La magia de la sala oscura (II), por Travis

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“Espero que nunca desaparezca la mirada fascinada de un niño en una sala oscura mientras proyectan una película, aunque ese niño tenga varias décadas a sus espaldas”. Así terminaba la primera parte de este repaso a esa gran pasión que es el cine para tantos entre los que me incluyo. Sin embargo, a veces tengo la sensación de experimentar algo distinto cuando entro en la sala.

Desaparecieron esos maravillosos programas dobles de sesión continua, igual que el proyeccionista o el celuloide, los cines del centro fueron cerrando, nacieron las impersonales multisalas, y para las grandes productoras y distribuidoras las películas pasaron a ser productos. Odio esa palabra destinada al cine. “Un producto de fácil consumo”, “un producto comercial”, “un producto entretenido sin más”, “un producto palomitero para pasar el rato”. Un subproducto.

Igual que odio el ruido que hacen algunos al comer palomitas (“¡cerrad las putas bocas al menos!”) y odio escucharles sorber la Coca-Cola que ya no les queda al fondo de los ruidosos hielos, pero por encima de todo, lo que más detesto en el cine son las pantallas encendidas de los móviles. ¿Qué clase de gente manda guasap o mira el “féisbuk” en mitad de una película? Juro que he visto a un tío darle un fucking like en mitad de la escena más emotiva de Un monstruo viene a verme, cuando los lagrimones empezaban a resbalarme por la tocha. ¿La sociedad se ha ido a la mierda de modo definitivo?

alex1Y a pesar de la incomodidad que a veces siento cerca de algunos espectadores, encuentro pocos placeres como ir al cine. Siempre ha estado presente en mi vida. Invité a mis hermanos y a mis primos al cine con uno de mis primeros sueldos (El día de la bestia). Jamás hubiera tenido una novia que no hubiera querido acompañarme al cine el Día del Espectador. “No, a mí el cine no me va”, hubiera sido motivo excluyente de una posible relación aunque esas palabras emanaran de la boca de la mismísima Charlize Theron (bueno, aquí quizás me he pasado en la comparación).

Hoy en día me parece el plan perfecto de viernes para un cuarentón hastiado de una semana complicada. Aunque esté yo solo en la sala (La venganza de los Sith), aunque seamos únicamente dos colegas (Abierto hasta el amanecer), o tres amigotes escandalosos en el cine (Agárralo como puedas 33 y 1/3), un puñado de frikis amantes de Terminator (Génesis) o una panda de solitarios gafapastas con aires de tipos comprometidos (Bowling for Columbine). Esa intimidad incluso es beneficiosa para el deleite de la película.

Mia FarrowY sin embargo, a la vez que suelto esto, pienso que el público es fundamental para el espectador. Cuando cien personas se ríen a tu alrededor, sus carcajadas te contagian y propia risa se vuelve más fuerte. También es cierto que cuando el tipo de delante saca el móvil para poner un emoticono, le meterías la cabeza en una prensa al modo de los gánsteres de Casino, pero en líneas generales la compañía ayuda. Cuando ves gente llorando o moqueando en sus butacas, tu vena sensible se agudiza. Cuando tu pareja te estruja el brazo y te clava las uñas por la angustia o la tensión de lo que ve en pantalla, te brota una sonrisa masoquista. Será por lo que decía recientemente Christopher Nolan: “las películas pueden darte esa sensación visceral y es esa combinación mágica de la emoción visual y la experiencia grupal que se vive en una sala de cine, donde todo el mundo está experimentando lo mismo, lo que me fascina. Creo firmemente en esa capacidad del cine de hacerte vivir experiencias que jamás podrías vivir de otro modo”.

El público es fundamental, decía, que pregunten a los propietarios de los cines y a todos los que viven de este negocio. Cada vez que oigo a alguien que el cine es caro, me cabreo. Diez euros, o siete si pillas alguna oferta, incluso menos. Comparado con el teatro, la ópera o el fútbol está tirado de precio. En los últimos tiempos y amparados en la excusa de atraer espectadores han aparecido nuevos formatos, como la tecnología 3D, que no me termina de convencer (pero sirve de excusa a los cines para cobrarte más por la entrada), o lo que llaman 4D, con butacas que se mueven, te zarandean, o te hacen sentir el viento y la lluvia. Y dicen que también el olor. No pienso probarlo, para eso están los parques de atracciones, en los que te diviertes mucho con estas chorradillas. Siento que me pueden despistar, que no las necesito para disfrutar de una buena historia en la gran pantalla. A lo mejor ese es el problema.

