martes sobre los enfoques de la Directiva de Energía Renovable y la Directiva de Eficiencia Energética.
  • Estudio sobre los mecanismos de ajuste de carbono en frontera.
  • Durante la jornada organizada por Business Europe, se analizará la Estrategia de químicos para la sostenibilidad. En particular, los Reglamentos europeos REACH y CLP.
  • Diversos avances del Fondo Social por el Clima.
  • Propuesta de Reglamento del Parlamento Europeo y del Consejo sobre los requisitos de diseño ecológico aplicables a los productos sostenibles.

Y estas son solo algunas de las iniciativas en marcha, hay muchas más. Ninguna ha tenido en cuenta a los zurdos, ni a la gente del Athletic de Bilbao. Si a los temas mencionados le aplico la perspectiva de género, quizás degenero la propia perspectiva del debate.

Inflación (II): «greenflation» y «ukrainflation»

JOSEAN, 18/05/2022

(Viene de: Inflación (I): deflación, estanflación, reduflación y otros conceptos)

Greenflation o inflación verde

La primera vez que leí este término fue en un artículo sobre las palabras de Isabel Schnabel, Responsable de Operaciones de Mercado del Banco Central Europeo. La greenflation o inflación verde como concepto me parece atinado, expresa el incremento de precios al que tendremos que acostumbrarnos para cumplir los compromisos adquiridos en la lucha contra el cambio climático, en pos de la transición energética, o en materia de residuos, economía circular y biodiversidad.

La inflación en España se situó en 2021 en el 6,1 por ciento, mientras que en la eurozona alcanzó una media del 5 por ciento, y en Estados Unidos, un 7,5. Unas cifras no vistas en décadas. En España al menos, el incremento de la inflación se debió en un 25 por ciento al incremento del precio de los hidrocarburos y en un 46 al de los precios de la electricidad. De este brutal incremento de precios de la energía eléctrica, al menos la cuarta parte se debió al «mercado de humos» de los derechos de emisión de CO2, es decir, al componente especulativo y de conveniencia creado para cumplir los compromisos del Acuerdo de París. Es tan claro que la propia Unión Europea está desarrollando alternativas para «flexibilizar» la rigidez de este sistema, aun cuando ello suponga incrementar la capacidad de emitir gases contaminantes.

El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, anunció en abril una medida que permitirá el uso de gasolinas más contaminantes para frenar la inflación. Se trata de una gasolina con menor poder energético, más contaminante, pero más barata, y el título del comunicado del presidente no dejaba margen a la interpretación: Biocombustible de producción nacional para combatir la subida del precio de la gasolina causada por Putin y bajar los costes de vida a las familias estadounidenses. Lo cachondo del asunto es que una medida similar había sido propuesta por Donald Trump tres años antes (sin la mención a Putin), lo cual causó una gran oposición en las filas demócratas, que ahora, a la hora de elegir entre la economía y «lo verde» se sitúan en el lado de la primera.

Hay cosas que cuesta entender como ciudadano. Por ejemplo, que nuestro compromiso por la sostenibilidad (a través de la Ley de Cambio Climático) prohíba el uso en España de la tecnología del fracking, perfecto, nada que objetar. No soy técnico, pero si atendemos a lo que dice la mayor parte de los expertos consultados (muchos otros opinan en otro sentido), los daños medioambientales de esta técnica de extracción de gas desaconsejan su uso, pese a que podría servir para abastecer a España durante las próximas cuatro décadas (Fuente: ABC).

Lo que no parece de recibo es que optemos por descartar esta fuente de energía, pero no nos cause un conflicto «moral-sostenible» importar el gas de Estados Unidos… extraído con la misma técnica del fracking. De este contrasentido ya advertía recientemente el presidente de Repsol, Antonio Brufau. Y no le falta razón. Si la Unión Europea abogaba recientemente por el seguimiento de los compromisos contra el cambio climático y en favor del cumplimiento de derechos humanos y laborales a lo largo de toda la cadena de valor (no vale eso de «ser sostenible aquí, pero importar de donde no lo es»), este es un caso claro de incumplimiento. O de cumplimiento de cara a la galería con impacto directo en las cuentas públicas.

Creo sinceramente que el compromiso por la sostenibilidad es claro en la sociedad, en las empresas y en la mayor parte de los ciudadanos, pero cuando se pone el bolsillo en la balanza, algunas convicciones se resquebrajan. Sin entrar en cuestiones políticas o de oposición a la Agenda 2030 (que la hay, y puede que creciente), ¿cuál es el coste que tendremos que soportar o que estamos dispuestos a asumir para cumplir los compromisos asumidos por las principales economías occidentales? ¿Se trata de compromisos que solo podrán adquirir los países más ricos, mientras que los países en vías de desarrollo tendrán que mantener el uso de energías más contaminantes? Que ya es una exigencia de varios países africanos y asiáticos, por cierto, que se cuestionan por qué tienen que invertir en renovables cuando occidente se ha beneficiado para su progreso del uso de tecnologías «sucias».

Resulta complicado cuantificar el impacto de dicha transición de los combustibles fósiles a las energías renovables, y en especial, el coste que va a tener durante los años en los que se pasa de un modelo a otro. La consultora McKinsey calcula en 3,1 billones de euros anuales hasta 2030 el coste hacia la transición energética. Otro informe sobre Transición Energética y Financiación, realizado por el Club de la Energía, cifra en 6,2 trillones de dólares americanos (5,2 billones de euros) el coste anual hasta 2030 para adaptar los sistemas de producción de energía, distribución y transporte a los nuevos parámetros. Se habla de una cifra cercana al ocho por ciento del PIB mundial. Como eso nos pilla «muy lejos», o son cifras macro que nos cuesta asimilar, el cálculo realizado por Enel Foundation y The European House-Ambrosetti nos ayuda a ponernos en situación: unos 8.000 euros por ciudadano europeo. Esa es la cifra resultante de dividir el déficit de inversiones de la Unión Europea para cumplir con los objetivos de descarbonización antes de 2030 (3,6 billones de euros) entre los 446 millones de ciudadanos europeos. No es una cifra anual, sino por el período completo, pero estamos hablando de un importe cercano a los 1.000 euros por habitante y año.

Y todo lo anterior solo para lo referido a la descarbonización del modelo energético, la reducción de emisiones y los compromisos contra el cambio climático. Que luego habrá que añadir el coste de los nuevos impuestos relacionados con los residuos: sobre el plástico, sobre los envases, el impuesto sobre el depósito de residuos en vertedero, la Responsabilidad Ampliada del Productor, que traslada al fabricante el coste de gestión de los residuos y una larga batería de medidas de carácter tributario que inciden en la recaudación, y no en la realización de las inversiones necesarias para gestionar de manera adecuada los residuos. Todas estas medidas se trasladarán al precio de los productos, lo que generará otro efecto inflacionario, o «greenflacionario».

Por si alguien tiene dudas sobre este bloguero, estoy dispuesto a asumir el coste necesario y solo pido que se haga cuanto antes y de manera efectiva. No lo estoy tanto para asumir chorradas u organismos que no aportan nada en esta o en otras materias. Y a buen entendedor…

«Ukrainflation» o la inflación generada por la invasión de Ucrania

Con todo el gazpacho mencionado en el anterior post y en este (compromisos medioambientales, crisis de suministros y materias primas, tensiones geopolíticas, incremento del consumo mundial tras la pandemia), no entiendo que el gobierno se centre en culpar de la inflación en exclusiva a lo que el Consejo de Ministros denomina al unísono «la guerra de Putin».

