Reservoir Rider Dogs, por Travis

Las dos películas que han conseguido los premios más importantes este año, La forma del agua (Guillermo del Toro) y Tres anuncios en las afueras (Martin McDonagh), tienen curiosamente una característica en común: deben buena parte de su éxito a sus enormes papeles femeninos, a las interpretaciones de Sally Hawkins y Frances McDormand.

Merece la pena destacarlo en este año de reivindicaciones, primero en los Goya, con aquel lema +Mujeres, y luego con los movimientos #MeToo o Time’s Up. Hace un par de años fue la queja de la comunidad negra, que propició un boicot a la ceremonia por lo que consideraban #OscarsSoWhite. Y digo negra y no afroamericana, porque no creo que el término sea despectivo, sino descriptivo, del mismo modo que el movimiento nos llama blancos a todos los que no somos de piel oscura, y con esta frase no puedo dejar de recordar aquella carta anónima que leyeron en su día los geniales Gomaespuma:

“Nací negro, crecí siendo negro, si tomo el sol me quedo negro, si tengo miedo estoy negro y cuando muera seré un hombre negro.

Mientras que tú, hombre blanco, cuando naciste, eras rosa.

Cuando creciste eras blanco.

Si tomas el sol te pones rojo.

Si tienes frío te pones azul.

Cuando tienes miedo, te pones verde.

Cuando estás enfermo, te pones amarillo.

Cuando mueras estarás gris.

Y después de todo, ¿tienes la caradura de decirme que soy un “hombre de color”?

Los papelones de Sally Hawkins y Octavia Spencer en La forma del agua se unen a los no menos brutales de Margot Robbie y Allison Janney en Yo, Tonya, a Emily Mortimer y Patricia Clarkson en La librería, y por supuesto a la gran actuación del año, la de Frances McDormand en Tres anuncios. Mi actriz favorita de estos últimos años es Jessica Chastain, que suele interpretar papeles de mujeres fuertes, con carácter y personalidad, con frases afiladas que le ayudan a dominar la situación en un entorno mayoritariamente masculino: Molly’s game, El caso Sloane, Marte, Interstellar, Zero dark thirty,…

Con estas menciones solo pretendo destacar que sí hay grandes papeles femeninos, y en casi todos los mencionados la edad de las actrices no es relevante para obtener el papel, o no las ha limitado como algunas veces han expuesto en sus reivindicaciones, “por encima de los cuarenta no hay buenos papeles femeninos”. El caso de McDormand es paradigmático. Su personaje de Mildred Hayes necesita poseer unos rasgos determinados, acordes con su edad, 60 años, con un pasado jodido a las espaldas y mucho sufrimiento oculto bajo una máscara de dureza, soltando exabruptos a la mínima oportunidad.

El discurso de McDormand al recoger el Óscar fue muy aplaudido, sobre todo por las mujeres asistentes a la ceremonia, animadas u obligadas por la actriz a ponerse en pie.

“Todas tenemos historias que contar y proyectos que necesitan ser financiados. No nos hablen de ellos esta noche en sus fiestas. Invítennos a sus despachos en un par de días, o vengan al nuestro, como mejor les convenga, y hablemos de ellos. Solo tengo dos palabras que decirles esta noche: Inclusión Rider”.

Me parece hasta cierto punto adecuado, o al menos bienintencionado, reclamar más papeles para mujeres en el cine. Por supuesto que estoy en contra de cualquier abuso ejercido por los productores sobre las actrices, me parece repulsivo y sus autores, una vez demostrados los mismos, merecen el desprecio del gremio y de nosotros como público. No estoy de acuerdo con la imposición de equiparación de salarios para las grandes estrellas, sobre todo porque atiende a algo propio del sector como es el caché. Y el caché varía en función de muchas cosas: el resultado en taquilla de la anterior producción, el presupuesto del filme, el peso del papel en la película,… Es una negociación productor-representante, y en muchas ocasiones es la actriz quien merece cobrar más que su compañero de reparto, por ejemplo en los títulos comentados en los primeros párrafos.

Con lo que no voy a estar nunca de acuerdo es con las imposiciones. Y la Inclusion Rider lo es. Se trata de una iniciativa promovida por Stacey Smith, profesora de la Universidad de Southern California, y fundadora de la Annenberg Inclusion Initiative, cuyo objetivo consiste en promover “una solución que asegura que los individuos que trabajan en pantalla y detrás de la cámara en películas y televisión reflejen el mundo en el que vivimos”. Con sus palabras, Frances McDormand animaba a las mujeres de Hollywood a solicitar que en sus contratos se incluya una cláusula que exija a todo el equipo de rodaje, no solo actores, que haya “…al menos un 50% de mujeres, un 40% de diversidad de grupos étnicos, un 20% de personas con discapacidad y un 5% de personas LGTB” (¡¡han marginado a la I y la Q, Josean!!).

La propuesta se basa en un enfermizo estudio realizado sobre 900 películas estrenadas entre 2016 y 2017 que concluye, entre muchas otras cosas, que hay 2,3 hombres por cada mujer en pantalla, que el 70 por ciento de los papeles corresponde a personas de raza blanca, solo un 13,8 por ciento a afroamericanos (un porcentaje similar, por cierto, al peso real de esta población sobre el total), y el resto repartido entre otras etnias. El estudio llega también a la conclusión del bajo peso de personajes con discapacidad o del colectivo LGTB. ¿Y para cambiar esta situación hay que forzar los guiones, meter con calzador a personajes que aseguren el cumplimiento de la cláusula en todos los argumentos? ¿En todas las ocasiones, en todas las películas?

