TRAVIS, 27/09/2028
A finales de 1976 nacía un personaje en las pantallas que forma parte, ya desde hace décadas, de la iconografía norteamericana clásica, o de su cultura. Incluso me atrevería a decir que forma parte ya de la cultura universal, pues el palso del tiempo lo ha convertido en un personaje enormemente popular en todo el mundo, en países muy diferentes entre los cuales, en muchos casos, se da la paradoja de que posiblemente no tengan una “cultura del boxeo”.
En lo que se refiere al cine, se me ocurren pocos deportes tan “cinematográficos” para llevar a la gran pantalla como el boxeo. Ha habido buenas películas de béisbol o atletismo, algunas, pocas, de baloncesto y fútbol americano, muy pocas de fútbol, pero de boxeo las hay a puñados. Con grandes directores y actores, y varios Óscar incluidos en algunos casos. Se me ocurren a botepronto: Million dollar baby (2004, Clint Eastwood y la acongojante interpretación de Hillary Swank), Toro salvaje (1980, Martin Scorsese y el no menos acertado Robert de Niro), Marcado por el odio (1956, Robert Wise, con Paul Newman), El ídolo de barro (1949, con Kirk Douglas), El luchador, Huracán Carter, Alí, El campeón… Hasta recuerdo la elegancia y las “buenas manos” en el ring de Errol Flynn en su Gentleman Jim (1942). Boxeaba tan bien que hizo correr el rumor de que había participado en los Juegos Olímpicos de 1928 por Australia, un bulo de aquellos que tanto le gustaban (aunque ninguno tan ocurrente como el de su habilidad para tocar el piano con el miembro viril).
¿Qué tiene Rocky, que se ganó el apoyo popular de manera súbita? Un apoyo que se ha mantenido vigente medio siglo, como se ve en cada secuela o spin-off surgido de la saga. Cada tres años al inicio: 1976, 1979, 1982 y 1985 con el inolvidable Iván Drago (Dolph Lundgren). La peor de todas con diferencia, Rocky V, tuvo que esperar a 1990, pero el personaje merecía un final mejor y retornaría en 2006 para Rocky Balboa, a la que sucederían las participaciones en las primeras de la saga Creed: 2015, 2018 y 2023. Para longevidad, la de este personaje, sin duda.
En el caso norteamericano, algunas opiniones dicen que su éxito se debe a que representa ese American dream según el cual, si te esfuerzas, si te machacas hasta la extenuación, si renuncias a casi todo por tu sueño, podrás triunfar en la vida. Salir adelante, dejar de ser un underdog y lograr una buena casa, un coche enorme, una familia perfecta y lo que es más importante para los yanquis, el reconocimiento de los tuyos. El respeto de tus vecinos.
Quizás las razones por las que el personaje de Rocky gusta tanto en otras latitudes sean bien distintas. A mí se me ocurre que en España nos encantan las historias de perdedores. Losers, ese concepto tan aberrante para el americano medio. Perdedores, sí, pero con honor. Se tolera la derrota mucho mejor que al otro lado del charco, en especial si hay esfuerzo y, sobre todo, si te enfrentas al poderoso y logras doblegarlo, aunque sea por unos segundos. Si alguno de los lectores no tiene fresca la película, que recuerde que Rocky Balboa no gana a Apollo Creed en su combate de la primera de la saga. Se rodó casi como si hubiera ganado el aspirante, pero la realidad fue bien distinta. Y no por ello resulta un final menos épico. La inolvidable música de Bill Conti haría el resto.
