Bendito Scorsese, por Travis

Scorsese 4 The Irishman

Uno va al cine todo lo que puede y su tiempo y bolsillo se lo permiten, pero muchas veces (y quizás más en los últimos años) hay algo de rutinario en el acto, como quien un día acude al fútbol o a una función del colegio de sus niños pensando “a ver qué me encuentro hoy”. Sabes que vas a pasar un rato entretenido, pero no hay una emoción especial en el hecho en sí. Por el contrario, hay unas pocas veces al año en que vas al cine entregado, expectante, emocionado, incluso diría que con la ilusión de un niño que va a “una de vaqueros” o a la última de Star Wars, o con el hormigueo de un aficionado a la ópera cinco minutos antes de asistir a una de las grandes obras del género.

Esa sensación la provocan Martin Scorsese y muy pocos directores más. El director italo-americano acaba de cumplir 77 años y se mantiene en plena forma una década más. Ha estrenado recientemente El irlandés, un peliculón de tres horas y media con Robert de Niro, Al Pacino, Harvey Keitel y Joe Pesci en el reparto. Como para no verla.

Scorsese The Irishman

Cuando uno sale de ver una película de Martin Scorsese se siente abrumado ante la avalancha de calidad, imágenes, información y pequeños detalles (que se convierten en trascendentales) que acaba de contemplar. Si por un momento uno pensó que podía crear sus propias historias, escribir un buen guion o incluso dirigir con cierta maestría alguna de sus paranoias, al finalizar cualquier filme de Scorsese vuelves a tierra porque sabes que jamás harás algo decente a la altura de uno solo de los segundos de sus obras.

Martin Scorsese es de los pocos directores merecedores de sentarse en la mesa de los más grandes, junto a Billy Wilder, John Ford, Alfred Hitchcock o Howard Hawks, o para otros Orson Welles, Frank Capra o Stanley Kubrick, acompañado entre los contemporáneos únicamente quizás por Steven Spielberg. Uno de los motivos de mi afición por Scorsese es ese concepto de creador global, de genio capaz de conjugar en pantalla el encuadre perfecto, la mejor fotografía, una iluminación sombría o luminosa según requiera la trama, la frase adecuada, la música idónea para cada escena, el movimiento de cámara que fluye como por la vida real. Y solo lleva cinco décadas haciéndolo.

La propia consideración de director que he utilizado en este post ya se queda corta para definir su carrera, pues el bueno de Martin, o más bien el salvaje Martin, es también guionista, productor, actor ocasional y autor de magníficos documentales sobre artistas del mundo de la música. Cuando uno compara su carrera con la de otros compañeros de profesión es cuando se revela la verdadera magnitud de la misma. Francis Ford Coppola hizo algunas de las mejores películas de la historia en los setenta (El Padrino, El Padrino II, Apocalypse Now), pero su carrera no se mantuvo a ese nivel en las siguientes décadas, aunque hiciera todavía algunas obras notables (Cotton club, Tucker, El Padrino III o Drácula, aunque esta última a mí no me guste nada). Woody Allen ha sido el más prolífico, y aunque los lectores de este blog saben que está entre mis favoritos, muchas de sus obras no tienen ese acabado formal tan completo que logra Scorsese. Como lo define Billy Wilder en el libro de conversaciones con Cameron Crowe:

“Él (Woody Allen) no hace películas, hace pequeños episodios. En cierto modo, ni siquiera sabe montarlos. Tiene diálogo mientras dos personas andan y andan, hablando sin parar, cosas divertidas. Son metros muertos de película, no sé si me entiende. La cámara les sigue todo lo que puede, se acaban los rieles de madera sobre los que avanza, y los personajes siguen hablando y caminando. Sí, es un tipo muy astuto, muy listo, pero preferiría que no actuara”.

Si ponemos en la comparación a Scorsese con otro director que provoca igual o mayor devoción por sus películas, Quentin Tarantino, vemos que este solo ha rodado nueve películas hasta la fecha, algunas de un nivel considerablemente inferior a las que han convertido su nombre en uno de los más reconocidos en la actualidad. Cuando escucho a colegas o a críticos alabar el uso que hace Tarantino de la música o las canciones en sus obras, siempre remito a mis amigos a Scorsese: “Mirad Casino, o sobre todo, escuchadla”.

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Acaba de estrenarse El irlandés, magnífico peliculón, ahora mismo no sé si lo mejor del año para el que esto escribe, pero de ella hablaré próximamente porque creo que se merece un post entero. Hoy me apetecía hablar de la carrera del director porque El irlandés, a lo largo de sus más de doscientos minutos de metraje, es como una recopilación de todo aquello que le ha hecho tan grande. Desarrolla dos de las mayores influencias que marcaron su infancia en Little Italy: la mafia y la férrea educación católica. Y muchos de sus temas habituales, como la amistad mezclada con la conveniencia, la profesionalidad, la lealtad que lleva al ascenso dentro de la organización, la importancia de la familia, dentro de ese concepto tan particular de familia italoamericana, la violencia como mejor método para resolver problemas,… Y la comida, gente comiendo bien, apreciando lo que come y lo que bebe. Y música, muy buena selección de canciones, toda una historia de lo mejor de las décadas en las que transcurre la historia. Y la ambientación, y la fotografía, y los flashbacks, y… y… y… todo.

Scorsese ha sabido rodearse siempre de los mejores y elegir a los profesionales adecuados para cada rol. Es mejor director que escritor, pero sobre todo es un gran catalizador de todos esos talentos de los que siempre se rodea al servicio de su historia. Tiene una habilidad especial para la dirección de actores, y aquí sí digo actores no en sentido genérico, sino masculino, porque son muchos más los actores que las actrices con grandes papeles a lo largo de su dilatada trayectoria. Ha trabajado con los mejores: Paul Newman, Daniel Day Lewis, Leonardo di Caprio, Jack Nicholson, Willem Dafoe, Tom Cruise, Liam Neeson y por supuesto, y en repetidas ocasiones, con el elenco de El irlandés.

Scorsese 2

En esta ocasión vuelve a reunir a De Niro, Keitel y Pesci y nos cuenta mediante una voz en off sus “hazañas”, como hiciera desde los orígenes de su carrera en Malas calles, allá por 1973. En aquella película escribió también el guion, pero al no ser su punto fuerte lo normal es que Martin Scorsese deje la escritura para un guionista contrastado, y lo más que llega a hacer es figurar como coautor (Casino, Uno de los nuestros, La edad de la inocencia, Silencio). Durante la época más salvaje de su carrera contrató a Paul Schrader y fue capaz de poner orden en sus locuras y rodar algunas de sus mejores obras, como Taxi driver y Toro salvaje, y otras arriesgadas como La última tentación de Cristo y Al límite. La colaboración con Schrader, un tipo totalmente enajenado en aquellos años, enfangado en las drogas, supuso que Scorsese cayera también en las adicciones durante una buena parte de su vida. Para El irlandés, Scorsese encargó la escritura del guion a Steven Zaillian, con quien ya trabajó anteriormente en Gangs of New York. Steven Zaillian es un guionista contrastado, ganador del Óscar por, ni más ni menos que La lista de Schindler.

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En cuanto a la fotografía, una de las claves para que Scorsese componga estas obras oscuras como la Nueva York de Taxi driver o luminosas como Las Vegas de Casino, tenebrosas o de una estética interesadamente kitsch, el director trabajó con directores de fotografía como Michael Chapman (Taxi driver), Michael Ballhaus (Infiltrados, Uno de los nuestros, After hours) o Robert Richardson (Shutter Island, Casino, La invención de Hugo, El aviador), habitual en las películas de Tarantino. En El irlandés repite con el mexicano Rodrigo Prieto, con el que ya trabajó en El lobo de Wall Street y Silencio. Rodrigo Prieto se dio a conocer con varias de las primeras obras de Alejandro González Iñárritu (21 gramos, Amores perros, Babel, Biutiful) y con la nominación al Óscar por Brokeback mountain, de Ang Lee, y Scorsese ha sabido encontrar en él el artista capaz de cubrir toda la variedad de estilos que requería esta historia que se desarrolla en varias décadas.

