Memoria (II): el olvido

LESTER, 05/04/2021

De acuerdo con todos los expertos a los que me referí en la primera parte, los recuerdos se construyen en la memoria a partir de una alteración de la realidad (quizás sea mejor decir “adaptación”) por parte de nuestro cerebro, influido por los sentimientos y la carga emotiva. La memoria selecciona la parte que más interesa al individuo, o que más llama su atención, y desdeña los malos recuerdos o la negatividad asociada al hecho recordado. El pasado se dulcifica la mayoría de las veces, se tiende a caer en la nostalgia, en la pena por la pérdida de un tiempo que creemos que fue feliz y quizás no lo fue tanto. El verso de Jorge Manrique concluía diciendo aquello de “cualquier tiempo pasado fue mejor“, que no tiene por qué ser cierto, y de hecho muchas veces no lo fue, pero sí la percepción que queda.

No tengo claro que una memoria exacta, capaz de recordar hasta el más mínimo detalle de lo que ocurrió, sea lo deseable. Ni siquiera tengo claro que sea negativo poseer una memoria escasa, o más bien, una memoria selectiva que se quede solo con lo positivo y elimine todo aquello que afecte a la persona o le hiciera algún tipo de daño. Al menos como individuo, esa memoria selectiva le permitirá mirar hacia delante, dejar atrás el pasado, no anclarse y revivir una situación desfavorable. La memoria implacable, eficaz, puede perpetuar el rencor, mientras que esa otra memoria falible o maleable, “adaptada”, puede llevar con mayor facilidad al perdón o la reconciliación. El olvido, por tanto, puede tener sus ventajas ocasionales, pero como todo en la vida, en su justa medida, puesto que el olvido excesivo tampoco resulta conveniente: sin recuerdos ni memoria, se condena a la persona a perder su esencia, lo que es. Su personalidad, las experiencias que lo formaron, sus capacidades racionales, su buen o mal humor. En definitiva, la persona que era deja de serlo, como por desgracia vemos en los enfermos de Alzheimer. En El río de la conciencia, de Oliver Sacks, hay un capítulo dedicado a los estudios de Freud como neurólogo, y para él, nada era tan importante para la formación de la identidad como el poder de la memoria; nada garantizaba más nuestra continuidad como individuos. Pero los recuerdos cambian, y nadie era más sensible que Freud al potencial reconstructivo de la memoria, al hecho de que los recuerdos se reelaboran y revisan continuamente”. Para Sacks, “no existe una manera fácil de distinguir un recuerdo o una inspiración auténticos, sentidos como tales, de los que se toman prestados o se sugieren, entre lo que Donald Spence denomina la verdad histórica y la verdad narrativa”.

Todo lo dicho para el individuo tiene un tratamiento muy diferente cuando se trata de crear una memoria colectiva. En cuanto alguien menciona la posibilidad de dejar atrás el pasado para evolucionar como sociedad, surge otro que de manera inmediata recuerda la famosa frase del filósofo George Santayana:

“Aquellos que no pueden recordar el pasado, están condenados a repetirlo”.

Esta frase, inscrita en uno de los barracones de Auschwitz, se ha utilizado de manera incorrecta en múltiples ocasiones, y se ha tergiversado en parte su interpretación, porque desde luego lo que no dijo nunca fue que “los pueblos que olvidan su historia, están condenados a repetirla”, como he escuchado tantas veces. Santayana hablaba desde una perspectiva antropológica de basar el progreso en la experiencia, en lo que llamaba la “retentividad”: “…y cuando la experiencia no se retiene, como entre los salvajes, la infancia es perpetua. Los que no pueden recordar el pasado, están condenados a repetirlo“. No habla de una memoria colectiva, ni de los pueblos o su historia, porque posiblemente no exista una memoria colectiva, o una memoria del pueblo como tal, salvo la que se crea y se transmite por sus dirigentes, con todos los peligros que ello conlleva, porque otra frase muy conocida nos advierte que “la historia la escriben los vencedores”, con todo lo que tiene ello de subjetivo.

En cualquier caso, esta frase entra en conflicto con lo escrito por Lewis Hyde acerca de la necesidad de dejar atrás el pasado para poder avanzar como sociedad (Breviario del olvido. Apuntes para dejar atrás el pasado). Para los interesados en el tema, les recomiendo un programa que escuché recientemente sobre el asunto en La Cultureta, de Onda Cero (dejo aquí el enlace). En el mismo, hablaron de las leyes del olvido promulgadas en la antigua Grecia para avanzar como sociedad sin necesidad de recordar continuamente el pasado de unos y otros. También salió el nombre de David Rieff, el hijo de Susan Sontag, cuyo libro Contra la memoria es toda una declaración de intenciones en contra de la memoria histórica. En el libro (que no he leído, pero ya he apuntado en la lista de “pendientes”), David Rieff habla de la creación de la memoria colectiva por parte de los nacionalismos de todo tipo, y de cómo la memoria de horrores pasados enciende profundos odios étnicos, violencia y guerras. Se centra en lo que vio con sus propios ojos de corresponsal de guerra en la antigua Yugoslavia, en Ruanda o en Sierra Leona, en cómo los distintos pueblos, etnias o nacionalidades se reprochaban continuamente lo sucedido en el pasado. “En las colinas de Bosnia aprendí a odiar, pero, sobre todo, a temer la memoria histórica colectiva”. Su siguiente libro también lleva un título clarificador: Elogio del olvido. En una entrevista para la promoción de su nuevo libro, en 2017, pronunció afirmaciones tan contundentes (y controvertidas) como que el recuerdo puede servir como arma de guerra y el olvido puede ayudar a construir la paz.

Llegado a este punto, reconozco que siempre que se habla de memoria histórica en España tengo mil dudas. Los que nacimos en los últimos años de la dictadura, los que fuimos adolescentes en los ochenta, no teníamos un problema, o no creíamos tener un problema sin resolver con la guerra civil española. Había pasado medio siglo, creo que todos teníamos familiares que habían estado en ambos bandos y sin necesidad de hablarlo éramos conscientes de que en una guerra se cometen todo tipo de tropelías por parte de todos, de unos y de otros, o de “hunos” y de “hotros”, como diría Miguel de Unamuno. Los padres de los que somos de mi generación nacieron en la posguerra o eran muy críos en los últimos años de la guerra y todos ellos miraron hacia delante creyendo que no convenía remover ese pasado incómodo. Poco después de la muerte de Franco se promulgaron diversas medidas de indulto y el Real Decreto 10/1976 habló directamente de amnistía. La palabra “amnistía” viene del griego “mnéme”, memoria, y significa precisamente su negación, “olvido, perdón”. El texto del real decreto era claro en sus intenciones:

“La Corona simboliza la voluntad de vivir juntos todos los pueblos e individuos que integran la indisoluble comunidad nacional española. Por ello, es una de sus principales misiones promover la reconciliación de todos los miembros de la Nación, culminando así las diversas medidas legislativas…

“Al dirigirse España a una plena normalidad democrática, ha llegado el momento de ultimar este proceso con el olvido de cualquier legado discriminatorio del pasado en la plena convivencia fraterna de los españoles. Tal es el objeto de la amnistía de todas las responsabilidades derivadas de acontecimientos de intencionalidad política o de opinión ocurridos hasta el presente…”

Pero todo este “olvido” volvió a la actualidad muchos años con la llamada Ley de Memoria Histórica, Ley 52/2007, “por la que se reconocen y amplían derechos y se establecen medidas en favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la guerra civil y la dictadura”, promulgada durante el gobierno de Zapatero, con el siguiente objeto:

Sin embargo, pese a indicar que la Ley trata de “fomentar la cohesión”, se habla cada día más de la necesidad de la memoria histórica, pero no con la idea de resarcir a determinadas víctimas o de ayudarles a encontrar los restos de sus familiares, sino con ánimo revanchista, en muchos casos, con intención de reescribir la historia. Hoy se habla más que nunca de “¡Franco, Franco!”, ¡joder, un dictador muerto hace 45 años!, y sobre todo de lo que algunos llaman “sus herederos”, avivando un odio que no existía y creando de nuevo dos Españas cada día más distanciadas. Y me preocupa especialmente por cómo se ha parido y gestionado todo este proceso, por esa manera de diferenciar la “verdad histórica” de la “verdad narrativa”, por las personas que han dirigido el proceso y sobre todo por las intenciones con las que algunos lo hacen. Nunca se me olvidará aquel desliz de Zapatero a Iñaki Gabilondo en el que dijo que “nos conviene que haya tensión“.

Habrá quien me diga que, si tan a favor del perdón o el olvido estoy, por qué me resisto a hacer lo mismo con gente como Arnaldo Otegi o los tipejos de Bildu, y creo que la respuesta es evidente. Lo primero es que no estoy a favor del olvido, sino del conocimiento. Lo segundo, nuestros padres hicieron un trabajo cojonudo para que nos uniéramos y miráramos hacia delante, fuéramos de derechas o de izquierdas, más progres o más conservadores, lo pasado, pasado está, había que unirse como nación, modernizarse, entrar en Europa, etc. Los que en su día daban respaldo político a ETA se dedican ahora a homenajear a los asesinos cuando salen de las cárceles y vuelven a sus pueblos. No hay arrepentimiento alguno, no hay empatía alguna hacia los familiares de las víctimas, mientras que sí la ha habido siempre en España para enterrar nuestro pasado “guerracivilesco”.

Quizás la solución pase por hacer algo como lo que hizo Italia durante el gobierno de Matteo Renzi con la apertura del museo del Fascismo en Predappio, a quinientos metros de la casa en la que nació Benito Mussolini. Entendieron que había llegado la hora de romper con un tabú de setenta años y que la mejor manera no era ocultar u olvidar el pasado, sino precisamente mostrarlo, explicarlo. Como dijo el presidente de su partido, Matteo Orfini: “Somos un país antifascista, lo que está reconocido en la Constitución. No tenemos necesidad de cancelar nuestra memoria. Borrarla es un elemento de debilidad, no de fuerza por parte de quien la practica“.

Estos días estoy leyendo la recopilación de artículos de Francisco Tomás y Valiente A orillas del Estado, y precisamente una figura como la suya, magistrado del Tribunal Constitucional propuesto por el PSOE en 1991, abogaba por una solución como la que comento sobre Italia:

“Hemos hecho en este país la transición a la democracia sobre la bisagra de una reforma cimentada en el silencio y la ruptura de la espiral de venganza. Así había que hacerla y no hay que arrepentirse de ello. Bien hecha estuvo. Pero del silencio al olvido y la ignorancia solo hay dos pasos, y sería pernicioso que muchos los dieran”.