No es necesario. Son tantos los factores y ajenos al gobierno, es tan fácil la comparación con el resto de la eurozona, que me parece poco inteligente escurrir el bulto tratando de decir que todo es culpa de la invasión de Ucrania por el ejército de Rusia. Parece de Primero de Estrategia de manipulación mediática: simplificar el mensaje y aludir a la temporalidad de los efectos, mencionar el problema y hablar de la solución (quitar a Putin), como si todo se fuera a solucionar en un chasqueo de dedos.

La invasión de Ucrania ha agrandado el problemón que se venía arrastrando desde meses atrás y el gobierno se ha movido bien en algunos ámbitos para tratar de afrontar el problema, como con la llamada excepción ibérica aprobada para limitar el precio del gas en España y Portugal, o con algunas de las medidas incluidas en el Real Decreto-ley 6/2022 aprobado en marzo pasado.

El real decreto tiene un preámbulo de 42 páginas, una abundancia de explicaciones para incidir en el impacto de la guerra de Ucrania sobre los precios, cuando (creo) que lo que queremos los ciudadanos son medidas y no tanto insistir en si la culpa es de esto o de aquello. Y cuando algo necesita «sobreexplicaciones» corre el riesgo de caer en contradicciones o de pervertir el mensaje. El objetivo de las medidas (pág. 10) es «…limitar los costes económicos y sociales de la distorsión de naturaleza geopolítica en el precio del gas, atajar de raíz el proceso inflacionista y facilitar la adaptación de la economía a esta situación de naturaleza temporal, reforzando al mismo tiempo las bases de la recuperación económica y de la creación de empleo de calidad». Vuelve a insistir en la naturaleza temporal y en la distorsión geopolítica cuando ya hemos visto que los problemas son mucho más extensos, vienen de lejos y persistirán cuando acabe la guerra en Ucrania (ojalá sea pronto).

Precisamente porque las presiones inflacionistas venían de muy atrás, el mismo gobierno de Pedro Sánchez aprobó un Real Decreto-ley el 14 de septiembre de 2021 para combatir la escalada de precios del gas y la electricidad. Y otro posteriormente en octubre.

El resto del preámbulo se centra en el impacto en los precios de los cereales, debido al peso de Ucrania en el mercado europeo, en los efectos sobre los sectores ganadero, agrícola y pesquero (incremento del precio de los fertilizantes, incremento de los costes eléctricos…), en las ayudas a una parte del sector del transporte, así como en otra serie de medidas de muy largo recorrido, como son casi todas las referidas a la energía: «Estas medidas deberán abordarse, una vez más, desde una visión omnicomprensiva, que combine medidas de naturaleza coyuntural para frenar la escalada de precios, entre las que se destacan las medidas de ámbito fiscal, con medidas de marcado carácter estructural, fomentando el autoconsumo y promoviendo la integración de nuevas tecnologías renovables que…». «El capítulo III recoge medidas para la agilización de los proyectos de energías renovables con la finalidad de acelerar la descarbonización y reducir la dependencia energética».

Esas «medidas de ámbito fiscal» como la rebaja de veinte céntimos en el precio de la gasolina y el diésel han sido las más directas para el bolsillo del ciudadano y ya han tenido un impacto en el IPC de abril, pero los precios siguen subiendo. Y la fiscalidad de los carburantes no se ha tocado. Por otro lado, se incide en la necesidad de actuar sobre los windfall profits o beneficios caídos del cielo, un aspecto que, como tantos otros mencionados en el decreto, no tienen que ver con la invasión de Ucrania, sino con el modo de configurar el precio de la energía.

En cualquier caso, los impactos de la guerra sobre la inflación son difíciles de acotar y dependerán en buena parte de la duración de la misma. El Banco de España presentó en la misma fecha del real decreto un Informe en el que realizaba sus valoraciones sobre el impacto posible de la guerra en la economía de España y de la eurozona:

La guerra no ha hecho sino empeorar lo que ya mostraba una clara tendencia inflacionista:

Tras un repaso al posible impacto por sectores, el Banco de España concluye con las previsiones del BCE sobre el impacto de la guerra en Ucrania sobre el PIB y el IPC: entre el 1,9% y el 3,9%, lo cual dependerá de la duración y de las medidas que se adopten para combatir sus efectos.

Ojalá acabe pronto la guerra. Y no solo por la inflación o los efectos sobre el PIB.

La Comisión Europea acaba de rebajar (de nuevo) las previsiones de crecimiento para España al 4 por ciento (rebaja de 1,4 puntos) y sitúa la inflación para 2022 en el 6,3 por ciento. Casi nada.

Parafraseando a Bette Davis en Eva al desnudo: «abróchense los cinturones, va a ser un año muy movido».

Inflación (I): deflación, estanflación, reduflación y otros conceptos

(Fuente: Cinco Días)

JOSEAN, 12/05/2022

Llevábamos varios años con una curva de incremento de precios bastante estable, hasta el punto de que la inflación no era un problema demasiado relevante para los sucesivos gobiernos de España y el resto de países occidentales, pero en los últimos meses el Índice de Precios al Consumo se ha disparado de tal manera que han saltado todas las alarmas. La tasa más alta en treinta y tres años. La inflación desbocada abre los telediarios y se ha situado en el top-5 (¿quizás top-3?) de los principales problemas para el gobierno, pues afecta al bolsillo de los ciudadanos, al crecimiento de las empresas, a las inversiones, a la evolución del PIB… a todo. Como indica este artículo de Expansión, todas las magnitudes económicas han caído con fuerza:

No hay manera. Parecíamos salir del bajonazo en el que nos sumió la pandemia y entre el alza de los precios de la energía, la guerra de Ucrania y la crisis de suministros, tenemos un nuevo frenazo a una economía que no termina de arrancar. Este post no pretende otra cosa más que aclarar algunos conceptos o mencionar otros que solo aparecían en los libros de economía, pero que nunca pensamos que llegaríamos a ver en la vida real. Por cierto, es inflación, no «inflacción», como siguen diciendo algunos periodistas en las tertulias. Por mucho que les suene a «acción de inflar» los precios, no, por favor, no lo digan más. Cada vez que un periodista dice «inflacción», un escalofrío recorre el cuerpo de cientos de miles de economistas en el mundo.

La inflación alcanzó un máximo del 9,8 por ciento en marzo, una aberración que pensamos que no veríamos jamás, pero «al menos» la inflación subyacente se quedó en el 3,4 por ciento. La inflación subyacente es ese indicador que no tiene en cuenta las variaciones de precios de aquellos productos más volátiles o inestables, como la energía o los alimentos no elaborados. Las medidas aprobadas por el gobierno para reducir el precio de los carburantes tuvieron sus efectos sobre la inflación, que se moderó levemente hasta el 8,4 por ciento, pero en cambio, la inflación subyacente siguió su avance un punto más, hasta el 4,4 por ciento.

Siendo un indicador más estable para medir el impacto real sobre los precios, el dato se ha disparado hasta su nivel más alto en décadas, concretamente desde 1995. Se espera una subida de tipos de interés en breve, con lo que eso supone para unas empresas y administraciones fuertemente endeudadas.

Debido a todo lo anterior, se prevé un año de dura conflictividad laboral, puesto que los sindicatos piden o exigen ligar el incremento de los salarios a la inflación, mientras que las patronales proponen desligarlos de la misma y vincularlos a la productividad.

