TRAVIS, 13/08/2026
Ahora sí, ahora ya puedo explayarme sobre la película de Nolan y desvelar lo que me ha gustado más, menos, lo que me ha sorprendido, pero no disgustado, y aquellas omisiones o posibles carencias que veo en la adaptación. Antes de nada, comento que, al contrario que en el primer post, me ha sido imposible abstraerme de todas las opiniones vertidas acerca de la obra de Nolan, pero intentaré mantenerme en lo que tenía escrito en borrador y no dejarme influir por opiniones como la de Juan Manuel de Prada, que habla de una «refutación grosera de la obra homérica» «propia de un eunuco», o de la de Javier Ocaña, que tilda La Odisea de «una buena película con momentos excitantes» en la que Nolan «ha podado la obra de Homero siendo fiel a su espíritu». Una revista de cabecera como Fotogramas aúna opiniones contrapuestas como la del helenista Pedro Olalla, que desprecia la película por su «infidelidad, pretendida, pero no bien resuelta», ya que traspasa el límite «donde el homenaje se convierte en sabotaje», con la de Ricardo Rosado, quien afirma que la película está cerca de ser redonda… para luego exponer una larga teoría sobre el principal cambio introducido, que halla de manera acertada en la motivación o el origen del tormento interior del protagonista. Luis Martínez se viene arriba en El Mundo y afirma (con un par) que «Nolan amplía la lista de maravillas del mundo antiguo«.
Opiniones para todos los gustos, propias de estos tiempos de extremos, y en este punto es donde la cita de Aristóteles me viene que ni pintada: «la virtud está en el término medio». Me llama la atención esa necesidad de irse a un extremo o al contrario y no valorar los aciertos de la versión de Nolan, mientras se pone el foco en lo que ha omitido o en lo que ha podido pervertir del espíritu de la obra original. ¡Ni que fuera la primera vez que alguien adapta un clásico!. Aún recuerdo el Ricardo III de Richard Loncraine con Ian McKellen ambientado en plena época de los nazis, la versión contemporánea de Romeo y Julieta de Baz Luhrman, o esos montajes modernos de ópera, totalmente anacrónicos, de los que no voy a opinar porque soy un completo profano en la materia. Hasta los dibujos animados de Disney o la animación moderna de Pixar se han atrevido a versionar Hamlet o Los siete magníficos de Kurosawa, y muchas veces la crítica alabó esas transgresiones, pocas veces fueron tan exageradas como las de ahora. Sign of the times!, supongo, ya que Nolan ha «modernizado» tanto su adaptación particular. Siendo serios, lo que hizo el propio Homero fue recopilar, adaptar y modificar una larga serie de crónicas cantadas sobre las guerras de Troya, por eso me despollo vivo cuando leo a alguno hablar de «rigor histórico»: ¿qué eran entonces los cíclopes, los lotófagos, los dioses, o Caribdis y Escila? ¿Rigurosas descripciones de criaturas de la época extinguidas por el cambio climático? ¡Venga ya!

Según avanzaba en la lectura de Homero, me preguntaba cómo llevarían a la pantalla algunas escenas para no caer en el ridículo, o en algo totalmente lejano y ajeno para el espectador moderno. Para empezar, los dioses. ¿Veríamos a Zeus hablando con Palas Atenea o a Poseidón levantándose colérico en el mar? Pues no, y esa ya es, de primeras, una mutilación a la obra que, al menos a mí me parece más que afortunada. Las conversaciones entre los dioses del Olimpo ni siquiera quedaban bien en una película infantil como Hércules, y es la misma decisión que adoptó Wolfgang Petersen cuando rodó Troya en 2004. Por cierto, una película muy denostada entonces y apreciada ahora, al menos en la comparación con la de Nolan.
– No busquéis dioses en los hombres -espeta Odiseo a su tripulación en algún momento del metraje.
