Volverán las malditas mascarillas

LESTER, 22/11/2020

Hace más de seis años que estamos dando la lata en este blog y a lo largo de todo este tiempo los cuatro amiguetes se han atrevido con todo tipo de textos: opinión, crítica cinematográfica, relatos, crónicas deportivas y maratonianas, ensayo, incluso algún guion o esbozo de guion, versiones políticamente correctas de las letras de Siniestro Total,… pero nunca, nunca, ninguno de los cuatro amiguetes se ha atrevido con la poesía.

Y desde luego no seré yo quien lo haga, pues no estoy nada dotado para la misma, no ya para escribirla, sino para leerla e interpretarla correctamente. Tengo amigos que escriben poesía y cada vez que me piden opinión sobre alguno de sus textos lo paso fatal. Les reconozco la belleza del lenguaje, de las palabras empleadas, pero también mi incapacidad para entrar en el significado, en los sentimientos que plasman con (me consta) denodado esfuerzo.

Esta semana hemos sabido que se otorga el premio Cervantes de 2020 al poeta valenciano Francisco Brines. Sucede en el palmarés a otros dos poetas: la uruguaya Ida Vitale en 2018 y el catalán Joan Margarit en 2019. Parece que la poesía está de moda o, al menos, de plena actualidad en estos tiempos en los que solo escuchamos hablar de virus, pandemias y vacunas. El premio Nobel de Literatura de 2020 se ha otorgado a la poeta estadounidense Louise Glück, luego parece que entre los críticos, entre los que deciden este tipo de galardones, se ha optado por la poesía para que no quede relegada al olvido en una sociedad atacada por problemas más mundanos. Cada vez que se decide uno de estos premios me cabreo conmigo mismo, no por no haber leído nada del premiado, sino sobre todo cuando ni siquiera he oído hablar de ellos en mi vida, como ocurre con los cuatro nombres que acabo de mencionar.

He leído algunos artículos sobre el señor Brines y me han gustado varias de las ideas que dejaba: la poesía es un refugio siempre. Cuando el hombre padece pandemias, en particular la poesía se encuentra con lo mejor, con lo más atractivo del otro. Lo que yo intento, cuando la escribo, es llegar al otro. Se cumple la comunicación”.

“Con la poesía he tratado de tantear respuestas, clarificar oscuras emociones y, así, ir tratando de ver con mayor nitidez, con mayor claridad, las oscuridades que nos acompañan en la vida. La poesía tantea las sombras para encontrar un poco de luz”.

Es precisamente esa búsqueda de la luz en este mundo de pandemias la que inconscientemente llevó a mi personaje de El oso gris a refugiarse en la poesía: “Al fin y al cabo, ya nadie lee poesía”. Y es por esa misma razón por la que me voy a atrever con la poesía y dejar aquí cuatro versos mal hechos. Ya he justificado previamente mi absoluta carencia de talento, así que haré como las únicas veces en mi vida que he osado adentrarme en este género: fusilar y parodiar a los más grandes. Sí, amigos, Érase un hombre a un móvil pegado fue mi particular homenaje a Quevedo, mientras que en Con cien cojones por banda compuse una crónica juvenil de un gran triunfo futbolero que revolvería a Espronceda en su tumba. Espero que ambos poemas perpetrados hace tiempo no salgan nunca a la luz. Hoy toca destrozar a los clásicos y crear una especie de Poemario de la pandemia, por aquello que decía Francisco Brines de mantener el contacto con la realidad.

Vamos con el primero, Don Gustavo Adolfo Bécquer:

De la época del colegio recuerdo algunos poemas que me interesaron, algunos que incluso soy capaz de recitar, como algunos versos de Segismundo en La vida es sueño o el inicio de la Oda a la vida retirada, de Fray Luis de León. Por cierto, los primeros días del confinamiento tuvieron mucho de ambos títulos. De esa misma época colegial recuerdo las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique, una obra que habla del tiempo y la fugacidad de la vida. Aquí me he atrevido a “covidizar” las cuatro primeras:

Podría seguir destrozando clásicos, pero creo que por hoy ya me he generado suficientes enemigos, así que finalizo con uno de mis preferidos, el que hace el número XX de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda.

Pero la verdad es que no me apetece destrozar a Neruda. Podría intentarlo, como he hecho con Bécquer y Manrique, pero lo cierto es que no me apetece, ya hemos pasado de todo este año y ha habido mucho sufrimiento.

No quiero escribir los versos más tristes esta noche. No quiero escribir, por ejemplo: “la crisis ha estallado y tiritan, tiesos, los autónomos, nada lejos”.

Eso de “pensar que no la tengo, sentir que la he perdido” me recuerda a muchas familias y no pienso pervertir ese sentimiento con chanzas como las precedentes. “Mi corazón la busca y ella no está conmigo”… no quiero ni pensar en las familias que han perdido a un ser querido de la noche a la mañana. Hace poco leí que “las mascarillas nos han robado las sonrisas” y es cierto. Cae la felicidad, ganan la tristeza, la angustia y la crispación. Menos mal que hay personas que sonríen con la mirada, gente a la que las malditas mascarillas del título no le han borrado la alegría de la cara.

En Bolivia me encontré con un grupo que garabateaba versos en las paredes. De todo tipo, buenos, malos, divertidos, románticos,… Se denominaba Acción Poética Bolivia y no se me ocurre mejor modo de terminar este post que con una de sus frases:

2 comentarios en “Volverán las malditas mascarillas

  1. Degeneran hasta los buenos blogs en estos tiempos de pandemias… ¡Vacuna ya por favor! Necesitamos volver a leer poesía aunque esté escrita en prosa.

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    • ¿Degeneran? ¿Buenos blogs? No sé que me ha chirriado más de tu afirmación. En cuanto a la poesía, yo necesito esa de chascarrillos con gracia, no la profunda de tristeza y desolación. Algo tipo: “La luna es hermosa / el sol es amarillo / y tu sonrisa seria linda /
      si usaras el cepillo”. Nada muy elaborado, compréndeme, que llevamos un año fino: “los gastos militares, para birras en los bares”, o “fuma, jode y bebe, que la vida es breve”, de la escuela existencialista.

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