Miedo y rechazo

JOSEAN, 08/05/2021

El jefe de gabinete y consejero áulico de Pedro Sánchez, Iván Redondo, participó en 2018 en unas jornadas organizadas por el PSOE bajo el título Elecciones y emociones. En una famosa intervención, que estos días se ha rescatado en varios medios, afirmaba que “…de las tres principales emociones que tenemos, con las que además se puede jugar en campaña electoral, la primera sería el miedo, la segunda sería el rechazo, y la tercera, la esperanza, la ilusión”. Los que conocen bien a este consultor lo definen como un tipo hábil, calculador, buen estratega, un gran negociador al que se señala como el principal artífice del éxito de la moción de censura que aupó a Pedro Sánchez al poder en mayo de 2018.

Todo lo que se ha movido en el PSOE en los últimos tiempos, no tanto en el partido como en las alianzas del equipo de gobierno, lleva su firma, su huella como negociador capaz de aunar voluntades tan diferentes como las de Unidas Podemos y el PNV, Bildu, Esquerra o el PDeCat, Nueva Canaria, o cuando los ha necesitado, Ciudadanos. Pero con las elecciones a la Comunidad de Madrid el PSOE se ha estrellado de manera estrepitosa. Ni uno solo de sus cálculos, ni una sola de sus estrategias ha sido acertada. Han jugado tanto con el miedo y el rechazo, que no han sido capaces de llegar a la tercera de las emociones que el mismo Redondo decía que jugaban un papel tan destacado.

Desde el mismo instante en que se convocaron las elecciones, todos los partidos han “jugado” (por utilizar las palabras de Iván Redondo) con el miedo: el miedo a la ultraderecha, el miedo al trío de Colón, o por el otro lado, el miedo al socialcomunismo que con tan poco acierto ha gestionado la pandemia. Ha sido la campaña más desagradable que recuerdo desde que tengo posibilidades de ir a votar. En cada intervención de Pablo Iglesias, en cada una de sus frases, aparecían las palabras ultraderecha y fascismo, al principio asociadas solo a Vox, pero a continuación relacionándolas con el Partido Popular y con su candidata Isabel Díaz Ayuso. Lo ocurrido en Vallecas, alentado por el que era hasta hace nada vicepresidente de gobierno, fue lamentable. Como el episodio de la Cadena Ser o las cartas con amenazas, todo ha sido vomitivo durante la campaña.

Y a toda acción sucede una reacción, así que Santiago Abascal y Rocío Monasterio plantearon su batalla en términos de “frenemos al frente popular”. Joder con el lenguaje guerracivilista, joder con la puta manía de clasificarnos a todos en rojos y fachas. Todo lo que se movía por un centro moderado ha sido arrasado, primero UPyD y luego Ciudadanos, que se ha pegado el tiro en la sien con las mociones de censura o con la gestión de Ignacio Aguado en Madrid.

El caso es que a los madrileños nos han puesto en la tesitura de tener que elegir entre esos dos bloques que los mismos partidos han creado de manera intencionada, y al agitar nuestros miedos ha ocurrido que, más que elegir votar a favor de uno, se ha votado mayoritariamente en contra del otro, del que más rechazo producía. Y ese rechazo no lo causaba Ángel Gabilondo, sino el tándem PSOE-Podemos, o mejor dicho, cualquier posibilidad de gobierno en el que pudiera entrar Pablo Iglesias. A mediados de marzo del año pasado, según empezó la expansión de la pandemia y cuando los fallecidos apenas superaban los dos centenares, escribí que “todo vale en la guerra contra el rival político, incluso las desgracias, o sobre todo las desgracias. Todo vale para atacar, criticar, crispar y sacar tajada de una situación, por dramática que esta pueda ser”. Y lo que ha ocurrido con Madrid es digno de estudio.