Los llamados «efectos de segunda ronda»: se suben más los salarios, los empresarios trasladan el incremento al precio de sus productos, suben los precios, se vuelve a solicitar incremento salarial, etc.

En la universidad nos enseñaron (y la verdad es que he desaprendido muchas cosas) que una inflación moderada o controlada era positiva para el crecimiento económico, o que al menos no lo perjudicaba. O que podía ser signo de crecimiento. Una de las teorías, de Solow y Swan (1956), indicaba que el dinero perdía valor como consecuencia de una inflación moderada, lo que llevaba a que los individuos destinaran su ahorro o parte del mismo al consumo, a la compra de productos o servicios, lo que redundaba en el crecimiento económico del país. Dependiendo del país analizado, un porcentaje bajo de inflación podía ser positivo, o al menos, un indicador de crecimiento económico. Por añadidura, la inflación actual está produciendo un impacto positivo en las maltrechas arcas públicas, al menos en el corto plazo, puesto que se ha incrementado la recaudación por IVA (precios más altos, más base imponible sobre la que repercutir el impuesto) y por IRPF (al no actualizar las tablas de Hacienda, los ciudadanos ven incrementada la carga fiscal).

Ahora mismo estamos viviendo algo que solo conocíamos por los libros y que pensamos que no veríamos en países occidentales: la estanflación. Este «palabro» es el resultado de la unión de estancamiento e inflación, y la he leído recientemente en noticias referidas a Estados Unidos, ni más ni menos. El dato de inflación en Estados Unidos alcanzó el 8,5 por ciento en el mes de marzo, su tasa más alta desde 1981, un dato muy negativo que se vio acompañado por la cifra de caída del PIB en el primer trimestre del 1,4 por ciento.

Y si hablamos de este concepto que, de prolongarse en el tiempo, conduce a un empobrecimiento tremendo de la economía de un país, no podemos dejar de hablar de la deflación. La deflación es una inflación negativa, y como no me gusta hablar en estos términos (me recuerda a aquello de la ministra de la «tasa de crecimiento negativa»), es preferible decir lo que es: una disminución de precios. Que tampoco es nada bueno para la economía del país, ni para sus ciudadanos, pues es un signo claro de estancamiento de la economía. El ejemplo más claro es el de Japón, que entró en una tendencia deflacionista a mediados de los noventa y se mantuvo así durante algo más de dos décadas. En estas situaciones no muy habituales se juntan causas o factores de carácter real (brecha de producción, envejecimiento de la población y menor demanda), monetarios (la situación de los bancos tras el estallido de la burbuja inmobiliaria a principios de los noventa, escasez de crédito) o de política económica (desajustes entre política fiscal y monetaria). Pero Japón daría para varios post y carezco del conocimiento necesario para afrontarlo, así que simplemente lo menciono de pasada.

La elevada inflación de los últimos meses nos ha traído un concepto nuevo, o que al menos desconocía, que es la reduflación. No es un término aceptado por la RAE y viene del inglés shrinkflation, unión de shrink (encoger, reducir) e inflation (inflación). Aquí lo mezclamos por las bravas: reducción más inflación igual a reduflación. Con un par. Consiste en vender una cantidad menor de un producto por el mismo precio que anteriormente llevaba el paquete de similar tamaño. Por ejemplo, quitar cincuenta gramos a una bolsa de patatas fritas, o 100 gramos a un paquete de macarrones, pero que ambos envases sigan costando lo mismo. No deja de ser una trampa para el consumidor, que desembolsa el mismo importe que anteriormente por una cantidad menor, un quince o veinte por ciento menos de producto.

Es completamente legal, pues al final, el paquete lleva los 250 gramos que anuncia, o los 400 que pone en la bolsa, aunque el precio sea el que anteriormente se pagaba por 300 y 500, respectivamente. Estrategias de las grandes compañías que recuerdan a aquello de: «yo no me entero si me sube la gasolina o no, porque siempre echo dos mil pesetas». Pues eso, un engaño autoimpuesto para no percibir que las subidas de precios nos están crujiendo.

Dejamos para la segunda parte dos conceptos modernos, bastante recientes, uno de ellos que ya ha salido en un post anterior, la greenflation o inflación verde, y la ukrainflation, de la cual esperamos un final que todavía no llega.

(Continuará)

SOS-ten-habilidad (II)

JOSEAN, 06/03/2022

Acabé la primera parte de este post diciendo que, aunque los avances en materia de sostenibilidad habían ido hasta la fecha más por la vía del marketing que por la del impacto real, quería creer que estamos en el buen camino, en la dirección correcta. Todas las exigencias relacionadas con los objetivos ESG van a obligar a acometer importantes cambios en todos los niveles, y en esta segunda parte hablaré de los mismos y de su aprendizaje.

Empresas: la sostenibilidad transformará el modelo de gestión de las empresas, que deberán integrarla en sus estrategias y planes de medio y largo plazo. Ahora toca aterrizar este concepto tan vago e implementar cambios reales, como renunciar a determinadas actividades que puedan conllevar riesgos sociales o medioambientales, o transformar el modo de producir bienes y servicios de las compañías. Pero también se tratará de combatir la práctica tan habitual de llevarse la actividad a otros países en los que se produce del modo que no queremos ver en occidente. La subcontratación con la venda puesta en los ojos.

La Comisión Europea acaba de aprobar una Directiva para que las empresas incorporen medidas efectivas y controles internos para producir de manera sostenible y cumpliendo las normativas laborales y de derechos humanos en toda su cadena de valor.

Como indica el propio documento, se pasa la barrera de la voluntariedad de las compañías y las medidas se convierten en obligatorias porque “cuando las empresas adoptan medidas voluntarias, se centran en el primer eslabón de las cadenas de suministro, cuando en realidad los daños a los derechos humanos y al medio ambiente se producen a menudo más abajo en la cadena de valor». Según Patricia Reverter, socia de Sostenibilidad de KPMG, «las iniciativas sostenibles generan ventajas competitivas desde el punto de vista de negocio, atracción de talento y acceso a financiación«. Tengo claro que ese es el futuro, pero no tanto que esa sea la realidad actual:

  • Acceso a la financiación: será más barata para las actividades incluidas en la taxonomía desarrollada por la Unión Europea, pero ahora mismo la diferencia es apenas perceptible.
  • Atracción de talento: sí es cierto que las nuevas generaciones se fijan más en empresas comprometidas de manera responsable y será un punto a favor de aquellas que se impliquen de manera adecuada.
  • Negocio: aquí es donde más dudas tengo, por cuanto el dragón chino anda suelto frotándose las manos con los debates que mantenemos en Europa sobre estos asuntos, que pueden lastrar la competitividad de las empresas.

Directivos: aunque los directivos de las empresas manifiestan su preocupación por el cambio climático y su firme compromiso con la sostenibilidad, el reciente estudio Changing the climate in the boardroom (realizado por Heidrick & Struggles e Insead) indicaba que existe una brecha amplia entre lo que decían y lo que hacían sus empresas. Aunque el 72 por ciento de los encuestados afirmaba estar seguro de que su empresa alcanzaría los objetivos climáticos, un 43 por ciento reconocía que no tenían fijada una cifra concreta de reducción de la huella de carbono. Además, la mayoría de los directivos consultados tenía sus objetivos sobre emisiones fijados exclusivamente en los alcances 1 (emisiones directas – de fábricas o vehículos propios) y 2 (indirectas – energía consumida), y solo el 16 por ciento tenía objetivos sobre el alcance 3 (indirectas relacionadas con los proveedores o los subcontratistas). Los objetivos de los directivos suelen ser cuantificables en lo económico y cualitativos (e inconcretos) en materia de sostenibilidad. Y en este punto además, se centran en algo tan complicado de medir y sobre el que actuar como las emisiones de CO2, cuando los aspectos medioambientales son mucho más amplios (residuos generados, uso de plásticos, reducción o sustitución del papel, cuidado de la biodiversidad).

