Cuánto amor en esas cintas

LESTER, 21/02/2021

Grabar una cinta, una cassette de las antiguas, no era una tarea sencilla de las que se podían hacer sin más, sin pensarlo mucho o en un rato suelto. Nada que ver con descargar una serie de canciones durante unas horas en e-Mule, no digamos ya con crear una lista en Spotify. Las fuentes que utilizabas para grabar podían ser un disco de vinilo, otra cinta, si tenías uno de esos equipazos de doble pletina tan de peli del Bronx, o directamente de la radio. Si alguna vez grababas de la radio, te pasabas toda la canción cruzando los dedos para que al locutor no le diera por ponerse a hablar hacia el final de la canción o porque no sonaran las señales horarias en mitad del temazo. Durante años escuché el Wrapped around your finger de The Police con las señales horarias a mitad de la canción y tengo asociada la letra a los pitidos en un momento concreto. De hecho, aun hoy sigo escuchándolos mentalmente cada vez que la ponen en la radio.

Tendré todavía cerca de doscientas cintas en casa, guardadas en cajones de esos que son como los baúles de los recuerdos que todos nos pusimos a ordenar o revisar durante el confinamiento de marzo y abril del año pasado. Mi mujer me sugirió que las tirara, “total, ya no las escuchas”, pero me resistí y logré salirme con la mía. “Si ni siquiera tienes aparato para escucharlas”. ¿Cómo que no? Tengo dos: uno en casa y otro en la oficina, junto al Delorean de Regreso al futuro.

A medida que los soportes digitales se fueron imponiendo, me compré los dos aparatos, sin la esperanza de poner las cintas muchas veces, pero con la seguridad que da saber que el día que quiera rememorar una de esas espectaculares recopilaciones, podré hacerlo. Con sus pitidos horarios, con su corte en mitad de una canción al pasar de la cara A a la B, con un sonido menos limpio que el CD e incluso con el miedo de que alguna cinta se enganche y se estropee para siempre, como me pasó hace un par de años con un fantástico recopilatorio de música de los sesenta, pero podré escucharlas.

En mi memoria, en mis recuerdos, tengo muchas de esas cintas asociadas a los viajes, tanto en coche como en autobús. Cada vez que iba a hacer un viaje largo en coche seleccionaba mis “compañeras” de viaje, las cintas que amenizarían el recorrido en mi Peugeot 205 o en el Citroen BX que tuve después. Ponía la guantera a reventar de cintas y si para eso había que mandar los papeles del coche o el manual al maletero, lo hacía. En cuanto a los viajes en autobús, tenía que hacer una “selección de la selección”, puesto que no podía llevarme una docena en la mochila. Me acompañaba siempre el mítico walkman con unos auriculares cutres o con los que te daban en el propio autobús, y cuatro pilas de reserva por si me quedaba sin música a mitad de trayecto. Sé que los nostálgicos de mi quinta dirán ahora: “ah, y rebobinábamos las cintas con un boli Bic”. Bueno, reconozco que yo lo hice muy pocas veces. Si quería volver al inicio de la cara A de nuevo, no tenía ningún problema en escuchar primero la cara B, que para eso había hecho una selección espectacular de canciones.

Durante el “ordenamiento” de cajones y recuerdos que hicimos en casa durante la pandemia, tiramos muchas cosas: suplementos dominicales de esos que había guardado durante años por algún artículo, revistas de cine, algunos fascículos coleccionables, papeles de todo tipo como declaraciones de la renta de los noventa (ya no vendrás a por mí, ¿no, Hacienda?), informes de anteriores trabajos o chorradas varias de las que te imprimías o mandaban por fax cuando no teníamos un guasap que te peta de memes a diario. Salvé dos grandes grupos de “recuerdos”: las cartas y las cintas. En el fondo, tienen mucho en común. Igual que cuando escribías una carta a tu chica ponías todo el sentimiento en ella, y la pensabas y repensabas veinte veces, grabar una cinta que le ibas a regalar era muy similar. Nick Hornby expresó ese sentimiento a la perfección en la novela Alta Fidelidad, una gozada para los amantes de la música, un libro muy divertido sobre Rob, un tipo que regenta una tienda de discos en Camden Town y se pasa el día hablando de música o pelis con los tarados de sus compañeros de trabajo. Cada vez que a Rob le gusta una chica, le viene una recopilación de canciones a la mente porque en su pensamiento, si una chica te gusta de verdad, lo primero es grabarle una cinta:

“Me pasé una pila de horas grabando aquella cinta. Para mí, grabarle una cinta que le voy a regalar a alguien es como escribirle una carta: hay mucho que borrar, pensar a fondo, a veces empezar de nuevo, y quería que aquella cinta fuese buenísima, porque… con sinceridad, no había conocido a ninguna mujer tan prometedora como Laura desde que empezara a pinchar discos. Una buena cinta de recopilación, igual que una ruptura, es algo dificilísimo de hacer bien. Tienes que empezar con un tema arrasador; tienes que mantener el ánimo del oyente (empecé con Got to get you off my mind, pero me di cuenta de que a lo mejor no pasaba del primer tema de la primera cara, ya que así le iba a dar lo que ella quería sin más preámbulos, y por eso decidí esconder en la mitad de la segunda cara); tienes que subir un puntín, o enfriar un poco el ánimo, y tampoco puedes mezclar música blanca con música negra, ni colocar dos temas del mismo artista en una cara, a menos que lo hagas todo por parejas de canciones, y además… Bueno, hay miles de reglas que cumplir. En cualquier caso, esa cinta me la estuve trabajando a fondo, y aún debo de tener por ahí dos cintas de prueba, dos prototipos que al final, repasándolos, no terminaron de convencerme”.

Lo cierto es que si repaso algunas de mis cintas de aquella época compruebo que no cumplían varias de las reglas de Hornby, porque creo que, como en lo de escribir cartas, cada uno tiene sus propias reglas. En algunas de estas cintas que preparaba para viajes largos, me limitaba a veces a mezclar bandas sonoras de películas o recopilaciones sesenteras, mucho Dire Straits, Bob Dylan, los Beatles o Van Morrison (Brown-eyed girl, mi chica). O casi todos los años esperaba el especial de Carlos Pumares sobre las mejores canciones del siglo XX y me lo grababa casi entero, porque el bueno de Don Carlos sabía que éramos muchos los que lo hacíamos y ponía las canciones enteras, sin cortes, del primer minuto al último. También recuerdo que me grabé algunas cintas “horteras”, como directamente escribía en el canto de las mismas, “Horteradas varias”, porque a veces nada es mejor para un viaje en compañía que ponerte a algún cantante meloso italiano, el Solo Amor de Cadillac, o varios temas de Los Panchos, de esos que no te gustan, pero te sabes de pe a pa.

En esos cajones tengo también varias cintas que me grabó mi chica de entonces, mi mujer desde tiempos inmemoriales, y reconozco que quemaba esas cintas de tanto escucharlas cuando me iba de veraneo con la familia y pasaba semanas sin verla, ¡había mucho amor en esas cintas! En la selección, el orden, escribir las letras a mano en la caja o currarse una portada chula, nada que ver con tostar un CD, copiar un giga de música en un pendrive o lo más impersonal: compartir una cinta en Spotify. Es algo que no solo pensamos Hornby y yo, sino que estoy seguro de que millones de sentimentales apegados a la buena música lo sentimos. Como Quentin Tarantino. En la que para mí es su peor película, Death Proof, las chicas del Mustang amarillo entablan una de esas conversaciones tan tarantinianas sobre cine, música y la vida en general, y Abernathy (Rosario Dawson) dice que su chico le hizo un regalo especial, le grabó una cinta:

  • ¿Que te grabó una cinta? Espera, espera, ¿no te copió un CD? ¿Te grabó una cinta? ¡Qué romántico!

¡Exacto, Quentin! Así es. Todo esto sobre Hornby, el sentimiento que hay detrás de cada grabación, la importancia de la música, el hecho de formar parte de nuestras vidas, la promesa de volver a escucharlas, bla, bla, bla… sirvió para convencer a mi mujer de que no me hiciera tirar todas esas cintas. Logré no tirar ni siquiera esas otras cintas infames que compraba de vez en cuando en gasolineras sobre todo cuando viajaba en coche con algunos amigos y queríamos algo “alternativo” para unas risas: María del Monte, Bakaladisco, Verano Mix y esas cosas. Puro hardcore.

La única regla para esas ocasiones era no comprar la cinta del músico del pueblo, un clásico de todas las gasolineras de este país, junto a Camela, Los Chunguitos o José Ángel. Pero reconozco que me sé entera ¡”a la sombra de los pinos”!

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Nuestro Nobel de Economía

LESTER, 30/01/2021

Tras el post del amiguete Josean sobre las Finanzas Sostenibles y la responsabilidad social la semana pasada, me he acordado de algunos estudios y artículos que leí en su momento sobre la influencia o la interacción entre la economía y algunos de los grandes problemas del mundo, como el cambio climático o la desigualdad. Algunos muy ambiciosos, como el Green New Deal Global del economista y sociólogo Jeremy Rifkin, que habla de una economía totalmente descarbonizada, apoyada en energías renovables y unas infraestructuras verdes, y con un nivel de digitalización global que llevará a importantes cambios en la sociedad. “Ambicioso” porque, aunque se están dando muchos pasos, parece que no se ha avanzado mucho desde que publicó La Tercera Revolución Industrial (The Third Industrial Revolution: How Lateral Power Is Transforming Energy, the Economy, and the World) allá por 2011, hace ya diez años.

