Odio monetizar

Monetizar

15/08/2020

Hay muchas palabras del lenguaje forzado de las aplicaciones y las nuevas tecnologías que me producen cierta rabia, o urticaria por qué no decirlo, como customizar, gamificación  o esmartizar, pero una de las que más odio es, sin duda, “monetizar”. Suena rara, suena fea, me recuerda al Tío Gilito contando las monedas en su depósito/piscina.

Como suelo hacer con muchas de las palabras que nos meten entre ceja y ceja a fuerza de repetirlas en los medios y las redes sociales, busco su existencia y significado en la RAE, y compruebo que “monetizar” existe, si bien sin el uso que se le suele dar:

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La otra fuente de consultas que suelo utilizar es la Fundéu, la Fundación del Español Urgente, asesorada por la propia Real Academia Española. Y en este caso, nos indica que la palabra de marras amplía su significado para incorporar el que se le viene dando en las nuevas tecnologías y las páginas web: “convertir un activo en dinero”. Rentabilizar u obtener dinero de una web, una app, un blog, un contenido en principio gratuito y disponible.

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Si Facebook, Google, Whatsapp o la mayoría de aplicaciones son gratuitas porque no pagamos nada en principio por su uso es porque han sabido “monetizar” sus contenidos de otras maneras, normalmente por la vía de la publicidad directa, la venta de datos o los contenidos Premium.

Hoy cumple seis años este blog. Seis, lo repetimos con satisfacción. El proyecto nació con la idea de durar un año y en función de las circunstancias (y del seguimiento de los lectores) decidir si proseguía año a año o lo cerrábamos con la satisfacción de haber disfrutado del tiempo empleado. Las cifras de lecturas han crecido de manera constante a lo largo de todos estos años (los seis primeros meses de 2020 han sido brutales, equivalentes a los dieciocho meses anteriores), así que podemos decir sin pudor que el blog de los “Cuatro amiguetes y unas jarras” pasa por su mejor momento.

Desde el primer momento, desde la Declaración de Intenciones del blog, los cuatro amiguetes tuvieron claro que el blog sería gratuito y sin publicidad, pero la publicidad se nos ha colado (por desgracia). Así que vamos a darle un nuevo giro al blog y aprovechar el potencial que tiene para “monetizar” sus contenidos sin molestar al lector. Eso sí, y una vez más queda constancia de ello, todo lo que se obtenga de esa “monetización”, como en las anteriores ocasiones, tendrá un destino solidario, un apoyo concreto a algún proyecto de una ONG.

Porque lo que sí hemos visto con este blog es el potencial que tiene para dar a conocer proyectos maravillosos y/o sacar adelante grandes iniciativas de otros con las que echar un cable (pequeño, pero un cable) donde podía hacer falta. Para los recién incorporados al mismo, les resumo algunas de las actividades realizadas en estos años:

1. Pabellón azul: estos días se cumplen tres años del inicio de las obras de reforma en el Pabellón Azul del Hogar Teresa de los Andes, en Bolivia, que culminamos entre todos con éxito. Agradezco de nuevo a todos aquellos que colaborasteis con vuestra gota de agua.

2. Campaña de crowdfunding para la distribución de filtros potabilizadores en el valle del Chota (Ecuador). Una gran idea de cuatro jóvenes en la que pudimos participar con la obtención de fondos, la difusión y la propia distribución en terreno. Magnífico proyecto que los voluntarios plasmamos en el libro Aguafiestas.

3. Las colaboraciones para La Galerna por las que el Amiguete Barney ha percibido algún tipo de remuneración se han destinado a dos proyectos de ONG españolas: uno de Ayuda en Acción de apoyo a las familias que más sufren las consecuencias de la Covid-19, y otro de GAM-Tepeyac para el proyecto Oxígeno para vivir en Chanchamayo (Perú), que os animo a conocer.

La publicidad en el blog incomoda, pero lo mucho o poco que se obtenga con la misma, ¡lo que se monetice!, irá destinado a algún proyecto solidario, del mismo modo que al final de cada post vamos a incluir un enlace para una microdonación de carácter voluntario para todo aquel que quiera colaborar. Me gustó la idea de Ayuda en Acción de su campaña #PeleaConLoQueTienes, porque aquí lo que tenemos es una plataforma estupenda para dar a conocer pequeños proyectos solidarios, de gente entregada.

La idea es que si uno de cada diez lectores de este blog dona un euro (que irá directamente a la web de las ONG sin correr el peligro de convertirse en cervezas de los cuatro amiguetes)… con ese importe se puede hacer mucho en muchos lugares. El Amiguete Lester ha dado buena cuenta de ello. La idea de la gota de agua es potente. Hablamos de entre seis y ocho mil euros anuales, si solo uno de cada diez lectores se anima a colaborar.

Muchas gracias por seguir leyendo esta página. Renovamos un año más.

 

 

(Casi) feliz en casa

There's no place like home

LESTER, 26/06/2020

“Se está mejor en casa que en ningún sitio”.

Encontré esta frase en la carta de amor que Travis escribió hace unos años y me vino a la mente varias veces al principio del largo encierro que todos hemos vivido. La pronuncia Judy Garland (Dorothy) en El mago de Oz y para mi sorpresa se puso de moda en algunas emisoras y redes sociales cuando corrimos todos a confinarnos en nuestros hogares. Estábamos tan necesitados de ánimo (o tan aterrados, según) que nos venía bien pensar que “se está mejor en casa que en ningún sitio”.

Ahora que parece que acaban los tres meses de encierro y volvemos a recuperar algo parecido a lo que eran nuestras vidas, me ha apetecido recordar lo que ha supuesto el período más extraño que recuerdo, esas largas semanas que nos dijeron inicialmente que serían “quince días”, aunque nunca nos lo creímos y que han acabado siendo seis veces ese tiempo. La pandemia ha puesto patas arriba todo nuestro mundo y nos obligó a adaptarnos a una realidad inédita para todos. Y como he contado en tantas ocasiones en este blog, soy un tipo afortunado, tan afortunado que he estado feliz encerrado en casa. A mí, que salía de casa sobre las seis y media de la mañana y regresaba casi siempre pasadas las ocho de la tarde, estar tanto tiempo rodeado de mi familia ha sido una maravilla.

La vida es mucho más sencilla de lo que algunos creen, o por decirlo de una manera que quizás se entienda mejor: la vida es mucho menos complicada de lo que algunos pretenden. La entrada más leída de la historia de este blog A.C. (Antes del Confinamiento) era En busca de la tranquilidad, en donde hablaba de lo importante que es para mí estar en buena sintonía con los tuyos, con la familia. Aprovechar el tiempo en cosas productivas y sin hacerse pajas mentales o ilusiones acerca de ambiciones mayores que no necesariamente van a darte una mayor satisfacción. En aquel post me refería a la canción que dice que “tres cosas hay en la vida: salud, dinero y amor” (hasta hoy no he sabido quién la cantaba: ¿Cristina y los Stop?).

Sin estar plenamente de acuerdo con la canción, reconozco que en estos tiempos me ha venido varias veces a la cabeza, porque ahora más que nunca debemos valorar la salud, la importancia de cuidarnos y de cuidar a los demás. Resulta tan sencillo complicarle la vida a alguien que tienes cerca y a quien quieres que me sorprende la irresponsabilidad de tanta gente cuando el virus todavía está descontrolado. En cuanto al dinero, como ya he dicho muchas veces soy un privilegiado y no me he visto afectado como tantos amigos por ERTEs o disminución de ingresos por ser autónomo o empresario. Y el amor de la familia ha sido fundamental para sentirme tan a gusto durante estos tres meses en los que apenas hemos pisado la calle.

Tras los dos primeros días de adaptación al encierro tuve que imponerme un horario para no caer en la apatía o la pereza, como me reconocieron tantos amigos que les pasó al principio. Me despertaba temprano y comenzaba con algo de deporte en un gimnasio improvisado que montamos mientras escuchaba a Alsina y el que para tantos de nosotros se convirtió en el himno del confinamiento, el Facciamo finta che de Ombretta Colli. El final de la canción marcaba la hora de la ducha, el desayuno y el inicio de las maratonianas jornadas de teletrabajo. Pero desayunaba con mi mujer o con mis hijos, paraba a media mañana y conversaba cinco minutos con alguno de ellos, y se me dibujaba una sonrisa boba en la cara: “¡joder, cuánto me alegro de verte!”.

