La regulación entra en casa

JOSEAN, 11/04/2021

El año 2020, con el confinamiento repentino y la adaptación acelerada de los sistemas y tareas productivas, supuso un avance de no menos de una década en la implantación del trabajo a distancia. No hubo transición, se hizo de la noche a la mañana, y tanto empresas (las que pudieron) como trabajadores (aquellos que podían ejercer su trabajo desde su domicilio particular) demostraron su madurez para responder al desafío que el virus nos planteaba.

Unos meses después entró en vigor la regulación aprobada por el gobierno mediante la vía (de nuevo) del real decreto, concretamente el Real Decreto 28/2020, de 22 de septiembre, de trabajo a distancia, que distingue en sus primeros artículos entre:

Es evidente que el confinamiento supuso múltiples problemas para numerosos trabajadores y empresas (ERTEs, imposibilidad de realizar el trabajo, reducción de actividad y, por tanto, de ingresos para el empresario), pero también en otros muchos casos trajo múltiples ventajas. La Exposición de motivos del real decreto identifica las siguientes:

  • Mayor flexibilidad en la gestión de los tiempos de trabajo y los descansos.
  • Consecuencias positivas para la conciliación de la vida personal, familiar y laboral. Mi aplauso y reconocimiento para aquellos que eran capaces de compatibilizar sus labores como currito con las de profesores, cocineros, entertainers y proveedores logísticos.
  • Reducción de costes en las oficinas y ahorro de costes en los desplazamientos.
  • Productividad y racionalización de horarios. Yo creo que hemos trabajado más que nunca en nuestras vidas, de manera irracional incluso, así que eso de «racionalización» me suena un poco optimista.
  • Fijación de población en el territorio.
  • Atracción y retención de talento (¿?).
  • Reducción del absentismo. Me parece que el año pasado fue imposible medir el absentismo de los trabajadores, puesto que no había medios para hacerlo. Si el cálculo se ha hecho en función de las horas perdidas por bajas médicas o laborales, es evidente que sí, pero es una falsa medición del absentismo.
  • Estimula cambios organizativos en las empresas y fortalece la formación y empleabilidad de las personas trabajadoras.
  • Disminuye la contaminación al reducirse el número de desplazamientos. Este hecho sí es relevante y a considerar para el futuro, sobre todo si se analizan los enormes problemas de atascos que se producen en las principales ciudades en las horas punta: estrés, pérdida de horas necesarias para una conciliación efectiva, riesgo de accidentes in itinere y contaminación.

Pero no todo son ventajas, como se vio en el «ensayo forzado» del año pasado, y el real decreto indica como inconvenientes generados:

  • Protección de datos.
  • Brechas de seguridad. Se produjo un notable incremento de los ataques informáticos, porque el Mal nunca descansa (HDP).
  • Tecnoestrés, horario continuo, fatiga informática, conectividad digital permanente. El Día de la Marmota.
  • Mayor aislamiento laboral con la consiguiente pérdida de la identidad corporativa.
  • Deficiencias en el intercambio de información entre las personas que trabajan presencialmente y aquellas que lo hacen de manera exclusiva a distancia. Tras la experiencia, creo que la mayoría estamos de acuerdo en que en España es infinitamente más efectiva la comunicación en persona, cara a cara, que por Teams, Zoom o Google Meet. O que un café aclara los malentendidos de un email escrito con los pies.
  • Dificultades asociadas a la falta de servicios básicos en el territorio, como la conectividad digital o servicios para la conciliación laboral y familiar.
  • Traslado a la persona trabajadora de costes de la actividad productiva sin compensación alguna. Este último punto es uno de los más controvertidos del real decreto, o al menos uno de los que tiene más aspectos por concretar.

Ha cambiado el mercado de trabajo por completo y era necesario regularlo, puesto que está claro que no se trata de un hecho temporal, sino que el teletrabajo ha venido para quedarse. La dificultad consiste precisamente en introducir la regulación en el ámbito doméstico, que es donde se va a desarrollar la actividad, y la norma va a tener que adaptarse a otras regulaciones existentes con las que podría entrar en conflicto:

  • Estatuto de los trabajadores, en lo relativo a la flexibilidad del teletrabajo (voluntariedad, temporal o permanente), igualdad retributiva, formación facilitada a los empleados, garantizar los descansos mínimos,…
  • Normativa de Prevención de Riesgos Laborales. Igual que al llegar a un nuevo puesto de trabajo el trabajador debe ser informado de los riesgos inherentes al mismo, incluido el puesto de oficina, al teletrabajar tuvimos que realizar una autoevaluación de nuestros puestos de trabajo caseros. Y si somos sinceros, creo que un porcentaje bajísimo teníamos esas condiciones requeridas: mesas de despacho con la altura adecuada para los equipos, sillones ergonómicos, condiciones adecuadas de iluminación directa e indirecta, etc. La mayoría recibimos fotos de amigos y compañeros con aquello de «mi nueva oficina» instalada en una cocina, comedor o dormitorio. Las cervicales y los túneles carpianos a prueba, ¡el síndrome del ratón!, que parece un título de telefilme de sábado tarde.
  • El derecho a la intimidad, la protección de datos de carácter personal y el derecho a la desconexión digital de acuerdo con lo previsto en la Ley Orgánica 3/2018, de 5 de diciembre, de Protección de Datos Personales y garantía de los derechos digitales.
  • El registro de la jornada de trabajo. A este asunto ya le dediqué dos artículos completos, y ya entonces, en 2019, se valoraba lo complicado, por no decir imposible, que iba a resultar controlar esa jornada de trabajo sin métodos para «fichar» y sin separación de la vida laboral y familiar.
  • Supongo que se acabó con la prohibición de fumar en el puesto de trabajo cuando este está en tu propia casa, pero todo es posible cuando el afán regulador es infinito.

Y además de todo lo expuesto, algunos de los planteamientos del real decreto generan dudas en cuanto al tratamiento fiscal, concretamente los artículos 11 y 12, que estipulan los derechos del trabajador a la dotación de medios para el desempeño de su trabajo y la compensación de los gastos que se generen:

El primer problema es que el real decreto no establece cuáles son esos medios necesarios para el desarrollo de la actividad, porque un ordenador es evidente, pero si nos ponemos como en el Un, Dos, Tres a decir «por veinticinco pesetas, qué medios, equipos y herramientas son necesarios para el desarrollo de nuestra actividad» seguro que se nos ocurrirían muchos más: un teléfono, una impresora, una segunda pantalla, una tercera y una cuarta para brókers, material de oficina, un sillón ergonómico, una mesa adaptada, una conexión de banda ancha, un antivirus potente, actualizaciones continuas de sistemas,… Podemos ir más allá si añadimos la normativa que controla las temperaturas y la luz en el puesto de trabajo, y añadir aparatos de aire acondicionado y calefacción, unas persianas,…

Y el segundo problema surgió cuando Hacienda decidió que todos esos medios necesarios para realizar el trabajo a distancia podían ser considerados retribución en especie. Aunque en algunos medios se indicó que la Dirección General de Tributos se pronunciaría al respecto, a día de hoy sigue sin aclararse la postura, lo que puede generar múltiples inspecciones y litigios de naturaleza fiscal en un futuro próximo (Actualización de febrero de 2022: la Consulta Vinculante V0150-22, de 31 de enero de 2022, indica que no serán retribución en especie cuando el código de conducta o la normativa de la empresa prohíba claramente a sus empleados el «uso privativo» de dichos instrumentos de trabajo).

Si una empresa cede a sus empleados los medios indicados en el párrafo anterior, o les abona los mismos, y el trabajador tuviera que tributar por ellos, iría en perjuicio del propio ingreso del trabajador al gravar unos medios exentos en la actualidad, puesto que se supone que se utilizan de manera exclusiva en el centro de trabajo. Existe la opción, similar en cuanto al tratamiento fiscal como retribución en especie, de que la empresa abone una cantidad al trabajador para que este adquiera los elementos necesarios para el desempeño de su trabajo, más una cantidad mensual por gastos. En ese caso las empresas estarían perdiendo el IVA generado en la compra del trabajador, y este seguiría tributando por los ingresos percibidos.

Uno de los criterios de Hacienda más temidos por los expertos en materia fiscal es la consideración del uso privado de los medios puestos a disposición por la empresa. Es decir, si el currante, al acabar su jornada usa el ordenador para ver pelis, hacer Zoom con la familia y amigos, o el teléfono para llamadas personales, está haciendo un uso privado de un elemento de trabajo y le toca apoquinar por ello. En el caso de los coches de empresa, la Agencia Tributaria mantenía el criterio del porcentaje de disponibilidad del coche para usos personales del trabajador, es decir, si la jornada anual es de unas 1.720 horas y el año tiene 8.760 horas, el coche está a disposición del trabajador aproximadamente el ochenta por ciento del tiempo, y por tanto debe tributar como retribución en especie. Esto es una aberración que llevada al asunto de los medios para el teletrabajo supondría tener que abonar casi íntegramente por una herramienta necesaria de trabajo. Con ese criterio, tocaría pagar incluso por las horas de sueño o comidas.

Sinceramente, solo entiendo que se cree este problema por el afán recaudatorio de la Agencia Tributaria, puesto que la redacción del Reglamento del IRPF en su artículo 22 indicaba claramente que:

Tengo la sensación de que se va a generar un problema donde no debería de haberlo, pero no será la última vez que Hacienda choque frontalmente con la nueva economía o el futuro del trabajo. ¿El vestuario o los EPIs suministrados por una empresa están en discusión? Creo que no, son necesarios, aunque luego el trabajador se lleve la mascarilla a casa y la siga usando, así que son ganas de complicarlo todo. Por cuestionar, Hacienda cuestiona incluso el vale de comida cuando el trabajador esté en la modalidad de trabajo a distancia. ¿Acaso no puede el currante salir de casa al restaurante más cercano y comer empleando un vale de comida? Me parece que se puede acabar perdiendo el norte.

Alguno recordará aquel post dedicado a los céntimos de las transacciones ejecutadas vía app y telefonía móvil, y la respuesta de la inspección de Hacienda reconociendo su incapacidad. En julio entrará en vigor la adaptación de la Ley del IVA al comercio electrónico, con la que las distintas autoridades tributarias de los países tratarán de controlar (y recaudar) el IVA generado en las cada vez más numerosas operaciones realizadas virtualmente, sin tiendas físicas. La regulación va a entrar en nuestros domicilios, si no lo ha hecho ya:

  • Wallapop, Vinted y demás plataformas de venta entre particulares. ¿Alguno recuerda cuando el ministro Montoro sugirió que las operaciones realizadas en Wallapop y plataformas similares debían tributar? ¡Claro, Don Cristóbal, es una transmisión patrimonial clara y tributable! Mi hija vende sus antiguos patines por veinte euros, y yo voy a rellenar el modelo 600 (creo que es ese) para ingresar el correspondiente cuatro por ciento.
  • El registro horario. Que trabajemos desde casa no nos exime de registrar nuestra jornada de trabajo, por si la inspección laboral trata de controlar las horas reales de trabajo. Con el control de pausas para el baño, cafés y descansos estipulados en el convenio respectivo.
  • Los regalos de Reyes, o de bodas y comuniones, son donaciones, y como tales, tienen que tributar. ¿Qué pasa, que no presentáis vuestra declaración el 7 de enero todos los años, defraudadores???

Decía un colega que, como esto siga así, hiperregulando sobre cualquier aspecto de la vida, nos van a prohibir hasta echar un quiqui. ¡Pero es que ya lo propusieron en el Reino Unido!

Apéndice final: post escrito con un ordenador del trabajo en mi tiempo libre y con la wifi de casa. ¿Cómo tributo por ello, señora Montero?

Como todos los lectores asiduos de este blog sabéis, si queréis colaborar por una buena causa a través de una ONG contrastada, es posible hacerlo mediante microdonaciones en este enlace: Ayuda en Acción/colabora

Memoria (II): el olvido

LESTER, 05/04/2021

De acuerdo con todos los expertos a los que me referí en la primera parte, los recuerdos se construyen en la memoria a partir de una alteración de la realidad (quizás sea mejor decir «adaptación») por parte de nuestro cerebro, influido por los sentimientos y la carga emotiva. La memoria selecciona la parte que más interesa al individuo, o que más llama su atención, y desdeña los malos recuerdos o la negatividad asociada al hecho recordado. El pasado se dulcifica la mayoría de las veces, se tiende a caer en la nostalgia, en la pena por la pérdida de un tiempo que creemos que fue feliz y quizás no lo fue tanto. El verso de Jorge Manrique concluía diciendo aquello de «cualquier tiempo pasado fue mejor«, que no tiene por qué ser cierto, y de hecho muchas veces no lo fue, pero sí la percepción que queda.

No tengo claro que una memoria exacta, capaz de recordar hasta el más mínimo detalle de lo que ocurrió, sea lo deseable. Ni siquiera tengo claro que sea negativo poseer una memoria escasa, o más bien, una memoria selectiva que se quede solo con lo positivo y elimine todo aquello que afecte a la persona o le hiciera algún tipo de daño. Al menos como individuo, esa memoria selectiva le permitirá mirar hacia delante, dejar atrás el pasado, no anclarse y revivir una situación desfavorable. La memoria implacable, eficaz, puede perpetuar el rencor, mientras que esa otra memoria falible o maleable, «adaptada», puede llevar con mayor facilidad al perdón o la reconciliación. El olvido, por tanto, puede tener sus ventajas ocasionales, pero como todo en la vida, en su justa medida, puesto que el olvido excesivo tampoco resulta conveniente: sin recuerdos ni memoria, se condena a la persona a perder su esencia, lo que es. Su personalidad, las experiencias que lo formaron, sus capacidades racionales, su buen o mal humor. En definitiva, la persona que era deja de serlo, como por desgracia vemos en los enfermos de Alzheimer. En El río de la conciencia, de Oliver Sacks, hay un capítulo dedicado a los estudios de Freud como neurólogo, y para él, «nada era tan importante para la formación de la identidad como el poder de la memoria; nada garantizaba más nuestra continuidad como individuos. Pero los recuerdos cambian, y nadie era más sensible que Freud al potencial reconstructivo de la memoria, al hecho de que los recuerdos se reelaboran y revisan continuamente». Para Sacks, «no existe una manera fácil de distinguir un recuerdo o una inspiración auténticos, sentidos como tales, de los que se toman prestados o se sugieren, entre lo que Donald Spence denomina la verdad histórica y la verdad narrativa».

Todo lo dicho para el individuo tiene un tratamiento muy diferente cuando se trata de crear una memoria colectiva. En cuanto alguien menciona la posibilidad de dejar atrás el pasado para evolucionar como sociedad, surge otro que de manera inmediata recuerda la famosa frase del filósofo George Santayana:

«Aquellos que no pueden recordar el pasado, están condenados a repetirlo».

