Juegos de Río 2016 (II): nostalgia de México 68 (Barney)

Bob Beamon 2

¿Se puede sentir nostalgia de un tiempo que no has vivido? ¿Se pueden añorar unos momentos épicos que no presenciaste en directo? Pues en mi caso, sí, y si ese sentimiento no es la nostalgia, haría falta un verdadero experto (como decía Woody Allen respecto al dinero y la felicidad) para encontrar la diferencia.

Mi llegada al mundo se produjo en el ciclo olímpico entre México 68 y Múnich 72, así que no vi ni viví uno solo de los minutos de aquellos Juegos que dejaron imágenes imborrables y marcas para la historia. Si pudiera teletransportarme a algún estadio olímpico en algún momento de la historia de los Juegos, tendría dudas para elegir entre los siguientes:

  • Berlín 36: el momento de Jesse Owens ganando cuatro medallas de oro ante el mismísimo Hitler y echando por tierra las teorías de la superioridad de la raza aria.
  • Helsinki 52: cualquier carrera de Emil Zatopek, ya fuera ganando 5.000, 10.000 o el maratón, todas ellas con récord olímpico, con ese estilo inconfundible de sufridor del que se dijo: “corre como si su próximo paso fuera a ser el último”, “el más aterrador espectáculo desde Frankenstein” o “parece un hombre luchando con un pulpo sobre una cinta de transporte”.
  • Roma 60: sin duda estaría en esas gradas del estadio para ver llegar con admiración a ese delgadísimo etíope descalzo llamado Abebe Bikila ganando el maratón en poco más de dos horas y quince minutos. ¡Descalzo por Roma! Con sus adoquines infernales, definitivamente estos tíos son de otra pasta.

Pero sin duda viajaría al estadio de México 68, en el que se vivieron posiblemente las mejores jornadas de atletismo de la historia. Las principales pruebas vieron la victoria de los atletas del poderoso equipo norteamericano.

Jim Hines venció en los 100 metros lisos con una marca de 9,95 que se mantuvo vigente 15 años, hasta que fue superada por Calvin Smith en 1983 con 9,93.

Tommie Smith venció en los 200 metros con una marca de 19,86, que en estos Juegos de Río le hubieran valido para ser plata. La marca se mantuvo 11 años en los listados oficiales, hasta que fue superada por Pietro Mennea en 1979 con 19,72.

La marca de Lee Evans en los 400 metros, 43,86 segundos, se mantuvo 20 años, dos décadas en las que ningún atleta lograba ni acercarse a la barrera de los 44 segundos. Fue en una gala mágica en Zurich en 1988 cuando otro norteamericano, Harry Butch Reynolds, logró mejorarla hasta unos 43,29 inalcanzables durante otros 11 años más. SALT LAKE CITY - JUNE 14: Michael Jordan #23 of the Chicago Bulls shoots the game winner against the Utah Jazz that gave the Bulls their sixth NBA title, 87-86, at the Delta Center, Salt Lake City, Utah. NOTE TO USER: User expressly acknowledges and agrees that, by downloading and or using this photograph, User is consenting to the terms and conditions of the Getty Images License Agreement. Mandatory copyright notice: Copyright NBAE 2002 (Photo by Fernando Medina/ NBAE/ Getty Images)

Sin duda el momento más recordado de los Juegos se produjo en el salto de longitud con el récord de Bob Beamon. Fue uno de esos momentos ilógicos que a veces ocurren en el deporte, un salto adelantado a su época si se compara con la evolución de las marcas en esta especialidad. El salto es perfecto en todos sus aspectos: la carrera, el talonamiento, la batida, el vuelo sin motor a gran altura y la recepción.

En todo el siglo XX hasta los Juegos de México 68 la mejor marca había avanzado 74 centímetros, desde los 7,61 de Peter O’Connor en 1901 hasta los 8,35 de Ralph Boston en 1965. Mejorías de uno, cuatro, ocho centímetros, lo normal cuando mejoran los entrenamientos, los materiales, la técnica,… En un solo salto, Bob Beamon, y de  ahí su cara de asombro en mitad del vuelo, llevó la marca 55 centímetros más allá, y en los 48 años posteriores solo un atleta ha superado ese salto milagroso, Mike Powell en la inolvidable final de Tokio 1991 (8,95 metros). Realmente ha habido otros dos atletas que han superado la marca de Beamon y no sería justo omitir sus nombres. En esa misma final de Tokio, Carl Lewis llegó a los 8,91 en un salto que no pudo ser homologado por exceso de viento a favor. Cuatro años después el cubano Iván Pedroso voló hasta los 8,96 metros en Sestriere, pero la marca finalmente no fue homologada tras varias semanas de informes, contrainformes y reclamaciones de todo tipo. ¿Hubiera sido distinto de ser norteamericano?

El vuelo de Beamon no fue el único que asombró al mundo entero en aquellos Juegos. El récord del mundo de triple salto fue batido hasta cinco veces por tres atletas diferentes (ganó Víctor Saneev con 17,39 metros), favorecido como el resto de marcas por la altitud de Ciudad de México. Pero el momento que sin duda está entre mis tres favoritos es el salto de altura de Dick Fosbury. No creo que haya pasado muchas veces que un atleta ose cambiar las técnicas de salto utilizadas hasta la fecha, se proclame campeón (con récord olímpico) y consiga que a partir de entonces todos los saltadores copien su estilo, que además lleva su nombre, el Fosbury Flop. Los jueces se miraban con asombro, como supongo que todos los espectadores: “¿pero qué hace este tío lanzándose de espaldas?”

