Agua o fútbol, por Lester

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Cuando organizas un viaje como el que estamos haciendo estos días por Ecuador, planificas los pocos días que te quedan después del voluntariado para ver qué zonas visitar o qué merece la pena recorrer, pero no buscas demasiada información sobre la zona en la que se va a desarrollar el proyecto, entre otras cosas porque, al no ser una zona turística, no hay demasiada. Te interesas por formarte sobre los filtros, por cómo afrontar el trabajo de explicación y difusión, por el crowdfunding, por visitar a la niña que tenemos apadrinada en la zona si fuera posible (¡y ha sido posible!), pero no sabíamos del valle de Chota Mira más que los informes periódicos que nos manda Ayuda en Acción.

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El valle de Chota Mira está al norte de Ecuador, en la provincia de Imbabura, que tiene el mismo nombre del impresionante volcán que se divisa casi desde cualquier punto de este área. Este país se organiza en cantones, parroquias y comunidades, que vienen a ser como nuestras mancomunidades y pueblos. Hay 34 comunidades dispersas por el valle de Chota Mira, que tiene unos 45 kilómetros de largo, por solo 4 de ancho en su parte más amplia, todo ello entre impresionantes montañas de la cordillera andina. El paisaje es muy variado, seco en algunas zonas y un vergel impresionante en otras, con el río Mira atravesándolo del sudeste al noroeste de la región.

Nuestro trabajo consiste en visitar estas comunidades y desarrollar ambos proyectos, el de las escuelas y el de la distribución de filtros. Los trabajos están perfectamente organizados por el equipo de Ayuda en Acción y el FEPP (Fondo Ecuatoriano Populorum Progresio) en Mascarilla, perteneciente a Mira. Salimos temprano por la mañana y visitamos las comunidades que tenemos en la planificación: Cuajara, Monteolivo, Ambuquí, La Victoria, San Vicente,… La ONG local ha organizado las visitas previamente con cada comunidad para reunir al mayor número de familias o representantes de las mismas en algún local en el que podamos explicar la importancia del consumo de agua segura, limpia y purificada, en lugar del agua de grifo (“agua de llave” que dicen aquí) de mala calidad y contaminada que reciben en muchos de estos lugares. 

Llegamos, descargamos nuestros filtros y nos reciben primero con expectación, luego con cierto aburrimiento mientras explicamos el sistema, para dar paso a la sorpresa al ver el cambio del color del agua en los vasos, y en algunos casos la ilusión por ver y entender que esta sencilla solución puede mejorar de modo considerable sus condiciones de vida. No es sencillo explicar las cosas aquí y a veces el idioma, aunque parezca una paradoja, juega en contra de nuestras intenciones. Las palabras no son las mismas y aunque creamos que nos han entendido todo, “ustedes los españoles hablan muy rápido” y no hay que dar las cosas por hechas, así que repetimos pacientemente y hasta de modo individual las explicaciones para asegurarnos de que la persona que recibe el filtro va a saber utilizarlo para que le dure los diez años que aproximadamente tienen de vida útil.

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El trabajo de organizaciones como Ayuda en Acción y el FEPP es encomiable, actuando en varios campos para promover la mejora de las condiciones de vida de sus habitantes, un tanto abandonados por las autoridades gubernamentales. En el tiempo que nos queda tras acabar nuestros trabajos, visitamos varios proyectos de emprendimiento local que cuentan con el apoyo de ambas organizaciones, como plantaciones de mangos o aguacates, una piscifactoría de tilapias, una asociación de criadores de cabras reconvertidos a nuevos productores de leche y queso de cabra, una empresa de turismo de aventura que nos permitió hacer canopy (una tirolina espectacular a sesenta metros de altura), o una pequeña artesanía local que intenta recuperar las máscaras africanas, origen del que son los ancestros de la mayoría de los habitantes de esta zona.

Una de mis primeras sorpresas al llegar a algunas comunidades es que parecían imágenes de gente y barrios de África, origen del que empiezan a mostrar el orgullo en canciones como las de algunos grupos locales que hemos tenido la suerte de escuchar estos días.

El otro ámbito en el que se trabaja con especial empeño desde las ONG es en el de los derechos de sus ciudadanos. Se trabaja y se insiste de un modo que nos sorprendió inicialmente en temas de igualdad y solidaridad, pues su población ha sufrido una doble discriminación, por la raza y por el sexo. Muchas mujeres quedan embarazadas antes de los dieciocho años, o son abuelas antes de los cuarenta y se ven a cargo de todas las labores de la familia con varios niños a su cargo, pues además son abandonadas en muchos casos por los padres de las criaturas. Cada vez que entregamos un filtro o preguntamos a los niños por sus padres, nos encontramos con este tipo de historias. Padres que no conocen o que viven en Quito, en Ibarra o incluso en Madrid o Barcelona, padres de los que no saben nada en muchos casos. Espero que las compañeras del otro proyecto nos cuenten sus vivencias en este mismo blog en breve.

El círculo de acción de la ONG se cierra con los vínculos solidarios con España, con los apadrinamientos o auspiciamientos de los 1.800 niños de estas comunidades que tienen un padrino en España, como es nuestro caso, que nos permite poner cara a la ayuda y propician los fondos para el desarrollo de todas estas actividades. Todos estos proyectos piensan en el medio y largo plazo porque inciden de pleno en lograr un cambio de mentalidad de la población. Hay que pensar en el mañana, no solo en las necesidades básicas de hoy, hay que mejorar la economía local hoy para que vuestros hijos vivan mejor mañana, hay que pensar en el agua limpia y en la educación para tener una población más sana y formada. Tan simple, tan complicado.

Dentro de las mil sorpresas que te encuentras cuando visitas una zona tan lejana del mundo (y de mi mundo) como esta, una de ellas fue la actuación de las autoridades estatales por paliar el analfabetismo o el acceso a agua potable en estas comunidades. Si hay un interés real por mejorar las condiciones de vida de la población, lo cierto es que no se ve mucho. La solución de los filtros potabilizadores que estamos entregando es un parche, una medida coyuntural que no puede dar solución a un problema estructural. Hace falta construir plantas potabilizadoras o depuradoras de agua como la que visitamos en la comunidad de San Vicente.