No voy a defender la gestión de la pandemia que hizo el gobierno de Isabel Díaz Ayuso, porque la primera ola fue dramática y se llevó por delante a casi 18.000 personas, pero es que prácticamente ningún gobierno del mundo se enfrentó de manera adecuada a una situación como esta. Pero sí reconozco que se hizo mucho por mejorar y controlar las siguientes oleadas. El consejero de Sanidad de Madrid, Enrique Ruiz Escudero, es médico de profesión, luego estoy seguro de que sabe algo más de esto que todos nosotros y que los tertulianos opinadores de todo y conocedores de casi nada. O que un ministro de Sanidad filósofo. La Comunidad de Madrid propuso una serie de medidas que fueron muy criticadas por el gobierno central por venir de quien venía, con descalificaciones, para ver cómo meses después se implementaban. Estos quince meses de ataques han sido vergonzosos. Los test de antígenos, las PCR en los aeropuertos (pedidos en junio, aprobados en noviembre), bajar el IVA de las mascarillas, que nos dijeron que “no se podía, pero ahora ya sí se puede”, los cierres perimetrales, las mascarillas FFP2, tachadas de “insolidarias y egoístas” por Fernando Simón,… Que si los franceses venían a Madrid a emborracharse, aunque aparecieran estadísticas que demostraban que habían entrado más franceses en Cataluña que en la capital, que si Madrid falseaba las estadísticas, aunque luego lo desmintiera el propio Fernando Simón. La última polémica llegó con la petición de la vacuna rusa Sputnik, medida ampliamente criticada por “desleal” e “irresponsable”, hasta que se supo que el gobierno alemán estudiaba también su compra. La campaña de ataques a los hospitales de Ifema y el Isabel Zendal darían para un estudio sociológico sobre el rechazo.

Madrid molestaba y molesta. Todos los líderes del PSOE y de Unidas Podemos se turnaban para atacar cualquier medida que se aprobara en la Comunidad de Madrid, aunque no fuera la única región en tomarla. Se daba la bienvenida a ingleses y alemanes y se insultaba a los madrileños. Emiliano García Page se permitió hablar de “la bomba radiactiva vírica” que les llegó de Madrid, sin contar que miles de sus ciudadanos trabajan en esta provincia que acoge a todo el mundo sin distinciones. Yo, como buen madrileño no nacido en Madrid que soy, me he sentido atacado numerosas veces en el último año por insolidario, fiestero, egoísta, irresponsable y “tabernario”. El presidente de un organismo público como el CIS, José Félix Tezanos, tomaba partido por quienes le habían designado para el puesto. Pero de todas las cosas surrealistas que hemos vivido en este último año, ninguna me ha llamado tanto la atención como la petición de Gabriel Rufián de que nos subieran los impuestos a los madrileños… y ver solo dos días después a la ministra de Hacienda María Jesús Montero defendiendo dicha medida. Seguramente será culpa de Madrid que Cataluña tenga un déficit siete veces superior al de Madrid, o que la deuda generada por la Generalitat sea 2,3 veces superior.

Como decía la semana pasada, el problema no está en los ingresos, sino en el descontrol de los gastos. Y yo como madrileño, me fío bastante más de Javier Fernández Lasquetty (aunque pueda no coincidir en lo ideológico con él), consejero de Hacienda de Madrid, que de Gabriel Rufián. Así que nos tocaba votar el 4 de mayo y se había generado tanto miedo y rechazo que ni siquiera valorábamos la tercera emoción mencionada por Redondo, la esperanza. Esperanza… Aguirre. El PP de Isabel Díaz Ayuso es el de esa Esperanza y a mí no me genera ninguna ilusión. Ni siquiera ha tenido que hacer campaña, o vender un proyecto, le bastaba con defenderse de los ataques. La carta que nos llegó a casa solo contenía una palabra: Libertad. La simplificación del mensaje llevada a su mínima expresión: libertad o comunismo, fascismo o Venezuela, izquierda o derecha, rojos o fachas. El enorme demérito de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias es haber logrado que cientos de miles de madrileños hayan olvidado que el Partido Popular de Madrid era hace nada el partido de Ignacio González o Francisco Granados, el partido y la región en donde comenzó la Gürtel con el Albondiguilla en Boadilla y con Jesús Sepúlveda en Majadahonda. Ojalá no volvamos a esos tiempos, y creo sinceramente que no lo haremos.

No había que ser un lince para saber que Isabel Díaz Ayuso iba a arrasar en las elecciones, como así ha ocurrido. Incluso dirigentes socialistas de toda la vida como Joaquín Leguina o Nicolás Redondo Terreros, o el filósofo Fernando Savater en El País, apoyaron la candidatura de Isabel Díaz Ayuso. El Partido Popular ha ganado en 4.194 de las 4.416 secciones censales. En todos los distritos de la capital, en 177 de los 179 municipios de la comunidad, y también en esos barrios como Vallecas, que Pablo Iglesias se atribuyó como “nuestro”.

Es para que Iván Redondo, si tan buen estratega y analista es, se lo mire. Esas alianzas que procuran beneficios puntuales en el corto plazo son letales en el medio y el largo plazo. Pasan factura, igual que las campañas desproporcionadas de ataques e insultos.

Un millón seiscientas veinte mil personas se han “radicalizado”, tócate los… Si la respuesta de la izquierda es la vuelta a la guerra civil de Carmen Calvo o los insultos de Juan Carlos Monedero, será cuestión de tiempo que la derecha arrase a nivel nacional.

