Anora y el Óscar, o «me hago mayor»

Esta semana he visto Anora (por fin, con algo de retraso desde el estreno), la película triunfadora en los Óscar de este año: mejor película, mejor dirección, guion, montaje y, por supuesto, mejor actriz. Mikey Madison desbancó a la que parecía la favorita, Demi Moore, y quizás sea el único de los premios con el que puedo estar de acuerdo. Aunque… si lo pienso bien, se trataba de elegir entre una Demi Moore entre hipermaquillada cuando no va «a pelo» y algo histriónica, la no menos histriónica Karla Sofía Gascón, o una Mikey Madison que se pasa media peli en pelotas y comportándose como posiblemente nunca haría una mujer de su condición, profesión y educación. Vamos, que ni siquiera en esto coincido con la Academia de Hollywood.

Uno mira la larga lista de premios de Anora, que comenzó con la Palma de Oro en Cannes en 2024 y culminó con ese premio gordo a mejor película del año, y comienza a pensar que ya no entiende nada de esto. Si es «el negocio», una promoción acertada, el sistema de votación de los Óscar… O si es mi propia visión del cine actual, si me estoy haciendo mayor o si no he sabido ver ni entender la supuesta calidad del film. Ojo, que no es mala, ni mucho menos, no es Todo a la vez en todas partes. Es entretenida en algunos momentos del metraje, pero (siempre según mi modo de ver) adolece de una de las peores cosas que se puede decir de una obra artística, ya sea musical o cinematográfica: que es irrelevante. Como el hip-hop, el reggaeton, el trap latino o el noventaymuchos por ciento de la música electrónica. Al día siguiente has olvidado casi todo lo que has visto o escuchado.

Tengo claro por qué me ocurre esto con la mayoría de las películas que han ganado el Óscar en los últimos años: porque no me interesan nada. Porque les falta «grandeza». El último emperador podía ser un tostón demasiado largo, algo pretencioso, pero tenía esa «grandeza» en la búsqueda de la belleza de las imágenes, en el cuidado por los detalles, la música, la fotografía, una trama que no fuera complaciente con el espectador… Con la ganadora de este año no me vale ni siquiera aquello de «es que no tenía competidoras de nivel». Al lado de Anora, The Brutalist, Cónclave, Dune II, Un completo desconocido y hasta Emilia Pérez o La sustancia son obras perdurables, que pasarán a la historia.

Repaso la lista del Óscar a la mejor película de los últimos años y, salvo gloriosas excepciones, empiezo a creer eso de «¡el cine está muerto!» que algunos agoreros proclaman desde hace tiempo. Y no lo está, ni mucho menos, lo que sucede es que se premia lo mediocre que llama la atención en un momento puntual, la moda del momento o la peli indie que alcanza el favor de la crítica.

  • 2025: Anora. Porno soft en una trama con rusos idiotas, sin principios y podridos de pasta. Entre cada uno de los momentos que me hacen gracia o captan mi atención, transcurren unos quince minutos, y así sucede que acabamos en un metraje de 2 horas y 20 minutos para algo que necesita poco más de una hora para se contado y resuelto. El eterno problema de la duración forzada de las películas modernas.
  • 2024: Oppenheimer. Peliculón, tiene esa grandeza que la hace merecer todos los galardones que conquistó. Quizás la única que se salve de la quema de este listado que me va a salir.
  • 2023: Everything everywhere all at once, la ya mencionada Todo a la vez en todas partes. ¿De verdad? ¿De verdad???? ¿De verdad este engendro gustó y convenció a tantos académicos? Es por cosas así cuando afirmo rotundo que no entiendo nada, o que me he hecho mayor y cascarrabias sin darme cuenta.
  • 2022: CODA. Pufff, otra. Un largometraje de domingo por la tarde. Un remake que no mejora el original francés al que copia sin pudor y sin aportar nada reseñable de valor. Otra obra intrascendente, irrelevante, que ves y olvidas de inmediato.
  • 2021: Nomadland. La peli independiente triunfadora. Con lo mejor, pero, también, con lo peor de ese tipo de cine. Una historia incómoda, rodada con pocos medios, apenas 4 millones de dólares de presupuesto, sin apenas ritmo, sin una trama repleta de giros o personajes memorables. Un drama que está bien, sin duda, muy triste, lo que quieran, pero tan introspectiva que al final se vuelve ajena.
  • 2020: Parasite, o Parásitos. La película coreana tiene muchos detractores, pero desde luego no me encuentro entre ellos. Lo que no entenderé nunca, salvo que se deba a ese extraño sistema de votación de la academia norteamericana, es que derrotara a 1917, El irlandés, Érase una vez… en Hollywood, o a la magnífica Joker. Aquel año tuvo también JoJo Rabbit, Los dos papas o Historia de un matrimonio, quizás el último año de cine perdurable que hemos tenido. ¿Cosas de la pre-pandemia, quizás?
  • 2019: Green book. Otra peli amable, entretenida, aunque nada especialmente innovadora. Una versión moderna de Paseando a Miss Daisy, otra con la que nunca entendí que triunfara como mejor película del año, allá por 1989. Pero al menos en este año te encontrabas con historias que (al menos el que escribe y suscribe) veía con interés: Roma, Bohemian Rhapsody, Ha nacido una estrella, La favorita, el son of a bitch de Dick Cheney en Vice… En los últimos dos o tres años, muy poco.

Quizás suene algo viejuno, pero enlazo esta idea con otra que leí hace unos meses (y que no logro encontrar) en un artículo que comparaba los artistas de los Grammy de hace treinta años con los actuales. Decía algo así como que antes tenías a Eric Clapton, Aerosmith, Metallica, Jeff Beck, U2 o Steve Vai, y ahora tenemos a Bud Bunny, Ariadna Grande, Miley Cyrus o Anuel. Y no es del todo cierto. Cada año surgen nuevos artistas, nuevas ideas, nuevas melodías, no solo el repetitivo chunda-chunda que tanto éxito tiene, y puede que tanto en la música como en el cine resulte más difícil sorprender, entre otras cosas, por la sobreinformación que tenemos, pero no es cierto que todo sea una bazofia ahora y antes fuera maravilloso. Lo que puede estar ocurriendo es que haya cambiado el foco, el objetivo del productor, o que el interés mayoritario sea alcanzar el mayor número de espectadores, sin importar el cómo ni el soporte. Cada vez que encuentro a un chaval en el metro viendo una película o una serie me dan ganas de darle una colleja: «¡espabila, vete al cine!». Sin entrar en el debate de los precios, hablo de otra cosa, de la falta de interés por el producto de calidad, como está ocurriendo con el sonido de Spotify o las radios, ¡si no distingo el solo de guitarra, si apenas se oye la batería o se escucha la voz!

Se busca la calidad con menor ahínco que en otras épocas, posiblemente porque ahora prima la rapidez del consumo sobre la excelencia del producto. Y esto vale para la música, el cine o las series de televisión. Ahora toca consumir una serie en modo maratón en un fin de semana «porque no te la puedes perder», doce capítulos en dos días, y si al tercero no te interesa, te pones otra. En tiempos de la Inteligencia Artificial Generativa, que puede producir contenido como una industria conservera, puede que nos encontremos con la misma historia una y otra vez, da igual la factura técnica o la creatividad.

No sé, llamadme viejo, carca, pero echo de menos algo… grandeza.

Lo bueno, lo feo y ¿lo malo? de Clint Eastwood

Clint Eastwood cumple hoy 95 años, casi nada. Una longevidad tan lúcida y bien llevada como la del artista de más edad que (posiblemente) ha pasado por este blog, Kirk Douglas, quien alcanzó los 104 años. Cuando uno ha vivido tanto como un siglo, o se acerca, lo normal es que acumule decenas de experiencias, películas, aciertos y errores, éxitos y fracasos, premios y, también, críticas feroces. Y controversias. Unas cuantas, claro que sí. El post de hoy versará sobre las diferentes facetas de este cineasta total (actor, director, productor, coguionista, músico) a lo largo de su extensa carrera.

Lo bueno de Clint – el creador

Sin duda fue un error generalizado en Hollywood y de buena parte de la crítica, pero a Clint Eastwood solo se le empieza a reconocer su valía cuando se pone tras la cámara para dirigir peliculones uno tras otro, a veces dos al año. No solo eso, sino que ha ejercido labores en la producción (Malpaso Productions), interviene en los guiones, y hasta se atreve con la composición musical. Aun con todo este bagaje, sus primeras obras no pasaron de tener un reconocimiento menor, como si fueran trabajos aseados realizados por un actor reconvertido a director. El fuera de la ley, Ruta suicida, Bronco Billy, Firefox

A mediados de los ochenta realiza un wéstern magnífico, más propio de otra época, El jinete pálido (1985), y ese «predicador» sin nombre logra por fin la atención de la crítica especializada, aunque, quizás por el género, todavía no se le considerara en serio. Un año después realiza El sargento de hierro, tan divertida como políticamente incorrecta, y para buena parte de la crítica de la época no deja de ser el mismo justiciero fascista de siempre en su filmografía. Con Bird (1988), la biografía del saxofonista Charlie Parker «Bird» se ganó el favor de los escépticos. Y un Globo de Oro como director.

Su carrera pasa a ser otra, se lanza a por obras variadas, como Cazador blanco, corazón negro, sobre las andanzas de John Huston como cazador durante el rodaje de La reina de África, pero sigue rodando algunas muy de «su estilo» como actor. El principiante, en la que interpreta al típico policía duro y experimentado que se las sabe todas. Seguro que fueron varios los críticos que pensaron: «sí, hizo Bird, pero es el mismo Harry Callahan de siempre».

A principios de los noventa se «soltó la melena», se lanzó a tumba abierta y realizó Sin perdón (1992), su consagración como director, con el reconocimiento de la Academia en los Óscar, Un mundo perfecto (1993) y Los puentes de Madison (1995). Casi nada, tres peliculones a partir de los cuales, cualquier nuevo estreno de «lo último de Eastwood» era recibido con expectación. Aquí había un cineasta inmenso, con un amplio conocimiento de todos los resortes del cine, capaz de buscar la mejor historia, ya sea real o de ficción, trabajar el guion, rodarla con maestría, interpretarla con acierto, si es necesario, e, incluso, componer la música.

Medianoche en el jardín del bien y el mal, Poder absoluto, Ejecución inminente, Space cowboys, Deuda de sangre… continúa entregando películas muy entretenidas y de temáticas variadas durante varios años, hasta que encadena otra colección de fucking wonderful obras: Mystic river (2003), Million dollar baby (2004), Banderas de nuestros padres y Cartas desde Iwo Jima (2006). Puedo cambiar mi top-5 de Eastwood a lo largo de los años, pero creo que ahí siempre incluiré Mystic river, la durísima historia sobre tres amigos (Tim Robbins, Kevin Bacon y Sean Penn), la tragedia familiar de uno de ellos y el destrozo emocional en su entorno.