“Quienes no vivieron el franquismo, o solo conocieron su etapa final, deben estudiarlo para no repetirlo. Deber nuestro es transmitirles, sin rencores ni ánimos de venganza, sino con distanciamiento metódico y sin más pasión que la de sembrar lucidez y tolerancia para el presente y el futuro, lo que aquel régimen, hoy tan lejano como peligrosamente desconocido, fue”.

Y más adelante, en A vueltas con la transición, se lamenta de cómo algunos están avivando los enfrentamientos:

“La hicimos entre todos, y ahora parece que nos preocupa tanto saber quiénes fueron sus protagonistas, que las peleas que entonces no hubo corremos el riesgo de (¡por fin!) entablarlas en este otoño por tantos conceptos caliente”.

“Mi segunda observación consiste en recordar algo que quienes vivimos aquello rememoramos con orgullo y sin arrepentimiento: la viva solidaridad de todos los españoles demócratas”.

Los artículos son de 1993 y de 1995, ni más ni menos. Claro que habla con conocimiento y madurez, le preocupa la ignorancia y para que todo esto llegue a nuestro país deberíamos tener una clase política culta, formada, que dejara en manos de los expertos lo que pertenece al ámbito de la historia y no del “relato”. Y sobre todo, una clase política generosa que no se pase el día contando los réditos electorales que van a obtener por reavivar el odio o incendiarios proclamando que “hay que acabar con el Régimen del 78”.

Memoria (I): recuerdos

LESTER, 28/03/2021

En el libro El río de la conciencia, del neurólogo y escritor británico Oliver Sacks, hay un capítulo titulado La falibilidad de la memoria que me encantó tanto como me aterró. En el mismo, el autor explica los resultados de investigaciones recientes que concluyen lo fácilmente maleable que es la memoria, o cómo su funcionamiento puede lograr implantar recuerdos de hechos o sucesos pasados que nunca existieron. Sacks parte de una experiencia personal, un bombardeo vivido en Londres cuando contaba ocho años de edad (1941), y lo narra en detalle, cómo reaccionó su padre, cómo salieron de casa en pijama, la oscuridad de las calles… Pero cuenta también que para él fue una sorpresa enorme cuando le convencieron de que no había estado en aquel lugar ni había vivido tal suceso, porque a esa edad vivía con su hermano Michael en Braefield. El caso es que la historia que narra le había sucedido a su hermano mayor David, que se la contó en una carta “muy gráfica y dramática” que dejó al pequeño Oliver fascinado: “había construido la escena en mi imaginación a partir de las palabras de David, y posteriormente me la había apropiado considerándola un recuerdo propio”.

La memoria nos traiciona, a veces movida por la fascinación, como en el caso de Sacks, o por la mezcla de recuerdos confusos y lejanos. O en otros casos la memoria funciona como mecanismo de defensa del individuo, por el sentimiento de culpa. “Supuse que los recuerdos que tenía -sobre todo aquellos que eran muy vivos, concretos y circunstanciales- eran esencialmente válidos y fiables, y me quedé de piedra al descubrir que algunos no lo eran”.

Yo soy una persona que se fía mucho de su memoria y al parecer mi cerebro alberga algunos “Gigas” más que la media de la población (“¿pero cómo te puedes acordar de eso?”, como me han dicho mil veces a lo largo de mi vida), así que el capítulo me acojonó un poco porque “asusta pensar que nuestros recuerdos más preciados podrían no haber ocurrido nunca, o podrían haberle ocurrido a otro”. “No existe ningún mecanismo en la mente ni en el cerebro que asegure la verdad, o al menos el carácter verídico, de nuestros recuerdos”. Uf, qué miedo. Tengo recuerdos tan vívidos como si hubieran ocurrido no tanto como ayer, pero sí recientemente, y quizás sucedieron quince o veinte años atrás. O a lo mejor no sucedieron como yo los recuerdo, o quizás ni siquiera sucedieron y fue mi cerebro el que quiso hacerme creer que sucedieron, o que lo hicieron de un modo diferente. Porque también en ocasiones nos interesa creer que actuamos de una manera concreta ante un hecho que vivimos o presenciamos. Que pronunciamos la frase perfecta que saldría de la cabeza privilegiada del mejor guionista, o que no tuvimos una actitud cobarde, o que reaccionamos de manera adecuada y fuimos capaces de controlar una situación delicada. Y a lo mejor la realidad no fue así, pero nos interesa contarla de ese modo y de tanto contárnosla a nosotros mismos hemos terminado por crear el recuerdo. Solo pensarlo me asusta.

Quizás en un futuro próximo exista una tecnología no menos escalofriante para solucionar esas manipulaciones inconscientes de la memoria, como la que muestra el capítulo de la serie Black Mirror (Netflix) titulado The Entire History of You, traducido como Toda tu historia. En el mismo, los protagonistas tienen implantado una especie de disco duro en el cerebro, tras la oreja, en el que se almacena todo lo que ven y escuchan, y con ayuda de otro aparato pueden emitir esos “recuerdos” en una pantalla de televisión. Entrecomillo “recuerdos” porque no son recuerdos, son realidades. Son hechos irrebatibles: la pantalla emite un vídeo de lo que vieron y escucharon, en primer plano y en los secundarios, y los protagonistas podían ampliar el resto de la imagen o escuchar conversaciones de fondo en un bar, porque todo quedaba grabado. Esa posibilidad se convierte en una tortura para un marido celoso o desconfiado, como se verá a medida que avanza la trama. Otro personaje le confiesa que se quitó el dispositivo de la mente y que desde entonces vivía mucho más feliz. ¿Es mejor vivir con el recuerdo que hemos almacenado o revivir los hechos exactamente como ocurrieron, sin matices ni alteraciones?

“Esa película ha envejecido mal”. Habremos escuchado esta frase mil veces. Y resulta absurda porque una película, una sucesión de imágenes plasmadas en celuloide, es materialmente imposible que cambie. Ni un ápice. Somos nosotros los que lo hemos hecho y cuando revisitamos una película años después estamos influidos por el recuerdo que en su día nos causó la misma. De repente vemos con cuarenta o cincuenta años una película que nos maravilló en nuestra adolescencia y decimos que “ha envejecido mal” cuando los que lo hemos hecho, mejor o peor, somos nosotros, y esa frase es el producto de nuestra frustración porque la película no nos ha hecho revivir el recuerdo que teníamos. Me reí muchísimo y ahora no le veo la gracia por ningún lado, o me impresionó tanto que me desveló varios días y ahora me parece una chorrada monumental. La obra es la misma, pero nos decepciona no volver a nuestro recuerdo.

Isabel Allende cuenta en Mi país inventado que cada vez que volvía de visita a su país natal, “debo confrontar el Chile real con la imagen sentimental que he llevado conmigo por veinticinco años. Como he vivido afuera por tan largo tiempo, tiendo a exagerar las virtudes y a olvidar los rasgos desagradables del carácter nacional”. “He armado la idea de mi país como un rompecabezas, seleccionando aquellas piezas que se ajustan a mi diseño e ignorando las demás”. “No pretendo saber cuánto de mi memoria son hechos verdaderos y cuánto he inventado, porque la tarea de trazar la línea entre ambos me sobrepasa”.

Quizás sea un mecanismo de defensa. La maleabilidad de la memoria, la adaptación para poder seguir hacia delante, sin vivir anclado no ya en el recuerdo, sino en una realidad pertinaz. En los Artificios del escritor argentino Jorge Luis Borges hay un relato titulado La forma de la espada en el que el narrador cuenta una historia de traición y delación desde el punto de vista del traicionado, no del traidor. Al final del mismo el narrador confiesa que él era el traidor: había aprendido a vivir y contarlo de ese modo para olvidar el desprecio que sentía por sí mismo. Pero de ese mismo libro, sin duda no podía dejar de hablar de Funes, el memorioso, un relato sobre la hipermnesia del protagonista, una alteración de la memoria que permite a quien lo padece recordar prácticamente todo, no eliminar recuerdos: “Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo”. “Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras”. Ireneo Funes es un pobre joven al que su memoria extrema (y un grave accidente) impiden llevar una vida normal. “Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos”. Pensar es olvidar, por tanto, y seleccionar lo que nos interesa o capta nuestra atención, y por lo que entiendo, el pensamiento también consiste en almacenar recuerdos que nuestro cerebro adapta y sobre los que asienta las nuevas vivencias para crear nuevos recuerdos adaptados.

Este mecanismo del cerebro de adaptación de la realidad lleva a la falibilidad de la memoria de la que habla el neurólogo y puede resultar muy peligroso si, como demostraron algunos experimentos realizados por la psicóloga Elizabeth Loftus, se implantan falsos recuerdos en la memoria de una persona. “Tras el escepticismo inicial y una posterior vacilación, el sujeto puede acabar sintiendo una convicción tan profunda que seguirá insistiendo en la verdad del recuerdo implantado incluso después de que el experimentador confiese que, para empezar, no ocurrió nunca”. Cuando leí este párrafo pensé que era una tragedia para cualquiera de nosotros y una bendición para los manipuladores de voluntades, que los hay. Ya lo creo que los hay.

En Breviario del olvido, el escritor Lewis Hyde nos habla del recuerdo y el olvido, de la recuperación de la memoria y de algo ligado a ella como es la reconciliación y el perdón. El subtítulo del libro es significativo: Apuntes para dejar atrás el pasado. Quizás no sea negativo el tener una mala memoria, sino que la tesis del autor indica que puede ser más bien “una bendición, un bálsamo, un camino hacia la paz”.

(Continuará en Memoria (II): el olvido)

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Cuánto amor en esas cintas

LESTER, 21/02/2021

Grabar una cinta, una cassette de las antiguas, no era una tarea sencilla de las que se podían hacer sin más, sin pensarlo mucho o en un rato suelto. Nada que ver con descargar una serie de canciones durante unas horas en e-Mule, no digamos ya con crear una lista en Spotify. Las fuentes que utilizabas para grabar podían ser un disco de vinilo, otra cinta, si tenías uno de esos equipazos de doble pletina tan de peli del Bronx, o directamente de la radio. Si alguna vez grababas de la radio, te pasabas toda la canción cruzando los dedos para que al locutor no le diera por ponerse a hablar hacia el final de la canción o porque no sonaran las señales horarias en mitad del temazo. Durante años escuché el Wrapped around your finger de The Police con las señales horarias a mitad de la canción y tengo asociada la letra a los pitidos en un momento concreto. De hecho, aun hoy sigo escuchándolos mentalmente cada vez que la ponen en la radio.

Tendré todavía cerca de doscientas cintas en casa, guardadas en cajones de esos que son como los baúles de los recuerdos que todos nos pusimos a ordenar o revisar durante el confinamiento de marzo y abril del año pasado. Mi mujer me sugirió que las tirara, “total, ya no las escuchas”, pero me resistí y logré salirme con la mía. “Si ni siquiera tienes aparato para escucharlas”. ¿Cómo que no? Tengo dos: uno en casa y otro en la oficina, junto al Delorean de Regreso al futuro.

