Villanos II: traidores, villanas y el vecino de al lado

TRAVIS, 09/02/2021

(Continuación de Villanos I: psicópatas y sociópatas)

El género que mejor ejemplifica el cine de buenos y malos es sin duda el wéstern. Los malos son los indios y los bandidos, no hay mucha más complejidad en el desarrollo de personajes. El propio título de uno de los wésterns más famosos simplifica el estereotipo a la mínima expresión: El bueno, el feo y el malo. O lo que es lo mismo, Clint Eastwood, Eli Wallach y Lee Van Cleef en el peliculón de Sergio Leone de 1966. Para mi casting de malvados me quedaré con uno tan poderoso que llega a ocupar el título de la película: El hombre que mató a Liberty Valance (John Ford, 1962). Todavía no ha empezado la película y ya sabes que hay un tipo tan cabrón que lo noticiable es que haya habido alguien capaz de cargárselo. Liberty Valance en la piel de Lee Marvin y James Stewart como el hombre del título. ¿O fue John Wayne?

“Esto es el Oeste, señor, y cuando los hechos se convierten en leyenda, no es bueno imprimirlos”.

El wéstern representa la esencia del cine, es el género por excelencia, un género que nace con el propio cine y crea sus propios códigos con la evolución del nuevo invento. Y es un género con poca relación con la veracidad. Quizás por eso nos gusta tanto. El Oeste estaba repleto de malos de leyenda, de actores con un careto tal que no podían hacer un papel distinto al de malos. Como Jack Palance, que tenía cara de afeitarse todos los días con machete y mal. O como Elia Kazan lo definió: “Un rostro que solo una madre podría amar”. Actores con cara de malos, como Richard Widmark, Dan Duryea, George Macready, con su famosa cicatriz, o el rudo Lee Marvin. Lo que ocurre es que el bueno de Lee Marvin terminó volviéndose entrañable y hasta se le cogía cariño por lo brutote que resulta en películas como La leyenda de la ciudad sin nombre o Doce del patíbulo.

Hay actores que nacieron con cara de malo de wéstern, o de gángster, como George Raft. Otros directamente solo resultan creíbles haciendo de mafioso italoamericano, como Paul Sorvino.

Pero sin duda el number one de los “actores nacidos para hacer de malo” fue Christopher Lee, cuya colección de malvados abarca casi toda la historia del cine, puesto que interpretó al conde Drácula, a un villano de Bond, a Lucifer, al conde Dooku en Star Wars, o a Saruman en El señor de los anillos. A ver quién supera ese palmarés.

Casi todos los tipos perversos de los que he hablado en estos dos textos son malos muy malos y se les ve venir desde el primer minuto de metraje, pero sin embargo asustan más aquellos que parecen “de tu bando”, o gente respetable y que sin embargo no lo son. Asusta pensar que son capaces de mantener la compostura y la aparente sensación de bonhomía y luego ser unos tipos igual de malvados o más que aquellos que van a cara descubierta. O incluso puede que esos mismos malvados representen la justicia o la ley, ya sea humana o divina. Puede ser un falso reverendo como Robert Mitchum en La noche del cazador (Charles Laughton, 1955), un tipo despreciable, o pueden ser los generales franceses Broulard y Mireau (de nuevo George Macready) que lanzan a su ejército a una misión suicida en Senderos de Gloria (Stanley Kubrick, 1957), y no contentos con ello, juzgan y condenan a tres pobres infelices para que sirva de escarmiento al resto de las tropas. O el alcaide y los guardianes de una prisión como en Cadena Perpetua, Papillon, Encerrado o Brubaker, tipejos mucho más despiadados que la mayoría de convictos que cumplen condena. Pueden ser un sargento de tu propio ejército como el sargento Barnes de Platoon (Oliver Stone, 1986), el mejor papel que Tom Berenger ha hecho jamás, o el sargento instructor psicópata Hartman de La chaqueta metálica (Stanley Kubrick, 1987). El malvado a veces sale de donde menos te lo espera, como “tu padre” en El resplandor, ese Jack Torrance con la mirada que hizo famoso a Jack Nicholson y de la que apenas ha podido desprenderse en toda su carrera. O puede ser ese buen amigo al que dabas por muerto y sin embargo resulta que es un traidor a tu bando, a tu amistad, un tipo totalmente amoral. Como el papel de Orson Welles en El tercer hombre (Carol Reed, 1949).

Los malos también pueden ser gente aparentemente respetable, empresarios de éxito, psicópatas de despacho y guante blanco, como los que pueblan Wall Street, El lobo de Wall Street, La gran apuesta o Margin Call, con el enorme Jeremy Irons como el más cabrón de todas las altas esferas. El Patrick Bateman de American Psycho no es más que una sátira exagerada de todos ellos, sin duda más peligrosos, pero para mi lista irá el malvado señor Potter, el tipo sin escrúpulos que a punto se lleva por delante la vida de George Bailey en Qué bello es vivir (Frank Capra, 1939).

Hasta ahora solo he hablado de hombres y antes de que el colectivo femenino se me eche encima, les diré que a ellas las dejo para el final, porque como dijo Mae West en una de sus célebres frases:

“Cuando soy buena, soy muy buena. Pero cuando soy mala, soy mucho mejor”.

En esas listas americanas sobre los personajes más malévolos del cine aparece en un puesto destacado la bruja malvada de El mago de Oz, o algunas de las madrastras de los cuentos infantiles. Nada, aficionadas. Si alguien quiere ver lo que es la maldad humana, femenina, que contemple el duelo entre Joan Crawford y Bette Davis en ¿Qué fue de Baby Jane? (Robert Aldrich, 1962). No son solo las perrerías que le hace Bette Davis a su hermana, sino el deleite que estas le producen, con un grado de sadismo como he visto en pocas películas. En el libro de Teodora Liébana, El cine en el diván, con sadismo “nos referimos no solo a la práctica perversa en la que se disfruta sexualmente con el sufrimiento de otro. También expresa la parte de la pulsión agresiva con la que se quiere controlar al objeto y someterlo al capricho propio, obteniendo con ello la satisfacción imaginaria de darle la vuelta a la relación de dependencia en las que nos encontrábamos cuando éramos pequeños”. La psicoanalista lustra sus ejemplos con La naranja mecánica y Tristana, pero yo no he visto mejor representación de ese párrafo que la obra de Aldrich y la mirada de Bette Davis.

Y ya que hablo de satisfacción sexual, el cine nos ha regalado una serie de relaciones fatales cuyo morbo domina a todos los protagonistas masculinos, bobos todos ellos, incapaces de escapar a sus impulsos. Michael Douglas se deja llevar (sorprendentemente) por Glenn Close en Atracción fatal (Adrian Lyne, 1987). Algunas de estas mujeres son como mantis religiosas, que se van a “cepillar” al macho tras cepillárselo, tras copular con él. Natasha Henstridge en Species, difícil negarse a sus encantos, o dos de mis favoritas: Catherine Tramell, la escritora enormemente sexy de Instinto básico (Paul Verhoeven, 1992), el mejor papel de Sharon Stone en su carrera, y Amy Dunne, la mujer aparentemente frágil y Perdida (2014) que interpreta Rosamund Pike en un nuevo peliculón de David Fincher. Michael Douglas y Ben Affleck son dos peleles en manos de estas dos atractivas mujeres.

Aparte de las mujeres atractivas cuyo encanto solo es superado por su peligro, hay otro tipo de mujeres que provocan directamente pavor con su mirada. Como la señora Danvers de Rebeca (Alfred Hitchcock, 1940), o la enfermera Ratched de Alguien voló sobre el nido del cuco (Milos Forman, 1975), papeles interpretados por Judith Anderson y por Louise Fletcher, respectivamente. Nunca volvieron a estar igual de bien. O de mal, quiero decir. También te hiela la sangre esa Anne Wilkes que te aparece en mitad de la noche con gesto agrio porque no le gusta tu última novela. Si por el nombre no te suena, seguro que te resulta más sencillo si le pones el rostro de Kathy Bates en una casa aislada por la nieve. Misery, película muy entretenida de Rob Reiner. El pobre escritor James Caan tardó en saber de qué pie cojeaba la amiga… y así se quedó él.

Igual que en la primera parte destaqué la habilidad para escribir y crear personajes de Quentin Tarantino, si hablamos de “tipas” malvadas también tiene unas cuantas en su filmografía. Se le ha tachado entre otras muchas cosas de misógino, pero no puede decirse que no haya escrito y dirigido papeles bien potentes para actrices. No solo Mia Wallace, Jackie Brown o Shoshanna, sino que sus asesinas despiadadas son tremendas, como todas las de Kill Bill: la espadachina O-Ren Ishii (Lucy Liu), la tuerta Elle Driver (Daryl Hannah) y esa Novia de la katana interpretada por Uma Thurman. Beatrix Kiddo, la Mamba Negra.

Todos los personajes de los que he hablado mejoran sus películas, aportan negrura a las tramas y para mí las hacen más entretenidas. Me faltan muchos más, sin duda, me acuerdo de Rorschach de Watchmen, del asesino de Zodiac, del arribista de Match Point, de Lex Luthor, de Magneto, de Mesala, de tantos y tantos otros, pero todos ellos me suenan lejanos. El malo, al menos de ese tipo, pertenece al género de las películas, y sin embargo a veces el tipo malvado y desalmado vive en la puerta de al lado. Y resulta más acojonante por su cercanía. El tipo que se carga a su mujer en la obra maestra de Hitchcock La ventana indiscreta, o el vecino de Woody Allen que hace lo mismo con la suya en Misterioso asesinato en Manhattan. O el padre de El Bola, o el marido de Laia Marull en Te doy mis ojos, Luis Tósar. Y aunque nos lo intenten vender como una historia romántica, para mí hay pocos tipos que hayan cedido a sus instintos más bajos como algunos personajes de Pedro Almodóvar: el de Javier Cámara en Hable con ella, o los de Antonio Banderas en Átame o La piel que habito.

Así que, después de todo lo dicho en estos dos posts, os dejo una lista con una decena de mis villanos favoritos, sin orden de ningún tipo. Otro día podría cambiar perfectamente a la mitad, y sin embargo, creo que no sería capaz de hacer mi top-ten de tipos bondadosos favoritos del cine, no me interesan. Sin duda esta lista es más divertida.

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Villanos I: psicópatas y sociópatas

TRAVIS, 07/02/2021

Lo prometido es deuda. Hoy toca hablar de mi selección particular de villanos y malos malísimos de la muerte, un tema interesante que ya salió en el post dedicado al que siempre suele aparecer en lo más alto del top de malvados, Darth Vader.

Una buena película tiene que tener un malo a la altura, un tipo frío, inteligente, retorcido y a ser posible con una motivación detrás, que no tenga solo la faceta de malvado, sino que, además, tenga trasfondo. Si te llamas Doctor Maligno, Maléfica, Doomsday o Doctor No ya estás dando muchas pistas acerca de tus intenciones. No suelen ser buenas películas esas en las que los malos son torpes, feos, tontos y simples tipejos malencarados, en contraposición a unos buenos guapos, listos, bondadosos, con principios,… y que se llevan a la chica guapa al final. Estereotipos del cine. Son tantos los topicazos que, con un Internet aún primitivo, allá por 1994, un grupo de aficionados al cine publicó The Evil Overlord List, una colección de cosas que jamás harían si fueran villanos:

  • No contar los planes al héroe, muy propio de los malos malísimos de James Bond.
  • No construir la fortaleza de tal modo que se pueda acceder por los conductos de aire o por un túnel.
  • Jamás decir al bueno: “antes de morir, debes saber…”, ni retrasar el modo de cargárselo cuando lo has atrapado, ni mucho menos dejarlo morir en un sitio desértico. Siempre será preferible dispararlo directamente.
  • La sala de control principal no tendrá un cartel anunciándolo en la puerta y el Plan de Aniquilación Mundial no estará en una carpeta con ese título encima de la mesa, sino que pondrá algo sin interés como “Sistema de aguas residuales”.
  • Todas las labores de mantenimiento se harán con la propia plantilla de empleados. Si alguien se presenta a la fortaleza diciendo que es de mantenimiento, se le disparará directamente.
  • Nada de celebraciones en el interior de la fortaleza, ni ensayos con público del acojo-arma letal, nada de mostrarse en público en grandes eventos, sino solo como un holograma, etc. Y así hasta un centenar de topicazos en los que caen los malos para que sus planes puedan ser desmontados a tiempo. Yo añadiría evitar los grandes marcadores con cuenta atrás en números rojos enormes junto a la bomba letal, para no dar pistas al héroe cuando se va a poner a desactivarla.

