El Pabellón Azul, por Lester

La reforma del Pabellón Azul ha finalizado y me atrevo a dar las gracias en nombre de todos sus residentes. Gracias al departamento de Responsabilidad Social Corporativa de Sacyr y gracias a todos los que habéis ayudado para que fuera posible. Me enorgullece pensar que hemos contribuido a esta obra que va a mejorar las condiciones de vida de unos chicos, ya adultos, que van a poder usar unos baños y duchas en condiciones, adaptados a su movilidad y sin los peligros que vi en persona que tanto me impactaron. El suelo resbaladizo, las duchas sin agarraderas, los escalones criminales, las goteras y el boquete de la pared son historia. ¡Gracias! 

 

El Hogar Teresa de los Andes es un centro admirable, como no me canso de repetir, en el que la voluntad de sus responsables y trabajadores intenta suplir las limitaciones presupuestarias. Tiene siete pabellones en los que sus habitantes están clasificados por edades y en función de su grado de discapacidad:

  • Rojo: en el que están los chicos de menor edad, entre diez y veinte años, en el que se desvivieron mi mujer y Lester Junior por ayudar, tanto a los chicos del pabellón como a las cuidadoras.
  • Verde: en el que estuvimos trabajando Rachel y yo, con chicos entre doce y veintipocos años.

  • San Camilo: sus internos eran ya adultos hechos y derechos con una discapacidad física severa, que se unía a las psíquicas. Fue el pabellón en el que “las Beas” desarrollaron su excepcional labor.
  • Naranja: en él vivían los internos que se encontraban en mejor situación, como Paúl, el pintor del que ya os hablé, o Nico, el corredor de fondo. Tenían habitaciones individuales, sus propios objetos personales, música, y alguno de ellos hasta una tele.

  • Hospital: desgraciadamente, la falta de medios, empezando por un médico, hacía que de hospital tuviera poco más que el nombre. En este pabellón se atendía a aquellos muchachos a los que les empezaban a fallar los órganos, como el pobre Pablo, que falleció estando nosotros allí, o se les trataban las lesiones causadas por caídas o brechas provocadas por su propia torpeza de movimientos.
  • Marrón: sus residentes no deberían estar en el Hogar, como nos dijo el Hermano Fausto, sino en un centro especializado para trastornos psiquiátricos. Necesitan atención profesional y una medicación bastante cara. No tuvimos ningún problema con la agresividad de alguno de ellos, sino más bien al contrario, fuimos capaces de tener momentos muy emotivos, incluso diría de gran ternura, con David y María, por ejemplo. Con el resto apenas tuvimos trato. No somos héroes. 
  • Azul: el pabellón para el que conseguimos la financiación de sus obras está habitado por los chicos con los que menos trato tuve. En su momento dediqué un post entero a “la sonrisa de un niño”, sonrisas que desgraciadamente no encontré en los residentes del Pabellón Azul, con los que apenas fui capaz de relacionarme, hombres y mujeres entre los veinte y los cuarenta años que también deberían estar en un centro especializado para tratar sus trastornos (según sus historiales, psicóticos, discapacidades intelectuales grave o muy graves, autismo, autismo con comportamiento fóbico,…).

Además de los pabellones que servían de vivienda para los “Niños con habilidades especiales”, como reza el cartel de la entrada del Hogar, había un comedor, una enorme lavandería, una dirección de estudios para la escuela, la unidad educativa y el aula infantil, una capilla, la oficina, la residencia de voluntarios, el campo de “entrenamientos”, y muchos metros cuadrados repletos de vegetación salvaje. El centro necesita medios, y algunas necesidades son más acuciantes que otras, como ocurría con la reforma del Pabellón Azul.

Cuando lo visité por primera vez, al poco de comenzar nuestro voluntariado, yo mismo me tropecé con un pequeño escalón que había a la entrada del baño y las duchas, así que no quiero ni imaginar la cantidad de caídas y golpes que se habrán dado sus inquilinos, teniendo en cuenta que tenían movilidad absoluta, pero eran muy torpes de movimientos. Al ver “un intruso” en su territorio, se me acercaron, me rodearon y me dirigían miradas sorprendidas. Algunos me abrazaron o me pasaron la mano por el hombro, y otro me quería enseñar un agujero en el suelo, con un lenguaje incomprensible. Tengo que reconocer, y no quiero ser cruel, que fue una sensación extraña para mí, como si entrara en el plató de Alguien voló sobre el nido del cuco.

La reforma era urgente y gracias a la Fundación Sacyr hoy es posible. Unos días antes de nuestra visita, se firmó el convenio con Ayuda en Acción que permitiría que se realizaran las obras en un plazo lo más breve posible. Tuve la suerte de conocer al contratista, me enseñaron el presupuesto y las partidas que se iban a acometer, me explicaron qué se iba a hacer y por qué se iban a utilizar determinados materiales, y pudimos ver el inicio de las obras en los últimos días de agosto.

Estoy muy agradecido al apoyo de la Fundación Sacyr y del departamento de Responsabilidad Social Corporativa. Apoyaron el proyecto de modo muy activo desde el primer minuto y se movieron con rapidez para que la reforma se hiciera lo antes posible. La reforma ha quedado estupenda.

