El lenguaraz CEO y la traductora de Cambridge

La vida moderna es caprichosa y, en ocasiones, nos regala encuentros (o encontronazos) inesperados. Gentes muy diferentes, con educaciones y estatus a años luz de distancia, con unas maneras de hablar radicalmente distintas, cuando no confrontadas, personas que, por una cuestión del destino o de los negocios, se encuentran cara a cara. Y el mundo empresarial facilita estas situaciones con inusitada frecuencia.

Los detalles importan poco, pero la situación que voy a describir en este post sucedió durante una serie de rondas de presentación de nuestra empresa a unos grupos inversores interesados en adquirir una filial o en invertir parcialmente en ella. Nos habían aleccionado a todos los que participábamos acerca de cómo debían ser las presentaciones: un pequeño escenario al que nos subiríamos, una pantalla enorme a nuestras espaldas en las que mostraríamos unas presentaciones curradísimas en inglés, con gráficos más espectaculares que creíbles… cómo debíamos hablar y movernos, cómo gestionar el pinganillo modelo coach de la NFL que nos iban a calzar, hasta qué lenguaje gestual debíamos manejar.

Como había varios inversores interesados, repetimos el mismo ejercicio hasta seis veces: un ensayo general y las cinco rondas de presentación. Nos sabíamos nuestro guion de pe a pa. O de cabo a rabo, expresión que no soy capaz de decir sin añadir el chiste que encontré un día sobre un libro inexistente: De cabo a rabo. O cómo pasé del ejército a chapero.

El proceso era muy serio, muy pro, con mucha pasta en juego. Por eso, para que todos los inversores comprendieran la información, contratamos a dos intérpretes simultáneas que traducirían todas nuestras palabras desde una pequeña cabina al fondo de la sala.

Por parte de nuestra empresa, seríamos cinco los “valientes” que saltaríamos a la palestra. Cuatro no nos movimos ni un milímetro de las instrucciones de los compañeros que sabían de esto, gente de Comunicación y Marketing, pero el quinto, ay, amigos, el quinto fue toda su vida por libre y no iba a ser menos en esta ocasión (ya ha salido en este blog varias veces, al menos en Conversaciones incómodas, Tradiciones navideñas en la empresa y «Hacer un Neymar» en la oficina). Es lo que tiene ser Ingeniero de Caminos y haber estado en el top megatop de la empresa durante cerca de un cuarto de siglo. Si buscáis vocinglero, lenguaraz o bocachanclas en el diccionario, es posible que encontréis una referencia a este CEO de verborrea incontenible y casi siempre fuera de lugar, de ambiente y, sobre todo, de tono.

—A mis casi sesenta años, no va a venir una niña de Comunicación a explicarme cómo tengo que hacerlo.

Ese es el perfil, el de los que dicen “niña”. Como nos habían pedido que fuéramos naturales con el empleo de las manos, que podíamos llevar un boli para señalar en la pantalla o manejarnos con el mando de las diapositivas (perdón, slides, my trainer) y que, sobre todo, no lleváramos un papel para ayudarnos, el primer día oficial, no el del ensayo, sino el puto primer día con los inversores externos, el lenguaraz CEO sacó un papel de su americana, lo desdobló con todo el estruendo posible sobre el micro y comenzó su particular speech.

Sería injusto si dijera que lo hizo mal, porque fue comedido en sus frases, sin apenas salirse del guion y sin caer en sus habituales comparaciones con la caza, el sexo o el lujo. Diría que estuvo algo apagado para ser él, quizás porque andaba más pendiente del papel que doblaba y desdoblaba continuamente que de los datos que aparecían a su espalda. De vez en cuando, me puse los auriculares para seguir la traducción simultánea que Julia y Catherine estaban haciendo. Todo correcto hasta ese momento.

Conocí a Julia y Catherine esos días por las muchas horas que pasamos juntos en la sala, pero especialmente en el café de los descansos o en la conversación tras el ensayo previo:

—¿Qué tal lo he hecho, se me entendía bien? —les pregunté.

—Sí, pero hablas muy rápido, procura hacerlo algo más despacio —me contestó Julia, una mujer de Talavera de la Reina. O From the Queen.

—Al que nos cuesta entender es a ese señor del pelo gris, el que a veces deja las frases a medias —añadió Catherine.

Catherine era una mujer cuya cara y peinado habrían encajado a la perfección en una película de James Ivory ambientada en la Inglaterra victoriana (perdón por la redundancia). El día del ensayo general, mientras nos tomamos un café, me contó que era natural de Cambridge, y ya solo por eso merecía todos mis respetos. Una mujer de Cambridge tiene que hablar con acento de dama de la realeza y tomar un té en taza de porcelana, nada de míseros cafés en vaso de cartón como los que se estilaron aquel día.

Las presentaciones se sucedieron en varios días y nuestro guion salía cada vez con mayor fluidez y naturalidad. Fechas, datos, cifras… hasta las morcillas que introducíamos de manera ensayada parecían cada vez más naturales, tal era la soltura que comenzábamos a adquirir sobre el escenario. Al final de las presentaciones había un turno para las preguntas de los inversores y ahí es donde pude disfrutar (aguantando las carcajadas en silencio, como las hemorroides del anuncio) de las frases fuera de guion del CEO y los intentos desesperados de mi Catherine de Cambridge por traducirlas a un español inteligible.

Reconozco que el primer día se me pasó ponerme los auriculares y lo lamentaré toda mi vida. Uno de los inversores preguntó acerca de las negociaciones para modificar los contratos, que le explicáramos el proceso y ahí fue donde el parlanchín CEO se sintió liberado de su guion y comenzó a explicarlo. Al principio de manera correcta y coherente, pero como algunos tienen una tendencia natural a sobreexplicar, acabó diciendo algo así como:

—Y luego todo depende de lo que quiera el cliente, porque a veces puede ser que le interese mejor precio y otras es el plazo, y hay que saber cortarlo, porque si no, otro día será que si mi primo tal o que si Pascual, o que si la abuela fuma.

Dirigí inmediatamente mi mirada a Catherine, que abrió la palma de las manos en señal de incomprensión. Apenas balbuceaba, luego entendí que no le dio tiempo a traducir que “if my cousin Pascual or if Grandma smokes”. Una pena. Desde ese día me puse los auriculares para todas las rondas de preguntas. Mejor dicho, me los puse para escuchar las traducciones a todas las respuestas del lenguaraz CEO por la British mouth de mi estimada Catherine.

El segundo día metió la caza en la comparación. Era inevitable que en algún momento cayera. Hablaba de clientes desconfiados y no pudo evitar terminar con:

—…y claro, que si no le gusta cómo caza la perrita.

Traté de escribir la expresión de Catherine, pero entre su despiste inicial y el intento de traducción literal de la frase, apenas pillé algo así como: “if he doesn’t like how the doggy hunts”.

Aquello se empezaba a parecer demasiado al famoso libro From lost to the river (De perdidos al río), aquel del glorioso subtítulo We were just a few, and Grandma had a baby (Éramos pocos y parió la abuela), mas la seriedad del ambiente, con una treintena de personas en la sala y millones de euros refulgentes en la pantalla, no casaba con el tono lúdico del libro. Al acabar aquella sesión, me acerqué a las dos traductoras y les pregunté qué cómo había ido la jornada.

—Lo de vuestro CEO es terrible —me dijo Julia—, cuando le da por hablar rápido es imposible seguirlo. Y además no termina las frases, engancha una con la siguiente, pero sin terminar la primera. Lo del ebitda ha sido imposible de traducir.

Se refería al momento en el que el CEO dijo algo así como que “el ebitda antes era 100, pero ahora, con esa cosa de las NIIF, resulta que los arrendamientos te los meten por abajo, con perdón, aunque antes iban por arriba”.

—Ya, son muchos años —respondí—. Algunos somos capaces de intuir lo que quiere decir. Incluso pensamos en escribir un diccionario BalbuCEO-Español, Español-BalbuCEO. Con más refranes que el María Moliner.

—Me cuesta mucho —confesó Catherine con su marcado acento de Cambridge— cada vez que describe a alguien, siempre usa una expresión, como de una jerga…

—¿Slang palentino, quizás? —le dije.

—No sé, pero nunca me he encontrado una situación similar.

—Descuide, que nosotros tampoco y aquí estamos, ¡tantos años después!

A partir de ese día, las traducciones del CEO quedaron a cargo de Julia, la cual hizo un ejercicio encomiable de adaptación al inglés de frases como “es como cuando los patos le tiran a las escopetas”, que adaptó con agilidad como “the world turned upside down”, pero hubo veces en que no fue capaz de encontrar un equivalente a la expresión del lenguaraz CEO.

“Marear la perdiz” fue fácil, “a perro flaco, todo son pulgas” le costó algo más, pero el día que la miré, nos miramos y nos partimos de risa por lo bajinis, fue cuando se despachó con una sobreexplicación acerca del equipo humano que iba en la filial:

—¿Es importante? Pues claro que es importante, esto es como cuando sales de caza y no llevas tu mejor escopeta. Que todo cuenta, que da igual todo lo que tú sepas, que si perdiz viuda, a los tres días es segura, que si quien caza perdiz en enero, caza el año entero… Al final, cada maestrillo tiene su librillo, hay quien prefiere grupos amplios de confianza y otros que si el ideal, dos solos para cazar. Y yo soy un poco de esos, de los que creen que no hay caza para todos, que meter muchos compañeros puede estropear el cazadero, no sé si me explico.

Por la cara de los asistentes sospecho que no, o que no estaban atentos, porque el momento resultó de lo más hilarante. Julia ignoró la mitad de los refranes y salió como pudo de aquello. Catherine se ajustó las gafas con flema británica. Quizás la educación o el estar tan absortos en las cifras impidieron unas sonoras carcajadas de los inversores londinenses.

¿Les interesa saber cómo acabó el proceso de venta? Pues bastante bien. Bastante bien, sí, a pesar del lenguaraz CEO, el cual nos tenía preparado su particular show final.

El fin del mundo de esta semana

“La IA acabará con el ser humano”, “amenaza nuclear”, “se supera el punto de no retorno de la Tierra”, “nos quedamos sin agua ni energía”, “la destrucción del mundo tal como lo conocemos ya está aquí”… por no hablar de “la invasión de Europa por parte de migrantes africanos”, “el terrorismo yihadista”, “los bombardeos de Israel”, “el matonismo de Trump” o “el plan oculto de China”.

Pones la radio, enciendes el ordenador, lees noticias en diversos medios, a veces hasta ves un telediario y enseguida te viene el pensamiento a la cabeza: “el fin del mundo ya está aquí, es inevitable”. La veteranía te hace verlo sin dramatismo, sin ganas de salir corriendo a la calle a gritar a la gente “¡haz algo, copón, que el meteorito está a punto de llegar!”, y se me ocurre que, quizás, se deba a que ya hemos padecido esa sensación de “fin del mundo” con demasiada frecuencia. Sobre todo en estos últimos años de sucesivas pandemias, volcanes, terremotos, incendios de quinta generación, danas y ciclogénesis explosivas.

