Gratitude Bootcamp: un viaje de la razón al corazón

Quizás un Taller de Agradecimiento no suene especialmente motivador para la gente de mi generación, los prejuicios hacen que los mayores pensemos en «cosas raras». Sin embargo, escuchas Gratitude Bootcamp, te cuentan que es una experiencia inmersiva en la India en la que podrás conocer otra cultura, encontrarte con gente excepcional, reflexionar sobre lo importante de la vida, incluso meditar, si es lo que quieres… reconectar con tu esencia o con aquellas cosas que la velocidad de tu día a día podía haber hecho que olvidaras, y puede que te suene mejor. Si además te explican que tu estancia allí va a ayudar a que se mantenga una escuela con 800 niños, lo normal es que ya te intereses, que quieras saber más. Y en cuanto lo conoces, te pones a mirar fechas para apuntarte al siguiente grupo.

Cuatro jóvenes españoles, Raquel, Andrea, Victor e Ismael, han creado en 2024 este Gratitude Bootcamp, toda una inmersión en una de las zonas más espirituales de la India. Como ellos lo explican mucho mejor que yo, les cedo la palabra.

EQUIPO GRATITUDE BOOTCAMP.- El Gratitude Bootcamp es una experiencia inmersiva de una semana donde participantes de España viajan a Bodhgaya, al noreste de la India, para vivir un viaje de la razón al corazón, conectar con uno mismo, tomar perspectiva y, sobre todo, aprender a vivir desde la gratitud. El coste de esta experiencia va íntegramente donado a la escuela Bodhi Tree School Foundation, una escuela que da educación de calidad a más de 800 niños de las zonas más pobres de la India. Completando cuatro Gratitude Bootcamps al año, lograremos soportar los costes básicos del colegio.

¿Cómo surge este proyecto?

RAQUEL.- Este proyecto surge de un viaje a la India que hicimos Andrea y yo en 2023 para ir a una boda en Calcuta de un amigo nuestro. Una boda que resultó ser acordada por las familias, ambas de clase alta, que duró tres días y en la que abundaron el lujo y el despilfarro. Allí le propuse a Andrea visitar Bodhi Tree School, un colegio único en el mundo, donde yo había estado como voluntaria allá por 2016 (Vacaciones solidarias en la India) y al que siempre había querido volver. El contraste no pudo ser mayor, pasamos de la ostentación y la riqueza desmesurada a la pobreza extrema en menos de una hora de avión. Fue vivir desde dentro las dos caras de la India. 

Visitar el colegio fue increíble, ver cómo había evolucionado en estos ocho años, pasando de tener 400 a más de 800 niños, creando una unidad para niños con discapacidad o con habilidades especiales como dicen allí, creando una sala informática, un huerto para enseñar a los niños a cultivar sus propias frutas y verduras, una sede bancaria para enseñarles desde pequeños a ahorrar… Volver a ver a Dhirendra, fundador del colegio, después de tantos años y poder conversar con él durante horas sobre Bodhi Tree School y la transformación que viven estos niños cuando llegan al colegio fue muy especial e inspirador. Podría quedarme horas hablando de los increíbles cambios que había experimentado el cole y lo emocionante que fue para mí volver y verlo todo.

Sin embargo, algo que nos marcó mucho fue el daño que el Covid había hecho al colegio y a la región. El colegio se había quedado sin recursos, pues se sostenía sólo a base de donaciones y visitas de voluntarios y desde la pandemia los voluntarios habían dejado de venir, las donaciones habían bajado muchísimo y las necesidades allí, por el contrario, se habían triplicado. En ese momento que estuvimos no podían dar de comer a todos los niños del cole, cosa que sí hacían en 2016, y no eran capaces de calcular el número de niños nuevos que podían acoger por la inconsistencia e inestabilidad de sus recursos.

Ahí fue cuando Andrea y yo estuvimos dándole vueltas a qué podíamos hacer para ayudar a que Bodhi Tree pudiera ser sostenible económicamente y lograra seguir dando educación a más y más niños. Desde el minuto uno se unieron Victor e Ismael, nuestras parejas, que se emocionaron con todo lo que les contamos a la vuelta y quisieron ayudarnos a dar con la idea. Así fue cómo surgió el Gratitude Bootcamp.

¿Qué se va a encontrar todo el que se apunte al Gratitude Bootcamp, por qué decís que es un proyecto win-win, de doble dirección?

ANDREA.- Todo el que participa en el Bootcamp realiza un viaje de la razón al corazón, reconectando con su esencia, con las cosas realmente importantes de la vida: el amor, la alegría, la compasión y la gratitud. Ver el cambio que Dhirendra ha generado en estos 800 niños y sus familias demuestra que el progreso es posible y que, incluso con recursos muy limitados, todos podemos marcar la diferencia en el mundo. 

En definitiva, es una experiencia transformadora que llena a los participantes de energía y de sentido del propósito, algo que se llevan a su vida cotidiana, haciendo pequeños y grandes cambios en su día a día y en el de su entorno. 

Se genera un win-win porque, además de reconectar a las personas occidentales con los valores más importantes, ayuda a financiar el colegio. Cada participante aporta un mínimo de 600 euros por su alojamiento, dietas, visitas y transporte durante su estancia en la India, lo que deja un margen suficiente para invertirlo en mejoras sustanciales para el colegio. Además, para los niños de Bodhi Tree School, es una manera de relacionarse con personas de otras culturas, ampliar sus horizontes y ganar confianza en sí mismos, especialmente para las niñas, que en la India viven en condiciones de desigualdad.  

En definitiva, se trata de un proyecto de doble impacto que permite que este oasis de gratitud y alegría en un sitio remoto de India se autofinancie y al mismo tiempo genere valor en los participantes que conectan con su parte más auténtica.

¿Qué es lo que hizo que te unieras a organizar una experiencia así sin haber estado nunca en el colegio ni en la India?

ISMAEL.- Lo más importante en la vida es que lo más importante sea lo más importante. En occidente siempre decimos la frase “no tengo tiempo de nada”, pero la realidad es que nos metemos en un bucle donde el día a día nos come y a menudo nos olvidamos de cosas como ayudar a los que más lo necesitan, cuidar a la gente de nuestro entorno o incluso cuidarnos a nosotros mismos y ser realmente felices.

Cuando Andrea me habló, con ese brillo en los ojos, de cómo era Bodhi Tree School y cómo era Dhirendra, tuve claro que el mundo tenía que conocerlos. Y nos pusimos manos a la obra para crear un modelo sostenible que financie el colegio, pero a su vez ayude y genere impacto en personas de occidente. 

Tengo la suerte de haber trabajado en diversos retiros y experiencias tanto con niños como con adultos. En general, se genera una transformación muy importante en la vida de las personas, pero, además, si puedes hacerlo en un lugar tan mágico como la India, donde vives una realidad muy distinta a la nuestra, la predisposición de los participantes y por tanto los resultados que consigues son aún mucho más profundos. En resumen, ¡no podía no sumarme a esta aventura!

¿Cómo fue la experiencia una vez allí? ¿Era cómo esperabas o habías visualizado?

VÍCTOR.- Fue una experiencia muy enriquecedora, por un lado tuvimos la oportunidad de sumergirnos en la cultura local, aprender su forma de vida, su cultura y tradiciones y por encima de todo, su forma de pensar basada en la gratitud y en la ausencia de ese EGO que tanto daño nos hace. Por otro lado, las dinámicas de desarrollo personal del Gratitude Bootcamp nos permitieron hacer una pausa en nuestra vida para poder reflexionar, responder a «¿Quién soy y de dónde vengo?» y fijar un propósito cuya meta es tu felicidad.

Disfrutamos, reímos, lloramos, aprendimos y sobre todo, nos lo pasamos muy, muy bien.

¿Cómo está organizada la escuela Bodhi Tree School? ¿Y quién es ese sujeto al que todos definís como excepcional, que es Dhirendra Sharma? 

ANDREA.- Dhirendra Sharma o, como nosotros decimos, Gandhi 3.0, es un hombre procedente de la zona rural de Bihar, una de las regiones más pobres de India. Creció en una familia muy pobre y fue el primero de su familia en pisar la ciudad y descubrir la ropa interior, el váter y el jabón a los 20 años. Al llegar a la universidad, a pesar de ser discriminado por su baja casta, Dhirendra se propuso aprender inglés a base de hablar con turistas y aprendió oratoria en la universidad. Su misión era demostrar al mundo que la educación puede borrar las líneas de la pobreza y la desigualdad. Así, fue ganando credibilidad dentro de la universidad y conoció a su maestro, uno de los últimos discípulos de Gandhi. Decidió dedicar su vida a la obra social a base de ofrecer oportunidades educativas a los niños de las zonas rurales de India, para romper el círculo vicioso de la pobreza.

Sin apenas recursos para llevar a cabo su sueño, Dhirendra se dedicó en los primeros años de su juventud a idear su proyecto. Definió los valores, el tipo de escuela que querría construir, y hasta visualizaba dónde estaría ubicada y qué elementos tendría.

Un buen día, conoció a un americano turista que quedó maravillado por los valores de Dhirendra y su vocación. Completamente inspirado por su historia y su propósito, él y su mujer decidieron donar sus ahorros para la fundación del proyecto, y así nació Bodhi Tree School.

12 años después, Bodhi Tree es un colegio de más de 800 niños becados en el que los alumnos aprenden, más allá del currículum académico básico, los valores de la gratitud y la alegría, el arte de la meditación, el respeto hacia la naturaleza, la igualdad entre hombres y mujeres, y desarrollan la capacidad de ser quienes realmente son, sin necesidad de encajar en los moldes estrictos de la sociedad.

Tal como lo describen algunos de los participantes del Bootcamp, este colegio representa “el cambio que todos queremos ver en el mundo”

Contadnos un poco sobre la región de Bodhgaya y su importancia «espiritual» en la India.

VICTOR. – La ciudad de Bodhgaya se encuentra en la región de Gaya, al noreste de la India. Lo más destacable de Bodhgaya es su templo Mahabodhi, erigido junto al Bodhi tree, lugar donde Siddhartha Gautama, Buda, se sentó a meditar, alcanzando la iluminación espiritual. Es considerada la cuna del budismo y sus seguidores peregrinan hasta allí para conocer el árbol, meditar y realizar ofrendas. Sus numerosos templos budistas, repartidos por toda la ciudad, y la multitud de fieles que se congregan en Bodghaya, confieren a la región una atmósfera espiritual que te invita a la reflexión y el autoconocimiento. Recorrer la ciudad es un continuo descubrimiento, te cruzas cantidad de monjes budistas vestidos con sus típicas túnicas naranjas y en cada rincón te sorprendes con algún ritual o pequeña ofrenda.

RAQUEL, en febrero de 2024 hicisteis el primer Bootcamp con 22 participantes, ¿podrías hablarnos del doble impacto generado con este bootcamp y los proyectos que se financiaron con el dinero?. 

El Bootcamp de febrero fue nuestro “estreno” y no pudo salir mejor. Nos permitió confirmar que no éramos los únicos locos que se maravillaban con Dhirendra y con el colegio, nos hizo ver que la gente necesita una experiencia así para dar un parón en su día a día, tomar perspectiva y valorar aspectos de su vida. Gracias al primer Bootcamp pudimos financiar varios proyectos que Dhirendra llevaba años queriendo hacer:

  1. Reparación del autobús escolar: 2.000 euros. Con la reparación del bus ahora se puede llegar a niños de aldeas rurales más lejanas y traerles a Bodhi Tree School. Además han reparado el autobús convirtiéndolo en una librería móvil que los fines de semana va por los pueblos llevando libros a los más pequeños.
  2. Instalación de un purificador de agua en el colegio: 1.500 euros. Gracias al purificador, ahora los niños pueden beber un agua segura y estar siempre hidratados, sobre todo en las épocas de más calor (Enlace a Nuestro Nobel de Economía).
  3. Instalación de paneles solares: 3.000 euros. El ser autónomos con la energía ayuda a que el cole no sufra cortes de electricidad constantes, algo muy común en la zona.
  4. Adquisición de productos de higiene femenina: 500 euros. Muchas niñas no tienen acceso a estos productos o no pueden permitírselos y, gracias a esta donación, ahora Bodhi Tree School cuenta en su enfermería con una amplia gama de productos de higiene femenina.
  5. Reacondicionamiento de algunas clases: 500 euros. Se han pintado las clases, reparado algunas fachadas del colegio y adquirido pupitres nuevos.

