Juegos de París 2024 (y IV): las películas que no se rodarán

Brian Winner, el conocido jefazo de la productora, se encontraba en su amplio despacho californiano a media mañana. Tenía mal aspecto. Apuró su segundo whisky de la mañana, se apretó los cordones tejanos que hacían las veces de corbata en su atuendo y llamó a su secretaria:

– Señorita Hardaway, ¿a quiénes tenemos hoy?

Por el interfono se escuchó la voz de la secretaria:

– Tengo aquí a los tres productores ejecutivos a los que Vd. había citado para la película sobre los Juegos de París.

“Pufff”, suspiró Mr. Winner.

– ¿A quiénes me han mandado esta vez?

– A la señorita Greenflower, a Dick Boathead y…

– ¿El mismo Boathead de aquel proyecto sobre Simone Biles y Djokovic? -interrumpió el productor.

– El mismo. Y el tercero es el señor Rodríguez.

– ¿Rodríguez? ¿Robert Rodríguez?

– No, señor Winner. Es otro Rodríguez, pero este viene de España, la España de Europa.

“Ah”, pensó el tejano. “España de Europa y no de México, ¿y cuál coño es la diferencia?”.

– Señorita Hardaway, ¿la Greenflower esa es la que trabajó varios años para Netflix?

– Exactamente -respondió la secretaria de modo diligente.

“Qué pereza”, pensó el productor.

– Bueno, que pasen los tres y a ver si despachamos rápido.

– ¿Todos a la vez?

– Sí -vociferó-, que cada uno escuche las historias de los otros, si yo me las trago, ellos también, y a ver si así sale algo entre toda la bazofia que me traigan.

– Como quiera.

Los tres visitantes entraron al despacho y tomaron asiento frente al productor Winner, que estuvo tentado de servirse un nuevo whisky. Desde aquella absurda denuncia de una trabajadora, había tenido que dejar los habanos que recibía hasta poco después de los Juegos de Tokio. “Que si estaba embarazada y no sé qué”, se quejaba en su círculo interno de amigos, “ahora resulta que puedo emborracharme durante la jornada de trabajo y soltar fucking gilipolleces, pero no me dejan echar unas caladitas, que son las que de verdad me relajaban y me llevaban a acertar sobre las historias, ¡este mundo se nos va a la mierda!”.

Todos los productores ejecutivos que habían pasado por ese despacho sabían que contaban con un tiempo máximo de tres minutos. Si la idea era “mala de cojones”, el señor Winner los callaba con el índice y pasaba al siguiente. Si la idea era medianamente ejecutable, dejaba que terminaran su exposición. El señor Winner miró a los tres y torció el gesto cuando vio el aspecto colorido y extremely cool de la señorita Greenflower:

– Recuerde: tres minutos. Empiece usted -le conminó con el dedo.

Mrs. GREENFLOWER.- Señor Winner, el público está cansado de historias deportivas heteropatriarcales repletas de hombres musculosos que luchan y se enfrentan a otros hombres igualmente musculosos, tipos duros que exudan testosterona y solo conocen el sacrificio extremo y el entrenamiento hasta niveles de tortura. Así que queremos apostar por las nuevas tendencias que tanto están gustando a las nuevas masas. Mi proyecto se titulará “Supercampeonas” y me encantaría que lo dirigiera Greta Gerwig, que hizo esa obra maestra que es Barbie.

Pasó un dedo por su iPad y mostró un fotomontaje en el que se veía a un grupo de mujeres: negras, blancas, mulatas, orientales, de distinto peso y altura. El señor Winner comenzó a levantar el índice para cortarla, «fucking woke», pero recordó que la señorita Greenflower era el fichaje estrella de los nuevos inversores de la Metro, así que, aunque su idea era pasar por napalm ese esbozo de guion, al menos tenía que fingir interés y escucharla. A medida que soltaba nombres, la productora pasaba las imágenes en la tablet:

Mrs. GREENFLOWER.- Contaremos la intrahistoria que hay detrás de cada participante. Shafiqua Maloney, mire qué aspecto tan estético para una buena historia. Natural de San Vicente y las Granadinas, se quedó a dos décimas de lograr la primera medalla de la historia para su país.

Kim Mi Rae, de Corea del Norte. Lloró al recibir la medalla de bronce, pero no por la recompensa a su esfuerzo, sino al pensar que el idolatrado Líder Supremo del país la recibiría como una heroína del pueblo.

Por la cabeza de Winner pasó otra vez ese pensamiento de «malditos rojos millonarios», pero no le dio tiempo a decir nada al ver el nombre de la siguiente candidata, «¿un tío?». Un malentendido que se aclaró enseguida:

Julien Alfred, oro en los 100 metros lisos y plata en los 200. Afroamericana de Santa Lucía, una isla de menos de 200.000 habitantes, ha obtenido las primeras medallas de la historia de esta nación.

Brittney Griner, 2,03 metros de estatura, tejana, como usted. En menos de un año ha pasado de una cárcel rusa por algo tan sano como la marihuana a colgarse un oro al cuello con el equipo de baloncesto.

Diyora Keldiyorova, 50 kilos de peso, una uzbeka que logra llevarse el oro en un país que llevaba casi exclusivamente luchadores y boxeadores hombres a los Juegos. Raven Saunders, plata en peso en 2020 y «undécime» en París. Realmente se identifica como no binaria y queer, pero compite como mujer.

A Winner le vino a la cabeza una de las parejas cómicas del cine mudo. Masculino, por supuesto.

– Vale, vale -le apremió Winner-. Supongo que las siguientes serán lesbianas…

– Sí, tengo varias futbolistas de la selección española. Y Ana Carolina Silva, bronce en voleibol con Brasil.

– ¿También es boll… lesbiana?

– No, es vegana y ha hecho gala de su dieta para llegar a lo más alto.

– Mucha diversidad, seguro que es lo que le parece, ¿pero no habría sido mejor incluir a algún hombre, uno al menos?

– Oh, mire, tenemos -pasó el dedo por la pantalla y se lo mostró.

Hergie Bacyadan, boxeador filipino. Nació mujer, pero se identifica como hombre transgénero.

Winner suspiró, «creo que me voy a tomar ese whisky».

– Y a todo esto, ¿de qué iría la trama de la película?

– Nada especial -respondió Greenflower-, serían como piezas documentales para contar las dificultades contra las que han tenido que luchar estas supercampeonas.

– ¿Dificultades? ¿Ser negra, vegana, de ojos rasgados, gay o porreta? ¡Ni que fueran atletas con discapacidad!

– ¡Anda, se me ha olvidado incluir a un paralímpico!

Pasó el dedo varias veces por la pantalla, encontró lo que buscaba, y se lo mostró:

– Aquí está. Valentina Petrillo. 51 años, con deficiencia visual. Compitió como hombre hasta los 45. Está casado con una mujer y tiene dos hijos ya creciditos. Pero desde que compite como mujer…

– Ya he tenido suficiente -interrumpió Winner con el dedo-. Siguiente, usted, Boathead.

MR. BOATHEAD.- Gracias, Mr. Winner. Yo sigo insistiendo en que hay una gran historia de buenos y malos con los personajes de Simone Biles y Novak Djokovic.

– WTF? ¿Otra vez con lo mismo? -en su interior repetía «cabezabuque, cabezabuque, qué apellido tan apropiado llevas».

– No, no, no, déjeme que continúe, que desde los anteriores Juegos ha habido una evolución de los personajes.

MR. BOATHEAD.- Recordará que en Tokio Simone Biles apareció como la heroína que se sobrepuso a una terrible historia de abusos, depresión y estrés en la propia competición, mientras que el serbio Novak Djokovic se mostró prepotente y desafortunado en sus declaraciones. A mí me gustaría titular esta película Dos caras de la misma moneda, y que la dirigiera alguien un tanto retorcido, Darren Aronofsky, por ejemplo. En París tendremos a una Simone Biles que ya no es tan buena como nos la habían pintado: sus broncas en las redes con la excompañera que la sustituyó en Tokio, MyKayla Skinner, sus palabras totalmente equivocadas sobre la gastronomía francesa, el excesivo protagonismo de su marido y la reacción agresiva de la gimnasta ante las críticas.

Winner levantó el dedo y lo giró, como animándolo a continuar. «Nunca he soportado a esa petarda».

MR. BOATHEAD.- Por el otro lado de la trama tenemos a Novak Djokovic, el hombre que se enfrentó a todo el sistema, el antivacunas en su carrera por ser considerado el mejor de la historia. Lo ha ganado todo, más Grand Slams y Master 1000 que nadie, pero anhela como pocas cosas una medalla de oro para su país. Se opera la rodilla el 7 de junio y aun así, con un vendaje y mucho esfuerzo, es capaz de llegar a la final de Wimbledon, que pierde ante ese nuevo Nadal, ese tal Carlos Alcaraz. Ambos se enfrentan de nuevo en la final de París con el oro en juego. El villano de Tokio se convertirá por fin en ese héroe que lo ha ganado todo. El guion contaría ambos Juegos, los altibajos del deporte de élite y terminaría con el recibimiento que realizaron en Serbia al tenista, mientras que la norteamericana llegaría a Estados Unidos como una más de una delegación con bastantes triunfadores que acaparan más éxito mediático.

El señor Winner se quedó pensativo. Siempre le había caído bien ese serbio, le recordaba un poco a su querido Trump por el negacionismo ante ciertas imposiciones «de esos progres que todo lo invaden». Levantó el índice y señaló a Rodríguez, «el español que no es mexicano».

SR. RODRÍGUEZ.- «Otra manera de triunfar», ese sería el título. Sé que puede que no tenga gancho, pero «Un triunfo doloroso» o «Aprender a triunfar», que es lo que este guion trata de contar, me gustan menos. Es la historia de Carolina Marín, una paisana de mi tierra, de Huelva.

– ¿Caroline Merin? -exclamó Winner con un espantoso acento-. Where the hell is Well-bah?

SR. RODRÍGUEZ.- Puede que a priori le parezca que no tiene gancho, pero es un argumento que no tiene nada que envidiar a Rocky Balboa y sus entrenamientos por Filadelfia. La trama se desarrollaría en Huelva, una ciudad al sur de España en un país sin ninguna tradición en bádminton. La suya es una historia de determinación, de lucha, de garra, le puedo pasar la serie que ya existe en Amazon Prime, «Puedo porque pienso que puedo». Carolina solo conoce el triunfo, la victoria, fue campeona olímpica en Río 2016 y tres veces campeona del mundo. Se sobrepuso a una rotura del cruzado de la rodilla derecha en 2019 y, cuando se preparaba para defender el título en Tokio, se rompió el ligamento cruzado anterior y los dos meniscos de la rodilla izquierda. Pero se repone a todos los palos que le da la vida, aunque el más doloroso fue la muerte de su padre.

¡Joder, esta chica es la teniente O’Neil, la boxeadora de Million dollar baby y, tiene el espíritu de Sarah Connor y la determinación de Beatrix Kiddo! Tiene el oro entre ceja y ceja, llega a París en plena forma y va derrotando a sus rivales una tras otra hasta la semifinal, en la que va por delante con comodidad en el marcador. De repente, su rodilla cede de nuevo, se quiebra. El grito de dolor resuena en el polideportivo.

– Entonces, ¿es la historia de una derrota? -preguntó Winner.

SR. RODRÍGUEZ.- Noooo, toodo lo contrario. Ella llora porque solo concibe el título como meta, como objetivo, como modo de eludir lo que considera un fracaso. Pero todo el público comienza a aplaudir su esfuerzo por continuar en la brega, saben de su historia y de todo lo que ha peleado para llegar hasta allí y se lo reconoce. Como se lo reconocen muchos de los grandes deportistas de los Juegos, Carolina recibe incluso más cariño en redes del que había recibido por sus títulos. Su rival en las semifinales se acuerda de ella cuando recibe la medalla de plata, es un momento de gran emotividad. Carolina descubre que existe ese «otro modo de triunfar».

– Cómo os gusta a los europeos la épica de la derrota -sentenció Winner-. Gracias por sus propuestas, señores.

– Y señorita -respondió Greenflower.

– Sí, y señorita -suspiró.

Los tres ejecutivos abandonaron el despacho. Winner tenía claro lo que le podía llegar a interesar de todo lo que acababa de escuchar. ¿Y ustedes, amables lectores?

Capítulos París 2024

Juegos de París 2024 (I): el deporte popular, vía Lester.

