Un cuento progremita

LESTER, 06/03/2021

La delegada de Juventud estaba radiante. Aquella soleada mañana de martes convocó a sus compañeros de la concejalía de Cultura, así como al propio concejal, y les presentó el proyecto que la tenía tan ilusionada:

– Buenos días, compañeros y compañeras. Como os adelanté la semana pasada, estamos trabajando para ofrecer una formación en teatro e interpretación para los y las jóvenes de la localidad, que por lo que nos han transmitido otros años, es un tema que interesa a muchos de ellos y ellas. Por esa razón, se nos ocurrió a Gema y a mí que podía ser muy interesante trabajar desde el principio en una obra que fuera conocida por la mayoría de los asistentes a los cursos y ofrecer una representación para sus padres y madres al final del trimestre. Gema, por favor, cuéntales nuestra idea.

– Gracias, Carla. Sí, estamos hablando de chavales y chavalas de entre 12 y 16 años de edad, luego estuvimos pensando en una obra conocida por todo el mundo, pero que se pudiera adaptar a lo que entendemos son unos valores más adecuados al momento actual.

Alberto permanecía impasible, de brazos cruzados, con el aire ausente de siempre. A él le iba más la acción y este tipo de actividades le importaban más bien poco. Ramiro, el concejal, de largo el más veterano de los asistentes a la reunión, se incorporó levemente, apoyó los brazos sobre la mesa y preguntó de manera directa:

– ¿A qué obra pensáis meterle mano?

Gema y Carla se miraron entre ellas. Estaba claro que esperaban una reacción similar, así que se sonrieron y Carla tomó la palabra para responder con el discurso que tenían preparado:

– Antes de que digas nada, Ramiro, antes de que pongas el grito en el cielo, te repito que vamos a adaptar la obra, que vamos a hacer que incluya los valores que queremos transmitir a nuestros jóvenes: solidaridad, resiliencia, tolerancia, generosi…

Ramiro extendió su mano como implorando la respuesta:

– ¿Y esa adaptación es de…?

El Principito -respondieron ambas al unísono.

– ¡No me jodas! ¡El Principito! Con lo que estamos machacando a la monarquía, vamos a montar un show sobre ese chico “tan majo”, hijo de reyes, con derechos sobre…

– No, no, no, en absoluto, por eso queríamos explicártelo. En ningún caso será un príncipe, estamos dándole vueltas al modo de convertirlo en un ciudadano o ciudadana republicana ejemplar.

– ¡El Republicanito! -volvió a la carga Ramiro.

Ramiro era antiguo militante del Partido Comunista, “del de toda la vida”, y llevaba mal los nuevos tiempos de integración en la formación Alpedrete Se Puede, pese a que en el reparto de cargos le había tocado la concejalía de Cultura. Había militado en el PCE de finales de los setenta y principios de los ochenta, “de cuando luchábamos de verdad por la defensa de los trabajadores, en los comités de empresa, montando huelgas, piquetes… y no perdíamos el tiempo en moñadas sobre el lenguaje inclusivo o en discusiones sobre la bandera”. Ese discurso que todos en el ayuntamiento habían escuchado alguna vez estaba a punto de salir de nuevo de su boca.

– No, el Republicanito, no, sonaría ridículo…

– Si además es un tipo alto, rubio, bien formado, ¡un puto nazi! ¡Qué coño un nazi, si es como nuestro Príncipe antes de que fuera Rey!

– Ramiro, no te consiento que llames nazi a un personaje escrito precisamente por alguien que combatía contra los nazis en el frente de África. Si nos dejas, tratamos de explicarte nuestra idea -sugirió Carla.

– El simple hecho de que sea un hombre blanco responde a los estereotipos del heteropatriarcado -continuó Gema-, años y años de obras protagonizadas por hombres blancos y si me apuras heteros, así que el giro consiste precisamente en eso, en convertirlo en una mujer, no necesariamente rubia, no necesariamente alta, no…

– Os recuerdo que la obra es para adolescentes y sus padres, -interrumpió Ramiro-. Por favor, no me pidáis convertirla en mujer cis o trans, o lesbiana, que ya tenemos el escándalo montado.

– Nuestra idea va más por la vía de hacer de ella un personaje racializado.

Ramiro apreciaba los esfuerzos de Carla y Gema, valoraba sobre todo su juventud, entusiasmo y empuje, pero sin embargo las temía por su ausencia total de formación y lo sencillo que resultaba manejarlas, llevarlas por donde la corriente dictara o hacia donde las modas, especialmente las del lenguaje, las dirigieran. Todavía recordaba la que se montó cuando Carla se lió con un “ex-jarrai” e invitó a su grupo de vascos radikales a tocar en las fiestas del pueblo. La oposición pidió su cabeza por unas letras inadmisibles y solo se salvó por el hecho de que la contratación se hizo casi a precio de saldo y dentro de un pack completo en el que se incluían varios grupos de música alternativa de diferentes provincias. “Fue un error. Lo siento, me he equivocado, no volverá a ocurrir. Si esto os sirve en otros casos, espero que valga esta vez”, fue su manera de zanjar el asunto en el pleno municipal.

– ¿”Racializada” significa negra?

– Qué bruto eres, Ramiro -respondió Carla-. Estamos pensando en una joven empoderada de origen magrebí, que sabes que en el pueblo ha crecido mucho la comunidad del norte de África. Además, pensamos que encaja perfectamente porque, te recuerdo, es allí donde se desarrolla el libro original.

Alberto intentó mediar en la situación, sobre todo porque vio que el gesto serio de Ramiro se había distendido. Sin duda alguna, su cerebro empezaba a valorar la idea.

– Ramiro, si te parece, vamos a dejar que nos expliquen el planteamiento. A mí me suena bien, una magrebí en el desierto del Sáhara cuestionando a un europeo repleto de prejuicios, no tiene mala pinta.

– Si te vas al libro original -continuó Carla aprovechando la tregua-, es una crítica al modo de entender el mundo de los mayores. Está el vanidoso, el millonario que no sabía para qué quería acumular tanta falsa riqueza, el rey que exigía obediencia y sumisión, el borracho… Podemos visibilizar muchos temas y llevarlos a nuestro terreno.

Ramiro permanecía en silencio. En el equipo de gobierno del ayuntamiento valoraban su capacidad e integridad, así como su visión realista de la situación, pero quizás por la edad, por esa negatividad o desencanto que mostraba, y sobre todo por esos prontos ocasionales, se había ganado a pulso fama de cascarrabias. Seguramente su cabeza estaba imaginando la representación que le proponían las dos jóvenes. El libro original de Saint-Exupéry le había parecido siempre una gilipollez supina, un cuento mucho más infantil e infinitamente menos profundo de lo que sus seguidores pretenden, pero era consciente de que no lograba que su afición a Gramsci o Gorki calara en los jóvenes que le acompañaban en el partido. “El comunismo es mucho más que ponerse un mechón morado y un candado en la nariz, es rebeldía intelectual frente a un sistema individualista e insolidario”, solía decir. A sus propuestas culturales de los últimos tiempos, los ciclos sobre Bertolucci y Eisenstein, no había asistido nadie, ni siquiera sus “camaradas” más cercanos. Por el contrario, Carla conectaba bien con la gente más joven del pueblo. Sus propuestas resultaban ciertamente banales a Ramiro, muy simplonas, pero tenía que reconocer que lograban el seguimiento de la gente, la asistencia de jóvenes y mayores, y de paso conseguía lo que llamaba “llevarlos a nuestro terreno”. En otras palabras: adoctrinar, dejar el mensaje progresista en cualquier manifestación artística o cultural, por intrascendente que pudiera parecer a priori.

– Ahora tenemos una reunión del equipo de gobierno y os tengo que dejar -dijo Ramiro cuando salió de su meditación- , pero os diré lo que vamos a hacer. El lunes me traéis el guion completo de lo que pretendéis representar y yo os lo apruebo o no. Os lo diré en la misma mañana.

– Pero, Ramiro, eso es censura, no puedes cortar nuestra libertad de… -respondió Gema.

– Claro que puedo, ya lo creo que puedo. No todo vale y no quiero sorpresas, ¿entendido?

A la semana siguiente, las dos jóvenes presentaron su proyecto a Alberto y a Ramiro. El guion tenía poco más de treinta páginas encuadernadas con el título La princesa del desierto. A Ramiro le gustó, “tengo que reconocerlo, no suena monárquico, sino poético y nos pone inmediatamente en contexto”. Hicieron una lectura acelerada de los principales aspectos del cuento. El viaje entre planetas de El Principito se había convertido en un deambular de la joven magrebí en patera entre islas occidentales que le denegaban la entrada con argumentos peregrinos.

– Reconozco mi sorpresa, esto suena interesante, abre bastantes posibilidades.

– Hemos trabajado intensamente en el libro -respondió Carla henchida de orgullo-, llevamos varias semanas leyendo y releyendo el maravilloso relato y…

– Vamos a ver, no os vengáis arriba, que se lee en cuarenta minutos, que no es Bakunin precisamente.

– ¿Vaqué? Mira, Ramiro, hemos trabajado mucho en el proyecto, reconoce que para una representación infantil y juvenil es una obra perfecta que nos permite dejar ciertos de mensajes a los y las jóvenes del pueblo.

– Recuerda que casi todos los capítulos de El Principito -continuó Gema-, terminaban con “Las personas mayores son decididamente muy, muy extrañas”. Espero que te parezca bien nuestra idea, pero queremos cambiar “las personas mayores” por “los europeos”.

– El hombre de negocios millonario no tiene tiempo para atender a la joven de la patera porque tiene que contar su fortuna, que amasa y protege con esmero. El borracho que se avergüenza del tipo de vida que lleva representa el modo de mirar hacia otro lado de Europa. El rey solo anhela nuevos súbditos que incorporar a su reino. Al hombre del farol se le va la vida en sus obligaciones absurdas, sin sentido, y no tiene tiempo precisamente para aprovechar el tiempo. Vamos a cambiar el farol por algo diferente, todavía no sabemos qué, si un móvil o Netflix, pero algo que represente esta sociedad capitalista deshumanizada.

Ramiro cerró el guion sin esperar a la última página. El ceño fruncido que caracterizaba su gesto se había relajado. Esbozó lo más parecido a una sonrisa que era capaz de hacer y dijo:

– Adelante, tenéis mi aprobación. Buen trabajo.

Las dos jóvenes saltaron eufóricas de sus asientos y se abrazaron. Gema recibió el abrazo y un morreo de Alberto, con el que estaba liada, como todos sabían en el ayuntamiento, y Carla se acercó a Ramiro para propinarle un fuerte beso y un achuchón. Sus senos se apretaron contra el cuerpo de Ramiro, que no hizo nada por apartarse. No en vano, había visto esas “domingas” en múltiples manifestaciones de la joven, cuando las mostraba en reivindicaciones de las que siempre había dicho entre sus más cercanos: “no sé si es una protesta de alto contenido intelectual, pero desde luego Carla tiene unas tetas espectaculares”.

Al final del trimestre se representó La princesa del desierto. El centro cultural estaba lleno. Unas doscientas personas abarrotaban la sala y otras veinte o treinta ocupaban los pasillos o permanecían de pie. El colectivo magrebí del pueblo había acudido en masa, no en vano una de las suyas interpretaba la obra. También estaban los vecinos de toda la vida, el ala más conservadora, que además había acudido con padres, hermanos y abuelos.

Con lo que Ramiro no contaba era con los cambios que tras los ensayos se habían incorporado al guion. Carla y Gema encargaron la adaptación teatral a un tipo que les habían recomendado del comité central del partido, uno de esos sujetos “con ideas propias y espíritu transgresor”, como decía en su propio perfil en redes sociales. Ramiro tampoco había previsto dos elementos que no supervisó en su día, puesto que fueron incorporados después: la música y los dibujos. Para la música se escogió un grupo marroquí tradicional que cantaba en árabe. Carla y Gema no sabían ni lo que decía, pero les sonaba bien. Lo que ocurrió fue que el sonido del árabe, con sus jotas, erres fuertes y haches aspiradas, sonaba un tanto brusco por los altavoces y los más pequeños de la localidad comenzaron a reírse. Los marroquíes y argelinos que habían acudido a la representación consideraron aquello una falta de respeto y pidieron silencio de manera un tanto brusca, lo que no sentó bien a algunos familiares de los niños que se habían carcajeado. El ambiente se tensó aún más cuando uno de los versos de la canción, que mencionaba al profeta, se mezcló con las risas de un grupo de niños pequeños que estaban jugueteando por las butacas. Gritos de “respeto”, contestaciones airadas y numerosos “chsssst” entre el patio de butacas.

Salió rápidamente al escenario “la princesa del desierto”, el público apaciguó sus ánimos y cesaron los gritos cruzados entre ambos lados. Una niña con chilaba y el hiyab tradicional musulmán comenzó a hacer preguntas al narrador de la historia, el aviador que se había perdido en el desierto. La representación transcurría de manera aparentemente fluida, si bien, cada vez que la niña pronunciaba la frase “los europeos son decididamente gente muy extraña”, se oía algún “joder” en el público. Ramiro vio entre los espectadores a algunos de los vecinos de toda la vida, “Pilar, la de la tienda de chuches, Emilio, el del banco, Adriana, la de la farmacia, Antonio, ese facha nostálgico”. Antonio estaba sentado pocas filas delante de Ramiro, que le veía murmurar con su mujer y revolverse incómodo en el asiento. “Joder con el adoctrinamiento”, se oyó en alto una de las veces.

El segundo elemento que no había controlado Ramiro era la representación de los dibujos, una de las señas de identidad de la obra original de Saint-Exupéry. Para La princesa del desierto los dibujos se proyectaban sobre el fondo blanco del escenario. Carla y Gema escogieron a un amigo de un amigo que tenía un conocido con facilidad para los trazos. Talento poco, pero tenía la habilidad suficiente como para que se entendieran sus dibujos. Y entre él y el director decidieron incorporar cambios como que el rey que exigía pleitesía no era un rey, sino un obispo, y en la pared aparecía un dibujo de una cruz. El obispo resultaba antipático, autoritario, casi inquisitorial, y la sombra de la cruz crecía con cada una de sus frases, en contraposición con la media luna que aparecía en el horizonte cada vez que la niña que hacía de princesa hablaba. Una niña que transmitía calma, paz, curiosidad. Antonio y otros vecinos comenzaban a murmurar cada vez más alto.

El director decidió incorporar otro cambio e hizo que otra de las islas-planetas estuviera ocupada por un policía pertrechado con casco, escudo y una porra. El policía recibía de muy malos modos a la niña, blandía la porra, profería gritos para impedir que se acercara a su isla y de una patada apartó la barca. Algunos niños que estaban en el grupo de los magrebíes se asustaron por la violencia que mostraba el policía, pero el escándalo fue mayúsculo cuando en la pared se proyectó una esvástica. “Esto es demasiado”, se oyó en voz alta. Antonio se levantó de la butaca y se marchó con su familia, junto con otras tres o cuatro familias. Entre esas personas estaba Fructuoso, policía municipal de toda la vida, un buenazo al que conocía todo el pueblo y que había acudido a la representación con sus nietos. Mientras salía del teatro, Antonio se cruzó con Ramiro, al que le dijo: “tendrás noticias mías, esto es intolerable”.

