Un cabrón de lo más simpático

LESTER, 30/07/2021

Odia los partidos de fútbol de la escuela.

Odia los colegios caros porque “cuanto más caro el colegio, más te roban”.

Odia su colegio porque “está lleno de hipócritas, los hay a patadas”.

Odia a los estudiantes que no se lavan, que tienen los dientes sucios y huelen mal. O a ese compañero que tiene granos en la cara y se los revienta delante del espejo.

Odia que le toqueteen sus cosas en la habitación, igual que odia que bostecen mientras le piden un favor. Odia cuando la otra persona no está satisfecha con el favor una vez realizado.

Odia a Stradlater y lo fanfarrón que se vuelve con las chicas, pero por encima de cualquier otra cosa, odia pensar que Stradlater se haya podido sobrepasar con Jane Gallagher en el coche.

Odia las maletas baratas y “compartir la habitación con un tío que tiene unas maletas mucho peores que las tuyas”.

Odia a los viejos en pijama y batín, odia el olor a Vicks Vaporub y que a esos mismos viejos se les estén cayendo cosas continuamente al suelo.

Odia que le deseen buena suerte. “Si lo piensa uno bien, suena horrible”. “Yo nunca le diré a nadie buena suerte”.

Pero si de verdad “hay algo que odio en el mundo, es el cine. Ni me lo nombren”. Odia las comedias de Cary Grant, “esas que son un rollazo”, odia a los actores por su modo de interpretar y odia a la gente que en el cine se ríe “como hienas de cosas que no tenían ninguna gracia”.

Odia a los tipos de Harvard y Yale, y odia a esos esnobs que llenan los bares de moda con su falsedad porque “entraban ganas de vomitar”. “Me los imagino a todos sentados en un bar con sus chalecos de cuadros hablando de teatro, libros y mujeres con esa voz de esnob que sacan. Me revientan esos tipos”. Y por si no hubiera quedado claro: “eran el mismo tipo de cretinos que en el cine se ríen como condenados por cosas que no tienen la menor gracia”.

Odia vivir en Nueva York. ¡En Nueva York! Menos mal que reconoce que es porque “estoy como una regadera”.

Odia el olor a vómitos del taxi y odia la falta de empatía de los taxistas.

Odia que no le sirvan copas porque es menor de edad, aunque insista mucho en que no lo parece.

Odia a esos músicos en directo que destrozan todas las canciones que tocan, y en especial, a los pianistas “que asesinaban” incluso las mejores melodías.

Odia a esa cantante francesa que “cantaba medio en francés medio en inglés una canción tontísima que volvía locos a todos los imbéciles del bar. Si te pasabas allí un buen rato oyendo aplaudir a ese hatajo de idiotas, acababas odiando a todo el mundo”. ¿Acaso no lo hacía ya antes de entrar al bar? Un bar en el que, por cierto, “el barman era también insoportable, un esnob de muchísimo cuidado”.

Odia la palabra “encantadora”, porque “suena de lo más hipócrita”.

Odia depender del dinero, del “¡maldito dinero! Siempre acaba amargándole a uno la vida”.

Odia a los boy scouts, odia al ejército más que a la propia guerra, tanto que “me alegro muchísimo de que hayan inventado la bomba atómica. Si hay otra guerra, me sentaré justo encima de ella. Me presentaré voluntario, se lo juro”.

Odia a los maníacos sexuales del hotel, y odia pensar que él mismo era “probablemente la persona más normal de todo el edificio, lo que les dará una idea aproximada de la jaula de grillos que era aquello”, pero por otro lado “ese tipo de cosas, por mucho que uno no quiera, resultan fascinantes”, lo que le lleva a reconocer que “debo ser el peor pervertido que han visto en su vida”.

Odia al señor Antolini por el modo de acariciarle el pelo, y odia que “en todos los colegios a los que he ido he conocido a un montón de pervertidos, más de los que se pueden imaginar”. Pero creo que por encima de cualquier otra cosa, odia no encontrar su sitio.

Los que lo hayan leído, sabrán a quién me refiero. Hablo de un tocapelotas de primera, un tipo que le toca las narices a sus compañeros de habitación, a los taxistas, a los camareros, a los profesores, al tipo del hotel, a Sally, esa tía buena con la que se sincera: “si quieres que te diga la verdad, me das cien patadas”. Pero es un tocapelotas que me cae bien, que me hace gracia.

Me gusta su manera de hablar, directa, al lector, “se lo juro”, “de verdad”, sobre gente que tiene “por lo menos cien años”, o sobre bares en los que hay “como un millón de personas”. Me divierte su acidez, su manera de describir situaciones o personas, como aquella tan gráfica en la que cuenta que “bailar con la tal Marty era como arrastrar la Estatua de la Libertad por toda la pista”, o su manera de desmitificar a Cristóbal Colón, al que “siempre nos lo enseñaban descubriendo América y sudando tinta para convencer a la tal Isabel y al tal Fernando de que le prestaran la pasta para comprar los barcos”, porque en el fondo, “a nadie le importaba un pito Colón”.

Me sorprende la facilidad con la que habla de “maricones y lesbianas”, claro que el libro se escribió en una época infinitamente menos conservadora que la actual, en 1945.

En uno de los diálogos con Luce, un antiguo conocido, le suelta que “eres un cabrón de lo más simpático, ¿lo sabías?”. Y no se me ocurre una definición mejor para el propio autor de todo lo dicho hasta aquí: Holden Caulfield, el protagonista de El guardián entre el centeno, la obra más conocida de ese tipo huraño llamado J. D. Salinger. Un libro quizás algo mitificado, o directamente mitificado en exceso, pero una novela muy divertida que he releído y devorado estos días de asueto. Se suele hablar de ella como una novela de culto, aunque de minoritaria tiene poco: se calcula que se han vendido más de sesenta millones de ejemplares. No sé si antes de que el asesino de John Lennon confesara su fijación por este libro despertaba tanto interés, pero el caso es que la he vuelto a leer y me he vuelto a sonreír con sus historias, con su viaje a ninguna parte.

Y para que quede clara mi opinión: Holden Caulfield es un anormal que ve totalmente lógico meter el dedo en el culo a sus interlocutores y totalmente anormales las reacciones de estos. No puedes tomártelo en serio una vez has superado la adolescencia y sin embargo, resulta sorprendente empatizar con algunas de sus ideas cuando ya has pasado los cincuenta. Y claro que empatizo con varias de sus ideas, por muy delirantes que puedan ser. De verdad. Se lo juro.

Too old for this shit!

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JOSEAN, 07/07/2021

Ayer falleció Richard Donner, el director de cine norteamericano autor de célebres títulos setenteros y ochenteros como Superman, Lady Halcón, Los Goonies y las cuatro de Arma Letal. El personaje de Danny Glover en aquellas buddy movies popularizó la frase con la que comienzo este post: “Too old for this shit!”. “¡Demasiado viejo para esta mierda!”. La frase tiene su gracia porque “la mierda” hace más referencia por lo general al que la pronuncia (“estoy hecho una mierda”) que al hecho o actividad que la propicia: un salto desde lo alto, colarse en un edificio por la ventana o toda esta sucesión de “hazañas” (o sus intentos) que podemos ver en este vídeo, puesto que la frase se ha utilizado en cientos de películas de Hollywood, con sus tiny fucking variaciones:

Pero hoy no venía a hablar de cine, sino de todas esas circunstancias de la vida en que mis esquemas mentales me hacen exclamar que estoy “too old for this shit!”, demasiado mayor para aceptar según qué cosas. Uno ha recibido una educación determinada bajo la cual ha conformado su mentalidad o su personalidad, o el entendimiento sobre algunos comportamientos, actitudes, modo de hablar o de vestir, y pese a que uno ha intentado ser tolerante toda su vida y abrir su mente, cuando llega a determinadas edades siente que difícilmente va a cambiar y tolerar aquello a lo que hasta ese momento no había tenido que enfrentarse.

Por ejemplo, temas chorras y que reconozco absolutamente gilipollescos como los chicos con moño o los calvos con coleta, a los que respeto, por supuesto, pero que hacen que sienta ganas de coger las tijeras de podar. Del mismo modo que reconozco que si me viene a una entrevista de trabajo un tipo con moño o un calvo con coleta tiene muy pocas papeletas para ser contratado. Lo sé, me dejo llevar por mis prejuicios, cortedad mental, etc, pero I’m too old for this shit!

Son las modas, lo sé, puedo aceptarlas, como los tatuajes, aunque no me gusten. En su día, dentro de esas estupideces propias de la juventud, podía entender que te hicieras uno en plan malote, o en la mili, o si pasabas por prisión, o con unos colegas por el afán de mostrar un sentimiento de pertenencia a la tribu que nos ha acompañado desde la prehistoria, pero, ¿ahora, de mayor? Too old for this shit! Y que se me entienda que la palabra mierda no va destinada al tatuaje, sino a mi edad para entrar en esas cosas o para normalizarlas, ese es el significado de la frase. Esas chicas jóvenes, pijitas y monas con sus tatuajes… qué pena… pensamiento de tío carca, carca, carca.

El mejor granero de ideas para este post me lo ha dado en el último año el diario El País. No sé quién dirige las secciones de Sociedad o Vida, pero llevo recopilando de un tiempo a esta parte algunas ideas para un futuro no sé si mejor, peor, más verde o más loco, pero el caso es que no me veo practicando ninguna de ellas. Esto va mucho más allá de no comer carne, usar poco el coche y ser política y ecológicamente correcto, pero aquí van algunas de las ideas:

  • Comer insectos. Muy proteínicos, sanos y ecológicos, pero no, gracias. Y que conste que he probado unos snacks a base de insectos disimulados con especias. No me veo alimentándome de ese modo en los próximos años.
  • Deberíamos dejar de planchar la ropa: planchar es caro, poco ecológico y “podemos” vivir con la ropa como esa camiseta vieja que sacas del fondo de un cajón tras varios meses.
  • Para qué independizarte o formar una familia tradicional cuando puedes compartir piso hasta los cuarenta. Ya le han puesto nombre y todo: coliving.
  • Reciclar las aguas fecales: “es esencial concienciar a la sociedad para que acepte el uso de aguas residuales”. Claro, en San Diego se usa agua reciclada, como dice el artículo.
  • El papel higiénico reciclado: sé que no es lo que parece, pero no resulta muy comercial precisamente.

Yo… no sé qué quieren que les diga… o sí: I’m too old for this fucking shit!!!!

No hace mucho hablé del lenguaje inclusivo (De ofendiditos y pollaviejas), en el que dije que no iba a entrar o que me costaba mucho incorporar con naturalidad. De hecho, ni lo uso, ni lo incorporo con naturalidad alguna en el trabajo y cuando lo empleo, escribo unos mails tan enrevesados y absurdos que se aprecia claramente la intención de boicotearlo. ¿Que soy un “pollavieja”?, pues qué le vamos a hacer, “I’m too old for this shit!”. Me alegra leer que en Francia han suprimido el uso del lenguaje inclusivo en los colegios porque dificultaba la comprensión lectora y el aprendizaje. Los franceses, como siempre, unos pasos por delante de nosotros.

