El guardián invisible y los guardianes (visibles) de la moral, por Travis

En las últimas semanas he recibido por distintos lados un mensaje para boicotear la película El guardián invisible, estrenada el pasado 3 de marzo. Supongo que todos estáis al tanto de la polémica, pero aun así extraigo un corte del mensaje:

“Una de las actrices de la película, Miren Gaztañaga, es también protagonista del canal autonómico ETB. En ese canal el pasado 08/02/17 Miren Gaztañaga ha dicho: “Los españoles son culturalmente atrasados. Me viene la imagen de un cateto. Me entran ganas de apagar la tele cuando suena el himno español” (…) Por declaraciones menos injuriosas que las de Miren Gaztañaga y sus compis, Fernando Trueba aprendió que no se puede ofender a España y luego hacer recaudación en taquilla”.

Inmediatamente, la productora de la película (Atresmedia), el director, Fernando González Molina, la autora del libro en el que se basa, Dolores Redondo y la actriz principal, Marta Etura, firmaron un comunicado desmarcándose por completo de las declaraciones y señalando que la participación de la susodicha actriz es mínima. Ya tenemos el lío montado.

He querido ver el vídeo de ese programa de humor sin gracia de la ETB, pero la cadena vasca lo retiró inmediatamente, así que solo he visto este corte. Lamentable, sí, desde luego. Y si se trataba de un programa de humor, que no lo creo, que aprendan de los chicos de Euskadi movie o Vaya semanita, porque yo al menos no le veo ni la gracia, ni el tono de humor, ni nada de nada de nada.

Será porque me gusta llevar la contraria, será porque el tráiler me resultó atractivo, será porque se rodó en Elizondo y el valle de Baztán, lugares en los que pasé un maravilloso fin de semana rural con Ella, la más Bella, o será porque suelo ir al cine a ver películas españolas con cierta frecuencia, al contrario que aquellos que tanto las critican, el caso es que mi interés por El guardián invisible aumentó. El comunicado de disculpa de Miren Gaztañaga llegó tarde y sonó falso, como cada vez que un nacionalista dice una burrada sobre España y ante las reacciones airadas de los ofendidos siempre contesta:

“Se han sacado mis declaraciones de contexto”, “yo no trataba de ofender a nadie”, o “lo de la puta España no se entendió”. A tu casa, Miren, Gerard o Rubianes.

Si yo fuera productor me lo pensaría antes de contratar de nuevo a esta actriz, desde hoy “veneno para la taquilla”, como se dijo en su día de Katharine Hepburn, pero lo que a mi modo de ver no podemos o no debemos es boicotear el trabajo de un equipo de ¿cien? ¿doscientas? personas, gente que ha trabajado arduamente por sacar adelante este proyecto, sean productores, actores, maquilladores o decoradores, y empresarios que se han jugado su dinero. Sí, lo sé, los enemigos del cine español volverán a venir con la falacia de las subvenciones, “estos tíos de la ceja están ahí solo para cobrar la subvención”, pero aparte de no ser cierto, el daño que se causa puede ser terrible.

El colectivo de actores tiene una tasa de paro superior al noventa por ciento, e incluso aquellos a los que les va muy bien, tienen el miedo de saber cuánto les durará la suerte, ser el actor o actriz de moda, estar en la cresta de la ola, y tener, por tanto, la fortuna de trabajar. Los productores se lo tienen que pensar treinta veces, si no más, antes de lanzarse a producir y financiar su siguiente proyecto, porque ni siquiera un director contrastado o contar con los actores de moda son garantía de éxito. Y desde luego, la subvención o los préstamos del Ministerio son una ayuda, pero el riesgo está ahí, a la vuelta del fin de semana de estreno.

La reacción de la productora fue inmediata porque está muy reciente el caso de Fernando Trueba, sus desafortunadas declaraciones, y el pésimo resultado en taquilla de La Reina de España. Las campañas de descrédito hicieron tanto como la calidad del filme, muy por debajo de La niña de tus ojos, de la que era continuación.

