Una declaración impostora e impostada

Recojo el guante que deja el amiguete Josean sobre las falsificaciones para hacer una confesión ante los lectores habituales de este blog. Con algo de pudor, bien es cierto, pero allá va: siempre he querido colar una falsificación. Un documento inventado, una trola gorda, bien gorda. Y luego lograr que se hiciera viral, como se dice ahora. A modo de broma, no con ánimo de obtener algún tipo de beneficio ilícito, pero sí colar una trola bien gorda, absurda, ver cómo se la tragan esos “crédulos interesados” del anterior post, cómo la convierten en dogma durante tres o cuatro días, una semana a lo sumo, para luego, yo mismo, desmentirla. Desmontarla, mostrar a esos believers que están dispuestos a tragarse todo que hay que tener un poco más de espíritu crítico.

Este blog cumple hoy 11 años, casi nada, y desde el primer momento siempre he tratado de mantener el rigor en todos los asuntos tratados: contrastar los datos, revisar varias fuentes, no fiarme de la memoria, que a veces juega malas pasadas… y que nadie pudiera reprocharme que «eso es falso», o que «te has inventado esa parte». Incluso, o, sobre todo, en temas que tocan la fibra, como el fútbol o la política. Sin embargo, sucede que a veces apetece hacer bromas con algunos asuntos y ver las reacciones que genera. Guiado en parte por el «Si non e vero, e ben trovato»: no es cierto, pero lo he contado bien. Bonito. Así colé alguna falsedad en un post de cine (Libros de atrezzo, aunque al final se desvelara) o algun gazapo fake en Una furgoneta del siglo XIII.

No han sido las únicas bromas. Hace un par de años, publiqué una broma en X/Twitter sobre el supuesto borrador de notas del asesor jurídico del Barça para Joan Laporta antes de su publicación. Para mi sorpresa, unas 60.000 personas leyeron ese texto, bastante burdo, con un post-it pegado, con una letra atropellada, la mayoría de ellos, difundiéndolo como la coña que era, pero algunos me preguntaron: “¿Pero esto es cierto?”. ¡Coño, cómo va a ser cierto, si se ve a la legua que es una coña!”.

Pero es el peligro de las redes sociales. En otra ocasión junté la cabecera del Marca con un titular absurdo en la línea pastoral del periódico (alabar hasta los pedos de Guardiola y criticar todo lo que se refiera al Real Madrid) y este sí se lo creyeron la mayoría de los lectores. Unas veinte mil personas. Tuve que desmentirlo pocas horas después ante la cantidad de comentarios indignados con el periódico del atlético Gallardo.

Son bromas sin maldad alguna, pero no me gusta que se propaguen demasiado, así que enseguida aviso de la falsedad, como aquellas veces. Antes de que se vayan de las manos, que lleguen más allá de lo que a uno le gustaría. Eso me recuerda una vieja historia que me sucedió en mi anterior trabajo, hace más de veinte años, y de la que hoy me río con ganas. Se publicó una controvertida nota del presidente del grupo acerca de un asunto que iba a generar reacciones, muchas charlas de pasillo y múltiples interpretaciones. Cogí ese comunicado e hice algo parecido a lo de Laporta: cambié unas pocas palabras, añadí otras de mi puño y letra endureciendo el lenguaje y el toque final, un post-it pegado. Se suponía que eran los cambios del responsable de comunicación del grupo al mensaje inicial del presidente. Una broma que no pensaba que fuera más allá de mi media docena de colegas más cercanos. Pero alguno de ellos, pese a que les dije que no lo circularan, lo hizo, y llegó a más gente, y a más, y… Un día estaba en el baño y coincidí «meando» con el Director de Recursos Humanos. Se puso a mi lado y me dijo:

– Hombre, no sé si has sido tú el autor de ese escrito que está circulando por ahí, pero, por si acaso fueras tú, o lo conocieras, me gustaría decirle a ese artista dos cosas: la primera, que es muy peligroso hacer estas bromas, hay que tener mucho cuidado o no hacerlas directamente.

Tragué la saliva mientras deseaba terminar el chorro de orina cuanto antes.

– Y la segunda, me gustaría felicitar al autor en persona porque me he descojonado vivo. Es buenísimo, qué cabrón el que lo haya hecho.

Creo que solo supe contestar algo así como «se lo diré al autor», pero me cuido mucho desde entonces de hacer estas bromas en el mundo de la empresa. Y no será por falta de ganas. Aun así, me di cuenta de lo incómodo que es llevar, aunque solo sea una coña y por unos días, la carga de esa «falsedad». No me imagino lo que debe ser esa gente que lleva toda una vida basada en una mentira. Lo pensaba hace poco mientras veía la película Marco, una fenomenal recreación de Eduard Fernández de Enric Marco, el falso superviviente de Mauthausen, el hombre que vivió durante décadas dando charlas acerca de cómo había sido su vida en el campo de concentración nazi. El impostor al que Javier Cercas dedicó un libro entero.

Sus mentiras se desmontaron cuando un historiador, uno de esos expertos «buceadores» en archivos y documentos históricos, comenzó a ver que lo fundamental no cuadraba en la vida de este impostor: las fechas, el origen, el motivo que lo llevó al campo… Los nazis dejaban un soporte físico y documental de todas sus tropelías y esa manipulación fue clave para desmontar la mentira que fue la vida de este hombre. Quizás por todo esto veo un peligro cada vez más evidente en el mundo que nos va a tocar vivir en los próximos años y es precisamente la falta de soporte físico de la mayoría de los documentos. Sé que existe una firma digital, un registro informático de cada dato, de cada fecha, que la tecnología blockchain permitirá mantener esa trazabilidad del «documento», pero, si se pueden falsificar documentos del siglo XIV, no tengo ninguna duda de que cambiar un registro en un servidor es infinitamente más sencillo.

Y luego está el peligro de las redes sociales, de los believers que comentaba en el anterior post, los tipos que quieren creer algo porque encaja con sus valores o sus intereses. Hay granjas de bots expandiendo mentiras por las redes sociales y millones de creyentes de las mismas que no van a hacer el mínimo trabajo de averiguación acerca de la posible veracidad. Tipos que se las tragarán, las difundirán, retuitearán, amplificarán y contarán por todos los medios a su alcance. Como aparece en la cita de Mark Twain con la que inicio este post:

«Es más fácil engañar a la gente que convencerla de que ha sido engañada»

El sesgo de confirmación funciona a toda máquina en este inframundo moderno de las redes sociales, las noticias rápidas y los titulares tendenciosos. El sesgo de confirmación es ese convencimiento en toda aquella información, lectura, escucha o dato que concuerda con las creencias propias, para, de ese modo, confirmar o dar por contrastado nuestro pensamiento. El componente emocional juega un papel relevante en este llamado sesgo, «pensar con las tripas», y así podemos observar a diario cómo hay personas que creen firmemente todo lo que dicen sus líderes «espirituales» (pueden ser políticos, culturales, deportivos, periodísticos) al mismo tiempo que descartan esas mismas teorías si son expresadas por alguien a quien desprecian. Vivimos en una sociedad fuertemente polarizada y en la que ha crecido exageradamente la «posverdad», esa palabreja que hace referencia, según la RAE, a la «distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales».

Y aparte de las redes sociales o el desastre de la mayor parte de los medios de comunicación, advierto otro peligro para los años venideros: la expansión de la Inteligencia Artificial. Porque se alimenta de la popularidad de lo que ya existe en las redes y los medios, no del documento base original, y pesa más la estadística de un dato previamente difundido que su validez. La información tiene más posibilidad de transformarse en verdad para la IA si es popular que si es real. Copilot, Chat GPT, Perplexity, Meta AI y demás herramientas son estupendas, pero me pregunto cuántos de sus usuarios se quedan en la primera respuesta o contrastan la misma.

Por la parte que me toca como responsable del blog, trataré de mantener el rigor… y alguna vez colaré una falsedad. Gorda, bien gorda.

Cómics (III): Maus

Maus llegó a mi conocimiento de una manera poco convencional, pues no lo hizo por la propia obra en sí, de la que no sabía nada, sino por el reconocimiento de un premio de prestigio como el Pulitzer. En 1992, la novela gráfica de Art Spiegelman (Estocolmo, 1948) consiguió un galardón especial del jurado de los Pulitzer por el tratamiento tan original que dio a su relato sobre el holocausto judío y la supervivencia de su padre en ese horror. Lo hace de una manera muy poco convencional, pues emplea animales con forma humana, y lo envuelve todo con un humor amargo que se mezcla con la tristeza que empapa toda la historia. Fue el primer cómic que obtuvo este prestigioso premio, una distinción a la que, desde este año, le acompañará Feeding ghosts, de Tessa Hulls.

Maus se publicó en tiras cómicas entre 1980 y 1991 en la revista Raw, y, como libro, en dos partes: Mi padre sangra historia (1986) y Y allí empezaron mis problemas (1991). Los judíos son representados con forma de ratas y sus captores, los alemanes, lógicamente son gatos. Los polacos son cerdos, los franceses aparecen como ranas y los norteamericanos son perros. Esa equiparación judío-rata podría parecer un arranque desafortunado, algo que provocara el rechazo inmediato del lector, pero precisamente el origen de esa equiparación viene del propio nazismo y de la brutal campaña de deshumanización que iniciaron los líderes del partido hacia este colectivo. El libro comienza precisamente con la famosa frase de Hitler:

«Sin duda los judíos son una raza, pero no humana»

Adolf Hitler

Los judíos eran comparados con ratas y con parásitos que transmitían enfermedades, y esa deshumanización fue fundamental para que un pueblo culto y formado como el alemán apoyara una barbarie que comenzó mucho antes de los campos de exterminio: con el arrinconamiento en guetos, la pérdida de derechos de los judíos, la consideración como ser inferior. En su momento generó mucha polémica y el propio autor dudó acerca de si su elección era una manera adecuada (o afortunada) para tratar una historia como la de los prisioneros de Auschwitz, como manifiesta en el propio libro, pero siguió adelante, entre otras razones, porque le parecía imposible dibujar con hombres y mujeres algunas de las escenas que quería contar: las cámaras de gas, los cuerpos amontonados, la extrema delgadez… la violencia de los captores.

Maus desarrolla dos tramas diferenciadas en dos momentos y dos lugares bien distintos:

  • La relación de Art con su padre Vladek a principios de los ochenta en Estados Unidos, mientras le pide que le cuente historias acerca de Auschwitz, su madre, el hermano al que no conoció pues falleció allí y cómo logró sobrevivir. Nos muestra una relación difícil debido al carácter del padre: egoísta, tacaño, cutre, arisco, pero también machista y racista, como nos mostrará en algún episodio. Da la impresión de que salió de Auschwitz, sí, pero Auschwitz nunca salió de él.
  • La propia vida en Polonia a finales de los treinta y principios de los cuarenta: la llegada de los nazis, la manera de escapar en un primer momento para poder mantener su tren de vida, los guetos, los escondrijos tan inverosímiles para sobrevivir unos meses más y, finalmente, el internamiento en Auschwitz. La lucha por la supervivencia.

