Un japo en Cannes, por Travis

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Un año más un tipo semidesconocido para el gran público ha ganado la Palma de Oro del Festival de Cannes, galardón que en esta edición de 2018 ha ido a parar al japonés Hirokazu Kore-eda por su película Shoplifters. Es posible que en ningún otro lugar como en esta ciudad de la Costa Azul se evidencie la distancia sideral entre lo que gusta al público y lo que los críticos valoran como arte hecho cine.

Hay un poco de todo en la habitual elección de “pelis raras” o “de autor” (en ocasiones auténticos truños) como ganadores del máximo galardón del festival, pero me voy a atrever a citar las que a mí modestamente me parecen reseñables:  Cyclo

1. Por esnobismo: el mundo está lleno de imbéciles que adoran ser únicos, exclusivos o especiales, tipos a los que les encanta presumir de que sus gustos no coinciden con los de la plebe. Si una película es comercial, automáticamente la desdeñan. Si un taiwanés graba a un niño en bici durante dos horas recorriendo el inframundo de los suburbios, el esnob la apreciará. No, corrijo, dirá que la aprecia como una nueva forma de hacer cine, como algo grandioso que solo él y algunos privilegiados son capaces de entender. Es el mismo tipo esnob del tendido 5 de Las Ventas, el comepipas del Bernabéu o el estiradillo del meñique enhiesto del Teatro Real.

2. Por chovinismo: en Francia siempre ha existido una especie de rechazo al cine comercial, de modo especial al norteamericano, al menos entre los críticos y periodistas franceses. El cine francés es una industria muy potente, cuenta con presupuestos medios elevados, con grandes actores, buenas historias, espléndidas comedias, y a veces alcanza unas cifras de recaudación que aquí en España envidiamos. Aunque a veces miren con desdén al cine made in USA y sus críticos lo ataquen con frecuencia, el público al final termina cediendo ante el poder de las majors:

Cuota de pantallaLa Palma de Oro es una excelente carta de presentación para el arranque comercial de los títulos que la reciben, y los franceses no se lo van a poner fácil a películas americanas con marchamo de taquilleras que puedan robarle el público a sus propias obras.

4 semanas 3 meses 2 días3. Porque son verdaderos entendidos: depende del jurado seleccionado para cada año, pero en ocasiones el del Festival de Cannes ha premiado películas “raras” de directores semidesconocidos que sin embargo eran auténticas joyas. El público no suele acudir en masa a verlas, pero estas películas consiguen tener un recorrido y una difusión mundial que sin Cannes no tendrían. Hay que reconocer a este y a otros festivales que hayamos descubierto títulos tan incómodos como la rumana Cuatro meses, tres semanas y dos días (2007) o la alemana La vida de los otros (Óscar y César en 2006). Igual que se atrevieron a reconocer en su día el valor de Scorsese en Taxi driver (1976) o el desasosegante documental de Michael Moore Fahrenheit 9/11. (2004).

4. Por venganza: sí, sí, estoy convencido, explico mi teoría. Tanto el jurado como los periodistas que siguen el festival tienen apenas una semana para ver decenas de películas, emitidas muchas veces a horas intempestivas. Recuerdo hace mil años una crítica de un bodrio de arte y ensayo realizada no sé si por Carlos Pumares o por Ángel Fernández Santos, en la que, por encima de la ausencia de calidad y ritmo de la película, el crítico destacaba que les habían hecho ver la misma a las ocho de la mañana. Y claro, a esas horas y si encima has trasnochado, yo creo que te cuesta disfrutar hasta del mejor Indiana Jones. Así que estoy convencido de que como venganza un grupo de críticos elige todos los años un bodrio infumable al que empiezan a regalar adjetivos de admiración y loas exageradas, “la película de la década”, “el mejor descubrimiento del cine en años”, “una obra maestra absoluta” y titulares por el estilo, para que otros pasen el suplicio que han pasado ellos. De algún modo, no sé si a base de copas en los saraos que rodean al evento, o creando una corriente de opinión, un efecto “traje nuevo del Emperador”, convencen al jurado de que tienen que elegir la producción franco-tunecina-armenia como ganadora de la Palma de Oro. “Que se joda el mundo”, pensarán sin duda.

