San Petersburgo (I): cómo no entrenar un maratón

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LESTER, 29/06/2019

“El día que corras una maratón pensando solo en cómo poner un pie y luego el otro el mínimo tiempo posible en el suelo y nada más, bajarás de 3h:30 seguro. Pero no te sabrá igual de bien que esta, ni tendrás estos detalles e historias para contarnos”. Este es el comentario a modo de consejo que me dejó el amigo Tulaytulah, una bestia del maratón con varias marcas por debajo de las 3 horas y cuarto. Un tipo ante cuyas marcas ni siquiera puedo rebatir con el socorrido “es que eres mucho más joven que yo”, puesto que ambos entraremos en la cincuentena en unos meses con apenas quince días de diferencia.

Cada vez que me pongo a preparar un maratón suelo comprar un libro relacionado con el asunto, para ir cogiendo motivación, ambiente, sabios consejos que no seguiré, etc. y esta vez el título que encontré en la librería me trajo directamente al comentario de Tulaytulah.

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“No pienses, corre más”, de nuestto africano de Vallekas, Chema Martínez. Lo repetí varias veces como un mantra. “No pienses, corre más. No pienses, corre más”. Lo tengo, es eso y solo eso, correr, como Forrest Gump. “¡No, joder, ya estás pensando en películas!”  Concéntrate en dar un paso más, en hacer un kilómetro más rápido que el día previo durante los largos meses de entrenamiento que se avecinan. “Eso, voy a preparar una selección de temazos cañeros para corredores, o mejor dicho, la playlist top for runners, por estar a la moda anglochorra”. Me habría dado un collejón de haber tenido la flexibilidad necesaria para hacerlo. Estaba claro que iba a seguir pensando más y corriendo menos, así que para qué esforzarse en concentrar todos los esfuerzos en los entrenamientos, trataría al menos de disfrutarlos.

Y aquí estoy un año más, fiel a mi cita con el maratón, el decimoséptimo desde 2004, a menos de 12 horas de salir al asfalto a dejarme la piel, la última gota de sudor y el último gramo de fuerza.

He tenido amigos nada aficionados a esto de las carreras y los maratones que sin embargo suelen leer (y dicen que hasta disfrutar) mis crónicas y alguna vez me han dicho que me anime a escribir un libro. “Además, podría ayudar a gente que está empezando a correr o que se plantea cómo terminar una prueba tan larga”.

Ah, no, amigos, hay verdaderos expertos en este asunto, gente muy sabia y experimentada que te puede ayudar a preparar y finalizar un maratón. O a mejorar tu marca, o a evitar lesiones, o hacerlo más llevadero, pero si yo algún día me lanzara a esa aventura el título sería precisamente el contrario: Cómo no entrenar un maratón. Y de subtítulo: Y disfrutarlo pese a que las piernas me recuerden los errores cometidos.

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Mientras leía el libro de Chema Martínez iba anotando todas esas cosas que hago mal:

– Descansar: dice el bueno de Chema que hay que dormir ocho horas mínimo y si es posible diez. Creo que no decía diarias, porque eso sería de todo punto imposible, así que lo he reinterpretado a mi manera y he tratado de dormir diez horas cada dos días. En mi calendario de entrenamientos añadí este año dos nuevas filas, la primera de las cuales indicaría mediante un sistema de semáforo las horas de sueño. Más de 7 horas, luz verde. De 6 a 7, luz amarilla. Menos de 6, luz roja. Y mi plan de entrenamientos está tan repleto de luces rojas que prefiero no hacerlo público. Y solo dos luces verdes en cuatro meses.

– No entrenar en ayunas: y dejar que pasen dos horas del desayuno antes de meterse en faena, eso dice Chema, pero a veces salgo a unas horas en las que solo están los chicos de la recogida de basura (o la basura que se está recogiendo), así que lo he tenido que hacer varias veces.

– El alcohol, la cerveza: hay que reducirlo o suprimirlo directamente. Aunque hay teorías sobre las bondades de la hidratación que proporciona la cerveza, lo cierto es que son mayoría los que no aconsejan su ingesta. La segunda fila que añadí a mi calendario fue para apuntar las cervezas consumidas en estos meses. Un emoticono de una jarra por cada tercio de litro, y era tal el número de jarras que aparecían en el cuadro en los dos primeros meses que acabé por hacer una firme promesa: aparcamos la cerveza hasta después del maratón. El propósito duró menos de una semana, y ha habido tal cúmulo de eventos sociales en este mes de junio que… que… que sí, que voy a llegar bien hidratado.

– No entrenar en cinta: igual que lo de las ayunas, no me queda otro remedio, así que la mitad de mis entrenamientos ha sido en cinta. Me viene bien sobre todo para las series, porque pongo la máquina a tope de revoluciones y eso solo se para con la mano o dejándome caer y empotrándome contra la pared del fondo, y mi terquedad suele vencer al miedo a la caída, así que aguanto ahí a tope esparciendo el sudor a las locas del gimnasio.

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– Descansar los días previos: yo no quería andar mucho los días previos, pero el nuevo aeropuerto de Moscú es tan inmenso que creo que me hice medio maratón en la escala, lamadrequemep… Era como la T4, o les sobraba hormigón, o alguien se llevaba comisión por cada metro cuadrado. Luego llegas a una ciudad espectacular como San Petersburgo y no te vas a ir al hotel a descansar, así que nos la hemos pateado a conciencia. Mientras esperaba el barco para descansar, he aprovechado para estirar los gemelos.

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Mirad el detalle del folleto: San Petersburgo en 5 días, jajajaja, ¡si me lo he recorrido en dos!

– Alimentación: nada de probar cosas nuevas, ni mezclar. Bueno, pues ahora mismo tengo en mi estómago pasta, jamón, queso, una sopa de pollo, una barrita de cereales, otra de proteínas que me han dado en la Feria, más pasta, un capuccino, un plátano, dos mandarinas y una cerveza calentorra y sin alcohol que también me han dado en la Feria.

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La añadiré a mi lista de cervezas espantosas que me he pimplado por ahí. Me la ha ofrecido una rusa guapísima que me ha recordado al gran Groucho Marx: “vaya rollo de fiesta, la cerveza caliente y las mujeres frías”. Para compensar me he tomado una buena cerveza al mediodía, más mezcla para el estómago. La rubia es la mía, mi ” no rubia” se ha tomado la negra belga.

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– No practicar otros deportes mientras preparas un maratón: no puedo, no. Me niego. Llevo años jugando con mis colegas y no puedo dejarles, me gusta mucho más que algo tan solitario como entrenar un maratón. El 2 de junio jugué mi último partido, pero en los 3 meses previos jugué 13 partidos de fútbol y 11 de baloncesto.

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A veces me duele todo el cuerpo cuando voy a entrenar, el cuerpo no recupera ya los golpes en 24 horas, a veces ni en 72, pero sigo disfrutándolo. Hay quien dice que corro riesgos de lesionarme, pero la naturaleza o la genética, o la herencia de mis padres, no me dio un talento innato para el fútbol, ni una gran estatura, ni una velocidad envidiable, pero me dio un esqueleto de Terminator, casi indestructible bajo una apariencia humana. Al acabar el maratón pierdo incluso la apariencia humana y estoy más rígido que Robocop. Pero sonrío. Siempre.

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A ver qué tal se me da la carrera mañana. El recorrido es estupendo, muy agradable para la vista, muy llano, unos veinte grados de temperatura. El único problema va a ser el viento, que se prevé que sea como hoy, entre 22 y 35 kilómetros por hora. Mirad las banderas de la foto. Si se mantiene la dirección de hoy, los últimos 6 van a ser terribles, ojalá cambie, me venga de cola y mueva ese hermoso pandero hacia la meta. Una meta que, por cierto, va a ser de las más bonitas que he atravesado nunca, si no la que más, junto al impresionante Hermitage.

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A ver si consigo despistar al duende cabrón. ¡Deseadme suerte!

 

Los muertos salen a hombros, por Lester

Jard Poncela

“Los muertos, por mal que lo hayan hecho, siempre salen a hombros”.

Esta mítica frase del dramaturgo Enrique Jardiel Poncela me viene a la memoria cada cierto tiempo, de modo especial cuando fallece alguien, da igual si ha sido la mejor persona sobre la faz de la tierra, un tío controvertido o directamente un redomado hijo de perra. Los muertos siempre salen a hombros, como los toreros triunfantes de la plaza, aunque su vida no hubiera sido precisamente un dechado de virtudes, o al menos no en su vertiente pública.

Parece como si la muerte tuviera la facultad de ennoblecer al fallecido, como si con la misma todas sus fechorías quedaran perdonadas, o al menos exculpadas. Por supuesto que hay que respetar a la familia del fallecido, mostrar las condolencias (si se les conoce) a los más cercanos, o al menos no ahondar en el dolor, pero llevo mal la falsedad y la hipocresía.

Si Alfredo Pérez Rubalcaba hubiera escuchado en vida los elogios que soltaron algunos de sus adversarios y (por qué no decirlo) enemigos tras su repentina muerte, no habría abandonado la vida política y a buen seguro habría seguido en la primera línea: “si tan bueno soy, si soy un hombre de Estado como ha habido pocos, si soy una de las figuras más relevantes de las últimas décadas, si soy un tipo indispensable para entender España, ¡no puedo irme a dar clases a la universidad, me necesitan!”