El premio Nobel de Economía en 2018 fue a parar a los estadounidenses William D. Nordhaus y a Paul Romer por sus aportaciones en el campo de la innovación, el cambio climático y el crecimiento económico. Nordhaus, profesor de la universidad de Yale, fue el primer economista en crear un modelo cuantitativo que describía la interacción entre la economía y el clima. Transcribo a mi amigo El economista salvaje:

A mediados de los noventa, se convirtió en la primera persona en crear un modelo sobre el cambio climático que incluía la población, cómo se concentra el dióxido de carbono, cómo afecta a la temperatura global, los efectos de respuestas con distintas políticas como el impuesto al carbono y la evolución del daño causado y sus consecuencias negativas para la economía”.

Cada vez que he metido un poco las narices en el cálculo de la huella de carbono o en el mercado de compraventa de derechos de emisión me ha parecido un gazpacho de una enorme complejidad, seguramente intencionada, así que me quedo con algo más cercano, como son los estudios que desarrollaron sus sucesores en el premio de la Academia sueca. En 2019, el Premio Nobel de Economía fue a parar a los economistas Abhijit Banerjee, nacido en Bombay en 1961, Esther Duflo, natural de París, de 1972 y el estadounidense Michael Kremer, de 1964, por sus estudios en busca de una “aproximación experimental al alivio de la pobreza global”. Como indica la nota de la Academia Sueca en la que explica los motivos de su decisión:

“A pesar de la mejora en los estándares de vida, más de 700 millones de personas subsisten con unos ingresos extremadamente bajos. Cada año, unos cinco millones de niños menores de cinco años fallecen por enfermedades que podrían a menudo ser prevenidas o curadas con tratamientos que no son caros. La mitad de los niños del mundo todavía abandona la escuela con unas capacidades básicas de lectura y aritmética”.

Los estudios de estos tres economistas se centraron a lo largo de los años en los efectos de incidir en algún problema concreto, pequeño, en lugar de hacerlo sobre los grandes programas de ayuda para países desfavorecidos. Es lo que se denomina “economía del desarrollo”. Como dijo la propia Esther Duflo en su discurso al recibir el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales en 2015:

“Nuestro objetivo es asegurarnos de que la lucha contra la pobreza está basada en la evidencia científica”.

En términos económicos, sus análisis se centraron en la microeconomía en lugar de estudiar el impacto macroeconómico de las grandes políticas de desarrollo, millonarias ayudas internacionales que lograban muy poco, y comprobaron empíricamente cómo la solución de los pequeños problemas lograba efectos mayores a gran escala. Me vuelve de nuevo a la mente la frase de Eduardo Galeano:

Vuelvo a acudir al blog de mi amigo savage para mencionar algunos de los estudios de este trío de economistas:

Educación: los estudios desarrollados en unas escuelas de Kenia con rendimientos escolares muy pobres sirvieron para demostrar la ineficacia de las medidas que incidían en la pobreza de las familias y de los colegios como principal causa del problema. Dar libros y comida gratis a los alumnos no mejoró en nada el rendimiento. La base del problema estaba en los bajos salarios de los profesores, que se traducían en poca motivación. Al destinar el dinero a incentivar a los profesores, a ofrecer programas a los estudiantes y a ofrecer una atención más personalizada a los alumnos con mayores necesidades, los índices de rendimiento se dispararon. Sus propuestas se han implantado en más de 100.000 escuelas en la India, beneficiando a unos cinco millones de estudiantes.

Sanidad: sus estudios se centraron en analizar las causas de la baja eficacia de los centros de vacunación fija, y detectaron que se debía a que la mayoría de las familias no se desplazaba para vacunar a sus hijos. Además, estos centros fijos eran más caros que los centros de vacunación móviles, así que los economistas plantearon realizar campañas de vacunación directamente en las aldeas, desplazando los equipos y poniendo las vacunas prácticamente en la puerta de las casas de las familias. Con esta medida, la tasa de vacunación se incrementó del 6% al 31%.

Innovación tecnológica: los habitantes de países en desarrollo suelen ser reacios a aplicar nuevas técnicas y sus estudios se centraron de modo especial en la agricultura de países pobres. Comprobaron que los agricultores rechazaban o retrasaban la inversión en fertilizantes, pero más por coste que por desconocimiento, porque no tenían problemas para usarlos cuando se les suministraba directamente en sus aldeas. Los resultados mejoraron de modo espectacular.

Agua limpia: estos tres economistas certificaron a través de diversos modelos que hay pocas inversiones más rentables para los países en desarrollo que la ampliación del acceso a agua potable entre sus habitantes. Que era preferible saltarse la burocracia de muchos países e ir directamente buscando casa por casa a los posibles beneficiarios del suministro de agua limpia y segura, sin necesidad de esperar a programas gubernamentales.

 “Sí, queremos el crecimiento económico y es lo más importante a largo plazo, no hay duda. Pero, mientras tanto, la gente se muere porque no tiene acceso a agua limpia”. 

Las grandes inversiones en infraestructuras para llevar el agua potable a todos los ciudadanos de un país en vías de desarrollo no llegan o avanzan con lentitud, luego la distribución de filtros potabilizadores es capaz de lograr un efecto inmediato de mejora en la calidad de vida de las familias que lo reciben (The Water Van Project). Es evidente que no puede ser una solución definitiva, pero sí una enorme ayuda inmediata para grandes núcleos de población alejados de los centros urbanos. Como saben los asiduos a este blog, en verano de 2019 estuvimos colaborando con Ayuda en Acción y el FEPP en la distribución de filtros en comunidades del valle de Chota Mira (Ecuador). Las depuradoras de agua que vimos en algunas de las comunidades de Ecuador no funcionaban o no evitaban que el agua se contaminara, algo parecido a lo que demostraron los estudios de Michael Kremer en Kenia, así que la solución local, familiar, micro, resultó ser mucho más efectiva.

Por eso, cuando en octubre de ese mismo año concedieron el Nobel de Economía a Banerjee, Duflo y Kremer, sentimos que todos nosotros habíamos ganado también, sin saberlo, un pedazo del (y de) premio.

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De ofendiditos y pollaviejas

LESTER, 17/01/2021

Reconozco que ya no puedo más con tanta tontería. Sí, tontería, necedad o soplapollez. Hace un par de semanas, al inaugurar la primera sesión del Congreso de Estados Unidos, el demócrata Emanuel Cleaver (que no “clever”), encargado de rezar la tradicional oración de apertura, finalizó del siguiente modo:

Amén. O “A-men and a-women”. De verdad que se nos está yendo de las manos. Había escuchado muchas maneras forzadas de hablar y deteriorar el lenguaje, pero aplicar el lenguaje inclusivo a una palabra hebrea ha traspasado la línea del gilipollismo extremo. El problema de fondo es que hay algo más serio detrás de este postureo y es que el partido demócrata quiere hacer una apuesta seria por el lenguaje inclusivo, cambiando palabras como padre, madre, hijo o hija, y sustituirlas por otras de género neutro, no sé muy bien por qué. Todo ello viene recogido en un dictamen (o “dictawomen”) de 45 páginas en el que recogen estas recomendaciones que, no me cabe la menor duda, millones de personas comenzarán a seguir en breve. Aquellos polvos trajeron estos lodos, aquellos a-women trajeron estos “jóvenas”, “miembras” y “portavozas”.

Recuerdo hace ya más de tres décadas cuando comenzaron a llegar las oleadas del modo de hablar “políticamente correcto” de los americanos. El lenguaje inclusivo no es lo mismo que el modo de hablar políticamente correcto, pero pertenece a la misma línea de imposición de un lenguaje impostado con la excusa de no ofender a nadie. No puedes decir negro, ni gordo, ni mendigo, ni inmigrante ilegal. Utiliza mejor las palabras afroamericano, robusto o grueso, sin techo, migrante o indocumentado. Con inválido ha habido varias fases en la evolución: minusválido, deficiente físico, discapacitado o persona con disfunción motora.

Me llama la atención de manera especial la manera de forzar el habla para no usar la palabra “black” ante un movimiento cuyo máximo exponente actual se hace llamar Black Lives Matter, pero es cosa mía, de un hombre blanco hetero y por tanto, mi opinión seguramente no sea válida. En este artículo de 2007 titulado no sin razón Dime qué decir, Javier Marías ya advertía del peligro de ceder ante “esta ola de hipersensibilidad” y convertir la realidad en “un jardín de eufemismos”:

“La pretensión de que todo el mundo hable de una misma manera es incluso una actitud suicida, porque el lenguaje es una vía de información y de datos sobre la otra persona. La tendencia de dulcificar es tramposa, porque siempre habrá una palabra que cambiar”.

Sobre todo esto último: siempre habrá una palabra que cambiar. Los dictadores de lo políticamente correcto y el lenguaje inclusivo son incansables, tienen una antena para buscar un problema donde no lo había y montar un pequeño revuelo para alterar lo ya dicho. El jugador uruguayo del Manchester United Edinson Cavani ha sido sancionado con tres partidos de suspensión y 112.000 euros de multa por el gravísimo delito de finalizar una conversación con un amigo en redes sociales con un “gracias, negrito”. Un amigo despidiendo a otro, con la confianza de una amistad de hace años, sin insultos de por medio, sino con un cariño seguramente mutuo. Como decía al principio, se nos está yendo de las manos.

La semana pasada estuve viendo una versión nueva del clásico de Agatha Christie Diez negritos. Pues bien, la versión es tan moderna que se titulaba Diez soldaditos y por supuesto el poema de los Diez negritos había sido sustituido por los Diez soldaditos, no vaya a ser que se ofenda alguien por una obra escrita en 1939. Es cierto que el original contenía el término despectivo “nigger”, pero ya se han encargado sus descendientes de enmendarle la plana a la autora. El bisnieto de la escritora anunció el verano pasado que la obra pasaría a titularse Eran diez.

