Mucho mejor la peli (I)

Libros-películas 1

REGGIE Y TRAVIS, 12/01/2020

Todos tenemos algún amigo repelente, incluso nosotros mismos hemos sido a veces ese amigo repelente, que al acabar una peli sale del cine y delante de los colegas suelta con aire de superioridad:

– Está bien, pero es mucho mejor el libro.

Eso cuando no nos da por decir en plan pedante: “¡menuda basura, vaya destrozo que han hecho con el libro!”.

A lo largo de la historia del cine ha habido grandes adaptaciones, mediocridades varias y bodrios infumables destrozando grandes clásicos que merecerían directamente la hoguera de todos los que en ella hayan participado, pero puesto que en este blog somos amantes del cine y la literatura hoy vamos a intentar buscar lo contrario: esos casos en los que salimos del cine queriendo leer el libro y saber más de la historia de los protagonistas y terminamos por el contrario defraudados, o pensando que el artista que hay tras la dirección o la producción supera claramente al escritor que parió la historia.

No me he leído La dama de Shangai, pero es famosa la anécdota de Orson Welles llamando desde un aeropuerto al productor Harry Cohn para conseguir financiación para un proyecto que ni siquiera tenía. Cuando el productor le preguntó por el título, Welles le soltó el de una novela barata que vio en el quiosco y que ni siquiera había leído. Hoy en día nadie recuerda la novela de Sherwood King y sin embargo la película es todo un clásico del cine. Como en cuestión de gustos siempre hay opiniones de todo tipo, mejor contrastar mis ideas con una aficionada tan apasionada de los libros como de las películas, mi amiga Regina Lampert, Reggie para acortar, ¿les suena ese nombre?

TRAVIS.- Venga, Reggie, yo voy a empezar fuerte, soltando un primer título de libro que, no voy a decir que no me gustara: El Padrino, pero el libro de Mario Puzo me parece muy inferior a El Padrino de Francis Ford Coppola. Los personajes son casi los mismos, así como buena parte de la trama, incluso la parte italiana referida a los orígenes de Vito Corleone (o Andolini) que luego salía en El Padrino II, pero aparte de que no tiene la música de Nino Rota, ni la belleza de las imágenes de Coppola y Gordon Willis, hay una parte del libro muy pesada, que no aporta nada a la trama, toda la referida a Lucy Mancini, la amante de Sonny Corleone, que se va a Las Vegas, se lía con un médico que le opera sus partes… Un coñazo, literal.

REGGIE.- Me gusta el debate que planteas, Travis. Las novelas suelen darnos un entendimiento más profundo de la trama y personajes, lo que suele hacer que nos sintamos más “conectados” con la historia. El cine, por otra parte, tiene recursos más variados para transmitirla, por ejemplo: la música. La música de El Padrino es inconfundible, te mete en situación completamente y muchas veces consigue transmitirte sensaciones totalmente distintas usando la misma melodía con diferente tempo. Una película con la que me quedo antes que con el libro es Desayuno con diamantes. Aquí también la música es una de las razones que más pesan para que sea una película que enamora y es que Desayuno con diamantes sin Moon River no tendría ni la mitad del encanto que tiene.

Moon River

TRAVIS.- Quizás sea como dices y el cine cuenta con más herramientas, con recursos variados y potentes como la música, la fotografía y los efectos especiales. No he leído la novela de Truman Capote, pero coincido contigo en que es imposible que un libro transmita la imagen de Audrey Hepburn cantando Moon River en la escalera de su apartamento. Hace un par de semanas, mientras pensaba en este post, emitieron en televisión El planeta de los simios, la versión clásica de 1968, y es otro ejemplo sumamente ilustrativo de lo que estamos hablando. El mítico plano final sobre la playa del planeta es un icono de la historia del cine, mucho mejor que el final que plantea la novela, de Pierre Boulle. Me compré el libro hace años con gran ilusión y me encontré una novela muy distinta. Los personajes tienen los mismos nombres y los simios están clasificados por especies y funciones, gorilas soldados, orangutanes profesores y jueces, chimpancés científicos, pero tiene un doble final mucho más flojo. El giro que da la película, en el sentido de que los astronautas no han salido nunca de la Tierra es una puñetera genialidad.

El planeta de los simios

REGGIE.- Tengo que reconocer (y probablemente me juzgues por ello) que a mí El planeta de los simios es una película que, salvo el giro del final que resaltas, siempre me deja un poco fría.

¿Te ha pasado con alguna película que te gusta más la peli pero que si hubieras leído el libro antes de verla dirías que el libro es tu favorito? A mí me pasa con El silencio de los corderos. Es un peliculón, una de mis pelis favoritas. Cuando la vi enseguida fui a comprarme el libro y, aunque me encantó, no me enganché tanto como sé que me habría enganchado si no hubiera visto primero la peli. Ya te digo, si el orden hubiera sido inverso probablemente me inclinaría más por Thomas Harris pero hoy en día me quedo con Anthony Hopkins.

TRAVIS.- Pues… puede que sí, aunque no tanto como para decir que sea mi favorito. Por ejemplo, me gustó mucho la peli Marte (The Martian), tanto que compré y devoré el libro de inmediato. El libro aporta muchos datos técnicos y un sentido del humor peculiar, mientras que la peli aporta la belleza de Marte en imágenes. Es lo que tienen los libros, que pueden extenderse sin problemas en los detalles, mientras que el cine tiene que concretar más, aunque sea a costa de perder información.

Pero no quería dejar de hablar de El silencio de los corderos, ya que lo mencionas. Es una gran película y una muy buena adaptación, pero para mí personalmente es mejor el libro, sobre todo porque no incurre en los errores de la película: uno, que no te cuenta cómo Hannibal Lecter consigue coger el boli de la senadora (¡eso es trampa!), y dos, cuando nos hace creer que el FBI está en la puerta del chalé de Buffalo Bill y es un engaño para el espectador. En cuanto a los otros libros sobre el gran personaje interpretado por Anthony Hopkins, El dragón rojo y Hannibal, me quedo con los libros, aunque ese momento de los sesos de Ray Liotta, con un buen Chianti… tiene su punto.

REGGIE.- Un buen Chianti… ¡serás morboso, Travis! Ya sé que no perdonas los errores de El silencio de los corderos pero a mí la actuación de Hopkins hace que obvie un poco esas “trampas de guion”. El primer día que nos conocimos estuvimos hablando de Hitchcock y me suena que a él le acusabas de ser un poquito “tramposo” en alguno de sus guiones. A mí Hitchcock me encanta. Además de las técnicas, encuadres y montajes característicos de él, me gusta mucho ver la “historia del cine” evolucionar conforme avanzas en su filmografía: empezamos con películas mudas y acabamos con películas sonoras y en color.

De Hitchcock también tengo un título del cual me quedo con la película y ese es Psicosis. Por cierto, con relación al libro ya sabes que hay un famoso rumor que dice que, para evitar “spoilers” sobre el giro final, Hitchcock intentó comprar todas las copias posibles del libro de Bloch.

Psicosis ducha

TRAVIS.- ¡Psicosis! Me encanta, aunque no he leído el libro, algún día me explicarás esas diferencias. No creo que el libro pueda ofrecer algo tan acongojante como la escena de la ducha o el final con la madre. Y sí, siempre pensé que Hitchcock era mejor director que guionista. Un ejemplo muy claro lo tienes en la famosa escena de la avioneta y el campo de trigo en Con la muerte en los talonesCon la muerte en los talonesAnda que no hay maneras más sencillas de cargarse al personaje de Cary Grant. Y más después de saber que la avioneta tenía ametralladoras, pero apenas las usa en dos de las cuatro o cinco pasadas que hace. Podían enviar a dos matones en coche y fin del problema, y sin embargo, Hitchcock consiguió uno de los planos más icónicos de la historia del cine.

Pero me estoy yendo del tema, así que volveré a los libros. A veces se hace una muy buena adaptación que no es mejor que el libro, pero que puede mejorar alguna parte. Me pasa por ejemplo con la trilogía de El señor de los anillos. Se toma algunas licencias, sobre todo entre el segundo y tercer libro, pero me gusta más todo el inicio de la película que el del libro, tanto la historia del descubrimiento del anillo como que suprimieran la parte del hombre-sauce o el capítulo entero de Tom Bombadil. Un gran acierto de Peter Jackson.

REGGIE.- ¿Te puedes creer que no me he leído El señor de los anillos? Me leí El Hobbit muy pequeña y me pareció de aquellas tan tostón que nunca sentí curiosidad por leer nada más de Tolkien (por esta declaración más de uno pediría mi cabeza…). Pero bueno, no quita que las películas me parecen muy buenas películas.

