Una visita de cine al Museo del Prado

TRAVIS, 21/11/2021

El 19 de noviembre pasado se celebró el 202º aniversario del Museo del Prado, una de las mejores pinacotecas del mundo, así que me pareció una excusa como cualquier otra para recordar mi última visita al museo, hace aproximadamente un año, con motivo de la exposición El Reencuentro. Una visita con la mirada de un tipo que cree entender algo de cine, pero muy poco de pintura:

  • ¿Van Gogh? Sí, el pintor ese que se cortaba la oreja en El loco del pelo rojo, interpretado por Kirk Douglas.
  • Toulouse-Lautrec era el pintor ese de la minusvalía que interpretaba José Ferrer en Moulin Rouge, pero la buena, la de John Huston, no el pastiche kitsch ese de Baz Luhrmann.

Así que espero que los puristas del arte respeten este post de un reconocido no experto en artistas del óleo, técnicas, escuelas, ni en muchas de las historias que hay tras cada uno de los cuadros. Antes de la visita, me preparé de modo conveniente con la Guía definitiva para reconocer las obras de los genios de la pintura, una broma que ha alcanzado fama por sus pequeños trucos para no entendidos, como «si todos los personajes del cuadro, incluidas las mujeres, se parecen a Putin, es un Van Eyck»:

O que «si todo el mundo tiene un culo enorme, es Rubens»:

Las tres Gracias de Rubens estaban en la exposición y me permitió apuntarme un primer tanto. Bromas aparte, el hecho de ver tantas obras maestras juntas, agrupadas por épocas o autores, o por temáticas, me permitió contemplar numerosos detalles con esa perspectiva «cinematográfica». Los cuadros datan del siglo XV hasta principios del XX y la disposición de los mismos en las salas permite ver influencias entre unas escuelas y otras, o precisamente todo lo contrario: la diferencia de estilos entre artistas a la hora de retratar una familia real o una escena bíblica. Algunos cuadros parecían pintados como en el antiguo Cinemascope, esas pantallas hiper anchas, enormes, que cuando ponían una peli en una televisión con pantalla cuadrada hacía que no se vieran los personajes de los laterales. Como El Lavatorio, de Tintoretto:

Recuerdo que a veces esas películas rodadas en Cinemascope eran ajustadas para el formato de una televisión comprimiendo la imagen, lo que hacía que los personajes se alargaran hasta parecer watusis escuálidos de más de dos metros. Me acordé de este efecto al ver los cuadros de El Greco, el único pintor que perfilaba sus obras en Cinemascope y luego los ajustaba a un lienzo estrecho:

No osaré decir que la pintura era el cine de aquellos siglos para el pueblo, pero sí servía al menos para plasmar la realidad mucho antes de la fotografía (en el caso de los retratos, paisajes o bodegones), o para contar verdaderas historias que se podrían haber rodado de contar con una cámara en los años en que fueron encargados. Como la de Moisés salvado de las aguas, de Orazio Gentileschi:

El episodio bíblico del Antiguo Testamento tiene ese anacronismo tan propio de la pintura como una furgoneta en una peli ambientada en el siglo XIII, puesto que los personajes visten unos ropajes que para nada coinciden con su época y lugar. El objetivo no era otro que agradar al monarca que encargó el cuadro, Felipe IV. Hubo que esperar algo más de tres siglos para que Cecil B. De Mille rodara este momento con las técnicas modernas y un vestuario que se entiende más apropiado para la ocasión, aunque tratándose de Hollywood siempre se generan miles de dudas acerca de la idoneidad de los decorados y el atrezzo:

Otro ejemplo, El 2 de mayo de 1808, de Goya, también conocido como La lucha con los mamelucos:

Esta escena fue llevada al cine por José Luis Garci en Sangre de mayo, de 2008:

Ya que llegamos a Goya, recordé que los premios del cine español llevan el nombre del pintor aragonés porque «había tenido un concepto pictórico cercano al cine» y «varias de sus obras más representativas tenían casi un tratamiento secuencial», en palabras de la Academia de Cine. El uso de la luz sobre los personajes del cuadro o para destacar unos detalles frente a otros es el mismo de algunos directores de fotografía en las películas:

Puro Vittorio Storaro. Por el contrario, la época negra de Goya es una clara precursora de la oscuridad de Gordon Willis y su manera de iluminar los rostros de todos los personajes de El Padrino. Penumbras, sombras, oscuridad, negrura:

Don Francisco de Goya, uno de nuestros pintores más universales, ha tenido varias películas para contar su particular vida, pero de momento no ha tenido suerte con ninguna de ellas, que yo recuerde. No he visto Goya en Burdeos, de Carlos Saura, porque el cine de este director se me ha ido haciendo cada vez más pesado con los años y las críticas no fueron buenas. Por cierto, el director contó de nuevo con el maestro de la fotografía cuasi pictórica, el italiano Vittorio Storaro. Otra película que me apetecía ver era Los fantasmas de Goya, de Milos Forman (Amadeus), pero resultó ser un tostón ¡con el actor sueco Stellan Skarsgaard en el papel de Goya! Si es que… Como curiosidad, Javier Bardem fue nominado al premio Fernando VII como peor actor protagonista del año en los premios Godoy, una versión española de los Razzie estadounidenses, los premios a lo más infumable.

Cuando llegué a las majas de Goya, La maja desnuda y La maja vestida, recordé ese espanto de película de Bigas Luna titulada Volavérunt (1999) y pregunté a mis acompañantes: «¿se parece a Penélope Cruz?».

El director catalán, erotómano al nivel Berlanga plus, fue capaz de hacer un tostón infumable con Penélope Cruz y Aitana Sánchez Gijón, pero es que además, no se le ocurrió nada mejor para el casting del «mañico» Goya que seleccionar al cubano Jorge Perugorría. En nuestro cine somos tan zopencos que no somos capaces de sacar más partido a nuestra historia ni a los personajazos que nos ha dado, otro aspecto en el que Hollywood nos da cien mil vueltas.

Lo mismo pensé con la versión de Agustin Díaz Yanes de ese gran personaje de la saga creada por Arturo Pérez-Reverte que es El Capitán Alatriste. Qué grandes películas de acción y época se podrían haber hecho con El sol de Breda o El oro del Rey, y en su lugar el director nos presentó una obra decepcionante, con un error de casting similar al de Perugorría como Goya. ¿A quién se le ocurre representar a un capitán de los tercios de Flandes, castellano recio y antiguo, en la piel y con la voz de Viggo Mortensen, neoyorquino criado durante unos años en Argentina? No discuto su planta ni su estilo con la espada. Un tipo que se ha cargado decenas de orcos y uruk-hais está casi preparado para comportarse como un español de campaña en tierras valonas, pero esa voz… ese acento, ¿de verdad no había otro actor? Comento todo esto porque, según sugiere la propia novela de Pérez-Reverte, el capitán Alatriste aparece en uno de los cuadros más famosos de Velázquez, si no el que más.

La rendición de Breda. Íñigo Balboa, el narrador de las obras de Alatriste, habla de su padre y dice que: “Diego Alatriste y él fueron muy buenos amigos, casi como hermanos y debe ser cierto, porque después, cuando a mi padre lo mataron de un tiro de arcabuz en un baluarte de Jülich -por eso Diego Velázquez no llegó a sacarlo más tarde en el cuadro de la toma de Breda como a su amigo y tocayo Alatriste, que sí está, tras el caballo-…”.

La presencia de Velázquez en los libros de Alatriste le da mucho juego al autor, tanto como para dar a entender que una de las Meninas del famoso cuadro era Angélica de Alquézar, la rubia que traerá por la calle de la amargura a Íñigo de Balboa. “Asistía a la reina y las princesas jóvenes como menina”. “Debía tener once o doce años, y ya era un prometedor anuncio de la espléndida belleza en que se convertiría más tarde y de la que dio buena cuenta el propio Velázquez en el cuadro famoso para el que posaría tiempo después”.

En la película de Díaz Yanes aparece también el conde-duque de Olivares interpretado por Javier Cámara:

Así que cuando llegamos a la sala de Velázquez y contemplé el retrato del Conde-Duque, solo se me ocurrió preguntar si el tipo del caballo sería más como el intrigador interpretado por Javier Cámara o el histriónico que representó Javier Gurruchaga en El Rey Pasmado:

Desde que vi la divertida película de Imanol Uribe (1991) me resulta imposible no ver a Gabino Diego en el rostro de Felipe IV. Este fotograma me lo impide desde entonces:

Fue una mañana de lo más entretenida, pasando sala tras sala contemplando obras de todo tipo, maravillas recreadas en distintos siglos, viendo a Johnny Depp basándose en el maestro Sorolla (Aureliano de Beruete y Moret) para su interpretación de Mortdecai:

…viendo a Adrien Brody o a Terele Pávez en un Rosales o un Velázquez…

No creo ser el único al que le parece que el cine y la pintura tienen mucho que ver. De hecho, en algunos cuadros de época se aprecia perfectamente, como decía aquel meme, que algunos personajes de la nobleza se intentaban llevar una pantalla de plasma disimuladamente del Media Markt de la época:

Fahrenheit 451 (II): la película

TRAVIS, 27/09/2021

Apenas trece años después de la publicación de la genial obra de Ray Bradbury del mismo título, en 1966, el cineasta francés François Truffaut dirigió la adaptación al cine, ayudado en la escritura de guion por Jean-Louis Richard. Si la semana pasada me empapé el libro en unas pocas sentadas, esta semana he disfrutado de nuevo de la película. Un peliculón que puede encontrarse con facilidad en versión original subtitulada en este enlace que dejo aquí.

La primera vez que tuve noticia de esta película y del libro en el que se basaba fue a principios de los ochenta en el programa de Balbín La clave. Yo no tendría más de doce años, pero recuerdo que me impactó la saña con la que los bomberos trataban a los libros, como si fueran el mayor de los peligros de la sociedad. Con el tiempo y quién sabe si una madurez que no sé si he alcanzado, aprendí a valorar ambas obras en su justa medida, libro y película. Una muy buena película para un libro estupendo.

François Truffaut era un admirador del cine de Hitchcock cuando no estaba bien visto alabar al cineasta británico, al que se consideraba comercial y efectista. El famoso libro El cine según Hitchcock, que recoge las cincuenta horas de conversaciones entre el mago del suspense y el director francés, se publicó en 1966, pero las conversaciones se produjeron a lo largo de ocho días de 1962. Quizás esa admiración por Hitchcock fue la que hizo que el francés pensara en actores eminentemente «hitchcockianos» para su primera y única película en habla inglesa. Paul Newman, que acababa de rodar Cortina rasgada y Tippi Hedren (Los pájaros, de 1963 y Marnie, la ladrona, de 1964) fueron dos de sus principales elecciones para los papeles principales de Montag y Linda (Mildred en el libro). Para el protagonista masculino, también se consideró a Charles Aznavour y al recientemente fallecido Jean Paul Belmondo, pero ninguno cuajó. Al final el papel fue a parar al austriaco Oskar Werner, con quien Truffaut habbía trabajado en Jules et Jim. Para los papeles de la atontolinada mujer de Montag, Linda, y de la joven Clarisse que altera su mundo, Truffaut pensó en dos actrices exuberantes con gran parecido físico, como Jane Fonda y Jean Seberg. Truffaut pretendía que no hubiera grandes diferencias entre los personajes femeninos de la película, como para marcar la uniformidad de esa sociedad del futuro, pero finalmente se decantó por Julie Christie, que interpreta ambos papeles. Viajó a Madrid, donde la británica estaba rodando Doctro Zhivago, y cerró su contratación para ambos papeles. La Clarisse de la película es una joven mayor que la del libro, apenas una adolescente, y el director no disimuló más que el peinado para diferenciar ambos papeles.