Y qué puedo decir de la banda sonora. Scorsese no solo es un cinéfilo empedernido, sino también un melómano con amplísimos conocimientos, como ha confesado varias veces. Cada pieza encaja a la perfección y te conoces hasta los temas que no conoces, porque cada canción encaja en la época que se narra. Robbie Robertson, el músico canadiense que colaboró en la recopilación de todas las melodías que acompañan la película afirmó en una entrevista que “tratábamos de descubrir un sonido, un ánimo, un sentimiento, que pudiese funcionar a través de todas las décadas en las que se ambienta la trama”. Lo consigue, ¡por supuesto que lo consigue!

Todo el torrente de ideas, talentos, ambientación, actores en plena forma, movimientos de cámara, escenas inolvidables, requieren una persona especial para cortar y dar forma en la sala de montaje. Repite, cómo no, la colaboradora habitual de Scorsese desde hace décadas, la montadora Thelma Schoonmaker. De origen argelino y a punto de cumplir ochenta años, trabajó con Scorsese ya en 1967 en el montaje de su primer largometraje, Who’s That Knocking at My Door, uno de los pocos que no he visto. En esta ocasión el montaje no ha impedido que la película se vaya por encima de las tres horas, pero si te gustan los goodfellas de Scorsese, no te sobra ni uno.

Scorsese 5

Peliculón. Sobre El irlandés me extenderé en breve, aún sigo asimilando todas las ideas que deja. Bendito Scorsese que hace que ir al cine siga siendo una puñetera maravilla.

Érase una vez… un cinéfago llamado Quentin

Once upon a time 5

TRAVIS, 23/10/19

Desde el mismo título elegido por Quentin Tarantino para su última película, Once upon a time in… Hollywood, con puntos suspensivos incluidos, sabemos que la cosa va de homenajes. El título escogido por este director y guionista tan particular resuena a Sergio Leone, al spaghetti wéstern (Once upon a time in the West), a sus iconos sesenteros, a los Estados Unidos de América (Once upon a time in America) y por supuesto al Hollywood de esa época que tanto admira el de Knoxville.

El cine de Quentin Tarantino tiene muchas virtudes y una de ellas es que consigue que gente de todo el mundo y con referentes culturales muy distintos acudamos raudos y veloces al cine solo porque “echan la última de Tarantino”. No hay muchos directores que hayan conseguido esa afición a sus obras por parte de los espectadores, esa celebración de sus películas como uno de los acontecimientos del año: la última de Spielberg (ya no tanto), la última de Woody Allen (para mí siempre), la última de Nolan o la última de Almodóvar (para sus seguidores al menos).

Once upon a time 3

Este director con careto de zumbao peligroso (como el de varios de los personajes que ha interpretado a lo largo de su carrera) es un devorador compulsivo de cine desde su época de dependiente del videoclub, o incluso la anterior como taquillero en un cine porno, un empedernido cinéfago que ha conseguido que nos metamos en su mundo, en sus frikadas y en la concepción tan especial que tiene de entender las películas. Un cine sin reglas aparentes, sin tiempos, sin un patrón clásico al que agarrarse, porque todo vale si se hace con pasión por el cine, con cariño y admiración hacia los personajes, con un respeto reverencial a los iconos homenajeados en sus obras.

Uno se sienta en la butaca del cine, lee en los primeros fotogramas el “Written and directed by Quentin Tarantino” escrito con caracteres setenteros y se acomoda sabiendo que va a ver algo distinto: “vamos allá, a ver con qué nos sorprende en esta ocasión”. Y este Once upon a time in… Hollywood me ha dejado un tanto frío, pese al subidón de temperatura del poderoso final.

La película dura 161 minutos, quizás demasiado larga (a mi gusto) para lo que cuenta. El problema no es la duración per se, porque me encantan las pelis de tres horas de duración que se pasan en un suspiro, sino que mis pegas van dirigidas a lo insustancial e irrelevante para la trama de buena parte de esos minutos. Da la impresión de que Tarantino quiere meter todo su mundo en el metraje: los wéstern (Django, Los odiosos ocho), Steve McQueen y los nazis (Malditos bastardos), la serie B (Abierto hasta el amanecer), el Hollywood de los sesenta (Pulp Fiction), los especialistas y los coches (Death Proof), las drogas blandas y las adicciones (Pulp Fiction, Jackie Brown), las artes marciales (Kill Bill), la gente pasada de vueltas, su fetichismo hacia los pies (en todas ellas), la violencia extrema que no se puede tomar en serio (Reservoir dogs, Amor a quemarropa), sus característicos diálogos, los cigarrillos Red Apple,… Lo mete todo aunque sea con calzador.

Al terminar la peli, me quedé: “¿y bien, te ha gustado?”. Pues sí, claro que sí, pero… con varios peros. No tiene tantas escenas memorables, de esas que quedan en el recuerdo como sus anteriores obras. Basta que diga la oreja, la jeringuilla, el ametrallamiento, la esvástica o la katana para que sepamos en qué película estoy pensando. Apenas tiene dos personajes inolvidables, Rick Dalton (Leonardo di Caprio) y Cliff Booth (Brad Pitt), pero no sé si perdurarán en el recuerdo como Jackie Brown, la Novia Beatrix Kiddo, Bill, el coronel Hans Landa, el señor Lobo, Marsellus Wallace, Vincent Vega, Jules, Butch, Django, Shoshanna o cualquiera de los matones de la banda de Reservoir dogs.

Once Personajes de Tarantino 2

Algunos diálogos están estirados en exceso, como ya le ocurría en Death Proof y en Los odiosos ocho, y aunque habrá quien piense que es un sacrilegio lo que voy a decir, creo que le falta trabajo de montaje. De recorte. Cuando comenzó su carrera y reventó la taquilla con Pulp Fiction, se vio que era un tipo repleto de ideas en la cabeza, posiblemente mejor guionista que director. Sus diálogos eran ingeniosos, tenían una chispa especial y no sobraban en la trama. Podían no aportar a la historia principal, pero servían para hacernos una idea de los personajes. En Érase una vez el trabajo del Tarantino director está varios cuerpos por encima de la labor de Tarantino guionista. Tiene planos de gran belleza, una cámara que se mueve con suavidad por Los Ángeles, de los chaletazos de Cielo Drive a los decorados de Hollywood, y se muestra sobrio y contenido en todo momento. Bueno, durante casi todo el metraje, porque se suelta en esos minutos finales que nos hacen recordar el Tarantino desaforado, el que no se corta un pelo, el que se suelta la melena y desata una apoteosis que nos levanta una sonrisa psicópata similar a la suya.

La valoración global de Érase una vez en… Hollywood es positiva, como casi siempre con este director, pero añoro al Tarantino ocurrente más que al friki de la serie B, al que inventa personajes inolvidables y los suelta en escenarios imprevisibles más que al chalado que ha visto millones de minutos de pelis infames y los rescata, dignifica y nos planta ante nuestras narices. Quentin Tarantino es un alma libre y supongo que en ese mundo ingobernable de Hollywood será de los pocos directores que logra que nadie le toque un minuto de sus obras. Ha alcanzado ese estatus por méritos propios, pero creo que alguna de sus pelis, como esta última, mejorarían con los consejos de un productor experimentado, o de un colega de profesión que le dijera “hasta aquí está perfecto, Quentin, no le des otra vuelta más a la historia de un personaje italiano de wéstern barato” o “no metas a otro chalado de las artes marciales”.

Todo esto no son más que opiniones de un modesto aficionado, pero creo que esta película mejoraría mucho con media hora menos de metraje. El rodaje del wéstern, la previa a la actuación con la niña, Margot Robbie/Sharon Tate en el cine, la escena de Bruce Dern… hay varios sitios en los que se podría recortar sin que el conjunto se resintiera. Incluso la escena de La gran evasión, por mucho que me divirtió ver a Di Caprio en uno de mis clásicos favoritos de todos los tiempos.

Martin Scorsese es un grandísimo director y urdidor de historias, pero nunca ha negado la importancia en el resultado final de sus trabajos de su montadora desde hace cuarenta años, Thelma Schoonmaker. Aunque el trabajo de recorte que menciono es más de la fase previa de elaboración del guion que del montaje final, Quentin podría estrenar obras maestras de dos horas o poco más, y dejar todo ese material friki adicional para las versiones extendidas de los DVD o BluRay.

