No mires atrás, no mires arriba…

No hay que mirar hacia atrás a menos que sea para obtener...

05/01/2022

Comenzamos un nuevo año en el blog (¡el octavo ya!) y, como tantos inicios de año, nos encontramos en las agendas con frases sobre dejar atrás lo ya vivido y centrarnos en lo que está por venir, como con cierto reproche:

«Sabes que estás en el camino correcto cuando pierdes el interés por mirar atrás».

«No mires atrás, ya no vas por ese camino».

Luego están esos otros que llevan al extremo aquello de vivir el momento: «Disfruta hoy de la vida, el ayer ya se ha ido y el mañana puede que no llegue».

Lester: Pues… siento discrepar, pero me parece que en este blog no hacemos otra cosa que mirar continuamente al pasado, quizás para entender mejor el presente, para pensar en el futuro o para recordar momentos placenteros, que los hubo y muchos. «Que el objetivo de mirar atrás sea ver recuerdos y no sueños«, o puede que sea por algo como lo indicado por George Washington en la cita de la entrada, para aprovechar la experiencia adquirida.

Sea por la razón que sea, aquí dejamos un resumen de dos minutos de lo que fue el año 2021:

Y varios de los temas mencionados en el vídeo aparecieron en el blog: algún viaje, una realidad convulsa, la memoria y los recuerdos, o mi vuelta a las carreras tras pasar la covid y una lesión de varios meses. Precisamente el post sobre el maratón de Madrid ha sido el texto más leído del año del Amiguete Lester, que no del blog:

  1. Volver al asfalto
  2. Nuestro Nobel de Economía
  3. De ofendiditos y pollaviejas

Travis: El vídeo termina con una reflexión extraída de No mires arriba, la película de la que quizás más se ha hablado durante las últimas semanas. La obra de Adam McKay es una sátira despiadada de la política, los medios de comunicación o las redes sociales norteamericanas, que por extensión podemos pensar que se asemeja mucho a los del resto del mundo. ¿De verdad son/somos tan gilipollas? Pese a sus fallos, es una película muy entretenida y que merece la pena ver.

Por seguir con el asunto del inicio de este post, No mires atrás era otra de esas películas nostálgicas de Edward Burns, un tipo que consigue ser cargante cuando quiere ser demasiado protagonista. El título dice una cosa, pero su protagonista, Lauren Holly, parece empeñada en hacer lo contrario y recuperar un pasado, si es que tal cosa es posible.

¿Es No mires arriba la mejor película del año? Ni de coña. No tengo recuerdos de una gran película del año. Nomadland, la triunfadora de los Óscar, me pareció un plomazo. No he querido ver Dune ni la última de Matrix por lo que he leído de ambas o lo que me han contado los que las han visto. El último duelo, de Ridley Scott, está bastante entretenida, pero si tengo que destacar un cine desinhibido y nada sutil, directo como un puñetazo, quizás lo más interesante que haya visto sea la danesa Otra ronda, de Thomas Vinterberg (esta sí habla del poder de una copa de vino o de varias), y Una joven prometedora (Emerald Fennell). Y lo mejor de lo mejor, La mujer que escapó, de Hong Sang-soo, una obra apabullante y diferente ahora que es muy cool decir que te gusta el cine de Corea del Sur. (La verdad es que no la he visto y no tengo ni idea de si es un truñaco o no, pero es lo que toca decir para ir de entendido en la materia).

Los tres textos más leídos del Amiguete Travis en 2021 fueron escritos en años anteriores, qué le vamos a hacer:

  1. Watchmen (II): la película
  2. Frases de cine para usar en el trabajo (II)
  3. ¡Qué bello es vivir!

Barney: no voy a hacer un extenso resumen del año porque ya está hecho en dos artículos paridos en La Galerna que hablan un poco de este año extraño: Juegos Olímpicos en año impar, los conflictos de la Superliga con la UEFA, los zarpazos de la FIFA y la UEFA a los clubes, la salida de Zidane y sus críticas a la prensa, la marcha de Ramos y Messi de la Liga española, la vergüenza del mundial de Catar o acerca del racismo existente en algunos estadios de fútbol…

Aquí dejo un enlace a ambos artículos, en los que salen muy mal parados los medios:

Compendio de portadas macabras, primera parte

Compendio de portadas macabras, segunda parte

Pero como estamos en la tarde en la que estamos, 5 de enero, prefiero dejar a los lectores un relato escrito recientemente sobre una tarde de Reyes que ocurrió en el Bernabéu hace exactamente diecisiete años. Tarde de Reyes.

Los post más leídos del Amiguete Barney en 2021 fueron los siguientes:

  1. El Real Madrid como cebo
  2. Propuestas para cambiar el Reglamento del fútbol (I)
  3. El futbolista coge la pluma (I)

Josean: No mires arriba, no mires atrás, no mires abajo, que decía el funambulista (por distintos motivos a los de Hugh Grant en aquel callejón), no mires a los ojos de la gente, que cantaba Germán Coppini, de Golpes Bajos… ¿Y qué tal si dejamos de decirle a la gente lo que tiene o no tiene que hacer? Y que cada uno mire lo que le salga de las pelotas, que hay un poco de hartazgo ya después de tantos meses. Muchos de los textos de este año han ido sobre toda esa normativa: fiscal, laboral, de conexión o descojonexión digital, de comportamiento incluso en nuestros propios hogares, de residuos, cambio climático, libertad de expresión,… Y la palabra sostenibilidad para todo, hasta cuando no pega ni con cola.

Los artículos más visitados este año fueron estos tres, los dos primeros de años anteriores. Por alguna extraña razón que se me escapa, pero que puede que tenga que ver con el miedo y el rechazo, se ve que los temas tratados interesaban más que tanta normativa imperante e imperativa:

  1. La esquizofrenia del CFO
  2. La falacia del ebitda
  3. El mercado de humos

Vamos a por 2022, muchas gracias a los lectores que nos acompañan (en muy buen número) otro año más.

La naranja mecánica (II): la película

TRAVIS, 19/12/2021

A finales de 1970 se inició el rodaje de La naranja mecánica en Londres, adaptación de la novela de Anthony Burgess de la que se encargaría el director norteamericano Stanley Kubrick, un rodaje que se prolongó por espacio de seis meses. El estreno mundial se produjo el 19 de diciembre de 1971 en Nueva York, hace ya medio siglo, y una de las cosas que más me ha sorprendido al volver a verla estos días es pensar que el conservadurismo actual dificultaría o recortaría de manera notable una obra así. Los productores se autocensurarían, estoy convencido. Ya el propio Stanley Kubrick tuvo que hacer cambios sobre la novela original para lograr que se pudiera estrenar y aun con ello hubo numerosos países que la prohibieron durante años e incluso décadas. La ultraviolencia explícita, la falta de moral de los personajes o las escenas sexuales, violaciones incluidas, provocaban entonces y siguen provocando a día de hoy incomodidad, desasosiego. El famoso inicio de la peli no engaña a nadie e indica por dónde van a ir las dos horas y cuarto de metraje:

La cámara se aleja con un travelling, de manera inversa a un zoom. Podríamos pensar que tiene un significado metafórico de alejamiento de la violencia, pero creo que se debe más bien al gusto del director por mostrar esos planos panorámicos con el gran angular, enorme profundidad de campo, con simetrías inquietantes y los personajes en el centro de la acción.

Puro estilo Kubrick. Sus planos referentes, como los de El resplandor:

El one-point perspective que Kubrick utilizó como nadie, trazando con escuadra y cartabón:

Y por supuesto, los famosísimos de 2001: una odisea del espacio:

La adaptación

Del guion se encargó el propio Stanley Kubrick. Como ya mencioné en el post dedicado a la novela, la edición norteamericana se publicó sin el capítulo 21, y cuando se reeditó en 1986 en Estados Unidos, el propio Burgess escribió una introducción en la que decía que «La naranja americana o kubrickiana es una fábula; la británica, o la mundial, es una novela». Nunca estuvo satisfecho por el resultado, en especial porque ese recorte supuso cambiar el final pensado por el propio autor.

La película de Kubrick separa perfectamente las tres partes de la novela (Álex y sus drugos cometiendo tropelías, la terapia Ludovico y la vuelta a la sociedad) como si fueran tres capítulos de cuarenta y cinco minutos. Casi exactos. Y durante los mismos Álex va pasando prácticamente por todas las situaciones y vicisitudes de los protagonistas bajo el prisma tan personal del director. Toma elecciones estéticas y argumentales, pero casi todas ellas son fieles al espíritu de la novela.

En el artículo Las palabras y las películas del propio Kubrick, publicado en la revista británica Sight & Sound en 1961 (y a la que he tenido acceso gracias al cuadernillo de Cahiers du Cinema), explica lo que entiende que debe ser una adaptación literaria:

«Creo que para hacer una películas, el libro ideal no es una novela de acción, sino por el contrario una novela que trate principalmente de la vida interior de los personajes. Le daría al guionista un listado preciso con lo que piensa o siente cada personaje en cada momento de la historia». Para ello, pocas novelas como esta, narrada en primera persona por un tipo que expresa cada una de sus sensaciones o motivaciones, aunque esta sea la excitación por la sangre («le brotó la sangre, hermanos míos, y qué hermosa era», «soltaba sangre como una clase muy especial de fruta jugosa»). Continúa Kubrick: «El estilo es lo que un artista utiliza para fascinar al lector, la manera en que le comunica sus sentimientos, sus emociones y sus pensamientos. Eso es lo que ha de ser dramatizados y no el estilo. El guion debe encontrar su propio estilo, como si agarrara el contenido. Y al hacer eso podrá subrayar otra cara escondida de la construcción de la novela. Puede ser tan bueno como la novela, o no; a veces, en cierto modo, puede ser mucho mejor».

A mí me parece una estupenda adaptación de una novela parcialmente cercenada, pero ya coincidimos Reggie y yo en Mucho mejor la peli que no debería estar incluida en ese listado de «30 películas mejores que la novela en la que se basaron». El estilo de Kubrick es artificioso, ahonda en la irrealidad de la historia, los decorados son exagerados y las interpretaciones sobreactuadas (vaya padres, o ¡ese Deltoid!), pero es exactamente lo que es la novela: pura exageración. Una de las primeras escenas, la del intento de violación por parte de la pandilla de Billyboy, se desarrolla en el escenario de un teatro abandonado y los movimientos de los personajes, incluidos los de la chica a punto de ser violada, parecen una coreografía, una danza más que un intento de fuga.

Esa irrealidad de la novela y de la película es perfecta para enmascarar la violencia de lo que se narra. Kubrick emplea la cámara lenta, la ultra rápida, el zoom, el travelling, la retroproyección, el picado y el contrapicado, todos los elementos a su alcance que alejan la historia del documental, lo envuelve todo con la música y satura la pantalla de colores y elementos geométricos. Es brillante en todo, también en el alejamiento de la veracidad.

Los cambios

El personaje de Álex en la novela tiene solo quince años, mientras que el actor Malcolm McDowell contaba veintisiete cuando rodó la película. Las niñas que Álex lleva engañadas a su casa, a las que posteriormente droga y viola, tienen diez años en la novela, mientras que en el filme de Kubrick tienen un aspecto algo más crecido y menos infantil, y el sexo es consentido. Esta es la, ejem, transformación de la niña de diez años:

Los personajes son unos tarados mentales, verdaderos psicópatas y, sin embargo, uno ve la película o lee la novela y es capaz de encontrar un punto de humor en ellos, no sé muy bien por qué. La temida crítica cinematográfica Pauline Kael definió el filme como «comedia de ciencia-ficción porno-violenta», y se cabreaba porque afirmaba que «los directores nos llevan a aceptar la violencia» con naturalidad, como parte del ser humano, que es uno de los grandes temas de la novela. Como la posibilidad de reconducirla o si es lícito alterar la voluntad del hombre para inhibir sus impulsos más primarios.

