Tokio 2020 (III): el maratón olímpico

LESTER, 08/08/2021

“¡Alegraos, vencimos!”, y al decir esto, murió, exhalando su último suspiro junto con la noticia y el saludo.

Leyenda o no, de ese modo narraba Luciano de Samósata la gesta de Filípides, el mensajero que recorrió los 40 kilómetros que separan Maratón de Atenas para anunciar la victoria de los griegos frente a los persas en el año 490 antes de Cristo. El maratón en los Juegos Olímpicos es tan antiguo como los propios Juegos de la era moderna, que se iniciaron en Atenas en 1896 y que desde su primera edición incorporaron esta disciplina al repertorio de competiciones. Para ser exactos, conviene mencionar que se disputa desde 1896 en categoría masculina, puesto que la disciplina femenina se incorporó casi un siglo después, a partir de los Juegos de Los Ángeles en 1984. De la controvertida entrada de las mujeres en el mundo del maratón (Kathrine Switzer, el maratón de Boston y la oposición de los jueces de la carrera) ya hablamos en su momento, y cómo lo que hoy se ve como normal fue considerado a finales de los sesenta poco más o menos una aberración o un sacrilegio.

Como casi todo el mundo sabe, el maratón consta de 42.195 metros de carrera continua, una barbaridad, pero esa no es «la distancia exacta que separa Atenas de Maratón», como tanta gente cree. El propio escritor japonés Haruki Murakami lo creía y así lo cuenta en ese libro imprescindible para corredores que es De qué hablo cuando hablo de correr.

“Puede que lo de Avenida de Maratón evoque una vía con cierto encanto, pero la verdad es que se trata de una carretera como de polígono industrial, hecha para ir al trabajo”. “La carretera es una vía directa hasta Maratón, y es tan recta que parece haber sido trazada con una larguísima regla”.

La distancia entre ambas ciudades es inferior en unos dos kilómetros, aproximadamente, y tuve la suerte de correr el maratón popular en noviembre de 2009. Coincido con lo que dice Murakami sobre la fealdad del recorrido y sobre la línea recta del trayecto, salvo un desvío a los pocos kilómetros de la salida. En ese punto, la carrera gira hacia la izquierda, hacia el mar, para rodear el túmulo de homenaje a los soldados caídos en la batalla de Maratón y con ese pequeño rodeo se completan los 42.195 metros hasta la entrada en la meta, en el único kilómetro bonito del recorrido, que es el que concluye en el mítico estadio Panathinaikos.

Esa distancia tan extraña que es la oficial hoy en día quedó establecida tras los Juegos Olímpicos de Londres en 1908, puesto que hasta entonces se corría una distancia indeterminada cercana a los 40 kilómetros que separan en línea recta las dos ciudades. Para los juegos londinenses de principios del siglo XX, el recorrido estaba previsto entre el castillo de Windsor y el estadio olímpico de White City, pero por razones de seguridad hubo que realizar dos modificaciones en el trazado definitivo en el último momento, dejando finalmente la distancia en 26 millas y 385 yardas, que son los 42.195 metros universalmente conocidos.

La épica del maratón, con la búsqueda de los límites del cuerpo humano, ha traído grandes momentos a los Juegos desde sus principios. En esa misma edición de Londres de 1908 tuvo lugar la famosa entrada en el estadio en primer lugar del atleta italiano Dorando Pietri. Sin embargo, el italiano estaba al borde del colapso, mareado, confundido, e inicialmente corría en dirección contraria a la meta. Tuvo que ser ayudado por los jueces, levantado del suelo y pese a que logró entrar en meta en primer lugar, fue descalificado tras la reclamación del equipo estadounidense. Las imágenes son dramáticas: llegó a meta como podía haber fallecido en el intento.

Algunos de los momentos del atletismo que no he podido disfrutar (cosas de la edad) están relacionados con el maratón:

  • La semana mágica de Emil Zatopek, la locomotora checa que corría como si cada paso fuera a ser el último, pese a lo cual logró ganar 5.000 m., 10.000 m. y el maratón en los Juegos de Helsinki (1952). Una manera de correr extrema, muy «Paula Radcliffe», la gran campeona británica de la distancia que sin embargo no logró nunca una medalla olímpica.
  • El maratón de Abebe Bikila en Roma (1960) y el de Tokio (1964), pero de manera especial el primero, por la sorpresa que fue ver a este corredor etíope descalzo sobre el asfalto y el adoquín de la capital italiana.
  • El intento del finlandés Lasse Viren de repetir la gesta de Zatopek. Ocurrió en Montreal (1976), pero «solo» logró ser campeón de 5.000 y 10.000, y quinto en el maratón.