Este es un resumen que extraje de varias listas que publicaban algunas webs con los mejores malvados del cine:

En estos listados, como podéis ver, el Joker le pelea el puesto de cabeza a Darth Vader, pero en ese punto tengo claras dos cosas: una, mi preferencia por Darth Vader, y dos, que los Joker de Heath Ledger y Joaquin Phoenix sí merecen estar en este top, pero no así los que interpretan Jack Nicholson y Jared Leto (Escuadrón suicida). Demasiado histriónicos para mi gusto. Hay varios personajes más que yo eliminaría del listado, pese a que me gustan mucho, como Terminator, Alien o Tiburón. El Terminator es una máquina concebida para matar, para exterminar a John Connor y a los humanos que se interponen en su camino, luego no tiene el concepto de maldad en su programación. Destruir es el único fin para el que fue creado. Acojona, claro que sí, como cada vez que el T-1000 recompone su forma, pero no es un villano. Como tampoco me parece que lo sean el tiburón blanco de la película de Spielberg o el Alien de Ridley Scott y James Cameron. Son criaturas haciendo lo que su instinto les indica, alimentarse en el caso del primero, y defenderse de una invasión alienígena/humana el segundo. Creo que para ser malvado es necesario tener claros los conceptos del Bien y del Mal, aunque ambos peleen dentro de la cabeza de la misma persona, como el Gollum de El señor de los anillos (Peter Jackson, 2001) o Norman Bates (Anthony Perkins) en Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960). Luego ya, el personaje puede despreciar lo que es correcto, transgredir cualquier norma o llevarse por delante a cualquier persona que se interponga en sus fines, porque en el fondo ningún semejante le importa lo más mínimo.

Por esas razones, tampoco pondría en mi lista a toda esa colección de asesinos de las películas de terror por mucho que en estas pelis, muy flojas la mayoría, me resultan más simpáticos que sus víctimas: Freddy Krueger (Pesadilla en Elm Street), Jason (Viernes XIII), Michael Meyers (Halloween) o Jigsaw (Saw). No hay trasfondo, no hay explicación a su psicopatía, no hay casi nada relevante que contar sobre su personalidad, aunque reconozco que algunas de sus salvajadas me arrancan una sonrisa igualmente psicópata. Son personajes mononeuronales e irreales, y quizás por eso no me parecen tan perturbadores como puede ser alguien que te podrías encontrar en la vida real.

Sí dejaré en mi lista a alguno como Amon Goeth, el oficial nazi que interpreta Ralph Fiennes en La lista de Schindler (Steven Spielberg, 1993), no solo por lo criminal que resulta desde que se levanta por la mañana, sino por la debilidad que muestra en diversas escenas de la película, como cuando ensaya la manera de perdonar, o cuando se desmonta ante la criada judía que mantiene en su residencia.

Hubo un momento a finales de los ochenta y principios de los noventa en que el cine de psicópatas adquirió una buena fama, gozaba de las simpatías del gran público. Según la psicoanalista Teodora Liébana, autora de El cine en el diván: “en el espectador normal, lo que hay es una represión de los impulsos en la realidad, pero en la ficción, hay un levantamiento de esa represión que hace posible el disfrute”. Los psicópatas transmiten “una sensación de poder y de dominio que no tiene el resto de los mortales, llegando a ser considerados como héroes y despertando la simpatía y admiración del espectador”. “Se produce una identificación con el personaje que hace que el espectador se divierta con cosas que en la realidad le espantarían”.

Copycat (Jon Amiel, 1995), Mickey y Mallory de Asesinos Natos (Oliver Stone, 1994), Max Cady en El cabo del miedo (Martin Scorsese, 1991), Funny games (Michael Haneke, 1997), el muñeco diabólico Chucky (Tom Holland, 1988), o Henry, retrato de un asesino (John McNaughton, 1986), película de serie B algo sobrevalorada por la crítica de entonces (genial la crítica de Nanni Moretti en Caro Diario, ahí lo dejo). Obviamente el mejor personaje psicópata creado en esa época fue Hannibal Lecter en la piel de Anthony Hopkins para El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991). Un tipo culto, refinado, de exquisitos modales, capaz de pintar de memoria la catedral de Santa Maria de Fiore, de Florencia, o de deleitarse con las variaciones Goldberg de Bach mientras asesina a los policías que lo custodiaban. Directo a mi top-10 particular.

De la misma época hay otros dos personajes que también incluiré en mi listado, ambos interpretados por uno de los mejores actores de las últimas décadas, Kevin Spacey. El primero, obviamente, es el asesino John Doe de Se7en, el peliculón de David Fincher de 1995. Un tipo retorcido, con una concepción personal y muy particular del Bien y del Mal, un “elegido” que se atribuye el mandato divino de eliminar de la sociedad a aquellos pecadores que no merecen seguir viviendo en este mundo. Una obra redonda, con un final que intentaron cambiar los productores por lo desasosegante del mismo. Menos mal que no lo lograron, habría sido un error imperdonable.

El otro gran personaje de Kevin Spacey de 1995 es el que interpreta en Sospechosos habituales (Bryan Singer), una película con algunas de las mejores frases sobre el mal y el terror que inspira:

“Lo vi. Era Keyser Söze, el Diablo en persona. ¿Cómo se le dispara al diablo por la espalda?”.

“El mejor truco realizado por el Diablo fue convencer al mundo de que no existía y así… desaparecer”.

“Keaton siempre decía: “Yo no creo en Dios y sin embargo le temo”. Pues yo creo en Dios, y la única cosa que me asusta es Keyser Söze”.

Lo paradójico de ambos personajes interpretados por Kevin Spacey es que parecen parte de su aprendizaje hacia el gran psicópata con mayúsculas, el que compuso a lo largo de seis temporadas como Frank Underwood en House of cards. Un psicópata en la Casa Blanca, claro que sí.

Aquellos locos noventa de fascinación por el género de psicópatas nos dejaron una divertida novela de Bret Easton Ellis, American Psycho (1991). Sí, no se me ocurre mejor adjetivo que “divertida” para la ida de olla que tuvo su autor, una descripción de la banalidad y el modo de vida desenfrenado de los brokers de Wall Street y una compleja descripción pormenorizada de los asesinatos que comete el personaje principal, Patrick Bateman. La película basada en dicha novela (Mary Harron, 2000) tiene algunos momentos destacables, una ambientación bastante lograda, pero en general me interesó mucho menos que el libro. Hollywood siempre tiende a suavizar, no puede contar con toda crudeza las salvajadas del libro.

Sin salir de la década de los noventa, voy a destacar a alguno de esos “malos molones” del director que quizás mejores “malos molones” nos ha regalado: Quentin Tarantino. El señor Rubio de Reservoir dogs, interpretado por Michael Madsen, merece pasar sin duda al listado por su particular receta de oreja a la plancha bajo los compases de Stuck in the middle with you. Al igual que casi cualquier personaje de Pulp Fiction (1994): un Vincent Vega (John Travolta) colocado que mata sin remordimientos, el Jules que compone Samuel L. Jackson que decide cambiar de vida, los tarados del sótano, el boxeador asesino Butch (Bruce Willis) y el que meteré en mi top-ten, Marsellus Wallace (Ving Rhames). Por su presencia, por su sensibilidad para con su chica, por el modo en que lleva los donuts a su compañero… y por frases como las que deja en algunas escenas:

“Estoy a mil jodidas millas de estar bien”.

“Voy a enviar a un par de negros empapados en crack. Quiero que disequen a este tío con un soplete y unos alicates. ¡Practicaremos el medievo con su culo!”.

Tarantino siempre ha tenido un don especial para crear malos de época. Uno de los mejores personajes de su carrera es el oficial alemán Hans Landa (Malditos bastardos, 2009), el cazador de judíos, papelón que interpreta Christoph Waltz, un redomado hijo de puta en cuatro idiomas y uno de los mejores papeles secundarios de la historia del cine. Tiene esa extraña virtud de dar miedo con una simple sonrisa. Como el Calvin Candie de Django desencadenado (2012) con la cara de tarado de Leonardo di Caprio, o el Bill de Kill Bill (2004), interpretado por David Carradine. Tarantino ha creado malos de ficción tan potentes que sorprendió creando un Charles Manson tirando a tarado blandengue en Érase una vez… en Hollywood (2019).

(Continuará en Villanos II: traidores, villanas y el vecino de al lado).

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Goodbye, Lord Vader

TRAVIS, 09/01/2021

El año 2020 no solo se llevó por delante a dos actores que parecían inmortales, como Olivia de Havilland y Espartaco Kirk Douglas (ambos habían superado el centenar de años hace casi un lustro), o a otros viejos conocidos que siempre nos acompañaron y de los que llegamos a pensar que no desaparecerían nunca, como Sean Connery, Ennio Morricone o Albert Uderzo, el dibujante original de Astérix y Obélix. El año ha sido de una maldad tan profunda que incluso pudo con el malo de entre los malos: se llevó también por delante al actor que interpretó a quien aparece casi siempre en el número uno de las listas de malvados: David Prowse, el hombre tras la máscara de Darth Vader. David Prowse, actor británico, natural de Bristol, culturista, campeón del Reino Unido de halterofilia y condecorado con la Orden del Imperio Británico en el año 2000, falleció el 28 de noviembre pasado a los 85 años de edad. Pocas veces hemos podido verlo en un papel distinto al de Darth Vader. Hizo tres películas como el monstruo de Frankenstein y en La naranja mecánica es el gigantón del grupo de drugos.

Si gugleas “los mejores villanos de la historia del cine” o “los personajes más malvados”, casi siempre aparece Darth Vader en el número 1, junto a una serie de villanos con los que coincido (Hans Landa, Hannibal Lecter, el Joker) y otros bastante discutibles. ¿Qué pintan Tiburón o Alien en esta lista, o una criatura como Terminator que no es otra cosa que un exterminador? ¿Qué edades tienen esos votantes que ponen a Loki o Voldemort en el top-10? Tendré que hacer mi propio listado, por lo que veo. Ya tengo tarea para otro post.

Para adquirir la condición de villano o de malvado, primero hay que tener claro lo que es la maldad, o saber distinguir entre el Bien y el Mal, y Tiburón, Terminator o un Terminator humano como Anton Chigurh (el personaje de Javier Bardem en No es país para viejos) solo muestran una faz. Por eso me parecen mucho más interesantes los personajes que saben perfectamente cuál es el lado correcto, pero sin embargo, por diversas circunstancias, se apartan del lado luminoso de la Fuerza y se sitúan en el Lado Oscuro, como lo definen perfectamente las películas de Star Wars.

La creación del personaje de Darth Vader tuvo algo de casual, no estaba tan definido en sus orígenes y su personalidad fue creciendo episodio a episodio, del IV al VI, de Una nueva esperanza a El retorno del Jedi, incorporando matices, motivaciones y elementos que lo convirtieron en un villano tan atractivo para los espectadores de varias generaciones. Posteriormente, en los episodios I al III, de La amenaza fantasma a La venganza de los Sith, su conversión del niño Anakin a Jedi, y luego a Lord Sith, resulta ser el motor principal de la nueva trilogía. Pese a que soy fan de la clásica y mucho menos de la intermedia, hay que reconocer los esfuerzos de los guionistas para encajar todos estos elementos en una trama que concluyera con el paso de Anakin al lado oscuro.

La elección de Prowse para el papel de Darth Vader tuvo algo de fortuita, pues le ofrecieron elegir entre el papel de Chewbacca, “un gigantón peludo”, o el del malo malísimo, y David escogió este último. El aspecto físico de Vader incorpora elementos del cine de samuráis, como el casco y la armadura, o los duelos de sables láser, lo cual es entendible puesto que George Lucas ha reconocido en varias ocasiones la influencia de La última fortaleza, de Akira Kurosawa, para el primer episodio de la trilogía clásica. En su concepción original de la saga, Lucas incorporó elementos del cine de superhéroes, de la mitología clásica, del wéstern y de los libros de J. R. R. Tolkien de El señor de los anillos (para curiosos, ya le dediqué El despertar de la Fuerza. Jedis, hobbits y otras historias).

