Richard Curtis y la delgadísima línea del buenismo, por Travis

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Yesterday (2019), escrita por Richard Curtis y dirigida por Danny Boyle, parte de una premisa delirante: ¿qué pasaría si los Beatles no hubieran existido nunca y solo un músico aficionado recordara sus canciones en ese mundo alternativo? Pues partiendo de este punto absurdo, totalmente inverosímil y lejano para los que buscan realismo o credibilidad en una historia, el guionista Richard Curtis es capaz de inventar una historia que nos mantiene con una sonrisa en la boca durante la mayor parte del metraje.

La película no es ninguna obra maestra, ni mucho menos, pero resulta agradable de ver, entretiene y además te regala un montón de temazos de los cuatro de Liverpool, así que sales de la sala con tu pareja con ganas de tomar una cerveza o un vino blanco, una cena ligera y ver si la noche acaba con la misma sonrisa boba. Como en Estados Unidos se etiqueta todo, he descubierto que este género de películas recibe la denominación de feel-good movies. Películas que te hacen sentir bien o que provocan buenos sentimientos.

Richard Curtis es un guionista al que sigo la pista desde hace décadas porque sus historias te llevan precisamente a ese punto de satisfacción, necesario en ocasiones tras alternar con Tarantinos, Jokers y asesinos en serie. Nació en Nueva Zelanda y debido al trabajo de su padre pasó su infancia en países como Suecia o Filipinas, hasta que se estableció de manera definitiva en Inglaterra con 11 años. Estudió Lengua y Literatura Inglesa en Oxford, donde conoció ni más ni menos que a Rowan Atkinson, estudiante de ingeniería eléctrica por aquel entonces y hoy más conocido como Mr. Bean. Entre ambos escribieron La víbora negra en 1983, una comedia producida por la BBC que tuvo cierto éxito.

 

Su primer gran éxito le llegó con esa comedia de 1994 sobre un grupo de amigos que se juntan en bodas, tienen sus ligoteos, amores no correspondidos, meteduras de pata y alguna historia gay que desconocían: Cuatro bodas y un funeral. Es una película amable que se ve con agrado, excepto por los tartamudeos de Hugh Grant al enamorarse de la norteamericana Andie MacDowell. Poco después, escribió el guion de Bean para su colega Atkinson y repitió la fórmula de Cuatro bodas en Notting Hill (1998): la americana de la que se enamora el británico tartamudo (Julia Roberts), el grupo de amigos con sus rarezas, la mujer desvalida que resulta entrañable o el personaje histriónico pasado de vueltas. Son películas en las que todos los personajes tienen un marcado carácter de bondad o ternura, no hay lugar para la mala leche y mucho menos para la violencia. Existe una delgada línea en las feel-good movies que si se traspasa convierten las mismas directamente en pelis moñas, cargantes, insoportables por momentos. La línea es delgadísima y según te acercas puedes encontrar un inmenso peliculón (Atrapado en el tiempo, Forrest Gump, El show de Truman), o traspasarla y toparte con una moñada cursi y en algunos casos repelente (The holiday, Mientras dormías, Te puede pasar a ti, Algo para recordar). Porque no es lo mismo ser sensible que sensiblero, bueno que buenista o romántico que moñas.

 

Richard Curtis se estrenó como director en 2003 con una obra que se sitúa directamente sobre la delgada línea roja: Love Actually. Trata una docena de historias de amor que se desarrollan muy cerca de la Navidad: amores imposibles, amores no correspondidos, tensiones sexuales no resueltas entre compañeros de trabajo, amoríos fugaces, duraderos, de todas las edades y de todos los tipos. Sus personajes se cruzan, se entrelazan, se relacionan y todo fluye con naturalidad en un guion muy trabajado de principio a fin. Pero aunque algunas de estas historias traspasan por momentos la línea y te provocan directamente arcadas, el conjunto se ha convertido en uno de esos clásicos imprescindibles de la época navideña que se ve con agrado.

Bordear la línea del buenismo y el sentimentalismo es un ejercicio arriesgado que requiere de la complicidad del espectador. Y de la mano firme y sabia del director. Si el espectador suelta “¡venga ya!, ¿que los Beatles nunca existieron?, menuda chorrada”, o “¡qué tontería!, un tipo viviendo el mismo día cien mil veces”, o “viviendo en un programa de televisión, ¡bah!”, en ese momento todo en la película resulta desdeñable. Si no te subes al carro que te propone el director, el resto de la película se convierte en insoportable. Como los musicales.

“¿De qué coño va esto? ¿De unos tíos de una familia que se meten en un armario y viajan hacia atrás en el tiempo? ¡Buffff, qué chorrada!”. Pues de esa premisa tan chorra surgió la maravillosa Una cuestión de tiempo, una de esas pelis que consigue engancharme cada vez que la veo. Es una feel-good movie de manual, una exaltación de la amistad y la familia con personajes entrañables, una norteamericana (otra vez) de la que enamorarse perdidamente, Rachel McAdams, con (otra vez) la hermana del protagonista como una mujer débil y tierna, y un personaje directamente tarado, pero es una gran película. Escrita y dirigida, cómo no, por Richard Curtis en 2013.

 

Como ya expresé en este mismo foro hace tiempo en la Carta de amor de un cinéfago, el discurso final del pelirrojo (Domnhall Gleeson), con la voz en off, podría haberlo escrito yo mismo. De tener el talento de Richard Curtis, por supuesto:

“Todos viajamos a través del tiempo juntos, cada día de nuestras vidas. Solo podemos esforzarnos por disfrutar de este notable viaje”.

“La verdad es que ya no viajo, ni siquiera para revivir un día. Trato de vivir cada día como si hubiera decidido volver a ese día, de disfrutarlo como si fuera el último día entero de mi extraordinaria vida ordinaria”.

La misma línea del buenismo, la peligrosa raya en la que solo los maestros saben moverse, es la que nos propone el viaje al cielo al que se supone que solo van las almas bondadosas que han poblado la tierra. Como no lo hagan bien, director y guionista se caen con todo el equipo.

Qué bello es vivir (1946) comienza de un modo muy arriesgado: muestra a Dios en forma de estrella hablando con un ángel al que encarga la misión de bajar a la tierra para ayudar a George Bailey. Si el espectador rechaza esos tres primeros minutos de película, no hay más que hacer, adiós muy buenas. Pero a los mandos estaba Frank Capra y la película se convierte en una obra maestra absoluta, de principio a fin. El gran clásico de las navidades pasadas, presentes y futuras.

 

Por el contrario, del mismo 1946 es A vida o muerte, Stairway to Heaven en el original o Escalera al cielo en Sudamérica. Escrita y dirigida por Michael Powell y Emeric Pressburger, protagonizada por David Niven y Kim Hunter, nada hacía presagiar que me resultara tan infumable. Quizás porque no entré en el juego que plantea la historia desde los primeros minutos: un piloto que tenía que haber fallecido en accidente, pero se debate entre la vida y la muerte en la cama de un hospital, mientras en el cielo se realiza un juicio para ver si sube la escalera o se queda en la tierra.

Lo normal es que estas películas traspasen la delgada línea de la sensiblería, como el pastelón espantoso Más allá de los sueños, con Robin Williams. Para mi gusto Ghost se queda en el borde, aunque cada vez que sale Whoopi Goldberg cae al abismo tenebroso de la cursilería y el ridículo. Se me ocurre salvar de la quema El cielo puede esperar, de Warren Beatty, o no tomarme en serio Como Dios, o Sigo como Dios, con ese Dios cachondo interpretado por Morgan Freeman.

Cualquiera que siga este blog sabrá qué tipo de películas me suelen gustar. No le hago ascos a las feel-good movies. El mundo está repleto de buena gente, pero también de hijos de puta sin escrúpulos. En mi caso, me gusta rodearme de buena gente, del mismo modo que como contrapartida, en pantalla me encanta ver a hijos de puta sin escrúpulos.

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Solaris, por Travis

“Una cinta de ciencia-ficción visionaria que nos embarca en un profundo viaje, tanto al espacio exterior como al interior”. Michael Wilmington, del Chicago Tribune.

Hace casi dos meses, en el post que dediqué al cine ruso y especialmente al papel de los rusos en el cine, prometí que hablaría de Solaris, la obra del director soviético Andrei Tarkovsky basada en la novela del polaco Stanislaw Lem. Fue rodada en 1972 y tras su paso por Cannes se convirtió en la típica cinta de culto que recibe el respaldo unánime (y acrítico) de la prensa especializada. Recuerdo haberla visto entre grandes bostezos hace décadas, cuando apenas cumplía los veinte y pasaba esa etapa gafapasta de mi vida en la que intentaba ver todo lo que los sesudos críticos oficiales consideraban “imprescindible”. Cuando decidí destripar la peli este verano, quise volver a verla para comprobar si en aquel momento cuasiadolescente no tenía la madurez suficiente para juzgarla y ahora en cambio, bordeando la cincuentena, poseía el grado de discernimiento necesario para saborear “…una obra cinematográfica fascinante. Es también una reflexión sobre la humanidad, el amor y la naturaleza desconocida del universo”. Palabra de Jamie Russell, de la BBC.