La lista de películas ganadoras de los últimos treinta años contiene grandes títulos, enormes aciertos del jurado al elegir películas que aguantan el paso del tiempo, pero también encontramos algunos bodrios intelectualoides infumables que solo se explican como una broma de mal gusto del jurado hacia la humanidad. Me gusta imaginar a esos miembros del jurado cenando la noche previa a la lectura de los ganadores, hastiados de cine denso como un plato de engrudo, y charlando tras el vino, las cervezas y un par de copazos:

– ¿Cómo dices que se titula esa de los yugoslavos que viven bajo tierra?

– ¿La de Kusturica? Underground. Ja, ja, ja, pero no seas cabrón, que dura tres horas.

– Ja, ja, ja. Palma de Oro en Cannes, la de gente que se la va a tragar igual que nosotros, jo, jo, jo.

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Uno ve la lista, variopinta, que tiene de todo, y lo que no encuentra es un patrón, una película típica que te haga pensar: “esta es una peli de Palma de Oro”. Reconozco que solo he visto la mitad, pero junto a obras maestras o películas claramente perdurables como Pulp fiction (Tarantino) o El pianista (Polanski), hay tostones como el mencionado Underground o como La eternidad y un día, o películas sobrevaloradas como El piano o La habitación del hijo. Y entre las premiadas, la segunda película con la que más gente he visto irse del cine: Bailando en la oscuridad, de Lars von Trier. Convencí a un par de amigas para ir a verla y casi me matan. Creo que no me han perdonado todavía, porque ahora, siempre que vamos al cine eligen ellas. Y el jurado la noche previa:

– Jo, jo, jo, verás la de gente que se va a tragar la de la islandesa medio ciega y el director danés ese que está como un cencerro.

 

Bailando en la oscuridad, o un título alternativo: Durmiendo en la penumbra de la sala de cine. La segunda película con la mayor fuga de espectadores del cine, porque la primera está en la relación siguiente, 2003-2017, a ver si la averiguáis:

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¡Bingo! El árbol de la vida, de Terrence Malick, 2011. Este bodrio tuvo tan buena acogida entre los críticos (HdP, qué bromistas) como negativa fue la reacción que provocaba en el público. La gente salía del cine en tal número, cabreada con la tomadura de pelo, que algunos cines llegaron a indicar en un cartel que si te salías antes de la media hora te devolvían el dinero o te daban una entrada para otra película. Acojonante. Y Palma de Oro en Cannes, por supuesto. Se cumple la máxima (inventada por mí) según la cual para saber si una película es un coñazo basta con ver si hay un árbol en su título: Mientras nieva sobre los cedros, A través de los olivos, El olivo, El sol del membrillo (o El sopor del ladrillo, para mí), Cerezos en flor, El manzano azul,…

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El Festival de Cannes tiene cierta predilección por el cine oriental, algo complicado de ver en nuestras pantallas. Y si logras verlo, resulta algo difícil empatizar con la historia que cuenta. Imamura, Chen Kaige, Kurosawa, Koreeda, Yimou,… Aparte del japo que se llevó el gran premio de este año, el segundo favorito era el coreano Lee Chang-Dong, por la película Burning, basada en un relato del japonés Murakami, el eterno aspirante al Nóbel de Literatura. Los relatos que he leído del escritor nipón son tan abstractos e inadaptables como un prospecto médico, así que tengo curiosidad por ver la película. Curiosidad, nada más.

No tengo nada en contra del cine oriental, aunque a decir verdad, lo veo poco. Pero siempre me ha gustado leer críticas de cine, incluso de películas que no pensaba ver, como las tan valoradísimas por la crítica de Zhang Yimou o Shoei Imamura. Hace años hice un viaje en autobús a Murcia y en el trayecto emitieron Sorgo rojo, de Zhang Yimou. Desconozco quién eligió esa película, y sinceramente no supe si alabarle el gusto o pedir el libro de reclamaciones. No tenía escapatoria, así que me la tragué enterita. Y no estaba mal, pero si un viernes por la noche veo que la ponen en la tele, argh,… me apetece tanto en esos momentos como… como… como un viaje en autobús a Murcia.

Hollywood endingCrítica y gran público, eterna divergencia. El propio mundo del cine se ríe en ocasiones de estos “entendidos” del séptimo arte, de los Wenders, Antonionis, Oliveiras, Kusturicas, von Triers y los que los secundan. Recuerdo la película de Woody Allen Un final made in Hollywood, en la que el protagonista, director de cine, sufre una ceguera total que le afecta durante todo el rodaje de un filme.