Según el libro Secretos y mentiras de Hollywood, de Juan y Miguel Juan Payán:

“El villano por excelencia de las aventuras de la colección de tebeos de Los Cuatro Fantásticos apareció en el número 5 de la misma. Su nombre es (…) Victor Von Doom, más conocido en España como El Doctor Muerte. Inspirado en La máscara de hierro de la novela de Alejandro Dumas, tiene el rostro desfigurado y atravesado por cicatrices, y porta una armadura que le recubre todo el cuerpo y la cara, una capa y una capucha. Es medio brujo y medio científico. Adivinen a quién nos recuerda: Anakin Skywalker, alias Darth Vader”.

A todo este aspecto exterior, a ese vestuario que acojona al espectador desde su primera entrada en la nave de la princesa Leia, se le sumó la presencia imponente y el lenguaje gestual de David Prowse. La altura del actor, por encima de los dos metros, su manera de hacer callar a los oficiales del Imperio, el gesto de cerrar el puño o simplemente de apretar dos dedos para cargarse a alguien, lo convierten en un villano intimidatorio como pocos en la historia del cine. Por eso sorprende que, siendo “el malo entre los malos”, o quizás, “el malo más atractivo” para el espectador, sepamos tan poco del actor que lo interpretaba.

De ese vacío se ocupó un documental de Marcos Cabotá y Toni Bestard de 2015 titulado I am your father. No podía llevar otro título. La frase de la trilogía, de todas las trilogías. Una frase que como tantas otras cosas en el universo Star Wars fue una sorpresa hasta para los miembros del rodaje. El documental es una maravilla nostálgica para los que somos aficionados a la saga desde hace décadas y lo que hicieron estos dos directores mallorquines es un acercamiento a la figura de David Prowse y a sus sentimientos respecto al personaje de Vader. Muy recomendable si te interesa la saga galáctica.

En ninguna de las tres películas en las que participó David Prowse llegamos a ver su cara. Y en el momento cumbre de El retorno del Jedi, cuando Darth Vader se redime, abandona el Lado Oscuro y está a punto de morir, le pide a Luke que le quite la máscara. Era el momento de haber conocido a Prowse, el hombre bajo el casco y ese respirador tan característico, y sin embargo George Lucas le negó la gloria, el reconocimiento. En su lugar intervino un actor llamado Sebastian Shaw, que es el mismo que aparece después en el poblado ewok, ya como espíritu Jedi (antes del bochornoso cambio que incorporó Lucas en las ediciones remasterizadas). Con todo, lo peor no fue solo eso, sino que ni George Lucas, ni el director Richard Marquand, se atrevieron a decírselo al propio David. Para que no se enterara, ese día le pusieron a rodar otra escena en un set de rodaje apartado del lugar en el que el equipo preparó el encuentro cara a cara entre padre e hijo con Shaw. La última puñalada de una larga lista.

No vimos nunca en pantalla la cara de Prowse, pero es que tampoco escuchamos jamás su voz. El vozarrón del original pertenece a James Earl Jones, mientras que en España tenemos asociado el personaje a ese otro vozarrón que era Constantino Romero. David Prowse rodó todas las escenas, pero se enteró el día del estreno de que su voz había sido sustituida. Según parece, tenía un fuerte acento inglés del sudoeste de las islas, lo que no convencía a Lucas para el papel. Carrie Fisher, la princesa Leia, hablaba de él despectivamente como Darth Farmer, el granjero. La escena cumbre de la trilogía, el célebre “Yo soy tu padre”, “I am your father”, en El imperio contraataca, se rodó originalmente como: “Obi Wan mató a tu padre”.

El día del estreno, con el equipo de rodaje en las butacas de la sala, la sorpresa fue mayúscula para todos. La misma sorpresa que tuvo David Prowse en el estreno del primer episodio cuando vio que su voz original había sido sustituida por la de James Earl Jones. Uno de los descubrimientos que tuve con el documental de Cabotá y Bestard fue saber que el giro argumental de la paternidad de Darth Vader fue una ocurrencia del propio David Prowse. La guerra de las galaxias no estaba concebida para tener secuela, pero fue tal su éxito que se lo propusieron a Lucas. En una entrevista a David Prowse que ni siquiera él recordaba, le preguntaron que cómo creía que podría continuar la historia y él lo soltó como si tal cosa, podríamos hacer que Darth Vader fuera el padre de Luke. Es un giro argumental brillante que abría numerosas posibilidades: el Bien y el Mal como caras de una misma moneda, la delgada línea que nos puede llevar al reverso tenebroso, el poder de perversión de la venganza,… una idea brillante de la que George Lucas jamás ha reconocido la autoría. Cuando se grabó la voz con la famosa frase, solo George Lucas y el productor Gary Kurtz sabían que se iba a dejar así. El propio James Earl Jones pensó que era mentira mientras ponía voz a una de las frases más famosas de la historia del cine, como reconoció en alguna entrevista posterior: “(Darth Vader) está mintiendo. Habrá que ver cómo desarrollan esta mentira”.

Lo cierto es que la relación entre Lucas y Prowse nunca fue buena, como se muestra en el documental, y el actor británico no fue invitado posteriormente a ninguna de las convenciones de Star Wars que se celebran cada cierto tiempo. Si el director y productor ya le había hecho varias jugarretas al actor como la de la voz o escenas en las que le negaron su participación, el deterioro de la relación fue completo con la publicación de un reportaje de Paul Donovan en el Daily Mail antes del final del rodaje de El retorno del Jedi en el que se anunció que el personaje de Vader moría al final de la película. El reportaje incluía una entrevista a David Prowse, luego para George Lucas estaba claro quién había sido el filtrador. Lo cierto es que la filtración vino de un miembro del equipo de rodaje, como reconoció el propio Donovan, y resulta creíble si tenemos en cuenta el secretismo que había alrededor del guion y cómo los actores solo recibían las páginas que iban a rodar en el día. David Prowse no tuvo nada que ver, pero a pesar de eso, nunca hubo reconciliación entre Lucas y él. Como bien dice Darth Vader en una de sus grandes frases, que sería totalmente aplicable a Lucas:

“Su carencia de fe resulta molesta”.

Algunas otras de mis frases preferidas son:

El Emperador no comparte su valoración tan optimista de la situación”.

“Eso espero, comandante, por su propio bien”.

“Únete a mí y juntos gobernaremos la galaxia como padre e hijo”.

“Controlas tu miedo, Obi-Wan te instruyó bien”.

El documental I am your father concluye con una locura maravillosa: el rodaje de la escena que le escamotearon a David Prowse… interpretada por el propio David Prowse.

La escena en la que por fin podía desprenderse de la máscara y enseñar su rostro al público. Su gran momento, la redención del gran villano, el malvado que insiste a su hijo en que “tenías razón, dile a tu hermana que tenías razón”, que aún había algo de bondad en él. Lucas Films no autorizó a que dicha escena re-grabada se exhibiera, luego tendré que conformarme con mostraros la original:

Según el libro Star Wars y la filosofía, en el capítulo dedicado a la “pérdida y redención de la paternidad”, de Charles Taliaferro y Annika Beck, Anakin Skywalker tenía una distorsionada visión de la paternidad, pues él mismo carecía de padre, y sus ansias de alcanzar el poder para proteger primero a su madre y luego a Amidala serán las que le lleven al miedo y de este al lado oscuro, pero finalmente nos dará una lección de amor: “El sacrificio de Vader es poderoso, porque cumple lo que debería haber hecho mucho antes, sacrificar su exagerado sentido del yo, sacrificar su búsqueda de poder en nombre de lo que para él era el amor, y sacrificar sus planes de salvar a su hijo conduciéndolo a las profundidades de la oscuridad”. “Vader no puede retroceder en el tiempo para hacer tales sacrificios y convertirse en el padre amoroso que debería haber sido, pero sí puede sacrificar su vida ahora, morir en lugar de Luke, tal como Obi-Wan hace en Una nueva esperanza”.

Un gran final para el personaje, una gran homenaje el que le brindan a David Prowse estos dos jóvenes directores mallorquines y su elenco de maquillaje y efectos especiales. Pocas veces un personaje de ficción habrá tenido una vida tan larga y habrá contado con tantos actores para representarlo:

  • James Earl Jones, la voz original.
  • Sebastian Shaw, para las escenas sin la máscara.
  • Bob Anderson, el doble para las escenas de los sables láser.
  • Jake Lloyd, como el Anakin de nueve años que aparece en La amenaza fantasma.
  • Hayden Christensen, como el joven Jedi invadido por el odio en los episodios I y II.
  • Spencer Wilding, en los pocos segundos de metraje de Vader en Rogue One.
  • Y por supuesto, el gran David Prowse. El cuerpo, la presencia de Darth Vader. Descanse en paz.

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El año que nos encerramos cautelosamente

El año que vivimos peligrosamente es una película de Peter Weir de 1982 ambientada en las revueltas de Indonesia a mediados de los sesenta. Inicialmente me pareció un buen título para definir lo que había sido 2020, pero una vez que analizas que todo lo que tenías que hacer era confinarte, reducir tu actividad al mínimo y no hacer nada me pareció que quedaba un tanto exagerado. De ahí el título escogido.

Un año como el que acaba de terminar no podía hacerlo de una manera más adecuada que como lo ha hecho: mal, penoso, lamentable. No lo digo por el vestido de la Pedroche, no. Ni lo digo solo por “regalarnos” una de esas sobreactuaciones a las que Nacho Cano nos tiene acostumbrados (ahí queda su particular intervención en el homenaje a Miguel Ángel Blanco), sino sobre todo por una nueva polémica y división acerca de la bandera de España en la Puerta del Sol: el artículo de Ignacio Escolar, los insultos habituales en redes sociales, Televisión Española tapando la bandera con medio metro de flores,… en fin, la polarización de la sociedad una vez más y la manipulación de todo desde los medios y la clase política. Que una bandera de 1785 utilizada durante siglos (también por la Primera República) sea “un problema” tan grande me hace pensar que estamos perdidos como sociedad.

Como dice la letra de la canción de Nacho Cano, en este momento del año “hacemos el balance de lo bueno y malo”, aunque sea un par de días después y no “cinco minutos antes de la cuenta atrás”, y de eso va este primer post del año, o último de 2020, según se mire. Si vamos a las cifras de este blog de los Cuatro amiguetes y unas jarras (aunque cada vez haya menos jarras que tomar con amigos), el número de lectores se ha triplicado en comparación con el año 2019, que ya había sido el mejor de largo, algo tan espectacular como sorprendente. 60 artículos en total publicados en este blog, 15 en otros medios, más otros 23 firmados de manera apócrifa en sitios inconfesables, y la edición de Aguafiestas en un año muy completo. Solo en este blog hemos llegado a las 70.000 lecturas, pero si añadimos las de LinkedIn, La Galerna y Planeta Fútbol seguramente hayamos superado los 100.000 lectores en todo el año, congrats! Y gracias a todos por el interés.

Esas son las estadísticas, que pueden decir mucho o no contar nada, pero de lo que hoy se trata es de hablar de las tendencias que han marcado el año, de qué temas se han ocupado los cuatro amiguetes en estos doce meses en los que nuestro modo de vida saltó por los aires. Y el comentario sobre el vestido de la Pedroche o la bandera solo eran excusas para comentar uno de los temas que más nos preocupan y que ya estaban en el primer post del año (Despropósitos de Año Nuevo): la polarización de la sociedad. Cristina Pedroche es una mujer “empoderada” o “cosificada” en ese nuevo lenguaje, según pertenezcas a un bando o al otro (y ya me preocupa hablar de bandos), en ese discurso de rojos y fachas que todo lo contamina, no digamos la bandera. La utilización partidista de todas las herramientas al alcance de la clase política ha servido para desunir aún más a una población sorprendida por la pandemia que necesitaba la unión de esfuerzos y la coordinación de administraciones, y su actuación ha vuelto a poner de manifiesto que no están a la altura de los ciudadanos, que en su mayor parte han tenido un comportamiento ejemplar, solidario y responsable. Las cicatrices del coronavirus necesitarán años para cerrarse.

El Amiguete Josean ha dedicado buena parte del año y de sus esfuerzos a explicar las reformas fiscales que se anunciaron a principios de año (Las grandes corporaciones son malas, un tema complejo que dio para dos partes) y todos los cambios legislativos que se implementaron con el estado de alarma (Y todo en un mes), con mucha precipitación y rectificaciones constantes que no trajeron los resultados deseados. A veces hay que fiarse más de criterios técnicos que ideológicos cuando se van a tratar determinados asuntos, como los Presupuestos Generales del Estado, que pecan de una serie de errores, como ingresos erróneamente calculados y gastos infravalorados. El peaje también de tener que contar con algunos socios que no son los mejores compañeros de paseo (Sí se puede. No se podía, pero ahora ya sí se puede). No quería dejar el tema de la ideología en cuestiones de dinero público, porque uno de los textos más celebrados de este blog es aquel sobre el estudio del impacto de género en un túnel. Sí, con un par: La M-30 es machista.