Sobre el tomarse licencias o no al adaptarse libros al formato del cine, es imposible meter un libro en dos horas de película, siempre se pierden información y matices por el camino y muchas veces los directores tienen que tomar algún “atajo” como el que mencionas de El señor de los anillos o, por ejemplo, en el final de Atonement. Con ésta última me quedo también con la película por dos motivos: el vestuario (y no sólo por el famoso vestido verde) y el plano secuencia en Dunkerque que es brutal.

TRAVIS.- Atonement, o Expiación como yo la vi, es una película que inmediatamente me provocó ganas de leer el libro, y más cuando supe que era de Ian McEwan, aunque luego no llegué a hacerlo. Una muy buena película, y en la que se aprecia el trasfondo de los personajes, que seguro que se desarrollan más en el libro. El plano secuencia que mencionas es genial, una maravilla que dura cinco o seis minutos.

(Hay tantos libros y películas de las que hablar que “Continuará” en una segunda parte)

Despropósitos de Año Nuevo

 

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Año nuevo, vida nueva. Y costumbres antiguas, como dar la brasa desde este blog, o púlpito virtual, o como quieran considerarlo. Arrancamos con fuerza, con la misma con la que finalizamos 2019, con la publicación del libro Aguafiestas, editado por Lester y escrito a varias manos, y con la elección del artículo de Barney como el mejor del año por los lectores de La Galerna.

Ha sido un año fructífero, con una notable producción de 62 artículos propios, otros 3 fruto de colaboraciones (Mabú, Sara y R. San Telmo) y 13 más publicados en otros medios (LaGalerna, El Asterisco, Planeta Fútbol y Pilaristas). El blog está al borde de los 400 artículos desde sus inicios, lo cual celebraremos… pues escribiendo. Aquí va el resumen de la amplia cosecha de 2019, incluyendo el corte del programa de El Radio de Richard Dees dedicando un elogioso comentario al artículo de Barney sobre La neolengua de Orwell y el mundo del fútbol español:

El cambio de calendario no debería significar nada, o al menos nada más que un paso de hoja de diciembre a enero. Sin embargo, quien más y quien menos, solemos utilizar esa barrera invisible del cambio de año para recapitular sobre lo conseguido o sobre lo que no se ha hecho bien, y para plantear nuevos objetivos que en muchos casos se habrán olvidado antes de que acabe enero. Los típicos propósitos de inicio de año que aparecen en todas las listas son los de dejar de fumar, dejar de beber, perder peso, comer sano o comer más fruta y verdura, ir al gimnasio o hacer deporte, aprender inglés, leer más, pasar más tiempo con la familia y amigos, desconectar de las redes sociales, ser puntual, olvidar las ganas de reventarle la cabeza a alguno en el trabajo,…

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En este primer post del año vamos a jugar a todo lo contrario, a darle la vuelta a esos propósitos y proponernos hacer lo contrario:

Barney.- Mi objetivo será leer menos. Sí, así de claro lo digo, dejaré de leer prensa deportiva porque veo que buena parte de mis posts (por desgracia los más exitosos) se han dedicado a desmentir las falacias de la misma. Qué pena, trataré de disfrutar del deporte en sí, si es que logro hacerlo. Es año olímpico y con Eurocopa, así que podré centrarme en cosas que no sean exclusivamente el tinglado que tienen montado en LaLiga española. Ah, y como me han dicho algunos amigos del Atleti y alguno que aún me queda del Barça, este año dejaré de fumar… las sustancias alucinógenas que se supone que me fumo antes de escribir.

Lester.- El objetivo no es ir al gimnasio, sino salir de él, ir menos, correr en la calle, en los parques o en mi zona, respirando aire “puro”, el Forrest Gump de Las Rozas. Aquí ya expliqué el tipo de fauna que te encuentras en uno de estos sitios, pero la razón de ir menos al gimnasio es otra: este año alcanzaré los 50 palos, y como dije hace poco, esto de correr es una carrera contra el tiempo y el envejecimiento, así que me planteo, o bien lanzarme al triatlón, o bien correr dos maratones este año: uno para disfrutar y otro para hacer buena marca. Cracovia en abril y Valencia en diciembre, por ejemplo. O Madrid en abril, donde todo empezó, donde alcanzaré la mayoría de edad maratoniana, y alguna ciudad chula en el extranjero en octubre o noviembre. Los 50 me van a obligar a pasar una revisión a fondo, no sé si es la de los 100.000 kilómetros o en mi caso la de los 300.000, pero está en los objetivos hacer algo más que “chapa y pintura”.

Travis.- Me gustaría aprender inglés, mejorarlo, aunque con un objetivo distinto al de la mayoría: poder disfrutar del cine en versión original. Ya conseguí entender bastante bien incluso a Al Pacino en El irlandés. Pero ese sería el propósito, pese a la tímida defensa que hice del doblaje, y el despropósito será conectarme más a las redes sociales. Soy el único que no ha conseguido colocar un artículo entre los diez más leídos del año, así que me toca ganar peso, aunque sea metafóricamente hablando. Aquí en este blog triunfan las polémicas sobre fútbol o política, y las historias cercanas de los voluntariados o las crónicas maratonianas de Lester, y no tanto el cine, así que me propongo decir que sí a algunas de las colaboraciones o ideas que me surgieron hace un tiempo, de gente especializada, pero con su público. Informaré debidamente, como siempre. Como segundo despropósito del año me planteo no ser puntual, quiero decir, no serlo con los estrenos de cine, que para eso ya hay especialistas y mis amigos me dicen a veces que no me leen porque no han visto la película, y pasados tres meses me dicen que no me leen porque ya han leído demasiado. Panda de cabr…

Josean.- Me gustaría desconectar de las redes sociales, porque se está quedando un panorama desolador. Hace unos días era trending topic la posible tercera guerra mundial con los enfrentamientos Estados Unidos-Irán y enseguida aparecieron algunos diciendo: “esperad, que primero nos toca montar nuestra guerra civil.” Que no nos falte el sentido del humor, aunque veo que las opiniones están cada vez más polarizadas y enfrentadas, una pena. Pero el despropósito planteado tendrá que ser otro: no será el de comer sano o beber menos, sino el contrario, me explico. Voy a tratar de recuperar esas comidas o cenas con grupos de amigos, con gente que siempre está/estamos “muy liados”, porque antes eran cada dos meses, luego cada tres, ¡a veces pasan hasta seis sin vernos! Mucho mandar el anuncio de Rúa Vieja y luego no hay manera de quedar con la peña. El caso es que en esas comidas se bebe siempre más de la cuenta y se relaja uno en sus hábitos alimenticios, pero siendo algo puntual, merecerá la pena. Va a ser un año muy movido, estresante incluso por la tensión generada, así que mejor estar cerca de los amigos y la familia. Y aunque discrepemos muchas veces en las opiniones, deberíamos centrarnos mucho más en lo que nos une que en lo que nos separa.

Dejo ya para los amantes de las estadísticas (entre los cuales me incluyo) los 10 artículos más leídos en 2019:

  1. El autoproclamado “mejor periodismo deportivo del mundo”. Barney.
  2. Rebelión en la granja podemita. Josean.
  3. La Liga se transforma en La Lliga. Barney.
  4. La manipulación del relato. Barney.
  5. Otra gota de agua. Lester.
  6. PreVARicar. Barney.
  7. La “kulé borroka” recibe premio. Barney.
  8. Agua o fútbol. Lester.
  9. El once más aterrador de la historia del fútbol. Barney.
  10. San Petersburgo (II): el desenlace del maratón y alguna lección de historia. Lester.

Muchas gracias por seguir ahí un año más.

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Star Wars, Ep. IX: El ascenso (y caída) de Skywalker

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TRAVIS, 29/12/2019

1ª parte: sin spoilers

Decía Óscar Wilde que “la primera impresión es siempre la buena, sobre todo cuando es mala”. Pero esta frase, perfectamente válida para las personas, la comida o para la mayoría de las películas, no lo es por alguna razón para las de Star Wars. Y menos para las de esta última trilogía. Fuimos al cine con toda la sobrinada y la cara de los chicos al terminar era de pura satisfacción, salían comentando escenas, con una sonrisa en la cara y sin el más mínimo gesto de aburrimiento tras haber pasado 142 minutos sin moverse de la butaca.

Seguramente esa tenga que ser la actitud ante “otra de Star Wars“, la de un chaval que va al cine simplemente a pasar un rato entretenido, no a ver una disquisición filosófica entre el Bien y el Mal, el poder que todo lo corrompe o ¡la igualdad de género!