La historia de Rocky / Sylvester Stallone
En 2023 se estrenó el documental Sly, dirigido por Thom Zinny, sobre la vida del cineasta norteamericano. Lo mejor del documental transcurre en la primera parte, cuando cuenta la historia de ese chico de familia humilde, nacido en 1946 en Hell’s Kitchen (Nueva York) en los tiempos en los que era realmente “la cocina del infierno”. Stallone estuvo marcado de por vida, desde su nacimiento. El parto prematuro de su madre, a la que pilló en un autobús público, hizo que terminara en el hospital de la Caridad. El uso inadecuado del fórceps por parte de un médico le provocó la parálisis que mantiene desde entonces en la parte inferior izquierda del labio. Uno de sus rasgos de interpretación más característicos, por cierto. Cuando trataba de abrirse hueco en el mundo de la interpretación, le respondían siempre de manera similar. Que si los párpados caídos, que farfullaba, el gesto de la boca…
Se pasó años malviviendo con esos infra trabajos que tanto se estilan por allá, como aparcacoches o acomodador de cine. Aunque pasó tres años estudiando Arte Dramático en la universidad de Miami, su formación como cineasta es básicamente autodidacta. Un poco al estilo de Quentin Tarantino, que también participa en el documental sobre su figura. El trabajo de acomodador le permitió ver cientos de películas, muchas de ellas varias veces, y le sirvió para comprender la figura del héroe americano que tanto gustaba al público. Sylvester Stallone podrá gustar más o menos, pero es indudable que tiene el olfato para saber lo que quiere el espectador.
Como no le ofrecían los papeles que creía merecer (el cameo de Bananas, de Woody Allen, otro en What’s up, Pussycat y un papel secundario en una película porno), se puso a escribir de manera compulsiva. Diez, doce, quince guiones que nadie le compraba. Agobiado por la falta de dinero, casi desahuciado, no le quedó más remedio que vender a su perro, Butkus, por 40 dólares y se marchó a Hollywood a probar suerte. Se alojó en un motel cutre en Balboa Boulevard y, según cuenta, escribió el guion de Rocky en apenas tres días y medio.
Incorporó muchos aspectos de su vida en aquellas páginas, en la búsqueda de un tipo duro-sensible que solo anhela una oportunidad para salir del pozo, así como de las películas que más le habían marcado en esos años de acomodador (Malas calles, el personaje de Marty en La ley del silencio). Trasladó la historia a la de un cobrador que malvive en un cuartucho de mala muerte, que se gana la vida cobrando deudas a la gente, de manera coactiva o no, un perdedor al que le llega la oportunidad de su vida y no quiere desaprovecharla. La relación difícil que mantuvo con su padre fue trasladada a la trama en la figura de Mickey (Burgess Meredith), del mismo modo que en posteriores entregas incorporaría la relación con su hijo Sage (Rocky V).
Para la idea principal, se inspiró en el combate de 1974 entre el campeón del mundo de los pesos pesados Muhammad Ali y el veterano semidesconocido Chuck Wepner, un boxeador mediocre cerca de la retirada. Para sorpresa del mundo entero, del boxeo y del no aficionado al boxeo, el desconocido logró mandar a la lona al campeonísimo por unos segundos. Sucedió en el noveno asalto. Ali se recompuso y se dedicó el resto del combate a golpear a su rival con saña, con toda la rabia posible para intentar derribarlo, para lograr un K.O. inapelable, pero el de Nueva Jersey aguantó hasta casi el final del decimoquinto asalto. A falta de diecinueve segundos para el final, sus piernas, su cabeza, todo su cuerpo se derrumbó y la leyenda de Muhammad Ali se mantuvo. Pero para los aficionados quedó la heroicidad del aspirante. El papel chulesco de Apollo Creed, ese tono guasón y algo vacilón con el que actúa de cara a la galería, es un claro émulo del campeonísimo Ali.
El guion era muy bueno y llegó a las manos de los productores Irvin Winkler y Robert Chartoff, los cuales mostraron interés desde el inicio y recomendaron algunos cambios a Stallone (suavizar el tono racista de Mickey, incorporar a Adrian, cambiar el tono sombrío del final). Le hicieron una primera oferta por el guion, pero, para su sorpresa, ese muerto de hambre que no tenía dónde caerse muerto les dijo que no. Y a la segunda oferta, y a la tercera, la cuarta. Subieron hasta los 265.000 dólares, una barbaridad si pensamos en la época. Stallone solo aceptaría cuando se cumpliera su única exigencia: protagonizar la película. Nadie en la productora creyó en él para el papel, por mucho que el actor lo defendiera como “es mi papel, mi vida” y, sobre todo, era su oportunidad de salir adelante. Surgieron los nombres de Burt Reynolds, Ryan O’Neal, incluso Robert Redford, pero, por más dinero que ofrecieran, el “potro italiano” seguía en sus trece: se haría con él como Rocky o no se haría.