Para los amantes de esta obra de Tarkovsky o para los curiosos a los que les apetezca verla después de mi valoración, les indico que es muy fácil de encontrar en versión original y con subtítulos:

“Ah, coño, es cortita, solo una hora y dieciséis minutos”, pensará algún incauto. No, amigo, esa es solo la primera parte. Aquí te dejo el enlace para la segunda:

Dos horas y cuarenta minutos. Por esa razón el crítico de The New York Times Richard Eder afirma que “el resultado exige verla activamente y poner esfuerzo. Pero si se hace, el resultado es extraordinario como recompensa”. Me quedo con la primera frase. Puse el esfuerzo, la mejor intención, y escuché activamente los primeros tres minutos de música de Edward Artemiu. “Bien, vamos muy bien”. Luego contemplé con expectación el primer minuto de hojas sobre el lago con la misma atención con la que miraba el aparcamiento del coche sobre las cagadas de perro en la Roma de Cuarón. Pero respecto a la segunda frase de Richard Eder, aún sigo esperando mi recompensa, o al menos alcanzar la madurez suficiente para disfrutar esa “extraña, lenta, pero absorbente parábola sobre la vida y el amor en forma de un tema de ciencia ficción” (Variety). Casi dos meses he tardado en encontrar las ganas y los huecos entre sueños para rematar el visionado.

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Trataré de ser respetuoso con el autor y con todos los críticos que tanto la aprecian, así que diré con toda la educación y cordialidad que soy capaz de reunir que… redoble de tambores… Solaris me parece un truñaco sobrevalorado, repleta de momentos pseudointelectualoides que bordean el ridículo, con unos efectos especiales inexistentes y una trama interior de sus protagonistas de una simpleza pasmosa, que cuesta entender cómo para la crítica se convierte en una reflexión profunda sobre “la muerte y el renacimiento, el paraíso perdido de la infancia, el poder del arte para definir la identidad, la amenaza de la ciencia como vanidad destructiva” (Richard Brody, The New Yorker).

El argumento de Solaris es sencillo: un psicólogo llamado Kris Kelvin, no un astronauta profesional, ni un ingeniero o un médico, ni siquiera un científico avezado en experimentos termonucleares cósmicos interplanetarios, un psicólogo, decía, es enviado a la estación soviética en el planeta Solaris, un lugar formado por un océano, nubes, gases y poco más.

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Antes de emprender viaje, Kris se pasa el último día en la Tierra con sus padres, un señor mayor con chaleco, bigote y aires de abuelo de Heidi, y una señora cuyo papel parece interpretado por Eusebio Poncela con peluca.

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En la preciosa casa de sus padres junto a un lago (lago que da, por supuesto, para hermosos planos de dos minutos de las flores y plantas bajo -en, entre, sobre, tras y demás proposiciones- el lago), se encuentra también un antiguo astronauta que visitó la estación espacial hace tiempo y se quedó un poco tocado, un tal Berton, quien afirma que vio a un niño de cuatro metros caminando hacia él.

De verdad que intenté encontrar el simbolismo al niño con problemas de gigantismo que flotaba sobre las aguas, pero mi escepticismo era mayor aún que el de los responsables de la agencia espacial rusa, así que al igual que ellos lo achaqué a un estrés traumático o a un episodio de locura temporal.

Berton se enfada con Kelvin y se marcha a la ciudad en un plano que dura casi cinco minutos de reloj. Cinco putos minutos de mi vida viendo un túnel, una carretera, otro túnel, el careto de Berton montado sobre un Lada supuestamente futurista (¡un Lada!) y llegando a una ciudad nada moderna de noche, con las luces de los edificios encendidas. Supongo que el director quería transmitirnos la idea del caos de la gran ciudad frente a la quietud y la calma de las aguas de Solaris.

Tarkovsky consideraba que la ciencia ficción que se rodaba en Occidente era demasiado superficial y su manera de parecer profundo consistió en rodar planos interminables de la superficie del océano de Solaris, a veces entrelazados con otros de nubes en movimiento. Resulta de una profundidad sublime, cómo no, que eso nos dice la crítica especializada.

Dos minutos en blanco y negro, otros dos en color durante el trayecto del coche. Kelvin en la quietud del bosque y en una elipsis mágica comparable a la de 2001, Una odisea en el espacio, el firmamento y luego un plano corto de Kelvin diciendo “¡perdemos estabilidad!”, momento en el que llegan los maravillosos efectos especiales consistentes en mover la cámara a izquierda y derecha.

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Ninguno de los tres habitantes de la estación recibe a Kelvin cuando este llega a Solaris, el cual llega con la misma pasmosa mirada del que entra en un bar sin gente: “vaya, pues esperaba un fiestón y esto es un muermo…” Al poco tiempo se entera de que uno de los tres astronautas, Gibarian, precisamente el que era su amigo, se había suicidado, y los otros dos, Snaut y Sartorius (no sabemos si de nombre Nicolás), están como un cencerro. Los pasillos de la nave están medio abandonados, repletos de trastos, cables, chispas, basura y luces. Creo sinceramente que pudo servir de inspiración para la MIR de Armageddon, ¡ja, ja, ja, matadme, puristas tarkovskianos!

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Tras ver el vídeo de Gibarian justo antes de suicidarse, Tarkovsky nos regala un minuto entero de Kelvin durmiendo en su cómoda celda espacial, minuto del que despierta y se encuentra con una mujer con bigotillo (de hecho se lo mesa de modo sensual) a los pies de la cama, vestida de “fiesta cutre de disfraces medievales”. La mujer se mete en su cama y descubrimos que es Hary, su mujer fallecida diez años atrás, la misma que aparecía en un retrato en la casa de los padres. Kelvin se asusta, porque evidentemente su mujer murió, así que no se le ocurre otra cosa que meterla en un cohete espacial y lanzarla a tomar viento, helio, o lo que se respirara en esa atmósfera extraña. Kelvin es tan torpe y tan poco astronauta que se chamusca todo enterito con el fuego del cohete. Quizás sea otro símbolo del autor acerca de lo quemado que llegó a estar Kelvin de su mujer. Quizás sea eso, a lo mejor no lo entendí a la primera.

Para su sorpresa, al día siguiente Hary vuelve a aparecer ante sus ojos, porque “la dualidad está presente en cada idea y en cada emoción, sin poder separar lo positivo de lo negativo, formando un todo trágico”, según Adrián Massanet, de Espinof. Vale, puesto que esta es una historia de amor introspectiva y hay que buscar en el interior la aventura que no ofrece el exterior, Kelvin hace lo que sus instintos le indican: echar un polvo, revivir su historia con aquella mujer que no era feliz con él y que en su depresión se quitó de en medio. Otra que se suicidó, que visto el número de personajes y de suicidios de la película, cualquiera pensaría que los rusos tienen una solución fácil y rápida para prevenir la superpoblación.

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En otro de los momentos simbólicos del filme cuyo significado mi mente ignorante no captó, vemos una especie de condón gigante hinchado en el suelo, quizás como un aviso a Kelvin para que evite la reproducción con un ser que claramente no es humano. Sí, Hary, su mujer doble o triplemente fallecida, tiene aspecto humano, está como un cencerro y tiene su morbo en alguna escena, pero no es humana por el cariño con el que trata a Kelvin pese a que intentara deshacerse de ella en varias ocasiones.

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La gracia del argumento es que se supone que el planeta es el que genera personajes como el de Hary a partir de nuestros recuerdos, como si se creara una especie de conexión neuronal entre los habitantes de la nave y la superficie del océano. De ahí que desde la nave se lancen ondas cerebrales al planeta con la esperanza de que dejen de crearse esos recuerdos perturbadores (que alguien me explique el enano que guarda Sartorius en su laboratorio).

El despropósito argumental continúa con la fiesta de cumpleaños más tétrica de la historia, en la que nadie sonríe, leen unos párrafos del Quijote y hablan de “los treinta segundos de ingravidez” como si fuera algo emocionante. Tras  la fiesta, como una rutina ya incorporada a su quehacer diario, Hary se suicida de nuevo ingiriendo un tubo de oxígeno líquido. Pero en esa enorme metáfora de la inmortalidad y el cariño infinito, resucita a los pocos minutos. No sé si la cara de Kelvin es de alivio o de hastío, como si dijera: “¿otra vez me vas a montar el numerito, guapa?”

Cuando ya llevas más de dos horas y tus ojos se sujetan con palillos llegan los mejores diálogos de la película para mi gusto, aquellos en los que hablan de la felicidad, de cómo los seres más felices son los que no se preguntan por el sentido de la vida, todo ello en un plano en el que Tarkovsky se recrea en los pelos de la oreja derecha de Snaut. “Conocer el final de nuestra existencia es peor para la felicidad”, o algo de tamaña complejidad creo que afirma.