EL7MuhbWsAAwbcn.jpegCuando George Lucas estrenó Una nueva esperanza, La guerra de las galaxias de toda la vida, allá por el final de los años 70, el cine estaba asociado a un concepto de intelectualidad profunda, personajes con traumas complejos y diálogos muy trabajados, excesivamente literarios. En pleno apogeo de Coppola, Cimino y Scorsese, aparecieron George Lucas y Steven Spielberg y reventaron las taquillas al proponer un cine de puro entretenimiento para todos los públicos, un espectáculo visual que atrajo a la chavalería (y no solo a la chavalería) de todo el mundo a las salas de cine. Ocurre que los chavales que hace cuarenta años mirábamos embobados la pantalla con el Halcón Milenario o viendo a Han, Leia y Luke haciendo de las suyas, ahora con la madurez buscamos una coherencia, un sentido argumental que vertebre estas historias, ¡exigimos verosimilitud! Y creo que es un error, estas historias no van de eso. O no las vas a disfrutar igual si lo que pretendes es hallar respuestas a cualesquiera que sean tus preguntas.

El tercer episodio de esta nueva trilogía volvió a las manos de J. J. Abrams (El despertar de la Fuerza), tras el paso fugaz de Rian Johnson (Los últimos Jedi) por este universo. Johnson se dedicó denodadamente en el Episodio VIII a acabar con varias de las propuestas de Abrams para los nuevos personajes de esta última trilogía (que veremos si es definitivamente la última). “Es hora de dejar morir todo lo viejo”, decía Kylo Ren en la propuesta de Johnson, claramente una declaración de principios de lo que pretendía llevar a cabo: cargarse casi todo lo anterior, incluso lo considerado canon, para proponer nuevos escenarios, villanos o tramas. Quizás no gustaron sus planteamientos en Disney, sintieron toda “una perturbación en la Fuerza”, y ahora parece que Abrams ha pretendido “traer el orden a la galaxia” y rematar la trilogía de trilogías. Pero no era tarea sencilla ni ha sido capaz de ordenar lo que se hacía y deshacía en las dos entregas precedentes.

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Quizás si algo tenga que reprocharle a esta nueva trilogía es la falta de continuidad argumental entre las tres películas, pero en el fondo… ¿quién coño soy yo para reprocharle nada a nadie? ¿A unos tipos, sean quienes sean, que me han llevado durante varias décadas al cine o que me han hecho disfrutar cada vez que veía las pelis de nuevo en la tele? Por los comentarios que leo o por algunas opiniones que escucho en podcasts de gente totalmente respetable, le estamos dando a Star Wars una pátina de seriedad o de profundidad que ni siquiera tenía en sus orígenes, y remarco especialmente lo de “en sus orígenes”, en las que más nos gustaron porque las vimos de adolescentes. Vuelvo al comentario del “todopoderoso” Arturo González-Campos tras el estreno del Episodio VIII:

Depende de ti asumir lo que hay de nuevo y seguir disfrutando de Star Wars o bajarte del tren y no seguir viendo estas películas. Nada va a cambiar con tu actitud, las películas seguirán saliendo, llegando a nuevas generaciones que no tienen tus prejuicios, que aceptarán lo nuevo con naturalidad.

Protestaste porque en el VII no te contaban nada nuevo, protestas ahora porque todo ha cambiado. A lo mejor es que esa es tu forma de disfrutar de la saga, protestar porque no han hecho la película como tú querías.

Star Wars ya no es lo que fue y eso no implica que vaya a ser peor. (…) Puedes quedarte con tu razón, yo seguiré disfrutando esta historia.

Pues sí, así es, por eso comenzaba diciendo que “la primera impresión es siempre la buena”, y si salimos del cine con una sonrisa disfrutona en el rostro, no dejemos que nuestros análisis posteriores nos la quiten. Releo lo que escribí tras El despertar de la Fuerza y veo que tras la emoción inicial la gran trampa de Abrams estuvo en recuperarnos todos los elementos de La guerra de las galaxias original, personajes, paisajes, Estrella de la Muerte y argumento. ¿Era eso lo que queríamos, una vuelta al principio de todo? Ya dijo el mismo Wilde que tengas “cuidado con lo que deseas, se puede convertir en realidad”.

Al parecer algunos seguidores querían novedades, cambios en la saga. Tras Los últimos Jedi ya dije que no me gustaban algunas licencias acerca del uso de la Fuerza o tramas puntuales que no aportaban nada al conjunto la historia. Pensé que la línea argumental tiraría por esos jóvenes barrenderos del final que escuchaban historias acerca de los Jedi y sus poderes, o que se recuperaría al traicionero personaje de Benicio del Toro del mismo modo que a Lando Calrissian tras El imperio contraataca. Pero no ha habido nada de eso y Abrams se ha decantado por otras opciones. Me parece perfecto. “Y en cuanto a creer en las cosas”, última cita de Óscar Wilde, “las creo todas con tal de que sean increíbles”.

Pulgar hacia arriba, con peros, pero pulgar hacia arriba. Claramente. Lo pasamos bien, es justo decirlo. 275 millones de dólares invertidos en acción que disimulara el despelote de guion se tenían que notar. Para escribir el guion, J. J. Abrams contó con la ayuda de Chris Terrio, Óscar al guion adaptado por Argo, pero responsable también de ese despiporre de guion que fue Batman v. Superman. Y… y no puedo seguir sin entrar a saco a desvelar la trama. En cuanto a las quejas de algunos fans que se creen con derecho a algo, no dejo de recordar aquel chiste que decía que vivimos en los tiempos en que si un personaje en una peli de romanos suelta “¡Ave, César!, los que van a morir te saludan”, alguien en su butaca protestaría: “¡joder, menudo spoiler acaba de soltar!”. 

2ª parte: spoilers a saco

Cuando acabó la película y me preguntaron mi opinión, me sentí un tanto abrumado, “tengo que asimilar muchas cosas, esperad”. Desde luego que había disfrutado la acción, unos personajes cada vez más asentados, algunas escenas de acción, los clásicos ataques de las naves y las no menos clásicas peleas con los sables láser. Por supuesto que me puso la carne de gallina la música de John Williams, potente, brillante, muy inspirado. Quizás el único junto a Anthony Daniels (C3PO) que ha participado en las nueve entregas. Pero por otro lado, ya en el propio cine se me escaparon varios “anda ya” o “no, hombre, no”.

En esta nueva trilogía hemos visto morir a Han Solo (Ep. VII), Luke (Ep. VIII) y ahora le tocaba caer a Leia (Ep. IX), cuyo papel tuvo que ser forzosamente menor tras la muerte de Carrie Fisher en 2016. La actriz no fue recreada digitalmente, sino que se reutilizaron planos grabados en los anteriores episodios, cambiando el fondo y al resto de personajes, y doblando de nuevo los diálogos. Por unos momentos y al poco de comenzar la película creímos perder también a Chewbacca, ¿qué va a ser después, Lando Calrissian, el Halcón Milenario, R2D2? Al único que seguramente no habría lamentado perder es a C3PO, percibo una perturbación en mis entrañas cada vez que veo una de las pelis de la primera trilogía. Me echa un poco, “jarjarbinxiza” la escena siempre.

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Los aciertos del Episodio IX

Igual que los mayores errores están en los agujeros de guion, creo modestamente que los grandes aciertos están en la dirección. Los personajes de Rey y Kylo Ren tienen cada vez más peso y fuerza en esta trilogía, tanto en su crecimiento como en el aspecto físico que muestran en pantalla. A mí siguen sin gustarme en exceso Finn, ni Poe Dameron, pero se compensa con los clásicos algo cascados, Leia, Chewie, las fugaces apariciones de Han Solo, Lando y Luke, y sobre todo la recuperación del Emperador Palpatine. Se suponía que había muerto en El retorno del Jedi, entonces, ¿se puede saber dónde ha estado escondido estas cuatro décadas?

En cuanto a nuevos escenarios, no aporta grandes novedades como las pudo haber en la trilogía de precuelas o en Rogue One. La mayor parte se rodó en Jordania, en un desierto mil veces visto, salvo por esas arenas movedizas asfixiantes que luego resultan no ser asfixiantes. Passana, el nombre del planeta, celebra una fiesta que solo se da cada 42 años, uno más de los autohomenajes en toda regla que ofrece la historia. Esos 42 años equivalen al tiempo transcurrido desde la primera película de la saga en 1977. Como escenarios interesantes presenta un planeta bastante curioso como Exogol, hueco por el interior, extraño en su concepción, y una vibrante escena sobre los restos de la Estrella de la Muerte entre olas gigantescas. La escena final, en un decorado que parece extraído de Underworld o de la cueva del ejército de los muertos de El retorno del Rey me parece menos original, pero también moooola, como se le escapó a uno de mis sobrinos.

La película tiene buen ritmo, empieza de un modo frenético y apenas descansa, quizás para que no percibamos que está repleta de vacíos por rellenar. O quizás porque al menos Abrams tuvo la astucia de ver que las tramas algo más elaboradas, como las guerras comerciales o los aranceles de las precuelas, resultaban soporíferas. Algunas escenas son potentes desde el punto de vista visual, como el salto hacia atrás de Rey destrozando el caza de Kylo, pero tan absurda como aquella en la que parece inspirarse: la de la avioneta de Con la muerte en los talones. ¿Qué coño pretendía Kylo, cargársela sin disparar, peinarla con raya en medio, atraparla como al ganado?

