El Mapoma, mi Mapoma, por Lester

El Maratón Popular de Madrid, el célebre Mapoma, celebra su 41ª edición este domingo, 22 de abril de 2018. El Mapoma es para mí como una antigua novia a la que le dediqué mucho tiempo e ingentes esfuerzos, a la que le tengo un enorme cariño pese a lo mucho que me hizo sufrir, y a la que vuelvo cada cierto tiempo porque los buenos recuerdos, como en el amor o las relaciones de pareja, superan con creces el dolor.

Este año ha cambiado su recorrido y Sigue leyendo

Anuncios

La junta de vecinos o la democracia no funciona, por Lester

Aquí no hay quien viva

Hay una señora de cierta edad que siempre llega tarde a las juntas de vecinos, con una barra de pan bajo el sobaco (no quisiera yo probarlo), barra que se mantiene indemne durante buena parte de la junta, pero cuyo extremo superior, el que sobresale de la axila, empieza a ser pellizcado a partir de la primera hora, momento, por cierto, que aprovecha la interfecta para intervenir en voz alta soltando felipones mientras unas migas de pan en su barbilla impiden que nuestra atención se centre en su pregunta: Sigue leyendo

Horryfing palabros, por Lester

Tenía prevista esta entrada desde hace meses, pergeñada en mi libreta bloguera en la que iba apuntando espantosos “palabros” que escuchaba o leía por ahí y esperando el momento adecuado para subirla a las redes, el cual estaba previsto para cuando la recopilación de estupideces varias ocupara una página suficientemente amplia. Quizás haya llegado ya ese momento. Sigue leyendo

Llanto por el poliéster caído en desgracia, por Lester

Ignoro si la nostalgia es el sentimiento que me invade pasada cada Navidad tras la repetición de una conversación con “mi santa esposa” que se produce con la misma periodicidad que el concierto de Año Nuevo:

– Con todo lo que te han traído los Reyes este año, tendrás que tirar algo, ¿no?

– ¿Eh, tirar?

– Bueno, donar, llevar a un punto limpio,… tendrás que deshacerte de un montón de ropa antigua, empezando por esas camisetas de deporte, o por todas esas zapatillas que pusiste junto al árbol de Navidad, a ver si Papá Noel o los Reyes te traían más cosas, ¡graciosete!

Cómo hacer ver a mi amantísima mujer que un sentimiento rayano en la tristeza, o una angustia aparejada a esa especie de síndrome de Diógenes del deportista, me invade cuando me veo en la obligación, asaz indeseada, de deshacerme de esas prendas a las que tanto cariño profeso. Cariño emanado, sin duda alguna, por estar asociadas en su larga trayectoria a batallas deportivas, carreras épicas o partidos a cara de perro (o a cara de hermano, que en aquestas cosas del deporte nadie peor para entrar en feroz lid que aquel que lleva media vida viviendo bajo el mismo techo).

– ¡Si no tengo tantas!

La facilona respuesta, una negación de la evidencia con tal tradición y raigambre como los saltos de esquí de Garmisch, se ve rápidamente superada por la realidad de hallar sobre tu cama las mencionadas camisetas de poliéster.

“Pues va a ser que sí tienes unas cuantas”, pronuncia cariacontecida la bella damisela al contemplar todas ellas ordenadas en número hasta 48, cifra que podría incrementar en vano con las ingentes camisetas de algodón, compra frecuente de quien, como este escribiente, osa viajar por destinos remotos y traer una al menos para recordar durante los años venideros que un día disfrutó por aquellos parajes.

Decía al inicio que desconozco si es apropiado denominar nostalgia o cariño al sentimiento que invade al afligido individuo que se halla sometido a tamaña tesitura de descartar entre tanto recuerdo, ya que, sabido es que al margen de su utilidad estas camisetas ocupan ante todo un espacio en la memoria infinita del aficionado deportista. Memoria capaz de transportar a su poseedor a una cancha de fútbol en Mijas, a un establo reconvertido en pista de baloncesto en Becerril de la Sierra o a las calles del barrio madrileño de Vallekas durante la celebración de una carrera popular.