Once personajes de Tarantino

Esta es la novena película de Quentin Tarantino, considerando que los dos volúmenes de Kill Bill “cuentan como una sola” en palabras del propio director, y como este ha expresado en repetidas ocasiones que solo va a hacer diez películas a lo largo de su carrera, nos queda disfrutar su última y definitiva gran obra. Tengo dudas de que lo cumpla, porque se le ve con ganas de contar muchas cosas, de vomitar todo el cine que tiene dentro de la mollera, y todo eso no le va a caber en menos de ¿tres, cuatro, catorce horas de grabación?

El cine de Tarantino no deja indiferente a nadie, todos tenemos nuestras preferencias, nuestras filias y seguro que algunas fobias. Resulta difícil ponernos de acuerdo en qué nos gusta o disgusta más. A raíz del estreno de Érase una vez en… Hollywood, leí un artículo que ordenaba sus películas de peor a mejor, y no puedo estar más en desacuerdo con la lista, me pareció una coña, así que he hecho lo mismo y he pedido a varios amigos que realicen su propia lista. Este es el resultado de mi miniencuesta, con la propuesta de Espinof, las de iMDb y Filmaffinity, la opinión siempre acertada de mis colegas, la de este bloguero (en otro color) y la media de todas nuestras votaciones:

Pelis Tarantino Ordenadas

Me congratula ver a Pulp Fiction en cabeza y a Death Proof en el último lugar. No debí ser el único que se aburrió como una ostra. Lo mejor de Tarantino para los aficionados estuvo en sus primeros años y esta última obra, de momento y a falta de reposo, no la hemos elegido entre sus trabajos más afortunados. Sabiendo que no leerá jamás este post, le animamos a que siga más allá de la decena, por mucho tiempo. Con una potente banda sonora de fondo.

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Richard Curtis y la delgadísima línea del buenismo, por Travis

Z Yesterday

Yesterday (2019), escrita por Richard Curtis y dirigida por Danny Boyle, parte de una premisa delirante: ¿qué pasaría si los Beatles no hubieran existido nunca y solo un músico aficionado recordara sus canciones en ese mundo alternativo? Pues partiendo de este punto absurdo, totalmente inverosímil y lejano para los que buscan realismo o credibilidad en una historia, el guionista Richard Curtis es capaz de inventar una historia que nos mantiene con una sonrisa en la boca durante la mayor parte del metraje.

La película no es ninguna obra maestra, ni mucho menos, pero resulta agradable de ver, entretiene y además te regala un montón de temazos de los cuatro de Liverpool, así que sales de la sala con tu pareja con ganas de tomar una cerveza o un vino blanco, una cena ligera y ver si la noche acaba con la misma sonrisa boba. Como en Estados Unidos se etiqueta todo, he descubierto que este género de películas recibe la denominación de feel-good movies. Películas que te hacen sentir bien o que provocan buenos sentimientos.

Richard Curtis es un guionista al que sigo la pista desde hace décadas porque sus historias te llevan precisamente a ese punto de satisfacción, necesario en ocasiones tras alternar con Tarantinos, Jokers y asesinos en serie. Nació en Nueva Zelanda y debido al trabajo de su padre pasó su infancia en países como Suecia o Filipinas, hasta que se estableció de manera definitiva en Inglaterra con 11 años. Estudió Lengua y Literatura Inglesa en Oxford, donde conoció ni más ni menos que a Rowan Atkinson, estudiante de ingeniería eléctrica por aquel entonces y hoy más conocido como Mr. Bean. Entre ambos escribieron La víbora negra en 1983, una comedia producida por la BBC que tuvo cierto éxito.

 

Su primer gran éxito le llegó con esa comedia de 1994 sobre un grupo de amigos que se juntan en bodas, tienen sus ligoteos, amores no correspondidos, meteduras de pata y alguna historia gay que desconocían: Cuatro bodas y un funeral. Es una película amable que se ve con agrado, excepto por los tartamudeos de Hugh Grant al enamorarse de la norteamericana Andie MacDowell. Poco después, escribió el guion de Bean para su colega Atkinson y repitió la fórmula de Cuatro bodas en Notting Hill (1998): la americana de la que se enamora el británico tartamudo (Julia Roberts), el grupo de amigos con sus rarezas, la mujer desvalida que resulta entrañable o el personaje histriónico pasado de vueltas. Son películas en las que todos los personajes tienen un marcado carácter de bondad o ternura, no hay lugar para la mala leche y mucho menos para la violencia. Existe una delgada línea en las feel-good movies que si se traspasa convierten las mismas directamente en pelis moñas, cargantes, insoportables por momentos. La línea es delgadísima y según te acercas puedes encontrar un inmenso peliculón (Atrapado en el tiempo, Forrest Gump, El show de Truman), o traspasarla y toparte con una moñada cursi y en algunos casos repelente (The holiday, Mientras dormías, Te puede pasar a ti, Algo para recordar). Porque no es lo mismo ser sensible que sensiblero, bueno que buenista o romántico que moñas.

 

Richard Curtis se estrenó como director en 2003 con una obra que se sitúa directamente sobre la delgada línea roja: Love Actually. Trata una docena de historias de amor que se desarrollan muy cerca de la Navidad: amores imposibles, amores no correspondidos, tensiones sexuales no resueltas entre compañeros de trabajo, amoríos fugaces, duraderos, de todas las edades y de todos los tipos. Sus personajes se cruzan, se entrelazan, se relacionan y todo fluye con naturalidad en un guion muy trabajado de principio a fin. Pero aunque algunas de estas historias traspasan por momentos la línea y te provocan directamente arcadas, el conjunto se ha convertido en uno de esos clásicos imprescindibles de la época navideña que se ve con agrado.

Bordear la línea del buenismo y el sentimentalismo es un ejercicio arriesgado que requiere de la complicidad del espectador. Y de la mano firme y sabia del director. Si el espectador suelta “¡venga ya!, ¿que los Beatles nunca existieron?, menuda chorrada”, o “¡qué tontería!, un tipo viviendo el mismo día cien mil veces”, o “viviendo en un programa de televisión, ¡bah!”, en ese momento todo en la película resulta desdeñable. Si no te subes al carro que te propone el director, el resto de la película se convierte en insoportable. Como los musicales.

“¿De qué coño va esto? ¿De unos tíos de una familia que se meten en un armario y viajan hacia atrás en el tiempo? ¡Buffff, qué chorrada!”. Pues de esa premisa tan chorra surgió la maravillosa Una cuestión de tiempo, una de esas pelis que consigue engancharme cada vez que la veo. Es una feel-good movie de manual, una exaltación de la amistad y la familia con personajes entrañables, una norteamericana (otra vez) de la que enamorarse perdidamente, Rachel McAdams, con (otra vez) la hermana del protagonista como una mujer débil y tierna, y un personaje directamente tarado, pero es una gran película. Escrita y dirigida, cómo no, por Richard Curtis en 2013.

 

Como ya expresé en este mismo foro hace tiempo en la Carta de amor de un cinéfago, el discurso final del pelirrojo (Domnhall Gleeson), con la voz en off, podría haberlo escrito yo mismo. De tener el talento de Richard Curtis, por supuesto:

“Todos viajamos a través del tiempo juntos, cada día de nuestras vidas. Solo podemos esforzarnos por disfrutar de este notable viaje”.

“La verdad es que ya no viajo, ni siquiera para revivir un día. Trato de vivir cada día como si hubiera decidido volver a ese día, de disfrutarlo como si fuera el último día entero de mi extraordinaria vida ordinaria”.

La misma línea del buenismo, la peligrosa raya en la que solo los maestros saben moverse, es la que nos propone el viaje al cielo al que se supone que solo van las almas bondadosas que han poblado la tierra. Como no lo hagan bien, director y guionista se caen con todo el equipo.

Qué bello es vivir (1946) comienza de un modo muy arriesgado: muestra a Dios en forma de estrella hablando con un ángel al que encarga la misión de bajar a la tierra para ayudar a George Bailey. Si el espectador rechaza esos tres primeros minutos de película, no hay más que hacer, adiós muy buenas. Pero a los mandos estaba Frank Capra y la película se convierte en una obra maestra absoluta, de principio a fin. El gran clásico de las navidades pasadas, presentes y futuras.

