Pulp Fiction cumple un cuarto de siglo, por Travis

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En mayo de 1994, el entonces semidesconocido director, guionista y actor Quentin Tarantino se hacía con la Palma de Oro en el Festival de Cannes por su segunda película, Pulp Fiction. Su propuesta, transgresora y gamberra como pocas, se llevó el galardón por delante de otras películas más típicas de lo que suele ser este festival de vanidades y meñiques enhiestos como A través de los olivos, del iraní Abbas Kiarostami, Quemado por el sol, del ruso Nikita Mikhalkov, el nuevo sopor de colores de Kieslowski, Rojo, y la cuota tradicional oriental, ¡Vivir!, del cineasta chino Zhang Yimou.

Visto con la perspectiva que dan los veinticinco años transcurridos, creo que el premio fue un acierto. Supongo que el jurado tendría fuertes discusiones a la hora de elegir entre las tradicionales obras aptas para estómagos cinéfilos más o menos pedantes y esta Pulp Fiction irreverente de Quentin Tarantino. El jurado de aquel año estaba formado por personas tan dispares del mundo de la cultura como la actriz francesa Catherine Deneuve, el escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, el compositor argentino Lalo Schifrin o el británico de origen japonés Kazuo Ishiguro (Premio Nobel de Literatura en 2017), y parece ser que para que el premio fuera a los matones de Tarantino resultó fundamental que dicho jurado estuviera presidido por una eminencia en este noble arte cinematográfico como es Clint Eastwood, alguien que puede valorar una obra diferente de un autor diferente y dar lecciones desde su punto de vista como director, actor, músico o productor de grandísimas obras.

Hubo numerosos aplausos, pero también abucheos y críticas del público asistente a la gala en el Palacio de Festivales y Congresos de Cannes, lo que provocó la respuesta del director en forma de peineta:

Hoy en día me parece un gesto totalmente impropio e inadecuado, pero recuerdo que cuando le vi hacerlo, y pese a saber poco de él, pensé: “este tío me cae bien”. Le estaba dando una patada en sus mismísimos genitales ¡y en su casa! a esa crítica esnob que presume de disfrutar tostones infumables que provienen de países exóticos.

El propio nombre del director, Quentin Tarantino, sonoro, rotundo, poco habitual, parecía predestinarle como director, igual que si te llamas Martin Scorsese o Howard Hawks. Además, con esa cara de loco solo podía parir locuras maravillosas o bodrios absurdos, pero por fortuna han predominado las de la primera categoría. El título de su segunda película, Pulp Fiction, resultaba tan atractivo como el de la primera, Reservoir dogs, por no sé qué extraña razón, ya sea intriga o curiosidad, un hecho insólito que ocurre con la mayoría de su filmografía al margen de su posterior calidad: Jackie Brown, Death proof, Inglourious Basterds, Django unchained, Kill Bill,…

Fuimos muchos los que acudimos en masa hace veinticinco años a ver esa peli de título raro y montaje desordenado, de pistoleros con traje negro que hablan de hamburguesas antes de liarse a tiros, de atracadores de cafeterías de tres al cuarto y de boxeadores que saldan su deuda con mafiosos tras atacar con una katana a dos violadores que están de la olla. No solo vimos esa película, la escuchamos. Saboreamos cada canción, las que conocíamos y las que descubríamos a medida que avanzaba el metraje contemplando cómo encajaba cada pieza en su correspondiente escena con una perfección asombrosa. Desde el potente Misirlou de Dick Dale & The Del-Tones hasta el Surf Rider de los títulos de crédito finales, obra de The Lively Ones.

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Me compré la banda sonora, me compré el guion (y lo leí y subrayé varias veces), puse en mi habitación el mítico póster de Uma Thurman fumando en la cama con el peinado del Príncipe Valiente, me compré la banda sonora de Reservoir dogs, me regalaron otra recopilación de temas musicales seleccionados especialmente por Quentin Tarantino,… En resumidas cuentas, me subí a la moda tarantiniana que se abrió con el exitazo de Pulp Fiction.

En cierto modo, creo que la figura del bueno de Tarantino se nos hizo cercana a los aficionados al cine al conocer su historia y ver cómo había llegado hasta la cima del éxito a una edad tan temprana (31 años por entonces). No era el típico director al uso que había estudiado en una prestigiosa escuela de cine, sino que era un aficionado más, un tipo que había trabajado durante años en un videoclub y que había engullido más cine que el que muchos veríamos en varias vidas. Pero, sobre todo, el suyo era un tipo de cine sin reglas en el que valía cualquier propuesta, desde empezar con la definición de diccionario del término “pulp” hasta dibujar un cuadrado en el aire o alterar el orden lógico de las escenas sin razón aparente.

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La película contó con un presupuesto modesto, de unos ocho millones de dólares, de los cuales cinco fueron para los actores, que cobraron muy por debajo de su caché habitual. Fue un éxito rotundo y la recaudación se elevó por encima de los doscientos millones de dólares, aunque su éxito no fue solo de taquilla, sino también como influencia para otros directores y guionistas, como una especie de “vale todo lo que propongas siempre y cuando lo hagas con pasión, con emoción y por supuesto con respeto a todo aquello que homenajeas”, ya sea el wéstern, el cine negro, el blaxploitation o las pelis orientales de karatekas.

La película consiguió siete candidaturas a los Óscar, en las categorías consideradas más importantes, aunque solo se llevó el de mejor guion, escrito por el propio Quentin en Ámsterdam con la colaboración de su antiguo compañero de videoclub, Roger Avary. Es un guion tan sólido y brillante como poco convencional, con grandes ideas y diálogos, pero también totalmente heterodoxo, repleto de ideas muy locas que pasaban por la cabeza de un Quentin no sabemos si algo “fumao”, ideas que sorprendentemente pasaron el filtro de la producción, y que, más sorprendente aún, lograron la complicidad del público. Y nuestras sonrisas, aunque el origen de las mismas esté en la cabeza reventada de un pobre chaval, en las discusiones acerca de limpiar los sesos de la tapicería, o en una inyección de adrenalina en el corazón de una yonqui a punto de morir de sobredosis.

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Se le criticó esa banalización de la violencia, y puedo entenderlo, pero es que no deja de resultar gracioso que en una peli de matones sin escrúpulos resulte tan relevante para la trama cada vez que el personaje de Travolta va al baño:

  • La primera vez dice claramente “me voy a cagar” en la cafetería y es entonces cuando sucede el atraco a la cafetería.
  • La segunda vez está hablando consigo mismo frente al espejo (“ahora te vas a casa y te haces una buena paja”) mientras Mia Wallace está a punto de morir en el sofá del salón.
  • La tercera vez está jiñando y leyendo pulp cuando el personaje de Butch se lo carga a tiros.

Algunos diálogos son largos porque Tarantino se recrea en ellos, en la supuesta brillantez de lo que cuentan, aunque en algunas películas lo logra mejor que en otras. En Pulp Fiction está más medido que, por ejemplo, en Death Proof (algún speech infumable) o que en momentos puntuales de Malditos bastardos o Kill Bill. El problema es que Tarantino se gusta tanto a sí mismo hablando de series B o masajes en los pies que  por ejemplo cuando Jules y Vincent llegan a la puerta de los chavales ¡que se van a cargar! no han terminado su diálogo y se van al final del pasillo para terminarlo, prosiguen dos o tres minutos más hablando de temas intrascendentes, y entonces y solo entonces vuelven y entran al piso. Es un tortazo a las reglas clásicas, pero funcionó. Y por cierto, ya que hablo de los masajes a los pies, recomiendo este vídeo sobre el fetichismo del director acerca de los mismos:

La película tiene 154 minutos de duración, es larga para lo que cuenta y quizás podía haber durado menos, pero como se disfruta cada frase, cada canción o cada imagen casi irreal, se te olvida que por momentos puede resultar lenta. Aunque muchos la calificaron de rompedora o novedosa, en realidad Tarantino lo que hace es reinventar, mezclar y utilizar los cientos de influencias cinematográficas y musicales que pasan por su cabeza. El baile de Mia y Vincent está basado en Ocho y medio de Fellini, los matones de Código del hampa hablan de las proteínas de un buen filete después de cargarse a John Cassavettes, y el MacGuffin del maletín ya se había visto en El beso mortal o en Belle de Jour de Buñuel.

Respecto al contenido del maletín con brillos dorados circulan por Internet teorías muy divertidas, como que contiene los diamantes robados en Reservoir dogs, pero mi favorita es la que dice que en el interior del mismo guarda el alma de Marsellus Wallace. Esta teoría cuenta que el mafioso pactó vender su alma al Diablo y por esa razón tiene una tirita en la nuca, que es por donde se la debió extraer Lucifer. La relación con el maletín viene porque la combinación para abrirlo es el número 666.

