LESTER, 22/08/2026
I. Mario
Pese a que llevaban meses anunciándolo, no puedo evitar sorprenderme. No me refiero a la oscuridad que acompaña al eclipse, sino a la capacidad que tiene la naturaleza para devolvernos a una edad en la que creíamos que todo lo que nos ocurría iba a durar para siempre.
Hace veinte años de aquel primer eclipse. Me abracé a Nuria durante esos segundos de oscuridad que preceden a la penumbra y, casi de inmediato, a la claridad.
No sé exactamente qué dijimos. Olvidamos las palabras de algunas conversaciones y queda únicamente la certeza de haberlas tenido, como ocurre con ciertos sueños. Recuerdo su manera de mirarme cuando nos quitamos aquellas gafas ridículas, y le solté sin apenas pensarlo:
—Larguémonos. Dejemos todo y comencemos en otro lugar.
Con veinticuatro años me parecía la idea más romántica del mundo. Se le pasarían mil cosas por la cabeza, se rió y no hubo locura. Se lo pedí de nuevo unos meses después, y tampoco encontré la respuesta deseada. Nuria me miró con una mezcla de ternura y cansancio que entonces no supe interpretar. Fingí que lo entendía, incluso llegué a creer que lo entendía, que Nuria era mucho más inteligente y cabal que este “cabra loca” impulsivo que la atosigaba.
Dos años después nos fuimos a vivir juntos. Yo creía que ser joven consistía únicamente en no tener una hipoteca. La casa era pequeña y durante un tiempo todo me pareció maravilloso: despertarme a su lado, discutir por quién había dejado abierta la ventana, comprar dos cepillos de dientes, colocarlos juntos. Es curioso que la felicidad se parezca tanto a la rutina cuando uno la está viviendo.
Después llegó el embarazo. Nunca habíamos hablado seriamente de hijos, quizás porque nunca pensábamos, o yo al menos, más allá de los próximos cinco minutos. Por un momento hicimos planes absurdos, imaginamos una habitación.
Pero no llegó a nacer. La tristeza no nos unió, abrió una sima entre nosotros. Y al poco tiempo la distancia se hizo física. Nuria aceptó una oferta de su empresa que la obligaba a mudarse a Barcelona. Con los meses nos veíamos cada vez menos y las llamadas se espaciaban, ¿las evitaba yo, o era Nuria quien lo hacía?
A veces las cosas que más importan no terminan con una explosión, como en las películas, sino con dos personas que van quedándose sin palabras. Sin nada que decirse. No hubo una última pelea memorable ni una puerta cerrándose con violencia.
Ahora la luz ha desaparecido casi por completo. Durante unos segundos, mi apartamento no parece el lugar en el que vivo, sino otra cosa, como una habitación suspendida en otro tiempo. Apenas distingo los muebles. La ventana es un rectángulo oscuro. Mi propia mano parece pertenecerle a otro.
Quizás así funcione también la memoria: primero creemos que conserva las cosas, y luego descubrimos que solo conserva lo que alcanza a iluminar.
Vuelve la luz, aunque aquí dentro apenas cambia nada. Los muebles, la mesa, las facturas. Todo vuelve a ser reconocible y, sin embargo, no parece más vivo.
Guardo las gafas. No enciendo la luz, permanezco un poco más en la penumbra.
II. Nuria
“¿Recuerdas dónde estabas cuando sucedió el último eclipse?”, comentó la periodista. Por supuesto, contesto al aire. Recuerdo a Mario, convencido de que aquello era “un acontecimiento histórico”, y por eso había comprado las gafas con varios días de antelación, como si fueran entradas para un concierto. Al acabar me pidió que nos largáramos donde fuera, juntos. Recuerdo que me reí de él. Me reía bastante de Mario, de sus impulsos, de su poca cabeza.
Ahora que lo pienso, quizá debería haberle hecho más caso a esa risa.
Tenía veintidós años y no quería atarme. No porque no le quisiera. Querer a alguien y querer largarse con alguien no son la misma cosa. Mario pensaba que eran dos estaciones del mismo viaje. Yo sabía que eran trenes distintos.
Había cosas de él que me gustaban muchísimo y otras que no soportaba. Era cariñoso, trabajador, divertido cuando quería. Y también posesivo, testarudo y de esos hombres que convierten una opinión en dogma. Si discutíamos, necesitaba tener razón. Si yo estaba triste, quería saber por qué. Si no quería hablar, exigía una explicación.
Nos fuimos a vivir juntos de todos modos. La convivencia fue menos romántica de lo que él recuerda. Platos sucios, dinero que no llegaba, discusiones por tonterías y otras que no tenían nada de tontería. Mario recordará los despertares de domingos y yo, quién tenía que bajar la basura.
Después me quedé embarazada. Él estaba eufórico. Yo tuve miedo.
No fue un miedo por las dudas o la incertidumbre. Al contrario, por la certeza: no quería tener aquel hijo. No quería ser madre. Y, sobre todo, no quería que el embarazo decidiera por los dos una vida que yo todavía no había elegido.
Aborté. Mario nunca lo supo. No encontraba una manera de decírselo que no pareciera una sentencia. Fui cobarde, lo sé. Después del aborto estuvimos juntos un tiempo, pero todo era distinto. Pedí el traslado en mi trabajo. ¿Una huida? Seguramente.
Como sospechaba, nos separamos unos meses más tarde.
Durante años me pregunté qué habría ocurrido si se lo hubiera contado. Hoy creo que nada habría cambiado. Algunas decisiones no destrozan una vida: simplemente revelan que ya había tomado otra dirección.
Llega el momento de oscuridad. Por un instante no veo nada.
Y me doy cuenta de que eso es lo que más me recuerda a aquellos años: haber estado dentro de una vida sin saber todavía qué parte de ella era mía.
Pronto vuelve la luz. Primero una línea, luego una claridad que se expande. Las cosas reaparecen en su sitio y todo parece más nítido que antes. De repente recuerdo a Mario con una claridad que antes no tenía. Quizá eso sea madurar: que vuelva la luz y uno pueda mirar aquello que durante años prefirió mantener en sombra.
Me quito las gafas. El eclipse ha terminado.