Es su manera de explicar que es el hombre solo el que se enfrenta a las consecuencias de sus actos, de sus decisiones y de sus propios errores. La única diosa que aparece es Atenea, pero sin el papel crucial que desempeña en la epopeya homérica, lo hace tan solo como una voz de la conciencia de ese soldado atormentado por su pasado de batallas y dolor sin fin, tanto el sufrido como el causado. Insisto, ¡por supuesto que son perversiones del espíritu de Homero!, pero muchas de ellas me parecen adecuadas. Necesarias. De hecho, al regresar a casa tras ver la película, comencé a elaborar una lista de lo que estaba y de lo que faltaba, e inicialmente pensé: «está lo básico, los personajes principales, las situaciones críticas, los cambios son aceptables…». Algunas decisiones, como suprimir la xenia, la hospitalidad con el visitante, muy presente en toda la obra, y cambiarla por esa cosa que apenas se explica (y cuando lo hace, lo hace regular) que es la «ley de Zeus», no me convenció demasiado. De hecho, uno de los aspectos que más me llamó la atención de la versión de Nolan es que Odiseo termina saliendo por piernas de la mayoría de las islas que visita, cuando en la obra de Homero es agasajado por varios de sus anfitriones y se marcha en paz, cuando no cubierto con lujosos vestidos y con alhajas a modo de regalo o de recompensa por sus hazañas en el frente troyano.
Nada de ello resta o impide que sea una entretenidísima película. Pero que mantenga los personajes y los eventos principales no es suficiente para convertirlo en una adaptación fiel de la obra si se cambian las motivaciones de muchos de ellos. Y ahí es donde Nolan toma las decisiones más controvertidas, o las que más han indignado a los ofendiditos de siempre. Apenas hay nada de la astucia de Odiseo, que se comporta más bien como un capitán algo sonado aún por los acontecimientos recientes, cuestionado por sus subordinados, alguien que sufre por las secuelas de la guerra y que se desahoga con Atenea, esa pavisosa de Zendaya, aquí convertida en una especie de voz de la conciencia que actúa como espejo de su tormento interior.
El Odiseo de Nolan recuerda a los veteranos de Vietnam o de Irak pasados por el tamiz de Hollywood y, por tanto, con un estrés postraumático del copón: los tipos de En el valle de Elah, que se drogan para olvidar todo lo que hicieron (¡ese es el sentido que da Nolan a la flor de loto!), o el Bradley Cooper de El francotirador, un tipo incapaz de recuperar su vida normal sin el estruendo de la guerra en su sesera. Incluso no disimula el homenaje al personaje de Robert de Niro en El cazador, cuando tiene a la presa en el punto de mira y la deja escapar una primera vez, como si no quisiera revivir el dolor causado o para que la lid sea justa. La versión de Nolan es tan «moderna» que adopta numerosas referencias de otras películas:
- Esa misma escena del cervatillo acaba con un cuerpo humano desnudo en la maleza, algo que me recordó a la escena de Un hombre lobo americano en Londres. Y si ahí quedara únicamente el parecido, pero es que esta escena es el preludio de la transformación de los soldados de Odiseo en cerdos en la choza de Circe, muy a la manera de la obra de Landis.
- Cuando Odiseo se disfraza de mendigo en su vuelta a Ítaca, adopta el look de Obi Wan Kenobi: túnica larga, sin forma, capucha sobre la cara de modo que solo se vea la barbilla. Se queda en un segundo plano como el bueno de Ben Kenobi en la taberna de Mos Eisley.
- Otra referencia al universo Star Wars que he leído por ahí es la entrada de Agamenón en Troya con un aspecto que para muchos recuerda al de Darth Vader, pero resulta tan poco natural como «el pirata Roberts» (André the Giant) a las puertas de la muralla en La princesa prometida. Una presencia enorme, que acojona a todo el que lo ve, pero que no parece la propuesta más inteligente para afrontar un ataque.
- Hasta el plano aéreo de Calipso (Charlize Theron y su espectacular vestimenta) sobre los restos del naufragio me recuerdan a la misma actriz tras sus correrías en Mad Max, rodeada de chasis y vehículos destrozados.
- El diseño de Polifemo se asemeja a las criaturas paridas por la mente de Guillermo del Toro para El laberinto del fauno, si bien es inevitable pensar en el cuadro de Goya Saturno devorando a sus hijos. Es un personaje algo desaprovechado. Me gusta el diseño, su tamaño, la brutalidad que muestra, pero se pierden los momentos de astucia de Odiseo, tanto con el empleo del «Nadie» como con la manera de utilizar la piel de las ovejas para la evasión.