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En realidad Tarantino contó tiempo después que el actor Ving Rhames se había hecho un corte afeitándose la cabeza y que al director le pareció que hacía más intrigante su personaje, así que le pidió que no se la quitara. Ya está, es como el globo naranja de Reservoir dogs y las teorías imaginativas de la gente, no hay más.

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Tarantino tiene sus fetiches, sus gustos particulares y se recrea en ellos, como cuando el personaje de Butch (Bruce Willis) elige el arma con el que se va a cargar a los tipos de la tienda que están sodomizando a Marsellus Wallace. Nos muestra sucesivamente un martillo como en The toolbox murders, un bate de béisbol como en Los intocables de Eliot Ness, una sierra eléctrica homenaje a La matanza de Texas y finalmente se decanta por una katana al estilo de las pelis de samuráis que tantas veces ha reconocido que le encantan. ¿Sería la katana de Hattori Hanzo que luego aparece en Kill Bill? Igual que la marca de cigarrillos de los protagonistas o las hamburguesas Big Kahuna, elementos que se repiten en la filmografía de Tarantino.

 

Como curiosidades de la película están los actores inicialmente pensados para los papeles principales, hoy impensables como Michael Madsen o Daniel Day Lewis para el papel de John Travolta, o Michelle Pfeiffer o Meg Ryan para el que recaería en Uma Thurman. ¿Daniel Day Lewis con Meg Ryan haciendo el bailecito? No quiero imaginármelo, no, por favor. La película consiguió en el momento de su estreno el récord Guinnes por el mayor número de fuck y derivados en el metraje, 265, pero la marca le duró solo un año al ser superada por el Casino de Martin Scorsese. Y años después sería superada de nuevo por los más de 500 fuck de El lobo de Wall Street del mismo Scorsese.

El festival de Cannes hizo las paces con el director hace muchos años y reconoció su inmenso talento cuando le designó presidente del jurado en 2009. Quentin Tarantino es un enamorado del cine, de todo el cine existente y esta semana ha presentado su última película en Cannes, Érase una vez en Hollywood. Cine sobre el cine dentro del cine, yo ya estoy babeando solo con lo que he visto en el tráiler:

He leído ya algunas críticas muy favorables y luego está la de Carlos Boyero. En su estilo.

Veinticinco años ya de Pulp Fiction, todo un clásico. Un cuarto de siglo también de Forrest Gump, Ed Wood, El rey León, Cadena perpetua o Balas sobre Broadway. Cómo pasa el tiempo. De todas ellas habló el amiguete Barney esta semana en La Galerna, os lo recomiendo (enlace a Aquellos maravillosos años: 1994).

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Relacionados:

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Taxistas, esos incomprendidos cabroncetes en vías de extinción.

Reservoir Rider dogs.

El conflicto del secundario.

 

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A favor del doblaje, por Travis

1 El resplandor

“El doblaje es una infamia”

(Jean Renoir)

Hace años estuve en una conferencia del escritor de origen cubano Guillermo Cabrera Infante, premio Cervantes en 1997. Era un gran aficionado al cine, como lo demuestran sus libros y críticas sobre el llamado Séptimo Arte (he leído y disfrutado Cine o Sardina y Arcadia todas las noches) y los guiones que escribió, de los cuales el más famoso fue el que dio lugar a la película de Richard Sarafian Vanishing point (1971), titulada en España Punto límite: cero.

“Un guion sirve para que el productor sepa cuánto va a costar la película”, fue una de las perlas que dejó en la conferencia. Aquel día presentaba Cine o sardina y el capítulo escogido por el escritor para animarnos a la compra de su obra fue el titulado Por quién doblan las películas. Con su particular flema británica, adquirida tras décadas de residencia en el exilio londinense, fue desgranando varias anécdotas acerca de su fobia al doblaje, no tanto las razones. Casi toda su socarronería se destinó a bromear sobre las consecuencias del doblaje, como que Bogart no era Bogart sin su voz, o que nadie podía decir que había visto actuar a Greta Garbo si no la había oído. Llegó a decir que en los sesenta tuvo que dejar Madrid para mudarse a Londres, pero que lo lamentó menos al ir a un lugar en el que poder disfrutar las películas en versión original.

“Después de vivir un tiempo en Madrid y estar yendo al cine todos los días, comencé a observar que la voz del actor español que doblaba a Burt Lancaster era muy parecida a la voz de quien doblaba a John Wayne. Y a James Stewart y a Gregory Peck y a Gary Cooper y así, ad infinitum, anónimo. Luego me enteraría de que ¡un solo actor los doblaba a todos! También a Lee Marvin. Tamaña proeza histriónica merecía un premio. Se trataba de una versión oral de Lon Chaney, el hombre de las mil caras. ¡Era el actor de las mil voces! El doblaje, por fin, había logrado su obra maestra.”

4 Cooper Wayne

El anglo-cubano era un fuera de serie. En dos idiomas. Lo mismo que Christoph Waltz era un redomado hijo de puta en cuatro idiomas interpretando al coronel Hans Landa en Malditos bastardos y sería una lástima perderse su voz original. Un crimen, un delito. Pero no pasa nada por reconocer que no todos tenemos el nivel de ambos y aunque me defienda más o menos en la lengua habitual del ochenta por ciento de las producciones que nos llegan, en ocasiones prefiero la versión doblada. Sobre todo si lo que se cuenta o lo que se explica es fundamental para entender la trama. He visto capítulos de House of cards o Mad Men en versión original con subtítulos en inglés que he tenido que volver a ver enteros y doblados porque no pillaba los giros del lenguaje o el nivel de sarcasmo. Lo siento, lo reconozco, me faltan varios años de residencia en Washington o Nueva York para poder seguir algunas series o películas. “¡Y ni aun así!”, me dijo una vez un amigo angloparlante.

Por supuesto que nada es comparable a una versión original, eso no lo voy a poner en cuestión. Con apenas trece años vi La vida de Brian en versión original y, pese a mi nula costumbre de ver películas con subtítulos, la disfruté mucho más que con las copias dobladas que he visto años después. No es que esté a favor del doblaje, pero desde luego que no estoy en contra. Creo que el doblaje y el original pueden y deben convivir perfectamente. Eso sí, ahora que las nuevas generaciones vienen con el inglés incorporado de serie, ojalá las versiones originales sean más accesibles, que no siempre lo son. Apenas una emisión de cada veinte en las multisalas, como mucho.

El cine empezó a finales del siglo XIX como imágenes en movimiento, a las que luego se añadió la música y tres décadas después, la voz. Es uno más de los artes de contar historias, pero este se basa sobre todo en el empleo de imágenes, la fotografía, el uso de los encuadres, el montaje y todos los elementos visuales accesorios como decorados, iluminación, vestuario, maquillaje o efectos especiales. La voz es un componente fundamental de la trama porque es la que cuenta, la que narra, la que explica buena parte de la historia, pero es uno más y tiene que entenderse.

He visto algunas películas en versión original en las que no entendía nada, o no entendía a alguno de los actores protagonistas, pero sí al resto, lo cual es peor porque para la mayoría del reparto no necesitas leer los subtítulos, pero sí cada vez que intervenía “el intenso”. Me pasa con Al Pacino, por ejemplo, que resulta taaaan intenso e interioriza taaaanto sus personajes que los mismos hablan para adentro, entre dientes y hacia sí mismos. Y a Al Pacino en el original (matadme ahora, puristas) no se le entiende con la claridad con la que seguimos la fenomenal voz de Ricardo Solans, su doblador habitual. Un actor de doblaje, por cierto, que también ha hecho las voces de Robert de Niro, Dustin Hoffman, Richard Gere o Mickey Rourke, lo que sin duda hará revolverse en su tumba al señor Cabrera Infante.

Jorge Luis Borges decía que “quienes defienden el doblaje, razonarán (tal vez) que las objeciones que pueden oponérsele pueden oponerse, también, a cualquier otro ejemplo de traducción.” ¡Por supuesto! Los más firmes opositores al doblaje admiten y celebran las traducciones en la literatura, cuando esa sí es la mayor perversión del original que conozco. Una novela, un relato, o no digamos la poesía con su musicalidad, es solo palabra escrita, sin más elementos al contrario que el cine, y se altera desde la primera letra a la última de toda la obra. A veces no coinciden ni los caracteres, y se cambia todo, desde “Prólogo” hasta “Fin”, lo cual no quita para que podamos disfrutar excelentes traducciones de textos escritos en otros idiomas.