Esta frase, inscrita en uno de los barracones de Auschwitz, se ha utilizado de manera incorrecta en múltiples ocasiones, y se ha tergiversado en parte su interpretación, porque desde luego lo que no dijo nunca fue que «los pueblos que olvidan su historia, están condenados a repetirla», como he escuchado tantas veces. Santayana hablaba desde una perspectiva antropológica de basar el progreso en la experiencia, en lo que llamaba la «retentividad»: «…y cuando la experiencia no se retiene, como entre los salvajes, la infancia es perpetua. Los que no pueden recordar el pasado, están condenados a repetirlo«. No habla de una memoria colectiva, ni de los pueblos o su historia, porque posiblemente no exista una memoria colectiva, o una memoria del pueblo como tal, salvo la que se crea y se transmite por sus dirigentes, con todos los peligros que ello conlleva, porque otra frase muy conocida nos advierte que «la historia la escriben los vencedores», con todo lo que tiene ello de subjetivo.

En cualquier caso, esta frase entra en conflicto con lo escrito por Lewis Hyde acerca de la necesidad de dejar atrás el pasado para poder avanzar como sociedad (Breviario del olvido. Apuntes para dejar atrás el pasado). Para los interesados en el tema, les recomiendo un programa que escuché recientemente sobre el asunto en La Cultureta, de Onda Cero (dejo aquí el enlace). En el mismo, hablaron de las leyes del olvido promulgadas en la antigua Grecia para avanzar como sociedad sin necesidad de recordar continuamente el pasado de unos y otros. También salió el nombre de David Rieff, el hijo de Susan Sontag, cuyo libro Contra la memoria es toda una declaración de intenciones en contra de la memoria histórica. En el libro (que no he leído, pero ya he apuntado en la lista de «pendientes»), David Rieff habla de la creación de la memoria colectiva por parte de los nacionalismos de todo tipo, y de cómo la memoria de horrores pasados enciende profundos odios étnicos, violencia y guerras. Se centra en lo que vio con sus propios ojos de corresponsal de guerra en la antigua Yugoslavia, en Ruanda o en Sierra Leona, en cómo los distintos pueblos, etnias o nacionalidades se reprochaban continuamente lo sucedido en el pasado. «En las colinas de Bosnia aprendí a odiar, pero, sobre todo, a temer la memoria histórica colectiva». Su siguiente libro también lleva un título clarificador: Elogio del olvido. En una entrevista para la promoción de su nuevo libro, en 2017, pronunció afirmaciones tan contundentes (y controvertidas) como que «el recuerdo puede servir como arma de guerra y el olvido puede ayudar a construir la paz«.

Llegado a este punto, reconozco que siempre que se habla de memoria histórica en España tengo mil dudas. Los que nacimos en los últimos años de la dictadura, los que fuimos adolescentes en los ochenta, no teníamos un problema, o no creíamos tener un problema sin resolver con la guerra civil española. Había pasado medio siglo, creo que todos teníamos familiares que habían estado en ambos bandos y sin necesidad de hablarlo éramos conscientes de que en una guerra se cometen todo tipo de tropelías por parte de todos, de unos y de otros, o de «hunos» y de «hotros», como diría Miguel de Unamuno. Los padres de los que somos de mi generación nacieron en la posguerra o eran muy críos en los últimos años de la guerra y todos ellos miraron hacia delante creyendo que no convenía remover ese pasado incómodo. Poco después de la muerte de Franco se promulgaron diversas medidas de indulto y el Real Decreto 10/1976 habló directamente de amnistía. La palabra «amnistía» viene del griego «mnéme», memoria, y significa precisamente su negación, «olvido, perdón». El texto del real decreto era claro en sus intenciones:

«La Corona simboliza la voluntad de vivir juntos todos los pueblos e individuos que integran la indisoluble comunidad nacional española. Por ello, es una de sus principales misiones promover la reconciliación de todos los miembros de la Nación, culminando así las diversas medidas legislativas…

«Al dirigirse España a una plena normalidad democrática, ha llegado el momento de ultimar este proceso con el olvido de cualquier legado discriminatorio del pasado en la plena convivencia fraterna de los españoles. Tal es el objeto de la amnistía de todas las responsabilidades derivadas de acontecimientos de intencionalidad política o de opinión ocurridos hasta el presente…»

Pero todo este «olvido» volvió a la actualidad muchos años con la llamada Ley de Memoria Histórica, Ley 52/2007, «por la que se reconocen y amplían derechos y se establecen medidas en favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la guerra civil y la dictadura», promulgada durante el gobierno de Zapatero, con el siguiente objeto:

Sin embargo, pese a indicar que la Ley trata de «fomentar la cohesión», se habla cada día más de la necesidad de la memoria histórica, pero no con la idea de resarcir a determinadas víctimas o de ayudarles a encontrar los restos de sus familiares, sino con ánimo revanchista, en muchos casos, con intención de reescribir la historia. Hoy se habla más que nunca de «¡Franco, Franco!», ¡joder, un dictador muerto hace 45 años!, y sobre todo de lo que algunos llaman «sus herederos», avivando un odio que no existía y creando de nuevo dos Españas cada día más distanciadas. Y me preocupa especialmente por cómo se ha parido y gestionado todo este proceso, por esa manera de diferenciar la «verdad histórica» de la «verdad narrativa», por las personas que han dirigido el proceso y sobre todo por las intenciones con las que algunos lo hacen. Nunca se me olvidará aquel desliz de Zapatero a Iñaki Gabilondo en el que dijo que «nos conviene que haya tensión«.

Habrá quien me diga que, si tan a favor del perdón o el olvido estoy, por qué me resisto a hacer lo mismo con gente como Arnaldo Otegi o los tipejos de Bildu, y creo que la respuesta es evidente. Lo primero es que no estoy a favor del olvido, sino del conocimiento. Lo segundo, nuestros padres hicieron un trabajo cojonudo para que nos uniéramos y miráramos hacia delante, fuéramos de derechas o de izquierdas, más progres o más conservadores, lo pasado, pasado está, había que unirse como nación, modernizarse, entrar en Europa, etc. Los que en su día daban respaldo político a ETA se dedican ahora a homenajear a los asesinos cuando salen de las cárceles y vuelven a sus pueblos. No hay arrepentimiento alguno, no hay empatía alguna hacia los familiares de las víctimas, mientras que sí la ha habido siempre en España para enterrar nuestro pasado «guerracivilesco».

Quizás la solución pase por hacer algo como lo que hizo Italia durante el gobierno de Matteo Renzi con la apertura del museo del Fascismo en Predappio, a quinientos metros de la casa en la que nació Benito Mussolini. Entendieron que había llegado la hora de romper con un tabú de setenta años y que la mejor manera no era ocultar u olvidar el pasado, sino precisamente mostrarlo, explicarlo. Como dijo el presidente de su partido, Matteo Orfini: «Somos un país antifascista, lo que está reconocido en la Constitución. No tenemos necesidad de cancelar nuestra memoria. Borrarla es un elemento de debilidad, no de fuerza por parte de quien la practica«.

Estos días estoy leyendo la recopilación de artículos de Francisco Tomás y Valiente A orillas del Estado, y precisamente una figura como la suya, magistrado del Tribunal Constitucional propuesto por el PSOE en 1991, abogaba por una solución como la que comento sobre Italia:

«Hemos hecho en este país la transición a la democracia sobre la bisagra de una reforma cimentada en el silencio y la ruptura de la espiral de venganza. Así había que hacerla y no hay que arrepentirse de ello. Bien hecha estuvo. Pero del silencio al olvido y la ignorancia solo hay dos pasos, y sería pernicioso que muchos los dieran».

«Quienes no vivieron el franquismo, o solo conocieron su etapa final, deben estudiarlo para no repetirlo. Deber nuestro es transmitirles, sin rencores ni ánimos de venganza, sino con distanciamiento metódico y sin más pasión que la de sembrar lucidez y tolerancia para el presente y el futuro, lo que aquel régimen, hoy tan lejano como peligrosamente desconocido, fue».

Y más adelante, en A vueltas con la transición, se lamenta de cómo algunos están avivando los enfrentamientos:

«La hicimos entre todos, y ahora parece que nos preocupa tanto saber quiénes fueron sus protagonistas, que las peleas que entonces no hubo corremos el riesgo de (¡por fin!) entablarlas en este otoño por tantos conceptos caliente».

«Mi segunda observación consiste en recordar algo que quienes vivimos aquello rememoramos con orgullo y sin arrepentimiento: la viva solidaridad de todos los españoles demócratas».

Los artículos son de 1993 y de 1995, ni más ni menos. Claro que habla con conocimiento y madurez, le preocupa la ignorancia y para que todo esto llegue a nuestro país deberíamos tener una clase política culta, formada, que dejara en manos de los expertos lo que pertenece al ámbito de la historia y no del «relato». Y sobre todo, una clase política generosa que no se pase el día contando los réditos electorales que van a obtener por reavivar el odio o incendiarios proclamando que «hay que acabar con el Régimen del 78».

¿Qué cojones quieres, Euroliga?

BARNEY, 02/04/2021

Lo siento, estoy muy cabreado. Acaba de terminar el partido y lo de menos es el resultado. Tras la victoria de esta noche frente a Olympiacos (72-63), el Real Madrid de baloncesto todavía puede clasificarse a cuartos de la Euroliga, del mismo modo que caer eliminado. No ha cambiado mucho la situación, seguimos vivos y toca esperar.

El título de este post estaba escrito desde el pasado martes, tras el esperpento sufrido en el WiZink Center de Madrid en el partido que enfrentaba al Real Madrid con el Anadolu Efes de Estambul. Sí, lo sé, el partido acabó con una escandalosa paliza, 83-108, pero cualquiera que presenciara lo que ocurrió en el tercer cuarto sabe que lo que está pasando no es normal y solo se entiende si hay instrucciones en el sentido de perjudicar al Real Madrid. Lo afirmo con todas las letras, como creo que puede corroborarlo cualquier habitual de los partidos de Euroliga de los nuestros.

No quiero excusarme en los árbitros. El Anadolu Efes ganaría un partido como el del martes en nueve de cada diez ocasiones, o en diecinueve de cada veinte, si lo prefieren. Lo único que pedimos los aficionados, igual que Pablo Laso, es un poco de respeto. Poder competir en igualdad de condiciones. Para los que no presenciaran lo ocurrido, el partido estuvo igualado hasta el descanso, 42-41 para los locales. Pero los turcos son un equipazo, repleto de calidad en todas sus líneas y se escaparon en el inicio del tercer cuarto, coincidiendo además con la lesión de Edy Tavares. El esperpento vino cuando el Madrid logró varias buenas defensas (inmenso Usman Garuba) y logró remontar hasta una desventaja de cinco puntos (62-67). Fue entonces cuando el trío arbitral se puso definitivamente la camiseta de los turcos (que hasta entonces estaba a medio poner) y comenzó a señalar faltas de todo tipo a los blancos: en ataque, en defensa, las que eran, pero también las que no, por flopping visitante, una técnica a Rudy, otra a Laso,… Seis tiros libres consecutivos al final del cuarto para dejar unas estadísticas que no había visto en mi vida: 22 tiros libres de los visitantes por solo 2 de los madridistas. En solo diez minutos. Increíble. Y aun así, solo doce puntos de desventaja en ese momento. Ni siquiera en el atraco aquel de Neyro hace mil años.

Consiguieron desquiciar a Laso y a todo el equipo. De verdad creo y soy consciente de que al Madrid actual, con todos los problemas sufridos esta temporada, no le daba para ganar al Efes, pero, coño, que nos dejen competir, si lo normal es que perdamos en las actuales circunstancias y contra un equipo dotado de mayores recursos. Parece que hubiera un interés por parte de los mandamases de la competición por que el Madrid no se clasifique entre los ocho mejores. Hace un mes se produjo otra de esas circunstancias insólitas en el mundo de la canasta y fue en el partido entre el Real Madrid y Zalgiris, concluido con victoria de los blancos por 70-58. Pues bien, en aquel partido, el Real Madrid pese a atacar 40 minutos y tirar a canasta 58 veces, no recibió una sola falta que mereciera un tiro libre, según la consideración de los árbitros. El casillero de tiros libres en blanco no se ve ni en los partidos de mataos de ligas municipales que he jugado durante tantos años. Aquí lo dejo, enmarcado y directamente extraído de la web de la Euroliga:

Es un hecho tan inverosímil que Pablo Laso quiso insistir sobre el mismo a las cámaras con un enfado tan ostensible como el del pasado martes, cuando fue expulsado por protestar ante los turcos, gritando desesperado unas palabras muy similares a las que solté yo en mi casa: «Me da igual, treinta partidos como este. No te preocupes, que me voy. Estoy cansado, todo el año así«. Y es que llevamos todo el año así, treinta partidos, que se dice pronto.

Sin embargo, los de Pablo Laso van a seguir luchando hasta el último minuto de la última jornada, porque, si algo ha demostrado este equipo, es que no se rinde nunca, por mucho que las circunstancias se lo pongan casi imposible. Orgullo blanco. Este año el equipo ha bajado varios niveles respecto al pasado. A los veteranos Carroll, Felipe, Llull, Rudy y Causseur se les nota mucho ese año de más en sus piernas y en sus cuerpos magullados y el equipo se resiente, ha perdido bastante competitividad. En noviembre se nos marchó el Facu Campazzo, que estaba siendo, quizás, el mejor jugador de la competición, y a su baja se sumó poco después la de Anthony Randolph. Ninguna de las bajas fue sustituida en condiciones, porque Alex Tyus no es un suplente de nivel para Toñejo y Laprovittola no ha dado el salto de calidad que cabía esperar de un MVP de la ACB. Sergio Llull y Rudy Fernández han estado casi tanto tiempo parados como jugando, y a estas bajas se han sumado temporalmente las de Thompkins, Taylor, Garuba y Causseur. Y aun así el equipo sigue dando guerra, planteando batalla cuando y como puede, y mostrando la garra de los más jóvenes: Garuba, Alocén, Abalde. Laso ya ha dado confianza en liga a otros jugadores con muy buena pinta como Vukcevic y con todo lo sucedido es un milagro lo que está logrando esta temporada: título de la Supercopa, líderes en ACB con una sola derrota, y aún con posibilidades de clasificación en la Euroliga.