Podría haber una tercera línea argumental, que es la del propio autor, Art, y sus dilemas internos. Primero, para superar el suicidio de su madre Anja en 1968, un episodio que no oculta y que le atormenta, como cuenta en la breve historia de tres páginas que incorpora a la propia novela, Prisionero en el planeta infierno, y en segundo lugar, las conversaciones con su psiquiatra y con su mujer acerca de si debe continuar con esta obra o no. El dilema moral al que se enfrenta y el modo escogido para hacerlo. El propio autor se contesta con una frase de Samuel Beckett, para, a continuación, decir: «sí, pero la dijo».

La obra resulta contundente, precisa y profusa en las explicaciones, sin obviar las cámaras de gas, los barracones, las literas repletas de cuerpos hacinados, los trenes o las explicaciones sobre los zulos que utilizaban las familias para esconderse en el gueto. La casa de Ana Frank en Ámsterdam (una visita que merece la pena hacer cada vez que vayas por allí) te viene de inmediato a la cabeza, si bien, algunos de los alojamientos de Vladek y Anja resultaban aún más complejos y pequeños. Alguno, aún más inhumano, como el basurero. O las célebres chimeneas de Auschwitz, la manera de salir física y (valga la metáfora) espiritualmente de aquella pesadilla.

La historia avanza como el propio nazismo en Europa durante aquellos años, y la sombra de la esvástica se cierne sobre las familias, como algo que ya «está ahí» y se va a llevar por delante a esas familias adineradas, de cuyas tragedias vamos sabiendo a medida que la historia se desarrolla.

Nada más comenzar la obra, olvidas de inmediato que estás leyendo una historia de «gatos y ratones», o de hombres y mujeres tras una máscara, igual que en tantas películas de Disney o en la Rebelión en la granja de Orwell. Es todo tan real, tan humano o inhumano, como lo que hemos visto en La lista de Schindler, El pianista, La zona de interés, en exposiciones, visitas o en tantos documentales sobre la época.

De hecho, la catalogación de la obra por el New York Times provocó una divertida polémica del autor con el diario en el que confiesa estar encantado de aparecer en su lista de best-sellers, pero que «el deleite se convirtió en sorpresa, sin embargo, cuando advertí que aparecía en el apartado de ficción». La carta es una delicia que descubrí recientemente (gracias, Jorge Corrales) y que merece la pena leer si sabes inglés.

«Ficción significa que la obra no es factual, verídica», dice Spiegelman. Luego habla del terreno fronterizo que separa la ficción y la no ficción, de todos los detalles que da acerca de los campos de concentración o de cómo construir un búnker, y que se estremecería de pensar que las memorias de su padre en la Europa de Hitler y los campos de exterminio fueran clasificados como ficción. «Entiendo que dibujar a las personas con cabezas animales puede plantearles problemas de taxonomía. ¿No podrían considerar añadir una categoría especial de «no ficción de ratones» en su lista?».

Finalmente se registró en el apartado de no ficción para el editor, que mencionó otras fuentes como «Memorias, historia» en Pantheon Books o la biblioteca del Congreso de Estados Unidos, donde quedó incluida en esa misma categoría de no ficción.

Sea lo que sea, una obra de no ficción con ratones, o con personas que llevan máscaras para distinguirse por razas o especies, como hacían los propios nazis con los brazaletes, es una aproximación veraz y casi en primera persona de lo que sucedió. El autor nos devuelve a la «humana» realidad en algunos episodios cuando muestra las fotos de su padre en el campo o del hermano al que no conoció, el pequeño Richieu, que falleció en el campo, como toda la familia de Vladek. Solo sobrevivió Anja, con quien se reencontraría tiempo después de la guerra, tras varias vicisitudes por Polonia, Austria o Suecia.

La novela gráfica de Art Spiegelman no sorprende por su crudeza, ya vista en otros formatos, sino por su similitud en varios puntos con otras famosas obras ambientadas en los mismos escenarios. El hombre en busca de sentido, de Víctor Frankl, y Si esto es un hombre, de Primo Levi, vienen a la mente del lector de inmediato, por lo que cuentan sobre la deshumanización de los judíos que tan bien lograron los nazis, el adormecimiento de las emociones, la lucha feroz por la supervivencia, incluso con el semejante, o cómo la humillación contribuía a rebajar aún más una autoestima que ya estaba por debajo de los barrizales polacos. También coincide con ambos textos en que los prisioneros tenían una sola motivación para sobrevivir y no lanzarse contra la alambrada, que no era otra que volver a ver a los suyos, a su mujer, a su hijo, a lo poco que les aferraba a este mundo.

He buscado en el libro de Víctor Frankl algunas frases y parecían calcadas o resumidas por Spiegelman en Maus: «Por lo general, solo se mantenían vivos aquellos prisioneros que, tras varios años de tumbos de campo en campo, habían perdido todos sus escrúpulos en la lucha por la existencia (…). Los que hemos vuelto de allí gracias a multitud de casualidades fortuitas o milagros -como cada cual prefiera llamarlos- lo sabemos bien: los mejores de entre nosotros no regresaron».

«Fruto de las convicciones personales que más tarde mencionaré, la primera noche que pasé en el campo me hice a mí mismo la promesa de que no me lanzaría «contra la alambrada». Esta era la frase que se utilizaba en el campo para describir el método de suicidio más popular: tocar la cerca de alambre electrificada».

La historia de los campos de concentración y exterminio es terrible, una lacra que la humanidad no olvida y no debe olvidar. Hacen bien los judíos en recordar su historia y su sufrimiento, y son perfectamente conocedores de que el primer paso para que una brutalidad así sea posible es desposeer al enemigo de su condición humana. Lo sabe muy bien Ariel Sharon, igual que los ministros y partidarios de su gobierno, quienes tratan de desposeer de tal condición a los gazatíes, sin derechos, sin agua, sin comida, sin sanidad, para luego, con la excusa de la guerra contra los terroristas de Hamás, justificar el exterminio de toda una población. Parece mentira, pero no es algo que haya pasado hace ochenta años, sino hoy, ayer, la semana pasada.

Capítulos anteriores:

Cómics (I): Pyongyang.

Cómics (II): El abismo del olvido.

Relacionados:

Watchmen (I): la novela gráfica.

V de Vendetta (I): la novela gráfica.

¿Qué pasó con…? (VI)

A finales de los ochenta, un escándalo de corrupción pasó a ocupar las principales portadas de los medios y nos dejó a todos con la boca abierta: «¿me estás diciendo que el hermano del vicepresidente de gobierno tiene un despacho en una sede oficial de la delegación del gobierno en Andalucía para recibir empresarios y ejercer «labores de representación»? ¿Pero esto qué coño es?».

La bola de nieve, o de mugre, comenzó a crecer, ocupó horas en radios y televisiones, centenares de páginas en los periódicos, diálogos bochornosos en el Congreso, y acabó con una serie de investigaciones por cohecho, fraude fiscal, prevaricación, malversación de fondos y usurpación de fondos que terminaron en los juzgados. Todo ello provocó la dimisión de Alfonso Guerra en enero de 1991, hoy «rehabilitado» para buena parte de la opinión pública por su defensa de un socialismo muy diferente al de Pedro Sánchez. Es curioso que tuvieran tanto parecido a la hora de colocar a sus hermanos en puestos en la administración.

La última etapa del gobierno de Felipe González salió a escándalo diario y no recuerdo bien si el caso Guerra fue el detonante que llevó a un adelanto electoral en 1993 y a la posterior derrota en las urnas en 1996 tras una legislatura breve y agotada. A los casos Flick y Filesa sucedieron el caso Seat, la utilización de los fondos reservados, el caso Ibercorp, los GAL, el caso Urralburu, la huida de Roldán, el fraude del BOE, los «agujeros» de la Expo 92… Aquello era insoportable.

Muchos comenzamos a saber aquellos años qué era eso del «tráfico de influencias», hoy algo tan archiconocido que no hay semana que no nos encontremos un posible escándalo relacionado con esta práctica tan nuestra. Por momentos parece que no hay político que no tenga un hermano, primo, novio o novia, cuñao o amigo de largas veladas al que buscar acomodo a cuenta del erario público. El escándalo de Juan Guerra nos hizo saber que había quienes ejercían una labor de… ¿cómo lo llamamos, comercial, de intermediación, asesoramiento, lobby? ¿Facilitador? ¿Acelerador de proyectos? ¿Directamente, un conseguidor?

El caso adquirió tal relevancia que no se libró de una aventura del gran Francisco Ibánez en el mismo año 1991: Mortadelo y Filemón contra El atasco de influencias. Unas influencias que ejercía un tal Juanito Batalla, un parecido claramente indisimulado del hermanísimo. Era un personaje grotesco, cutre, casposo, al nivel de las fotos en calzoncillos de Luis Roldán, pero resulta que, en ocasiones, el humor es la mejor vía para contar una mierda putrefacta como aquella.

Y sin embargo, después de todos los juicios, tras la dimisión de Alfonso Guerra, ¿en qué quedó aquello? Pues sorprendentemente para la mayoría, Juan Guerra fue absuelto de todas las acusaciones por delitos de corrupción, como los casos Litomed y Comasa, o como el caso Fracosur, por el que fue inicialmente condenado, pero absuelto posteriormente por la Audiencia de Sevilla. En cuanto al que más morbo generó, el juicio por la usurpación de funciones en la delegación de gobierno, fue inicialmente condenado, pero el Tribunal Supremo lo absolvió en 1995.

Solo fue condenado por delito fiscal (que no es poco, ni mucho menos) por un importe de 42 millones de pesetas, unos 253.000 euros, un delito por el que, además, se le condenó a dos años de cárcel, pena que fue suspendida en 2002 tras una larga serie de recursos y apelaciones.

Juan Guerra desapareció durante décadas para la opinión pública y no he encontrado mucho acerca de cómo vivió esos años, pero supongo que no le faltaría de nada. Volvió a aparecer en una entrevista en televisión en febrero de 2022, en 7TV Andalucía y lo hizo para reivindicar su inocencia. Dice que pasó años terribles de persecución de los medios y que lo suyo fue «una operación de caza». Tenía entonces 80 años y una de las frases que dejó me viene a la cabeza con lo que estamos viendo desde hace meses en el mundo de la política: «hay que seleccionar bien a las personas cuando le vas a encargar algo de importancia». Eso pensaba Pedro Sánchez con Ábalos, y Ábalos con Koldo, supongo.

Pasan los años, pero algunas prácticas permanecen: el hermano de Sánchez, el novio de Ayuso, la mujer del presidente, el hermano de Ayuso, las parejas de Pablo Iglesias, las ex de Ábalos… También los juicios sumarísimos en la plaza pública. Normal, cuando todos los apegados, perdón, allegados, terminan de un modo u otro cobrando del erario público.

También a principios de los noventa, concretamente en 1992, una aparición fugaz en un programa de televisión nos sorprendió a más de uno. Y de dos. A varios millones. Un chaval de origen francés, Jordy Lemoine, de apenas cuatro años, se presentaba en un programa como «el cantante más joven del mundo». Fue un espectáculo inenarrable. El niño no tenía gracia, no cantaba, apenas se movía, ponía cara de no saber qué hacía allí, y a algunos nos dio por preguntarnos si no iban a retirar la custodia a sus padres. Le habían puesto una gorra torcida, habían «sampleado» su voz en una mesa de mezclas y le habían dicho que diera tres pasos de bebé con cierto ritmo. La canción vendió millones de discos por todo el mundo, unos seis millones de copias, según se comentó. «Dur, dur, d’etré bébé», algo así como «duro, duro ser bebé».