No hubo adaptación al teletrabajo, fue de sopetón, se avanzó lo que jamás se habría logrado con planificación. Mucho Skype y mucho Teams, a los que se sumaron los Zoom con la familia o los amigos de manera ocasional y siempre a última hora de la tarde. Por sorprendente que pudiera parecer, las reuniones de trabajo trajeron consigo una puntualidad alemana en los asistentes, incluso entre los impuntuales de siempre. La excusa del atasco ya no valía, salvo que fuera intestinal. Lo que no había manera de conseguir en las reuniones presenciales lo logró el confinamiento. Y no solo eso, sino que consiguió también que se respetaran los turnos de palabra, que las reuniones parecieran más productivas. Desconozco si al otro lado de la pantalla mis colegas estaban guasapeando o leyendo el Marca, pero aparentemente todos hicimos nuestro trabajo a diario de manera muy profesional y la empresa siguió funcionando pese a las circunstancias. Por supuesto que todos nos hemos solidarizado con esos compañeros con niños pequeños a los que trataban de silenciar mientras manteníamos una reunión sobre temas complejos o había que tomar una decisión trascendente, chapeau a todos ellos.

Chapeau igualmente a los que fueron capaces de aguantar en solitario una experiencia tan extrema como el encierro de las primeras semanas, y no digamos a los que (y las que) tuvieron que aguantar con personas a las que ya no les unía nada. El confinamiento ha puesto a prueba a muchas personas y en su mayoría la sociedad demostró una madurez que no parecía tener nuestra clase política. Nos sumamos a todo lo que nos pedían: las (contradictorias) medidas de prevención, el distanciamiento social, sonreír con los memes, mandar mensajes de ánimo, los aplausos de las ocho, el Resistiré del Dúo Dinámico o la estupenda nueva versión que sonaba a diario en mi vecindario.

Por lo que veíamos en redes sociales, tanto tiempo en casa nos llevó a probar nuevas aficiones o a cultivar las que teníamos abandonadas: a unos les dio por el bricolaje, a otros por las manualidades, a todos por la gimnasia, mi mujer y mi hija probaron con la pintura, y mi hijo y yo nos atrevimos a cocinar platos con los que jamás nos habríamos atrevido en condiciones normales. Cada día se encargaba uno de la cena y competíamos en una especie de MasterChef casero del que salieron grandes ideas. Permitidme que muestre aquí (orgulloso) mi brownie de morcilla y queso de cabra, y el Ratatouille.

Pero el confinamiento ha sido muy largo y las situaciones, extremas. A finales de febrero escribí El calibrador de rojos y fachas para expresar lo que veía y no me gustaba, y era la sensación de que cualquier tema, por banal que fuera, provocaba controversia o enfrentamiento. Eso fue antes de la pandemia, porque durante la misma la gestión de la crisis ha hecho que la raya de separación entre los bandos (y me duele enormemente hablar de “bandos”) sea ahora un socavón. Se ha generado mucho mal rollo, incluso odio, en grupos de whatsapp o en esas junglas sin leyes que son Twitter o Facebook. Me temo que va a costar mucho cerrar esa herida abierta entre unos extremos cada vez más poblados.

El (Casi) del título de este post se debe a que no he podido ser enteramente feliz en casa. Sabía que tenía una familia maravillosa y una vida estupenda, pero ni la felicidad ni la tranquilidad eran completas. Lo habría sido de no haber visto tanto sufrimiento cerca, compañeros a los que les envuelve una pátina de tristeza desde hace tiempo, en amigos que han perdido a seres queridos y los han enterrado en soledad o a distancia, en familia cercana, en gente como el amiguete Josean que vomitó un post que le salió de las tripas y que en una semana se convirtió en el más leído de este blog A.C. y D.C. (Aplauso a una generación de héroes). 40.000 lecturas en una semana y muchos mensajes de gente que se sintió identificada con el texto. Reconfortados, agradecidos.

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Nos hablan de “nueva normalidad”, pero falta mucho para que la situación se parezca a algo normal, no digamos a nuestra vida anterior. En la cultura mediterránea no somos gente de taparse la cara, evitar los abrazos y mantener la distancia entre nosotros. Pero es lo que nos toca hacer durante bastante tiempo todavía. Tras las expresiones que aprendimos a marchas forzadas como coronavirus, pandemia, confinamiento, doblar la curva o desescalada, ahora escuchamos con frecuencia otras: rebrote, repunte. Evitémoslo, que ya sabemos que está en nuestras manos.

Los 100 de Lester

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Buenas a todos, amigos lectores.

Con el post de hoy, el “arribafirmante” amiguete Lester alcanza los 100 textos, cifra que alcanzarán en los próximos días los amiguetes Travis, Barney y Josean. Unidos a los 19 post conjuntos (inicios del año, Días del Padre o la Madre, Campeones,…) darán una cifra de 419 textos en unas 304 semanas de vida de este blog, lo que supone publicar 4 artículos cada 3 semanas. No está mal. Durante ese período han salido dos libros de este blog y varias colaboraciones en otros medios, luego el balance solo puede ser positivo.

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Algunos colegas llevan tiempo pidiéndome una manera de localizar textos antiguos, algo que leyeron hace mucho (son ya casi seis años dando la lata desde aquí) y recuerdan y que les gustaría recuperar. Hay un buscador a la derecha de la página que puede ayudar en esa tarea, bajo los últimos textos publicados, pero en cualquier caso, voy a crear una nueva página como índice para poder releer los textos antiguos. Hoy toca pegar un repaso a todos ellos y voy a hacerlo de diez en diez, porque creo que ha habido una evolución en ellos.

Comencé rescatando varios relatos del baúl de los recuerdos, hablando un poco de sentimientos y dejando mi primera crónica maratoniana, la de Berlín 2011:

  1. Turbulencias.
  2. La amabilidad.
  3. Los Caballeros de la Orden de Malta.
  4. Ya estamos todos.
  5. Ese incesante zumbido.
  6. El día que gané a Gebreselassie.
  7. Equilibrio precario.
  8. American Beauty.
  9. La mediocridad de los provocadores.
  10. Onetti, Ibáñez, la dignidad y el genio.

En los siguientes diez fui comentando algunas cosas que me llamaban la atención como la interpretación de los sueños, la magia o las teorías de la conspiración, y seguí dejando varios relatos. Uno de ellos, el de los escoceses, una larga broma para responder a quien me dijo que todos mis relatos resultaban muy tétricos o tristones. Entre estos diez está el texto más leído de Lester, pero que curiosamente empezó a ser muy leído y rescatado dos años después: En busca de la tranquilidad.

En la siguiente decena tenemos la primera entrada dedicada a las estadísticas, cuando los lectores de este blog aún no eran muy numerosos y se acercaba el final de ese primer año, que era la vida estimada inicial de este blog. Renovamos (y no por un año, sino ya por muchos más) para seguir hablando de nuevos viajes, música, algún otro maratón como el de Eindhoven y publicando nuevos relatos.

No sé qué pasó en los siguientes diez, de noviembre de 2015 a junio de 2016, pero le dediqué varios esfuerzos a todas aquellas cosas que me tocaban las pelotas, razón por la cual me vi obligado a dedicar uno a todo lo contrario, a aquello que hacía de la vida algo tan maravilloso:

Los siguientes diez textos incluyeron el primer relato premiado, muchos viajes y la primera colaboración externa, la de mi hija Raquel contando su magnífica experiencia de voluntariado en Uganda y la India.

De enero a octubre de 2017 me volqué en los libros y en un proyecto de voluntariado en Bolivia, y de la mezcla de ambos surgió el libro Relatos de un tiempo fugaz, cuya recaudación se destinó a completar las obras del Pabellón Azul del Hogar Teresa de los Andes.

Bolivia nos marcó. Nos encantó como país, pero no deja de dar lástima que un país con tanta riqueza tenga a su gente pasando tantas penurias. Más relatos y nuevas colaboraciones externas que me enorgullecen, en este caso de mi padre sobre un tema escabroso como son los toros.

Entre junio de 2018 y enero de 2019 algo me pasó que la mayoría de los textos buscaron algo de ironía y buen humor, aunque en el camino se me colaron algunos relatos fieles a mi estilo (o sea, tristones):

Nuevas colaboraciones en los siguientes diez artículos (R. San Telmo) y el proyecto del segundo libro que ha surgido de este blog (Aguafiestas), con nuevos fines solidarios como fue en esta ocasión el proyecto de voluntariado en el valle del Chota (Ecuador).