Taxonomía de la Unión Europea de finanzas sostenibles: este asunto es lo suficientemente complejo como para varios post completos, así que tomo la palabra de José Lindo (Chief Climate Officer en Climate Trade) y solo voy a comentar el cortoplacismo de la misma, centrado casi en exclusiva en el cambio climático. La taxonomía es una clasificación de actividades que indicará a los inversores y financiadores qué se considera verde y qué no, y la inclusión del gas y la energía nuclear como «sostenibles» demuestran que la Unión Europea apuesta por el corto plazo y la descarbonización en lugar de una apuesta decidida por las inversiones renovables en el largo (objetivos de 2050). «La taxonomía verde, a fecha de hoy, sólo incluye dos de los seis objetivos que persigue -mitigación y adaptación-, los otros cuatro son agua, economía circular, contaminación y biodiversidad«, indica la consultora N-World/Azentúa. Si solo nos ocupamos de la mitigación y adaptación del cambio climático, es evidente que la energía nuclear no emite CO2, pero genera otros problemas medioambientales muy serios como su peligrosidad, la conservación de los residuos y el impacto en los entornos. La consideración de la misma como «sostenible», unida a los problemas del elevado coste de la energía en estos últimos años, harán que buena parte de los fondos se desvíen hacia la misma, en lugar de hacerlo hacia otros asuntos, como las energías renovables, el cuidado del agua o la pérdida de la biodiversidad.

El coste de la sostenibilidad para los ciudadanos: todos los cambios de modelo productivo, transición hacia otras fuentes de energía, investigación en nuevos materiales, reducción y eliminación de residuos, infraestructuras para mejorar el acceso y la calidad del agua o conservación de la biodiversidad tienen un coste elevado. La consultora McKinsey cifra en 3,1 billones de euros anuales la cantidad necesaria para poner en marcha la llamada transición energética. O lo que es lo mismo, la mitad de los beneficios empresariales globales en 2020. Otro estudio, de la aseguradora Swiss Re, calculaba en un 14 por ciento el impacto sobre la producción global hasta 2050. Es decir, habrá que invertir más para crecer menos.

Los efectos sobre la pérdida de empleo se compensarán en parte con los nuevos puestos y necesidades que se crearán, según la misma consultora McKinsey, si bien estima que se crearán 185 millones de empleos, mientras que se destruirán cerca de 200 millones. Siempre creo que hay que coger con pinzas estos números a tan largo plazo y con carácter global, por todo lo que puede pasar en innovación tecnológica, demografía o geopolítica, pero el impacto en el empleo habla de 15 millones de puestos de trabajo destruidos:

Pero con lo que tendremos que aprender a convivir (y la primera fase ya nos está costando) es con el incremento de costes asociados a la energía, que va mucho más allá del generado por las tensiones geopolíticas o las guerras por el control del gas y el petróleo. Isabel Schnable, responsable de Operaciones de Mercado del Banco Central Europeo, fue la primera en utilizar la palabra «greenflation» o «inflación verde» para referirse al incremento de precios provocado por la transición ecológica o el cambio de modelo productivo. La inflación en España alcanzó durante 2021 el 6,1 por ciento, impulsada en buena parte por el incremento del precio de la electricidad de un 46 por ciento y de los hidrocarburos en torno a un 25 por ciento. El IPC medio de la zona euro estuvo alrededor del 5 por ciento, mientras que Estados Unidos se situó en su nivel más alto en cuatro décadas, el 7,5 por ciento. Y se habla de la implantación de nuevos impuestos medioambientales.

Como ya comenté en El mercado de humos, algo más de la cuarta parte del incremento del precio se debe al desorbitado crecimiento del coste de los derechos de emisión de CO2, que se han multiplicado por diez en los últimos tres años y amenazan con hacerlo aún más para poder alcanzar los compromisos del Acuerdo de París. Para controlar este incremento descontrolado y con fuertes componentes especulativos, Peter Liese, legislador del Parlamento Europeo, ha propuesto que la Unión Europea cree un mecanismo que permita «liberar» derechos de emisión, eufemismo que significa «permitir» la emisión de más gases contaminantes mediante subastas que ayudarán a controlar los precios.

Está por ver que los ciudadanos entendamos y aceptemos el sobrecoste de ser sostenibles, o que nos hayan animado a comprar vehículos eléctricos justo cuando (mañana, 7 de marzo) el precio medio del megavatio hora superará los 400 euros. Sobre todo, cuando encuestas como Navigating the Energy Transition Customer, de EY, afirma que la mitad de los españoles no entendemos el concepto. Similar porcentaje al de los directivos que reconocen lo mismo:

Para que lo entendamos, y para que los directivos puedan incorporarlo de manera convincente a la actividad empresarial será básico el desarrollo de unas métricas ESG estandarizadas, claras y sobre todo, útiles. Que sirvan para medir el compromiso de las empresas, aunque sea a costa de aumentar (¡otra vez!) la esquizofrenia del CFO.

Pero eso quedará para otro post, igual que el plan de la Unión Europea para reducir las emisiones, ese plan con nombre de oferta de gimnasios: Fit for 55.

Relacionados:

SOS-ten-habilidad (I)

El Día de la Marmota del cambio climático

Reducir, reusar, reciclar… residuos, ¿recursos?

El mercado de humos

Los adjetivos del nuevo capitalismo

La esquizofrenia del CFO

Una gran muralla a China

SOS-ten-habilidad (I)

JOSEAN, 27/02/2022

Sostenibilidad por aquí, sostenibilidad por allá, sostenibilidad en cualquier presentación de resultados, incluso de compañías petroleras, pero sostenibilidad también cuando vas a hacer la compra o cuando abres un nuevo bote de pasta de dientes.

La sostenibilidad llegó justo antes de la pandemia, se sentó en nuestro sofá y se está fumando un puro mientras nos devanamos los sesos para meter la palabra en cada operación que realicemos. He visto algunas presentaciones de resultados o de operaciones financieras que llevarían a la carcajada si no fuera porque en realidad lo que me producen es lástima. Y rabia. Lástima, porque es necesaria una implicación sincera de las compañías y de las personas por el compromiso y a algunos CEOs se los ve incómodos cuando tienen que meter con calzador la palabra. Y rabia, porque esto se ha convertido en una carrera por “justificar” que se asumen retos en materia de sostenibilidad cuando lo que se hace es vender de otra manera las mismas actividades de siempre. El temido greenwashing, el lavado de cara para atraer más inversores o para conseguir una financiación más barata.

