Viajar, no desplazarse

LESTER, 13/06/2021

Hace años escuché al actor español Óscar Jaenada que lo que la mayoría hacíamos no era viajar, sino desplazarnos de un sitio a otro. Coger un avión o un tren de alta velocidad y trasladarnos a otro lugar en el menor tiempo posible. Decía Jaenada que viajar para él, aunque fuera a a un sitio no muy lejano, era un proceso que debería llevar un par de meses y que cada vez que comenzaba un rodaje y se enteraba de las localizaciones, se planteaba partir hacia allí con mucha antelación, en plan mochilero, parando en cada punto del recorrido, llegando sin prisas, con toda la calma. Creo que hablaba de un rodaje en Marruecos al que le habría gustado tardar dos meses en incorporarse, pero por desgracia el mundo del cine es quizás más frenético aún que el habitual que nos encontramos en nuestro entorno, y en él se opta por todo lo contrario: se desplaza a un equipo de setenta, ochenta, cien personas, y todo tiene que ir rápido y cronometrado, sin un segundo que perder. El tiempo es oro y en los rodajes, mucha plata, que dirían en Argentina.

Jaenada no lo decía, pero yo creí entender que con la manera de viajar que proponía mejoraba mucho el proceso de interiorizar el personaje que iba a interpretar. Viajar de ese modo, con tiempo para levantar la cabeza, escuchar las conversaciones locales y oler cada aroma, es el mejor modo de imbuirse en otro mundo, en otra cultura. Vivimos tiempos en los que se busca la manera más rápida de viajar, se plantea como una necesidad ineludible el tren de alta velocidad entre ciudades, continúan las pruebas del Hyperloop que te lleve de Madrid a Tánger en 45 minutos, o de Nueva York a Los Ángeles en menos de una hora. Varias compañías están planteando retomar los vuelos supersónicos para llegar de Londres a Nueva York en poco más de tres horas, o de Los Ángeles a Sidney en seis horas y cuarenta minutos. Y en mitad de esos tiempos de velocidad para ganar unas horas al reloj, para desplazarte antes de aquí hasta allí, yo estoy con Óscar Jaenada en hacer un elogio del viaje pausado, calmado. Lento. Elogio de la lentitud de Carl Honoré (2004): «¿por qué tenemos siempre tanta prisa? ¿Es posible, e incluso más deseable, hacer las cosas con más lentitud?». ¿Es necesario (añadiría yo) pagar más a Amazon para que te traiga un pedido en menos de dos horas?

Me pasé varios meses haciendo el Madrid-Málaga en el Talgo 200, que tardaba cuatro horas y media, y me cabreé mucho cuando pusieron el AVE, que recortaba el trayecto a dos horas y cuarenta y cinco minutos. ¿De verdad era tan necesario? El precio del billete se multiplicó dos veces y media, pero el motivo de mi cabreo era mayor porque me quitaba tiempo de lectura, o de ver una peli en la tablet, o simplemente, de relajarme tras el estrés semanal. El tren es muy cómodo, tiene un nivel de ruido confortable para poder leer (excepto cuando te toca un grupo de locas en la fila delantera o trasera, o un arquitecto discutiendo con otro tío sobre un plano que cada uno interpreta de una manera, casos verídicos) y te permite moverte de manera ocasional, acercarte a la cafetería a tomarte una cerveza o un café, o ir al baño.

Hay aviones supersónicos y aviones normales, trenes de alta velocidad y trenes corrientes, y luego está el autobús. Y cada medio de transporte tiene su tipología de gente, su fauna. Para lograr esa inmersión en otra cultura de la que hablaba al principio es necesario viajar en autobús. Allí nos reunimos todos los especímenes que conformamos esa maravillosa jungla que puede ser el mundo. De todos los viajes en autobús que he hecho en mi vida, y han sido muchos, guardo con especial cariño dos:

  • El trayecto Sucre-Potosí que hicimos en Bolivia.
  • Las ocho horas que nos llevaron de Ibarra a Baños de Agua Santa en Ecuador.

Para movernos por ambos países nos ayudaron mucho nuestros amigos locales de las ONG en las que hicimos los voluntariados: consejos, recomendaciones, sitios que ver… Ambos son países sorprendentes, repletos de contrastes y con una naturaleza desbordante, y aquellos dos viajes en autobuses antiguos, de los que ya no se ven en Europa, me parecieron tremendamente enriquecedores.

La estación de autobús de Sucre es un pequeño caos en el que se mezclan los vendedores de comida con los de billetes, el calor sofocante con el ruido del trasiego constante de personas y justo antes de subir al autobús te hacen pagar una tasa por el uso de la propia estación. Una cantidad simbólica, pero que nos pilló desprevenidos. Como nos sorprendió ver el autobús tan vacío y nuestros asientos ocupados por una pareja boliviana de edad avanzada. Ella era la típica cholita con bombín, poncho y capazo coloridos y seguramente no más de cuarenta kilos de peso.

Nos fuimos un par de filas más atrás porque entendíamos que no habría problema. A los cien metros de arrancar el autobús, primera sorpresa: el conductor hizo una parada y se subieron las decenas de bolivianos que no querían pagar la tasa de la estación. Subieron tantos que había más personas que asientos y empezó un cierto cachondeo para que cada uno ocupara el asiento que le correspondía, nosotros donde la cholita y su marido, el resto donde podía y los que no habían pagado asiento, de pie. Un viaje de 155 kilómetros que nos llevó cuatro horas con innumerables paradas en las que la gente subía y bajaba con un caos perfectamente organizado. Yo mismo me bajé un par de veces porque no sabía ni dónde estábamos y porque tampoco me fiaba cada vez que abrían los maleteros, donde llevábamos nuestro equipaje. Una desconfianza muy europea, o muy española, en dos países en los que no tuvimos ni un solo problema.

El olor, el ruido, el habla de la gente, el acento, el sonido del quechua, el aimara o el guaraní, que no sabíamos diferenciar, la comida,… Mi mujer, mis hijos y yo mirábamos, escuchábamos, captábamos cada detalle alucinados. El señor de la fila delantera puso un transistor de los de toda la vida con un volumen elevado en el que se escuchaba música local y en ocasiones noticias o debates sobre alguna cuestión menor. El sonido se mezclaba con el reguetón del autobús, las conversaciones a viva voz y las discusiones en cada parada por los asientos o las plazas disponibles. Ni siquiera intenté abrir mi libro. Me pasé las cuatro horas mirándolo todo, observando el paisaje y los comportamientos de la gente. En cada parada de cada pequeña aldea, los vendedores ambulantes de comida nos ofrecían sus viandas por la ventana, ventanas correderas que los pasajeros abrían y a través de las cuales intercambiaban empanadillas, samosas, tacos, dátiles o dulces por billetes arrugados que otras manos cogían desde fuera. No sé ni cómo se entendían, pero lo hacían. El conductor paraba el tiempo exacto y tras las transacciones de turno, proseguía el camino. El olor del autobús era una mezcla de aromas superior al que te encuentras en la parte de las especias del Gran Bazar de Estambul.

Sucre y Potosí, dos ciudades impresionantes en mitad de la nada, a 2.800 y 4.200 metros de altitud, con grandiosos edificios de la época colonial española, ¡las minas del Potosí!, dos ciudades que nos encantaron y que recomiendo visitar antes de ir al espectacular salar de Uyuni. Igual que recomiendo hacer alguno de los trayectos en la compañía de autobús local.

El viaje en autobús en Ecuador fue aún más largo. Ocho horas al tran-trán parando en todos los pueblos e incluso donde no había pueblos, puesto que muchas de las paradas del trayecto están en mitad de la carretera o de una autopista. Ahí te dejan en el andén de una autovía con tus maletas y allá te las compongas, aunque para salir del paso suele haber conductores estacionados con su coche dispuestos a trasladar al viajero al núcleo urbano más cercano. Ya antes de salir te quedas con el soniquete de los vendedores de «boletas» que repiten incesantemente lo que ofrecen: «quitoquitoquitoquito», «bañosbañosbañosbaños», «¡otavalootavalootavalo!»,…

Los autobuses en Ecuador se llenan de vendedores que se suben en una parada, te ofrecen sus productos, que van desde galletas, helados, agua, cocacolas, hasta mangos, jugos de frutas, fajitas, de todo, y se bajan en la siguiente. Casi todo el pasaje va comiendo, o bien lo que compra, o bien lo que lleva, como tres chavales que subieron al autobús con unos táper con pollo y patatas fritas rebosantes de aceite, y se hicieron buena parte del trayecto de pie, con lo que en cada frenazo del autobús temíamos por nuestra ropa. En estos países tienen una rara habilidad para comer de pie que me sorprende.

En esas ocho horas tuvimos tiempo de conocer a varias personas, gente amable que te daba conversación, como un tipo que nos vendía productos para recaudar fondos para no sé qué organización evangélica que le había cambiado la vida, o un joven que me preguntó por «esas chicas guapas que me acompañaban» («dos son mis hijas, así que cuidado, y las otras dos son voluntarias que nos acompañaron»). Pero sin duda lo «mejor» del viaje fueron las películas que emitían los monitores del autobús a doscientos mil decibelios. Además, películas inapropiadas, con notable violencia explícita que veían niños de cuatro o cinco años con unos ojos más grandes que los del emoticono del guasap. Tengo apuntadas las cuatro películas que nos impidieron tener un solo minuto de relajación en todo el trayecto: Heist (con Robert de Niro, y varios asesinatos salvajes), Los vigilantes de la playa, con Dwayne Johnson doblado en sudamericano, Rascacielos: rescate en las alturas, de nuevo con The Rock disparando y repartiendo mandobles, y A fondo, una insoportable película francesa sobre una familia que se pasa gritando las dos horas de película. Cuando bajamos del autobús me pitaban los oídos como en aquellos tiempos lejanos al salir de una discoteca.

Nos encantó conocer el país, alojarnos en sitios poco convencionales, pero muy recomendables, y comer (no siempre) en los sitios no destinados a turistas. Eran tiempos preCovid, hoy en día, mi hijo y yo no nos habríamos comido jamás aquel pollo aceitoso en un tugurio de Potosí, o no habríamos cenado en el chino para chinos del Chinatown de Manhattan, porque en todas partes puedes y debes encontrar esa inmersión en lo local. No en vano, para eso viajamos, lo contrario sería simplemente desplazarse.

Maldita prensa

BARNEY, 05/06/2021

De todo lo que dice Zidane en la famosa carta publicada en el diario As, lo más doloroso para mí es todo lo referido a la maldita prensa. Todo. Deja varios recados, a cual peor. A todos esos periodistas que no querían hablar de fútbol porque le «hubiera gustado que las preguntas no fueran siempre dirigidas hacia la polémica», pero a esos ya los conocemos, son lamentables, olisqueadores de morbo y una vergüenza para la profesión. Mucho más grave es lo que señala respecto a los «mensajes filtrados intencionalmente a los medios de comunicación» porque «creaban interferencias negativas con la plantilla». Lamadreque… nunca quise creerlo, pero parece que era verdad. Tienes una panda de buitres carroñeros merodeando y resulta que desde la directiva se les daba carnaza para aumentar la presión sobre el entrenador. ¡Sobre el Zidane de las tres Copas de Europa! Creo que el hecho de que Zidane elija el puñetero As de Relaño para su carta, el medio del enemigo irreconciliable de Florentino Pérez, no es casual.

¿Tan importante es la prensa para un entrenador? Podemos pensar que no debería ser así, que un técnico del más alto nivel debería tener la capacidad suficiente como para evadirse de la presión que supone tener todo el día a alimañas acechando en las ruedas de prensa, pero se ve que afecta. Y creo que afecta porque sus comentarios crean confianza o desconfianza para poder trabajar. No solo eso, sino que además hay millones de seguidores que van al fútbol con el As o el Marca bajo el brazo creyendo a pies juntillas lo que dicen, y este año no se ha notado mucho por la ausencia de público en los estadios, pero tengo claro que de haber estado el Bernabéu a reventar, Zidane no habría llegado a diciembre tras las derrotas en casa frente al Cádiz, el Alavés o el Shaktar. Claro que influye la prensa para trabajar.

Hay muchos ejemplos cercanos. Al Cholo Simeone no se le critica nada, por ejemplo, pese a ser el entrenador mejor pagado del mundo. Sí, este año ha ganado la Liga «de aquella manera», pero se ha pasado años practicando un juego horrible y viviendo de la excusa del presupuesto, cuando infrautiliza a jugadores como Joao Félix (125 millones) o Lemar (75 millones). Aprovecho para dejar aquí mi explicación de lo ocurrido este año en LaLiga, un campeonato con un guion escrito desde la primera jornada en el que se sabía que «el malo», el enemigo de Tebas, no podría hacerse jamás con el título:

La Liga en ocho capítulos

El capítulo octavo

El Cholo tiene tantos «amigos» entre los periodistas que cuando entró en la sala de prensa en Lisboa tras la final de 2014 comenzaron todos a aplaudirle. ¿Por qué? No es solo que olvidaran el lamentable juego y el bochornoso espectáculo de fingimiento y pérdida de tiempo desplegado durante más de una hora, sino que aplaudieron también al tipo que en los últimos minutos de partido saltó al campo como el macarra que siempre fue para agredir a un chaval de 21 años entonces, Raphael Varane. Lo que siempre se critica al entrenador del Real Madrid, sea quien sea, se convierte en aplausos cuando del Cholo se trata.

