¿Normalizar la violación?

TRAVIS, 22/05/2021

Esta semana he leído que en breve se estrena la secuela de Space Jam, la película que mezcla a los grandes personajes de dibujos animados de la Warner (los Looney Tunes) con estrellas de la NBA. Si en la primera participaron jugadores de la talla de Michael Jordan, Charles Barkley o Pat Ewing, en esta segunda parte actuarán LeBron James, Damian Lillard, Klay Thompson o Chris Paul. Todos ellos rodeados de los habituales personajes de dibujos animados Bugs Bunny, Porky, el pato Lucas, Silvestre y Piolín. Pues bien, leí en un artículo que el personaje de dibujos Pepe Le Pew, un cartoon de toda la vida, se caía del elenco porque “normalizaba la cultura de la violación”. ¿Pero qué cojones…? WTF? Con perdón, ¿qué estoy leyendo?

Para empezar, ni sabía qué personaje era Pepe Le Pew hasta que he visto que se trata de esa mofeta que perseguía y abrazaba con fuerza a una gata de la que se había enamorado. Es un personaje carente de la gracia del resto de elenco de la Warner, pero vamos, para mí ha sido toda una sorpresa saber que me pasé años viendo a un personaje que forzaba y violaba damiselas sin su consentimiento. Todo viene de un artículo de un columnista del NY Times Charles M. Blow, que también arremete contra los estereotipos que representan Speedy Gonzales y Mammy Two Shoes, un personaje de Tom y Jerry. Pepe Le Pew es un personaje creado en 1945, en una sociedad que creíamos mucho más puritana que la actual, pero la mojigatería reinante ha llevado a tipos con la piel muy fina a encontrar estereotipos perniciosos que debían ser censurados en una mofeta, en los gatos siameses de La dama y el vagabundo (ataque subliminal a los asiáticos), las hienas de El Rey León y los cuervos de Dumbo (negros de Harlem), o los indios de Peter Pan. Tanto centrarse en el racismo se les ha pasado advertir de la necrofilia de los príncipes de Blancanieves y La bella durmiente.

Ni el código Hays, ni la censura franquista, ni las prohibiciones en Rusia o China llegan a los niveles censores de las actuales hordas de lo políticamente correcto (Prohibamos Verano Azul). Estamos a menos de dos pasos de que empiecen a prohibir clásicos porque algún “espabilao” ha encontrado algo ofensivo en ellos. Pero el tema del que quería hablar hoy es ese tan peligroso que insinuaba el crítico de NY Times acerca de “normalizar la cultura de la violación”. Una de las películas revelación de esta temporada ha sido para mí Una joven prometedora, dirigida por Emerald Fennell y protagonizada por Carey Mulligan. Tiene un argumento del que no quiero hablar mucho para no desvelar sus sorpresas, en el que la joven protagonista intenta mostrarnos la hipocresía de la sociedad norteamericana al normalizar determinadas actitudes cuando la chica iba borracha o era ligera de cascos, simplemente porque “ella se lo ha buscado”. Imprevisible, ácida y con la suficiente mala leche para no dejar indiferente.

Por desgracia, las violaciones están a la orden del día y no hay fin de semana que no nos indignemos frente al telediario tras escuchar las últimas agresiones sexuales cometidas por hombres frente a mujeres indefensas, a veces un grupo de varios sobre una menor de la que abusan durante horas. Creo que no hay mayor muestra del hijoputismo actual de la sociedad que este de las violaciones grupales (quizás solo la pedofilia pueda competir en nivel de degradación moral), y por eso es un asunto sumamente delicado cuando es tratado en el cine.

Directores clásicos como Ingmar Bergman, Alfred Hitchcock o John Boorman ya trataron este asunto en algunas de sus películas como El manantial de la doncella, Frenesí y Deliverance, respectivamente, pero siempre manteniendo un punto de vista moral claro sobre las vejaciones. Son hechos horribles que por desgracia suceden y deben ser castigados. En Estados Unidos, donde etiquetan absolutamente todo, denominan al “género” como rape and revenge, violación y venganza. Es algo tan viejo como el cine y la literatura, y de uno u otro modo aparece en decenas de obras: Tres anuncios en las afueras, La catedral del mar, La casa de los espíritus, La muerte y la doncella, Braveheart, La hija del General, Centauros del desierto, El último tren de Gun Hill… hasta la afrenta de Corpes en el Cantar de Mío Cid.

Pero el tratamiento no siempre es así y en ocasiones el cine juega a mantener una cierta ambigüedad. No es que la escena de la violación en La naranja mecánica (Stanley Kubrick) sea amoral o ambigua, pero tenía un cierto barniz de comedia musical, acrecentado por el Singing in the rain con el que el protagonista, Alex, coreografía sus movimientos. Estás incómodo en tu butaca, pero te arranca una sonrisa culpable, como con la violación que hace el profesor decapitado en Re-animator.

Recuerdo haberla visto en el cine con varios amigos y era nuestra escena favorita, igual que lo era para el Lester Burnham de American Beauty. La escena de la violación de Irreversible (Gaspar Noé) se recrea en exceso en la agresión que sufre Mónica Bellucci, con una estética de videoclip que me enferma, pero el director y la distribuidora utilizaron el morbo de la actriz y las pulsiones ocultas masculinas para la promoción de la película. Exactamente igual que ocurrió con Julie Christie y ese Engendro mecánico que quería tener un hijo a toda costa.

Hay directores a los que se ve que el tema “les pone”, les atrae, como a Paul Verhoeven, que ya trató el asunto en Los señores del acero y Elle. Hace unos meses, en plena campaña del “No es No” volví a ver Instinto Básico, del mismo director holandés. Hay una escena en la que Jeanne Tripplehorn le dice hasta tres veces que “NO” a Michael Douglas cuando este la intenta penetrar analmente, pero este insiste, fuerza a su ex y lo logra, con toda esa parafernalia propia del cine porno: rotura de ropa, tanga negro a la mierda, y la mujer que finalmente acepta y, sumisa, incluso lo goza. Ese mensaje es mucho más peligroso que el de una estúpida mofeta de dibujos animados. La idea del macho dominante y la mujer que en el fondo goza con ser dominada. Claro que si te atribuyes un cierto aura intelectual, como Bernardo Bertolucci, puedes hasta tratar de justificar estas acciones, incluso fuera de la ficción, como hizo el director tras la polémica sobre la escena de la mantequilla, cunado afirmó que ni siquiera la actriz, Maria Schneider, sabía lo que Marlon Brando iba a hacer con su cuerpo, pero que todo obedecía a una necesidad del guion y de la interpretación: “quería que la actriz sintiera la rabia y la humillación”. En fin…

Otras películas como Lipstick, con Mariel Hemingway, Sin City, El cabo del miedo, o Acusados, con la que Jodie Foster ganó su primer Óscar, cargan la culpa en una sociedad o en un sistema que duda de la víctima y contemporiza en exceso con el violador, sobre todo si es una persona “decente”, con carrera y posición, o tiene pasta para pagarse un buen abogado.

Insisto de nuevo: hay pocos actos tan hijoputas, miserables, mezquinos, depravados (y todos los adjetivos que queramos poner) como una violación, pero no soy partidario de prohibir ni censurar nada. Sabemos que existen, por supuesto, pero no sirve de nada esconderlo bajo la alfombra, será mejor mostrarlo con toda su crudeza, o al menos con una elipsis que nos permita saber lo que por desgracia pasa cada día. Pocos momentos he pasado en el cine tan desasosegantes como con las violaciones que no vemos, pero intuimos, en la rumana 4 meses, 3 semanas, 2 días, la alemana La vida de los otros, con ese ministro hijo de la gran puta, y en Animales nocturnos, donde sufro cada segundo que Jake Gyllenhaal trata de encontrar a su mujer y a su hija.

Pero ya que el post de hoy planteaba la duda acerca de si el cine o algunos de sus personajes “normalizan la violación”, yo voy a dejar por aquí mi teoría para la discusión: Pedro Almodóvar y muchos de los aficionados a su cine sí la normalizan. O la visten de falso romanticismo. Me gustan algunas pelis de Almodóvar tanto como detesto el resto, pero mi pregunta es: ¿qué problema tiene Pedro Almodóvar con las violaciones, por qué trata de justificarlas o de darles un barniz de romanticismo? No hablo de los personajes de Kika o La mala educación, que sufren abusos y vejaciones, sino de, por ejemplo, la escena en que Miguel Bosé fuerza a Victoria Abril en Tacones lejanos. Parece un puto chiste, una escena de comedia, una broma sin importancia de la que podemos reírnos.

En Átame, el personaje de Antonio Banderas ata y retiene contra su voluntad a Victoria Abril (de nuevo) para lograr que se enamore de él. O eso es lo que dice, en el fondo quiere echarle un polvo como el que finalmente logra. Recuerdo lo dicho sobre Bertolucci o Verhoeven: en el fondo la mujer “quiere” ser sometida por el varón, aunque al principio se resiste por sus prejuicios o yo-qué-sé que pasa por la cabeza de estos directores. La piel que habito es de una incomodidad apabullante, con violaciones explícitas y abusos de todo tipo sobre el personaje de Elena Anaya, que al final parece aceptar sumisa (o sumiso) su destino. Pero con la que no puedo es con Hable con ella, que nos disfraza de enamoramiento la historia de ese enfermero interpretado por Javier Cámara y su relación con una paciente en coma (Leonor Watling). “Su estado comatoso no convierte a las mujeres en objetos, sino todo lo contrario: ellas se transforman en la idea abstracta del amor”, leído en Fotogramas. Con un par. Pues Óscar al mejor guion, ni más ni menos. Los que se escandalizan por una mofeta.

Aquellos Óscar que detestamos

REGGIE & TRAVIS, 25/04/2021

Este domingo se celebra la ceremonia de los Óscar más extraña de toda su historia, repartida entre el Dolby Theatre y la Union Station de Los Ángeles. Gracias a que en 2020 la entrega se realizó en febrero, pudimos ver un escenario pre-pandemia con el auditorio rebosante de estrellas, abrazos y besos, caras maquilladas y libres de mascarillas,… Qué lejos quedan aquellos tiempos.

Se entregan hoy los Óscar correspondientes al año 2020, posiblemente el año en el que menos veces he ido a una sala de cine, así que no podré opinar mucho sobre las películas seleccionadas. Apenas he visto Mank, Tenet, El juicio a los 7 de Chicago y Noticias del nuevo mundo, así que se me ha ocurrido con mi amiga y compañera de críticas cinematográficas Reggie pegarle un repaso a películas que obtuvieron un Óscar en otras ediciones y que a alguno de nosotros no nos gustó nada. Y a la inversa, uno de los dos tendrá que defender alguna película vilipendiada por buena parte de la crítica o los aficionados.

REGGIE – Hola, Travis. Vaya año desastroso para el cine. Si te soy sincera, creo que desde marzo del año pasado no he pisado una sala de cine, ¡y yo antes iba todas las semanas! Pero bueno, vamos a lo que nos compete hoy que es despellejar algún título que se llevase algún premio Óscar en su momento y que a nosotros no nos guste nada.

La primera en mi lista es Shakespeare in love (1998) que se llevó siete de las trece (¡trece!!) nominaciones que tenía. Cuando pienso en que una película se lleve tantas nominaciones y tantos premios pienso que aporta algo nuevo o diferente a la industria. ¿Ha revolucionado de alguna manera o ha dejado un estilo diferente Shakespeare in love en la historia del cine? A mi parecer no. Años después me sigue pareciendo lo que al principio: una producción cuidada, una buena recreación histórica (tampoco le vamos a quitar sus méritos), pero una película con falta de sustancia y con unos actores protagonistas que no convencen: Gwyneth es sosita como ella sola y Fiennes parece que sólo tiene “cara deslumbrada” en su baraja de expresiones faciales: deslumbrado enfadado, deslumbrado concentrado, deslumbrado pensativo… pero siempre deslumbrado. Y lo siento, pero la historia me parece aburridísima. También es verdad que el género romántico me aburre por norma general.

TRAVIS.- Y a mí, es un género que me suele provocar ganas de coger un buen libro, pero me reconcilio con el mismo cuando el pastelón no acaba bien. Y Shakespeare in love no tiene final feliz, así que voy a defenderla un poco, aunque me cueste. Son trece nominaciones y siete Óscar porque tiene un reparto tremendo. Me hablas de Gwyneth Paltrow y Joseph Fiennes, pero por ahí andan también Judi Dench, Colin Firth y Geoffrey Rush, actores todos con Óscar, más Imelda Staunton y Ben Affleck con su habitual boca abierta. Se llevó varios Óscar por el reparto, más los normales por el diseño de vestuario y la dirección artística. Ahora bien, me parece uno de esos errores históricos que se llevara los Óscar al mejor guion y a la mejor película, ¡estando Salvar al soldado Ryan o El show de Truman

Y ya que estábamos con el género romántico, un año antes arrasó Titanic, ¡once Óscar, ni más, ni menos! Los mismos que Ben-Hur. Sé que la gente suele ponerla a caldo, pero al margen de la historia maniquea de pobres felices y ricos deprimidos, la película tiene momentos de lo más entretenido, aparte de una recreación del hundimiento espectacular, porque cuando Cameron hace algo a lo grande, lo hace muy bien. Y otra cosa más: cumple mi premisa de ser una peli romántica salvable porque no hay final feliz. Aunque creo que el egoísmo de Rose era el único final posible.

REGGIE.- La verdad es que las múltiples nominaciones y premios de Titanic me enervan muchísimo menos que los de Shakespeare in love. Ya sólo los modelos a escala que se hicieron, el set que se podía inclinar en el agua… todo eso me parece un hito. Por otra parte, la banda sonora es preciosa, después de tantos años se ha quedado un poco manida, pero a mí Celine Dion sigue poniéndome el vello de punta.