– No puedo dirigir una película, ¡estoy ciego!

– ¿Pero tú has visto las películas que hacen ahora? -responde su agente para convencerle.

Allen se hace ayudar por un intérprete que ejerce de lazarillo y director de fotografía. Como no puede ser de otro modo, el rodaje es un auténtico desastre, con todos los planos mal encuadrados, mal iluminados, mal enlazados. El resultado es lamentable y se da un batacazo en taquilla, pero sin embargo, Allen nos regala una broma final y la película resulta todo un éxito en Europa:

– Por alguna razón me aprecian más en Francia que aquí. ¡Los subtítulos deben de ser realmente buenos!

Pero sin duda, el momento que mejor expresa esta dualidad lo encuentro en una película menor, como Las vacaciones de Mr. Bean. En ella, el cómico inglés termina en el Festival de Cannes, en el estreno del último filme de un director de culto, un tal Carson Clay interpretado por Willem Dafoe. Egocéntrico, enamorado de sí mismo y de su obra, tedioso, de ritmo lento e incluso rebobinado,… el público se duerme. Creo que merece la pena ver este pequeño corte, al menos los primeros dos minutos:

Ja, ja, ja, payasadas de Mr. Bean aparte, estoy convencido de que algunos pases de Cannes son como la “obra maestra” del Carson Clay de los cojones. O lo que es peor, como la “obra maestra sin intención de serlo” de Mr. Bean.

Así que la próxima vez que vean en cartelera una película china o japonesa premiada con la Palma de Oro en Cannes, cuidado, cuidado, vaya a verla antes Vd. solo, no la recomiende, no lleve a nadie animado por sus deseos de experimentación de algo novedoso porque no habrá término medio posible: obra maestra o truño servido como venganza por un jurado que la detestó. ¡Sayonara!

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Los campeones de Javier Fesser

Travis, 27 de abril

Con su película Campeones, Javier Fesser ha vuelto a lograr algo tan complicado como poner de acuerdo a crítica y público con esta historia sobre un entrenador de baloncesto de élite que se ve obligado a prestar servicios sociales entrenando a un grupo de discapacitados intelectuales en un centro de Vallecas.

Tres semanas seguidas como número uno en taquilla, desbancando al mismísimo Spielberg y su Ready Player One, y una buena acogida por la mayor parte de críticos de este país, Carlos Boyero incluido. Reconozco que tenía ciertos reparos a la hora de ver esta peli porque al tratar un tema como la discapacidad intelectual podía caer en la sensiblería o en lo peor de las historias bienintencionadas, cuya trama se suele diluir en situaciones forzadamente tiernas.

Sin embargo, pasé dos horas estupendas, riéndome cuando las situaciones lo buscaban (y lo lograban), y valorando la parte más íntima y personal de los protagonistas. El actor que sostiene la película, Javier Gutiérrez, está enorme en todas las facetas (pese a su estatura), algo que ya no sorprende a nadie a estas alturas (pese a su estatura) de su carrera. Sabe ser cabrón, cruel, cobarde, simpático, tierno, inteligente o agresivo según sea el momento, y en todas las facetas se crece (pese a…) y lo clava cual triple de los protagonistas. Protagonistas, por cierto, que no eran actores, sino auténticas personas con discapacidades intelectuales de algún tipo que hicieron un trabajo sorprendente y espléndido.

Solo es posible encontrar algunos diálogos como el de la primera sesión de entrenamiento en el universo particular de su director, Javier Fesser, hermano del periodista Guillermo, la mitad de Gomaespuma, otro de los pocos “lechones” existentes en este mundo capaces de entender este universo tan particular de diálogos surrealistas, tortazos de cómic, dientes sucios y gafas de culo de vaso. He visto prácticamente todo lo que ha hecho Javier Fesser (me falta Camino) y desde luego tiene en mí a uno de sus fieles seguidores, alguien que se ha visto incluso la recopilación de los cortos de Javi y Lucy y los anuncios de las Películas Pendelton, por supuesto Aquel ritmillo y El sedcleto de la tlompeta, sus versiones de Mortadelo y Filemón y una de las obras maestras del cine español: El milagro de P. Tinto, que consiguió el milagro de que viera a P. Tinto dos veces en menos de 24 horas en aquellos tiempos lejanos del videoclub. Para mí es una obra redonda, aunque será una castaña absurda para todo el que no entre, como decía, en ese universo tan particular.