Es una pequeña planta muy sencilla, de tecnología muy básica, que abastece de agua de calidad a 400 familias. Su coste fue de 110.000 dólares, financiado por Ayuda en Acción y el FEPP en un veinte por ciento aproximadamente, en un cincuenta por ciento por autoridades locales y el resto entre asociaciones locales y comunidades de regantes. Es un coste elevado para las economías locales y al principio pensé que no era accesible a la mayoría de las parroquias y comunidades. Sin embargo, no ha habido pueblo o aldea que visitáramos que no contara con una espectacular cancha de fútbol artificial de las que no vemos en muchos sitios de Madrid.

Cuando vi la primera, y la segunda, y la tercera, y pregunté por ello, me contestaron: “había elecciones municipales y esto es lo que daba votos”. He tenido la suerte de jugar en dos de estas pistas y son magníficas, qué duda cabe, y el deporte será importante para sus habitantes, sobre todo para los más jóvenes. El problema lo encuentras cuando ves el coste de construcción de alguna de ellas, como he visto hoy en San Vicente de Pusir: 189.325 dólares. Las comparaciones son odiosas, pero está claro que entre el agua y el fútbol hay un claro ganador.

¡Un abrazo a todos, seguiremos informando!

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Cumpleaños feliz, por Lester

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¿Cumpleaños? ¿De quién? Pues de los Cuatro Amiguetes de este blog. Hoy, 15 de agosto, el día que menos gente trabaja en España, este blog celebra su quinto cumpleaños. Casi nada en este mundo de los blogs, y nada hace prever que vayamos a dejarlo aquí, en el mejor momento. Y es un cumpleaños feliz, como dice el título, porque el arriba firmante está disfrutando con la familia de la experiencia de voluntariado en el área de Chota Mira (Ecuador) que os comentaba recientemente.

Gracias a lo ocurrido estos cinco años, el blog ha servido para dar rienda suelta a los pensamientos y frikadas de los autores, para publicar en diversos medios y sobre todo, para darle utilidad, como hace dos años con el libro de relatos, o como pude comprobar en la reciente campaña de crowdfunding para financiar los filtros potabilizadores que hemos venido a distribuir en esta zona perdida del mundo.

El valle de Chota Mira es una zona entre montañas cuya población es mayoritariamente de raza negra, afro, como dicen por aquí, descendientes de los esclavos traídos de África hace siglos. La situación económica del país, Ecuador, le da para cubrir las necesidades básicas en las ciudades importantes, Quito, Guayaquil, Cuenca, pero no le llega para ocuparse de importantes núcleos de población, como los que estamos conociendo estos días, o como los de Cayambe, Cotacachi, Pucayacu o la zona de la Amazonía. El acceso a agua potable en condiciones, a la educación, a una sanidad de calidad, son objetivos y no realidades.

Nuestros proyectos de voluntariado se dividen en dos:

  • Uno que realizan cuatro voluntarias (Mabú, Miriam, Bea y Belén), sobre formación en escuelas, apoyo a campamentos de vacaciones, más lo que aquí llaman “clubes de derechos”, en los que se trata de concienciar a los más jóvenes sobre derechos, obligaciones y sobre todo valores en los que formarse.
  • Nuestro proyecto (Rachel, Marcos, Lester Jr. y el plasta que escribe) sobre distribución de filtros potabilizadores de agua en las comunidades de este sorprendente valle.

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Llevamos dos días conociendo las comunidades, jugando con los más jóvenes, interesándonos por sus motivaciones y necesidades, visitando proyectos locales de emprendimiento promovidos por Ayuda en Acción para tratar de (iba a decir reflotar, como si algún día hubiera sido próspera) mejorar la economía de la zona y proveerla de recursos que algún día puedan hacerla autosuficiente. Hoy hemos montado uno a uno los 75 filtros potabilizadores que distribuiremos estos próximos días, 75 filtros de los que se beneficiará ese mismo número de familias, que dado el tamaño de las mismas podrán alcanzar a unas 500 personas. Porque como ocurre en tantas zonas pobres del planeta, la tasa de natalidad es inversa a la riqueza económica.

Hemos trabajado duro, nos hemos dejado los dedos, hemos sudado lo nuestro bajo un calor infernal, con el fenomenal equipo de Ayuda en Acción y la FEPP, y con el gran equipo de voluntarios del que me siento tan orgulloso. Ha sido un trabajo duro, pero me siento feliz, de ahí el título de este post. En próximos días contaré cómo se desarrollan ambos proyectos, de momento, por las fotos que podéis ver, solo puedo contar cosas buenas. Gracias a todos los que habéis colaborado con la captación de fondos, os iré enviando fotos del destino de vuestras aportaciones. Os daría un abrazo como todos los que hemos recibido estos días de los chicos afrochoteños.

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“Un lustro de éxitos” es el otro título que manejaba para este post, pero eso supondría cargar el peso y la importancia en el blog y no en los chicos del valle de Chota Mira, los protagonistas. Aun así, dejad que proclame lo de Un lustro de éxitos como hicieron los Toreros Muertos en su primer disco, titulado de un modo no exento de ironía, Grandes Éxitos, con jeroglífico guarrete incluido, o como esos grupos que llevan 15 años separados y sacan un recopilatorio tipo “30 años de éxitos”. Pues los Cuatro Amiguetes lo mismo.

Y al igual que en los otros aniversarios, voy a dejar el top-10 de textos más leídos de la historia de este blog, para los que les gustan este tipo de estadísticas:

  1. En busca de la tranquilidad.
  2. Los “lobos” de las finanzas.
  3. Nuevo Reglamento de la Federación Culé de Fútbol.
  4. La manipulación del relato.
  5. Historias de la Historia que los culés no quieren oír (II).
  6. La Liga se transforma en la Lliga.
  7. Everest.
  8. Ni valors, ni valores.
  9. Esas comedias francesas.
  10. Vacaciones solidarias en la India.

Gracias por seguir ahí un año más, ¡y mil gracias por el apoyo!

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Otra gota de agua (Lester)

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Los lectores más veteranos de este blog recordarán aquel post titulado Una gota de agua, en el que iniciamos una campaña de recaudación para completar los fondos necesarios para acondicionar el Pabellón Azul del Hogar Teresa de los Andes (Cotoca, Bolivia). Allí pasamos dos intensas semanas de voluntariado con los chicos del Hogar, dos semanas que nos marcaron y que no vamos a olvidar jamás. Aquella campaña fue un éxito (cerca de 200 libros de MIS relatos así me lo parece), así como conseguir el apoyo de la Fundación Sacyr para la reforma de las instalaciones.