¿Qué se va a encontrar el viajero/voluntario/alumno del Bootcamp? ¿Qué mentalidad o disposición debe llevar el viajero para sacar el máximo provecho de una experiencia así? 

ISMAEL. – En primer lugar, el viajero debe saber que solo con su participación está ayudando a estos 800 niños a tener la oportunidad de cambiar su presente y su futuro a través de la educación, y de tener una oportunidad de salir de ese círculo de pobreza.

Pero la participación en Gratitude Boodcamp es mucho más, es un viaje interior en el que buscamos reconectar con la esencia más pura de cada persona. Queremos encontrar esa zona de genialidad que todos tenemos y sacarla a relucir o potenciarla aún más, para lograr lo mejor de nosotros mismos. 

Así que, para poder hacer una transformación tan importante, necesitamos tres elementos: 

  • Humildad: debe hacer una introspección, sin miedo y dejando el ego a un lado, para identificar aquellas cosas en su vida que no están fluyendo y que pueden mejorar.
  • Voluntad de cambio: deben ser exploradores con ilusión para conseguir ser su mejor versión.
  • Capacidad: conocerán herramientas y estrategias para implementar esos cambios en su vida, pero deben trabajar y ser valientes y constantes, para integrar todos los nuevos elementos.

Y aunque a Dhirendra no le guste hablar de las cosas materiales, ¿qué coste tiene la semana de inmersión y qué cubre?

ANDREA.- El bootcamp dura siete días y tiene un coste de 600 euros, que incluye el alojamiento, la comida y todos los desplazamientos y visitas. No se trata de un voluntariado, sino de una especie de campamento-retiro, donde por las mañanas hacemos actividades culturales, visitamos templos y monumentos, y pasamos tiempo en el colegio, contagiándonos de la alegría y gratitud de los niños, y por las tardes realizamos actividades de introspección y desarrollo personal. 

Es un proyecto sin ánimo de lucro, donde los organizadores somos voluntarios que trabajamos con el propósito de ayudar a Bodhi Tree School a autofinanciarse y a seguir creciendo. Normalmente, al terminar el Bootcamp, los participantes realizan un recorrido por algunos puntos de interés de la India, y muchas veces lo hacen en grupo, ya que surgen amistades y vínculos muy profundos tras haber vivido una experiencia transformadora como esta.

¿Es una experiencia recomendada solo para gente joven o para todas las edades?

RAQUEL.- Sin duda, para casi todas las edades. En el primer Bootcamp, los participantes teníamos entre 25 y 43 años, pero en el de agosto vamos a tener a gente de más de 50 y hasta cuatro personas con más de 60 años. Para el año 2025, estamos pensando en montar un grupo para que puedan acudir familias con sus niños, ya que hay muchas personas que nos lo han preguntado. Antes de ir conviene saber lo que te vas a encontrar: al tratarse de una inmersión total en el país, el alojamiento es austero, sin grandes lujos ni comodidades, pero en el que te vas a sentir muy cómodo. La comida es sabrosa y abundante, a todos nos encantó, pero es la que hay en la India, no vas a encontrar un menú a la carta. Por tanto, el Bootcamp es apto para todas las edades, además, la diversidad enriquece la experiencia. Lo importante son la actitud y las ganas de empaparse de la experiencia.

¿Podríais decirnos nuevas fechas, cómo inscribirnos, redes sociales y otras maneras de colaborar para los que no puedan ir al Bootcamp?

EQUIPO GRATITUDE BOOTCAMP.-

Nos quedan pocas plazas, pero aún hay disponibilidad para los dos próximos bootcamps:

  • Del 9 al 18 de agosto.
  • Del 25 de octubre al 3 de noviembre.
  • Del 1 al 9 de diciembre.

Los interesados solo tienen que visitar nuestra página web o nuestras redes sociales: @gratitude.bootcamp en Instagram.

Y rellenar el formulario de interés: https://btef.ngo/es/gratitude/.

A partir de ahí, nos ponemos en contacto con ellos y resolveremos todas sus dudas sobre el proyecto, los viajes y demás. 

Igualmente, aquellas personas que quieran contribuir con donativos u otros medios, existe un GoFundMe donde hacer donaciones: https://www.gofundme.com/f/help-us-sustaining-bodhitree-school o pueden ponerse en contacto con nosotros a través de la web o las redes sociales, y les ayudaremos a encontrar la forma correcta.

Las últimas viñetas de Ibáñez

Ha caído en mis manos el último volumen del gran Francisco Ibáñez, sobre la inminente aventura de Mortadelo y Filemón en París 2024. En mi infancia, adolescencia, juventud y madurez (que no termina de llegar), había unas ganas incontenibles cada año en que tocaban Juegos Olímpicos o Mundial de fútbol. Y había una tradición que lleva acompañándonos décadas como era la última aventura de Mortadelo y Filemón, agentes de la T.I.A., en sus denodados esfuerzos por acabar con una conspiración internacional que pretendía atacar estos eventos. Guardo en casa un volumen recopilatorio de muchas de estas aventuras que compré (dije) para mi hijo, pero que en el fondo quería disfrutarlo yo tanto como él.

El gran Ibáñez se dibujaba siempre a sí mismo encadenado a su mesa de dibujo y no me extrañaría que en alguna entrevista dijera que la muerte le pillaría trabajando, como casi ocurrió. La última aventura de Mortadelo y Filemón se ha publicado tal cual quedó, inconclusa, con las últimas viñetas esbozadas por Ibáñez la tarde anterior a su fallecimiento. El tomo comienza con un prólogo de Arturo Pérez-Reverte, quien definió al artista barcelonés como lo que debió de ser toda su vida:

Es una pena que el volumen quedara inacabado, pero, por otro lado, nos ha permitido a los lectores entender mejor el método casi artesanal de este trabajador incansable que tenía una imaginación desbordante y millones de ideas en su cabeza. En este proceso artesanal, se aprecian los bocetos antes de pasar al trazo fino y el color, con ese movimiento de los personajes y de los objetos que vuelan que se intuye en cada viñeta con precisión, los bocadillos de texto sin rellenar, y una página numerada con el texto correspondiente a cada uno en la que el propio Ibáñez transcribía a máquina (imagino una Olivetti de mil años) los diálogos que quería que aparecieran después en la versión definitiva.

Hace tiempo leí alguna pseudocrítica a sus historias: que no arriesgaba en los guiones, que había quien pensaba que las tramas eran repetitivas, con el mismo esquema argumental de 44 páginas en cada aventura, separadas en pequeños días o sketches de 4, y todos esos episodios terminaban con la escapada de los torpes detectives por su última metedura de pata. Jamás he visto a nadie que metiera más la pata que estos dos tipos y sin embargo, se les seguía contratando para las misiones más importantes. ¿Repetitivas? Pues no lo sé, pero uno estaba acostumbrado a encontrar una broma diferente en cada viñeta y eso, tras más de doce mil páginas, que son las que nos dicen que brotaron de su imaginación, me parece de un mérito incuestionable. Sí, era la misma trama de siempre en este tomo de París 2024, pero es que esa era exactamente la trama que yo quería encontrar.

Políticamente incorrecto, aunque más moderado. Todo se soluciona a guantazo limpio: del jefe Filemón a su subordinado Mortadelo, del Súper a ambos agentes, así como de los matones Bestiájez, Brútez, y el resto de nombres inventados con esa falta de sutileza. En muchas de estas historias, el paraíso soñado por alguno de los protagonistas es el tópico de la playa tropical rodeado de mujeres esculturales, ya fuera un futbolista brasileño de grandes piños o un alto cargo corrupto:

No hace tantos años que Ibáñez seguía dibujando a los africanos como caníbales y recurría a todo lo tribal para representar a los jugadores de países exóticos:

Puede que alguien en la editorial le advirtiera de que determinado humor estaba fuera de época y él mismo se corregía o se reprochaba estas bromas, como si quisiera dejar claro que esto no iba más allá de una coña lindante con el racismo:

Por suerte, Ibáñez nunca tuvo pelos en la lengua o una censura que le impidiera soltar sus barbaridades (al menos en los años que yo lo leí, que fueron tras el 75). No eludió temas como la corrupción, con el capítulo sobre Luis Roldán, otro sobre Juanito Batalla (claro alter ego de Juan Guerra) o uno más reciente sobre cierto tesorero de gran parecido a un tal Bárcenas. Eran historietas tristemente ilustrativas de una realidad nacional:

Puro cachondeo sin pretensiones. En la resolución de todas estas tramas se veía su cabreo con la situación, y era un final divertido, pero amargo a la vez. Como ese presidente sin nombre (pero perfectamente identificable), que comienza cada frase con un «Por consiguiente» y que termina «mirando para otro lado» por lo que le conviene:

Pero volvamos al fútbol o a su visión tan particular del mundo del deporte. Aparte de los especiales sobre los Mundiales y los Juegos, tenía algunos tomos monográficos acerca del fútbol, en los que demostraba un amplio conocimiento del argot…

…los jugadores…

…las socorridas bromas sobre sí mismo…

… o los peligros de ciertos aficionados del fútbol. Esta viñeta es de 2010, aproximadamente, y parece que su autor, pese a vivir en Barcelona, no simpatizaba mucho con los culés. O puede que tuviera en mente episodios como el del cochinillo, la botella de JB o el mecherazo a Roberto Carlos en la cabeza.

Tengo la ligera sospecha de que Ibáñez simpatizaba más con el Real Madrid que con otros clubes, no solo por esta broma, o por cómo dibujaba a los aficionados del Atleti…

… sino por esta otra coña sobre los escudos de algunos de los principales equipos, en el que ya escribía que el Bar-Litronas sobornaba a los árbitros antes y después de los partidos:

Sus últimas viñetas, apenas perfiladas, quedan como el testimonio de un tipo que no dejó de sonreír y de contagiar esa sonrisa a los lectores. De todos los personajes que brotaron de su mente, yo siempre me quedé con los agentes de la T.I.A. y, en menor medida, con los moradores de la 13 Rue del Percebe. En ocasiones leía a Rompetechos (mote que ha quedado incorporado a nuestro acervo cultural) y Pepe Gotera y Otilio me interesaron más bien poco, pero lo que sí es seguro es que todos ellos influyeron en multitud de series y películas, de manera reconocida o no, directa o subliminal.

Don Francisco Ibáñez falleció en julio de 2023, con 87 años de edad. En 2002 recibió la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, y unos años después fuimos muchos los que firmamos en las campañas para que se le concediera el premio Princesa de Asturias de las Artes. En 2021 hubo una candidatura apoyada por varios eurodiputados y por artistas de otras disciplinas, como Arturo Pérez-Reverte o Álex de la Iglesia. No hubo suerte y se lo llevó la petarda sobreactuada de Marina Abramovic, ¡pero qué sabremos nosotros de estas cosas! ¡Si solo somos amantes de las descacharrantes historias de Mortadelo y Filemón en unos Juegos!