De noviembre de 2019 al momento actual, en el que no hay maratones de los que hablar, ni más viajes que contar que aquellos que sucedieron en el pasado, puesto que tanto las nuevas carreras como los antiguos viajes quedaron apartados por una buena temporada de confinamiento. Ya queda menos.

Aquí no terminan las ideas, sino que mi libreta está a reventar, así que en muy poco tiempo estaré dando guerra de nuevo. Gracias a todos los lectores (cada día más numerosos) por seguir ahí, interesándoos, al otro lado.

Cara Lester

 

Correr por el placer de correr

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LESTER, 02/05/2020

Correr. Tranquilo, suave, ligero, rápido o a tope. Inspirar profundamente, acompasar la respiración al ritmo de tus zancadas, poner una buena selección de música y salir. Daba igual cómo, el caso era salir a trotar. A las seis de la mañana se levantaba la prohibición y a las siete y cuarto yo ya estaba corriendo por las calles de mi barrio.

No es que tuviera mono, como decían tantos runners por los foros o en grupos de amigos, no es eso. Es que salir a correr representa en cierto modo recuperar la libertad. La sensación de libertad que provoca correr sin rumbo fijo aunque sea para volver al mismo sitio, correr por el circuito de siempre o dejarme llevar por sitios nuevos, sin prisas, disfrutando cada bocanada de aire, pero sin pausas, dejando que mis piernas me marquen el ritmo y pidiendo “un poco más de vidilla” a cada nuevo paso.

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La normativa aprobada que nos llevará a esa cosa extraña de “la nueva normalidad” nos permite correr dentro del municipio y ya no sé si con el límite máximo de una hora, así que he hecho un circuito en los alrededores de un poco menos de doce kilómetros con ritmo progresivo. Me gusta correr con sol cuando no pica, o en esos días soleados de invierno, o en días nublados que no terminan de abrir, pero también me encanta correr con lluvia cuando es fina, cuando te acaricia la cara pero no la golpea, cuando te moja pero no te empapa, cuando te dan ganas de extender los brazos para sentir cómo te llega. Me gusta correr de noche, a última hora de la tarde cuando necesitas dejar sobre el asfalto las tensiones de la jornada, pero me gusta aún más correr con las primeras luces del nuevo día que comienza, o con la neblina melancólica de la primera hora, como he hecho hace un rato.

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No voy a decir el tiempo que he hecho porque podría estar reconociendo la comisión de un delito, pero ha sido una gozada. Ya desde las primeras zancadas, mis piernas, a las que lo fío todo ya sea en entrenamientos o en las carreras, me decían que iban cómodas porque no sentían los golpes del fútbol y el baloncesto, ni la inexistente sobrecarga de entrenamientos de los días previos. Sí notaba, en cambio, otros músculos cargados por el exceso de bici estática de estas semanas de confinamiento. Da igual, he corrido por sensaciones, dejándome llevar, apretando en los últimos kilómetros y he finalizado esprintando los últimos doscientos metros. Cuando uno acaba con fuerza un entrenamiento la sonrisa aparece de modo natural. Y después de un buen entrenamiento la ducha sienta mejor ¡y no digamos un desayuno relajado! Igual que en días así sales a correr sin mirar el cronómetro, con el desayuno pasa lo mismo. Y todo sienta bien, aunque te pongas como en el bufé del mejor hotel.

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Yo tenía un plan para el domingo pasado desde hacía varios meses: tenía que estar en la salida del maratón de Madrid. Se suspendió, como todo desde mediados de marzo. Como las comidas familiares, las cervezas con los colegas, las ligas de fútbol o los conciertos. Como el medio maratón de París, donde empezamos a tomar conciencia de que esto iba en serio. Así que he estado siete semanas sin correr, el tiempo más largo que he estado así desde… ¿2003, quizás? Por eso pienso que volver a trotar por las calles representa para los tipos raros como los corredores el inicio de la recuperación de la normalidad. Se han roto muchas cosas que ahora debemos empezar a reconstruir entre todos y esta rutina quizás sea una de las más sencillas.

Correr no es solo un acto de libertad, te aporta la sensación de estar a gusto contigo mismo, con un cuerpo que preparas, entrenas y mejoras, te convence de que todavía puedes, como ese Rocky Balboa cuyas piernas fluyen con mas soltura a medida que avanza el Gonna fly now o el Eye of the tiger. Correr por el placer de correr.

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“Correr sin cronómetro, por placer, descubriendo sitios desconocidos. Correr en Central Park, en las islas Aland, por bosques finlandeses o rodeando el Stanley Park de Vancouver. La recta final de tu primer maratónLa recta final del último. El cachondeo sano de la San Silvestre. Correr sin rumbo fijo mientras tus auriculares reproducen a Lennon y McCartney, y también al George Harrison de While my guitar. A Eric Clapton, Steve Vai, Dire Straits y el Angie de los Rolling. Este párrafo forma parte de lo que escribí en mi lista de Cosas que hacen que la vida valga la pena hace varios años y lo mantengo.

Hace unos meses escribí mis razones para seguir corriendo después de tantos años, por qué no cuelgo las zapatillas. ¿Por qué corremos los cuarentones?. Pese a todas los motivos que expuse, este año una idea me rondaba la cabeza, tenía la sensación de final de un ciclo. El maratón de Madrid iba a ser mi 18º maratón, “la mayoría de edad maratoniana” recién cumplidos los cincuenta, y me parecía un momento estupendo para dejar de correr estas largas distancias. No porque adquiera una conciencia que nunca he tenido, sino porque cada año me costaba más sacar el tiempo necesario para entrenar bien una carrera tan dura como esta.

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Y sin embargo, como ocurre cuando te arrebatan algo, lo valoras más, te das cuenta de cuánto lo apreciabas y cómo lo echas de menos, y anhelas su vuelta para atraparlo y no dejarlo ir. Así que allí estaré en la nueva fecha del 15 de noviembre en la salida del maratón de Madrid. Empezaré a entrenar a lo bestia en verano, con “la fresca” y daré lo mejor de mis piernas sobre los 42 kilómetros de Madrid.

Y el año que viene… ya estamos pensando en algo.

El coronavirus mató la cordura, por Lester

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Vaya por delante que no entiendo mucho de estas cosas. A decir verdad, no entiendo nada de virus, coronavirus, pandemias, peligros ni medidas para evitar los contagios, así que supongo que caeré en todos y cada uno de los errores del cuñao metido a opinador. Qué se le va a hacer, uno lee las noticias oficiales desde hace años con cierto escepticismo, pero trata de seguir las normas que se le indican, por absurdas que puedan parecer. “Por algo serán”, suelo pensar.

Sin embargo, un mínimo análisis de lo que se solicita al ciudadano afectado por las medidas puede resultar incongruente con otras prácticas permitidas por las mismas autoridades sanitarias o gubernamentales. Recuerdo que pensé lo mismo hace años con alguna de estas enfermedades que iba a a acabar con todos nosotros, creo que fue la fiebre aftosa o la porcina que venía del Reino Unido. Me encontraba de viaje con unos amigos por la isla de Brexitlandia y nos hicieron pasar decenas de veces por unas alfombras empapadas de algún líquido supuestamente milagroso para prevenir la difusión de la enfermedad. Teníamos que pasar las ruedas del coche y las suelas de nuestros zapatos. Y así un día y otro durante la semana que estuvimos por allí. “¿Y los zapatos que llevo en la maleta?”, pensaba. Si ahora me quito estos “descontagiosos” y me pongo las zapas de la maleta, ¿pondré en riesgo la existencia de todos los cerdos del Reino Unido?

Me viene a la cabeza todo esto por la psicosis que se está generando a cuenta del coronavirus. Yo no cuestiono la peligrosidad del mismo, ni las advertencias acerca de sus peligros, pero reconozco que me cuesta entender muchas de las medidas que se están tomando. Algunas son voluntarias, como la de tantos trabajadores de atención al público que portan la incómoda mascarilla porque atienden a la cara a miles de personas a diario, pero, ¿suspender el Mobile World Congress? ¿O como me ha ocurrido este mismo finde, el medio maratón de París? ¿Los Juegos de Tokio serán la próxima víctima? “Sí, sin duda”, me contestará alguien, “era necesario para evitar el contagio entre tantas personas que iban a asistir a ambos eventos”. ¿Pero dejamos el Metro abierto, o los aeropuertos? ¿Suspendemos una carrera al aire libre con unos 35.000 corredores, pero dejamos que se juegue el partido entre el PSG y el Dijon con 50.000 personas en las gradas todas juntitas compartiendo efluvios corporales? Pues ambas cosas ocurrieron ayer 29 de febrero con un intervalo de un par de horas.