Con la película sobre la tragedia de la chica boxeadora (Hillary Swank en Million dollar baby) logra su segundo Óscar como director y los principales premios de ese año (película, actriz principal, actor secundario). Si a alguien le quedaba alguna duda de lo que Eastwood era capaz de hacer, supongo que se le quitarían todas. No he visto todo lo que ha rodado en los últimos veinte años, y ha sido mucho, pero su filmografía ya era notable hasta la fecha y aun así, ha añadido otro buen puñado de películas de mucho interés. Se centra en personajes o sucesos reales (El intercambio, J. Edgar, Jersey boys, Sully, 15:17 Tren a París, Richard Jewell, El francotirador), pero no hace ascos a nuevas tramas, como a lo paranormal o lo que sucede tras la muerte, como en Más allá de la vida (2010), o al cine judicial más clásico, como en su última obra, la meritoria Jurado nº 2. De esta época, mis favoritas son Invictus (2009) sobre la reconciliación en Sudáfrica tras años de apartheid a través del rugby (gran interpretación de Nelson Mandela, digoooo, de Morgan Freeman), y esa obra maestra que es Gran Torino (2008). Demoledora. Sí, racista, clasista, incómoda, pero un puñetazo en el estómago. Con un protagonista (en principio) odioso en busca de un último acto de redención.

Lo feo de Eastwood – el actor

Clint Eastwood nunca ha tenido el beneplácito de la crítica por sus capacidades interpretativas, de hecho, cuenta con dos Óscar como director y otros dos como productor, pero nunca ha ganado un premio por sus actuaciones (apenas un par de candidaturas por Sin perdón y Million dollar baby). Comenzó como actor de televisión en los años cincuenta en la serie Rawhide, ambientada en el salvaje oeste, y aunque tuvo cierto éxito de audiencia, las críticas hacia su trabajo fueron feroces.

Por un golpe del azar a mediados de los sesenta, aterrizó en el reparto de lo que sería la Trilogía del Dólar, de Sergio Leone, y encadenó Por un puñado de dólares, La muerte tenía un precio y El bueno, el feo y el malo. Su personaje de «El hombre sin nombre» le daría fama, un nuevo sentido a su rictus característico de ojos guiñados y mandíbula apretada (con cigarro o sin él) y una popularidad que siempre agradecería a uno de los principales mentores que tuvo en los inicios de su carrera: el director italiano Sergio Leone.

A finales de la década de los sesenta, se atrevió con el cine bélico con las muy entretenidas El desafío de las águilas y Los violentos de Kelly, pero supongo que para la crítica seguía siendo él, Clint Eastwood, no un actor versátil, por mucho que, a mi modo de ver, se atrevía con nuevos retos e incluso salvó con buena nota el musical La leyenda de la ciudad sin nombre, traducción más que libre de Paint your wagon. Buena nota, o aprobado alto, como su acompañante en la aventura, ese otro tipo duro sin papa de cantar que era Lee Marvin.

El otro gran mentor de su carrera al que siempre se ha referido sería el director de Chicago Don Siegel, con el que rodaría La jungla humana (claro antecesor de Harry Callahan), Dos mulas y una mujer, El seductor y el otro gran personaje que le daría tanta popularidad como encasillamiento: Harry el sucio. Y Fuga de Alcatraz, ni más ni menos. Una colaboración de lo más productiva. Don Siegel venía de la serie B, era un director habituado a trabajar con presupuestos ajustados, a rodar las tomas justas, a saber cómo filmar la acción sin necesidad de grandes despliegues de medios ni multitud de cámaras. Según cuentan los actores que han trabajado con Eastwood, como director funciona de esta manera. Sin esas repeticiones tan «kubrickianas» y exasperantes para los actores que, además, suponen un incremento de costes para la producción. Seguramente el Eastwood productor y su bolsillo han influido también en esa manera de rodar.

Con las últimas obras de Eastwood director me pasa algo parecido a lo que me sucede con las de Woody Allen: que son mejores aquellas en las que ya no actúa, cuando solo está detrás de la cámara. No es que esté mal en sus papeles en Mula y Cry Macho, ni mucho menos. Lo que ocurre es que ese agotamiento físico se traspasa a la pantalla y posiblemente limite la trama o la acción. Su serenidad y buen hacer transmite más con el rostro de otro actor.

¿El malo? – ¿el republicano fascista ultraconservador?

Clint Eastwood nunca ha ocultado sus simpatías por el partido republicano, ya sea por su apoyo en algunas campañas presidenciales, como con John McCain o Mitt Romney, o bien, al ejercer como alcalde de la ciudad de Carmel-by-the-sea, en California. Pero no ha sido un republicano al uso: fue muy crítico con Nixon y la intervención en Vietnam, igual que lo fue con las invasiones de Afganistán e Irak, o con la guerra de Corea, en la que llegó a tomar parte, aunque de manera residual. Si se le ha criticado por sus posiciones políticas quizás sea por eso tan «español» de ubicar a los cineastas en un bando o en el contrario. En Hollywood se lleva con bastante más naturalidad la compatibilidad entre las opiniones de un director o actor y poder disfrutar de su obra.

Quizás en el caso de Clint Eastwood haya habido una confusión «errejoniana» entre la persona y el personaje, entre el político republicano y los papeles que interpretaba en la gran pantalla. No hay más que dar un repaso a las películas que he mencionado para comprobar que muchos de los personajes interpretados por el bueno de Clint son unos redomados fascistas sin respeto alguno por la ley que todo lo arreglan sacando el revólver con rapidez. Y quizás haya quien viera al actor como el justiciero William Munny de Sin perdón, como ese sargento de hierro chusco, malhablado y políticamente incorrecto, o como ese Harry Callahan que anima a los delincuentes con su «alégrame el día» a que le den una excusa para poder desenfundar el Magnum 44. Sin embargo, el Clint de la vida real ha hecho campaña toda su vida por el control y registro de las armas de fuego, así como por la prohibición de las armas de asalto, lo que dista mucho de las posiciones de los ultraconservadores de la NRA.

Por lo que he leído a Clint Eastwood en entrevistas es un tipo con cultura, con un profundo conocimiento del cine, y una persona muy alejada de los personajes racistas de Harry Callahan o de Gran Torino. Varias de sus obras plantean debates sobre asuntos de actualidad en los que su resolución dista mucho de querer defender las posiciones más conservadoras de su partido: la pena de muerte (Ejecución inminente), la intervención en Irak (El francotirador), que comienza con las mentiras de George W. Bush para justificarla, las cloacas del FBI (J. Edgar) y la presidencia (Poder absoluto), o la eutanasia (Million dollar baby).

Siempre me han gustado sus películas. Como actor, como director y por lo que plantean, así que solo me queda desearle un muy feliz y activo happy birthday!

¿Qué pasó con…? (V)

En el reciente post sobre los planos secuencia, hablé entre muchas otras películas de Rope (La soga), la obra casi experimental de Alfred Hitchcock en la que el director se atrevió con el reto de filmar los ochenta minutos de metraje casi del tirón, en un solo plano. Un solo plano, eso sí, con los cortes necesarios para cambiar las bobinas, es decir, cada diez minutos aproximadamente. Personalmente, me pareció una obra brillante en lo argumental, en la idea del superhombre o por el sentido del humor del retorcido profesor Rupert (James Stewart). También por la dificultad del rodaje, por mucho que el propio Hitchcock la desdeñara en el libro de conversaciones con François Truffaut.

Seguro que todos recordamos perfectamente a los tres actores principales, los dos asesinos (John Dall y Farley Granger) y el mencionado Stewart, pero, ¿qué fue del «elefante en el salón»? Toda la trama versa sobre un tipo ausente, David Kentley, sobre el tipo del arcón al que nadie encuentra durante la hora y veinte minutos posteriores a su asesinato, pero, ¿el actor se tuvo que pasar metido en el puñetero baúl los diez minutos desde que lo estrangulan hasta el cambio de bobina? ¿Y cuántas tomas fueron necesarias? Es decir, ¿cuánto tiempo total necesitó pasar en ese arcón? ¿Alguien recuerda su nombre?

El tipo en cuestión se llamaba Dick Hogan. Me imagino a ese actor que, un buen día de 1948, le cuenta a su familia y amigos que va a rodar la próxima película de ese famoso director inglés que acaba de tener éxito con Recuerda, Encadenados y El caso Paradine, todas estrenadas entre 1945 y 1947. «El mismo Alfred Hitchcock», contaría orgulloso a sus allegados. Sus expectativas estarían muy altas, más aún si hubiera visto el tráiler de La soga:

Parece que va a ser fundamental en la obra y luego, el día que todas sus amistades fueran a verlo al estreno… se encuentran con que aparece menos de cinco segundos en escena. Hala, estrangulado y al arcón. Sale mucho más en el tráiler que en la propia película, porque el tráiler se desarrolla en un parque y el propio Dick Hogan tiene frases con su prometida, que es el momento que aprovecha Hitchcock para soltar el clue, el gancho, para el espectador: «fue la última vez que lo vio con vida».

Dick Hogan nació en Little Rock, Arkansas, en 1917, y participó como secundario en casi cuarenta películas desde 1937. Según la web más completa, la de IMDb, Dick Hogan actuó en decenas de películas, posiblemente series B o C, con puntuaciones bajas por lo general:

Su biografía es bastante escueta. Cantó con la orquesta de Glenn Miller, participó en la Segunda Guerra Mundial y le llegó su gran oportunidad con Alfred Hitchcock. Completo yo el hueco de la biografía: apareció cinco segundos en pantalla, acabó con claustrofobia crónica y abandonó el cine completamente asqueado de su primera experiencia en una producción importante. Echo de menos una entrevista con este tipo.

Para encontrar algo más de información sobre él, o una explicación de sus motivos, he tenido que recurrir a la versión inglesa de la Wikipedia. Dick Hogan dejó Hollywood y se volvió a Little Rock, donde trabajó hasta su jubilación como agente de seguros. Falleció en 1995 en el mismo lugar en el que nació y en el que se ganó la vida como agente. Todo de lo más anodino, pero supongo que le encantaban los espacios abiertos que allí encontró.

Recuerdo una entrevista hace años al cantante Phil Collins en la que decía que su vida, «en un momento dado, descarriló». Pero no era capaz de determinar el momento, si las adicciones, la separación, la enfermedad… Me hizo pensar en si la palabra estaba correctamente elegida. La vida de Phil Collins tomó caminos equivocados, a veces los recondujo, volvió a errar, pero un descarrilamiento es algo distinto. Es un accidente. Es una tragedia que puede durar un segundo y lleva al traste un tren, o una vida que hasta ese momento marchaba por la vía correcta.

Acaban de cumplirse 32 años del «descarrilamiento» por el que conocí, o conocimos los más aficionados al baloncesto, la historia de Slobodan Jankovic. El 28 de abril de 1993 se jugaba el cuarto partido de la semifinal de la Liga griega entre el Panathinaikos y el Panionios, equipo en el que jugaba la estrella yugoslava. El vídeo de YouTube que precede a este texto tiene las escalofriantes imágenes que tanto nos impactaron en su día. Siguen haciéndolo hoy, cada vez que las revivo: el jugador anota una canasta, pero el árbitro la anula y le pita falta en ataque. La quinta, para más señas, con lo que es eliminado. Con el cabreo del momento, el jugador suelta un cabezazo de rabia contra el soporte de la canasta y cae fulminado. Por aquel entonces, las canastas carecían de protectores acolchados, algo que comenzó a ser obligatorio tras la desgracia de Slobodan.

El jugador fue atendido de inmediato por el equipo médico y en su rostro se observa el terror. La sangre le caía a borbotones, pero lo que le asustaba era que no sentía las piernas y apenas los brazos. No dejaba de repetir sobre la propia cancha de juego: «me voy a morir, me voy a morir». Se fracturó una vértebra cervical y no volvió a caminar en su vida. Entonces tenía 29 años y era el mejor jugador del equipo griego, donde había llegado huyendo de los conflictos en la antigua Yugoslavia. En el país que dejó de existir a principios de los noventa (recordad Hermanos y enemigos) había jugado en el Estrella Roja de Belgrado hasta su fichaje por los griegos. En Grecia se volcaron con él y con los intentos de recuperación. Los directivos del club, numerosos aficionados, incluso el presidente del Panathinaikos, Pavlos Giannakopoulos, contribuyeron con fondos para costearle una posible rehabilitación en Londres. No fue posible y permanecería en silla de ruedas hasta el final de sus días.