En el maratón de los Juegos de hoy en Tokio 2020, el keniata Eliud Kipchoge ha repetido título olímpico. Impresionante como siempre, con esa manera de correr tan perfecta, una zancada amplia, con el talón que sale desde muy atrás, un ángulo perfecto con las rodillas y una cadencia imposible de seguir para el resto de rivales. Es el tercer atleta en repetir el título olímpico, tras el mencionado Bikila y el alemán Waldemar Cierpinski en Montreal 76 y Moscú 80. El keniata demostró hace año y medio que el récord del mundo del maratón tiene mucho margen de mejora, puesto que la mejor marca oficial de 2h. 1min. 39s. del propio Kipchoge fue pulverizada en el famoso reto de Viena para bajar de dos horas. Finalmente dejó el récord oficioso en 1h. 59min. 40s., pero no fue homologada por varias razones, como el número de liebres y avituallamientos, el coche que marcaba el ritmo y la inexistencia de control antidopaje. Pero las piernas de Kipchoge fueron las que corrieron a 21 km/h. durante dos horas, o lo que es lo mismo, a 2 minutos y 51 segundos por kilómetro, una bestialidad inalcanzable para la mayoría de los mortales incluso si hablamos de un solo kilómetro o de medio a ese ritmo.

Kipchoge ha corrido 14 maratones en su vida y ha ganado 12, y está destinado a seguir superando marcas en los años de carrera que le quedan, porque en esta prueba la edad no influye en su longevidad como atletas. El español Ayad Lamdassem ha quedado clasificado en quinto lugar y ha sido una pena, aunque es cierto que se le veía rodar de una manera algo pesada en los últimos kilómetros. El maratón es una prueba que ha traído grandes alegrías al deporte español y sin embargo, nuestros maratonianos no han logrado nunca una medalla olímpica en esta prueba. Ni siquiera los campeones del mundo Abel Antón y Martín Fiz. El quinto puesto de Lamdassem es el segundo mejor en la historia de la prueba para los nuestros, tras el cuarto puesto de Martín Fiz en Atlanta 96. Una pena, creo que tanto el vitoriano como el soriano podían haber alcanzado una medalla olímpica en sus mejores años en el maratón, cuando fueron capaces de lograr tres oros mundiales consecutivos.

La prueba femenina de Tokio fue ganada por la también keniata Peres Jepchirchir en la carrera más lenta de esta disciplina en la historia de los Juegos, lo que da una idea de la dureza de la prueba por el calor y la humedad de Tokio. Las condiciones climatológicas han condicionado esta prueba en los últimos Juegos, lo cual es una pena porque nos han privado de uno de los momentos más emotivos de otras ediciones, que es la llegada de los atletas del maratón al estadio olímpico el último día de los Juegos, con las gradas rebosantes de público. Como el portugués Carlos Lopes en Los Ángeles 1984, por ejemplo:

Aunque en ocasiones se corre el riesgo de ver el mal estado de algunos maratonianos a la llegada, como sucedió en la misma edición con la suiza Gaby Andersen, delante de los ojos atónitos de todos los espectadores:

Hoy han terminado los Juegos Olímpicos de Tokio, y las últimas medallas han sido, como marca la tradición, para los triunfadores del maratón en ambas pruebas. Aunque triunfadores (y lo sabemos los que hemos terminado alguno) son todos los que osan enfrentarse a esta prueba.

Capítulos de esta serie:

Tokio 2020 (I): la libertad de expresión, by Josean.

Tokio 2020 (II): la película de Simone Biles, by Travis.

Tokio 2020 (III): el maratón olímpico, by Lester.

Tokio 2020 (IV): el resumen de los Juegos, by Barney.

Tokio 2020 (II): la película de Simone Biles

TRAVIS, 06/08/2021

La sala de los productores de la Metro Goldwyn Mayer echaba humo en sentido metafórico, pero también en el real, pues a pesar de la prohibición de fumar en espacios cerrados, el mandamás de la compañía, Brian Winner, seguía devorando sus enormes habanos delante de los productores ejecutivos que venían a ofrecerle proyectos. Apenas una semana antes había propuesto un reto a tres de sus hombres más capacitados:

BRIAN WINNER: Quiero una película sobre los Juegos. Pero sobre estos, los de Tokio 2020 ó 2021, como queráis, los del covid, la ausencia de público y los atletas que llevan cinco años esperando este momento. No quiero historias sobre tíos a los que no recuerda nadie, por mucha musiquita naninonaninoo que le pongáis (Carros de fuego), ni sobre Jesse Owens (El héroe de Berlín), por Dios, que esa historia del negro que desafía a Hitler ya se ha contado muchas veces. Y nada de atentados terroristas, como en Munich (Steven Spielberg) o Richard Jewell (Clint Eastwood), porque al final se habla de todo menos de deporte, de superación, que es lo que me interesa en estos tiempos. Y os recuerdo que ya no hay telón de acero, que aquello de Milagro sobre hielo o Tres segundos no estuvo mal, pero quiero otra cosa, por arquetípico que resulte: la historia del deportista que triunfa a pesar de todo lo que se pone en su contra.