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El gran despilfarro

JOSEAN, 01/05/2021

A mediados de los ochenta, el actor y humorista estadounidense Richard Pryor protagonizó una comedia con el mismo título de este post (Brewster’s millions en el original), cuyo argumento, en principio de lo más simple, terminaba convirtiéndose en algo estresante cercano a la pesadilla: para cobrar una herencia millonaria, el personaje tenía que gastar 30 millones de dólares en un mes, pero sin comprar nada, solo contratando proyectos o servicios inútiles que no le dieran ningún rédito pasado ese plazo. Para ello abre una oficina a la que empiezan a llegar pirados ofreciéndole proyectos inverosímiles como poner un motor a un iceberg y traerlo de no-sé-dónde o inicia una campaña electoral invirtiendo un pastón en carteles y merchandising, pero con eslóganes que incitan al voto por cualquier otro rival.

Estas semanas me he acordado tristemente del argumento de esta película y ha sido viendo las explicaciones del gobierno con la preparación (y las múltiples presentaciones) del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia. Desde que la Unión Europea aprobó dicho plan de recuperación (en mayo del año pasado, no olvidemos que ha transcurrido casi un año) hemos oído hablar de muchos proyectos sobre los que se ha concretado poco, salvo que debían llevar las palabras sostenible, inclusivo y digital. La idea de que va a caer un maná del cielo de Bruselas se ha difundido por los dos partidos de gobierno, especialmente por parte del socio del PSOE, Unidas Podemos. Todavía no había llegado un euro y ya estaban hablando de la no devolución de los mismos o discutiendo su condicionalidad a la necesidad de hacer reformas. Estoy seguro de que su celebración de la supresión temporal del techo de gasto y los objetivos de estabilidad presupuestaria heló la sangre a muchos en Europa.

El caso es que la llegada de esos fondos europeos resulta más necesaria que nunca y constituye una oportunidad de oro para reformar antiguas estructuras de nuestro país que han quedado obsoletas: económicas, industriales, administraciones públicas, en materia de medio ambiente… La duda radica en saber si los actuales dirigentes (y no hablo solo del gobierno central, sino también de las comunidades autónomas) cuentan con la capacidad suficiente para hacerlo, y sospecho que esa misma duda la comparten numerosos dirigentes europeos.

Los Presupuestos Generales del Estado se diseñaron contando con 26.634 millones de euros de adelanto de los fondos europeos y pese a que los mismos no van a llegar hasta 2022, se presupuestó un incremento de gasto en todas las partidas y para todos los ministerios. La falta de rigor en el control de los fondos públicos, unido a las demandas de todos los socios del gobierno en la aprobación de los presupuestos, va a suponer un incremento del déficit público hasta niveles nunca vistos en nuestro país, y eso que partimos del más alto de toda Europa. Y el déficit sostenido se transforma en deuda pública, y esa deuda en un lastre para el futuro. La “next generation” se va a cagar en todos los que intervinieron en la gestión de los fondos Next Generation, no tengo ninguna duda.

Ni siquiera cabe el consuelo de pensar que de los 140.000 millones que teóricamente deben llegar a España en los próximos ejercicios, 72.700 son ayudas directas y 67.300 corresponden a préstamos que, de momento, no se van a solicitar. Si algo han demostrado los políticos de nuestro país es que una vez que crean un cargo público, sea comisión, secretaría, grupo de expertos, consejo o empresa, no desaparece. Los seres vivos públicos nacen, crecen, no desarrollan nada, procrean y nunca mueren. Y no me refiero a médicos, profesores, fuerzas y cuerpos de seguridad, funcionarios de carrera, trabajadores sociales, etc., no. Me refiero al ingente e infinito crecimiento de afines a los partidos que se crean para vivir de lo público.

El actual Consejo de Ministros (¡y Ministras!) consta de 23 miembros (¡y miemb…!, no, eso no), incluyendo al presidente y las cuatro vicepresidencias creadas. Son seis ministerios más que en el primer gobierno de Pedro Sánchez, en 2018. En ese primer gobierno había 25 secretarías de Estado, que tres años después ascienden a 30. Evidentemente, las razones que motivaron dichos incrementos no fueron de eficiencia o mejora de gestión de lo público, sino para hacer hueco al nuevo socio de gobierno. Para los que nos escandalizamos con este despelote, resulta recomendable este gráfico de la evolución del número de vicepresidencias y ministerios en las últimas cuatro décadas: hemos vuelto a los niveles de mayo de 1980.