Muy agradecido también a Ayuda en Acción por su profesionalidad y diligencia. He estado en pocas reuniones de trabajo tan gratificantes en toda mi vida como en la que tratamos estos asuntos, con tan buen entendimiento, y eso que a un lado de la mesa había una ONG y al otro una gran empresa con miles de trabajadores y presencia en una treintena de países.

Muy agradecido al departamento de Comunicación, que ha dado a conocer el proyecto tanto internamente como con la publicación de la firma del acuerdo en diversos periódicos y medios digitales.

El importe aportado por Sacyr cubrió aproximadamente el 85 por ciento del presupuesto de la reforma (algo más de 90.000 bolivianos), y mi mujer y yo nos comprometimos a sufragar el resto, como hicimos. Gracias a los que nada más saber de nuestro proyecto quisisteis contribuir generosamente con una donación: Teresa, Manolo, Mamen, Pepe, Jaime, Adriana y Sara, esta obra también es vuestra. 

Y por supuesto, muchas gracias a los que habéis contribuido comprando el libro que publiqué con el doble objetivo de dar a conocer el proyecto y recaudar fondos para el mismo. Doy por hecho que los cincuenta primeros, a los que les regalé el ejemplar, siguieron la cadena a la que se comprometieron (amazon.es), una cadena que todavía no ha finalizado porque nos falta completar la última parte.

Igual que doy por hecho que algunos, sé que no todos, se han leído esa recopilación de relatos que hacen que en ocasiones, como me dijo Racsi, “necesites una botella de whisky para digerirlos”. El autor reconoce que estaría encantado de recibir críticas literarias de su magna obra, aun a sabiendas de que algunos sois bastante cabroncetes.

Ha sido muy bonito ver cómo me han ido llegando mensajes y fotos a través de WhatsApp de amigos y compañeros que han comprado el libro y se hacían una foto con el mismo. En sus casas, en la playa, en la piscina, o para ponerlo bajo la pata de una mesa, como alguno de ese grupo de amigos futboleros a los que no les mueve precisamente la pasión por la literatura. Otros han comprado varios para regalar, como la docena de Miguelón, o los varios de Alonso, Cristina y Tadelpo.

Gracias al Club de Baloncesto Las Rozas por la donación de equipaciones deportivas que los chicos del centro lucieron con orgullo durante las olimpiadas especiales. Gracias a María Jesús del Banco Cooperativo por la entrega de camisetas de deporte y material escolar que allí tuvieron una gran aceptación. Gracias a Andrés por la difusión del proyecto y el libro en la revista del colegio.

Espero no olvidarme de nadie. Muchas gracias a todos. Los internos del Pabellón Azul no son conscientes, pero cada día que se den una ducha, cada tarde que no ven una gotera, o cada noche que no entre una corriente de aire gélido por la pared, será gracias al apoyo de todos nosotros.

 

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Las hordas de runners invaden Budapest (II), por Lester

¡Qué mejor sitio para empezar y terminar el maratón de Budapest que la Plaza de los Héroes! Una columna de 30 metros de altura, rígida como mis piernas en los últimos kilómetros, de mármol pétreo como mis gemelos al acabar la carrera, y en la parte baja las figuras de varios héroes de la revolución magiar. Tengo afición a las estatuas y por alguna extraña razón mi cerebro las asocia a figuras del cine. Será cosa mía, pero a mí estos héroes húngaros me recuerdan a un Théoden rejuvenecido, a Gandalf, con su vara mágica y todo, y el tercero se da un aire a Gimli, con ese bigote y esa cara de no haber dormido bien en meses.

Por seguir con las comparaciones, una vez acabado el maratón, yo soy como Aragorn regresando del campo de batalla. Exhausto, pero feliz. Derrengado, pero no derrotado. Victorioso tras haber atravesado Rivendel (Buda), el bosque de Fangorn (Isla Margarita) y Rohan (Pest), cruzado el río Anduin (el Danubio) y haber rodeado el Monte del Destino (Gellert). No hubo un Mordor en el que sucumbir, pues toda la carrera fue espectacular.

Llego al punto de encuentro con mi dulce Arwen, mi supporter particular y fotógrafa de excepción, portando mi trofeo colgando del cuello, una medalla que luzco con ilusión, pese a que, todo hay que decirlo, sea espantosa.          

Pocas sensaciones hay tan gratificantes como las que pasan por tu cabeza, tras 42 kilómetros, en los 195 metros finales. Tienes el cuerpo dolorido pero vas con una sonrisa de oreja a oreja. Con el corazón latiendo a toda pastilla. Con la carne de gallina al ver tanto público animando y aplaudiendo a los esforzados atletas populares dando sus últimas zancadas. La música por los altavoces completa ese momento mágico, más si, como en mi caso, entras en meta al son de Thunderstruck, de los AC/DC.

La carrera

Hay una serie de rituales que repito cada mañana de carrera y que todos los que alguna vez hayan corrido una larga distancia conocen: beber agua desde bien temprano, vaselina, tiritas, el dorsal, ponerse con mimo los calcetines, un buen desayuno pero sin pasarse, echar un par (o tres) de troncos al aserradero,… Y luego comienza la divertida marcha hacia la salida, con un metro lleno de runners como tú, con la bolsa en la que llevamos la ropa que nos pondremos nada más acabar la carrera.

