
JOSEAN, 27/07/2027
Que sea el más grande no significa que sea el mejor, al menos en lo deportivo. Pero si la FIFA trata de extender su negocio por todo el mundo y convertirlo en un deporte tan popular en Estados Unidos como el baloncesto, el béisbol o el fútbol americano, entonces sí que podría hablarse de un éxito como promoción y organización. Otra cosa será lo que suceda a continuación, pues los Estados Unidos ya organizaron otro Mundial en 1994, han mejorado mucho los ingresos de su competición, la MLS (Major League Soccer), pero siguen sin lograr que arraigue en el público local.
El Mundial como negocio global
La ampliación a 48 selecciones (muy criticada en este mismo blog), 104 partidos y 16 sedes repartidas entre Estados Unidos, México y Canadá ha puesto el show (y el show business) a disposición de un mayor número de televisiones, patrocinadores y anunciantes, así como a nuevas plataformas de explotación publicitaria. Las ciudades anfitrionas y los operadores turísticos han “hecho su agosto” en julio con la importante fuente de ingresos obtenida. El “football is for the fans” pareció queda aparcado con el elevado precio de las entradas, pero las cifras de asistencia a los estadios indican que no fue un impedimento para lograr llenos casi absolutos en cada uno de los encuentros. 99,7% de asistencia y más de 6 millones de espectadores. Para mí, a falta de un gran juego en el campo, lo mejor del torneo ha sido el aspecto de los estadios, el colorido de las aficiones, las imágenes de los minutos previos a cada partido. Lo que no me gusta es que acudir al fútbol, como a casi cualquier evento, se está convirtiendo en una experiencia de lujo, carísima, no apta para todos los bolsillos, incrementada, además, por ese modelo tan americano de las experiencias Premium, los recuerdos conmemorativos únicos (recordad lo que ya comenté del Maratón de Nueva York) y la hostelería a precios de estrella Michelín y vino gran reserva, aunque se trate de una hamburguesa y una cerveza en vaso de plástico.
Los precios de las entradas para la final darían para no menos de cuarenta mil historias de gente empeñándose varios meses o años por un asiento, solicitando créditos al banco o buscando amigos con patrocinadores del evento para poder asistir. Una locura en la que sé que nunca me veré inmerso.
Las cifras de audiencia televisiva también marcan un importante crecimiento del interés en Estados Unidos. El partido de octavos de final entre Estados Unidos y Bélgica rompió la barrera psicológica de los 50 millones de espectadores, seguido de cerca por los 46,7 millones del Inglaterra-México. Según este artículo, los eventos deportivos no vinculados a la NFL más vistos en el país desde 1994. Si el fútbol logra mantener este interés en el mercado norteamericano, los derechos audiovisuales podrían aumentar hasta los 2.000 millones de dólares para las ediciones de 2030 y 2034. Además, los operadores televisivos tendrán que considerar de manera permanente que el fútbol no habla inglés, o no se vende exclusivamente en inglés, como han podido comprobar por las cifras de seguimiento en streaming. El fútbol habla un español tan variado como el de los dos finalistas.
¿Puede el éxito de una selección influir en la Bolsa?
No es la primera vez que me encuentro artículos que mencionan la influencia de los éxitos deportivos en los mercados financieros.


Este artículo menciona un estudio que AJ Bell realiza desde 1994 en el que concluye que sí puede existir esa conexión, si bien no parece tan clara. De hecho, son las Bolsas de los países finalistas las que han experimentado un mayor crecimiento en los cuatro años posteriores a un Mundial. La conclusión habla de un 59% para el país campeón, pero un 61% para el finalista. Y apenas un 27% para el país organizador. Es posible que el éxito deportivo pueda generar un sentimiento de optimismo, o que mejore la visibilidad internacional de las compañías de un determinado país, pero el dinero es cobarde por lo general, o al menos cauto, y este impacto no creo que vaya mucho más allá del corto plazo. De hecho, el propio artículo habla de un efecto curioso que ya estudió el Banco Central Europeo en 2012: la distracción de los inversores. Según este informe, las transacciones en el mercado caían un 45% cuando jugaba la selección nacional del país analizado, y los volúmenes bajaban hasta un 55%. Menos pantallas de Bloomberg y más pantallas en el bar o en el VAR. Supongo que el estudio no podrá concluir si los inversores más futboleros invertían con mayor alegría tras el triunfo de su selección o no, pero ya os digo lo que me ocurriría a mí si fuera el gestor de esos fondos tras el gol de Puyol a Alemania.
