Hace ocho años

Cuanto mayor eres parece que los años pasan más rápido, veloces, sin apenas tiempo para saborearlos, para disfrutarlos, para observar, tomar perspectiva. De repente adviertes que ya estás de nuevo en verano, inicio del curso, navidades, fin de año, cumpleaños… ¿y ya ha pasado otro año?

Hoy se cumplen ocho años desde que arrancó este blog de los «Cuatro amiguetes y unas jarras», ocho años desde aquella Declaración de intenciones en la que se explicaba de qué iba a hablar cada uno de los cuatro. El 99 por ciento de los blogs muere en su primer año de vida, luego llegar a ocho años es una señal de buena salud, de que ha captado el interés de un buen número de lectores, un «me llena de orgullo y satisfacción», que decía el emérito. Por cierto, aunque pueda parecer que los ocho años pasan muy rápido, tanto que nos falta aún perspectiva histórica para valorar ciertos asuntos, nada más lejos de la realidad. Por ejemplo, cuando nació este blog, el mismo Juan Carlos I acababa de abdicar en favor de su hijo Felipe VI, quien comenzó su reinado (según Barney) con un discurso repleto de referencias futboleras. Juan Carlos I, Mariano Rajoy en la presidencia de gobierno, Angela Merkel en Alemania y Barack Obama en Estados Unidos. Y el Madrid campeón de Europa, porque hay cosas que tampoco cambian demasiado, y está bien que sea así.

Una visita a las hemerotecas del 15 de agosto de 2014 nos puede ayudar para hablar del paso del tiempo en estos ocho años, o para ver lo que siempre permanece ahí, inalterable.

Josean: Vaya, el titular principal podría haber sido escrito la semana pasada. La zona euro en problemas, atascada, con una economía alemana que no carbura, y ya sabemos que si la locomotora sufre, el resto de los 28 lo pasa peor. Cambiamos «Rajoy» por Pedro Sánchez y también seguimos hablando de reformas estructurales que no terminan de concretarse, salvo por la vía del incremento de impuestos. La columna de la derecha hace referencia a un escándalo de corrupción, uno de los temas de los que más se ha hablado en este blog, sin importar el partido del que procediera. La parte inferior de la portada también podría ser, con ciertos matices, de hace apenas unos días:

El interminable procés catalán, en su día con Artur Mas, los centros de acogida de inmigrantes colapsados por las pateras y un nuevo caso de abuso policial en Estados Unidos, con el único cambio de que el presidente en aquel agosto de 2014 era Barack Obama. En el blog vivimos la época pre-POTUS Trump y ya llevamos casi dos años de la posterior. Y «La deuda pública supera ya el billón de euros». Los peligros del endeudamiento excesivo, la recuperación que nunca llega, las medidas equivocadas, el gasto público excesivo o despilfarrado en chorradas, de todo eso se ha hablado en el blog mientras la deuda pública seguía disparándose. Ocho años.

«El mundo está cansado de tanta guerra», decía el Papa Francisco entonces. Y nos parecía que lo de este año con Ucrania, Taiwán, o los conflictos ya medio olvidados en Siria, Somalia o Yemen eran lo excepcional. Nunca hemos dejado de estar en guerra, y nunca hemos dejado de estar cansados de la misma.

Lester: la portada de El Mundo de aquel día hablaba del Canal de Panamá, de los cien años transcurridos desde el arranque a principios del siglo XX. Este blog tuvo la inmensa fortuna de contar en detalle la ampliación del Canal en junio de 2016, con un amplio reportaje desde allí mismo que (si se me perdona la molestia) ya quisiera el propio diario madrileño.

La otra noticia de portada es la del brote de Ébola, aquel virus que venía de África y nos tenía acojonados, ¿quién no recuerda a la enfermera Teresa Romero y el sacrificio de su perro Excalibur? Para mí, lo peor fue comprobar ya entonces cómo se utiliza cualquier suceso para politizar, enmierdar y asustar al personal. Un juego de niños al lado de lo que ocurrió después con la Covid-19, el p… virus al que también hubo que dedicarle mucho tiempo en el blog (Aplauso a una generación de héroes, Casi feliz en casa, Volverán las malditas mascarillas, Las cicatrices del coronavirus, entre muchos otros).

Ver a Michael J. Fox en portada y hablar del paso del tiempo parece inevitable. Nadie como su personaje Marty McFly para mirar hacia atrás y regresar al pasado, o al futuro, o conmemorar que este blog llegaba a la fecha mítica del 21 de octubre de 2015, que como todos los frikis sabemos, es la fecha «futurista» que Robert Zemeckis imaginó durante el rodaje de 1985.

Barney: en cuanto a la parte del deporte, me hace gracia ver en todas las portadas a Luis Suárez, quizás el tipo más sucio que haya visto sobre un terreno de juego. Marrullero, agresivo, faltón, mordedor… en agosto de 2014 era noticia porque llegaba al Barça con una sanción de varios meses tras el bocado que le pegó a Chiellini en el Mundial de Brasil. Pues nada, en el Barcelona encontró ese paraíso de impunidad que tanto he denunciado en el blog. Ocho años sin una sola expulsión (salvo una por doble amarilla en Copa), con un historial de agresiones e insultos brutal, más en su época culé que en la del Atleti. Ocho años después se ha ido de rositas de la Liga española, un caso digno de estudio que no analizará el autoproclamado mejor periodismo deportivo del mundo.

Prefiero irme a las portadas de la prensa deportiva, que entonces nos hablaban de:

Pues sí, razones para soñar. Este blog ha podido disfrutar de las Champions del Madrid en Milán, Cardiff, Kiev y París. Y varias Ligas. Han sido buenos años para los madridistas, qué duda cabe. Hemos vivido las despedidas de Cristiano Ronaldo y de Gareth Bale. E innumerables triunfos de Rafa Nadal, otra constante en estos ocho años. Pero también ha habido muchos huecos para el baloncesto, Pau Gasol, Pablo Laso, el atletismo y los Juegos Olímpicos de Río en 2016 y de Tokio en 2021.

Travis: se me ha ocurrido mirar la taquilla de aquel agosto de 2014 y lo cierto es que fue un poco para echarse a llorar:

Que no digo que Los guardianes de la galaxia no sean entretenidos, pero es que la colección de «éxitos» cinematográficos de la época no ha pasado a la historia precisamente. No en vano, compruebo que aquel fue:

Y no me extraña, si lo ilustran con una foto de los soporíferos Transformers. ¿De verdad que este es el cine que nos vendrá en próximos años?, me preguntaba. Porque hasta para hacer cine de explosiones y acción hay que tener clase, como en mi debut en el blog: Armageddon y Gravity. Peliculones, sin duda. Obras maestras al lado del top-ten de aquel agosto lejano.

Si me voy al año 2014 completo, fue un gran año para el cine español (al que se ha defendido en este blog, por cierto), con tres películas entre las diez más taquilleras. La estupenda Ocho apellidos vascos, la entretenida El Niño y la última de Torrente. De este listado, la que más se recuerda sin duda es El Lobo de Wall Street, del maestro Scorsese, que ha aparecido varias veces en estos ocho años (Taxi driver, El irlandés, New York).

En fin, que este blog seguirá un año más. Sí, lo siento, somos así de brasas: van 545 post, más un centenar en otros medios, dos libros (Relatos de un tiempo fugaz y Aguafiestas), un tercero que llegará en septiembre y muchas, muchas lecturas. Será un placer seguir contando con vosotros.

Un abrazo.

¡Muera el futbolcentrismo, claro que sí!

LESTER, 24/07/2022

“Futbolcentrismo”, toma ya. No falla con el colectivo de inventores de “palabros”, términos que ni siquiera están en la RAE (otro organismo machista, sin duda) pero que suponemos que ayudan para describir una situación conflictiva o un problema de gravedad que merece ser analizado. Al leer el término pensé que podía referirse al peso que tiene el fútbol para muchas personas en esta vida, que lo sitúan en el centro de su jornada diaria, gente que organiza sus semanas en función del día que juega su equipo, pero enseguida comprobé que no, que significaba algo muy distinto.

El “futbolcentrismo” representa el uso abusivo de este deporte en los patios de los colegios, algo que, por lo que leo, debería ser erradicado porque “en el patio existen unos usos de poder y sumisión que se practican diariamente”, según Sandra Molines, profesora de Florida Universitària, y supongo que experta en género, como María Gijón, con quien arranco este post. Que es un tipo de experto que encuentro cada vez con más frecuencia, como en este otro artículo, Patios igualitarios frente al futbolcentrismo, en el que tres arquitectas han diseñado una alternativa para el uso de los patios “con perspectiva de género”:

“Cuando observamos un patio, generalmente hay un grupo dominante (mayoritariamente masculino) que ocupa el espacio central con modalidades de juego expansivas e invasivas respecto a las otras actividades…”. Con todo lo que se ha hecho para promover el fútbol femenino, incluso de manera forzada, dándole más espacio en las noticias y portadas que el interés real que despierta entre los aficionados, y ahora te llegan estos grupos a decirte que hay que reducir o suprimir el fútbol en los patios porque es una actividad exclusiva de niños.

Yo no soy experto en género, pero sí en patios, faltaría más, que me he formado en varios y luego he asistido expectante al cambio de normas con los recreos de mis hijos. Hay que suprimir el fútbol, claro que sí, un balonazo puede ser un principio de violencia de género, como parece que se da a entender, y la no participación en el partido es un principio de exclusión social, pues “la propia configuración del juego hace que las personas que no juegan queden relegadas a los extremos y lo más lejos posible”. Ya puestos, suprimamos también el juego de polis y cacos, porque generaba situaciones de buenos y malos, de delincuentes y represores en el que unos queríamos jugar el papel de los que se evadían y en otros se perpetuaban roles de dominación en los que podían atrapar a sus víctimas.

Prohibamos canciones como aquella de la comba que decía que “al pasar la barca, me dijo el barquero, las niñas bonitas no pagan dinero”, pues vuelve a caer en el estereotipo de las ventajas asociadas a la belleza física y no al intelecto para la consecución de objetivos en la vida.

Prohibamos el juego del churro, por supuesto, y no solo porque el que no se agachaba ejercía el papel secundario de “madre”, sino porque invitaba a los chavales (y chavalas, claro) a someter y oprimir a sus compañeros, lo que generaba patrones de dominación y violencia que solo podían acabar en acoso escolar.

El balón-prisionero, en mi colegio denominado balontiro, no solo ocupaba un amplio espacio del patio, marginando a los que no querían jugarlo, sino que además incitaba a emplearse con saña para atrapar a pelotazos a los compañeros, y en ocasiones, con dos pelotas en juego, terminaba con balonazos directos a la cara o al cuerpo que no eran otra cosa que preludios de agresiones y bullying.

Estas expertas en género proponen alternativas de una gran belleza, “que los patios incluyan zonas de naturaleza, con árboles, sombras, no un mero patio de cemento”… Creo que esta mujer ha visto pocos patios del centro de las ciudades, pero es que además, ¡dos árboles han sido toda la vida los postes de una portería! Sandra Molines opina que “el patio podría ser la mejor de las aulas del cole, pero para ello se debería educar en esos espacios”. ¡Pero que los chicos quieren desfogarse, correr detrás de un balón, meter unas canastas, jugar al frontón aunque sea con la mano, una pelota de tenis y en cualquier pared del colegio, déjalos tranquilos durante el recreo! “Cuando no se educa conscientemente en la igualdad, se educa inconscientemente en la desigualdad. La formación es la herramienta necesaria para poder detectar el sexismo en las escuelas”, afirma.

