De ofendiditos y pollaviejas

LESTER, 17/01/2021

Reconozco que ya no puedo más con tanta tontería. Sí, tontería, necedad o soplapollez. Hace un par de semanas, al inaugurar la primera sesión del Congreso de Estados Unidos, el demócrata Emanuel Cleaver (que no “clever”), encargado de rezar la tradicional oración de apertura, finalizó del siguiente modo:

Amén. O “A-men and a-women”. De verdad que se nos está yendo de las manos. Había escuchado muchas maneras forzadas de hablar y deteriorar el lenguaje, pero aplicar el lenguaje inclusivo a una palabra hebrea ha traspasado la línea del gilipollismo extremo. El problema de fondo es que hay algo más serio detrás de este postureo y es que el partido demócrata quiere hacer una apuesta seria por el lenguaje inclusivo, cambiando palabras como padre, madre, hijo o hija, y sustituirlas por otras de género neutro, no sé muy bien por qué. Todo ello viene recogido en un dictamen (o “dictawomen”) de 45 páginas en el que recogen estas recomendaciones que, no me cabe la menor duda, millones de personas comenzarán a seguir en breve. Aquellos polvos trajeron estos lodos, aquellos a-women trajeron estos “jóvenas”, “miembras” y “portavozas”.

Recuerdo hace ya más de tres décadas cuando comenzaron a llegar las oleadas del modo de hablar “políticamente correcto” de los americanos. El lenguaje inclusivo no es lo mismo que el modo de hablar políticamente correcto, pero pertenece a la misma línea de imposición de un lenguaje impostado con la excusa de no ofender a nadie. No puedes decir negro, ni gordo, ni mendigo, ni inmigrante ilegal. Utiliza mejor las palabras afroamericano, robusto o grueso, sin techo, migrante o indocumentado. Con inválido ha habido varias fases en la evolución: minusválido, deficiente físico, discapacitado o persona con disfunción motora.

Me llama la atención de manera especial la manera de forzar el habla para no usar la palabra “black” ante un movimiento cuyo máximo exponente actual se hace llamar Black Lives Matter, pero es cosa mía, de un hombre blanco hetero y por tanto, mi opinión seguramente no sea válida. En este artículo de 2007 titulado no sin razón Dime qué decir, Javier Marías ya advertía del peligro de ceder ante “esta ola de hipersensibilidad” y convertir la realidad en “un jardín de eufemismos”:

“La pretensión de que todo el mundo hable de una misma manera es incluso una actitud suicida, porque el lenguaje es una vía de información y de datos sobre la otra persona. La tendencia de dulcificar es tramposa, porque siempre habrá una palabra que cambiar”.

Sobre todo esto último: siempre habrá una palabra que cambiar. Los dictadores de lo políticamente correcto y el lenguaje inclusivo son incansables, tienen una antena para buscar un problema donde no lo había y montar un pequeño revuelo para alterar lo ya dicho. El jugador uruguayo del Manchester United Edinson Cavani ha sido sancionado con tres partidos de suspensión y 112.000 euros de multa por el gravísimo delito de finalizar una conversación con un amigo en redes sociales con un “gracias, negrito”. Un amigo despidiendo a otro, con la confianza de una amistad de hace años, sin insultos de por medio, sino con un cariño seguramente mutuo. Como decía al principio, se nos está yendo de las manos.

La semana pasada estuve viendo una versión nueva del clásico de Agatha Christie Diez negritos. Pues bien, la versión es tan moderna que se titulaba Diez soldaditos y por supuesto el poema de los Diez negritos había sido sustituido por los Diez soldaditos, no vaya a ser que se ofenda alguien por una obra escrita en 1939. Es cierto que el original contenía el término despectivo “nigger”, pero ya se han encargado sus descendientes de enmendarle la plana a la autora. El bisnieto de la escritora anunció el verano pasado que la obra pasaría a titularse Eran diez.

Seguro que con este cambio ya ha logrado acabar con el racismo. Como esos colegios estadounidenses que han prohibido La cabaña del tío Tom y Matar a un ruiseñor, o las plataformas que han eliminado Lo que el viento se llevó de su catálogo. Y seguro que el a-women ha enterrado de manera definitiva el machismo del Congreso. La corriente censora avanza implacable. Recientemente se ha planteado el debate sobre si Grease y Pretty Woman se deberían prohibir por sexistas. La primera provocó una controversia en el Reino Unido, mientras que la segunda fue cuestionada por Beatriz Gimeno, directora del Instituto de la Mujer del gobierno de España. Si abrimos la veda no van a quedar ni las películas Disney. Y además, ¿la solución es la censura?

Según Carlos Rodríguez Braun, autor del Diccionario políticamente incorrecto (2004), “es un reflejo de la hipocresía de vivir en un mundo más libre” en el que paradójicamente vivimos menos libres a la hora de expresar nuestras ideas: “El poder político ha llegado a controlar cómo hablamos”. Elvira Lindo afirma que esta tendencia que comenzó en Estados Unidos desvirtuó totalmente su objetivo y “los colectivos que luchaban por sus derechos se convirtieron en grupos de presión que fiscalizaban el lenguaje y el pensamiento. En España, si bien es deseable cierta corrección porque nuestras maneras pueden ser groseras, sería un desastre para el ejercicio de la libertad de expresión que eso cundiera. No conduce a nada, no mejora la vida de quienes se pretende defender”. Esas maneras groseras son muy limitadas, así a botepronto se me ocurren los términos “judiada”, “perro judío”, “gitanada” o frases como “no me seas gitano”. Hace cinco años el pueblo burgalés de Castrillo de Matajudíos votó mayoritariamente por cambiar su nombre por el de Castrillo Mota de Judíos. Bueno, ellos sabrán. La mayoría vio antisemitismo donde no lo había y decidió cambiar un nombre de más de diez siglos de historia que hacía referencia a una arboleda, una mata, poblada por judíos en el siglo X. Pero el dinero negro no tiene connotaciones racistas, ni hacer una lista negra o un libro blanco, aunque habrá quien así lo considere. Aunque pueda parecer coña, en Estados Unidos ya están desde hace tiempo en esos niveles de modificación del lenguaje, como con la palabra “blackmail”, chantaje.

Sinceramente creo que el problema no está en los que utilizan determinado lenguaje, sino en los “ofendiditos” que en todo encuentran una agresión. Y que son muy plastas y ruidosos. El presentador de la televisión británica en la que se emitió Grease, Piers Morgan, zanjó el debate de una manera que no gustó a muchos espectadores, pero con la que coincido: “Lo que deberíamos censurar es a esos malditos idiotas que quieren censurarla”. Arturo Pérez-Reverte dijo que “vivimos entre montones de inquisiciones. Nunca he sentido mi libertad personal tan amenazada como estos últimos diez años”. “La estupidez es mala compañera de viaje de la libertad”. Es cierto, yo creo que a todos nos pasa cada vez con más frecuencia. Cuando decimos o escribimos algo nos ponemos cortapisas para que otros no piensen tal o cual de nosotros, o tenemos cuidado para no parecer lo que no somos, puesto que al negarnos a utilizar determinado lenguaje (que es el socialmente aceptado) ya estamos transmitiendo una idea acerca de nuestro pensamiento. Un buen amigo mío, de izquierdas, me reconoció hace tiempo que le cabreaba muchísimo que todas estas imposiciones falsamente morales hayan venido de los que se hacen llamar progresistas, que ese “puritanismo espantoso” (palabra de Don Arturo) sorprendentemente no haya venido del ala más conservadora, sino de los que teóricamente presumen de ser más abiertos de mente.

El lenguaje inclusivo o el lenguaje políticamente correcto debería ser una opción para el que la quiera utilizar, jamás una imposición. Por suerte, la Real Academia de la Lengua Española no ha cedido de momento a ese puritanismo inquisitorial y en redes sociales se ha mostrado muy atinada cuando alguien ha querido llevarla al límite de lo absurdo:

El problema es que desde hace tiempo se pretende que el lenguaje inclusivo no sea opcional, sino de obligado cumplimiento. Tiene mucho de George Orwell y la neolengua, de cómo el uso de las palabras o la prohibición de otros términos altera el modo de construir el pensamiento. Ya existen consultoras especializadas dando cursos en las empresas sobre este asunto, con criterios de SuperPop, de revista de adolescentes, si se me permite decirlo. Desde hace un tiempo, cuando recibo correos electrónicos de compañeros que utilizan el lenguaje inclusivo, hago como ese profesor de universidad que dejaba a sus alumnos que lo emplearan, pero si lo hacían tenían que usarlo de modo correcto y en todas las frases, porque en caso contrario, esa frase no puntuaría. Si hay confianza, corrijo o bromeo con estos compañeros:

  • Si dices “Estimados tod@s”, deberías poner “estimad@s tod@s”.
  • ¿Se pronuncia “estimadarrobas todarrobas”?
  • “Bienvenidos todos y todas”, como leí hace poco en una de estas reuniones por Teams. En un chat interno durante esa misma reunión planteé el minidebate: ¿no debería ser “bienvenidas todas y bienvenidos todos”? ¿O es que nos dan la bienvenida solo a nosotros?
  • Si has empezado con el todos y todas, no puedes decir solo “aquellos compañeros que…”, ya estás obligado a seguir. Y también los adjetivos. ¿Que es un coñazo? Perdón, que coñazo es sexista, ¿rollazo?
  • No, no, no. No es “aquellos compañeros y compañeras que escojan…”, tendrás que decir “aquellos compañeros y aquellas compañeras” y el adjetivo posterior si está referido a ellos y a ellas, también.