Mas la pertinaz mirada de mi fiel compañera me obliga a hacerlo, pese a que intente evadir tal tarea con ardides evocadores de alguna hazaña “en un pabellón de Las Matas de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que competimos en buena lid contra las huestes malvadas que… ya lo hago, cariño”. Pero en el intento de comenzar la penosa tarea del descarte, los dorsales en la espalda me retrotraen a aquella época lejana en que mis piernas eran veloces cual galgo y jugaba en la banda derecha con el número 8, a la par que Michel dejando un surco en el Bernabéu con sus correrías arriba y abajo.

De aquellos días nace el relato Remontada, el único episodio verdaderamente autobiográfico del libro del que muchos me habéis preguntado cuánto de real y cuánto de ficticio hay en él, cuánto fue hallado en huecos recónditos de mi memoria y cuánto pergeñado por una mente febril. Mas no quisiera desviar el relato de los acontecimientos acaecidos, y decía que los dorsales me ubicaban en el tiempo y la edad, y el 10 me lleva a rememorar que una vez perdida la velocidad para la banda, gané en experiencia para situarme en el centro del campo y ocupar mayores espacios dosificando los esfuerzos con la astucia de un zorro veterano. “Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver!”

Esa afición al a veces innoble arte del balompié me llevó a elegir para siempre el que había de ser mi número en el retorno tardío al deporte de la canasta: el 14, homenaje al buen hacer de Xabi Alonso, no al del gran Johan Cruyff. “Muchos años después, frente a la línea de tiros libres, el escolta Lester había de recordar aquella tarde remota en que su equipo lo llevó a conocer el hielo…” necesario para mantener la frialdad cuando una contienda se decide en dos lanzamientos desde menos de cinco metros.

Con tanta evocación de un pasado que solo fue glorioso para quien escribe estas líneas, los minutos transcurrían y la selección de los descartes no llegaba, así que pensé que sería más sencillo hacerlo con las camisetas de cortesía que acompañan a cada carrera popular, si bien tal faena se vuelve nuevamente ardua cuando quien tiene la obligación de acometerla es un sujeto cuya memoria tiene por condena. ¡Cómo desprenderme de alguna de esas camisetas cuyo poliéster impregné de sudor en el fragor de una carrera de 10, 21 ó 42 kilómetros! ¿Cómo abandonar en un impersonal punto limpio alguna de aquellas casacas que me acompañaron cual armadura protectora en algunas ocasiones durante más de cuatro horas?

Allí estaban las seis camisetas ganadas a pulso en los sufridos seis maratones de Madrid que mis piernas poco raudas han disputado hasta la extenuación.

En aquella colección topéme con las camisetas conmemorativas de los maratones de Berlín (aquel día que gané a Gebreselassie), jubón que por cierto usaría años después en Eindhoven (el maratón número 13), o la de Praga, que me acompañó serigrafiada con las letras de este blog en el penoso y glorioso maratón de Nueva York, o las de Copenhague y Budapest, prendas todas ellas que sirven ahora al veterano hidalgo en su adiestramiento matutino en pos de una mejora de la marca personal.

“No puedo desprenderme de ellas”, intenté compadecer a mi simpar Dulcinea, aun a sabiendas de que la sapiencia femenina supera con creces la estulticia masculina, sobre todo cuando esta es acompañada de una edad avanzada largamente más allá de los nueve lustros y un frikismo inusitado de coleccionista de reliquias deportivas y antiguallas otrora empapadas en sudor.

– ¿Y estas dos? -inquirióme la hermosa dama.

¡Oh, supremo sacrilegio! ¡Ay, mísero de mí, ay, infelice! Apurar, cielos, pretendo, ya que las tratáis así, ¿qué delito cometieron contra vosotros naciendo? ¡El Real Madrid y la selección española!

La elástica negra me acompañó además durante cerca de cuatro horas en un maratón de Madrid celebrado al día siguiente de la heroica victoria por 1-2 del Madrid de Mou frente al Barça de Guardiola (en igualdad numérica por una vez, amigo Barney), y así quedó inmortalizada en varias fotos del paso por la Puerta del Sol y la meta en el histórico Paseo de Coches del Retiro. La segunda, la de Sergio Ramos, fue una réplica comprada a toda prisa en quizás las únicas tierras en las que el fútbol se vive con más pasión que en nuestro país, Italia, lugar en el que nos hallábamos a pocas horas del inicio de la final de la Eurocopa 2008, el épico día en que cambió nuestra historia tras derrotar a las tropas germanas. 