Otra elección importante a la hora de trasladar la novela a la pantalla fue la reducción del uso del nadsat, porque podía hacer incomprensibles los diálogos, o resultar demasiado incómodo o cargante para el espectador. Se utiliza de manera ocasional y en contextos que hacen que se pueda seguir la trama. Algunos cambios respecto al libro aportan al ambiente febril y enrarecido de la película, como los cuadros eróticos de «la loca de los gatos» o la escultura con la que Álex da muerte a la mujer, que en el libro era una estatua de plata, y aquí… pues eso, algo que da bastante juego al director.

La película finaliza en el capítulo 20 de la novela, con la frase de Álex: «sí, ya estoy curado». El capítulo 21 es el que le da un cierto aspecto moralista a toda la historia. Álex ha madurado, comienza a trabajar y elige la bondad por propia voluntad. Entre otras cosas, descubre que le cuesta esfuerzo ganar el dinero y decide no derrocharlo como anteriormente a sabiendas de que podría robar para mantener sus caprichos: «Es que no me gusta arrojar porque sí los golis que me he ganado duramente«. Puede seguir robando o asesinando, o violando a mujeres, pero elige comportarse de otro modo. Ha madurado, «la juventud debe partir», aunque solo tenga dieciocho años y se muestra aburrido de la violencia, cansado. Se imagina a sí mismo formando una familia, con una débochca (mujer) con la que tener un hijo. «Ahí estaba vuestro Humilde Narrador Álex volviendo a casa, del trabajo a un bueno y caliente plato de cena, y ahí estaba esa ptitsa (muchacha) que le daba la bienvenida y lo saludaba como si lo amara«.

Sinceramente, no veo este posible final para la película, salvo que Kubrick (que lo dudo) lo resuma con ese plano final en el que Álex practica «el viejo unodós» con una joven desnuda rodeado de gente vestida de etiqueta, como de boda. Me chirriaría el capítulo tal como fue escrito, no creo que la mayoría de los espectadores viéramos con buenos ojos a un Álex rehabilitado y felizmente casado con una mujer a la que respetara. Lo entiendo en la novela porque Burgess quería llegar a la elección voluntaria del Bien y el abandono del Mal, no como consecuencia del atroz proceso de tortura ejercido por el estado sobre sus ciudadanos, sino como decisión consciente, razonada, meditada. He sido un hijo de puta, pero he comprendido. En su lugar, la película termina cuando Álex sonríe sádicamente y afirma estar «curado», y todos entendemos qué significa eso para el psicópata.

Reacciones al estreno

La crítica estuvo dividida entre quienes la consideraron una gran película y quienes se escandalizaron por su ausencia de valores morales de ningún tipo. Varios países la prohibieron, pero fue un éxito completo en todos aquellos en los que fue estrenada. En Reino Unido, tras varios crímenes cometidos por jóvenes que copiaban la estética de los personajes, las críticas se amplificaron y hubo voces exigiendo su prohibición. Algo que ocurre periódicamente, me vienen a la cabeza peticiones similares tras Asesinos natos, Pulp Fiction y ahora con El juego del calamar.

La obra llevaba más de un año en cartel en el Reino Unido cuando Stanley Kubrick comenzó a recibir amenazas de muerte para él y para su propia familia en su residencia a las afueras de Londres. Fue entonces cuando el propio Kubrick solicitó la retirada de la película de las carteleras, y consiguió que la distribuidora lo hiciera y no la reestrenara durante más de dos décadas. Desconozco el nivel de las amenazas, pero el veto del director en el Reino Unido se mantuvo hasta el fallecimiento del propio Kubrick en 1999. Eso ha sido hace dos días, como quien dice.

La película estuvo prohibida por la censura en España, pero en 1975 se estrenó en la Seminci de Valladolid. Precisamente acaba de estrenarse (17 de diciembre en TCM) un documental que narra la aventura de su estreno en «una de las ciudades más conservadoras de España», como cuenta el propio Malcolm McDowell.

La naranja prohibida. Lo recomiendo, se emite en abierto, y ahí podemos encontrar las cartas de los responsables del festival de cine de Valladolid a la Warner, las respuestas de esta, las exigencias de Kubrick y las hilarantes contestaciones de los órganos censores. La fama que precedía a la película provocó largas colas de estudiantes y una expectación como pocas veces se había visto en la ciudad. No hay que olvidar que estábamos en los últimos estertores del franquismo (abril de 1975), en la etapa del cine del destape en la que se podía ver algo más de una teta en pantalla como muestra de «apertura» del Régimen. La película se estrenó en Madrid a principios de 1976, pero exclusivamente en versión original, y solo puede exhibirse doblada dos años más tarde.

Curiosidades

  • La música de Ludwig van. El gran Ludwig van, oh, hermanos míos, porque apenas se habla de Beethoven. La banda sonora es fantástica, con obras fundamentalmente de Rossini y Beethoven perfectamente engarzadas con las imágenes. El compositor Walter Carlos (ahora Wendy Carlos) modificó varias de las piezas con ayuda de un sintetizador, lo que produce un sonido para la obra entre futurista y clásico, perfecta mezcla para unos decorados que comparten ambos estilos. Algunas de las alteraciones del sintetizador sirven para marcar el tempo de los personajes, lo ralentiza o lo acelera, como en la famosa escena en la que emplea la Obertura de Guillermo Tell, que por sí solo es un videoclip de un minuto entre divertido y perturbador. El tiempo real que aparece en ese minuto es de unos veintiocho minutos.
  • En la escena de las dos jóvenes que conoce en la tienda de discos aparece un disco con la banda sonora de 2001, Una odisea del espacio.
  • El diseño de ese estrambótico vestuario es obra de una debutante, la italiana Milena Canonero. A lo largo de su carrera ha ganado cuatro Óscar al mejor diseño de vestuario: Gran Hotel Budapest (2014), Marie Antoinette (2006), Carros de fuego (1981) y Barry Lyndon (1975), del propio Stanley Kubrick. Malcolm McDowell contó que Stanley Kubrick encontró en el maletero del coche del actor unas coquillas para protegerse sus partes, puesto que era practicante de cricket. Al director le pareció que podían darle ese aire entre retro y futurista si lo llevaban por encima del traje.
  • La canción Singin’ in the rain que Álex canta mientras golpea al escritor y desnuda a su mujer fue una improvisación del actor, al que Kubrick le pidió que cantara algo porque la escena había quedado muy sosa. A Kubrick le encantó, «es la canción que define la euforia para Hollywood». Le gustó tanto que compró los derechos de autor y la utilizó dos veces más en la película: para que Álex se delate en su segunda visita al escritor (un gran acierto) y en los títulos de crédito finales.
  • El culturista que ayuda al escritor que ha quedado en silla de ruedas tras la paliza de los drugos es ni más ni menos que David Prowse, el actor que interpretaría a Darth Vader tras la máscara (v. Goodbye, Lord Vader).
  • El perfeccionismo extremo, enfermizo más bien, de Kubrick le hizo famoso entre otras cosas por el número de tomas que obligaba a hacer a los actores. David Prowse acabó exhausto tras repetir más de treinta veces la escena en la que lleva al escritor con la silla de ruedas por las escaleras. La escena de los periodistas en el hospital se repitió 74 veces, y la escena inicial del intento de violación de Billyboy tuvo tantas tomas que la actriz inicialmente elegida abandonó el rodaje, harta de tanta «incomodidad».
  • La película estuvo prohibida en España, pero en 1973 se rodó y estrenó una producción de José Frade, con dirección de Eloy de la Iglesia, titulada Una gota de sangre para morir amando. La película tiene tal cantidad de escenas similares que fue apodada «La mandarina mecánica».
  • La película no disimulaba referencias a la obra de Kubrick, que aparecía mencionada en una escena, y fue distribuida en mercados anglosajones como Clockwork terror. La protagonista era Sue Lyon, la actriz de Lolita en la versión de Kubrick.
  • Del doblaje español se encargó Carlos Saura y de la traducción, el escritor Vicente Molina Foix. El mismo equipo de El resplandor. Yo personalmente detesto la voz española de Álex, no me gustó nada.
  • El suero que inyectan a Álex antes de la terapia Ludovico está en el bote 114. Las supersticiones o manías de Kubrick. En ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú, el CRM-114 es el aparato de seguridad que bloquea las comunicaciones con el B-52, y en Eyes Wide Shut el personaje de Tom Cruise visita el pasillo C, cámara (room) 114. Descubrimiento vía Cahiers du Cinema.

Otras referencias de los Cuatro amiguetes

Barney.- «La naranja mecánica» fue el apelativo que se dio a la fantástica selección holandesa de principios de los setenta, aquella comandada por Johan Cruyff y en la que jugaron Neeskens, Resenbrink o Johnny Rep entre otros. Un gran equipo comandado por Rinus Michels que llegó a dos finales de mundiales (Alemania 1974 y Argentina 1978).

Josean.- La naranja mecánica de Kubrick figura entre las películas más rentables de la historia, pues tuvo un coste de unos dos millones y medio de dólares y obtuvo una recaudación superior a los cuarenta. No se acerca a la rentabilidad de Garganta profunda, conocida en algunos círculos como la más rentable de todos los tiempos.

Lester.- Quizás quienes sí entendieron el final del libro antes que muchos fueron los miembros del grupo musical Los Nikis, quienes a mediados de los ochenta sorprendieron con la canción La naranja no es mecánica, con frases como «oh, hermanito, se acabaron los delitos», «la ultraviolencia siempre acaba mal» o «Álex, no lo intentes de nuevo, deja a los mendigos vivir en paz».

La naranja mecánica (I): la novela

TRAVIS, 12/12/2021

«Publiqué la novela A Clockwork Orange en 1962, lapso que debería haber bastado para borrarla de la memoria literaria del mundo». Quien se expresaba de este modo tan crítico con su obra más recordada era el propio autor de la novela, el escritor británico Anthony Burgess (Manchester, 1917). «De buena gana la repudiaría por diferentes razones«. La novela se publicó a principios de los sesenta, pero no tuvo demasiado éxito ni una gran repercusión, seguramente por su temática violenta y por el empleo de un lenguaje alternativo, el nadsat, que podía dificultar la comprensión del texto, o al menos hacerlo incómodo de leer. Fue a raíz del estreno de la película de Stanley Kubrick en 1971 cuando la propia novela se convirtió en un libro vendido, analizado y reinterpretado desde diferentes puntos de vista. Precisamente la interpretación errónea que Kubrick hizo de la novela fue la que llevó a Burgess a renegar de la misma hasta su fallecimiento en 1993.

Leí la novela a principios de los noventa y he vuelto a hacerlo el puente pasado, pues se trata de una novela corta, de menos de doscientas páginas (o de poco más, como explicaré en este post), que se lee rápido una vez que te acostumbras al nadsat. Mi edición es de 1994, de Ediciones Minotauro, una reedición de la de 1976 que constaba de veinte capítulos. Y tengo que decirlo cuanto antes, por mucho que moleste a Burgess, a mí me resulta inevitable imaginar a los personajes con un aspecto distinto al mostrado por Kubrick en la pantalla.

El extraño título

Del título se han dado tradicionalmente dos interpretaciones. La primera, del propio autor, indica que viene de una expresión del cockney (jerga londinense): «As queer as a clockwork orange». Tan raro como una naranja mecánica. Burgess explicó que le venía muy bien para explicar lo que cuenta la novela acerca de las técnicas empleadas para subvertir la naturaleza del individuo, como hacer de una fruta un ingenio mecánico. La segunda interpretación que he leído en varios artículos es que «ourang» es una palabra malaya que significa «persona», lo que complementaría la anterior. No es descabellado pensarlo, pues Anthony Burgess hablaba una decena de idiomas (ruso, español, alemán, japonés, italiano, y también malayo) y aparte de novelista era lingüista, traductor, ensayista, guionista y ¡compositor de música! Un auténtico polímata que pasó varios años de su vida en Malasia.

