El gran despilfarro

JOSEAN, 01/05/2021

A mediados de los ochenta, el actor y humorista estadounidense Richard Pryor protagonizó una comedia con el mismo título de este post (Brewster’s millions en el original), cuyo argumento, en principio de lo más simple, terminaba convirtiéndose en algo estresante cercano a la pesadilla: para cobrar una herencia millonaria, el personaje tenía que gastar 30 millones de dólares en un mes, pero sin comprar nada, solo contratando proyectos o servicios inútiles que no le dieran ningún rédito pasado ese plazo. Para ello abre una oficina a la que empiezan a llegar pirados ofreciéndole proyectos inverosímiles como poner un motor a un iceberg y traerlo de no-sé-dónde o inicia una campaña electoral invirtiendo un pastón en carteles y merchandising, pero con eslóganes que incitan al voto por cualquier otro rival.

Estas semanas me he acordado tristemente del argumento de esta película y ha sido viendo las explicaciones del gobierno con la preparación (y las múltiples presentaciones) del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia. Desde que la Unión Europea aprobó dicho plan de recuperación (en mayo del año pasado, no olvidemos que ha transcurrido casi un año) hemos oído hablar de muchos proyectos sobre los que se ha concretado poco, salvo que debían llevar las palabras sostenible, inclusivo y digital. La idea de que va a caer un maná del cielo de Bruselas se ha difundido por los dos partidos de gobierno, especialmente por parte del socio del PSOE, Unidas Podemos. Todavía no había llegado un euro y ya estaban hablando de la no devolución de los mismos o discutiendo su condicionalidad a la necesidad de hacer reformas. Estoy seguro de que su celebración de la supresión temporal del techo de gasto y los objetivos de estabilidad presupuestaria heló la sangre a muchos en Europa.

El caso es que la llegada de esos fondos europeos resulta más necesaria que nunca y constituye una oportunidad de oro para reformar antiguas estructuras de nuestro país que han quedado obsoletas: económicas, industriales, administraciones públicas, en materia de medio ambiente… La duda radica en saber si los actuales dirigentes (y no hablo solo del gobierno central, sino también de las comunidades autónomas) cuentan con la capacidad suficiente para hacerlo, y sospecho que esa misma duda la comparten numerosos dirigentes europeos.

Los Presupuestos Generales del Estado se diseñaron contando con 26.634 millones de euros de adelanto de los fondos europeos y pese a que los mismos no van a llegar hasta 2022, se presupuestó un incremento de gasto en todas las partidas y para todos los ministerios. La falta de rigor en el control de los fondos públicos, unido a las demandas de todos los socios del gobierno en la aprobación de los presupuestos, va a suponer un incremento del déficit público hasta niveles nunca vistos en nuestro país, y eso que partimos del más alto de toda Europa. Y el déficit sostenido se transforma en deuda pública, y esa deuda en un lastre para el futuro. La «next generation» se va a cagar en todos los que intervinieron en la gestión de los fondos Next Generation, no tengo ninguna duda.

Ni siquiera cabe el consuelo de pensar que de los 140.000 millones que teóricamente deben llegar a España en los próximos ejercicios, 72.700 son ayudas directas y 67.300 corresponden a préstamos que, de momento, no se van a solicitar. Si algo han demostrado los políticos de nuestro país es que una vez que crean un cargo público, sea comisión, secretaría, grupo de expertos, consejo o empresa, no desaparece. Los seres vivos públicos nacen, crecen, no desarrollan nada, procrean y nunca mueren. Y no me refiero a médicos, profesores, fuerzas y cuerpos de seguridad, funcionarios de carrera, trabajadores sociales, etc., no. Me refiero al ingente e infinito crecimiento de afines a los partidos que se crean para vivir de lo público.

El actual Consejo de Ministros (¡y Ministras!) consta de 23 miembros (¡y miemb…!, no, eso no), incluyendo al presidente y las cuatro vicepresidencias creadas. Son seis ministerios más que en el primer gobierno de Pedro Sánchez, en 2018. En ese primer gobierno había 25 secretarías de Estado, que tres años después ascienden a 30. Evidentemente, las razones que motivaron dichos incrementos no fueron de eficiencia o mejora de gestión de lo público, sino para hacer hueco al nuevo socio de gobierno. Para los que nos escandalizamos con este despelote, resulta recomendable este gráfico de la evolución del número de vicepresidencias y ministerios en las últimas cuatro décadas: hemos vuelto a los niveles de mayo de 1980.

Luego está la cifra de asesores que pueden contratar en esos ministerios, nombramientos de libre designación, normalmente de fuera de la administración pública, que son designados a dedo sin tener que justificar un mínimo currículum o preparación. Este artículo de Voz Pópuli hablaba de 1.212 asesores con un coste anual de 65,4 millones de euros, un fuerte incremento en comparación con las cifras (también estratosféricas) de 860 asesores y 44,8 millones de euros anuales del último gobierno de Mariano Rajoy. No he podido validar el origen de estas cifras que me parecerían escandalosas si fueran ciertas, pero me resultan igualmente escandalosas las determinadas por la web Newtral.es, elaboradas tras realizar solicitudes de información a los diferentes ministerios a través del Portal de Transparencia. Este análisis concluye que el gobierno de coalición tuvo en nómina al menos a 224 asesores, y dice «al menos» porque el ministerio de Interior (Grande Marlaska) y el gabinete de Presidencia no contestaron a los requerimientos. 224 asesores de libre designación de los que no podemos saber el salario ni la trayectoria profesional porque así se decidió en la propia Ley de Transparencia, a la que ya le dediqué su correspondiente crítica por cagadas como esta (Ni transparencia, ni buen gobierno).

El sueldo base de un asesor ascendía a 51.945 euros en 2020 y el de un consejero técnico de información, de 45.638 euros, a los que hay que sumar los complementos específicos de 28.320 euros por «asesorar» en una vicepresidencia y de 21.299 euros si es en un ministerio. Y no acaba ahí la cosa, sino que además tienen unos complementos de productividad que son variables: «varían» en función de lo que al que les ha colocado le parezca bien. Todo ello me parece un despelote infinito, como puede comprobar cualquiera con sus propios ojos echando un vistazo al Real Decreto 139/2020, de 28 de enero, por el que se establece la estructura orgánica básica de los departamentos ministeriales. Dejo solo un artículo para el que quiera hacer sumas:

Del análisis de Newtral llaman la atención muchas cosas, como el hecho de que el ministerio que designó a mayor número de asesores durante el primer año de gobierno fue el de la Vicepresidencia de Derechos Sociales y Agenda 2030 ¡con 18! asesores afines designados a dedo por Pablo Iglesias. Prácticamente el triple que Sanidad, Trabajo o Educación, para que se entienda bien cuáles son las prioridades de ese ex vicepresidente que solo hablaba de la importancia de la sanidad, el trabajo y la educación.

España tiene muchos problemas, pero el de la ineficiencia de las costosísimas administraciones públicas es uno de los más gordos y de más difícil resolución, puesto que quienes tendrían que resolverlo son los que lo han originado. Pero no termina en el gobierno central, ni mucho menos. Este martes 4 de mayo tenemos elecciones a la presidencia de la Comunidad de Madrid y uno ve con asombro que el número de diputados autonómicos sube de 132 a 136. ¿136 diputados en la Asamblea de Madrid? ¿Para qué? La Generalitat de Cataluña tiene otros 135 diputados en el Parlament y todavía no han sido capaces de formar gobierno después de más de dos meses. En la Asamblea de Murcia, donde se originaron estos últimos movimientos de silla por controlar el poder, hay 45 diputados y en Andalucía, otros 109. Suma y sigue, y si todo ello redundara en beneficio del ciudadano, no lo discutiríamos, el problema estalla cuando vemos la torpeza de casi todos ellos para gestionar una crisis como la generada por la pandemia o para crear estabilidad económica o desarrollo para sus respectivas regiones.

(En el interior te hablan de la preocupación por el medio ambiente. Ya…)

Siempre que leo estas cifras me acuerdo de la teoría de las élites extractivas que los norteamericanos Daron Acemoglu y James Robinson desarrollaron en su libro ¿Por qué fracasan los países?: las élites extractivas “tienen como objetivo extraer rentas y riqueza de un subconjunto de la sociedad para beneficiar a un subconjunto distinto”. Es una aberración que desde el año 2000 hayan crecido las transferencias de competencias a las comunidades autónomas y que hayan aumentado paralelamente los cargos autonómicos y los asesores de los gobiernos centrales. Esta misma semana escuché en la radio un dato escalofriante: desde marzo de 2020 se ha creado un puesto público por cada cuatro empleos que se han destruido en el sector privado. Si los datos son ciertos, el sector público ha aumentado en 149.400 asalariados en los últimos doce meses, mientras que las empresas han destruido 605.400 empleos. Es insostenible.

El economista y profesor de la universidad de Barcelona José María Gay de Liébana publicó esta semana un artículo que leí con interés, pese a que su título cabreaba por la mera posibilidad de que nos lo planteáramos en serio: ¿Y si nos intervinieran? El profesor elabora unos cálculos de la deuda pública española, añadiendo al 120% oficial ya conocido el montante global de pasivos en circulación de todas las administraciones y la deuda de las empresas públicas, y sitúa la cifra en la acongojante cantidad de «2.028.737 millones, el 180,8% del PIB«. Concluye el profesor diciendo que «durante estos años recientes se ha demostrado la manifiesta incapacidad de nuestros gobernantes y la clase política para sacar adelante a España. Quizás es la hora en que necesitamos que vengan desde fuera y nos pongan firmes para así poder desarrollar todo nuestro potencial económico«. Yo no puedo estar de acuerdo con la intervención externa, pero sí con el control exhaustivo de todas nuestras finanzas, justo lo contrario de lo que están demandando Sánchez, Iglesias y Montero desde que llegaron al gobierno. Y más control ahora que van a llegar millones desde Europa y se ha fomentado un cambio legislativo para relajar dichas medidas de control.

La Unión Europea lleva años reclamando tres reformas fundamentales a nuestros gobiernos: laboral, fiscal y del sistema de pensiones. La del sistema de pensiones no se ha comenzado porque crea unos conflictos que ningún gobierno quiere afrontar. Las modificaciones en la legislación laboral van en línea contraria a lo demandado por Europa, y la fiscal se ha centrado única y exclusivamente en incrementar la carga fiscal a las empresas y a lo que llaman «las grandes fortunas», que en la mayoría de las medidas son «las medias fortunas», la clase media. Cuando uno no es capaz de controlar su gasto público, ¿qué es lo que hace?: plantear que hay que subir los impuestos. La recaudación fiscal cubría hasta hace dos años el 93 por ciento del gasto público. Ahora apenas alcanza el 75 por ciento, y este es un dato más que preocupante.

Concluyo donde comencé, con la oficina de Richard Pryor recibiendo proyectos y unas costosas campañas electorales. Espero que no se cuelen proyectos para amigos como el del machismo de la M-30. ¿Cómo se va a articular el dineral proveniente de Europa? Pues a través de lo que el Real Decreto recoge como seis pilares, cuatro ejes y diez políticas palanca:

Y si concretamos un poco más, estas políticas se desarrollarán a través de treinta líneas de acción (algo inconcretas, por cierto):

Si esto fuera el Un, Dos, Tres, al llegar al número 6 ya habrían saltado las Tacañonas para decir que habían repetido una respuesta.

El punto 29 es la mejora de la eficacia del gasto público, que espero que no consista en crear un nuevo comité de asesores y subdirectores para decir cómo hay que ahorrar. Y por cierto, todo muy resiliente, digital e inclusivo. Esperemos que la inclusividad no consista en pagar a «especialistas» o «especiedelistos» para hacer contribuciones como esta:

Poco nos pasa.

Aquellos Óscar que detestamos

REGGIE & TRAVIS, 25/04/2021

Este domingo se celebra la ceremonia de los Óscar más extraña de toda su historia, repartida entre el Dolby Theatre y la Union Station de Los Ángeles. Gracias a que en 2020 la entrega se realizó en febrero, pudimos ver un escenario pre-pandemia con el auditorio rebosante de estrellas, abrazos y besos, caras maquilladas y libres de mascarillas,… Qué lejos quedan aquellos tiempos.

Se entregan hoy los Óscar correspondientes al año 2020, posiblemente el año en el que menos veces he ido a una sala de cine, así que no podré opinar mucho sobre las películas seleccionadas. Apenas he visto Mank, Tenet, El juicio a los 7 de Chicago y Noticias del nuevo mundo, así que se me ha ocurrido con mi amiga y compañera de críticas cinematográficas Reggie pegarle un repaso a películas que obtuvieron un Óscar en otras ediciones y que a alguno de nosotros no nos gustó nada. Y a la inversa, uno de los dos tendrá que defender alguna película vilipendiada por buena parte de la crítica o los aficionados.

REGGIE – Hola, Travis. Vaya año desastroso para el cine. Si te soy sincera, creo que desde marzo del año pasado no he pisado una sala de cine, ¡y yo antes iba todas las semanas! Pero bueno, vamos a lo que nos compete hoy que es despellejar algún título que se llevase algún premio Óscar en su momento y que a nosotros no nos guste nada.

La primera en mi lista es Shakespeare in love (1998) que se llevó siete de las trece (¡trece!!) nominaciones que tenía. Cuando pienso en que una película se lleve tantas nominaciones y tantos premios pienso que aporta algo nuevo o diferente a la industria. ¿Ha revolucionado de alguna manera o ha dejado un estilo diferente Shakespeare in love en la historia del cine? A mi parecer no. Años después me sigue pareciendo lo que al principio: una producción cuidada, una buena recreación histórica (tampoco le vamos a quitar sus méritos), pero una película con falta de sustancia y con unos actores protagonistas que no convencen: Gwyneth es sosita como ella sola y Fiennes parece que sólo tiene “cara deslumbrada” en su baraja de expresiones faciales: deslumbrado enfadado, deslumbrado concentrado, deslumbrado pensativo… pero siempre deslumbrado. Y lo siento, pero la historia me parece aburridísima. También es verdad que el género romántico me aburre por norma general.