La salida de los maratones suele estar muy animada, con las bromas de los corredores de última hora, las fotos con la familia y equipo de supporters, la sonrisita nerviosa, los estiramientos nerviosos, las meadas nerviosas, las colas de meones nerviosos,… “Eres el único con pantalones blancos y largos”. Sí, muy largos, de basket, del equipo de amiguetes. Soy incapaz de correr con esos pantaloncitos cortos que llevan algunos, y menos aún con esos otros ceñidos y apretados que te comprimen los testículos. Cuestión de gustos, si bien en esto de las carreras desmitifico un poco todo lo relacionado con las marcas y la ropa técnica supuestamente fundamental. Más aún después de leer sobre los indios tarahumara, sus marcas y la ausencia de lesiones pese a que corren con alpargatas.

El maratón de Budapest se celebra junto con varias pruebas más: carrera de 10 kilómetros, media maratón, 30 kilómetros (se incorporaban con nosotros en el 12) y una competición de relevos. Según la organización, unos 27.000 corredores en total, de los que apenas un tercio intentamos el maratón completo.

En el maratón de Praga también me encontré la prueba de relevos y la verdad es que es todo un acierto. Gente que no puede lanzarse a los 42, pero quiere participar en la fiesta que supone correr por una ciudad y un recorrido tan espectacular como el de Budapest. En los puntos de los relevos, cada 10,5 kilómetros, se agolpaban miles de corredores esperando a sus compañeros de postas, y dispuestos a lanzarse a hacer la mejor marca posible en su tramo. Nos miraban, nos aplaudían, nos animaban,… Se percibe esa solidaridad del runner de la que ya he hablado alguna otra vez.

En mi caso particular, en la carrera del domingo, me lancé con ambición a por la marca de 3 horas, 30 minutos, lo que viene a ser acabar a una media de 5 minutos el kilómetro. Sabía que era difícil, pero si me quedaba cerca estaría superando mi marca personal (3h. 36m. Copenhague, 2014). En mi historial de maratoniano aficionado clasifico los que he corrido en dos tipos:

  • Los que acabo como una moto pensando que podía haber hecho mejor marca si hubiera forzado un poco más desde el principio.
  • Los que finalizo hecho “unaputabraga”.

Son muchos más los del segundo tipo que los del primero (Copenhague 2014, Praga 2013, Zaragoza 2008). El domingo salí muy bien, rápido, fluido, con buenas sensaciones, y pasé el kilómetro 10 en 49 m. 20 s., a 4:56 el kilómetro. La media maratón clavaba los tiempos previstos: 1h. 45m. 55 s. Hasta el kilómetro 28 mantuve esa media de 5 minutos el kilómetro, si bien las piernas ya empezaban a avisar en ese punto de que no iban tan fluidas.

Quizás debí haber descansado más la noche previa a la carrera en lugar de quedarme blogueando.

En el kilómetro 30 supe que no bajaría de las 3h. 30m., pese a que seguía a muy buen ritmo: 2h. 30m. 31s. El ritmo no iba a mejorar, sino todo lo contrario, así que pasé al segundo objetivo: marca personal.

Quizás me faltaron las tres semanas de entrenamiento de Bolivia o algunos rodajes largos, pero bajé el ritmo de modo sensible.

Aunque en la previa de la carrera confesé que olvidé cortarme las uñas (y de hecho voy a perder un par de ellas), no fueron estas las que me dieron problemas, sino las plantas de los pies. El empedrado o adoquinado de algunas zonas me molestaba enormemente, así que corrí los metros que pude por el césped colindante, esquivando rubias eslavas despampanantes y… bueno, en realidad hay un poco de mito en eso, esquivando barbudos y rubias carapán.

Quizás me sobraba algún kilo. Quizás empezaba a darle vueltas al hecho de que necesito casi tres meses de entrenamiento para bajar tres kilos de peso, y solo un fin de semana con la familia política en una casa rural en Aranda de Duero para recuperar dos.

En el kilómetro 36 me esperaba de nuevo la hermosa Arwen, que me pasó un gel de esos reconcentrados con cafeína que solo toman los corredores de largas distancias, un brebaje infecto de druida galo que jamás te tomarías en tu vida normal.

El caso es que me ayudó a sobrellevar los calambres que empezaban a atacarme y, con algún que otro parón para estirar los gemelos, llegué a meta en un tiempo de 3 horas, 40 minutos. Muy bien para mí, mi segunda mejor marca, y 35 minutos mejor que hace un año en Nueva York. Permitidme que saque pecho, sobre todo cuando tanta gente leyó mi patética crónica de un tipo arrastrándose por Central Park incapaz de portar la bandera de España.

Acabé muy satisfecho, para qué negarlo. Sé que la marca de 3h. 30 m. está a la vuelta de la esquina, que soy “joven” para progresar. Solo tengo que cambiar ciertos hábitos (que no pienso hacerlo), entrenar más (que seguramente no lo haré) y ponerme unos pantalones que me aprieten los huevecillos (que eso sí que no lo voy a hacer bajo ningún concepto).

Después de la carrera

Si algunas teorías dicen que la cerveza hidrata, mucha cerveza hidratará más, ¿no? Y en cuanto a reponer fuerzas, toda la vida he querido zamparme un jabalí entero, al modo de la última viñeta de los cómics de Astérix y Obélix, pero a falta de una aldea en la que prepararlo, nos conformamos con unas suculentas hamburguesas de 400 gramos de carne que me supieron a tres estrellas Michelín.