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En sus intentos por cerrar las tres trilogías no deja prácticamente nada fuera, ni siquiera a los ewoks o los porgs. Solo deja fuera a Jar Jar Binks y a los de su especie, por fortuna. Para los más curiosos, aquí dejo este artículo con 41 referencias a las anteriores entregas, muchas de ellas nos pasaron desapercibidas

La última escena en Tatooine, donde todo comenzó “hace mucho tiempo en una galaxia muy, muy lejana”, deja un poso de final definitivo de la saga de Star Wars. Pero esto es una máquina de hacer billetes, veremos lo que decide Disney al respecto.

El queso gruyére del guion

Lo sé, lo sé, lo sé, no puedo pedir verosimilitud a estas películas, pero sí al menos algo de coherencia, de continuidad, ¿no? Sinceramente no creo que nadie en la producción al inicio de esta nueva trilogía tuviera pensado que el gran villano fuera a ser de nuevo el Emperador Palpatine, y mucho menos que Rey fuera su nieta. ¿En qué momento sospechamos que el sith Palpatine tuviera mujer, familia, un hijo, mucho menos, nietos? WTF? ¿En algún momento de las dos películas precedentes pudimos sospechar que la fuerza mental de Rey no venía de un ascendiente Jedi, sino del “reverso tenebroso” de la Fuerza? Todas las pajas mentales que nos hacíamos acerca de si era hija de Luke o de alguna otra rama Jedi se van al traste en esta entrega. ¿Dónde ha estado Palpatine todos estos años y por qué ha vivido escondido, recopilando fuerzas o juntando nuevas tropas? Parece evidente que el cabreo de J. J. Abrams con Rian Johnson al cargarse al Líder Supremo Snoke en la anterior le hizo proponer un nuevo malvado, pero no había nuevas pelis para desarrollar un nuevo malo-malísimo de la muerte, así que tuvieron la idea (buena, aunque inexplicada) de devolver de nuevo a la vida al Emperador. Y de paso Abrams ajusta cuentas con Johnson quitándose de en medio a ese general Hux que en la anterior entrega resultaba de un patetismo extremo.

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Por otro lado, la Fuerza ya vale para todo. Antes era un poder de la mente para mover objetos, intuir la presencia de alguien o de algún peligro, influir en la mente de otros seres, desarrollar una gran habilidad y rapidez con el sable láser, ahora vale para todo: para sanar heridas (¿por qué no la usó Luke para curar a Anakin entonces?, ¿o Rey para la herida mortal de Han Solo?), para teletransportar objetos, para detener naves con todos los motores en marcha, para transfigurarse a kilómetros o planetas de distancia, para vagar libremente como un espíritu tras morir,… Vale, esto último ya estaba en todos los episodios desde el primero de todos (Obi-Wan Kenobi), ¡¡¡pero es que aquí Luke puede hasta agarrar objetos reales, como hace con el sable que arroja Rey!!! No sé, me parece excesivo. Y otra cosa, ¿solo los Jedi muertos pueden volver como espíritus o “seres de luz” al presente? ¿Y qué pintan Leia y sobre todo, Han Solo? ¿Se han hecho caballeros Jedi entre episodio y episodio?

La épica de la batalla final a dos planos, el alocado de cientos de naves rebeldes y destructores por un lado, y el más calmado combate entre el Emperador y Rey, por el otro, está muy bien, en línea con los episodios de siempre y con El retorno del Rey de El señor de los anillos, pero… ¿de verdad era necesario poner caballos sobre la superficie de un destructor? “¡Amos, no jodas!”, se me escapó en el cine. ¿Y ese Kylo que muere atravesado y es resucitado, muere de nuevo herido y al caer al abismo y vuelve de entre los muertos, de qué modo muere definitivamente? ¡Con un beso, con un beso mortal que debe ser que le extrae todas las fuerzas que le quedan para que sobreviva Rey! ¿Y un beso a cuento de qué? ¿En qué momento de la trama de estas ocho horas de trilogía estos dos personajes han sentido algo distinto al odio o la rivalidad?

“Mátame y mi espíritu pasará a ti, y habré vencido”, le dice el Emperador, pero Rey se niega inicialmente. Lo hace a la segunda y no pasa nada. Seguramente eso es lo más fácil de explicar en el Departamento de Continuidad de Star Wars, porque nos contarán que el Emperador muere con sus propios rayos maléficos rebotados o algo así, y no fruto de un ataque de sable láser Jedi, pero ya en ese momento me daba todo igual. Por último, qué manía en toda la saga con cargarse a nuestros antepasados, ¿no? Luke a Darth Anakin Vader, Kylo Ren a Han Solo, ahora Rey al abuelete politoxicómano,… Edipo Rey en versión galáctica.

Con la muerte de Kylo cae el último de los Skywalker, pero en la emotiva escena final en Tatooine escuchamos a Rey desprenderse de su origen oscuro Palpatine y asumir el lado luminoso de los Skywalker (habrá más episodios, seguro). Estupendo plano final con los dos soles de Tatooine, Luke y Rey en el desierto, música de John Williams, cabellos erizados.

En fin, supongo que cuando la vuelva a ver encontraré más fallos, y seguro que los expertos en la saga habrán encontrado muchos más, pero, ¿voy a dejar de ir al cine a disfrutar estas historias, voy a ir con el meñique enhiesto a criticar todo lo que vea? Pues no, simplemente trataré de volver a ser ese niño que se tragaba todo lo que veía con los ojos como platos.

El irlandés, por Travis

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The Irishman, by Martin Scorsese. Descomunal y desmesurada. Enérgica y reposada a la vez. De ritmo frenético y de ritmos pausados. Magnífica, talentosa, brutal. Magistral, aunque quizás no sea la obra maestra de la que algunos hablan.

La duración

El irlandés, la última gran película de Martin Scorsese (y esperemos que no sea su última gran película), asusta de inicio con sus 209 minutos de metraje. Uno sabe que va a enfrentarse a una obra mayúscula, igual que si subiera a un ring de boxeo dispuesto a que le noqueen, y tiene que llevar la mentalidad necesaria para no sucumbir, para dar lo mejor y disfrutar los grandes momentos que el genio de Scorsese nos regala. Y son muchos.

Hay quien no puede con las películas largas, por encima de las tres horas, pero yo no tengo ningún problema con ellas si logran engancharme por mis partes desde el principio. El Padrino duraba 200 minutos, Érase una vez en América alcanzaba los 225 y varias de mis películas favoritas están en duraciones cercanas o superiores a esa barrera invisible (e inabordable para algunos) de las tres horas: El Padrino II, Espartaco, la trilogía de El señor de los anillos, Ben-Hur, Apocalypse Now, La gran evasión, El cazador…  En cambio, me parecen una eternidad los 182 minutos de la última de los Vengadores y una tortura inacabable en varias vidas cualquier cosa de los Transformers, así dure dos horas y media o solo cuarenta y cinco minutos.

Como hay gente que no se ve con los arrestos suficientes para enfrentarse a una obra de este tamaño, pues vivimos en los tiempos de lo efímero, los tuits y los guasaps en lugar de los libros, y las series con capítulos de 50 minutos en lugar de los peliculómetros de larga duración, un periodista sueco llamado Alexander Dunerfors se ha hecho famoso con su célebre propuesta para ver El irlandés como si se tratara de una miniserie de cuatro capítulos, indicando los momentos exactos de corte:

Irishman Dunerfors

Sea cual sea tu manera, del tirón o en píldoras anticonceptivas (perdón por la broma), si tienes oportunidad, no dejes de verla. Aunque evidentemente no seré yo quien recomiende seguir las pautas de Dunerfors.

La producción

El proyecto comenzó en 2004 cuando Martin Scorsese buscaba realizar una película sobre la mafia, pero no una película más, sino con un tono crepuscular, más reflexivo y maduro. No sé si buscaba lo que Sin perdón representó para el wéstern, pero así lo interpreto por lo que he leído. Martin Scorsese se fía mucho del criterio de Robert De Niro, no en vano le muestra todos sus guiones aunque no participe en las películas posteriores, y fue el propio actor el que dio con el libro de Frank Sheeran en el que se basa la película. La producción era compleja porque abarcaba varias décadas y a ello se unió el coste del rejuvenecimiento digital de los actores, lo que fue disparando el presupuesto hasta los 159 millones de dólares que se calcula costó la producción.