Los llamados talent show deberían estar vetados para niños por debajo de ciertas edades. No sé cuál, pero llama la atención ver los llantos de algunos niños cuando no son escogidos por sus cuatro quejíos flamencos mal dados porque en su lugar han elegido a gente enormemente preparada que lleva años pateándose escenarios y giras por todo el país en busca de una oportunidad. Gente con talento y mucho curro por detrás que observan anonadados cómo los aplausos van para unos críos cuyo mayor atractivo es su edad.

El problema no son los Jordys de la vida, sino los padres. Los padres de este niño francés eran una compositora y un productor musical. Entre ambos compusieron esa merdé, la mezclaron de manera conveniente con ritmos pegadizos y se dedicaron a explotar al chaval por el mundo. A los pocos meses del pelotazo sacaron un disco, Pochette surprise, y, apenas un año después, en 1993, otro, Potion magique. Había que explotar la fórmula antes de que se agotase. Hicieron una buena fortuna y trataron de repetir la fórmula: en 1995 publicaron un tercer disco, La Récréation, con el que se estrellaron. Hay público para mucha bazofia, pero no para tanta.

Los padres de Jordy pensaron que el éxito iba a durar para siempre y se habían metido en inversiones millonarias, como una atracción infantil con la imagen de su hijo, con la que se pegaron un batacazo económico descomunal y perdieron la mayor parte de su fortuna. Los padres se separaron poco después y el chaval desapareció, recuperó a duras penas el anonimato. Volvió a la escuela, como corresponde a un niño que tendría por entonces siete años y no se volvió a saber de él en Francia hasta que apareció en un programa de famosillos que cantan, supongo que una especie de Tu cara me suena o algo así.

Lo último que se sabe de él es que vive en Inglaterra y tiene una banda de rock, Jordy and the Dixies. Venderá muchos menos discos, pero estoy convencido de que vive más feliz. Es curioso, hoy, que se celebra Eurovisión, encuentro cierto paralelismo con nuestra representante, Melody. Con apenas diez años se hizo famosa en 2001 con El baile del gorila por su desparpajo y por la manera de moverse. Fue número uno en varios países, estuvo nominada a los Grammy Latinos y vendió millones de discos. Luego intentó mantenerse en el mundo de la música, pero no tuvo éxitos destacables. Los que no sabíamos nada de ella, nos la rescataron nuestros hijos en Tu cara me suena, en la edición de 2014, «Papá, ¿conoces a una cantante que se llama Melody?». Una diva poderosa, o algo así dice su canción de ahora. Apenas tiene 34 años, Jordy tiene 37, pero ambos parecen haber vivido ya varias vidas.

Futbolero e inspector de Hacienda

A nadie le apetece una inspección de Hacienda. Y eso que en este capítulo me referiré a la incomodidad que supone una inspección realizada a la empresa en la que trabajo, no quiero ni imaginarme lo que puede ser sufrir una en tus propias carnes de persona física sin apenas más ingresos que los de tu nómina.

Aquella mañana acudimos a la sede central para grandes contribuyentes de la Agencia Tributaria, justo enfrente de esos Nuevos Ministerios que tienen poco de “nuevos”. La mañana era fría y allí acudí acompañado por dos colegas de trabajo: Gabriel, mi brazo derecho en la empresa, y Ramón, el responsable fiscal del grupo. Por aquel entonces (¿y cuándo no?), la Agencia Tributaria estaba a la caza de grandes fortunas y el organismo aparecía con bastante asiduidad en la prensa. Messi y Cristiano Ronaldo tenían casi tanta presencia en los medios por las investigaciones de Hacienda que por sus goles o hazañas sobre el terreno de juego. Actores, futbolistas, empresarios, políticos… nadie se libraba de sus tentáculos. Justamente acababa de pronunciar la palabra “tentáculos” cuando en el control de seguridad de la entrada al edificio me pidieron el DNI.

– Coño -me dije-, voy a controlarme, que seguro que graban a todos los que los ponemos a escurrir.

En la planta cuarta nos esperaba un amplio equipo de la inspección: Aquel día estaban todos muy sonrientes, enormemente amables y educados, como un equipo de cirugía refractiva antes de pegarte un sablazo. Ya habría tiempo de enseñar los dientes.

– Hola, soy Manuel -nos saludó el más veterano de todos mientras extendía la mano derecha-, seré el jefe de la inspección durante el tiempo que dure.

Nos presentó a los dos equipos que se iban a lanzar a nuestras yugulares contables durante los siguientes doce meses: Chelo, Montse, Julio, un informático, Alejandro… no logro recordar todos los nombres. El tal Alejandro era un auténtico cabrón, bueno, no quiero pasarme, era un tipo bastante desconfiado. Y bueno, un auténtico cabrón, como veríamos después. En aquella presentación todo muy cordial, muy correcto, y nos llevaron a una amplia sala. Con los inspectores de Hacienda me pasa lo mismo que me sucedía cuando era un chaval que acudía a mis primeras entrevistas de trabajo y había un psicólogo al otro lado de la mesa: joder, que me pone nervioso que a cada gesto o frase haya un tío (o tía, para esto sí empleo el lenguaje inclusivo) que anote mis palabras o el significado de mis ademanes.

¿Hablé de más, de menos, en aquella reunión de cortesía? ¿Captaron la directa de mis palabras cuando les dije que “Hacienda somos todos, menos mi vecino de dos casas más allá, que es diputado en el Congreso”?

El inspector nos pidió colaboración a lo largo de todos los meses durante los cuales la inspección iba a permanecer abierta:

– Vamos a fijar un día a la semana, unas veces en nuestra oficina, otras en las vuestras, pero, sobre todo, os pedimos la máxima colaboración en la entrega de documentación para que esto vaya rápido y no sea necesario ampliar los plazos máximos.

“¿Más de doce meses? No jodas, si para evitar eso precisamente tenemos la trituradora de documentos funcionando a pleno rendimiento”. En aquel momento se me ocurrían muchas frases así, pero me las guardé hasta ese momento de la inspección en que ya cogimos cierta confianza mutua. Para que una inspección sea llevadera tienes que lograr ese buen clima de entendimiento con ellos y eso a veces surge cuando les invitas a tomar un café.

– Venga, Chelo, Lourdes, ¿bajamos a tomar un café? -les dije un día en nuestras oficinas-, así estáis menos tiempo hurgando en nuestros papeles.

Lo normal era que hiciéramos esa parada sobre las once de la mañana, pero hubo un día que andaban muy liadas y declinaron nuestra invitación:

– Sois las primeras funcionarias de este país que rechazan un café -les solté.

Tardaron un tiempo en entender nuestro particular sentido del humor, pero lo cierto es que la interacción fue bastante positiva para ambas partes, tanto que Chelo, la mayor, me respondió:

– Tranquilo, tengo varios compañeros que mantienen bien alta la media nacional de cafés de la administración.

El humor siempre ayuda, y el trabajo avanzó con una fluidez deseable para todos. Con el que metí la pata hasta el fondo fue con Manuel, el inspector jefe.

– A ver si me dejáis tranquilo a Cristiano Ronaldo, Manuel -le comenté en una ocasión antes de empezar la jornada-, que el pobre se está descentrando con tanta inspección, con las peticiones de cárcel y eso, y en un mes tenemos eliminatorias de Champions.

Me miró de soslayo y respondió:

– Si hubiera pagado lo que le dijimos desde el inicio, no tendría ahora estos problemas.

– Pero, desde el desconocimiento, pregunto, sea Ronaldo, Messi, Shakira, o quien sea: ¿unos ingresos por un anuncio rodado en las Seychelles para una empresa americana, que le paga una agencia de Singapur, y con los derechos de imagen cedidos a otra empresa con sede en Bahamas, de qué modo tiene que liquidar en España y por qué concepto?

Nunca profundizamos en estas conversaciones lo que a mí me habría gustado. Además, ahí estaba mi compañero Gabriel al quite para pedirme que no insistiera: “me da que este tío no es del Madrid precisamente”. Su intuición se corroboró un día que acudimos a sus oficinas, concretamente el día después de que Ronaldo marcara de chilena el golazo aquel en Turín:

– ¿Viste ayer a Cristiano, Manuel? Vaya chicharro, al final, la rabia por tanta inspección ha servido para que saliera a reventar a los italianos.

En aquel momento subíamos de una planta a otra porque la sala de reuniones de otras veces estaba ocupada. Íbamos por las escaleras, pero el inspector se paró, se giró y me dijo muy serio:

– ¡Qué pesaos estáis los madridistas, parece que no habéis visto un gol de chilena en vuestra vida!

Glups, definitivamente no parecía simpatizante del Madrid.

– La reunión tendrá que ser en mi despacho -nos dijo-, porque no hay una puta sala libre en todo el edificio.

Entramos al despacho, nos sentamos en la pequeña mesa de reuniones que tenía y “¡bingo!”, allí estaba la prueba: un calendario del Atlético de Madrid en la pared, tras el escritorio en el que se sentaba a diario. Y un banderín del Atleti colgando del monitor del ordenador.

“Con menudo hooligan he debido dar”, pensé. Don Manuel, Manolo, como vi que le llamaban sus compañeros, no era mal tío, simplemente era más seco que la mojama. En especial cuando salía el tema fútbol, que a partir de ese día traté de obviar. Castizo, madrileñazo de generaciones, con padres y abuelos colchoneros que sin duda habían contribuido a que no hiciera la elección adecuada en la infancia.

Según fuimos conociendo datos de su vida, supimos que estaba en sus últimos años de carrera profesional, que había compartido promoción con algunos tipos que dejaron pronto la inspección y se metieron en la política, “y se forraron a base de olvidar lo que sabían los muy…”. Siempre se cortaba antes de soltar la palabra “sinvergüenzas”, pero era muy evidente que le dolía especialmente ver cómo algunos excompañeros de carrera habían contribuido a cambiar las normas para favorecer a otros que les habían retribuido con generosidad.

Ni siquiera cuando hice alguna broma sobre el despacho de Montoro, los conocimientos fiscales de Montero o la inspección al banquero que murió en el acto conseguí sonsacarle algo. Solo una vez, cuando apareció el nombre de un inspector de Hacienda en excedencia entre los beneficiarios de las tarjetas black:

– Ese tío siempre fue un capullo integral

Y no dijo más. Quizás porque lo había dicho todo. Recuerdo otra salida suya cuando le planteé una cuestión acerca de un negocio que habíamos comenzado recientemente, “para la próxima inspección, Manuel”, un negocio de cientos de miles de pequeñas operaciones de céntimos que se gestionaban a través de una app de uso en los móviles:

– Imagina que son diez céntimos por operación, que se supone que llevan el IVA incluido -levantó las cejas como diciendo “que se te ocurra lo contrario”-, vale, luego dos céntimos para Hacienda, uno para el banco que pone la plataforma de pago, otros dos para la empresa que desarrolla la app, que está ubicada en la isla de Jersey, uno y medio para pagar el propio coste del servicio y el resto para nosotros. Y todo esto, unas diez mil veces al día.

Me miraba como si no quisiera escucharme más, como si se estuviera cagando en todos los desarrolladores de la nueva economía, así que, cuando lancé mi pregunta:

– Con todo esto, y con la poca calidad de la información que recibimos nosotros mismos para liquidar, ¿cómo nos vais a inspeccionar estas facturas y qué soporte esperáis que os facilitemos?