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Para venir a París tomé un vuelo en la T4 de Barajas, rodeado de cientos de viajeros que iban y venían de mil sitios diferentes, algunos con mascarilla semiprofesional con filtro, otros con un inútil papelillo y dos gomas, y la mayoría, entre los cuales se incluye este escribiente, sin nada, tosiendo (o no), estornudando (o no) y haciendo algo tan peligroso como respirar. Ayer tomé varias veces el atestado Metro de París, entré en varios lugares turísticos hasta arriba de gente como yo y no había limitación alguna, todo estaba abierto y pudimos hacer vida normal. Pero de camino a la Feria del Corredor para recoger los dorsales nos enteramos de manera oficiosa de la suspensión del maratón.

¿Habían cerrado la Feria del Corredor? ¡Qué va! Ahí estábamos un buen montón de atletas frustrados, muchos llegados de sitios lejanos, escuchando lo que nos decían los voluntarios sobre la anulación todavía no oficial. Nos lo decían exhalando su aliento sobre nosotros mientras nos entregaban el dorsal y manoseaban la camiseta que nos entregaban. Menuda fuente de infección peligrosa la carrera del domingo y no esa entrega de dorsales y camisetas en una feria atiborrada de corredores cabreados.

No escribo esto por mi cabreo ante la situación (el humor español, ese que bromea de todo, desgracias incluidas, me ayuda a sobrellevarlo), sino porque no entiendo nada. Si el coronavirus es tan contagioso y peligroso, prohíban el tránsito por los aeropuertos del mundo, no los eventos en destino para esos viajeros que ya se han desplazado. Cierren el Metro, prohíban el uso de autobuses y trenes de cercanías, aplacen el Clásico del Bernabéu de esta noche (80.000 almas juntas), cierren los conciertos y teatros, impidan la entrada a los cines, restaurantes y centros comerciales, y cualquier forma de aglomeración masiva, pero déjense de tomar medidas parciales e inútiles, pero llamativas y visibles. Ah, que a lo mejor se trata de eso, de que sean visibles para todos afectando solo a unos pocos. Puede ser. El efecto placebo, tan placebo como las mascarillas que veo en tanta gente, algunas como la de la viajera que llevaba al lado en el avión, con una máscara que le cubría la boca y una oreja, pero no la nariz, quizás porque respiraba mejor con el apéndice auditivo.

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O puede que obedezcan a un interés económico, como también propagan algunos, empresas vendedoras de máscaras que están haciendo su agosto como lo hicieron los de las señales de 110 kilómetros por hora que durante tres meses sustituyeron a las de 120… para reducir la contaminación. Nos toman por imbéciles tantas veces que todo es posible. Quizás muchos recuerden la gripe A y el esfuerzo del gobierno por decir que se habían comprado millones de vacunas para tranquilizar a la población, vacuna que por supuesto no me puse. Lo que a lo mejor no recuerda tanta gente es que solo en España se destruyeron 6 millones de vacunas de los 13 que se compraron. 40 millones de euros por el sumidero del despilfarro (uno más) en plena crisis.

Ojalá esta crisis del coronavirus sea tan pasajera como la gripe A, la gripe aviar, la fiebre aftosa, el efecto 2000 o el malware asesino de ordenadores (no dejo de pensar cuánta pasta movieron todos), ojalá sea así y no tan contagiosa como pronostican otros porque en ese caso las medidas serán insuficientes, ojalá recuperemos pronto la cordura y podamos fijarnos en las cifras mortales que otras enfermedades dejan en la población de países más desfavorecidos, esos países siempre olvidados que nunca salen en las noticias. 5.000 muertos por un brote de sarampión en diciembre de 2019, a la vez que comenzaba la historia del coronavirus. Claro que eso ocurrió en la República Democrática del Congo.

El calibrador de rojos y fachas, por Lester

Garrotazos

Opinar empieza a ser un ejercicio de riesgo. Decir lo que piensas en un grupo de Whatsapp de amigos o conocidos puede llevar a que inmediatamente te cuelguen una etiqueta que seguramente será equivocada o al menos de modo parcial. No digamos en esa jungla llamada Twitter si se te ocurre opinar sobre determinadas noticias porque hemos llegado a un punto en que todo, absolutamente todo, te convierte en rojo o en facha. El término medio, la equidistancia o la moderación están en vías de extinción, y no para el que opina, sino para el entorno que juzga la opinión.

– Creo que Rajoy tenía que haberse ido mucho antes de que lo echaran, “¡rojo!”, pero no me gusta nada este gobierno de Sánchez pactando con comunistas e indepes. ¡Facha!”

– Menuda vergüenza la Gürtel, la Púnica, Rodrigo Rato, Bárcenas, los sobres B, “¡¡¡calla, rojo!!!”, el mismo asco que los EREs de Andalucía, los fraudes de los cursos de formación, Griñán, Ábalos, las colocaciones a dedo en puestos relevantes, “¿qué dices, facha?”

Intento no opinar sobre política en grupos de Whatsapp porque la gente se calienta mucho, pero sobre todo porque cada vez hay gente más encendida que solo ve la paja en el ojo ajeno y nunca la viga en el propio, o que siempre encuentra un motivo para justificar que “no es lo mismo” o “¡no compares!”. Tenemos un grupo de Whatsapp de sesenta amigos, solo tíos al borde de los cincuenta, antiguos compañeros del colegio, y cada vez que alguno ha dejado un comentario político o una noticia partidista e interesada, los otros cincuenta y nueve hemos permanecido en silencio. Una pena, pero creo que es lo más inteligente.

Hemos llegado a una situación en la que no nos sentimos libres para opinar (cosa que, por cierto, no hemos dejado de hacer los cuatro amiguetes de este blog desde hace años) y no se puede opinar porque los juicios o las valoraciones se han radicalizado, las posturas se han polarizado muchísimo y para todo. Hables de lo que hables.

  • Me niego a utilizar el lenguaje inclusivo, “eso es muy facha porque la RAE es carca y facha”, pero es que no me gustan los toros, “eso es propio de rojos”.
  • Las grandes empresas y las grandes fortunas deberían pagar más impuestos, unos impuestos más justos y equitativos, “ya está el comunista”, pero huyo como de la peste de la sobreintervención de la economía que pretenden los de Pablo Iglesias y Sánchez, “claro, ultraliberalismo descontrolado a tope, muy de derechas”.
  • El otro día viendo a Ana Pastor en LaSexta…, “yo no tengo sintonizada esa cadena de rojos, ni veo a esa tía”, el caso es que sacaron un programa de lo más manipulador acerca de… “cómo os gusta a los fachas decir que LaSexta manipula”.
  • Soy seguidor del Real Madrid, “claro, como todos los fachas, una institución franquista, o del Atlético de Madrid, “el equipo del pueblo, los valores de la izquierda”.
  • No tengo ningún problema con la bandera de España, la rojigualda, de hecho la suelo lucir en los maratones que corro por ahí, “muy, muy facha”, pero habría afrontado el problema de Cataluña de un modo distinto a como lo hizo el Partido Popular, “claro, cediendo al independentismo, como los socialistas catalanes, regalando España”.
  • Me gusta el cine español, sigo bastante sus películas, “claro, los de la ceja, sois todos unos rojos”, pero me molesta mucho toda la politización que lo rodea, el rojerío de los Goya, la eterna petición de subvenciones, “¡en Francia sí saben fomentar su cultura, aquí los fachas preferís atacarla!”
  • Qué bien me cae Antonio Banderas, o he visto toda la filmografía de Almodóvar, “vaya estómago tenéis los rojos”, pero qué mal me cae Javier Bardem y qué bien Arturo Fernández, “os pasa a todos los fachas”.
  • Me preocupa y mucho la islamización de Europa, “veo que te estás haciendo de Vox”, y qué mal lo ha hecho la Iglesia católica durante décadas ocultando los casos de pederastia en su seno, “no me toques a la iglesia, podemita, ¿qué quieres, volver al 36?”.