TRAVIS.- Y a mí, es un género que me suele provocar ganas de coger un buen libro, pero me reconcilio con el mismo cuando el pastelón no acaba bien. Y Shakespeare in love no tiene final feliz, así que voy a defenderla un poco, aunque me cueste. Son trece nominaciones y siete Óscar porque tiene un reparto tremendo. Me hablas de Gwyneth Paltrow y Joseph Fiennes, pero por ahí andan también Judi Dench, Colin Firth y Geoffrey Rush, actores todos con Óscar, más Imelda Staunton y Ben Affleck con su habitual boca abierta. Se llevó varios Óscar por el reparto, más los normales por el diseño de vestuario y la dirección artística. Ahora bien, me parece uno de esos errores históricos que se llevara los Óscar al mejor guion y a la mejor película, ¡estando Salvar al soldado Ryan o El show de Truman

Y ya que estábamos con el género romántico, un año antes arrasó Titanic, ¡once Óscar, ni más, ni menos! Los mismos que Ben-Hur. Sé que la gente suele ponerla a caldo, pero al margen de la historia maniquea de pobres felices y ricos deprimidos, la película tiene momentos de lo más entretenido, aparte de una recreación del hundimiento espectacular, porque cuando Cameron hace algo a lo grande, lo hace muy bien. Y otra cosa más: cumple mi premisa de ser una peli romántica salvable porque no hay final feliz. Aunque creo que el egoísmo de Rose era el único final posible.

REGGIE.- La verdad es que las múltiples nominaciones y premios de Titanic me enervan muchísimo menos que los de Shakespeare in love. Ya sólo los modelos a escala que se hicieron, el set que se podía inclinar en el agua… todo eso me parece un hito. Por otra parte, la banda sonora es preciosa, después de tantos años se ha quedado un poco manida, pero a mí Celine Dion sigue poniéndome el vello de punta.

¿Sabes con qué película me pasa lo que a ti de que la medio salvo porque no hay final feliz? Con La la land (2016) que también fue súper premiada, aunque, a pesar de la confusión inicial no se llevara el Óscar a la mejor película. Fue una película de la que todo el mundo hablaba, que todo el mundo la alababa y que cuando yo fui a verla me gustó pero salí pensando que menos mal que terminaban los protagonistas cada uno por su lado porque si no hubiera sido un pastelón insoportable. Lo que más me gustó de la película fue la primera escena que es un plano secuencia que te centra completamente en el ritmo de la película pero para mí ese ritmo se volvió demasiado lento en la mitad y hacia el final de la película y se me hizo larga.

TRAVIS.- La la land empieza genial con esa escena y tiene una parte hacia la mitad tirando a aburrida, pero el final me pareció grandioso, esa especie de “What if…?” que deja caer con Ryan Gosling al piano. Pero ese año los votantes de la Academia sí fueron menos conservadores de lo habitual y en lugar de darle el Óscar a La la land, que era lo previsible y la había visto todo el mundo (más de 400 millones de dólares de recaudación), se lo dieron a Moonlight, que no la había visto nadie. Reconozco que yo tampoco la he visto y mira que me la han recomendado, pero han pasado unos años y no me provoca el más mínimo interés.

Por ejemplo, yo eché en falta que otros años la Academia se hubiera atrevido a premiar peliculones de animación de Pixar en lugar de las tradicionales “oscarizables”, como por ejemplo en 2010, que se lo dieron a En tierra hostil, de Kathryn Bigelow, en lugar de a esa maravilla que era Up. También estaban los Inglorious Basterds de Tarantino, que habría sido una elección salvaje y algo contracorriente, pero para mí mil veces mejor. Y en 2011 se lo llevó El discurso del Rey cuando para mí la peli del año era Toy Story 3, una puñetera maravilla. Pero vamos a destrozar alguna que triunfó en su día: ¿no había nada mejor que Slumdog Millionaire en 2009? Estaba El curioso caso de Benjamin Button, que era “muy de Óscar”, o que se lo hubieran dado a Wall-E, ¡hasta a Kung-Fu Panda!, pero Slumdog Millionaire… ¡por favor!

REGGIE – Habría sido grandioso que hubieran premiado a Inglorious Basterds, sabes que soy muy fan de Tarantino, y estoy completamente de acuerdo que en 2011 la peli del año era Toy Story 3. Vi en el cine Slumdog Millionaire, pero no recuerdo nada de ella y nada ha hecho que quiera volver a verla y creo que eso es la peor crítica que puedo hacerle a una peli, en cambio Wall-E es una película que llevo tiempo rumiando que me apetece volver a ver.

A veces pasa que una película marca bastantes de las casillas que debe marcar para que me parezca una gran película y, por lo que sea, no lo hace. Imagino que el arte es así de subjetivo. La película que en mi caso más representa este caso es Birdman (2014): las actuaciones me parecen buenas, un gran despliegue técnico usando un falso plano secuencia continuo, el guion tiene partes muy buenas, humor ácido y una gran crítica al mundo del espectáculo… pues, aun así, a mi esta película no me gusta. Puede que no la haya terminado de entender, que la batería que suena muchas veces de fondo no me guste o que tiene, para mi gusto, demasiados planos demasiado cerca de las caras de los personajes y creo que eso me resulta un poco claustrofóbico. Sea como sea, no me convence. ¿Tú qué opinas sobre ella?

TRAVIS.- ¿Birdman? Me encantó. Le dediqué un post entero en su día, y lo que vine a decir es que apreciaba un montón su propuesta formal, el desarrollo y las actuaciones, y solo podía reprocharle el minuto final. Me alegré de que fuera la peli ganadora ese año. Siendo como era una película sobre el mundo de la interpretación, hay una subtrama que fue de lo que más me gustó y es la referida a la crítica del New York Times, esa mujer sin talento alguno especializada en destrozar los trabajos de todos los creadores que se atreven a hacer algo diferente. La película de Iñárritu es una crítica al propio mundo de la crítica, y creo que los Óscar de Hollywood tienen mucho de eso, de no salirse de la corriente que te marca la propia crítica de hacia dónde deben ir los premios. Ya sabes que los Óscar se consiguen a base de fiestas, promociones, dar la tabarra (y regalos) a los miembros de la Academia para promover tal o cual filme… en suma, invertir dinero para obtener un Óscar que reportará más dinero. That’s Hollywood, that’s America!

En ocasiones esa “corriente” establecida de que hay que votar a una u otra película lleva a que resulten premiadas cosas que para mí no pasan de ser una agradable película de sobremesa, como Paseando a Miss Daisy. ¿De verdad que esa era la peli del año? Repaso las otras candidatas de ese año, 1990, y puede que no fuera un año excepcional, pero había pelis muy interesantes, prefiero mil veces Nacido el cuatro de julio, El club de los poetas muertos, Abyss, ¡Indiana Jones y la última cruzada!, Cinema Paradiso, hasta prefiero La sirenita y Do the right thing. No creo que Paseando a Miss Daisy fuera ni top-ten de ese año, qué digo año, mes. Y a veces puedo entender que hay intereses políticos o sentimentales en las votaciones, como en otro de los grandes “robos” de la historia: 1977, Rocky (que me encanta, ojo) se lleva el Óscar por delante de Taxi driver.

REGGIE.- Estoy de acuerdo contigo, Paseando a Miss Daisy es una película de sobremesa y los Óscar no suelen salirse de esa “corriente” establecida: La forma del agua, Crash o El discurso del rey, que también la nombrabas antes, son ejemplos de opciones seguras que siguen alimentando esa imagen que quiere proyectar Hollywood.

Como dices, Rocky fue uno de los grandes robos en la historia de los Oscar, pero este año y las circunstancias que estamos viviendo hacen que la historia de Rocky merezca la pena ser recordada y poner en valor a todas esas personas que, como Rocky, a pesar de lo dura que está siendo la realidad, siguen peleando por seguir adelante, poner en valor a los sanitarios que pelean todos los días contra esta pandemia, todos los que han peleado contra la enfermedad y la han superado, las familias que han perdido a un ser querido o a varios, y que pelean por continuar con su vida… Por todos los que pelean y se esfuerzan por salir adelante en esta pandemia, hoy me olvido de Taxi Driver y defiendo a Rocky.

TRAVIS.- ¡Vaya, esa no me la esperaba! A ver cómo salgo de esta, yo, que firmo como Travis… Si lo miramos desde esa perspectiva, tienes toda la razón: Travis Bickle es un veterano curtido en mil batallas, desgastado, tristón y hastiado de la clase política, que se toma la justicia por su mano. Bajo ese punto de vista, para este año concreto, es un mensaje mucho más constructivo el del luchador Rocky Balboa. Y a veces eso es lo que prima en los Óscar, el American dream frente a las pesadillas o las autocríticas feroces, que para eso los estadounidenses son únicos. Sin embargo, este año parece que la gran favorita para los Óscar es Nomadland, que representa precisamente a ese millón de personas que viven como nómadas en Estados Unidos, viviendo con lo justo y vagando sin rumbo por el país.

Pero ya que has mencionado Rocky, te propongo concluir esta charla con esas grandes injusticias de los premios Óscar, y no me refiero a películas concretas, que suelen atender a momentos puntuales o modas, sino a esas grandes estrellas que nunca lograron una estatuilla pese a tener un carrerón inmenso a sus espaldas. Kirk Douglas y Cary Grant, por ejemplo, dos de mis favoritos de siempre. Que no lograran más que Óscar honoríficos al final de sus carreras y tras décadas y décadas de brillantes interpretaciones te demuestran que estos premios tienen más de marketing y venta de un producto que de reconocimiento de la calidad cinematográfica.

REGGIE- Cary Grant es una de esas grandes injusticias de los Óscar, tiene interpretaciones que han marcado la historia del cine, como por ejemplo en Arsénico por compasión y no nombro las de Hitchcock porque soy muy parcial con respecto a ese director. Chaplin, todo un símbolo del cine, Greta Garbo, Lauren Bacall… de los actores más contemporáneos tenemos, por ejemplo, a Bill Murray o a Glenn Close.

TRAVIS.- ¡No, Glenn Close, no, por favor! Aquí tienes a uno de los miembros fundadores de su club de haters. Aunque es muy posible que esta noche se lleve el primero de su carrera, eso parece al menos.

REGGIE.- La verdad es que los Óscar no son objetivos, están politizados y tienen sus propios intereses pero, a pesar de todo, todos los años nos siguen interesando y siguen haciendo que debatamos sobre lo merecidos que han sido ese año los premios o no, y siguen haciendo que el cine sea parte de nuestras conversaciones diarias, así que, justos o no, les tendremos que agradecer que siempre despierten estos divertidos debates. Gracias por el ratito, Travis.

TRAVIS.- Muchas gracias a ti, Reggie, un placer este café virtual. Yo no he visto muchas películas candidatas este año, pero voy a mojarme en las principales categorías en función de lo que he leído y de esa corrección política de la que hablábamos.

Mejor película: Nomadland. Parece la gran favorita en un año en el que los grandes (salvo Fincher y Nolan) no han estrenado. El American nightmare, que es lo que había que contar en este último año de Trump. Ganador: Nomadland.

Mejor director: mi favorito es David Fincher por esa maravilla visual que es Mank, pero por lo que leo, parece que ganará Chloé Zhao, la directora de Nomadland. Cumple además la «cuota» como mujer y por ser de origen chino. No lo digo porque no lo merezca, sino porque Hollywood quiere desprenderse de esas etiquetas de machismo y racismo que le han puesto en los últimos años y Zhao es perfecta para ello. Ganadora: Chloé Zhao.

Mejor actor principal: Chadwick Boseman. Un afroamericano en el año del Black Lives Matter, y un buen actor que ha tenido la desgracia de fallecer este último año. Al igual que ocurriera con Heath Ledger, la muerte ha «incrementado el valor» de su actuación. And the Óscar goes to… ¡Anthony Hopkins! Sorpresa.

Mejor actriz principal: Carey Mulligan. Aunque parece que la favorita es la cargante Frances McDormand y que cerca anda Viola Davis, ambas han ganado el premio con anterioridad, y en Hollywood suelen gustar las actrices inglesas, así que voto por ella, porque además parece una de las pocas posibilidades de que Una joven prometedora no se vaya de vacío. Pues ganó la «intensa» Frances McDormand. ¿Es una de las mejores actrices de la historia? No, ¿verdad? Pues ya tiene tres Óscar (tras Fargo y Tres anuncios en las afueras).

Mejor actor de reparto: Daniel Kaluuya, por Judas y el Mesías negro. No la he visto, pero este actor londinense de familia ugandesa se ha llevado este año todos los premios de actuación en su categoría. A mí me gustó mucho el papel de Sacha Baron Cohen en El juicio a los siete de Chicago, pero parece que no tiene posibilidades. Ganador: Daniel Kaluuya.

Mejor actriz de reparto: Olivia Colman, por El padre. He leído en algunos sitios que ganará Glenn Close, pero no puedo apostar por ella tras haberme declarado odiador profesional de la actriz, y en otros que ganará la coreana Youh You-Jung por Minari, que se ha llevado el Bafta y el premio del Sindicato de Actores. Apuesto por Olivia Colman porque sí, por la simpatía que le tengo tras ver The Crown. Ganadora: Youh You-Jong.

No mucho más, porque tengo poco cine visto en 2020 como para opinar sobre el resto. Ojalá el año que viene sea diferente y podamos volver a la magia de la sala oscura.