Alguno de los padres del colectivo magrebí soltó en voz alta “¡cerrad al salir!”, a lo cual alguno de los que abandonaban el teatro contestó “¡cállate, moro!”. Ramiro empezaba a ponerse nervioso y se sumó a los que pidieron silencio al resto del público. Las controversias no terminaron ahí. Carla y Gema habían decidido sustituir el famoso dibujo de Saint-Exupéry del sombrero que no es tal sombrero, sino una serpiente que devora un elefante.

– Demasiados símbolos fálicos -pronunció Carla en la reunión con el director, mientras preparaban la obra-. Aparte de que es una imagen que puede impresionar a los más pequeños y pequeñas, y crearles un trauma, es evidente que la serpiente tiene una connotación de dominación machista. No olvidéis que una de las formas de denominar al pene en inglés es one-eyed snake. Y en cuanto al elefante y su trompa colgando… demasiado obvio.

Tras una tormenta de ideas entre los tres, en la que se descartó la idea de una babosa o una cochinilla para el elemento femenino que querían incorporar al dibujo, concluyeron con lo que finalmente apareció en pantalla: una ballena buceando en el interior de una copa menstrual. La sorpresa para los padres que presenciaban la obra fue morrocotuda, por mucho que el diálogo de los personajes incorporaba una explicación sobre el papel de las mujeres por un mundo sostenible y su preocupación por el medio ambiente. “¿Eso qué es, Mamá?”, se repitió en varias filas. Se levantaron otras tres o cuatro familias de las primeras butacas, algunas con niños muy pequeños que no entendían nada de lo que estaba ocurriendo, críos que no paraban de preguntar por todas esas cosas raras que estaban viendo sobre el escenario, “¿qué es una copa mistral, Papá? ¿Y un tampax?”. Hacia la mitad de la obra apenas quedaba la mitad de los espectadores, familiares y amigos de la protagonista, varios colegas de Carla, Gema y del grupo municipal, y algunos pocos vecinos más que permanecían con sus hijos.

El lío definitivo se montó tras la otra decisión que tomó el trío de cambiar el dibujo original del cordero encerrado en una caja.

– ¡Eso es terrorismo contra los animales! Además del zorro y las gallinas, evidente parábola de un machista irredento a la caza de mujeres.

La representación comenzó con la imagen de la caja. La niña habló de que los animales debían ser libres y vivir en la naturaleza a su aire, porque eran nuestros hermanos. Cuando el aviador le respondió que los animales también servían para alimentarnos, la princesa del desierto comenzó a llorar y soltó un discurso sobre el terrorismo carnívoro y el daño medioambiental que el consumo de carne supone al planeta.

– ¡Matar a un corderito es una salvajada!

En ese momento todas las filas de espectadores marroquíes, argelinos, mauritanos o de donde fueran se levantaron de los asientos y comenzaron a gritar airadamente.

– ¡Es la fiesta grande del Islam!

– ¡Aid Al Adha, la Fiesta del Sacrificio! ¡Respetad nuestra cultura!

El padre de la niña que protagonizaba la obra subió al escenario, cogió en brazos a su hija y le dijo en árabe algo que no hacía falta entender. “¡Es nuestra tradición! ¡No estamos dispuestos a que nos insulten de esta manera!”, prorrumpió dirigiéndose al escaso público que permanecía. Los pocos espectadores que quedaban trataron de poner paz y tranquilizar a las familias, Carla subió al escenario para tratar de hablar sobre el valor de la tolerancia en el relato y en nuestras vidas, pero nadie la escuchaba porque el griterío del patio de butacas era ensordecedor. Ramiro ni siquiera trató de mediar en la situación. Estaba muy mayor para estas cosas. Se quedó en su butaca observando la situación, las protestas de las familias, los llantos de Carla y Gema, las risas del director y sus colegas, y las caras de pánico de los pocos niños que quedaban en el teatro.

Al día siguiente, el vídeo que alguno de los vecinos había grabado se hizo viral: la esvástica y el policía, el obispo cabrón y la cruz, las protestas de los vecinos,… Varios medios de comunicación acudieron a la localidad y comenzaron a publicar cifras que todos los habitantes desconocían: porcentaje de inmigrantes sobre el total, incremento de la inseguridad, estadísticas sobre robos con violencia, ataques a comercios, pintadas racistas,… Mucho ruido, tanto, que el alcalde convocó una rueda de prensa en el propio ayuntamiento para leer una declaración institucional de apoyo a las familias y de respeto a la policía local. A continuación, Ramiro tomó la palabra:

– Lo siento otra vez. Me he equivocado de nuevo. No volverá a ocurrir. Y no volverá a ocurrir porque presento mi dimisión irrevocable.

Apenas le quedaban dos años para jubilarse. Algo haría con su vida, pero desde luego sería lejos de los focos de este mundo que cada día entendía menos.

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El Torneo de Navidad

La mítica foto de Fernando Laura en el momento en que Sabonis destroza el tablero de la Ciudad Deportiva del Real Madrid

BARNEY, 25/12/2020

Cada uno asocia las navidades a una serie de planes, personas con las que se reúne, tradiciones o acontecimientos. Habrá quien lo asocie a ver belenes, ir a la Plaza Mayor, recibir en casa a los abuelos, tragarse el espectáculo de Cortylandia con los niños, la cabalgata de Reyes, el especial de Martes y Trece o los cenorrios y comilonas como si no hubiera un mañana. En mi caso lo asociaba también al famoso Torneo de Navidad del Real Madrid de baloncesto. Un torneo que se estuvo celebrando desde 1966 hasta 2006, con una serie de ediciones espectaculares en los ochenta y una lenta decadencia desde la segunda mitad de los noventa hasta su desaparicion definitiva en 2006, cuando ni siquiera se disputó en las fechas navideñas, sino como un torneo de pretemporada en septiembre a partido único.

Los años buenos para mí, los que veía en casa todas las navidades, fueron los ochenta. El torneo se jugaba en tres días y participaban cuatro equipos bajo el formato de liguilla, todos contra todos. Lo normal era que se jugara del 23 al 25 de diciembre, o del 24 al 26 de diciembre a media tarde, así que, mientras en casa nuestra abnegada madre preparaba la cena para toda la tropa, nosotros veíamos los partidos del Real Madrid contra quien tocara ese día: un combinado exótico americano llamado Marlboro All Stars o New York All Stars, la selección de Brasil o Cuba, o las potentísimas (y ya extintas) Unión Soviética y Yugoslavia.

Era una gozada ver esos partidos porque participaban equipos a los que no se podía ver habitualmente, como las selecciones mencionadas o los equipos creados para la ocasión con aroma de Globetrotters (aún recuerdo los Cheiw All Atars) y porque al ser un torneo amistoso se jugaba sin la presión del marcador, solo por ofrecer un buen espectáculo de baloncesto justo antes de la cena de Nochebuena. En 2016 la web Endesa Basket Lover publicó tres artículos sobre el mítico torneo titulados Navidades Blancas y me han servido para leer a gente que sentía lo mismo que nosotros ante esos partidos:

Comentaba el periodista Fernando Ruiz hace unos días en su cuenta de Twitter, “Parecerá una tontería. Pero para mí estas fechas son diferentes desde que desapareció el Torneo de Navidad del Real Madrid”. 

Aquellos partidos servían para descubrir jugadores que podían terminar recalando en el Madrid, como Petrovic, Sabonis o Bodiroga, o los que nunca llegaron como Óscar Schmidt o Toni Kukoc, o para ver un modo diferente de entender el baloncesto, como cuando llegó la Universidad de North Carolina con sus cambios múltiples de cuatro o cinco jugadores, algo impensable en el baloncesto europeo de entonces, donde el quinteto titular apenas era sustituido para descansar unos minutos.

El Torneo fue una idea de Raimundo Saporta, directivo histórico del Real Madrid desde 1952, y tuvo el nombre de su creador, Torneo de Navidad – Trofeo Raimundo Saporta, hasta que se le añadió Memorial Fernando Martín en 1989, cuando sucedió la terrible desgracia del fallecimiento del pívot. Aquella tristísima edición contó con un cartel de lujo: la Jugoplastika de Split, el Aris de Salónica, el Maccabi de Tel Aviv y el Real Madrid, una pequeña Copa de Europa con los mejores equipos del continente. Por desgracia, las fechas, los calendarios cada vez más apretados y la mayor profesionalización del deporte fueron relegando este torneo hasta su desaparición.

Por todo lo dicho, cuando La Galerna convocó recientemente un Certamen de relatos “navideños y madridistas” no fui capaz de pensar en algo distinto a este torneo y a la imagen que todos los aficionados al baloncesto de mi generación recordamos: la rotura de tablero de Sabonis. 26 de diciembre de 1984. Aquella selección de la Unión Soviética era una salvajada: Sabonis, Iovaisha, Homicius, Kurtinaitis, Valters, Tarakanov, Tkachenko… Ganó el Preolímpico a nuestra selección por más de treinta puntos de ventaja, pero el boicot soviético a los Juegos de Los Ángeles nos privó del que hubiera sido uno de los partidos más recordados de la historia: el que les habría enfrentado frente al combinado USA de Michael Jordan, Pat Ewing, Chris Mullin y Sam Perkins.

Mi relato no ha resultado ganador, pero sí uno de los finalistas seleccionados para su publicación. Recomiendo leer el relato vencedor, El póster de Zamora, de Mari Carmen Alarcón, sobre el ritual de volver unidos padre e hijo a los estadios de fútbol tras otra época convulsa de nuestra historia. Podéis encontrar mi relato directamente en la web, en este enlace bajo el título de Lituriaga, o aquí mismo, junto a otra de mis tradiciones de cada Navidad: las palmeras de chocolate de La Mallorquina, en pleno centro de Madrid.

No es un relato sobre baloncesto, sino sobre los nietos y su abuelo, y las tradiciones navideñas. Aquí os lo dejo:

  • Vale, entonces quédate aquí, Fer, pero no te muevas, por favor, no vayas a hacerme una de tus trastadas, ¿eh?

Aquellas palabras las pronunció mi abuelo con su firmeza habitual, severo, pero no exento de cariño. Que me quedara quieto frente al escaparate de aquella tienda de televisores de la que era imposible separarme mientras él se iba a comprar unas palmeras de chocolate a La Mallorquina con mi hermano pequeño Juan. Juanito para mi Abuelo, como ese futbolista que tanto le gustaba. Aquellas palmeras suponían el mejor final posible al paseo que dábamos todos los años con mi abuelo por el centro de Madrid, un paseo que Juan y yo esperábamos con ilusión y que comenzaba con el viaje en Metro.

– ¡Veinte mil leguas de viajes de subterráneo!

Así anunciaba siempre mi abuelo la llegada del Metro, con ese aire aventurero que casi nos trasladaba a una novela de Julio Verne, “y ahora, ¡viaje al centro de la plaza!”. Recuerdo muchas de las frases de mi abuelo con precisión, hasta viendo su cara y sus gestos, con la precisión con la que grabas las cosas en la memoria cuando tienes nueve años. Salíamos del Metro corriendo, cogíamos una de las octavillas que nos ofrecían, hacíamos una pelota y nos íbamos raudos a la papelera más cercana:

– ¡Canasta de Fernando Martín!

Mi hermano me imitaba como en casi todo y lanzó su bola de papel con alguno de los nombres que le sonaban ahora que empezaba a leer y a ser capaz de identificar esas letras que veía en las espaldas de los jugadores:

– ¡Lanza Lituriaga…!

Pero Lituriaga falló, así que yo cogí el rebote, me giré sobre mis pies y…

– ¡Fernando Martín machaca la canasta rival!

Juanito empezó a protestar cuando mi abuelo, siempre el abuelo presto al rescate para calmar su incipiente rabieta, le dio otra octavilla de papel convertida en improvisada pelota de baloncesto:

– Toma, Juanito, demuéstrale lo que sabes hacer.

Del Metro nos dirigíamos a la Plaza Mayor, veíamos algunos belenes, la iluminación, entregábamos la carta a los Reyes Magos y nos divertíamos con los disfraces de la gente que nos ofrecía globos. El pequeño Juan y yo estábamos fascinados, aquel momento era la Navidad, representaba la Navidad con mayúsculas y con todas las letras. Porque la Navidad solo comenzaba cuando el abuelo venía a casa a pasar esos días con nosotros. Le recuerdo con su abrigo negro, ese abrigo al que nos agarrábamos para no caernos en el vagón del Metro, y con un sombrero que le daba un aire de actor de Hollywood de los cincuenta.

No sé quién disfrutaba más en aquellas tardes del frío diciembre madrileño, si él o nosotros. “Huy, frío, frío es lo que tenemos en Burgos, ¡o en Siberia!”. Mi abuelo tenía muchas virtudes y entre ellas recuerdo cómo era capaz de contarnos cada año alguna anécdota nueva de los belenes que nos llevaba a visitar, pequeñas historias o chascarrillos que escuchábamos con atención y con los ojos aún más abiertos que los oídos. Siempre nos compraba una figura en alguno de los puestos para llevar al belén de casa, una figura por la que casi siempre discutíamos Juan y yo, prefiero la pastorcita, no, que tú elegiste el año pasado, quiero esa oveja, o mejor un paje… Mi abuelo zanjaba siempre la discusión con un argumento que nos convencía o al menos tranquilizaba a ambos.

Tras el paseo y según empezábamos a quejarnos del frío, volvíamos hacia el Metro para regresar a casa a tiempo para la cena, no sin antes pasar por La Mallorquina para saborear una suculenta palmera o una napolitana de chocolate. Pero aquella tarde yo me quedé delante de un escaparate repleto de televisiones en las que se podía ver el final de un partido de baloncesto del Torneo de Navidad del Real Madrid. El abuelo quiso que le acompañara a por la palmera, pero enseguida entendió que no iba a lograr moverme de allí hasta que acabara el partido, así que optó por las palabras con las que comencé este relato.

A los pocos minutos regresaron ambos con las palmeras, la mía sujeta en una servilleta por donde la agarré sin apartar los ojos de la pantalla.

– ¿Cuánto queda? -me preguntó algo nervioso por la hora de llegada a casa.

– Solo tres minutos, no queda nada.

– ¡Tres minutos! Eso es un mundo en el baloncesto, pueden quedar tres días todavía -respondió con una media sonrisa.

Mi hermano empezó a leer el marcador con esa manera de leer de principiante y su característica dificultad para pronunciar la erre fuerte:

– Real Madrid, u, ere, ese, ese. ¿Quiénes son esos, abuelo?

– Los rusos -me adelanté a contestar.

– ¿La ere es de “Rusos”, abuelo?

– Por supuesto que sí -contestó este con euforia-. ¡Unión de Rusos… con Súper Salto!