¿Sabes con qué película me pasa lo que a ti de que la medio salvo porque no hay final feliz? Con La la land (2016) que también fue súper premiada, aunque, a pesar de la confusión inicial no se llevara el Óscar a la mejor película. Fue una película de la que todo el mundo hablaba, que todo el mundo la alababa y que cuando yo fui a verla me gustó pero salí pensando que menos mal que terminaban los protagonistas cada uno por su lado porque si no hubiera sido un pastelón insoportable. Lo que más me gustó de la película fue la primera escena que es un plano secuencia que te centra completamente en el ritmo de la película pero para mí ese ritmo se volvió demasiado lento en la mitad y hacia el final de la película y se me hizo larga.

TRAVIS.- La la land empieza genial con esa escena y tiene una parte hacia la mitad tirando a aburrida, pero el final me pareció grandioso, esa especie de “What if…?” que deja caer con Ryan Gosling al piano. Pero ese año los votantes de la Academia sí fueron menos conservadores de lo habitual y en lugar de darle el Óscar a La la land, que era lo previsible y la había visto todo el mundo (más de 400 millones de dólares de recaudación), se lo dieron a Moonlight, que no la había visto nadie. Reconozco que yo tampoco la he visto y mira que me la han recomendado, pero han pasado unos años y no me provoca el más mínimo interés.

Por ejemplo, yo eché en falta que otros años la Academia se hubiera atrevido a premiar peliculones de animación de Pixar en lugar de las tradicionales “oscarizables”, como por ejemplo en 2010, que se lo dieron a En tierra hostil, de Kathryn Bigelow, en lugar de a esa maravilla que era Up. También estaban los Inglorious Basterds de Tarantino, que habría sido una elección salvaje y algo contracorriente, pero para mí mil veces mejor. Y en 2011 se lo llevó El discurso del Rey cuando para mí la peli del año era Toy Story 3, una puñetera maravilla. Pero vamos a destrozar alguna que triunfó en su día: ¿no había nada mejor que Slumdog Millionaire en 2009? Estaba El curioso caso de Benjamin Button, que era “muy de Óscar”, o que se lo hubieran dado a Wall-E, ¡hasta a Kung-Fu Panda!, pero Slumdog Millionaire… ¡por favor!

REGGIE – Habría sido grandioso que hubieran premiado a Inglorious Basterds, sabes que soy muy fan de Tarantino, y estoy completamente de acuerdo que en 2011 la peli del año era Toy Story 3. Vi en el cine Slumdog Millionaire, pero no recuerdo nada de ella y nada ha hecho que quiera volver a verla y creo que eso es la peor crítica que puedo hacerle a una peli, en cambio Wall-E es una película que llevo tiempo rumiando que me apetece volver a ver.

A veces pasa que una película marca bastantes de las casillas que debe marcar para que me parezca una gran película y, por lo que sea, no lo hace. Imagino que el arte es así de subjetivo. La película que en mi caso más representa este caso es Birdman (2014): las actuaciones me parecen buenas, un gran despliegue técnico usando un falso plano secuencia continuo, el guion tiene partes muy buenas, humor ácido y una gran crítica al mundo del espectáculo… pues, aun así, a mi esta película no me gusta. Puede que no la haya terminado de entender, que la batería que suena muchas veces de fondo no me guste o que tiene, para mi gusto, demasiados planos demasiado cerca de las caras de los personajes y creo que eso me resulta un poco claustrofóbico. Sea como sea, no me convence. ¿Tú qué opinas sobre ella?

TRAVIS.- ¿Birdman? Me encantó. Le dediqué un post entero en su día, y lo que vine a decir es que apreciaba un montón su propuesta formal, el desarrollo y las actuaciones, y solo podía reprocharle el minuto final. Me alegré de que fuera la peli ganadora ese año. Siendo como era una película sobre el mundo de la interpretación, hay una subtrama que fue de lo que más me gustó y es la referida a la crítica del New York Times, esa mujer sin talento alguno especializada en destrozar los trabajos de todos los creadores que se atreven a hacer algo diferente. La película de Iñárritu es una crítica al propio mundo de la crítica, y creo que los Óscar de Hollywood tienen mucho de eso, de no salirse de la corriente que te marca la propia crítica de hacia dónde deben ir los premios. Ya sabes que los Óscar se consiguen a base de fiestas, promociones, dar la tabarra (y regalos) a los miembros de la Academia para promover tal o cual filme… en suma, invertir dinero para obtener un Óscar que reportará más dinero. That’s Hollywood, that’s America!

En ocasiones esa “corriente” establecida de que hay que votar a una u otra película lleva a que resulten premiadas cosas que para mí no pasan de ser una agradable película de sobremesa, como Paseando a Miss Daisy. ¿De verdad que esa era la peli del año? Repaso las otras candidatas de ese año, 1990, y puede que no fuera un año excepcional, pero había pelis muy interesantes, prefiero mil veces Nacido el cuatro de julio, El club de los poetas muertos, Abyss, ¡Indiana Jones y la última cruzada!, Cinema Paradiso, hasta prefiero La sirenita y Do the right thing. No creo que Paseando a Miss Daisy fuera ni top-ten de ese año, qué digo año, mes. Y a veces puedo entender que hay intereses políticos o sentimentales en las votaciones, como en otro de los grandes “robos” de la historia: 1977, Rocky (que me encanta, ojo) se lleva el Óscar por delante de Taxi driver.

REGGIE.- Estoy de acuerdo contigo, Paseando a Miss Daisy es una película de sobremesa y los Óscar no suelen salirse de esa “corriente” establecida: La forma del agua, Crash o El discurso del rey, que también la nombrabas antes, son ejemplos de opciones seguras que siguen alimentando esa imagen que quiere proyectar Hollywood.

Como dices, Rocky fue uno de los grandes robos en la historia de los Oscar, pero este año y las circunstancias que estamos viviendo hacen que la historia de Rocky merezca la pena ser recordada y poner en valor a todas esas personas que, como Rocky, a pesar de lo dura que está siendo la realidad, siguen peleando por seguir adelante, poner en valor a los sanitarios que pelean todos los días contra esta pandemia, todos los que han peleado contra la enfermedad y la han superado, las familias que han perdido a un ser querido o a varios, y que pelean por continuar con su vida… Por todos los que pelean y se esfuerzan por salir adelante en esta pandemia, hoy me olvido de Taxi Driver y defiendo a Rocky.

TRAVIS.- ¡Vaya, esa no me la esperaba! A ver cómo salgo de esta, yo, que firmo como Travis… Si lo miramos desde esa perspectiva, tienes toda la razón: Travis Bickle es un veterano curtido en mil batallas, desgastado, tristón y hastiado de la clase política, que se toma la justicia por su mano. Bajo ese punto de vista, para este año concreto, es un mensaje mucho más constructivo el del luchador Rocky Balboa. Y a veces eso es lo que prima en los Óscar, el American dream frente a las pesadillas o las autocríticas feroces, que para eso los estadounidenses son únicos. Sin embargo, este año parece que la gran favorita para los Óscar es Nomadland, que representa precisamente a ese millón de personas que viven como nómadas en Estados Unidos, viviendo con lo justo y vagando sin rumbo por el país.

Pero ya que has mencionado Rocky, te propongo concluir esta charla con esas grandes injusticias de los premios Óscar, y no me refiero a películas concretas, que suelen atender a momentos puntuales o modas, sino a esas grandes estrellas que nunca lograron una estatuilla pese a tener un carrerón inmenso a sus espaldas. Kirk Douglas y Cary Grant, por ejemplo, dos de mis favoritos de siempre. Que no lograran más que Óscar honoríficos al final de sus carreras y tras décadas y décadas de brillantes interpretaciones te demuestran que estos premios tienen más de marketing y venta de un producto que de reconocimiento de la calidad cinematográfica.

REGGIE- Cary Grant es una de esas grandes injusticias de los Óscar, tiene interpretaciones que han marcado la historia del cine, como por ejemplo en Arsénico por compasión y no nombro las de Hitchcock porque soy muy parcial con respecto a ese director. Chaplin, todo un símbolo del cine, Greta Garbo, Lauren Bacall… de los actores más contemporáneos tenemos, por ejemplo, a Bill Murray o a Glenn Close.

TRAVIS.- ¡No, Glenn Close, no, por favor! Aquí tienes a uno de los miembros fundadores de su club de haters. Aunque es muy posible que esta noche se lleve el primero de su carrera, eso parece al menos.

REGGIE.- La verdad es que los Óscar no son objetivos, están politizados y tienen sus propios intereses pero, a pesar de todo, todos los años nos siguen interesando y siguen haciendo que debatamos sobre lo merecidos que han sido ese año los premios o no, y siguen haciendo que el cine sea parte de nuestras conversaciones diarias, así que, justos o no, les tendremos que agradecer que siempre despierten estos divertidos debates. Gracias por el ratito, Travis.

TRAVIS.- Muchas gracias a ti, Reggie, un placer este café virtual. Yo no he visto muchas películas candidatas este año, pero voy a mojarme en las principales categorías en función de lo que he leído y de esa corrección política de la que hablábamos.

Mejor película: Nomadland. Parece la gran favorita en un año en el que los grandes (salvo Fincher y Nolan) no han estrenado. El American nightmare, que es lo que había que contar en este último año de Trump. Ganador: Nomadland.

Mejor director: mi favorito es David Fincher por esa maravilla visual que es Mank, pero por lo que leo, parece que ganará Chloé Zhao, la directora de Nomadland. Cumple además la “cuota” como mujer y por ser de origen chino. No lo digo porque no lo merezca, sino porque Hollywood quiere desprenderse de esas etiquetas de machismo y racismo que le han puesto en los últimos años y Zhao es perfecta para ello. Ganadora: Chloé Zhao.

Mejor actor principal: Chadwick Boseman. Un afroamericano en el año del Black Lives Matter, y un buen actor que ha tenido la desgracia de fallecer este último año. Al igual que ocurriera con Heath Ledger, la muerte ha “incrementado el valor” de su actuación. And the Óscar goes to… ¡Anthony Hopkins! Sorpresa.

Mejor actriz principal: Carey Mulligan. Aunque parece que la favorita es la cargante Frances McDormand y que cerca anda Viola Davis, ambas han ganado el premio con anterioridad, y en Hollywood suelen gustar las actrices inglesas, así que voto por ella, porque además parece una de las pocas posibilidades de que Una joven prometedora no se vaya de vacío. Pues ganó la “intensa” Frances McDormand. ¿Es una de las mejores actrices de la historia? No, ¿verdad? Pues ya tiene tres Óscar (tras Fargo y Tres anuncios en las afueras).

Mejor actor de reparto: Daniel Kaluuya, por Judas y el Mesías negro. No la he visto, pero este actor londinense de familia ugandesa se ha llevado este año todos los premios de actuación en su categoría. A mí me gustó mucho el papel de Sacha Baron Cohen en El juicio a los siete de Chicago, pero parece que no tiene posibilidades. Ganador: Daniel Kaluuya.

Mejor actriz de reparto: Olivia Colman, por El padre. He leído en algunos sitios que ganará Glenn Close, pero no puedo apostar por ella tras haberme declarado odiador profesional de la actriz, y en otros que ganará la coreana Youh You-Jung por Minari, que se ha llevado el Bafta y el premio del Sindicato de Actores. Apuesto por Olivia Colman porque sí, por la simpatía que le tengo tras ver The Crown. Ganadora: Youh You-Jong.

No mucho más, porque tengo poco cine visto en 2020 como para opinar sobre el resto. Ojalá el año que viene sea diferente y podamos volver a la magia de la sala oscura.

Ni guerra civil, ni adoctrinamiento

TRAVIS, 21/03/2021

La semana pasada se entregaron los premios del cine español, los Goya correspondientes a ese año tan extraño que fue el 2020. Como viene ocurriendo en los últimos años en esta sociedad cada día más polarizada, enseguida recibí mensajes de amigos míos contrarios al cine español llamando abiertamente a su boicot. El tradicional “es que solo hacen pelis de la guerra civil” se convirtió este año en un mensaje diferente sobre el adoctrinamiento:

“Como era de esperar, ni un solo chiste, chascarrillo, queja, denuncia de o hacia el gobierno, Hásel, Cataluña, economía, colas del hambre, okupas, etc. Los principales premios no recompensan el cine, sino a los mejores discursos:

LAS NIÑAS: alegato feminista anticlerical, donde se demuestra que las familias sin hombres son menos tóxicas. Además, una chica de Barcelona ayuda a las paletas de Zaragoza a ser libres, a fumar, a cuestionar el sistema y escuchar rock radical vasco de los 80 y 90.

ADÚ: emotiva cinta sobre lo buenos, buenísimos que son los menas y el drama de los que vienen en pateras, frente a los malos, que son los policías y gandules de la valla de Melilla.

AKELARRE: película de época donde todas las doncellas vascongadas viven libres en el campo (como en una comuna hippie colorida) y donde el Rey manda a los inquisidores a quemarlas por brujería porque creen que ese idioma raro que hablan, el vasco, es fruto de Satanás.

SENTIMENTAL: dos parejas que organizan una cena en casa y acaban hablando de lo bonito que es ser de izquierdas (dicen literalmente esa frase), de las bondades de las orgías, de la legalización de las drogas, que todos los hombres heteros deben probar sexo anal y de la represión de los orgasmos femeninos.

Mira que hay cosas interesantes y creadores españoles que le dan cien mil vueltas a cualquier cosa de estas, pero nada, venga con el discurso de siempre y por trigésima vez”.

La primera parte de este mensaje cae en la enorme contradicción de criticar que no se politice lo que nunca debería haberse politizado. Cierto que se ha hecho fatal con vender esa imagen del cine español como reducto exclusivo de “los de la ceja”, pero si en su día se criticó aquella ceremonia del “No a la guerra” o los ataques sucesivos a los ministros de Cultura del PP que acudían a la gala, la solución (creo) no pasa por exigir que se haga lo mismo ahora. Respecto a los temas tratados, igual que los norteamericanos explotan todo lo que pueden sus guerras particulares, Vietnam, Corea, la Primera y Segunda Guerra Mundial, la de la Independencia, etc., sería absurdo no llevar a la pantalla una guerra como la nuestra en la que, además, las relaciones personales/familiares tienen tanto peso y suponen una de las claves del conflicto.