Con quien Truffaut sí logró un tono hitchcockiano para su película fue con el compositor de la banda sonora, el habitual de Hitchcock Bernard Herrmann (de Ciudadano Kane a Taxi driver, historia del cine). Los grandes planos de Truffaut con los bomberos en funcionamiento no resultarían tan acongojantes (y hermosos, por qué no decirlo) de no ir acompañados por las cuerdas de Herrmann. En este último visionado del filme me estuve fijando de manera especial en la banda sonora y es otra obra maestra de Herrmann, a la altura de Psicosis, Vértigo o Con la muerte en los talones.

La película se rodó finalmente en los estudios Pinewood de Londres, y todos los escenarios fueron seleccionados minuciosamente, desde las urbanizaciones monótonas y uniformes hasta el monorraíl que funcionaba en pruebas cerca de la localidad francesa de Orléans, un tren que le daba ese aspecto futurista a la producción. Los bomberos tienen un comportamiento cuasi-robótico, no se cuestionan ninguna de las órdenes que reciben, y los uniformes rectos y de un solo color ayudan a conseguir ese efecto. Incluso algunos bomberos se parecen físicamente, quizás para aumentar la sensación de uniformidad y monotonía de la sociedad, como con los papeles femeninos.

Truffaut tomó algunas decisiones que pueden considerarse acertadas, como todo este diseño de producción, o la música, y algunas más cuestionadas, como la del doble papel de Julie Christie o la supresión del personaje de Faber, un ex profesor de literatura que guía a Montag en su descubrimiento de los libros. Pero acierta en prácticamente todo, como en la traslación de esa sociedad aburrida, inculta y «empastillada» que vive sin buscar respuestas porque ni siquiera se hace preguntas, que pasa los días enganchados a una pantalla con la que interactúan de manera totalmente falsa e impostada.

«Tú no eres como ellos», le dice Clarisse a Montag, y a partir de ahí despierta el interés del bombero por los libros. El primer día que abre uno recuerda a la interacción de un mono al que le lanzas un artilugio complejo. Lo mira, lo soba con curiosidad y se pone a leer todas las letras que encuentra, hasta la dirección de la editorial y el año de impresión. La conversación clave del libro, entre el capitán Beatty y Montag, se traslada en la película al descubrimiento del «alijo» de libros en la casa de una vecina de Montag. «Los filósofos son peores que los novelistas», se contradicen entre ellos, te hacen sentir una superioridad moral o intelectual sobre el resto, y no son más que «una moda». Lo mejor será quemar sus obras. Como todas las que aparecen en pantalla: Madame Bovary, Lolita, Jane Eyre, Walt Whitman, Kafka, El guardián entre el centeno, Los hermanos Karamazov… A Truffaut no querían dejarle inicialmente que quemara los libros cuyos derechos estuvieran vigentes, pero para el director era fundamental el papel de los libros como protagonistas de la película, como algo vivo cuya desaparición tenía que doler, y de ahí que se recreara en las imágenes de las hojas ardiendo lentamente, arrugándose sobre sí mismas como un ser vivo.

La otra gran elección de Truffaut respecto al libro fue el final, en el que los hombres-libro muestran a Montag su idea para que la cultura y las ideas de los libros pervivan. «Por fuera son vagabundos, por dentro son bibliotecas». En ambas obras la idea es similar, si bien con pequeñas diferencias: en el libro no aparece Clarisse en el bosque, fallecida en una redada, y termina con un terrible bombardeo que destruye completamente la ciudad y deja a los ciudadanos libres como responsables de reescribir los libros y con ellos, la historia. También hay diferencias en los títulos escogidos para los hombres-libro del libro y la película, en la que se cuela algún guiño a Ray Bradbury, como el personaje que se hace llamar Crónicas marcianas. El personaje de Montag en el libro lleva en su cabeza el Eclesiastés, del Antiguo Testamento, que tiene una frase perfecta para definir lo que ocurre en esa sociedad censora y opresora:

«Porque en la mucha sabiduría hay mucha angustia, y quien aumenta el conocimiento, aumenta el dolor».

Por eso hay que quemar la cultura, porque hace infeliz a la gente. Los bomberos del escuadrón 451 son verdaderos nazis en sus formas, en el saludo, en el adoctrinamiento de la población y en la manipulación de las imágenes de televisión, otra gran predicción para aquella época. Tanto la película como el libro me han gustado más en esta relectura de ambas, sobre todo por su actualidad.

A Ray Bradbury le gustó mucho ese final en el que los hombres-libro recitan los pasajes de sus libros frente a un paisaje nevado. El 31 de agosto de 1966, el propio Ray Bradbury afirmó: “Truffaut me ha regalado una nueva forma artística de mi obra preservando el espíritu del original. Le estoy profundamente agradecido”. Muchos años después, en 2009, manifestó sin embargo su disconformidad con la doble actuación de Julie Christie: «El error que cometieron fue elegir a Julie Christie como la revolucionaria y la esposa aburrida». A mí me gusta. Mucho. Sabe ser sexy y aburrida a la vez como Linda, o vivaz y dicharachera como Clarisse.

La película no tuvo una gran acogida en los cines y su taquilla apenas dio para cubrir los costes de producción. Sin embargo, con el tiempo se ha convertido con merecimiento en toda una obra de culto, en una oda de amor por los libros. Merece la pena verla. Y leer la novela, por supuesto. Sin necesidad de memorizarla y quemarla después.

Fahrenheit 451 (I): la novela

TRAVIS, 20/09/2021

La reciente quema de unos 5.000 libros infantiles en escuelas de Canadá me ha traído a la cabeza la novela de Ray Bradbury Fahrenheit 451. Entre los libros que fueron arrasados aparecen Tintín en América, Astérix en América, varios de Lucky Luke y numerosas novelas, y la excusa utilizada fue que «mostraban prejuicios contra los pueblos indígenas». La novela de Bradbury fue publicada en 1953, la leí hace unas tres décadas y he vuelto a releerla esta semana para comprobar si era tan visionaria como en su momento se sospechaba. No, es mucho más. Es una novela corta, de apenas doscientas páginas, y su relectura me ha permitido descubrir aspectos que había olvidado, que son los que me han motivado a escribir este post.

Para el que no la haya leído o no la recuerde, le diré que la premisa fundamental de la obra es que en una ciudad de un futuro próximo los libros están prohibidos, las casas son ignífugas y como no hay incendios que apagar, las brigadas de bomberos han sido reconvertidas para quemar libros, la parte final de un proceso que consiste en investigar a los ciudadanos, encontrar posibles disidencias y localizar si tienen o no libros ocultos en sus domicilios.

La quema de libros como método para evitar la propagación de ideas incómodas es algo tan antiguo como la propia escritura: la prohibición y destrucción de libros judíos por parte de los nazis a partir de 1933, la «hoguera de las vanidades» de Savonarola en el siglo XV, los incendios documentados en las antiguas Roma y China, la quema de libros de caballería en el Quijote o más recientemente, la destrucción de bibliotecas por parte del Estado Islámico.

Los libros como instrumento para mantener nuestra cultura y su destrucción como arma de eliminación de la misma. En esa misma línea, el escritor checo Milan Kundera escribió, citando al historiador Milan Hübl: «para liquidar a las naciones, lo primero que se hace es quitarles la memoria. Se destruyen sus libros, su cultura, su historia. Y luego viene alguien y les escribe otros libros, les da otra cultura y les inventa otra historia. Entonces la nación comienza lentamente a olvidar lo que es y lo que ha sido«. Ray Bradbury (Waukegan, Illinois, 1920) creció impresionado por la destrucción de libros del nazismo durante su adolescencia, pero curiosamente el detonante que le llevó a escribir esta obra distópica fue la censura de principios de los cincuenta dirigida por el senador McCarthy y la sospecha de que podían realizarse quemas de libros en Estados Unidos. Quizás el senador disfrutaría hoy, setenta años después, al saber que numerosos estados y escuelas estadounidenses proponen censurar libros y películas de todo tipo por no considerarlos decorosos o adecuados, o por encontrar en ellos tintes racistas (De ofendiditos y pollaviejas).

La novela de Bradbury comienza con una frase que recordaba a la perfección:

FAHRENHEIT 451: la temperatura a la que el papel de los libros se inflama y arde.

Sin embargo, no recordaba la siguiente, la que precede al inicio de la novela, que me ha parecido ahora mucho más interesante (desconozco si está en la versión original):

«Si os dan papel pautado, escribid por el otro lado»

JUN RAMÓN JIMÉNEZ

Salte de lo que te indiquen, rebélate. De aquella primera lectura hace años recordaba cierto paralelismo con Joseph Goebbels y su persecución de la cultura, así como lo relacionado con la censura de todo aquello que se saliera de la versión oficial o gubernamental, como en el 1984 de George Orwell, pero no recordaba los orígenes de las quemas de libros en la novela, que es uno de los aspectos que más me han interesado ahora. La explicación aparece en la conversación entre el protagonista, el bombero Guy Montag, y el capitán Beatty, hacia el final del primero de los tres capítulos. Hasta entonces la novela nos ha descrito el trabajo de los bomberos en una sociedad idiotizada en la que las familias viven pendientes de unas enormes pantallas en sus casas, pantallas que ocupan una pared entera del salón, con cuyos personajes interactúan (los «parientes»). Mildred, la mujer de Montag, se conecta todas las noches a sus «conchas» (auriculares) y se toma su dosis de pastillas para evadirse del mundo, hasta el punto de convertirse en una auténtica desconocida para su marido. El propio Montag no es un tipo que se pare a cuestionarse las cosas, vuelve a su casa «hacia la esquina, sin pensar en nada en particular». O como le dice Clarisse, la adolescente que cambiará su percepción de lo que le rodea:

– Ríe sin que yo haya dicho nada gracioso, y contesta inmediatamente. Nunca se detiene a pensar en lo que le pregunto.

La transformación de su modo de cuestionarse el entorno al conocer a la joven, así como el miedo de Montag al salvar un libro de la quema y llevárselo a casa, o la autoridad que controla el comportamiento de los ciudadanos y casi su pensamiento, también son elementos en común con 1984, escrita en 1948, apenas cinco años antes. Clarisse influye en Montag de igual manera que Julia en Winston, y el miedo de este al esconder la libreta en la que ha escrito sus pensamientos subversivos me recuerda al del bombero cuando el capitán Beatty se presenta en su casa para mantener la conversación clave de toda la trama.

El trabajo de los bomberos incendiarios surge cuando se hace necesario «simplificar», «condensar» el saber.

Beatty.- Los clásicos, reducidos a una emisión radiofónica de quince minutos. Después, vueltos a reducir para llenar una lectura de dos minutos. Por fin, convertidos en diez o doce líneas de un diccionario.

Beatty.- Los años de Universidad se acortan, la disciplina se relaja, la Filosofía, la Historia y el lenguaje se abandonan, el idioma y su pronunciación son gradualmente descuidados. Por último, casi completamente ignorados. La vida es inmediata, el empleo cuenta, el placer lo domina todo.

En este blog ya hemos hablado otras veces del empobrecimiento del lenguaje, y otro de los grandes temas que ofrece el libro es la disminución de la cultura y de la inteligencia de las personas por el abuso de las tecnologías, un debate que se ha abierto de nuevo tras la publicación de informes y libros que indican que los llamados «nativos digitales» constituyen la primera generación con menor cociente intelectual que la anterior. Pero aún hay un aspecto más interesante en esta conversación, y es el relacionado con la necesidad de unificar a la sociedad para contentar a todas las minorías. Solo así se explica que sea necesario eliminar todo aquello que pueda estorbar su consecución. Como la literatura.

Beatty.- Ahora, consideremos las minorías en nuestra civilización. Cuanto mayor es la población, más minorías hay. No hay que meterse con los aficionados a los perros, a los gatos, con los médicos, abogados, comerciantes, cocineros, mormones, bautistas, unitarios, chinos de segunda generación, suecos, italianos, alemanes, tejanos, irlandeses, gente de Oregón o de México. (…) Todas las minorías menores con sus ombligos que hay que mantener limpios. Los autores, llenos de malignos pensamientos, aporrean las máquinas de escribir. (…) Los libros según dijeron los críticos esnobs, eran como agua sucia. (…) No era una imposición del Gobierno. No hubo ningún dictado, ni declaración, ni censura, no. La tecnología, la explotación de las masas y la presión de las minorías produjo el fenómeno, a Dios gracias. En la actualidad, gracias a todo ello, uno puede ser feliz continuamente.