Rusia amenaza con usar armas nucleares sobre Europa. Esta es una amenaza que sucede a la guerra híbrida de Mr. Putin de la semana pasada y a los ataques con drones sobre territorios de la Unión Europea. Si el conflicto ruso pasa a la categoría de guerra europea a gran escala, el salto puede ser terrorífico, con los chinos, iraníes y norcoreanos apoyando al “camarada Putin” en un frente, y los supuestamente aliados de la OTAN, nosotros, en el otro. El conflicto de Ucrania se ha enquistado en una situación en la que las fronteras no se mueven un milímetro y parece que al resto de Europa nos va bien así, igual que se toleró la guerra de los Balcanes en los noventa mientras los gerifaltes europeos se rascaban el ombligo y todos mirábamos para otro lado. Pero la amenaza nuclear nos retrotrae a los peores tiempos de la guerra fría, devuelve al primer plano un arma devastadora cuya sola posibilidad de uso parecía extinguida.

Y nuestro subconsciente tiene muy interiorizada la capacidad de destrucción de un arma atómica. El setenta por ciento de la superficie terrestre está cubierto por agua. El calentamiento de los océanos se ha duplicado en los últimos veinte años y las temperaturas han superado los récords anteriores en 2023, 2024 y 2026, según el Informe sobre el Estado de los Océanos de Copérnico. Este grupo de científicos advierte del peligro de la absorción de calor por los océanos, el cual calculan en 23 zeetajoules (¿petajulios?), una cifra equivalente a la energía de doce bombas de Hiroshima por segundo durante todo un año (algo que mi cerebro no es capaz de imaginar). Si el mar se sobrecalienta, si además se pudre bajo toneladas de plástico y crece de nivel por el deshielo de los polos, el mundo tal como lo conocemos no puede mantenerse como está. Y eso si hablamos del agua salada, si lo hacemos del agua dulce y las necesidades de agua potable de la población, nos dan ganas de tirarnos a la fosa de las Marianas con unos zapatos de plomo.

A principios de este año, un informe de Naciones Unidas advertía de que el planeta había entrado en “bancarrota hídrica”. Es decir, que consumimos más agua potable que la que se genera en un año natural. Se han secado pozos, agotado acuíferos, las sequías son más largas y el 75 por ciento de la población mundial vive en zonas en las que el agua potable escasea o no es segura. Resulta paradójico que las lluvias torrenciales y las inundaciones sean cada vez más frecuentes, tanto como las prolongadas sequías o la instauración de medidas de ahorro de agua en numerosos territorios. Algo no funciona bien.

La ONU nos anunciaba a principios de septiembre que la Tierra está a punto de superar el límite de incremento de 1,5 grados de la temperatura, esa barrera a partir de la cual el cambio climático parece irreversible, se desestabilizarán definitivamente las capas de hielo, se degrada la selva amazónica y hasta puede cambiar la “Circulación Meridional de Vuelco del Atlántico”, fundamental para la regulación del clima. Según otros estudios, se han superado ya siete de los nueve límites de no retorno de los que los científicos llevan advirtiéndonos desde hace años.

No tiene pinta de que esta tendencia vaya a cambiar. Todo anuncia que las necesidades de agua y energía aumentarán de manera exponencial en los próximos años con la expansión de la Inteligencia Artificial, los data centers y las necesidades de servidores cada vez más potentes. Podemos añadir el incremento de emisiones de carbono y el consumo creciente de materiales no siempre disponibles para hacernos una idea de la repercusión que tendrá el despliegue de la IA sobre el medio ambiente. La complejidad de los cálculos y razonamientos con los que funciona la IA lleva a procesos más largos e intensivos en energía que las consultas normales con las que se operaba hasta hace nada.

Sin embargo, “el fin del mundo” por el cambio climático parece algo lejano y no inmediato, como se ve cada año en los reiterados fracasos de las Cumbres del clima. Lo que no parece tan lejano es “el fin del mundo” o de la humanidad a manos de la propia IA. Skynet ya está aquí y los agoreros provienen de las principales empresas desarrolladoras de esta tecnología. “La Inteligencia Artificial podría acabar con la humanidad antes de 2030”. Algunos hablan de “uno o dos años”. Van más rápido que las propias distopías cinematográficas. No sabemos si será expandiendo un virus letal, con drones, Terminators o con algún arma desconocida (nada más peligroso que el propio ser humano y quizás tanta polarización esté dirigida cada vez más por la propia IA).

Podemos hacer un combinado de causas que nos acercan al fin del mundo y unir el desarrollo de la IA a las tensiones geopolíticas entre Estados Unidos (y un Trump más descontrolado de lo que cualquiera podía imaginar) y China (la agenda imparable de Xi se expande por todo el planeta). “Los hombres equivocados en el momento equivocado”, como titulaba Gideon Richman su artículo para Financial Times.

“En mis 50 años, rara vez he sentido tal sensación de vértigo. Vértigo ante la gravedad de las situaciones en Oriente Próximo y Ucrania, y ante la locura depredadora que empuja al mundo hacia el caos». Estas palabras fueron pronunciadas por el político francés Guillaume Lacroix la semana pasada, tras una reunión de tres horas con el presidente de la República, Emmanuel Macron. Las guerras comerciales entre las potencias, la carrera por el control de la Inteligencia Artificial, la escasez de petróleo y minerales, las tensiones alrededor de Taiwán, el espionaje, las desconfianzas mutuas y sus respectivos aliados ofrecen un paisaje preocupante.

También podemos ser optimistas y jugar a imaginar un mundo maravilloso en el que la IA solucionaría muchos de los problemas de la humanidad (salud, bienestar, control de enfermedades, producción y distribución de alimentos, pensiones, trabajo, medio ambiente, desigualdades, seguridad energética…), pero nos haría totalmente dependientes de la tecnología. Aparte de más idiotas, como ya se ve en los estudios.

Gracias a un informe de First Street, sabemos que el 79 por ciento de los centros de datos se hallan en lugares expuestos a catástrofes climáticas severas. ¿Podría llegar ese otro “fin del mundo”, al menos parcial, con afectación a diversos países, como una parálisis de toda la actividad motivada por la destrucción de centros de datos a la manera de Fukushima? No dejaría de ser paradójico. Medios de transporte, hospitales, bancos, toda la domótica casera vinculada a la IA, todo paralizado por la dependencia física de un edificio expuesto a un tsunami o un terremoto. O un apagón impensable hace unos años hasta el Zero Day. O un atentado terrorista, que supongo que será una de las tentaciones en las próximas guerras que nos esperan.

Entre la situación geopolítica, los avances de la IA, la destrucción del medio ambiente y la proliferación de catástrofes naturales como consecuencia, se queda un panorama desolador. Vuelve el Covid, epidemia de ébola en África y a los rusos se les escapa un virus de un laboratorio. Podemos ocultar la cabeza bajo tierra cual avestruces o plantearnos hacer algo, si es que podemos. En esos momentos, me acuerdo siempre de la frase atribuida a Jordan Peterson:

“Antes de arreglar el mundo, ordena tu habitación”.

Y eso intento en mi entorno, en mi micromundo familiar particular: tenerlo ordenado. Pero sé que muchos jóvenes pensarán: «qué habitación voy a ordenar». Y qué casa, qué proyecto de vida, qué familia, qué futuro. La natalidad por los suelos, lógicamente, la población autóctona en retroceso. La Europa que teníamos en la cabeza, seguramente algo idealizada, la de las libertades y los derechos, la de los grandes avances sociales, está en una decadencia que espero que no sea irreversible. Somos dependientes del exterior para casi todo. Los problemones de Alemania, los disturbios en Francia, el deterioro de vida en toda Europa y Ceuta como banco de pruebas de lo que podría estar por venir…

Europa ni aparece a partir de 2050. Nuestro mundo será otro, sin duda. Lo veo sin dramatismos, a la manera de Kafka en la cita con la que empiezo este post. «Estados Unidos ha bombardeado Irán. Por la mañana salí a correr». Ah, y tengo que cambiar de pódcast.

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Una gran muralla a China (I)

Una gran muralla a China (II)

Ensayos de un futuro distópico

El primer Mundial sin Ibáñez

Estoy viendo este Mundial de Estados Unidos (más México y Canadá) con cierto desapasionamiento, algo extraño en mí, pues hace años esperaba los mundiales con bastantes ganas, con ilusión por ver a otros equipos, descubrir nuevos jugadores o disfrutar del exotismo de ciertas selecciones. Lo cierto es que ya pasé del Mundial anterior, el de la infamia y los estadios construidos sobre cadáveres, del que apenas vi dos partidos: la final y el soporífero España-Marruecos, cuando nos eliminaron (El club de los currelas muertos).

No sé si es el hecho de que haya 48 selecciones, con la morralla de partidos que ello conlleva, (Matar el fútbol), si es el asqueamiento que siento por la corrupción de este deporte (Negreira, Ceferin, Infantino, ya han salido todos en este blog, sin olvidar a los que los precedieron), o si es por el modo de jugar de todos los equipos, ya igualados en su manera de organizarse, tocar, posicionarse y, por qué no, aburrir, especular, no rifar la bola, retrocederla hasta el portero con tal de mantenerla, o el hecho (que me desespera) de no colgarla al área en los últimos minutos para acogotar al rival. Hasta los africanos y asiáticos juegan de la misma manera, y sus porteros y defensas son ahora muy buenos, no como hace años, cuando nos sorprendían de medio campo para arriba, pero pinchaban en la retaguardia. Ni siquiera el paso de España a la final (que celebro) ha aumentado mi expectación o mis buenas vibraciones con este campeonato. Quizás el hecho de que la selección sea el equipo de la corruptísima Federación Española de Fútbol influya mucho en esta mezcla de alegría y rechazo.

Me di cuenta la semana pasada de que este Mundial es el primero que no contará con el álbum especial de Mortadelo y Filemón, otro clásico que esperábamos con ansias cada cuatro años. El fallecimiento de Francisco Ibáñez (¿acaso no llegamos a pensar que era inmortal?) nos privó de esa alegría mundialista cuatrienal que algunos disfrutábamos desde críos como un ritual.

Ya el último tomo de Ibáñez sobre el Mundial catarí de 2022 resultó algo descafeinado, porque no se trató de la típica historieta de los agentes secretos de la T.I.A. inmersos en la selección española como si tal cosa, sino de un recopilatorio de bromas o pequeños chistes sobre el fútbol, sospecho que muchos de ellos reciclados de otros años. Juegos de palabras, los dobles sentidos de toda la vida y algo en lo que siempre destacó: la magnífica expresividad y dinamismo de sus trazos.

No por conocido resultaba menos ocurrente. Ibáñez mantuvo su habitual genialidad y acertaba en los gags con bastante frecuencia, aunque este tomo, que he vuelto a releer durante este Mundial, tenía un mayor número de chistes flojos que en el pasado.