El colectivo de arquitectas Equel Saree plantea repensar “los espacios y las ciudades desde el feminismo y la participación comunitaria”, ya que la supuesta segregación por género en los juegos provoca “el sedentarismo de la mayoría de niñas, que charlan y pasean alrededor de la pista, con consecuencias negativas para su salud, su autoestima y su desarrollo físico y cognitivo”. Siempre he dicho que todas estas consideraciones sobre una supuesta inferioridad de las niñas y las mujeres en las que caen estos colectivos que piden cambiar las normas o regular todo lo ya regulado por el sentido común,  me parecen de un machismo exacerbado, pero no sé si se dan cuenta de ello. En uno de estos artículos, Sandra Molines propone “espacios para el juego tranquilo, como pintar, cantar, juego simbólico e imaginativo, música, lectura, juegos de mesa, etc”. Insisto en que les falta algo de patio. En mi colegio podíamos desarrollar habilidades pictóricas (los baños siempre fueron una escuela rupestre al estilo de las cuevas prehistóricas), jugar al ajedrez o a las damas (desconozco cómo se interpretarían estos juegos con una perspectiva de género, pero seguro que mal) y los que querían leer, tenían una zona oculta y algo alejada para ello. De hecho, allí fue donde vi por primera vez descubrí a unos compañeros que me enseñaron revistas especializadas en anatomía femenina. Siempre hubo espacios en los patios, no sé por qué tanta manía con regularlos.

Entre las alternativas propuestas, se habla también de ping-pong, bádminton (¿¿¿en un patio escolar???) y colpbol. Reconozco que he tenido que buscar qué era esto del colpbol. Leo con estupor que es “un deporte de equipo que supere las limitaciones educativas de los deportes tradicionales”, “que fomente la máxima participación posible de todos los jugadores”, “que reduzca al mínimo las diferencias individuales”, en definitiva, “un deporte que evita el incremento de las desigualdades”, que “se convierte en un agente socializador con una gran carga de beneficios socioafectivos asociados”.

Anonadado me quedo. Toda mi puñetera vida jugando al fútbol o al baloncesto, tratando de mejorar mis habilidades individuales por el bien del equipo y resulta que lo que tenía que hacer era reprimirlas, pasarle la pelota y la responsabilidad a otro. Empiezo a pensar si todo esto no consistía en una guerra contra el fútbol, sino en algo mucho más cercano al adoctrinamiento.

Hace un par de años leí algunos artículos sobre el fútbol infantil, de chavales menores de ocho años, en el que colectivos de padres pedían que se suprimieran los marcadores porque los niños encajaban mal las derrotas. En algún foro leí a otros que proponían que los goles se celebraran conjuntamente por ambos equipos, el que había marcado y el que recibía el gol, porque los niños tenían que entender el componente lúdico del juego y celebrar cuando se alcanzaba el éxito, el gol, aunque fuera en tu propia portería. Pocas veces he leído una gilipollez tan gorda. Por supuesto que los que perdíamos nos íbamos a casa cabreados, llorando, escocidos, incómodos, rabiosos, de todo, pero aquello era un acicate más para mejorar, para progresar y hacerlo mejor en el siguiente partido. Y si exagero un poco, pero creo que no demasiado, parece que ahora hay que hacerlo todo tan plano y tan sencillo que el verdadero objetivo no es otro que coartar la decisión individual de destacar, de mejorar. De tomar la iniciativa.

Dejadme el fútbol tranquilo, coño. Y los patios repletos de futbolistas en potencia (de ambos sexos, claro).

De la velada cultural a la bobada escultural

LESTER, 17/07/2022

Por esas circunstancias del cargo laboral que no vienen al caso, mi mujer y yo fuimos invitados recientemente a una velada cultural de lo más completa, con cóctel de pitiminí incluido, exposición de obras de arte con el propio creador y concierto final de lo más «ecléctico». Antes de proceder a la descripción de la nochecita, conviene recordar que «ecléctico» es el eufemismo que suele utilizarse para definir «raro de cojones». Pues eso. Una velada «ecléctica».

La historia podría haber sucedido en un consulado extranjero o un Instituto de Cultura de un país europeo de larga tradición cultural, pero voy a situarla en un centro cultural de la República de Francia. Por comodidad, por dar fluidez a la historia, y también, no lo negaré, por esa cierta manía que tengo de toda la vida a los gabachos. Perdón, a los franchutes, digo… a nuestros amados vecinos los franceses. Pues eso, mi mujer y yo llegamos sobre las ocho de la tarde al Instituto Cultural francés, y en el propio vestíbulo nos esperaban dos jóvenes («jóvenas») mozas de metro noventa con unos taconazos descomunales. Nos ofrecieron «una copa de champán» (pronúnciese al modo «shampán» autóctono, comiéndose casi la segunda «a») y nos invitaron a pasar. La de la izquierda estaba estupenda, me recordaba a la Mónica Bellucci de hace un cuarto de siglo (la actual también está tremenda, ojo), pero la de la derecha me pareció que no siempre había sido mujer. Ya me entienden. Llegué a creer que esa masculinidad embutida en un vestido color champán era parte de la multiculturalidad y diversidad que pretendía mostrarse en todo el evento.

– Me llamo Lulú y tengo un trabuco más grande que tú -bromeé con mi mujer.

– Qué bobo eres. Aunque… si me fijo bien… en las manos sobre todo…

Mi mujer se fija siempre en las manos de la gente. Si algún día la conoces y te fijas, no es porque se dedique a la manicura, es porque te psicoanaliza en tus manos. Es capaz de sacar más detalles de las manos de la gente que de una autobiografía. De verdad. Al final de la noche y tras encontrarnos varias veces a «Lulú» en el cóctel y el concierto, coincidió conmigo en que, sin ningún género de dudas, Lulú era o había sido Lolo. Pasamos a la sala en la que se servía el cóctel (tras abandonar disimuladamente el champán y coger una cerveza), donde pudimos visitar la exposición del reputado escultor Monsieur Lafarge. Por supuesto que no se llamaba Lafarge, pero lo usaré por ser una conocida marca de cementos y la cara de este «reputado escultor» era más dura que el cemento tras veinte horas de solidificación.

Las supuestas obras de arte consistían en unas diminutas esculturas clavadas a la pared con una barra metálica de unos veinte centímetros. Se trataba de unas pequeñas formas abstractas de cristal o metal de tres o cuatro dedos de tamaño sin ninguna forma reconocible, lo mismo podían ser un boniato partido por la mitad y estampado contra el suelo que un asteroide de Star Wars. Una chuminada, en cualquier caso. Mi mujer y yo tratábamos de encontrar el sentido a algunas de las piezas mientras hincábamos el diente a unos canapés, pero en esas llegó el artista, el insigne creador Monsieur Lafarge, acompañado del Director del centro, el presidente de la compañía que patrocinaba el evento, un tipo estirado que imaginé como el agente de Lafarge y otra jaca de buen ver con el mismo vestido que las dos de la entrada. O les dos, o el uno y la otra, o como se diga sin ser tachado de tránsfobo.

Monsieur Louis Lafarge era un tipo de unos sesenta años, alto, enjuto, con los morros hacia fuera de manera un tanto forzada, un anillaco con un pedrusco rojo en el meñique izquierdo y un aspecto a medio camino entre Karl Lagerfeld y Antonio Gala. Con chaleco y americana, pese al calor que hacía, y un bastón que no usaba para apoyarse, sino para señalar sus obras. Puro postureo. Me quedé mirando su bigote, un bigote muy fino que parecía pintado y sin pelos, un poco a lo John Waters.

– Lleva bigote de pederasta -dije por lo bajinis a mi mujer.

– ¿Qué bobadas dices, acaso conoces a algún pederasta que lleve ese ridículo bigote?

El enfado de mi mujer conmigo por la tontería hizo que el tono de su frase se elevara de manera progresiva, con lo cual lo de «ridículo bigote» fue escuchado por varios de los asistentes, incluido el posible agente del artista. Menos mal que Lafarge iba a lo suyo, señalando sus obras con el bastón y en un momento dado pidió que encendieran unos focos que había en una extraña lámpara del techo. Los haces de luz iluminaban los boniatos escultóricos, lo que hacía que se proyectaran unas sombras sobre la pared, sombras sobre las que Lafarge empezó a divagar. Nos acercamos un poco para tratar de entender lo que decía. Los haces de luz se movían y cambiaban de color, lo que provocaba variaciones en las sombras y en las supuestas obras de arte. «El juego de luces y sombras puede representar el transcurrir de la vida, la quietud, la paz interior, pero a la vez el movimiento, los cambios de ánimo…». Creo que mi escaso francés me permitió pillar algo así. Muy bien, cariño, ¿lo vemos ahora? Nos miramos y se nos escapó una sonrisa:

– Yo solo veo sombras de patatas sobre la pared -contestó mi santa, que había recuperado el buen humor tras apretarse los primeros canapés decentes de toda la noche. Casualmente los más simples, los de queso francés, porque todos los anteriores, a base de fruslerías de colores, entraban directamente en la categoría de nouvelle cuisine basuré.

Nos separamos del grupo montado alrededor del artista para que no se pudieran escuchar nuestras risas y empezamos a jugar a imaginar las sombras y sus explicaciones:

– Esa parece un pato, no, una nube. O una nube con forma de pato.

– Es una nube -continué poniendo morritos y acento francés- que representa el vuelo grácil del pato en fase migratoria, una metáfora del artista sobre la inmigración en busca de mejores condiciones de vida.

– Ja, ja, ja, ¿y esta otra? Parece una torre como esas del petróleo, de perforación, y con el movimiento de las luces parece que está echando algo, será otra metáfora sobre el cambio climático y los efectos del hombre sobre la atmósfera.

– Cariño, eso no es una torre, sino un trabuco como el de Lulú, con eyaculación y todo.

Nos reímos, sí, pero cuando minutos más tarde vimos al señor Lafarge explicando con su bastón la escultura y a su séquito carcajeándose, comprendimos que a lo mejor nuestras interpretaciones no estaban tan desacertadas.

Seguimos durante unos veinte minutos con la cerveza y unos canapés infames, mucha brochetita de verduras infectas, bolitas engarzadas en palillos para mojar en salsas picantes como el demonio y texturas teriyakis de esas, o como se llamen. Sobre un pedestal en mitad de la sala había una bandeja con una cosa que dudamos si eran canapés art decó o una nueva escultura de Lafarge, así que no las probamos por si acaso. Que luego pasa como en aquella feria de Milán en la que la mujer de la limpieza tiró a la basura una obra de arte supuestamente vanguardista tras confundirla con los restos del cóctel. Una tomadura de pelo, vamos.

Tras el cóctel nos invitaron a pasar a otra sala en la que nos deleitarían con un breve concierto a cargo de tres artistas, dos franceses a los instrumentos y una portuguesa para la voz. Cuando presentaron a los artistas pronunciaron las dos palabras que más miedo me dan en este tipo de espectáculos: «experimental» y «fusión». Yo siempre creí que los experimentos debían hacerse en laboratorios y que las fusiones musicales no provienen de la mezcla de estilos, sino del efecto que provocan en los espectadores: los funden. Según parece, los artistas iban a interpretar unas piezas de Claude Debussy con ritmos de gipsy jazz y acompañados por la voz de la cantante de fados Maria Graça Dosantos, quien acompasaría versos de Enrique Morente a la música de sus compañeros de escenario. Con un par.

En las primeras filas se sentaron Lafarge, el presidente-mecenas y los altos cargos del Instituto, y nosotros nos pusimos en las últimas filas y cerca de la salida por si había que salir huyendo. Motivos no nos faltarían, visto el panorama. De todo el concierto apenas disfruté los primeros diez segundos, cuando el piano comenzó a sonar con timidez, pero en cuanto entró el contrabajo, y en especial, cuando se sumó la cantante moviendo una maraca que parecía un sonajero infantil, comprendimos que eso solo podía ir a peor. Y fue a peor, ya lo que creo que sí. Fue en el preciso instante en el que Maria Dosantoshuevazos comenzó a soltar un quejío de Morente que pegaba con los ritmos de los instrumentos como un tricornio en un traje de novia, como un baile de Shakira en un consejo afgano de ayatolás, como un tipo con frac en lo alto de una carroza en el Desfile del Orgullo.

Mi mujer y yo nos miramos con la misma cara de espanto y diversión con la que habíamos presenciado la muestra escultórica. Hicimos serios esfuerzos para contener la risa y mira, mira, cariño, Lafarge está moviendo los pies al ritmo de la melodía.

