El club de los currelas muertos (III)

Planes propuestos por el club de lectura, cine y documentales El club de los currelas muertos para no ver el mundial de la infamia de Catar.

Se lee de manera rápida, fluida, con una naturalidad que asombra cuando ves que fue escrito en 1945. Me refiero a la historia de Holden Caulfield, el protagonista de El guardián entre el centeno, la obra más popular de J.D. Salinger. El protagonista tiene por momentos lo que él mismo reprocha a otros personajes: «cien patadas». Y yo añadiría que en la boca.

En su día dije que «no puedes tomártelo en serio una vez has superado la adolescencia y sin embargo, resulta sorprendente empatizar con algunas de sus ideas cuando ya has pasado los cincuenta». Un cabrón de lo más simpático (enlace), si queréis acercaros a un personaje cuyas opiniones sobre el cine, los pijos de la universidad, los ancianos o los «maricones y lesbianas» sorprenden. Se lee en menos de lo que duran un Arabia-Argentina y un «apasionante» Dinamarca-Túnez.

«Pues sí, yo era Barney. Y Lester. Y…»

19/11/2022

Este blog de los «Cuatro amiguetes» lleva entregando textos a los lectores desde agosto de 2014. Con este post de hoy, van ya 558 textos, artículos, post o truñacos, que cada uno lo llame como quiera. Aparte de ello, los 128 con La Galerna bajo el seudónimo de Barney. Durante todo este tiempo, los «cuatro amiguetes» se mantuvieron en un anonimato a medias, pues apenas había datos personales, pero sí fotos de la familia y varias de Lester en sus maratones, aunque siempre de espaldas.

El sábado pasado el Amiguete Barney salió del anonimato, no del armario, como dijeron algunos. Ni del economato, como decía Gomaespuma. La ocasión la requería y el medio empleado fue el mejor posible: la entrevista que Jesús Bengoechea me regaló para anunciar la publicación de mi libro Volver al asfalto.

En esa entrevista cuento mucho de mí. Tanto tiempo alejado de esa exposición, y ahora lo casco todo. Pero es que no siempre tiene uno la inmensa fortuna de publicar un libro. «Un momento, un momento», dirá algún lector habitual de los que no me conoce personalmente, «pero el que corría los maratones era el Amiguete Lester. De hecho, lo del proyecto de Volver al asfalto ya se contó aquí hace algo más de un año». Y es cierto, y también lo hice en La Galerna:

Durante la presentación del libro el pasado lunes 14, el presentador del evento, de nuevo el maestro Jesús Bengoechea, contó cómo nos conocimos. Jesús había leído algunos de mis textos en Twitter, pero le había llamado la atención que unos eran de fútbol (normalmente del Real Madrid), otros de economía y algunos otros de carreras o de cine. Se decidió a escribirme directamente tras leer el artículo de Barney Stephen Hawking era del Madrid al día siguiente de su fallecimiento. Escribió al que creía que era el responsable de la cuenta de Twitter, y le pedía que por favor le pusiera en contacto con Barney, con el que escribía sobre fútbol, que era al que le interesaba para su página. Como contó el lunes, su sorpresa fue al encontrarse un caso inverso al de Carmen Mola: no eran tres escritores que pergeñaban textos al alimón, sino uno solo que escribía por los cuatro. Dos cincuentones que nos conocimos por Twitter, y de ahí surgieron varios cafés, muchos correos y guasaps para definir ideas y artículos, algunos eventos, y una amistad sincera.

Pues sí, y le agradezco profundamente sus palabras, pero me parece hasta cierto punto sencillo. Él mismo escribe sobre fútbol, política, música o cine, y tiene una novela hilarante, Alada y riente, que leí el pasado verano y recomiendo fervientemente. Yo he sido siempre muy aficionado a practicar todo tipo de deportes, no solo las carreras, como he contado varias veces por aquí, y de ahí surgió Lester, un tipo que además escribe relatos o trata de sacar punta a todas las historias que pasan a su alrededor, ya sean en un spa, con la Filarmónica de Londres o con un refugiado ucraniano.

Pero no soy menos aficionado a seguir el deporte por televisión, a cabrearme con lo que me indigna, como este Mundial de Catar, o a disfrutar de las grandes hazañas. Y ese es Barney.

Claro que uno tiene que ganarse la vida haciendo lo que sabe, ese economista que aparece en la entrevista y que publica de manera recurrente en Linkedin, y de ahí nació Josean, el único sin nombre anglófono precisamente porque quería ser leído en lugares más serios.

Lo que menos conocen mis amistades es mi afición al cine, una afición que nació de pequeño con esas visitas a las salas con mi padre y hermanos en aquellos maravillosos programas dobles, y que he mantenido a base de ver centenares de películas o leer muchos libros sobre la materia. Bastantes de ellos centrados en los guiones, en contar historias, porque en el fondo todo trata acerca de lo mismo. Ese es Travis, un guionista en potencia (¡productores, estoy disponible!), y confieso que es quizás el personaje que más disfruto cuando escribo. También es el que logra menos lecturas, qué le vamos a hacer.

La velada resultó, al menos para mí, entrañable, divertida, cercana, quedará para siempre en mi memoria por el resultado, por el cariño de tanta gente y por lograr juntar a mi familia, amigos y gente más querida. Tuvo prácticamente todo lo que quiero en la vida: la familia, el deporte, los amigos del colegio y la universidad, los colegas del fútbol y el baloncesto, buena música… Y lo celebramos en el antiguo cine Cid Campeador, actualmente Pangea – The Travel Store.

Este va a ser el único post en toda la historia pasada, presente y seguramente futura del blog, en el que me expondré tan abiertamente. No me interesa publicar con mi nombre, le tengo cariño a los «cuatro amiguetes» y pienso seguir empleándolos. Para mi sorpresa, este blog que empezó sin pretensiones se lee desde muchos sitios, por mucha gente que no me conoce de nada, y trataré de mantener esa separación entre personajes porque me viene muy bien para diferenciar las temáticas:

Ayer mismo me escribió Ana, una buena amiga, y su mensaje me encantó, tanto, que tengo que compartirlo: «Mis felicitaciones por todos esos años de escribir en el blog, por continuar con esa afición a cuenta de horas de sueño y por entretenernos contándonos muchas historias, anécdotas, vivencias, etc. siempre con ese toque de humor que las caracteriza. La publicación de este libro es un pequeño reconocimiento a todo eso, ¡te lo mereces!». Jo, gracias, Ana, dejadme todos que disfrute mi momento onanista de éxito y… (respiro profundamente) eso me servirá para seguir dando caña.

Los que siguen habitualmente el blog habrán detectado que los textos se han espaciado en las últimas semanas. Llevaba muchos meses cumpliendo con el rigor de uno a la semana al menos, y en el último mes y medio han sido cada nueve o diez días. Entenderéis que he tenido mucho lío con las presentaciones, aparte de un ritmo de trabajo infernal. Pero mañana comienza el Mundial de la infamia y no pienso dedicarle ni un minuto al mismo en el blog (ya lo he criticado abiertamente antes), así que el nuevo reto será ofrecer a los lectores cada día ¡y durante los próximos 30! un plan alternativo a partidos tan «atractivos» como el Catar-Ecuador en mitad del desierto, en un estadio construido sobre los cadáveres de no menos de 800 trabajadores, perdón, esclavos. Habrá días que escriba 200 palabras y una recomendación, y otros que pueda extenderme a las 1500, pero algo habrá, seguro.

Entre hoy y mañana decidiré el título entre Planes alternativos al Mundial de la infamia o crear una serie de textos a modo de club de lectura y homenaje a esos trabajadores fallecidos: El club de los currelas muertos. Se admiten votaciones.

Muchas gracias a todos por estar ahí, al otro lado.

Tarde de «placer» en el spa

LESTER, 06/11/2022

– Tomen, aquí tienen. Bajen por esas escaleras y nada más llegar a la zona de piscinas, verán un cartel en el que les indica todo el circuito. No es necesario hacerlo en el orden que figura, sino que pueden ir a su aire por las instalaciones. Tienen hora y media, según su reserva.

Las toallas que nos entregó eran duras como una alfombra y pesaban como una ídem, tanto que me abstuve de hacer la broma de golpear a mi mujer con la mía, no fuera a provocarle un hematoma considerable o a tirarla por las escaleras. Y a ver cómo explicas luego que estabas haciendo bromitas con una toalla. Lo cierto es que la desenrollabas y estaba suave, pero la primera sensación era la de llevar un ariete como para romper una de las paredes de cristal del SPA. Y pesaba… cuando te la ponías sobre los hombros (y más cuanta más agua y rato pasabas) parecía una manta zamorana reforzada con protección antibalas.

A todo esto, el look del spa se completa con un bañador en pleno noviembre, las chanclas que sacaste el día de antes del fondo del armario y a las que sacudiste la arena de playa para no formar barro en ese sitio «megasnob» y un gorro de baño que no había manera de que me quedara bien. Apretaba como si me hubieran plastificado la cabeza y no era capaz de ponérmelo de manera adecuada: si me lo bajaba todo lo que daba de sí, me tapaba las orejas y no escuchaba más que el zumbido de las máquinas y el murmullo de las voces de los bañistas aparentemente relajados. Si me lo dejaba en la parte superior del tarro, las orejas se me quedaban fuera ¡y hacia fuera!, tan ridículas como el Mudito de Blancanieves.

– ¿Por qué me miras así? -me preguntó mi mujer.

– No te miro de ningún modo, es que el gorro me tira de la frente, las cejas, los párpados y los pensamientos. Me he mirado al espejo y parezco uno de esos actores recién salido de una sesión de botox.