Sorprendentemente los grandes estudios no entraron en el proyecto, ni siquiera antes de añadir el elevado coste de los efectos digitales, y al final ha sido Netflix, una cadena sobre todo de distribución de contenidos online, la que ha afrontado una película tan cara, la de mayor presupuesto de toda la carrera de Scorsese. Sinceramente yo no entiendo cómo piensan rentabilizar una producción que apenas ha estado quince días en salas comerciales y por la que los usuarios de Netflix no van a pagar un precio extra, ni una suscripción Premium, ni cosas por el estilo. Pero oye, bienvenida sea la idea de Netflix o de quien sea por invertir en proyectos arriesgados y de autor. Decían los agoreros hace unos años que Netflix y otras plataformas de emisión en streaming se iban a cargar el cine, y resulta que la gran triunfadora de la temporada pasada, Roma, de Alfonso Cuarón, y El irlandés deben su existencia a la valentía de los gestores de Netflix por apostar por un producto de calidad.

El argumento

El libro en el que se basa la película se tituló originalmente I heard you paint houses, genial “broma” que nos resuelven a qué se debe nada más comenzar, y su autor fue Charles Brandt. En España el libro se publicó con un título con spoiler, explicando ya uno de los puntos principales de la trama: Jimmy Hoffa: caso cerrado.

La película cuenta la vida de Frank Sheeran a lo largo de varias décadas, desde sus orígenes como camionero hasta su entrada en el clan de Russell Buffalino y la posterior amistad con Jimmy Hoffa. Está contada como un inmenso flashback desde el punto de vista de un anciano Sheeran (Robert De Niro) en la residencia de ancianos en la que está ingresado. Solo. Muy solo.

No elude muchos de los principales asuntos de la política norteamericana a lo largo de esos años: la crisis de los misiles de Cuba, el peso de los sindicatos de camioneros, la financiación de la campaña presidencial de Kennedy, su posterior asesinato, Nixon, la prisión y muerte de Hoffa…

Los actores:

Desde el plano secuencia inicial en el asilo en el que Frank Sheeran, el protagonista interpretado por Robert De Niro, pasa sus últimos días, sabemos que va a ser una película de recuerdos, de momentos pasados a lo largo de décadas que van a llevar a su personaje principal a esa silla de ruedas desde la que desgrana con tristeza (y rompiendo la cuarta pared) su vida y hazañas. Uno de los primeros retos a los que se enfrentaron Scorsese y De Niro fue al de hacer creíble a un personaje al que vemos desde sus veintipocos años en la Segunda Guerra Mundial, hasta los 82 años que muestra en sus últimos días en el asilo. El actor tenía 76 años cuando rodó esta película, así que a la caracterización y el maquillaje necesario se unió esta vez el rejuvenecimiento digital de su cara, que, aunque pueda estar logrado, no encaja con la lentitud de movimientos de Robert De Niro. Es una pena, pero cuando De Niro interpreta a un hombre de cuarenta y tantos parece un tío de 76 con varios lifting encima. No se mueve con agilidad, con el poderío físico que se supone que debería mostrar, más aún si tenemos en cuenta que se trata de un matón a sueldo de la mafia. Aun con todo, hacía años que no recordaba a un Robert De Niro tan inspirado, con tantas ganas de meterse en un papel y dar lo mejor de sí en cada plano.

Irishman De Niro

Más que el maquillaje digital, lo que de verdad me chirría es su mirada azul, puesto que al interpretar a un irlandés, el actor italoamericano lleva durante toda la película unas lentillas que le cambian la expresión a esa mirada profunda que conocemos de tantas películas (nueve de ellas, ni más ni menos, con Martin Scorsese). No digo que esté mal, solo que me chirría por la costumbre, porque además creo que no hay actores que miren mejor “al pasado” que Robert De Niro (ya lo hacía en Érase una vez en América o en Uno de los nuestros).

Irishman Pacino

Pese a que pensemos que De Niro y Scorsese llevan toda la vida trabajando juntos, lo cierto es que no se encontraban en una producción desde Casino (1995), hace veinticuatro años. El otro gran papel de la película corresponde a Al Pacino, debutante con Scorsese, quien interpreta al líder del sindicato de camioneros Jimmy Hoffa. Vi la película en versión original, porque no quería perderme los vozarrones de estos protagonistas, y puedo decir con una mezcla de “orgullo y satisfacción” (ha quedado borbónico) que es la primera vez que entiendo a Al Pacino cuando habla. Está brillante, muestra carisma, transmite con eficacia, con poderío, y tiene su enorme presencia habitual (tamaño físico aparte). Quizás el hecho de no tener que interpretar un personaje de la habitual “intensidad” que a veces le gusta es lo que logre esa claridad en su modo de expresarse. Me encantó verle y me encantaron sus muchas escenas con De Niro, por la camaradería y lealtad mutua que se profesan, actores y protagonistas, que de eso va también el argumento.

Joe Pesci estaba retirado del cine desde 2010 con Love Ranch y fue la insistencia de Scorsese la que logró que volviera a situarse delante de una cámara. Nunca le tuve entre mis favoritos, de hecho en Uno de los nuestros me cargaba bastante, pero hay quien dice que es el mejor de los tres en El irlandés. No lo sé, no me gusta clasificar, pero desde luego, quien espere ver al histriónico de Goodfellas o Mi primo Vinny no lo va a encontrar, y precisamente en su comedimiento está el gran acierto de Pesci. Sus miradas lo dicen todo, resulta persuasivo con muy poco y nunca sabes lo que pasa por su cabeza, salvo que lo que decida será lo que finalmente se haga.

Irishman Pesci

Harvey Keitel vuelve a trabajar con Scorsese (Malas calles, Alicia ya no vive aquí, Taxi driver), pero tiene un papel menor. Los numerosos secundarios mafiosos resultan… pues eso, numerosos secundarios mafiosos, con cara de secundarios mafiosos y de los cuales nos cuentan su final nada más presentárnoslos:

Como ocurre en general en el cine de Scorsese, hay mucha testosterona y pocos papeles femeninos (¡lo siento, Frances MacDormand!), pero el de Anna Paquin, que interpreta a Peggy, la hija mayor de Sheeran, es fundamental para la última parte de la trama. Apenas habla la boca, pero igual que cuando el papel de Peggy lo interpreta una niña en sus primeros años, sus silencios y miradas son más elocuentes que sus palabras. Muestra incredulidad, rabia, desprecio, miedo y cualquier sentimiento negativo que podamos pensar. También el asco.

Irlandés Anna Paquin

La dirección

He leído en algunos medios que El irlandés es el gran testamento cinematográfico de Martin Scorsese, ¡no, por favor!, como si tras esta magna película fuera a retirarse de modo definitivo. El director tiene 77 años, pero por lo que se ve en esta película, se mantiene en plena forma. Es cierto que parece un compendio de todo lo anterior que ha hecho, y al igual que me pasó con Érase una vez en… Hollywood, la última de Tarantino, parece como si hubiera querido meterlo todo sin mesura en una sola cinta: la mafia, la amistad, la lealtad, la religión, el envejecimiento, la familia, la soledad, la comida, toda la música del mundo, la culpa y la búsqueda de la redención,… Pero lo hace de una manera absorbente, como ha hecho a lo largo de toda su carrera.

Sigue ofreciendo momentos memorables, como el miedo de la mujer de Hoffa al arrancar el coche, la llamada de teléfono de Sheeran o la bandera a media asta (o sin medias) de Hoffa, por citar solo algunos. O el desmantelamiento de la huelga de taxis, o todo ese final en busca de perdón o comprensión. O… no quiero desvelar nada.

No he encontrado todavía datos del número de planos que utiliza, pero serán muy numerosos. Según el estudioso y teórico del cine David Bordwell, Infiltrados es la película de Scorsese con los planos más veloces: 2,7 segundos de media. Le siguen El aviador, con 3,6 segundos, Uno de los nuestros y Gangs of New York con 6,7 segundos y Taxi driver con 7,3. El irlandés está repleta de planos perfectamente encadenados, fundidos o congelados, pero donde Scorsese sigue siendo un maestro es en los planos secuencia, como el del principio o el asesinato en la barbería que ni siquiera llegamos a ver.

El resultado

Al final he tardado un poco más de lo esperado en escribir este post, y durante estas dos semanas me ha dado tiempo a leer calificativos de “obra maestra” y algunos de “aburrida” o “decepcionante”. Y comparaciones con algunas de las otras grandes películas del año. Leí una encuesta entre lectores en la que animaban a votar entre el Joker de Todd Philips, Érase de Tarantino y la de Scorsese. Aunque a la cabeza de la encuesta iba en ese momento el Joker, para mí El irlandés es la mejor de las tres, un peliculón enorme, aunque no sé si la gran película del año porque me quedan otras por ver (Parasites), o bien me han parecido por debajo (A marriage story).

Respecto a las comparaciones con las otras grandes obras de Scorsese sobre la mafia, he leído algunas opiniones que la situaban junto a Goodfellas (Uno de los nuestros), y por encima de Casino o Malas calles. Mi favorita sigue siendo Casino, tres horas de puro Scorsese con una de las mejores bandas sonoras de la historia, y El irlandés iría a continuación, por encima de Goodfellas, porque creo que Ray Liotta y la exageración de Pesci la sitúan por debajo de las dos anteriores (aunque el nivel siga siendo altisimo).