Otro ejemplo de prensa babosa a su alrededor es Pep Guardiola, que puede gastar más de mil millones de euros en fichajes y no conseguir nada en Europa. Lo sé, habrá quien recuerde sus dos Champions con el Barça (2009 y 2011), pero con ese equipazo se consiguieron también antes (Rijkaard, 2006) y después (Luis Enrique, 2015). El Bayern de Munich logró la Champions antes de Pep (2013) y después de Pep (2020), pero no con Pep, pese a todos los fichajes realizados. La semana pasada se le aplaudió la genialidad de salir a jugar la final de Champions sin medio centro defensivo, lo mismo que se le aplaude hacer que un lateral vaya hacia el centro del campo o que juegue sin delantero centro.

Se le va a aplaudir todo lo que haga (recordad El sexto sinsentido) y si pierde, también será porque él es el responsable de los logros de su rival. Por cierto, el MVP de la final fue el medio centro defensivo del Chelsea, Kanté.

No deja de ser curioso el doble rasero de la prensa para alabar a Simeone, Guardiola, Klopp, Tuchel o incluso Pochettino mientras se critica todo lo que hace Zidane, cuyo palmarés habla por sí solo. ¿Desde cuándo está la prensa detrás de la cabeza de Zidane? En realidad no ha habido entrenador del Madrid que haya escapado de los ataques de la prensa: Del Bosque era un gestor de grupo sin conocimientos tácticos (dos Champions, un Mundial y una Eurocopa, entre otros títulos), Lopetegui por cómo se produjo, Benítez porque no era el perfil, Solari porque pasaba por allí y no daba la talla, Mourinho era un tipo arisco y maleducado que jugaba al contraataque (100 puntos y 121 goles en una sola temporada),… y Zidane es un alineador con flor. Con todo lo que ha tenido que aguantar este año con las lesiones, sin fichajes y con las salidas de jugadores en mitad de la temporada. Tras el descalabro frente al Alcoyano se pidió su cabeza, ya se hablaba de que no tenía margen o la situación era límite:

Recuerdo las desagradables portadas y anuncios del Marca con los nombres de los supuestos entrenadores para cuando se echara a Zidane. Solo pensar que algunos directivos podían tener interés en que se filtraran estas noticias me revuelve el estómago:

Siempre Pochettino, igual que Allegri. ¡Ni que hubiera ganado tres Champions y dos Ligas! Josep Pedrerol, a cuyo programa acudió Florentino Pérez en persona a explicar el proyecto de la Superliga, se pasó varias semanas atacando al técnico madridista. Octubre de 2020:

Apenas hacía tres meses de la consecución del título de Liga, pero la memoria es muy corta y frágil, como comentaba Zidane en otro de los puntos de su carta. Tras caer en agosto con el City volvieron las críticas al entrenador:

Los méritos del entrenador para alzarse con la que quizás sea la Liga más complicada de la historia, tras el parón por el confinamiento y la pandemia, ya se habían olvidado. Si me sigo remontando hacia atrás en el tiempo, compruebo que Zidane nunca dejó de estar cuestionado para la prensa, para toda, también la que algunos llaman madridista. Durante la misma temporada 2019-20 y tras la derrota en Mallorca (qué más darán los penaltis no pitados ese día):

En la pretemporada de ese mismo año 2019, el Real Madrid fue vapuleado 3-7 en Washington. Repito, era un amistoso de pretemporada, pero se volvió a utilizar para cuestionar la idoneidad de Zidane para el puesto de entrenador.

Zidane había vuelto al equipo unos meses antes para tratar de enderezar el desaguisado que habían dejado Lopetegui y Solari, pero tras una mala racha de resultados y apenas tres meses en el cargo era cuestionado de nuevo. Mayo de 2019:

Zidane había abandonado el Real Madrid en mayo de 2018 en lo más alto, tras conquistar su tercera Champions consecutiva eliminando al Paris Saint Germain, el Bayern de Múnich, la Juventus de Turín y derrotando 3-1 al Liverpool que había arrasado la Premier. Nada, tampoco era suficiente. Zidane se fue agotado, un tanto a la manera de Ulises o Aragorn, o como Gladiator y el descanso del guerrero. ese tipo cansado que solo quería volver a casa y reposar tras tanta batalla. Esa misma temporada había sido muy complicada para el técnico tras la eliminación en Copa frente al Leganés y la mala marcha del equipo en Liga:

Lo que no se contaba era por qué el Madrid estaba a 14 puntos del Barça en esos momentos, tras un arranque de campeonato tan vergonzoso como lo ha sido todo este campeonato. Villar estaba en chirona, el Madrid había hecho doblete de Liga y Champions unos meses antes, y había arrasado 1-5 al Barça en la Supercopa pese al calamitoso arbitraje de De Burgos Bengoetxea. El Villarato morirá matando.

Uno podría pensar que tras ese doblete y tras jugar una final de Champions espectacular contra la Juventus en Cardiff (4-1) a Zidane se le reconocerían sus logros como entrenador. Pues resulta que tampoco. El equipo ganaba porque la plantilla era la mejor, nunca por los méritos del entrenador. Junio de 2017:

Lo que hizo Zidane aquel año fue arriesgado, novedoso, innovador… Espectacular. El famoso equipo A y equipo B, que logró tener enchufada a toda la plantilla y alcanzar un doblete que se le escapaba al Madrid desde hacía más de cincuenta años. Pero para la prensa siempre ha quedado esa sensación de que Zidane «pasaba por allí, puso a sus cuatro amigos y tuvo suerte». Zidane fue nombrado primer entrenador del Real Madrid en enero de 2016 y en marzo de ese mismo año la prensa ya especulaba con su salida (Entrenador nuevo, blanco seguro) y proponía los eternos candidatos:

Otra vez Pochettino, otra vez Allegri. Y de regalo, Ernesto Valverde, entonces entrenador del Athletic de Bilbao. Siempre pensé que eran especulaciones absurdas de la prensa, pero me preocupa pensar que podían ser filtraciones interesadas. Concluyo ya con la famosa crítica de Isaac Fouto, el vendedor de humo de la supuesta infalibilidad del VAR, ya antes de que Zidane tomara posesión de su cargo como entrenador del club:

Este post se titula por algo «Maldita prensa», porque creo que buena parte del hartazgo de Zidane se debe a la misma y por eso resulta más imperdonable la posibilidad de que la directiva haya estado tras esos mensajes de crítica, como desviando la atención de la responsabilidad del club en algunas de las decisiones tomadas. Tras la marcha de Zizou se han deslizado sobre todo cuatro nombres: Conte, Raúl y los habituales Pochettino y Allegri. Ninguno. De manera sorpresiva se ha elegido a Calo Ancelotti. No sé si me motiva o no, con él al frente el equipo jugó maravillosamente bien durante varios meses, se conquistó la Décima, pero desde luego tiene personalidad y experiencia, aunque no sé si es el adecuado para acometer la drástica renovación que necesita la plantilla. ¿Qué ha hecho la prensa tras su primera rueda de prensa, en la que se habló entre otros de Gareth Bale? Volver a meter mierda, volver a los ataques hacia uno de sus objetivos preferidos:

Otra vez hablando del «golfista», y buscando una foto de un futbolista en su tiempo libre, qué asco dan. Bale sodomiza periodistas, como dije en su día, y come carne picada de hijos de periodistas, solo así se entiende el odio que le tienen. La noticia es del 4 de junio, y parece que no les importa que hace ya más de una semana el agente del jugador hubiera dicho lo contrario:

La verdad les importa muy poco. Como el análisis riguroso de los datos o la veracidad de la información. Por esta razón, y puesto que es una guerra abierta contra el club, lo último que he escrito para La Galerna son mis propuestas para el contrato del entrenador del Real Madrid, las obligaciones que el club debería cumplir para garantizar que el entrenador pueda trabajar a gusto y sin interferencias:

Desde el mismo día en que firmó me subo al carro de Carletto, ojalá el club lo blinde y ojalá cumpla los tres años de contrato que ha firmado. Será señal de que ha podido trabajar pese a todo ese entorno perjudicial.

He vuelto a correr

LESTER, 28/05/2021

Hoy he vuelto a correr. Puede que no parezca gran cosa, pero si tenemos en cuenta que llevaba desde el 31 de diciembre sin poder hacerlo, es una gran noticia. Casi cinco meses, el período más largo de inactividad desde hace… buf, muchísimo, seguramente desde el siglo pasado. En estos casi cinco meses ha pasado un poco de todo: comenzamos confinados por el positivo de mi hijo, luego Filomena, después caímos todos con Covid a finales de enero y sobre todo una lesión en el talón que llevaba meses dándome guerra y que me ha obligado a parar más tiempo del que esperaba. Según el médico es una calcificación en la planta del pie, y por esa razón me dolía cada vez que pisaba, incluso andando en casa. Podía terminar afectando al talón o degenerando en una fascitis plantar. Qué bien, pues nada, paciencia, varias sesiones de fisio y descanso absoluto.

He probado a correr veinte minutos en una cinta porque el impacto es mucho menor que el asfalto y ha ido bien, sin molestias. Muy suave, empezando a 6 min/km. y acabando a 5.30 min/km. Una sonrisa de satisfacción al acabar los veinte minutos sin dolor. A lo que resulta imposible acostumbrarse es a esto de respirar (o jadear) con la mascarilla. Las últimas semanas he estado tratando de coger algo de fondo con la bici o haciendo spinning en el mismo gimnasio, con un monitor argentino psicópata al que uno de los días le dije: «no, si el problema no es de piernas, es de los infartos que vas a provocar con ese puñetero estrés y respirando nuestras flemas a través de la mascarilla».

– Dejáte llevar… escuchá cómo la música te sheva…

Vamos a ver, la música ni te lleva, ni te «sheva», lo que hace es estresarnos y meternos en unos ritmos brutales que a alguno le va a dar un disgusto. Pero está bien, me ha venido bien para ir soltando piernas y empezar a pensar en volver a los entrenamientos. Si todo va bien y la planta del pie me respeta, y las cifras de la pandemia siguen mejorando, el 26 de septiembre espero estar en la salida del maratón de Madrid, que ya nos han aplazado dos veces. Con todo lo que ha ocurrido en los últimos quince meses, esta es la menor de las preocupaciones.

Estos días se han cumplido siete años de mi marca personal en maratón, en Copenhague, mayo de 2014. Y los problemas para apoyar el pie en el suelo me han hecho recordar la verdadera historia de La Sirenita de Hans Christina Andersen, mucho más aterradora que la edulcorada versión de Disney:

“Deberás sufrir atrozmente, y cada vez que pongas los pies en el suelo sentirás un terrible dolor”

Esto es lo que le dice la Hechicera de los abismos, qué maja la criatura. La joven sirena no pierde solo su voz, sino que además no logra recuperar a su amado y será castigada con una fascitis plantar. Bueno, en el original dice que sentiría como si pisara cristales cada vez que apoyara el pie en el suelo, un dolor terrible al que sin embargo llega a acostumbrarse porque en el fondo, creo que la sirenita tenía alma de maratoniana.

Copenhague es una ciudad plana, a nivel del mar, con un clima muy agradable en mayo, y además tuve un invierno perfecto de forma física y ausencia de contratiempos, así que podía enfrentarme confiado a la prueba. El maratón empezaba y terminaba en una zona alejada del centro, al otro lado del puente Langebro que atravesamos nada más salir. En el kilómetro 2 pasamos frente al ayuntamiento, por donde pasaríamos dos veces más a lo largo de la carrera. Pasamos junto al castillo de Rosenborg en Kongens Have, y por varios parques más, pues una de las máximas del equipo de gobierno municipal era que cada habitante de la ciudad debía vivir a menos de quince minutos a pie de una playa o un parque. Copenhague es una ciudad típicamente nórdica: agradable para pasear, bonita de ver, limpia, tranquila, llena de bicis… y en la que la gente se pilla unas cogorzas monumentales.

Seguí a buen ritmo toda la carrera, acompañado primero por un danés que me siguió hasta el medio maratón, donde le esperaban sus amigos, y luego siguiendo a “mi sirena particular”, una danesa con trenzas rubias que braceaba con gran energía. Al igual que mi mujer había quedado en verme en varios puntos de la ciudad, Sigrid (la llamaré así aunque no se pareciera en nada a la novia del Capitán Trueno) tenía a un grupo de familiares que la esperaban en distintas partes del recorrido. Cada vez que los veía, pegaba unos ininteligibles gritos de guerrera escandinava que a mí me recordaban al alemán, no solo por el sonido, sino también porque era imposible discernir si se estaban saludando mutuamente o echándose la bronca.

La única cuesta de la carrera estaba situada cerca de la mitad de la carrera, cuando cruzamos un puente para pasar al otro lado de una autopista. No hubo más hasta el último kilómetro, una gozada. Como una gozada fue recorrer los siguientes cinco o seis kilómetros junto al canal principal de la ciudad y la salida al Báltico. Así llegamos al kilómetro 27, en el que estaba la estatua de la Sirenita del cuento de Andersen. Que esta m… sea uno de los mayores atractivos de la ciudad según las guías turísticas te demuestra que las guías se elaboran copiando lo que dicen las guías anteriores. No tiene gran valor artístico, su creador no es especialmente conocido ni destacado y apenas se sabe que fue regalada a la ciudad hace más de un siglo por su mecenas, un empresario de la cerveza.

Durante las horas que dura un maratón me dejo llevar por mis pensamientos más absurdos, así que imaginé que la sirenita miraba lánguida hacia los barcos que entraban al puerto con la esperanza a buen seguro de llevarse un fornido marinero al catre. No necesariamente iba a ser su amado príncipe, que según el cuento ya se había casado con otra. Por esa razón la estatua tiene una mezcla confusa de cola y piernas, puesto que en esa indefinición el maestro cervecero que la encargó quiso jugar con el anhelo de piernas y entrepierna de la criatura, y con el no menos esperanzador deseo de abandonar el olor a pescado.