A medida que los soportes digitales se fueron imponiendo, me compré los dos aparatos, sin la esperanza de poner las cintas muchas veces, pero con la seguridad que da saber que el día que quiera rememorar una de esas espectaculares recopilaciones, podré hacerlo. Con sus pitidos horarios, con su corte en mitad de una canción al pasar de la cara A a la B, con un sonido menos limpio que el CD e incluso con el miedo de que alguna cinta se enganche y se estropee para siempre, como me pasó hace un par de años con un fantástico recopilatorio de música de los sesenta, pero podré escucharlas.

En mi memoria, en mis recuerdos, tengo muchas de esas cintas asociadas a los viajes, tanto en coche como en autobús. Cada vez que iba a hacer un viaje largo en coche seleccionaba mis “compañeras” de viaje, las cintas que amenizarían el recorrido en mi Peugeot 205 o en el Citroen BX que tuve después. Ponía la guantera a reventar de cintas y si para eso había que mandar los papeles del coche o el manual al maletero, lo hacía. En cuanto a los viajes en autobús, tenía que hacer una “selección de la selección”, puesto que no podía llevarme una docena en la mochila. Me acompañaba siempre el mítico walkman con unos auriculares cutres o con los que te daban en el propio autobús, y cuatro pilas de reserva por si me quedaba sin música a mitad de trayecto. Sé que los nostálgicos de mi quinta dirán ahora: “ah, y rebobinábamos las cintas con un boli Bic”. Bueno, reconozco que yo lo hice muy pocas veces. Si quería volver al inicio de la cara A de nuevo, no tenía ningún problema en escuchar primero la cara B, que para eso había hecho una selección espectacular de canciones.

Durante el “ordenamiento” de cajones y recuerdos que hicimos en casa durante la pandemia, tiramos muchas cosas: suplementos dominicales de esos que había guardado durante años por algún artículo, revistas de cine, algunos fascículos coleccionables, papeles de todo tipo como declaraciones de la renta de los noventa (ya no vendrás a por mí, ¿no, Hacienda?), informes de anteriores trabajos o chorradas varias de las que te imprimías o mandaban por fax cuando no teníamos un guasap que te peta de memes a diario. Salvé dos grandes grupos de “recuerdos”: las cartas y las cintas. En el fondo, tienen mucho en común. Igual que cuando escribías una carta a tu chica ponías todo el sentimiento en ella, y la pensabas y repensabas veinte veces, grabar una cinta que le ibas a regalar era muy similar. Nick Hornby expresó ese sentimiento a la perfección en la novela Alta Fidelidad, una gozada para los amantes de la música, un libro muy divertido sobre Rob, un tipo que regenta una tienda de discos en Camden Town y se pasa el día hablando de música o pelis con los tarados de sus compañeros de trabajo. Cada vez que a Rob le gusta una chica, le viene una recopilación de canciones a la mente porque en su pensamiento, si una chica te gusta de verdad, lo primero es grabarle una cinta:

“Me pasé una pila de horas grabando aquella cinta. Para mí, grabarle una cinta que le voy a regalar a alguien es como escribirle una carta: hay mucho que borrar, pensar a fondo, a veces empezar de nuevo, y quería que aquella cinta fuese buenísima, porque… con sinceridad, no había conocido a ninguna mujer tan prometedora como Laura desde que empezara a pinchar discos. Una buena cinta de recopilación, igual que una ruptura, es algo dificilísimo de hacer bien. Tienes que empezar con un tema arrasador; tienes que mantener el ánimo del oyente (empecé con Got to get you off my mind, pero me di cuenta de que a lo mejor no pasaba del primer tema de la primera cara, ya que así le iba a dar lo que ella quería sin más preámbulos, y por eso decidí esconder en la mitad de la segunda cara); tienes que subir un puntín, o enfriar un poco el ánimo, y tampoco puedes mezclar música blanca con música negra, ni colocar dos temas del mismo artista en una cara, a menos que lo hagas todo por parejas de canciones, y además… Bueno, hay miles de reglas que cumplir. En cualquier caso, esa cinta me la estuve trabajando a fondo, y aún debo de tener por ahí dos cintas de prueba, dos prototipos que al final, repasándolos, no terminaron de convencerme”.

Lo cierto es que si repaso algunas de mis cintas de aquella época compruebo que no cumplían varias de las reglas de Hornby, porque creo que, como en lo de escribir cartas, cada uno tiene sus propias reglas. En algunas de estas cintas que preparaba para viajes largos, me limitaba a veces a mezclar bandas sonoras de películas o recopilaciones sesenteras, mucho Dire Straits, Bob Dylan, los Beatles o Van Morrison (Brown-eyed girl, mi chica). O casi todos los años esperaba el especial de Carlos Pumares sobre las mejores canciones del siglo XX y me lo grababa casi entero, porque el bueno de Don Carlos sabía que éramos muchos los que lo hacíamos y ponía las canciones enteras, sin cortes, del primer minuto al último. También recuerdo que me grabé algunas cintas “horteras”, como directamente escribía en el canto de las mismas, “Horteradas varias”, porque a veces nada es mejor para un viaje en compañía que ponerte a algún cantante meloso italiano, el Solo Amor de Cadillac, o varios temas de Los Panchos, de esos que no te gustan, pero te sabes de pe a pa.

En esos cajones tengo también varias cintas que me grabó mi chica de entonces, mi mujer desde tiempos inmemoriales, y reconozco que quemaba esas cintas de tanto escucharlas cuando me iba de veraneo con la familia y pasaba semanas sin verla, ¡había mucho amor en esas cintas! En la selección, el orden, escribir las letras a mano en la caja o currarse una portada chula, nada que ver con tostar un CD, copiar un giga de música en un pendrive o lo más impersonal: compartir una cinta en Spotify. Es algo que no solo pensamos Hornby y yo, sino que estoy seguro de que millones de sentimentales apegados a la buena música lo sentimos. Como Quentin Tarantino. En la que para mí es su peor película, Death Proof, las chicas del Mustang amarillo entablan una de esas conversaciones tan tarantinianas sobre cine, música y la vida en general, y Abernathy (Rosario Dawson) dice que su chico le hizo un regalo especial, le grabó una cinta:

  • ¿Que te grabó una cinta? Espera, espera, ¿no te copió un CD? ¿Te grabó una cinta? ¡Qué romántico!

¡Exacto, Quentin! Así es. Todo esto sobre Hornby, el sentimiento que hay detrás de cada grabación, la importancia de la música, el hecho de formar parte de nuestras vidas, la promesa de volver a escucharlas, bla, bla, bla… sirvió para convencer a mi mujer de que no me hiciera tirar todas esas cintas. Logré no tirar ni siquiera esas otras cintas infames que compraba de vez en cuando en gasolineras sobre todo cuando viajaba en coche con algunos amigos y queríamos algo “alternativo” para unas risas: María del Monte, Bakaladisco, Verano Mix y esas cosas. Puro hardcore.

La única regla para esas ocasiones era no comprar la cinta del músico del pueblo, un clásico de todas las gasolineras de este país, junto a Camela, Los Chunguitos o José Ángel. Pero reconozco que me sé entera ¡”a la sombra de los pinos”!

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Nuestro Nobel de Economía

LESTER, 30/01/2021

Tras el post del amiguete Josean sobre las Finanzas Sostenibles y la responsabilidad social la semana pasada, me he acordado de algunos estudios y artículos que leí en su momento sobre la influencia o la interacción entre la economía y algunos de los grandes problemas del mundo, como el cambio climático o la desigualdad. Algunos muy ambiciosos, como el Green New Deal Global del economista y sociólogo Jeremy Rifkin, que habla de una economía totalmente descarbonizada, apoyada en energías renovables y unas infraestructuras verdes, y con un nivel de digitalización global que llevará a importantes cambios en la sociedad. “Ambicioso” porque, aunque se están dando muchos pasos, parece que no se ha avanzado mucho desde que publicó La Tercera Revolución Industrial (The Third Industrial Revolution: How Lateral Power Is Transforming Energy, the Economy, and the World) allá por 2011, hace ya diez años.

El premio Nobel de Economía en 2018 fue a parar a los estadounidenses William D. Nordhaus y a Paul Romer por sus aportaciones en el campo de la innovación, el cambio climático y el crecimiento económico. Nordhaus, profesor de la universidad de Yale, fue el primer economista en crear un modelo cuantitativo que describía la interacción entre la economía y el clima. Transcribo a mi amigo El economista salvaje:

A mediados de los noventa, se convirtió en la primera persona en crear un modelo sobre el cambio climático que incluía la población, cómo se concentra el dióxido de carbono, cómo afecta a la temperatura global, los efectos de respuestas con distintas políticas como el impuesto al carbono y la evolución del daño causado y sus consecuencias negativas para la economía”.

Cada vez que he metido un poco las narices en el cálculo de la huella de carbono o en el mercado de compraventa de derechos de emisión me ha parecido un gazpacho de una enorme complejidad, seguramente intencionada, así que me quedo con algo más cercano, como son los estudios que desarrollaron sus sucesores en el premio de la Academia sueca. En 2019, el Premio Nobel de Economía fue a parar a los economistas Abhijit Banerjee, nacido en Bombay en 1961, Esther Duflo, natural de París, de 1972 y el estadounidense Michael Kremer, de 1964, por sus estudios en busca de una “aproximación experimental al alivio de la pobreza global”. Como indica la nota de la Academia Sueca en la que explica los motivos de su decisión:

“A pesar de la mejora en los estándares de vida, más de 700 millones de personas subsisten con unos ingresos extremadamente bajos. Cada año, unos cinco millones de niños menores de cinco años fallecen por enfermedades que podrían a menudo ser prevenidas o curadas con tratamientos que no son caros. La mitad de los niños del mundo todavía abandona la escuela con unas capacidades básicas de lectura y aritmética”.

Los estudios de estos tres economistas se centraron a lo largo de los años en los efectos de incidir en algún problema concreto, pequeño, en lugar de hacerlo sobre los grandes programas de ayuda para países desfavorecidos. Es lo que se denomina “economía del desarrollo”. Como dijo la propia Esther Duflo en su discurso al recibir el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales en 2015:

“Nuestro objetivo es asegurarnos de que la lucha contra la pobreza está basada en la evidencia científica”.