Los periódicos sobre la mesa de Mr. Winner aparecieron al día siguiente con la foto de Simone Biles en la que anunciaba su retirada de la competición, así que tenía claro sobre qué iban a tratar los tres proyectos que se le presentaran. Ahí había una buena película que contar, sin duda.

El primero en anunciar su proyecto fue Chris Goodman. Los productores contaban con tres minutos de tiempo para convencer al Gran Jefe de la validez de su proyecto, lo cual distaba mucho de ser un aprobado, pero al menos el pulgar hacia arriba permitía alargar la vida de las ideas, estirarlas, contratar guionistas para darle forma y «mover billetes», que en el mundo de los productores era más importante que el propio resultado final. Y por supuesto se salvaban de la papelera y las archiconocidas reprimendas que en más de un caso habían terminado en despido.

CHRIS GOODMAN: Tenemos la historia de una niña abandonada por sus padres a los tres años. Los padres son drogadictos, están hasta las trancas de crack y la niña no es más que un estorbo que pulula por una casa repleta de suciedad y malos tratos. La niña es educada en un orfanato y sus abuelos se ocuparán parcialmente de ella. Pese a lo trágico de este comienzo, la historia estará contada con humor, y por eso creemos que el director adecuado para rodarla será Robert Zemeckis, que ya hizo maravillas contando de manera divertida las tragedias de Forrest Gump. Los abuelos de Simone le contarán las cosas de una manera particular, en especial desde que entre en un gimnasio de Ohio a la edad de seis años, con frases como «La vida es como un ejercicio de suelo: complicada, difícil, pero por muchas vueltas que des, siempre acabas cayendo de pie».

Ella es muy buena y sobre todo, muy trabajadora. Las horas de entrenamiento le evitan enfrentarse a los dramas de su vida personal. Su hermano, cuatro años mayor que ella, terminará en prisión acusado de un triple homicidio. Pero ella seguirá trabajando y cosechando éxitos, uno detrás de otro. En una historia como esta tienen que aparecer forzosamente las drogas, los abusos sexuales y la violencia, pero lo harán con la elegancia de Forrest Gump, casi como parte de esa gran comedia que a veces puede ser la vida.

La trama nos llevará a Tokio 2020. La gimnasta ha superado los casos de abusos, la situación judicial de su hermano y el aplazamiento de los Juegos durante un año, y se la ve con ganas de cumplir todas las expectativas creadas. Pero Simone necesita al público y le invade una enorme tristeza cuando ve el escenario vacío. Siente como nunca las miradas sobre ella y se derrumba tras el primer ejercicio. Le dice a su entrenador que no puede con tanta presión y llama a su abuela para que le dé una de sus famosas píldoras, «la vida es como la salida de las barras asimétricas, tienes que saber plantarte», pero está en el hospital con su tía Nellie, que se halla gravemente enferma. Pese a todo, es capaz de recomponerse y competir el último día sobre la barra fija, aparato en el que queda tercera. La tía Nellie ha muerto y a ella le dedicará su éxito. La película termina con la música de Alan Silvestri durante el reencuentro de Biles con su familia.

Mr. Winner exhaló una humareda y se quedó mirando cómo el humo se deshacía en su camino hacia los altos techos del despacho. No dijo nada y simplemente señaló con un dedo al siguiente productor.

PETER YELLOW: con todos los respetos, Chris, esa es la historia previsible, la que creo que todo el mundo espera y más o menos conoce, y no quiero hacerte de menos, pero a mí se me ocurre darle un planteamiento más arriesgado, nada luminoso. Para darle a la historia la oscuridad que yo creo que requiere, nadie mejor que Oliver Stone como director. La historia comenzaría del siguiente modo: Interior del centro olímpico de gimnasia. Delegación USA. Día.