Volví a encontrarme a Sigrid tras atravesar el parque del Kastellet, “¡¡schtrutsesmaien!!”, gritó a los suyos mientras seguía moviendo los codos a derecha e izquierda, y seguí a buen ritmo dispuesto a enfilar ya el último tercio de la carrera. Al igual que la mayoría de maratones, el recorrido contaba con varios grupos de música en los márgenes de la carrera, pero en mi retina se quedaron dos: un grupo de sexagenarias danesas que bailaban samba ataviadas como mulatas brasileñas (¡lo juro, lo vi!), y una banda de rockeros fumetas que parecían haber salido del barrio de Christiania. Para el que visite Copenhague durante tres o cuatro días, la visita a Christiania es curiosa. No diré recomendable, pero sí curiosa si estás por ese lado del canal y has ido a visitar, por ejemplo, la iglesia de Christian, con una torre en espiral desde la que se contemplan las mejores vistas de la ciudad. Christiania es un barrio donde no rigen las leyes de la Unión Europea, de hecho tiene un cartel a la entrada en el que pone que estás abandonando territorio comunitario. Demasiado hippie y “alternativo” para mi gusto, pero una curiosidad más.

El cielo amenazaba lluvia y yo enfilaba sin mayores contratiempos los últimos tres kilómetros, una vez que perdí de vista a Sigrid. Para mi sorpresa, la carrera atravesaba directamente los jardines del palacio de Borsen y el recinto del palacio de Christiansborg, lugares en los que había poco público. Pero entre ese poco público estaba mi fiel seguidora en estos eventos, que me dio los últimos ánimos necesarios para completar la carrera. Hice los últimos dos kilómetros más rápidos que he hecho nunca en un maratón, a ritmo de 5m. 10s., que para los expertos en esto no es gran cosa, pero para mí es algo parecido a un poderosísimo sprint. Pasé eufórico la meta marcando un tiempo de 3 horas, 37 minutos y 56 segundos, mi mejor marca de siempre, y justo en ese preciso instante comenzó a diluviar.

Uno de los aspectos incómodos al acabar las carreras es recuperar tu bolsa de ropa, estirar y cambiarte lo antes posible. Pues bien, nosotros tuvimos que hacinarnos en una carpa minúscula en la que al ponerte una camiseta seca le dabas tres codazos a los de los lados, o los recibías, y cuando te agachabas para ponerte el pantalón de chándal te encontrabas junto a tu cara con el culo pelado de otro corredor. Qué más dará, en esos momentos uno tiene una mezcla de satisfacción por el deber cumplido y de dolor en todo el cuerpo, que ni aunque se tirara un pedo te importaría. Como ya expliqué en una entrada anterior, al acabar la carrera me apreté la cerveza más cara de toda mi vida, en el Sporvejen, un tranvía reconvertido en hamburguesería. Un litro de cerveza y una hamburguesa enorme, creo que es lo que «recomiendan» todos los manuales de recuperación del maratón.

Cuento todo esto porque ya estoy pensando en salir de nuevo a correr por las calles, a trotar sobre el asfalto. Hay ganas. Quedan apenas cuatro meses para el maratón de Madrid y llego muy justo, parto con cinco kilos más de los que debería tener, pero estoy con muchas ganas. Para cuando eso ocurra (si finalmente ocurre), habrán pasado más de dos años desde el anterior (San Petersburgo), aquel en el que ya expliqué cómo no se debía preparar una carrera de este tipo. Esta vez, dado que parto con un cuerpo como el de Isco, me planteo aplicar la filosofía de las ganancias marginales que hizo famosa el entrenador del Sky Team de ciclismo, David Brailsford. Este entrenador afirmaba que si éramos capaces de mejorar al menos un uno por ciento en cada uno de los detalles, las ganancias acumuladas eran exponenciales. La aerodinámica, la técnica, la alimentación, el vestuario, incluso hacía viajar al equipo con unos colchones y almohadas determinadas porque de ese modo inapreciable podía mejorar el descanso de sus ciclistas. Sea por estas ganancias marginales, sea por la calidad de Chris Froome y Bradley Wiggins, el caso es que los resultados fueron espectaculares, tanto en Tours de Francia como en oros olímpicos.

Así que ese es mi plan para los próximos cuatro meses: mejorar la alimentación, descansar más y mejor, fortalecer isquios, tobillos y gemelos, tratar de mejorar la técnica de carrera, más entrenamientos de calidad… y dejar las cañas por si de verdad tienen alguna influencia sobre la pérdida de peso. He leído teorías en ambos sentidos, pero más de los partidarios de no tomar alcohol durante los períodos de recuperación de una lesión que de los runners cerveceros.

Esta es mi última caña hasta el 26 de septiembre. Veremos si lo cumplo.

¿Normalizar la violación?

TRAVIS, 22/05/2021

Esta semana he leído que en breve se estrena la secuela de Space Jam, la película que mezcla a los grandes personajes de dibujos animados de la Warner (los Looney Tunes) con estrellas de la NBA. Si en la primera participaron jugadores de la talla de Michael Jordan, Charles Barkley o Pat Ewing, en esta segunda parte actuarán LeBron James, Damian Lillard, Klay Thompson o Chris Paul. Todos ellos rodeados de los habituales personajes de dibujos animados Bugs Bunny, Porky, el pato Lucas, Silvestre y Piolín. Pues bien, leí en un artículo que el personaje de dibujos Pepe Le Pew, un cartoon de toda la vida, se caía del elenco porque «normalizaba la cultura de la violación». ¿Pero qué cojones…? WTF? Con perdón, ¿qué estoy leyendo?

Para empezar, ni sabía qué personaje era Pepe Le Pew hasta que he visto que se trata de esa mofeta que perseguía y abrazaba con fuerza a una gata de la que se había enamorado. Es un personaje carente de la gracia del resto de elenco de la Warner, pero vamos, para mí ha sido toda una sorpresa saber que me pasé años viendo a un personaje que forzaba y violaba damiselas sin su consentimiento. Todo viene de un artículo de un columnista del NY Times Charles M. Blow, que también arremete contra los estereotipos que representan Speedy Gonzales y Mammy Two Shoes, un personaje de Tom y Jerry. Pepe Le Pew es un personaje creado en 1945, en una sociedad que creíamos mucho más puritana que la actual, pero la mojigatería reinante ha llevado a tipos con la piel muy fina a encontrar estereotipos perniciosos que debían ser censurados en una mofeta, en los gatos siameses de La dama y el vagabundo (ataque subliminal a los asiáticos), las hienas de El Rey León y los cuervos de Dumbo (negros de Harlem), o los indios de Peter Pan. Tanto centrarse en el racismo se les ha pasado advertir de la necrofilia de los príncipes de Blancanieves y La bella durmiente.

Ni el código Hays, ni la censura franquista, ni las prohibiciones en Rusia o China llegan a los niveles censores de las actuales hordas de lo políticamente correcto (Prohibamos Verano Azul). Estamos a menos de dos pasos de que empiecen a prohibir clásicos porque algún «espabilao» ha encontrado algo ofensivo en ellos. Pero el tema del que quería hablar hoy es ese tan peligroso que insinuaba el crítico de NY Times acerca de «normalizar la cultura de la violación». Una de las películas revelación de esta temporada ha sido para mí Una joven prometedora, dirigida por Emerald Fennell y protagonizada por Carey Mulligan. Tiene un argumento del que no quiero hablar mucho para no desvelar sus sorpresas, en el que la joven protagonista intenta mostrarnos la hipocresía de la sociedad norteamericana al normalizar determinadas actitudes cuando la chica iba borracha o era ligera de cascos, simplemente porque «ella se lo ha buscado». Imprevisible, ácida y con la suficiente mala leche para no dejar indiferente.

Por desgracia, las violaciones están a la orden del día y no hay fin de semana que no nos indignemos frente al telediario tras escuchar las últimas agresiones sexuales cometidas por hombres frente a mujeres indefensas, a veces un grupo de varios sobre una menor de la que abusan durante horas. Creo que no hay mayor muestra del hijoputismo actual de la sociedad que este de las violaciones grupales (quizás solo la pedofilia pueda competir en nivel de degradación moral), y por eso es un asunto sumamente delicado cuando es tratado en el cine.

Directores clásicos como Ingmar Bergman, Alfred Hitchcock o John Boorman ya trataron este asunto en algunas de sus películas como El manantial de la doncella, Frenesí y Deliverance, respectivamente, pero siempre manteniendo un punto de vista moral claro sobre las vejaciones. Son hechos horribles que por desgracia suceden y deben ser castigados. En Estados Unidos, donde etiquetan absolutamente todo, denominan al «género» como rape and revenge, violación y venganza. Es algo tan viejo como el cine y la literatura, y de uno u otro modo aparece en decenas de obras: Tres anuncios en las afueras, La catedral del mar, La casa de los espíritus, La muerte y la doncella, Braveheart, La hija del General, Centauros del desierto, El último tren de Gun Hill… hasta la afrenta de Corpes en el Cantar de Mío Cid.

Pero el tratamiento no siempre es así y en ocasiones el cine juega a mantener una cierta ambigüedad. No es que la escena de la violación en La naranja mecánica (Stanley Kubrick) sea amoral o ambigua, pero tenía un cierto barniz de comedia musical, acrecentado por el Singing in the rain con el que el protagonista, Alex, coreografía sus movimientos. Estás incómodo en tu butaca, pero te arranca una sonrisa culpable, como con la violación que hace el profesor decapitado en Re-animator.

Recuerdo haberla visto en el cine con varios amigos y era nuestra escena favorita, igual que lo era para el Lester Burnham de American Beauty. La escena de la violación de Irreversible (Gaspar Noé) se recrea en exceso en la agresión que sufre Mónica Bellucci, con una estética de videoclip que me enferma, pero el director y la distribuidora utilizaron el morbo de la actriz y las pulsiones ocultas masculinas para la promoción de la película. Exactamente igual que ocurrió con Julie Christie y ese Engendro mecánico que quería tener un hijo a toda costa.

Hay directores a los que se ve que el tema «les pone», les atrae, como a Paul Verhoeven, que ya trató el asunto en Los señores del acero y Elle. Hace unos meses, en plena campaña del «No es No» volví a ver Instinto Básico, del mismo director holandés. Hay una escena en la que Jeanne Tripplehorn le dice hasta tres veces que «NO» a Michael Douglas cuando este la intenta penetrar analmente, pero este insiste, fuerza a su ex y lo logra, con toda esa parafernalia propia del cine porno: rotura de ropa, tanga negro a la mierda, y la mujer que finalmente acepta y, sumisa, incluso lo goza. Ese mensaje es mucho más peligroso que el de una estúpida mofeta de dibujos animados. La idea del macho dominante y la mujer que en el fondo goza con ser dominada. Claro que si te atribuyes un cierto aura intelectual, como Bernardo Bertolucci, puedes hasta tratar de justificar estas acciones, incluso fuera de la ficción, como hizo el director tras la polémica sobre la escena de la mantequilla, cunado afirmó que ni siquiera la actriz, Maria Schneider, sabía lo que Marlon Brando iba a hacer con su cuerpo, pero que todo obedecía a una necesidad del guion y de la interpretación: «quería que la actriz sintiera la rabia y la humillación». En fin…

Otras películas como Lipstick, con Mariel Hemingway, Sin City, El cabo del miedo, o Acusados, con la que Jodie Foster ganó su primer Óscar, cargan la culpa en una sociedad o en un sistema que duda de la víctima y contemporiza en exceso con el violador, sobre todo si es una persona «decente», con carrera y posición, o tiene pasta para pagarse un buen abogado.

Insisto de nuevo: hay pocos actos tan hijoputas, miserables, mezquinos, depravados (y todos los adjetivos que queramos poner) como una violación, pero no soy partidario de prohibir ni censurar nada. Sabemos que existen, por supuesto, pero no sirve de nada esconderlo bajo la alfombra, será mejor mostrarlo con toda su crudeza, o al menos con una elipsis que nos permita saber lo que por desgracia pasa cada día. Pocos momentos he pasado en el cine tan desasosegantes como con las violaciones que no vemos, pero intuimos, en la rumana 4 meses, 3 semanas, 2 días, la alemana La vida de los otros, con ese ministro hijo de la gran puta, y en Animales nocturnos, donde sufro cada segundo que Jake Gyllenhaal trata de encontrar a su mujer y a su hija.

Pero ya que el post de hoy planteaba la duda acerca de si el cine o algunos de sus personajes «normalizan la violación», yo voy a dejar por aquí mi teoría para la discusión: Pedro Almodóvar y muchos de los aficionados a su cine sí la normalizan. O la visten de falso romanticismo. Me gustan algunas pelis de Almodóvar tanto como detesto el resto, pero mi pregunta es: ¿qué problema tiene Pedro Almodóvar con las violaciones, por qué trata de justificarlas o de darles un barniz de romanticismo? No hablo de los personajes de Kika o La mala educación, que sufren abusos y vejaciones, sino de, por ejemplo, la escena en que Miguel Bosé fuerza a Victoria Abril en Tacones lejanos. Parece un puto chiste, una escena de comedia, una broma sin importancia de la que podemos reírnos.

En Átame, el personaje de Antonio Banderas ata y retiene contra su voluntad a Victoria Abril (de nuevo) para lograr que se enamore de él. O eso es lo que dice, en el fondo quiere echarle un polvo como el que finalmente logra. Recuerdo lo dicho sobre Bertolucci o Verhoeven: en el fondo la mujer «quiere» ser sometida por el varón, aunque al principio se resiste por sus prejuicios o yo-qué-sé que pasa por la cabeza de estos directores. La piel que habito es de una incomodidad apabullante, con violaciones explícitas y abusos de todo tipo sobre el personaje de Elena Anaya, que al final parece aceptar sumisa (o sumiso) su destino. Pero con la que no puedo es con Hable con ella, que nos disfraza de enamoramiento la historia de ese enfermero interpretado por Javier Cámara y su relación con una paciente en coma (Leonor Watling). «Su estado comatoso no convierte a las mujeres en objetos, sino todo lo contrario: ellas se transforman en la idea abstracta del amor», leído en Fotogramas. Con un par. Pues Óscar al mejor guion, ni más ni menos. Los que se escandalizan por una mofeta.