Recomiendo Campeones, de la que no quiero contar mucho para no destriparla. Pasaréis un buen rato con una historia repleta de cariño hacia sus personajes. Y divertida, cercana, humana y que sabe mostrar las debilidades de todos los personajes, discapacitados y de los que antes de imbuirse en la historia se consideran a sí mismos “normales”.

Para aficionados al baloncesto y al cine, Campeones entra directa en el top-10 de películas del subgénero, que ni siquiera sé si llega a 10, pues se salvan muy pocas: Hoosiers, Entrenador Carter, Ganar de cualquier manera, One on One, Space Jam (sí, Space Jam, con Michael Jordan y Bugs Bunny, ¿quién quiere más?),… y en la que no entran Una tribu en la cancha, Los blancos no saben meterla, Teen Wolf o esa cosa llamada Air Bud y secuelas.

Barney, 30 de abril

No he visto la película, porque normalmente los deportes, salvo los no habituales para nuestros ojos, como el béisbol o el boxeo, no suelen quedar bien en pantalla. La chilena de Pelé en Evasión o victoria es lo más verosímil de una película en la que nos chirría tanto ver a Stallone de portero parando un penalti como a Michael Caine avanzando majestuoso con su tripita por el campo.

Según me cuenta Travis, en un momento de la película se recuerda de pasada uno de los momentos más bochornosos de la historia de nuestro deporte: la descalificación del equipo de baloncesto de discapacitados intelectuales en los Juegos Paralímpicos de Sidney 2000. Los medios pasaron de refilón por el asunto, pero se trata de una de esas manchas que nos deberían avergonzar durante años y años. Nosotros, que hemos disfrutado tanto con algunas victorias de los nuestros y entonamos orgullosos el “¡¡yo soy español, español, español!!”, deberíamos de sentir ganas de no aparecer en estos eventos si no es para lamentar en público los comportamientos antideportivos alentados por algunos de nuestros dirigentes. 

Para el que no sepa la historia, lo que ocurrió fue que España presentó una selección en la que solo dos de los doce jugadores del equipo tenían una discapacidad intelectual. Y ganaron el oro, cómo no. De verdad que como amante del deporte no puedo entender qué coño pasaba por la cabeza de estos tipos que se prestaron al engaño.

Supongo que la pasta que ingresaba la Federación por la medalla de oro tuvo mucho que ver en el asunto (140.000 euros), pero es que algunos de nuestros dirigentes resultan repugnantes por su apego al puesto, equiparable a su desapego al deporte, y por los tejemanejes económicos (por ejemplo, José Luis Sáez en el baloncesto, Escañuela en el tenis, y cómo no, el instaurador del Villarato en el fútbol).

Recuerdo lo lamentable que me pareció en su día el que tuvo la idea de “españolizar” al esquiador alemán Johann Muehlegg, porque en ningún otro país se atrevían a contar con su médico y sus métodos. “Juanito” le llamaban cuando ganó las tres medallas de oro en Salt Lake City en 2002, y volvió a ser el alemán Johann en cuanto se destapó el pastel.

Un episodio tan penoso como el de los que trataron de ocultar y destruir pruebas de la Operación Puerto, que en un principio intentaron que fuera archivada y cuyas primeras sanciones tuvieron que llegar del extranjero (Valverde, Ullrich, Iván Basso). También se trató de ayudar a los implicados en la Operación Galgo, con nuestra (ex) mejor atleta de la historia Marta Domínguez, a la cabeza porque, supongo que pensarían, ¿cómo nos íbamos a quedar sin nuestra mejor atleta y sin la pasta que arrastraba?

Celebro que Campeones esté teniendo un éxito sin duda merecido, porque nos devuelve a la esencia del deporte: el afán de superación y de mejorar día a día a base de esfuerzo y trabajo.

Lester, 22 de abril

Fui a ver Campeones en cuanto pude, pocos días después del estreno y además con mujer, hijos, sobrinos, cuñaos, a los que “forcé” a que me acompañaran porque supe que nos iba a tocar de un modo muy personal. Como los lectores habituales de este blog sabrán, el verano pasado la familia al completo tuvimos una experiencia muy intensa en el voluntariado que realizamos en el Hogar Teresa de los Andes de Bolivia, en un centro de acogida para chicos con habilidades especiales.

Trabajamos echando un cable con todas las necesidades del centro, que eran infinitas, promovimos y logramos la reforma del Pabellón Azul y sobre todo disfrutamos entrenando a los chicos para las Olimpiadas especiales que se celebraron en los últimos días de agosto.