Luego está la cifra de asesores que pueden contratar en esos ministerios, nombramientos de libre designación, normalmente de fuera de la administración pública, que son designados a dedo sin tener que justificar un mínimo currículum o preparación. Este artículo de Voz Pópuli hablaba de 1.212 asesores con un coste anual de 65,4 millones de euros, un fuerte incremento en comparación con las cifras (también estratosféricas) de 860 asesores y 44,8 millones de euros anuales del último gobierno de Mariano Rajoy. No he podido validar el origen de estas cifras que me parecerían escandalosas si fueran ciertas, pero me resultan igualmente escandalosas las determinadas por la web Newtral.es, elaboradas tras realizar solicitudes de información a los diferentes ministerios a través del Portal de Transparencia. Este análisis concluye que el gobierno de coalición tuvo en nómina al menos a 224 asesores, y dice “al menos” porque el ministerio de Interior (Grande Marlaska) y el gabinete de Presidencia no contestaron a los requerimientos. 224 asesores de libre designación de los que no podemos saber el salario ni la trayectoria profesional porque así se decidió en la propia Ley de Transparencia, a la que ya le dediqué su correspondiente crítica por cagadas como esta (Ni transparencia, ni buen gobierno).

El sueldo base de un asesor ascendía a 51.945 euros en 2020 y el de un consejero técnico de información, de 45.638 euros, a los que hay que sumar los complementos específicos de 28.320 euros por “asesorar” en una vicepresidencia y de 21.299 euros si es en un ministerio. Y no acaba ahí la cosa, sino que además tienen unos complementos de productividad que son variables: “varían” en función de lo que al que les ha colocado le parezca bien. Todo ello me parece un despelote infinito, como puede comprobar cualquiera con sus propios ojos echando un vistazo al Real Decreto 139/2020, de 28 de enero, por el que se establece la estructura orgánica básica de los departamentos ministeriales. Dejo solo un artículo para el que quiera hacer sumas:

Del análisis de Newtral llaman la atención muchas cosas, como el hecho de que el ministerio que designó a mayor número de asesores durante el primer año de gobierno fue el de la Vicepresidencia de Derechos Sociales y Agenda 2030 ¡con 18! asesores afines designados a dedo por Pablo Iglesias. Prácticamente el triple que Sanidad, Trabajo o Educación, para que se entienda bien cuáles son las prioridades de ese ex vicepresidente que solo hablaba de la importancia de la sanidad, el trabajo y la educación.

España tiene muchos problemas, pero el de la ineficiencia de las costosísimas administraciones públicas es uno de los más gordos y de más difícil resolución, puesto que quienes tendrían que resolverlo son los que lo han originado. Pero no termina en el gobierno central, ni mucho menos. Este martes 4 de mayo tenemos elecciones a la presidencia de la Comunidad de Madrid y uno ve con asombro que el número de diputados autonómicos sube de 132 a 136. ¿136 diputados en la Asamblea de Madrid? ¿Para qué? La Generalitat de Cataluña tiene otros 135 diputados en el Parlament y todavía no han sido capaces de formar gobierno después de más de dos meses. En la Asamblea de Murcia, donde se originaron estos últimos movimientos de silla por controlar el poder, hay 45 diputados y en Andalucía, otros 109. Suma y sigue, y si todo ello redundara en beneficio del ciudadano, no lo discutiríamos, el problema estalla cuando vemos la torpeza de casi todos ellos para gestionar una crisis como la generada por la pandemia o para crear estabilidad económica o desarrollo para sus respectivas regiones.

(En el interior te hablan de la preocupación por el medio ambiente. Ya…)

Siempre que leo estas cifras me acuerdo de la teoría de las élites extractivas que los norteamericanos Daron Acemoglu y James Robinson desarrollaron en su libro ¿Por qué fracasan los países?: las élites extractivas “tienen como objetivo extraer rentas y riqueza de un subconjunto de la sociedad para beneficiar a un subconjunto distinto”. Es una aberración que desde el año 2000 hayan crecido las transferencias de competencias a las comunidades autónomas y que hayan aumentado paralelamente los cargos autonómicos y los asesores de los gobiernos centrales. Esta misma semana escuché en la radio un dato escalofriante: desde marzo de 2020 se ha creado un puesto público por cada cuatro empleos que se han destruido en el sector privado. Si los datos son ciertos, el sector público ha aumentado en 149.400 asalariados en los últimos doce meses, mientras que las empresas han destruido 605.400 empleos. Es insostenible.