Con lo que no puedo es con la x para ese neutro falso, como en “todxs”, “compañerxs” o “amigxs”. Una vez leí un correo en una reunión con seis personas y dije intencionadamente “queridksss compañerksss”. Lo reconozco, forcé un poco la k y la ese, pero cuando me preguntaron que por qué hacía eso, respondí que esa era la pronunciación correcta de la equis en español. Algunos se rieron más que otros y una chica me dijo que a los que nos negábamos a usar el lenguaje inclusivo se nos llamaba ahora “pollaviejas”. Hombre, he cumplido 50 palos hace unos meses, así que soy un pollo algo viejo, pero buscando el término “pollavieja” me he encontrado debates curiosos en Internet. Por supuesto, en esos debates Javier Marías, Arturo Pérez-Reverte o el noventa por ciento de los académicos de la lengua (y yo mismo si fuera alguien) somos “pollaviejas”. Y en ese concepto, con sinónimos como “heteruzo” o “señoro” se mete todo, hasta ideología política.

Siento si mi manera de hablar o escribir molesta a alguien, de verdad que intento evitarlo, pero a veces pienso que el problema no está en el modo de hablar, sino en el de escuchar y encontrar agravios en cada palabra. Y si aun así he molestado a alguien, lo siento, me da mucha pena. O la sienta y mucho pene.

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El año que nos encerramos cautelosamente

El año que vivimos peligrosamente es una película de Peter Weir de 1982 ambientada en las revueltas de Indonesia a mediados de los sesenta. Inicialmente me pareció un buen título para definir lo que había sido 2020, pero una vez que analizas que todo lo que tenías que hacer era confinarte, reducir tu actividad al mínimo y no hacer nada me pareció que quedaba un tanto exagerado. De ahí el título escogido.

Un año como el que acaba de terminar no podía hacerlo de una manera más adecuada que como lo ha hecho: mal, penoso, lamentable. No lo digo por el vestido de la Pedroche, no. Ni lo digo solo por “regalarnos” una de esas sobreactuaciones a las que Nacho Cano nos tiene acostumbrados (ahí queda su particular intervención en el homenaje a Miguel Ángel Blanco), sino sobre todo por una nueva polémica y división acerca de la bandera de España en la Puerta del Sol: el artículo de Ignacio Escolar, los insultos habituales en redes sociales, Televisión Española tapando la bandera con medio metro de flores,… en fin, la polarización de la sociedad una vez más y la manipulación de todo desde los medios y la clase política. Que una bandera de 1785 utilizada durante siglos (también por la Primera República) sea “un problema” tan grande me hace pensar que estamos perdidos como sociedad.

Como dice la letra de la canción de Nacho Cano, en este momento del año “hacemos el balance de lo bueno y malo”, aunque sea un par de días después y no “cinco minutos antes de la cuenta atrás”, y de eso va este primer post del año, o último de 2020, según se mire. Si vamos a las cifras de este blog de los Cuatro amiguetes y unas jarras (aunque cada vez haya menos jarras que tomar con amigos), el número de lectores se ha triplicado en comparación con el año 2019, que ya había sido el mejor de largo, algo tan espectacular como sorprendente. 60 artículos en total publicados en este blog, 15 en otros medios, más otros 23 firmados de manera apócrifa en sitios inconfesables, y la edición de Aguafiestas en un año muy completo. Solo en este blog hemos llegado a las 70.000 lecturas, pero si añadimos las de LinkedIn, La Galerna y Planeta Fútbol seguramente hayamos superado los 100.000 lectores en todo el año, congrats! Y gracias a todos por el interés.

Esas son las estadísticas, que pueden decir mucho o no contar nada, pero de lo que hoy se trata es de hablar de las tendencias que han marcado el año, de qué temas se han ocupado los cuatro amiguetes en estos doce meses en los que nuestro modo de vida saltó por los aires. Y el comentario sobre el vestido de la Pedroche o la bandera solo eran excusas para comentar uno de los temas que más nos preocupan y que ya estaban en el primer post del año (Despropósitos de Año Nuevo): la polarización de la sociedad. Cristina Pedroche es una mujer “empoderada” o “cosificada” en ese nuevo lenguaje, según pertenezcas a un bando o al otro (y ya me preocupa hablar de bandos), en ese discurso de rojos y fachas que todo lo contamina, no digamos la bandera. La utilización partidista de todas las herramientas al alcance de la clase política ha servido para desunir aún más a una población sorprendida por la pandemia que necesitaba la unión de esfuerzos y la coordinación de administraciones, y su actuación ha vuelto a poner de manifiesto que no están a la altura de los ciudadanos, que en su mayor parte han tenido un comportamiento ejemplar, solidario y responsable. Las cicatrices del coronavirus necesitarán años para cerrarse.

El Amiguete Josean ha dedicado buena parte del año y de sus esfuerzos a explicar las reformas fiscales que se anunciaron a principios de año (Las grandes corporaciones son malas, un tema complejo que dio para dos partes) y todos los cambios legislativos que se implementaron con el estado de alarma (Y todo en un mes), con mucha precipitación y rectificaciones constantes que no trajeron los resultados deseados. A veces hay que fiarse más de criterios técnicos que ideológicos cuando se van a tratar determinados asuntos, como los Presupuestos Generales del Estado, que pecan de una serie de errores, como ingresos erróneamente calculados y gastos infravalorados. El peaje también de tener que contar con algunos socios que no son los mejores compañeros de paseo (Sí se puede. No se podía, pero ahora ya sí se puede). No quería dejar el tema de la ideología en cuestiones de dinero público, porque uno de los textos más celebrados de este blog es aquel sobre el estudio del impacto de género en un túnel. Sí, con un par: La M-30 es machista.

El Amiguete completó su año con los capítulos VI y VII del libro no publicado Grandes errores de las escuelas de negocios (ahí lo dejo por si algún editor se siente interesado por la idea), en esta ocasión dedicada al modo de confeccionar presupuestos en una empresa. La esquizofrenia del CFO es la que le anima a escribir este tipo de artículos, así como un relato casi verídico sobre una visita a declarar en los juzgados (Con Animal en el juzgado).

La Covid-19 lo ha impregnado todo este año, también los temas recurrentes en este blog: el deporte, el cine, algún viaje o voluntariado, los maratones,… El Amiguete Lester se ha quedado sin correr un maratón por primera vez desde 2003, así que este año no hemos tenido crónica maratoniana desde algún lugar lejano (o cercano, pues tenía inscripción para Madrid en abril). Pero nos ha contado el placer de correr por el placer de correr, cuando no hay un plan exigente de entrenamientos detrás, y sobre todo, cuando has estado casi dos meses encerrado en tu casa sin salir. El placer de salir a la calle y trotar al aire libre, algo que creíamos que no nos faltaría nunca y en este 2020 desapareció de nuestras vidas como tantas otras cosas. Lester reconoció haber estado (casi) feliz en casa disfrutando con la familia y el tiempo en común, incorporando nuevas aficiones, y el “casi” sería completo de no ser por todo ese sufrimiento cercano que a todos nos ha llegado de un modo u otro. Cae la felicidad en los índices que miden estas cosas intangibles y el relato El oso gris nos trasladó a un futuro cercano que podría ser aún peor que este año de aislamiento y distancia social que hemos vivido. Otro relato extraño, Espectros sobre la pared, y una primera incursión en la poesía, Volverán las malditas mascarillas, completan el año de Lester.

El cine no ha escapado a la pandemia, y el cierre de las salas, así como el bajo nivel de los estrenos, ha llevado al Amiguete Travis a refugiarse en temas atemporales, como si es mejor el libro o la peli, en una larga conversación con Reggie que se alargó en dos partes muy interesantes por las aportaciones de ese gran fichaje del blog. La ausencia de estrenos hizo que Travis repasara algún clásico, como en Mi cita anual con Ben-Hur, se equivocara en los Óscar de Parasite, tratara las manías de algunos directores (Los cigarrillos Red Apple y el Imperio Austro-húngaro) y el modo que tiene Hollywood de tratar la figura de sus presidentes, ya sean ficticios o reales. El confinamiento también dejó huella en algunos posts, como en Ensayos de un futuro distópico, sobre el modo de tratar este tipo de catástrofes en el cine, o en la peli surrealista que podría escribirse juntando una buena colección de pelis que aparecieron en los reordenamientos de casas que todos hicimos durante el encierro. Un año tan raro como 2020 ha visto los estrenos de dos de los directores más exitosos e interesantes del panorama actual: Christopher Nolan y David Fincher. Ambos pasaron por el análisis de Travis, tanto Nolan con Tenet, en la parte del elogio (sin spoilers) y en la crítica furibunda (destripando el argumento), como Fincher con su visión de la escritura del guion de Ciudadano Kane en Mank (Citizen Mank, Ciudadano Fincher). Un formato que se va a repetir a buen seguro es el de destripar una novela gráfica o cómic y posteriormente su versión cinematográfica. Este año ha sido el de Watchmen, la novela gráfica y la versión de Zach Snyder. En 2021 toca V de Vendetta.