Al ver la película de Javier Fesser, recordamos a algunos de estos chicos que dejamos en la otra punta del mundo y revivimos momentos inolvidables, situaciones únicas que me gustaría compartir:

Pasamos por muchas fases similares a las de Javier Gutiérrez en la película: el miedo y rechazo inicial, más motivado por el desconocimiento que otra cosa, la satisfacción de los primeros logros, la entrega absoluta de todos nosotros y el enorme orgullo al contemplar el resultado final. Todos eran vencedores, todos resultaron ser unos campeones incomparables.

Josean, 30 de abril

Reconozco que no he ido a ver la película de Javier Fesser porque el cine que me gusta está poblado de villanos, especialmente en el mundo de las finanzas: lobos de Wall Street, defraudadores como los de La gran apuesta o Gold, especuladores tipo Margin Call o Inside job, y tipejos sin escrúpulos como los de Enron o Entre pillos anda el juego. Campeones huele a buenos sentimientos, a solidaridad, compañerismo y entrega desinteresada, y, francamente, huyo de ese tipo de argumentos porque suelen caer en lo autocomplaciente, en lo que nos haga sentir bien. Y yo estoy rodeado en muchas ocasiones de villanos, así que a la hora de ir al cine prefiero integrarme en su mundo y conocerlos.

Para mí lo interesante de Campeones está en que su producción fue financiada por Triodos Bank, la llamada banca ética especializada en financiar proyectos sostenibles o con unos marcados objetivos sociales o medioambientales. Ya que en este blog he criticado tantas veces el papel de la banca durante la crisis, vamos a hablar bien del gremio por una vez (y casi seguro, sin que sirva de precedente).

La idea de este banco nació en los Países Bajos en 1980 y lleva funcionando en España unos quince años. No cotizan en Bolsa, tienen objetivos sociales, medioambientales o culturales claramente definidos y no invierten en proyectos que no se adecúen a los mismos. Pese a sus limitaciones en la captación de fondos y en el tipo de proyectos que financian, son competitivos en precios, aunque no puedan acometer proyectos de gran volumen y riesgos de nivel medio-alto. La oleada de indignación ciudadana que siguió a la crisis financiera ayudó a que sus clientes se multiplicaran por seis en el período 2010-2015.

Aunque solo he trabajado con ellos una vez la verdad es que me pareció una experiencia interesante. Al análisis financiero del proyecto se unía una auditoría medioambiental, pues en nuestro caso se trataba de financiar unos vehículos eléctricos y tuvimos que justificar los resultados del proyecto.

“Triodos Bank desempeña un papel fundamental en la producción cinematográfica en España. Es una de las entidades que ha financiado más producciones pequeñas y medianas incluso en los momentos más duros, cuando nadie daba un préstamo”, declara Ignasi Estapé, uno de los socios de la productora Arcadia Motion Pictures. “El cine es uno de los mejores medios para transmitir mensajes sociales, ya que permite vivir la realidad que se quiere mostrar”. Gracias al apoyo de Triodos, la productora pudo sacar adelante en 2014 el documental El hombre que empezó a correr, cuyo objetivo era concienciar y procurar la financiación de unos pozos de agua potable para 125 familias en Muketori (Etiopía).

La Federación Madrileña de Deportistas con Discapacidad Intelectual (FEMADDI) celebra el éxito de la película de Javier Fesser por lo que supone de sensibilización hacia el colectivo, formado por unas 60.000 personas, que sufren cierta desatención por parte de las instituciones. Para FEMADDI, Campeones servirá de “carta de presentación cuando tengamos que acercarnos a las instituciones y a las empresas en busca de apoyos para organizar una competición larga, un torneo de fin de semana o para patrocinar a un equipo. Necesitamos empresas colaboradoras. Además, hay incentivos fiscales que les benefician de manera sustancial”.

Por muchas razones, amigos lectores, y sea cual sea la vuestra, id a ver Campeones.

 

Woody, Roman y Kevin

Móni Money y Travis, abril de 2018

Travis: El aluvión de denuncias tras los escándalos de abusos sexuales del productor Harvey Weinstein puede provocar otras víctimas. Lo hemos visto en los recientes Óscar, en los que se ha ignorado la película y la interpretación de James Franco en The Disaster Artist, con la que obtuvo un Globo de Oro apenas dos días antes de que tres actrices le acusaran de abusos sexuales. Ni rastro de él pese a que no haya habido condena, ni juicio, y ni siquiera investigación.