Por poner algunos ejemplos:

El grupo audiovisual Atresmedia vendió por radios y televisiones esta operación como «la primera financiación sostenible de un grupo de comunicación en Europa», así que me dio por pensar: «¿emplearán vehículos eléctricos para sus unidades móviles a partir de ahora?, ¿utilizarán maquillaje ecofriendly para sus presentadores?». Lo cierto es que los ratios de sostenibilidad consisten en poner subtítulos accesibles en la programación, ceder espacios publicitarios sin coste a alguna ONG (entre el horóscopo y la teletienda de madrugada, supongo) y firmar el compromiso con el Carbon Disclosure Project.

También he visto empresas de renting de equipos informáticos que te cuentan que cambiar de ordenador cada tres años es más sostenible y mejor para el medio ambiente que mantenerlos durante cinco, seis u ocho, sin que expliquen en ningún caso por qué. Esta misma semana escuché en la radio que la ampliación de una autovía (no conseguí escuchar cuál) se había hecho con criterios de sostenibilidad, para lo cual se había trabajado con proveedores de la zona y se había procurado que los trabajadores vivieran en un radio cercano para evitar desplazamientos y por tanto, emisiones. Vamos, lo que se ha hecho toda la vida para ahorrar costes, pero ahora es «sostenible».

Uno de los directores de Iberia contaba en otra presentación que sus aviones utilizaban «combustibles de origen sostenible» y tras repetir varias veces la palabra sostenibilidad, otro decía que desde 2016. Vamos a ver, que parece que no comprenden ni el concepto, pero es que además, según la propia compañía, el primer vuelo de estas características se realizó en noviembre de 2021.

Queremos meter la palabra de cualquier manera y todavía muchos directivos no lo hacen de manera correcta. Dicho lo cual, me parecen muy interesantes las propuestas que están estudiando en el sector de la aviación para descarbonizar el transporte aéreo con la utilización de biocombustibles generados a partir de «residuos, aceites usados reciclados u otras materias primas de origen vegetal», como el reciente acuerdo firmado entre Iberia y Cepsa. El compromiso consiste en la implantación de este tipo de vehículos en sus flotas hasta alcanzar un 63 por ciento en el año 2050. Menos palabras y más acción, compromisos claros como la iniciativa «RefuelUE Aviation».

El Financial Times cuestionaba algunas de estas prácticas en un artículo de noviembre de 2021 y dudaba sobre la autenticidad de numerosos «bonos verdes» en materia de cumplimiento de criterios ESG (medioambientales, sociales y de buen gobierno).

El artículo habla del escepticismo en el mercado acerca de la «sostenibilidad» de la deuda de países como China, Arabia Saudí o Rusia, cuyos cumplimientos en materia de derechos humanos y compromiso con el medio ambiente dejan mucho que desear. «Los principios ESG a veces parecen demasiado flexibles», sentencia el autor.

Voy a hacer un mal chiste etimológico y afirmo que, gracias a haber visto tantas presentaciones de resultados «sostenibles», he entendido por fin de dónde viene la palabra: todo comenzó con un S.O.S. por la «emergencia climática», «el no retorno» del planeta y la «massive destruction» (recordad El Día de la Marmota del cambio climático) y ahora consiste en «tener la habilidad» necesaria para que aparezca la sostenibilidad aunque la empresa haya cambiado poco su manera de producir.

El mundo de la empresa funciona por la maximización del beneficio, entendido como beneficio económico, no social o medioambiental, y no es una crítica. La sostenibilidad debería consistir quizás en renunciar a parte de ese beneficio económico para aportar una mejora a la sociedad y el medio ambiente, y sin embargo, se mueve exclusivamente por el menor coste de la financiación asociada a la palabra sostenibilidad. Si de verdad se hace así, bienvenidos sean los criterios, pero que sean reales, no maquillajes.

Es evidente la respuesta a la pregunta que hacía el Financial Times (vía Expansión) en un reciente artículo:

La emisión de deuda sostenible o asociada a criterios ESG ha crecido de manera exponencial, hasta 1,6 billones de dólares en 2021, más del doble que en 2020 (Fuente: El Periódico de la Energía).

Lo que me cuesta encontrar siempre en estas noticias (y nunca lo logro) es el peso de los ratios de sostenibilidad sobre el coste de las operaciones. Si una operación financiera de deuda «sostenible» puede tener fácilmente un coste entre los 300 y los 500 puntos básicos, el coste de la operación se mide en términos económicos (endeudamiento, ebitda, liquidez, cobertura de intereses,…) en un 98-99 por ciento, y el restante 1-2 por ciento es el que se liga a los criterios ESG. Porque al prestamista le sigue interesando la solvencia del receptor de los fondos y no tanto sus compromisos con la sostenibilidad, o por decirlo de otro modo, al acreedor de Atresmedia le interesa más saber si los números de la empresa van bien que si cede dos horas semanales o tres a una ONG. Sin embargo, el peso de los criterios ESG sobre el coste total de la deuda es inversamente proporcional al espacio que ocupa la sostenibilidad en las noticias sobre la misma.

Pese a que este post pueda parecer una crítica, me parece que se ha avanzado mucho y por el buen camino, quiero creer que hacia un compromiso real. Algunos artículos ya hablan de que la sostenibilidad transforma el modelo de gestión de las empresas y esa es la línea a seguir. Queda mucho por hacer porque nos estamos adaptando todos: empresas, banca, clientes, administraciones públicas, directivos y agencias de calificación. Estamos aprendiendo cada día (recomiendo este artículo de Frances Schwartzkoptff en Social Investor sobre el necesario reciclaje de los analistas).

Pero todo eso quedará para la segunda parte. Ruego a los lectores que no impriman este artículo, todo sea por la sostenibilidad.

El absentismo en los carnavales de Cádiz

JOSEAN, 13/02/2022

Suena a tópico, a broma de mal gusto, pero lo he escuchado tantas veces que he tratado de ver qué hay de realidad y qué de falso mito: ¿es cierto que el absentismo laboral se multiplica durante los carnavales de Cádiz? ¿Que numerosos trabajadores «se cogen la baja» durante una o dos semanas para poder disfrutar de esos días por todo lo alto? La propia expresión «cogerse la baja» hace que parezca una decisión voluntaria del trabajador, como si fuera una excedencia, cuando tiene que haber una baja médica firmada para obtener tal dispensa.

Como sé que siempre que se critica a alguien se interpreta como una crítica a todo un colectivo, en este caso a los gaditanos, voy a aclarar algo desde el principio: no, no critico a los gaditanos, critico a los absentistas profesionales (que los hay) de cualquier provincia o localidad. Solo a esos y a los que los apoyan. He trabajado dos años en Cádiz, y he trabajado mucho, como la mayoría de mis compañeros, así que del tópico del andaluz vago no he visto nada de nada, sino más bien al contrario. Conozco Jerez de la Frontera, San Fernando, El Puerto de Santa María, la Tacita de Plata, esa maravilla que es Vejer de la Frontera o el casco histórico de Tarifa, las fenomenales playas de Bolonia y Zahara de los Atunes, he jugado al fútbol en Algeciras, al baloncesto en Los Barrios y he tenido barbacoas en San Roque y Barbate, he comido algunos de los mejores pescados de mi vida en Palmones (junto a La Línea de la Concepción) y en Getares (Algeciras), he recorrido varias veces la Ruta del Toro… tengo numerosos amigos en aquella provincia, ¿podré hablar sin que se me ataque? Lo intentaré, pero seguro que alguien se ofende tras el intento.