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Fue “una gota de agua en el mar”, como decía la madre Teresa de Calcuta, “pero el mar sería menos si le faltara esa gota”. La metáfora de la gota es la mejor posible para la campaña de captación de donaciones (crowdfunding se llama hoy en día a esto) que vamos a iniciar desde este 1 de agosto, puesto que la aventura en la que nos vamos a zambullir este verano consiste en un proyecto para la distribución de filtros potabilizadores de agua en pequeñas aldeas y comunidades locales de la región de Chota-Mira, al norte de Ecuador.

Es un proyecto modesto si hablamos de cifras económicas, pero tremendamente efectivo en sus resultados. Para que os hagáis una idea, el proyecto realizado en 2018 por Ayuda en Acción conjuntamente con la Fundación Sacyr distribuyó más de 600 filtros y alcanzó a unas 3.600 personas (para el que quiera conocer los detalles, dejo el enlace sobre The Water Van Project). 3.600 personas que verán mejorar sus condiciones de vida al poder acceder a agua filtrada, depurada y purificada.

Son cifras interesantes para un problema enorme de magnitud mundial. Se calcula que cada año mueren más de 100.000 personas en Latinoamérica por consumir agua contaminada. Aproximadamente un diez por ciento de la población mundial tiene dificultades para acceder a agua potable, más de 700 millones de personas. Unos 60 millones de ellos en Latinoamérica.

Este verano la Fundación Sacyr enviará un equipo a Perú junto con Ayuda en Acción, y nosotros (hasta 8 voluntarios en dos proyectos diferentes) iremos a Ecuador a desarrollar esta labor tan necesaria. Para contribuir con la ONG a la financiación de los filtros hemos iniciado una campaña de crowfunding a la que podéis acceder en el siguiente enlace: Campaña para el suministro de filtros potabilizadores de agua.

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Es muy sencillo y en apenas dos minutos podéis aportar una gota, dos, un vaso de chupito o uno de tubo, una botella de medio litro o un garrafón completo. Cualquier gota de agua es bienvenida. Para ofrecer un aliciente más a todos los colaboradores, el equipo R3M Chota Mira, que es como nos hemos autodenominado, enviará lo siguiente a todos los amigos donantes:

  • De 1 a 39,99 euros: una foto de la familia o centro comunitario con la entrega del filtro que haya contribuido a financiar. A cada filtro potabilizador pondremos un adhesivo con el nombre de los patrocinadores del mismo, salvo que estos nos indiquen lo contrario.

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  • 40 euros o importes superiores: este importe viene a ser el coste de un equipo completo de potabilización, de modo que a esos amigos que contribuyan con este importe o superior, le haremos llegar la misma foto de la familia con el filtro entregado y financiado íntegramente por el colaborador, más un ejemplar del libro Aguafiestas que publicaremos a finales de septiembre con la experiencia, detalles y alguna que otra colaboración inesperada.

Vista la buena acogida de la campaña anterior, y sabiendo que entre los lectores de este blog abunda la buena gente, no tengo ninguna duda de que alcanzaremos el objetivo. La campaña va a estar activa solo durante 10 días y desde ya os animo a participar. El correo electrónico de contacto para todo el que quiera contarnos lo que sea relativo a este proyecto es el mismo del blog: joseanp77@gmail.com.

Muchas gracias por ayudarnos a llevar esa gota de agua a Ecuador.

 

 

San Petersburgo (II): el desenlace del maratón y alguna lección de historia

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LESTER, 03/07/2019

“Los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla”, dice la célebre frase atribuida a Napoleón, a Karl Marx o a Jorge de Santayana, o a “proverbio árabe”, que vale para todo. Para este post la adaptaré a mi manera para decir que “aquellos maratonianos que no recuerdan sus errores están condenados a cagarla de nuevo”, que fue exactamente lo que me pasó el domingo.

San Petersburgo debe su nombre al patrón de la ciudad, San Pedro, no a su fundador, Pedro I el Grande, como se ha atribuido erróneamente en ocasiones. Fue fundada en 1705 y la religión mayoritaria de Rusia es la ortodoxa.

Si Pedro I el Grande puso la primera piedra de la ciudad y San Pedro representa la primera piedra de la iglesia, para obtener un buen resultado en el maratón la primera piedra se basa en una buena preparación y cualquiera que leyera la previa a la carrera estará conmigo en que la mía no fue la más ortodoxa. Puede que no la más acertada, eso no lo negaré. Ni una, ni dos, ni tres veces, pero quizás así fuera más llevadera.

Frente al impresionante museo del Hermitage, al otro lado del río Neva, se encuentra la Fortaleza de Pedro y Pablo, lugar donde dio inicio la revolución bolchevique en 1917. El cañonazo lanzado desde el crucero Aurora fue la señal para el levantamiento. La fortaleza se encuentra sobre una isla que en su día era conocida como Isla de las liebres.

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La carrera arrancó a las ocho de la mañana junto al palacio-museo del Hermitage, en una plaza que siempre figura en la lista de las más bonitas, hermosas, sobrecogedoras o alucinantes del mundo. Durante los primeros kilómetros atravesamos el río Neva para rodear la isla de la Fortaleza y en el kilómetro 6 pasamos junto al crucero Aurora. Salí ligero, a buen ritmo, y me uní a una buena liebre, una rusa que marcaba el paso de las tres horas y media a la que seguíamos un grupo de unos cincuenta corredores. La chica no pesaba ni cincuenta kilos, tenía los brazos completamente tatuados y marcaba un ritmo estajanovista perfecto para la prueba, constante, intenso, mecánico. Robótica. Cinco minutos el kilómetro, clavados. La definición de “impertérrita” está en el rostro de esta liebre de nombre desconocido. No cambiaba la expresión en ningún momento, así le comunicaran la muerte de su madre o tuviera el orgasmo más placentero de su vida.

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Atravesamos varias veces el río y llegamos al medio maratón. Fui algo más lento que hace un año en la Sunshine Coast, pero si tengo en cuenta que justo antes hice la primera parada con mi grupo de admiradoras (formado por una sola persona, maravillosa, eso sí) y que además tuve que vaciar mi atiborrada vejiga en el 20, el tiempo marcado de 1h. 47 min. entraba dentro de lo previsto.