El Real Madrid es el sexto equipo en anotación y el octavo en número de asistencias, pero es el 16º, antepenúltimo en tiros libres lanzados de toda la competición. ¿Qué está pasando aquí? ¿Qué cojones quieres, Euroliga? ¿Echarnos ya, cabrearnos, perpetuar la agonía de cada partido? Se supone que el Real Madrid es uno de los equipos grandes de la competición y sin embargo el trato que recibe es vergonzoso. El pívot más dominante de la competición es Edy Tavares y no hay jugada en la que no recibe dos o tres mandobles en los antebrazos para evitar que suba la bola. Su situación me recuerda a la de Luka Doncic en la NBA: recibe más palos que nadie y como no los pitan, protesta, y eso hace que los árbitros piten aún menos faltas a sus defensores. Lo saben ya todos los equipos y todos los telespectadores.

Hay tipos con el silbato como Lamonica o Christodolou que los madridistas empezamos a conocer tan bien como Hierrezuelo y Peruga en la competición nacional. El griego pitaba soplidos el martes pasado y se tragó el silbato en el final de Moscú, por ejemplo. Puedo entender las diferencias de criterio entre colegiados, pero cuando es el mismo tipo el que pita cosas diferentes en función de la camiseta… no sé, parece sospechoso. Es como lo de Hernández Hernández y sus criterios cambiantes, curiosamente siempre en la misma dirección.

El Real Madrid se proclamó campeón de la Euroliga en 2015 y 2018, los de Laso son un equipo meramente ofensivo y que no se caracteriza por la dureza en defensa de otras escuadras, y sin embargo (creo que fue en 2018, pero no soy capaz de encontrar la estadística) llegó a liderar tres estadísticas sorprendentes: faltas en ataque, antideportivas y técnicas señaladas. Qué casualidad más casual, Jordi.

Me gustaría preguntárselo al CEO de la Euroliga, Jordi Bertomeu, uno de aquellos directivos de la ACB que se pasó una madrugada intentando que aceptaran la apelación del Barça tras el tapón (ilegal) de Vrankovic a Montero en la final del 96 para llevar el título a Barcelona. Su cercanía al Barça es conocida por todo el mundillo del baloncesto, si bien no termino de entender la estrategia, porque a veces dudo de lo que buscan. El Madrid puede quedar fuera y a ello parecen haberse afanado las últimas semanas, pero ahora mismo tiene muchas papeletas para quedar octavo, en cuyo caso se enfrentaría al Barça, líder de la competición.

a) Nos quieren fuera cuanto antes. Un culé siempre querrá al Madrid eliminado y sabe que los nuestros siempre son peligrosos en los enfrentamientos de playoffs. Yo sigo creyendo y confiando SIEMPRE en este equipo, lo ha demostrado ya muchas veces. Alguno sigue teniendo pesadillas con la recuperación de Llull, el alma del equipo, y van a machacarnos en Turquía la semana que viene y luego, si hiciera falta, echarán un cable al Zenit de San Petersburgo en uno de los dos partidos que les quedan. Que por cierto, tiene narices que queden partidos aplazados antes de la última jornada. Nos quieren fuera cuanto antes.

b) ¿Son tan retorcidos para buscar un Barça-Madrid en el que ahora mismo los culés son superiores? Los enfrentamientos directos esta temporada van 1-4 a favor del Barça esta temporada y la dinámica culé es claramente favorable. El Barça ha invertido una millonada que no tiene estas últimas temporadas en Mirotic, Abrines, Davies, Calathes, Higgins, etc., algunos con sueldos NBA, y nada motiva más a sus dirigentes que mojarnos la oreja como hicieron en la final de Copa. Derrotarnos con amplitud les serviría para justificar el pastizal invertido, por encima incluso del título. Por si todo este arsenal no fuera suficiente, han añadido a Pau Gasol a la plantilla, y quiero aprovechar para dejar mi homenaje a este grandísimo jugador, estupendo tipo (publicado esta semana en La Galerna).

Sería el cambio de tendencia claro después de los nueve años de Pablo Laso al frente del banquillo, pero me parece todo muy retorcido. No lo entiendo, pero como está claro que esto se está dirigiendo con una clara intención, solo cabe preguntar: ¿qué cojones quieres, Euroliga?

Memoria (I): recuerdos

LESTER, 28/03/2021

En el libro El río de la conciencia, del neurólogo y escritor británico Oliver Sacks, hay un capítulo titulado La falibilidad de la memoria que me encantó tanto como me aterró. En el mismo, el autor explica los resultados de investigaciones recientes que concluyen lo fácilmente maleable que es la memoria, o cómo su funcionamiento puede lograr implantar recuerdos de hechos o sucesos pasados que nunca existieron. Sacks parte de una experiencia personal, un bombardeo vivido en Londres cuando contaba ocho años de edad (1941), y lo narra en detalle, cómo reaccionó su padre, cómo salieron de casa en pijama, la oscuridad de las calles… Pero cuenta también que para él fue una sorpresa enorme cuando le convencieron de que no había estado en aquel lugar ni había vivido tal suceso, porque a esa edad vivía con su hermano Michael en Braefield. El caso es que la historia que narra le había sucedido a su hermano mayor David, que se la contó en una carta «muy gráfica y dramática» que dejó al pequeño Oliver fascinado: «había construido la escena en mi imaginación a partir de las palabras de David, y posteriormente me la había apropiado considerándola un recuerdo propio».

La memoria nos traiciona, a veces movida por la fascinación, como en el caso de Sacks, o por la mezcla de recuerdos confusos y lejanos. O en otros casos la memoria funciona como mecanismo de defensa del individuo, por el sentimiento de culpa. “Supuse que los recuerdos que tenía -sobre todo aquellos que eran muy vivos, concretos y circunstanciales- eran esencialmente válidos y fiables, y me quedé de piedra al descubrir que algunos no lo eran”.

Yo soy una persona que se fía mucho de su memoria y al parecer mi cerebro alberga algunos «Gigas» más que la media de la población («¿pero cómo te puedes acordar de eso?», como me han dicho mil veces a lo largo de mi vida), así que el capítulo me acojonó un poco porque “asusta pensar que nuestros recuerdos más preciados podrían no haber ocurrido nunca, o podrían haberle ocurrido a otro”. “No existe ningún mecanismo en la mente ni en el cerebro que asegure la verdad, o al menos el carácter verídico, de nuestros recuerdos”. Uf, qué miedo. Tengo recuerdos tan vívidos como si hubieran ocurrido no tanto como ayer, pero sí recientemente, y quizás sucedieron quince o veinte años atrás. O a lo mejor no sucedieron como yo los recuerdo, o quizás ni siquiera sucedieron y fue mi cerebro el que quiso hacerme creer que sucedieron, o que lo hicieron de un modo diferente. Porque también en ocasiones nos interesa creer que actuamos de una manera concreta ante un hecho que vivimos o presenciamos. Que pronunciamos la frase perfecta que saldría de la cabeza privilegiada del mejor guionista, o que no tuvimos una actitud cobarde, o que reaccionamos de manera adecuada y fuimos capaces de controlar una situación delicada. Y a lo mejor la realidad no fue así, pero nos interesa contarla de ese modo y de tanto contárnosla a nosotros mismos hemos terminado por crear el recuerdo. Solo pensarlo me asusta.

Quizás en un futuro próximo exista una tecnología no menos escalofriante para solucionar esas manipulaciones inconscientes de la memoria, como la que muestra el capítulo de la serie Black Mirror (Netflix) titulado The Entire History of You, traducido como Toda tu historia. En el mismo, los protagonistas tienen implantado una especie de disco duro en el cerebro, tras la oreja, en el que se almacena todo lo que ven y escuchan, y con ayuda de otro aparato pueden emitir esos «recuerdos» en una pantalla de televisión. Entrecomillo «recuerdos» porque no son recuerdos, son realidades. Son hechos irrebatibles: la pantalla emite un vídeo de lo que vieron y escucharon, en primer plano y en los secundarios, y los protagonistas podían ampliar el resto de la imagen o escuchar conversaciones de fondo en un bar, porque todo quedaba grabado. Esa posibilidad se convierte en una tortura para un marido celoso o desconfiado, como se verá a medida que avanza la trama. Otro personaje le confiesa que se quitó el dispositivo de la mente y que desde entonces vivía mucho más feliz. ¿Es mejor vivir con el recuerdo que hemos almacenado o revivir los hechos exactamente como ocurrieron, sin matices ni alteraciones?

«Esa película ha envejecido mal». Habremos escuchado esta frase mil veces. Y resulta absurda porque una película, una sucesión de imágenes plasmadas en celuloide, es materialmente imposible que cambie. Ni un ápice. Somos nosotros los que lo hemos hecho y cuando revisitamos una película años después estamos influidos por el recuerdo que en su día nos causó la misma. De repente vemos con cuarenta o cincuenta años una película que nos maravilló en nuestra adolescencia y decimos que «ha envejecido mal» cuando los que lo hemos hecho, mejor o peor, somos nosotros, y esa frase es el producto de nuestra frustración porque la película no nos ha hecho revivir el recuerdo que teníamos. Me reí muchísimo y ahora no le veo la gracia por ningún lado, o me impresionó tanto que me desveló varios días y ahora me parece una chorrada monumental. La obra es la misma, pero nos decepciona no volver a nuestro recuerdo.

Isabel Allende cuenta en Mi país inventado que cada vez que volvía de visita a su país natal, «debo confrontar el Chile real con la imagen sentimental que he llevado conmigo por veinticinco años. Como he vivido afuera por tan largo tiempo, tiendo a exagerar las virtudes y a olvidar los rasgos desagradables del carácter nacional». «He armado la idea de mi país como un rompecabezas, seleccionando aquellas piezas que se ajustan a mi diseño e ignorando las demás». «No pretendo saber cuánto de mi memoria son hechos verdaderos y cuánto he inventado, porque la tarea de trazar la línea entre ambos me sobrepasa».

Quizás sea un mecanismo de defensa. La maleabilidad de la memoria, la adaptación para poder seguir hacia delante, sin vivir anclado no ya en el recuerdo, sino en una realidad pertinaz. En los Artificios del escritor argentino Jorge Luis Borges hay un relato titulado La forma de la espada en el que el narrador cuenta una historia de traición y delación desde el punto de vista del traicionado, no del traidor. Al final del mismo el narrador confiesa que él era el traidor: había aprendido a vivir y contarlo de ese modo para olvidar el desprecio que sentía por sí mismo. Pero de ese mismo libro, sin duda no podía dejar de hablar de Funes, el memorioso, un relato sobre la hipermnesia del protagonista, una alteración de la memoria que permite a quien lo padece recordar prácticamente todo, no eliminar recuerdos: «Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo». «Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras». Ireneo Funes es un pobre joven al que su memoria extrema (y un grave accidente) impiden llevar una vida normal. «Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos». Pensar es olvidar, por tanto, y seleccionar lo que nos interesa o capta nuestra atención, y por lo que entiendo, el pensamiento también consiste en almacenar recuerdos que nuestro cerebro adapta y sobre los que asienta las nuevas vivencias para crear nuevos recuerdos adaptados.

Este mecanismo del cerebro de adaptación de la realidad lleva a la falibilidad de la memoria de la que habla el neurólogo y puede resultar muy peligroso si, como demostraron algunos experimentos realizados por la psicóloga Elizabeth Loftus, se implantan falsos recuerdos en la memoria de una persona. «Tras el escepticismo inicial y una posterior vacilación, el sujeto puede acabar sintiendo una convicción tan profunda que seguirá insistiendo en la verdad del recuerdo implantado incluso después de que el experimentador confiese que, para empezar, no ocurrió nunca». Cuando leí este párrafo pensé que era una tragedia para cualquiera de nosotros y una bendición para los manipuladores de voluntades, que los hay. Ya lo creo que los hay.

En Breviario del olvido, el escritor Lewis Hyde nos habla del recuerdo y el olvido, de la recuperación de la memoria y de algo ligado a ella como es la reconciliación y el perdón. El subtítulo del libro es significativo: Apuntes para dejar atrás el pasado. Quizás no sea negativo el tener una mala memoria, sino que la tesis del autor indica que puede ser más bien «una bendición, un bálsamo, un camino hacia la paz».

(Continuará en Memoria (II): el olvido)

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Ni guerra civil, ni adoctrinamiento

TRAVIS, 21/03/2021

La semana pasada se entregaron los premios del cine español, los Goya correspondientes a ese año tan extraño que fue el 2020. Como viene ocurriendo en los últimos años en esta sociedad cada día más polarizada, enseguida recibí mensajes de amigos míos contrarios al cine español llamando abiertamente a su boicot. El tradicional «es que solo hacen pelis de la guerra civil» se convirtió este año en un mensaje diferente sobre el adoctrinamiento:

«Como era de esperar, ni un solo chiste, chascarrillo, queja, denuncia de o hacia el gobierno, Hásel, Cataluña, economía, colas del hambre, okupas, etc. Los principales premios no recompensan el cine, sino a los mejores discursos:

LAS NIÑAS: alegato feminista anticlerical, donde se demuestra que las familias sin hombres son menos tóxicas. Además, una chica de Barcelona ayuda a las paletas de Zaragoza a ser libres, a fumar, a cuestionar el sistema y escuchar rock radical vasco de los 80 y 90.

ADÚ: emotiva cinta sobre lo buenos, buenísimos que son los menas y el drama de los que vienen en pateras, frente a los malos, que son los policías y gandules de la valla de Melilla.

AKELARRE: película de época donde todas las doncellas vascongadas viven libres en el campo (como en una comuna hippie colorida) y donde el Rey manda a los inquisidores a quemarlas por brujería porque creen que ese idioma raro que hablan, el vasco, es fruto de Satanás.

SENTIMENTAL: dos parejas que organizan una cena en casa y acaban hablando de lo bonito que es ser de izquierdas (dicen literalmente esa frase), de las bondades de las orgías, de la legalización de las drogas, que todos los hombres heteros deben probar sexo anal y de la represión de los orgasmos femeninos.

Mira que hay cosas interesantes y creadores españoles que le dan cien mil vueltas a cualquier cosa de estas, pero nada, venga con el discurso de siempre y por trigésima vez».

La primera parte de este mensaje cae en la enorme contradicción de criticar que no se politice lo que nunca debería haberse politizado. Cierto que se ha hecho fatal con vender esa imagen del cine español como reducto exclusivo de «los de la ceja», pero si en su día se criticó aquella ceremonia del «No a la guerra» o los ataques sucesivos a los ministros de Cultura del PP que acudían a la gala, la solución (creo) no pasa por exigir que se haga lo mismo ahora. Respecto a los temas tratados, igual que los norteamericanos explotan todo lo que pueden sus guerras particulares, Vietnam, Corea, la Primera y Segunda Guerra Mundial, la de la Independencia, etc., sería absurdo no llevar a la pantalla una guerra como la nuestra en la que, además, las relaciones personales/familiares tienen tanto peso y suponen una de las claves del conflicto.