También han vuelto los autocines, como en los sesenta y setenta, y me encantaría probarlos, aunque solo los concibo viendo un programa doble de cine bélico y terror de serie B con unos colegas. Nada especialmente pretencioso. En el fondo está casi todo inventado. El 3D de principios de los ochenta era una patraña azul y roja que te despistaba de lo malas que eran las películas rodadas con ese sistema. La incorporación de olores al mundo del cine viene de tan lejos como el propio cine. Recomiendo fervientemente el artículo Cine y olfato (Jot Down), que sitúa en 1906 las primeras experiencias con aromas en las salas. Luego vendrían los sistemas Scentovision, Smell-O-Vision, o las (imagino) infectas tarjetas Odorama del transgresor John Waters para Polyester.

“Waters incluyó Odorama, una tarjeta de «rasca-y-huele» donde había diez círculos numerados. La tarjeta se distribuía a los espectadores al entrar, y cuando uno de los números salía en pantalla tenían que rascar y oler ese círculo. Los olores eran 1: rosas; 2: heces; 3: pegamento; 4: pizza; 5: gasolina; 6: mofeta; 7: gas natural; 8: olor a coche nuevo; 9: zapatos sucios y 10: ambientador. El número 2 había que olerlo cuando Divine soltaba unos pedos debajo de las sábanas.”

Insisto en que todas estas nuevas tecnologías, o no tan nuevas, no son necesarias. Lo que es imprescindible es tener una buena historia que contar. Ser capaz de narrarla con maestría, o al menos de modo efectivo. Una vez que cerraron los cines de sesión continua, no nos quedó más remedio que pasarnos a las sesiones numeradas, pero no necesariamente de estreno. En aquellos principios de los noventa era posible ir al cine a ver grandes clásicos.

Tuve la suerte de ver Freaks, la parada de los monstruos (1932, Tod Browning) en los cines del Círculo de Bellas Artes. El apartamento, la obra maestra de Billy Wilder, o una de las muchas obras maestras que rodó, estuvo más de tres años en cartel en los cines Renoir. Los mismos cines mantuvieron 80 semanas en su programación Remando al viento (1988) de Gonzalo Suárez, algo impensable hoy en día. A veces siento que ese apego al cine, o esa devoción, se ha perdido. Hoy apenas se emiten clásicos, salvo en retrospectivas o homenajes ocasionales. En su lugar se empaquetan productos, de muy buena factura técnica, sonido envolvente y toda la parafernalia, pero carentes de emoción en ocasiones. Productos perecederos, la mayoría.

Ahora mismo apenas tienes un par de semanas para ir al cine a ver una peli que te apetezca, porque enseguida la sustituyen por la siguiente. Tengo amigos que dicen que no van al cine porque tienen Netflix o Yomvi en casa, y una tele de tropecientas pulgadas, pero yo les insisto que no es lo mismo. Siento que se ha perdido lo que Tarantino define como “compromiso”, refiriéndose a los videoclubes, en uno de los cuales trabajó durante años:

“Incluso si estás suscrito a todos los canales de televisión por cable, accedes a la guía, desciendes por la lista y… ves algo o lo grabas, y quizá nunca te sientes a verlo, o lo ves y quizá a los diez o veinte minutos empiezas a hacer otra cosa, y piensas: ‘Nah, realmente no me interesa’. Hemos caído un poco en esto.

Sin embargo, había una naturaleza diferente en el videoclub. Mirabas a tu alrededor, elegías cajas, leías las cajas por detrás. Tomabas una decisión, y quizá hablabas con el tío detrás del mostrador, y te recomendaba algo, (…) Y el asunto es que invertías en algo, de un modo en el que no estás invirtiendo con la tecnología electrónica cuando se refiere al cine. Había un mayor compromiso. (…)

Quizá es algo que ha atrapado tu mirada, no sabías nada al respecto, y te la juegas. La alquilabas, sinceramente querías probar y ver algo hasta cierto punto. Y eso es lo que de verdad se ha perdido, extrañamente, se ha perdido el compromiso”.

Quizás se perdió el compromiso en el momento en que nos convertimos en almaceneros, en meros acumuladores de películas. En ese preciso instante en que empezamos a tener discos duros reproductores con quinientas películas pirateadas (algunas de ínfima calidad) le quitamos el valor. Siguiendo el razonamiento de Tarantino, es cierto que mi compromiso con la sala oscura es muy distinto al que tengo con Netflix.

Traverse City State TheatreEn línea con todo lo dicho en estos dos posts, me encantaría que alguien promoviera iniciativas como la de Michael Moore en el estado de Michigan. El cineasta norteamericano recuperó en 2007 el histórico State Theatre en Traverse City. Inaugurado en 1916 y cerrado en 2003, Moore consiguió fondos para reformarlo, encontró voluntarios dispuestos a trabajar en el mismo y logró crear un espacio para aficionados al cine, exhibiendo películas clásicas, documentales o cintas alejadas de los circuitos comerciales. Todo a precios bajos. Un sueño para el aficionado más cinéfilo o cinéfago. La foto del principio de este post es de ese cine, dando la bienvenida a los Movie lovers. Por si no fuera suficiente con el aspecto cultural y de revitalización de la comunidad de Traverse City, Moore ha conseguido que sea una de las salas más rentables de todo el país.