Seguro que con este cambio ya ha logrado acabar con el racismo. Como esos colegios estadounidenses que han prohibido La cabaña del tío Tom y Matar a un ruiseñor, o las plataformas que han eliminado Lo que el viento se llevó de su catálogo. Y seguro que el a-women ha enterrado de manera definitiva el machismo del Congreso. La corriente censora avanza implacable. Recientemente se ha planteado el debate sobre si Grease y Pretty Woman se deberían prohibir por sexistas. La primera provocó una controversia en el Reino Unido, mientras que la segunda fue cuestionada por Beatriz Gimeno, directora del Instituto de la Mujer del gobierno de España. Si abrimos la veda no van a quedar ni las películas Disney. Y además, ¿la solución es la censura?

Según Carlos Rodríguez Braun, autor del Diccionario políticamente incorrecto (2004), “es un reflejo de la hipocresía de vivir en un mundo más libre” en el que paradójicamente vivimos menos libres a la hora de expresar nuestras ideas: “El poder político ha llegado a controlar cómo hablamos”. Elvira Lindo afirma que esta tendencia que comenzó en Estados Unidos desvirtuó totalmente su objetivo y “los colectivos que luchaban por sus derechos se convirtieron en grupos de presión que fiscalizaban el lenguaje y el pensamiento. En España, si bien es deseable cierta corrección porque nuestras maneras pueden ser groseras, sería un desastre para el ejercicio de la libertad de expresión que eso cundiera. No conduce a nada, no mejora la vida de quienes se pretende defender”. Esas maneras groseras son muy limitadas, así a botepronto se me ocurren los términos “judiada”, “perro judío”, “gitanada” o frases como “no me seas gitano”. Hace cinco años el pueblo burgalés de Castrillo de Matajudíos votó mayoritariamente por cambiar su nombre por el de Castrillo Mota de Judíos. Bueno, ellos sabrán. La mayoría vio antisemitismo donde no lo había y decidió cambiar un nombre de más de diez siglos de historia que hacía referencia a una arboleda, una mata, poblada por judíos en el siglo X. Pero el dinero negro no tiene connotaciones racistas, ni hacer una lista negra o un libro blanco, aunque habrá quien así lo considere. Aunque pueda parecer coña, en Estados Unidos ya están desde hace tiempo en esos niveles de modificación del lenguaje, como con la palabra “blackmail”, chantaje.

Sinceramente creo que el problema no está en los que utilizan determinado lenguaje, sino en los “ofendiditos” que en todo encuentran una agresión. Y que son muy plastas y ruidosos. El presentador de la televisión británica en la que se emitió Grease, Piers Morgan, zanjó el debate de una manera que no gustó a muchos espectadores, pero con la que coincido: “Lo que deberíamos censurar es a esos malditos idiotas que quieren censurarla”. Arturo Pérez-Reverte dijo que “vivimos entre montones de inquisiciones. Nunca he sentido mi libertad personal tan amenazada como estos últimos diez años”. “La estupidez es mala compañera de viaje de la libertad”. Es cierto, yo creo que a todos nos pasa cada vez con más frecuencia. Cuando decimos o escribimos algo nos ponemos cortapisas para que otros no piensen tal o cual de nosotros, o tenemos cuidado para no parecer lo que no somos, puesto que al negarnos a utilizar determinado lenguaje (que es el socialmente aceptado) ya estamos transmitiendo una idea acerca de nuestro pensamiento. Un buen amigo mío, de izquierdas, me reconoció hace tiempo que le cabreaba muchísimo que todas estas imposiciones falsamente morales hayan venido de los que se hacen llamar progresistas, que ese “puritanismo espantoso” (palabra de Don Arturo) sorprendentemente no haya venido del ala más conservadora, sino de los que teóricamente presumen de ser más abiertos de mente.

El lenguaje inclusivo o el lenguaje políticamente correcto debería ser una opción para el que la quiera utilizar, jamás una imposición. Por suerte, la Real Academia de la Lengua Española no ha cedido de momento a ese puritanismo inquisitorial y en redes sociales se ha mostrado muy atinada cuando alguien ha querido llevarla al límite de lo absurdo:

El problema es que desde hace tiempo se pretende que el lenguaje inclusivo no sea opcional, sino de obligado cumplimiento. Tiene mucho de George Orwell y la neolengua, de cómo el uso de las palabras o la prohibición de otros términos altera el modo de construir el pensamiento. Ya existen consultoras especializadas dando cursos en las empresas sobre este asunto, con criterios de SuperPop, de revista de adolescentes, si se me permite decirlo. Desde hace un tiempo, cuando recibo correos electrónicos de compañeros que utilizan el lenguaje inclusivo, hago como ese profesor de universidad que dejaba a sus alumnos que lo emplearan, pero si lo hacían tenían que usarlo de modo correcto y en todas las frases, porque en caso contrario, esa frase no puntuaría. Si hay confianza, corrijo o bromeo con estos compañeros:

  • Si dices “Estimados tod@s”, deberías poner “estimad@s tod@s”.
  • ¿Se pronuncia “estimadarrobas todarrobas”?
  • “Bienvenidos todos y todas”, como leí hace poco en una de estas reuniones por Teams. En un chat interno durante esa misma reunión planteé el minidebate: ¿no debería ser “bienvenidas todas y bienvenidos todos”? ¿O es que nos dan la bienvenida solo a nosotros?
  • Si has empezado con el todos y todas, no puedes decir solo “aquellos compañeros que…”, ya estás obligado a seguir. Y también los adjetivos. ¿Que es un coñazo? Perdón, que coñazo es sexista, ¿rollazo?
  • No, no, no. No es “aquellos compañeros y compañeras que escojan…”, tendrás que decir “aquellos compañeros y aquellas compañeras” y el adjetivo posterior si está referido a ellos y a ellas, también.

Con lo que no puedo es con la x para ese neutro falso, como en “todxs”, “compañerxs” o “amigxs”. Una vez leí un correo en una reunión con seis personas y dije intencionadamente “queridksss compañerksss”. Lo reconozco, forcé un poco la k y la ese, pero cuando me preguntaron que por qué hacía eso, respondí que esa era la pronunciación correcta de la equis en español. Algunos se rieron más que otros y una chica me dijo que a los que nos negábamos a usar el lenguaje inclusivo se nos llamaba ahora “pollaviejas”. Hombre, he cumplido 50 palos hace unos meses, así que soy un pollo algo viejo, pero buscando el término “pollavieja” me he encontrado debates curiosos en Internet. Por supuesto, en esos debates Javier Marías, Arturo Pérez-Reverte o el noventa por ciento de los académicos de la lengua (y yo mismo si fuera alguien) somos “pollaviejas”. Y en ese concepto, con sinónimos como “heteruzo” o “señoro” se mete todo, hasta ideología política.

Siento si mi manera de hablar o escribir molesta a alguien, de verdad que intento evitarlo, pero a veces pienso que el problema no está en el modo de hablar, sino en el de escuchar y encontrar agravios en cada palabra. Y si aun así he molestado a alguien, lo siento, me da mucha pena. O la sienta y mucho pene.

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El año que nos encerramos cautelosamente

El año que vivimos peligrosamente es una película de Peter Weir de 1982 ambientada en las revueltas de Indonesia a mediados de los sesenta. Inicialmente me pareció un buen título para definir lo que había sido 2020, pero una vez que analizas que todo lo que tenías que hacer era confinarte, reducir tu actividad al mínimo y no hacer nada me pareció que quedaba un tanto exagerado. De ahí el título escogido.

Un año como el que acaba de terminar no podía hacerlo de una manera más adecuada que como lo ha hecho: mal, penoso, lamentable. No lo digo por el vestido de la Pedroche, no. Ni lo digo solo por “regalarnos” una de esas sobreactuaciones a las que Nacho Cano nos tiene acostumbrados (ahí queda su particular intervención en el homenaje a Miguel Ángel Blanco), sino sobre todo por una nueva polémica y división acerca de la bandera de España en la Puerta del Sol: el artículo de Ignacio Escolar, los insultos habituales en redes sociales, Televisión Española tapando la bandera con medio metro de flores,… en fin, la polarización de la sociedad una vez más y la manipulación de todo desde los medios y la clase política. Que una bandera de 1785 utilizada durante siglos (también por la Primera República) sea “un problema” tan grande me hace pensar que estamos perdidos como sociedad.

Como dice la letra de la canción de Nacho Cano, en este momento del año “hacemos el balance de lo bueno y malo”, aunque sea un par de días después y no “cinco minutos antes de la cuenta atrás”, y de eso va este primer post del año, o último de 2020, según se mire. Si vamos a las cifras de este blog de los Cuatro amiguetes y unas jarras (aunque cada vez haya menos jarras que tomar con amigos), el número de lectores se ha triplicado en comparación con el año 2019, que ya había sido el mejor de largo, algo tan espectacular como sorprendente. 60 artículos en total publicados en este blog, 15 en otros medios, más otros 23 firmados de manera apócrifa en sitios inconfesables, y la edición de Aguafiestas en un año muy completo. Solo en este blog hemos llegado a las 70.000 lecturas, pero si añadimos las de LinkedIn, La Galerna y Planeta Fútbol seguramente hayamos superado los 100.000 lectores en todo el año, congrats! Y gracias a todos por el interés.

Esas son las estadísticas, que pueden decir mucho o no contar nada, pero de lo que hoy se trata es de hablar de las tendencias que han marcado el año, de qué temas se han ocupado los cuatro amiguetes en estos doce meses en los que nuestro modo de vida saltó por los aires. Y el comentario sobre el vestido de la Pedroche o la bandera solo eran excusas para comentar uno de los temas que más nos preocupan y que ya estaban en el primer post del año (Despropósitos de Año Nuevo): la polarización de la sociedad. Cristina Pedroche es una mujer “empoderada” o “cosificada” en ese nuevo lenguaje, según pertenezcas a un bando o al otro (y ya me preocupa hablar de bandos), en ese discurso de rojos y fachas que todo lo contamina, no digamos la bandera. La utilización partidista de todas las herramientas al alcance de la clase política ha servido para desunir aún más a una población sorprendida por la pandemia que necesitaba la unión de esfuerzos y la coordinación de administraciones, y su actuación ha vuelto a poner de manifiesto que no están a la altura de los ciudadanos, que en su mayor parte han tenido un comportamiento ejemplar, solidario y responsable. Las cicatrices del coronavirus necesitarán años para cerrarse.