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Kelvin sueña con su madre siendo joven y vestida como la selección de Croacia, y cuando despierta se entera de que por fin se ha deshecho de Hary, que desaparece de la nave, pero tiene el detalle de dejarle una carta de despedida. Su mayor dilema a partir de ese momento consistirá en decidir si vuelve a la Tierra o permanece en Solaris para vivir con el recuerdo de su esposa o con la esperanza de su vuelta. Porque ya hemos visto que esta mujer, terca es un rato.

Volvemos a la casa de los padres junto al lago, pero, oh, grandiosa sorpresa final, cuando Kelvin observa desde la ventana que el padre se moja el chaleco por una gotera inmensa en el centro del salón mientras trata de salvar los libros, que digo yo que podía arreglar ese goterón con un poco de cemento cola o llamando a un escayolista, o al menos podía no ponerse justo debajo del agua (perdón, que me voy del tema), la cámara se aleja, asciende y comprobamos que realmente la casa yace en una isla que no es más que un recuerdo establecido en Solaris, oh, momento poético final, oh, bálsamo consolador del alma atormentada de Kris Kelvin.

FIN

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Parece clara mi opinión, pero qué sabré yo. Solaris alcanza un 8,1 en Imdb, un 7,6 en Filmaffinity y está en el top-10 de películas de ciencia ficción para The Guardian, pero para mí ha sido todo un ejercicio introspectivo de compostura, paciencia y autoflagelación. Treinta años después, en 2002, Steven Soderbergh rodó un remake de Solaris con George Clooney y Natasha MacElhone. No la he visto porque dicen que la buena, buena, rebuena, obrísima maestra, es la de Tarkovsky.

 

 

La gran evasión, por Travis

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Siempre me han gustado las películas de fugas. Quizás se deba a que lo más preciado que le puedes quitar a una persona, después de la vida, es su libertad. Privándole de ella le estás alejando de su familia, de sus amigos, de su carrera profesional, sus aficiones, de todo lo que le hacen ser persona. Será por eso que en pocos géneros como el carcelario (ojo, que no incluyo en este género a La gran evasión) tiendes a empatizar con el protagonista que intenta fugarse, deseas que logre su objetivo con sus mismos anhelos, y eso no siempre ocurre en el cine.

En el fondo me da igual si el preso es inocente o culpable. Para mí lo de menos es si Andy Dufresne (Cadena perpetua) se cargó o no a su mujer, o la gravedad del delito de su amigo Red (Morgan Freeman), lo que quiero es que salgan y que el alcaide reciba su merecido. No me importa lo que hicieran Clint Eastwood y sus compañeros de la Fuga de Alcatraz, o Steve McQueen (¡grande Steve!) antes de ser confinado en la terrible Isla del Diablo de Papillon, o el Burt Lancaster que se convirtiera en el inolvidable ornitólogo de El hombre de Alcatraz, o incluso los cabronazos de Con-Air o Stallone en Encerrado, algo tiene el cine de prisiones que hace que te pongas del lado del reo.

En el caso de La gran evasión (1963), como en casi todas las pelis ambientadas en la Segunda Guerra Mundial, vamos a la fuerza con los aliados y en contra de los nazis. La gran evasión nunca figura en la lista de las 10 o incluso 100 mejores películas de la historia, pero yo sí la incluyo entre mis 10 favoritas y de hecho la incluí en aquel lejano listado de pelis favoritas. Puro cine, ritmo vibrante que no decae ni uno solo de sus 172 minutos de duración.

La gran evasión 5Los aliados intentarán fugarse de mil maneras diferentes del campo de prisioneros de guerra Stalag Luft III, ubicado en lo que hoy es Polonia, un campo con la máxima seguridad en el que se trata a los oficiales con cierta deferencia y respeto. La película me gustaba tanto, la había visto tantas veces, que un día encontré en una librería un libro de Tim Carroll con el mismo título y me lancé a comprarlo sin pensar en nada más.

El libro narra cómo fue la fuga de 76 prisioneros del campo, desmitifica un tanto lo contado en la película y explica las diferencias entre la historia real y lo que se cuenta en el filme de Sturges, como que no había americanos en el campo, ni prisioneros que intentaran escapar en moto, o hechos contrastables como que era la Luftwaffe la que gestionaba el campo y trataba a los oficiales con gran camaradería. Incluso durante los primeros años les permitían comer en ocasiones con los mandos del campo o pasear por el bosque cercano, hasta que el número de prisioneros creció (aumentó por encima de los diez mil) y tuvieron que empeorar sus condiciones juntándolos con soldados que no eran oficiales.

Aun así, el libro resulta igual de apasionante que el filme de John Sturges, tanto que un día estaba terminando uno de los capítulos cercanos al momento de la fuga y no podía dejarlo, así que llegué tarde a mi cita. Te engancha, lo mismo que pasa con la película. Una vez que empiezas con la mítica banda sonora de Elmer Bernstein no puedes dejar de verla. Igual que si un día descubro a mitad del metraje que la están poniendo en cualquier cadena, me quedo hasta el final por muy bien que conozca el desenlace. Y siempre pienso que el día que en las escuelas de cine expliquen el ritmo cinematográfico tienen que emitir esta cinta.

La magistral dirección de John Sturges se apoya en un guion perfecto de James Clavell y W.R. Burnett, y en un reparto coral en el que todos están inmensos. Todos. Solo hombres,  por cierto (¿cómo meteríamos aquí la imposición Rider, amiga Frances?). El que menos me gusta es precisamente el gran cerebro de la fuga, el comandante Bartlett (Richard Attenborough), quien sin embargo tiene una de las grandes secuencias de la cinta al caer en el mismo error del idioma en el que insistía a sus compañeros de fuga que no cayeran, lo que desbarata su plan.

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El teniente Hendley (James Garner) es el “conseguidor”, el denominado “proveedor” de las necesidades de los prisioneros en los diversos planes de fuga, un tipo de dedos rápidos capaz de birlarle la cartera a un alemán, y con el corazón suficiente como para convertirse en los ojos de su compañero de celda, el oficial Blythe (Donald Pleasance), al que insiste en llevar a la fuga a pesar de su limitación física, la progresiva pérdida de visión.

James Coburn interpreta al “fabricante” australiano Sedgwick, un individuo con la imaginación suficiente para convertir las latas en ruedas, los tablones de las literas en el soporte del túnel o las mantas en abrigos.

La gran evasión 3Como ya conté en este mismo blog, el personaje de Charles Bronson, Danny Velinski, tenía algo en común con su vida real, pues se trata del “gran excavador” con problemas de claustrofobia. Lo mismo que le ocurría al actor antes de serlo, durante su época de minero.

Y por encima de todos ellos, mi favorito en una de mis películas favoritas de siempre: el gran Steve McQueen como el oficial Hilts. El infatigable escapista, el hombre del guante y la pelota de béisbol jugando rítmicamente en la “neverra” en la que es confinado cada vez que le atrapan. Si alguien me preguntara por uno de mis primeros recuerdos de cine estaría el salto en moto de McQueen sobre la primera de las vallas que delimitan la frontera. Su imagen icónica a lomos de una Triumph es la que forzosamente debía encabezar este post. Y si esto no fuera un texto escrito, sino un podcast, no faltaría el “guau” que profiere al probar el fortísimo licor de patata que destila clandestinamente en uno de los barracones junto con James Garner.

La gran evasión 4

Si alguno de los lectores no la ha visto, que no pierda un segundo y la busque, es una puñetera maravilla. Y además de todo lo dicho, dirección, ritmo, guion sólido y repleto de aciertos, una música maravillosa totalmente acorde con el ritmo y la acción, actores míticos en los papeles de sus vidas,… además de todo eso, tres nombres para la historia: Tom, Dick y Harry. Aunque el libro explica las diferencias con la película, los tres nombres escogidos para los túneles existieron en la vida real. “Menos mal”, pensé, “que nadie me eche abajo este mito”.

Para el que quiera conocer más datos de la historia real, La2 emitió un documental de National Geographic, que he sido capaz de encontrar:

Enlace a la primera parte.

Enlace a la segunda parte.

¿Que por qué me ha venido a la cabeza hoy hablar de esta película? Porque el amigo Athos Dumas escribió ayer sobre ella en La Galerna y me dio pura y sana envidia. Recomiendo su artículo.

La gran evasión es puro cine, pero en realidad es el cine nuestra gran evasión.

Prohibamos Verano Azul, por Travis

Verano Azul 4

Tenía que llegar, era cuestión de tiempo. Como le pasó a los clásicos de Disney, las películas de Woody Allen o los anuncios de brandy Soberano, las brigadas censoras han tenido a bien considerar que le ha llegado el turno a Verano Azul.