El cine siempre ha tenido un papel importante a la hora de hacer denuncia social, y eso lo saben y lo practican mejor que nadie en Hollywood, pero a la hora de vender su producto al mundo y ofrecer una buena imagen al exterior (que no tiene por qué significar ser complaciente con el poder), la política queda a un lado, como en los Óscar. Y en Estados Unidos los aficionados al cine tienen muy claro a quiénes apoyan Steven Spielberg, Robert De Niro, Meryl Streep o Tom Hanks, simpatizantes de los demócratas, o Clint Eastwood, Robert Duvall, James Caan o Mel Gibson, del bando de los republicanos. Lo cual no evita que los espectadores acudan en masa a los estrenos de unos u otros.

Justo el mismo día de los Goya volví a ver este vídeo de la ceremonia del año 2000, en la que ocurrió algo impensable hoy en día: el director premiado, Pedro Almodóvar, anima a cantar el cumpleaños feliz al (todavía) Príncipe Felipe, que presenciaba la entrega junto a Mariano Rajoy, entonces ministro de Cultura, y a Joan Clos, alcalde de Barcelona. Todos los actores, directores y gente del cine entre el público se ponen a cantar a coro y de buen rollo en una escena que hoy me parece imposible de ver (a partir del minuto 4):

¿Tanto se ha deteriorado la situación en estos veintiún años, tanto hemos cambiado como sociedad en dos décadas que no podemos tener ni un evento sin su carga de politiquería? La respuesta es obvia. Ya hace un par de años escribí un post en defensa del cine español en el que concluí con el cuadro de Goya que a mi modo de ver mejor representa la actitud de tanta gente ante nuestro cine, que no olvidemos que forma parte imprescindible de la cultura que exportamos al mundo:

2020 ha sido un año atípico para el cine en todo el mundo por el cierre de salas durante la mayor parte del año, pero las cifras son dramáticas: la recaudación total en España alcanzó 170 millones de euros, cuando un año atrás se habían alcanzado los 624 millones. Se vendieron 28 millones de entradas, un dato bajísimo en comparación con los 78 millones que se vendieron en 2013. El dato del cine español da una idea de la tragedia que ha sido para los profesionales de este sector: 42 millones de euros, frente a los 94 de 2019, que ya había sido un año regular. En cuota de pantalla ha habido una mejoría al alcanzar el 24,7 por ciento, pero como decía, pocas conclusiones se pueden extraer de un año tan extraño. La película más taquillera del año ha sido española, Padre no hay más que uno 2, el filme de Santiago Segura, que se impuso a las superproducciones norteamericanas 1917 y Tenet, con más de 13 millones de euros de taquilla.

¿Y qué hacemos en España cuando alguien logra un exitazo? Criticarlo. Como hicieron algunos con Santiago Segura por no unirse al “clan” y osar publicar en redes sociales que le daba pena en qué se estaba convirtiendo esta sociedad:

Segura es ese tipo siempre simpático y dispuesto a acudir a cualquier programa para vender su producto, un showman con eterna sonrisa que no entra en guerras políticas, un actor, director, guionista y productor de éxito al que critican por pedir concordia y entendimiento. Y como ocurre en este país envidioso, cuando se quiere criticar a una persona, se comienza por destrozar todo lo que hace. Automáticamente el cine de Santiago Segura pasó a ser denostado por ese grupo que jamás había dicho una mala palabra del mismo. En fin, así nos va. Pasa siempre, también por el lado contrario, como ocurrió con Willy Toledo, quien antes de soltar chorradas por la boca era un reputado actor de comedia en Siete vidas, El otro lado de la cama o Crimen ferpecto.

Como yo pretendo hablar bien de nuestro cine (no de todo) y de muchos de nuestros profesionales, voy a tratar de animar (no de convencer) a ese amigo que afirma orgulloso que nunca ve cine español porque todo va “sobre la guerra civil”, o porque “te meten el adoctrinamiento de la izquierda a poco que te descuides”.

En 2019 (Goyas de 2020) tuvimos un peliculón de Almodóvar, Dolor y gloria, con un Antonio Banderas en uno de sus mejores papeles de siempre. No soy muy aficionado a Pedro Almodóvar, que tiene películas muy buenas, pero también bodrios infumables que valoran en otros países, pero esta es de las buenas, muy buenas. Las otras dos grandes rivales para los Goya fueron… Mientras dure la guerra y La trinchera infinita. Vaya por Dios, dos sobre la guerra civil o la posguerra (¿al final le daré la razón?). La película de Alejandro Amenábar sobre los últimos meses de Unamuno es bastante digna, trata de ser ecuánime a la hora de hablar de una barbarie como es una guerra civil, y no cae en “la visión única” de Tierra y libertad, Ay, Carmela o Libertarias. El largometraje de animación Klaus compitió por el Óscar frente a ni más ni menos que Toy Story 4, otra maravilla de Pixar. Si alguien prefiere una comedia sin muchas complicaciones tiene Padre no hay más que uno, La pequeña Suiza o Lo dejo cuando quiera. No son mi estilo, aunque reconozco mi simpatía hacia las dos primeras.

En 2018 tuvimos ese gran exitazo no relacionado con la guerra civil y no dedicado al adoctrinamiento de masas que fue Campeones, de Javier Fesser, uno de esos autores de los que me gusta todo lo que hace. Recomiendo buscar el mediometraje El monstruo invisible, sobre la vida de un niño filipino en un vertedero de Mindanao. Fesser demuestra que es capaz de rodar algo tan emotivo y a ratos divertido como esa historia o como la de sus campeones de la discapacidad. Todos lo saben (Ashgar Farhadi) y El reino (Rodrigo Sorogoyen) son dos películas muy entretenidas sobre dos temas muy nuestros, como las guerras de familias en los pueblos y la corrupción. Icíar Bollaín dirigió Yuli, una especie de Billy Elliot cubano que a mí me pareció interesante y el régimen castrista no sale especialmente bien retratado. También fue el año de Superlópez, pero… no pienso recomendársela a nadie, hay cómics que no deberían salir del papel.

De 2017 me gustó La librería, de Isabel Coixet, rodada como casi siempre en esta directora en inglés, película que me permitió hacer una broma (Libros de atrezzo) que, por lo que vi, confundió a varios lectores. De ese año no vi muchas más, El autor, de Manuel Martín Cuenca, entretenida, con Javier Gutiérrez enorme como siempre, y La Llamada, de los Javis, que me aburrió soberanamente. Había visto la obra en el teatro y pasé un rato agradable sin más, pese a la simpleza de la obra, pero la película me pareció flojísima, pese a lo cual me alegré de su éxito.

El año 2016 fue bastante positivo para el cine español porque coincidieron varios de los grandes nombres: Bayona, Almodóvar, Trueba, Alberto Rodríguez, Sorogoyen, y el gran Álex de la Iglesia. Nada de guerra civil por ningún lado. Dramones como Julieta (Almodóvar) y sobre todo Un monstruo viene a verme (Bayona), película lacrimógena donde las haya, thrillers sin concesiones al espectador como Tarde para la ira (Raúl Arévalo) y Que Dios nos perdone (Rodrigo Sorogoyen), una divertidísima comedia de Álex de la Iglesia, Perfectos desconocidos, y la vida de Francisco Paesa y su papel en la captura de Roldán, en El hombre de las mil caras (Alberto Rodríguez). Calidad y variedad. Y películas emotivas como 100 metros, de Marcel Barrena, sobre la vida de Ramón Arroyo, al que tuve la suerte de conocer tras una charla. Un tipo con una fuerza de voluntad enorme, capaz de correr varios Ironman tras haber sido diagnosticado de esclerosis múltiple, una enfermedad que le impediría andar esos cien metros del título.

Podría seguir remontándome varios años hacia atrás, pero el caso es que podemos encontrar muchas películas buenas o muy buenas en nuestro cine que no caen en el adoctrinamiento, ni tratan sobre la guerra civil: El Niño, B, La isla mínima, Ocho apellidos vascos y Ocho apellidos catalanes, El guardián invisible y el resto de la trilogía del Baztán, La gran familia española, Vivir es fácil con los ojos cerrados, Lo imposible, Las brujas de Zugarramurdi, Celda 211, La piel que habito, coproducciones como Relatos salvajes o la magnífica El secreto de sus ojos, documentales como I am your father, dibujos animados como Tadeo Jones o Mortadelo y Filemón (de nuevo Fesser),… todo ello sin remontarme más allá de diez años. Aunque a lo mejor mi amigo encuentra un patrón común en todas ellas: políticos corruptos, policías malvados, perroflas buenazos y jarrais majetes, yo qué sé.

Hay profesionales muy reconocidos en todo el mundo, con largas carreras en Hollywood como Antonio Banderas, Penélope Cruz o Javier Bardem, o directores oscarizados como Fernando Trueba, José Luis Garci, Alejandro Amenábar o Pedro Almodóvar (por partida doble), como para desprestigiarlo nosotros por algunos bodrios infumables. Como si no los hubiera en el cine francés, italiano, inglés o del propio Hollywood.

Villanos II: traidores, villanas y el vecino de al lado

TRAVIS, 09/02/2021

(Continuación de Villanos I: psicópatas y sociópatas)

El género que mejor ejemplifica el cine de buenos y malos es sin duda el wéstern. Los malos son los indios y los bandidos, no hay mucha más complejidad en el desarrollo de personajes. El propio título de uno de los wésterns más famosos simplifica el estereotipo a la mínima expresión: El bueno, el feo y el malo. O lo que es lo mismo, Clint Eastwood, Eli Wallach y Lee Van Cleef en el peliculón de Sergio Leone de 1966. Para mi casting de malvados me quedaré con uno tan poderoso que llega a ocupar el título de la película: El hombre que mató a Liberty Valance (John Ford, 1962). Todavía no ha empezado la película y ya sabes que hay un tipo tan cabrón que lo noticiable es que haya habido alguien capaz de cargárselo. Liberty Valance en la piel de Lee Marvin y James Stewart como el hombre del título. ¿O fue John Wayne?

“Esto es el Oeste, señor, y cuando los hechos se convierten en leyenda, no es bueno imprimirlos”.

El wéstern representa la esencia del cine, es el género por excelencia, un género que nace con el propio cine y crea sus propios códigos con la evolución del nuevo invento. Y es un género con poca relación con la veracidad. Quizás por eso nos gusta tanto. El Oeste estaba repleto de malos de leyenda, de actores con un careto tal que no podían hacer un papel distinto al de malos. Como Jack Palance, que tenía cara de afeitarse todos los días con machete y mal. O como Elia Kazan lo definió: “Un rostro que solo una madre podría amar”. Actores con cara de malos, como Richard Widmark, Dan Duryea, George Macready, con su famosa cicatriz, o el rudo Lee Marvin. Lo que ocurre es que el bueno de Lee Marvin terminó volviéndose entrañable y hasta se le cogía cariño por lo brutote que resulta en películas como La leyenda de la ciudad sin nombre o Doce del patíbulo.

Hay actores que nacieron con cara de malo de wéstern, o de gángster, como George Raft. Otros directamente solo resultan creíbles haciendo de mafioso italoamericano, como Paul Sorvino.

Pero sin duda el number one de los “actores nacidos para hacer de malo” fue Christopher Lee, cuya colección de malvados abarca casi toda la historia del cine, puesto que interpretó al conde Drácula, a un villano de Bond, a Lucifer, al conde Dooku en Star Wars, o a Saruman en El señor de los anillos. A ver quién supera ese palmarés.

Casi todos los tipos perversos de los que he hablado en estos dos textos son malos muy malos y se les ve venir desde el primer minuto de metraje, pero sin embargo asustan más aquellos que parecen “de tu bando”, o gente respetable y que sin embargo no lo son. Asusta pensar que son capaces de mantener la compostura y la aparente sensación de bonhomía y luego ser unos tipos igual de malvados o más que aquellos que van a cara descubierta. O incluso puede que esos mismos malvados representen la justicia o la ley, ya sea humana o divina. Puede ser un falso reverendo como Robert Mitchum en La noche del cazador (Charles Laughton, 1955), un tipo despreciable, o pueden ser los generales franceses Broulard y Mireau (de nuevo George Macready) que lanzan a su ejército a una misión suicida en Senderos de Gloria (Stanley Kubrick, 1957), y no contentos con ello, juzgan y condenan a tres pobres infelices para que sirva de escarmiento al resto de las tropas. O el alcaide y los guardianes de una prisión como en Cadena Perpetua, Papillon, Encerrado o Brubaker, tipejos mucho más despiadados que la mayoría de convictos que cumplen condena. Pueden ser un sargento de tu propio ejército como el sargento Barnes de Platoon (Oliver Stone, 1986), el mejor papel que Tom Berenger ha hecho jamás, o el sargento instructor psicópata Hartman de La chaqueta metálica (Stanley Kubrick, 1987). El malvado a veces sale de donde menos te lo espera, como “tu padre” en El resplandor, ese Jack Torrance con la mirada que hizo famoso a Jack Nicholson y de la que apenas ha podido desprenderse en toda su carrera. O puede ser ese buen amigo al que dabas por muerto y sin embargo resulta que es un traidor a tu bando, a tu amistad, un tipo totalmente amoral. Como el papel de Orson Welles en El tercer hombre (Carol Reed, 1949).

Los malos también pueden ser gente aparentemente respetable, empresarios de éxito, psicópatas de despacho y guante blanco, como los que pueblan Wall Street, El lobo de Wall Street, La gran apuesta o Margin Call, con el enorme Jeremy Irons como el más cabrón de todas las altas esferas. El Patrick Bateman de American Psycho no es más que una sátira exagerada de todos ellos, sin duda más peligrosos, pero para mi lista irá el malvado señor Potter, el tipo sin escrúpulos que a punto se lleva por delante la vida de George Bailey en Qué bello es vivir (Frank Capra, 1939).

Hasta ahora solo he hablado de hombres y antes de que el colectivo femenino se me eche encima, les diré que a ellas las dejo para el final, porque como dijo Mae West en una de sus célebres frases:

“Cuando soy buena, soy muy buena. Pero cuando soy mala, soy mucho mejor”.