En cuanto a Barney y sus diatribas futboleras, 2020 ha sido un año en el que el deporte no ha escapado a la drástica alteración que ha supuesto la pandemia para todo nuestro mundo conocido. La Liga se suspendió durante tres meses, la NBA se disputó en agosto, Roland Garros en octubre, nos quedamos sin Juegos Olímpicos ni Eurocopa de fútbol, en fin, todo muy raro. El mejor resumen de Barney lo podréis encontrar en La Galerna, en modo Carta a un 2020 muy, muy perro.

En este blog comenzamos con la Supercopa y las nulas críticas al Cholo y acabamos con el primer relato de Barney, Lituriaga, ambientado en el Torneo de Navidad de baloncesto allá por los ochenta. Entre medias hubo tiempo para hablar de esta temporada tan extraña (Déjà vu de la 2016-17), la vergonzosa exigencia de algunos acerca de la Liga inconclusa (La solución belga, el sueño húmedo culé), los incomprensibles olvidos o la desmemoria de la prensa (La mano no era de Dios) y el triunfo final de los de Zidane en el campeonato. El parón en la competición sirvió para encontrar los lazos en común entre los Tauro del 70 (André Agassi, Luis Enrique y Simeone) o para hablar de las derrotas más dolorosas, las que nos siguen revolviendo el estómago tanto tiempo después. El blog dedicó cinco extensos artículos a la vuelta de la NBA y la victoria de los Lakers con el mejor especialista de la materia en España (aquí, guiño): Barney Jr. La muerte de Maradona sirvió como excusa para hablar de los mejores de todos los tiempos en varios deportes y por último, Barney no pudo evitar su tradicional crítica a la penosa prensa deportiva de este país.

Ha sido un año productivo, sin duda. Es lo que tiene pasar tanto tiempo encerrados. El blog ha cumplido seis años y goza de muy buena salud. Los ingresos generados (muy bajos de momento, por “el odio a monetizar”) han servido para apoyar una serie de proyectos solidarios en Perú (con Gam-Tepeyac) y de Ayuda en Acción de apoyo a familias desfavorecidas por la Covid. Como resumen de lo que han sido estos seis años cada Amiguete agrupó su centenar de textos en un recopilatorio que sirve de índice para lectores recientes:

Muy orgullosos de lo logrado, cómo no. Este blog solo busca entretener y aportar información, y lo que no va a descuidarse en ningún momento es el lado humano. El título del documental estrenado recientemente sobre las personas que han estado en la guerra cruenta contra el virus (y sobre los que lo han padecido) me sirve para hablar de la mayor enseñanza que nos deja 2020, aunque haya sido arrojándonosla a la cara: olvídate de egoísmos, preocúpate del que tienes al lado, deja de lamentarte de gilipolleces, quiere a tu familia, llama a tus amigos,… Esta situación la revertiremos entre todos, y cuanto más unidos estemos y menos divididos, como empezaba este artículo, será mucho mejor. Más sencillo, más efectivo. La mitad de las lecturas de este año aciago han sido para un texto que hablaba de todo esto y de reconciliación, de las lecciones de vida que nos dejaron nuestros padres, los más castigados por el virus: Aplauso a una generación de héroes. Muy grandes, a ver si aprendemos.

¡Feliz 2021, amigos!

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El lado humano

Cuando empezamos a escuchar sobre este p… virus que ha marcado todo el año 2020 y que probablemente seguirá influyendo en nuestro modo de vida durante los próximos meses e incluso años, me llamó la atención lo rápido que sus consecuencias se convirtieron en un simple dato, una estadística: tantos contagios diarios, tantos ingresos hospitalarios, no-sé-cuántos fallecidos. Cada día desde hace meses, los telediarios arrancan con la misma letanía: contagios, ingresos, muertos,… primero nacionales, luego por provincias, a continuación mirando hacia otros países, no sé si por solidaridad o para convencer al espectador de que “aquí no lo hemos hecho tan mal”. Desde que empezó esta tragedia me llamó la atención la deshumanización de las cifras y me vino a la cabeza aquella frase desgraciadamente certera que dice que:

“La muerte de un hombre es una tragedia.

La muerte de un millón es solo una estadística”.

En estos tiempos de pandemia he sabido que esa frase la pronunció (o al menos se le atribuye) el dictador soviético Josef Stalin, y me estremece pensar que las cifras nos hayan hecho alcanzar esa inmunidad ante la tragedia de la que se jactaba este dirigente, tristemente famoso por las purgas entre los ciudadanos de su nación.

El domingo pasado, 20 de diciembre, se estrenó en el cine Capitol un documental con el mismo título de este post, El lado humano, escrito y dirigido por Carlos Caraglia. El título no puede ser más acertado, puesto que trata de acercar la cámara, el objetivo, el foco, a aquellos sitios que se nos negaron durante los meses iniciales de la pandemia y el confinamiento general al que se sometió (a) la población, pero sobre todo nos trae al primer plano a los protagonistas, a las personas que sufrieron el maldito coronavirus y a los que lo combatieron.

El documental comienza con el proceso (terriblemente complicado) de mover a un paciente de Covid para una placa de rayos. Ocho personas entre enfermeros y celadores para una prueba a un hombre cercano a los sesenta años, un hombre que ni siquiera sobrevivió las siguientes veinticuatro horas. Sin montajes, sin necesidad de elementos que reforzaran lo dramático de la situación, el documental simplemente muestra las imágenes con toda su crudeza. Claro que son duras, como lo son las de cualquier UCI, pero prefiero la crudeza de la realidad a la desinformación que hubo durante las primeras semanas, aquellas semanas de caos y shock emocional en las que tras las frías estadísticas, trescientos muertos, seiscientos muertos, dos mil nuevos contagios, nos contaban de manera algo ñoña cómo entretener a nuestros hijos o cómo ponernos en forma durante el confinamiento. Eché en falta más información sobre lo que estaba ocurriendo en los hospitales, sobre los dramas de las salas de urgencias, el trabajo de los profesionales y el sufrimiento de los pacientes y sus familias. El lado humano de la tragedia, pero también el lado humano de todos aquellos que combatieron y siguen combatiendo el virus.

Por la cámara del documental de Carlos Caraglia van desfilando médicos, enfermeros, policías nacionales y municipales, bomberos, los militares de la Unidad de Emergencias (UME), el SUMMA,… Todos ellos se muestran muy profesionales, hablan con seguridad de su trabajo y de las funciones que desarrollaron durante esos días, de cómo su experiencia o las instrucciones les llevaban a proceder de un modo u otro. Hablan con seguridad… hasta que les tocaban “su lado humano”, su experiencia personal, sus sentimientos. Son varios los grandes profesionales que aparecen ante la cámara que se derrumban al abandonar la mera explicación profesional para hablar de su lado emocional, de cómo afrontaron esta lucha, de la cercanía a los pacientes o de los sentimientos encontrados al regresar a sus casas con sus familias. La directora del Hospital Puerta de Hierro, un neumólogo del que no recuerdo el nombre, un médico del Hospital Nuestra Señora de América de nombre José Luis Moreno,… todos ellos liberan su estrés ante la cámara.

El documental trata de tocar todos los aspectos de la lucha contra la pandemia, cómo surgió un movimiento espontáneo de ayuda o cómo cada uno en su empresa o en su casa trató de poner su granito de arena para superar la crisis: los abastecimientos de los supermercados y el refuerzo de la seguridad en el proceso (Dia), una autoescuela que prestó sus autobuses para el traslado de pacientes entre hospitales (Autoescuela Lara) o el movimiento Maker, que ya existe desde hace años, pero que durante las primeras semanas se volcó en fabricar mascarillas y elementos de protección cuando aquí no había nada de eso o lo que llegaba era defectuoso.

Y como no podía ser de otro modo, El lado humano habla de las víctimas, de los pacientes que sobrevivieron, de los que no lo lograron y de sus familias. Poniendo cara a la tragedia, evitando convertirlo en una estadística. Llevamos un número de fallecidos solo en España que se mueve entre los 49.824 oficiales de hoy y los más de 70.000 que calcula el INE. Una estadística, sí, pero más de 70.000 tragedias, una y otra, y otra… En el documental nos muestran el momento en que una mujer y su hija son informadas del fallecimiento del marido y padre de ambas, de cómo reciben sus objetos personales en una bolsa de basura sin ni siquiera poder ver al familiar, como ha ocurrido en casi todos los casos, dejando un vacío enorme. Cada una de esas familias lleva un vacío que será imposible de cubrir: el hecho de no poder despedirse del padre, madre, marido o hermano, pero también el vacío de la soledad, la falta de consuelo de los más cercanos, la ausencia de duelo. Todos tenemos amigos que han perdido a un familiar y todos ellos coinciden en la tristeza de ese momento, en la soledad que les acompaña en todo el proceso, en la ausencia de aliento o de un abrazo de los familiares y amigos. Un vacío enorme, un múltiplo muy grande de 70.000 vacíos enormes que quedarán para siempre.