La provincia de Cádiz suele andar en los primeros lugares de absentismo laboral en España, y buscando estadísticas, encuentro que ya en 2008 era la provincia con la tasa más elevada no solo de nuestro país, sino de Europa:

Conviene distinguir entre el absentismo real, provocado por bajas médicas como consecuencia de enfermedades o accidentes, que podría estar relacionado con un tipo de trabajo con alto grado de penosidad (industria, minería, construcción), y el absentismo por la cara, entendido en el sentido de la RAE:

Si parte del absentismo se debe a esa abstención «deliberada» de asistir al puesto de trabajo, podría ocurrir que el mismo subiera o bajara en función de otras circunstancias, como el mayor control del empleador sobre el trabajador en función de la situación económica, por ejemplo. Tras ese año 2008, con la crisis, el cierre de negocios, los despidos y la dificultad para encontrar un empleo, el absentismo se redujo de manera considerable. Como dice acertadamente este artículo de La Voz de Cádiz: «No hay que olvidar que durante los años de la crisis se cerraron en la provincia unos 10.000 negocios y la tasa de paro llegó hasta el 42% de su población activa. La caída del absentismo fue fruto del miedo a perder el empleo. Quien tenía un trabajo tenía un tesoro».

Con la recuperación económica volvió a incrementarse el absentismo y sin embargo, al cierre de 2021, la tasa de absentismo en Andalucía se mantiene entre las más bajas de España:

Y por terminar con la foto global de la situación, la provincia de Cádiz tiene la mayor tasa de desempleo de toda España (fuente: Statista.com):

El 25,6 por ciento de la población, una aberración que se mantiene desde hace décadas. Aquí es donde comienza la picaresca, y seguramente por la falta de empleo se ha perpetuado en Cádiz la figura de esos «artistas» que la chirigota de los carnavales con la que empieza este post describió durante el concurso de 2019: «los busca pagas». A esos es a los que critico, no solo yo, sino la mayor parte de los gaditanos. A esos y a los que tienen trabajo fijo (a ser posible en una empresa pública o relacionada con la Administración), pero se escaquean de acudir a sus puestos de trabajo. Un trabajador del ayuntamiento de Cádiz se hizo «famoso» por estar catorce años cobrando sin acudir a su puesto de trabajo. Su historia no tiene desperdicio.

El periodista de El Diario de Cádiz Fernando Santiago describió varios de estos casos hace años en un artículo titulado Cobazos, un artículo que ha sido borrado de la web del periódico, pero que he podido encontrar. En él y en posteriores artículos, como el escrito en El País titulado Delphi dramatis personae, contaba lo ocurrido con el cierre de las fábricas de Delphi en la provincia, allá por 2007. La multinacional norteamericana tenía 30 fábricas repartidas por el mundo y las tres de Cádiz presentaban los mayores índices de absentismo, sobre el 16 por ciento. La cuarta era la de Sant Cugat del Vallés, con el 8 por ciento. «El capitalismo funciona así: hace 25 años Delphi llegó a Cádiz porque los costes salariales eran bajos. Ahora no les salen las cuentas y se llevan la producción a otro lado», decía el periodista. Sus artículos no sentaron nada bien en la provincia:

Aparte del absentismo, luego están las pensiones por incapacidades permanentes, o cómo seguir cobrando sin trabajar. Según este otro artículo más reciente, de El Español de 2018, «desde 2008, año de la irrupción de la crisis en España, hasta el 1 enero de 2018, Cádiz es la provincia española donde más pensiones por incapacidades absolutas se han concedido de todo el país. En la última década, según el Instituto Nacional de la Seguridad Social (INSS), una de cada cuatro personas que han empezado a recibir una paga vitalicia por no poder trabajar era gaditana«. El artículo trata varios de los casos de fraude que se detectaron en su día: mecánicos mancos, pacientes que no pueden mover las muñecas, pero conducen motos, «incapacitados» que van al gimnasio o abren el maletero del coche con el brazo que no pueden mover…

La picaresca, la búsqueda de la paga, llegó a crear incluso una trama con los accidentes de tráfico: el llamado «cuponazo cervical». Fingir lesiones para cobrar una indemnización. Una historia a la que el programa de La Sexta Equipo de Investigación le dedicó un programa.

Afortunadamente, los tribunales, aunque sea de manera lenta y con retraso, van poniendo coto a los desmanes provocados por un grupo de jetas:

O los famosos sordos de Astilleros Españoles, hasta 800 personas que obtuvieron una incapacidad permanente, si bien se sabía de varios casos de ellos que no lo eran y actuaban en comparsas ¡o daban clases de música!

«Nadie puede creerse que en Cádiz haya casi 800 sordos por Astilleros que en los años 90 tuvieron el visto bueno del Gobierno para prejubilarse y cobrar una pensión. Conozco a algunos de los de «verdad»…». «Si en aquella ocasión hubiese existido la operación Karlos a más de uno que en su día apoyó esta reconversión le temblaría el pulso si ahora revisaran esos informes médicos que el Gobierno dio por válidos».

Según José Blas Fernández, presidente del Consejo de graduados sociales de Andalucía, y residente en Cádiz, durante los últimos años del franquismo se fomentó la intervención pública en la provincia, con los astilleros o la antigua tabacalera, y la ciudad se llenó de funcionarios. «Con la posterior integración en la UE, se limitó mucho lo público y se empezó a eliminar puestos de trabajo y empresas que iban de la mano del Estado. Para que no hubiese un trauma social, se buscó la fórmula de jubilar a la gente de una manera encubierta. Se optó por concederles una invalidez permanente absoluta, que no cotiza ni da cuentas a Hacienda, a diferencia de la pensión de jubilación«.

De acuerdo, pero todo eso ya pasó, quiero creer, casi todo lo contado tiene más de diez años de antigüedad, aunque es cierto que se creó una cultura nociva en parte de la población. Ahora mismo, como figura en la estadística mostrada, la cifra de absentismo es inferior a otras regiones sin esta fama, como Asturias y el País Vasco. Y el drama del paro sigue siendo la mayor preocupación de los gaditanos, muy por encima de la Covid:

La preocupación de la gente de bien, de los currantes, de sus hijos y familiares, de los valientes que se atreven a emprender, de los sacrificados que tratan de sacar sus negocios adelante. De la buena gente que hay por allí, no de los «busca pagas» de la chirigota. Por cierto, la chirigota no fue bien recibida por el auditorio, porque el asunto no tiene ni puta gracia.

Sobre la reforma laboral y el mercado de trabajo

JOSEAN, 16/01/2021

Hace un montón de años, cerca de veinte, escribí la primera parte de este post para tratar de explicar la tipología de contratos laborales existentes a unos compañeros de trabajo. Más en broma que en serio, pero la coña sirvió para que atendieran la explicación, así que me ha parecido adecuado rescatar el texto. En esos momentos estaba vigente la reforma de 1997, la realizada durante el gobierno de Aznar, una reforma aprobada con el consenso de patronal y sindicatos, al igual que la recientemente acordada en diciembre de 2021, o la de 2006, que incorporaba una serie de modificaciones bajo el gobierno de Zapatero. Aquel texto (repito, de principios de siglo), que me servirá de introducción para hablar del actual Real Decreto-ley 32/2021 y sus modificaciones, decía lo siguiente:

«Si la empresa es un pequeño mundo, el contrato, en cuanto vínculo, equivaldría a las relaciones de pareja. Y al igual que hay relaciones de todo tipo, existe una amplia variedad de contratos, conforme a la legislación laboral, civil y de parejas de hecho. Los más usuales son los siguientes:

  • Indefinido: hace años se le daba un valor que hoy no tiene, al igual que se le daba al matrimonio. Pero después de las últimas reformas laborales y de la Ley del Divorcio, el contrato indefinido y el matrimonio no son más que relaciones duraderas que se pueden romper en cualquier momento. A cambio de una cuantiosa indemnización, claro.