El uso del lenguaje impostado puede terminar llevando a absurdos como el discurso de Irene Montero sobre los “hijos, hijas, hijes”, pero cuando uno ve que es el propio Ministerio el que lo emplea en sus webs oficiales empieza a sentir que tiene que hacer algo por defender un idioma que corremos el riesgo de cargárnoslo por el analfabetismo y el sectarismo de algunos, algunas y algunes.

Hace apenas un mes se registró una proposición no de ley para que los gestantes transgénero pudieran inscribirse en el registro como “padres, madres o adres”. De verdad que me veo mayor para entrar en estos debates. El problema es que el destrozo del lenguaje se está llevando al BOE, a los informativos y trata de imponerse en el habla hasta el punto de considerar intolerante, facha, homófobo y no sé cuántas cosas más a quien se niegue a usarlo.

Y es con todo, pones la radio y hablan de una cantante llamada Héloïse Letissier, que se autodefine como “persona pansexual de género fluido”, y yo ya no sé dónde esconderme para no ser considerado un retrógrado, por eso me digo a mí mismo lo del too old for this shit!, explicando nuevamente que el mierda soy yo y no el pansexual de género fluido, que la piel fina de la gente hace que haya que explicar las cosas.

No voy a entrar en la Ley Trans porque me consta que el amiguete Josean se ha leído el anteproyecto y parece un tema complejo de analizar y en absoluto dado a la broma, pero hace poco, en una comida de trabajo, me encontré con un debate acerca de las mujeres con pene y los hombres con vulva, y ufff…. qué puedo decir aparte del título de este post. Yaaaa, lo sé, que parece que el sexo es un constructo social y que hay más de dos géneros, igual que hay personas no binarias, como explica perfectamente esta camiseta de marca incongruente:

¡Too old para comprender estas cosas!

Viajar, no desplazarse

LESTER, 13/06/2021

Hace años escuché al actor español Óscar Jaenada que lo que la mayoría hacíamos no era viajar, sino desplazarnos de un sitio a otro. Coger un avión o un tren de alta velocidad y trasladarnos a otro lugar en el menor tiempo posible. Decía Jaenada que viajar para él, aunque fuera a a un sitio no muy lejano, era un proceso que debería llevar un par de meses y que cada vez que comenzaba un rodaje y se enteraba de las localizaciones, se planteaba partir hacia allí con mucha antelación, en plan mochilero, parando en cada punto del recorrido, llegando sin prisas, con toda la calma. Creo que hablaba de un rodaje en Marruecos al que le habría gustado tardar dos meses en incorporarse, pero por desgracia el mundo del cine es quizás más frenético aún que el habitual que nos encontramos en nuestro entorno, y en él se opta por todo lo contrario: se desplaza a un equipo de setenta, ochenta, cien personas, y todo tiene que ir rápido y cronometrado, sin un segundo que perder. El tiempo es oro y en los rodajes, mucha plata, que dirían en Argentina.

Jaenada no lo decía, pero yo creí entender que con la manera de viajar que proponía mejoraba mucho el proceso de interiorizar el personaje que iba a interpretar. Viajar de ese modo, con tiempo para levantar la cabeza, escuchar las conversaciones locales y oler cada aroma, es el mejor modo de imbuirse en otro mundo, en otra cultura. Vivimos tiempos en los que se busca la manera más rápida de viajar, se plantea como una necesidad ineludible el tren de alta velocidad entre ciudades, continúan las pruebas del Hyperloop que te lleve de Madrid a Tánger en 45 minutos, o de Nueva York a Los Ángeles en menos de una hora. Varias compañías están planteando retomar los vuelos supersónicos para llegar de Londres a Nueva York en poco más de tres horas, o de Los Ángeles a Sidney en seis horas y cuarenta minutos. Y en mitad de esos tiempos de velocidad para ganar unas horas al reloj, para desplazarte antes de aquí hasta allí, yo estoy con Óscar Jaenada en hacer un elogio del viaje pausado, calmado. Lento. Elogio de la lentitud de Carl Honoré (2004): “¿por qué tenemos siempre tanta prisa? ¿Es posible, e incluso más deseable, hacer las cosas con más lentitud?”. ¿Es necesario (añadiría yo) pagar más a Amazon para que te traiga un pedido en menos de dos horas?

Me pasé varios meses haciendo el Madrid-Málaga en el Talgo 200, que tardaba cuatro horas y media, y me cabreé mucho cuando pusieron el AVE, que recortaba el trayecto a dos horas y cuarenta y cinco minutos. ¿De verdad era tan necesario? El precio del billete se multiplicó dos veces y media, pero el motivo de mi cabreo era mayor porque me quitaba tiempo de lectura, o de ver una peli en la tablet, o simplemente, de relajarme tras el estrés semanal. El tren es muy cómodo, tiene un nivel de ruido confortable para poder leer (excepto cuando te toca un grupo de locas en la fila delantera o trasera, o un arquitecto discutiendo con otro tío sobre un plano que cada uno interpreta de una manera, casos verídicos) y te permite moverte de manera ocasional, acercarte a la cafetería a tomarte una cerveza o un café, o ir al baño.

Hay aviones supersónicos y aviones normales, trenes de alta velocidad y trenes corrientes, y luego está el autobús. Y cada medio de transporte tiene su tipología de gente, su fauna. Para lograr esa inmersión en otra cultura de la que hablaba al principio es necesario viajar en autobús. Allí nos reunimos todos los especímenes que conformamos esa maravillosa jungla que puede ser el mundo. De todos los viajes en autobús que he hecho en mi vida, y han sido muchos, guardo con especial cariño dos:

  • El trayecto Sucre-Potosí que hicimos en Bolivia.
  • Las ocho horas que nos llevaron de Ibarra a Baños de Agua Santa en Ecuador.

Para movernos por ambos países nos ayudaron mucho nuestros amigos locales de las ONG en las que hicimos los voluntariados: consejos, recomendaciones, sitios que ver… Ambos son países sorprendentes, repletos de contrastes y con una naturaleza desbordante, y aquellos dos viajes en autobuses antiguos, de los que ya no se ven en Europa, me parecieron tremendamente enriquecedores.

La estación de autobús de Sucre es un pequeño caos en el que se mezclan los vendedores de comida con los de billetes, el calor sofocante con el ruido del trasiego constante de personas y justo antes de subir al autobús te hacen pagar una tasa por el uso de la propia estación. Una cantidad simbólica, pero que nos pilló desprevenidos. Como nos sorprendió ver el autobús tan vacío y nuestros asientos ocupados por una pareja boliviana de edad avanzada. Ella era la típica cholita con bombín, poncho y capazo coloridos y seguramente no más de cuarenta kilos de peso.

Nos fuimos un par de filas más atrás porque entendíamos que no habría problema. A los cien metros de arrancar el autobús, primera sorpresa: el conductor hizo una parada y se subieron las decenas de bolivianos que no querían pagar la tasa de la estación. Subieron tantos que había más personas que asientos y empezó un cierto cachondeo para que cada uno ocupara el asiento que le correspondía, nosotros donde la cholita y su marido, el resto donde podía y los que no habían pagado asiento, de pie. Un viaje de 155 kilómetros que nos llevó cuatro horas con innumerables paradas en las que la gente subía y bajaba con un caos perfectamente organizado. Yo mismo me bajé un par de veces porque no sabía ni dónde estábamos y porque tampoco me fiaba cada vez que abrían los maleteros, donde llevábamos nuestro equipaje. Una desconfianza muy europea, o muy española, en dos países en los que no tuvimos ni un solo problema.

El olor, el ruido, el habla de la gente, el acento, el sonido del quechua, el aimara o el guaraní, que no sabíamos diferenciar, la comida,… Mi mujer, mis hijos y yo mirábamos, escuchábamos, captábamos cada detalle alucinados. El señor de la fila delantera puso un transistor de los de toda la vida con un volumen elevado en el que se escuchaba música local y en ocasiones noticias o debates sobre alguna cuestión menor. El sonido se mezclaba con el reguetón del autobús, las conversaciones a viva voz y las discusiones en cada parada por los asientos o las plazas disponibles. Ni siquiera intenté abrir mi libro. Me pasé las cuatro horas mirándolo todo, observando el paisaje y los comportamientos de la gente. En cada parada de cada pequeña aldea, los vendedores ambulantes de comida nos ofrecían sus viandas por la ventana, ventanas correderas que los pasajeros abrían y a través de las cuales intercambiaban empanadillas, samosas, tacos, dátiles o dulces por billetes arrugados que otras manos cogían desde fuera. No sé ni cómo se entendían, pero lo hacían. El conductor paraba el tiempo exacto y tras las transacciones de turno, proseguía el camino. El olor del autobús era una mezcla de aromas superior al que te encuentras en la parte de las especias del Gran Bazar de Estambul.

Sucre y Potosí, dos ciudades impresionantes en mitad de la nada, a 2.800 y 4.200 metros de altitud, con grandiosos edificios de la época colonial española, ¡las minas del Potosí!, dos ciudades que nos encantaron y que recomiendo visitar antes de ir al espectacular salar de Uyuni. Igual que recomiendo hacer alguno de los trayectos en la compañía de autobús local.

El viaje en autobús en Ecuador fue aún más largo. Ocho horas al tran-trán parando en todos los pueblos e incluso donde no había pueblos, puesto que muchas de las paradas del trayecto están en mitad de la carretera o de una autopista. Ahí te dejan en el andén de una autovía con tus maletas y allá te las compongas, aunque para salir del paso suele haber conductores estacionados con su coche dispuestos a trasladar al viajero al núcleo urbano más cercano. Ya antes de salir te quedas con el soniquete de los vendedores de “boletas” que repiten incesantemente lo que ofrecen: “quitoquitoquitoquito”, “bañosbañosbañosbaños”, “¡otavalootavalootavalo!”,…

Los autobuses en Ecuador se llenan de vendedores que se suben en una parada, te ofrecen sus productos, que van desde galletas, helados, agua, cocacolas, hasta mangos, jugos de frutas, fajitas, de todo, y se bajan en la siguiente. Casi todo el pasaje va comiendo, o bien lo que compra, o bien lo que lleva, como tres chavales que subieron al autobús con unos táper con pollo y patatas fritas rebosantes de aceite, y se hicieron buena parte del trayecto de pie, con lo que en cada frenazo del autobús temíamos por nuestra ropa. En estos países tienen una rara habilidad para comer de pie que me sorprende.

