Aquella mañana de junio

Aquí estamos, Papá, con más de ocho años de retraso, pero estamos, como siempre dijiste. Qué pocos días hay en el año en que me levante por la mañana y no recuerde aquel caluroso día de junio en Gwangju. El mes entero que pasamos entre Corea del Sur y Japón fue… no sé bien lo que fue. Iba a decirte “el mejor de mi vida”, pero no. Fue el más emotivo, el más sentido, el que me dejó algunas de las mayores vivencias que me acompañarán el resto de mi vida.

“Lo tengo clarísimo, de la final no nos apea nadie este año”, me dijiste con un brillo especial en la mirada cuando me contaste la locura que habías preparado. “Nos vamos el mes entero, ya tengo los billetes”. No pude ni intervenir. Y no pensaba hacerlo. Solo podía compartir tu emoción con la mirada de un chaval que aún no tenía los veinte años y al que le planteaban un planazo.

—Los primeros partidos serán en Corea, mira.

Recuerdo que desplegaste el calendario con los partidos y las sedes del Mundial con tus predicciones escritas a mano.

—Ganamos los tres partidos de la primera fase, y luego nos tocará contra Irlanda o Camerún, que me da igual quien sea, porque los eliminamos sí o sí. Pero apuesto que será contra los irlandeses.

La vista se me fue rauda y directa al partido escrito en el centro del cuadro: España-Brasil. En letra pequeña ponía “Estadio de Yokohama, Japón”. Pero tú seguías con tu proverbial optimismo:

—Y ya sé que tras ese partido nos llegará el cruce de cuartos, la maldición y todo eso, pero este año nos cruzamos con Italia y sé que nos los vamos a cargar, ¡vendetta, spaghetti, vendetta!.

Según tu pronóstico, nos ventilábamos a Alemania en semifinales, “en Seúl, hijo, seguimos en Corea, y ya luego, nos vamos una semanita a Japón, que siempre quise conocerlo, contra Brasil y entonces… ya veremos si campeonamos, pibe”. Nunca dejaste de imitar el acento argentino para determinadas locuciones futboleras: campeonar, el pibe, el pasto, el pecho frío, la conchadetumadre… Con ese brillo en los ojos y una ilusión que exudaba por cada poro de tu piel, a ver quién te decía que no.

Aquella mañana de junio estabas muy nervioso. Desde primera hora del día. Te pusiste tu camiseta de España, la de las grandes citas, la que tenías desde… . ¿desde cuándo, Papá?”.

—¡Desde Argentina 78, hijo!

Hay ciertas sensaciones que no se me van de la cabeza: el calor asfixiante en el estadio de Gwangju, la incomodidad de nuestros asientos y el olor corporal de esa camiseta que tanto había vivido, un olor que no se iba por muchos lavados que pasara.

Se habían cumplido todos tus pronósticos hasta ese partido de cuartos: las tres victorias de España, la eliminación de Irlanda. Todo acertado excepto el rival.

—Cuidado con los coreanos, acuérdate que robaron a los italianos en octavos, aunque, ya sabes, quien roba a un ladrón…

La tensión te llevaba a soltar topicazos, “pero nos los ventilamos, descuida”. Con el que no contabas, Papá, era con aquel árbitro egipcio que tan mala espina nos dio desde el primer minuto. “Es imposible que nos ganen, incluso con el Al-Gandul este”.

Apenas cantaste el primer gol que nos anularon porque el silbato del árbitro se escuchó antes.

—¡Qué sinvergüenza, si no ha habido nada! ¡Ha pitado peligro!

—Tranquilo, Papá, que queda mucho y lo tenemos controlado.

—Estos tíos siguen corriendo, para mí que han cambiado a los once en el descanso. ¡Como son todos iguales!

Estabas con esa mezcla de nerviosismo y felicidad infantil que ni siquiera quise rebatirte aquella broma que ya inventó Clemente unos años atrás.

Todo cambió cuando llegó la prórroga y en el primer minuto nos anularon un gol de cabeza de Morientes. Te levantaste de tu asiento y soltaste todos los improperios que eras capaz de recordar. No sé quién demostró más dominio del lenguaje de los insultos, si tú, el malagueño de los tatuajes o aquel tío de Mérida que conocimos ese mismo día en la previa del partido. Vi que te llevabas la mano al costado y reconozco que me preocupé. “Sosiega, Papá, relájate un poco”.

—Son los nervios, tengo un nudo aquí en el estómago.

Casi tres cuartos de hora más tarde estábamos en los penaltis, pero tu optimismo no decaía:

—El caradura este no ha podido eliminarnos antes, por mucho que lo haya intentado, así que ahora los rematará San Iker.

Pero Iker Casillas, en cuyas manos depositábamos nuestras esperanzas —“¡ya paró tres penaltis a los irlandeses!”, decías entre sofocos— no fue capaz de oler ni uno de los coreanos. El fallo de Joaquín y… se nos quedó cara de tontos tras caer eliminados. Peor, de decepción.

Hablé con Mamá desde la habitación del hotel mientras tú te quedaste horas sentado frente al cuadro con los partidos, aún fijado en la pared de lo que habíamos convertido en nuestro “cuartel general”.

—No lo sé, Mamá, estoy buscando algún vuelo para volver antes a casa, pero no es fácil, ni mucho menos barato… No, Mamá, no ha abierto la boca desde que salimos del estadio. Le duele el costado, pero supongo que serán los nervios, tiene como una pelota ahí metida que a ver si suelta en algún momento. Entre la comida y el agua de aquí…

En España era temprano, Mamá acababa de desayunar y volví contigo. Nunca olvidaré la alegría que me dieron tus palabras:

—Siempre he querido conocer Japón.

Así que nos quedamos. Y yo feliz. Pasamos otras dos semanas entre Corea y Japón, sin exigencias y sin la urgencia por el curso del campeonato, agotamos el poco saldo que te quedaba en la tarjeta y tiramos de supervivencia como pudimos. Recuerdo que comíamos unos fideos infames casi a diario y dormíamos en nichos que llamabas “sepulcros”. Vimos la final contra Brasil mezclados con los aficionados alemanes, ¡uf, lo que bebimos con ellos! Puede que fueran las dos semanas más felices que compartí contigo.

A la vuelta supimos que esa “pelota” de nervios era en realidad un tumor de lo más agresivo. Disfruté pocos meses más de tu compañía, de tu pasión.

—Jamás veré a España en la final de un Mundial —me dijiste en uno de esos últimos días.

Ocho años y un mes después estoy aquí, Papá. Hace mucho frío, es invierno en Johannesburgo. Llevo tu camiseta de Argentina 78 con el 7 a la espalda. Sigue oliendo a ti. Mientras ponen el himno a todo meter por los altavoces del estadio y entono el “lo-lo-lo-lo” con el resto de los aficionados españoles, siento que estás aquí conmigo.

Y me ha parecido escuchar tu voz durante unos segundos:

—Hoy campeonamos, pibe.

«Lo sé, viejo».

Relatos de fútbol

Remontada

El bigote de Kim

Tarde de Reyes

As Christmas carol

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.