En su día pensé que el hecho de que el tomo del Mundial 2022 fuera una sucesión de capítulos sobre el fútbol en general y no la típica historia de 44 páginas sobre espionaje e intentos de sabotaje del acontecimiento se debía a la avanzada edad del autor (85 años entonces) y a la voracidad de la editorial por sacar algo, lo que fuera, porque apenas había chistes actuales, ya fueran sobre el régimen catarí o sobre los jugadores más en boga en aquel mundial de la infamia. Sin embargo, los aficionados a sus historietas supimos tiempo después que en el momento de su fallecimiento (julio de 2023) estaba trabajando en esa típica historia de 44 páginas, pero esta vez sobre los Juegos Olímpicos de París, otro de sus clásicos que nunca fallaban. De esa obra inconclusa y del cariño de sus lectores di cuenta en Las últimas viñetas de Ibáñez, un tomo en el que la muerte lo pilló haciendo lo mismo que las siete décadas previas: trabajar. La tarde previa a su fallecimiento seguía pergeñando esta historia, que quedará para los que recordamos su obra con cariño como una especie de testamento, de regalo sobre el proceso creativo del genio.

Recuerdo haber visto a Ibáñez en varias entrevistas a lo largo de su vida, con esa sonrisa perenne, en las que reconocía su apego por la vida y cierto desinterés hacia el fútbol. Lo dejó bien claro en el test que figura al inicio del tomo de Catar 2022:

Respuesta correcta: la C, obviamente. Uno de los aspectos que hacían los tomos de Ibáñez tan divertidos para mí (y supongo que como para tantos otros) es que era de los pocos autores que se permitía seguir siendo políticamente incorrecto. Al principio sin filtro: los estadounidenses podían ser indios o descendientes de esclavos, los coreanos andaban perdidos por los estadios sin saber cómo se jugaba a esto y para cada selección tenía su gag, su topicazo.

Con los años aprendió a suavizar los chistes que hoy serían considerados racistas (no hay más que ver la que se ha liado con M. Rajoy), dejó de pintar a los africanos como caníbales o… como algo peor, como sucedió con la selección de Tanzania en el especial de Sudáfrica 2010. El propio Ibáñez escribió una historieta entera sobre «El racista», quizás como justificación de algo que en su día ya era impresentable, pero pasaba desapercibido:

Entre los recuerdos de la infancia me quedan varios con Mortadelo y Filemón como protagonistas, pero voy a rescatar dos que he encontrado en el recopilatorio de los Mundiales. El primero, las risas que nos echábamos en el patio del colegio con los nombres de los escoceses. Esa simple chorrada de los Mac-anudos escoceses con faldas se repetía con frecuencia en Ibáñez y siempre nos tuvo entre su público fiel para devolver una carcajada:

Y el segundo lo volví a ver el fin de semana. Coño, si es que mi hijo se partió en su día exactamente igual que yo con la resolución de aquel partido final. ¿Se puede perder un partido cuando se ha expulsado a todos los jugadores menos a Mortadelo? Se puede:

Es una pena que las aventuras de los detectives no tuvieran continuidad en Catar 2022, porque si una cosa repelía a Ibáñez era la corrupción, que apareció en numerosos tomos a lo largo de su dilatada carrera: Bárcenas, Juan Guerra, Luis Roldán, Pujol… no se salvaba ni uno. El especial del Mundial de España era un catálogo de obras multimillonarias ejecutadas de manera chapucera, ¿os suena, amigos lectores? ¿Se trataba solo de una broma? Felipe González, Aznar, hasta Jacques Chirac tuvo su momento en la inauguración de Francia 98.

¡El juego que podían haber dado los jeques cataríes untando de millones a la plana mayor de la FIFA! Y otra pena enorme (aparte de lo que supone el fallecimiento de una persona), que no llegara a tiempo de vivir ni iniciar las aventuras de Mortadelo y Filemón en el país de Donald Trump, uno de los pocos personajes cuyas acciones presentes superan las caricaturas que el genio de Ibáñez podía haber compuesto con él. ¡Eso mismo demostró la última de Torrente, ese personaje tan propio de un especial de Mortadelo y Filemón!

Un maratón eleGante

LESTER, 02/04/2026

A veces ocurre. No siempre, no es lo habitual, pero a veces planificas algo al
mínimo detalle y luego las cosas no resultan como esperabas. Te pasas varios
meses preparando un maratón, tratando de cuidar ciertos detalles como la
alimentación, los entrenamientos, y luego te viene un virus, una molestia o un
viaje con poco espacio para el descanso y no llegan los resultados esperados.
Sin embargo, otras veces sucede lo contrario: preparas con menos tiempo y
expectativas, confías en la base que se supone que llevas y te dejas llevar. Te
lo tomas de otra manera: “lo que salga estará bien, haz lo que esté en tus manos y disfruta las largas horas de entrenamiento en soledad”. El resultado será secundario. Y a veces ocurre que esos resultados son mejores de lo esperado.


Esto último me sucedió durante el maratón de Gante, celebrado el domingo 29 pasado. Me lo “debía” tras el pinchazo de San Sebastián en noviembre, en el que me quedé con esa sensación de rabia por la acumulación de todos los contratiempos mencionados anteriormente. Así que llegó enero y me dije: “no estaba tan mal entonces y una vez superadas las molestias, a ver si en tres meses me da tiempo a intentarlo de nuevo”. Y eso hice, sin pretensión alguna. Por no cambiar, no cambié ni siquiera la rutina de la alimentación, las cervezas, cenas con los amigos o el baloncesto de los fines de semana con la gente de Las Rozas. Hasta una semana antes estuve compatibilizando las carreras con los canastos, o el running con el basket, por esa manía anglófona que nos ha entrado. “A lo que salga, a disfrutar de la carrera”.

Llevaba un año y medio sin completar un maratón (Bilbao 2024) y casi siete sin correr en el extranjero (San Petersburgo 2019), así que “me lo debía”, como decía, y me apunté a Gante. Mentiría si dijera que no hice una preparación adecuada o que no me lo tomé en serio. Sería una insensatez por mi parte. Incorporé algunos cambios en mis rutinas como más sesiones de fuerza y gimnasio (¡pereza!), que a ciertas edades la musculatura no es la misma, y seguir los ¿sabios? consejos de mi hijo en materia de nutrición deportiva: añadí complementos de creatina y proteínas a mis desayunos (¡más pereza aún!).

Al contrario que en anteriores maratones, apenas perdí peso en esos tres meses. Mi cabeza le decía a mi cuerpo: “eso es porque el músculo pesa más, don’t worry!”. Pero la cabeza “de verdad” me sugería por detrás: “¿te has quitado el queso? ¿La cerveza? ¿El chocolate? Cuando alguien lleva bollería a la oficina por su cumpleaños, ¿acaso renuncias? ¿O te tomas dos manolitos y tres palmeras?”.

Para que no se entienda todo esto como una falta de respeto a una distancia
tan exigente, hice rodajes de 22, 24, 26 y 30 kilómetros, y un medio maratón como mandan los cánones, tres semanas antes de la prueba y a buen ritmo,1h. 47 minutos. Todo hacía indicar que iba preparado por lo menos para acabar.

En estos viajes al extranjero sucede también que quieres ver todo lo que puedas durante esa corta estancia y eso incluye la gastronomía local, por muy poco apetecible que pueda parecer a priori. Estofado de carne en salsa de cerveza con patatas fritas, mejillones al vino blanco con muchas patatas fritas y gofres con chocolate. Y, por supuesto, las famosísimas cervezas belgas, con cartas de 300 tipos distintos en casi todos los lugares que visitamos. Y, claro, puesto que uno va “a lo que salga”, había que probarlo todo. Reconozco que lo mejor fueron las cervezas, la Leffe en mi caso, la Carolus no-sé-qué para mi mujer.

Ya me estoy yendo del tema, volvamos a Gante, capital de Flandes Oriental,
cuna del mismísimo Carlos I de España (apenas V de Alemania), sede del
archifamoso políptico de los hermanos van Eyck La Adoración del cordero
místico y ciudad eleGante donde las haya. El maratón comenzaba y terminaba
a las afueras de la ciudad el mismo día del cambio de hora, con lo que el madrugón fue de los buenos. Decenas de corredores salimos de distintos sitios rumbo a la salida con los primeros rayos de sol del día. La luz del amanecer sobre la catedral de San Bavón y la iglesia de San Nicolás le daban a la ciudad un aspecto maravilloso.

El mayor miedo que podía tener a esta carrera era el viento, que durante días estuvo previsto que rondara los veinte kilómetros por hora. Y ya se sabe que el viento, cuando vas corriendo o en bici, nunca viene de culo, sino siempre de cara. Da igual tu dirección, no sé cómo lo hace el puñetero Eolo.

Había 3,7 kilómetros de distancia hasta la salida, así que me sirvió para hacer
el calentamiento previo, necesario, si consideramos los cuatro grados de
temperatura con los que empezó la jornada. Todo estuvo muy bien organizado
en la salida (bolsas, ubicación de los corredores, baños), excepto una sola cosa: tras el pistoletazo de salida nos hacían pasar a todos por un hueco de poco más de dos metros. De este modo se tardaba bastante en arrancar, pero la ventaja es que luego ibas con más espacio del que suele ser habitual en los primeros kilómetros de cualquier prueba. “Aquí estás de nuevo, chavalote”, me espetó el duende verde, “¿y dices que vas a lo que salga? A ver si te vas a dar un trastazo de los buenos…”. Cogí a mi viejo compañero de batallas y lo arrojé al primer canal que cruzamos:

—Hoy no me vas a hundir la moral.

Mi carrera fue tan lineal, tan monocorde, que no tiene mucha más épica que la
que sea capaz de inventarme. Salí a un ritmo cómodo de 5.30 min/km. con la
esperanza de poder aguantarlo toda la carrera. Tras atravesar el puente de San
Miguel y disfrutar sus espectaculares vistas, llegamos al km. 5, frente al ayuntamiento y nuestro hotel del fin de semana. Allí me esperaba mi única admiradora, perdón, seguidora, que eso de admirar a un tío cansino cambió hace mucho. Supongo que mientras algunos nos íbamos a engullir kilómetros, otras se fueron al buffet del hotel a zamparse todas las delicatessen a las que yo había tenido que renunciar un par de horas antes (algún croiassant cayó, cómo no).

Los mejores kilómetros para el “tourist-runner” de Gante son los que van del 4 al 10, cuando recorres el centro de la ciudad, los antiguos muelles de carga, los canales y la iglesia de Santiago, por la que pasa una de las rutas del camino de Santiago… ¿desde allí hasta Santiago de Compostela? Increíble, y yo vistiendo de épica mis 42 kilómetros de nada. Eso sí, siendo Gante como es, una ciudad con empedrado y adoquín en su casco histórico, nada de admirar la arquitectura flamenca y mejor concentrarse en dónde ponías el siguiente pie.