La persistente evocación de recuerdos hizo que finalmente me deshiciera de solo tres camisetas, centrándome en las de peor calidad, esas cuyo cuello y axilas de poliéster estaban grabadas por el sudor reconcentrado del esfuerzo. Aproveché la ocasión para desprenderme de un pantalón de fútbol cuyas rayas emulaban las azulgrana de los infieles de tierras norteñas, y un par de medias que conservaban el agujero en el tobillo que una entrada criminal me provocó años ha.

Una vez terminada la penosa labor, a buen seguro inferior a las expectativas de mi querida compañera, reflexioné sobre los años transcurridos en campos de fútbol y canchas de baloncesto, los kilómetros recorridos sobre asfalto y tierra, “puedo escribir los versos más tristes esta noche”, concluí que hace ya mucho que disputé mis mejores contiendas, y que otros alicientes debían acompañarme en estas últimas temporadas de práctica deportiva.

El olor de la retirada me persigue de un tiempo a esta parte, mas aún no me da caza. Fui afortunado con las lesiones, que siempre me respetaron a pesar de la dureza de algunas batallas, y tanta suerte tuve, tanto aguante tuvo mi carrocería, que ahora me permiten gozar del deleite que supone jugar junto a mi propio hijo y admirar la lozanía y fogosidad de una juventud que mucho me recuerda a mi propio ímpetu tres décadas atrás:

 

 

Ahora más que nunca

Primer post del año. Sobrevivimos a la Navidad, a las comilonas familiares, las cenas de empresa, amigos o equipos de fútbol de colegas, a las cabalgatas, los paseos por el centro y los codazos en los centros comerciales,… y solo hemos engordado unos 22 kilos de media, bien. En las tradicionales jarras que dan título a los “Cuatro amiguetes y unas jarras” tocaba hacer balance del año 2017 y pensar en los planes de Año Nuevo.

Este blog nació, como ya explicamos alguna vez, para durar 12 meses y cumplirá 4 años en este 2018. Para que tenga continuidad a veces no basta con mantener el buen rollo y las ganas de contar cosas. Un cuarteto de amiguetes de Liverpool terminó disolviéndose por los planes individuales y los egos de algunos de sus miembros. Curiosamente, su canción de despedida, el célebre y celebrado Let it be, alcanzó el número 1 en las listas la misma semana que nacía uno de los cuatro amiguetes blogueros. Hago un paréntesis aquí para recomendar un curioso ejercicio, probadlo:

¿Qué canción era la número 1 en las listas el día que naciste?

No creo que vaya a haber un problema de egos en este caso, pero sí toca replantearse algunas cosas. El año se cierra con las mejores cifras de la corta historia del blog, con más de 30.000 lectores a lo largo del año pasado, lo cual es un éxito en este mundo digital de las lecturas rápidas y tan breves como un tuit. Los lectores se han estabilizado entre los 2.000 y los 3.000 mensuales, con puntas de más de 5.000 gracias a la web Meritocracia Blanca, y esto ya no se puede parar. Sin embargo, resulta curioso el reparto, el top ten de lecturas del año 2017:

  1. Nuevo Reglamento de la Federación Culé de Fútbol (Barney).
  2. Los “lobos” de las finanzas (Josean). Un texto que se escribió en 2015, y sorprendentemente se sigue leyendo con bastante asiduidad.
  3. “¿Por qué? ¿Por qué?”, o cuando Mou se transmutó en Barney.
  4. El Atleti es ese vecino del tercero (Barney).
  5. El Pabellón Azul (Lester).
  6. A ver cómo le explico el 6-1 al chino (Barney).
  7. El Hogar Teresa de los Andes (Lester).
  8. Ya va siendo hora de subir el sueldo a estos chicos (Josean).
  9. El VAR no funcionará (Barney).
  10. En un mundo perfecto (Josean).

Mucho fútbol, algo de economía y política, y dos textos sobre el proyecto de Lester en Bolivia. El texto más leído de la historia del blog sigue siendo En busca de la tranquilidad, la declaración de objetivos al inicio de 2015.

El Amiguete Barney corre el riesgo de volar por libre, pues ha recibido una propuesta para colaborar en otra web y quizás el John Lennon que lleva dentro (me parto con esta comparación) le anime a hacerlo.