Televisión Española ha comenzado a reponer por enésima vez la mítica serie de Antonio Mercero con la que disfrutamos los de mi generación, y a un señor llamado Jesús Arroyo, que se autodefine como “Consultor de estrategia, posverdad y control de la opinión pública” se le ocurrió la broma o el experimento de criticar a la televisión pública por reponer una serie en la que se hacía parodia de un personaje como el “Piraña”, “un chaval con desorden alimentario” que provocaba “las risas de sus compañeros”. Lo ligaba luego a noticias sobre la obesidad de los niños españoles, la mayor de Europa, y ya teníamos montado el festival de la estupidez.

 

Siguió con las críticas a la serie por el personaje de Pancho, un chaval moreno con “rasgos latinos”, quien según el mismo consultor “dio origen al diminutivo usado hoy día de manera tan despectiva en nuestro país”. Lo primero que pensé es que tenía que ser una broma. “Es imposible que lleguemos a esto”, como confirmó unos días después el propio autor de la broma en un programa de televisión. Menos mal, pero pensé que podía ser real tras leer los comentarios de esa horda enfurecida de “ofendidos por todo” que puebla las redes sociales, abandera cualquier causa con vehemencia y empuña las antorchas para quemar en la hoguera al que ose contradecirle. Amplificaron la broma sin saber que lo era, la retuitearon y difundieron con argumentos peregrinos porque esa era la nueva cruzada: los “terribles estereotipos” de Verano Azul.

Verano Azul 2

Y pasó por real porque por desgracia nos estamos acostumbrando a que todo lo que vemos, escuchamos o leemos en la actualidad, da igual cuando haya sido escrito, se juzgue con el prisma de los ofendiditos y las brigadas censoras de hoy en día. Censoras e infantiles hasta el punto de que hemos normalizado escuchar situaciones que hace pocos años tomaríamos como ridículas. Y no nos descojonamos de estos titulares porque hay gente que se toma su reivindicación muy en serio:

El país debe de ir bien cuando estos son los temas que preocupan. Lo triste es el nivel de estupidez social en el que nos movemos, así que entra dentro de lo lógico para esos cerebros privilegiados que se prohíba todo aquello que les ofende o que ellos pueden imaginar que ofende a algún colectivo. ¿Que algo no me gusta? Que se prohíba. Ya tuvimos la polémica hace unos meses con la palabra “mariconez” en Operación Triunfo, y cómo unos chavales que no llegaban ni a los veinte años pretendían cambiar la letra de una canción escrita antes de que ellos nacieran. Como escribió Lester, verás cuando descubran Siniestro tOTal.

Como no podía ser de otro modo, las brigadas censoras son terriblemente activas en todo lo relacionado con el cine y las series de televisión. Recientemente leímos que los personajes de las series de Netflix no van a fumar. En Cuéntame se pasan todas las escenas fumando, incluso de modo forzado, porque es lo que ocurría en la España de los ochenta y noventa, te guste o no te guste. Hoy te llama la atención ver a un médico fumando en un hospital, aunque sea en una serie ambientada en los ochenta y primeros noventa, pero en aquellos años ocurría con frecuencia. Este tipo de ficción busca el realismo, la verosimilitud. Y sí, joder, Antonio Alcántara es un machista integral y alguno de los padres de Verano Azul le mete un guantazo a uno de sus hijos que hoy en día nos espanta. Esas cosas ocurrían y no por prohibirlas ahora vas a cambiar la realidad pasada.

Antonio Alcántara

Vamos a llegar al absurdo de que un personaje va a poder descerrajarle un tiro en la frente a otro, pero no podrá fumarse un cigarrillo después. Posiblemente lo peor no sea esto, sino que sospecho que esto de Netflix y el tabaco no es la primera cruzada ni será la última. Lo siguiente será que sus personajes no beban alcohol y luego se harán veganos, y montarán en bici para perseguir a los delincuentes sin dañar el medio ambiente. Es más, los malos serán malos no solo porque secuestren y asesinen, sino porque comerán hamburguesas de vacuno con huevos de gallinas infelices y conducirán coches de potente cilindrada mientras la policía intenta atraparles en vehículos ecológicos mascando una zanahoria cultivada en un huerto ecológico.

La primera vez que escuché este tipo de censuras fue tras ver Instinto básico y leer que algún colectivo gay de Estados Unidos la consideraba ofensiva porque la asesina era bisexual: “…desató las iras de los grupos gay, que utilizaron la película como un ejemplo del despecho con el que el cine retrata a los homosexuales”. Hace ya casi treinta años de aquello y lo que pensé que era una gilipollez supina ha ido creciendo hasta alcanzar el nivel actual. Y cuidado si te sales de la moda imperante.

El nivel de estulticia general ha alcanzado ya profundas cotas en temas sociales, lingüísticos, musicales o identitarios, pero al menos podíamos refugiarnos en las series y el cine para ver una buena historia ajustada a la realidad o si no al menos, a lo que el público demandaba. Pues va a ser que no, que también hay que cambiar los guiones y las tramas para adecuarnos a lo políticamente correcto. A por el tabaco, a por el micromachismo, a por los que mantienen los estereotipos, a evitar los asesinos de color negro, ¿has dicho negro?, ¡se dice afroamericano! La reacción de estos lobbies censores recuerda a la del público de los Dos Minutos de Odio en 1984, de Orwell:

“Antes de que el Odio hubiera durado treinta segundos, la mitad de los espectadores lanzaban incontenibles exclamaciones de rabia”.

“En su segundo minuto, el odio llegó al frenesí. Los espectadores saltaban y gritaban enfurecidos tratando de apagar con sus gritos la perforante voz que salía de la pantalla”.

“Lo horrible de los Dos Minutos de Odio no era el que cada uno tuviera que desempeñar allí un papel sino, al contrario, que era absolutamente imposible evitar la participación porque uno era arrastrado irremisiblemente. A los treinta segundos no hacía falta fingir. Un éxtasis de miedo y venganza, un deseo de matar, de torturar, de aplastar rostros con un martillo, parecían recorrer a todos los presentes como una corriente eléctrica convirtiéndole a uno, incluso contra su voluntad, en un loco gesticulador y vociferante”.

Así con todo. A por Woody Allen, que nunca me cayó bien, pues a por él. Pero es que hace treinta años desestimaron el caso, ¡da lo mismo!, a acabar con su carrera. A por Kevin Spacey, que hay un chico que dice que no sé qué, ¡pues a por él, para qué esperar a juicio! ¡A por James Franco!, pero si ninguna denuncia ha pasado del anonimato, ¡a por Morgan Freeman!, aunque para ello haya que hacer un montaje del que luego se desdigan las supuestas denunciantes. Veremos qué pasa con Plácido Domingo. El diario El País se ha sumado a la tendencia e invitaba a sus lectores a que contaran posibles abusos sexuales de los que tuvieran conocimiento. ¡Para qué acudir a los tribunales de justicia si se puede ajusticiar a la persona en los medios, con o sin pruebas! Han retirado la publicación, pero me guardé el pantallazo:

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La pena de todo esto es que parece que los censores están encontrando seguidores y además hacen mucho ruido. En la entrega de los Óscar de hace dos años, Frances MacDormand pidió/exigió con tono crispado a todos los actores y actrices de Hollywood que solo aceptaran papeles en películas que cumplieran la imposición Rider, perdón, la inclusión Rider, y cargó contra todo Hollywood por no obligar a su cumplimiento. ¿Y si hacemos una peli de época ambientada en Castilla en el siglo XIII? Da igual, tú mete un negro, un coreano y un actor trans.

MacDormand Rider

Ya están revisitando letras de canciones y diciendo cuáles se pueden escuchar y cuáles hay que modificar o directamente censurar, al igual que a su autor. Ha ocurrido lo mismo con el cine y las series, veremos cuando les de por leer. Prohibamos Lolita por los abusos del profesor Humbert Humbert sobre su hijastra, prohibamos La Celestina y Romeo y Julieta, porque Romeo y Calixto son unos pederastas que se cepillan a unas pobres adolescentes sometidas a estereotipos machistas y heteropatriarcales. Prohibamos El Quijote porque se mofa de un personaje con trastornos mentales. Prohibamos Los tres mosqueteros porque todos eran hombres blancos, no había mujeres ni afroamericanos entre ellos, y además los tres mosqueteros eran cuatro, lo que podría llevar a confusión a los niños y generarles un trauma. Puede parecer que exagero, pero en Estados Unidos, la cuna de todas estas gilipolleces, han prohibido Las aventuras de Tom Sawyer y Matar a un ruiseñor en algunos estados. Veremos dónde acaba todo esto, pero no me gusta un pelo.

Lo que ocurre ahora ha ocurrido toda la vida. El tonto del pueblo tenía más voz que ninguno y le encantaba proclamar sus chorradas a los cuatro vientos. Lo que ocurre es que ahora al tonto del pueblo le han dado un altavoz, y hay una masa dispuesta a escucharle.