En esas ocho horas tuvimos tiempo de conocer a varias personas, gente amable que te daba conversación, como un tipo que nos vendía productos para recaudar fondos para no sé qué organización evangélica que le había cambiado la vida, o un joven que me preguntó por “esas chicas guapas que me acompañaban” (“dos son mis hijas, así que cuidado, y las otras dos son voluntarias que nos acompañaron”). Pero sin duda lo “mejor” del viaje fueron las películas que emitían los monitores del autobús a doscientos mil decibelios. Además, películas inapropiadas, con notable violencia explícita que veían niños de cuatro o cinco años con unos ojos más grandes que los del emoticono del guasap. Tengo apuntadas las cuatro películas que nos impidieron tener un solo minuto de relajación en todo el trayecto: Heist (con Robert de Niro, y varios asesinatos salvajes), Los vigilantes de la playa, con Dwayne Johnson doblado en sudamericano, Rascacielos: rescate en las alturas, de nuevo con The Rock disparando y repartiendo mandobles, y A fondo, una insoportable película francesa sobre una familia que se pasa gritando las dos horas de película. Cuando bajamos del autobús me pitaban los oídos como en aquellos tiempos lejanos al salir de una discoteca.

Nos encantó conocer el país, alojarnos en sitios poco convencionales, pero muy recomendables, y comer (no siempre) en los sitios no destinados a turistas. Eran tiempos preCovid, hoy en día, mi hijo y yo no nos habríamos comido jamás aquel pollo aceitoso en un tugurio de Potosí, o no habríamos cenado en el chino para chinos del Chinatown de Manhattan, porque en todas partes puedes y debes encontrar esa inmersión en lo local. No en vano, para eso viajamos, lo contrario sería simplemente desplazarse.

He vuelto a correr

LESTER, 28/05/2021

Hoy he vuelto a correr. Puede que no parezca gran cosa, pero si tenemos en cuenta que llevaba desde el 31 de diciembre sin poder hacerlo, es una gran noticia. Casi cinco meses, el período más largo de inactividad desde hace… buf, muchísimo, seguramente desde el siglo pasado. En estos casi cinco meses ha pasado un poco de todo: comenzamos confinados por el positivo de mi hijo, luego Filomena, después caímos todos con Covid a finales de enero y sobre todo una lesión en el talón que llevaba meses dándome guerra y que me ha obligado a parar más tiempo del que esperaba. Según el médico es una calcificación en la planta del pie, y por esa razón me dolía cada vez que pisaba, incluso andando en casa. Podía terminar afectando al talón o degenerando en una fascitis plantar. Qué bien, pues nada, paciencia, varias sesiones de fisio y descanso absoluto.

He probado a correr veinte minutos en una cinta porque el impacto es mucho menor que el asfalto y ha ido bien, sin molestias. Muy suave, empezando a 6 min/km. y acabando a 5.30 min/km. Una sonrisa de satisfacción al acabar los veinte minutos sin dolor. A lo que resulta imposible acostumbrarse es a esto de respirar (o jadear) con la mascarilla. Las últimas semanas he estado tratando de coger algo de fondo con la bici o haciendo spinning en el mismo gimnasio, con un monitor argentino psicópata al que uno de los días le dije: “no, si el problema no es de piernas, es de los infartos que vas a provocar con ese puñetero estrés y respirando nuestras flemas a través de la mascarilla”.

– Dejáte llevar… escuchá cómo la música te sheva…

Vamos a ver, la música ni te lleva, ni te “sheva”, lo que hace es estresarnos y meternos en unos ritmos brutales que a alguno le va a dar un disgusto. Pero está bien, me ha venido bien para ir soltando piernas y empezar a pensar en volver a los entrenamientos. Si todo va bien y la planta del pie me respeta, y las cifras de la pandemia siguen mejorando, el 26 de septiembre espero estar en la salida del maratón de Madrid, que ya nos han aplazado dos veces. Con todo lo que ha ocurrido en los últimos quince meses, esta es la menor de las preocupaciones.

Estos días se han cumplido siete años de mi marca personal en maratón, en Copenhague, mayo de 2014. Y los problemas para apoyar el pie en el suelo me han hecho recordar la verdadera historia de La Sirenita de Hans Christina Andersen, mucho más aterradora que la edulcorada versión de Disney:

“Deberás sufrir atrozmente, y cada vez que pongas los pies en el suelo sentirás un terrible dolor”

Esto es lo que le dice la Hechicera de los abismos, qué maja la criatura. La joven sirena no pierde solo su voz, sino que además no logra recuperar a su amado y será castigada con una fascitis plantar. Bueno, en el original dice que sentiría como si pisara cristales cada vez que apoyara el pie en el suelo, un dolor terrible al que sin embargo llega a acostumbrarse porque en el fondo, creo que la sirenita tenía alma de maratoniana.

Copenhague es una ciudad plana, a nivel del mar, con un clima muy agradable en mayo, y además tuve un invierno perfecto de forma física y ausencia de contratiempos, así que podía enfrentarme confiado a la prueba. El maratón empezaba y terminaba en una zona alejada del centro, al otro lado del puente Langebro que atravesamos nada más salir. En el kilómetro 2 pasamos frente al ayuntamiento, por donde pasaríamos dos veces más a lo largo de la carrera. Pasamos junto al castillo de Rosenborg en Kongens Have, y por varios parques más, pues una de las máximas del equipo de gobierno municipal era que cada habitante de la ciudad debía vivir a menos de quince minutos a pie de una playa o un parque. Copenhague es una ciudad típicamente nórdica: agradable para pasear, bonita de ver, limpia, tranquila, llena de bicis… y en la que la gente se pilla unas cogorzas monumentales.

Seguí a buen ritmo toda la carrera, acompañado primero por un danés que me siguió hasta el medio maratón, donde le esperaban sus amigos, y luego siguiendo a “mi sirena particular”, una danesa con trenzas rubias que braceaba con gran energía. Al igual que mi mujer había quedado en verme en varios puntos de la ciudad, Sigrid (la llamaré así aunque no se pareciera en nada a la novia del Capitán Trueno) tenía a un grupo de familiares que la esperaban en distintas partes del recorrido. Cada vez que los veía, pegaba unos ininteligibles gritos de guerrera escandinava que a mí me recordaban al alemán, no solo por el sonido, sino también porque era imposible discernir si se estaban saludando mutuamente o echándose la bronca.

La única cuesta de la carrera estaba situada cerca de la mitad de la carrera, cuando cruzamos un puente para pasar al otro lado de una autopista. No hubo más hasta el último kilómetro, una gozada. Como una gozada fue recorrer los siguientes cinco o seis kilómetros junto al canal principal de la ciudad y la salida al Báltico. Así llegamos al kilómetro 27, en el que estaba la estatua de la Sirenita del cuento de Andersen. Que esta m… sea uno de los mayores atractivos de la ciudad según las guías turísticas te demuestra que las guías se elaboran copiando lo que dicen las guías anteriores. No tiene gran valor artístico, su creador no es especialmente conocido ni destacado y apenas se sabe que fue regalada a la ciudad hace más de un siglo por su mecenas, un empresario de la cerveza.

Durante las horas que dura un maratón me dejo llevar por mis pensamientos más absurdos, así que imaginé que la sirenita miraba lánguida hacia los barcos que entraban al puerto con la esperanza a buen seguro de llevarse un fornido marinero al catre. No necesariamente iba a ser su amado príncipe, que según el cuento ya se había casado con otra. Por esa razón la estatua tiene una mezcla confusa de cola y piernas, puesto que en esa indefinición el maestro cervecero que la encargó quiso jugar con el anhelo de piernas y entrepierna de la criatura, y con el no menos esperanzador deseo de abandonar el olor a pescado.

Volví a encontrarme a Sigrid tras atravesar el parque del Kastellet, “¡¡schtrutsesmaien!!”, gritó a los suyos mientras seguía moviendo los codos a derecha e izquierda, y seguí a buen ritmo dispuesto a enfilar ya el último tercio de la carrera. Al igual que la mayoría de maratones, el recorrido contaba con varios grupos de música en los márgenes de la carrera, pero en mi retina se quedaron dos: un grupo de sexagenarias danesas que bailaban samba ataviadas como mulatas brasileñas (¡lo juro, lo vi!), y una banda de rockeros fumetas que parecían haber salido del barrio de Christiania. Para el que visite Copenhague durante tres o cuatro días, la visita a Christiania es curiosa. No diré recomendable, pero sí curiosa si estás por ese lado del canal y has ido a visitar, por ejemplo, la iglesia de Christian, con una torre en espiral desde la que se contemplan las mejores vistas de la ciudad. Christiania es un barrio donde no rigen las leyes de la Unión Europea, de hecho tiene un cartel a la entrada en el que pone que estás abandonando territorio comunitario. Demasiado hippie y “alternativo” para mi gusto, pero una curiosidad más.

El cielo amenazaba lluvia y yo enfilaba sin mayores contratiempos los últimos tres kilómetros, una vez que perdí de vista a Sigrid. Para mi sorpresa, la carrera atravesaba directamente los jardines del palacio de Borsen y el recinto del palacio de Christiansborg, lugares en los que había poco público. Pero entre ese poco público estaba mi fiel seguidora en estos eventos, que me dio los últimos ánimos necesarios para completar la carrera. Hice los últimos dos kilómetros más rápidos que he hecho nunca en un maratón, a ritmo de 5m. 10s., que para los expertos en esto no es gran cosa, pero para mí es algo parecido a un poderosísimo sprint. Pasé eufórico la meta marcando un tiempo de 3 horas, 37 minutos y 56 segundos, mi mejor marca de siempre, y justo en ese preciso instante comenzó a diluviar.

Uno de los aspectos incómodos al acabar las carreras es recuperar tu bolsa de ropa, estirar y cambiarte lo antes posible. Pues bien, nosotros tuvimos que hacinarnos en una carpa minúscula en la que al ponerte una camiseta seca le dabas tres codazos a los de los lados, o los recibías, y cuando te agachabas para ponerte el pantalón de chándal te encontrabas junto a tu cara con el culo pelado de otro corredor. Qué más dará, en esos momentos uno tiene una mezcla de satisfacción por el deber cumplido y de dolor en todo el cuerpo, que ni aunque se tirara un pedo te importaría. Como ya expliqué en una entrada anterior, al acabar la carrera me apreté la cerveza más cara de toda mi vida, en el Sporvejen, un tranvía reconvertido en hamburguesería. Un litro de cerveza y una hamburguesa enorme, creo que es lo que “recomiendan” todos los manuales de recuperación del maratón.

Cuento todo esto porque ya estoy pensando en salir de nuevo a correr por las calles, a trotar sobre el asfalto. Hay ganas. Quedan apenas cuatro meses para el maratón de Madrid y llego muy justo, parto con cinco kilos más de los que debería tener, pero estoy con muchas ganas. Para cuando eso ocurra (si finalmente ocurre), habrán pasado más de dos años desde el anterior (San Petersburgo), aquel en el que ya expliqué cómo no se debía preparar una carrera de este tipo. Esta vez, dado que parto con un cuerpo como el de Isco, me planteo aplicar la filosofía de las ganancias marginales que hizo famosa el entrenador del Sky Team de ciclismo, David Brailsford. Este entrenador afirmaba que si éramos capaces de mejorar al menos un uno por ciento en cada uno de los detalles, las ganancias acumuladas eran exponenciales. La aerodinámica, la técnica, la alimentación, el vestuario, incluso hacía viajar al equipo con unos colchones y almohadas determinadas porque de ese modo inapreciable podía mejorar el descanso de sus ciclistas. Sea por estas ganancias marginales, sea por la calidad de Chris Froome y Bradley Wiggins, el caso es que los resultados fueron espectaculares, tanto en Tours de Francia como en oros olímpicos.