Propuestas para cambiar el Reglamento del fútbol (II)

19/04/2021

II. Diez propuestas by Barney

He basado mis propuestas en primer lugar en los aspectos que celebro en otros deportes que me gustan, como el baloncesto, el rugby o el balonmano y en segundo lugar, en el rechazo a todo lo que detesto del lodazal infecto de conductas antideportivas en que se ha convertido el fútbol. La inmensa mayoría de jugadores de tenis, baloncesto, atletas, o incluso los aguerridos jugadores de balonmano o rugby, son auténticos caballeros del deporte, mientras que el fútbol debe ser el único deporte en el que el Reglamento premia al tramposo, al que evita de manera intencionada el ataque del rival. Y no solo eso, sino que los medios lo priman: «el fútbol es de los vivos», «qué listo estuvo», «una falta táctica», «logró engañar al árbitro»,…

Así que vamos allá con diez propuestas para mejorar el espectáculo y la limpieza del fútbol:

  • 1. Tiempo cronometrado o parado, en lugar de tiempo corrido. Dos tiempos de treinta minutos. El tenis, los deportes de raqueta, o el voleibol, son deportes en los que no hay límite de tiempo, se pueden pasar horas jugando hasta que alcanzan un marcador determinado (3 sets, 25 puntos, 21 en el tenis de mesa). En el baloncesto, balonmano, fútbol sala y waterpolo se juega a reloj parado. El fútbol es ese caso extraño en el que se pierde tanto tiempo como el que se juega porque no se para nunca y el objetivo ni siquiera consiste en llegar a un marcador determinado. Lo que propongo no es ninguna novedad, la IFAB ya lo ha planteado en varias ocasiones, como en 2017. Hay cosas que los aficionados detestamos en el fútbol y que sorprendentemente tienen premio: el jugador que finge una lesión y se pasa dos minutos en el suelo hasta que se reanuda el juego, los saques de banda o córner del equipo que va en ventaja, el portero que tarda treinta segundos en sacar (el sábado lo hizo Courtois y me cabreó mucho, pese a que íbamos ganando), el ceremonial de los cambios en los que el sustituido se va a la parte más alejada del campo y regresa de manera parsimoniosa hacia el banquillo,… Es desesperante, nunca se descuenta el tiempo que se pierde, luego la norma favorece al infractor, ¡absurdo! La IFAB planteó partidos de sesenta minutos divididos en dos partes de treinta en los que se parara el cronómetro cada vez que había una interrupción. Lo único que yo añadiría es que la última posesión de cada parte se deje concluir, es decir, no se pita el final al llegar al minuto treinta o sesenta, sino cuando el juego se interrumpe. Como el fútbol es un deporte de pillos, el que va en ventaja podría hacer una falta para forzar el final, pero en ese caso no contaría: si quiere que el partido se acabe, tendrá que recuperar el balón y lanzarlo fuera.
  • 2. Cambios sin límite, pero sin parar el juego. La idea es la del balonmano, en cualquier momento. Ya se encargarán sustituto y sustituido de no perder tiempo. Las actuales plantillas tienen veinticinco futbolistas, profesionales bien pagados que se quedan sin jugar durante muchos partidos cada temporada, porque solo juegan once más los cinco cambios. Esta circunstancia, unida a los calendarios cada vez más cargados, convierte a los suplentes en un recurso de lujo que se queda sin utilizar por los clubes. Millones de euros ociosos que además generan tensiones en los vestuarios, apatía en los menos profesionales por ver que apenas cuentan en las rotaciones, incremento de lesiones en los habituales, partidos en los que el cansancio acaba pesando más que el propio talento,… El campo de fútbol es mucho más grande que uno de balonmano, así que se podría poner un banquillo de suplentes en cada banda, con siete integrantes de cada equipo por banquillo. Siete en banda derecha, siete en banda izquierda, once jugando y la plantilla entera sabiendo que puede saltar al campo en cualquier momento en función de las circunstancias y el marcador. Como el tiempo sería cronometrado, no habría pérdida alguna de tiempo, los esfuerzos serían más intensos, aumentaría la velocidad del juego, habría muchas más alternativas para los entrenadores y los partidos no se resolverían por la fatiga de los titulares. La única pega que le veo a esta propuesta es que serían más evidentes las diferencias entre los equipos grandes y los pequeños, porque podrían fichar a jugadores de banquillo que en el resto de equipos contarían con muchos más minutos. Pero eso ya ocurre en la actualidad.
  • 3. Aumentar el tamaño de las porterías. Esta propuesta se la escuché hace años a Don Alfredo Di Stéfano, que de esto sabía un poco. El tamaño reglamentario actual es de 7,32 metros de ancho por 2,44 metros de altura. Con porteros del tamaño de Courtois, Oblak, Neuer, Allison Becker y tantos otros, por encima del 1,90 m. de altura, más la agilidad y potencia que han adquirido en los tiempos recientes, se hace cada vez más difícil meter un gol desde larga distancia. Qué pocas veces vemos ya esos pepinazos desde lejos que se colaban como misiles por las escuadras o las cepas de los postes. El tamaño de estos porteros y su calidad son un factor más para intentar entrar con el balón hasta el fondo, con lo cual se potencian más las defensas cerradas. Es curioso que en el fútbol evolucionen algunas cosas y otras apenas nada, pues las primeras porterías de fútbol tenían unas medidas muy similares a las actuales: 8 yardas de ancho por 8 pies de altura. O lo que es lo mismo, 7,30 metros por 2,34 de altura. En 1996 Josep Blatter, entonces presidente de la FIFA, propuso aumentar el tamaño de las porterías: unos 50 cm. de ancho y 25 cm. de altura, aproximadamente dos balones de anchura y uno de altura. La propuesta fue rechazada de modo unánime, aunque yo creo que habría que rescatarla del cajón e ir más allá: 2-3 metros de ancho y 30-40 cm. de altura. Si uno ve un partido actual, porteros como Oblak o Courtois llegan al larguero con la cabeza y son capaces de alcanzar el poste desde el centro de la portería sin apenas dar un paso. Los porteros actuales son atletas más largos que un partido de la selección española, luego hay que dificultar su trabajo si queremos potenciar el fútbol ofensivo, los tiros de media y larga distancia. En definitiva, los goles.
  • 4. Áreas más pequeñas: hay dos jugadores sobre el campo con una ventaja muy superior sobre los otros veinte, pues pueden usar las manos, ¿de verdad es necesario que puedan ejercer su superioridad en una zona de 665 metros cuadrados? Es demasiada ventaja y aunque se les ha dificultado mucho el uso de las manos en los últimos tiempos cuando el balón viene de un compañero, no estaría de más reducir el área en el que pueden aprovecharse de su ventaja, salir hasta 18 metros para dificultar al atacante su jugada o desplazarse lateralmente 16 metros hacia cada lado para abortar jugadas de peligro. Enlazo esta norma con la siguiente.
  • 5. Dejar el fuera de juego solo para las áreas, trazando una horizontal hasta las bandas, o delimitar una zona cercana al área, como se hace en el fútbol 7. Marco Van Basten proponía suprimirlo por completo, pero creo que sería contraproducente porque podría convertir el fútbol en una acumulación de futbolistas en el área pequeña y balones a la olla, y eso es todavía más feo que el «balonmanismo» del fútbol actual. Al área hay que llegar tocando, combinando, lanzando balones en profundidad, con penetraciones y suprimir totalmente el fuera de juego llevaría a acumular futbolistas en el área, palomeros, chupagoles y todas esas figuras del fútbol de barrio que desvirtuarían el espectáculo. Respecto a las polémicas de los fueras de juego por centímetros, que si el hombro, la rodilla o la punta de la bota, yo propondría que el jugador solo ha entrado en área de fuera de juego cuando ha pisado esa zona, igual que en el baloncesto un jugador no está fuera si ha saltado desde dentro del campo para salvar una bola. Un jugador podría estar en carrera en el momento en que se le lanza el pase, pero si no ha pisado el área de fuera de juego en el momento en que el balón sale de su compañero no estaría en posición irregular. Se reducirían esas perpendiculares absurdas que a veces salen del antebrazo y otras de la clavícula porque la posición la marcarían los pies apoyados sobre el suelo. Y con esta propuesta mantendríamos a los jugadores fuera de las áreas, pero «agrandaríamos» el campo. Hace años se jugó un Barcelona-Real Madrid con esta regla, en un amistoso organizado por Canal Plus bajo el nombre de «El Gran Desafío». Solo hubo un fuera de juego en todo el partido (Villarroya, quién si no) y para el espectador el partido fue entretenido, con más llegadas, aunque algunos jugadores se quejaron de que el campo era «más largo». Justo lo que no ocurre ahora: defensas que adelantan las líneas, campos que se acortan y limitan. Con la forma física de los futbolistas actuales, se puede plantear cualquier opción, la de Wenger, la de Van Basten o la del fútbol 7, que siempre serán mejores que la actual. En cuanto a la manipulación de las imágenes para determinar si es posición correcta o no, seguirá existiendo la polémica, como ayer con el gol anulado de manera incorrecta a Mariano, pero se reducirán las posibilidades. Sobre este asunto y el principio de incertidumbre de Heisenberg vs principio de certidumbre del VAR, dejo aquí mi último artículo para La Galerna.

6. Expulsiones temporales a los jugadores. Los diez minutos del rugby quizás sean excesivos, mientras que los veinte segundos del waterpolo se me antojan cortos. Como los partidos se disputarían a tiempo parado, tendría que ser una expulsión temporal de 5-8 minutos. Los motivos para una expulsión temporal serían amplios, como por ejemplo:

* Entrada fuerte y desproporcionada sobre un rival.

* “Falta táctica” para evitar un contraataque.

* Las faltas a un jugador en posición clara de gol dentro de la zona delimitada para el fuera de juego serán sancionadas con penalti y expulsión temporal del infractor.

* El típico pique o calentón entre jugadores.

* Una cosa que me desespera del fútbol es desplazar el balón cuando se ha señalado una falta. Yo aplicaría la norma del balonmano: expulsión temporal si no dejas el balón inmediatamente en el sitio y sales huyendo de allí como si fuera una granada a la que le han quitado la anilla.

* Cortar el balón con la mano de manera intencionada.

* Cualquier protesta al árbitro, por nimia que sea, puesto que al colegiado hay que respetarlo como hacen los maromos del rugby. Incluso a HH y BB.

* Pedir al árbitro que saque tarjeta al rival. Es uno de los gestos que trajeron las modas recientes y que me parece más detestable, de mal compañero.

Un jugador con dos expulsiones temporales no podrá volver al campo, pero sí podrá ser sustituido.

7. Limitación de faltas por cada jugador, como en el baloncesto. Cuatro, cinco como máximo. Sí, puede que en ocasiones se piten faltas que en realidad son roces, pero es igual que en el baloncesto, el jugador que tiene cuatro sabe que tiene que ser menos agresivo en defensa, y si se trata de favorecer el juego de ataque, empecemos por debilitar las defensas agresivas al límite del Reglamento. El jugador que alcance el número de faltas podrá ser sustituido por otro compañero, pero no dejará a su equipo en inferioridad numérica.

La tarjeta roja seguirá existiendo para agresiones a un rival, insultos al árbitro o entradas con el uso excesivo de la fuerza sin intención de jugar el balón, o con ánimo de lesionar al contrario. Y una norma que puede no gustar: roja al jugador del banquillo que salte al campo a protestar, a una tangana, o a algo distinto que jugar al fútbol. Directo al túnel de vestuarios, acabemos de una vez con los shows de los tipos de los banquillos.

8. La mano en el área es penalti siempre que el brazo esté despegado del cuerpo y desvíe la trayectoria del balón, da igual la intencionalidad, si está apoyada en el suelo o no, si viene de rebote, si es una posición natural, si “agranda el espacio ocupado por el defensa”, si tiene influencia en la jugada,… da lo mismo. Mano despegada del cuerpo: penalti. Dejémonos de las surrealistas interpretaciones de Andújar, Iturralde, Fouto y demás palmeros.

9. Cambios en las eliminatorias de los campeonatos: yo me cargaba la fórmula del valor doble de los goles en campo contrario. Debería pasar el que más goles meta en el global de las eliminatorias, es lo más justo. Esta regla hace que el equipo local, el que debería jugar al ataque para obtener la máxima ventaja, suele jugar con bastantes precauciones, sin descuidar la defensa porque un gol en contra puede ser letal. En caso de empate, jugaría una prórroga de diez minutos de tiempo cronometrado con un jugador menos para que haya más huecos y no puedan encerrarse o atrincherarse en sus áreas. Ya sé que los jugadores deberían estar fundidos, pero con la norma de los cambios, pueden aguantar perfectamente. Si tras los diez minutos de prórroga persiste el empate, se juegan otros diez minutos con otro jugador menos. Si aun así persiste el empate, no me convence la opción de los penaltis «shootouts» que proponía Marco Van Basten, y mantendría los tradicionales, pero con el orden de lanzamiento ABBA, como ya se ha probado en algunos campeonatos en categorías inferiores, o como hace el tenis con el cambio de saque en los tie-break para ir alternando las ventajas. Como han demostrado algunos estudios, en el sesenta por ciento de las tandas de penaltis gana el equipo que lanza primero, dato que parecía desconocer el Cholo Simeone en Milán cuando eligió tirar en último lugar. Con el sistema ABBA, la presión o la tranquilidad van cambiando de bando.

Y 10. Un calendario más racional: hay que reducir partidos intrascendentes, como los que acaban de jugar las selecciones nacionales en mitad de la fase clave de los campeonatos de clubes. No soy un enemigo del fútbol de selecciones, pero no es de recibo que Lewandowski no haya jugado con el Bayern de Múnich en cuartos de final ante el PSG, o que Ramos recayera de su lesión con España, que Modric juegue tres partidos en una semana, o que Luis Suárez y Torreira pillen el Covid con su selección cuando su club, que es el que les paga, aplica estrictos protocolos para evitar esos contagios. La Liga española no da para veinte equipos, hay que reducirlo a dieciséis, como mucho, y hay que promover enfrentamientos entre los mejores clubes de Europa todas las semanas, no de manera excepcional. La Euroliga de baloncesto ofrece un calendario extenuante para jugadores, pero gozoso para los aficionados. Treinta y cuatro partidos de fase regular, y las selecciones quedan relegadas solo para las grandes fases finales, no para partidos irrelevantes. Si la UEFA y la FIFA se quieren llevar gratis by the face a los jugadores de los clubes, que les pagan y muy bien, deberían suscribir unos enormes seguros que costeen las fichas de los futbolistas por el tiempo que estos estén parados tras una lesión con su respectiva selección. El hartazgo de los grandes clubes con estos organismos son los que han llevado a la creación de la Superliga por parte de doce grandes clubes europeos, más los que están por sumarse a la propuesta, que sospecho que serán muchos.