Afortunadamente, el documental también nos muestra El lado humano de los que vencieron al virus, de los que no dejaron de luchar y salieron adelante, y de sus familiares. Como mis padres, que aparecen contando en primera persona y desde el hospital lo que fueron aquellos días: el sufrimiento de mi padre, que estuvo ochenta larguísimos días en la UCI, y el de mi madre, que también pasó el virus sin necesidad de ingreso, pero que padeció el no menos terrible virus de la soledad y la angustia. Menudos lagrimones se nos escaparon a todos en el cine, el llanto de recordar lo que fueron aquellos días, pero también las lágrimas de alegría al ver el triunfo sobre la enfermedad. Este virus no ataca solo el físico de las personas, destruye también lo anímico, lo emocional, las ganas de luchar y seguir adelante. El virus desaparece, pero sus secuelas quedan en los pulmones y en la moral de los que lo han sufrido. Por eso me parecen tan bonitas las palabras de mi madre y el abrazo que por fin puede darle a mi padre para, a su lado, y ya con todos nosotros, seguir día a día mejorando y dejando atrás aquellos momentos. Y la progresión es lenta, pero firme.

Gracias a todos los profesionales que les trataron, gracias a todas esas personas que aparecen en el documental y a las que no lo hacen pero que igualmente lo dieron todo en todas partes por atender a la población, gracias a Carlos por su esfuerzo para contar en pantalla todas estas historias que había que contar. El documental termina con los aplausos de los balcones y con un minuto de silencio sobre una ciudad paralizada, sin gente en las calles. Hace bien en no tratar el asunto desde una perspectiva política, muy bien, porque esto va precisamente de mostrar “el lado humano” de la tragedia, y algunos comportamientos… intentando sacar provecho de la situación… en fin, hoy no toca hablar de esto.

Ojalá El lado humano se pueda ver en alguna plataforma o televisión en breve. Es necesario. Estas historias, así como muchas otras de tantas y tantas familias, de tantos y tantos profesionales y voluntarios entregados, no deben caer en el olvido.

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Volverán las malditas mascarillas

LESTER, 22/11/2020

Hace más de seis años que estamos dando la lata en este blog y a lo largo de todo este tiempo los cuatro amiguetes se han atrevido con todo tipo de textos: opinión, crítica cinematográfica, relatos, crónicas deportivas y maratonianas, ensayo, incluso algún guion o esbozo de guion, versiones políticamente correctas de las letras de Siniestro Total,… pero nunca, nunca, ninguno de los cuatro amiguetes se ha atrevido con la poesía.

Y desde luego no seré yo quien lo haga, pues no estoy nada dotado para la misma, no ya para escribirla, sino para leerla e interpretarla correctamente. Tengo amigos que escriben poesía y cada vez que me piden opinión sobre alguno de sus textos lo paso fatal. Les reconozco la belleza del lenguaje, de las palabras empleadas, pero también mi incapacidad para entrar en el significado, en los sentimientos que plasman con (me consta) denodado esfuerzo.

Esta semana hemos sabido que se otorga el premio Cervantes de 2020 al poeta valenciano Francisco Brines. Sucede en el palmarés a otros dos poetas: la uruguaya Ida Vitale en 2018 y el catalán Joan Margarit en 2019. Parece que la poesía está de moda o, al menos, de plena actualidad en estos tiempos en los que solo escuchamos hablar de virus, pandemias y vacunas. El premio Nobel de Literatura de 2020 se ha otorgado a la poeta estadounidense Louise Glück, luego parece que entre los críticos, entre los que deciden este tipo de galardones, se ha optado por la poesía para que no quede relegada al olvido en una sociedad atacada por problemas más mundanos. Cada vez que se decide uno de estos premios me cabreo conmigo mismo, no por no haber leído nada del premiado, sino sobre todo cuando ni siquiera he oído hablar de ellos en mi vida, como ocurre con los cuatro nombres que acabo de mencionar.

He leído algunos artículos sobre el señor Brines y me han gustado varias de las ideas que dejaba: la poesía es un refugio siempre. Cuando el hombre padece pandemias, en particular la poesía se encuentra con lo mejor, con lo más atractivo del otro. Lo que yo intento, cuando la escribo, es llegar al otro. Se cumple la comunicación”.

“Con la poesía he tratado de tantear respuestas, clarificar oscuras emociones y, así, ir tratando de ver con mayor nitidez, con mayor claridad, las oscuridades que nos acompañan en la vida. La poesía tantea las sombras para encontrar un poco de luz”.

Es precisamente esa búsqueda de la luz en este mundo de pandemias la que inconscientemente llevó a mi personaje de El oso gris a refugiarse en la poesía: “Al fin y al cabo, ya nadie lee poesía”. Y es por esa misma razón por la que me voy a atrever con la poesía y dejar aquí cuatro versos mal hechos. Ya he justificado previamente mi absoluta carencia de talento, así que haré como las únicas veces en mi vida que he osado adentrarme en este género: fusilar y parodiar a los más grandes. Sí, amigos, Érase un hombre a un móvil pegado fue mi particular homenaje a Quevedo, mientras que en Con cien cojones por banda compuse una crónica juvenil de un gran triunfo futbolero que revolvería a Espronceda en su tumba. Espero que ambos poemas perpetrados hace tiempo no salgan nunca a la luz. Hoy toca destrozar a los clásicos y crear una especie de Poemario de la pandemia, por aquello que decía Francisco Brines de mantener el contacto con la realidad.

Vamos con el primero, Don Gustavo Adolfo Bécquer:

De la época del colegio recuerdo algunos poemas que me interesaron, algunos que incluso soy capaz de recitar, como algunos versos de Segismundo en La vida es sueño o el inicio de la Oda a la vida retirada, de Fray Luis de León. Por cierto, los primeros días del confinamiento tuvieron mucho de ambos títulos. De esa misma época colegial recuerdo las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique, una obra que habla del tiempo y la fugacidad de la vida. Aquí me he atrevido a “covidizar” las cuatro primeras:

Podría seguir destrozando clásicos, pero creo que por hoy ya me he generado suficientes enemigos, así que finalizo con uno de mis preferidos, el que hace el número XX de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda.

Pero la verdad es que no me apetece destrozar a Neruda. Podría intentarlo, como he hecho con Bécquer y Manrique, pero lo cierto es que no me apetece, ya hemos pasado de todo este año y ha habido mucho sufrimiento.

No quiero escribir los versos más tristes esta noche. No quiero escribir, por ejemplo: “la crisis ha estallado y tiritan, tiesos, los autónomos, nada lejos”.

Eso de “pensar que no la tengo, sentir que la he perdido” me recuerda a muchas familias y no pienso pervertir ese sentimiento con chanzas como las precedentes. “Mi corazón la busca y ella no está conmigo”… no quiero ni pensar en las familias que han perdido a un ser querido de la noche a la mañana. Hace poco leí que “las mascarillas nos han robado las sonrisas” y es cierto. Cae la felicidad, ganan la tristeza, la angustia y la crispación. Menos mal que hay personas que sonríen con la mirada, gente a la que las malditas mascarillas del título no le han borrado la alegría de la cara.

En Bolivia me encontré con un grupo que garabateaba versos en las paredes. De todo tipo, buenos, malos, divertidos, románticos,… Se denominaba Acción Poética Bolivia y no se me ocurre mejor modo de terminar este post que con una de sus frases:

Como todos los lectores asiduos de este blog sabéis, si queréis colaborar por una buena causa a través de una ONG contrastada, es posible hacerlo mediante microdonaciones en este enlace: Ayuda en Acción/colabora

Cae la felicidad

LESTER, 15/10/2020

Esta semana escuché en la radio que España había bajado nueve puestos en el ranking mundial de la felicidad, lo que nos situaba en el puesto 30º de la lista. La verdad es que cuando escuché la noticia me sorprendí por varios motivos y me hice una serie de preguntas:

  • ¿Tanto hemos caído? ¿Nueve puestos en un solo año?
  • ¿Solo estamos en el puesto trigésimo del mundo o de los países que entran en este tipo de mediciones?
  • ¿Cómo se mide la felicidad?

Respecto a la primera pregunta, si tuviéramos en cuenta este maldito año 2020 (que no sé si está considerado en la encuesta), es entendible que hayamos caído nueve puestos. Es más, incluso me parecen pocos. La Covid-19 ha traído mucha tristeza a la sociedad, muchas familias que han perdido a sus padres, hermanos, amigos y que no han tenido la posibilidad de despedirse de ellos. El vacío que ha dejado en miles de personas difícilmente se llenará en algún momento. Pero los efectos de la terrible pandemia no son exclusivos de España, así que ese descenso de la felicidad solo podría entenderse si hubiera sido una tragedia que sucediera únicamente en nuestro país. Entonces, (supongo que) entran en juego otros factores, como la incertidumbre generada por las informaciones contradictorias, la desastrosa gestión de unos y de otros, y la pelea barriobajera de la clase política por sacar réditos electorales o por hundir al adversario. Lamentable. Quizás lo que haga diferente a España respecto a otros países (“Spain is different!”) haya sido el aumento de la crispación. De la polarización de la sociedad. De la intolerancia.