 

Por el contrario, del mismo 1946 es A vida o muerte, Stairway to Heaven en el original o Escalera al cielo en Sudamérica. Escrita y dirigida por Michael Powell y Emeric Pressburger, protagonizada por David Niven y Kim Hunter, nada hacía presagiar que me resultara tan infumable. Quizás porque no entré en el juego que plantea la historia desde los primeros minutos: un piloto que tenía que haber fallecido en accidente, pero se debate entre la vida y la muerte en la cama de un hospital, mientras en el cielo se realiza un juicio para ver si sube la escalera o se queda en la tierra.

Lo normal es que estas películas traspasen la delgada línea de la sensiblería, como el pastelón espantoso Más allá de los sueños, con Robin Williams. Para mi gusto Ghost se queda en el borde, aunque cada vez que sale Whoopi Goldberg cae al abismo tenebroso de la cursilería y el ridículo. Se me ocurre salvar de la quema El cielo puede esperar, de Warren Beatty, o no tomarme en serio Como Dios, o Sigo como Dios, con ese Dios cachondo interpretado por Morgan Freeman.

Cualquiera que siga este blog sabrá qué tipo de películas me suelen gustar. No le hago ascos a las feel-good movies. El mundo está repleto de buena gente, pero también de hijos de puta sin escrúpulos. En mi caso, me gusta rodearme de buena gente, del mismo modo que como contrapartida, en pantalla me encanta ver a hijos de puta sin escrúpulos.

Solaris, por Travis

“Una cinta de ciencia-ficción visionaria que nos embarca en un profundo viaje, tanto al espacio exterior como al interior”. Michael Wilmington, del Chicago Tribune.

Hace casi dos meses, en el post que dediqué al cine ruso y especialmente al papel de los rusos en el cine, prometí que hablaría de Solaris, la obra del director soviético Andrei Tarkovsky basada en la novela del polaco Stanislaw Lem. Fue rodada en 1972 y tras su paso por Cannes se convirtió en la típica cinta de culto que recibe el respaldo unánime (y acrítico) de la prensa especializada. Recuerdo haberla visto entre grandes bostezos hace décadas, cuando apenas cumplía los veinte y pasaba esa etapa gafapasta de mi vida en la que intentaba ver todo lo que los sesudos críticos oficiales consideraban “imprescindible”. Cuando decidí destripar la peli este verano, quise volver a verla para comprobar si en aquel momento cuasiadolescente no tenía la madurez suficiente para juzgarla y ahora en cambio, bordeando la cincuentena, poseía el grado de discernimiento necesario para saborear “…una obra cinematográfica fascinante. Es también una reflexión sobre la humanidad, el amor y la naturaleza desconocida del universo”. Palabra de Jamie Russell, de la BBC.

Para los amantes de esta obra de Tarkovsky o para los curiosos a los que les apetezca verla después de mi valoración, les indico que es muy fácil de encontrar en versión original y con subtítulos:

“Ah, coño, es cortita, solo una hora y dieciséis minutos”, pensará algún incauto. No, amigo, esa es solo la primera parte. Aquí te dejo el enlace para la segunda:

Dos horas y cuarenta minutos. Por esa razón el crítico de The New York Times Richard Eder afirma que “el resultado exige verla activamente y poner esfuerzo. Pero si se hace, el resultado es extraordinario como recompensa”. Me quedo con la primera frase. Puse el esfuerzo, la mejor intención, y escuché activamente los primeros tres minutos de música de Edward Artemiu. “Bien, vamos muy bien”. Luego contemplé con expectación el primer minuto de hojas sobre el lago con la misma atención con la que miraba el aparcamiento del coche sobre las cagadas de perro en la Roma de Cuarón. Pero respecto a la segunda frase de Richard Eder, aún sigo esperando mi recompensa, o al menos alcanzar la madurez suficiente para disfrutar esa “extraña, lenta, pero absorbente parábola sobre la vida y el amor en forma de un tema de ciencia ficción” (Variety). Casi dos meses he tardado en encontrar las ganas y los huecos entre sueños para rematar el visionado.

Solaris 3

Trataré de ser respetuoso con el autor y con todos los críticos que tanto la aprecian, así que diré con toda la educación y cordialidad que soy capaz de reunir que… redoble de tambores… Solaris me parece un truñaco sobrevalorado, repleta de momentos pseudointelectualoides que bordean el ridículo, con unos efectos especiales inexistentes y una trama interior de sus protagonistas de una simpleza pasmosa, que cuesta entender cómo para la crítica se convierte en una reflexión profunda sobre “la muerte y el renacimiento, el paraíso perdido de la infancia, el poder del arte para definir la identidad, la amenaza de la ciencia como vanidad destructiva” (Richard Brody, The New Yorker).

El argumento de Solaris es sencillo: un psicólogo llamado Kris Kelvin, no un astronauta profesional, ni un ingeniero o un médico, ni siquiera un científico avezado en experimentos termonucleares cósmicos interplanetarios, un psicólogo, decía, es enviado a la estación soviética en el planeta Solaris, un lugar formado por un océano, nubes, gases y poco más.

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Antes de emprender viaje, Kris se pasa el último día en la Tierra con sus padres, un señor mayor con chaleco, bigote y aires de abuelo de Heidi, y una señora cuyo papel parece interpretado por Eusebio Poncela con peluca.

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En la preciosa casa de sus padres junto a un lago (lago que da, por supuesto, para hermosos planos de dos minutos de las flores y plantas bajo -en, entre, sobre, tras y demás proposiciones- el lago), se encuentra también un antiguo astronauta que visitó la estación espacial hace tiempo y se quedó un poco tocado, un tal Berton, quien afirma que vio a un niño de cuatro metros caminando hacia él.

De verdad que intenté encontrar el simbolismo al niño con problemas de gigantismo que flotaba sobre las aguas, pero mi escepticismo era mayor aún que el de los responsables de la agencia espacial rusa, así que al igual que ellos lo achaqué a un estrés traumático o a un episodio de locura temporal.

Berton se enfada con Kelvin y se marcha a la ciudad en un plano que dura casi cinco minutos de reloj. Cinco putos minutos de mi vida viendo un túnel, una carretera, otro túnel, el careto de Berton montado sobre un Lada supuestamente futurista (¡un Lada!) y llegando a una ciudad nada moderna de noche, con las luces de los edificios encendidas. Supongo que el director quería transmitirnos la idea del caos de la gran ciudad frente a la quietud y la calma de las aguas de Solaris.

Tarkovsky consideraba que la ciencia ficción que se rodaba en Occidente era demasiado superficial y su manera de parecer profundo consistió en rodar planos interminables de la superficie del océano de Solaris, a veces entrelazados con otros de nubes en movimiento. Resulta de una profundidad sublime, cómo no, que eso nos dice la crítica especializada.

Dos minutos en blanco y negro, otros dos en color durante el trayecto del coche. Kelvin en la quietud del bosque y en una elipsis mágica comparable a la de 2001, Una odisea en el espacio, el firmamento y luego un plano corto de Kelvin diciendo “¡perdemos estabilidad!”, momento en el que llegan los maravillosos efectos especiales consistentes en mover la cámara a izquierda y derecha.

Solaris 5

Ninguno de los tres habitantes de la estación recibe a Kelvin cuando este llega a Solaris, el cual llega con la misma pasmosa mirada del que entra en un bar sin gente: “vaya, pues esperaba un fiestón y esto es un muermo…” Al poco tiempo se entera de que uno de los tres astronautas, Gibarian, precisamente el que era su amigo, se había suicidado, y los otros dos, Snaut y Sartorius (no sabemos si de nombre Nicolás), están como un cencerro. Los pasillos de la nave están medio abandonados, repletos de trastos, cables, chispas, basura y luces. Creo sinceramente que pudo servir de inspiración para la MIR de Armageddon, ¡ja, ja, ja, matadme, puristas tarkovskianos!

Solaris 4B

Tras ver el vídeo de Gibarian justo antes de suicidarse, Tarkovsky nos regala un minuto entero de Kelvin durmiendo en su cómoda celda espacial, minuto del que despierta y se encuentra con una mujer con bigotillo (de hecho se lo mesa de modo sensual) a los pies de la cama, vestida de “fiesta cutre de disfraces medievales”. La mujer se mete en su cama y descubrimos que es Hary, su mujer fallecida diez años atrás, la misma que aparecía en un retrato en la casa de los padres. Kelvin se asusta, porque evidentemente su mujer murió, así que no se le ocurre otra cosa que meterla en un cohete espacial y lanzarla a tomar viento, helio, o lo que se respirara en esa atmósfera extraña. Kelvin es tan torpe y tan poco astronauta que se chamusca todo enterito con el fuego del cohete. Quizás sea otro símbolo del autor acerca de lo quemado que llegó a estar Kelvin de su mujer. Quizás sea eso, a lo mejor no lo entendí a la primera.

