Panamá (y II): de la City a la Lavandería, por Lester

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Panamá es mucho más que el canal, si bien parece imposible desligar su historia de la influencia del mismo. Su posición privilegiada en la parte más estrecha del continente ha hecho que a lo largo de la historia fueran muchos los intentos por controlar y dominar este punto estratégico para el comercio mundial. Ya en los orígenes del país el canal tuvo un gran peso para lograr su independencia, pues hasta 1904 Panamá era un estado integrado en Colombia. Los Estados Unidos  ayudaron a los panameños a obtener su independencia, supongo que de modo altruista,… y a los quince días firmaron un acuerdo con el gobierno resultante para construir y explotar a perpetuidad el canal. logo-canal

En los últimos meses se ha hablado mucho de este país por dos motivos:

– La inauguración de la ampliación del canal, realizada por un consorcio internacional liderado por la empresa española Sacyr, ampliación de la que ya hablé con todo tipo de datos en la primera parte de este post, Panamá (I): abierto en canal.

Los papeles de Panamá. El descubrimiento de los personajes con sociedades off-shore en el despacho Mossack & Fonseca nos ha devuelto a los de siempre en su afán por eludir el pago de impuestos: Messi, los Pujol, gentuza de la FIFA, chusma de la Gürtel, la Familia Real, Rodrigo Rato,… Y su víctima más ilustre, el mentiroso compulsivo José Manuel Soria, quien a buen seguro no aprecia estas “ironías de la vida”:

ironias

La serie La embajada, emitida hace pocos meses en Antena 3, finalizaba con la huida del empresario corrupto a Panamá, país en el que se podía ocultar el dinero en diversas sociedades sin tener que preocuparse de nada más. Es un síntoma de lo que hemos aprendido sobre el país centroamericano en los últimos tiempos.

– No son como los suizos -decía uno de los personajes con nostalgia-, que ahora les llega una comisión rogatoria y lo cuentan todo.

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Para hacerme una idea de los sitios a los que voy, no viajo nunca sin mis zapatillas de correr. Perdón, de running, que es como se llama ahora. Y Panamá City no iba a ser la excepción. Me gusta ver las ciudades cuando amanece, según arranca el día. Me permite situarme en la misma y “tomarle el pulso” a la ciudad. No me he perdido nunca, si bien una vez estuve cerca de hacerlo y me da cierto apuro reconocerlo. Fue en uno de esos hoteles temáticos de Disney en Orlando. Penoso.

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Cuando uno viaja a determinados destinos tiene que preguntar antes si puede salir a correr tranquilamente por la ciudad, o no es recomendable y es preferible quedarse en el gimnasio del hotel. O sobando como hace la mayoría. Me dijeron que en Panamá no había problemas (“esto no es El Salvador, ni México, ni Medellín”, me dijeron) y la seguridad era bastante aceptable así que salí a correr dos mañanas. Con aquello del cambio horario salí muy temprano, sobre las seis y media de la mañana. Ningún problema, incluso más gente de la que me esperaba trotando a esas horas en que el calor todavía no era asfixiante. “Mientras no se meta en El Chorrillo, señor,..”

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Panamá se ha situado en el primer lugar de Latinoamérica en crecimiento económico y eso se percibe en la seguridad, pero otras cosas siguen llamando la atención a los europeos que llegamos allí. Donde se estropea algo, ahí se queda. Me encontré aceras destrozadas, con los bordillos caídos que llevaban allí meses, residuos de poda de varios metros cúbicos ocupando las aceras y buena parte de las calzadas, tapas de alcantarillas que habían desaparecido misteriosamente (sus huecos eran un auténtico peligro) y farolas arrancadas de cuajo, seguramente por algún coche empotrado contra las mismas. El tráfico era infernal, casi tanto como la manera de conducir.

Entre el dineral que mueve el canal y el pastizal que ha llegado al país para el blanqueo no debe extrañar la City que se ha creado en su capital, con enormes edificios, taxis amarillos y un skyline sorprendente. Cuando llegué a Panamá City me llamó la atención la altura de algunos edificios, de planta bastante estrecha por otro lado, porque parece ser que los impuestos se pagan en función de la anchura del mismo, de los metros de fachada y por tanto, de línea de mar, que ocupan. Os dejo un vídeo con imágenes propias que incluye la célebre Lavandería:

La Lavandería es un edificio en lo mejor de Panamá City que se ha hecho famoso entre sus habitantes porque solo tiene apartamentos de lujo (dos por planta en la mitad baja del edificio, uno por planta en la parte superior, y son plantas de casi mil metros cuadrados) y casi todos ellos están deshabitados. Según cuentan los mentideros panameños, sus propietarios utilizan el edificio para el blanqueo de capitales. No debe extrañar después de los nombres ilustres que pudimos leer en los periódicos, varios mandatarios internacionales incluidos.