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Onetti, Ibáñez, la dignidad y el genio

Los Lieder germánicos y las laponas malolientes

Hace unos pocos días me invitaron de nuevo al Auditorio Nacional a otro de los conciertos de los ciclos de Ibermúsica. Para los lectores de este blog son bien conocidas tanto mi tradicional querencia a responder afirmativamente a cualquier plan apetecible que pueda surgir como mi ignorancia supina en materia de música clásica. Lo cual no quiere decir que no la disfrute, como ya conté tras pasar una noche con la Filarmónica de Londres.

Ya me había avisado mi madre de que este podía ser un concierto «algo duro», complicado. Vamos, que para alguien poco entendedor en el románticismo germánico podía ser un torrado de época. O un gozoso deleite, que nunca se sabe lo que una nueva experiencia puede deparar (que se lo digan a Freddie Mercury). El concierto no estaría interpretado por una gran orquesta, sino por el pianista ruso Evgeny Kissin (Eugenio Besand, para entendernos) y el barítono alemán Matthias Goerne (lo llamaré Matías Grueso, pues ese era su aspecto). Interpretarían una serie de «lieder», que (tuve que buscar qué eran) consisten en poemas o canciones líricas breves a las que se pone música para ser cantadas normalmente por un solista acompañado de un piano. Schumann y Brahms en el reparto, que a mí me suenan como Beckenbauer y Kroos, gente fiable, sólida, consistente, que no van a fallar.

El piano es una maravilla, como siempre, lo toque Elton John, Jerry Lee Lewis, Ryan Gosling o cualquiera de estos genios de la música clásica. Hasta ahí, ninguna objeción. Kissin tocaba con sensibilidad, con el ritmo adecuado, con suavidad, armonía… el problema surgió cuando comenzó Matías Grueso. No tenía una voz agradable y parecía como si su enorme panza ejerciera de caja de resonancia interior. El tono era entre gutural y nasal, lo cual nos extrañó, porque emitió un par de carraspeos en el primer lieder, como si buscara soltar un gargajo.

«In wunderschönen Monat Mai, Als alle Knospen sprangen», comenzó Grueso con firmeza teutona, unos versos que, como todos supimos por unas pantallas que teníamos enfrente, significa «En el maravilloso mes de mayo, cuando todos los capullos se abrían». Debe ser que se acerca período electoral, comenté a mi mujer.

«Da ist in meinem Herzen, Die Liebe aufgegangen», o sea, que «fue entonces cuando en mi corazón nació el amor». Con la voz profunda del barítono y el tono imperativo del alemán, la canción de amor parecía cualquier cosa menos eso. Si no me ponen la letra traducida en la pantalla, habría pensado que estaba dando unas instrucciones para aprovisionar a un regimiento.

El contraste era llamativo: Kissin seguía a lo suyo, lo mismo que Goerne, el primero acariciando las teclas con delicadeza y el otro, pisando el escenario como si acabara de invadir Polonia (licencia de Woody Allen, por supuesto). Lo de seguir las letras en la pantalla fue una manera interesante de comprender mejor el concierto. Hay uno de aquellos poemas cantados que me pareció un auténtico culebrón, me tenía en ascuas esperando el siguiente verso, a ver cómo acababa la historia. Hablo del celebérrimo Ein Jüngling liebt ein Mädchen, cómo no.

«Un joven amaba a una muchacha,
ella prefería a otro,
el otro amaba a otra
y se ha casado con ella».

Con menos de esto se han rodado temporadas enteras en Venezuela.

«La muchacha escoge despechada
al primer joven
que se le cruza en el camino:
el joven está desolado».

Tampoco entiendo muy bien por qué habría de estar desolado. De hecho, este verso me recordó a aquel chiste que leí una vez que decía algo así como:

Cada vez que veo a una pareja discutir por la calle o en un bar, suelo quedarme cerca por si a ella le da por decir: «y ahora me voy a cepillar al primer tío que se me cruce por delante».

Salvo que el joven desolado no sea el mismo que se cepilla la mujer despechada, sino el joven del inicio de la historia, en la primera estrofa. Claro que Kissin y Goerne no paraban y no era cuestión de preguntar.

«Es una vieja historia
pero siempre actual,
y a quien acaba de ocurrirle,
le destroza el corazón».

Todo ello con un sonido tan mecánico como el que podía emitir la fábrica de bielas y cilindros de la Volkswagen en Karlsruhe. Varios de los lieder de Schumann hablaban de flores silvestres, lirios, paseos por el campo, sueños tirando a necrofílicos, y también de amores perdidos que acaban en tentativa de suicidio (o así interpreté yo eso de «un oscuro deseo me impulsa hacia la altura del bosque, allí se disipará en lágrimas mi dolor inmenso»). Pero el poema que no pude resistirme a buscar incluso allí mismo, en el propio Auditorio, fue el Die alten, bösen Lieder. O Las viejas, malvadas canciones, como podemos traducir rápidamente en Google. Los versos sonaban plúmbeos, como de una tonelada, y la carga corporal de Goerne era tan profunda que parecía afectar a la tarima, que crujía a cada uno de sus movimientos, no sé bien si por su oronda figura o por la pesadez de las notas. Se trataba del poema número 16, el que cerraba la primera parte del concierto con el Dichterliebe, Opus 48. «Cómo no, en este pueblo somos muy de Dichterliebeopus48», parafraseando a Saza. Hablaba de algo muy grande y pesado, y al principio creí que se trataba de una mujer con obesidad mórbida, porque la letra decía literalmente «traed un enorme ataúd, el sarcófago debe ser aún mayor que el tonel de Heidelberg». Si no me creéis, buscad la traducción. No pude resistirme y como vi que entre el público había algunas personas que miraban la pantalla del móvil (una aberración que se repitió durante buena parte del concierto), hice lo mismo por unos segundos, solo para encontrar que «el tonel de Heidelberg tiene una capacidad de 219.000 litros y soporta una pista de baile en la parte superior». Pues sí que es grande el ataúd que pide este buen señor.

El poema continúa glosando las medidas descomunales que debía de tener el ataúd de lo que yo ya empezaba a imaginar como la versión femenina de Brendan Fraser en The Whale:

«Traedme también doce gigantes,
deberán ser más fuertes
que el San Cristóbal de la catedral de Colonia,
junto al Rin.
Ellos tienen que llevar el ataúd
y sumergirlo en el océano;
pues un ataúd tan grande
merece una tumba enorme».

La verdad es que la historia del tipo este, contada y cantada con la voz de Goerne, me tenía intrigadísimo:

¿Sabéis por qué el ataúd
debe ser tan grande y pesado?
Es para meter juntas
mi pena y mi angustia».

¡Bah, acabáramos! Todo era una exageración, una metáfora tan grande como el pandero de la teutona que sin duda abandonó al compositor y lo volvió tan melancólico, una hipérbole germánica sin la finura de nuestro Quevedo (Don Francisco de, no el reguetonero cuyas cifras de ventas me hacen perder la fe en la humanidad).

Durante todo el concierto me sobrevino la duda acerca de si era mejor poner las letras de los lieder o no en las pantallas, no solo por el despiste respecto a la música que suponían, sino porque rebajaban el nivel de solemnidad del concierto. Uno piensa que está escuchando una bajada a los infiernos de un romántico empedernido y se encuentra con una descripción de ríos y casas de pescadores. Como el número 3, Abends am Strand, o Atardecer en la playa.

Am Ganges duftet’s und leuchtet’s, Del Ganges perfumado y brillante,
und Riesenbäume blühn, y de gigantes árboles florecidos,
und schöne, stille Menschen. de un bello y silencioso pueblo,
vor Lotosblumen knien. arrodillado ante la Flor de Loto.

¿El Ganges «perfumado»? Pero, pero… ¿hablamos del mismo Ganges, del río más contaminado del mundo? Cómo se nota que en el XIX no tenían acceso a Google.

In Lappland sind schmutzige Leute, En Laponia hay gente sucia, huelen mal,
Plattköpfig, breitmäulig, Klein; de cabeza plana, grandes bocas y bajitos,
Sie kauern ums Feuer und backen se arrodillan alrededor del fuego
sich Fische, und quäken und schrein. cocinan pescados y gritan.

Me imaginé un poblado perdido en Laponia, con unas esquimales limpiando el pescado que sus maridos, unos tipos con un bigote repleto de mocos congelados, acababan de traer a casa, una cabaña de madera en mitad de la nada. Desde luego que las fuentes de inspiración de los compositores germánicos, como “los caminos del Señor”, son inescrutables.

Otra cosa que nos sorprendió fue ver que, a la hora de concierto, empezaron a levantarse algunos espectadores. Al principio tímidamente, unos minutos después, en número considerable. No sé si el motivo era que no les estaba gustando (el típico “tendido del 7”, puro esnobismo) o porque se les pasaba el ticket de la hora, pero resultó llamativo y una total falta de respeto, tanto para el pianista como para el señor Grueso, como para el resto de espectadores, que seguíamos fascinados con la lectura de las piezas.

El concierto duró unos veinte minutos más y, aunque hubo numerosos aplausos que provocaron la vuelta de los artistas al escenario por partida doble, mi mujer y yo nos mirábamos como diciendo: “no es lo mejor que hemos visto aquí”. O no nos da la cultura musical para poder apreciarlo. Nos quedamos más tranquilos al escuchar a la pareja que teníamos delante decir: “demasiado Romanticismo”. Y digo “Romanticismo” con mayúscula como corriente musical y cultural, no como expresión sentimental del amor al arte de limpiar salmones en Laponia. En nuestra salida escuchamos a otros espectadores que salían comentando que “Brahms no es mi favorito” o “termina agotándome tanta sobriedad”, y aquello me retrotrajo al Amadeus de Milos Forman, a aquella escena en la que el Emperador José II de Austria reconocía que “tantas notas musicales” le agotaban.

En cualquier caso, pasamos una fantástica velada que terminó con unas cañas y unos pinchos en un bar cercano. Una de las raciones incluía salmón, y no pude evitar pensar en las hediondas laponas que lo habían limpiado en alguna aldea perdida cerca del Ártico.

Erratas que mejoran el original

La semana pasada me tropecé con una de esas erratas que, de manera involuntaria, mejoran la frase pretendida, quizás la deseada o pensada y no escrita por el redactor. Una errata que incluso podía entenderse que ampliaba el sentido de la frase. Figuraba en las diligencias del juez Aguirre sobre el caso Barça-Negreira, los pagos al vicepresidente de los árbitros durante dos décadas. En el curso de sus pesquisas, el juez ha tenido conocimiento de un hecho singular, desde luego poco ético y con finalidades dudosas, como es que el vice del CTA invitaba a los árbitros que iban a pitar al Barça a comer, a cenar y después, en ocasiones, a un karaoke. Tal como se indica en las diligencias, puede que “karaoke” fuera un eufemismo de un bar de copas con mujeres, un “puticlú” de toda la vida. Pues bien, el restaurante en el cual los colegiados eran invitados pertenecía a la novia, pareja o churri de Enríquez Negreira, situación descrita por el juez del siguiente modo:

Uno no sabe si fue un desliz, si el juez tenía las imágenes del garito en la mente o si Negreira conoció a su «pajera» en el karaoke, pero el lapsus logró que este escándalo hasta ahora impune me arrancara una sonrisa.

No es la primera vez que ocurre que una errata mejore y añada nuevos matices a una frase. En los momentos más duros del confinamiento Covid, en mitad de ese berenjenal de decretos exprés y normativas aprobadas de manera acelerada, el gobierno publicó un decreto ministerial un domingo por la noche cuya entrada en vigor se producía el lunes a primera hora. Todos los que trabajamos en empresas estábamos pendientes de lo que se nos autorizaba a hacer y aquello que se nos denegaba, con interpretaciones de todo tipo. Pues bien, allí se coló esta frase, de la que ya tomó rendida cuenta el amiguete Josean en Y todo en un mes:

Vamos, que tantos cambios en tan poco tiempo podían generar tanto «caos» que cualquier adaptación de la norma resultaba válida. Evidentemente son errores que se cuelan, pero contribuyen de manera involuntaria a aumentar el interés por el hecho narrado, como el subtítulo de La Vanguardia con el que comienza este post:

«Pedro Sánchez dice ‘no’ a la última propuesta de Pedro Sánchez».