El metro de San Petersburgo es el más profundo del mundo, con estaciones a más de 80 metros de profundidad, si bien, según bajas por esas escaleras infinitas al final de las cuales te espera una rusa más ancha que alta y con gorra roja pseudomilitar en una garita, por momentos piensas que te están bajando a un refugio nuclear o a la sala de interrogatorios del KGB. El metro de San Petersburgo, al igual que el de Moscú, tiene estaciones profusamente decoradas, algunas con un lujo inusual para un transporte que se distingue ante todo por su funcionalidad, pero es una de las herencias de la época soviética, consistente en mostrar al pueblo el poderío que el Partido Comunista creía poder ofrecer.

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A partir del kilómetro 25 empecé a notar que las piernas no iban todo lo fluidas que me gustaría, pero las 2h. 07 min. de paso me hacían estar tranquilo. Quizás no fuera a hacer marca personal, pero el bajón tendría que ser tan profundo como la estación de Admiralteskáia para no hacer una buena marca para mí. La carrera bordea durante varios kilómetros el principal canal de la ciudad, el Fontanka, con palacios e iglesias a ambos lados.

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Karl Gustávovich Fabergé fue un famoso joyero ruso nacido en San Petersburgo en 1846. Con motivo de la Pascua ortodoxa, el zar Alejandro III le encargó un huevo de Pascua para su esposa María Fiodoróvna en 1885 y quedó tan encantado con el resultado que a partir de ese año ordenó que todos los años le fabricara una de sus piezas únicas.

En el kilómetro 28 pasamos junto al museo Fabergé y en ese momento supe que acabar por debajo de las cuatro horas sería una cuestión de huevos. Las piernas habían perdido su fluidez, la cadencia y todavía no había llegado al muro. Demasiado cansancio, demasiados fallos en la preparación. Inmediatamente le di la vuelta al título del libro de Chema Martínez que comenté en la primera parte. El No pienses, corre más pasó a ser un Piensa más, corre menos. Cabeza, huevos, lo que sea, porque todavía quedaba lo peor del recorrido.

La iglesia del Salvador de la sangre derramada se erigió en el lugar exacto en el que fue herido mortalmente el zar Alejandro II en 1881. El asesor y “médico” personal del último de los Romanov, Rasputín, fue asesinado en 1916, pero no lo mataron ni el veneno ni los disparos, sino que murió ahogado cuando arrojaron su cuerpo al canal Fontanka, donde apareció días después.

La sangre derramada delata a los corredores novatos a estas alturas de la carrera. Nos acercábamos al kilómetro 30, junto al lugar en el que nos contó la guía que apareció el cadáver de Rasputín. A lo lejos se divisaban las cúpulas multicolores de la iglesia de San Salvador, y a lo mejor tanto pensar en cosas truculentas fue lo que me llevó a sentir el primer latigazo en el gemelo derecho. “No pasa nada, 2h. 36 min., cabeza, cabeza, cabeza”. Una mujer menuda con aspecto de haber llegado directamente desde la estepa nos animaba con una sola palabra “Go!” que repetía rítmicamente espaciando con una sonora palmada proveniente de unas manos gordas que bien podían estar amasando tortas de harina congelada en una tienda de piel de yak en Mongolia. Me puse a trotar antes de que me atizara con esas manazas por no atender a su frenético “Go!”

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El río Neva es el más ancho de todas las ciudades europeas. Tiene un promedio superior a los 500 metros y en su parte más ancha, entre el Hermitage y la Fortaleza de Pedro y Pablo, alcanza los 1,2 kilómetros. Los vientos del Báltico se notan especialmente en esa zona tan abierta de la ciudad.

Mal que bien conseguí llegar al kilómetro 35. Quedaba enfrentarme al viento en contra. El día anterior había mirado la estimación de rachas de viento y Google la situaba entre los 22 y los 36 kilómetros por hora. En el momento que atravesamos esa zona se me hizo imposible avanzar. Por cada zancada parecía retroceder dos metros. Uno de los avituallamientos ofrecía unos vasos de tamaño mínimo de agua y tuve que preguntar si de verdad lo era, porque no entendía el ridículo aspecto de chupito. “¿Seguro que no es vodka?”, le pregunté. El voluntario me miró perplejo. Los siguientes kilómetros consistieron en luchar contra el viento y esquivar los vasos y botellas vacías de agua que venían hacia los corredores. Una pena.

Una de las audioguías nos contó que San Petersburgo fue la primera ciudad del mundo en contar con un servicio de ambulancias para la población civil. Es una información que no he podido contrastar, pero que situaba en 1799.

En el kilómetro 39 y medio me quedé tieso en el sitio. La pierna izquierda se me quedó tan rígida como a Torres en la final del Mundial de 2010 en la prórroga contra Holanda. No pude ni tirarme al suelo para estirar. Por primera vez en diecisiete maratones me tuvo que atender el servicio médico de la organización. No fue nada serio, estuve dos o tres minutos atendido, me ayudaron a estirar, me masajearon un poco, entendí el significado del “no siento las piernas” y seguí adelante. Mi mujer me esperaba apenas a quinientos metros y la meta estaba ahí, a menos de dos kilómetros, así que acabaría aunque fuera andando. Aparte de su paciencia, pude comprobar lo buena fotógrafa que es porque en las fotos que me hizo aparezco con buen aspecto, como si lo que estuviera haciendo fuera algo parecido a correr. Solo quedaba ya un objetivo: llegar a meta por debajo de las cuatro horas, antes del cañonazo de las doce, un sonoro disparo desde la Fortaleza de Pedro y Pablo que retumba en toda la ciudad.

Pues tampoco, con el estruendoso cañonazo casi se me saltan los empastes, las lentillas que no llevo y tuve que sujetarme el corazón para que no me saliera por la boca. “Se nota que Putin es de aquí”, pensé. Llegué en cuatro horas y dos minutos tras haber pasado unos últimos kilómetros muy duros, casi habría preferido el interrogatorio en el Gulag. La medalla me pesaba una tonelada y volví a preguntar si esos vasitos de chupito eran realmente de agua y no de vodka.

 

El Palacio de Peterhof es una residencia de los zares a 35 kilometros de San Petersburgo. Tiene hectáreas de jardines versallescos, fuentes, estatuas doradas, palacios, palacetes y estanques de todo tipo. Puro lujo y ostentación. Fue destruido durante la invasión nazi y algunas fotos muestran el estado en el que acabó. Apenas un día después de finalizada la guerra los rusos comenzaron su reconstrucción hasta recuperar el magnífico aspecto que luce hoy en día.