En términos económicos, sus análisis se centraron en la microeconomía en lugar de estudiar el impacto macroeconómico de las grandes políticas de desarrollo, millonarias ayudas internacionales que lograban muy poco, y comprobaron empíricamente cómo la solución de los pequeños problemas lograba efectos mayores a gran escala. Me vuelve de nuevo a la mente la frase de Eduardo Galeano:

Vuelvo a acudir al blog de mi amigo savage para mencionar algunos de los estudios de este trío de economistas:

Educación: los estudios desarrollados en unas escuelas de Kenia con rendimientos escolares muy pobres sirvieron para demostrar la ineficacia de las medidas que incidían en la pobreza de las familias y de los colegios como principal causa del problema. Dar libros y comida gratis a los alumnos no mejoró en nada el rendimiento. La base del problema estaba en los bajos salarios de los profesores, que se traducían en poca motivación. Al destinar el dinero a incentivar a los profesores, a ofrecer programas a los estudiantes y a ofrecer una atención más personalizada a los alumnos con mayores necesidades, los índices de rendimiento se dispararon. Sus propuestas se han implantado en más de 100.000 escuelas en la India, beneficiando a unos cinco millones de estudiantes.

Sanidad: sus estudios se centraron en analizar las causas de la baja eficacia de los centros de vacunación fija, y detectaron que se debía a que la mayoría de las familias no se desplazaba para vacunar a sus hijos. Además, estos centros fijos eran más caros que los centros de vacunación móviles, así que los economistas plantearon realizar campañas de vacunación directamente en las aldeas, desplazando los equipos y poniendo las vacunas prácticamente en la puerta de las casas de las familias. Con esta medida, la tasa de vacunación se incrementó del 6% al 31%.

Innovación tecnológica: los habitantes de países en desarrollo suelen ser reacios a aplicar nuevas técnicas y sus estudios se centraron de modo especial en la agricultura de países pobres. Comprobaron que los agricultores rechazaban o retrasaban la inversión en fertilizantes, pero más por coste que por desconocimiento, porque no tenían problemas para usarlos cuando se les suministraba directamente en sus aldeas. Los resultados mejoraron de modo espectacular.

Agua limpia: estos tres economistas certificaron a través de diversos modelos que hay pocas inversiones más rentables para los países en desarrollo que la ampliación del acceso a agua potable entre sus habitantes. Que era preferible saltarse la burocracia de muchos países e ir directamente buscando casa por casa a los posibles beneficiarios del suministro de agua limpia y segura, sin necesidad de esperar a programas gubernamentales.

 “Sí, queremos el crecimiento económico y es lo más importante a largo plazo, no hay duda. Pero, mientras tanto, la gente se muere porque no tiene acceso a agua limpia”. 

Las grandes inversiones en infraestructuras para llevar el agua potable a todos los ciudadanos de un país en vías de desarrollo no llegan o avanzan con lentitud, luego la distribución de filtros potabilizadores es capaz de lograr un efecto inmediato de mejora en la calidad de vida de las familias que lo reciben (The Water Van Project). Es evidente que no puede ser una solución definitiva, pero sí una enorme ayuda inmediata para grandes núcleos de población alejados de los centros urbanos. Como saben los asiduos a este blog, en verano de 2019 estuvimos colaborando con Ayuda en Acción y el FEPP en la distribución de filtros en comunidades del valle de Chota Mira (Ecuador). Las depuradoras de agua que vimos en algunas de las comunidades de Ecuador no funcionaban o no evitaban que el agua se contaminara, algo parecido a lo que demostraron los estudios de Michael Kremer en Kenia, así que la solución local, familiar, micro, resultó ser mucho más efectiva.

Por eso, cuando en octubre de ese mismo año concedieron el Nobel de Economía a Banerjee, Duflo y Kremer, sentimos que todos nosotros habíamos ganado también, sin saberlo, un pedazo del (y de) premio.

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De ofendiditos y pollaviejas

LESTER, 17/01/2021

Reconozco que ya no puedo más con tanta tontería. Sí, tontería, necedad o soplapollez. Hace un par de semanas, al inaugurar la primera sesión del Congreso de Estados Unidos, el demócrata Emanuel Cleaver (que no “clever”), encargado de rezar la tradicional oración de apertura, finalizó del siguiente modo:

Amén. O “A-men and a-women”. De verdad que se nos está yendo de las manos. Había escuchado muchas maneras forzadas de hablar y deteriorar el lenguaje, pero aplicar el lenguaje inclusivo a una palabra hebrea ha traspasado la línea del gilipollismo extremo. El problema de fondo es que hay algo más serio detrás de este postureo y es que el partido demócrata quiere hacer una apuesta seria por el lenguaje inclusivo, cambiando palabras como padre, madre, hijo o hija, y sustituirlas por otras de género neutro, no sé muy bien por qué. Todo ello viene recogido en un dictamen (o “dictawomen”) de 45 páginas en el que recogen estas recomendaciones que, no me cabe la menor duda, millones de personas comenzarán a seguir en breve. Aquellos polvos trajeron estos lodos, aquellos a-women trajeron estos “jóvenas”, “miembras” y “portavozas”.

Recuerdo hace ya más de tres décadas cuando comenzaron a llegar las oleadas del modo de hablar “políticamente correcto” de los americanos. El lenguaje inclusivo no es lo mismo que el modo de hablar políticamente correcto, pero pertenece a la misma línea de imposición de un lenguaje impostado con la excusa de no ofender a nadie. No puedes decir negro, ni gordo, ni mendigo, ni inmigrante ilegal. Utiliza mejor las palabras afroamericano, robusto o grueso, sin techo, migrante o indocumentado. Con inválido ha habido varias fases en la evolución: minusválido, deficiente físico, discapacitado o persona con disfunción motora.

Me llama la atención de manera especial la manera de forzar el habla para no usar la palabra “black” ante un movimiento cuyo máximo exponente actual se hace llamar Black Lives Matter, pero es cosa mía, de un hombre blanco hetero y por tanto, mi opinión seguramente no sea válida. En este artículo de 2007 titulado no sin razón Dime qué decir, Javier Marías ya advertía del peligro de ceder ante “esta ola de hipersensibilidad” y convertir la realidad en “un jardín de eufemismos”:

“La pretensión de que todo el mundo hable de una misma manera es incluso una actitud suicida, porque el lenguaje es una vía de información y de datos sobre la otra persona. La tendencia de dulcificar es tramposa, porque siempre habrá una palabra que cambiar”.

Sobre todo esto último: siempre habrá una palabra que cambiar. Los dictadores de lo políticamente correcto y el lenguaje inclusivo son incansables, tienen una antena para buscar un problema donde no lo había y montar un pequeño revuelo para alterar lo ya dicho. El jugador uruguayo del Manchester United Edinson Cavani ha sido sancionado con tres partidos de suspensión y 112.000 euros de multa por el gravísimo delito de finalizar una conversación con un amigo en redes sociales con un “gracias, negrito”. Un amigo despidiendo a otro, con la confianza de una amistad de hace años, sin insultos de por medio, sino con un cariño seguramente mutuo. Como decía al principio, se nos está yendo de las manos.

La semana pasada estuve viendo una versión nueva del clásico de Agatha Christie Diez negritos. Pues bien, la versión es tan moderna que se titulaba Diez soldaditos y por supuesto el poema de los Diez negritos había sido sustituido por los Diez soldaditos, no vaya a ser que se ofenda alguien por una obra escrita en 1939. Es cierto que el original contenía el término despectivo “nigger”, pero ya se han encargado sus descendientes de enmendarle la plana a la autora. El bisnieto de la escritora anunció el verano pasado que la obra pasaría a titularse Eran diez.

Seguro que con este cambio ya ha logrado acabar con el racismo. Como esos colegios estadounidenses que han prohibido La cabaña del tío Tom y Matar a un ruiseñor, o las plataformas que han eliminado Lo que el viento se llevó de su catálogo. Y seguro que el a-women ha enterrado de manera definitiva el machismo del Congreso. La corriente censora avanza implacable. Recientemente se ha planteado el debate sobre si Grease y Pretty Woman se deberían prohibir por sexistas. La primera provocó una controversia en el Reino Unido, mientras que la segunda fue cuestionada por Beatriz Gimeno, directora del Instituto de la Mujer del gobierno de España. Si abrimos la veda no van a quedar ni las películas Disney. Y además, ¿la solución es la censura?

Según Carlos Rodríguez Braun, autor del Diccionario políticamente incorrecto (2004), “es un reflejo de la hipocresía de vivir en un mundo más libre” en el que paradójicamente vivimos menos libres a la hora de expresar nuestras ideas: “El poder político ha llegado a controlar cómo hablamos”. Elvira Lindo afirma que esta tendencia que comenzó en Estados Unidos desvirtuó totalmente su objetivo y “los colectivos que luchaban por sus derechos se convirtieron en grupos de presión que fiscalizaban el lenguaje y el pensamiento. En España, si bien es deseable cierta corrección porque nuestras maneras pueden ser groseras, sería un desastre para el ejercicio de la libertad de expresión que eso cundiera. No conduce a nada, no mejora la vida de quienes se pretende defender”. Esas maneras groseras son muy limitadas, así a botepronto se me ocurren los términos “judiada”, “perro judío”, “gitanada” o frases como “no me seas gitano”. Hace cinco años el pueblo burgalés de Castrillo de Matajudíos votó mayoritariamente por cambiar su nombre por el de Castrillo Mota de Judíos. Bueno, ellos sabrán. La mayoría vio antisemitismo donde no lo había y decidió cambiar un nombre de más de diez siglos de historia que hacía referencia a una arboleda, una mata, poblada por judíos en el siglo X. Pero el dinero negro no tiene connotaciones racistas, ni hacer una lista negra o un libro blanco, aunque habrá quien así lo considere. Aunque pueda parecer coña, en Estados Unidos ya están desde hace tiempo en esos niveles de modificación del lenguaje, como con la palabra “blackmail”, chantaje.

Sinceramente creo que el problema no está en los que utilizan determinado lenguaje, sino en los “ofendiditos” que en todo encuentran una agresión. Y que son muy plastas y ruidosos. El presentador de la televisión británica en la que se emitió Grease, Piers Morgan, zanjó el debate de una manera que no gustó a muchos espectadores, pero con la que coincido: “Lo que deberíamos censurar es a esos malditos idiotas que quieren censurarla”. Arturo Pérez-Reverte dijo que “vivimos entre montones de inquisiciones. Nunca he sentido mi libertad personal tan amenazada como estos últimos diez años”. “La estupidez es mala compañera de viaje de la libertad”. Es cierto, yo creo que a todos nos pasa cada vez con más frecuencia. Cuando decimos o escribimos algo nos ponemos cortapisas para que otros no piensen tal o cual de nosotros, o tenemos cuidado para no parecer lo que no somos, puesto que al negarnos a utilizar determinado lenguaje (que es el socialmente aceptado) ya estamos transmitiendo una idea acerca de nuestro pensamiento. Un buen amigo mío, de izquierdas, me reconoció hace tiempo que le cabreaba muchísimo que todas estas imposiciones falsamente morales hayan venido de los que se hacen llamar progresistas, que ese “puritanismo espantoso” (palabra de Don Arturo) sorprendentemente no haya venido del ala más conservadora, sino de los que teóricamente presumen de ser más abiertos de mente.