Buscando detalles sobre cómo recompuso su vida, veo que se separó de su mujer cuatro años más tarde, y que el Panionios retiró la camiseta con su número 8 como homenaje al que fuera ídolo local durante un breve período de tiempo. Logró volver al baloncesto, aunque de un modo distinto al que, sin duda, le habría gustado: entrenó a un modesto equipo de baloncesto en silla de ruedas de Atenas. Su mayor alegría de aquellos años fue su hijo Vladimir, quien llegó a ser profesional y jugó en varios equipos como el Panionios, el AEK de Atenas, el Valencia Basket, el Andorra, y curiosamente, Panionios y el rival de aquel fatídico día, Panathinaikos.

Nunca reprochó nada a nadie por su desgracia, mucho menos al árbitro, como le preguntaron en alguna entrevista. Jankovic se consideraba un guerrero y no quería que nadie le compadeciera. Aquella desgracia era fruto de su manera de entender el deporte, como un combate, como una guerra. El vídeo en el que se muestra su reacción furibunda ha sido usado como ejemplo para prevenir conductas agresivas en los jóvenes y también en algunos manuales del ejército griego para hablar de autocontrol.

Una de las últimas veces en las que se le vio con vida fue durante el Eurobasket celebrado en Serbia y Montenegro en 2005, cuando acudió a ver algunos de los partidos. El 28 de junio de 2006 falleció de un infarto y a su funeral asistieron numerosas leyendas del baloncesto balcánico: Zarko Paspalj, Rebraca, Dragan Tarlac… También uno de sus rivales en la cancha, el gigante Panayotis Fassoulas.

Hogan, Jankovic y los momentos puntuales que cambian una existencia.

Capítulos de la serie ¿Qué pasó con…?

I. Antonio Peñalver y Claudia Wells.

II. Antonio Hernández Mancha y Pedro Maestre.

III. C. Thomas Howell y Santi Pérez.

IV. Antoni Asunción y Remedios Amaya.

La proliferación del plano secuencia

En el programa La Cultureta de Onda Cero, hace apenas un par de semanas, el director Nacho Vigalondo bromeaba sobre “una película innovadora: había muchos planos y estaban montados, con cortes y cambios de cámara, algo sorprendente, nunca hecho”. Algo así fue lo que dijo, pero, obviamente, hablaba de manera irónica acerca de la proliferación de planos secuencia en las películas y series actuales.

Sorprende que, para mucha gente, lo más rompedor del último éxito de Netflix, la serie Adolescence, no sea su argumento, o ese abismo entre padres y adolescentes que viven en un mundo irreal de móviles y redes sociales, sino la manera en que se ha rodado cada uno de sus cuatro capítulos: como un único plano secuencia. El primero de ellos “fuerza” incluso la percepción del espectador, por si a este le hubiera pasado desapercibido: el policía comienza diciendo que son las 6,48 de la mañana y concluye el interrogatorio “siendo las 7 y 32 del día” tal y tal. Oye, espectador despistado, por si no te has dado cuenta, lo he rodado todo en tiempo real, del tirón.

El plano secuencia, cuando está bien hecho, es un espectáculo, un lucimiento del director, pero no una necesidad. Puede ser una maravilla visual, un prodigio técnico, lo que queramos, pero debe serlo también argumental. Es decir, debe acompañar a la historia, ser necesario para la misma, no limitarse a ser un reto técnico que el director se encaprichó en acometer y para ello embarca a todo el equipo de rodaje y producción en un costoso berenjenal que no siempre aporta claridad a la trama.

El plano secuencia es mucho más fácil de rodar hoy en día. Puede haber errores, cortes en la misma toma, pequeños trucos para “empalmar” las escenas, como la apertura de una puerta, o pasar por delante de algún objeto como una pared, un vehículo… No tiene nada que ver, según cuentan los entendidos, con lo que era rodar un plano secuencia hace medio siglo o más, en la época del celuloide y la tijera.

Aun con las facilidades que las innovaciones técnicas y el formato digital procuran, el plano secuencia requiere un enorme trabajo de planificación. De actores, principalmente, como en una especie de función de teatro, pero también de cámaras, técnicos de sonido, iluminación, decorados. Y no es lo mismo rodar un plano secuencia con dos o tres actores, como el noventa por ciento del tercer episodio de Adolescence, o con más de cien personas inmersas en la acción, como ocurre en el segundo, el que transcurre en el colegio.

El plano secuencia es una herramienta más del director y, cuando se abusa, se corre el riesgo de que la forma desplace al fondo, a la historia que se cuenta. Puede acrecentar la sensación de veracidad, de introducción en la escena, como en el episodio 3 comentado (la charla/terapia entre el niño Jack y la psicóloga, una escena que no te deja respirar), o, por el contrario, te puede apartar de la acción, como en la persecución del episodio 2, por las propias limitaciones del formato (velocidad, claridad de la narración, interpretación). El problema es precisamente ese, cuando el cómo se cuenta se convierte en más importante que el qué, cuando se hace visible la mano del director y se diluye el guionista.

En los últimos años han proliferado las películas/retos rodadas en un único plano secuencia, varias de ellas, magníficas, como se ha comentado en este mismo blog:

  • 1917, de Sam Mendes, de 2020.
  • Birdman, de Alejandro González Iñárritu, rodada en 2014.
  • Utoya, 22 de julio, de Erik Poppe, 2018.
  • Victoria, de Sebastian Schipper, 2015.
  • Hablar, de Joaquín Oristrell, 2015.

Todas ellas bastante recientes, por cierto, por eso he buscado las fechas. A Birdman ya le dediqué un post completo en su día (enlace a: Birdman). Me interesó bastante la película, aunque el plano secuencia (con numerosas trampas) no era necesario para el argumento que narraba. De hecho, tiene que apoyarse en una serie de trucos para empalmar los cortes e, incluso, dejar que pase una noche con un plano fijo, como ocurre también con el desvanecimiento del protagonista de 1917 en su larga travesía. A esto es a lo que me refiero, a forzar la acción para no romper ese juego de dirección del plano secuencia. O a la limitación que supone, no solo temporal, sino también espacial. Los desplazamientos de Adolescence a la comisaría o al centro comercial son tan cortos como el de los soldados de 1917, que se suben a un camión para moverse a un frente de batalla que está a menos de diez minutos de trayecto.

Los defensores del plano secuencia argumentan que ayuda al espectador en su inmersión en la trama, a seguir a los protagonistas, a moverse con ellos, a sentirse parte de la escena. Eso mismo propone Utoya, 22 de julio, la película noruega sobre aquel neonazi que se cargó a 77 chavales en la isla de Utoya, cerca de Oslo. La película añade una complicación adicional, y es que se rodó con plano subjetivo, desde el punto de vista de Kaja, una de las jóvenes que se vio metida en aquella pesadilla de 72 minutos en la que Justin Breivik, un asesino armado al que ni siquiera se llega a ver, se iba cargando a todos los que encontraba en su camino. No es una obra redonda, ni explícita en la violencia, ni gore, pero al menos consigue transmitir al espectador el desconcierto de la protagonista ante una situación que ninguna de las víctimas era capaz de comprender. Pero tantas limitaciones a la acción provocan que no consiga sostener el pulso, ni el interés, a lo largo de todo el metraje. Se ve bien, y a otra cosa.

El plano secuencia me parece perfecto, insisto, como complemento. Me encanta la inmersión en las trincheras que nos ofrece Sam Altman en 1917, pero es igual de efectiva la de Stanley Kubrick en Senderos de gloria, por ejemplo. O el de la alemana Sin novedad en el frente (Edward Berger), en la que el barro casi sale de la pantalla. El arranque de Salvar al soldado Ryan podía haberse prestado a un plano secuencia siguiendo a Tom Hanks en la playa de Omaha, y seguro que habría sido grandioso, pero no creo que fuera menos eficaz para lo que nos quería narrar que el formato escogido por Steven Spielberg. El director mezcló planos de cámara en mano, grúas, panorámicas, ensució algunas cámaras con barro y sangre, empleó la cámara lenta… el trabajo de montaje nos ofreció un desembarco de Normandía de media hora sencillamente inmejorable. Sin alargar los planos más de lo necesario.

Si lo que se quiere es que el espectador sea consciente de la amplitud de medios con las que contaba la producción, “mira cuánta pasta hay aquí metida”, se puede insertar un plano secuencia de cinco a diez minutos que vaya del detalle a lo general o panorámico, o a la inversa. Como el famoso de las playas de Dunkerque en Expiación (2017), de Joe Wright. Magnífico, colosal:

Martin Scorsese es uno de los directores que rueda con mayor número de planos en sus películas (Bendito Scorsese). Mezcla planos cortos, en detalle, de un objeto, primer plano del actor, luego uno general, vehículos que llegan y se van, ruptura de la cuarta pared, cámara lenta, planos muy rápidos… lo usa todo. Y es un verdadero virtuoso del plano secuencia cuando lo necesita, cuando lo incorpora a las tramas de sus películas, como en la famosa entrada al Copacabana de Uno de los nuestros, en el que compone una coreografía de personajes alucinante. “Esto es un verdadero local repleto de mafiosos”, piensas:

A esto es a lo que me refiero, a incorporar el plano secuencia a la narración, para contar algo, para que aporte a la trama. Los primeros trece minutos de Ojos de serpiente, de Brian de Palma, están rodados de esta manera, sin cortes, pero serán necesarios para la investigación que comienza justo a continuación: dónde estaba cada personaje, qué vieron, qué significaban aquellos gestos que en su momento pasaron desapercibidos, qué pintaba ese pibón en la escena, quiénes eran esos tipos que ahora parecen sospechosos… Sin ser una gran película, sí me lo pareció la manera de desarrollar la investigación.

El ejemplo más famoso durante décadas fue el arranque de Sed de mal, de Orson Welles, rodada hace nada, en 1958. Ni me imagino lo que tuvo que ser aquel set de rodaje en la frontera con México. La película comienza de una manera muy “hitchcockiana”, con una bomba que es introducida en el maletero de un coche, para que todos los espectadores sean conscientes de que por ahí circula ese coche a punto de saltar por los aires. Continúa con los personajes de Charlton Heston y Janet Leigh, se mueve por la ciudad fronteriza y termina como tenía que terminar: ¡boooom!

He querido mencionar a Hitchcock por algo, por ser el primero que realizó una película completa en un solo plano secuencia: Rope, aquí titulada La soga. Se atrevió a hacerlo en 1948, con las pesadas cámaras de la época y las bobinas de celuloide que apenas permitían rodar unos diez minutos seguidos. El libro de François Truffaut, El cine según Hitchcock, publicado en 1966, indica en las notas finales que “es la única experiencia en la historia del cine de una película rodada íntegramente sin interrupción en la toma de vistas”. Por algo sería. En la misma nota indica que las películas de Hitchcock solían tener entre seiscientos y mil planos, algunos más, como Los pájaros, con mil trescientos. Entonces, ¿qué opinaba el propio director de su experimento?