 

Apenas un día después de terminado el maratón de las Noches Blancas y pese al lamentable estado en el que acabé, ya estoy pensando en el siguiente, y sobre todo, en corregir los errores. ¡Nasdrovia, lectores!

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“Tus errores están escritos, hijo mío. Ve y enmiéndalos, idiota”

 

 

San Petersburgo (I): cómo no entrenar un maratón

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LESTER, 29/06/2019

“El día que corras una maratón pensando solo en cómo poner un pie y luego el otro el mínimo tiempo posible en el suelo y nada más, bajarás de 3h:30 seguro. Pero no te sabrá igual de bien que esta, ni tendrás estos detalles e historias para contarnos”. Este es el comentario a modo de consejo que me dejó el amigo Tulaytulah, una bestia del maratón con varias marcas por debajo de las 3 horas y cuarto. Un tipo ante cuyas marcas ni siquiera puedo rebatir con el socorrido “es que eres mucho más joven que yo”, puesto que ambos entraremos en la cincuentena en unos meses con apenas quince días de diferencia.

Cada vez que me pongo a preparar un maratón suelo comprar un libro relacionado con el asunto, para ir cogiendo motivación, ambiente, sabios consejos que no seguiré, etc. y esta vez el título que encontré en la librería me trajo directamente al comentario de Tulaytulah.

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“No pienses, corre más”, de nuestto africano de Vallekas, Chema Martínez. Lo repetí varias veces como un mantra. “No pienses, corre más. No pienses, corre más”. Lo tengo, es eso y solo eso, correr, como Forrest Gump. “¡No, joder, ya estás pensando en películas!”  Concéntrate en dar un paso más, en hacer un kilómetro más rápido que el día previo durante los largos meses de entrenamiento que se avecinan. “Eso, voy a preparar una selección de temazos cañeros para corredores, o mejor dicho, la playlist top for runners, por estar a la moda anglochorra”. Me habría dado un collejón de haber tenido la flexibilidad necesaria para hacerlo. Estaba claro que iba a seguir pensando más y corriendo menos, así que para qué esforzarse en concentrar todos los esfuerzos en los entrenamientos, trataría al menos de disfrutarlos.

Y aquí estoy un año más, fiel a mi cita con el maratón, el decimoséptimo desde 2004, a menos de 12 horas de salir al asfalto a dejarme la piel, la última gota de sudor y el último gramo de fuerza.

He tenido amigos nada aficionados a esto de las carreras y los maratones que sin embargo suelen leer (y dicen que hasta disfrutar) mis crónicas y alguna vez me han dicho que me anime a escribir un libro. “Además, podría ayudar a gente que está empezando a correr o que se plantea cómo terminar una prueba tan larga”.

Ah, no, amigos, hay verdaderos expertos en este asunto, gente muy sabia y experimentada que te puede ayudar a preparar y finalizar un maratón. O a mejorar tu marca, o a evitar lesiones, o hacerlo más llevadero, pero si yo algún día me lanzara a esa aventura el título sería precisamente el contrario: Cómo no entrenar un maratón. Y de subtítulo: Y disfrutarlo pese a que las piernas me recuerden los errores cometidos.

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Mientras leía el libro de Chema Martínez iba anotando todas esas cosas que hago mal:

– Descansar: dice el bueno de Chema que hay que dormir ocho horas mínimo y si es posible diez. Creo que no decía diarias, porque eso sería de todo punto imposible, así que lo he reinterpretado a mi manera y he tratado de dormir diez horas cada dos días. En mi calendario de entrenamientos añadí este año dos nuevas filas, la primera de las cuales indicaría mediante un sistema de semáforo las horas de sueño. Más de 7 horas, luz verde. De 6 a 7, luz amarilla. Menos de 6, luz roja. Y mi plan de entrenamientos está tan repleto de luces rojas que prefiero no hacerlo público. Y solo dos luces verdes en cuatro meses.

– No entrenar en ayunas: y dejar que pasen dos horas del desayuno antes de meterse en faena, eso dice Chema, pero a veces salgo a unas horas en las que solo están los chicos de la recogida de basura (o la basura que se está recogiendo), así que lo he tenido que hacer varias veces.

– El alcohol, la cerveza: hay que reducirlo o suprimirlo directamente. Aunque hay teorías sobre las bondades de la hidratación que proporciona la cerveza, lo cierto es que son mayoría los que no aconsejan su ingesta. La segunda fila que añadí a mi calendario fue para apuntar las cervezas consumidas en estos meses. Un emoticono de una jarra por cada tercio de litro, y era tal el número de jarras que aparecían en el cuadro en los dos primeros meses que acabé por hacer una firme promesa: aparcamos la cerveza hasta después del maratón. El propósito duró menos de una semana, y ha habido tal cúmulo de eventos sociales en este mes de junio que… que… que sí, que voy a llegar bien hidratado.

– No entrenar en cinta: igual que lo de las ayunas, no me queda otro remedio, así que la mitad de mis entrenamientos ha sido en cinta. Me viene bien sobre todo para las series, porque pongo la máquina a tope de revoluciones y eso solo se para con la mano o dejándome caer y empotrándome contra la pared del fondo, y mi terquedad suele vencer al miedo a la caída, así que aguanto ahí a tope esparciendo el sudor a las locas del gimnasio.

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– Descansar los días previos: yo no quería andar mucho los días previos, pero el nuevo aeropuerto de Moscú es tan inmenso que creo que me hice medio maratón en la escala, lamadrequemep… Era como la T4, o les sobraba hormigón, o alguien se llevaba comisión por cada metro cuadrado. Luego llegas a una ciudad espectacular como San Petersburgo y no te vas a ir al hotel a descansar, así que nos la hemos pateado a conciencia. Mientras esperaba el barco para descansar, he aprovechado para estirar los gemelos.

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Mirad el detalle del folleto: San Petersburgo en 5 días, jajajaja, ¡si me lo he recorrido en dos!

– Alimentación: nada de probar cosas nuevas, ni mezclar. Bueno, pues ahora mismo tengo en mi estómago pasta, jamón, queso, una sopa de pollo, una barrita de cereales, otra de proteínas que me han dado en la Feria, más pasta, un capuccino, un plátano, dos mandarinas y una cerveza calentorra y sin alcohol que también me han dado en la Feria.