A partir del km.15 la carrera te lleva por el sur de la ciudad, más allá algún parque, y más allá aún, los campos, las granjas y las zonas cenagosas por donde pasan los canales, lodazales en algún caso. No sé si es un tema cultural, pero fue una carrera silenciosa, sin el bullicio de muchos maratones que recorren los cascos urbanos de las ciudades. Los propios participantes andábamos concentrados en nuestros respectivos ritmos, solo alterados por alguna banda dispuesta por la organización (a saber, un DJ marchoso, una banda musical de instituto, un grupo de percusionistas perrofláuticos y ¿un gaitero escocés?, ¿qué hacía ese pavo con falda de cuadros a las puertas de una granja???).

Cuando las piernas empezaban a pesar, tras atravesar el km. 25, volvimos
hacia la ciudad y atravesamos alguna zona residencial muy animada. El camino era tan estrecho que atravesábamos pasillos humanos como los ciclistas del Tour cuando suben un puerto. Fueron unos kilómetros muy entretenidos, que traté de sobrellevar leyendo los carteles de los seguidores de la carrera. Mucho cartel en flamenco y alemán que no pienso traducir para no parecer presuntuoso, y los típicos en inglés sobre “Run now, rum later”, “Mucho sudor para conseguir un plátano gratis”, “Hit me for extra power”. Me quedé con lo que indicaban dos de ellos que me llamaron la atención:

* “Pain is just the French word for a piece of bread”. Situado estratégicamente donde, ¡pan!, empezaba el dolor acumulado en las piernas.

* “Sonríe si no llevas ropa interior”. Esa chica sabía de lo que escribía y se me escapó una sonrisa enorme, cómo no.

Hice la primera mitad en 1.56.34 y la segunda en 2.01.30, pero, si descuento la
parada del 30 por una larga “evacuación mingitoria” y la del 37 con mi querida
señora, que estuvo más fotógrafa de lo habitual, lo cierto es que los tiempos de ambos parciales no habrían estado muy alejados. Apenas unos segundos más por kilómetro en la segunda parte, lo cual indica que la preparación había sido buena, que las proteínas del chaval habían funcionado o que las “asesinas”que me compré para las últimas semanas de entrenamiento eran tan fantásticas como parecían por los comentarios sobre su capacidad de amortiguación y el efecto rebote (nada que ver con la dieta Dukan).

El recorrido final no tiene gran atractivo para el corredor, salvo dos momentos:
uno, cuando entramos en el estadio de fútbol, el Gent Arena, y dimos una vuelta alrededor del césped, y dos, la entrada en meta, en un magnífico pabellón con pista de atletismo indoor repleto de gente.

Solo haces allí los 195 metros posteriores a los 42 de trabajo previo, pero te sientes ligero como un etíope del 10.000 en la última vuelta, esprintas para arañar unos segundos finales y haces toda la parafernalia final de sacar pecho, alzar los brazos y el puño en alto (sin reivindicación política ni racial de ningún signo). Luego ves elvídeo de la organización y más que un etíope pletórico pareces un tío
reumático intentando acelerar para pillar el bus. Solo intentándolo.

En fin, que acabé muy contento. 3 horas, 58 minutos y 4 segundos. Podía haber mejorado dos o tres minutos porque acabé muy bien, bastante entero. Quién sabe, igual si aceleras más, te pega el del mazo antes de tiempo. O quizás tenga que probarlo de nuevo y no retirarme todavía.

Lo que no tiene precio es la tarde que nos pegamos por Gante. Apuntad un
sitio, visitantes: Beer Central. Da igual la hora del día a la que vayas que sirven
comida típica gantesa hasta las diez de la noche en un local bastante curioso.

En nuestro caso, estábamos más cerca de la cena belga que de su almuerzo.
Lo mejor de todo, tienen un “Book of beer”, un libro entero para que estudies,
analices y saborees los cervezones que te vas a pedir. Después de los más de
50 kilómetros que llevaba en las piernas, hay que aprovechar las propiedades
isotónicas y curativas de la cerveza gantesa. No olvidéis que hace apenas tres o cuatro siglos, cuando la sociedad era sin duda más civilizada que ahora, el agua de la ciudad era insalubre y la cerveza era considerada un alimento incluso para los niños. Por eso la elaboraban con cebada, trigo y algunas guarrerías de frambuesa y melocotón que vimos en alguna página de la carta. Lo de que “hay que probarlo todo” no incluía estos atentados terroristas al buen gusto.

Muy buena experiencia, “me lo debía” y cumplí, como reza el titular, de manera eleGante.

Cómics (V): El disturbio eterno

Apenas un mes después de que regresáramos de nuestro viaje a la India, en noviembre de 2025, me enteré por la radio de que Joe Sacco presentaba un nuevo libro, El disturbio eterno, centrado en las revueltas de Uttar Pradesh de 2013. Como sus libros anteriores, no se trataba de una novela de ficción, sino de un «largo reportaje gráfico sobre conflictos étnicos en la India actual», en palabras de la promo que lo acompañaba. Así que no solo me hice enseguida con el cómic o el reportaje gráfico, sino que además me acerqué a la presentación en la Fundación Telefónica.

Joe Sacco no es un dibujante al uso, como los que han aparecido en este mismo blog, Paco Roca, Art Spiegelman, Marjane Satrapí…, sino que le diferencia del resto su formación principal, que es la de periodista. Esa cualidad diferencial se aprecia en todos sus trabajos (Reportajes, Notas al pie de Gaza, Gorazde, Un tributo a la tierra), en una huida de la ficción a la par que el denodado esfuerzo en la ardua tarea de la búsqueda de la verdad. Insistió en ello varias veces a lo largo de la charla que mantuvo con Guillermo Altares. No solo habló de su nueva obra, sino que además mencionó varias veces lo que tenía en común con otros de sus anteriores trabajos: cómo se establece el relato, muchas veces alejado de la verdad, y cómo las mentiras se construyen de manera consciente. Y cómo quienes lo perpetran fundamentalmente son los políticos y líderes religiosos para manipular y dirigir a la población.

Joe Sacco nació en Malta en 1960, vive en Estados Unidos desde hace décadas y, quizás por ello en estos tiempos actuales, sabe que su guerra contra las fake news es una batalla perdida. Es un término en el que no cree, porque parece que con el mismo se relativiza su importancia, como si las fake news fueran fruto de un error o de un malentendido, cuando en realidad forman parte de una campaña para imponer una «verdad» alternativa con la que beneficiar los intereses de sus promotores. Recordad el peligro de la creación de esa «memoria colectiva» sectaria de la que ya hablamos en este mismo blog.

El disturbio eterno se sitúa en un país en el que se juntan todo tipo de discriminaciones y desigualdades: por religión, por sexo, por raza, por clases sociales. El sistema de castas sigue vigente en la actualidad, aunque oficialmente fuera abolido, y los conflictos religiosos no se cerraron con la independencia de Pakistán en 1947, poco después de la independencia de la propia India. Es el caldo de cultivo perfecto para que los líderes locales agiten el avispero de aquellos cuyas voluntades manejan. Solo así se entiende que un crimen local en una pequeña aldea rural acabara convertido en un enfrentamiento entre poblaciones que duró varias semanas y se llevó por delante a cerca de dos mil personas. Ese era el germen de la investigación de Joe Sacco, quien trató de llegar al origen del conflicto y a los testimonios de los intervinientes en las revueltas para entender cómo pudieron suceder.

Lo primero que sorprende en los dibujos de Joe Sacco es la precisión de sus dibujos, el esmero en retratar los detalles de las caras, las ropas y los paisajes que aparecen en cada viñeta. Para mí, que acababa de llegar de aquel sorprendente país, fue una delicia observar cómo reflejó el caos del tráfico local o recordar a esas mujeres amasando las boñigas de vaca con las que cocinarán o calentarán el té (juntar «delicia» y «boñigas de vaca» en la misma frase tiene su mérito).

Los personajes tienen rasgos propios, están perfectamente definidos, si bien, como contó Sacco, se vio obligado a modificar alguna característica de alguno de ellos para evitar descubrirlos, violar la confidencialidad de los testimonios que le prestaron a lo largo de decenas de entrevistas. Si uno se fija en la portada, en esa imagen de una turba violenta que da miedo (una imagen empleada numerosas veces para advertir del peligro de las masas descontroladas, como en Frankenstein o su parodia en Los Simpsons), el grupo de hombres armados con palos está formado por individuos distintos, diferenciados, con pelo más corto o más largo, bigote, barba, ambos o ninguno, turbante, banda, pañuelo… Sacco explicó que quería destacar precisamente eso, que se trata de hombres que toman sus propias decisiones, no de una masa impersonal. Y lo logra, el realismo, la sensación de veracidad, no se abandona en ningún momento de toda la obra.

Otro de los aspectos que llama la atención en El disturbio eterno es la extrema polarización social en la región en la que se dieron los incidentes. Una violación sucedida entre musulmanes e hindúes está en el origen del conflicto. La reacción posterior de las autoridades, al frenar la investigación oficial por un mero cálculo electoral (ya que condenar al autor podía llevar a que el dirigente perdiera apoyos de toda la comunidad musulmana) fue el detonante del estallido que asoló la zona durante las siguientes semanas. Las comunidades pueden haber convivido durante décadas de manera aparentemente pacífica, pero el riesgo de conflicto permanece latente, entre otras cosas porque la propiedad de la tierra es de mayoría hindú y la mano de obra barata, musulmana. El crecimiento demográfico de esta última comunidad es muy superior al del resto de grupos étnicos o religiosos del país, y eso es otra fuente de problemas en un país con un líder nacionalista hindú como el actual, Narendra Modi.

Sacco intenta desarrollar su labor de investigación periodística en el libro de manera objetiva (el autor se retrata a sí mismo en numerosas viñetas), pero encuentra dificultades de toda índole por el relato impuesto y narrado de boca en boca entre comunidades, un relato parido y difundido por los líderes locales que alimenta los extremismos y el odio soterrado. Para Sacco, un autor con tanto mundo a sus espaldas y espectador de varios conflictos, resulta llamativo comprobar que algunos falsos relatos (no fake news) cambian de país y contexto, pero se repiten. En el libro habla de la «Yihad romántica», una teoría según la cual los musulmanes seducen a mujeres hindúes para procrear hijos musulmanes y, una vez conseguido, las repudian. Según Sacco es la misma teoría de «El Gran Reemplazo» que los grupos de extrema derecha están propagando en Francia.

Merece la pena leer El disturbio eterno. Merece la pena intentar comprender el país más poblado del mundo, la supuesta «mayor democracia» existente, algo sobre lo que Joe Sacco es muy crítico por el peso de los líderes locales ante sus comunidades. Y un país donde la prensa no es libre, en el que los periodistas extranjeros no son bien recibidos porque se entiende que pueden dar una imagen distorsionada del país, la democracia flaquea, deja de existir (por desgracia hay líderes europeos que lo saben y a los que no les importa controlar los medios con todo tipo de armas a su favor). La veterana periodista francesa Vanessa Dougnac, con más de 25 años de presencia en el país, se quejaba amargamente en diciembre pasado de la represión que sufrían los periodistas locales y de cómo los extranjeros eran invitados a abandonar el país. Cuando solicitas el visado, es una de las profesiones que te aconsejan no poner, so pena de que te denieguen la entrada al país.

