El Mundial más grande de la Historia (II): población y calidad

La locura «infantiniana» de ampliar la Copa del Mundo a 48 selecciones trajo a varios debutantes bastante curiosos. Curazao se ha convertido en el país más pequeño del mundo en participar en un Mundial y, de forma involuntaria, en protagonista del hit de las redes sociales durante el evento: ¿Dónde cojones está Curazao?

Apenas cuenta con 160.000 habitantes y ni siquiera antes de su clasificación sabíamos si contaba como país o no. De hecho, parece que es más una especie de territorio libre asociado a los Países Bajos más que una nación independiente, pero la FIFA y la UEFA van por una vía extraña a la hora de permitir que compitan territorios en sus campeonatos. Gibraltar, Islas Feroe, Palestina, Islas Caimán, Islas Cook, Kosovo, naciones sin el reconocimiento de numerosas federaciones, entre ellos la española… a este paso, ¿por qué no las selecciones de regiones, como están pidiendo algunos desde hace años? Todo se mueve por la pasta en la FIFA y la UEFA, así que llegará un momento en que se plantee en serio. Naciones Unidas tiene reconocidos 193 estados como miembros de su organización, mientras que la FIFA mantiene 211 federaciones adscritas bajo su control mafioso. Para el Mundial de 2030 han anunciado 64 países participantes, una estupidez supina en mi opinión.

Cabo Verde, con poco más de 500.000 habitantes, se ha convertido en el país de menor tamaño que pasaba a la segunda fase. El gol anotado por Sidny Lopes Cabral en la prórroga frente a Argentina ha sido elegido el mejor de todo el Mundial: orden desde el inicio, pases, paredes, aperturas, salida de presión y un pepinazo a la escuadra. Brillante. A Cabo Verde le quedará para su historia haberse convertido en el único país que no cayó derrotado por España en todo el campeonato y también podría presumir de no haberlo hecho en los 90 minutos de rigor frente al otro finalista, Argentina.

Sorprende que países tan pequeños sean capaces de reunir a futbolistas del nivel necesario para clasificarse para un Mundial. Pero a veces es un tema cultural, de predominio de un deporte o interés por el mismo en una zona, como Eslovenia, cuna de grandes ciclistas y jugadores de baloncesto con apenas dos millones de habitantes, o motivado por la existencia de infraestructuras deportivas y una cultura nacional, como el caso ya tratado en este blog de Islandia.

No es el caso de la República Democrática del Congo, un país sin presencia mundialista previa (salvo como Zaire en 1966), pero que tiene donde elegir al contar con una población oficial de 116 millones de habitantes. La mayoría de sus jugadores participan en campeonatos europeos y a las capacidades físicas naturales unen el talento aprendido en las calles (como los brasileños) y ahora, el rigor táctico europeo. Con el crecimiento esperado de su población en próximas décadas, habrá que ver hasta dónde llegan en futuras ediciones… si los medios o el apoyo en forma de infraestructuras llega.

Porque población y nivel deportivo no van de la mano. Precisamente durante este Mundial me encontré un artículo bastante interesante en el que el autor, Tej Parikh, se preguntaba: ¿por qué China y la India son tan malas en el fútbol? Una población gigantesca debería ser un granero de talento, como dice el autor, y sin embargo, China solo ha participado en un Mundial (2002) y la India no ha estado nunca. Ni parece que sus situaciones vayan a cambiar en el corto plazo.

El gobierno de Beijing aprobó un plan en 2015 para convertir a China en una superpotencia futbolística en el año 2050. Y deberíamos tomarnos a los chinos en serio cuando algo se les mete entre ceja y ceja. El artículo recuerda el intento de crear una Superliga china en 2004 y lo que sucedió durante los años siguientes: grandes inversiones en estadios, fichajes millonarios y una enorme burbuja que acabó con corrupción. Mucha corrupción. Amaño de partidos, escándalos con las apuestas, sospechas en los resultados y un debilitamiento del interés de los aficionados. Me suena a lo que ocurrió en Italia tras el Moggigate y aquí en España con el Negreirato o con el Villarato. La disciplina china para los deportes individuales ha quedado acreditada en los últimos Juegos Olímpicos y la financiación pública de los programas de desarrollo de sus atletas, gimnastas o nadadores nunca ha faltado, pero de momento el fútbol quedó aparcado tras esta primera experiencia.

El caso de India es distinto. El interés de esa población tan multitudinaria está centrado en el cricket, donde son una potencia mundial. El intento de crear una liga potente en 2013 chocó con la falta de asistencia a los estadios (quizás las gradas fueran el único sitio del país sin masas enormes de gente) y con la baja financiación de los clubes. La carencia de instalaciones adecuadas para entrenamiento imposibilita que el talento emerja, que encuentre su hueco entre los niños o que se cree una cultura futbolística en el país. La pobreza general de la sociedad impide que los padres de familia orienten a sus hijos hacia un deporte minoritario sin futuro (de momento).