“¿Qué harías si te tocara la lotería?”, se pregunta la gente todos los años. Yo lo tengo claro, aunque palmara pasta: me haría un Moore Theatre, restauraría un cine del centro, a ser posible con tres o cuatro salas, programaría clásicos, retrospectivas, películas alternativas o de países que no solemos ver en nuestras pantallas, y crearía un lugar de encuentro para aficionados al cine, un sitio en el que poder escuchar las opiniones de todos esos movie lovers que saben más cualquier crítico cinematográfico.

Lo dejo ya, ¡que el cine empieza en media hora! Saludos.

 

 

 

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La magia de la sala oscura (I), por Travis

“En mi pueblo, cuando éramos niños, mi madre nos preguntaba a mi hermano y a mí si preferíamos ir al cine o a comer con una frase festiva: “¿cine o sardina?”

Nunca escogimos la sardina. La vida se puede concebir sin sardinas, nunca sin el cine”.

Así explicaba el escritor cubano Guillermo Cabrera Infante el título de uno de sus deliciosos libros sobre el llamado Séptimo Arte, Cine o sardina, toda una lección de amor por el celuloide y las salas oscuras de proyección. Sigue leyendo

Ahora más que nunca

Primer post del año. Sobrevivimos a la Navidad, a las comilonas familiares, las cenas de empresa, amigos o equipos de fútbol de colegas, a las cabalgatas, los paseos por el centro y los codazos en los centros comerciales,… y solo hemos engordado unos 22 kilos de media, bien. En las tradicionales jarras que dan título a los “Cuatro amiguetes y unas jarras” tocaba hacer balance del año 2017 y pensar en los planes de Año Nuevo.

Este blog nació, como ya explicamos alguna vez, para durar 12 meses y cumplirá 4 años en este 2018. Para que tenga continuidad a veces no basta con mantener el buen rollo y las ganas de contar cosas. Un cuarteto de amiguetes de Liverpool terminó disolviéndose por los planes individuales y los egos de algunos de sus miembros. Curiosamente, su canción de despedida, el célebre y celebrado Let it be, alcanzó el número 1 en las listas la misma semana que nacía uno de los cuatro amiguetes blogueros. Hago un paréntesis aquí para recomendar un curioso ejercicio, probadlo:

¿Qué canción era la número 1 en las listas el día que naciste?

No creo que vaya a haber un problema de egos en este caso, pero sí toca replantearse algunas cosas. El año se cierra con las mejores cifras de la corta historia del blog, con más de 30.000 lectores a lo largo del año pasado, lo cual es un éxito en este mundo digital de las lecturas rápidas y tan breves como un tuit. Los lectores se han estabilizado entre los 2.000 y los 3.000 mensuales, con puntas de más de 5.000 gracias a la web Meritocracia Blanca, y esto ya no se puede parar. Sin embargo, resulta curioso el reparto, el top ten de lecturas del año 2017:

  1. Nuevo Reglamento de la Federación Culé de Fútbol (Barney).
  2. Los “lobos” de las finanzas (Josean). Un texto que se escribió en 2015, y sorprendentemente se sigue leyendo con bastante asiduidad.
  3. “¿Por qué? ¿Por qué?”, o cuando Mou se transmutó en Barney.
  4. El Atleti es ese vecino del tercero (Barney).
  5. El Pabellón Azul (Lester).
  6. A ver cómo le explico el 6-1 al chino (Barney).
  7. El Hogar Teresa de los Andes (Lester).
  8. Ya va siendo hora de subir el sueldo a estos chicos (Josean).
  9. El VAR no funcionará (Barney).
  10. En un mundo perfecto (Josean).

Mucho fútbol, algo de economía y política, y dos textos sobre el proyecto de Lester en Bolivia. El texto más leído de la historia del blog sigue siendo En busca de la tranquilidad, la declaración de objetivos al inicio de 2015.

El Amiguete Barney corre el riesgo de volar por libre, pues ha recibido una propuesta para colaborar en otra web y quizás el John Lennon que lleva dentro (me parto con esta comparación) le anime a hacerlo.

– Pero no os abandonaré -ha prometido.

Travis y sus frikadas cinéfilas no aparecen entre los diez destacados este año. Y sin embargo mantiene un público fiel que lee sus artículos con cierta asiduidad, con constancia, que se cree sus textos hasta cuando cuenta una milonga. También Travis ha recibido una oferta para colaborar en una web de cine, una página especializada en el asunto y con muchos más seguidores que esta. Se lo está pensando, aunque jarra en mano prometiera:

– Prefiero entrar en un podcast de esos de dos o tres horas con treintañeros barbudos para destripar una peli de vez en cuando. Y a la hora de escribir, y ya que es sin cobrar, prefiero seguir con vosotros.