El lenguaje inclusivo o el lenguaje políticamente correcto debería ser una opción para el que la quiera utilizar, jamás una imposición. Por suerte, la Real Academia de la Lengua Española no ha cedido de momento a ese puritanismo inquisitorial y en redes sociales se ha mostrado muy atinada cuando alguien ha querido llevarla al límite de lo absurdo:

El problema es que desde hace tiempo se pretende que el lenguaje inclusivo no sea opcional, sino de obligado cumplimiento. Tiene mucho de George Orwell y la neolengua, de cómo el uso de las palabras o la prohibición de otros términos altera el modo de construir el pensamiento. Ya existen consultoras especializadas dando cursos en las empresas sobre este asunto, con criterios de SuperPop, de revista de adolescentes, si se me permite decirlo. Desde hace un tiempo, cuando recibo correos electrónicos de compañeros que utilizan el lenguaje inclusivo, hago como ese profesor de universidad que dejaba a sus alumnos que lo emplearan, pero si lo hacían tenían que usarlo de modo correcto y en todas las frases, porque en caso contrario, esa frase no puntuaría. Si hay confianza, corrijo o bromeo con estos compañeros:

  • Si dices “Estimados tod@s”, deberías poner “estimad@s tod@s”.
  • ¿Se pronuncia “estimadarrobas todarrobas”?
  • “Bienvenidos todos y todas”, como leí hace poco en una de estas reuniones por Teams. En un chat interno durante esa misma reunión planteé el minidebate: ¿no debería ser “bienvenidas todas y bienvenidos todos”? ¿O es que nos dan la bienvenida solo a nosotros?
  • Si has empezado con el todos y todas, no puedes decir solo “aquellos compañeros que…”, ya estás obligado a seguir. Y también los adjetivos. ¿Que es un coñazo? Perdón, que coñazo es sexista, ¿rollazo?
  • No, no, no. No es “aquellos compañeros y compañeras que escojan…”, tendrás que decir “aquellos compañeros y aquellas compañeras” y el adjetivo posterior si está referido a ellos y a ellas, también.

Con lo que no puedo es con la x para ese neutro falso, como en “todxs”, “compañerxs” o “amigxs”. Una vez leí un correo en una reunión con seis personas y dije intencionadamente “queridksss compañerksss”. Lo reconozco, forcé un poco la k y la ese, pero cuando me preguntaron que por qué hacía eso, respondí que esa era la pronunciación correcta de la equis en español. Algunos se rieron más que otros y una chica me dijo que a los que nos negábamos a usar el lenguaje inclusivo se nos llamaba ahora “pollaviejas”. Hombre, he cumplido 50 palos hace unos meses, así que soy un pollo algo viejo, pero buscando el término “pollavieja” me he encontrado debates curiosos en Internet. Por supuesto, en esos debates Javier Marías, Arturo Pérez-Reverte o el noventa por ciento de los académicos de la lengua (y yo mismo si fuera alguien) somos “pollaviejas”. Y en ese concepto, con sinónimos como “heteruzo” o “señoro” se mete todo, hasta ideología política.

Siento si mi manera de hablar o escribir molesta a alguien, de verdad que intento evitarlo, pero a veces pienso que el problema no está en el modo de hablar, sino en el de escuchar y encontrar agravios en cada palabra. Y si aun así he molestado a alguien, lo siento, me da mucha pena. O la sienta y mucho pene.

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El año que nos encerramos cautelosamente

El año que vivimos peligrosamente es una película de Peter Weir de 1982 ambientada en las revueltas de Indonesia a mediados de los sesenta. Inicialmente me pareció un buen título para definir lo que había sido 2020, pero una vez que analizas que todo lo que tenías que hacer era confinarte, reducir tu actividad al mínimo y no hacer nada me pareció que quedaba un tanto exagerado. De ahí el título escogido.

Un año como el que acaba de terminar no podía hacerlo de una manera más adecuada que como lo ha hecho: mal, penoso, lamentable. No lo digo por el vestido de la Pedroche, no. Ni lo digo solo por “regalarnos” una de esas sobreactuaciones a las que Nacho Cano nos tiene acostumbrados (ahí queda su particular intervención en el homenaje a Miguel Ángel Blanco), sino sobre todo por una nueva polémica y división acerca de la bandera de España en la Puerta del Sol: el artículo de Ignacio Escolar, los insultos habituales en redes sociales, Televisión Española tapando la bandera con medio metro de flores,… en fin, la polarización de la sociedad una vez más y la manipulación de todo desde los medios y la clase política. Que una bandera de 1785 utilizada durante siglos (también por la Primera República) sea “un problema” tan grande me hace pensar que estamos perdidos como sociedad.

Como dice la letra de la canción de Nacho Cano, en este momento del año “hacemos el balance de lo bueno y malo”, aunque sea un par de días después y no “cinco minutos antes de la cuenta atrás”, y de eso va este primer post del año, o último de 2020, según se mire. Si vamos a las cifras de este blog de los Cuatro amiguetes y unas jarras (aunque cada vez haya menos jarras que tomar con amigos), el número de lectores se ha triplicado en comparación con el año 2019, que ya había sido el mejor de largo, algo tan espectacular como sorprendente. 60 artículos en total publicados en este blog, 15 en otros medios, más otros 23 firmados de manera apócrifa en sitios inconfesables, y la edición de Aguafiestas en un año muy completo. Solo en este blog hemos llegado a las 70.000 lecturas, pero si añadimos las de LinkedIn, La Galerna y Planeta Fútbol seguramente hayamos superado los 100.000 lectores en todo el año, congrats! Y gracias a todos por el interés.

Esas son las estadísticas, que pueden decir mucho o no contar nada, pero de lo que hoy se trata es de hablar de las tendencias que han marcado el año, de qué temas se han ocupado los cuatro amiguetes en estos doce meses en los que nuestro modo de vida saltó por los aires. Y el comentario sobre el vestido de la Pedroche o la bandera solo eran excusas para comentar uno de los temas que más nos preocupan y que ya estaban en el primer post del año (Despropósitos de Año Nuevo): la polarización de la sociedad. Cristina Pedroche es una mujer “empoderada” o “cosificada” en ese nuevo lenguaje, según pertenezcas a un bando o al otro (y ya me preocupa hablar de bandos), en ese discurso de rojos y fachas que todo lo contamina, no digamos la bandera. La utilización partidista de todas las herramientas al alcance de la clase política ha servido para desunir aún más a una población sorprendida por la pandemia que necesitaba la unión de esfuerzos y la coordinación de administraciones, y su actuación ha vuelto a poner de manifiesto que no están a la altura de los ciudadanos, que en su mayor parte han tenido un comportamiento ejemplar, solidario y responsable. Las cicatrices del coronavirus necesitarán años para cerrarse.

El Amiguete Josean ha dedicado buena parte del año y de sus esfuerzos a explicar las reformas fiscales que se anunciaron a principios de año (Las grandes corporaciones son malas, un tema complejo que dio para dos partes) y todos los cambios legislativos que se implementaron con el estado de alarma (Y todo en un mes), con mucha precipitación y rectificaciones constantes que no trajeron los resultados deseados. A veces hay que fiarse más de criterios técnicos que ideológicos cuando se van a tratar determinados asuntos, como los Presupuestos Generales del Estado, que pecan de una serie de errores, como ingresos erróneamente calculados y gastos infravalorados. El peaje también de tener que contar con algunos socios que no son los mejores compañeros de paseo (Sí se puede. No se podía, pero ahora ya sí se puede). No quería dejar el tema de la ideología en cuestiones de dinero público, porque uno de los textos más celebrados de este blog es aquel sobre el estudio del impacto de género en un túnel. Sí, con un par: La M-30 es machista.

El Amiguete completó su año con los capítulos VI y VII del libro no publicado Grandes errores de las escuelas de negocios (ahí lo dejo por si algún editor se siente interesado por la idea), en esta ocasión dedicada al modo de confeccionar presupuestos en una empresa. La esquizofrenia del CFO es la que le anima a escribir este tipo de artículos, así como un relato casi verídico sobre una visita a declarar en los juzgados (Con Animal en el juzgado).

La Covid-19 lo ha impregnado todo este año, también los temas recurrentes en este blog: el deporte, el cine, algún viaje o voluntariado, los maratones,… El Amiguete Lester se ha quedado sin correr un maratón por primera vez desde 2003, así que este año no hemos tenido crónica maratoniana desde algún lugar lejano (o cercano, pues tenía inscripción para Madrid en abril). Pero nos ha contado el placer de correr por el placer de correr, cuando no hay un plan exigente de entrenamientos detrás, y sobre todo, cuando has estado casi dos meses encerrado en tu casa sin salir. El placer de salir a la calle y trotar al aire libre, algo que creíamos que no nos faltaría nunca y en este 2020 desapareció de nuestras vidas como tantas otras cosas. Lester reconoció haber estado (casi) feliz en casa disfrutando con la familia y el tiempo en común, incorporando nuevas aficiones, y el “casi” sería completo de no ser por todo ese sufrimiento cercano que a todos nos ha llegado de un modo u otro. Cae la felicidad en los índices que miden estas cosas intangibles y el relato El oso gris nos trasladó a un futuro cercano que podría ser aún peor que este año de aislamiento y distancia social que hemos vivido. Otro relato extraño, Espectros sobre la pared, y una primera incursión en la poesía, Volverán las malditas mascarillas, completan el año de Lester.

El cine no ha escapado a la pandemia, y el cierre de las salas, así como el bajo nivel de los estrenos, ha llevado al Amiguete Travis a refugiarse en temas atemporales, como si es mejor el libro o la peli, en una larga conversación con Reggie que se alargó en dos partes muy interesantes por las aportaciones de ese gran fichaje del blog. La ausencia de estrenos hizo que Travis repasara algún clásico, como en Mi cita anual con Ben-Hur, se equivocara en los Óscar de Parasite, tratara las manías de algunos directores (Los cigarrillos Red Apple y el Imperio Austro-húngaro) y el modo que tiene Hollywood de tratar la figura de sus presidentes, ya sean ficticios o reales. El confinamiento también dejó huella en algunos posts, como en Ensayos de un futuro distópico, sobre el modo de tratar este tipo de catástrofes en el cine, o en la peli surrealista que podría escribirse juntando una buena colección de pelis que aparecieron en los reordenamientos de casas que todos hicimos durante el encierro. Un año tan raro como 2020 ha visto los estrenos de dos de los directores más exitosos e interesantes del panorama actual: Christopher Nolan y David Fincher. Ambos pasaron por el análisis de Travis, tanto Nolan con Tenet, en la parte del elogio (sin spoilers) y en la crítica furibunda (destripando el argumento), como Fincher con su visión de la escritura del guion de Ciudadano Kane en Mank (Citizen Mank, Ciudadano Fincher). Un formato que se va a repetir a buen seguro es el de destripar una novela gráfica o cómic y posteriormente su versión cinematográfica. Este año ha sido el de Watchmen, la novela gráfica y la versión de Zach Snyder. En 2021 toca V de Vendetta.