– ¿Al ritmo de quién? ¿Del piano, del flamenqueo, del contrabajo? ¡Porque cada uno va por su lado!

Sí, joder, parecía que los de las primeras filas estaban disfrutando de lo lindo y es en esos momentos cuando uno piensa por unos segundos que es un analfabeto cultural al que su escaso bagaje le impide disfrutar de estas excelencias no aptas para cualquier paladar. ¡Pero nooooo!, eso era una tomadura de pelo a la que estaban entregados los anfitriones porque a buen seguro se habrían gastado una buena pasta en el montaje de toda la velada. Los asistentes aplaudieron al final de la pieza. O mejor dicho, rehago la frase: aplaudieron el final de la pieza.

Si por un momento pensamos que el experimento había resultado fallido y tendría arreglo en los siguientes temas, enseguida vimos que no. La cantante dejó el sonajero y cogió un triángulo al que atizaría en los momentos más inopinados de la pieza de un Debussy «morentizado», vaya locura, qué espanto. Y los de las primeras filas, extasiados, se oyeron varios «¡bravo!» y hasta algún «¡ele!». No tengo la menor duda de que si en ese momento hubieran aparecido unos mariachis y unas bailarinas de samba, los espectadores habrían aplaudido a rabiar. Que esto costaba mucha pasta y tenía que parecer algo único y excepcional. Bueno, «único y excepcional» fue, desde luego.

Justo antes de la pieza final, acalorada, la cantante de fados se quitó el mantón de Manila que llevaba sobre los hombros y pudimos ver el vestido en todo su esplendor. Lucía un vestido rojo con un escote hasta el ombligo (literal), y ya que la música no acompañaba, nos habríamos extasiado en la contemplación de sus senos de no ser más plana que una tabla de plancha. Al menos, la cantante tenía una sonrisa preciosa, pensé, es una lástima que se empeñe en cantar de nuevo. «No rompas el silencio si no es para mejorarlo», me vino a la mente. Y al verla coger una pandereta, comprendí que el experimento sobre la capacidad de sufrimiento humano no había finalizado. Desde ese día creo que Debussy, Morente y hasta el jazz deberían estar considerados por la Convención de Ginebra, elementos que, sueltos, suenan bien, pero que mezclados son como echarle ketchup al cordero lechal o quinoa a un solomillo. Un crimen.

Antes de que acabaran los aplausos, mi mujer y yo salimos escopetados, necesitábamos salir de allí, desintoxicarnos, escuchar los cláxones de la ciudad y la algarabía de las terrazas de verano. Y de paso, cenar algo, que en estos cócteles se pasa tanta hambre como los viernes de Cuaresma en mi antiguo colegio. No nos fuimos muy lejos, encontramos una buena mesa, pedimos unas jarras de cerveza y unas raciones, y pasamos un buen rato reviviendo los mejores momentos de la velada. A decir verdad, los mejores fueron escasos, así que revivimos los peores y las sensaciones nada contradictorias que nos habían provocado.

La sorpresa de la noche llegó cuando vimos que dos mesas más allá de la nuestra se habían sentado a cenar los dos músicos franceses, la cantante portuguesa, el artista Lafarge y el tipo estirado que lo acompañaba hasta para ir al baño. Aguzamos el oído para ver qué comentaban y, oh, sorpresa, hablaban un perfecto español con acento de La Pampa.

Colgar las botas

LESTER, 11/06/2022

Llevaba toda la temporada dándole vueltas a este momento y el domingo pasado por fin llegó: cuelgo las botas. Dejo el fútbol. Alguno de los cabroncetes que juegan conmigo seguro que piensa que fue el fútbol el que me dejó a mí hace años, pero ahí he seguido, dando guerra hasta los 52 tacos. He sido un privilegiado. Las lesiones me han respetado todos estos años y eso, sin duda, ayudó a esta longevidad. Muchos de mis compañeros tuvieron que dejarlo antes por problemas en las rodillas, meniscos, tobillos, cartílagos, espalda… cada convocatoria era un repertorio de dolencias y molestias que invitaba a la huida. O a la risa, que también: «estáis mayores», les decía. Seguramente algo hice bien para prepararme y aguantar las tarascadas y los golpes, que a partir de cierta edad uno se resiente. Y aunque trato de disimular en la oficina, los días posteriores a un partido me duelen los muslos, la espalda, las costillas y los innumerables sitios en los que haya podido llevarme un golpe ese fin de semana. No ando como Robocop por placer, compañeros. Con veinte años te recomponías en un segundo (sobre todo si tu chica estaba presenciando el encuentro) y al día siguiente ni te acordabas de dónde te habían golpeado. Pero desde hace años no, el cuerpo me estaba diciendo algo y yo me resistía a escucharlo.

Desde el año 87 he participado con regularidad en ligas de todo tipo, 35 temporadas con los únicos parones de la pandemia y del año que estuve a medio camino entre Marbella y Madrid. Algunos años jugaba en dos campeonatos diferentes al mismo tiempo, uno entre semana y otro los fines de semana. Hasta tres en un par de años de locura. Ligas de barrio, en la universidad, equipos de antiguos alumnos, de empresa, de fútbol 7, 8 y 11, fútbol sala, en campos de la Alameda de Osuna, Vicálvaro, Vallecas, Torrejón, Mijas, Fuengirola, San Pedro de Alcántara, Alcalá de Henares o Fuenlabrada, en mil sitios. Siempre ligas seniors, nunca quise asumir que la lógica me llevaba a las ligas de veteranos. En los campos en los que he jugado nos mezclábamos adolescentes, veinteañeros, treintañeros, cuarentones y (pocos ya) de mi quinta.

He disfrutado mucho todos estos años. Mucho. Albert Camus, antes de lograr el Nobel de Literatura en 1957 jugó como delantero durante su juventud hasta que una tuberculosis lo debilitó y lo llevó a continuar su «carrera» de aficionado como portero, y siempre decía que, de haber podido elegir entre las letras y el fútbol, escogería sin duda lo segundo. También nos dejó una de mis frases favoritas sobre este deporte:

“Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol”.

Siempre que en las empresas se plantean cursos sobre gestión de equipos o liderazgo, pienso que no hay mejor escuela que un equipo de fútbol. O de baloncesto, balonmano o rugby. Los que tengáis hijos pequeños, permitidme este consejo: apuntadlos a deportes de equipo, aunque luego se decanten por alguno individual. En un equipo de fútbol aprendes como en ningún otro sitio sobre gestión de egos, cómo abandonar el individualismo por el bien colectivo, sobre la solidaridad con el grupo, la preparación, cómo tratar de dar tu máximo, a alegrarte con los éxitos de tus compañeros o cómo aprender de tus errores para mejorar. No por ti, sino por tus compañeros, a los que quieres ofrecer tus mejores prestaciones.

De hecho, cuando menos he disfrutado ha sido cuando he jugado en equipos en los que no existía ese buen ambiente de compañerismo y camaradería que normalmente he encontrado en los terrenos de juego, cuando no jugué rodeado de amigos con los que luego te ibas a tomar una cerveza. O varias. Cuando he jugado con gente que vivía anclada en el reproche aunque luego sus decisiones no eran las que convenían al equipo. ¡Camus era un sabio! Y claro que hay tramposetes, como en la vida misma, gente que trata de engañar a la autoridad, o que te la hace por detrás y nunca de frente, o jugadores cuyo estado natural es el confrontamiento. Abandoné una liga en la que disfrutaba como un enano (y no como el cuarentón que era) el día que pegaron a un árbitro muy cerca de mí, ¿qué se me había perdido allí, o separando veinteañeros en las continuas tanganas que se formaban?

En el fútbol he hecho grandes amigos, gente del barrio en su mayor parte, o compañeros con los que coincides en un momento dado de tu vida y los quieres siempre a tu lado, en la defensa o en el centro del campo. Cuando publiqué mi primer libro de relatos (Relatos de un tiempo fugaz), varios lectores me dijeron que algunos parecían autobiográficos, y yo dije que solo uno lo era. Nadie adivinó cuál. Y era precisamente Remontada, sobre un equipo de barrio y un compañero, Alberto, que falleció con 23 años. Hay mucho de verídico en aquel texto. Como en aquel relato se contaba, he tenido la suerte de jugar con dos de mis hermanos e incluso, años después, con mi hijo durante cuatro temporadas. Una gozada auténtica, soñaba con una rosca perfecta a la cabeza de mi hijo que me gritaba «Papá, Papá» desde el centro del área y este remataba a la perfección, ilusiones que, con pequeños matices, cumplí (mis roscas dejaron de parecerse a las de Michel hace décadas).

El fútbol siempre ha servido para acercarnos a la gente y tener un nivel algo más que aceptable me ayudó siempre a disfrutar y hacer que los demás disfrutaran más esos momentos. En Bolivia organizamos partidos con los chavales de las escuelas cercanas que venían al Hogar Teresa de los Andes a pasar las tardes con nosotros y en Ecuador organizábamos partidos callejeros en el pequeño pueblo de Mascarilla. Una pelota y poco más. Ganas, sobre todo. De allí salió también uno de mis textos favoritos, Agua o fútbol, sobre la curiosa contradicción de unos pueblos con problemas de agua potable, pero con unas fantásticas canchas de fútbol de coste superior al de una depuradora para los vecinos.

En los distintos trabajos por los que he ido pasando a lo largo de todos estos años no ha habido lugar en el que no haya surgido una pachanga, un torneo de empresa, un equipo para una liga organizada. Hace años me di cuenta en uno de estos campeonatos del poder «democratizador» del fútbol, de su virtud «igualadora». Jugábamos una liga entre los distintos centros de trabajo de la empresa: nosotros, que éramos los de la Central, y gente de Fuenla, Rivas, Alcalá, Leganés… En uno de los equipos contrarios había un tipo que se pasó todo el partido repartiendo estopa, atizándonos a todos los que osábamos pasar por el medio del campo. En una de estas le dije que se controlara un poco que íbamos a acabar haciéndonos daño y me contestó:

– Es que ustedes, los de la corbata, vienen aquí a vacilarnos.

Me salió del alma la respuesta:

– ¿Corbata? ¡Pero si aquí estamos todos en pantalón corto, amigo!

No sé si sirvió de algo, pero creo que rebajó un poco las hostialidades. Todos somos iguales en pantalón corto, once contra once con las mismas reglas. Cada uno con nuestras fortalezas y nuestras debilidades, ahí no hay rangos ni escalafones, y se respeta la integridad física de compañeros y rivales. Nunca he ido a hacer daño. Y todo el que ha jugado al fútbol sabe cuándo un rival va a hacer daño. Cuando ves un partido por televisión con amigos o en un bar se nota mucho por los comentarios quién ha jugado al fútbol y quién no, y hay periodistas y «piperos» que creo sinceramente que no le han pegado jamás a un balón. Cuando esta temporada empezaron a opinar sobre los pisotones, que si eso era roja, que si la intención, que si tal… te dabas cuenta de que ni uno solo se había calzado jamás unas botas, ni sabía distinguir una jugada de otra. Este es un «regalo» que me dejaron a mí esta misma temporada, un taco cerca del gemelo que me rascó toda la pierna. No hubo mala intención, solo mala suerte, pero de haber existido el VAR en los campos en los que juego, esa entrada habría parecido escandalosa y cualquier juntaletras habría empezado con la cantinela «¡roja! ¡Criminal!»:

Y no era así, ni mucho menos, hay mucha más nobleza de la que algunos creen en este deporte. Lo he pasado muy bien, he aprendido mucho, he conocido gente estupenda, mucha más que desalmados carniceros, y ahora toca dejarlo. La mejor despedida de un deportista que recuerdo, al menos la más emotiva, es la del Dear basketball de Kobe Bryant, aquel corto que se llevó un Óscar en 2017, con música de John Williams. Yo no he dado mi vida al deporte, ni mucho menos, pero sí tiene grandes frases, de entre las cuales me quedo con esta:

«My body knows it’s time to say goodbye. And that’s OK.

Mi cuerpo sabe que es el momento de decir adiós. Y eso está bien».

