
TRAVIS, 19/04/2026
Como metáfora de la vida, o de una huida, como prisión sin escapatoria, como lugar para conocer a alguien, como caballo de hierro que asaltar… El tren, también, como enlace, como unión entre localidades, culturas y civilizaciones, como símbolo de progreso (hace más de un siglo, no ahora, por desgracia). El tren siempre estuvo ahí, unido al cine casi desde los orígenes de ambos. No en vano, la primera cinta proyectada por los hermanos Lumiére en aquel cine de París en 1895 fue la famosa escena Llegada de un tren a la ciudad:
El post de hoy sirve como complemento a aquel que hablaba de las voladuras de puentes, una metáfora, quizás, de todo lo contrario, de la destrucción, de la quiebra de vínculos, de ruptura del progreso, de esa unión entre pueblos que suponía el puente y, con ello, la llegada del tren. Claro que, sin conflicto, apenas habría argumentos para hacer buenas películas.
Uno de los estrenos revelación del año pasado fue para mí, sin duda, Sueños de trenes, una rareza estrenada en Netflix casi a la vez que en salas comerciales. ¿Se puede contar la vida entera de una persona a través de su relación con el tren? Pues sí, en cierto modo esa es la vida de este leñador de Idaho desde principios del siglo XX, toda una vida marcada por el paso del tren, la construcción de sus vías, el conocimiento del ser humano a través de las miradas de los currantes que lo acompañan, el tren que lo aleja de la familia, pero que también sirve de medio que lo trae de vuelta, y esa manera postrera de dejarse ir en sus últimos años, medio adormilado en el vagón de un tren moderno. Aparentemente no pasa nada en sus cien minutos de metraje, pero la paradoja es que pasa toda una vida ante nuestros ojos. Melancólica, sentimental, repleta de añoranza.
Sueños de trenes (Cliff Bentley) comienza con una estética de wéstern, el género cinematográfico por excelencia, y el wéstern no existiría sin el tren. Una de las primeras obras conocidas del cine es The great train robbery (Asalto y robo de un tren), de 1903. En esos apenas trece minutos se concentra casi todo lo que luego serían los códigos del wéstern, mucho más real como cine y ficción que como realidad histórica. Con toda su ingenuidad, con la precariedad de medios y efectos especiales de un invento que daba sus primeros pasos, pero ya con una concepción clara del montaje, el ritmo, la definición de personajes y algo que cada vez echo más en falta en el cine moderno, la claridad en la acción. Se puede encontrar fácilmente en YouTube:
El maestro del wéstern (y de muchos más géneros), John Ford, comenzó su carrera en el cine mudo y lo hizo con obras tan destacables como El caballo de hierro (1924), que cuenta la construcción del primer gran ferrocarril estadounidense. Más de cien años tienen estas películas, como El maquinista de la General, de Buster Keaton, de 1926, que ya ha salido en anteriores ocasiones en este blog (La edad de un clásico, Volando puentes). La General es la locomotora de Keaton, la otra gran protagonista del filme, con la que nos ofrece momentos inolvidables y con la que logrará, gracias a su pericia, darle la vuelta a una guerra. Y recuperar a su chica, que tampoco es poca cosa.
La imagen más recordada y, seguramente, celebrada de Los hermanos Marx en el Oeste es la de ese tren de cuyos vagones apenas queda el esqueleto, mientras Groucho exclama sin descanso: “¡Traed madera! ¡Traed madera!”. Nunca dice “Más madera” en el doblaje, pero es la frase que ha pasado de generación en generación como significado de poner más tensión o intensidad a algo. Yo pensé hace no muchos años que el tren de los hermanos Marx es una metáfora magnífica de esos grandes grupos empresariales que van quemando sus mejores activos (malvendiéndolos) para que no se pare la maquinaria, pero eso es asunto para un post del Amiguete Josean.
El hombre que mató a Liberty Valance (1962, nuevamente John Ford) es un inmenso flashback contado desde un tren por un veterano James Stewart a un periodista que le pregunta por su amistad con el fallecido a cuyo funeral asiste, Tom Doniphon (John Wayne). El tren siempre estuvo ahí, en numerosas tramas y como elemento que marcaba la misma.
Un tren no tiene escapatoria: si saltas en marcha, lo más probable es que te mates. Si el tren va directo a un precipicio o a estrellarse, no te queda otra que tratar de frenarlo… o saltar, con la consiguiente posibilidad de estamparte contra un árbol, contra el suelo o morir directamente. Alfred Hitchcock, aficionado como era a acorralar a sus personajes, lo sabía bien y por eso incluyó este elemento en varias de sus películas. Y no solo para lanzar el mensaje subliminal de un coito, como al final de Con la muerte en los talones, cuando enlazó las imágenes de Cary Grant y Eva Marie Saint en el coche cama con la “penetración” del tren en el túnel, un modo hábil de esquivar la censura.