Las normas que he incluido son meras propuestas, algunas más estrafalarias que otras, varias de ellas ya han estado sobre la mesa, y en cualquier caso, son simples elucubraciones de un aficionado que ve que el deporte que le gusta no evoluciona. Estoy abierto al debate, sugerencias, críticas…

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Propuestas para cambiar el Reglamento del fútbol (I)

BARNEY, 17/04/2021

I. El contexto

Son entrañables. No suelen defraudar. Cuando algo no les gusta, cuando el resultado no es el que esperaban, la culpa es del Reglamento. Del oficial, no del suyo. Me refiero, cómo no, a los seguidores del Barça y a sus altavoces mediáticos. PERO esta vez voy a darles la razón en parte. El sábado pasado, tras la victoria del Real Madrid frente al eterno rival por dos goles a uno en Valdebebas, los seguidores culés se quejaron de dos cosas: un penalti de chiste de Mendy sobre Braithwaite y el poco descuento que concedió Gil Manzano, apenas cuatro minutos. Ambas protestas fueron amplificadas por los de siempre, el entrenador Ronald Koeman y el voceras mayor del universo, Gerard Piqué.

Al día siguiente, Gol TV, la cadena de Jaume Roures, último avalista del Barça, publicó un mensaje indicando el tiempo perdido, 9 minutos, 50 segundos, y por lo visto (no puedo contrastarlo, porque no veo TeleRoures), en El Golazo le dedicaron parte del programa al tiempo que se perdió durante el encuentro. Sus medios afines, que son casi todos, difundieron por doquier la noticia:

Dejando a un lado que incluyen los más de tres minutos que se pasaron rajando al árbitro (son únicos en esto) y la avería del pinganillo del colegiado, lo cierto es que tienen razón: el descuento fue corto. Podía haber durado un par de minutos más perfectamente. Pero eso es lo que no puede ser, que una decisión tan importante como esa, en un partido de la trascendencia de un Madrid-Barça dependa del criterio subjetivo de un árbitro y no de un Reglamento claro. Todos tenemos nuestros descuentos (o no-descuentos) fatídicos clavados en el alma y la sensación de injusticia que te queda, que es distinta a la de un penalti o un error de apreciación. Lo prolongo o no según me apetezca, y que pase lo que tenga que pasar.

Han cambiado muchas cosas en el mundo del fútbol de unos años a esta parte y el Reglamento apenas lo ha hecho. Muy poco, tan poco que creo que la FIFA puede competir en inmovilismo con la propia Iglesia. En 2016, la IFAB (International Football Association Board) publicó varias novedades que la FIFA trató de vender como la mayor revolución del Reglamento en décadas, pero en realidad lo más destacable fue la incorporación del VAR, cambiar la norma llamada del «triple castigo»(expulsión tras un penalti en ocasión manifiesta de gol) y permitir el saque de centro hacia atrás. No mucho más. En 2019, modificaron la regla del saque de puerta, para el que ya no sería necesario que el balón saliera del área, y a lo largo de estos últimos años han cambiado la norma de la mano considerada como infracción o penalti, hasta el punto de que ahora mismo nadie sabe cuándo una mano es penalti y cuándo no.

Se ha llegado a un punto absurdo en el que parece que cada semana se reinterpreta la norma, voluntaria/involuntaria, separada del cuerpo o no, que ocupa espacio o no, posición natural, influencia,… aunque creo que eso no es culpa del Reglamento, sino de los opinadores, que hacen auténticos ejercicios de trilerismo para justificar lo injustificable:

La polémica va a seguir existiendo siempre, es consustancial al propio fútbol, pero lo que no puede hacer este deporte es convertirse en algo anodino, que es en lo que por desgracia a veces se está convirtiendo. Resulta paradójico que haya mejorado todo, la técnica de los jugadores, la preparación física, la velocidad, el estado del terreno de juego, la calidad de las retransmisiones… y que todo eso haya redundado en partidos más planos, con menos ocasiones, menos goles, sin apenas alternativas o remontadas épicas. Con mucha menos emoción. Hace un par de semanas se jugó la final de Copa del Rey entre el Athletic de Bilbao y la Real Sociedad, con victoria de estos últimos por un gol a cero. Vi el último cuarto de hora, en el que los bilbaínos deberían haberse volcado sobre la portería donostiarra y fue soporífero: su única preocupación era no perder el balón. Solo tiraron una vez a puerta y apenas colgaron balones al área, ni siquiera a la desesperada. Fue decepcionante.

O los partidos de clasificación de España, con posesiones del ochenta por ciento y dos remates a portería, ¿es este el fútbol que queremos?

El fútbol que me gustaba se muere, como dije en su día. La mayoría de deportes ha sabido evolucionar a medida que incorporaba ventajas técnicas o físicas. En baloncesto ampliaron las zonas para sacar de ellas a los jugadores grandes, crearon la zona de tres puntos para primar a los tiradores o ampliaron el perímetro cuando comprobaron que la ventaja era excesiva, redujeron las posesiones de 30 a 24 segundos, etc. La evolución es constante y creo que el fútbol puede acabar perder mucho interés si no ofrece alternativas que mejoren el espectáculo.

La FIFA nombró Director de desarrollo técnico al exjugador holandés Marco Van Basten en 2016, y aunque he leído ya varios artículos de sus propuestas, lo cierto es que no ha encontrado todavía el suficiente apoyo para sacarlas adelante. Coincido con él en esa búsqueda de nuevas reglas que hagan más atractivo este deporte, sobre todo ahora que ya sí puede decirse que ha llegado a rincones en los que era minoritario, como China o Estados Unidos. Marco Van Basten planteó lo siguiente:

  • 1. Penaltis shootouts en lugar de prórrogas o la tradicional tanda de penaltis. El jugador arranca a veinticinco metros de la portería y tiene que driblar al portero o chutar antes de llegar al punto de penalti. Todo ello en menos de ocho segundos. En algunos casos, se ha probado con la limitación de tres toques para el delantero. «Es más talento y menos fortuna. Más espectacular para los aficionados e interesante para los jugadores».
  • 2. Acabar con el fuera de juego. Bien, Marco, por fin alguien lo pone encima de la mesa: «el fútbol se parece cada vez más al balonmano con nueve o diez defensas delante de la portería. Es difícil marcar y crear algo en tan poco espacio». Se parece al balonmano, o al waterpolo, o al fútbol sala: delanteros pasándose el balón de un lado a otro hasta que aparece un hueco, si aparece. El francés Arsene Wenger, entrenador durante muchos años del Arsenal, propuso por su parte un cambio en la regla del fuera de juego, consistente en que no se considere fuera de juego la posición adelantada de un delantero, siempre y cuando una parte de su cuerpo con la que puede anotar gol esté en línea con el defensa. El propio presidente de la FIFA, Gianni Infantino, afirmó que «queremos que el fútbol sea cada día más ofensivo». En un estudio realizado en Inglaterra se concluyó que con la norma Wenger los fueras de juego se reducirían en un cincuenta por ciento. Se evitaría la polémica de anular goles por uno o dos centímetros, como ha ocurrido en ocasiones, cuando ni siquiera es posible determinar la posición exacta del delantero en relación con el momento justo de la salida del balón de la bota de su compañero, pero no sé si se eliminaría la controversia por las líneas mal tiradas que tenemos siempre en España.
  • 3. La tarjeta naranja. Lo que plantea el holandés es una expulsión temporal, como en el balonmano o en el waterpolo. Totalmente de acuerdo. La mayoría de las ocasiones se favorece al infractor, al defensa que corta bruscamente un contraataque, o al que directamente busca hacer daño a un rival. Otra alternativa que pone encima de la mesa es limitar el número de faltas por jugador.
  • 4. Jugar a tiempo parado para evitar pérdidas de tiempo. En este punto, que es en el que he empezado, no puedo estar más de acuerdo. Es absurdo, surrealista, me atrevería a decir que estúpido, otorgar al árbitro el poder que tiene ahora para alargar, acortar o permitir las pérdidas de tiempo. El balón está en juego apenas un sesenta por ciento del tiempo total de juego en las ligas europeas en las que menos tiempo se pierde, las del norte de Europa. En España la cifra alcanza un ridículo 53 por ciento, por eso resulta tan desesperante todo el tiempo que se pierde en hacer los cambios, sacar una falta, un saque de portería, las protestas… Hay que acabar con este sinsentido.
  • 5. Ampliar los cambios. Cuando Van Basten propuso esta medida solo estaban permitidos tres cambios. Tras el parón de la pandemia se aprobó de manera transitoria la ampliación a cinco cambios en tres ventanas por equipo, que parece que va a quedarse por un tiempo.

Yo creo que las propuestas de Van Basten son interesantes, pero han pasado cinco años y no ha cambiado nada. Las polémicas continúan, el VAR no ha evitado errores porque en muchas ocasiones no son errores, sino interpretaciones, y el juego cada día tiene menos ocasiones de gol. Lo cual es una pena cuando ves que los jugadores, todos, incluidos ya los porteros, tienen un buen dominio del balón con ambas piernas, una técnica depurada y unas facultades físicas muy superiores a las que tenían apenas dos décadas atrás. O lo cambiamos, o empezamos a primar una especie de combate a los puntos en lo que lo importante sea otra cosa, y no los goles:

Continuamos en II. Diez propuestas by Barney.

La regulación entra en casa

JOSEAN, 11/04/2021

El año 2020, con el confinamiento repentino y la adaptación acelerada de los sistemas y tareas productivas, supuso un avance de no menos de una década en la implantación del trabajo a distancia. No hubo transición, se hizo de la noche a la mañana, y tanto empresas (las que pudieron) como trabajadores (aquellos que podían ejercer su trabajo desde su domicilio particular) demostraron su madurez para responder al desafío que el virus nos planteaba.

Unos meses después entró en vigor la regulación aprobada por el gobierno mediante la vía (de nuevo) del real decreto, concretamente el Real Decreto 28/2020, de 22 de septiembre, de trabajo a distancia, que distingue en sus primeros artículos entre:

Es evidente que el confinamiento supuso múltiples problemas para numerosos trabajadores y empresas (ERTEs, imposibilidad de realizar el trabajo, reducción de actividad y, por tanto, de ingresos para el empresario), pero también en otros muchos casos trajo múltiples ventajas. La Exposición de motivos del real decreto identifica las siguientes:

  • Mayor flexibilidad en la gestión de los tiempos de trabajo y los descansos.
  • Consecuencias positivas para la conciliación de la vida personal, familiar y laboral. Mi aplauso y reconocimiento para aquellos que eran capaces de compatibilizar sus labores como currito con las de profesores, cocineros, entertainers y proveedores logísticos.
  • Reducción de costes en las oficinas y ahorro de costes en los desplazamientos.
  • Productividad y racionalización de horarios. Yo creo que hemos trabajado más que nunca en nuestras vidas, de manera irracional incluso, así que eso de «racionalización» me suena un poco optimista.
  • Fijación de población en el territorio.
  • Atracción y retención de talento (¿?).
  • Reducción del absentismo. Me parece que el año pasado fue imposible medir el absentismo de los trabajadores, puesto que no había medios para hacerlo. Si el cálculo se ha hecho en función de las horas perdidas por bajas médicas o laborales, es evidente que sí, pero es una falsa medición del absentismo.
  • Estimula cambios organizativos en las empresas y fortalece la formación y empleabilidad de las personas trabajadoras.
  • Disminuye la contaminación al reducirse el número de desplazamientos. Este hecho sí es relevante y a considerar para el futuro, sobre todo si se analizan los enormes problemas de atascos que se producen en las principales ciudades en las horas punta: estrés, pérdida de horas necesarias para una conciliación efectiva, riesgo de accidentes in itinere y contaminación.

Pero no todo son ventajas, como se vio en el «ensayo forzado» del año pasado, y el real decreto indica como inconvenientes generados:

  • Protección de datos.
  • Brechas de seguridad. Se produjo un notable incremento de los ataques informáticos, porque el Mal nunca descansa (HDP).
  • Tecnoestrés, horario continuo, fatiga informática, conectividad digital permanente. El Día de la Marmota.
  • Mayor aislamiento laboral con la consiguiente pérdida de la identidad corporativa.
  • Deficiencias en el intercambio de información entre las personas que trabajan presencialmente y aquellas que lo hacen de manera exclusiva a distancia. Tras la experiencia, creo que la mayoría estamos de acuerdo en que en España es infinitamente más efectiva la comunicación en persona, cara a cara, que por Teams, Zoom o Google Meet. O que un café aclara los malentendidos de un email escrito con los pies.
  • Dificultades asociadas a la falta de servicios básicos en el territorio, como la conectividad digital o servicios para la conciliación laboral y familiar.
  • Traslado a la persona trabajadora de costes de la actividad productiva sin compensación alguna. Este último punto es uno de los más controvertidos del real decreto, o al menos uno de los que tiene más aspectos por concretar.

Ha cambiado el mercado de trabajo por completo y era necesario regularlo, puesto que está claro que no se trata de un hecho temporal, sino que el teletrabajo ha venido para quedarse. La dificultad consiste precisamente en introducir la regulación en el ámbito doméstico, que es donde se va a desarrollar la actividad, y la norma va a tener que adaptarse a otras regulaciones existentes con las que podría entrar en conflicto:

  • Estatuto de los trabajadores, en lo relativo a la flexibilidad del teletrabajo (voluntariedad, temporal o permanente), igualdad retributiva, formación facilitada a los empleados, garantizar los descansos mínimos,…
  • Normativa de Prevención de Riesgos Laborales. Igual que al llegar a un nuevo puesto de trabajo el trabajador debe ser informado de los riesgos inherentes al mismo, incluido el puesto de oficina, al teletrabajar tuvimos que realizar una autoevaluación de nuestros puestos de trabajo caseros. Y si somos sinceros, creo que un porcentaje bajísimo teníamos esas condiciones requeridas: mesas de despacho con la altura adecuada para los equipos, sillones ergonómicos, condiciones adecuadas de iluminación directa e indirecta, etc. La mayoría recibimos fotos de amigos y compañeros con aquello de «mi nueva oficina» instalada en una cocina, comedor o dormitorio. Las cervicales y los túneles carpianos a prueba, ¡el síndrome del ratón!, que parece un título de telefilme de sábado tarde.
  • El derecho a la intimidad, la protección de datos de carácter personal y el derecho a la desconexión digital de acuerdo con lo previsto en la Ley Orgánica 3/2018, de 5 de diciembre, de Protección de Datos Personales y garantía de los derechos digitales.
  • El registro de la jornada de trabajo. A este asunto ya le dediqué dos artículos completos, y ya entonces, en 2019, se valoraba lo complicado, por no decir imposible, que iba a resultar controlar esa jornada de trabajo sin métodos para «fichar» y sin separación de la vida laboral y familiar.
  • Supongo que se acabó con la prohibición de fumar en el puesto de trabajo cuando este está en tu propia casa, pero todo es posible cuando el afán regulador es infinito.