Josean advierte ya que va a tener un año complicado de viajes y trabajo, pero que intentará mantener su nivel.

– Tu nivel de cantidad, porque de calidad sabemos que no das más de sí.

Exacto. El blog nació para entretener y tratar de aportar una información diferente, con algo de mala leche y mucho rigor, incluso por parte del Amiguete Barney y sus proclamas futboleras. Hubiera muchos lectores o pocos. Y en ocasiones las obligaciones han sido muchas y costaba sacar tiempo para mantenerlo vivo, pero ahora más que nunca, y de ahí el título de esta entrada, llegamos a la conclusión de que el blog debe continuar, the show must go on. Frase esta, por cierto, de otro cuarteto británico, la banda Queen, que sobrevivió incluso al fallecimiento de su estrella, Freddie Mercury.

Y the show must go on, el blog debe continuar, entre otras cosas porque por primera vez en su corta historia, ha conseguido ese palabro tan detestable que es “monetizar” sus contenidos, obtener un rendimiento económico del mismo a través de la publicación del libro de relatos de Lester por una causa solidaria. La solidaridad cala entre los lectores cuando apelas a ella, y los resultados de la movilización en favor del Hogar Teresa de los Andes (Cotoca, Dpto. de Santa Cruz de la Sierra, Bolivia) han merecido la pena. Puede que no sea el último libro que surja de esta web.

Solo por eso (y por los numerosos comentarios de amigos y familiares) merece la pena continuar un año más. Va a ser complicado, queda dicho. Mucho trabajo, obligaciones familiares, aficiones personales, viajes, entrenar algún maratón, y sobre todo, muchas lecturas pendientes. Estos son los tres primeros libros que cada amiguete va a leer este año:

Travis: “ya he comenzado el libro de Star Wars y la filosofía, y me sorprendo al entender por primera vez en mi vida a Kierkegaard o Nietzsche. Bastaba con que en el colegio me lo hubieran explicado con caballeros Jedis o Sith”.

Barney: este año toca Mundial de fútbol, y como no podía ser de otra manera, hay que volver al clásico Mortadelo y Filemón, del siempre genial Ibáñez. Grande entre los grandes.

Josean: “confío en seguir indignándome ante lo que veo, y por supuesto, trataré de entender quién mueve los hilos, quién dirige nuestros pasos de modo tan absurdo”.

Lester: “a mí me toca leer libros de amigos, todos los años lo hago con un par de ellos, y un año más, me propongo intentarlo de nuevo con El Quijote”.

Aprovecho para dejar aquí la lista de “100 libros que deberías leer antes de morir” que la amiga Beilegs me envió recientemente. De la lista llevo 22, alguno infumable como la Trilogía de Nueva York, de Paul Auster, y dos más que sé que nunca acabaré: La Regenta y el Ulises de Joyce. La vida es corta, como dice el último cartel que mi hija ha colocado en casa.

En lo que coinciden los cuatro amiguetes de este blog es en que hay que leer más, mucho más de lo que lo hacemos, y para eso, para sacar tiempo, debemos desengancharnos de las pantallas de los móviles de los coj… Ese será el gran objetivo del año. Esas mismas pantallas que hacen que las generaciones jóvenes cada vez lean menos, pero algo más sorprendente, ¡que tengan menos interés por el sexo! Si cuando yo digo que los móviles nos están volviendo gilipollas…

Feliz año a todos, amigos lectores, espero que sigáis ahí un año más, al otro lado, leyendo, compartiendo, comentando,… y que si alguno de los Lennon o McCartneys de este blog se independiza, que le sigáis igualmente. ¡Un abrazo!

Star Wars, Ep. VIII: Los últimos Jedi (Travis)

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Amigo lector, tranquilo si no has podido verla todavía porque avisaré cuando vaya a soltar spoilers a saco, uno detrás de otro, porque no concibo hablar de una peli de Star Wars sin mencionar su argumento, el uso de la Fuerza o las batallas espaciales.

Fuimos un montón de gente a verla, Sigue leyendo

Una furgoneta del siglo XIII, por Travis

Reconozco que tengo una sensación agridulce tras mi última entrada (Libros de atrezzo). Una sonrisa de oreja a oreja porque pude comprobar que soy capaz de inventar cosas con convicción, lo cual puede ser muy útil (y peligroso) en la vida diaria, y una ligera sensación de fastidio al saber que hubo gente que se creyó todo lo que contaba, pese a que me despedía con un “disculpadme la broma, amigos”. Por si no quedó clara la cosa, todo lo referido al “libro intruso” era mentira, pura ficción, no así las imágenes de contenido sexual en películas de Disney.