Los Juegos de México 68 fueron excepcionales en muchos sentidos, especialmente para el deporte rey de todos los Juegos, el atletismo, pero creo que a partir de México todo fue distinto para el olimpismo y de ahí nace mi nostalgia. Si el manifiesto del Barón de Coubertin sobre el olimpismo trataba de una filosofía de vida basada en los valores del deporte como modelo de educación, y hablaba de un espíritu olímpico alejado de la política y el mercantilismo, todo eso saltó por los aires después de estos Juegos.

En Múnich 72 se produjeron los atentados del grupo terrorista Septiembre Negro contra la delegación israelí. Luego vinieron los boicots a Moscú 80 y Los Ángeles 84, y la profesionalización del deporte trajo muchas cosas buenas, pero también muchas horribles. El dinero siempre atrae corrupción y en el mundo del deporte trajo además el dopaje. Parecía que sin sustancias prohibidas los atletas no estaban en condiciones de competir. No siento admiración por ninguna de las marcas conseguidas en los 80, muchas de las cuales siguen vigentes en el atletismo femenino.

Las atletas de los países de la Europa del Este y la inverosímil norteamericana Florence Griffith dejaron marcar inalcanzables hoy, cerca o más de treinta años después:

  • Los 47,60 segundos de Marita Koch en los 400 metros (1985). Las últimas campeonas olímpicas tardan dos segundos más que las alemanas del Este de los ochenta. El récord del mundo de relevos 4 x 400 también es de aquella época, de la Unión Soviética de 1988.
  • La marca de 1min. 53s. de Jarmila Kratochvilova (o Kratochvilovo) conseguida en 1983. Se puede ser campeona olímpica con 3 y 4 segundos más que este tiempo.
  • Las campeonas olímpicas de Londres 2012 y Río 2016 están varias décimas por encima de las marcas que dejó la increíble (por no creíble, no por asombrosa) Florence Griffith en el verano de 1988.
  • Los lanzamientos de disco y peso mantienen los récords de 1987 y 1988.
  • Los saltos de altura y de longitud fueron batidos también en esos mismos años por atletas de la Europa del Este, en países de los que se sabe su sistema de dopaje organizado. Nuestra Ruth Beitia acaba de ser campeona olímpica saltando 12 centímetros menos que la búlgara Kostadinova. Un mundo en esta disciplina.

Kratochvilova Florence-Griffith-Joyner1

Adiós a la inocencia del deporte, y adiós a la capacidad de asombro. Hoy en día, con la cantidad de información que recibimos por mil vías distintas sería imposible que un atleta nos sorprendiera como lo hizo Dick Fosbury en México 68. Ahora sabemos todo de los atletas: sus marcas, sus estilos, su progresión, dónde han entrenado y con quién, sus novios o novias, la marca de zapatillas,… hasta los milímetros de la microrrotura fibrilar que sufrieron tres meses antes en una competición menor.

Y es una pena,  porque la capacidad de asombrarse es fundamental para poder seguir amando este deporte. Por eso siento nostalgia.

Apéndice final sobre la reivindicación del “black power” en México 68

Tommie SmithUna de las imágenes más recordadas de los Juegos es la ceremonia de entrega de medallas de los 200 metros lisos. Tommie Smith, oro, y John Carlos, bronce, elevan un puño negro al cielo y agachan la cabeza para no ver su bandera.

No soy partidario de las reivindicaciones políticas en el deporte, pero creo que aquel gesto fue necesario para llamar la atención al mundo sobre la segregación racial. Como lo fue vetar a Sudáfrica durante años por mantener el apartheid. Martin Luther King fue asesinado apenas unos meses antes de los Juegos. Fueron gestos necesarios. A Tommie Smith y a John Carlos les destrozaron la vida:

“Yo tenía once récords del mundo, más que cualquier persona en el mundo, y el único trabajo que encontré fue lavando coches en un aparcamiento. Y me echaron porque mi jefe me dijo que no quería que nadie trabajara conmigo. A mis hermanos les echaron del colegio… Han pasado los años y nunca nadie del Comité Olímpico Internacional me pidió perdón. Destruyeron mi vida, la de John, la de Norman. La esposa de John se suicidó, yo me divorcié… todo por pedir que las personas seamos iguales”.

(Juan Morenilla, del libro 57 historias del deporte)

Curiosamente hoy mismo he sabido algo que no sabía sobre este triste episodio y es la historia del Norman al que se refiere Tommie Smith. Peter Norman, el australiano que se llevó la medalla de plata en esa carrera y que aparece en la foto junto a los norteamericanos. Merece la pena ver el vídeo de este enlace.

Los atletas están hechos de otra pasta y no sé si se debe al sacrificio extremo de los entrenamientos o a tantos momentos a solas con sus pensamientos y sus paranoias. Otro ejemplo del mismo convulso año 68. Cuando el Ejército soviético invadió Praga para acabar con cualquier aspiración democrática, a Emil Zatopek le dejaron elegir entre ser embajador deportivo de los soviéticos o pasarse el resto de su vida limpiando baños en una mina de uranio. Él no se rindió nunca como atleta y en la vida real no iba a ser menos. Eligió los retretes.

Se acaban los Juegos de Río. Cerraremos en breve con Juegos de Río 2016 (y III): un resumen a mi manera.

Cara Barney

 

 

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