En realidad hay poco misterio, puesto que en el capítulo 2 de la Primera Parte del libro, el protagonista Álex entra con sus drugos (colegas) en casa del matrimonio al que va a agredir salvajemente y observa que el dueño de la casa está escribiendo un libro: «LA NARANJA MECÁNICA, y dije:- Caramba, es un título bastante glupo (estúpido). ¿Quién oyó hablar jamás de una naranja mecánica?». Y lee un solo párrafo que aclara lo que Burgess quería expresar: «Para oponerme al intento de imponer al hombre, criatura que crece y puede demostrar bondad, que es capaz de beber el néctar que brota de los labios barbados del Señor, para oponerme al intento de imponerle leyes y condiciones solo apropiadas para una creación mecánica, levanto la acerada pluma…». La novela toca muchos palos: la violencia, la ética, el control de la sociedad por las autoridades o si es el estado el único legitimado para ejercer la violencia, el Bien o el Mal como elección, pero se centra sobre todo en la disyuntiva entre imponer al ser humano algo en contra de su propia naturaleza o dejarlo a su propia elección. Y en esa disyuntiva, el autor de La naranja mecánica en la propia La naranja mecánica de Burgess dice que «para oponerme al intento de imponerle leyes…levanto la acerada pluma». Más adelante, tras la terapia que sufre Álex en la que se inhiben sus impulsos naturales y viendo cómo es analizado cual ratón de laboratorio, exclama: «¿No soy más que una naranja mecánica?».

La historia personal de Burgess en la propia trama

Un suceso conmocionó y cambió la vida de Anthony Burgess y su mujer para siempre. En 1944, durante un apagón forzado en Londres para evitar los bombardeos, la casa de Burgess fue asaltada y robada por cuatro soldados norteamericanos que habían desertado del ejército. La peor parte se la llevó su mujer, Lynne, que fue agredida y violada por los cuatro, y como consecuencia de los golpes y las agresiones perdió al hijo que ambos estaban esperando. Una escena muy similar a esta es la que aparece en el mencionado capítulo dos, en el que los cuatro drugos asaltan la casa del escritor y violan por turnos a su mujer. Lo describe con toda la crudeza, «oh, hermanos míos, entre tanto yo me sacaba los pantalones y me preparaba para la zambullida». «Después de mí, era justo que le tocase el turno al viejo Lerdo, y lo hizo resoplando y jadeando como una bestia». «Después hicimos cambio de parejas… y Pete y Georgie tuvieron lo suyo».

El nadsat

Álex, «Vuestro Humilde Narrador» de la novela, habla de un modo exageradamente refinado con los adultos que se cruza, pero utiliza una jerga con sus compañeros de ultraviolencia, el nadsat, creada para suavizar de alguna manera la crudeza de lo narrado y de ese modo evitar la censura. Las escenas con agresiones o violaciones se leen de una manera que hace que parezcan irreales, puesto que no es lo mismo hablar de glasos, grudos o rucas que de pechos, ojos o manos. La obra original de Burgess tenía 21 capítulos divididos en tres partes de siete capítulos cada una y no contenía el glosario de Nadsat al final del libro. Sin embargo, los editores norteamericanos decidieron incluir el glosario para facilitar al lector la comprensión del texto. Lo cierto es que aunque en las primeras páginas sientes la tentación de revisar si has entendido bien lo que está contando, después de dos o tres capítulos se puede leer el libro perfectamente sin acudir a dicho glosario de términos (Nadsat).

El nadsat aparece continuamente en la novela, pero con menor frecuencia en la película de Kubrick, que pensaba que podía afectar a la historia y a la calificación de la película. Burgess, como lingüista que era, utilizó su dominio de las lenguas eslavas para desarrollar esta jerga. En el capítulo 6 de la Segunda Parte, los doctores que aplican la terapia al joven Álex explican el origen de la misma:

– Muy curioso -comentó el doctor Brodsky- ese dialecto de la tribu. ¿Sabe usted de dónde viene, Branom?

– Fragmentos de una vieja jerga -dijo el doctor Branom, que ya no tenía un aire tan amistoso-. Algunas palabras gitanas. Pero la mayoría de las raíces son eslavas. Propaganda. Penetración subliminal.

En su mayoría son términos adaptados del ruso, o de la fonética del ruso. Nadsat es el sufijo ruso para las edades adolescentes, como el teen del inglés:

El tiempo, el lugar

Aunque no se menciona en ningún momento el nombre de la ciudad en la que se desarrolla la acción, ni tan siquiera el país, ni tampoco el año, he leído en algunos lugares que podría ocurrir en Londres en 1995. La única referencia al año aparece cuando los drugos roban un coche, «un Durango 95 nuevo» que «se tragaba el camino como espaguetis». En cuanto a la ciudad, podría ser Londres (donde la situó Kubrick) o cualquier otra ciudad británica, de donde era el autor, aunque a mí por momentos me recordó a Nueva York, donde suele ocurrir «todo». En el capítulo 6 de la Primera Parte, los jóvenes salen del restaurante Duque de Nueva York, donde «se levantaban edificios de oficinas», luego pasan junto a la biblioteca (en donde apalizarán a otro anciano), que me trajo a la cabeza la biblioteca pública de la Quinta Avenida, y después «el bolche (gran) edificio llamado Victoria». No sé por qué, pero mi mente lo situó en ese enorme edificio de estilo victoriano que es la Grand Central Station, a pocos pasos de la biblioteca. Cosas mías.

El capítulo 21

La primera vez que leí la obra de Burgess creí que terminaba en el capítulo 20, o el sexto de la Tercera Parte, el último editado en Estados Unidos y en la versión española de Minotauro. Álex dice «Sí, yo ya estaba curado», que realmente significa algo muy distinto a lo que entendemos por estar curado. Como este capítulo 21 es trascendental para comprender mejor las diferencias entre la novela de Burgess y la película de Kubrick, dejaré la explicación para la segunda parte. La suerte que he tenido esta vez, es que he encontrado el capítulo 21 (aquí dejo enlace), lo he leído con suma atención y creo que completa la visión moral o moralista que Burgess tenía inicialmente en su mente.

«En 1961 necesitaba dinero, aun la miseria que me ofrecían como anticipo, y si la condición para que aceptasen el libro significaba también su truncamiento, que así fuera», explicó Burgess en una entrevista años después. Ese tajo a la obra inicial provocó el gran malentendido que acompañó a esta obra durante décadas, un malentendido que la película de Kubrick amplificó y extendió.

Obras relacionadas

Tradicionalmente se ha asociado La naranja mecánica a otras dos grandes distopías cercanas en el tiempo: 1984, de George Orwell, escrita en 1948 y Un mundo feliz, de Aldous Huxley, de 1932. Ambas tienen esa visión del estado controlador, dominante, opresivo, capaz de ejercer la violencia sobre sus ciudadanos sin pudor. «Me parece que ayudarás al derrocamiento de este gobierno que nos aplasta. Convertir a un joven decente en un mecanismo de relojería no es ciertamente un triunfo para ningún gobierno, excepto si se siente orgulloso de su propia capacidad de represión». Un estado que contrata a psicópatas para acabar con la inseguridad en las ciudades, porque la violencia es lícita si parte de los propios militsos (policías). «¿No terminará decidiendo el propio gobierno qué es y qué no es delito, y destruyendo la vida y la voluntad de quien se atreva a desobedecer?».

Esa concepción de la falsa libertad que «concede» el estado, así como la violencia policial, me recuerdan también a los cómics escritos por Alan Moore V de Vendetta. Pero también encierra aspectos en común con Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, publicada en 1953. Una sociedad embrutecida, adicta a las pastillas cuando no a las drogas, en la que el tipo que sale con libros de la biblioteca es un tipo raro, o en el que por las noches «pasaban lo que solían llamar un programa mundial, porque todos los habitantes del mundo podían ver si lo deseaban el mismo programa; y el público era casi siempre los liudos (individuos) de la clase media». Exactamente lo que veía la mujer de Guy Montag en la novela de Bradbury justo antes de empastillarse para abstraerse del mundo y dormir.

Esta semana se cumple medio siglo desde el estreno de la versión cinematográfica de la novela, así que este post, oh, mis queridos drugos, continuará en La naranja mecánica (II): la película.

Una visita de cine al Museo del Prado

TRAVIS, 21/11/2021

El 19 de noviembre pasado se celebró el 202º aniversario del Museo del Prado, una de las mejores pinacotecas del mundo, así que me pareció una excusa como cualquier otra para recordar mi última visita al museo, hace aproximadamente un año, con motivo de la exposición El Reencuentro. Una visita con la mirada de un tipo que cree entender algo de cine, pero muy poco de pintura:

  • ¿Van Gogh? Sí, el pintor ese que se cortaba la oreja en El loco del pelo rojo, interpretado por Kirk Douglas.
  • Toulouse-Lautrec era el pintor ese de la minusvalía que interpretaba José Ferrer en Moulin Rouge, pero la buena, la de John Huston, no el pastiche kitsch ese de Baz Luhrmann.

Así que espero que los puristas del arte respeten este post de un reconocido no experto en artistas del óleo, técnicas, escuelas, ni en muchas de las historias que hay tras cada uno de los cuadros. Antes de la visita, me preparé de modo conveniente con la Guía definitiva para reconocer las obras de los genios de la pintura, una broma que ha alcanzado fama por sus pequeños trucos para no entendidos, como «si todos los personajes del cuadro, incluidas las mujeres, se parecen a Putin, es un Van Eyck»:

O que «si todo el mundo tiene un culo enorme, es Rubens»:

Las tres Gracias de Rubens estaban en la exposición y me permitió apuntarme un primer tanto. Bromas aparte, el hecho de ver tantas obras maestras juntas, agrupadas por épocas o autores, o por temáticas, me permitió contemplar numerosos detalles con esa perspectiva «cinematográfica». Los cuadros datan del siglo XV hasta principios del XX y la disposición de los mismos en las salas permite ver influencias entre unas escuelas y otras, o precisamente todo lo contrario: la diferencia de estilos entre artistas a la hora de retratar una familia real o una escena bíblica. Algunos cuadros parecían pintados como en el antiguo Cinemascope, esas pantallas hiper anchas, enormes, que cuando ponían una peli en una televisión con pantalla cuadrada hacía que no se vieran los personajes de los laterales. Como El Lavatorio, de Tintoretto:

Recuerdo que a veces esas películas rodadas en Cinemascope eran ajustadas para el formato de una televisión comprimiendo la imagen, lo que hacía que los personajes se alargaran hasta parecer watusis escuálidos de más de dos metros. Me acordé de este efecto al ver los cuadros de El Greco, el único pintor que perfilaba sus obras en Cinemascope y luego los ajustaba a un lienzo estrecho:

No osaré decir que la pintura era el cine de aquellos siglos para el pueblo, pero sí servía al menos para plasmar la realidad mucho antes de la fotografía (en el caso de los retratos, paisajes o bodegones), o para contar verdaderas historias que se podrían haber rodado de contar con una cámara en los años en que fueron encargados. Como la de Moisés salvado de las aguas, de Orazio Gentileschi:

El episodio bíblico del Antiguo Testamento tiene ese anacronismo tan propio de la pintura como una furgoneta en una peli ambientada en el siglo XIII, puesto que los personajes visten unos ropajes que para nada coinciden con su época y lugar. El objetivo no era otro que agradar al monarca que encargó el cuadro, Felipe IV. Hubo que esperar algo más de tres siglos para que Cecil B. De Mille rodara este momento con las técnicas modernas y un vestuario que se entiende más apropiado para la ocasión, aunque tratándose de Hollywood siempre se generan miles de dudas acerca de la idoneidad de los decorados y el atrezzo:

Otro ejemplo, El 2 de mayo de 1808, de Goya, también conocido como La lucha con los mamelucos:

Esta escena fue llevada al cine por José Luis Garci en Sangre de mayo, de 2008:

Ya que llegamos a Goya, recordé que los premios del cine español llevan el nombre del pintor aragonés porque «había tenido un concepto pictórico cercano al cine» y «varias de sus obras más representativas tenían casi un tratamiento secuencial», en palabras de la Academia de Cine. El uso de la luz sobre los personajes del cuadro o para destacar unos detalles frente a otros es el mismo de algunos directores de fotografía en las películas:

Puro Vittorio Storaro. Por el contrario, la época negra de Goya es una clara precursora de la oscuridad de Gordon Willis y su manera de iluminar los rostros de todos los personajes de El Padrino. Penumbras, sombras, oscuridad, negrura:

Don Francisco de Goya, uno de nuestros pintores más universales, ha tenido varias películas para contar su particular vida, pero de momento no ha tenido suerte con ninguna de ellas, que yo recuerde. No he visto Goya en Burdeos, de Carlos Saura, porque el cine de este director se me ha ido haciendo cada vez más pesado con los años y las críticas no fueron buenas. Por cierto, el director contó de nuevo con el maestro de la fotografía cuasi pictórica, el italiano Vittorio Storaro. Otra película que me apetecía ver era Los fantasmas de Goya, de Milos Forman (Amadeus), pero resultó ser un tostón ¡con el actor sueco Stellan Skarsgaard en el papel de Goya! Si es que… Como curiosidad, Javier Bardem fue nominado al premio Fernando VII como peor actor protagonista del año en los premios Godoy, una versión española de los Razzie estadounidenses, los premios a lo más infumable.