Se ha llegado a decir que es posible que no se estrene la última del gran Woody Allen, porque a raíz de esta marea de denuncias, Dylan Farrow, la hija de su ex pareja Mia Farrow, ha decidido desempolvar los supuestos abusos sexuales que sufrió a manos del director cuando apenas tenía siete años de edad. Kevin Spacey, hasta hoy, o hasta ayer, uno de mis actores favoritos, puede haber terminado su exitosa carrera en Hollywood de modo prematuro. Su papel en Todo el dinero del mundo fue rodado de nuevo por Ridley Scott, sustituyendo al actor caído en desgracia por el insulso Christopher Plummer. Y su personaje de más éxito en estos últimos años, el manipulador Frank Underwood de House of cards, desaparece de la serie de modo definitivo. Estoy seguro de que no habrá otro a su altura. Sigue leyendo

Reservoir Rider Dogs, por Travis

Las dos películas que han conseguido los premios más importantes este año, La forma del agua (Guillermo del Toro) y Tres anuncios en las afueras (Martin McDonagh), tienen curiosamente una característica en común: deben buena parte de su éxito a sus enormes papeles femeninos, a las interpretaciones de Sally Hawkins y Frances McDormand.

Merece la pena destacarlo en este año de reivindicaciones, Sigue leyendo

El tipo duro y el asfódelo, por Travis

 

Hace años encontré en el relato Berenice, de Edgar Allan Poe, el siguiente párrafo:

“Mi razón se asemejaba mucho a esa roca oceánica de la que habla Ptolomeo Hefestión, la cual, resistiendo firmemente los ataques de la violencia humana y la furia más feroz de las aguas y los vientos, temblaba sólo al roce de la flor llamada asfódelo.”

Enseguida mi cerebro cinéfago, entrenado para digerir todo tipo de películas, desde musicales sensibloides a blockbusters de tipos duros y rocosos, encontró el paralelismo cinematográfico del asfódelo. Sigue leyendo

La magia de la sala oscura (II), por Travis

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“Espero que nunca desaparezca la mirada fascinada de un niño en una sala oscura mientras proyectan una película, aunque ese niño tenga varias décadas a sus espaldas”. Así terminaba la primera parte de este repaso a esa gran pasión que es el cine para tantos entre los que me incluyo. Sin embargo, a veces tengo la sensación de experimentar algo distinto cuando entro en la sala.

Desaparecieron esos maravillosos programas dobles de sesión continua, igual que el proyeccionista o el celuloide, los cines del centro fueron cerrando, nacieron las impersonales multisalas, y para las grandes productoras y distribuidoras las películas pasaron a ser productos. Odio esa palabra destinada al cine. “Un producto de fácil consumo”, “un producto comercial”, “un producto entretenido sin más”, “un producto palomitero para pasar el rato”. Un subproducto.

Igual que odio el ruido que hacen algunos al comer palomitas (“¡cerrad las putas bocas al menos!”) y odio escucharles sorber la Coca-Cola que ya no les queda al fondo de los ruidosos hielos, pero por encima de todo, lo que más detesto en el cine son las pantallas encendidas de los móviles. ¿Qué clase de gente manda guasap o mira el “féisbuk” en mitad de una película? Juro que he visto a un tío darle un fucking like en mitad de la escena más emotiva de Un monstruo viene a verme, cuando los lagrimones empezaban a resbalarme por la tocha. ¿La sociedad se ha ido a la mierda de modo definitivo?

alex1Y a pesar de la incomodidad que a veces siento cerca de algunos espectadores, encuentro pocos placeres como ir al cine. Siempre ha estado presente en mi vida. Invité a mis hermanos y a mis primos al cine con uno de mis primeros sueldos (El día de la bestia). Jamás hubiera tenido una novia que no hubiera querido acompañarme al cine el Día del Espectador. “No, a mí el cine no me va”, hubiera sido motivo excluyente de una posible relación aunque esas palabras emanaran de la boca de la mismísima Charlize Theron (bueno, aquí quizás me he pasado en la comparación).