Quizás lo único cierto en mi ficción sea que Sigue leyendo

Libros de atrezzo, por Travis

Viendo la nueva película de Isabel Coixet, La librería, advertí que “la broma del atrezzista” se había repetido. Como en tantas otras películas, por cierto. Me explico. Tengo un viejo amigo que trabaja cuando puede, y siempre es menos de lo que le gustaría, en el cine y el teatro. Su especialidad consiste en buscar y colocar el atrezzo que la escenografía de una obra teatral o película requieren. Son trabajos ocasionales y mi viejo amigo, al que llamaremos Frank por aquello de mantenerlo en “el economato”, es todo un artista del mercadillo y la segunda mano, qué digo segunda, cuarta o quinta.

Los libros que vemos en los decorados del teatro son tan falsos como los del Merkamueble o los del apartamento de pega de The game (David Fincher), y se nota. Sin embargo, algunos directores, escenógrafos y decoradores de cine consideran (a mi juicio con acierto) que los libros son objetos con personalidad, y que deben parecer “reales”, o serlo: con polvo, las cubiertas ajadas, doblados, desordenados,…

Pues bien, hace tiempo Frank me confesó: “nosotros también somos artistas a nuestra manera, nos gusta dejar nuestra impronta en cada película. Y no me refiero solo a localizar objetos que llamen la atención, que tengan su propia personalidad a precios asequibles, por supuesto, que aquí los presupuestos son limitados, sino a dejar nuestra huella. Una pequeña broma, un guiño a ciertos espectadores que colocamos en la escena siempre que podemos. En mi caso lo hago con los libros. Siempre que el decorador no se da cuenta, y mucho menos el director, coloco un libro completamente anacrónico en la escena, un libro de otra época o de un autor que no pega en absoluto con la personalidad del dueño de la biblioteca. No puede ser un libro que tenga cierto protagonismo, que vayan a coger los actores, lógicamente, sino una parte del decorado. Si pudieras leer los títulos de cada librería que sale en una película, te descojonarías”.

Y así es, cuando soy capaz de localizar el libro intruso en una estantería de película. Me recordó a esa broma que los dibujantes más jóvenes de Disney dejan en las películas siempre que pueden, como colocar a Goofy, Donald y Mickey en el fondo del mar de La sirenita:

Claro que, tratándose de películas infantiles, lo que realmente motiva a estos jóvenes imberbes es colocar imágenes de contenido sexual, como una mujer en la ducha o una conejita de Playboy en Los 101 dálmatas:

O dejar caer de modo subliminal las letras Sex en Enredados o en El Rey León, en escenas además en las que coincidan los personajes que a buen seguro e incluso en películas Disney van a gozar de “Sex” salvaje:

Los más atrevidos fueron los novatos de La sirenita, o el consentimiento de los productores, porque no solo colocaron una forma fálica en la portada del DVD, sino que además dejaron pasar o no vieron la erección del cura en la escena de la boda:

 

Pero me estoy desviando del tema del día, los libros de atrezzo. Lo cierto es que desde la confesión de Frank, este friki que hoy les escribe revisa los libros de las estanterías de cada película en busca del libro intruso o del anacronismo. En La librería de Coixet, la historia se sitúa a finales de los cincuenta en un pequeño pueblo inglés en el que todos los personajes se mueven con la rigidez del sometimiento a las normas, o de quien lleva un palo de escoba metido por el recto. Pues bien, hacia la mitad del metraje, en una escena en la que se ve una estantería con el cartel 2/6 aparece un polizón un par de baldas más abajo: The silence of the lambs. El silencio de los corderos, de Thomas Harris, publicado en 1988.

Para mí fue relativamente sencillo de localizar, no solo por sus colores, sino porque se trataba de la misma edición que tengo yo en mi casa, una edición barata de quiosco porque era el número 1 de una colección de grandes éxitos de novelas adaptadas al cine, de Ediciones RBA. En la película de Coixet el libro intruso aparece en una escena en la que los protagonistas hablan sobre una escandalosa novela de reciente publicación, Lolita, de Vladimir Nabokov. Pues bien, esas casualidades que a veces te ofrece la vida, han hecho que me dirija a mi particular biblioteca de cine para hacer una foto del ejemplar de El silencio de los corderos y me he encontrado lo siguiente:

¡Lo tengo al lado de Lolita de Nabokov! No puede ser casual, quizás mi subconsciente estableció paralelismos entre Aníbal (o Hannibal) Lecter y el infame profesor Humbert Humbert, y entre la mezcla de repulsión y atracción que sienten Clarice Sterling y Lolita por los primeros. Y seguro que algo similar le ocurrió al atrezzista de La librería, o simplemente pensó que El silencio de los corderos era una novela suficientemente transgresora como para ubicarla en ese escenario de rigidez británica y personajes contenidos.