Cuando llegué a las majas de Goya, La maja desnuda y La maja vestida, recordé ese espanto de película de Bigas Luna titulada Volavérunt (1999) y pregunté a mis acompañantes: «¿se parece a Penélope Cruz?».

El director catalán, erotómano al nivel Berlanga plus, fue capaz de hacer un tostón infumable con Penélope Cruz y Aitana Sánchez Gijón, pero es que además, no se le ocurrió nada mejor para el casting del «mañico» Goya que seleccionar al cubano Jorge Perugorría. En nuestro cine somos tan zopencos que no somos capaces de sacar más partido a nuestra historia ni a los personajazos que nos ha dado, otro aspecto en el que Hollywood nos da cien mil vueltas.

Lo mismo pensé con la versión de Agustin Díaz Yanes de ese gran personaje de la saga creada por Arturo Pérez-Reverte que es El Capitán Alatriste. Qué grandes películas de acción y época se podrían haber hecho con El sol de Breda o El oro del Rey, y en su lugar el director nos presentó una obra decepcionante, con un error de casting similar al de Perugorría como Goya. ¿A quién se le ocurre representar a un capitán de los tercios de Flandes, castellano recio y antiguo, en la piel y con la voz de Viggo Mortensen, neoyorquino criado durante unos años en Argentina? No discuto su planta ni su estilo con la espada. Un tipo que se ha cargado decenas de orcos y uruk-hais está casi preparado para comportarse como un español de campaña en tierras valonas, pero esa voz… ese acento, ¿de verdad no había otro actor? Comento todo esto porque, según sugiere la propia novela de Pérez-Reverte, el capitán Alatriste aparece en uno de los cuadros más famosos de Velázquez, si no el que más.

La rendición de Breda. Íñigo Balboa, el narrador de las obras de Alatriste, habla de su padre y dice que: “Diego Alatriste y él fueron muy buenos amigos, casi como hermanos y debe ser cierto, porque después, cuando a mi padre lo mataron de un tiro de arcabuz en un baluarte de Jülich -por eso Diego Velázquez no llegó a sacarlo más tarde en el cuadro de la toma de Breda como a su amigo y tocayo Alatriste, que sí está, tras el caballo-…”.

La presencia de Velázquez en los libros de Alatriste le da mucho juego al autor, tanto como para dar a entender que una de las Meninas del famoso cuadro era Angélica de Alquézar, la rubia que traerá por la calle de la amargura a Íñigo de Balboa. “Asistía a la reina y las princesas jóvenes como menina”. “Debía tener once o doce años, y ya era un prometedor anuncio de la espléndida belleza en que se convertiría más tarde y de la que dio buena cuenta el propio Velázquez en el cuadro famoso para el que posaría tiempo después”.

En la película de Díaz Yanes aparece también el conde-duque de Olivares interpretado por Javier Cámara:

Así que cuando llegamos a la sala de Velázquez y contemplé el retrato del Conde-Duque, solo se me ocurrió preguntar si el tipo del caballo sería más como el intrigador interpretado por Javier Cámara o el histriónico que representó Javier Gurruchaga en El Rey Pasmado:

Desde que vi la divertida película de Imanol Uribe (1991) me resulta imposible no ver a Gabino Diego en el rostro de Felipe IV. Este fotograma me lo impide desde entonces:

Fue una mañana de lo más entretenida, pasando sala tras sala contemplando obras de todo tipo, maravillas recreadas en distintos siglos, viendo a Johnny Depp basándose en el maestro Sorolla (Aureliano de Beruete y Moret) para su interpretación de Mortdecai:

…viendo a Adrien Brody o a Terele Pávez en un Rosales o un Velázquez…

No creo ser el único al que le parece que el cine y la pintura tienen mucho que ver. De hecho, en algunos cuadros de época se aprecia perfectamente, como decía aquel meme, que algunos personajes de la nobleza se intentaban llevar una pantalla de plasma disimuladamente del Media Markt de la época:

Fahrenheit 451 (II): la película

TRAVIS, 27/09/2021

Apenas trece años después de la publicación de la genial obra de Ray Bradbury del mismo título, en 1966, el cineasta francés François Truffaut dirigió la adaptación al cine, ayudado en la escritura de guion por Jean-Louis Richard. Si la semana pasada me empapé el libro en unas pocas sentadas, esta semana he disfrutado de nuevo de la película. Un peliculón que puede encontrarse con facilidad en versión original subtitulada en este enlace que dejo aquí.

La primera vez que tuve noticia de esta película y del libro en el que se basaba fue a principios de los ochenta en el programa de Balbín La clave. Yo no tendría más de doce años, pero recuerdo que me impactó la saña con la que los bomberos trataban a los libros, como si fueran el mayor de los peligros de la sociedad. Con el tiempo y quién sabe si una madurez que no sé si he alcanzado, aprendí a valorar ambas obras en su justa medida, libro y película. Una muy buena película para un libro estupendo.

François Truffaut era un admirador del cine de Hitchcock cuando no estaba bien visto alabar al cineasta británico, al que se consideraba comercial y efectista. El famoso libro El cine según Hitchcock, que recoge las cincuenta horas de conversaciones entre el mago del suspense y el director francés, se publicó en 1966, pero las conversaciones se produjeron a lo largo de ocho días de 1962. Quizás esa admiración por Hitchcock fue la que hizo que el francés pensara en actores eminentemente «hitchcockianos» para su primera y única película en habla inglesa. Paul Newman, que acababa de rodar Cortina rasgada y Tippi Hedren (Los pájaros, de 1963 y Marnie, la ladrona, de 1964) fueron dos de sus principales elecciones para los papeles principales de Montag y Linda (Mildred en el libro). Para el protagonista masculino, también se consideró a Charles Aznavour y al recientemente fallecido Jean Paul Belmondo, pero ninguno cuajó. Al final el papel fue a parar al austriaco Oskar Werner, con quien Truffaut habbía trabajado en Jules et Jim. Para los papeles de la atontolinada mujer de Montag, Linda, y de la joven Clarisse que altera su mundo, Truffaut pensó en dos actrices exuberantes con gran parecido físico, como Jane Fonda y Jean Seberg. Truffaut pretendía que no hubiera grandes diferencias entre los personajes femeninos de la película, como para marcar la uniformidad de esa sociedad del futuro, pero finalmente se decantó por Julie Christie, que interpreta ambos papeles. Viajó a Madrid, donde la británica estaba rodando Doctro Zhivago, y cerró su contratación para ambos papeles. La Clarisse de la película es una joven mayor que la del libro, apenas una adolescente, y el director no disimuló más que el peinado para diferenciar ambos papeles.

Con quien Truffaut sí logró un tono hitchcockiano para su película fue con el compositor de la banda sonora, el habitual de Hitchcock Bernard Herrmann (de Ciudadano Kane a Taxi driver, historia del cine). Los grandes planos de Truffaut con los bomberos en funcionamiento no resultarían tan acongojantes (y hermosos, por qué no decirlo) de no ir acompañados por las cuerdas de Herrmann. En este último visionado del filme me estuve fijando de manera especial en la banda sonora y es otra obra maestra de Herrmann, a la altura de Psicosis, Vértigo o Con la muerte en los talones.

La película se rodó finalmente en los estudios Pinewood de Londres, y todos los escenarios fueron seleccionados minuciosamente, desde las urbanizaciones monótonas y uniformes hasta el monorraíl que funcionaba en pruebas cerca de la localidad francesa de Orléans, un tren que le daba ese aspecto futurista a la producción. Los bomberos tienen un comportamiento cuasi-robótico, no se cuestionan ninguna de las órdenes que reciben, y los uniformes rectos y de un solo color ayudan a conseguir ese efecto. Incluso algunos bomberos se parecen físicamente, quizás para aumentar la sensación de uniformidad y monotonía de la sociedad, como con los papeles femeninos.

Truffaut tomó algunas decisiones que pueden considerarse acertadas, como todo este diseño de producción, o la música, y algunas más cuestionadas, como la del doble papel de Julie Christie o la supresión del personaje de Faber, un ex profesor de literatura que guía a Montag en su descubrimiento de los libros. Pero acierta en prácticamente todo, como en la traslación de esa sociedad aburrida, inculta y «empastillada» que vive sin buscar respuestas porque ni siquiera se hace preguntas, que pasa los días enganchados a una pantalla con la que interactúan de manera totalmente falsa e impostada.

«Tú no eres como ellos», le dice Clarisse a Montag, y a partir de ahí despierta el interés del bombero por los libros. El primer día que abre uno recuerda a la interacción de un mono al que le lanzas un artilugio complejo. Lo mira, lo soba con curiosidad y se pone a leer todas las letras que encuentra, hasta la dirección de la editorial y el año de impresión. La conversación clave del libro, entre el capitán Beatty y Montag, se traslada en la película al descubrimiento del «alijo» de libros en la casa de una vecina de Montag. «Los filósofos son peores que los novelistas», se contradicen entre ellos, te hacen sentir una superioridad moral o intelectual sobre el resto, y no son más que «una moda». Lo mejor será quemar sus obras. Como todas las que aparecen en pantalla: Madame Bovary, Lolita, Jane Eyre, Walt Whitman, Kafka, El guardián entre el centeno, Los hermanos Karamazov… A Truffaut no querían dejarle inicialmente que quemara los libros cuyos derechos estuvieran vigentes, pero para el director era fundamental el papel de los libros como protagonistas de la película, como algo vivo cuya desaparición tenía que doler, y de ahí que se recreara en las imágenes de las hojas ardiendo lentamente, arrugándose sobre sí mismas como un ser vivo.

La otra gran elección de Truffaut respecto al libro fue el final, en el que los hombres-libro muestran a Montag su idea para que la cultura y las ideas de los libros pervivan. «Por fuera son vagabundos, por dentro son bibliotecas». En ambas obras la idea es similar, si bien con pequeñas diferencias: en el libro no aparece Clarisse en el bosque, fallecida en una redada, y termina con un terrible bombardeo que destruye completamente la ciudad y deja a los ciudadanos libres como responsables de reescribir los libros y con ellos, la historia. También hay diferencias en los títulos escogidos para los hombres-libro del libro y la película, en la que se cuela algún guiño a Ray Bradbury, como el personaje que se hace llamar Crónicas marcianas. El personaje de Montag en el libro lleva en su cabeza el Eclesiastés, del Antiguo Testamento, que tiene una frase perfecta para definir lo que ocurre en esa sociedad censora y opresora:

«Porque en la mucha sabiduría hay mucha angustia, y quien aumenta el conocimiento, aumenta el dolor».