El presidente de Gobierno Pedro Sánchez fue uno de los primeros en subirse al carro de los elogios y quizás de los últimos en bajarse, porque su muerte ocurrió apenas tres días antes del inicio de la campaña electoral e interesaba mantener esa imagen revitalizada y de unidad del PSOE, una imagen que solo la muerte de alguien de peso podía lograr. El tratamiento informativo fue excesivo, especialmente en Televisión Española, la “tele de todos” que nunca es de todos, sino de quien manda. La realidad es que Rubalcaba no se hablaba con Pedro Sánchez y se había apartado de la primera línea entre muchas otras cosas por sus discrepancias, pero eso no iba a evitar el aprovechamiento de su desgracia:

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El fin de semana pasado falleció de modo inesperado otro personaje muy conocido, el futbolista José Antonio Reyes. Según han dicho algunos medios, circulaba a 237 kilómetros por hora y su apego a la velocidad era conocida por los que le rodeaban. En su accidente mortal se llevó por delante a su primo y  otro familiar quedó gravemente herido, ingresado con pronóstico grave. El futbolista era un tipo que caía bien, había jugado en el Sevilla, Real Madrid, Atleti, Arsenal, Benfica, Córdoba, Español, Extremadura, en la selección española,… un tipo con mucho más talento que cabeza. Su muerte fue una pena, como todas aquellas que suceden a temprana edad, pero fue consecuencia de su poco seso, como le ocurrió en otros momentos de su carrera profesional. Enseguida comenzaron las muestras de cariño, admiración, los elogios que hacía años no recibía, pero también llegó el mensaje discordante del ex portero Santi Cañizares:

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Cañizares nunca fue el más listo de la clase, ni el que mejor se explicaba, le vi hacer el ridículo hace años en una entrevista con Manel Fuentes, intentando hacerse el gracioso y explicar el sexo tántrico con poca fortuna, pero en su mensaje trataba de incidir en la inconsciencia del futbolista, o en la directa responsabilidad del jugador en su muerte y en el daño a otras víctimas. Lo hizo como tantas otras veces, mal, y no porque no tuviera razón en lo que trataba de explicar, sino por lo mal que lo decía. Le llovieron palos por todos lados, los “ofendiditos” que saltan ahora cada vez que alguien dice una frase fuera de lugar, por simple que pueda parecer. El propio Cañizares, hastiado de la polémica, terminó unas horas después diciendo: “Claro que merece un homenaje y un gran recuerdo por su carrera”. Nadie dice lo contrario.

Cada vez que fallece un personaje famoso, suelo estar más atento a las reacciones que a la propia carrera del fenecido, salvo que sea desconocida para mí. Lo hago por dos razones: la primera, si conozco bien al personaje, porque no me interesa que me cuenten todo lo bueno que hizo obviando sus fracasos o errores, y la segunda, por la gracia que me produce escuchar ciertos halagos, especialmente de los que lo machacaron, atacaron o simplemente ignoraron en vida.

Si es un escritor quien muere, enseguida aparecen cientos de “amigos” que habían cenado o comido con él la semana anterior, lo cual conforma una vida social tan admirable como sorprendente para ser la última semana de vida de un tipo moribundo, o sacan un artículo muy personal con cartas antiguas o una supuesta conversación trascendente con “ese gran tipo que se nos acaba de marchar”. Si es un actor o una actriz quien muere, los compañeros de profesión que no se ocuparon de verle ni de ayudarle a encontrar trabajo se desviven hablando de “un talento innato que no supo ser valorado”. También lo sueltan algunos que fueron directores o productores que no llamaron a su puerta en años, qué digo años, en lustros o décadas.

A veces el personaje que se va a criar malvas es un tipo siniestro que no merece el más mínimo de los cariños, y ahí es cuando observas el difícil ejercicio periodístico de evitar decir que el muerto era un cabrón y siguió siéndolo hasta el último día de su vida, sin ni siquiera un arrepentimiento postrero que pudiera suavizar sus tropelías.

De Jesús Gil se dijo que era una figura “única, irreemplazable, carismática, excesiva”, “un luchador nato”, o le veías atizando un puñetazo a José María Caneda, el antiguo presidente del Compostela, y el narrador decía que era “un tipo impulsivo, vehemente”, “amigo de sus amigos”. Menos mal que no me gano la vida blanqueando cadáveres.

Con todo, el fenómeno que más despierta mi atención en relación con estos asuntos luctuosos es la progresiva mejoría de la calidad artística de los trabajos del fallecido después de fallecido. ¿No ganaba batallas el Cid Campeador después de muerto? Pues algo parecido ocurre con algunos artistas, cuyos representantes o herederos logran vender todo lo que nunca imaginaron en vida, además de escuchar los elogios que jamás cosecharon mientras danzaban por este mundo. Suelen conseguir además otro hecho insólito: reciben de repente el respaldo de la crítica.

¿Habría merecido Heath Ledger los halagos que le llegaron por su papel de Joker en El caballero oscuro de no haber muerto? Pues elogios puede que sí, pero posiblemente poco más. Sin embargo, el actor murió un 22 de enero, justo en el momento adecuado para llevarse todos los premios: Globo de Oro, Óscar al mejor actor de reparto y el Bafta.

James Dean

¿Habría sido James Dean el mito en que se convirtió de no haberse matado en accidente de coche con 24 años? La leyenda del actor se multiplicó con su muerte, pese a que aún no se habían estrenado sus últimos trabajos, Gigante y Rebelde sin causa. Su mirada con el ceño fruncido se debía más a su miopía que a su habilidad interpretativa, y su voz en Gigante tuvo que ser doblada parcialmente porque resultaba poco inteligible. En esta misma película hay escenas en las que se ve a Rock Hudson con ganas de abrirle la cabeza por su sobreactuación, como en la escena de la soga, donde no es que le robara los planos, es que desviaba la atención. Fue su muerte la que lo convirtió en leyenda. Se le asoció al lema “vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver”, erróneamente atribuida a Dean, cuando es una frase pronunciada por Humphrey Bogart en Llamad a cualquier puerta.

Club de los 27

Brian Jones, Janis Joplin, Amy Winehouse, Jim Morrison,… varios de los cantantes muertos a los 27 años cuya fama creció de modo exponencial tras su muerte. Como Kurt Cobain, del que llegué a leer en uno de esos panegíricos tras su suicidio: “al igual que Jimi Hendrix, supo marcharse antes de que lo cambiaran”. Vamos a ver, que la muerte “ennoblece” para algunos, o dignifica incluso sus trabajos anteriores, pero de ahí a decir que pegarse un tiro en la boca como Cobain, o asfixiarse con los propios vómitos como Hendrix es “saber marcharse” hay un mundo.

A Antonio Flores le llovieron los elogios que nunca escuché en vida, que si era un gran compositor, o un estupendo letrista,… ¡hombreee! Que cuando no sabía cómo acabar la canción decía parachururuchururuchuru, parachururuchurururuuu, o ayayayayay esa camiseta, o mi gato hace uyuyuyuy, no nos pasemos solo por la desgracia sufrida.

El amiguete Travis nos contó una vez un esbozo de guion titulado Necrocinefilia, basado en parte en este fenómeno de exaltación del fallecido de modo trágico. Trata de un grupo de amigos que están deseando rodar sus historias y no tienen éxito con ninguna hasta que le cuentan a uno de los productores: “es que el guionista acaba de morir”. Es mentira, por supuesto, tienen que ocultar y fingir la muerte del guionista, que “desaparezca” durante una temporada, pero consiguen el interés del productor, la pasta, ruedan la peli y alcanzan un notable éxito porque a la crítica le interesa esa “visión fatalista del autor, que sin duda preveía un trágico final en su vida”. Pese a que el guionista quiere contar la mentira, salir a la fama y recoger su Goya, los compañeros le convencen para rodar una segunda película. Las mentiras ante la prensa van creciendo y creciendo tanto como la angustia del “falso fallecido” y… si alguien quiere saber el final de la historia que afloje la pasta para producirla.

Jardiel Poncela

En fin, que como decía Jardiel Poncela, los muertos, por mal que lo hayan hecho, siempre salen a hombros. Sabía bien de qué hablaba. Tuvo un final de vida con poco éxito, acumulando fracasos, pasando penurias económicas, y en su nicho dejó la siguiente frase como epitafio:

Epitafio Jardiel Poncela

14 horas sin móvil, por Lester

Adicción al móvil

Un día de la semana pasada salí de casa poco después de las seis y media de la mañana. Cuando estaba llegando a Madrid, me di cuenta de que no llevaba el móvil encima, “¡qué putada!”, pensé, y nos hemos hecho tan dependientes del cacharro que por una fracción de segundo me planteé volver a casa a por él. “¡Qué cojones, podré sobrevivir!”