El cine siempre ha tenido un papel importante a la hora de hacer denuncia social, y eso lo saben y lo practican mejor que nadie en Hollywood, pero a la hora de vender su producto al mundo y ofrecer una buena imagen al exterior (que no tiene por qué significar ser complaciente con el poder), la política queda a un lado, como en los Óscar. Y en Estados Unidos los aficionados al cine tienen muy claro a quiénes apoyan Steven Spielberg, Robert De Niro, Meryl Streep o Tom Hanks, simpatizantes de los demócratas, o Clint Eastwood, Robert Duvall, James Caan o Mel Gibson, del bando de los republicanos. Lo cual no evita que los espectadores acudan en masa a los estrenos de unos u otros.

Justo el mismo día de los Goya volví a ver este vídeo de la ceremonia del año 2000, en la que ocurrió algo impensable hoy en día: el director premiado, Pedro Almodóvar, anima a cantar el cumpleaños feliz al (todavía) Príncipe Felipe, que presenciaba la entrega junto a Mariano Rajoy, entonces ministro de Cultura, y a Joan Clos, alcalde de Barcelona. Todos los actores, directores y gente del cine entre el público se ponen a cantar a coro y de buen rollo en una escena que hoy me parece imposible de ver (a partir del minuto 4):

¿Tanto se ha deteriorado la situación en estos veintiún años, tanto hemos cambiado como sociedad en dos décadas que no podemos tener ni un evento sin su carga de politiquería? La respuesta es obvia. Ya hace un par de años escribí un post en defensa del cine español en el que concluí con el cuadro de Goya que a mi modo de ver mejor representa la actitud de tanta gente ante nuestro cine, que no olvidemos que forma parte imprescindible de la cultura que exportamos al mundo:

2020 ha sido un año atípico para el cine en todo el mundo por el cierre de salas durante la mayor parte del año, pero las cifras son dramáticas: la recaudación total en España alcanzó 170 millones de euros, cuando un año atrás se habían alcanzado los 624 millones. Se vendieron 28 millones de entradas, un dato bajísimo en comparación con los 78 millones que se vendieron en 2013. El dato del cine español da una idea de la tragedia que ha sido para los profesionales de este sector: 42 millones de euros, frente a los 94 de 2019, que ya había sido un año regular. En cuota de pantalla ha habido una mejoría al alcanzar el 24,7 por ciento, pero como decía, pocas conclusiones se pueden extraer de un año tan extraño. La película más taquillera del año ha sido española, Padre no hay más que uno 2, el filme de Santiago Segura, que se impuso a las superproducciones norteamericanas 1917 y Tenet, con más de 13 millones de euros de taquilla.

¿Y qué hacemos en España cuando alguien logra un exitazo? Criticarlo. Como hicieron algunos con Santiago Segura por no unirse al «clan» y osar publicar en redes sociales que le daba pena en qué se estaba convirtiendo esta sociedad:

Segura es ese tipo siempre simpático y dispuesto a acudir a cualquier programa para vender su producto, un showman con eterna sonrisa que no entra en guerras políticas, un actor, director, guionista y productor de éxito al que critican por pedir concordia y entendimiento. Y como ocurre en este país envidioso, cuando se quiere criticar a una persona, se comienza por destrozar todo lo que hace. Automáticamente el cine de Santiago Segura pasó a ser denostado por ese grupo que jamás había dicho una mala palabra del mismo. En fin, así nos va. Pasa siempre, también por el lado contrario, como ocurrió con Willy Toledo, quien antes de soltar chorradas por la boca era un reputado actor de comedia en Siete vidas, El otro lado de la cama o Crimen ferpecto.

Como yo pretendo hablar bien de nuestro cine (no de todo) y de muchos de nuestros profesionales, voy a tratar de animar (no de convencer) a ese amigo que afirma orgulloso que nunca ve cine español porque todo va «sobre la guerra civil», o porque «te meten el adoctrinamiento de la izquierda a poco que te descuides».

En 2019 (Goyas de 2020) tuvimos un peliculón de Almodóvar, Dolor y gloria, con un Antonio Banderas en uno de sus mejores papeles de siempre. No soy muy aficionado a Pedro Almodóvar, que tiene películas muy buenas, pero también bodrios infumables que valoran en otros países, pero esta es de las buenas, muy buenas. Las otras dos grandes rivales para los Goya fueron… Mientras dure la guerra y La trinchera infinita. Vaya por Dios, dos sobre la guerra civil o la posguerra (¿al final le daré la razón?). La película de Alejandro Amenábar sobre los últimos meses de Unamuno es bastante digna, trata de ser ecuánime a la hora de hablar de una barbarie como es una guerra civil, y no cae en «la visión única» de Tierra y libertad, Ay, Carmela o Libertarias. El largometraje de animación Klaus compitió por el Óscar frente a ni más ni menos que Toy Story 4, otra maravilla de Pixar. Si alguien prefiere una comedia sin muchas complicaciones tiene Padre no hay más que uno, La pequeña Suiza o Lo dejo cuando quiera. No son mi estilo, aunque reconozco mi simpatía hacia las dos primeras.

En 2018 tuvimos ese gran exitazo no relacionado con la guerra civil y no dedicado al adoctrinamiento de masas que fue Campeones, de Javier Fesser, uno de esos autores de los que me gusta todo lo que hace. Recomiendo buscar el mediometraje El monstruo invisible, sobre la vida de un niño filipino en un vertedero de Mindanao. Fesser demuestra que es capaz de rodar algo tan emotivo y a ratos divertido como esa historia o como la de sus campeones de la discapacidad. Todos lo saben (Ashgar Farhadi) y El reino (Rodrigo Sorogoyen) son dos películas muy entretenidas sobre dos temas muy nuestros, como las guerras de familias en los pueblos y la corrupción. Icíar Bollaín dirigió Yuli, una especie de Billy Elliot cubano que a mí me pareció interesante y el régimen castrista no sale especialmente bien retratado. También fue el año de Superlópez, pero… no pienso recomendársela a nadie, hay cómics que no deberían salir del papel.

De 2017 me gustó La librería, de Isabel Coixet, rodada como casi siempre en esta directora en inglés, película que me permitió hacer una broma (Libros de atrezzo) que, por lo que vi, confundió a varios lectores. De ese año no vi muchas más, El autor, de Manuel Martín Cuenca, entretenida, con Javier Gutiérrez enorme como siempre, y La Llamada, de los Javis, que me aburrió soberanamente. Había visto la obra en el teatro y pasé un rato agradable sin más, pese a la simpleza de la obra, pero la película me pareció flojísima, pese a lo cual me alegré de su éxito.

El año 2016 fue bastante positivo para el cine español porque coincidieron varios de los grandes nombres: Bayona, Almodóvar, Trueba, Alberto Rodríguez, Sorogoyen, y el gran Álex de la Iglesia. Nada de guerra civil por ningún lado. Dramones como Julieta (Almodóvar) y sobre todo Un monstruo viene a verme (Bayona), película lacrimógena donde las haya, thrillers sin concesiones al espectador como Tarde para la ira (Raúl Arévalo) y Que Dios nos perdone (Rodrigo Sorogoyen), una divertidísima comedia de Álex de la Iglesia, Perfectos desconocidos, y la vida de Francisco Paesa y su papel en la captura de Roldán, en El hombre de las mil caras (Alberto Rodríguez). Calidad y variedad. Y películas emotivas como 100 metros, de Marcel Barrena, sobre la vida de Ramón Arroyo, al que tuve la suerte de conocer tras una charla. Un tipo con una fuerza de voluntad enorme, capaz de correr varios Ironman tras haber sido diagnosticado de esclerosis múltiple, una enfermedad que le impediría andar esos cien metros del título.

Podría seguir remontándome varios años hacia atrás, pero el caso es que podemos encontrar muchas películas buenas o muy buenas en nuestro cine que no caen en el adoctrinamiento, ni tratan sobre la guerra civil: El Niño, B, La isla mínima, Ocho apellidos vascos y Ocho apellidos catalanes, El guardián invisible y el resto de la trilogía del Baztán, La gran familia española, Vivir es fácil con los ojos cerrados, Lo imposible, Las brujas de Zugarramurdi, Celda 211, La piel que habito, coproducciones como Relatos salvajes o la magnífica El secreto de sus ojos, documentales como I am your father, dibujos animados como Tadeo Jones o Mortadelo y Filemón (de nuevo Fesser),… todo ello sin remontarme más allá de diez años. Aunque a lo mejor mi amigo encuentra un patrón común en todas ellas: políticos corruptos, policías malvados, perroflas buenazos y jarrais majetes, yo qué sé.

Hay profesionales muy reconocidos en todo el mundo, con largas carreras en Hollywood como Antonio Banderas, Penélope Cruz o Javier Bardem, o directores oscarizados como Fernando Trueba, José Luis Garci, Alejandro Amenábar o Pedro Almodóvar (por partida doble), como para desprestigiarlo nosotros por algunos bodrios infumables. Como si no los hubiera en el cine francés, italiano, inglés o del propio Hollywood.

Desigualdades

JOSEAN, 14/03/2021

Hace apenas una semana se presentaban las cifras de empleo de febrero y con ellas, la evolución de los últimos doce meses. El pre-Covid y el «on-Covid», sin que veamos todavía el post-Covid que estamos deseando comenzar de una vez. Desde marzo de 2020, cuando estalló la pandemia y se decretó el estado de alarma, la situación económica es dramática, tanto para empresas como para autónomos y familias. El paro supera de nuevo los cuatro millones, cifra que no se superaba desde abril de 2016. A esa cifra habría que añadir las 900.000 personas que se encuentran actualmente en ERTEs y los 510.000 autónomos que permanecen en situación de cese de actividad.

El panorama es desolador, y con el aumento del paro lógicamente crece la desigualdad. Según un reciente informe de Oxfam, la tasa de pobreza severa en España (considerando como tales a aquellas personas que viven con menos de 16 euros al día) ha aumentado del 9,2% de la población al 10,86%, lo que supone añadir 790.000 personas a ese triste grupo de gente que malvive por debajo del nivel de subsistencia. Casi 800.000 nuevos pobres.

Los datos del paro se pueden analizar desde diversos puntos de vista. Llama la atención el sexo de los parados, puesto que 2.304.779 mujeres están en situación de desempleo, mientras que los hombres se quedan en una cifra lejana: 1.704.010, «apenas» el 42,5%. Estos datos sitúan la tasa de desempleo femenino en el 19,3%, mientras que la masculina está en el 14,1% (Datos del Informe de la Fundación Adecco). Desigualdades de todo tipo, por sexo, por comunidades y por edad.

Se incide mucho en la tasa de paro de los jóvenes menores de 25 años, cercana al 50%, un dato cuatro veces por encima del existente en países como México o Corea del Sur. Según los datos del último INE, de los cuatro millones de parados, 366.403 tienen menos de 25 años. En muchos casos se trata de jóvenes recién salidos de la formación profesional o de la universidad, con idiomas o másteres diversos, que no encuentran su hueco en el mercado. Buena parte de ellos emigrará, otros cuantos opositarán, y muchos caerán en el desánimo. No es consuelo, pero muchos de ellos seguirán viviendo de (y con) sus padres más tiempo del que les gustaría, a la espera de que lleguen tiempos mejores.

Hay otro grupo de edad al que se presta menos atención, que es el de los mayores de 50 años. Hablamos de 936.200 personas, es decir, cerca de la cuarta parte de los parados actuales. En su caso la situación se agrava puesto que la mayoría tiene cargas familiares y un horizonte incierto por delante, con la jubilación aún lejos de su alcance. Y desde luego las posibilidades de lograr un contrato disminuyen enormemente tras pasar la barrera psicológica de los cincuenta. La Organización Mundial de la Salud identifica la discriminación por razón de edad al mismo nivel que la discriminación por sexo o raza, y en el caso de la edad el problema aumenta a medida que pasa el tiempo o cuanto mayor sea la edad. Más del 70 por ciento de los parados mayores de 55 años son desempleados de larga duración, es decir, llevan más de un año sin encontrar trabajo. Surgen así nuevas desigualdades, que se acrecientan si añadimos el factor sexo a los datos. Según el mencionado Informe de Adecco, el 57 por ciento de los desempleados de larga duración son mujeres y en el tramo superior a los 55 años suponen casi dos tercios del total:

En este blog ya dediqué una entrada a la brecha salarial y otra a esa enorme diferencia (que además se ha incrementado) entre directivos y empleados, una auténtica grieta salarial creciente relacionada con el momento en que cada generación se incorporó al mercado de trabajo y comenzó a ocupar los puestos de responsabilidad. En el mencionado tramo de edad por encima de los 50 años van a convivir los trabajadores con el sueldo normalmente más alto de las compañías y los desempleados de larga duración cuya pensión se va a reducir de manera considerable.

No voy a extenderme más en estos asuntos porque lo que me interesaba era resaltar algunas diferencias que se están produciendo y aumentando en el sistema. La propia Covid-19 se ha cebado de modo distinto entre hombres y mujeres. Según el Informe del INE, el número de hombres fallecidos por Covid-19 es superior en todos los tramos de edad por debajo de los 85 años, y solo es superado por encima de esta barrera, fundamentalmente porque hay el triple de mujeres que de hombres en esos rangos de edad.

Buceando en los datos del INE se pueden encontrar esas estadísticas que aparecen de manera excepcional en las noticias, como son las cifras (escalofriantes por otro lado) de suicidios en España. En una consulta rápida obtengo los siguientes resultados:

El suicidio es la primera causa externa de muerte en España, por encima de los accidentes de tráfico. No podemos entrar a averiguar las causas que motivaron estas tragedias, pero llama la atención que se repita la proporción de uno a tres entre mujeres y hombres a lo largo de toda la serie temporal. Las cifras son terribles, suponen más de diez suicidios diarios, motivo por el que numerosas voces llevan años reclamando un Plan Nacional para la prevención del suicidio, considerado por la Organización Mundial de la Salud como un grave problema de salud pública.

Sigo la evolución de esa estadística desde hace tiempo y siempre me ha sorprendido la «estabilidad» de las cifras, la anomalía que suponen en un país en el que (creo) se vive tan bien. Como también me asusta la estadística de los accidentes laborales, otra lacra que, pese a haberse reducido en los últimos años, sigue en unas cifras escalofriantes. En 2020, y pese al parón de actividad, fallecieron 708 trabajadores, 595 de ellos en accidentes durante la jornada de trabajo y 113 durante los trayectos de ida y vuelta al centro de trabajo, los llamados «in itínere».