En esas listas americanas sobre los personajes más malévolos del cine aparece en un puesto destacado la bruja malvada de El mago de Oz, o algunas de las madrastras de los cuentos infantiles. Nada, aficionadas. Si alguien quiere ver lo que es la maldad humana, femenina, que contemple el duelo entre Joan Crawford y Bette Davis en ¿Qué fue de Baby Jane? (Robert Aldrich, 1962). No son solo las perrerías que le hace Bette Davis a su hermana, sino el deleite que estas le producen, con un grado de sadismo como he visto en pocas películas. En el libro de Teodora Liébana, El cine en el diván, con sadismo “nos referimos no solo a la práctica perversa en la que se disfruta sexualmente con el sufrimiento de otro. También expresa la parte de la pulsión agresiva con la que se quiere controlar al objeto y someterlo al capricho propio, obteniendo con ello la satisfacción imaginaria de darle la vuelta a la relación de dependencia en las que nos encontrábamos cuando éramos pequeños”. La psicoanalista lustra sus ejemplos con La naranja mecánica y Tristana, pero yo no he visto mejor representación de ese párrafo que la obra de Aldrich y la mirada de Bette Davis.

Y ya que hablo de satisfacción sexual, el cine nos ha regalado una serie de relaciones fatales cuyo morbo domina a todos los protagonistas masculinos, bobos todos ellos, incapaces de escapar a sus impulsos. Michael Douglas se deja llevar (sorprendentemente) por Glenn Close en Atracción fatal (Adrian Lyne, 1987). Algunas de estas mujeres son como mantis religiosas, que se van a “cepillar” al macho tras cepillárselo, tras copular con él. Natasha Henstridge en Species, difícil negarse a sus encantos, o dos de mis favoritas: Catherine Tramell, la escritora enormemente sexy de Instinto básico (Paul Verhoeven, 1992), el mejor papel de Sharon Stone en su carrera, y Amy Dunne, la mujer aparentemente frágil y Perdida (2014) que interpreta Rosamund Pike en un nuevo peliculón de David Fincher. Michael Douglas y Ben Affleck son dos peleles en manos de estas dos atractivas mujeres.

Aparte de las mujeres atractivas cuyo encanto solo es superado por su peligro, hay otro tipo de mujeres que provocan directamente pavor con su mirada. Como la señora Danvers de Rebeca (Alfred Hitchcock, 1940), o la enfermera Ratched de Alguien voló sobre el nido del cuco (Milos Forman, 1975), papeles interpretados por Judith Anderson y por Louise Fletcher, respectivamente. Nunca volvieron a estar igual de bien. O de mal, quiero decir. También te hiela la sangre esa Anne Wilkes que te aparece en mitad de la noche con gesto agrio porque no le gusta tu última novela. Si por el nombre no te suena, seguro que te resulta más sencillo si le pones el rostro de Kathy Bates en una casa aislada por la nieve. Misery, película muy entretenida de Rob Reiner. El pobre escritor James Caan tardó en saber de qué pie cojeaba la amiga… y así se quedó él.

Igual que en la primera parte destaqué la habilidad para escribir y crear personajes de Quentin Tarantino, si hablamos de “tipas” malvadas también tiene unas cuantas en su filmografía. Se le ha tachado entre otras muchas cosas de misógino, pero no puede decirse que no haya escrito y dirigido papeles bien potentes para actrices. No solo Mia Wallace, Jackie Brown o Shoshanna, sino que sus asesinas despiadadas son tremendas, como todas las de Kill Bill: la espadachina O-Ren Ishii (Lucy Liu), la tuerta Elle Driver (Daryl Hannah) y esa Novia de la katana interpretada por Uma Thurman. Beatrix Kiddo, la Mamba Negra.

Todos los personajes de los que he hablado mejoran sus películas, aportan negrura a las tramas y para mí las hacen más entretenidas. Me faltan muchos más, sin duda, me acuerdo de Rorschach de Watchmen, del asesino de Zodiac, del arribista de Match Point, de Lex Luthor, de Magneto, de Mesala, de tantos y tantos otros, pero todos ellos me suenan lejanos. El malo, al menos de ese tipo, pertenece al género de las películas, y sin embargo a veces el tipo malvado y desalmado vive en la puerta de al lado. Y resulta más acojonante por su cercanía. El tipo que se carga a su mujer en la obra maestra de Hitchcock La ventana indiscreta, o el vecino de Woody Allen que hace lo mismo con la suya en Misterioso asesinato en Manhattan. O el padre de El Bola, o el marido de Laia Marull en Te doy mis ojos, Luis Tósar. Y aunque nos lo intenten vender como una historia romántica, para mí hay pocos tipos que hayan cedido a sus instintos más bajos como algunos personajes de Pedro Almodóvar: el de Javier Cámara en Hable con ella, o los de Antonio Banderas en Átame o La piel que habito.

Así que, después de todo lo dicho en estos dos posts, os dejo una lista con una decena de mis villanos favoritos, sin orden de ningún tipo. Otro día podría cambiar perfectamente a la mitad, y sin embargo, creo que no sería capaz de hacer mi top-ten de tipos bondadosos favoritos del cine, no me interesan. Sin duda esta lista es más divertida.

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Villanos I: psicópatas y sociópatas

TRAVIS, 07/02/2021

Lo prometido es deuda. Hoy toca hablar de mi selección particular de villanos y malos malísimos de la muerte, un tema interesante que ya salió en el post dedicado al que siempre suele aparecer en lo más alto del top de malvados, Darth Vader.

Una buena película tiene que tener un malo a la altura, un tipo frío, inteligente, retorcido y a ser posible con una motivación detrás, que no tenga solo la faceta de malvado, sino que, además, tenga trasfondo. Si te llamas Doctor Maligno, Maléfica, Doomsday o Doctor No ya estás dando muchas pistas acerca de tus intenciones. No suelen ser buenas películas esas en las que los malos son torpes, feos, tontos y simples tipejos malencarados, en contraposición a unos buenos guapos, listos, bondadosos, con principios,… y que se llevan a la chica guapa al final. Estereotipos del cine. Son tantos los topicazos que, con un Internet aún primitivo, allá por 1994, un grupo de aficionados al cine publicó The Evil Overlord List, una colección de cosas que jamás harían si fueran villanos:

  • No contar los planes al héroe, muy propio de los malos malísimos de James Bond.
  • No construir la fortaleza de tal modo que se pueda acceder por los conductos de aire o por un túnel.
  • Jamás decir al bueno: “antes de morir, debes saber…”, ni retrasar el modo de cargárselo cuando lo has atrapado, ni mucho menos dejarlo morir en un sitio desértico. Siempre será preferible dispararlo directamente.
  • La sala de control principal no tendrá un cartel anunciándolo en la puerta y el Plan de Aniquilación Mundial no estará en una carpeta con ese título encima de la mesa, sino que pondrá algo sin interés como “Sistema de aguas residuales”.
  • Todas las labores de mantenimiento se harán con la propia plantilla de empleados. Si alguien se presenta a la fortaleza diciendo que es de mantenimiento, se le disparará directamente.
  • Nada de celebraciones en el interior de la fortaleza, ni ensayos con público del acojo-arma letal, nada de mostrarse en público en grandes eventos, sino solo como un holograma, etc. Y así hasta un centenar de topicazos en los que caen los malos para que sus planes puedan ser desmontados a tiempo. Yo añadiría evitar los grandes marcadores con cuenta atrás en números rojos enormes junto a la bomba letal, para no dar pistas al héroe cuando se va a poner a desactivarla.

Este es un resumen que extraje de varias listas que publicaban algunas webs con los mejores malvados del cine:

En estos listados, como podéis ver, el Joker le pelea el puesto de cabeza a Darth Vader, pero en ese punto tengo claras dos cosas: una, mi preferencia por Darth Vader, y dos, que los Joker de Heath Ledger y Joaquin Phoenix sí merecen estar en este top, pero no así los que interpretan Jack Nicholson y Jared Leto (Escuadrón suicida). Demasiado histriónicos para mi gusto. Hay varios personajes más que yo eliminaría del listado, pese a que me gustan mucho, como Terminator, Alien o Tiburón. El Terminator es una máquina concebida para matar, para exterminar a John Connor y a los humanos que se interponen en su camino, luego no tiene el concepto de maldad en su programación. Destruir es el único fin para el que fue creado. Acojona, claro que sí, como cada vez que el T-1000 recompone su forma, pero no es un villano. Como tampoco me parece que lo sean el tiburón blanco de la película de Spielberg o el Alien de Ridley Scott y James Cameron. Son criaturas haciendo lo que su instinto les indica, alimentarse en el caso del primero, y defenderse de una invasión alienígena/humana el segundo. Creo que para ser malvado es necesario tener claros los conceptos del Bien y del Mal, aunque ambos peleen dentro de la cabeza de la misma persona, como el Gollum de El señor de los anillos (Peter Jackson, 2001) o Norman Bates (Anthony Perkins) en Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960). Luego ya, el personaje puede despreciar lo que es correcto, transgredir cualquier norma o llevarse por delante a cualquier persona que se interponga en sus fines, porque en el fondo ningún semejante le importa lo más mínimo.

Por esas razones, tampoco pondría en mi lista a toda esa colección de asesinos de las películas de terror por mucho que en estas pelis, muy flojas la mayoría, me resultan más simpáticos que sus víctimas: Freddy Krueger (Pesadilla en Elm Street), Jason (Viernes XIII), Michael Meyers (Halloween) o Jigsaw (Saw). No hay trasfondo, no hay explicación a su psicopatía, no hay casi nada relevante que contar sobre su personalidad, aunque reconozco que algunas de sus salvajadas me arrancan una sonrisa igualmente psicópata. Son personajes mononeuronales e irreales, y quizás por eso no me parecen tan perturbadores como puede ser alguien que te podrías encontrar en la vida real.

Sí dejaré en mi lista a alguno como Amon Goeth, el oficial nazi que interpreta Ralph Fiennes en La lista de Schindler (Steven Spielberg, 1993), no solo por lo criminal que resulta desde que se levanta por la mañana, sino por la debilidad que muestra en diversas escenas de la película, como cuando ensaya la manera de perdonar, o cuando se desmonta ante la criada judía que mantiene en su residencia.

Hubo un momento a finales de los ochenta y principios de los noventa en que el cine de psicópatas adquirió una buena fama, gozaba de las simpatías del gran público. Según la psicoanalista Teodora Liébana, autora de El cine en el diván: “en el espectador normal, lo que hay es una represión de los impulsos en la realidad, pero en la ficción, hay un levantamiento de esa represión que hace posible el disfrute”. Los psicópatas transmiten “una sensación de poder y de dominio que no tiene el resto de los mortales, llegando a ser considerados como héroes y despertando la simpatía y admiración del espectador”. “Se produce una identificación con el personaje que hace que el espectador se divierta con cosas que en la realidad le espantarían”.

Copycat (Jon Amiel, 1995), Mickey y Mallory de Asesinos Natos (Oliver Stone, 1994), Max Cady en El cabo del miedo (Martin Scorsese, 1991), Funny games (Michael Haneke, 1997), el muñeco diabólico Chucky (Tom Holland, 1988), o Henry, retrato de un asesino (John McNaughton, 1986), película de serie B algo sobrevalorada por la crítica de entonces (genial la crítica de Nanni Moretti en Caro Diario, ahí lo dejo). Obviamente el mejor personaje psicópata creado en esa época fue Hannibal Lecter en la piel de Anthony Hopkins para El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991). Un tipo culto, refinado, de exquisitos modales, capaz de pintar de memoria la catedral de Santa Maria de Fiore, de Florencia, o de deleitarse con las variaciones Goldberg de Bach mientras asesina a los policías que lo custodiaban. Directo a mi top-10 particular.

De la misma época hay otros dos personajes que también incluiré en mi listado, ambos interpretados por uno de los mejores actores de las últimas décadas, Kevin Spacey. El primero, obviamente, es el asesino John Doe de Se7en, el peliculón de David Fincher de 1995. Un tipo retorcido, con una concepción personal y muy particular del Bien y del Mal, un “elegido” que se atribuye el mandato divino de eliminar de la sociedad a aquellos pecadores que no merecen seguir viviendo en este mundo. Una obra redonda, con un final que intentaron cambiar los productores por lo desasosegante del mismo. Menos mal que no lo lograron, habría sido un error imperdonable.

El otro gran personaje de Kevin Spacey de 1995 es el que interpreta en Sospechosos habituales (Bryan Singer), una película con algunas de las mejores frases sobre el mal y el terror que inspira:

“Lo vi. Era Keyser Söze, el Diablo en persona. ¿Cómo se le dispara al diablo por la espalda?”.

“El mejor truco realizado por el Diablo fue convencer al mundo de que no existía y así… desaparecer”.

“Keaton siempre decía: “Yo no creo en Dios y sin embargo le temo”. Pues yo creo en Dios, y la única cosa que me asusta es Keyser Söze”.

Lo paradójico de ambos personajes interpretados por Kevin Spacey es que parecen parte de su aprendizaje hacia el gran psicópata con mayúsculas, el que compuso a lo largo de seis temporadas como Frank Underwood en House of cards. Un psicópata en la Casa Blanca, claro que sí.

Aquellos locos noventa de fascinación por el género de psicópatas nos dejaron una divertida novela de Bret Easton Ellis, American Psycho (1991). Sí, no se me ocurre mejor adjetivo que “divertida” para la ida de olla que tuvo su autor, una descripción de la banalidad y el modo de vida desenfrenado de los brokers de Wall Street y una compleja descripción pormenorizada de los asesinatos que comete el personaje principal, Patrick Bateman. La película basada en dicha novela (Mary Harron, 2000) tiene algunos momentos destacables, una ambientación bastante lograda, pero en general me interesó mucho menos que el libro. Hollywood siempre tiende a suavizar, no puede contar con toda crudeza las salvajadas del libro.