Muchos de estos mensajes son ridículos, pero es que a esa ridiculez estamos llevando cualquier asunto. Ser vegano es progre, comer carne perpetúa un sistema capitalista y de derechas. Es una visión simplista, infantil, reducida a blanco o negro. Todo esto ya estaba en las diez estrategias de manipulación de Chomsky (que no eran de Chomsky, sino de Timsit): dirigirse al público como si fueran niños y ser complaciente con la ignorancia y la estupidez.

Escritores que no son fachas ni de lejos, como Javier Marías o Arturo Pérez-Reverte, han recibido este calificativo en varias de estas polémicas a causa de sus artículos de opinión. Me deshuevo, Marías y Pérez-Reverte, fachas. En uno de los artículos de Don Arturo de hace un par de años, Ahora le toca a la lengua española, comentaba que hemos llegado al absurdo de considerar hablar bien y con un acertado uso del lenguaje como “de derechas”, mientras que “a cambio, cada vez más, se alaba la incorrección ortográfica y gramatical como actividad libre, progresista, supuestamente propia de la izquierda”. Tócate los cojones, como diría el mismo escritor ante algunas de las gilipolleces que nos toca leer o escuchar de vez en cuando.

Con todo, lo peor para mí es la polarización de la sociedad, la diferencia tan grande que se está creando entre “los dos bloques”, arrasando con todo lo que intenta situarse en el medio. En política, el PP ha virado más hacia la derecha acercándose a Vox, como contrapeso al posicionamiento del PSOE junto a Podemos y los más radicales de la izquierda. Todo lo que intentó situarse en el medio, Ciudadanos o UPyD en su día, ha sido arrasado, vuelven las dos Españas. Y con las dos Españas se rescata a Franco para que se hable del franquismo más de lo que se hacía en los ochenta y los noventa. Me parece sorprendente escuchar a compañeros de trabajo nacidos después del 85 hablando todo el día de Franco, y los jueces franquistas, y los restos del dictador, y las instituciones heredadas del franquismo, y tal y tal. Nunca se habló tanto de Franco como en estos últimos años.

Al principio me hacía gracia ver cómo me tachaban de facha o rojo en distintos grupos, o según las opiniones que dejaba en este blog, pero lo cierto es que ahora no me gusta nada lo que está quedando, lo que veo. Me da mucha pena ver estas discusiones, me da rabia ver que no puede haber ya un debate sosegado y sobre todo, sobre todo, sobre todo, lo que me cabrea enormemente es comprobar cómo estamos perdiendo progresivamente (o cómo nos estamos limitando) nuestra libertad para opinar.

Despropósitos de Año Nuevo

 

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Año nuevo, vida nueva. Y costumbres antiguas, como dar la brasa desde este blog, o púlpito virtual, o como quieran considerarlo. Arrancamos con fuerza, con la misma con la que finalizamos 2019, con la publicación del libro Aguafiestas, editado por Lester y escrito a varias manos, y con la elección del artículo de Barney como el mejor del año por los lectores de La Galerna.

Ha sido un año fructífero, con una notable producción de 62 artículos propios, otros 3 fruto de colaboraciones (Mabú, Sara y R. San Telmo) y 13 más publicados en otros medios (LaGalerna, El Asterisco, Planeta Fútbol y Pilaristas). El blog está al borde de los 400 artículos desde sus inicios, lo cual celebraremos… pues escribiendo. Aquí va el resumen de la amplia cosecha de 2019, incluyendo el corte del programa de El Radio de Richard Dees dedicando un elogioso comentario al artículo de Barney sobre La neolengua de Orwell y el mundo del fútbol español:

El cambio de calendario no debería significar nada, o al menos nada más que un paso de hoja de diciembre a enero. Sin embargo, quien más y quien menos, solemos utilizar esa barrera invisible del cambio de año para recapitular sobre lo conseguido o sobre lo que no se ha hecho bien, y para plantear nuevos objetivos que en muchos casos se habrán olvidado antes de que acabe enero. Los típicos propósitos de inicio de año que aparecen en todas las listas son los de dejar de fumar, dejar de beber, perder peso, comer sano o comer más fruta y verdura, ir al gimnasio o hacer deporte, aprender inglés, leer más, pasar más tiempo con la familia y amigos, desconectar de las redes sociales, ser puntual, olvidar las ganas de reventarle la cabeza a alguno en el trabajo,…

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En este primer post del año vamos a jugar a todo lo contrario, a darle la vuelta a esos propósitos y proponernos hacer lo contrario:

Barney.- Mi objetivo será leer menos. Sí, así de claro lo digo, dejaré de leer prensa deportiva porque veo que buena parte de mis posts (por desgracia los más exitosos) se han dedicado a desmentir las falacias de la misma. Qué pena, trataré de disfrutar del deporte en sí, si es que logro hacerlo. Es año olímpico y con Eurocopa, así que podré centrarme en cosas que no sean exclusivamente el tinglado que tienen montado en LaLiga española. Ah, y como me han dicho algunos amigos del Atleti y alguno que aún me queda del Barça, este año dejaré de fumar… las sustancias alucinógenas que se supone que me fumo antes de escribir.

Lester.- El objetivo no es ir al gimnasio, sino salir de él, ir menos, correr en la calle, en los parques o en mi zona, respirando aire “puro”, el Forrest Gump de Las Rozas. Aquí ya expliqué el tipo de fauna que te encuentras en uno de estos sitios, pero la razón de ir menos al gimnasio es otra: este año alcanzaré los 50 palos, y como dije hace poco, esto de correr es una carrera contra el tiempo y el envejecimiento, así que me planteo, o bien lanzarme al triatlón, o bien correr dos maratones este año: uno para disfrutar y otro para hacer buena marca. Cracovia en abril y Valencia en diciembre, por ejemplo. O Madrid en abril, donde todo empezó, donde alcanzaré la mayoría de edad maratoniana, y alguna ciudad chula en el extranjero en octubre o noviembre. Los 50 me van a obligar a pasar una revisión a fondo, no sé si es la de los 100.000 kilómetros o en mi caso la de los 300.000, pero está en los objetivos hacer algo más que “chapa y pintura”.

Travis.- Me gustaría aprender inglés, mejorarlo, aunque con un objetivo distinto al de la mayoría: poder disfrutar del cine en versión original. Ya conseguí entender bastante bien incluso a Al Pacino en El irlandés. Pero ese sería el propósito, pese a la tímida defensa que hice del doblaje, y el despropósito será conectarme más a las redes sociales. Soy el único que no ha conseguido colocar un artículo entre los diez más leídos del año, así que me toca ganar peso, aunque sea metafóricamente hablando. Aquí en este blog triunfan las polémicas sobre fútbol o política, y las historias cercanas de los voluntariados o las crónicas maratonianas de Lester, y no tanto el cine, así que me propongo decir que sí a algunas de las colaboraciones o ideas que me surgieron hace un tiempo, de gente especializada, pero con su público. Informaré debidamente, como siempre. Como segundo despropósito del año me planteo no ser puntual, quiero decir, no serlo con los estrenos de cine, que para eso ya hay especialistas y mis amigos me dicen a veces que no me leen porque no han visto la película, y pasados tres meses me dicen que no me leen porque ya han leído demasiado. Panda de cabr…

Josean.- Me gustaría desconectar de las redes sociales, porque se está quedando un panorama desolador. Hace unos días era trending topic la posible tercera guerra mundial con los enfrentamientos Estados Unidos-Irán y enseguida aparecieron algunos diciendo: “esperad, que primero nos toca montar nuestra guerra civil.” Que no nos falte el sentido del humor, aunque veo que las opiniones están cada vez más polarizadas y enfrentadas, una pena. Pero el despropósito planteado tendrá que ser otro: no será el de comer sano o beber menos, sino el contrario, me explico. Voy a tratar de recuperar esas comidas o cenas con grupos de amigos, con gente que siempre está/estamos “muy liados”, porque antes eran cada dos meses, luego cada tres, ¡a veces pasan hasta seis sin vernos! Mucho mandar el anuncio de Rúa Vieja y luego no hay manera de quedar con la peña. El caso es que en esas comidas se bebe siempre más de la cuenta y se relaja uno en sus hábitos alimenticios, pero siendo algo puntual, merecerá la pena. Va a ser un año muy movido, estresante incluso por la tensión generada, así que mejor estar cerca de los amigos y la familia. Y aunque discrepemos muchas veces en las opiniones, deberíamos centrarnos mucho más en lo que nos une que en lo que nos separa.