Kobe Bryant

Gracias, Papá, por inculcarnos ese amor al deporte, por insistirnos en que saliéramos de la cama y nos fuéramos «a hacer deporte», ya fuera con una raqueta, un balón de fútbol o uno de baloncesto. Gracias, Mamá, por tu infinita paciencia con esos chavales que desde los doce años jugábamos en campos de tierra, auténticos lodazales cuando llovía. Sabías que el fútbol, y no la música, es lo que amansa a las fieras. Gracias a todos los que habéis jugado conmigo todos estos años, y a los que me habéis aguantado como rival, «ese pesao que no paraba de correr». Lo hemos pasado realmente bien. E igual que Chicho Ibáñez Serrador se resistía a enterrar el Un, dos, tres año tras año («clave usted unas puntas sobre el ataúd… pero no muy fuertes por si acaso»), yo no voy a deshacerme todavía de las botas. Tras el maratón que espero correr en diciembre, quién sabe si podré resistirme a un The Last Dance a partir de enero. Aún me veo joven, fuerte como un Miura, concretamente como ese japonés que se resiste a colgar las botas.

Relatos de fútbol

El bigote de Kim

Tarde de Reyes

Me vais a obligar a reclamar, cabr…

LESTER, 31/05/2022

Acabo de recibir un «regalo», una compensación por una reclamación que inicié hace casi tres años. Que sí, que ahora está muy bien recibir 1.800 euros, nos pegamos un buen homenaje, le hago un regalazo a mis hijos, etc., pero en su momento nos sacaron de nuestras casillas. Todo sucedió a la vuelta de nuestro viaje a Ecuador en agosto de 2019. El vuelo que debía llevarnos de vuelta a Madrid se averió y, tras tenernos unas diez horas sin apenas información, retrasaron varias veces la salida, nos dijeron que iban a darnos una bebida o comida (que nunca llegó) y que no nos alejáramos mucho de la puerta de embarque. El vuelo se suspendió finalmente, así que nos llevaron a un hotel a las afueras de Quito donde pasaríamos la noche con la esperanza de poder volar al día siguiente. Una faena, hay gente que perdió conexiones de vuelos, yo perdí un día de trabajo, el agotamiento de tantas horas en el aeropuerto sin información… Lo más sorprendente fue cuando se llevaron todos nuestros pasaportes porque oficialmente habíamos salido del país, teníamos ya el sello, y tenían que «reingresarnos». La imagen de la empleada de la aerolínea con cincuenta o sesenta pasaportes que se le caían de las manos, repartiéndolos al corro de pasajeros que la rodeábamos fue cuanto menos penosa.

Llegamos a Madrid con treinta horas de retraso sobre el horario inicialmente previsto y puse una reclamación con toda la información que fui capaz de recoger. La puse físicamente en el aeropuerto de Madrid y en la web, y me contestaron ambas veces que «lamentamos las molestias, pero puedes irte a esparragar». Buceando en las redes, descubrí que los pasajeros que pasan situaciones similares tienen derecho a una compensación de hasta 600 euros por persona. Y puede que más, si ha habido pérdidas de vuelos o gastos por cuenta del pasajero, como hoteles o traslados. Pero el proceso de las reclamaciones es largo y tedioso, y a mí (como creo que a casi todo hijo de vecino) me aburre soberanamente. Casi todas las empresas tienen un sistema pensado para no hacerte ni puñetero caso si vas por la vía normal: teléfonos 900 ó 902 con varios minutos de espera, chatbox en las webs, mensajes automáticos sin una respuesta satisfactoria… Así que lo dejé en manos de una de esas empresas que reclama por ti, que han surgido varias en los últimos años. Estas empresas han creado un sistema automatizado en el que tampoco hablas con nadie, pero subes tu documentación a su web, explicas las circunstancias y ellos se encargan de todo, con una comisión que puede ir entre el 25 y el 35 por ciento, más IVA.

Así que finalmente hemos cobrado esos 600 euros de indemnización por barba, menos la (elevada) comisión de esta empresa. El post de hoy no va de este caso concreto, sino de los malos servicios que se nos presta a los ciudadanos, y en especial, los de atención al cliente disconforme. Hace unos años tuve una mala experiencia con una empresa de alquiler de coches en el extranjero. Al llegar al aeropuerto de Múnich para devolver el vehículo, nos dijeron que tenía un pequeño arañazo en el parachoques (menos de un centímetro, inapreciable). Hablamos del seguro que había contratado para la ocasión (el intermedio) y para mi sorpresa, dos semanas después, me llegó a casa una factura de 570 pavos que me cargaron directamente en la tarjeta de crédito. 100 euros por «entregar el vehículo con retraso» y el resto por el desperfecto y los días de alquiler que la compañía perdía mientras lo arreglaban.

Ahí comencé un calvario de reclamaciones, conversaciones telefónicas y escritos que tardó algo más de un año en resolverse. Me asusté al leer algunos artículos sobre las prácticas de algunas compañías, casi siempre de casos cortados por el mismo patrón: ciudadano que deja un coche en el aeropuerto justo antes de su salida del país. Aeropuertos en los que nadie revisa el estado del vehículo durante la entrega, horas de entrega manipuladas, desperfectos reclamados que no aparecen en las propias fotos de los usuarios…

En mi caso, pude acreditar la hora de devolución del coche porque guardo todo por deformación profesional y estaba claro que había sido a tiempo, pero del resto (incluidas mis fotos y su incumplimiento en la parte de la verificación previa del vehículo), ni caso. Al final solicité un arbitraje al Consorcio General de Transportes de la Comunidad de Madrid, y allí, un año después del incidente, tuvimos una vista oral, tras la cual logré que la compañía de alquiler me devolviera el cincuenta por ciento de todo el importe. El hecho relevante para mi defensa fue que la compañía entrega el vehículo de cualquier manera, en un garaje a doscientos o trescientos metros de la agencia, sin nadie que revise el estado del mismo, pese a que el contrato indica que hay una persona de la agencia presente en ese momento. Luego no pueden acreditar el estado del mismo o si ese mínimo arañazo ya existía cuando me lo entregaron. Uno aprende de estas cosas y desde entonces tomé dos decisiones:

  • Hacer mil fotos del estado del coche antes de retirarlo. Y al mínimos desperfecto, lo marco en la hoja, por pequeño que sea.
  • No volver a utilizar esa compañía (aunque con otras también he tenido «problemillas» que pude resolver).

¿Valoran las compañías el número de clientes que pierden con el maltrato que les dan? Hace apenas quince días, la compañía de mantenimiento de la caldera me ha devuelto un importe menor que reconocía haber cobrado erróneamente un año atrás. ¿Cuántas llamadas y correos hemos necesitado para que nos lo devuelvan? Su respuesta hace un año fue que «no es política de esta compañía devolver dinero a los clientes?». ¿Cómoooo, ni aunque tengan razón? Así que no me ha quedado otra que esperar un año para que me lo restaran de la cuota del segundo año. Y he renovado por la oferta que mantenía, pero ya les he tomado la matrícula y dudo mucho que vaya a continuar con ellos.

Con Telefónica tardé cerca de un año en que me devolvieran los importes cobrados erróneamente cuando me quedé la línea del anterior propietario de mi casa. ¡Un año de mareos y toreos! Pero te vas a Jazztel y no te hacen ni puñetero caso hasta el día que les dices que te vas porque el «nuevo y ultramoderno router» que te han instalado es una auténtica castaña que no llega al resto de la casa. Una docena de llamadas sin una respuesta satisfactoria hasta que dije que me iba. Y solo entonces me vinieron con una solución que ya no acepté: si he dicho que me voy, es que me voy. Lo siento, haber espabilado antes.

No sé si la sensación es solo mía, que seguro que no, pero tengo la percepción de que los clientes somos ganado, y un ganado que cada vez requiere menores cuidados. Menos cariño. Quizás haya ayudado la proliferación de servicios por Internet, low cost en la mayoría de los casos, y a las compañías tradicionales, para poder competir en precios, no les ha quedado otra que reducir sus servicios de atención al cliente. Pero lo que tengo claro es que ese servicio suele ser nefasto. Y eso lo saben bien las plataformas modernas que ofrecen sus servicios a particulares. No soy usuario habitual de Uber, pero mi hijo puso una vez una reclamación delante de mí por un mal servicio que nos prestaron en un viaje. En menos de una hora nos habían devuelto el importe íntegro del servicio (que tampoco habíamos pedido eso) y mil excusas por el malentendido que se produjo. Amazon resulta hasta empalagoso cuando quiere resarcirte por algún servicio en el que no todo ha resultado a satisfacción del cliente. Una vez nos devolvieron un importe ridículo que ni siquiera habíamos solicitado, nos pidieron perdón hasta que les dijimos «‘¡que no se disculpe más, pesao!» y hasta nos asignaron a una persona por si queríamos hacer un seguimiento de nuestra incidencia.

Justo esta semana se ha presentado el Anteproyecto de Ley de Atención a la Clientela, con el que el gobierno pretende acabar con las malas prácticas de los servicios de atención al cliente. Yo he hablado de algunos ejemplos sufridos en carne propia, y eso que no he entrado en asuntos de comisiones bancarias, factura de la luz o extras que aparecen en algún viaje, hotel o restaurante. Cada uno tendrá los suyos. A mí no me gusta reclamar, que conste, me aburre, me agota, me pone de mala leche durante varios días… pero es que no me dejáis hacer otra cosa, cabrones.

Entre el crazy weekend y el forever young

LESTER, 29/04/2022

Ahora que han pasado unos días puedo decir que fue divertido. Intenso, pero divertido. Pudimos quedarnos en casa tranquilos y descansar, o pudimos optar por los planes B: tener un incidente diplomático internacional con un refugiado ucraniano, beber más de la cuenta en una boda, correr un medio maratón al día siguiente, jugar al baloncesto, celebrar un cumpleaños con una dieta hipercalórica o quedarnos atrapados en un “escape room”. Pudimos no hacer nada o pudimos tratar de llegar a todo. Que fue lo que hicimos.

“Forever Young”, siempre joven, que cantaba Alphaville allá por los ochenta:

Let us die young or let us live forever / Vamos a morir jóvenes o vamos a vivir para siempre

We don’t have the power, but we never say never / No tenemos el poder, pero nunca digas nunca

Sitting in a sandpit, life is a short trip / Sentado en un cajón de arena, la vida es un viaje corto.

La semana pasada fue mi 52º cumpleaños, nada que ocultar, como ya he hecho otras veces desde los “felices 45”, y pude decir que NO a varios de los planes que surgieron para comenzar a aceptar la edad que tengo, o… en esa guerra contra la edad opté, optamos, si incluyo a mi santa, por decir que SÍ a todo.

Youth’s like diamonds in the Sun / Los jóvenes son como los diamantes al sol

And diamonds are forever / Y los diamantes son para siempre

So many adventures couldn’t happen today / Así que muchas aventuras podrían no suceder hoy

Pero como decían los concursantes del Un, dos, tres… y nosotros mismos: “Hemos venido a jugar, ¿no?”.

Todo comenzó el viernes a última hora de la tarde, cuando el refugiado ucraniano llegó a nuestra casa. O comenzó un poco antes, cuando se solicitaron familias de acogida para los refugiados que estaban llegando a España procedentes de Ucrania y nos apuntamos en la lista. A nosotros no llegaron a pedirnos que acogiéramos a nadie de manera oficial, pero nuestros vecinos, que fueron más rápidos y seguramente más hábiles, tenían a una familia (madre e hija) acogidas en su casa desde hace un mes y medio. Las ucranianas pidieron a nuestra vecina que si conocía a alguien que pudiera acoger a un chico durante tres o cuatro días, y dijimos que sí, aunque este fuera uno de nuestros peores fines de semana de los últimos tiempos para ello.