¡Joder!, con perdón. Me ha recordado las hordas censoras que pululan por las redes sociales pidiendo el veto de Grease, Pretty Woman, Verano Azul, películas en las que no haya suficientes mujeres y minorías raciales o anuncios que consideran machistas según parámetros de la progresía más conservadora que yo recuerde.

Pero es que el capitán Beatty prosigue con su escalada de explicaciones:

Beatty.- La palabra «intelectual», claro está, se convirtió en el insulto que merecía ser. Siempre se teme a lo desconocido. (…) Hemos de ser todos iguales. No todos nacimos libres e iguales, como dice la Constitución, sino todos hechos iguales. Cada hombre, la imagen de cualquier otro. Entonces, todos son felices porque no pueden establecerse diferencias ni comparaciones desfavorables. Un libro es un arma cargada en la casa de al lado. Quémalo. Quita el proyectil del arma. Domina la mente del hombre.

Toda esta parte me ha recordado a Aldous Huxley y la sociedad uniforme, vacía, hipnotizada y monótona que describe en Un mundo feliz (publicado en 1932), una sociedad que en su búsqueda de la «felicidad» ha eliminado la literatura, la filosofía o la ciencia, un mundo que considera marginal al personaje que lee obras de Shakespeare, que no es otro que John el Salvaje. No podía llamarse de otra manera.

Beatty.- Has de comprender que nuestra civilización es tan vasta que no podemos permitir que nuestras minorías se alteren o exciten. (…) A la gente de color no le gusta El pequeño Sambo. A quemarlo. La gente blanca se siente incómoda con La cabaña del Tío Tom. A quemarlo. ¿Alguien escribe un libro sobre el tabaco y el cáncer de pulmón? ¿Los fabricantes de cigarrillos se lamentan? A quemar el libro.

Y una vez que se vacían las mentes porque se eliminan los libros, los recuerdos, la cultura, la autoridad la rellena con nuevos hechos e informaciones banales y precocinadas. Las páginas que narran el origen de los bomberos y la necesidad de su trabajo para mantener una sociedad aparentemente feliz me han parecido de lo mejor de la novela, sorprendentemente actuales para haber sido escritos casi setenta años atrás. La parte final del libro, en la que aparece ese grupo de resistencia de «hombres-libro», cuya misión es mantener el legado de los mismos y transmitirlos a futuras generaciones, me ha interesado también bastante, pero por sus diferencias con la película de Truffaut la dejaré para la segunda parte.

Lean la novela, vean la película, pero por encima de todo, lean libros.

Continuará: Fahrenheit 451 (II): la película.

Las cartas de Ingrid Bergman

TRAVIS, 29 de agosto de 2021

El 29 de agosto de 1982, la actriz sueca Ingrid Bergman se acostó tras la fiesta de cumpleaños que celebró con unos amigos en su residencia de Londres. Cumplía 67 años y no volvió a despertar. Según su hija Pia Lindstrom, «creo que eligió morir el mismo día que había nacido; hay una especie de simetría en ello, es algo que le gustaba. Y es apropiado, fue como cerrar el círculo de su vida». No estoy seguro de que Ingrid Bergman escribiera una carta de despedida ese mismo día de 1982, pero sería acorde con su modo de vida hasta la fecha y con la importancia que las cartas tuvieron en su vida.

Como esa primera carta que no quiso recoger, en sobre blanco (el marrón era para los rechazados), convencida de que no había sido seleccionada para la Escuela de Arte Dramático de Estocolmo, con lo cual tendría que dar la razón a su tío Otto y abandonar toda esperanza en el mundo de la interpretación. Afortunadamente no fue así y comenzó una gran carrera como actriz que se prolongó durante cinco décadas en varios países y en diferentes idiomas.

Tras una docena de películas en Suecia, recibió dos invitaciones muy dispares para trabajar en otras cinematografías: la del productor David O’Selznick para que realizara una nueva versión de Intermezzo en Estados Unidos, y la del mismísimo ministro de propaganda del régimen nazi, Joseph Goebbels, con la intención de que realizara películas para el III Reich. Todos sabemos que eligió Hollywood, y en 1942 interpretó el inolvidable papel de esa «fugitiva» Ilsa Lund que intenta conseguir un salvoconducto junto a su marido Víctor Laslo en el café de Rick. Hablo, cómo no, de la mítica Casablanca, en la que su personaje escribe una de las cartas más recordadas (y más simples) de la historia del cine, la que recibe Rick en la estación de tren de París (recurso de la lluvia como lágrimas incluido):

«Richard, no puedo acompañarte ni volver a verte. No debes preguntarte por qué, simplemente que sepas que te quiero mucho, cariño. Y que Dios te bendiga. Ilsa». Pero, pero, pero… con lo que me gusta esta peli, ¿qué mierda de carta es esta? No sé, se la podrían haber currado un poco más, digo yo. El caso es que Ingrid Bergman recibió tres nominaciones consecutivas a los Óscar, pero no por Casablanca: sino por Por quién doblan las campanas, Luz que agoniza (con la que ganó) y Las campanas de Santa María. Y todavía recibiría una cuarta en 1948 por su Juana de Arco (Victor Fleming).

Se ve que el cine norteamericano no le aportaba más, tras menos de una década, y fue entonces cuando escribió su famosa carta al director italiano Roberto Rossellini:

«Querido Sr. Rossellini: He visto sus cintas ‘Roma, ciudad abierta’ y ‘Paisá’ y las he disfrutado mucho. Si usted necesita una actriz sueca que habla muy bien inglés, que no ha olvidado su alemán, que no entiende mucho de francés y que en italiano sólo puede decir ‘ti amo’, estoy lista para viajar y hacer un filme con usted».

El italiano, que no sabía quién era la actriz sueca, pidió que le localizaran la cinta sueca Intermezzo, y tras ver su actuación, contestó con una de esas mentiras piadosas que tanto se deben estilar en este mundillo:

«Acabo de recibir con gran emoción su carta que, por coincidir con mi cumpleaños, se ha convertido en el regalo más precioso. Ciertamente he soñado en rodar una película con usted y desde este momento me esforzaré en que sea posible. Le escribo una larga carta comunicándole mis ideas. Con mi admiración acepte, por favor, mi gratitud y mis cordiales saludos».

Lo que ocurrió después es de sobra conocido: Ingrid Bergman se presentó en Italia, abandonó a su marido y su hija, e inició una tórrida relación con el director italiano, lo cual resultó un escándalo para la mojigatería hollywoodiense de entonces, sobre todo cuando la actriz quedó embarazada sin haber cerrado su divorcio con su marido desde los 21 años, el dentista sueco Petter Lindstrom.

Desde el mismo momento en que se supo de la relación de ambos, la actriz comenzó a recibir cartas de todo tipo, pero ya no eran de elogios, como las precedentes, sino de lo que hoy en día se llamarían haters, odiadores vocaciones que usan las redes sociales, y que en su día se comunicaban por correo postal:

«Me llegaban cartas atroces, cada sobre iba lleno de odio. En algunas ponían que yo ardería en el infierno por toda la eternidad. Otras decían que era una agente del diablo y que mi pequeño era hijo del diablo. Y aun otras que mi bebé nacería muerto o sería jorobado. Hablaban de toda clase de horrorosas deformaciones que afectarían a mi hijo. Me llamaban puta y fulana. No podía creer que me odiara tanta gente. Al margen de lo que pensaran sobre mi vida, se trataba de mi vida privada, y yo no les había hecho nada. Estaba en estado de shock. Llegaban cartas de todas partes, pero la mayoría de América. América es muy grande, así que había gente para escribir cartas de todas clases. Roberto me preguntaba por qué las leía si me afectaban tanto. Decía que era como leer reseñas de críticos a quienes nunca les gusta tu trabajo. ¿Qué sentido tiene? Yo le respondía que era el único modo para encontrar cartas de amigos que me animaban y me apoyaban».

Ingrid Bergman y Roberto Rossellini se casaron finalmente en 1950 y tuvieron tres hijos, entre ellos la también actriz Isabella Rossellini. Su propia hija fue la que tuvo la idea de producir un documental sobre la vida de Ingrid Bergman basada en sus cartas, diarios y vídeos familiares. Jag är Ingrid (Yo soy Ingrid), se estrenó en Cannes en 2015, con motivo del centenario de la actriz. Supongo que nunca salieron a la luz, pero me habría gustado leer sus cartas de «desquite» cuando volvió a Hollywood para rodar Anastasia (1956, Anatole Litvak) y ganar su segundo Óscar. Estaba tan cabreada con ese mundillo de Los Ángeles que fue su amigo Cary Grant quien recogió la estatuilla. En 1959 regresó a la ceremonia de los Óscar para presentar el de mejor película del año y fue recibida con una enorme ovación. Para entonces ya se había separado de Rossellini y se había casado de nuevo, en esta tercera ocasión con el productor teatral sueco Lars Schmidt.

O las cartas que sin duda debió cruzarse con el misógino Alfred Hitchcock, con el que rodó tres películas en las que sus papeles eran de meras comparsas de los protagonistas masculinos: Recuerda, Encadenados y Atormentada. Sé que Encadenados (Notorious) tiene muchos seguidores, pero yo no estoy entre ellos. Creo que Hitchcock tiene no menos de una docena de obras mucho más conseguidas que esta historia inverosímil de espías y amores falaces.

Poco tiempo después de lograr su tercer Óscar en 1974, por su papel de reparto en Asesinato en el Orient Express, tuvo conocimiento del cáncer de mama que finalmente se llevaría su vida por delante de manera prematura. Pero no dejó de trabajar casi hasta el final, como en Sonata de otoño con Ingmar Bergman (que, por cierto, no era familiar suyo, igual que no todos los Pérez lo son) o en televisión con Una mujer llamada Golda, en la que interpretó a la primera ministra de Israel Golda Meir.

Ingrid Bergman era la perfecta definición de clase, estilo, en el cine. La clase se tiene o no se tiene, no se hereda. No tuvo tiempo de escribir una carta a su hija Isabella para cuestionarle sus papeles en el cine, algunos de ellos terribles, y desde luego, carentes de la clase de su madre. Se fue cuando se tenía que marchar y seguramente se llevó a la tumba las ganas de soltar una enorme peineta a todas aquellas personas que la criticaron en vida por hacer siempre y en todo momento lo que le dio la gana.

Ingrid Bergman. 29 de agosto de 1915 (Estocolmo) – 29 de agosto de 1982 (Londres).

Siete años en «Cuatro amiguetes y unas jarras»

15/08/2021

Hoy se cumplen siete años del inicio de este proyecto (más bien realidad) que estaba destinado a tener apenas un año de vida. «Buenos días a todos los que estáis ahí, al otro lado». Aquellas fueron las primeras palabras el 15 de agosto de 2014 en la Declaración de intenciones de este blog, unas palabras dirigidas a no se sabe muy bien quiénes, a esos lectores anónimos que se han ido sumando a este blog de manera paulatina, por el boca a boca, o el boca a oreja, mejor dicho, porque algún día un post les llamó la atención en Linkedin, Facebook, Twitter, o les llegó por Whatsapp, o porque alguno de los «BeBés» (Brasas Blogueros) le insistió con que «tienes que leer esto» o «esto otro ya lo explicaba yo en un post».