Volví a casa sobre las ocho y media de la tarde, lo que significa que estuve unas catorce horas sin móvil, y, ¡oh, sorpresa!, no me pasó nada, llegué sano y salvo. Tal como lo digo suena a terapia al estilo de las que pasan personas con problemas de alcoholismo o ludopatía: “Hola, me llamo Lester, y llevo catorce horas sin mirar la pantalla del móvil”. Algo de eso hay en el fondo: dependencia, adicción, necesidad, ansiedad en ausencia del estímulo, es decir, mono.

Entré al gimnasio de sonámbulos del que ya he hablado aquí alguna vez y al no tener nada que escuchar, pues el móvil ahora es nuestro teléfono, cámara de fotos, GPS, MP3, agenda y entrenador personal, pude fijarme más en los detalles de lo que me rodeaba. Los tatuajes de los malotes de las pesas, las espantosas conversaciones de las brujas, los vídeos de tipas siliconadas en los monitores, la música a todo meter por los altavoces,… Dicen que a las personas sordas o ciegas, al estar privados de uno de los sentidos, se les agudizan los demás. Pues creo que eso fue lo que me pasó, porque normalmente me abstraigo en mi mundo con los cascos, escuchando noticias o podcasts frikis, y ese día advertí que mis sentidos estaban potenciados como si fuera Spiderman tras el aguijonazo de la araña. Veía con más claridad, escuchaba voces desconocidas y conversaciones totalmente intrascendentes sobre vecinas o batidos proteínicos, y olía a Nubetóxica con mayor intensidad. Las fosas nasales se dilataron al aspirar el hedor del sudor trimestral de la señora y como un Rexona que no abandona, su recuerdo me persiguió a lo largo de toda la jornada.  

Llegué a la oficina y, al subir al ascensor, hice el gesto instintivo de sacar el móvil del bolsillo, gesto que repetiría varias veces a lo largo del día, como si de un vaquero presto a desenfundar se tratara. ¡Error! Ahí no había nada. Me pasó en la cafetería de empresa, en el baño, en una reunión de trabajo, en diversos momentos del día. Se ha convertido en un gesto tan instintivo como colocarnos el flequillo, hurgarnos la nariz o como pueda serlo para Rafa Nadal sacarse la goma del calzoncillo del orto.

Al no tener el móvil con el que abstraerme de la realidad practicando el buceo en el trivial mundo del guasap o el sensacionalista de los titulares de noticias, me sentí un poco como el protagonista de Una cuestión de tiempo al final de la peli, cuando decide seguir el consejo de su padre y fijarse en los detalles que no había percibido la primera vez que vivía una situación: el peinado de su compañera, el mensaje en una camiseta, una sonrisa amable, las zapatillas de colores de algunos yogurines,… Bien es verdad que al haber pertenecido a esa generación que tuvo su primer móvil cerca de la treintena, y datos al rebasar los cuarenta, no soy el típico tío que va todo el día por la calle, la oficina o la cafetería enfrascado en su mundo virtual de la puñetera pantallita, pero reconozco la influencia de estos cacharros en nuestro comportamiento diario, muy superior a la que nos gustaría reconocer.

El móvil es un arma de distracción masiva. Hace tiempo que le quité el sonido de los avisos, casi al principio de los tiempos, porque eso de que te suene un ring o un toc-toc-toc cada vez que entraba un guasap o un correo era un puto infierno que te impedía concentrarte en cualquier cosa. Odio cuando mis compañeros tienen el sonido activado en las reuniones de trabajo, que a veces se convierten en un concierto en el que puedes ver los distintos timbres escogidos: la flecha, la moneda, los nudillos sobre la puerta, el timbrazo, la tecla de piano o el gorgorito-los-cojones.

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También desactivé hace tiempo los avisos de correos o guasaps pendientes de leer, porque si mirabas la pantalla y leías “38 mensajes de 9 grupos diferentes” o “14 correos electrónicos recibidos” terminabas entrando a leerlos. En mi caso, cuando el número supera los cincuenta sabes que alguien ha muerto o que se está buscando una fecha para una cena o un cumpleaños. Aquel día fue diferente y me pude concentrar mejor en mi trabajo. Hubo gente que intentó localizarme y no lo consiguió a la primera, pero oye, ¡descubrieron el teléfono fijo!

– Te he llamado al móvil y no me lo has cogido.

– Claro, me lo he dejado en casa, pero mira, como no me muevo de mi chiringuito me puedes encontrar en este aparato ultranovedoso llamado teléfono fijo. Funciona igual que el móvil, con la única diferencia de que no lo puedo coger cuando estoy meando.

– Cualquiera diría que te lo has dejado aposta.

– Pues no ha sido así, pero descuida, que a partir de hoy voy a hacerlo una o dos veces por semana.

Fui a comer con un compañero de trabajo, algo rápido porque seguíamos con mucho follón en el curro, pero en la conversación surgió una duda acerca de un dato. Lo de siempre, un resultado de fútbol, un actor en una peli, el nombre de una tía buena en la misma peli (o en la ofi o en el restaurante o por la calle), o si el gato de Schrödinger era negro y traía mala suerte, o no lo era y lo freímos con las putadas que le hicimos en el Adicción al móvil 3interior de la caja. La conversación normal entre compañeros.

Pues en lugar de confiar en mi memoria, va mi compañero, desenfunda el móvil y con los dedos grasientos de patatas fritas se puso a buscar la respuesta en San Google. Ah, San Google, el buscador que evita los antiguos conflictos familiares con tu “cuñao”:

– Que sí, que me acuerdo perfectamente, que el Atleti iba ganando tres a cero al Madrid cuando el árbitro pitó aquel penalti y expulsión.

Antes le decías lo normal, no tienes ni puta idea, forofo patético, o le soltabas un guantazo por bocazas, pero ahora ambos sacáis el móvil, gugleáis y resolvéis el conflicto. Hasta ese punto ha influido el móvil en nuestras vidas, hasta ese nivel le ha restado emoción.

Pero lo mismo que digo en público que se puede vivir 14 horas sin el móvil, también soy capaz de reconocer que tiene enormes ventajas, y no me refiero solo a lo que habría sido la reciente avería que padecí en mitad de todo el meollo del centro de Madrid de no haber llevado un móvil encima, sino por lo que vendría al llegar a casa, poco antes de la medianoche.

El móvil yacía tranquilo en el baño, aún con batería. No sé cuántos mensajes y llamadas perdidas tenía, tampoco eran excesivas. Nadie había muerto, no se me había olvidado ningún cumpleaños, seguían sin acordar la fecha de una cena, mi vida podía seguir. Pero dos horas después el móvil se activó como en sus mejores días y se disparó con cerca de dos centenares de guasaps: el Liverpool acababa de endiñarle cuatro goles al Barça y aunque solo sea por esas gozosas horas de disfrute cabroncete para el que los españoles estamos mejor dotados que ningún otro pueblo en el mundo, aunque solo sea por el deleite que nos provoca el hundimiento ajeno, merece la pena llevar el móvil encima.

 

Cara Lester

La avería, por Lester

Atasco

¿Cuántas veces os habéis encontrado un coche averiado en un punto crítico de la ciudad, en el típico sitio clave en “donde se cruzan los caminos” a la manera de Sabina? ¿Os habéis parado a pensar, luego de compadeceros del pobre conductor al que se le ve con cara de estreñimiento, en el atascón que llega a formar ese vehículo solitario? Un coche sin gasolina en mitad del típico cruce de incorporación a la M-30 con la salida de una de las nacionales, por donde además finaliza una de las principales calles del centro de Madrid, un coche averiado a las siete de la mañana que va a joder el inicio del día a ¿diez mil, cincuenta  mil personas? Pones la radio y escuchas: “retenciones de ocho kilómetros entre el nudo sur y Manoteras por un vehículo averiado en mitad de la vía”, o bien, “mañana complicada de tráfico en Madrid por un coche parado en el carril izquierdo de la M-30 a la altura de Ventas”.

Pues bien, ese pobre estreñío del coche en el cruce crítico el pasado martes era yo. El lugar elegido fue la salida del túnel de María de Molina hacia la Avenida de América. Llego al semáforo del cruce con Velázquez y el coche que decidió “morir”, al menos todo lo eléctrico. El ordenador de a bordo resultó ser más fallón que el HAL-9000 y tan cabrón como el androide Ash de Alien. Tanta tecnología inútil que te dice hasta la temperatura del aceite, dato sin el que, sin duda, soy incapaz de conducir, y luego falla en lo básico. Empezó a parpadear el cuadro de mandos, Carlos Alsina pasó a tartamudear y ¡plof! Muerto, todo apagado, todo dejó de funcionar. El contacto no hacía nada, ni siquiera el sonido gripado de los coches de antaño.

Coche parado

“¡La madre que me parió!”, pensé, “la que voy a montar”. Se me pasó por la cabeza lo que podía ocurrir en los próximos minutos: el túnel de María de Molina se iba a bloquear por mi culpa, el atasco llegaría a la Castellana, los que venían de José Abascal no iban a poder pasar, luego se atascaría la Castellana también en el sentido de bajada,… Medio Madrid llegando tarde a su trabajo por mi culpa. “Bueno, nunca tanta gente se había cagado en mí desde cierta gracieta en el colegio”. Pero de aquello hace mucho tiempo y no vamos a hablar de esas cosas.