El pequeño Juan alucinaba y yo miré al abuelo, que me guiñó un ojo de modo cómplice.

– Abuelo -le pregunté, con esa insistencia en desgastar su nombre de tanto usarlo-, ¿sabes que este año si metes canasta desde esa línea del suelo vale tres puntos?

– Por supuesto que sí, ¿y a que tú no sabes que si la metes desde tu campo vale cuatro?

– ¿En serio?

– Claro, por eso al final de los partidos siempre tiran desde muy lejos.

El partido había estado igualado, pero en esos últimos minutos los rusos que no eran rusos se habían escapado a catorce puntos.

– Abuelo, ¿sabes que los rusos tienen a un tío de dos metros veinte?

– Qué tío, a saber qué le daban de comer en casa. ¿Cómo se llama, Grandovski, Gigantov o algo así, no?

– ¡Tachenko! -dijo Juan, que me había escuchado muchas veces en casa.

– No, Tachenko es otro. Este año tienen a un chico joven que se llama Sabonis, que lleva veintidós puntos. Dicen que es buenísimo, que se lo quieren llevar a la NBA.

– ¡Los americanos!

Aunque mi abuelo no sabía mucho de baloncesto, se quedaba con lo que yo le contaba y pronunció “los americanos” con ese tono berlanguiano que imprimía a muchas de sus expresiones, “Siberia, Di Stéfano, ¡los americanos!”.

En los monitores vimos una canasta de Wayne Robinson tras una buena circulación entre Corbalán y Martín. Vamos, dije, mientras soñaba con una remontada épica tirando de cuatro puntos. En la jugada siguiente, el ruso alto que no era ruso, pero sí muy alto, recibió de espaldas, se giró y la clavó hacia abajo con fuerza. De repente el tablero cambió de color, se oscureció. Al principio pensé que era un reflejo de la luz, pero cuando acercaron la cámara desde atrás pudimos ver que lo había destrozado, que estaba hecho añicos.

– ¡Se lo ha cargado, Abuelo, se lo ha cargado!

Repitieron la jugada varias veces. Sabonis se daba la vuelta y atacaba con virulencia el aro, mientras del Corral intentaba taponarlo, pero desistía de la locura de jugarse el brazo en el último instante.

– ¿Y ahora qué va a pasar, Abuelo? ¿Cómo termina el partido?

– Ahora se lo llevarán detenido, para que lo pague.

– ¿De verdad?

– Claro, ¿qué pasaría si tú rompieras este escaparate? Pues lo mismo.

Quiso la casualidad que en ese momento un coche de policía pasara por la calle Mayor con la sirena puesta.

– ¿Ves? Ya van a por él al Palacio de los Deportes.

Aquello me dejó impactado, en un estado de shock que mantuve mientras volvíamos a casa. Juan tenía restos de chocolate en la comisura de los labios y mientras, yo seguía preguntando al Abuelo por lo sucedido, por qué no terminan los dos minutos de partido que quedaban, ¿no hay tableros de repuesto?, en mi cole hay tableros así, por qué no van a cogerlos… No callaba.

– Me da pena lo de Sabonis, Abuelo, ¿no podía ficharlo el Madrid para que no lo detengan?

– Si es de los buenos, como dices, terminará jugando en el Madrid. ¡Y con los americanos también!

– Abuelo, ¿y crees que Fernando Martín también acabará jugando en la NBA?

– Seguro, es tu favorito, ¿no?, ese que dices que es tan bueno. Pues si es tan bueno, Fer, seguro que sí. Además, se llama como tú y como yo, y con ese nombre nada puede frenarte en la vida.

Pueblo Nuevo, Ciudad Lineal, Suanzes… Ya estábamos cerca de nuestra parada.

– Fer, ¿te gustaría ir el año que viene al Torneo de Navidad? Yo te llevo.

Mis ojos se abrieron como nunca en mi vida lo habían hecho, aquello era un sueño, el mejor regalo que jamás podría recibir. Porque todo lo que decía mi abuelo se cumplía, pero por desgracia, no todo lo que me dijo mi abuelo aquella tarde sucedió.

El oso gris (II)

LESTER, 12/09/2020

(Primera parte de El oso gris)

Todo era accesible con el mando de la enorme pantalla o con el móvil, y aunque llegó a examinar el “género” con la misma frialdad con la que hacía un pedido al supermercado, encargaba un libro o la lavandería, al final no llegó a contratar los servicios de ninguna prostituta. No fue una decisión moral, “en el fondo son vecinas que necesitan el dinero para que no las echen del piso”, sino el hecho de pensar que una vez que la chica se marchara, el oso gris se iba a colar para darle un abrazo.

La RBS (Renta Básica de Subsistencia) que percibía una buena parte de los habitantes se había incrementado de manera considerable en los últimos dos años, puesto que casi todos los ciudadanos mayores de sesenta años habían fallecido en los primeros meses de expansión caótica del virus y el gasto por pensiones se pudo utilizar para ayudar a la gente con penurias. Aun así la RBS no era suficiente para pagar una vivienda segura y cada mes crecía el número de personas que se ofrecían para prestar todo tipo de servicios a domicilio. Con poco éxito, pues la desconfianza se había apoderado de la sociedad y no era sencillo que se abriera la puerta de una casa a un desconocido.

“Prueba con Yangerls”, le propuso Jaime con su vehemencia habitual. Jaime era uno de los pocos contactos del trabajo con los que ocasionalmente cruzaba unas palabras al margen de lo estrictamente profesional. Era una página de chicas jóvenes, “young girls”, con las que podía mantener conversaciones intrascendentes sobre temas banales. Resultaba divertido al principio porque casi todas las que conoció estaban cortadas por el mismo patrón: alegres, de risa fácil y tontorrona, con ganas de salir del aburrimiento extremo de su encierro. Pero en lugar de terminar conversando sobre temas que a Raúl le podían interesar, siempre acababan con el tonteo y los juegos de excitación sexual. Y de vez en cuando le apetecía ese “mi momento de introspección”, decía, o “de amor propio”, como le replicaba Jaime, pero a las pocas semanas vio que tampoco era eso lo que buscaba.

De la manera más simple se dio cuenta de que tenía que dar un paso y abrir la puerta a alguien, daba igual quién fuera. Fue una noche que salió a echar la basura unos minutos después de la hora señalada en su turno. Cada apartamento de los veinticuatro que había por planta tenía una hora establecida para depositar los residuos en el pequeño cuarto con un triturador que había al final del largo pasillo. Raúl se dirigió allí seguro de no tropezarse con nadie, como en los meses y meses ¡y meses! previos, pero para su sorpresa se encontró a una mujer que salía del mismo. Era una chica de treintaypocos años, con el pelo rizado recogido en una coleta. No era especialmente agraciada, pero tampoco fea, vestía con una camiseta vieja y un pantalón corto, y al encontrarse con Raúl de frente se asustó.

– ¿Qué hace usted aquí? -gritó con una voz que fue subiendo de tono.- ¡Este es mi turno, aléjese! ¡Aléjese de mí, insensato!

– Disculpe -dijo Raúl.- Pensé que no habría nadie… yo… ya me marcho.

– ¡No se me acerque!

Pese a que en ningún momento la distancia fue inferior a dos metros, la joven estaba aterrorizada. El pánico se había adueñado de ella, dio un rodeo para esquivar a Raúl y se marchó corriendo y gritando a su apartamento. “Lo siento”, fue todo lo que alcanzó a decir Raúl en voz baja. Volvió a su casa visiblemente contrariado y se quedó pensando en lo que acababa de ocurrir. El olor de la joven se le había quedado impregnado en las fosas nasales. O puede que ese olor no fuera cierto, sino solo su imaginación, la misma imaginación que le llevó a pensar en cuánto le habría gustado ponerle la mano en el hombro. Y tocarla. Y luego acariciarle la cara. Y soltarle la coleta, y abrazarla y que ella le hubiera correspondido a cada gesto de cariño con otro. Se imaginó desnudándola y tomándola allí mismo en aquel pequeño cuarto tan exento de morbo. En ese momento fue cuando sintió la necesidad de contactar con una de las Yangerls. “Mañana a las nueve estoy allí, guapo”, contestó Jessica.

Pasó aquel día bastante nervioso. Las noticias del exterior eran desesperanzadoras. Seguía sin encontrarse la cura y las peores expectativas hablaban de una década para volver a lo que era la normalidad de principios de siglo. La reorganización de los sistemas de producción y la propiedad de todos los activos inmobiliarios habían caído en manos de empresas chinas, que además controlaban todos los sistemas de videovigilancia de las ciudades y del interior de los complejos urbanísticos como Arcadia. En las ciudades antiguas solo vivía el personal productivo de las fábricas y de los sectores de la alimentación, el mantenimiento y el transporte, inmigrantes en su mayoría. Eran los únicos que se atrevían a traer hijos a esta sociedad que carecía de un futuro claro.

– Son como conejos -decía Jaime. Sus opiniones se radicalizaban a medida que transcurría el encierro-. He escuchado que acuden a centros de manipulación genética y fuerzan los partos múltiples. Tres, cuatro, cinco niños de golpe. Cada familia de africanos o de sudamericanos tiene entre ocho y diez niños. ¿Te acuerdas de esos documentales de tortugas que tenían miles de crías de golpe? Pues recuerda que lo hacían porque la mayoría moría antes de las veinticuatro horas. A eso juegan estos salvajes.

La letalidad del virus en las grandes ciudades hacía que algo más de un tercio de los niños muriera antes de cumplir los dos años. Ante un panorama tan desolador, el propio Raúl se había convencido de que jamás traería un niño a este mundo, pese a que durante mucho tiempo esa fue una esperanza que compartía con Valeria. “Tendremos cuatro niños. No, mejor cinco, seis, ¡ocho! Los que me pidas. Los quiero con tu cara, con tu sonrisa,…”, recuerda que le dijo apoyado en su pecho.

Quedaba menos de una hora para que llegara Jessica, así que preparó una mesa para dos con algo de comida ligera y puso un vino blanco a enfriar. El sitio no daba para grandes lujos, pero preparó la mesa lo mejor que pudo y eligió el lago de Sankt Wolfgang como paisaje de fondo. No sabía cómo comportarse en estos casos, así que tiró por lo que recordaba como parte del ritual de cortejo y seducción. Llamaron al timbre. Se le aceleró el pulso. La cámara del exterior dio el “OK” a la prueba del iris. Suspiró y abrió la puerta.

– Hola, Jessica.

– Hola -era pelirroja, atractiva, seguramente no llegaba a veinticinco años-. Si no te importa me voy a dar una ducha primero. Para tu tranquilidad, sobre todo. Vengo del área E y aunque no debería haber problemas, siempre lo hago. Si no te importa, claro.

– Por supuesto que no -dijo Raúl.

Una mujer… No podía controlar el grado de excitación, aunque apenas hubiera cruzado dos frases con ella. Estuvo a punto de entrar al baño, pero pudo contenerse y se sentó a esperarla mientras descorchaba la botella de vino. Tras cinco minutos finalizó la ducha y el secado de desinfección, y Jessica salió del baño con un camisón casi transparente.

– Disculpa, no me apetece cenar nada -dijo Jessica sin cambiar de gesto-. Yo he venido solo a echar un polvo.

“No pasa nada”, respondió Raúl, pero claro que pasaba. El polvo fue magnífico y la pelirroja tenía un cuerpazo estupendo, pero tanto “no, en los labios no”, “es que prefiero que no haya besos”, “mejor así”,… tanta impersonalidad molestaba más que lo que le agradaba su olor. Apenas habían pasado cinco minutos del acto cuando Jessica le apartó el brazo, se levantó de la cama y comenzó a vestirse.

– ¿Qué haces, ya te vas? Pensé que te quedarías toda la noche.

– ¿Toda la noche? No, ni lo sueñes. Esto es como la coca o contratar la línea del móvil: el primer servicio es gratis, pero una vez que te enganches hay que pagar.

Raúl la miraba incrédulo.

– Además he quedado dentro de treinta minutos en otro bloque. Es un “amigo” habitual. Pero tú ya sabes cómo localizarme, así que… tú mismo. No me mires así, tengo una hija pequeña y… necesito algo de apoyo. Por trescientos me quedo una noche completa, pero de verdad que hoy ya no voy a poder.

Raúl se quedó muy tocado durante unos días, pero el viernes siguiente estaba de nuevo con Jessica. Y el sábado. Y así hasta cuatro semanas seguidas sin importarle la tarifa. Pero la satisfacción fisiológica le duraba mucho menos que el vacío emocional que le quedaba al marcharse. Un domingo, a la media hora de que “huyera” tras una noche completa, Raúl sintió el abrazo del oso gris y fue incapaz de despegarse del sofá durante cuarenta y ocho horas seguidas tras las cuales se juró no volver a llamarla, ni volver a acudir a Yangerls.

Frecuentó otras páginas de contactos en las que la conversación de cierto interés primaba sobre la superficialidad o las citas rápidas. En Matchco no había interés por contactar en el mundo real con esa gente interesante que se ocultaba tras un avatar digital que alteraba incluso la voz de las personas. El anonimato virtual era la mayor virtud de la web. Analizaba la vida del avatar que uno se creaba y le buscaba compañía en base a sus gustos.

– ¿Has oído lo que le pasó a Fran? -le preguntó Jaime cuando le contó que estaba entretenido conversando con gente un tanto excéntrica en esas páginas-. Pues que se enamoró de una de esas chicas tan intelectuales, taaaan atractivas en su coco y al final la convenció para quedar un día en su piso. La chica no quería, estaba reticente, por lo visto, pero al final quedaron. Pues… pareja no, pero desde entonces tiene un amigo estupendo para ver pelis antiguas y partidos de cuando existía la Champions.

Raúl no daba mucha credibilidad a la historia, pero se sonrió. Tenía la sospecha de que detrás de algunos de esos perfiles digitales operaba algún tipo de inteligencia artificial capaz de mantener conversaciones sin que se notara la ausencia de una persona real, un ser humano. Las máquinas podían replicar el humor, pero no era normal encontrar tanta afinidad ni tanta memoria sobre detalles concretos, así que Raúl empezó a contradecir sus palabras de anteriores conversaciones para ver si “la máquina” o el avatar le corregía. Cuando veía que estos perfiles repetían sus palabras de semanas anteriores con demasiada precisión sabía que se encontraba ante una máquina. Y volvía a embargarle la tristeza.

“Solo quiero que me abraces toda la noche”. Leyó la frase casualmente en un perfil de Matchco y pensó que la droga de la que hablaba Jessica era potente. Contactó con su autora. O autor. Sin necesidad de más conversación. Resultó ser una joven menuda que le dejó las cosas claras desde el principio: “Nada de sexo, solo quiero que me abraces toda la noche”. Y eso hicieron. Raúl se pasó toda la noche despierto abrazado al cuerpo de la joven. Sintió una erección al principio, “lo siento”, pero fue capaz de apretar su cuerpo contra el de ella. Con cariño, con cuidado. La rodeó con ambos brazos y se sintió reconfortado, como hacía meses que no se sentía. Lloraba sin lágrimas.