Entrando en el detalle de esas cifras se advierte una diferencia importante por el sexo de los fallecidos, 565 de los cuales eran hombres y 30 mujeres. Quizás se deba al peso mayoritario de los hombres en sectores como la construcción, la industria o el transporte, donde apenas hay presencia de mujeres, pero no deja de resultar llamativo. Los partidos en el poder presentaron una norma seguramente inconstitucional para promover la presencia de mujeres en las llamadas carreras STEM (ciencias, tecnológicas, ingeniería y matemáticas), pero evidentemente no les interesó forzar un cambio de paradigma en estas otras profesiones en las que las mujeres están infrarrepresentadas.

Finalmente retiraron la propuesta e hicieron bien, porque vistas las explicaciones que daban algunas sobre esta medida, caían en actitudes machistas que teníamos ya olvidadas. Los porcentajes tan desiguales en la estadística de los accidentes laborales son similares, pero a la inversa, a los porcentajes de los fallecimientos (llamémoslos asesinatos) por violencia de género o violencia doméstica. Una auténtica lacra que por desgracia no reduce sus cifras año tras año.

Todas las estadísticas nos llevan a conclusiones evidentes: aumentan las desigualdades de todo tipo. Entre ricos y pobres, entre contratos fijos e indefinidos, salariales, generacionales, por razón de sexo,… La pandemia lo ha agravado todo y solucionarlo requiere de políticas activas de diversos ministerios: Empleo, Hacienda, Economía, Sanidad, Inclusión, Seguridad Social,… En España estamos tan convencidos de corregir las desigualdades que hasta tenemos un Ministerio para luchar contra todas ellas desde «una perspectiva de género». Los resultados saltan a la vista:

Evidentemente, la evolución de estos datos económicos no depende del Ministerio de Igualdad, cuya agenda ha estado marcada por otros asuntos, como los intentos de aprobación de la Ley de Libertad Sexual y el Proyecto de Ley para la Igualdad Plena y Efectiva de las personas Trans. ¿Entonces, la Ley de Igualdad de Trato y No Discriminación no ha sido parida en ese Ministerio? Pues tampoco, puesto que fue aprobada en el Consejo de Ministros a iniciativa del PSOE y con la abstención de Podemos, pese a contar con toda una ministra de Igualdad de dicho partido en el gobierno. Las diferencias entre los dos partidos de gobierno son evidentes en numerosos asuntos de esta índole, pero quizás la titular del Ministerio de Igualdad, Irene Montero, ha estado del lado de las asociaciones feministas y todo se debe a una persecución constante de su actividad por parte del «heteropatriarcado» más rancio y caduco. Lo cual me cuadra mal con el hecho de que un centenar de asociaciones y colectivos feministas hayan reprobado su primer año de gestión por considerar que está cayendo en una «deriva antifeminista». O a mi modo de ver, en una pelea absurda entre mujeres y hombres.

El presupuesto del Ministerio de Igualdad o «igual da» se ha incrementado hasta los 451 millones de euros para 2021. Suponemos que la ministra en cuestión es una persona preparada para gestionar estos fondos, más los que tienen que llegar de Europa, porque pensar que ha llegado al puesto por sus relaciones personales sería de un machismo insoportable. Sería algo parecido a lo que se dijo de Ana Botella, que pese a ser licenciada en Derecho, haber obtenido la oposición al Cuerpo de Técnicos de la Administración Civil del Estado y tener amplia experiencia en diversas Administraciones Públicas, se le acusó de llegar al cargo por ser «la mujer de» o «elegida a dedo por», lo cual, visto cómo se cuecen las cosas en política, puede tener mucho de cierto. A mí personalmente, Ana Botella nunca me gustó y me incomodaba su modo de explicarse, pero el machista insoportable que pronunció aquellas palabras fue Pablo Iglesias.

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Un cuento progremita

LESTER, 06/03/2021

La delegada de Juventud estaba radiante. Aquella soleada mañana de martes convocó a sus compañeros de la concejalía de Cultura, así como al propio concejal, y les presentó el proyecto que la tenía tan ilusionada:

– Buenos días, compañeros y compañeras. Como os adelanté la semana pasada, estamos trabajando para ofrecer una formación en teatro e interpretación para los y las jóvenes de la localidad, que por lo que nos han transmitido otros años, es un tema que interesa a muchos de ellos y ellas. Por esa razón, se nos ocurrió a Gema y a mí que podía ser muy interesante trabajar desde el principio en una obra que fuera conocida por la mayoría de los asistentes a los cursos y ofrecer una representación para sus padres y madres al final del trimestre. Gema, por favor, cuéntales nuestra idea.

– Gracias, Carla. Sí, estamos hablando de chavales y chavalas de entre 12 y 16 años de edad, luego estuvimos pensando en una obra conocida por todo el mundo, pero que se pudiera adaptar a lo que entendemos son unos valores más adecuados al momento actual.

Alberto permanecía impasible, de brazos cruzados, con el aire ausente de siempre. A él le iba más la acción y este tipo de actividades le importaban más bien poco. Ramiro, el concejal, de largo el más veterano de los asistentes a la reunión, se incorporó levemente, apoyó los brazos sobre la mesa y preguntó de manera directa:

– ¿A qué obra pensáis meterle mano?

Gema y Carla se miraron entre ellas. Estaba claro que esperaban una reacción similar, así que se sonrieron y Carla tomó la palabra para responder con el discurso que tenían preparado:

– Antes de que digas nada, Ramiro, antes de que pongas el grito en el cielo, te repito que vamos a adaptar la obra, que vamos a hacer que incluya los valores que queremos transmitir a nuestros jóvenes: solidaridad, resiliencia, tolerancia, generosi…

Ramiro extendió su mano como implorando la respuesta:

– ¿Y esa adaptación es de…?

El Principito -respondieron ambas al unísono.

– ¡No me jodas! ¡El Principito! Con lo que estamos machacando a la monarquía, vamos a montar un show sobre ese chico “tan majo”, hijo de reyes, con derechos sobre…

– No, no, no, en absoluto, por eso queríamos explicártelo. En ningún caso será un príncipe, estamos dándole vueltas al modo de convertirlo en un ciudadano o ciudadana republicana ejemplar.

– ¡El Republicanito! -volvió a la carga Ramiro.

Ramiro era antiguo militante del Partido Comunista, “del de toda la vida”, y llevaba mal los nuevos tiempos de integración en la formación Alpedrete Se Puede, pese a que en el reparto de cargos le había tocado la concejalía de Cultura. Había militado en el PCE de finales de los setenta y principios de los ochenta, “de cuando luchábamos de verdad por la defensa de los trabajadores, en los comités de empresa, montando huelgas, piquetes… y no perdíamos el tiempo en moñadas sobre el lenguaje inclusivo o en discusiones sobre la bandera”. Ese discurso que todos en el ayuntamiento habían escuchado alguna vez estaba a punto de salir de nuevo de su boca.

– No, el Republicanito, no, sonaría ridículo…

– Si además es un tipo alto, rubio, bien formado, ¡un puto nazi! ¡Qué coño un nazi, si es como nuestro Príncipe antes de que fuera Rey!

– Ramiro, no te consiento que llames nazi a un personaje escrito precisamente por alguien que combatía contra los nazis en el frente de África. Si nos dejas, tratamos de explicarte nuestra idea -sugirió Carla.

– El simple hecho de que sea un hombre blanco responde a los estereotipos del heteropatriarcado -continuó Gema-, años y años de obras protagonizadas por hombres blancos y si me apuras heteros, así que el giro consiste precisamente en eso, en convertirlo en una mujer, no necesariamente rubia, no necesariamente alta, no…

– Os recuerdo que la obra es para adolescentes y sus padres, -interrumpió Ramiro-. Por favor, no me pidáis convertirla en mujer cis o trans, o lesbiana, que ya tenemos el escándalo montado.

– Nuestra idea va más por la vía de hacer de ella un personaje racializado.

Ramiro apreciaba los esfuerzos de Carla y Gema, valoraba sobre todo su juventud, entusiasmo y empuje, pero sin embargo las temía por su ausencia total de formación y lo sencillo que resultaba manejarlas, llevarlas por donde la corriente dictara o hacia donde las modas, especialmente las del lenguaje, las dirigieran. Todavía recordaba la que se montó cuando Carla se lió con un «ex-jarrai» e invitó a su grupo de vascos radikales a tocar en las fiestas del pueblo. La oposición pidió su cabeza por unas letras inadmisibles y solo se salvó por el hecho de que la contratación se hizo casi a precio de saldo y dentro de un pack completo en el que se incluían varios grupos de música alternativa de diferentes provincias. «Fue un error. Lo siento, me he equivocado, no volverá a ocurrir. Si esto os sirve en otros casos, espero que valga esta vez», fue su manera de zanjar el asunto en el pleno municipal.

– ¿»Racializada» significa negra?

– Qué bruto eres, Ramiro -respondió Carla-. Estamos pensando en una joven empoderada de origen magrebí, que sabes que en el pueblo ha crecido mucho la comunidad del norte de África. Además, pensamos que encaja perfectamente porque, te recuerdo, es allí donde se desarrolla el libro original.

Alberto intentó mediar en la situación, sobre todo porque vio que el gesto serio de Ramiro se había distendido. Sin duda alguna, su cerebro empezaba a valorar la idea.

– Ramiro, si te parece, vamos a dejar que nos expliquen el planteamiento. A mí me suena bien, una magrebí en el desierto del Sáhara cuestionando a un europeo repleto de prejuicios, no tiene mala pinta.

– Si te vas al libro original -continuó Carla aprovechando la tregua-, es una crítica al modo de entender el mundo de los mayores. Está el vanidoso, el millonario que no sabía para qué quería acumular tanta falsa riqueza, el rey que exigía obediencia y sumisión, el borracho… Podemos visibilizar muchos temas y llevarlos a nuestro terreno.

Ramiro permanecía en silencio. En el equipo de gobierno del ayuntamiento valoraban su capacidad e integridad, así como su visión realista de la situación, pero quizás por la edad, por esa negatividad o desencanto que mostraba, y sobre todo por esos prontos ocasionales, se había ganado a pulso fama de cascarrabias. Seguramente su cabeza estaba imaginando la representación que le proponían las dos jóvenes. El libro original de Saint-Exupéry le había parecido siempre una gilipollez supina, un cuento mucho más infantil e infinitamente menos profundo de lo que sus seguidores pretenden, pero era consciente de que no lograba que su afición a Gramsci o Gorki calara en los jóvenes que le acompañaban en el partido. «El comunismo es mucho más que ponerse un mechón morado y un candado en la nariz, es rebeldía intelectual frente a un sistema individualista e insolidario», solía decir. A sus propuestas culturales de los últimos tiempos, los ciclos sobre Bertolucci y Eisenstein, no había asistido nadie, ni siquiera sus «camaradas» más cercanos. Por el contrario, Carla conectaba bien con la gente más joven del pueblo. Sus propuestas resultaban ciertamente banales a Ramiro, muy simplonas, pero tenía que reconocer que lograban el seguimiento de la gente, la asistencia de jóvenes y mayores, y de paso conseguía lo que llamaba «llevarlos a nuestro terreno». En otras palabras: adoctrinar, dejar el mensaje progresista en cualquier manifestación artística o cultural, por intrascendente que pudiera parecer a priori.

– Ahora tenemos una reunión del equipo de gobierno y os tengo que dejar -dijo Ramiro cuando salió de su meditación- , pero os diré lo que vamos a hacer. El lunes me traéis el guion completo de lo que pretendéis representar y yo os lo apruebo o no. Os lo diré en la misma mañana.

– Pero, Ramiro, eso es censura, no puedes cortar nuestra libertad de… -respondió Gema.

– Claro que puedo, ya lo creo que puedo. No todo vale y no quiero sorpresas, ¿entendido?

A la semana siguiente, las dos jóvenes presentaron su proyecto a Alberto y a Ramiro. El guion tenía poco más de treinta páginas encuadernadas con el título La princesa del desierto. A Ramiro le gustó, «tengo que reconocerlo, no suena monárquico, sino poético y nos pone inmediatamente en contexto». Hicieron una lectura acelerada de los principales aspectos del cuento. El viaje entre planetas de El Principito se había convertido en un deambular de la joven magrebí en patera entre islas occidentales que le denegaban la entrada con argumentos peregrinos.

– Reconozco mi sorpresa, esto suena interesante, abre bastantes posibilidades.

– Hemos trabajado intensamente en el libro -respondió Carla henchida de orgullo-, llevamos varias semanas leyendo y releyendo el maravilloso relato y…

– Vamos a ver, no os vengáis arriba, que se lee en cuarenta minutos, que no es Bakunin precisamente.

– ¿Vaqué? Mira, Ramiro, hemos trabajado mucho en el proyecto, reconoce que para una representación infantil y juvenil es una obra perfecta que nos permite dejar ciertos de mensajes a los y las jóvenes del pueblo.

– Recuerda que casi todos los capítulos de El Principito -continuó Gema-, terminaban con «Las personas mayores son decididamente muy, muy extrañas». Espero que te parezca bien nuestra idea, pero queremos cambiar «las personas mayores» por «los europeos».

– El hombre de negocios millonario no tiene tiempo para atender a la joven de la patera porque tiene que contar su fortuna, que amasa y protege con esmero. El borracho que se avergüenza del tipo de vida que lleva representa el modo de mirar hacia otro lado de Europa. El rey solo anhela nuevos súbditos que incorporar a su reino. Al hombre del farol se le va la vida en sus obligaciones absurdas, sin sentido, y no tiene tiempo precisamente para aprovechar el tiempo. Vamos a cambiar el farol por algo diferente, todavía no sabemos qué, si un móvil o Netflix, pero algo que represente esta sociedad capitalista deshumanizada.

Ramiro cerró el guion sin esperar a la última página. El ceño fruncido que caracterizaba su gesto se había relajado. Esbozó lo más parecido a una sonrisa que era capaz de hacer y dijo:

– Adelante, tenéis mi aprobación. Buen trabajo.

Las dos jóvenes saltaron eufóricas de sus asientos y se abrazaron. Gema recibió el abrazo y un morreo de Alberto, con el que estaba liada, como todos sabían en el ayuntamiento, y Carla se acercó a Ramiro para propinarle un fuerte beso y un achuchón. Sus senos se apretaron contra el cuerpo de Ramiro, que no hizo nada por apartarse. No en vano, había visto esas «domingas» en múltiples manifestaciones de la joven, cuando las mostraba en reivindicaciones de las que siempre había dicho entre sus más cercanos: «no sé si es una protesta de alto contenido intelectual, pero desde luego Carla tiene unas tetas espectaculares».