Cara Travis

El cine ruso y los rusos en el cine

Acorazado Potemkin 2

TRAVIS, 17/07/2019

A raíz de la participación de Lester en el maratón de Nueva York hace unos años, nos planteamos hacer un Especial USA en el que cada amiguete trataría su especialidad. Surgieron unos posts interesantes, creo modestamente. En mi caso fue fácil, pues es tal el número de películas ambientadas en Nueva York que incluso tuve que escribir dos partes (el New York real y el imaginado). El reto que ahora se me plantea es hablar del cine ruso, trabajo ímprobo donde los haya, porque a lo largo de mi vida he visto muy pocas películas venidas de Rusia o de la extinta Unión Soviética.

El cine ruso es un gran desconocido para el que esto escribe, y supongo que para muchos de los lectores. Miro en mi perfil de Filmaffinity a ver cuántas soy capaz de recordar y me aparecen solo cuatro películas, una de las cuales ya apareció en mi lista de disaster movies. Me refiero a Soviet, sobre una especie de Rambo soviético que daba más pena que los efectos especiales empleados.

De las otras tres películas, dos fueron dirigidas por Sergei M. Eisenstein, al que muchos consideran el creador del montaje moderno. Las vi hace años, cuando La2 todavía emitía películas mudas en alguno de aquellos fantásticos ciclos de cine, gracias al cual pude ver Intolerancia y El nacimiento de una nación, de D. W. Griffith, La quimera del oro y El chico, de Chaplin, Metrópolis, de Fritz Lang, y las dos del maestro ruso, Octubre y El acorazado Potemkin.

El cine, como el deporte, y sobre todo en determinadas épocas de la historia, ha tenido una carga propagandística importante porque es una de las mejores maneras de transmitir un mensaje a la ciudadanía. Lo utilizaron los americanos, los británicos y los franceses, por supuesto que Hitler y Franco para ensalzar las bondades del régimen y como no podía ser menos, lo emplearon también los rusos para adoctrinar a las masas.

Recuerdo El acorazado Potemkin (1925) como una obra maestra absoluta, sorprendente por el modo de contar la historia, y por la fuerza y expresividad de sus imágenes. Cuenta la historia de los marineros rusos sublevados en 1905, durante la fallida primera revolución rusa contra los zares. El director aprovecha esta historia para hablar de la sublevación de las masas, de la actuación del pueblo unido como un solo hombre enfrentado contra una autoridad cruel e injusta. La escena más famosa es la matanza en la escalinata de Odesa, una sucesión de 150 planos que entremezcla los panorámicos con primeros planos de rostros aterrados, el movimiento acelerado con el pausado, y alarga el tiempo hasta convertir lo que duraría unos segundos en una escena de casi seis minutos de duración.

El hombre sin piernas, el de las muletas, la mujer horrorizada, y por supuesto, el bebé del carrito cayendo por la escalera forman una de las escenas más famosas de la historia del cine. Brian de Palma homenajeó esta escena, carrito de niño incluido, en Los intocables de Eliot Ness, aunque a mí sinceramente no me gustó demasiado, por mucho que la crítica alabara el atrevimiento del director. Me parece que el tiempo de Los intocables está tan estirado y de un modo tan artificial que se ganaron a pulso la parodia genial de Frank Drebin y sus chicos en la tercera entrega de Agárralo como puedas:

La otra película que he visto de Eisenstein es Octubre, finalizada en 1928, un encargo directo del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética para conmemorar los diez años de la revolución. Pese a ser una obra utilizada de modo evidente como propaganda, la versión final sufrió severos cortes por parte del Partido, puesto que Trotski había sido ya purgado por Stalin y se eliminaron todas las referencias a su figura. El montaje inicial de Eisenstein tenía una duración de 150 minutos, pero la versión estrenada se quedó en solo 103. En cualquier caso, es una película muy interesante y al igual que El acorazado, presenta un montaje potente y una serie de imágenes muy poderosas, como el asalto al Palacio de Invierno o el levantamiento del puente sobre el Neva con los cuerpos de los bolcheviques tirados sobre el mismo.

Octubre Eisenstein

Y poco más sé del cine ruso, pensé que Ojos negros (1987) era una película de dicha nacionalidad, porque estaba basada en una serie de relatos de Chejov y fue dirigida por Nikita Mijalkov, pero resulta que es una producción italiana. Es muy recomendable, una historia con Marcello Mastroianni de amores no correspondidos cuyo final no voy a desvelar, pero que te deja con una sensación de “si es que…”, “ay, Marcello,…”, prefiero no contarlo.

A principios de los noventa estuve en Rusia y ya que dediqué hace unos meses un post al doblaje, mencionaré que me sorprendió el modo de doblar películas en este país: una sola voz masculina y monocorde doblaba a todos los personajes. Vi cinco minutos de una peli de Woody Allen, creo que era Maridos y mujeres, y el doblador ruso (sin entonación alguna, sonaba como un interrogador del KGB) mataba cualquier atisbo de arte, entendimiento y disfrute de la obra. Era insoportable, así que la apagué. Según tengo entendido, Rusia ha adoptado muchas de las costumbres occidentales y las películas ahora se doblan de la misma manera que en el resto del mundo.

Peter Ustinov, Charles Bronson, Yul Brynner o Kirk Douglas, el inmortal, tienen antecedentes soviéticos en sus familias, de orígenes rusos, bielorrusos o lituanos, pero sus carreras se desarrollaron en Estados Unidos, como las de los actuales Andrei Konchalovski (Tango y Cash, El tren del infierno) o Timur Bekmambetov (Ben-Hur, Se busca), así que no valen como ejemplos de “cine ruso”.

Imperio romano Bronston

Un caso especial es el de Samuel Bronston, sobrino de León Trotski, nacido como Bronshtein, y famoso en nuestro país por los estudios que montó cerca de Las Rozas para las grandes producciones de Hollywood. Lo curioso de la historia fue el modo de convencer al millonario Du Pont y al régimen franquista para que el primero invirtiera y el segundo autorizara la creación de los estudios de rodaje en esta localidad. La empresa Du Pont vio cómo los beneficios generados por la patente del nylon se quedaban inmovilizados en España debido a una normativa aprobada por el Régimen para evitar la fuga de capitales del país, así que Bronston convenció a sus gestores para que invirtieran esos fondos en una serie de producciones de cine, y convenció también a altos cargos del ministerio para obtener los permisos para la creación de los célebres estudios que atraerían capital extranjero.

Bronston Pekín

Gracias a Bronston, Las Rozas se convirtió en Pekín, en la antigua Roma o Jerusalén. 55 días en Pekín, La caída del imperio romano, Rey de Reyes y El Cid entre otras se rodaron en los estudios Bronston antes de su quiebra a principios de los setenta. La relación de Bronston con la localidad madrileña se mantuvo hasta sus últimos días, y de hecho, fue enterrado en el cementerio de Las Matas.

Nuestro país tiene tal variedad de paisajes que permitió la maravilla de ambientar países tan distintos en nuestro territorio. La propia Rusia del Doctor Zhivago (1965) se rodó casi íntegramente en España. La estación de Canfranc se convirtió en la Rusia de los zares, los alrededores de Barajas fueron la estepa siberiana y el pantano de Aldeadávila fue un decorado perfecto para el desenlace de la película de David Lean ambientaba en la revolución rusa.

Los rusos en el cine

Puesto que no puedo hablar mucho más de cine ruso por falta de conocimiento, lo único que me queda por hacer es hablar de los rusos en el cine, de cómo han sido descritos y estereotipados en diversas películas, sobre todo norteamericanas.

El primer topicazo que vemos en películas americanas acerca de los rusos es el de su falta de empatía y sentimientos, como si estuvieran más cercanos a un robot que a un ser humano. La excelente comedia de Lubitsch Ninotchka (1939) nos muestra a la diplomática de la Unión Soviética interpretada por Greta Garbo como una mujer más fría que mil témpanos de hielo, incapaz de mostrar sus sentimientos incluso cuando se está enamorando. Quizás no haya escuchado jamás peores piropos que los que regala a Melvyn Douglas mientras le mira fijamente:

– El blanco de sus ojos es claro. Su córnea es excelente.

Su personaje robótico va cambiando a lo largo de la película, cediendo a las comodidades del capitalismo y desemboca en el famoso “Garbo sonríe” con el que se promocionó la película:

El discípulo de Lubitsch, Billy Wilder, continuó con otro topicazo acerca de los rusos en Uno, dos, tres, la obra maestra ambientada en Berlín: los rusos son simples, nada transparentes, viven solo por y para el Partido,… pero sus convicciones se resquebrajan ante la belleza de una mujer. Todo en esta película me parece genial, pero quizás uno de los mejores momentos sea este, el de la negociación de James Cagney y las caras de los representantes soviéticos ante la “encendida” Danza del Sable de la asistente de Cagney:

Durante las décadas de guerra fría, los rusos eran representados (creo que sin excepción) como personas sometidas al férreo control del Partido, y los que no eran asesinos implacables, espías o agentes del KGB (Cortina rasgada, El premio) terminaban cediendo a las bondades del capitalismo y de Occidente, como la estupenda Barbara Bach, chica Bond en La espía que me amó. 