Dejo ya para los amantes de las estadísticas (entre los cuales me incluyo) los 10 artículos más leídos en 2019:

  1. El autoproclamado “mejor periodismo deportivo del mundo”. Barney.
  2. Rebelión en la granja podemita. Josean.
  3. La Liga se transforma en La Lliga. Barney.
  4. La manipulación del relato. Barney.
  5. Otra gota de agua. Lester.
  6. PreVARicar. Barney.
  7. La “kulé borroka” recibe premio. Barney.
  8. Agua o fútbol. Lester.
  9. El once más aterrador de la historia del fútbol. Barney.
  10. San Petersburgo (II): el desenlace del maratón y alguna lección de historia. Lester.

Muchas gracias por seguir ahí un año más.

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Aguafiestas, por Lester

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Como en los dos años precedentes, no quería cerrar el año sin dedicárselo a alguno de los proyectos solidarios o de voluntariado en los que nos hemos embarcado: Bolivia (2017), Colombia (2018) y Ecuador (2019). Como los más asiduos al blog recordaréis, el equipo de voluntarios del área de Chota-Mira realizamos una campaña de crowdfunding para recaudar los fondos necesarios para la compra y distribución de filtros potabilizadores en las comunidades del valle en las que trabajamos el verano pasado. La campaña fue todo un éxito y en apenas diez días recaudamos 2.000 dólares que sirvieron para financiar una buena parte de los filtros.

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A todos esos amigos, generosos donantes, les enviamos una foto con la familia receptora del filtro en el que colaboraron. Cara a cara, mensaje a mensaje, nombre a nombre, fui enviando a todos los que pude localizar (lo siento por los anónimos a los que no pude identificar) las palabras de agradecimiento y los nombres de las familias receptoras.

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Fue una experiencia maravillosa, tengo que reconocerlo. El voluntariado en familia es una experiencia de lo más recomendable y ver el crecimiento de tus propios hijos en madurez en apenas dos semanas es impagable. Prometí igualmente a los donantes que contribuyeran con cierta cantidad que les enviaríamos un libro titulado Aguafiestas, realizado por el equipo de voluntarios de Chota-Mira (¡sí, he conseguido que mis hijos escriban sus experiencias!), y desde ayer ese libro está por fin disponible en Amazon. Recibiré los ejemplares en una semana y con la misma paciencia que tuve para el envío de fotos, os los iré entregando a cada uno. Mil gracias. De mi parte y de parte de todas las familias que recibieron los filtros.

Hemos querido hacer un libro sobre el voluntariado en general, sobre nuestra huida del peligroso “volunturismo”, sobre el proyecto de vínculos solidarios en escuelas de derechos y sobre el de filtros potabilizadores, y hemos contado con la colaboración de Sara para contarnos su proyecto de gestión de residuos en Piura (Perú), y con otras voluntarias de otros proyectos de filtros como Esther y Nuria. Algún capítulo con más sentido del humor, otros dedicados a las personas y al gran equipo de Ayuda en Acción y el FEPP en Ecuador, y otro sobre el Premio Nobel de Economía, que gracias a un buen amigo he sabido que este año también es “un poco nuestro”.

He tratado de organizar los capítulos para que el libro resultara ameno, nada repetitivo, entretenido y que sirva para lanzarse a los que quieran animarse a una aventura similar. Merece la pena. Termina un buen año (¿acaso no lo son todos?), pero ya estamos pensando en el siguiente, en la barrera de los 50, en un nuevo viaje, un posible voluntariado, algún maratón en ciernes y nuevas colaboraciones para este blog que no deja de crecer en número de lectores y seguidores.

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Hemos recibido un premio de final de año y es que los lectores de La Galerna (muchos de ellos buenos amigos, voluntarios y compañeros ecuatorianos) han votado el artículo dedicado al valle del Chota como el mejor de todo el ejercicio, de entre los 1.400 publicados. En una web en la que escribe gente de mucho nivel, algunos periodistas, autores con varios libros publicados y gente que escribe estupendamente bien, con un uso de la ironía que fue lo que más me atrajo, ya solo el hecho de que me consideren “de los suyos” tiene para mí su mérito. Además de eso, ver el nombre de los cuatro amiguetes del blog junto al de Joe Llorente o Corbalán,… un grandioso broche de fin de año.

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Feliz año a todos los lectores, espero seguir contando con todos vosotros (y con nuevos lectores) en 2020. Un abrazo.

 

 

¿Por qué corremos los cuarentones?

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LESTER, 22/12/19

Correr se ha puesto de moda desde hace unos años, o debiera de decir para adaptarme a las modas que el running es trendy. Pero, ¿por qué? No hay fin de semana que no se celebre una carrera por el centro o alrededores con cualquier excusa y motivo, de 10, 21 ó 42 kilómetros, ¡algunas de 100!, con obstáculos, en triatlón, solidaria o sencillamente porque sí. Y lo que sin duda llamará la atención del espectador que presencie esa salida de corredores a tempranas horas de la mañana es el elevado número de cuarentones entregados al esfuerzo y el sudor. Yo soy uno de ellos.

Corrí mi primer maratón en 2004, con 34 años recién cumplidos. El maratón de Madrid, el Mapoma de toda la vida. Llevaba una camiseta de algodón, pantalones de fútbol y unas zapatillas de correr normalitas. Nunca había corrido más de 15 kilómetros seguidos, así que confieso que aquello fue una temeridad. 4 horas y 29 minutos, “¡no he corrido tanto en mi vida, Hulio!”. Exhausto, derrengado, con agujetas hasta en las pestañas y ganas de descansar varios meses seguidos. “Ya está hecho, lo pongo en el currículum, y nunca más”.

Un año después volvía a estar en la línea de salida. Y el siguiente, y el siguiente,… y luego me animé a correr en el extranjero, y después comencé a picarme con los tiempos. Desde aquel debut he participado en otros 16 maratones, y reconozco que cada día me gusta más. ¿Pero por qué los cuarentones (y cincuentones) nos hemos puesto como posesos a correr como jamás hicimos cuando teníamos veinte años?

 

Porque no se trata solo del día de la carrera, sino de los tres o cuatro meses previos, racaneando tiempo de donde puedes, buscando el mínimo hueco en la apretada agenda para correr tus diez, doce o puede que más kilómetros de entrenamiento, o llegando a casa y “hola, cariño, me pongo las zapas y voy a trotar un rato”, mientras contemplas su cara de resignación.

Son los meses del héroe solitario, del Rocky Balboa que nos hacemos creer que llevamos dentro. A veces me ve algún vecino corriendo a las seis de la mañana y me saluda como diciendo “hola”, pero sé que en el fondo piensa “puto zumbao”. Me da igual, por debajo de las legañas dibujo una sonrisa de satisfacción. Hay días que suena el despertador y me cruje la espalda al salir de la cama, o me duele el talón, o tengo el gemelo más cargado que un Peugeot 605 marroquí haciendo el Paso del Estrecho. Algún otro día me cuesta arrancar porque tengo el recuerdo del cenorrio de la noche anterior y varias copas de vino en el estómago. Sin embargo, me calzo las zapatillas, salgo a la calle, y si logro superar el primer kilómetro, el dolor desaparece.

Entonces, ¿por qué lo hacemos? ¿Qué motivos hay para que los de mi quinta nos hayamos lanzado a esas carreras? ¿Nos creemos que corremos contra la edad, contra el envejecimiento? Cada uno tendrá las suyas, pero allá van las mías:

1. Porque a medida que afinas tu cuerpo, vas adquiriendo el punto adecuado de forma y te desprendes de ese neumático que se nos instala en la cintura, te sientes una apisonadora humana, un superhéroe de Marvel. Más activo, de mejor humor, con la sensación de poder con todo, no en vano has liberado más endorfinas que los tristes de tus compañeros en toda su carrera profesional. “¡Martínez, deje de hacer flexiones en la oficina!”. No te miras al espejo buscando abdominales como Cristiano Ronaldo, pero te quedas a un paso.