Por la tarde nos fuimos a los famosos baños Szechenyi, un balneario de aguas termales cerca de la Plaza de los Héroes. Me temo que fueron muchos los maratonianos que tuvieron la misma idea, porque he visto piscinas chinas repletas de chinos, con menos gente que los baños Szechenyi el domingo pasado. Allí por fin, entre miles de personas, me relajé y descansé después de otro intenso pero gozoso maratón. Ya habrá tiempo para pensar en el siguiente.

“Y cariño, tú dirás lo que quieras, que es arte moderno y tal, pero para mí esto es un huevo de Alien en plena eclosión”.

Las hordas de runners invaden Budapest (I), por Lester

Buda y Pest son dos ciudades unidas y separadas por el Danubio que a lo largo de su historia han vivido invasiones de todo tipo: los romanos, los tártaros, Atila, los otomanos, austriacos, polacos, los nazis en el 44,… por último, vivieron la ocupación ruso-soviética hasta el año 90. Desde hace 32 años, un domingo de octubre, Budapest vive la invasión de miles de corredores venidos de todas partes del mundo.

Este año me uno a las hordas de animosos corredores y en unas pocas horas estaré en la salida del maratón de Budapest, el decimoquinto en mi historial de corredor aficionado. El recorrido empieza en un lugar tan espectacular como la Plaza de los Héroes en Pest, pasa a Buda al otro lado del Danubio hacia el kilómetro 4, vuelve a Pest, nos lleva a atravesar la Isla Margarita, oootra vez a Buda, y ooootra vez a Pest cuando no nos lleguen las fuerzas, para acabar recorriendo el resto de kilómetros antes de entrar triunfales (espero) en el mismo paseo de la salida.

No sé cuántos maratones más le quedan a mis piernas, o a mis ánimos, quizás no muchos, así que quiero disfrutarlo como lo suelo hacer. A ser posible, sin sufrimientos. Suena cachondo, 42 kilómetros y quiero llegar fresco como una lechuga, con la sonrisa de quien sale del cine tras ver una de Woody Allen.

En uno de los capítulos del libro Nacidos para correr, el doctor Bramble, un estudioso del cuerpo humano y especialmente de la morfología de los corredores, comenta sus investigaciones acerca del funcionamiento y la resistencia de nuestro organismo, y resultan sorprendentes. El estudio parte de la edad de 19 años y, según sus resultados, el pico de velocidad se alcanza a los 27. A partir de esa edad el cuerpo humano va perdiendo velocidad y explosividad, pero de un modo mucho más lento de lo que nos creemos. Según el doctor Bramble, con entrenamientos constantes y sin lesiones de consideración, la regresión de las marcas es tan lenta que la curva indica que el nivel de los 19 años se vuelve a alcanzar ¡a la edad de 64!

Me animé al leerlo, porque eso significa que quizás pueda seguir con este ritmo de un maratón al año por mucho tiempo. Nada de quejarme de la edad y los achaques, a correr como cuando eras un crío. Martín Fiz acaba de demostrar esa longevidad del cuerpo y esa lenta regresión venciendo en la categoría de mayores de 50 en el maratón de Chicago a sus 54 palos, con una marca de 2 horas y 28 minutos. Una animalada incluso para jovenzuelos. Es su quinta victoria en los seis majors en los últimos dos años.

En mi caso, logré mi mejor marca personal en Copenhague, en el año 2014, con 3 horas y 36 minutos, a la tierna edad de 44 años. Unos 53 minutos mejor que la marca de mi debut con 34, cuando cometí la locura de correr un maratón sin haber pasado nunca de 15 kilómetros del tirón. Lo importante es que se puede mejorar, todavía puedo progresar. Todo en el running, como casi todo en la vida, es entrenamiento.

Para este maratón he podido entrenar bastante bien, con el parón de las tres semanas en Bolivia. 3 semanas en un planning de 16 quizás sea mucho y me falten algunos kilómetros de rodaje, pero a cambio me he metido en el cuerpo las últimas cinco semanas más intensas y con más carga de entrenamiento de todos los maratones que he corrido hasta la fecha. 

No he descansado ni un solo día de estos 35 y el cuerpo y la salud me han respetado. Corría 5 días a la semana y los otros 2 me iba al gimnasio a fortalecer la musculatura de piernas, las lumbares y mis abdominales, tan característicos como los de Cristiano Ronaldo. Según mi cuentakilómetros particular, he entrenado 364 kilómetros en estas 5 semanas, ¿qué puede salir mal?

Pues muchas cosas, como el cansancio propio del turismo en días previos, como me pasó en Nueva York o en Berlín (aquel día que gané a Gebreselassie), o un poco estos días. O la mala alimentación o la falta de hidratación. He tratado de prevenirlo a mi manera, con pasta, mucha agua y un litro de cerveza de diario (incorporamos la Dreher a la lista de cervezas que me he pimplado por ahí).

La noche anterior, como ahora mismo, me pongo nervioso, me faltará algo, no me quedaré dormido, descansaré suficiente, tengo las piernas cargadas, haré bien de vientre,… Todo eso se me pasa en la línea de salida, cuando te ves allí rodeado de ese ambiente y se dispara la adrenalina.

Mi único fallo esta vez es que olvidé algo tan fundamental como cortarme las uñas de los pies. Que nadie se ría, he visto a tíos abandonar por unos pies ensangrentados. Claro que tenían unas garras que ni los orcos, ni los uruk-hai. Ni siquiera mi hermano Dagos.