El Amiguete Josean ha dedicado buena parte del año y de sus esfuerzos a explicar las reformas fiscales que se anunciaron a principios de año (Las grandes corporaciones son malas, un tema complejo que dio para dos partes) y todos los cambios legislativos que se implementaron con el estado de alarma (Y todo en un mes), con mucha precipitación y rectificaciones constantes que no trajeron los resultados deseados. A veces hay que fiarse más de criterios técnicos que ideológicos cuando se van a tratar determinados asuntos, como los Presupuestos Generales del Estado, que pecan de una serie de errores, como ingresos erróneamente calculados y gastos infravalorados. El peaje también de tener que contar con algunos socios que no son los mejores compañeros de paseo (Sí se puede. No se podía, pero ahora ya sí se puede). No quería dejar el tema de la ideología en cuestiones de dinero público, porque uno de los textos más celebrados de este blog es aquel sobre el estudio del impacto de género en un túnel. Sí, con un par: La M-30 es machista.

El Amiguete completó su año con los capítulos VI y VII del libro no publicado Grandes errores de las escuelas de negocios (ahí lo dejo por si algún editor se siente interesado por la idea), en esta ocasión dedicada al modo de confeccionar presupuestos en una empresa. La esquizofrenia del CFO es la que le anima a escribir este tipo de artículos, así como un relato casi verídico sobre una visita a declarar en los juzgados (Con Animal en el juzgado).

La Covid-19 lo ha impregnado todo este año, también los temas recurrentes en este blog: el deporte, el cine, algún viaje o voluntariado, los maratones,… El Amiguete Lester se ha quedado sin correr un maratón por primera vez desde 2003, así que este año no hemos tenido crónica maratoniana desde algún lugar lejano (o cercano, pues tenía inscripción para Madrid en abril). Pero nos ha contado el placer de correr por el placer de correr, cuando no hay un plan exigente de entrenamientos detrás, y sobre todo, cuando has estado casi dos meses encerrado en tu casa sin salir. El placer de salir a la calle y trotar al aire libre, algo que creíamos que no nos faltaría nunca y en este 2020 desapareció de nuestras vidas como tantas otras cosas. Lester reconoció haber estado (casi) feliz en casa disfrutando con la familia y el tiempo en común, incorporando nuevas aficiones, y el “casi” sería completo de no ser por todo ese sufrimiento cercano que a todos nos ha llegado de un modo u otro. Cae la felicidad en los índices que miden estas cosas intangibles y el relato El oso gris nos trasladó a un futuro cercano que podría ser aún peor que este año de aislamiento y distancia social que hemos vivido. Otro relato extraño, Espectros sobre la pared, y una primera incursión en la poesía, Volverán las malditas mascarillas, completan el año de Lester.

El cine no ha escapado a la pandemia, y el cierre de las salas, así como el bajo nivel de los estrenos, ha llevado al Amiguete Travis a refugiarse en temas atemporales, como si es mejor el libro o la peli, en una larga conversación con Reggie que se alargó en dos partes muy interesantes por las aportaciones de ese gran fichaje del blog. La ausencia de estrenos hizo que Travis repasara algún clásico, como en Mi cita anual con Ben-Hur, se equivocara en los Óscar de Parasite, tratara las manías de algunos directores (Los cigarrillos Red Apple y el Imperio Austro-húngaro) y el modo que tiene Hollywood de tratar la figura de sus presidentes, ya sean ficticios o reales. El confinamiento también dejó huella en algunos posts, como en Ensayos de un futuro distópico, sobre el modo de tratar este tipo de catástrofes en el cine, o en la peli surrealista que podría escribirse juntando una buena colección de pelis que aparecieron en los reordenamientos de casas que todos hicimos durante el encierro. Un año tan raro como 2020 ha visto los estrenos de dos de los directores más exitosos e interesantes del panorama actual: Christopher Nolan y David Fincher. Ambos pasaron por el análisis de Travis, tanto Nolan con Tenet, en la parte del elogio (sin spoilers) y en la crítica furibunda (destripando el argumento), como Fincher con su visión de la escritura del guion de Ciudadano Kane en Mank (Citizen Mank, Ciudadano Fincher). Un formato que se va a repetir a buen seguro es el de destripar una novela gráfica o cómic y posteriormente su versión cinematográfica. Este año ha sido el de Watchmen, la novela gráfica y la versión de Zach Snyder. En 2021 toca V de Vendetta.

En cuanto a Barney y sus diatribas futboleras, 2020 ha sido un año en el que el deporte no ha escapado a la drástica alteración que ha supuesto la pandemia para todo nuestro mundo conocido. La Liga se suspendió durante tres meses, la NBA se disputó en agosto, Roland Garros en octubre, nos quedamos sin Juegos Olímpicos ni Eurocopa de fútbol, en fin, todo muy raro. El mejor resumen de Barney lo podréis encontrar en La Galerna, en modo Carta a un 2020 muy, muy perro.

En este blog comenzamos con la Supercopa y las nulas críticas al Cholo y acabamos con el primer relato de Barney, Lituriaga, ambientado en el Torneo de Navidad de baloncesto allá por los ochenta. Entre medias hubo tiempo para hablar de esta temporada tan extraña (Déjà vu de la 2016-17), la vergonzosa exigencia de algunos acerca de la Liga inconclusa (La solución belga, el sueño húmedo culé), los incomprensibles olvidos o la desmemoria de la prensa (La mano no era de Dios) y el triunfo final de los de Zidane en el campeonato. El parón en la competición sirvió para encontrar los lazos en común entre los Tauro del 70 (André Agassi, Luis Enrique y Simeone) o para hablar de las derrotas más dolorosas, las que nos siguen revolviendo el estómago tanto tiempo después. El blog dedicó cinco extensos artículos a la vuelta de la NBA y la victoria de los Lakers con el mejor especialista de la materia en España (aquí, guiño): Barney Jr. La muerte de Maradona sirvió como excusa para hablar de los mejores de todos los tiempos en varios deportes y por último, Barney no pudo evitar su tradicional crítica a la penosa prensa deportiva de este país.

Ha sido un año productivo, sin duda. Es lo que tiene pasar tanto tiempo encerrados. El blog ha cumplido seis años y goza de muy buena salud. Los ingresos generados (muy bajos de momento, por “el odio a monetizar”) han servido para apoyar una serie de proyectos solidarios en Perú (con Gam-Tepeyac) y de Ayuda en Acción de apoyo a familias desfavorecidas por la Covid. Como resumen de lo que han sido estos seis años cada Amiguete agrupó su centenar de textos en un recopilatorio que sirve de índice para lectores recientes:

Muy orgullosos de lo logrado, cómo no. Este blog solo busca entretener y aportar información, y lo que no va a descuidarse en ningún momento es el lado humano. El título del documental estrenado recientemente sobre las personas que han estado en la guerra cruenta contra el virus (y sobre los que lo han padecido) me sirve para hablar de la mayor enseñanza que nos deja 2020, aunque haya sido arrojándonosla a la cara: olvídate de egoísmos, preocúpate del que tienes al lado, deja de lamentarte de gilipolleces, quiere a tu familia, llama a tus amigos,… Esta situación la revertiremos entre todos, y cuanto más unidos estemos y menos divididos, como empezaba este artículo, será mucho mejor. Más sencillo, más efectivo. La mitad de las lecturas de este año aciago han sido para un texto que hablaba de todo esto y de reconciliación, de las lecciones de vida que nos dejaron nuestros padres, los más castigados por el virus: Aplauso a una generación de héroes. Muy grandes, a ver si aprendemos.

¡Feliz 2021, amigos!

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El lado humano

Cuando empezamos a escuchar sobre este p… virus que ha marcado todo el año 2020 y que probablemente seguirá influyendo en nuestro modo de vida durante los próximos meses e incluso años, me llamó la atención lo rápido que sus consecuencias se convirtieron en un simple dato, una estadística: tantos contagios diarios, tantos ingresos hospitalarios, no-sé-cuántos fallecidos. Cada día desde hace meses, los telediarios arrancan con la misma letanía: contagios, ingresos, muertos,… primero nacionales, luego por provincias, a continuación mirando hacia otros países, no sé si por solidaridad o para convencer al espectador de que “aquí no lo hemos hecho tan mal”. Desde que empezó esta tragedia me llamó la atención la deshumanización de las cifras y me vino a la cabeza aquella frase desgraciadamente certera que dice que:

“La muerte de un hombre es una tragedia.

La muerte de un millón es solo una estadística”.

En estos tiempos de pandemia he sabido que esa frase la pronunció (o al menos se le atribuye) el dictador soviético Josef Stalin, y me estremece pensar que las cifras nos hayan hecho alcanzar esa inmunidad ante la tragedia de la que se jactaba este dirigente, tristemente famoso por las purgas entre los ciudadanos de su nación.

El domingo pasado, 20 de diciembre, se estrenó en el cine Capitol un documental con el mismo título de este post, El lado humano, escrito y dirigido por Carlos Caraglia. El título no puede ser más acertado, puesto que trata de acercar la cámara, el objetivo, el foco, a aquellos sitios que se nos negaron durante los meses iniciales de la pandemia y el confinamiento general al que se sometió (a) la población, pero sobre todo nos trae al primer plano a los protagonistas, a las personas que sufrieron el maldito coronavirus y a los que lo combatieron.