La madre ucraniana no hablaba inglés y la niña (16 años, la llamaré Dayana) lo hacía con poca fluidez, pero podíamos entendernos. Dayana nos contó que el chico había logrado salir del país, que vivía en una zona que estaban bombardeando y que iba a pasar unos días por Madrid antes de su destino final en Ámsterdam, donde se juntaría con su madre. La verdad es que no preguntamos nada, ni pedimos documentación, ni tratamos de hacer más averiguaciones, dijimos que lo recibiríamos encantados y punto. El viernes por la tarde-noche, bajo un diluvio universal, apareció el chico ucraniano (al que llamaré Andrei para la ocasión) acompañado de Dayana.

  • Esta será tu habitación, aquí está el baño, la clave de la wifi, unas toallas, la cocina… lo que necesites, nos dices.

Andrei hablaba un inglés bastante solvente y nos lo agradeció efusivamente. Un chico bien majo, todo hay que decirlo. Las mujeres son mucho más espabiladas que nosotros para todas estas cosas y desde el principio, ya desde antes de que Andrei entrara en casa, mi santa me dijo:

  • Para mí que este chico es el novio de Dayana.
  • ¡No creo!, nos están pidiendo un favor para un chaval y tenemos esa habitación disponible, no creo que pase nada.

El “chaval” me sacaba una cabeza. Pues bien, no había transcurrido ni media hora cuando Andrei se nos acerca y nos dice:

  • Disculpad, ¿tenéis algún problema en que nos quedemos a pasar la noche aquí?
  • ¿Los dos???
  • Sí, claro.

El amor, las hormonas, la situación desesperada de las familias, el diluvio en la calle, un kiki emotivo… pasaron mil cosas por nuestras cabezas en cuestión de segundos, pero supimos responder que no. Una de las normas no escritas en nuestra casa a nuestros hijos es que los novios o novias respectivas son bienvenidos, pero no para… en fin, eso. No quiero levantarme un domingo a desayunar y encontrarme a un tipo con los calzoncillos medio caídos preparándose un café en mi taza favorita, no, lo siento, llamadme carca, pollavieja, lo que queráis. Tengo unos hijos maravillosos y todos pertenecemos a “este mundo”, pero la casa es un recinto sagrado, así que contestamos a Andrei y Dayana que no. Que se quedaran la tarde-noche juntos si querían, viendo una peli, cenando, pero de dormir nada.

  • ¿Lo sabe tu madre? -preguntó mi mujer a Dayana.
  • Eeeeeh, sí -dijo la niña con evidente rubor. Estaba mintiendo como una bellaca. Ucraniana, pero bellaca.

El caso es que pasaron dos o tres horas en casa, charlando, picando algo, pero cerca de las doce, la hora de Cenicienta, pero también la hora tope que les habíamos puesto, se encerraron. En la habitación de mi hijo, que ahora estudia fuera. Ejem, eeeeeh, ¿cómo se gestiona esto? La niña es menor, el chico no sé si lo es o no, porque puede que tenga los diecisiete años que decía, pero, ¿y si no lo es? ¿Es un delito en España por aquello de la edad del consentimiento sexual? ¿Y yo, tendría algún tipo de implicación en ese delito?

Ese pensamiento lo tuve después, porque en aquel momento mi cerebro trataba de montarse su propia película romántica sobre los últimos momentos de pasión de una joven pareja de refugiados ucranianos antes de separar sus vidas rumbo a Holanda y Estados Unidos, pero no, quita, quita… me di un guantazo a mí mismo, mi mujer me sacó de la ensoñación y me dijo que iba a llamar a la vecina y a la madre, y que yo, mientras, fuera a sacarlos de la habitación.

Llamé a la puerta, Dayana, tu madre está aquí, ha venido para llevarte a casa. El timbre de casa también sonó en perfecta sincronía. Cuando me abrieron la puerta de la habitación, la chica estaba en pijama y con zapatillas de andar por casa. Lo tenía muy claro desde el primer minuto: ella había venido para quedarse.

La escena del vestíbulo, con las ucranianas discutiendo en su idioma, nosotros hablando en inglés con la madre (que negaba con la cabeza al no entender nada), luego en español con mis vecinos, y después en inglés con los chavales para decirles que cada mochuelo a su olivo, fue digna de una comedia de Berlanga, que finalmente se saldó con una frase mítica de mi vecino, quien, a falta de un fluent English, soltó: “ñakañaka a un hotel”. Ja, ja, ja, ja,… si su objetivo era que lo entendiéramos nosotros, pero no los ucranianos, consiguió todo lo contrario. Pero funcionó. Seguía diluviando y en el fondo nos dio algo más de lástima: “familia de desalmados españoles arroja a una tormenta a una refugiada ucraniana en pijama”. “Ucraniana coge una pulmonía al ser expulsada por su familia de acogida”. Se me venían titulares así al coco.

Dayana se subió a la habitación visiblemente contrariada, pero bajó con una sudadera sobre el pijama, les dejamos un paraguas y quedamos en que se verían al día siguiente temprano. Porque al día siguiente nosotros teníamos una boda y no íbamos a estar en casa en todo el día. ¿Dejamos a Andrei con la casa a su entera disposición? ¡Pero si le conocemos de tres horas y ya nos ha puesto la cabeza como un bombo! Nada, muchacho, mañana te vas a pasar el día con tu amiga, hacéis turismo por Madrid y sobre las siete, ocho de la tarde, que habremos vuelto de la boda, te llamamos y te vienes por casa.

Lo que ocurre es que las horas de las bodas… sabes cuándo empiezan, pero no cuándo terminan. A las doce estábamos en la iglesia dispuestos a presenciar la boda con la novia más guapa que se ha visto en años, por lo menos desde hace veinticinco. Era una de esas bodas muy esperada y querida, de las que parecía que nunca iba a celebrarse por culpa de la pandemia que todo lo paró, pero el gran día (para ellos) llegó. Novia radiante y feliz, novio súper atento con todos los invitados, y tras las fotos de rigor, nos fuimos rumbo al «peazofinca» en el que se celebró el cóctel-banquete-baile-sarao, etc. Yo no quería pasar mucho tiempo de pie, puesto que al día siguiente tenía carrera, pero esa intención, en una boda, es tan de ilusos como la de aquellos que escriben a Scarlett Johansson por Instagram o Twitter con la esperanza de que les conteste.

  • ¿Y cómo es que te has apuntado al medio maratón de Madrid mañana, con una boda de por medio?

Fue una pregunta que me hicieron varias veces a lo largo del día, y como bien dije, todo formaba parte de mi carrera contra la edad (recordad ¿Por qué corremos los cuarentones?, que ahora debería actualizar con los cincuentones): demostrarme a mí mismo que todavía podía salir e irme a hacer deporte de intensidad al día siguiente. En las resacosas mañanas de domingo previas a los partidos de fútbol de birria, perdón, de barrio, hay un gran libro de pequeñas historias. De chavales cuyo sudor huele a cubata con whisky de garrafón, de aquel Juan que trabajaba en una disco hasta las ocho de la mañana y venía del tirón o de jóvenes con toses de fumador compulsivo que piden la UVI nada más empezar y luego aguantan la hora y media de partido dando cada carrera como si fuera la última de sus vidas. Podía haber dicho que NO a la boda, o podía haber dicho que NO a la carrera, pero «hemos venido a jugar, ¿no?».

Si antes de empezar a zampar, nos pusieran en una mesa todo lo que nos íbamos a comer y beber, a buen seguro que contestaríamos: «ni de coña». Pero oye, empiezas canapé a canapé, minihamburguesita por aquí, caña, chuminadas de pitiminí y fuá, caña, rollitos teriyaki, copa de vino blanco, y cuando te sientas a la mesa ya estás entregado: ponme el milhojas de hojaldre, el salmón, más vino blanco, solomillo, vino tinto, tarta nupcial, una copa de cava, vamos con todo y vivan los novios y los padrinos, que hemos venido a jugar.

Nos lo pasamos fenomenal, cómo no, y a partir de las seis de la tarde, mis esfuerzos irían orientados a no cansarme demasiado (Dios no me llevó por el mundo del baile, pero sí pasé muchas horas de pie) y a no volver a beber una gota de alcohol. Logré esto último, pese a que los impresentables de mis kolegas me ofrecieron unos trescientos gintonics y cuatrocientos cubatas. Lo más que lograron es que sobre las ocho de la tarde me apretara una cerveza sin alcohol, que había que hidratarse, y pensé que mi cuerpo soportaría el uno por ciento de alcohol de ese brebaje infecto. Con lo que no contaba era con que esos mismos impresentables compañeros iban a ofrecer un gintonic detrás de otro a mi mujer con la alegría con la que se ofrece bidones de agua a los ciclistas antes de un puerto de montaña. Y mi mujer también había venido a jugar, así que la cosa se complicó para salir de allí.

  • Cariño, que tenemos a un refugiado ucraniano esperando que volvamos a casa -le recordé.

La frase habitual en estos momentos suele ser «una retirada a tiempo es una victoria», mas la triste historia del meloso ucraniano me parecía más convincente para la ocasión. El caso es que lo estábamos pasando en grande, así que ni carrera del día siguiente, ni ucraniano, ni abstinencia de alcohol, ni nada. No salimos de allí hasta cerca de las once y al final llegamos a casa sobre las doce. Ah, sí, que teníamos a un ucraniano en espera, casi se nos olvida. Avisamos a los vecinos, se presentó en casa, charlamos un rato sobre lo que habían hecho durante el día y todos al sobre. La preparación adecuada para una carrera.

Menos de seis horas de sueño, pero allí estuve, en la salida. Como un campeón, forever young y toda esa autopatraña. Había muchas ganas de correr de nuevo por Madrid y se notó en el espectacular ambiente que hubo, no solo de corredores, más de treinta mil, sino de público. Mucha más gente animando que en septiembre, cuando me arrastré en el maratón. Tenía los gemelos más cargados más que el saco de un mantero huyendo de la policía, así que corrí toda la carrera con el móvil y un metrobús. Por si acaso, porque no sabía hasta dónde aguantaría. No se me dio mal, aunque no tenía frescura de piernas, pero disfruté del ambiente y de un día maravilloso.

Corrí razonablemente bien hasta el kilómetro 15, más o menos donde nos separábamos de los valientes del maratón y aquí pongo el único pero a la organización: justo en ese punto había una banda de rock, muy buenos, muy cañeros, ¡pero no la pongáis en ese sitio! El momento en el que se separan ambas carreras y los mediomaratonianos aplaudimos y deseamos suerte a los de la carrera completa es uno de mis favoritos del Mapoma, pero este año apenas se pudo apreciar. Traté de acelerar el ritmo los últimos kilómetros, pero me fue imposible, forever young, pero no de piernas. Me llamó la atención la cantidad de carteles con el «nuevo» patrocinador oficioso del Barça.

Llegué a la meta en 1 h. 47 m., dos por encima de lo previsto, ¡ese solomillo extra con patatas!, y mi móvil me advirtió de otro de los eventos del finde: a mis compañeros de la liga municipal de baloncesto les faltaba un jugador para el partido. Pues queda una hora, no sé si… hemos venido a jugar, ¿no?

Me fui para allá y tengo que agradecer a la policía municipal de Madrid que con las calles cortadas por el maratón me fuera imposible salir de la ciudad, porque era una locura que solo podía acabar en lesión. Llegué media hora tarde, cambio de zapatillas, e intenté incorporarme a la pachanga, pero no me daban las piernas, hice un salto de menos diez centímetros y desistí de intentarlo, así que pasamos al plan B del que me iban advirtiendo mis compañeros: «llegas a pagarte una ronda de cervezas». Cosa que hice gustoso bajo un sol radiante.

Jarra veloz y a buscar a la familia para ese plan que me tenían preparado como la mejor dieta de recuperación post-carrera: hamburguesas contundentes, cerveza y brownie de chocolate.

  • Y antes de que te relajes, nos vamos a un escape room.

Un escape room temático de Rebelión en la granja, casi nada. Para el que no lo haya probado nunca, consiste en que te encierran en una o varias salas, te describen el objetivo del juego y te dan un tiempo para desentrañarlo, descubrir las claves y poder salir. Ni móvil, ni reloj, ni agua, ni un baño por si lo necesitaras, ni mucho menos un sofá para descansar, un crimen, vamos. El caso es que yo ya no sé por qué había tan poca luz al principio, ni dónde estaba la salida, ni cuántas contraseñas tenía que descifrar, ni cuántos candados me quedaban por abrir, ni si el juego estaba ideado por un psicópata y no saldríamos vivos de allí. «Me duele tó…, pero hemos venido a jugar, pues venga, sin quejas». Tardamos un poco en cogerle el punto, pero fue muy divertido, todo hay que reconocerlo.