No es reciente, sino de 2019, pero han sido tantos los giros argumentales del presidente de gobierno para lograr el apoyo de sus socios que resultaba totalmente creíble. En su mismo partido, el PSOE, durante una campaña en Andalucía en la que propugnaban una mejora en la educación, cometieron un error de ortografía que, inconscientemente, mostraba que existía un serio problema que debía ser corregido:

El PSOE andaluz «Elije» luchar por una mejora en la educación de sus ciudadanos y por eso «elige» una falta de ortografía, ¡que todo era muy subliminal y no se entendió! Lo de las faltas de ortografía me chirría cada vez más, me estoy volviendo muy maniático y cada vez me molestan más cuando las leo en algún medio escrito o las veo por televisión. Quizás de todas ellas se lleva la palma esta:

¿»Vayadolid»???? Podría ser peor, sin duda:

La geografía juega a veces estas malas pasadas a los que tienen que escribir y publicar a diario (en este blog he encontrado algunas erratas tiempo después, pocas, espero). Una sola letra puede transformar una desgracia en un chiste, como ocurrió en la portada de El País:

Está claro que esto fue un error, pero, en el caso de las faltas de ortografía, he llegado a pensar que no son erratas, que son aparentes cagadas realizadas a conciencia para que se difundan por redes sociales y se vean los logos de las cadenas que tienen a semianalfabetos en la redacción. Reconozco que soy de esos brasas que rápidamente desenfunda el móvil para pillar el gazapo en directo, y he encontrado un gran aliado con este invento que permite rebobinar los programas:

A ver, seguro que el parque tiene la hierba muy alta, pero no era High, sino Hyde Park, torpones. En cuanto a la ola de calor, se me hace raro que coincida con un récord de temperaturas mínimas. No sé, igual había que darle una vuelta a ese cartel. Luego están los que redactan sin conocimiento, los que van a toda prisa, y sus jefes, que pasan por alto hasta lo imposible (y este post no va de los errores con las cifras, algunos de ellos antológicos). Puede ser que yo sea un tanto tiquismiquis y uno de los pocos aficionados que sabía que Queralt Castellet había obtenido la medalla de plata. De hecho, el presentador la felicitó por su logro mientras la barcelonesa mostraba ufana su presea, ¡pero es que este rótulo estuvo varios minutos en pantalla!:

Vamos a disculparlos porque se trataba de un deporte minoritario, o comprendamos que para un becario pueda ser difícil distinguir el brillo del bronce del de la plata, pero… ¿esto? ¿Esto????:

No sé si son las prisas, el desinterés, la ignorancia… Recientemente, el amiguete Barney dedicó un post entero (con vídeo incluido) al fútbol femenino, en el que se habló, entre muchas otras cosas, del poco interés que despertaba pese a los esfuerzos de algunos medios por llevarlo a la primera plana. Tras el éxito obtenido con el título en el último mundial, pico de Rubi mediante, el gobierno de España quiso utilizar el momento para promocionar esta modalidad, destacar las dificultades que habían tenido que enfrentar las jugadoras, como la falta de popularidad, e iniciar una campaña contra el acoso en el deporte. Varios de los gestores del deporte patrio se subieron al carro como si siguieran y conocieran el fútbol femenino de toda la vida y propusieron la concesión de la Real Orden del Mérito Deportivo a las jugadoras. Pues bien, eran tan «conocedores» de las mismas que cometieron hasta cinco errores en sus nombres, los cuales tuvieron que ser subsanados poco después:

Me quedo con el primero de ellos, jojojojojo, porque lo de sustituir a Ivana Andrés Sanz por Ivana Icardi, famosa por ser la novia explosiva del jugador del Galatasaray Mario Icardi, tiene papeletas para entrar en el top ten de machiruladas mundiales del deporte. Me imagino a los encargados de la concesión del premio en el Consejo Superior de Deportes:

– Esa que pone Ivana, guglea «Ivana y fútbol».

– Aquí está, Ivana Icardi, debe de ser esta.

– Pues ya está, venga, la siguiente. Mariona no-sé-qué…

Al final se menosprecia a la campeona del mundo y se otorga la medalla del Mérito Deportivo a la siliconada pajera, digo… pareja, de un futbolista más conocido por sus líos sentimentales que por su habilidad con el balón. Y ya que mencionamos estos asuntos, no podía dejar pasar por alto este titular que no contiene erratas, pero en el que se aprecia algo de guasa por parte del diario orensano:

Una noticia que no podía pasar desapercibida para la colección de artistas que pueblan nuestro país:

Cada vez que surgen estos temas hay quien te dice que la mayoría de errores se puede subsanar con el uso de los correctores que ya vienen en cualquier procesador de textos. Lo cierto es que tampoco podemos fiarnos de ellos y no revisar la propuesta de la máquina, porque, al igual que si intentas escribir «gilipollas», te corrige a «galopillos», en un diario de tirada nacional puede dar lugar a párrafos estrambóticos:

¿»Matutes matándose»? Ja, ja, ja, pagaría por ese corrector automático. Y además de los riesgos de dejar la corrección en manos de una máquina, ocurre que por suerte tenemos un idioma tan maravilloso en el que la palabra buscada es tan válida como su error: el caso/caos, Siria/Soria… y «públicas/púbicas». Hasta tres veces me encontré este gazapo en un Informe de la Intervención General de la Administración del Estado. La primera vez me chocó, «¿habré leído bien?», pero luego hubo una segunda y una tercera, así hasta que le di al buscador:

Tres veces en un texto sobre la facturación, los devengos de IVA y esas cosas que tanto pican en nuestras zonas púbicas. Si es que se regula en exceso en España, hay sobreproducción normativa (Hiperregulación) y lo mismo que «quien tiene boca, se equivoca», quien redacta en exceso, falla como un poseso, si se permite la rima. El Conejo del Poder Judicial, el Consejo del Joder Judicial, o aquella mítica corrección en el Boletín Oficial del Estado con aire de refranero: «donde dice ‘Digo’, debe decir ‘Diego'»:

Es tanto lo que se escribe, sobre lo que se legisla y se pretende justificar después, que nadie se lo lee. Como el Boletín Oficial de Aragón:

Vuenas noches (a ver si alguno estaba pendiente).

Faltan manicomios

Tengo un amigo que a cada locura que le comentaba que había leído o escuchado en tal o cual medio, me contestaba:

– Faltan manicomios.

Lo aplicaba a casi todo: a los asistentes a maratones de reguetón, a individuos que decían padecer ecoansiedad, a los participantes en First Dates… No pretendo frivolizar acerca de la salud mental de las personas, y menos en estos tiempos en los que, por fin, parece que el problema se ha tomado en consideración, pero supongo que algunas partes de este post bordearán la línea. Uno lee a veces la prensa, o ve un telediario, y se encuentra tal cantidad de gente «rara», por decirlo de un modo suave, que sospecha que no pertenecen al mismo mundo que esos seres de aspecto humano. Seguramente el problema no es de esas personas, sino de mí mismo, pues uno con la edad se va haciendo más conservador. No en el sentido político, sino en el familiar, hogareño, cultural o social. Y mi mundo se basa en una cierta educación, unos valores, unos principios e incluso unos gustos que difícilmente van a cambiar a estas alturas de la vida.

Decía Jane Austen que «la mitad del mundo no comprende los placeres de la otra mitad». Y por esta razón no critico a los siete mil tipos que acudieron durante una semana a una rave ilegal en Murcia para ponerse hasta arriba de alcohol y drogas. Una semana meando y cagando en cualquier sitio, sin dormir, con música trash a todo meter y disfrutando no sé muy bien de qué. Allá ellos, que cada uno se gaste su dinero en lo que quiera. Tampoco hablo de lo raro que me resulta ir a un parque acuático o a determinadas playas y comprobar que somos los únicos sin tatuajes por el cuerpo. Estupendo si esa es su idea de belleza, aunque algunos son auténticos cromos andantes. Otras veces escucho a tipos en la tele que se quejan por no llegar a final de mes o por la subida del precio del aceite, mientras te sorprendes al ver que tienen tatuajes de mil euros en el brazo o la pantorrilla. Pero como decía, allá cada cual y que cada uno viva su vida como le venga en gana mientras no afecte a la de los demás. I’m too old for this shit!, como ya afirmé en su día.

Pero hay otras historias que sí convierten a sus protagonistas en candidatos para un ingreso en los manicomios. Como la de esa mujer que se empeñó en ser velada viva. Se maquilló, hizo todo el paripé del ataúd y las flores, y estuvo recibiendo durante horas la visita de amigos y familiares. Supongo que se sentía falta de cariño, añoraba algo de «casito» por parte de sus allegados, y en lugar de acudir a un psicólogo o a un terapeuta emocional, prefirió montar este velatorio fake para que todos hablaran bien de ella (Los muertos siempre salen a hombros, recuerden). Tampoco deja de resultarme asombroso que estas chorradas se eleven al rango de noticia.

Quizás no sea tan extraño. En el pueblo gallego de Santa María de Ribarteme se celebra todos los años una romería en la que sacan a pasear a vivos por las calles de la ciudad… en ataúdes. Es gente que quiere experimentar esa sensación de ser llevado a hombros por sus colegas o familiares, pero ¡vivos! Con el ataúd al descubierto y como una especie de veneración, superstición, agradecimiento por haber superado determinados trances… cada uno tiene sus motivos, pero si Berlanga rueda este espectáculo lo tildarían de «inverosímil», «locura poco creíble».

Como la de las veinte mujeres que decidieron casarse consigo mismas en un acto conjunto, no sé si por la imposibilidad de encontrar pareja, o por salir de una soledad y una profunda depresión, y sentirse queridas por un día. Las imágenes no transmitían alegría, sino lástima. Poco tiempo después, la directora española Icíar Bollaín quiso darle una vuelta a esta necesidad de algunas personas y filmó La boda de Rosa como la bonita historia de una mujer que decidió quererse a sí misma y pasar del resto de los hombres. La peli tiene poco de hermosa. La soledad es muy jodida, estoy seguro.

Una de estas mujeres (no es coña) se casó consigo misma y se separó pocos meses después porque dijo que no se aguantaba. Era argentina. Quizás pensó que su cónyuge hablaba demasiado. En el fondo, yo creo que hay mucha gente necesitada de atención y estas pseudobodas son una manera de ganársela. Ya han inventado una palabra para esta práctica: soligamia. En algún artículo leí que la motivación de estas personas era el amor, porque «se amaban mucho a sí mismas». En mi adolescencia eso se llamaba masturbación y era un acto íntimo, no había por qué montar un sarao con amigos ni compartir ese sentimiento con los demás.

El terreno de las parafilias sexuales da mucho juego y Woody Allen describió algunas de ellas en Todo lo que usted siempre quiso saber sobre el sexo pero nunca se atrevió a preguntar. La fascinación por las grandes ubres, la excitación sexual exclusivamente en lugares públicos o el episodio que creo que todos recordamos con mayor claridad: el de Gene Wilder enamorado de su oveja. Aquello era un sketch del señor Allen, pero supongo que hay gente para todo. De siempre se ha hablado de ciertos pastores, granjeros y la relación con sus animales. Yo, sinceramente, ni lo imagino, ni quiero verlo (me consta que hay quien sube vídeos de estos a las redes). Algunos medios continúan con su labor «evangelizadora» iniciada hace años y periódicamente nos ofrecen algunas otras de estas extrañas aficiones:

Si la gente que practica el sexo con árboles o se excita poniéndose hormigas en sus partes no están de manicomio, yo ya no sé… pero supongo que hay que respetar la «diversidad» como nos cuentan, siempre y cuando no afecten a terceras personas. En el caso de la formicofilia, mi duda radica en saber si entran en conflicto la Ley de libertad sexual con la de Bienestar Animal, pero lanzo la pregunta al aire por si los que parieron ambas leyes tienen a bien contestar.