Cuando anochece en la ciudad este altísimo edificio permanece con sus luces apagadas casi al completo, lo cual llama bastante la atención. Y si habéis visto el vídeo, sí, lo reconozco. Reconozco que estuve en el hotel hortera del hortera Trump, con un vestíbulo en el que yace una escultura con unos pies enormes justo antes de la típica sala horrible repleta de máquinas tragaperras. La postura del “piezacos” de la entrada se asemeja a la del dueño del hotel que aspira a ser Presidente de los Estados Unidos, esa pose chulesca tipo “¡hey, Juanito, ven aquí, que me vas a comer el miembro!”

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Estuve en la terraza del hotel viendo el atardecer y disfrutando uno de los placeres de la vida, la cerveza, en aras de ampliar esa colección de cervezas que me he pimplado por ahí. Lo normal en Panamá es que te ofrezcan dos cervezas: la indefinible ¡puag! Coronitas o la local Balboa, que fue la que probé. balboa
balboa_logo-fullCierto es que Balboa evoca el nombre del héroe de los cuadriláteros Rocky (el que provocó la brecha en la ceja de Iván Drago), pero su nombre se debe al conquistador español Vasco Núñez de Balboa, quien llegó a estas tierras en 1513, y al contrario que en otros países del centro y sur de América, su nombre se respeta y celebra hasta tal punto que la moneda, numerosas avenidas y la cerveza nacional llevan su nombre.

Afortunadamente para los panameños, el país tiene mucho más que ofrecer. Un amigo mío que vivió allí unos meses definió el país como “la Costa Rica desconocida”. Costa Rica está ahí al lado, como quien dice, y quien más, quien menos, conoce de sus selvas, paradisíacas playas caribeñas, naturaleza salvaje,… Pues Panamá tiene tres cuartos de lo mismo, si bien sin la explotación del turismo de Costa Rica. bocas-de-toro

Pero también en este asunto, cuando lees acerca del turismo en Panamá, te encuentras referencias a sus grandes puntos de interés: el canal y la evasión fiscal. Por las mismas fechas en que estuve por el país, se publicó este artículo titulado Siete cosas que hacer en Panamá si no eres evasor fiscal. El título tiene su punto, aunque supongo que a los panameños no les haría mucha gracia.

El artículo recomienda visitar las estupendas playas en Bocas del Toro, bucear entre corales, mezclarte con las tribus indígenas del archipiélago Kuna Yala o conocer Panamá City. En mi caso, como no tenía mucho tiempo, me acerqué al Parque Nacional Soberanía, cerca del lago Gatún, para pasar varias horas en una auténtica selva tropical, con su flora y su fauna especial:

Otro tipo de fauna muy “especial” me encontré en las noches de marcha en el Casco Viejo. Merece la pena visitarlo, sin duda. Me recuerda en parte a esa La Habana que no conozco, con una belleza decadente y edificios que se han quedado anclados en el tiempo. Después de cenar en una sorprendente terraza en el patio literalmente en ruinas de un viejo y hermoso edificio, el Fish Market, me pasé por el bar de copas de moda, el Tántalo.

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La gente allí baila y se mueve de un modo especial, sobre todo aquellas mujeres cuyos panderos desafían el sistema internacional de tallaje de prendas. Se puede tener una 38 de piernas, pero con una 66 de trasero, ¡lo he visto!, es más, ¡es la norma! Vi también a un Chayanne (impecable camisa blanca desabrochada luciendo un torso bronceado) cómo se liaba a la vez con dos bailonas cuyos glúteos en movimiento se compensaban con el vaivén de sus domingas, vaivenes que hacían peligrar nuestros cubatas en aquel estrecho antro de música infernal.

Porque esa es otra, la música. Eso debía ser el sabor latino que algunos comentan, pero… a ver cómo lo cuento de modo que se me entienda: ¡puto reggaetón, bachata, salsa de los cojones, merengue, coñazo de cumbia,…! Acabé harto de la música y por supuesto, del que no podía faltar: Enrique Iglesias y su insoportable Si tú te vas,… si tú me das,… Crímenes musicales contra la Humanidad, como ya comenté en su día. Puedo decir que literalmente Enrique Iglesias me echó del sitio y nos fuimos a otro, el Zaza, con tan mala suerte que nada más pedir la copa, pusieron a todo meter… ¿lo adivinas? Sí, al hijo de Julio Iglesias, la misma canción de mierda, …hasta que duelan los pies… O la cabeza. A reventar la tenía.

A la mañana siguiente el ron añejo perforaba mi cabeza, pero no tanto como el tu-ku-tún tu-ku-tún tu-ku-tún de toooodas las canciones que oí esos días. Para los vídeos que he colgado en este post he utilizado música del único panameño que conozco, Rubén Blades. Bueno, me recuerda Barney a los míticos Rommel Fernández (futbolista) y Rolando Blackman (jugador de la NBA de apellido políticamente incorrecto hoy en día).

Fueron pocos días, pero como siempre que viajo me quedé con ganas de ver más, de conocer más el país. Merece la pena, de la City a la Lavandería, pasando por la grandiosa obra del canal, los parques nacionales, o (supongo) las paradisíacas playas. Hay pasta en Panamá, pero también mucho por hacer, mucho por mejorar en infraestructuras, viviendas, igualdad, transparencia,… y música.

Cara Lester

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