Estoy en esa edad

LESTER, 15/05/2020

Creo que cada uno podría terminar esa frase de una manera distinta: «estoy en esa edad en la que…»:

  • Me da igual lo que los demás puedan decir o pensar de mí.
  • Me planteo hacia dónde va mi vida.
  • Me duele todo cuando me levanto por las mañanas.
  • Solo quiero dormir.
  • El homicidio ha dejado de ser una ficción de las películas para ocupar parte de mi pensamiento.

Cada uno tendrá la suya, de las cinco que he dejado aquí digamos que me identifico con al menos tres de ellas (y los que me conocéis sabéis que no soy dormilón, ni me faltan objetivos, así que a buen entendedor…). Los veinteañeros pensarán que están en esa edad en la que tendrían que aspirar a comerse el mundo, pero no les dejamos, los treintañeros padres primerizos dirán que están en esa edad en la que anhelan dormir ocho horas del tirón, y alguno más talludito, de mi quinta, se pondrá en modo trágico para soltar que está en esa edad en la que «mi cuerpo pide tierra».

En mi caso particular, hoy venía a comentar que estoy en esa edad en la que empiezo a escuchar la publicidad en el coche. Y me sorprendo. Mi cerebro estaba programado desde hace lustros para escuchar atentamente las noticias o la música en la radio del coche y desconectar cuando empezaban los anuncios. O para no ver (literalmente) la publicidad de las webs, para ignorar las franjas laterales. O lo mismo con la televisión, en las pocas ocasiones en las que la veo con interrupciones publicitarias. Mi cerebro aprovechaba de manera instintiva para leer algún artículo en el móvil, o contestar un guasap, o tuitear alguna parida sobre lo que estaba viendo.

Pero ahora escucho atentamente. Sobre todo los anuncios relacionados con la salud. Y es cierto lo que decía un amigo mío, un francés que lleva muchos años viviendo en España:

– Aquí tenéis un problema con el tránsito intestinal.

¡Asombrosa la cantidad de anuncios que previenen, mejoran, ayudan y regulan el tránsito intestinal de los españoles! Y debe ser que de tanto escucharlos he empezado a preocuparme por el mío. Hace treinta años era capaz de cenar un chuletón de buey, acompañado de dos cañas y tres copas de vino, y levantarme fresco como una lechuga, y ahora cuando quedamos a cenar los amigos siempre sale alguno (o alguna, que aquí sí aplica el lenguaje inclusivo) que te suelta eso de:

– Vamos a tal sitio, que la cena es ligera, y los restaurantes de siempre me llenan muchísimo, luego duermo fatal y noto el ladrillo en el estómago todo el domingo.

Nos hacemos mayores, qué duda cabe. Tanto han degenerado nuestras cenas que el apio untado con queso vegano está a menos distancia de lo que nos creemos. «Contribuye a la regularidad estomacal…», continúa la publicidad, «reduce todo tipo de molestias y ayuda a su digestión». Joer, claro, y yo preocupado porque hace poco cené un hamburguesón del Goiko Grill y a la mañana siguiente cuando salí a correr me sentía como si mis zapatillas tuvieran suelas de plomo. Normal, el cuerpo no recupera igual, pero eso no significa que vaya a engancharme a esos productos milagrosos que contienen «nutrientes naturales y Aloe Vera». Todo tiene Aloe Vera. En la cárcel de Alhaurín de la Torre, los reclusos llamaban a Juan Antonio Roca «el Aloe Vera», «porque cuanto más se le investigaba, más propiedades le descubrían».

Si uno presta atención a esos anuncios escuchará cosas sorprendentes, como los yogures con bífidus, probióticos y palabras que acojonan, aunque pocas como ese otro producto que «contiene radicales libres». Joder, si yo, que tengo una hija adolescente, ya me asusto ante la posibilidad de que haya radicales libres por las calles, ¡como para pensar en tenerlos corriendo alegremente por mi estómago o los intestinos!

Otro anuncio al que empecé a atender hace un tiempo fue el de un producto para los acúfenos y los incómodos pitidos en el oído. Hace años no hacía ni caso, pero ahora, ¡sí, coño, es verdad!, en esa media hora de tranquilidad que soy capaz de encontrar en una semana entera, sin el zumbido del aire acondicionado o la calefacción de la oficina, sin el ruidito leve, pero algo molesto, de un ordenador o el motor del coche, escucho un zumbido prolongado que no viene de ninguna parte. Unos suaves pitidos en el oído. ¿Son reales o es que me estoy volviendo algo hipocondríaco? Dudo que sea esto último, así que debe de ser algo normal. El anuncio continúa hablando del estrés, las dificultades para conciliar el sueño o los trastornos asociados a los dichosos acúfenos, y yo me respondo a mí mismo que el estrés lo combato con paciencia y buen humor, y cuando me meto en el sobre tardo menos de diez segundos en quedarme frito, así que de momento, no, gracias.

No son los únicos anuncios en los que me fijo ahora, también lo hago con los del dolor en las articulaciones, la necesidad de hierro y colágeno (a mí me suena a bricolaje todo esto), los complementos vitamínicos porque a partir de los cuarenta el cuerpo no sé qué… El colesterol, la tensión, la higiene dental… Si hiciera caso a todo, viviría acojonado. Y si no lo hago, como he hecho toda mi puñetera vida, me queda la duda de si estoy siendo un inconsciente. Antes no tenía ninguna.

Los que no suelen fallar son los algoritmos de Internet que definen la publicidad personalizada que nos muestran a cada uno y, en mi caso particular, hace años que dejaron de ofrecerme inversiones de alto riesgo y ahora me plantean planes de pensiones para que «planifique de manera adecuada» mi jubilación. Huy, no queda nada para eso, y más al ritmo que vamos. De veinte años no baja, y eso que llevo veintisiete cotizados. La publicidad de las webs suele mostrarme algunos productos de salud, cómo no, viajes (cuando se podía) y clínicas de injertos capilares. Veo continuamente fotos del antes y el después, y links para animarme a una primera visita gratuita y sin compromiso.

Cabrones de Google, ¿cómo sabéis que se me está cayendo si no habéis visto una sola foto mía y no me he preocupado jamás por eso? Bueno, iluso de mí, las han visto todas, y también es cierto que tengo un tanto despistados a los buscadores de Internet, porque en ocasiones me han salido ventanas emergentes de esas ofreciéndome «maduritas» en mi barrio y un bar gay en el que podría conocer a gente muy interesante. Y no digo que no haya maduritas atractivas en mi barrio, ni gais interesantes con los que mantener estupendas conversaciones, pero no pienso pinchar en ninguno de esos enlaces, así que son de los pocos que he bloqueado desde que me muevo por las redes.

Estoy en esa edad… en la que algunos medios pasan a llamarnos «ancianos» y entramos en el siguiente grupo de vacunación. Pero creo que lo llevamos bien, igual que al pasar la barrera de los 45 escribí aquí mismo sobre las ansias de tranquilidad que tenía. Estoy en esa edad… en la que tengo poca paciencia con las soplapolleces, pero en lugar de rebelarme contra ellas, como hacía antes, las ignoro, las aparto de mi camino, no pierdo ni un minuto en ellas.

Estoy en esa edad… en la que escucho atentamente la publicidad. Cualquier día, los anuncios de Boston Medical Group. Para un amigo, ya sabéis.

Miedo y rechazo

JOSEAN, 08/05/2021

El jefe de gabinete y consejero áulico de Pedro Sánchez, Iván Redondo, participó en 2018 en unas jornadas organizadas por el PSOE bajo el título Elecciones y emociones. En una famosa intervención, que estos días se ha rescatado en varios medios, afirmaba que «…de las tres principales emociones que tenemos, con las que además se puede jugar en campaña electoral, la primera sería el miedo, la segunda sería el rechazo, y la tercera, la esperanza, la ilusión». Los que conocen bien a este consultor lo definen como un tipo hábil, calculador, buen estratega, un gran negociador al que se señala como el principal artífice del éxito de la moción de censura que aupó a Pedro Sánchez al poder en mayo de 2018.

Todo lo que se ha movido en el PSOE en los últimos tiempos, no tanto en el partido como en las alianzas del equipo de gobierno, lleva su firma, su huella como negociador capaz de aunar voluntades tan diferentes como las de Unidas Podemos y el PNV, Bildu, Esquerra o el PDeCat, Nueva Canaria, o cuando los ha necesitado, Ciudadanos. Pero con las elecciones a la Comunidad de Madrid el PSOE se ha estrellado de manera estrepitosa. Ni uno solo de sus cálculos, ni una sola de sus estrategias ha sido acertada. Han jugado tanto con el miedo y el rechazo, que no han sido capaces de llegar a la tercera de las emociones que el mismo Redondo decía que jugaban un papel tan destacado.

Desde el mismo instante en que se convocaron las elecciones, todos los partidos han «jugado» (por utilizar las palabras de Iván Redondo) con el miedo: el miedo a la ultraderecha, el miedo al trío de Colón, o por el otro lado, el miedo al socialcomunismo que con tan poco acierto ha gestionado la pandemia. Ha sido la campaña más desagradable que recuerdo desde que tengo posibilidades de ir a votar. En cada intervención de Pablo Iglesias, en cada una de sus frases, aparecían las palabras ultraderecha y fascismo, al principio asociadas solo a Vox, pero a continuación relacionándolas con el Partido Popular y con su candidata Isabel Díaz Ayuso. Lo ocurrido en Vallecas, alentado por el que era hasta hace nada vicepresidente de gobierno, fue lamentable. Como el episodio de la Cadena Ser o las cartas con amenazas, todo ha sido vomitivo durante la campaña.

Y a toda acción sucede una reacción, así que Santiago Abascal y Rocío Monasterio plantearon su batalla en términos de «frenemos al frente popular». Joder con el lenguaje guerracivilista, joder con la puta manía de clasificarnos a todos en rojos y fachas. Todo lo que se movía por un centro moderado ha sido arrasado, primero UPyD y luego Ciudadanos, que se ha pegado el tiro en la sien con las mociones de censura o con la gestión de Ignacio Aguado en Madrid.

El caso es que a los madrileños nos han puesto en la tesitura de tener que elegir entre esos dos bloques que los mismos partidos han creado de manera intencionada, y al agitar nuestros miedos ha ocurrido que, más que elegir votar a favor de uno, se ha votado mayoritariamente en contra del otro, del que más rechazo producía. Y ese rechazo no lo causaba Ángel Gabilondo, sino el tándem PSOE-Podemos, o mejor dicho, cualquier posibilidad de gobierno en el que pudiera entrar Pablo Iglesias. A mediados de marzo del año pasado, según empezó la expansión de la pandemia y cuando los fallecidos apenas superaban los dos centenares, escribí que «todo vale en la guerra contra el rival político, incluso las desgracias, o sobre todo las desgracias. Todo vale para atacar, criticar, crispar y sacar tajada de una situación, por dramática que esta pueda ser». Y lo que ha ocurrido con Madrid es digno de estudio.

No voy a defender la gestión de la pandemia que hizo el gobierno de Isabel Díaz Ayuso, porque la primera ola fue dramática y se llevó por delante a casi 18.000 personas, pero es que prácticamente ningún gobierno del mundo se enfrentó de manera adecuada a una situación como esta. Pero sí reconozco que se hizo mucho por mejorar y controlar las siguientes oleadas. El consejero de Sanidad de Madrid, Enrique Ruiz Escudero, es médico de profesión, luego estoy seguro de que sabe algo más de esto que todos nosotros y que los tertulianos opinadores de todo y conocedores de casi nada. O que un ministro de Sanidad filósofo. La Comunidad de Madrid propuso una serie de medidas que fueron muy criticadas por el gobierno central por venir de quien venía, con descalificaciones, para ver cómo meses después se implementaban. Estos quince meses de ataques han sido vergonzosos. Los test de antígenos, las PCR en los aeropuertos (pedidos en junio, aprobados en noviembre), bajar el IVA de las mascarillas, que nos dijeron que «no se podía, pero ahora ya sí se puede», los cierres perimetrales, las mascarillas FFP2, tachadas de «insolidarias y egoístas» por Fernando Simón,… Que si los franceses venían a Madrid a emborracharse, aunque aparecieran estadísticas que demostraban que habían entrado más franceses en Cataluña que en la capital, que si Madrid falseaba las estadísticas, aunque luego lo desmintiera el propio Fernando Simón. La última polémica llegó con la petición de la vacuna rusa Sputnik, medida ampliamente criticada por «desleal» e «irresponsable», hasta que se supo que el gobierno alemán estudiaba también su compra. La campaña de ataques a los hospitales de Ifema y el Isabel Zendal darían para un estudio sociológico sobre el rechazo.

Madrid molestaba y molesta. Todos los líderes del PSOE y de Unidas Podemos se turnaban para atacar cualquier medida que se aprobara en la Comunidad de Madrid, aunque no fuera la única región en tomarla. Se daba la bienvenida a ingleses y alemanes y se insultaba a los madrileños. Emiliano García Page se permitió hablar de «la bomba radiactiva vírica» que les llegó de Madrid, sin contar que miles de sus ciudadanos trabajan en esta provincia que acoge a todo el mundo sin distinciones. Yo, como buen madrileño no nacido en Madrid que soy, me he sentido atacado numerosas veces en el último año por insolidario, fiestero, egoísta, irresponsable y «tabernario». El presidente de un organismo público como el CIS, José Félix Tezanos, tomaba partido por quienes le habían designado para el puesto. Pero de todas las cosas surrealistas que hemos vivido en este último año, ninguna me ha llamado tanto la atención como la petición de Gabriel Rufián de que nos subieran los impuestos a los madrileños… y ver solo dos días después a la ministra de Hacienda María Jesús Montero defendiendo dicha medida. Seguramente será culpa de Madrid que Cataluña tenga un déficit siete veces superior al de Madrid, o que la deuda generada por la Generalitat sea 2,3 veces superior.

