La democracia rusa, por Josean

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Hace un par de años en la universidad Carlos III un profesor de Política comparada planteó a sus alumnos esta pregunta:

¿Es Rusia una verdadera democracia?

Podían optar por el plan B, la misma pregunta referida a Venezuela, pero creo que es un tema tan manido que me pareció mucho más interesante la cuestión acerca de Rusia, el país más extenso del mundo y una de las grandes potencias económicas de la actualidad y de las décadas precedentes, como Unión Soviética.

Hace un año, nada más finalizar el Mundial de Rusia 2018, hice referencia a un artículo del ex campeón del mundo de ajedrez Garry Kaspárov sobre lo que denominaba abiertamente la dictadura de Vladimir Putin porque “es la única descripción adecuada cuando un hombre mantiene el poder total sin oposición durante 18 años”. El profesor de la Carlos III trataba de que sus alumnos debatieran sobre si la democracia rusa lo era solo en apariencia o realmente se había consolidado después de un cuarto de siglo.

Lo cierto es que los estudiantes se podían lucir en sus respuestas, pues tenían muchos factores a los que referirse para contestar que la democracia en Rusia se daba solo en apariencia, en las formas. Que los ciudadanos puedan votar no significa nada. También se votaba en la Cuba de Castro o en la España franquista. En la actual también se vota y cada día sirve para menos, pero esa es otra historia.

La Constitución rusa vigente hoy en día conforma una democracia en sus formas, pero todo en el país queda supeditado al presidente de la República, Vladimir Putin, quien retuerce la interpretación de la Carta Magna para evitar cualquier forma de oposición o para que no exista una efectiva separación de poderes. “Tanto el Gobierno como el Parlamento y la Justicia están supeditados directamente al presidente, pese a que sobre el papel cada uno de ellos es independiente”, según este artículo de ABC.

Putin obtuvo más del 76 por ciento de los votos en las elecciones de 2018, lo que supone una mayoría desconocida en cualquier otro país europeo, salvo la Rumanía de los mejores tiempos de Ceausescu o la democracia interna de Pablo Iglesias. Las leyes aprobadas por Putin y el gobierno de su fiel servidor Medvedev han dificultado a lo largo de estos casi veinte años de mandato la creación de una oposición fuerte y con capacidad suficiente para plantear una alternativa.

Según la Ley Federal Central, cada candidato a las elecciones presidenciales debe pertenecer a un partido que tenga representación parlamentaria o presentar al menos dos millones de firmas para poder concurrir al proceso. Es en esta fase del proceso cuando la Comisión Electoral Central, controlada también por el Kremlin, comprueba, valida o anula las firmas presentadas para poder aceptar o rechazar a los posibles opositores. Con este sistema fue con el que se justificó la exclusión del liberal Grigori Yavlinski de las elecciones de 2012, al invalidar más de la cuarta parte de las firmas presentadas. “Vladímir Putin y las autoridades temen el voto de los ciudadanos hartos del robo, la mentira y la corrupción”, dijo Yavlinski nada más conocer la decisión.

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En otros casos, la oposición ha sido desmantelada iniciando alguna causa judicial contra alguno de los candidatos, como ocurrió con el bloguero Alexéi Navalni, habitual denunciante de la corrupción del sistema, en las elecciones de 2018. Hace apenas una semana, el bloguero se ponía al frente de una manifestación en Moscú reivindicando elecciones libres tras el descarte de 57 candidatos a los comicios locales, la mayoría opositores, por parte de la Comisión Electoral Central. El simple hecho de lograr reunir a unos veinte mil manifestantes como hizo Navalni resulta un éxito, pues los derechos de reunión y manifestación también han sido recortados. Hay que pedir permiso a las autoridades con antelación suficiente, intuir el número de participantes y aun con todo, contar con que ese día las autoridades locales decidan facilitar y no impedir el desarrollo de la protesta.

¿Y qué dice la prensa de todo esto? Pues las principales cadenas de televisión y agencias de noticias también están controladas por Putin y su partido, o son afines a los mismos. Las únicas imágenes que pueden verse de los líderes opositores están relacionadas con sus procesos judiciales. Algunos periodistas contrarios al régimen han sido encarcelados o han sufrido accidentes sospechosos. El periodista Maxim Borodin falleció al caer por el balcón de su casa un día después de haber avisado a un compañero de profesión de los distintos ataques que estaba sufriendo. Al coche de Yulia Zavyalova le cortaron los frenos y Pyotr Verzilov, cofundador de la web Mediazona, fue envenenado. Media docena de periodistas permanecen en prisión acusados de diversos cargos, o como dice Reporteros Sin Fronteras, condenados por realizar su trabajo.