Así que ese es mi plan para los próximos cuatro meses: mejorar la alimentación, descansar más y mejor, fortalecer isquios, tobillos y gemelos, tratar de mejorar la técnica de carrera, más entrenamientos de calidad… y dejar las cañas por si de verdad tienen alguna influencia sobre la pérdida de peso. He leído teorías en ambos sentidos, pero más de los partidarios de no tomar alcohol durante los períodos de recuperación de una lesión que de los runners cerveceros.

Esta es mi última caña hasta el 26 de septiembre. Veremos si lo cumplo.

Estoy en esa edad

LESTER, 15/05/2020

Creo que cada uno podría terminar esa frase de una manera distinta: “estoy en esa edad en la que…”:

  • Me da igual lo que los demás puedan decir o pensar de mí.
  • Me planteo hacia dónde va mi vida.
  • Me duele todo cuando me levanto por las mañanas.
  • Solo quiero dormir.
  • El homicidio ha dejado de ser una ficción de las películas para ocupar parte de mi pensamiento.

Cada uno tendrá la suya, de las cinco que he dejado aquí digamos que me identifico con al menos tres de ellas (y los que me conocéis sabéis que no soy dormilón, ni me faltan objetivos, así que a buen entendedor…). Los veinteañeros pensarán que están en esa edad en la que tendrían que aspirar a comerse el mundo, pero no les dejamos, los treintañeros padres primerizos dirán que están en esa edad en la que anhelan dormir ocho horas del tirón, y alguno más talludito, de mi quinta, se pondrá en modo trágico para soltar que está en esa edad en la que “mi cuerpo pide tierra”.

En mi caso particular, hoy venía a comentar que estoy en esa edad en la que empiezo a escuchar la publicidad en el coche. Y me sorprendo. Mi cerebro estaba programado desde hace lustros para escuchar atentamente las noticias o la música en la radio del coche y desconectar cuando empezaban los anuncios. O para no ver (literalmente) la publicidad de las webs, para ignorar las franjas laterales. O lo mismo con la televisión, en las pocas ocasiones en las que la veo con interrupciones publicitarias. Mi cerebro aprovechaba de manera instintiva para leer algún artículo en el móvil, o contestar un guasap, o tuitear alguna parida sobre lo que estaba viendo.

Pero ahora escucho atentamente. Sobre todo los anuncios relacionados con la salud. Y es cierto lo que decía un amigo mío, un francés que lleva muchos años viviendo en España:

– Aquí tenéis un problema con el tránsito intestinal.

¡Asombrosa la cantidad de anuncios que previenen, mejoran, ayudan y regulan el tránsito intestinal de los españoles! Y debe ser que de tanto escucharlos he empezado a preocuparme por el mío. Hace treinta años era capaz de cenar un chuletón de buey, acompañado de dos cañas y tres copas de vino, y levantarme fresco como una lechuga, y ahora cuando quedamos a cenar los amigos siempre sale alguno (o alguna, que aquí sí aplica el lenguaje inclusivo) que te suelta eso de:

– Vamos a tal sitio, que la cena es ligera, y los restaurantes de siempre me llenan muchísimo, luego duermo fatal y noto el ladrillo en el estómago todo el domingo.

Nos hacemos mayores, qué duda cabe. Tanto han degenerado nuestras cenas que el apio untado con queso vegano está a menos distancia de lo que nos creemos. “Contribuye a la regularidad estomacal…”, continúa la publicidad, “reduce todo tipo de molestias y ayuda a su digestión”. Joer, claro, y yo preocupado porque hace poco cené un hamburguesón del Goiko Grill y a la mañana siguiente cuando salí a correr me sentía como si mis zapatillas tuvieran suelas de plomo. Normal, el cuerpo no recupera igual, pero eso no significa que vaya a engancharme a esos productos milagrosos que contienen “nutrientes naturales y Aloe Vera”. Todo tiene Aloe Vera. En la cárcel de Alhaurín de la Torre, los reclusos llamaban a Juan Antonio Roca “el Aloe Vera”, “porque cuanto más se le investigaba, más propiedades le descubrían”.

Si uno presta atención a esos anuncios escuchará cosas sorprendentes, como los yogures con bífidus, probióticos y palabras que acojonan, aunque pocas como ese otro producto que “contiene radicales libres”. Joder, si yo, que tengo una hija adolescente, ya me asusto ante la posibilidad de que haya radicales libres por las calles, ¡como para pensar en tenerlos corriendo alegremente por mi estómago o los intestinos!

Otro anuncio al que empecé a atender hace un tiempo fue el de un producto para los acúfenos y los incómodos pitidos en el oído. Hace años no hacía ni caso, pero ahora, ¡sí, coño, es verdad!, en esa media hora de tranquilidad que soy capaz de encontrar en una semana entera, sin el zumbido del aire acondicionado o la calefacción de la oficina, sin el ruidito leve, pero algo molesto, de un ordenador o el motor del coche, escucho un zumbido prolongado que no viene de ninguna parte. Unos suaves pitidos en el oído. ¿Son reales o es que me estoy volviendo algo hipocondríaco? Dudo que sea esto último, así que debe de ser algo normal. El anuncio continúa hablando del estrés, las dificultades para conciliar el sueño o los trastornos asociados a los dichosos acúfenos, y yo me respondo a mí mismo que el estrés lo combato con paciencia y buen humor, y cuando me meto en el sobre tardo menos de diez segundos en quedarme frito, así que de momento, no, gracias.

No son los únicos anuncios en los que me fijo ahora, también lo hago con los del dolor en las articulaciones, la necesidad de hierro y colágeno (a mí me suena a bricolaje todo esto), los complementos vitamínicos porque a partir de los cuarenta el cuerpo no sé qué… El colesterol, la tensión, la higiene dental… Si hiciera caso a todo, viviría acojonado. Y si no lo hago, como he hecho toda mi puñetera vida, me queda la duda de si estoy siendo un inconsciente. Antes no tenía ninguna.

Los que no suelen fallar son los algoritmos de Internet que definen la publicidad personalizada que nos muestran a cada uno y, en mi caso particular, hace años que dejaron de ofrecerme inversiones de alto riesgo y ahora me plantean planes de pensiones para que “planifique de manera adecuada” mi jubilación. Huy, no queda nada para eso, y más al ritmo que vamos. De veinte años no baja, y eso que llevo veintisiete cotizados. La publicidad de las webs suele mostrarme algunos productos de salud, cómo no, viajes (cuando se podía) y clínicas de injertos capilares. Veo continuamente fotos del antes y el después, y links para animarme a una primera visita gratuita y sin compromiso.

Cabrones de Google, ¿cómo sabéis que se me está cayendo si no habéis visto una sola foto mía y no me he preocupado jamás por eso? Bueno, iluso de mí, las han visto todas, y también es cierto que tengo un tanto despistados a los buscadores de Internet, porque en ocasiones me han salido ventanas emergentes de esas ofreciéndome “maduritas” en mi barrio y un bar gay en el que podría conocer a gente muy interesante. Y no digo que no haya maduritas atractivas en mi barrio, ni gais interesantes con los que mantener estupendas conversaciones, pero no pienso pinchar en ninguno de esos enlaces, así que son de los pocos que he bloqueado desde que me muevo por las redes.

Estoy en esa edad… en la que algunos medios pasan a llamarnos “ancianos” y entramos en el siguiente grupo de vacunación. Pero creo que lo llevamos bien, igual que al pasar la barrera de los 45 escribí aquí mismo sobre las ansias de tranquilidad que tenía. Estoy en esa edad… en la que tengo poca paciencia con las soplapolleces, pero en lugar de rebelarme contra ellas, como hacía antes, las ignoro, las aparto de mi camino, no pierdo ni un minuto en ellas.

Estoy en esa edad… en la que escucho atentamente la publicidad. Cualquier día, los anuncios de Boston Medical Group. Para un amigo, ya sabéis.

Memoria (II): el olvido

LESTER, 05/04/2021

De acuerdo con todos los expertos a los que me referí en la primera parte, los recuerdos se construyen en la memoria a partir de una alteración de la realidad (quizás sea mejor decir “adaptación”) por parte de nuestro cerebro, influido por los sentimientos y la carga emotiva. La memoria selecciona la parte que más interesa al individuo, o que más llama su atención, y desdeña los malos recuerdos o la negatividad asociada al hecho recordado. El pasado se dulcifica la mayoría de las veces, se tiende a caer en la nostalgia, en la pena por la pérdida de un tiempo que creemos que fue feliz y quizás no lo fue tanto. El verso de Jorge Manrique concluía diciendo aquello de “cualquier tiempo pasado fue mejor“, que no tiene por qué ser cierto, y de hecho muchas veces no lo fue, pero sí la percepción que queda.

No tengo claro que una memoria exacta, capaz de recordar hasta el más mínimo detalle de lo que ocurrió, sea lo deseable. Ni siquiera tengo claro que sea negativo poseer una memoria escasa, o más bien, una memoria selectiva que se quede solo con lo positivo y elimine todo aquello que afecte a la persona o le hiciera algún tipo de daño. Al menos como individuo, esa memoria selectiva le permitirá mirar hacia delante, dejar atrás el pasado, no anclarse y revivir una situación desfavorable. La memoria implacable, eficaz, puede perpetuar el rencor, mientras que esa otra memoria falible o maleable, “adaptada”, puede llevar con mayor facilidad al perdón o la reconciliación. El olvido, por tanto, puede tener sus ventajas ocasionales, pero como todo en la vida, en su justa medida, puesto que el olvido excesivo tampoco resulta conveniente: sin recuerdos ni memoria, se condena a la persona a perder su esencia, lo que es. Su personalidad, las experiencias que lo formaron, sus capacidades racionales, su buen o mal humor. En definitiva, la persona que era deja de serlo, como por desgracia vemos en los enfermos de Alzheimer. En El río de la conciencia, de Oliver Sacks, hay un capítulo dedicado a los estudios de Freud como neurólogo, y para él, nada era tan importante para la formación de la identidad como el poder de la memoria; nada garantizaba más nuestra continuidad como individuos. Pero los recuerdos cambian, y nadie era más sensible que Freud al potencial reconstructivo de la memoria, al hecho de que los recuerdos se reelaboran y revisan continuamente”. Para Sacks, “no existe una manera fácil de distinguir un recuerdo o una inspiración auténticos, sentidos como tales, de los que se toman prestados o se sugieren, entre lo que Donald Spence denomina la verdad histórica y la verdad narrativa”.

