No hagan trampas, señores, por Travis

club luchamente

Después del post sobre El club de la lucha, los amiguetes estuvimos comentando la gran trampa de la película, su truco final, consistente en el descubrimiento de la personalidad doble o disociada del narrador y Tyler Durden. El hecho de habernos mostrado las dos personalidades con dos actores distintos (Edward Norton y Brad Pitt), como dos personajes en lugar de uno solo, funciona, pero no deja de ser una gran trampa para el espectador. No resultaría creíble la pelea que da origen al club de la lucha con una escena interpretada por un solo actor, por ejemplo.

Algo parecido ocurre con Una mente maravillosa, una película discutible que no me gustó especialmente, y que hubiera resultado poco soportable sin la trampa de mostrarnos como reales las imaginaciones del matemático John Forbes Nash (Russell Crowe). Pese a tener esas trampas de guion y dirección, ganó ambos Óscars, así como el de mejor película (échale…) y el de actriz secundaria para Jennifer Connelly, que siempre está estupenda. En todos los sentidos.

Hoy voy a hablar de las trampas en los guiones o en la dirección de películas. Las trampas son admisibles si las estamos percibiendo a la vez que los actores de la película, pero no si son trampas de guión o dirección filmadas únicamente para engañar al espectador. Intentaré explicarme con ejemplos.

sexto

Cuando acaba El sexto sentido, te quedas impactado por ese final que te hace replantearte todo lo que has visto antes, y dices: “no puede ser, ha habido varias escenas en las que otros personajes, y no sólo el niño interpretado por Haley Joel Osmont, han estado hablando con el psicólogo (Bruce Willis)”. Pero no, la película no falla, la he visto después varias veces y no hay error, ni siquiera en la escena con el director del colegio o en el funeral. Realmente el director y guionista (M. Night Shyamalan) nos ha engañado, pero admito el engaño, no lo considero una trampa, porque las imágenes estaban delante y es responsabilidad nuestra detectar el truco. El club de la lucha está más en el lado de lo no válido, de la trampa para el espectador, pero nos gusta tanto la película que se lo perdonamos.

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Una trampa muy clara y no admisible ocurre en El Golpe, la brillante película de estafadores y fulleros de George Roy Hill, con Paul Newman y Robert Redford. Una vez que has visto estas películas por primera vez, las siguientes le buscas la trampa para el espectador y en ocasiones las encuentras. Hay un libro para cinéfilos o cinéfagos que recomiendo, que es el Diccionario de cine, de Fernando Trueba, y lo explica mucho mejor que yo, así que transcribo sus párrafos:

Lo que un guion no debe hacer nunca es trampa. Muchos lo hacen, cada vez más, y a nadie le importa demasiado. Pero existe una moral respecto a cómo se cuenta una historia. En El golpe, una película que ganó, entre otros el Óscar al mejor guion, hay un claro ejemplo de trampa, de lo que nunca debería hacerse. Para conseguir elevar la tensión final, justo antes de dar el gran golpe, la película nos hace creer que el personaje de Hooker (Robert Redford) va a traicionar a su amigo y socio Gondorff (Paul Newman), a través de una escena en que el FBI le detiene y chantajea para obligarle a ayudarlos y poder detener a Gondorff. A continuación, en una escena con los dos amigos hablando solos, se deja ver claramente la culpabilidad del que se ve obligado a traicionar a su compañero. En la secuencia final se descubre que todo es mentira. Pero el único sentido de la escena tramposa es manipular al espectador -por medios no legítimos- enseñándole como verdadero algo que inmediatamente se descubre que no lo es. Eso es hacer trampa.

Totalmente de acuerdo. Incluso la parte del FBI tiene momentos tramposos, “fronterizos” con el engaño al espectador. Fernando Trueba continúa con otra trampa inadmisible, que es la de El silencio de los corderos, cuando nos hacen creer que el FBI tiene rodeada la casa del asesino, y sin embargo, es Jodie Foster en solitario quien está llamando a la puerta del siniestro Buffalo Bill.

silencio

Pero eso no es lo peor de El silencio de los corderos. Para mí, la mayor trampa y la menos perdonable de la película se produce con una de las claves de la trama, que es la fuga de Hannibal Lecter. Éste se encuentra con una camisa de fuerza y la máscara, y le vemos mirando fijamente la pluma del doctor Chilton.

hannibal

Unas pocas escenas después, el doctor no encuentra la pluma, pero Hannibal sigue con la careta y la camisa de fuerza puestas. Luego, le vemos utilizar la pluma para soltarse en la celda, así que sólo cabe preguntarse: ¿cómo se ha hecho con ella? Dentro de su grandioso uso de la mente, ¿tendrá Hannibal poderes telequinésicos? ¿Explica la película cómo lo ha hecho? ¡Noooo! Y eso es imperdonable, es trampa. El guionista no sabe cómo mostrarlo en pantalle y lo despacha con un par de miradas, y ¡voilá! la pluma aparece por arte de magia en manos de Hannibal Lecter. Y ganó los Óscars a guión, dirección y película. Tres Óscars para guiones con trampa.