Juegos de París 2024 (II): las mejores imágenes, vía Barney.

Juegos de París 2024 (III): las polémicas, vía Josean.

Juegos de París (IV): las películas que no se rodarán, vía Travis.

La gente que nos enseñó a amar el cine (II)

Decía en la primera parte que Carlos Pumares nos hizo querer saber más de cine, conocer nuevas películas, sus actores y directores, en qué otras historias habían salido (porque para nosotros eran «historias», nada de «producciones», mucho menos «productos»), qué merecía la pena y qué no, o en qué debíamos fijarnos. Pues bien, José Luis Garci fue ese otro tipo que nos hizo entenderlo, comprenderlo, averiguar cómo enlaza una escena con otra, o qué pinta ese objeto ahí, que parece casual y luego su presencia resulta cualquier cosa menos fortuita. Está ahí para algo, aunque solo sea para despistar. No solo nos enseñó algunos de los trucos del cine, sino que hizo mucho por situar cada obra en su época, en su momento, por hacernos ver por qué ese plano que ahora podía no llamarnos la atención, en su día resultó revolucionario.

Todo ese conocimiento nos lo transmitió en sus programas de los lunes Qué grande es el cine, años noventa, y en los sucesivos Querer de cine o el podcast Cowboys de medianoche, que se mantiene vivo, muy vivo. De José Luis Garci siempre me interesó más su modo de contar el cine que el que tenía de hacerlo, de dirigirlo él mismo. Me pasaba con algunos de sus contertulios: podían no gustarme sus obras, ya fueran directores o escritores, pero me encantaba escucharlos destripar una película. Y disentir. Me gustaba escuchar sus tertulias, no solo porque explicaban magníficas películas, sino porque Garci las disfrutaba y transmitía ese cariño al espectador, esa pasión. No en vano los adjetivos que más empleaba son «portentoso», «prodigioso», «asombroso», porque a él, pese a ser un guionista y director multipremiado, las habilidades de sus colegas le seguían maravillando. Y te lo hacía ver.

Supongo que muchos de mi generación conocimos a Garci en nuestra adolescencia por el Óscar que se llevó en 1983 por Volver a empezar. También por su voluntarioso acento en inglés. Con los años conoceríamos muchas otras de sus películas, Asignatura pendiente, Sesión continua, El abuelo y la estupenda El crack. Años después supe que había sido coguionista de ese -portentoso, asombroso, prodigioso- mediometraje que fue La cabina, de y con Antonio Mercero. Corría el año 1972 y Garci no había estudiado en la escuela de cine, lo estudiaba en las salas. Pertenece a ese amplio grupo de directores que comenzaron en el mundo de la escritura de guiones. «Como Billy Wilder», le escuché en una entrevista. Tras el Emmy de La cabina, aún hizo cosas algo surrealistas de encargo como esa versión hispano-casposa de La naranja mecánica titulada Una gota de sangre para morir amando (Clockwork Terror), de Eloy de la Iglesia.

Pasó a la dirección animado por José María González-Sinde, padre de la que fuera ministra de Cultura, porque en el joven guionista intuyó que analizaba las películas «por planos»: un plano general, un plano corto, la cámara se mueve, aparece un indio… el wéstern como formación y aprendizaje. Todo lo demás, la técnica, dónde situar la cámara, cómo hacer que los intérpretes se muevan, lo aprendería con los años, seguramente tratando de llevar a la pantalla los millones de imágenes de cine (mayormente hollywoodiense) que pasaban por su cabeza.

No hace mucho, en dos post recientes, comentaba por aquí que posiblemente el montaje sea la parte más tediosa de hacer una película. Idear, escribir, producir, mover la cámara, interpretar, poner música o efectos a las imágenes… todo ello me resulta muy apetecible. Motivador. Meterme en una sala de montaje para seleccionar el plano adecuado, dejar los fotogramas idóneos y hacer las transiciones adecuadas, peor aún, meter la tijera, desechar planos que adoras, pero que tienes que dejar fuera porque entorpecen el ritmo… ver y rever un mismo plano o una secuencia hasta el hastío… no motiva. Sin embargo, el bueno de Garci, que sabe de esto infinitamente más que cualquiera de nosotros, contestaba con su sabiduría habitual que el montaje era su parte favorita de hacer una película: «Siempre ha sido el montaje, porque ahí se une la parte del escritor con la parte del director. Es una reescritura con imágenes, modificas todo».

Garci nos ayudó a descubrir a John Ford, a Howard Hawks, a Frank Capra, Fritz Lang, a Orson Welles, sin olvidar a Coppola, Scorsese o Tarantino. A Hitchcock y Wilder posiblemente ya los conocíamos. En mi caso, pasé de interesarme por los actores, a los que conocía muy bien por los estupendos ciclos de La2, a hacerlo por los directores. En los primeros años de sus programas, grababa solo las películas. Con el tiempo pasé a grabar también los debates. Y en ocasiones, solo estos si conocía bien los títulos seleccionados. Ahora, aun treinta años después, en ocasiones descargo los podcast de Qué grande es el cine (QGEEC) que permanecen colgados en Ivoox. En todos ellos se aprecia su gusto por seguir viendo películas, por poder disfrutarlas, sin el esnobismo de algunos. Dejo en este enlace un fragmento de cómo, ya en los ochenta, anticipaba que el cine no iba a morir por el hecho de que hubiera menos espectadores en las salas. Lo que moría era ese concepto de espectador, porque ahora, y con ello anticipaba el éxito de las plataformas actuales, se podía ver más cine que nunca (Enlace).

Si hablo de José Luis Garci, no puedo olvidar dos pasiones que comparto: el fútbol y los libros de cine. El fútbol es parte del paisaje en varias de sus películas, como El Molinón en la que le dio el Óscar, o la voz del Butano en la escena del mechero en El crack. Aprovecho para compartir una entrevista que concedió en La Galerna, el medio en el que colaboro, donde dejó perlas como que Hitchcock y el suspense son puro madridismo, o que Simeone falló al no hacer un Django desencadenado en la semifinal con el Real Madrid. Genio.

En cuanto a sus libros, solo los títulos lo dicen todo: Beber de cine, Latir de cine, Querer de cineMorir de cine. Porque el cine es para él, como para tantos de nosotros, Una vida de repuesto. Gracias.

La gente que nos enseñó a amar el cine (I)

Quentin Tarantino opinaba en sus Meditaciones de cine sobre esos críticos cinematográficos que parecen odiar su trabajo, o al menos lo transmiten en sus palabras, gente cuyos artículos «reflejaban un afán de venganza hacia la propia película (no solo los sacaba de quicio tener que escribir la reseña; los sacaba de quicio ya de entrada tener que ver la película)». Para alguien como Tarantino, quien, en sus años de empleado de videoclub debía ver entre cuatro y cinco películas diarias (y las disfrutaba), la actitud de estos críticos era incomprensible. Gente que no disfrutaba haciendo lo que para muchos como el cineasta sería el mejor trabajo posible. Hace años no solía perderme las críticas de Carlos Boyero, pero llevo mucho tiempo pensando que su actitud huraña, furibunda, o no sé cómo definirla, descreída, es más una pose que una realidad, entre otras cosas, porque no podría haber sido crítico de cine durante tantos años si las películas sobre las que escribe le provocan tamaño aburrimiento. Y esa negatividad (que tan bien transmite) hace que cada vez lo lea menos.

El cine debe ser algo distinto a la vida. Una válvula de escape, una manera de meterte en otra vida. Si la tuya es aburrida, una película puede ofrecerte una alternativa, aunque apenas dure dos horas. Antes de cumplir los veinte, yo ya tenía un cierto bagaje cultureta-cinéfilo, pero de mero espectador, nada «gafapasta», debido a los innumerables programas dobles de sesión continua en los cines a los que nos llevaba mi padre. En esos años, finales de los ochenta, conocí en la radio a un tipo singular, un crítico cinematográfico que era todo lo contrario a lo que tenía entendido que era su oficio: Carlos Pumares. Polvo de estrellas era su programa, que se mantuvo en Antena 3 de 1982 a 1993. Comenzaba a continuación del Butanito, y por eso lo conocí, pero llegó un momento en que pasábamos de la bilis del periodista deportivo y deseábamos que comenzara el hombre del «Sí, buenas noches, dígame».

Carlos Pumares era la Wikipedia de cine de mi generación, nuestro IMDb en el que saber qué más había hecho tal director o actriz; era, incluso, nuestro Filmaffinity en el que comprobar si los gustos que teníamos sobre una película u otra coincidían con las de «los que saben». Porque para mí, Carlos Pumares no era uno de «los que saben»: era el que más sabía y con el que podía identificarme. No coincidía con muchas de sus opiniones, pero al menos, me gustaba de él que evitaba toda esa pose acerca del cine serio o culturalmente reconocido. Me gusta o no me gusta, me divierte o no me divierte. El cine es mucho más sencillo que las pajas mentales que los críticos al uso se montaban sobre las producciones que se estrenaban cada viernes o que se presentaban en unos festivales que eran la cumbre del esnobismo.

«No hay película buena o mala, hay película entretenida o aburrida».

Había oyentes que llamaban a Carlos Pumares y le narraban una escena que andaba por ahí, perdida en algún rincón recóndito de su memoria, con la esperanza de que, con un par de datos, el crítico les recordara el título para poder buscarla. 

– Recuerdo una peli que vi de niño, que salía una cabaña en lo alto de la montaña, y ahí vivía una familia…

– ¿Era en blanco y negro?

– En blanco y negro -decía el oyente.

– ¿La película era en blanco y negro o su televisión era en blanco y negro?

– Ah, claro, hace tantos años… en casa de mis padres, sí, la tele era en blanco y negro.

En un porcentaje muy alto, daba el título y describía parte del argumento posterior para que el oyente confirmara si era o no lo que andaba buscando. En los tiempos pre-Internet, Carlos Pumares era el buscador de los oyentes. Aquel tipo aparentemente cascarrabias me hacía pensar que yo quería saber algún día de esto. No contaba con alcanzar su erudición, aquel conocimiento enciclopédico, pero sí, al menos, con ser capaz de recordar, comparar, interpretar escenas, memorizar secuencias… ¡saber! Me hizo querer saber de cine.

Como cada crítico, tenía sus filias (Billy Wilder, John Ford, Alfred Hitchcock, Howard Hawks…) y sus fobias (Robert de Niro, David Lynch, Meryl Streep, Glenn Close, Laurence Olivier) y en su repertorio tenía varios especiales que solía emitir con periodicidad anual: sobre Casablanca, sobre sus canciones favoritas, sobre bandas sonoras… y el esperadísimo y nunca bien ponderado episodio monográfico sobre el monolito de 2001, Una odisea en el espacio.

Carlos Pumares fue una de esas personas que nos hizo entender que estábamos por el buen camino si lo que anhelábamos era disfrutar de un buen entretenimiento, nada de trascender, plantear problemas existenciales como si nos fuera la vida en esos noventa minutos, y nos mostró, de manera especial, que estaba prohibido aburrir.

Estos días, mientras escuchaba algunos podcasts que han rescatado momentos de sus programas (gracias a La Libreta de Van Gaal por la recopilación), me he dado cuenta con cierto regocijo de que compartía opinión con él sobre Blade Runner: “no es ni buena, ni mala. Es aburrida”. Y no solo eso, también decía que, cuando la estrenaron, la mayoría de los críticos opinaron lo mismo que él, se aburrieron en la sala, “pero luego escribieron otras cosas”.

Porque Pumares era genuino, sonaba veraz, honesto, era su opinión y la soltaba, sin filtros, sin miedo a diferir de la versión “oficial” de la crítica biempensante. Sus opiniones sobre los festivales y el pasteleo de los mismos eran sinceras, se nos hacían cercanas: odiaba los rollos pretenciosos intelectualoides infumables, que eran los que precisamente se llevaban los premios. Y seguro que también odiaba a los críticos que elevaban a los altares a esos tostones infumables La eternidad y un día, de Theo Angelopoulos. Siempre he pensado que no hay mejor título para definir el sopor. En eso compartía lo que comenta Quentin Tarantino en el mismo capítulo sobre los críticos:

«Daba la impresión de que la mayoría de los críticos que escribían para periódicos y revistas se situaban por encima de las películas que les pagaban por reseñar. Cosa que nunca pude entender, porque, a juzgar por sus textos, evidentemente no eran superiores. Miraban por encima del hombro las películas que proporcionaban placer, así como a los realizadores que poseían una comprensión del público de la que ellos carecían».