Sonrió y me miró con la cara de «no me vas a fastidiar mi tarde de relax», así que comenzamos. Lo primero que proponía el circuito era una cosa llamada pediluvio, que consistía en un paseo de unos ocho metros en el que tenías que pisar sobre unas piedras de río colocadas intencionadamente hacia arriba. Que digo yo que puedes encontrar placer en pisar cuchillas si eres fakir de profesión, pero es que a mí me dolían, se me clavaban en la planta del pie y me recordaron lo incómodo que era caminar por ciertas zonas del río del pueblo, en lugares cercanos a «la presa» donde los guijarros parecían agujas puntiagudas. Por si la incomodidad no fuera suficiente, de repente unos chorros de agua helada empezaron a brotar a la altura de la espinilla. «¡Coñññño!», se me escapó, «qué necesidad».

La verdad es que no pillamos el punto al pediluvio, así que seguimos a la piscina de chorros, una piscina en la que cada tres o cuatro metros había unos cañones de agua como los que usan los antidisturbios para disolver manifestaciones. Esto del spa es sencillo: te vas moviendo de uno a otro, le das a un botón y te pones debajo del chorro, que se supone que te da un masaje en las cervicales, los hombros o las lumbares. La realidad es que alguno de los chorros lleva tanta fuerza que por momentos piensas que te va a sacar de la espalda los lunares, las verrugas y hasta los tatuajes para los que los llevan. Pero en general es agradable, como las camas de masaje.

No sé a quién se le ocurrió meter unas camas en la piscina, pero fue un genio, seguro. Lo que ocurre es que cada vez que alguien tiene una idea genial, llega otro y la joroba: al apretar el botón de marras, comenzaban a salir unos chorros a borbotones de debajo de tu culo, omoplatos, muslos, costillas, etc., que hacían imposible que te mantuvieras cómodamente tumbado en la cama. Si hasta tienen unas agarraderas para que no te vayas flotando sobre la sexagenaria que ocupa la cama a tu lado. Hay profesionales del spa y yo no lo soy. Mientras yo me estresaba intentando no salir de la cama de chorros, había «profesionales del spa» que tenían el rostro totalmente relajado mientras los chorros masajeaban sus flácidas caderas y lorzas. El «masaje vibrador» dura apenas un minuto y, bueno, sirve para echarte unas risas. También para soltar un cuesco si tienes gases acumulados, que con tanta burbuja pasa desapercibido.

Tras la piscina nos encaminamos a las zonas de calor. Y de frío, mucho frío. Puedes optar por pasar unos minutos en la terma romana o en la sauna, la diferencia es que en una te arde la respiración y te quema todo, y en la otra sudas muchísimo y huele a eucalipto. Cuando entramos en la sauna había allí dos tipos. Nos sentamos en uno de los bancos de piedra, que ardía como el infierno y no intentamos apoyar la espalda. Por ser unos azulejos de brasa incandescente y por el temor a perder del todo las verrugas y lunares que sin duda quedaban colgando tras los chorros antidisturbios de la piscina. Uno de los dos tipos que estaba allí no paraba de toser. Muy desagradable, con flema y todo. Yo cerré los ojos para intentar relajarme, pero era imposible con ese tío al lado, que no paraba de toser, exhalar y hacernos sentir cómo le subía el gargajo desde el píloro hasta la nariz.

– Qué lento pasa esto -dijo el tipo a su colega.

Se había puesto de pie para mirar un reloj de arena que había junto a la puerta, supongo que para medir el tiempo recomendado de estancia en la sauna. De repente veo que el tío empieza a golpear la parte superior del reloj ¡para que la arena baje más rápido! ¡Joder, pues salte, lárgate y déjanos tranquilos! Si es que se puede estar tranquilo a noventa grados centígrados, claro. Se marcharon ambos y nosotros aguantamos unos cinco minutos más. La idea tras la sauna es meterte sin pensar en la piscina de agua helada, así llamada porque la han traído del Ártico, supongo. La primera sensación, en los tobillos, es de «¡buaaaah, yo ahí no me meto!». El segundo pensamiento es «imposible» y el tercero; «qué necesidad».

– ¿No has visto a esos finlandeses que salen de su sauna en mitad de la nieve y se lanzan a un lago helado? Pues venga, que hemos venido a jugar.

Si eres capaz de meterte más allá del ombligo lo tienes casi hecho. Y con la espalda ya puedes decir que lo has logrado del todo. Solo tienes que pensar que has pagado un pasta por ese disfrute masoquista. Aguanta. Aguanta ahí. Piensa en otra cosa: la declaración de la renta, una lavadora de ropa sucia, Rociíto llorando, qué sé yo. Esto está más frío que un abrazo de suegra.

Lo logramos, y tras cuatro o cinco minutos que se nos hicieron eternos, salimos para pasar un rato (este sí) de relax en el jacuzzi. Agua caliente, por fin, un banco en el que poder sentarte sin nada que te mueva, y unos chorros de agua burbujeante y relajante. Con el pibón que me acompañaba, pensé por un momento que estaba a solo un cadenón de oro y un par de Mama Chichos de sentirme como Jesús Gil y Gil en Las noches de tal y tal, sin duda uno de los mayores esperpentos de la historia de la televisión.

Por mí podríamos haber permanecido ahí el resto del tiempo, pero como siempre decimos, «hemos venido a jugar» y aún nos faltaban varias zonas por probar, así que pasamos a la zona nazi: las duchas de contraste. ¿A quién si no a un neo-Hermann Göring se le pudieron ocurrir estas duchas? La primera, llamada «ducha tropical», comienza con un potente chorro sobre tu cabeza como si fuera una cascada en mitad de la selva, pero justo cuando ya te sientes como Tarzán y estás a punto de soltar el grito, el agua varía a fría, y de ahí a gélida, y termina con un baño de nitrógeno líquido que te revienta la cabeza. «Su Pu…Adre», que es el significado real de SPA, no os dejéis llevar a engaño.

Volvimos a la sauna o a la terma para recuperar algo de calor corporal, y probamos el «cubo de agua helada». Vamos, que no voy a decir que no supiera a lo que iba. Que estaba avisado. Que ahí no puedo quejarme de publicidad engañosa. Que sí, que reconozco que me hizo gracia ver que el agua caía de un cubo como los de las pelis del Oeste. «Allá vamos… ¡uuuuaaaaaaahhh! Su Pu… Adre!».

A esas alturas de la tarde-noche yo ya estaba entregado, «venga, que me echen lo que sea, y que me lleven directamente a la cámara de gas después». Todavía nos quedaba una más, que no sé si era la ducha sueca, la escocesa o los chorros de contrastes. Consistía en unos chorros con dos temperaturas (los dos extremos en la escala Celsius de frío y calor, seguramente), que comienzan en los tobillos y van subiendo por el cuerpo: rodillas, caderas, lorzas, pecho, hombros, finalmente otro chorro sobre la cabeza. Dudo que eso de que por la derecha te abrasen y por la izquierda de hielen, o a la inversa, no vayáis a pensar en interpretaciones político-ideológicas, sea muy sano, pero ahí aguanté como un campeón. Excepto en los chorros del pecho, lo confieso. Tenía un pezón rojo y escaldado y el otro tieso y congelado, así que cuando vi que iban a cambiar los chorros de temperatura me giré como si estuviera bailando la Macarena para que cada pecho siguiera recibiendo el chorro con la misma temperatura, «que ya está bien, que qué necesidad».

– Anda, cariño, que tengo un moco colgando y un par de quemaduras de tercer grado, vamos a la última piscina a relajarnos de verdad, a flotar un poco y dejarnos llevar.

– Vale, pero, ¿sabes que tienen también una piscina de agua salada? Que por lo visto se flota mucho mejor en ella, si te parece probamos primero ahí y ya acabamos en la piscina normal.

Porque había una piscina normal, sin elementos de tortura, pero parece que había que ganarse el derecho a usarla tras pasar «la prueba de la sal». A ver cómo lo explico, sí, la sensación es curiosa, se flota más y tal, los labios se te quedan salados como tras morrear una copa de tequila, pero… no te metas ahí si tienes heridas en el cuerpo. Y ocurre que los que practicamos ciertos deportes como el fútbol o el baloncesto tenemos el cuerpo lleno de rasponazos, magulladuras, heridas que todavía no han hecho costra y a las que la sal le sienta como el ácido sulfúrico. De nuevo me dije a mí mismo, «aguanta, aguanta, que tu mujer está disfrutando de ese momento de flotabilidad mirando al techo, pero, joder, cómo pica la hijadep… de la sal». El momento de relax se acabó cuando una pareja con obesidad mórbida pasó a veinte centímetros de mí, flotando muy ufanos. El hombre tenía unos pechos peludos que para sí los quisiera Sabrina Salerno. Por el tamaño, no por los pelos, que se me entienda.

– Yo me salgo, me voy a la última piscina.

Y ahí ya sí, me hice un par de largos a ritmo megalento esperando que la circulación volviera a su sitio y que la epidermis recuperara su tono habitual. Salimos al poco rato del SPA (recordad, no es Salus Per Aquam, sino…), con la toalla que para entonces pesaba ya medio quintal, y en mi caso además con un hambre feroz, y me dijo mi mujer:

– Qué gustazo, ¿no? ¡Qué bien te quedas después de un baño relajante!

Tendría mucho que decir acerca de mi idea del relax, pero yo solo quería ducharme ya, secarme, vestirme y tomarme un chuletón con una botella de vino. Fue entonces cuando me di cuenta de que en algún lugar había perdido la llave de la taquilla.

Reflexiones a 120 por hora

LESTER, 12/09/2022

Hace años, casi cuatro décadas, viajábamos un par de veces al año con mi padre al volante desde Madrid hasta la Costa del Sol. Casi seiscientos kilómetros. En casa éramos ocho y viajábamos sin aire acondicionado, cinturones de seguridad, por supuesto que sin airbags, ABS, control de tracción o cualquier avance tecnológico en la conducción, sin tablets o móviles para entretenernos y por unas carreteras que en muchos tramos eran nacionales de doble sentido.