Todo lo dicho para el individuo tiene un tratamiento muy diferente cuando se trata de crear una memoria colectiva. En cuanto alguien menciona la posibilidad de dejar atrás el pasado para evolucionar como sociedad, surge otro que de manera inmediata recuerda la famosa frase del filósofo George Santayana:

“Aquellos que no pueden recordar el pasado, están condenados a repetirlo”.

Esta frase, inscrita en uno de los barracones de Auschwitz, se ha utilizado de manera incorrecta en múltiples ocasiones, y se ha tergiversado en parte su interpretación, porque desde luego lo que no dijo nunca fue que “los pueblos que olvidan su historia, están condenados a repetirla”, como he escuchado tantas veces. Santayana hablaba desde una perspectiva antropológica de basar el progreso en la experiencia, en lo que llamaba la “retentividad”: “…y cuando la experiencia no se retiene, como entre los salvajes, la infancia es perpetua. Los que no pueden recordar el pasado, están condenados a repetirlo“. No habla de una memoria colectiva, ni de los pueblos o su historia, porque posiblemente no exista una memoria colectiva, o una memoria del pueblo como tal, salvo la que se crea y se transmite por sus dirigentes, con todos los peligros que ello conlleva, porque otra frase muy conocida nos advierte que “la historia la escriben los vencedores”, con todo lo que tiene ello de subjetivo.

En cualquier caso, esta frase entra en conflicto con lo escrito por Lewis Hyde acerca de la necesidad de dejar atrás el pasado para poder avanzar como sociedad (Breviario del olvido. Apuntes para dejar atrás el pasado). Para los interesados en el tema, les recomiendo un programa que escuché recientemente sobre el asunto en La Cultureta, de Onda Cero (dejo aquí el enlace). En el mismo, hablaron de las leyes del olvido promulgadas en la antigua Grecia para avanzar como sociedad sin necesidad de recordar continuamente el pasado de unos y otros. También salió el nombre de David Rieff, el hijo de Susan Sontag, cuyo libro Contra la memoria es toda una declaración de intenciones en contra de la memoria histórica. En el libro (que no he leído, pero ya he apuntado en la lista de “pendientes”), David Rieff habla de la creación de la memoria colectiva por parte de los nacionalismos de todo tipo, y de cómo la memoria de horrores pasados enciende profundos odios étnicos, violencia y guerras. Se centra en lo que vio con sus propios ojos de corresponsal de guerra en la antigua Yugoslavia, en Ruanda o en Sierra Leona, en cómo los distintos pueblos, etnias o nacionalidades se reprochaban continuamente lo sucedido en el pasado. “En las colinas de Bosnia aprendí a odiar, pero, sobre todo, a temer la memoria histórica colectiva”. Su siguiente libro también lleva un título clarificador: Elogio del olvido. En una entrevista para la promoción de su nuevo libro, en 2017, pronunció afirmaciones tan contundentes (y controvertidas) como que el recuerdo puede servir como arma de guerra y el olvido puede ayudar a construir la paz.

Llegado a este punto, reconozco que siempre que se habla de memoria histórica en España tengo mil dudas. Los que nacimos en los últimos años de la dictadura, los que fuimos adolescentes en los ochenta, no teníamos un problema, o no creíamos tener un problema sin resolver con la guerra civil española. Había pasado medio siglo, creo que todos teníamos familiares que habían estado en ambos bandos y sin necesidad de hablarlo éramos conscientes de que en una guerra se cometen todo tipo de tropelías por parte de todos, de unos y de otros, o de “hunos” y de “hotros”, como diría Miguel de Unamuno. Los padres de los que somos de mi generación nacieron en la posguerra o eran muy críos en los últimos años de la guerra y todos ellos miraron hacia delante creyendo que no convenía remover ese pasado incómodo. Poco después de la muerte de Franco se promulgaron diversas medidas de indulto y el Real Decreto 10/1976 habló directamente de amnistía. La palabra “amnistía” viene del griego “mnéme”, memoria, y significa precisamente su negación, “olvido, perdón”. El texto del real decreto era claro en sus intenciones:

“La Corona simboliza la voluntad de vivir juntos todos los pueblos e individuos que integran la indisoluble comunidad nacional española. Por ello, es una de sus principales misiones promover la reconciliación de todos los miembros de la Nación, culminando así las diversas medidas legislativas…

“Al dirigirse España a una plena normalidad democrática, ha llegado el momento de ultimar este proceso con el olvido de cualquier legado discriminatorio del pasado en la plena convivencia fraterna de los españoles. Tal es el objeto de la amnistía de todas las responsabilidades derivadas de acontecimientos de intencionalidad política o de opinión ocurridos hasta el presente…”

Pero todo este “olvido” volvió a la actualidad muchos años con la llamada Ley de Memoria Histórica, Ley 52/2007, “por la que se reconocen y amplían derechos y se establecen medidas en favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la guerra civil y la dictadura”, promulgada durante el gobierno de Zapatero, con el siguiente objeto:

Sin embargo, pese a indicar que la Ley trata de “fomentar la cohesión”, se habla cada día más de la necesidad de la memoria histórica, pero no con la idea de resarcir a determinadas víctimas o de ayudarles a encontrar los restos de sus familiares, sino con ánimo revanchista, en muchos casos, con intención de reescribir la historia. Hoy se habla más que nunca de “¡Franco, Franco!”, ¡joder, un dictador muerto hace 45 años!, y sobre todo de lo que algunos llaman “sus herederos”, avivando un odio que no existía y creando de nuevo dos Españas cada día más distanciadas. Y me preocupa especialmente por cómo se ha parido y gestionado todo este proceso, por esa manera de diferenciar la “verdad histórica” de la “verdad narrativa”, por las personas que han dirigido el proceso y sobre todo por las intenciones con las que algunos lo hacen. Nunca se me olvidará aquel desliz de Zapatero a Iñaki Gabilondo en el que dijo que “nos conviene que haya tensión“.

Habrá quien me diga que, si tan a favor del perdón o el olvido estoy, por qué me resisto a hacer lo mismo con gente como Arnaldo Otegi o los tipejos de Bildu, y creo que la respuesta es evidente. Lo primero es que no estoy a favor del olvido, sino del conocimiento. Lo segundo, nuestros padres hicieron un trabajo cojonudo para que nos uniéramos y miráramos hacia delante, fuéramos de derechas o de izquierdas, más progres o más conservadores, lo pasado, pasado está, había que unirse como nación, modernizarse, entrar en Europa, etc. Los que en su día daban respaldo político a ETA se dedican ahora a homenajear a los asesinos cuando salen de las cárceles y vuelven a sus pueblos. No hay arrepentimiento alguno, no hay empatía alguna hacia los familiares de las víctimas, mientras que sí la ha habido siempre en España para enterrar nuestro pasado “guerracivilesco”.

Quizás la solución pase por hacer algo como lo que hizo Italia durante el gobierno de Matteo Renzi con la apertura del museo del Fascismo en Predappio, a quinientos metros de la casa en la que nació Benito Mussolini. Entendieron que había llegado la hora de romper con un tabú de setenta años y que la mejor manera no era ocultar u olvidar el pasado, sino precisamente mostrarlo, explicarlo. Como dijo el presidente de su partido, Matteo Orfini: “Somos un país antifascista, lo que está reconocido en la Constitución. No tenemos necesidad de cancelar nuestra memoria. Borrarla es un elemento de debilidad, no de fuerza por parte de quien la practica“.

Estos días estoy leyendo la recopilación de artículos de Francisco Tomás y Valiente A orillas del Estado, y precisamente una figura como la suya, magistrado del Tribunal Constitucional propuesto por el PSOE en 1991, abogaba por una solución como la que comento sobre Italia:

“Hemos hecho en este país la transición a la democracia sobre la bisagra de una reforma cimentada en el silencio y la ruptura de la espiral de venganza. Así había que hacerla y no hay que arrepentirse de ello. Bien hecha estuvo. Pero del silencio al olvido y la ignorancia solo hay dos pasos, y sería pernicioso que muchos los dieran”.

“Quienes no vivieron el franquismo, o solo conocieron su etapa final, deben estudiarlo para no repetirlo. Deber nuestro es transmitirles, sin rencores ni ánimos de venganza, sino con distanciamiento metódico y sin más pasión que la de sembrar lucidez y tolerancia para el presente y el futuro, lo que aquel régimen, hoy tan lejano como peligrosamente desconocido, fue”.

Y más adelante, en A vueltas con la transición, se lamenta de cómo algunos están avivando los enfrentamientos:

“La hicimos entre todos, y ahora parece que nos preocupa tanto saber quiénes fueron sus protagonistas, que las peleas que entonces no hubo corremos el riesgo de (¡por fin!) entablarlas en este otoño por tantos conceptos caliente”.

“Mi segunda observación consiste en recordar algo que quienes vivimos aquello rememoramos con orgullo y sin arrepentimiento: la viva solidaridad de todos los españoles demócratas”.

Los artículos son de 1993 y de 1995, ni más ni menos. Claro que habla con conocimiento y madurez, le preocupa la ignorancia y para que todo esto llegue a nuestro país deberíamos tener una clase política culta, formada, que dejara en manos de los expertos lo que pertenece al ámbito de la historia y no del “relato”. Y sobre todo, una clase política generosa que no se pase el día contando los réditos electorales que van a obtener por reavivar el odio o incendiarios proclamando que “hay que acabar con el Régimen del 78”.

Memoria (I): recuerdos

LESTER, 28/03/2021

En el libro El río de la conciencia, del neurólogo y escritor británico Oliver Sacks, hay un capítulo titulado La falibilidad de la memoria que me encantó tanto como me aterró. En el mismo, el autor explica los resultados de investigaciones recientes que concluyen lo fácilmente maleable que es la memoria, o cómo su funcionamiento puede lograr implantar recuerdos de hechos o sucesos pasados que nunca existieron. Sacks parte de una experiencia personal, un bombardeo vivido en Londres cuando contaba ocho años de edad (1941), y lo narra en detalle, cómo reaccionó su padre, cómo salieron de casa en pijama, la oscuridad de las calles… Pero cuenta también que para él fue una sorpresa enorme cuando le convencieron de que no había estado en aquel lugar ni había vivido tal suceso, porque a esa edad vivía con su hermano Michael en Braefield. El caso es que la historia que narra le había sucedido a su hermano mayor David, que se la contó en una carta “muy gráfica y dramática” que dejó al pequeño Oliver fascinado: “había construido la escena en mi imaginación a partir de las palabras de David, y posteriormente me la había apropiado considerándola un recuerdo propio”.

La memoria nos traiciona, a veces movida por la fascinación, como en el caso de Sacks, o por la mezcla de recuerdos confusos y lejanos. O en otros casos la memoria funciona como mecanismo de defensa del individuo, por el sentimiento de culpa. “Supuse que los recuerdos que tenía -sobre todo aquellos que eran muy vivos, concretos y circunstanciales- eran esencialmente válidos y fiables, y me quedé de piedra al descubrir que algunos no lo eran”.