La idea inicial era probar doce meses, ver qué salía de aquello y esperar la aceptación de los lectores, pero lo cierto es que la recepción fue muy positiva, tanto que acabamos de completar los siete años de existencia. Durante ese tiempo han salido de la «batidora» de ideas 492 posts, más otro centenar en otros medios (fundamentalmente La Galerna), dos libros publicados con objetivos de crowdfunding para los proyectos solidarios de Lester en Bolivia y Ecuador, diversas colaboraciones con varios amigos que han querido aportar puntos de vista diferentes sobre algunos temas, entre cuatro y cinco mil lecturas mensuales (dejando aparte las de otros medios), más de mil comentarios (siguen pareciendo pocos, animaos más, dad un poco de cera), algunas «monetizaciones» que han ido a ONGs conocidas… pero por encima de cualquier otra consideración, estos siete años han traído dos cosas más: una enorme satisfacción para los cuatro amiguetes y (esperamos) diversión o buena información para los lectores. Y desde luego como aprendizaje es único. Uno relee algunos de los primeros posts y aprecia una evolución clara. Quizás se pierde algo de frescura al no soltar lo primero que viene a la mente, pero se gana en precisión. Del mismo modo que en el uso del lenguaje.

Para hacer caso a algunos amigos que pedían que la web tuviera un índice en el que buscar textos antiguos, está ya disponible en Índice, a la izquierda de la pantalla de entrada. Todos los artículos ordenados por tema y autor/amiguete. También existe la opción del buscador a la derecha de la pantalla, por palabras, «Martin Scorsese», «relato Escocia» o «teatro culé». Funciona, lo digo por ese amigo que me dice siempre que busca algo concreto de hace tres o cuatro años y no es capaz de encontrarlo.

Siete años ya, pero esto no termina aquí, queda mucho sobre lo que escribir, varios proyectos por concluir y mucho aprendizaje a las espaldas. Dentro de la labor de divulgación (y entretenimiento) de este blog, planteamos un pequeño ejercicio resumen de lo expuesto: que cada Amiguete deje aquí una recomendación ajena, otra propia, de un texto al que le tenga especial cariño y por la razón que sea haya tenido pocas lecturas, y un proyecto que se pueda contar.

TRAVIS

Recomendación: sobre todo dos poscast, La Órbita de Endor y Todopoderosos. El primero es pura información, extensa, exhaustiva, hasta límites increíbles (podcast de seis horas a veces), análisis de una película o un autor desde todos los puntos de vista. El segundo, Todopoderosos, dura «solo» dos horas y aporta buen humor a la vez que información. En cuanto a otros blogs, me quedo con los análisis de Cinemelodic.

Una recomendación propia: me curré bastante La película de las pelis del desván, mezclando personajes de varias películas, dando rienda suelta al guionista que llevo dentro y no llegué ni a treinta lectores. ¿Tan friki era?

Un objetivo: tanto Barney de manera recurrente como Lester y Josean han realizado sus publicaciones en otros medios, pero sé que la mía está por llegar, y espero que sea pronto. En un medio de tirada importante, en eso estoy, no voy a adelantar nada.

LESTER

Recomendación: el podcast de La Cultureta, de Onda Cero. Habrá quien pueda pensar que en ocasiones pueden resultar pedantes o con esa soberbia cultureta que se estila en este país, pero a mí me gusta escucharlo incluso cuando soy un completo ignorante en los temas que plantean: determinados autores, etapas históricas o músicos. Cuando sé algo del tema… entonces lo disfruto aún más. En cuanto a webs, sigo Zenda Libros menos de lo que me gustaría, pero a veces encuentro artículos en los que evadirme un buen rato.

Una recomendación propia: Los muertos salen a hombros, creo que Jardiel Poncela definió a la perfección una de nuestras principales características, no sé si como pueblo, nación o como condición humana.

Un objetivo: los proyectos no se cuentan hasta que están acabados, por superstición, por evitar preguntas insistentes o porque sí o porque no, pero solo puedo anticipar que por supuesto que hay un nuevo libro entre manos.

BARNEY

Recomendación: evidentemente, no hay mejor web, ni mejor escrita («Madridismo y sintaxis» es su máxima), para hablar de fútbol y baloncesto que La Galerna, donde me han acogido desde hace ya tres años. En el mundo de los podcast, el trabajo de Richard Dees en El Radio destripando las malas artes de la prensa es impagable.

Una recomendación propia: los post con más lectores son siempre los de fútbol, y me atrevo a decir que aquellos que atacan al Barça más que los que alaban al Real Madrid, pero uno es amante del atletismo y de casi todo el deporte en general, y escribió con especial cariño un recuerdo nostálgico imposible (porque no lo viví) de los Juegos de México de 1968.

Un objetivo: nada me gustaría más que escribir el libro definitivo sobre el caso Soule y los manejos de Ángel Villar al frente de la Federación de Fútbol, pero me temo que esa investigación no se va a hacer nunca. Van pasando los años y el escándalo se va tapando, hasta que llegue un día en el que se le dé carpetazo y no veamos un Moggigate como el que se vivió en Italia. Así que mientras llega esa oportunidad, quizás entre en el mundo del podcast, que ya en su día hubo un planteamiento de unos «colegas».

JOSEAN

Recomendación: mi amigo El Economista Salvaje dejó de publicar su blog, y para mía fue una pena, puesto que me sirvió para conocer algunos temas que nunca me habían interesado. También ha sido una pena el reciente fallecimiento de José María Gay de Liébana, que publicaba artículos muy interesantes y plenos de sentido común en El Economista. En Linkedin, el Newsletter semanal de Javier Esteban Beyond the Hype aporta información útil y de calidad.

Una recomendación propia: hay dos post con mucho curro detrás que fueron los dedicados a la ausencia de seguridad jurídica, de plena actualidad con todos los cambios regulatorios del sector eléctrico.

Un proyecto: sobrevivir, que la vida no me da para más. Sobrevivir a todo el estrés, a todos los cambios legislativos, contables, fiscales, informáticos… aguantar hasta la jubilación, aunque cada día nos la pongan más lejos. ¿Acaso hay algo más importante?

Lo dicho, seguimos con el blog. De momento, de momento… de momento, otro año más al menos. Lo mismo que decimos cada año.

Y ya sabes, si quieres colaborar con una buena causa, aquí dejamos un enlace de una ONG de la que hemos hablado mucho y bien en este blog: Ayuda en Acción/colabora

Tokio 2020 (II): la película de Simone Biles

TRAVIS, 06/08/2021

La sala de los productores de la Metro Goldwyn Mayer echaba humo en sentido metafórico, pero también en el real, pues a pesar de la prohibición de fumar en espacios cerrados, el mandamás de la compañía, Brian Winner, seguía devorando sus enormes habanos delante de los productores ejecutivos que venían a ofrecerle proyectos. Apenas una semana antes había propuesto un reto a tres de sus hombres más capacitados:

BRIAN WINNER: Quiero una película sobre los Juegos. Pero sobre estos, los de Tokio 2020 ó 2021, como queráis, los del covid, la ausencia de público y los atletas que llevan cinco años esperando este momento. No quiero historias sobre tíos a los que no recuerda nadie, por mucha musiquita naninonaninoo que le pongáis (Carros de fuego), ni sobre Jesse Owens (El héroe de Berlín), por Dios, que esa historia del negro que desafía a Hitler ya se ha contado muchas veces. Y nada de atentados terroristas, como en Munich (Steven Spielberg) o Richard Jewell (Clint Eastwood), porque al final se habla de todo menos de deporte, de superación, que es lo que me interesa en estos tiempos. Y os recuerdo que ya no hay telón de acero, que aquello de Milagro sobre hielo o Tres segundos no estuvo mal, pero quiero otra cosa, por arquetípico que resulte: la historia del deportista que triunfa a pesar de todo lo que se pone en su contra.

Los periódicos sobre la mesa de Mr. Winner aparecieron al día siguiente con la foto de Simone Biles en la que anunciaba su retirada de la competición, así que tenía claro sobre qué iban a tratar los tres proyectos que se le presentaran. Ahí había una buena película que contar, sin duda.

El primero en anunciar su proyecto fue Chris Goodman. Los productores contaban con tres minutos de tiempo para convencer al Gran Jefe de la validez de su proyecto, lo cual distaba mucho de ser un aprobado, pero al menos el pulgar hacia arriba permitía alargar la vida de las ideas, estirarlas, contratar guionistas para darle forma y «mover billetes», que en el mundo de los productores era más importante que el propio resultado final. Y por supuesto se salvaban de la papelera y las archiconocidas reprimendas que en más de un caso habían terminado en despido.

CHRIS GOODMAN: Tenemos la historia de una niña abandonada por sus padres a los tres años. Los padres son drogadictos, están hasta las trancas de crack y la niña no es más que un estorbo que pulula por una casa repleta de suciedad y malos tratos. La niña es educada en un orfanato y sus abuelos se ocuparán parcialmente de ella. Pese a lo trágico de este comienzo, la historia estará contada con humor, y por eso creemos que el director adecuado para rodarla será Robert Zemeckis, que ya hizo maravillas contando de manera divertida las tragedias de Forrest Gump. Los abuelos de Simone le contarán las cosas de una manera particular, en especial desde que entre en un gimnasio de Ohio a la edad de seis años, con frases como «La vida es como un ejercicio de suelo: complicada, difícil, pero por muchas vueltas que des, siempre acabas cayendo de pie».

Ella es muy buena y sobre todo, muy trabajadora. Las horas de entrenamiento le evitan enfrentarse a los dramas de su vida personal. Su hermano, cuatro años mayor que ella, terminará en prisión acusado de un triple homicidio. Pero ella seguirá trabajando y cosechando éxitos, uno detrás de otro. En una historia como esta tienen que aparecer forzosamente las drogas, los abusos sexuales y la violencia, pero lo harán con la elegancia de Forrest Gump, casi como parte de esa gran comedia que a veces puede ser la vida.

La trama nos llevará a Tokio 2020. La gimnasta ha superado los casos de abusos, la situación judicial de su hermano y el aplazamiento de los Juegos durante un año, y se la ve con ganas de cumplir todas las expectativas creadas. Pero Simone necesita al público y le invade una enorme tristeza cuando ve el escenario vacío. Siente como nunca las miradas sobre ella y se derrumba tras el primer ejercicio. Le dice a su entrenador que no puede con tanta presión y llama a su abuela para que le dé una de sus famosas píldoras, «la vida es como la salida de las barras asimétricas, tienes que saber plantarte», pero está en el hospital con su tía Nellie, que se halla gravemente enferma. Pese a todo, es capaz de recomponerse y competir el último día sobre la barra fija, aparato en el que queda tercera. La tía Nellie ha muerto y a ella le dedicará su éxito. La película termina con la música de Alan Silvestri durante el reencuentro de Biles con su familia.

Mr. Winner exhaló una humareda y se quedó mirando cómo el humo se deshacía en su camino hacia los altos techos del despacho. No dijo nada y simplemente señaló con un dedo al siguiente productor.

PETER YELLOW: con todos los respetos, Chris, esa es la historia previsible, la que creo que todo el mundo espera y más o menos conoce, y no quiero hacerte de menos, pero a mí se me ocurre darle un planteamiento más arriesgado, nada luminoso. Para darle a la historia la oscuridad que yo creo que requiere, nadie mejor que Oliver Stone como director. La historia comenzaría del siguiente modo: Interior del centro olímpico de gimnasia. Delegación USA. Día.

Minutos antes del concurso de Simone Biles en el potro, un delegado del equipo americano le pasa a otro un informe con una palabra bien grande: “Positivo”. Revuelo, nerviosismo, gente hablando mientras corre por los pasillos, y el delegado se lo transmite al seleccionador: «es un test de la Federación norteamericana, no del COI, que lo desconoce». El seleccionador se queda cabizbajo y pensativo, y tras unos segundos se lo dice a Biles justo antes del salto. Al acabar la prueba, deciden que Simone Biles se retire de la competición. La delegación blinda un escudo de seguridad a su alrededor y el responsable de comunicación prepara la versión oficial acerca del estrés emocional sufrido. Lo cierto es que las supuestas penurias contrastan con la imagen de la gimnasta apoyando en días posteriores a sus compañeras. Un veterano periodista se pone a investigar la historia porque algo no le cuadra. Él fue clave en el caso del médico que abusaba de las gimnastas y uno de los más críticos con las pocas cabezas que rodaron tras el escándalo. Y además es un patriota al que le cabrea ver cómo la ausencia de Biles ha sido clave para que el equipo estadounidense pierda el oro en la final por equipos “¡ante los rusos!”.