A la mañana siguiente Raúl se levantó temprano y le preparó un desayuno. La chica tenía una mirada triste que se posaba sobre la falsa ladera de un volcán hawaiano. Se tomó el zumo de naranja, pero apenas probó la bollería ni el café. Parecía a punto de llorar.

– ¿Me llamarás?

“Sí, claro que pensaba hacerlo”, pero sin esperar la respuesta, la chica se levantó apresurada y se largó. Raúl se quedó pensativo. Si él se había sentido intrigado por esa joven solo por una frase, tenía que ser capaz de hacer que alguien quisiera conocerle por lo que él fuera capaz de poner como lema o descripción en su perfil.

Me gustaría pasar el resto de mis días con alguien que no me necesite para nada, pero que me quiera para todo”.

Se atribuyó la frase de Mario Benedetti, “al fin y al cabo, ya nadie lee poesía”, y se creó un nuevo perfil bajo el nombre de Tyler. Fueron varias las personas que se interesaron por ese Tyler de aspecto desastrado, pero en apenas unos minutos descartaba iniciar contacto con ellas: “¡qué bonito!, ¿lo has escrito tú?”, “me encanta, desearía ser esa persona” y por supuesto varias con “te querría para todo y varias veces al día”.

Ahí estaba el mensaje, lanzado a las redes con la misma esperanza con la que el náufrago lanzaba la botella a la inmensidad del mar. Esa persona, quienquiera que sea, lo encontrará y sabrá interpretarlo, pensó.

Llevaba varios días con problemas para conciliar el sueño. Las dos de la mañana. Se levantó a beber agua y se encontró en la pantalla con el aviso de que tenía un mensaje:

Qué buen insomnio si me desvelo sobre tu cuerpo”.

Alguien más conocía a Benedetti. Miró el nombre del perfil que le contestaba de esa manera: Marla. Era la señal que estaba esperando. Contactó con ella en ese preciso instante, para qué esperar al día siguiente. Tras unos segundos recibió un mensaje de respuesta: “¿Dónde vives?”.

Una hora después sonó el timbre. Hacía tiempo que no estaba tan nervioso. ¿Sería un bromista, otra niñata, una anciana solitaria? La revisión del iris… y la puerta se abrió.

– Hola, Tyler.

– Hola, Valeria.

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El oso gris (I)

LESTER, 09/09/2020

“Me voy a pasar la cuarentena con mi madre”.

Seis años habían pasado desde que Valeria le dijo esa frase. “Seis”, se recordó Raúl a sí mismo. En todo ese tiempo solo volvió una vez y fue para recoger sus cosas. Lo cierto es que la pandemia le trajo la excusa, porque lo que fuera que había entre ellos llevaba tiempo roto, sumido en un aburrimiento absoluto, lejos de las locuras con las que iniciaron su relación ocho años atrás. Valeria era un soplo de aire fresco en su monótona vida. Alocada, infatigable, era una novedad cada día, pero la convivencia trajo de manera imperceptible la desidia. Habían llegado a un punto en el que compartían muy pocas cosas en común. Tras las largas jornadas de trabajo de ambos, ella se sentaba en el sofá a dar “likes” con desgana a todos los contactos de sus redes sociales, los conociera o no, y Raúl se ponía un capítulo tras otro de las series a las que nunca consiguió enganchar a Valeria. Menos de dos metros de distancia, pero un mundo virtual de separación.

Raúl se mudó un año después, pero no lo hizo solo para olvidar todo lo que le pudiera recordar a ella, sino para estar preparado para el siguiente confinamiento. “No sé cuándo sucederá, pero no tengo ninguna duda de que llegará”, confesaba con preocupación a sus amigos, “y no quiero que me pille el oso gris”. Se fue a vivir a uno de los bloques-colmena que se construyeron a toda velocidad a unos cincuenta kilómetros de las grandes ciudades.

Arcadia era el nombre, como mostraba un enorme cartel a la entrada del complejo. Tecnologías importadas de China para levantar edificios de gran altura en tiempo récord. Rascacielos de más de cuarenta plantas con apartamentos diminutos, de treinta metros cuadrados, con todas las necesidades básicas e higiénicas cubiertas. Cincuenta metros para una pareja con dos niños, aunque fueron muy pocas las familias que se mudaron. Más ascensores, pero de menor tamaño para evitar el contacto con los vecinos. Un sistema de transporte de mercancías interno en el propio edificio para que la compra llegara directamente al domicilio sin necesidad de bajar a la calle ni de ver al mensajero o al repartidor. Un gimnasio de celdas individuales en la última planta con servicio de autolimpieza y desinfección tras cada uso. Una azotea cubierta con una cúpula transparente para que los ancianos y los escasos niños del edificio pudieran salir unos minutos al día en rigurosos turnos.

El apartamento estaba dotado de todo lo básico para subsistir, sin excesos, pero sin carencias. Sin duda la palabra que mejor lo definía era funcional. La pared más ancha del apartamento era en realidad una pantalla LED que simulaba una ventana, puesto que la mayoría de los minipisos de la colmena eran interiores o tenían vistas a la colmena de enfrente. Para proyectar en la gran pantalla se podía elegir un paisaje idílico en la montaña o frente a un lago como hacían todos al principio de mudarse, u optar por una ciudad real, con sus días luminosos (pocos) o con la capa gris mezcla de nubes, polución y la solución de yoduro de plata con la que se bombardearon los cielos para combatir la pandemia de 2024. Según los estudios realizados, la opción de la ciudad real era la que escogían de manera mayoritaria los habitantes de la colmena. Había algo psicológico en aquella elección, como si de algún modo buscaran mantener el contacto con el mundo que existía ahí afuera, aunque muchos hubieran olvidado lo que era pisar la calle. Quizás albergaban la esperanza de recuperar aquellos espacios, pero cada vez eran menos los que la mantenían. “Durará entre dos y tres meses”, dijo el gobierno en su día, “como en 2020”. Pero lo cierto es que estaban cerca de cumplir el segundo año de encierro y las cosas estaban lejos de arreglarse.

El edificio en el que vivía Raúl era el bloque 1 de la manzana C del primer desarrollo urbanístico de Arcadia, la moderna ciudad adaptada a los últimos sistemas de protección contra pandemias. En ese momento estaban finalizando el bloque 8 de la manzana J del tercer programa y desde la azotea se podían ver los avances de las fases K, L y M. Se calculaba que unas 450.000 personas vivían en ese diminuto complejo y algunas noticias dijeron que la lista de espera para entrar a vivir en los siguientes desarrollos superaba el millón. La situación en las grandes metrópolis era caótica y el aire en las calles irrespirable, puesto que el nuevo virus permanecía en el ambiente durante tres semanas. Quedaba muy poco de lo que un día fuera una ciudad con atascos e incomodidades, pero también con cultura, ocio, animación en las calles y “bullicio, he llegado a echar de menos el bullicio”.

Raúl tenía suerte porque podía seguir trabajando a distancia y con los sistemas de videoconferencia o chatting para el ocio seguía manteniendo algo remotamente parecido al contacto con otros seres humanos. Pero había perdido a muchos amigos durante la pandemia y a los pocos familiares que le quedaban. Cada vez que se salía de Arcadia había que pasar un protocolo de desinfección tan riguroso que sus habitantes terminaron por no abandonar el complejo prácticamente nunca. Ni siquiera en los casos críticos de familiares o amigos porque acudir a un funeral o a un hospital equivalía en la práctica a la denegación del permiso de retorno a Arcadia.

“El oso gris no podrá conmigo”, se repetía a sí mismo cada mañana con la misma convicción con la que se lo decía a sus compañeros de trabajo en las escasas conversaciones que mantenía a diario, siempre a través de un monitor. “El oso gris” era el sobrenombre que Raúl utilizaba para no nombrar al TEAS y su abrazo letal. Diversos estudios psico-sociológicos realizados a grandes núcleos de población habían servido para catalogar al TEAS como una enfermedad de extrema gravedad. “La enfermedad de occidente”, como propagaban los medios. El gran peligro que acechaba a los habitantes de las nuevas urbes. El Trastorno Emocional Asociado a la Soledad se manifestaba de diversas maneras en los ciudadanos dependiendo de su estado mental, fortaleza emocional y rutinas diarias, pero podía darse en forma de depresión, ataques de ansiedad, conductas violentas o también como esquizofrenia y trastornos paranoides. El número de suicidios se había disparado en el segundo año de encierro. Los nuevos bloques de Arcadia estaban diseñados para que las ventanas no pudieran abrirse y además el cristal era blindado para que tampoco pudiera romperse en un ataque de desesperación.

Para combatir al oso gris, Raúl se sirvió durante los primeros meses de todo aquello que el bloque le ofrecía. En el gimnasio, las pantallas inmersivas le daban la posibilidad de correr por el centro de una ciudad rodeado de maratonianos o por un bosque finlandés con amigos virtuales generados por una aplicación informática. Al principio salía a pasear por la azotea durante los escasos veinte minutos que la normativa le permitía, aunque solo fuera para ver a otras personas a través del cristal. Durante esos meses también solía bajar a la consigna de la planta baja en la que le depositaban sus compras sin utilizar el sistema interno de transporte del edificio, aunque se cansó del mismo y terminó recurriendo al envío directo, como casi todos los habitantes del bloque. Y pasado un tiempo, también dejó el gimnasio y el paseo de la tarde. Se volcó en las pantallas interactivas. Muchas horas, incontables tardes y noches, todo el tiempo que fuera necesario para que su mente no tuviera que pensar en el modo de rellenar los huecos.

Durante los primeros meses mantenía algo más de contacto con sus amigos, pero el oso gris abrazó a varios de ellos, cada día más abúlicos y desganados, menos interesantes, sin nada que contar salvo que su mujer les había dejado o una desgracia en la familia, así que el aburrimiento venció a la interacción y las pantallas quedaron reservadas para el trabajo o para ver series tres o cuatro horas al día. Las cadenas de televisión, propiedad del gobierno en su mayoría, producían series para todos los públicos y todas las edades, con argumentos cada vez menos complicados. Habían evolucionado hacia sistemas interactivos que buscaban la complicidad del espectador para que este indicara hacia dónde quería que continuara la trama. Otras en cambio, para poder seguir viéndolas, reclamaban al espectador que puntuara cada escena, personaje o situación, con objeto de trazar el perfil de los espectadores y que los guiones se ajustaran a sus demandas. Raúl comenzó a votar lo contrario de lo que pensaba, porque todo se hacía demasiado previsible, sin margen para la sorpresa.

A los seis meses de encierro Raúl comenzó a sopesar utilizar otra de las posibilidades que la publicidad de las pantallas le ofrecía: servicios de prostitución a domicilio. “Con certificado sanitario. Totalmente limpias. Residentes en Arcadia”. “Qué paradoja”, pensó Raúl. “El hogar del futuro provocó la proliferación de la profesión más antigua del mundo”. Después de tantos meses le apetecía abrazar a una mujer, sentir la calidez de su piel sobre la suya, oler a otra persona, pero en todo ese tiempo lo había eludido por el riesgo de contagio. Tampoco se había planteado iniciar una relación con nadie, así que las posibilidades que se le abrían le parecían totalmente seguras y por tanto factibles. Una nueva técnica permitía identificar la existencia del virus en una persona a través del iris, y todos los apartamentos de Arcadia tenían instalada esa tecnología con un escáner en la puerta, pero aun así había escuchado historias de gente contagiada por prostitutas que usaban unas lentillas que engañaban al sistema.

(Continuará)

El oso gris. Segunda parte.

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Espectros sobre la pared

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LESTER, 02/08/2020 

23.14 h.

– No sé qué tal voy a llevar este trabajo.

Ramón acomodó la espalda contra el cabecero de la cama mientras apuraba una última calada al cigarrillo. A su lado, boca arriba, Lidia le escuchaba atentamente. Ambos superaban por poco la treintena, tenían planes continuamente aplazados y coincidían en que esta podía ser una buena oportunidad para su futuro.

– Me pagan bien, ese no es el problema, pero es que no sé hasta qué punto es… éticamente correcto. Y sé que lo voy a hacer bien, y que si lo hago obtendré buenos pluses, pero… no sé, moralmente,… espero saber llevarlo.

20.28 h. del mismo día.

– ¿Lo ves, Ramón? Siempre acaban firmando -el Director de la empresa, José Antonio, guardó el cheque de treinta mil euros en un sobre y este en el bolsillo interior de la americana-. Algunos lo harán en menos de cinco minutos, otros nos pueden llevar todo el día, pero siempre, siempre, y llevo dos años en esto, acaban firmando. Ha sido un día largo, pero muy productivo, ¿no crees?

Ramón no respondía, aún trataba de asimilar el negocio en el que acababa de entrar.

– Ya vale por hoy, ¿nos vamos a casa?

20.12 h.

Era un tipo de mediana edad, grande pero no corpulento, ancho de hombros, de cráneo, de abdomen. La cabeza totalmente afeitada hacía que se pareciera a La Cosa. Se había aflojado el nudo de la corbata y en su frente quedaban restos del sudor copioso que le había acompañado la mayor parte de la jornada. El hombre bramó algo ininteligible mientras firmaba el cheque, pero se le entendió a la perfección tras entregarlo al tal José Antonio.

– ¿De verdad que no va a quedar ningún rastro, ni pruebas? ¿Nada que pueda llegar a manos de mi mujer?

Al otro lado de la mesa, Ramón le miraba fijamente a los ojos con rostro serio, captando todos los detalles, pero La Cosa no apartaba la vista de su jefe, el mismo que le había explicado la situación con todo lujo de detalles.

– Garantizado. Con el contrato está usted a salvo. Y desde luego no será por nosotros si algún día se entera de sus… digamos, deslices. Las imágenes que vamos a hacer llegar a su mujer serán de lo más inocentes. Bochornosa y aburridamente correctas. Ella verá que usted no hizo nada, que se comportó como el santo varón que sabemos los tres aquí presentes que no es, ¡ja, ja, ja!

Por primera vez en toda la tarde, el hombre se relajó y esbozó una tímida sonrisa. Ramón había percibido desde el inicio de la conversación la manera de fruncir el ceño que el hombre tenía, “lo menos veintidós atmósferas de presión en el entrecejo”. “Ahora solo catorce”, pensó para sus adentros al ver que se relajaba levemente.

Fue exactamente a las 19.48 horas cuando La Cosa había salido de la habitación contigua (“aunque en la puerta ponga Meeting Room, Ramón, la llamamos entre nosotros Meditating Room, porque nada como pensar uno consigo mismo para convencerse de lo que le interesa”, así fue como José Antonio se la mostró al inicio del día, mientras le enseñaba las oficinas). Apenas había pasado media hora. El hombre grandote de mediana edad, La Cosa sudorosa, les confirmó su propósito:

– De acuerdo, voy a firmar.