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La añadiré a mi lista de cervezas espantosas que me he pimplado por ahí. Me la ha ofrecido una rusa guapísima que me ha recordado al gran Groucho Marx: “vaya rollo de fiesta, la cerveza caliente y las mujeres frías”. Para compensar me he tomado una buena cerveza al mediodía, más mezcla para el estómago. La rubia es la mía, mi ” no rubia” se ha tomado la negra belga.

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– No practicar otros deportes mientras preparas un maratón: no puedo, no. Me niego. Llevo años jugando con mis colegas y no puedo dejarles, me gusta mucho más que algo tan solitario como entrenar un maratón. El 2 de junio jugué mi último partido, pero en los 3 meses previos jugué 13 partidos de fútbol y 11 de baloncesto.

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A veces me duele todo el cuerpo cuando voy a entrenar, el cuerpo no recupera ya los golpes en 24 horas, a veces ni en 72, pero sigo disfrutándolo. Hay quien dice que corro riesgos de lesionarme, pero la naturaleza o la genética, o la herencia de mis padres, no me dio un talento innato para el fútbol, ni una gran estatura, ni una velocidad envidiable, pero me dio un esqueleto de Terminator, casi indestructible bajo una apariencia humana. Al acabar el maratón pierdo incluso la apariencia humana y estoy más rígido que Robocop. Pero sonrío. Siempre.

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A ver qué tal se me da la carrera mañana. El recorrido es estupendo, muy agradable para la vista, muy llano, unos veinte grados de temperatura. El único problema va a ser el viento, que se prevé que sea como hoy, entre 22 y 35 kilómetros por hora. Mirad las banderas de la foto. Si se mantiene la dirección de hoy, los últimos 6 van a ser terribles, ojalá cambie, me venga de cola y mueva ese hermoso pandero hacia la meta. Una meta que, por cierto, va a ser de las más bonitas que he atravesado nunca, si no la que más, junto al impresionante Hermitage.

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A ver si consigo despistar al duende cabrón. ¡Deseadme suerte!

 

Los muertos salen a hombros, por Lester

Jard Poncela

“Los muertos, por mal que lo hayan hecho, siempre salen a hombros”.

Esta mítica frase del dramaturgo Enrique Jardiel Poncela me viene a la memoria cada cierto tiempo, de modo especial cuando fallece alguien, da igual si ha sido la mejor persona sobre la faz de la tierra, un tío controvertido o directamente un redomado hijo de perra. Los muertos siempre salen a hombros, como los toreros triunfantes de la plaza, aunque su vida no hubiera sido precisamente un dechado de virtudes, o al menos no en su vertiente pública.

Parece como si la muerte tuviera la facultad de ennoblecer al fallecido, como si con la misma todas sus fechorías quedaran perdonadas, o al menos exculpadas. Por supuesto que hay que respetar a la familia del fallecido, mostrar las condolencias (si se les conoce) a los más cercanos, o al menos no ahondar en el dolor, pero llevo mal la falsedad y la hipocresía.

Si Alfredo Pérez Rubalcaba hubiera escuchado en vida los elogios que soltaron algunos de sus adversarios y (por qué no decirlo) enemigos tras su repentina muerte, no habría abandonado la vida política y a buen seguro habría seguido en la primera línea: “si tan bueno soy, si soy un hombre de Estado como ha habido pocos, si soy una de las figuras más relevantes de las últimas décadas, si soy un tipo indispensable para entender España, ¡no puedo irme a dar clases a la universidad, me necesitan!”

El presidente de Gobierno Pedro Sánchez fue uno de los primeros en subirse al carro de los elogios y quizás de los últimos en bajarse, porque su muerte ocurrió apenas tres días antes del inicio de la campaña electoral e interesaba mantener esa imagen revitalizada y de unidad del PSOE, una imagen que solo la muerte de alguien de peso podía lograr. El tratamiento informativo fue excesivo, especialmente en Televisión Española, la “tele de todos” que nunca es de todos, sino de quien manda. La realidad es que Rubalcaba no se hablaba con Pedro Sánchez y se había apartado de la primera línea entre muchas otras cosas por sus discrepancias, pero eso no iba a evitar el aprovechamiento de su desgracia:

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El fin de semana pasado falleció de modo inesperado otro personaje muy conocido, el futbolista José Antonio Reyes. Según han dicho algunos medios, circulaba a 237 kilómetros por hora y su apego a la velocidad era conocida por los que le rodeaban. En su accidente mortal se llevó por delante a su primo y  otro familiar quedó gravemente herido, ingresado con pronóstico grave. El futbolista era un tipo que caía bien, había jugado en el Sevilla, Real Madrid, Atleti, Arsenal, Benfica, Córdoba, Español, Extremadura, en la selección española,… un tipo con mucho más talento que cabeza. Su muerte fue una pena, como todas aquellas que suceden a temprana edad, pero fue consecuencia de su poco seso, como le ocurrió en otros momentos de su carrera profesional. Enseguida comenzaron las muestras de cariño, admiración, los elogios que hacía años no recibía, pero también llegó el mensaje discordante del ex portero Santi Cañizares:

Jard Reyes Cañizares

Cañizares nunca fue el más listo de la clase, ni el que mejor se explicaba, le vi hacer el ridículo hace años en una entrevista con Manel Fuentes, intentando hacerse el gracioso y explicar el sexo tántrico con poca fortuna, pero en su mensaje trataba de incidir en la inconsciencia del futbolista, o en la directa responsabilidad del jugador en su muerte y en el daño a otras víctimas. Lo hizo como tantas otras veces, mal, y no porque no tuviera razón en lo que trataba de explicar, sino por lo mal que lo decía. Le llovieron palos por todos lados, los “ofendiditos” que saltan ahora cada vez que alguien dice una frase fuera de lugar, por simple que pueda parecer. El propio Cañizares, hastiado de la polémica, terminó unas horas después diciendo: “Claro que merece un homenaje y un gran recuerdo por su carrera”. Nadie dice lo contrario.

Cada vez que fallece un personaje famoso, suelo estar más atento a las reacciones que a la propia carrera del fenecido, salvo que sea desconocida para mí. Lo hago por dos razones: la primera, si conozco bien al personaje, porque no me interesa que me cuenten todo lo bueno que hizo obviando sus fracasos o errores, y la segunda, por la gracia que me produce escuchar ciertos halagos, especialmente de los que lo machacaron, atacaron o simplemente ignoraron en vida.

