El Pabellón Azul, por Lester

La reforma del Pabellón Azul ha finalizado y me atrevo a dar las gracias en nombre de todos sus residentes. Gracias al departamento de Responsabilidad Social Corporativa de Sacyr y gracias a todos los que habéis ayudado para que fuera posible. Me enorgullece pensar que hemos contribuido a esta obra que va a mejorar las condiciones de vida de unos chicos, ya adultos, que van a poder usar unos baños y duchas en condiciones, adaptados a su movilidad y sin los peligros que vi en persona que tanto me impactaron. El suelo resbaladizo, las duchas sin agarraderas, los escalones criminales, las goteras y el boquete de la pared son historia. ¡Gracias! 

 

El Hogar Teresa de los Andes es un centro admirable, como no me canso de repetir, en el que la voluntad de sus responsables y trabajadores intenta suplir las limitaciones presupuestarias. Tiene siete pabellones en los que sus habitantes están clasificados por edades y en función de su grado de discapacidad:

  • Rojo: en el que están los chicos de menor edad, entre diez y veinte años, en el que se desvivieron mi mujer y Lester Junior por ayudar, tanto a los chicos del pabellón como a las cuidadoras.
  • Verde: en el que estuvimos trabajando Rachel y yo, con chicos entre doce y veintipocos años.

  • San Camilo: sus internos eran ya adultos hechos y derechos con una discapacidad física severa, que se unía a las psíquicas. Fue el pabellón en el que “las Beas” desarrollaron su excepcional labor.
  • Naranja: en él vivían los internos que se encontraban en mejor situación, como Paúl, el pintor del que ya os hablé, o Nico, el corredor de fondo. Tenían habitaciones individuales, sus propios objetos personales, música, y alguno de ellos hasta una tele.

  • Hospital: desgraciadamente, la falta de medios, empezando por un médico, hacía que de hospital tuviera poco más que el nombre. En este pabellón se atendía a aquellos muchachos a los que les empezaban a fallar los órganos, como el pobre Pablo, que falleció estando nosotros allí, o se les trataban las lesiones causadas por caídas o brechas provocadas por su propia torpeza de movimientos.
  • Marrón: sus residentes no deberían estar en el Hogar, como nos dijo el Hermano Fausto, sino en un centro especializado para trastornos psiquiátricos. Necesitan atención profesional y una medicación bastante cara. No tuvimos ningún problema con la agresividad de alguno de ellos, sino más bien al contrario, fuimos capaces de tener momentos muy emotivos, incluso diría de gran ternura, con David y María, por ejemplo. Con el resto apenas tuvimos trato. No somos héroes. 
  • Azul: el pabellón para el que conseguimos la financiación de sus obras está habitado por los chicos con los que menos trato tuve. En su momento dediqué un post entero a “la sonrisa de un niño”, sonrisas que desgraciadamente no encontré en los residentes del Pabellón Azul, con los que apenas fui capaz de relacionarme, hombres y mujeres entre los veinte y los cuarenta años que también deberían estar en un centro especializado para tratar sus trastornos (según sus historiales, psicóticos, discapacidades intelectuales grave o muy graves, autismo, autismo con comportamiento fóbico,…).

Además de los pabellones que servían de vivienda para los “Niños con habilidades especiales”, como reza el cartel de la entrada del Hogar, había un comedor, una enorme lavandería, una dirección de estudios para la escuela, la unidad educativa y el aula infantil, una capilla, la oficina, la residencia de voluntarios, el campo de “entrenamientos”, y muchos metros cuadrados repletos de vegetación salvaje. El centro necesita medios, y algunas necesidades son más acuciantes que otras, como ocurría con la reforma del Pabellón Azul.

Cuando lo visité por primera vez, al poco de comenzar nuestro voluntariado, yo mismo me tropecé con un pequeño escalón que había a la entrada del baño y las duchas, así que no quiero ni imaginar la cantidad de caídas y golpes que se habrán dado sus inquilinos, teniendo en cuenta que tenían movilidad absoluta, pero eran muy torpes de movimientos. Al ver “un intruso” en su territorio, se me acercaron, me rodearon y me dirigían miradas sorprendidas. Algunos me abrazaron o me pasaron la mano por el hombro, y otro me quería enseñar un agujero en el suelo, con un lenguaje incomprensible. Tengo que reconocer, y no quiero ser cruel, que fue una sensación extraña para mí, como si entrara en el plató de Alguien voló sobre el nido del cuco.

