Remontada, por Lester

Lo prometo, esta entrada no va acerca de la palabra más oída estos días por boca de los madridistas: “remontada”, la que los nuestros tienen que hacer mañana frente a los alemanes del Wolfsburgo. Lo que ocurre es que de tanto oírla, he recordado un relato que escribí hace ya unos veinte años y que lleva por título simplemente esa palabra: REMONTADA. Remontada1

El relato tiene mucho de autobiográfico y está situado en 1993, por las razones que leeréis los que tengáis el valor de seguir adelante. Un par de años después se pusieron de moda los relatos de este nuestro deporte, y recuerdo de modo especial la recopilación Cuentos de fútbol, de 1995, en la que escritores de la talla de Mario Benedetti, Miguel Delibes, Alfredo Bryce Echenique, Javier Marías, José Luis Sampedro, Fernando Fernán-Gómez y unos cuantos más entre los que no podía faltar Jorge Valdano, dejaban sus historias alrededor del balón y el terreno de juego. Dos de mis principales pasiones, el fútbol y la literatura, unidas en un libro de lo más ameno. Ya hablé en una entrada anterior del que es para mí uno de los mejores relatos del género, el de Jorge Valdano, Creo, vieja, que tu hijo la cagó, que recomiendo a los lectores.

Ese mismo año, o al año siguiente, supe de un concurso de relatos de fútbol al que por supuesto no podía dejar de presentarme, y así lo hice con este sentido homenaje, quizás algo ingenuo visto ahora en la distancia. Un relato sobre el fútbol de verdad, el de barrio, jugado con esos balones Mikasa duros como piedras (Mikasa, el balón que nos hizo hombres). No he cambiado el nombre de Alberto B., pero sí el del resto de personajes.

REMONTADA

– Le vamos a echar de menos -sollozó Juan.

De haber tenido todos su mentalidad fatalista jamás hubiéramos ganado un partido. Qué frase tan egoísta. Pero era cierta. Echaríamos de menos a Alberto. O quizás fuera la ausencia de sus goles lo que nos hiciera añorarle. O su espíritu contagioso. O quizás ni lo uno ni lo otro, o probablemente todo. Ojalá le hubiera fichado ese equipo marrullero con el que se pegaba cada vez que nos enfrentábamos, porque incluso verle con la camiseta de nuestro peor enemigo hubiera sido preferible a su muerte.

Remontada5 No nos jugábamos nada. Lo cierto es que nunca nos jugábamos nada. Nada más que nuestro orgullo, que es lo mismo que decir que nos lo jugábamos todo. Lo que quiero decir es que para un equipo como el nuestro, acostumbrado a la mitad de la tabla de una mediocre liga local, una victoria no nos acercaría a una hipotética UEFA, ni una derrota a un inexistente descenso. Pero le teníamos ganas al equipo contrario. Sobre todo después del desastroso partido de la primera vuelta.

Lo cierto es que las cosas no empezaron nada bien. Apenas llevábamos dos minutos de partido cuando un delantero del equipo contrario enganchó un rechace a la salida de un saque de esquina. El balón tropezó en Juan, que pasaba por allí, y desvió su trayectoria, lejos del alcance de Iñaki, nuestro portero, uno de esos tipos con la suficiente dosis de locura y extravagancia que se exige a su oficio bajo palos.

Sobre todas las cosas que pueda haber detesto los funerales. Y de un funeral veníamos. Ocho o nueve tiarrones, aproximadamente la mitad del equipo. Nos quedamos a tomar una cerveza en la terraza cercana a la iglesia en la que acabábamos de darle el penúltimo adiós. El último se lo daríamos en el campo, en un inútil partido de homenaje en el que para ser fieles a la tradición perderíamos. No éramos ningún equipazo, éso lo sabíamos, pero sí éramos buenos amigos. Un equipo de amigos que apenas se veía fuera de un terreno de fútbol. Y sin embargo, qué fuerte y sincera considerábamos esa amistad.