Lo que me lleva a desvelar algunos curiosos casos de libros intrusos que el amigo Frank me contó en una agradable velada de copas. Me contó que en un festival de cine de Valladolid conoció a su colega de profesión el francés Jean Bodard, el cual tuvo la suerte de trabajar en El nombre de la rosa, la producción de Jean-Jacques Annaud basada en el libro del mismo título de Umberto Eco. Pues bien, tratándose de una trama en la que la risa está prohibida en la abadía y en la que la biblioteca forma parte fundamental del escenario, Jean Bodard consiguió colar un tomo del libro de Tom Sharpe Wilt, la hilarante historia sobre un profesor de universidad y una muñeca hinchable. “Lógicamente grabé las letras en el lomo de cuero de un antiguo ejemplar, de modo que parecieran números romanos. La pena fue que con la escasa iluminación de las escenas apenas se podía leer”. He buscado el ejemplar cada vez que he visto la película. Sin éxito.

John Anderson, decorador de El club de los poetas muertos, coló en las estanterías de la Academia Welton varios libros que tenía en casa de su poeta favorito, Jorge Luis Borges. La gracia está en que la película estaba ambientada en 1959, y la mayoría de libros del autor argentino fueron escritos con posterioridad a esa fecha. Homenaje al poeta atemporal.

La biblioteca que monta Andy Dufresne (Tim Robbins) en Cadena perpetua con los fondos públicos que percibe es un tesoro para los amantes de este tipo de curiosidades. El director Frank Darabont quiso hacer un homenaje al autor de la novela en la que se basa la película, Stephen King, y colocó varios ejemplares del autor en las estanterías. Teniendo en cuenta que la acción comienza en 1947, año de nacimiento del escritor, y se desarrolla a lo largo de unos veinte años, podemos fácilmente deducir que ninguna de las novelas que aparecen habían sido escritas ni publicadas en la época en la que se ambienta la historia. El director tuvo la precaución de no usar los títulos más conocidos, como It, The shining o Misery, que hubieran cantado enormemente, sino que dejó algunos menos conocidos pero que pudieran estar vagamente relacionados con la trama: The running man, Night shift y The long walk.

Sin duda alguna, una de mis bromas preferidas del atrezzista, en este caso de un dibujante, vino de nuevo de la mano de Disney. En La bella y la bestia, la joven Bella se pasa el día leyendo y soñando con aventuras en países exóticos, y luego nos cuenta la milonga de que “la belleza está en el interior”, pero si nos fijamos en un brevísimo instante en qué libro está leyendo veremos El amante, de Marguerite Duras. Vamos, que sí, que mucha belleza interior pero en el fondo deseaba como tantas jóvenes de su edad que la empotraran contra la pared en un país exótico.

Termino ya y apenas he hablado de la película de Isabel Coixet. Ha sido intencionado. Las actrices, fenomenal, tanto la protagonista, Emily Mortimer, como la despreciable Patricia Clarkson. Bill Nighy, como siempre, con una gran presencia, aunque su personaje no quita el freno de mano en ningún momento.  A mí me entretuvo, pero no la recomiendo a todo el mundo.

Y no la recomiendo porque no todo el mundo tiene esa afición por los libros y el cine, ni soportan los ritmos lentos y los personajes engolados. La literatura y el séptimo arte se basan en buenas historias, sean de ficción o no. A mí me encanta la ficción, tanto, que desde el primer párrafo de este post apenas he dicho nada que no lo sea. Disculpadme la broma, amigos.

 

 

La tristeza de Murakami, por Travis

   

El escritor norteamericano Andrew Craig, interpretado por Paul Newman, acude a Estocolmo para recibir el Premio Nobel de Literatura, y en los días previos a la ceremonia se ve envuelto en una trama de espías, científicos envidiosos, refugiados e impostores en plena guerra fría. Se trata de la entretenida película El premio, de 1963, dirigida por Mark Robson, un film que me recuerda en algunos puntos a Con la muerte en los talones (Alfred Hitchcock, 1959) y a Cortina rasgada (Alfred Hitchcock, 1966). 

Paul Newman tenía 38 años cuando rodó El premio, y hoy en día resultaría poco creíble un Nobel de Literatura que ni siquiera hubiera entrado en la cincuentena, no digamos más joven. Mi momento favorito de la película se produce en la rueda de prensa en la que Andrew Craig explica que lleva años teniendo problemas para escribir lo que los críticos esperan de su pluma y que mientras le vuelve la inspiración sobrevive vendiendo novelas de detectives bajo un seudónimo. El escándalo que se monta entre los estirados académicos suecos y la prensa especializada es tremendo, ¡un Nobel escribiendo ficción barata! ¡Best sellers!