Y además de todo lo expuesto, algunos de los planteamientos del real decreto generan dudas en cuanto al tratamiento fiscal, concretamente los artículos 11 y 12, que estipulan los derechos del trabajador a la dotación de medios para el desempeño de su trabajo y la compensación de los gastos que se generen:

El primer problema es que el real decreto no establece cuáles son esos medios necesarios para el desarrollo de la actividad, porque un ordenador es evidente, pero si nos ponemos como en el Un, Dos, Tres a decir «por veinticinco pesetas, qué medios, equipos y herramientas son necesarios para el desarrollo de nuestra actividad» seguro que se nos ocurrirían muchos más: un teléfono, una impresora, una segunda pantalla, una tercera y una cuarta para brókers, material de oficina, un sillón ergonómico, una mesa adaptada, una conexión de banda ancha, un antivirus potente, actualizaciones continuas de sistemas,… Podemos ir más allá si añadimos la normativa que controla las temperaturas y la luz en el puesto de trabajo, y añadir aparatos de aire acondicionado y calefacción, unas persianas,…

Y el segundo problema surgió cuando Hacienda decidió que todos esos medios necesarios para realizar el trabajo a distancia podían ser considerados retribución en especie. Aunque en algunos medios se indicó que la Dirección General de Tributos se pronunciaría al respecto, a día de hoy sigue sin aclararse la postura, lo que puede generar múltiples inspecciones y litigios de naturaleza fiscal en un futuro próximo (Actualización de febrero de 2022: la Consulta Vinculante V0150-22, de 31 de enero de 2022, indica que no serán retribución en especie cuando el código de conducta o la normativa de la empresa prohíba claramente a sus empleados el «uso privativo» de dichos instrumentos de trabajo).

Si una empresa cede a sus empleados los medios indicados en el párrafo anterior, o les abona los mismos, y el trabajador tuviera que tributar por ellos, iría en perjuicio del propio ingreso del trabajador al gravar unos medios exentos en la actualidad, puesto que se supone que se utilizan de manera exclusiva en el centro de trabajo. Existe la opción, similar en cuanto al tratamiento fiscal como retribución en especie, de que la empresa abone una cantidad al trabajador para que este adquiera los elementos necesarios para el desempeño de su trabajo, más una cantidad mensual por gastos. En ese caso las empresas estarían perdiendo el IVA generado en la compra del trabajador, y este seguiría tributando por los ingresos percibidos.

Uno de los criterios de Hacienda más temidos por los expertos en materia fiscal es la consideración del uso privado de los medios puestos a disposición por la empresa. Es decir, si el currante, al acabar su jornada usa el ordenador para ver pelis, hacer Zoom con la familia y amigos, o el teléfono para llamadas personales, está haciendo un uso privado de un elemento de trabajo y le toca apoquinar por ello. En el caso de los coches de empresa, la Agencia Tributaria mantenía el criterio del porcentaje de disponibilidad del coche para usos personales del trabajador, es decir, si la jornada anual es de unas 1.720 horas y el año tiene 8.760 horas, el coche está a disposición del trabajador aproximadamente el ochenta por ciento del tiempo, y por tanto debe tributar como retribución en especie. Esto es una aberración que llevada al asunto de los medios para el teletrabajo supondría tener que abonar casi íntegramente por una herramienta necesaria de trabajo. Con ese criterio, tocaría pagar incluso por las horas de sueño o comidas.

Sinceramente, solo entiendo que se cree este problema por el afán recaudatorio de la Agencia Tributaria, puesto que la redacción del Reglamento del IRPF en su artículo 22 indicaba claramente que:

Tengo la sensación de que se va a generar un problema donde no debería de haberlo, pero no será la última vez que Hacienda choque frontalmente con la nueva economía o el futuro del trabajo. ¿El vestuario o los EPIs suministrados por una empresa están en discusión? Creo que no, son necesarios, aunque luego el trabajador se lleve la mascarilla a casa y la siga usando, así que son ganas de complicarlo todo. Por cuestionar, Hacienda cuestiona incluso el vale de comida cuando el trabajador esté en la modalidad de trabajo a distancia. ¿Acaso no puede el currante salir de casa al restaurante más cercano y comer empleando un vale de comida? Me parece que se puede acabar perdiendo el norte.

Alguno recordará aquel post dedicado a los céntimos de las transacciones ejecutadas vía app y telefonía móvil, y la respuesta de la inspección de Hacienda reconociendo su incapacidad. En julio entrará en vigor la adaptación de la Ley del IVA al comercio electrónico, con la que las distintas autoridades tributarias de los países tratarán de controlar (y recaudar) el IVA generado en las cada vez más numerosas operaciones realizadas virtualmente, sin tiendas físicas. La regulación va a entrar en nuestros domicilios, si no lo ha hecho ya:

  • Wallapop, Vinted y demás plataformas de venta entre particulares. ¿Alguno recuerda cuando el ministro Montoro sugirió que las operaciones realizadas en Wallapop y plataformas similares debían tributar? ¡Claro, Don Cristóbal, es una transmisión patrimonial clara y tributable! Mi hija vende sus antiguos patines por veinte euros, y yo voy a rellenar el modelo 600 (creo que es ese) para ingresar el correspondiente cuatro por ciento.
  • El registro horario. Que trabajemos desde casa no nos exime de registrar nuestra jornada de trabajo, por si la inspección laboral trata de controlar las horas reales de trabajo. Con el control de pausas para el baño, cafés y descansos estipulados en el convenio respectivo.
  • Los regalos de Reyes, o de bodas y comuniones, son donaciones, y como tales, tienen que tributar. ¿Qué pasa, que no presentáis vuestra declaración el 7 de enero todos los años, defraudadores???

Decía un colega que, como esto siga así, hiperregulando sobre cualquier aspecto de la vida, nos van a prohibir hasta echar un quiqui. ¡Pero es que ya lo propusieron en el Reino Unido!

Apéndice final: post escrito con un ordenador del trabajo en mi tiempo libre y con la wifi de casa. ¿Cómo tributo por ello, señora Montero?

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Memoria (II): el olvido

LESTER, 05/04/2021

De acuerdo con todos los expertos a los que me referí en la primera parte, los recuerdos se construyen en la memoria a partir de una alteración de la realidad (quizás sea mejor decir «adaptación») por parte de nuestro cerebro, influido por los sentimientos y la carga emotiva. La memoria selecciona la parte que más interesa al individuo, o que más llama su atención, y desdeña los malos recuerdos o la negatividad asociada al hecho recordado. El pasado se dulcifica la mayoría de las veces, se tiende a caer en la nostalgia, en la pena por la pérdida de un tiempo que creemos que fue feliz y quizás no lo fue tanto. El verso de Jorge Manrique concluía diciendo aquello de «cualquier tiempo pasado fue mejor«, que no tiene por qué ser cierto, y de hecho muchas veces no lo fue, pero sí la percepción que queda.

No tengo claro que una memoria exacta, capaz de recordar hasta el más mínimo detalle de lo que ocurrió, sea lo deseable. Ni siquiera tengo claro que sea negativo poseer una memoria escasa, o más bien, una memoria selectiva que se quede solo con lo positivo y elimine todo aquello que afecte a la persona o le hiciera algún tipo de daño. Al menos como individuo, esa memoria selectiva le permitirá mirar hacia delante, dejar atrás el pasado, no anclarse y revivir una situación desfavorable. La memoria implacable, eficaz, puede perpetuar el rencor, mientras que esa otra memoria falible o maleable, «adaptada», puede llevar con mayor facilidad al perdón o la reconciliación. El olvido, por tanto, puede tener sus ventajas ocasionales, pero como todo en la vida, en su justa medida, puesto que el olvido excesivo tampoco resulta conveniente: sin recuerdos ni memoria, se condena a la persona a perder su esencia, lo que es. Su personalidad, las experiencias que lo formaron, sus capacidades racionales, su buen o mal humor. En definitiva, la persona que era deja de serlo, como por desgracia vemos en los enfermos de Alzheimer. En El río de la conciencia, de Oliver Sacks, hay un capítulo dedicado a los estudios de Freud como neurólogo, y para él, «nada era tan importante para la formación de la identidad como el poder de la memoria; nada garantizaba más nuestra continuidad como individuos. Pero los recuerdos cambian, y nadie era más sensible que Freud al potencial reconstructivo de la memoria, al hecho de que los recuerdos se reelaboran y revisan continuamente». Para Sacks, «no existe una manera fácil de distinguir un recuerdo o una inspiración auténticos, sentidos como tales, de los que se toman prestados o se sugieren, entre lo que Donald Spence denomina la verdad histórica y la verdad narrativa».

Todo lo dicho para el individuo tiene un tratamiento muy diferente cuando se trata de crear una memoria colectiva. En cuanto alguien menciona la posibilidad de dejar atrás el pasado para evolucionar como sociedad, surge otro que de manera inmediata recuerda la famosa frase del filósofo George Santayana:

«Aquellos que no pueden recordar el pasado, están condenados a repetirlo».

Esta frase, inscrita en uno de los barracones de Auschwitz, se ha utilizado de manera incorrecta en múltiples ocasiones, y se ha tergiversado en parte su interpretación, porque desde luego lo que no dijo nunca fue que «los pueblos que olvidan su historia, están condenados a repetirla», como he escuchado tantas veces. Santayana hablaba desde una perspectiva antropológica de basar el progreso en la experiencia, en lo que llamaba la «retentividad»: «…y cuando la experiencia no se retiene, como entre los salvajes, la infancia es perpetua. Los que no pueden recordar el pasado, están condenados a repetirlo«. No habla de una memoria colectiva, ni de los pueblos o su historia, porque posiblemente no exista una memoria colectiva, o una memoria del pueblo como tal, salvo la que se crea y se transmite por sus dirigentes, con todos los peligros que ello conlleva, porque otra frase muy conocida nos advierte que «la historia la escriben los vencedores», con todo lo que tiene ello de subjetivo.

En cualquier caso, esta frase entra en conflicto con lo escrito por Lewis Hyde acerca de la necesidad de dejar atrás el pasado para poder avanzar como sociedad (Breviario del olvido. Apuntes para dejar atrás el pasado). Para los interesados en el tema, les recomiendo un programa que escuché recientemente sobre el asunto en La Cultureta, de Onda Cero (dejo aquí el enlace). En el mismo, hablaron de las leyes del olvido promulgadas en la antigua Grecia para avanzar como sociedad sin necesidad de recordar continuamente el pasado de unos y otros. También salió el nombre de David Rieff, el hijo de Susan Sontag, cuyo libro Contra la memoria es toda una declaración de intenciones en contra de la memoria histórica. En el libro (que no he leído, pero ya he apuntado en la lista de «pendientes»), David Rieff habla de la creación de la memoria colectiva por parte de los nacionalismos de todo tipo, y de cómo la memoria de horrores pasados enciende profundos odios étnicos, violencia y guerras. Se centra en lo que vio con sus propios ojos de corresponsal de guerra en la antigua Yugoslavia, en Ruanda o en Sierra Leona, en cómo los distintos pueblos, etnias o nacionalidades se reprochaban continuamente lo sucedido en el pasado. «En las colinas de Bosnia aprendí a odiar, pero, sobre todo, a temer la memoria histórica colectiva». Su siguiente libro también lleva un título clarificador: Elogio del olvido. En una entrevista para la promoción de su nuevo libro, en 2017, pronunció afirmaciones tan contundentes (y controvertidas) como que «el recuerdo puede servir como arma de guerra y el olvido puede ayudar a construir la paz«.

Llegado a este punto, reconozco que siempre que se habla de memoria histórica en España tengo mil dudas. Los que nacimos en los últimos años de la dictadura, los que fuimos adolescentes en los ochenta, no teníamos un problema, o no creíamos tener un problema sin resolver con la guerra civil española. Había pasado medio siglo, creo que todos teníamos familiares que habían estado en ambos bandos y sin necesidad de hablarlo éramos conscientes de que en una guerra se cometen todo tipo de tropelías por parte de todos, de unos y de otros, o de «hunos» y de «hotros», como diría Miguel de Unamuno. Los padres de los que somos de mi generación nacieron en la posguerra o eran muy críos en los últimos años de la guerra y todos ellos miraron hacia delante creyendo que no convenía remover ese pasado incómodo. Poco después de la muerte de Franco se promulgaron diversas medidas de indulto y el Real Decreto 10/1976 habló directamente de amnistía. La palabra «amnistía» viene del griego «mnéme», memoria, y significa precisamente su negación, «olvido, perdón». El texto del real decreto era claro en sus intenciones:

«La Corona simboliza la voluntad de vivir juntos todos los pueblos e individuos que integran la indisoluble comunidad nacional española. Por ello, es una de sus principales misiones promover la reconciliación de todos los miembros de la Nación, culminando así las diversas medidas legislativas…

«Al dirigirse España a una plena normalidad democrática, ha llegado el momento de ultimar este proceso con el olvido de cualquier legado discriminatorio del pasado en la plena convivencia fraterna de los españoles. Tal es el objeto de la amnistía de todas las responsabilidades derivadas de acontecimientos de intencionalidad política o de opinión ocurridos hasta el presente…»

Pero todo este «olvido» volvió a la actualidad muchos años con la llamada Ley de Memoria Histórica, Ley 52/2007, «por la que se reconocen y amplían derechos y se establecen medidas en favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la guerra civil y la dictadura», promulgada durante el gobierno de Zapatero, con el siguiente objeto:

Sin embargo, pese a indicar que la Ley trata de «fomentar la cohesión», se habla cada día más de la necesidad de la memoria histórica, pero no con la idea de resarcir a determinadas víctimas o de ayudarles a encontrar los restos de sus familiares, sino con ánimo revanchista, en muchos casos, con intención de reescribir la historia. Hoy se habla más que nunca de «¡Franco, Franco!», ¡joder, un dictador muerto hace 45 años!, y sobre todo de lo que algunos llaman «sus herederos», avivando un odio que no existía y creando de nuevo dos Españas cada día más distanciadas. Y me preocupa especialmente por cómo se ha parido y gestionado todo este proceso, por esa manera de diferenciar la «verdad histórica» de la «verdad narrativa», por las personas que han dirigido el proceso y sobre todo por las intenciones con las que algunos lo hacen. Nunca se me olvidará aquel desliz de Zapatero a Iñaki Gabilondo en el que dijo que «nos conviene que haya tensión«.