Lo pasábamos en grande. La pequeña liga local que jugábamos no era nada seria, y por eso mismo, nos parecía más seria que cualquier campeonato profesional. Para nosotros esos partidos eran como finales de la Copa de Europa. Y Alberto era nuestro delantero centro, un monstruo, pese a que nunca hubiera salido de esas infracategorías o subdivisiones. El año anterior había llegado a los 64 goles. No éramos profesionales, y quizás esa fuera la razón de que todos hubiéramos llorado alguna vez sobre el campo.

– Pide otra ronda.

Intentamos jugar nuestro fútbol. Si algo tenía de divertida la liga era la enorme cantidad de goles que se conseguían. El campeón rondaba los doscientos y no era extraño que varios jugadores de un mismo equipo, incluso del nuestro, superaran la decena. Y al igual que se conseguían goles con pasmosa facilidad, se lograban remontadas inconcebibles en categorías superiores o en ligas más serias. Tres goles de desventaja en los diez últimos minutos, un cinco a uno en el descanso, situaciones así ya las habíamos vivido. Recuerdo una vez que fue necesario recurrir a lo que no habíamos recurrido nunca, perder tiempo, para que no nos empataran un partido que ganábamos cómodamente seis a cero.

Nos pillaron desprevenidos en un saque de banda a nuestro favor con medio equipo colgado del larguero rival. El portero atrapó el balón con autoridad y sacó preciso y veloz. Nos pillaron en bragas. Éramos un poco desordenados, atacábamos en oleadas y bajábamos a defender más lentos que mi abuela a la calle. Cuatro contra dos, nos lo clavaron sin despeinarse. No habíamos hecho más que empezar y ya perdíamos dos a cero.

– ¡A estos mierdas les ganamos con la polla! -gritó Alberto con rabia.

La tarde estaba desapacible. O a lo mejor ese es mi recuerdo y la realidad poco tenía que ver.

– ¿Os acordáis del primer partido, contra aquel equipo de viejos rebotados? ¡Qué panda de acojonados éramos entonces! Nos fuimos a casa con pesadillas -recordó Luis.

Cómo olvidar aquel partido, aquella primera experiencia en una liga senior. Andábamos todos por los dieciséis o diecisiete años, y hasta entonces el fútbol había sido para nosotros un juego.

– Nos dieron más palos que a una estera -respondí entre risas.

– A Alberto le dijo el cabrón aquel de las barbas que le iba a arrancar la cabeza y no volvió a pisar el área -recordó Fran.

Habían pasado más de siete años desde aquel primer partido en el que, en cierto modo, nos hicimos mayores.

Alberto recogió un balón de esos que el nuevo lenguaje periodístico llama divididos. Dos defensas le cerraban el paso, así que optó por disparar a puerta. El balón golpeó la espalda de uno de los defensores y quedó a media altura. El otro defensor y Alberto metieron la pierna. Alberto llegó primero. Siempre lo hacía. Agarró un zapatazo a bote pronto y el balón se coló casi por el centro de la portería. Siguió corriendo, recogió el balón entre las redes, y no paró hasta que lo hubo dejado en el centro del campo.

– Venga, coño, hoy comemos rojillos -jaleó en alusión al color de la camiseta del equipo contrario.

Así eran sus goles. Primaba la potencia sobre la técnica, aun cuando esta no le faltara. Y así era su actitud. Meter el gol y recoger el balón entre las redes. Incluso cuando íbamos por delante. Algo así como si dijera: “Hemos venido a divertirnos y noventa minutos es poco tiempo”.

Recuerdo que cada vez que faltaba a un partido, a la semana siguiente me decía:

– La semana pasada sin ti jugamos de puta madre.

Bien sabíamos los dos que no era cierto, pero era nuestra manera de picarnos. Y el pique, aunque en broma, continuaba durante los partidos.

– ¡Inútil! Procura tirar un poquito más bajo. Como unos diez metros -le reprochaba tras alguna oportunidad de gol malograda.

Apuré la segunda cerveza. La conversación comenzaba a ser más fluida.

– ¿Y quién me llamará ahora Maradona?

Luis sabía que su único parecido con Maradona radicaba en su aspecto regordete, sobrado de kilos. Era nuestro hombre fuerte en el centro del campo, “el luchador infatigable”, “el peón de brega”, “el pulmón”, que dirían los cronistas, de haber habido en nuestros partidos.