La película giraría alrededor de la investigación de este periodista y se entremezclaría con imágenes en blanco y negro del pasado de Biles: su primer contacto con las pastillas para superar una depresión, el año sabático tras los Juegos de Río, la vuelta a la competición, las lesiones y cómo se deja guiar por los médicos del equipo para un tratamiento severo de las mismas, pero no permitido por las organizaciones antidopaje… La gimnasta desconoce casi todo lo que se cuece a su alrededor, porque no es más que una marioneta en manos de unos tipos sin escrúpulos que la explotan en todos los sentidos.

La gimnasta se repite las pruebas unos días después y da negativo, tras lo cual anuncia que vuelve a la competición, gana un bronce en barra fija y queda como una heroína para su país y ante los medios. Pero su mirada en el podio es triste y se cruzará con la mirada del periodista que ha detectado las incongruencias en todo lo contado por la delegación. Oliver Stone es único para dejar una duda en el espectador, recuerda JFK, Nixon o W. y pretendemos que esa duda sea lo que queda al final de todo.

El Gran Jefe seguía pensativo mientras se disponía a encender un nuevo habano, «este va por Oliver Stone», dijo, y dio paso a la tercera propuesta.

DICK BOATHEAD: me vais a disculpar, pero yo no concibo el cine sin una historia de buenos y malos, y en el caso de Simone Biles y Tokio 2020, no puede ser de otro modo. A un lado tenemos a Simone, la buena: mujer, negra, perdón, afroamericana, y víctima de abusos durante su adolescencia. En el lado contrario pondremos al villano: hombre, blanco, hetero, un triunfador para el gran público. Novak Djokovic. Pretendemos que sea una peli con ritmo y estética de videoclip, para lo cual no hay nadie mejor que James Gunn, el de Los guardianes de la galaxia o El escuadrón suicida.

La película girará en torno al estrés de la competición y los dramas de cada uno de los deportistas. Simone Biles será una mujer agobiada, con un pasado repleto de traumas, que explota en un momento dado de la competición porque no puede más. Ella es católica e iba a misa con su abuela y su tía todos los domingos, y su tía fallece durante la competición de Tokio, lo que no hace sino aumentar la tristeza y la sensación de soledad que la invade. Se arropa con sus compañeras, con el cariño del entrenador y todo el equipo norteamericano en Tokio.

Por otro lado, en la Villa Olímpica veremos el modo de actuar de un fanfarrón como Nole, un tipo que más que bromear, chulea a todo el mundo: recogepelotas, árbitros, rivales… Cuando le preguntan por la presión y el modo de manejarla, contesta con altanería: “la presión es un privilegio. Sin ella no hay deporte profesional, es necesaria y nos hace mejorar…”. Montaremos un vídeo con los llantos de Biles al ver que no es capaz de romper su bloqueo mental mezclado con las risas de Djokovic al ir superando a rivales, tanto en los partidos individuales como en los dobles mixtos con su compañera Nina Stojanovic.

La competición avanza de tal modo que parece que el serbio se irá con dos medallas y Biles con la plata ganada por sus compañeras en una prueba en la que ella apenas ha participado. Pero en todas las películas tienen que ganar los buenos, así que Biles se recuperará y se hará con un bronce tras un ejercicio fantástico en la barra fija, mientras que Djokovic perderá las semifinales de tenis y luego el partido por el bronce. En ese encuentro contra el español ese, ¿Carreño?, destrozará su raqueta, se desquiciará delante de todo el mundo y escucharemos en off sus palabras sobre el manejo de la presión. La película terminará con la imagen de Biles recibiendo la medalla de bronce con un gran gesto de satisfacción, y la rueda de prensa de Djokovic en la que anuncia que se retira del dobles mixto dejando a su compañera en la estacada. Una está radiante, el otro está hundido.

Quizás el lector esperaba que el relato terminara de otra manera, pero prefiero dejar que cada uno se monte su película particular en este caso, y no voy a hacer que Mr. Winner elija una u otra propuesta porque podría interpretarse que esa es mi postura particular. Y quizás no lo sea.

THE END

Capítulos de esta serie:

Tokio 2020 (I): la libertad de expresión, by Josean.

Tokio 2020 (II): la película de Simone Biles, by Travis.

Tokio 2020 (III): el maratón olímpico, by Lester.

Tokio 2020 (IV): el resumen de los Juegos, by Barney.

Una peli para contar una historia, una historia para hacer una peli

TRAVIS, 25/07/2021

“Basada en hechos reales” aparece en los títulos de crédito con demasiada frecuencia y en numerosas ocasiones te pone a la defensiva porque los creadores de una película son capaces de partir de una anécdota para contarte algo totalmente inverosímil. Y desde luego, muy alejado de la historia real en la que supuestamente se basan. Pero por suerte, en muchas otras películas, sus productores, guionistas, director, etc. tratan de ser fieles a lo que sucedió y son capaces de contar en poco más de hora y media una historia que todos leímos en los periódicos o vimos en los telediarios. Por ejemplo, Sully, de Clint Eastwood, con Tom Hanks interpretando al veterano piloto que aterrizó un avión comercial en mitad del Hudson, frente a Nueva York. Bien narrada, estupendamente filmada, con un guion sin concesiones al espectador, directo para contar la historia de un héroe que por momentos fue puesto en duda.

O Richard Jewell, nuevamente del bueno de Clint Eastwood, sobre el vigilante que encontró la bolsa con explosivos durante los Juegos Olímpicos de Atlanta en 1996. La historia original no daba para mucho más, pero Eastwood fue capaz de contarla de manera entretenida y de un modo ajustado a la realidad. Parece que el director norteamericano se ha especializado en los últimos años en contar historias basadas en hechos reales (15:17 Tren a París, El Francotirador).

United 93, sobre el avión que se estrelló en Pennsylvania el 11-S, La red social, sobre el nacimiento de Facebook, Apolo XIII, Elegidos para la gloria, Todos los hombres del presidente, 127 horas… muchas buenas películas sobre acontecimientos que prácticamente todos recordamos, que cuando escuchamos acerca de su rodaje o de su estreno, pensamos: “ah, sí, ya recuerdo, sobre los tipos aquellos que…”. O muchas otras sobre hechos desconocidos que algún avispado guionista convirtió en película: Tres anuncios en las afueras, Moneyball, 12 años de esclavitud, El discurso del Rey, Hotel Ruanda…

De eso va el post de hoy, de todas esas historias que los que tenemos la memoria por castigo recordamos y de las que se nos ocurre que se podría hacer una película más que entretenida. Y de manera especial en España, demasiado anclada en ocasiones en la guerra civil y la posguerra. Porque si algo tienen los Estados Unidos es una capacidad bestial para hacer autocrítica, para mostrar al mundo sus vergüenzas sin complejos. Y reconozco que me encanta, que no se cortan un pelo aunque tengan que poner a caldo a un presidente de gobierno (W, Primary Colors, Fahrenheit 9/11), a los medios de comunicación (Los archivos del Pentágono, Network, Buenas noches y buena suerte) o a todo el sistema judicial (El juicio a los 7 de Chicago, Una cuestión de género, A civil action).

Si Hollywood nos regaló una crítica feroz de la burbuja inmobiliaria y financiera con La gran apuesta (Adam McKay) o con Capitalism: A love story (Michael Moore), aquí estoy esperando todavía que alguien coja lo ocurrido con Gescartera o con Fórum Filatélico y nos lo cuente. O con las tarjetas black, o con Bankia y el otrora prestigioso Rodrigo Rato. Con Gescartera desaparecieron 120 millones de euros y atraparon en la estafa a mutualidades de fondos públicos, fundaciones, ONG y varias congregaciones religiosas. El director de la agencia, Antonio Camacho, era un Lobo de Wall Street de mercadillo, un papel perfecto para Antonio de la Torre en una película de Rodrigo Sorogoyen.

La vida de Dick Cheney en Vice (de nuevo de Adam McKay) nos muestra a un tipo corrupto y sin escrúpulos, que se enriquece en las guerras de Iraq y Afganistán y que confiesa no arrepentirse de nada. Aquí en España creo que se tenía que haber hecho una película con la vida del hermanísimo más famoso de la política, Juan Guerra. El hermano del “vice” Alfonso Guerra no tenía cargo público conocido, pero sí despacho oficial desde el que ejercía de “conseguidor” de contratos. Qué historia tan cojonuda, inverosímil, pese a que todos sabemos que ocurrió. El caso es que hay directores capaces de rodar buenas películas sobre temas políticos, como vimos con El hombre de las mil caras (Alberto Rodríguez), sobre Francisco Paesa y la estrambótica huida del antiguo director de la Guardia Civil, Luis Roldán.

La política podría ser un fantástico granero de ideas para los productores españoles si tuvieran el valor de acometer los proyectos con objetividad y sin caer en el sectarismo. Lo que se podría rodar aquí solo con lo que salió en la comisión de investigación del “Tamayazo”, o con el dinero despilfarrado en coca y puticlubs por Javier Guerrero y la Junta de Andalucía. O con la cleptómana Cifuentes, o con la vida de esos dos amigos de pupitre en el colegio, José María y Juan, que llegan a la política y al mundo de la empresa respectivamente en esos momentos en que se privatiza lo público, y sus vidas se separan. Uno llega a presidente de gobierno y el otro se hace millonario hortera y va dejando pufos a los accionistas por donde pasa.

Aunque para historias de amigos, se me ocurre la de ese chico aficionado a la música cuyo padre está siendo investigado por corrupción, y un buen día, en medio de juicios e investigaciones, un tipo disfrazado de cura se cuela en su casa, lo secuestra junto a su madre, lo tiene ahí varias horas, y luego desaparece de la escena pública. Apenas vuelve a saberse del secuestrador y de su condena, mientras que el joven continúa en el mundo de la música con el hijo de otro célebre preso por delitos de cuello blanco. Y ambos tienen éxito: Taburete, la historia de los hijos de Bárcenas y Díaz Ferrán. Con menos que eso, los americanos te hacen una historia que luego te venden como ejemplo de superación. O una historia de desesperación, como sería la del tipo disfrazado de cura, o la del hombre que embistió su coche con bombonas de butano y un temporizador de un ventilador en la sede del PP en Génova. ¿Qué coño pasaría por la cabeza de ese tipo, qué grado de desesperación tenía para tomar esa decisión?

El que se superaba en su vida era Frank Abagnale, el veinteañero interpretado por Leonardo Di Caprio en el que Steven Spielberg basó esa gran película titulada Catch me if you can (Atrápame si puedes). Era un experto en hacerse pasar por piloto comercial, médico o abogado, y un grandísimo falsificador. Aquí en España solo podría rodarse con el tono de comedia y sin duda sería la historia del pequeño Nicolás. Que este tipo imberbe llegara a eventos de todo tipo, a platós de televisión, a hacerse pasar por agente del CNI o emisario de la Casa Real y del que sabemos que era poco más que el buscador de prostitutas de un secretario de Estado, es una historia que no puede faltar en la gran pantalla. O al menos en la pequeña, en la que ya se han rodado series clarificadoras sobre algunos de nuestros sucesos más conocidos: Fago, sobre el crimen en aquella pequeña aldea de menos de treinta habitantes del Pirineo oscense, El caso Wanninkhof, Padre Coraje o Soy El Solitario. La historia de este último me recuerda vagamente a Zodiac, el peliculón de David Fincher sobre ese asesino que atacaba de manera muy esporádica en San Francisco, lo que hizo que la policía estuviera años persiguiéndolo (y aún sin resolver hoy en día). Y resulta que el Solitario vivía a menos de dos kilómetros de mi casa.