Hoy hago un recorrido similar entre tres y cuatro veces al año. Con un coche confortable y seguro, buena música, climatizador y todo el recorrido por autovía. Ha cambiado todo menos una cosa: el límite de velocidad. Los 120 kilómetros por hora son la barrera infranqueable desde tiempos inmemoriales, so pena de multazo, pérdida de puntos y hasta retirada de carnet.

Acabo de volver de unas vacaciones por el centro de Europa. He conducido por Holanda, Bélgica y Alemania, y cada uno tenía una normativa diferente de velocidad. Holanda y Bélgica cambiaban solo en lo relativo a la velocidad en ciudades y algunos tramos interurbanos. Buena parte de las autopistas holandesas tenían un límite de 100 km./h. entre las seis de la mañana y las siete de la tarde, y de 130 km./h. el resto del día. Las autopistas alemanas no tienen límite de velocidad durante muchos kilómetros. Quise pisarle al coche, pero al llegar a 160 me dijo mi mujer (mucho más juiciosa que yo, sin duda) que aflojara, que no era necesario probar el coche. Supo que íbamos a esa velocidad porque lo comenté en voz alta, porque lo cierto es que apenas se notaba la diferencia entre esa punta y los 120-130 a los que habitualmente nos movíamos. El coche de alquiler tenía todo tipo de elementos de seguridad: me corregía la trazada si no había puesto el intermitente, me frenaba el coche cuando iba con el control de crucero si estábamos a menos de cierta distancia del vehículo que nos precedía, avisaba de los coches que venían por ambos laterales con unas luces… “Podría echarme una siesta”, llegué a decir en un momento dado.

La verdad es que no abogo abiertamente por la ampliación del límite de velocidad, quizás porque la DGT nos ha bombardeado durante años con las consecuencias de la velocidad excesiva en la carretera, pero me genera dudas la conveniencia de mantener este límite. Por poner un ejemplo, ahora que hay tantos radares, ya sean visibles o camuflados, tardo casi media hora más en mi coche moderno y ultraseguro que hace veinte años al volante del Citroen BX al que pisaba todo lo que daba el motor. Llegaba con la espalda empapada por el calor, los oídos que me zumbaban por los ratos con la ventanilla bajada y cansancio. Una locura, seguro, no digo que no, pero tardaba media hora menos que en la actualidad. Y media hora menos en la carretera es media hora menos de peligro. Ahora mismo conducir un coche moderno una distancia de más de quinientos o seiscientos kilómetros tiene mucho de piloto automático de los aviones. No sacas una novela para leer durante el camino, pero la ciencia ya trabaja para que sea posible hacerlo en un plazo breve de tiempo.

La duda que tengo desde hace tiempo es: ¿la alta cifra de siniestralidad se debe al exceso de velocidad en las autovías y autopistas? Y creo que la mayoría responderemos que no. Las estadísticas indican que tres de cada cuatro accidentes mortales se dan en vías secundarias. Y ahí sí que influye el exceso de velocidad. Sin embargo, los radares de la Dirección General de Tráfico se concentran en las autovías y las autopistas, luego parece que prima la recaudación sobre la seguridad de los viajeros. Algunos radares son más peligrosos que dejar circular a doscientos por hora, porque obligan a todos los coches a frenar precipitadamente y los conocedores del radar de marras se lo saben y frenan, pero muchos de los que vienen por detrás se comen ese súbito parón. Supongo que eso no preocupa a los directores de la DGT, que, quizás, tengan un bonus por el número de multas que imponen.

Respecto a la preocupación por la seguridad, cada año se actualiza el estudio sobre los puntos negros existentes en las carreteras españolas y sistemáticamente salen los mismos lugares, los mismos cruces con poca visibilidad, tramos mal señalizados, asfaltados o peraltados en los que se concentran las tragedias. Pero leo muchas más noticias sobre la inversión en nuevos radares (de tramos, en helicópteros, móviles, etc…) que sobre las medidas correctoras que se van a implantar en los puntos negros para evitar todos esos accidentes.

Así que insisto: ¿debería revisarse el límite de velocidad en autopistas y autovías? En Alemania me adelantaron varios coches a más de doscientos kilómetros y no tuve sensación de riesgo. En España hay varias carreteras en las que los conductores se ponen muy por encima de la velocidad permitida, como en algunos tramos de autopistas de peaje. Una aberración cuando el resto de conductores circula a la velocidad permitida, o «apenas» 15-20 kilómetros por hora por encima. Lo que ves en Alemania es que los conductores tienen una educación al volante mucho más desarrollada que en España (y mejores carreteras por lo general). Los coches se organizan en función de la velocidad desde los carriles de la derecha hasta el central, que por lo general está vacío. Lo que no ves en estos países es a anormales adelantando por la derecha, la izquierda, cruzándose sin hueco o atravesándose por las carreteras sin la mínima distancia de seguridad.

La educación. Mucho más importante que el efecto coactivo de las sanciones. Igual que las jóvenes generaciones parecen haber aprendido a conducir sin alcohol en el cuerpo, al contrario que la nuestra, en la que se ponía en duda nuestra «masculinidad» por negarnos a conducir con varias copas de más, debería fomentarse la educación vial, la inteligencia al volante, el aprendizaje de determinados valores cuando te pones a los mandos de un artilugio que puede resultar mortal. Quizás de ese modo podría plantearse subir ese «soporífero» límite de velocidad.

Por cierto, recuerdo que el límite de velocidad sí se cambió una vez en épocas recientes. Concretamente, durante el gobierno de Zapatero, en 2011, cuando se rebajó de 120 kilómetros hora a 110 para fomentar el ahorro de combustible durante un período de pocos meses. Siempre pensé que alguien tenía un familiar que se dedicaba a la venta de señales temporales de tráfico. Sorprende que en los tiempos actuales de la «sostenibilidad» a toda costa y los planes de ahorro energético no se haya planteado. Quizás se deba a que en 2011 el precio de la gasolina estaba a un prohibitivo 1,30 euros/litro y la inflación se había desbocado a un insoportable 2,4 por ciento

Miramientos de y sobre Marías

LESTER, 14/09/2022

El pasado domingo falleció de manera inesperada el escritor madrileño Javier Marías a los setenta años de edad. Ya se ha glosado su figura de manera conveniente estos días, incluso con obituarios del estilo de los que el propio Marías aborrecía, así que no voy a extenderme mucho más sobre su figura. Más que sus novelas (algunas excelentes, otras me resultaron soporíferas) o sus relatos (me encantan incluso los que reconoce que escribió por encargo), me gustaba su manera de escribir, de razonar o de envolverte en sus pensamientos, lo que se apreciaba de manera especial en muchos de sus artículos y entrevistas. Un tipo con las ideas claras, con muchas de las cuales no coincidía, pero que explicaba con convicción y sin ánimo de que el que lo escuchara fuera a cambiar de opinión. Así pienso, así lo creo y con esa rotundidad lo expreso. Todo ello con una educación exquisita y un manejo del lenguaje impropio de la época actual. Era de esos pocos escritores que podían hablar de lo que quisieran con plena libertad, sin necesidad de rendir cuentas a nadie, sin plegarse a exigencias editoriales o a correcciones políticas que odiaba. Como su amigo Arturo Pérez-Reverte y pocos más en España. Ni que decir tiene que ambos fueron elevados a la categoría de «pollaviejas» por cierta «modernez», palabras estas, las entrecomilladas, que seguro que deleitan a Don Arturo, pero que Don Javier probablemente detestaría.

He rescatado una recopilación de retratos de escritores en lengua hispana titulada Miramientos, en la que Javier Marías se obligaba a escribir sobre una foto de los autores fotografiados con «la única condición que me impuse para la elección de los retratados fue que no entrara gente cuyo aspecto me resultara antipático o desagradable (no me tientan las invectivas, y ya nos caen demasiadas), ni de la que tuviera tan mala opinión personal o literaria que pudiera influirme a la hora de describir y comentar su rostro». «En ningún caso se habla de otra cosa que de eso, de los rostros y actitudes: ni de las vidas ni de las obras».

Con esta premisa, Valle-Inclán «hoy nos recuerda a un rabino con su sombrero blando», Borges «nunca fue joven o esa impresión nos ha quedado» y la mirada de Pablo Neruda «se ve estrábica malamente y no puede ser diáfana, pero es que además denota maquinación y resentimiento». Juan Benet, Eduardo Mendoza, Victoria Ocampo y así hasta quince escritores. Como Guillermo Cabrera Infante de joven, «un joven lo bastante respetuoso para llevar corbata en una década que no apreciaba el respeto, los sesenta, y lo bastante desenfadado para llevarla floja, con el botón alto de la camisa desabrochado». Es inevitable incumplir el requisito de partida, puesto que el conocimiento del escritor retratado por parte de Marías se advierte en la descripción de la fotografía, pero seguramente este hecho enriquece la divagación.

Con todo ello se me ha ocurrido hacer lo más osado que jamás hice en este blog: escribir mi propio Miramiento sobre una foto de Javier Marías. Concretamente utilizaré la de la fotografía empleada en La Galerna en el homenaje Mañana en el partido piensa en mí, escrito por Jesús Bengoechea, un magnífico recuerdo del autor, de su afición al fútbol y al Real Madrid, como demostró en una larga entrevista en la misma web. Allá vamos.

No he querido saber, pero he sabido que el autor fotografiado, cuando ya no era joven y no hacía mucho que había regresado a su despacho de trabajo, puso una nueva cuartilla en su máquina de escribir, releyó las notas manuscritas los días previos, sacó un nuevo cigarrillo y buscó que el fotógrafo hiciera coincidir la punta del mismo con el centro geométrico del retrato. No lo he comprobado, pero estoy seguro de que si trazara las diagonales del marco invisible de la foto, se cruzarían en el extremo del cigarro que parece aún no encendido. Sin duda esta actitud muestra no solo cierta rebeldía por parte del autor al resaltar el proscrito tabaco, como si quisiera lanzar el mensaje de que cuanto más lo prohíban, con más denuedo se dejará mostrar fumando, sino además un refinado gusto por la escenografía y la composición cinematográfica. La foto tiene algo de Kubrick sin tener nada que ver con Kubrick. Líneas rectas, paralelismos, simetrías, profundidad de campo y el personaje en el centro de la acción, incluso cuando no hay acción.