Me salvó que eran las siete y diez de la mañana. Llamé por teléfono a los de asistencia en carretera y les insistí en que vinieran rápido, que estaba en un sitio horrible para pararme, “en el peor sitio de Madrid”. Les lloré como los oficiales de Vietnam en las pelis americanas cuando piden a gritos por un teléfono de campaña que llegue la aviación de refuerzo, “¡¡envíenlo ya, es una emergencia, nos van a freír, mayday, mayday!!” En mi caso “marchday, marchday” (este chiste es tan malo que seguramente lo borre en posteriores revisiones)

“La grúa tardará una media hora”, me contestaron. “Buffff, se va a montar la mundial”. Por si todo esto no fuera suficiente, amanece justo por el lado contrario, por la Avenida de América, y el sol cegaba a todos los conductores a la salida del túnel. De hecho, la mayoría de coches se paraban detrás del mío esperando que arrancara y yo tenía que decirles desde fuera, con mi chaleco amarillo y poniendo cara de lástima, “que no, que no va”. Nunca en mi vida como ese día eché tanto en falta un sable láser como los de Star Wars.

– ¿Y no puedes echarlo a un lado? Es que apenas se ve desde el túnel.

Gracias por su inestimable colaboración, amable conductor, ahora arranque y váyase a tomar por culo un ratito, que llega tarde. Otro más agradable bajó la ventanilla y me dijo que con el sol no se veía el triángulo de emergencia que había puesto unos veinte metros más atrás, al principio de la salida del túnel. “Muchas gracias, ahora lo cambio”.

Me bajé con mucho cuidado, me metí en el túnel y puse el triángulo varios metros antes. Miré hacia mi coche, “jooooder”, el sol estaba más alto, “no se ve el coche, como para ver el triangulito”. Efectivamente. El primer coche lo esquivó en el último segundo. El siguiente dio un volantazo tras ver lo que había hecho el primero. El tercero se lo llevó directamente por delante. Al llegar a mi coche la conductora se paró detrás y se puso a hacer lo que la mayoría de conductores en un semáforo: guasapear. Juro que era conductora y no estoy haciendo chistes machistas sobre “mujer tenía que ser” ni nada por el estilo.

– Señora, que está parado, pase por aquí, por favor.

– Ay, es que no se ve nada.

– Ya, ya me he dado cuenta, se ha llevado por delante el triángulo de emergencia.

– Huy, perdona, el caso es que he oído algo.

– Sí, claro, lo ha hecho trizas, lo ha dejado hecho añicos, eso es lo que ha escuchado -¡Y mis improperios!

La verdad es que no tengo quejas del comportamiento de la gente, sino todo lo contrario. En lugar de despotricar y pitarme, me miraban con cara de lástima. Un chaval joven que venía andando por la calle, de unos veintitantos, se ofreció a empujar el coche, “podemos moverlo ahí a un lado, porque estás en un sitio horrible”.

“Muchas gracias”, le dije, y como de la nada surgieron otras tres personas dispuestas a ayudarnos. Pero las cosas no podían ser tan fáciles, porque resulta que estos coches modernos no tienen un freno de mano tradicional, de palanca que levantas y listo, sino ooooootro gadget electrónico que se bloquea cuando falla el sistema eléctrico. Los pobres trataron de empujar el coche, pero fue imposible. Me bajé, les agradecí el esfuerzo y la amabilidad, y les dije que solo me quedaba cruzar los dedos para que no pasara una desgracia.

Afortunadamente a los veinte minutos llegaron unos agentes de movilidad, esos chicos simpáticos que aprendieron a hablar todos en la escuela de los “ejkes”. Tíos majos, kolegas:

– Joer, tronko, vaya sitio para pararse, ¿no? Como no venga pronto la grúa… en diez minutos hemos atajkado toda esta zona. ¿Y no has puesto los triángulos?

– Sí, mira, son esos trocitos machacados de ahí abajo.

Agentes movilidad

Nos entró la risa, porque mejor eso que el llanto inútil. Metieron la furgoneta en el túnel para señalizar bien la emergencia. Debían de ser las ocho menos veinte y el tráfico comenzaba a crecer. Al pasar de dos carriles a uno se generaban pequeñas retenciones, pero afortunadamente todavía no eran gran cosa.

Por fin llegó la grúa. El tipo que la llevaba, de esos que hablan castellano en dialecto mecánico, me dijo según me vio:

– La batería, ¿no? Eje estos coches modernos… tanta electrónica y no sirven ni pá’tomar por culo, me paso los días recogiéndolos tiraos en la M-30.

Pues vale, ya tenía hasta el diagnóstico. Terminamos la operación sobre las ocho menos diez y por minutos no llegamos a montar el atasco del mes. Los agentes de movilidad dirigieron el tráfico y recuperaron los dos carriles en un instante. Buena gente, “hala, que no sea nada”, me dijeron al despedirse.

Le dije al de la grúa que el coche tenía solo año y medio, que no creía que fuera solo la batería, que era un Volkswagen y tal, una marca tan fiable como la medición de sus emisiones.

– Tienes el sistema Start-Stop, ¿verdad? Pues es la batería, casi seguro. Todas las semanas recogemos a varios coches por lo mismo.

En el taller también fueron muy amables, me atendieron rápido y me cogieron el coche.

– No, no puede ser la batería, por el tiempo que tiene el coche ha tenido que fallar algo más.

Pues era la puta batería. Un año y medio, se para y te deja más tirado que una colilla. Tanto control de climatización, sonido, avisos de mantenimiento, estadísticas de consumo, y luego te quedas tirado por una batería que en los coches de antes podía durar años. Muchos años.

Alguien tendría que replantearse si eso de que se bloquee el freno de mano y cualquier posible movimiento del coche no debería estar prohibido. Es un peligro. No pasó nada porque era muy temprano, pero en otras circunstancias podía haber ocurrido una desgracia. Si alguno me vio el martes ya sabe cómo es mi rostro desencajado.

Y por cierto, me lo tomé con resignación e incluso cierto cachondeo. Sin acritud, pero ahora, cada vez que me subo al coche, desactivo el puto Start-Stop de los mismísimos cojones del ingeniero psicópata que lo parió.

8-M: Con M de Mujeres (II)

8M Igualdad

(Continuación de 8-M: Con M de Mujeres)

Agradezco enormemente a R. San Telmo su colaboración, por aportarnos un punto de vista jurídico respecto a la Ley de violencia de género, y continúo con otros asuntos de los que se ha hablado estos días a cuenta del 8-M y el movimiento feminista en favor de una igualdad plena.

Decíamos que si las leyes ya regulan esa igualdad de derecho en el plano legal, si no se consigue la igualdad real es por determinados patrones sociales, costumbres arraigadas desde hace décadas. Podemos confiar en que las nuevas generaciones corregirán poco a poco esas desigualdades, como ya ha ocurrido en otros ámbitos, pero quizás debamos promover que se acelere esa reducción de la desigualdad.

Hay varios ejemplos de situaciones que debemos corregir cuanto antes. La precariedad laboral, por ejemplo, sigue afectando más a mujeres que a hombres. Las posibilidades de promoción profesional se ven condicionadas por la maternidad, y no es un asunto que pertenezca al plano legal, sino que existe por determinadas conductas que perviven en los que toman las decisiones (ojo, no solo hombres).

Otra anomalía: según el Observatorio Social de La Caixa, las mujeres tienen un 30 por ciento menos de posibilidades de ser llamadas a una entrevista de trabajo con el mismo currículum, de acuerdo con una simulación que hicieron con perfiles exactos en los que cambiaban exclusivamente el género del candidato. Por no hablar de la brecha salarial, que según algunos estudios tardará un siglo en corregirse al ritmo actual.

Aceleremos ese ritmo tan lento, si es posible. Cuando era adolescente apenas había mujeres en puestos de poder o responsabilidad, ministras, consejeras, o presidiendo una empresa importante, un banco o un gobierno, y ahora es de lo más normal. Margaret Thatcher quizás fuera la única, y precisamente su modo de actuar era, como dice la destacada activista feminista Mary Beard, masculinizándose, copiando el estilo de los hombres y agravando su voz. “La Dama de Hierro” la llamaban.

Tradicionalmente el reparto de roles era así y la figura del hombre estaba más asociada al poder, o a una creencia en que sus capacidades prevalecían sobre las de la mujer, pero creo sinceramente que ese modelo se superó y lo que quedan son rescoldos, al menos en el mundo occidental. Por supuesto que quedan “cavernícolas” que quieren mantener la división tradicional entre el hombre “cazador” que provee el sustento a la familia y la mujer “recolectora” que se queda en la cueva manteniendo el hogar y a los hijos, pero quiero creer que son cada vez menos, y los que quedan son vistos como en el monólogo de Nancho Novo, como auténticos cavernícolas de los que reírnos o avergonzarnos, como ya hemos hecho en este blog en alguna ocasión.