Al final del trimestre se representó La princesa del desierto. El centro cultural estaba lleno. Unas doscientas personas abarrotaban la sala y otras veinte o treinta ocupaban los pasillos o permanecían de pie. El colectivo magrebí del pueblo había acudido en masa, no en vano una de las suyas interpretaba la obra. También estaban los vecinos de toda la vida, el ala más conservadora, que además había acudido con padres, hermanos y abuelos.

Con lo que Ramiro no contaba era con los cambios que tras los ensayos se habían incorporado al guion. Carla y Gema encargaron la adaptación teatral a un tipo que les habían recomendado del comité central del partido, uno de esos sujetos «con ideas propias y espíritu transgresor», como decía en su propio perfil en redes sociales. Ramiro tampoco había previsto dos elementos que no supervisó en su día, puesto que fueron incorporados después: la música y los dibujos. Para la música se escogió un grupo marroquí tradicional que cantaba en árabe. Carla y Gema no sabían ni lo que decía, pero les sonaba bien. Lo que ocurrió fue que el sonido del árabe, con sus jotas, erres fuertes y haches aspiradas, sonaba un tanto brusco por los altavoces y los más pequeños de la localidad comenzaron a reírse. Los marroquíes y argelinos que habían acudido a la representación consideraron aquello una falta de respeto y pidieron silencio de manera un tanto brusca, lo que no sentó bien a algunos familiares de los niños que se habían carcajeado. El ambiente se tensó aún más cuando uno de los versos de la canción, que mencionaba al profeta, se mezcló con las risas de un grupo de niños pequeños que estaban jugueteando por las butacas. Gritos de «respeto», contestaciones airadas y numerosos «chsssst» entre el patio de butacas.

Salió rápidamente al escenario «la princesa del desierto», el público apaciguó sus ánimos y cesaron los gritos cruzados entre ambos lados. Una niña con chilaba y el hiyab tradicional musulmán comenzó a hacer preguntas al narrador de la historia, el aviador que se había perdido en el desierto. La representación transcurría de manera aparentemente fluida, si bien, cada vez que la niña pronunciaba la frase «los europeos son decididamente gente muy extraña», se oía algún «joder» en el público. Ramiro vio entre los espectadores a algunos de los vecinos de toda la vida, «Pilar, la de la tienda de chuches, Emilio, el del banco, Adriana, la de la farmacia, Antonio, ese facha nostálgico». Antonio estaba sentado pocas filas delante de Ramiro, que le veía murmurar con su mujer y revolverse incómodo en el asiento. «Joder con el adoctrinamiento», se oyó en alto una de las veces.

El segundo elemento que no había controlado Ramiro era la representación de los dibujos, una de las señas de identidad de la obra original de Saint-Exupéry. Para La princesa del desierto los dibujos se proyectaban sobre el fondo blanco del escenario. Carla y Gema escogieron a un amigo de un amigo que tenía un conocido con facilidad para los trazos. Talento poco, pero tenía la habilidad suficiente como para que se entendieran sus dibujos. Y entre él y el director decidieron incorporar cambios como que el rey que exigía pleitesía no era un rey, sino un obispo, y en la pared aparecía un dibujo de una cruz. El obispo resultaba antipático, autoritario, casi inquisitorial, y la sombra de la cruz crecía con cada una de sus frases, en contraposición con la media luna que aparecía en el horizonte cada vez que la niña que hacía de princesa hablaba. Una niña que transmitía calma, paz, curiosidad. Antonio y otros vecinos comenzaban a murmurar cada vez más alto.

El director decidió incorporar otro cambio e hizo que otra de las islas-planetas estuviera ocupada por un policía pertrechado con casco, escudo y una porra. El policía recibía de muy malos modos a la niña, blandía la porra, profería gritos para impedir que se acercara a su isla y de una patada apartó la barca. Algunos niños que estaban en el grupo de los magrebíes se asustaron por la violencia que mostraba el policía, pero el escándalo fue mayúsculo cuando en la pared se proyectó una esvástica. «Esto es demasiado», se oyó en voz alta. Antonio se levantó de la butaca y se marchó con su familia, junto con otras tres o cuatro familias. Entre esas personas estaba Fructuoso, policía municipal de toda la vida, un buenazo al que conocía todo el pueblo y que había acudido a la representación con sus nietos. Mientras salía del teatro, Antonio se cruzó con Ramiro, al que le dijo: «tendrás noticias mías, esto es intolerable».

Alguno de los padres del colectivo magrebí soltó en voz alta «¡cerrad al salir!», a lo cual alguno de los que abandonaban el teatro contestó «¡cállate, moro!». Ramiro empezaba a ponerse nervioso y se sumó a los que pidieron silencio al resto del público. Las controversias no terminaron ahí. Carla y Gema habían decidido sustituir el famoso dibujo de Saint-Exupéry del sombrero que no es tal sombrero, sino una serpiente que devora un elefante.

– Demasiados símbolos fálicos -pronunció Carla en la reunión con el director, mientras preparaban la obra-. Aparte de que es una imagen que puede impresionar a los más pequeños y pequeñas, y crearles un trauma, es evidente que la serpiente tiene una connotación de dominación machista. No olvidéis que una de las formas de denominar al pene en inglés es one-eyed snake. Y en cuanto al elefante y su trompa colgando… demasiado obvio.

Tras una tormenta de ideas entre los tres, en la que se descartó la idea de una babosa o una cochinilla para el elemento femenino que querían incorporar al dibujo, concluyeron con lo que finalmente apareció en pantalla: una ballena buceando en el interior de una copa menstrual. La sorpresa para los padres que presenciaban la obra fue morrocotuda, por mucho que el diálogo de los personajes incorporaba una explicación sobre el papel de las mujeres por un mundo sostenible y su preocupación por el medio ambiente. «¿Eso qué es, Mamá?», se repitió en varias filas. Se levantaron otras tres o cuatro familias de las primeras butacas, algunas con niños muy pequeños que no entendían nada de lo que estaba ocurriendo, críos que no paraban de preguntar por todas esas cosas raras que estaban viendo sobre el escenario, «¿qué es una copa mistral, Papá? ¿Y un tampax?». Hacia la mitad de la obra apenas quedaba la mitad de los espectadores, familiares y amigos de la protagonista, varios colegas de Carla, Gema y del grupo municipal, y algunos pocos vecinos más que permanecían con sus hijos.

El lío definitivo se montó tras la otra decisión que tomó el trío de cambiar el dibujo original del cordero encerrado en una caja.

– ¡Eso es terrorismo contra los animales! Además del zorro y las gallinas, evidente parábola de un machista irredento a la caza de mujeres.

La representación comenzó con la imagen de la caja. La niña habló de que los animales debían ser libres y vivir en la naturaleza a su aire, porque eran nuestros hermanos. Cuando el aviador le respondió que los animales también servían para alimentarnos, la princesa del desierto comenzó a llorar y soltó un discurso sobre el terrorismo carnívoro y el daño medioambiental que el consumo de carne supone al planeta.

– ¡Matar a un corderito es una salvajada!

En ese momento todas las filas de espectadores marroquíes, argelinos, mauritanos o de donde fueran se levantaron de los asientos y comenzaron a gritar airadamente.

– ¡Es la fiesta grande del Islam!

– ¡Aid Al Adha, la Fiesta del Sacrificio! ¡Respetad nuestra cultura!

El padre de la niña que protagonizaba la obra subió al escenario, cogió en brazos a su hija y le dijo en árabe algo que no hacía falta entender. «¡Es nuestra tradición! ¡No estamos dispuestos a que nos insulten de esta manera!», prorrumpió dirigiéndose al escaso público que permanecía. Los pocos espectadores que quedaban trataron de poner paz y tranquilizar a las familias, Carla subió al escenario para tratar de hablar sobre el valor de la tolerancia en el relato y en nuestras vidas, pero nadie la escuchaba porque el griterío del patio de butacas era ensordecedor. Ramiro ni siquiera trató de mediar en la situación. Estaba muy mayor para estas cosas. Se quedó en su butaca observando la situación, las protestas de las familias, los llantos de Carla y Gema, las risas del director y sus colegas, y las caras de pánico de los pocos niños que quedaban en el teatro.

Al día siguiente, el vídeo que alguno de los vecinos había grabado se hizo viral: la esvástica y el policía, el obispo cabrón y la cruz, las protestas de los vecinos,… Varios medios de comunicación acudieron a la localidad y comenzaron a publicar cifras que todos los habitantes desconocían: porcentaje de inmigrantes sobre el total, incremento de la inseguridad, estadísticas sobre robos con violencia, ataques a comercios, pintadas racistas,… Mucho ruido, tanto, que el alcalde convocó una rueda de prensa en el propio ayuntamiento para leer una declaración institucional de apoyo a las familias y de respeto a la policía local. A continuación, Ramiro tomó la palabra:

– Lo siento otra vez. Me he equivocado de nuevo. No volverá a ocurrir. Y no volverá a ocurrir porque presento mi dimisión irrevocable.

Apenas le quedaban dos años para jubilarse. Algo haría con su vida, pero desde luego sería lejos de los focos de este mundo que cada día entendía menos.

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Los partidos que ya no veré

BARNEY, 27/02/2021

El deporte tiene la virtud de conceder casi siempre una segunda oportunidad, una revancha. Te quedas a las puertas de conseguir algo grande, como un título o derrotar a tu rival más duro, pero sabes que volverás con todas tus fuerzas para lograrlo a la siguiente oportunidad. Precisamente esas derrotas suelen influir en el carácter de un futuro campeón, lo forjan para que mejore y pula sus defectos. Como espectador es una suerte saber que podrás volver a ver ese partido que te ha maravillado, que volverá a haber un Nadal-Federer, o revancha de un Madrid-Barça, un duelo Coe-Ovett, o Carl Lewis-Mike Powell, o que los Lakers de Magic volverían a jugar la final contra los Celtics de Bird. Aquella mítica final de Wimbledon entre Bjorn Borg y John McEnroe se repitió un año después en el mismo escenario y en aquella ocasión la suerte fue esquiva con el sueco y la progresión del norteamericano le llevó al título. La espectacular final España-Estados Unidos de los Juegos de Pekín 2008 se repitió cuatro años después en Londres 2012 con un resultado similar: espectacular.

Por el contrario, hay partidos que me apetecía mucho ver, ocasiones únicas que esperaba expectante, y que por desgracia nunca se celebrarán porque, por la razón que sea, alguno de los dos contendientes se ha quedado en el camino. Me vino la idea viendo el documental La plata de Los Ángeles 84, en el que recuerdan aquel tercer partido de la final de la liga ACB entre el Real Madrid y el Barça, el que nunca se jugó. La ACB se disputaba con el formato de play-off por primera vez en su historia y la final se jugaba al mejor de tres partidos. El Madrid arrasó en el Palau (65-80), pero en un partido muy tenso perdió en la antigua Ciudad Deportiva (79-81). Fue un partido muy bronco, trabado, como lo querían los visitantes, puesto que en aquel momento el Madrid tenía mejor equipo (creo, es mi opinión personal) y la fluidez en el juego nos beneficiaba. Los últimos minutos, tras la expulsión de Iturriaga, Fernando Martín y Mike Davis, fueron tremendos, de una dureza inaudita para jugadores como Corbalán, Epi, Robinson o Chicho Sibilio. El único al que no le temblaba la mano era Juan de la Cruz, que metió los tiros libres decisivos para la victoria de los suyos. El tercer partido, de nuevo en la Ciudad Deportiva, prometía ser épico y muy tenso, con el título en juego, pero no se disputó por la disconformidad del Barcelona con las sanciones a Mike Davis y Martín, y sobre todo con el hecho de que el iniciador de la tangana, Iturriaga, quedara impune, apto para jugar. Quizás comenzara en ese año el afán del Barça por controlar los Comités de Competición, imprescindibles para dejar impunes algunas de sus hazañas de estas últimas décadas.

De eso va este post de hoy, del qué pena, del «me quedo con las ganas», de los partidos que habría gozado como espectador, pero ya no veré. Una lástima.

  1. Brasil-Alemania en el Mundial 82.

La selección brasileña que vino a España en el Mundial de 1982 es una de las mejores que yo he visto nunca, y desde luego la mejor si hablamos de jogo bonito. Zico, Sócrates, Falcao, Eder, Toninho Cerezo y un lateral izquierdo como Junior, de la estirpe de grandes laterales izquierdos que han salido de Brasil (Branco, Roberto Carlos, Marcelo). Como todo equipo brasileño que se precie, el superequipazo fallaba en dos puestos clave: el portero, Waldir Peres y el delantero centro, un tronco llamado Serginho. Aquella selección de Brasil maravilló a todos los que la vimos jugar en los tres partidos de Sevilla en la fase previa. Animación carioca en las gradas y sobre el césped. Daba igual que el equipo empezara perdiendo porque confiabas en que su enorme calidad revirtiera la situación, como ocurrió con la Unión Soviética (2-1, golazos de Eder y Sócrates) y Escocia (4-1). En la siguiente fase ganaron sin complicaciones a la Argentina de Maradona (3-1).

Por el otro lado del cuadro del torneo había dos selecciones que nos depararon quizás el mejor partido del torneo: la semifinal entre Alemania y Francia. En la selección gala se habían juntado varios artistas repletos de talento como Platini, Giresse, Tigana, Genghini o Bossis. Los alemanes habían tenido un inicio de Mundial complicado, con derrota 1-2 frente a Argelia (en la que jugó Djamel Zidane, que no es el tío de Zidane, señores de Marca, documéntense como no suelen hacerlo), pero, como siempre ocurre con los alemanes, son más peligrosos a medida que avanzan en un campeonato. Se vuelven más sólidos, más compactos y fiables. Contaban también con un equipazo, con Rummenigge, Littbarski, Allofs, Kaltz y «nuestros» Breitner y Stielike. En la prórroga de las semis, los franceses se adelantaron por 3-1 (el partido de la «cafrada» de Schumacher sobre Battiston), pero los alemanes siguieron con su ritmo machacón hasta lograr el empate. Eran una apisonadora, como lo han sido casi siempre.

Yo estaba convencido de que la final del torneo sería un Brasil-Alemania, aunque tampoco le habría hecho ascos a un Brasil-Francia. Los artistas brasileiros frente a la solidez germana. Pero los errores de Brasil ante la cicatera Italia de Paolo Rossi (3-2 en Sarriá) les costaron la eliminación y privaron a aquella selección de un título que, por belleza en el juego, habrían merecido. Y es que el fútbol consiste en que no te metan más goles que los que tú haces, aunque esa filosofía nos haya llevado a partidos planos de control de la posesión y rigor defensivo extremo. Aquella selección brasileña jugaba sin mirar atrás, solo hacia delante, combinando, tocando, practicando esa suerte ya casi extinguida del regate. Su entrenador, Telé Santana, era un firme defensor del talento sobre el campo, como demostró años después con aquel Sao Paulo que ganó dos veces la Copa Libertadores y la Intercontinental, una de ellas, la de 1992, a aquel Barça que se autoproclamaba dream team sin merecimiento.