- Por supuesto que la escena de Matt Damon atado para evitar la tentación de las sirenas plagia el mismo plano que a su vez Spielberg extrajo de La Odisea para Indiana Jones en la primera entrega del célebre arqueólogo. Por cierto, no puedo evitar la broma al ver que el coreano de la tripulación es el único que no se resiste al canto de las sirenas. Por muy inclusivo que tratara de ser Nolan con el reparto, se le escapa que el de raza oriental sea precisamente el único vencido por sus impulsos sexuales. Se ve que los de esas geografías siempre tuvieron una relación particular con ciertas parafilias.
- Las armaduras brillantes de los lestrigones moviéndose por un bosque escocés parecen sacadas directamente del Excalibur de John Boorman, otra de esas anomalías visuales e históricas que aprecias en la misma medida que te provoca extrañeza. Era un pasaje que se podía haber suprimido, pero entiendo que se mantiene porque Odiseo se va dejando miembros de la tripulación en cada etapa del camino.
- Matt Damon escapa por fin de la isla de Calipso, pero lo hace igual que Tom Hanks en Náufrago, de manera inverosímil, «que los vientos te sean propicios», y no solo logra sobrevivir, sino que además llega a Ítaca casi sin querer. Con un par, Nolan, tenías que ahorrar escenas y te cargaste a los feacios y a Nausicaa de golpe.
Desde la primera escena de la película, con ese caballo de Troya semihundido en la arena, ya sabemos que Nolan ha tomado ideas de La Odisea, de La Ilíada y hasta de La Eneida para su película, con una serie de decisiones que ya te hacen ver que la trama toma derroteros bien distintos a los de la obra original. Con todo y con ello, la modernización o lo que algunos llaman «el presentismo», la visión actual y presente de acontecimientos pasados, no hace de ella una obra menor. Es distinta, pero puede mantener su clasicismo aun obviando cierta perspectiva histórica y habiendo actualizado muchos de los temas tratados. Para los que reniegan del dolor que siente Odiseo, conviene recordarles que cada vez que los aedos rememoran las hazañas del conflicto troyano, el protagonista literalmente llora. Mi interpretación como lector era que lo hacía por todos los compañeros y amigos perdidos, pero también acepto y me vale la explicación «nolaniana», que lo hace por el dolor infligido.
Y luego están las cosas de Nolan, que tiene grandes ideas, pero no siempre las desarrolla bien, como lo que comentaba acerca de Polifemo. Por ejemplo, con el descenso al Hades. Visualmente, tanto la elección de Islandia como plató de rodaje como la estética de los muertos es brutal, apabullante, muy buena. Por desgracia, comienza bien, pero evita introducir dos personajes que en el libro aportan muchísimo: Aquiles y la madre de Odiseo. Es un momento tristísimo porque Odiseo entiende en ese preciso instante que su madre no aguantó con vida tantos años de espera para el regreso de su hijo. Puedo entender que elimine a Sísifo (y a su roca), por supuesto, ¡pero a la madre! Una pena. Y luego remata un pasaje que comenzaba fenomenal con una nueva huida, absurda, innecesaria. ¿Por qué, para qué?
A medida que avanzas, tu checklist empieza a poblarse de cruces (insisto, no necesariamente significan algo negativo). La actualización que hace Nolan del mito de Homero lleva a sus personajes a pronunciar algunas expresiones como «fucking» o «lucky bastards» que suenan tan poco creíbles como los movimientos de Jon Bernthal/Menelao (muy moderno, algo Punisher, o como su macarra de Baby driver). Tan poco verosímil como la armadura de Agamenón (una maravilla de diseño, por cierto). O como ese caballo de Troya sobre dos patas, visualmente muy llamativo, pero absurdo desde el punto de vista conceptual: ¿por qué se complican tanto en hacerlo de esa manera y no sobre dos patas? ¿No caben muchos menos soldados de ese modo, y más incómodos? Es un sinsentido que «mola» estéticamente, no tiene ninguna función aparente.