Yo soy una persona que se fía mucho de su memoria y al parecer mi cerebro alberga algunos “Gigas” más que la media de la población (“¿pero cómo te puedes acordar de eso?”, como me han dicho mil veces a lo largo de mi vida), así que el capítulo me acojonó un poco porque “asusta pensar que nuestros recuerdos más preciados podrían no haber ocurrido nunca, o podrían haberle ocurrido a otro”. “No existe ningún mecanismo en la mente ni en el cerebro que asegure la verdad, o al menos el carácter verídico, de nuestros recuerdos”. Uf, qué miedo. Tengo recuerdos tan vívidos como si hubieran ocurrido no tanto como ayer, pero sí recientemente, y quizás sucedieron quince o veinte años atrás. O a lo mejor no sucedieron como yo los recuerdo, o quizás ni siquiera sucedieron y fue mi cerebro el que quiso hacerme creer que sucedieron, o que lo hicieron de un modo diferente. Porque también en ocasiones nos interesa creer que actuamos de una manera concreta ante un hecho que vivimos o presenciamos. Que pronunciamos la frase perfecta que saldría de la cabeza privilegiada del mejor guionista, o que no tuvimos una actitud cobarde, o que reaccionamos de manera adecuada y fuimos capaces de controlar una situación delicada. Y a lo mejor la realidad no fue así, pero nos interesa contarla de ese modo y de tanto contárnosla a nosotros mismos hemos terminado por crear el recuerdo. Solo pensarlo me asusta.

Quizás en un futuro próximo exista una tecnología no menos escalofriante para solucionar esas manipulaciones inconscientes de la memoria, como la que muestra el capítulo de la serie Black Mirror (Netflix) titulado The Entire History of You, traducido como Toda tu historia. En el mismo, los protagonistas tienen implantado una especie de disco duro en el cerebro, tras la oreja, en el que se almacena todo lo que ven y escuchan, y con ayuda de otro aparato pueden emitir esos “recuerdos” en una pantalla de televisión. Entrecomillo “recuerdos” porque no son recuerdos, son realidades. Son hechos irrebatibles: la pantalla emite un vídeo de lo que vieron y escucharon, en primer plano y en los secundarios, y los protagonistas podían ampliar el resto de la imagen o escuchar conversaciones de fondo en un bar, porque todo quedaba grabado. Esa posibilidad se convierte en una tortura para un marido celoso o desconfiado, como se verá a medida que avanza la trama. Otro personaje le confiesa que se quitó el dispositivo de la mente y que desde entonces vivía mucho más feliz. ¿Es mejor vivir con el recuerdo que hemos almacenado o revivir los hechos exactamente como ocurrieron, sin matices ni alteraciones?

“Esa película ha envejecido mal”. Habremos escuchado esta frase mil veces. Y resulta absurda porque una película, una sucesión de imágenes plasmadas en celuloide, es materialmente imposible que cambie. Ni un ápice. Somos nosotros los que lo hemos hecho y cuando revisitamos una película años después estamos influidos por el recuerdo que en su día nos causó la misma. De repente vemos con cuarenta o cincuenta años una película que nos maravilló en nuestra adolescencia y decimos que “ha envejecido mal” cuando los que lo hemos hecho, mejor o peor, somos nosotros, y esa frase es el producto de nuestra frustración porque la película no nos ha hecho revivir el recuerdo que teníamos. Me reí muchísimo y ahora no le veo la gracia por ningún lado, o me impresionó tanto que me desveló varios días y ahora me parece una chorrada monumental. La obra es la misma, pero nos decepciona no volver a nuestro recuerdo.

Isabel Allende cuenta en Mi país inventado que cada vez que volvía de visita a su país natal, “debo confrontar el Chile real con la imagen sentimental que he llevado conmigo por veinticinco años. Como he vivido afuera por tan largo tiempo, tiendo a exagerar las virtudes y a olvidar los rasgos desagradables del carácter nacional”. “He armado la idea de mi país como un rompecabezas, seleccionando aquellas piezas que se ajustan a mi diseño e ignorando las demás”. “No pretendo saber cuánto de mi memoria son hechos verdaderos y cuánto he inventado, porque la tarea de trazar la línea entre ambos me sobrepasa”.

Quizás sea un mecanismo de defensa. La maleabilidad de la memoria, la adaptación para poder seguir hacia delante, sin vivir anclado no ya en el recuerdo, sino en una realidad pertinaz. En los Artificios del escritor argentino Jorge Luis Borges hay un relato titulado La forma de la espada en el que el narrador cuenta una historia de traición y delación desde el punto de vista del traicionado, no del traidor. Al final del mismo el narrador confiesa que él era el traidor: había aprendido a vivir y contarlo de ese modo para olvidar el desprecio que sentía por sí mismo. Pero de ese mismo libro, sin duda no podía dejar de hablar de Funes, el memorioso, un relato sobre la hipermnesia del protagonista, una alteración de la memoria que permite a quien lo padece recordar prácticamente todo, no eliminar recuerdos: “Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo”. “Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras”. Ireneo Funes es un pobre joven al que su memoria extrema (y un grave accidente) impiden llevar una vida normal. “Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos”. Pensar es olvidar, por tanto, y seleccionar lo que nos interesa o capta nuestra atención, y por lo que entiendo, el pensamiento también consiste en almacenar recuerdos que nuestro cerebro adapta y sobre los que asienta las nuevas vivencias para crear nuevos recuerdos adaptados.

Este mecanismo del cerebro de adaptación de la realidad lleva a la falibilidad de la memoria de la que habla el neurólogo y puede resultar muy peligroso si, como demostraron algunos experimentos realizados por la psicóloga Elizabeth Loftus, se implantan falsos recuerdos en la memoria de una persona. “Tras el escepticismo inicial y una posterior vacilación, el sujeto puede acabar sintiendo una convicción tan profunda que seguirá insistiendo en la verdad del recuerdo implantado incluso después de que el experimentador confiese que, para empezar, no ocurrió nunca”. Cuando leí este párrafo pensé que era una tragedia para cualquiera de nosotros y una bendición para los manipuladores de voluntades, que los hay. Ya lo creo que los hay.

En Breviario del olvido, el escritor Lewis Hyde nos habla del recuerdo y el olvido, de la recuperación de la memoria y de algo ligado a ella como es la reconciliación y el perdón. El subtítulo del libro es significativo: Apuntes para dejar atrás el pasado. Quizás no sea negativo el tener una mala memoria, sino que la tesis del autor indica que puede ser más bien “una bendición, un bálsamo, un camino hacia la paz”.

(Continuará en Memoria (II): el olvido)

Como todos los lectores asiduos de este blog sabéis, si queréis colaborar por una buena causa a través de una ONG contrastada, es posible hacerlo mediante microdonaciones en este enlace: Ayuda en Acción/colabora

Cuánto amor en esas cintas

LESTER, 21/02/2021

Grabar una cinta, una cassette de las antiguas, no era una tarea sencilla de las que se podían hacer sin más, sin pensarlo mucho o en un rato suelto. Nada que ver con descargar una serie de canciones durante unas horas en e-Mule, no digamos ya con crear una lista en Spotify. Las fuentes que utilizabas para grabar podían ser un disco de vinilo, otra cinta, si tenías uno de esos equipazos de doble pletina tan de peli del Bronx, o directamente de la radio. Si alguna vez grababas de la radio, te pasabas toda la canción cruzando los dedos para que al locutor no le diera por ponerse a hablar hacia el final de la canción o porque no sonaran las señales horarias en mitad del temazo. Durante años escuché el Wrapped around your finger de The Police con las señales horarias a mitad de la canción y tengo asociada la letra a los pitidos en un momento concreto. De hecho, aun hoy sigo escuchándolos mentalmente cada vez que la ponen en la radio.

Tendré todavía cerca de doscientas cintas en casa, guardadas en cajones de esos que son como los baúles de los recuerdos que todos nos pusimos a ordenar o revisar durante el confinamiento de marzo y abril del año pasado. Mi mujer me sugirió que las tirara, “total, ya no las escuchas”, pero me resistí y logré salirme con la mía. “Si ni siquiera tienes aparato para escucharlas”. ¿Cómo que no? Tengo dos: uno en casa y otro en la oficina, junto al Delorean de Regreso al futuro.

A medida que los soportes digitales se fueron imponiendo, me compré los dos aparatos, sin la esperanza de poner las cintas muchas veces, pero con la seguridad que da saber que el día que quiera rememorar una de esas espectaculares recopilaciones, podré hacerlo. Con sus pitidos horarios, con su corte en mitad de una canción al pasar de la cara A a la B, con un sonido menos limpio que el CD e incluso con el miedo de que alguna cinta se enganche y se estropee para siempre, como me pasó hace un par de años con un fantástico recopilatorio de música de los sesenta, pero podré escucharlas.

En mi memoria, en mis recuerdos, tengo muchas de esas cintas asociadas a los viajes, tanto en coche como en autobús. Cada vez que iba a hacer un viaje largo en coche seleccionaba mis “compañeras” de viaje, las cintas que amenizarían el recorrido en mi Peugeot 205 o en el Citroen BX que tuve después. Ponía la guantera a reventar de cintas y si para eso había que mandar los papeles del coche o el manual al maletero, lo hacía. En cuanto a los viajes en autobús, tenía que hacer una “selección de la selección”, puesto que no podía llevarme una docena en la mochila. Me acompañaba siempre el mítico walkman con unos auriculares cutres o con los que te daban en el propio autobús, y cuatro pilas de reserva por si me quedaba sin música a mitad de trayecto. Sé que los nostálgicos de mi quinta dirán ahora: “ah, y rebobinábamos las cintas con un boli Bic”. Bueno, reconozco que yo lo hice muy pocas veces. Si quería volver al inicio de la cara A de nuevo, no tenía ningún problema en escuchar primero la cara B, que para eso había hecho una selección espectacular de canciones.

Durante el “ordenamiento” de cajones y recuerdos que hicimos en casa durante la pandemia, tiramos muchas cosas: suplementos dominicales de esos que había guardado durante años por algún artículo, revistas de cine, algunos fascículos coleccionables, papeles de todo tipo como declaraciones de la renta de los noventa (ya no vendrás a por mí, ¿no, Hacienda?), informes de anteriores trabajos o chorradas varias de las que te imprimías o mandaban por fax cuando no teníamos un guasap que te peta de memes a diario. Salvé dos grandes grupos de “recuerdos”: las cartas y las cintas. En el fondo, tienen mucho en común. Igual que cuando escribías una carta a tu chica ponías todo el sentimiento en ella, y la pensabas y repensabas veinte veces, grabar una cinta que le ibas a regalar era muy similar. Nick Hornby expresó ese sentimiento a la perfección en la novela Alta Fidelidad, una gozada para los amantes de la música, un libro muy divertido sobre Rob, un tipo que regenta una tienda de discos en Camden Town y se pasa el día hablando de música o pelis con los tarados de sus compañeros de trabajo. Cada vez que a Rob le gusta una chica, le viene una recopilación de canciones a la mente porque en su pensamiento, si una chica te gusta de verdad, lo primero es grabarle una cinta:

“Me pasé una pila de horas grabando aquella cinta. Para mí, grabarle una cinta que le voy a regalar a alguien es como escribirle una carta: hay mucho que borrar, pensar a fondo, a veces empezar de nuevo, y quería que aquella cinta fuese buenísima, porque… con sinceridad, no había conocido a ninguna mujer tan prometedora como Laura desde que empezara a pinchar discos. Una buena cinta de recopilación, igual que una ruptura, es algo dificilísimo de hacer bien. Tienes que empezar con un tema arrasador; tienes que mantener el ánimo del oyente (empecé con Got to get you off my mind, pero me di cuenta de que a lo mejor no pasaba del primer tema de la primera cara, ya que así le iba a dar lo que ella quería sin más preámbulos, y por eso decidí esconder en la mitad de la segunda cara); tienes que subir un puntín, o enfriar un poco el ánimo, y tampoco puedes mezclar música blanca con música negra, ni colocar dos temas del mismo artista en una cara, a menos que lo hagas todo por parejas de canciones, y además… Bueno, hay miles de reglas que cumplir. En cualquier caso, esa cinta me la estuve trabajando a fondo, y aún debo de tener por ahí dos cintas de prueba, dos prototipos que al final, repasándolos, no terminaron de convencerme”.