Puesto que mis amigos graciosetes saben que me he ido de finde romántico y me preguntan siempre por el sexo y el maratón, les recordaré tres cosas:

1. A los futbolistas les concentran varios días antes para que “no se dispersen”.

2. El entrenador de Rocky Balboa siempre decía que “las mujeres debilitan las piernas”.

3. Uno es un caballero y nunca habla de estos asuntos, si bien conviene recordar que Rocky es una película poco creíble y los futbolistas son unas nenazas que se quejan por jugar dos partidos a la semana.

¡Deseadme suerte mañana!

 

 

Por la sonrisa de un niño, por Lester

 

Ayer terminamos nuestras dos semanas de voluntariado en el Hogar Teresa de los Andes, en Cotoca, cerca de Santa Cruz de la Sierra (Bolivia). Uf, agotador, gratificante, indescriptible, no encuentro los adjetivos. Terrible y maravilloso a la vez. ¿Qué puedo decir, qué cuento resumidamente para no escribir un post interminable? ¿Mereció la pena? ¿Lo recomiendas a otras personas, a otras familias? ¿Repetiremos? ¿Volveremos a ver a los chicos, al personal que allí se desvive por ellos?

Me cuesta mucho contar todo lo que hemos pasado en estas dos semanas, como ya expliqué nada más aterrizar en Un mar de sensaciones. La despedida fue muy emotiva porque recibimos muestras de cariño de los cuidadores, los profesores, el personal del centro y por supuesto, de los chicos. No de todos, evidentemente, porque no oculto que a algunos de los chicos no pude encontrarles en estas dos semanas las habilidades especiales de las que presume el Hogar, o al menos, cualquier capacidad de comunicación o interacción con ellos.

Los casos que uno encuentra en el Hogar son terribles, como puedes leer en sus historiales. Como los hermanos David y José María, hijos de una mujer con problemas mentales víctima de malos tratos y abusos sexuales por parte de su pareja. Aunque resulte cruel decirlo, ahora son dos pequeños salvajes veinteañeros cuyas camas son en realidad jaulas. Como Kevina, ciega de nacimiento, con retraso psicomotor, autismo, y abandonada por sus padres a los cuatro meses de edad. Como Jesús, quien, según sus padres, no tenía discapacidad alguna hasta que se les cayó al río con ocho meses de edad y tiene una parálisis cerebral infantil agravada con síndrome convulsivo. No habla, no se mueve mucho más que las convulsiones de su cuerpo y no hace nada por sí mismo.

Como todos los adultos del pabellón azul, a los que no he visto cambiar de expresión en todo este tiempo. Deberían estar en un centro especializado, atendidos por profesionales, y no en este hogar que muchos definimos como “admirable” porque se ocupa de unos casos que no le corresponden, y lo hace con su mayor voluntad, con sus mejores intenciones, y porque de no hacerlo, estos chicos estarían de nuevo en la situación de abandono que ya pasaron con sus familias y los servicios sociales carentes de recursos.

Hay que conocer el Hogar Teresa de los Andes para entenderlo, y aun habiendo convivido allí dos semanas, me cuesta comprender su existencia. Tanto, como que subsista a base de muestras de solidaridad de particulares, del apoyo de la ONG Ayuda en Acción, de los Hermanos de la Divina Providencia, o del trabajo de voluntarios como los excepcionales muchachos del Colegio Amor de Dios, de La Paz. Para siempre ya, mis amigos “los paceños”.

El día previo a nuestra fiesta de despedida falleció un chico del centro. Pablo, 18 años de edad. “Afortunadamente” no le conocía, porque llevaba ingresado en el hospital varias semanas. Llevé el féretro a la capilla con otros compañeros y me quedé pensando en el tipo de vida que había llevado este joven, con una discapacidad intelectual severa, abandonado por sus padres, no atendido por los servicios sociales, y aquí al menos, atendido hasta su temprana muerte. ¡Joder, ¿cómo se pueden permitir estas cosas?! ¿Cómo falla todo el sistema, del primer al último eslabón? Lo que hizo el Hogar fue mantenerle al menos atendido, alimentado, aunque el tiempo ha demostrado que no fue suficiente ese esfuerzo.

Pero lo mismo que trato de racionalizar algunas de las cosas que he vivido, reconozco que he tenido momentos estupendos con los chicos que más he llegado a tratar. El miedo inicial a darles de comer, a superar el asco que podía suponer en ocasiones, la angustia de no saber cómo tratarlos al principio, todo eso lo superamos con creces, y mi mujer y mis hijos me dieron una lección ejemplar. Tiraron de mí más aún de lo que yo intentaba tirar de ellos. Y en ese transcurso de los días, nació el cariño hacia muchos de ellos, surgieron las bromas que no por repetidas provocaban menos carcajadas.

Con Marcelo bromeaba sobre mi reloj o sobre las fotos, con Ariel sobre sus múltiples novias, con Alejandra o Paulina chocábamos las manos de un modo que se perfeccionaba a diario, o con Pepe tenía emocionantes conversaciones pese a que es sordomudo. Enrique me daba conversación sobre otros voluntarios, me pedía que le pusiera música o que le enseñara las fotos del móvil.