Joe Sacco concluye el libro de una manera desoladora, con un tono de desencanto ante el polvorín que vio desfilar ante sus ojos. Será cuestión de tiempo que haya un nuevo estallido de violencia. Nada, por otro lado, que no haya presenciado el autor en otras regiones. Los Reyes «majos» me han regalado la obra más conocida de Joe Sacco, Notas al pie de Gaza, de 2009, así como la actualización posterior al 7 de octubre de 2023. Será duro, no tengo ninguna duda. Pero también sé que será objetivo, y en este asunto es algo cada vez más difícil de encontrar.

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Gratitud

La palabra del año 2025 según la Fundéu (Fundación del Español Urgente) ha sido “Arancel”. Siempre me ha interesado esta elección, aunque luego casi nunca me gusta la palabra escogida, porque me parece un eufemismo. Un arancel es una barrera, igual que me parecen eufemismos muchas de las palabras escogidas en los últimos años. La de 2024, “dana”, es una tragedia horriblemente gestionada. La de 2023, “polarización”, suena más light que división, que es a lo que realmente se juega desde hace tiempo en todos los países y con todos los asuntos de los que se hable. “Emoji” representa la estupidización del lenguaje, “microplástico” camufla el verdadero peligro, “aporofobia” esconde mucho “hijoputismo” y “posverdad” es una mentira que perdurará en el tiempo. Y mucho me temo que con la IA se convertirá en verdad.

Si el Lester que escribe en este blog tuviera que escoger una palabra para definir el año sería “gratitud”. Ya ha sido evidente en los años anteriores de existencia de este blog que estoy muy agradecido a muchas cosas y a mucha gente, a la suerte/trabajo y a los compañeros de andanzas, pero este año cobra especial significado tras nuestro paso por el “Gratitude Bootcamp” de la India, del que ya hemos hablado en otras ocasiones en el blog. Por esa razón, el vídeo resumen de este año tenía que hablar de gratitud, de la India, de Islandia, de la familia y de toda esa buena gente que ha estado cerca, muy cerca, en este viaje de 365 días:

La experiencia de inmersión en la India se realiza en Bodh Gaya, una pequeña ciudad al nordeste del país, en una de las regiones más desfavorecidas de un país que ya es pobre de por sí. La superpoblación no ayuda, lógicamente. Ni el clima, los conflictos religiosos, el sistema de castas, la corrupción política, el machismo de la sociedad o la situación económica del país tras la independencia del Imperio Británico.

Aun con todo eso en contra, Dhirendra Sharma, el director de Bodhi Tree School fue capaz de enseñarnos a vivir «en» el agradecimiento, o «con» el agradecimiento en el centro de nuestra vida, como hacía él. Y no hablaba de agradecer las buenas cosas que tenemos, sino también las que pueden parecer negativas. «La mierda es compost», nos dijo en una de nuestras charlas. Una simpleza tan poco budista o tan poco espiritual podía ser mucho más gráfica que mucha palabrería vana de la que hacemos gala en occidente.

El viaje estuvo perfectamente organizado, todo un prodigio de coordinación, buen rollo, orden y cumplimiento de previsión y horas en un país en el que la planificación y la puntualidad brillan por su ausencia. Raquel y Víctor fueron los dos mejores guías posibles para hacer de esta, la primera inmersión en la India de los doce viajeros/voluntarios, una experiencia inolvidable. No quiero contar mucho acerca de todas las actividades que hicimos y de todo lo que conocimos de primera mano (la escuela, las aldeas rurales, las familias, los monasterios budistas, el Tensing Lama, el Mahabodhi tree,…), porque me gustaría animar a varios amigos a conocerlo, como hice durante todo el año pasado. El desconocimiento de lo que vamos a hacer o de lo que nos vamos a encontrar forma parte de la experiencia del Bootcamp. Olvidarnos del móvil y de esa necesidad que tenemos en nuestro día a día de saber qué vamos a hacer. Como nos decía uno de los lemas del libro diario que íbamos rellenando:

Vivir ese momento concreto allí, ya fuera con el yoga a las 7 de la mañana, en la escuela con los niños, en las aldeas rurales, en las caóticas calles atiborradas de gente, tuk-tuks, vacas y puestos de mercadillo, o ya fuera en las charlas con Dhirendra o con las dinámicas de desarrollo personal por las noches. Me quedé con varias de sus frases, como que «en Europa tenéis de todo, menos paciencia». O cómo veía alguien como él, que vive el día o el momento presente, los miedos que nos acompañan siempre a los occidentales. Miedo a perder el trabajo, el estatus económico, la casa, la salud, los amigos… Miedo por cosas que no han pasado. «Fear», miedo. Acrónimo, según él, de «Fake Experiences Appearing Real». Falsas experiencias que se nos aparecen como reales.

No pude dejar mi mentalidad racional y occidental en varios momentos, y pensar que precisamente la planificación de occidente es la que nos lleva a pensar también en el progreso. O que las personas por lo general tendemos a querer conservar lo que tenemos antes de dar el salto a proyectos mayores. Y eso implica a veces tomar decisiones incómodas en el presente, pero que nos van a ayudar en el futuro. Y un pensamiento más, totalmente congruente con lo que vimos y vivimos allÍ: que el propio proyecto personal de Dhirendra basado en la educación tiene su fundamento en pensar en el futuro y el progreso, no solo en el presente.

Ha sido una experiencia maravillosa y nos marchamos de la India con una sonrisa en la cara sin dar la espalda a la miseria que existe. La educación es una vía de escape para algunos de los niños y niñas de las aldeas rurales, y para que puedan acceder a la educación, la escuela Bodhi Tree es única. Un proyecto que trata de enfrentarse al sistema de castas, a los matrimonios forzados en niñas de doce años, una escuela que intenta ofrecer una oportunidad de mejorar social y económicamente al menos a unos pocos, unos ochocientos niños en una zona en la que ni sabemos cuántos habrá. Conocimos familias con seis, siete y hasta ocho niños en las que solo uno o dos de ellos podían estudiar. El resto tendría que trabajar en el campo, con el ganado o cuidar de los más pequeños de la casa. Niños sin infancia, con una mirada distinta a la de sus propios hermanos, los afortunados que habían podido acceder a la escuela.

A Dhirendra no le gustaba hablar de dinero, ni siquiera tocarlo, pero el proyecto tiene un sentido último y es que los viajeros/voluntarios (aunque no fuera propiamente un voluntariado) dejen una donación final para contribuir al sostenimiento de la escuela. Entre las catorce personas que viajamos, las donaciones de amigos y los beneficios de Anatomía de un Negreirato dejamos un importe que, dependiendo del continente, puede ser normal, como en Europa, o destacable, como en la India. Entre los cinco grupos que hemos viajado ya a la India se ha podido cubrir unos dos tercios del presupuesto de la escuela, pero la gratitud allí no es nunca la de los chicos que se verán favorecidos por la ayuda. Es la nuestra por todo lo aprendido, por toda la experiencia acumulada y las inquietudes que nos traemos de vuelta.

Hace poco leí una frase de un personaje «poco hindú», pero que engarza a la perfección con las enseñanzas de Dhirendra, la frase de Gandhi o la mentalidad de algunas de las personas que conocimos.

“Aprende del ayer, vive el hoy, espera el mañana”.

Albert Einstein

¡Gracias!

Y como estos chicos no paran, ya tienen fechas para 2026. Para más detalles sobre el proyecto, lo contaron ellos mismos en este enlace.

Otros voluntariados:

Vacaciones solidarias en la India

The Water Van Project

El Pabellón Azul

Agua o fútbol

Kokuselei (II): el voluntariado

El baboso

Conocí al Baboso hace poco más de treinta años, justo cuando comencé mi carrera profesional. Entonces trabajaba a pie de obra y recuerdo cómo el Baboso me hacía gestos supuestamente cachondos cada vez que la topógrafa se ponía a medir las diferentes alturas del terreno y se agachaba levemente para acercar el ojo al nivel. Me hacía señas hacia las posaderas de la chica, sin esconder gestos con los brazos, sino todo lo contrario, como haciendo de agarraderas sobre unas posaderas que, todo sea dicho de paso, eran como una mesa camilla de grandes, unas nalgas de buena moza que, en un sitio tan gélido como aquel, podían excitar cualquier cosa menos la libido de los que por allí trabajábamos.

Un año después, pasé a trabajar ya en las oficinas de la dirección regional de la compañía, y conocí al Baboso de la oficina, un veterano trabajador que no se cortaba a la hora de soltar comentarios sexistas en voz alta, comentarios que la mayoría reíamos, cuando no continuábamos (no voy a ponerme santurrón y decir que “yo no…”, porque era lo más común en todos nosotros), pero todo aquello no me molestaba, sino su insistencia en hacer insinuaciones con una compañera con la que el tipo llevaba años trabajando y cuya confianza (al menos la de él sobre su subordinada) intuía que era elevada. Tanto como para poder hacer esos comentarios, en ocasiones tan salvajes que podían escandalizar hasta a alguien que acababa de salir de la universidad y que tenía a muchos colegas recién llegados de la mili, con todas las barbaridades que la juventud noventera soltábamos y estábamos acostumbrados a aguantar.

  • Se ha ido la luz, Paco, ¿y ahora qué hacemos? -soltó la chica en una ocasión.
  • Pues como no nos pongamos a follar…

No eran frases dichas a medio metro de distancia, ni entre dos personas que tuvieran una confianza mutua trabajada durante años (o un respeto consentido, que a veces, por extraño que parezca, sucede, o parece que sucede en estas relaciones con jerarquías de por medio), sino proferidas de viva voz y para que las oyéramos cuantos más, mejor.

No sé si fue la serie Los Serrano la que definió el concepto “mirada sucia” para definir esa manera de mirar que algunos tíos tienen hacia toda mujer que se cruce en su camino, pero es una noción perfecta para describir al Baboso de la mirada sucia de la planta segunda. No disimulaba a la hora de mirar los escotes de las compañeras, a veces por encima de la separación entre cubículos cual voyeur hitchcockiano, e incluso buscaba tu complicidad con su mirada. Alguna vez coincidí con él en el café matutino y con algún otro compañero, y recuerdo “perlas” repletas de elegancia y manual del buen estilo:

  • Buah, el tanga rojo de Fulanita, cómo se debe poner su novio.
  • A Juanita le mola que le den por detrás, estoy seguro.
  • A ver si se le quita la cara de “malfollá”.
  • Debe tener los pezones como galletas María Fontaneda.

En fin. Una compañera mía, buena amiga, me contó un lunes que el Baboso de la mirada sucia se había ofrecido a llevarla a su casa el viernes anterior a mediodía, pero que, lejos de acercarla a su destino, poco menos que la secuestró varias horas, la invitó a comer, le hizo varias insinuaciones y seguro que quiso ir más allá, detalles que mi compañera no me contó, quizás por miedo, por ganas de olvidar, o para que desapareciera este desagradable incidente con un veterano de la oficina, con más peso y categoría en la empresa que la pobre. En aquella época no denunciaba nadie, salvo que la situación fuera más allá, e incluso, ahora estoy convencido, ni en buena parte de esos casos.