Minutos antes del concurso de Simone Biles en el potro, un delegado del equipo americano le pasa a otro un informe con una palabra bien grande: “Positivo”. Revuelo, nerviosismo, gente hablando mientras corre por los pasillos, y el delegado se lo transmite al seleccionador: «es un test de la Federación norteamericana, no del COI, que lo desconoce». El seleccionador se queda cabizbajo y pensativo, y tras unos segundos se lo dice a Biles justo antes del salto. Al acabar la prueba, deciden que Simone Biles se retire de la competición. La delegación blinda un escudo de seguridad a su alrededor y el responsable de comunicación prepara la versión oficial acerca del estrés emocional sufrido. Lo cierto es que las supuestas penurias contrastan con la imagen de la gimnasta apoyando en días posteriores a sus compañeras. Un veterano periodista se pone a investigar la historia porque algo no le cuadra. Él fue clave en el caso del médico que abusaba de las gimnastas y uno de los más críticos con las pocas cabezas que rodaron tras el escándalo. Y además es un patriota al que le cabrea ver cómo la ausencia de Biles ha sido clave para que el equipo estadounidense pierda el oro en la final por equipos “¡ante los rusos!”.

La película giraría alrededor de la investigación de este periodista y se entremezclaría con imágenes en blanco y negro del pasado de Biles: su primer contacto con las pastillas para superar una depresión, el año sabático tras los Juegos de Río, la vuelta a la competición, las lesiones y cómo se deja guiar por los médicos del equipo para un tratamiento severo de las mismas, pero no permitido por las organizaciones antidopaje… La gimnasta desconoce casi todo lo que se cuece a su alrededor, porque no es más que una marioneta en manos de unos tipos sin escrúpulos que la explotan en todos los sentidos.

La gimnasta se repite las pruebas unos días después y da negativo, tras lo cual anuncia que vuelve a la competición, gana un bronce en barra fija y queda como una heroína para su país y ante los medios. Pero su mirada en el podio es triste y se cruzará con la mirada del periodista que ha detectado las incongruencias en todo lo contado por la delegación. Oliver Stone es único para dejar una duda en el espectador, recuerda JFK, Nixon o W. y pretendemos que esa duda sea lo que queda al final de todo.

El Gran Jefe seguía pensativo mientras se disponía a encender un nuevo habano, «este va por Oliver Stone», dijo, y dio paso a la tercera propuesta.

DICK BOATHEAD: me vais a disculpar, pero yo no concibo el cine sin una historia de buenos y malos, y en el caso de Simone Biles y Tokio 2020, no puede ser de otro modo. A un lado tenemos a Simone, la buena: mujer, negra, perdón, afroamericana, y víctima de abusos durante su adolescencia. En el lado contrario pondremos al villano: hombre, blanco, hetero, un triunfador para el gran público. Novak Djokovic. Pretendemos que sea una peli con ritmo y estética de videoclip, para lo cual no hay nadie mejor que James Gunn, el de Los guardianes de la galaxia o El escuadrón suicida.

La película girará en torno al estrés de la competición y los dramas de cada uno de los deportistas. Simone Biles será una mujer agobiada, con un pasado repleto de traumas, que explota en un momento dado de la competición porque no puede más. Ella es católica e iba a misa con su abuela y su tía todos los domingos, y su tía fallece durante la competición de Tokio, lo que no hace sino aumentar la tristeza y la sensación de soledad que la invade. Se arropa con sus compañeras, con el cariño del entrenador y todo el equipo norteamericano en Tokio.

Por otro lado, en la Villa Olímpica veremos el modo de actuar de un fanfarrón como Nole, un tipo que más que bromear, chulea a todo el mundo: recogepelotas, árbitros, rivales… Cuando le preguntan por la presión y el modo de manejarla, contesta con altanería: “la presión es un privilegio. Sin ella no hay deporte profesional, es necesaria y nos hace mejorar…”. Montaremos un vídeo con los llantos de Biles al ver que no es capaz de romper su bloqueo mental mezclado con las risas de Djokovic al ir superando a rivales, tanto en los partidos individuales como en los dobles mixtos con su compañera Nina Stojanovic.

La competición avanza de tal modo que parece que el serbio se irá con dos medallas y Biles con la plata ganada por sus compañeras en una prueba en la que ella apenas ha participado. Pero en todas las películas tienen que ganar los buenos, así que Biles se recuperará y se hará con un bronce tras un ejercicio fantástico en la barra fija, mientras que Djokovic perderá las semifinales de tenis y luego el partido por el bronce. En ese encuentro contra el español ese, ¿Carreño?, destrozará su raqueta, se desquiciará delante de todo el mundo y escucharemos en off sus palabras sobre el manejo de la presión. La película terminará con la imagen de Biles recibiendo la medalla de bronce con un gran gesto de satisfacción, y la rueda de prensa de Djokovic en la que anuncia que se retira del dobles mixto dejando a su compañera en la estacada. Una está radiante, el otro está hundido.