Stanley Kubrick fue todavía un paso más allá en la parodia acerca de los rusos en ¿Teléfono rojo?: Volamos hacia Moscú (1964), una “perfecta traducción” del original Dr. Strangelove or: How I learned to stop worrying and love the bomb (directo al top de Títulos letales).

– ¿Ha visto alguna vez a un comunista beber agua?

A partir de ahí, el general Ripper (Sterling Hayden) desarrolla una hilarante teoría sobre la conspiración soviética para dominar el mundo:

La posible invasión soviética de los Estados Unidos dio pie a otras películas como la comedia ¡Que vienen los rusos! (1966) o Amanecer rojo (1984), una flipada en la que los veinteañeros Charlie Sheen y Patrick Swayze se enfrentaban al ejército ruso sin muchas más armas que el patriotismo y el ardor juvenil.

En la década de los ochenta seguía el enfrentamiento soterrado pero casi nunca culminado entre norteamericanos y rusos. Se creaban situaciones de mucha tensión, con la amenaza nuclear sobre nuestras cabezas, pero al final las cosas volvían a su sitio, como en Juegos de guerra (1983) o El cuarto protocolo (1987). O directamente se planteaba el conflicto en otros campos como el robo de tecnología (Firefox, 1982), los combates aéreos de Top Gun (1986) o mi favorito: el boxeo, ¡Rocky IV! En 1985 Rocky Balboa se enfrentaba en el mismo corazón de Moscú a un ruso desalmado llamado Iván Drago, papel interpretado por el sueco Dolph Lundgren. El discurso de Rocky y los aplausos de Gorbachov resultan tan absurdos como emocionantes, y se me sigue escapando una carcajada cada vez que lo veo. 

rocky IV

Los rusos estaban cambiando, su país se desmoronaba y querían pasar al otro bando, o eso nos contaban en La caza del octubre rojo o La casa Rusia, ambas de 1990. El argumento de la guerra fría se agota y cambian los guiones, excepto con el que lleva casi treinta películas haciendo lo mismo, James Bond. En 1995, Pierce Brosnan  se dedica a destrozar San Petersburgo subido a un tanque en Goldeneye. Que todavía haya quien diga que este es el mejor Bond que ha habido…

Con el desmembramiento de la Unión Soviética a principios de los noventa, las tramas cambian por completo y ahora todos los rusos que salen en películas americanas son mafiosos, oligarcas podridos de pasta y sin valores. Así a botepronto me salen Misión Imposible, El santo, La Jungla 5, un buen día para morir, John Wick o El mito de Bourne.

John Wick

Topicazos. Los rusos fríos y las rusas macizas. Ellos violentos y ellas volcánicas. La simpleza del cine. He comentado al principio que recordaba haber visto cuatro películas rusas, pero solo he hablado de tres intencionadamente. Creo que la cuarta se merece un post enterito: Solaris (1972), de Andrei Tarkovski. Me apuesto una botella de vodka a que será el post menos leído de la historia de este blog.

Especial Rusia

San Petersburgo (I): como no preparar un maratón

San Petersburgo (II): el desenlace del maratón y alguna lección de historia

Madridistas por el mundo: San Petersburgo

Noches blancas en San Petersburgo

El cine ruso y los rusos en el cine

Pulp Fiction cumple un cuarto de siglo, por Travis

Pulp Fiction 3

En mayo de 1994, el entonces semidesconocido director, guionista y actor Quentin Tarantino se hacía con la Palma de Oro en el Festival de Cannes por su segunda película, Pulp Fiction. Su propuesta, transgresora y gamberra como pocas, se llevó el galardón por delante de otras películas más típicas de lo que suele ser este festival de vanidades y meñiques enhiestos como A través de los olivos, del iraní Abbas Kiarostami, Quemado por el sol, del ruso Nikita Mikhalkov, el nuevo sopor de colores de Kieslowski, Rojo, y la cuota tradicional oriental, ¡Vivir!, del cineasta chino Zhang Yimou.

Visto con la perspectiva que dan los veinticinco años transcurridos, creo que el premio fue un acierto. Supongo que el jurado tendría fuertes discusiones a la hora de elegir entre las tradicionales obras aptas para estómagos cinéfilos más o menos pedantes y esta Pulp Fiction irreverente de Quentin Tarantino. El jurado de aquel año estaba formado por personas tan dispares del mundo de la cultura como la actriz francesa Catherine Deneuve, el escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, el compositor argentino Lalo Schifrin o el británico de origen japonés Kazuo Ishiguro (Premio Nobel de Literatura en 2017), y parece ser que para que el premio fuera a los matones de Tarantino resultó fundamental que dicho jurado estuviera presidido por una eminencia en este noble arte cinematográfico como es Clint Eastwood, alguien que puede valorar una obra diferente de un autor diferente y dar lecciones desde su punto de vista como director, actor, músico o productor de grandísimas obras.

Hubo numerosos aplausos, pero también abucheos y críticas del público asistente a la gala en el Palacio de Festivales y Congresos de Cannes, lo que provocó la respuesta del director en forma de peineta:

Hoy en día me parece un gesto totalmente impropio e inadecuado, pero recuerdo que cuando le vi hacerlo, y pese a saber poco de él, pensé: “este tío me cae bien”. Le estaba dando una patada en sus mismísimos genitales ¡y en su casa! a esa crítica esnob que presume de disfrutar tostones infumables que provienen de países exóticos.

El propio nombre del director, Quentin Tarantino, sonoro, rotundo, poco habitual, parecía predestinarle como director, igual que si te llamas Martin Scorsese o Howard Hawks. Además, con esa cara de loco solo podía parir locuras maravillosas o bodrios absurdos, pero por fortuna han predominado las de la primera categoría. El título de su segunda película, Pulp Fiction, resultaba tan atractivo como el de la primera, Reservoir dogs, por no sé qué extraña razón, ya sea intriga o curiosidad, un hecho insólito que ocurre con la mayoría de su filmografía al margen de su posterior calidad: Jackie Brown, Death proof, Inglourious Basterds, Django unchained, Kill Bill,…

Fuimos muchos los que acudimos en masa hace veinticinco años a ver esa peli de título raro y montaje desordenado, de pistoleros con traje negro que hablan de hamburguesas antes de liarse a tiros, de atracadores de cafeterías de tres al cuarto y de boxeadores que saldan su deuda con mafiosos tras atacar con una katana a dos violadores que están de la olla. No solo vimos esa película, la escuchamos. Saboreamos cada canción, las que conocíamos y las que descubríamos a medida que avanzaba el metraje contemplando cómo encajaba cada pieza en su correspondiente escena con una perfección asombrosa. Desde el potente Misirlou de Dick Dale & The Del-Tones hasta el Surf Rider de los títulos de crédito finales, obra de The Lively Ones.

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Me compré la banda sonora, me compré el guion (y lo leí y subrayé varias veces), puse en mi habitación el mítico póster de Uma Thurman fumando en la cama con el peinado del Príncipe Valiente, me compré la banda sonora de Reservoir dogs, me regalaron otra recopilación de temas musicales seleccionados especialmente por Quentin Tarantino,… En resumidas cuentas, me subí a la moda tarantiniana que se abrió con el exitazo de Pulp Fiction.

En cierto modo, creo que la figura del bueno de Tarantino se nos hizo cercana a los aficionados al cine al conocer su historia y ver cómo había llegado hasta la cima del éxito a una edad tan temprana (31 años por entonces). No era el típico director al uso que había estudiado en una prestigiosa escuela de cine, sino que era un aficionado más, un tipo que había trabajado durante años en un videoclub y que había engullido más cine que el que muchos veríamos en varias vidas. Pero, sobre todo, el suyo era un tipo de cine sin reglas en el que valía cualquier propuesta, desde empezar con la definición de diccionario del término “pulp” hasta dibujar un cuadrado en el aire o alterar el orden lógico de las escenas sin razón aparente.

Pulp Fiction 4

La película contó con un presupuesto modesto, de unos ocho millones de dólares, de los cuales cinco fueron para los actores, que cobraron muy por debajo de su caché habitual. Fue un éxito rotundo y la recaudación se elevó por encima de los doscientos millones de dólares, aunque su éxito no fue solo de taquilla, sino también como influencia para otros directores y guionistas, como una especie de “vale todo lo que propongas siempre y cuando lo hagas con pasión, con emoción y por supuesto con respeto a todo aquello que homenajeas”, ya sea el wéstern, el cine negro, el blaxploitation o las pelis orientales de karatekas.

La película consiguió siete candidaturas a los Óscar, en las categorías consideradas más importantes, aunque solo se llevó el de mejor guion, escrito por el propio Quentin en Ámsterdam con la colaboración de su antiguo compañero de videoclub, Roger Avary. Es un guion tan sólido y brillante como poco convencional, con grandes ideas y diálogos, pero también totalmente heterodoxo, repleto de ideas muy locas que pasaban por la cabeza de un Quentin no sabemos si algo “fumao”, ideas que sorprendentemente pasaron el filtro de la producción, y que, más sorprendente aún, lograron la complicidad del público. Y nuestras sonrisas, aunque el origen de las mismas esté en la cabeza reventada de un pobre chaval, en las discusiones acerca de limpiar los sesos de la tapicería, o en una inyección de adrenalina en el corazón de una yonqui a punto de morir de sobredosis.