¿Qué quiero decir con todo este rollo? Que la veáis si tenéis oportunidad, por supuesto que sí. Puro Scorsese.

 

Bendito Scorsese, por Travis

Scorsese 4 The Irishman

Uno va al cine todo lo que puede y su tiempo y bolsillo se lo permiten, pero muchas veces (y quizás más en los últimos años) hay algo de rutinario en el acto, como quien un día acude al fútbol o a una función del colegio de sus niños pensando “a ver qué me encuentro hoy”. Sabes que vas a pasar un rato entretenido, pero no hay una emoción especial en el hecho en sí. Por el contrario, hay unas pocas veces al año en que vas al cine entregado, expectante, emocionado, incluso diría que con la ilusión de un niño que va a “una de vaqueros” o a la última de Star Wars, o con el hormigueo de un aficionado a la ópera cinco minutos antes de asistir a una de las grandes obras del género.

Esa sensación la provocan Martin Scorsese y muy pocos directores más. El director italo-americano acaba de cumplir 77 años y se mantiene en plena forma una década más. Ha estrenado recientemente El irlandés, un peliculón de tres horas y media con Robert de Niro, Al Pacino, Harvey Keitel y Joe Pesci en el reparto. Como para no verla.

Scorsese The Irishman

Cuando uno sale de ver una película de Martin Scorsese se siente abrumado ante la avalancha de calidad, imágenes, información y pequeños detalles (que se convierten en trascendentales) que acaba de contemplar. Si por un momento uno pensó que podía crear sus propias historias, escribir un buen guion o incluso dirigir con cierta maestría alguna de sus paranoias, al finalizar cualquier filme de Scorsese vuelves a tierra porque sabes que jamás harás algo decente a la altura de uno solo de los segundos de sus obras.

Martin Scorsese es de los pocos directores merecedores de sentarse en la mesa de los más grandes, junto a Billy Wilder, John Ford, Alfred Hitchcock o Howard Hawks, o para otros Orson Welles, Frank Capra o Stanley Kubrick, acompañado entre los contemporáneos únicamente quizás por Steven Spielberg. Uno de los motivos de mi afición por Scorsese es ese concepto de creador global, de genio capaz de conjugar en pantalla el encuadre perfecto, la mejor fotografía, una iluminación sombría o luminosa según requiera la trama, la frase adecuada, la música idónea para cada escena, el movimiento de cámara que fluye como por la vida real. Y solo lleva cinco décadas haciéndolo.

La propia consideración de director que he utilizado en este post ya se queda corta para definir su carrera, pues el bueno de Martin, o más bien el salvaje Martin, es también guionista, productor, actor ocasional y autor de magníficos documentales sobre artistas del mundo de la música. Cuando uno compara su carrera con la de otros compañeros de profesión es cuando se revela la verdadera magnitud de la misma. Francis Ford Coppola hizo algunas de las mejores películas de la historia en los setenta (El Padrino, El Padrino II, Apocalypse Now), pero su carrera no se mantuvo a ese nivel en las siguientes décadas, aunque hiciera todavía algunas obras notables (Cotton club, Tucker, El Padrino III o Drácula, aunque esta última a mí no me guste nada). Woody Allen ha sido el más prolífico, y aunque los lectores de este blog saben que está entre mis favoritos, muchas de sus obras no tienen ese acabado formal tan completo que logra Scorsese. Como lo define Billy Wilder en el libro de conversaciones con Cameron Crowe:

“Él (Woody Allen) no hace películas, hace pequeños episodios. En cierto modo, ni siquiera sabe montarlos. Tiene diálogo mientras dos personas andan y andan, hablando sin parar, cosas divertidas. Son metros muertos de película, no sé si me entiende. La cámara les sigue todo lo que puede, se acaban los rieles de madera sobre los que avanza, y los personajes siguen hablando y caminando. Sí, es un tipo muy astuto, muy listo, pero preferiría que no actuara”.

Si ponemos en la comparación a Scorsese con otro director que provoca igual o mayor devoción por sus películas, Quentin Tarantino, vemos que este solo ha rodado nueve películas hasta la fecha, algunas de un nivel considerablemente inferior a las que han convertido su nombre en uno de los más reconocidos en la actualidad. Cuando escucho a colegas o a críticos alabar el uso que hace Tarantino de la música o las canciones en sus obras, siempre remito a mis amigos a Scorsese: “Mirad Casino, o sobre todo, escuchadla”.

Scorsese 1

Acaba de estrenarse El irlandés, magnífico peliculón, ahora mismo no sé si lo mejor del año para el que esto escribe, pero de ella hablaré próximamente porque creo que se merece un post entero. Hoy me apetecía hablar de la carrera del director porque El irlandés, a lo largo de sus más de doscientos minutos de metraje, es como una recopilación de todo aquello que le ha hecho tan grande. Desarrolla dos de las mayores influencias que marcaron su infancia en Little Italy: la mafia y la férrea educación católica. Y muchos de sus temas habituales, como la amistad mezclada con la conveniencia, la profesionalidad, la lealtad que lleva al ascenso dentro de la organización, la importancia de la familia, dentro de ese concepto tan particular de familia italoamericana, la violencia como mejor método para resolver problemas,… Y la comida, gente comiendo bien, apreciando lo que come y lo que bebe. Y música, muy buena selección de canciones, toda una historia de lo mejor de las décadas en las que transcurre la historia. Y la ambientación, y la fotografía, y los flashbacks, y… y… y… todo.

Scorsese ha sabido rodearse siempre de los mejores y elegir a los profesionales adecuados para cada rol. Es mejor director que escritor, pero sobre todo es un gran catalizador de todos esos talentos de los que siempre se rodea al servicio de su historia. Tiene una habilidad especial para la dirección de actores, y aquí sí digo actores no en sentido genérico, sino masculino, porque son muchos más los actores que las actrices con grandes papeles a lo largo de su dilatada trayectoria. Ha trabajado con los mejores: Paul Newman, Daniel Day Lewis, Leonardo di Caprio, Jack Nicholson, Willem Dafoe, Tom Cruise, Liam Neeson y por supuesto, y en repetidas ocasiones, con el elenco de El irlandés.

Scorsese 2

En esta ocasión vuelve a reunir a De Niro, Keitel y Pesci y nos cuenta mediante una voz en off sus “hazañas”, como hiciera desde los orígenes de su carrera en Malas calles, allá por 1973. En aquella película escribió también el guion, pero al no ser su punto fuerte lo normal es que Martin Scorsese deje la escritura para un guionista contrastado, y lo más que llega a hacer es figurar como coautor (Casino, Uno de los nuestros, La edad de la inocencia, Silencio). Durante la época más salvaje de su carrera contrató a Paul Schrader y fue capaz de poner orden en sus locuras y rodar algunas de sus mejores obras, como Taxi driver y Toro salvaje, y otras arriesgadas como La última tentación de Cristo y Al límite. La colaboración con Schrader, un tipo totalmente enajenado en aquellos años, enfangado en las drogas, supuso que Scorsese cayera también en las adicciones durante una buena parte de su vida. Para El irlandés, Scorsese encargó la escritura del guion a Steven Zaillian, con quien ya trabajó anteriormente en Gangs of New York. Steven Zaillian es un guionista contrastado, ganador del Óscar por, ni más ni menos que La lista de Schindler.

Scorsese 3

En cuanto a la fotografía, una de las claves para que Scorsese componga estas obras oscuras como la Nueva York de Taxi driver o luminosas como Las Vegas de Casino, tenebrosas o de una estética interesadamente kitsch, el director trabajó con directores de fotografía como Michael Chapman (Taxi driver), Michael Ballhaus (Infiltrados, Uno de los nuestros, After hours) o Robert Richardson (Shutter Island, Casino, La invención de Hugo, El aviador), habitual en las películas de Tarantino. En El irlandés repite con el mexicano Rodrigo Prieto, con el que ya trabajó en El lobo de Wall Street y Silencio. Rodrigo Prieto se dio a conocer con varias de las primeras obras de Alejandro González Iñárritu (21 gramos, Amores perros, Babel, Biutiful) y con la nominación al Óscar por Brokeback mountain, de Ang Lee, y Scorsese ha sabido encontrar en él el artista capaz de cubrir toda la variedad de estilos que requería esta historia que se desarrolla en varias décadas.

Y qué puedo decir de la banda sonora. Scorsese no solo es un cinéfilo empedernido, sino también un melómano con amplísimos conocimientos, como ha confesado varias veces. Cada pieza encaja a la perfección y te conoces hasta los temas que no conoces, porque cada canción encaja en la época que se narra. Robbie Robertson, el músico canadiense que colaboró en la recopilación de todas las melodías que acompañan la película afirmó en una entrevista que “tratábamos de descubrir un sonido, un ánimo, un sentimiento, que pudiese funcionar a través de todas las décadas en las que se ambienta la trama”. Lo consigue, ¡por supuesto que lo consigue!