– Perfecto, sabía que llegaríamos a un acuerdo. En cinco minutos mi compañero Ramón le entregará las dos copias con todos los datos del contrato, confidencial por supuesto, y en cuanto realice el pago nuestro pacto quedará sellado para siempre.  Mientras tanto, ¿le apetece tomar algo, un whisky, un gin-tonic, solo agua? -exhibió una sonrisa mientras abría las puertas de un repleto mini-bar que ocupaba media pared.

La Cosa había estado dos veces en la Meditating Room. Esta segunda tuvo una duración exacta de veintitrés minutos y cuarenta segundos, tiempo durante el cual Ramón y José Antonio observaron su nerviosismo a través de unos monitores que recogían las imágenes de las cámaras camufladas en el interior de la habitación. Le vieron aflojarse la corbata, sentarse, levantarse y volver a sentarse. Moverse de un lado a otro, juguetear con el móvil, aflojarse los botones de los puños de la camisa y arremangarse…

– Cinco a uno a que acepta -José Antonio disfrutaba de la escena, mientras Ramón observaba con cierta perplejidad.

La primera vez que La Cosa entró en la habitación fue a las 19.16 y apenas estuvo un par de minutos.

– ¿Qué cojones pasa aquí? ¡No consigo comunicarme con nadie! No hay cobertura en esa puta sala.

– Por supuesto, señor López. La habitación está aislada, sellada, inaccesible al exterior y desde el exterior. Tiene inhibidores de frecuencia de móviles con ese objeto.

– ¡Pero esto es indignante! ¡Necesito hablar con mi abogado! Yo… me marcho.

Hizo ademán de dirigirse a la puerta de salida, pero José Antonio le interrumpió de manera vehemente:

– Recuerde que si sale por esa puerta no habrá ninguna posibilidad de acuerdo. Son las condiciones, recuérdelo. Quizás le convenga recapacitar un poco más.

La Cosa le daba la espalda, pero se quedó parado en mitad del pasillo. Jadeaba de manera aparatosa. Se sacó un pañuelo de la chaqueta y se quitó el sudor de la frente.

– Le recomiendo que reconsidere su decisión. Para eso está la habitación, medite lo que tenga que meditar, piense si acepta nuestra propuesta, que yo personalmente creo que le conviene, lleguemos a un acuerdo por la cantidad y al final del día todo esto habrá sido una simple incomodidad en su estresante semana. Al fin y al cabo, el dinero no es una de sus preocupaciones. Le sobra. Y sabe que le sobra, y al fin y al cabo, la cantidad que pactemos la habrá recuperado en menos de tres meses.

– ¡Pero es ceder a un chantaje!

– ¿Chantaje? Esa es una palabra muy fea. No, no lo vea así. Su mujer es la que va a someterle a un vil chantaje y nosotros solo le damos una oportunidad de pegarle un sopapo en los morros. Así que le recomiendo que pase de nuevo a la sala, se acomode, haga las cuentas que tenga que hacer y lleguemos a un acuerdo.

18.55 h.

– ¿Quiere fumar? Sé que no es legal hacerlo en espacios cerrados, pero aquí… esta es mi oficina, mi casa, mi club privado al que invito a quien me da la gana. Estamos solos, señor López, y créame que si por algo nos distinguimos es precisamente por nuestra discreción.

Las cuidadas formas del Director del despacho podían desesperar a todo el que tuviera que tratar con él, pero resultaban de una irreprochable cordialidad.

La Cosa rompió el silencio con el que había escuchado la última media hora, el mismo silencio que mantuvo mientras le mostraban el vídeo con el funcionamiento del artilugio llamado Spector.

– Sí, por favor. Deme un cigarro -lo encendió, aspiró profundamente, exhaló el humo y preguntó-. ¿Y esto es legal?

– ¡Absolutamente legal! Nosotros no vamos a hacer nada más que cumplir con lo que nos ha solicitado su mujer: reservar la habitación 214 del hotel Hilton de Barcelona y tomar unas muestras del interior de la misma. ¿Qué hay de ilegal en eso? ¡Es como hacerse unas fotos en una habitación, ya sea en la cama, mirando por el balcón o en el baño y subirlas a Instagram! ¡A mí me da igual si en el resultado aparece alguien mirando al horizonte de manera bucólica o si se la está cascando en la ducha!

Ramón escuchaba la conversación sin dar muestras de lo que pensaba, pero por dentro era un torbellino emocional. Se sentía incómodo, pero a la vez disfrutaba con la escena. “Esto no puede ser verdad”.

18.24 h.

– Bien, pues una vez hechas las presentaciones, señor López, siéntese por favor. Póngase cómodo. Se lo aconsejo. Creo que nunca había visto un artilugio similar a este. Mire, le presento a Spector, nuestro espectrofotómetro de última generación.

Sobre la mesa se encontraba un aparato que en su aspecto externo parecía una impresora con escáner, no mucho más grande, ni más sofisticado, con un teclado a un lado y una pequeña pantalla LCD.

– Los seres humanos emitimos radiaciones de todo tipo, gamma, magnéticas, IV, ¿o eran VI?, calóricas,… desconozco el rollo técnico por el que funcionan estos aparatos, pero la cosa es muy sencilla: las paredes absorben todas esas radiaciones y quedan grabadas en las mismas como una instantánea de todas las personas que han pasado por esa habitación en las últimas semanas. Le llamamos Spector porque el nombre técnico del aparato era muy complicado. Spector suena a Inspector, que es para lo que utilizamos el cacharro, para inspeccionar lugares, para investigarlos, pero suena también a Phil Spector, uno de mis productores musicales favoritos. ¿Recuerda el “Good vibrations” de los Beach Boys? -para su sorpresa se puso a tararearlo en falsete-. Good, good, good, good vibrations… Sin embargo, durante la tormenta de ideas que realizamos en la empresa para adoptar el nombre definitivo, nos quedamos con este apelativo porque su cometido no es otro que ese: reflejar los espectros, las sombras de las personas. Separar, discriminar las radiaciones de todas las personas que han imprimado sus efluvios sobre una pared. A través de analizadores de alta frecuencia, Spector ha logrado diferenciar la longitud de ondas, térmicas, magnéticas, condensarlas, interpretarlas y lo que es mejor: proyectarlas en vídeo.

La curiosidad había dejado paso a la extrañeza en el rostro de La Cosa.

– ¿Quiere ver una muestra? Quizás así lo entienda mucho mejor.

– ¿Me tienen grabado?

– ¡No, en absoluto! Ahora mismo no. Pero si usted ha estado en el último mes por algún sitio por el que pasemos a nuestro Spector… descuide, que aparecerá. Mire.

Sobre una pantalla de 55 pulgadas que había en la pared contraria a la ventana comenzaron a aparecer unas imágenes de un dormitorio. Al principio de manera poco nítida, pero la imagen se fue ajustando y calibrando. Parecían dos cuerpos entrelazados que se movían de manera rítmica sobre la cama. El programa de imagen parecía calibrar las señales de calor de los cuerpos, los colores que iban del rojo al verde pasando por el amarillo, y poco a poco definía los contornos y las siluetas de los protagonistas de la escena. Era obvio que el cuerpo que aparecía en la parte superior era el de una mujer de enormes senos. Y a medida que se iba definiendo la imagen se pudo ver al hombre que yacía bajo ella. Con bigote, con una cara de gozo perfectamente definible en su rostro.

– Es casi como ver una porno en el Plus, ja, ja, ja, ¿recuerda aquellos tiempos? El programa analiza todas las señales que se vierten sobre la pared, le sorprendería saber el increíble rastro que queda, como si se superpusieran varios negativos sobre la misma y nosotros solo tuviéramos que separarlos. Eso hemos logrado con Spector. Nuestro invento resulta especialmente falible con el calor y las frecuencias de alta densidad. Y supongo que imagina usted la alta concentración de vibraciones calóricas y de alta frecuencia que emanan durante el coito, ¿verdad, amigo?

La Cosa comenzó a sentirse incómodo y a sudar. En la parte inferior de la pantalla se veía la fecha y hora de la grabación. En el minuto 5:22 de la grabación, la mujer echó la cabeza atrás y el hombre se abalanzó sobre sus enormes pechos.

– ¿Ve la fecha y la hora? Mire -apretó un botón del mando hacia atrás y cada vez que paraba se podía ver al hombre en una posición distinta: paseando por la habitación, durmiendo, con otra mujer sin la melena de la anterior haciéndole una fellatio en toda regla,…-. Podemos tenerlo todo. Grabar a una persona sin su autorización es ilegal, o esconder una cámara oculta es totalmente ilegal, ¿pero esto? ¿Tomar unas instantáneas de sus paredes e interpretarlas?

– ¿Qué quieren de mí? ¿Qué tiene que ver todo esto conmigo? -masculló La Cosa.

– Nosotros no queremos nada. Es su mujer la que nos ha pedido que apliquemos Spector a la noche del 25 de febrero en la habitación 214 del hotel Hilton de Barcelona.

Demasiadas cosas debieron pasar por la cabeza del tipo, tantas que su cara palideció por completo. Bebió el vaso de agua del tirón y se sirvió otro.

23.18 h.

Ramón apagó el cigarro en el cenicero. Lidia le abrazó el torso y le besó a la altura de las costillas.

– Tampoco pasa nada, cariño. Un cabrón le pone los cuernos a su mujer y vosotros le sacáis el dinero para que su mujer no se entere. No sé, puede que no esté bien, pero es como lo de robar a un ladrón, que tiene cien años de perdón, ¿no? Vale, quizás no es lo mismo, pero viene a ser como darle su merecido.

– No, no es solo eso. Hay mucho más.

10.00 h.

– Ramón, bienvenido a Spector & Spectre, creo que tendrás un gran futuro con nosotros si aprendes bien el negocio. Con el tiempo entenderás por qué elegimos un nombre tan rimbombante para nuestro despacho.

Ramón le entregó las dos copias del contrato firmadas. Su nuevo jefe le dio una palmada en la espalda y le pidió que le acompañara:

– Vamos, te voy a presentar a todo el equipo. Ya sabes que comenzamos como un despacho de abogados al uso, demasiado tradicionales, demasiado aburridos. Divorcios, herencias, disputas matrimoniales y familiares,… nos especializamos en la gente con pasta, dispuesta a sacarse los ojos por defender sus propiedades. Pero consumían mucho tiempo y recursos, así que luego creamos la falsa agencia de detectives, aparentemente sin conexión con el bufete, pero en realidad… bueno, ya lo descubrirás.

José Antonio le fue presentando ante los miembros del equipo: abogados, secretaria, los que definió como “husmeadores” y finalmente:

– Nuestra gran idea. Los diseñadores gráficos, los creadores de Spector.

23.20 h.

– Yo trabajaré en el departamento de investigación financiera, tengo que averiguar cuánto le podemos sacar a estos tipos. Pero, Lidia, ¡es todo mentira! No existen las radiaciones, no existen los vídeos de los tipos poniendo los cuernos a sus mujeres o contratando prostitutas en los hoteles, simplemente sabemos que lo hacen porque lo investigamos y luego les chantajeamos. ¡Eso es todo, es brillante! Esos ricachones no quieren perder su posición social, ni pasar por un divorcio costoso, ni enemistarse en determinados círculos, me han contado que tienen enganchada a la mujer del marqués ese que sale en todas las revistas y que todos los meses le soplan una buena pasta, ¡joder, es la hostia!

Ramón acarició la nuca a su compañera mientras seguía hablando sin parar.

– Los tipos como el gordo ese de esta tarde me parecen despreciables, tipos podridos de pasta conseguida vete a saber de qué modo, esa gente maleducada de la que te he hablado muchas veces que va a los congresos o ferias de no sé qué leches donde solo hay puterío y borracheras, y ese va a ser precisamente nuestro negocio, el tipo de gente de la que vamos a aprovecharnos.

Lidia se quedó pensativa.

– Si lo piensas bien… ganar mucha pasta a costa de esa gente no está nada mal.

Levantó la sábana y metió la mano en dirección a la entrepierna de Ramón.

– Es más, veo que eso te pone cachondo.

Con Animal en el juzgado

Juzgados 0

JOSEAN, 17/05/2020

Esta semana me tocó ir a un juzgado a declarar como testigo de la parte demandada, que no es otra que la empresa que me paga religiosamente mis (por otro lado impagables) servicios. La jornada habría resultado tediosa de no haber mediado la comparecencia del otro testigo, mi compañero Animal, así llamado no precisamente por sus exquisitos y contenidos modales. Excesivo, algo bocazas, mujeriego, pero buen compañero de batallas por encima de todo.

El juicio no era más que una reclamación de cantidades entre otra empresa y la nuestra. Un importe medio, no demasiado elevado, el típico importe que para un particular es una buena jodienda, pero para una empresa es una cantidad apenas perceptible en la cuenta de resultados. En cualquier caso, una cantidad por la que merecía la pena luchar y solucionar las cosas como se debería: batiéndose en duelo al amanecer. Nunca en un juzgado repleto de togados y gente siesa.

El abogado defensor contratado por nuestra empresa nos citó unos días antes para aconsejarnos sobre determinadas pautas de comportamiento que debíamos observar ante sus señorías, la primera de las cuales era fingir que no habíamos preparado el juicio. Más aún, que ni siquiera nos conocíamos.

– ¿Cómo? -preguntamos Animal y servidor al unísono.

– Sí, lo normal, no pasa nada, se supone que no podemos preparar vuestra comparecencia. Ah, y muy importante: un acusado puede mentir, pero un testigo tiene obligación de decir la verdad.

– Vamos a ver si lo he entendido -dijo Animal-, se supone que no te conozco, y si me preguntan si te conozco tengo que decir que no. Y nos has hecho venir aquí, y el día del juicio vamos a tomar un café y entrar juntos, pero luego si me preguntan no puedo mentir.

– Así es.

– ¡Tócate los cojones! -se le escapó a Animal.

– No te preocupes, que no lo preguntarán. Entre bomberos no nos pisamos la manguera.

Y ya está, y con eso se quedó el abogado se quedó tan tranquilo, no así nosotros. Nos explicó que la vista sería grabada, que el escenario es intimidatorio, “un efecto buscado, se trata de que estéis incómodos”, en forma de U, con el testigo frente al juez y el secretario, con la defensa a la derecha y los abogados de la parte contraria en el lado izquierdo. Nos anticipó las cuestiones que seguramente saldrían y nos preparó las que entendía que vendrían de la parte contraria. En uno de los momentos nuestro abogado me dijo que uno de mis correos electrónicos de tres años atrás era muy relevante para la resolución del caso. Me eché a temblar, dado que mi incontinencia epistolar suele ser igual de desmedida incluso cuando se trata de correos laborales. A lo largo de todo el expediente había una veintena de correos escritos por mí con sus correspondientes respuestas de la otra parte, y por suerte no encontré en ninguno de ellos mis tradicionales “sois la hostia”, “la madre que te parió” o “cagüenmiputacalavera-qué-condiciones-son-estas”, frases habituales en toda negociación que se precie.

– Es este correo. Si te parece, en un momento dado, voy a preguntarte por el mismo y tú vas a contestar “no sé, ha pasado mucho tiempo, no lo recuerdo”, y entonces yo le pediré permiso a su señoría para mostrarte el expediente, que lo leas en voz alta y que hagas como si recordaras las circunstancias que lo motivaron.