8M Mujeres directivas

Hoy en día es normal que veas una Ángela Merkel, Theresa May, Hillary Clinton, Inés Arrimadas, Irene Montero, Michelle Bachelet, Ana Patricia Botín, Pilar López, o a tantas otras con voz propia en puestos de responsabilidad. No todo está tan mal, ayer leía que España es el tercer país europeo con más mujeres en puestos de responsabilidad, aunque el porcentaje sigue siendo bajo (21% en consejos de administración, 16% en empresas del Ibex 35). Y muchas más que están por llegar, porque ya no se cuestiona su valía ni su capacidad, como sí ocurría hace treinta años. Luego es más un tema de cambio de mentalidad de algunos que de necesidad de afrontar cambios legales o establecer cuotas.

Aun así, me parecerá bien aprobar los cambios que sean necesarios, si bien se trata de un tema lo suficientemente importante como para tratar de consensuar una postura al respecto entre los principales partidos, que es lo que no ha ocurrido una vez más, por desgracia. Otra vez con prisas, otra vez sin consenso, de nuevo alentado por el populismo legislativo que mueve al gobierno saliente, el 1 de marzo se aprobó el Real Decreto-ley 6/2019 de medidas urgentes para garantía de la igualdad de trato y de oportunidades entre mujeres y hombres en el empleo y la ocupación, cuya entrada en vigor se anunció (no por casualidad) para el 8 de marzo.

Como indica en la exposición de motivos, “no se ha realizado el trámite de consulta pública, ni el trámite de audiencia e información públicas”, pero se justifica su necesidad porque “la mitad de la población está sufriendo una fuerte discriminación y está viendo afectados sus derechos fundamentales”, lo cual “exige una actuación urgente y necesaria por parte del Estado”, “en tanto persisten unas desigualdades intolerables en las condiciones laborales de mujeres y hombres, al menos si una sociedad aspira a ser plenamente democrática”. Obviando el error que supone la tramitación acelerada y sin consenso del Real Decreto, tras leer un breve resumen de la consultora Deloitte, aprecio buenas intenciones en esa búsqueda de la igualdad efectiva:

  • Se equiparan los permisos de paternidad y maternidad.
  • Se reconoce el permiso de lactancia a ambos progenitores y se aumenta el mismo de 9 a 12 meses cuando lo disfruten ambos en las mismas condiciones de duración y régimen.
  • Aumentan los períodos de reserva de puesto por excedencia por cuidado de hijos cuando el reparto se hace igual entre ambos progenitores.
  • Se obliga a las empresas a implantar Planes de Igualdad. Yo insisto, y no es que esté en desacuerdo, ni mucho menos, pero creo que esa igualdad plena no se consigue con una Ley o una obligación difícil de auditar, sino con educación y concienciación.

Vector illustration of Difference in salary

Pero por otro lado veo que algunas de las medidas propuestas serán muy complicadas de llevar a la práctica. Por ejemplo, se crea el concepto de “trabajo de igual valor” y reconoce el derecho a la igualdad retributiva. Perfecto, nada que objetar, pero en algunas empresas que trabajan en múltiples sectores, pueden tener 60, 70, 80 o más convenios laborales en vigor, y algunas categorías son similares, tipo auxiliar administrativo, oficial o encargado, y sin embargo las diferencias salariales entre convenios pueden superar el treinta por ciento del salario bruto. La norma obliga también a la realización de auditorías salariales entre hombres y mujeres, y se podrá sancionar a las empresas cuando se detecten diferencias. Pero si en un centro de trabajo con un convenio determinado hay más hombres que en otro con un convenio peor en el que puede haber más mujeres, ¿sancionamos a la empresa por esa desigualdad salarial, pese a que se estaría cumpliendo la normativa laboral y el convenio?

Puede ser una locura, pero como en todo las empresas nos iremos adaptando, tanto hombres como mujeres. Y las auditorías determinarán que no hay una brecha salarial organizada como tal, en virtud de una desigualdad de género, sino que se provoca con los años y las carreras profesionales, en las que tradicionalmente han promocionado antes hombres que mujeres. Por costumbre, o porque los hombres se han empleado mayoritariamente en carreras técnicas, por la maternidad y el cuidado de los hijos, y por machismo en algunos casos, claro que sí, lo he visto con mis propios ojos. Cada vez menos, espero.

El informe de la CEOE sobre la brecha salarial recoge entre los factores:

  • La desigual distribución de las responsabilidades familiares y domésticas entre hombres y mujeres.
  • Las diferencias en los rasgos psicológicos y habilidades no cognitivas (como la propensión a asumir riesgos o las capacidades de negociación) que pueden tener efecto en los salarios.

Sé que voy a resultar pesado, pero en las familias y en los colegios debemos educar en una igualdad real, que creo que se hace, basada en el respeto mutuo, en el reparto de tareas en casa, etc… pero luego hombres y mujeres tiraremos cada uno por nuestro lado. Cuando leo las campañas por los juguetes no sexistas… vamos a ver, somos diferentes, con distintos gustos, aficiones e intereses. Esa diferencia se nota en hechos como que los hombres se decantan más por las carreras técnicas y las mujeres por la rama sanitaria. Son hechos, estadísticas, y no sé hasta qué punto son fruto de la educación que les hemos transmitido o de los patrones que hemos/han asumido.

Tampoco se va a arreglar nada forzando el uso del lenguaje inclusivo que no solo es incómodo, sino ridículo por momentos. La ministra portavoz (o “miembra portavoza”) del gobierno, Isabel Celaá, estuvo cerca del colapso al tratar de aplicarlo a “ustedes”.

Mucho menos se va a corregir prohibiendo libros o películas de hace décadas o siglos, como han propuesto también algunas feministas muy activas en redes, por considerar que mantienen los estereotipos “machistas” clásicos. Por diferente razón, como es el supuesto racismo, en Estados Unidos han prohibido clásicos como Las aventuras de Huckleberry Finn o Matar a un ruiseñor, y como aquí lo copiamos todo, no dudo que llegará el día en que alguien proponga prohibir El Quijote o el Don Juan Tenorio por machistas.

Una cosa es que tengamos igualdad de derechos, y otra muy distinta que seamos iguales, que yo no creo que sea el objeto del debate. Hasta este punto, un texto largo sobre lo que R. San Telmo y servidor interpretábamos que podemos hablar sin entrar demasiado en el terreno de la ideología y la politización. Educación y legislación, como dijimos en la primera parte. Pero obviamente no puedo dejar de lado la utilización partidaria de este asunto.

8M Manifiesto

El movimiento del 8-M y el manifiesto

Por desgracia todo se politiza y cualquier debate se pervierte. Todos los partidos intentan llevar a su terreno cualquier asunto, sea primordial o banal. La izquierda más allá del PSOE consiguió hábilmente movilizar a muchas mujeres hace un año y ha repetido estrategia este año. El resto de partidos ha tratado de sumarse a su manera, o al menos mostrar su sensibilidad hacia lo que el movimiento feminista supone, pero les resulta imposible adherirse al manifiesto del 8-M. Y no me extraña.

Bajo este movimiento supuestamente en favor de la igualdad entre mujeres y hombres (con el que resulta imposible no estar de acuerdo) se han colado toda una serie de reivindicaciones sobre temas que no tienen nada que ver, o que no son exclusivos de las mujeres y que darían cada uno de ellos para un post completo: la inmigración, las guerras, la vivienda, la “soberanía alimentaria” (¿?), el derecho a decidir sobre el propio cuerpo (excepto si se trata de la gestación subrogada), la educación afectivo-sexual en las escuelas “libre de estereotipos LGTBIfóbicos” (sic), ¡¡¡contra el capitalismo y las empresas transnacionales!!!,…

No nos interesaban estas polémicas.

Conclusión

El mensaje de fondo que para mí debería ser el único en esta reivindicación del 8-M es que las mujeres tienen que alcanzar la igualdad plena no solo de derechos, sino efectiva, para lo cual muchos tendrán/tendremos que cambiar algunos de nuestros esquemas mentales. Como maratoniano que soy, concluyo con una maravilla de vídeo que nos sirve de metáfora de todo lo hablado. Es la historia de Kathrine Switzer, una mujer que se saltó la norma que prohibía a las mujeres participar en el maratón de Boston. Los jueces de la carrera intentaron impedir su participación cuando se dieron cuenta de que ¡se les había colado una tía en un reducto de machos!

Ya pasó hace 50 años en el maratón de Boston, y no es tan difícil: las mujeres tienen derecho a participar en terrenos acotados hasta la fecha solo para nosotros. Desde luego que tienen esa capacidad, tendrán que desafiar algunas reglas establecidas y para lograrlo será necesario el apoyo de otros hombres y que le demos un buen empujón, como el del vídeo, para alcanzar el objetivo final.

8-M. Con M de Mujeres (I)

Resultado de imagen de 8-M día internacional mujer (Ilustración: Universidad de Córdoba)

Hace un año por estas fechas me planteé escribir sobre el movimiento feminista hoy en día, o mejor aún, sobre el papel de la mujer en la sociedad, por no poner etiquetas. Hablar sin tapujos, en todos sus aspectos, y pensé que la huelga del 8-M era una ocasión fantástica, posiblemente única. Sin embargo, creo que habría quedado mejor si quien pone la voz no es un hombre hablando con su visión masculina, sino una mujer implicada en el asunto.