Pulp Fiction 2

Se le criticó esa banalización de la violencia, y puedo entenderlo, pero es que no deja de resultar gracioso que en una peli de matones sin escrúpulos resulte tan relevante para la trama cada vez que el personaje de Travolta va al baño:

  • La primera vez dice claramente “me voy a cagar” en la cafetería y es entonces cuando sucede el atraco a la cafetería.
  • La segunda vez está hablando consigo mismo frente al espejo (“ahora te vas a casa y te haces una buena paja”) mientras Mia Wallace está a punto de morir en el sofá del salón.
  • La tercera vez está jiñando y leyendo pulp cuando el personaje de Butch se lo carga a tiros.

Algunos diálogos son largos porque Tarantino se recrea en ellos, en la supuesta brillantez de lo que cuentan, aunque en algunas películas lo logra mejor que en otras. En Pulp Fiction está más medido que, por ejemplo, en Death Proof (algún speech infumable) o que en momentos puntuales de Malditos bastardos o Kill Bill. El problema es que Tarantino se gusta tanto a sí mismo hablando de series B o masajes en los pies que  por ejemplo cuando Jules y Vincent llegan a la puerta de los chavales ¡que se van a cargar! no han terminado su diálogo y se van al final del pasillo para terminarlo, prosiguen dos o tres minutos más hablando de temas intrascendentes, y entonces y solo entonces vuelven y entran al piso. Es un tortazo a las reglas clásicas, pero funcionó. Y por cierto, ya que hablo de los masajes a los pies, recomiendo este vídeo sobre el fetichismo del director acerca de los mismos:

La película tiene 154 minutos de duración, es larga para lo que cuenta y quizás podía haber durado menos, pero como se disfruta cada frase, cada canción o cada imagen casi irreal, se te olvida que por momentos puede resultar lenta. Aunque muchos la calificaron de rompedora o novedosa, en realidad Tarantino lo que hace es reinventar, mezclar y utilizar los cientos de influencias cinematográficas y musicales que pasan por su cabeza. El baile de Mia y Vincent está basado en Ocho y medio de Fellini, los matones de Código del hampa hablan de las proteínas de un buen filete después de cargarse a John Cassavettes, y el MacGuffin del maletín ya se había visto en El beso mortal o en Belle de Jour de Buñuel.

Respecto al contenido del maletín con brillos dorados circulan por Internet teorías muy divertidas, como que contiene los diamantes robados en Reservoir dogs, pero mi favorita es la que dice que en el interior del mismo guarda el alma de Marsellus Wallace. Esta teoría cuenta que el mafioso pactó vender su alma al Diablo y por esa razón tiene una tirita en la nuca, que es por donde se la debió extraer Lucifer. La relación con el maletín viene porque la combinación para abrirlo es el número 666.

Pulp Fiction 6

En realidad Tarantino contó tiempo después que el actor Ving Rhames se había hecho un corte afeitándose la cabeza y que al director le pareció que hacía más intrigante su personaje, así que le pidió que no se la quitara. Ya está, es como el globo naranja de Reservoir dogs y las teorías imaginativas de la gente, no hay más.

Pulp Fiction 5

Tarantino tiene sus fetiches, sus gustos particulares y se recrea en ellos, como cuando el personaje de Butch (Bruce Willis) elige el arma con el que se va a cargar a los tipos de la tienda que están sodomizando a Marsellus Wallace. Nos muestra sucesivamente un martillo como en The toolbox murders, un bate de béisbol como en Los intocables de Eliot Ness, una sierra eléctrica homenaje a La matanza de Texas y finalmente se decanta por una katana al estilo de las pelis de samuráis que tantas veces ha reconocido que le encantan. ¿Sería la katana de Hattori Hanzo que luego aparece en Kill Bill? Igual que la marca de cigarrillos de los protagonistas o las hamburguesas Big Kahuna, elementos que se repiten en la filmografía de Tarantino.

 

Como curiosidades de la película están los actores inicialmente pensados para los papeles principales, hoy impensables como Michael Madsen o Daniel Day Lewis para el papel de John Travolta, o Michelle Pfeiffer o Meg Ryan para el que recaería en Uma Thurman. ¿Daniel Day Lewis con Meg Ryan haciendo el bailecito? No quiero imaginármelo, no, por favor. La película consiguió en el momento de su estreno el récord Guinnes por el mayor número de fuck y derivados en el metraje, 265, pero la marca le duró solo un año al ser superada por el Casino de Martin Scorsese. Y años después sería superada de nuevo por los más de 500 fuck de El lobo de Wall Street del mismo Scorsese.

El festival de Cannes hizo las paces con el director hace muchos años y reconoció su inmenso talento cuando le designó presidente del jurado en 2009. Quentin Tarantino es un enamorado del cine, de todo el cine existente y esta semana ha presentado su última película en Cannes, Érase una vez en Hollywood. Cine sobre el cine dentro del cine, yo ya estoy babeando solo con lo que he visto en el tráiler:

He leído ya algunas críticas muy favorables y luego está la de Carlos Boyero. En su estilo.

Veinticinco años ya de Pulp Fiction, todo un clásico. Un cuarto de siglo también de Forrest Gump, Ed Wood, El rey León, Cadena perpetua o Balas sobre Broadway. Cómo pasa el tiempo. De todas ellas habló el amiguete Barney esta semana en La Galerna, os lo recomiendo (enlace a Aquellos maravillosos años: 1994).

Pulp 8

Relacionados:

Grandes frases para usar en el trabajo.

Taxistas, esos incomprendidos cabroncetes en vías de extinción.

Reservoir Rider dogs.

El conflicto del secundario.

 

A favor del doblaje, por Travis

1 El resplandor

“El doblaje es una infamia”

(Jean Renoir)

Hace años estuve en una conferencia del escritor de origen cubano Guillermo Cabrera Infante, premio Cervantes en 1997. Era un gran aficionado al cine, como lo demuestran sus libros y críticas sobre el llamado Séptimo Arte (he leído y disfrutado Cine o Sardina y Arcadia todas las noches) y los guiones que escribió, de los cuales el más famoso fue el que dio lugar a la película de Richard Sarafian Vanishing point (1971), titulada en España Punto límite: cero.

“Un guion sirve para que el productor sepa cuánto va a costar la película”, fue una de las perlas que dejó en la conferencia. Aquel día presentaba Cine o sardina y el capítulo escogido por el escritor para animarnos a la compra de su obra fue el titulado Por quién doblan las películas. Con su particular flema británica, adquirida tras décadas de residencia en el exilio londinense, fue desgranando varias anécdotas acerca de su fobia al doblaje, no tanto las razones. Casi toda su socarronería se destinó a bromear sobre las consecuencias del doblaje, como que Bogart no era Bogart sin su voz, o que nadie podía decir que había visto actuar a Greta Garbo si no la había oído. Llegó a decir que en los sesenta tuvo que dejar Madrid para mudarse a Londres, pero que lo lamentó menos al ir a un lugar en el que poder disfrutar las películas en versión original.

“Después de vivir un tiempo en Madrid y estar yendo al cine todos los días, comencé a observar que la voz del actor español que doblaba a Burt Lancaster era muy parecida a la voz de quien doblaba a John Wayne. Y a James Stewart y a Gregory Peck y a Gary Cooper y así, ad infinitum, anónimo. Luego me enteraría de que ¡un solo actor los doblaba a todos! También a Lee Marvin. Tamaña proeza histriónica merecía un premio. Se trataba de una versión oral de Lon Chaney, el hombre de las mil caras. ¡Era el actor de las mil voces! El doblaje, por fin, había logrado su obra maestra.”

4 Cooper Wayne

El anglo-cubano era un fuera de serie. En dos idiomas. Lo mismo que Christoph Waltz era un redomado hijo de puta en cuatro idiomas interpretando al coronel Hans Landa en Malditos bastardos y sería una lástima perderse su voz original. Un crimen, un delito. Pero no pasa nada por reconocer que no todos tenemos el nivel de ambos y aunque me defienda más o menos en la lengua habitual del ochenta por ciento de las producciones que nos llegan, en ocasiones prefiero la versión doblada. Sobre todo si lo que se cuenta o lo que se explica es fundamental para entender la trama. He visto capítulos de House of cards o Mad Men en versión original con subtítulos en inglés que he tenido que volver a ver enteros y doblados porque no pillaba los giros del lenguaje o el nivel de sarcasmo. Lo siento, lo reconozco, me faltan varios años de residencia en Washington o Nueva York para poder seguir algunas series o películas. “¡Y ni aun así!”, me dijo una vez un amigo angloparlante.