Habrá quien me diga que, si tan a favor del perdón o el olvido estoy, por qué me resisto a hacer lo mismo con gente como Arnaldo Otegi o los tipejos de Bildu, y creo que la respuesta es evidente. Lo primero es que no estoy a favor del olvido, sino del conocimiento. Lo segundo, nuestros padres hicieron un trabajo cojonudo para que nos uniéramos y miráramos hacia delante, fuéramos de derechas o de izquierdas, más progres o más conservadores, lo pasado, pasado está, había que unirse como nación, modernizarse, entrar en Europa, etc. Los que en su día daban respaldo político a ETA se dedican ahora a homenajear a los asesinos cuando salen de las cárceles y vuelven a sus pueblos. No hay arrepentimiento alguno, no hay empatía alguna hacia los familiares de las víctimas, mientras que sí la ha habido siempre en España para enterrar nuestro pasado «guerracivilesco».

Quizás la solución pase por hacer algo como lo que hizo Italia durante el gobierno de Matteo Renzi con la apertura del museo del Fascismo en Predappio, a quinientos metros de la casa en la que nació Benito Mussolini. Entendieron que había llegado la hora de romper con un tabú de setenta años y que la mejor manera no era ocultar u olvidar el pasado, sino precisamente mostrarlo, explicarlo. Como dijo el presidente de su partido, Matteo Orfini: «Somos un país antifascista, lo que está reconocido en la Constitución. No tenemos necesidad de cancelar nuestra memoria. Borrarla es un elemento de debilidad, no de fuerza por parte de quien la practica«.

Estos días estoy leyendo la recopilación de artículos de Francisco Tomás y Valiente A orillas del Estado, y precisamente una figura como la suya, magistrado del Tribunal Constitucional propuesto por el PSOE en 1991, abogaba por una solución como la que comento sobre Italia:

«Hemos hecho en este país la transición a la democracia sobre la bisagra de una reforma cimentada en el silencio y la ruptura de la espiral de venganza. Así había que hacerla y no hay que arrepentirse de ello. Bien hecha estuvo. Pero del silencio al olvido y la ignorancia solo hay dos pasos, y sería pernicioso que muchos los dieran».

«Quienes no vivieron el franquismo, o solo conocieron su etapa final, deben estudiarlo para no repetirlo. Deber nuestro es transmitirles, sin rencores ni ánimos de venganza, sino con distanciamiento metódico y sin más pasión que la de sembrar lucidez y tolerancia para el presente y el futuro, lo que aquel régimen, hoy tan lejano como peligrosamente desconocido, fue».

Y más adelante, en A vueltas con la transición, se lamenta de cómo algunos están avivando los enfrentamientos:

«La hicimos entre todos, y ahora parece que nos preocupa tanto saber quiénes fueron sus protagonistas, que las peleas que entonces no hubo corremos el riesgo de (¡por fin!) entablarlas en este otoño por tantos conceptos caliente».

«Mi segunda observación consiste en recordar algo que quienes vivimos aquello rememoramos con orgullo y sin arrepentimiento: la viva solidaridad de todos los españoles demócratas».

Los artículos son de 1993 y de 1995, ni más ni menos. Claro que habla con conocimiento y madurez, le preocupa la ignorancia y para que todo esto llegue a nuestro país deberíamos tener una clase política culta, formada, que dejara en manos de los expertos lo que pertenece al ámbito de la historia y no del «relato». Y sobre todo, una clase política generosa que no se pase el día contando los réditos electorales que van a obtener por reavivar el odio o incendiarios proclamando que «hay que acabar con el Régimen del 78».

¿Qué cojones quieres, Euroliga?

BARNEY, 02/04/2021

Lo siento, estoy muy cabreado. Acaba de terminar el partido y lo de menos es el resultado. Tras la victoria de esta noche frente a Olympiacos (72-63), el Real Madrid de baloncesto todavía puede clasificarse a cuartos de la Euroliga, del mismo modo que caer eliminado. No ha cambiado mucho la situación, seguimos vivos y toca esperar.

El título de este post estaba escrito desde el pasado martes, tras el esperpento sufrido en el WiZink Center de Madrid en el partido que enfrentaba al Real Madrid con el Anadolu Efes de Estambul. Sí, lo sé, el partido acabó con una escandalosa paliza, 83-108, pero cualquiera que presenciara lo que ocurrió en el tercer cuarto sabe que lo que está pasando no es normal y solo se entiende si hay instrucciones en el sentido de perjudicar al Real Madrid. Lo afirmo con todas las letras, como creo que puede corroborarlo cualquier habitual de los partidos de Euroliga de los nuestros.

No quiero excusarme en los árbitros. El Anadolu Efes ganaría un partido como el del martes en nueve de cada diez ocasiones, o en diecinueve de cada veinte, si lo prefieren. Lo único que pedimos los aficionados, igual que Pablo Laso, es un poco de respeto. Poder competir en igualdad de condiciones. Para los que no presenciaran lo ocurrido, el partido estuvo igualado hasta el descanso, 42-41 para los locales. Pero los turcos son un equipazo, repleto de calidad en todas sus líneas y se escaparon en el inicio del tercer cuarto, coincidiendo además con la lesión de Edy Tavares. El esperpento vino cuando el Madrid logró varias buenas defensas (inmenso Usman Garuba) y logró remontar hasta una desventaja de cinco puntos (62-67). Fue entonces cuando el trío arbitral se puso definitivamente la camiseta de los turcos (que hasta entonces estaba a medio poner) y comenzó a señalar faltas de todo tipo a los blancos: en ataque, en defensa, las que eran, pero también las que no, por flopping visitante, una técnica a Rudy, otra a Laso,… Seis tiros libres consecutivos al final del cuarto para dejar unas estadísticas que no había visto en mi vida: 22 tiros libres de los visitantes por solo 2 de los madridistas. En solo diez minutos. Increíble. Y aun así, solo doce puntos de desventaja en ese momento. Ni siquiera en el atraco aquel de Neyro hace mil años.

Consiguieron desquiciar a Laso y a todo el equipo. De verdad creo y soy consciente de que al Madrid actual, con todos los problemas sufridos esta temporada, no le daba para ganar al Efes, pero, coño, que nos dejen competir, si lo normal es que perdamos en las actuales circunstancias y contra un equipo dotado de mayores recursos. Parece que hubiera un interés por parte de los mandamases de la competición por que el Madrid no se clasifique entre los ocho mejores. Hace un mes se produjo otra de esas circunstancias insólitas en el mundo de la canasta y fue en el partido entre el Real Madrid y Zalgiris, concluido con victoria de los blancos por 70-58. Pues bien, en aquel partido, el Real Madrid pese a atacar 40 minutos y tirar a canasta 58 veces, no recibió una sola falta que mereciera un tiro libre, según la consideración de los árbitros. El casillero de tiros libres en blanco no se ve ni en los partidos de mataos de ligas municipales que he jugado durante tantos años. Aquí lo dejo, enmarcado y directamente extraído de la web de la Euroliga:

Es un hecho tan inverosímil que Pablo Laso quiso insistir sobre el mismo a las cámaras con un enfado tan ostensible como el del pasado martes, cuando fue expulsado por protestar ante los turcos, gritando desesperado unas palabras muy similares a las que solté yo en mi casa: «Me da igual, treinta partidos como este. No te preocupes, que me voy. Estoy cansado, todo el año así«. Y es que llevamos todo el año así, treinta partidos, que se dice pronto.

Sin embargo, los de Pablo Laso van a seguir luchando hasta el último minuto de la última jornada, porque, si algo ha demostrado este equipo, es que no se rinde nunca, por mucho que las circunstancias se lo pongan casi imposible. Orgullo blanco. Este año el equipo ha bajado varios niveles respecto al pasado. A los veteranos Carroll, Felipe, Llull, Rudy y Causseur se les nota mucho ese año de más en sus piernas y en sus cuerpos magullados y el equipo se resiente, ha perdido bastante competitividad. En noviembre se nos marchó el Facu Campazzo, que estaba siendo, quizás, el mejor jugador de la competición, y a su baja se sumó poco después la de Anthony Randolph. Ninguna de las bajas fue sustituida en condiciones, porque Alex Tyus no es un suplente de nivel para Toñejo y Laprovittola no ha dado el salto de calidad que cabía esperar de un MVP de la ACB. Sergio Llull y Rudy Fernández han estado casi tanto tiempo parados como jugando, y a estas bajas se han sumado temporalmente las de Thompkins, Taylor, Garuba y Causseur. Y aun así el equipo sigue dando guerra, planteando batalla cuando y como puede, y mostrando la garra de los más jóvenes: Garuba, Alocén, Abalde. Laso ya ha dado confianza en liga a otros jugadores con muy buena pinta como Vukcevic y con todo lo sucedido es un milagro lo que está logrando esta temporada: título de la Supercopa, líderes en ACB con una sola derrota, y aún con posibilidades de clasificación en la Euroliga.

El Real Madrid es el sexto equipo en anotación y el octavo en número de asistencias, pero es el 16º, antepenúltimo en tiros libres lanzados de toda la competición. ¿Qué está pasando aquí? ¿Qué cojones quieres, Euroliga? ¿Echarnos ya, cabrearnos, perpetuar la agonía de cada partido? Se supone que el Real Madrid es uno de los equipos grandes de la competición y sin embargo el trato que recibe es vergonzoso. El pívot más dominante de la competición es Edy Tavares y no hay jugada en la que no recibe dos o tres mandobles en los antebrazos para evitar que suba la bola. Su situación me recuerda a la de Luka Doncic en la NBA: recibe más palos que nadie y como no los pitan, protesta, y eso hace que los árbitros piten aún menos faltas a sus defensores. Lo saben ya todos los equipos y todos los telespectadores.

Hay tipos con el silbato como Lamonica o Christodolou que los madridistas empezamos a conocer tan bien como Hierrezuelo y Peruga en la competición nacional. El griego pitaba soplidos el martes pasado y se tragó el silbato en el final de Moscú, por ejemplo. Puedo entender las diferencias de criterio entre colegiados, pero cuando es el mismo tipo el que pita cosas diferentes en función de la camiseta… no sé, parece sospechoso. Es como lo de Hernández Hernández y sus criterios cambiantes, curiosamente siempre en la misma dirección.

El Real Madrid se proclamó campeón de la Euroliga en 2015 y 2018, los de Laso son un equipo meramente ofensivo y que no se caracteriza por la dureza en defensa de otras escuadras, y sin embargo (creo que fue en 2018, pero no soy capaz de encontrar la estadística) llegó a liderar tres estadísticas sorprendentes: faltas en ataque, antideportivas y técnicas señaladas. Qué casualidad más casual, Jordi.

Me gustaría preguntárselo al CEO de la Euroliga, Jordi Bertomeu, uno de aquellos directivos de la ACB que se pasó una madrugada intentando que aceptaran la apelación del Barça tras el tapón (ilegal) de Vrankovic a Montero en la final del 96 para llevar el título a Barcelona. Su cercanía al Barça es conocida por todo el mundillo del baloncesto, si bien no termino de entender la estrategia, porque a veces dudo de lo que buscan. El Madrid puede quedar fuera y a ello parecen haberse afanado las últimas semanas, pero ahora mismo tiene muchas papeletas para quedar octavo, en cuyo caso se enfrentaría al Barça, líder de la competición.

a) Nos quieren fuera cuanto antes. Un culé siempre querrá al Madrid eliminado y sabe que los nuestros siempre son peligrosos en los enfrentamientos de playoffs. Yo sigo creyendo y confiando SIEMPRE en este equipo, lo ha demostrado ya muchas veces. Alguno sigue teniendo pesadillas con la recuperación de Llull, el alma del equipo, y van a machacarnos en Turquía la semana que viene y luego, si hiciera falta, echarán un cable al Zenit de San Petersburgo en uno de los dos partidos que les quedan. Que por cierto, tiene narices que queden partidos aplazados antes de la última jornada. Nos quieren fuera cuanto antes.

b) ¿Son tan retorcidos para buscar un Barça-Madrid en el que ahora mismo los culés son superiores? Los enfrentamientos directos esta temporada van 1-4 a favor del Barça esta temporada y la dinámica culé es claramente favorable. El Barça ha invertido una millonada que no tiene estas últimas temporadas en Mirotic, Abrines, Davies, Calathes, Higgins, etc., algunos con sueldos NBA, y nada motiva más a sus dirigentes que mojarnos la oreja como hicieron en la final de Copa. Derrotarnos con amplitud les serviría para justificar el pastizal invertido, por encima incluso del título. Por si todo este arsenal no fuera suficiente, han añadido a Pau Gasol a la plantilla, y quiero aprovechar para dejar mi homenaje a este grandísimo jugador, estupendo tipo (publicado esta semana en La Galerna).

Sería el cambio de tendencia claro después de los nueve años de Pablo Laso al frente del banquillo, pero me parece todo muy retorcido. No lo entiendo, pero como está claro que esto se está dirigiendo con una clara intención, solo cabe preguntar: ¿qué cojones quieres, Euroliga?

Memoria (I): recuerdos

LESTER, 28/03/2021

En el libro El río de la conciencia, del neurólogo y escritor británico Oliver Sacks, hay un capítulo titulado La falibilidad de la memoria que me encantó tanto como me aterró. En el mismo, el autor explica los resultados de investigaciones recientes que concluyen lo fácilmente maleable que es la memoria, o cómo su funcionamiento puede lograr implantar recuerdos de hechos o sucesos pasados que nunca existieron. Sacks parte de una experiencia personal, un bombardeo vivido en Londres cuando contaba ocho años de edad (1941), y lo narra en detalle, cómo reaccionó su padre, cómo salieron de casa en pijama, la oscuridad de las calles… Pero cuenta también que para él fue una sorpresa enorme cuando le convencieron de que no había estado en aquel lugar ni había vivido tal suceso, porque a esa edad vivía con su hermano Michael en Braefield. El caso es que la historia que narra le había sucedido a su hermano mayor David, que se la contó en una carta «muy gráfica y dramática» que dejó al pequeño Oliver fascinado: «había construido la escena en mi imaginación a partir de las palabras de David, y posteriormente me la había apropiado considerándola un recuerdo propio».