Guardaré para siempre esos momentos, porque ves que con muy poco eres capaz de conseguir mucho. Sonará cursi, pero nada hay más valioso que la sonrisa de un niño, y solo por los cientos de sonrisas que hemos recogido, la experiencia ha valido la pena. O por ver pintar a Paúl, con problemas de motricidad en ambas manos, del cual me llevo un cuadro que lucirá en breve en mi salón.

Hicimos lo que pudimos para alegrar los días que compartimos con ellos, desde excursiones a Cotoca hasta talleres de zumba (mi hija, a mí no me veréis en esas), o una estupenda degustación de cocina española preparada por el inigualable equipo femenino de voluntarias (mi mujer, mi hija, la Bea del Valle del Kas y la Bea/Olga). Me dijo una de las cuidadoras que habíamos traído alegría a los pabellones, y yo creo que ellas lo agradecieron tanto como los jóvenes a los que sacamos de su rutina.

El último día vivimos una jornada especial. El Hogar celebra desde hace años unas olimpiadas especiales, una competición para los chicos del centro, que luego se extiende a otros centros con muchachos con discapacidades intelectuales. Pasé algunos días ayudando en los entrenamientos y el día de la competición resultó divertido y gratificante a la vez, con unos jóvenes que no competían contra sus rivales, sino contra los problemas físicos que la naturaleza les dejó.

Sus caras de satisfacción en el podio no tienen precio. Me sorprendió ver a tanta gente volcada en el evento, como los profesores con la decoración, los colegios invitados, público, y el resto de chicos del centro animando a sus compañeros. Por todos estos momentos la experiencia mereció la pena.

Al igual que el colegio Amor de Dios, de La Paz, quisimos pintar un mural en una de las paredes del centro para dejar una huella de nuestro paso por allí. El lema escogido por el equipo de voluntarios no pudo ser más acertado: Dibujando sonrisas. En el vídeo que emitimos con los mejores momentos pasados en el Hogar no se veía otra cosa. Chicos sonriendo a pesar de todas las dificultades a las que se han tenido que enfrentar y se van a tener que seguir enfrentando.

No soy quién para recomendar esta experiencia a nadie, que cada cual se mire a sí mismo y se diga si es capaz de enfrentarse a algunas situaciones que parten el alma a cualquiera. ¿Repetiremos? Sinceramente, no lo sé. Creo que el centro necesita otra cosa que el esfuerzo voluntarioso de unas personas que le pueden dedicar un par de semanas, que siempre es bienvenido pero es insuficiente. Requiere mucha financiación, la contratación de personal especializado en numerosas áreas, como la médica o la fisioterapia, por ejemplo, y quizás la mejor ayuda pueda venir desde la distancia, dando a conocer el proyecto o implicando a empresas como Sacyr (Una gota de agua).

¿Volveremos a vernos? Seguro que sí. No puede romperse el lazo que se ha creado con los chicos, ni con el personal del centro, no quiero mencionarlos porque seguro que se me olvidan muchos, (Rossy, Jorge, Mario, Carolina, Rosario, Ludwig, Carmela, y todos los demás sin excepción, gracias por aguantarnos).

En algún momento de mi vida volveré a ver las sonrisas de esos niños.

 

Un mar de sensaciones, por Lester

No sé por dónde empezar. No sé ni cómo explicar mis sensaciones. Después del primer día en el Hogar Teresa de los Andes, tengo una mezcla de sentimientos de todo tipo, sentimientos encontrados, unos que me llenan y otros que me asustan.

Lástima, por qué no decirlo, lástima por esos niños mayores atrapados en un cuerpo que sigue creciendo, al contrario que sus mentes que se anclaron en una edad temprana. Sé que no debería sentirlo por varios de ellos, como Pepe, Nicolás, Paul o mi nuevo amigo Reinaldo, chicos de veinte, treinta o cuarenta años con unas sonrisas enormes, porque a lo mejor son ellos los que sienten lástima por tanto infeliz como hay en el mundo pese a tener de todo. Cada uno tiene una habilidad especial, como la pintura en el caso de Paul, el baile y el sentido del ritmo en Reinaldo, o la resistencia de ese corredor de fondo que es Nicolás (“Nicolasito, llámame Nicolasito”, como me dice), resistencia que le hizo merecedor de una medalla de oro en los campeonatos olímpicos especiales que se celebraron en Irlanda en 2012.

No siento lástima, sino una profunda rabia por la situación de los chicos de los pabellones Azul, Marrón y San Camilo, chicos que deberían estar atendidos en una institución especializada y sin embargo se encuentran aquí porque al abandono de sus familias se unió el del gobierno boliviano. El Hogar no está preparado para atender tantos casos, muchos de ellos de discapacidades múltiples, de un grado muy severo que a primera vista impacta. Y a segunda, tercera,… El coste de la medicación, del mantenimiento de los distintos pabellones, de todo el personal empleado es muy elevado, y el centro no da más de sí.

Siento una profunda admiración por lo que se ha conseguido crear en el Hogar, y la palabra “hogar” es importante porque no es solo una residencia, un hospital, un colegio o un centro ocupacional, sino un centro en el que se da cariño a los residentes, niños abandonados en su día en las calles o en el campo, jóvenes y adultos ahora que aquí han encontrado un lugar en el que tener una vida, y un hogar en el que lucir esas maravillosas sonrisas.