Quizás el lector esperaba que el relato terminara de otra manera, pero prefiero dejar que cada uno se monte su película particular en este caso, y no voy a hacer que Mr. Winner elija una u otra propuesta porque podría interpretarse que esa es mi postura particular. Y quizás no lo sea.

THE END

Capítulos de esta serie:

Tokio 2020 (I): la libertad de expresión, by Josean.

Tokio 2020 (II): la película de Simone Biles, by Travis.

Tokio 2020 (III): el maratón olímpico, by Lester.

Tokio 2020 (IV): el resumen de los Juegos, by Barney.

Tokio 2020 (I): la libertad de expresión

Nos lanzamos a la piscina con esta maravillosa y espectacular foto (desconozco su autor, pero un 10 para él) y vamos a publicar cuatro artículos sobre los Juegos, con cuatro puntos de vista muy diferentes, uno por amiguete.

JOSEAN, 03/08/2021

El Comité Olímpico Internacional flexibilizó la norma 50.2 pocas semanas antes del inicio de los Juegos de Tokio para tratar de contentar a los demandantes de mayor libertad de expresión para los deportistas durante los Juegos. La norma 50.2 es una variación de la 50, que pretende preservar la neutralidad de los Juegos y evitar cualquier tipo de propaganda política, religiosa o racial. La variación consiste en que el COI permitirá las declaraciones de cualquier tipo de los deportistas en ruedas de prensa, en las zonas mixtas o en sus redes sociales (¡faltaría más!), animando a que además se hagan con respeto a otras culturas o formas de pensamiento, pero mantendrá la prohibición en los podios, durante las competiciones y en las ceremonias previas y posteriores al evento deportivo.

Una de las organizaciones que se ha mostrado más crítica con el COI ha sido EU Athletes, que representa a unos 25.000 atletas de 17 países, cuya secretaria general, Paulina Tomczyk, afirmó que la prohibición de manifestar públicamente las opiniones “no es compatible con los derechos humanos internacionalmente reconocidos, como el derecho a la libertad de expresión. Aunque la libertad de expresión no es un derecho absoluto y puede ser sometido a ciertas condiciones o restricciones, una organización deportiva no tiene competencia en esta materia». Según dijo a Ctxt: «Invocar la cuestión de la neutralidad del deporte no es correcto. Los derechos humanos, la igualdad y la tolerancia no son asuntos políticos. EU Athletes cree que las organizaciones deportivas tienen que comprometerse realmente con los derechos humanos, y no solo cuando es conveniente o para mejorar su imagen».

Me parece complicado marcar la raya, la línea que separe lo que debe y lo que no debe hacerse. En este blog, el Amiguete Barney se pronunció abiertamente en su día en contra de politizar el deporte y habló de los peligros de usar las banderas en los estadios para promover los odios nacionalistas. El problema de lo que algunos llaman «libertad de expresión» es que se corre el riesgo de caer en promover «alguna libertad de expresión», la mía, cuando esa libertad consiste precisamente en permitir, fomentar y habilitar que se expresen las opiniones que son contrarias a la mía. El deporte podría caer en una deriva poco sana, o en discusiones ideológicas y no deportivas. Algo tan simple como el brazalete de capitán del portero de la selección alemana durante la pasada Eurocopa con los colores arco iris ya fue objeto de debate, un debate que zanjó la UEFA prohibiendo su exhibición o los mismos colores en el estadio de Múnich. No sé, me pareció excesivo, pero, ¿dónde se marca el límite? Me genera muchas dudas, tantas como el hecho de que organizaciones tan corruptas como la UEFA o el COI se erijan en garantes de la pureza del deporte.

La misma UEFA sancionó a Hungría porque en uno de los partidos de la Euro celebrado en Budapest se pudo leer una pancarta en contra del adoctrinamiento LGTBI, no en contra del colectivo LGTBI. El controvertido presidente húngaro, Viktor Orbán, explicó sus razones, con las que se puede o no estar de acuerdo, pero que son bajo las que se ampara para ejercer lo que considera «su» libertad de expresión:

  • Que fue elegido democráticamente por una mayoría de húngaros para hacer exactamente lo que pretende hacer.
  • Que no está en contra del movimiento LGTBI, al que dice haber ayudado o protegido más que durante los años de dictadura prosoviética, sino en contra del adoctrinamiento en espacios públicos y en especial, en colegios, de acuerdo con lo que indica el propio artículo 14 de la Constitución Europea:

El límite de la libertad de expresión es difuso, y la propia web de Amnistía Internacional dice lo siguiente sobre las restricciones:

Por ejemplo, ¿querríamos que los deportistas cubanos y chinos, grandes deportistas por otro lado, hagan apología de sus respectivos sistemas políticos? ¿Que los deportistas de algún país musulmán de los más intolerantes se manifestara en contra del deporte femenino o de las vestimentas occidentales? ¿Que algún medallista catalán proindepe exhibiera una estelada o que se bajara del podio al ver la bandera española? Entiendo que no, y si bajamos al barro de la competición, ¿se tolerará a una atleta que opine que determinadas deportistas trans no son mujeres, como ha ocurrido con Laurel Hubbard? ¿O que se dude sobre la condición femenina de alguna otra, como en su día Semenya o ahora Mboma?