(Advertencia: aunque el tono del post pueda ser de chanza, jamás la haría con ciertas cuestiones: los agresores sexuales y los pederastas deben ir a centros especializados, sean manicomios o como se quieran llamar, dentro de cárceles de máxima seguridad y no salir de allí jamás).

Que cada uno disfrute su vida, sus gustos y manías como quiera, siempre y cuando no interfiera en las de los demás. El problema es que a veces ocurre que la identidad de género o la autopercepción de uno mismo sí entra en conflicto con las leyes que nos hemos dado para organizar esta fauna que es el mundo. Y hoy voy a dejarlo en esas personas que se hacen llamar «transespecie»: fulanos que dicen no sentirse humanos, ni identificarse como tales. El caso del japonés que se gastó 14.600 euros en transformarse en un collie, el británico que dice querer vivir como un dálmata o el tipo de las orejas de silicona. Paren el mundo, que me apeo.

Yo no digo que haya que llevarlos a un psiquiátrico, pero sí al menos podían evitar exponerlos en televisión. Que luego todas estas soplapolleces atraen a un montón de imitadores.

– Ah, retrógrado, carca, pollavieja, ¿estás impidiendo que una persona se autodetermine libremente como quiera o como se autoperciba?

– Pues, hombre, si un perro no paga impuestos y les reconocemos una exención fiscal por su transespecialidad, o si hay que subvencionar su transformación o una pensión el día de mañana, o darles un puesto de trabajo para no incurrir en discriminación «perruna», o si eso significa que tenga que hacerse una ley para que esta gente pueda vivir en su mundo ficticio, o si eso va a suponer que para no ofenderlos tenga que permitir que un tipo disfrazado de dálmata pueda cagar en un parque al lado de mi casa, pues sí, me opongo. Rotundamente.

De la Behobia a Valencia

Este final de año 2023 he tenido la oportunidad (y la suerte, ¡y las piernas!) de volver al asfalto y participar en dos de las carreras populares «más populares» de este país: la Behobia-San Sebastián y el maratón de Valencia Trinidad Alfonso. En la Behobia participamos casi 30.000 corredores, de los que 25.899 alcanzaron la meta, mientras que en Valencia nos juntamos más de 33.000 valientes, de los cuales concluyeron 26.253. Son cifras muy elevadas que suponen un desafío para los organizadores y una complicación añadida para los participantes, porque estas carreras, como el propio running (y detesto «el palabro») se han puesto muy de moda y reúnen cada vez a más gente. Logística, precios, alojamientos, alguna incomodidad que otra en la salida o en la meta… Pero no es una queja, solo una constatación. Todos estos problemas, multiplicados por diez, se dan en el maratón de Nueva York y cada año son cientos de miles de corredores los que pagan un fortunón por participar allí.

Behobia-San Sebastián

La Behobia presume de ser la carrera más antigua de España, puesto que la primera edición data de marzo de 1919. Sin embargo, la carrera pasó diversas vicisitudes, cambios de formato, parones, etc., y este año se celebraba la 58ª edición. El recorrido circula desde el barrio de Behobia en Irún, prácticamente ya en Francia, hasta San Sebastián, muy cerca de la playa de la Concha. Poco más de veinte kilómetros de trayecto exigente, un tanto rompepiernas, con dos subidas pronunciadas, una en el Alto de Gaintxurizketa (km. 7) y otra hasta alcanzar el Alto de Miracruz (km. 17). Una vez pasas esta última pendiente, y si te has reservado de manera conveniente, todo consiste en dejarse llevar y disfrutar del ambiente, de los pueblos y barrios congregados en los márgenes de la carrera, numerosa gente que, como buenos vascos, sale a aplaudir uno de sus tradicionales eventos.

La entrada en San Sebastián es preciosa, como toda la ciudad, y según te acercas a la plaza de Zurriola, el Kursaal o la Alameda del Boulevard, la multitud se agolpa en los laterales y crea ese efecto «túnel humano del Tour de Francia» que tantos veteranos de la prueba me habían comentado. Fui a la carrera con el animado grupo del Club de Corredores, más de 100 personas que acudimos en dos autobuses y llenamos un albergue en Hondarribia (me sigue saliendo decir Fuenterrabía) durante todo el fin de semana. Con ganas, con buen humor, con la idea de hacer un «completo», consistente en paseo por San Sebastián, comida en una sidrería a base de buen txuletón, pintxos, cañas, txakolís, carrera, foto con El Pirata, baño en La Concha para los más osados, ducha rápida y vuelta para Madrid. Mucha juventud, un veterano de 78 años, gente de todos los niveles de marcas, algunos cracks con «marcones», otros cracks que se defienden, y siempre, siempre buen ambiente.

La carrera no es cómoda para el participante. Me explico. Estas carreras en las que la salida y la meta están tan distanciadas suponen una incomodidad añadida para el corredor, que tiene que buscarse la manera de ir a la salida a tiempo, que no haya problemas como los ha habido en ediciones anteriores con los trenes, andar un par de kilómetros hasta encontrar tu cajón de salida, procurar no pasar frío y salir con ganas. Los que hemos ido a mil pruebas de este tipo sabemos que hay que ir con tiempo y con la ropa de abrigo más vieja que tengas porque lo normal es desprenderte de ella en la salida o depositarla en los cajones de alguna ONG que trabaje con la organización. Con tiempo no, con mucho tiempo. Y luego ya veréis cómo la carrera merece la pena, ya lo creo que sí.

Me sorprendió mucho que al llegar a meta los corredores nos íbamos juntando con los conocidos que encontrábamos y todos tenían «su bar», su sitio en el que juntarse para tomar unos dobles y picar algo. Apenas cinco minutos después de la carrera, ya estábamos con unas cervezas en la mano. Sin cambiarnos ni nada, con la medalla de madera puesta, y brindando por el éxito que siempre supone acabar con buenas sensaciones. En mi caso, el tiempo de 1h. 40m. me hacía albergar esperanzas de alcanzar una buena marca en el maratón de Valencia. Dejo aquí algunas fotos del fin de semana.

Maratón de Valencia

El maratón de Valencia celebraba su 43ª edición el pasado 3 de diciembre, y ha adquirido más fama internacional en los últimos años por la rapidez del mismo, a la que contribuyen, sin duda, la orografía de la ciudad, la altitud, a nivel del mar, y la fantástica temperatura en diciembre. Aunque lo mismo esperaba yo en diciembre del año pasado en Málaga ¡y me cayó el diluvio universal! La marca del ganador del domingo pasado, el etíope Sisay Lemma, fue la cuarta de la historia: 2h. 01m. 48s. Otra de esas marcas extraterrestres a una media de 2m. 53s. por kilómetro.

Se batieron los récords masculino y femenino de España, por medio de Tariku Novales y Majida Maayouf, atletas de origen etíope y marroquí, si bien queda salvar algunas dudas sobre un supuesto expediente por dopaje en el caso de la segunda. El presidente de Mercadona, Juan Roig, se vino arriba y, con ánimo de atraer más corredores internacionales de calidad, anunció un premio de un millón de euros para el atleta que consiga el récord del mundo en el maratón de su ciudad.

La carrera estuvo espectacular y la organización estuvo «bien». Solo bien y no muy bien, porque esta carrera empieza a tener el problema de tantas otras en las que participa un número tan elevado de atletas populares. Cuando todavía no había dado mi primer paso sobre el recorrido oficial, mi cuentakilómetros ya marcaba 6 kilómetros en las piernas. Es cierto que yo ya contaba con hacer los primeros 2,4 km., que era la distancia del hotel a la salida y me venía bien para calentar las piernas, pero luego hicieron un corte imprevisto para llegar al guardarropa, nos obligaron a dar varias vueltas sin sentido, de nuevo otra vez hacia atrás para situarme en el cajón (y eso que el mío era el intermedio, el quinto de nueve), y al final me fue imposible dejar la bolsa. Por eso recomiendo siempre el atuendo de «yonqui»: pantalón de chándal zarrapastroso, camiseta chunga de publicidad o de publicidad chunga, y una bolsa o mochila de finales de los setenta que no te duela perder o abandonar si, como me ocurrió, no logras llegar al puesto de entrega. En mi caso, menos mal que me acompañaba mi fiel seguidora, fotógrafa y portageles Mabú, a la que nunca agradeceré suficientemente su paciencia en estas pruebas.

Nueva York arranca con Frank Sinatra, el Rock’n’Roll Marathon Madrid con algún temazo rock cañero y Valencia nos deleitaba con el artista de la tierra Nino Bravo y ese Libre tan a tono con la sensación experimentada por los corredores según arrancan a por el objetivo y la aventura de los 42K. La humedad de Valencia hizo que la espera para la salida y los primeros kilómetros fueran fríos como un abrazo de suegra, en especial en las zonas de sombra, pero a partir de la primera hora y sobre todo en las grandes avenidas, bien soleadas, la temperatura era perfecta para correr. Unos quince, dieciséis grados durante toda la prueba. Cerca del inicio, junto al Puerto, pasamos por nuestro kilómetro 3 y nos cruzamos con los primeros profesionales, que habían salido una hora antes y marchaban ya por el 22. Me encanta verlos, me admira su zancada, la ligereza en sus piernas y la facilidad con la que recorren la distancia. Llama la atención el poco ruido que hacen, todo lo contrario que el estruendo de pisadas plomizas y el griterío de los populares mientras los animan.

– Porque les han dado una hora de ventaja, que si no, igual los pillábamos -bromeó uno de los que marchaba cerca de mí.

Mi carrera fue bastante buena hasta el km. 32, a unos 5m.10s. el kilómetro, pero ahí empecé con problemas en los isquios (esta vez no fueron los gemelos) y tuve que parar a estirar cinco veces hasta el 38. No sé qué pasó porque a partir de ahí me recompuse ligeramente y acabé los últimos cuatro ligeramente por debajo de los 6m./km. para un tiempo total de 3h.53m.15s. La entrada es espectacular, muy bonita, con una pasarela azul junto a la Ciudad de las Artes y las Ciencias.

Acabé contento. No «muy contento», porque aspiraba a estar más cerca de las 3h.45m., pero bueno, uno va cumpliendo años y tiene que ir asumiendo que las marcas tendrán que ir subiendo paulatinamente. Aunque me resista, aunque lo niegue, aunque tenga que defender ante mi mujer que es el mismo tiempo que hice en Roma en 2009 y que catorce años después me sigo manteniendo en la pelea, aunque este deporte nos permita una longevidad que otros más explosivos no nos dan, lo cierto es que habrá que aceptarlo… ¡Pero para eso me tiene que llegar una madurez de la que sigo huyendo a la carrera!

La crónica en clave de humor y cierta provocación la he dejado para la ocasión en La Galerna, bajo un título que puede parecer críptico, pero es que la «censura» del amiguete jefe de redacción me cortó algunas partes, como las referidas al impronunciable portero georgiano del Valencia. Aquí la dejo:

Shavi K’udis ch’ama

He echado un vistazo a las estadísticas del maratón de Valencia y veo que la participación femenina sigue creciendo año tras año, de lo cual me alegro, y sus marcas son bastante notables en muchos casos:

En cuanto a los grupos de edad, el de mi categoría, Veteranos-3 (entre 50 y 55 años), sigue siendo una panza de zumbaos bastante nutrida:

Y la que más me ha llamado la atención es la de las marcas de la peña que viene de toda Europa a participar en esta carrera: más de 5.300 animales (y «animalas») bajaron de las tres horas. Qué bestialidad, enhorabuena. A ellos y a todos los que acabaron el domingo.