– Pero no os abandonaré -ha prometido.

Travis y sus frikadas cinéfilas no aparecen entre los diez destacados este año. Y sin embargo mantiene un público fiel que lee sus artículos con cierta asiduidad, con constancia, que se cree sus textos hasta cuando cuenta una milonga. También Travis ha recibido una oferta para colaborar en una web de cine, una página especializada en el asunto y con muchos más seguidores que esta. Se lo está pensando, aunque jarra en mano prometiera:

– Prefiero entrar en un podcast de esos de dos o tres horas con treintañeros barbudos para destripar una peli de vez en cuando. Y a la hora de escribir, y ya que es sin cobrar, prefiero seguir con vosotros.

Josean advierte ya que va a tener un año complicado de viajes y trabajo, pero que intentará mantener su nivel.

– Tu nivel de cantidad, porque de calidad sabemos que no das más de sí.

Exacto. El blog nació para entretener y tratar de aportar una información diferente, con algo de mala leche y mucho rigor, incluso por parte del Amiguete Barney y sus proclamas futboleras. Hubiera muchos lectores o pocos. Y en ocasiones las obligaciones han sido muchas y costaba sacar tiempo para mantenerlo vivo, pero ahora más que nunca, y de ahí el título de esta entrada, llegamos a la conclusión de que el blog debe continuar, the show must go on. Frase esta, por cierto, de otro cuarteto británico, la banda Queen, que sobrevivió incluso al fallecimiento de su estrella, Freddie Mercury.

Y the show must go on, el blog debe continuar, entre otras cosas porque por primera vez en su corta historia, ha conseguido ese palabro tan detestable que es “monetizar” sus contenidos, obtener un rendimiento económico del mismo a través de la publicación del libro de relatos de Lester por una causa solidaria. La solidaridad cala entre los lectores cuando apelas a ella, y los resultados de la movilización en favor del Hogar Teresa de los Andes (Cotoca, Dpto. de Santa Cruz de la Sierra, Bolivia) han merecido la pena. Puede que no sea el último libro que surja de esta web.

Solo por eso (y por los numerosos comentarios de amigos y familiares) merece la pena continuar un año más. Va a ser complicado, queda dicho. Mucho trabajo, obligaciones familiares, aficiones personales, viajes, entrenar algún maratón, y sobre todo, muchas lecturas pendientes. Estos son los tres primeros libros que cada amiguete va a leer este año:

Travis: “ya he comenzado el libro de Star Wars y la filosofía, y me sorprendo al entender por primera vez en mi vida a Kierkegaard o Nietzsche. Bastaba con que en el colegio me lo hubieran explicado con caballeros Jedis o Sith”.

Barney: este año toca Mundial de fútbol, y como no podía ser de otra manera, hay que volver al clásico Mortadelo y Filemón, del siempre genial Ibáñez. Grande entre los grandes.

Josean: “confío en seguir indignándome ante lo que veo, y por supuesto, trataré de entender quién mueve los hilos, quién dirige nuestros pasos de modo tan absurdo”.

Lester: “a mí me toca leer libros de amigos, todos los años lo hago con un par de ellos, y un año más, me propongo intentarlo de nuevo con El Quijote”.

Aprovecho para dejar aquí la lista de “100 libros que deberías leer antes de morir” que la amiga Beilegs me envió recientemente. De la lista llevo 22, alguno infumable como la Trilogía de Nueva York, de Paul Auster, y dos más que sé que nunca acabaré: La Regenta y el Ulises de Joyce. La vida es corta, como dice el último cartel que mi hija ha colocado en casa.

En lo que coinciden los cuatro amiguetes de este blog es en que hay que leer más, mucho más de lo que lo hacemos, y para eso, para sacar tiempo, debemos desengancharnos de las pantallas de los móviles de los coj… Ese será el gran objetivo del año. Esas mismas pantallas que hacen que las generaciones jóvenes cada vez lean menos, pero algo más sorprendente, ¡que tengan menos interés por el sexo! Si cuando yo digo que los móviles nos están volviendo gilipollas…

Feliz año a todos, amigos lectores, espero que sigáis ahí un año más, al otro lado, leyendo, compartiendo, comentando,… y que si alguno de los Lennon o McCartneys de este blog se independiza, que le sigáis igualmente. ¡Un abrazo!