Para su sorpresa, al día siguiente Hary vuelve a aparecer ante sus ojos, porque “la dualidad está presente en cada idea y en cada emoción, sin poder separar lo positivo de lo negativo, formando un todo trágico”, según Adrián Massanet, de Espinof. Vale, puesto que esta es una historia de amor introspectiva y hay que buscar en el interior la aventura que no ofrece el exterior, Kelvin hace lo que sus instintos le indican: echar un polvo, revivir su historia con aquella mujer que no era feliz con él y que en su depresión se quitó de en medio. Otra que se suicidó, que visto el número de personajes y de suicidios de la película, cualquiera pensaría que los rusos tienen una solución fácil y rápida para prevenir la superpoblación.

Solaris 7

En otro de los momentos simbólicos del filme cuyo significado mi mente ignorante no captó, vemos una especie de condón gigante hinchado en el suelo, quizás como un aviso a Kelvin para que evite la reproducción con un ser que claramente no es humano. Sí, Hary, su mujer doble o triplemente fallecida, tiene aspecto humano, está como un cencerro y tiene su morbo en alguna escena, pero no es humana por el cariño con el que trata a Kelvin pese a que intentara deshacerse de ella en varias ocasiones.

Solaris 6

La gracia del argumento es que se supone que el planeta es el que genera personajes como el de Hary a partir de nuestros recuerdos, como si se creara una especie de conexión neuronal entre los habitantes de la nave y la superficie del océano. De ahí que desde la nave se lancen ondas cerebrales al planeta con la esperanza de que dejen de crearse esos recuerdos perturbadores (que alguien me explique el enano que guarda Sartorius en su laboratorio).

El despropósito argumental continúa con la fiesta de cumpleaños más tétrica de la historia, en la que nadie sonríe, leen unos párrafos del Quijote y hablan de “los treinta segundos de ingravidez” como si fuera algo emocionante. Tras  la fiesta, como una rutina ya incorporada a su quehacer diario, Hary se suicida de nuevo ingiriendo un tubo de oxígeno líquido. Pero en esa enorme metáfora de la inmortalidad y el cariño infinito, resucita a los pocos minutos. No sé si la cara de Kelvin es de alivio o de hastío, como si dijera: “¿otra vez me vas a montar el numerito, guapa?”

Cuando ya llevas más de dos horas y tus ojos se sujetan con palillos llegan los mejores diálogos de la película para mi gusto, aquellos en los que hablan de la felicidad, de cómo los seres más felices son los que no se preguntan por el sentido de la vida, todo ello en un plano en el que Tarkovsky se recrea en los pelos de la oreja derecha de Snaut. “Conocer el final de nuestra existencia es peor para la felicidad”, o algo de tamaña complejidad creo que afirma.

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Kelvin sueña con su madre siendo joven y vestida como la selección de Croacia, y cuando despierta se entera de que por fin se ha deshecho de Hary, que desaparece de la nave, pero tiene el detalle de dejarle una carta de despedida. Su mayor dilema a partir de ese momento consistirá en decidir si vuelve a la Tierra o permanece en Solaris para vivir con el recuerdo de su esposa o con la esperanza de su vuelta. Porque ya hemos visto que esta mujer, terca es un rato.

Volvemos a la casa de los padres junto al lago, pero, oh, grandiosa sorpresa final, cuando Kelvin observa desde la ventana que el padre se moja el chaleco por una gotera inmensa en el centro del salón mientras trata de salvar los libros, que digo yo que podía arreglar ese goterón con un poco de cemento cola o llamando a un escayolista, o al menos podía no ponerse justo debajo del agua (perdón, que me voy del tema), la cámara se aleja, asciende y comprobamos que realmente la casa yace en una isla que no es más que un recuerdo establecido en Solaris, oh, momento poético final, oh, bálsamo consolador del alma atormentada de Kris Kelvin.

FIN

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Parece clara mi opinión, pero qué sabré yo. Solaris alcanza un 8,1 en Imdb, un 7,6 en Filmaffinity y está en el top-10 de películas de ciencia ficción para The Guardian, pero para mí ha sido todo un ejercicio introspectivo de compostura, paciencia y autoflagelación. Treinta años después, en 2002, Steven Soderbergh rodó un remake de Solaris con George Clooney y Natasha MacElhone. No la he visto porque dicen que la buena, buena, rebuena, obrísima maestra, es la de Tarkovsky.

 

 

La gran evasión, por Travis

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Siempre me han gustado las películas de fugas. Quizás se deba a que lo más preciado que le puedes quitar a una persona, después de la vida, es su libertad. Privándole de ella le estás alejando de su familia, de sus amigos, de su carrera profesional, sus aficiones, de todo lo que le hacen ser persona. Será por eso que en pocos géneros como el carcelario (ojo, que no incluyo en este género a La gran evasión) tiendes a empatizar con el protagonista que intenta fugarse, deseas que logre su objetivo con sus mismos anhelos, y eso no siempre ocurre en el cine.

En el fondo me da igual si el preso es inocente o culpable. Para mí lo de menos es si Andy Dufresne (Cadena perpetua) se cargó o no a su mujer, o la gravedad del delito de su amigo Red (Morgan Freeman), lo que quiero es que salgan y que el alcaide reciba su merecido. No me importa lo que hicieran Clint Eastwood y sus compañeros de la Fuga de Alcatraz, o Steve McQueen (¡grande Steve!) antes de ser confinado en la terrible Isla del Diablo de Papillon, o el Burt Lancaster que se convirtiera en el inolvidable ornitólogo de El hombre de Alcatraz, o incluso los cabronazos de Con-Air o Stallone en Encerrado, algo tiene el cine de prisiones que hace que te pongas del lado del reo.

En el caso de La gran evasión (1963), como en casi todas las pelis ambientadas en la Segunda Guerra Mundial, vamos a la fuerza con los aliados y en contra de los nazis. La gran evasión nunca figura en la lista de las 10 o incluso 100 mejores películas de la historia, pero yo sí la incluyo entre mis 10 favoritas y de hecho la incluí en aquel lejano listado de pelis favoritas. Puro cine, ritmo vibrante que no decae ni uno solo de sus 172 minutos de duración.

La gran evasión 5Los aliados intentarán fugarse de mil maneras diferentes del campo de prisioneros de guerra Stalag Luft III, ubicado en lo que hoy es Polonia, un campo con la máxima seguridad en el que se trata a los oficiales con cierta deferencia y respeto. La película me gustaba tanto, la había visto tantas veces, que un día encontré en una librería un libro de Tim Carroll con el mismo título y me lancé a comprarlo sin pensar en nada más.

El libro narra cómo fue la fuga de 76 prisioneros del campo, desmitifica un tanto lo contado en la película y explica las diferencias entre la historia real y lo que se cuenta en el filme de Sturges, como que no había americanos en el campo, ni prisioneros que intentaran escapar en moto, o hechos contrastables como que era la Luftwaffe la que gestionaba el campo y trataba a los oficiales con gran camaradería. Incluso durante los primeros años les permitían comer en ocasiones con los mandos del campo o pasear por el bosque cercano, hasta que el número de prisioneros creció (aumentó por encima de los diez mil) y tuvieron que empeorar sus condiciones juntándolos con soldados que no eran oficiales.

Aun así, el libro resulta igual de apasionante que el filme de John Sturges, tanto que un día estaba terminando uno de los capítulos cercanos al momento de la fuga y no podía dejarlo, así que llegué tarde a mi cita. Te engancha, lo mismo que pasa con la película. Una vez que empiezas con la mítica banda sonora de Elmer Bernstein no puedes dejar de verla. Igual que si un día descubro a mitad del metraje que la están poniendo en cualquier cadena, me quedo hasta el final por muy bien que conozca el desenlace. Y siempre pienso que el día que en las escuelas de cine expliquen el ritmo cinematográfico tienen que emitir esta cinta.