Su respuesta no pudo ser otra:

– Mira, quedan tres o cuatro años para eso, y para entonces yo ya me habré jubilado, ¡que se lo coma el siguiente!

Sentí envidia, quizás porque en el fondo yo sienta algo similar a él, una infinita pereza por estas nuevas tecnologías y los millones de céntimos que vuelan entre países y empresas. “Solidaridad en la pereza” podría haber sido el título de este capítulo. Pero he preferido llevarlo por el lado del fútbol porque fue decisivo para el cierre de la inspección. Los servicios de inspección suelen tener una cifra en la cabeza que esperan “encontrar” en los inspeccionados: diferencias de criterios, cambios normativos mal aplicados, interpretaciones interesadas… por lo general, hay más de diferencias por la regulación que por fraude o evasión.

– Mira, Lester -me dijo Manolo al comienzo del undécimo mes-, si aceptáis esta regularización que os proponemos, damos carpetazo a todo, cerramos aquí y hasta dentro de un tiempo. Si optáis por firmar en disconformidad, seguimos con la inspección abierta, ampliamos la petición de información y entonces, al tribunal vamos con todo, también con lo que ya habíamos dado por válido.

– Ya, pero es que creo sinceramente que nuestra interpretación es defendible -razoné-, que tenemos argumentos que lo soportan, aceptar en conformidad ese ajuste tendría un impacto relevante en nuestras cuentas.

– No es tanto para un grupo como el vuestro, estoy seguro, es un palo, pero entra dentro de lo aceptable.

– Un palo nunca entra dentro de lo aceptable. ¿Acaso te lo pareció el de Juanfran?

Joder, fue una metedura de pata, lo sé, pero es que, como estábamos en su despacho, la foto del jugador del mes en su calendario del Atleti era la de Juanfran, “nuestro héroe” particular de la Undécima en Milán. El inspector se llevó la mano al pecho como si le hubieran dado una puñalada.

– No me jodas, no me jodas, que todos estamos deseando llegar ya al final de esta inspección, a ver si la vamos a liar ahora y tenemos que pedir una prórroga.

– Me temo que eso nunca ha sido lo vuestro, Manuel, que luego vienen los penaltis, y ahí, como en los tribunales, tenemos mejores tiradores.

Por mi cabeza pasó ofrecerle que nos apostáramos la inspección al resultado del próximo derbi Madrid-Atleti, que se jugaba unos días después. Tocarle la fibra con su lema “Nunca dejes de creer”, que es en vuestro campo y esas cosas, pero me pareció demasiado temerario. Sin embargo, la sola referencia a una prórroga y penaltis, le hizo reflexionar y concluyó:

– Mira, lo mejor será que cerremos con lo que salga del cuadro que está revisando Alejandro con Gabriel, y que ambos aceptemos lo que salga. Es un dato objetivo.

– Me parece bien. Cualquier cosa mejor que los penaltis.

El Real Madrid ganó 1-3 al Atleti. Y firmamos en conformidad poco después.

Kokuselei (III): las gentes de Turkana

Último post del año y, como en anteriores ocasiones, tenía que dedicárselo a la buena gente que hemos conocido en los proyectos en los que hemos colaborado. En los dos post anteriores sobre la misión de Kokuselei he manifestado mi admiración por todo lo que he visto, pero, también, mi sorpresa ante la situación de abandono que sufría la población de Turkana por parte del gobierno de Kenia. Una región sin apenas carreteras, sin agua, sin más electricidad que la que procuran los paneles solares comprados por particulares y ONG, y sin apenas acceso a la sanidad y la educación, cubiertas por misiones como la comunidad misionera de San Pablo Apóstol de Kokuselei, Nario Kotome o apoyada por algunas ONG como Ojos de Turkana. El apoyo de empresas y de asociaciones como la Fundación Sacyr es fundamental para que esto se mantenga o, mejor aún, se amplíe su influencia.

La única actividad económica (por llamarlo de algún modo) en la zona es el pastoreo, fundamentalmente de cabras. Hay algunos pastores de camellos, pero son mucho menos habituales. Algunos pequeños negocios o minitiendas se han establecido en los núcleos de población que concentran algo más de gente (Kataboi, Kalokol, Nachukui…), pero para encontrar algo parecido a una tienda o un mercado hay que acudir a ciudades como Lodwar, cuya población es de unos 60.000 habitantes según el último censo (¡de 2009!).

Este tercer post estará dedicado a las gentes de Turkana, cuya antigüedad es tanta como la de toda la humanidad conocida, si bien, la evolución en esta zona hostil para el hombre parece que quedó anclada en el Neolítico.

El «Turkana boy»

Se trata de uno de los homínidos más antiguos jamás descubiertos, de 1,6 millones de antigüedad. Los hay más antiguos, como los restos de homínidos descubiertos en Etiopía o en Sudáfrica, pero el esqueleto encontrado en esta zona es el más completo y el que se halla en mejor estado de conservación. El niño de Turkana o de Nario Kotome fue descubierto en 1984 y se trata de un esqueleto de un niño de unos once o doce años, de un metro y sesenta centímetros de altura. En la actualidad se encuentra en el Museo de Historia Natural de Nueva York y en su lugar original quedó un relieve que pudimos ver en una de nuestras visitas.

El monumento tiene poco más que el relieve, una placa y algo que me llamó mucho la atención: un monolito. Todo ello en mitad de la nada. El monolito recuerda inmediatamente a 2001: Odisea en el espacio y a ese apartado titulado El amanecer del Hombre, que recoge el momento en el que el simio da ese salto evolutivo y comienza a utilizar huesos como herramientas o armas.

Las mujeres turkana

Si alguno recuerda el monólogo El Cavernícola, cuya versión española interpretaba Nancho Novo, en él se desarrollaba la idea de los hombres cazadores y las mujeres recolectoras llevada al mundo actual, a situaciones de nuestra sociedad moderna. Me acordé del mismo en Turkana por la separación tan clara de roles que existe en la sociedad: los hombres son pastores y las mujeres se dedican al cuidado de la familia y la manyatta, la choza familiar. Puesto que los hombres desaparecen durante largas temporadas para pastorear el ganado, ellas llevan todo el peso de la casa, de los niños, que no son pocos, y de la criatura que llevan en su interior, porque el número de embarazos permanece muy elevado.

Las mujeres turkana son duras como ellas solas, caminan largas distancias hasta el dispensario o el punto de atención de la clínica móvil para ser atendidas, y para que sus niños sean vacunados o se controlen sus percentiles y niveles de nutrición. Suelen llevar al más pequeño en las propias telas con las que cubren sus cuerpos y, si necesitan llevar algo más, lo soportan sobre la cabeza. Los collares que llevan alrededor del cuello tienen los colores propios de su familia, del clan al que pertenecen, y solo cuando «completan» el matrimonio, con la aportación del marido de una dote consistente en un buen número de cabras, se les coloca un anillo metálico alrededor del cuello y otro en el tobillo. No todas lo llevaban, como vimos.

La poligamia existe por una razón de supervivencia y de colaboración entre todos los miembros de la comunidad. Como el hombre está pastoreando el ganado durante una larga temporada alejado del hogar familiar, la mujer suele necesitar ayuda con los críos o la llevanza del hogar, así que es habitual que elija junto a su marido a esa «segunda esposa» que forme parte de la familia. Nuestros esquemas europeos se resquebrajaban cuanto más conocíamos de la sociedad turkana.

Nos sorprendió que, en una sociedad que tiene que vivir al día, procurando lo básico para satisfacer las necesidades de los suyos, haya encajado tan bien la religión católica, cuyas «recompensas» no se obtienen precisamente en el corto plazo, ni siquiera en este mundo. Quizás sean los valores como la parte de la ayuda al prójimo, o a los más necesitados, o quizás se deba a algo mucho más sencillo como el cariño extremo de las misioneras, la caridad que muestran en cada uno de sus actos, una cercanía a la que es imposible decir que no. La mezcla de misa católica, bautizos y mujeres turkana es otro de esos vídeos que no puedo evitar compartir:

Niños

Hay niños por todas partes. Ya no nos sorprendía nada, pero que las familias tuvieran seis, ocho o más niños en un entorno tan hostil para los más pequeños era algo bastante habitual. La naturaleza no deja nada al azar y supongo que este elevado número está relacionado con las probabilidades de supervivencia. El plan de vacunación y el control mensual de los menores de seis años han logrado que las cifras de mortalidad infantil se hayan reducido de manera considerable, con lo que parece, según nos dijo Rocío, que las familias están ajustando y reduciendo la natalidad. «Reducir» significa estar todavía en unas tasas tres o cuatro veces superiores a los estándares occidentales.

Me sorprende otra pregunta que nos han hecho muchos amigos y familiares a la vuelta: «sí, no tienen nada, pero, ¿verdad que los niños están felices?». Pues no lo creo, o no lo sé, o no me atrevo a decirlo. Otra cosa bien distinta es que, pese a carecer de lo más elemental, sepan disfrutar con lo que tienen, o hacer una fiesta con la novedad del día, ya sea lo que van a comer, un globo o la visita de unos tíos blancos que vienen desde España. Alguien que les muestra un móvil, se hace una foto con ellos y se la muestra porque, por no tener, no tienen ni espejos, y la mayoría no saben ni qué aspecto tienen. La clínica móvil, una broma del enfermero, o que ese día hay partido en el campo de fútbol. Saben jugar, reír, disfrutar con lo que tienen, aunque luego te digan que están «hungry» y que les des unas chuches. No sé si son felices o no, pero lo que sí sé es que carecen de muchas de las gilipolleces que hacen infelices a tantos niños en occidente.

Los jóvenes

Todos esos niños, aquellos chavales que aguantaron una infancia muy dura y superaron las elevadas tasas de mortalidad infantil hace poco más de una década, son ahora adolescentes o jóvenes en una zona en la que apenas hay trabajo u oportunidades. La mayoría de ellos se defienden en inglés, pero fueron muy pocos los que tuvieron los recursos económicos para acceder a la escuela secundaria (unos 40 euros mensuales, se puede financiar a través de la Fundación Emalaikat) y menos aún los que llegaron a la universidad. Conocimos a algunos de los universitarios, un profesor, otro de los sanitarios, incluso a un gigantón que vivía en Suecia y estaba esos días en Kokuselei pasando sus vacaciones (no recuerdo los nombres de todos ellos). Había estudiado algo relacionado con la alimentación, pero no sabría decir si era más algo como Tecnología de los Alimentos o un técnico agroalimentario, nos lo explicó regular. Medía un metro-noventa, estaba fuerte y tenía una constitución más robusta que el resto de veinteañeros de la zona. De Kokuselei a Estocolmo, a trabajar en una empresa de tomates, y de vuelta a Turkana, vaya cambio.

La misión también realiza esfuerzos para concienciar a los chicos de la importancia de aprender un oficio, de estudiar para poder aportar algo a la comunidad: mecánica, jardinería, carpintería, albañilería… Con tantas necesidades en la zona y tanta escasez, si hay algo que sobra es mano de obra. Por desgracia, el interés que tienen por el deporte, y el fútbol en especial, no es el mismo que comparten por ese aprendizaje tan necesario. El peligro que afrontará la zona en los próximos años es lo que en realidad podría ser una oportunidad de crecimiento: la llegada de Internet y los móviles. Apenas ha llegado y ya vimos a muchos chavales enganchados a la pantalla del que tenía un móvil. Tik-toks en cadena, uno detrás de otro, vídeos chorras que poco pueden aportar en la zona.