Nadie piensa nunca que pueda ir a encontrarse con la noticia de la muerte del autor cuyos textos visitaba con frecuencia y que ya no verá más su rostro en medios cuyo nombre recuerda. La frente despejada del escritor, las pronunciadas entradas, denotan una cierta edad difícil de discernir, y en su modo de peinarse hacia atrás se advierte una despreocupada coquetería, como la de quien finge no preocuparse en exceso por su aspecto, pero a la par quiere mostrar la mejor imagen posible. No me arreglo mucho porque no soy ningún galán de época, ni aspiro a nada remotamente parecido, pero por otro lado me agrada agradar, mostrar el rostro de aquel que fue, pero ya no será.

La máquina de escribir en estos tiempos modernos de los ordenadores, las tablets y los móviles abunda en la sensación de rebeldía, desprende un aroma clásico de escritor de época, del que aprendió un único modo de hacer las cosas y no quiso saber de los avances que la tecnología podía procurarle. Lo mismo sucede con los libros, tanto los situados en las estanterías del fondo de la foto como los apilados sobre la mesa. Parecen dispuestos de tal modo para una consulta rápida, breve, algunos de ellos con marcapáginas, quizás para rescatar una frase, un hecho anclado vagamente en la memoria, un artificio literario de algún autor lejano, o quién sabe si el significado preciso de una palabra en otra lengua, detalle propio del trabajo de un traductor. Los matices, la semántica inexacta, el uso correcto de las palabras para cuando llegue el momento de plasmarlas en la cuartilla. Acudir a la fuente y no a un buscador de Internet que podrá dar más respuestas y sin lugar a dudas con mayor rapidez, pero jamás con la precisión requerida por el autor.

La elección del entorno no es fortuita, pues pocas veces una decisión no es deliberada y en mayor medida lo es si de ese escenario escogido dependerán las conclusiones que los lectores extraigan. El retratado escoge lo que quiere mostrar, del mismo modo que un deportista enseñará músculo, un actor su mejor faz o un cantante una postura sensual, salvaje o pasada de vueltas en función del rol que guste desempeñar. Marías escoge el cigarrillo, la mirada tímida, la vieja máquina de escribir y el abrigo de una librería repleta de volúmenes.

La librería de una persona explica mucho sobre esa propia persona, a buen seguro más de lo que sospechamos: gustos, aficiones, la predilección por algunos autores, el orden de los libros, el modo de emparejar las obras, el cariño por ciertos ejemplares valiosos. No puedo leer los títulos de los libros, pero puedo imaginar a Shakespeare en distintas ediciones e idiomas, varios clásicos españoles de más de un siglo, pero también Alejandro Dumas, Julio Verne, Robert Louis Stevenson y mucho autor británico no muy conocido, ejemplares descubiertos en tiendas antiguas de Oxford o Londres, escritores que no pasaron a la historia universal con apellidos extraños como Galsworthy, pero que bien pudieron habitar o incluso proclamarse monarcas del imaginario reino de Redonda.

«Y siempre que muere alguien, una de las cosas que más me chocan y me resultan más incomprensibles es la desaparición repentina, abrupta, de cuanto el vivo recordaba y sabía hasta hacía unos momentos», (Javier Marías, septiembre de 2005). Cuántos proyectos inacabados, cuántos esbozos de novelas, artículos o relatos quedan olvidados, perdidos para siempre, entre las notas del despacho que aparece en el retrato. «Se nos borra sin querer demasiado, para además cancelar los vestigios y ecos de lo que una vez fue presente y tuvo significado».

Hace ocho años

Cuanto mayor eres parece que los años pasan más rápido, veloces, sin apenas tiempo para saborearlos, para disfrutarlos, para observar, tomar perspectiva. De repente adviertes que ya estás de nuevo en verano, inicio del curso, navidades, fin de año, cumpleaños… ¿y ya ha pasado otro año?

Hoy se cumplen ocho años desde que arrancó este blog de los «Cuatro amiguetes y unas jarras», ocho años desde aquella Declaración de intenciones en la que se explicaba de qué iba a hablar cada uno de los cuatro. El 99 por ciento de los blogs muere en su primer año de vida, luego llegar a ocho años es una señal de buena salud, de que ha captado el interés de un buen número de lectores, un «me llena de orgullo y satisfacción», que decía el emérito. Por cierto, aunque pueda parecer que los ocho años pasan muy rápido, tanto que nos falta aún perspectiva histórica para valorar ciertos asuntos, nada más lejos de la realidad. Por ejemplo, cuando nació este blog, el mismo Juan Carlos I acababa de abdicar en favor de su hijo Felipe VI, quien comenzó su reinado (según Barney) con un discurso repleto de referencias futboleras. Juan Carlos I, Mariano Rajoy en la presidencia de gobierno, Angela Merkel en Alemania y Barack Obama en Estados Unidos. Y el Madrid campeón de Europa, porque hay cosas que tampoco cambian demasiado, y está bien que sea así.

Una visita a las hemerotecas del 15 de agosto de 2014 nos puede ayudar para hablar del paso del tiempo en estos ocho años, o para ver lo que siempre permanece ahí, inalterable.

Josean: Vaya, el titular principal podría haber sido escrito la semana pasada. La zona euro en problemas, atascada, con una economía alemana que no carbura, y ya sabemos que si la locomotora sufre, el resto de los 28 lo pasa peor. Cambiamos «Rajoy» por Pedro Sánchez y también seguimos hablando de reformas estructurales que no terminan de concretarse, salvo por la vía del incremento de impuestos. La columna de la derecha hace referencia a un escándalo de corrupción, uno de los temas de los que más se ha hablado en este blog, sin importar el partido del que procediera. La parte inferior de la portada también podría ser, con ciertos matices, de hace apenas unos días:

El interminable procés catalán, en su día con Artur Mas, los centros de acogida de inmigrantes colapsados por las pateras y un nuevo caso de abuso policial en Estados Unidos, con el único cambio de que el presidente en aquel agosto de 2014 era Barack Obama. En el blog vivimos la época pre-POTUS Trump y ya llevamos casi dos años de la posterior. Y «La deuda pública supera ya el billón de euros». Los peligros del endeudamiento excesivo, la recuperación que nunca llega, las medidas equivocadas, el gasto público excesivo o despilfarrado en chorradas, de todo eso se ha hablado en el blog mientras la deuda pública seguía disparándose. Ocho años.

«El mundo está cansado de tanta guerra», decía el Papa Francisco entonces. Y nos parecía que lo de este año con Ucrania, Taiwán, o los conflictos ya medio olvidados en Siria, Somalia o Yemen eran lo excepcional. Nunca hemos dejado de estar en guerra, y nunca hemos dejado de estar cansados de la misma.

Lester: la portada de El Mundo de aquel día hablaba del Canal de Panamá, de los cien años transcurridos desde el arranque a principios del siglo XX. Este blog tuvo la inmensa fortuna de contar en detalle la ampliación del Canal en junio de 2016, con un amplio reportaje desde allí mismo que (si se me perdona la molestia) ya quisiera el propio diario madrileño.

La otra noticia de portada es la del brote de Ébola, aquel virus que venía de África y nos tenía acojonados, ¿quién no recuerda a la enfermera Teresa Romero y el sacrificio de su perro Excalibur? Para mí, lo peor fue comprobar ya entonces cómo se utiliza cualquier suceso para politizar, enmierdar y asustar al personal. Un juego de niños al lado de lo que ocurrió después con la Covid-19, el p… virus al que también hubo que dedicarle mucho tiempo en el blog (Aplauso a una generación de héroes, Casi feliz en casa, Volverán las malditas mascarillas, Las cicatrices del coronavirus, entre muchos otros).

Ver a Michael J. Fox en portada y hablar del paso del tiempo parece inevitable. Nadie como su personaje Marty McFly para mirar hacia atrás y regresar al pasado, o al futuro, o conmemorar que este blog llegaba a la fecha mítica del 21 de octubre de 2015, que como todos los frikis sabemos, es la fecha «futurista» que Robert Zemeckis imaginó durante el rodaje de 1985.

Barney: en cuanto a la parte del deporte, me hace gracia ver en todas las portadas a Luis Suárez, quizás el tipo más sucio que haya visto sobre un terreno de juego. Marrullero, agresivo, faltón, mordedor… en agosto de 2014 era noticia porque llegaba al Barça con una sanción de varios meses tras el bocado que le pegó a Chiellini en el Mundial de Brasil. Pues nada, en el Barcelona encontró ese paraíso de impunidad que tanto he denunciado en el blog. Ocho años sin una sola expulsión (salvo una por doble amarilla en Copa), con un historial de agresiones e insultos brutal, más en su época culé que en la del Atleti. Ocho años después se ha ido de rositas de la Liga española, un caso digno de estudio que no analizará el autoproclamado mejor periodismo deportivo del mundo.

Prefiero irme a las portadas de la prensa deportiva, que entonces nos hablaban de:

Pues sí, razones para soñar. Este blog ha podido disfrutar de las Champions del Madrid en Milán, Cardiff, Kiev y París. Y varias Ligas. Han sido buenos años para los madridistas, qué duda cabe. Hemos vivido las despedidas de Cristiano Ronaldo y de Gareth Bale. E innumerables triunfos de Rafa Nadal, otra constante en estos ocho años. Pero también ha habido muchos huecos para el baloncesto, Pau Gasol, Pablo Laso, el atletismo y los Juegos Olímpicos de Río en 2016 y de Tokio en 2021.