La memoria nos traiciona, a veces movida por la fascinación, como en el caso de Sacks, o por la mezcla de recuerdos confusos y lejanos. O en otros casos la memoria funciona como mecanismo de defensa del individuo, por el sentimiento de culpa. “Supuse que los recuerdos que tenía -sobre todo aquellos que eran muy vivos, concretos y circunstanciales- eran esencialmente válidos y fiables, y me quedé de piedra al descubrir que algunos no lo eran”.

Yo soy una persona que se fía mucho de su memoria y al parecer mi cerebro alberga algunos «Gigas» más que la media de la población («¿pero cómo te puedes acordar de eso?», como me han dicho mil veces a lo largo de mi vida), así que el capítulo me acojonó un poco porque “asusta pensar que nuestros recuerdos más preciados podrían no haber ocurrido nunca, o podrían haberle ocurrido a otro”. “No existe ningún mecanismo en la mente ni en el cerebro que asegure la verdad, o al menos el carácter verídico, de nuestros recuerdos”. Uf, qué miedo. Tengo recuerdos tan vívidos como si hubieran ocurrido no tanto como ayer, pero sí recientemente, y quizás sucedieron quince o veinte años atrás. O a lo mejor no sucedieron como yo los recuerdo, o quizás ni siquiera sucedieron y fue mi cerebro el que quiso hacerme creer que sucedieron, o que lo hicieron de un modo diferente. Porque también en ocasiones nos interesa creer que actuamos de una manera concreta ante un hecho que vivimos o presenciamos. Que pronunciamos la frase perfecta que saldría de la cabeza privilegiada del mejor guionista, o que no tuvimos una actitud cobarde, o que reaccionamos de manera adecuada y fuimos capaces de controlar una situación delicada. Y a lo mejor la realidad no fue así, pero nos interesa contarla de ese modo y de tanto contárnosla a nosotros mismos hemos terminado por crear el recuerdo. Solo pensarlo me asusta.

Quizás en un futuro próximo exista una tecnología no menos escalofriante para solucionar esas manipulaciones inconscientes de la memoria, como la que muestra el capítulo de la serie Black Mirror (Netflix) titulado The Entire History of You, traducido como Toda tu historia. En el mismo, los protagonistas tienen implantado una especie de disco duro en el cerebro, tras la oreja, en el que se almacena todo lo que ven y escuchan, y con ayuda de otro aparato pueden emitir esos «recuerdos» en una pantalla de televisión. Entrecomillo «recuerdos» porque no son recuerdos, son realidades. Son hechos irrebatibles: la pantalla emite un vídeo de lo que vieron y escucharon, en primer plano y en los secundarios, y los protagonistas podían ampliar el resto de la imagen o escuchar conversaciones de fondo en un bar, porque todo quedaba grabado. Esa posibilidad se convierte en una tortura para un marido celoso o desconfiado, como se verá a medida que avanza la trama. Otro personaje le confiesa que se quitó el dispositivo de la mente y que desde entonces vivía mucho más feliz. ¿Es mejor vivir con el recuerdo que hemos almacenado o revivir los hechos exactamente como ocurrieron, sin matices ni alteraciones?

«Esa película ha envejecido mal». Habremos escuchado esta frase mil veces. Y resulta absurda porque una película, una sucesión de imágenes plasmadas en celuloide, es materialmente imposible que cambie. Ni un ápice. Somos nosotros los que lo hemos hecho y cuando revisitamos una película años después estamos influidos por el recuerdo que en su día nos causó la misma. De repente vemos con cuarenta o cincuenta años una película que nos maravilló en nuestra adolescencia y decimos que «ha envejecido mal» cuando los que lo hemos hecho, mejor o peor, somos nosotros, y esa frase es el producto de nuestra frustración porque la película no nos ha hecho revivir el recuerdo que teníamos. Me reí muchísimo y ahora no le veo la gracia por ningún lado, o me impresionó tanto que me desveló varios días y ahora me parece una chorrada monumental. La obra es la misma, pero nos decepciona no volver a nuestro recuerdo.

Isabel Allende cuenta en Mi país inventado que cada vez que volvía de visita a su país natal, «debo confrontar el Chile real con la imagen sentimental que he llevado conmigo por veinticinco años. Como he vivido afuera por tan largo tiempo, tiendo a exagerar las virtudes y a olvidar los rasgos desagradables del carácter nacional». «He armado la idea de mi país como un rompecabezas, seleccionando aquellas piezas que se ajustan a mi diseño e ignorando las demás». «No pretendo saber cuánto de mi memoria son hechos verdaderos y cuánto he inventado, porque la tarea de trazar la línea entre ambos me sobrepasa».

Quizás sea un mecanismo de defensa. La maleabilidad de la memoria, la adaptación para poder seguir hacia delante, sin vivir anclado no ya en el recuerdo, sino en una realidad pertinaz. En los Artificios del escritor argentino Jorge Luis Borges hay un relato titulado La forma de la espada en el que el narrador cuenta una historia de traición y delación desde el punto de vista del traicionado, no del traidor. Al final del mismo el narrador confiesa que él era el traidor: había aprendido a vivir y contarlo de ese modo para olvidar el desprecio que sentía por sí mismo. Pero de ese mismo libro, sin duda no podía dejar de hablar de Funes, el memorioso, un relato sobre la hipermnesia del protagonista, una alteración de la memoria que permite a quien lo padece recordar prácticamente todo, no eliminar recuerdos: «Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo». «Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras». Ireneo Funes es un pobre joven al que su memoria extrema (y un grave accidente) impiden llevar una vida normal. «Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos». Pensar es olvidar, por tanto, y seleccionar lo que nos interesa o capta nuestra atención, y por lo que entiendo, el pensamiento también consiste en almacenar recuerdos que nuestro cerebro adapta y sobre los que asienta las nuevas vivencias para crear nuevos recuerdos adaptados.

Este mecanismo del cerebro de adaptación de la realidad lleva a la falibilidad de la memoria de la que habla el neurólogo y puede resultar muy peligroso si, como demostraron algunos experimentos realizados por la psicóloga Elizabeth Loftus, se implantan falsos recuerdos en la memoria de una persona. «Tras el escepticismo inicial y una posterior vacilación, el sujeto puede acabar sintiendo una convicción tan profunda que seguirá insistiendo en la verdad del recuerdo implantado incluso después de que el experimentador confiese que, para empezar, no ocurrió nunca». Cuando leí este párrafo pensé que era una tragedia para cualquiera de nosotros y una bendición para los manipuladores de voluntades, que los hay. Ya lo creo que los hay.

En Breviario del olvido, el escritor Lewis Hyde nos habla del recuerdo y el olvido, de la recuperación de la memoria y de algo ligado a ella como es la reconciliación y el perdón. El subtítulo del libro es significativo: Apuntes para dejar atrás el pasado. Quizás no sea negativo el tener una mala memoria, sino que la tesis del autor indica que puede ser más bien «una bendición, un bálsamo, un camino hacia la paz».

(Continuará en Memoria (II): el olvido)

Como todos los lectores asiduos de este blog sabéis, si queréis colaborar por una buena causa a través de una ONG contrastada, es posible hacerlo mediante microdonaciones en este enlace: Ayuda en Acción/colabora

Ni guerra civil, ni adoctrinamiento

TRAVIS, 21/03/2021

La semana pasada se entregaron los premios del cine español, los Goya correspondientes a ese año tan extraño que fue el 2020. Como viene ocurriendo en los últimos años en esta sociedad cada día más polarizada, enseguida recibí mensajes de amigos míos contrarios al cine español llamando abiertamente a su boicot. El tradicional «es que solo hacen pelis de la guerra civil» se convirtió este año en un mensaje diferente sobre el adoctrinamiento:

«Como era de esperar, ni un solo chiste, chascarrillo, queja, denuncia de o hacia el gobierno, Hásel, Cataluña, economía, colas del hambre, okupas, etc. Los principales premios no recompensan el cine, sino a los mejores discursos:

LAS NIÑAS: alegato feminista anticlerical, donde se demuestra que las familias sin hombres son menos tóxicas. Además, una chica de Barcelona ayuda a las paletas de Zaragoza a ser libres, a fumar, a cuestionar el sistema y escuchar rock radical vasco de los 80 y 90.

ADÚ: emotiva cinta sobre lo buenos, buenísimos que son los menas y el drama de los que vienen en pateras, frente a los malos, que son los policías y gandules de la valla de Melilla.

AKELARRE: película de época donde todas las doncellas vascongadas viven libres en el campo (como en una comuna hippie colorida) y donde el Rey manda a los inquisidores a quemarlas por brujería porque creen que ese idioma raro que hablan, el vasco, es fruto de Satanás.

SENTIMENTAL: dos parejas que organizan una cena en casa y acaban hablando de lo bonito que es ser de izquierdas (dicen literalmente esa frase), de las bondades de las orgías, de la legalización de las drogas, que todos los hombres heteros deben probar sexo anal y de la represión de los orgasmos femeninos.

Mira que hay cosas interesantes y creadores españoles que le dan cien mil vueltas a cualquier cosa de estas, pero nada, venga con el discurso de siempre y por trigésima vez».

La primera parte de este mensaje cae en la enorme contradicción de criticar que no se politice lo que nunca debería haberse politizado. Cierto que se ha hecho fatal con vender esa imagen del cine español como reducto exclusivo de «los de la ceja», pero si en su día se criticó aquella ceremonia del «No a la guerra» o los ataques sucesivos a los ministros de Cultura del PP que acudían a la gala, la solución (creo) no pasa por exigir que se haga lo mismo ahora. Respecto a los temas tratados, igual que los norteamericanos explotan todo lo que pueden sus guerras particulares, Vietnam, Corea, la Primera y Segunda Guerra Mundial, la de la Independencia, etc., sería absurdo no llevar a la pantalla una guerra como la nuestra en la que, además, las relaciones personales/familiares tienen tanto peso y suponen una de las claves del conflicto.

El cine siempre ha tenido un papel importante a la hora de hacer denuncia social, y eso lo saben y lo practican mejor que nadie en Hollywood, pero a la hora de vender su producto al mundo y ofrecer una buena imagen al exterior (que no tiene por qué significar ser complaciente con el poder), la política queda a un lado, como en los Óscar. Y en Estados Unidos los aficionados al cine tienen muy claro a quiénes apoyan Steven Spielberg, Robert De Niro, Meryl Streep o Tom Hanks, simpatizantes de los demócratas, o Clint Eastwood, Robert Duvall, James Caan o Mel Gibson, del bando de los republicanos. Lo cual no evita que los espectadores acudan en masa a los estrenos de unos u otros.

Justo el mismo día de los Goya volví a ver este vídeo de la ceremonia del año 2000, en la que ocurrió algo impensable hoy en día: el director premiado, Pedro Almodóvar, anima a cantar el cumpleaños feliz al (todavía) Príncipe Felipe, que presenciaba la entrega junto a Mariano Rajoy, entonces ministro de Cultura, y a Joan Clos, alcalde de Barcelona. Todos los actores, directores y gente del cine entre el público se ponen a cantar a coro y de buen rollo en una escena que hoy me parece imposible de ver (a partir del minuto 4):

¿Tanto se ha deteriorado la situación en estos veintiún años, tanto hemos cambiado como sociedad en dos décadas que no podemos tener ni un evento sin su carga de politiquería? La respuesta es obvia. Ya hace un par de años escribí un post en defensa del cine español en el que concluí con el cuadro de Goya que a mi modo de ver mejor representa la actitud de tanta gente ante nuestro cine, que no olvidemos que forma parte imprescindible de la cultura que exportamos al mundo:

2020 ha sido un año atípico para el cine en todo el mundo por el cierre de salas durante la mayor parte del año, pero las cifras son dramáticas: la recaudación total en España alcanzó 170 millones de euros, cuando un año atrás se habían alcanzado los 624 millones. Se vendieron 28 millones de entradas, un dato bajísimo en comparación con los 78 millones que se vendieron en 2013. El dato del cine español da una idea de la tragedia que ha sido para los profesionales de este sector: 42 millones de euros, frente a los 94 de 2019, que ya había sido un año regular. En cuota de pantalla ha habido una mejoría al alcanzar el 24,7 por ciento, pero como decía, pocas conclusiones se pueden extraer de un año tan extraño. La película más taquillera del año ha sido española, Padre no hay más que uno 2, el filme de Santiago Segura, que se impuso a las superproducciones norteamericanas 1917 y Tenet, con más de 13 millones de euros de taquilla.

¿Y qué hacemos en España cuando alguien logra un exitazo? Criticarlo. Como hicieron algunos con Santiago Segura por no unirse al «clan» y osar publicar en redes sociales que le daba pena en qué se estaba convirtiendo esta sociedad:

Segura es ese tipo siempre simpático y dispuesto a acudir a cualquier programa para vender su producto, un showman con eterna sonrisa que no entra en guerras políticas, un actor, director, guionista y productor de éxito al que critican por pedir concordia y entendimiento. Y como ocurre en este país envidioso, cuando se quiere criticar a una persona, se comienza por destrozar todo lo que hace. Automáticamente el cine de Santiago Segura pasó a ser denostado por ese grupo que jamás había dicho una mala palabra del mismo. En fin, así nos va. Pasa siempre, también por el lado contrario, como ocurrió con Willy Toledo, quien antes de soltar chorradas por la boca era un reputado actor de comedia en Siete vidas, El otro lado de la cama o Crimen ferpecto.

Como yo pretendo hablar bien de nuestro cine (no de todo) y de muchos de nuestros profesionales, voy a tratar de animar (no de convencer) a ese amigo que afirma orgulloso que nunca ve cine español porque todo va «sobre la guerra civil», o porque «te meten el adoctrinamiento de la izquierda a poco que te descuides».