En cuanto a Barney y sus diatribas futboleras, 2020 ha sido un año en el que el deporte no ha escapado a la drástica alteración que ha supuesto la pandemia para todo nuestro mundo conocido. La Liga se suspendió durante tres meses, la NBA se disputó en agosto, Roland Garros en octubre, nos quedamos sin Juegos Olímpicos ni Eurocopa de fútbol, en fin, todo muy raro. El mejor resumen de Barney lo podréis encontrar en La Galerna, en modo Carta a un 2020 muy, muy perro.

En este blog comenzamos con la Supercopa y las nulas críticas al Cholo y acabamos con el primer relato de Barney, Lituriaga, ambientado en el Torneo de Navidad de baloncesto allá por los ochenta. Entre medias hubo tiempo para hablar de esta temporada tan extraña (Déjà vu de la 2016-17), la vergonzosa exigencia de algunos acerca de la Liga inconclusa (La solución belga, el sueño húmedo culé), los incomprensibles olvidos o la desmemoria de la prensa (La mano no era de Dios) y el triunfo final de los de Zidane en el campeonato. El parón en la competición sirvió para encontrar los lazos en común entre los Tauro del 70 (André Agassi, Luis Enrique y Simeone) o para hablar de las derrotas más dolorosas, las que nos siguen revolviendo el estómago tanto tiempo después. El blog dedicó cinco extensos artículos a la vuelta de la NBA y la victoria de los Lakers con el mejor especialista de la materia en España (aquí, guiño): Barney Jr. La muerte de Maradona sirvió como excusa para hablar de los mejores de todos los tiempos en varios deportes y por último, Barney no pudo evitar su tradicional crítica a la penosa prensa deportiva de este país.

Ha sido un año productivo, sin duda. Es lo que tiene pasar tanto tiempo encerrados. El blog ha cumplido seis años y goza de muy buena salud. Los ingresos generados (muy bajos de momento, por “el odio a monetizar”) han servido para apoyar una serie de proyectos solidarios en Perú (con Gam-Tepeyac) y de Ayuda en Acción de apoyo a familias desfavorecidas por la Covid. Como resumen de lo que han sido estos seis años cada Amiguete agrupó su centenar de textos en un recopilatorio que sirve de índice para lectores recientes:

Muy orgullosos de lo logrado, cómo no. Este blog solo busca entretener y aportar información, y lo que no va a descuidarse en ningún momento es el lado humano. El título del documental estrenado recientemente sobre las personas que han estado en la guerra cruenta contra el virus (y sobre los que lo han padecido) me sirve para hablar de la mayor enseñanza que nos deja 2020, aunque haya sido arrojándonosla a la cara: olvídate de egoísmos, preocúpate del que tienes al lado, deja de lamentarte de gilipolleces, quiere a tu familia, llama a tus amigos,… Esta situación la revertiremos entre todos, y cuanto más unidos estemos y menos divididos, como empezaba este artículo, será mucho mejor. Más sencillo, más efectivo. La mitad de las lecturas de este año aciago han sido para un texto que hablaba de todo esto y de reconciliación, de las lecciones de vida que nos dejaron nuestros padres, los más castigados por el virus: Aplauso a una generación de héroes. Muy grandes, a ver si aprendemos.

¡Feliz 2021, amigos!

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El lado humano

Cuando empezamos a escuchar sobre este p… virus que ha marcado todo el año 2020 y que probablemente seguirá influyendo en nuestro modo de vida durante los próximos meses e incluso años, me llamó la atención lo rápido que sus consecuencias se convirtieron en un simple dato, una estadística: tantos contagios diarios, tantos ingresos hospitalarios, no-sé-cuántos fallecidos. Cada día desde hace meses, los telediarios arrancan con la misma letanía: contagios, ingresos, muertos,… primero nacionales, luego por provincias, a continuación mirando hacia otros países, no sé si por solidaridad o para convencer al espectador de que “aquí no lo hemos hecho tan mal”. Desde que empezó esta tragedia me llamó la atención la deshumanización de las cifras y me vino a la cabeza aquella frase desgraciadamente certera que dice que:

“La muerte de un hombre es una tragedia.

La muerte de un millón es solo una estadística”.

En estos tiempos de pandemia he sabido que esa frase la pronunció (o al menos se le atribuye) el dictador soviético Josef Stalin, y me estremece pensar que las cifras nos hayan hecho alcanzar esa inmunidad ante la tragedia de la que se jactaba este dirigente, tristemente famoso por las purgas entre los ciudadanos de su nación.

El domingo pasado, 20 de diciembre, se estrenó en el cine Capitol un documental con el mismo título de este post, El lado humano, escrito y dirigido por Carlos Caraglia. El título no puede ser más acertado, puesto que trata de acercar la cámara, el objetivo, el foco, a aquellos sitios que se nos negaron durante los meses iniciales de la pandemia y el confinamiento general al que se sometió (a) la población, pero sobre todo nos trae al primer plano a los protagonistas, a las personas que sufrieron el maldito coronavirus y a los que lo combatieron.

El documental comienza con el proceso (terriblemente complicado) de mover a un paciente de Covid para una placa de rayos. Ocho personas entre enfermeros y celadores para una prueba a un hombre cercano a los sesenta años, un hombre que ni siquiera sobrevivió las siguientes veinticuatro horas. Sin montajes, sin necesidad de elementos que reforzaran lo dramático de la situación, el documental simplemente muestra las imágenes con toda su crudeza. Claro que son duras, como lo son las de cualquier UCI, pero prefiero la crudeza de la realidad a la desinformación que hubo durante las primeras semanas, aquellas semanas de caos y shock emocional en las que tras las frías estadísticas, trescientos muertos, seiscientos muertos, dos mil nuevos contagios, nos contaban de manera algo ñoña cómo entretener a nuestros hijos o cómo ponernos en forma durante el confinamiento. Eché en falta más información sobre lo que estaba ocurriendo en los hospitales, sobre los dramas de las salas de urgencias, el trabajo de los profesionales y el sufrimiento de los pacientes y sus familias. El lado humano de la tragedia, pero también el lado humano de todos aquellos que combatieron y siguen combatiendo el virus.

Por la cámara del documental de Carlos Caraglia van desfilando médicos, enfermeros, policías nacionales y municipales, bomberos, los militares de la Unidad de Emergencias (UME), el SUMMA,… Todos ellos se muestran muy profesionales, hablan con seguridad de su trabajo y de las funciones que desarrollaron durante esos días, de cómo su experiencia o las instrucciones les llevaban a proceder de un modo u otro. Hablan con seguridad… hasta que les tocaban “su lado humano”, su experiencia personal, sus sentimientos. Son varios los grandes profesionales que aparecen ante la cámara que se derrumban al abandonar la mera explicación profesional para hablar de su lado emocional, de cómo afrontaron esta lucha, de la cercanía a los pacientes o de los sentimientos encontrados al regresar a sus casas con sus familias. La directora del Hospital Puerta de Hierro, un neumólogo del que no recuerdo el nombre, un médico del Hospital Nuestra Señora de América de nombre José Luis Moreno,… todos ellos liberan su estrés ante la cámara.

El documental trata de tocar todos los aspectos de la lucha contra la pandemia, cómo surgió un movimiento espontáneo de ayuda o cómo cada uno en su empresa o en su casa trató de poner su granito de arena para superar la crisis: los abastecimientos de los supermercados y el refuerzo de la seguridad en el proceso (Dia), una autoescuela que prestó sus autobuses para el traslado de pacientes entre hospitales (Autoescuela Lara) o el movimiento Maker, que ya existe desde hace años, pero que durante las primeras semanas se volcó en fabricar mascarillas y elementos de protección cuando aquí no había nada de eso o lo que llegaba era defectuoso.

Y como no podía ser de otro modo, El lado humano habla de las víctimas, de los pacientes que sobrevivieron, de los que no lo lograron y de sus familias. Poniendo cara a la tragedia, evitando convertirlo en una estadística. Llevamos un número de fallecidos solo en España que se mueve entre los 49.824 oficiales de hoy y los más de 70.000 que calcula el INE. Una estadística, sí, pero más de 70.000 tragedias, una y otra, y otra… En el documental nos muestran el momento en que una mujer y su hija son informadas del fallecimiento del marido y padre de ambas, de cómo reciben sus objetos personales en una bolsa de basura sin ni siquiera poder ver al familiar, como ha ocurrido en casi todos los casos, dejando un vacío enorme. Cada una de esas familias lleva un vacío que será imposible de cubrir: el hecho de no poder despedirse del padre, madre, marido o hermano, pero también el vacío de la soledad, la falta de consuelo de los más cercanos, la ausencia de duelo. Todos tenemos amigos que han perdido a un familiar y todos ellos coinciden en la tristeza de ese momento, en la soledad que les acompaña en todo el proceso, en la ausencia de aliento o de un abrazo de los familiares y amigos. Un vacío enorme, un múltiplo muy grande de 70.000 vacíos enormes que quedarán para siempre.

Afortunadamente, el documental también nos muestra El lado humano de los que vencieron al virus, de los que no dejaron de luchar y salieron adelante, y de sus familiares. Como mis padres, que aparecen contando en primera persona y desde el hospital lo que fueron aquellos días: el sufrimiento de mi padre, que estuvo ochenta larguísimos días en la UCI, y el de mi madre, que también pasó el virus sin necesidad de ingreso, pero que padeció el no menos terrible virus de la soledad y la angustia. Menudos lagrimones se nos escaparon a todos en el cine, el llanto de recordar lo que fueron aquellos días, pero también las lágrimas de alegría al ver el triunfo sobre la enfermedad. Este virus no ataca solo el físico de las personas, destruye también lo anímico, lo emocional, las ganas de luchar y seguir adelante. El virus desaparece, pero sus secuelas quedan en los pulmones y en la moral de los que lo han sufrido. Por eso me parecen tan bonitas las palabras de mi madre y el abrazo que por fin puede darle a mi padre para, a su lado, y ya con todos nosotros, seguir día a día mejorando y dejando atrás aquellos momentos. Y la progresión es lenta, pero firme.