Si es un escritor quien muere, enseguida aparecen cientos de “amigos” que habían cenado o comido con él la semana anterior, lo cual conforma una vida social tan admirable como sorprendente para ser la última semana de vida de un tipo moribundo, o sacan un artículo muy personal con cartas antiguas o una supuesta conversación trascendente con “ese gran tipo que se nos acaba de marchar”. Si es un actor o una actriz quien muere, los compañeros de profesión que no se ocuparon de verle ni de ayudarle a encontrar trabajo se desviven hablando de “un talento innato que no supo ser valorado”. También lo sueltan algunos que fueron directores o productores que no llamaron a su puerta en años, qué digo años, en lustros o décadas.

A veces el personaje que se va a criar malvas es un tipo siniestro que no merece el más mínimo de los cariños, y ahí es cuando observas el difícil ejercicio periodístico de evitar decir que el muerto era un cabrón y siguió siéndolo hasta el último día de su vida, sin ni siquiera un arrepentimiento postrero que pudiera suavizar sus tropelías.

De Jesús Gil se dijo que era una figura “única, irreemplazable, carismática, excesiva”, “un luchador nato”, o le veías atizando un puñetazo a José María Caneda, el antiguo presidente del Compostela, y el narrador decía que era “un tipo impulsivo, vehemente”, “amigo de sus amigos”. Menos mal que no me gano la vida blanqueando cadáveres.

Con todo, el fenómeno que más despierta mi atención en relación con estos asuntos luctuosos es la progresiva mejoría de la calidad artística de los trabajos del fallecido después de fallecido. ¿No ganaba batallas el Cid Campeador después de muerto? Pues algo parecido ocurre con algunos artistas, cuyos representantes o herederos logran vender todo lo que nunca imaginaron en vida, además de escuchar los elogios que jamás cosecharon mientras danzaban por este mundo. Suelen conseguir además otro hecho insólito: reciben de repente el respaldo de la crítica.

¿Habría merecido Heath Ledger los halagos que le llegaron por su papel de Joker en El caballero oscuro de no haber muerto? Pues elogios puede que sí, pero posiblemente poco más. Sin embargo, el actor murió un 22 de enero, justo en el momento adecuado para llevarse todos los premios: Globo de Oro, Óscar al mejor actor de reparto y el Bafta.

James Dean

¿Habría sido James Dean el mito en que se convirtió de no haberse matado en accidente de coche con 24 años? La leyenda del actor se multiplicó con su muerte, pese a que aún no se habían estrenado sus últimos trabajos, Gigante y Rebelde sin causa. Su mirada con el ceño fruncido se debía más a su miopía que a su habilidad interpretativa, y su voz en Gigante tuvo que ser doblada parcialmente porque resultaba poco inteligible. En esta misma película hay escenas en las que se ve a Rock Hudson con ganas de abrirle la cabeza por su sobreactuación, como en la escena de la soga, donde no es que le robara los planos, es que desviaba la atención. Fue su muerte la que lo convirtió en leyenda. Se le asoció al lema “vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver”, erróneamente atribuida a Dean, cuando es una frase pronunciada por Humphrey Bogart en Llamad a cualquier puerta.

Club de los 27

Brian Jones, Janis Joplin, Amy Winehouse, Jim Morrison,… varios de los cantantes muertos a los 27 años cuya fama creció de modo exponencial tras su muerte. Como Kurt Cobain, del que llegué a leer en uno de esos panegíricos tras su suicidio: “al igual que Jimi Hendrix, supo marcharse antes de que lo cambiaran”. Vamos a ver, que la muerte “ennoblece” para algunos, o dignifica incluso sus trabajos anteriores, pero de ahí a decir que pegarse un tiro en la boca como Cobain, o asfixiarse con los propios vómitos como Hendrix es “saber marcharse” hay un mundo.

A Antonio Flores le llovieron los elogios que nunca escuché en vida, que si era un gran compositor, o un estupendo letrista,… ¡hombreee! Que cuando no sabía cómo acabar la canción decía parachururuchururuchuru, parachururuchurururuuu, o ayayayayay esa camiseta, o mi gato hace uyuyuyuy, no nos pasemos solo por la desgracia sufrida.

El amiguete Travis nos contó una vez un esbozo de guion titulado Necrocinefilia, basado en parte en este fenómeno de exaltación del fallecido de modo trágico. Trata de un grupo de amigos que están deseando rodar sus historias y no tienen éxito con ninguna hasta que le cuentan a uno de los productores: “es que el guionista acaba de morir”. Es mentira, por supuesto, tienen que ocultar y fingir la muerte del guionista, que “desaparezca” durante una temporada, pero consiguen el interés del productor, la pasta, ruedan la peli y alcanzan un notable éxito porque a la crítica le interesa esa “visión fatalista del autor, que sin duda preveía un trágico final en su vida”. Pese a que el guionista quiere contar la mentira, salir a la fama y recoger su Goya, los compañeros le convencen para rodar una segunda película. Las mentiras ante la prensa van creciendo y creciendo tanto como la angustia del “falso fallecido” y… si alguien quiere saber el final de la historia que afloje la pasta para producirla.

Jardiel Poncela

En fin, que como decía Jardiel Poncela, los muertos, por mal que lo hayan hecho, siempre salen a hombros. Sabía bien de qué hablaba. Tuvo un final de vida con poco éxito, acumulando fracasos, pasando penurias económicas, y en su nicho dejó la siguiente frase como epitafio:

Epitafio Jardiel Poncela

14 horas sin móvil, por Lester

Adicción al móvil

Un día de la semana pasada salí de casa poco después de las seis y media de la mañana. Cuando estaba llegando a Madrid, me di cuenta de que no llevaba el móvil encima, “¡qué putada!”, pensé, y nos hemos hecho tan dependientes del cacharro que por una fracción de segundo me planteé volver a casa a por él. “¡Qué cojones, podré sobrevivir!”

Volví a casa sobre las ocho y media de la tarde, lo que significa que estuve unas catorce horas sin móvil, y, ¡oh, sorpresa!, no me pasó nada, llegué sano y salvo. Tal como lo digo suena a terapia al estilo de las que pasan personas con problemas de alcoholismo o ludopatía: “Hola, me llamo Lester, y llevo catorce horas sin mirar la pantalla del móvil”. Algo de eso hay en el fondo: dependencia, adicción, necesidad, ansiedad en ausencia del estímulo, es decir, mono.