Travis: se me ha ocurrido mirar la taquilla de aquel agosto de 2014 y lo cierto es que fue un poco para echarse a llorar:

Que no digo que Los guardianes de la galaxia no sean entretenidos, pero es que la colección de «éxitos» cinematográficos de la época no ha pasado a la historia precisamente. No en vano, compruebo que aquel fue:

Y no me extraña, si lo ilustran con una foto de los soporíferos Transformers. ¿De verdad que este es el cine que nos vendrá en próximos años?, me preguntaba. Porque hasta para hacer cine de explosiones y acción hay que tener clase, como en mi debut en el blog: Armageddon y Gravity. Peliculones, sin duda. Obras maestras al lado del top-ten de aquel agosto lejano.

Si me voy al año 2014 completo, fue un gran año para el cine español (al que se ha defendido en este blog, por cierto), con tres películas entre las diez más taquilleras. La estupenda Ocho apellidos vascos, la entretenida El Niño y la última de Torrente. De este listado, la que más se recuerda sin duda es El Lobo de Wall Street, del maestro Scorsese, que ha aparecido varias veces en estos ocho años (Taxi driver, El irlandés, New York).

En fin, que este blog seguirá un año más. Sí, lo siento, somos así de brasas: van 545 post, más un centenar en otros medios, dos libros (Relatos de un tiempo fugaz y Aguafiestas), un tercero que llegará en septiembre y muchas, muchas lecturas. Será un placer seguir contando con vosotros.

Un abrazo.

¡Muera el futbolcentrismo, claro que sí!

LESTER, 24/07/2022

“Futbolcentrismo”, toma ya. No falla con el colectivo de inventores de “palabros”, términos que ni siquiera están en la RAE (otro organismo machista, sin duda) pero que suponemos que ayudan para describir una situación conflictiva o un problema de gravedad que merece ser analizado. Al leer el término pensé que podía referirse al peso que tiene el fútbol para muchas personas en esta vida, que lo sitúan en el centro de su jornada diaria, gente que organiza sus semanas en función del día que juega su equipo, pero enseguida comprobé que no, que significaba algo muy distinto.

El “futbolcentrismo” representa el uso abusivo de este deporte en los patios de los colegios, algo que, por lo que leo, debería ser erradicado porque “en el patio existen unos usos de poder y sumisión que se practican diariamente”, según Sandra Molines, profesora de Florida Universitària, y supongo que experta en género, como María Gijón, con quien arranco este post. Que es un tipo de experto que encuentro cada vez con más frecuencia, como en este otro artículo, Patios igualitarios frente al futbolcentrismo, en el que tres arquitectas han diseñado una alternativa para el uso de los patios “con perspectiva de género”:

“Cuando observamos un patio, generalmente hay un grupo dominante (mayoritariamente masculino) que ocupa el espacio central con modalidades de juego expansivas e invasivas respecto a las otras actividades…”. Con todo lo que se ha hecho para promover el fútbol femenino, incluso de manera forzada, dándole más espacio en las noticias y portadas que el interés real que despierta entre los aficionados, y ahora te llegan estos grupos a decirte que hay que reducir o suprimir el fútbol en los patios porque es una actividad exclusiva de niños.

Yo no soy experto en género, pero sí en patios, faltaría más, que me he formado en varios y luego he asistido expectante al cambio de normas con los recreos de mis hijos. Hay que suprimir el fútbol, claro que sí, un balonazo puede ser un principio de violencia de género, como parece que se da a entender, y la no participación en el partido es un principio de exclusión social, pues “la propia configuración del juego hace que las personas que no juegan queden relegadas a los extremos y lo más lejos posible”. Ya puestos, suprimamos también el juego de polis y cacos, porque generaba situaciones de buenos y malos, de delincuentes y represores en el que unos queríamos jugar el papel de los que se evadían y en otros se perpetuaban roles de dominación en los que podían atrapar a sus víctimas.

Prohibamos canciones como aquella de la comba que decía que “al pasar la barca, me dijo el barquero, las niñas bonitas no pagan dinero”, pues vuelve a caer en el estereotipo de las ventajas asociadas a la belleza física y no al intelecto para la consecución de objetivos en la vida.

Prohibamos el juego del churro, por supuesto, y no solo porque el que no se agachaba ejercía el papel secundario de “madre”, sino porque invitaba a los chavales (y chavalas, claro) a someter y oprimir a sus compañeros, lo que generaba patrones de dominación y violencia que solo podían acabar en acoso escolar.

El balón-prisionero, en mi colegio denominado balontiro, no solo ocupaba un amplio espacio del patio, marginando a los que no querían jugarlo, sino que además incitaba a emplearse con saña para atrapar a pelotazos a los compañeros, y en ocasiones, con dos pelotas en juego, terminaba con balonazos directos a la cara o al cuerpo que no eran otra cosa que preludios de agresiones y bullying.

Estas expertas en género proponen alternativas de una gran belleza, “que los patios incluyan zonas de naturaleza, con árboles, sombras, no un mero patio de cemento”… Creo que esta mujer ha visto pocos patios del centro de las ciudades, pero es que además, ¡dos árboles han sido toda la vida los postes de una portería! Sandra Molines opina que “el patio podría ser la mejor de las aulas del cole, pero para ello se debería educar en esos espacios”. ¡Pero que los chicos quieren desfogarse, correr detrás de un balón, meter unas canastas, jugar al frontón aunque sea con la mano, una pelota de tenis y en cualquier pared del colegio, déjalos tranquilos durante el recreo! “Cuando no se educa conscientemente en la igualdad, se educa inconscientemente en la desigualdad. La formación es la herramienta necesaria para poder detectar el sexismo en las escuelas”, afirma.

El colectivo de arquitectas Equel Saree plantea repensar “los espacios y las ciudades desde el feminismo y la participación comunitaria”, ya que la supuesta segregación por género en los juegos provoca “el sedentarismo de la mayoría de niñas, que charlan y pasean alrededor de la pista, con consecuencias negativas para su salud, su autoestima y su desarrollo físico y cognitivo”. Siempre he dicho que todas estas consideraciones sobre una supuesta inferioridad de las niñas y las mujeres en las que caen estos colectivos que piden cambiar las normas o regular todo lo ya regulado por el sentido común,  me parecen de un machismo exacerbado, pero no sé si se dan cuenta de ello. En uno de estos artículos, Sandra Molines propone “espacios para el juego tranquilo, como pintar, cantar, juego simbólico e imaginativo, música, lectura, juegos de mesa, etc”. Insisto en que les falta algo de patio. En mi colegio podíamos desarrollar habilidades pictóricas (los baños siempre fueron una escuela rupestre al estilo de las cuevas prehistóricas), jugar al ajedrez o a las damas (desconozco cómo se interpretarían estos juegos con una perspectiva de género, pero seguro que mal) y los que querían leer, tenían una zona oculta y algo alejada para ello. De hecho, allí fue donde vi por primera vez descubrí a unos compañeros que me enseñaron revistas especializadas en anatomía femenina. Siempre hubo espacios en los patios, no sé por qué tanta manía con regularlos.

Entre las alternativas propuestas, se habla también de ping-pong, bádminton (¿¿¿en un patio escolar???) y colpbol. Reconozco que he tenido que buscar qué era esto del colpbol. Leo con estupor que es “un deporte de equipo que supere las limitaciones educativas de los deportes tradicionales”, “que fomente la máxima participación posible de todos los jugadores”, “que reduzca al mínimo las diferencias individuales”, en definitiva, “un deporte que evita el incremento de las desigualdades”, que “se convierte en un agente socializador con una gran carga de beneficios socioafectivos asociados”.

Anonadado me quedo. Toda mi puñetera vida jugando al fútbol o al baloncesto, tratando de mejorar mis habilidades individuales por el bien del equipo y resulta que lo que tenía que hacer era reprimirlas, pasarle la pelota y la responsabilidad a otro. Empiezo a pensar si todo esto no consistía en una guerra contra el fútbol, sino en algo mucho más cercano al adoctrinamiento.

Hace un par de años leí algunos artículos sobre el fútbol infantil, de chavales menores de ocho años, en el que colectivos de padres pedían que se suprimieran los marcadores porque los niños encajaban mal las derrotas. En algún foro leí a otros que proponían que los goles se celebraran conjuntamente por ambos equipos, el que había marcado y el que recibía el gol, porque los niños tenían que entender el componente lúdico del juego y celebrar cuando se alcanzaba el éxito, el gol, aunque fuera en tu propia portería. Pocas veces he leído una gilipollez tan gorda. Por supuesto que los que perdíamos nos íbamos a casa cabreados, llorando, escocidos, incómodos, rabiosos, de todo, pero aquello era un acicate más para mejorar, para progresar y hacerlo mejor en el siguiente partido. Y si exagero un poco, pero creo que no demasiado, parece que ahora hay que hacerlo todo tan plano y tan sencillo que el verdadero objetivo no es otro que coartar la decisión individual de destacar, de mejorar. De tomar la iniciativa.

Dejadme el fútbol tranquilo, coño. Y los patios repletos de futbolistas en potencia (de ambos sexos, claro).

De la velada cultural a la bobada escultural

LESTER, 17/07/2022

Por esas circunstancias del cargo laboral que no vienen al caso, mi mujer y yo fuimos invitados recientemente a una velada cultural de lo más completa, con cóctel de pitiminí incluido, exposición de obras de arte con el propio creador y concierto final de lo más «ecléctico». Antes de proceder a la descripción de la nochecita, conviene recordar que «ecléctico» es el eufemismo que suele utilizarse para definir «raro de cojones». Pues eso. Una velada «ecléctica».