A.H. No sé sinceramente por qué me dejé llevar por el truco de Rope, pues no puedo considerarlo de otra manera que como un truco.

A.H. Actualmente, cuando pienso en ella, me doy cuenta de que era completamente estúpido porque rompía con todas mis tradiciones y renegaba de mis teorías sobre la fragmentación del film y las posibilidades del montaje para contar visualmente una historia. Sin embargo, rodé la película teniendo en cuenta un montaje previo; los movimientos de la cámara y los movimientos de los actores reconstituían exactamente mi manera habitual de planificar.

Luego cuenta todas las dificultades técnicas que tuvo que superar: tabiques que se movían, el color, el decorado y las nubes que se ven de fondo, la iluminación del atardecer, el ruido de la cámara sobre los rieles y cómo tuvieron que ocultarlo con un suelo especial, los operadores moviéndose por la escena… “¡Asistir al rodaje de este film era todo un espectáculo!”, afirmó. Yo siempre me pregunté por el momento en el que sale del arcón el actor al que asesinan en los primeros cinco segundos de película, ¿se pasó ahí la primera bobina entera? ¡Pobre!

François Truffaut aporta en la conversación un punto de vista diferente, que también comparto:

F.T. Pienso que es usted demasiado severo hablando de Rope, considerándola una experiencia estúpida. Yo creo que, por el contrario, este film representa algo muy importante en una carrera profesional, es la realización de un sueño que todo director debe acariciar en un momento dado de su vida, un sueño que consiste en querer trabar las cosas con el fin de obtener un solo movimiento.

Termina hablando de “la búsqueda del realismo”, quizás porque la vida sea un enorme plano secuencia sin cortes. Y en el cine, una virguería del director que, cuando sale bien, es espectacular. Como en uno de los más alucinantes que recuerdo, el de Juan José Campanella en El secreto de sus ojos. Porque, si hablamos de pasión y de personas, como hace Ricardo Darín, nada mejor que un estadio de fútbol argentino. Aquí lo dejo:

Impresionante. Desde fuera del estadio, sobre los jugadores, en el graderío, por el interior del estadio… Hay vídeos en YouTube que explican cómo se grabó esta escena, pero, ¿acaso queremos saberlo?

Relacionados:

Bendito Scorsese

Meter la tijera (I): la duración

Meter la tijera (II): el Director’s cut y el Final cut

El conflicto del secundario

Los cigarrillos Red Apple y el Imperio Austro-húngaro

Cuando el mundo real arrolla a los héroes de la pantalla

Estas últimas semanas hemos podido escuchar y ver en los medios varias menciones a la entretenidísima peli Armageddon (para mí, ya un clásico «de culto» palomitero), una obra que no me atrevo a definir como de ciencia ficción, pues arrastra mucho de la segunda y muy poco de la primera. El motivo de su reciente popularidad no es otro que ese enorme meteorito que podría impactar en la Tierra en 2032, un pedrusco del que se habló inicialmente que podría tener un tamaño de entre 40 y 90 metros de longitud. Como esa es una medida que, según parece, la gente no comprende bien, o no crea suficiente morbo o expectación, otros medios lo han llevado a la medida universal del «campo de fútbol», que es la que se utiliza para todo tipo de desgracias, ya sea indicar la superficie de los incendios, el volumen de las inundaciones o, ahora, el tamaño de un meteorito:

Me ha hecho gracia ver las imágenes de Bruce Willis como Harry Stamper con su equipo de perforadores en algunos noticiarios y medios rigurosos, luciendo esos trajes de astronauta color naranja mientras avanzan a cámara lenta dispuestos a embarcarse en una heroica misión casi suicida para salvar a la humanidad de la extinción. El cine, al igual que la literatura, ha «jugado» muchas veces a anticipar cómo sería ese posible futuro (El futuro ya está aquí) o a imaginar distopías incómodas (Ensayos de un futuro distópico). Con lo que han acertado poco es con las fechas, a las que dimos un repaso en 2022: el año de Soylent Green, pero los sucesos en sí, tanto los trágicos como las transformaciones sociales, así como las propias tecnologías, han resultado ser, en ocasiones, perturbadoramente precisas. Como parece que podrán llegar a estarlo en todo lo relacionado con la Inteligencia Artificial, por ejemplo.

Los que no llegarán a desarrollar sus papeles de salvadores del planeta en la vida real son los supuestos héroes que librarán a la humanidad del peligro, los actores como Bruce Willis, aquejados de una especie de maldición bloqueante, cuando no mortal. Quizás sea algo parecido a aquella «maldición de Blade Runner» para las empresas que prestaron su imagen a los luminosos de aquel futurista Los Ángeles. Todas quebradas. El bueno de Bruce, que debería liderar el equipo que nos «salvará» del impacto, está para pocos trotes. No solo no está físicamente en condiciones de subirse a una aeronave, o de enfrentarse a un grupo terrorista a lo John McClane, sino que ha perdido lo mejor de su papel en aquella película: la capacidad de soltar frases lapidarias.

  • El gobierno de los Estados Unidos nos acaba de pedir que salvemos el mundo.
  • ¿Ustedes no podrían decirnos quién mató a Kennedy?
  • Una cosa más: ninguno de ellos quiere volver a pagar impuestos.
  • ¿Sabes cuánto consume esa bañera? (a los ecologistas de Greenpeace).
  • Tenemos un agujero que taladrar.
  • ¿Y esto es lo mejor que se le puede ocurrir al gobierno, al «gobierno de los EE. UU.»? Quiero decir, ustedes son la NASA, por el amor de Dios, pusieron a un hombre en la luna, ¡son unos genios! ¡Ustedes son los que idean estas cosas! ¡Estoy seguro de que tienen un equipo de hombres sentados en algún lugar ahora mismo pensando en cosas y alguien que los respalda! ¿Me están diciendo que no tienen un plan B, que estos ocho boy scouts aquí, son la esperanza del mundo, eso es lo que me están diciendo?

La familia de Bruce Willis anunció en 2022 que se encuentra aquejado de afasia, un trastorno cognitivo, posiblemente degenerativo, que hace que a duras penas pueda entender, hablar o comunicarse. La imagen con sus hijas y nietas inspiraba ternura, no el «respeto» o el miedo que da el tipo duro salvador del mundo al que nos tenía acostumbrados. El mundo real es muy diferente. El astrónomo que lidera el proyecto ideado para acabar con el meteorito antes de 2032 no tiene precisamente ese aspecto de tipo curtido que bebe gasolina y cena filetes de caucho pasados a la barbacoa. Se llama Richard Moissl:

Sinceramente, creo que me sigo fiando más del Harry Stamper que de este científico con pinta de redneck que se hincha a barbacoas de costillas bañadas en miel en el patio trasero de su rancho de Oklahoma. El cine nos propone unos héroes para salvarnos del holocausto y la vida real se lleva por delante a algunos de los actores que los interpretan. Como al pobre Chadwick Boseman, que alcanzó la fama en 2018 como rey de Wakanda y salvador del mundo en Black Panther, pero al que un cáncer fulminó en 2020, cuando solo contaba 43 años de edad.

Se han hecho muchas bromas con el actor Edward Furlong, otro héroe engendrado y criado para liderar la rebelión de los humanos contra las dominantes máquinas: John Connor, la saga Terminator. Ya dije en este mismo blog que John Connor era un señuelo para los cyborgs, porque a la humanidad la salva realmente esa mujer que es Sarah Connor encarnada por Linda Hamilton. Del macarrilla de barrio John Connor/Edward Furlong no podía esperarse nada bueno (Terminator II), pero es que la carrera posterior del actor fue un cúmulo de adicciones y despropósitos tal que de ahí empezaron a surgir todos los memes en torno a su figura, la caída del tipo que «tenía que salvar al mundo».

Hay un personaje del cómic, un auténtico salvador de la humanidad cuyas andanzas fueron trasladadas en numerosas ocasiones al cine, que parece acompañado de una leyenda negra: Superman. El primer actor que interpretó al superhéroe en la gran pantalla, Kirk Alyn, en la década de los cuarenta, se pasó el resto de su vida encasillado en el papel del tipo con mallas y, como dijo en 1988, «jamás pude encontrar otro trabajo». Mucha peor suerte corrió George Reeves, el Superman de la televisión de los cincuenta, que interpretó este papel hasta su sospechosa muerte en 1959, pocos días antes de su boda. A pesar de que la versión oficial indicó que se trataba de un suicidio (como puede verse en el periódico con el que se inicia este post), nunca se encontraron sus huellas en el arma homicida. Su historia fue contada en la película de 2006 Hollywoodland y el papel de Reeves fue interpretado por Ben Affleck. Un Ben Affleck que, años después y vestido de Batman, se enfrentaría en pantalla con el propio Superman (en la piel de Henry Cavill).

Y si hablamos de «la maldición de Superman», es inevitable hablar de Christopher Reeve, el Superman con el que crecimos en mi generación. El actor neoyorquino interpretó al superhéroe venido de Krypton en cuatro películas, y reconozco que ahora me costaría verlas. Me cuesta verlas, de hecho, si algún día pillo alguna en la tele, porque han «envejecido» de pena. Los efectos especiales que nos parecían alucinantes no se sostienen en la actualidad, los personajes son planos, la historia con Lois Lane nos resulta ñoña, la tercera, a medio camino con la comedia, es floja. Pero toda una obra maestra al lado de la cuarta, infumable.

Christopher Reeve no pudo salir del encasillamiento de Superman a lo largo de su carrera, pero lo peor para él, con mucho, fue el terrible accidente que sufrió en 1995: una caída de un caballo, con apenas 42 años, que lo dejó tetrapléjico el resto de sus días. Aun así, mantuvo un espíritu encomiable de lucha frente a la adversidad y la desgracia. Incluso rodó una versión de La ventana indiscreta en 1998 «aprovechando» su casi nula movilidad. Finalmente falleció en 2004, y su mujer, dos años después, de cáncer de pulmón, pese a no haber sido nunca fumadora.

El documental Super/Man: La historia de Christopher Reeve cuenta su extraordinaria vida, el activismo que mostró tras su desgracia y una actitud ante la vida que le hizo parecer mucho más héroe en silla de ruedas que cuando se ponía el traje azul con capa roja para salvar al mundo.

La juventud de Corbet

Puede que The Brutalist sea la película del año. Me faltan muuuuchas por ver, pero no creo que haya demasiadas aspirantes a este inexistente título honorífico. The Brutalist sorprende por muchas razones y lo hace desde el primer minuto: por contar una historia de ficción que te hace creer que fue real, por el estilo empleado, por la impresión de estar viendo imágenes de hace varias décadas, porque cada escena resulta impredecible, por varias escenas arriesgadas, por la duración con el añadido del intermedio que recuerda a sesiones dobles de otra época, por lograr cierta incomodidad en el espectador en varios momentos… Por su inmensidad, por el aroma a cine clásico que desprende desde el inicio. No quise leer nada sobre ella antes de ir a verla y me alegro de haberlo hecho. Es una obra de esas que merece la pena reposar y repensar. Y una vez hecho y leídas varias críticas, me sigue sorprendiendo por muchas razones, pero no precisamente por un motivo que sí he visto destacado en algunas de esas críticas: la edad de Brady Corbet, director y guionista (guion escrito al alimón con su mujer, Mona Fastvold).