Se acababa el día y ni nos acordábamos de que teníamos de nuevo al ucraniano con su chica en la casa de al lado. Pasó a la nuestra y tuvimos el mejor momento de charla con él en todo el fin de semana. Allí descubrimos que al día siguiente volaba de vuelta a Ámsterdam, y digo de vuelta porque no había salido escopetado de Ucrania, ni estaban cayendo bombas en su casa, como Dayana nos había contado, porque Andrei había salido del país con su madre casi dos meses atrás. El único que quedaba en Ucrania era su padre, en Lutsk, en la parte occidental del país, «la más segura», nos dijo.

Andrei estaba muy agradecido por que le hubiéramos dado un sitio donde dormir (la verdad es que hicimos bien poco y lo siento), y nos regaló una botella de vino. Mi estado a esas horas de la noche era tal que le pegué un buen meneo. A la botella, quiero decir.

Pues sí, así acabó el crazy weekend, normalmente son más tranquilos y no recomiendo hacer muchas de las cosas que hicimos esos dos días. O todo lo contrario, porque al fin y al cabo, a este mundo hemos venido a jugar, ¿no?

Diccionario de chorrading

LESTER, 02/04/2022

A ningún lector habitual de este blog debería extrañarle el post de hoy, puesto que en ocasiones anteriores ya me he reconocido públicamente como poco amigo de los «horryfing palabros» inventados por la modernidad, alguien «too old for this shit», entendiendo por «shit» la manía de vestir con un término normalmente acabado en ing lo que en realidad es una moda forzada en la mayoría de las circunstancias por las condiciones económicas o las modas, y no por un deseo natural. El texto de hoy tiene como objetivo procurarme a mí mismo (y quizás a algunos de mi quinta) una guía de qué quieren decir algunas soplapolleces que a veces leemos o escuchamos. Perdón, no son soplapolleces, son tendencias de vanguardia que no concibe mi mente de «pollavieja». De verdad, discúlpenme.

Coliving: los jóvenes de hoy reciben unos salarios tan bajos que no pueden independizarse o formar lo que era una familia en el sentido tradicional de la misma, así que se juntan con otros colegas para compartir piso como si fueran estudiantes, aunque puedan estar con la treintena bien avanzada. No os preocupéis, podéis ser eternamente jóvenes y encontrar artículos que os hablarán de las bondades del sistema.

Staycation: ¿que este año tampoco te suben el sueldo mientras se disparan todos los gastos de luz, comida, gasolina, alquiler, etc.? No pasa nada, quédate en casa (stay) a disfrutar de las vacaciones (vacation). Pese a que soy un encendido defensor de la lectura, el cine o si me apuran, la soledad, coño, las vacaciones y los viajes son parte fundamental de la vida, pero si se practica el staycation, todo serán ventajas: económicas, emocionales, por comodidad y, cómo no, de sostenibilidad.

Batch cooking: este es uno de mis favoritos, sin duda. Consiste en cocinar los domingos, guardar la comida en tápers o «tapergüers» y sacar uno distinto cada día de la semana, bien sea para llevarlo al trabajo o bien para un almuerzo o cena rápida en casa. Una de las consecuencias de los salarios bajos en los jóvenes ha sido su renuncia a los «menús del día», esas combinaciones contundentes en las que por diez o doce euros te apretabas dos platos, postre, pan, un vino peleón, agua y a veces hasta un café incluido en el pack. Genios de la gastronomía y la economía cuyos negocios están sufriendo por el batch cooking y la dieta sana de la juventud.

Mamá, que sepas que el táper repleto de croquetas se llama a partir de ahora batch cooking.

Trash cooking: el nombre resulta cualquier cosas menos motivante, suena a cocinar algo que rescatas de la basura, si bien el artículo (nuevamente de El País) habla de darle una oportunidad a los restos que tienes en casa. Vamos, lo que nuestras madres ¡y nosotros mismos! llevamos haciendo toda la vida sin sonar tan cool.

Friganismo: ¿os creíais que no existía una palabra para coger comida de la basura? Lo que toda la vida se ha llamado «pobreza» hoy tiene un nombre posmoderno. La palabra en cuestión viene del inglés freeganism, que promueve un estilo de vida anticonsumista, sano y teóricamente vegano, aunque me temo que más por necesidad que por convicción. «Lo de comer directamente de la basura, además de salvar el planeta, tiene varias ventajas». «Rebuscar en la basura no es de pobres, es de mileuristas». Cosas así se pueden encontrar en este elogio de la búsqueda del tesoro entre los desperdicios de un contenedor: dumpster dive, bucear en la basura.

Uno es partidario de conformarse con lo que tiene, pero esto de vivir con colegas hasta los cuarenta, quedarme sin vacaciones y coger comida de la basura no es algo que me motive en exceso. Desde luego que no es fácil plantearse tener hijos con ese panorama, pero también para eso existen palabras.

DINK / DINKY: las parejas DINK son aquellas en las que trabajan ambos, pero no se plantean tener hijos. Double Income, No Kids. Algunos, para mantener su espacio o su libertad, poder viajar sin ataduras o lo que sea, o simplemente porque las circunstancias lo ponen muy difícil. Por su parte, las parejas Dinky son las que se lo plantean, pero no terminan de encontrar el momento: Double Income, No Kids Yet.

Parece que tener niños se ha convertido en una proeza. Habrá que ver qué piensan los padres de nuestra generación, en la que era extraño ver una familia con menos de cuatro chavales. Quizás por eso se han popularizado unos eventos que en su día no tenían nada de extraordinario, como el siguiente:

Baby shower: una baby shower es una fiesta para celebrar que la llegada del bebé es inminente y suele celebrarse a partir de los siete meses de embarazo. Nunca he estado en ninguna, ni me apetece lo más mínimo porque me imagino que será una fiesta muy «cuqui», llena de regalos con lazos, colores rosas y azules en chaquetitas o bodis infantiles, jabones y olor a Nenuco. Los norteamericanos son muy aparatosos para todo, pero aquí somos más supersticiosos o de «no vender la piel del oso antes de haberlo cazado», que adaptado a esta caso sería algo así como «no regalar colonias de bebé antes de que el alien haya emergido».

La mayoría de estas palabras nos llega por modas guiris. Igual que importamos Halloween, Papá Noel, el Black Friday o llamamos hiking al senderismo, running al footing, que en realidad era «salir a correr», bullying al acoso que practican los hijoputas en el colegio o casual Friday a quitarse la corbata los viernes, la tecnología nos está trayendo nuevos inventos lingüísticos.

FOMO: Fear Of Missing Out. En este mundo de las redes sociales, la sobreinformación, la necesidad de reconocimiento y la sobreexposición, el síndrome del FOMO es el miedo a perderse algo, como una experiencia maravillosa que otros están disfrutando, ya sea un concierto, una fiesta o el último vídeo de moda. Pero lo preocupante del FOMO es el temor que crea sobre todo en los jóvenes a no recibir el reconocimiento por la vida que uno vive (la dictadura de los likes), o la angustia que les genera creer que no disfrutan una vida tan «plena» como la de sus amigos. El FOMO está muy relacionado con la frustración de la juventud. La aceptación o no aceptación del grupo, lo que ha pasado toda la vida, pero ahora aumentado por el uso abusivo de los móviles y las redes.

Nomofobia: es el miedo a salir de casa sin el móvil. O a quedarse sin batería o sin cobertura. O a no tener datos y buscar como un poseso una wifi disponible con desesperación, que todos lo hemos visto alguna vez en nuestros hijos. La palabra no está reconocida todavía por la RAE, pero llegará en breve. Viene del inglés nomophobia: no, mo por mobile phone y phobia, el miedo o aversión a algo. Los que tuvimos nuestro primer móvil cerca de la treintena agradecemos esos momentos ocasionales sin el móvil, esos días en los que levantas la cabeza de la puñetera pantallita y te das cuenta de la belleza que puede haber en el entorno.

Phubbing: se llama mala educación, sin más. Consiste en usar el teléfono móvil (phone) delante de alguien que te está hablando, o en una comida o cena con más gente, lo que supone una forma de desprecio (snubbing), mala educación y falta de respeto acojonante. Se solucionaría con un bofetón a mano abierta, o mejor, llamémoslo openhanding.

Como vemos, la falta de recursos económicos y la tecnología están creando nuevos vocablos en los últimos tiempos, pero si hablamos de inventarnos el lenguaje, de pervertirlo con finalidades «orwellianas», ningún sector ha parido tantos palabros como el del feminismo/machismo progre actual. Ya no hablo de heteropatriarcados, despatologizaciones, adres, personas gestantes o violaciones inversas, sino de otros debates que me dejan boquiabierto. ¿Qué es micromachismo? ¿Y yo me lo pregunto? ¡Micromachismo soy yo!

Mansplaining: el término es una mezcla de hombre (man) y dar explicaciones (explaining), algo insoportable, como podrán comprender, y que rezuma machismo por todos los poros, ya sea tu padre, un amigo que da una opinión, o tu marido, ese ser que por el hecho de haber nacido con un sexo concreto ya es machista, posesivo, dominador y un violador en potencia. El mansplaining tiene una palabra española mucho más bonita, que sí puede estar relacionado con una forma de machismo: condescendencia. La que muestran algunos hombres con las mujeres por la supuesta superioridad intelectual o moral que manifiestan o creen tener. No es casual que todos estos términos se propaguen en el diario oficial de la autoproclamada progresía.

Manspreading: en una definición extraída, «es el nombre que recibe la costumbre de muchos hombres de sentarse con las piernas bien abiertas, ocupando más espacio, casi como si estuvieran marcando su territorio». Que una cosa es ir «espatarrao» en el Metro, lo cual es de muy mala educación, y otra muy diferente es montarse unas pajas mentales sobre el ansia «machirula» de mostrar la dominación del espacio, la autoafirmación de los atributos masculinos y el ofrecimiento del género a las hembras cercanas.

No exagero, he leído teorías detalladas sobre esto hasta el punto de que, en mi afán constante por no molestar a nadie, cada vez que me siento en un sitio público me parezco a Sheldon Cooper.

Cada día se me hace más complicado todo. Lo reconozco, estoy mayor, lo he dicho desde el inicio de este post, pero es que algunos debates me superan: 

La belleza, la amabilidad, la cordura, la educación, la sensibilidad, la risa… son nombres femeninos. El caos, el hartazgo, el agobio, el suicidio, el homicidio, el estupro, el bofetón… son palabras masculinas. Pero esto sería entrar en uno de los debates más gilipollescos que se me ocurren, ¿»el mundo fálico, de violencia»???? Datacutting para ellos, que me acabo de inventar. O cortarles los datos para que no expandan su diccionario de chorrading.

Perdido en el metaverso

LESTER, 20/02/2022

Desde la presentación que realizó Mark Zuckerberg en octubre sobre su «mundo virtual» llamado Metaverso, he leído numerosos artículos acerca del futuro que plantea, así como de las incógnitas por resolver en ese universo alternativo creado en «la nube», o en los servidores que almacenan millones de gigas de información en algún lugar lejano. No es que el asunto me apasione, pero los expertos hablan de esto como «el futuro que tendremos» y se calcula que puede ser un mercado que llegará a mover 800.000 millones de dólares en 2024 (fuente: Bloomberg Intelligence).