Lo cierto es que si repaso algunas de mis cintas de aquella época compruebo que no cumplían varias de las reglas de Hornby, porque creo que, como en lo de escribir cartas, cada uno tiene sus propias reglas. En algunas de estas cintas que preparaba para viajes largos, me limitaba a veces a mezclar bandas sonoras de películas o recopilaciones sesenteras, mucho Dire Straits, Bob Dylan, los Beatles o Van Morrison (Brown-eyed girl, mi chica). O casi todos los años esperaba el especial de Carlos Pumares sobre las mejores canciones del siglo XX y me lo grababa casi entero, porque el bueno de Don Carlos sabía que éramos muchos los que lo hacíamos y ponía las canciones enteras, sin cortes, del primer minuto al último. También recuerdo que me grabé algunas cintas “horteras”, como directamente escribía en el canto de las mismas, “Horteradas varias”, porque a veces nada es mejor para un viaje en compañía que ponerte a algún cantante meloso italiano, el Solo Amor de Cadillac, o varios temas de Los Panchos, de esos que no te gustan, pero te sabes de pe a pa.

En esos cajones tengo también varias cintas que me grabó mi chica de entonces, mi mujer desde tiempos inmemoriales, y reconozco que quemaba esas cintas de tanto escucharlas cuando me iba de veraneo con la familia y pasaba semanas sin verla, ¡había mucho amor en esas cintas! En la selección, el orden, escribir las letras a mano en la caja o currarse una portada chula, nada que ver con tostar un CD, copiar un giga de música en un pendrive o lo más impersonal: compartir una cinta en Spotify. Es algo que no solo pensamos Hornby y yo, sino que estoy seguro de que millones de sentimentales apegados a la buena música lo sentimos. Como Quentin Tarantino. En la que para mí es su peor película, Death Proof, las chicas del Mustang amarillo entablan una de esas conversaciones tan tarantinianas sobre cine, música y la vida en general, y Abernathy (Rosario Dawson) dice que su chico le hizo un regalo especial, le grabó una cinta:

  • ¿Que te grabó una cinta? Espera, espera, ¿no te copió un CD? ¿Te grabó una cinta? ¡Qué romántico!

¡Exacto, Quentin! Así es. Todo esto sobre Hornby, el sentimiento que hay detrás de cada grabación, la importancia de la música, el hecho de formar parte de nuestras vidas, la promesa de volver a escucharlas, bla, bla, bla… sirvió para convencer a mi mujer de que no me hiciera tirar todas esas cintas. Logré no tirar ni siquiera esas otras cintas infames que compraba de vez en cuando en gasolineras sobre todo cuando viajaba en coche con algunos amigos y queríamos algo “alternativo” para unas risas: María del Monte, Bakaladisco, Verano Mix y esas cosas. Puro hardcore.

La única regla para esas ocasiones era no comprar la cinta del músico del pueblo, un clásico de todas las gasolineras de este país, junto a Camela, Los Chunguitos o José Ángel. Pero reconozco que me sé entera ¡”a la sombra de los pinos”!

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Nuestro Nobel de Economía

LESTER, 30/01/2021

Tras el post del amiguete Josean sobre las Finanzas Sostenibles y la responsabilidad social la semana pasada, me he acordado de algunos estudios y artículos que leí en su momento sobre la influencia o la interacción entre la economía y algunos de los grandes problemas del mundo, como el cambio climático o la desigualdad. Algunos muy ambiciosos, como el Green New Deal Global del economista y sociólogo Jeremy Rifkin, que habla de una economía totalmente descarbonizada, apoyada en energías renovables y unas infraestructuras verdes, y con un nivel de digitalización global que llevará a importantes cambios en la sociedad. “Ambicioso” porque, aunque se están dando muchos pasos, parece que no se ha avanzado mucho desde que publicó La Tercera Revolución Industrial (The Third Industrial Revolution: How Lateral Power Is Transforming Energy, the Economy, and the World) allá por 2011, hace ya diez años.

El premio Nobel de Economía en 2018 fue a parar a los estadounidenses William D. Nordhaus y a Paul Romer por sus aportaciones en el campo de la innovación, el cambio climático y el crecimiento económico. Nordhaus, profesor de la universidad de Yale, fue el primer economista en crear un modelo cuantitativo que describía la interacción entre la economía y el clima. Transcribo a mi amigo El economista salvaje:

A mediados de los noventa, se convirtió en la primera persona en crear un modelo sobre el cambio climático que incluía la población, cómo se concentra el dióxido de carbono, cómo afecta a la temperatura global, los efectos de respuestas con distintas políticas como el impuesto al carbono y la evolución del daño causado y sus consecuencias negativas para la economía”.

Cada vez que he metido un poco las narices en el cálculo de la huella de carbono o en el mercado de compraventa de derechos de emisión me ha parecido un gazpacho de una enorme complejidad, seguramente intencionada, así que me quedo con algo más cercano, como son los estudios que desarrollaron sus sucesores en el premio de la Academia sueca. En 2019, el Premio Nobel de Economía fue a parar a los economistas Abhijit Banerjee, nacido en Bombay en 1961, Esther Duflo, natural de París, de 1972 y el estadounidense Michael Kremer, de 1964, por sus estudios en busca de una “aproximación experimental al alivio de la pobreza global”. Como indica la nota de la Academia Sueca en la que explica los motivos de su decisión:

“A pesar de la mejora en los estándares de vida, más de 700 millones de personas subsisten con unos ingresos extremadamente bajos. Cada año, unos cinco millones de niños menores de cinco años fallecen por enfermedades que podrían a menudo ser prevenidas o curadas con tratamientos que no son caros. La mitad de los niños del mundo todavía abandona la escuela con unas capacidades básicas de lectura y aritmética”.

Los estudios de estos tres economistas se centraron a lo largo de los años en los efectos de incidir en algún problema concreto, pequeño, en lugar de hacerlo sobre los grandes programas de ayuda para países desfavorecidos. Es lo que se denomina “economía del desarrollo”. Como dijo la propia Esther Duflo en su discurso al recibir el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales en 2015:

“Nuestro objetivo es asegurarnos de que la lucha contra la pobreza está basada en la evidencia científica”.

En términos económicos, sus análisis se centraron en la microeconomía en lugar de estudiar el impacto macroeconómico de las grandes políticas de desarrollo, millonarias ayudas internacionales que lograban muy poco, y comprobaron empíricamente cómo la solución de los pequeños problemas lograba efectos mayores a gran escala. Me vuelve de nuevo a la mente la frase de Eduardo Galeano:

Vuelvo a acudir al blog de mi amigo savage para mencionar algunos de los estudios de este trío de economistas:

Educación: los estudios desarrollados en unas escuelas de Kenia con rendimientos escolares muy pobres sirvieron para demostrar la ineficacia de las medidas que incidían en la pobreza de las familias y de los colegios como principal causa del problema. Dar libros y comida gratis a los alumnos no mejoró en nada el rendimiento. La base del problema estaba en los bajos salarios de los profesores, que se traducían en poca motivación. Al destinar el dinero a incentivar a los profesores, a ofrecer programas a los estudiantes y a ofrecer una atención más personalizada a los alumnos con mayores necesidades, los índices de rendimiento se dispararon. Sus propuestas se han implantado en más de 100.000 escuelas en la India, beneficiando a unos cinco millones de estudiantes.

Sanidad: sus estudios se centraron en analizar las causas de la baja eficacia de los centros de vacunación fija, y detectaron que se debía a que la mayoría de las familias no se desplazaba para vacunar a sus hijos. Además, estos centros fijos eran más caros que los centros de vacunación móviles, así que los economistas plantearon realizar campañas de vacunación directamente en las aldeas, desplazando los equipos y poniendo las vacunas prácticamente en la puerta de las casas de las familias. Con esta medida, la tasa de vacunación se incrementó del 6% al 31%.

Innovación tecnológica: los habitantes de países en desarrollo suelen ser reacios a aplicar nuevas técnicas y sus estudios se centraron de modo especial en la agricultura de países pobres. Comprobaron que los agricultores rechazaban o retrasaban la inversión en fertilizantes, pero más por coste que por desconocimiento, porque no tenían problemas para usarlos cuando se les suministraba directamente en sus aldeas. Los resultados mejoraron de modo espectacular.

Agua limpia: estos tres economistas certificaron a través de diversos modelos que hay pocas inversiones más rentables para los países en desarrollo que la ampliación del acceso a agua potable entre sus habitantes. Que era preferible saltarse la burocracia de muchos países e ir directamente buscando casa por casa a los posibles beneficiarios del suministro de agua limpia y segura, sin necesidad de esperar a programas gubernamentales.

 “Sí, queremos el crecimiento económico y es lo más importante a largo plazo, no hay duda. Pero, mientras tanto, la gente se muere porque no tiene acceso a agua limpia”. 

Las grandes inversiones en infraestructuras para llevar el agua potable a todos los ciudadanos de un país en vías de desarrollo no llegan o avanzan con lentitud, luego la distribución de filtros potabilizadores es capaz de lograr un efecto inmediato de mejora en la calidad de vida de las familias que lo reciben (The Water Van Project). Es evidente que no puede ser una solución definitiva, pero sí una enorme ayuda inmediata para grandes núcleos de población alejados de los centros urbanos. Como saben los asiduos a este blog, en verano de 2019 estuvimos colaborando con Ayuda en Acción y el FEPP en la distribución de filtros en comunidades del valle de Chota Mira (Ecuador). Las depuradoras de agua que vimos en algunas de las comunidades de Ecuador no funcionaban o no evitaban que el agua se contaminara, algo parecido a lo que demostraron los estudios de Michael Kremer en Kenia, así que la solución local, familiar, micro, resultó ser mucho más efectiva.