Por supuesto que nada es comparable a una versión original, eso no lo voy a poner en cuestión. Con apenas trece años vi La vida de Brian en versión original y, pese a mi nula costumbre de ver películas con subtítulos, la disfruté mucho más que con las copias dobladas que he visto años después. No es que esté a favor del doblaje, pero desde luego que no estoy en contra. Creo que el doblaje y el original pueden y deben convivir perfectamente. Eso sí, ahora que las nuevas generaciones vienen con el inglés incorporado de serie, ojalá las versiones originales sean más accesibles, que no siempre lo son. Apenas una emisión de cada veinte en las multisalas, como mucho.

El cine empezó a finales del siglo XIX como imágenes en movimiento, a las que luego se añadió la música y tres décadas después, la voz. Es uno más de los artes de contar historias, pero este se basa sobre todo en el empleo de imágenes, la fotografía, el uso de los encuadres, el montaje y todos los elementos visuales accesorios como decorados, iluminación, vestuario, maquillaje o efectos especiales. La voz es un componente fundamental de la trama porque es la que cuenta, la que narra, la que explica buena parte de la historia, pero es uno más y tiene que entenderse.

He visto algunas películas en versión original en las que no entendía nada, o no entendía a alguno de los actores protagonistas, pero sí al resto, lo cual es peor porque para la mayoría del reparto no necesitas leer los subtítulos, pero sí cada vez que intervenía “el intenso”. Me pasa con Al Pacino, por ejemplo, que resulta taaaan intenso e interioriza taaaanto sus personajes que los mismos hablan para adentro, entre dientes y hacia sí mismos. Y a Al Pacino en el original (matadme ahora, puristas) no se le entiende con la claridad con la que seguimos la fenomenal voz de Ricardo Solans, su doblador habitual. Un actor de doblaje, por cierto, que también ha hecho las voces de Robert de Niro, Dustin Hoffman, Richard Gere o Mickey Rourke, lo que sin duda hará revolverse en su tumba al señor Cabrera Infante.

Jorge Luis Borges decía que “quienes defienden el doblaje, razonarán (tal vez) que las objeciones que pueden oponérsele pueden oponerse, también, a cualquier otro ejemplo de traducción.” ¡Por supuesto! Los más firmes opositores al doblaje admiten y celebran las traducciones en la literatura, cuando esa sí es la mayor perversión del original que conozco. Una novela, un relato, o no digamos la poesía con su musicalidad, es solo palabra escrita, sin más elementos al contrario que el cine, y se altera desde la primera letra a la última de toda la obra. A veces no coinciden ni los caracteres, y se cambia todo, desde “Prólogo” hasta “Fin”, lo cual no quita para que podamos disfrutar excelentes traducciones de textos escritos en otros idiomas.

No solo eso, sino que cada año se otorgan premios a las mejores traducciones, a transcripciones palabra por palabra tratando de encajar la expresión adecuada a determinadas frases coloquiales del inglés, francés, ruso, alemán o cualquier otra lengua que se nos ocurra. Sin embargo, nos parecería impensable que se concediera un premio anual al mejor doblaje. ¡Un crimen!, dirían algunos.

“Ese argumento”, continúa Borges, “desconoce o elude el defecto central: el arbitrario injerto de otra voz y otro lenguaje. La voz de Hepburn o de Garbo no es contingente: es para el mundo uno de los atributos que la definen. Cabe asimismo recordar que la mímica del inglés no es la del español.” Ni la del francés o el japonés, o el iraní o el chino. Guillermo Cabrera Infante continuó su conferencia bromeando sobre lo absurdo de ver y escuchar a Gary Cooper doblado en un perfecto mexicano, o cómo los actores negros habían perdido su “negritud”, en lo que para el escritor constituía “una muestra sonora de racismo”.

Dicho así, convendremos en lo absurdo que resulta ver a los amantes de Verona, al príncipe Hamlet de Dinamarca o al mercader de Venecia hablando a la perfección la lengua de Shakespeare. Si queremos que cada voz “suene” como debería sonar en el original, las productoras tendrían que tener el valor de hacer lo que hizo Mel Gibson en Apocalypto y La Pasión de Cristo: grabar en las lenguas originales de los protagonistas, como el maya, el hebreo o el latín. El resultado, según mi modo de ver, fue fantástico.

“Las posibilidades del arte de combinar son infinitas, pero suelen ser espantosas. (…) Un maligno artificio que se llama doblaje propone monstruos que combinan las ilustres facciones de Greta Garbo con la voz de Aldonza Lorenzo”. 

(Jorge Luis Borges)

No todo el doblaje es un horror, ni mucho menos, y en España además tenemos la suerte de contar con grandísimos actores de doblaje. Constantino Romero será siempre nuestro Darth Vader, Roger Moore o el Clint Eastwood de muchas décadas y películas. Y siendo Constantino un gran actor y habiendo sido Arnold Schwarzenegger tan criticado en sus orígenes por su acento y mala dicción, ¿qué Terminator es preferible?

Pocas voces me gustan más que la de Pepe Mediavilla, que no solo es un Morgan Freeman repleto de matices, sino un Gandalf brutal: “¡No podéis pasar!” Su hija Nuria también se dedica al doblaje, con tanto acierto que ha sido la voz de Cameron Díaz, Nicole Kidman o Una Thurman en varias películas. Qué decir de Ramón Langa haciendo de Bruce Willis, qué vozarrón. Luego oyes al Willis original y te parece hasta blandengue.

En esa maravilla para cinéfilos que es El cine y sus oficios, el autor Michel Chion dice lo siguiente:

“Durante mucho tiempo, la práctica del doblaje fue algo más o menos vergonzante. Actualmente, aunque hay quien la sigue despreciando, parece por fin reconocida. Cuando tenemos la curiosidad de interesarnos en ello, descubrimos que se puede practicar como un arte: el doblaje al francés de Amadeus (1984), de Milos Forman, realizado bajo la dirección de Jacqueline Porel, con Luc Hamette en Mozart (doblando a Tom Hulce) y Jean Topart en Salieri (sustituyendo la voz de Murray Abraham) suele citarse como ejemplo de buen trabajo.”

Por supuesto que se cometen auténticas tropelías en esto del doblaje. Todavía recuerdo la enorme cagada que fue todo el proyecto de El capitán Alatriste, con grandes medios, un buen presupuesto, y concentrando a lo bruto y sin mucho orden seis libros de las aventuras paridas por Arturo Pérez-Reverte. Como remate, para representar al capitán de los tercios de Flandes, un actor americano con acento argentino, Viggo Mortensen. Una pena.

7 Viggo Mortensen Alatriste

No es una profesión sencilla. Antonio Banderas y Javier Bardem, con todo lo que tienen de grandes actores, dan algo de grima cuando se doblan directamente del inglés. Algunos actores de los que se han alabado sus grandes interpretaciones, tuvieron que ser doblados ya en la versión original. Lo remarco por los puristas de La Voz y esas cosas. Philippe Noiret nos encantó a todos en Cinema Paradiso y su trabajo fue muy alabado y reconocido, pero él, francés, tuvo que ser doblado al italiano en el original. Marnie Nixon puso su voz al personaje de Audrey Hepburn en algunas partes de My Fair Lady. La voz de James Dean en Gigante tuvo que ser parcialmente doblada por Nick Adams, al resultar poco inteligible… y al no contar con el actor por su prematura muerte.

8 Noiret Cinema Paradiso

El doblaje de El resplandor, de Stanley Kubrick, está considerado uno de los peores de la Historia del cine, pese a lo meticuloso del director británico, que se encargó de seleccionar directamente a los responsables del doblaje de sus películas. En la versión española se contó con Vicente Molina Foix para la traducción y todo un director como Carlos Saura para la grabación del sonido, pero el resultado no contentó a nadie.

Se puede hacer mucho peor, claro que sí. Algo muy típico en nuestro país es coger al actor de moda para que doble una película de animación. Dani Rovira, Santiago Segura, Anabel Segura,… Para rematar y si es posible, que ya se encargan de que lo sea, le meten alguna morcilla, alguna frase como el terrible “un poquito de por favor” de Fernando Tejero, insertado a machetazo limpio en El espantatiburones. El insoportable Ángel Garó dobló las 32 voces de todos los personajes de Ferngully, jodó, qué horrible,… si ya resultaba cansino con su voz original. ¿Algo peor? Sí, claro que sí. La voz de Iniesta en el doblaje de ¡Piratas! Menudo lince el que seleccionó al tipo con menor variación de tonalidad de voz del mundo, un tono monocorde ya sea vendiendo polos Kalisse o marcando en la final de un Mundial.

Por suerte, no todo el doblaje es tan penoso, no lo desdeñemos por completo. Concluyo como empecé, con Don Guillermo Cabrera Infante:

Me queda una última pregunta hecha en español al espectador español pero que pronto será doblada.

¿Por quién doblan las películas? No preguntes. Están dobladas por ti.