Porque Don Carlos Pumares era lo que el director de Knoxville valoraba en el crítico Kevin Thomas: «uno de los pocos profesionales de su medio que disfrutaba de su trabajo y, por tanto, de su vida».

No había una «mejor» película de todos los tiempos, porque podían ser cuarenta o cincuenta. Del mismo modo que no había un «mejor director», porque había muchos muy buenos. Totalmente de acuerdo. Pumares era políticamente incorrecto, claro que sí, lo cual se agradece y se echa de menos. Hoy sus opiniones estarían más que censuradas por los numerosos grupos de ofendiditos que pueblan las redes. Sería tildado de machista por su modo de hablar de actrices «estupendas», mujeronas espectaculares firmes candidatas a entrar en su selecto «Club», formado por un grupo de señores seguidores de actrices, «que son muy buenas actrices, y además están muy ricas».

  • Kathleen Turner estaba muy rica, incluso ahora que está caballuda.
  • No sé qué le ven a María de Medeiros. Al natural, tiene bigote.

Carlos Pumares también nos enseñó a valorar la importancia de la voz original de los actores. A nosotros, que solo conocíamos las versiones dobladas. «Usted no puede saber si es buen o mal actor si no lo ha escuchado nunca en versión original». No odiaba el doblaje tanto como el Cinemascope u otros formatos que alteraban la imagen, pero nos incitó a disfrutar las películas en versión original. Del mismo modo que nos animaba a ver el cine en las salas, porque en el vídeo (y hablo de nuestros VHS de los ochenta y principios de los noventa) no se veía nada.

  • Y menos si la película es muy oscura. Y si encima salen muchos negros, como en esta, ¡pues no se ve nada!.
  • ¿A quién se le ocurre rodar Asalto a la comisaría del Distrito 13 en esos ambientes tan oscuros? ¡Pero si solo salen negros! ¡No se ve nada!

Carlos Pumares falleció en octubre del año pasado, con ochenta años y (sospecho) muchas cosas aún por contar. Si tenía esa edad cuando falleció, eso significa que tenía maneras de abuelete cabreado con el mundo cuando aún no había cumplido los cincuenta años, pero es que creo que la suya era una pose mucho más honesta que la de Carlos Boyero. Era considerado con el oyente, no con el oyente plasta que iba solo a soltar su lista de autores, sino con el oyente callado, con ganas de aprender, con ganas de conocimiento, con deseos de entender y amar el cine. Con el que deseaba empaparse de buenas películas. «Vaya a verla. Mañana mismo, no haga más planes, vaya a verla». Y por supuesto, con él aprendimos a decir:

Próximo capítulo: José Luis Garci.

Hollywood y la autocrítica (II)

(Continuación de: Hollywood y la autocrítica (I))

Como decía en la primera parte, el cine norteamericano no suele eludir ningún tema, por crítico que pueda ser incluso con el propio país o con su sociedad, y hace mucho tiempo que perdió el miedo hasta para denunciar el racismo, un racismo que aún impera en muchas de sus formas. En estos últimos años no suele fallar que «se cuele» en los Óscar alguna película dedicada al conflicto racial entre blancos y negros. Pero no es la única forma de racismo que se suele mostrar en pantalla.

  • Los asesinos de la luna cuenta las terribles tropelías de ese grupo de hombres blancos WASP de manual que se dedican a «recuperar» lo que ellos consideraban que les correspondía, una zona con enormes reservas de petróleo que había sido asignada a la tribu de los indios osage. Tampoco elude la matanza de Tulsa, sucedida en 1921, un asunto que daría para otra gran película sobre uno de los mayores episodios de la infamia en Estados Unidos.
  • Oppenheimer tenía como tema principal la creación de la bomba atómica y el Proyecto Manhattan, pero dedicó una buena parte de su trama a las investigaciones al científico por su relación con activistas comunistas o por su condición de judío (siempre me ha llamado la atención la creación del Comité de Actividades Antiamericanas).
  • Entre la lista de candidatas a mejor película, se coló este año con todo merecimiento American Fiction, escrita y dirigida por Cord Jefferson. Me gustó por el humor soterrado que destilaba, por la acidez de su propuesta, basada en «un negro que escribe como un blanco y no tiene ningún éxito, hasta que escribe como se espera que lo haga un negro y arrasa». No sé si es la cuota de crítica al racismo que se cuela cada año, pero si lo fuera, lo hace al menos con buen gusto y con una propuesta diferente a lo habitual.

American fiction trata de salirse de esa moda imperante acerca de las nuevas formas de racismo, que ya no son solo sociales o políticas, sino también culturales. Critica la hipocresía del mundillo cultural y aún más la de las adaptaciones cinematográficas, algo así como «lo que se espera de» para contentar a todos, incluidos los blancos biempensantes. A su creador parece tenerle agotado el hecho de que haya que plantear la «cultura negra» o «African American culture» desde un punto de vista de conflicto, basado solo en la discriminación: el modo de hablar (slang), la estética de las camisetas largas de la NBA y los colgantes dorados, el rap, los tiroteos por las calles y la violencia «porque los blancos me oprimen».

No es tan lejana la polémica por los #OscarsSoWhite, de 2016, aquella ceremonia boicoteada por numerosos actores afroamericanos debido a que ninguno de los nominados era de su raza. Todos estos movimientos en favor de que haya una cuota equitativa de minorías raciales o de diversidad sexual me parecen tremendamente peligrosos, enormemente limitadores de la capacidad del autor para mostrar la sociedad tal cual es, sin cortapisas o sin obligaciones de cuota. La Inclusion Rider que ya critiqué aquí tras la alocada aparición de Frances McDormand en la entrega de 2018 (Reservoir Rider dogs) podría acabar en engendros como los que a veces vemos en las plataformas políticamente correctas, con negros, latinos u orientales en papeles imposibles desde el punto de vista del rigor histórico.

Sinceramente creo que el cine norteamericano es mejor cuando se dedica a la crítica pura y dura a la realidad de lo que ha sido su país y los vergonzosos episodios de discriminación y segregación racial, no cuando regala premios o papeles por cumplir con una cuota racial. De aceptar las cuotas, la siguiente polémica será la de la diversidad de género o la del machismo de Hollywood, como se ha visto en esta misma entrega cuando algunos han alzado la voz contra el hecho de que no hubiera más premios para Barbie, la cosa esa de Greta Gerwig que echa para atrás con solo ver el tráiler. Pedían la candidatura para su directora y para la actriz principal (Margot Robbie) y olvidaron que ya les regalaron la de guion adaptado, una broma de mal gusto. Lo curioso es que sus defensores no hablaban de su calidad, sino de lo que consideraban que merecía ser premiado, una supuesta crítica hacia el machismo de la sociedad. Ya. Con una muñeca rubia escultural interpretada por Margot Robbie. Vale, me vuelvo a la discriminación racial, que me interesa infinitamente más.

La calidad es lo que debería imponerse, y al haber más directoras y guionistas mujeres, y más papeles para actores afroamericanos u orientales, la obtención de los premios debería ser algo natural, no forzado. Solo tres mujeres se han llevado la estatuilla a mejor dirección (Kathryn Bigelow en 2009 por En tierra hostil, Chloé Zhao en 2021 por ¡Nomadland!!!! y Jane Campion en 2022 por El poder del perro), cierto, y todas en los últimos quince años, del mismo modo que la mayoría de Óscar de interpretación para actores de color se han obtenido en el último cuarto de siglo. Muy atrás queda el Óscar a la mejor interpretación para Sidney Poitier en 1963 por Los lirios del valle, un oasis durante décadas y décadas. Tuvieron que pasar casi cuarenta años más para que los premios de interpretación protagonista fueran para actores de raza negra, Halle Berry y Denzel Washington en 2001. Durante todos estos años, algunos premios para actores secundarios como Louis Gossett Jr. (1982, Oficial y caballero), Whoopi Goldberg (1991, Ghost), el propio Denzel Washington (1989, Tiempos de gloria) o Cuba Gooding Jr. (1996, Jerry Maguire).

Los premios a las interpretaciones secundarias parecían casi un premio de consolación, una cuota para esa minoría, pero es que, si nos remontamos más atrás en el tiempo, nos encontramos con que el primer Óscar para una actriz de color fue en 1939 para Hatti McDaniel, la criada de la señorita Escarlata en Lo que el viento se llevó, y no pudo ir a recogerlo precisamente por las leyes de segregación racial existentes en la época.

Eso era Estados Unidos, y, pese a los avances en el último medio siglo, existe un racismo en toda la sociedad que se manifiesta con especial virulencia en algunos estados. El cine no se ha quedado atrás y ha explorado (y explotado) el racismo desde casi todas sus vertientes, con reconocimientos explícitos por parte de los académicos. A veces excesivos, como con Green book o Paseando a Miss Daisy, que, si bien son películas amables y entretenidas sobre la relación entre chófer y cliente de distintas razas, dudo mucho que merezcan llevarse el Óscar a mejor película, como sucedió en 2019 y 1989, respectivamente. En la misma edición de 2019 se colaron en la categoría de mejor película Infiltrado en el KKKlan, capaz de lograr momentos de comedia con asuntos tan desagradables, y, de modo inverosímil, Black Panther. Una de mis favoritas, Arde Mississippi, dura, sin concesiones, sobre el salvaje Sur, se quedó sin ese reconocimiento en 1988, cuando cayó frente a la (mucho más blanda) Rain man.

El Óscar de 2017 a la mejor película se lo llevó Moonlight, entre cuyos partidarios no me encuentro precisamente. No solo habla de los conflictos raciales y el submundo en el que viven por ser negros en determinados barrios, sino que se le une la complicación de ser gay en esos ambientes. Pero, como escuché en su momento a un crítico cinematográfico en un podcast, «la misma historia, con blancos de Parla, no tendría ni la décima parte de interés o de éxito». Una buena película, en cualquier caso, como Figuras ocultas, que estuvo entre las finalistas de ese mismo año al contarnos las dificultades de ser matemática, negra y mujer en la NASA en los sesenta.

Selma, Lincoln, El color púrpura, Malcolm X, Detroit, Criadas y señoras, El mayordomo, 12 años de esclavitud, Óscar a mejor película en 2014… Todos los años hay alguna película que trata el racismo de Estados Unidos de una manera más o menos directa, si bien, a veces resulta más interesante cuando el conflicto racial no es tan evidente. Cuando es subliminal, cuando no es tan obvio. Unas niñas jugando al tenis en los selectos clubes de blancos (El método Williams), el tipo que fue juzgado porque pasaba por allí y su color de piel resultaba sospechoso (El juicio a los 7 de Chicago), los chicos de los hood que son enviados a Vietnam (Platoon), el desprecio de un taxista hacia todo un colectivo (Taxi driver), el negro cómplice del amo (Django desencadenado), el abogado o el buzo que no son bien recibidos en determinados ambientes (Philadelphia, Hombres de honor), el racismo de los italoamericanos (Una historia del Bronx), la mirada de desconfianza de una mujer blanca de clase alta hacia un negro que se cruza en la calle… Crash, todo un tratado sobre el racismo que se llevó con merecimiento el Óscar a la mejor película. Lo trata desde todos los puntos de vista y con varias etnias: el poli malo y racista que resulta no ser tan cabrón, el poli bueno al que sus prejuicios acaban traicionándolo, la desconfianza hacia los mexicanos, la pelea del iraní contra un mundo que considera que lo maltrata, el tráfico de orientales, el detective negro y la mexicana que quieren integrarse en el sistema, pero no lo logran, la pareja de afroamericanos millonarios y de éxito… Es todo un alegato sin piedad, incómodo, necesario.

Nadie mejor que los americanos para criticarse a sí mismos, decía, son unos genios, los number one. Y, como todo en el mundo del cine, todo estaba ya en las películas de John Ford.