Si alguien quiere entender algo más de qué pretenden vendernos Zuckerberg y su equipo de ingenieros/creadores de mundos virtuales, el vídeo es fácilmente accesible en YouTube. Ojo, una hora y diecisiete minutos, lo advierto:

Reconozco que intenté verlo entero, pero a los veinte minutos ya me había parecido tan poco excitante que empecé a darle con la barra para ver qué nuevas posibilidades ofrecía «el metaverso». La idea básicamente consiste en un universo virtual en el que nuestras casas, trabajos, amigos, hobbies o relaciones sociales puedan desarrollarse en el mundo que Zuckerberg y otros cuantos tipos han diseñado para nosotros. En ese mundo nos moveríamos a través de nuestros «avatares», gemelos virtuales, una idea nada novedosa que ya ha aparecido en numerosas películas.

A mí ya me echa un poco para atrás que el propio Zuckerberg parezca un avatar en su imagen real, sin arrugas, artificial, es más, me resulta más creíble su criatura virtual que la real que ejerce de maestro de ceremonias en el vídeo:

Facebook lleva años acumulando beneficios a la par que los datos personales y de consumo de millones de ciudadanos. Casi 3.000 millones de usuarios de Facebook en el mundo, no hay una red igual. La enorme tesorería generada estos años pasados le permitió comprar empresas exitosas como WhatsApp o Instagram, y en 2014 adquirió Oculus, una compañía especializada en las gafas de realidad virtual que serán necesarias para moverse por el metaverso.

Según la Fundación para la Educación Económica, el metaverso «tendrá prácticamente innumerables beneficios, ya que proporcionará a las personas nuevas oportunidades y capacidades como nada que hayan conocido hasta ahora». Entre ellas cita tres: experiencias más asequibles (ocio, reuniones de trabajo, prácticas saludables), nuevas posibilidades (de aprendizaje, formación práctica «real» y no teórica) y sostenibilidad (porque ya no se puede mover un euro que no incluya esta palabra y por la eliminación de desplazamientos o la reducción de bienes de consumo como la ropa).

Las gafas de realidad aumentada (que no de realidad virtual) tienen aplicaciones de sumo interés ya hoy mismo, no es nada del futuro, como los gemelos digitales o como ayuda para personas con discapacidad. Pero en lugar de ir por ese campo, Zuckerberg tira por el del universo virtual que él y los suyos «crearán» para los que quieran entrar en él. Da la impresión de verse a sí mismo como el Christof de El Show de Truman, el personaje que interpretó Ed Harris, como ese creador de un mundo perfecto sin fisuras que no entiende que otros no aprecien su creación. A mí particularmente, el vídeo del fundador de Facebook me resulta de un infantil que «tira pa’trás». A los veinte minutos ya está hablando de su principal aplicación: el gaming, los juegos en red. Con amigos, con desconocidos, pero en versión mejorada en 3D y en un mundo paralelo. Vamos, como un Fortnite o un juego de esos de comandos a los que nunca he jugado porque me interesan menos aún que First Dates o mierdas del estilo. Supongo que a muchos nos vendrán a la mente películas como Ready Player One, Avatar, los arquitectos de Origen, o salvando una enorme distancia, Matrix, pero es que a principios de los ochenta, Tron ya nos hablaba de meternos en un videojuego. Lo que no me estimuló en los ochenta o los noventa dudo que vaya a lograrlo ahora.

Por otro lado, cuando Zuckerberg habla de su aplicación en el mundo del trabajo lo limita casi exclusivamente a reuniones virtuales en la que cada uno puede hacer su avatar más atractivo, más cool, en lo que interpreto como un avance más hacia la infantilización social y laboral que algunos gurús como este pretenden. Lo que Zuckerberg define en el vídeo como «experiencias más ricas» son en realidad más falsas. Son irreales, por mucho que las gafas y los avatares de nuestros amigos estén muy logrados. Podemos quitarnos arrugas, ponernos pelo, estilizar nuestra figura, embellecer nuestra imagen virtual, elegir ropa que no tenemos… y yo pregunto, ¿y toda esa gilipollez, para qué?

Uno de los aspectos que deja caer Zuckerberg en el vídeo es que será un mundo sin un organismo regulador claro o una autoridad competente. No es el caso de este post, pero me parece que se abre un melón interesante con los aspectos legales que pueden darse en los negocios del metaverso que se trasladen al mundo real (recomiendo leer este artículo de KPMG: El metaverso: implicaciones legales). La propiedad intelectual, la protección de datos, asegurar la identidad digital de las personas para que no pueda suplantarse a otro individuo, esa cosa incomprensible para mí de los NFTs… Y también, aunque el artículo no lo mencione, qué ocurre con los delitos cometidos en el mundo virtual.

Zuckerberg nos cuenta su metaverso como un entorno de colegas repleto de bondad y relaciones sociales plenas (sin contacto, claro), pero quizás con ello eluda las mayores ventajas que para algunos podría tener su mundo: dar rienda suelta a los impulsos reprimidos. Decía Ortega y Gasset que «muchos hombres, como los niños, quieren una cosa, pero no sus consecuencias». El metaverso podría permitir a las personas disfrutar esa cosa y eludir sus consecuencias. Hacer deportes de riesgo si eres algo cobardón, o tirarte en paracaídas aunque tengas miedo a las alturas. O ser infiel, aunque esta vez sea más que nunca sin saber con quién (ni de qué sexo en el mundo real). O crear un avatar hijo de puta, por ejemplo. ¿Podrá un psicópata sin valor en el mundo real asesinar avatares por placer en el metaverso? ¿Se juzgarán esos crímenes? O podrás crearte varias identidades digitales para distintas ocasiones, igual que hoy en día muchos aficionados a las redes sociales tienen varios perfiles en Twitter, Instagram o Facebook.

Por volver al cine, Desafío total planteaba «tomarte unas vacaciones de ti mismo» y viajar como playboy millonario o espía interplanetario a Marte. Ya que vamos a jugar, Zuckerberg, hazlo bien, coño. En Días extraños los protagonistas podían vivir las experiencias intersensoriales al límite que hubieran vivido otras personas, pero experiencias «de verdad» como robar un banco, huir de la policía por las azoteas o tener sexo con un pibón impresionante.

A mí la verdad me interesa bien poco este metaverso, salvo por lo que plantea el vídeo: la pérdida de contacto con las personas, por mucho que nos venda lo contrario. Y eso sí que es un drama más de las redes sociales y no un juego. Como la búsqueda de notoriedad medida en likes, tan importante para tantos chavales. ¿Seguirán los jóvenes teniendo algunos de los traumas actuales por esa «falsa aceptación» del entorno? ¿O por la búsqueda de la «perfección» a base de filtros o de mostrar una imagen exterior radiante, aunque estén destrozados por dentro? ¿Seguirán los acosadores acosando en el metaverso? ¿Aliviará en algo las tasas de suicidio entre los jóvenes o contribuirá a su incremento?

El documental de Netflix El dilema de las redes sociales habla de los peligros del mundo virtual que llevamos años creando entre todos (polarización, pérdida de atención, desequilibrios emocionales). Y eso que se trata de algo mucho menos potente que el metaverso de Zuckerberg. Para mí al menos, el mundo real no tiene comparación, no es un juego y no todo es un maravilloso camino de rosas, pero intento disfrutar en él y acumular experiencias (y no objetos) en mi vida, todas las que pueda. Dudo que el metaverso pueda hacerme sentir el hormigueo de un vuelo sin motor o de un descenso de barrancos, que me haga sentir la adrenalina de una escalada en pared o de bajar un puerto de montaña en bici a ochenta kilómetros por hora. Que me ponga la piel de gallina como en la recta final de un maratón. Jamás podrá hacerme sentir la satisfacción ni el dolor de los partidos de fútbol o de baloncesto con los colegas de verdad, con patadas y codazos reales y una cerveza al terminar. No creo que me haga sentir la aventura como en Uyuni o Quilotoa, ni creo que pueda clonar el olor del ombligo de una mujer, ni que vaya a sustituir todas aquellas «cosas que hacen que la vida valga la pena». El propio Mark tiene en su casa objetos reales mucho más apetecibles, como una bici o una tabla de surf, para luego contar que se iría a hacer surf al metaverso:

Y además, Marsúquerber, las máquinas jamás podrán competir con el ingenio humano. Como el de ese tío que nos descubrió que el logo de los Chicago Bulls al revés es un robot leyendo un libro. Chúpate esa, Metaverso:

No mires atrás, no mires arriba…

No hay que mirar hacia atrás a menos que sea para obtener...

05/01/2022

Comenzamos un nuevo año en el blog (¡el octavo ya!) y, como tantos inicios de año, nos encontramos en las agendas con frases sobre dejar atrás lo ya vivido y centrarnos en lo que está por venir, como con cierto reproche:

«Sabes que estás en el camino correcto cuando pierdes el interés por mirar atrás».

«No mires atrás, ya no vas por ese camino».

Luego están esos otros que llevan al extremo aquello de vivir el momento: «Disfruta hoy de la vida, el ayer ya se ha ido y el mañana puede que no llegue».

Lester: Pues… siento discrepar, pero me parece que en este blog no hacemos otra cosa que mirar continuamente al pasado, quizás para entender mejor el presente, para pensar en el futuro o para recordar momentos placenteros, que los hubo y muchos. «Que el objetivo de mirar atrás sea ver recuerdos y no sueños«, o puede que sea por algo como lo indicado por George Washington en la cita de la entrada, para aprovechar la experiencia adquirida.

Sea por la razón que sea, aquí dejamos un resumen de dos minutos de lo que fue el año 2021:

Y varios de los temas mencionados en el vídeo aparecieron en el blog: algún viaje, una realidad convulsa, la memoria y los recuerdos, o mi vuelta a las carreras tras pasar la covid y una lesión de varios meses. Precisamente el post sobre el maratón de Madrid ha sido el texto más leído del año del Amiguete Lester, que no del blog:

  1. Volver al asfalto
  2. Nuestro Nobel de Economía
  3. De ofendiditos y pollaviejas

Travis: El vídeo termina con una reflexión extraída de No mires arriba, la película de la que quizás más se ha hablado durante las últimas semanas. La obra de Adam McKay es una sátira despiadada de la política, los medios de comunicación o las redes sociales norteamericanas, que por extensión podemos pensar que se asemeja mucho a los del resto del mundo. ¿De verdad son/somos tan gilipollas? Pese a sus fallos, es una película muy entretenida y que merece la pena ver.

Por seguir con el asunto del inicio de este post, No mires atrás era otra de esas películas nostálgicas de Edward Burns, un tipo que consigue ser cargante cuando quiere ser demasiado protagonista. El título dice una cosa, pero su protagonista, Lauren Holly, parece empeñada en hacer lo contrario y recuperar un pasado, si es que tal cosa es posible.

¿Es No mires arriba la mejor película del año? Ni de coña. No tengo recuerdos de una gran película del año. Nomadland, la triunfadora de los Óscar, me pareció un plomazo. No he querido ver Dune ni la última de Matrix por lo que he leído de ambas o lo que me han contado los que las han visto. El último duelo, de Ridley Scott, está bastante entretenida, pero si tengo que destacar un cine desinhibido y nada sutil, directo como un puñetazo, quizás lo más interesante que haya visto sea la danesa Otra ronda, de Thomas Vinterberg (esta sí habla del poder de una copa de vino o de varias), y Una joven prometedora (Emerald Fennell). Y lo mejor de lo mejor, La mujer que escapó, de Hong Sang-soo, una obra apabullante y diferente ahora que es muy cool decir que te gusta el cine de Corea del Sur. (La verdad es que no la he visto y no tengo ni idea de si es un truñaco o no, pero es lo que toca decir para ir de entendido en la materia).

Los tres textos más leídos del Amiguete Travis en 2021 fueron escritos en años anteriores, qué le vamos a hacer:

  1. Watchmen (II): la película
  2. Frases de cine para usar en el trabajo (II)
  3. ¡Qué bello es vivir!

Barney: no voy a hacer un extenso resumen del año porque ya está hecho en dos artículos paridos en La Galerna que hablan un poco de este año extraño: Juegos Olímpicos en año impar, los conflictos de la Superliga con la UEFA, los zarpazos de la FIFA y la UEFA a los clubes, la salida de Zidane y sus críticas a la prensa, la marcha de Ramos y Messi de la Liga española, la vergüenza del mundial de Catar o acerca del racismo existente en algunos estadios de fútbol…

Aquí dejo un enlace a ambos artículos, en los que salen muy mal parados los medios:

Compendio de portadas macabras, primera parte

Compendio de portadas macabras, segunda parte

Pero como estamos en la tarde en la que estamos, 5 de enero, prefiero dejar a los lectores un relato escrito recientemente sobre una tarde de Reyes que ocurrió en el Bernabéu hace exactamente diecisiete años. Tarde de Reyes.