Todo el torrente de ideas, talentos, ambientación, actores en plena forma, movimientos de cámara, escenas inolvidables, requieren una persona especial para cortar y dar forma en la sala de montaje. Repite, cómo no, la colaboradora habitual de Scorsese desde hace décadas, la montadora Thelma Schoonmaker. De origen argelino y a punto de cumplir ochenta años, trabajó con Scorsese ya en 1967 en el montaje de su primer largometraje, Who’s That Knocking at My Door, uno de los pocos que no he visto. En esta ocasión el montaje no ha impedido que la película se vaya por encima de las tres horas, pero si te gustan los goodfellas de Scorsese, no te sobra ni uno.

Scorsese 5

Peliculón. Sobre El irlandés me extenderé en breve, aún sigo asimilando todas las ideas que deja. Bendito Scorsese que hace que ir al cine siga siendo una puñetera maravilla.

Érase una vez… un cinéfago llamado Quentin

Once upon a time 5

TRAVIS, 23/10/19

Desde el mismo título elegido por Quentin Tarantino para su última película, Once upon a time in… Hollywood, con puntos suspensivos incluidos, sabemos que la cosa va de homenajes. El título escogido por este director y guionista tan particular resuena a Sergio Leone, al spaghetti wéstern (Once upon a time in the West), a sus iconos sesenteros, a los Estados Unidos de América (Once upon a time in America) y por supuesto al Hollywood de esa época que tanto admira el de Knoxville.

El cine de Quentin Tarantino tiene muchas virtudes y una de ellas es que consigue que gente de todo el mundo y con referentes culturales muy distintos acudamos raudos y veloces al cine solo porque “echan la última de Tarantino”. No hay muchos directores que hayan conseguido esa afición a sus obras por parte de los espectadores, esa celebración de sus películas como uno de los acontecimientos del año: la última de Spielberg (ya no tanto), la última de Woody Allen (para mí siempre), la última de Nolan o la última de Almodóvar (para sus seguidores al menos).

Once upon a time 3

Este director con careto de zumbao peligroso (como el de varios de los personajes que ha interpretado a lo largo de su carrera) es un devorador compulsivo de cine desde su época de dependiente del videoclub, o incluso la anterior como taquillero en un cine porno, un empedernido cinéfago que ha conseguido que nos metamos en su mundo, en sus frikadas y en la concepción tan especial que tiene de entender las películas. Un cine sin reglas aparentes, sin tiempos, sin un patrón clásico al que agarrarse, porque todo vale si se hace con pasión por el cine, con cariño y admiración hacia los personajes, con un respeto reverencial a los iconos homenajeados en sus obras.

Uno se sienta en la butaca del cine, lee en los primeros fotogramas el “Written and directed by Quentin Tarantino” escrito con caracteres setenteros y se acomoda sabiendo que va a ver algo distinto: “vamos allá, a ver con qué nos sorprende en esta ocasión”. Y este Once upon a time in… Hollywood me ha dejado un tanto frío, pese al subidón de temperatura del poderoso final.

La película dura 161 minutos, quizás demasiado larga (a mi gusto) para lo que cuenta. El problema no es la duración per se, porque me encantan las pelis de tres horas de duración que se pasan en un suspiro, sino que mis pegas van dirigidas a lo insustancial e irrelevante para la trama de buena parte de esos minutos. Da la impresión de que Tarantino quiere meter todo su mundo en el metraje: los wéstern (Django, Los odiosos ocho), Steve McQueen y los nazis (Malditos bastardos), la serie B (Abierto hasta el amanecer), el Hollywood de los sesenta (Pulp Fiction), los especialistas y los coches (Death Proof), las drogas blandas y las adicciones (Pulp Fiction, Jackie Brown), las artes marciales (Kill Bill), la gente pasada de vueltas, su fetichismo hacia los pies (en todas ellas), la violencia extrema que no se puede tomar en serio (Reservoir dogs, Amor a quemarropa), sus característicos diálogos, los cigarrillos Red Apple,… Lo mete todo aunque sea con calzador.

Al terminar la peli, me quedé: “¿y bien, te ha gustado?”. Pues sí, claro que sí, pero… con varios peros. No tiene tantas escenas memorables, de esas que quedan en el recuerdo como sus anteriores obras. Basta que diga la oreja, la jeringuilla, el ametrallamiento, la esvástica o la katana para que sepamos en qué película estoy pensando. Apenas tiene dos personajes inolvidables, Rick Dalton (Leonardo di Caprio) y Cliff Booth (Brad Pitt), pero no sé si perdurarán en el recuerdo como Jackie Brown, la Novia Beatrix Kiddo, Bill, el coronel Hans Landa, el señor Lobo, Marsellus Wallace, Vincent Vega, Jules, Butch, Django, Shoshanna o cualquiera de los matones de la banda de Reservoir dogs.

Once Personajes de Tarantino 2

Algunos diálogos están estirados en exceso, como ya le ocurría en Death Proof y en Los odiosos ocho, y aunque habrá quien piense que es un sacrilegio lo que voy a decir, creo que le falta trabajo de montaje. De recorte. Cuando comenzó su carrera y reventó la taquilla con Pulp Fiction, se vio que era un tipo repleto de ideas en la cabeza, posiblemente mejor guionista que director. Sus diálogos eran ingeniosos, tenían una chispa especial y no sobraban en la trama. Podían no aportar a la historia principal, pero servían para hacernos una idea de los personajes. En Érase una vez el trabajo del Tarantino director está varios cuerpos por encima de la labor de Tarantino guionista. Tiene planos de gran belleza, una cámara que se mueve con suavidad por Los Ángeles, de los chaletazos de Cielo Drive a los decorados de Hollywood, y se muestra sobrio y contenido en todo momento. Bueno, durante casi todo el metraje, porque se suelta en esos minutos finales que nos hacen recordar el Tarantino desaforado, el que no se corta un pelo, el que se suelta la melena y desata una apoteosis que nos levanta una sonrisa psicópata similar a la suya.

La valoración global de Érase una vez en… Hollywood es positiva, como casi siempre con este director, pero añoro al Tarantino ocurrente más que al friki de la serie B, al que inventa personajes inolvidables y los suelta en escenarios imprevisibles más que al chalado que ha visto millones de minutos de pelis infames y los rescata, dignifica y nos planta ante nuestras narices. Quentin Tarantino es un alma libre y supongo que en ese mundo ingobernable de Hollywood será de los pocos directores que logra que nadie le toque un minuto de sus obras. Ha alcanzado ese estatus por méritos propios, pero creo que alguna de sus pelis, como esta última, mejorarían con los consejos de un productor experimentado, o de un colega de profesión que le dijera “hasta aquí está perfecto, Quentin, no le des otra vuelta más a la historia de un personaje italiano de wéstern barato” o “no metas a otro chalado de las artes marciales”.

Todo esto no son más que opiniones de un modesto aficionado, pero creo que esta película mejoraría mucho con media hora menos de metraje. El rodaje del wéstern, la previa a la actuación con la niña, Margot Robbie/Sharon Tate en el cine, la escena de Bruce Dern… hay varios sitios en los que se podría recortar sin que el conjunto se resintiera. Incluso la escena de La gran evasión, por mucho que me divirtió ver a Di Caprio en uno de mis clásicos favoritos de todos los tiempos.

Martin Scorsese es un grandísimo director y urdidor de historias, pero nunca ha negado la importancia en el resultado final de sus trabajos de su montadora desde hace cuarenta años, Thelma Schoonmaker. Aunque el trabajo de recorte que menciono es más de la fase previa de elaboración del guion que del montaje final, Quentin podría estrenar obras maestras de dos horas o poco más, y dejar todo ese material friki adicional para las versiones extendidas de los DVD o BluRay.

Once personajes de Tarantino

Esta es la novena película de Quentin Tarantino, considerando que los dos volúmenes de Kill Bill “cuentan como una sola” en palabras del propio director, y como este ha expresado en repetidas ocasiones que solo va a hacer diez películas a lo largo de su carrera, nos queda disfrutar su última y definitiva gran obra. Tengo dudas de que lo cumpla, porque se le ve con ganas de contar muchas cosas, de vomitar todo el cine que tiene dentro de la mollera, y todo eso no le va a caber en menos de ¿tres, cuatro, catorce horas de grabación?