Quizás sorprenda que un director tan joven, 35 años cuando la rodó, se atreva a acometer un proyecto de estas dimensiones, o que tenga una ambición tan enorme como para intentar sorprender en cada secuencia, ya sea con la fotografía, la música, los títulos de crédito o las elecciones de guion. Para mí, algunas de ellas son erradas, según mi manera de ver o entender el cine, pero nada de ello resta valor a The Brutalist. Ahora bien, cuando hablo de «estas dimensiones», me refiero a cierto afán megalómano similar al del magnate interpretado por Guy Pearce. Por momentos pensé en el presupuesto con el que contaba su director para un proyecto tan personal, porque tiene una factura potente, de presupuesto elevado, y sin embargo, me llevé una nueva sorpresa al saber que no llegaba a los diez millones de dólares.

El mayor fallo que se le puede achacar a la edad del director es que parece estar más pendiente de epatar al espectador que de contar la propia historia, es decir, puede que le falte contención, o le sobre el empuje «de juventud» que con la experiencia dominará. No se me hizo larga en ningún momento, pero da la impresión de que, como en otros proyectos recientes, evita meter la tijera en momentos en que la trama lo requiere.

Ese esfuerzo algo forzado por impactar al espectador se nota en muchos detalles, comenzando con el formato escogido, el VistaVision, que llevaba sesenta años sin ser utilizado, lo que contribuye sin duda a que produzca esa impresión de peli antigua. Ahora un plano preciosista, ahora uno en el que no se ve nada, luego una profundidad de campo de visión inusual, ahora una escena alargada como la del tren, una banda sonora que molesta intencionadamente en escenas concretas. ¿Acaso esperabas un momento de gran belleza cuando el protagonista (Adrien Brody) se reencuentra con su mujer (Felicity Jones)?, pues toma palo. Luego, de repente un salto temporal, o una elipsis mal contada, un epílogo innecesario… La película va a contracorriente y quizás por eso mismo me gustó. Es magnífica y puede que sea la peli del año, pero no creo que sea la obra maestra que he leído en algún lado.

Y respecto a la edad, quizás sea un poco cabroncete compararlo con genios del Séptimo Arte, pero voy a dejar algunos ejemplos:

  • Steven Spielberg tenía 25 años cuando rodó El diablo sobre ruedas, 29 cuando hizo Tiburón y con 36 años ya había añadido a su filmografía Encuentros en la tercera fase, En busca del arca perdida y E.T., ahí es nada.
  • Martin Scorsese, a sus 34, ya había rodado Malas calles, Alicia ya no vive aquí y una obra tan madura y jodida para el espectador como Taxi driver.
  • Quentin Tarantino comenzó fuerte en el cine. Con 28 años y sin más estudios cinematográficos que los que le proporcionaron miles de horas viendo pelis de todo tipo, se lanzó con Reservoir dogs a los 28 y con Pulp Fiction a los 30.
  • Paul Thomas Anderson, un director del cual he leído comparaciones con Corbet, estrenó Boogie nights y Magnolia antes de los 30, y Pozos de ambición, una obra con la que se ha comparado The Brutalist, con 36 años, la edad actual de Brady Corbet.
  • Francis Ford Coppola ya había realizado las dos primeras entregas de la saga El Padrino antes de esos mismos 35 años, y en estas dos obras maestras ya había madurez, conocimiento global del cine, experimentación, afán por resultar clásico, ganas de impactar al espectador… y contención.

Lógicamente, si me refiero a la edad de los directores, es imposible no mencionar a Orson Welles y su debut por todo lo alto con Ciudadano Kane, a la tierna edad de 24 años. Claro que pocos genios habrá más precoces que Orson Welles, que ya había logrado notables éxitos en el teatro con adaptaciones de obras de Shakespeare, y en la radio, con la emisión de La guerra de los mundos. Ciudadano Kane busca ese mismo impacto en el espectador al que me refería en la obra de Corbet. Trata de ser original en cada plano, con la iluminación, con los ángulos escogidos (es muy famoso el plano «bajo» el suelo, agujereando la propia tarima para que la altura del protagonista pareciera superior), el movimiento de la cámara…

En casi todos los casos de precocidad que comento, se advierte la maestría de los jóvenes directores en la técnica cinematográfica, que les permite ser innovadores en los planos, el montaje o en el empleo de la fotografía. Spielberg, Tarantino, Scorsese, Anderson, Welles, también Corbet. Son cualquier cosa menos convencionales en el modo de rodar. Brady Corbet se atreve con todo: el formato, la profundidad de campo (qué maravilla la cantera de Carrara), la duración, los efectos visuales, incluso con el uso de la Inteligencia Artificial para hacer que sus protagonistas hablen en un perfecto húngaro, lo cual ha generado polémica respecto a su candidatura para los Óscar de este año.

Quizás lo que voy a decir sea una barbaridad dicha por alguien que no sabe de dirección de cine, pero puede que el empleo de la técnica sea lo más sencillo de adquirir. Es algo parecido a lo que pasa con David Fincher, que venía del mundo de la publicidad y los videoclips, y no tenía problemas en jugar con la cámara en situaciones inverosímiles. Rodó Seven con 32 años, y antes de los 36 ya había hecho The game y El club de la lucha. Y si el manejo de la técnica es lo más fácil de asimilar, quizás lo más complicado sea crear un guion perfecto que salve la falta de contención propia de la juventud.

En este punto es donde encuentro la mayor diferencia de la obra de Corbet con el resto de directores mencionados. El guion de The Brutalist fue escrito por Brady Corbet y su mujer, la noruega Mona Fastvold, y (sospecho que) apenas tuvo filtros hasta ser llevado a la pantalla. Quizás por ello, las mayores pegas que encuentro a la película vienen de algunas elecciones de guion de la segunda mitad, reacciones inusuales de los protagonistas, insuficientemente razonadas, o insinuaciones que luego no se concretan. No son MacGuffins, ni pistolas de Chejov, son insertos que no vienen a cuento. Como el epílogo. Pero no quiero desvelar nada más al posible espectador interesado al que, por supuesto, recomiendo la película de Corbet y Fastvold.

Si pienso en algunos de los jóvenes directores mencionados en los párrafos anteriores, compruebo que la figura de un guionista experimentado fue fundamental para muchas de esas obras maestras. Steven Spielberg contó con Lawrence Kasdan para el debut de Indiana Jones, con Melissa Mathison para E.T. y, aunque finalmente retirara su nombre por desavenencias con el resultado final, con Paul Schrader en Encuentros en la tercera fase. Francis Ford Coppola trabajó intensamente con el propio Mario Puzo en distintas versiones del guion de El Padrino hasta dar con la versión final. Martin Scorsese alcanzó una obra redonda como Taxi driver cuando el guion fue escrito y reescrito hasta la obsesión por un experto como Paul Schrader, un guion infinitamente más redondo que el de Malas calles, que es de Scorsese en su mayor parte y peca de falta de mesura. Quentin Tarantino es un caso aparte, porque lo mejor y lo peor de sus obras son fruto de sus excesos como escritor, cuando da rienda suelta a sus frikadas.

Caso aparte es Citizen Kane, a cuya escritura de guion le dedicó David Fincher una película completa como Mank, ya reseñada en este blog. Los conflictos creativos entre dos artistas de lo suyo como Orson Welles y Herman Mankiewicz dan lugar a un tour de force magníficamente rodado por Fincher, quien a cada película demuestra un mayor gusto por el clasicismo y una manera de rodar mucho menos transgresora que en sus primeros trabajos. Los «vicios» de juventud de los que hablaba al inicio.

En resumen, nota alta para The Brutalist en mi caso, tanto que ha despertado mi interés por las dos películas anteriores de Corbet (La infancia de un líder y Vox lux), de las que no sé nada. Y respecto a la nueva hornada de directores, aquí dejo otro nombre ya consagrado, Damien Chazelle. Con menos de 30 palos ya había rodado una peli tan clásica como La la land y una oda musical como Whiplash. Poco después se atrevió con una del espacio rodada «a la antigua», First man (A bored man on the moon para mí) y se soltó la melena, los pantalones, la claqueta y todo lo que tuviera a mano para regalarnos ese exceso sumamente disfrutable como fue Babylon. Con 36 añitos.

Terceras partes (y III): buenas, dignas y espantosas

Como no podía ser de otro modo en una serie de post dedicada a las terceras partes, tenía que concluir de igual manera, con una tercera parte. Como si se tratara de una «Trilogía» de terceras partes:

  1. Buenas, muy buenas, obras maestras.
  2. Dignas, aceptables.
  3. Espantosas, innecesarias, errores desde su misma génesis.

Terminator 3: la rebelión de las máquinas. el simple hecho de que la secuela no contara con la heroína principal y verdadera salvadora de la humanidad, Sarah Connor (Linda Hamilton), ya me hacía dudar de esta continuación innecesaria. Fue rodada en 2003, doce años después de la maravilla visual y argumental que fue la segunda de James Cameron sobre la rebelión de las máquinas. Tarde, a destiempo, y con un argumento pobre. Tras esta tercera sucederían nuevas tramas como Salvation o Genesis, que no están mal, pero que debieron desesperar a James Cameron hasta tal punto que se puso de nuevo tras la producción para cargarse a John Connor de la línea y recuperar a Sarah Connor (Terminator: Dark fate). La tercera era tan floja que la idea de la Terminatrix sensual (el pibón Kristanna Loken), de metal líquido y que podía convertir sus miembros en armas, se desechó para posteriores entregas. Mala, floja. Aunque el final me parece que no estuvo mal del todo (alerta spoiler: la inevitabilidad del Día del Juicio Final).

Superman III: un claro ejemplo de lo mal que pasa el tiempo para algunas películas. O lo mucho que cambia nuestra percepción. Se estrenó en 1983, por poner las cosas en contexto. La vi en el cine con trece años y salí como con las dos anteriores: «wow, qué divertida y qué efectos especiales, qué buen rato he pasado». Si no la habéis visto en estos cuarenta años, guardad ese recuerdo en vuestra memoria, no estropeéis la ilusión de aquel niño que fuisteis. En definitiva, no hagáis como yo, que volví a verla no hace mucho y me sorprendí de todo: de la trama absurda, del tono de comedia y no de peli de superhéroes, del verdadero protagonista de la historia (el cómico Richard Pryor, no Supermán, y tiene momentos estomagantes), ¡hasta de los efectos especiales! Estarían bien en su época, como los de tantas otras producciones, pero hoy te llevas las manos a la cabeza pensando en cómo la ilusión de un niño impedía que vieras todas las «costuras» en cada centímetro de la pantalla. Gene Hackman debió intuir el despropósito de película y se bajó del proyecto antes de tiempo. Aunque volvió para la cuarta, que fue aún peor. Ya era mala cuando se estrenó, no quiero ni imaginarme lo que podría ser verla hoy.

Batman forever: nunca me gustaron las pelis de Tim Burton sobre el caballero oscuro, pero tenían un pase, volvieron a poner de moda a los superhéroes en mallas y tuvieron bastante éxito de taquilla. Tim Burton pasó a la producción y cedió los trastos de dirección a Joel Schumacher, quien se encargaría de la tercera y la cuarta de la saga. Me alegré del cambio de actor principal, Val Kilmer en lugar de un Michael Keaton al que nunca me creí como superhéroe, ni tan siquiera como tipo duro, pero ni por esas. El reparto tenía una pinta estupenda, con Tommy Lee Jones, Nicole Kidman y Chris O’Donnell como Robin. Contaba también con Jim Carrey en la época en la que Jim Carrey podía hacerte detestar una película entera (El show de Truman lo perdonó todo). Pero de ese gazpacho salió una trama absurda en la que cada personaje quería meter su cuña, Val Kilmer ponía cara de no saber qué hacía por allí y el director logró hacer algo tan difícil como aburrir (en defensa de Schumacher, hay que decir que la anterior, de Burton, también era bastante tostón). Muy floja, mas, al igual que con Superman III, todavía podía empeorarse con una cuarta.