Uno es un currante y no un actor, y entre mis aptitudes laborales no se halla la interpretación, pero, bueno, el deber llamaba a mi puerta y trataría de emular a Henry Fonda o a James Stewart cuando la defensa lo requiriera. Con estos cuatro consejos llegó el día de autos y, café mediante con nuestro “desconocido” abogado, nos presentamos en el juzgado. “Es una jueza, la conozco de hace tiempo, es veterana”. Veterana y malencarada, madre mía. Tenía pinta de no haber dormido bien desde antes de ser madre y eso que tenía aspecto de ser ya abuela.

– Que pase el primero de los testigos.

Juzgados 2

“My turn!”, y me encaminé hacia la sala, no exento de cierto nerviosismo. Efectivamente y como me había anticipado nuestro picapleitos, el escenario es incómodo, con un “pringao” como el que esto escribe de pie en el centro de la sala y el resto de la sala sentados. Al frente, a ambos lados e incluso detrás de mí. Te miran todos con una cara tan rara que estuve a punto de llevarme la mano a la bragueta por si había cometido el error de… ya saben. El micro estaba sobre una pequeña tarima, pero a la altura de una persona de metro sesenta, con lo que para hablar tenía que encorvarme ligeramente. Miré la base del micro, pero no me atreví a intentar subir su altura, porque iba a cagarla seguro, como esos tipos poco avezados en la televisión que aunque sean físicos nucleares son incapaces de ponerse el micro de manera correcta.

La jueza hizo la típica pregunta de rigor sobre jurar o prometer decir la verdad y luego otra que desconocía hasta este proceso sobre si tenía algún interés personal en el caso:

– Por supuesto, trabajo para esta empresa, no quiero que esos señores me estafen y vengo a defender los intereses de quien me paga.

¡Error! Menos mal que ya me lo había advertido nuestro abogado, así que contesté como me habían aleccionado:

– No, ningún interés -con desidia.

Comenzaron las preguntas del lado amigo y respondí de manera escueta, como me habían aconsejado. Se me ocurrían un montón de improperios que soltar sobre las prácticas extorsionadoras de la contraparte, pero seguí con ese perfil bajo que la situación demandaba. La jueza y la secretaria no dejaron de escribir en ningún momento, a mano, apenas me miraban, y aunque yo trataba de buscar su mirada lo cierto es que la jueza parecía estar escribiendo un testimonio pre-suicidio o la lista de invitados a algún soporífero evento familiar.

Llegamos a nuestro pequeño teatrillo y mi abogado preguntó a la jueza si podía mostrarme el documento número 17 que constaba en el expediente. La jueza asintió con el mismo ánimo con el que un rumiante en la pradera eleva la vista ante un visitante de ciudad y me acercaron el tochaco que contenía el expediente.

– Hace mucho de este correo… espere que refresque la memoria -“joder, mientes peor que Ana Rosa hablando de su libro”-. Ah, sí,… creo recordar que es un correo que dirigí a alguien de la compañía pidiendo aclaración sobre una cláusula del contrato, no sé si al comercial o al director general… -me toqué la nariz, craso error, gesto inequívoco en todos los manuales de “gestos a evitar cuando vas a soltar una trola”, me puse algo nervioso, pero fui capaz de recomponerme y leerlo-. “Estimado David, me dirijo a ti…”

Entonces llegó el turno de la abogada de la defensa. Era una chica joven, treintaypocos años, resultona más que guapa, rubia muy rubia sin cumplir uno solo de los tópicos sobre las rubias. Llevaba unas gafas rojas tras las cuales escondía unos ojos que parecían muy bonitos, y… lo cierto es que para mí ahí acababa su encanto porque en cuanto abría la boca… ¡madre mía, chica, respira un poco, que te vas a asfixiar! Comenzó a cuestionar todo, el contrato, las cláusulas, mis correos, las respuestas de sus defendidos, todo. Le faltó cuestionar mi nombre y mi presencia en el juicio. En sus propias preguntas trataba de llevar implícita la que debía ser mi respuesta. Una lianta del trece. “Joder, si no estoy atento, me la lía”, así que contesté de una manera aún más escueta, casi con monosílabos, excepto cuando tuve que acudir al mismo correo electrónico leído con anterioridad.

– No, desde luego que no fue así, como puede comprender tras el correo que hemos comentado y la respuesta del director general de su compañía.

Terminó el interrogatorio y pedí permiso para salir de la sala para atender mis quehaceres diarios, bastante importunados ya por ese día. La jueza Alegrías me contestó con una sola palabra:

– Siéntese -quizás fueran tres palabras y añadió “por favor”, pero el tono tajante e imperativo hizo que no escuchara nada más.

Llegó el turno de Animal. Me temí lo peor de él, sobre todo al ver el aspecto de la abogada contraria. Prometió decir la verdad y toda la verdad, y a la pregunta sobre su interés en el pleito contestó “ninguno” con la misma apatía o más que si hubiera pronunciado “me la suda”, que en su jerga le pega bastante más. Bien, parecía tener la lección bien aprendida. Respondió con soltura y su gracejo habitual a las preguntas de nuestro abogado, con un tono algo informal para lo que a buen seguro se estila en los juzgados a diario. Se le escapó un “no, joder”, pero fue capaz de excusarse a continuación y proseguir con la exposición de los hechos. Sonó natural, para nada impostado, como seguro que lo estuve yo por momentos. Algunas de sus respuestas lograron que la jueza levantara la cabeza de sus papeles y de la elaboración de la “lista de invitados”, y enarcó las cejas cuando Animal contestó con algún exceso de campechanía:

– Estoy tan seguro como del color de la toga de esta señorita -dijo señalando a la abogada de la defensa.

Lo cierto es que todas las togas de la sala eran negras, pero yo, que le conozco bien, sé que Animal ya se estaba imaginando a la abogada sin la toga. O con la toga y sin nada más debajo.

Comenzó el interrogatorio de la abogada, de “la Rubia”. Observé a Animal callado como nunca le había visto en presencia de una mujer, obnubilado por completo. Como me reconoció después, se estaba poniendo cachondo. Sé que el juicio era un tema serio, pero me vino a la mente el recuerdo de una conversación con Animal sobre cierta mujer del ámbito político:

– Joder, tío, yo es que cuando Inés Arrimadas se pone a echar broncas, me pone mogollón. Tiene un morbazo tremendo. Con esos ojazos, con esa labia que… uf, si yo fuera su marido, una discusión con ella solo podía acabar de una manera. De esa manera.

Se me pasó por la cabeza que Animal fuera a contestar con un “mira, guapa”, o un “no, cariño”. Me di cuenta de que era yo el que estaba entre nervioso y expectante, mucho más que el propio interrogado, y la situación no dejaba de resultar paradójica. Animal contestó de una manera muy profesional… para ser él, ¡estaba flirteando con la abogada, la madre que le parió! Contestaba con cierta condescendencia, me atrevería a decir que con algo de cariño, pero por suerte en ningún momento dijo nada inconveniente para nuestros intereses.

Terminado el interrogatorio, Animal se sentó a mi lado y llegó el turno de las exposiciones finales de los abogados. Ahí fue cuando pude comprobar la locuacidad de los picapleitos. Sabía que la del nuestro era insuperable… hasta que vi a “la Rubia” en acción. Menudo torrente de voz, menuda capacidad de dicción sin atragantarse y sin pestañear, de vocalización precisa y rotunda, “bla, bla, bla, las condiciones eran muy claras, bla, bla, bla, interpretación interesada, bla, bla, bla, mala fe…”. Miré a Animal, que estaba embobado escuchándola y le di un codazo en las costillas. De no haber estado en un juzgado, le habría hecho el gesto de recogerle las babas de la boca. Por un instante llegué a pensar que al acabar iba a levantarse a aplaudir, rendirse abiertamente a sus encantos e invitarla a un café, a comer, a unas cañas o a solucionar las diferencias a la manera de una buena “arrimada” a Inés.

La abogada estuvo piando unos quince minutos, impresionante. Lo que más me dolió fue escuchar la tergiversación de mi relato, la interpretación torticera de mis palabras, y uno, que ha visto muchas películas norteamericanas de juicios, estuvo tentado de vociferar un “¡protesto!” en toda regla. Cosas así se habrán visto en muchos juicios, que la tele es mala consejera y todavía me acuerdo de aquel individuo que pidió acogerse a la quinta enmienda.

Terminó la vista y salimos todos por la misma puerta. Me quedé hablando con nuestro abogado, que salía bastante satisfecho, o al menos eso me confesó. La jueza pasó ante nosotros con prisa y se despidió con la misma efusividad con la que un verdugo despide a sus ajusticiados. Quizás el cuello de su toga entendió el “hasta otra” que pronunció. Ojalá no haya otra, pensé para mis adentros.

La abogada de la otra parte, la “Rubia” for ever, abandonó su papel de inquisidora Dominatrix y pasó a ser todo dulzura y simpatía, momento en que se acercó Animal a decirle que lo de la mala fe le había ofendido profundamente.

– ¡Yo no he obrado de mala fe en mi vida!

– Nada, nada, no te molestes, ya sabes cómo es esto, hay que sobreactuar un poco, ja, ja, ja -respondió mostrando una hermosa sonrisa.

Un par de semanas después tuvimos la resolución y fue favorable a nuestros intereses, ¡bien! Cuando comenté la sentencia con Animal, me contó que quedó con la Rubia esa misma tarde-noche del juicio y que no podía contarme nada más “porque no es propio de caballeros”. Sé que no hubo nada más porque lo que no es precisamente Animal, es un caballero.

 

 

 

Mala idea, por Lester

Llegadas1

Siempre tuve envidia de esa gente que llega a un aeropuerto después de un vuelo de varias horas y se encuentra nada más abrir la puerta de “Llegadas” con un tipo que le espera con un cartel con su nombre. ¿Hay algo mejor en esta vida que el hecho de que te reciba un conductor que te va a llevar directo a tu hotel para descansar? El caso es que mi modo de viajar nunca fue el de esos “Mr. Smith”, “Familia Lopes” o “Sr. Sánchez” de los carteles, sino el más barato, económico, lowcostero o cutre que uno se pueda imaginar. Y doy fe de que hace falta mucha imaginación para viajar por el mundo a bajo coste.

Así que hace años decidí ser ese “Mr. Something” de los carteles. “¿Por qué no?”, pensé, “seguro que estos tíos no conocen al sujeto al que vienen a recibir, ni tienen una foto suya y tampoco piden acreditaciones”, así que pensé que podía ser un modo cojonudo de abaratar el trayecto al centro de la ciudad que visitaba.

Planeé bien el primer golpe, en Gatwick, Londres. Leí disimuladamente de un vistazo rápido todos los carteles de los conductores, localicé un apellido español, “Mr. Rguez.” y un conductor que pareciera paquistaní, y le hice la seña: “yo soy su hombre”. Tras mirarme de modo inexpresivo, el “paki” hizo ademán de coger mi petate, a lo que me negué y me indicó con un inglés peor que el mío que le acompañara. Le seguí por el parking de la terminal, me invitó a subir a un coche amplio y me llevó los cincuenta kilómetros sin decir apenas una palabra. No tengo remordimientos, pero le pagué del único modo posible una vez llegado a ese punto: en un semáforo junto a Hyde Park, abrí la puerta del coche y me largué sin decir palabra. Me interné rápidamente en el parque y adiós muy buenas. Más barato y cómodo, imposible. Aquel primer golpe me supuso una satisfacción inmediata, aspiré el aire del parque londinense y me felicité a mí mismo por la pericia mostrada.

Llegadas

Ser un hijoputa molaba, pero ser un hijoputa listillo molaba mucho más. Con el tiempo (y los viajes) fui perfeccionando mi estilo y tomando ciertas precauciones: que hubiera una sola persona esperando, que tuviera pinta de hablar poco inglés, si es que eso se puede detectar hoy en día, salir con gafas de sol o una gorra, o ambas, nada de llevar varios bultos ni dejar que me los colocaran en el maletero,… Por supuesto yo no sabía si esos trayectos habían sido pagados de antemano o si eran de cortesía de alguna empresa, si me llevaban a una punta de la ciudad o a un hotel en el centro, nada. Ni lo sabía, ni lo podía saber, así que optaba por bajarme siempre en un sitio con fácil escapatoria. Y aun con todas esas precauciones, en alguna ocasión tuve que tirar de mis mejores recursos para escapar de alguna situación complicada. Como en Bangkok, con aquel tipo de la tablet. Me acerqué a él, a su cartel con el nombre de “Mr. Martinez” y levanté el dedo índice.

– Sure? -me dijo el tipo tras clavarme la mirada. Pasó un dedo por la pantalla de la tablet y apareció el rostro de un hombre que rondaría los sesenta-. Mister Luis Martinez, you?

Evidentemente no iba a salirme con la mía, así que solo quedaba probar la respuesta que ya había ensayado para estas ocasiones:

– Oh, no, sorry. My name is Rodrigo Martínez -fingí una carcajada-. Ha, ha, ha -el charlie mantenía su mirada fija en mí sin cambiar el rictus-. Ha, ha, ha, Luis, no Rodrigo -pronuncié mientras me largaba de allí al divisar a unos metros al verdadero Luis Martínez de la foto.

Aquel día me tocó tirar de transporte público y me jorobó bastante. No en vano a esas alturas de mi vida, rondando los treinta, ya había viajado de gorra una veintena de veces y empezaba a no estar acostumbrado a buscar un tren o un autobús que me llevara al centro de las ciudades.

En Berlín lo bordé. No es que el conductor me llevara al centro de la ciudad, es que “me dejó” a cincuenta metros del hotel. Vi el camino que llevaba por el interior de la ciudad, por la Lindenstrasse y le pedí al conductor que parara un momento junto a un cajero para sacar dinero. Estaba un poco reacio por la incomodidad del sitio para parar, de lo cual yo era obviamente consciente, así que le sugerí que diera una vuelta a la manzana mientras sacaba dinero para la generosa propina que le ofrecí. Por supuesto ni propina, ni cajero, ni españolito danzando por la calle un par de minutos después. Aquel día me zampé una jarra de un litro entera a la salud del pobre Friedrich.

Otra de las precauciones que incorporé a mi catálogo con los años fue la de comprobar que la puerta del coche se podía abrir desde dentro, no fuera a llevar uno de esos sistemas bloqueados que me impidieran la fuga. Así que lo que hacía al poco de arrancar era carraspear, rascarme la garganta en claro anticipo de un esputo en ascenso y abrir la puerta para soltar un gargajo. Los conductores solían mirarme con desdén, cuando no con visible asco, pero a mí me tranquilizaba al saber que no iba a quedar atrapado.