Hollywood y la autocrítica (I)

Cada año que pasa, la ceremonia de los Óscar se parece más a la anterior ceremonia de los Óscar, que a su vez se asemejaba mucho a… otra ceremonia de los Óscar. Las sorpresas son cada vez menos frecuentes y los pronósticos resultan más atinados, pero lo que sí me llama la atención es cierta disparidad de criterio entre lo que unos años nos dicen que «gusta en Hollywood» y lo que al año siguiente nos cuentan que «los miembros de la Academia detestan». Me refiero, en especial, a la autocrítica, a la bofetada a su propio país. El guantazo a mano abierta que los cineastas dan a sus políticos, a los medios, a la economía, al racismo de su sociedad, a su manera de intervenir en el mundo, incluso a su manera de hacer cine. Porque no hay país en el mundo, o directores, productores y guionistas con mayor capacidad de atizar a su propio sistema que los estadounidenses. Sin embargo, esa capacidad del cine de Hollywood para la crítica no siempre se lleva el galardón, en ocasiones nos dicen que «a los académicos no les gusta mirarse al espejo», y otras veces parece que es lo que se premia.

Billy Wilder cuenta en su libro de Conversaciones a dos manos con Cameron Crowe que, cuando el todopoderoso productor Louis B. Mayer (de Metro Goldwin Mayer) vio Sunset Boulevard en un pase privado, preguntó que quién era ese director extranjero que osaba morder la mano que le da de comer, en referencia a su feroz crítica al sistema de los estudios de cine. Llegó a decir que quizá habría que mandarlo de vuelta a Alemania. La respuesta de Wilder es muy recordada: «Fuck you!». La película no gustó a los magnates de Hollywood por el retrato desolador que hizo de su mundo, pero, sin embargo, tuvo un buen recorrido en los premios: cuatro Globos de Oro y once nominaciones a los Óscar, de los cuales se llevó tres (guion original, dirección artística y banda sonora). Pese a ser una obra maestra recordada durante décadas, no ganó el Óscar a mejor película, que recayó en su lugar en Eva al desnudo, otra crítica de ese sistema que devoraba estrellas sin remilgos, pero una propuesta más amable.

En Europa vamos mucho más «con el freno de mano puesto», con miedo a cruzar ciertas líneas. El director británico Paul Greengrass lo explicó a la perfección hace años: «Una de las cosas más remarcables de Estados Unidos es su instinto para la sinceridad y el auto-examen. En contraste, a nosotros (los británicos) nos cuesta cientos de años siquiera reconocer el error más mínimo». Y a continuación pone como ejemplo los treinta años que necesitó para rodar Domingo sangriento (Bloody Sunday) sobre los sucesos acaecidos con los norirlandeses a principios de los setenta, mientras que rodó United 93 apenas cinco años después del 11-S.

Los conflictos internos de un país nunca son fáciles de tratar en el cine, como cuenta Greengrass, o como nos pasa en España con las películas sobre la guerra civil, que nunca contentan a nadie. Por sectarias, tendenciosas, por hablar solo desde un punto de vista o por quedarse cortas en su crítica. Ni siquiera el ejercicio de honestidad de Amenábar con Mientras dure la guerra se salvó de ciertos ataques. Estoy expectante ante lo que José Antonio Bayona pueda hacer en su anunciado rodaje sobre los relatos de Manuel Chaves Nogales incluidos en A sangre y fuego.

“Idiotas y asesinos se han producido y actuado con idéntica profusión e intensidad en los dos bandos que se partieran España”.

Manuel Chaves Nogales, prólogo de A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España

Echo en falta películas o series españolas sobre nuestra monarquía realizadas con la misma crudeza empleada por los británicos en The Crown. Por mucho que dijera Greengrass, puede que los británicos están varios pasos por detrás de los estadounidenses, pero es que los españoles andamos a varias décadas de madurez de los british.

Las películas favoritas de la edición de los Óscar que se celebró la semana pasada tenían su componente de crítica al tratar sobre temas históricos: Oppenheimer y Los asesinos de la luna. El padre de la bomba atómica frente a la aniquilación de la tribu osage. Dos películas sólidas, con directores contrastados como Nolan y Scorsese, historias incómodas y una extensa duración. Para mí, entraban de largo en esa categoría de «oscarizable» con la que a veces se etiqueta a las películas en sus estrenos. Y celebro cuando las principales obras del año llevan un componente de crítica, de sacudida a la conciencia del espectador. Llevábamos una racha de películas quizás menores como triunfadoras en la categoría de mejor película:

  • 2023: Todo a la vez en todas partes.
  • 2022: CODA. Nunca entenderé que este amable telefilme de sobremesa pase a la historia en el selecto palmarés de «mejor película».
  • 2021: Nomadland. Aquí sí hay una buena bofetada al insolidario sistema de salud y pensiones norteamericano, ese sistema salvaje que deja a cerca de un millón de personas abandonados a su suerte.
  • 2020: Parásitos. Aquí un fan de esta peli coreana que sorprendió con su éxito. Por cierto, en la entrega de este año se ha colado de forma incomprensible Vidas pasadas, de la surcoreana Celine Song. Está bien, sin más, pero siempre que veo que se cuelan este tipo de obras conformistas me pregunto cómo (y cuánto) ha sido la campaña de marketing para llevarla hasta allí.
  • 2019: Green book.
  • 2018: La forma del agua.
  • 2017: Moonlight.

Me produce una sana envidia cuando veo cómo Hollywood es capaz de destripar a sus presidentes y contarnos la miseria moral de muchos de ellos, tanto los reales (The US Presidents según Hollywood-II) como los ficticios (The US Presidents según Hollywood-I ). Seguro que el mujeriego candidato demócrata de Primary Colors, interpretado por John Travolta, guardaba notables parecidos con Bill Clinton, del mismo modo que el George W. Bush real tenía numerosos puntos en común con el alcohólico desastroso que compuso Josh Brolin en W. (Oliver Stone).

La corrupción de las campañas electorales y la compra de favores (Los idus de marzo), la ocultación de información (Los archivos del Pentágono) o la invención de guerras ficticias para tapar escándalos de índole sexual (La cortina de humo) son mostradas sin tapujos, de manera cruda y a veces incluso cómica. Hay numerosas series que te muestran cómo es ese mundillo de tiburones, lobbys e intereses alrededor de la Casa Blanca (House of cards, El ala oeste de la Casa Blanca, Sucesor designado). No hay miedo en mostrar a un tipejo que todavía vive como Dick Cheney como un tipo corrupto, amoral y sin ningún tipo de pudor a la hora de enriquecerse (Vice, Adam McKay). Para este tipo de crítica, o de autocrítica, no hay nadie mejor que los norteamericanos. El escándalo del Watergate se llevó por delante al presidente Richard Nixon en agosto de 1974 y la investigación de Bob Woodward y Carl Bernstein que concluyó con su dimisión se convirtió en película de una manera más que veloz: Todos los hombres del presidente (Alan J. Pakula) se estrenó en abril de 1976 y se llevó el Óscar a la mejor película en la siguiente edición.

Envidia, como decía, eso es lo que siento cuando veo esas películas. Lo más cercano que se ha podido rodar en España han sido películas como las muy notables B, la película (David Ilundáin), sobre la declaración de Luis Bárcenas, El reino (Rodrigo Sorogoyen), o la serie Crematorio, basada en la novela de Rafael Chirbes sobre la corrupción en la costa levantina. Las tramas que nos hemos perdido aquí con gente como Jesús Gil, Juan Guerra, Francisco Granados, ministros macarras o inútiles, las campañas electorales (con o sin atentados de ETA o el 11-M de por medio), el independentismo catalán y vasco, o personajes tan de peli zafia como Ábalos o Koldo.

Hollywood no tiene ningún miedo a la hora de afrontar asuntos peliagudos, polémicos. Tras la crisis financiera de 2008 y los años siguientes, con la caída de Lehman Brothers y el colapso del sistema financiero mundial, proliferaron películas de todo tipo acerca de la podredumbre de los “expertos” de ese mundillo: El lobo de Wall Street, La gran apuesta, Margin call, Inside Job, Capitalism: a love story, Wall Street 2, Too big to fail

Y pese a todo el poder de la prensa, que en Estados Unidos sí funciona por lo general como un cuarto poder «casi» independiente, las películas sobre la corrupción, el bajo nivel de sus medios o los intentos de control no se quedan atrás: Los archivos del Pentágono, No mires arriba, El escándalo, Buenas noches y buena suerte,… Network (Sidney Lumet) se llevó el Óscar a mejor película en 1976 por su crítica despiadada de la televisión y la búsqueda de audiencia a cualquier precio. Es algo casi tan antiguo como los propios premios de la Academia, pues este tipo de críticas ya existían en películas como Juan Nadie, Caballero sin espada o Ciudadano Kane. Hay un momento brutal en el peliculón de Orson Welles, cuando sus medios se encuentran a la espera del resultado de las elecciones a gobernador y muestran los posibles titulares preparados por la redacción:

Victoria de los míos o fraude. Parece una escena premonitoria de lo que sería Donald Trump años después. No hay asunto, por escabroso que pueda parecer, en el que Hollywood no meta el dedo. Durante años se dijo que la representación del fracaso de la guerra de Vietnam no era apreciada por los académicos, que pasaban casi de puntillas por el conflicto, pero finalmente se premió a una obra maestra como El cazador (The deer hunter, Michael Cimino) en 1978, o a otra como Platoon (Oliver Stone) en 1986, pese a mostrar una versión muy crítica con el conflicto bélico y con el «clasismo» de los jóvenes enviados a morir en la otra parte del mundo.

Las guerras de Irak y Afganistán o el estrés postraumático de tantos soldados también nos han traído peliculones duros, sin concesiones para el espectador: El francotirador, Zero dark thirty, En tierra hostil (Mejor película en 2009 y mejor directora para Kathryn Bigelow), American soldiers, El mensajero del miedo, Tres reyes, Red de mentiras, Jarhead, En el valle de Elah… No es un cine complaciente con el espectador, no suele regalar una visión amable de sus líderes o del papel de su ejército en conflictos internacionales.

En la segunda parte hablaré de un asunto sobre el que Hollywood no ha tenido ningún miedo a hablar desde hace medio siglo o más. Creo que incluso ha aumentado el número de películas y de premios asociados a dicha temática: el racismo de su sociedad.

Continuará: Hollywood y la autocrítica (II).

Meter la tijera (II): el Director’s cut y el Final cut

Primera parte: Meter la tijera (I): la duración.

Lo habitual en Hollywood es que el producto final que se estrenará al gran público no haya sido el ideado por el director, sino por la productora. En el origen de los grandes estudios, el director era un empleado más que entregaba el material en bruto y las salas de montaje hacían el resto: cortaban, seleccionaban, pegaban, añadían el sonido y la música, o una voz en off que explicara lo que se ve en pantalla, ajustaban los minutos a lo deseado por el productor y lo entregaban para su estreno en salas. Fueron muchos los directores que vieron cercenadas sus obras, cuando no cambiadas directamente.

Ese corte definitivo, final cut, que dejaba insatisfechos a sus creadores (al menos ex aequo con los guionistas) es el que provocó que con los años se estrenaran o distribuyeran en vídeo los Director’s cut. Era como si los dueños de los derechos de la película siguieran queriendo ordeñar la vaca y nos dijeran: «a ver, que no es que Blade Runner se te hiciera bola, es que no viste la versión que Ridley Scott tenía en su cabeza». Aunque ha aumentado el número, tradicionalmente solo los directores consagrados tenían firmado en sus contratos el derecho sobre el final cut de la obra: Martin Scorsese, los hermanos Coen, Steven Spielberg, Stanley Kubrick, Woody Allen o el mencionado Ridley Scott.

Una sala de montaje no puede arreglarlo todo en una película. Salvo que sea una película de animación, no puede montar la escena que no se grabó en el plató, ese plano que nunca se rodó. Pero una sala de montaje sí puede mejorar lo rodado por el director, encontrar el ritmo que la historia requiere, o cambiar el orden de las escenas y, con ello, el sentido de la trama. El libro de Michel Chion El cine y sus oficios recuerda la fama de Robert Parrish como «salvador de películas», hasta el punto de convertirse en el montador mejor pagado del cine. La película El político (1949), de Robert Rossen, había tenido unos pases previos al estreno masivo con muy malas críticas, así que la solución que Parrish encontró conjuntamente con el director fue cortar sistemáticamente los principios y finales de cada escena. Las transiciones, los diálogos, que hubiera fallos de raccord, todo eso les dio igual y lograron una película en la que el público se veía arrastrado, «como precipitado de una escena a otra sin recobrar el aliento».