Tuve la oportunidad de jugar al fútbol con los jóvenes de la zona, la mayoría de ellos descalzos, de maravillarme con su velocidad y dureza, y de comprobar la nobleza con la que jugaban. No solo se respetaba al árbitro, sino que al acabar el partidos, los chicos escuchaban atentamente el discurso de sus entrenadores sobre los valores del juego, lo que habían hecho bien y la pequeña reprimenda cuando alguno se había revuelto. Esta vez sí, puedo decir que colgué las botas: se quedaron allí.

Los voluntarios también preparamos unas «olimpiadas», una competición con carreras, salto de longitud y salto de altura, con podio y entrega de medallas. Medallas de carreras de Madrid, Las Rozas, Villanueva del Pardillo, sansilvestres y campeonatos escolares traídas desde España. Los chicos pasaron una gran jornada y nos prepararon este vídeo que comparto:

La historia de Peter

Peter es el enfermero con el que más tiempo trabajé en el dispensario y la clínica móvil. Un gran tipo. Desde el primer día me maravilló su dedicación, el cariño por los niños y por su trabajo, y su sonrisa. Venía todos los días andando desde su casa en Riokomor, a unos diez kilómetros en coche, unos siete por los caminos de cabras por los que venía. Me contó su vida a través de varias conversaciones que tuvimos y me sorprendió saber que había sido pastor de cabras durante muchos años. Hasta que decidió ponerse a estudiar. Por eso creo que era mejor contarlo en un pequeño vídeo y con su propia voz:

Volveremos. Estoy seguro.

Kokuselei (I): la zona.

Kokuselei (II): el voluntariado.

Kokuselei (II): el voluntariado

¿Qué puede hacer un voluntario en un lugar como Turkana? Por lo que vimos en nuestras experiencias previas en Bolivia y Ecuador, el primer riesgo al que se enfrentan los voluntarios en terreno es el de estorbar o molestar, quedando a un lado la posible ayuda que se quiera prestar a los profesionales que llevan años trabajando en la zona. Si uno va con ese pensamiento en la cabeza, ya tiene mucho ganado. Si, además, toma las precauciones suficientes para no enfermar y evitar convertirse en una carga para los trabajadores locales, mejor aún. El resto es sencillo, conviene ir con la mente abierta, atender a las explicaciones de los que viven allí y conocen el terreno y su población, escuchar y siempre, siempre, ofrecer una mano. Para lo que haga falta, por muy fatigado que puedas estar. Uno no es jardinero, ni electricista, ni pintor, ni enfermero, pero son tantas las necesidades que atender, que esa colaboración siempre será bienvenida.

El segundo riesgo es el de meter la pata con la población a la que pretendes ayudar, por choques culturales o sociales, por clasismo, creencias o prejuicios, por repartir regalos a diestro y siniestro como si fueran ayudas caídas del cielo y no una recompensa por un trabajo bien hecho, o por caer en la tentación de prometer lo que luego no se va a poder cumplir… Es complicado y algunos de los ejemplos que nos dio Ayuda en Acción en su día, o Rocío en Kokuselei, nos han sido de gran utilidad. Como el peligro de dar los números de teléfono.

Por último, y no menos importante, en los últimos años han proliferado las agencias que ofrecen eso definido por algunos medios como «volunturismo», experiencias inmersivas en una cultura local en la que haces poco, pero vuelves con una pila de selfis con niños pobres, pero sonrientes. Huyo de ello como de la peste. Si uno viene a Turkana a currar, viene a currar. A sudar, a esforzarse, a agotarse, a dejarse los cuernos, a ser puntual con las actividades que te propongan, a decir que SÍ a todo. A comer lo que haya y beber cuando se pueda. A saber que hay bichos por todas partes y que te van a picar. A dormir en un lugar que podrá ser más o menos cómodo, pero es el que hay y conviene ser consciente de que esa cama es infinitamente mejor que la de los habitantes locales. Por cierto, el alojamiento de Kokuselei en tiendas de campaña nos ha parecido estupendo, igual que la comida (¡gracias, Frida!). Hubo quien mencionó la palabra glamping y todo. 

El mismo año en que fuimos a Ecuador, leí este artículo de Iñaki Alegría, pediatra y fundador de la ONG Alegría sin Fronteras: Consejos que habría agradecido antes de ir «de cooperación». Uno puede estar de acuerdo con algo más de la mitad del artículo, pero no con el resto. En cualquier caso, son interesantes varias de las aportaciones o sugerencias que realiza:

  • Es necesaria una buena formación técnica y profesionalidad.
  • Nada de postureo, influencers, youtubers… El objetivo es trabajar en un proyecto, no conseguir likes.
  • No ir de Rey Mago repartiendo regalos y caramelos por todas partes.
  • No pensar que en un mes (o en quince días) vas a cambiar su mundo. Ni en tres meses, ni en cinco años, añadiría.
  • Ir sin cámara de fotos ni móvil. Luego explicaré por qué no estoy de acuerdo con esto.

Me gusta creer que la palabra «Voluntario» no significa solo un ofrecimiento de esa índole, es decir, altruista, fruto de una elección propia y no forzada, sino que, además, tiene la misma raíz de la palabra «voluntad», en latín «querer». La voluntad de ayudar, de querer aportar tus conocimientos, habilidades o tu actitud a un proyecto. Con la voluntad como motor de tus actos, como impulso para levantarte cada mañana aunque hayas pasado una noche toledana o te haya despertado el gallo de las cinco menos cuarto (¡qué puntual el cabr…!), el voluntario podrá ser útil al proyecto.

Y una vez aclarado todo esto, puedo volver a preguntar como al inicio qué puede hacer un voluntario en un lugar tan árido como Turkana. Si fue mucho o poco, la «jefa» lo sabrá. Rocío nos explicó al inicio de las dos semanas las tareas que se realizan en la misión y planificó la organización que tendríamos para esos días, qué trabajos se hacen a diario, cuáles eran extraordinarios y qué objetivos se planteaba para nuestra estancia. Y salieron muchas colaboraciones interesantes.

  • Sanidad: fue mi lugar favorito. No solo el dispensario del propio Kokuselei, que abre a diario y atiende las urgencias y a todas las parturientas que llegan, sino la «clínica móvil». El equipo de Kokuselei sale todas las semanas con su furgoneta a los poblados cercanos para controlar el estado de salud de las mujeres embarazadas y el peso, la altura y los niveles de nutrición de todos los niños de 0 a 6 años. Es una tarea que pueden hacer los trabajadores locales perfectamente, sin necesidad de voluntarios, pero la escasez de personal y la cantidad de personas atendidas hacen que les venga muy bien nuestro apoyo. Nosotros solo les ayudábamos a hacerlo más rápido y, en mi caso, aprendí a rellenar los infumables formularios del Ministerio keniano. «Pues hoy volvemos mucho antes», me dijo Peter la primera vez que salimos con la furgoneta. Así podrían volver al dispensario, donde siempre había alguien a quien atender. Aparte de romper con sus rutinas, les ayudábamos a controlar la ingente cantidad de niños que aparecían de cualquier lado y les servimos también para procurarse unas risas a nuestra costa, pues el momento favorito de los trabajadores locales venía cuando nos daban las cartillas con los nombres de los niños y nos pedían que dijéramos en voz alta los mismos para dárselo a las madres. Y sí, nuestra pronunciación turkana deja mucho que desear, como vimos por las risas de las mujeres de la zona.
  • Formación: en la época de noviembre y diciembre, las escuelas están de vacaciones, pero abren para los chicos que quieran seguir y, aunque parezca imposible para los estándares occidentales, acuden en masa. Por dos razones: el propio refuerzo educativo y porque les dan de comer en la escuela. Hay tal cantidad de chicos en la zona que los profesores están desbordados, por eso nuestra ayuda les vino muy bien, aparte de que los chavales atienden mejor por la novedad de ver a unos «musungus» o mzungus dándoles clase. Un voluntario se puede encontrar de repente reforzando sus conocimientos de trigonometría, dando un taller sobre el cuerpo humano (impresionante el trabajazo de Marian) o una clase de experimentos de física sencillos (bien, Mabú, genial, el profesor reconoció que le encantaron). La población local tiene muy claro que la educación es una posible salida para los jóvenes, como han visto en algunos de los casos de los propios chicos de allí, los contados casos en los que han logrado llegar a la universidad.
  • Mecánica: lo bueno de estos equipos de voluntarios «multidisciplinares» es que hay expertos en muchas áreas y en nuestro caso contábamos con el manitas Paco, que logró arreglar una de las bombas de agua que llevaba varias semanas averiada y que servía para abastecer a una treintena de familias. Aparte de ponerse con el equipo soldador, montar a base de radial los tableros de baloncesto, los postes del voley, lo que hiciera falta.
  • Informática: en nuestro equipo también venía una informática, Patri, que se ocupó de poner a punto los ordenadores donados por la Fundación para la misión. Algunos ordenadores se quedarán en la oficina, pero otros irán a los chicos que continúen sus estudios en la universidad. Un trabajazo el de la benjamina del equipo. Por cierto, igual que decía Iñaki Alegría en su artículo que no hay que enviar medicamentos caducados a estos países, algo bastante habitual por lo visto, también sería conveniente que los ordenadores llegasen en condiciones de uso o con unos mínimos, pero entiendo que será un problema de las licencias de uso.
  • Mantenimiento de las instalaciones: la misión es grande, tiene varios edificios comunes para las actividades y hay mucho que arreglar, que mantener. Cada vez que quedaba un hueco, nos dedicamos a labores de poda (¡Eva y sus tijeras de podar siempre a punto!), o a asuntos que fueron surgiendo como montar, lijar y barnizar las camas que irían a la residencia del profesorado. «Yo tenía una granja en África», decía Karen Blixen por medio de Meryl Streep al principio de Memorias de África. Bueno, no es lo mismo, pero yo tengo tres árboles plantados en África. Volveré a verlos, sin duda.
  • Acondicionamiento de las instalaciones: la misión de Kokuselei no para nunca, siempre está con algún proyecto en marcha para atender a todos los habitantes, así que nos tocó trabajar en la biblioteca, cuya reforma terminó estos días, que servirá también de sala de juegos (Laura, Eva, Mabú, Orieta, Patri, Marian, yo mismo). Limpieza, pintura, quitar la maleza, plantar árboles… Todo aquello para lo que se nos requiriera. Paco se puso con la pista de voley y Pilar concluyó lo que llamamos la «Capilla Sixtina» de Kokuselei, la decoración de una sala para los niños junto al dispensario. El resto de dibujos corresponden a Laura y Patri, y, en el resto de la sala, permanece la decoración del anterior grupo de voluntarios de Sacyr.
  • Clasificación de los medicamentos: llegan muchas donaciones desde España y algunos envíos puntuales y desorganizados desde el Ministerio (¿de verdad es necesaria tanta medicación para la diabetes en un lugar como este en el que no hay casos?), y nos dedicamos a clasificarlos y retirar los que ya hubieran caducado, o a poner en un lugar preferente los que vencían en el próximo semestre. Como he comentado en varias ocasiones, siempre había algo que hacer.
  • Actividades durante las vacaciones de los chicos: Rocío siempre tenía algo en mente para cada grupo de edad y nos iba organizando para ello. El «equipo de costura» se puso a arreglar los uniformes escolares y otros nos pusimos con la tarea de lavado y clasificación.
  • Montamos unas divertidas y competidísimas olimpiadas, con carreras, saltos de altura y longitud, entrega de medallas y una alta participación. Ayudamos en la graduación de los más pequeños en Saint Mary con los uniformes, e incluso pudimos participar en los partidos de fútbol y voley con los chicos de allí. El deporte aleja a los chavales de algo tan peligroso como lo que vimos en Lodwar, críos de diez o doce años totalmente sedados o agilipollados por esnifar cola en pequeñas botellas de plástico. Por increíble que parezca, en esta zona hay algunos problemas de adicción al alcohol, que destilan en algunas chozas.
  • Clasificación del material donado: llevamos unos ciento ochenta kilos entre los nueve voluntarios, material muy útil para las labores de poda (guantes, tijeras), ropa, material deportivo, escolar, juegos… Amigos, familiares y empresas como Ontime Logística y Sacyr donaron diverso material de gran utilidad para nuestras tareas allí. Distribuimos una parte, dejamos organizado el resto para lo que Rocío considere y trajimos unas artesanías «de estraperlo» en las maletas para que la ONG Emalaikat pueda venderlas en España.