En cuanto a la segunda pregunta, sorprende que seamos el trigésimo país del mundo en felicidad, sea lo que sea eso, cuando ocupamos el puesto 13º en términos de PIB, vivimos en un país avanzado, con un clima fantástico, con la segunda mayor esperanza de vida del mundo, sin grandes desigualdades sociales, con tantas y tantas cosas buenas que nos cuesta reconocer en este país cainita. Pero es que la felicidad no tiene nada que ver con el PIB. Estados Unidos, por ejemplo, es la primera potencia mundial, pero solo ocupa el 18º puesto del ranking de la felicidad. Los primeros en la estadística, como casi siempre en estos casos, son los países nórdicos:

Lo que nos lleva ineludiblemente a la tercera pregunta: ¿qué es o cómo se mide la felicidad? Ni idea, así de claro lo digo. En el texto en el que más me acerqué a esta cuestión, En busca de la tranquilidad, opté por sustituir la palabra felicidad por tranquilidad. Tranquilidad económica, bienestar emocional, satisfacción personal y salud. Ante todo, salud.

Pero para las Naciones Unidas, un concepto tan subjetivo como este sí es medible y por esa razón desde 2012 se publica el Informe Global de la Felicidad. En este Informe, que se publica todos los años el Día Internacional de la Felicidad, el 20 de marzo, España aparece en el puesto 28º. Veremos dentro de un año en qué puesto nos situamos, con todo lo ocurrido desde entonces. Lo que se valora en este informe son seis parámetros:

  • PIB per cápita.
  • Apoyo social
  • Esperanza de vida saludable
  • Libertad para tomar decisiones vitales
  • Generosidad
  • Percepción de la corrupción

La riqueza del país y el bienestar económico de su población son importantes, pero distan mucho de proporcionar la felicidad. El mito o la leyenda urbana entre el pobre feliz y el ricachón eternamente insatisfecho me vienen a la mente. La sonrisa de un niño en un país repleto de carencias.

Para el Informe de Naciones Unidas resulta más relevante la confianza en una sociedad igualitaria, solidaria o que apoya al desfavorecido o a uno mismo en caso de necesitarlo, que esa riqueza económica que, además, puede estar muy mal repartida. La corrupción, no solo de las administraciones públicas, sino también de los particulares, o la sensación de vivir en una sociedad plenamente libre son posiblemente más importantes para obtener una percepción más cercana a la felicidad, pero en el fondo no dejan de ser opiniones subjetivas. En un vistazo rápido al listado de países advierto que varias monarquías figuran en el top-ten, o que no hay países musulmanes en los primeros puestos. Son hechos, no opiniones, aunque me parece evidente que una sociedad musulmana, con represión religiosa en tantos aspectos de la vida cotidiana y con distintos derechos entre hombres y mujeres, es una sociedad menos feliz.

En casi todos los factores comentados influyen las políticas de los gobernantes de los países: la libertad económica, pero también ideológica, la capacidad de generar riqueza y de mejorar los servicios sociales, que a su vez influirán en la esperanza de vida, la inexistencia de conflictos civiles o raciales, o del tipo que sean, la confianza en los dirigentes y a su vez en la sociedad o la familia como soporte del individuo. Lo que me lleva a otro aspecto interesante, que es el por qué todas las políticas públicas se centran en el incremento del PIB casi en exclusiva y no en la mejora de otros indicadores, ya sea el Índice de Desarrollo Humano, el Índice de Progreso Social o el mencionado Índice de la Felicidad. En el artículo La dictadura del PIB, de Marco Schwartz, se recuerda cómo los premios Nobel de Economía Joseph Stiglitz y Amartya Sen realizaron un informe tras la crisis financiera de 2008 en el que, “sin invalidar el criterio del PIB”, se buscara un indicador estadístico que “se centre más en la medición del bienestar de la población que en la medición de la producción económica”. Quizás sea demasiado subjetivo o sus recomendaciones pecaran de inconcretas, lo desconozco, pero me parece un concepto interesante.

Otro país como Bután abandonó hace años el medidor del PIB como motor de sus políticas económicas para reemplazarlo por la Felicidad Nacional Bruta (2008). El sistema se basa en complejas encuestas realizadas a la población, un sistema que ha dado el inverosímil resultado de considerar a Bután “el país más feliz del mundo”. Inverosímil por cuanto se trata de un país pobre en lo económico, pero además con altas tasas de analfabetismo, trabajo infantil y desigualdades. Para los curiosos, Bután no aparece en el Informe de Naciones Unidas de 2020 y figuraba en el puesto 93º en 2019.

Todo lo que he comentado hasta este punto me lleva ineludiblemente a la consideración que tenemos cada uno de la felicidad. Yo discrepo profundamente con el ranking de Naciones Unidas. Discrepo con el hecho de estar por debajo de Arabia Saudí, por ejemplo. Ni de coña. O con los altos indicadores sobre los países nórdicos en contraste con el puesto tan bajo de España. Aunque los nórdicos han mejorado notablemente la tasa de suicidios, siguen teniendo un clima poco benigno, con muchas menos horas de sol que nosotros, razón por la cual son tantos los habitantes del norte de Europa que ansían jubilarse o pasar largas temporadas en nuestro país. Me juego parte de mi felicidad en ciernes por el pensamiento que pasa por la cabeza de ese jubileta sueco en Benidorm: “Calidad de vida”. Y añado otra razón más: el precio de la cerveza en España, la tercera o cuarta parte que en Dinamarca o Finlandia (Están locos estos finlandeses). Y desde luego hay que considerar las cañas con los amigos entre los indicadores de felicidad nacional de cualquier nación que se precie.

Decía Ortega y Gasset que la felicidad no es lo mismo que el placer. Totalmente de acuerdo, el placer es un momento puntual, efímero. La felicidad es un estado de ánimo, posiblemente también puntual y efímero, pero que provoca una sensación más duradera y plena. En el relato que escribí y publiqué recientemente, El oso gris, hay placer, pero totalmente disociado de la felicidad. Más bien al contrario, que era lo que buscaba el relato.

Para el filósofo español, la felicidad dependía precisamente del tiempo que le dedicábamos a aquello que nos satisface y nos agrada. “Si nos preguntamos en qué consiste ese estado ideal de espíritu denominado felicidad, hallamos fácilmente una primera respuesta: la felicidad consiste en encontrar algo que nos satisfaga completamente”. O más concretamente:

“Felicidad es la vida dedicada a ocupaciones para las cuales cada hombre tiene singular vocación”.

Y ahí entramos en el terreno pantanoso de cuál es la vocación de cada uno o qué le satisface en lo personal. Hace tiempo escuché a Juan Luis Arsuaga en una conferencia que para él la felicidad está ligada al aprendizaje, que mientras aprendes algo nuevo eres feliz, y que el día que no aprendes nada es cuando realmente envejeces. Pero en sus estudios antropológicos que se remontan al hombre prehistórico, la felicidad solo entraba en juego cuando las necesidades básicas elementales estaban cubiertas.

Si nos ponemos en plan budista, diremos que “no hay un camino a la felicidad, sino que la felicidad es el camino”. Lo que nos lleva a John Lennon, que nos animaba a disfrutar de ese camino cuando nos decía que “la vida es aquello que te va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes”. Bertrand Russell, premio Nobel de Literatura y autor de La conquista de la felicidad, ligaba la obtención de la misma al amor, pero el amor como herramienta para dejar a un lado el ego, superar la vanidad y alcanzar esa felicidad con otra persona.

En fin, yo sí que no tengo ni idea de qué es la felicidad, aunque creo saber cuáles son las cosas que para mí hacen que la vida valga la pena. Y desde luego tengo muy claro lo que no es, lo opuesto: crispación. Enfrentamientos. Mal rollo. Lo unimos al miedo, la angustia, las privaciones de ver a la familia, a los amigos, de viajar, de jugar al fútbol con los colegas, la pérdida del puesto de trabajo, las penurias económicas… Me parece poco que solo hayamos bajado nueve puestos en el último año.

Que seáis felices, cada uno con lo que le satisfaga.

Este próximo sábado, 17 de octubre, se celebra el Día Internacional de la erradicación de la pobreza. El Objetivo de Desarrollo Sostenible número 1 es precisamente eso. Comparto la reflexión de Ayuda en Acción al respecto en este enlace.

Odio monetizar

Monetizar

15/08/2020

Hay muchas palabras del lenguaje forzado de las aplicaciones y las nuevas tecnologías que me producen cierta rabia, o urticaria por qué no decirlo, como customizar, gamificación  o esmartizar, pero una de las que más odio es, sin duda, “monetizar”. Suena rara, suena fea, me recuerda al Tío Gilito contando las monedas en su depósito/piscina.

Como suelo hacer con muchas de las palabras que nos meten entre ceja y ceja a fuerza de repetirlas en los medios y las redes sociales, busco su existencia y significado en la RAE, y compruebo que “monetizar” existe, si bien sin el uso que se le suele dar:

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La otra fuente de consultas que suelo utilizar es la Fundéu, la Fundación del Español Urgente, asesorada por la propia Real Academia Española. Y en este caso, nos indica que la palabra de marras amplía su significado para incorporar el que se le viene dando en las nuevas tecnologías y las páginas web: “convertir un activo en dinero”. Rentabilizar u obtener dinero de una web, una app, un blog, un contenido en principio gratuito y disponible.

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Si Facebook, Google, Whatsapp o la mayoría de aplicaciones son gratuitas porque no pagamos nada en principio por su uso es porque han sabido “monetizar” sus contenidos de otras maneras, normalmente por la vía de la publicidad directa, la venta de datos o los contenidos Premium.