Los pases previos a un público seleccionado para que opinen sobre el montaje casi definitivo me han parecido siempre muy peligrosos. Es poner en manos de ciudadanos que supuestamente representan al americano medio la responsabilidad de decidir en un par de horas sobre lo que un grupo enorme de profesionales con todo su conocimiento (productores, guionistas, director, montador…) han creado tras meses de trabajo. Y todos sabemos que no se puede «democratizar» ciertas cosas, que no se puede dar el poder a las mayorías, como en las juntas de vecinos.

Sin embargo, uno de los inicios más recordados de la historia del cine se debe a uno de estos pases previos, Sunset Boulevard, aquí titulada El crepúsculo de los dioses. Billy Wilder contaba en el libro de Conversaciones con Cameron Crowe que el inicio rodado era totalmente distinto. Recordad que toda la película era un inmenso flashback contado por el propio William Holden recién asesinado. En el inicio pensado por Wilder, arranca en una morgue en la que varios cadáveres cubiertos con sábanas hablaban entre ellos. Uno de ellos es un anciano al que un infarto pilló desprevenido, otro es un niño que se ahogó en el río y el tercero es el personaje interpretado por William Holden, que comienza a narrar su historia, la de ese guionista de segunda que se introduce en Hollywood por la vía de Norma Desmond. Billy Wilder comprobó en el primer preestreno que el público se reía con la escena de la morgue. «¿Ha visto una mierda semejante en su vida?», comenta que le dijo una señora del público que no lo conocía. Abochornado, se fue a otro preestreno y sucedió algo parecido. Sabía que tenía que cambiar ese principio: «no rodé ninguna otra cosa a cambio. Simplemente, lo corté». Y con ello tuvimos uno de los arranques más desasosegantes de la historia del cine, directamente con esa imagen de Joe Gillis flotando en la piscina visto desde el fondo de la misma.

Algo parecido contaba Woody Allen en el documental/entrevista recientemente estrenado, Un día en Nueva York con Woody Allen, de David Trueba. En realidad vino a contar con total sencillez cómo fue aprendiendo a hacer películas, a filmar. Primero escribió un guion, What’s new, Pussycat?, y como lo rodado por Clive Donner le horrorizó, decidió ser él mismo quien dirigiera sus historias. Como tampoco quería estar pendiente de los compromisos de los actores, se puso él mismo a actuar, porque sabía lo que quería hacer. Pero llega su primera obra, Toma el dinero y corre, en 1969, y con un primer montaje en bruto, sin música, lo presentó en Nueva York ante una organización de soldados retirados. No se rieron ni una sola vez, les pareció espantosa. Así que Woody Allen comenzó a recortar los chistes, a suprimir escenas, hasta que el estudio le aconsejó que se dejara ayudar por un montador profesional, Ralph Rosenblum. Fue Rosenblum quien le aconsejó que mantuviera ese material, cambió algunas cosas, «un veinte por ciento de la película», afirma Allen. La clave fue añadirle música y, como por arte de magia, apareció la comedia, la gracia de todas esas situaciones previamente escritas y rodadas. Rosenblum realizó la edición de sus primeras seis películas, hasta que Woody Allen aprendió por sí mismo lo que sus historias necesitaban (y desde siempre tiene música en la sala de montaje, como confesó). Y lo mismo dice que le ocurrió con Gordon Willis y la dirección de fotografía.

Cada director tiene su estilo y el montaje puede mostrarlo en toda su magnitud o, incluso, mejorar lo rodado. En la primera parte de estos dos post sobre el montaje y la necesidad de meter tijera, mencioné a varios directores y su afición a los largos metrajes, más que a los largometrajes. James Cameron siempre ha sido un megalómano, un tipo excesivo que hace películas muy entretenidas. En Abyss (1989) había rodado mucho más material del que luego se estrenó en las salas, y eso que la versión que vi por primera vez duraba 146 minutos. La versión extendida llegaba a las tres horas y aclaraba ese final que se cortaba de manera súbita y sin explicaciones, pero resultaba algo tediosa, aburrida por momentos. Ahora es un director más que consagrado con el control total sobre su obra (Director’s cut igual a Final cut), pero en sus inicios debe al trabajo de edición una de sus películas más redondas: Aliens, el regreso (1986). La segunda de la saga iniciada por Ridley Scott duró 150 minutos, pero en la versión extendida que Cameron pretendía estrenar, los aliens tardan una media hora más en aparecer, porque el director se empeñó en hablar de la vida en la colonia y la llegada de la nave al planeta. Sinceramente creo que la versión definitiva es mejor. Es magnífica, espectacular, y el desconocimiento de esa media hora y de lo sucedido a los colonos mejora el ambiente de misterio que sucede tras la llegada de Ripley y el comando de marines.

Hay directores que con lo rodado te montan un videoclip preciosista, como Zach Snyder y sus superhéroes (Watchmen), y otros, como Martin Scorsese, que añaden una voz en off para narrar la enorme sucesión de planos que pone en pantalla. Te apabulla, te lleva de un lado a otro con velocidad, pero sabe «frenar» el ritmo, calmar la trama cuando lo necesita. Infiltrados era su película con los planos más veloces, 2,7 segundos de media, según un estudio realizado. Uno de los nuestros y Gangs of New York se quedaban por debajo de los 7 segundos de media por plano, y Taxi driver se iba a los 7,3.

Las películas de Christopher Nolan no se entenderían sin esos montajes que mezclan varias líneas temporales, que juegan con lo real y lo imaginado, o con el presente y el pasado casi de manera simultánea (Interstellar, Tenet, Oppenheimer, Origen…). Por lo visto, existe una versión de Memento montada en orden cronológico y no la he visto nunca, no me interesa. Supone romper con el misterio de la averiguación de la trama para el espectador. A todo ello, Nolan añade mucho aparato musical para enfatizar las imágenes, a veces de manera exagerada, como en Oppenheimer, para mi gusto. Juega con meter escenas en blanco y negro de manera parecida a lo que hizo Oliver Stone en JFK, otro prodigio de montaje en todos los sentidos, también en el de manipulación del espectador. El blanco y negro representa el pasado en estas dos obras, pero más bien se emplea para escenificar las suposiciones de alguno de los personajes, lo que en un momento dado dijo, pero pudo no ocurrir en la realidad.

El montaje es clave para el acabado formal de una película, pero puede convertirse en algo obsesivo si el director ha rodado mucho material, como ocurría con Stanley Kubrick, por ejemplo. Otros directores son muy precisos a la hora de rodar, como Clint Eastwood y Steven Spielberg, y suelen rodar el material justo que precisan, no sé si por la claridad de sus ideas o por evitar un Final cut diferente al Director’s cut que tienen en mente. Billy Wilder contaba que «normalmente, la toma que uno escoge es la buena», y habla de la broma que le gastaron a George Cukor, un director bastante exagerado con las repeticiones en el rodaje. En lugar de positivarle ocho tomas distintas de un rodaje, le llevaron a la sala de montaje la misma toma ocho veces, y el director, tras verla hasta la extenuación, dijo: «Creo que la mejor es la número tres». El montador bromista le responde: «A mí me gusta más la siete». Discutieron y volvieron a verlas vaaaarias veces más hasta que el aburrimiento los llevó a confesar que le habían pasado la misma imagen repetida.

Una misma imagen puede servir para una cosa o la contraria en función de a qué lo enfrentes, con qué planos la intercambies. Es el famoso «efecto Kuleshov» (en homenaje a su artífice, el cineasta ruso Lev Kuleshov), un curioso fenómeno que explicó con su sorna habitual el maestro Alfred Hitchcock.

En una sala de montaje se pueden tomar muchas decisiones fundamentales como esta manipulación a la que se refiere Hitch y, con ello, alterar la propia percepción de lo representado por los actores. O te puedes cargar directamente a un personaje, como ocurrió con Mickey Rourke en La delgada línea roja (Terrence Malick) o recortarlo hasta que pierda casi todo su sentido, como el de Sean Penn en El árbol de la vida, del mismo director. ¿Realmente había sentido en esa película? Tim Roth no llegó a aparecer en la película de Quentin Tarantino Érase una vez en… Hollywood, y yo me habría cargado todo lo relativo a Bruce Dern porque no aportaba nada al avance del guion. Son las cosas de Tarantino, que quiere meter tantas cosas y a tantos colegas que el ritmo se resiente por momentos (muy pocas veces en toda su filmografía). La versión que tenía prevista se extendía hasta las cuatro horas de duración en lugar de los 165 minutos que se estrenaron. Su manera de montar las imágenes y jugar con el desorden del tiempo, como en Reservoir dogs, Kill Bill o Pulp Fiction, también forma parte de su sella de identidad.

Otras veces es la productora la que necesita cambiar lo ya rodado, como sucedió con Kevin Spacey en Todo el dinero del mundo (Ridley Scott), cuando comenzaron sus líos judiciales en Estados Unidos. La productora decidió volver a rodar todas las escenas en las que aparecía Spacey por razones comerciales o para evitar críticas y lo sustituyó por Christopher Plummer. No tengo ninguna duda, aunque no la haya visto, de que es otra película, por mucho que se haya rehecho plano a plano.

Y tengo que dejar para el final una de las mejores decisiones que he visto que se tomaron tras el montaje inicial de una película: Rogue One. La escena final en la que aparece Darth Vader y enlaza el robo de los planos de la Estrella de la Muerte con el inicio del Episodio IV, (La guerra de las galaxias para mi generación, o Una nueva esperanza, como se la denominó después) es un añadido que se rodó unas semanas después de la versión oficial. Y fue una puñetera maravilla cuando lo vimos en el cine, fue cuando todo encajó como un guante. Porque a fin de cuentas, eso es el montaje, el pegamento que une todo el material y le da sentido.

Meter la tijera (I): la duración

Los asesinos de la Luna, 3 horas y 26 minutos.

Oppenheimer, 3 horas justas.

El triángulo de la tristeza, 2 horas y 27 minutos.

Avatar 2, El sentido del agua: 3 horas y 12 minutos.

Indiana Jones y el Dial del Destino, 2 horas y 34 minutos.

Napoleón, 2 horas y 37 minutos.

Babylon, 3 horas y 9 minutos.

Estas han sido mis últimas visitas a las salas de cine. Si a estos metrajes le uno varias de las películas destacadas para los Óscar del año pasado y los de este mismo que he visto en casa, como Elvis (2 horas y 39 minutos), Blonde (2 horas y 46 minutos), Los Fabelman (2 horas y 31 minutos), Sin novedad en el frente (2 horas y 27 minutos) y La sociedad de la nieve (2 horas y 24 minutos), parece claro que se puede concluir que ha habido un incremento de la duración de las películas. Otro modo de verlo: que para llegar a la selección final de los Óscar hay que ofrecer un «peliculón» con un metraje superior a los 90-100 minutos, 120 máximo, que durante décadas fue un estándar. Esta es la lista de las películas ganadoras al Óscar a la mejor película en los primeros años de la pasada década:

  • 2010: El discurso del Rey, 118 minutos.
  • 2011: The Artist, 100 minutos.
  • 2012: Argo, 120 minutos.
  • 2013: 12 años de esclavitud, 134 minutos,
  • 2014: Birdman, 119 minutos.
  • 2015: Spotlight, 128 minutos.
  • 2016: Moonlight, 111 minutos.
  • 2017: La forma del agua, 123 minutos).

Yo no me quejo en absoluto de la duración de las películas, es más, considero que deberían tener la duración exacta y precisa que la historia demanda. Si eso significa tres horas, pues las disfrutaré desde el primer minuto al último sin una sola queja. Como decía aquel crítico cinematográfico, la medida de la calidad de la peli me la da mi propio culo: si me gusta lo que veo, ni lo siento, ni me acuerdo de él, ahora bien, como mi culo empiece a dormirse, a cambiar de postura, a demostrarme que está incómodo, es cuando sé que me estoy aburriendo con lo que veo en pantalla. Mi culo nunca se quejó de El cazador, El Padrino I, El Padrino II, Ben-Hur, La gran evasión, Apocalypse Now, El señor de los anillos, Espartaco, Pulp Fiction o Cadena perpetua, películas que superan los 150 minutos y varias de ellas, por encima de las tres horas.

El problema que veo es que algunas de las últimas películas que he mencionado están alargadas en exceso, de manera innecesaria. A Elvis y a Marilyn (Blonde) les habría recortado más de media hora, porque, además, se notaba que se debían a excesos innecesarios de unos directores con afán de lucimiento, tendentes a la exageración (Baz Luhrmann y Andrew Dominik). El final de Avatar estaba estirado de tal manera que, en lugar de resultar espectacular, aturdía, agotaba. Como tampoco tiene sentido que la última de Indiana Jones sea la más larga de las cinco que conforman la saga, lo cual es otra muestra más de la tendencia a la hipérbole por encima del desarrollo del argumento. Hay varios momentos de la última aventura de Indy que se alargan más que un discurso de Fidel Castro.