Parque Jurásico 3: un claro ejemplo de película sacada adelante con el único objeto de aprovecharse de sus secuelas y recaudar. La primera de la saga, de 1993, junto a Terminator II (1991), fueron las obras, quizás, que nos hicieron pensar que «ya se puede hacer cualquier cosa en el mundo de los efectos especiales». Las dos primeras entregas de la saga sobre los dinosaurios clonados y resucitados para la vida moderna contaban con dos maestros en lo suyo: Michael Chrichton en la escritura (dos novelones que aportan tanta ciencia ficción como entretenimiento) y Steven Spielberg en la dirección. En esta no aparece ninguno y el resultado es el que es: un absurdo con mercenarios sueltos por la trama y un desarrollo totalmente rutinario de la acción. Los efectos mejoraban tras cada película, pero sin un genio como Spielberg en la dirección, el resultado es tan pesado como un braquiosaurio.

El Hobbit: la batalla de los cinco ejércitos. Se veía venir. A ver, quizás me he pasado al incluirla en la categoría de «espantosa», que no lo es, pero no es digna de todo lo que la precedió. Pero es que se veía venir. El señor de los anillos de Tolkien era una novela fantástica de 1.100 páginas, de la que Peter Jackson fue capaz de extraer la esencia, los personajes y componer una trilogía extraordinaria. Había tanto material que incluso tuvo que descartar alguna trama secundaria (Tom Bombadil, ¡menos mal!). La versión estrenada en los cines superaba las nueve horas, y la versión extendida se iba cerca de las doce. El Hobbit era una novelita de menos de trescientas páginas de la que resultaba imposible hacer una trilogía de pelis de tres horas, por mucho que Peter Jackson incorporara leyendas de El Silmarilion. Lo que ocurrió era previsible: el desarrollo de las dos primeras entregas ya se apreciaba alargado, con escenas varios minutos más largas de lo que el ritmo requería. 169 minutos en la primera, 161 minutos en La desolación de Smaug, a la que ya le sobraba media hora como poco, y un final que se me hizo muy pesado aunque el metraje se acortara hasta los 144 minutos. No la veo con desagrado, pero mi culo avisaba de que se me estaba haciendo muuuuuy larga.

Shrek Tercero: otra que no es especialmente mala, pero que tenía el serio problema de rebajar varios puntos el nivel altísimo de sus dos predecesoras. Las dos primeras pelis de Dreamworks sobre el ogro verde malhumorado y la princesa Fiona eran dos obras maestras del entretenimiento para niños y para no tan niños, pero esta tercera carecía de la frescura de los argumentos originales, aparte de que había perdido el factor sorpresa inicial de darle la vuelta a las pelis de princesas, héroes salvadores y monstruos malísimos de la muerte. La ves, la disfrutas un rato con tus hijos y la olvidas enseguida. La mejor prueba de que no es digna sucesora de las anteriores es que si un día pillas la primera o la segunda en la tele, te quedas un rato a verla. Con esta tercera desconectas al minuto, no engancha. La propia productora intentó alargar las historias del ogro verde con una cuarta, pero finalmente optó por otra vía y desarrolló el personaje del Gato con botas.

Arma Letal 3, Superdetective en Hollywood III: las pongo juntas porque han pasado tantos años que ya ni sabría decir qué aportaba cada una de ellas respecto a las anteriores de sus sagas. Más de lo mismo, más de buddie movies, poli negro-poli blanco, tipos estrictos vs tipos con métodos alternativos. No defraudan a sus seguidores, pero yo reconozco que me quedé en las primeras, que sí me entretuvieron. Pero ya, ya tenía suficiente. Sé que he visto estas terceras, y la cuarta de Arma Letal, pero también sé que las he olvidado y no pienso volver a intentar verlas de nuevo.

Viernes 13 3, Pesadilla en Elm Street 3, Scream 3… He visto muchas de estas tres colecciones interminables de terror, pero de verdad que no sé si he visto la cuarta de Jason, la quinta de Freddy o la tercera del tipo de la máscara de El grito de Munch, pero es que, el que sepa distinguir las obras del género llamado slasher se merece todo mi reconocimiento. Yo reconozco que no soy capaz. Sé que he visto la cuarta de Pesadilla porque el director (Renny Harlin) pasó a continuación a la saga de La jungla de cristal, y por eso quise verla. Tuvo sus momentos ocurrentes (esa pizza…), pero ya, mi tiempo dedicado a estas pelis ya pasó, ya tuve suficiente.

Concluyo ya. Habrá quien diga que no ha habido una sola mención en estos tres textos sobre Piratas del Caribe y las películas de Harry Potter. Tengo que reconocerlo en público: no he visto ni una sola de la docena que deben sumar entre ambas. No creo que sean malas, más bien al contrario, estoy seguro de que disfrutaría algunas, pero, por la razón que sea, no he visto ni una. No me atrevo a catalogar sus terceras partes, ni las cuartas, ni las primeras. ¿Alguien que me aconseje?

Leí hace poco que se anuncia una nueva de Gremlins, la que sería la tercera, para 2025, y yo me pregunto: ¿de verdad es necesario?

Terceras partes (II): buenas, dignas y espantosas

La primera parte de las terceras partes no es igual a la segunda parte de las terceras partes, sean contratantes o no (Groucho siempre en el recuerdo). Así que, una vez defendidas las grandes terceras partes de la historia de las sagas, vamos con el segundo bloque de mi clasificación particular:

  1. Buenas, muy buenas, obras maestras.
  2. Dignas, aceptables.
  3. Espantosas, innecesarias, errores desde su misma génesis.

2.- Dignas, aceptables. Se trata de películas que nunca nos van a gustar como sus predecesoras, pero las soportamos bien por el cariño que sentimos por los personajes, o por esa nostalgia de las propias historias originales. O bien, simplemente, porque valoramos la buena intención de sus autores (más allá del afán recaudador de los productores), aunque la historia no diera más de sí y finalmente resultara fallida o algo pesada. Casi acaba en este saco la tercera de Nolan sobre Batman, por ejemplo, así que vamos con este grupo de obras, quizás el más numeroso.

El Padrino III: la crítica estuvo muy dura con el final de la trilogía de los Corleone, pero, ¿es realmente una mala película? ¡Pues no, coño, no lo es! Tiene momentos verdaderamente notables, pero su mayor problema es la comparación con las dos obras originales de la saga, consideradas siempre entre las mejores películas de la historia del cine. Llama la atención que durante varias décadas se consideró a El Padrino como la mejor película de siempre, a veces, con un consenso tan unánime (y contradictorio a la vez) como el de «la segunda es la mejor de toda la saga». El Padrino III es una buena película, pero no resulta excelsa, una obra maestra, como las anteriores. Y ahí es donde pierde por goleada, con la comparación, aumentada por el hecho de los dieciséis años transcurridos desde la anterior y el efecto nostalgia. También pierde en la comparación, al menos para quien esto escribe, Andy García, quien no tiene la talla de Al Pacino, Marlon Brando y Robert de Niro como cabeza visible o capo de «los negocios de la famiglia«. Puede que el papel de Sofia Coppola también tuviera sus pegas, como afirmaron los críticos que se cebaron, pero el momento de su muerte y posterior llanto silencioso de Michael Corleone es sobrecogedor, magnífico. Y me encantan los esfuerzos de Michael por blanquear sus negocios, las relaciones de la familia con el Vaticano o los «clásicos» de esta trilogía clásica imperecedera: la música de Nino Rota, las celebraciones, los asesinatos, la fotografía tenebrosa y tenebrista de Gordon Willis. ¡Claro que es una tercera parte digna, almas de cántaro!

Regreso al futuro III: recuerdo que en cierta ocasión preguntaron a Carlos Pumares por el homenaje al wéstern que Spielberg y Zemeckis pretendieron hacer con la tercera parte del Back to the future, y el locutor de radio respondió enfadado algo así como: «¡pues para hacerlo así de mal, prefiero que no me homenajeen!». La idea de rodar esta tercera parte surgió ya durante el rodaje de la primera, según parece, tras una conversación entre Zemeckis y Michael J. Fox en la que hablaban de que, ya que tenían una máquina del tiempo en sus manos, qué época les gustaría visitar. «El salvaje oeste», contestó el actor. Y con esa idea en mente se pusieron a trabajar años después. La tercera parte de la trilogía se rodó junto con la segunda, y de ese modo lograron abaratar costes y mantener a todo el equipo. Para los que vimos la segunda en los cines, fue una sorpresa encontrarnos con imágenes de la tercera sin llegar a salir de la sala. A mí me gusta, me entretiene, me hacen gracia los homenajes a los topicazos del saloon, los tipos duros y malencarados, la locomotora descontrolada, Clint Eastwood y la plancha de metal de Por un puñado de dólares. ¿Que puede tener incongruencias de guion? Seguro que sí, aunque la mayor de toda la saga sucede en la segunda y ya la expusieron de modo brillante en The Big Bang theory:

El ascenso de Skywalker: ya le dediqué un post entero a los grandes fallos del remate de la tercera trilogía de Star Wars, made by J.J. Adams (la falta de continuidad con las ideas de Rian Johnson en el Ep. VIII: Los últimos Jedi, los usos nunca vistos antes de la Fuerza, los orígenes de Rey), pero también a sus grandes aciertos, la recuperación de ideas clásicas, la épica, el retorno a lo que siempre funciona. A mí me parece un final digno a una trilogía que nunca nos hará sentir como la original, cuando éramos críos, ni denostarla como la trilogía de precuelas, cuando íbamos de treintañeros protestones a los que nos han cambiado nuestro universo. Como dijo Arturo González-Campos, «Protestaste porque en el VII no te contaban nada nuevo, protestas ahora porque todo ha cambiado. A lo mejor es que esa es tu forma de disfrutar de la saga, protestar porque no han hecho la película como tú querías«. Mejor disfrutarlas con la madurez, pero sin tirar cohetes.

La venganza del Sith: el broche a las precuelas de Star Wars. No soy fan de ninguna de las tres, pero la tercera, al menos, subía el nivel de La amenaza fantasma y, sobre todo, de la soporífera El ataque de los clones. No merece dedicarle más tiempo, se ve, se digiere y se olvida pronto.

Alien 3: alguno se me tirará al cuello, «¡es indigna, es una bazofia!» y tal, pero creo que tiene un pase. O creo que el pase lo tiene por todo lo que vendría años después, Alien Resurrection, Prometheus, Romulus, peleas vs Predator y demás variantes de una saga que comenzó con dos películas que posiblemente sean obras maestras. La primera, Alien: el octavo pasajero, del género de terror mezclado con ciencia ficción, y la segunda, Aliens, el regreso, del cine de acción pura y dura. Alien 3 no es una mala película, aunque sus decorados claustrofóbicos hacen que parezca una serie B algo mejorada, y lo cierto es que no lo era para la época: 50 millones de dólares de presupuesto. Pero la producción y el rodaje debieron ser caóticos, por lo que han contado sus autores. Supuso el debut de un genio como David Fincher en la dirección y contaba con Walter Hill entre los guionistas, pese a lo cual, no hubo comunicación suficiente en el equipo, se incorporaron numerosos cambios durante el rodaje y el propio director renegaría del proyecto en entregas posteriores. Llegó a decir que le daban el plan de rodaje por la mañana, o el guion de lo que iban a rodar al día siguiente. Aun con todo, logró entretenerme. Ahora bien, la prueba de fuego: ¿cuántos años hace que no la veo? Pues muchos, seguramente más de veinte. ¿Y las dos primeras? Pues mucho menos.