Hoy cumple seis años este blog. Seis, lo repetimos con satisfacción. El proyecto nació con la idea de durar un año y en función de las circunstancias (y del seguimiento de los lectores) decidir si proseguía año a año o lo cerrábamos con la satisfacción de haber disfrutado del tiempo empleado. Las cifras de lecturas han crecido de manera constante a lo largo de todos estos años (los seis primeros meses de 2020 han sido brutales, equivalentes a los dieciocho meses anteriores), así que podemos decir sin pudor que el blog de los “Cuatro amiguetes y unas jarras” pasa por su mejor momento.

Desde el primer momento, desde la Declaración de Intenciones del blog, los cuatro amiguetes tuvieron claro que el blog sería gratuito y sin publicidad, pero la publicidad se nos ha colado (por desgracia). Así que vamos a darle un nuevo giro al blog y aprovechar el potencial que tiene para “monetizar” sus contenidos sin molestar al lector. Eso sí, y una vez más queda constancia de ello, todo lo que se obtenga de esa “monetización”, como en las anteriores ocasiones, tendrá un destino solidario, un apoyo concreto a algún proyecto de una ONG.

Porque lo que sí hemos visto con este blog es el potencial que tiene para dar a conocer proyectos maravillosos y/o sacar adelante grandes iniciativas de otros con las que echar un cable (pequeño, pero un cable) donde podía hacer falta. Para los recién incorporados al mismo, les resumo algunas de las actividades realizadas en estos años:

1. Pabellón azul: estos días se cumplen tres años del inicio de las obras de reforma en el Pabellón Azul del Hogar Teresa de los Andes, en Bolivia, que culminamos entre todos con éxito. Agradezco de nuevo a todos aquellos que colaborasteis con vuestra gota de agua.

2. Campaña de crowdfunding para la distribución de filtros potabilizadores en el valle del Chota (Ecuador). Una gran idea de cuatro jóvenes en la que pudimos participar con la obtención de fondos, la difusión y la propia distribución en terreno. Magnífico proyecto que los voluntarios plasmamos en el libro Aguafiestas.

3. Las colaboraciones para La Galerna por las que el Amiguete Barney ha percibido algún tipo de remuneración se han destinado a dos proyectos de ONG españolas: uno de Ayuda en Acción de apoyo a las familias que más sufren las consecuencias de la Covid-19, y otro de GAM-Tepeyac para el proyecto Oxígeno para vivir en Chanchamayo (Perú), que os animo a conocer.

La publicidad en el blog incomoda, pero lo mucho o poco que se obtenga con la misma, ¡lo que se monetice!, irá destinado a algún proyecto solidario, del mismo modo que al final de cada post vamos a incluir un enlace para una microdonación de carácter voluntario para todo aquel que quiera colaborar. Me gustó la idea de Ayuda en Acción de su campaña #PeleaConLoQueTienes, porque aquí lo que tenemos es una plataforma estupenda para dar a conocer pequeños proyectos solidarios, de gente entregada.

La idea es que si uno de cada diez lectores de este blog dona un euro (que irá directamente a la web de las ONG sin correr el peligro de convertirse en cervezas de los cuatro amiguetes)… con ese importe se puede hacer mucho en muchos lugares. El Amiguete Lester ha dado buena cuenta de ello. La idea de la gota de agua es potente. Hablamos de entre seis y ocho mil euros anuales, si solo uno de cada diez lectores se anima a colaborar.

Muchas gracias por seguir leyendo esta página. Renovamos un año más.

 

 

(Casi) feliz en casa

There's no place like home

LESTER, 26/06/2020

“Se está mejor en casa que en ningún sitio”.

Encontré esta frase en la carta de amor que Travis escribió hace unos años y me vino a la mente varias veces al principio del largo encierro que todos hemos vivido. La pronuncia Judy Garland (Dorothy) en El mago de Oz y para mi sorpresa se puso de moda en algunas emisoras y redes sociales cuando corrimos todos a confinarnos en nuestros hogares. Estábamos tan necesitados de ánimo (o tan aterrados, según) que nos venía bien pensar que “se está mejor en casa que en ningún sitio”.

Ahora que parece que acaban los tres meses de encierro y volvemos a recuperar algo parecido a lo que eran nuestras vidas, me ha apetecido recordar lo que ha supuesto el período más extraño que recuerdo, esas largas semanas que nos dijeron inicialmente que serían “quince días”, aunque nunca nos lo creímos y que han acabado siendo seis veces ese tiempo. La pandemia ha puesto patas arriba todo nuestro mundo y nos obligó a adaptarnos a una realidad inédita para todos. Y como he contado en tantas ocasiones en este blog, soy un tipo afortunado, tan afortunado que he estado feliz encerrado en casa. A mí, que salía de casa sobre las seis y media de la mañana y regresaba casi siempre pasadas las ocho de la tarde, estar tanto tiempo rodeado de mi familia ha sido una maravilla.

La vida es mucho más sencilla de lo que algunos creen, o por decirlo de una manera que quizás se entienda mejor: la vida es mucho menos complicada de lo que algunos pretenden. La entrada más leída de la historia de este blog A.C. (Antes del Confinamiento) era En busca de la tranquilidad, en donde hablaba de lo importante que es para mí estar en buena sintonía con los tuyos, con la familia. Aprovechar el tiempo en cosas productivas y sin hacerse pajas mentales o ilusiones acerca de ambiciones mayores que no necesariamente van a darte una mayor satisfacción. En aquel post me refería a la canción que dice que “tres cosas hay en la vida: salud, dinero y amor” (hasta hoy no he sabido quién la cantaba: ¿Cristina y los Stop?).

Sin estar plenamente de acuerdo con la canción, reconozco que en estos tiempos me ha venido varias veces a la cabeza, porque ahora más que nunca debemos valorar la salud, la importancia de cuidarnos y de cuidar a los demás. Resulta tan sencillo complicarle la vida a alguien que tienes cerca y a quien quieres que me sorprende la irresponsabilidad de tanta gente cuando el virus todavía está descontrolado. En cuanto al dinero, como ya he dicho muchas veces soy un privilegiado y no me he visto afectado como tantos amigos por ERTEs o disminución de ingresos por ser autónomo o empresario. Y el amor de la familia ha sido fundamental para sentirme tan a gusto durante estos tres meses en los que apenas hemos pisado la calle.

Tras los dos primeros días de adaptación al encierro tuve que imponerme un horario para no caer en la apatía o la pereza, como me reconocieron tantos amigos que les pasó al principio. Me despertaba temprano y comenzaba con algo de deporte en un gimnasio improvisado que montamos mientras escuchaba a Alsina y el que para tantos de nosotros se convirtió en el himno del confinamiento, el Facciamo finta che de Ombretta Colli. El final de la canción marcaba la hora de la ducha, el desayuno y el inicio de las maratonianas jornadas de teletrabajo. Pero desayunaba con mi mujer o con mis hijos, paraba a media mañana y conversaba cinco minutos con alguno de ellos, y se me dibujaba una sonrisa boba en la cara: “¡joder, cuánto me alegro de verte!”.

No hubo adaptación al teletrabajo, fue de sopetón, se avanzó lo que jamás se habría logrado con planificación. Mucho Skype y mucho Teams, a los que se sumaron los Zoom con la familia o los amigos de manera ocasional y siempre a última hora de la tarde. Por sorprendente que pudiera parecer, las reuniones de trabajo trajeron consigo una puntualidad alemana en los asistentes, incluso entre los impuntuales de siempre. La excusa del atasco ya no valía, salvo que fuera intestinal. Lo que no había manera de conseguir en las reuniones presenciales lo logró el confinamiento. Y no solo eso, sino que consiguió también que se respetaran los turnos de palabra, que las reuniones parecieran más productivas. Desconozco si al otro lado de la pantalla mis colegas estaban guasapeando o leyendo el Marca, pero aparentemente todos hicimos nuestro trabajo a diario de manera muy profesional y la empresa siguió funcionando pese a las circunstancias. Por supuesto que todos nos hemos solidarizado con esos compañeros con niños pequeños a los que trataban de silenciar mientras manteníamos una reunión sobre temas complejos o había que tomar una decisión trascendente, chapeau a todos ellos.

Chapeau igualmente a los que fueron capaces de aguantar en solitario una experiencia tan extrema como el encierro de las primeras semanas, y no digamos a los que (y las que) tuvieron que aguantar con personas a las que ya no les unía nada. El confinamiento ha puesto a prueba a muchas personas y en su mayoría la sociedad demostró una madurez que no parecía tener nuestra clase política. Nos sumamos a todo lo que nos pedían: las (contradictorias) medidas de prevención, el distanciamiento social, sonreír con los memes, mandar mensajes de ánimo, los aplausos de las ocho, el Resistiré del Dúo Dinámico o la estupenda nueva versión que sonaba a diario en mi vecindario.

Por lo que veíamos en redes sociales, tanto tiempo en casa nos llevó a probar nuevas aficiones o a cultivar las que teníamos abandonadas: a unos les dio por el bricolaje, a otros por las manualidades, a todos por la gimnasia, mi mujer y mi hija probaron con la pintura, y mi hijo y yo nos atrevimos a cocinar platos con los que jamás nos habríamos atrevido en condiciones normales. Cada día se encargaba uno de la cena y competíamos en una especie de MasterChef casero del que salieron grandes ideas. Permitidme que muestre aquí (orgulloso) mi brownie de morcilla y queso de cabra, y el Ratatouille.