Un buen título

Qué importante es el título de un libro, nos dicen. Fundamental, básico, ¡imprescindible!, “no empieces a escribir hasta que lo tengas claro”. Diez consejos que no debes olvidar para encontrar un buen título para tu obra, cómo elegir título, 8 ideas para escoger un gran título… Internet está lleno de artículos que te dan consejos sobre cómo tienes que hacerlo, que si tiene que ser evocador, sugerente, largo, corto, explícito o insondable. Otra cosa es que sogas esas consignas y luego de verdad lo sea, de hecho, ¿qué es un buen título?

Según leo estos consejos, encuentro numerosos títulos de grandes obras que incumplen las máximas recomendadas acerca de definir el género, sugerir parte de la trama, citar directamente el nombre del protagonista o ubicar la novela. Varias de las que están tradicionalmente en las listas de las cien mejores del siglo XX llevan un título demasiado críptico, o que da pocas pistas sobre el contenido: El extranjero, El principito, Un mundo feliz, 1984, Lolita, Ulises, Los detectives salvajes, Lo que el viento se llevó, La montaña mágica… Para aclararse uno lee las contraportadas o las solapas e inmediatamente intuye todo lo que el título oculta. O no, que también sucede.

Lo de incluir el nombre del protagonista en el título y que el lector imaginara que trataría sobre las aventuras y desventuras de tal o cual persona puede parecer un clásico de otra época que respondía a la pereza del autor, o era directamente una estrategia para no desvelar nada de la trama: Moby Dick, Las aventuras de Tom Sawyer, Robinson Crusoe, David Copperfield, Oliver Twist,  Sandokan, Ivanhoe, Dick Turpin, El retrato de Dorian Gray…  Una fórmula a la que recurrió Arturo Pérez-Reverte para Las aventuras del Capitán Alatriste, y quizás por ello el título nos parezca que tiene aroma de clásico. Frankenstein, Drácula, El corsario negro, Los hijos del Capitán Grant, Miguel Strogoff… Los dos últimos títulos pertenecen a novelas de Julio Verne, un autor muy directo en sus títulos. Conmigo, cuando era crío, lograba captar rápidamente mi atención hacia lo que iba a contarme, sin rodeos: La vuelta al mundo en 80 días, Cinco semanas en globo, La isla misteriosa, Viaje a la Luna, Aventuras de tres rusos y tres ingleses en el África Austral…

No recuerdo muchos títulos actuales tan directos como los de Julio Verne o como los de Mark Twain (Un yanqui en la corte del Rey Arturo, Las aventuras de Huckleberry Finn, El príncipe y el mendigo, El billete de un millón de libras esterlinas, El hombre que corrompió a Hadleyburg), o Robert Louis Stevenson (La isla del tesoro, El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, El diablo en la botella). En los títulos actuales se recurre con bastante frecuencia a la típica construcción de:

Artículo + sustantivo + preposición + artículo + sustantivo

Una construcción perfectamente válida, pero que estoy seguro de que sugiere ideas bien distintas entre los potenciales lectores. La ciudad de los prodigios, La sombra del viento, La catedral del mar, La hoguera de las vanidades, Los pilares de la Tierra, El nombre de la rosa, El señor de los anillos, La casa de los espíritus, El guardián entre el centeno… Muchos de los best-sellers del último medio siglo llevan esta fórmula, y creo sinceramente que cada uno de estos títulos sugiere algo diferente a cada posible lector o comprador de la obra que no supiera nada del contenido. Porque a veces lo bueno de un título no es tanto que “cuente”, que narre demasiado o desvele el contenido, sino que suene atractivo, que el lector se plantee “quiero conocer lo que hay detrás de ese título”. A mí me parece que pocos autores titulan con tanto acierto como Gabriel García Márquez: Cien años de soledad (con ese título sabes que hay que leerlo sí o sí), Crónica de una muerte anunciada, El coronel no tiene quien le escriba (quiero saber por qué nadie escribía a ese cabrón), El otoño del patriarca, El amor en los tiempos del cólera (ufff…), El general en su laberinto…

Son títulos que atraen, que te llaman con apenas media docena de palabras. Por el contrario, uno ve el título La insoportable levedad del ser y desiste directamente, no ya de su lectura, sino de la propia compra. Eso tiene pinta a bodrio pretencioso con rollo filosófico incorporado y tipo con traumas pajilleros que reviste de intelectualidad. Seguramente te equivocas la mayor parte de las veces en tu elección, pero, ¿acaso no sería mucho más interesante un libro titulado La insoportable brevedad del sexo? Yo lo compraría sin dudarlo, me imaginaría una disertación amena sobre la fugacidad de la vida y de los placeres mundanos.

Todo es cuestión de gustos, de opiniones, de manías personales. Yo, por ejemplo, huyo de los títulos que tengan una ciudad en el título: Trilogía de Nueva York, Tokio ya no nos quiere, El sastre de Panamá. Me dejaron baldado, hastiado, tanto que seguramente me perderé grandes obras con el veto: Oh, Jerusalén, Miedo y asco en Las Vegas, El hombre de San Petersburgo, Tokio Blues, Las sirenas de Bagdad… Y luego está Auschwitz. Si sale Auschwitz en la trama, estará en el título: La bailarina de Auschwitz, El tatuador de Auschwitz, El farmacéutico de Auschwitz… Precisamente por unir el nombre del campo de concentración a una profesión, Arturo Pérez-Reverte tuvo una polémica en redes sociales que llegó a provocar la respuesta de la propia asociación que gestiona la memoria de Auschwitz:

La respuesta del escritor fue educada y respetuosa, haciendo referencia precisamente al interés comercial de todos estos títulos, al deseo de captar de inmediato y de manera morbosa al potencial lector. Pero la polémica no se quedó en el campo polaco de exterminio, sino que se extendió a otros como Mauthausen o Treblinka.

El hombre en busca de sentido, de Víktor Frankl, o El arca de Schindler, de Thomas Kenneally, se saltan esa búsqueda de la comercialidad alrededor de Auschwitz de la que hablaba Pérez-Reverte, y resultan (sin haber leído las del tuit) infinitamente más interesantes que los títulos mencionados en el rifirrafe dialéctico.

Y si aquí este servidor huye de los títulos que incluyan nombres de ciudades, veo que todos los que contienen la idea del retorno, de la vuelta a algo, sea lo que sea ese algo, una casa, una ciudad, me parecen atractivos. Regreso a Brideshead, El retorno del Rey, El retorno del Jedi, Regreso a Howards End, Regreso a Ítaca, Regreso al Edén… Quizás por ello publiqué hoy hace un año ese fenomenal, magnífico, grandioso título que es Volver al asfalto. Había que volver a recuperar una idea, una emoción, las ganas de salir y afrontar un nuevo reto. El asfalto suena a dureza, a material perdurable, a una pista que seguir y recorrer. Había que volver allí.

Y hecha la broma y la autopromoción, hay un título de un libro que leí el pasado verano que me gustó tanto como su contenido: El infinito en un junco, de Irene Vallejo. O cómo tratar de retener toda la sabiduría, todos los conocimientos de una era, abarcar el infinito, en esos rollos de papiros egipcios elaborados a partir de juncos. El título contiene todo lo dicho anteriormente y sin decir nada, lo dice todo. Y además atrae al lector. Una maravilla, un gran título. Un estupendo libro.

Coda final: ¿cómo veríais un libro titulado La rutinaria vida de Lester?

¿Qué pasó con…? (II)

Josean – ¿Qué pasó con Antonio Hernández Mancha?

Lo de las mociones de censura que no van a ningún lado, como la surrealista con el profesor Tamames de este curso político, no son nada nuevo en las algo más de cuatro décadas que llevamos desde la aprobación de la Constitución del 78. Como tampoco es nuevo lo de esos jóvenes impetuosos a los que alguien hace creer que llegarán a presidentes del gobierno, como Albert Rivera o Pablo Casado. A mediados de los ochenta y tras varios batacazos electorales, los populares necesitaban renovar su imagen, alejarse de esa derecha franquista liderada por un exministro del Caudillo, Manuel Fraga Iribarne. En esas emergió la figura de un joven abogado nacido en Badajoz, pero que desarrolló toda su carrera en Andalucía, primero como abogado del Estado y luego como presidente regional de los populares. Antonio Hernández Mancha, de verbo fácil, lanzado, y sobre todo, alejado de los cánones tradicionales del partido (Alianza Popular por entonces). Numerosos medios del ala más conservadora necesitaban una figura que pudiese enfrentarse a los líderes socialistas, los andaluces Felipe González y Alfonso Guerra.

Antonio Hernández Mancha fue elegido presidente de los populares tras las primarias del partido en 1986. Se enfrentaba a un problema serio al no ser diputado y no poder debatir cara a cara con González en el Congreso (la misma dificultad que tenía Feijóo estos últimos meses, por cierto), así que, espoleado y seguramente mal aconsejado por varios de los más cercanos, no tuvo mejor idea que plantear una moción de censura a un Felipe González que contaba con mayoría absoluta en la cámara. El golpe de efecto no duró más de una o dos semanas, se celebró la moción, que fracasó de manera estrepitosa (solo 67 votos a favor) y el joven abogado “andaluz” desapareció de la escena casi con la misma celeridad con la que había sido ascendido.

Huyó de la política y volvió a su despacho de abogados. No supimos prácticamente nada de él hasta hace pocos años, en 2016, cuando fue llamado a un programa de LaSexta que en principio iba a hablar de algo parecido al objeto de este post, un ¿qué pasó con…? Lo que no esperaba era que en directo le plantearan su relación con “los papeles de Panamá” y por qué su nombre había aparecido en algunos de los listados de las personalidades relacionadas con el despacho Mossack-Fonseca. Lo vi removerse en el plató de una manera nerviosa, bastante incómodo (nos ha j…) y juró y perjuró que nunca había tenido nada que ver, ni tenía negocios en Panamá, ni mucho menos había utilizado sociedades opacas panameñas para blanquear capitales. Unos días después se defendió diciendo que habían falsificado su firma, que el Hernández Mancha de los papeles no era él, ni nadie relacionado con su bufete.

No encuentro noticias posteriores a la resolución de este caso y el propio Google te deja el mensaje de que hay enlaces que pueden haber sido eliminados a petición de los afectados por el derecho al olvido en Internet. Antonio Hernández Mancha fue consejero de Enagás desde 2014 a 2022, tiene ahora mismo 72 años de edad, está alejado de cualquier foco mediático, y (supongo) estará escarmentado del día que dio ese paso adelante y se lanzó a Madrid a intentar un imposible.

Lester – ¿Qué pasó con Pedro Maestre?

Tenía 23 años cuando firmé mi primer contrato con una editorial (La universidad me mata, Colección El Papagayo, Ed. Temas de Hoy). Para mí, que no había escrito nada ni medianamente serio en mi vida, aquello fue una sorpresa enorme. Entre aquella firma y la publicación del libro transcurrieron casi dos años (septiembre de 1995), tiempo durante el cual creí atisbar un interés de las editoriales por los autores jóvenes, interés del que quizás me beneficié sin saberlo (aunque mi libro era un “grandísimo” libro, todo hay que decirlo). En 1994, José Ángel Mañas quedó finalista del Premio Nadal por Historias del Kronen. Contaba entonces con solo 22 años. Un par de años más tarde, Pedro Maestre lograba el premio del certamen con Matando dinosaurios con tirachinas. Tenía 28 años de edad, todo un “talento joven” al que se le presuponía un gran futuro por delante.