Hitchcock rodó otras obras como Alarma en el expreso (de la que luego se haría el remake La dama del expreso), y una de las más conocidas por su retorcido planteamiento, Extraños en un tren. Porque otra de las posibilidades que ofrece el tren al guionista es la de cruzar a personas muy diferentes obligadas a convivir durante horas en un pequeño habitáculo. Y ahí, a poco que se lo trabaje el guionista, puede surgir de todo:


- Una propuesta para cometer el crimen supuestamente perfecto, como en la mencionada obra de Hitchcock.
- El romance: Breve encuentro, de David Lean (1945), o toda la trilogía de Richard Linklater sobre los amoríos de Ethan Hawke y Julie Delpy (Antes de…), que nace del encuentro fortuito entre el americano y la francesa en un tren a Viena (Antes del amanecer, 1995).
- Una desaparición perturbadora: Alarma en el expreso, La dama del expreso o El expreso de Chicago. Porque en un tren, como en un avión (Plan de vuelo: desaparecida), es imposible que se volatilice una persona con la que has estado charlando o cenando el día anterior, salvo que alguien la haya arrojado en marcha.
- Una huida complicada de la mafia: Jack Lemmon y Tony Curtis en ese vagón repleto de chicas en Con faldas y a lo loco.
- Un atentado terrorista: los guionistas no tuvieron que inventar nada para 15:17 Tren a París, la película que Clint Eastwood rodó sobre los tres marines de vacaciones por Europa que impidieron un atentado, con los propios soldados como actores.
- Un asesinato: la gracia de Asesinato en el Orient Express, basada en la obra de Agatha Christie, está precisamente en el espacio reducido del tren y en saber que el asesino tiene que estar forzosamente entre los pasajeros. No hay otra posibilidad. Por cierto, por si a alguien le interesa mi opinión, infinitamente mejor la versión de Sydney Lumet (1974) que la de Kenneth Branagh (2017).


Uno de los momentos más recordados de El golpe (George Roy Hill, 1973) sucede en el vagón del tren en el que se celebran partidas clandestinas de póker. El grupo de timadores encabezado por Paul Newman se aprovecha del reducido espacio del vagón para, primero, realizar sus ejercicios de trilerismo con las cartas, y después, lanzar el anzuelo que picará el personaje de Robert Shaw (el señor Lonnegan, o Lonnifan, o Lonneman, según el momento y todo en aras de sacarlo de sus casillas).
La química entre Paul Newman y Robert Redford se había forjado en una película anterior, Dos hombres y un destino, (traducción bastante libre de Butch Cassidy y The Sundance Kid). Fue rodada en 1969 por el mismo George Roy Hill, y se centraba en la vida de los famosos asaltantes de bancos y trenes que comenzaron a dar sus palos a finales del siglo XIX. Y no hay grupo de bandidos en una película del Oeste que no se lance a asaltar un tren.


Es una tradición que se ha mantenido incluso en versiones modernas, como el tren de alta velocidad en Misión: Imposible, o en Bullet Train, o el secuestro de un vagón de Metro en Pelham 1,2, 3 (la versión de Walter Mathau, por favor, no la de Travolta) y no podía faltar en esa especie de wéstern en las galaxias que quiso ser el spin-off del personaje de Han Solo: Solo, una historia de Star Wars. Por mucho que la acción se situara en un planeta a millones de kilómetros de aquí y en un futuro muy, muy lejano, no faltó ese tren que había que tomar por la fuerza. Porque el tren, así como tarda mucho en arrancar, no se detiene ante nada. Salvo descarrilamiento. Y de todo ello pueden surgir varias ideas que quedarán para la segunda parte.