El documental comienza con el proceso (terriblemente complicado) de mover a un paciente de Covid para una placa de rayos. Ocho personas entre enfermeros y celadores para una prueba a un hombre cercano a los sesenta años, un hombre que ni siquiera sobrevivió las siguientes veinticuatro horas. Sin montajes, sin necesidad de elementos que reforzaran lo dramático de la situación, el documental simplemente muestra las imágenes con toda su crudeza. Claro que son duras, como lo son las de cualquier UCI, pero prefiero la crudeza de la realidad a la desinformación que hubo durante las primeras semanas, aquellas semanas de caos y shock emocional en las que tras las frías estadísticas, trescientos muertos, seiscientos muertos, dos mil nuevos contagios, nos contaban de manera algo ñoña cómo entretener a nuestros hijos o cómo ponernos en forma durante el confinamiento. Eché en falta más información sobre lo que estaba ocurriendo en los hospitales, sobre los dramas de las salas de urgencias, el trabajo de los profesionales y el sufrimiento de los pacientes y sus familias. El lado humano de la tragedia, pero también el lado humano de todos aquellos que combatieron y siguen combatiendo el virus.

Por la cámara del documental de Carlos Caraglia van desfilando médicos, enfermeros, policías nacionales y municipales, bomberos, los militares de la Unidad de Emergencias (UME), el SUMMA,… Todos ellos se muestran muy profesionales, hablan con seguridad de su trabajo y de las funciones que desarrollaron durante esos días, de cómo su experiencia o las instrucciones les llevaban a proceder de un modo u otro. Hablan con seguridad… hasta que les tocaban “su lado humano”, su experiencia personal, sus sentimientos. Son varios los grandes profesionales que aparecen ante la cámara que se derrumban al abandonar la mera explicación profesional para hablar de su lado emocional, de cómo afrontaron esta lucha, de la cercanía a los pacientes o de los sentimientos encontrados al regresar a sus casas con sus familias. La directora del Hospital Puerta de Hierro, un neumólogo del que no recuerdo el nombre, un médico del Hospital Nuestra Señora de América de nombre José Luis Moreno,… todos ellos liberan su estrés ante la cámara.

El documental trata de tocar todos los aspectos de la lucha contra la pandemia, cómo surgió un movimiento espontáneo de ayuda o cómo cada uno en su empresa o en su casa trató de poner su granito de arena para superar la crisis: los abastecimientos de los supermercados y el refuerzo de la seguridad en el proceso (Dia), una autoescuela que prestó sus autobuses para el traslado de pacientes entre hospitales (Autoescuela Lara) o el movimiento Maker, que ya existe desde hace años, pero que durante las primeras semanas se volcó en fabricar mascarillas y elementos de protección cuando aquí no había nada de eso o lo que llegaba era defectuoso.

Y como no podía ser de otro modo, El lado humano habla de las víctimas, de los pacientes que sobrevivieron, de los que no lo lograron y de sus familias. Poniendo cara a la tragedia, evitando convertirlo en una estadística. Llevamos un número de fallecidos solo en España que se mueve entre los 49.824 oficiales de hoy y los más de 70.000 que calcula el INE. Una estadística, sí, pero más de 70.000 tragedias, una y otra, y otra… En el documental nos muestran el momento en que una mujer y su hija son informadas del fallecimiento del marido y padre de ambas, de cómo reciben sus objetos personales en una bolsa de basura sin ni siquiera poder ver al familiar, como ha ocurrido en casi todos los casos, dejando un vacío enorme. Cada una de esas familias lleva un vacío que será imposible de cubrir: el hecho de no poder despedirse del padre, madre, marido o hermano, pero también el vacío de la soledad, la falta de consuelo de los más cercanos, la ausencia de duelo. Todos tenemos amigos que han perdido a un familiar y todos ellos coinciden en la tristeza de ese momento, en la soledad que les acompaña en todo el proceso, en la ausencia de aliento o de un abrazo de los familiares y amigos. Un vacío enorme, un múltiplo muy grande de 70.000 vacíos enormes que quedarán para siempre.

Afortunadamente, el documental también nos muestra El lado humano de los que vencieron al virus, de los que no dejaron de luchar y salieron adelante, y de sus familiares. Como mis padres, que aparecen contando en primera persona y desde el hospital lo que fueron aquellos días: el sufrimiento de mi padre, que estuvo ochenta larguísimos días en la UCI, y el de mi madre, que también pasó el virus sin necesidad de ingreso, pero que padeció el no menos terrible virus de la soledad y la angustia. Menudos lagrimones se nos escaparon a todos en el cine, el llanto de recordar lo que fueron aquellos días, pero también las lágrimas de alegría al ver el triunfo sobre la enfermedad. Este virus no ataca solo el físico de las personas, destruye también lo anímico, lo emocional, las ganas de luchar y seguir adelante. El virus desaparece, pero sus secuelas quedan en los pulmones y en la moral de los que lo han sufrido. Por eso me parecen tan bonitas las palabras de mi madre y el abrazo que por fin puede darle a mi padre para, a su lado, y ya con todos nosotros, seguir día a día mejorando y dejando atrás aquellos momentos. Y la progresión es lenta, pero firme.

Gracias a todos los profesionales que les trataron, gracias a todas esas personas que aparecen en el documental y a las que no lo hacen pero que igualmente lo dieron todo en todas partes por atender a la población, gracias a Carlos por su esfuerzo para contar en pantalla todas estas historias que había que contar. El documental termina con los aplausos de los balcones y con un minuto de silencio sobre una ciudad paralizada, sin gente en las calles. Hace bien en no tratar el asunto desde una perspectiva política, muy bien, porque esto va precisamente de mostrar “el lado humano” de la tragedia, y algunos comportamientos… intentando sacar provecho de la situación… en fin, hoy no toca hablar de esto.

“Ojalá El lado humano se pueda ver en alguna plataforma o televisión en breve. Es necesario. Estas historias, así como muchas otras de tantas y tantas familias, de tantos y tantos profesionales y voluntarios entregados, no deben caer en el olvido”. Así terminaba este post hace casi tres meses, pero la novedad es que por fin el documental está disponible en la plataforma Filmin, que lo pone a disposición del público sin necesidad de hacerse socio (basta con el alquiler como en un videoclub). Aquí dejo el enlace.

Ha pasado ya un año de aquellos días terribles y aun hoy me parece mentira lo que estábamos viviendo entonces. Mi padre sigue en su proceso de lenta recuperación, con los pulmones muy afectados. Pero sigue, junto a mi madre. Muy grandes.

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Volverán las malditas mascarillas

LESTER, 22/11/2020

Hace más de seis años que estamos dando la lata en este blog y a lo largo de todo este tiempo los cuatro amiguetes se han atrevido con todo tipo de textos: opinión, crítica cinematográfica, relatos, crónicas deportivas y maratonianas, ensayo, incluso algún guion o esbozo de guion, versiones políticamente correctas de las letras de Siniestro Total,… pero nunca, nunca, ninguno de los cuatro amiguetes se ha atrevido con la poesía.

Y desde luego no seré yo quien lo haga, pues no estoy nada dotado para la misma, no ya para escribirla, sino para leerla e interpretarla correctamente. Tengo amigos que escriben poesía y cada vez que me piden opinión sobre alguno de sus textos lo paso fatal. Les reconozco la belleza del lenguaje, de las palabras empleadas, pero también mi incapacidad para entrar en el significado, en los sentimientos que plasman con (me consta) denodado esfuerzo.

Esta semana hemos sabido que se otorga el premio Cervantes de 2020 al poeta valenciano Francisco Brines. Sucede en el palmarés a otros dos poetas: la uruguaya Ida Vitale en 2018 y el catalán Joan Margarit en 2019. Parece que la poesía está de moda o, al menos, de plena actualidad en estos tiempos en los que solo escuchamos hablar de virus, pandemias y vacunas. El premio Nobel de Literatura de 2020 se ha otorgado a la poeta estadounidense Louise Glück, luego parece que entre los críticos, entre los que deciden este tipo de galardones, se ha optado por la poesía para que no quede relegada al olvido en una sociedad atacada por problemas más mundanos. Cada vez que se decide uno de estos premios me cabreo conmigo mismo, no por no haber leído nada del premiado, sino sobre todo cuando ni siquiera he oído hablar de ellos en mi vida, como ocurre con los cuatro nombres que acabo de mencionar.

He leído algunos artículos sobre el señor Brines y me han gustado varias de las ideas que dejaba: la poesía es un refugio siempre. Cuando el hombre padece pandemias, en particular la poesía se encuentra con lo mejor, con lo más atractivo del otro. Lo que yo intento, cuando la escribo, es llegar al otro. Se cumple la comunicación”.

“Con la poesía he tratado de tantear respuestas, clarificar oscuras emociones y, así, ir tratando de ver con mayor nitidez, con mayor claridad, las oscuridades que nos acompañan en la vida. La poesía tantea las sombras para encontrar un poco de luz”.

Es precisamente esa búsqueda de la luz en este mundo de pandemias la que inconscientemente llevó a mi personaje de El oso gris a refugiarse en la poesía: “Al fin y al cabo, ya nadie lee poesía”. Y es por esa misma razón por la que me voy a atrever con la poesía y dejar aquí cuatro versos mal hechos. Ya he justificado previamente mi absoluta carencia de talento, así que haré como las únicas veces en mi vida que he osado adentrarme en este género: fusilar y parodiar a los más grandes. Sí, amigos, Érase un hombre a un móvil pegado fue mi particular homenaje a Quevedo, mientras que en Con cien cojones por banda compuse una crónica juvenil de un gran triunfo futbolero que revolvería a Espronceda en su tumba. Espero que ambos poemas perpetrados hace tiempo no salgan nunca a la luz. Hoy toca destrozar a los clásicos y crear una especie de Poemario de la pandemia, por aquello que decía Francisco Brines de mantener el contacto con la realidad.