El Amiguete completó su año con los capítulos VI y VII del libro no publicado Grandes errores de las escuelas de negocios (ahí lo dejo por si algún editor se siente interesado por la idea), en esta ocasión dedicada al modo de confeccionar presupuestos en una empresa. La esquizofrenia del CFO es la que le anima a escribir este tipo de artículos, así como un relato casi verídico sobre una visita a declarar en los juzgados (Con Animal en el juzgado).

La Covid-19 lo ha impregnado todo este año, también los temas recurrentes en este blog: el deporte, el cine, algún viaje o voluntariado, los maratones,… El Amiguete Lester se ha quedado sin correr un maratón por primera vez desde 2003, así que este año no hemos tenido crónica maratoniana desde algún lugar lejano (o cercano, pues tenía inscripción para Madrid en abril). Pero nos ha contado el placer de correr por el placer de correr, cuando no hay un plan exigente de entrenamientos detrás, y sobre todo, cuando has estado casi dos meses encerrado en tu casa sin salir. El placer de salir a la calle y trotar al aire libre, algo que creíamos que no nos faltaría nunca y en este 2020 desapareció de nuestras vidas como tantas otras cosas. Lester reconoció haber estado (casi) feliz en casa disfrutando con la familia y el tiempo en común, incorporando nuevas aficiones, y el “casi” sería completo de no ser por todo ese sufrimiento cercano que a todos nos ha llegado de un modo u otro. Cae la felicidad en los índices que miden estas cosas intangibles y el relato El oso gris nos trasladó a un futuro cercano que podría ser aún peor que este año de aislamiento y distancia social que hemos vivido. Otro relato extraño, Espectros sobre la pared, y una primera incursión en la poesía, Volverán las malditas mascarillas, completan el año de Lester.

El cine no ha escapado a la pandemia, y el cierre de las salas, así como el bajo nivel de los estrenos, ha llevado al Amiguete Travis a refugiarse en temas atemporales, como si es mejor el libro o la peli, en una larga conversación con Reggie que se alargó en dos partes muy interesantes por las aportaciones de ese gran fichaje del blog. La ausencia de estrenos hizo que Travis repasara algún clásico, como en Mi cita anual con Ben-Hur, se equivocara en los Óscar de Parasite, tratara las manías de algunos directores (Los cigarrillos Red Apple y el Imperio Austro-húngaro) y el modo que tiene Hollywood de tratar la figura de sus presidentes, ya sean ficticios o reales. El confinamiento también dejó huella en algunos posts, como en Ensayos de un futuro distópico, sobre el modo de tratar este tipo de catástrofes en el cine, o en la peli surrealista que podría escribirse juntando una buena colección de pelis que aparecieron en los reordenamientos de casas que todos hicimos durante el encierro. Un año tan raro como 2020 ha visto los estrenos de dos de los directores más exitosos e interesantes del panorama actual: Christopher Nolan y David Fincher. Ambos pasaron por el análisis de Travis, tanto Nolan con Tenet, en la parte del elogio (sin spoilers) y en la crítica furibunda (destripando el argumento), como Fincher con su visión de la escritura del guion de Ciudadano Kane en Mank (Citizen Mank, Ciudadano Fincher). Un formato que se va a repetir a buen seguro es el de destripar una novela gráfica o cómic y posteriormente su versión cinematográfica. Este año ha sido el de Watchmen, la novela gráfica y la versión de Zach Snyder. En 2021 toca V de Vendetta.

En cuanto a Barney y sus diatribas futboleras, 2020 ha sido un año en el que el deporte no ha escapado a la drástica alteración que ha supuesto la pandemia para todo nuestro mundo conocido. La Liga se suspendió durante tres meses, la NBA se disputó en agosto, Roland Garros en octubre, nos quedamos sin Juegos Olímpicos ni Eurocopa de fútbol, en fin, todo muy raro. El mejor resumen de Barney lo podréis encontrar en La Galerna, en modo Carta a un 2020 muy, muy perro.

En este blog comenzamos con la Supercopa y las nulas críticas al Cholo y acabamos con el primer relato de Barney, Lituriaga, ambientado en el Torneo de Navidad de baloncesto allá por los ochenta. Entre medias hubo tiempo para hablar de esta temporada tan extraña (Déjà vu de la 2016-17), la vergonzosa exigencia de algunos acerca de la Liga inconclusa (La solución belga, el sueño húmedo culé), los incomprensibles olvidos o la desmemoria de la prensa (La mano no era de Dios) y el triunfo final de los de Zidane en el campeonato. El parón en la competición sirvió para encontrar los lazos en común entre los Tauro del 70 (André Agassi, Luis Enrique y Simeone) o para hablar de las derrotas más dolorosas, las que nos siguen revolviendo el estómago tanto tiempo después. El blog dedicó cinco extensos artículos a la vuelta de la NBA y la victoria de los Lakers con el mejor especialista de la materia en España (aquí, guiño): Barney Jr. La muerte de Maradona sirvió como excusa para hablar de los mejores de todos los tiempos en varios deportes y por último, Barney no pudo evitar su tradicional crítica a la penosa prensa deportiva de este país.

Ha sido un año productivo, sin duda. Es lo que tiene pasar tanto tiempo encerrados. El blog ha cumplido seis años y goza de muy buena salud. Los ingresos generados (muy bajos de momento, por “el odio a monetizar”) han servido para apoyar una serie de proyectos solidarios en Perú (con Gam-Tepeyac) y de Ayuda en Acción de apoyo a familias desfavorecidas por la Covid. Como resumen de lo que han sido estos seis años cada Amiguete agrupó su centenar de textos en un recopilatorio que sirve de índice para lectores recientes:

Muy orgullosos de lo logrado, cómo no. Este blog solo busca entretener y aportar información, y lo que no va a descuidarse en ningún momento es el lado humano. El título del documental estrenado recientemente sobre las personas que han estado en la guerra cruenta contra el virus (y sobre los que lo han padecido) me sirve para hablar de la mayor enseñanza que nos deja 2020, aunque haya sido arrojándonosla a la cara: olvídate de egoísmos, preocúpate del que tienes al lado, deja de lamentarte de gilipolleces, quiere a tu familia, llama a tus amigos,… Esta situación la revertiremos entre todos, y cuanto más unidos estemos y menos divididos, como empezaba este artículo, será mucho mejor. Más sencillo, más efectivo. La mitad de las lecturas de este año aciago han sido para un texto que hablaba de todo esto y de reconciliación, de las lecciones de vida que nos dejaron nuestros padres, los más castigados por el virus: Aplauso a una generación de héroes. Muy grandes, a ver si aprendemos.

¡Feliz 2021, amigos!

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Citizen Mank, Ciudadano Fincher

TRAVIS, 19/12/2020

Como en los últimos dos años, la plataforma Netflix nos ha traído una de las películas más interesantes del año, Mank, la última de David Fincher, una de esas obras poco comerciales como Roma (Alfonso Cuarón, 2018) o El irlandés (Martin Scorsese, 2019), en las que se da plena libertad a sus directores para que desarrollen la historia que les apetezca. Coinciden estas tres películas en el hecho de ser proyectos largamente perseguidos por sus directores, historias ya escritas o que les rondaban la cabeza y que no encontraban nunca el momento o la financiación para llevarlas a cabo. Si Netflix asume el riesgo de producir este tipo de obras arriesgadas sin temor a la audiencia, bienvenida sea esta plataforma, al igual que todas las demás que se dedican a producir películas o series de calidad.

El proyecto llevaba largo tiempo intentando ser plasmado en pantalla, tanto como que David Fincher trató de sacarla adelante tras el éxito de taquilla de The Game (1997) y sobre todo de Seven (1995). Y resulta tan personal porque el guion fue escrito por Jack Fincher, el padre de David, quien sin embargo falleció en 2003 sin poder ver su historia trasladada a la gran pantalla. Una pena en varios sentidos, por el propio Jack, que no pudo ver lo que el fino estilista de su hijo ha rodado, por David, que no llegó a tiempo de dedicarle en vida el filme a su padre, y por nosotros los espectadores, porque creo que Fincher hijo ha querido respetar de tal modo el guion de Fincher padre que no le metió su toque personal. Por respeto o por lo que fuera, pero creo que en alguna parte de la trama, sobre todo en el final, el guion está muy por debajo de la realización.

La película cuenta el proceso de escritura de Ciudadano Kane, Citizen Kane (1941), la ópera prima de Orson Welles, ese título que aparece sistemáticamente en todos los listados de películas más grandes de todos los tiempos. Una de esas películas no aptas para todos los públicos, así me lo ha parecido siempre que la he visto con alguien por sus comentarios. Descomunal, grandiosa en el mejor y peor sentido de la palabra, brillante en algunas escenas, plúmbea y pretenciosa en otras… Exactamente igual que Mank, apelativo de Herman J. Mankiewicz, coguionista junto al propio Welles de Ciudadano Kane.

David Fincher me parece un director asombroso, de los mejores del cine actual sin duda, pero de él me maravilla su capacidad de transformarse en cada película para ser capaz de pasar de un director rompedor en el estilo (Seven o esa obra maestra que fue El club de la lucha) al clasicismo más absoluto, como en Zodiac (2007), El curioso caso de Benjamin Button (2008) o en Mank. Lo que ha hecho Fincher en pleno 2020 es rodar una película de finales de los treinta y principios de los cuarenta, no en vano la época en la que está ambientada. Con el mismo estilo y la misma atmósfera. El blanco y negro, el gran angular, la profundidad de campo, los títulos de crédito y algunos toques personales como la vieja máquina de escribir que marca los flashbacks de la historia. David Fincher tiene un sentido estético y visual como pocos directores actuales, como el Ridley Scott de sus mejores películas, con una concepción global de lo que quiere rodar (música, fotografía, planificación) al estilo de Steven Spielberg o Martin Scorsese, un tipo capaz de regalar grandes planos de esos que se quedan para siempre en la memoria.

Mank, como no podía ser de otra manera, está repleta de homenajes a Citizen Kane: la estructura temporal, la bola de nieve que cae de las manos aquí convertida en botella, el moribundo en la cama y la enfermera entrando por una puerta difuminada al fondo, el destrozo de la habitación de Kane que resulta ser una caja de botellas de whisky en Mank, el plano desde el suelo (o más abajo) de la habitación,… y sobre todo la luz, la iluminación. Si en algo se esmeró Orson Welles con el director de fotografía Gregg Toland fue en componer planos en los que la luz fuera protagonista, que entrara en las habitaciones como un personaje más, con su propio significado, como un cañón de luz en el teatro que lleva la atención sobre unos personajes, se concentra sobre un objeto o difumina otros. Quizás por eso su nombre comparte pantalla en los títulos de crédito con el del director y creador con mayúsculas de esta película:

Al talento de Toland, ya reconocido por entonces con un Óscar, se le unió la mayor concentración de talento precoz que se ha visto nunca en una sola película: el niño prodigio Welles a la tierna edad de 25 años, Robert Wise como montador (el que después fuera director de Sonrisas y lágrimas, Ultimátum a la Tierra y West Side Story contaba entonces solo 26 años) y Bernard Herrmann como compositor de la banda sonora sin haber alcanzado aún la treintena. Bernard Herrmann había colaborado previamente con Orson Welles en varios programas de radio y se convertiría en historia de Hollywood con el paso de las décadas: comenzó con Welles, compuso las bandas sonoras más características de las películas de Alfred Hitchcock (Vértigo, Con la muerte en los talones y la famosísima de Psicosis) y acabó sus días a las pocas horas de terminar de grabar los últimos acordes de la desasosegante música que acompaña a Robert De Niro en Taxi driver.

Comento toda esta concentración de talento porque no es otra cosa lo que vemos ocupar la pantalla en Mank. Con asombrosa naturalidad pasean por la pantalla el hermano de Mank, Joseph L. Mankiewicz (director de Eva al desnudo, Cleopatra, La huella, guionista oscarizado por Carta a tres esposas y Eva al desnudo), los escritores Ben Hecht y Charles MacArthur, y varios de esos productores judíos que pusieron en pie los estudios de Hollywood, como Irving Thalberg o Louis B Mayer.