No debe resultar nada fácil meter la tijera a una película, y menos cuando, además, los directores se ven forzados por las productoras a contar con los gustos del respetable. En ocasiones, lo que gusta o interesa a sus creadores no es lo que los espectadores deseamos ver. A Oppenheimer (y esta es una opinión muy particular que no tiene por qué coincidir con la mayoría, puesto que ha sido un gran éxito en todo el mundo), le sobraba metraje sobre el juicio a Strauss y le faltaba bomba atómica, su lanzamiento sobre la población civil y las consecuencias. La monumental obra de Martin Scorsese (Bendito Scorsese) podía haber sido aún mejor película con 30-40 minutos menos, algo similar a lo que pensé en su momento con el estreno de El irlandés (2019), otro peliculón de 3 horas y 29 minutos, pero, ¿dónde recortas, qué escenas quitarías? No lo sé, te absorbe de tal manera, te mete en su mundo, en su trama, que no lo tengo claro, al contrario que me pasa con otras. A El triángulo de la tristeza, por ejemplo, le sobraban directamente unos 142 minutos, y sí, ya sé que duraba 147, lo he dicho a conciencia.

En el cine, muchas veces «menos es más». Un metraje ajustado a la narración, a la historia desarrollada, con el ritmo adecuado y las escenas precisas, es el complicado equilibrio que tienen que alcanzar tanto los directores como las productoras. Una obra maestra no tiene por qué alcanzar las tres horas de duración. Uno, dos, tres, de Billy Wilder, 115 minutos. No le sobra nada, no le falta alargar ninguna escena. La mejor escuela de ritmo cinematográfico para las nuevas generaciones. Psicosis, de Alfred Hitchcock, 109 minutos. Un trabajo de montaje perfecto. ¡Qué bello es vivir!, de Frank Capra, 130 minutos. Ni sabía lo que duraba hasta hoy, pensé que eran menos de dos horas porque se me pasa siempre en un suspiro.

En el cine de siempre, la duración podía estar condicionada por algo tan poco artístico como el coste del celuloide, que era muy elevado. Los metros de película con los que se contaba al inicio del rodaje, o el número máximo de rollos que se le daban al director, pesaban más en el formato final que el número de páginas del guion. En la actualidad, con el soporte digital, hay más margen para ampliar los minutos rodados, o para repetir tomas, pero también sucede que se disparan los costes de post-producción por el incremento de efectos digitales que se incorporan cada vez con más frecuencia.

En cualquier caso, parece evidente que las grandes productoras han optado por ampliar la duración de las películas, quizás para atraer a las nuevas generaciones a las salas. En algunos artículos he leído que es un efecto post-pandemia, que hay que ofrecer «algo más» a un público que se ha acostumbrado a consumir series en capítulos de 45-50 minutos de duración, una hora máximo, como si fuera una justificación por el precio que se paga. «Marcar el carácter de evento», decía Ángel Sala, director del festival de Sitges, «parece que ese peso las hace mucho más importantes, y las diferencia de otro tipo de opciones, de cara a que hay que verlas en el cine». Coincido con lo que dice la crítica de cine Nuria Vidal: «El confinamiento y el cierre de las salas potenciaron el consumo de cine en casa. Sobre todo de series, series de cuatro, seis capítulos que se ven seguidas, en una tarde». «¿Y cómo ha reaccionado el cine en las salas? Alargando sus historias en un intento inútil de competir con las plataformas. Inútil porque el cine tiene otro ritmo; inútil, porque el cine en la sala te encierra durante dos horas o más, mientras que el cine en casa te permite pausar a tu voluntad el visionado; inútil porque las historias se resienten al alargarse y repetirse muchas veces sin necesidad. Hay películas que necesitan un metraje largo, pero hay muchas otras que no. Saber cuál es el metraje adecuado de una película, es uno de los trabajos de los buenos productores».

Las nuevas generaciones están orientadas a la brevedad y al consumo rápido, luego no sé si alargar la duración de las películas es la mejor estrategia para atraerlos a las salas. La generación para la cual un email de más de un párrafo es muy largo, o un mensaje de Whatsapp de más de dos líneas (y por eso se comen signos de puntuación y letras, o te plantan LOL, OMG o emoticonos para abreviar). Los mismos chicos que consumen vídeos de un minuto máximo de duración en TikTok, y la mayoría de las veces ni llegan al final de los sesenta segundos, o los mismos de las stories que duran solo 24 horas, es decir, la exaltación de lo efímero, ¿a ellos vamos a pedirles que se encierren en una sala oscura durante tres horas en las que, además, les prohibimos usar el móvil? Pues ojalá se consiga. Parece que estas megapelis de superhéroes de tres horas de duración están experimentando ya un desgaste y las cifras de recaudación de las últimas no han compensado los desorbitados presupuestos.

Los exhibidores tampoco están satisfechos con la duración de la nueva hornada de películas. Si antes podían meter tres y hasta cuatro sesiones de una película de 90-100 minutos en una tarde, con los últimos Nolan, Cameron y Scorsese solo pueden programas dos pases por día. Adolfo Blanco, responsable de los cines Verdi, decía hace unos meses: «Como exhibidores, una película larga nos ocupa más espacio, cuesta más proyectarla y es menos rentable que una corta porque hay menos funciones. El público no va a ver una película porque es larga, sino porque es buena». Y plantea el debate de los diferentes precios que debería tener cada película: «A nadie se le ocurriría que un libro de 1.000 páginas cueste lo mismo que un libro de citas ilustres de 90 páginas en letra gorda. Creo que no es normal que una película de bajo presupuesto cueste lo mismo que otra de una producción de 200 millones de dólares y que a lo mejor dura tres horas y media». O el teatro: todos entendemos que no valga lo mismo un monólogo sin escenografía de ningún tipo que un musical con 60 actores en las tablas y una orquesta en directo. Steven Spielberg y George Lucas ya plantearon este debate hace unos pocos años en Estados Unidos. Decían que lo lógico es que una superproducción tenga un precio de 25 dólares en taquilla, mientras que la entrada de una cinta independiente debería rondar los 7. Un debate totalmente entendible y al que yo añadiría otro aspecto: una película española subvencionada en su producción también debería valer menos para el espectador en España.

Puede que el trabajo de montaje de una película sea el más aburrido de todos, gente que se encierra días y semanas enteras con todo lo que ha rodado un director, lo bueno y lo malo, en bruto, sin música ni efectos de sonido, y tiene que dedicarse a seleccionar lo que vale y lo que no, que tenga coherencia y no se pierda nada relevante para la trama, que los cortes se hagan de tal modo que tenga el ritmo que el director requiere, que no se alarguen innecesariamente porque también hay presión de las productoras para llegar a un minutaje concreto… No es un trabajo sencillo. Es gente en la sombra que tiene que conocer bien al director. Por esa razón, Martin Scorsese lleva cinco décadas trabajando con Thelma Schoonmaker. Y los montadores son gente poderosa, pese a que no los conoce nadie, pues deciden qué se verá en la pantalla. Como dice Michel Chion en El cine y sus oficios, su herramienta principal, su arma, es la misma que la de los censores de antaño: unas tijeras. Físicas o virtuales, pero unas tijeras para cortar y cola para pegar.

Un inciso para mencionar la censura: no puedo dejar de recordar el final de Cinema Paradiso con todos esos recortes censurados durante los años de represión (lo encontraréis en Carta de amor de un cinéfago desentrenado y desenfrenado), así como la mítica escena de las ostras y los caracoles en Espartaco, de Stanley Kubrick, incorporada años después a las versiones reestrenadas y, por tanto, con otras voces:

En la segunda parte hablaré del Director’s cut y del Final cut, varios ejemplos clásicos de empleo del montaje para mejorar o destrozar una obra. Dejo un último homenaje a los montadores, el de la montadora con mal aspecto de Babylon, cuya trama comienza con el cine mudo y el trabajo artesanal de recorte de los fotogramas y la inclusión de los carteles escritos a mano, que podían alterar por completo el sentido de lo rodado. La escena de esta mujer con el pañuelo en el cuello me recordó al momento superhéroe con capa de Los increíbles. Si un traje de superhéroe no debería llevar capa, una montadora no debería trabajar jamás con un pañuelo, y los que hayan visto ambas pelis entenderán la referencia.

Continuará: Meter la tijera (II): el Director’s cut y el Final cut.

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La magia de la sala oscura (I)

La magia de la sala oscura (II)

La parodia del dictador

No había salido aún del cine de ver el Napoleón de Ridley Scott y ya me estaba preguntando por qué esa manía de algunos directores por convertir a estos líderes megalómanos, tipos tiránicos en sus formas o dictadores en sus distintas acepciones, en completos anormales. Cuando no imbéciles. El Napoleón que interpreta Joaquin Phoenix no nos lo muestra como un imbécil integral, pero sí está más cerca de su papel de tarado como Joker que de un tipo inteligente o brillante como sin duda debió de serlo el Bonaparte original.

La interpretación del actor protagonista es mi principal pega a la película, dos horas y cuarenta minutos con momentos muy disfrutables, como todo lo que rueda el bueno de Ridley, pero con escenas que te hacen pensar mientras la ves: “¿de verdad un anormal así pudo hacer que un país entero como Francia se plegara a sus designios?”. Eso, y la otra gran pega, que es la relación bipolar y, por momentos, infantil con Josefina. No cuestiono el rigor histórico porque no soy ningún experto y eso ya lo han hecho otros en artículos muy didácticos y repletos de datos (aquí ya dediqué a la falta de rigor hollywoodiense aquel post titulado Una furgoneta del siglo XIII). Tampoco discuto la calidad de las escenas de batalla, la fotografía (Scott siempre fue un maestro) o la maravillosa ambientación, pues se ve el dineral invertido en cada fotograma.

Lo que me pasa con las películas que tienen como centro de la acción a un líder carismático, capaz de hacer que un país entero siga a pies juntillas sus delirios de grandeza, es que exijo que ese personaje tenga todo lo contrario de lo que muestra Joaquin Phoenix. En esta o en aquel lejano ya Gladiator en el que se sintió muy cómodo en su histriónico papel de Cómodo. A ese líder tiránico le exijo que sea “grande”, que tenga una capacidad intelectual muy por encima de los que lo rodean, que sea un visionario, que anticipe los distintos escenarios que pueden suceder, que tenga un carisma que se huela en cada escena, que se coma al resto de los actores con cada gesto o mirada. Que sea un hijo de puta, sí, pero listo, un listo cabrón hijo de puta. Que aniquile por venganza o por previsión. Y que inspire tanto respeto en los suyos como miedo en los rivales. Es lo que echo de menos en el Napoleón de Scott y Phoenix, algo que sí tenían los de Marlon Brando (Desirée) y Rod Steiger (Waterloo). Tengo pendiente el Napoleón de Abel Gance (1927), para algunos la mejor del personaje, pero dudo mucho de la contención gestual del protagonista, ya que hablamos de la época del cine mudo.

El objeto del post de hoy no es hablar de la figura de Napoleón, sino de la estupidización de los tiranos en el cine, de la ridiculización, a veces exagerada, de tipos que eran unos redomados hijos de puta. Es cierto que las formas de algunos de ellos llaman a la parodia, como mostró Roberto Benigni con la figura de Mussolini en La vida es bella, en aquella entrada al pueblo subido a un coche en la que no se distinguía si hacía el saludo fascista o si estaba pidiendo a los aldeanos que se apartaran. “Entrada prohibida para judíos y perros”. Si no fuera porque esos carteles o similares existieron, no nos resultaría tan patéticamente graciosa la respuesta de Benigni al chaval: “ahí hay otra tienda que no deja entrar a españoles ni a caballos. Y hace poco vi una tienda que no admitía chinos ni canguros. A partir de mañana ponemos un cartel en nuestra librería que prohíba la entrada a las arañas y a los visigodos”.