Alberto disfrutaba poniéndonos motes en relación a nuestros méritos o más bien deméritos futbolísticos. A mí solía llamarme Villarroya o Laudrup, según la calidad de mis pases. Y aunque cueste reconocerlo, era más veces Villarroya que Laudrup. A Juan le llamaba Mágico González, porque derrochaba todas sus energías por las noches en garitos donde lo más verde era un tapete de billar y lo más parecido a un balón de fútbol el culo de una relaciones.

– ¿Y encontraremos otro Salinas? -pregunté.

Salinas era Alberto para nosotros. Por la cantidad de rebotes que se llevaba, por sus fallos, por lo difícil que era quitarle el balón. Y sobre todo por su efectividad.

El primer tiempo estaba a punto de finalizar. Alberto recibió el balón en el centro del campo, escorado a la derecha. Puso el turbo, como le decíamos, sin levantar la cabeza, y avanzó hacia la portería. Encaró al primer defensa, le recortó por su lado bueno y casi único, se marchó por velocidad del segundo, y con la derecha remató con potencia y colocación. Empate a dos. Era “su” gol. Nos conocíamos al dedillo “su” jugada, su empecinamiento en entrar por la derecha resultaba casi enfermizo. Por fortuna, los defensas no se la habían aprendido todavía y seguía sacando buenos resultados de la misma.

– Hola, chicos.

Era el padre de Alberto. Venía de recibir las condolencias, llantos, pésames, lamentaciones y abrazos de los cientos de personas que se habían reunido en el funeral. En su rostro se apreciaban con nitidez los rastros de las lágrimas vertidas y derramadas los últimos días. Era uno de los poquísimos seguidores incondicionales que había tenido nuestro equipo desde su creación. Veía nuestros partidos y la evolución de su chaval con la ilusión cegada de tantos padres que acuden a contemplar a sus hijos cada fin de semana como si se tratara de pequeños Ronaldos en potencia. El padre de Alberto tenía los pies en el suelo, pero nunca más los tendría.

– Os agradezco a todos que hayáis venido.

– Sigue viniendo a nuestros partidos -me atreví a decirle. Quería animarle. Sí, quería. En ese momento nada hubiera deseado más que poder animarle.

– No puedo. De verdad que no puedo.

Y todos lo entendimos. Retiramos el número nueve de su camiseta, pero ese no fue el único vacío que quedó en el equipo. Echaríamos de menos más veces de las deseadas esa puntera desviando lo justo un pase poco preciso, esos cañonazos fuera del recinto deportivo, ese oportuno cabezazo,… Pero también esa manera de mandarnos a tomar por culo cuando la situación lo requería.

Poco nos duró la alegría. Y es que siempre fuimos unas madrazas en defensa. De hecho nuestro primer trofeo no nos llenó de satisfacción y sí de sonrojo. “El Premio a la Deportividad, bah, que se lo coman con patatas”.

Yo no despejé, sino que traté de jugar el balón. Fran no cubrió ni buscó el balón, sino que lo esperó. Demasiado. Se lo quitaron por detrás. Tiraron una pared rápida y el extremo colocó el balón en el centro del área pequeña. Nuestra serie de despropósitos no había concluido. Uno no llegó, el otro la dejó pasar y en el segundo palo, completamente libre, remató un delantero. Tres a dos y final del primer tiempo.

– ¿Nos puedes poner unas bravas y una de chistorra? -pedí junto a la barra.