La historia que cuenta Mank no es original, se ha contado ya muchas veces, como en el ensayo de la crítica cinematográfica Pauline Kael, Raising Kane, o en RKO 281, una película de 1999 dirigida por Benjamin Ross, que se centra en el propio rodaje y en las reacciones del magnate caricaturizado en Kane, William Randolph Hearst. RKO 281 me pareció en su día una película interesante, sin más, aunque según he leído posteriormente comete varias inexactitudes en la historia, como que la fiesta en la que supuestamente estuvo Orson Welles no existió, o el imperdonable error de no utilizar el estado convaleciente del guionista.

El papel de Mank recae en John Malkovich, Liev Schreiber hace de Orson Welles, y los papeles de Hearst y su novia Marion Davies recaen en James Cromwell y Melanie Griffith. Creo que volveré a verla estos días, se puede encontrar fácilmente en enlaces como el que dejo aquí:

Mank se basa fundamentalmente en el ensayo de Pauline Kael, una serie de artículos polémicos que se decantan por la teoría de que el autor del guion casi de modo exclusivo fue Mankiewicz. Pero conociendo el genio creador de Orson Welles, apabullante, megalómano, controlador hasta la obsesión, parece improbable que el guion que Mank entrega en la película a Welles se convirtiera finalmente en lo que se rodó. En 1996 se rodó un documental sobre esta misma historia, The battle over Citizen Kane, en el que se explica que Welles realizó seis versiones del guion sobre el original de Mankiewicz, más de trescientos cambios y aportaciones que hacen que quizás lo más justo es que la autoría del guion quedara compartida, como finalmente ocurrió aunque no hubiera sido lo pactado inicialmente. También se puede encontrar con facilidad:

Lo curioso es que de las nueve nominaciones a los Óscar que recibió Ciudadano Kane solo obtuvo una estatuilla, la de mejor guion, y ni Welles ni Mankiewicz acudieron a la ceremonia a recogerlo. A mi modo de ver, algunas partes de Mank podrían haber mejorado con un recorte, mientras que echo en falta más metraje justo en el final, en esas reelaboraciones del guion o en las presiones que recibió la RKO del círculo de Hearst para que Citizen Kane no viera la luz. La película de Fincher se corta de una manera algo abrupta con la ceremonia de los Óscar y con las palabras reales de los dos coguionistas en conflicto (y no hago spoiler, porque creo que esto lo sabe todo cinéfilo), con esa genial respuesta de Mankiewicz al hipotético discurso que habría dado de haberse personado en la ceremonia: “estoy muy feliz de recoger este premio en ausencia de Orson Welles, que es como se escribió este guion: en ausencia de Orson Welles”. Ahí, volando los cuchillos, remarcando la distancia enorme que separó a ambos.

Para terminar, no podía dejar de lado las interpretaciones de Mank. Gary Oldman tiene uno de esos papeles tan agradecidos para los actores, tan “oscarizables” como el que le diera el galardón por interpretar a Winston Churchill en La noche más oscura: un personaje real, histórico e histriónico, arrollador, con buenos diálogos y perfecto para el lucimiento. Mankiewicz era un alcohólico totalmente dependiente y Oldman muestra esa degradación del personaje a la perfección. “Pescado y vino blanco”, ahí lo dejo para el que la haya visto. Charles Dance interpreta a un William Randolph Hearst más amable que el de RKO 281, sobrio, contenido y con una fábula estupenda que contar acerca de un mono y un organista. Amanda Seyfried pone la cara y la voz a Marion Davies, y Tom Burke a Orson Welles. El resto de secundarios tiene “cara de época”, sobre todo esos cabroncetes de productores judíos, como Louis B. Mayer (Arliss Howard), pero me quedo con dos de las actrices: Lily Collins, que interpreta a la asistente y mecanógrafa de Mank, Rita Alexander, y la no menos estupenda Tuppence Middleton, la “poor Sara” Mankiewicz del filme.

Merece la pena verla, como los enlaces que aquí les he dejado. Pero si algo merece la pena de verdad es ver este otro enlace que dejo por aquí. Hasta la próxima:

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The US Presidents según Hollywood (II)

TRAVIS, 03/09/2020

Como ya dije en la primera parte, para llegar a la presidencia de Estados Unidos conviene tener una elevada capacidad actoral, porque la carrera electoral en realidad es una interminable sucesión de shows and performances adaptada a cada uno de los escenarios, es decir, a la mentalidad de los espectadores/habitantes de cada estado. Ahora que parece que se confirma la victoria de Joe Biden, es un momento excelente para alabar la interpretación de un actor como Jim Carrey transmutado en Joe Biden con el mismo acierto con el que Alec Baldwin lleva años interpretando el personaje de Donald Trump. Por esa capacidad de actuación, no debe extrañar que un actor con una larga carrera en Hollywood como Ronald Reagan accediera a la Casa Blanca en 1980. O que Arnold Terminator Schwarzenegger se convirtiera en gobernador de California. O que ascendiera a presidente de los Estados Unidos en The Simpsons: the movie. Genial esta parodia sobre la toma de decisiones de un presidente en el Despacho Oval:

Me interesan más las películas sobre los presidentes posteriores a la Segunda Guerra Mundial, que suelen ser mucho más críticas y ácidas, que las anteriores, porque el tiempo tiende a mitificarlo todo, a suavizar los errores de los personajes y a ensalzar sus virtudes. En muchas películas sobre personajes históricos, los actores que los interpretan hablan con ese aire de grandeza que les da el lugar que la Historia tiene reservado para ellos, y el problema es que parece que lo hubieran tenido siempre, incluso desde su formación como cadetes en una academia militar o en una universidad. Se convierten en verdaderas hagiografías, biografías demasiado elogiosas y poco humanas del personaje.

Para los interesados en el tema, George Washington aparece, entre otras, en Los inconquistables, película de Cecil B. De Mille de 1947, con Gary Cooper y Paulette Goddard, en El Patriota (2000), la estupenda recreación de Roland Emmerich de la guerra de Independencia, con Mel Gibson y Heath Ledger, o en George Washington: la leyenda (2000), en la que el primer presidente de la historia de Estados Unidos es representado por Jeff Daniels. De Thomas Jefferson solo recuerdo Jefferson in Paris (1995), uno de esos tostonazos de época rodados por James Ivory que no acabé de ver, pese a que contaba con Nick Nolte y Greta Scacchi en el reparto. Ulysses Grant aparece brevemente en uno de mis wésterns favoritos de siempre, Murieron con las botas puestas (Raoul Walsh, 1941), con Errol Flynn haciendo de General Custer, y también en esa cosa abominable llamada Wild Wild West (1999, esperpento perpetrado por Barry Sonnenfeld).

El “padre de la patria” estadounidense actual que, sin duda, aparece en más películas es Abraham Lincoln. El nacimiento de una nación (1916) y Abraham Lincoln (1930), ambas de D.W. Griffith, Lincoln en Illinois (1940, John Cromwell) y de esa época, la muy recomendable de John Ford, El joven Lincoln (1939), en la que Henry Fonda interpreta el papel de ese joven abogado que terminaría como presidente de la nación. Mucho más modernas son La conspiración, de 2010, el acercamiento de Robert Redford al complot que culminó su asesinato con éxito, y Lincoln, de 2012. Como todo lo que hace Steven Spielberg es muy interesante, y como todo lo que hace Daniel Day-Lewis resulta de una intensidad un tanto agobiante.

En ese mismo año 2012 se estrenó un delirio titulado Lincoln: cazador de vampiros, del que me bastó ver el tráiler para saber que no me interesaba lo más mínimo ver al presidente convertido en un Van Helsing cualquiera que, hacha en mano, se dedica a descuartizar vampiros. Quizás una noche en la que me encuentre muy, muy, muy, pero que muy aburrido…

Y de un presidente asesinado durante su mandato a otro: John Fitzgerald Kennedy. Sin duda, su asesinato y muerte prematura idealizaron para la posteridad su figura. La fenomenal disección del magnicidio de 1963 en Dallas que Oliver Stone muestra en JFK (1991) nos hace dudar casi de cada punto relacionado con la versión oficial de la comisión Warren. La exposición de la teoría de la bala única resulta magistral en pantalla, pero ya sabemos que Oliver Stone suele ser tan hábil como tramposo en sus películas. Un genio en lo suyo. Kennedy aparece también en Trece días (2000), sobre la crisis de los misiles de Cuba, interpretado por Bruce Greenwood y en El mayordomo (2013), con el aspecto que le da James Marsden.

Si a alguien le interesa de manera especial este tema, El mayordomo, que no es otro que Forest Whitaker, cuenta la historia de ficción de un trabajador humilde que nace como esclavo en una plantación, entra a trabajar en la Casa Blanca como mayordomo y conoce a siete presidentes norteamericanos. La película aprovecha todo ese período histórico para hablar de los conflictos raciales en Estados Unidos y termina, como no podía ser de otro modo, con una recepción con Barack Obama. Robin Williams interpreta sorprendentemente al primer inquilino del Despacho Oval que conoce este mayordomo, Dwight Eisenhower, el predecesor de Kennedy. Robin Williams, con un poco de ayuda y caracterización, lo mismo te interpreta a Eisenhower que a otro presidente como Theodore Roosevelt (Noche en el museo, 2006).

A Eisenhower le tendré siempre cierta simpatía por la serie Ike, con Robert Duvall en su papel, por su breve aparición en una de las películas bélicas más míticas de siempre, El día más largo (1962), cuando era “solo” general en el desembarco de Normandía, y por ser ese presidente que lanza la carrera espacial en Elegidos para la gloria (The Right Stuff), la fenomenal epopeya espacial dirigida por Philip Kaufman en 1983.

John Fitzgerald Kennedy estrechó la mano de Forrest Gump en una de las tres visitas de este a la Casa Blanca, en la famosa (e hilarante) escena de Tom Hanks tratando de contener sus ganas de mear ante JFK. Aunque me gustó más aún el momento en que Forrest visita por fin el baño y se encuentra con un retrato de Marilyn Monroe, ¡qué cabr… este JFK!

Tras su asesinato y en cuestión de horas, según nos contó Oliver Stone, Lyndon B. Johnson sucedió a Kennedy, y por supuesto recibió otra visita de Forrest Gump, casi más desafortunada que la primera, pues acaba enseñándole la herida de guerra “en el pompis” (palabra que, por cierto, aparte de los dobladores, no sé si usa alguien más). Liev Schreiber interpreta a este “presidente por accidente” en El mayordomo, al hombre al que le tocó el período entre los dos presidentes que sin duda más impacto tuvieron en la política mundial entre los sesenta y principios de los setenta: el mencionado Kennedy y Richard Nixon.

Nixon es otra figura que ha dado mucho juego a Hollywood. Todos los hombres del presidente, de Alan J. Pakula (1976), es una magnífica recreación de la investigación que realizaron los periodistas Bob Woodward y Carl Bernstein sobre lo que acabó siendo el Watergate, el caso de espías ilegales que le costó el cargo a Nixon. Qué tiempos aquellos en que los altos cargos dimitían cuando eran pillados cometiendo actos delictivos. Nixon no se libra de la visita de Forrest Gump, un error del que “se arrepentirá”, pues según el filme de Zemeckis, el Watergate se destapa por una llamada nocturna del bueno de Forrest.

John Cusack interpreta a Nixon en El mayordomo de una manera contenida, incluso amable, nada que ver con la interpretación de Anthony Hopkins en Nixon (1995), de nuevo de Oliver Stone. El Nixon de Hopkins y Stone parece siempre crispado, desconfiado, incluso el lenguaje gestual no me parece el adecuado según los vídeos que he visto del Nixon real. En ese sentido, me gusta más el Nixon de Frank Langella en Frost contra Nixon (2008), la película de Ron Howard sobre la famosa entrevista del periodista británico en 1977.

Ahora bien, si tengo que hablar de Nixon y Kennedy, nada me gusta más que la teoría que Watchmen deja caer en sus versiones: el disparo frontal que asesinó a Kennedy fue obra de El Comediante y Nixon se mantiene como presidente hasta mediados de los ochenta gracias a la intervención del Doctor Manhattan en la guerra de Vietnam. ¡Toma ya!, casi nada en la obra maestra de Alan Moore y Dave Gibbons.

Ya metidos en los ochenta, resulta paradójico que el actor metido a presidente Ronald Reagan haya contado con muy pocas caracterizaciones en el celuloide. Un actor sin ningún parecido con el difunto presidente como es Alan Rickman interpreta al antiguo cowboy en El mayordomo. Creo que falta algo de tiempo para que veamos alguna gran película sobre su figura, al igual que sobre Barack Obama (que fue “borrado” en La noche más oscura, la película de Kathryn Bigelow sobre la ejecución de Bin Laden). O sobre Bill Clinton, pues los personajes de Primary Colors y La cortina de humo eran poco más que remedos del expresidente.