Estaría bien que ocurriera algo así en próximas ediciones del premio, o que se le concediera a un superventas, un Ken Follett o un Stephen King, o a nuestro Pérez-Reverte (¡con dos cojones!, diría este), porque en ocasiones da la impresión de que la Academia Sueca busca deliberadamente reconocer a autores alejados de los gustos de los lectores. La eterna separación entre crítica y público que se da en casi todas las artes.

Ya que la Academia ha tenido el valor de premiar al músico Bob Dylan, al autor y bufón Darío Fo, o a un político como Winston Churchill, a mí personalmente me encantaría que lo hiciera con un guionista de cine o televisión, porque en ocasiones es ahí donde encuentras las mejores historias y los personajes más inolvidables. Billy Wilder, Groucho Marx o I.A.L. Diamond ya nunca lo recibirán, pero todavía podrían hacerlo Woody Allen, William Goldman o, ¿por qué no?, Francis Ford Coppola.

Sin embargo, y por mucho que la relación entre cine y literatura sea frecuente, con escritores trabajando en Hollywood y frecuentes adaptaciones de libros de éxito, por mucho que las librerías se parezcan cada vez más a una videoteca, con portadas de libros con el rostro de Tom Hanks o Matt Damon, lo cierto es que parece lejano el momento en que un guionista tenga la consideración de la Academia. A veces pienso que la Academia, por aquello de huir del gran público, busca escritores inadaptables al cine antes que premiarlos.

Este año la casa de apuestas Ladbrokes volvía a señalar al japonés Haruki Murakami entre los favoritos, junto con el keniano Ngugi Wa Thiong’o (¿?), el surcoreano Ko Un (¿¿??) o el sirio Ali Ahmad Said Esber (¿¿¿???). Que me perdonen mi incultura, pero solo he leído a Murakami, que me gusta entre otras cosas por algunas referencias al cine que inserta en sus textos. Por otro lado, cumple la condición antes comentada: es tan retorcido y en ocasiones abstracto que resulta totalmente inadaptable al cine. A ver quién narices se atreve con El hombre de hielo, por ejemplo, o Sogormujo.

Supongo que la afición del escritor japonés Haruki Murakami por las carreras de fondo le vendrá bien para que se le pase el disgusto año tras año tras la (no) concesión del Nobel. Parece un tipo cercano, como Andrew Craig. Me lo imagino saliendo a entrenar a la misma hora en la que la Academia Sueca da a conocer el nombre del galardonado y llegando a su casa sudado, resoplando y pensando al ver que no hay periodistas apostados en la puerta: “otro año más que estos vikingos se lo dan a un completo desconocido”.

Supongo que prefiere darse una buena ducha antes que buscar en Internet o llamar a su agente para saber quién ha sido el ganador, para no cabrearse como seguro que se cabreó los últimos diez o doce años con algunos desconocidos:

  • ¿Mo Yan? ¿Te refieres a Carlos, el tenista español? Ah, un chino que escribe “realismo alucinatorio”, será un pastillero o un aficionado al LSD.
  • ¿Tomas Transformer? Ah, Tranströmer. Muy bien, se ve que este año le tocaba a alguien de la casa.
  • ¿Svetlana qué más? ¿Bielorrusa? Por escribir sobre Chernóbil, muy bien. No, no pienso ambientar mi próxima novela en Fukushima.
  • ¿Bob Dylan? Espera, que a ese le conozco. Me estás tomando el pelo. ¿El cantante zarrapastroso, el de Blowin’ in the wind? No, si la canción estaba bien, pero hace más de cincuenta años de aquello y te recuerdo que este premio es de Literatura. ¿Que se lo dan, dicen, “por haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición americana de la canción”? WTF? ¡Eso también lo hace Pitbull y nadie se lo reconoce!

Es posible que este año que aparecía en el primer puesto en todas las quinielas su rebote haya sido mayor al elegir la Academia a un medio japo

  • ¿Kazuo Ishiguro? ¿Pero qué han leído de él estos tipos de la Academia? Seguro que lo único que saben del Ishiguro este es que escribió la novela en la que se basaron para la película Lo que queda del día. Sí, la de Emma Thompson y Hannibal Lecter. Leyendo lo que han escrito algunos periodistas estoy seguro de que así es, saben poco más. Sí, lo sé, pero ya conoces a estos suecos. Ahora premiarán a un sudafricano o un australiano, después a alguien de habla hispana, luego a alguien polémico, ex soviético o de padres nazis, y al año siguiente a algún tipo inédito fuera de su país, alguien que apenas haya sido traducido a otras lenguas. Un togolés o un esrilankeño, o como se diga, para dárselas de eruditos los muy soplap… Que sí, que lo sé, que otro año será.