Sin salir de la década de los noventa, voy a destacar a alguno de esos “malos molones” del director que quizás mejores “malos molones” nos ha regalado: Quentin Tarantino. El señor Rubio de Reservoir dogs, interpretado por Michael Madsen, merece pasar sin duda al listado por su particular receta de oreja a la plancha bajo los compases de Stuck in the middle with you. Al igual que casi cualquier personaje de Pulp Fiction (1994): un Vincent Vega (John Travolta) colocado que mata sin remordimientos, el Jules que compone Samuel L. Jackson que decide cambiar de vida, los tarados del sótano, el boxeador asesino Butch (Bruce Willis) y el que meteré en mi top-ten, Marsellus Wallace (Ving Rhames). Por su presencia, por su sensibilidad para con su chica, por el modo en que lleva los donuts a su compañero… y por frases como las que deja en algunas escenas:

“Estoy a mil jodidas millas de estar bien”.

“Voy a enviar a un par de negros empapados en crack. Quiero que disequen a este tío con un soplete y unos alicates. ¡Practicaremos el medievo con su culo!”.

Tarantino siempre ha tenido un don especial para crear malos de época. Uno de los mejores personajes de su carrera es el oficial alemán Hans Landa (Malditos bastardos, 2009), el cazador de judíos, papelón que interpreta Christoph Waltz, un redomado hijo de puta en cuatro idiomas y uno de los mejores papeles secundarios de la historia del cine. Tiene esa extraña virtud de dar miedo con una simple sonrisa. Como el Calvin Candie de Django desencadenado (2012) con la cara de tarado de Leonardo di Caprio, o el Bill de Kill Bill (2004), interpretado por David Carradine. Tarantino ha creado malos de ficción tan potentes que sorprendió creando un Charles Manson tirando a tarado blandengue en Érase una vez… en Hollywood (2019).

(Continuará en Villanos II: traidores, villanas y el vecino de al lado).

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Goodbye, Lord Vader

TRAVIS, 09/01/2021

El año 2020 no solo se llevó por delante a dos actores que parecían inmortales, como Olivia de Havilland y Espartaco Kirk Douglas (ambos habían superado el centenar de años hace casi un lustro), o a otros viejos conocidos que siempre nos acompañaron y de los que llegamos a pensar que no desaparecerían nunca, como Sean Connery, Ennio Morricone o Albert Uderzo, el dibujante original de Astérix y Obélix. El año ha sido de una maldad tan profunda que incluso pudo con el malo de entre los malos: se llevó también por delante al actor que interpretó a quien aparece casi siempre en el número uno de las listas de malvados: David Prowse, el hombre tras la máscara de Darth Vader. David Prowse, actor británico, natural de Bristol, culturista, campeón del Reino Unido de halterofilia y condecorado con la Orden del Imperio Británico en el año 2000, falleció el 28 de noviembre pasado a los 85 años de edad. Pocas veces hemos podido verlo en un papel distinto al de Darth Vader. Hizo tres películas como el monstruo de Frankenstein y en La naranja mecánica es el gigantón del grupo de drugos.

Si gugleas “los mejores villanos de la historia del cine” o “los personajes más malvados”, casi siempre aparece Darth Vader en el número 1, junto a una serie de villanos con los que coincido (Hans Landa, Hannibal Lecter, el Joker) y otros bastante discutibles. ¿Qué pintan Tiburón o Alien en esta lista, o una criatura como Terminator que no es otra cosa que un exterminador? ¿Qué edades tienen esos votantes que ponen a Loki o Voldemort en el top-10? Tendré que hacer mi propio listado, por lo que veo. Ya tengo tarea para otro post.

Para adquirir la condición de villano o de malvado, primero hay que tener claro lo que es la maldad, o saber distinguir entre el Bien y el Mal, y Tiburón, Terminator o un Terminator humano como Anton Chigurh (el personaje de Javier Bardem en No es país para viejos) solo muestran una faz. Por eso me parecen mucho más interesantes los personajes que saben perfectamente cuál es el lado correcto, pero sin embargo, por diversas circunstancias, se apartan del lado luminoso de la Fuerza y se sitúan en el Lado Oscuro, como lo definen perfectamente las películas de Star Wars.

La creación del personaje de Darth Vader tuvo algo de casual, no estaba tan definido en sus orígenes y su personalidad fue creciendo episodio a episodio, del IV al VI, de Una nueva esperanza a El retorno del Jedi, incorporando matices, motivaciones y elementos que lo convirtieron en un villano tan atractivo para los espectadores de varias generaciones. Posteriormente, en los episodios I al III, de La amenaza fantasma a La venganza de los Sith, su conversión del niño Anakin a Jedi, y luego a Lord Sith, resulta ser el motor principal de la nueva trilogía. Pese a que soy fan de la clásica y mucho menos de la intermedia, hay que reconocer los esfuerzos de los guionistas para encajar todos estos elementos en una trama que concluyera con el paso de Anakin al lado oscuro.

La elección de Prowse para el papel de Darth Vader tuvo algo de fortuita, pues le ofrecieron elegir entre el papel de Chewbacca, “un gigantón peludo”, o el del malo malísimo, y David escogió este último. El aspecto físico de Vader incorpora elementos del cine de samuráis, como el casco y la armadura, o los duelos de sables láser, lo cual es entendible puesto que George Lucas ha reconocido en varias ocasiones la influencia de La última fortaleza, de Akira Kurosawa, para el primer episodio de la trilogía clásica. En su concepción original de la saga, Lucas incorporó elementos del cine de superhéroes, de la mitología clásica, del wéstern y de los libros de J. R. R. Tolkien de El señor de los anillos (para curiosos, ya le dediqué El despertar de la Fuerza. Jedis, hobbits y otras historias).

Según el libro Secretos y mentiras de Hollywood, de Juan y Miguel Juan Payán:

“El villano por excelencia de las aventuras de la colección de tebeos de Los Cuatro Fantásticos apareció en el número 5 de la misma. Su nombre es (…) Victor Von Doom, más conocido en España como El Doctor Muerte. Inspirado en La máscara de hierro de la novela de Alejandro Dumas, tiene el rostro desfigurado y atravesado por cicatrices, y porta una armadura que le recubre todo el cuerpo y la cara, una capa y una capucha. Es medio brujo y medio científico. Adivinen a quién nos recuerda: Anakin Skywalker, alias Darth Vader”.

A todo este aspecto exterior, a ese vestuario que acojona al espectador desde su primera entrada en la nave de la princesa Leia, se le sumó la presencia imponente y el lenguaje gestual de David Prowse. La altura del actor, por encima de los dos metros, su manera de hacer callar a los oficiales del Imperio, el gesto de cerrar el puño o simplemente de apretar dos dedos para cargarse a alguien, lo convierten en un villano intimidatorio como pocos en la historia del cine. Por eso sorprende que, siendo “el malo entre los malos”, o quizás, “el malo más atractivo” para el espectador, sepamos tan poco del actor que lo interpretaba.

De ese vacío se ocupó un documental de Marcos Cabotá y Toni Bestard de 2015 titulado I am your father. No podía llevar otro título. La frase de la trilogía, de todas las trilogías. Una frase que como tantas otras cosas en el universo Star Wars fue una sorpresa hasta para los miembros del rodaje. El documental es una maravilla nostálgica para los que somos aficionados a la saga desde hace décadas y lo que hicieron estos dos directores mallorquines es un acercamiento a la figura de David Prowse y a sus sentimientos respecto al personaje de Vader. Muy recomendable si te interesa la saga galáctica.

En ninguna de las tres películas en las que participó David Prowse llegamos a ver su cara. Y en el momento cumbre de El retorno del Jedi, cuando Darth Vader se redime, abandona el Lado Oscuro y está a punto de morir, le pide a Luke que le quite la máscara. Era el momento de haber conocido a Prowse, el hombre bajo el casco y ese respirador tan característico, y sin embargo George Lucas le negó la gloria, el reconocimiento. En su lugar intervino un actor llamado Sebastian Shaw, que es el mismo que aparece después en el poblado ewok, ya como espíritu Jedi (antes del bochornoso cambio que incorporó Lucas en las ediciones remasterizadas). Con todo, lo peor no fue solo eso, sino que ni George Lucas, ni el director Richard Marquand, se atrevieron a decírselo al propio David. Para que no se enterara, ese día le pusieron a rodar otra escena en un set de rodaje apartado del lugar en el que el equipo preparó el encuentro cara a cara entre padre e hijo con Shaw. La última puñalada de una larga lista.

No vimos nunca en pantalla la cara de Prowse, pero es que tampoco escuchamos jamás su voz. El vozarrón del original pertenece a James Earl Jones, mientras que en España tenemos asociado el personaje a ese otro vozarrón que era Constantino Romero. David Prowse rodó todas las escenas, pero se enteró el día del estreno de que su voz había sido sustituida. Según parece, tenía un fuerte acento inglés del sudoeste de las islas, lo que no convencía a Lucas para el papel. Carrie Fisher, la princesa Leia, hablaba de él despectivamente como Darth Farmer, el granjero. La escena cumbre de la trilogía, el célebre “Yo soy tu padre”, “I am your father”, en El imperio contraataca, se rodó originalmente como: “Obi Wan mató a tu padre”.

El día del estreno, con el equipo de rodaje en las butacas de la sala, la sorpresa fue mayúscula para todos. La misma sorpresa que tuvo David Prowse en el estreno del primer episodio cuando vio que su voz original había sido sustituida por la de James Earl Jones. Uno de los descubrimientos que tuve con el documental de Cabotá y Bestard fue saber que el giro argumental de la paternidad de Darth Vader fue una ocurrencia del propio David Prowse. La guerra de las galaxias no estaba concebida para tener secuela, pero fue tal su éxito que se lo propusieron a Lucas. En una entrevista a David Prowse que ni siquiera él recordaba, le preguntaron que cómo creía que podría continuar la historia y él lo soltó como si tal cosa, podríamos hacer que Darth Vader fuera el padre de Luke. Es un giro argumental brillante que abría numerosas posibilidades: el Bien y el Mal como caras de una misma moneda, la delgada línea que nos puede llevar al reverso tenebroso, el poder de perversión de la venganza,… una idea brillante de la que George Lucas jamás ha reconocido la autoría. Cuando se grabó la voz con la famosa frase, solo George Lucas y el productor Gary Kurtz sabían que se iba a dejar así. El propio James Earl Jones pensó que era mentira mientras ponía voz a una de las frases más famosas de la historia del cine, como reconoció en alguna entrevista posterior: “(Darth Vader) está mintiendo. Habrá que ver cómo desarrollan esta mentira”.

Lo cierto es que la relación entre Lucas y Prowse nunca fue buena, como se muestra en el documental, y el actor británico no fue invitado posteriormente a ninguna de las convenciones de Star Wars que se celebran cada cierto tiempo. Si el director y productor ya le había hecho varias jugarretas al actor como la de la voz o escenas en las que le negaron su participación, el deterioro de la relación fue completo con la publicación de un reportaje de Paul Donovan en el Daily Mail antes del final del rodaje de El retorno del Jedi en el que se anunció que el personaje de Vader moría al final de la película. El reportaje incluía una entrevista a David Prowse, luego para George Lucas estaba claro quién había sido el filtrador. Lo cierto es que la filtración vino de un miembro del equipo de rodaje, como reconoció el propio Donovan, y resulta creíble si tenemos en cuenta el secretismo que había alrededor del guion y cómo los actores solo recibían las páginas que iban a rodar en el día. David Prowse no tuvo nada que ver, pero a pesar de eso, nunca hubo reconciliación entre Lucas y él. Como bien dice Darth Vader en una de sus grandes frases, que sería totalmente aplicable a Lucas:

“Su carencia de fe resulta molesta”.

Algunas otras de mis frases preferidas son:

El Emperador no comparte su valoración tan optimista de la situación”.

“Eso espero, comandante, por su propio bien”.

“Únete a mí y juntos gobernaremos la galaxia como padre e hijo”.

“Controlas tu miedo, Obi-Wan te instruyó bien”.

El documental I am your father concluye con una locura maravillosa: el rodaje de la escena que le escamotearon a David Prowse… interpretada por el propio David Prowse.

La escena en la que por fin podía desprenderse de la máscara y enseñar su rostro al público. Su gran momento, la redención del gran villano, el malvado que insiste a su hijo en que “tenías razón, dile a tu hermana que tenías razón”, que aún había algo de bondad en él. Lucas Films no autorizó a que dicha escena re-grabada se exhibiera, luego tendré que conformarme con mostraros la original:

Según el libro Star Wars y la filosofía, en el capítulo dedicado a la “pérdida y redención de la paternidad”, de Charles Taliaferro y Annika Beck, Anakin Skywalker tenía una distorsionada visión de la paternidad, pues él mismo carecía de padre, y sus ansias de alcanzar el poder para proteger primero a su madre y luego a Amidala serán las que le lleven al miedo y de este al lado oscuro, pero finalmente nos dará una lección de amor: “El sacrificio de Vader es poderoso, porque cumple lo que debería haber hecho mucho antes, sacrificar su exagerado sentido del yo, sacrificar su búsqueda de poder en nombre de lo que para él era el amor, y sacrificar sus planes de salvar a su hijo conduciéndolo a las profundidades de la oscuridad”. “Vader no puede retroceder en el tiempo para hacer tales sacrificios y convertirse en el padre amoroso que debería haber sido, pero sí puede sacrificar su vida ahora, morir en lugar de Luke, tal como Obi-Wan hace en Una nueva esperanza”.

Un gran final para el personaje, una gran homenaje el que le brindan a David Prowse estos dos jóvenes directores mallorquines y su elenco de maquillaje y efectos especiales. Pocas veces un personaje de ficción habrá tenido una vida tan larga y habrá contado con tantos actores para representarlo:

  • James Earl Jones, la voz original.
  • Sebastian Shaw, para las escenas sin la máscara.
  • Bob Anderson, el doble para las escenas de los sables láser.
  • Jake Lloyd, como el Anakin de nueve años que aparece en La amenaza fantasma.
  • Hayden Christensen, como el joven Jedi invadido por el odio en los episodios I y II.
  • Spencer Wilding, en los pocos segundos de metraje de Vader en Rogue One.
  • Y por supuesto, el gran David Prowse. El cuerpo, la presencia de Darth Vader. Descanse en paz.