La productora aceptó finalmente, pero asignaron un presupuesto ridículo a la película, apenas un millón de dólares. Lo que sucedió después es historia del cine. 118 millones de dólares en Estados Unidos y aproximadamente el doble en el resto del mundo.
Los Óscar
Al éxito de público sucedió el de crítica y comenzaron a llover los premios. Entre los competidores por el Óscar de aquel año como mejor película había tres peliculones como Taxi driver, Network y Todos los hombres del presidente. Para sorpresa del mundo del cine, se impuso a todas ellas. Yo no creo que sea mejor película que ninguna de las otras tres, pero sí le reconozco una cosa a Rocky: si un día llego a casa y me encuentro alguna de estas obras ya empezadas, no creo que me quede a ver su final. Son duras, áridas, desasosegantes, te dejan mal cuerpo. Sin embargo, sé que con Rocky me quedaría hasta el The End, hasta ver cómo aguanta medio ciego los embates finales de Apollo y cómo vence aún habiendo sido derrotado. Te da un subidón que ni Travis te da con su redención final.
Logró también los Óscar a mejor director y montaje, aparte de otras siete candidaturas. Aunque Stallone intentó hacer cosas diferentes el resto de su vida, lo cierto es que el público le reclamaba más Rocky y más Rambo. Y años después, cuando la edad había pasado factura a estos personajes, comenzó otra trilogía exitosa, la testosterónica reunión de matones de Los mercenarios (The Expendables) en 2010, continuada en 2012 y 2014. Y vueeeelta al personaje de Rocky para las continuaciones en el formato de Creed, y oootra vuelta a Rambo en 2019.
El guion
No creo que tenga ideas originalísimas, tampoco diálogos brillantes. Pero es un guion con una premisa clara y sencilla que lleva a término desde las primeras escenas. No creo ser el único al que Stallone le parece mejor como creador que como actor, o aportando ideas mejor que declamándolas. El experto en análisis y realización de guiones Syd Field lo recomienda numerosas veces en sus libros sobre la escritura cinematográfica. En El libro del guion aparece citado en casi todos los capítulos como ejemplo de que un guion exitoso no siempre tiene que ser algo terriblemente complejo. Hace falta un personaje con un motivo claro, “un boxeador sin un duro al que se le presenta la oportunidad de enfrentarse al campeón del mundo de los pesos pesados”, una necesidad en torno a la cual gira toda la trama, “estar todavía en pie después de quince asaltos con Apollo Creed”, un final que engarza con el principio, “comienza con Rocky boxeando contra un adversario y termina con él luchando contra Apollo Creed contra el campeón del mundo de los pesos pesados”, el primer nudo de la trama a los 25 minutos (la oportunidad), el segundo a los 88, justo antes del inicio del desenlace (el inicio del combate). Funciona como un reloj.
Merece la pena conocer la historia de cómo se rodó Rocky, o más bien, de cómo llegó a producirse una película a partir de la historia de un tipo desconocido que, además, no se dejó dominar por Hollywood porque se empeñó en protagonizarla. Pero, claro, eso ya lo sabe Hollywood y será una de las grandes películas de la temporada próxima.
Allí estaré para verla. En algo se notará que Rocky lleva acompañándome más de medio siglo. Por cierto, Sylvester Stallone recompró su perro por mucho más dinero cuando por fin cobró el adelanto por el guion.
Las huellas del boxeador siguen presentes tantos años después de su estreno. No hay carrera popular que no emita en algún momento alguna de las melodías de Rocky, bien sea el Gonna fly now, The eye of the tiger, o en menor medida el Hearts on fire de la cuarta entrega, y no hay subida de escaleras a la carrera que no termine emulando a Stallone con Filadelfia a sus pies. La peña de baloncesto del Real Madrid se llama Los ojos del tigre como homenaje a esas ganas de luchar y no rendirse nunca. Y siempre nos quedará espacio para el cachondeo con el personaje: quien quiera echarse unas risas que busque la escena del pesaje de Andrés Pajares en Yo hice a Roque III o que mire los carteles del fondo de Aterriza como puedas II, que dejarán a las claras la perdurabilidad de este púgil incombustible.
Medio siglo de Rocky, medio siglo de «¡Adrian, te quiero!».