El personaje del Baboso aparecía en cada comida de empresa algo distendida que pudiera surgir, en cada fiesta de Navidad, entrega de premios o acontecimientos en los que el alcohol reduce las distancias y amplifica las confianzas que algunos se toman. Y los Babosos se toman muchas, aunque, afortunadamente, con los años y algunas herramientas que funcionan (otras no, pues siempre existe el miedo a la represalia) el número se ha reducido considerablemente.

Un tiempo después de escribir Barra libre supe que una compañera, también buena amiga, había sufrido un tocamiento de culo por parte del Baboso en la fiesta de empresa, un gerente al que yo tenía enfilado desde hacía tiempo. Lo supo frenar, no fue a más, pero me contó visiblemente incómoda cómo este tipejo le amargó aquel día y cómo releer aquel texto, mi texto, le había hecho recordar lo bien que lo había pasado ese día hasta el cruce con el Baboso. Como para entonces yo ya tenía una responsabilidad y antigüedad importantes en la empresa (antes éramos ignorantes y cobardes, lo reconozco), me ofrecí a la chica como ayuda para iniciar una denuncia contra él, o algo más tradicional, sabedora ella de mi animadversión hacia este tipo que, además de baboso, era bastante golfete: una buena reprimenda en público e, incluso, un par de hostias bien dadas. Las que no le dio ella en su momento.

– No, por favor, no hagas nada. Ya ha pasado mucho tiempo y lo he olvidado. No he vuelto a dirigirle la palabra, ni él a mí.

Joder, pero la pobre estuvo varios años cruzándose con ese tipo y agachando la cabeza por la incomodidad que le suponía saber que el Baboso seguía danzando tan alegremente por la oficina.

Todos estos recuerdos me han venido a la cabeza estas últimas semanas al leer la información referida a Francisco Salazar y sus compañeras/subalternas en la secretaría de organización del PSOE en La Moncloa. O a los comentarios de José Luis Ábalos y Koldo sobre sus “amigas”. O lo que sale ahora de Jose Tomé o de Antonio Navarro. Qué ascazo.

Iluso de mí, creía que el machismo baboso de los ochenta, noventa y, en realidad, de los Ismael Alvarez sobre las Nevenkas de toda la vida, de siempre, se había rebajado de manera considerable, pero lo que veo en los artículos de eldiario.es es la misma mierda de siempre, lo que ellas han aguantado durante años y lo que nosotros, cobardemente, miramos para otro lado:

  • Comentarios obscenos sobre la vestimenta y el cuerpo.
  • Mensajes intempestivos con invitaciones para cenar a solas fuera del horario laboral, incluso con ofrecimientos de quedarse a dormir en casa.
  • Insistencia en el hostigamiento a sus subordinadas.
  • Un uso permanente de un lenguaje sexualizado en el entorno profesional.

“Me empezó a decir sin venir a cuento que me quedara yo más tarde que el resto del equipo, que fuese a cenar con él o a tomar algo. Lo hacía de manera insistente. Y me decía que si se nos hacía tarde nos podíamos quedar a dormir en su casa. Se cuidaba mucho de no dejar por escrito ninguna mención sexual, pero era evidente lo que quería decir y él plenamente consciente de la situación en la que me colocaba”.

“Su comportamiento destilaba misoginia y baboseo en cada comentario disfrazado de broma que hacía. Su lenguaje era hipersexualizado hasta para dar los buenos días”.

Y al acoso sucede la vergüenza de denunciarlo, y la tristeza de comprobar que sus superiores miraban hacia otro lado, o que el protocolo no servía para nada. Una denunciante de la que ahora hemos sabido, notificó al partido los  “comportamientos explícitos, bromas humillantes y comentarios sobre la vida sexual, la vestimenta o el aspecto físico”.

“Llegaba por la mañana y te decía el buen culo que te hacía ese pantalón o te pedía que le enseñaras el escote. Si te veía mala cara, te preguntaba en mitad de la oficina si habías dormido poco por haber mantenido relaciones sexuales. Y nos sometía a situaciones humillantes que para muchas de nosotras fueron traumáticas”.

Paco Salazar lo niega todo, no es consciente de haberse propasado con ninguna de sus subordinadas: “No paro de darle vueltas y no encuentro un momento en mi vida donde haya hecho ninguna estupidez… no entiendo de dónde sale eso. Nunca con ninguna compañera he tenido relación ni trato, nunca jamás. Me he partido la cabeza dándole vueltas y me parece una cosa alucinante”.

El Baboso no es consciente de lo baboso que resulta y tanto asco da él como los superiores que lo mantuvieron en el puesto o que taparon las denuncias. Seguramente, si no hubieran tratado de promocionarlo hace seis meses, Paco Salazar seguiría «baboseando» alrededor de sus compañeras con la tranquilidad de saber que no iban a denunciarlo.

Una honrosa derrota, una enorme victoria

A veces uno falla en los objetivos que se propone. Con más frecuencia de la que los mensajes Mr. Wonderful quieren hacernos creer. No es nada sencillo lograr el cien por cien de lo que uno se propone, pero, dependiendo de lo que se trate, tampoco hay que dramatizar, pues lo importante suele ser el camino escogido, el trabajo desarrollado, no tanto el éxito final. Uno tiene que luchar por algo y no siempre va a conseguir salir triunfante. Como decía William Faulkner, «la sabiduría consiste en tener sueños bastante grandes para no perderlos de vista mientras los persigues». 

Desde 2004 no había fallado a mi cita anual con el maratón, salvo el año de la pandemia y el confinamiento, cuando todo quedó en suspenso, muchas vidas incluidas. Este año tenía un objetivo marcado en mi calendario desde febrero: participar en el maratón de San Sebastián el 23 de noviembre. Y como siempre que he tomado la salida de un maratón, he terminado, este año no podía ser menos. Pero fallé en el intento, ni siquiera intenté completar el recorrido. Un viaje a la India, una gastroenteritis, un gripazo y varias semanas de entrenamiento perdidas me hicieron desistir del intento. «Tu cuerpo te está avisando», me dijo mi mujer, que conoce bien mi cabezonería.

Sin embargo, como es importante tener siempre un objetivo que perseguir, cambié el chip de inmediato y mi nueva meta pasó a ser acompañar a mi amigo Edu, debutante a la estupenda edad de 57 años, para que completara sus primeros 42 kilómetros completos. No en vano le había animado yo, nueve meses antes, a que estuviéramos en la partida, junto al ayuntamiento de San Sebastián y esa maravilla que es la playa de la Concha. A los quince minutos de que se abrieran las inscripciones, ya teníamos nuestros dorsales, el objetivo del curso.

Así fue el germen de todo lo que vivimos este fin de semana, de cómo una honrosa derrota, la mía, se convirtió en una enorme victoria, la de Edu. Don Eduardo, si no lo era ya. Lo acompañé durante 27 kilómetros con algún consejo que otro, con palabras de ánimo, con lo que pudiera necesitar, excepto llevarlo a cuestas. Y le he pedido que contara la experiencia de un debutante en la categoría de veteranos-4. Ya no somos ni del grupo 1, ni del 2, ni del 3, que ambos tenemos una edad, pero no faltaron buenas piernas, una cabeza amueblada y ganas, muchas ganas. Aquí dejo su testimonio, mucho más interesante que lo que yo pueda contar:

Enhorabuena, Edu. Enhorabuena, Pablo, el otro debutante de ayer, el yerno de Edu. Aunque, con 29 años, no tiene tanto mérito (es coña, claro, 3 h. 40 m. es una muy buena marca). Me sumo a la foto con la (inmerecida en mi caso) medalla: pese a haber fallado con el objetivo inicial, cumplí de sobra con mi papel de liebre/acompañante. Qué maravilla es San Sebastián, qué gozada recorrer sus calles. Una de las ventajas de saber que no vas a correr los 42k. el domingo, es que el día previo te puedes tomar un par de cañas, dos txakolís, una docena de pintxos y una tarta de La Viña con toda la tranquilidad del mundo.

(Foto de Diego, Fred Gwynne)

Islandia (IV): la Ring Road en autocaravana

No lo dudes. Si estás leyendo este texto porque tienes idea de recorrer Islandia y no te apetece nada alquilar una autocaravana porque nunca has conducido una, repito, no lo dudes, deja tus temores a un lado y hazlo. Yo me negué durante meses, por miedo a un accidente, por dudas, por desconocimiento, por la pereza que me daba un camping, por muchas razones. Busqué alternativas con coche de alquiler, hoteles, apartamentos o granjas que alojaban huéspedes, y al final, por logística, pero también por precio, terminé, terminamos, alquilando una. Y lo disfrutamos. No nos arrepentimos ni un segundo.

Las autocaravanas (motorhome) que se alquilan en Islandia tienen espacio para cinco adultos de manera cómoda, quizás hasta para seis personas si son menores, pero que la convivencia funcione dependerá de lo bien avenidos que estén en esa familia. La que reservamos nosotros medía 7,3 metros de largo y 3,2 de alto, un bicho grandote. La razón de que recomiende la autocaravana para visitar Islandia es que el país está muy preparado para ello: no hay pueblos de callejuelas estrechas como en España, no hay ramas de árboles en mitad de las carreteras, ni túneles o puentes bajos, hay campings en los principales destinos y los aparcamientos junto a los lugares de visita más importantes son amplios y con espacio suficiente para los que llegamos con esos monstruos de siete metros de largo.

La única pega es que no puedes recorrer las pistas forestales, ni meterte por ciertos caminos de cabras que llevan a lugares sorprendentes del interior, normalmente volcanes. Pero hay tanto por ver en la Ring Road, la carretera que da la vuelta a la isla, que solo ese recorrido merece mucho la pena. La variedad de paisajes es sorprendente: cascadas, praderas de un verde intenso, glaciares, campos de lava, volcanes, cráteres de volcanes inactivos, pueblos de pescadores, fiordos, acantilados, playas de arena negra… Un plató de rodaje único, como decía el post de Travis.

Comenzamos el recorrido en la capital, Reikiavik, y lo realizamos en el sentido contrario a las agujas del reloj. Algunos blogs de viajes indican que no es lo más recomendable porque ves lo más interesante (en teoría) al inicio y eso hace que el final del círculo pueda no resultar tan llamativo, pero nosotros seguimos el sentido habitual. Y no estoy de acuerdo con que el interés decayera en la última parte del viaje.

Hicimos un recorrido muy parecido al que figura en la web capturetheatlas.com y es una referencia bastante válida para organizar las etapas, si bien luego, como en casi todos los viajes, merece la pena improvisar un poco y salirse de esos caminos aparentemente establecidos.

El primer día, salvo que hayas volado temprano, que no es lo habitual, se te va el día entre la llegada al aeropuerto de Keflavik, la recogida de la motorhome y la adaptación a la misma. Dónde colocas todo, cómo organizas los lugares para dormir, quién se encarga de la cocina y quién de los suministros al llegar a un camping… Si los chavales no hubieran asumido varias de estas tareas, el agradable viaje se habría convertido en una pelea continua. Porque hay poco espacio, por mucho que parezca amplia, porque resulta imposible ducharse en ese cuarto minúsculo o ayudar en la cocina o el orden cuando ya hay alguien de pie junto al fuego.