No podía concluir estas disquisiciones demográficas sin mencionar un punto relevante en lo que podía ser un “trasvase” de talento: la inmigración. En este Mundial ha habido casi trescientos jugadores que han participado por un país distinto del que los vio nacer, como se ve en el cuadro adjunto. Algunos hermanos, como los Williams, incluso han jugado con camisetas diferentes (Nico con España, Iñaki con Ghana). En el partido de octavos de final de Marruecos se dio la circunstancia de que alineó un once compuesto exclusivamente por jugadores que no habían nacido en el país al que representaban. Eso no los hacía menos marroquíes, aunque hubieran nacido en Getafe (Achraf) o Málaga (Brahim Díaz), por seguir con la polémica creada por Mariano Rajoy y su poco afortunado “Francia juega sin franceses”.

Relacionados con el Mundial 2026:

El primer Mundial sin Ibáñez

Relato “Aquella mañana de junio”

El lapo: consideraciones fisiológicas, deportivas y sociológicas del gargajo

El Mundial ha sido tan largo que me ha dado tiempo a escribir sobre mis adaptaciones favoritas de novelas al cine, sobre las omisiones imperdonables, leer La Odisea de Homero (se viene post en breve) y hasta ver la peli de Nolan, como decía aquel chiste sobre la duración del descanso de la final. Ya que el monotema del último mes y medio ha sido el Mundial, me dio por ver dos películas que trataban sobre la locura que deben ser las concentraciones de las selecciones de fútbol:

  • El bus: documental sobre la rebelión de los futbolistas franceses en el Mundial de 2010, en Sudáfrica. Si te toca un seleccionador que está como un cencerro (Raymond Domenech), una estrellita sin nada en el cerebro (Anelka) y los egos desmedidos de varios futbolistas, te puedes encontrar con lo que sucedió: una selección repleta de talento, eliminada en primera ronda.
  • Saipan: trata el enfrentamiento del jugador irlandés Roy Keane con el seleccionador Mick MacCarthy y con la mayoría de los compañeros de la plantilla durante el Mundial de 2002 en Japón y Corea. No es una gran película, pero si trataba de rehabilitar la figura de Keane o vestir de competitividad su cabreo con el mundo, no lo logra. Roy Keane aparece retratado como el capullo integral, mal bicho y pésimo compañero que siempre fue. Por cierto, incluido en el once de los futbolistas más guarros de la historia para este blog.

Si algún día se rueda alguna película sobre este Mundial tan grande, yo me inclinaría por lo contrario, por las pequeñas historias, por la vida de jugadores cuyas biografías nos han interesado. Aquí dejo mis sugerencias:

  • Ferran Torres: denostado, enviado al banquillo y muy criticado por la prensa y los aficionados (yo el primero). Su cara de desesperación en el gol que le anulan frente a Arabia Saudí era la de un tipo desquiciado. Hundido mentalmente. El gol no servía de nada (habría sido el quinto), pero el tipo lo necesitaba para recuperar su autoestima… y no subió al marcador. Se lo anularon. Sin embargo, Luis de la Fuente siguió confiando en él y el destino le tenía reservado el gol más importante de todo el torneo, el que pasará a la historia.
  • Yan Diomandé: un jugador de Costa de Marfil que sale de su país con 15 años, es rechazado por las canteras del Chelsea, Rangers, Bournemouth y Olympiacos, y de repente acaba en el Leganés. Tras una decena de partidos salta a la Bundesliga, ahí explota como jugador y apenas un año después tiene a todos los grandes de Europa detrás de su fichaje (parece que acabará en el Real Madrid). Sin embargo, justo en los primeros días del Mundial su hermana es asesinada en su país natal. La persona que más lo había apoyado y acompañado fallece cuando por fin le llega su gran momento. Diomandé solo tiene 19 años, pero en la carta que escribió a su hermana el pasado 17 de junio parecía haber vivido ya más vidas que cualquiera de nosotros.
  • Jayden Adams, el jugador sudafricano de origne colombiano que falleció el pasado 15 de julio. Sus imágenes en el fondo del vestuario mientras la plantilla al completo celebra la clasificación a segunda ronda han reabierto el debate sobre la salud mental de los futbolistas, las depresiones y la manera de gestionar la presión. El suicidio no se ha descartado, ya que el chico, de apenas 25 años, atravesaba una depresión tras el fallecimiento de su abuela.

Si te gusta el fútbol bueno-bueno, lo normal es que lo busques en el fútbol de clubes, donde los jugadores entrenan conjuntamente todo el año, se crean automatismos, los entrenadores cambian y ajustan sistemas, y hay un orden, una coordinación en la presión, la defensa o el ataque. El fútbol de selecciones es otra cosa, desde luego menos profesional.