La historia podría haber sucedido en un consulado extranjero o un Instituto de Cultura de un país europeo de larga tradición cultural, pero voy a situarla en un centro cultural de la República de Francia. Por comodidad, por dar fluidez a la historia, y también, no lo negaré, por esa cierta manía que tengo de toda la vida a los gabachos. Perdón, a los franchutes, digo… a nuestros amados vecinos los franceses. Pues eso, mi mujer y yo llegamos sobre las ocho de la tarde al Instituto Cultural francés, y en el propio vestíbulo nos esperaban dos jóvenes («jóvenas») mozas de metro noventa con unos taconazos descomunales. Nos ofrecieron «una copa de champán» (pronúnciese al modo «shampán» autóctono, comiéndose casi la segunda «a») y nos invitaron a pasar. La de la izquierda estaba estupenda, me recordaba a la Mónica Bellucci de hace un cuarto de siglo (la actual también está tremenda, ojo), pero la de la derecha me pareció que no siempre había sido mujer. Ya me entienden. Llegué a creer que esa masculinidad embutida en un vestido color champán era parte de la multiculturalidad y diversidad que pretendía mostrarse en todo el evento.

– Me llamo Lulú y tengo un trabuco más grande que tú -bromeé con mi mujer.

– Qué bobo eres. Aunque… si me fijo bien… en las manos sobre todo…

Mi mujer se fija siempre en las manos de la gente. Si algún día la conoces y te fijas, no es porque se dedique a la manicura, es porque te psicoanaliza en tus manos. Es capaz de sacar más detalles de las manos de la gente que de una autobiografía. De verdad. Al final de la noche y tras encontrarnos varias veces a «Lulú» en el cóctel y el concierto, coincidió conmigo en que, sin ningún género de dudas, Lulú era o había sido Lolo. Pasamos a la sala en la que se servía el cóctel (tras abandonar disimuladamente el champán y coger una cerveza), donde pudimos visitar la exposición del reputado escultor Monsieur Lafarge. Por supuesto que no se llamaba Lafarge, pero lo usaré por ser una conocida marca de cementos y la cara de este «reputado escultor» era más dura que el cemento tras veinte horas de solidificación.

Las supuestas obras de arte consistían en unas diminutas esculturas clavadas a la pared con una barra metálica de unos veinte centímetros. Se trataba de unas pequeñas formas abstractas de cristal o metal de tres o cuatro dedos de tamaño sin ninguna forma reconocible, lo mismo podían ser un boniato partido por la mitad y estampado contra el suelo que un asteroide de Star Wars. Una chuminada, en cualquier caso. Mi mujer y yo tratábamos de encontrar el sentido a algunas de las piezas mientras hincábamos el diente a unos canapés, pero en esas llegó el artista, el insigne creador Monsieur Lafarge, acompañado del Director del centro, el presidente de la compañía que patrocinaba el evento, un tipo estirado que imaginé como el agente de Lafarge y otra jaca de buen ver con el mismo vestido que las dos de la entrada. O les dos, o el uno y la otra, o como se diga sin ser tachado de tránsfobo.

Monsieur Louis Lafarge era un tipo de unos sesenta años, alto, enjuto, con los morros hacia fuera de manera un tanto forzada, un anillaco con un pedrusco rojo en el meñique izquierdo y un aspecto a medio camino entre Karl Lagerfeld y Antonio Gala. Con chaleco y americana, pese al calor que hacía, y un bastón que no usaba para apoyarse, sino para señalar sus obras. Puro postureo. Me quedé mirando su bigote, un bigote muy fino que parecía pintado y sin pelos, un poco a lo John Waters.

– Lleva bigote de pederasta -dije por lo bajinis a mi mujer.

– ¿Qué bobadas dices, acaso conoces a algún pederasta que lleve ese ridículo bigote?

El enfado de mi mujer conmigo por la tontería hizo que el tono de su frase se elevara de manera progresiva, con lo cual lo de «ridículo bigote» fue escuchado por varios de los asistentes, incluido el posible agente del artista. Menos mal que Lafarge iba a lo suyo, señalando sus obras con el bastón y en un momento dado pidió que encendieran unos focos que había en una extraña lámpara del techo. Los haces de luz iluminaban los boniatos escultóricos, lo que hacía que se proyectaran unas sombras sobre la pared, sombras sobre las que Lafarge empezó a divagar. Nos acercamos un poco para tratar de entender lo que decía. Los haces de luz se movían y cambiaban de color, lo que provocaba variaciones en las sombras y en las supuestas obras de arte. «El juego de luces y sombras puede representar el transcurrir de la vida, la quietud, la paz interior, pero a la vez el movimiento, los cambios de ánimo…». Creo que mi escaso francés me permitió pillar algo así. Muy bien, cariño, ¿lo vemos ahora? Nos miramos y se nos escapó una sonrisa:

– Yo solo veo sombras de patatas sobre la pared -contestó mi santa, que había recuperado el buen humor tras apretarse los primeros canapés decentes de toda la noche. Casualmente los más simples, los de queso francés, porque todos los anteriores, a base de fruslerías de colores, entraban directamente en la categoría de nouvelle cuisine basuré.

Nos separamos del grupo montado alrededor del artista para que no se pudieran escuchar nuestras risas y empezamos a jugar a imaginar las sombras y sus explicaciones:

– Esa parece un pato, no, una nube. O una nube con forma de pato.

– Es una nube -continué poniendo morritos y acento francés- que representa el vuelo grácil del pato en fase migratoria, una metáfora del artista sobre la inmigración en busca de mejores condiciones de vida.

– Ja, ja, ja, ¿y esta otra? Parece una torre como esas del petróleo, de perforación, y con el movimiento de las luces parece que está echando algo, será otra metáfora sobre el cambio climático y los efectos del hombre sobre la atmósfera.

– Cariño, eso no es una torre, sino un trabuco como el de Lulú, con eyaculación y todo.

Nos reímos, sí, pero cuando minutos más tarde vimos al señor Lafarge explicando con su bastón la escultura y a su séquito carcajeándose, comprendimos que a lo mejor nuestras interpretaciones no estaban tan desacertadas.

Seguimos durante unos veinte minutos con la cerveza y unos canapés infames, mucha brochetita de verduras infectas, bolitas engarzadas en palillos para mojar en salsas picantes como el demonio y texturas teriyakis de esas, o como se llamen. Sobre un pedestal en mitad de la sala había una bandeja con una cosa que dudamos si eran canapés art decó o una nueva escultura de Lafarge, así que no las probamos por si acaso. Que luego pasa como en aquella feria de Milán en la que la mujer de la limpieza tiró a la basura una obra de arte supuestamente vanguardista tras confundirla con los restos del cóctel. Una tomadura de pelo, vamos.

Tras el cóctel nos invitaron a pasar a otra sala en la que nos deleitarían con un breve concierto a cargo de tres artistas, dos franceses a los instrumentos y una portuguesa para la voz. Cuando presentaron a los artistas pronunciaron las dos palabras que más miedo me dan en este tipo de espectáculos: «experimental» y «fusión». Yo siempre creí que los experimentos debían hacerse en laboratorios y que las fusiones musicales no provienen de la mezcla de estilos, sino del efecto que provocan en los espectadores: los funden. Según parece, los artistas iban a interpretar unas piezas de Claude Debussy con ritmos de gipsy jazz y acompañados por la voz de la cantante de fados Maria Graça Dosantos, quien acompasaría versos de Enrique Morente a la música de sus compañeros de escenario. Con un par.

En las primeras filas se sentaron Lafarge, el presidente-mecenas y los altos cargos del Instituto, y nosotros nos pusimos en las últimas filas y cerca de la salida por si había que salir huyendo. Motivos no nos faltarían, visto el panorama. De todo el concierto apenas disfruté los primeros diez segundos, cuando el piano comenzó a sonar con timidez, pero en cuanto entró el contrabajo, y en especial, cuando se sumó la cantante moviendo una maraca que parecía un sonajero infantil, comprendimos que eso solo podía ir a peor. Y fue a peor, ya lo que creo que sí. Fue en el preciso instante en el que Maria Dosantoshuevazos comenzó a soltar un quejío de Morente que pegaba con los ritmos de los instrumentos como un tricornio en un traje de novia, como un baile de Shakira en un consejo afgano de ayatolás, como un tipo con frac en lo alto de una carroza en el Desfile del Orgullo.

Mi mujer y yo nos miramos con la misma cara de espanto y diversión con la que habíamos presenciado la muestra escultórica. Hicimos serios esfuerzos para contener la risa y mira, mira, cariño, Lafarge está moviendo los pies al ritmo de la melodía.

– ¿Al ritmo de quién? ¿Del piano, del flamenqueo, del contrabajo? ¡Porque cada uno va por su lado!

Sí, joder, parecía que los de las primeras filas estaban disfrutando de lo lindo y es en esos momentos cuando uno piensa por unos segundos que es un analfabeto cultural al que su escaso bagaje le impide disfrutar de estas excelencias no aptas para cualquier paladar. ¡Pero nooooo!, eso era una tomadura de pelo a la que estaban entregados los anfitriones porque a buen seguro se habrían gastado una buena pasta en el montaje de toda la velada. Los asistentes aplaudieron al final de la pieza. O mejor dicho, rehago la frase: aplaudieron el final de la pieza.

Si por un momento pensamos que el experimento había resultado fallido y tendría arreglo en los siguientes temas, enseguida vimos que no. La cantante dejó el sonajero y cogió un triángulo al que atizaría en los momentos más inopinados de la pieza de un Debussy «morentizado», vaya locura, qué espanto. Y los de las primeras filas, extasiados, se oyeron varios «¡bravo!» y hasta algún «¡ele!». No tengo la menor duda de que si en ese momento hubieran aparecido unos mariachis y unas bailarinas de samba, los espectadores habrían aplaudido a rabiar. Que esto costaba mucha pasta y tenía que parecer algo único y excepcional. Bueno, «único y excepcional» fue, desde luego.