El economista y profesor de la universidad de Barcelona José María Gay de Liébana publicó esta semana un artículo que leí con interés, pese a que su título cabreaba por la mera posibilidad de que nos lo planteáramos en serio: ¿Y si nos intervinieran? El profesor elabora unos cálculos de la deuda pública española, añadiendo al 120% oficial ya conocido el montante global de pasivos en circulación de todas las administraciones y la deuda de las empresas públicas, y sitúa la cifra en la acongojante cantidad de “2.028.737 millones, el 180,8% del PIB“. Concluye el profesor diciendo que “durante estos años recientes se ha demostrado la manifiesta incapacidad de nuestros gobernantes y la clase política para sacar adelante a España. Quizás es la hora en que necesitamos que vengan desde fuera y nos pongan firmes para así poder desarrollar todo nuestro potencial económico“. Yo no puedo estar de acuerdo con la intervención externa, pero sí con el control exhaustivo de todas nuestras finanzas, justo lo contrario de lo que están demandando Sánchez, Iglesias y Montero desde que llegaron al gobierno. Y más control ahora que van a llegar millones desde Europa y se ha fomentado un cambio legislativo para relajar dichas medidas de control.

La Unión Europea lleva años reclamando tres reformas fundamentales a nuestros gobiernos: laboral, fiscal y del sistema de pensiones. La del sistema de pensiones no se ha comenzado porque crea unos conflictos que ningún gobierno quiere afrontar. Las modificaciones en la legislación laboral van en línea contraria a lo demandado por Europa, y la fiscal se ha centrado única y exclusivamente en incrementar la carga fiscal a las empresas y a lo que llaman “las grandes fortunas”, que en la mayoría de las medidas son “las medias fortunas”, la clase media. Cuando uno no es capaz de controlar su gasto público, ¿qué es lo que hace?: plantear que hay que subir los impuestos. La recaudación fiscal cubría hasta hace dos años el 93 por ciento del gasto público. Ahora apenas alcanza el 75 por ciento, y este es un dato más que preocupante.

Concluyo donde comencé, con la oficina de Richard Pryor recibiendo proyectos y unas costosas campañas electorales. Espero que no se cuelen proyectos para amigos como el del machismo de la M-30. ¿Cómo se va a articular el dineral proveniente de Europa? Pues a través de lo que el Real Decreto recoge como seis pilares, cuatro ejes y diez políticas palanca:

Y si concretamos un poco más, estas políticas se desarrollarán a través de treinta líneas de acción (algo inconcretas, por cierto):

Si esto fuera el Un, Dos, Tres, al llegar al número 6 ya habrían saltado las Tacañonas para decir que habían repetido una respuesta.

El punto 29 es la mejora de la eficacia del gasto público, que espero que no consista en crear un nuevo comité de asesores y subdirectores para decir cómo hay que ahorrar. Y por cierto, todo muy resiliente, digital e inclusivo. Esperemos que la inclusividad no consista en pagar a “especialistas” o “especiedelistos” para hacer contribuciones como esta:

Poco nos pasa.

Sí se puede. No se podía, pero ahora ya sí se puede

JOSEAN, 15/11/2020

Ahora resulta que sí se podía (¿acaso alguien lo dudaba?). Me refiero a que no se podía, pero ahora ya sí se puede bajar el IVA de las mascarillas, por más que desde el gobierno se nos indicara que no estaba permitido por la Unión Europea. Uno miraba los tipos impositivos de nuestro entorno y todos los países tenían tipos mucho más bajos que el nuestro, pero trataban de convencernos de que no era posible pese a que ya en mayo la Unión Europea indicó que se podían rebajar las tasas e impuestos de todos aquellos productos relacionados con la Covid-19.

No se podía, pero ahora ya sí se puede exigir una PCR negativa a los viajeros que lleguen de países de riesgo, como venían haciendo Italia y Francia, sin ir más lejos. La medida entrará en vigor a partir del 23 de noviembre, pese a que durante muchos meses se desestimó la implantación de esta medida, y aun hoy sigue haciéndolo el coordinador de emergencias, Fernando Simón.

“Sí se puede” fue un eslogan popularizado por la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, una forma de decir que había alternativas para los ciudadanos, que sí se podía paralizar un desahucio en los años duros de la terrible crisis del ladrillo que terminó en crisis de deuda. El partido de Pablo Iglesias se adueñó en sus inicios del eslogan, tres palabras que además encajaban a la perfección con el nombre escogido para el partido, Podemos, un lema que sus seguidores proclamaban en sus mítines y manifestaciones públicas.

“Sí se puede” como lema de que sí se podía hacer otro tipo de política, más cercana al ciudadano, como nos vendían, y alejada de ese gran “Monstruo” de varias cabezas que eran (pronúnciense con voz catastrofista) la banca, las grandes empresas, la Unión Europea, ¡la casta! Cada semana que pasa descubrimos que muchas de las cosas que pensábamos que no eran posibles, realmente sí lo son.