Matrix Revolutions: puf, bueno. No sé cuál es su mayor pega. La primera Matrix fue una obra revolucionaria que, como se dice ahora, «nos voló la cabeza», nos puso patas arriba muchos conceptos cinematográficos, culturales, sociales… Matrix reloaded, su continuación, fue entretenida, exagerada por momentos, con buenas secuencias de acción. La trama de Revolutions es, posiblemente, más redonda que la de la anterior, ¿entonces, qué problema tiene? Pues puede que algo tan simple como que resulta aburrida por momentos. Pero es un digno final de la trilogía. ¡Ah, no, que, casi veinte años después, sus directores, ahora ya directoras, hicieron una nueva! Totalmente fuera de todo.

Harry el ejecutor: Harry el sucio, Harry el fuerte, Harry el ejecutor, Harry Callahan a secas. Este tipo fascista, racista y al servicio de la ley fuera de la ley es siempre él mismo. Ni siquiera recuerdo mucho las diferencias entre Harry el fuerte, Harry el ejecutor e Impacto súbito, solo sé que «era él». En La lista negra sí era un poco diferente porque los años no pasan en balde y el tipo de gatillo fácil era algo más reflexivo. Medio segundo, no mucho más. Yo he visto a Harry Callahan en numerosos papeles a lo largo de la carrera de Clint Eastwood. Es Bronco Billy, el alpinista de Licencia para matar, el veterano que enseña a El principiante, El sargento de hierro, el fugitivo de Alcatraz, y, ya avejentado, el dueño del Gran Torino, el predicador de El jinete pálido, el vengador de Sin perdón, y la mula de Mula. Es él, uno de los grandes. Menos en Los puentes de Madison.

Rocky III: la han puesto a parir muchas veces, pero a mí me siguen gustando todas las de Rocky, excepto la quinta, algo en lo que coincido con el propio Stallone. El malo malísimo que le zurra la primera vez era el popular actor de los ochenta Mr.T, el MA del Equipo A. Y luego viene lo de siempre, el entrenamiento con música, el sacrificio, la revancha… ¿no era lo que queríamos? ¿Alguien esperaba otra cosa? ¿Como la de la quinta, por ejemplo? Pues así salió el engendro que finalmente resultó. No te puedes tomar en serio estas pelis, solo la primera, como con John Rambo. Rambo III… jo, jo, jo… imposible no reírse, difícil no disfrutarla. La primera era buena, la segunda, una macarrada fascistoide y molona, la tercera… inenarrable. Uno de mis placeres culpables.

Mad Max III: más allá de la cúpula del trueno. Nunca fui muy fan de estas pelis sobre un futuro apocalíptico, por eso no me encaja mal con las anteriores, no resulta indigna en una historia que parecía agotada hasta que George Miller la rescató con fuerza treinta años más tarde. Eso sí, esta tercera, ¡con Tina Turner!, es una muestra más de que, en ocasiones, el incremento de presupuesto no beneficia a las historias.

A veces es un problema de expectativas, de lo que se denomina ahora con frecuencia, «hype». Y sobre hype y trilogías, encontré este curioso gráfico, con el que coincido solo en parte:

Concluirá…

Terceras partes (I): buenas, dignas y espantosas

Hace muchos años que el dicho aquel de «segundas partes nunca fueron buenas» dejó de tener validez. El Padrino II, Aliens: el regreso, Terminator II, El imperio contraataca, El templo maldito, Regreso al futuro II… son solo unos ejemplos. Lo que no era habitual es que el número apareciera en el propio título. De hecho, se atribuye al empeño de Francis Ford Coppola el logro de incorporar el ordinal en el título que se lanzó al mercado con ocasión de la secuela de El Padrino. «Eso no lo ha hecho nadie nunca. Tendrás que pensar en otro título», le dijeron los productores. Sin embargo, el éxito de la primera parte y el convencimiento del director de que el título no podía ser otro, hicieron que al final se saliera con la suya.

En épocas anteriores, las secuelas se titulaban como una indisimulada continuación de la original:

  • Frankenstein y La novia de Frankenstein.
  • El padre de la novia y El padre es abuelo. Las de Spencer Tracy, Joan Bennett y Elizabeth Taylor, porque décadas después serían El padre de la novia y Vuelve el padre de la novia.
  • El planeta de los simios y Regreso al planeta de los simios. Y Huida del planeta de los simios, etcétera, en las secuelas posteriores.
  • Drácula, La hija de Drácula, El hijo de Drácula.

Mas, por lo visto, tampoco es del todo cierta la leyenda atribuida al genio de Coppola. La primera secuela de la historia que incorporó el II en el título fue Quatermass II, una producción de la mítica Hammer de 1957. Tan poco conocida que ni llegó a estrenarse en España.

En cualquier caso, hoy me preguntaba si, en estos tiempos actuales de secuelas que se perpetúan muy por encima de lo necesario, podría afirmarse que «terceras partes nunca fueron buenas». Y mi respuesta es que no, que por supuesto que NO coincido con esa afirmación. Claro que hay secuelas infumables que tratan de aprovechar el éxito inicial de sus predecesoras y agotan la buena idea inicial hasta convertirlas en aborrecibles, pero hay otras terceras partes que complementan y hasta pueden mejorar lo previamente visto, en especial si, como ocurre tantas veces, se «deja crecer» a los personajes, se les incorporan nuevos matices, traumas pasados o habilidades, o se juega con un humor autoparódico que remita a las anteriores. Y si repaso una larga lista de terceras entregas encuentro verdades joyas, incluso obras maestras que redondean una trilogía. Probablemente tantos como truñacos insoportables, que también los hay.

De eso va el post de hoy, para lo cual he dividido las terceras partes en tres grandes bloques por categorías:

  1. Buenas, muy buenas, obras maestras.
  2. Dignas, aceptables.
  3. Espantosas, innecesarias, errores desde su misma génesis.

1.- Buenas, muy buenas y obras maestras. Las que superan la brillantez de la original o mantienen el altísimo tono de la segunda parte, o bien, cierran de manera excelsa una trilogía. Por razones que a los aficionados se nos escapan, en ocasiones le da a los productores por hacer años después una cuarta parte que destroza o pone patas arriba buena parte de lo anterior. Sus urdidores deberían haber sido arrojados previamente a la fosa de Sarlacc, el río de lava de Mordor o la fosa del cañón de la Media Luna, por citar tres estupendos sitios de las obras que las precedieron. Vamos con ellas.

El retorno del Rey: mi favorita de la trilogía de El señor de los anillos de Peter Jackson. La primera tardaba en arrancar, creaba los personajes y los mundos de la Comarca, Moria o el bosque de Fangorn y la segunda se interrumpía cerca de un momento cumbre, sin culminar, con demasiados frentes abiertos. En la tercera todo cobra sentido, se unen las piezas sueltas por toda la trama y cada personaje se enfrenta a su misión. Todo ello en un entorno de batallas épicas. El asedio de Minas Tirith, la carga de los jinetes de Rohan, la batalla en los campos de Pelennor, la evolución de Gollum y Frodo, la entrada en Mordor y todo el cierre de la historia en el Monte del Destino. Once Óscar a estas tres horas de gozoso disfrute.

El retorno del Jedi: durante mucho tiempo fue mi favorita de la trilogía original de Star Wars (Ep. IV a VI), y puede que lo siga siendo. Los personajes habían crecido mucho desde La guerra de las galaxias, entendemos mejor sus comportamientos, vemos la evolución que han tenido (Luke, Han y Leia son muy diferentes a los pipiolos de la primera) y, además, se concluían las tramas abiertas en El imperio contraataca. Pero la destaco de manera especial por el enriquecimiento (y posterior redención) del mejor villano que hayamos visto en una sala de cine, Darth Vader.

Toy Story 3: pues es la mejor de la saga, sin duda. Cuando creíamos que esta «historia de juguetes» no daba más de sí (lo cual se apreció en la cuarta), llegaron los guionistas de Pixar y nos pegaron este guantazo quince años después de la primera entrega (de 1995 a 2010). El niño Andy ha crecido, sus circunstancias han cambiado tanto como las de los juguetes, pero aun con una historia aparentemente infantil, los creadores de esta historia fueron capaces de crear uno de los momentos de mayor ternura que recuerdo en mucho tiempo (comparable a muy pocas, quizás a otra joya de Pixar, el arranque de Up). Sucede justo al final, tras salvar a los personajes de otro momento angustioso que seguro que aterró a más de un niño en las salas: la escena de la incineradora de residuos, con todos los juguetes abrazados antes de enfrentarse a una muerte segura. Da igual tu edad, es una puñetera maravilla de película.

Indiana Jones y la última cruzada: la primera de la saga del famoso arqueólogo, En busca del arca perdida, impactó a toda mi generación, nos metió de lleno en un tipo de cine que parecía olvidado a principios de los ochenta, el cine de aventuras sin freno. Con nazis, acción, humor y la chica del prota. La segunda, El templo maldito, fue algo siniestra, macabra y se recreaba en la truculencia, pero resultaba igualmente brillante. La tercera añadió a todo lo anterior el mejor humor que se ha visto en la serie, no ya por boca del personaje principal, ese Indy algo canalla y sarcástico, sino por ese padre interpretado con socarronería y enorme carisma por Sean Connery. ¿La mejor de la trilogía? Pues… puede serlo perfectamente. El joven Indy, los orígenes del látigo, el sombrero, la cicatriz en la barbilla, la relación con su padre, la afición a los enigmas… Lo tiene todo y lo cuenta todo sobre el personaje, ¿de verdad era necesario hacer continuaciones 19 y 34 años más tarde?

La jungla de cristal: la venganza: la primera se tituló en España La jungla de cristal en lugar del Die hard original, porque sucedía en un edificio en el que se reventaban todos los cristales de las ventanas y sonaba a La jungla de asfalto, así que tocaba seguir con esa «jungla» que no se aprecia ni de lejos en las siguientes entregas, pero, ¿acaso importaba? La mejor sigue siendo la primera (al menos para mí), y a continuación en mis preferencias viene esta tercera. ¿La razón? Los villanos: Alan Rickman y Jeremy Irons. Están varios cuerpos por encima de los que interpretan los personajes de Franco Nero y William Sadler en la segunda. Y para que una buena trama de acción funcione, es imprescindible contar con un villano de altura. Si, además, pones a Samuel L. Jackson al lado de John McClane, el entretenimiento está asegurado.

El caballero oscuro: la leyenda renace: a mí personalmente me resulta la menos interesante de la trilogía de Christopher Nolan sobre Batman, tras El caballero oscuro y Batman begins, en mi orden de preferencias, inverso al cronológico. De hecho, casi la paso al bloque de las terceras partes «solo» dignas. Pero me parece un buen cierre a la trilogía sobre este superhéroe «intruso», como decía aquel monologuista. Intruso porque, contrariamente al resto, carece de superpoderes. Y ni que decir tiene que las obras de Nolan me parecen muy superiores a las anteriores versiones de Tim Burton y Joel Schumacher. No tiene el interés de la primera (que apenas parece una más de Batman), ni un personajazo como el Joker de la segunda (Heath Ledger), pero aporta nuevos personajes de muchos quilates, como esa Anne Catwoman Hathaway, y en especial, Bane (Tom Hardy, más hijop… que nunca) y Miranda Tate (Marion Cotillard). Es algo más larga de lo que quizás merece la historia (165 minutos), pero se aguanta bien. Impagable ese final tan parodiado para todo tipo de memes, el cruce de miradas entre Christian Bale y Michael Caine.