El Hogar fue fundado hace más de treinta años por los Hermanos de la Divina Providencia, y desde hace catorce cuenta con el apoyo fundamental de la ONG española Ayuda en Acción, que fue a través de quienes llegamos a conocer el proyecto. Siento admiración por el Hermano Fausto, director del centro, colombiano, quien nos explicó cómo se las arregla y el encaje de bolillos mensual que tiene que hacer para atender todas las necesidades.

“Y cuando no se llega a todo, la prioridad son los chicos”. Admiración por el animoso Hermano Ludwig, siempre dispuesto a atender nuestras necesidades, y admiración por todo el equipo de trabajadores de Ayuda en Acción, con agradecimiento especial a Carolina, Elvy y Rosario.

Me siento abrumado ante tanto trabajo por hacer. ¿Por dónde empiezo? ¿De qué modo puedo ayudar? ¿De verdad puedo ayudar? Mi primer día me veía superado, como si fuéramos más un estorbo que un apoyo. Me quedé un largo rato en la cama pensando en ello, en si no sería mejor apoyar en la distancia y dejar esta difícil tarea en manos de profesionales, pero eso sería como tirar la toalla y en cierto modo abandonar también a estos chicos. La impotencia me agobió.  “A veces solo necesitan cariño”, nos dijeron los trabajadores del centro.

Cariño, otro sentimiento que va creciendo en nosotros. Una vez superados los recelos iniciales, te pones a hablar con ellos, por difíciles que sean algunas conversaciones, haces alguna manualidad o algún juego con ellos, les das de comer y les arrancas una sonrisa con algo tan simple como un cronómetro o un selfi. Nada más. Sus sonrisas llenan la pantalla. Sé que no vamos a coger cariño a algunos de ellos, casos duros y poco gratificantes, nada estimulantes para sus cuidadores, pero a otros no tengo la más mínima duda de que no los vamos a olvidar.

Estoy acabando el segundo día y comienzo a superar la angustia del primero. Y una vez que superas esa angustia y ves que eres capaz, que somos capaces, que mi familia se ha integrado como auténticos campeones en la sorprendente rutina del centro, siento un enorme orgullo por tener la familia que tengo. Las incomodidades de la residencia de voluntarios han sido para ellos como una vuelta a la casa del pueblo a la que no hemos podido ir los últimos veranos. “Un baño para siete, bah, qué más da, no hay wi-fi, podemos vivir sin ella, fregar a mano los cacharros, ¡yo lo hago!, cuidado no bebáis agua del grifo, los bichos son como las arañas de la vieja casa de la Abuela, la limpieza no es la del hotel de Nueva York, pero nos apañamos”.

Y así todo, y observo sorprendido que esa privación de comodidades provoca otro sentimiento positivo, la felicidad que produce una conversación repleta de paz interior con los hermanos del Hogar o con los trabajadores de Ayuda en Acción, gente volcada en sacar adelante este proyecto casi imposible. Esa sensación es contagiosa y hace que las charlas con las dos personas a las que acabas de conocer (las estupendas Beas, las otras voluntarias de esta experiencia) las conviertan de modo casi inmediato en amigas “de toda la vida”.

No recuerdo quién dijo que el nacionalismo se curaba viajando, pues yo creo que la estupidez también. El agilipollamiento colectivo que tenemos en occidente que nos lleva a preocuparnos por cosas irrelevantes se te cura visitando lugares como el Hogar Teresa de los Andes. Uno viene a un sitio como este, en el que vemos cómo se puede hacer tanto con tan pocos medios, y de golpe se te
quitan las ganas de quejarte. No solo eso, sino que además eres consciente (una vez más, al menos en mi caso) de la inmensa fortuna que tienes por haber nacido en un sitio privilegiado con una familia que siempre te quiso y te cuidó, y no en otro en el que los errores durante el embarazo o el parto, o la imposibilidad de acceder a determinadas vacunas o medicamentos te condenan de por vida.

Estoy/estamos estupendamente, familia y amigos.

Una gota de agua, por Lester

La madre Teresa de Calcuta definía del siguiente modo la labor que prestaban en la India: “a veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltara una gota”. Esta frase me la recordó varias veces mi hija Rachel a su vuelta de la India y esa misma frase me ronda ante nuestro inminente viaje de voluntariado a Bolivia.

Un libro con un fin solidario

En esa línea de intentar ayudar, no solo con nuestros brazos y nuestra mejor sonrisa, sino también económicamente, estoy poniendo todos mis empeños en tratar de lograr alguna financiación adicional para la reforma de uno de los pabellones del Hogar Teresa de los Andes, en Santa Cruz de la Sierra. Tengo medio convencida a mi empresa, gracias al Departamento de Responsabilidad Social Corporativa, y he puesto en marcha otra iniciativa a raíz de algunos comentarios de buenos amigos aficionados a leer mis textos: “saca una recopilación de tus mejores relatos”.

¿Los mejores? Podría sacar varias recopilaciones con los peores, esos que nunca saldrán del cajón o de la última carpeta del disco duro, pero al tratarse de una buena causa, me he animado y puedo anunciar con ilusión que ya está disponible en Amazon el libro Relatos de un tiempo fugaz (Enlace).