No solo eso, sino que cada año se otorgan premios a las mejores traducciones, a transcripciones palabra por palabra tratando de encajar la expresión adecuada a determinadas frases coloquiales del inglés, francés, ruso, alemán o cualquier otra lengua que se nos ocurra. Sin embargo, nos parecería impensable que se concediera un premio anual al mejor doblaje. ¡Un crimen!, dirían algunos.

“Ese argumento”, continúa Borges, “desconoce o elude el defecto central: el arbitrario injerto de otra voz y otro lenguaje. La voz de Hepburn o de Garbo no es contingente: es para el mundo uno de los atributos que la definen. Cabe asimismo recordar que la mímica del inglés no es la del español.” Ni la del francés o el japonés, o el iraní o el chino. Guillermo Cabrera Infante continuó su conferencia bromeando sobre lo absurdo de ver y escuchar a Gary Cooper doblado en un perfecto mexicano, o cómo los actores negros habían perdido su “negritud”, en lo que para el escritor constituía “una muestra sonora de racismo”.

Dicho así, convendremos en lo absurdo que resulta ver a los amantes de Verona, al príncipe Hamlet de Dinamarca o al mercader de Venecia hablando a la perfección la lengua de Shakespeare. Si queremos que cada voz “suene” como debería sonar en el original, las productoras tendrían que tener el valor de hacer lo que hizo Mel Gibson en Apocalypto y La Pasión de Cristo: grabar en las lenguas originales de los protagonistas, como el maya, el hebreo o el latín. El resultado, según mi modo de ver, fue fantástico.

“Las posibilidades del arte de combinar son infinitas, pero suelen ser espantosas. (…) Un maligno artificio que se llama doblaje propone monstruos que combinan las ilustres facciones de Greta Garbo con la voz de Aldonza Lorenzo”. 

(Jorge Luis Borges)

No todo el doblaje es un horror, ni mucho menos, y en España además tenemos la suerte de contar con grandísimos actores de doblaje. Constantino Romero será siempre nuestro Darth Vader, Roger Moore o el Clint Eastwood de muchas décadas y películas. Y siendo Constantino un gran actor y habiendo sido Arnold Schwarzenegger tan criticado en sus orígenes por su acento y mala dicción, ¿qué Terminator es preferible?

Pocas voces me gustan más que la de Pepe Mediavilla, que no solo es un Morgan Freeman repleto de matices, sino un Gandalf brutal: “¡No podéis pasar!” Su hija Nuria también se dedica al doblaje, con tanto acierto que ha sido la voz de Cameron Díaz, Nicole Kidman o Una Thurman en varias películas. Qué decir de Ramón Langa haciendo de Bruce Willis, qué vozarrón. Luego oyes al Willis original y te parece hasta blandengue.

En esa maravilla para cinéfilos que es El cine y sus oficios, el autor Michel Chion dice lo siguiente:

“Durante mucho tiempo, la práctica del doblaje fue algo más o menos vergonzante. Actualmente, aunque hay quien la sigue despreciando, parece por fin reconocida. Cuando tenemos la curiosidad de interesarnos en ello, descubrimos que se puede practicar como un arte: el doblaje al francés de Amadeus (1984), de Milos Forman, realizado bajo la dirección de Jacqueline Porel, con Luc Hamette en Mozart (doblando a Tom Hulce) y Jean Topart en Salieri (sustituyendo la voz de Murray Abraham) suele citarse como ejemplo de buen trabajo.”

Por supuesto que se cometen auténticas tropelías en esto del doblaje. Todavía recuerdo la enorme cagada que fue todo el proyecto de El capitán Alatriste, con grandes medios, un buen presupuesto, y concentrando a lo bruto y sin mucho orden seis libros de las aventuras paridas por Arturo Pérez-Reverte. Como remate, para representar al capitán de los tercios de Flandes, un actor americano con acento argentino, Viggo Mortensen. Una pena.

7 Viggo Mortensen Alatriste

No es una profesión sencilla. Antonio Banderas y Javier Bardem, con todo lo que tienen de grandes actores, dan algo de grima cuando se doblan directamente del inglés. Algunos actores de los que se han alabado sus grandes interpretaciones, tuvieron que ser doblados ya en la versión original. Lo remarco por los puristas de La Voz y esas cosas. Philippe Noiret nos encantó a todos en Cinema Paradiso y su trabajo fue muy alabado y reconocido, pero él, francés, tuvo que ser doblado al italiano en el original. Marnie Nixon puso su voz al personaje de Audrey Hepburn en algunas partes de My Fair Lady. La voz de James Dean en Gigante tuvo que ser parcialmente doblada por Nick Adams, al resultar poco inteligible… y al no contar con el actor por su prematura muerte.

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El doblaje de El resplandor, de Stanley Kubrick, está considerado uno de los peores de la Historia del cine, pese a lo meticuloso del director británico, que se encargó de seleccionar directamente a los responsables del doblaje de sus películas. En la versión española se contó con Vicente Molina Foix para la traducción y todo un director como Carlos Saura para la grabación del sonido, pero el resultado no contentó a nadie.

Se puede hacer mucho peor, claro que sí. Algo muy típico en nuestro país es coger al actor de moda para que doble una película de animación. Dani Rovira, Santiago Segura, Anabel Segura,… Para rematar y si es posible, que ya se encargan de que lo sea, le meten alguna morcilla, alguna frase como el terrible “un poquito de por favor” de Fernando Tejero, insertado a machetazo limpio en El espantatiburones. El insoportable Ángel Garó dobló las 32 voces de todos los personajes de Ferngully, jodó, qué horrible,… si ya resultaba cansino con su voz original. ¿Algo peor? Sí, claro que sí. La voz de Iniesta en el doblaje de ¡Piratas! Menudo lince el que seleccionó al tipo con menor variación de tonalidad de voz del mundo, un tono monocorde ya sea vendiendo polos Kalisse o marcando en la final de un Mundial.

Por suerte, no todo el doblaje es tan penoso, no lo desdeñemos por completo. Concluyo como empecé, con Don Guillermo Cabrera Infante:

Me queda una última pregunta hecha en español al espectador español pero que pronto será doblada.

¿Por quién doblan las películas? No preguntes. Están dobladas por ti.

 

Veinte años de Matrix, by Tr4v1s

Matrix balas

“En la ignorancia está la felicidad”.

Toda una declaración de principios de Cypher, el personaje interpretado por Joe Pantoliano en Matrix, el traidor del grupo de rebeldes que resiste en su lucha frente a las máquinas. Cypher la pronuncia justo antes de ingerir la pastilla roja y tras saborear un bistec de aspecto exquisito. Irreal, pero sabroso. La pastilla roja será su pasaporte al mundo virtual e impostado, su medio para abandonar de modo definitivo esta realidad  sucia, devastada y tétrica en la que se mueven los humanos que han logrado escapar de la inmensa colmena en la que yacen como meras pilas para abastecer de energía a las máquinas.

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Han pasado veinte años del estreno de Matrix, así que poco nuevo voy a poder aportar, pocas interpretaciones que no se hayan hecho ya. La película resultó revolucionaria en su día, un “WTF?” en toda regla a medida que pasaban los minutos, “¿qué es esto, qué estoy viendo?”, pensabas embobado. Salías del cine desconcertado, y a la vez encantado de haber pasado un par de horas emocionantes que con la calma o la lectura de revistas de cine intentabas desentrañar. Es más, nada más salir te planteabas volver a entrar a verla para recrearte en determinados detalles y explicaciones de los protagonistas como Morpheo o el Oráculo. Una obra maestra absoluta para mí, con la virtud de las grandes películas, que no solo no envejecen, sino que ganan con cada visionado.

“Verá, los mamíferos logran un equilibrio perfecto entre ellos y el hábitat que les rodea. Pero los humanos van a un hábitat y se multiplican hasta que ya no quedan más recursos y tienen que marcharse a otra zona. Hay un organismo que hace exactamente lo mismo que el humano. ¿Sabe cuál es? Un virus. Sí, los humanos son un virus, son el cáncer de este planeta y nosotros somos su cura.”

(Agente Smith)

Ni me imagino lo que debieron pensar los directivos de la Warner la primera vez que dos novatos como los (entonces) Andy y Larry Wachowski les presentaron el guion y la idea de Matrix en 1995. Les dijeron que sin experiencia no podían darles la responsabilidad de dirigir una obra tan arriesgada como la que planteaban, así que se lanzaron a rodar Lazos ardientes (1996), una interesante película con escenas eróticas y violentas a partes iguales, y volvieron a pedir financiación para la producción. Se habla de una cifra de unos 10 millones de dólares, muy lejana a los 85 que decían necesitar. Los Wachowski rodaron entonces los primeros diez minutos de película gastando la mayor parte del presupuesto y volvieron al estudio a pedir más dinero.

