
JOSEAN, 31/10/2026
(Nota previa del autor: este post estaba escrito en un setenta por ciento aprox. antes del trágico accidente de dos trenes de Urda. He dejado pasar unos días y mantendré lo escrito en su mayor parte, si bien es inevitable que se incluyan las referencias al terrible suceso, otro más en un país en el que las desgracias son cada vez menos infrecuentes).
Durante la reciente visita de los Reyes a Ceuta, el rey Felipe VI realizó un emotivo discurso de apoyo al pueblo ceutí en el que habló de muchas otras cosas, no solo de inmigración y de la protección del territorio.
“La frontera exterior de la Unión es una responsabilidad común”.
“Es en momentos como estos cuando ser europeos cobra su pleno sentido; cuando se espera que los valores de la integración europea se traduzcan en solidaridad y compromiso a la hora de proteger la frontera exterior europea”.
Su cargo no depende del corto o medio plazo (sino de algo tan complejo como una cuestión de espermatozoides borbónicos), así que no necesita ganarse al elector con propuestas populistas y, por tanto, puede soltar mensajes contundentes cuando son necesarios. Tras el 155, por ejemplo, o ahora en Ceuta, plantándose frente a la invasión y a la tibieza del gobierno. Los que no somos monárquicos, pero nos aterraría tener que elegir un presidente de la República entre nuestra casta política, a veces reprochamos al Rey que no se prodigue más en esa tarea de repartir mandobles a los que nos dirigen.
Tras felicitar al pueblo ceutí por su comportamiento ejemplar, por su “esfuerzo y aguante” en estos meses que les ha tocado vivir, por el “ejercicio cotidiano de la convivencia, que demostráis por encima de razas, lenguas y religiones”, Don Felipe habló de la necesidad de recuperar la unidad institucional de este país:
“Ese ejemplo de convivencia y esa determinación por superar las dificultades nos muestran que ―ahora más que nunca― es tiempo para la unidad institucional, para la colaboración eficaz y sincera, para aplicar soluciones prácticas y tangibles”.
Dijo algo tan importante o más: “es tiempo de que (…) las fuerzas políticas estén —estemos—, sin fisuras, sin ambages, sin medias tintas, a la altura de nuestra ciudadanía, a vuestra altura”.
Se ha vuelto a ver en Urda. Ha fracasado todo, menos la ciudadanía, esos habitantes de unos pequeños pueblos de Toledo que se volcaron desinteresadamente en acoger y ayudar a los supervivientes de la tragedia, en los miles de ciudadanos que acudieron a la llamada para donar sangre en los hospitales, esa misma gente que está indignada, cabreada, harta ya de lo que considera un abandono de las administraciones públicas en todas aquellas tareas que deberían ser fundamentales. Innegociables. Como la seguridad al coger un tren o el que los niños puedan ir al colegio o a la playa en verano sin tener un poblado chabolista en el centro de su ciudad. Como las carreteras, la sanidad, la educación, la seguridad y limpieza en las calles, los servicios de agua, la gestión de los residuos, o la prevención de sequías, inundaciones o catástrofes naturales. Como la seguridad de que un apagón no va a parar un día entero a un país.
Dice el Rey que es tiempo para la unidad institucional, sea eso lo que quiera que signifique. Supongo que se refiere a que el Tribunal Constitucional no esté contra el Supremo, el Congreso enfrentado al Senado, que el ministro de Justicia no cuestione a los jueces cuando no le son favorables, o que el de Interior no ponga en duda a la Guardia Civil o el funcionamiento de la UCO, que no haya tanto enchufado en puestos de relevancia, en definitiva, que no todo se limite a una guerra de trincheras entre dos bandos irreconciliables. Que no veamos a la clase política pelear por el control del CGPJ, que se cumplan los mandatos constitucionales de presentar presupuestos, que se acaten las sentencias, que no se aprueben leyes por un mero interés partidista, que no veamos las principales instituciones del país pobladas por la clase política en un intento de controlar «solo para su lado», por su necesidad. Supongo que el Rey se refiere a que los dos principales partidos, o bloques, ya que nos han llevado ahí, trabajen de manera conjunta en un proyecto común en el que pueda haber diferencias, pero, también, un objetivo común de hacer avanzar este país, en el que haya líneas rojas que no se traspasen. Sé que resulta ingenuo creer en ello en estos tiempos, incluso infantil.
Cuando no funcionan las instituciones, cuando algunos dirigentes se cuestionan la propiedad privada, las sentencias judiciales o las investigaciones de la UCO, cuando a ello se le unen individuos desamparados ante una situación de encarecimiento/empobrecimiento general, es cuando con mayor auge surgen los populismos. De ambos extremos. Es en esas circunstancias cuando hay quien cree que puede ocupar un piso, asaltar una tienda o montar sus tiendas quechua en mitad de la ciudad, porque van a encontrar quien diga que «el Parlamento da la espalda a las necesidades de la ciudadanía». Palabras de Pedro Sánchez tras ocho años de presidente de gobierno.