Por suerte los deportistas suelen estar muy por encima de la altura de los dirigentes del deporte. Siempre. Como es un tema escabroso en el que me cuesta opinar sobre el límite, mejor voy a dejarlo en manos de uno de los tíos más sensatos que he visto nunca en el mundo del deporte: Pau Gasol. En una carta publicada en la red profesional LinkedIn ha escrito lo siguiente:

“El COI quiere que los atletas tengan voz, ya que conoce bien la gran influencia social que pueden alcanzar, así como la responsabilidad que tienen hacia sus seguidores. Pero les pide que no utilicen los momentos estrechamente ligados a la competición para fines extradeportivos. Les ruega, además, que si realizan alguna manifestación en los espacios y momentos permitidos, estas sean consistentes con los principios del olimpismo: que no atenten contra la dignidad de personas, países u organizaciones, que no interfieran contra la preparación de otros atletas, etc. La discriminación, la hostilidad y la violencia están, como es lógico, prohibidas en los Juegos, así como cualquier actuación que ponga en riesgo la reputación de otros o el orden público”.

Es decir, la libertad de expresión de los deportistas figura claramente indicada en la Declaración de derechos y responsabilidades de los atletas, y como tal debe respetarse. Pero los deportistas tienen que aprovechar su estatus social o su responsabilidad como ídolos de masas para promover determinadas causas (en eso Pau es un verdadero crack), y a la vez ser capaces de dejar los terrenos deportivos para lo estrictamente deportivo. Y me parece bien. Lo que ocurre es que el postureo vende mucho más que la implicación sincera del deportista. Las labores de la Fundación de los hermanos Gasol ocupan muy poco espacio en los medios, o la propuesta que hizo Juan Mata en la Premier League para que los jugadores donaran solo el uno por ciento de sus salarios. Un mísero 1% para ellos, un fortunón para causas sociales. No fueron muchos los que siguieron su proyecto Common Goal, quizás porque “no vende” en los medios como los lacitos, los brazaletes o los gestos que son más de marketing que otra cosa.

Como desapercibida pasó la actitud de Anna Muzychuk, campeona del mundo de ajedrez, que se negó a participar en el Mundial de Arabia Saudí porque estaba obligada a cubrirse completamente y a ir acompañada por un hombre en cualquier salida que hiciera del hotel.

Ya ha habido los primeros conflictos relacionados con algunos gestos de los atletas, como la X que formó la lanzadora Raven Saunders en el podio al recibir la medalla de plata. Según parece, es una muestra de apoyo a todos los colectivos oprimidos del planeta y se dice que podría costarle la medalla.

No lo harán, seguro. Puede que lo siguiente sea que otro atleta repita el gesto, y después otro, y otro, y que en poco tiempo se exija a todos los atletas que lo hagan, como ha ocurrido con el postureo de arrodillarse ante el racismo. Un gesto espontáneo que nació en una comisaría de (creo) Miami y que se convirtió luego en muestra obligatoria de sumisión al Black Lives Matters (“o te arrodillas, o te apalizo”). Un gesto que se politizó y extendió de tal manera que las selecciones de Inglaterra e Italia lo llevaron a cabo en la previa de la final de la Euro 2020. Pura fachada. Los ingleses, uno de los pueblos más racistas sobre la faz de la Tierra, como se vio al acabar el partido con los comentarios vertidos sobre los tres jugadores que fallaron los penaltis, casualmente los tres de raza negra.

O con la velocista bielorrusa Krystsina Tsimanouskaya, que cometió el delito de opinar y criticar a la Federación de su país y ahora corre el peligro de sufrir las represalias del régimen de Lukashenko, otro que utiliza la “libertad de expresión” a su manera: los deportistas bielorrusos no ganan más medallas, al contrario que los africanos, “porque no pasan hambre. ¿Pero por qué los resultados son tan diferentes? Porque saben: si ganan en las Olimpiadas, en un Mundial, significa que tendrán todo. Si no ganan, tendrán que deambular por ahí y buscarse su pan». La falsedad del COI al hablar de respeto y abandonar a su suerte a Tsimanouskaya indica que solo les preocupan las formas, lo que escapa a su control, no el fondo, ni la integridad de los atletas.