Cuando los productores vieron lo que habían rodado se quedaron (supongo) con la misma cara de asombro que mis sobrinos la primera vez que les puse la película, especialmente con la escena en la que Keanu Reeves se queda sin boca, sin poder hablar. Lograron que les ampliaran el presupuesto hasta los 63 millones y se pusieron ya manos a la obra, rodando en Sidney para abaratar costes.

Matrix Neo Mouth

Esos diez primeros minutos incluyen la espectacular patada de Carrie-Anne Moss a un agente de policía utilizando la técnica llamada bullet time, como si el tiempo se congelara, una técnica en la que se rueda con decenas de cámaras y desde todos los ángulos.

Lo cierto es que al margen de sus efectos especiales, lo que nos encantó de Matrix fue la historia en sí, un guion que mezcla diversos elementos de la filosofía (el mito de la caverna de Platón), la religión (el Elegido que salvará a la humanidad, que se entrega, muere y resucita), la literatura (“sigue al Conejo Blanco”, de Alicia), los videojuegos, las artes marciales o el terror de las distopías futuristas ante el avance de las máquinas. Tiene similitudes con Terminator, Ghost in the shell o con el libro 1984 de Orwell.

“La guerra es la paz.

La libertad es la esclavitud.

La ignorancia es la fuerza.”

Las tres consignas escritas en la fachada del Ministerio de la Verdad de 1984, en ese país ficticio llamado Oceanía, otro mundo en el que la realidad no es otra que la que cuenta la versión oficial. En estos veinte años hemos asumido y repetido la frase “viven en Matrix” como para hacer referencia a esa gente que vive en un mundo irreal totalmente alejado de la mugre o la podredumbre, y viven en ese mundo porque posiblemente, como decía Cypher, se es más feliz siendo ignorante que conociendo la triste realidad.

Matrix tuvo dos secuelas (Matrix Reloaded y Matrix Revolutions, ambas de 2003) que, siendo entretenidas y me gustan, las disfruto y tal, están a años luz de la primera. Eran innecesarias, pues la original resultaba redonda desde su inicio hasta la conclusión. Las secuelas demostraron que no hay mejores “efectos especiales” para el público que la imaginación o que un buen guion:

Captura

Aunque los lectores ya sabrán mil cosas acerca de esta película, voy a dejar tres o cuatro curiosidades que a mí me llamaron la atención:

  • Keanu Reeves no era el Elegido inicialmente para el papel, sino que se pensó en otros como Johnny Depp, Ewan McGregor (que lo descartó por el papel de Obi-Wan Kenobi en Star Wars), ¡Nicholas Cage!, o Leonardo di Caprio. Sinceramente, Keanu Reeves podrá gustar más o menos, pero yo ya no puedo imaginar a un Neo alternativo.
  • La habitación de Neo es la número 101, como la terrible habitación del Ministerio del Amor (en realidad, de la tortura) que se utiliza en 1984.
  • El pasaporte de Neo caduca el ¡11 de septiembre de 2001! Esta y otras coincidencias acerca de esta fecha ya fueron tratadas por el amiguete Lester en otro post acerca de las teorías de la conspiración.

Matrix cartel

  • El guion inicial era conocido en la Warner como “ese guion que no entiende nadie”.
  • La película ganó cuatro Óscar en los apartados técnicos: mejor montaje, mejor sonido, mejores efectos visuales y mejores efectos de sonido.
  • Andy y Larry Wachowski son hoy las directoras Lilly y Lana Wachowski.
  • Una tal Sophie Stewart acusó a Matrix de plagio y reclamó a la Warner la módica cifra de 1.000 millones de dólares, porque aseguraba que la trama era muy similar a un libro de la autora escrito en 1981 bajo el poco sugerente título de El tercer ojo. También demandó a James Cameron por Terminator, porque también era una copia de su tercer ojo, y supongo que también demandaría a alguna productora de porno por utilizar el tercer ojo en otros argumentos. La demanda fue desestimada al no haber evidencias suficientes y el guion, para curiosos, se puede encontrar fácilmente por internet.
  • El filósofo Baudrillard fue otra de las referencias de los autores para su obra. De hecho, suya es la teoría que Morfeo explica a Neo sobre el futuro de la humanidad como pilas no recargables. Cuando los Wachowski le pidieron ayuda para el guion de las secuelas, el filósofo les mandó al carajo por haber hecho “la película que las propias máquinas hubiesen producido”.

El año 1999 fue sin duda uno de los mejores de la historia del cine, al menos de la reciente. No sé si los creadores se pusieron a terminar sus obras a toda pastilla por temor al “efecto 2000”, la venganza de las máquinas que nos habían anunciado como el Apocalipsis, pero el caso es que ese año se estrenaron La milla verde, Huracán Carter, Eyes wide shut, Magnolia, El gigante de hierro, Todo sobre mi madre, Cómo ser John Malkovich, Tarzán, Toy Story 2 o Sleepy Hollow. Pero sobre todo 1999 fue el año de peliculones como Matrix,  El sexto sentido (El sexto sinsentido, según Barney), American Beauty y El club de la lucha. Casi nada. Como dice un buen amigo, American Beauty, El club de la lucha y Matrix son tres películas sobre la rebeldía frente al sistema establecido. Muy necesarias, imprescindibles.

El amiguete Barney ha recopilado y “futbolizado” varias de estas películas en este entretenido artículo para LaGalerna, que espero que disfrutéis:

Pelis de 1999

“Libera tu mente. ¿Acaso crees que lo que respiras es aire?”

(Morfeo)

 

Heroínas, por Travis

H1 capitana Marvel

“Yo he crecido viendo a mi género representado (especialmente en películas de acción) a través de personajes que se limitaban a sufrir al otro lado del teléfono, mientras su pareja desataba guerras, se enfrentaba a monstruos o desactivaba artefactos. Ellas: en el mejor de los casos, a buen recaudo, en casa con los hijos”. “Ha llegado un punto en el que me he dado cuenta de que ya no veo series ni leo libros que normalicen mínimamente el machismo.”

Me he acordado de estas palabras tras la segunda parte del artículo de Lester sobre el 8-M y los movimientos en favor de la igualdad entre hombres y mujeres. Quien las pronuncia es la conocida activista Barbijaputa en un artículo titulado Vikingas, publicado en eldiario.es. La conocida bloguera cuenta con más de trescientos  mil seguidores en redes sociales, dos libros publicados sobre su particular visión del feminismo y varios artículos en los que despotrica de series, películas y libros que no se ajustan a sus cánones. Allá ella y sus seguidores. O seguidoras. Y seguidoros.

Vivimos en tiempos de exageraciones y, por tanto, no me extraña que alguien inventara algo tan discutible como “el test de Bechdel”, un método para descubrir si una película, serie o libro cumple con unos estándares mínimos para evitar la brecha de género. Su creadora, la dibujante Alison Bechdel, planteaba en una tira cómica de 1985 un diálogo entre dos mujeres a las puertas de un cine decidiendo la película y su conclusión era que solo verían aquella que cumpliera estos tres requisitos:

  • Que tenga al menos dos personajes femeninos.
  • Que compartan al menos una escena en la que haya una conversación entre ambas mujeres.
  • Que la conversación no trate acerca de hombres.

Alison Bechdel. “The Rule” (en “Dykes to Watch Out For”), 1985.Ya hay un cine en Francia que solo proyecta películas que aprueben este test. Según estos cánones, no podríamos o no deberíamos ver ninguna película de la trilogía original de Star Wars, Top Gun, El Padrino, El show de Truman, Reservoir dogs, Cuando Harry encontró a Sally, Toy Story, District 9, Gladiator, ¡la saga completa de El señor de los anillos!,… Llamadme machista, pero me niego a renunciar a una parte tan importante de mi vida.

El precedente de este test se encontraba ya hace tiempo en el ensayo de la escritora británica Virginia Woolf, quien en Una habitación propia (1929) destacaba que la presencia de mujeres en obras de ficción se debía únicamente a su relación con hombres:

“Ellas son ahora, y lo fueron entonces, madres e hijas. Casi sin excepción se les muestra debido a la relación que tienen con los hombres. Era extraño pensar que todas las grandes mujeres de ficción fueran, hasta el día de Jane Austen, vistas no sólo desde el otro sexo, sino también únicamente en su relación con el otro sexo”.

No me voy a poner a pasar el calibrador de Bechdel a varias de mis películas favoritas, pero al menos estas reflexiones me han dado la idea de dedicar este post a algunas de las grandes heroínas del cine, a todas esas mujeres que no se dedican a ser sujetos pasivos de la trama, sino protagonistas activas y principales.

