El salar de Uyuni, por Lester

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Quería despedir el año hablando del lugar más alucinante e irreal en el que haya estado nunca, un paraje que parece de otro planeta hasta el punto de haber sido elegido como escenario para el planeta Crait en la última de Star Wars, Los últimos Jedi. Me refiero al salar de Uyuni, un planeta de una galaxia muy, muy lejana en Bolivia.

Bolivia nos pareció un país maravilloso, con unos sitios espectaculares sin explotar aún para el turismo, un país enorme (de 1,1 millones de kilómetros cuadrados) con muchas posibilidades por tanto como ofrecía y tan variado, y al contrario que tantos países del entorno, seguro y con precios mucho más que asequibles.

Este año que ahora acaba va a estar marcado para siempre en mi memoria por Bolivia y el voluntariado que hicimos en el Hogar Teresa de los Andes, y por los días posteriores que pasamos en el impresionante salar de Uyuni.

El pueblo de Uyuni es feo de narices, con un aire a ciudad fronteriza del Oeste que se quedó anclada en el tiempo. Se puede llegar en avión (a una terminal de menor tamaño que una estación de autobuses de pueblo grande), en tren desde Oruro, a través de un recorrido panorámico entre montañas que recomiendan en las guías, o como hicimos nosotros, en coche desde Potosí (otra ciudad que merece la pena conocer, para comprender el legado y el saqueo español en el siglo XVI). Ya el recorrido desde Potosí te da la impresión de que estás yendo al fin del mundo, pues durante muchos kilómetros no hay pueblos, ni te cruzas con coches o gente, los montes están pelados, apenas hay vegetación y los únicos seres vivos que encuentras son llamas y vicuñas.

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Lo primero que hay que tener en cuenta para recorrer el salar de Uyuni a un precio asequible es no contratar la excursión hasta llegar allí. Sí teníamos reservado el hotel de sal (Casa Andina en nuestro caso) en el que pasaríamos la noche previa a la salida.

20170901_163652Queríamos hacer el recorrido de tres días comenzando un sábado por la mañana, y contratamos el paquete a las cinco de la tarde del viernes. El pack completo incluye coche con guía, alojamiento y comida durante el tiempo contratado. Habíamos intentado reservar previamente y los precios que nos pedían eran prohibitivos. Un sablazo para turistas. No exagero si digo que ocho veces más de lo que finalmente pagamos, 600 bolivianos por cabeza. Ridículo. Así que paciencia, que las agencias y guías están a la caza del turista, tienen que completar sus vehículos (seis plazas en cada uno) y te van a esperar. Y sobre todo, negocia, negocia y negocia, discute el precio y regatea como si estuvieras en un bazar turco o marroquí.

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El salar de Uyuni está a unos 3.600 metros sobre el nivel del mar y es una superficie blanca, salina, de unos 11.000 kilómetros cuadrados (como Asturias, más o menos) rodeado por montañas y volcanes. Este fenómeno de la naturaleza se formó hace miles de años cuando los lagos prehistóricos que lo formaban se secaron y dieron lugar a este enorme manto blanco de sal. La excursión que se suele contratar por el salar de Uyuni dura tres días, aunque realmente solo el primero estás propiamente en el salar. Los otros dos se aprovechan para recorrer los no menos alucinantes paisajes de volcanes, lagunas y desiertos que lo rodean.

La primera visita obligada según sales de Uyuni es el cementerio de trenes, una colección de trenes de vapor abandonados hace un siglo que aumentan esa sensación de pueblo decadente del Oeste que indicaba al principio.

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El terreno es tan propicio para la aventura que fue incluido en el recorrido del Dakar en 2014, y volverá en este 2018 que está a punto de comenzar.

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La superficie del salar es tan plana y, una vez que entras, sin referencias, que se ha convertido en un lugar propicio para un determinado tipo de fotos que se hacen jugando con la perspectiva.

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A la hora de comer, todos los coches se juntan en un refugio en mitad del desierto de sal. Cuando llegas al refugio te sorprendes por encontrar a otros cuarenta o cincuenta coches, cuando durante el resto de la jornada has estado prácticamente solo.

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A media tarde, mientras avanzas de nuevo por el manto blanco de sal preguntándote si no se habrá perdido tu guía, divisas a lo lejos una forma que parece el lomo de una ballena varada. Es la Isla Incahuasi o Isla del Pescado, como ha sido denominada por su forma. Si ya tenías la sensación de estar en otro planeta, los colores, las piedras y los cactus gigantes que encuentras en la isla hacen que ya no tengas esa sensación: ahora es una convicción.