Se pueden hacer muchas cosas y siempre quedará la sensación de que es insuficiente. Un voluntariado técnico enfocado en un proyecto concreto quizás podría ser más útil para la misión en algunos momentos, pero no es incompatible con las tareas de los grupos de voluntarios de Sacyr que acudimos a la zona. Una última cosa podemos hacer: al contrario de lo que decía Iñaki Alegría sobre evitar las fotos, podemos dar a conocer este maravilloso proyecto.

Difundirlo, explicarlo, quitar miedos o dudas a los que las tengan. Convertirnos en «embajadores» del proyecto. Cada grupo de voluntarios ha generado una corriente de interés a su paso y la difusión en redes es fundamental para dar a conocer aquellos proyectos por los que merece la pena apostar. Cuña publicitaria aquí para el Gratitude Bootcamp que nuestra hija Raquel lleva trabajando en la India desde hace tiempo, un proyecto que no sería viable sin la difusión y la transmisión por redes o por la vía tradicional del boca-oreja en un café. Tengo decenas de fotos con «niños pobres, pero sonrientes», pero la mayoría quedarán para mí, igual que quedan para siempre (y no grabados) los momentos que pasé con decenas de niños tarareando el Crowd chant de Joe Satriani en la clínica móvil bajo una acacia en Ekuruchanait, o con el We will rock you de Queen y varios niños de Nameriek dando las palmadas con una coordinación envidiable y tarareando el estribillo igual de mal que yo.

Dar a conocer proyectos como este pueden servir para movilizar a otros, para incorporar ideas y mejoras a los siguientes grupos de voluntarios de la Fundación Sacyr o para planificar proyectos concretos. Y, también, para algo más duradero y útil, como puede ser una colaboración sostenida en el tiempo, que no quede en quince días maravillosos.

Como los últimos post de Travis versaban sobre las terceras partes (del cine), estos textos sobre Turkana y Kokuselei no podían ser menos y concluirán con una tercera parte.

Kokuselei (I): la zona.

Kokuselei (II): el voluntariado.

Kokuselei (III): las gentes de Turkana.

Kokuselei (I): la zona

Desde hace una semana, un grupo de nueve voluntarios organizados por la Fundación Sacyr nos encontramos de viaje de ¿voluntariado?, ¿visita?, ¿aprendizaje? en la misión católica de Kokuselei, perteneciente a la diócesis de Lodwar, un lugar sorprendente dirigido por la comunidad misionera de San Pablo Apóstol. Digo claramente que es «sorprendente» porque no dejo de maravillarme cada día por lo que estamos viendo y viviendo en este lugar en el que el tiempo parece que se detuvo hace siglos. El propio camino desde Lodwar, a unas cuatro horas de distancia, fue una aventura por carreteras infinitas hasta llegar a un cruce en el que te metes de lleno en un camino de tierra en zonas desérticas en las que apenas ves acacias, termiteros, cabras y algún que otro camello. En esa «mitad de la nada» sí nos cruzamos, en cambio, con muchos niños y mujeres transportando bidones de agua en dirección al pozo más cercano, normalmente, a varios kilómetros de distancia.

La misión de Kokuselei está situada en el norte de la región de Turkana, un área de unos 70.000 kilómetros cuadrados al norte de Kenia, fronteriza con Etiopía, Uganda y Sudán del Sur. Cuenta con una población superior al millón de personas, aunque estoy convencido de que las autoridades están lejos de aproximarse a la cifra exacta total. La misión se instaló en la zona hace poco más de treinta años y, desde hace doce, Rocío Aguirre se encuentra al frente del proyecto como CEO, directora financiera, jefa de obra, ingeniera de presas, capataz, curranta, cocinera, conductora, mecánica, jardinera y lo que haga falta (con la inestimable ayuda de Frida). Y doy fe de que hacen falta muchas cosas. Rocío dice que son cinco personas y que ella es solo «una más», pero yo la vi pendiente de todo como si realmente hiciera el trabajo de cinco. Un portento.


Los turkana conforman una población cuya forma de vida se quedó anclada en el pastoreo de cabras, la construcción de chozas (manyattas) y sus costumbres ancestrales. Pocas veces aparecen en algún medio de comunicación y cuando lo hacen, la información es sesgada, falaz o simplemente busca el click fácil. La tierra no es fértil, el agua escasea, el clima es extremadamente cálido todo el año, apenas hay vida animal y, sin embargo, la población no deja de crecer. Las familias tienen entre seis y ocho hijos de media, seguramente por la esperanza de que, al tener tantos, al menos sobreviva un tercio. Uno se dedicará al pastoreo, otro a cuidar a los más pequeños, otro a buscar el agua y alguno, con suerte, para estudiar.

Estas familias numerosas viven en las mencionadas manyattas, las diminutas chozas construidas por ellos mismos, y las condiciones son precarias, por no utilizar adjetivos más dramáticos. Pues ahí, en ese secarral en el que la vida es un milagro, se instalaron estas misiones de la iglesia católica con idea de mejorar en lo posible sus condiciones de vida. La lista de prioridades es tan amplia que siempre hay algo que hacer, aunque quizás, por lo que he visto hasta ahora, garantizar el agua, facilitar la educación y reducir las tasas de mortalidad infantil sean los principales objetivos que están tratando de lograr en la zona. Se están obteniendo progresos notables, siempre con el propósito en el largo plazo de procurar que la zona logre algún día ser autosuficiente, que los pequeños negocios locales que se han fomentado prosperen y sirvan como un medio de subsistencia para esta población que no deja de incrementarse.

En los últimos quince años, gracias a los esfuerzos de la misión, se han construido más de cuarenta presas y se ha logrado que el agua corriente llegue a numerosos poblados. En los núcleos de población más grandes, el agua llega a buena parte de las casas, entendiendo por «casas» aquellas con paredes de madera o ladrillo y un techo, aunque sea de chapa, cartones o esterillas hechas con juncos. Lo sorprendente es que muy cerca de donde estamos, a poco más de una hora, hay una superficie de agua inmensa, el lago Turkana, que recorre unos trescientos kilómetros de norte a sur, en el mismo valle del Gran Rift. Por desgracia, el agua del lago no reúne las condiciones necesarias para abastecer de agua potable a la zona: es un agua con altos índices de salinidad y con unas dosis de fluoruro superiores a las del agua fluorada, lo que imposibilita su uso también para el regadío.

En cuanto a la sanidad, la misión de Kokuselei ha logrado establecer un sistema para atender a toda la población de la zona, con dispensarios, clínicas móviles y atención a todas las mujeres embarazadas desde sus primeros meses. En estos días estamos viendo y tratando de ayudar (sin estorbar) en las labores de vacunación de los niños de 0 a 6 años. Hemos viajado con las clínicas móviles a algunos de los núcleos de población y nos hemos sorprendido al ver la cantidad de niños que acudían en zonas en las que, a priori, no hay nada ni remotamente parecido a un poblado. ¿De dónde salieron todos esos chavalines que bajaron de colinas diferentes a nuestro puesto?

Por cierto, que nadie interprete «clínica móvil» a la manera occidental: esto es una camioneta en la que nos subimos seis o siete personas a la parte trasera y cargamos todo el material que vamos a necesitar ese día. El propio enfermero que hace seguimiento a las embarazadas me decía: «esperaba siete en esta zona y se me han presentado once». Nacimientos hay casi a diario, y quedaría muy poético decir que «la vida se abre paso», pero me sale más bien decir que «sorprende que la vida se abra paso en estas condiciones». Las cifras de mortalidad infantil se han reducido considerablemente en la zona, lo cual, como nos decía Rocío, seguramente ajustará las cifras de natalidad en las familias. Habrá que darse un tiempo y analizar las tendencias y lo que dicen las estadísticas oficiales.

En cuanto a la educación, se han creado pequeñas escuelas, se ofrece la educación a todos los niños de primaria y la misión trabaja en la formación del profesorado, porque las necesidades son enormes. Crecientes. Nos ha maravillado ver que el proyecto educativo va mucho más allá de enseñar a leer a los chavales, de hecho, nos ha obligado a recordar nociones de trigonometría o física a los que intentábamos ayudar al profesorado en las tareas de refuerzo.

Kokuselei está muy viva, con labores de agricultura, huerta, fomento de pequeños negocios locales, distribución de medicamentos, educación… también de apoyo religioso para el que lo quiera.

¿Qué puede hacer un voluntario aquí para aportar y no molestar? Bueno, pues de eso irá la segunda parte. ¡Seguimos bien, maravillados a cada paso!

Bilbao Night Marathon 2024

Fiel a la tradición anual, como las cenas navideñas de empresa o las críticas al presidente de la comunidad de vecinos en cada junta, volví este sábado pasado a disputar un maratón, una tradición con la que vengo cumpliendo de manera regular desde 2004, con la única excepción del parón Covid en 2020. Este año quería hacer algo diferente y los distintos retos que leía por Internet no me motivaban de manera especial:

  • Correr los 42 kilómetros de espaldas, como ese chino que lo completó en ¡3 horas y 43 minutos!
  • Hacerlos mientras tejía una bufanda, como ese tipo de Kansas que estuvo casi seis horas mientras completaba ambas, distancia y bufanda. No lo hago porque soy nulo a la hora de tejer, que conste.
  • Supongo que todo empezó con un «¡no hay huevos!», como la mayoría de gestas que se logran en este mundo, pero otro americano logró acabar un maratón haciendo el cubo de Rubik. ¡175 cubos de Rubik resueltos en casi cinco horas de carrera!
  • Hay un canadiense que completó la distancia en Toronto haciendo malabares con tres bolas en el aire. Y en menos de tres horas. Hay cosas que si no las veo, no las creo, por mucho que lo diga el Guinness.
  • En Londres hubo un tipo que completó el maratón mientras golpeaba un balón de fútbol durante algo más de cinco horas. Mira, esto sí podría haberlo intentado, pero sospecho que a la media hora habría mandado el balón a esparragar.