La reforma era urgente y gracias a la Fundación Sacyr hoy es posible. Unos días antes de nuestra visita, se firmó el convenio con Ayuda en Acción que permitiría que se realizaran las obras en un plazo lo más breve posible. Tuve la suerte de conocer al contratista, me enseñaron el presupuesto y las partidas que se iban a acometer, me explicaron qué se iba a hacer y por qué se iban a utilizar determinados materiales, y pudimos ver el inicio de las obras en los últimos días de agosto.

Estoy muy agradecido al apoyo de la Fundación Sacyr y del departamento de Responsabilidad Social Corporativa. Apoyaron el proyecto de modo muy activo desde el primer minuto y se movieron con rapidez para que la reforma se hiciera lo antes posible. La reforma ha quedado estupenda.

Muy agradecido también a Ayuda en Acción por su profesionalidad y diligencia. He estado en pocas reuniones de trabajo tan gratificantes en toda mi vida como en la que tratamos estos asuntos, con tan buen entendimiento, y eso que a un lado de la mesa había una ONG y al otro una gran empresa con miles de trabajadores y presencia en una treintena de países.

Muy agradecido al departamento de Comunicación, que ha dado a conocer el proyecto tanto internamente como con la publicación de la firma del acuerdo en diversos periódicos y medios digitales.

El importe aportado por Sacyr cubrió aproximadamente el 85 por ciento del presupuesto de la reforma (algo más de 90.000 bolivianos), y mi mujer y yo nos comprometimos a sufragar el resto, como hicimos. Gracias a los que nada más saber de nuestro proyecto quisisteis contribuir generosamente con una donación: Teresa, Manolo, Mamen, Pepe, Jaime, Adriana y Sara, esta obra también es vuestra. 

Y por supuesto, muchas gracias a los que habéis contribuido comprando el libro que publiqué con el doble objetivo de dar a conocer el proyecto y recaudar fondos para el mismo. Doy por hecho que los cincuenta primeros, a los que les regalé el ejemplar, siguieron la cadena a la que se comprometieron (amazon.es), una cadena que todavía no ha finalizado porque nos falta completar la última parte.

Igual que doy por hecho que algunos, sé que no todos, se han leído esa recopilación de relatos que hacen que en ocasiones, como me dijo Racsi, “necesites una botella de whisky para digerirlos”. El autor reconoce que estaría encantado de recibir críticas literarias de su magna obra, aun a sabiendas de que algunos sois bastante cabroncetes.

Ha sido muy bonito ver cómo me han ido llegando mensajes y fotos a través de WhatsApp de amigos y compañeros que han comprado el libro y se hacían una foto con el mismo. En sus casas, en la playa, en la piscina, o para ponerlo bajo la pata de una mesa, como alguno de ese grupo de amigos futboleros a los que no les mueve precisamente la pasión por la literatura. Otros han comprado varios para regalar, como la docena de Miguelón, o los varios de Alonso, Cristina y Tadelpo.

Gracias al Club de Baloncesto Las Rozas por la donación de equipaciones deportivas que los chicos del centro lucieron con orgullo durante las olimpiadas especiales. Gracias a María Jesús del Banco Cooperativo por la entrega de camisetas de deporte y material escolar que allí tuvieron una gran aceptación. Gracias a Andrés por la difusión del proyecto y el libro en la revista del colegio.

Espero no olvidarme de nadie. Muchas gracias a todos. Los internos del Pabellón Azul no son conscientes, pero cada día que se den una ducha, cada tarde que no ven una gotera, o cada noche que no entre una corriente de aire gélido por la pared, será gracias al apoyo de todos nosotros.

 

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2 comentarios en “El Pabellón Azul, por Lester

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