Por eso hay que quemar la cultura, porque hace infeliz a la gente. Los bomberos del escuadrón 451 son verdaderos nazis en sus formas, en el saludo, en el adoctrinamiento de la población y en la manipulación de las imágenes de televisión, otra gran predicción para aquella época. Tanto la película como el libro me han gustado más en esta relectura de ambas, sobre todo por su actualidad.

A Ray Bradbury le gustó mucho ese final en el que los hombres-libro recitan los pasajes de sus libros frente a un paisaje nevado. El 31 de agosto de 1966, el propio Ray Bradbury afirmó: “Truffaut me ha regalado una nueva forma artística de mi obra preservando el espíritu del original. Le estoy profundamente agradecido”. Muchos años después, en 2009, manifestó sin embargo su disconformidad con la doble actuación de Julie Christie: «El error que cometieron fue elegir a Julie Christie como la revolucionaria y la esposa aburrida». A mí me gusta. Mucho. Sabe ser sexy y aburrida a la vez como Linda, o vivaz y dicharachera como Clarisse.

La película no tuvo una gran acogida en los cines y su taquilla apenas dio para cubrir los costes de producción. Sin embargo, con el tiempo se ha convertido con merecimiento en toda una obra de culto, en una oda de amor por los libros. Merece la pena verla. Y leer la novela, por supuesto. Sin necesidad de memorizarla y quemarla después.

Fahrenheit 451 (I): la novela

TRAVIS, 20/09/2021

La reciente quema de unos 5.000 libros infantiles en escuelas de Canadá me ha traído a la cabeza la novela de Ray Bradbury Fahrenheit 451. Entre los libros que fueron arrasados aparecen Tintín en América, Astérix en América, varios de Lucky Luke y numerosas novelas, y la excusa utilizada fue que «mostraban prejuicios contra los pueblos indígenas». La novela de Bradbury fue publicada en 1953, la leí hace unas tres décadas y he vuelto a releerla esta semana para comprobar si era tan visionaria como en su momento se sospechaba. No, es mucho más. Es una novela corta, de apenas doscientas páginas, y su relectura me ha permitido descubrir aspectos que había olvidado, que son los que me han motivado a escribir este post.

Para el que no la haya leído o no la recuerde, le diré que la premisa fundamental de la obra es que en una ciudad de un futuro próximo los libros están prohibidos, las casas son ignífugas y como no hay incendios que apagar, las brigadas de bomberos han sido reconvertidas para quemar libros, la parte final de un proceso que consiste en investigar a los ciudadanos, encontrar posibles disidencias y localizar si tienen o no libros ocultos en sus domicilios.

La quema de libros como método para evitar la propagación de ideas incómodas es algo tan antiguo como la propia escritura: la prohibición y destrucción de libros judíos por parte de los nazis a partir de 1933, la «hoguera de las vanidades» de Savonarola en el siglo XV, los incendios documentados en las antiguas Roma y China, la quema de libros de caballería en el Quijote o más recientemente, la destrucción de bibliotecas por parte del Estado Islámico.

Los libros como instrumento para mantener nuestra cultura y su destrucción como arma de eliminación de la misma. En esa misma línea, el escritor checo Milan Kundera escribió, citando al historiador Milan Hübl: «para liquidar a las naciones, lo primero que se hace es quitarles la memoria. Se destruyen sus libros, su cultura, su historia. Y luego viene alguien y les escribe otros libros, les da otra cultura y les inventa otra historia. Entonces la nación comienza lentamente a olvidar lo que es y lo que ha sido«. Ray Bradbury (Waukegan, Illinois, 1920) creció impresionado por la destrucción de libros del nazismo durante su adolescencia, pero curiosamente el detonante que le llevó a escribir esta obra distópica fue la censura de principios de los cincuenta dirigida por el senador McCarthy y la sospecha de que podían realizarse quemas de libros en Estados Unidos. Quizás el senador disfrutaría hoy, setenta años después, al saber que numerosos estados y escuelas estadounidenses proponen censurar libros y películas de todo tipo por no considerarlos decorosos o adecuados, o por encontrar en ellos tintes racistas (De ofendiditos y pollaviejas).

La novela de Bradbury comienza con una frase que recordaba a la perfección:

FAHRENHEIT 451: la temperatura a la que el papel de los libros se inflama y arde.

Sin embargo, no recordaba la siguiente, la que precede al inicio de la novela, que me ha parecido ahora mucho más interesante (desconozco si está en la versión original):

«Si os dan papel pautado, escribid por el otro lado»

JUN RAMÓN JIMÉNEZ

Salte de lo que te indiquen, rebélate. De aquella primera lectura hace años recordaba cierto paralelismo con Joseph Goebbels y su persecución de la cultura, así como lo relacionado con la censura de todo aquello que se saliera de la versión oficial o gubernamental, como en el 1984 de George Orwell, pero no recordaba los orígenes de las quemas de libros en la novela, que es uno de los aspectos que más me han interesado ahora. La explicación aparece en la conversación entre el protagonista, el bombero Guy Montag, y el capitán Beatty, hacia el final del primero de los tres capítulos. Hasta entonces la novela nos ha descrito el trabajo de los bomberos en una sociedad idiotizada en la que las familias viven pendientes de unas enormes pantallas en sus casas, pantallas que ocupan una pared entera del salón, con cuyos personajes interactúan (los «parientes»). Mildred, la mujer de Montag, se conecta todas las noches a sus «conchas» (auriculares) y se toma su dosis de pastillas para evadirse del mundo, hasta el punto de convertirse en una auténtica desconocida para su marido. El propio Montag no es un tipo que se pare a cuestionarse las cosas, vuelve a su casa «hacia la esquina, sin pensar en nada en particular». O como le dice Clarisse, la adolescente que cambiará su percepción de lo que le rodea:

– Ríe sin que yo haya dicho nada gracioso, y contesta inmediatamente. Nunca se detiene a pensar en lo que le pregunto.

La transformación de su modo de cuestionarse el entorno al conocer a la joven, así como el miedo de Montag al salvar un libro de la quema y llevárselo a casa, o la autoridad que controla el comportamiento de los ciudadanos y casi su pensamiento, también son elementos en común con 1984, escrita en 1948, apenas cinco años antes. Clarisse influye en Montag de igual manera que Julia en Winston, y el miedo de este al esconder la libreta en la que ha escrito sus pensamientos subversivos me recuerda al del bombero cuando el capitán Beatty se presenta en su casa para mantener la conversación clave de toda la trama.

El trabajo de los bomberos incendiarios surge cuando se hace necesario «simplificar», «condensar» el saber.

Beatty.- Los clásicos, reducidos a una emisión radiofónica de quince minutos. Después, vueltos a reducir para llenar una lectura de dos minutos. Por fin, convertidos en diez o doce líneas de un diccionario.

Beatty.- Los años de Universidad se acortan, la disciplina se relaja, la Filosofía, la Historia y el lenguaje se abandonan, el idioma y su pronunciación son gradualmente descuidados. Por último, casi completamente ignorados. La vida es inmediata, el empleo cuenta, el placer lo domina todo.

En este blog ya hemos hablado otras veces del empobrecimiento del lenguaje, y otro de los grandes temas que ofrece el libro es la disminución de la cultura y de la inteligencia de las personas por el abuso de las tecnologías, un debate que se ha abierto de nuevo tras la publicación de informes y libros que indican que los llamados «nativos digitales» constituyen la primera generación con menor cociente intelectual que la anterior. Pero aún hay un aspecto más interesante en esta conversación, y es el relacionado con la necesidad de unificar a la sociedad para contentar a todas las minorías. Solo así se explica que sea necesario eliminar todo aquello que pueda estorbar su consecución. Como la literatura.

Beatty.- Ahora, consideremos las minorías en nuestra civilización. Cuanto mayor es la población, más minorías hay. No hay que meterse con los aficionados a los perros, a los gatos, con los médicos, abogados, comerciantes, cocineros, mormones, bautistas, unitarios, chinos de segunda generación, suecos, italianos, alemanes, tejanos, irlandeses, gente de Oregón o de México. (…) Todas las minorías menores con sus ombligos que hay que mantener limpios. Los autores, llenos de malignos pensamientos, aporrean las máquinas de escribir. (…) Los libros según dijeron los críticos esnobs, eran como agua sucia. (…) No era una imposición del Gobierno. No hubo ningún dictado, ni declaración, ni censura, no. La tecnología, la explotación de las masas y la presión de las minorías produjo el fenómeno, a Dios gracias. En la actualidad, gracias a todo ello, uno puede ser feliz continuamente.

¡Joder!, con perdón. Me ha recordado las hordas censoras que pululan por las redes sociales pidiendo el veto de Grease, Pretty Woman, Verano Azul, películas en las que no haya suficientes mujeres y minorías raciales o anuncios que consideran machistas según parámetros de la progresía más conservadora que yo recuerde.

Pero es que el capitán Beatty prosigue con su escalada de explicaciones:

Beatty.- La palabra «intelectual», claro está, se convirtió en el insulto que merecía ser. Siempre se teme a lo desconocido. (…) Hemos de ser todos iguales. No todos nacimos libres e iguales, como dice la Constitución, sino todos hechos iguales. Cada hombre, la imagen de cualquier otro. Entonces, todos son felices porque no pueden establecerse diferencias ni comparaciones desfavorables. Un libro es un arma cargada en la casa de al lado. Quémalo. Quita el proyectil del arma. Domina la mente del hombre.

Toda esta parte me ha recordado a Aldous Huxley y la sociedad uniforme, vacía, hipnotizada y monótona que describe en Un mundo feliz (publicado en 1932), una sociedad que en su búsqueda de la «felicidad» ha eliminado la literatura, la filosofía o la ciencia, un mundo que considera marginal al personaje que lee obras de Shakespeare, que no es otro que John el Salvaje. No podía llamarse de otra manera.

Beatty.- Has de comprender que nuestra civilización es tan vasta que no podemos permitir que nuestras minorías se alteren o exciten. (…) A la gente de color no le gusta El pequeño Sambo. A quemarlo. La gente blanca se siente incómoda con La cabaña del Tío Tom. A quemarlo. ¿Alguien escribe un libro sobre el tabaco y el cáncer de pulmón? ¿Los fabricantes de cigarrillos se lamentan? A quemar el libro.

Y una vez que se vacían las mentes porque se eliminan los libros, los recuerdos, la cultura, la autoridad la rellena con nuevos hechos e informaciones banales y precocinadas. Las páginas que narran el origen de los bomberos y la necesidad de su trabajo para mantener una sociedad aparentemente feliz me han parecido de lo mejor de la novela, sorprendentemente actuales para haber sido escritos casi setenta años atrás. La parte final del libro, en la que aparece ese grupo de resistencia de «hombres-libro», cuya misión es mantener el legado de los mismos y transmitirlos a futuras generaciones, me ha interesado también bastante, pero por sus diferencias con la película de Truffaut la dejaré para la segunda parte.

Lean la novela, vean la película, pero por encima de todo, lean libros.

Continuará: Fahrenheit 451 (II): la película.

Las cartas de Ingrid Bergman

TRAVIS, 29 de agosto de 2021

El 29 de agosto de 1982, la actriz sueca Ingrid Bergman se acostó tras la fiesta de cumpleaños que celebró con unos amigos en su residencia de Londres. Cumplía 67 años y no volvió a despertar. Según su hija Pia Lindstrom, «creo que eligió morir el mismo día que había nacido; hay una especie de simetría en ello, es algo que le gustaba. Y es apropiado, fue como cerrar el círculo de su vida». No estoy seguro de que Ingrid Bergman escribiera una carta de despedida ese mismo día de 1982, pero sería acorde con su modo de vida hasta la fecha y con la importancia que las cartas tuvieron en su vida.