Entré al gimnasio de sonámbulos del que ya he hablado aquí alguna vez y al no tener nada que escuchar, pues el móvil ahora es nuestro teléfono, cámara de fotos, GPS, MP3, agenda y entrenador personal, pude fijarme más en los detalles de lo que me rodeaba. Los tatuajes de los malotes de las pesas, las espantosas conversaciones de las brujas, los vídeos de tipas siliconadas en los monitores, la música a todo meter por los altavoces,… Dicen que a las personas sordas o ciegas, al estar privados de uno de los sentidos, se les agudizan los demás. Pues creo que eso fue lo que me pasó, porque normalmente me abstraigo en mi mundo con los cascos, escuchando noticias o podcasts frikis, y ese día advertí que mis sentidos estaban potenciados como si fuera Spiderman tras el aguijonazo de la araña. Veía con más claridad, escuchaba voces desconocidas y conversaciones totalmente intrascendentes sobre vecinas o batidos proteínicos, y olía a Nubetóxica con mayor intensidad. Las fosas nasales se dilataron al aspirar el hedor del sudor trimestral de la señora y como un Rexona que no abandona, su recuerdo me persiguió a lo largo de toda la jornada.  

Llegué a la oficina y, al subir al ascensor, hice el gesto instintivo de sacar el móvil del bolsillo, gesto que repetiría varias veces a lo largo del día, como si de un vaquero presto a desenfundar se tratara. ¡Error! Ahí no había nada. Me pasó en la cafetería de empresa, en el baño, en una reunión de trabajo, en diversos momentos del día. Se ha convertido en un gesto tan instintivo como colocarnos el flequillo, hurgarnos la nariz o como pueda serlo para Rafa Nadal sacarse la goma del calzoncillo del orto.

Al no tener el móvil con el que abstraerme de la realidad practicando el buceo en el trivial mundo del guasap o el sensacionalista de los titulares de noticias, me sentí un poco como el protagonista de Una cuestión de tiempo al final de la peli, cuando decide seguir el consejo de su padre y fijarse en los detalles que no había percibido la primera vez que vivía una situación: el peinado de su compañera, el mensaje en una camiseta, una sonrisa amable, las zapatillas de colores de algunos yogurines,… Bien es verdad que al haber pertenecido a esa generación que tuvo su primer móvil cerca de la treintena, y datos al rebasar los cuarenta, no soy el típico tío que va todo el día por la calle, la oficina o la cafetería enfrascado en su mundo virtual de la puñetera pantallita, pero reconozco la influencia de estos cacharros en nuestro comportamiento diario, muy superior a la que nos gustaría reconocer.

El móvil es un arma de distracción masiva. Hace tiempo que le quité el sonido de los avisos, casi al principio de los tiempos, porque eso de que te suene un ring o un toc-toc-toc cada vez que entraba un guasap o un correo era un puto infierno que te impedía concentrarte en cualquier cosa. Odio cuando mis compañeros tienen el sonido activado en las reuniones de trabajo, que a veces se convierten en un concierto en el que puedes ver los distintos timbres escogidos: la flecha, la moneda, los nudillos sobre la puerta, el timbrazo, la tecla de piano o el gorgorito-los-cojones.

Adicción al móvil 2

También desactivé hace tiempo los avisos de correos o guasaps pendientes de leer, porque si mirabas la pantalla y leías “38 mensajes de 9 grupos diferentes” o “14 correos electrónicos recibidos” terminabas entrando a leerlos. En mi caso, cuando el número supera los cincuenta sabes que alguien ha muerto o que se está buscando una fecha para una cena o un cumpleaños. Aquel día fue diferente y me pude concentrar mejor en mi trabajo. Hubo gente que intentó localizarme y no lo consiguió a la primera, pero oye, ¡descubrieron el teléfono fijo!

– Te he llamado al móvil y no me lo has cogido.

– Claro, me lo he dejado en casa, pero mira, como no me muevo de mi chiringuito me puedes encontrar en este aparato ultranovedoso llamado teléfono fijo. Funciona igual que el móvil, con la única diferencia de que no lo puedo coger cuando estoy meando.

– Cualquiera diría que te lo has dejado aposta.

– Pues no ha sido así, pero descuida, que a partir de hoy voy a hacerlo una o dos veces por semana.

Fui a comer con un compañero de trabajo, algo rápido porque seguíamos con mucho follón en el curro, pero en la conversación surgió una duda acerca de un dato. Lo de siempre, un resultado de fútbol, un actor en una peli, el nombre de una tía buena en la misma peli (o en la ofi o en el restaurante o por la calle), o si el gato de Schrödinger era negro y traía mala suerte, o no lo era y lo freímos con las putadas que le hicimos en el Adicción al móvil 3interior de la caja. La conversación normal entre compañeros.

Pues en lugar de confiar en mi memoria, va mi compañero, desenfunda el móvil y con los dedos grasientos de patatas fritas se puso a buscar la respuesta en San Google. Ah, San Google, el buscador que evita los antiguos conflictos familiares con tu “cuñao”:

– Que sí, que me acuerdo perfectamente, que el Atleti iba ganando tres a cero al Madrid cuando el árbitro pitó aquel penalti y expulsión.

Antes le decías lo normal, no tienes ni puta idea, forofo patético, o le soltabas un guantazo por bocazas, pero ahora ambos sacáis el móvil, gugleáis y resolvéis el conflicto. Hasta ese punto ha influido el móvil en nuestras vidas, hasta ese nivel le ha restado emoción.

Pero lo mismo que digo en público que se puede vivir 14 horas sin el móvil, también soy capaz de reconocer que tiene enormes ventajas, y no me refiero solo a lo que habría sido la reciente avería que padecí en mitad de todo el meollo del centro de Madrid de no haber llevado un móvil encima, sino por lo que vendría al llegar a casa, poco antes de la medianoche.

El móvil yacía tranquilo en el baño, aún con batería. No sé cuántos mensajes y llamadas perdidas tenía, tampoco eran excesivas. Nadie había muerto, no se me había olvidado ningún cumpleaños, seguían sin acordar la fecha de una cena, mi vida podía seguir. Pero dos horas después el móvil se activó como en sus mejores días y se disparó con cerca de dos centenares de guasaps: el Liverpool acababa de endiñarle cuatro goles al Barça y aunque solo sea por esas gozosas horas de disfrute cabroncete para el que los españoles estamos mejor dotados que ningún otro pueblo en el mundo, aunque solo sea por el deleite que nos provoca el hundimiento ajeno, merece la pena llevar el móvil encima.

 

Cara Lester