La magistral dirección de John Sturges se apoya en un guion perfecto de James Clavell y W.R. Burnett, y en un reparto coral en el que todos están inmensos. Todos. Solo hombres,  por cierto (¿cómo meteríamos aquí la imposición Rider, amiga Frances?). El que menos me gusta es precisamente el gran cerebro de la fuga, el comandante Bartlett (Richard Attenborough), quien sin embargo tiene una de las grandes secuencias de la cinta al caer en el mismo error del idioma en el que insistía a sus compañeros de fuga que no cayeran, lo que desbarata su plan.

grande evasion

El teniente Hendley (James Garner) es el “conseguidor”, el denominado “proveedor” de las necesidades de los prisioneros en los diversos planes de fuga, un tipo de dedos rápidos capaz de birlarle la cartera a un alemán, y con el corazón suficiente como para convertirse en los ojos de su compañero de celda, el oficial Blythe (Donald Pleasance), al que insiste en llevar a la fuga a pesar de su limitación física, la progresiva pérdida de visión.

James Coburn interpreta al “fabricante” australiano Sedgwick, un individuo con la imaginación suficiente para convertir las latas en ruedas, los tablones de las literas en el soporte del túnel o las mantas en abrigos.

La gran evasión 3Como ya conté en este mismo blog, el personaje de Charles Bronson, Danny Velinski, tenía algo en común con su vida real, pues se trata del “gran excavador” con problemas de claustrofobia. Lo mismo que le ocurría al actor antes de serlo, durante su época de minero.

Y por encima de todos ellos, mi favorito en una de mis películas favoritas de siempre: el gran Steve McQueen como el oficial Hilts. El infatigable escapista, el hombre del guante y la pelota de béisbol jugando rítmicamente en la “neverra” en la que es confinado cada vez que le atrapan. Si alguien me preguntara por uno de mis primeros recuerdos de cine estaría el salto en moto de McQueen sobre la primera de las vallas que delimitan la frontera. Su imagen icónica a lomos de una Triumph es la que forzosamente debía encabezar este post. Y si esto no fuera un texto escrito, sino un podcast, no faltaría el “guau” que profiere al probar el fortísimo licor de patata que destila clandestinamente en uno de los barracones junto con James Garner.

La gran evasión 4

Si alguno de los lectores no la ha visto, que no pierda un segundo y la busque, es una puñetera maravilla. Y además de todo lo dicho, dirección, ritmo, guion sólido y repleto de aciertos, una música maravillosa totalmente acorde con el ritmo y la acción, actores míticos en los papeles de sus vidas,… además de todo eso, tres nombres para la historia: Tom, Dick y Harry. Aunque el libro explica las diferencias con la película, los tres nombres escogidos para los túneles existieron en la vida real. “Menos mal”, pensé, “que nadie me eche abajo este mito”.

Para el que quiera conocer más datos de la historia real, La2 emitió un documental de National Geographic, que he sido capaz de encontrar:

Enlace a la primera parte.

Enlace a la segunda parte.

¿Que por qué me ha venido a la cabeza hoy hablar de esta película? Porque el amigo Athos Dumas escribió ayer sobre ella en La Galerna y me dio pura y sana envidia. Recomiendo su artículo.

La gran evasión es puro cine, pero en realidad es el cine nuestra gran evasión.

Prohibamos Verano Azul, por Travis

Verano Azul 4

Tenía que llegar, era cuestión de tiempo. Como le pasó a los clásicos de Disney, las películas de Woody Allen o los anuncios de brandy Soberano, las brigadas censoras han tenido a bien considerar que le ha llegado el turno a Verano Azul.

Televisión Española ha comenzado a reponer por enésima vez la mítica serie de Antonio Mercero con la que disfrutamos los de mi generación, y a un señor llamado Jesús Arroyo, que se autodefine como “Consultor de estrategia, posverdad y control de la opinión pública” se le ocurrió la broma o el experimento de criticar a la televisión pública por reponer una serie en la que se hacía parodia de un personaje como el “Piraña”, “un chaval con desorden alimentario” que provocaba “las risas de sus compañeros”. Lo ligaba luego a noticias sobre la obesidad de los niños españoles, la mayor de Europa, y ya teníamos montado el festival de la estupidez.

 

Siguió con las críticas a la serie por el personaje de Pancho, un chaval moreno con “rasgos latinos”, quien según el mismo consultor “dio origen al diminutivo usado hoy día de manera tan despectiva en nuestro país”. Lo primero que pensé es que tenía que ser una broma. “Es imposible que lleguemos a esto”, como confirmó unos días después el propio autor de la broma en un programa de televisión. Menos mal, pero pensé que podía ser real tras leer los comentarios de esa horda enfurecida de “ofendidos por todo” que puebla las redes sociales, abandera cualquier causa con vehemencia y empuña las antorchas para quemar en la hoguera al que ose contradecirle. Amplificaron la broma sin saber que lo era, la retuitearon y difundieron con argumentos peregrinos porque esa era la nueva cruzada: los “terribles estereotipos” de Verano Azul.

Verano Azul 2

Y pasó por real porque por desgracia nos estamos acostumbrando a que todo lo que vemos, escuchamos o leemos en la actualidad, da igual cuando haya sido escrito, se juzgue con el prisma de los ofendiditos y las brigadas censoras de hoy en día. Censoras e infantiles hasta el punto de que hemos normalizado escuchar situaciones que hace pocos años tomaríamos como ridículas. Y no nos descojonamos de estos titulares porque hay gente que se toma su reivindicación muy en serio:

El país debe de ir bien cuando estos son los temas que preocupan. Lo triste es el nivel de estupidez social en el que nos movemos, así que entra dentro de lo lógico para esos cerebros privilegiados que se prohíba todo aquello que les ofende o que ellos pueden imaginar que ofende a algún colectivo. ¿Que algo no me gusta? Que se prohíba. Ya tuvimos la polémica hace unos meses con la palabra “mariconez” en Operación Triunfo, y cómo unos chavales que no llegaban ni a los veinte años pretendían cambiar la letra de una canción escrita antes de que ellos nacieran. Como escribió Lester, verás cuando descubran Siniestro tOTal.

Como no podía ser de otro modo, las brigadas censoras son terriblemente activas en todo lo relacionado con el cine y las series de televisión. Recientemente leímos que los personajes de las series de Netflix no van a fumar. En Cuéntame se pasan todas las escenas fumando, incluso de modo forzado, porque es lo que ocurría en la España de los ochenta y noventa, te guste o no te guste. Hoy te llama la atención ver a un médico fumando en un hospital, aunque sea en una serie ambientada en los ochenta y primeros noventa, pero en aquellos años ocurría con frecuencia. Este tipo de ficción busca el realismo, la verosimilitud. Y sí, joder, Antonio Alcántara es un machista integral y alguno de los padres de Verano Azul le mete un guantazo a uno de sus hijos que hoy en día nos espanta. Esas cosas ocurrían y no por prohibirlas ahora vas a cambiar la realidad pasada.

Antonio Alcántara

Vamos a llegar al absurdo de que un personaje va a poder descerrajarle un tiro en la frente a otro, pero no podrá fumarse un cigarrillo después. Posiblemente lo peor no sea esto, sino que sospecho que esto de Netflix y el tabaco no es la primera cruzada ni será la última. Lo siguiente será que sus personajes no beban alcohol y luego se harán veganos, y montarán en bici para perseguir a los delincuentes sin dañar el medio ambiente. Es más, los malos serán malos no solo porque secuestren y asesinen, sino porque comerán hamburguesas de vacuno con huevos de gallinas infelices y conducirán coches de potente cilindrada mientras la policía intenta atraparles en vehículos ecológicos mascando una zanahoria cultivada en un huerto ecológico.

La primera vez que escuché este tipo de censuras fue tras ver Instinto básico y leer que algún colectivo gay de Estados Unidos la consideraba ofensiva porque la asesina era bisexual: “…desató las iras de los grupos gay, que utilizaron la película como un ejemplo del despecho con el que el cine retrata a los homosexuales”. Hace ya casi treinta años de aquello y lo que pensé que era una gilipollez supina ha ido creciendo hasta alcanzar el nivel actual. Y cuidado si te sales de la moda imperante.