Después de varias cervezas, uno echa en falta algo sólido. Cualquiera que nos hubiera visto en aquellos momentos hubiera creído cualquier cosa antes que pensar que se trataba de un equipo de fútbol. Fumando, bebiendo, malcomiendo. Nunca tuvimos imagen de deportistas natos. Ni siquiera cuando teníamos partido. Recuerdo lo criminal que resultaba jugar a las nueve de la mañana del domingo. Como gente joven que éramos apurábamos la noche del sábado todo lo que nuestros cuerpos, estudios o padres nos permitían. Si el partido se jugaba un sábado por la tarde, teníamos hasta buena cara. El domingo a media mañana o a última hora los excesos podían camuflarse. Pero nuestro aspecto en los partidos de las nueve de la mañana resultaba patético. No es muy normal ver a alguien vestido de futbolista calentando en la banda sin quitarse las gafas de sol. O medio tumbado en la grada con un cigarro entre los labios. Los estiramientos previos al partido se asemejaban a un despertar vespertino antes que a una preparación del cuerpo para el ejercicio. Eso sí, nos quitábamos las gafas, soltábamos los cigarros y, tras el pitido inicial, corríamos como auténticos cabrones.

– Yo creo que el alcohol funciona como una especie de gasolina para el cuerpo -solíamos comentar para justificar nuestra resistencia.

Alguien se me acercó por detrás. Era Luis.

– Sólo quedamos tú y yo. Del primer año, me refiero.

No lo había pensado. Unos llegan, otros se van, los estudios, las novias, algún trabajo de fin de semana, o simplemente el aburrimiento. No todos disfrutaban los partidos de la misma manera que Luis y yo. Y que Alberto.

Recogimos las raciones y volvimos a la mesa con los demás.

En el descanso a veces ni hablábamos del partido. Algo así como si dijéramos: sabemos quiénes somos, conocemos nuestros límites y no podemos luchar contra eso. Pero aquel día no hablamos de otra cosa.

– Joder, estamos dormidos.

– Y a ver si soltamos el balón antes. La jugadita, la jugadita,… Cada uno intentando hacer la jugadita por su cuenta.

– Esto está chupado. Si ellos han llegado sólo tres veces y nosotros, quince.

– Sí, pero como no tiremos a puerta lo llevamos claro.

Caíamos en todos los tópicos, es cierto. Pero en esos momentos no te parecen tópicos, hablas creyendo haber encontrado la solución mágica a los problemas del fútbol que nadie antes ha sido capaz de vislumbrar.

– Si perdemos hoy, me plantearé en serio la retirada -concluí.

– Le harías un gran favor al equipo -añadió Alberto.

– Yo no recuerdo que le expulsaran nunca -comentó Juanqui, un medio centro del que siempre lamentamos su inexistente fondo físico.

– Y éso qué más da -contesté-. Esas cosas sólo se recuerdan de los jugadores mediocres. ¿Tú crees que cuando Pelé se muera alguien recordará que un día no chutó a puerta porque al portero contrario se le había metido una mota de polvo en la lentilla? Cuando alguien no ha sido grande, se recurre a la deportividad. Incluso si el tío era el mayor cerdo que ha pisado un campo de fútbol. ¿No te das cuenta de que en esos casos lo que se suele decir es que era “un jugador noble”?

– Pero no deja de ser verdad que nunca le expulsaron. Y mira que hubo veces que se lo mereció. Yo me acuerdo de aquel día que se estuvieron descojonando hasta los defensas del equipo contrario.

– ¿Por qué? ¿qué hizo? -preguntó Charly, uno de nuestros refuerzos de esa temporada. Un chaval polivalente. Llegaba al campo y decía: “¿Hoy quién falta?” Portero, extremo izquierdo, lateral, cualquier puesto antes que el banquillo.

– Porque cogió el tío y después de que no le pitaran una falta se acercó al árbitro y le soltó: “tranquilo, chaval, que tú no eres malo, lo que pasa es que estás teniendo mala suerte”.

El segundo tiempo empezó de una manera distinta. No cambió nuestro juego desordenado, pero sí la actitud. Habíamos salido dispuestos a machacarlos. Metimos la pierna con dureza un par de veces, empujamos hasta el límite de lo reglamentario y nos hicimos con la posesión del balón. No volvieron a llegar a puerta.

El empate llegó a los cinco minutos. Saque de banda al interior del área, el barullo de costumbre y el rechace acabó en las botas de Paco, un tipo con más inteligencia que juego, que sólo tuvo que empujarlo.

– Venga, coño, que podemos.

Claro que podíamos. Tras ese gol supimos que el partido era nuestro.