Justo antes de la pieza final, acalorada, la cantante de fados se quitó el mantón de Manila que llevaba sobre los hombros y pudimos ver el vestido en todo su esplendor. Lucía un vestido rojo con un escote hasta el ombligo (literal), y ya que la música no acompañaba, nos habríamos extasiado en la contemplación de sus senos de no ser más plana que una tabla de plancha. Al menos, la cantante tenía una sonrisa preciosa, pensé, es una lástima que se empeñe en cantar de nuevo. «No rompas el silencio si no es para mejorarlo», me vino a la mente. Y al verla coger una pandereta, comprendí que el experimento sobre la capacidad de sufrimiento humano no había finalizado. Desde ese día creo que Debussy, Morente y hasta el jazz deberían estar considerados por la Convención de Ginebra, elementos que, sueltos, suenan bien, pero que mezclados son como echarle ketchup al cordero lechal o quinoa a un solomillo. Un crimen.

Antes de que acabaran los aplausos, mi mujer y yo salimos escopetados, necesitábamos salir de allí, desintoxicarnos, escuchar los cláxones de la ciudad y la algarabía de las terrazas de verano. Y de paso, cenar algo, que en estos cócteles se pasa tanta hambre como los viernes de Cuaresma en mi antiguo colegio. No nos fuimos muy lejos, encontramos una buena mesa, pedimos unas jarras de cerveza y unas raciones, y pasamos un buen rato reviviendo los mejores momentos de la velada. A decir verdad, los mejores fueron escasos, así que revivimos los peores y las sensaciones nada contradictorias que nos habían provocado.

La sorpresa de la noche llegó cuando vimos que dos mesas más allá de la nuestra se habían sentado a cenar los dos músicos franceses, la cantante portuguesa, el artista Lafarge y el tipo estirado que lo acompañaba hasta para ir al baño. Aguzamos el oído para ver qué comentaban y, oh, sorpresa, hablaban un perfecto español con acento de La Pampa.

Colgar las botas

LESTER, 11/06/2022

Llevaba toda la temporada dándole vueltas a este momento y el domingo pasado por fin llegó: cuelgo las botas. Dejo el fútbol. Alguno de los cabroncetes que juegan conmigo seguro que piensa que fue el fútbol el que me dejó a mí hace años, pero ahí he seguido, dando guerra hasta los 52 tacos. He sido un privilegiado. Las lesiones me han respetado todos estos años y eso, sin duda, ayudó a esta longevidad. Muchos de mis compañeros tuvieron que dejarlo antes por problemas en las rodillas, meniscos, tobillos, cartílagos, espalda… cada convocatoria era un repertorio de dolencias y molestias que invitaba a la huida. O a la risa, que también: «estáis mayores», les decía. Seguramente algo hice bien para prepararme y aguantar las tarascadas y los golpes, que a partir de cierta edad uno se resiente. Y aunque trato de disimular en la oficina, los días posteriores a un partido me duelen los muslos, la espalda, las costillas y los innumerables sitios en los que haya podido llevarme un golpe ese fin de semana. No ando como Robocop por placer, compañeros. Con veinte años te recomponías en un segundo (sobre todo si tu chica estaba presenciando el encuentro) y al día siguiente ni te acordabas de dónde te habían golpeado. Pero desde hace años no, el cuerpo me estaba diciendo algo y yo me resistía a escucharlo.

Desde el año 87 he participado con regularidad en ligas de todo tipo, 35 temporadas con los únicos parones de la pandemia y del año que estuve a medio camino entre Marbella y Madrid. Algunos años jugaba en dos campeonatos diferentes al mismo tiempo, uno entre semana y otro los fines de semana. Hasta tres en un par de años de locura. Ligas de barrio, en la universidad, equipos de antiguos alumnos, de empresa, de fútbol 7, 8 y 11, fútbol sala, en campos de la Alameda de Osuna, Vicálvaro, Vallecas, Torrejón, Mijas, Fuengirola, San Pedro de Alcántara, Alcalá de Henares o Fuenlabrada, en mil sitios. Siempre ligas seniors, nunca quise asumir que la lógica me llevaba a las ligas de veteranos. En los campos en los que he jugado nos mezclábamos adolescentes, veinteañeros, treintañeros, cuarentones y (pocos ya) de mi quinta.

He disfrutado mucho todos estos años. Mucho. Albert Camus, antes de lograr el Nobel de Literatura en 1957 jugó como delantero durante su juventud hasta que una tuberculosis lo debilitó y lo llevó a continuar su «carrera» de aficionado como portero, y siempre decía que, de haber podido elegir entre las letras y el fútbol, escogería sin duda lo segundo. También nos dejó una de mis frases favoritas sobre este deporte:

“Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol”.

Siempre que en las empresas se plantean cursos sobre gestión de equipos o liderazgo, pienso que no hay mejor escuela que un equipo de fútbol. O de baloncesto, balonmano o rugby. Los que tengáis hijos pequeños, permitidme este consejo: apuntadlos a deportes de equipo, aunque luego se decanten por alguno individual. En un equipo de fútbol aprendes como en ningún otro sitio sobre gestión de egos, cómo abandonar el individualismo por el bien colectivo, sobre la solidaridad con el grupo, la preparación, cómo tratar de dar tu máximo, a alegrarte con los éxitos de tus compañeros o cómo aprender de tus errores para mejorar. No por ti, sino por tus compañeros, a los que quieres ofrecer tus mejores prestaciones.

De hecho, cuando menos he disfrutado ha sido cuando he jugado en equipos en los que no existía ese buen ambiente de compañerismo y camaradería que normalmente he encontrado en los terrenos de juego, cuando no jugué rodeado de amigos con los que luego te ibas a tomar una cerveza. O varias. Cuando he jugado con gente que vivía anclada en el reproche aunque luego sus decisiones no eran las que convenían al equipo. ¡Camus era un sabio! Y claro que hay tramposetes, como en la vida misma, gente que trata de engañar a la autoridad, o que te la hace por detrás y nunca de frente, o jugadores cuyo estado natural es el confrontamiento. Abandoné una liga en la que disfrutaba como un enano (y no como el cuarentón que era) el día que pegaron a un árbitro muy cerca de mí, ¿qué se me había perdido allí, o separando veinteañeros en las continuas tanganas que se formaban?

En el fútbol he hecho grandes amigos, gente del barrio en su mayor parte, o compañeros con los que coincides en un momento dado de tu vida y los quieres siempre a tu lado, en la defensa o en el centro del campo. Cuando publiqué mi primer libro de relatos (Relatos de un tiempo fugaz), varios lectores me dijeron que algunos parecían autobiográficos, y yo dije que solo uno lo era. Nadie adivinó cuál. Y era precisamente Remontada, sobre un equipo de barrio y un compañero, Alberto, que falleció con 23 años. Hay mucho de verídico en aquel texto. Como en aquel relato se contaba, he tenido la suerte de jugar con dos de mis hermanos e incluso, años después, con mi hijo durante cuatro temporadas. Una gozada auténtica, soñaba con una rosca perfecta a la cabeza de mi hijo que me gritaba «Papá, Papá» desde el centro del área y este remataba a la perfección, ilusiones que, con pequeños matices, cumplí (mis roscas dejaron de parecerse a las de Michel hace décadas).

El fútbol siempre ha servido para acercarnos a la gente y tener un nivel algo más que aceptable me ayudó siempre a disfrutar y hacer que los demás disfrutaran más esos momentos. En Bolivia organizamos partidos con los chavales de las escuelas cercanas que venían al Hogar Teresa de los Andes a pasar las tardes con nosotros y en Ecuador organizábamos partidos callejeros en el pequeño pueblo de Mascarilla. Una pelota y poco más. Ganas, sobre todo. De allí salió también uno de mis textos favoritos, Agua o fútbol, sobre la curiosa contradicción de unos pueblos con problemas de agua potable, pero con unas fantásticas canchas de fútbol de coste superior al de una depuradora para los vecinos.

En los distintos trabajos por los que he ido pasando a lo largo de todos estos años no ha habido lugar en el que no haya surgido una pachanga, un torneo de empresa, un equipo para una liga organizada. Hace años me di cuenta en uno de estos campeonatos del poder «democratizador» del fútbol, de su virtud «igualadora». Jugábamos una liga entre los distintos centros de trabajo de la empresa: nosotros, que éramos los de la Central, y gente de Fuenla, Rivas, Alcalá, Leganés… En uno de los equipos contrarios había un tipo que se pasó todo el partido repartiendo estopa, atizándonos a todos los que osábamos pasar por el medio del campo. En una de estas le dije que se controlara un poco que íbamos a acabar haciéndonos daño y me contestó:

– Es que ustedes, los de la corbata, vienen aquí a vacilarnos.

Me salió del alma la respuesta:

– ¿Corbata? ¡Pero si aquí estamos todos en pantalón corto, amigo!

No sé si sirvió de algo, pero creo que rebajó un poco las hostialidades. Todos somos iguales en pantalón corto, once contra once con las mismas reglas. Cada uno con nuestras fortalezas y nuestras debilidades, ahí no hay rangos ni escalafones, y se respeta la integridad física de compañeros y rivales. Nunca he ido a hacer daño. Y todo el que ha jugado al fútbol sabe cuándo un rival va a hacer daño. Cuando ves un partido por televisión con amigos o en un bar se nota mucho por los comentarios quién ha jugado al fútbol y quién no, y hay periodistas y «piperos» que creo sinceramente que no le han pegado jamás a un balón. Cuando esta temporada empezaron a opinar sobre los pisotones, que si eso era roja, que si la intención, que si tal… te dabas cuenta de que ni uno solo se había calzado jamás unas botas, ni sabía distinguir una jugada de otra. Este es un «regalo» que me dejaron a mí esta misma temporada, un taco cerca del gemelo que me rascó toda la pierna. No hubo mala intención, solo mala suerte, pero de haber existido el VAR en los campos en los que juego, esa entrada habría parecido escandalosa y cualquier juntaletras habría empezado con la cantinela «¡roja! ¡Criminal!»:

Y no era así, ni mucho menos, hay mucha más nobleza de la que algunos creen en este deporte. Lo he pasado muy bien, he aprendido mucho, he conocido gente estupenda, mucha más que desalmados carniceros, y ahora toca dejarlo. La mejor despedida de un deportista que recuerdo, al menos la más emotiva, es la del Dear basketball de Kobe Bryant, aquel corto que se llevó un Óscar en 2017, con música de John Williams. Yo no he dado mi vida al deporte, ni mucho menos, pero sí tiene grandes frases, de entre las cuales me quedo con esta:

«My body knows it’s time to say goodbye. And that’s OK.