2.- Dignas. Son continuaciones sin el nivel de las dos primeras, pero, al menos, resultan aceptables, complementarias. O simplemente bienintencionadas, pero fallidas, en ningún caso detestables, como las que aparecerán en el tercer bloque, que pueden llevar a desear el asesinato (intelectual, se entiende) de sus autores.

El Padrino III, Regreso al futuro III, Alien 3, Matrix Revolutions… Sí, sí, lo sé, todas ellas tienen muchos detractores, pero me apetece defenderlas.

(Continuará…)

La edad de un clásico

Cuando empecé a aficionarme al cine y a querer conocer mejor este arte de contar historias, supe de un montón de películas que ya tenían el marchamo de «clásicos», la etiqueta de obras imperecederas que en algún momento de tu vida tenías que ver sí o sí. Hablo de la época en que escuchaba los programas de Carlos Pumares y José Luis Garci, es decir, finales de los ochenta, primeros noventa. Voy a considerar una fecha intermedia, por ejemplo, 1990, y comprobar la antigüedad que tenían entonces algunas de las películas que devoré en su momento porque estaban en esa lista de clásicos imprescindibles:

  • La gran evasión, El verdugo: 27 años, pues ahora, visto en perspectiva, no me parece tanto.
  • Espartaco, Psicosis: 30 años.
  • Ben-Hur, Con faldas y a lo loco, Con la muerte en los talones: 31.
  • Centauros del desierto: 34
  • Qué bello es vivir: 44.
  • Casablanca: 48.
  • Lo que el viento se llevó: 51.
  • El maquinista de la General: 64.
  • ¡El Padrino, apenas 18 años! La obra maestra de Francis Ford Coppola era tan cercana como puedan resultarnos ahora mismo Babel, Inflitrados o V de Vendetta.

Así que compruebo que películas que me parecían bastante antiguas, muchas obras maestras y parte fundamental de la historia del cine, apenas tenían treinta años. O menos. Luego, si me remonto a ese mismo período de tiempo y me traslado treinta años atrás en el tiempo, a 1994, ¿podríamos considerar ya «clásicos» a varios de los peliculones de ese año? Mi respuesta es clara: desde luego que sí. Por el impacto que supusieron en su momento, por la influencia que tuvieron en creadores posteriores, o simplemente por su calidad, Pulp Fiction, Cadena perpetua, Forrest Gump, Balas sobre Broadway o El rey León son ya verdaderos clásicos que han creado escuela. Como Matrix, Se7en, El club de la lucha, Casino o Match Point, aunque tengan menos años todavía. Cadena perpetua es La gran evasión de nuestra generación, del mismo modo que Pulp Fiction es nuestra versión modernizada de The killers.

Cómo cambia el tiempo y cómo cambia nuestra percepción en el presente, sin esa percepción del pasado o de lo que una obra, ya sea una película, un libro o un cuadro, significará en el futuro. A veces no percibimos los cambios en el modo de contar historias porque nos parece que de un año a otro varían poco las formas, «bah, este año son todas iguales, no hay nada original», pero, si ampliamos el foco, si agrandamos la perspectiva temporal, veremos que hay una evolución clara entre directores, guionistas, tramas y libertad para contarlas.

Así que el post de hoy irá de eso, de revisar hacia atrás el paso del tiempo y ver cómo se iban forjando clásicos de década en década, a veces sin darnos cuenta. Incluso pelis de serie B que con el tiempo se ganaron su hueco y generaron un universo propio, bien por la vía de las secuelas o por la de las imitaciones en obras de otros autores. Trataré de rescatar lo que para mí es un clásico de cada año y ponerlo en su contexto.

1984: La primera de Terminator, la obra primigenia James Cameron sobre la máquina que viene del futuro para cargarse al líder de los humanos que se rebelará contra las máquinas. Ya tiene cuarenta años y sigue generando nuevas tramas o secuelas. No es ni de lejos la mejor película del año, pero es un clasicazo en toda regla. 1984 es el año de Amadeus, de Milos Forman, pero los ochenta, por mucho Gandhi, Pasaje a la India o Los gritos del silencio que se rodaran, fueron años de obras disfrutonas, de entretenimiento sin complejos. En 1984 se estrenaron, por ejemplo, El templo maldito, Karate Kid, Gremlins, Cazafantasmas, Superdetective en Hollywood y Top Secret. Casi nada. Algunos clásicos instantáneos, como la trilogía original de Indiana Jones y varios Tostones ochenteros que recordamos con mayor o menor cariño.

1974: El Padrino II. En los setenta predominaba otro tipo de cine, seguramente más de autor, sin duda menos comercial, un cine que cuidaba más la escritura del guion, que utilizaba la elipsis con maestría, sin mostrarlo todo, como ahora, que a veces resulta demasiado evidente. Muchas películas estaban imbuidas por una tristeza contenida, cuando no de rabia por el desastre de Vietnam. Chinatown, Taxi driver, El cazador, El regreso, The last picture show… Pero también es la década en la que Steven Spielberg (Tiburón y Encuentros en la tercera fase) y George Lucas (La guerra de las galaxias) llevaron al cine a otro nivel, al que luego se desarrollaría en plenitud en la década posterior, el tipo de películas que devolvió a muchos espectadores a las salas.

1964: Teléfono rojo, ¿volamos hacia Moscú? ¿Es posible que una obra tan actual sobre la guerra fría y los rusos haya cumplido ya sesenta años? Stanley Kubrick no era un director especialmente dotado para la comedia, pero aquí soltó toda su acidez y su mala baba para cargar contra los «iluminados» que existen en el ejército, ya fuera en el bando americano como en el de los rusos. La explicación del general Ripper (el papel interpretado por Sterling Hayden) sobre la «maldad» de los rusos y sus razones para conquistar el mundo es hilarante, como los diálogos entre los líderes de ambos países o los elementos que asesoran al presidente de los Estados Unidos desde su refugio subterráneo.

Un dato curioso que incorporo ahora por el reciente fallecimiento de James Earl Jones: el actor debutó en esta película, aunque su papel es tan secundario que no lo he sabido hasta esta misma semana. James Earl Jones puso la voz, entre otros muchos, a Darth Vader, una decisión que trajo polémica con el actor que se metió en la piel del padre de Luke y Leia bajo la máscara, David Prowse. El mismo David Prowse al que dediqué un post entero (Goodbye, Lord Vader), un actor desconocido para el público en general pese a interpretar a uno de los villanos más famosos de la historia del cine. El mismo David Prowse que debutó en el cine de la mano de… Stanley Kubrick. En La naranja mecánica. Una coincidencia.

1954: La ventana indiscreta apenas tenía 36 años en esa fecha de corte que he escogido, es decir, era relativamente reciente, tan reciente al menos como nos resultan hoy Cinema Paradiso, Rain Man o La jungla de cristal. En muchas ocasiones se habla de cómo envejecen las películas, que si tal peli nos pareció brillante en su día y hoy no nos lo parece, o que «estuvo bien en su época, pero ha envejecido mal». Lo cual es imposible porque la obra del autor es inmutable, cambia nuestra mirada, nuestro conocimiento. También nuestro momento vital, que es el que nos hace entender el mundo, y con ello, las películas, de otra manera, con una visión diferente. Una de las condiciones que debe tener un clásico es que nunca envejece, y sigo disfrutando La ventana indiscreta tanto como la primera vez que la vi. Reúne al mirón de toda la vida, a la vieja del visillo, al voyeur algo pervertido y a una especie de 13 Rue del percebe norteamericana en la que cada individuo o familia vive su propia existencia con sus particularidades, miserias o alegrías, algo que conocemos de manera brillante por tres o cuatro detalles. La genialidad de Hitchcock en su máxima expresión.

1944: Son unos años de películas propagandísticas sobre la Segunda Guerra Mundial, pero también de abundante cine negro, de diálogos directos y personajes sin concesiones (Perdición, La mujer del cuadro, Laura fueron estrenadas en este año, como El halcón maltés, El sueño eterno o Casablanca en ese lustro), sin embargo, prefiero elegir una de las grandes comedias de aquellos años, Arsénico por compasión. Los mejores escritores se concentraban en Hollywood en los cuarenta, había un talentazo puro en ellos, en las tramas, los diálogos o en el manejo del ritmo (Gran bola de fuego, Ser o no ser, Historias de Filadelfia, La fiera de mi niña o Qué bello es vivir son de este período). Arsénico por compasión tiene claramente un origen teatral (escenario, personajes, actos) y, de hecho, pese a que fue rodada en 1941, se estrenó en 1944, una vez que completó sus primeras temporadas en Broadway. La trama tiene un trasfondo de lo más macabro, aunque tenga a dos adorables ancianas como autoras de las tropelías. Por allí aparecen también un pirado que se cree Theodore Roosevelt, un asesino que se parece a Boris Karloff (en la obra de teatro, el papel lo interpretó el propio actor) y el tío más elegante que ha aparecido jamás en pantalla, Cary Grant. La obra de Frank Capra dura casi dos horas, pero pasan en un suspiro.

1934: Una noche en la ópera. Son los primeros años del cine sonoro y fueron muchos los artistas que atravesaron el camino de los escenarios teatrales y las giras por el país a la gran pantalla, como hicieron los hermanos Marx. El lenguaje cinematográfico moderno, tal como lo entendemos hoy, está en sus inicios y guiones como los de los hermanos Marx adolecen de falta de consistencia y continuidad. Tienen la brillantez oral de Groucho y Chico, con numerosos gags rescatados del vodevil, y la habilidad gestual y corporal de Harpo, pero no son películas redondas, por mucho que nos hicieran pasar muy buenos ratos.

1924: El moderno Sherlock Holmes, dirigida y protagonizada por Buster Keaton. Cien años, un siglo tiene ya esta película que ha pasado al dominio público y, por tanto, se puede encontrar fácil y legalmente en numerosas plataformas (enlace). Como en muchas obras del cine mudo, la limitación por la ausencia de voz provocaba que la mayoría de los argumentos resultaran sencillos, en ocasiones ingenuos. La chica, el protagonista, los buenos y los malos… todos quedan totalmente identificados desde el primer minuto. Pese a todo ello, es una maravilla observar la habilidad física de sus intérpretes, la capacidad gestual-corporal, no solo facial (al gran Keaton hay que añadir, entre otros, a Chaplin y Harold Lloyd). Los efectos visuales no tenían nada de especiales en el sentido actual del FX o CGI, salvo algunas exposiciones múltiples que se hacían directamente sobre el negativo (en El moderno Sherlock Holmes o a principios del siglo XX en las obras de George Meliés), sino que se hacían de verdad, como en las escenas de la persecución de coches, o en la que sería, un par de años después, la obra maestra de Buster Keaton: El maquinista de la General. Por otro lado, no dejo de pensar en que hablar de argumentos simples o sencillos, sería hacer de menos a Metrópolis (1927), El acorazado Potemkin (1925) o Amanecer (1927). Clásicos ahora, hace treinta años, y desde el día posterior a su estreno.