Donald Trump es un personaje en sí mismo cuya presidencia dará para varias obras. De momento, ha aparecido en el documental de Michael Moore Fahrenheit 11/9 sobre su acceso a la presidencia, con un momento muy potente en lo visual, en el que se emiten imágenes de Hitler y el nazismo con discursos del propio Trump. La obra de Michael Moore es también muy crítica con la presidencia de Barack Obama, tanto en la teatralidad (el vaso de agua de Flint, Míchigan) como en sus “logros” como presidente.

Michael Moore tiene otros documentales sobre los presidentes norteamericanos, como Michael Moore in Trumpland (2016) o el acojonante (por lo que cuenta y por cómo lo cuenta) Fahrenheit 9/11, Palma de Oro en Cannes en 2004. Se centra en la figura de George W. Bush, comenzando por el robo de las elecciones en el estado de Florida en el año 2000, con el apoyo del gobernador Jeb Bush en un proceso completado por los jueces del Tribunal Supremo nombrados en su mayor parte por su padre, George Bush Sr., y continuando por las sospechosas y extrañísimas vinculaciones empresariales entre la familia Bush y la familia de Osama Bin Laden. Todo ello con las imágenes del 11-S, el 9/11 americano, de fondo. Ni el mejor de los guionistas de Hollywood habría escrito nunca nada similar al momento en el que informan al oído de Bush de los ataques terroristas sobre el World Trade Centre. Siete minutos bloqueado escuchando un cuento infantil. Asusta.

Como asustan las dos caracterizaciones más recientes que hemos visto del mismo presidente en W. (2008) y Vice, El vicio del poder en España (2018). ¿En qué se parecen Josh Brolin y Sam Rockwell? En nada, pero ambos hacen unas muy buenas caracterizaciones de George W. Bush. El primero, en la película de Oliver Stone (¿quién, si no?) sobre los “años locos” de Bush, sus problemas con el alcohol, su incompetencia para los negocios, la conversión al catolicismo y los sabios consejos de su padre (interpretado por James Cromwell), que acabarían llevándole a la presidencia de los Estados Unidos.

Sam Rockwell, por su parte, compone un Bush Jr. despreocupado por la política exterior, que deja a su capricho (y enriquecimiento propio) al Vice-President Dick Cheney. No evita casi ningún asunto: Halliburton, las invasiones de Afganistán e Irak, y el enriquecimiento de las empresas de Cheney mientras Bush mira para otro lado o directamente no se entera de los negocios de su brazo derecho. Grandes interpretaciones de Rockwell como Bush y de Christian Bale como Cheney, pero asusta ver que un tipo así no ha acabado sus días en prisión.

Poco más me queda por contar, alguna referencia más para curiosos. Como Benjamin Button tiene tantas similitudes con Forrest Gump, no podía dejar de conocer a un presidente: Theodore Roosevelt. El otro Roosevelt, Franklin Delano, aparece con la cara de Jon Voight en Pearl Harbor (Michael Bay, 2001), y su sucesor, Harry S. Truman, en Banderas de nuestros padres (Clint Eastwood, 2006) y como amigo de ese sueco chiflado que fue El abuelo que saltó por la ventana y se largó (2013). Quería acabar de una manera similar a la primera parte: con una parodia de uno de los grandes, Leslie Nielsen, haciéndole todo tipo de perrerías a esa primera dama entrañable que era Barbara Bush en The naked gun (Agárralo como puedas). La habré visto un millón de veces y me sigo partiendo la caja:

Preveo que en poco tiempo estaré comentando alguna peli sobre Trump, ¡hasta entonces!

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The US Presidents según Hollywood (I)

TRAVIS, 03/09/2020

Hoy finaliza la campaña electoral a la presidencia de Estados Unidos, el país que celebra las campañas electorales más largas y caras del mundo, pero, posiblemente también, las menos tediosas debido al elevado grado de falsedad, teatralidad y sobreactuación que conllevan. Todo ello me ha dado la idea de dedicar estas dos entradas a la visión que el cine nos ofrece de los presidentes norteamericanos. Esta primera parte estará dedicada a los presidentes ficticios que hemos visto en películas, y ya en la segunda hablaremos de los reales, seguramente más inverosímiles que algunos personajes de este post, aunque hayan sido paridos por la mente de algún guionista más o menos brillante.

Puesto que he comenzado hablando de campañas electorales, la película de Mike Nichols Primary Colors (1998) fue una de las que mejor contó ese complejo y ordenado caos que es un equipo de partido en plena campaña electoral. El candidato a presidente estaba basado en Bill Clinton y fue interpretado de manera soberbia por John Travolta, que imitó muchos de sus gestos y miradas. El personaje fue suavizado respecto al de la novela en que se basaba, escrita por un periodista del Washington Post y que tuvo que ser publicada bajo seudónimo. Las infidelidades del candidato eran tapadas por su equipo y aparentemente ignoradas por su mujer, Emma Thompson en el filme. La doble moral o la falsedad de los candidatos son claves para el éxito de la campaña, y de ahí que El candidato interpretado por Robert Redford en la película de 1972, un abogado idealista, comprometido y sincero que no se calla lo que siente, que es honesto, sea un personaje que en principio jamás podría llegar a presidente. No al menos con sus principios, puesto que a medida que avanza la película comienza a obtener popularidad por su honestidad, hasta que “el sistema” se apropia de su discurso para pervertirlo y llevarlo de nuevo por el camino “correcto” que le marcan, es decir, apartado de sus propias convicciones.

Otra película relacionada con el mujeriego Bill Clinton es La cortina de humo, de 1997, en la que los asesores presidenciales inventan una guerra en los medios (¡contra Albania!) para tapar un escándalo sexual del presidente, cuyo nombre no se menciona. El guion es de David Mamet y parece sospechosamente cercano a la realidad. Durante la declaración de Mónica Lewinsky en el proceso de impeachment a Bill Clinton, aumentaron los bombardeos norteamericanos sobre Sudán y Afganistán. Los líos de alcoba del presidente de Estados Unidos dan bastante juego, como se vio en Love Actually (2003), la película de Richard Curtis en la que el flirteo del presidente norteamericano (Billy Bob Thornton) con la asistente del Primer Ministro británico (Hugh Grant) supone un cambio de actitud de este con respecto a su aliado. De lío de faldas a cambio de política exterior, así de simple.

La situación sentimental del denominado POTUS es la base de la película El presidente y Miss Wade (1995), una comedia romántica simplona para mi gusto, pero que se aguanta bien. Es la ventaja de contar con el guion de Aaron Sorkin (El ala Oeste de la Casa Blanca) y la dirección de Rob Reiner (La princesa prometida, Cuando Harry encontró a Sally, Misery). Michael Douglas pone el rostro al presidente Andrew Shepherd y se muestra muy comedido, sobre todo si recordamos que en sus anteriores películas había dado rienda suelta a sus instintos más primarios, o presidenciales (Instinto básico, Atracción fatal, Acoso). La aspirante a primera dama es la (siempre) estupenda Annette Bening, la mujer que logró que Warren Beatty sentara la cabeza.

Otra estupenda primera dama es la que interpreta Sigourney Weaver en Dave, presidente por un día, de 1993. El doble del presidente es el modesto dueño de un taller, Kevin Kline, al que le encargan que supla o que haga las funciones del verdadero presidente, que ha sufrido un accidente y está en coma. Para mí lo mejor de esta simpática película está en el momento en que el contable del modesto empresario comienza a analizar el presupuesto del gobierno y se da cuenta de la lamentable gestión que se realiza con el dinero público. Llega a la conclusión a la que llegamos todos: si yo gestionara el presupuesto de mi empresa de ese modo, estaría automáticamente despedido.

Y de primeras damas respetables a una deleznable, la que interpreta Glenn Close en Mars Attacks, la “tontá” de Tim Burton rodada en 1996. Creo que el director la soporta tan poco como yo, así que acaba bien sepultada bajo una pesada lámpara. Peor parado acaba su marido, el presidente Dale, un papel histriónico más en la carrera de Jack Nicholson. Su discurso buenista al líder marciano me recuerda a algunas bienintencionadas proclamas de líderes mundiales que acaban… bueno, como el líder norteamericano:

Se ve que colocar al “hombre más poderoso del mundo” en una situación de debilidad o inferioridad tiene su morbo, o su gracia. Muchas de estas películas nos muestran al POTUS como un tipo no muy inteligente, algo torpón, un pelele en manos de ese círculo de asesores que le rodean y le llevan de aquí para allá, o le tapan sus vergüenzas, porque en muchas de estas tramas nos lo pintan como un tipo sin escrúpulos. Es el caso de Poder absoluto (1997), la película de Clint Eastwood en la que este, un ladrón de guante blanco, presencia un asesinato cometido por los guardaespaldas del propio presidente (Gene Hackman) mientras este se trajinaba a la mujer de su mejor amigo, el típico magnate millonario americano.

En la línea de fuego, dirigida por Wolfgang Petersen en 1993 y también protagonizada por Eastwood, nos muestra al bueno de Clint como un antiguo guardaespaldas de Kennedy, un tipo que sigue trabajando para proteger la seguridad del presidente. Es un individuo con principios, tantos que no le importó dar una paliza a su anterior “protegido”, un senador bien posicionado, otro de esos tipos que piensa que el “poder absoluto” de su cargo le permite hacer de todo a una mujer. Un paso más allá va Peligro inminente, de 1994, en la que el agente de la CIA Jack Ryan (Harrison Ford) descubre que el presidente de Estados Unidos está implicado en una operación al margen del Congreso entre narcos colombianos.

Pero no todos los presidentes USA son mujeriegos, corruptos o imbéciles según la versión de Hollywood. La mayoría intenta salvar el mundo, ejercer ese papel de guardianes de la humanidad que se autoconfirieron no sé bien cuándo. Aunque en ocasiones resulten patéticos, como Peter Sellers haciendo de US President llamando al presidente ruso para decirle que, ejem,… están atacando su país por error y un B-52 le va a soltar unos pepinos atómicos si no consiguen frenarlo antes. Ocurre en ¿Teléfono rojo?: volamos hacia Moscú (Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb en el original, 1964):

Gran película de Stanley Kubrick, enorme Peter Sellers interpretando tres papeles completamente diferentes. En mi imaginario el presidente norteamericano debería ser un tipo como Morgan Freeman, alguien que transmitiera sensatez y credibilidad aunque un meteorito estuviera a punto de estrellarse contra la Tierra. Deep Impact, 1998. Un actor negro interpretando a un presidente negro mucho antes de que un afroamericano (como se dice ahora) lo hiciera. Freeman resultó tan adecuado para el puesto que en Objetivo: la Casa Blanca (2013) pasó a ser el portavoz de un gobierno presidido por Aaron Eckhart.

Y ya que menciono los meteoritos, ningún discurso tan ¿estremecedor?, ¿descacharrante?, como el del presidente norteamericano en Armageddon (1998), auténtica “obra maestra” del cine palomitero. “Nos enfrentamos al más grave de los desafíos de la Historia”, pero gracias al Ejército y a los trillones de dólares invertidos en armamento nuclear podremos vencerlo. En realidad lo dice de una manera algo más sutil. Imprescindible:

Todo el patrioterismo barato de Michael Bay se queda en nada ante dos películas dirigidas (o perpetradas) por directores alemanes:

  • Independence Day, de Roland Emmerich, 1996. Como antiguo héroe de guerra en el Golfo, el presidente Whitmore (Bill Pullman) se pone a los mandos de un caza para combatir a los alienígneas, yujuuuu!!!
  • Air Force One, de Wolfgang Petersen, 1997. El presidente Marshall (ya el nombre es una declaración de principios) se enfrenta a un grupo de mercenarios que han secuestrado el avión presidencial, y él solito los derrota. Es lo que tiene ser Harrison Ford y haber tenido un pasado como Han Solo e Indiana Jones. Mala, mala, mala.

Argumentos tan absurdos como la idea de detener una invasión extraterrestre con un virus informático, pero una vez que nos ponemos, ¡nos lo creemos todo! Como que todos los presidentes de Estados Unidos desde George Washington comparten un libro de secretos que se pasan de mano en mano al acabar su mandato. Eso nos contaban en La búsqueda 2: El diario secreto (2007), tan poco verosímil como que Nicholas Cage se cuele en una fiesta y burle todos los controles de seguridad para quedarse a solas con el presidente. Si es que este chico,,, en cuanto desorbita un poco los ojos consigue lo que quiere.