Y si existen contratos indefinidos, también los hay eventuales. Y rolletes de fin de semana. Un contrato eventual puede tener las siguientes modalidades:

  • En prácticas: la pareja convive un determinado tiempo, y cada seis meses se replantea la continuidad. En caso de conformidad por ambas partes, al cumplir los dos años se firma un contrato indefinido.
  • Por obra o servicio: son relaciones que se inician sin conocer la duración final del contrato, pero sabiendo que cumplen una función determinada (olvidar otra relación, aprovechar hasta que llegue algo mejor, aprendizaje,…) y que al concluir dicha función, lo más probable es que el contrato no se prorrogue. Algunos se llevan la gran sorpresa, firman el contrato indefinido y pasan por la vicaría o el juzgado.
  • Por circunstancias de la producción: equivaldría a los rolletes de poco tiempo surgidos de la necesidad fisiológica de dar rienda suelta a la libido. Existe una variedad poco habitual de contrato, como es el que firmó Madonna con su profesor de gimnasia para tener un hijo, y que vendría a ser algo así como un eventual por circunstancias de la reproducción.
  • Sustitución de vacaciones: muy habitual en verano, consiste en liarse temporalmente con un/a mozo/a, mientras la pareja fija se encuentra con sus padres en un pueblo del interior. Su firmante suele llamarse Rodríguez y tiene las ventajas de cubrir una necesidad, un bajo coste y nula indemnización por final de contrato.
  • Sustitución de baja por maternidad: son muchas las empresas que intentan no realizarlo debido a su poca practicidad. Su período de duración es de dieciséis semanas, tiempo durante el cual la parienta parturienta se encuentra en paro biológico y… no es recomendable, No, de verdad.
  • A tiempo parcial: se pueden realizar varios a la vez (lo que en el argot se llama “doblete” o “triplete”), con un límite de cuarenta horas semanales, lo cual sobrepasa (y con mucho) la capacidad humana de resistencia.
  • De formación: se trata de una variedad de contrato ya extinguida. Su función venía a ser iniciar y ejercitar en varias fases al adolescente barbilampiño a cambio de pagarle una ridiculez. El símil no es sencillo, me recuerda a esos libros antiguos en los que se cuentan historias acerca de chavales que realizaban su primera práctica y aprendizaje en un prostíbulo. Las nuevas generaciones han cultivado notablemente estas habilidades, razón por la cual se decidió su extinción.

Existe una última variedad de contrato, la de ese individuo que un buen día decide instalarse por su cuenta y darse de alta como autónomo. Vamos, yo conmigo mismo, un Juanpalomo, o, por seguir con la metáfora, el que practica el amor propio».

Fuera bromas, el Real Decreto-ley aprobado el 28 de diciembre tendrá que pasar ahora el trámite parlamentario, para lo cual el gobierno está buscando los socios y los votos necesarios. Un proceso en el que volverán a surgir las peticiones de los de siempre para conseguir apoyos o pasta en otros temas que no tienen nada que ver con la reforma laboral. Y la reforma laboral no solo era necesaria, sino una exigencia de Europa para el acceso a los fondos europeos de recuperación. Sin entrar a valorar lo acordado, porque es pronto para hacerlo y está por ver que funcione, el simple hecho de que se haya alcanzado un acuerdo entre patronal y sindicatos es una buena noticia. No se ha llegado tan lejos como pretendían los sindicatos, que hablaban de una derogación completa de la anterior reforma, ni la balanza se ha decantado hacia el lado de los empresarios, lo que lleva a pensar que a priori pueda ser una reforma equilibrada.

«Hablar de reforma laboral en España es evocar un larguísimo proceso de cambios normativos que no han logrado, sin embargo, acabar con los graves problemas de nuestro mercado de trabajo: el desempleo y la temporalidad». Así empieza el Real Decreto-ley del pasado mes de diciembre. Cuarenta años de reformas y seguimos con las tasas de desempleo y temporalidad más altas de la Unión Europea. La tasa de desempleo se sitúa en el 14,1%, y en cuanto a los tramos de edades, tanto en el desempleo de los jóvenes como en el de mayores de cincuenta, las cifras son desoladoras.

En asuntos tan serios y de interés general conviene no dejarse llevar por los cálculos electorales y buscar el mayor consenso posible. Igual que en este blog he criticado anteriormente a Yolanda Díaz, parece que en esta ocasión su obstinación o su capacidad negociadora (reconocida por los intervinientes en el acuerdo) ha sido clave para que se alcanzara ese consenso entre los agentes sociales. Así se desprende de los comunicados de CEOE y CEPYME por un lado, y UGT y CCOO por otro. Faltará ahora encontrar el consenso con el resto de partidos del Congreso. La anterior reforma laboral no creó tres millones de puestos de trabajo, como ha repetido hasta la saciedad Pablo Casado, porque los puestos de trabajo no los crean los gobiernos, sino los empresarios, a los que hay que dotar de marcos legales favorables para la creación de empleo en épocas de crecimiento económico, y para que la destrucción no sea tan directa cada vez que llegan las vacas flacas. Y eso incluye tanto la normativa laboral como fiscal, como regulatoria o favorecedora de la competencia. Como tampoco es cierto que se hayan recuperado los niveles de empleo pre-pandemia (Yolanda Díaz dixit), pese a las esperanzadoras cifras de crecimiento de empleo del año.

La cifra de creación de empleo «está maquillada por un buen número de trabajadores en ERTE (132.049 ocupados en promedio mensual, una cifra que parece haber dejado de reducirse, los autónomos acogidos a las prestaciones extraordinarias (108.178) y el fuerte aumento del empleo público en los dos últimos años (211.800). Si se descuentan todos estos factores, el mercado laboral del sector privado seguiría a día de hoy con 35.654 ocupados reales menos que antes de la crisis» (Fuente: Expansión).

La otra gran diferencia respecto a nuestros socios europeos que las sucesivas reformas no han logrado atajar es la temporalidad. Según el estudio de Statista, España destaca con mucho en el porcentaje de contratos temporales respecto al resto de la Unión Europea:

Recomiendo este análisis de Javier Esteban en Iberinform sobre el asunto, en el que ya plantea la cuestión acerca de si una reforma laboral podrá acabar con la temporalidad en nuestro país. En el informe aparecen cuadros como el que copio a continuación, en el que se representan las tasas de afiliados a la Seguridad Social según la duración de su alta. La mala praxis de algunas empresas queda reflejada en esta aberración:

La nueva reforma laboral tiene la difícil tarea de crear ese marco adecuado para el crecimiento del empleo y que además el mismo sea de calidad. Aquí dejo dos enlaces a los aspectos claves de dicha reforma (Informe KPMG e Informe EY), que resumo muy brevemente:

  • Limitación a la contratación temporal y desincentivación de la misma: se suprimen los contratos de obra y servicio, eventuales y de interinidad. Solo se admitirán los contratos temporales por circunstancias de la producción y los de sustitución (tendré que actualizar la broma del principio), y se penalizarán las contrataciones por tiempo inferior a 30 días.
  • Impulso al contrato fijo-discontinuo.
  • Creación de un nuevo contrato formativo: se sustituyen el de prácticas, el de formación y aprendizaje y el de la formación dual universitaria por dos nuevas modalidades, el contrato formativo en alternancia (para la obtención de formaciones universitarias o de FP) y el de la obtención de la práctica adecuada al nivel de estudios. Este último tendrá una duración máxima de un año, cuando antes su equivalente podía llegar a dos.
  • Se limita la prioridad aplicativa del convenio de empresa al excluir de la misma el salario base y el resto de complementos salariales, manteniendo su prioridad frente a otros de ámbito superior en el resto de materias.
  • Se recupera la ultraactividad de los convenios colectivos, una de las medidas con mayor número de detractores.
  • Se flexibiliza la normativa referida a los ERTEs, incorporando algunos de los aprendizajes obtenidos durante la pandemia (reducciones de plazos, causa de fuerza mayor por limitaciones de actividad por situaciones como la vivida en 2020, formación,…).
  • Otras medidas específicas sobre la subcontratación o el convenio de construcción, o el régimen de sanciones.