El libro de Thomas Harris explica perfectamente cómo lo hace, pero no es demasiado visual ni cinematográfico, de ahí que Hollywood usara otra de sus trampas habituales. El libro explica que en los años de reclusión de Hannibal Lecter sólo hubo dos fallos de seguridad: uno, cuando un psiquiatra le dejó un bolígrafo y luego olvidó reclamárselo. Hannibal Lecter se quedó con el cartucho metálico, arrojó el resto de objetos de plástico al retrete y lo ocultó en el colchón. El segundo fallo, seis meses después, cuando un enfermero le pasó varios documentos sujetos con un clip. El doctor Lecter pulió ambas piezas y se hizo esa especie de llave o ganzúa que utiliza para soltarse las esposas. Las ocultaba bajo la encía. Pero claro, todo esto es poco estimulante para un cineasta, así que es mejor hacer creer al espectador que la inteligencia del doctor Lecter puede superar a las leyes de la física.

Algunas trampas son vitales para el desarrollo de la trama, pero otras son completamente innecesarias. En American Beauty, por ejemplo. La película es magnífica por muchas razones, por su crítica de la sociedad americana y su falsedad, o por esos personajes enrevesados que sólo muestran sus contradicciones en cada escena. Desde la primera frase de Lester Burnham (Kevin Spacey) sabemos que va a morir, la peli no va de eso:

“Me llamo Lester Burnham. Este es mi barrio. Esta es mi calle. Esta es mi vida. Tengo 42 años. En menos de un año habré muerto”. Una vez se desarrolla la película, lo cierto es que nos da un poco igual quién asesina al bueno de Lester. Pero sin venir a cuento nos ponen una escena en la que la hija de Lester fantasea con su novio, Ricky Fitts, sobre la idea de cargarse a su padre. No tiene sentido, cómo iba a cargarse el camello a uno de sus mejores clientes. Y luego vemos a Carolyn (Annette Bening) dando clases de tiro, o llorando en el coche cogiendo el revólver de la guantera, planteándose su vida y si cambiarla de golpe cargándose a Lester. Son escenas innecesarias, sobre todo vista la resolución final del asesinato. La película es muy buena sin necesidad de darle un poco de suspense al autor del asesinato. Por cierto, sí, también ganó el Óscar a mejor guion. Van cuatro. También ganó los de mejor película, dirección, actor y fotografía.

Acabó ya con algunas no-muertes tramposas del cine, y con otras igualmente tramposas pero arregladas después en la propia película. Por ejemplo, en la primera de Indiana Jones, su chica, Marion, es subida a un cesto, y el cesto a un camión que poco después estalla y arde por completo. No hay escapatoria posible, Marion ha muerto calcinada. Sin embargo, esa misma noche Marion aparece por arte de magia ante Indiana Jones, y lo que resulta inadmisible: ¡no da explicaciones! ¿Es la mujer antorcha o tiene poderes para teletransportarse? Es cierto que la peli está llena de momentos inverosímiles, pero los demás entran dentro de lo “normal” en este género de acción: agresiones a las leyes de la física, coincidencias imposibles, algo de fenómenos paranormales y unos malos muy simples. ¡Pero lo de Marion es trampa!

gandalf grisgandalf blanco

No es lo mismo que ocurre con Gandalf el Gris en El Señor de los anillos: la comunidad del anillo. Es cierto que le damos por muerto en su pelea con el balrog, pero cuando aparece de nuevo en Las dos torres, convertido ya en Gandalf el Blanco, lo primero que hace es dar una explicación a los hobbits. Y al espectador. Bien hecho, Peter Jackson. Y Sr. Tolkien.

O con Terminator-Schwarzenegger, que muere en la primera, pero reaparece en la segunda. La explicación es verosímil. Bueno, dentro de la inverosimilitud de la historia.

Hay películas en las que se juega a engañar al espectador con la muerte de algún personaje (El tercer hombre, Operación Swordfish), pero al tratarse de una ocultación al resto de personajes de la trama, con una explicación conveniente posterior, resultan lícitas. Lo que no parece muy de recibo es lo que le ocurre a James Stewart en Vértigo, un ex policía que se deja “colar” la muerte de una mujer, que no es la que él seguía (Kim Novak) y que ya estaba muerta (estrangulada) cuando la lanzaron desde la torre. El muy pánfilo ni se entera, ni sigue la autopsia, ni identifica el cadáver, se lo traga todo. Claro que la película es de Hitchcock, el inventor del McGuffin, que viene a ser: “no tengo que dar explicaciones al espectador sobre algo concreto de la historia, porque a mí me interesa otra trama”. Vamos, que nos las compongamos como queramos, que tratemos de resolver las incongruencias. Al menos no le dieron el Óscar al mejor guion, aunque sí hay muchos críticos que la consideran entre las 50 mejores películas dela historia. Por lo menos el cartel puede que sí lo sea.

vértigo

Hasta otra, amiguetes. No dejéis de ver películas, aunque tengan trampa.

Cara Travis

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2 comentarios en “No hagan trampas, señores, por Travis

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