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El año que nos encerramos cautelosamente

El año que vivimos peligrosamente es una película de Peter Weir de 1982 ambientada en las revueltas de Indonesia a mediados de los sesenta. Inicialmente me pareció un buen título para definir lo que había sido 2020, pero una vez que analizas que todo lo que tenías que hacer era confinarte, reducir tu actividad al mínimo y no hacer nada me pareció que quedaba un tanto exagerado. De ahí el título escogido.

Un año como el que acaba de terminar no podía hacerlo de una manera más adecuada que como lo ha hecho: mal, penoso, lamentable. No lo digo por el vestido de la Pedroche, no. Ni lo digo solo por “regalarnos” una de esas sobreactuaciones a las que Nacho Cano nos tiene acostumbrados (ahí queda su particular intervención en el homenaje a Miguel Ángel Blanco), sino sobre todo por una nueva polémica y división acerca de la bandera de España en la Puerta del Sol: el artículo de Ignacio Escolar, los insultos habituales en redes sociales, Televisión Española tapando la bandera con medio metro de flores,… en fin, la polarización de la sociedad una vez más y la manipulación de todo desde los medios y la clase política. Que una bandera de 1785 utilizada durante siglos (también por la Primera República) sea “un problema” tan grande me hace pensar que estamos perdidos como sociedad.

Como dice la letra de la canción de Nacho Cano, en este momento del año “hacemos el balance de lo bueno y malo”, aunque sea un par de días después y no “cinco minutos antes de la cuenta atrás”, y de eso va este primer post del año, o último de 2020, según se mire. Si vamos a las cifras de este blog de los Cuatro amiguetes y unas jarras (aunque cada vez haya menos jarras que tomar con amigos), el número de lectores se ha triplicado en comparación con el año 2019, que ya había sido el mejor de largo, algo tan espectacular como sorprendente. 60 artículos en total publicados en este blog, 15 en otros medios, más otros 23 firmados de manera apócrifa en sitios inconfesables, y la edición de Aguafiestas en un año muy completo. Solo en este blog hemos llegado a las 70.000 lecturas, pero si añadimos las de LinkedIn, La Galerna y Planeta Fútbol seguramente hayamos superado los 100.000 lectores en todo el año, congrats! Y gracias a todos por el interés.

Esas son las estadísticas, que pueden decir mucho o no contar nada, pero de lo que hoy se trata es de hablar de las tendencias que han marcado el año, de qué temas se han ocupado los cuatro amiguetes en estos doce meses en los que nuestro modo de vida saltó por los aires. Y el comentario sobre el vestido de la Pedroche o la bandera solo eran excusas para comentar uno de los temas que más nos preocupan y que ya estaban en el primer post del año (Despropósitos de Año Nuevo): la polarización de la sociedad. Cristina Pedroche es una mujer “empoderada” o “cosificada” en ese nuevo lenguaje, según pertenezcas a un bando o al otro (y ya me preocupa hablar de bandos), en ese discurso de rojos y fachas que todo lo contamina, no digamos la bandera. La utilización partidista de todas las herramientas al alcance de la clase política ha servido para desunir aún más a una población sorprendida por la pandemia que necesitaba la unión de esfuerzos y la coordinación de administraciones, y su actuación ha vuelto a poner de manifiesto que no están a la altura de los ciudadanos, que en su mayor parte han tenido un comportamiento ejemplar, solidario y responsable. Las cicatrices del coronavirus necesitarán años para cerrarse.

El Amiguete Josean ha dedicado buena parte del año y de sus esfuerzos a explicar las reformas fiscales que se anunciaron a principios de año (Las grandes corporaciones son malas, un tema complejo que dio para dos partes) y todos los cambios legislativos que se implementaron con el estado de alarma (Y todo en un mes), con mucha precipitación y rectificaciones constantes que no trajeron los resultados deseados. A veces hay que fiarse más de criterios técnicos que ideológicos cuando se van a tratar determinados asuntos, como los Presupuestos Generales del Estado, que pecan de una serie de errores, como ingresos erróneamente calculados y gastos infravalorados. El peaje también de tener que contar con algunos socios que no son los mejores compañeros de paseo (Sí se puede. No se podía, pero ahora ya sí se puede). No quería dejar el tema de la ideología en cuestiones de dinero público, porque uno de los textos más celebrados de este blog es aquel sobre el estudio del impacto de género en un túnel. Sí, con un par: La M-30 es machista.

El Amiguete completó su año con los capítulos VI y VII del libro no publicado Grandes errores de las escuelas de negocios (ahí lo dejo por si algún editor se siente interesado por la idea), en esta ocasión dedicada al modo de confeccionar presupuestos en una empresa. La esquizofrenia del CFO es la que le anima a escribir este tipo de artículos, así como un relato casi verídico sobre una visita a declarar en los juzgados (Con Animal en el juzgado).

La Covid-19 lo ha impregnado todo este año, también los temas recurrentes en este blog: el deporte, el cine, algún viaje o voluntariado, los maratones,… El Amiguete Lester se ha quedado sin correr un maratón por primera vez desde 2003, así que este año no hemos tenido crónica maratoniana desde algún lugar lejano (o cercano, pues tenía inscripción para Madrid en abril). Pero nos ha contado el placer de correr por el placer de correr, cuando no hay un plan exigente de entrenamientos detrás, y sobre todo, cuando has estado casi dos meses encerrado en tu casa sin salir. El placer de salir a la calle y trotar al aire libre, algo que creíamos que no nos faltaría nunca y en este 2020 desapareció de nuestras vidas como tantas otras cosas. Lester reconoció haber estado (casi) feliz en casa disfrutando con la familia y el tiempo en común, incorporando nuevas aficiones, y el “casi” sería completo de no ser por todo ese sufrimiento cercano que a todos nos ha llegado de un modo u otro. Cae la felicidad en los índices que miden estas cosas intangibles y el relato El oso gris nos trasladó a un futuro cercano que podría ser aún peor que este año de aislamiento y distancia social que hemos vivido. Otro relato extraño, Espectros sobre la pared, y una primera incursión en la poesía, Volverán las malditas mascarillas, completan el año de Lester.

El cine no ha escapado a la pandemia, y el cierre de las salas, así como el bajo nivel de los estrenos, ha llevado al Amiguete Travis a refugiarse en temas atemporales, como si es mejor el libro o la peli, en una larga conversación con Reggie que se alargó en dos partes muy interesantes por las aportaciones de ese gran fichaje del blog. La ausencia de estrenos hizo que Travis repasara algún clásico, como en Mi cita anual con Ben-Hur, se equivocara en los Óscar de Parasite, tratara las manías de algunos directores (Los cigarrillos Red Apple y el Imperio Austro-húngaro) y el modo que tiene Hollywood de tratar la figura de sus presidentes, ya sean ficticios o reales. El confinamiento también dejó huella en algunos posts, como en Ensayos de un futuro distópico, sobre el modo de tratar este tipo de catástrofes en el cine, o en la peli surrealista que podría escribirse juntando una buena colección de pelis que aparecieron en los reordenamientos de casas que todos hicimos durante el encierro. Un año tan raro como 2020 ha visto los estrenos de dos de los directores más exitosos e interesantes del panorama actual: Christopher Nolan y David Fincher. Ambos pasaron por el análisis de Travis, tanto Nolan con Tenet, en la parte del elogio (sin spoilers) y en la crítica furibunda (destripando el argumento), como Fincher con su visión de la escritura del guion de Ciudadano Kane en Mank (Citizen Mank, Ciudadano Fincher). Un formato que se va a repetir a buen seguro es el de destripar una novela gráfica o cómic y posteriormente su versión cinematográfica. Este año ha sido el de Watchmen, la novela gráfica y la versión de Zach Snyder. En 2021 toca V de Vendetta.

En cuanto a Barney y sus diatribas futboleras, 2020 ha sido un año en el que el deporte no ha escapado a la drástica alteración que ha supuesto la pandemia para todo nuestro mundo conocido. La Liga se suspendió durante tres meses, la NBA se disputó en agosto, Roland Garros en octubre, nos quedamos sin Juegos Olímpicos ni Eurocopa de fútbol, en fin, todo muy raro. El mejor resumen de Barney lo podréis encontrar en La Galerna, en modo Carta a un 2020 muy, muy perro.

En este blog comenzamos con la Supercopa y las nulas críticas al Cholo y acabamos con el primer relato de Barney, Lituriaga, ambientado en el Torneo de Navidad de baloncesto allá por los ochenta. Entre medias hubo tiempo para hablar de esta temporada tan extraña (Déjà vu de la 2016-17), la vergonzosa exigencia de algunos acerca de la Liga inconclusa (La solución belga, el sueño húmedo culé), los incomprensibles olvidos o la desmemoria de la prensa (La mano no era de Dios) y el triunfo final de los de Zidane en el campeonato. El parón en la competición sirvió para encontrar los lazos en común entre los Tauro del 70 (André Agassi, Luis Enrique y Simeone) o para hablar de las derrotas más dolorosas, las que nos siguen revolviendo el estómago tanto tiempo después. El blog dedicó cinco extensos artículos a la vuelta de la NBA y la victoria de los Lakers con el mejor especialista de la materia en España (aquí, guiño): Barney Jr. La muerte de Maradona sirvió como excusa para hablar de los mejores de todos los tiempos en varios deportes y por último, Barney no pudo evitar su tradicional crítica a la penosa prensa deportiva de este país.

Ha sido un año productivo, sin duda. Es lo que tiene pasar tanto tiempo encerrados. El blog ha cumplido seis años y goza de muy buena salud. Los ingresos generados (muy bajos de momento, por “el odio a monetizar”) han servido para apoyar una serie de proyectos solidarios en Perú (con Gam-Tepeyac) y de Ayuda en Acción de apoyo a familias desfavorecidas por la Covid. Como resumen de lo que han sido estos seis años cada Amiguete agrupó su centenar de textos en un recopilatorio que sirve de índice para lectores recientes:

Muy orgullosos de lo logrado, cómo no. Este blog solo busca entretener y aportar información, y lo que no va a descuidarse en ningún momento es el lado humano. El título del documental estrenado recientemente sobre las personas que han estado en la guerra cruenta contra el virus (y sobre los que lo han padecido) me sirve para hablar de la mayor enseñanza que nos deja 2020, aunque haya sido arrojándonosla a la cara: olvídate de egoísmos, preocúpate del que tienes al lado, deja de lamentarte de gilipolleces, quiere a tu familia, llama a tus amigos,… Esta situación la revertiremos entre todos, y cuanto más unidos estemos y menos divididos, como empezaba este artículo, será mucho mejor. Más sencillo, más efectivo. La mitad de las lecturas de este año aciago han sido para un texto que hablaba de todo esto y de reconciliación, de las lecciones de vida que nos dejaron nuestros padres, los más castigados por el virus: Aplauso a una generación de héroes. Muy grandes, a ver si aprendemos.

¡Feliz 2021, amigos!

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Citizen Mank, Ciudadano Fincher

TRAVIS, 19/12/2020

Como en los últimos dos años, la plataforma Netflix nos ha traído una de las películas más interesantes del año, Mank, la última de David Fincher, una de esas obras poco comerciales como Roma (Alfonso Cuarón, 2018) o El irlandés (Martin Scorsese, 2019), en las que se da plena libertad a sus directores para que desarrollen la historia que les apetezca. Coinciden estas tres películas en el hecho de ser proyectos largamente perseguidos por sus directores, historias ya escritas o que les rondaban la cabeza y que no encontraban nunca el momento o la financiación para llevarlas a cabo. Si Netflix asume el riesgo de producir este tipo de obras arriesgadas sin temor a la audiencia, bienvenida sea esta plataforma, al igual que todas las demás que se dedican a producir películas o series de calidad.

El proyecto llevaba largo tiempo intentando ser plasmado en pantalla, tanto como que David Fincher trató de sacarla adelante tras el éxito de taquilla de The Game (1997) y sobre todo de Seven (1995). Y resulta tan personal porque el guion fue escrito por Jack Fincher, el padre de David, quien sin embargo falleció en 2003 sin poder ver su historia trasladada a la gran pantalla. Una pena en varios sentidos, por el propio Jack, que no pudo ver lo que el fino estilista de su hijo ha rodado, por David, que no llegó a tiempo de dedicarle en vida el filme a su padre, y por nosotros los espectadores, porque creo que Fincher hijo ha querido respetar de tal modo el guion de Fincher padre que no le metió su toque personal. Por respeto o por lo que fuera, pero creo que en alguna parte de la trama, sobre todo en el final, el guion está muy por debajo de la realización.

La película cuenta el proceso de escritura de Ciudadano Kane, Citizen Kane (1941), la ópera prima de Orson Welles, ese título que aparece sistemáticamente en todos los listados de películas más grandes de todos los tiempos. Una de esas películas no aptas para todos los públicos, así me lo ha parecido siempre que la he visto con alguien por sus comentarios. Descomunal, grandiosa en el mejor y peor sentido de la palabra, brillante en algunas escenas, plúmbea y pretenciosa en otras… Exactamente igual que Mank, apelativo de Herman J. Mankiewicz, coguionista junto al propio Welles de Ciudadano Kane.

David Fincher me parece un director asombroso, de los mejores del cine actual sin duda, pero de él me maravilla su capacidad de transformarse en cada película para ser capaz de pasar de un director rompedor en el estilo (Seven o esa obra maestra que fue El club de la lucha) al clasicismo más absoluto, como en Zodiac (2007), El curioso caso de Benjamin Button (2008) o en Mank. Lo que ha hecho Fincher en pleno 2020 es rodar una película de finales de los treinta y principios de los cuarenta, no en vano la época en la que está ambientada. Con el mismo estilo y la misma atmósfera. El blanco y negro, el gran angular, la profundidad de campo, los títulos de crédito y algunos toques personales como la vieja máquina de escribir que marca los flashbacks de la historia. David Fincher tiene un sentido estético y visual como pocos directores actuales, como el Ridley Scott de sus mejores películas, con una concepción global de lo que quiere rodar (música, fotografía, planificación) al estilo de Steven Spielberg o Martin Scorsese, un tipo capaz de regalar grandes planos de esos que se quedan para siempre en la memoria.