Reikiavik no tiene la belleza de las grandes capitales nórdicas como Estocolmo, Tallin, Copenhague o San Petersburgo, pero tiene su encanto. Hace mucho que dejó de ser la ciudad que definió Julio Verne en su Viaje al centro de la Tierra, hace unos 160 años, una ciudad de campesinos y pescadores que vivían en casas con césped en el tejado y que comían “sopa de liquen, nada desagradable, por cierto, y como segundo plato, una considerable cantidad de pescado seco, nadando en mantequilla agria. Había, además, skyr, especie de leche cuajada y sazonada con jugo de bayas de enebro, y para beber, un brebaje compuesto de suero y agua, conocido en Islandia con el nombre de blanda”. Intenté repetir el menú del profesor Lidenbrock, pero solo encontré el skyr, yogur que ahora tiene su fama bien ganada entre los jóvenes por su alto contenido proteínico.

El llamado Círculo de Oro de Islandia es un aperitivo de la variedad de paisajes que vas a encontrar. Junto a la enorme falla de Almannagjá, donde se observa la separación de las placas tectónicas norteamericana y euroasiática de la tierra durante kilómetros, se sitúa Pingvellir, la explanada en la que se constituyó (dicen) el primer parlamento moderno, hace unos mil años, en el lugar en el que se reunían los jefes de los doce clanes de la isla para establecer las normas que habían de regir. En el camino encuentras cascadas como la de Gullfoss, una de las más espectaculares (frase que repetirás media docena de veces), el lago Pingvallavatn o el campo de géiseres de Geysir. Puede que géiser sea la única palabra del islandés que ha llegado a los idiomas más populares del mundo. Cada cinco o seis minutos, el subsuelo eructa y exhala un chorro de unos quince metros de altura en mitad de un campo en el que hay varias pozas malolientes más.

Si continúas el camino hacia el sur, a la península de Grindavik, te toparás con una de las coladas más recientes, de marzo de 2024, sobre la propia carretera, y junto a la Blue Lagoon, una de las atracciones que recomiendan en todas las guías, pero que puedes ver desde la cafetería sin necesidad de que te peguen un sablazo. Claro que, si lo que te apetece es un baño en aguas termales de un azul turquesa no natural (mejor leer sobre su origen), adelante, el sitio es de lo más original.

Campos de lava, lagos como Kleifarvatn, otro campo de pozas hediondas como Seltún, el sur tiene paisajes de lo más variado. Y por supuesto, impresionantes cascadas, como Seljalandfoss y Skogafoss. Dormimos en el camping junto a esta última, un camping al que la palabra austero le viene grande, pero el sitio es sobrecogedor, tanto como el sonido del agua cayendo durante toda la noche. Sí, nadie “cierra el grifo de la cascada” durante la noche y el caudaloso torrente se despeña durante las veinticuatro horas del día.

Como decía al inicio, a veces conviene salirse un poco del circuito establecido y nosotros encontramos una serie de lugares atractivos a pocos kilómetros de la ruta principal. Sitios como Keldur, uno de los pocos pueblos que conserva viviendas originales de los pobladores vikingos, o Viti, el cráter de un volcán inactivo. Si quieres una piscina de agua caliente (no tanto como las termales, pero muy agradable) en mitad de las montañas, desvíate hasta Seljvallalug. Las motorhome son robustas y aguantan ese camino infernal.

Antes de llegar a las playas de arena negra, bordeando el país por el sur, conviene desviarse a una de mis excursiones favoritas: la caminata al glaciar de Solheimajokull. Parece mentira que en un simple vistazo confluyan el negro de la arena, más bien cenizas volcánicas, con el blanco del hielo del glaciar. Todo ello junto a una laguna que refleja ese contraste tan… cinematográfico: blanco, negro y una infinidad de grises.

Dyrholaey, Vik, pero sin duda, la playa más famosa del sur es la de Reynisfjara, famosa por ser considerada la más peligrosa del mundo (de ahí que esté prohibido bañarse) y porque su paisaje, junto a la pirámide de columnas basálticas, ha sido difundido ampliamente por los seguidores de Juego de Tronos. El sonido de cada ola advierte del peligro, pese a lo cual, casi todos los años engulle a algún incauto.

Este post no pretende ser una guía de viaje, hay blogs mucho más extensos y detallados, pero sí intento ayudar con algunos pequeños detalles que a mí me llamaron la atención, como el camping de Skaftafell, el mejor para nosotros. Por el enclave privilegiado, junto al glaciar de Svinafellsjokull con el que inicio este post, por las facilidades, la amplitud del espacio, la belleza del entorno, ¡por todo! Merece la pena darse una vuelta por las montañas cercanas antes de dejar el camping, las cascadas de Hundafoss y Svartifoss, y a los pocos kilómetros de salir, dar una vuelta al pie del glaciar. Si tienes tiempo, por supuesto, merece la pena caminar por el hielo de Svinafellsjokull, claramente en recesión a juzgar por el rastro sobre las laderas de las montañas cercanas.

De vuelta a la Ring Road, terminas llegando a dos de los puntos turísticos principales de la isla, que están juntos, separados únicamente por una carretera y un puente bajo el que se puede caminar: la laguna de Jokulsarlon y la Diamond Beach. El que quiera saber más de este espectacular lugar y contemplar unas fotos profesionales inigualables, le recomiendo que se dé una vuelta por el blog de mi amigo Diego, Islandia en Los viajes de Lola Flores. La única pega de este lugar es el tiempo: lo normal es que haya viento, lluvia lateral, frío gélido, fuerte oleaje… Y unos paisajes increíbles: icebergs en el lago, figuras de hielo sobre la arena negra de la playa, los famosos “diamantes”, y colores de todo tipo. Tuvimos que ir dos días, porque el primero nos estrellamos con un tiempo tan hostil que desistimos, pero, como no hay mal que por bien no venga, nos permitió disfrutar de una de las bondades de la autocaravana: guarecerse, cambiarse de ropa de inmediato y ponerse algo seco… y ya de paso, calentarnos unas latas de fabada y comer calentito. Momentazo.

Ambos sitios merecen mucho la pena, en especial con un tiempo acogedor, como el que encontramos al segundo intento, en el que nos lanzamos a la excursión en vehículo anfibio por la laguna. Cara, pero, como dijo la guía, “el paisaje es único e irrepetible”, porque los icebergs cambian de forma y tamaño cada noche. Se desgajan partes, se derriten, se mueven, y en función de la luz y el momento del día, cambian de color.

A estas alturas del viaje, cuando comienzas a subir por el este, llevas la mitad de los días, pero apenas un tercio del camino recorrido y algunas guías recomiendan volver hacia Reikiavik, pero yo aconsejo lo contrario. Parar en el pueblo costero de Djupivogur, comer en alguno de los dos cafés-restaurantes con vistas al puerto y seguir, recorrer los fiordos del este, por muy impronunciables que sean sus nombres. ¿Que termina en fjordour el nombre del sitio? Pues adelante. Así hasta llegar a Egilsstadir o a Seydisfjordour, cualquiera de los dos es un buen lugar para descansar tras un día viendo acantilados y carreteras sinuosas de costa.

En la mayoría de los pueblos hay unas piscinas municipales de muy buena calidad, alguna excelente, con agua caliente. Por mucho que haya siete u ocho grados de temperatura ambiente, y por poco que te apetezca a última hora de la tarde, date un baño largo en la piscina local. A la media hora pasarás sin problema de la de 42 grados a la de 6, y de esta, tras uno o dos minutos, yo no aguanté más, de vuelta a la de agua caliente.

Si hubiera hecho caso de algún blog o de alguna recomendación, nos habríamos perdido todo lo que hay en el norte de camino al lago Myvatn, otro de los puntos referentes del país. Como la cascada Dettifoss, la más caudalosa de Europa. En los alrededores del lago, el cráter del volcán Viti, el apestoso campo de fumarolas de Hverir o el campo de lava de Dimmuborgir, cuyas formaciones realizan cuevas, arcos y columnas de todo tipo. Los paisajes son de lo más variado, con las aguas azul turquesa del lago, las montañas grisáceas al fondo, los llamados pseudocráteres de Skytos y, si tienes suerte, como nosotros, una aurora boreal a medianoche.

Los pueblos del norte tienen cierto atractivo, en especial por su ubicación, junto a profundos fiordos que se introducen en la tierra. Husavik es el pueblo de pescadores que aparece en la peli esa infumable de Fire Saga/Eurovisión, pero es un pueblecito agradable para perderse una temporada y salir a ver ballenas en barco. Según continúas por la Ring Road hacia el oeste, te encuentras paisajes marcianos en los que Matt Damon se perdería y otra enorme cascada más, Godafoss. Llegados a este punto, comienzas a ser consciente de que te queda poco viaje, aún varios centenares de kilómetros hasta devolver la motorhome, pero la sensación de tristeza al llevar tres cuartas partes de vuelta a la isla. Pero aún hay mucho por disfrutar. Si te desplazas más al norte puedes alcanzar Hofsos, junto a otro fiordo, un pueblo con la mejor piscina de agua infinita de la isla, y según comienzas a descender al sur, pasas por Akureyri o te puedes pegar otro chapuzón en mitad de una colina unos kilómetros antes. Aquí ya se habían cansado de poner nombres, y a la cascada la llamaron simplemente Foss.

El recorrido regala un último tesoro al viajero: la península de Snaefellsness, donde se sitúa el origen de la aventura de Julio Verne. Una vasta extensión que parece querer separarse del resto de la isla y que aglutina una belleza muy por encima de la media del resto del país, que ya era elevada. Nos encantó. Todo. La iglesia de mdera negra, el volcán de Julio Verne Snaefellsnessjokull con sus nieves perpetuas, el pueblo de Arnarstapi y sus formaciones sobre el mar, los campos de lava, las praderas, la vuelta por la costa y, finalmente, la llegada al camping. El único en el que tuvimos algún problema para encontrar una plaza, pero es que la zona es una maravilla y nosotros, para no perder las costumbres mediterráneas, nos presentamos cerca de las diez de la noche.

Día 10. Tocaba emprender el camino de regreso hacia Reikiavik, devolver la autocaravana, lamentarse por todos los sitios impactantes que no pudimos ver en el centro de la isla (¿queda para otra ocasión?), pero aún pasamos por otro de los lugares más fotografiados de la isla, de nuevo por Juego de Tronos: Kirkjufell y las dos cascadas. No he visto la serie, pero eso no me impidió disfrutar de las vistas, como de todo el país. Una maravilla, muy recomendable.

Travis – Islandia (I): un plató de rodaje único.

Josean – Islandia (II): caída y recuperación.

Barney – Islandia (III): el éxito del deporte en un país minúsculo.

Lester – Islandia (IV): la Ring Road en autocaravana.