El salar de Uyuni, por Lester

IMG_4265

Quería despedir el año hablando del lugar más alucinante e irreal en el que haya estado nunca, un paraje que parece de otro planeta hasta el punto de haber sido elegido como escenario para el planeta Crait en la última de Star Wars, Los últimos Jedi. Me refiero al salar de Uyuni, un planeta de una galaxia muy, muy lejana en Bolivia. Sigue leyendo

El Pabellón Azul, por Lester

La reforma del Pabellón Azul ha finalizado y me atrevo a dar las gracias en nombre de todos sus residentes. Gracias al departamento de Responsabilidad Social Corporativa de Sacyr y gracias a todos los que habéis ayudado para que fuera posible. Me enorgullece pensar que hemos contribuido a esta obra que va a mejorar las condiciones de vida de unos chicos, ya adultos, que van a poder usar unos baños y duchas en condiciones, adaptados a su movilidad y sin los peligros que vi en persona que tanto me impactaron. El suelo resbaladizo, las duchas sin agarraderas, los escalones criminales, las goteras y el boquete de la pared son historia. ¡Gracias! 

 

El Hogar Teresa de los Andes es un centro admirable, como no me canso de repetir, en el que la voluntad de sus responsables y trabajadores intenta suplir las limitaciones presupuestarias. Tiene siete pabellones en los que sus habitantes están clasificados por edades y en función de su grado de discapacidad:

  • Rojo: en el que están los chicos de menor edad, entre diez y veinte años, en el que se desvivieron mi mujer y Lester Junior por ayudar, tanto a los chicos del pabellón como a las cuidadoras.
  • Verde: en el que estuvimos trabajando Rachel y yo, con chicos entre doce y veintipocos años.

  • San Camilo: sus internos eran ya adultos hechos y derechos con una discapacidad física severa, que se unía a las psíquicas. Fue el pabellón en el que “las Beas” desarrollaron su excepcional labor.
  • Naranja: en él vivían los internos que se encontraban en mejor situación, como Paúl, el pintor del que ya os hablé, o Nico, el corredor de fondo. Tenían habitaciones individuales, sus propios objetos personales, música, y alguno de ellos hasta una tele.

  • Hospital: desgraciadamente, la falta de medios, empezando por un médico, hacía que de hospital tuviera poco más que el nombre. En este pabellón se atendía a aquellos muchachos a los que les empezaban a fallar los órganos, como el pobre Pablo, que falleció estando nosotros allí, o se les trataban las lesiones causadas por caídas o brechas provocadas por su propia torpeza de movimientos.
  • Marrón: sus residentes no deberían estar en el Hogar, como nos dijo el Hermano Fausto, sino en un centro especializado para trastornos psiquiátricos. Necesitan atención profesional y una medicación bastante cara. No tuvimos ningún problema con la agresividad de alguno de ellos, sino más bien al contrario, fuimos capaces de tener momentos muy emotivos, incluso diría de gran ternura, con David y María, por ejemplo. Con el resto apenas tuvimos trato. No somos héroes. 
  • Azul: el pabellón para el que conseguimos la financiación de sus obras está habitado por los chicos con los que menos trato tuve. En su momento dediqué un post entero a “la sonrisa de un niño”, sonrisas que desgraciadamente no encontré en los residentes del Pabellón Azul, con los que apenas fui capaz de relacionarme, hombres y mujeres entre los veinte y los cuarenta años que también deberían estar en un centro especializado para tratar sus trastornos (según sus historiales, psicóticos, discapacidades intelectuales grave o muy graves, autismo, autismo con comportamiento fóbico,…).

Además de los pabellones que servían de vivienda para los “Niños con habilidades especiales”, como reza el cartel de la entrada del Hogar, había un comedor, una enorme lavandería, una dirección de estudios para la escuela, la unidad educativa y el aula infantil, una capilla, la oficina, la residencia de voluntarios, el campo de “entrenamientos”, y muchos metros cuadrados repletos de vegetación salvaje. El centro necesita medios, y algunas necesidades son más acuciantes que otras, como ocurría con la reforma del Pabellón Azul.