Mi cuerpo sabe que es el momento de decir adiós. Y eso está bien».

Kobe Bryant

Gracias, Papá, por inculcarnos ese amor al deporte, por insistirnos en que saliéramos de la cama y nos fuéramos «a hacer deporte», ya fuera con una raqueta, un balón de fútbol o uno de baloncesto. Gracias, Mamá, por tu infinita paciencia con esos chavales que desde los doce años jugábamos en campos de tierra, auténticos lodazales cuando llovía. Sabías que el fútbol, y no la música, es lo que amansa a las fieras. Gracias a todos los que habéis jugado conmigo todos estos años, y a los que me habéis aguantado como rival, «ese pesao que no paraba de correr». Lo hemos pasado realmente bien. E igual que Chicho Ibáñez Serrador se resistía a enterrar el Un, dos, tres año tras año («clave usted unas puntas sobre el ataúd… pero no muy fuertes por si acaso»), yo no voy a deshacerme todavía de las botas. Tras el maratón que espero correr en diciembre, quién sabe si podré resistirme a un The Last Dance a partir de enero. Aún me veo joven, fuerte como un Miura, concretamente como ese japonés que se resiste a colgar las botas.

Relatos de fútbol

El bigote de Kim

Tarde de Reyes

Me vais a obligar a reclamar, cabr…

LESTER, 31/05/2022

Acabo de recibir un «regalo», una compensación por una reclamación que inicié hace casi tres años. Que sí, que ahora está muy bien recibir 1.800 euros, nos pegamos un buen homenaje, le hago un regalazo a mis hijos, etc., pero en su momento nos sacaron de nuestras casillas. Todo sucedió a la vuelta de nuestro viaje a Ecuador en agosto de 2019. El vuelo que debía llevarnos de vuelta a Madrid se averió y, tras tenernos unas diez horas sin apenas información, retrasaron varias veces la salida, nos dijeron que iban a darnos una bebida o comida (que nunca llegó) y que no nos alejáramos mucho de la puerta de embarque. El vuelo se suspendió finalmente, así que nos llevaron a un hotel a las afueras de Quito donde pasaríamos la noche con la esperanza de poder volar al día siguiente. Una faena, hay gente que perdió conexiones de vuelos, yo perdí un día de trabajo, el agotamiento de tantas horas en el aeropuerto sin información… Lo más sorprendente fue cuando se llevaron todos nuestros pasaportes porque oficialmente habíamos salido del país, teníamos ya el sello, y tenían que «reingresarnos». La imagen de la empleada de la aerolínea con cincuenta o sesenta pasaportes que se le caían de las manos, repartiéndolos al corro de pasajeros que la rodeábamos fue cuanto menos penosa.

Llegamos a Madrid con treinta horas de retraso sobre el horario inicialmente previsto y puse una reclamación con toda la información que fui capaz de recoger. La puse físicamente en el aeropuerto de Madrid y en la web, y me contestaron ambas veces que «lamentamos las molestias, pero puedes irte a esparragar». Buceando en las redes, descubrí que los pasajeros que pasan situaciones similares tienen derecho a una compensación de hasta 600 euros por persona. Y puede que más, si ha habido pérdidas de vuelos o gastos por cuenta del pasajero, como hoteles o traslados. Pero el proceso de las reclamaciones es largo y tedioso, y a mí (como creo que a casi todo hijo de vecino) me aburre soberanamente. Casi todas las empresas tienen un sistema pensado para no hacerte ni puñetero caso si vas por la vía normal: teléfonos 900 ó 902 con varios minutos de espera, chatbox en las webs, mensajes automáticos sin una respuesta satisfactoria… Así que lo dejé en manos de una de esas empresas que reclama por ti, que han surgido varias en los últimos años. Estas empresas han creado un sistema automatizado en el que tampoco hablas con nadie, pero subes tu documentación a su web, explicas las circunstancias y ellos se encargan de todo, con una comisión que puede ir entre el 25 y el 35 por ciento, más IVA.

Así que finalmente hemos cobrado esos 600 euros de indemnización por barba, menos la (elevada) comisión de esta empresa. El post de hoy no va de este caso concreto, sino de los malos servicios que se nos presta a los ciudadanos, y en especial, los de atención al cliente disconforme. Hace unos años tuve una mala experiencia con una empresa de alquiler de coches en el extranjero. Al llegar al aeropuerto de Múnich para devolver el vehículo, nos dijeron que tenía un pequeño arañazo en el parachoques (menos de un centímetro, inapreciable). Hablamos del seguro que había contratado para la ocasión (el intermedio) y para mi sorpresa, dos semanas después, me llegó a casa una factura de 570 pavos que me cargaron directamente en la tarjeta de crédito. 100 euros por «entregar el vehículo con retraso» y el resto por el desperfecto y los días de alquiler que la compañía perdía mientras lo arreglaban.

Ahí comencé un calvario de reclamaciones, conversaciones telefónicas y escritos que tardó algo más de un año en resolverse. Me asusté al leer algunos artículos sobre las prácticas de algunas compañías, casi siempre de casos cortados por el mismo patrón: ciudadano que deja un coche en el aeropuerto justo antes de su salida del país. Aeropuertos en los que nadie revisa el estado del vehículo durante la entrega, horas de entrega manipuladas, desperfectos reclamados que no aparecen en las propias fotos de los usuarios…

En mi caso, pude acreditar la hora de devolución del coche porque guardo todo por deformación profesional y estaba claro que había sido a tiempo, pero del resto (incluidas mis fotos y su incumplimiento en la parte de la verificación previa del vehículo), ni caso. Al final solicité un arbitraje al Consorcio General de Transportes de la Comunidad de Madrid, y allí, un año después del incidente, tuvimos una vista oral, tras la cual logré que la compañía de alquiler me devolviera el cincuenta por ciento de todo el importe. El hecho relevante para mi defensa fue que la compañía entrega el vehículo de cualquier manera, en un garaje a doscientos o trescientos metros de la agencia, sin nadie que revise el estado del mismo, pese a que el contrato indica que hay una persona de la agencia presente en ese momento. Luego no pueden acreditar el estado del mismo o si ese mínimo arañazo ya existía cuando me lo entregaron. Uno aprende de estas cosas y desde entonces tomé dos decisiones:

  • Hacer mil fotos del estado del coche antes de retirarlo. Y al mínimos desperfecto, lo marco en la hoja, por pequeño que sea.
  • No volver a utilizar esa compañía (aunque con otras también he tenido «problemillas» que pude resolver).

¿Valoran las compañías el número de clientes que pierden con el maltrato que les dan? Hace apenas quince días, la compañía de mantenimiento de la caldera me ha devuelto un importe menor que reconocía haber cobrado erróneamente un año atrás. ¿Cuántas llamadas y correos hemos necesitado para que nos lo devuelvan? Su respuesta hace un año fue que «no es política de esta compañía devolver dinero a los clientes?». ¿Cómoooo, ni aunque tengan razón? Así que no me ha quedado otra que esperar un año para que me lo restaran de la cuota del segundo año. Y he renovado por la oferta que mantenía, pero ya les he tomado la matrícula y dudo mucho que vaya a continuar con ellos.

Con Telefónica tardé cerca de un año en que me devolvieran los importes cobrados erróneamente cuando me quedé la línea del anterior propietario de mi casa. ¡Un año de mareos y toreos! Pero te vas a Jazztel y no te hacen ni puñetero caso hasta el día que les dices que te vas porque el «nuevo y ultramoderno router» que te han instalado es una auténtica castaña que no llega al resto de la casa. Una docena de llamadas sin una respuesta satisfactoria hasta que dije que me iba. Y solo entonces me vinieron con una solución que ya no acepté: si he dicho que me voy, es que me voy. Lo siento, haber espabilado antes.

No sé si la sensación es solo mía, que seguro que no, pero tengo la percepción de que los clientes somos ganado, y un ganado que cada vez requiere menores cuidados. Menos cariño. Quizás haya ayudado la proliferación de servicios por Internet, low cost en la mayoría de los casos, y a las compañías tradicionales, para poder competir en precios, no les ha quedado otra que reducir sus servicios de atención al cliente. Pero lo que tengo claro es que ese servicio suele ser nefasto. Y eso lo saben bien las plataformas modernas que ofrecen sus servicios a particulares. No soy usuario habitual de Uber, pero mi hijo puso una vez una reclamación delante de mí por un mal servicio que nos prestaron en un viaje. En menos de una hora nos habían devuelto el importe íntegro del servicio (que tampoco habíamos pedido eso) y mil excusas por el malentendido que se produjo. Amazon resulta hasta empalagoso cuando quiere resarcirte por algún servicio en el que no todo ha resultado a satisfacción del cliente. Una vez nos devolvieron un importe ridículo que ni siquiera habíamos solicitado, nos pidieron perdón hasta que les dijimos «‘¡que no se disculpe más, pesao!» y hasta nos asignaron a una persona por si queríamos hacer un seguimiento de nuestra incidencia.

Justo esta semana se ha presentado el Anteproyecto de Ley de Atención a la Clientela, con el que el gobierno pretende acabar con las malas prácticas de los servicios de atención al cliente. Yo he hablado de algunos ejemplos sufridos en carne propia, y eso que no he entrado en asuntos de comisiones bancarias, factura de la luz o extras que aparecen en algún viaje, hotel o restaurante. Cada uno tendrá los suyos. A mí no me gusta reclamar, que conste, me aburre, me agota, me pone de mala leche durante varios días… pero es que no me dejáis hacer otra cosa, cabrones.