Por eso, cuando en octubre de ese mismo año concedieron el Nobel de Economía a Banerjee, Duflo y Kremer, sentimos que todos nosotros habíamos ganado también, sin saberlo, un pedazo del (y de) premio.

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De ofendiditos y pollaviejas

LESTER, 17/01/2021

Reconozco que ya no puedo más con tanta tontería. Sí, tontería, necedad o soplapollez. Hace un par de semanas, al inaugurar la primera sesión del Congreso de Estados Unidos, el demócrata Emanuel Cleaver (que no “clever”), encargado de rezar la tradicional oración de apertura, finalizó del siguiente modo:

Amén. O “A-men and a-women”. De verdad que se nos está yendo de las manos. Había escuchado muchas maneras forzadas de hablar y deteriorar el lenguaje, pero aplicar el lenguaje inclusivo a una palabra hebrea ha traspasado la línea del gilipollismo extremo. El problema de fondo es que hay algo más serio detrás de este postureo y es que el partido demócrata quiere hacer una apuesta seria por el lenguaje inclusivo, cambiando palabras como padre, madre, hijo o hija, y sustituirlas por otras de género neutro, no sé muy bien por qué. Todo ello viene recogido en un dictamen (o “dictawomen”) de 45 páginas en el que recogen estas recomendaciones que, no me cabe la menor duda, millones de personas comenzarán a seguir en breve. Aquellos polvos trajeron estos lodos, aquellos a-women trajeron estos “jóvenas”, “miembras” y “portavozas”.

Recuerdo hace ya más de tres décadas cuando comenzaron a llegar las oleadas del modo de hablar “políticamente correcto” de los americanos. El lenguaje inclusivo no es lo mismo que el modo de hablar políticamente correcto, pero pertenece a la misma línea de imposición de un lenguaje impostado con la excusa de no ofender a nadie. No puedes decir negro, ni gordo, ni mendigo, ni inmigrante ilegal. Utiliza mejor las palabras afroamericano, robusto o grueso, sin techo, migrante o indocumentado. Con inválido ha habido varias fases en la evolución: minusválido, deficiente físico, discapacitado o persona con disfunción motora.

Me llama la atención de manera especial la manera de forzar el habla para no usar la palabra “black” ante un movimiento cuyo máximo exponente actual se hace llamar Black Lives Matter, pero es cosa mía, de un hombre blanco hetero y por tanto, mi opinión seguramente no sea válida. En este artículo de 2007 titulado no sin razón Dime qué decir, Javier Marías ya advertía del peligro de ceder ante “esta ola de hipersensibilidad” y convertir la realidad en “un jardín de eufemismos”:

“La pretensión de que todo el mundo hable de una misma manera es incluso una actitud suicida, porque el lenguaje es una vía de información y de datos sobre la otra persona. La tendencia de dulcificar es tramposa, porque siempre habrá una palabra que cambiar”.

Sobre todo esto último: siempre habrá una palabra que cambiar. Los dictadores de lo políticamente correcto y el lenguaje inclusivo son incansables, tienen una antena para buscar un problema donde no lo había y montar un pequeño revuelo para alterar lo ya dicho. El jugador uruguayo del Manchester United Edinson Cavani ha sido sancionado con tres partidos de suspensión y 112.000 euros de multa por el gravísimo delito de finalizar una conversación con un amigo en redes sociales con un “gracias, negrito”. Un amigo despidiendo a otro, con la confianza de una amistad de hace años, sin insultos de por medio, sino con un cariño seguramente mutuo. Como decía al principio, se nos está yendo de las manos.

La semana pasada estuve viendo una versión nueva del clásico de Agatha Christie Diez negritos. Pues bien, la versión es tan moderna que se titulaba Diez soldaditos y por supuesto el poema de los Diez negritos había sido sustituido por los Diez soldaditos, no vaya a ser que se ofenda alguien por una obra escrita en 1939. Es cierto que el original contenía el término despectivo “nigger”, pero ya se han encargado sus descendientes de enmendarle la plana a la autora. El bisnieto de la escritora anunció el verano pasado que la obra pasaría a titularse Eran diez.

Seguro que con este cambio ya ha logrado acabar con el racismo. Como esos colegios estadounidenses que han prohibido La cabaña del tío Tom y Matar a un ruiseñor, o las plataformas que han eliminado Lo que el viento se llevó de su catálogo. Y seguro que el a-women ha enterrado de manera definitiva el machismo del Congreso. La corriente censora avanza implacable. Recientemente se ha planteado el debate sobre si Grease y Pretty Woman se deberían prohibir por sexistas. La primera provocó una controversia en el Reino Unido, mientras que la segunda fue cuestionada por Beatriz Gimeno, directora del Instituto de la Mujer del gobierno de España. Si abrimos la veda no van a quedar ni las películas Disney. Y además, ¿la solución es la censura?

Según Carlos Rodríguez Braun, autor del Diccionario políticamente incorrecto (2004), “es un reflejo de la hipocresía de vivir en un mundo más libre” en el que paradójicamente vivimos menos libres a la hora de expresar nuestras ideas: “El poder político ha llegado a controlar cómo hablamos”. Elvira Lindo afirma que esta tendencia que comenzó en Estados Unidos desvirtuó totalmente su objetivo y “los colectivos que luchaban por sus derechos se convirtieron en grupos de presión que fiscalizaban el lenguaje y el pensamiento. En España, si bien es deseable cierta corrección porque nuestras maneras pueden ser groseras, sería un desastre para el ejercicio de la libertad de expresión que eso cundiera. No conduce a nada, no mejora la vida de quienes se pretende defender”. Esas maneras groseras son muy limitadas, así a botepronto se me ocurren los términos “judiada”, “perro judío”, “gitanada” o frases como “no me seas gitano”. Hace cinco años el pueblo burgalés de Castrillo de Matajudíos votó mayoritariamente por cambiar su nombre por el de Castrillo Mota de Judíos. Bueno, ellos sabrán. La mayoría vio antisemitismo donde no lo había y decidió cambiar un nombre de más de diez siglos de historia que hacía referencia a una arboleda, una mata, poblada por judíos en el siglo X. Pero el dinero negro no tiene connotaciones racistas, ni hacer una lista negra o un libro blanco, aunque habrá quien así lo considere. Aunque pueda parecer coña, en Estados Unidos ya están desde hace tiempo en esos niveles de modificación del lenguaje, como con la palabra “blackmail”, chantaje.

Sinceramente creo que el problema no está en los que utilizan determinado lenguaje, sino en los “ofendiditos” que en todo encuentran una agresión. Y que son muy plastas y ruidosos. El presentador de la televisión británica en la que se emitió Grease, Piers Morgan, zanjó el debate de una manera que no gustó a muchos espectadores, pero con la que coincido: “Lo que deberíamos censurar es a esos malditos idiotas que quieren censurarla”. Arturo Pérez-Reverte dijo que “vivimos entre montones de inquisiciones. Nunca he sentido mi libertad personal tan amenazada como estos últimos diez años”. “La estupidez es mala compañera de viaje de la libertad”. Es cierto, yo creo que a todos nos pasa cada vez con más frecuencia. Cuando decimos o escribimos algo nos ponemos cortapisas para que otros no piensen tal o cual de nosotros, o tenemos cuidado para no parecer lo que no somos, puesto que al negarnos a utilizar determinado lenguaje (que es el socialmente aceptado) ya estamos transmitiendo una idea acerca de nuestro pensamiento. Un buen amigo mío, de izquierdas, me reconoció hace tiempo que le cabreaba muchísimo que todas estas imposiciones falsamente morales hayan venido de los que se hacen llamar progresistas, que ese “puritanismo espantoso” (palabra de Don Arturo) sorprendentemente no haya venido del ala más conservadora, sino de los que teóricamente presumen de ser más abiertos de mente.

El lenguaje inclusivo o el lenguaje políticamente correcto debería ser una opción para el que la quiera utilizar, jamás una imposición. Por suerte, la Real Academia de la Lengua Española no ha cedido de momento a ese puritanismo inquisitorial y en redes sociales se ha mostrado muy atinada cuando alguien ha querido llevarla al límite de lo absurdo:

El problema es que desde hace tiempo se pretende que el lenguaje inclusivo no sea opcional, sino de obligado cumplimiento. Tiene mucho de George Orwell y la neolengua, de cómo el uso de las palabras o la prohibición de otros términos altera el modo de construir el pensamiento. Ya existen consultoras especializadas dando cursos en las empresas sobre este asunto, con criterios de SuperPop, de revista de adolescentes, si se me permite decirlo. Desde hace un tiempo, cuando recibo correos electrónicos de compañeros que utilizan el lenguaje inclusivo, hago como ese profesor de universidad que dejaba a sus alumnos que lo emplearan, pero si lo hacían tenían que usarlo de modo correcto y en todas las frases, porque en caso contrario, esa frase no puntuaría. Si hay confianza, corrijo o bromeo con estos compañeros:

  • Si dices “Estimados tod@s”, deberías poner “estimad@s tod@s”.
  • ¿Se pronuncia “estimadarrobas todarrobas”?
  • “Bienvenidos todos y todas”, como leí hace poco en una de estas reuniones por Teams. En un chat interno durante esa misma reunión planteé el minidebate: ¿no debería ser “bienvenidas todas y bienvenidos todos”? ¿O es que nos dan la bienvenida solo a nosotros?
  • Si has empezado con el todos y todas, no puedes decir solo “aquellos compañeros que…”, ya estás obligado a seguir. Y también los adjetivos. ¿Que es un coñazo? Perdón, que coñazo es sexista, ¿rollazo?
  • No, no, no. No es “aquellos compañeros y compañeras que escojan…”, tendrás que decir “aquellos compañeros y aquellas compañeras” y el adjetivo posterior si está referido a ellos y a ellas, también.

Con lo que no puedo es con la x para ese neutro falso, como en “todxs”, “compañerxs” o “amigxs”. Una vez leí un correo en una reunión con seis personas y dije intencionadamente “queridksss compañerksss”. Lo reconozco, forcé un poco la k y la ese, pero cuando me preguntaron que por qué hacía eso, respondí que esa era la pronunciación correcta de la equis en español. Algunos se rieron más que otros y una chica me dijo que a los que nos negábamos a usar el lenguaje inclusivo se nos llamaba ahora “pollaviejas”. Hombre, he cumplido 50 palos hace unos meses, así que soy un pollo algo viejo, pero buscando el término “pollavieja” me he encontrado debates curiosos en Internet. Por supuesto, en esos debates Javier Marías, Arturo Pérez-Reverte o el noventa por ciento de los académicos de la lengua (y yo mismo si fuera alguien) somos “pollaviejas”. Y en ese concepto, con sinónimos como “heteruzo” o “señoro” se mete todo, hasta ideología política.

Siento si mi manera de hablar o escribir molesta a alguien, de verdad que intento evitarlo, pero a veces pienso que el problema no está en el modo de hablar, sino en el de escuchar y encontrar agravios en cada palabra. Y si aun así he molestado a alguien, lo siento, me da mucha pena. O la sienta y mucho pene.

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