Vamos con el primero, Don Gustavo Adolfo Bécquer:

De la época del colegio recuerdo algunos poemas que me interesaron, algunos que incluso soy capaz de recitar, como algunos versos de Segismundo en La vida es sueño o el inicio de la Oda a la vida retirada, de Fray Luis de León. Por cierto, los primeros días del confinamiento tuvieron mucho de ambos títulos. De esa misma época colegial recuerdo las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique, una obra que habla del tiempo y la fugacidad de la vida. Aquí me he atrevido a “covidizar” las cuatro primeras:

Podría seguir destrozando clásicos, pero creo que por hoy ya me he generado suficientes enemigos, así que finalizo con uno de mis preferidos, el que hace el número XX de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda.

Pero la verdad es que no me apetece destrozar a Neruda. Podría intentarlo, como he hecho con Bécquer y Manrique, pero lo cierto es que no me apetece, ya hemos pasado de todo este año y ha habido mucho sufrimiento.

No quiero escribir los versos más tristes esta noche. No quiero escribir, por ejemplo: “la crisis ha estallado y tiritan, tiesos, los autónomos, nada lejos”.

Eso de “pensar que no la tengo, sentir que la he perdido” me recuerda a muchas familias y no pienso pervertir ese sentimiento con chanzas como las precedentes. “Mi corazón la busca y ella no está conmigo”… no quiero ni pensar en las familias que han perdido a un ser querido de la noche a la mañana. Hace poco leí que “las mascarillas nos han robado las sonrisas” y es cierto. Cae la felicidad, ganan la tristeza, la angustia y la crispación. Menos mal que hay personas que sonríen con la mirada, gente a la que las malditas mascarillas del título no le han borrado la alegría de la cara.

En Bolivia me encontré con un grupo que garabateaba versos en las paredes. De todo tipo, buenos, malos, divertidos, románticos,… Se denominaba Acción Poética Bolivia y no se me ocurre mejor modo de terminar este post que con una de sus frases:

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Cae la felicidad

LESTER, 15/10/2020

Esta semana escuché en la radio que España había bajado nueve puestos en el ranking mundial de la felicidad, lo que nos situaba en el puesto 30º de la lista. La verdad es que cuando escuché la noticia me sorprendí por varios motivos y me hice una serie de preguntas:

  • ¿Tanto hemos caído? ¿Nueve puestos en un solo año?
  • ¿Solo estamos en el puesto trigésimo del mundo o de los países que entran en este tipo de mediciones?
  • ¿Cómo se mide la felicidad?

Respecto a la primera pregunta, si tuviéramos en cuenta este maldito año 2020 (que no sé si está considerado en la encuesta), es entendible que hayamos caído nueve puestos. Es más, incluso me parecen pocos. La Covid-19 ha traído mucha tristeza a la sociedad, muchas familias que han perdido a sus padres, hermanos, amigos y que no han tenido la posibilidad de despedirse de ellos. El vacío que ha dejado en miles de personas difícilmente se llenará en algún momento. Pero los efectos de la terrible pandemia no son exclusivos de España, así que ese descenso de la felicidad solo podría entenderse si hubiera sido una tragedia que sucediera únicamente en nuestro país. Entonces, (supongo que) entran en juego otros factores, como la incertidumbre generada por las informaciones contradictorias, la desastrosa gestión de unos y de otros, y la pelea barriobajera de la clase política por sacar réditos electorales o por hundir al adversario. Lamentable. Quizás lo que haga diferente a España respecto a otros países (“Spain is different!”) haya sido el aumento de la crispación. De la polarización de la sociedad. De la intolerancia.

En cuanto a la segunda pregunta, sorprende que seamos el trigésimo país del mundo en felicidad, sea lo que sea eso, cuando ocupamos el puesto 13º en términos de PIB, vivimos en un país avanzado, con un clima fantástico, con la segunda mayor esperanza de vida del mundo, sin grandes desigualdades sociales, con tantas y tantas cosas buenas que nos cuesta reconocer en este país cainita. Pero es que la felicidad no tiene nada que ver con el PIB. Estados Unidos, por ejemplo, es la primera potencia mundial, pero solo ocupa el 18º puesto del ranking de la felicidad. Los primeros en la estadística, como casi siempre en estos casos, son los países nórdicos:

Lo que nos lleva ineludiblemente a la tercera pregunta: ¿qué es o cómo se mide la felicidad? Ni idea, así de claro lo digo. En el texto en el que más me acerqué a esta cuestión, En busca de la tranquilidad, opté por sustituir la palabra felicidad por tranquilidad. Tranquilidad económica, bienestar emocional, satisfacción personal y salud. Ante todo, salud.

Pero para las Naciones Unidas, un concepto tan subjetivo como este sí es medible y por esa razón desde 2012 se publica el Informe Global de la Felicidad. En este Informe, que se publica todos los años el Día Internacional de la Felicidad, el 20 de marzo, España aparece en el puesto 28º. Veremos dentro de un año en qué puesto nos situamos, con todo lo ocurrido desde entonces. Lo que se valora en este informe son seis parámetros:

  • PIB per cápita.
  • Apoyo social
  • Esperanza de vida saludable
  • Libertad para tomar decisiones vitales
  • Generosidad
  • Percepción de la corrupción

La riqueza del país y el bienestar económico de su población son importantes, pero distan mucho de proporcionar la felicidad. El mito o la leyenda urbana entre el pobre feliz y el ricachón eternamente insatisfecho me vienen a la mente. La sonrisa de un niño en un país repleto de carencias.

Para el Informe de Naciones Unidas resulta más relevante la confianza en una sociedad igualitaria, solidaria o que apoya al desfavorecido o a uno mismo en caso de necesitarlo, que esa riqueza económica que, además, puede estar muy mal repartida. La corrupción, no solo de las administraciones públicas, sino también de los particulares, o la sensación de vivir en una sociedad plenamente libre son posiblemente más importantes para obtener una percepción más cercana a la felicidad, pero en el fondo no dejan de ser opiniones subjetivas. En un vistazo rápido al listado de países advierto que varias monarquías figuran en el top-ten, o que no hay países musulmanes en los primeros puestos. Son hechos, no opiniones, aunque me parece evidente que una sociedad musulmana, con represión religiosa en tantos aspectos de la vida cotidiana y con distintos derechos entre hombres y mujeres, es una sociedad menos feliz.

En casi todos los factores comentados influyen las políticas de los gobernantes de los países: la libertad económica, pero también ideológica, la capacidad de generar riqueza y de mejorar los servicios sociales, que a su vez influirán en la esperanza de vida, la inexistencia de conflictos civiles o raciales, o del tipo que sean, la confianza en los dirigentes y a su vez en la sociedad o la familia como soporte del individuo. Lo que me lleva a otro aspecto interesante, que es el por qué todas las políticas públicas se centran en el incremento del PIB casi en exclusiva y no en la mejora de otros indicadores, ya sea el Índice de Desarrollo Humano, el Índice de Progreso Social o el mencionado Índice de la Felicidad. En el artículo La dictadura del PIB, de Marco Schwartz, se recuerda cómo los premios Nobel de Economía Joseph Stiglitz y Amartya Sen realizaron un informe tras la crisis financiera de 2008 en el que, “sin invalidar el criterio del PIB”, se buscara un indicador estadístico que “se centre más en la medición del bienestar de la población que en la medición de la producción económica”. Quizás sea demasiado subjetivo o sus recomendaciones pecaran de inconcretas, lo desconozco, pero me parece un concepto interesante.

Otro país como Bután abandonó hace años el medidor del PIB como motor de sus políticas económicas para reemplazarlo por la Felicidad Nacional Bruta (2008). El sistema se basa en complejas encuestas realizadas a la población, un sistema que ha dado el inverosímil resultado de considerar a Bután “el país más feliz del mundo”. Inverosímil por cuanto se trata de un país pobre en lo económico, pero además con altas tasas de analfabetismo, trabajo infantil y desigualdades. Para los curiosos, Bután no aparece en el Informe de Naciones Unidas de 2020 y figuraba en el puesto 93º en 2019.

Todo lo que he comentado hasta este punto me lleva ineludiblemente a la consideración que tenemos cada uno de la felicidad. Yo discrepo profundamente con el ranking de Naciones Unidas. Discrepo con el hecho de estar por debajo de Arabia Saudí, por ejemplo. Ni de coña. O con los altos indicadores sobre los países nórdicos en contraste con el puesto tan bajo de España. Aunque los nórdicos han mejorado notablemente la tasa de suicidios, siguen teniendo un clima poco benigno, con muchas menos horas de sol que nosotros, razón por la cual son tantos los habitantes del norte de Europa que ansían jubilarse o pasar largas temporadas en nuestro país. Me juego parte de mi felicidad en ciernes por el pensamiento que pasa por la cabeza de ese jubileta sueco en Benidorm: “Calidad de vida”. Y añado otra razón más: el precio de la cerveza en España, la tercera o cuarta parte que en Dinamarca o Finlandia (Están locos estos finlandeses). Y desde luego hay que considerar las cañas con los amigos entre los indicadores de felicidad nacional de cualquier nación que se precie.

Decía Ortega y Gasset que la felicidad no es lo mismo que el placer. Totalmente de acuerdo, el placer es un momento puntual, efímero. La felicidad es un estado de ánimo, posiblemente también puntual y efímero, pero que provoca una sensación más duradera y plena. En el relato que escribí y publiqué recientemente, El oso gris, hay placer, pero totalmente disociado de la felicidad. Más bien al contrario, que era lo que buscaba el relato.