Cuando lo visité por primera vez, al poco de comenzar nuestro voluntariado, yo mismo me tropecé con un pequeño escalón que había a la entrada del baño y las duchas, así que no quiero ni imaginar la cantidad de caídas y golpes que se habrán dado sus inquilinos, teniendo en cuenta que tenían movilidad absoluta, pero eran muy torpes de movimientos. Al ver “un intruso” en su territorio, se me acercaron, me rodearon y me dirigían miradas sorprendidas. Algunos me abrazaron o me pasaron la mano por el hombro, y otro me quería enseñar un agujero en el suelo, con un lenguaje incomprensible. Tengo que reconocer, y no quiero ser cruel, que fue una sensación extraña para mí, como si entrara en el plató de Alguien voló sobre el nido del cuco.

La reforma era urgente y gracias a la Fundación Sacyr hoy es posible. Unos días antes de nuestra visita, se firmó el convenio con Ayuda en Acción que permitiría que se realizaran las obras en un plazo lo más breve posible. Tuve la suerte de conocer al contratista, me enseñaron el presupuesto y las partidas que se iban a acometer, me explicaron qué se iba a hacer y por qué se iban a utilizar determinados materiales, y pudimos ver el inicio de las obras en los últimos días de agosto.

Estoy muy agradecido al apoyo de la Fundación Sacyr y del departamento de Responsabilidad Social Corporativa. Apoyaron el proyecto de modo muy activo desde el primer minuto y se movieron con rapidez para que la reforma se hiciera lo antes posible. La reforma ha quedado estupenda.

Muy agradecido también a Ayuda en Acción por su profesionalidad y diligencia. He estado en pocas reuniones de trabajo tan gratificantes en toda mi vida como en la que tratamos estos asuntos, con tan buen entendimiento, y eso que a un lado de la mesa había una ONG y al otro una gran empresa con miles de trabajadores y presencia en una treintena de países.

Muy agradecido al departamento de Comunicación, que ha dado a conocer el proyecto tanto internamente como con la publicación de la firma del acuerdo en diversos periódicos y medios digitales.

El importe aportado por Sacyr cubrió aproximadamente el 85 por ciento del presupuesto de la reforma (algo más de 90.000 bolivianos), y mi mujer y yo nos comprometimos a sufragar el resto, como hicimos. Gracias a los que nada más saber de nuestro proyecto quisisteis contribuir generosamente con una donación: Teresa, Manolo, Mamen, Pepe, Jaime, Adriana y Sara, esta obra también es vuestra. 

Y por supuesto, muchas gracias a los que habéis contribuido comprando el libro que publiqué con el doble objetivo de dar a conocer el proyecto y recaudar fondos para el mismo. Doy por hecho que los cincuenta primeros, a los que les regalé el ejemplar, siguieron la cadena a la que se comprometieron (amazon.es), una cadena que todavía no ha finalizado porque nos falta completar la última parte.

Igual que doy por hecho que algunos, sé que no todos, se han leído esa recopilación de relatos que hacen que en ocasiones, como me dijo Racsi, “necesites una botella de whisky para digerirlos”. El autor reconoce que estaría encantado de recibir críticas literarias de su magna obra, aun a sabiendas de que algunos sois bastante cabroncetes.

Ha sido muy bonito ver cómo me han ido llegando mensajes y fotos a través de WhatsApp de amigos y compañeros que han comprado el libro y se hacían una foto con el mismo. En sus casas, en la playa, en la piscina, o para ponerlo bajo la pata de una mesa, como alguno de ese grupo de amigos futboleros a los que no les mueve precisamente la pasión por la literatura. Otros han comprado varios para regalar, como la docena de Miguelón, o los varios de Alonso, Cristina y Tadelpo.

Gracias al Club de Baloncesto Las Rozas por la donación de equipaciones deportivas que los chicos del centro lucieron con orgullo durante las olimpiadas especiales. Gracias a María Jesús del Banco Cooperativo por la entrega de camisetas de deporte y material escolar que allí tuvieron una gran aceptación. Gracias a Andrés por la difusión del proyecto y el libro en la revista del colegio.

Espero no olvidarme de nadie. Muchas gracias a todos. Los internos del Pabellón Azul no son conscientes, pero cada día que se den una ducha, cada tarde que no ven una gotera, o cada noche que no entre una corriente de aire gélido por la pared, será gracias al apoyo de todos nosotros.