Como esa primera carta que no quiso recoger, en sobre blanco (el marrón era para los rechazados), convencida de que no había sido seleccionada para la Escuela de Arte Dramático de Estocolmo, con lo cual tendría que dar la razón a su tío Otto y abandonar toda esperanza en el mundo de la interpretación. Afortunadamente no fue así y comenzó una gran carrera como actriz que se prolongó durante cinco décadas en varios países y en diferentes idiomas.

Tras una docena de películas en Suecia, recibió dos invitaciones muy dispares para trabajar en otras cinematografías: la del productor David O’Selznick para que realizara una nueva versión de Intermezzo en Estados Unidos, y la del mismísimo ministro de propaganda del régimen nazi, Joseph Goebbels, con la intención de que realizara películas para el III Reich. Todos sabemos que eligió Hollywood, y en 1942 interpretó el inolvidable papel de esa «fugitiva» Ilsa Lund que intenta conseguir un salvoconducto junto a su marido Víctor Laslo en el café de Rick. Hablo, cómo no, de la mítica Casablanca, en la que su personaje escribe una de las cartas más recordadas (y más simples) de la historia del cine, la que recibe Rick en la estación de tren de París (recurso de la lluvia como lágrimas incluido):

«Richard, no puedo acompañarte ni volver a verte. No debes preguntarte por qué, simplemente que sepas que te quiero mucho, cariño. Y que Dios te bendiga. Ilsa». Pero, pero, pero… con lo que me gusta esta peli, ¿qué mierda de carta es esta? No sé, se la podrían haber currado un poco más, digo yo. El caso es que Ingrid Bergman recibió tres nominaciones consecutivas a los Óscar, pero no por Casablanca: sino por Por quién doblan las campanas, Luz que agoniza (con la que ganó) y Las campanas de Santa María. Y todavía recibiría una cuarta en 1948 por su Juana de Arco (Victor Fleming).

Se ve que el cine norteamericano no le aportaba más, tras menos de una década, y fue entonces cuando escribió su famosa carta al director italiano Roberto Rossellini:

«Querido Sr. Rossellini: He visto sus cintas ‘Roma, ciudad abierta’ y ‘Paisá’ y las he disfrutado mucho. Si usted necesita una actriz sueca que habla muy bien inglés, que no ha olvidado su alemán, que no entiende mucho de francés y que en italiano sólo puede decir ‘ti amo’, estoy lista para viajar y hacer un filme con usted».

El italiano, que no sabía quién era la actriz sueca, pidió que le localizaran la cinta sueca Intermezzo, y tras ver su actuación, contestó con una de esas mentiras piadosas que tanto se deben estilar en este mundillo:

«Acabo de recibir con gran emoción su carta que, por coincidir con mi cumpleaños, se ha convertido en el regalo más precioso. Ciertamente he soñado en rodar una película con usted y desde este momento me esforzaré en que sea posible. Le escribo una larga carta comunicándole mis ideas. Con mi admiración acepte, por favor, mi gratitud y mis cordiales saludos».

Lo que ocurrió después es de sobra conocido: Ingrid Bergman se presentó en Italia, abandonó a su marido y su hija, e inició una tórrida relación con el director italiano, lo cual resultó un escándalo para la mojigatería hollywoodiense de entonces, sobre todo cuando la actriz quedó embarazada sin haber cerrado su divorcio con su marido desde los 21 años, el dentista sueco Petter Lindstrom.

Desde el mismo momento en que se supo de la relación de ambos, la actriz comenzó a recibir cartas de todo tipo, pero ya no eran de elogios, como las precedentes, sino de lo que hoy en día se llamarían haters, odiadores vocaciones que usan las redes sociales, y que en su día se comunicaban por correo postal:

«Me llegaban cartas atroces, cada sobre iba lleno de odio. En algunas ponían que yo ardería en el infierno por toda la eternidad. Otras decían que era una agente del diablo y que mi pequeño era hijo del diablo. Y aun otras que mi bebé nacería muerto o sería jorobado. Hablaban de toda clase de horrorosas deformaciones que afectarían a mi hijo. Me llamaban puta y fulana. No podía creer que me odiara tanta gente. Al margen de lo que pensaran sobre mi vida, se trataba de mi vida privada, y yo no les había hecho nada. Estaba en estado de shock. Llegaban cartas de todas partes, pero la mayoría de América. América es muy grande, así que había gente para escribir cartas de todas clases. Roberto me preguntaba por qué las leía si me afectaban tanto. Decía que era como leer reseñas de críticos a quienes nunca les gusta tu trabajo. ¿Qué sentido tiene? Yo le respondía que era el único modo para encontrar cartas de amigos que me animaban y me apoyaban».

Ingrid Bergman y Roberto Rossellini se casaron finalmente en 1950 y tuvieron tres hijos, entre ellos la también actriz Isabella Rossellini. Su propia hija fue la que tuvo la idea de producir un documental sobre la vida de Ingrid Bergman basada en sus cartas, diarios y vídeos familiares. Jag är Ingrid (Yo soy Ingrid), se estrenó en Cannes en 2015, con motivo del centenario de la actriz. Supongo que nunca salieron a la luz, pero me habría gustado leer sus cartas de «desquite» cuando volvió a Hollywood para rodar Anastasia (1956, Anatole Litvak) y ganar su segundo Óscar. Estaba tan cabreada con ese mundillo de Los Ángeles que fue su amigo Cary Grant quien recogió la estatuilla. En 1959 regresó a la ceremonia de los Óscar para presentar el de mejor película del año y fue recibida con una enorme ovación. Para entonces ya se había separado de Rossellini y se había casado de nuevo, en esta tercera ocasión con el productor teatral sueco Lars Schmidt.

O las cartas que sin duda debió cruzarse con el misógino Alfred Hitchcock, con el que rodó tres películas en las que sus papeles eran de meras comparsas de los protagonistas masculinos: Recuerda, Encadenados y Atormentada. Sé que Encadenados (Notorious) tiene muchos seguidores, pero yo no estoy entre ellos. Creo que Hitchcock tiene no menos de una docena de obras mucho más conseguidas que esta historia inverosímil de espías y amores falaces.

Poco tiempo después de lograr su tercer Óscar en 1974, por su papel de reparto en Asesinato en el Orient Express, tuvo conocimiento del cáncer de mama que finalmente se llevaría su vida por delante de manera prematura. Pero no dejó de trabajar casi hasta el final, como en Sonata de otoño con Ingmar Bergman (que, por cierto, no era familiar suyo, igual que no todos los Pérez lo son) o en televisión con Una mujer llamada Golda, en la que interpretó a la primera ministra de Israel Golda Meir.

Ingrid Bergman era la perfecta definición de clase, estilo, en el cine. La clase se tiene o no se tiene, no se hereda. No tuvo tiempo de escribir una carta a su hija Isabella para cuestionarle sus papeles en el cine, algunos de ellos terribles, y desde luego, carentes de la clase de su madre. Se fue cuando se tenía que marchar y seguramente se llevó a la tumba las ganas de soltar una enorme peineta a todas aquellas personas que la criticaron en vida por hacer siempre y en todo momento lo que le dio la gana.

Ingrid Bergman. 29 de agosto de 1915 (Estocolmo) – 29 de agosto de 1982 (Londres).

Siete años en «Cuatro amiguetes y unas jarras»

15/08/2021

Hoy se cumplen siete años del inicio de este proyecto (más bien realidad) que estaba destinado a tener apenas un año de vida. «Buenos días a todos los que estáis ahí, al otro lado». Aquellas fueron las primeras palabras el 15 de agosto de 2014 en la Declaración de intenciones de este blog, unas palabras dirigidas a no se sabe muy bien quiénes, a esos lectores anónimos que se han ido sumando a este blog de manera paulatina, por el boca a boca, o el boca a oreja, mejor dicho, porque algún día un post les llamó la atención en Linkedin, Facebook, Twitter, o les llegó por Whatsapp, o porque alguno de los «BeBés» (Brasas Blogueros) le insistió con que «tienes que leer esto» o «esto otro ya lo explicaba yo en un post».

La idea inicial era probar doce meses, ver qué salía de aquello y esperar la aceptación de los lectores, pero lo cierto es que la recepción fue muy positiva, tanto que acabamos de completar los siete años de existencia. Durante ese tiempo han salido de la «batidora» de ideas 492 posts, más otro centenar en otros medios (fundamentalmente La Galerna), dos libros publicados con objetivos de crowdfunding para los proyectos solidarios de Lester en Bolivia y Ecuador, diversas colaboraciones con varios amigos que han querido aportar puntos de vista diferentes sobre algunos temas, entre cuatro y cinco mil lecturas mensuales (dejando aparte las de otros medios), más de mil comentarios (siguen pareciendo pocos, animaos más, dad un poco de cera), algunas «monetizaciones» que han ido a ONGs conocidas… pero por encima de cualquier otra consideración, estos siete años han traído dos cosas más: una enorme satisfacción para los cuatro amiguetes y (esperamos) diversión o buena información para los lectores. Y desde luego como aprendizaje es único. Uno relee algunos de los primeros posts y aprecia una evolución clara. Quizás se pierde algo de frescura al no soltar lo primero que viene a la mente, pero se gana en precisión. Del mismo modo que en el uso del lenguaje.

Para hacer caso a algunos amigos que pedían que la web tuviera un índice en el que buscar textos antiguos, está ya disponible en Índice, a la izquierda de la pantalla de entrada. Todos los artículos ordenados por tema y autor/amiguete. También existe la opción del buscador a la derecha de la pantalla, por palabras, «Martin Scorsese», «relato Escocia» o «teatro culé». Funciona, lo digo por ese amigo que me dice siempre que busca algo concreto de hace tres o cuatro años y no es capaz de encontrarlo.

Siete años ya, pero esto no termina aquí, queda mucho sobre lo que escribir, varios proyectos por concluir y mucho aprendizaje a las espaldas. Dentro de la labor de divulgación (y entretenimiento) de este blog, planteamos un pequeño ejercicio resumen de lo expuesto: que cada Amiguete deje aquí una recomendación ajena, otra propia, de un texto al que le tenga especial cariño y por la razón que sea haya tenido pocas lecturas, y un proyecto que se pueda contar.

TRAVIS

Recomendación: sobre todo dos poscast, La Órbita de Endor y Todopoderosos. El primero es pura información, extensa, exhaustiva, hasta límites increíbles (podcast de seis horas a veces), análisis de una película o un autor desde todos los puntos de vista. El segundo, Todopoderosos, dura «solo» dos horas y aporta buen humor a la vez que información. En cuanto a otros blogs, me quedo con los análisis de Cinemelodic.

Una recomendación propia: me curré bastante La película de las pelis del desván, mezclando personajes de varias películas, dando rienda suelta al guionista que llevo dentro y no llegué ni a treinta lectores. ¿Tan friki era?

Un objetivo: tanto Barney de manera recurrente como Lester y Josean han realizado sus publicaciones en otros medios, pero sé que la mía está por llegar, y espero que sea pronto. En un medio de tirada importante, en eso estoy, no voy a adelantar nada.

LESTER

Recomendación: el podcast de La Cultureta, de Onda Cero. Habrá quien pueda pensar que en ocasiones pueden resultar pedantes o con esa soberbia cultureta que se estila en este país, pero a mí me gusta escucharlo incluso cuando soy un completo ignorante en los temas que plantean: determinados autores, etapas históricas o músicos. Cuando sé algo del tema… entonces lo disfruto aún más. En cuanto a webs, sigo Zenda Libros menos de lo que me gustaría, pero a veces encuentro artículos en los que evadirme un buen rato.