Mank, como no podía ser de otra manera, está repleta de homenajes a Citizen Kane: la estructura temporal, la bola de nieve que cae de las manos aquí convertida en botella, el moribundo en la cama y la enfermera entrando por una puerta difuminada al fondo, el destrozo de la habitación de Kane que resulta ser una caja de botellas de whisky en Mank, el plano desde el suelo (o más abajo) de la habitación,… y sobre todo la luz, la iluminación. Si en algo se esmeró Orson Welles con el director de fotografía Gregg Toland fue en componer planos en los que la luz fuera protagonista, que entrara en las habitaciones como un personaje más, con su propio significado, como un cañón de luz en el teatro que lleva la atención sobre unos personajes, se concentra sobre un objeto o difumina otros. Quizás por eso su nombre comparte pantalla en los títulos de crédito con el del director y creador con mayúsculas de esta película:

Al talento de Toland, ya reconocido por entonces con un Óscar, se le unió la mayor concentración de talento precoz que se ha visto nunca en una sola película: el niño prodigio Welles a la tierna edad de 25 años, Robert Wise como montador (el que después fuera director de Sonrisas y lágrimas, Ultimátum a la Tierra y West Side Story contaba entonces solo 26 años) y Bernard Herrmann como compositor de la banda sonora sin haber alcanzado aún la treintena. Bernard Herrmann había colaborado previamente con Orson Welles en varios programas de radio y se convertiría en historia de Hollywood con el paso de las décadas: comenzó con Welles, compuso las bandas sonoras más características de las películas de Alfred Hitchcock (Vértigo, Con la muerte en los talones y la famosísima de Psicosis) y acabó sus días a las pocas horas de terminar de grabar los últimos acordes de la desasosegante música que acompaña a Robert De Niro en Taxi driver.

Comento toda esta concentración de talento porque no es otra cosa lo que vemos ocupar la pantalla en Mank. Con asombrosa naturalidad pasean por la pantalla el hermano de Mank, Joseph L. Mankiewicz (director de Eva al desnudo, Cleopatra, La huella, guionista oscarizado por Carta a tres esposas y Eva al desnudo), los escritores Ben Hecht y Charles MacArthur, y varios de esos productores judíos que pusieron en pie los estudios de Hollywood, como Irving Thalberg o Louis B Mayer.

La historia que cuenta Mank no es original, se ha contado ya muchas veces, como en el ensayo de la crítica cinematográfica Pauline Kael, Raising Kane, o en RKO 281, una película de 1999 dirigida por Benjamin Ross, que se centra en el propio rodaje y en las reacciones del magnate caricaturizado en Kane, William Randolph Hearst. RKO 281 me pareció en su día una película interesante, sin más, aunque según he leído posteriormente comete varias inexactitudes en la historia, como que la fiesta en la que supuestamente estuvo Orson Welles no existió, o el imperdonable error de no utilizar el estado convaleciente del guionista.

El papel de Mank recae en John Malkovich, Liev Schreiber hace de Orson Welles, y los papeles de Hearst y su novia Marion Davies recaen en James Cromwell y Melanie Griffith. Creo que volveré a verla estos días, se puede encontrar fácilmente en enlaces como el que dejo aquí:

Mank se basa fundamentalmente en el ensayo de Pauline Kael, una serie de artículos polémicos que se decantan por la teoría de que el autor del guion casi de modo exclusivo fue Mankiewicz. Pero conociendo el genio creador de Orson Welles, apabullante, megalómano, controlador hasta la obsesión, parece improbable que el guion que Mank entrega en la película a Welles se convirtiera finalmente en lo que se rodó. En 1996 se rodó un documental sobre esta misma historia, The battle over Citizen Kane, en el que se explica que Welles realizó seis versiones del guion sobre el original de Mankiewicz, más de trescientos cambios y aportaciones que hacen que quizás lo más justo es que la autoría del guion quedara compartida, como finalmente ocurrió aunque no hubiera sido lo pactado inicialmente. También se puede encontrar con facilidad:

Lo curioso es que de las nueve nominaciones a los Óscar que recibió Ciudadano Kane solo obtuvo una estatuilla, la de mejor guion, y ni Welles ni Mankiewicz acudieron a la ceremonia a recogerlo. A mi modo de ver, algunas partes de Mank podrían haber mejorado con un recorte, mientras que echo en falta más metraje justo en el final, en esas reelaboraciones del guion o en las presiones que recibió la RKO del círculo de Hearst para que Citizen Kane no viera la luz. La película de Fincher se corta de una manera algo abrupta con la ceremonia de los Óscar y con las palabras reales de los dos coguionistas en conflicto (y no hago spoiler, porque creo que esto lo sabe todo cinéfilo), con esa genial respuesta de Mankiewicz al hipotético discurso que habría dado de haberse personado en la ceremonia: “estoy muy feliz de recoger este premio en ausencia de Orson Welles, que es como se escribió este guion: en ausencia de Orson Welles”. Ahí, volando los cuchillos, remarcando la distancia enorme que separó a ambos.

Para terminar, no podía dejar de lado las interpretaciones de Mank. Gary Oldman tiene uno de esos papeles tan agradecidos para los actores, tan “oscarizables” como el que le diera el galardón por interpretar a Winston Churchill en La noche más oscura: un personaje real, histórico e histriónico, arrollador, con buenos diálogos y perfecto para el lucimiento. Mankiewicz era un alcohólico totalmente dependiente y Oldman muestra esa degradación del personaje a la perfección. “Pescado y vino blanco”, ahí lo dejo para el que la haya visto. Charles Dance interpreta a un William Randolph Hearst más amable que el de RKO 281, sobrio, contenido y con una fábula estupenda que contar acerca de un mono y un organista. Amanda Seyfried pone la cara y la voz a Marion Davies, y Tom Burke a Orson Welles. El resto de secundarios tiene “cara de época”, sobre todo esos cabroncetes de productores judíos, como Louis B. Mayer (Arliss Howard), pero me quedo con dos de las actrices: Lily Collins, que interpreta a la asistente y mecanógrafa de Mank, Rita Alexander, y la no menos estupenda Tuppence Middleton, la “poor Sara” Mankiewicz del filme.

Merece la pena verla, como los enlaces que aquí les he dejado. Pero si algo merece la pena de verdad es ver este otro enlace que dejo por aquí. Hasta la próxima:

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The US Presidents según Hollywood (II)

TRAVIS, 03/09/2020

Como ya dije en la primera parte, para llegar a la presidencia de Estados Unidos conviene tener una elevada capacidad actoral, porque la carrera electoral en realidad es una interminable sucesión de shows and performances adaptada a cada uno de los escenarios, es decir, a la mentalidad de los espectadores/habitantes de cada estado. Ahora que parece que se confirma la victoria de Joe Biden, es un momento excelente para alabar la interpretación de un actor como Jim Carrey transmutado en Joe Biden con el mismo acierto con el que Alec Baldwin lleva años interpretando el personaje de Donald Trump. Por esa capacidad de actuación, no debe extrañar que un actor con una larga carrera en Hollywood como Ronald Reagan accediera a la Casa Blanca en 1980. O que Arnold Terminator Schwarzenegger se convirtiera en gobernador de California. O que ascendiera a presidente de los Estados Unidos en The Simpsons: the movie. Genial esta parodia sobre la toma de decisiones de un presidente en el Despacho Oval:

Me interesan más las películas sobre los presidentes posteriores a la Segunda Guerra Mundial, que suelen ser mucho más críticas y ácidas, que las anteriores, porque el tiempo tiende a mitificarlo todo, a suavizar los errores de los personajes y a ensalzar sus virtudes. En muchas películas sobre personajes históricos, los actores que los interpretan hablan con ese aire de grandeza que les da el lugar que la Historia tiene reservado para ellos, y el problema es que parece que lo hubieran tenido siempre, incluso desde su formación como cadetes en una academia militar o en una universidad. Se convierten en verdaderas hagiografías, biografías demasiado elogiosas y poco humanas del personaje.

Para los interesados en el tema, George Washington aparece, entre otras, en Los inconquistables, película de Cecil B. De Mille de 1947, con Gary Cooper y Paulette Goddard, en El Patriota (2000), la estupenda recreación de Roland Emmerich de la guerra de Independencia, con Mel Gibson y Heath Ledger, o en George Washington: la leyenda (2000), en la que el primer presidente de la historia de Estados Unidos es representado por Jeff Daniels. De Thomas Jefferson solo recuerdo Jefferson in Paris (1995), uno de esos tostonazos de época rodados por James Ivory que no acabé de ver, pese a que contaba con Nick Nolte y Greta Scacchi en el reparto. Ulysses Grant aparece brevemente en uno de mis wésterns favoritos de siempre, Murieron con las botas puestas (Raoul Walsh, 1941), con Errol Flynn haciendo de General Custer, y también en esa cosa abominable llamada Wild Wild West (1999, esperpento perpetrado por Barry Sonnenfeld).

El “padre de la patria” estadounidense actual que, sin duda, aparece en más películas es Abraham Lincoln. El nacimiento de una nación (1916) y Abraham Lincoln (1930), ambas de D.W. Griffith, Lincoln en Illinois (1940, John Cromwell) y de esa época, la muy recomendable de John Ford, El joven Lincoln (1939), en la que Henry Fonda interpreta el papel de ese joven abogado que terminaría como presidente de la nación. Mucho más modernas son La conspiración, de 2010, el acercamiento de Robert Redford al complot que culminó su asesinato con éxito, y Lincoln, de 2012. Como todo lo que hace Steven Spielberg es muy interesante, y como todo lo que hace Daniel Day-Lewis resulta de una intensidad un tanto agobiante.

En ese mismo año 2012 se estrenó un delirio titulado Lincoln: cazador de vampiros, del que me bastó ver el tráiler para saber que no me interesaba lo más mínimo ver al presidente convertido en un Van Helsing cualquiera que, hacha en mano, se dedica a descuartizar vampiros. Quizás una noche en la que me encuentre muy, muy, muy, pero que muy aburrido…

Y de un presidente asesinado durante su mandato a otro: John Fitzgerald Kennedy. Sin duda, su asesinato y muerte prematura idealizaron para la posteridad su figura. La fenomenal disección del magnicidio de 1963 en Dallas que Oliver Stone muestra en JFK (1991) nos hace dudar casi de cada punto relacionado con la versión oficial de la comisión Warren. La exposición de la teoría de la bala única resulta magistral en pantalla, pero ya sabemos que Oliver Stone suele ser tan hábil como tramposo en sus películas. Un genio en lo suyo. Kennedy aparece también en Trece días (2000), sobre la crisis de los misiles de Cuba, interpretado por Bruce Greenwood y en El mayordomo (2013), con el aspecto que le da James Marsden.

Si a alguien le interesa de manera especial este tema, El mayordomo, que no es otro que Forest Whitaker, cuenta la historia de ficción de un trabajador humilde que nace como esclavo en una plantación, entra a trabajar en la Casa Blanca como mayordomo y conoce a siete presidentes norteamericanos. La película aprovecha todo ese período histórico para hablar de los conflictos raciales en Estados Unidos y termina, como no podía ser de otro modo, con una recepción con Barack Obama. Robin Williams interpreta sorprendentemente al primer inquilino del Despacho Oval que conoce este mayordomo, Dwight Eisenhower, el predecesor de Kennedy. Robin Williams, con un poco de ayuda y caracterización, lo mismo te interpreta a Eisenhower que a otro presidente como Theodore Roosevelt (Noche en el museo, 2006).

A Eisenhower le tendré siempre cierta simpatía por la serie Ike, con Robert Duvall en su papel, por su breve aparición en una de las películas bélicas más míticas de siempre, El día más largo (1962), cuando era “solo” general en el desembarco de Normandía, y por ser ese presidente que lanza la carrera espacial en Elegidos para la gloria (The Right Stuff), la fenomenal epopeya espacial dirigida por Philip Kaufman en 1983.

John Fitzgerald Kennedy estrechó la mano de Forrest Gump en una de las tres visitas de este a la Casa Blanca, en la famosa (e hilarante) escena de Tom Hanks tratando de contener sus ganas de mear ante JFK. Aunque me gustó más aún el momento en que Forrest visita por fin el baño y se encuentra con un retrato de Marilyn Monroe, ¡qué cabr… este JFK!

Tras su asesinato y en cuestión de horas, según nos contó Oliver Stone, Lyndon B. Johnson sucedió a Kennedy, y por supuesto recibió otra visita de Forrest Gump, casi más desafortunada que la primera, pues acaba enseñándole la herida de guerra “en el pompis” (palabra que, por cierto, aparte de los dobladores, no sé si usa alguien más). Liev Schreiber interpreta a este “presidente por accidente” en El mayordomo, al hombre al que le tocó el período entre los dos presidentes que sin duda más impacto tuvieron en la política mundial entre los sesenta y principios de los setenta: el mencionado Kennedy y Richard Nixon.

Nixon es otra figura que ha dado mucho juego a Hollywood. Todos los hombres del presidente, de Alan J. Pakula (1976), es una magnífica recreación de la investigación que realizaron los periodistas Bob Woodward y Carl Bernstein sobre lo que acabó siendo el Watergate, el caso de espías ilegales que le costó el cargo a Nixon. Qué tiempos aquellos en que los altos cargos dimitían cuando eran pillados cometiendo actos delictivos. Nixon no se libra de la visita de Forrest Gump, un error del que “se arrepentirá”, pues según el filme de Zemeckis, el Watergate se destapa por una llamada nocturna del bueno de Forrest.

John Cusack interpreta a Nixon en El mayordomo de una manera contenida, incluso amable, nada que ver con la interpretación de Anthony Hopkins en Nixon (1995), de nuevo de Oliver Stone. El Nixon de Hopkins y Stone parece siempre crispado, desconfiado, incluso el lenguaje gestual no me parece el adecuado según los vídeos que he visto del Nixon real. En ese sentido, me gusta más el Nixon de Frank Langella en Frost contra Nixon (2008), la película de Ron Howard sobre la famosa entrevista del periodista británico en 1977.