Para el filósofo español, la felicidad dependía precisamente del tiempo que le dedicábamos a aquello que nos satisface y nos agrada. “Si nos preguntamos en qué consiste ese estado ideal de espíritu denominado felicidad, hallamos fácilmente una primera respuesta: la felicidad consiste en encontrar algo que nos satisfaga completamente”. O más concretamente:

“Felicidad es la vida dedicada a ocupaciones para las cuales cada hombre tiene singular vocación”.

Y ahí entramos en el terreno pantanoso de cuál es la vocación de cada uno o qué le satisface en lo personal. Hace tiempo escuché a Juan Luis Arsuaga en una conferencia que para él la felicidad está ligada al aprendizaje, que mientras aprendes algo nuevo eres feliz, y que el día que no aprendes nada es cuando realmente envejeces. Pero en sus estudios antropológicos que se remontan al hombre prehistórico, la felicidad solo entraba en juego cuando las necesidades básicas elementales estaban cubiertas.

Si nos ponemos en plan budista, diremos que “no hay un camino a la felicidad, sino que la felicidad es el camino”. Lo que nos lleva a John Lennon, que nos animaba a disfrutar de ese camino cuando nos decía que “la vida es aquello que te va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes”. Bertrand Russell, premio Nobel de Literatura y autor de La conquista de la felicidad, ligaba la obtención de la misma al amor, pero el amor como herramienta para dejar a un lado el ego, superar la vanidad y alcanzar esa felicidad con otra persona.

En fin, yo sí que no tengo ni idea de qué es la felicidad, aunque creo saber cuáles son las cosas que para mí hacen que la vida valga la pena. Y desde luego tengo muy claro lo que no es, lo opuesto: crispación. Enfrentamientos. Mal rollo. Lo unimos al miedo, la angustia, las privaciones de ver a la familia, a los amigos, de viajar, de jugar al fútbol con los colegas, la pérdida del puesto de trabajo, las penurias económicas… Me parece poco que solo hayamos bajado nueve puestos en el último año.

Que seáis felices, cada uno con lo que le satisfaga.

Este próximo sábado, 17 de octubre, se celebra el Día Internacional de la erradicación de la pobreza. El Objetivo de Desarrollo Sostenible número 1 es precisamente eso. Comparto la reflexión de Ayuda en Acción al respecto en este enlace.

Odio monetizar

Monetizar

15/08/2020

Hay muchas palabras del lenguaje forzado de las aplicaciones y las nuevas tecnologías que me producen cierta rabia, o urticaria por qué no decirlo, como customizar, gamificación  o esmartizar, pero una de las que más odio es, sin duda, “monetizar”. Suena rara, suena fea, me recuerda al Tío Gilito contando las monedas en su depósito/piscina.

Como suelo hacer con muchas de las palabras que nos meten entre ceja y ceja a fuerza de repetirlas en los medios y las redes sociales, busco su existencia y significado en la RAE, y compruebo que “monetizar” existe, si bien sin el uso que se le suele dar:

Monetizar 1

La otra fuente de consultas que suelo utilizar es la Fundéu, la Fundación del Español Urgente, asesorada por la propia Real Academia Española. Y en este caso, nos indica que la palabra de marras amplía su significado para incorporar el que se le viene dando en las nuevas tecnologías y las páginas web: “convertir un activo en dinero”. Rentabilizar u obtener dinero de una web, una app, un blog, un contenido en principio gratuito y disponible.

Monetizar 2

Si Facebook, Google, Whatsapp o la mayoría de aplicaciones son gratuitas porque no pagamos nada en principio por su uso es porque han sabido “monetizar” sus contenidos de otras maneras, normalmente por la vía de la publicidad directa, la venta de datos o los contenidos Premium.

Hoy cumple seis años este blog. Seis, lo repetimos con satisfacción. El proyecto nació con la idea de durar un año y en función de las circunstancias (y del seguimiento de los lectores) decidir si proseguía año a año o lo cerrábamos con la satisfacción de haber disfrutado del tiempo empleado. Las cifras de lecturas han crecido de manera constante a lo largo de todos estos años (los seis primeros meses de 2020 han sido brutales, equivalentes a los dieciocho meses anteriores), así que podemos decir sin pudor que el blog de los “Cuatro amiguetes y unas jarras” pasa por su mejor momento.

Desde el primer momento, desde la Declaración de Intenciones del blog, los cuatro amiguetes tuvieron claro que el blog sería gratuito y sin publicidad, pero la publicidad se nos ha colado (por desgracia). Así que vamos a darle un nuevo giro al blog y aprovechar el potencial que tiene para “monetizar” sus contenidos sin molestar al lector. Eso sí, y una vez más queda constancia de ello, todo lo que se obtenga de esa “monetización”, como en las anteriores ocasiones, tendrá un destino solidario, un apoyo concreto a algún proyecto de una ONG.

Porque lo que sí hemos visto con este blog es el potencial que tiene para dar a conocer proyectos maravillosos y/o sacar adelante grandes iniciativas de otros con las que echar un cable (pequeño, pero un cable) donde podía hacer falta. Para los recién incorporados al mismo, les resumo algunas de las actividades realizadas en estos años:

1. Pabellón azul: estos días se cumplen tres años del inicio de las obras de reforma en el Pabellón Azul del Hogar Teresa de los Andes, en Bolivia, que culminamos entre todos con éxito. Agradezco de nuevo a todos aquellos que colaborasteis con vuestra gota de agua.

2. Campaña de crowdfunding para la distribución de filtros potabilizadores en el valle del Chota (Ecuador). Una gran idea de cuatro jóvenes en la que pudimos participar con la obtención de fondos, la difusión y la propia distribución en terreno. Magnífico proyecto que los voluntarios plasmamos en el libro Aguafiestas.

3. Las colaboraciones para La Galerna por las que el Amiguete Barney ha percibido algún tipo de remuneración se han destinado a dos proyectos de ONG españolas: uno de Ayuda en Acción de apoyo a las familias que más sufren las consecuencias de la Covid-19, y otro de GAM-Tepeyac para el proyecto Oxígeno para vivir en Chanchamayo (Perú), que os animo a conocer.

La publicidad en el blog incomoda, pero lo mucho o poco que se obtenga con la misma, ¡lo que se monetice!, irá destinado a algún proyecto solidario, del mismo modo que al final de cada post vamos a incluir un enlace para una microdonación de carácter voluntario para todo aquel que quiera colaborar. Me gustó la idea de Ayuda en Acción de su campaña #PeleaConLoQueTienes, porque aquí lo que tenemos es una plataforma estupenda para dar a conocer pequeños proyectos solidarios, de gente entregada.

La idea es que si uno de cada diez lectores de este blog dona un euro (que irá directamente a la web de las ONG sin correr el peligro de convertirse en cervezas de los cuatro amiguetes)… con ese importe se puede hacer mucho en muchos lugares. El Amiguete Lester ha dado buena cuenta de ello. La idea de la gota de agua es potente. Hablamos de entre seis y ocho mil euros anuales, si solo uno de cada diez lectores se anima a colaborar.

Muchas gracias por seguir leyendo esta página. Renovamos un año más.

 

 

(Casi) feliz en casa

There's no place like home

LESTER, 26/06/2020

“Se está mejor en casa que en ningún sitio”.

Encontré esta frase en la carta de amor que Travis escribió hace unos años y me vino a la mente varias veces al principio del largo encierro que todos hemos vivido. La pronuncia Judy Garland (Dorothy) en El mago de Oz y para mi sorpresa se puso de moda en algunas emisoras y redes sociales cuando corrimos todos a confinarnos en nuestros hogares. Estábamos tan necesitados de ánimo (o tan aterrados, según) que nos venía bien pensar que “se está mejor en casa que en ningún sitio”.

Ahora que parece que acaban los tres meses de encierro y volvemos a recuperar algo parecido a lo que eran nuestras vidas, me ha apetecido recordar lo que ha supuesto el período más extraño que recuerdo, esas largas semanas que nos dijeron inicialmente que serían “quince días”, aunque nunca nos lo creímos y que han acabado siendo seis veces ese tiempo. La pandemia ha puesto patas arriba todo nuestro mundo y nos obligó a adaptarnos a una realidad inédita para todos. Y como he contado en tantas ocasiones en este blog, soy un tipo afortunado, tan afortunado que he estado feliz encerrado en casa. A mí, que salía de casa sobre las seis y media de la mañana y regresaba casi siempre pasadas las ocho de la tarde, estar tanto tiempo rodeado de mi familia ha sido una maravilla.

La vida es mucho más sencilla de lo que algunos creen, o por decirlo de una manera que quizás se entienda mejor: la vida es mucho menos complicada de lo que algunos pretenden. La entrada más leída de la historia de este blog A.C. (Antes del Confinamiento) era En busca de la tranquilidad, en donde hablaba de lo importante que es para mí estar en buena sintonía con los tuyos, con la familia. Aprovechar el tiempo en cosas productivas y sin hacerse pajas mentales o ilusiones acerca de ambiciones mayores que no necesariamente van a darte una mayor satisfacción. En aquel post me refería a la canción que dice que “tres cosas hay en la vida: salud, dinero y amor” (hasta hoy no he sabido quién la cantaba: ¿Cristina y los Stop?).

Sin estar plenamente de acuerdo con la canción, reconozco que en estos tiempos me ha venido varias veces a la cabeza, porque ahora más que nunca debemos valorar la salud, la importancia de cuidarnos y de cuidar a los demás. Resulta tan sencillo complicarle la vida a alguien que tienes cerca y a quien quieres que me sorprende la irresponsabilidad de tanta gente cuando el virus todavía está descontrolado. En cuanto al dinero, como ya he dicho muchas veces soy un privilegiado y no me he visto afectado como tantos amigos por ERTEs o disminución de ingresos por ser autónomo o empresario. Y el amor de la familia ha sido fundamental para sentirme tan a gusto durante estos tres meses en los que apenas hemos pisado la calle.