Gracias a todos los profesionales que les trataron, gracias a todas esas personas que aparecen en el documental y a las que no lo hacen pero que igualmente lo dieron todo en todas partes por atender a la población, gracias a Carlos por su esfuerzo para contar en pantalla todas estas historias que había que contar. El documental termina con los aplausos de los balcones y con un minuto de silencio sobre una ciudad paralizada, sin gente en las calles. Hace bien en no tratar el asunto desde una perspectiva política, muy bien, porque esto va precisamente de mostrar “el lado humano” de la tragedia, y algunos comportamientos… intentando sacar provecho de la situación… en fin, hoy no toca hablar de esto.

“Ojalá El lado humano se pueda ver en alguna plataforma o televisión en breve. Es necesario. Estas historias, así como muchas otras de tantas y tantas familias, de tantos y tantos profesionales y voluntarios entregados, no deben caer en el olvido”. Así terminaba este post hace casi tres meses, pero la novedad es que por fin el documental está disponible en la plataforma Filmin, que lo pone a disposición del público sin necesidad de hacerse socio (basta con el alquiler como en un videoclub). Aquí dejo el enlace.

Ha pasado ya un año de aquellos días terribles y aun hoy me parece mentira lo que estábamos viviendo entonces. Mi padre sigue en su proceso de lenta recuperación, con los pulmones muy afectados. Pero sigue, junto a mi madre. Muy grandes.

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Volverán las malditas mascarillas

LESTER, 22/11/2020

Hace más de seis años que estamos dando la lata en este blog y a lo largo de todo este tiempo los cuatro amiguetes se han atrevido con todo tipo de textos: opinión, crítica cinematográfica, relatos, crónicas deportivas y maratonianas, ensayo, incluso algún guion o esbozo de guion, versiones políticamente correctas de las letras de Siniestro Total,… pero nunca, nunca, ninguno de los cuatro amiguetes se ha atrevido con la poesía.

Y desde luego no seré yo quien lo haga, pues no estoy nada dotado para la misma, no ya para escribirla, sino para leerla e interpretarla correctamente. Tengo amigos que escriben poesía y cada vez que me piden opinión sobre alguno de sus textos lo paso fatal. Les reconozco la belleza del lenguaje, de las palabras empleadas, pero también mi incapacidad para entrar en el significado, en los sentimientos que plasman con (me consta) denodado esfuerzo.

Esta semana hemos sabido que se otorga el premio Cervantes de 2020 al poeta valenciano Francisco Brines. Sucede en el palmarés a otros dos poetas: la uruguaya Ida Vitale en 2018 y el catalán Joan Margarit en 2019. Parece que la poesía está de moda o, al menos, de plena actualidad en estos tiempos en los que solo escuchamos hablar de virus, pandemias y vacunas. El premio Nobel de Literatura de 2020 se ha otorgado a la poeta estadounidense Louise Glück, luego parece que entre los críticos, entre los que deciden este tipo de galardones, se ha optado por la poesía para que no quede relegada al olvido en una sociedad atacada por problemas más mundanos. Cada vez que se decide uno de estos premios me cabreo conmigo mismo, no por no haber leído nada del premiado, sino sobre todo cuando ni siquiera he oído hablar de ellos en mi vida, como ocurre con los cuatro nombres que acabo de mencionar.

He leído algunos artículos sobre el señor Brines y me han gustado varias de las ideas que dejaba: la poesía es un refugio siempre. Cuando el hombre padece pandemias, en particular la poesía se encuentra con lo mejor, con lo más atractivo del otro. Lo que yo intento, cuando la escribo, es llegar al otro. Se cumple la comunicación”.

“Con la poesía he tratado de tantear respuestas, clarificar oscuras emociones y, así, ir tratando de ver con mayor nitidez, con mayor claridad, las oscuridades que nos acompañan en la vida. La poesía tantea las sombras para encontrar un poco de luz”.

Es precisamente esa búsqueda de la luz en este mundo de pandemias la que inconscientemente llevó a mi personaje de El oso gris a refugiarse en la poesía: “Al fin y al cabo, ya nadie lee poesía”. Y es por esa misma razón por la que me voy a atrever con la poesía y dejar aquí cuatro versos mal hechos. Ya he justificado previamente mi absoluta carencia de talento, así que haré como las únicas veces en mi vida que he osado adentrarme en este género: fusilar y parodiar a los más grandes. Sí, amigos, Érase un hombre a un móvil pegado fue mi particular homenaje a Quevedo, mientras que en Con cien cojones por banda compuse una crónica juvenil de un gran triunfo futbolero que revolvería a Espronceda en su tumba. Espero que ambos poemas perpetrados hace tiempo no salgan nunca a la luz. Hoy toca destrozar a los clásicos y crear una especie de Poemario de la pandemia, por aquello que decía Francisco Brines de mantener el contacto con la realidad.

Vamos con el primero, Don Gustavo Adolfo Bécquer:

De la época del colegio recuerdo algunos poemas que me interesaron, algunos que incluso soy capaz de recitar, como algunos versos de Segismundo en La vida es sueño o el inicio de la Oda a la vida retirada, de Fray Luis de León. Por cierto, los primeros días del confinamiento tuvieron mucho de ambos títulos. De esa misma época colegial recuerdo las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique, una obra que habla del tiempo y la fugacidad de la vida. Aquí me he atrevido a “covidizar” las cuatro primeras:

Podría seguir destrozando clásicos, pero creo que por hoy ya me he generado suficientes enemigos, así que finalizo con uno de mis preferidos, el que hace el número XX de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda.

Pero la verdad es que no me apetece destrozar a Neruda. Podría intentarlo, como he hecho con Bécquer y Manrique, pero lo cierto es que no me apetece, ya hemos pasado de todo este año y ha habido mucho sufrimiento.

No quiero escribir los versos más tristes esta noche. No quiero escribir, por ejemplo: “la crisis ha estallado y tiritan, tiesos, los autónomos, nada lejos”.

Eso de “pensar que no la tengo, sentir que la he perdido” me recuerda a muchas familias y no pienso pervertir ese sentimiento con chanzas como las precedentes. “Mi corazón la busca y ella no está conmigo”… no quiero ni pensar en las familias que han perdido a un ser querido de la noche a la mañana. Hace poco leí que “las mascarillas nos han robado las sonrisas” y es cierto. Cae la felicidad, ganan la tristeza, la angustia y la crispación. Menos mal que hay personas que sonríen con la mirada, gente a la que las malditas mascarillas del título no le han borrado la alegría de la cara.

En Bolivia me encontré con un grupo que garabateaba versos en las paredes. De todo tipo, buenos, malos, divertidos, románticos,… Se denominaba Acción Poética Bolivia y no se me ocurre mejor modo de terminar este post que con una de sus frases:

Como todos los lectores asiduos de este blog sabéis, si queréis colaborar por una buena causa a través de una ONG contrastada, es posible hacerlo mediante microdonaciones en este enlace: Ayuda en Acción/colabora

Cae la felicidad

LESTER, 15/10/2020

Esta semana escuché en la radio que España había bajado nueve puestos en el ranking mundial de la felicidad, lo que nos situaba en el puesto 30º de la lista. La verdad es que cuando escuché la noticia me sorprendí por varios motivos y me hice una serie de preguntas:

  • ¿Tanto hemos caído? ¿Nueve puestos en un solo año?
  • ¿Solo estamos en el puesto trigésimo del mundo o de los países que entran en este tipo de mediciones?
  • ¿Cómo se mide la felicidad?

Respecto a la primera pregunta, si tuviéramos en cuenta este maldito año 2020 (que no sé si está considerado en la encuesta), es entendible que hayamos caído nueve puestos. Es más, incluso me parecen pocos. La Covid-19 ha traído mucha tristeza a la sociedad, muchas familias que han perdido a sus padres, hermanos, amigos y que no han tenido la posibilidad de despedirse de ellos. El vacío que ha dejado en miles de personas difícilmente se llenará en algún momento. Pero los efectos de la terrible pandemia no son exclusivos de España, así que ese descenso de la felicidad solo podría entenderse si hubiera sido una tragedia que sucediera únicamente en nuestro país. Entonces, (supongo que) entran en juego otros factores, como la incertidumbre generada por las informaciones contradictorias, la desastrosa gestión de unos y de otros, y la pelea barriobajera de la clase política por sacar réditos electorales o por hundir al adversario. Lamentable. Quizás lo que haga diferente a España respecto a otros países (“Spain is different!”) haya sido el aumento de la crispación. De la polarización de la sociedad. De la intolerancia.

En cuanto a la segunda pregunta, sorprende que seamos el trigésimo país del mundo en felicidad, sea lo que sea eso, cuando ocupamos el puesto 13º en términos de PIB, vivimos en un país avanzado, con un clima fantástico, con la segunda mayor esperanza de vida del mundo, sin grandes desigualdades sociales, con tantas y tantas cosas buenas que nos cuesta reconocer en este país cainita. Pero es que la felicidad no tiene nada que ver con el PIB. Estados Unidos, por ejemplo, es la primera potencia mundial, pero solo ocupa el 18º puesto del ranking de la felicidad. Los primeros en la estadística, como casi siempre en estos casos, son los países nórdicos:

Lo que nos lleva ineludiblemente a la tercera pregunta: ¿qué es o cómo se mide la felicidad? Ni idea, así de claro lo digo. En el texto en el que más me acerqué a esta cuestión, En busca de la tranquilidad, opté por sustituir la palabra felicidad por tranquilidad. Tranquilidad económica, bienestar emocional, satisfacción personal y salud. Ante todo, salud.

Pero para las Naciones Unidas, un concepto tan subjetivo como este sí es medible y por esa razón desde 2012 se publica el Informe Global de la Felicidad. En este Informe, que se publica todos los años el Día Internacional de la Felicidad, el 20 de marzo, España aparece en el puesto 28º. Veremos dentro de un año en qué puesto nos situamos, con todo lo ocurrido desde entonces. Lo que se valora en este informe son seis parámetros:

  • PIB per cápita.
  • Apoyo social
  • Esperanza de vida saludable
  • Libertad para tomar decisiones vitales
  • Generosidad
  • Percepción de la corrupción

La riqueza del país y el bienestar económico de su población son importantes, pero distan mucho de proporcionar la felicidad. El mito o la leyenda urbana entre el pobre feliz y el ricachón eternamente insatisfecho me vienen a la mente. La sonrisa de un niño en un país repleto de carencias.