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Ahí vuelves a juntarte con otros turistas, pero no hay masificación, no hay agobios de gente, y tú te preguntas en qué se va a convertir esto si lo explotan de modo conveniente para el turismo. Desde luego, es un sitio que hay que conocer sí o sí, que recomiendo a todo el mundo. O a todo el que esté dispuesto a dormir en determinados albergues y a comer, en fin, un poco de aquella manera.

El atardecer en el salar es como todo, un espectáculo, en este caso de colores rojizos. Mirando al horizonte en algunas partes parece que se funde con el cielo y se hace imposible distinguir dónde empieza uno y donde acaba otro.

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Las dos jornadas restantes transcurren fuera del salar, pero los paisajes no son menos sorprendentes. Yo me quedé con los colores de la tierra, de los volcanes, de la ladera de las montañas y por supuesto, de sus lagunas.

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La laguna Hedionda, la laguna Verde y por supuesto, la laguna Colorada. En todas ellas encontramos unos flamencos rosas que parecían sacados de una película de Pixar. O de Barbie.

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La fauna es otra de las sorpresas de la zona. A los flamencos se unen las llamas, vicuñas, zorros, avestruces y unos conejos enormes llamados vizcachas. Comimos carne de llama y aunque el guía no nos lo confirmó, creemos que también probamos el flamenco rosa, que era como un pollo coloreado.

Degustamos estos manjares en mitad de un sinuoso pasadizo entre montañas nevadas junto al desierto de Siloli. Tocamos la nieve y la tierra del desierto con solo desplazarnos cincuenta metros. Estábamos a unos 4.000 metros de altitud y cuando mi hijo y yo subimos el montículo para tocar la nieve fue cuando de verdad tuvimos la sensación de falta de oxígeno de la altitud de la región. Hasta entonces fue muy llevadero para nosotros. En el desierto, la erosión de miles de años forma figuras sobre la roca, como el famoso árbol de piedra.

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La segunda jornada dormimos en un albergue muy básico, y ya estoy exagerando. El albergue está en un poblacho de una decena de casas de adobe, junto a la laguna Colorada, pero encontramos otra de esas sorpresas de tantas como da la zona: un bar/pub/billar/futbolín en el que pudimos descansar, tomar unas cervezas, jugar al billar y ¡escuchar música de los ochenta! Música europea o norteamericana que nos sonó genial, después de varios días escuchando “los grandes éxitos regionales”, auténticos dramas sureños de historias de amor no correspondido que suelen acabar de modo trágico.

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La tercera y última jornada empiezas el camino de vuelta a las seis de la mañana atravesando una zona de géiseres con olor a huevo podrido. En esa zona alcanzas el punto de mayor altitud que recorrimos, 4.800 metros.

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Y como no deja de haber sorpresas en todo el recorrido, a las siete y media de la mañana estábamos en unas aguas termales. Con dos grados de temperatura en el exterior, nuestro guía Carlos nos preguntaba que si queríamos darnos un baño. “Pues claro”, le dije, “hemos venido a probarlo todo”.

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Fue una sensación muy agradable, tanto, que no queríamos dejar el agua calentita, confortable, sobre todo para no enfrentarnos medio desnudos a los dos grados de temperatura. Llegados a este punto el turista tiene la opción de atravesar la frontera con Chile para ir al desierto de San Pedro de Atacama, o volver a Uyuni, como hicimos nosotros. El camino de vuelta también está repleto de atractivos, como la laguna Cañapa, o el desierto de Dalí, así llamado por las caprichosas figuras que forma la erosión de la piedra.

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En definitiva, fueron tres días increíbles, alucinantes, posiblemente de lo más variado y sorprendente que he podido encontrar nunca. Recorrimos algo más de 1.000 kilómetros con nuestro guía, conductor, cocinero, mecánico, fotógrafo y DJ (lo único en lo que era un desastre) Carlos, al que agradecimos sus servicios con una buena propina cuando nos dejó ilesos, sanos y salvos en Uyuni.

Merece la pena conocer Bolivia. La zona del Amazonas, el lago Titicaca, los helechos gigantes del parque de Samaipata, las misiones españolas en la Chiquitanía, el legado que dejaron los españoles siglos atrás en Sucre y Potosí, y por supuesto, el salar de Uyuni. No me canso de recomendarlo. Ojalá este país vaya saliendo de la pobreza y mejore sus índices de desarrollo. Quería que el último post del año estuviera dedicado a este país que ha marcado el 2017 de toda mi familia, un país que nos ha dejado tanto cariño y al que le deseo lo mejor.

¡Feliz año 2018 para todos, amigos, lectores, compañeros, para todos los bolivianos y de modo muy especial, para todos los chicos y trabajadores del Hogar Teresa de los Andes!

Cara Lester

 

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