Llegadas 2

Lo que me cuesta reconocer es que este tipo de comportamientos no siempre fue una buena idea. Aquella noche forcé demasiado la situación. Nuestro vuelo aterrizó en Nueva York con cinco horas de retraso. La pereza que me daba buscarme la vida para llegar a Manhattan fue muy superior a las dudas que podía tener. Como solo llevaba un bulto, fui de los primeros en salir de la terminal al área de llegadas. Localicé al “primo” que podría llevarme y de entre todos ellos, con sus caretos visiblemente cansados por las largas horas de espera, encontré a uno que mostraba un cartel con un apellido alemán muy largo, Schwarzenbeck, Schwartzmann, o algo así. Perfecto, me haría pasar por alemán y así no tendría ni que fingir mi nivel de inglés durante el trayecto.

Supe que el conductor era árabe, no tanto por el color de la tez y mi perspicacia, sino por el cartel de Abdullah que lucía en su uniforme. Me pidió que le siguiera rápidamente hacia fuera. Sus pasos eran apresurados y solo ese nerviosismo podía haberme dado ya una señal de aviso. El coche era una limusina negra con los cristales tintados, “Wooow!”, pensé. Abdullah me abrió la puerta y subí a la limusina con una sonrisa de oreja a oreja que se me borró a los dos segundos. El tiempo de ver que dentro del amplio habitáculo había otra persona, un tipo de traje y corbata que me extendía la mano con poco entusiasmo.

– Llegamos tarde a la fiesta -me dijo en un perfecto inglés con acento british europeo-. Mi nombre es Martin.

Le estreché la mano y me acomodé (e incomodé) en el asiento.

– ¿Agua, vino, un whisky? -me ofreció mientras abría un mueble bar justo frente a mi asiento.

– No, gracias. O mejor, solo agua.

Mientras me servía un vaso y el coche se incorporaba con celeridad a la autopista, el gentleman se puso a hablar:

– Por culpa del retraso de su avión no tenemos tiempo ni para que pase por el hotel a darse una ducha. Sé que no es lo mejor, pero aquí tiene el traje, un par de camisas y varias corbatas para que elija -abrió la cremallera de un portatrajes y me mostró todas las prendas-. Espero que no le importe cambiarse aquí mismo, puede asearse y tenemos varios perfumes a su gusto. La condesa está histérica y quiere que le llevemos lo antes posible, sin más dilaciones. Hay más de doscientos invitados esperando ya su llegada.

“Ay, mi madre”, pensé. Hice el número del carraspeo y el gargajo, pero tampoco funcionó porque comprobé que la puerta de la limusina estaba cerrada. Comencé a cambiarme de ropa para no despertar sospechas. “Piensa, piensa, piensa”. Tenía que probar otras cosas:

– ¿Le importaría parar un momento en esa casa de cambio, que tengo que sacar unos cuantos dólares para…?

– ¡Imposible! -contestó Martin-. No hay tiempo que perder y el dinero no es un problema en su familia. No va a necesitar dólares esta noche.

Sobre una mesita junto al mueble bar había unos folletos que hablaban de la fiesta de los Schwarzeleches. La condesa hacía una fiesta para celebrar la vuelta de su hijo menor a los Estados Unidos tras una década en Europa. Miré la foto del chico, “la madre que me parió, es clavadito a mí, con algo más de nariz, pero es casi un mellizo alemán”. Y además tenía una talla muy similar a la mía, como comprobé al probarme el traje y una de las camisas de seda.

La cosa pintaba mal. Y pintó peor cuando vi que nos dirigíamos a un casoplón en Brooklyn. Una mansión cuyo tamaño, solo de la verja de entrada, era mayor que mi apartamentillo en Chamberí. Podía divisar la casa en lo alto de la colina, al final del camino serpenteante por el que avanzaba Abdullah con la limusina. Y luces, muchas luces. Y bullicio, mucho bullicio.

Fue una mala idea, como escribí unos párrafos antes. Tan mala como que después de dos meses esto es lo primero que soy capaz de escribir en un teclado. Los dedos de la mano  derecha empiezan a cobrar la movilidad tras la fractura múltiple, y el médico me ha dicho que a la izquierda todavía le quedan cuatro o cinco semanas más.

Pero viajé gratis, eso sí. No se puede tener todo en esta vida.

 

 

 

La hoja del ciprés rojo

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Hoy toca recoger la hoja del ciprés rojo del jardín, como es habitual por estas fechas.

Sigo haciéndolo yo en lugar de contratar un jardinero profesional, desoyendo los consejos de varios amigos y de mi médico personal. Es una tarea que me relaja y que todavía soy capaz de hacer, pese a que la espalda de este jubilado ya me ha dado varios avisos conminándome a renunciar a hacerlo por mí mismo.

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En el pequeño jardín de la parte trasera de mi casa tengo varios árboles: un magnolio, una higuera, varios que no sé ni qué son (tal es mi conocimiento del milenario arte de la jardinería), un pruno y tres cipreses rojos. Son mis favoritos, especialmente en otoño, cuando sus hojas adquieren esa tonalidad rojiza que le da un color precioso a la vista que tengo desde el dormitorio.

Ocurre que casi todo lo hermoso en esta vida es efímero y no le está permitido a la hoja de mis cipreses salirse de esa norma no escrita.

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Cada día que pasa de este otoño maldito los cipreses pierden unas hojas. Irremisiblemente, sin que apenas lo perciba. Es una ley natural, igual que perdemos el pelo, o llegada esta avanzada edad, los amigos o a la compañera de toda la vida. El aspecto que muestran a lo largo de las estaciones es una representación cruel de la vida: con la primavera pueblan frondosas las ramas luciendo sus mejores galas, pasan el verano manteniendo el mismo verde intenso pero con menor brillo, y al llegar al otoño adquieren el color crepuscular que precede al vacío del invierno.

Repito el ritual de todos los años: preparo el rastrillo, las bolsas de basura para la recogida, los guantes que compré décadas atrás, qué vergüenza de guantes, decía mi mujer con la puntualidad del sorteo del gordo, y me pongo los auriculares con una grandiosa selección musical que me transportará a otro universo.

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He dejado que las hojas se acumularan durante las últimas semanas y ahora la alfombra que cubre el jardín es espesa, mullida, una mezcla de tonos anaranjados con otros más ocres. Su belleza depende en buena parte de la luz del sol que ilumine ese día. Me recuerda a la mirada a través del color del cristal del poema de Campoamor.

Hoy ese cristal está nublado.

Suena el Nocturno de Chopin mientras comienzo la tarea por la esquina derecha. Adopto un ritmo pausado, sin prisas, como las notas del piano. Fluido, sereno, acumulo las hojas en un primer montón. Una hoja por sí sola no pesa nada, pero el montón pesa un quintal. Otra vez la comparación con la cabellera me viene a la mente. Del pelo caído que aparece en la almohada, no pasa nada, cariño, al estás calvo, pero me sigues gustando, siempre estaré a tu lado.

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La música me lleva a otro lugar, aleja la fatiga. Tengo gigas y gigas de música que pongo en reproducción aleatoria. Es una mezcla de estilos indefinible, de todo tipo, cada pieza, cada canción con sus recuerdos. Sittin’ on the dock of the bay, Cómo quisiera poder vivir sin aireWho wants to live forever, un fado de Mariza y el violín desgarrado de Itzhak Perlman en La lista de Schindler. Una mezcla ecléctica, que es el adjetivo que utilizan los críticos cuando no saben cómo definir una colección o un disco.

Estoy en otro mundo, pero mis lumbares me recuerdan que aún pertenezco a este. Abro la bolsa y con paciencia la relleno con el primer montón de hojas mientras suena el You shook me all night long de AC/DC. Las hojas del ciprés rojo acumulan la humedad de la noche y algo me dice que me va a costar mover la bolsa cuando la rellene. Mi cuerpo ha entrado en calor y dejo de percibir el frío del invierno que comenzó hace apenas doce horas. Me estiro y trato de recomponer mi maltrecha espalda mientras aprovecho para mirar los mensajes del móvil. Mis hijos se empeñan en que estas primeras navidades sin su madre no se celebren en casa. En mi casa, en nuestra casa. Ofrecen todo tipo de facilidades, menús, razones y argumentos muy bien construidos, pero nada resulta más convincente que un no me apetece salir.

Cojo de nuevo el rastrillo al ritmo del Romeo and Juliet de Dire Straits, preludio del Adagio para cuerdas de Barber. Será la única vez que pare en la tarea, suba el volumen y me quede apoyado en el rastrillo. Unos minutos tan solo, necesarios. La guitarra de Stevie Ray Vaughan me devuelve el movimiento, me saca de la parálisis y con nuevos bríos completo el segundo montón. Tengo los lumbares como si un búfalo me hubiera embestido por detrás. Era el momento en el que solía descansar, entraba en casa y tomaba un vino blanco con ella. Este año no habrá vino, ni queso. Ni sonrisas cómplices, ni una caricia en el remolino que se forma en la coronilla al quitarme el gorro.

Arrastro el rastrillo, junto las hojas que el viento ha llevado a las zonas más lejanas del jardín y poco a poco, Don’t answer me y La chica de ayer, voy finalizando el tercer y último montón.

Relleno las bolsas y me estiro con el orgullo de la contemplación del trabajo bien hecho. Me duele todo. Pienso en la metáfora de la recogida de la hoja y la Navidad, en cómo empiezas la tarea con ganas, insistiendo en los detalles y cómo te invade la fatiga. Imperceptible al principio, de modo súbito después. Con el agotamiento desaparece el ímpetu, y al final todo lo superfluo de la Navidad termina como mi tarea en el jardín.

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En esta época del año tomas conciencia del paso del tiempo, un año más, un año menos, y antes de que me de cuenta, estaré recogiendo de nuevo la hoja del ciprés rojo del jardín. Suena María Callas.

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Un trabajo en equipo (2ª parte), por Lester

Trabajo en equipo

(Continuación. Para volver a la primera parte, pulsa aquí)

Durante hora y media los cinco empleados estuvieron soltando ideas de todo tipo, en ocasiones lo primero que se les venía a la cabeza:

FERNANDO.- Yo contrataría a unos sicarios, son fáciles de encontrar. Conozco a un tío que conoce a otro que da palizas de encargo, que seguro que podría llevarnos a…

DIEGO.- Lo secuestramos, lo llevamos encapuchado y lo soltamos en mitad de la Cañada Real con su Armani y el reloj de seis mil pavos.

Pero en otros momentos de más lucidez algunos de los asistentes plantearon ideas que al menos en apariencia podían resultar coherentes:

ARANCHA.- No tenemos ni idea de cómo se planifica un asesinato, pero puesto que esto consiste en un ejercicio solo teórico (miró a Álex para asegurarse de que sus palabras eran ciertas), podíamos plantearlo como aquel juego del Cluedo en el que había que averiguar el lugar del crimen, el arma homicida y descubrir al asesino.

A todos les pareció un punto de partida excelente, y así fue como en menos de quince minutos la propia Arancha se encontraba escribiendo en la pizarra lo que sus compañeros le decían:

  LUGAR                                            ARMA                                         QUIÉN                

Casa de Don Marcelino           Escopeta de caza de Diego                Diego

Despacho                                   Caída por el hueco del ascensor      Arancha

A la salida del trabajo             Matones a sueldo                                Fernando

Gimnasio al que acude           Objeto contundente / pesa                José Antonio

Restaurante habitual              Envenenamiento                                Luisa

Como por arte de magia, de repente todos aportaban ideas y las compartían sin rubor, sugerencias que Arancha apuntaba de modo eficiente. Incluso asentían con interés a lo que alguno de sus compañeros proponía, aunque llevaran años sin hablarse.

JOSÉ ANTONIO.- Diego, tú sabes cómo funciona el ascensor, has estado varias veces con los de mantenimiento. Sé que a cualquiera de nosotros nos costaría asesinarlo a sangre fría, pero dejarlo inconsciente de un buen golpe no nos supondría tanto problema. Es así, Fernando, tú que eres tan impulsivo lo sabes. Una vez inconsciente sería relativamente sencillo llevarlo al hueco y soltarlo por allí. Podría parecer un accidente, no sería la primera vez que ocurriera en edificios de oficinas, y hablamos de cinco plantas, así que los golpes durante la caída sin duda disimularían el nuestro.

LUISA.- ¿Y dejarlo inconsciente con pastillas? ¿Sedado?

DIEGO.- Lo detectarían los análisis posteriores durante la autopsia.

LUISA.- Es cierto. ¿Y otras opciones, como envenenarlo? Todos los martes come en el O’Faro do Lugo, y los jueves en Casa Paco. No es descabellado pensar que pueda sufrir una intoxicación letal por consumir algún producto en mal estado. O un agente químico que nunca debiera haber estado allí. Ahora que estamos negociando con una empresa rusa, las sospechas caerían sobre ellos de inmediato.

FERNANDO.- Ja, ja, ja, los rusos. Yo les dejaba a deber varias facturas y les escribiría una carta como si fuera Don Marcelino hablándoles de que su producto era una mierda y no pensaba pagarles.

ARANCHA.- Pero dejarías muchas pistas, y eso no te garantiza que los rusos se lo fueran a cargar, como mucho le darían un buen escarmiento. Aparte de que creo que no todos los rusos son unos matones.

FERNANDO.- Te garantizo que estos con los que se mezcla Marcelino sí lo son.

Se centraron sobre todo en el mejor lugar para hacerlo sin ser pillados y en cuál sería el mejor sistema y el arma, porque ninguno se atrevía a hablar del ejecutor. Los cinco tenían un brillo especial en la mirada, pero sin duda alguna el que mayor brillo mostraba en los ojos era el propio consultor, Álex, que disimulaba una sonrisa de satisfacción.

ÁLEX.- Bien, señores, les quedan apenas veinte minutos, pero todos sus planes, aun siendo interesantes, contienen grandes errores. Es obvio que no se puede usar la escopeta de caza de Diego porque sería localizado de inmediato por las pruebas de balística. El hueco del ascensor me parece una idea fascinante, pero abriría una investigación en la compañía y no creo que la hipótesis del accidente resultara muy convincente. El envenenamiento o los matones rusos implican utilizar cómplices que dificultarían el logro, aparte de que no sería válido de acuerdo con las reglas que les marqué.

ARANCHA.- Un Farruquito.

No solo sus cuatro compañeros se quedaron mirándola, sino que el propio Álex dilató sus pupilas, aguzó el oído y observó atentamente a la mujer.

ARANCHA.- Planteemos un Farruquito. Un atropello mortal en la vía pública y luego el conductor se daría a la fuga.

LUISA.- Hay un sitio perfecto cerca de mi casa. Salgo a correr tres días por semana al pinar cercano al polideportivo de Pozuelo, y allí me he encontrado en varias ocasiones a Don Marcelino, que debe vivir cerca. Saca de paseo a su perro cerca de las nueve de la noche, cuando yo vuelvo, y cruza siempre por el mismo sitio, por mitad de una calle sin paso de cebra ni demasiada iluminación. Ni demasiado transitada a esas horas.

FERNANDO.- Suena bien, apúntalo, Arancha. Podría parecer un accidente fortuito en el que el conductor, acojonado, se da a la fuga. El problema de ese tipo de atropellos es que siempre acaban pillando a los responsables por los desperfectos que sufre el coche. Aunque pasen varios meses, como con Farruquito, al final los acaban pillando por algún resto del vehículo o por los talleres de chapa y pintura.