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2. Porque es un deporte agradecido si te sabes cuidar, toda la comida te sienta bien, aunque sea en grandes cantidades, y las cervezas nunca fueron más placenteras. Los falsos mitos sobre el poder hidratante de la cerveza me la traen al pairo, nosotros los repetimos por sistema mientras nos apretamos unas jarras. Es agradecido además porque tus marcas mejoran al principio con mucha rapidez, y luego se pueden mantener muchos años. Después de los 45 años me he estabilizado en una marca entre 44 y 53 minutos mejor que aquel terrible debut. Según el libro Nacidos para correr, el declive del cuerpo es tan lento que podrías seguir perfectamente en tiempos similares hasta los 55 ó 59 años.

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3. Porque me encanta el reto del maratón, porque no es otra cosa que eso, un reto que te pones a ti mismo, a tus limitaciones. Igual que me encanta el ambiente que rodea a la mítica de los 42.195 metros, las dudas previas de todos los corredores, las sonrisas nerviosas en la salida, el ambiente festivo, la extraña solidaridad del runner, la expectación del público entre el que esperas encontrar a familia y amigos.

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4. Porque me encanta sentirme ligero durante esos 25 a 35 kilómetros que mi cuerpo disfruta realmente sobre el asfalto, guardando cada detalle, respirando al ritmo de las zancadas, observando cada calle, monumento, espectador o cartel de ánimo: “Run now, Rum later”, como leí en Nueva York. “Demasiado esfuerzo para obtener un plátano gratis”.

 

5. Porque me encanta correr por el interior de esas ciudades fantásticas que han cortado sus calles para nosotros, “los putos zumbaos” de las seis de la mañana. Presumo de haber disfrutado momentos emocionantes corriendo junto al Coliseo de Roma y la Fontana di Trevi, por Central Park y el Bronx, he atravesado la Puerta de Brandeburgo en Berlín y el puente de Carlos en Praga, he tenido tiempo de admirar el Parlamento de Budapest, el Hermitage de San Petersburgo, la sirenita escuchimizada de Copenhague, las callejuelas de Eindhoven o las playas de Sunshine Coast, y por supuesto, me he dejado llevar por mis piernas desde la mítica ciudad de Maratón al estadio olímpico de Panathinaikos en Atenas.

 

6. Porque sigo emocionándome cada vez que paso el cartel con el kilómetro 41, por donde suelo pasar más castigado que tras una reunión tediosa de varias horas, o más perjudicado que cuando sales de una larga cena de Navidad de empresa. Se me sigue poniendo la carne de gallina, y a veces hasta se me han saltado las lágrimas, cada vez que entro en meta, con el Highway to hell, el Sweet Child O’ Mine o el Satisfaction de los Rolling, que esas cosas pasan en estas grandes carreras.

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7. Fundamental, muy importante. ¿Recordáis aquel chiste del tipo que está en una isla desierta con Charlize Theron? No le falta nada: pasión, sexo salvaje y tal, pero el tipo no es feliz porque no tiene a quién contárselo. Pues eso es lo que nos pasa a todos los maratonianos, que solo estamos contentos si lo subimos a redes sociales, publicamos nuestras marcas y fotos, y esperamos el “ooh” de admiración (que nunca llega) de las jóvenes de nuestra oficina. Somos unos brasas, lo reconozco, y como tenemos más de cuarenta palos, ahora somos los puñeteros abuelos batallitas del maratón o el triatlón. Antes decía que no había comida más aburrida que aquella en la que se juntaban dos cazadores. Pues bien, ese hueco ahora lo han copado los corredores de fondo. Mis disculpas.

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8. Última y más importante. Porque liberas tensiones, te relaja en esas estresantes jornadas de trabajo, y es bueno para tu salud mental, tanto que a veces pienso que si no fuera por el running estaría pendiente de juicio por asesinato con premeditación.

¡Os dejo, me voy a correr un rato!

Nota del autor: este artículo, sin un par de actualizaciones, fue publicado en la revista Pilaristas del mes de septiembre de 2019.

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Amigas del Reciclaje en Piura

Quizás no haya mejor semana que la actual, con la Cumbre del Cambio Climático en Madrid, para ceder este blog a una nueva colaboradora con una historia emocionante que contar. La autora de este texto, Sara Marín, es Licenciada en Ciencias Ambientales, con un Máster en Gestión sostenible de los residuos, y actualmente trabaja como Jefa de Producción en Valoriza Servicios Medioambientales. Todo su conocimiento y su amplia experiencia, al igual que sus ganas, fueron de gran utilidad en un país como Perú en el que la gestión de los residuos es totalmente diferente. 

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Después de dieciséis horas de vuelo, llegamos a Piura, una ciudad al norte de Lima. Era de noche y la diferencia horaria respecto a España ya se hacía notar. A pesar del cansancio, las cuatro estábamos ilusionadas porque por fin había llegado nuestro ansiado viaje y allí estábamos, frente a la representante de Ayuda en Acción, hablando de nuestras futuras semanas de trabajo en Perú.

El 27 de marzo de 2017, Piura quedó totalmente inundada por el fenómeno del Niño, agravado por el efecto del Cambio Climático, lo que produjo que el río de la ciudad con el mismo nombre se desbordara, arrasando cada calle, cada casa, escuelas, comercios e incluso vidas humanas.

El distrito de Cura Mori, donde se centra nuestro proyecto, fue de los más castigados por este fenómeno. Uno de los motivos por los que los canales del río no pudieron hacer frente a las grandes lluvias, se debió a la gran cantidad de residuos depositados en él, haciendo que en varios puntos se obstaculizaran parte de estos canales. Cuando el nivel de alerta establecido llegó al máximo, numerosas familias fueron desplazadas a zonas seguras.

Gracias a las fundaciones Proyecto Peruanos, Centro de Estudios y Prevención de Desastres-Predes, Ayuda en Acción y la Universidad de Piura, se crearon albergues temporales para la población afectada, dando comienzo al proyecto “Reconstruyendo vidas: Nuevo comienzo de familias desplazadas en Cura Mori”, el cual cuenta con el apoyo de la Unión Europea.

Actualmente, Ayuda en Acción colabora con estos ciudadanos asesorándoles para la producción y comercialización de sus productos locales, permitiendo ingresos económicos para sus familias y favoreciendo una economía local. De este modo, existe un vivero, poseen ganados y cultivos de banano, además de un tanque de agua potable, letrinas ecológicas e incluso un pequeño molino de viento para generar energía eólica.

Tras varios días de conocer cada uno de los proyectos en los que trabaja esta ONG, a nosotras solo nos quedaba resolver una pregunta: ¿Cuál sería nuestra labor como voluntarias? Y aquí comenzó nuestra experiencia…

Los primeros días nos reunimos con la Municipalidad de Cura Mori, que en España sería lo equivalente a un Ayuntamiento. Tras varias reuniones, conocimos a sus tenientes municipales, sus líderes comunales y algunos de sus ciudadanos. Escuchamos sus historias, sus opiniones sobre la situación en Cura Mori después del desastre y nos comentaron los avances que se habían realizado. A pesar de ello, el distrito seguía rebosante de todo tipo de residuos por sus alrededores y parte de ellos se vertían en la zona del río o eran quemados, originando gases tóxicos. Parecía que nadie era consciente de que la situación que provocó que hace unos años numerosas familias tuvieran que desplazarse, siguiese vigente en ese momento, porque seguían ensuciando su apreciado distrito y contaminándolo.

Sin embargo, el día que las conocimos, nos dimos cuenta que no todo estaba perdido. Nuestras protagonistas son seis mujeres, que actualmente, siguen luchando por mejorar la situación en Cura Mori. Sus nombres son Emma, Olga, Rosa, Juana, Herminia y Margarita. Recuerdo el día que las conocimos. Estaban muy calladas y tímidas, pero con el paso de los días nos demostraron que son unas personas maravillosas, cariñosas y muy amables, con un corazón enorme y lo más importante de todo, mujeres valientes por querer cambiar las cosas.

Cada día, estas mujeres se levantan muy temprano para realizar las tareas de la casa y cuidar de sus familiares. Cuando terminan se visten con sus uniformes y salen a la calle con una sonrisa para comenzar a recolectar los residuos de sus vecinos. La Municipalidad ha creado un sistema de recolecta donde puede colaborar cualquier ciudadano. Por tanto, el hogar que quiera colaborar está señalado con una pegatina en la puerta. Cada familia debe almacenar sus residuos hasta el día de la entrega a nuestras seis mujeres. Finalmente, las personas que participan en este sistema de recolecta son premiados por parte de la Municipalidad con un incentivo. El problema que existe es que se premia igual a una familia que haya recaudado una gran cantidad de residuos, como a otra que simplemente haya recaudado, por ejemplo, una lata. Igualmente, mediante esta práctica, los ciudadanos no están concienciados, ya que muchos de ellos nos comentaron que reciclan porque les recompensan con el incentivo.