Si pienso en muchas de las pelis americanas que nos llegan, se me ocurre enseguida pensar en cuál sería el equivalente español de una trama similar. Y veo que tenemos casi de todo:

  • El sargento de hierro, ese energúmeno que curte a los marines a base de torturas y tacos de todo tipo, y luego invade la isla de Granada con facilidad, porque para eso ha curtido a su ejército y las torturas y humillaciones eran parte del entrenamiento, sería aquí El sargento chusquero, sobre un veterano militar de la Legión que fuerza a límites extenuantes a los legionarios, lo que luego será fundamental para tomar el islote de Perejil “al alba y con fuerte viento de Levante” (Trillo dixit).
  • El gran carnaval, la obra maestra de Billy Wilder sobre el sensacionalismo de la prensa estadounidense ante la angustia de un hombre atrapado en un derrumbe en una gruta es muy similar a lo que aquí ocurrió con el niño Julen y el elefantiásico despliegue de medios alrededor de la desgracia. Hubo un programa especial un viernes por la noche en el que se anunciaba que iban a llegar en directo al lugar en el que supuestamente estaba atrapado el niño. Bochornoso, me negué a verlo y participar con ello del morbo. Luego supe que no alcanzaron a encontrar el cadáver en directo y me alegré. Joder, cómo me alegré.
  • Captain Philips, sobre los secuestradores somalíes de un mercante americano es una historia con puntos en común con la del pesquero Alakrana, que además aquí se habría podido rodar añadiendo el conflicto batasuno y su petición de ayuda al “Estado represor” español.
  • Spotlight, sobre los abusos de la Iglesia católica de Massachussets y la investigación periodística. Por desgracia, es fácil encontrar su equivalente español.
  • Buried, de Rodrigo Cortés. Si un individuo atrapado en un ataúd da para una angustiosa trama de hora y media, no quiero ni pensar lo que se podría rodar con los secuestros de Miguel Ángel Blanco o de José Antonio Ortega Lara. Que además son historias que no se pueden olvidar, pese a que según un estudio los menores de veinte años las desconocen por completo. Y el porcentaje baja en el País Vasco.
  • The Crown. Los Windsor han dado ya para cuatro temporadas, ¿habrá valor para rodar algún día (y sin censuras) The Spanish Crown? ¿O Los Borbones? He visto un par de series sobre los Reyes Juan Carlos y Sofía (Sofía) y Felipe y Letizia, muy edulcoradas ambas, demasiado amables. ¿Tenemos la madurez suficiente para que nos cuenten los claroscuros de la Familia Real? Pues parece que el proyecto ya está en marcha.

Veremos hacia dónde van los argumentos del cine español, pero creo que nuestros periódicos nos dan numerosas ideas. Y cuando los directores españoles se ponen a rodar sobre nuestra vida son capaces de conseguir obras interesantes, aquí dejo alguna más y lo dejo por hoy: Lo imposible, Mar adentro, El crimen de Cuenca, El lobo, Solo, El Lute, Cien metros.

20 años sin Jack Lemmon

TRAVIS, 27/06/2021

Tras varios meses luchando contra un cáncer de vejiga, el 27 de junio de 2001 nos dejaba Jack Lemmon, uno de los más grandes actores que hemos visto en la pantalla grande. Y en la pequeña, en la que se prodigaba menos, pero en la que dejó alguna interpretación notable, como en la versión de Doce hombres sin piedad que dirigió William Friedkin en 1998. Por aquella actuación fue candidato al Globo de Oro, pero sin embargo el premio fue a parar al «duro» Ving Rhames, el Marsellus Wallace de Pulp Fiction, por su papel de Don King. Lo que sucedió después fue uno de esos grandes momentos de admiración y respeto en los que ese mundo de egos que es Hollywood no suele prodigarse. El tipo «duro» rompió a llorar, llamó a Jack Lemmon para que subiera al escenario y le entregó el Globo de Oro porque entendía que lo merecía mucho más que él: «Es tuyo», le insistió.

Es un momento muy emotivo en el que vemos a grandes estrellas de Hollywood puestas en pie (Steven Spielberg, Jack Nicholson, Jim Carrey, Dustin Hoffmann, Jodie Foster) aplaudiendo a ese tipo corriente, aparentemente normal, que se había ganado el cariño y el respeto de todo el mundo de la interpretación. Porque Jack Lemmon no era una estrella en el sentido en el que se entendía cuando comenzó a destacar en papeles de interpretación. No era un tipo guapo o carismático, como Cary Grant, James Stewart o Paul Newman, tampoco tenía una presencia física rotunda como John Wayne, Gary Cooper o William Holden, ni tenía la intensidad de Marlon Brando o Montgomery Clift. Simplemente era un tipo normal, por eso no lo vimos demasiado en papeles de romanos, ni medievales o en wéstern, ni rodó con Hitchcock, porque su especialidad era ser «el vecino de al lado». Y eso lo hacía como nadie.

La leyenda cuenta que nació en el ascensor de un hospital de Boston, el 8 de febrero de 1925. La suya es una de tantas historias que comienza en Harvard con un tipo que se queda fascinado por el grupo de teatro de la universidad. Combatió con la Marina estadounidense en la Segunda Guerra Mundial y se graduó en Arte Dramático. Aprendió a tocar el piano y, según su hijo Chris, siguió tocándolo todos los días de su vida. En los cuarenta se dedicó a tocar el piano en pequeños clubes de Nueva York, donde en ocasiones ni siquiera cobraban, y poco a poco fue metiéndose en el mundo de la interpretación, al principio en el teatro y luego en la televisión, en series como The Wonderful Guy, hasta que finalmente le llegó la oportunidad en el cine a principios de los cincuenta.

No sé si su manera de interpretar era muy «stanislavskiana» o todo lo contrario, pero se metía en el papel sin que se notara, porque su mayor virtud era la naturalidad. La sencillez, la falta de aspavientos. Interpretar sin que se note que está interpretando. Quizás la clave de su manera de actuar se la dio George Cukor en una de sus primeras películas, Una rubia fenómeno (It should happen to you), rodada en 1954. Lo cuenta el director con el que más veces rodó, Billy Wilder, en el libro de Conversaciones escrito por Cameron Crowe. Al parecer, Lemmon llegó al rodaje, memorizó sus diálogos y soltó su texto ante Cukor:

«Ha sido estupendo, va a ser una gran estrella. Pero… en la gran parrafada, por favor, un poco menos. Ya sabe, en el teatro, estamos muy atrás, en plano general y hay que entregarse. Pero en cine, si se intercala un primer plano, no puede haber tanto entusiasmo».

Lemmon repite la escena varias veces, cada vez con menos energía y en todas ellas el director le dice lo mismo:

«¡Fantástico! Totalmente maravilloso, ahora vamos a repetirlo, un poco menos». Al cabo de diez o doce veces, en las que Cukor no deja de decirle: «Un poco menos», Lemmon comenta: «Señor Cukor, por Dios, voy a acabar no actuando en absoluto». Cukor replica: «Ahora nos vamos entendiendo».

Esa no-interpretación, que en absoluto es cierta, esa interpretación invisible, es una de sus principales características. Y sin embargo, siempre estaba dentro del personaje, «era» el personaje que interpretaba. Hace un par de semanas pillé empezada Con faldas y a lo loco (1959), una vez más, la 128ª por lo menos, y me quedé hasta la última escena, hasta el mítico «Nobody is perfect».

Poco antes de esta escena ocurre la de las maracas, esa en la que Jack Lemmon, aún travestido como Daphne, fantasea con la promesa de matrimonio que le ha hecho el millonario Osgood. Es genial, es Lemmon en estado puro, se marca un Stanislavski doble: Lemmon interpreta a un músico que se hace pasar por una mujer enamorada y por momentos consigue resultar femenino, transmitir felicidad y en medio segundo volver a ser el músico malhumorado de siempre. Era un genio, sin duda.

Aunque se le haya etiquetado tradicionalmente como un actor de comedia, realizó papeles dramáticos con gran soltura, si bien su mejor papel quizás sea el del oficinista Baxter en la que puede ser la comedia más triste de todos los tiempos: El apartamento (1960, Billy Wilder).

«Un centímetro a la derecha o la izquierda, y la película se llena de tragedia o dulzura».

Cameron Crowe

Sin embargo, esas no son las interpretaciones que gustan en Hollywood, al menos para los premios, sino aquellas extremas, histriónicas, exageradas, algo de lo que también se quejaba Wilder:

«Por eso le seleccionaron para un premio por Días de vino y rosas (Days of wine and roses, Blake Edwards, 1962), porque interpretaba un borracho».

Jack Lemmon recibió dos Óscar a lo largo de su carrera, por dos películas que no están entre sus más conocidas: Escala en Hawaii (1955, actor de reparto) y Salvad al tigre (1974, actor principal). Interpretaciones dignas del premio tiene decenas, no solo en comedias, sino en papeles dramáticos como los que interpretara en Missing, El síndrome de China o Glengarry Glen Ross. Era un actor que posiblemente no valía para todo (no me lo imagino como héroe de acción, pistolero, matón, gladiador o caballero medieval), pero sí para todo lo que fuera ver a un tipo normal metido en dificultades, como fueron la mayoría de sus papeles.

Igual que resulta imposible hablar de Jack Lemmon y no mencionar a Billy Wilder (aparte de las mencionadas, tiene esas obras maestras que son Avanti e Irma, la dulce), ocurre lo mismo con el actor Walter Matthau, con quien formó una fructífera pareja, fruto de la cual surgieron nueve películas, tres de ellas dirigidas por el propio Wilder.

«La química solo surge de manera natural. No puede fabricarse».

«Con esos dos, se veía que juntarlos iba a ser divertido. Son dos cómicos».

(Billy Wilder)

Eran dos actores complementarios, el bondadoso Lemmon y el retorcido Matthau (En bandeja de plata, Primera plana, Aquí un amigo), el ordenado Jack y el desastroso Walter (Una extraña pareja, Dos viejos gruñones, La extraña pareja, otra vez). Por esas cosas del destino, esos tres genios que eran Wilder, Matthau y Lemmon fallecieron en un plazo no muy diferenciado de tiempo: entre julio de 2000 (Matthau) y marzo de 2002 (Wilder) se marcharon los tres, como si esa época irrepetible de buen cine y carcajadas desapareciera para siempre.

Veinte años ya, y posiblemente no me haya reído tanto con un actor desde su ausencia. Y posiblemente no lo haga jamás. Un gran tipo. Jack Lemmon siempre buscó (y logró) arrancarnos una sonrisa, incluso cuando ya estaba «más allá», desde la tumba:

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El conflicto del secundario

¿Normalizar la violación?

TRAVIS, 22/05/2021

Esta semana he leído que en breve se estrena la secuela de Space Jam, la película que mezcla a los grandes personajes de dibujos animados de la Warner (los Looney Tunes) con estrellas de la NBA. Si en la primera participaron jugadores de la talla de Michael Jordan, Charles Barkley o Pat Ewing, en esta segunda parte actuarán LeBron James, Damian Lillard, Klay Thompson o Chris Paul. Todos ellos rodeados de los habituales personajes de dibujos animados Bugs Bunny, Porky, el pato Lucas, Silvestre y Piolín. Pues bien, leí en un artículo que el personaje de dibujos Pepe Le Pew, un cartoon de toda la vida, se caía del elenco porque «normalizaba la cultura de la violación». ¿Pero qué cojones…? WTF? Con perdón, ¿qué estoy leyendo?

Para empezar, ni sabía qué personaje era Pepe Le Pew hasta que he visto que se trata de esa mofeta que perseguía y abrazaba con fuerza a una gata de la que se había enamorado. Es un personaje carente de la gracia del resto de elenco de la Warner, pero vamos, para mí ha sido toda una sorpresa saber que me pasé años viendo a un personaje que forzaba y violaba damiselas sin su consentimiento. Todo viene de un artículo de un columnista del NY Times Charles M. Blow, que también arremete contra los estereotipos que representan Speedy Gonzales y Mammy Two Shoes, un personaje de Tom y Jerry. Pepe Le Pew es un personaje creado en 1945, en una sociedad que creíamos mucho más puritana que la actual, pero la mojigatería reinante ha llevado a tipos con la piel muy fina a encontrar estereotipos perniciosos que debían ser censurados en una mofeta, en los gatos siameses de La dama y el vagabundo (ataque subliminal a los asiáticos), las hienas de El Rey León y los cuervos de Dumbo (negros de Harlem), o los indios de Peter Pan. Tanto centrarse en el racismo se les ha pasado advertir de la necrofilia de los príncipes de Blancanieves y La bella durmiente.