Desde chaval siempre me gustó ver los Mundiales porque eran la oportunidad de ver a jugadores que no conocías más que por los cromos, porque, en aquellos tiempos sin Internet, no había manera de ver jugar a los equipos sudamericanos, asiáticos, no digamos a los africanos, pero es que tampoco era muy habitual ver a los italianos o los alemanes. Hablo de finales de los setenta y principios de los ochenta. Debí ver unos 40-45 partidos de los 52 del Mundial de España y durante años me sabía todos los resultados de memoria (también los de México 86).

Me gustaba ver a esos caóticos equipos africanos, a los siempre vistosos brasileños, a los graníticos alemanes o a los “cancheros” argentinos. En este Mundial se confirma que casi todos los equipos juegan igual. Y es más aburrido. Mucho toque horizontal y hacia atrás, muchos porteros convertidos en los pasadores más habituales de cada combinado, pocas ocasiones de gol, mucho sopor. Tampoco nos sorprenden ya las revelaciones venidas de otros continentes porque casi todos juegan ya en Europa. Entre esta pobreza de juego y la corrupción que rodea al fútbol, me ha interesado más bien poco lo sucedido. En España, el Negreirato me echó hace años, la FIFA de Infantino está rematando la tarea. La AFA argentina está siendo investigada por el FBI y todo pinta a que es otro nido podrido que apesta. El fútbol que me gustaba se muere.

Sí, ha ganado España, la mejor selección de largo del campeonato, pero, pregunta seria: ¿de verdad a alguien le gustan los partidos de España? Doce tiros en contra en ocho partidos, eso es lo que han producido los demás en contra del marco de Unai Simón. España ha ganado con un equipo con Baena y Oyarzábal en el once titular, con un Laporte que hasta hace nada estaba medio retirado en Arabia Saudí, con unos Gavi y Pedri que por fortuna desaparecieron, con un Lamine Yamal muy lejos del nivel que tuvo en la Eurocopa de hace dos años, y sin embargo se ha ganado el torneo sin pasar grandes apuros. ¿De verdad no había equipos de más nivel? ¿Mejor conjuntados? ¿Con más calidad?

Si se pretende vender el fútbol en Estados Unidos, puede que no haya peor idea que mostrar los partidos de España, el ritmo cansino, y contar a los yanquis que ese es el mejor equipo. O ponerles la primera parte de la semifinal Argentina-Inglaterra, para que no parezca que hablo solo de España. Qué horror. Qué sopor.

En los últimos torneos de fútbol de selecciones parece que basta con ordenar a los jugadores en el campo y con tener la suerte de que lleguen más frescos que los rivales. El talento luce solo de manera individual, son pequeños chispazos de genialidad como los que hemos visto a Mbappé, Messi, Bellingham, Olisé, Harry Kane o Haaland. Puede que solo Olmo en España haya tenido esos fogonazos. Que Rodri sea el Balón de Oro es la mejor muestra de lo que ha sido el Mundial. Y no digo que no lo merezca, que para mí es un sí rotundo, sino que es el tipo de jugador correcto en este fútbol moderno hiper estratégico de los entrenadores, en el que casi nadie sale del guion parido en las pizarras, el jugador que nunca sale en los highlights post-partido. Puede que no sea el jugador por el que un espectador norteamericano (o yo mismo) esté dispuesto a pagar 500 dólares de entrada.

La falta de trabajo habitual de los seleccionadores con sus equipos da lugar a errores groseros, más impropios del fútbol de clubes, en el que las plantillas entrenan de manera conjunta durante cerca de diez meses al año. Incluso en unas semifinales. El penalti que comete Digné sobre Lamine Yamal o el más gordo de todos: los ocho ingleses en paralelo al borde de su área pequeña mientras dejaban totalmente solo a Enzo Fernández en la frontal. Inconcebible, Tuchel.

Para concluir, este Mundial nos está dejando el nacimiento de dos falacias que (guarden el post) se mantendrán en el tiempo y algunos mencionarán en los próximos años:

  • Los argentinos fueron robados o chantajeados, o abducidos, o drogados, pero no ganaron porque no les dejaron. Lo de Vincic anulando el 1-0 a toda pastilla para que no entrara el VAR desmonta su absurda teoría, pero es que no hay día en que no me encuentre una noticia y una nueva teoría de la conspiración sobre por qué no le dejaron ganar el Mundial a Argentina.
  • El Mundial lo ganó el Barça. Ya lo hicieron con el de 2010, pero es que la campaña comenzó el mismo día de la final por la noche. De nada servirán los datos (tres culés en el once titular), ni las explicaciones (no tiene nada que ver el juego de De la Fuente con el de Flick), ni tratar de razonar con los que largan la gilipollez, ya lo verán. Lo hicieron tras el triunfo de Sudáfrica y nadie va a frenar su relato. Son los mejores en esto. 

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.