Todos estos récords son verídicos, o al menos están homologados por el Guinness, pero ninguno me atraía tanto como lo que finalmente encontré: correr la distancia de noche. Algo más cercano, accesible, ¡normal, que no estoy tan zumbao! Y encima en Bilbao, ¡ahívalah…, Patxi, como para decir que no ahora! Así que me apunté hace unos meses, entrené como siempre hago (al alba) y para allá que me marché con la esperanza de que no hubiera tanta diferencia en el rendimiento nocturno, que, con los años, uno se hace más madrugador y menos trasnochador.

El mayor problema para llegar en buenas condiciones a una salida a las siete de la tarde es descansar durante todo el día, o alimentarse de manera adecuada desde la noche anterior en una ciudad repleta de bares con pintxos sabrosos a cada paso. Pero, más o menos, lo conseguí. Lo conseguimos, porque mi «equipo» de fans, Mabú, también tenía su dura jornada de seguimiento por las calles de la ciudad. Dos vueltas por un recorrido junto a la ría, una ría que atravesaríamos ocho veces.

Se me ocurrió correr con una camiseta llamativa para que Mabú pudiera distinguirme entre el resto de corredores, la camiseta rosa chillón (mi color «favorito») que me dieron hace un año en el maratón de Valencia, con el Lester serigrafiado a la espalda. Fue un acierto llevarla, porque la mayoría de los corredores llevaban una camiseta oscura, muchas de la organización, azul marino, y muchas otras de color negro. Quizás el color rosa de la mía tuvo que ver con la pregunta del peruano del kilómetro 34, pero para eso queda mucha crónica.

La carrera salía junto al estadio de San Mamés, que había albergado esa misma tarde, apenas unas horas antes, un partido del Athletic. Por lo que vi en un foro de gente del Athletic, esa coincidencia dio para un encendido debate entre los que querían compaginar ambos eventos: ¿entonces, macarrones en el estadio o no? Decenas de respuestas a la enorme duda:

En fin, con gilda y txakolí o sin ellos, la ciudad estuvo medio colapsada durante horas. Por esa razón fuimos en Metro junto a otra buena partida de corredores, y fue un acierto. Nuestro hotel estaba a un kilómetro de la meta y a poco más de dos de la salida, pero, como decía, convenía llegar descansado, que uno nunca sabe cómo se va a comportar su físico a una hora en la que los cincuentones estamos deseando más bien manta y peli.

Había mucha gente en la salida y un cierto caos en la organización de los cajones, nada que no hayamos presenciado en otras carreras. El problema fue que había muchos más participantes en el medio maratón que en la carrera completa, y, además, muchos de los corredores no se pusieron en el cajón adecuado al tiempo que iban a hacer, con lo que se produjeron varias aglomeraciones en calles estrechas o en algún giro cerrado. Los ritmos de los primeros kilómetros fueron bajos, 6 minutos, 5.40, hasta el kilómetro 5 o así no fui capaz de encontrar un ritmo cómodo, una velocidad de crucero en torno al 5.25, aunque por momentos había que esquivar a gente que iba más lenta. Hasta entonces, bastante animación, gente en los bares, un recorrido agradable, bastante llano… las estaciones de Metro de Norman Foster, la torre Iberdrola de César Pelli, el Guggenheim de Frank Gehry, el magnífico edificio consistorial del ayuntamiento, ¿obra de…? Pues tuve que buscarlo, Joaquín Ruicoba, a finales del siglo XIX. Conocemos a todos los arquitectos extranjeros famosos, pero desconocemos lo nuestro, lo de aquí.

Y junto al puente de uno de «los de aquí» (o de allí, de Valencia), el hermoso y polémico puente de Zubizuri, obra de Santiago Calatrava, estaba el kilómetro 20, la última parada en la que vi a Mabú antes de sumergirme en la travesía del desierto que fue la segunda vuelta.

Poco después del puente, pasamos la meta en el Guggenheim y nos separamos los corredores de ambas carreras, los 7.000 de los 21 kilómetros y los poco más de 800 de los 42. Fue la noche y el día, el mogollón y la soledad, el estruendo y el silencio, en apenas doscientos metros. Pasamos del gentío congregado en la meta para ver a sus familiares al silencio absoluto junto a la ría, ¡podía escuchar perfectamente la respiración de los dos corredores que me acompañaron en esos primeros kilómetros de soledad! Dejamos de escuchar los «¡oso ondo!» y los animosos «¡aúpa!» de la gente y sentí La soledad del corredor de fondo, aquella peli de los sesenta. En los kilómetros más duros, entre el 28 y el 33, cuando empiezan las dudas, nos convertimos en una banda desperdigada de facinerosos talluditos que corrían por una ciudad en penumbra. Y sin que nadie nos persiguiera, lo cual resulta más meritorio.

En esos momentos toca encerrarte con tus pensamientos, no volverse loco, no correr de más, no dejar que el duende cabrón te machaque con sus pensamientos y apretar los dientes hasta el 34, donde había vuelto a quedar con Mabú, en la puerta de nuestro hotel. Allí estaba, guapísima, sonriente, esperándome con un picardías púrpura e invitándome a subir a la 338. Ah, no, la parte posterior al «esperándome» fue una alucinación fruto de la concentración de ácido láctico en mis músculos. Me dio las últimas sustancias psicotrópicas para aguantar lo que quedaba y muchos ánimos que respondí con un beso sudoroso por mi parte, momento idílico que fue interrumpido por el peruano que comentaba al principio:

– ¿Por qué están corriendo? -me preguntó.

Ante nuestra cara de perplejidad, y como yo bromeé contestando algo así como «pues por los pintxos de después!», insistió:

– ¿Es por el cáncer de mama?

Entendí que lo preguntaba por el color de mi camiseta y alguna carrera que había habido en ese mismo día en otras ciudades, precisamente por esa buena causa, pero me dejó perplejo y no tenía mucho tiempo que perder. La verdad es que en el mismo día en Bilbao me hicieron dos preguntas que me dejaron totalmente descolocado, la del peruano, y la de un tipo que, por la mañana, me soltó (y es verídico):

– Oye, perdona, que no tengo móvil, ¿me puedes mirar cómo va el partido?

«Sin problema», le contesté, «¿el del Athletic?», a lo cual, para mi asombro, contestó:

– No, es un partido de Tercera, ¿puedes buscarlo, por favor? San Roque-Ceuta.

A ver, el tipo olía a vino a un metro de distancia, pero ¿un San Roque-Ceuta de Tercera, en Bilbao???? ¿De verdad? Bueno, dejé a Mabú en el hotel, quedamos en vernos en el km. 37 y seguí adelante. Miré el crono y calculé que, pese al ritmo bajo del principio, o las paradas de más para responder preguntas extrañas, llegaba de sobra para bajar de cuatro horas. Pero, cuando quedaban tres kilómetros empecé a no verlo tan claro, lo cual no entiendo porque iba bien de piernas, de hecho el kilómetro 39, que volvía a pasar frente a mi hotel me pareció eterno. He entrado en algún foro de Internet y he leído que hay gente que dice que su reloj marcaba más distancia: 21,4 km. la vuelta, 21,79 km., incluso más, como el de la foto.

No estaban bien medidos o los carteles no estaban bien puestos, porque no tiene sentido que hiciera el kilómetro 36 en 5.16 y el 37 en 6.05, cuando mi ritmo era similar. Sea como fuere, tuve que «acelerar» en los últimos dos kilómetros y esprintar o un remedo de sprint en los 195 metros finales, algo que, para mi sorpresa, fui capaz de hacer. Entré en 3h. 59m. y 54 segundos, así que objetivo cumplido.

Con el horario, los viajes al otro lado del charco una semana antes y un peso algo por encima de lo habitual, lo cierto es que terminé muuuuuy contento. ¿Verdad que sí, compañera?

Siempre lo he dicho, este deporte te permite una larga «carrera» si te cuidas. En Valencia 2023 paré el crono como en Roma 2009, y en Bilbao 2024 acabo de hacer aproximadamente el tiempo de Berlín 2011. Por mucho que mi mujer quiera retirarme, me resisto, le digo que «me mantengo». Lo cierto es que no voy a reconocer nunca que termino como si me hubiera pasado un camión por encima, pero, ¿y lo bien que te quedas al acabar y superar el reto? ¿Y al día siguiente, al recorrer esa ciudad con un tiempo maravilloso? Recordar los sitios que has pasado, los puntos en los que sufriste, los giros en los que sonreíste al ver que lo lograbas de nuevo.

No, las escaleras hacia la basílica de Begoña no las subí. Peor habría sido aún bajar uno solo de los ochocientos peldaños.

¿Próximos retos? Ni idea, quizás toque volver a correr en el extranjero, cosa que no hago desde 2019 (San Petersburgo), pero ahora mismo ¡solo quiero descansar!

Cómics (II): El abismo del olvido

El abismo del olvido, historia guionizada por Rodrigo Terrasa e ilustrada por Paco Roca, obtuvo a principios de este año el premio al mejor cómic de 2023 en la categoría de Mejor Obra Nacional. Me interesé por esta novela gráfica al conocer que su ilustrador era el historietista Paco Roca, autor de Arrugas, una de esas obras plenas de sensibilidad, buen gusto y ternura hacia los personajes como la que recomiendo hoy. No he leído el cómic Arrugas, de 2007, una obra que recibió numerosos premios durante los siguientes años, incluido el Premio Nacional de Cómic, pero sí he visto la adaptación cinematográfica, seleccionada para los Goya y el Óscar al mejor largometraje de animación. Una maravilla.

El abismo del olvido está empapada de la misma tristeza que Arrugas, pero es una tristeza que no sé muy bien cómo definir. Ambas obras tratan temas difíciles (el Alzheimer en el caso de Arrugas, la exhumación de fosas comunes de la guerra civil en El abismo del olvido), pero es un sentimiento que, no exento de amargura, dota a sus personajes de una especie de rebeldía ante la situación, de aceptación ante el “sé lo que ocurrió”, pero a la vez de no aceptación porque “tengo que intentar revertirlo”.

El dibujo es realista, la paleta de colores escogida para el pasado tira mucho de ocres, incluso sepia en ocasiones para acentuar el tono «histórico», y sus personajes no dejan de ser unos tipos a los que la guerra sorprendió en un bando determinado. Individuos de pueblo, campesinos, agricultores o estudiantes a los que les tocó empuñar un fusil, o recibir un disparo.

La exhumación de fosas comunes de los fusilamientos de la guerra civil es un asunto controvertido en este país nuestro, tan dado a los extremos y a buscar lo que nos separa antes que lo que nos une. Una pena. Yo mismo reconozco que me pongo a la defensiva cuando aprecio afán revanchista en algunos de sus promotores (Memoria II: el olvido), casi siempre políticos interesados sin más interés que el de buscar la polarización, y, por eso mismo, reconozco que me gustó tanto la novela gráfica de Paco Roca.

Porque no hay rencor pese a la barbarie sufrida por tantas familias, porque no encuentras ánimo de venganza en los familiares, porque no ves más que una profunda tristeza en esa anciana, en su día niña, que sueña con el momento en el que su padre reciba una sepultura que ella considera adecuada, o la deseada, junto a su madre.

Hay numerosas fosas comunes sin localizar en España, pero también hay muchas otras perfectamente identificadas, en cementerios o fincas, pero en las que los cuerpos permanecen tal cual fueron arrojados hace noventa años. De una de ellas, en el cementerio de Paterna, trata la obra de Rodrigo Terrassa y Paco Roca. En lo formal, la obra tiene esa visión algo cinematográfica del autor, que no huye de recursos visuales como panorámicas, acercamientos a los personajes, saltos temporales o primeros planos más cercanos al documental.