Las películas de parodias norteamericanas del trío ZAZ (Zucker, Abrahams y Zucker) juntan a varios de estos dictadores, como en el arranque de The naked gun (aquí bajo el título letal de Agárralo como puedas). Jomeini, Gaddafi, Yasser Arafat, Idi Amin… incluso Mijail Gorbachov aparece por allí:

¿Tendrá Jomeini una mohicana naranja bajo el turbante, como sugiere este hilarante arranque? Los mismos ZAZ rodaron la segunda parte de Hot Shots en 1993, pocos años después de la invasión de Kuwait por parte del ejército iraquí de Sadam Husein, quien lógicamente no escapó a su correspondiente parodia:

«Desayuno, firmar penas de muerte, almuerzo con Gaddafi, ejecución, ejecución y fiesta de cumpleaños» se puede leer en su planning del día. Y un momento final como un Terminator del tipo T-1000, quizás para incidir en la «Inhumanidad» del sátrapa iraquí:

Podemos reírnos de toda esta panda de energúmenos, o podemos hacer como otros, que creen que no deberíamos trivializar con las figuras de los dictadores. Idi Amin debía estar a años luz de la parodia de los ZAZ y seguramente mucho más cercano al tipo que interpretó Forest Whitaker en El último rey de Escocia: listo, hábil, carismático, con sentido del humor. Y un hijo de puta al que temer. Como sin duda lo sería Stalin, cuya filmografía dedicada es muy inferior a la de Hitler. Suele aparecer como un alcohólico asocial que extermina por placer, lo cual dista mucho de ser una parodia, como en las breves apariciones en El abuelo que saltó por la ventana y se largó y en La muerte de Stalin.

Los personajes que han resultado tan extremos en sus vidas son carne de parodia, por muy dañinos que fueran en sus vidas. La sucesión de Stalin y todos los tópicos sobre el Partido Comunista de la Unión Soviética se juntan en la segunda de las películas mencionadas: el silencio forzado, el miedo a opinar, la una…nimidad en la toma de decisiones. Por su parte, el abuelo centenario sueco de la primera también conoció durante sus andanzas a Francisco Franco, a quien nos presentaron en pantalla como un tipo cercano aficionado a las sevillanas. Y sinceramente, no sé si yo estaba preparado para ver al Caudillo moviendo las muñecas de esa manera. O para verlo con el aspecto algo orondo de Juan Echanove en Madregilda, jugando al mus mientras escucha chistes sobre Stalin y su persona:

El modo de hablar tan característico de Franco se presta a la imitación chusca, pero aquí Echanove lo convierte en irreconocible. Como lo era Juan Diego por otros motivos orales y gestuales en Dragon Rapide. Me gustó la interpretación que hizo de Franco el actor Santi Prego en Mientras dure la guerra, el acercamiento sincero que hizo Alejandro Amenábar de nuestra guerra civil. Y aún más me gustó el Millán Astray listo e hijo de puta que compuso Eduard Fernández en la misma película. La voz de Franco y su manera de pronunciar eran muy características, muy aptas para las parodias de tantos cómicos o imitadores como hay en nuestro país. Uno de estos actores cómicos, Carlos Areces, interpretó en una ocasión a Franco en un programa de Buenafuente y lo hizo con tanto acierto que Fernando Trueba lo escogió para meterse en la piel del dictador en La Reina de España, en la que mantiene un intenso cara a cara con la actriz Macarena Granada (Penélope Cruz).

Lo cierto es que el personaje de Penélope Cruz sabía lo que era mantener la mirada a un tipo de estos que se cree con derecho a disponer de las vidas del resto de los ciudadanos, pues ya en la primera parte de esta comedia sobre una banda de cómicos, La niña de tus ojos, había tenido que lidiar con un Goebbels incapaz de controlar su libido. ¿Está bien reírse de estas parodias? Pues no sé si lo está o no, pero yo reconozco que me he deshuevado con varias de estas películas. Como el humor salvaje que utilizó Sacha Baron Cohen para crear un dictador ficticio que es una mezcla de Sadam Hussein y Gaddafi en El dictador. Y no deja de resultar cachondo que, con todas las barbaridades que hace y dice el protagonista (el trueno de Faluya, bromas sobre el 11-S, «¿es niño o aborto?» sobre un recién nacido,…), lo que más gracia me sigue haciendo es su discurso en las Naciones Unidas sobre las bondades y virtudes de una dictadura. ¿O está hablando de otro país?

Y también lo pasé bastante bien con la primera mitad de The Interview, la mordaz sátira sobre Kim Jong-Un que tanto molestó en Corea del Norte. Ese coreano con problemas de sobrepeso y llorando con las canciones de Katy Perry es impagable, aunque decaiga en la segunda mitad.

Dejo para el final a Adolf Hitler. No sé si sería como el tipo astuto que reúne a sus generales en Valkiria o como el (demasiado humano) personaje que compone Bruno Ganz en El hundimiento, película que, por cierto, contiene una de las escenas más utilizadas para parodias de todas las redes sociales (vale para fútbol, política o personajillos de los saraos televisivos). Desde luego no sería como el Hitler bobalicón que imagina el niño de Jojo Rabbit, ni como el Hitler gay que crea Mel Brooks para Los productores. Un Hitler gay era un argumento infalible para perder dinero en una producción, como dice el productor en la obra.

A mí me admiran dos de estas parodias. Pero en especial por la época en la que fueron realizadas. La primera, la del «Hail yo mismo» sobre las propias calles de Polonia en Ser o no ser. Dirigida por el genio Ernst Lubitsch ¡en 1942!, un judío alemán que se nacionalizó estadounidense en 1933. Una película muy disfrutable hoy en día, pero para la que había que tener el estómago necesario en aquellos años.

Y el premio al visionario fue para Charles Chaplin por El gran dictador, escrita, dirigida y protagonizada por el mismo genio británico en 1940. Tenía mucho más claro que los dirigentes de su país lo que estaba por venir. Fue capaz de hablar de la persecución de los judíos, de la aniquilación de la libertad de expresión en el país y de las ansias de expansión de los nazis cuando apenas acababan de comenzar sus incursiones. Y nos regaló este triste y maravilloso discurso que se ha repetido mil veces por la potencia del mensaje:

¿Podemos reírnos de los dictadores? En absoluto. De sus parodias, totalmente. Es necesario.

La revancha de la secuela

El artista, el creador, el urdidor de tramas, historias, personajes, en definitiva, el autor, no debería verse condicionado por el público a la hora de imaginar o parir su obra. Y sin embargo lo hace. Un guionista puede ser libre cuando se sienta al teclado para plasmar su trama o definir sus personajes, pero, ay, amigo, una producción cinematográfica es tan cara, tiene unos costes de realización y distribución tan elevados, que cualquier ínfula creativa se ve sometida o subyugada por los dictados del público. O lo que en ocasiones es peor, por lo que el estudio considera que demanda el público.

Me daría mucha rabia como autor de una película, ya fuera director o guionista, saber que esos test con público que se hacen en el pueblo prototípico estadounidense en los que se da a los espectadores unas tarjetas para que hagan su propia valoración sobre lo que han visto son tan importantes para el «producto» final que se estrenará. Un tipo se ha pasado meses escribiendo un guion, elaborando cada personaje, encontrando la frase adecuada para que después un director lo pula y haga que un profesional con una dicción perfecta lo pronuncie, y te llega un oficinista de Arkansas que ha pasado una mala semana y está en mitad de un proceso de divorcio, y suelta que tal o cual personaje es un indeseable cuya presencia en pantalla perjudica a la trama. Y en ocasiones las productoras hacen caso a estos comentarios cuando son masivos. El público manda, el cliente siempre tiene razón y todas esas patrañas «democráticas» sobre las bondades de la mayoría.

Pero a pesar de lo dicho, reconozco que a veces como espectador disfruto de las pequeñas venganzas que las secuelas de una película nos ofrecen. Este verano pasado se estrenó la quinta película de «ese arqueólogo del sombrero y el látigo», un Indiana Jones octogenario que seguía viviendo aventuras entre nazis, persecuciones, viajes y descubrimientos, incluso con Arquímedes por la trama. Cuando supimos del rodaje de esta secuela, una de las dudas que teníamos los seguidores era saber si Shia Labeouf iba a repetir papel como hijo de Indiana Jones. Creo que éramos mayoría los que abogábamos por su exterminación incluso antes de acabar la cuarta entrega, en la que debutaba (y a ser posible tras una dolorosa tortura), y seguramente los productores tuvieron en cuenta la baja aceptación que tuvo este personaje chulesco vestido de Marlon Brando cuando decidieron que no apareciera en la nueva entrega. Nos cuentan que se alistó en el ejército y palmó, perfecto, no necesitábamos saber mucho más.

Seguro que en la eliminación del personaje en la continuación tuvieron mucho que ver las reacciones en medios especializados, críticas, foros y blogs de aficionados, y un «clamor popular» por lo errónea de su introducción en la trama. Algo parecido a lo que sucedió con el insoportable Jar Jar Binks en La amenaza fantasma, el esperado retorno de la saga Star Wars a las grandes pantallas a finales de los noventa. Las críticas fueron de tal magnitud que George Lucas redujo su presencia al mínimo en los siguientes episodios hasta suprimirlo del todo. Unos aficionados crearon y difundieron por YouTube una versión en la que se había suprimido digitalmente al personaje, y dicen las malas lenguas, o las buenas, que la película mejoraba, se seguía mejor. Me lo creo.

Lo de eliminar personajes que resultan antipáticos o directamente odiosos al espectador es un clásico de las sagas de películas. También lo hizo James Cameron en la última entrega de Terminator, de 2019, titulada Terminator: Dark fate o Destino oscuro. El director canadiense fue el responsable de las dos primeras entregas, las mejores, sin duda. Acertó en casi todo, menos en el personaje de Edward Furlong, el John Connor que debía liderar la salvación de la humanidad. Sin embargo, el suyo era un personaje secundario al lado de los verdaderos protagonistas: los Terminator T-800 (Arnold Schwarzenegger) y T-1000 (el «metal líquido» de Robert Patrick), y Sarah Connor (Linda Hamilton). Una heroína como se han visto pocas en el cine. La tercera entrega aportó muy poco a la historia, la cuarta tuvo interés por trasladar la historia a ese futuro dominado por las máquinas y la quinta (Terminator: Génesis) lo puso todo patas arriba. James Cameron no participó en ninguna de estas tres secuelas, y estoy convencido de que se revolvió en su butaca cuando vio que los guionistas habían decidido que John Connor fuera otro Terminator de una nueva generación más avanzada. Vamos, que el salvador de la humanidad pertenecía al bando de los malos. Infumable, debió pensar. Así que, cuando le ofrecieron participar en una nueva entrega, debió decir: «sí, claro que sí, pero empezamos de nuevo, donde lo dejamos en Terminator 2, lo demás no ha existido». No dijo que no estuvieran a la altura de la saga, pero lo descartó todo y planteó la trama como un futuro alternativo, una nueva línea temporal. Pidió la vuelta de los dos grandes protagonistas, Schwarzie y Linda Hamilton, y no solo eso, sino que nos regaló una escena memorable al inicio de la película: se cargaba al insoportable adolescente de John Connor. Su madre Sarah tendría que salvar a la humanidad porque con ese despojo humano estábamos condenados. Y el tiempo, tanto como la propia vida de Edward Furlong, nos han dado la razón.

Las secuelas ofrecen a los guionistas la posibilidad de cambiar por completo el registro de un personaje. Y estos se esmeran y a veces tienen grandes aciertos. Por ejemplo, Terminator 2 tiene una escena magnífica: el reencuentro de Sarah Connor con el T-800 en la prisión. Ella no sabe que el «bicho» ha sido reprogramado y que, en lugar de buscarla para asesinarla, su misión es protegerla y salvarla de un Terminator aún más letal. El pánico que se dibuja en la cara de Sarah es acongojante y le costará mucho asimilar que ese gigantón del que huyó durante una película entera es ahora su gran esperanza para sobrevivir. Algo parecido al cabreo de la teniente Ripley en Aliens: el regreso (también de James Cameron) cuando descubre que hay un androide en la tripulación, Bishop. En la primera (Alien: el octavo pasajero), el androide Ash resulta tan peligroso para Ripley (Sigourney Weaver) como el propio alienígena y esta situación dio bastante juego a los guionistas, que decidieron incorporar otro androide en la segunda y generar una tensión que finalmente se resolvería con acierto: Bishop sería clave para salvar a Ripley. El problema no son las máquinas, sino los programadores, seres humanos, una de las mayores preocupaciones de James Cameron (Skynet y la Inteligencia Artificial).