2. Estados Unidos-Unión Soviética en Los Ángeles 1984

La política nos privó de ver uno de esos partidos míticos que habría adelantado algunos de los momentos que llegaron años después. El equipo que preparó Estados Unidos para los Juegos Olímpicos de 1984 era uno de esos llamados a ser recordados durante mucho tiempo, porque, pese a contar exclusivamente con jugadores universitarios (así sería hasta Barcelona 92), aglutinaba mucha calidad: Pat Ewing, Chris Mullin, Sam Perkins, Wayman Tisdale, Alvin Robertson y sobre todo, Michael Jordan. Todos ellos dirigidos por «El General» Bobby Knight. España llegó a aquella final tras derrotar en semifinales a Yugoslavia, en un partido perfecto (y milagroso) de los nuestros, una de esas noches que nos pasamos en vela a las tantas y dando botes en el sofá ante lo inaudito de la hazaña. Pero en aquella final tenía que haber estado la selección de la URSS, país que renunció a los Juegos como respuesta al boicot de los norteamericanos a los Juegos de Moscú de 1980.

La Unión Soviética reunió aquel año lo mejor de las repúblicas que componían ese conglomerado «geopolítico»: los rusos Myshkin, Tarakanov, Eremin y Tkachenko, el uzbeko Tijonenko, el letón Valters, el estonio Enden, el ucraniano Belostenny y los lituanos Homicius, Iovaisha, Kurtinaitis y el grandísimo Arvydas Sabonis. Eran los mejores de Europa de largo, como demostraron arrollando a todos sus rivales en el Preolímpico disputado dos meses antes de los Juegos, incluida nuestra selección, que cayó por casi treinta puntos de desventaja.

Con Sabonis siempre he pensado eso que dicen los americanos del «What if…?», ¿qué habría pasado si la URSS hubiera disputado esos Juegos? ¿Cómo habría sido ese duelo Sabonis-Ewing? ¿Qué carrera habría tenido el bueno de Sabas si no se hubiera destrozado la rodilla apenas dos años después? Si cojo y ya veterano fue capaz de hacer una carrera dignísima en la NBA, ¿qué habría sido este jugador en plena forma, sin lesiones ni dolores? Vlado Divac llegó a decir que «fue mejor jugador que O’Neal, Ewing y Olajuwon». Bill Walton afirmaba rotundo que «si Sabonis se hubiera ido a la NBA en 1985, Lakers, Pistons y Bulls tendrían unos cuantos anillos menos». A mí no se me olvidará jamás aquella participación de la mítica selección soviética en el Torneo de Navidad de 1984, y sobre todo los movimientos de ese joven gigantón que se llevaba por delante todo lo que pillara en su camino, ya fueran rivales, compañeros o tableros.

3.a) Real Madrid-F.C. Barcelona en una final de Champions

¿Estaban nuestros corazones preparados para esto? Durante los meses de confinamiento y ausencia de competiciones, algunas cadenas emitieron varios partidos de fútbol históricos, recientes algunos y muy lejanos otros. A ratos he visto las dos finales de Copa del Rey que el Madrid ganó al Barça en Mestalla, y lo primero que pensé es: «joder, no ha pasado tanto tiempo, ¿por qué ya no se juega así, a ese ritmo?». Los dos partidos fueron impresionantes, como varios más de aquellos años en que Messi y Cristiano Ronaldo estaban en su mejor momento (en la final del famoso gol de Bale no estuvo CR7 por lesión). Tú ves esos partidos ahora y ves un Madrid en el que se habían juntado una serie de talentos como Ozil, Di María, Xabi Alonso, Bale, Ronaldo y los que aún están, pero con varios años más: Modric, Benzema y Marcelo. Pero es que enfrente estaban el mejor Messi, Neymar, Iniesta, Xavi Hernández, Pedro, Cesc Fábregas, el teatrero Dani Alves,… Mucha tela en ambos cuadros.

¿Habríamos aguantado una final de Champions entre ambos equipos? Messi vs Cristiano, Pep vs Mou. Se rozó en varias ocasiones, puesto que el Madrid jugó hasta ocho semifinales de manera consecutiva y el Barça ocho en una década. Entre ambos equipos se llevaron seis Champions de 2011 a 2018, y parecía lógico pensar en una final entre ambos. El año 2012 parecía aquel en el que por fin se iba a disputar el partido de entre todos los partidos. Ambos equipos traían un resultado desfavorable, pero ajustado, del partido de ida de las semifinales: 1-0 el Barça frente al Chelsea, 2-1 el Madrid en campo del Bayern. Los dos equipos tenían encarrilada la eliminatoria con un 2-0 en la primera parte, y además el Barça había logrado su mejor arma en estos partidos: jugaba ya en superioridad numérica. Sin embargo, el Chelsea logró marcar antes del descanso y desniveló la balanza de la eliminatoria hacia su lado. La segunda parte fue un quiero y no puedo de los locales, que llegaron a contar incluso con un penalti que Messi lanzó al larguero. No fueron capaces de marcar más goles y en el descuento Fernando Torres marcó el segundo gol que más he celebrado de su carrera. Al día siguiente en mi oficina nos partíamos la caja con la situación: «¡¡¡Eliminados con un gol de Paquetorres, ja, ja, ja!!!». Pero hubo uno que dijo: «cuidado con escupir hacia arriba que…», que luego nos pasa lo que nos pasó. El Madrid ganaba 2-0 al cuarto de hora, pero se echó atrás para tratar de conservar el marcador y un gol del Bayern igualó la eliminatoria. No hubo más movimientos en el marcador el resto de los noventa minutos, ni durante la prórroga, y llegamos a una tanda de penaltis que los madridistas recordaremos como una de las más nefastas de nuestra historia: fallaron Ronaldo y Kaká, y remató Ramos con aquel penalti a las nubes que se hizo tristemente famoso.

Creo sinceramente que aquel Chelsea no era superior al Barça, ni aquel Bayern al Madrid, y que la final de 2012 tenía que haber sido uno de esos grandes partidos de la historia de la competición. Ahora bien, siempre y cuando ganara el Madrid, ¡que no sé cómo habría llevado una derrota de los nuestros!

3.b) El partido que Mou soñaba

Un año antes de ese 2012, Real Madrid y Barça se enfrentaron en las semifinales de la máxima competición. El entrenador madridista, Mourinho, planteó la eliminatoria de una manera peculiar, que a mí no me gusta especialmente: 0-0 en la ida, que no pase nada, y a jugársela en la vuelta en el Camp Nou. Tiene su lógico riesgo, porque esa estrategia supone desperdiciar el factor campo, pero fue muy evidente durante la primera hora de juego en la que no pasó nada. Literalmente. Como en los toros: tarde de expectación, tarde de decepción. Con Pepe en el centro del campo y una táctica ultradefensiva en la que nadie perdía su sitio, Mourinho jugó a que no se jugara, y funcionó hasta que el colegiado alemán Wolfgang Stark sacó su doble vara de medir: el patadón de Mascherano a Pepe en el minuto 57 no recibió el mismo castigo que la plancha de Pepe con teatro incorporado de Alves. Solo en ese momento, con diez en el campo, el Barça encontró los huecos y dejó la eliminatoria prácticamente sentenciada.

Fue el día de los famosos «¿por qué?» del portugués, de su rajada sobre Unicef y determinados arbitrajes, y el día en que ese partido de vuelta que Mou había soñado se desvaneció. Aun así, el Madrid tuvo alguna pequeña oportunidad de meterse de nuevo en la eliminatoria en el Camp Nou, pero ya se vio desde los primeros minutos y con varias decisiones que no iba a ser posible. Una pena. Fue una táctica cicatera, estoy de acuerdo, pero al Cholo Simeone le valió para eliminar de manera milagrosa al Bayern de Múnich en 2016 y al Liverpool en 2020, pese a ser inferior en el juego durante ambas eliminatorias. Lo que a unos se les aplaude, a otros se les critica, y en parte estoy de acuerdo, porque el Madrid no es como el vecino del tercero.

4. España-Brasil en el Mundial de Corea 2002

En junio de 2002 arrancaba un Mundial en el que algunos teníamos puestas muchas esperanzas. Me gustaba la selección de Camacho, habían demostrado una intensidad especial durante los partidos previos y estaba repleta de buenos jugadores en su mejor momento: De Pedro, Valerón, Mendieta, Puyol, Rubén Baraja, Diego Tristán, Nadal, Xavi, Luis Enrique, más todos los del Madrid que acababan de proclamarse campeones de la Champions apenas un mes antes: Hierro, Raúl, Morientes, Iker Casillas y Helguera.

En mi oficina hicimos una porra del campeonato completo y yo lo tuve muy claro desde el principio: España ganaba sus tres partidos de la fase previa, eliminaba a Italia en cuartos, a Alemania en semifinales y nos enfrentábamos contra Brasil en la final. Ese cuadro estuvo puesto durante casi un mes en «el corcho de la macroporra» de mi oficina. Italia y España habían avanzado como primeros de grupo, tal y como había previsto, y nos veríamos las caras en cuartos, donde no tenía ninguna duda de que romperíamos nuestra doble maldición: los italianos y los cuartos de final. Pero un arbitraje bastante sospechoso dejó fuera a los italianos en su duelo de octavos contra los surcoreanos, así que «más fácil» nos lo ponían.

Al partido con los coreanos ya le dediqué una entrada completa, Una mañana de junio, así que solo voy a recordar el equipazo que tenía la selección de Brasil ese año: Cafú, Roberto Carlos, Ronaldinho, Rivaldo, Lucio, Gilberto Silva, Denilson y un desatado Ronaldo, que se llevó el trofeo de máximo goleador del torneo con ocho tantos, y la sensación de que había vuelto, aunque solo al setenta por ciento de su estratosférico nivel previo a los dos años de lesiones.

Por cierto, para los más curiosos, en mi porra España perdía la final 2-1.

5. El quinto partido de Nalbandian

Siempre me cayó bien el argentino David Nalbandian, pero no sé si me apetecía ver el partido del que voy a hablar. Me refiero al que no llegó a disputarse en Mar del Plata en 2008, el hipotético quinto partido de la final de Copa Davis entre Argentina y España. Nalbandian era uno de esos genios de la raqueta capaz de mantener peloteos duros, secos, y de repente acariciar la bola y dejarla muerta al otro lado de la red o abrir ángulos imposibles. No sé si por falta de constancia o de físico no logró un mejor palmarés, o quizás se debió tan solo a haber coincidido con esas bestias voraces que han sido y siguen siendo Rafa Nadal, Novak Djokovic y Roger Federer.

Nalbandian obtuvo su mejor triunfo al lograr algo que parecía imposible: remontar una desventaja de dos sets al mismísimo Roger Federer en uno de sus mejores momentos. Ocurrió en 2005 durante la final del Torneo de Maestros en Shangái. 6-7, 6-7, 6-2, 6-1 y 7-6, en uno de esos partidos en los que no puedes despegarte del asiento. Pues bien, en 2008, en la final de la Copa Davis, Nalbandian parecía el jugador que había llegado más fuerte de ambas selecciones. En la primera jornada se deshizo con enorme comodidad de David Ferrer, aunque la sorprendente victoria de Feliciano López sobre Del Potro igualó el marcador. La Copa Davis es un torneo en el que la cabeza cuenta aún más que durante un campeonato normal, como se vio con Juan Martín del Potro, absolutamente desbordado por el ambiente y la presión. Se mordía el labio con tal fuerza que se lo llegó a cortar durante el partido. Por el contrario, Nalbandian mostraba seguridad, solvencia, convencimiento.

El partido de dobles era decisivo, puesto que parecía claro que Nalbandian se llevaría el suyo en la jornada final frente a Feliciano. Sin embargo, ante la desolación de los locales, España ganó el dobles y Verdasco se impuso a Acasuso, con lo que nunca sabremos cómo habría sido ese quinto partido del artista Nalbandian frente al no menos artista Feli. Mejor para nuestra tensión.

Y como tampoco sabremos cómo habría sido ese quinto partido tres años después, en la final de la Davis de 2011 en Sevilla, puesto que la victoria de Nadal sobre Del Potro puso el 3-1 en el marcador y volvió a dejar al bueno de David sin la oportunidad de disputar el punto que habría podido dar el título a los suyos.

¿Y vosotros, alguien se atreve a decir qué partido habría querido ver y ya no verá?

Cuánto amor en esas cintas

LESTER, 21/02/2021

Grabar una cinta, una cassette de las antiguas, no era una tarea sencilla de las que se podían hacer sin más, sin pensarlo mucho o en un rato suelto. Nada que ver con descargar una serie de canciones durante unas horas en e-Mule, no digamos ya con crear una lista en Spotify. Las fuentes que utilizabas para grabar podían ser un disco de vinilo, otra cinta, si tenías uno de esos equipazos de doble pletina tan de peli del Bronx, o directamente de la radio. Si alguna vez grababas de la radio, te pasabas toda la canción cruzando los dedos para que al locutor no le diera por ponerse a hablar hacia el final de la canción o porque no sonaran las señales horarias en mitad del temazo. Durante años escuché el Wrapped around your finger de The Police con las señales horarias a mitad de la canción y tengo asociada la letra a los pitidos en un momento concreto. De hecho, aun hoy sigo escuchándolos mentalmente cada vez que la ponen en la radio.

Tendré todavía cerca de doscientas cintas en casa, guardadas en cajones de esos que son como los baúles de los recuerdos que todos nos pusimos a ordenar o revisar durante el confinamiento de marzo y abril del año pasado. Mi mujer me sugirió que las tirara, «total, ya no las escuchas», pero me resistí y logré salirme con la mía. «Si ni siquiera tienes aparato para escucharlas». ¿Cómo que no? Tengo dos: uno en casa y otro en la oficina, junto al Delorean de Regreso al futuro.

A medida que los soportes digitales se fueron imponiendo, me compré los dos aparatos, sin la esperanza de poner las cintas muchas veces, pero con la seguridad que da saber que el día que quiera rememorar una de esas espectaculares recopilaciones, podré hacerlo. Con sus pitidos horarios, con su corte en mitad de una canción al pasar de la cara A a la B, con un sonido menos limpio que el CD e incluso con el miedo de que alguna cinta se enganche y se estropee para siempre, como me pasó hace un par de años con un fantástico recopilatorio de música de los sesenta, pero podré escucharlas.