Para recolectar, nuestras mujeres se dirigen andando a aquellas casas que tengan la pegatina, haga frío o calor, con una bolsa de grandes dimensiones que utilizan para guardar cada uno de los residuos. Las bolsas se llenan de residuos de todo tipo (latas de conservas de comida y botellas donde se almacena lejía, aceite o agua, entre otros) y cargan en todo momento con ellas a la espalda. Una vez que están llenas, las cierran con sus propias manos, con trozos de tela de ropa vieja, teniendo cuidado de no lastimarse puesto que hay residuos cortantes y oxidados.

A través del esfuerzo de estas mujeres, se reciclan gran cantidad de elementos y se evita que estos lleguen al vertedero o sean depositados en las calles o a las afueras de los municipios. Posteriormente, las bolsas son llevadas en vehículos pequeños a una nave de la Municipalidad. Cuando hay un gran número de bolsas almacenadas, estas mujeres arrojan los residuos al suelo y con sus manos desprotegidas comienzan a separar cada elemento por tipo de material. De esta forma, cada bolsa contendrá un tipo de residuo que posteriormente será vendido al reciclador. Un porcentaje de la venta le corresponderá a la Municipalidad y otro a las mujeres.

A nosotras nos sorprendió que no les proporcionaran guantes, mascarilla o botas para realizar todas estas tareas. Muchos de los residuos contenían líquidos peligrosos y lixiviados o incluso, cuando los vertían sobre el suelo, emanaban ciertos gases debido a la descomposición de los mismos. También sorprendía la gran cantidad de residuos plásticos que se generan, siendo un distrito que se caracteriza por su ganadería y donde el compost podría ser un producto local a vender.

Después de analizar todas las cosas positivas y negativas tras una semana de trabajo, nos pusimos a trabajar en las oficinas de Ayuda en Acción en Piura y junto con la ayuda de nuestros compañeros, las cuatro comenzamos a organizar un Plan de Comunicación. Este Plan promueve al máximo el reciclaje y la reutilización, incluyendo objetivos sociales, económicos y ambientales.

Por tanto, los objetivos específicos son ocho, a través de los cuales se establecen unas acciones en función de sus características. Los principales objetivos consisten en realizar una caracterización de los residuos generados en Cura Mori y un estudio de mercado para conocer las alternativas ante empresas compradoras de residuos. En este proceso se debe involucrar a las mujeres y a través de la ONG, enseñar los conocimientos adecuados para que tengan una formación empresarial y un poder de negociación. Además, es importante que tengan un nombre profesional y que se integren en las acciones de la Municipalidad para reforzar su prestigio en la Comunidad. El nombre elegido ha sido “Agente Ambiental” y la asociación se ha denominado “AMAR” (Asociación de Mujeres Amigas del Reciclaje). También creamos un logo, el cual se incorporaría en la ropa que constituye el uniforme de estas trabajadoras. Todas estas acciones son útiles para devolver la dignidad a unas mujeres cuya autoestima se encuentra un tanto afectada, tanto por su condición de mujeres en una sociedad en la que no lo tienen sencillo como por dedicar su tiempo a recolectar y tratar los residuos de sus vecinos.

Otro de los objetivos a tener en cuenta es la reorganización del sistema de incentivos, de tal forma que se haga mediante incentivos graduales y el establecimiento de un mínimo de residuos a entregar. Del mismo modo, se impondrán sanciones en función de diferentes aspectos ambientales, es decir, ruido, depósito de residuos en el suelo o quemas de los mismos perjudicando la calidad del aire, etc.

Después de ver las condiciones en las que trabajaban nuestras seis mujeres, sería necesario que les proporcionaran equipamientos de protección individual adaptado a las necesidades del trabajo y mesas adecuadas para realizar la separación de los residuos, e incluso, una báscula para pesar las bolsas llenas antes de entregarlas al reciclador.

Finalmente, de cara a un futuro, es muy importante que no solo la Municipalidad reconozca el trabajo de estas seis mujeres, sino que sus propios vecinos y ciudadanos de otros distritos conozcan el esfuerzo que requiere su trabajo y las ganas que tienen para seguir luchando por mejorar la situación de Cura Mori. Por este motivo, se decidió que sería buena idea crear un concurso en el que se premie el barrio más limpio y aquel que más residuos reciclables proporcionase a las Agentes Ambientales. También se decidió crear talleres educativos, donde se realizasen juegos para niños y jóvenes destinados al cuidado del Medio ambiente. En el transcurso de estos concursos, se aprovecharía para generar espacios de diálogo con sus vecinos, hacer publicidad de su labor como Agentes Ambientales y captar nuevas asociadas.

Durante nuestro último día en Cura Mori, tuvimos una reunión con la Municipalidad, las mujeres y Ayuda en Acción, donde les transmitimos todos los objetivos nombrados anteriormente, y les mostramos imágenes de cada día de trabajo junto a ellas. Sé que hicimos un buen trabajo, porque cada miembro de la Municipalidad nos agradeció enormemente todo el esfuerzo realizado en tan solo unas semanas. Ahora sí que estaban concienciados para que la situación en Cura Mori cambiase y estaban dispuestos a ayudar a estas mujeres en todo momento.

La noche de antes de coger el avión para iniciar nuestro retorno a España, las cuatro comenzamos a preguntamos si realmente había servido nuestro trabajo como voluntarias. Siempre sientes que es muy poco lo que se ha hecho, bien porque la estancia en el país ha sido corta o porque hay tantas cosas que cambiar que se requieren años para ver los resultados. El día de la despedida nos dimos cuenta que todo lo que habíamos hecho tenía su recompensa. Entre lágrimas en los ojos y con una sonrisa en sus mejillas, Emma, Olga, Rosa, Juana, Herminia y Margarita nos comentaron que gracias a nosotras habían vuelto a sentir confianza en ellas mismas y les habíamos dado las fuerzas que necesitaban para seguir adelante. Nadie en tan poco tiempo les había dado tanto cariño, y a nosotras nadie nos había dado tanto amor en tan solo unas semanas. Lo mismo ocurrió con nuestros compañeros de Ayuda en Acción y con los tres voluntarios que conocimos durante nuestra estancia. No solo conoces a personas, sino que creas un vínculo tan fuerte con ellas que sientes que formas parte de una familia. Clara, Flor, Jesús, Xavier, gracias por todos los momentos compartidos, un trocito de nosotras está en Piura y estoy segura de que nuestros caminos se volverán a cruzar. Maider, Ruth y Alex, muchas gracias por conseguir que este proyecto siguiera adelante, esperamos encontraros en otro voluntariado donde volver a trabajar juntos.

A día de hoy, seguimos recibiendo vídeos y fotos sobre el avance del proyecto. Han mejorado mucho las cosas gracias al apoyo de Ayuda en Acción. Las mujeres tienen uniformes nuevos, una báscula para pesar los residuos y conocimientos para saber negociar con los recicladores. Los talleres educativos fueron un éxito, los niños estaban encantados participando y jugando, y se han realizado dos concursos entre Comunidades.

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Es muy bonito saber que has formado parte de algo y que, gracias a tu decisión de dedicar unas vacaciones y un dinero a un proyecto de voluntariado, se ayuda a personas que lo necesitan. No solo se les ayuda durante tu estancia en el lugar del proyecto, sino en compartir momentos con ellas, hacerles ver que te importan y que has recorrido kilómetros de distancia solo para estar a su lado. Disfrutar de conocerlas y que, a la vez, esas personas te ayuden a ti, cambiando tu mentalidad y viendo qué cosas realmente son importantes en la vida.

Las cuatro sabemos que nos llevamos un regalo enorme y ese regalo son todos los recuerdos que hemos vivido, en un país diferente, con personas diferentes, en una cultura diferente, pero con objetivos comunes, luchar para cambiar todo aquello que sea necesario y conlleve una mejora.

Porque….

“Mucha gente pequeña,

en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas,

puede cambiar el mundo”

(Eduardo Galeano)

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Equipo de voluntarias de Ayuda en Acción en el proyecto de Piura: María Santillán O’Shea, Inmaculada Bonvehi Baro, Sara Marín Martínez y Marina Fernández Estacio.