Pero el confinamiento ha sido muy largo y las situaciones, extremas. A finales de febrero escribí El calibrador de rojos y fachas para expresar lo que veía y no me gustaba, y era la sensación de que cualquier tema, por banal que fuera, provocaba controversia o enfrentamiento. Eso fue antes de la pandemia, porque durante la misma la gestión de la crisis ha hecho que la raya de separación entre los bandos (y me duele enormemente hablar de “bandos”) sea ahora un socavón. Se ha generado mucho mal rollo, incluso odio, en grupos de whatsapp o en esas junglas sin leyes que son Twitter o Facebook. Me temo que va a costar mucho cerrar esa herida abierta entre unos extremos cada vez más poblados.

El (Casi) del título de este post se debe a que no he podido ser enteramente feliz en casa. Sabía que tenía una familia maravillosa y una vida estupenda, pero ni la felicidad ni la tranquilidad eran completas. Lo habría sido de no haber visto tanto sufrimiento cerca, compañeros a los que les envuelve una pátina de tristeza desde hace tiempo, en amigos que han perdido a seres queridos y los han enterrado en soledad o a distancia, en familia cercana, en gente como el amiguete Josean que vomitó un post que le salió de las tripas y que en una semana se convirtió en el más leído de este blog A.C. y D.C. (Aplauso a una generación de héroes). 40.000 lecturas en una semana y muchos mensajes de gente que se sintió identificada con el texto. Reconfortados, agradecidos.

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Nos hablan de “nueva normalidad”, pero falta mucho para que la situación se parezca a algo normal, no digamos a nuestra vida anterior. En la cultura mediterránea no somos gente de taparse la cara, evitar los abrazos y mantener la distancia entre nosotros. Pero es lo que nos toca hacer durante bastante tiempo todavía. Tras las expresiones que aprendimos a marchas forzadas como coronavirus, pandemia, confinamiento, doblar la curva o desescalada, ahora escuchamos con frecuencia otras: rebrote, repunte. Evitémoslo, que ya sabemos que está en nuestras manos.

Los 100 de Lester

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Buenas a todos, amigos lectores.

Con el post de hoy, el “arribafirmante” amiguete Lester alcanza los 100 textos, cifra que alcanzarán en los próximos días los amiguetes Travis, Barney y Josean. Unidos a los 19 post conjuntos (inicios del año, Días del Padre o la Madre, Campeones,…) darán una cifra de 419 textos en unas 304 semanas de vida de este blog, lo que supone publicar 4 artículos cada 3 semanas. No está mal. Durante ese período han salido dos libros de este blog y varias colaboraciones en otros medios, luego el balance solo puede ser positivo.

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Algunos colegas llevan tiempo pidiéndome una manera de localizar textos antiguos, algo que leyeron hace mucho (son ya casi seis años dando la lata desde aquí) y recuerdan y que les gustaría recuperar. Hay un buscador a la derecha de la página que puede ayudar en esa tarea, bajo los últimos textos publicados, pero en cualquier caso, voy a crear una nueva página como índice para poder releer los textos antiguos. Hoy toca pegar un repaso a todos ellos y voy a hacerlo de diez en diez, porque creo que ha habido una evolución en ellos.

Comencé rescatando varios relatos del baúl de los recuerdos, hablando un poco de sentimientos y dejando mi primera crónica maratoniana, la de Berlín 2011:

  1. Turbulencias.
  2. La amabilidad.
  3. Los Caballeros de la Orden de Malta.
  4. Ya estamos todos.
  5. Ese incesante zumbido.
  6. El día que gané a Gebreselassie.
  7. Equilibrio precario.
  8. American Beauty.
  9. La mediocridad de los provocadores.
  10. Onetti, Ibáñez, la dignidad y el genio.

En los siguientes diez fui comentando algunas cosas que me llamaban la atención como la interpretación de los sueños, la magia o las teorías de la conspiración, y seguí dejando varios relatos. Uno de ellos, el de los escoceses, una larga broma para responder a quien me dijo que todos mis relatos resultaban muy tétricos o tristones. Entre estos diez está el texto más leído de Lester, pero que curiosamente empezó a ser muy leído y rescatado dos años después: En busca de la tranquilidad.

En la siguiente decena tenemos la primera entrada dedicada a las estadísticas, cuando los lectores de este blog aún no eran muy numerosos y se acercaba el final de ese primer año, que era la vida estimada inicial de este blog. Renovamos (y no por un año, sino ya por muchos más) para seguir hablando de nuevos viajes, música, algún otro maratón como el de Eindhoven y publicando nuevos relatos.

No sé qué pasó en los siguientes diez, de noviembre de 2015 a junio de 2016, pero le dediqué varios esfuerzos a todas aquellas cosas que me tocaban las pelotas, razón por la cual me vi obligado a dedicar uno a todo lo contrario, a aquello que hacía de la vida algo tan maravilloso:

Los siguientes diez textos incluyeron el primer relato premiado, muchos viajes y la primera colaboración externa, la de mi hija Raquel contando su magnífica experiencia de voluntariado en Uganda y la India.

De enero a octubre de 2017 me volqué en los libros y en un proyecto de voluntariado en Bolivia, y de la mezcla de ambos surgió el libro Relatos de un tiempo fugaz, cuya recaudación se destinó a completar las obras del Pabellón Azul del Hogar Teresa de los Andes.

Bolivia nos marcó. Nos encantó como país, pero no deja de dar lástima que un país con tanta riqueza tenga a su gente pasando tantas penurias. Más relatos y nuevas colaboraciones externas que me enorgullecen, en este caso de mi padre sobre un tema escabroso como son los toros.

Entre junio de 2018 y enero de 2019 algo me pasó que la mayoría de los textos buscaron algo de ironía y buen humor, aunque en el camino se me colaron algunos relatos fieles a mi estilo (o sea, tristones):

Nuevas colaboraciones en los siguientes diez artículos (R. San Telmo) y el proyecto del segundo libro que ha surgido de este blog (Aguafiestas), con nuevos fines solidarios como fue en esta ocasión el proyecto de voluntariado en el valle del Chota (Ecuador).

De noviembre de 2019 al momento actual, en el que no hay maratones de los que hablar, ni más viajes que contar que aquellos que sucedieron en el pasado, puesto que tanto las nuevas carreras como los antiguos viajes quedaron apartados por una buena temporada de confinamiento. Ya queda menos.

Aquí no terminan las ideas, sino que mi libreta está a reventar, así que en muy poco tiempo estaré dando guerra de nuevo. Gracias a todos los lectores (cada día más numerosos) por seguir ahí, interesándoos, al otro lado.

Cara Lester

 

Correr por el placer de correr

VLUU L100, M100  / Samsung L100, M100

LESTER, 02/05/2020

Correr. Tranquilo, suave, ligero, rápido o a tope. Inspirar profundamente, acompasar la respiración al ritmo de tus zancadas, poner una buena selección de música y salir. Daba igual cómo, el caso era salir a trotar. A las seis de la mañana se levantaba la prohibición y a las siete y cuarto yo ya estaba corriendo por las calles de mi barrio.

No es que tuviera mono, como decían tantos runners por los foros o en grupos de amigos, no es eso. Es que salir a correr representa en cierto modo recuperar la libertad. La sensación de libertad que provoca correr sin rumbo fijo aunque sea para volver al mismo sitio, correr por el circuito de siempre o dejarme llevar por sitios nuevos, sin prisas, disfrutando cada bocanada de aire, pero sin pausas, dejando que mis piernas me marquen el ritmo y pidiendo “un poco más de vidilla” a cada nuevo paso.

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La normativa aprobada que nos llevará a esa cosa extraña de “la nueva normalidad” nos permite correr dentro del municipio y ya no sé si con el límite máximo de una hora, así que he hecho un circuito en los alrededores de un poco menos de doce kilómetros con ritmo progresivo. Me gusta correr con sol cuando no pica, o en esos días soleados de invierno, o en días nublados que no terminan de abrir, pero también me encanta correr con lluvia cuando es fina, cuando te acaricia la cara pero no la golpea, cuando te moja pero no te empapa, cuando te dan ganas de extender los brazos para sentir cómo te llega. Me gusta correr de noche, a última hora de la tarde cuando necesitas dejar sobre el asfalto las tensiones de la jornada, pero me gusta aún más correr con las primeras luces del nuevo día que comienza, o con la neblina melancólica de la primera hora, como he hecho hace un rato.

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No voy a decir el tiempo que he hecho porque podría estar reconociendo la comisión de un delito, pero ha sido una gozada. Ya desde las primeras zancadas, mis piernas, a las que lo fío todo ya sea en entrenamientos o en las carreras, me decían que iban cómodas porque no sentían los golpes del fútbol y el baloncesto, ni la inexistente sobrecarga de entrenamientos de los días previos. Sí notaba, en cambio, otros músculos cargados por el exceso de bici estática de estas semanas de confinamiento. Da igual, he corrido por sensaciones, dejándome llevar, apretando en los últimos kilómetros y he finalizado esprintando los últimos doscientos metros. Cuando uno acaba con fuerza un entrenamiento la sonrisa aparece de modo natural. Y después de un buen entrenamiento la ducha sienta mejor ¡y no digamos un desayuno relajado! Igual que en días así sales a correr sin mirar el cronómetro, con el desayuno pasa lo mismo. Y todo sienta bien, aunque te pongas como en el bufé del mejor hotel.

