El fin del mundo de esta semana

“La IA acabará con el ser humano”, “amenaza nuclear”, “se supera el punto de no retorno de la Tierra”, “nos quedamos sin agua ni energía”, “la destrucción del mundo tal como lo conocemos ya está aquí”… por no hablar de “la invasión de Europa por parte de migrantes africanos”, “el terrorismo yihadista”, “los bombardeos de Israel”, “el matonismo de Trump” o “el plan oculto de China”.

Pones la radio, enciendes el ordenador, lees noticias en diversos medios, a veces hasta ves un telediario y enseguida te viene el pensamiento a la cabeza: “el fin del mundo ya está aquí, es inevitable”. La veteranía te hace verlo sin dramatismo, sin ganas de salir corriendo a la calle a gritar a la gente “¡haz algo, copón, que el meteorito está a punto de llegar!”, y se me ocurre que, quizás, se deba a que ya hemos padecido esa sensación de “fin del mundo” con demasiada frecuencia. Sobre todo en estos últimos años de sucesivas pandemias, volcanes, terremotos, incendios de quinta generación, danas y ciclogénesis explosivas.

Rusia amenaza con usar armas nucleares sobre Europa. Esta es una amenaza que sucede a la guerra híbrida de Mr. Putin de la semana pasada y a los ataques con drones sobre territorios de la Unión Europea. Si el conflicto ruso pasa a la categoría de guerra europea a gran escala, el salto puede ser terrorífico, con los chinos, iraníes y norcoreanos apoyando al “camarada Putin” en un frente, y los supuestamente aliados de la OTAN, nosotros, en el otro. El conflicto de Ucrania se ha enquistado en una situación en la que las fronteras no se mueven un milímetro y parece que al resto de Europa nos va bien así, igual que se toleró la guerra de los Balcanes en los noventa mientras los gerifaltes europeos se rascaban el ombligo y todos mirábamos para otro lado. Pero la amenaza nuclear nos retrotrae a los peores tiempos de la guerra fría, devuelve al primer plano un arma devastadora cuya sola posibilidad de uso parecía extinguida.

Y nuestro subconsciente tiene muy interiorizada la capacidad de destrucción de un arma atómica. El setenta por ciento de la superficie terrestre está cubierto por agua. El calentamiento de los océanos se ha duplicado en los últimos veinte años y las temperaturas han superado los récords anteriores en 2023, 2024 y 2026, según el Informe sobre el Estado de los Océanos de Copérnico. Este grupo de científicos advierte del peligro de la absorción de calor por los océanos, el cual calculan en 23 zeetajoules (¿petajulios?), una cifra equivalente a la energía de doce bombas de Hiroshima por segundo durante todo un año (algo que mi cerebro no es capaz de imaginar). Si el mar se sobrecalienta, si además se pudre bajo toneladas de plástico y crece de nivel por el deshielo de los polos, el mundo tal como lo conocemos no puede mantenerse como está. Y eso si hablamos del agua salada, si lo hacemos del agua dulce y las necesidades de agua potable de la población, nos dan ganas de tirarnos a la fosa de las Marianas con unos zapatos de plomo.

A principios de este año, un informe de Naciones Unidas advertía de que el planeta había entrado en “bancarrota hídrica”. Es decir, que consumimos más agua potable que la que se genera en un año natural. Se han secado pozos, agotado acuíferos, las sequías son más largas y el 75 por ciento de la población mundial vive en zonas en las que el agua potable escasea o no es segura. Resulta paradójico que las lluvias torrenciales y las inundaciones sean cada vez más frecuentes, tanto como las prolongadas sequías o la instauración de medidas de ahorro de agua en numerosos territorios. Algo no funciona bien.

La ONU nos anunciaba a principios de septiembre que la Tierra está a punto de superar el límite de incremento de 1,5 grados de la temperatura, esa barrera a partir de la cual el cambio climático parece irreversible, se desestabilizarán definitivamente las capas de hielo, se degrada la selva amazónica y hasta puede cambiar la “Circulación Meridional de Vuelco del Atlántico”, fundamental para la regulación del clima. Según otros estudios, se han superado ya siete de los nueve límites de no retorno de los que los científicos llevan advirtiéndonos desde hace años.

No tiene pinta de que esta tendencia vaya a cambiar. Todo anuncia que las necesidades de agua y energía aumentarán de manera exponencial en los próximos años con la expansión de la Inteligencia Artificial, los data centers y las necesidades de servidores cada vez más potentes. Podemos añadir el incremento de emisiones de carbono y el consumo creciente de materiales no siempre disponibles para hacernos una idea de la repercusión que tendrá el despliegue de la IA sobre el medio ambiente. La complejidad de los cálculos y razonamientos con los que funciona la IA lleva a procesos más largos e intensivos en energía que las consultas normales con las que se operaba hasta hace nada.