Precisamente (y no por casualidad) el 8 de marzo pasado se estrenaba la última de Marvel, Capitana Marvel, protagonizada por Brie Larson, y en algunos foros nos la vendieron como una nueva victoria del feminismo en un mundo tradicional de machos y tipos duros. Capitana Marvel. ¿feminismo o márketing?, se titulaba este otro artículo. Hay un poco de todo, como cuando nos vendieron Black Panther como la primera película con un superhéroe protagonista que fuera negro. O afroamericano, si “negro” es un término que no se debe aplicar en los tiempos de lo políticamente correcto ni aunque el término original lo contenga.

H2 gal Gadot Wonder woman

Lo cierto es que Capitana Marvel no es la primera, ni mucho menos. Antes que ella tuvimos a Gal Gadot como Wonder Woman, que se ganó el derecho a su propia película tras ser lo mejor y más salvable de Superman v. Batman, de DC Cómics. O a Halle Berry haciendo una espantosa Catwoman y una fardona Tormenta en los X-Men. Son muchas las actrices de prestigio que han querido poner una superheroína en su carrera, como Scarlett Johansson haciendo de Viuda negra en Los vengadores, Michelle Pfeiffer interpretando a una Catwoman que más bien parecía la loca de los gatos, Jennifer Garner con la soporífera Elektra, o Jessica Alba como la Mujer Invisible de Los cuatro fantásticos.

H4 Barbarella

Todas ellas tuvieron un precedente muy lejano en el tiempo, aquella Barbarella de modelos sensuales interpretada por Jane Fonda en 1968. Mi favorita es Elastic Girl de la maravilla de Pixar Los increíbles. Así que heroínas de acción ha habido siempre, aunque nos lo vendan como una preocupación reciente de las productoras por desarrollar personajes femeninos poderosos.

H3 Los increíbles

Lara Croft en Tomb Raider (interpretada por las oscarizadas Angelina Jolie y Alicia Vikander), Alice Abernathy en Resident Evil, Selene en Underworld, Beatrice en Divergente, Katniss (Jennifer Lawrence) en Los juegos del hambre,… Las mujeres saben dar mamporros, saltar edificios y disparar un arma con la misma soltura que sus compañeros masculinos de reparto, así que recomiendo a la bloguera Barbijaputa que vaya de vez en cuando al cine para comprobarlo con sus propios ojos y liberada de prejuicios. Advertirá, además, que no solo son capaces de hacer todo eso, sino que resultan infinitamente sexis embutidas en esas mallas a las que parece que se les aplica luego un aparato de extracción de aire y envasado al vacío.

Aprovecho la excusa para dejar mi lista de favoritas, que no son superheroínas con poderes, sino mujeres con un par de ovarios que se han convertido en grandes heroínas de acción:

H3 Ripley

  • La teniente Ripley, de la saga Alien. Interpretada por Sigourney Weaver en una saga que comenzó de manera estupenda con las dos primeras entregas (1979 y 1986), y que ha ido decayendo con los años hasta lograr que las nuevas películas no interesen nada. La teniente Ripley es inteligente, dura, guerrera y capaz de mostrar la serenidad suficiente para deshacerse del peligroso alien de diversas formas. Y en la segunda, Aliens, el regreso, habla con la niña a la que rescata, y no habla sobre hombres, sino sobre una fuga, así que supongo que aprobará el test de Bechdel, valiente chorrada.

H5 Beatrix Kiddo

  • Beatrix Kiddo, la Mamba Negra, la Novia de Kill Bill, Vol. I y II, los peliculones de Quentin Tarantino sobre una venganza consumada. Su chándal amarillo con rayas negras se ha convertido en un icono tan reconocible como los trajes de cualquier superhéroe o superheroína. Protagoniza varias escenas memorables, aunque la mas recordada sea la más inverosímil de todas, aquella contra los ochenta y ocho maníacos (¿o eran trescientos?) samuráis. Una locura de sangre como solo Tarantino y Uma Thurman podían filmar.

H6 Sarah COnnor

  • Sarah Connor (Linda Hamilton), a la que vemos evolucionar de camarera choni a guerrillera implacable en las dos primeras entregas de Terminator, de madre futura e ignorante a salvadora de la humanidad. Su personaje merecía más en las posteriores entregas, en las que desapareció a mi modo de ver erróneamente.

H5B Trinity

  • Trinity, interpretada por Carrie Ann Moss en Matrix, la mítica película que cumple ahora sus veinte años de vida. Sensual, poderosa, ágil como pocas, capaz de mostrar que es posible dar “la patada del escorpión”, al menos en ese mundo virtual tan agobiante que muestra la trilogía.
  • La princesa Leia, la deslenguada Carrie Fisher en la vida real y en las películas de Star Wars. ¿Que no cumple los cánones del test de Bechdel? ¡Y a mí qué! Está en el centro de toda la acción desde el inicio. Su captura y posterior rescate dan inicio a la trilogía clásica, y ya entonces vimos cómo las gastaba con un arma en la mano, ¡la princesa! Y con la lengua no era un dechado de virtudes reales propias de palacio, sino de una mujer de mundo con varias galaxias recorridas a sus espaldas. Lideró la Alianza Rebelde, rescató a Han Solo y no a la inversa, y estranguló a Jabba el Hutt con sus propias manos. Como para que digan algunas que las mujeres en las películas de acción se limitan a quedarse en casa con los niños. En la última trilogía perdió su fuerza como guerrera, pero ganó en respeto como generala de las fuerzas rebeldes. Estoy expectante por ver cómo la “matan” en la ficción para el Episodio IX, una vez que Carrie Fisher falleció poco después del Episodio VIII, Los últimos Jedi.

H7 Rey

  • Rey, la nueva heroína de la última trilogía de Star Wars, interpretada por Daisy Ridley. Desde su primera aparición en El despertar de la Fuerza sentí que J. J. Abrams y los urdidores de las nuevas tramas habían acertado. Otro personaje femenino “pasivo”: pilota el Halcón Milenario, maneja cualquier tipo de arma, se enfrenta a la Nueva Orden, escala por el interior de la Estrella de la Muerte, se defiende con un sable láser,… Lo que le echen encima. También estoy expectante por saber sus orígenes en la próxima entrega, de inminente estreno a finales de este año.

Y hay muchas, muchas más, en el cine reciente y en el clásico. La teniente O’Neal, Elizabeth Swann en los Piratas del Caribe, Clarice Sterling en El silencio de los corderos, Eowyn y Galadriel en El señor de los anillos, ¡Thelma y Louise!, dos mujeres capaces de lograr que Harvey Keitel y Michael Madsen parezcan blandos.

Pero la palabra “heroína” tiene un doble significado, el que he utilizado para este post y el de la temida droga que tantos estragos ha causado durante años. Heroína es el título de una película de Gerardo Herrero que jugaba con ese doble sentido para contarnos la historia real de una heroína interpretada por Adriana Ozores que se enfrentó a los narcotraficantes gallegos que se lucraban con la venta de esa mierda que se inyectaron miles de jóvenes en las venas.

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Ese tipo de heroínas, para mí, son mucho más valientes que la mayoría de mujeres de las que he hablado hoy. Porque nada otorga más valor a una madre que eso que menospreciaba Barbijaputa en su artículo: cuidar y defender a sus hijos. Como Erin Brockovich (Julia Roberts), como la Belén Rueda de El orfanato o la Frances McDormand de Tres anuncios en las afueras (pese a su alocada petición en la gala de los Óscar por la temible “Inclusión Rider”), como Jodie Foster en La habitación del pánico, como María Bennett (Naomi Watts) en Lo imposible, o como la madre de Forrest Gump, nuestra Sally Field, personaje fundamental de la historia, heroína como pocas en el cine:

“Nunca dejes que nadie te diga que es mejor que tú”

Cara Travis

El traje nuevo y la mentalidad “gramofónica”

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Seguro que todos recordamos el cuento de Hans Christian Andersen El traje nuevo del emperador, un relato corto sobre una mentira bien contada, una falacia que se extiende hasta convertirse en la verdad oficial, porque las telas del traje “poseían la milagrosa virtud de ser invisibles a toda persona que no fuera apta para su cargo o fuera irremediablemente estúpida”. Y claro, a ver quién osaba decir que no veía el maravilloso traje del emperador, con sus hermosos colores y bordados.

Compruebo con tristeza que ese modo de actuar, sin cuestionarse las “verdades” que nos cuentan, se extiende sin apenas oposición. Por ignorancia, por pudor, por temor a contradecir la versión oficial, o por algo más simple como es carecer de pensamiento crítico. Varias de las estrategias de manipulación mediática de Timsit (atribuidas a Noam Chomsky) insisten en esa idea: dirigirse al público como criaturas de poca edad, utilizar el aspecto emocional antes que la reflexión, mantener al público en la ignorancia y la mediocridad, y estimularlo para que sea cómplice con esa mediocridad. Ante la ausencia de pensamiento crítico, la mentira, o la verdad oficial, se termina imponiendo.