Y dentro de su modernidad, o «modernez» para los más críticos, es inevitable hablar del papel de las mujeres en la película:
- Penélope (Anne Hathaway): bella, misteriosa, poderosa, controladora. Es un acierto su situación en la sala de los pretendientes, tras una celosía desde la que vigila más a los gorrones que a la inversa. Eso sí, tiene una visión demasiado moderna acerca del machismo imperante en aquella sociedad y del papel que corresponde a las mujeres. Suelta un par de frases más propias de un ministerio de Igualdad actual que de una era en la que las mujeres estaban sometidas a los dictados del hombre/rey. Es consciente de su papel, pero no quiere dejar de demostrar que es una mujer «empoderada», como se diría ahora.
- Calipso (Charlize Theron): otro bellezón, si bien queda algo deslucida. En el libro engatusa a Odiseo, lo mantiene hechizado, no drogado, y le ofrece la inmortalidad, que es muy distinto al olvido, no digamos al narcótico. Son los cambios «nolanescos» que tan poco han gustado a los expertos en cuestiones homéricas, pero es comprensible. Está enamorada, colada hasta las cejas, y eso lo transmite bien, tanto como la generosidad para permitirle que regrese al hogar (después de siete años en los que se lo beneficia de manera sistemática, algo sobre lo que Nolan quiso pasar por alto).
- Circe (Samantha Morton): según he sabido después, en otras historias post-Odisea (spin-offs en el lenguaje cinematográfico), Circe tuvo un hijo con Odiseo durante el año que lo tuvo en palacio, bien atendido. Aquí no hay nada de eso, ni cariño, ni dedicación, ni rienda suelta al placer. Circe es una loca odiadora de hombres (también un papel con claros paralelismos actuales) que vive en una choza en la que suelta sus traumas particulares nada más recibir a los soldados: «los hombres son unos cerdos». Resulta irrelevante, fugaz y solo se entiende por las necesidades de un metraje ya de por sí demasiado largo.
- Nausicaa: era un papel muy interesante, que por desgracia es eliminado por completo. Es ella la que encuentra a Odiseo tras su naufragio y la que mejor representa el significado de la xenia: cuidar al que llega de fuera aun cuando no sepamos su historia ni su pasado. Tanto ella como su padre, el rey de los feacios Alcínoo, encuentran en Odiseo un posible cónyuge para Nausicaa. Es sensible, educada, generosa, como los feacios, clave para el regreso de Odiseo y aquí, eliminados sin contemplaciones.
- Hay una escena especialmente cruel, en la que Odiseo no solo elimina a los pretendientes, sino que ahorca a todas aquellas sirvientas que estuvieron del lado de estos, y no de Penélope. No tenía ninguna duda de que esta escena no se iba a rodar. ¿Somos modernos, pero no tanto para salvajadas de este porte, Christopher? Seguramente fue un acierto, como el recorte de la escena de Misery de la que hablé recientemente.
En fin, vayan a verla, disfruten las tres horas de película. Lean el libro, discutan con sus amigos sobre Homero, sobre Nolan, la versión de los Coen o la de Uberto Pasolini. Bajen ese dedo meñique con el que han entrado al cine y gocen del espectáculo, de una adaptación por momentos brillante. Disfruten también de la apabullante banda sonora de Ludwig Göransson, que no calla ni cuando la escena requiere calma. Quietud, silencio, las olas del Mediterráneo… menos aparato acústico. El mayor reproche que le hago a esta obra está en su final, en las referencias a «los pueblos del mar» y esa especie de comprensión de «los bárbaros éramos nosotros», como si Odiseo encontrara un sentido histórico a algo tan carente de ello como la brutalidad de la guerra. No solo encuentra sentido histórico a algo que no era más que las conquistas territoriales propias de la naturaleza humana, sino al momento en el que le ha tocado vivir, como si fuera consciente de presenciar el final de una era y el comienzo de otra.
Dejo un regalo más al lector que haya llegado hasta aquí: una obra maestra de tres minutos de duración. Esta sí es una adaptación, como lo era Apocalypse Now, una no menos brillante y modernizada adaptación de El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad. Pues súmenle La Odisea de Nolan. Bestial, ¡joder con la IA y los nuevos creadores!
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