Otro cambio notable de personaje fue el de Lando Calrissian de El imperio contraataca a El retorno del Jedi. Según dijo el actor (Billy Dee Williams) a principios de los ochenta, sufrió el acoso de muchos fans tras el estreno del Episodio V por la traición a Han Solo, por su manera de entregarlo al Imperio sin ofrecer resistencia. Es más, pactando la entrega a cambio de la paz para la colonia bajo su mando. En aquellos tiempos no había Twitter, ni Metacritic, Rotten Tomatoes, ni redes sociales repletas de haters, pero el actor comentaba el desprecio que había sufrido en persona por dicha traición. O por su sumisión a Darth Vader. Si a ello sumamos que era el único personaje de color en aquellas entregas tan «blancas», el odio hacia su personaje se mantuvo hasta el estreno de la siguiente entrega. Quizás por ello, al poco de comenzar, vemos a Lando Calrissian camuflado en la guarida de Jabba, el Hutt, de cuyas garras intenta liberar a Han Solo. Había que redimir al personaje, reivindicarlo y reponer el honor del «negro», y si para ello tenía que pilotar el Halcón Milenario en algunas de las escenas clave, se hace.

Las últimas entregas de Star Wars han tenido duelos revanchistas entre sus guionistas y directores. Recordemos que el Episodio VII: El despertar de la Fuerza, cayó en manos de J. J. Abrams, mientras que el VIII: Los últimos Jedi fue a parar a Rian Johnson. Hay al menos dos diálogos en los que se nota que a Johnson no le gustó lo que había hecho Abrams: cuando le sueltan a Kylo Ren que cómo pudo herirle una chica que empuñaba un sable láser por primera vez, y cuándo le espeta lo ridículo de su casco. A lo que Kylo Ren responde destrozándolo. Hala, sin casco, J. J. Abrams, no me gustaba. E incluso puede que haya uno más soterrado, menos evidente: a El despertar se le reprochaba que se había basado demasiado en la nostalgia de los primeros episodios, que apenas había innovado o aportado algo diferente, así que Johnson hace que uno de los personajes diga: «es hora de dejar morir todo lo viejo». Con lo que posiblemente no contara Rian Johnson fue con que el Episodio IX: El ascenso de Skywalker volvería a las manos de J. J. Abrams, que le devolvería los palos a Johnson. Para empezar, como Johnson se había cargado al malvado Snoke en la anterior, Abrams se la devolvió cargándose al general Hux, y no solo no dejó «morir todo lo viejo», sino que retornó a lo más clásico al traer de vuelta al Emperador. Cogido con pinzas, eso sí. Y además desdeñó por completo varias líneas argumentales desarrolladas por Johnson, como la de los padres de Rey o los niños barrenderos que empiezan a sentir la Fuerza. Seguro que los que tienen un estrés bestial son los responsables del Departamento de continuidad de la saga, los que tratan de buscar coherencia a las tramas de las diferentes entregas.

Yo soy solo un espectador y disfruto estas revanchas, o estos leñazos entre directores y guionistas. Siempre y cuando estén bien contados, claro. Por eso estoy sufriendo ante lo que se avecina como Gladiator 2.

¿Qué pasó con…? (III)

Hace cuarenta años, en 1983, Francis Ford Coppola estrenaba dos películas aparentemente menores para alguien como él, que había rodado en los años previos Apocalypse Now, Corazonada y las dos primeras entregas de El Padrino,. Ambas películas estaban basadas en novelas de Susan E. Hinton y tenían una temática similar sobre jóvenes inadaptados, pandillas y sus primeros delitos: The Outsiders (estrenada en España como Rebeldes) y Rumble Fish (otro de esos «títulos letales», pues se tradujo libremente como La ley de la calle).

El buen ojo de Coppola para el casting se aprecia en que prácticamente todos los actores de ambos repartos coparon muchos de los mejores papeles jóvenes de los ochenta: Matt Dillon (Drugstore cowboy, The Flamingo Kid), Tom Cruise (Top Gun, Risky Business), Ralph Macchio (Karate Kid), Patrick Swayze (Amanecer rojo, Norte y Sur, Dirty Dancing), Rob Lowe (el chico guapo sin nada decente más allá de St. Elmo’s fire o Class), Emilio Estévez (El club de los cinco, Young guns), Diane Lane (Cotton club, Calles de fuego), Mickey Rourke (Nueve semanas y media, El corazón del ángel) y Nicholas Cage (Birdy, Arizona Baby). Por eso mismo, por el éxito que sucedió a casi todas sus carreras, siempre me llamó la atención que el protagonista de Rebeldes, el actor que interpretaba al sufrido Ponyboy Curtis, desapareciera prácticamente del mapa.

Su nombre es C. Thomas Howell, el tercero por la izquierda en la foto superior, un californiano nacido en 1966 que parecía apuntar alto. Sus primeros papeles en cine fueron ni más ni menos que con Steven Spielberg (un papel menor en E.T.) y con el mencionado Coppola. Tras Rebeldes tuvo algunos papeles que le ayudaron a mantener su estatus de estrella juvenil (Admiradora secreta y Amanecer rojo, entre los pocos que recuerdo), y tras la acongojante Carretera al infierno (The hitcher) en 1986, con un cabrón psicópata terriblemente cabrón psicópata interpretado por Rutger Hauer, le perdí la pista.

Mientras sus compañeros de promoción se forraban con los mejores papeles, C. Thomas Howell debió tener uno de esos agentes nefastos que lo aconsejaron mal sobre el tipo de películas en las que debía participar. Porque el caso es que no dejó de actuar en todo este tiempo, si miro a su ficha de IMDb: 224 participaciones entre cine y televisión.

El caso es que si reviso su filmografía, compruebo que en la mayoría tomó el mismo título que aparece en la foto precedente, The wrong path, el camino equivocado. Hay papeles secundarios en The amazing Spiderman y Justice League, y algunas participaciones en episodios de Hawaii 5.0., Castle y The walking dead. Y mucho título que apesta a serie B cutre zarrapastrosa:

¿El ataque de los donuts asesinos? ¿De verdad alguien puso pasta para una producción así? Porque la «mítica» Kárate a muerte en Torremolinos se rodó con tres duros, pero cuando los americanos afrontan un proyecto, es difícil que bajen del millón de dólares de presupuesto.

La colección de títulos dudosos de sus décadas perdidas es interminable y las puntuaciones medias de los espectadores tampoco animan a darles una oportunidad:

Sea por malas decisiones, sea por situaciones personales complicadas (como expliqué en el episodio I de esta serie con Claudia Wells), el caso es que la carrera de C. Thomas Howell no se dirigió por el camino que sin duda él y su agente esperaban. De hecho, para IMDb, el actor es recordado por sus éxitos en los primeros ochenta:

Por alguno de los papeles recientes que ha protagonizado, estoy convencido de que se ha convertido en un actor de culto para algunos fans, pero si os pregunto a la mayoría de los lectores por él, por su aspecto o sus películas, me contestaréis como alguno de sus títulos: Gente sombra, Lost on Purpose o Perdido en el Amazonas.

Ahora que estoy mirando de reojo la Vuelta Ciclista a España (nada que ver con la atención que le dedicaba hace años) me he acordado de un ciclista fugaz, un torbellino que despuntó en la Vuelta de 2004 y desapareció con la misma celeridad. Su nombre es Santi Pérez, natural de Grado, Asturias. Nacido en 1977, los que éramos aficionados al ciclismo por aquellos años no lo conocíamos hasta aquella Vuelta en la que puso contra las cuerdas al ídolo español del momento, Roberto Heras. Santi Pérez comenzó la Vuelta sin grandes expectativas, sin aparecer en exceso durante las primeras etapas, en las que perdió un tiempo que luego le habría hecho falta para competir por el triunfo final. Fue a partir de la decimocuarta cuando saltó a la primera línea con el triunfo en la etapa que iba de Málaga a Granada. Apenas dos días antes, Roberto Heras había arrebatado el liderato al norteamericano Floyd Landis, y la victoria de Santi Pérez no parecía más peligrosa que la del típico ganador ocasional de etapa, un tipo combativo, buen escalador, que había sabido aprovechar su momento. Pero es que al día siguiente, en la decimoquinta etapa, Santi Pérez volvió a alzarse con el triunfo en la estación de esquí de Sierra Nevada, una cronoescalada en la que le metió un minuto a Alejandro Valverde y casi dos al maillot amarillo, Roberto Heras. ¿Pero de dónde ha salido este bólido?, nos preguntamos muchos.

Aun con esa doble victoria, la general parecía asegurada para el bejarano, pues contaba con ventaja suficiente de las primeras etapas, pero incluso esa posición fue puesta en duda por el arrojo del asturiano, que nos regaló una de las etapas más emocionantes de la Vuelta en la tradicional jornada de la sierra madrileña. Atacó con fuerza y le dobló el pulso al que por entonces era considerado el mejor escalador del mundo. Sin embargo, no fue capaz de obtener los minutos suficientes de ventaja para arrebatar el maillot de líder a Heras. Santi Pérez estaba como una moto y terminó de demostrarlo al día siguiente, cuando logró una nueva victoria de etapa en la contrarreloj final, ¡en llano! ¿Cómo era posible que apareciera este ciclista casi de la nada y a los veintisiete años explotara de ese modo? Acabó segundo en la general, a solo treinta segundos de Roberto Heras, quien se alzó así con su tercera Vuelta a España, la segunda consecutiva.

El tipo en cuestión resultaba entrañable en sus declaraciones, cada vez que le ponían un micrófono tras cada exhibición. Un tipo sencillo, humilde, un jornalero de la bici que dedicaba cada triunfo a su novia, Vanesa, fallecida dos años antes en accidente de tráfico.

El mazazo llegó poco después, en octubre, apenas un mes después de su éxito en la Vuelta: la UCI le notificó su positivo en un análisis por transfusión homóloga de sangre. El mismo positivo que dio su compañero de equipo, el norteamericano Tyler Hamilton, otro al que recuerdo una de las exhibiciones más portentosas sobre una bici, cuando se marchó del pelotón en una etapa del Tour de Francia… con la clavícula rota. Santi Pérez nunca reconoció su positivo, recurrió por las diversas irregularidades que se cometieron durante el contranálisis, pero la UCI y el TAD mantuvieron su decisión: Santi Pérez fue sancionado dos años.

Un par de años después comenzó la Operación Puerto en España y Santi Pérez fue identificado por la Guardia Civil como uno de los posibles clientes del doctor Eufemiano Fuentes. Como Alejandro Valverde, Óscar Sevilla, Francisco Mancebo, Tyler Hamilton y muchos más en un caso en el que las instituciones deportivas españolas se conjugaron para dificultar la investigación judicial, que quedó en nada por desgracia. La situación de descrédito del ciclismo, que se agravaría años después con los casos de Armstrong, Ulrich, Zulle, Beloki, Alberto Contador, Virenque y prácticamente todo el pelotón internacional, hizo que muchos nos desengancháramos del ciclismo. Algo parecido a lo que nos está pasando con el podridísimo mundo del fútbol.

Santi Pérez siempre reclamó su inocencia, le dieron la razón en uno de sus dos recursos y no tuvo ninguna sanción deportiva por su supuesta implicación en la Operación Puerto. Volvió al ciclismo casi por la puerta de atrás, en un equipo con varios de los «renegados» y apartados del pelotón (Mancebo, Vicioso, Sevilla, Hruska), pero no volvió a tener resultados destacables. Cada vez que he leído una entrevista suya, y se ha prodigado poco, he sentido cierta lástima, la pena de un amante del ciclismo que se sintió maltratado por los que lo ayudaron a subir. Si alguien quiere saber mi opinión sobre el dopaje en aquellos años de principios del siglo y la pureza de algunos corredores, solo tiene que mirar la lista de los primeros clasificados en aquellos Tour de Francia: ¿a partir de qué posición debemos creer que corrían «limpios»?

Santi Pérez se retiró en 2011 y continuó ligado al ciclismo. Fundó una escuela que lleva su nombre en Asturias y fue nombrado seleccionador asturiano de ciclismo. Muy ocasionalmente lo vemos en alguna actividad de divulgación sobre el deporte de las dos ruedas. Su desaparición de la escena fue tan veloz como su irrupción en aquella memorable Vuelta de 2004.

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I. Antonio Peñalver y Claudia Wells.

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