Durante los días que duró la campaña de ataque a Trueba y su película, escuché frases en la radio como que “un tío que toda su vida ha hecho basura” o “que no ha hecho una película buena en su vida”. Sorprende oír esto cuando, como todo el mundo sabe o debería saber antes de hablar así, Fernando Trueba ha ganado un Óscar a la mejor película en lengua no inglesa por la estupenda Belle Époque, ha sido finalista al mejor largometraje de animación por Chico y Rita, ha ganado dos Goyas como director, otros dos como guionista, la Concha de Plata y varios premios más. Uno de mis libros favoritos de cine es su Diccionario de cine, del cual ya he hablado otras veces aquí (No hagan trampas, señores). Todo lo cual no quita para que sus declaraciones en San Sebastián fueran, a mi modo de ver, una gilipollez. Y una falta de educación cuando además estás recibiendo el Premio Nacional de Cinematografía.

De poco sirvieron sus declaraciones posteriores: “Amo a España y vivo aquí por elección“, “mis palabras se han sacado de contexto”, y “se me ha malinterpretado”. Lo de siempre. Pero ya estoy mayor, o ya me considero lo suficientemente mayor como para que me digan lo que debo ver o no, a quién debo boicotear y a quién no. Y mis razones para querer ver El guardián invisible son muchas más que aquellas que los guardianes visibles de la moral me mandan para que la boicotee.

Supongo que esos guardianes visibles que alertan de la participación de Miren Gaztañaga estarán al tanto de que la actriz principal de la película es Marta Etura, una vasca que se ha posicionado siempre junto a las víctimas del terrorismo de ETA, y que ha llamado “terrorista” a Otegi. Una actriz que fue criticada hace unos meses por osar decir que debería gobernar Rajoy. Pese a que no coincida con ella en este punto, jamás se me ocurriría plantear un boicot a sus películas por sus declaraciones. Recomiendo las razones de El libre pensador para no boicotear la película.

En mitad de toda la polémica apareció otro de esos guardianes de la moral, aunque del lado contrario: Willy Toledo, otro que nunca “defrauda”. Manifestó su apoyo a Miren Gaztañaga y tildó a Marta Etura de ser “la más insolidaria, egoísta, lameculos, miserable, rastrera y cobarde de quienes ahí aparecen. Asco de gente. Asco de gremio. Asco de país.”

Cierto, asco de país sería este si no pudiéramos manifestar nuestras opiniones, sean del tipo que sean. Incluso Willy Toledo puede soltar sus exabruptos libremente en España, cosa que muchos otros no pueden hacer en esos países en los que se siente tan integrado, como Cuba o Venezuela. Que no coincida con este tipo no significa que no valore sus anteriores trabajos, los de hace muchos años. Me parecía un actor genial en Siete vidas, con una vis cómica inigualable en El otro lado de la cama, y estaba perfecto o ferpecto en Crimen ferpecto, del gran Álex de la Iglesia.

Y reconozco que no voy a verle al teatro o al cine, pero no porque nadie me lo diga, sino porque ya no me hace gracia el personaje. Desde hace años le veo amargado y cabreado con el mundo, canoso, con mala cara, el entrecejo agarrotado, no fruncido. Debe haber mil atmósferas de presión en esa zona de su ajada faz, una presión solo comparable a la de sus mandíbulas. Hace un par de años recibí también una serie de correos de otros guardianes de la moral para impedir su participación en la obra El Rey. No fui a verla, no me interesó.

Recientemente el actor se quejaba: “Me he tenido que ir de España, porque no me daba trabajo ni Dios“. Son cosas que pasan. Los productores se juegan su dinero y tienen que cuidar la inversión.

En Estados Unidos nos dan mil vueltas en este tema. Los actores pueden manifestar libremente sus opiniones políticas, apoyar a sus candidatos, incluso financiar sus campañas y no se les boicotea. Sabemos que Arnold Schwarzenegger y Clint Eastwood son republicanos y seguimos amando la mayor parte de sus películas. Robert de Niro, George Clooney o Jennifer Anniston apoyan a los demócratas y no creo que eso importe a los espectadores más conservadores a la hora de elegir una película para pasar un buen rato. En estos temas conviene escuchar más a los críticos de cine y menos a los guardianes de la moral, a esos que un día atacan a un actor, otro circulan autobuses naranjas o tratan de prohibirlos, y al día siguiente montan un escrache a Rosa Díez en la universidad.

Quería haber escrito esta entrada después de ver El guardián invisible para dar una opinión de cine, que es lo mío, y no la política, pero distintos imprevistos han hecho que tenga que retrasarlo unos días. Espero poder actualizar esta entrada en breve y hablar solo de la película de González Molina y Marta Etura. Veo que, afortunadamente, el boicot no ha funcionado, la peli va bien en taquilla y durará unos días más. No muchos, seguramente, así funciona este negocio.

 

 

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