Los post más leídos del Amiguete Barney en 2021 fueron los siguientes:

  1. El Real Madrid como cebo
  2. Propuestas para cambiar el Reglamento del fútbol (I)
  3. El futbolista coge la pluma (I)

Josean: No mires arriba, no mires atrás, no mires abajo, que decía el funambulista (por distintos motivos a los de Hugh Grant en aquel callejón), no mires a los ojos de la gente, que cantaba Germán Coppini, de Golpes Bajos… ¿Y qué tal si dejamos de decirle a la gente lo que tiene o no tiene que hacer? Y que cada uno mire lo que le salga de las pelotas, que hay un poco de hartazgo ya después de tantos meses. Muchos de los textos de este año han ido sobre toda esa normativa: fiscal, laboral, de conexión o descojonexión digital, de comportamiento incluso en nuestros propios hogares, de residuos, cambio climático, libertad de expresión,… Y la palabra sostenibilidad para todo, hasta cuando no pega ni con cola.

Los artículos más visitados este año fueron estos tres, los dos primeros de años anteriores. Por alguna extraña razón que se me escapa, pero que puede que tenga que ver con el miedo y el rechazo, se ve que los temas tratados interesaban más que tanta normativa imperante e imperativa:

  1. La esquizofrenia del CFO
  2. La falacia del ebitda
  3. El mercado de humos

Vamos a por 2022, muchas gracias a los lectores que nos acompañan (en muy buen número) otro año más.

Un paseo por las Islas Feroe

LESTER, 31/12/2021

Último post del año y he querido hacerlo, al igual que en 2017 (El salar de Uyuni), con un recorrido por uno de esos lugares sorprendentes que me he encontrado por el mundo. No diré único, ni mucho menos, pero sí especial. Y fue especial, entre otras cosas, porque nos supuso poder volver a salir de España y hacer turismo tras un año y medio en régimen de semiconfinamiento. Estuvimos cuatro días en las islas y nos llevamos un magnífico recuerdo que nos apetece compartir, por si alguien quiere animarse en el futuro.

Las Islas Feroe tienen un estatus autónomo respecto a Dinamarca (territorio asociado, pero no perteneciente a la Unión Europea) y su propia lengua, el feroés, según la cual el nombre del país significa «islas de corderos». Por la abundancia de estos animales he querido comenzar el post con una foto que saqué frente a la cascada Gasádalur con estos espectadores que nos solían acompañar con gesto de extrañeza: «¿turistas, aquí?». Las Feroe tienen una superficie de unos 1.400 kilómetros cuadrados (la comunidad de Madrid ocupa poco más de 8.000, por ponerlo en contexto), están a medio camino entre Islandia y el norte de Escocia, en la misma latitud que Noruega, y si el tiempo que vivimos en agosto fue similar al invierno «madrileño», no quiero ni imaginar lo que puede ser el invierno en esos territorios.

Las islas son dieciocho, y todas menos una están habitadas. Nosotros solo pudimos visitar cinco de ellas, que son las que concentraban más del ochenta por ciento de la población. Por cierto, según las últimas estadísticas que encontré, unos 56.000 habitantes, 12.000 de los cuales viven en la capital Tórshavn, en la isla de Streymoy. Es esta isla que aparece de otro color en esta foto que saqué precisamente en la capital.

Las islas son de naturaleza volcánica, creadas hace millones de años y me gustó esta foto precisamente porque las islas parecen piezas de un puzzle que pueden encajarse entre ellas a la perfección. Precisamente ese origen volcánico es el que creó este paisaje verde de acantilados, colinas bien altas junto al mar, fiordos, lagos… No he estado en Islandia (país en la lista de «Pendientes»), pero en algunos aspectos debe ser similar.

La isla de Vagar

La temperatura pasó de los diez grados en pocas ocasiones, tuvimos alguna que otra lluvia (muy fina, eso sí) y sobre todo, una persistente neblina que se quedaba anclada en las montañas, lo que confería al paisaje un aire misterioso, evocador. El aeropuerto de Vagar era más pequeño que la mayoría de estaciones de autobuses de un pueblo español de tamaño medio y solo recuerdo uno aún más minúsculo: precisamente el de Uyuni, en Bolivia. En «temporada alta», por llamar así al mes de agosto, aterrizaban cuatro aviones al día desde Copenhague, en medio de una bruma que me impidió sacar buenas fotos desde el avión. Una pena, porque seguro que desde el aire se divisaba la espectacularidad de estas islas. Aterrizas y… se acaba la pista en un lago, no hay más.

El aeropuerto está ubicado en la isla de Vagar, la tercera en tamaño, justo al oeste de Streymoy. Nada más pasar la PCR de rigor en el propio aeropuerto, cogimos el coche y nos dirigimos a un pueblo cercano, Sandavagur, desde donde comenzamos la marcha hasta llegar al punto panorámico desde el que podíamos ver Trollkonufingur, el dedo de la mujer Troll (muchas lo eran por esas latitudes). Si un día quieres desaparecer de tu mundo y vivir aparentemente cómodo y apartado del mundanal ruido, Sandavagur es una opción.

Vagar alberga algunos de los puntos de mayor interés de todas las islas: las excursiones a las cascadas de Gasádalur y Bosdalafossur. En Gasádalur dormimos tres de las cuatro noches y se trata de un pueblo sin salida de poco más de veinte casas al que solo se puede acceder atravesando un túnel de unos dos kilómetros por un macizo poco iluminado que por momentos se hace eterno. Nos llamó la atención el hecho de que los túneles son de un solo sentido, así que si te encuentras un coche de frente te tienes que echar a un lado, donde hay unos huecos para apartarse cada doscientos metros, más o menos. Curioso.

A la entrada del pueblo hay tres casas negras que se alquilan y que son una maravilla (Gasádalur Apartments, se distinguen en la foto). De madera, completamente equipadas y sí, pese a estar en el culo del mundo, con wifi. Antes de la construcción del túnel, a este pueblo solo se podía acceder por dos vías: la Ruta del Cartero, que no es otra cosa que una senda empinadísima que sube la montaña en zigzag, o por medio de unas poleas desde las que se recogían los cargamentos en los barcos que se aventuraban a acercarse a la cascada, a una empinadísima escalera de piedra junto a la misma. La impresión al bajar esas escaleras es tremenda.

Bosdalafossur es un sitio único al que se llega tras una caminata de unos cuatro kilómetros. Fossur significa «cascada» y el lugar hace referencia a la que se forma en la salida del lago Leitisvatn (el mismo del aeropuerto) al mar. Las fotos que se encuentran en Internet son impresionantes, pero ese efecto óptico solo es posible de ver desde el mar o en días muy soleados.

Bosdalafossur, foto de Christopher Berend

Hicimos dos veces la ruta, la primera con mucha niebla, y merece la pena aunque solo sea por el recorrido, los acantilados y las vistas desde la cima Traelanipa.

La isla de Streymoy

La cuarta noche que pasamos en las islas fue en Torshavn, la capital de este pequeño estado, la misma ciudad en la que las selecciones españolas de fútbol masculino y femenino han disputado sus partidos. En septiembre, las nuestras derrotaron por diez goles a cero a las feroesas. El parlamento y los ministerios son los más austeros de Europa con diferencia, casas de madera con el techo de hierba, pero hay que reconocer que todo funciona bastante bien en las islas: infraestructuras, comunicaciones, calidad de vida… Y la pesca, la principal fuente de ingresos de la zona.

No solo se habló de Feroe en septiembre por las goleadas del fútbol, sino también por los excesos cometidos durante el grind, la tradicional matanza de ballenas, una costumbre local que en esta ocasión saltó a los periódicos porque se cargaron más de 1.400 delfines blancos. La política en materia de pesca es la principal razón por la cual el gobierno feroés no ha suscrito los acuerdos de adhesión a la Unión Europea.

La isla en la que ocurre esta tradicional matanza que tiñe los mares de rojo es Suduroy, la situada más al sur, una isla de menos de 5.000 habitantes que no entra en los circuitos turísticos habituales.

Al margen de esta polémica, Torshavn es una pequeña ciudad interesante, muy nórdica de aspecto (puerto, colores, gente), con buenos restaurantes y una fiesta local que duraba tres días, durante los cuales los feroeses se pillaban unas cogorzas monumentales, siguiendo esa tradición tan vikinga del norte «civilizado» de Europa.

Recuerdo que hace años se publicaban unas guías de «pueblos con encanto». Pues bien, la isla tiene tres pequeños pueblos repletos de ese encanto, cada uno diferente, con un estilo propio:

  • Saksun: un fiordo, una iglesia junto a un pequeño cementerio y una docena de casas con el tejado cubierto de hierba. Todo ello junto a unas colinas de las que caían varios arroyos, Qué poco y qué visualmente atractivo todo.
  • Tjornuvik: quizás Sandavagur está muy cerca del aeropuerto, así que si mi intención es perderme y que no me encuentren, mucho mejor ir por la carretera a ninguna parte que lleva a Tjornuvik, un pueblo con decenas de cascadas que caen de las montañas y una playa de arena negra en la que encontramos algo tan fuera de lugar como una escuela de surf. Un hogareño ofrece un café y unos bollos caseros a los visitantes en su propia casa, en lo que es el único establecimiento «hostelero» en varios kilómetros a la redonda.

Para llegar a este pueblo, la carretera te lleva previamente por la cascada de mayor altura de las islas, la de Mulafossur, característica por su doble salto en la época de más agua:

  • Kirkjubour: este pueblo al sur de la isla tiene el primer asentamiento de una iglesia, del siglo X, ni más, ni menos, puesto que el pueblo se convirtió en sede episcopal cristiana ¡en el año 999! Todavía quedan restos de una antigua iglesia, junto a la moderna, y a las pocas casas del pueblo, construidas con los tradicionales tejados cubiertos de hierba para combatir la humedad de la zona.

La isla de Eysturoy

Las islas se comunican entre sí por puentes (las más cercanas) o por túneles submarinos, algunos de ellos con varios kilómetros de duración y uno de ellos, con lo que nunca jamás he visto en ningún otro lado: una rotonda. Aunque accedimos por el sur de la isla, los pueblos más interesantes están en el norte: Eiôi y Gjogv. ¿Habéis visto las pelis malas suecas esas de los sábados después de comer? ¿Esas en las que todos los protagonistas viven en unas estupendas casas de madera de colores junto a praderas bucólicas, y son artistas, pintores, escritores que arrastran mal de amores? Pues así son estos pueblos y serían platós de rodaje si no tuvieran menos de cien habitantes.

Las islas de Bordoy y Kunoy

Nos quedamos sin tiempo para ir a ver esa isla alargada con poco más de cien habitantes que es Kalsoy, y que por lo visto tiene su encanto si te quedas a dormir en el único sitio que hay en esos cuatro pueblos en línea.

Klaksvik es una ciudad con ferris y un puerto para barcos pesqueros de gran tamaño y lo mejor de la isla de Kunoy son sus vistas a la vecina Kalsoy. Cuando te mueves por estas islas, por los pequeños pueblos cercanos, lo mejor es dejarse llevar y parar donde te apetezca, que será difícil que te salga una foto fea.

Nos teníamos que volver cuando mejor tiempo hacía, una lástima, porque los colores son otros, las laderas de las montañas adquieren un verde especial. En definitiva, y por si no ha quedado claro, un sitio recomendable, curioso, muy agradable, y en el que experimentas el placer de no encontrarte con turistas. La intención del gobierno local es limitar el acceso a las islas, preservarlas tal como están. Nos alegramos de la decisión, y ya si se replantean las matanzas de delfines «por tradición», aplaudiremos con las orejas.

Feliz año a todos los lectores.