El nivel de estulticia general ha alcanzado ya profundas cotas en temas sociales, lingüísticos, musicales o identitarios, pero al menos podíamos refugiarnos en las series y el cine para ver una buena historia ajustada a la realidad o si no al menos, a lo que el público demandaba. Pues va a ser que no, que también hay que cambiar los guiones y las tramas para adecuarnos a lo políticamente correcto. A por el tabaco, a por el micromachismo, a por los que mantienen los estereotipos, a evitar los asesinos de color negro, ¿has dicho negro?, ¡se dice afroamericano! La reacción de estos lobbies censores recuerda a la del público de los Dos Minutos de Odio en 1984, de Orwell:

“Antes de que el Odio hubiera durado treinta segundos, la mitad de los espectadores lanzaban incontenibles exclamaciones de rabia”.

“En su segundo minuto, el odio llegó al frenesí. Los espectadores saltaban y gritaban enfurecidos tratando de apagar con sus gritos la perforante voz que salía de la pantalla”.

“Lo horrible de los Dos Minutos de Odio no era el que cada uno tuviera que desempeñar allí un papel sino, al contrario, que era absolutamente imposible evitar la participación porque uno era arrastrado irremisiblemente. A los treinta segundos no hacía falta fingir. Un éxtasis de miedo y venganza, un deseo de matar, de torturar, de aplastar rostros con un martillo, parecían recorrer a todos los presentes como una corriente eléctrica convirtiéndole a uno, incluso contra su voluntad, en un loco gesticulador y vociferante”.

Así con todo. A por Woody Allen, que nunca me cayó bien, pues a por él. Pero es que hace treinta años desestimaron el caso, ¡da lo mismo!, a acabar con su carrera. A por Kevin Spacey, que hay un chico que dice que no sé qué, ¡pues a por él, para qué esperar a juicio! ¡A por James Franco!, pero si ninguna denuncia ha pasado del anonimato, ¡a por Morgan Freeman!, aunque para ello haya que hacer un montaje del que luego se desdigan las supuestas denunciantes. Veremos qué pasa con Plácido Domingo. El diario El País se ha sumado a la tendencia e invitaba a sus lectores a que contaran posibles abusos sexuales de los que tuvieran conocimiento. ¡Para qué acudir a los tribunales de justicia si se puede ajusticiar a la persona en los medios, con o sin pruebas! Han retirado la publicación, pero me guardé el pantallazo:

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La pena de todo esto es que parece que los censores están encontrando seguidores y además hacen mucho ruido. En la entrega de los Óscar de hace dos años, Frances MacDormand pidió/exigió con tono crispado a todos los actores y actrices de Hollywood que solo aceptaran papeles en películas que cumplieran la imposición Rider, perdón, la inclusión Rider, y cargó contra todo Hollywood por no obligar a su cumplimiento. ¿Y si hacemos una peli de época ambientada en Castilla en el siglo XIII? Da igual, tú mete un negro, un coreano y un actor trans.

MacDormand Rider

Ya están revisitando letras de canciones y diciendo cuáles se pueden escuchar y cuáles hay que modificar o directamente censurar, al igual que a su autor. Ha ocurrido lo mismo con el cine y las series, veremos cuando les de por leer. Prohibamos Lolita por los abusos del profesor Humbert Humbert sobre su hijastra, prohibamos La Celestina y Romeo y Julieta, porque Romeo y Calixto son unos pederastas que se cepillan a unas pobres adolescentes sometidas a estereotipos machistas y heteropatriarcales. Prohibamos El Quijote porque se mofa de un personaje con trastornos mentales. Prohibamos Los tres mosqueteros porque todos eran hombres blancos, no había mujeres ni afroamericanos entre ellos, y además los tres mosqueteros eran cuatro, lo que podría llevar a confusión a los niños y generarles un trauma. Puede parecer que exagero, pero en Estados Unidos, la cuna de todas estas gilipolleces, han prohibido Las aventuras de Tom Sawyer y Matar a un ruiseñor en algunos estados. Veremos dónde acaba todo esto, pero no me gusta un pelo.

Lo que ocurre ahora ha ocurrido toda la vida. El tonto del pueblo tenía más voz que ninguno y le encantaba proclamar sus chorradas a los cuatro vientos. Lo que ocurre es que ahora al tonto del pueblo le han dado un altavoz, y hay una masa dispuesta a escucharle.

Cara Travis

El cine ruso y los rusos en el cine

Acorazado Potemkin 2

TRAVIS, 17/07/2019

A raíz de la participación de Lester en el maratón de Nueva York hace unos años, nos planteamos hacer un Especial USA en el que cada amiguete trataría su especialidad. Surgieron unos posts interesantes, creo modestamente. En mi caso fue fácil, pues es tal el número de películas ambientadas en Nueva York que incluso tuve que escribir dos partes (el New York real y el imaginado). El reto que ahora se me plantea es hablar del cine ruso, trabajo ímprobo donde los haya, porque a lo largo de mi vida he visto muy pocas películas venidas de Rusia o de la extinta Unión Soviética.

El cine ruso es un gran desconocido para el que esto escribe, y supongo que para muchos de los lectores. Miro en mi perfil de Filmaffinity a ver cuántas soy capaz de recordar y me aparecen solo cuatro películas, una de las cuales ya apareció en mi lista de disaster movies. Me refiero a Soviet, sobre una especie de Rambo soviético que daba más pena que los efectos especiales empleados.

De las otras tres películas, dos fueron dirigidas por Sergei M. Eisenstein, al que muchos consideran el creador del montaje moderno. Las vi hace años, cuando La2 todavía emitía películas mudas en alguno de aquellos fantásticos ciclos de cine, gracias al cual pude ver Intolerancia y El nacimiento de una nación, de D. W. Griffith, La quimera del oro y El chico, de Chaplin, Metrópolis, de Fritz Lang, y las dos del maestro ruso, Octubre y El acorazado Potemkin.

El cine, como el deporte, y sobre todo en determinadas épocas de la historia, ha tenido una carga propagandística importante porque es una de las mejores maneras de transmitir un mensaje a la ciudadanía. Lo utilizaron los americanos, los británicos y los franceses, por supuesto que Hitler y Franco para ensalzar las bondades del régimen y como no podía ser menos, lo emplearon también los rusos para adoctrinar a las masas.

Recuerdo El acorazado Potemkin (1925) como una obra maestra absoluta, sorprendente por el modo de contar la historia, y por la fuerza y expresividad de sus imágenes. Cuenta la historia de los marineros rusos sublevados en 1905, durante la fallida primera revolución rusa contra los zares. El director aprovecha esta historia para hablar de la sublevación de las masas, de la actuación del pueblo unido como un solo hombre enfrentado contra una autoridad cruel e injusta. La escena más famosa es la matanza en la escalinata de Odesa, una sucesión de 150 planos que entremezcla los panorámicos con primeros planos de rostros aterrados, el movimiento acelerado con el pausado, y alarga el tiempo hasta convertir lo que duraría unos segundos en una escena de casi seis minutos de duración.

El hombre sin piernas, el de las muletas, la mujer horrorizada, y por supuesto, el bebé del carrito cayendo por la escalera forman una de las escenas más famosas de la historia del cine. Brian de Palma homenajeó esta escena, carrito de niño incluido, en Los intocables de Eliot Ness, aunque a mí sinceramente no me gustó demasiado, por mucho que la crítica alabara el atrevimiento del director. Me parece que el tiempo de Los intocables está tan estirado y de un modo tan artificial que se ganaron a pulso la parodia genial de Frank Drebin y sus chicos en la tercera entrega de Agárralo como puedas:

La otra película que he visto de Eisenstein es Octubre, finalizada en 1928, un encargo directo del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética para conmemorar los diez años de la revolución. Pese a ser una obra utilizada de modo evidente como propaganda, la versión final sufrió severos cortes por parte del Partido, puesto que Trotski había sido ya purgado por Stalin y se eliminaron todas las referencias a su figura. El montaje inicial de Eisenstein tenía una duración de 150 minutos, pero la versión estrenada se quedó en solo 103. En cualquier caso, es una película muy interesante y al igual que El acorazado, presenta un montaje potente y una serie de imágenes muy poderosas, como el asalto al Palacio de Invierno o el levantamiento del puente sobre el Neva con los cuerpos de los bolcheviques tirados sobre el mismo.

