Taxistas, esos incomprendidos cabroncetes en vías de extinción, por Travis

La semana pasada estuve en el cine viendo El caso Sloane, interesantísima película sobre el mundo de los lobbys estadounidenses y la corrupción profesionalizada de la clase política de ese país. Fantástica Jessica Chastain, diálogos afilados y certeros (demasiado perfectos en ocasiones para sonar “reales”), grandes secundarios en una trama con juicio y subtramas paralelas,… en definitiva, muy recomendable.

Pero me cuesta hablar de una película reciente sin destripar demasiado su argumento, así que me centraré en un aspecto menor de la misma que me llamó la atención. La protagonista, que no conduce ni tiene coche propio, se maneja utilizando (aunque no lo cuente de modo explícito) la plataforma Uber. Y claro, para alguien como yo, que adoptó el apelativo “Travis” para hablar de cine, le saltaron todas las alarmas: ¿no solo nos vamos a cargar a los taxistas de la vida real, también va a desaparecer de las películas una figura tan cinematográfica como la del taxista?

El taxista es un tesoro para los guionistas, un elemento que surge como de la nada para cubrir un vacío que sería más complicado de llenar si no existiese (un amigo, un familiar que acude al rescate, un héroe que no hace preguntas). Así que este post va dedicado a ellos, a esos taxistas de cine, cabroncetes o no, consejeros o confesores, que ayudan en un momento dado al protagonista en sus cuitas. O que se convierten en protagonistas, como Travis Bickle en la desasosegante Taxi driver. La película de Martin Scorsese parece definir el oficio de taxista como perfecto para un tipo solitario, con la cabeza llena de neuras, asocial y normalmente pasivo, y mejor que así sea porque cuando pasa a la acción aquello acaba como una de Tarantino. Quizás solo el propio personaje que interpreta Scorsese en un cameo esté más tarado que el propio Travis:

A pesar de este protagonismo absoluto, el papel del taxista debe ser forzosamente secundario, a veces tanto que pase desapercibido, pues su único cometido es transportar a los personajes a algún lugar, ya sea llegando a ese plató cinematográfico que es la Gran Manzana como los asombrados Eddie Murphy (El príncipe de Zamunda) y Macaulay Culkin (Solo en casa 2), o ya sea huyendo de algo, de alguien o de uno mismo. Creo que no abre la boca el taxista que contempla estupefacto los desequilibrios emocionales de la encantadora Holly/Audrey Hepburn en la escena final de Desayuno con diamantes.

– Ahí te quedas, con la lluvia, empapada en el callejón, buscando al estúpido gato -pensó a buen seguro el taxista.

Cuando Jenny/Robin Wright abandona la casa de ¡Greenbow, Alabama! a la mañana siguiente de su escarceo sexual con Forrest Gump, el taxista hace una pregunta que en la vida real sería impensable:

– ¿De qué está huyendo?

Su papel es ver, oír, callar, apenas juzgar, y llevarse a Jenny a California o a Holly al callejón para que recupere al gato y con él a Hannibal Smith, o como se llamara George Peppard en esa película.

En Pulp fiction (1994) aparece brevemente una mujer taxista, de la que me quedé con su nombre porque Quentin Tarantino, en su emporrada escritura de guion en un hotel de Ámsterdam, transcribió erróneamente el nombre de la misma: Esmarelda Villalobos, supuestamente colombiana. La taxista, interpretada por Angela Jones en un papel tan corto como repleto de morbo, recoge a Bruce Willis en su huida del combate de boxeo amañado (pero finalmente no amañado), y entre ambos personajes se establece una química desaprovechada, infinitamente superior a la que forma el actor con su pareja en la película, la portuguesa María de Medeiros.

La taxista se muestra atraída por la violencia y la muerte, sin juzgar en ningún momento a Butch (Bruce Willis), al que devora con la mirada:

– ¿Qué se siente al matar a un hombre?

El papel de Esmarelda fue breve, pero intenso, y quizás fuera esa sensación de desaprovechamiento la que hizo que Quentin Tarantino lo recuperara cuando produjo el largometraje Curdled (1996), basado en el corto del mismo título. Aquí en España, Curdled se tradujo de modo “literal”: Tú asesina, que nosotras limpiamos la sangre. En esta película, Angela Jones interpreta a una verdadera asesina obsesionada por la sangre y la violencia. Muy propio de Tarantino, aunque la película fuera tirando a tostón.

El pasajero de ese taxi, Bruce Willis, pasó al volante poco después al interpretar a un taxista especial del futuro en una de las películas más decepcionantes que recuerdo: El quinto elemento (1997), de Luc Besson. El director francés parece sentir una especie de atracción por el mundo de los conductores a sueldo, pues a continuación produjo Taxi Express (1998), película que he sido incapaz de ver completa. Lo mismo me ocurrió con la primera de sus dos secuelas, cambié de canal. “Me abuuuurro”, que diría Homer Simpson.