Como decía la semana pasada, el problema no está en los ingresos, sino en el descontrol de los gastos. Y yo como madrileño, me fío bastante más de Javier Fernández Lasquetty (aunque pueda no coincidir en lo ideológico con él), consejero de Hacienda de Madrid, que de Gabriel Rufián. Así que nos tocaba votar el 4 de mayo y se había generado tanto miedo y rechazo que ni siquiera valorábamos la tercera emoción mencionada por Redondo, la esperanza. Esperanza… Aguirre. El PP de Isabel Díaz Ayuso es el de esa Esperanza y a mí no me genera ninguna ilusión. Ni siquiera ha tenido que hacer campaña, o vender un proyecto, le bastaba con defenderse de los ataques. La carta que nos llegó a casa solo contenía una palabra: Libertad. La simplificación del mensaje llevada a su mínima expresión: libertad o comunismo, fascismo o Venezuela, izquierda o derecha, rojos o fachas. El enorme demérito de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias es haber logrado que cientos de miles de madrileños hayan olvidado que el Partido Popular de Madrid era hace nada el partido de Ignacio González o Francisco Granados, el partido y la región en donde comenzó la Gürtel con el Albondiguilla en Boadilla y con Jesús Sepúlveda en Majadahonda. Ojalá no volvamos a esos tiempos, y creo sinceramente que no lo haremos.

No había que ser un lince para saber que Isabel Díaz Ayuso iba a arrasar en las elecciones, como así ha ocurrido. Incluso dirigentes socialistas de toda la vida como Joaquín Leguina o Nicolás Redondo Terreros, o el filósofo Fernando Savater en El País, apoyaron la candidatura de Isabel Díaz Ayuso. El Partido Popular ha ganado en 4.194 de las 4.416 secciones censales. En todos los distritos de la capital, en 177 de los 179 municipios de la comunidad, y también en esos barrios como Vallecas, que Pablo Iglesias se atribuyó como «nuestro».

Es para que Iván Redondo, si tan buen estratega y analista es, se lo mire. Esas alianzas que procuran beneficios puntuales en el corto plazo son letales en el medio y el largo plazo. Pasan factura, igual que las campañas desproporcionadas de ataques e insultos.

Un millón seiscientas veinte mil personas se han «radicalizado», tócate los… Si la respuesta de la izquierda es la vuelta a la guerra civil de Carmen Calvo o los insultos de Juan Carlos Monedero, será cuestión de tiempo que la derecha arrase a nivel nacional.

Como todos los lectores asiduos de este blog sabéis, si queréis colaborar por una buena causa a través de una ONG contrastada, es posible hacerlo mediante microdonaciones en este enlace: Ayuda en Acción/colabora

El gran despilfarro

JOSEAN, 01/05/2021

A mediados de los ochenta, el actor y humorista estadounidense Richard Pryor protagonizó una comedia con el mismo título de este post (Brewster’s millions en el original), cuyo argumento, en principio de lo más simple, terminaba convirtiéndose en algo estresante cercano a la pesadilla: para cobrar una herencia millonaria, el personaje tenía que gastar 30 millones de dólares en un mes, pero sin comprar nada, solo contratando proyectos o servicios inútiles que no le dieran ningún rédito pasado ese plazo. Para ello abre una oficina a la que empiezan a llegar pirados ofreciéndole proyectos inverosímiles como poner un motor a un iceberg y traerlo de no-sé-dónde o inicia una campaña electoral invirtiendo un pastón en carteles y merchandising, pero con eslóganes que incitan al voto por cualquier otro rival.

Estas semanas me he acordado tristemente del argumento de esta película y ha sido viendo las explicaciones del gobierno con la preparación (y las múltiples presentaciones) del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia. Desde que la Unión Europea aprobó dicho plan de recuperación (en mayo del año pasado, no olvidemos que ha transcurrido casi un año) hemos oído hablar de muchos proyectos sobre los que se ha concretado poco, salvo que debían llevar las palabras sostenible, inclusivo y digital. La idea de que va a caer un maná del cielo de Bruselas se ha difundido por los dos partidos de gobierno, especialmente por parte del socio del PSOE, Unidas Podemos. Todavía no había llegado un euro y ya estaban hablando de la no devolución de los mismos o discutiendo su condicionalidad a la necesidad de hacer reformas. Estoy seguro de que su celebración de la supresión temporal del techo de gasto y los objetivos de estabilidad presupuestaria heló la sangre a muchos en Europa.

El caso es que la llegada de esos fondos europeos resulta más necesaria que nunca y constituye una oportunidad de oro para reformar antiguas estructuras de nuestro país que han quedado obsoletas: económicas, industriales, administraciones públicas, en materia de medio ambiente… La duda radica en saber si los actuales dirigentes (y no hablo solo del gobierno central, sino también de las comunidades autónomas) cuentan con la capacidad suficiente para hacerlo, y sospecho que esa misma duda la comparten numerosos dirigentes europeos.

Los Presupuestos Generales del Estado se diseñaron contando con 26.634 millones de euros de adelanto de los fondos europeos y pese a que los mismos no van a llegar hasta 2022, se presupuestó un incremento de gasto en todas las partidas y para todos los ministerios. La falta de rigor en el control de los fondos públicos, unido a las demandas de todos los socios del gobierno en la aprobación de los presupuestos, va a suponer un incremento del déficit público hasta niveles nunca vistos en nuestro país, y eso que partimos del más alto de toda Europa. Y el déficit sostenido se transforma en deuda pública, y esa deuda en un lastre para el futuro. La «next generation» se va a cagar en todos los que intervinieron en la gestión de los fondos Next Generation, no tengo ninguna duda.

Ni siquiera cabe el consuelo de pensar que de los 140.000 millones que teóricamente deben llegar a España en los próximos ejercicios, 72.700 son ayudas directas y 67.300 corresponden a préstamos que, de momento, no se van a solicitar. Si algo han demostrado los políticos de nuestro país es que una vez que crean un cargo público, sea comisión, secretaría, grupo de expertos, consejo o empresa, no desaparece. Los seres vivos públicos nacen, crecen, no desarrollan nada, procrean y nunca mueren. Y no me refiero a médicos, profesores, fuerzas y cuerpos de seguridad, funcionarios de carrera, trabajadores sociales, etc., no. Me refiero al ingente e infinito crecimiento de afines a los partidos que se crean para vivir de lo público.

El actual Consejo de Ministros (¡y Ministras!) consta de 23 miembros (¡y miemb…!, no, eso no), incluyendo al presidente y las cuatro vicepresidencias creadas. Son seis ministerios más que en el primer gobierno de Pedro Sánchez, en 2018. En ese primer gobierno había 25 secretarías de Estado, que tres años después ascienden a 30. Evidentemente, las razones que motivaron dichos incrementos no fueron de eficiencia o mejora de gestión de lo público, sino para hacer hueco al nuevo socio de gobierno. Para los que nos escandalizamos con este despelote, resulta recomendable este gráfico de la evolución del número de vicepresidencias y ministerios en las últimas cuatro décadas: hemos vuelto a los niveles de mayo de 1980.

Luego está la cifra de asesores que pueden contratar en esos ministerios, nombramientos de libre designación, normalmente de fuera de la administración pública, que son designados a dedo sin tener que justificar un mínimo currículum o preparación. Este artículo de Voz Pópuli hablaba de 1.212 asesores con un coste anual de 65,4 millones de euros, un fuerte incremento en comparación con las cifras (también estratosféricas) de 860 asesores y 44,8 millones de euros anuales del último gobierno de Mariano Rajoy. No he podido validar el origen de estas cifras que me parecerían escandalosas si fueran ciertas, pero me resultan igualmente escandalosas las determinadas por la web Newtral.es, elaboradas tras realizar solicitudes de información a los diferentes ministerios a través del Portal de Transparencia. Este análisis concluye que el gobierno de coalición tuvo en nómina al menos a 224 asesores, y dice «al menos» porque el ministerio de Interior (Grande Marlaska) y el gabinete de Presidencia no contestaron a los requerimientos. 224 asesores de libre designación de los que no podemos saber el salario ni la trayectoria profesional porque así se decidió en la propia Ley de Transparencia, a la que ya le dediqué su correspondiente crítica por cagadas como esta (Ni transparencia, ni buen gobierno).

El sueldo base de un asesor ascendía a 51.945 euros en 2020 y el de un consejero técnico de información, de 45.638 euros, a los que hay que sumar los complementos específicos de 28.320 euros por «asesorar» en una vicepresidencia y de 21.299 euros si es en un ministerio. Y no acaba ahí la cosa, sino que además tienen unos complementos de productividad que son variables: «varían» en función de lo que al que les ha colocado le parezca bien. Todo ello me parece un despelote infinito, como puede comprobar cualquiera con sus propios ojos echando un vistazo al Real Decreto 139/2020, de 28 de enero, por el que se establece la estructura orgánica básica de los departamentos ministeriales. Dejo solo un artículo para el que quiera hacer sumas:

Del análisis de Newtral llaman la atención muchas cosas, como el hecho de que el ministerio que designó a mayor número de asesores durante el primer año de gobierno fue el de la Vicepresidencia de Derechos Sociales y Agenda 2030 ¡con 18! asesores afines designados a dedo por Pablo Iglesias. Prácticamente el triple que Sanidad, Trabajo o Educación, para que se entienda bien cuáles son las prioridades de ese ex vicepresidente que solo hablaba de la importancia de la sanidad, el trabajo y la educación.

España tiene muchos problemas, pero el de la ineficiencia de las costosísimas administraciones públicas es uno de los más gordos y de más difícil resolución, puesto que quienes tendrían que resolverlo son los que lo han originado. Pero no termina en el gobierno central, ni mucho menos. Este martes 4 de mayo tenemos elecciones a la presidencia de la Comunidad de Madrid y uno ve con asombro que el número de diputados autonómicos sube de 132 a 136. ¿136 diputados en la Asamblea de Madrid? ¿Para qué? La Generalitat de Cataluña tiene otros 135 diputados en el Parlament y todavía no han sido capaces de formar gobierno después de más de dos meses. En la Asamblea de Murcia, donde se originaron estos últimos movimientos de silla por controlar el poder, hay 45 diputados y en Andalucía, otros 109. Suma y sigue, y si todo ello redundara en beneficio del ciudadano, no lo discutiríamos, el problema estalla cuando vemos la torpeza de casi todos ellos para gestionar una crisis como la generada por la pandemia o para crear estabilidad económica o desarrollo para sus respectivas regiones.

(En el interior te hablan de la preocupación por el medio ambiente. Ya…)

Siempre que leo estas cifras me acuerdo de la teoría de las élites extractivas que los norteamericanos Daron Acemoglu y James Robinson desarrollaron en su libro ¿Por qué fracasan los países?: las élites extractivas “tienen como objetivo extraer rentas y riqueza de un subconjunto de la sociedad para beneficiar a un subconjunto distinto”. Es una aberración que desde el año 2000 hayan crecido las transferencias de competencias a las comunidades autónomas y que hayan aumentado paralelamente los cargos autonómicos y los asesores de los gobiernos centrales. Esta misma semana escuché en la radio un dato escalofriante: desde marzo de 2020 se ha creado un puesto público por cada cuatro empleos que se han destruido en el sector privado. Si los datos son ciertos, el sector público ha aumentado en 149.400 asalariados en los últimos doce meses, mientras que las empresas han destruido 605.400 empleos. Es insostenible.

El economista y profesor de la universidad de Barcelona José María Gay de Liébana publicó esta semana un artículo que leí con interés, pese a que su título cabreaba por la mera posibilidad de que nos lo planteáramos en serio: ¿Y si nos intervinieran? El profesor elabora unos cálculos de la deuda pública española, añadiendo al 120% oficial ya conocido el montante global de pasivos en circulación de todas las administraciones y la deuda de las empresas públicas, y sitúa la cifra en la acongojante cantidad de «2.028.737 millones, el 180,8% del PIB«. Concluye el profesor diciendo que «durante estos años recientes se ha demostrado la manifiesta incapacidad de nuestros gobernantes y la clase política para sacar adelante a España. Quizás es la hora en que necesitamos que vengan desde fuera y nos pongan firmes para así poder desarrollar todo nuestro potencial económico«. Yo no puedo estar de acuerdo con la intervención externa, pero sí con el control exhaustivo de todas nuestras finanzas, justo lo contrario de lo que están demandando Sánchez, Iglesias y Montero desde que llegaron al gobierno. Y más control ahora que van a llegar millones desde Europa y se ha fomentado un cambio legislativo para relajar dichas medidas de control.

La Unión Europea lleva años reclamando tres reformas fundamentales a nuestros gobiernos: laboral, fiscal y del sistema de pensiones. La del sistema de pensiones no se ha comenzado porque crea unos conflictos que ningún gobierno quiere afrontar. Las modificaciones en la legislación laboral van en línea contraria a lo demandado por Europa, y la fiscal se ha centrado única y exclusivamente en incrementar la carga fiscal a las empresas y a lo que llaman «las grandes fortunas», que en la mayoría de las medidas son «las medias fortunas», la clase media. Cuando uno no es capaz de controlar su gasto público, ¿qué es lo que hace?: plantear que hay que subir los impuestos. La recaudación fiscal cubría hasta hace dos años el 93 por ciento del gasto público. Ahora apenas alcanza el 75 por ciento, y este es un dato más que preocupante.