Por esa razón, un año después, le he pedido a mi amiga R. San Telmo que colabore con este blog y nos aporte su visión. Me parece la compañera perfecta para esta tarea porque es una mujer de otra generación, mucho más joven que yo, abogada en ejercicio, de pluma fácil y fluida, muy implicada en el 8-M.

Cuando hablamos de mantener este diálogo, pensé inicialmente en hablar de educación y legislación. Educación, pero no entendida exclusivamente como la enseñanza reglada, sino como un concepto más general, educación como sociedad para sensibilizar sobre determinados asuntos. Y legislación, porque habrá que acometer los cambios necesarios (si es que hacen falta) para lograr una igualdad plena.

Pero vamos a dejar que el diálogo fluya, sin un guion previo. Comenzamos con la lacra de la violencia de género, y veremos dónde terminamos.

Violencia de género

LESTER.- Hemos mejorado mucho como sociedad, pero sigue habiendo entre 60 y 70 mujeres asesinadas al año. Una barbaridad, una aberración. Una lacra a la que unir el número de mujeres maltratadas que malviven su situación en silencio y/o aterrorizadas. Parece mentira, pero hasta 1963 el hombre tenía el derecho de matar a su mujer adúltera. Yo soy uno de esos tipos cercanos a la cincuentena que tuvo una educación y vivió una sociedad (la de los ochenta) en la que normalizamos ciertas conductas que hoy nos parecerían impensables. El mejor ejemplo de lo que quiero decir está en este vídeo de Millán Salcedo y su famoso sketch “Mi marido me pega”:

Hoy no solo nos parece impensable, sino que no le encontramos la puta gracia por ningún lado. Y reconozco que entonces nos partíamos de risa, o como dice el propio Millán, la gente se lo pedía por la calle, incluso muchas mujeres. Afortunadamente hemos evolucionado y tratamos de corregir estas conductas, pero parece que es insuficiente.

R.- Lo cierto es que en España, todavía no es lo mismo nacer mujer que nacer hombre. Nuestra incorporación al mundo laboral e independencia económica es reciente, sigue existiendo la obligación social de que las mujeres hagamos frente a la mayor parte de las tareas domésticas, somos las más agraviadas por la falta de medidas de conciliación, nos enfrentamos constantemente a tabús y prejuicios sociales enormemente arraigados en nuestra sociedad. Estas son algunas de las circunstancias que sitúan a las mujeres en un escenario incierto y precario, y aunque hayamos logrado un gran número de conquistas sociales, sigue existiendo una más que evidente desigualdad entre hombres y mujeres.

En este sentido, en nuestra actualidad legislativa y política, han sido aprobadas una serie de medidas de discriminación positiva encaminadas a alcanzar la igualdad real entre hombres y mujeres, esto es, acciones positivas en favor de las mujeres para corregir situaciones patentes de desigualdad de hecho respecto de los hombres. Una de esas medidas desde el punto de vista legislativo, ha sido la aprobación de la Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género.

La Ley de violencia contra la mujer actualmente en vigor, fue aprobada para proporcionar una respuesta global a la desalmada violencia que se ejerce sobre las mujeres, por el mero hecho de serlo. A lo largo de todo su articulado, la Ley se centra en recoger una serie de medidas preventivas, educativas, asistenciales y de atención posterior a las víctimas (entre otras), a fin de evitar situaciones de violencia contra las mujeres manifestada en todas sus vertientes, en el ámbito familiar, laboral y social.

Asimismo, la Ley introduce normas de naturaleza penal, las más criticadas en mi opinión por quienes se oponen a esta Ley, mediante las que se pretende incluir, dentro de los tipos agravados de lesiones, uno específico que incremente la sanción penal cuando la lesión se produzca contra quien sea o haya sido la esposa del autor, o mujer que esté o haya estado ligada a él por una análoga relación de afectividad, aun sin convivencia.

Pues bien, no cabe duda del gran avance que supone la aprobación de la Ley de Violencia de Género para comenzar a abordar esta profunda injusticia social. Sin embargo, el balance de esta Ley tras más de catorce años en vigor, nos lleva a la conclusión de que hemos conseguido muy poco.

Su carácter generalista conlleva la necesidad de ofrecerle un acompañamiento a través de políticas públicas, de presupuestos que den una respuesta inmediata a estas situaciones de vulnerabilidad, por ejemplo, ofrecer a las víctimas una vivienda pública provisional, pues aunque esta medida ya se encuentra contemplada, su aplicación no es inmediata, y ello conlleva enormes riesgos. La gran mayoría de mujeres asesinadas no ha interpuesto una denuncia previa, y esto se debe en cierta medida al miedo de las víctimas a no recibir amparo urgente.

Por otro lado, estoy de acuerdo con los tipos agravados como medida disuasoria para los maltratadores, aunque también la experiencia nos ha demostrado que no es suficiente. Hay que abordar estas conductas machistas desde la raíz, y por tanto y como todo, desde la educación. Creo firmemente que deben implantarse en nuestro sistema educativo asignaturas donde se trate esta problemática, que niños y niñas sean conscientes desde pequeños de la igualdad que debe existir entre hombres y mujeres. Asimismo, cada vez soy más consciente de la importancia de orientar a los niños y a las niñas en la gestión de sus emociones. La inteligencia emocional no puede ser exclusivamente una cuestión femenina, y qué mejor forma de entenderlo que expresándolo en las aulas.

Por tanto, mi balance sobre la Ley de Violencia de Género es en ciertos puntos positivo pero no suficiente, máxime cuando casos como el de Diana Quer o Laura Luelmo no se contabilizan como víctimas de violencia de género, pues no mantenían una relación sentimental con sus asesinos confesos. Por ello, considero que también los jueces tienen parte de responsabilidad en este asunto, y deben realizar interpretaciones jurídicas sobre esta norma, para poder calificar estos asesinatos y homicidios como violencia de género, a pesar de producirse fuera del ámbito de la pareja. La educación en igualdad de género en el ámbito jurídico resulta urgente.

LESTER.- Estarás “contenta” con la propuesta de Vox de derogar la Ley.

ROCÍO.- En cuanto al tema Vox. Independientemente de la ideología abanderada por cualquier partido político (con el que pueda estar más o menos de acuerdo), creo que el ánimo que debe movilizar a estas entidades debe consistir en ponerse manos a la obra, diagnosticar los problemas más crudos del país en el que vivimos y combatirlos, proponiendo e implementando medidas encaminadas a mejorar nuestra sociedad. Sorprende que la primera reivindicación de Vox en su llegada a la vida política, sea acabar con una Ley que justamente pretende hacer frente al símbolo más cruel de la desigualdad entre hombres y mujeres.

Sin embargo, este antifeminismo exacerbado no es nuevo. Estamos dejando atrás el patriarcado e iniciando una profunda transformación en nuestra sociedad en materia de igualdad. Las mujeres comenzamos a ocupar espacios donde antes no se nos esperaba, y existe un malestar masculino, donde algunos hombres ya no saben cuál es su papel en el mundo. 

Acabar con estos fantasmas no es solo una cuestión de mujeres. Si bien es cierto que somos las protagonistas de este movimiento, el feminismo persigue alcanzar una sociedad plenamente justa e igualitaria, y por ello los hombres deben plantearse en qué tipo de sociedad quieren vivir.

LESTER.- Estoy de acuerdo contigo en lo fundamental, no es solo una cuestión de mujeres. Por eso creo que el debate se envenena cuando en ocasiones parece que se plantea como una cuestión de mujeres contra todos los hombres, contra el “heteropatriarcado machista y retrógrado”. Es una lucha contra los hijos de puta, no contra los hombres, que tenemos que ser vuestros cómplices, amigos, defensores, lo que necesitéis de nosotros.

Por supuesto coincido contigo en que hay que trabajar mucho más en pro de la igualdad en la educación, en los colegios, en las familias y en todos los ámbitos que puedan servir para acabar con determinados estereotipos y conductas. Lo que no tengo nada claro es que la actual Ley sea el mejor modo de luchar contra la violencia de género. ¿Debemos corregir una desigualdad generando otra? La vía punitiva se ha demostrado que no es eficiente para acabar con los problemas. El fraude fiscal ha seguido existiendo por mucho que las condenas se hayan endurecido. Igual que los asesinatos de mujeres.

Se me ocurre una comparación con lo ocurrido con las leyes sobre la conducción y las muertes por accidente de tráfico. Por mucho que hayan endurecido las penas por conducción temeraria, o por conducir bajo los efectos del alcohol, lo que ha conseguido que se rebaje de modo ostensible el número de muertos no han sido las sanciones o el aumento de condenas, sino la concienciación ciudadana. Se ha hecho un trabajo estupendo durante años, más de dos décadas, y ha resultado muy efectivo especialmente entre los jóvenes, mucho más que entre los que aprendimos a conducir y a comportarnos al volante de una manera irracional.