Ahora parece que sí se puede dormir tranquilo teniendo a Pablo Iglesias de vicepresidente de gobierno. Atrás quedaron esos tiempos en que Pedro Sánchez decía que no se podía formar un gobierno en coalición con los de Pablo Iglesias, porque con Unidas Podemos en el gobierno no dormiría tranquilo por la noche. Junto con el 95% de los ciudadanos que tampoco se sentirían tranquilos”. Septiembre de 2019, Sorprende la naturalidad con la que hemos visto que “sí se puede”.

Sí se podía pactar con Bildu, pese a que escuchamos en innumerables ocasiones que “con Bildu no se acuerda nada” (junio de 2019), o que “no me voy a reunir con Bildu”, “ni siquiera para decirles que no” (febrero de 2016), porque estaba claro que “con Bildu no vamos a pactar, si quiere se lo digo cinco veces o veinte durante la entrevista” (abril de 2015).

El primero de los documentos de la ignominia fue el acuerdo firmado con nocturnidad y alevosía entre el PSOE y Bildu para derogar la reforma laboral. Estoy convencido de que el logotipo del PSOE en el mismo encabezado que el de EH Bildu tuvo que revolver los estómagos de miles de militantes socialistas, empezando por Nadia Calviño.

Pero aquel documento tan bochornoso ha sido sustituido por la elección de Bildu como socio preferente para el acuerdo de negociación de presupuestos. Que sea Arnaldo Otegi quien anuncie ufano el principio de acuerdo no es casual, lo que ha creado malestar en varias voces destacadas del partido socialista.

Pues sí, resulta que no se podía, pero ahora ya sí se puede pactar con Bildu e incluso blanquearlos, como llevan haciendo desde hace unos meses, y de modo especialmente vergonzoso esta última semana. Pero es que ¡también se podía pactar con Esquerra Republicana de Cataluña!, pese a que Pedro Sánchez dijera hasta la saciedad que no iba a pactar los presupuestos con los independentistas por la oposición de los militantes del partido y, entre otras cosas, porque “los líderes independentistas no son de fiar”.

El otro día escuché en la radio que es Pedro Sánchez quien ha cambiado de opinión, porque Pablo Iglesias había tenido muy claro desde el principio cuál era su agenda. Y en este punto de las coaliciones está claro que ha sido su partido el que se ha salido con la suya en la elección de los aliados. Pero hablar de coherencia en el caso de Iglesias tampoco parece lo más acertado.

Parece ser que no se podía salir del barrio de toda la vida porque eso significaba perder el contacto con la gente y era peligroso el rollo de aislar a alguien. Este rollo de los políticos que viven en chalets, que no saben lo que es coger el transporte público o el precio de un café”. No se podía, pero ahora ya sí se puede uno comprar un casoplón de 600.000 euros, moverse en coche con escolta y chófer, y alejarse “del pueblo”. Pero es que las “líneas generales” de los que llegaron para combatir a la casta han cambiado tanto como los Siete Mandamientos que los animales escribieron en el muro de la granja de Orwell (Rebelión en la granja podemita).

No se podía mantener a un imputado o investigado en el partido, no digamos a un condenado, pero ahora ya sí se puede. Recordemos que los líderes de Podemos dijeron hasta la saciedad que no era admisible que un partido tuviera miembros imputados en sus filas, o que no se asumieran responsabilidades políticas en una investigación por financiación irregular. Esta misma semana, el 20 de noviembre, la cúpula de Podemos acudirá a declarar por financiación irregular.

Pedro Sánchez dijo que no se podía permitir que un partido condenado por corrupción estuviera en el gobierno, pero tras la sentencia de los ERE y la condena a los dos anteriores presidentes de su formación parece que sí se puede, y veremos qué ocurre con la investigación a Podemos. Los de Iglesias insistieron con que no se podía tener a miembros del partido imputados y en cargos de responsabilidad, pero ahora ya sí se puede, e incluso se les asciende, como ocurrió con Isa Serra o con Pablo Echenique. Al igual que hacían los líderes animales de la granja, en Podemos han añadido una coletilla a la máxima de la que presumían: “no tendrán que dimitir si son imputados… por actividades ajenas al ejercicio de su cargo público”.

Y así con prácticamente todo. No se podía, pero ahora ya sí se puede beneficiar uno de su estatus de aforado, pese a que en el código ético del partido se abogaba por lo contrario o pese a que en su programa electoral hablaran de “eliminar los privilegios procesales”. No se podía politizar la justicia, ni controlar la elección de los miembros del Consejo General del Poder Judicial, pero ahora ya sí se puede, incluso yendo un paso más allá y designando directamente al mayor número posible de miembros afines.