En fin, con todas estas bobadas de guionistas al final se termina cayendo en la parodia, y ya que lo hacemos, hagámoslo con el más grande: Leslie Nielsen. Presidente por la gracia de Scary Movie, que en la cuarta nos regaló esta… indefinible escena:

Parece difícil de mejorar, perdón, de empeorar. Pero la realidad supera la ficción. Lo dejaré para la segunda parte.

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Elogio y crítica furibunda de Tenet (II)

TRAVIS, 07/10/2020

Enlace a: (I) ELOGIO: puro entretenimiento

(II) CRÍTICA FURIBUNDA: fuegos de artificio

Con spoilers, estáis advertidos. Habrá quien le extrañe que después de haber alabado la película en la primera parte, me descuelgue ahora con una crítica desaforada. Creo que no es incompatible, pero aun así voy a ver si soy capaz de explicarme: claro que disfruté la película, estuve dos horas y media muy entretenido y sin pestañear, pero me gusta analizar estas películas, “racionalizarlas”, si se me permite el término, tratar de entenderlas y de encontrar la coherencia. Sí, ya sé que soy un fan de Star Wars, Watchmen, Armageddon y cosas por el estilo, pero incluso esas películas tienen sus reglas. Si un Jedi tiene determinados poderes, podrá utilizarlos siempre y será lícito, lo que no me vale es que en el Episodio IX la Fuerza sirva para curar heridas cuando en ninguna de las anteriores hemos visto ese poder, ni siquiera para que Luke salve a su padre. Si el Batman de Michael Keaton se pasa el metraje saltando de edificio en edificio con sus gadgets, no puede ser que al final suba a la torre por las escaleras. Ese es el concepto.

Y en segundo lugar, también me molesta que no haya una explicación lógica al finalizar el metraje. Diez años después de Origen había numerosos foros en Internet o en medios especializados debatiendo (o discutiendo acaloradamente, como siempre en estos foros) sobre el significado de la última escena de la película de Nolan. Si la peonza sigue rodando, ¿está Di Caprio en un sueño? Entonces nos volaría la cabeza a los que creíamos haber entendido lo ocurrido. En esas llegó el propio Christopher Nolan a dar su interpretación: no vemos si la peonza se para o no, lo que vemos es que Di Caprio no espera a ver qué ocurre. Eso significa que ha decidido vivir esa realidad, que sea un sueño o no, no es relevante. “A él no le importaba nada más, y es supone una declaración: Tal vez, todos los niveles de la realidad son válidos”. ¡Vamos a ver, eso es una trampa tan enorme como el camión de la escena de Tallin! Es su manera de quedar bien con los que han defendido diferentes teorías.

Hago ese inciso para recalcar que tengo una sensación parecida con Tenet, que en cualquier momento va a llegar el director para “explicarnos” a su manera que puedes montarte la película que quieras. A mí me parece absurdo pensar que el final de Sator es la primera escena en el tiempo concebido de manera lineal, o que la paradoja del Abuelo es irrelevante o no es tal paradoja porque podemos hacer lo que queramos con el tiempo, hasta el punto de que coincidan temporalmente personajes en distintas “entropías”. O que el protagonista sea contratado por él mismo en el futuro para llevar a cabo la misión en el pasado, o que la Debicki se ventile a Branagh por las perrerías que todavía no le ha hecho. En resumidas cuentas, el mayor reparo que le pongo a la película es que al final, con tanta ida y venida en el tiempo, resulta que Nolan parece creer en el determinismo, en que da igual que viajes hacia atrás en el tiempo, que lo modifiques o no, porque no vas a alterar el presente y mucho menos el futuro.

Traigo aquí una genial escena de The Big Bang Theory en la que Sheldon y compañía discuten sobre cómo esa alteración del pasado forzosamente tiene que modificar el tiempo que sucederá después. Al menos en nuestra concepción en la que no existen (o no concebimos) mundos paralelos ni realidades alternativas. Es imposible que permanezca inalterado, salvo que exista una especie de Ministerio del Tiempo dedicado justamente a eso (y no creo que Nolan estuviera pensando en esta institución).

Como dije en la primera parte, he tratado de ordenar cronológicamente los grandes sucesos de Tenet y me sale un churro sin mucho sentido, pero, sobre todo, sin coherencia. Claro que hay paradojas temporales en Regreso al futuro, Déjà vu, Terminator, incluso en Jacuzzi al pasado, pero estas películas son más respetuosas con sus propias reglas que Tenet, salvo, quizás, la segunda y tercera de Regreso al futuro, en las que todo vale. Con la de Nolan, además, tengo dudas sobre si en todo momento los personajes que van hacia atrás en el tiempo llevan la mascarilla (cuento con que cuando se desplazan en el barco o la ambulancia van en compartimentos convenientemente equipados). Que ese es otro recurso que no entiendo muy bien, dentro de lo desafiante que puede ser todo para las leyes de la física: la gravedad funciona en sentido contrario, la inercia, el tiempo, los personajes hablan al revés (o no), pero lo del oxígeno… WTF?, ¿qué respiran entonces? ¿Los personajes absorben dióxido de carbono y expulsan oxígeno, o cómo funciona esto? Está claro que Nolan ha parido un invento absurdo de guion para distinguir a los personajes que van en un sentido de los que funcionan en otra “entropía”. Menos mal que me sumerjo en las tramas de las películas, porque si me paro a pensar en la máquina de cambiar entropías de los objetos y en la pinza temporal urdida para la batalla final,… ¡madre mía!

Otro problema que se le suele reprochar al director es que sus personajes abusan de las explicaciones sobre lo que está ocurriendo. Un personaje le cuenta a otro lo que ocurre para que nos enteremos nosotros, los espectadores, lo cual es necesario en ocasiones como esta o como Origen para poder seguir la acción, pero eso mismo desvela hasta qué punto resulta inverosímil. Con todo, a mí eso no me molesta tanto como la poca profundidad de sus personajes, tan poca que el propio personaje de John David Washington no tiene pasado, ni presente y ni siquiera nombre. En los títulos de crédito aparece como “el Protagonista”, sin más. La misma carencia podría achacarse al matrimonio Branagh-Debicki, mientras que en el caso de Robert Pattinson resulta válido puesto que el suyo es un personaje sin pasado, o con un pasado en el futuro.

Tras la absorbente escena inicial de la Ópera de Kiev (magnífica, como ya destaqué en la primera parte), la película comienza a moverse de un lado a otro sin orden ni control aparente: Londres, Mumbai, Oslo, Tallin, la costa de Nápoles, Vietnam. Todo ello con escenas muy sugerentes, rodadas sin limitaciones presupuestarias, pero al final lo que subyace es una falsificación de un cuadro de Goya. Un MacGuffin o una chorrada como un piano para mantener la tensión alrededor de la figura de la mujer de Sator. Que los protagonistas se tomen las molestias que se toman (estrellando incluso un Jumbo) para no robar la falsificación es una más de las piedras que Nolan se va dejando en el camino, un guijarro incómodo para proseguir con su historia. La película no utiliza CGI ni efectos digitales, técnicas que Nolan rechaza siempre que puede, así que para la escena del Jumbo utilizaron uno real adquirido en un desguace de California. Sin embargo, al final quedó mucho más soso de lo que parecía que iba a ser (que no se me ofenda nadie si digo que prefiero la escena del avión atravesando la cristalera en Aterriza como puedas).

Aprovecho la historia de la falsificación realizada por un tal Tomás Arepo para hacer una mención al cuadrado Sator, una estructura de cinco palabras de cinco letras que puede leerse en varias direcciones y de arriba abajo. Nolan utiliza todas ellas en momentos puntuales de la película, quizás para incidir en la idea de las distintas ópticas desde las que ver o interpretar su argumento.

El cuadrado Sator es una figura encontrada en varios hallazgos arqueológicos en ruinas romanas y aunque no hay unanimidad sobre su significado, me quedo con la que dice que podría ser la frase del latín “Sat Orare Poten Et Opera Rotas”. “Suficiente poder para orar y trabajar a diario”. ¿Qué aporta a Tenet? Pues no gran cosa, supongo, pero no deja de ser un juego más que Nolan pone a disposición del espectador porque aporta esa visión bidireccional o “pluridireccional” del tiempo y de los actos de los personajes.

Las escenas de acción son cojonudas, de acuerdo, nada que objetar, salvo que intentas disfrutarlas y no entender en que entropía actúa cada coche o personaje que aparece. El asalto al furgón de Tallin tiene una tensión muy medida y controlada, si bien, hay que ser un memo integral para conducir ese furgón y no mosquearte no ya con el primer camión que se te cruza, sino con el segundo y hasta con el tercero que te rodea. ¡Y nada, los tíos tan felices! Solo reaccionan cuando les golpean por detrás, en fin… un poco torpes como todos los malos en cualquier película de casi cualquier género.

Con todo lo dicho, cabría preguntarse de nuevo: ¿me ha gustado la película? Sí, claro que sí, aunque hubo un momento dado en el que seguí el consejo de la científica que nos explica el funcionamiento de la bala: “no trates de entenderlo”. Así lo hice sobre todo en la escena final, el asalto simultáneo a la mina de Stalk-12, en la que confluyen comandos que operan en varios tiempos y entropías diferentes, un puto caos totalmente disfrutable, como esos edificios que se reconstruyen tras un disparo de bazoka o los muertos que se recuperan y resultan claves por las acciones que realizan antes de lo que acabamos de ver aunque cronológicamente ocurra después. ¿Verdad que esto no hay quien lo entienda si no ha visto la película? Bienvenido a Tenet. O bien: Tenet a odinevneiB.

Elogio y crítica furibunda de Tenet (I)

TRAVIS, 04/10/20 TENET 02/01/40 SIVART

150 minutos de entretenimiento, 205 millones de euros de presupuesto, localizaciones en Mumbai, Oslo, Londres, la costa amalfitana, Tallin, el parque eólico de Nysted en Dinamarca, la ópera de Kiev (aunque realmente fuera un antiguo teatro de Tallin),… Un gran espectáculo con una historia interesante detrás. Seguro que para algunos la premisa de partida resulta absurda, pero yo suelo dejar la incredulidad fuera de la sala de cine y entrar a disfrutar, a participar del juego que se me ofrece. Como no quiero fastidiar su disfrute a los posibles lectores, voy a dividir este post en dos partes, la primera con el elogio y sin revelar nada importante de la trama, ¡sin spoilers!, y la segunda, en la que no me quedará más remedio que criticar lo que menos me ha gustado y ahí ya sí, entrar a saco en el argumento.

(I) ELOGIO: puro entretenimiento

En este año tan desastroso en el que los cines han permanecido cerrados la mayor parte del tiempo, o en el que acudir a una sala parece una actividad de alto riesgo, es de agradecer y de destacar que Christopher Nolan ha logrado atraer a un enorme número de espectadores a los cines de todo el mundo. Y lo ha hecho como siempre a lo largo de su filmografía, con una película compleja, exigente para el espectador, tejiendo una de esas tramas retorcidas en las que el tiempo es protagonista. Por cierto, ya que hablamos de tiempo: dos horas y media de puro espectáculo visual que se pasan volando. Tuve que mirar el reloj para comprobar que no había vivido una paradoja temporal y que no me encontraba en el inicio. Quizás esa sea una de las mayores virtudes de Tenet, que no se hace pesada a pesar de la duración, ni te quedas con la sensación de que le sobra metraje, como ocurría en Interstellar o en la última de Batman, El caballero oscuro: la leyenda renace.

La película tiene un estilo de espías y malos malísimos a lo James Bond: localizaciones espectaculares, acción, trajes caros y elegantes, bromas sobre las bebidas que toman los protagonistas, yates de lujo, motivaciones absurdas y diálogos afilados y con cierto punto de sarcasmo. Hasta ahí todo bien, un buen entretenimiento, pero lo que en los filmes de Bond es una trama reiterativa que dura ya más de seis décadas, cambiando únicamente los paisajes, los villanos y los pibones, en el caso de Tenet se presenta un guion complicado que en un momento dado te obliga a replantearte lo que ya has visto hasta ese minuto de película. Y que va más allá, pues todavía, aun hoy, una semana después, sigo tratando de recomponer el complejo puzle que el guion nos ofrece. Por eso es de agradecer una película como Tenet, cuando en plena era de los blockbusters insustanciales te encuentras con un buen espectáculo, pero no por ello convencional, ni de los que sueltas según sales: “para pasar un rato y olvidar”.