Es muy pronto para juzgar la efectividad de la reforma, veremos si finalmente funciona o, como viene ocurriendo en las anteriores, solo lo harán algunas de las medidas. El tejido empresarial español está poblado de pymes y micropymes que son las que suelen verse más afectadas por todos estos cambios, como se vio con el incremento del SMI. Ojalá se recupere la actividad económica, eso es lo que de verdad hace falta. Tanto como que se empleen los fondos europeos de manera adecuada.

No mires atrás, no mires arriba…

No hay que mirar hacia atrás a menos que sea para obtener...

05/01/2022

Comenzamos un nuevo año en el blog (¡el octavo ya!) y, como tantos inicios de año, nos encontramos en las agendas con frases sobre dejar atrás lo ya vivido y centrarnos en lo que está por venir, como con cierto reproche:

«Sabes que estás en el camino correcto cuando pierdes el interés por mirar atrás».

«No mires atrás, ya no vas por ese camino».

Luego están esos otros que llevan al extremo aquello de vivir el momento: «Disfruta hoy de la vida, el ayer ya se ha ido y el mañana puede que no llegue».

Lester: Pues… siento discrepar, pero me parece que en este blog no hacemos otra cosa que mirar continuamente al pasado, quizás para entender mejor el presente, para pensar en el futuro o para recordar momentos placenteros, que los hubo y muchos. «Que el objetivo de mirar atrás sea ver recuerdos y no sueños«, o puede que sea por algo como lo indicado por George Washington en la cita de la entrada, para aprovechar la experiencia adquirida.

Sea por la razón que sea, aquí dejamos un resumen de dos minutos de lo que fue el año 2021:

Y varios de los temas mencionados en el vídeo aparecieron en el blog: algún viaje, una realidad convulsa, la memoria y los recuerdos, o mi vuelta a las carreras tras pasar la covid y una lesión de varios meses. Precisamente el post sobre el maratón de Madrid ha sido el texto más leído del año del Amiguete Lester, que no del blog:

  1. Volver al asfalto
  2. Nuestro Nobel de Economía
  3. De ofendiditos y pollaviejas

Travis: El vídeo termina con una reflexión extraída de No mires arriba, la película de la que quizás más se ha hablado durante las últimas semanas. La obra de Adam McKay es una sátira despiadada de la política, los medios de comunicación o las redes sociales norteamericanas, que por extensión podemos pensar que se asemeja mucho a los del resto del mundo. ¿De verdad son/somos tan gilipollas? Pese a sus fallos, es una película muy entretenida y que merece la pena ver.

Por seguir con el asunto del inicio de este post, No mires atrás era otra de esas películas nostálgicas de Edward Burns, un tipo que consigue ser cargante cuando quiere ser demasiado protagonista. El título dice una cosa, pero su protagonista, Lauren Holly, parece empeñada en hacer lo contrario y recuperar un pasado, si es que tal cosa es posible.

¿Es No mires arriba la mejor película del año? Ni de coña. No tengo recuerdos de una gran película del año. Nomadland, la triunfadora de los Óscar, me pareció un plomazo. No he querido ver Dune ni la última de Matrix por lo que he leído de ambas o lo que me han contado los que las han visto. El último duelo, de Ridley Scott, está bastante entretenida, pero si tengo que destacar un cine desinhibido y nada sutil, directo como un puñetazo, quizás lo más interesante que haya visto sea la danesa Otra ronda, de Thomas Vinterberg (esta sí habla del poder de una copa de vino o de varias), y Una joven prometedora (Emerald Fennell). Y lo mejor de lo mejor, La mujer que escapó, de Hong Sang-soo, una obra apabullante y diferente ahora que es muy cool decir que te gusta el cine de Corea del Sur. (La verdad es que no la he visto y no tengo ni idea de si es un truñaco o no, pero es lo que toca decir para ir de entendido en la materia).

Los tres textos más leídos del Amiguete Travis en 2021 fueron escritos en años anteriores, qué le vamos a hacer:

  1. Watchmen (II): la película
  2. Frases de cine para usar en el trabajo (II)
  3. ¡Qué bello es vivir!

Barney: no voy a hacer un extenso resumen del año porque ya está hecho en dos artículos paridos en La Galerna que hablan un poco de este año extraño: Juegos Olímpicos en año impar, los conflictos de la Superliga con la UEFA, los zarpazos de la FIFA y la UEFA a los clubes, la salida de Zidane y sus críticas a la prensa, la marcha de Ramos y Messi de la Liga española, la vergüenza del mundial de Catar o acerca del racismo existente en algunos estadios de fútbol…

Aquí dejo un enlace a ambos artículos, en los que salen muy mal parados los medios:

Compendio de portadas macabras, primera parte

Compendio de portadas macabras, segunda parte

Pero como estamos en la tarde en la que estamos, 5 de enero, prefiero dejar a los lectores un relato escrito recientemente sobre una tarde de Reyes que ocurrió en el Bernabéu hace exactamente diecisiete años. Tarde de Reyes.

Los post más leídos del Amiguete Barney en 2021 fueron los siguientes:

  1. El Real Madrid como cebo
  2. Propuestas para cambiar el Reglamento del fútbol (I)
  3. El futbolista coge la pluma (I)

Josean: No mires arriba, no mires atrás, no mires abajo, que decía el funambulista (por distintos motivos a los de Hugh Grant en aquel callejón), no mires a los ojos de la gente, que cantaba Germán Coppini, de Golpes Bajos… ¿Y qué tal si dejamos de decirle a la gente lo que tiene o no tiene que hacer? Y que cada uno mire lo que le salga de las pelotas, que hay un poco de hartazgo ya después de tantos meses. Muchos de los textos de este año han ido sobre toda esa normativa: fiscal, laboral, de conexión o descojonexión digital, de comportamiento incluso en nuestros propios hogares, de residuos, cambio climático, libertad de expresión,… Y la palabra sostenibilidad para todo, hasta cuando no pega ni con cola.

Los artículos más visitados este año fueron estos tres, los dos primeros de años anteriores. Por alguna extraña razón que se me escapa, pero que puede que tenga que ver con el miedo y el rechazo, se ve que los temas tratados interesaban más que tanta normativa imperante e imperativa:

  1. La esquizofrenia del CFO
  2. La falacia del ebitda
  3. El mercado de humos

Vamos a por 2022, muchas gracias a los lectores que nos acompañan (en muy buen número) otro año más.