Ahora nos llega una oportunidad de manifestar nuestra opinión con las elecciones del 29-N. Para mí, que no me identifico con ninguno de los dos grandes partidos, mi decisión de voto se decantará hacia quien mejor considere que puede recuperar esa unidad institucional. Y aún tengo muy presente el discurso de investidura de Pedro Sánchez en 2023 en el que habló de construir «un muro ante estos ataques recurrentes a los valores de la España democrática y también constitucional», si bien en su lado del muro estaba gente como Bildu, lo peor que nos ha pasado como democracia, Esquerra, el siempre interesado PNV o el mercader de apoyos a cambio de favores que siempre fue Junts en cualquiera de sus nomenclaturas. Un muro que separe a «los míos», aunque eso incluya el apoyo de todo lo periférico y antisistema, con los que «no me muestran un apoyo incondicional». Y así nos ha ido. Más polarización en la política, los medios y la sociedad, mientras no se solucionaba ni uno solo de los problemas que afectan a la ciudadanía. Y mayor desprestigio institucional.
Hace unas semanas, el Banco de España presentaba un estudio en el que reflejaba el impacto de la polarización en la economía y concluía con que ese aumento de la división llevaba a una parálisis legislativa y a una caída generalizada de la inversión. La España del muro se desangra, decía Francisco Pascual la semana pasada en El Mundo, y acababa de una manera tristemente acertada: «Más allá de si hubo un fallo sistémico o humano en Urda, apesta a Estado disfuncional el que no es capaz de proteger la vida de sus ciudadanos. Y cuando sus deudos piden responsabilidades, se les acaba hablando de muros».
Parece que la política actual nos lleva a esa construcción de muros ideológicos y sectarios. Donald Trump, Netanyahu, no cuento a las dictaduras como las de Putin o Xi Jingping, toda Sudamérica, enfrentada en bandos cada vez más opuestos: Lula vs Bolsonaro, Boric frente a Kast, Petro contra Duque y luego frente a De la Espriella, Milei como sucesor y enemigo de todo lo que fueron los Kirchner en Argentina. Javier Milei es un claro ejemplo de un populismo que se enfrenta al anterior populismo aprovechando el desprestigio institucional del país. Su discurso consistió en mostrar que cuando nada funciona, cuando todo está podrido, solo una ruptura radical con el pasado puede sacar al ciudadano de su agonía. Y no es cierto, los extremos nunca son la solución, pero al votante que ya anda desencantado con todo lo que ve y padece, cualquier promesa le vale. Alemania ya está casi en esa situación y en unos meses lo estará Francia. La Izquierda insumisa de Melenchon aliada con el islamismo de todo tipo y pelaje frente al discurso de extrema derecha de Marine Le Pen. No me gusta nada lo que veo y España no parece que vaya a salir de esa política de trincheras mientras Pedro Sánchez esté al mando.
Tampoco espero grandes cambios de Feijóo de la mano de Vox. Con los de Abascal no se puede ir demasiado lejos, como ya se ha visto en los primeros gobiernos autonómicos. Me alineo con lo que decía Jon González (analista del BBVA) hace unos días:
«Es imprescindible un cambio de rumbo. Un cambio que vaya mucho más allá de la alternancia política y que permita superar el cortoplacismo que condiciona buena parte de nuestras decisiones colectivas. España necesita reformas profundas, una visión de largo plazo y un proyecto de país que sitúe el bienestar de las próximas generaciones por encima de los intereses inmediatos. Recuperar la fortaleza de nuestras instituciones, la calidad de nuestros servicios públicos y la confianza en el futuro exige pensar en décadas, no en legislaturas».
Y eso mismo me lleva a concluir que ahora mismo ese cambio de rumbo imprescindible pasa por derribar el muro del sanchismo. Sé que me van a situar en un bando u otro, pero como ya lo hacían algunos de mis amigos antes de 2018. No me importa. El que siga este blog desde sus orígenes podrá encontrar muchos artículos de crítica al gobierno de Mariano Rajoy (hasta mayo de 2018), entre otras muchas cosas por el intento de colonizar las instituciones con «los suyos», lo mismo que tanto critico en la actualidad. La polarización se ha cargado todo lo que oliera a moderado, o lo que pudiera haber ejercido de algo tan necesario como partido bisagra, como contrapeso: Ciudadanos, UPyD, en su día el CDS de Suárez. Nada. Ahora surge Democracia 21, de Miriam González, y aunque su proyecto tenga buenas ideas y se haya rodeado de profesionales competentes, no es el momento de restar votos a la necesidad actual.
Hace falta que el PSOE sufra un batacazo monumental para que surja otro PSOE de sus cenizas. Pedro Sánchez y su sueño trumpista se han llevado por delante absolutamente todo, menos a él mismo. Ministros en la cárcel, altos cargos investigados, amnistías redactadas por los condenados, familiares encausados, fontaneras, acoso a jueces, y una decadencia de las instituciones a la que no se le ve un final. No hace tanto tiempo hubo pactos en Portugal y Alemania entre los dos partidos principales, antes de que se abrazaran o fueran sobrepasados por los extremos. Ojalá lo veamos aquí. Sería la manera de hacer caso al Rey y recuperar esa «unidad institucional».
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