El Diccionario Oxford elige todos los años una palabra como la más destacada del curso, y me llamó la atención que la elegida en 2016 fuese “posverdad”, post-truth en el inglés original. Una palabra que hemos adoptado con asombrosa normalidad, cuando su significado “denota circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”. Es decir, una mentira que tu parte emocional se puede tragar porque quiere creérsela, o porque es la que la mayoría considera que es cierta. Como se dice en el cuento de Andersen, “no tiene por qué ser verdad lo que todo el mundo piensa que es verdad”.

El prólogo de Rebelión en la granja (George Orwell) se titula La libertad de prensa, y es un lúcido análisis sobre la cobardía intelectual de la prensa británica, en sus palabras, el mayor enemigo de la libertad de expresión. Según Orwell, los directores de periódicos eludían ciertos temas no por miedo a una denuncia, sino “porque le temen a la opinión pública”. “Porque existe un acuerdo general y tácito sobre ciertos hechos que no deben mencionarse”. “Y cualquiera que ose desafiar aquella ortodoxia se encontrará silenciado con sorprendente eficacia”.

Son los tiempos que corren y se aprecia en diversos campos. Por eso este post de hoy no lo firma ninguno de los cuatro amiguetes del blog: porque de una u otra manera aplica a todos ellos.

Barney ha llevado el mundo de la posverdad “futbolera” a la distopía de Oceanía en el 1984 de George Orwell. Un artículo acerca de cómo un mensaje falso pero repetido de modo sostenido en el tiempo y a través de todos sus altavoces mediáticos termina calando entre los aficionados. El libro de Orwell es, una vez más, premonitorio, y la web La Galerna ha tenido a bien publicarlo:

La neolengua de Orwell

1984 Orwell

Josean también ha tenido la suerte de ver publicado su artículo acerca de otra gran manipulación, la de Pablo Iglesias y Podemos, relacionada con el mencionado libro de Orwell Rebelión en la granja. La publicación ha sido en la web El Asterisco, una interesante propuesta de pensamiento crítico acerca de temas políticos, sociales y culturales.

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El amiguete Travis escribió en su día sobre ese intento de imponer criterios de raza, género y orientación sexual en los repartos de las películas, la tremenda y equivocada Inclusión Rider, que logró numerosos adeptos y quién sabe si será el futuro (y el final) del cine. O sobre el modo de actuar de la crítica cinematográfica, de cómo la opinión de tres o cuatro críticos termina convirtiéndose en dogma de fe que te convierte en poco menos que un analfabeto si te atreves a opinar en sentido contrario (Un japo en Cannes).

Image result for bailar en la oscuridadLo curioso es que en el caso del cine o de la literatura coexisten dos corrientes de pensamiento totalitario y opuestas: la de los críticos, que no se atreven a decir que tal o cual película es un tostón, tipo El árbol de la vida, Underground o Bailando en la oscuridad, por miedo a perder el respeto de sus colegas de profesión, pero también la de los aficionados: “a ver cómo digo a mis amigos que me ha gustado la última de Star Wars“, o peor aún, que “me ha encantado Roma sin que me llamen putofriki cuando ni uno solo de ellos ha sido capaz de pasar del minuto 15″.

Lester ha criticado en algunos textos determinadas imposiciones como la del lenguaje inclusivo, o los intentos de censura sobre canciones de hace décadas. Pareces un cafre machista si te niegas a usar determinados términos (y determinadas términas) o si insistes en rescatar aquel disco de Loquillo con La mataré entre sus canciones. “Cuando en estos momentos se pide libertad de expresión”, continúa Orwell en su prólogo, “de hecho no se pide auténtica libertad”. “Como dice Rosa Luxemburgo, es libertad para los demás. Idéntico principio contienen las palabras de Voltaire: detesto lo que dices, pero defendería hasta la muerte tu derecho a decirlo”.

Ninguna de estas modas que vienen a imponer una manera de hacer o decir las cosas de modo políticamente correctas supone una mejoría sobre lo existente, ni mucho menos van a corregir el problema de fondo que pudiera haber detrás, porque “cambiar una ortodoxia por otra no supone necesariamente un progreso, porque el verdadero enemigo está en la creación de una mentalidad “gramofónica” repetitiva, tanto si se está como si no de acuerdo con el disco que suena en aquel momento”. La verdad es que es un prólogo inmejorable.

Se persigue una mentalidad gramofónica, no la libertad de expresión, ni mucho menos el progreso, y a veces estamos tan idiotizados que necesitamos a ese niño que nos grite que el emperador “¡está desnudo!”

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El futuro ya está aquí, por Travis

Luna Meliés

En 1989 se estrenó la segunda parte de Regreso al futuro, una entretenidísima película en la que los protagonistas se trasladan al 21 de octubre de 2015. Supongo que durante la preproducción el director Robert Zemeckis, el productor Steven Spielberg y el coguionista Bob Gale se devanarían los sesos a la hora de imaginar ese futuro 2015, un futuro que sabían que alcanzarían a ver con sus propios ojos, y que no podía ser ni demasiado parecido, ni radicalmente distinto. En el blog dedicamos un post entero a esa fecha, justo ese día, y sirvió para sorprendernos con todo lo que había cambiado, pero más aún para asustarnos con lo que permanecía igual.

La tecnología no ha avanzado tanto como la peli predijo en algunos campos, pero en otros la ha superado ampliamente. Nike lanzó una tirada de las míticas zapatillas con robocordones y Lexus diseñó un aeropatín como el de Marty McFly, pero solo funcionaba sobre superficies metálicas ya que se basaba en el uso del magnetismo. No tenemos coches voladores que funcionan con basura, pero todo se andará (espero).

Regreso al futuro

Algunos inventos que predijo la película y que allá por 1989 nos parecían muy lejanos se han incorporado a nuestro día a día con asombrosa normalidad: las pantallas planas de televisión, las videoconferencias, el cine en 3D, los drones, las gafas de realidad virtual o el control biométrico de identidad. Pero ni olió el desarrollo de Internet, un avance para la humanidad que va mucho más allá de lo que los guionistas llegaron a imaginar, absorbe nuestras neuronas e invade muchos minutos y horas de nuestras vidas. Al menos la película acertó en el agilipollamiento que el abuso de la tecnología provoca en los hijos de Marty McFly.

Una de las grandes posibilidades que ofrecen el cine y la literatura es imaginar un futuro que en el momento presente puede parecer lejano, irreal o absurdo. Utópico o indeseable. O distópico, palabra que parece obligatorio usar para referirse a estos asuntos. El cine permite además representarlo, mostrar ese futuro, y han sido numerosos los cineastas que se han enfrascado en la tarea casi desde que el cine es cine. George Meliès imaginó en 1902 su particular Viaje a la Luna basado en la novela de Julio Verne De la Tierra a la Luna. La tecnología espacial no puede ser más simple: un enorme cañón disparado al ojo de la Luna. Una Luna poblada por selenitas con malas pulgas en una atmósfera respirable.

El hombre alcanzaría la Luna 67 años después con ingenios mucho más sofisticados, con el uso de toda la tecnología que el hombre ha sido capaz de desarrollar, pero aun así el cuarto de hora de película de Meliès, con toda su sencillez, resulta fascinante. Mucho más entretenido que el soporífero alunizaje del impávido Armstrong de Ryan Gosling y Damien Chazelle en First Man (2018). Será que preferimos la ilusión a la realidad.

En 1968, el año anterior a la llegada del hombre a la Luna, se estrenó una película con fecha en su título: 2001, Una odisea del espacio, de Stanley Kubrick. El hombre todavía no había pisado la superficie lunar y los cineastas ya estaban imaginando misiones tripuladas a la órbita de Júpiter. La meticulosidad de Kubrick para la preparación del filme fue tal, su asesoramiento fue tan exhaustivo, que pese a que hayan pasado cincuenta años desde su estreno nada chirría en exceso, ninguna tecnología parece especialmente obsoleta, salvo quizás la calidad de imagen de las pantallas, o los botones y clavijas del cuadro de mando. Nada táctil ni digital como cualquier aparato que dejamos hoy en manos de niños de dos años.