Dudo mucho que el triunfo español en el Mundial de 2010 sea una buena referencia de la evolución bursátil del Ibex en los próximos meses. Durante el Mundial de Sudáfrica, el Ibex subió un 5% y otro 5% adicional en las tres semanas posteriores al triunfo del 11 de julio, si bien después sufrió el bajón de la crisis del euro que asolaba a las principales economías europeas. Este mes de julio, el Ibex ha alcanzado sus máximos históricos y, con los problemas actuales de España (sin presupuestos, sin posibilidad de legislar, sin capacidad para emplear los fondos europeos), y aun así en mejor situación que los socios europeos, desconfío bastante acerca de que el título mundial pueda ayudar a la economía.
Ni siquiera creo que vaya a mejorar un cierto sentimiento de “unidad nacional”, esa especie de tregua que el fútbol parecía haber dado a los nacionalismos más radicales. Las agresiones de Berriozar, Vitoria y Bilbao, las pintadas en Cataluña o la vandalización del mural de Ferran Torres indican que los imbéciles de siempre siguen sueltos. E igual de imbéciles, intolerantes y radicales.
Me quedaré con el optimismo de los artículos que dicen que el triunfo puede acarrear una subida de medio punto en el PIB del país. Bueno, me lo «creeré».
El Mundial de las cerveceras
De los muchos artículos que se publicaron durante el Mundial, me llamó la atención este de Expansión sobre el consumo de cervezas por países en función de los resultados de su selección. Por ejemplo, la eliminación antes de tiempo de Estados Unidos y Brasil llevó a Morgan Stanley a rebajar sus expectativas de crecimiento del volumen de cerveza consumido, de los 24 puntos básicos inicialmente considerados a 17, que tampoco está mal.

Anheuser Busch InBev (AB InBev), propietaria de varias marcas con numerosos seguidores en estos países, bajó un 3% en Bolsa durante el mes del Mundial, mientras que la danesa Carlsberg ha subido un 10%. Según los analistas, grandes “capitanes a posteriori”, la subida se debe al notable desempeño de las selecciones del norte y oeste de Europa, países como Francia, Suiza, Noruega e Inglaterra, en los que la compañía tiene una importante cuota de mercado. El artículo no habla de las marcas españolas y la ingente cantidad de consumo de Estrella Galicia, Damm, Cruzcampo, Mahou o el Águila durante las quedadas de aficionados para presenciar los partidos de la selección de Luis de la Fuente.
El Mundial de los datos y la tecnología
El Mundial 2026 también ha servido para implementar nuevas tecnologías al deporte. Mucho sensor, mucho análisis de datos, pero la materia gris sigue (afortunadamente) derrotando a las máquinas. Recordad el talento frente al Big Data). El nuevo balón Trionda incorpora sensores que registran y almacenan datos hasta 500 veces por segundo, entre otros, el momento exacto del golpeo de balón, lo que debería ayudar para evitar los errores del VAR y acelerar la toma de decisiones del fuera de juego semiautomático (SAOT). La realidad del campeonato no ha ayudado a disipar las dudas que siempre existen, más cuando hay una FIFA o un CTA untado detrás del control del aparato.
Lo que no se ha suprimido es el alto componente de subjetividad que se le concede al árbitro para interpretar cuando un pisotón es accidental, fortuito, previo a la jugada o no, suficiente para anular un gol o mantenerlo. Este Mundial ha incorporado las cámaras subjetivas en los árbitros para que el espectador vea lo mismo que ellos, pero lo que se supone que aporta una transparencia necesaria en la narración, ya hemos visto que ha servido de poco: las polémicas continúan. Las sospechas sobre la alargada sombra de Infantino permanecen. La intervención de un analfabeto futbolístico como Donald Trump para retirar la tarjeta a un jugador entra para siempre en la categoría de sucesos más esperpénticos de la historia de los mundiales, al nivel del jeque kuwaití bajando al campo en el Mundial de España para pedir que anularan un gol.
Quizás las polémicas sean necesarias para que se hable más de fútbol y aumenten las interacciones en redes sociales. Quizás el valor de los datos esté en acumularlos para saber qué es lo que más hierve la sangre de los aficionados, no tanto para usarlos con criterio y en beneficio del fair-play. Y si algo ha demostrado este Mundial es que el fútbol hace poco que dejó de ser un deporte, o solo un deporte: el negocio lo ha fagocitado.
En la segunda parte hablaremos de otras dimensiones del torneo, como la social (Lester), cinematográfica (Travis) o meramente deportiva (Barney, pero muy superficial). Ha ganado España, pero aunque no lo hubiera hecho, hay alguien que siempre lo hace. Y debemos alegrarnos de ello.