He tratado de escribir la línea temporal del guion, como hago a veces en estas películas “desordenadas” (Memento, pero también Pulp Fiction), pero creo que lo conseguiré tras verla por segunda vez, como he escuchado en algún podcast. En esta primera vez me ha quedado alguna duda de si el guionista me ha colado alguna trampa o no. En esta ocasión, el guion lo firma en solitario el propio Christopher Nolan, sin la colaboración de su hermano Jonathan (Memento, The Prestige, El caballero oscuro, Interstellar) y no sé si es por este motivo que algunas escenas tienden a “sobreexplicar” lo que estamos viendo.

La escena de acción con la que comienza la película en la ópera de Kiev es de las más potentes que recuerdo en los últimos años, aunque te pierdas por momentos en lo que está ocurriendo. Desde el primer minuto me llamó la atención la banda sonora: estruendosa, impactante, de esas como en Matrix o El club de la lucha que son perfectas para las imágenes que estás viendo, pero las aguantarías con cierta dificultad si las escuchas fuera de la sala. Su autor es el sueco Ludwig Göransson, al que no conocía porque no soy muy fan de sus principales trabajos (Venom, Creed, Black Panther).

Respecto a la elección de los actores, no suele ser el fuerte de Christopher Nolan, al que se le reprocha la frialdad de sus personajes y cierta misoginia. Bueno, como persona de éxito que es tendrá que estar acostumbrado a escuchar todo tipo de chorradas. No es la frialdad de Soderbergh, por ejemplo, pero sus personajes tampoco están escritos por Tarantino. Reconozco que no conocía al protagonista, John David Washington, y que como héroe que reparte palos a diestro y siniestro, corre y dispara, da la talla a la perfección. Con el traje de etiqueta tiene unos andares más bien de alguien que fue rapero en un tiempo no demasiado lejano. Tiene presencia, eso es innegable, es herencia de su padre, el mismísimo Denzel Washington. Tenía mis dudas con Robert Pattinson porque para mí estaba marcado por esa cosa llamada Crepúsculo de la que nunca he aguantado más de diez minutos seguidos, pero aquí compone un héroe con carisma, un estupendo compañero de batallas para el protagonista.

No puede faltar Michael Caine, como en toda peli de Nolan que se precie, aunque en un papel residual en el que, como confesó el propio actor británico: “no entendí nada del guion”. En cuanto al reparto femenino, para los que tachan al director de misógino, aparecen dos mujeres con un peso bastante relevante para la trama: Elizabeth Debicki y la india Dimple Kapadia. La primera es más larga que un día sin pan, y con los tacones que gasta está cerca de los dos metros de estatura. No es especialmente atractiva, no sería para mí una “chica Bond”, pero sale airosa de un papel complejo. La segunda interpreta a uno de los personajes fundamentales que mueven toda la trama. Lo de la misoginia de Nolan surgió hace años porque en varias de sus obras anteriores mueren las mujeres del protagonista (Memento, Batman, Origen) o bien traicionan a “los buenos”. No voy a desvelar nada, pero eso que le reprochan también lo hacen los hombres de sus obras anteriores, sin entrar en discusiones absurdas sobre quién ha hecho qué, que luego acabamos como ya he denunciado otras veces: con asesinos que no pueden ser negros, ni latinos, ni mujeres, ni homosexuales, ni coreanos, ni senegaleses.

En cuanto al villano, me ocurre como con tantos villanos de James Bond, que nunca he sido capaz de entender sus motivaciones, porque robar bancos, gestionar un cártel de la droga o vender armas para pegarse la vida padre en un yate de cincuenta metros rodeado de mujeres espectaculares lo entiende cualquiera, pero “dominar el mundo” o “destruirlo” me parece estúpido. Kenneth Branagh compone un hijo de puta orgulloso de demostrar lo hijo de puta que es. Desalmado, sin escrúpulos, siempre cabreado. No es un problema de interpretación, sino de escritura del personaje.

El tiempo en el centro de la trama, como casi siempre en Nolan. El director ha cumplido 50 años este verano, pero parece que hace tiempo que entró en esas crisis de edad en las que vemos cómo el tiempo vuela y se nos escapa entre los dedos, lo cual libera nuestra rabia, una rebeldía contra esa brevedad o contra la fugacidad de la vida. Gandalf nos dejó en El señor de los anillos una frase que viene muy al caso para este asunto:

“No podemos escoger el tiempo que nos ha tocado vivir, lo único que podemos hacer es decidir qué hacer con el tiempo que nos han dado”

Dejo para la segunda parte las críticas y el “destripamiento” de la trama. Mientras tanto, como aperitivo, os dejo la interpretación del Amiguete Barney sobre las motivaciones que hay detrás de Tenet. Evidentemente no se le puede tomar en serio.

Tenet, una película sobre el antimadridismo

Los cigarrillos Red Apple y el Imperio Austro-húngaro

 

TRAVIS, 29/08/2020

La simetría en los planos de Kubrick, las virguerías de Fincher, la cámara fija y en el punto exacto de John Ford, el montaje frenético de Scorsese y la ruptura de la cuarta pared, los planos picados de Wes Anderson, los largos diálogos caminando por Nueva York de Woody Allen,… Son muchos los directores que han conseguido conjugar un estilo propio que sus aficionados encuentran (y demandan) en todas sus películas.

Y hay otros directores que logran crear una complicidad con su público, la llevan un poco más allá y plasman sus bromas o supersticiones en la gran pantalla en todas sus películas. Son lo que se suele llamar “guiños” al espectador, pequeños gags que pueden despistar la atención sobre la acción, pero que logran una sonrisa en esos aficionados cada vez que lo descubren, como si pensaran: “ahí está, lo ha hecho para nosotros”.

Me refiero, por ejemplo, a las apariciones de Alfred Hitchcock en casi todas sus películas. En el estupendo libro de François Truffaut El cine según Hitchcock, el director británico explica que en su primera película, The Lodger (1927), salió en pantalla porque hacía falta un figurante para rellenar la escena. Fue algo “estrictamente utilitario, había que amueblar la pantalla. Más tarde se convirtió en una superstición y luego en un gag. Pero ahora es un gag bastante embarazoso y para permitir que la gente vea el film con tranquilidad, tengo cuidado de mostrarme ostensiblemente durante los cinco primeros minutos”. Así ocurre en la mayoría de las películas, en las que aprovechaba los planos iniciales en los que se presentaba la ciudad, el escenario, para hacer su aparición: saliendo de la tienda de mascotas en Los pájaros, perdiendo el autobús en Con la muerte en los talones, o cruzando la calle en Vértigo o Yo confieso.

El problema, ciertamente, es que esa aparición, y sobre todo el hecho de que el espectador se pasara el metraje buscándolo, no solo despistaba al espectador de la trama, sino que además le hacía consciente de que estaba ante una película en la que todo es impostado, medido al milímetro. Y si el filme buscaba el suspense, este juego no podía aparecer nunca en los momentos importantes de la película. En Náufragos, cuya intriga se desarrolla en un bote salvavidas entre ocho personajes, se las arregló para aparecer como un anuncio de un periódico haciendo una broma sobre su gordura, lo cual restaba tensión a la situación. En Crimen perfecto apareció de modo disimulado en una foto de grupo, y por culpa de estas cosas, o debido al conocimiento de las mismas, me pasé todo el metraje de La soga buscando la rechoncha figura del director en las fotos de las paredes del único escenario en el que se desarrolla toda la trama en lugar de disfrutar de los afilados diálogos, ¡porque no aparece en ningún momento! Porque al contrario de lo que la mayoría de la gente cree, Hitchcock no salió en todas sus películas, “solo” en 39 de las 51 que dirigió. Aquí dejo un enlace con las escenas, por si alguien tiene interés en recordarlas o en localizar estos cameos la próxima vez.

A lo largo de la historia del cine han sido numerosos directores los que han hecho este tipo de cameos en sus películas: Sydney Pollack, M. Night Shyamalan, Quentin Tarantino, Martin Scorsese y su papel enfermizo en Taxi driver,… Y luego hay otros que han “colocado” su fetiche en todas sus películas, como Sam Raimi con el Oldsmobile Delta 88 modelo de 1973, el coche que le regaló su padre cuando el director empezaba a conducir. Para su primera película, Posesión infernal, uno de esos divertidos filmes de horror, bajo presupuesto y muchas ganas, necesitaba un coche y puso el suyo a disposición, algo que ha repetido a lo largo de toda su carrera. Es el coche del protagonista de El ejército de las tinieblas, el del Tío Ben de Spiderman, y un figurante de lujo en Darkman, Premonición y Un plan sencillo.

 

Y luego existen otros directores que tienen todo lo mencionado y veinte guiños más al espectador, como ese cinéfago llamado Quentin Tarantino. Tiene su estilo propio de fucks y todos sus derivados, violencia divertida, planos oblicuos, bandas sonoras perfectamente engarzadas con la historia, homenajes a clásicos y algo más que cameos del propio director. Entre los planos favoritos que nunca faltan en sus películas hay dos que forman parte de su estilo particular:

  • Los pies. Femeninos, por supuesto. Como sabe ya todo aficionado, Quentin Tarantino es un auténtico fetichista de los pies (v. Pulp Fiction cumple un cuarto de siglo).
  • El plano del maletero. Desde dentro del maletero, quiero decir. No me extrañaría que en cada casting Tarantino preguntara a los actores si estaban dispuestos a pasar un rato en el maletero de un coche.

A veces creo que intenta meter demasiadas cosas en sus películas, sin plantearse meterle un tijeretazo a sus particulares frikadas dirigidas al espectador más avezado. Tarantino ha logrado crear un universo propio en el que sus personajes están conectados (Vincent Vega de Pulp Fiction y el señor Rubio de Reservoir dogs, las chicas del Grupo Bella Fuerza Cinco con las protagonistas de Kill Bill, la tumba de Kill Bill con el doctor Schulz de Django,…) y en el que consumen los mismos productos, como las hamburguesas Big Kahuna y los cigarrillos Red Apple, marcas inexistentes por supuesto.

En España tenemos a uno de nuestros más grandes directores con el famoso gag que nunca falta en sus películas: Don Luis García Berlanga y el Imperio Austro-húngaro. Don Luis era muy distinto a Tarantino, pero tenía también su estilo propio de rodar, la voz en off a la manera de Frank Capra cuando hacía falta, el alboroto constante de personajes, su fijación por los culos (exclusivamente de mujeres, “algo muy serio a lo que no se le da su justa importancia en el mundo”) y las miserias de unos personajes que solo intentan solucionar su problema o satisfacer su obsesión (colección de vellos púbicos femeninos incluida) del modo más rápido posible. “Tengo una gran sensibilidad femenina, por eso me defino siempre como homosexual-lésbico”. Y por supuesto que no falte la mención al Imperio Austro-húngaro.

El director comentó hace años que había metido esa referencia en sus dos primeras películas (Esa pareja feliz y ¡Bienvenido, Mister Marshall!) sin darse cuenta, y habrá que creerle, y que como no le fue mal, siguió haciéndolo de manera supersticiosa hasta que se convirtió en un juego de complicidad con el espectador.

¿Y a qué ha venido contar hoy todas estas historias de todos estos directores? Pues a que por fin, después de varios meses de confinamientos y cierres de todo, voy a reencontrarme con la magia de la sala oscura del cine. El director que me va a hacer volver a las salas es Christopher Nolan y su esperadísima película Tenet.

Tenet

Y la obsesión que ha mostrado el director a lo largo de toda su filmografía es el tiempo, que lo retuerce (Origen), lo desordena (Memento, Insomnia), lo pliega sobre sí mismo (Interstellar), juega con él en diferentes planos (Dunkerque),… No he querido leer mucho sobre Tenet, pero al parecer el tiempo es fundamental en la historia. El propio título es un palíndromo, como el tiempo circular de Hannah en La llegada, otro palíndromo en una historia en la que se confunden pasado, presente y futuro, como Otto y Ana, Los amantes del Círculo Polar de Julio Medem. El tiempo que no es lineal, sino circular, representado en la esfera de reloj que se funde y confunde con el universo de ese relojero llamado Jon Osterman antes de ser el Doctor Manhattan (Watchmen). Tiene muy buena pinta, no sé si iré a verla hoy, mañana o realmente fui ayer.

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