Hal 9000

Uno de los grandes hallazgos del filme de Kubrick en lo que a tecnología se refiere se encuentra en la inteligencia artificial de HAL 9000, el ordenador que todo lo ve y todo lo escucha, capaz de tomar decisiones no programadas como asesinar a uno de los astronautas. Parece que el desarrollo de la inteligencia artificial hoy en día no ha llegado a este nivel, ni al del humor programado de los TARS y CASE de Interstellar, pero estoy seguro de que llegará. De hecho, hoy en día ya se programa a estos superequipos de inteligencia artificial para que elijan entre matar a un peatón o al conductor del coche autónomo que dirigen. Y se han desarrollado ordenadores, algoritmos y programas capaces de pintar un Rembrandt, escribir una novela o finalizar la Sinfonía inacabada de Schubert. Me falta por ver si es programable el humor de Leo Harlem o el de Les Luthiers.

La inteligencia artificial ha dado mucho juego en el cine, ya desde aquella lejana Juegos de guerra (1983) que nos advertía del peligro de los superordenadores con capacidad autónoma para tomar decisiones en el terreno militar, sin intervención humana, decisiones capaces de desencadenar la tercera guerra mundial. De modo recurrente nos encontramos artículos que provocan cierto desasosiego, por no decir angustia, que nos informan del uso de la inteligencia artificial como desencadenante de una posible guerra mundial. Como dijo Elon Musk, “puede que no la inicien los líderes nacionales, sino una de las inteligencias artificiales, si deciden que un ataque preventivo es el camino más probable a la victoria”.

terminator 2

Da miedo, pero al menos sobrevivimos al 29 de agosto de 1997, la fecha del Juicio Final según Terminator II, el día en que Skynet y las máquinas adquieren conciencia del peligro que son para el hombre y se rebelan contra este cuando los programadores intentan desactivarlas, provocando un holocausto nuclear en todo el planeta. Una escena que sigue poniendo la carne de gallina.

La última entrega de la saga hasta la fecha, Terminator: Génesis (2015), desarrolla una parte de la trama en 2017, en un futuro inmediato al rodaje en el que toda la sociedad vive idiotizada alrededor de una pantalla, ya sea de móvil, reloj, ordenador o tablet, pantallas controladas por una inteligencia artificial que todo lo domina y controla. Una especie de Gran Hermano orwelliano, como el 1984 que describiera el británico en su libro (escrito en 1948). Se adelantó un poco en las fechas, pero ese futuro que imaginó en el que se manipula la información, se reescribe la historia, se controla el pensamiento y se rebaja y simplifica el lenguaje como herramienta para el sometimiento de la población, en parte ya está aquí.

Es el problema de poner fechas en un título, que al final llega ese año y te quedas corto… o te pasas siete pueblos. 1984, 2001: Una odisea en el espacio, y sus continuaciones 2010: Odisea dos y 2061: Odisea tres. Como sus profecías seguían incumpliéndose, algún productor o el propio Arthur C. Clarke, pensó: “esto no me vuelve a pasar”, y tituló su siguiente obra: 3001: Odisea final. A tomar por saco.

Veremos dentro de tres décadas qué ocurre con el futuro real y Blade Runner 2049, la plúmbea continuación de Dennis Villeneuve (2017) de la soporífera original de Ridley Scott (1982). Los aficionados a esta película de culto se encuentran de celebración este año, puesto que la historia de Deckard, Gaff y Roy Batty se desarrolla en Los Ángeles durante el mes de noviembre de 2019. En apenas unos meses habremos llegado a ese futuro que Ridley Scott diseñó e imaginó hace 37 años. Puede que acertara a la hora de mostrarnos esa gran ciudad decadente, exageradamente iluminada y poblada de seres individualistas, como Tokio, Shanghái o tantas otras. Y con severos problemas de contaminación, como cualquier ciudad occidental, aunque sin llegar al extremo de la lluvia ácida del filme de Ridley Scott. Por el lado contrario, seguimos sin tener coches voladores circulando de modo masivo por los cielos de nuestras ciudades, algo que parece obligado en cualquier película futurista, y la manipulación genética dista mucho de lo que Blade Runner o Gattaca (1997) mostraron como futurible. La oveja Dolly no ha tenido continuación en un espectacular Parque Jurásico (1993) repleto de dinosaurios, pero veremos con qué nos sorprenden los científicos en próximos años (y no muy lejanos).

Aunque no esté entre mis favoritas, lo que sí reconozco es el impacto que Blade Runner tuvo sobre la ciencia ficción y la estética de este tipo de películas:

Con lo que no tuvo fortuna fue con las marcas escogidas para los carteles de neón de ese hipotético futuro. Se mantiene la Coca-cola, pero el resto de marcas vivieron algo así como una maldición de Blade Runner que las llevó a la quiebra o a su desaparición: Atari, RCA, Pan-Am, Bell Systems, TDK,… Los diseñadores de producción buscaron logotipos representativos de marcas duraderas, que sobrevivirían en el tiempo, y las diferentes crisis se llevaron a casi todas por delante.

“El futuro ya está aquí”, cantaba Radio Futura en los ochenta, “enamorado de la moda juvenil”. A buen seguro nadie predijo que la estética cyberpunk que en aquellos años parecía vanguardista hoy en día se antoja todo lo contrario, retro o vintage. Desfasada. A veces esos detalles accesorios son lo que peor envejece de estas películas. Como los aparatos para comunicarse de Star Wars, que como alguien dijo en su día parecen maquinillas de afeitar, totalmente obsoletas en la era de los “acojo-smartphones”. O los temidos rayos Láser de los setenta, que parecían letales y hoy en día se usan para corregir la miopía o para depilarse las ingles.

Como no soy un gran aficionado a la tecnología ni a los gadgets, a veces mi mayor interés en las pelis de ciencia ficción está en lo que las mismas plantean en torno a problemas comunes. Reales, cotidianos. Cercanos. Por ejemplo, dos de los que mencionaba acerca de Blade Runner: la contaminación y la incomunicación. Esa maravilla de Pixar titulada Wall-E (2008) nos presenta una humanidad que ha tenido que huir de la Tierra tras convertir la misma en un inmenso vertedero en la que no queda rastro de vida. Los humanos viven en una inmensa nave y apenas se relacionan si no es a través de pantallas de ordenador. Tampoco se mueven salvo en sus ingenios motorizados y por tanto han desarrollado una obesidad que les impide incluso caminar. El argumento sitúa la acción en 2815, aunque la huida por el inmenso lodazal en que se ha convertido el planeta se genera en el año 2115. Creo que estamos acortando los plazos.

Wall E

Y ya que hablamos de futuro, o de futuro inmediato, ha terminado por salir el asunto robots. ¿De qué manera van a cambiar nuestra sociedad? ¿Cuántos puestos de trabajo van a dejar de existir? ¿De qué modo van a subsistir todos esos trabajadores, más o menos cualificados, cuyas labores van a ser sustituidas por robots más rápidos y eficientes? Y sin más absentismo que el provocado por las labores de mantenimiento.

¿Se creará esa utópica sociedad del entretenimiento de la que tanto se escribe y tan lejana parece? Los robots del cine se enfrentan a otro tipo de problemas (Yo, robot, El hombre bicentenario, Chappie, Robocop, Cortocircuito, Metrópolis,…), provenientes en muchos casos de la toma de conciencia “artificial”, pero incluso se han rodado películas en las que se plantea que los robots desarrollen ese ocio para los humanos, como el Acero puro (2011) y sus engendros boxeadores. O que sirvan para el sexo, como en Ex machina (2015), o como lo era la replicante (no robot) Pris, interpretada por Daryl Hannah en Blade Runner. ¿Ni siquiera nos va a quedar el disfrute del sexo en el futuro? Me refiero al normal, al calor humano, al olor corporal, al disfrute de los sentidos, no me vale el Orgasmatrón de Woody Allen en Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo, pero nunca se atrevió a preguntar, o el Vir-Sex, el simulador virtual de sexo en Demolition man. Ambientada en 2032, cuidado que no falta tanto.

Dejo ya el asunto del futuro inminente con el último problema que se nos ha planteado en algunas pelis de ciencia ficción, un problema que acabará creando importantes conflictos y que ya está aquí: la inmigración, vestida de llegada de alienígenas o extraterrestres. La premisa de District 9 (2009) es sumamente interesante, pero tremenda y tremendista, similar a la de Alien Nation (1988): ¿qué hacer con esas criaturas llegadas, más pobres que los habitantes de esa tierra? ¿Las integramos en la sociedad, les damos cobijo? ¿Las expulsamos, las recluimos en guetos inmundos?

District 9

La solución nos la dio la mítica serie V a mediados de los ochenta: dejemos que los aliens se conviertan en presidentes de los Estados Unidos de América.

V - Trump

¡Sayonara, baby!