Dejemos estos asuntos al margen del deporte, no intenten politizar a los deportistas, aunque sé que es mucho pedir. Juan Carlos Monedero ya lo ha hecho esta misma semana tras la medalla de la saltadora Ana Peleteiro en triple salto:

A lo mejor el racista es el que destaca el color de piel en un país en el que Joan Lino, Niurka Montalvo o Chicho Sibilio (¡¡¡allá en 1984, Sr. Monedero!!!) han sido medallistas olímpicos en el pasado sin que nadie intentara crear confrontación o sacar réditos políticos de sus éxitos.

Como anécdota divertida, dejo lo que el presidente del Comité Organizador de los Juegos de Tokio, Yoshiro Mori, dijo acerca de que las mujeres hablan mucho en las reuniones y que había que restringir su tiempo. ¿Acaso no dijo algo que algunos estudios han demostrado como cierto? Me refiero a la primera frase, no a la validez de su propuesta. Pues para él no hubo libertad de expresión y fue obligado a dimitir en febrero. Por si alguien albergaba dudas, su puesto fue cubierto por una mujer, Seiko Hashimoto.

Lo que no sabemos es si las reuniones del Comité Organizador de los Juegos son ahora más largas, si se me perdona la broma. Todo sea en aras del respeto a la libertad de expresión.

Siguientes capítulos:

Tokio 2020 (II): la película de Simone Biles, by Travis.

Tokio 2020 (III): el maratón olímpico, by Lester.

Tokio 2020 (IV): el resumen de los Juegos, by Barney.

Un cabrón de lo más simpático

LESTER, 30/07/2021

Odia los partidos de fútbol de la escuela.

Odia los colegios caros porque “cuanto más caro el colegio, más te roban”.

Odia su colegio porque “está lleno de hipócritas, los hay a patadas”.

Odia a los estudiantes que no se lavan, que tienen los dientes sucios y huelen mal. O a ese compañero que tiene granos en la cara y se los revienta delante del espejo.

Odia que le toqueteen sus cosas en la habitación, igual que odia que bostecen mientras le piden un favor. Odia cuando la otra persona no está satisfecha con el favor una vez realizado.

Odia a Stradlater y lo fanfarrón que se vuelve con las chicas, pero por encima de cualquier otra cosa, odia pensar que Stradlater se haya podido sobrepasar con Jane Gallagher en el coche.

Odia las maletas baratas y “compartir la habitación con un tío que tiene unas maletas mucho peores que las tuyas”.

Odia a los viejos en pijama y batín, odia el olor a Vicks Vaporub y que a esos mismos viejos se les estén cayendo cosas continuamente al suelo.

Odia que le deseen buena suerte. “Si lo piensa uno bien, suena horrible”. “Yo nunca le diré a nadie buena suerte”.

Pero si de verdad “hay algo que odio en el mundo, es el cine. Ni me lo nombren”. Odia las comedias de Cary Grant, “esas que son un rollazo”, odia a los actores por su modo de interpretar y odia a la gente que en el cine se ríe “como hienas de cosas que no tenían ninguna gracia”.

Odia a los tipos de Harvard y Yale, y odia a esos esnobs que llenan los bares de moda con su falsedad porque “entraban ganas de vomitar”. “Me los imagino a todos sentados en un bar con sus chalecos de cuadros hablando de teatro, libros y mujeres con esa voz de esnob que sacan. Me revientan esos tipos”. Y por si no hubiera quedado claro: “eran el mismo tipo de cretinos que en el cine se ríen como condenados por cosas que no tienen la menor gracia”.

Odia vivir en Nueva York. ¡En Nueva York! Menos mal que reconoce que es porque “estoy como una regadera”.

Odia el olor a vómitos del taxi y odia la falta de empatía de los taxistas.

Odia que no le sirvan copas porque es menor de edad, aunque insista mucho en que no lo parece.

Odia a esos músicos en directo que destrozan todas las canciones que tocan, y en especial, a los pianistas “que asesinaban” incluso las mejores melodías.

Odia a esa cantante francesa que “cantaba medio en francés medio en inglés una canción tontísima que volvía locos a todos los imbéciles del bar. Si te pasabas allí un buen rato oyendo aplaudir a ese hatajo de idiotas, acababas odiando a todo el mundo”. ¿Acaso no lo hacía ya antes de entrar al bar? Un bar en el que, por cierto, “el barman era también insoportable, un esnob de muchísimo cuidado”.

Odia la palabra “encantadora”, porque “suena de lo más hipócrita”.

Odia depender del dinero, del “¡maldito dinero! Siempre acaba amargándole a uno la vida”.