En mi memoria, en mis recuerdos, tengo muchas de esas cintas asociadas a los viajes, tanto en coche como en autobús. Cada vez que iba a hacer un viaje largo en coche seleccionaba mis «compañeras» de viaje, las cintas que amenizarían el recorrido en mi Peugeot 205 o en el Citroen BX que tuve después. Ponía la guantera a reventar de cintas y si para eso había que mandar los papeles del coche o el manual al maletero, lo hacía. En cuanto a los viajes en autobús, tenía que hacer una «selección de la selección», puesto que no podía llevarme una docena en la mochila. Me acompañaba siempre el mítico walkman con unos auriculares cutres o con los que te daban en el propio autobús, y cuatro pilas de reserva por si me quedaba sin música a mitad de trayecto. Sé que los nostálgicos de mi quinta dirán ahora: «ah, y rebobinábamos las cintas con un boli Bic». Bueno, reconozco que yo lo hice muy pocas veces. Si quería volver al inicio de la cara A de nuevo, no tenía ningún problema en escuchar primero la cara B, que para eso había hecho una selección espectacular de canciones.

Durante el «ordenamiento» de cajones y recuerdos que hicimos en casa durante la pandemia, tiramos muchas cosas: suplementos dominicales de esos que había guardado durante años por algún artículo, revistas de cine, algunos fascículos coleccionables, papeles de todo tipo como declaraciones de la renta de los noventa (ya no vendrás a por mí, ¿no, Hacienda?), informes de anteriores trabajos o chorradas varias de las que te imprimías o mandaban por fax cuando no teníamos un guasap que te peta de memes a diario. Salvé dos grandes grupos de «recuerdos»: las cartas y las cintas. En el fondo, tienen mucho en común. Igual que cuando escribías una carta a tu chica ponías todo el sentimiento en ella, y la pensabas y repensabas veinte veces, grabar una cinta que le ibas a regalar era muy similar. Nick Hornby expresó ese sentimiento a la perfección en la novela Alta Fidelidad, una gozada para los amantes de la música, un libro muy divertido sobre Rob, un tipo que regenta una tienda de discos en Camden Town y se pasa el día hablando de música o pelis con los tarados de sus compañeros de trabajo. Cada vez que a Rob le gusta una chica, le viene una recopilación de canciones a la mente porque en su pensamiento, si una chica te gusta de verdad, lo primero es grabarle una cinta:

«Me pasé una pila de horas grabando aquella cinta. Para mí, grabarle una cinta que le voy a regalar a alguien es como escribirle una carta: hay mucho que borrar, pensar a fondo, a veces empezar de nuevo, y quería que aquella cinta fuese buenísima, porque… con sinceridad, no había conocido a ninguna mujer tan prometedora como Laura desde que empezara a pinchar discos. Una buena cinta de recopilación, igual que una ruptura, es algo dificilísimo de hacer bien. Tienes que empezar con un tema arrasador; tienes que mantener el ánimo del oyente (empecé con Got to get you off my mind, pero me di cuenta de que a lo mejor no pasaba del primer tema de la primera cara, ya que así le iba a dar lo que ella quería sin más preámbulos, y por eso decidí esconder en la mitad de la segunda cara); tienes que subir un puntín, o enfriar un poco el ánimo, y tampoco puedes mezclar música blanca con música negra, ni colocar dos temas del mismo artista en una cara, a menos que lo hagas todo por parejas de canciones, y además… Bueno, hay miles de reglas que cumplir. En cualquier caso, esa cinta me la estuve trabajando a fondo, y aún debo de tener por ahí dos cintas de prueba, dos prototipos que al final, repasándolos, no terminaron de convencerme».

Lo cierto es que si repaso algunas de mis cintas de aquella época compruebo que no cumplían varias de las reglas de Hornby, porque creo que, como en lo de escribir cartas, cada uno tiene sus propias reglas. En algunas de estas cintas que preparaba para viajes largos, me limitaba a veces a mezclar bandas sonoras de películas o recopilaciones sesenteras, mucho Dire Straits, Bob Dylan, los Beatles o Van Morrison (Brown-eyed girl, mi chica). O casi todos los años esperaba el especial de Carlos Pumares sobre las mejores canciones del siglo XX y me lo grababa casi entero, porque el bueno de Don Carlos sabía que éramos muchos los que lo hacíamos y ponía las canciones enteras, sin cortes, del primer minuto al último. También recuerdo que me grabé algunas cintas «horteras», como directamente escribía en el canto de las mismas, «Horteradas varias», porque a veces nada es mejor para un viaje en compañía que ponerte a algún cantante meloso italiano, el Solo Amor de Cadillac, o varios temas de Los Panchos, de esos que no te gustan, pero te sabes de pe a pa.

En esos cajones tengo también varias cintas que me grabó mi chica de entonces, mi mujer desde tiempos inmemoriales, y reconozco que quemaba esas cintas de tanto escucharlas cuando me iba de veraneo con la familia y pasaba semanas sin verla, ¡había mucho amor en esas cintas! En la selección, el orden, escribir las letras a mano en la caja o currarse una portada chula, nada que ver con tostar un CD, copiar un giga de música en un pendrive o lo más impersonal: compartir una cinta en Spotify. Es algo que no solo pensamos Hornby y yo, sino que estoy seguro de que millones de sentimentales apegados a la buena música lo sentimos. Como Quentin Tarantino. En la que para mí es su peor película, Death Proof, las chicas del Mustang amarillo entablan una de esas conversaciones tan tarantinianas sobre cine, música y la vida en general, y Abernathy (Rosario Dawson) dice que su chico le hizo un regalo especial, le grabó una cinta:

  • ¿Que te grabó una cinta? Espera, espera, ¿no te copió un CD? ¿Te grabó una cinta? ¡Qué romántico!

¡Exacto, Quentin! Así es. Todo esto sobre Hornby, el sentimiento que hay detrás de cada grabación, la importancia de la música, el hecho de formar parte de nuestras vidas, la promesa de volver a escucharlas, bla, bla, bla… sirvió para convencer a mi mujer de que no me hiciera tirar todas esas cintas. Logré no tirar ni siquiera esas otras cintas infames que compraba de vez en cuando en gasolineras sobre todo cuando viajaba en coche con algunos amigos y queríamos algo «alternativo» para unas risas: María del Monte, Bakaladisco, Verano Mix y esas cosas. Puro hardcore.

La única regla para esas ocasiones era no comprar la cinta del músico del pueblo, un clásico de todas las gasolineras de este país, junto a Camela, Los Chunguitos o José Ángel. Pero reconozco que me sé entera ¡»a la sombra de los pinos»!

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Gacelas, zombis, buitres y otras metáforas sobre la empresa

JOSEAN, 15/02/2021

Para el que no esté familiarizado con el término, se llama empresas gacela a aquellas empresas de crecimiento rápido, constante y muy por encima de la media. Según la OCDE, son empresas que logran crecimientos superiores al 20 por ciento durante tres años consecutivos. Suelen tener una plantilla reducida, buenas cifras de crecimiento en facturación y empleo, y una rentabilidad por encima del 15 por ciento. Según la web 123emprende, en España había unas 30.000 empresas gacela a principios de este año, localizadas fundamentalmente en Madrid y Cataluña. El sector de mayor crecimiento de este tipo de empresas en Europa es el de las tecnologías de la información, según el ranking Europe’s 500 seguido del inmobiliario y la construcción. Los sectores en España son, según el estudio de Iberinform, Crédito y Caución, los siguientes:

Son empresas que representan al pequeño emprendedor que arriesga y tiene éxito en su empeño, fundamentales en un país en el que más del 99 por ciento de las empresas son PYMEs. Resulta dramático leer que España ha perdido el 54 por ciento de sus empresas gacela durante este 2020 que ha sido tan trágico para todos.

En otra parte del tejido empresarial están las llamadas empresas zombis, aquellas cuyos ingresos no dan ni para cubrir sus gastos financieros. No solo no están en condiciones de devolver sus deudas, sino que a duras penas logran cubrir sus gastos. Caminan como los zombis de The Walking Dead, sin un sentido claro, despacio, arrasando todo lo sano que encuentran a su paso. Unas 220.000 empresas pueden estar en esta situación, el 6,2 por ciento según el INE, el porcentaje más alto de toda la Unión Europea.

Muchas de ellas siguen cotizando en Bolsa, como Pescanova, Adolfo Domínguez, varias aerolíneas, constructoras como OHL,… Se benefician del crédito barato y casi ilimitado, de los estímulos públicos y de las preferencias de los bancos por refinanciar una y otra vez sus créditos en lugar de exigirlos y darlos por fallidos, lo que empeoraría también la situación del sector financiero. Con la paralización de la actividad motivada por el estado de alarma, el confinamiento y los cierres parciales de determinadas actividades que han sucedido durante los meses posteriores a marzo de 2020 (y llevamos casi un año), era lógico que numerosas empresas se vieran abocadas al cierre. Los estímulos públicos en forma de ERTEs y sus sucesivas prórrogas, las refinanciaciones de deuda con los avales del ICO y la moratoria concursal hasta el 14 de marzo llevan de modo inexorable a una “zombificación” de numerosas empresas.

Los estímulos fiscales directos nos sitúan a la cola de Europa en cuanto al impacto presupuestario que suponen, según un informe reciente del Banco Central Europeo:

Lo cual no es muy esperanzador si tenemos en cuenta que también nos situamos a la cola en el triste ránking de evolución del PIB:

La economía española es altamente dependiente del turismo y la hostelería, sectores en los que por desgracia no se prevé una recuperación en el corto y medio plazo. El turismo se ahoga en sus deudas, como decía ayer este titular de El País.

Nulas ayudas directas, al contrario que otros países, en un sector que representaba el 12,4% del PIB. No existe un plan concreto, no se aprecia un horizonte claro mientras las principales compañías ponen sus activos inmobiliarios y hoteles a la venta.

Los estímulos para las empresas hasta la fecha se han centrado únicamente en la “patada a seguir”: prorrogar los ERTEs, posponer vencimientos de deudas, ampliar créditos con aval del ICO o retrasar las solicitudes de concurso. No voy a criticar tales medidas, ni mucho menos, pero es obvio que no se pueden mantener indefinidamente. Puede que el error esté en creer que la situación crítica de estas empresas se debía a un problema de liquidez y no de insolvencia, como si al retrasar los problemas estos fueran a desaparecer con el reinicio de las actividades, y ya estamos viendo que no es así. El problema de muchas de estas empresas es que no van a ser solventes ni rentables y están abocadas a la quiebra.

En diciembre de 2020 se destruyeron 3.003 empresas, a una media de 97 al día, un 10,4 por ciento más que en 2019. Unas 68.000 empresas en todo el año, de las cuales el 99,7 por ciento contaba con menos de 50 trabajadores. Y esto no ha hecho más que empezar, las cifras no reflejan la realidad de la situación. En la actualidad existen 740.000 trabajadores en situación de ERTE, ahora mismo prorrogados hasta el 31 de mayo, ¿qué va a ocurrir a partir de esa fecha? ¿O del 14 de marzo? Lo que parece claro es que la economía de un país no puede sostenerse a base de subsidios o moratorias a empresas que antes o después van a ser declaradas insolventes. De hecho, puede terminar perjudicando al propio sistema y dificultando la supervivencia de aquellas que sí son viables o cuyo problema es de liquidez temporal, no de falta de actividad.

Hoy precisamente, 15 de febrero, los ministros de Economía del Eurogrupo se reunían para debatir sobre los riesgos de las insolvencias empresariales. En Bruselas preocupa el elevado endeudamiento de las empresas y el retraso en la reactivación de la economía, lo que puede acabar con una oleada de quiebras una vez que desaparezcan los estímulos, la «respiración asistida» de las empresas. La Comisión Europea recomienda que dicha retirada sea paulatina y que los países aceleren en el arranque de los proyectos incluidos en los Fondos de Recuperación y el Plan Next Generation.

Otra fecha importante a tener en consideración es la del 17 de junio, día en el que expira el plazo para la transposición de la directiva europea sobre reestructuración e insolvencia. El Registro de Economistas Forenses (Refor) propone la creación de un sistema de alertas tempranas ante posibles riesgos de insolvencia y la profesionalización del sistema de refinanciación. En España los procesos de concurso empresarial concluyen con la liquidación de las compañías en un 90 por ciento de los casos, una ratio que en Europa se sitúa entre el 65 y el 70 por ciento. Según el Refor, muchas de las refinanciaciones en casos de indicios de insolvencia se podrían salvar con una gestión profesionalizada y proponen incluir en la norma la figura de un mecanismo llamado Pre-pack, consistente en el asesoramiento de un profesional para que la compañía pueda enajenar todos los activos de interés antes de llegar a la situación de concurso, cuando ya casi todo se liquida a precio de saldo. Ya que estamos con los símiles, se corre el riesgo de la proliferación de los fondos buitre o los buitres a secas, que se hacen con activos interesantes a precios inferiores al valor teórico de mercado.

En un país en el que empiezan a desaparecer las gacelas y proliferan los zombis y buitres, la situación pinta mal. Muy mal. La metáfora que más me gusta para hablar del funcionamiento de una empresa o de la economía de un país es la del tren de mercancías. El tren necesita una distancia muy larga para frenarse, cerca de un kilómetro si circula a 100 kilómetros por hora. Igual que las empresas, que muchas veces avanzan por inercia, frenando con lentitud hasta que se detienen por completo. Ponerlas en marcha de nuevo, al igual que un tren de mercancías, requieren una cantidad enorme de energía. Creo que el tren no se ha detenido todavía y que va a requerir toneladas de carbón, más madera, que diría Groucho, para ponerlo de nuevo en marcha.

O también puede ocurrir que las gacelas, los zombis e incluso los buitres sean devorados por el dragón chino, que avanza implacable por todas partes imponiendo su modo de hacer las cosas. Sanciones del Banco Mundial por prácticas fraudulentas y colusorias en Congo, Zambia, Paquistán o Filipinas, denuncias por incumplimiento de la normativa laboral en varios países de Latinoamérica, casos de corrupción en Ecuador, Malasia o Guinea Ecuatorial, daños medioambientales en Sri Lanka, Montenegro o Ecuador, espionaje industrial en Estados Unidos, etc. Ya se vio su papel activo en la crisis de Grecia a la hora de quedarse con los mejores activos del país, así que todo pinta “fenomenal”.

Una empresa española de toda la vida, Urbaser, vendida por Florentino Pérez y el grupo ACS a un fondo de inversión chino hace tres años, acaba de sufrir el robo de información de contratos públicos en pleno proceso de venta. Los hackers solicitan una contraprestación para no hacer pública la información “secuestrada”. En una empresa de 35.000 trabajadores. Muy “divertido” todo, sí, señor.

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