LESTER, 21/10/2026
La vida moderna es caprichosa y, en ocasiones, nos regala encuentros (o encontronazos) inesperados. Gentes muy diferentes, con educaciones y estatus a años luz de distancia, con unas maneras de hablar radicalmente distintas, cuando no confrontadas, personas que, por una cuestión del destino o de los negocios, se encuentran cara a cara. Y el mundo empresarial facilita estas situaciones con inusitada frecuencia.
Los detalles importan poco, pero la situación que voy a describir en este post sucedió durante una serie de rondas de presentación de nuestra empresa a unos grupos inversores interesados en adquirir una filial o en invertir parcialmente en ella. Nos habían aleccionado a todos los que participábamos acerca de cómo debían ser las presentaciones: un pequeño escenario al que nos subiríamos, una pantalla enorme a nuestras espaldas en las que mostraríamos unas presentaciones curradísimas en inglés, con gráficos más espectaculares que creíbles… cómo debíamos hablar y movernos, cómo gestionar el pinganillo modelo coach de la NFL que nos iban a calzar, hasta qué lenguaje gestual debíamos manejar.
Como había varios inversores interesados, repetimos el mismo ejercicio hasta seis veces: un ensayo general y las cinco rondas de presentación. Nos sabíamos nuestro guion de pe a pa. O de cabo a rabo, expresión que no soy capaz de decir sin añadir el chiste que encontré un día sobre un libro inexistente: De cabo a rabo. O cómo pasé del ejército a chapero.
El proceso era muy serio, muy pro, con mucha pasta en juego. Por eso, para que todos los inversores comprendieran la información, contratamos a dos intérpretes simultáneas que traducirían todas nuestras palabras desde una pequeña cabina al fondo de la sala.
Por parte de nuestra empresa, seríamos cinco los “valientes” que saltaríamos a la palestra. Cuatro no nos movimos ni un milímetro de las instrucciones de los compañeros que sabían de esto, gente de Comunicación y Marketing, pero el quinto, ay, amigos, el quinto fue toda su vida por libre y no iba a ser menos en esta ocasión (ya ha salido en este blog varias veces, al menos en Conversaciones incómodas, Tradiciones navideñas en la empresa y «Hacer un Neymar» en la oficina). Es lo que tiene ser Ingeniero de Caminos y haber estado en el top megatop de la empresa durante cerca de un cuarto de siglo. Si buscáis vocinglero, lenguaraz o bocachanclas en el diccionario, es posible que encontréis una referencia a este CEO de verborrea incontenible y casi siempre fuera de lugar, de ambiente y, sobre todo, de tono.
—A mis casi sesenta años, no va a venir una niña de Comunicación a explicarme cómo tengo que hacerlo.
Ese es el perfil, el de los que dicen “niña”. Como nos habían pedido que fuéramos naturales con el empleo de las manos, que podíamos llevar un boli para señalar en la pantalla o manejarnos con el mando de las diapositivas (perdón, slides, my trainer) y que, sobre todo, no lleváramos un papel para ayudarnos, el primer día oficial, no el del ensayo, sino el puto primer día con los inversores externos, el lenguaraz CEO sacó un papel de su americana, lo desdobló con todo el estruendo posible sobre el micro y comenzó su particular speech.
Sería injusto si dijera que lo hizo mal, porque fue comedido en sus frases, sin apenas salirse del guion y sin caer en sus habituales comparaciones con la caza, el sexo o el lujo. Diría que estuvo algo apagado para ser él, quizás porque andaba más pendiente del papel que doblaba y desdoblaba continuamente que de los datos que aparecían a su espalda. De vez en cuando, me puse los auriculares para seguir la traducción simultánea que Julia y Catherine estaban haciendo. Todo correcto hasta ese momento.
Conocí a Julia y Catherine esos días por las muchas horas que pasamos juntos en la sala, pero especialmente en el café de los descansos o en la conversación tras el ensayo previo:
—¿Qué tal lo he hecho, se me entendía bien? —les pregunté.
—Sí, pero hablas muy rápido, procura hacerlo algo más despacio —me contestó Julia, una mujer de Talavera de la Reina. O From the Queen.
—Al que nos cuesta entender es a ese señor del pelo gris, el que a veces deja las frases a medias —añadió Catherine.
Catherine era una mujer cuya cara y peinado habrían encajado a la perfección en una película de James Ivory ambientada en la Inglaterra victoriana (perdón por la redundancia). El día del ensayo general, mientras nos tomamos un café, me contó que era natural de Cambridge, y ya solo por eso merecía todos mis respetos. Una mujer de Cambridge tiene que hablar con acento de dama de la realeza y tomar un té en taza de porcelana, nada de míseros cafés en vaso de cartón como los que se estilaron aquel día.
Las presentaciones se sucedieron en varios días y nuestro guion salía cada vez con mayor fluidez y naturalidad. Fechas, datos, cifras… hasta las morcillas que introducíamos de manera ensayada parecían cada vez más naturales, tal era la soltura que comenzábamos a adquirir sobre el escenario. Al final de las presentaciones había un turno para las preguntas de los inversores y ahí es donde pude disfrutar (aguantando las carcajadas en silencio, como las hemorroides del anuncio) de las frases fuera de guion del CEO y los intentos desesperados de mi Catherine de Cambridge por traducirlas a un español inteligible.