Octubre Eisenstein

Y poco más sé del cine ruso, pensé que Ojos negros (1987) era una película de dicha nacionalidad, porque estaba basada en una serie de relatos de Chejov y fue dirigida por Nikita Mijalkov, pero resulta que es una producción italiana. Es muy recomendable, una historia con Marcello Mastroianni de amores no correspondidos cuyo final no voy a desvelar, pero que te deja con una sensación de “si es que…”, “ay, Marcello,…”, prefiero no contarlo.

A principios de los noventa estuve en Rusia y ya que dediqué hace unos meses un post al doblaje, mencionaré que me sorprendió el modo de doblar películas en este país: una sola voz masculina y monocorde doblaba a todos los personajes. Vi cinco minutos de una peli de Woody Allen, creo que era Maridos y mujeres, y el doblador ruso (sin entonación alguna, sonaba como un interrogador del KGB) mataba cualquier atisbo de arte, entendimiento y disfrute de la obra. Era insoportable, así que la apagué. Según tengo entendido, Rusia ha adoptado muchas de las costumbres occidentales y las películas ahora se doblan de la misma manera que en el resto del mundo.

Peter Ustinov, Charles Bronson, Yul Brynner o Kirk Douglas, el inmortal, tienen antecedentes soviéticos en sus familias, de orígenes rusos, bielorrusos o lituanos, pero sus carreras se desarrollaron en Estados Unidos, como las de los actuales Andrei Konchalovski (Tango y Cash, El tren del infierno) o Timur Bekmambetov (Ben-Hur, Se busca), así que no valen como ejemplos de “cine ruso”.

Imperio romano Bronston

Un caso especial es el de Samuel Bronston, sobrino de León Trotski, nacido como Bronshtein, y famoso en nuestro país por los estudios que montó cerca de Las Rozas para las grandes producciones de Hollywood. Lo curioso de la historia fue el modo de convencer al millonario Du Pont y al régimen franquista para que el primero invirtiera y el segundo autorizara la creación de los estudios de rodaje en esta localidad. La empresa Du Pont vio cómo los beneficios generados por la patente del nylon se quedaban inmovilizados en España debido a una normativa aprobada por el Régimen para evitar la fuga de capitales del país, así que Bronston convenció a sus gestores para que invirtieran esos fondos en una serie de producciones de cine, y convenció también a altos cargos del ministerio para obtener los permisos para la creación de los célebres estudios que atraerían capital extranjero.

Bronston Pekín

Gracias a Bronston, Las Rozas se convirtió en Pekín, en la antigua Roma o Jerusalén. 55 días en Pekín, La caída del imperio romano, Rey de Reyes y El Cid entre otras se rodaron en los estudios Bronston antes de su quiebra a principios de los setenta. La relación de Bronston con la localidad madrileña se mantuvo hasta sus últimos días, y de hecho, fue enterrado en el cementerio de Las Matas.

Nuestro país tiene tal variedad de paisajes que permitió la maravilla de ambientar países tan distintos en nuestro territorio. La propia Rusia del Doctor Zhivago (1965) se rodó casi íntegramente en España. La estación de Canfranc se convirtió en la Rusia de los zares, los alrededores de Barajas fueron la estepa siberiana y el pantano de Aldeadávila fue un decorado perfecto para el desenlace de la película de David Lean ambientaba en la revolución rusa.

Los rusos en el cine

Puesto que no puedo hablar mucho más de cine ruso por falta de conocimiento, lo único que me queda por hacer es hablar de los rusos en el cine, de cómo han sido descritos y estereotipados en diversas películas, sobre todo norteamericanas.

El primer topicazo que vemos en películas americanas acerca de los rusos es el de su falta de empatía y sentimientos, como si estuvieran más cercanos a un robot que a un ser humano. La excelente comedia de Lubitsch Ninotchka (1939) nos muestra a la diplomática de la Unión Soviética interpretada por Greta Garbo como una mujer más fría que mil témpanos de hielo, incapaz de mostrar sus sentimientos incluso cuando se está enamorando. Quizás no haya escuchado jamás peores piropos que los que regala a Melvyn Douglas mientras le mira fijamente:

– El blanco de sus ojos es claro. Su córnea es excelente.

Su personaje robótico va cambiando a lo largo de la película, cediendo a las comodidades del capitalismo y desemboca en el famoso “Garbo sonríe” con el que se promocionó la película:

El discípulo de Lubitsch, Billy Wilder, continuó con otro topicazo acerca de los rusos en Uno, dos, tres, la obra maestra ambientada en Berlín: los rusos son simples, nada transparentes, viven solo por y para el Partido,… pero sus convicciones se resquebrajan ante la belleza de una mujer. Todo en esta película me parece genial, pero quizás uno de los mejores momentos sea este, el de la negociación de James Cagney y las caras de los representantes soviéticos ante la “encendida” Danza del Sable de la asistente de Cagney:

Durante las décadas de guerra fría, los rusos eran representados (creo que sin excepción) como personas sometidas al férreo control del Partido, y los que no eran asesinos implacables, espías o agentes del KGB (Cortina rasgada, El premio) terminaban cediendo a las bondades del capitalismo y de Occidente, como la estupenda Barbara Bach, chica Bond en La espía que me amó. 

Stanley Kubrick fue todavía un paso más allá en la parodia acerca de los rusos en ¿Teléfono rojo?: Volamos hacia Moscú (1964), una “perfecta traducción” del original Dr. Strangelove or: How I learned to stop worrying and love the bomb (directo al top de Títulos letales).

– ¿Ha visto alguna vez a un comunista beber agua?

A partir de ahí, el general Ripper (Sterling Hayden) desarrolla una hilarante teoría sobre la conspiración soviética para dominar el mundo:

La posible invasión soviética de los Estados Unidos dio pie a otras películas como la comedia ¡Que vienen los rusos! (1966) o Amanecer rojo (1984), una flipada en la que los veinteañeros Charlie Sheen y Patrick Swayze se enfrentaban al ejército ruso sin muchas más armas que el patriotismo y el ardor juvenil.

En la década de los ochenta seguía el enfrentamiento soterrado pero casi nunca culminado entre norteamericanos y rusos. Se creaban situaciones de mucha tensión, con la amenaza nuclear sobre nuestras cabezas, pero al final las cosas volvían a su sitio, como en Juegos de guerra (1983) o El cuarto protocolo (1987). O directamente se planteaba el conflicto en otros campos como el robo de tecnología (Firefox, 1982), los combates aéreos de Top Gun (1986) o mi favorito: el boxeo, ¡Rocky IV! En 1985 Rocky Balboa se enfrentaba en el mismo corazón de Moscú a un ruso desalmado llamado Iván Drago, papel interpretado por el sueco Dolph Lundgren. El discurso de Rocky y los aplausos de Gorbachov resultan tan absurdos como emocionantes, y se me sigue escapando una carcajada cada vez que lo veo. 

rocky IV

Los rusos estaban cambiando, su país se desmoronaba y querían pasar al otro bando, o eso nos contaban en La caza del octubre rojo o La casa Rusia, ambas de 1990. El argumento de la guerra fría se agota y cambian los guiones, excepto con el que lleva casi treinta películas haciendo lo mismo, James Bond. En 1995, Pierce Brosnan  se dedica a destrozar San Petersburgo subido a un tanque en Goldeneye. Que todavía haya quien diga que este es el mejor Bond que ha habido…

Con el desmembramiento de la Unión Soviética a principios de los noventa, las tramas cambian por completo y ahora todos los rusos que salen en películas americanas son mafiosos, oligarcas podridos de pasta y sin valores. Así a botepronto me salen Misión Imposible, El santo, La Jungla 5, un buen día para morir, John Wick o El mito de Bourne.

John Wick

Topicazos. Los rusos fríos y las rusas macizas. Ellos violentos y ellas volcánicas. La simpleza del cine. He comentado al principio que recordaba haber visto cuatro películas rusas, pero solo he hablado de tres intencionadamente. Creo que la cuarta se merece un post enterito: Solaris (1972), de Andrei Tarkovski. Me apuesto una botella de vodka a que será el post menos leído de la historia de este blog.

Especial Rusia

San Petersburgo (I): como no preparar un maratón

San Petersburgo (II): el desenlace del maratón y alguna lección de historia

Madridistas por el mundo: San Petersburgo

Noches blancas en San Petersburgo

El cine ruso y los rusos en el cine