No se podía hacer bromas machistas, pero ahora ya sí se puede e incluso se puede ejercer el machismo más trasnochado “guardando” durante meses la tarjeta SIM del teléfono de una mujer de veintitantos años para no someterla a “más presión”.

No se podía meter mano a la educación sin un consenso previo, no se podía nombrar consejeros a dedo, y menos aún que fueran familiares, amigos o personal de confianza del partido, no se podía nombrar un fiscal general del Estado que no fuera independiente, no se podía controlar a los medios de comunicación, ni coartar la libertad de expresión, ni aplicar la llamada “ley Mordaza” (excepto si era para proteger la seguridad de los moradores de cierta casa de Galapagar), en fin, no se podían hacer muchas cosas, pero queda claro que ahora ya sí se puede.

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Rebelión en la granja podemita, por Josean

rebelión 1

En 1945 se publicó la novela satírica Rebelión en la granja, del escritor británico nacido en la India George Orwell, una estupenda fábula sobre el estalinismo y la corrupción que engendra el poder. Tomando como punto de partida la revolución iniciada por los animales de una granja contra sus dueños opresores, humanos lógicamente, Orwell realiza una crítica furibunda de los totalitarismos y la manipulación de la realidad por parte del poder establecido cuando dicha manipulación es útil y necesaria para sus objetivos.

Por si alguno no la ha leído (que deje ya este post y se ponga a hacerlo de inmediato), o por si los que la leyeron en su día no la tienen fresca en la memoria, trataré de hacer un breve resumen de lo que esta historia cuenta.

rebelión 2

Tras la muerte del Viejo Mayor, figura que puede representar a Lenin o incluso a Marx y los principios de lucha contra el capitalismo, los animales de la granja, liderados por los cerdos, se rebelan contra el señor Jones y los humanos, a los que consiguen expulsar. En una pared bien visible escriben sus reglas, los Siete Mandamientos que todos los animales sin excepción se comprometen a cumplir.

Crean un nuevo orden bajo el mando del astuto cerdo Napoleón (Stalin), el cual se apoya en sus inicios en Snowball (Trotski), posiblemente más inteligente y preparado que el primero, y en Squealer, que representa al aparato de propaganda necesario para convencer a los demás animales de que cualquier decisión de Napoleón es siempre la acertada y la más conveniente para ellos. El caballo percherón Boxer es el proletariado trabajador, y las ovejas y gallinas representan a los campesinos, al pueblo que acata y nunca se muestra crítico con las decisiones de los cerdos.

Con el tiempo, los cerdos comenzarán a incumplir uno a uno los Mandamientos, entre ellos el de caminar como los humanos o dormir en una cama, y tomarán decisiones que no serán bien comprendidas, como la de mudarse a la antigua casa de los Jones. Para mantener su autoridad, Napoleón se rodea de un grupo de violentos perros (la policía secreta estalinista), y solucionará sus diferencias de criterio con Snowball expulsando al mismo de la granja.

A partir de ese momento Snowball pasa a ser un proscrito, pese a lo importante que fue en su día para la revolución, y Napoleón consigue convencer al resto de animales de que en realidad era un traidor que estaba pactando con los humanos y que boicoteaba cualquier intento de establecer ese nuevo orden liderado por los cerdos. El entusiasmo inicial de los animales va decayendo al comprobar que su situación apenas ha variado, por no decir que ha empeorado, y sobre todo cuando descubren que el comportamiento de Napoleón y sus más cercanos se parece cada día más al de los humanos. El libro termina con una comida entre los humanos y los cerdos, en la que estos han copiado totalmente el comportamiento de los humanos. Los Siete Mandamientos de la pared han sido eliminados o modificados con el transcurso de los meses y al final solo queda el célebre:

“Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros”

Leí este libro por primera vez hará unos veinte años, y lo volví a leer el verano pasado porque ya entonces lo que estaba ocurriendo en la formación Podemos me recordaba al comportamiento de los cerdos en el libro. Por tanto, este post llevaba muchos meses de maduración, y tras las últimas noticias acaecidas en la formación política no puedo dejar pasar este momento.

Utilizaré los cerdos porque son los animales empleados por Orwell, y de verdad que no pretendo hacer ningún paralelismo ni crítica de los líderes de Podemos aludiendo al comportamiento general de los marranos, solo a los de la novela. Fue una crítica que ya en su día recibió Orwell, quien consideró estúpidas las sugerencias, algunas como la del escritor T. S. Eliot, en el sentido de que “cualquier animal que no fuera el cerdo podía haber sido elegido para representar a los bolcheviques”.