La obra no puede eludir que hubo dos bandos, como no puede obviarlo cada película, libro o documental que se haga sobre nuestra cruenta guerra civil, pero no hay un interés especial en mostrarlo, en centrar la historia en ello, sino en las familias, en las personas, en quienes sufrieron el conflicto. Lógicamente, se centra en la recuperación de los cuerpos por parte del lado que sufrió más víctimas, el represaliado por el bando franquista. El que estuvo abandonado a su suerte durante décadas.

La historia de Pepica Celda en la que se centra la obra es la de una niña que se despidió de su padre en una cárcel en 1940, que supo que había sido fusilado poco después, como escuchó su madre en la distancia, es la de una joven marcada que se pasó el resto de su vida con el pensamiento de lograr recuperar los restos, los cuales estaban perfectamente localizados, aunque difícilmente distinguibles de los de los paisanos que fueron arrojados a la misma fosa en el cementerio de Paterna. En la obra, con 81 años, es ya una mujer que solo quiere descansar, y que sabe que lo conseguirá cuando los restos de su padre sean reubicados junto a los de su madre (interesantes las referencias a Troya, Aquiles y los restos de Héctor en la antigua Grecia). No hay un final feliz, sino más bien la amargura de quien ha luchado por algo de lo que no entiende ni siquiera bien su sentido, algo que anhela y desea, pero que apenas comporta más satisfacción que una paz interior, el cumplimiento de una promesa, de una misión.

Familias que luchan contra «el abismo del olvido» de sus seres queridos. Como dice el preámbulo de la Ley de Memoria Democrática: “La historia no puede construirse desde el olvido y el silenciamiento de los vencidos. El conocimiento de nuestro pasado reciente contribuye a asentar nuestra convivencia sobre bases más firmes, protegiéndonos de repetir errores del pasado. La consolidación de nuestro ordenamiento constitucional nos permite hoy afrontar la verdad y la justicia sobre nuestro pasado. El olvido no es opción para una democracia”. Como dije en su momento, no me gustan muchos de los «socios» que han introducido enmiendas a esta Ley, pero, como dice la novela, no se puede caer en el abismo del olvido. Como tampoco en la revancha casi un siglo después.

Don Francisco Tomás y Valiente decía allá a mediados de los noventa: «Hemos hecho en este país la transición a la democracia sobre la bisagra de una reforma cimentada en el silencio y la ruptura de la espiral de venganza. Así había que hacerla y no hay que arrepentirse de ello. Bien hecha estuvo. Pero del silencio al olvido y la ignorancia solo hay dos pasos, y sería pernicioso que muchos los dieran». Por desgracia, el mismo catedrático ya veía venir el interés de algunos por reavivar heridas del pasado: «…que las peleas que entonces no hubo corremos el riesgo de (¡por fin!) entablarlas en este otoño por tantos conceptos caliente». Las familias de los ejecutados merecen todo el respeto y la atención, por supuesto que sí, el apoyo institucional, y solo ruego que no se dejen utilizar por esa casta política que parece gozar con la confrontación.

El libro de Roca y Terrassa narra también la historia de otros héroes anónimos, personajes que arriesgaron su vida para consolar a las familias de los ajusticiados. Como Leoncio Badía, el sepulturero del cementerio. Durante años y con una paciencia encomiable, recortó piezas de ropa, mechones de cabello, algún objeto personal e identificó los cuerpos de los cadáveres antes de enterrarlos, con la esperanza de que algún día sus esfuerzos sirvieran para ayudar en esa labor de exhumación y entrega a los familiares.

Una práctica que le costó el trabajo y una severa represalia de las autoridades de la época. Héroes anónimos, como decía, que trataron de aportar su granito de humanidad en la barbarie y la represión.

Como ocurre recientemente en tantas películas actuales basadas en hechos reales, la obra termina con imágenes reales de los protagonistas, de Pepica Celda, de los frascos en los que Leoncio Badía guardaba los nombres de los cuerpos sepultados y de ese agricultor de Masamagrell, José Celda Beneyto, que tuvo la desgracia de estar en el lado equivocado cuando comenzó la guerra.

El abismo del olvido deja una sensación extraña en el lector. Si la intención de los autores era que sintiéramos la tristeza de las familias, o que empatizáramos con las «Pepicas» de este país, doy fe de que lo logran.

Cómics (I): Pyongyang

Cómics (II): El abismo del olvido

Cómicas (III): Persépolis

Cómics (I): Pyongyang

Iba a titular esta serie Cómics adultos, Cómics para adultos o algo así, pero (no sé por qué) más de uno, y de dos, y de decenas, iban a sentirse defraudados al comprobar que no trataban acerca de cierto tipo de novelas gráficas con mujeres de cuerpos voluptuosos e historias más allá de los cánones del buen gusto. Otra opción era titular la serie Cómics serios, o Cómics políticos, pero algunos de ellos no eran exactamente una cosa ni la otra, así que se quedará tal cual está. De momento serán tres post, aunque es posible que aumenten en los próximos meses o años.

Comienzo con Pyongyang, quizás la novela gráfica más conocida del canadiense Guy Delisle. Narra los meses que pasó trabajando en la capital de Corea del Norte para una empresa de animación. La obra fue publicada en 2005, luego corresponde al período de Kim Jong-Il, padre del Líder Supremo actual, Kim Jong-Un, e hijo del anterior, Kim Il-Sung. Los «Kim» llevan en el poder del país asiático desde 1948, lo cual constituye una de las mayores anomalías conocidas en el mundo. Aunque ya nos hayamos acostumbrado a ello, sorprende, sigue sorprendiendo como todo lo que cuenta de este país, una nación que muestra -más con dibujos que con palabras- como obra de un megalómano pirado, excesiva, agobiante, opresiva…

Guy Delisle visitó Corea del Norte en 2003, y tuvo que firmar un compromiso de confidencialidad acerca de lo que veía o contaba. No podía sacar fotos, tenía que ir acompañado a todas partes por un agente del gobierno y su trabajo era supervisado continuamente. Sin embargo, pasados dos años, y una vez que quebró la empresa para la que trabajaba, se atrevió a contar su historia y a plasmar todo lo que había esbozado durante aquellos meses. El modo escogido resulta enormemente descriptivo. Tanto, que ahora me interesan otros de sus trabajos, como los que cuentan los períodos de su vida que pasó viviendo en Birmania, China o Jerusalén.

Lo primero que sorprendió a Delisle al llegar a Pyongyang fue la escalofriante uniformidad en las tiendas, los edificios, las personas… Una uniformidad que podía asustar por su perfección para ciertas disciplinas, pero una perfección que podía resultar robótica, y, como tal, triste. Por mucha sonrisa forzada que encontrara en los ciudadanos norcoreanos.

La ironía del autor se aprecia en cada viñeta, en cada texto. Escoge pocas palabras para la mayor parte de las viñetas, deja que las imágenes hablen por sí solas, pero las veces que se expresa lo hace con tino. Las cosas que cuenta son un despropósito, un absurdo imposible de comprender con los ojos de occidente, como los enormes edificios de tamaño desproporcionado que permanecen vacíos.

O la ineficiencia de unos servicios públicos más pensados en el «postureo» que en la atención al ciudadano:

En las pocas ocasiones en que hemos podido ver algún documental sobre Corea del Norte nos han mostrado un país con unas autopistas descomunales de tamaño, pero sin apenas coches en circulación, construidas de tal modo que sirvan como pista de aterrizaje para aviones militares, por si hicieran falta ante un ataque enemigo. Ese ataque enemigo latente del que llevan décadas alertando a la población.

Por esa razón hay barreras antitanques en el campo, en numerosas praderas, para evitar la «inminente» invasión del malvado enemigo. Los dibujos de Delisle transmiten a la perfección ese agobio ante la enormidad.

Como en el paseo forzado para depositar flores como culto al líder supremo de la nación. Un paseo en el que se encuentra a otros trabajadores extranjeros haciendo el mismo gesto.

El culto al líder es omnipresente, aparece en cada viñeta, se respira y transmite al lector. Es un país diseñado por una especie de semidiós todopoderoso y omnisciente, que sabe lo que va a ocurrir con antelación, provee a sus súbditos de lo que considera necesario y no permite la disensión. La duda que Delisle deja en el aire con sus pensamientos es si los norcoreanos son conscientes de esta total falta de libertad o si están abducidos desde la escuela. Los memoriales, el museo, las bibliotecas y los libros que se pueden encontrar en ellas, la publicidad, el cine, la televisión…

Después de varias semanas en las que el dibujante intentaba hacer algo diferente, como visitar zonas fuera del circuito marcado por el agente del régimen o hablar con habitantes del lugar, Delisle cae en una especie de apatía, se blinda para hacer su trabajo sin pensar demasiado en lo agobiante que le resulta todo. Como el opresivo metro, opresivo, cuyos profundísimos túneles me recordaron a los del suburbano de Rusia.

Las conversaciones con el enlace local, que hace las veces de traductor y guía, y quién sabe si de espía o policía, contienen algunos de los momentos más hilarantes (partiendo de lo poco divertido que debería resultar la atmósfera del país). Sin duda, mi momento favorito es la respuesta a la pregunta acerca de por qué no hay discapacitados en Corea del Norte, que no había visto ninguno:

O sobre el cine. Corea es lo mejor del mundo, o aún algo más: es la verdad absoluta. El resto del mundo es decadencia, descontrol, está equivocado:

El dibujante llega a desesperarse al ver que no hay reacción alguna en los habitantes de Pyongyang, al comprobar que millones de personas tienen asumida esta situación, incluso llega a preguntarse si anhelan otra, o si la educación que han recibido les permite pensar en que puede existir otro tipo de vida. En el país ha habido tímidos movimientos de protesta, alguno de los cuales, insignificante, vio el propio dibujante. Pero son sofocados rápidamente. Es una sociedad acojonada en la que, además, nadie se fía de nadie. Cualquiera puede ser un espía que pase información a los servicios secretos. Todo está contado en la novela con asombrosa sencillez. Y lo que es más difícil, con gracia.

Es la Oceanía que había descrito George Orwell en 1984 trasladada a la realidad. Con purgas de ciudadanos, crímenes del pensamiento y una especie de neolengua que logra sedar al que la emplea. Por eso no resulta casual que el libro aparezca en la novela gráfica. Cuenta Delisle que llevó un ejemplar a Corea y que a las pocas semanas se lo dejó al enlace del gobierno, lo cual, de ser cierto, resultaría una temeridad.

George Orwell falleció en 1950. El libro fue publicado en 1948, casualmente el año de la llegada al poder de Kim Il-Sung. Aunque las ideas de la novela se centraban en la represión que comenzaba a vislumbrar en el régimen totalitario soviético, le habría asustado ver hasta dónde se ha llegado en el país asiático. Como dice Delisle de manera acertada, «es el libro en el que uno piensa obligatoriamente para una estancia en Corea del Norte»:

Me gustaría saber la respuesta a la segunda viñeta. Sería gracioso. Como Pyongyang, aunque lo que cuenta, diste mucho de serlo.

Capítulos

Cómics (I): Pyongyang.

Cómics (II): El abismo del olvido.

Cómics (III): Persépolis.