Hoy en día me parece el plan perfecto de viernes para un cuarentón hastiado de una semana complicada. Aunque esté yo solo en la sala (La venganza de los Sith), aunque seamos únicamente dos colegas (Abierto hasta el amanecer), o tres amigotes escandalosos en el cine (Agárralo como puedas 33 y 1/3), un puñado de frikis amantes de Terminator (Génesis) o una panda de solitarios gafapastas con aires de tipos comprometidos (Bowling for Columbine). Esa intimidad incluso es beneficiosa para el deleite de la película.

Mia FarrowY sin embargo, a la vez que suelto esto, pienso que el público es fundamental para el espectador. Cuando cien personas se ríen a tu alrededor, sus carcajadas te contagian y propia risa se vuelve más fuerte. También es cierto que cuando el tipo de delante saca el móvil para poner un emoticono, le meterías la cabeza en una prensa al modo de los gánsteres de Casino, pero en líneas generales la compañía ayuda. Cuando ves gente llorando o moqueando en sus butacas, tu vena sensible se agudiza. Cuando tu pareja te estruja el brazo y te clava las uñas por la angustia o la tensión de lo que ve en pantalla, te brota una sonrisa masoquista. Será por lo que decía recientemente Christopher Nolan: “las películas pueden darte esa sensación visceral y es esa combinación mágica de la emoción visual y la experiencia grupal que se vive en una sala de cine, donde todo el mundo está experimentando lo mismo, lo que me fascina. Creo firmemente en esa capacidad del cine de hacerte vivir experiencias que jamás podrías vivir de otro modo”.

El público es fundamental, decía, que pregunten a los propietarios de los cines y a todos los que viven de este negocio. Cada vez que oigo a alguien que el cine es caro, me cabreo. Diez euros, o siete si pillas alguna oferta, incluso menos. Comparado con el teatro, la ópera o el fútbol está tirado de precio. En los últimos tiempos y amparados en la excusa de atraer espectadores han aparecido nuevos formatos, como la tecnología 3D, que no me termina de convencer (pero sirve de excusa a los cines para cobrarte más por la entrada), o lo que llaman 4D, con butacas que se mueven, te zarandean, o te hacen sentir el viento y la lluvia. Y dicen que también el olor. No pienso probarlo, para eso están los parques de atracciones, en los que te diviertes mucho con estas chorradillas. Siento que me pueden despistar, que no las necesito para disfrutar de una buena historia en la gran pantalla. A lo mejor ese es el problema.

También han vuelto los autocines, como en los sesenta y setenta, y me encantaría probarlos, aunque solo los concibo viendo un programa doble de cine bélico y terror de serie B con unos colegas. Nada especialmente pretencioso. En el fondo está casi todo inventado. El 3D de principios de los ochenta era una patraña azul y roja que te despistaba de lo malas que eran las películas rodadas con ese sistema. La incorporación de olores al mundo del cine viene de tan lejos como el propio cine. Recomiendo fervientemente el artículo Cine y olfato (Jot Down), que sitúa en 1906 las primeras experiencias con aromas en las salas. Luego vendrían los sistemas Scentovision, Smell-O-Vision, o las (imagino) infectas tarjetas Odorama del transgresor John Waters para Polyester.

“Waters incluyó Odorama, una tarjeta de «rasca-y-huele» donde había diez círculos numerados. La tarjeta se distribuía a los espectadores al entrar, y cuando uno de los números salía en pantalla tenían que rascar y oler ese círculo. Los olores eran 1: rosas; 2: heces; 3: pegamento; 4: pizza; 5: gasolina; 6: mofeta; 7: gas natural; 8: olor a coche nuevo; 9: zapatos sucios y 10: ambientador. El número 2 había que olerlo cuando Divine soltaba unos pedos debajo de las sábanas.”

Insisto en que todas estas nuevas tecnologías, o no tan nuevas, no son necesarias. Lo que es imprescindible es tener una buena historia que contar. Ser capaz de narrarla con maestría, o al menos de modo efectivo. Una vez que cerraron los cines de sesión continua, no nos quedó más remedio que pasarnos a las sesiones numeradas, pero no necesariamente de estreno. En aquellos principios de los noventa era posible ir al cine a ver grandes clásicos.