Ni el código Hays, ni la censura franquista, ni las prohibiciones en Rusia o China llegan a los niveles censores de las actuales hordas de lo políticamente correcto (Prohibamos Verano Azul). Estamos a menos de dos pasos de que empiecen a prohibir clásicos porque algún «espabilao» ha encontrado algo ofensivo en ellos. Pero el tema del que quería hablar hoy es ese tan peligroso que insinuaba el crítico de NY Times acerca de «normalizar la cultura de la violación». Una de las películas revelación de esta temporada ha sido para mí Una joven prometedora, dirigida por Emerald Fennell y protagonizada por Carey Mulligan. Tiene un argumento del que no quiero hablar mucho para no desvelar sus sorpresas, en el que la joven protagonista intenta mostrarnos la hipocresía de la sociedad norteamericana al normalizar determinadas actitudes cuando la chica iba borracha o era ligera de cascos, simplemente porque «ella se lo ha buscado». Imprevisible, ácida y con la suficiente mala leche para no dejar indiferente.

Por desgracia, las violaciones están a la orden del día y no hay fin de semana que no nos indignemos frente al telediario tras escuchar las últimas agresiones sexuales cometidas por hombres frente a mujeres indefensas, a veces un grupo de varios sobre una menor de la que abusan durante horas. Creo que no hay mayor muestra del hijoputismo actual de la sociedad que este de las violaciones grupales (quizás solo la pedofilia pueda competir en nivel de degradación moral), y por eso es un asunto sumamente delicado cuando es tratado en el cine.

Directores clásicos como Ingmar Bergman, Alfred Hitchcock o John Boorman ya trataron este asunto en algunas de sus películas como El manantial de la doncella, Frenesí y Deliverance, respectivamente, pero siempre manteniendo un punto de vista moral claro sobre las vejaciones. Son hechos horribles que por desgracia suceden y deben ser castigados. En Estados Unidos, donde etiquetan absolutamente todo, denominan al «género» como rape and revenge, violación y venganza. Es algo tan viejo como el cine y la literatura, y de uno u otro modo aparece en decenas de obras: Tres anuncios en las afueras, La catedral del mar, La casa de los espíritus, La muerte y la doncella, Braveheart, La hija del General, Centauros del desierto, El último tren de Gun Hill… hasta la afrenta de Corpes en el Cantar de Mío Cid.

Pero el tratamiento no siempre es así y en ocasiones el cine juega a mantener una cierta ambigüedad. No es que la escena de la violación en La naranja mecánica (Stanley Kubrick) sea amoral o ambigua, pero tenía un cierto barniz de comedia musical, acrecentado por el Singing in the rain con el que el protagonista, Alex, coreografía sus movimientos. Estás incómodo en tu butaca, pero te arranca una sonrisa culpable, como con la violación que hace el profesor decapitado en Re-animator.

Recuerdo haberla visto en el cine con varios amigos y era nuestra escena favorita, igual que lo era para el Lester Burnham de American Beauty. La escena de la violación de Irreversible (Gaspar Noé) se recrea en exceso en la agresión que sufre Mónica Bellucci, con una estética de videoclip que me enferma, pero el director y la distribuidora utilizaron el morbo de la actriz y las pulsiones ocultas masculinas para la promoción de la película. Exactamente igual que ocurrió con Julie Christie y ese Engendro mecánico que quería tener un hijo a toda costa.

Hay directores a los que se ve que el tema «les pone», les atrae, como a Paul Verhoeven, que ya trató el asunto en Los señores del acero y Elle. Hace unos meses, en plena campaña del «No es No» volví a ver Instinto Básico, del mismo director holandés. Hay una escena en la que Jeanne Tripplehorn le dice hasta tres veces que «NO» a Michael Douglas cuando este la intenta penetrar analmente, pero este insiste, fuerza a su ex y lo logra, con toda esa parafernalia propia del cine porno: rotura de ropa, tanga negro a la mierda, y la mujer que finalmente acepta y, sumisa, incluso lo goza. Ese mensaje es mucho más peligroso que el de una estúpida mofeta de dibujos animados. La idea del macho dominante y la mujer que en el fondo goza con ser dominada. Claro que si te atribuyes un cierto aura intelectual, como Bernardo Bertolucci, puedes hasta tratar de justificar estas acciones, incluso fuera de la ficción, como hizo el director tras la polémica sobre la escena de la mantequilla, cunado afirmó que ni siquiera la actriz, Maria Schneider, sabía lo que Marlon Brando iba a hacer con su cuerpo, pero que todo obedecía a una necesidad del guion y de la interpretación: «quería que la actriz sintiera la rabia y la humillación». En fin…

Otras películas como Lipstick, con Mariel Hemingway, Sin City, El cabo del miedo, o Acusados, con la que Jodie Foster ganó su primer Óscar, cargan la culpa en una sociedad o en un sistema que duda de la víctima y contemporiza en exceso con el violador, sobre todo si es una persona «decente», con carrera y posición, o tiene pasta para pagarse un buen abogado.

Insisto de nuevo: hay pocos actos tan hijoputas, miserables, mezquinos, depravados (y todos los adjetivos que queramos poner) como una violación, pero no soy partidario de prohibir ni censurar nada. Sabemos que existen, por supuesto, pero no sirve de nada esconderlo bajo la alfombra, será mejor mostrarlo con toda su crudeza, o al menos con una elipsis que nos permita saber lo que por desgracia pasa cada día. Pocos momentos he pasado en el cine tan desasosegantes como con las violaciones que no vemos, pero intuimos, en la rumana 4 meses, 3 semanas, 2 días, la alemana La vida de los otros, con ese ministro hijo de la gran puta, y en Animales nocturnos, donde sufro cada segundo que Jake Gyllenhaal trata de encontrar a su mujer y a su hija.

Pero ya que el post de hoy planteaba la duda acerca de si el cine o algunos de sus personajes «normalizan la violación», yo voy a dejar por aquí mi teoría para la discusión: Pedro Almodóvar y muchos de los aficionados a su cine sí la normalizan. O la visten de falso romanticismo. Me gustan algunas pelis de Almodóvar tanto como detesto el resto, pero mi pregunta es: ¿qué problema tiene Pedro Almodóvar con las violaciones, por qué trata de justificarlas o de darles un barniz de romanticismo? No hablo de los personajes de Kika o La mala educación, que sufren abusos y vejaciones, sino de, por ejemplo, la escena en que Miguel Bosé fuerza a Victoria Abril en Tacones lejanos. Parece un puto chiste, una escena de comedia, una broma sin importancia de la que podemos reírnos.

En Átame, el personaje de Antonio Banderas ata y retiene contra su voluntad a Victoria Abril (de nuevo) para lograr que se enamore de él. O eso es lo que dice, en el fondo quiere echarle un polvo como el que finalmente logra. Recuerdo lo dicho sobre Bertolucci o Verhoeven: en el fondo la mujer «quiere» ser sometida por el varón, aunque al principio se resiste por sus prejuicios o yo-qué-sé que pasa por la cabeza de estos directores. La piel que habito es de una incomodidad apabullante, con violaciones explícitas y abusos de todo tipo sobre el personaje de Elena Anaya, que al final parece aceptar sumisa (o sumiso) su destino. Pero con la que no puedo es con Hable con ella, que nos disfraza de enamoramiento la historia de ese enfermero interpretado por Javier Cámara y su relación con una paciente en coma (Leonor Watling). «Su estado comatoso no convierte a las mujeres en objetos, sino todo lo contrario: ellas se transforman en la idea abstracta del amor», leído en Fotogramas. Con un par. Pues Óscar al mejor guion, ni más ni menos. Los que se escandalizan por una mofeta.

Aquellos Óscar que detestamos

REGGIE & TRAVIS, 25/04/2021

Este domingo se celebra la ceremonia de los Óscar más extraña de toda su historia, repartida entre el Dolby Theatre y la Union Station de Los Ángeles. Gracias a que en 2020 la entrega se realizó en febrero, pudimos ver un escenario pre-pandemia con el auditorio rebosante de estrellas, abrazos y besos, caras maquilladas y libres de mascarillas,… Qué lejos quedan aquellos tiempos.

Se entregan hoy los Óscar correspondientes al año 2020, posiblemente el año en el que menos veces he ido a una sala de cine, así que no podré opinar mucho sobre las películas seleccionadas. Apenas he visto Mank, Tenet, El juicio a los 7 de Chicago y Noticias del nuevo mundo, así que se me ha ocurrido con mi amiga y compañera de críticas cinematográficas Reggie pegarle un repaso a películas que obtuvieron un Óscar en otras ediciones y que a alguno de nosotros no nos gustó nada. Y a la inversa, uno de los dos tendrá que defender alguna película vilipendiada por buena parte de la crítica o los aficionados.

REGGIE – Hola, Travis. Vaya año desastroso para el cine. Si te soy sincera, creo que desde marzo del año pasado no he pisado una sala de cine, ¡y yo antes iba todas las semanas! Pero bueno, vamos a lo que nos compete hoy que es despellejar algún título que se llevase algún premio Óscar en su momento y que a nosotros no nos guste nada.

La primera en mi lista es Shakespeare in love (1998) que se llevó siete de las trece (¡trece!!) nominaciones que tenía. Cuando pienso en que una película se lleve tantas nominaciones y tantos premios pienso que aporta algo nuevo o diferente a la industria. ¿Ha revolucionado de alguna manera o ha dejado un estilo diferente Shakespeare in love en la historia del cine? A mi parecer no. Años después me sigue pareciendo lo que al principio: una producción cuidada, una buena recreación histórica (tampoco le vamos a quitar sus méritos), pero una película con falta de sustancia y con unos actores protagonistas que no convencen: Gwyneth es sosita como ella sola y Fiennes parece que sólo tiene “cara deslumbrada” en su baraja de expresiones faciales: deslumbrado enfadado, deslumbrado concentrado, deslumbrado pensativo… pero siempre deslumbrado. Y lo siento, pero la historia me parece aburridísima. También es verdad que el género romántico me aburre por norma general.

TRAVIS.- Y a mí, es un género que me suele provocar ganas de coger un buen libro, pero me reconcilio con el mismo cuando el pastelón no acaba bien. Y Shakespeare in love no tiene final feliz, así que voy a defenderla un poco, aunque me cueste. Son trece nominaciones y siete Óscar porque tiene un reparto tremendo. Me hablas de Gwyneth Paltrow y Joseph Fiennes, pero por ahí andan también Judi Dench, Colin Firth y Geoffrey Rush, actores todos con Óscar, más Imelda Staunton y Ben Affleck con su habitual boca abierta. Se llevó varios Óscar por el reparto, más los normales por el diseño de vestuario y la dirección artística. Ahora bien, me parece uno de esos errores históricos que se llevara los Óscar al mejor guion y a la mejor película, ¡estando Salvar al soldado Ryan o El show de Truman

Y ya que estábamos con el género romántico, un año antes arrasó Titanic, ¡once Óscar, ni más, ni menos! Los mismos que Ben-Hur. Sé que la gente suele ponerla a caldo, pero al margen de la historia maniquea de pobres felices y ricos deprimidos, la película tiene momentos de lo más entretenido, aparte de una recreación del hundimiento espectacular, porque cuando Cameron hace algo a lo grande, lo hace muy bien. Y otra cosa más: cumple mi premisa de ser una peli romántica salvable porque no hay final feliz. Aunque creo que el egoísmo de Rose era el único final posible.