Reconozco que el primer día se me pasó ponerme los auriculares y lo lamentaré toda mi vida. Uno de los inversores preguntó acerca de las negociaciones para modificar los contratos, que le explicáramos el proceso y ahí fue donde el parlanchín CEO se sintió liberado de su guion y comenzó a explicarlo. Al principio de manera correcta y coherente, pero como algunos tienen una tendencia natural a sobreexplicar, acabó diciendo algo así como:
—Y luego todo depende de lo que quiera el cliente, porque a veces puede ser que le interese mejor precio y otras es el plazo, y hay que saber cortarlo, porque si no, otro día será que si mi primo tal o que si Pascual, o que si la abuela fuma.
Dirigí inmediatamente mi mirada a Catherine, que abrió la palma de las manos en señal de incomprensión. Apenas balbuceaba, luego entendí que no le dio tiempo a traducir que “if my cousin Pascual or if Grandma smokes”. Una pena. Desde ese día me puse los auriculares para todas las rondas de preguntas. Mejor dicho, me los puse para escuchar las traducciones a todas las respuestas del lenguaraz CEO por la British mouth de mi estimada Catherine.
El segundo día metió la caza en la comparación. Era inevitable que en algún momento cayera. Hablaba de clientes desconfiados y no pudo evitar terminar con:
—…y claro, que si no le gusta cómo caza la perrita.
Traté de escribir la expresión de Catherine, pero entre su despiste inicial y el intento de traducción literal de la frase, apenas pillé algo así como: “if he doesn’t like how the doggy hunts”.
Aquello se empezaba a parecer demasiado al famoso libro From lost to the river (De perdidos al río), aquel del glorioso subtítulo We were just a few, and Grandma had a baby (Éramos pocos y parió la abuela), mas la seriedad del ambiente, con una treintena de personas en la sala y millones de euros refulgentes en la pantalla, no casaba con el tono lúdico del libro. Al acabar aquella sesión, me acerqué a las dos traductoras y les pregunté qué cómo había ido la jornada.
—Lo de vuestro CEO es terrible —me dijo Julia—, cuando le da por hablar rápido es imposible seguirlo. Y además no termina las frases, engancha una con la siguiente, pero sin terminar la primera. Lo del ebitda ha sido imposible de traducir.
Se refería al momento en el que el CEO dijo algo así como que “el ebitda antes era 100, pero ahora, con esa cosa de las NIIF, resulta que los arrendamientos te los meten por abajo, con perdón, aunque antes iban por arriba”.
—Ya, son muchos años —respondí—. Algunos somos capaces de intuir lo que quiere decir. Incluso pensamos en escribir un diccionario BalbuCEO-Español, Español-BalbuCEO. Con más refranes que el María Moliner.
—Me cuesta mucho —confesó Catherine con su marcado acento de Cambridge— cada vez que describe a alguien, siempre usa una expresión, como de una jerga…
—¿Slang palentino, quizás? —le dije.
—No sé, pero nunca me he encontrado una situación similar.
—Descuide, que nosotros tampoco y aquí estamos, ¡tantos años después!
A partir de ese día, las traducciones del CEO quedaron a cargo de Julia, la cual hizo un ejercicio encomiable de adaptación al inglés de frases como “es como cuando los patos le tiran a las escopetas”, que adaptó con agilidad como “the world turned upside down”, pero hubo veces en que no fue capaz de encontrar un equivalente a la expresión del lenguaraz CEO.
“Marear la perdiz” fue fácil, “a perro flaco, todo son pulgas” le costó algo más, pero el día que la miré, nos miramos y nos partimos de risa por lo bajinis, fue cuando se despachó con una sobreexplicación acerca del equipo humano que iba en la filial:
—¿Es importante? Pues claro que es importante, esto es como cuando sales de caza y no llevas tu mejor escopeta. Que todo cuenta, que da igual todo lo que tú sepas, que si perdiz viuda, a los tres días es segura, que si quien caza perdiz en enero, caza el año entero… Al final, cada maestrillo tiene su librillo, hay quien prefiere grupos amplios de confianza y otros que si el ideal, dos solos para cazar. Y yo soy un poco de esos, de los que creen que no hay caza para todos, que meter muchos compañeros puede estropear el cazadero, no sé si me explico.
Por la cara de los asistentes sospecho que no, o que no estaban atentos, porque el momento resultó de lo más hilarante. Julia ignoró la mitad de los refranes y salió como pudo de aquello. Catherine se ajustó las gafas con flema británica. Quizás la educación o el estar tan absortos en las cifras impidieron unas sonoras carcajadas de los inversores londinenses.
¿Les interesa saber cómo acabó el proceso de venta? Pues bastante bien. Bastante bien, sí, a pesar del lenguaraz CEO, el cual nos tenía preparado su particular show final.