DIEGO.- Creo que hasta en eso tendríamos suerte. Ahora mismo tenemos abajo en el taller una de las furgonetas de reparto para reparar. Hace una semana tuvo un golpe con el frontal contra otro coche en mitad de una autovía. La típica colisión múltiple en cadena. Puesto que en unos días nos llega la pieza, se podría preparar el atropello con la furgoneta sin arreglar, y a continuación, de inmediato, volver a montar el frontal.

FERNANDO.- Joder, sé que es un juego, pero me estoy emocionando viendo que sería posible. Habría que tener cuidado con las cámaras que hay por todas partes en una ciudad, en cualquier sitio.

LUISA.- En la zona que os digo solo hay un cajero automático al exterior, justo antes de la curva. Y esas son las primeras cámaras en las que la policía busca pistas siempre. Puede que identificara la matrícula de la furgoneta, pero no lo veo probable.

JOSÉ ANTONIO.- Sé que lo que voy a decir no es muy correcto, pero Diego y yo sabemos cómo doblar unas placas de matrícula porque tuvimos que hacerlo hace varios años.

DIEGO.- No me lo recuerdes, joder, qué tiempos aquellos. Pero sí, claro que es posible. Y te digo más, yo buscaría doblar una matrícula de alguna furgoneta similar ya retirada de circulación. En el desguace del Rubio sería sencillo localizarla y si algún día se llega a sospechar, la policía pensaría que el asesinato lo cometió alguien con un vehículo teóricamente retirado de la circulación, delincuentes de poca monta. Algo casual, no premeditado.

El consultor llevaba varios minutos en silencio contemplando a los cinco urdidores del asesinato y tratando de disimular su sonrisa, pero decidió intervenir al ver que se hacía una pausa, como si el objetivo ya estuviera cumplido:

ÁLEX.- Muy bien, señores, veo que son capaces de todo, incluso de cargarse a alguien, o de hacer algo más complicado en su caso, como es trabajar en equipo. ¿Pero no creen que se les olvida algo más?

ARANCHA.- Los móviles. Estamos hartos de ver esos programas de investigación de asesinatos en los que te cuentan cómo la policía ha dado con los delincuentes, y veo que casi siempre está relacionado con el seguimiento de los móviles y su posición. Una vez que investigan quiénes podrían ser los sospechosos, aunque apenas haya indicios, se ponen a rastrear sus móviles durante el día del crimen y los días anteriores y posteriores. En ocasiones es como un libro abierto, los asesinos están diciendo a las claras a la policía: “sí, agente, estuve allí el día del crimen. Y el anterior para planificarlo, y el siguiente para destruir pruebas”.

JOSÉ ANTONIO.- Joder, pues claro, el supuesto ejecutor no podría llevar el móvil encima.

ÁLEX.- Ahí es donde quería llevarles yo. Y no me refiero a su teoría, Arancha, que me parece perfecta y una reflexión muy acertada, sino que quería llevarles a la figura del ejecutor, esa que ustedes han esquivado desde el principio de este juego.

Se hizo el silencio durante unos segundos. Los cinco se cruzaron las miradas sin decir nada, pero estaba claro que todos buscaban al compañero más adecuado al que señalar.

ARANCHA.- Tendría que ser alguien sin un motivo aparente, sin un móvil, alguien que no se beneficiara de la muerte de Don Marcelino.

LUISA.- Yo no podría ser, puesto que no tengo carné de conducir. Pero ayudaría encantada en el resto de tareas.

JOSÉ ANTONIO.- Yo tampoco podría ser, pero prefiero no contar mis razones. En mi caso, habría un móvil claro.

FERNANDO.- ¡Pero vamos a ver, José Antonio, aquí no hay secretos, que nos estamos jugando nuestros puestos de trabajo! Si no lo haces tú, lo voy a contar yo y que…

JOSÉ ANTONIO.- ¡No se te ocurra decir ni una palabra, hijo de puta!

ÁLEX.- ¡Eh, eh, eh, señor Pérez, le llamo al orden, modere su vocabulario! Y le recuerdo lo que se juegan ustedes hoy. Aquí, en esta mesa, en los próximos minutos. Si usted renuncia ya a su puesto de trabajo, puede levantarse y marcharse, nada se lo impide. Me ahorrará parte de mi ingrato trabajo y en unas horas, mañana mismo, recibirá su finiquito.

José Antonio agachó la cabeza, sabedor de lo que estaba por venir.

ÁLEX.- Continúe, por favor (señalando a Fernando con el mentón).

FERNANDO.- El presidente de la compañía, Don Agustín, tiene dos hijos: Don Marcelino, al que ya ha visto usted cómo nos gustaría atropellarlo, dispararlo o lanzarlo por el hueco del ascensor, y un joven que está apartado de la familia, de nombre Emilio, que se convertiría en el heredero único de Don Agustín. Emilio es…

JOSÉ ANTONIO.- Mi marido. Desde hace cuatro años.

“No jodas” fue la frase que más se oyó sobre la mesa.

LUISA.- ¡Lo sabía! Bueno, no que estuvieras liado con Emilio, sino que eras “diferente”, “especial”. Siempre lo sospeché.

DIEGO.- Joder, qué de cosas estamos aprendiendo hoy. Bueno, pues eso nos deja solos a Arancha, a Fernando y a mí.

ARANCHA.- En mi caso, yo tampoco debería ser, puesto que podría haber una ligera sospecha hacia mí, ya que… hace años… (se le quebró la voz). ¿Recordáis aquella baja de tres meses que tuve hará cosa de un par de años? Pues bien, no fue una baja sino una suspensión de empleo y sueldo por… (se le escapó una lágrima)… fue como represalia por una denuncia que interpuse contra Don Marcelino. Y de verdad que preferiría ahorrarme los detalles. Me tragué mi orgullo, retiré la denuncia y volví al trabajo. No podía perder el sueldo, es lo único que tenía. Ahora bien, con este juego macabro que se ha inventado usted, señor, no dejo de pensar en si hablamos de solo un juego o sería posible llegar más allá.

FERNANDO.- Joder, Arancha, yo lo haría por ti. Además, bastante tiene Diego con conseguir la furgoneta, desmontar el parachoques, volverlo a montar, conseguir las placas,… Yo lo haría. Además, hace años atropellé a un perro por accidente y me sentí fatal, pero fui capaz de seguir con mi vida. A los pocos días se me había pasado.

DIEGO.- No compares, estamos hablando de cargarnos a un tío, ¡a Don Marcelino!

FERNANDO.- Lo sé, y con más razón lo digo. Siento por los animales un cariño y un afecto que evidentemente no siento por ese hijo de la gran puta que tenemos por jefe.

Se hizo un nuevo silencio. Álex miró su cronómetro y dijo en voz alta:

ÁLEX.- Perfecto, se cumplen ya las dos horas. Señores, señoras, debo felicitarles por su gran trabajo, me han sido de gran ayuda.

En ese preciso instante llamaron a la puerta. Sin esperar respuesta, la misma persona la abrió. Era Doña Matilde, la octogenaria secretaria del presidente de la compañía.

DOÑA MATILDE.- Sr. Schwartz, el presidente le recibirá en estos momentos y le comunicará la decisión del Consejo.

ÁLEX.- Muchas gracias, Matilde, voy para allá. (Se levantó, recogió sus notas y se dirigió a los presentes). Acostúmbrense a mi cara, porque sospecho que me van a ver mucho por aquí.

Salió con gesto satisfecho. Los cinco compañeros, la cuadrilla de la muerte, los cómplices de planificación de asesinato, se quedaron perplejos.

FERNANDO.- ¿Qué coño está pasando aquí?

La puerta se abrió de nuevo, pero esta vez no hubo llamada previa. Se abrió con fuerza, con violencia. Era Don Marcelino.

DON MARCELINO.- ¡La reputa madre que os parió, por fin os encuentro! ¡Llevo dos putas horas buscándoos por todas partes y nadie sabe decirme dónde cojones os habíais metido! Con la de cosas que tenemos que hacer, con la de pedidos y llamadas que estamos teniendo, me gustaría saber qué hostias estáis pensando aquí todos juntitos, ¡venga, moved el culo, rápido!

Acostumbrados como estaban a las reprimendas de Don Marcelino, se levantaron de un salto y mientras abandonaban la sala, solo Diego se atrevió a decir:

DIEGO.- Pero fue Álex Schwartz quien nos dijo que usted…

DON MARCELINO.- ¿Y quién coño es Álex Schwartz? Venga, a ponerse al día ahora mismo, y hoy no salís de aquí hasta que recuperéis todo el trabajo atrasado, ¡¿está claro?!

Los cinco recuperaron su rutina habitual y un ritmo de trabajo algo más apresurado de lo que era costumbre en ellos, pero en cuanto Don Marcelino entró en su despacho, se cruzaron las miradas, unas miradas de las cuales emanaba un brillo especial, un reflejo fugaz y luminoso, desconocido apenas dos horas antes.

 

El bigote de Kim

Vilfort

La pequeña Line acarició el bigote de su padre y le dio unos cariñosos tirones. Le encantaba agarrar un mechón y retorcerlo entre las yemas de los dedos. Por absurdo que pueda parecer, aquel bigote representaba para ella la seguridad. Era el bigote que en cada beso, estuviera dormida o despierta, le raspaba suavemente la cara como recordándole “eh, cariño, estoy aquí”, el mismo bigote que reconocía con rapidez entre la multitud, ya fuera en el colegio o en el hospital.

Con la cabeza apoyada en la almohada, Line esbozó una sonrisa, le miró fijamente a los ojos y susurró:

– Vuelve con ellos y hazlo. Es tu sueño y me encantará verlo por la tele.

A Kim, el tipo duro de metro noventa, el fornido jugador de la selección danesa de fútbol que nunca se quejaba, se le saltaron las lágrimas. Los últimos resultados de los análisis no habían sido los esperados y la pequeña Line no respondía al tratamiento para combatir la leucemia. Demasiados parámetros fuera de lo normal para un cuerpo de apenas seis años.

Esa misma tarde Kim tomó el avión que le llevaría de vuelta a la concentración de la selección en Gotemburgo. Por la ventanilla miró al Báltico sin entender muy bien qué hacía sentado en esa butaca en lugar de estar junto a la cama de la pequeña. “Cumplir sus deseos”, trató de justificarse. El color de las aguas, entre azul y gris, le recordó su mirada.

Cuando llegó al hotel, sus compañeros le abrazaron, le besaron, le dieron palmadas en la espalda y le gritaron de todo para animarle. El portero titular, el gigantón Peter Schmeichel, fue el último en abrazarle, con su característica sonrisa:

– Dijiste que volverías para la final, cabronazo.

– Bueno, no me fiaba de vosotros.

– ¿Acaso lo dudas? -soltó Peter con convicción.

Nadie esperaba que la selección danesa se clasificara para las semifinales de la Eurocopa de 1992, y menos  aún Kim Vilfort. En realidad ni siquiera les esperaban en Suecia, porque durante la clasificación para el campeonato habían sido segundos de grupo tras Yugoslavia. Sin embargo, diez días antes del inicio del torneo y cuando algunos jugadores daneses llevaban ya unos días de vacaciones, la ONU vetó la presencia de equipos yugoslavos por las guerras en los Balcanes.

Dinamarca confeccionó una selección en apenas diez días. No fue complicado pues apenas tenían jugadores para elegir: Schmeichel y diez más. Los que estuvieran localizables ocuparían el banquillo.

Los dos primeros partidos, como era de esperar, dejaron a Dinamarca medio eliminada. Un empate y una derrota. Tras el segundo partido Kim decidió volver con Line y con su familia, la hermosa Minna y el inquieto Mikkel. Quiso animar a sus compañeros con esa frase que ahora le recordaba Peter:

– Serán unos días, no quiero perderme la final.

Kim no confiaba en que sus compañeros lograran derrotar a la poderosa Francia de Papin, Cantona y Deschamps, y clasificarse para las semifinales. El invitado inesperado. El rival sería Holanda, la campeona, la naranja mecánica repleta de superclases como Gullit, Van Basten y Rijkaard. “Lo normal sería que nos triturasen”, pensó Kim, “pero… esto es fútbol”.

El partido acabó con empate a dos tras el cerrojazo danés y la portentosa actuación de Schmeichel. Tras cada una de sus paradas, levantaba el puño y animaba a sus compañeros con una determinación contagiosa.

Llegó la temida tanda de penaltis. Schmeichel detuvo el de la estrella holandesa Van Basten. A Kim le tocó lanzar el cuarto. El portero holandés, Van Breukelen, un tipo mal encarado, intentó sacarle de sus casillas, como había hecho con sus compañeros. Pero Kim estaba en otro mundo. Juntó el pulgar y el índice de su mano derecha bajo la punta de la nariz y comenzó a separarlos lentamente mesándose el bigote hasta llegar a la comisura de los labios. Era un gesto que repetía con frecuencia. Al final del movimiento abría la boca en lo que podía interpretarse como una sonrisa.

Lanzó el penalti con convicción y lo anotó. Como le espetó Schmeichel al celebrar la clasificación para la final:

– Ese energúmeno tocándote los cojones, y tú vas y te ríes en su cara.

De inmediato Kim pensó en Minna y en Mikkel, que estarían viéndole por televisión, pero sobre todo se acordó de Line postrada en la cama.

La final se disputaría en el mismo estadio cuatro días después contra Alemania.

– No tenemos nada que hacer, pero ya que estamos aquí, ¿qué tal si terminamos el trabajo? -dijo el veterano central Olsen.

La convicción de que podían lograr la proeza se fue adueñando de todos ellos, sensación que aumentó cuando Jensen anotó el primer gol desde fuera del área. El resto del partido fue un monólogo alemán tratando de penetrar en la sólida defensa danesa. Las manos milagrosas de Schmeichel hicieron el resto.

El cansancio empezaba a notarse en las piernas de los daneses. Quedaban pocos minutos de la segunda parte cuando un balón rebotado cayó cerca de Kim. Era la oportunidad. Estaba tan fundido que no llegaba al balón, así que se lo acomodó ligeramente con el brazo, con tal fortuna que el árbitro no lo vio,  y recortó hacia el centro. Tenía el balón para chutar con su pierna mala, la izquierda, pero estaba tan cansado que no podía dar un paso más, así que le pegó con el alma. Le salió perfecto, junto al palo izquierdo de Illgner, que no alcanzó a detenerlo. Dos a cero, quedaban apenas diez minutos y no había dudas de que Dinamarca sería campeona por primera vez en su historia.

Ochocientos kilos de equipo danés se abalanzaron sobre Kim formando una montaña humana. Las lágrimas de emoción se fundieron con sus lágrimas de alegría y dolor al pensar en Line, a la que imaginó frente al televisor tratando de encontrar el bigote de su padre entre esa maraña de jugadores, su pequeña Line de la que ya no se separaría en la semana de vida que su cuerpo aguantó.