 

 

 

 

 

 

 

 

En defensa del cine español, por Travis

Premios Goya Sevilla

“No me gusta el cine español”, “no soporto a Pepito ni a Fulanita” o “todas las películas son iguales” son frases que algunos colegas me repiten con frecuencia cada vez que les comento o recomiendo una película española. Eso cuando no meten la política o los prejuicios para soltarte los archiconocidos “esos progres de la Ceja” o “siempre están con la guerra civil”, justo antes del requeterrepetido “solo están para cobrar la subvención y vivir del cuento”. Y no, no estoy de acuerdo en absoluto. Aunque a mí tampoco me guste “algún tipo de cine español” y “no soporte a mis Pepitos y Fulanitas” particulares, sí tengo claro que “no todas las películas son iguales”. Ni mucho menos.

Hoy que el cine español celebra su tradicional fiesta anual, los Goya, creo que es un día perfecto para dedicarle un texto de homenaje, un post en defensa del buen cine español. El bueno, nada más, al malo podemos aplicarle el lanzallamas, igual que al mal cine francés, al americano, o a cualquier cinta de Lars von Trier.

Los Goya son una ceremonia bastante tediosa, pero nada que no sean los Óscar o (supongo) los César franceses o los Bafta británicos. Pero antes de comenzar, ¿por qué Goya? ¿Por qué se escogió al pintor aragonés para premiar algo mucho más reciente que sus cuadros? Siempre he creído que sería por el uso de la luz y el color, o por los encuadres del pintor, tan cinematográficos que alguien de la Academia de Cine lo elegiría por ser capaz de utilizar el color como Alfred Hitchcock,

1 Los borrachos Goya

por resultar costumbrista como Francis Ford Coppola,

2 La gallina ciega Goya

simbólico como Martin Scorsese,

3 Aquelarre Goya

por crear una luz como si de un fotograma de Vittorio Storaro se tratara,

4 Fusilamientos 2 de mayo Goya

o por ser un mago de la oscuridad y las tinieblas, como Ridley Scott:

5 Pintura negra Goya

Mal empiezo si para hablar del cine español menciono a directores extranjeros. Rebobino. El color de las escenas de Almodóvar, la representación costumbrista de Luis García Berlanga, el uso de los símbolos de Julio Medem, la iluminación y la fotografía de Javier Aguirresarobe (quien, por cierto, participó en Los fantasmas de Goya, de Milos Forman) o las sombras y penumbras de Álex de la Iglesia, bien podían tener inspiración en los cuadros de Goya.

Algo de lo comentado hubo en la creación de estos premios allá por 1987. Se buscó una palabra de dos sílabas, con cierta sonoridad, como Óscar o César, y se eligió Goya porque el artista “había tenido un concepto pictórico cercano al cine” y “varias de sus obras más representativas tenían casi un tratamiento secuencial”.

Sea por lo que fuere, el cine español no termina de convencer aquí, a buena parte de nuestros compatriotas. La recaudación se situó por encima de los 100 millones de euros en 2018, barrera que se superó por quinto año consecutivo. Puede parecer una cifra aceptable, pero se trata “solo” de 17 millones de espectadores de los casi cien millones de entradas vendidas, lo que mantiene la cuota de pantalla en ese rango entre el 16 y el 20 por ciento en el que se estabilizó hace ya mucho tiempo.

La película más taquillera de 2018 en España fue Jurassic World: el reino caído, dirigida, ¡anda, coño!, por el barcelonés Juan Antonio Bayona. Una muestra más del enorme talento que hay aquí, un talento que Bayona ha desplegado cual bestia del jurásico en las cuatro películas que ha dirigido hasta la fecha: la mencionada, El internado, Lo imposible y la que más me ha acongojado en los últimos años, Un monstruo viene a verme.

He visto tres de las cinco películas nominadas a mejor película este año, y desde luego que tengo que decir a esos colegas que “no, no son todas iguales”, y “no, no van sobre la guerra civil”. El cine español tiene miles de temas más por explotar. Un equipo de baloncesto de discapacitados intelectuales, un político corrupto, las soterradas disputas familiares en un pueblo, dos gitanas lesbianas y dos hermanos gitanos tratando de rehacer sus vidas.

Esos son grosso modo los temas de los que tratan las cinco películas que competirán por el Goya a mejor película de 2018: Campeones, El reino, Todos lo saben, Carmen y Lola y Entre dos aguas. No he visto las dos últimas, pero sí puedo decir que las tres primeras son películas con bastante interés, notables. Muy cuidadas en cada detalle, desde el guion, los actores seleccionados, la factura técnica y el diseño de producción. Con historias interesantes que contar.

El reino (Rodrigo Sorogoyen) nos cuenta en hora y media lo que vemos en el telediario por capítulos durante meses: una panda de políticos corruptos, grabaciones, chantajes, registros policiales, investigaciones judiciales,… Si el cine español quiere desarrollar estas tramas, como hemos visto en los últimos años, tenemos material como para ser una potencia de primer orden. Antonio de la Torre compone otro estupendo personaje más que añadir a su carrera repleta de hijos de puta integrales, un carrerón que nada tiene que envidiar a muchos actores de Hollywood.

Cuando salí de ver Todos lo saben (Asghar Farhadi) le dije a mi acompañante: “anda que no hay historias en los pueblos por contar, conflictos entre familias que ocurrieron en el pasado y que permanecen latentes a la espera de que algo prenda la mecha”. La trama tarda en arrancar, pero luego lo hace con fuerza, apoyada en un reparto que se permite el lujo de contar con dos Óscar de Hollywood (Javier Bardem y Penélope Cruz), aunque yo me quedo mil veces antes con Bárbara Lennie y con el argentino Ricardo Darín, al que ya podemos considerar “uno de los nuestros”.

Mi favorita para esta noche es Campeones, la obra de Javier Fesser a la que los cuatro amiguetes dedicamos un post entero repleto de cariño. Es una película entrañable, honesta, emotiva, solidaria y muy, muy divertida. Es mi favorita para esta noche y seguramente por eso no ganará, como no lo ha hecho nunca la película por la que yo apostaba, o la más taquillera, o la más reconocida a nivel internacional.

Porque así somos en España muchas veces, que parece que nos jode reconocer el éxito del vecino, no digamos el del compañero de profesión. A Almodóvar le negaron los premios sus propios compañeros de la Academia de Cine durante años, esos mismos años en los que sus vitrinas se abarrotaban de galardones internacionales.

A veces somos nuestros peores enemigos, echando pestes de las películas que se hacen aquí y yendo como locos a ver el último blockbuster bazofia que nos viene de Hollywood. O creando una polémica artificial y difundiendo comunicados y guasaps en contra de una película porque alguien ha escuchado que un actor dijo no sé qué mierda, como le ocurrió a la muy digna El guardián invisible, que me llevó a escribir sobre esos guardianes visibles de la moral. Este blog tampoco es el mejor ejemplo. No hay más que ver que en el post dedicado a las películas más desastrosas de la historia las dos primeras resultaron ser producciones españolas (No somos nadie y Fotos).

Nos encanta buscar la polémica y la alimentamos, “que si los Bardem, que si las sociedades panameñas de Almodóvar, que si Willy Toledo ha dicho,…”, y no digo que en la mayoría de los casos con razón, pero hasta en eso nos alejamos de los norteamericanos. Clint Eastwood, Arnold Schwarzenegger, Robert Duvall o Chuck Norris son lo que aquí denominaríamos fachas muy fachas, protofranquistas, pero no creo que a sus películas acudan únicamente votantes del partido republicano. Parece que los espectadores sean capaces de valorar la calidad artística de una película al margen de las ideas políticas de sus directores o actores.

Y entiendo que cueste, a mí también me pasa. Es cierto que en España no ayudaron nada espectáculos como la gala de los Goya del No a la guerra, o los sucesivos ataques a los ministros de Cultura que han ido desfilando año tras año para recibir los insultos y las chanzas de los premiados, sobre todo si eran del PP. Parece que el cine es de izquierdas y que hay que subir el IVA si gobierna el PP y bajarlo si lo hace el PSOE. Basta ya, dejadnos en paz, dejadnos disfrutar de las películas de Amenábar, Bayona, José Luis Cuerda, por supuesto que el gran Álex de la Iglesia, Trueba a veces, Isabel Coixet cuando no se pone coñazo trascendental, Alberto Rodríguez, Raúl Arévalo, Icíar Bollaín y también, por qué no, de las comedias gamberras de Santiago Segura, Nacho García Velilla y tantos otros.

En el fondo, con los años he aprendido que se llaman premios Goya porque evidencian lo que narró mejor que nadie Don Francisco de Goya y Lucientes en su cuadro Duelo a garrotazos:

7 Duelo a garrotazos Goya