Me compré un libro que recopilaba relatos de varios de esos autores jóvenes que despuntaban en los noventa. Se titulaba Páginas amarillas y el subtítulo era 38 autores de menos de 38 años. Los había de todo tipo: buenos, excelentes, de humor, “tragiquísimos”, rompedores, pseudotrascendentales y algunos, pocos, insufribles. Allí estaban Juan Bonilla, Juan Manuel de Prada, Antonio Orejudo, Martín Casariego y muchos otros cuya vida no siguió por el camino de las letras como seguramente esperaban (como yo mismo).

A mí particularmente no me entusiasmó la novela de Pedro Maestre, aunque reconozco el riesgo de la propuesta narrativa, escrita como un monólogo con frases cortantes, dirigido a su abuelo en segunda persona del singular, incómodo de leer a ratos, con pinta de pecar de ser demasiado autobiográfico… La vida de un licenciado de filología de 25 años en paro que vive en Alcoy contado por un tal Pedro Maestre que era licenciado en filología residente en la costa levantina y supongo que en las listas del paro cuando lo escribió. Un premio como el Nadal debe animar a escribir, a intentarlo, a querer asentarse en el complicado mundo editorial, pero no tuvo mucha suerte con sus dos siguientes novelas, Benidorm, Benidorm, Benidorm (1997) y Alféreces provisionales (1999), y quizás por eso lo último que supe de él durante mucho tiempo es que se dedicaba a la enseñanza.

De las últimas noticias que encuentro de este autor, es un artículo sobre la relación epistolar que mantuvo con Miguel Delibes, quien le aconsejó que no se dejara llevar por los premios, ni por los halagos, y que se mantuviera firme, constante, en esto de escribir.

“Pequeñas confesiones y consejos que me ayudaron mucho. Comentábamos lo que buscábamos en las novelas, como el paso de la infancia a la adolescencia que Delibes refleja en «El camino». Hablábamos de la verdad de los personajes, que no fueran de cartón piedra, y me daba muchos consejos. Porque la carrera de un escritor es como el río Guadiana: años que se ven, y años que trabajas duro, muy duro, y no se ven. No hay que parar nunca».

Pedro Maestre volvió a publicar una novela en 2006 (El libro que Sandra Gavrilich quería que le escribiera), y otros como el que suscribe estas palabras tuvimos que esperar más aún, hasta 2022 para volver a aparecer por las librerías.

Un «let it be» como acompañante

LESTER, 11/05/2023

En la entrada Ahora más que nunca, publicada hace ya la friolera de cinco años, dejé un enlace a una curiosa web que te indicaba qué canción había sido la número uno en las listas Billboard americanas en una fecha determinada. El ejercicio que proponían los creadores de dicha aplicación (y que yo repetía) consistía en averiguar qué canción correspondía al momento de tu nacimiento. Y en mi caso concreto, abril del 70, aquella canción resultó ser el mítico Let it be de los Beatles, compuesta por Paul McCartney. Así que puedo afirmar, sin miedo a equivocarme, que el estribillo “letitbí” me ha acompañado toda la vida, y a lo mejor sin saberlo, sin ser consciente de ello, ha conformado parte de una filosofía de vida.

Se han dado muchas interpretaciones a la letra de esta canción. Una de ellas es la referida al consuelo, al alivio que supone saber que tras la tormenta llegará la calma: “when the night is cloudy”, cuando la noche esté nublada, “there is still a light that shines on me”, déjalo estar, o déjalo ser, porque todavía hay una luz que brilla sobre mí. Casi toda la canción es una oda a la aceptación. Aceptación de las circunstancias, aceptación frente a las adversidades, “When I find myself in times of troubles”, cuando me encuentro en momentos difíciles o repletos de problemas.

La melodía no está exenta de cierta tristeza, por la propia voz de McCartney y su tono lánguido, y por una letra que manifiesta que asume lo que le viene, aunque se trate de algún hecho poco agradable o apetecible. A esa tristeza acompañó el hecho de que esta canción fuera la última grabación realizada por los Beatles antes de su separación, y fueron muchos los fans que la interpretaron en esta clave. Los Beatles se separan, sí, es una pena, pero la vida sigue, déjalo estar, déjalo pasar.

Otra lectura que se hizo en su día de esta canción fue aquella que se refería al posible sentido religioso de la misma: “Mother Mary comes to me”, como si se refiriera a la Virgen María, que se nos presentaba para ofrecernos consuelo tras una experiencia incómoda o desagradable, «she is standing right in front of me». Sin embargo, el propio Paul McCartney explicó en su día a qué se refería este pasaje y no era por esa María universal, sino por su propia madre, que falleció cuando el bueno de Paul tenía catorce años y con la que conversó en un sueño. “Me encantó volver a conversar con mi madre y me sentí bendecido por ese sueño. Eso me hizo escribir Let it be”. Su Mother Mary es la que le susurraba unas reconfortantes palabras repletas de sabiduría, “whisper words of wisdom”, o como afirmó el propio Paul: “todo va a estar bien, déjalo estar”.

La canción fue grabada a finales de los sesenta, se publicó en el disco del mismo título y alcanzó el número uno, como decía al inicio, hace 53 años. Eran tiempos convulsos en la sociedad americana, de protestas contra la participación estadounidense en Vietnam, de luchas interraciales, y para muchos fans del cuarteto británico representaba un canto en favor de la paz mundial: “And when the brokenhearted people / living in the world agree / there will be an answer / let it be”. Es un mensaje que coincide plenamente con el del Imagine de John Lennon.

Sea por la razón que sea, o por cualquiera de sus interpretaciones, lo cierto es que todas ellas me valen como sintonía de acompañamiento en mi vida. ¿Que tengo dificultades en algún momento, preocupaciones que parecen irresolubles? Déjalo estar, déjalo pasar, “there will be an answer”, habrá una respuesta, llegará la calma y superaremos esos momentos. ¿Que se presenta un futuro complicado en el trabajo? No pierdas la calma, “There is still a chance that they will see”, habrá una oportunidad de sobrepasar ese momento. Mis compañeros de curro me preguntan a veces si no me pongo nervioso nunca, que no ven que la tensión me supere ni en esos momentos convulsos que tantas veces nos ha tocado vivir. Y creedme que han sido muchos. No es que tararee mentalmente Let it be, simplemente sé que ese nerviosismo no puede ocupar mis pensamientos, ni ser el centro de mi vida, pues como decía Nick Nolte en El guerrero pacífico, “hay que sacar la basura de la mente”. “La vida puede ser maravillosa”, que decía Andrés Montes (poco antes de suicidarse, vaya paradoja), está repleta de momentos únicos, personas especiales, veladas fantásticas, relaciones personales… que son aquellas en las que debo centrarme. Que puedo “dejar pasar” algunas cosas, o “dejarlo estar” porque no merece la pena que pierda el tiempo en “esas mierdas”.

Claro que para mí es fácil decirlo. Soy un privilegiado, siempre lo he sido y creo que siempre fui consciente de ello. Tengo salud, nací y crecí en una familia estupenda en la que nunca nos faltó nada. Luego formé otra familia con la mejor mujer del «mundo mundial» y tuvimos unos hijos que crecieron fuertes, sanos y “buenos chicos”. Nunca me faltó el trabajo y con esfuerzo logramos tener una estabilidad económica que nos permite soltar un “letitbe” a los obstáculos que la vida pone en nuestro camino. Si funciona todo lo mencionado, salud, familia, amor, bienestar económico, etc., es muy fácil dejarte acompañar por el mensaje de esta canción. Let it be, que le den morcilla al IPC, al dolor en el talón o al nerviosismo de los jefes.

Pero la vida, a veces, es muy cabrona también. Y cuando la vida es tan perra que se lleva por delante a otra amiga de manera prematura no hay consuelo, aceptación, ni mensaje reconfortante que valga por mucho empeño que pongas en el let it be. Y no habrá una respuesta, there will (not) be an answer cuando la enfermedad es tan injusta que deja a dos niños pequeños con toda la vida por delante. Y a un amigo destrozado. Me niego a pensar en “let it be, let it be”.

La primera piedra

LESTER, 16/04/2023

Hace un par de semanas, conducía por una carretera que pasaba por delante de un edificio que me resultaba muy familiar, que conocía muy bien. La mente me transportó a mi pleistoceno particular, aproximadamente un cuarto de siglo atrás. «Yo estuve en la primera piedra de este edificio», recordé mientras paraba el coche junto al acceso para examinar el estado actual durante unos segundos. Se trataba del edificio de oficinas de todo el complejo situado a sus espaldas, una instalación pública de servicios, da igual de qué, pero imaginad que era una depuradora, una planta de residuos, un centro de atención primaria o una pista deportiva. Algo que «dé votos» en la cabeza obtusa de nuestros políticos si la foto de la primera piedra se hace a pocos meses de unas elecciones.

Mediados o finales de los noventa, ahí es nada, «éramos jóvenes», inexpertos, curiosos, entusiastas, o al menos tan entusiasta como ahora, pero sin el escepticismo que los años han puesto en una mochila a mi espalda. Recuerdo que era abril y había salido uno de esos días de calor en que no sabes si es primavera o se ha adelantado el verano. Para colmo, estábamos a pleno sol en una campa que parecía Marte cuando sale en las películas, un secarral sin una sombra alrededor. Y allí, como héroes de la escuela del estoicismo, sudando la gota gorda con nuestro traje de gala y contemplando el curioso paripé. En aquel teatrillo de puesta de la primera piedra estaban todas las autoridades, las implicadas y las que no: municipales, del Consorcio que promovía la obra, de la diputación, autonómicas y algunas de no-sé-cuál consejería que no iban a privarse de salir en la foto. «O de catar unos langostinos en el cóctel posterior», pensé. Había bastantes más representantes de la parte pública que de los que currábamos en la empresa seleccionada para hacer la obra. «Recuerda la parábola del remero», me comentó José Luis, mi jefe de aquel entonces, por lo bajinis.

A una veintena de metros de donde se iba a situar la primera piedra estaba el cartel que anunciaba el inicio de las obras. «El puto cartel que tanta guerra nos dio», pensé. Un par de meses antes del evento al que asistíamos ese día, José Luis y yo estuvimos en una reunión en el Consorcio en la que se hablaron diversos temas del arranque de las obras. De lo que menos se habló fue del proyecto, de la tecnología ofertada, del presupuesto o de las dificultades para obtener algunos permisos. Toda la preocupación de los responsables del Consorcio era «la publicidad» que se le iba a dar a las obras:

– Tenemos elecciones a la vuelta de la esquina y yo quiero ver el cartel ya puesto, junto a la carretera -insistió de manera vehemente el alcalde del ayuntamiento en cuyo término municipal se iba a ubicar la instalación-. ¿Me habéis entendido? Bien grande, para que lo vean todos los vecinos que pasan por la carretera.

– Ya, Paco -trató de intervenir el teniente de alcalde de otro municipio-, pero en el cartel no va a figurar tu ayuntamiento como promotor de las obras, porque…

– ¿Cómo que no? ¡Yo quiero el nombre en lo alto del cartel, que por algo pusimos el terreno para el proyecto! ¡Y que sea bien grande, el doble de lo habitual!

– Paco, no olvides que hay una normativa que rige…

Recuerdo perfectamente que en un momento dado y según subían el nivel de improperios nos pidieron a José Luis y a mí que nos saliéramos de la sala para que discutieran sus mierdas, por eso, el día de la primera piedra, me acerqué a ver cómo había quedado finalmente el cartel. Aún me duele el coste (que no se me ha borrado de la memoria) porque la factura pasó por mis manos… «cabrones, anda que no podíais haber cubierto otras necesidades con ese dinero». El cartel tenía más letras que un suplemento dominical, porque al final aparecían todos en el mismo, que si el Consorcio promovía el proyecto tal en los terrenos ubicados en el ayuntamiento de Pascual, dentro del marco de actuaciones de la Diputación y bajo el plan de renovación de instalaciones de la consejería autonómica de «supadre»… Y al final, en grande, el presupuesto de la obra y en pequeñito, quién ponía los fondos: la Unión Europea, a la que al menos habían dejado el logo de las estrellas en la parte superior.