No sé cómo serán los taxis del futuro, pero parece que en algunas películas desaparecerán, como en El caso Sloane que comentaba al inicio. En Desafío total, película de 1990 ambientada en el año 2084, los taxistas del futuro solo difieren en la tecnología empleada allí a lo lejos, en un Marte no demasiado avanzado. Y por cierto, siguen teniendo los colores de los taxis de Nueva York o Los Ángeles. Aparecen concretamente dos taxistas, y no sabría decir cuál es menos malo: el mutante fullero que no sabe ni cuántos hijos tiene, y el Johnny Taxi robotizado, un cabroncete con sentido del humor y muy malas pulgas:

Pero volvamos al presente. Desde pequeño siempre quise subir a un taxi amarillo y decir “siga a ese coche”. Pero hoy en día y debido a que es un sector ocupado mayoritariamente por inmigrantes con un inglés más tosco aún que el mío, me vería en una situación similar a la de Frank Drebin en Agárralo como puedas, otra “genial” traducción de The Naked gun:

El guionista William Goldman escribió dos maravillosos libros para todo buen aficionado al cine: Las aventuras de un guionista en Hollywood y Nuevas aventuras de un guionista en Hollywood. En este segundo libro hace referencia a una lista que pulula por internet: Diez cosas que nunca habríamos sabido sin las películas. Topicazos como que siempre se puede aparcar delante del edificio que vas a visitar o que todas las bombas de relojería llevan un cronómetro con grandes números en rojo para que sepas exactamente cuándo van a estallar. La número 2 hace referencia a los taxistas:

“Cuando pagues un taxi, no mires la cartera al sacar el billete:

limítate a coger uno al azar y dáselo al taxista. Siempre será la tarifa exacta”.

A continuación, en varias hilarantes páginas, escribe el guion de una escena en la que Mel Gibson actúa como en las películas y el taxista en la vida real: que “me ha pagado de menos”, “¿por qué no mira nunca la cartera?”, “mire, que llamo a la policía”, “cabrón australiano”. Muy divertido, genial.

El propio Mel Gibson interpretó a un taxista paranoico en Conspiración (1997), si bien el taxi como tal es irrelevante en la trama. No lo es el de Jamie Foxx en Collateral (2004), en cuya trama el taxista abandona el papel normalmente pasivo para enfrentarse al asesino a sueldo interpretado por Tom Cruise. Uno de sus mejores papeles, un hijoputa integral nada complaciente, como suelen ser los papeles del actor de la Cienciología.

El oficio de taxista es tan cinematográfico, puede aportar tanto desde el punto de vista narrativo, que el director Jim Jarmusch le dedicó una película completa, Noche en la tierra (1991). Se desarrolla a través de cinco taxis en cinco ciudades del mundo, cada uno con sus puntos de vista bien diferenciados:

  • Nueva York, vista por un inmigrante de la Alemania del Este que apenas sabe moverse por la ciudad.
  • Helsinki. Como decía Lester, los finlandeses están todos locos y tienen un problema con el alcohol.
  • París, nuevamente desde el punto de vista de un inmigrante despistado por su pasajera, una ciega interpretada por Beatrice Dalle.

  • Roma, en un episodio en el que el único que habla no es el pasajero, sino el taxista, ese histriónico incontenible que es Roberto Benigni.
  • Los Ángeles, con una Winona Ryder de cuando era Winona Ryder, menuda y sencilla como la vecina de al lado.   

“¡Peligroso! Ellos llevan armas y yo un taxi, ¡y yo soy el peligroso!”, espeta Roberto Benigni a la Polizia romana. Hombre, conducir a la manera del italiano con un tipo que no para de parlare sí puede ser molto pericoloso.

Termino ya con una mirada al mundo del taxi en España. Esta semana he estado leyendo sobre el conflicto entre el sector del taxi y las plataformas tipo Uber o Cabify. Curiosamente, en algunos de los
foros que trataban el tema se llevó el mismo al plano ideológico, en lugar de hacerlo con el económico o el aspecto legal: “todos los taxistas son de derechas”, “siempre están oyendo la COPE”, “las licencias se concedieron en época de Franco a los más afines al Régimen, y ahora sus hijos conducen los taxis”.

No entro en política y no me gustan las generalizaciones, pero la mayor aportación española al taxi cinematográfico fue la película Taxi (1996), de Carlos Saura, en la que un grupo de taxistas de extrema derecha se dedica a limpiar la ciudad a la manera de Travis Bickle hablando de “una verdadera lluvia que limpiará las calles de esta escoria”. Los taxistas de Saura hablan por su emisora en clave y se refieren a los transexuales como “pescado”, a los yonquis como “carne”, y a los negros como “mierda”. Unos angelitos.

Yo no me voy a definir en esta polémica por Uber o el taxista tradicional, sea facha o no, lo que sí espero es que este gremio de mudos, confesores, cómplices o psicópatas, no desaparezca de las películas.

 

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