He dejado mi pudor y me he atrevido a editar este libro, que nace con la sana intención de recaudar lo máximo posible para el proyecto de Ayuda En Acción en el que vamos a colaborar este verano. Allí donde encontremos una necesidad a nuestro alcance, allí (espero) llegarán los beneficios de este libro. El Hogar Teresa de los Andes es una casa de acogida en la que la ONG atiende y mantiene a unos 120 niños abandonados, muchos de ellos con discapacidades psíquicas, o mejor dicho, con habilidades especiales. “Un hogar admirable” en palabras de los coordinadores del proyecto en el que se atiende, alimenta, educa y se proporciona una vida diferente a todos esos chavales.

Las experiencias de voluntariado de nuestra hija Rachel en Uganda y la India nos animaron a hacer algo similar. Abandonar nuestras comodidades de Occidente y, aunque solo sea por unos días, ayudar a los demás, hacer algo útil y visitar un lugar en el que, como nos transmitieron desde la ONG, “hay tanto por hacer”. Una gota de agua, pero esa gota de agua es bienvenida. Al final de los relatos del libro he dejado la entrevista a Rachel que los seguidores de este blog conocen y en la que cuenta todo lo que un voluntario puede hacer en esos lugares apartados del mundo.

Mi objetivo es recaudar la máxima cantidad posible, lo digo con todas las letras. Los que me conocen bien saben que no me voy a quedar un euro, y con esta buena intención os pido que compréis el libro, pero también que lo compartáis, que lo regaléis, que le deis difusión, y ojalá, que lo leáis y lo disfrutéis.

El título

El tiempo es fugaz, tempus fugit, se nos va, se nos escapa entre los dedos y sin darnos cuenta bordeamos los cincuenta cuando hace nada cumplíamos treinta. La foto de portada, al igual que el cartel con el texto o los dibujos de los cuatro amiguetes, fueron realizados por mi hija pequeña, la que hace nada era un bebé que sujetaba entre mis brazos y hoy es toda una artista. Carpe diem, aprovecha el día, vive el momento. Y pese a que lo intento, pese a que le robo horas al sueño y trato de estirar el tiempo como el chicle más elástico del mundo, no dejo de pensar en la fugacidad del mismo, en lo rápido que pasa todo.

Tempus fugit, carpe diem, encima metiendo latinajos. Yo, que lo único que entiendo del latín es la memorable escena de Top Secret con el cura: “quid pro quo lapsus linguae, habeas corpus coitus interruptus, veni, vidi, vici,…”

Los relatos y los sentimientos

De todo lo que he escrito a lo largo de mi vida, y ha sido mucho, sin duda lo que más me cuesta dejar leer son los relatos, incluso a los más cercanos, a las personas de más confianza. No me importa escribir textos de coña, o posts gamberros como algunos del blog y enviárselos a cualquiera, pero los relatos son mucho más íntimos, más personales, y quizás indirectamente cuenten demasiado de mí, así que siento cierto pudor a la hora de pedirle a algún amigo que se los lea y me dé su opinión sincera (que pocas veces lo es).

Por esa razón muchos de los relatos han estado durmiendo tanto tiempo en el disco duro de un pendrive, un lugar tan repleto de historias como el Cementerio de los Libros Olvidados de La sombra del viento. En esta recopilación he rescatado un relato inédito, escrito hace casi dos décadas, un texto que ni siquiera ha visto la luz en el blog. ¿No se da el contrasentido en los grupos de música de incluir temas inéditos en discos de grandes éxitos? Pues yo no iba a ser menos.

Hacia la mitad del libro he dejado un texto sobre el proceso de escribir relatos: cómo nace la idea, cómo la desarrollas, cómo la plasmas, le das forma y cómo con dolor, la podas para que mejore. Al contrario de lo que suelo escribir, en donde el humor tiene un protagonismo importante, los relatos son más duros, tristones, o como me dijo un amigo, “con una sensibilidad que pensé que tú, descerebrado, no tenías”.

No recuerdo quién dijo una vez en la radio que las canciones de amor en el fondo son de desamor, de desgracias por amores no correspondidos, porque son mucho más fáciles de escribir. Pues algo parecido pasa con los relatos, que lo trágico es más sencillo que lo cómico, o así me lo parece. Mis relatos son tan amargos en ocasiones que me propusieron el reto de escribir un relato divertido, y os aseguro que fue el que más me costó sacar adelante.

Una cadena

Que no se rompa la cadena. Una cadena de esas que tanto odio, pero una cadena que voy a iniciar yo de la siguiente manera. Yo compraré los primeros 50 ejemplares de esta recopilación de relatos (¡hoy los he recibido!) y los regalaré a los más cercanos, a amigos, familiares, gente especial y gentuza de mal vivir a los que tengo cariño. El compromiso es que ellos a su vez tienen que comprar otro libro y regalárselo a alguien, y ese alguien a su vez a otros, y estos otros a su vez,…

Repito: con lo que yo odio las cadenas, a ver qué éxito tengo en mi empeño.

Ojalá sea mucho. Ojalá sean varias gotas de agua.

 

El Hogar Teresa de los Andes, por Lester

Existe un lugar admirable en Cotoca, en el área metropolitana de Santa Cruz de la Sierra, Bolivia. Se trata del Hogar Teresa de los Andes para niños con habilidades especiales, o por qué no decirlo, para niños con diversas discapacidades físicas o intelectuales, un lugar gestionado por Ayuda en Acción en el que estos niños encuentran una familia, una atención adecuada, un presente y se les forma para que puedan tener un futuro. Sigue leyendo