La hoja del ciprés rojo

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Hoy toca recoger la hoja del ciprés rojo del jardín, como es habitual por estas fechas.

Sigo haciéndolo yo en lugar de contratar un jardinero profesional, desoyendo los consejos de varios amigos y de mi médico personal. Es una tarea que me relaja y que todavía soy capaz de hacer, pese a que la espalda de este jubilado ya me ha dado varios avisos conminándome a renunciar a hacerlo por mí mismo.

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En el pequeño jardín de la parte trasera de mi casa tengo varios árboles: un magnolio, una higuera, varios que no sé ni qué son (tal es mi conocimiento del milenario arte de la jardinería), un pruno y tres cipreses rojos. Son mis favoritos, especialmente en otoño, cuando sus hojas adquieren esa tonalidad rojiza que le da un color precioso a la vista que tengo desde el dormitorio.

Ocurre que casi todo lo hermoso en esta vida es efímero y no le está permitido a la hoja de mis cipreses salirse de esa norma no escrita.

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Cada día que pasa de este otoño maldito los cipreses pierden unas hojas. Irremisiblemente, sin que apenas lo perciba. Es una ley natural, igual que perdemos el pelo, o llegada esta avanzada edad, los amigos o a la compañera de toda la vida. El aspecto que muestran a lo largo de las estaciones es una representación cruel de la vida: con la primavera pueblan frondosas las ramas luciendo sus mejores galas, pasan el verano manteniendo el mismo verde intenso pero con menor brillo, y al llegar al otoño adquieren el color crepuscular que precede al vacío del invierno.

Repito el ritual de todos los años: preparo el rastrillo, las bolsas de basura para la recogida, los guantes que compré décadas atrás, qué vergüenza de guantes, decía mi mujer con la puntualidad del sorteo del gordo, y me pongo los auriculares con una grandiosa selección musical que me transportará a otro universo.

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He dejado que las hojas se acumularan durante las últimas semanas y ahora la alfombra que cubre el jardín es espesa, mullida, una mezcla de tonos anaranjados con otros más ocres. Su belleza depende en buena parte de la luz del sol que ilumine ese día. Me recuerda a la mirada a través del color del cristal del poema de Campoamor.

Hoy ese cristal está nublado.

Suena el Nocturno de Chopin mientras comienzo la tarea por la esquina derecha. Adopto un ritmo pausado, sin prisas, como las notas del piano. Fluido, sereno, acumulo las hojas en un primer montón. Una hoja por sí sola no pesa nada, pero el montón pesa un quintal. Otra vez la comparación con la cabellera me viene a la mente. Del pelo caído que aparece en la almohada, no pasa nada, cariño, al estás calvo, pero me sigues gustando, siempre estaré a tu lado.

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La música me lleva a otro lugar, aleja la fatiga. Tengo gigas y gigas de música que pongo en reproducción aleatoria. Es una mezcla de estilos indefinible, de todo tipo, cada pieza, cada canción con sus recuerdos. Sittin’ on the dock of the bay, Cómo quisiera poder vivir sin aireWho wants to live forever, un fado de Mariza y el violín desgarrado de Itzhak Perlman en La lista de Schindler. Una mezcla ecléctica, que es el adjetivo que utilizan los críticos cuando no saben cómo definir una colección o un disco.

Estoy en otro mundo, pero mis lumbares me recuerdan que aún pertenezco a este. Abro la bolsa y con paciencia la relleno con el primer montón de hojas mientras suena el You shook me all night long de AC/DC. Las hojas del ciprés rojo acumulan la humedad de la noche y algo me dice que me va a costar mover la bolsa cuando la rellene. Mi cuerpo ha entrado en calor y dejo de percibir el frío del invierno que comenzó hace apenas doce horas. Me estiro y trato de recomponer mi maltrecha espalda mientras aprovecho para mirar los mensajes del móvil. Mis hijos se empeñan en que estas primeras navidades sin su madre no se celebren en casa. En mi casa, en nuestra casa. Ofrecen todo tipo de facilidades, menús, razones y argumentos muy bien construidos, pero nada resulta más convincente que un no me apetece salir.

Cojo de nuevo el rastrillo al ritmo del Romeo and Juliet de Dire Straits, preludio del Adagio para cuerdas de Barber. Será la única vez que pare en la tarea, suba el volumen y me quede apoyado en el rastrillo. Unos minutos tan solo, necesarios. La guitarra de Stevie Ray Vaughan me devuelve el movimiento, me saca de la parálisis y con nuevos bríos completo el segundo montón. Tengo los lumbares como si un búfalo me hubiera embestido por detrás. Era el momento en el que solía descansar, entraba en casa y tomaba un vino blanco con ella. Este año no habrá vino, ni queso. Ni sonrisas cómplices, ni una caricia en el remolino que se forma en la coronilla al quitarme el gorro.

Arrastro el rastrillo, junto las hojas que el viento ha llevado a las zonas más lejanas del jardín y poco a poco, Don’t answer me y La chica de ayer, voy finalizando el tercer y último montón.

Relleno las bolsas y me estiro con el orgullo de la contemplación del trabajo bien hecho. Me duele todo. Pienso en la metáfora de la recogida de la hoja y la Navidad, en cómo empiezas la tarea con ganas, insistiendo en los detalles y cómo te invade la fatiga. Imperceptible al principio, de modo súbito después. Con el agotamiento desaparece el ímpetu, y al final todo lo superfluo de la Navidad termina como mi tarea en el jardín.

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En esta época del año tomas conciencia del paso del tiempo, un año más, un año menos, y antes de que me de cuenta, estaré recogiendo de nuevo la hoja del ciprés rojo del jardín. Suena María Callas.

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3 comentarios en “La hoja del ciprés rojo

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