Tuve la suerte de ver Freaks, la parada de los monstruos (1932, Tod Browning) en los cines del Círculo de Bellas Artes. El apartamento, la obra maestra de Billy Wilder, o una de las muchas obras maestras que rodó, estuvo más de tres años en cartel en los cines Renoir. Los mismos cines mantuvieron 80 semanas en su programación Remando al viento (1988) de Gonzalo Suárez, algo impensable hoy en día. A veces siento que ese apego al cine, o esa devoción, se ha perdido. Hoy apenas se emiten clásicos, salvo en retrospectivas o homenajes ocasionales. En su lugar se empaquetan productos, de muy buena factura técnica, sonido envolvente y toda la parafernalia, pero carentes de emoción en ocasiones. Productos perecederos, la mayoría.

Ahora mismo apenas tienes un par de semanas para ir al cine a ver una peli que te apetezca, porque enseguida la sustituyen por la siguiente. Tengo amigos que dicen que no van al cine porque tienen Netflix o Yomvi en casa, y una tele de tropecientas pulgadas, pero yo les insisto que no es lo mismo. Siento que se ha perdido lo que Tarantino define como “compromiso”, refiriéndose a los videoclubes, en uno de los cuales trabajó durante años:

“Incluso si estás suscrito a todos los canales de televisión por cable, accedes a la guía, desciendes por la lista y… ves algo o lo grabas, y quizá nunca te sientes a verlo, o lo ves y quizá a los diez o veinte minutos empiezas a hacer otra cosa, y piensas: ‘Nah, realmente no me interesa’. Hemos caído un poco en esto.

Sin embargo, había una naturaleza diferente en el videoclub. Mirabas a tu alrededor, elegías cajas, leías las cajas por detrás. Tomabas una decisión, y quizá hablabas con el tío detrás del mostrador, y te recomendaba algo, (…) Y el asunto es que invertías en algo, de un modo en el que no estás invirtiendo con la tecnología electrónica cuando se refiere al cine. Había un mayor compromiso. (…)

Quizá es algo que ha atrapado tu mirada, no sabías nada al respecto, y te la juegas. La alquilabas, sinceramente querías probar y ver algo hasta cierto punto. Y eso es lo que de verdad se ha perdido, extrañamente, se ha perdido el compromiso”.

Quizás se perdió el compromiso en el momento en que nos convertimos en almaceneros, en meros acumuladores de películas. En ese preciso instante en que empezamos a tener discos duros reproductores con quinientas películas pirateadas (algunas de ínfima calidad) le quitamos el valor. Siguiendo el razonamiento de Tarantino, es cierto que mi compromiso con la sala oscura es muy distinto al que tengo con Netflix.

Traverse City State TheatreEn línea con todo lo dicho en estos dos posts, me encantaría que alguien promoviera iniciativas como la de Michael Moore en el estado de Michigan. El cineasta norteamericano recuperó en 2007 el histórico State Theatre en Traverse City. Inaugurado en 1916 y cerrado en 2003, Moore consiguió fondos para reformarlo, encontró voluntarios dispuestos a trabajar en el mismo y logró crear un espacio para aficionados al cine, exhibiendo películas clásicas, documentales o cintas alejadas de los circuitos comerciales. Todo a precios bajos. Un sueño para el aficionado más cinéfilo o cinéfago. La foto del principio de este post es de ese cine, dando la bienvenida a los Movie lovers. Por si no fuera suficiente con el aspecto cultural y de revitalización de la comunidad de Traverse City, Moore ha conseguido que sea una de las salas más rentables de todo el país.

“¿Qué harías si te tocara la lotería?”, se pregunta la gente todos los años. Yo lo tengo claro, aunque palmara pasta: me haría un Moore Theatre, restauraría un cine del centro, a ser posible con tres o cuatro salas, programaría clásicos, retrospectivas, películas alternativas o de países que no solemos ver en nuestras pantallas, y crearía un lugar de encuentro para aficionados al cine, un sitio en el que poder escuchar las opiniones de todos esos movie lovers que saben más cualquier crítico cinematográfico.

Lo dejo ya, ¡que el cine empieza en media hora! Saludos.

 

 

 

La magia de la sala oscura (I), por Travis

“En mi pueblo, cuando éramos niños, mi madre nos preguntaba a mi hermano y a mí si preferíamos ir al cine o a comer con una frase festiva: “¿cine o sardina?”

Nunca escogimos la sardina. La vida se puede concebir sin sardinas, nunca sin el cine”.

Así explicaba el escritor cubano Guillermo Cabrera Infante el título de uno de sus deliciosos libros sobre el llamado Séptimo Arte, Cine o sardina, toda una lección de amor por el celuloide y las salas oscuras de proyección. Sigue leyendo