Concluyo donde comencé, con la oficina de Richard Pryor recibiendo proyectos y unas costosas campañas electorales. Espero que no se cuelen proyectos para amigos como el del machismo de la M-30. ¿Cómo se va a articular el dineral proveniente de Europa? Pues a través de lo que el Real Decreto recoge como seis pilares, cuatro ejes y diez políticas palanca:

Y si concretamos un poco más, estas políticas se desarrollarán a través de treinta líneas de acción (algo inconcretas, por cierto):

Si esto fuera el Un, Dos, Tres, al llegar al número 6 ya habrían saltado las Tacañonas para decir que habían repetido una respuesta.

El punto 29 es la mejora de la eficacia del gasto público, que espero que no consista en crear un nuevo comité de asesores y subdirectores para decir cómo hay que ahorrar. Y por cierto, todo muy resiliente, digital e inclusivo. Esperemos que la inclusividad no consista en pagar a «especialistas» o «especiedelistos» para hacer contribuciones como esta:

Poco nos pasa.

Aquellos Óscar que detestamos

REGGIE & TRAVIS, 25/04/2021

Este domingo se celebra la ceremonia de los Óscar más extraña de toda su historia, repartida entre el Dolby Theatre y la Union Station de Los Ángeles. Gracias a que en 2020 la entrega se realizó en febrero, pudimos ver un escenario pre-pandemia con el auditorio rebosante de estrellas, abrazos y besos, caras maquilladas y libres de mascarillas,… Qué lejos quedan aquellos tiempos.

Se entregan hoy los Óscar correspondientes al año 2020, posiblemente el año en el que menos veces he ido a una sala de cine, así que no podré opinar mucho sobre las películas seleccionadas. Apenas he visto Mank, Tenet, El juicio a los 7 de Chicago y Noticias del nuevo mundo, así que se me ha ocurrido con mi amiga y compañera de críticas cinematográficas Reggie pegarle un repaso a películas que obtuvieron un Óscar en otras ediciones y que a alguno de nosotros no nos gustó nada. Y a la inversa, uno de los dos tendrá que defender alguna película vilipendiada por buena parte de la crítica o los aficionados.

REGGIE – Hola, Travis. Vaya año desastroso para el cine. Si te soy sincera, creo que desde marzo del año pasado no he pisado una sala de cine, ¡y yo antes iba todas las semanas! Pero bueno, vamos a lo que nos compete hoy que es despellejar algún título que se llevase algún premio Óscar en su momento y que a nosotros no nos guste nada.

La primera en mi lista es Shakespeare in love (1998) que se llevó siete de las trece (¡trece!!) nominaciones que tenía. Cuando pienso en que una película se lleve tantas nominaciones y tantos premios pienso que aporta algo nuevo o diferente a la industria. ¿Ha revolucionado de alguna manera o ha dejado un estilo diferente Shakespeare in love en la historia del cine? A mi parecer no. Años después me sigue pareciendo lo que al principio: una producción cuidada, una buena recreación histórica (tampoco le vamos a quitar sus méritos), pero una película con falta de sustancia y con unos actores protagonistas que no convencen: Gwyneth es sosita como ella sola y Fiennes parece que sólo tiene “cara deslumbrada” en su baraja de expresiones faciales: deslumbrado enfadado, deslumbrado concentrado, deslumbrado pensativo… pero siempre deslumbrado. Y lo siento, pero la historia me parece aburridísima. También es verdad que el género romántico me aburre por norma general.

TRAVIS.- Y a mí, es un género que me suele provocar ganas de coger un buen libro, pero me reconcilio con el mismo cuando el pastelón no acaba bien. Y Shakespeare in love no tiene final feliz, así que voy a defenderla un poco, aunque me cueste. Son trece nominaciones y siete Óscar porque tiene un reparto tremendo. Me hablas de Gwyneth Paltrow y Joseph Fiennes, pero por ahí andan también Judi Dench, Colin Firth y Geoffrey Rush, actores todos con Óscar, más Imelda Staunton y Ben Affleck con su habitual boca abierta. Se llevó varios Óscar por el reparto, más los normales por el diseño de vestuario y la dirección artística. Ahora bien, me parece uno de esos errores históricos que se llevara los Óscar al mejor guion y a la mejor película, ¡estando Salvar al soldado Ryan o El show de Truman

Y ya que estábamos con el género romántico, un año antes arrasó Titanic, ¡once Óscar, ni más, ni menos! Los mismos que Ben-Hur. Sé que la gente suele ponerla a caldo, pero al margen de la historia maniquea de pobres felices y ricos deprimidos, la película tiene momentos de lo más entretenido, aparte de una recreación del hundimiento espectacular, porque cuando Cameron hace algo a lo grande, lo hace muy bien. Y otra cosa más: cumple mi premisa de ser una peli romántica salvable porque no hay final feliz. Aunque creo que el egoísmo de Rose era el único final posible.

REGGIE.- La verdad es que las múltiples nominaciones y premios de Titanic me enervan muchísimo menos que los de Shakespeare in love. Ya sólo los modelos a escala que se hicieron, el set que se podía inclinar en el agua… todo eso me parece un hito. Por otra parte, la banda sonora es preciosa, después de tantos años se ha quedado un poco manida, pero a mí Celine Dion sigue poniéndome el vello de punta.

¿Sabes con qué película me pasa lo que a ti de que la medio salvo porque no hay final feliz? Con La la land (2016) que también fue súper premiada, aunque, a pesar de la confusión inicial no se llevara el Óscar a la mejor película. Fue una película de la que todo el mundo hablaba, que todo el mundo la alababa y que cuando yo fui a verla me gustó pero salí pensando que menos mal que terminaban los protagonistas cada uno por su lado porque si no hubiera sido un pastelón insoportable. Lo que más me gustó de la película fue la primera escena que es un plano secuencia que te centra completamente en el ritmo de la película pero para mí ese ritmo se volvió demasiado lento en la mitad y hacia el final de la película y se me hizo larga.

TRAVIS.- La la land empieza genial con esa escena y tiene una parte hacia la mitad tirando a aburrida, pero el final me pareció grandioso, esa especie de “What if…?” que deja caer con Ryan Gosling al piano. Pero ese año los votantes de la Academia sí fueron menos conservadores de lo habitual y en lugar de darle el Óscar a La la land, que era lo previsible y la había visto todo el mundo (más de 400 millones de dólares de recaudación), se lo dieron a Moonlight, que no la había visto nadie. Reconozco que yo tampoco la he visto y mira que me la han recomendado, pero han pasado unos años y no me provoca el más mínimo interés.

Por ejemplo, yo eché en falta que otros años la Academia se hubiera atrevido a premiar peliculones de animación de Pixar en lugar de las tradicionales “oscarizables”, como por ejemplo en 2010, que se lo dieron a En tierra hostil, de Kathryn Bigelow, en lugar de a esa maravilla que era Up. También estaban los Inglorious Basterds de Tarantino, que habría sido una elección salvaje y algo contracorriente, pero para mí mil veces mejor. Y en 2011 se lo llevó El discurso del Rey cuando para mí la peli del año era Toy Story 3, una puñetera maravilla. Pero vamos a destrozar alguna que triunfó en su día: ¿no había nada mejor que Slumdog Millionaire en 2009? Estaba El curioso caso de Benjamin Button, que era “muy de Óscar”, o que se lo hubieran dado a Wall-E, ¡hasta a Kung-Fu Panda!, pero Slumdog Millionaire… ¡por favor!

REGGIE – Habría sido grandioso que hubieran premiado a Inglorious Basterds, sabes que soy muy fan de Tarantino, y estoy completamente de acuerdo que en 2011 la peli del año era Toy Story 3. Vi en el cine Slumdog Millionaire, pero no recuerdo nada de ella y nada ha hecho que quiera volver a verla y creo que eso es la peor crítica que puedo hacerle a una peli, en cambio Wall-E es una película que llevo tiempo rumiando que me apetece volver a ver.

A veces pasa que una película marca bastantes de las casillas que debe marcar para que me parezca una gran película y, por lo que sea, no lo hace. Imagino que el arte es así de subjetivo. La película que en mi caso más representa este caso es Birdman (2014): las actuaciones me parecen buenas, un gran despliegue técnico usando un falso plano secuencia continuo, el guion tiene partes muy buenas, humor ácido y una gran crítica al mundo del espectáculo… pues, aun así, a mi esta película no me gusta. Puede que no la haya terminado de entender, que la batería que suena muchas veces de fondo no me guste o que tiene, para mi gusto, demasiados planos demasiado cerca de las caras de los personajes y creo que eso me resulta un poco claustrofóbico. Sea como sea, no me convence. ¿Tú qué opinas sobre ella?

TRAVIS.- ¿Birdman? Me encantó. Le dediqué un post entero en su día, y lo que vine a decir es que apreciaba un montón su propuesta formal, el desarrollo y las actuaciones, y solo podía reprocharle el minuto final. Me alegré de que fuera la peli ganadora ese año. Siendo como era una película sobre el mundo de la interpretación, hay una subtrama que fue de lo que más me gustó y es la referida a la crítica del New York Times, esa mujer sin talento alguno especializada en destrozar los trabajos de todos los creadores que se atreven a hacer algo diferente. La película de Iñárritu es una crítica al propio mundo de la crítica, y creo que los Óscar de Hollywood tienen mucho de eso, de no salirse de la corriente que te marca la propia crítica de hacia dónde deben ir los premios. Ya sabes que los Óscar se consiguen a base de fiestas, promociones, dar la tabarra (y regalos) a los miembros de la Academia para promover tal o cual filme… en suma, invertir dinero para obtener un Óscar que reportará más dinero. That’s Hollywood, that’s America!

En ocasiones esa “corriente” establecida de que hay que votar a una u otra película lleva a que resulten premiadas cosas que para mí no pasan de ser una agradable película de sobremesa, como Paseando a Miss Daisy. ¿De verdad que esa era la peli del año? Repaso las otras candidatas de ese año, 1990, y puede que no fuera un año excepcional, pero había pelis muy interesantes, prefiero mil veces Nacido el cuatro de julio, El club de los poetas muertos, Abyss, ¡Indiana Jones y la última cruzada!, Cinema Paradiso, hasta prefiero La sirenita y Do the right thing. No creo que Paseando a Miss Daisy fuera ni top-ten de ese año, qué digo año, mes. Y a veces puedo entender que hay intereses políticos o sentimentales en las votaciones, como en otro de los grandes “robos” de la historia: 1977, Rocky (que me encanta, ojo) se lleva el Óscar por delante de Taxi driver.

REGGIE.- Estoy de acuerdo contigo, Paseando a Miss Daisy es una película de sobremesa y los Óscar no suelen salirse de esa “corriente” establecida: La forma del agua, Crash o El discurso del rey, que también la nombrabas antes, son ejemplos de opciones seguras que siguen alimentando esa imagen que quiere proyectar Hollywood.

Como dices, Rocky fue uno de los grandes robos en la historia de los Oscar, pero este año y las circunstancias que estamos viviendo hacen que la historia de Rocky merezca la pena ser recordada y poner en valor a todas esas personas que, como Rocky, a pesar de lo dura que está siendo la realidad, siguen peleando por seguir adelante, poner en valor a los sanitarios que pelean todos los días contra esta pandemia, todos los que han peleado contra la enfermedad y la han superado, las familias que han perdido a un ser querido o a varios, y que pelean por continuar con su vida… Por todos los que pelean y se esfuerzan por salir adelante en esta pandemia, hoy me olvido de Taxi Driver y defiendo a Rocky.

TRAVIS.- ¡Vaya, esa no me la esperaba! A ver cómo salgo de esta, yo, que firmo como Travis… Si lo miramos desde esa perspectiva, tienes toda la razón: Travis Bickle es un veterano curtido en mil batallas, desgastado, tristón y hastiado de la clase política, que se toma la justicia por su mano. Bajo ese punto de vista, para este año concreto, es un mensaje mucho más constructivo el del luchador Rocky Balboa. Y a veces eso es lo que prima en los Óscar, el American dream frente a las pesadillas o las autocríticas feroces, que para eso los estadounidenses son únicos. Sin embargo, este año parece que la gran favorita para los Óscar es Nomadland, que representa precisamente a ese millón de personas que viven como nómadas en Estados Unidos, viviendo con lo justo y vagando sin rumbo por el país.

Pero ya que has mencionado Rocky, te propongo concluir esta charla con esas grandes injusticias de los premios Óscar, y no me refiero a películas concretas, que suelen atender a momentos puntuales o modas, sino a esas grandes estrellas que nunca lograron una estatuilla pese a tener un carrerón inmenso a sus espaldas. Kirk Douglas y Cary Grant, por ejemplo, dos de mis favoritos de siempre. Que no lograran más que Óscar honoríficos al final de sus carreras y tras décadas y décadas de brillantes interpretaciones te demuestran que estos premios tienen más de marketing y venta de un producto que de reconocimiento de la calidad cinematográfica.

REGGIE- Cary Grant es una de esas grandes injusticias de los Óscar, tiene interpretaciones que han marcado la historia del cine, como por ejemplo en Arsénico por compasión y no nombro las de Hitchcock porque soy muy parcial con respecto a ese director. Chaplin, todo un símbolo del cine, Greta Garbo, Lauren Bacall… de los actores más contemporáneos tenemos, por ejemplo, a Bill Murray o a Glenn Close.

TRAVIS.- ¡No, Glenn Close, no, por favor! Aquí tienes a uno de los miembros fundadores de su club de haters. Aunque es muy posible que esta noche se lleve el primero de su carrera, eso parece al menos.