El cine de Tarantino no deja indiferente a nadie, todos tenemos nuestras preferencias, nuestras filias y seguro que algunas fobias. Resulta difícil ponernos de acuerdo en qué nos gusta o disgusta más. A raíz del estreno de Érase una vez en… Hollywood, leí un artículo que ordenaba sus películas de peor a mejor, y no puedo estar más en desacuerdo con la lista, me pareció una coña, así que he hecho lo mismo y he pedido a varios amigos que realicen su propia lista. Este es el resultado de mi miniencuesta, con la propuesta de Espinof, las de iMDb y Filmaffinity, la opinión siempre acertada de mis colegas, la de este bloguero (en otro color) y la media de todas nuestras votaciones:

Pelis Tarantino Ordenadas

Me congratula ver a Pulp Fiction en cabeza y a Death Proof en el último lugar. No debí ser el único que se aburrió como una ostra. Lo mejor de Tarantino para los aficionados estuvo en sus primeros años y esta última obra, de momento y a falta de reposo, no la hemos elegido entre sus trabajos más afortunados. Sabiendo que no leerá jamás este post, le animamos a que siga más allá de la decena, por mucho tiempo. Con una potente banda sonora de fondo.

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Richard Curtis y la delgadísima línea del buenismo, por Travis

Z Yesterday

Yesterday (2019), escrita por Richard Curtis y dirigida por Danny Boyle, parte de una premisa delirante: ¿qué pasaría si los Beatles no hubieran existido nunca y solo un músico aficionado recordara sus canciones en ese mundo alternativo? Pues partiendo de este punto absurdo, totalmente inverosímil y lejano para los que buscan realismo o credibilidad en una historia, el guionista Richard Curtis es capaz de inventar una historia que nos mantiene con una sonrisa en la boca durante la mayor parte del metraje.

La película no es ninguna obra maestra, ni mucho menos, pero resulta agradable de ver, entretiene y además te regala un montón de temazos de los cuatro de Liverpool, así que sales de la sala con tu pareja con ganas de tomar una cerveza o un vino blanco, una cena ligera y ver si la noche acaba con la misma sonrisa boba. Como en Estados Unidos se etiqueta todo, he descubierto que este género de películas recibe la denominación de feel-good movies. Películas que te hacen sentir bien o que provocan buenos sentimientos.

Richard Curtis es un guionista al que sigo la pista desde hace décadas porque sus historias te llevan precisamente a ese punto de satisfacción, necesario en ocasiones tras alternar con Tarantinos, Jokers y asesinos en serie. Nació en Nueva Zelanda y debido al trabajo de su padre pasó su infancia en países como Suecia o Filipinas, hasta que se estableció de manera definitiva en Inglaterra con 11 años. Estudió Lengua y Literatura Inglesa en Oxford, donde conoció ni más ni menos que a Rowan Atkinson, estudiante de ingeniería eléctrica por aquel entonces y hoy más conocido como Mr. Bean. Entre ambos escribieron La víbora negra en 1983, una comedia producida por la BBC que tuvo cierto éxito.

 

Su primer gran éxito le llegó con esa comedia de 1994 sobre un grupo de amigos que se juntan en bodas, tienen sus ligoteos, amores no correspondidos, meteduras de pata y alguna historia gay que desconocían: Cuatro bodas y un funeral. Es una película amable que se ve con agrado, excepto por los tartamudeos de Hugh Grant al enamorarse de la norteamericana Andie MacDowell. Poco después, escribió el guion de Bean para su colega Atkinson y repitió la fórmula de Cuatro bodas en Notting Hill (1998): la americana de la que se enamora el británico tartamudo (Julia Roberts), el grupo de amigos con sus rarezas, la mujer desvalida que resulta entrañable o el personaje histriónico pasado de vueltas. Son películas en las que todos los personajes tienen un marcado carácter de bondad o ternura, no hay lugar para la mala leche y mucho menos para la violencia. Existe una delgada línea en las feel-good movies que si se traspasa convierten las mismas directamente en pelis moñas, cargantes, insoportables por momentos. La línea es delgadísima y según te acercas puedes encontrar un inmenso peliculón (Atrapado en el tiempo, Forrest Gump, El show de Truman), o traspasarla y toparte con una moñada cursi y en algunos casos repelente (The holiday, Mientras dormías, Te puede pasar a ti, Algo para recordar). Porque no es lo mismo ser sensible que sensiblero, bueno que buenista o romántico que moñas.

 

Richard Curtis se estrenó como director en 2003 con una obra que se sitúa directamente sobre la delgada línea roja: Love Actually. Trata una docena de historias de amor que se desarrollan muy cerca de la Navidad: amores imposibles, amores no correspondidos, tensiones sexuales no resueltas entre compañeros de trabajo, amoríos fugaces, duraderos, de todas las edades y de todos los tipos. Sus personajes se cruzan, se entrelazan, se relacionan y todo fluye con naturalidad en un guion muy trabajado de principio a fin. Pero aunque algunas de estas historias traspasan por momentos la línea y te provocan directamente arcadas, el conjunto se ha convertido en uno de esos clásicos imprescindibles de la época navideña que se ve con agrado.

Bordear la línea del buenismo y el sentimentalismo es un ejercicio arriesgado que requiere de la complicidad del espectador. Y de la mano firme y sabia del director. Si el espectador suelta “¡venga ya!, ¿que los Beatles nunca existieron?, menuda chorrada”, o “¡qué tontería!, un tipo viviendo el mismo día cien mil veces”, o “viviendo en un programa de televisión, ¡bah!”, en ese momento todo en la película resulta desdeñable. Si no te subes al carro que te propone el director, el resto de la película se convierte en insoportable. Como los musicales.

“¿De qué coño va esto? ¿De unos tíos de una familia que se meten en un armario y viajan hacia atrás en el tiempo? ¡Buffff, qué chorrada!”. Pues de esa premisa tan chorra surgió la maravillosa Una cuestión de tiempo, una de esas pelis que consigue engancharme cada vez que la veo. Es una feel-good movie de manual, una exaltación de la amistad y la familia con personajes entrañables, una norteamericana (otra vez) de la que enamorarse perdidamente, Rachel McAdams, con (otra vez) la hermana del protagonista como una mujer débil y tierna, y un personaje directamente tarado, pero es una gran película. Escrita y dirigida, cómo no, por Richard Curtis en 2013.

 

Como ya expresé en este mismo foro hace tiempo en la Carta de amor de un cinéfago, el discurso final del pelirrojo (Domnhall Gleeson), con la voz en off, podría haberlo escrito yo mismo. De tener el talento de Richard Curtis, por supuesto:

“Todos viajamos a través del tiempo juntos, cada día de nuestras vidas. Solo podemos esforzarnos por disfrutar de este notable viaje”.

“La verdad es que ya no viajo, ni siquiera para revivir un día. Trato de vivir cada día como si hubiera decidido volver a ese día, de disfrutarlo como si fuera el último día entero de mi extraordinaria vida ordinaria”.

La misma línea del buenismo, la peligrosa raya en la que solo los maestros saben moverse, es la que nos propone el viaje al cielo al que se supone que solo van las almas bondadosas que han poblado la tierra. Como no lo hagan bien, director y guionista se caen con todo el equipo.

Qué bello es vivir (1946) comienza de un modo muy arriesgado: muestra a Dios en forma de estrella hablando con un ángel al que encarga la misión de bajar a la tierra para ayudar a George Bailey. Si el espectador rechaza esos tres primeros minutos de película, no hay más que hacer, adiós muy buenas. Pero a los mandos estaba Frank Capra y la película se convierte en una obra maestra absoluta, de principio a fin. El gran clásico de las navidades pasadas, presentes y futuras.

 

Por el contrario, del mismo 1946 es A vida o muerte, Stairway to Heaven en el original o Escalera al cielo en Sudamérica. Escrita y dirigida por Michael Powell y Emeric Pressburger, protagonizada por David Niven y Kim Hunter, nada hacía presagiar que me resultara tan infumable. Quizás porque no entré en el juego que plantea la historia desde los primeros minutos: un piloto que tenía que haber fallecido en accidente, pero se debate entre la vida y la muerte en la cama de un hospital, mientras en el cielo se realiza un juicio para ver si sube la escalera o se queda en la tierra.

Lo normal es que estas películas traspasen la delgada línea de la sensiblería, como el pastelón espantoso Más allá de los sueños, con Robin Williams. Para mi gusto Ghost se queda en el borde, aunque cada vez que sale Whoopi Goldberg cae al abismo tenebroso de la cursilería y el ridículo. Se me ocurre salvar de la quema El cielo puede esperar, de Warren Beatty, o no tomarme en serio Como Dios, o Sigo como Dios, con ese Dios cachondo interpretado por Morgan Freeman.

Cualquiera que siga este blog sabrá qué tipo de películas me suelen gustar. No le hago ascos a las feel-good movies. El mundo está repleto de buena gente, pero también de hijos de puta sin escrúpulos. En mi caso, me gusta rodearme de buena gente, del mismo modo que como contrapartida, en pantalla me encanta ver a hijos de puta sin escrúpulos.