Para el Informe de Naciones Unidas resulta más relevante la confianza en una sociedad igualitaria, solidaria o que apoya al desfavorecido o a uno mismo en caso de necesitarlo, que esa riqueza económica que, además, puede estar muy mal repartida. La corrupción, no solo de las administraciones públicas, sino también de los particulares, o la sensación de vivir en una sociedad plenamente libre son posiblemente más importantes para obtener una percepción más cercana a la felicidad, pero en el fondo no dejan de ser opiniones subjetivas. En un vistazo rápido al listado de países advierto que varias monarquías figuran en el top-ten, o que no hay países musulmanes en los primeros puestos. Son hechos, no opiniones, aunque me parece evidente que una sociedad musulmana, con represión religiosa en tantos aspectos de la vida cotidiana y con distintos derechos entre hombres y mujeres, es una sociedad menos feliz.

En casi todos los factores comentados influyen las políticas de los gobernantes de los países: la libertad económica, pero también ideológica, la capacidad de generar riqueza y de mejorar los servicios sociales, que a su vez influirán en la esperanza de vida, la inexistencia de conflictos civiles o raciales, o del tipo que sean, la confianza en los dirigentes y a su vez en la sociedad o la familia como soporte del individuo. Lo que me lleva a otro aspecto interesante, que es el por qué todas las políticas públicas se centran en el incremento del PIB casi en exclusiva y no en la mejora de otros indicadores, ya sea el Índice de Desarrollo Humano, el Índice de Progreso Social o el mencionado Índice de la Felicidad. En el artículo La dictadura del PIB, de Marco Schwartz, se recuerda cómo los premios Nobel de Economía Joseph Stiglitz y Amartya Sen realizaron un informe tras la crisis financiera de 2008 en el que, “sin invalidar el criterio del PIB”, se buscara un indicador estadístico que “se centre más en la medición del bienestar de la población que en la medición de la producción económica”. Quizás sea demasiado subjetivo o sus recomendaciones pecaran de inconcretas, lo desconozco, pero me parece un concepto interesante.

Otro país como Bután abandonó hace años el medidor del PIB como motor de sus políticas económicas para reemplazarlo por la Felicidad Nacional Bruta (2008). El sistema se basa en complejas encuestas realizadas a la población, un sistema que ha dado el inverosímil resultado de considerar a Bután “el país más feliz del mundo”. Inverosímil por cuanto se trata de un país pobre en lo económico, pero además con altas tasas de analfabetismo, trabajo infantil y desigualdades. Para los curiosos, Bután no aparece en el Informe de Naciones Unidas de 2020 y figuraba en el puesto 93º en 2019.

Todo lo que he comentado hasta este punto me lleva ineludiblemente a la consideración que tenemos cada uno de la felicidad. Yo discrepo profundamente con el ranking de Naciones Unidas. Discrepo con el hecho de estar por debajo de Arabia Saudí, por ejemplo. Ni de coña. O con los altos indicadores sobre los países nórdicos en contraste con el puesto tan bajo de España. Aunque los nórdicos han mejorado notablemente la tasa de suicidios, siguen teniendo un clima poco benigno, con muchas menos horas de sol que nosotros, razón por la cual son tantos los habitantes del norte de Europa que ansían jubilarse o pasar largas temporadas en nuestro país. Me juego parte de mi felicidad en ciernes por el pensamiento que pasa por la cabeza de ese jubileta sueco en Benidorm: “Calidad de vida”. Y añado otra razón más: el precio de la cerveza en España, la tercera o cuarta parte que en Dinamarca o Finlandia (Están locos estos finlandeses). Y desde luego hay que considerar las cañas con los amigos entre los indicadores de felicidad nacional de cualquier nación que se precie.

Decía Ortega y Gasset que la felicidad no es lo mismo que el placer. Totalmente de acuerdo, el placer es un momento puntual, efímero. La felicidad es un estado de ánimo, posiblemente también puntual y efímero, pero que provoca una sensación más duradera y plena. En el relato que escribí y publiqué recientemente, El oso gris, hay placer, pero totalmente disociado de la felicidad. Más bien al contrario, que era lo que buscaba el relato.

Para el filósofo español, la felicidad dependía precisamente del tiempo que le dedicábamos a aquello que nos satisface y nos agrada. “Si nos preguntamos en qué consiste ese estado ideal de espíritu denominado felicidad, hallamos fácilmente una primera respuesta: la felicidad consiste en encontrar algo que nos satisfaga completamente”. O más concretamente:

“Felicidad es la vida dedicada a ocupaciones para las cuales cada hombre tiene singular vocación”.

Y ahí entramos en el terreno pantanoso de cuál es la vocación de cada uno o qué le satisface en lo personal. Hace tiempo escuché a Juan Luis Arsuaga en una conferencia que para él la felicidad está ligada al aprendizaje, que mientras aprendes algo nuevo eres feliz, y que el día que no aprendes nada es cuando realmente envejeces. Pero en sus estudios antropológicos que se remontan al hombre prehistórico, la felicidad solo entraba en juego cuando las necesidades básicas elementales estaban cubiertas.

Si nos ponemos en plan budista, diremos que “no hay un camino a la felicidad, sino que la felicidad es el camino”. Lo que nos lleva a John Lennon, que nos animaba a disfrutar de ese camino cuando nos decía que “la vida es aquello que te va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes”. Bertrand Russell, premio Nobel de Literatura y autor de La conquista de la felicidad, ligaba la obtención de la misma al amor, pero el amor como herramienta para dejar a un lado el ego, superar la vanidad y alcanzar esa felicidad con otra persona.

En fin, yo sí que no tengo ni idea de qué es la felicidad, aunque creo saber cuáles son las cosas que para mí hacen que la vida valga la pena. Y desde luego tengo muy claro lo que no es, lo opuesto: crispación. Enfrentamientos. Mal rollo. Lo unimos al miedo, la angustia, las privaciones de ver a la familia, a los amigos, de viajar, de jugar al fútbol con los colegas, la pérdida del puesto de trabajo, las penurias económicas… Me parece poco que solo hayamos bajado nueve puestos en el último año.

Que seáis felices, cada uno con lo que le satisfaga.

Este próximo sábado, 17 de octubre, se celebra el Día Internacional de la erradicación de la pobreza. El Objetivo de Desarrollo Sostenible número 1 es precisamente eso. Comparto la reflexión de Ayuda en Acción al respecto en este enlace.

Odio monetizar

Monetizar

15/08/2020

Hay muchas palabras del lenguaje forzado de las aplicaciones y las nuevas tecnologías que me producen cierta rabia, o urticaria por qué no decirlo, como customizar, gamificación  o esmartizar, pero una de las que más odio es, sin duda, “monetizar”. Suena rara, suena fea, me recuerda al Tío Gilito contando las monedas en su depósito/piscina.

Como suelo hacer con muchas de las palabras que nos meten entre ceja y ceja a fuerza de repetirlas en los medios y las redes sociales, busco su existencia y significado en la RAE, y compruebo que “monetizar” existe, si bien sin el uso que se le suele dar:

Monetizar 1

La otra fuente de consultas que suelo utilizar es la Fundéu, la Fundación del Español Urgente, asesorada por la propia Real Academia Española. Y en este caso, nos indica que la palabra de marras amplía su significado para incorporar el que se le viene dando en las nuevas tecnologías y las páginas web: “convertir un activo en dinero”. Rentabilizar u obtener dinero de una web, una app, un blog, un contenido en principio gratuito y disponible.

Monetizar 2

Si Facebook, Google, Whatsapp o la mayoría de aplicaciones son gratuitas porque no pagamos nada en principio por su uso es porque han sabido “monetizar” sus contenidos de otras maneras, normalmente por la vía de la publicidad directa, la venta de datos o los contenidos Premium.

Hoy cumple seis años este blog. Seis, lo repetimos con satisfacción. El proyecto nació con la idea de durar un año y en función de las circunstancias (y del seguimiento de los lectores) decidir si proseguía año a año o lo cerrábamos con la satisfacción de haber disfrutado del tiempo empleado. Las cifras de lecturas han crecido de manera constante a lo largo de todos estos años (los seis primeros meses de 2020 han sido brutales, equivalentes a los dieciocho meses anteriores), así que podemos decir sin pudor que el blog de los “Cuatro amiguetes y unas jarras” pasa por su mejor momento.

Desde el primer momento, desde la Declaración de Intenciones del blog, los cuatro amiguetes tuvieron claro que el blog sería gratuito y sin publicidad, pero la publicidad se nos ha colado (por desgracia). Así que vamos a darle un nuevo giro al blog y aprovechar el potencial que tiene para “monetizar” sus contenidos sin molestar al lector. Eso sí, y una vez más queda constancia de ello, todo lo que se obtenga de esa “monetización”, como en las anteriores ocasiones, tendrá un destino solidario, un apoyo concreto a algún proyecto de una ONG.

Porque lo que sí hemos visto con este blog es el potencial que tiene para dar a conocer proyectos maravillosos y/o sacar adelante grandes iniciativas de otros con las que echar un cable (pequeño, pero un cable) donde podía hacer falta. Para los recién incorporados al mismo, les resumo algunas de las actividades realizadas en estos años:

1. Pabellón azul: estos días se cumplen tres años del inicio de las obras de reforma en el Pabellón Azul del Hogar Teresa de los Andes, en Bolivia, que culminamos entre todos con éxito. Agradezco de nuevo a todos aquellos que colaborasteis con vuestra gota de agua.

2. Campaña de crowdfunding para la distribución de filtros potabilizadores en el valle del Chota (Ecuador). Una gran idea de cuatro jóvenes en la que pudimos participar con la obtención de fondos, la difusión y la propia distribución en terreno. Magnífico proyecto que los voluntarios plasmamos en el libro Aguafiestas.

3. Las colaboraciones para La Galerna por las que el Amiguete Barney ha percibido algún tipo de remuneración se han destinado a dos proyectos de ONG españolas: uno de Ayuda en Acción de apoyo a las familias que más sufren las consecuencias de la Covid-19, y otro de GAM-Tepeyac para el proyecto Oxígeno para vivir en Chanchamayo (Perú), que os animo a conocer.

La publicidad en el blog incomoda, pero lo mucho o poco que se obtenga con la misma, ¡lo que se monetice!, irá destinado a algún proyecto solidario, del mismo modo que al final de cada post vamos a incluir un enlace para una microdonación de carácter voluntario para todo aquel que quiera colaborar. Me gustó la idea de Ayuda en Acción de su campaña #PeleaConLoQueTienes, porque aquí lo que tenemos es una plataforma estupenda para dar a conocer pequeños proyectos solidarios, de gente entregada.

La idea es que si uno de cada diez lectores de este blog dona un euro (que irá directamente a la web de las ONG sin correr el peligro de convertirse en cervezas de los cuatro amiguetes)… con ese importe se puede hacer mucho en muchos lugares. El Amiguete Lester ha dado buena cuenta de ello. La idea de la gota de agua es potente. Hablamos de entre seis y ocho mil euros anuales, si solo uno de cada diez lectores se anima a colaborar.

Muchas gracias por seguir leyendo esta página. Renovamos un año más.