REGGIE.- La verdad es que las múltiples nominaciones y premios de Titanic me enervan muchísimo menos que los de Shakespeare in love. Ya sólo los modelos a escala que se hicieron, el set que se podía inclinar en el agua… todo eso me parece un hito. Por otra parte, la banda sonora es preciosa, después de tantos años se ha quedado un poco manida, pero a mí Celine Dion sigue poniéndome el vello de punta.

¿Sabes con qué película me pasa lo que a ti de que la medio salvo porque no hay final feliz? Con La la land (2016) que también fue súper premiada, aunque, a pesar de la confusión inicial no se llevara el Óscar a la mejor película. Fue una película de la que todo el mundo hablaba, que todo el mundo la alababa y que cuando yo fui a verla me gustó pero salí pensando que menos mal que terminaban los protagonistas cada uno por su lado porque si no hubiera sido un pastelón insoportable. Lo que más me gustó de la película fue la primera escena que es un plano secuencia que te centra completamente en el ritmo de la película pero para mí ese ritmo se volvió demasiado lento en la mitad y hacia el final de la película y se me hizo larga.

TRAVIS.- La la land empieza genial con esa escena y tiene una parte hacia la mitad tirando a aburrida, pero el final me pareció grandioso, esa especie de “What if…?” que deja caer con Ryan Gosling al piano. Pero ese año los votantes de la Academia sí fueron menos conservadores de lo habitual y en lugar de darle el Óscar a La la land, que era lo previsible y la había visto todo el mundo (más de 400 millones de dólares de recaudación), se lo dieron a Moonlight, que no la había visto nadie. Reconozco que yo tampoco la he visto y mira que me la han recomendado, pero han pasado unos años y no me provoca el más mínimo interés.

Por ejemplo, yo eché en falta que otros años la Academia se hubiera atrevido a premiar peliculones de animación de Pixar en lugar de las tradicionales “oscarizables”, como por ejemplo en 2010, que se lo dieron a En tierra hostil, de Kathryn Bigelow, en lugar de a esa maravilla que era Up. También estaban los Inglorious Basterds de Tarantino, que habría sido una elección salvaje y algo contracorriente, pero para mí mil veces mejor. Y en 2011 se lo llevó El discurso del Rey cuando para mí la peli del año era Toy Story 3, una puñetera maravilla. Pero vamos a destrozar alguna que triunfó en su día: ¿no había nada mejor que Slumdog Millionaire en 2009? Estaba El curioso caso de Benjamin Button, que era “muy de Óscar”, o que se lo hubieran dado a Wall-E, ¡hasta a Kung-Fu Panda!, pero Slumdog Millionaire… ¡por favor!

REGGIE – Habría sido grandioso que hubieran premiado a Inglorious Basterds, sabes que soy muy fan de Tarantino, y estoy completamente de acuerdo que en 2011 la peli del año era Toy Story 3. Vi en el cine Slumdog Millionaire, pero no recuerdo nada de ella y nada ha hecho que quiera volver a verla y creo que eso es la peor crítica que puedo hacerle a una peli, en cambio Wall-E es una película que llevo tiempo rumiando que me apetece volver a ver.

A veces pasa que una película marca bastantes de las casillas que debe marcar para que me parezca una gran película y, por lo que sea, no lo hace. Imagino que el arte es así de subjetivo. La película que en mi caso más representa este caso es Birdman (2014): las actuaciones me parecen buenas, un gran despliegue técnico usando un falso plano secuencia continuo, el guion tiene partes muy buenas, humor ácido y una gran crítica al mundo del espectáculo… pues, aun así, a mi esta película no me gusta. Puede que no la haya terminado de entender, que la batería que suena muchas veces de fondo no me guste o que tiene, para mi gusto, demasiados planos demasiado cerca de las caras de los personajes y creo que eso me resulta un poco claustrofóbico. Sea como sea, no me convence. ¿Tú qué opinas sobre ella?

TRAVIS.- ¿Birdman? Me encantó. Le dediqué un post entero en su día, y lo que vine a decir es que apreciaba un montón su propuesta formal, el desarrollo y las actuaciones, y solo podía reprocharle el minuto final. Me alegré de que fuera la peli ganadora ese año. Siendo como era una película sobre el mundo de la interpretación, hay una subtrama que fue de lo que más me gustó y es la referida a la crítica del New York Times, esa mujer sin talento alguno especializada en destrozar los trabajos de todos los creadores que se atreven a hacer algo diferente. La película de Iñárritu es una crítica al propio mundo de la crítica, y creo que los Óscar de Hollywood tienen mucho de eso, de no salirse de la corriente que te marca la propia crítica de hacia dónde deben ir los premios. Ya sabes que los Óscar se consiguen a base de fiestas, promociones, dar la tabarra (y regalos) a los miembros de la Academia para promover tal o cual filme… en suma, invertir dinero para obtener un Óscar que reportará más dinero. That’s Hollywood, that’s America!

En ocasiones esa “corriente” establecida de que hay que votar a una u otra película lleva a que resulten premiadas cosas que para mí no pasan de ser una agradable película de sobremesa, como Paseando a Miss Daisy. ¿De verdad que esa era la peli del año? Repaso las otras candidatas de ese año, 1990, y puede que no fuera un año excepcional, pero había pelis muy interesantes, prefiero mil veces Nacido el cuatro de julio, El club de los poetas muertos, Abyss, ¡Indiana Jones y la última cruzada!, Cinema Paradiso, hasta prefiero La sirenita y Do the right thing. No creo que Paseando a Miss Daisy fuera ni top-ten de ese año, qué digo año, mes. Y a veces puedo entender que hay intereses políticos o sentimentales en las votaciones, como en otro de los grandes “robos” de la historia: 1977, Rocky (que me encanta, ojo) se lleva el Óscar por delante de Taxi driver.

REGGIE.- Estoy de acuerdo contigo, Paseando a Miss Daisy es una película de sobremesa y los Óscar no suelen salirse de esa “corriente” establecida: La forma del agua, Crash o El discurso del rey, que también la nombrabas antes, son ejemplos de opciones seguras que siguen alimentando esa imagen que quiere proyectar Hollywood.

Como dices, Rocky fue uno de los grandes robos en la historia de los Oscar, pero este año y las circunstancias que estamos viviendo hacen que la historia de Rocky merezca la pena ser recordada y poner en valor a todas esas personas que, como Rocky, a pesar de lo dura que está siendo la realidad, siguen peleando por seguir adelante, poner en valor a los sanitarios que pelean todos los días contra esta pandemia, todos los que han peleado contra la enfermedad y la han superado, las familias que han perdido a un ser querido o a varios, y que pelean por continuar con su vida… Por todos los que pelean y se esfuerzan por salir adelante en esta pandemia, hoy me olvido de Taxi Driver y defiendo a Rocky.

TRAVIS.- ¡Vaya, esa no me la esperaba! A ver cómo salgo de esta, yo, que firmo como Travis… Si lo miramos desde esa perspectiva, tienes toda la razón: Travis Bickle es un veterano curtido en mil batallas, desgastado, tristón y hastiado de la clase política, que se toma la justicia por su mano. Bajo ese punto de vista, para este año concreto, es un mensaje mucho más constructivo el del luchador Rocky Balboa. Y a veces eso es lo que prima en los Óscar, el American dream frente a las pesadillas o las autocríticas feroces, que para eso los estadounidenses son únicos. Sin embargo, este año parece que la gran favorita para los Óscar es Nomadland, que representa precisamente a ese millón de personas que viven como nómadas en Estados Unidos, viviendo con lo justo y vagando sin rumbo por el país.

Pero ya que has mencionado Rocky, te propongo concluir esta charla con esas grandes injusticias de los premios Óscar, y no me refiero a películas concretas, que suelen atender a momentos puntuales o modas, sino a esas grandes estrellas que nunca lograron una estatuilla pese a tener un carrerón inmenso a sus espaldas. Kirk Douglas y Cary Grant, por ejemplo, dos de mis favoritos de siempre. Que no lograran más que Óscar honoríficos al final de sus carreras y tras décadas y décadas de brillantes interpretaciones te demuestran que estos premios tienen más de marketing y venta de un producto que de reconocimiento de la calidad cinematográfica.

REGGIE- Cary Grant es una de esas grandes injusticias de los Óscar, tiene interpretaciones que han marcado la historia del cine, como por ejemplo en Arsénico por compasión y no nombro las de Hitchcock porque soy muy parcial con respecto a ese director. Chaplin, todo un símbolo del cine, Greta Garbo, Lauren Bacall… de los actores más contemporáneos tenemos, por ejemplo, a Bill Murray o a Glenn Close.

TRAVIS.- ¡No, Glenn Close, no, por favor! Aquí tienes a uno de los miembros fundadores de su club de haters. Aunque es muy posible que esta noche se lleve el primero de su carrera, eso parece al menos.

REGGIE.- La verdad es que los Óscar no son objetivos, están politizados y tienen sus propios intereses pero, a pesar de todo, todos los años nos siguen interesando y siguen haciendo que debatamos sobre lo merecidos que han sido ese año los premios o no, y siguen haciendo que el cine sea parte de nuestras conversaciones diarias, así que, justos o no, les tendremos que agradecer que siempre despierten estos divertidos debates. Gracias por el ratito, Travis.

TRAVIS.- Muchas gracias a ti, Reggie, un placer este café virtual. Yo no he visto muchas películas candidatas este año, pero voy a mojarme en las principales categorías en función de lo que he leído y de esa corrección política de la que hablábamos.

Mejor película: Nomadland. Parece la gran favorita en un año en el que los grandes (salvo Fincher y Nolan) no han estrenado. El American nightmare, que es lo que había que contar en este último año de Trump. Ganador: Nomadland.

Mejor director: mi favorito es David Fincher por esa maravilla visual que es Mank, pero por lo que leo, parece que ganará Chloé Zhao, la directora de Nomadland. Cumple además la «cuota» como mujer y por ser de origen chino. No lo digo porque no lo merezca, sino porque Hollywood quiere desprenderse de esas etiquetas de machismo y racismo que le han puesto en los últimos años y Zhao es perfecta para ello. Ganadora: Chloé Zhao.

Mejor actor principal: Chadwick Boseman. Un afroamericano en el año del Black Lives Matter, y un buen actor que ha tenido la desgracia de fallecer este último año. Al igual que ocurriera con Heath Ledger, la muerte ha «incrementado el valor» de su actuación. And the Óscar goes to… ¡Anthony Hopkins! Sorpresa.

Mejor actriz principal: Carey Mulligan. Aunque parece que la favorita es la cargante Frances McDormand y que cerca anda Viola Davis, ambas han ganado el premio con anterioridad, y en Hollywood suelen gustar las actrices inglesas, así que voto por ella, porque además parece una de las pocas posibilidades de que Una joven prometedora no se vaya de vacío. Pues ganó la «intensa» Frances McDormand. ¿Es una de las mejores actrices de la historia? No, ¿verdad? Pues ya tiene tres Óscar (tras Fargo y Tres anuncios en las afueras).

Mejor actor de reparto: Daniel Kaluuya, por Judas y el Mesías negro. No la he visto, pero este actor londinense de familia ugandesa se ha llevado este año todos los premios de actuación en su categoría. A mí me gustó mucho el papel de Sacha Baron Cohen en El juicio a los siete de Chicago, pero parece que no tiene posibilidades. Ganador: Daniel Kaluuya.

Mejor actriz de reparto: Olivia Colman, por El padre. He leído en algunos sitios que ganará Glenn Close, pero no puedo apostar por ella tras haberme declarado odiador profesional de la actriz, y en otros que ganará la coreana Youh You-Jung por Minari, que se ha llevado el Bafta y el premio del Sindicato de Actores. Apuesto por Olivia Colman porque sí, por la simpatía que le tengo tras ver The Crown. Ganadora: Youh You-Jong.

No mucho más, porque tengo poco cine visto en 2020 como para opinar sobre el resto. Ojalá el año que viene sea diferente y podamos volver a la magia de la sala oscura.