Confío siempre en las nuevas generaciones, en que con una buena educación y formación no harán algunas de las barbaridades que hacíamos nosotros. Que no cogerán un coche alcoholizados y que asumirán una igualdad plena de la mujer en todos los ámbitos. Por eso me cabrea tanto cuando leo que el machismo está alcanzando cotas preocupantes entre los jóvenes, que ven normal controlar a su pareja, sus llamadas, su whatsapp, sus movimientos en redes sociales. Y no digamos los que salen por las noches como si no hubiera un mañana, como si en ese despelote “valiera todo”.

Por cierto, ya que mencionamos a Vox, la propuesta de modificación y derogación de la Ley de Violencia ya la presentó Ciudadanos en 2015 y tuvo que retirarla de su programa tras el debate y las reacciones enfrentadas que se encontró. Al igual que tú, creo que hay que mejorar la Ley para incluir casos como los que dices de Diana Quer o Laura Luelmo, pero pregunto, ¿solo a ellas? El Informe del CGPJ sobre las sentencias dictadas en 2016 por homicidios y asesinatos entre los miembros de la pareja indica que el 79% de las condenas han sido por la muerte de mujeres, un porcentaje muy alto y significativo, pero también ha habido un 21% de hombres asesinados por sus parejas.

Termino ya con dos ejemplos de problemas generados por la Ley:

  1. El caso de Juana Rivas: el hecho era el mismo, Juana y su pareja se insultaron mutuamente y fueron condenados en aplicación del artículo 153.2 y 3 del Código Penal, que castiga las acciones leves que no causan lesiones (un empujón o un insulto, como parece que fue el caso). Lo que ocurrió es que en el caso del italiano la falta leve pasó a ser delito al encuadrarse en la ley de violencia de género. Lo explicó María José Bultó, abogada especialista en Derecho de Familia, Penal y Menores. El mismo hecho tiene diferente consideración y eso es lo que me llena de dudas.
  2. El segundo caso parece surrealista y digno de una peli de Almodóvar. Es el caso de un bombero que se cambió de sexo durante un proceso judicial de maltrato psicológico sobre su pareja. Al tratarse de una violencia ejercida por una mujer contra otra, el caso no está contemplado en el Código Penal, ni se le puede aplicar la agravante de violencia de género. El mismo hecho.

Para concluir, claro que la cifra es asimétrica, y hay que proteger más a las mujeres al estar más expuestas, pero perdona mi insistencia, ¿hay que agravar las condenas por un mismo hecho? Supongamos que la Ley fuera así para discriminar entre negros y blancos, o entre católicos y musulmanes, nos parecería una salvajada. Por eso en mi modesta opinión insisto en que no es tanto un problema de aumento de condenas, sino que hay que trabajar la base, invertir en programas de sensibilización y concienciación, trabajar en las escuelas, mejorar el apoyo inmediato a las (y los) denunciantes de violencia o maltrato. Darles una solución mucho más rápida y ágil cuando hay evidencias de maltrato.

R.- Veo entonces que lo que no termina de convencerte de este debate es la circunstancia agravante de género.  

Antes comentaba la modificación realizada por la Ley de Violencia de Género dentro de los tipos agravados de lesiones. Ahora me centraré en la agravante de género en otras formas delictivas, como el delito contra la vida, que en su día no fue objeto de modificación.

El artículo 22 del Código Penal enumera las circunstancias que agravan la responsabilidad criminal, y en su apartado 4º establece: “Cometer el delito por motivos racistas, antisemitas u otra clase de discriminación referente a la ideología, religión o creencias de la víctima, la etnia, raza o nación a la que pertenezca, su sexo, orientación o identidad sexual, razones de género, la enfermedad que padezca o su discapacidad.

Comprobamos cómo este artículo también recoge como circunstancia agravante que la comisión del delito haya sido por motivos de raza, etnia, ideología, religión. Sin embargo, estas cuestiones no son objeto de debate público, y sí lo es la cuestión de género. Que esto nos haga reflexionar.

Por otro lado, conviene destacar que esta circunstancia agravante por razones de género fue introducida por la LO 1/2015, de 30 de marzo, por la que se modifica el Código Penal, sustituyendo la redacción original “(…) por razones de sexo” por la actual “(…) por razones de género”.

En este sentido, el legislador, con un ánimo ejemplarizante, recoge las agravantes del artículo 22.4 del CP por el mayor reproche social y penal que implica la comisión de un delito por motivos discriminatorios y ejerciendo un abuso de superioridad, y en el caso de la agravante por razón de género, por el mayor reproche que merece la violencia contra la mujer por el mero hecho de serlo. El Tribunal Supremo acaba de reconocer por primera vez la agravante por razón de género.

Por tanto creo que si vamos a comparar violencia de género con otras cuestiones, que sea con aquellas amparadas por el mayor reproche social que merecen.

Asimismo, frente a estos delitos siempre es preciso que se acredite la intención de cometer el delito contra la mujer por el mero hecho de serlo, y ejerciendo, como decimos, un acto de superioridad. Es decir, la pena siempre la va a determinar un Juez, y será necesario emitir un juicio en el que valore y pondere estas circunstancias, pues la aplicación de la circunstancia agravante no es automática.

Y todo esto no lo digo yo, lo recogen numerosas Sentencias de nuestros Tribunales, donde la tónica habitual es aplicar estas agravantes solamente en los casos de violencia de género, aunque también encontramos doctrina que confronta al respecto.

La aplicación de todas y cada una de las leyes puede generar, en algún punto, una situación de injusticia, que por supuesto condeno firmemente, pero cada caso es único y particular, sujeto a juicios y a interpretaciones de la Ley. Por tanto creo que no debemos perder el norte y no desvirtuar todos los esfuerzos dirigidos a que esta lacra desaparezca.

LESTER.- ¡No puedo protestar, señoría! Estamos de acuerdo en lo fundamental y sobre todo en lo que indicas al final, que cualquier esfuerzo es válido si contribuye a acabar con esta lacra. Habrá que trabajar más y mejor contra la violencia de género desde las instituciones, dotar de los recursos necesarios para hacerlo y que se gestionen bien, con profesionales de la materia, con apoyo inmediato a las víctimas.

8-M

(Ilustración de Margalida Vinyes Domínguez)

Pero quizás estamos centrando demasiado el debate en la violencia de género, y las razones que hay detrás del movimiento del 8-M van mucho más allá. Es un movimiento que se vertebra en todos los ámbitos, en busca de una sociedad en la que haya una igualdad plena. Cambiar las leyes necesarias fue un primer paso. El derecho de voto en 1933, la atrocidad comentada sobre el asesinato de la mujer adúltera en el 63, el derecho a la patria potestad sobre sus hijos en el 81… Hasta 1973 las mujeres no podían abrir una cuenta corriente o una empresa sin el permiso de su padre o de su marido. Es acojonante, ¡yo ya había nacido entonces y me parece la prehistoria! Corrígeme si me equivoco, pero no creo que queden leyes con privilegios para los hombres frente a las mujeres, salvo, quizás, la que regula los derechos de sucesión a la Corona.

Entonces, y es a donde pretendo llegar, si las leyes ya regulan esa igualdad de derecho en el plano legal, si no se consigue la igualdad real es por determinados patrones sociales, costumbres arraigadas desde hace décadas. En este sentido, como en tantos otros, creo que las nuevas generaciones corregirán poco a poco esas desigualdades, y a lo mejor lo que tenemos que promover es que se acelere esa reducción de la desigualdad.

(Continuará)

La biodiversidad animal en el gimnasio, por Lester

GYM3Menos mal que se acabó enero. Y digo “menos mal” porque enero es el mes en el que el gimnasio está a reventar de gente, producto sin duda de todos esos propósitos de principios de año que antes de que empiece febrero ya se han enterrado en el baúl de los recuerdos. El que suscribe es usuario habitual, constante y sobre todo silencioso de gimnasios de todo tipo desde hace unos catorce años, desde los cutres en los que se rompen los aparatos mientras haces ejercicios o tienen colchonetas con más lamparones que el vestido de Mónica Lewinsky hasta los megapijos en los que todo huele a colonia y perfumes de lavanda, luego me siento tan capacitado para hablar de sus especímenes como lo estaba Féliz Rodríguez de la Fuente para disertar sobre la fauna ibérica. Que en el fondo es un poco lo que hay en ese pequeño ecosistema que es el gym, un espacio en el que cambian sus criaturas según sean rapaces diurnas, hervíboros de mediodía o depredadores nocturnos.

Yo pertenezco al grupo de los madrugadores, esos tarados que se caen de la cama y entran en el gimnasio poco después de las siete de la mañana, y por sorprendente que pueda parecer dado lo intempestivo del horario, durante todo el mes de enero he tenido problemas para encontrar una cinta libre pese a haber doce disponibles. Bueno, miento, hay diez, porque una lleva estropeada… no sé,… poco tiempo,… como unos dieciocho meses, y otra con el cartel de “NO FUNCIONA” que va rotando de cinta en cinta, yo creo que por joder.