El presidente del Consorcio estaba terminando su discurso, y yo creo que lo abrevió porque comenzaba a sudar de manera copiosa. Se quitó el sudor de la frente con un pañuelo y al abrirse la chaqueta, pudimos ver el cerco que los «camachos» comenzaban a marcar en sus axilas. Tremenda imagen, «¿esto da o quita votos?», pensé en aquel momento, pues ya había comprobado que era la única preocupación de todos los que lo rodeaban en ese grupo de autoridades. Frente a todos ellos había un agujero cuadrado en el suelo, donde se iba a poner la primera piedra, junto al cual estaba el bueno de Remigio. Remigio era uno de nuestros obreros, y ahí andaba el tío, con su uniforme de obra y una pala en la mano mientras esperaba pacientemente su momento. El «sudapollismo ilustrado», el tío más tranquilo y con menos preocupaciones del centenar de personas que estábamos allí. Un cigarro le colgaba de la comisura de los labios, como si lo llevara pegado, y el protocolo que le aplicaba no le impedía llevar la camisa desabrochada hasta la mitad del pecho para que pudiéramos ver el chaleco de pelos que «lo abrigaba». Tendría un problema poroso, como aquel viejo chiste, por-oso.

Hacía tanto calor que todos estábamos deseando terminar, pero faltaban las palabras del alcalde de turno y del representante de la Diputación. Allí fue donde me enteré de que la primera piedra no suele ser una piedra como tal, o un bloque de hormigón, sino una especie de urna transparente en la que se depositan unos objetos a modo de «cápsula del tiempo»: monedas de curso legal, que recuerdo que eran pesetas por entonces, una copia del acta que acababan de firmar los representantes del evento y unos periódicos del día. No se me olvidará que el puto periódico del día llevaba una foto de Stoichkov con la camiseta del Barça en portada, y que encima aquel búlgaro hijop… había tenido la suerte de que su siniestra sonrisa quedara hacia fuera en la urna.

– Mira, Lester -me dijo Antonio, un compañero que sabía del odio que profesaba por el jugador-, se está riendo en tu cara.

– Ya veo, ya -contesté-, qué mal rollo, este edificio se hundirá algún día y lo hará por el lado de Stocihkov.

– Siempre fue un poco desequilibrado.

– Pues por eso mismo.

Terminaron sus palabras y llegó el momento estelar de Remigio. Otro remero por la causa. Le acercaron la urna, tiró el cigarro al fondo del agujero «con un par» y acto seguido la depositó en el mismo hueco, que empezó a cubrir con cemento. ¿Qué necesidad había de que todos te viéramos la hucha, Remigio? Ninguna, sin duda, pero ahí estuvo «el artista» estrella, haciendo de manera diligente el trabajo para el que se le había hecho venir al acto, si bien sin la estética de los engominados y trajeados que lo rodeaban.

A las afueras del recinto de la obra se había situado un reducido grupo de ecologistas con un aspecto… en fin, alternativo. No llegaban a la decena, los cuales gritaban unas tímidas protestas con las que nos demostraban que la poesía y la rima no eran lo suyo: «la depuradora, fuera de la zona», o algo así, ¿o era «el centro deportivo, solo para amigos»? El acto de la primera piedra concluía en una venta cercana, «Casa Curro», adonde teníamos que ir los ciento y pico invitados. De camino a los coches, Antonio y yo quisimos hablar brevemente con los ecologistas. Nos interesaba saber los motivos de su oposición a las obras, dado que eran una mejora para esa zona e iban a evitar el uso ilegal de otros terrenos cercanos. El que parecía líder del grupo, con síntomas evidentes de hidrofobia (y no hablo de la rabia), era uno de esos individuos que cuando te hablan se le forma un hilito de baba del labio superior al inferior y son capaces de soltarte una chapa sin que se les despegue. Nos reconoció que sabía que la instalación era necesaria, pero que él quería que se hubiera hecho en otra zona, a varios kilómetros de allí, porque él vivía junto a la carretera de acceso y ahora iban a pasar más vehículos por allí. Ah, vale, que quieres una planta de residuos que permita cerrar un vertedero ilegal, pero no la quieres cerca de donde vives, que se vaya a otro municipio. «Me queda claro, es una reivindicación ecologista de gran calado», concluyó Antonio.

Cuando llegamos a Casa Curro, comprobamos que el calor no iba a cesar, que el aire acondicionado no iba a ser suficiente para que no pasáramos un calor de narices. A las autoridades se las distingue enseguida por el séquito que las acompaña. Se las encuentra con la misma facilidad con la que divisamos a una pelirroja con un vestido naranja dos tallas inferiores a la suya que se había paseado ante los ojos de todos nosotros durante la colocación de la primera piedra. Con ese escote era imposible no fijarse. «Ten cuidado, Lester, que esa hoy va a pillar, seguro, y con un par de los que estamos aquí, ¿apostamos algo?». La chica era muy cariñosa, no sé si guapa o no porque los ojos no se nos iban de… de… de su conjunto naranja, y se acercó a saludarnos, como a casi todo el resto de invitados. «Vosotros sois de Agua S.A., ¿no?», nos preguntó mientras me plantaba dos besos y estrujaba sus senos contra mi corbata. Olía muy bien, todo hay que decirlo, y ahí terminó mi breve ensoñación con esta joven que trabajaba en el seno del gabinete de…, perdón, bajo los pechos del presidente de…, disculpen… ¡que cobraba de la teta del Estado!

– Lester, ten cuidado con lo que dices hoy -me advirtió mi jefe-, porque se te van a lanzar como buitres a pedirte trabajo.

– ¿En serio?

– Sí, mira, ¿recuerdas lo de Pedro en los Evangelios? Pues antes de que apures dos cervezas, te habrán pedido colocar a tres familiares. Y tú, como Pedro, tendrás que negarlo. Con educación, que en el fondo los necesitamos, pero ándate con ojo, por favor, sé discreto.

Los camareros empezaron a pasar las primeras cervezas. Apenas había cogido la primera cuando se me acercó un tipo que bordeaba los sesenta tacos:

– Hola, Lester, mira, soy Javier Tedero, concejal del ayuntamiento de «Zarandajas» y quería preguntarte si ya tenéis la plantilla para la oficina que vais a tener que abrir. Es que verás, tengo un hijo que está ahora sin trabajo y le vendría bien encontrar un puesto de administrativo o así.

– Bueno, lo miraremos, todavía no hemos empezado a buscar, pero sería bueno que me enviara su currículum, ¿qué formación tiene?

– Él es fontanero, pero tiene un problema en la espalda y no puede ejercer de lo suyo, está ahora de baja, pero sería para que le encontrarais un trabajo en la oficina, moviendo papeles, archivando, o en lo que podáis….

Afortunadamente se acercó Antonio y me dijo que me tenía que presentar a una responsable de la consejería autonómica, me disculpé con el concejal, le di mi tarjeta para que me remitiera el historial del fontanero pasapapeles y me acerqué a conocer a esta buena mujer. La señora en cuestión celebraba que por fin se hubieran solucionado los temas de los permisos y las licencias para comenzar nuestras obras, y tras mencionar la importancia de las gestiones de su departamento, me soltó:

– Por cierto, no sé si ya tendréis contratada secretaria para vuestra delegación. Es que tengo una sobrina que acaba de terminar unos estudios en la academia y no veas lo espabilada y dispuesta que es, me encantaría que la conociérais…

Apuré la cerveza mientras me hablaba de las bondades de su sobrina y me comporté de igual manera que con el anterior: sí, claro que podría encajar, que nos mande su CV y nos pondremos en contacto con ella, pero, discúlpeme, que tengo que hablar un momento con mi superior de…

– Joder, Antonio, vamos a por otra cerveza, que esto va a ser duro de pelotas.

A lo lejos divisé los efusivos saludos de la pelirroja del vestido naranja a todos los asistentes y Antonio me tuvo que dar una colleja para que me diera cuenta de que un camarero estaba pasando una bandeja repleta de cervezas y vinos, anda, tómate algo fresco, que con este calor no hay quien aguante.

Con la segunda cerveza me di cuenta de que Hilario andaba por ahí, no lo había visto hasta ese momento. Hilario era un compañero de la central que tenía que haberse jubilado hacía tiempo, como unos mil años, un tío peleado con el mundo que no era precisamente la alegría de la huerta. El típico tristón que todos evitamos en los saraos de empresa.

– Hola, Lester, ¿qué tal ha ido lo de la primera piedra, bien, no? ¿Tú sabes por qué no me han invitado, me puedes decir de quién fue la decisión? ¿Tú sabes que yo intervine en el proyecto inicial, vamos, que lo hice yo entero? No creo que haya nadie aquí, ahora mismo, que conozca el proyecto como yo. Y no se me reconoce, Lester, nunca se me ha reconocido nada. Estoy dolido, muy dolido, como puedes imaginar.

Aquel día yo debía tener cara de «sumidero de turras» de la gente, porque no había persona que no se me acercara a contarme sus historias. Tras responderle que lo desconocía, que yo estaba al margen de toda esa parafernalia, busqué escaquearme con la excusa de que salían las croquetas, una excusa tan válida y seguramente mucho más sincera que cualquier otra para quitarte a un plomo de encima. Antonio me había visto alejarme de Hilario y me dijo:

– ¿Qué, ya te ha contado lo del proyecto y lo cabreado que está porque no lo invitaran? Con todo lo que sabe y aporta, y tal y tal, ¿tú sabes que su proyecto era inviable, que era un desastre que hubo que rehacer entero? Si todavía trabaja con su primer ordenador, joder, ¡que usa un Spectrum de 48 K!

Me crucé con la fragancia de la pelirroja, vi las miradas de Antonio al bulla de la joven, que andaba a mis espaldas y según me giraba me encontré con la señal que me hacía mi jefe para que me acercara hasta donde él estaba.

– Mira, te presento a Jaime Quetrefe, de la empresa Segurleches.

Una encerrona en toda regla la de José Luis. Se ve que él quería quitárselo de encima porque en cuanto le di la mano se largó haciendo que saludaba a… ¡a nadie! «Tengo que aprender esa naturalidad», me dije a mí mismo. El tal Jaime empezó a hablarme de las bondades de nuestro proyecto, de lo útil que iba a ser para la zona y de la relación de confianza que siempre había tenido Segurleches con mi empresa. Intenté escaparme tras una empanadilla, pero el tipo se vino conmigo, «a mí también me encantan estas empanadillas, aunque soy más de gambas», y me soltó:

– Mira, lo he comentado ya con José Luis, que me conoce de toda la vida, sabe que soy un tío serio y en quien se puede confiar, y me ha dicho que hable contigo para pedirte un favor: necesito que contrates a mi yerno en el control de accesos. O en el mantenimiento de las instalaciones. En algo que no sea muy complejo porque es un inútil, un tío flojo, flojo, flojo, pero necesito que lo metáis en vereda, que sé que en las empresas grandes…

Pegué un trago largo a la cerveza mientras suspiraba, pensaba, miraba al vacío, bajaba la copa y volvía a tomar aire. Le contesté que tendría que verlo con Recursos Humanos, que tenían unos procesos de selección exigentes, que cómo se manejaba en inglés, con los ordenadores, blablabla… Y en ese momento me di cuenta de que acababa de terminar la segunda birra. Cantó un gallo, ¿o eso no era de esta historia?