Cómics (IV): Persépolis

Conocía la historia de Marjane Satrapi desde hace tiempo, a raíz de la película que se rodó en 2007, una historia triste sobre el cambio vivido en Irán tras la entrada del régimen de los ayatolás a finales de los setenta y la implantación plena en los ochenta. Hasta ahora no había tenido la oportunidad de leer el cómic, la novela gráfica en la que la autora cuenta su historia y narra en primera persona cómo fue esa progresiva transformación y degradación del país.

Marjane Satrapi nació en Teherán en 1969 y vivió en su país hasta 1984, cuando sus padres, asustados por lo que veían y vivían día tras día en las calles de Irán o con sus vecinos, deciden que lo mejor para su hija es que salga del país, que estudie en Europa y pueda tener una vida en libertad. La que ellos no volverían a tener. El dibujo es sencillo, en blanco y negro, un trazo expresivo, pero sin los excesos ni proezas técnicas expresionistas como las de Frank Miller en Sin City, por poner un ejemplo. No es una crítica, sino una loa, porque esos trazos sencillos resultan perfectos para lo que la autora pretende: ser funcionales, útiles para contar una historia desgarradora, que valgan para expresar las emociones desnudas de la autora. O de toda una población reprimida.

La historia que se cuenta en Persépolis es la de una niña algo deslenguada, con unos padres de mentalidad progresista y laicista, una cría que ve cómo se genera un descontento en la población con el sah de Persia, motivado por la corrupción y el excesivo culto al líder. Un líder más preocupado por la imagen que da al exterior que por su propia ciudadanía, un títere de los gobiernos ávidos de petróleo. Los fastos excesivos celebrados con motivo del 2500 aniversario de la monarquía persa (1971) fueron un factor más a sumar en el descontento general de la población. Poco le importaron entonces al sah Rezah Pahlevi las críticas por un gasto estimado en más de 20 millones de dólares de la época, pues él era bien recibido en las cancillerías occidentales y su país era considerado en el resto del mundo. La fiesta fue realizada precisamente en las ruinas de Persépolis, la capital de los persas fundada aproximadamente en el año 515 a.C. por orden de Darío I.

La familia de Marjane vive de cerca la caída del régimen sátrapa de los sahs y sin grandes preocupaciones, pero lo que no esperaban era que su sustitución por una república islámica concluyera en una sociedad tremendamente represora, especialmente con las mujeres, o con todo aquel disidente que tuviera un pensamiento distinto al de los «Guardianes de la Revolución». Persépolis se publicó en cuatro tomos, uno al año entre 2000 y 2003, y desde el principio tuvo un gran recibimiento de crítica y fue un éxito de ventas. Se calcula que ha vendido dos millones de ejemplares desde su publicación y obtuvo varios premios de prestigio, como los de Angoulême, uno de los festivales de cómics más prestigiosos del mundo, donde obtuvo los de mejor autor revelación (2001) y mejor guion (2002), el premio de la paz Fernando Buesa (Vitoria, 2003) o el Harvey a la mejor obra extranjera (Estados Unidos, 2004). Su espaldarazo y reconocimiento de masas llegaría con el estreno de la película de 2007, dirigida por la propia autora.

La edición que tengo en mi librería pertenece a Reservoir Books y se editó por primera vez en 2020, con los cuatro tomos/episodios de la vida de Marjane agrupados. Pocas veces resulta más complicado disgregar una obra de su autora como con Persépolis y Marjane Satrapi. Es ella en cada página, es la voz que todo lo narra, son sus reflexiones, con sus errores, pero, también, con su firme voluntad de salir adelante, la que trasciende. El tomo 1 no puede comenzar de una manera más explícita:

En las siguientes páginas se remonta a lo sucedido en los años anteriores, los años previos a la caída del sah, el despilfarro ante los ojos de todo el mundo, la hipocresía de occidente cuando el dictador «amigo» deja de serlo y, finalmente, el estallido de la revolución. La verdad es que la historia de los iraníes, “persas, no árabes”, como repite con la misma firmeza que el cerrajero iraní de Crash, es la de un pueblo atrapado entre satrapías, invasiones y guerras de religión. Durante varios capítulos, la protagonista ve cómo algunos de los amigos o familiares más cercanos comienzan a abandonar el país ante lo que está por venir. El capítulo acaba con las primeras purgas de ciudadanos y con el arranque de la guerra con los vecinos de Irak.

Por si todo esto fuera poco, el segundo tomo arranca con la invasión de la embajada estadounidense en Teherán, la famosa crisis de los rehenes que duró 444 días, y que ya ha sido contada en varios libros y películas. Este tomo es, quizás, el más indignante, el que va contando cómo los Guardianes de la Revolución, esa p… policía de la moral, empieza a poner normas a los ciudadanos, en especial a las mujeres, hasta convertir el ambiente en las calles en irrespirable. El velo es una puñetera imposición del hombre que debe ser erradicada, en cualquiera de sus versiones (chador, niqab, al-amira, khimar, no digamos el burka o el hijab), y ya que no hay manera de lograrlo en Irán o en Afganistán, al menos se debería frenar en esta Europa en ocasiones tan acomplejada.

Cuando escucho a tantas feministas defender el uso del mismo como un símbolo de libertad y de elección personal, me subo por las paredes. Resulta muy cómodo defender lo indefendible desde la comodidad del sillón en una casa en la que puedes opinar libremente, pero me gustaría que todas estas mujeres escucharan lo que alguien que lo ha padecido con toda su crudeza tiene que decirles:

“El significado del velo es que debes cubrirte del hombre porque eres un objeto. Pero las francesas han conseguido hacer del velo un símbolo de resistencia, cuando lo es de sumisión, por eso creo que es un problema más identitario, político”. “Nunca he estado en guerra contra los hombres, que son excelentes compañeros de viaje. Luchamos por la humanidad, por el ser humano”.

Todo el segundo tomo está embadurnado de tristeza, de tipos barbudos insoportables que escrutan cada centímetro del cuerpo o del pelo de las mujeres que se cruzan por la calle para reprenderlas, golpearlas o detenerlas. Se prohíben la música y el baile, y todo aquello que huela a libertad individual. El clima es tan irrespirable que los padres de Marjane optan por enviarla a Europa cuando apenas ha cumplido los 14 años.

El tercer tomo narra otro choque cultural, el de la adolescente que descubre una Austria en la que los supermercados están repletos de comida, en la que existe una liberación sexual y homosexual desconocida para ella, en la que se habla de comunismo, anarquismo y rebeldía con olor a porros… Para una niña venida de una sociedad ultraconservadora, la adaptación no fue nada sencilla. De hecho, ella misma considera que no se adaptó, tuvo una época más que complicada y finalmente, tomó la determinación de volver a Irán. Con 18 años y una agobiante sensación de oportunidad perdida, de fracaso.

El cuarto tomo trata del retorno a un lugar triste, decadente, sin libertades, en el que la protagonista se siente tan ajena como lo estuvo en su última etapa en Europa. Era vista como iraní en Europa y como extranjera en su país natal. El apoyo de sus padres fue decisivo para salir de la depresión y para entrar en la universidad, en la que, pese a gozar de cierta libertad de movimientos, todo tenía que hacerse a escondidas: las fiestas, la música, las relaciones…

Hay cierto humor en las situaciones absurdas, como la del taller de pintura, cuando tienen que pintar cuerpos femeninos, pero, obviamente, cubiertos con ese chador que cubre todo el cuerpo. O cuando les encargan idear un parque de atracciones con la temática de la mitología iraní, pero el proyecto se cae porque, oh, barrera infranqueable, las esculturas representan “mujeres con el pelo a la vista y el cuerpo sin cubrir”.

El libro te llega a indignar por momentos, en especial cada vez que sale un barbudo de estos. Los dibujos transmiten su dureza, su incultura, el fanatismo en el que han sido educados. ¿Cuántos millones de tíos habrán sido educados de esta manera? En un país de 90 millones de habitantes, supongo que habrá cientos de miles de desalmados así.

Persépolis concluye con una nueva “huida” de Marjane hacia Francia, país en el que estudiará, se hará una carrera y la vida que todos conocemos de ella. No ha vuelto desde entonces y, aunque no hace mucho decía que creía que moriría en el extranjero (entrevista de 2020), de un tienpo a esta parte es más optimista y cree que podrá volver cuando el régimen actual sea sustituido (entrevista de 2023). Las vueltas que da la vida, parece que uno de los que espera que caiga el régimen actual es el hijo del sah Rezah Pahlevi, quien se postula para “derrocar al régimen que tiene secuestrado al país”.

No lo sé, uno mira cómo los talibanes controlan todo el poder en la vecina Afganistán y ya duda de todo. Y la formación general en un país como Irán es muy superior a la de los afganos. La revolución “avanza” a su manera con el uso de la tecnología para el control de su población. De la femenina, por supuesto. Lo último ha sido colocar cámaras con IA para poder controlar a todas aquellas mujeres que se quitan el velo para conducir: son identificadas y reciben un SMS de inmediato en el que se les notifica el castigo, que no es otro que la confiscación del vehículo. Vaya mierda todo, qué rabia me da.

Marjane Satrapi recibió el premio Princesa de Asturias de la Comunicación y Humanidades en 2024 y tuvo un discurso curioso, un punto de vista interesante:

“Antes que nada, quería expresarles mi profundo agradecimiento por este extraordinario premio que me han concedido. Y ahora, puesto que de eso se trata, hablemos de la humanidad.

Entre lo que los biólogos denominan animales auténticos, es decir, los mamíferos, el hombre es el único que mata a su hembra. Y calificamos ese acto como bestial, siendo así que ninguna otra bestia, fuera de nosotros, lo comete. Eso es la humanidad.

Pero también hay humanos que pierden la vida a manos de sus torturadores para proteger a sus semejantes, para no denunciarlos, y sé muy bien de lo que estoy hablando. Esto también se llama humanidad.

(…)

Con esto, quiero decirles que no tengo una visión idealizada de lo humano y que yo, en mí misma, experimento esa dualidad. Acepto tanto mi violencia como mi benevolencia, esperando siempre que la segunda prevalezca sobre la primera.

(…)

El hombre por sí solo no sobrevive en la naturaleza. Sólo sobrevive juntándose con otros y creando sociedades. Y la condición sine qua non para lograrlo es la empatía.

Quizás en la educación, en vez de enseñar a nuestros hijos a aprenderlo todo de memoria y a recitarlo como loros, deberíamos enseñarles ética, civismo y sobre todo compasión y bondad. Y les aseguro que no soy de las que ponen la otra mejilla. Por una bofetada recibida devolvería diez, pero trato de no ser nunca yo quien pega la primera”.

Su última obra es Mujer. Vida. Libertad (2023), coescrita y dibujada junto a otras autoras y dibujantes extranjeros, entre ellos Paco Roca, autor de Arrugas y El abismo del olvido. Se trata de un homenaje a Mahsa Jamini, la pobre joven asesinada en una comisaría tras una detención de la policía islámica por llevar el velo mal puesto. Porque estas cosas, por desgracia, siguen ocurriendo.

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