REGGIE.- La verdad es que los Óscar no son objetivos, están politizados y tienen sus propios intereses pero, a pesar de todo, todos los años nos siguen interesando y siguen haciendo que debatamos sobre lo merecidos que han sido ese año los premios o no, y siguen haciendo que el cine sea parte de nuestras conversaciones diarias, así que, justos o no, les tendremos que agradecer que siempre despierten estos divertidos debates. Gracias por el ratito, Travis.

TRAVIS.- Muchas gracias a ti, Reggie, un placer este café virtual. Yo no he visto muchas películas candidatas este año, pero voy a mojarme en las principales categorías en función de lo que he leído y de esa corrección política de la que hablábamos.

Mejor película: Nomadland. Parece la gran favorita en un año en el que los grandes (salvo Fincher y Nolan) no han estrenado. El American nightmare, que es lo que había que contar en este último año de Trump. Ganador: Nomadland.

Mejor director: mi favorito es David Fincher por esa maravilla visual que es Mank, pero por lo que leo, parece que ganará Chloé Zhao, la directora de Nomadland. Cumple además la «cuota» como mujer y por ser de origen chino. No lo digo porque no lo merezca, sino porque Hollywood quiere desprenderse de esas etiquetas de machismo y racismo que le han puesto en los últimos años y Zhao es perfecta para ello. Ganadora: Chloé Zhao.

Mejor actor principal: Chadwick Boseman. Un afroamericano en el año del Black Lives Matter, y un buen actor que ha tenido la desgracia de fallecer este último año. Al igual que ocurriera con Heath Ledger, la muerte ha «incrementado el valor» de su actuación. And the Óscar goes to… ¡Anthony Hopkins! Sorpresa.

Mejor actriz principal: Carey Mulligan. Aunque parece que la favorita es la cargante Frances McDormand y que cerca anda Viola Davis, ambas han ganado el premio con anterioridad, y en Hollywood suelen gustar las actrices inglesas, así que voto por ella, porque además parece una de las pocas posibilidades de que Una joven prometedora no se vaya de vacío. Pues ganó la «intensa» Frances McDormand. ¿Es una de las mejores actrices de la historia? No, ¿verdad? Pues ya tiene tres Óscar (tras Fargo y Tres anuncios en las afueras).

Mejor actor de reparto: Daniel Kaluuya, por Judas y el Mesías negro. No la he visto, pero este actor londinense de familia ugandesa se ha llevado este año todos los premios de actuación en su categoría. A mí me gustó mucho el papel de Sacha Baron Cohen en El juicio a los siete de Chicago, pero parece que no tiene posibilidades. Ganador: Daniel Kaluuya.

Mejor actriz de reparto: Olivia Colman, por El padre. He leído en algunos sitios que ganará Glenn Close, pero no puedo apostar por ella tras haberme declarado odiador profesional de la actriz, y en otros que ganará la coreana Youh You-Jung por Minari, que se ha llevado el Bafta y el premio del Sindicato de Actores. Apuesto por Olivia Colman porque sí, por la simpatía que le tengo tras ver The Crown. Ganadora: Youh You-Jong.

No mucho más, porque tengo poco cine visto en 2020 como para opinar sobre el resto. Ojalá el año que viene sea diferente y podamos volver a la magia de la sala oscura.

Propuestas para cambiar el Reglamento del fútbol (II)

19/04/2021

II. Diez propuestas by Barney

He basado mis propuestas en primer lugar en los aspectos que celebro en otros deportes que me gustan, como el baloncesto, el rugby o el balonmano y en segundo lugar, en el rechazo a todo lo que detesto del lodazal infecto de conductas antideportivas en que se ha convertido el fútbol. La inmensa mayoría de jugadores de tenis, baloncesto, atletas, o incluso los aguerridos jugadores de balonmano o rugby, son auténticos caballeros del deporte, mientras que el fútbol debe ser el único deporte en el que el Reglamento premia al tramposo, al que evita de manera intencionada el ataque del rival. Y no solo eso, sino que los medios lo priman: «el fútbol es de los vivos», «qué listo estuvo», «una falta táctica», «logró engañar al árbitro»,…

Así que vamos allá con diez propuestas para mejorar el espectáculo y la limpieza del fútbol:

  • 1. Tiempo cronometrado o parado, en lugar de tiempo corrido. Dos tiempos de treinta minutos. El tenis, los deportes de raqueta, o el voleibol, son deportes en los que no hay límite de tiempo, se pueden pasar horas jugando hasta que alcanzan un marcador determinado (3 sets, 25 puntos, 21 en el tenis de mesa). En el baloncesto, balonmano, fútbol sala y waterpolo se juega a reloj parado. El fútbol es ese caso extraño en el que se pierde tanto tiempo como el que se juega porque no se para nunca y el objetivo ni siquiera consiste en llegar a un marcador determinado. Lo que propongo no es ninguna novedad, la IFAB ya lo ha planteado en varias ocasiones, como en 2017. Hay cosas que los aficionados detestamos en el fútbol y que sorprendentemente tienen premio: el jugador que finge una lesión y se pasa dos minutos en el suelo hasta que se reanuda el juego, los saques de banda o córner del equipo que va en ventaja, el portero que tarda treinta segundos en sacar (el sábado lo hizo Courtois y me cabreó mucho, pese a que íbamos ganando), el ceremonial de los cambios en los que el sustituido se va a la parte más alejada del campo y regresa de manera parsimoniosa hacia el banquillo,… Es desesperante, nunca se descuenta el tiempo que se pierde, luego la norma favorece al infractor, ¡absurdo! La IFAB planteó partidos de sesenta minutos divididos en dos partes de treinta en los que se parara el cronómetro cada vez que había una interrupción. Lo único que yo añadiría es que la última posesión de cada parte se deje concluir, es decir, no se pita el final al llegar al minuto treinta o sesenta, sino cuando el juego se interrumpe. Como el fútbol es un deporte de pillos, el que va en ventaja podría hacer una falta para forzar el final, pero en ese caso no contaría: si quiere que el partido se acabe, tendrá que recuperar el balón y lanzarlo fuera.
  • 2. Cambios sin límite, pero sin parar el juego. La idea es la del balonmano, en cualquier momento. Ya se encargarán sustituto y sustituido de no perder tiempo. Las actuales plantillas tienen veinticinco futbolistas, profesionales bien pagados que se quedan sin jugar durante muchos partidos cada temporada, porque solo juegan once más los cinco cambios. Esta circunstancia, unida a los calendarios cada vez más cargados, convierte a los suplentes en un recurso de lujo que se queda sin utilizar por los clubes. Millones de euros ociosos que además generan tensiones en los vestuarios, apatía en los menos profesionales por ver que apenas cuentan en las rotaciones, incremento de lesiones en los habituales, partidos en los que el cansancio acaba pesando más que el propio talento,… El campo de fútbol es mucho más grande que uno de balonmano, así que se podría poner un banquillo de suplentes en cada banda, con siete integrantes de cada equipo por banquillo. Siete en banda derecha, siete en banda izquierda, once jugando y la plantilla entera sabiendo que puede saltar al campo en cualquier momento en función de las circunstancias y el marcador. Como el tiempo sería cronometrado, no habría pérdida alguna de tiempo, los esfuerzos serían más intensos, aumentaría la velocidad del juego, habría muchas más alternativas para los entrenadores y los partidos no se resolverían por la fatiga de los titulares. La única pega que le veo a esta propuesta es que serían más evidentes las diferencias entre los equipos grandes y los pequeños, porque podrían fichar a jugadores de banquillo que en el resto de equipos contarían con muchos más minutos. Pero eso ya ocurre en la actualidad.
  • 3. Aumentar el tamaño de las porterías. Esta propuesta se la escuché hace años a Don Alfredo Di Stéfano, que de esto sabía un poco. El tamaño reglamentario actual es de 7,32 metros de ancho por 2,44 metros de altura. Con porteros del tamaño de Courtois, Oblak, Neuer, Allison Becker y tantos otros, por encima del 1,90 m. de altura, más la agilidad y potencia que han adquirido en los tiempos recientes, se hace cada vez más difícil meter un gol desde larga distancia. Qué pocas veces vemos ya esos pepinazos desde lejos que se colaban como misiles por las escuadras o las cepas de los postes. El tamaño de estos porteros y su calidad son un factor más para intentar entrar con el balón hasta el fondo, con lo cual se potencian más las defensas cerradas. Es curioso que en el fútbol evolucionen algunas cosas y otras apenas nada, pues las primeras porterías de fútbol tenían unas medidas muy similares a las actuales: 8 yardas de ancho por 8 pies de altura. O lo que es lo mismo, 7,30 metros por 2,34 de altura. En 1996 Josep Blatter, entonces presidente de la FIFA, propuso aumentar el tamaño de las porterías: unos 50 cm. de ancho y 25 cm. de altura, aproximadamente dos balones de anchura y uno de altura. La propuesta fue rechazada de modo unánime, aunque yo creo que habría que rescatarla del cajón e ir más allá: 2-3 metros de ancho y 30-40 cm. de altura. Si uno ve un partido actual, porteros como Oblak o Courtois llegan al larguero con la cabeza y son capaces de alcanzar el poste desde el centro de la portería sin apenas dar un paso. Los porteros actuales son atletas más largos que un partido de la selección española, luego hay que dificultar su trabajo si queremos potenciar el fútbol ofensivo, los tiros de media y larga distancia. En definitiva, los goles.
  • 4. Áreas más pequeñas: hay dos jugadores sobre el campo con una ventaja muy superior sobre los otros veinte, pues pueden usar las manos, ¿de verdad es necesario que puedan ejercer su superioridad en una zona de 665 metros cuadrados? Es demasiada ventaja y aunque se les ha dificultado mucho el uso de las manos en los últimos tiempos cuando el balón viene de un compañero, no estaría de más reducir el área en el que pueden aprovecharse de su ventaja, salir hasta 18 metros para dificultar al atacante su jugada o desplazarse lateralmente 16 metros hacia cada lado para abortar jugadas de peligro. Enlazo esta norma con la siguiente.
  • 5. Dejar el fuera de juego solo para las áreas, trazando una horizontal hasta las bandas, o delimitar una zona cercana al área, como se hace en el fútbol 7. Marco Van Basten proponía suprimirlo por completo, pero creo que sería contraproducente porque podría convertir el fútbol en una acumulación de futbolistas en el área pequeña y balones a la olla, y eso es todavía más feo que el «balonmanismo» del fútbol actual. Al área hay que llegar tocando, combinando, lanzando balones en profundidad, con penetraciones y suprimir totalmente el fuera de juego llevaría a acumular futbolistas en el área, palomeros, chupagoles y todas esas figuras del fútbol de barrio que desvirtuarían el espectáculo. Respecto a las polémicas de los fueras de juego por centímetros, que si el hombro, la rodilla o la punta de la bota, yo propondría que el jugador solo ha entrado en área de fuera de juego cuando ha pisado esa zona, igual que en el baloncesto un jugador no está fuera si ha saltado desde dentro del campo para salvar una bola. Un jugador podría estar en carrera en el momento en que se le lanza el pase, pero si no ha pisado el área de fuera de juego en el momento en que el balón sale de su compañero no estaría en posición irregular. Se reducirían esas perpendiculares absurdas que a veces salen del antebrazo y otras de la clavícula porque la posición la marcarían los pies apoyados sobre el suelo. Y con esta propuesta mantendríamos a los jugadores fuera de las áreas, pero «agrandaríamos» el campo. Hace años se jugó un Barcelona-Real Madrid con esta regla, en un amistoso organizado por Canal Plus bajo el nombre de «El Gran Desafío». Solo hubo un fuera de juego en todo el partido (Villarroya, quién si no) y para el espectador el partido fue entretenido, con más llegadas, aunque algunos jugadores se quejaron de que el campo era «más largo». Justo lo que no ocurre ahora: defensas que adelantan las líneas, campos que se acortan y limitan. Con la forma física de los futbolistas actuales, se puede plantear cualquier opción, la de Wenger, la de Van Basten o la del fútbol 7, que siempre serán mejores que la actual. En cuanto a la manipulación de las imágenes para determinar si es posición correcta o no, seguirá existiendo la polémica, como ayer con el gol anulado de manera incorrecta a Mariano, pero se reducirán las posibilidades. Sobre este asunto y el principio de incertidumbre de Heisenberg vs principio de certidumbre del VAR, dejo aquí mi último artículo para La Galerna.

6. Expulsiones temporales a los jugadores. Los diez minutos del rugby quizás sean excesivos, mientras que los veinte segundos del waterpolo se me antojan cortos. Como los partidos se disputarían a tiempo parado, tendría que ser una expulsión temporal de 5-8 minutos. Los motivos para una expulsión temporal serían amplios, como por ejemplo:

* Entrada fuerte y desproporcionada sobre un rival.

* “Falta táctica” para evitar un contraataque.

* Las faltas a un jugador en posición clara de gol dentro de la zona delimitada para el fuera de juego serán sancionadas con penalti y expulsión temporal del infractor.

* El típico pique o calentón entre jugadores.

* Una cosa que me desespera del fútbol es desplazar el balón cuando se ha señalado una falta. Yo aplicaría la norma del balonmano: expulsión temporal si no dejas el balón inmediatamente en el sitio y sales huyendo de allí como si fuera una granada a la que le han quitado la anilla.

* Cortar el balón con la mano de manera intencionada.

* Cualquier protesta al árbitro, por nimia que sea, puesto que al colegiado hay que respetarlo como hacen los maromos del rugby. Incluso a HH y BB.

* Pedir al árbitro que saque tarjeta al rival. Es uno de los gestos que trajeron las modas recientes y que me parece más detestable, de mal compañero.

Un jugador con dos expulsiones temporales no podrá volver al campo, pero sí podrá ser sustituido.