Evidentemente, Pablo Iglesias es Napoleón, el líder de esa revolución contra la Casta, un líder ambicioso que convence y engatusa a sus seguidores para rebelarse contra el poder establecido, un sistema injusto y corrupto en el que todos veíamos con estupor cómo se privatizaban los beneficios y se socializaban las pérdidas. El movimiento de protesta y rechazo al PPSOE era necesario (Entre Podemos y el No Podemos, escribí en su día). Otra cosa muy distinta es que esa necesidad se canalizara a través de Iglesias y los más extremistas.

Desde el principio de su nacimiento, Iglesias y sus acólitos proclamaron a los cuatro vientos que ellos jamás se comportarían como la Casta, que no tolerarían imputados en sus filas, ni evasores de impuestos, ni percibirían los salarios y privilegios del resto de la clase política, y que seguirían viviendo en el barrio de toda la vida y siendo cercanos a los suyos. Íñigo Errejón es Snowball, el segundo de a bordo, quizás más moderado y preparado que Napoleón Iglesias, pero precisamente por eso ha sido expulsado por el líder supremo. Igual que todo el que ha osado hacerle sombra, como Carolina Bescansa o los movimientos de Echenique en sus principios.

La toma de decisiones entre los animales adquiere el aspecto de asamblea participativa, si bien se adopta siempre lo que Napoleón previamente ha decidido. Que Iglesias saliera elegido en su partido, y su pareja Irene Montero ocupara el segundo lugar, es propio de ciertos regímenes que tanto gustan al líder de la formación morada. Todo ello, en unas primarias en las que cada vez votan menos militantes (apenas el 11,7% de los inscritos) y en las que se utilizó el sistema de votación que pretendía Iglesias y no los que propusieron otros rivales.

rebelión 3

Pablo Echenique se ha convertido en Squealer, el justificador ante las bases de militantes de todas las decisiones de Iglesias, por controvertidas que puedan parecer. Juan Carlos Monedero es el aparato de propaganda necesario, La Tuerka, aparato que sirve tanto para criticar a los malos malísimos de la Casta como a los “traidores” que han cuestionado los principios del partido, unos principios tan móviles y cambiantes como los Siete Mandamientos de la granja. Las excusas que han dado algunos de los dirigentes de esta formación cuando les han pillado incurriendo en fraude fiscal (Monedero) o condenados por no pagar a la Seguridad Social (Echenique) me han recordado a las manipulaciones que los cerdos hacían de los principios fundamentales escritos en la pared de la granja.

En el libro de Orwell, los animales se sorprenden cuando Napoleón y los suyos se van a vivir a la casa grande de los Jones, porque “estaban todos de acuerdo en que jamás debería vivir allí animal alguno”. Es evidente que el chalet de Galapagar es la casa de los Jones, un símbolo de todo aquello contra lo que se rebelaron los animales.

Alberto Garzón sería como el señor Frederick, con el que Napoleón firma un pacto de no agresión, puesto que podía ser una competencia para su granja. Me queda por ver si el señor Pilkington es Pedro Sánchez, el humano de la Casta con el que pacta para alcanzar el poder, y la culminación de un proceso en el que, como en el libro, al final resulta imposible distinguir a Napoleón de todo aquello que siempre criticó.

El poder corrompe y esa es una de las grandes reflexiones del libro de Orwell. O como dijo Lord Acton, “el poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Iglesias, como Napoleón, como tantos líderes, como tantos totalitarismos, detesta la crítica en su entorno. Todos ellos prefieren la mansedumbre de ovejas y gallinas.

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El viernes pasado, con todo lo que ha ocurrido en los últimos días con la salida de Errejón y Ramón Espinar, y la separación del partido de Manuela Carmena, un tuitero propuso que le pusiéramos título de película al futuro próximo de Podemos. Yo lo tuve muy claro, sería el de esa comedia de Jim Carrey titulada Yo, yo mismo e Irene.

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Cara Josean

Entre Podemos y el No Podemos, por Josean

 podemos

El partido político de moda, aquel del que todos hablan en los últimos tiempos, Podemos, ha decidido recientemente disminuir su presencia en los medios para evitar la sobreexposición de su líder, Pablo Iglesias. Sinceramente creo que hay otro objetivo añadido y es que no se le vean tanto las costuras, los defectos o las carencias de su programa.

Hasta ahora el mensaje indignado había calado en la gente, Sigue leyendo

Periodismo a vuelapluma, por Josean

“¡Qué cabrones son estos catalanes!”, comenzó Lester. Ni siquiera nos habían puesto las cervezas y el tío ya estaba soltándonos su charla. Acababa de volver de Malta, hará un par de meses y nos quería contar algo, a mí especialmente. “A ver si escribes sobre esto en el blog, tú que eres el experto en estas golferías de los políticos”. Sigue leyendo