GYM 1

Luego están las preferencias: los corredores, como animales de costumbres que somos, tenemos nuestra cinta habitual, nuestro hueco predilecto en el que soltar las piernas por las mañanas. En mi caso no es una cinta concreta, sino siempre la más alejada de Nubetóxica. Nubetóxica es una señora de poco más de cincuenta tacos con evidentes problemas de sobrepeso que lleva una camiseta por trimestre. De verdad, es totalmente verídico. No se la cambia nunca la muy cerda, salvo con el cambio de estación. Ahora está en fase roja Cullera 1991, igual que en otoño fue azul Caja Rural de Ahorros o blanca en verano (de Supermercados Condis), lo que provoca un hedor vomitivo a su alrededor que de verdad que no sé cómo la gente aguanta. Yo veo a Nubetóxica en segunda fila a la derecha y me voy a la izquierda de la primera fila. La veo en primera fila en el medio, y me voy a la trasera a uno de los extremos. Si solo queda una cinta libre a su lado,… ese día hago spinning o me voy a correr a la calle aunque estemos bajo cero. La primera vez que se puso a mi lado, la onda expansiva del olor estuvo a punto de hacerme caer del aparato. Otro día se dejó la toalla con la que se limpia el sudor y se activó el protocolo antirradiactivo. Es insoportable.

Luego te llegan los típicos colegas en la oficina, eh, guarrete, seguro que te pones en la segunda fila del gimnasio para verle el culo a las pericas de la primera, ¿eh?, todo ello mientras te dan con el codo y se sonríen de oreja a oreja. No, chavalín, los mejores culos del gimnasio nunca están a las siete de la mañana. Son mucho mejores los del mediodía, pero sobre todo los de la noche, si bien en algunos casos son cuerpos tan artificiales y siliconados que echan para atrás, unos senos turgentes con menos movimiento que yo en una pista de baile. En ocasiones se trata de culos de chonis que van maquilladas al gimnasio como si salieran de una peli de vampiros. O como si fueran la propia vampiresa anhelando ser cazada por los Van Helsing que las acechan. Estoy seguro de que, para ponerse esas mallas apretadas que lucen, utilizan un aparato de envasado al vacío, un extractor del aire que queda entre sus cachas y la lycra, de tal modo que si se les escapa un pedo (y doy fe de que se les escapan, es lo que tiene la alimentación vegana) se puede ver el paso de la burbuja de aire desde sus rectos hasta el tobillo.

Estas superheroínas Marvel tienen su grupo de admiradores, un par de chavales que se miran entre ellos, sueltan las mancuernas, se dan codazos de complicidad y se sonríen mientras con el mentón las señalan y profieren un gruñido gutural extraído del fondo de la garganta del primate que nunca dejaron de ser. El gruñido febril del macho hispano pasa a bramido propio de la berrea de los cérvidos cuando la chica Marvel está trabajando en aparatos que requieren que su cuerpo quede extendido boca abajo con el culo en pompa. O cuando se emplean con fuerza trabajando los abductores y abriendo las piernas todo lo que sus caderas admiten sin llegar al descoyuntamiento.

GYM2

Estos chavales que están más pendientes de las féminas que de ejercitar su musculatura (y posiblemente hagan bien) no aguantan mucho en el gimnasio, suelen ser de los que pagan la cuota solo en enero y septiembre. Por el contrario, los tíos que están todo el año machacando su físico cumplen en muchos casos la máxima que leí hace poco:

GYM

Les ves haciendo pesas frente al espejo y contemplando henchidos de orgullo cómo todos los músculos de sus brazos se ponen en tensión. Brazos tatuados con dragones, letras chinas, crucifijos, rosarios, vírgenes o tíos barbudos. O a veces todo junto. Pero sobre todo se les distingue por el ruido que hacen: gimen cada vez que alzan la mancuerna como si un toro bravo les embistiera por detrás, y que cada uno interprete esta frase como quiera. Gimen y gritan para que todo el resto del gimnasio seamos conscientes del esfuerzo tan inhumano que están realizando. Claro que luego les ves coger la toalla con el mismo esfuerzo y gemidos, como si pesara ciento veinte kilos, uuuaaarghh, y se desmitifican ellos solos, aparte de que se secan el sudor compungidos como si se estuvieran pasando una lija en lugar de una toalla.

A las siete de la mañana la edad media de los moradores del gimnasio es elevada, supongo que gente que no puede dormir por su mala conciencia, como las dos brujas charlatanas que me sacan de mi ensimismamiento mañanero. Son dos cotorras de avanzada edad que acuden al gimnasio a andar en la cinta y a hablar a gritos como si estuvieran en la carnicería. Joder, con lo cerca que está el Retiro, con lo agradable que debe ser un paseo con el rocío del amanecer… pues no, les mola ponerse cerca de mí cuando estoy concentrado haciendo series. Se saben la vida de todo el vecindario y de sus familias hasta el decimoquinto grado de parentesco y lo que desconocen se lo inventan. Se las entiende todo pese a la música ambiente del gimnasio, que no se emite a pocos decibelios precisamente. Son terribles. Así que cada vez que esto ocurre me veo obligado a subir el volumen de mi aparato para no oírlas, pero me avisa el móvil de que escuchar con el volumen elevado durante un tiempo prolongado puede ser perjudicial para mis oídos. ¡Joder, lo sé, pero escuchar a las cotorras puede ser demoledor para mi cerebro! Así que he elegido ser sordo antes que acabar imbécil.

Hubo un día en que me puse estratégicamente en una cinta de las que suelen utilizar las brujas. No había más libres en todo el gimnasio, salvo las de mis lados. “Jejejejeje”, pensé, iluso de mí, “hoy no os toca piar sobre el bombo de la hija de Pepita, ni sobre el vividor de Ramón, ni sobre el niño de la Paqui”. Pues me equivoqué, se pusieron a rajar a mi derecha y a mi izquierda, ¡en estéreo!, levantaban la cabeza y hablaban como por encima de mí, como si las muy lerdas pensaran que sus palabras iban a dibujar una parábola perfecta sobre mi cabeza para llegar grácilmente a oídos de su compañera. Joder, fue horrible, estuve por poner una denuncia al Tribunal de La Haya. Además hablaban con ese tono de abuelita cascarrabias que cree que no las escuchas, pero en el fondo desean que lo hagas:

– ¡Huy, Mari, cómo suda este chico!

– Le va a dar algo, Puri.

– A mí me ha salpicado una gota, es que no es normal, le voy a decir algo.

“¡¡Jodeeeer!! Lo que no es normal es el olor a laca que despedís, coño, y que vengáis aquí a andar con lo maravilloso que es un paseo por el parque. Y sí, ¡sudo, sudo muchísimo! Sudo como un pollo al horno, como un finlandés en una sauna o como Pedro Duque en rueda de prensa, porque aquí venimos a hacer ejercicio, a correr, a machacarnos y dejarnos las preocupaciones, no para poner a caldo a todo lo que se menea en vuestro entorno, ¡que un día os vais a morder la lengua y a envenenaros!” Ese día solté los brazos de modo exagerado, para que el sudor salpicara con más fuerza, a mayor distancia, para que les llegara hasta el careto, “huy, Mari, que me ha saltado hasta el ojo, pero este chico…” Una sonrisa se dibujó en mi rostro, ja, ja, ja, ja, ¿se nota lo relajado que salgo del gimnasio?

Al acabar mis ejercicios me pego una buena ducha, momento que me sirve para comprobar que quizás sea el único de todo el vestuario que no lleva tatuajes por el cuerpo. De hecho creo que en los gimnasios de tipo medio hay mayor número de tatuajes  por centímetro cuadrado de piel que en el módulo de reincidentes de una cárcel. De una cárcel común, no de una repleta de ciudadanos “ilustres” como la de Soto del Real.

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En el vestuario comienza también el intercambio de pastillas y recomendaciones sobre las mejores para el engorde de la musculatura. Es acojonante, les ves meterse unos pildorazos de esos que más que pastillas son canicas de claras de huevo reconcentradas. Y batidos de proteínas, y arroz con pollo con unos polvos que no sé de qué son, pero huelen a rayos. He visto a tipos que cambiaban completamente de físico en apenas seis meses. Se hinchan el tronco superior, los pectorales, espaldas, bíceps, cuello, pero por el contrario se quedan con unas piernitas de etíope. “El tipo croiassant sobre alambres”, como definió una amiga mía.

Tras la ducha me visto, me pongo la corbata y me dispongo a iniciar una nueva jornada de trabajo. Salgo del gimnasio, me despido de Hormigatómica, una chica de metro cuarenta súper cachas con unos bíceps que para mí quisiera, de Kirdúglas, el ancianete escuálido sin un gramo de grasa, y de Ligón Podemita, el tipo simpático de la coleta que no viene a hacer deporte, sino a flirtear con la monitora o con alguna joven desprevenida. Sonrío. He liberado endorfinas, he dejado mis preocupaciones atrás empapadas en sudor y he tratado de abstraerme durante una hora escuchando podcasts frikis o las noticias, ¿puede haber algo mejor para comenzar el día?

Creo sinceramente que el CIS no necesita hacer 2.500 llamadas aleatorias para sus encuestas de intención de voto. La biodiversidad humana del gimnasio es una muestra mucho más rica y diversa, bastante más fiel y representativa, de la sociedad. Y total, ¡los resultados iban a ser igual de fiables que los del CIS de Tezanos!