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Yo tenía un plan para el domingo pasado desde hacía varios meses: tenía que estar en la salida del maratón de Madrid. Se suspendió, como todo desde mediados de marzo. Como las comidas familiares, las cervezas con los colegas, las ligas de fútbol o los conciertos. Como el medio maratón de París, donde empezamos a tomar conciencia de que esto iba en serio. Así que he estado siete semanas sin correr, el tiempo más largo que he estado así desde… ¿2003, quizás? Por eso pienso que volver a trotar por las calles representa para los tipos raros como los corredores el inicio de la recuperación de la normalidad. Se han roto muchas cosas que ahora debemos empezar a reconstruir entre todos y esta rutina quizás sea una de las más sencillas.

Correr no es solo un acto de libertad, te aporta la sensación de estar a gusto contigo mismo, con un cuerpo que preparas, entrenas y mejoras, te convence de que todavía puedes, como ese Rocky Balboa cuyas piernas fluyen con mas soltura a medida que avanza el Gonna fly now o el Eye of the tiger. Correr por el placer de correr.

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“Correr sin cronómetro, por placer, descubriendo sitios desconocidos. Correr en Central Park, en las islas Aland, por bosques finlandeses o rodeando el Stanley Park de Vancouver. La recta final de tu primer maratónLa recta final del último. El cachondeo sano de la San Silvestre. Correr sin rumbo fijo mientras tus auriculares reproducen a Lennon y McCartney, y también al George Harrison de While my guitar. A Eric Clapton, Steve Vai, Dire Straits y el Angie de los Rolling. Este párrafo forma parte de lo que escribí en mi lista de Cosas que hacen que la vida valga la pena hace varios años y lo mantengo.

Hace unos meses escribí mis razones para seguir corriendo después de tantos años, por qué no cuelgo las zapatillas. ¿Por qué corremos los cuarentones?. Pese a todas los motivos que expuse, este año una idea me rondaba la cabeza, tenía la sensación de final de un ciclo. El maratón de Madrid iba a ser mi 18º maratón, “la mayoría de edad maratoniana” recién cumplidos los cincuenta, y me parecía un momento estupendo para dejar de correr estas largas distancias. No porque adquiera una conciencia que nunca he tenido, sino porque cada año me costaba más sacar el tiempo necesario para entrenar bien una carrera tan dura como esta.

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Y sin embargo, como ocurre cuando te arrebatan algo, lo valoras más, te das cuenta de cuánto lo apreciabas y cómo lo echas de menos, y anhelas su vuelta para atraparlo y no dejarlo ir. Así que allí estaré en la nueva fecha del 15 de noviembre en la salida del maratón de Madrid. Empezaré a entrenar a lo bestia en verano, con “la fresca” y daré lo mejor de mis piernas sobre los 42 kilómetros de Madrid.

Y el año que viene… ya estamos pensando en algo.

El coronavirus mató la cordura, por Lester

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Vaya por delante que no entiendo mucho de estas cosas. A decir verdad, no entiendo nada de virus, coronavirus, pandemias, peligros ni medidas para evitar los contagios, así que supongo que caeré en todos y cada uno de los errores del cuñao metido a opinador. Qué se le va a hacer, uno lee las noticias oficiales desde hace años con cierto escepticismo, pero trata de seguir las normas que se le indican, por absurdas que puedan parecer. “Por algo serán”, suelo pensar.

Sin embargo, un mínimo análisis de lo que se solicita al ciudadano afectado por las medidas puede resultar incongruente con otras prácticas permitidas por las mismas autoridades sanitarias o gubernamentales. Recuerdo que pensé lo mismo hace años con alguna de estas enfermedades que iba a a acabar con todos nosotros, creo que fue la fiebre aftosa o la porcina que venía del Reino Unido. Me encontraba de viaje con unos amigos por la isla de Brexitlandia y nos hicieron pasar decenas de veces por unas alfombras empapadas de algún líquido supuestamente milagroso para prevenir la difusión de la enfermedad. Teníamos que pasar las ruedas del coche y las suelas de nuestros zapatos. Y así un día y otro durante la semana que estuvimos por allí. “¿Y los zapatos que llevo en la maleta?”, pensaba. Si ahora me quito estos “descontagiosos” y me pongo las zapas de la maleta, ¿pondré en riesgo la existencia de todos los cerdos del Reino Unido?

Me viene a la cabeza todo esto por la psicosis que se está generando a cuenta del coronavirus. Yo no cuestiono la peligrosidad del mismo, ni las advertencias acerca de sus peligros, pero reconozco que me cuesta entender muchas de las medidas que se están tomando. Algunas son voluntarias, como la de tantos trabajadores de atención al público que portan la incómoda mascarilla porque atienden a la cara a miles de personas a diario, pero, ¿suspender el Mobile World Congress? ¿O como me ha ocurrido este mismo finde, el medio maratón de París? ¿Los Juegos de Tokio serán la próxima víctima? “Sí, sin duda”, me contestará alguien, “era necesario para evitar el contagio entre tantas personas que iban a asistir a ambos eventos”. ¿Pero dejamos el Metro abierto, o los aeropuertos? ¿Suspendemos una carrera al aire libre con unos 35.000 corredores, pero dejamos que se juegue el partido entre el PSG y el Dijon con 50.000 personas en las gradas todas juntitas compartiendo efluvios corporales? Pues ambas cosas ocurrieron ayer 29 de febrero con un intervalo de un par de horas.

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Para venir a París tomé un vuelo en la T4 de Barajas, rodeado de cientos de viajeros que iban y venían de mil sitios diferentes, algunos con mascarilla semiprofesional con filtro, otros con un inútil papelillo y dos gomas, y la mayoría, entre los cuales se incluye este escribiente, sin nada, tosiendo (o no), estornudando (o no) y haciendo algo tan peligroso como respirar. Ayer tomé varias veces el atestado Metro de París, entré en varios lugares turísticos hasta arriba de gente como yo y no había limitación alguna, todo estaba abierto y pudimos hacer vida normal. Pero de camino a la Feria del Corredor para recoger los dorsales nos enteramos de manera oficiosa de la suspensión del maratón.

¿Habían cerrado la Feria del Corredor? ¡Qué va! Ahí estábamos un buen montón de atletas frustrados, muchos llegados de sitios lejanos, escuchando lo que nos decían los voluntarios sobre la anulación todavía no oficial. Nos lo decían exhalando su aliento sobre nosotros mientras nos entregaban el dorsal y manoseaban la camiseta que nos entregaban. Menuda fuente de infección peligrosa la carrera del domingo y no esa entrega de dorsales y camisetas en una feria atiborrada de corredores cabreados.

No escribo esto por mi cabreo ante la situación (el humor español, ese que bromea de todo, desgracias incluidas, me ayuda a sobrellevarlo), sino porque no entiendo nada. Si el coronavirus es tan contagioso y peligroso, prohíban el tránsito por los aeropuertos del mundo, no los eventos en destino para esos viajeros que ya se han desplazado. Cierren el Metro, prohíban el uso de autobuses y trenes de cercanías, aplacen el Clásico del Bernabéu de esta noche (80.000 almas juntas), cierren los conciertos y teatros, impidan la entrada a los cines, restaurantes y centros comerciales, y cualquier forma de aglomeración masiva, pero déjense de tomar medidas parciales e inútiles, pero llamativas y visibles. Ah, que a lo mejor se trata de eso, de que sean visibles para todos afectando solo a unos pocos. Puede ser. El efecto placebo, tan placebo como las mascarillas que veo en tanta gente, algunas como la de la viajera que llevaba al lado en el avión, con una máscara que le cubría la boca y una oreja, pero no la nariz, quizás porque respiraba mejor con el apéndice auditivo.

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O puede que obedezcan a un interés económico, como también propagan algunos, empresas vendedoras de máscaras que están haciendo su agosto como lo hicieron los de las señales de 110 kilómetros por hora que durante tres meses sustituyeron a las de 120… para reducir la contaminación. Nos toman por imbéciles tantas veces que todo es posible. Quizás muchos recuerden la gripe A y el esfuerzo del gobierno por decir que se habían comprado millones de vacunas para tranquilizar a la población, vacuna que por supuesto no me puse. Lo que a lo mejor no recuerda tanta gente es que solo en España se destruyeron 6 millones de vacunas de los 13 que se compraron. 40 millones de euros por el sumidero del despilfarro (uno más) en plena crisis.

Ojalá esta crisis del coronavirus sea tan pasajera como la gripe A, la gripe aviar, la fiebre aftosa, el efecto 2000 o el malware asesino de ordenadores (no dejo de pensar cuánta pasta movieron todos), ojalá sea así y no tan contagiosa como pronostican otros porque en ese caso las medidas serán insuficientes, ojalá recuperemos pronto la cordura y podamos fijarnos en las cifras mortales que otras enfermedades dejan en la población de países más desfavorecidos, esos países siempre olvidados que nunca salen en las noticias. 5.000 muertos por un brote de sarampión en diciembre de 2019, a la vez que comenzaba la historia del coronavirus. Claro que eso ocurrió en la República Democrática del Congo.