– ¿Os acordáis de aquel día que llegó tarde al partido porque venía de un campeonato de kárate? Venía el tío con la camiseta y las espinilleras debajo del kimono, o como se llame el batín ese. Cuando se enteró de que íbamos perdiendo, poco le faltó para salir al campo vestido de Bruce Lee.

– Y para atizarnos con el cinturón.

– Sí, menudas broncas nos echaba.

– Yo estudiaba con él -siguió Fran, su mejor amigo-, y recuerdo un viernes que teníamos partido a las ocho y media y examen a las seis. Bueno, pues nunca le vi tan nervioso en un examen. El muy cabrón se escapó antes de tiempo para llegar al partido.

– Suspendería, supongo.

– Sí, pero yo también. Con la diferencia de que yo llegué al segundo tiempo.

Estuvimos recordando anécdotas un par de horas más, varias cervezas más, varias raciones más, y hubiéramos podido prolongar tan amena charla hasta el día siguiente. El tiempo corre tan veloz hablando de fútbol… Igual que cuando vas con el marcador en contra, preguntas cuánto queda, te contestan que veinte minutos, y un minuto después sólo te quedan quince.

– Yo me estuve riendo de él todo lo que pude y más un día que le vi echarse Reflex por encima de la media. Le pregunté: ¿qué haces? ¿Y sabéis lo que me dijo? Me contestó todo serio: “El otro día vi que lo hacía Michel, ¿qué pasa?”

Fran anotó el cuarto, Alberto, el quinto, yo el sexto y redondeó el marcador Luis con uno de esos trallazos que en condiciones normales hubiera acabado en el descampado situado detrás de una portería. Lo conocíamos bien, pues todos los años perdíamos algún balón allí.

Siete a tres. El marcador lo decía todo. O no decía nada. Un marcador nunca dice nada. Partidos similares pueden acabar con empate de la misma manera que con la abultada victoria de uno de los contendientes. Y a nadie debe extrañarle. Un día va a puerta, otro al larguero y un tercero te llaman inútil.

Estábamos exultantes. Ya en el vestuario, alguno cantaba “Campeones” en la ducha, otro se lamentaba de sus ampollas y los demás, en bolas, comentábamos las incidencias del partido.

– Pues yo lo he visto negro en el primer tiempo.

– Y yo después de ver al torpe este fallar tantos goles.

-Ya somos sextos. Si la semana que viene ganamos al Rayo, nos ponemos a dos puntos de ellos, y luego… -comencé a hacer mis cábalas.

– Cállate ya -me dijo Alberto-. Mira, Lester, aunque hayamos ganado hoy, seguimos siendo una mierda.

A Alberto se lo llevó un accidente en una tanqueta durante unas maniobras militares. Y quiso además el puñetero destino que ocurriera a la misma hora que jugábamos un partido de fútbol. La muerte no solo nos privó de nuestro delantero centro, nos privó de un buen amigo. Un amigo de los que sólo encuentras y conoces en un equipo de fútbol de barrio. Creo que fue Albert Camus quien dijo hace tiempo que todo lo que sabía sobre los hombres lo aprendió en el fútbol. Qué razón tenía.

FIN

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El fútbol como metáfora de la vida. Mañana toca remar para remontar a los alemanes. Hemos vuelto a invocar el espíritu de Juanito de las grandes ocasiones, los “noventa minuti en el Bernabéu son molto longo”. Dice Barney que a quien hay que emular es a Santillana, que nunca fallaba en esas citas, que siempre anotaba en esos partidos “a vida o muerte”, que ganaba todos los saltos de cabeza a los talludos alemanes o a los duros italianos. Anderlecht, Inter de Milán, Borussia de Moenchengladbach, Kaiserslautern,… Mañana hace falta el punto de locura de Juanito, de Santillana, Camacho, Gordillo,… no sé si los actuales jugadores, mucho mejores técnica y físicamente que aquellos, serán capaces de encontrarlo. Marcar pronto, abrir una brecha, la brecha en la ceja de Iván Drago. El espíritu de Juanito, el de Santillana. El de Alberto.

Cara Lester

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