Ahora bien, si tengo que hablar de Nixon y Kennedy, nada me gusta más que la teoría que Watchmen deja caer en sus versiones: el disparo frontal que asesinó a Kennedy fue obra de El Comediante y Nixon se mantiene como presidente hasta mediados de los ochenta gracias a la intervención del Doctor Manhattan en la guerra de Vietnam. ¡Toma ya!, casi nada en la obra maestra de Alan Moore y Dave Gibbons.

Ya metidos en los ochenta, resulta paradójico que el actor metido a presidente Ronald Reagan haya contado con muy pocas caracterizaciones en el celuloide. Un actor sin ningún parecido con el difunto presidente como es Alan Rickman interpreta al antiguo cowboy en El mayordomo. Creo que falta algo de tiempo para que veamos alguna gran película sobre su figura, al igual que sobre Barack Obama (que fue “borrado” en La noche más oscura, la película de Kathryn Bigelow sobre la ejecución de Bin Laden). O sobre Bill Clinton, pues los personajes de Primary Colors y La cortina de humo eran poco más que remedos del expresidente.

Donald Trump es un personaje en sí mismo cuya presidencia dará para varias obras. De momento, ha aparecido en el documental de Michael Moore Fahrenheit 11/9 sobre su acceso a la presidencia, con un momento muy potente en lo visual, en el que se emiten imágenes de Hitler y el nazismo con discursos del propio Trump. La obra de Michael Moore es también muy crítica con la presidencia de Barack Obama, tanto en la teatralidad (el vaso de agua de Flint, Míchigan) como en sus “logros” como presidente.

Michael Moore tiene otros documentales sobre los presidentes norteamericanos, como Michael Moore in Trumpland (2016) o el acojonante (por lo que cuenta y por cómo lo cuenta) Fahrenheit 9/11, Palma de Oro en Cannes en 2004. Se centra en la figura de George W. Bush, comenzando por el robo de las elecciones en el estado de Florida en el año 2000, con el apoyo del gobernador Jeb Bush en un proceso completado por los jueces del Tribunal Supremo nombrados en su mayor parte por su padre, George Bush Sr., y continuando por las sospechosas y extrañísimas vinculaciones empresariales entre la familia Bush y la familia de Osama Bin Laden. Todo ello con las imágenes del 11-S, el 9/11 americano, de fondo. Ni el mejor de los guionistas de Hollywood habría escrito nunca nada similar al momento en el que informan al oído de Bush de los ataques terroristas sobre el World Trade Centre. Siete minutos bloqueado escuchando un cuento infantil. Asusta.

Como asustan las dos caracterizaciones más recientes que hemos visto del mismo presidente en W. (2008) y Vice, El vicio del poder en España (2018). ¿En qué se parecen Josh Brolin y Sam Rockwell? En nada, pero ambos hacen unas muy buenas caracterizaciones de George W. Bush. El primero, en la película de Oliver Stone (¿quién, si no?) sobre los “años locos” de Bush, sus problemas con el alcohol, su incompetencia para los negocios, la conversión al catolicismo y los sabios consejos de su padre (interpretado por James Cromwell), que acabarían llevándole a la presidencia de los Estados Unidos.

Sam Rockwell, por su parte, compone un Bush Jr. despreocupado por la política exterior, que deja a su capricho (y enriquecimiento propio) al Vice-President Dick Cheney. No evita casi ningún asunto: Halliburton, las invasiones de Afganistán e Irak, y el enriquecimiento de las empresas de Cheney mientras Bush mira para otro lado o directamente no se entera de los negocios de su brazo derecho. Grandes interpretaciones de Rockwell como Bush y de Christian Bale como Cheney, pero asusta ver que un tipo así no ha acabado sus días en prisión.

Poco más me queda por contar, alguna referencia más para curiosos. Como Benjamin Button tiene tantas similitudes con Forrest Gump, no podía dejar de conocer a un presidente: Theodore Roosevelt. El otro Roosevelt, Franklin Delano, aparece con la cara de Jon Voight en Pearl Harbor (Michael Bay, 2001), y su sucesor, Harry S. Truman, en Banderas de nuestros padres (Clint Eastwood, 2006) y como amigo de ese sueco chiflado que fue El abuelo que saltó por la ventana y se largó (2013). Quería acabar de una manera similar a la primera parte: con una parodia de uno de los grandes, Leslie Nielsen, haciéndole todo tipo de perrerías a esa primera dama entrañable que era Barbara Bush en The naked gun (Agárralo como puedas). La habré visto un millón de veces y me sigo partiendo la caja:

Preveo que en poco tiempo estaré comentando alguna peli sobre Trump, ¡hasta entonces!

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The US Presidents según Hollywood (I)

TRAVIS, 03/09/2020

Hoy finaliza la campaña electoral a la presidencia de Estados Unidos, el país que celebra las campañas electorales más largas y caras del mundo, pero, posiblemente también, las menos tediosas debido al elevado grado de falsedad, teatralidad y sobreactuación que conllevan. Todo ello me ha dado la idea de dedicar estas dos entradas a la visión que el cine nos ofrece de los presidentes norteamericanos. Esta primera parte estará dedicada a los presidentes ficticios que hemos visto en películas, y ya en la segunda hablaremos de los reales, seguramente más inverosímiles que algunos personajes de este post, aunque hayan sido paridos por la mente de algún guionista más o menos brillante.

Puesto que he comenzado hablando de campañas electorales, la película de Mike Nichols Primary Colors (1998) fue una de las que mejor contó ese complejo y ordenado caos que es un equipo de partido en plena campaña electoral. El candidato a presidente estaba basado en Bill Clinton y fue interpretado de manera soberbia por John Travolta, que imitó muchos de sus gestos y miradas. El personaje fue suavizado respecto al de la novela en que se basaba, escrita por un periodista del Washington Post y que tuvo que ser publicada bajo seudónimo. Las infidelidades del candidato eran tapadas por su equipo y aparentemente ignoradas por su mujer, Emma Thompson en el filme. La doble moral o la falsedad de los candidatos son claves para el éxito de la campaña, y de ahí que El candidato interpretado por Robert Redford en la película de 1972, un abogado idealista, comprometido y sincero que no se calla lo que siente, que es honesto, sea un personaje que en principio jamás podría llegar a presidente. No al menos con sus principios, puesto que a medida que avanza la película comienza a obtener popularidad por su honestidad, hasta que “el sistema” se apropia de su discurso para pervertirlo y llevarlo de nuevo por el camino “correcto” que le marcan, es decir, apartado de sus propias convicciones.

Otra película relacionada con el mujeriego Bill Clinton es La cortina de humo, de 1997, en la que los asesores presidenciales inventan una guerra en los medios (¡contra Albania!) para tapar un escándalo sexual del presidente, cuyo nombre no se menciona. El guion es de David Mamet y parece sospechosamente cercano a la realidad. Durante la declaración de Mónica Lewinsky en el proceso de impeachment a Bill Clinton, aumentaron los bombardeos norteamericanos sobre Sudán y Afganistán. Los líos de alcoba del presidente de Estados Unidos dan bastante juego, como se vio en Love Actually (2003), la película de Richard Curtis en la que el flirteo del presidente norteamericano (Billy Bob Thornton) con la asistente del Primer Ministro británico (Hugh Grant) supone un cambio de actitud de este con respecto a su aliado. De lío de faldas a cambio de política exterior, así de simple.

La situación sentimental del denominado POTUS es la base de la película El presidente y Miss Wade (1995), una comedia romántica simplona para mi gusto, pero que se aguanta bien. Es la ventaja de contar con el guion de Aaron Sorkin (El ala Oeste de la Casa Blanca) y la dirección de Rob Reiner (La princesa prometida, Cuando Harry encontró a Sally, Misery). Michael Douglas pone el rostro al presidente Andrew Shepherd y se muestra muy comedido, sobre todo si recordamos que en sus anteriores películas había dado rienda suelta a sus instintos más primarios, o presidenciales (Instinto básico, Atracción fatal, Acoso). La aspirante a primera dama es la (siempre) estupenda Annette Bening, la mujer que logró que Warren Beatty sentara la cabeza.

Otra estupenda primera dama es la que interpreta Sigourney Weaver en Dave, presidente por un día, de 1993. El doble del presidente es el modesto dueño de un taller, Kevin Kline, al que le encargan que supla o que haga las funciones del verdadero presidente, que ha sufrido un accidente y está en coma. Para mí lo mejor de esta simpática película está en el momento en que el contable del modesto empresario comienza a analizar el presupuesto del gobierno y se da cuenta de la lamentable gestión que se realiza con el dinero público. Llega a la conclusión a la que llegamos todos: si yo gestionara el presupuesto de mi empresa de ese modo, estaría automáticamente despedido.

Y de primeras damas respetables a una deleznable, la que interpreta Glenn Close en Mars Attacks, la “tontá” de Tim Burton rodada en 1996. Creo que el director la soporta tan poco como yo, así que acaba bien sepultada bajo una pesada lámpara. Peor parado acaba su marido, el presidente Dale, un papel histriónico más en la carrera de Jack Nicholson. Su discurso buenista al líder marciano me recuerda a algunas bienintencionadas proclamas de líderes mundiales que acaban… bueno, como el líder norteamericano:

Se ve que colocar al “hombre más poderoso del mundo” en una situación de debilidad o inferioridad tiene su morbo, o su gracia. Muchas de estas películas nos muestran al POTUS como un tipo no muy inteligente, algo torpón, un pelele en manos de ese círculo de asesores que le rodean y le llevan de aquí para allá, o le tapan sus vergüenzas, porque en muchas de estas tramas nos lo pintan como un tipo sin escrúpulos. Es el caso de Poder absoluto (1997), la película de Clint Eastwood en la que este, un ladrón de guante blanco, presencia un asesinato cometido por los guardaespaldas del propio presidente (Gene Hackman) mientras este se trajinaba a la mujer de su mejor amigo, el típico magnate millonario americano.

En la línea de fuego, dirigida por Wolfgang Petersen en 1993 y también protagonizada por Eastwood, nos muestra al bueno de Clint como un antiguo guardaespaldas de Kennedy, un tipo que sigue trabajando para proteger la seguridad del presidente. Es un individuo con principios, tantos que no le importó dar una paliza a su anterior “protegido”, un senador bien posicionado, otro de esos tipos que piensa que el “poder absoluto” de su cargo le permite hacer de todo a una mujer. Un paso más allá va Peligro inminente, de 1994, en la que el agente de la CIA Jack Ryan (Harrison Ford) descubre que el presidente de Estados Unidos está implicado en una operación al margen del Congreso entre narcos colombianos.

Pero no todos los presidentes USA son mujeriegos, corruptos o imbéciles según la versión de Hollywood. La mayoría intenta salvar el mundo, ejercer ese papel de guardianes de la humanidad que se autoconfirieron no sé bien cuándo. Aunque en ocasiones resulten patéticos, como Peter Sellers haciendo de US President llamando al presidente ruso para decirle que, ejem,… están atacando su país por error y un B-52 le va a soltar unos pepinos atómicos si no consiguen frenarlo antes. Ocurre en ¿Teléfono rojo?: volamos hacia Moscú (Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb en el original, 1964):

Gran película de Stanley Kubrick, enorme Peter Sellers interpretando tres papeles completamente diferentes. En mi imaginario el presidente norteamericano debería ser un tipo como Morgan Freeman, alguien que transmitiera sensatez y credibilidad aunque un meteorito estuviera a punto de estrellarse contra la Tierra. Deep Impact, 1998. Un actor negro interpretando a un presidente negro mucho antes de que un afroamericano (como se dice ahora) lo hiciera. Freeman resultó tan adecuado para el puesto que en Objetivo: la Casa Blanca (2013) pasó a ser el portavoz de un gobierno presidido por Aaron Eckhart.

Y ya que menciono los meteoritos, ningún discurso tan ¿estremecedor?, ¿descacharrante?, como el del presidente norteamericano en Armageddon (1998), auténtica “obra maestra” del cine palomitero. “Nos enfrentamos al más grave de los desafíos de la Historia”, pero gracias al Ejército y a los trillones de dólares invertidos en armamento nuclear podremos vencerlo. En realidad lo dice de una manera algo más sutil. Imprescindible:

Todo el patrioterismo barato de Michael Bay se queda en nada ante dos películas dirigidas (o perpetradas) por directores alemanes:

  • Independence Day, de Roland Emmerich, 1996. Como antiguo héroe de guerra en el Golfo, el presidente Whitmore (Bill Pullman) se pone a los mandos de un caza para combatir a los alienígneas, yujuuuu!!!
  • Air Force One, de Wolfgang Petersen, 1997. El presidente Marshall (ya el nombre es una declaración de principios) se enfrenta a un grupo de mercenarios que han secuestrado el avión presidencial, y él solito los derrota. Es lo que tiene ser Harrison Ford y haber tenido un pasado como Han Solo e Indiana Jones. Mala, mala, mala.

Argumentos tan absurdos como la idea de detener una invasión extraterrestre con un virus informático, pero una vez que nos ponemos, ¡nos lo creemos todo! Como que todos los presidentes de Estados Unidos desde George Washington comparten un libro de secretos que se pasan de mano en mano al acabar su mandato. Eso nos contaban en La búsqueda 2: El diario secreto (2007), tan poco verosímil como que Nicholas Cage se cuele en una fiesta y burle todos los controles de seguridad para quedarse a solas con el presidente. Si es que este chico,,, en cuanto desorbita un poco los ojos consigue lo que quiere.

En fin, con todas estas bobadas de guionistas al final se termina cayendo en la parodia, y ya que lo hacemos, hagámoslo con el más grande: Leslie Nielsen. Presidente por la gracia de Scary Movie, que en la cuarta nos regaló esta… indefinible escena:

Parece difícil de mejorar, perdón, de empeorar. Pero la realidad supera la ficción. Lo dejaré para la segunda parte.

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