La junta de vecinos o la democracia no funciona, por Lester

Aquí no hay quien viva

Hay una señora de cierta edad que siempre llega tarde a las juntas de vecinos, con una barra de pan bajo el sobaco (no quisiera yo probarlo), barra que se mantiene indemne durante buena parte de la junta, pero cuyo extremo superior, el que sobresale de la axila, empieza a ser pellizcado a partir de la primera hora, momento, por cierto, que aprovecha la interfecta para intervenir en voz alta soltando felipones mientras unas migas de pan en su barbilla impiden que nuestra atención se centre en su pregunta:– Perdone, pero entonces, ¿va a haber derrama o no?

Señora, pienso para mis adentros, hemos hablado de ello al principio, y otra vez hace cinco minutos, pero entre que usted ha llegado tarde, y que luego se ha pasado la mitad del tiempo hablando con la bruja del cuarto, ¡no se ha enterado de nada!

En la mayoría de parejas propietarias de viviendas acude uno solo de los miembros de la pareja, excepto en un caso de mi comunidad en que acuden los dos, un tipo callado con bigote y una loro con chándal. Llevo años observando la escena. Llega una votación, sale un voto de más en un sentido u otro, lo cual dice el administrador que es imposible, y en el recuento alguno tenemos que decir: “¡ustedes han levantado la mano los dos!”

– Huy, no nos hemos dado cuenta. ¿Tú has votado, cariño?

Hay otro vecino que llega siempre con pinta de cargar con una resaca monumental o, no seamos crueles, con cara de no haber descansado bien últimamente. Entendiendo por “últimamente” las últimas dos décadas. Se queda adormilado varias veces durante la junta, pero luego no falla a la hora de levantar el brazo para oponerse a todo lo positivo que se proponga por el bien de “esta, nuestra comunidad”.

Adormilada, Estirado, Don Negaciones y Doña Angustias son otros fijos en estas reuniones. Pues bien, cuando llega la hora de votar, y solemos hacerlo sobre cosas tan triviales o tan poco triviales como todo lo relativo al entorno de nuestros hogares, unos levantan la mano para aprobar alguna propuesta, la mayoría la levanta para oponerse a algo, y algunos, los menos, no se mueven. Pero todos los votos valen lo mismo.

Votación

Es en ese preciso momento cuando tus convicciones democráticas se resquebrajan. ¿Cómo van a valer lo mismo los votos del resacoso o de la señora del pan sobaquero que el mío? ¿Cómo pueden Estirado, la bruja y Don Negaciones echar abajo las propuestas tan cojonudas que hemos planteado algunos? ¡Y que no me vengan hablando de democracia!

Por si no se notara, este fin de semana he tenido junta de vecinos y, como cada año tras lo que podría denominar Convención Anual de Nimiedades, he salido hastiado de tanta “democracia”. La verdad es que como simulacro de gobierno democrático es perfecta: un presidente elegido, unos administradores siempre bajo sospecha, unas masas fácilmente manipulables y sobre todo, una oposición feroz. Tras convertirte durante unas horas en rehén de la estulticia general, a la que te sumas con todo tu ímpetu, comienzan a rondar por tu cabeza ideas supremacistas acerca de tu autoconferida superioridad intelectual sobre tus vecinos. No, corrijo, sobre los vecinos que votan en contra de tus opiniones.

La Ley de Propiedad Horizontal fue aprobada en 1960, en plena dictadura franquista, y hay quien dice (y no le falta sentido) que el Caudillo pretendía con la misma desprestigiar la democracia. Demostrar en esos años de leve, levísima apertura y liberalización que “eso de que decidan las mayorías no lleva a ninguna parte”. Que la democracia no funciona, que la mayoría no tiene forzosamente la razón, que “mi voto no puede valer lo mismo que el de otros”.

Lo cierto es que tras los resultados de algunas votaciones (Josean recordó varias en Sin miedo a votar: Brexit, Trump, Bush, ZP, Mariano, no al acuerdo de paz en Colombia, elecciones catalanas, da igual el año,…) empiezas a sospechar que la democracia no es ni de lejos la mejor opción. Y tus dudas aumentan cuando te ves en determinadas situaciones, como la que viví hace unos pocos años. En aquella junta acudí con la representación de ocho vecinos, y pese a ser una comunidad de más de cien vecinos, éramos solo unos quince propietarios presentes. Así que cuando comenzaron a votarse las distintas propuestas, cada vez que yo levantaba el brazo, se aprobaba mi opción.

– ¡Eso no vale! -dijo Pansobaquero.