Una recomendación propia: Los muertos salen a hombros, creo que Jardiel Poncela definió a la perfección una de nuestras principales características, no sé si como pueblo, nación o como condición humana.

Un objetivo: los proyectos no se cuentan hasta que están acabados, por superstición, por evitar preguntas insistentes o porque sí o porque no, pero solo puedo anticipar que por supuesto que hay un nuevo libro entre manos.

BARNEY

Recomendación: evidentemente, no hay mejor web, ni mejor escrita («Madridismo y sintaxis» es su máxima), para hablar de fútbol y baloncesto que La Galerna, donde me han acogido desde hace ya tres años. En el mundo de los podcast, el trabajo de Richard Dees en El Radio destripando las malas artes de la prensa es impagable.

Una recomendación propia: los post con más lectores son siempre los de fútbol, y me atrevo a decir que aquellos que atacan al Barça más que los que alaban al Real Madrid, pero uno es amante del atletismo y de casi todo el deporte en general, y escribió con especial cariño un recuerdo nostálgico imposible (porque no lo viví) de los Juegos de México de 1968.

Un objetivo: nada me gustaría más que escribir el libro definitivo sobre el caso Soule y los manejos de Ángel Villar al frente de la Federación de Fútbol, pero me temo que esa investigación no se va a hacer nunca. Van pasando los años y el escándalo se va tapando, hasta que llegue un día en el que se le dé carpetazo y no veamos un Moggigate como el que se vivió en Italia. Así que mientras llega esa oportunidad, quizás entre en el mundo del podcast, que ya en su día hubo un planteamiento de unos «colegas».

JOSEAN

Recomendación: mi amigo El Economista Salvaje dejó de publicar su blog, y para mía fue una pena, puesto que me sirvió para conocer algunos temas que nunca me habían interesado. También ha sido una pena el reciente fallecimiento de José María Gay de Liébana, que publicaba artículos muy interesantes y plenos de sentido común en El Economista. En Linkedin, el Newsletter semanal de Javier Esteban Beyond the Hype aporta información útil y de calidad.

Una recomendación propia: hay dos post con mucho curro detrás que fueron los dedicados a la ausencia de seguridad jurídica, de plena actualidad con todos los cambios regulatorios del sector eléctrico.

Un proyecto: sobrevivir, que la vida no me da para más. Sobrevivir a todo el estrés, a todos los cambios legislativos, contables, fiscales, informáticos… aguantar hasta la jubilación, aunque cada día nos la pongan más lejos. ¿Acaso hay algo más importante?

Lo dicho, seguimos con el blog. De momento, de momento… de momento, otro año más al menos. Lo mismo que decimos cada año.

Y ya sabes, si quieres colaborar con una buena causa, aquí dejamos un enlace de una ONG de la que hemos hablado mucho y bien en este blog: Ayuda en Acción/colabora

Tokio 2020 (II): la película de Simone Biles

TRAVIS, 06/08/2021

La sala de los productores de la Metro Goldwyn Mayer echaba humo en sentido metafórico, pero también en el real, pues a pesar de la prohibición de fumar en espacios cerrados, el mandamás de la compañía, Brian Winner, seguía devorando sus enormes habanos delante de los productores ejecutivos que venían a ofrecerle proyectos. Apenas una semana antes había propuesto un reto a tres de sus hombres más capacitados:

BRIAN WINNER: Quiero una película sobre los Juegos. Pero sobre estos, los de Tokio 2020 ó 2021, como queráis, los del covid, la ausencia de público y los atletas que llevan cinco años esperando este momento. No quiero historias sobre tíos a los que no recuerda nadie, por mucha musiquita naninonaninoo que le pongáis (Carros de fuego), ni sobre Jesse Owens (El héroe de Berlín), por Dios, que esa historia del negro que desafía a Hitler ya se ha contado muchas veces. Y nada de atentados terroristas, como en Munich (Steven Spielberg) o Richard Jewell (Clint Eastwood), porque al final se habla de todo menos de deporte, de superación, que es lo que me interesa en estos tiempos. Y os recuerdo que ya no hay telón de acero, que aquello de Milagro sobre hielo o Tres segundos no estuvo mal, pero quiero otra cosa, por arquetípico que resulte: la historia del deportista que triunfa a pesar de todo lo que se pone en su contra.

Los periódicos sobre la mesa de Mr. Winner aparecieron al día siguiente con la foto de Simone Biles en la que anunciaba su retirada de la competición, así que tenía claro sobre qué iban a tratar los tres proyectos que se le presentaran. Ahí había una buena película que contar, sin duda.

El primero en anunciar su proyecto fue Chris Goodman. Los productores contaban con tres minutos de tiempo para convencer al Gran Jefe de la validez de su proyecto, lo cual distaba mucho de ser un aprobado, pero al menos el pulgar hacia arriba permitía alargar la vida de las ideas, estirarlas, contratar guionistas para darle forma y «mover billetes», que en el mundo de los productores era más importante que el propio resultado final. Y por supuesto se salvaban de la papelera y las archiconocidas reprimendas que en más de un caso habían terminado en despido.

CHRIS GOODMAN: Tenemos la historia de una niña abandonada por sus padres a los tres años. Los padres son drogadictos, están hasta las trancas de crack y la niña no es más que un estorbo que pulula por una casa repleta de suciedad y malos tratos. La niña es educada en un orfanato y sus abuelos se ocuparán parcialmente de ella. Pese a lo trágico de este comienzo, la historia estará contada con humor, y por eso creemos que el director adecuado para rodarla será Robert Zemeckis, que ya hizo maravillas contando de manera divertida las tragedias de Forrest Gump. Los abuelos de Simone le contarán las cosas de una manera particular, en especial desde que entre en un gimnasio de Ohio a la edad de seis años, con frases como «La vida es como un ejercicio de suelo: complicada, difícil, pero por muchas vueltas que des, siempre acabas cayendo de pie».

Ella es muy buena y sobre todo, muy trabajadora. Las horas de entrenamiento le evitan enfrentarse a los dramas de su vida personal. Su hermano, cuatro años mayor que ella, terminará en prisión acusado de un triple homicidio. Pero ella seguirá trabajando y cosechando éxitos, uno detrás de otro. En una historia como esta tienen que aparecer forzosamente las drogas, los abusos sexuales y la violencia, pero lo harán con la elegancia de Forrest Gump, casi como parte de esa gran comedia que a veces puede ser la vida.

La trama nos llevará a Tokio 2020. La gimnasta ha superado los casos de abusos, la situación judicial de su hermano y el aplazamiento de los Juegos durante un año, y se la ve con ganas de cumplir todas las expectativas creadas. Pero Simone necesita al público y le invade una enorme tristeza cuando ve el escenario vacío. Siente como nunca las miradas sobre ella y se derrumba tras el primer ejercicio. Le dice a su entrenador que no puede con tanta presión y llama a su abuela para que le dé una de sus famosas píldoras, «la vida es como la salida de las barras asimétricas, tienes que saber plantarte», pero está en el hospital con su tía Nellie, que se halla gravemente enferma. Pese a todo, es capaz de recomponerse y competir el último día sobre la barra fija, aparato en el que queda tercera. La tía Nellie ha muerto y a ella le dedicará su éxito. La película termina con la música de Alan Silvestri durante el reencuentro de Biles con su familia.

Mr. Winner exhaló una humareda y se quedó mirando cómo el humo se deshacía en su camino hacia los altos techos del despacho. No dijo nada y simplemente señaló con un dedo al siguiente productor.

PETER YELLOW: con todos los respetos, Chris, esa es la historia previsible, la que creo que todo el mundo espera y más o menos conoce, y no quiero hacerte de menos, pero a mí se me ocurre darle un planteamiento más arriesgado, nada luminoso. Para darle a la historia la oscuridad que yo creo que requiere, nadie mejor que Oliver Stone como director. La historia comenzaría del siguiente modo: Interior del centro olímpico de gimnasia. Delegación USA. Día.

Minutos antes del concurso de Simone Biles en el potro, un delegado del equipo americano le pasa a otro un informe con una palabra bien grande: “Positivo”. Revuelo, nerviosismo, gente hablando mientras corre por los pasillos, y el delegado se lo transmite al seleccionador: «es un test de la Federación norteamericana, no del COI, que lo desconoce». El seleccionador se queda cabizbajo y pensativo, y tras unos segundos se lo dice a Biles justo antes del salto. Al acabar la prueba, deciden que Simone Biles se retire de la competición. La delegación blinda un escudo de seguridad a su alrededor y el responsable de comunicación prepara la versión oficial acerca del estrés emocional sufrido. Lo cierto es que las supuestas penurias contrastan con la imagen de la gimnasta apoyando en días posteriores a sus compañeras. Un veterano periodista se pone a investigar la historia porque algo no le cuadra. Él fue clave en el caso del médico que abusaba de las gimnastas y uno de los más críticos con las pocas cabezas que rodaron tras el escándalo. Y además es un patriota al que le cabrea ver cómo la ausencia de Biles ha sido clave para que el equipo estadounidense pierda el oro en la final por equipos “¡ante los rusos!”.

La película giraría alrededor de la investigación de este periodista y se entremezclaría con imágenes en blanco y negro del pasado de Biles: su primer contacto con las pastillas para superar una depresión, el año sabático tras los Juegos de Río, la vuelta a la competición, las lesiones y cómo se deja guiar por los médicos del equipo para un tratamiento severo de las mismas, pero no permitido por las organizaciones antidopaje… La gimnasta desconoce casi todo lo que se cuece a su alrededor, porque no es más que una marioneta en manos de unos tipos sin escrúpulos que la explotan en todos los sentidos.

La gimnasta se repite las pruebas unos días después y da negativo, tras lo cual anuncia que vuelve a la competición, gana un bronce en barra fija y queda como una heroína para su país y ante los medios. Pero su mirada en el podio es triste y se cruzará con la mirada del periodista que ha detectado las incongruencias en todo lo contado por la delegación. Oliver Stone es único para dejar una duda en el espectador, recuerda JFK, Nixon o W. y pretendemos que esa duda sea lo que queda al final de todo.

El Gran Jefe seguía pensativo mientras se disponía a encender un nuevo habano, «este va por Oliver Stone», dijo, y dio paso a la tercera propuesta.

DICK BOATHEAD: me vais a disculpar, pero yo no concibo el cine sin una historia de buenos y malos, y en el caso de Simone Biles y Tokio 2020, no puede ser de otro modo. A un lado tenemos a Simone, la buena: mujer, negra, perdón, afroamericana, y víctima de abusos durante su adolescencia. En el lado contrario pondremos al villano: hombre, blanco, hetero, un triunfador para el gran público. Novak Djokovic. Pretendemos que sea una peli con ritmo y estética de videoclip, para lo cual no hay nadie mejor que James Gunn, el de Los guardianes de la galaxia o El escuadrón suicida.

La película girará en torno al estrés de la competición y los dramas de cada uno de los deportistas. Simone Biles será una mujer agobiada, con un pasado repleto de traumas, que explota en un momento dado de la competición porque no puede más. Ella es católica e iba a misa con su abuela y su tía todos los domingos, y su tía fallece durante la competición de Tokio, lo que no hace sino aumentar la tristeza y la sensación de soledad que la invade. Se arropa con sus compañeras, con el cariño del entrenador y todo el equipo norteamericano en Tokio.

Por otro lado, en la Villa Olímpica veremos el modo de actuar de un fanfarrón como Nole, un tipo que más que bromear, chulea a todo el mundo: recogepelotas, árbitros, rivales… Cuando le preguntan por la presión y el modo de manejarla, contesta con altanería: “la presión es un privilegio. Sin ella no hay deporte profesional, es necesaria y nos hace mejorar…”. Montaremos un vídeo con los llantos de Biles al ver que no es capaz de romper su bloqueo mental mezclado con las risas de Djokovic al ir superando a rivales, tanto en los partidos individuales como en los dobles mixtos con su compañera Nina Stojanovic.