O no. Porque hubo autores consagrados que no lo recibieron nunca, como Nabokov, Proust, Mark Twain o Pérez Galdós. O León Tolstói, ¡o Borges! Y sin embargo durante décadas hemos visto nombres de autores galardonados con el Nobel de Literatura que no han pasado precisamente a la posteridad literaria.

El islandés Halldór Laxness (1955), seguramente un ídolo en su isla y… en su isla. Salvatore Quasimodo (1959), todo un premio de consolación por su apellido. Winston Churchill (1953) logró el premio que le negaron a Borges por hacer buenos discursos, “por su brillante oratoria en defensa de los valores humanos”. Y muchos más.

En uno de sus libros más conocidos, De qué hablo cuando hablo de correr, celebrado por runners de todo el mundo como el Amiguete Lester, Haruki Murakami filosofa acerca de todo lo que le aporta salir a trotar cada día a su oficio de escritor. Uno de los capítulos lleva por título La mayoría de los métodos que conozco para escribir novelas los he aprendido corriendo cada mañana. En otro momento del libro habla de “la tristeza del corredor”, el runner’s blue, una sensación de vacío más espiritual que física. Por el paralelismo que establece con la escritura puede entenderse más como apatía que como tristeza, una falta de ganas de enfrentarse a las millas de carrera similar a la angustia del folio en blanco.

“Creo que todavía no soy capaz de explicarlo bien. En última instancia, tal vez solo pueda afirmarse una cosa: que quizá la vida sea así. Y que quizá no nos quede otra opción que aceptarla sin más, tal cual, sin buscar circunstancias ni motivos. Como los impuestos, las subidas o bajadas de las mareas, la muerte de John Lennon o los errores arbitrales en el Mundial de Fútbol”.

O como que le den el Nobel de Literatura a un congoleño antes que al bueno de Haruki.

Termino ya con un juego de conexiones entre cine y el Nobel de Literatura a la manera del escritor japonés:

“Doy forma a mis pensamientos mediante la labor de escritura. Y, al revisar los textos, profundizo en mis reflexiones. Por supuesto, a veces, por muchos textos que redacte, no consigo llegar a una conclusión, y a veces, por mucho que los revise, no consigo alcanzar mi objetivo. Como, por ejemplo, ocurre en este instante”.

El premio se estrenó en 1963.

En 1963 se publicó la famosísima canción Blowin’ in the wind, de Bob Dylan.

Bob Dylan tenía un pequeño papel en la banda de maleantes de Pat Garrett y Billy The Kid, dirigida por Sam Peckinpah en 1973.

En 1973 falleció el chileno Pablo Neruda, Premio Nobel de Literatura en 1971. 

El cartero (y Pablo Neruda) es una deliciosa película de Michael Radford estrenada en 1994. 

En 1994 el Premio Planeta fue a parar a manos de Camilo José Cela por La cruz de San Andrés, una novela floja en la carrera del autor de grandes obras como La familia de Pascual Duarte, y otras trasladadas a la gran pantalla como La colmena o ese relato cuya mayor gracia está en el título: La insólita y gloriosa hazaña del cipote de Archidona. Cela recibió el Nobel de Literatura en 1989.

En 1989 se estrena una de las películas que mejor trata la pasión juvenil por la literatura: El club de los poetas muertos, adaptación del libro de Nancy H. Kleinbaum. Creo que nadie ha olvidado al profesor Keating, “¡oh, capitán, mi capitán!”, interpretado por Robin Williams.

Robin Williams nació en 1951 en Illinois, el mismo estado natal de Ernest Hemingway, Nobel de Literatura en 1954.

Hemingway mismo era un personaje de cine y así lo entendió Woody Allen cuando le incluyó en Midnight in Paris. Vividor, periodista, aventurero, juerguista, perteneciente al club de escritores suicidas, vio cómo varias de sus obras eran adaptadas al cine: Por quién doblan las campanas, El viejo y el mar o Tener y no tener.

Tener y no tener, de 1944, fue dirigida por Howard Hawks y protagonizada por Humphrey Bogart y Lauren Bacall. De la adaptación del guion se encargó un tal William Faulkner.

 

William Faulkner escribió el guion de El sueño eterno (1946), curiosamente dirigida por Howard Hawks y protagonizada por Humphrey Bogart y Lauren Bacall, ¿casualidad? Uno de los momentos más hilarantes de Amanece, que no es poco, se produce cuando el guardia civil Saza abronca al escritor argentino por haber osado ¡plagiar a William Faulkner! Con la devoción que sienten por Faulkner en ese pequeño pueblo de Albacete.

William Faulkner recibió el Nobel de Literatura en 1949.

En 1949 nació Haruki Murakami, cuya tristeza del runner o del escritor dejará de sentir en 2019, 25 años después del último Nobel japonés, Kenzaburo Oé. “A por ellos, Haruki, oé, a por ellos, oé, oé”.

Queda dicho.