Sí, señora, son las normas, tengo nueve votos, hoy se aprueba lo que a mí me salga de las pelotas. De repente, como Sean Connery en El hombre que pudo reinar, me vi dotado de un poder sobrenatural, como un César que con su dedo podía decidir sobre el resto de los mortales. Sean Connery

“Este es el sistema perfecto”, pensé, “que los demás me elijan para ser su dictador”. Como hacen los rusos con Putin. Se me pasaron ideas perversas por la cabeza, como cuando Doña Angustias se quejó de una chica que había hecho top-less en la piscina comunitaria y proponía que se prohibiera expresamente en las normas. Yo propuse ya de paso prohibir los burkinis, pero mi mente por entonces endiosada fue más allá, puesto que podía aprobar lo que yo decidiera: “¿por qué no prohibir el top-less, pero solo para aquellas mujeres que no superaran los cánones de belleza estipulados por el Comité de Vecinos Tripones Cerveceros en el que el voto de calidad fuera el mío? Todas las facilidades para el fomento del desnudo superior para el resto de mujeres. Usted, jovencita, ya está tardando. Sí, rubia, tú también. Usted, señora, sí, sí, usted, aquella cuyos seños reposan plácida y flácidamente sobre la panza, tápese un poquito, por favor, que hay niños mirando”.

Claro que un año después Pansobaquero se había aprendido la lección y llegó a la junta con veinticuatro votos bajo el brazo, bajo el brazo libre, claro, el que no estrujaba sudorosamente la barra de pan. Mi gozo en un pozo, donde las dan, las toman. “No me mola esta dictadura, el tirano no tiene alma, ¡democracia, libertad!” Organicé una oposición clandestina y tratamos de convencer a la señora usando toda nuestra diplomacia:

– Pero, buena señora, ¿no se da cuenta de que sus aseveraciones contravienen lo que a buen seguro sería una decisión más atinada y repleta de sabiduría que llenaría de ilusión los corazones de sus convecinos?

– ¡¿Mande?!

– ¡Que lo que está diciendo es una gilipollez!

Bromas aparte, las juntas de vecinos son agotadoras, extenuantes y lo peor de todo, propensas a polémicas que duran años. La primera a la que asistí terminó a las dos de la mañana y como aprobamos un asunto con el que el presidente no estaba de acuerdo, el pequeño Kim Juang-Kin (mis conocidos lo reconocerán) reaccionó impugnando la misma por no sé qué defecto formal para poder pasarse el acuerdo por el forro de sus santos cojones.

Siempre he pensado que es una ocasión excelente para realizar un estudio sociológico sobre el comportamiento del español medio. Qué manera de perder las formas tienen algunos. Qué poco respeto cuando uno intenta exponer un problema en público.

“Quería hablar sobre los robos que… ¿ha habido robos?, sí, una docena, en la c… ¿una docena, dónde?, en donde Estirado, Jevorro,… ¡no me digas!, ¿y qué se llevaron?, y yo que sé, señora, yo quería saber si la comunidad… ¡eso, eso, qué piensan hacer! porque la policía ha dicho… ¿qué han dicho?, porque por aquí no pasan nunca, que en los últimos meses, estará pasando en otras comunidades, ¿no?, bueno, señora, ya acaba y lo cuenta usted, jrlgsdhx!!!”

Darth vaderEn ocasiones me encantaría tener un poder como el de Darth Vader, el poder de juntar dos dedos, concretamente el pulgar y el índice, y estrangular en la distancia a todo aquel que me interrumpa en mitad de mi speech. No pretendo matar a esos cabroncetes creadores de contaminación acústica, pero sí al menos estrangularlos un poquito. Varios minutos, que sufran un rato, y sobre todo, que se lo piensen antes de abrir de nuevo la boca. Separaré los dedos cuando lo hayan entendido.

“Solo pido un poco de respeto”, como decía Vito Corleone. Dejando a un lado la caricatura, soy una persona que rehúye los conflictos, que tiende a buscar el acuerdo y el punto en común con el vecino, y sin embargo, reconozco que en estas juntas he llegado a pensar en el uso de la violencia física como una mejor forma de gobierno. El fascismo, sí, señor, algunos se lo merecen.

La mente de las personas es enrevesada hasta límites insospechados. En una ocasión, un puñado de vecinos compramos de nuestros bolsillos unas porterías de fútbol para los chavales y las pusimos en un terreno baldío que no se utilizaba para nada. Pues bien, hubo quejas en la junta de vecinos. Pese a que costaron cero euros a la comunidad, pese a que nos llevamos a los niños a un lugar en el que no molestaran, pese a toda la buena fe de nuestro acto, algunos vecinos protestaron durante cerca de una hora en la Conferencia Anual de Ocurrencias y Soplapolleces, y trataron de vetarlo. El argumento letal que me dejó descolocado fue el de una mujer algo mayor que yo que me dijo:

– Es que mis hijos ya son mayores y no tuvieron esa oportunidad que van a tener los vuestros.

La puta envidia, nuestro pecado capital. Y pese al título de este post, y pese a todas las coñas, puede que la democracia no funcione, pero sigo creyendo que es el menos malo de los sistemas. O el segundo menos malo, porque si me votáis a mí y me dais plenos poderes…

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Un comentario en “La junta de vecinos o la democracia no funciona, por Lester

  1. Efectivamente, Lester, las juntas de vecinos son así. Yo, desde que hace años fuí elegido Presidente, no convoco ninguna. Hay que tener cierta habilidad maquiavélica, eso sí.
    Respecto a la cosa política: pide democracia cuando estés en minoría. Cuando tengas el poder, leches de democracia, ¡dictadura!

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