Tras los dos primeros días de adaptación al encierro tuve que imponerme un horario para no caer en la apatía o la pereza, como me reconocieron tantos amigos que les pasó al principio. Me despertaba temprano y comenzaba con algo de deporte en un gimnasio improvisado que montamos mientras escuchaba a Alsina y el que para tantos de nosotros se convirtió en el himno del confinamiento, el Facciamo finta che de Ombretta Colli. El final de la canción marcaba la hora de la ducha, el desayuno y el inicio de las maratonianas jornadas de teletrabajo. Pero desayunaba con mi mujer o con mis hijos, paraba a media mañana y conversaba cinco minutos con alguno de ellos, y se me dibujaba una sonrisa boba en la cara: “¡joder, cuánto me alegro de verte!”.

No hubo adaptación al teletrabajo, fue de sopetón, se avanzó lo que jamás se habría logrado con planificación. Mucho Skype y mucho Teams, a los que se sumaron los Zoom con la familia o los amigos de manera ocasional y siempre a última hora de la tarde. Por sorprendente que pudiera parecer, las reuniones de trabajo trajeron consigo una puntualidad alemana en los asistentes, incluso entre los impuntuales de siempre. La excusa del atasco ya no valía, salvo que fuera intestinal. Lo que no había manera de conseguir en las reuniones presenciales lo logró el confinamiento. Y no solo eso, sino que consiguió también que se respetaran los turnos de palabra, que las reuniones parecieran más productivas. Desconozco si al otro lado de la pantalla mis colegas estaban guasapeando o leyendo el Marca, pero aparentemente todos hicimos nuestro trabajo a diario de manera muy profesional y la empresa siguió funcionando pese a las circunstancias. Por supuesto que todos nos hemos solidarizado con esos compañeros con niños pequeños a los que trataban de silenciar mientras manteníamos una reunión sobre temas complejos o había que tomar una decisión trascendente, chapeau a todos ellos.

Chapeau igualmente a los que fueron capaces de aguantar en solitario una experiencia tan extrema como el encierro de las primeras semanas, y no digamos a los que (y las que) tuvieron que aguantar con personas a las que ya no les unía nada. El confinamiento ha puesto a prueba a muchas personas y en su mayoría la sociedad demostró una madurez que no parecía tener nuestra clase política. Nos sumamos a todo lo que nos pedían: las (contradictorias) medidas de prevención, el distanciamiento social, sonreír con los memes, mandar mensajes de ánimo, los aplausos de las ocho, el Resistiré del Dúo Dinámico o la estupenda nueva versión que sonaba a diario en mi vecindario.

Por lo que veíamos en redes sociales, tanto tiempo en casa nos llevó a probar nuevas aficiones o a cultivar las que teníamos abandonadas: a unos les dio por el bricolaje, a otros por las manualidades, a todos por la gimnasia, mi mujer y mi hija probaron con la pintura, y mi hijo y yo nos atrevimos a cocinar platos con los que jamás nos habríamos atrevido en condiciones normales. Cada día se encargaba uno de la cena y competíamos en una especie de MasterChef casero del que salieron grandes ideas. Permitidme que muestre aquí (orgulloso) mi brownie de morcilla y queso de cabra, y el Ratatouille.

Pero el confinamiento ha sido muy largo y las situaciones, extremas. A finales de febrero escribí El calibrador de rojos y fachas para expresar lo que veía y no me gustaba, y era la sensación de que cualquier tema, por banal que fuera, provocaba controversia o enfrentamiento. Eso fue antes de la pandemia, porque durante la misma la gestión de la crisis ha hecho que la raya de separación entre los bandos (y me duele enormemente hablar de “bandos”) sea ahora un socavón. Se ha generado mucho mal rollo, incluso odio, en grupos de whatsapp o en esas junglas sin leyes que son Twitter o Facebook. Me temo que va a costar mucho cerrar esa herida abierta entre unos extremos cada vez más poblados.

El (Casi) del título de este post se debe a que no he podido ser enteramente feliz en casa. Sabía que tenía una familia maravillosa y una vida estupenda, pero ni la felicidad ni la tranquilidad eran completas. Lo habría sido de no haber visto tanto sufrimiento cerca, compañeros a los que les envuelve una pátina de tristeza desde hace tiempo, en amigos que han perdido a seres queridos y los han enterrado en soledad o a distancia, en familia cercana, en gente como el amiguete Josean que vomitó un post que le salió de las tripas y que en una semana se convirtió en el más leído de este blog A.C. y D.C. (Aplauso a una generación de héroes). 40.000 lecturas en una semana y muchos mensajes de gente que se sintió identificada con el texto. Reconfortados, agradecidos.

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Nos hablan de “nueva normalidad”, pero falta mucho para que la situación se parezca a algo normal, no digamos a nuestra vida anterior. En la cultura mediterránea no somos gente de taparse la cara, evitar los abrazos y mantener la distancia entre nosotros. Pero es lo que nos toca hacer durante bastante tiempo todavía. Tras las expresiones que aprendimos a marchas forzadas como coronavirus, pandemia, confinamiento, doblar la curva o desescalada, ahora escuchamos con frecuencia otras: rebrote, repunte. Evitémoslo, que ya sabemos que está en nuestras manos.

Los 100 de Lester

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Buenas a todos, amigos lectores.

Con el post de hoy, el “arribafirmante” amiguete Lester alcanza los 100 textos, cifra que alcanzarán en los próximos días los amiguetes Travis, Barney y Josean. Unidos a los 19 post conjuntos (inicios del año, Días del Padre o la Madre, Campeones,…) darán una cifra de 419 textos en unas 304 semanas de vida de este blog, lo que supone publicar 4 artículos cada 3 semanas. No está mal. Durante ese período han salido dos libros de este blog y varias colaboraciones en otros medios, luego el balance solo puede ser positivo.

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Algunos colegas llevan tiempo pidiéndome una manera de localizar textos antiguos, algo que leyeron hace mucho (son ya casi seis años dando la lata desde aquí) y recuerdan y que les gustaría recuperar. Hay un buscador a la derecha de la página que puede ayudar en esa tarea, bajo los últimos textos publicados, pero en cualquier caso, voy a crear una nueva página como índice para poder releer los textos antiguos. Hoy toca pegar un repaso a todos ellos y voy a hacerlo de diez en diez, porque creo que ha habido una evolución en ellos.

Comencé rescatando varios relatos del baúl de los recuerdos, hablando un poco de sentimientos y dejando mi primera crónica maratoniana, la de Berlín 2011:

  1. Turbulencias.
  2. La amabilidad.
  3. Los Caballeros de la Orden de Malta.
  4. Ya estamos todos.
  5. Ese incesante zumbido.
  6. El día que gané a Gebreselassie.
  7. Equilibrio precario.
  8. American Beauty.
  9. La mediocridad de los provocadores.
  10. Onetti, Ibáñez, la dignidad y el genio.

En los siguientes diez fui comentando algunas cosas que me llamaban la atención como la interpretación de los sueños, la magia o las teorías de la conspiración, y seguí dejando varios relatos. Uno de ellos, el de los escoceses, una larga broma para responder a quien me dijo que todos mis relatos resultaban muy tétricos o tristones. Entre estos diez está el texto más leído de Lester, pero que curiosamente empezó a ser muy leído y rescatado dos años después: En busca de la tranquilidad.

En la siguiente decena tenemos la primera entrada dedicada a las estadísticas, cuando los lectores de este blog aún no eran muy numerosos y se acercaba el final de ese primer año, que era la vida estimada inicial de este blog. Renovamos (y no por un año, sino ya por muchos más) para seguir hablando de nuevos viajes, música, algún otro maratón como el de Eindhoven y publicando nuevos relatos.

No sé qué pasó en los siguientes diez, de noviembre de 2015 a junio de 2016, pero le dediqué varios esfuerzos a todas aquellas cosas que me tocaban las pelotas, razón por la cual me vi obligado a dedicar uno a todo lo contrario, a aquello que hacía de la vida algo tan maravilloso:

Los siguientes diez textos incluyeron el primer relato premiado, muchos viajes y la primera colaboración externa, la de mi hija Raquel contando su magnífica experiencia de voluntariado en Uganda y la India.

De enero a octubre de 2017 me volqué en los libros y en un proyecto de voluntariado en Bolivia, y de la mezcla de ambos surgió el libro Relatos de un tiempo fugaz, cuya recaudación se destinó a completar las obras del Pabellón Azul del Hogar Teresa de los Andes.

Bolivia nos marcó. Nos encantó como país, pero no deja de dar lástima que un país con tanta riqueza tenga a su gente pasando tantas penurias. Más relatos y nuevas colaboraciones externas que me enorgullecen, en este caso de mi padre sobre un tema escabroso como son los toros.

Entre junio de 2018 y enero de 2019 algo me pasó que la mayoría de los textos buscaron algo de ironía y buen humor, aunque en el camino se me colaron algunos relatos fieles a mi estilo (o sea, tristones):

Nuevas colaboraciones en los siguientes diez artículos (R. San Telmo) y el proyecto del segundo libro que ha surgido de este blog (Aguafiestas), con nuevos fines solidarios como fue en esta ocasión el proyecto de voluntariado en el valle del Chota (Ecuador).

De noviembre de 2019 al momento actual, en el que no hay maratones de los que hablar, ni más viajes que contar que aquellos que sucedieron en el pasado, puesto que tanto las nuevas carreras como los antiguos viajes quedaron apartados por una buena temporada de confinamiento. Ya queda menos.

Aquí no terminan las ideas, sino que mi libreta está a reventar, así que en muy poco tiempo estaré dando guerra de nuevo. Gracias a todos los lectores (cada día más numerosos) por seguir ahí, interesándoos, al otro lado.

Cara Lester