La competición avanza de tal modo que parece que el serbio se irá con dos medallas y Biles con la plata ganada por sus compañeras en una prueba en la que ella apenas ha participado. Pero en todas las películas tienen que ganar los buenos, así que Biles se recuperará y se hará con un bronce tras un ejercicio fantástico en la barra fija, mientras que Djokovic perderá las semifinales de tenis y luego el partido por el bronce. En ese encuentro contra el español ese, ¿Carreño?, destrozará su raqueta, se desquiciará delante de todo el mundo y escucharemos en off sus palabras sobre el manejo de la presión. La película terminará con la imagen de Biles recibiendo la medalla de bronce con un gran gesto de satisfacción, y la rueda de prensa de Djokovic en la que anuncia que se retira del dobles mixto dejando a su compañera en la estacada. Una está radiante, el otro está hundido.

Quizás el lector esperaba que el relato terminara de otra manera, pero prefiero dejar que cada uno se monte su película particular en este caso, y no voy a hacer que Mr. Winner elija una u otra propuesta porque podría interpretarse que esa es mi postura particular. Y quizás no lo sea.

THE END

Capítulos de esta serie:

Tokio 2020 (I): la libertad de expresión, by Josean.

Tokio 2020 (II): la película de Simone Biles, by Travis.

Tokio 2020 (III): el maratón olímpico, by Lester.

Tokio 2020 (IV): el resumen de los Juegos, by Barney.

Una peli para contar una historia, una historia para hacer una peli

TRAVIS, 25/07/2021

“Basada en hechos reales” aparece en los títulos de crédito con demasiada frecuencia y en numerosas ocasiones te pone a la defensiva porque los creadores de una película son capaces de partir de una anécdota para contarte algo totalmente inverosímil. Y desde luego, muy alejado de la historia real en la que supuestamente se basan. Pero por suerte, en muchas otras películas, sus productores, guionistas, director, etc. tratan de ser fieles a lo que sucedió y son capaces de contar en poco más de hora y media una historia que todos leímos en los periódicos o vimos en los telediarios. Por ejemplo, Sully, de Clint Eastwood, con Tom Hanks interpretando al veterano piloto que aterrizó un avión comercial en mitad del Hudson, frente a Nueva York. Bien narrada, estupendamente filmada, con un guion sin concesiones al espectador, directo para contar la historia de un héroe que por momentos fue puesto en duda.

O Richard Jewell, nuevamente del bueno de Clint Eastwood, sobre el vigilante que encontró la bolsa con explosivos durante los Juegos Olímpicos de Atlanta en 1996. La historia original no daba para mucho más, pero Eastwood fue capaz de contarla de manera entretenida y de un modo ajustado a la realidad. Parece que el director norteamericano se ha especializado en los últimos años en contar historias basadas en hechos reales (15:17 Tren a París, El Francotirador).

United 93, sobre el avión que se estrelló en Pennsylvania el 11-S, La red social, sobre el nacimiento de Facebook, Apolo XIII, Elegidos para la gloria, Todos los hombres del presidente, 127 horas… muchas buenas películas sobre acontecimientos que prácticamente todos recordamos, que cuando escuchamos acerca de su rodaje o de su estreno, pensamos: “ah, sí, ya recuerdo, sobre los tipos aquellos que…”. O muchas otras sobre hechos desconocidos que algún avispado guionista convirtió en película: Tres anuncios en las afueras, Moneyball, 12 años de esclavitud, El discurso del Rey, Hotel Ruanda…

De eso va el post de hoy, de todas esas historias que los que tenemos la memoria por castigo recordamos y de las que se nos ocurre que se podría hacer una película más que entretenida. Y de manera especial en España, demasiado anclada en ocasiones en la guerra civil y la posguerra. Porque si algo tienen los Estados Unidos es una capacidad bestial para hacer autocrítica, para mostrar al mundo sus vergüenzas sin complejos. Y reconozco que me encanta, que no se cortan un pelo aunque tengan que poner a caldo a un presidente de gobierno (W, Primary Colors, Fahrenheit 9/11), a los medios de comunicación (Los archivos del Pentágono, Network, Buenas noches y buena suerte) o a todo el sistema judicial (El juicio a los 7 de Chicago, Una cuestión de género, A civil action).

Si Hollywood nos regaló una crítica feroz de la burbuja inmobiliaria y financiera con La gran apuesta (Adam McKay) o con Capitalism: A love story (Michael Moore), aquí estoy esperando todavía que alguien coja lo ocurrido con Gescartera o con Fórum Filatélico y nos lo cuente. O con las tarjetas black, o con Bankia y el otrora prestigioso Rodrigo Rato. Con Gescartera desaparecieron 120 millones de euros y atraparon en la estafa a mutualidades de fondos públicos, fundaciones, ONG y varias congregaciones religiosas. El director de la agencia, Antonio Camacho, era un Lobo de Wall Street de mercadillo, un papel perfecto para Antonio de la Torre en una película de Rodrigo Sorogoyen.

La vida de Dick Cheney en Vice (de nuevo de Adam McKay) nos muestra a un tipo corrupto y sin escrúpulos, que se enriquece en las guerras de Iraq y Afganistán y que confiesa no arrepentirse de nada. Aquí en España creo que se tenía que haber hecho una película con la vida del hermanísimo más famoso de la política, Juan Guerra. El hermano del “vice” Alfonso Guerra no tenía cargo público conocido, pero sí despacho oficial desde el que ejercía de “conseguidor” de contratos. Qué historia tan cojonuda, inverosímil, pese a que todos sabemos que ocurrió. El caso es que hay directores capaces de rodar buenas películas sobre temas políticos, como vimos con El hombre de las mil caras (Alberto Rodríguez), sobre Francisco Paesa y la estrambótica huida del antiguo director de la Guardia Civil, Luis Roldán.

La política podría ser un fantástico granero de ideas para los productores españoles si tuvieran el valor de acometer los proyectos con objetividad y sin caer en el sectarismo. Lo que se podría rodar aquí solo con lo que salió en la comisión de investigación del “Tamayazo”, o con el dinero despilfarrado en coca y puticlubs por Javier Guerrero y la Junta de Andalucía. O con la cleptómana Cifuentes, o con la vida de esos dos amigos de pupitre en el colegio, José María y Juan, que llegan a la política y al mundo de la empresa respectivamente en esos momentos en que se privatiza lo público, y sus vidas se separan. Uno llega a presidente de gobierno y el otro se hace millonario hortera y va dejando pufos a los accionistas por donde pasa.

Aunque para historias de amigos, se me ocurre la de ese chico aficionado a la música cuyo padre está siendo investigado por corrupción, y un buen día, en medio de juicios e investigaciones, un tipo disfrazado de cura se cuela en su casa, lo secuestra junto a su madre, lo tiene ahí varias horas, y luego desaparece de la escena pública. Apenas vuelve a saberse del secuestrador y de su condena, mientras que el joven continúa en el mundo de la música con el hijo de otro célebre preso por delitos de cuello blanco. Y ambos tienen éxito: Taburete, la historia de los hijos de Bárcenas y Díaz Ferrán. Con menos que eso, los americanos te hacen una historia que luego te venden como ejemplo de superación. O una historia de desesperación, como sería la del tipo disfrazado de cura, o la del hombre que embistió su coche con bombonas de butano y un temporizador de un ventilador en la sede del PP en Génova. ¿Qué coño pasaría por la cabeza de ese tipo, qué grado de desesperación tenía para tomar esa decisión?

El que se superaba en su vida era Frank Abagnale, el veinteañero interpretado por Leonardo Di Caprio en el que Steven Spielberg basó esa gran película titulada Catch me if you can (Atrápame si puedes). Era un experto en hacerse pasar por piloto comercial, médico o abogado, y un grandísimo falsificador. Aquí en España solo podría rodarse con el tono de comedia y sin duda sería la historia del pequeño Nicolás. Que este tipo imberbe llegara a eventos de todo tipo, a platós de televisión, a hacerse pasar por agente del CNI o emisario de la Casa Real y del que sabemos que era poco más que el buscador de prostitutas de un secretario de Estado, es una historia que no puede faltar en la gran pantalla. O al menos en la pequeña, en la que ya se han rodado series clarificadoras sobre algunos de nuestros sucesos más conocidos: Fago, sobre el crimen en aquella pequeña aldea de menos de treinta habitantes del Pirineo oscense, El caso Wanninkhof, Padre Coraje o Soy El Solitario. La historia de este último me recuerda vagamente a Zodiac, el peliculón de David Fincher sobre ese asesino que atacaba de manera muy esporádica en San Francisco, lo que hizo que la policía estuviera años persiguiéndolo (y aún sin resolver hoy en día). Y resulta que el Solitario vivía a menos de dos kilómetros de mi casa.

Si pienso en muchas de las pelis americanas que nos llegan, se me ocurre enseguida pensar en cuál sería el equivalente español de una trama similar. Y veo que tenemos casi de todo:

  • El sargento de hierro, ese energúmeno que curte a los marines a base de torturas y tacos de todo tipo, y luego invade la isla de Granada con facilidad, porque para eso ha curtido a su ejército y las torturas y humillaciones eran parte del entrenamiento, sería aquí El sargento chusquero, sobre un veterano militar de la Legión que fuerza a límites extenuantes a los legionarios, lo que luego será fundamental para tomar el islote de Perejil “al alba y con fuerte viento de Levante” (Trillo dixit).
  • El gran carnaval, la obra maestra de Billy Wilder sobre el sensacionalismo de la prensa estadounidense ante la angustia de un hombre atrapado en un derrumbe en una gruta es muy similar a lo que aquí ocurrió con el niño Julen y el elefantiásico despliegue de medios alrededor de la desgracia. Hubo un programa especial un viernes por la noche en el que se anunciaba que iban a llegar en directo al lugar en el que supuestamente estaba atrapado el niño. Bochornoso, me negué a verlo y participar con ello del morbo. Luego supe que no alcanzaron a encontrar el cadáver en directo y me alegré. Joder, cómo me alegré.
  • Captain Philips, sobre los secuestradores somalíes de un mercante americano es una historia con puntos en común con la del pesquero Alakrana, que además aquí se habría podido rodar añadiendo el conflicto batasuno y su petición de ayuda al “Estado represor” español.
  • Spotlight, sobre los abusos de la Iglesia católica de Massachussets y la investigación periodística. Por desgracia, es fácil encontrar su equivalente español.
  • Buried, de Rodrigo Cortés. Si un individuo atrapado en un ataúd da para una angustiosa trama de hora y media, no quiero ni pensar lo que se podría rodar con los secuestros de Miguel Ángel Blanco o de José Antonio Ortega Lara. Que además son historias que no se pueden olvidar, pese a que según un estudio los menores de veinte años las desconocen por completo. Y el porcentaje baja en el País Vasco.
  • The Crown. Los Windsor han dado ya para cuatro temporadas, ¿habrá valor para rodar algún día (y sin censuras) The Spanish Crown? ¿O Los Borbones? He visto un par de series sobre los Reyes Juan Carlos y Sofía (Sofía) y Felipe y Letizia, muy edulcoradas ambas, demasiado amables. ¿Tenemos la madurez suficiente para que nos cuenten los claroscuros de la Familia Real? Pues parece que el proyecto ya está en marcha.

Veremos hacia dónde van los argumentos del cine español, pero creo que nuestros periódicos nos dan numerosas ideas. Y cuando los directores españoles se ponen a rodar sobre nuestra vida son capaces de conseguir obras interesantes, aquí dejo alguna más y lo dejo por hoy: Lo imposible, Mar adentro, El crimen de Cuenca, El lobo, Solo, El Lute, Cien metros.