Sin embargo, “el fin del mundo” por el cambio climático parece algo lejano y no inmediato, como se ve cada año en los reiterados fracasos de las Cumbres del clima. Lo que no parece tan lejano es “el fin del mundo” o de la humanidad a manos de la propia IA. Skynet ya está aquí y los agoreros provienen de las principales empresas desarrolladoras de esta tecnología. “La Inteligencia Artificial podría acabar con la humanidad antes de 2030”. Algunos hablan de “uno o dos años”. Van más rápido que las propias distopías cinematográficas. No sabemos si será expandiendo un virus letal, con drones, Terminators o con algún arma desconocida (nada más peligroso que el propio ser humano y quizás tanta polarización esté dirigida cada vez más por la propia IA).

Podemos hacer un combinado de causas que nos acercan al fin del mundo y unir el desarrollo de la IA a las tensiones geopolíticas entre Estados Unidos (y un Trump más descontrolado de lo que cualquiera podía imaginar) y China (la agenda imparable de Xi se expande por todo el planeta). “Los hombres equivocados en el momento equivocado”, como titulaba Gideon Richman su artículo para Financial Times.

“En mis 50 años, rara vez he sentido tal sensación de vértigo. Vértigo ante la gravedad de las situaciones en Oriente Próximo y Ucrania, y ante la locura depredadora que empuja al mundo hacia el caos». Estas palabras fueron pronunciadas por el político francés Guillaume Lacroix la semana pasada, tras una reunión de tres horas con el presidente de la República, Emmanuel Macron. Las guerras comerciales entre las potencias, la carrera por el control de la Inteligencia Artificial, la escasez de petróleo y minerales, las tensiones alrededor de Taiwán, el espionaje, las desconfianzas mutuas y sus respectivos aliados ofrecen un paisaje preocupante.

También podemos ser optimistas y jugar a imaginar un mundo maravilloso en el que la IA solucionaría muchos de los problemas de la humanidad (salud, bienestar, control de enfermedades, producción y distribución de alimentos, pensiones, trabajo, medio ambiente, desigualdades, seguridad energética…), pero nos haría totalmente dependientes de la tecnología. Aparte de más idiotas, como ya se ve en los estudios.

Gracias a un informe de First Street, sabemos que el 79 por ciento de los centros de datos se hallan en lugares expuestos a catástrofes climáticas severas. ¿Podría llegar ese otro “fin del mundo”, al menos parcial, con afectación a diversos países, como una parálisis de toda la actividad motivada por la destrucción de centros de datos a la manera de Fukushima? No dejaría de ser paradójico. Medios de transporte, hospitales, bancos, toda la domótica casera vinculada a la IA, todo paralizado por la dependencia física de un edificio expuesto a un tsunami o un terremoto. O un apagón impensable hace unos años hasta el Zero Day. O un atentado terrorista, que supongo que será una de las tentaciones en las próximas guerras que nos esperan.

Entre la situación geopolítica, los avances de la IA, la destrucción del medio ambiente y la proliferación de catástrofes naturales como consecuencia, se queda un panorama desolador. Vuelve el Covid, epidemia de ébola en África y a los rusos se les escapa un virus de un laboratorio. Podemos ocultar la cabeza bajo tierra cual avestruces o plantearnos hacer algo, si es que podemos. En esos momentos, me acuerdo siempre de la frase atribuida a Jordan Peterson:

“Antes de arreglar el mundo, ordena tu habitación”.

Y eso intento en mi entorno, en mi micromundo familiar particular: tenerlo ordenado. Pero sé que muchos jóvenes pensarán: «qué habitación voy a ordenar». Y qué casa, qué proyecto de vida, qué familia, qué futuro. La natalidad por los suelos, lógicamente, la población autóctona en retroceso. La Europa que teníamos en la cabeza, seguramente algo idealizada, la de las libertades y los derechos, la de los grandes avances sociales, está en una decadencia que espero que no sea irreversible. Somos dependientes del exterior para casi todo. Los problemones de Alemania, los disturbios en Francia, el deterioro de vida en toda Europa y Ceuta como banco de pruebas de lo que podría estar por venir…

Europa ni aparece a partir de 2050. Nuestro mundo será otro, sin duda. Lo veo sin dramatismos, a la manera de Kafka en la cita con la que empiezo este post. «Estados Unidos ha bombardeado Irán. Por la mañana salí a correr». Ah, y tengo que cambiar de pódcast.

Relacionados:

Inteligencia Artificial (I): parar Skynet

El día de la marmota del cambio climático

La democracia rusa

Una gran muralla a China (I)

Una gran muralla a China (II)

Ensayos de un futuro distópico

Un comentario en “El fin del mundo de esta semana”

Deja una respuesta

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.