El informe anual de Reporteros Sin Fronteras sitúa a Rusia en el puesto 148 de 180 países analizados en la clasificación mundial de libertad de prensa. Todo ello conforma un país con reminiscencias orwellianas en el que se espía y silencia a los opositores, se repite y difunde la versión única del “Ministerio de la Verdad” y se fomenta el culto al líder, a la figura única, autoritaria y todopoderosa de Vladimir Putin. Los sondeos también dependen del control del Kremlin y se manipulan de un modo que convierten a Tezanos en un aprendiz.

Por todo lo expuesto, el profesor de Ciencias Políticas de la universidad de Quebec David Mandel habla de la democracia rusa como una “democracia dirigida”, en la que el apoyo popular a Putin se explica por una serie de razones, y no todas relacionadas con la represión ejercida desde y por el estado: “…el control de las principales cadenas de televisión, severa restricciones a las manifestaciones públicas, diversas presiones ilícitas ejercidas sobre los empleados del sector público, y, cuando es necesario, la manipulación de los resultados electorales”.

Pero además de todas ellas el profesor destaca un factor muy relevante, de modo especial para los más jóvenes, que es el económico. La depresión de principios de los noventa ocurrida durante el gobierno de Boris Yeltsin, con el empobrecimiento de las clases medias, altas tasas de desempleo, hiperinflación y control de la mafia de los principales sectores de la economía, dio paso a un siglo XXI en el que la recuperación de los precios del petróleo y el gas supusieron una mejoría general de la situación económica del país. Si bien es cierto que ha habido un estancamiento, la evolución de la economía ha sido favorable para la sociedad en general, los oligarcas y las mafias han sido controladas y la esperanza de vida ha aumentado de los 65 del año 2000 hasta los 72 actuales. Todo ello ha servido para reforzar la figura de Putin, aunque posiblemente nada lo haya hecho tanto como la reafirmación de la soberanía rusa frente a occidente, incluyendo la anexión de Crimea.

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¿Y cómo llegó Putin al poder? Un ex agente del KGB del que apenas se sabía nada. Emmanuel Carrère lo explicaba así en el libro Limónov, en 2013:

Cuando el segundo mandato de Yeltsin se acerca a su fin, los oligarcas le buscan un sucesor igualmente complaciente, y el más astuto de todos, Berezovski, tiene una idea: un chequista totalmente desconocido del público: Vladímir Putin. Ex oficial de información en la Alemania del Este, se vio reducido a una gran inactividad tras la caída del Muro, luego se hizo un hueco en el FSB, que dirige desde hace un año sin gran brillantez. En sus diferentes puestos da prueba de una lealtad sin fisuras a sus superiores, y es esta cualidad preciosa la que Berezovski destaca ante sus camaradas: “No es un águila” dice, “pero comerá en nuestra mano”. Comisionado por su grupo, Berezovski embarca en su avión privado y aterriza en el aeródromo de Biarritz, donde Putin pasa sus vacaciones con su mujer y sus hijos, en un hotel de categoría mediana. Cuando el oligarca le propone el empleo, dice modestamente que no está seguro de reunir las aptitudes necesarias.

– Vamos, vamos, Vladímir Vladímirovich, cuando se quiere se puede. Y además no se preocupe: estaremos allí para ayudarle.

Berezovski, tan orgulloso de su maquiavelismo, acaba de hacer la peor jugada de su carrera. Como en una película de Mankiewicz, el oficial anodino y obsequioso va a revelarse como una implacable máquina de guerra y a deshacerse uno tras otro de los que le han encumbrado. Tres años después de la entrevista de Biarritz Berezovski y Gusinski se verán obligados a exiliarse. (…) Los demás están avisados, han comprendido quien es el que manda.

“Democracia dirigida”, “autocracia”, “democracia virtual”, el propio título de este post parece un oxímoron. ¿En algún momento Rusia fue una verdadera democracia? Los analistas ya hablaban de la democracia imperfecta de Boris Yeltsin, o de la fallida transición iniciada por Mijail Gorbachov, pero a mí el análisis que me interesa es de nuevo el de Garry Kaspárov, quien afirmaba que los rusos forman un pueblo que no está preparado para la democracia y ni siquiera la considera entre sus anhelos, desde la época de los zares, Stalin, el PCUS o ahora con Putin a los mandos.

Y si buena parte de la población no tiene esas demandas o no considera dichas exigencias como prioritarias, no resulta extraño ver cómo Rusia ha caído en los últimos años a puestos de regímenes autoritarios, por debajo de Cuba, Afganistán y Kazajistán en el Economic Democracy Index de 2018, en el puesto 144 de los 167 países analizados. Justo por encima de Djibouti.

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Creo que los estudiantes tuvieron un examen sencillo de responder.

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