Imaginemos por un momento lo que podría llegar a ser una reunión de pre-producción de una película, un remake. Tenemos un guion cojonudo, el de Reservoir dogs, película de testosterona pura y dura protagonizada exclusivamente por hombres, escrita y dirigida por un tipo que no se distingue precisamente por su dulzura, aunque haya escrito magníficos papeles para mujeres (La Viuda de Kill Bill, Mia Wallace en Pulp Fiction, Shosanna en Malditos bastardos, Alabama en Amor a quemarropa). Si estas modas de lo PC (Políticamente Correcto, aunque sea Patético Cinematográficamente) se acaban imponiendo, los productores se enfrentarán a situaciones surrealistas:

  • ¿Y cómo dices que la titularemos? ¿Reservoir Rider dogs?
  • Así es, y como el guion original es de Tarantino, la dirección tendrá que corresponder forzosamente a una mujer. Pero para este tipo de tramas solo veo a Kathryn Bigelow.
  • Me gusta, aunque podrá pedirnos lo que quiera. Más difícil va a ser el reparto, ¿tenemos ya a la Señora Rosa?
  • Estamos intentando convencer a Lucy Liu, porque así cubrimos también la cuota asiática. Además, es la más lista de la banda, quedaríamos bien con el colectivo feminista.
  • Vale, ¿Denzel Washington ha aceptado la oferta para el papel del Señor Blanco? “Mecagüentó”, vamos a tener que cambiarle el color al nombre del personaje, va a parecer que nos estamos pitorreando de él.
  • Sí, ha pedido llamarse Señor Púrpura, en homenaje a la peli de Spielberg sobre los conflictos raciales.
  • (El productor suspira y eleva los ojos hacia el techo) Dios mío,… ¿dónde colocamos al gay?
  • Había pensado darle el papel del Señor Rubio.
  • ¡No jodas! ¿El psicópata, el que le rebana la oreja al policía? ¡¡¡Se nos va a echar encima el colectivo LGTBIQZ3PO!!!
  • Es cierto, no lo había pensado. ¿Y el del Señor Naranja?
  • ¿El traidor, el topo? ¿El que se carga a una mujer durante el atraco a la joyería?
  • Joder, es verdad. Le podemos dar el del policía al que tortura el Señor Rubio.
  • Habrá quien diga que nos estamos cebando con los de su orientación, algo así como que a los gáis hay que arrancarles las orejas y luego prenderles fuego. Creo que ese papel es perfecto para una de las mujeres de la cuota, no sé para Brie Larson, por ejemplo.
  • Buf, qué difícil, entonces solo se me ocurre darle al gay el papel de Joe Cabot, el jefe de la banda. Sería un papel perfecto para Kevin Spacey si consigue salir indemne de las acusaciones.
  • Yo había pensado que ese papel era idóneo para el discapacitado, alguien que dirigiera el cotarro desde su silla de ruedas, tipo Magneto. Incluso podemos hacer alguna reivindicación respecto a las barreras físicas que encuentran los discapacitados, poniéndole algún impedimento para llegar a la nave en la que se reúne la banda tras el atraco.
  • Ya, puede que tengas razón. Y le cambiamos a su hijo Eddie por una mujer. Latina, a ser posible, mira a ver si Salma Hayek está libre y dispuesta a que le peguen un tiro en la secuencia del trío de tipos apuntándose con una pistola.
  • ¿Y que un negro se cargue a una latina? ¿No estaremos originando un conflicto racial, no habrá quien lo interprete como un aviso de los afroamericanos ante el poderío creciente de los latinos?
  • Joder, qué difícil es todo ahora. ¿Les has dicho a todos que está prohibido que los personajes fumen, beban alcohol y tomen grasas saturadas? La escena del café del principio la vamos a modificar. Ya no toman bollos, la leche será semidesnatada y por supuesto no harán comentarios machistas sobre una canción de Madonna.
  • Mira, ¿sabes qué te digo?, que abandono el proyecto, se me quitan las ganas de seguir.
  • A mí también, ¿no tenías otra idea entre manos?
  • Sí, sobre otra vieja historia, Doce hombres sin piedad. La titularemos El juicio sin piedad de cuatro WASP, dos afroamericanos, la china, la mexicana, la bollera, la ciega, una negra sordomuda y un tártaro que pasaba por allí reclamando su cuota.
  • Me retiro de Hollywood. O mejor, dame tu pistola.

El mejor guionista que ha tenido nuestro país, Rafael Azcona, dijo en su día, cuestionado por los pocos papeles femeninos que había en sus películas, o por el tratamiento que les daba: “A mí lo que me pasa es que no entiendo a las mujeres y ya está. Yo no entiendo el chino, y ¿se va a colegir de eso que yo creo que los chinos son inferiores o que los odio?”

Los hombres de sus películas eran meras caricaturas, desastrosos en casi todos sus actos, estúpidos, mezquinos y muchas veces miserables.

Quizás necesitemos más mujeres guionistas, más productoras, por supuesto que más directoras, y seguro que surgirán como ha ocurrido en muchas otras profesiones. Lo que tengo claro es que el autor, sea el que sea, escribe sobre lo que conoce, sobre lo que mejor entiende, y jamás va a funcionar tratar de imponer a un creador lo que debe parir su mente.

 

 

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