En 2019 (Goyas de 2020) tuvimos un peliculón de Almodóvar, Dolor y gloria, con un Antonio Banderas en uno de sus mejores papeles de siempre. No soy muy aficionado a Pedro Almodóvar, que tiene películas muy buenas, pero también bodrios infumables que valoran en otros países, pero esta es de las buenas, muy buenas. Las otras dos grandes rivales para los Goya fueron… Mientras dure la guerra y La trinchera infinita. Vaya por Dios, dos sobre la guerra civil o la posguerra (¿al final le daré la razón?). La película de Alejandro Amenábar sobre los últimos meses de Unamuno es bastante digna, trata de ser ecuánime a la hora de hablar de una barbarie como es una guerra civil, y no cae en «la visión única» de Tierra y libertad, Ay, Carmela o Libertarias. El largometraje de animación Klaus compitió por el Óscar frente a ni más ni menos que Toy Story 4, otra maravilla de Pixar. Si alguien prefiere una comedia sin muchas complicaciones tiene Padre no hay más que uno, La pequeña Suiza o Lo dejo cuando quiera. No son mi estilo, aunque reconozco mi simpatía hacia las dos primeras.

En 2018 tuvimos ese gran exitazo no relacionado con la guerra civil y no dedicado al adoctrinamiento de masas que fue Campeones, de Javier Fesser, uno de esos autores de los que me gusta todo lo que hace. Recomiendo buscar el mediometraje El monstruo invisible, sobre la vida de un niño filipino en un vertedero de Mindanao. Fesser demuestra que es capaz de rodar algo tan emotivo y a ratos divertido como esa historia o como la de sus campeones de la discapacidad. Todos lo saben (Ashgar Farhadi) y El reino (Rodrigo Sorogoyen) son dos películas muy entretenidas sobre dos temas muy nuestros, como las guerras de familias en los pueblos y la corrupción. Icíar Bollaín dirigió Yuli, una especie de Billy Elliot cubano que a mí me pareció interesante y el régimen castrista no sale especialmente bien retratado. También fue el año de Superlópez, pero… no pienso recomendársela a nadie, hay cómics que no deberían salir del papel.

De 2017 me gustó La librería, de Isabel Coixet, rodada como casi siempre en esta directora en inglés, película que me permitió hacer una broma (Libros de atrezzo) que, por lo que vi, confundió a varios lectores. De ese año no vi muchas más, El autor, de Manuel Martín Cuenca, entretenida, con Javier Gutiérrez enorme como siempre, y La Llamada, de los Javis, que me aburrió soberanamente. Había visto la obra en el teatro y pasé un rato agradable sin más, pese a la simpleza de la obra, pero la película me pareció flojísima, pese a lo cual me alegré de su éxito.

El año 2016 fue bastante positivo para el cine español porque coincidieron varios de los grandes nombres: Bayona, Almodóvar, Trueba, Alberto Rodríguez, Sorogoyen, y el gran Álex de la Iglesia. Nada de guerra civil por ningún lado. Dramones como Julieta (Almodóvar) y sobre todo Un monstruo viene a verme (Bayona), película lacrimógena donde las haya, thrillers sin concesiones al espectador como Tarde para la ira (Raúl Arévalo) y Que Dios nos perdone (Rodrigo Sorogoyen), una divertidísima comedia de Álex de la Iglesia, Perfectos desconocidos, y la vida de Francisco Paesa y su papel en la captura de Roldán, en El hombre de las mil caras (Alberto Rodríguez). Calidad y variedad. Y películas emotivas como 100 metros, de Marcel Barrena, sobre la vida de Ramón Arroyo, al que tuve la suerte de conocer tras una charla. Un tipo con una fuerza de voluntad enorme, capaz de correr varios Ironman tras haber sido diagnosticado de esclerosis múltiple, una enfermedad que le impediría andar esos cien metros del título.

Podría seguir remontándome varios años hacia atrás, pero el caso es que podemos encontrar muchas películas buenas o muy buenas en nuestro cine que no caen en el adoctrinamiento, ni tratan sobre la guerra civil: El Niño, B, La isla mínima, Ocho apellidos vascos y Ocho apellidos catalanes, El guardián invisible y el resto de la trilogía del Baztán, La gran familia española, Vivir es fácil con los ojos cerrados, Lo imposible, Las brujas de Zugarramurdi, Celda 211, La piel que habito, coproducciones como Relatos salvajes o la magnífica El secreto de sus ojos, documentales como I am your father, dibujos animados como Tadeo Jones o Mortadelo y Filemón (de nuevo Fesser),… todo ello sin remontarme más allá de diez años. Aunque a lo mejor mi amigo encuentra un patrón común en todas ellas: políticos corruptos, policías malvados, perroflas buenazos y jarrais majetes, yo qué sé.

Hay profesionales muy reconocidos en todo el mundo, con largas carreras en Hollywood como Antonio Banderas, Penélope Cruz o Javier Bardem, o directores oscarizados como Fernando Trueba, José Luis Garci, Alejandro Amenábar o Pedro Almodóvar (por partida doble), como para desprestigiarlo nosotros por algunos bodrios infumables. Como si no los hubiera en el cine francés, italiano, inglés o del propio Hollywood.

Desigualdades

JOSEAN, 14/03/2021

Hace apenas una semana se presentaban las cifras de empleo de febrero y con ellas, la evolución de los últimos doce meses. El pre-Covid y el «on-Covid», sin que veamos todavía el post-Covid que estamos deseando comenzar de una vez. Desde marzo de 2020, cuando estalló la pandemia y se decretó el estado de alarma, la situación económica es dramática, tanto para empresas como para autónomos y familias. El paro supera de nuevo los cuatro millones, cifra que no se superaba desde abril de 2016. A esa cifra habría que añadir las 900.000 personas que se encuentran actualmente en ERTEs y los 510.000 autónomos que permanecen en situación de cese de actividad.

El panorama es desolador, y con el aumento del paro lógicamente crece la desigualdad. Según un reciente informe de Oxfam, la tasa de pobreza severa en España (considerando como tales a aquellas personas que viven con menos de 16 euros al día) ha aumentado del 9,2% de la población al 10,86%, lo que supone añadir 790.000 personas a ese triste grupo de gente que malvive por debajo del nivel de subsistencia. Casi 800.000 nuevos pobres.

Los datos del paro se pueden analizar desde diversos puntos de vista. Llama la atención el sexo de los parados, puesto que 2.304.779 mujeres están en situación de desempleo, mientras que los hombres se quedan en una cifra lejana: 1.704.010, «apenas» el 42,5%. Estos datos sitúan la tasa de desempleo femenino en el 19,3%, mientras que la masculina está en el 14,1% (Datos del Informe de la Fundación Adecco). Desigualdades de todo tipo, por sexo, por comunidades y por edad.

Se incide mucho en la tasa de paro de los jóvenes menores de 25 años, cercana al 50%, un dato cuatro veces por encima del existente en países como México o Corea del Sur. Según los datos del último INE, de los cuatro millones de parados, 366.403 tienen menos de 25 años. En muchos casos se trata de jóvenes recién salidos de la formación profesional o de la universidad, con idiomas o másteres diversos, que no encuentran su hueco en el mercado. Buena parte de ellos emigrará, otros cuantos opositarán, y muchos caerán en el desánimo. No es consuelo, pero muchos de ellos seguirán viviendo de (y con) sus padres más tiempo del que les gustaría, a la espera de que lleguen tiempos mejores.

Hay otro grupo de edad al que se presta menos atención, que es el de los mayores de 50 años. Hablamos de 936.200 personas, es decir, cerca de la cuarta parte de los parados actuales. En su caso la situación se agrava puesto que la mayoría tiene cargas familiares y un horizonte incierto por delante, con la jubilación aún lejos de su alcance. Y desde luego las posibilidades de lograr un contrato disminuyen enormemente tras pasar la barrera psicológica de los cincuenta. La Organización Mundial de la Salud identifica la discriminación por razón de edad al mismo nivel que la discriminación por sexo o raza, y en el caso de la edad el problema aumenta a medida que pasa el tiempo o cuanto mayor sea la edad. Más del 70 por ciento de los parados mayores de 55 años son desempleados de larga duración, es decir, llevan más de un año sin encontrar trabajo. Surgen así nuevas desigualdades, que se acrecientan si añadimos el factor sexo a los datos. Según el mencionado Informe de Adecco, el 57 por ciento de los desempleados de larga duración son mujeres y en el tramo superior a los 55 años suponen casi dos tercios del total:

En este blog ya dediqué una entrada a la brecha salarial y otra a esa enorme diferencia (que además se ha incrementado) entre directivos y empleados, una auténtica grieta salarial creciente relacionada con el momento en que cada generación se incorporó al mercado de trabajo y comenzó a ocupar los puestos de responsabilidad. En el mencionado tramo de edad por encima de los 50 años van a convivir los trabajadores con el sueldo normalmente más alto de las compañías y los desempleados de larga duración cuya pensión se va a reducir de manera considerable.

No voy a extenderme más en estos asuntos porque lo que me interesaba era resaltar algunas diferencias que se están produciendo y aumentando en el sistema. La propia Covid-19 se ha cebado de modo distinto entre hombres y mujeres. Según el Informe del INE, el número de hombres fallecidos por Covid-19 es superior en todos los tramos de edad por debajo de los 85 años, y solo es superado por encima de esta barrera, fundamentalmente porque hay el triple de mujeres que de hombres en esos rangos de edad.

Buceando en los datos del INE se pueden encontrar esas estadísticas que aparecen de manera excepcional en las noticias, como son las cifras (escalofriantes por otro lado) de suicidios en España. En una consulta rápida obtengo los siguientes resultados:

El suicidio es la primera causa externa de muerte en España, por encima de los accidentes de tráfico. No podemos entrar a averiguar las causas que motivaron estas tragedias, pero llama la atención que se repita la proporción de uno a tres entre mujeres y hombres a lo largo de toda la serie temporal. Las cifras son terribles, suponen más de diez suicidios diarios, motivo por el que numerosas voces llevan años reclamando un Plan Nacional para la prevención del suicidio, considerado por la Organización Mundial de la Salud como un grave problema de salud pública.

Sigo la evolución de esa estadística desde hace tiempo y siempre me ha sorprendido la «estabilidad» de las cifras, la anomalía que suponen en un país en el que (creo) se vive tan bien. Como también me asusta la estadística de los accidentes laborales, otra lacra que, pese a haberse reducido en los últimos años, sigue en unas cifras escalofriantes. En 2020, y pese al parón de actividad, fallecieron 708 trabajadores, 595 de ellos en accidentes durante la jornada de trabajo y 113 durante los trayectos de ida y vuelta al centro de trabajo, los llamados «in itínere».

Entrando en el detalle de esas cifras se advierte una diferencia importante por el sexo de los fallecidos, 565 de los cuales eran hombres y 30 mujeres. Quizás se deba al peso mayoritario de los hombres en sectores como la construcción, la industria o el transporte, donde apenas hay presencia de mujeres, pero no deja de resultar llamativo. Los partidos en el poder presentaron una norma seguramente inconstitucional para promover la presencia de mujeres en las llamadas carreras STEM (ciencias, tecnológicas, ingeniería y matemáticas), pero evidentemente no les interesó forzar un cambio de paradigma en estas otras profesiones en las que las mujeres están infrarrepresentadas.

Finalmente retiraron la propuesta e hicieron bien, porque vistas las explicaciones que daban algunas sobre esta medida, caían en actitudes machistas que teníamos ya olvidadas. Los porcentajes tan desiguales en la estadística de los accidentes laborales son similares, pero a la inversa, a los porcentajes de los fallecimientos (llamémoslos asesinatos) por violencia de género o violencia doméstica. Una auténtica lacra que por desgracia no reduce sus cifras año tras año.

Todas las estadísticas nos llevan a conclusiones evidentes: aumentan las desigualdades de todo tipo. Entre ricos y pobres, entre contratos fijos e indefinidos, salariales, generacionales, por razón de sexo,… La pandemia lo ha agravado todo y solucionarlo requiere de políticas activas de diversos ministerios: Empleo, Hacienda, Economía, Sanidad, Inclusión, Seguridad Social,… En España estamos tan convencidos de corregir las desigualdades que hasta tenemos un Ministerio para luchar contra todas ellas desde «una perspectiva de género». Los resultados saltan a la vista:

Evidentemente, la evolución de estos datos económicos no depende del Ministerio de Igualdad, cuya agenda ha estado marcada por otros asuntos, como los intentos de aprobación de la Ley de Libertad Sexual y el Proyecto de Ley para la Igualdad Plena y Efectiva de las personas Trans. ¿Entonces, la Ley de Igualdad de Trato y No Discriminación no ha sido parida en ese Ministerio? Pues tampoco, puesto que fue aprobada en el Consejo de Ministros a iniciativa del PSOE y con la abstención de Podemos, pese a contar con toda una ministra de Igualdad de dicho partido en el gobierno. Las diferencias entre los dos partidos de gobierno son evidentes en numerosos asuntos de esta índole, pero quizás la titular del Ministerio de Igualdad, Irene Montero, ha estado del lado de las asociaciones feministas y todo se debe a una persecución constante de su actividad por parte del «heteropatriarcado» más rancio y caduco. Lo cual me cuadra mal con el hecho de que un centenar de asociaciones y colectivos feministas hayan reprobado su primer año de gestión por considerar que está cayendo en una «deriva antifeminista». O a mi modo de ver, en una pelea absurda entre mujeres y hombres.

El presupuesto del Ministerio de Igualdad o «igual da» se ha incrementado hasta los 451 millones de euros para 2021. Suponemos que la ministra en cuestión es una persona preparada para gestionar estos fondos, más los que tienen que llegar de Europa, porque pensar que ha llegado al puesto por sus relaciones personales sería de un machismo insoportable. Sería algo parecido a lo que se dijo de Ana Botella, que pese a ser licenciada en Derecho, haber obtenido la oposición al Cuerpo de Técnicos de la Administración Civil del Estado y tener amplia experiencia en diversas Administraciones Públicas, se le acusó de llegar al cargo por ser «la mujer de» o «elegida a dedo por», lo cual, visto cómo se cuecen las cosas en política, puede tener mucho de cierto. A mí personalmente, Ana Botella nunca me gustó y me incomodaba su modo de explicarse, pero el machista insoportable que pronunció aquellas palabras fue Pablo Iglesias.

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