7. Limitación de faltas por cada jugador, como en el baloncesto. Cuatro, cinco como máximo. Sí, puede que en ocasiones se piten faltas que en realidad son roces, pero es igual que en el baloncesto, el jugador que tiene cuatro sabe que tiene que ser menos agresivo en defensa, y si se trata de favorecer el juego de ataque, empecemos por debilitar las defensas agresivas al límite del Reglamento. El jugador que alcance el número de faltas podrá ser sustituido por otro compañero, pero no dejará a su equipo en inferioridad numérica.

La tarjeta roja seguirá existiendo para agresiones a un rival, insultos al árbitro o entradas con el uso excesivo de la fuerza sin intención de jugar el balón, o con ánimo de lesionar al contrario. Y una norma que puede no gustar: roja al jugador del banquillo que salte al campo a protestar, a una tangana, o a algo distinto que jugar al fútbol. Directo al túnel de vestuarios, acabemos de una vez con los shows de los tipos de los banquillos.

8. La mano en el área es penalti siempre que el brazo esté despegado del cuerpo y desvíe la trayectoria del balón, da igual la intencionalidad, si está apoyada en el suelo o no, si viene de rebote, si es una posición natural, si “agranda el espacio ocupado por el defensa”, si tiene influencia en la jugada,… da lo mismo. Mano despegada del cuerpo: penalti. Dejémonos de las surrealistas interpretaciones de Andújar, Iturralde, Fouto y demás palmeros.

9. Cambios en las eliminatorias de los campeonatos: yo me cargaba la fórmula del valor doble de los goles en campo contrario. Debería pasar el que más goles meta en el global de las eliminatorias, es lo más justo. Esta regla hace que el equipo local, el que debería jugar al ataque para obtener la máxima ventaja, suele jugar con bastantes precauciones, sin descuidar la defensa porque un gol en contra puede ser letal. En caso de empate, jugaría una prórroga de diez minutos de tiempo cronometrado con un jugador menos para que haya más huecos y no puedan encerrarse o atrincherarse en sus áreas. Ya sé que los jugadores deberían estar fundidos, pero con la norma de los cambios, pueden aguantar perfectamente. Si tras los diez minutos de prórroga persiste el empate, se juegan otros diez minutos con otro jugador menos. Si aun así persiste el empate, no me convence la opción de los penaltis «shootouts» que proponía Marco Van Basten, y mantendría los tradicionales, pero con el orden de lanzamiento ABBA, como ya se ha probado en algunos campeonatos en categorías inferiores, o como hace el tenis con el cambio de saque en los tie-break para ir alternando las ventajas. Como han demostrado algunos estudios, en el sesenta por ciento de las tandas de penaltis gana el equipo que lanza primero, dato que parecía desconocer el Cholo Simeone en Milán cuando eligió tirar en último lugar. Con el sistema ABBA, la presión o la tranquilidad van cambiando de bando.

Y 10. Un calendario más racional: hay que reducir partidos intrascendentes, como los que acaban de jugar las selecciones nacionales en mitad de la fase clave de los campeonatos de clubes. No soy un enemigo del fútbol de selecciones, pero no es de recibo que Lewandowski no haya jugado con el Bayern de Múnich en cuartos de final ante el PSG, o que Ramos recayera de su lesión con España, que Modric juegue tres partidos en una semana, o que Luis Suárez y Torreira pillen el Covid con su selección cuando su club, que es el que les paga, aplica estrictos protocolos para evitar esos contagios. La Liga española no da para veinte equipos, hay que reducirlo a dieciséis, como mucho, y hay que promover enfrentamientos entre los mejores clubes de Europa todas las semanas, no de manera excepcional. La Euroliga de baloncesto ofrece un calendario extenuante para jugadores, pero gozoso para los aficionados. Treinta y cuatro partidos de fase regular, y las selecciones quedan relegadas solo para las grandes fases finales, no para partidos irrelevantes. Si la UEFA y la FIFA se quieren llevar gratis by the face a los jugadores de los clubes, que les pagan y muy bien, deberían suscribir unos enormes seguros que costeen las fichas de los futbolistas por el tiempo que estos estén parados tras una lesión con su respectiva selección. El hartazgo de los grandes clubes con estos organismos son los que han llevado a la creación de la Superliga por parte de doce grandes clubes europeos, más los que están por sumarse a la propuesta, que sospecho que serán muchos.

Las normas que he incluido son meras propuestas, algunas más estrafalarias que otras, varias de ellas ya han estado sobre la mesa, y en cualquier caso, son simples elucubraciones de un aficionado que ve que el deporte que le gusta no evoluciona. Estoy abierto al debate, sugerencias, críticas…

Como todos los lectores asiduos de este blog sabéis, si queréis colaborar por una buena causa a través de una ONG contrastada, es posible hacerlo mediante microdonaciones en este enlace: Ayuda en Acción/colabora

Propuestas para cambiar el Reglamento del fútbol (I)

BARNEY, 17/04/2021

I. El contexto

Son entrañables. No suelen defraudar. Cuando algo no les gusta, cuando el resultado no es el que esperaban, la culpa es del Reglamento. Del oficial, no del suyo. Me refiero, cómo no, a los seguidores del Barça y a sus altavoces mediáticos. PERO esta vez voy a darles la razón en parte. El sábado pasado, tras la victoria del Real Madrid frente al eterno rival por dos goles a uno en Valdebebas, los seguidores culés se quejaron de dos cosas: un penalti de chiste de Mendy sobre Braithwaite y el poco descuento que concedió Gil Manzano, apenas cuatro minutos. Ambas protestas fueron amplificadas por los de siempre, el entrenador Ronald Koeman y el voceras mayor del universo, Gerard Piqué.

Al día siguiente, Gol TV, la cadena de Jaume Roures, último avalista del Barça, publicó un mensaje indicando el tiempo perdido, 9 minutos, 50 segundos, y por lo visto (no puedo contrastarlo, porque no veo TeleRoures), en El Golazo le dedicaron parte del programa al tiempo que se perdió durante el encuentro. Sus medios afines, que son casi todos, difundieron por doquier la noticia:

Dejando a un lado que incluyen los más de tres minutos que se pasaron rajando al árbitro (son únicos en esto) y la avería del pinganillo del colegiado, lo cierto es que tienen razón: el descuento fue corto. Podía haber durado un par de minutos más perfectamente. Pero eso es lo que no puede ser, que una decisión tan importante como esa, en un partido de la trascendencia de un Madrid-Barça dependa del criterio subjetivo de un árbitro y no de un Reglamento claro. Todos tenemos nuestros descuentos (o no-descuentos) fatídicos clavados en el alma y la sensación de injusticia que te queda, que es distinta a la de un penalti o un error de apreciación. Lo prolongo o no según me apetezca, y que pase lo que tenga que pasar.

Han cambiado muchas cosas en el mundo del fútbol de unos años a esta parte y el Reglamento apenas lo ha hecho. Muy poco, tan poco que creo que la FIFA puede competir en inmovilismo con la propia Iglesia. En 2016, la IFAB (International Football Association Board) publicó varias novedades que la FIFA trató de vender como la mayor revolución del Reglamento en décadas, pero en realidad lo más destacable fue la incorporación del VAR, cambiar la norma llamada del «triple castigo»(expulsión tras un penalti en ocasión manifiesta de gol) y permitir el saque de centro hacia atrás. No mucho más. En 2019, modificaron la regla del saque de puerta, para el que ya no sería necesario que el balón saliera del área, y a lo largo de estos últimos años han cambiado la norma de la mano considerada como infracción o penalti, hasta el punto de que ahora mismo nadie sabe cuándo una mano es penalti y cuándo no.

Se ha llegado a un punto absurdo en el que parece que cada semana se reinterpreta la norma, voluntaria/involuntaria, separada del cuerpo o no, que ocupa espacio o no, posición natural, influencia,… aunque creo que eso no es culpa del Reglamento, sino de los opinadores, que hacen auténticos ejercicios de trilerismo para justificar lo injustificable:

La polémica va a seguir existiendo siempre, es consustancial al propio fútbol, pero lo que no puede hacer este deporte es convertirse en algo anodino, que es en lo que por desgracia a veces se está convirtiendo. Resulta paradójico que haya mejorado todo, la técnica de los jugadores, la preparación física, la velocidad, el estado del terreno de juego, la calidad de las retransmisiones… y que todo eso haya redundado en partidos más planos, con menos ocasiones, menos goles, sin apenas alternativas o remontadas épicas. Con mucha menos emoción. Hace un par de semanas se jugó la final de Copa del Rey entre el Athletic de Bilbao y la Real Sociedad, con victoria de estos últimos por un gol a cero. Vi el último cuarto de hora, en el que los bilbaínos deberían haberse volcado sobre la portería donostiarra y fue soporífero: su única preocupación era no perder el balón. Solo tiraron una vez a puerta y apenas colgaron balones al área, ni siquiera a la desesperada. Fue decepcionante.

O los partidos de clasificación de España, con posesiones del ochenta por ciento y dos remates a portería, ¿es este el fútbol que queremos?

El fútbol que me gustaba se muere, como dije en su día. La mayoría de deportes ha sabido evolucionar a medida que incorporaba ventajas técnicas o físicas. En baloncesto ampliaron las zonas para sacar de ellas a los jugadores grandes, crearon la zona de tres puntos para primar a los tiradores o ampliaron el perímetro cuando comprobaron que la ventaja era excesiva, redujeron las posesiones de 30 a 24 segundos, etc. La evolución es constante y creo que el fútbol puede acabar perder mucho interés si no ofrece alternativas que mejoren el espectáculo.

La FIFA nombró Director de desarrollo técnico al exjugador holandés Marco Van Basten en 2016, y aunque he leído ya varios artículos de sus propuestas, lo cierto es que no ha encontrado todavía el suficiente apoyo para sacarlas adelante. Coincido con él en esa búsqueda de nuevas reglas que hagan más atractivo este deporte, sobre todo ahora que ya sí puede decirse que ha llegado a rincones en los que era minoritario, como China o Estados Unidos. Marco Van Basten planteó lo siguiente:

  • 1. Penaltis shootouts en lugar de prórrogas o la tradicional tanda de penaltis. El jugador arranca a veinticinco metros de la portería y tiene que driblar al portero o chutar antes de llegar al punto de penalti. Todo ello en menos de ocho segundos. En algunos casos, se ha probado con la limitación de tres toques para el delantero. «Es más talento y menos fortuna. Más espectacular para los aficionados e interesante para los jugadores».
  • 2. Acabar con el fuera de juego. Bien, Marco, por fin alguien lo pone encima de la mesa: «el fútbol se parece cada vez más al balonmano con nueve o diez defensas delante de la portería. Es difícil marcar y crear algo en tan poco espacio». Se parece al balonmano, o al waterpolo, o al fútbol sala: delanteros pasándose el balón de un lado a otro hasta que aparece un hueco, si aparece. El francés Arsene Wenger, entrenador durante muchos años del Arsenal, propuso por su parte un cambio en la regla del fuera de juego, consistente en que no se considere fuera de juego la posición adelantada de un delantero, siempre y cuando una parte de su cuerpo con la que puede anotar gol esté en línea con el defensa. El propio presidente de la FIFA, Gianni Infantino, afirmó que «queremos que el fútbol sea cada día más ofensivo». En un estudio realizado en Inglaterra se concluyó que con la norma Wenger los fueras de juego se reducirían en un cincuenta por ciento. Se evitaría la polémica de anular goles por uno o dos centímetros, como ha ocurrido en ocasiones, cuando ni siquiera es posible determinar la posición exacta del delantero en relación con el momento justo de la salida del balón de la bota de su compañero, pero no sé si se eliminaría la controversia por las líneas mal tiradas que tenemos siempre en España.
  • 3. La tarjeta naranja. Lo que plantea el holandés es una expulsión temporal, como en el balonmano o en el waterpolo. Totalmente de acuerdo. La mayoría de las ocasiones se favorece al infractor, al defensa que corta bruscamente un contraataque, o al que directamente busca hacer daño a un rival. Otra alternativa que pone encima de la mesa es limitar el número de faltas por jugador.
  • 4. Jugar a tiempo parado para evitar pérdidas de tiempo. En este punto, que es en el que he empezado, no puedo estar más de acuerdo. Es absurdo, surrealista, me atrevería a decir que estúpido, otorgar al árbitro el poder que tiene ahora para alargar, acortar o permitir las pérdidas de tiempo. El balón está en juego apenas un sesenta por ciento del tiempo total de juego en las ligas europeas en las que menos tiempo se pierde, las del norte de Europa. En España la cifra alcanza un ridículo 53 por ciento, por eso resulta tan desesperante todo el tiempo que se pierde en hacer los cambios, sacar una falta, un saque de portería, las protestas… Hay que acabar con este sinsentido.
  • 5. Ampliar los cambios. Cuando Van Basten propuso esta medida solo estaban permitidos tres cambios. Tras el parón de la pandemia se aprobó de manera transitoria la ampliación a cinco cambios en tres ventanas por equipo, que parece que va a quedarse por un tiempo.

Yo creo que las propuestas de Van Basten son interesantes, pero han pasado cinco años y no ha cambiado nada. Las polémicas continúan, el VAR no ha evitado errores porque en muchas ocasiones no son errores, sino interpretaciones, y el juego cada día tiene menos ocasiones de gol. Lo cual es una pena cuando ves que los jugadores, todos, incluidos ya los porteros, tienen un buen dominio del balón con ambas piernas, una técnica depurada y unas facultades físicas muy superiores a las que tenían apenas dos décadas atrás. O lo cambiamos, o empezamos a primar una especie de combate a los puntos en lo que lo importante sea otra cosa, y no los goles:

Continuamos en II. Diez propuestas by Barney.