Odia a los boy scouts, odia al ejército más que a la propia guerra, tanto que “me alegro muchísimo de que hayan inventado la bomba atómica. Si hay otra guerra, me sentaré justo encima de ella. Me presentaré voluntario, se lo juro”.

Odia a los maníacos sexuales del hotel, y odia pensar que él mismo era “probablemente la persona más normal de todo el edificio, lo que les dará una idea aproximada de la jaula de grillos que era aquello”, pero por otro lado “ese tipo de cosas, por mucho que uno no quiera, resultan fascinantes”, lo que le lleva a reconocer que “debo ser el peor pervertido que han visto en su vida”.

Odia al señor Antolini por el modo de acariciarle el pelo, y odia que “en todos los colegios a los que he ido he conocido a un montón de pervertidos, más de los que se pueden imaginar”. Pero creo que por encima de cualquier otra cosa, odia no encontrar su sitio.

Los que lo hayan leído, sabrán a quién me refiero. Hablo de un tocapelotas de primera, un tipo que le toca las narices a sus compañeros de habitación, a los taxistas, a los camareros, a los profesores, al tipo del hotel, a Sally, esa tía buena con la que se sincera: “si quieres que te diga la verdad, me das cien patadas”. Pero es un tocapelotas que me cae bien, que me hace gracia.

Me gusta su manera de hablar, directa, al lector, “se lo juro”, “de verdad”, sobre gente que tiene “por lo menos cien años”, o sobre bares en los que hay “como un millón de personas”. Me divierte su acidez, su manera de describir situaciones o personas, como aquella tan gráfica en la que cuenta que “bailar con la tal Marty era como arrastrar la Estatua de la Libertad por toda la pista”, o su manera de desmitificar a Cristóbal Colón, al que “siempre nos lo enseñaban descubriendo América y sudando tinta para convencer a la tal Isabel y al tal Fernando de que le prestaran la pasta para comprar los barcos”, porque en el fondo, “a nadie le importaba un pito Colón”.

Me sorprende la facilidad con la que habla de “maricones y lesbianas”, claro que el libro se escribió en una época infinitamente menos conservadora que la actual, en 1945.

En uno de los diálogos con Luce, un antiguo conocido, le suelta que “eres un cabrón de lo más simpático, ¿lo sabías?”. Y no se me ocurre una definición mejor para el propio autor de todo lo dicho hasta aquí: Holden Caulfield, el protagonista de El guardián entre el centeno, la obra más conocida de ese tipo huraño llamado J. D. Salinger. Un libro quizás algo mitificado, o directamente mitificado en exceso, pero una novela muy divertida que he releído y devorado estos días de asueto. Se suele hablar de ella como una novela de culto, aunque de minoritaria tiene poco: se calcula que se han vendido más de sesenta millones de ejemplares. No sé si antes de que el asesino de John Lennon confesara su fijación por este libro despertaba tanto interés, pero el caso es que la he vuelto a leer y me he vuelto a sonreír con sus historias, con su viaje a ninguna parte.

Y para que quede clara mi opinión: Holden Caulfield es un anormal que ve totalmente lógico meter el dedo en el culo a sus interlocutores y totalmente anormales las reacciones de estos. No puedes tomártelo en serio una vez has superado la adolescencia y sin embargo, resulta sorprendente empatizar con algunas de sus ideas cuando ya has pasado los cincuenta. Y claro que empatizo con varias de sus ideas, por muy delirantes que puedan ser. De verdad. Se lo juro.

Una peli para contar una historia, una historia para hacer una peli

TRAVIS, 25/07/2021

“Basada en hechos reales” aparece en los títulos de crédito con demasiada frecuencia y en numerosas ocasiones te pone a la defensiva porque los creadores de una película son capaces de partir de una anécdota para contarte algo totalmente inverosímil. Y desde luego, muy alejado de la historia real en la que supuestamente se basan. Pero por suerte, en muchas otras películas, sus productores, guionistas, director, etc. tratan de ser fieles a lo que sucedió y son capaces de contar en poco más de hora y media una historia que todos leímos en los periódicos o vimos en los telediarios. Por ejemplo, Sully, de Clint Eastwood, con Tom Hanks interpretando al veterano piloto que aterrizó un avión comercial en mitad del Hudson, frente a Nueva York. Bien narrada, estupendamente filmada, con un guion sin concesiones al espectador, directo para contar la historia de un héroe que por momentos fue puesto en duda.

O Richard Jewell, nuevamente del bueno de Clint Eastwood, sobre el vigilante que encontró la bolsa con explosivos durante los Juegos Olímpicos de Atlanta en 1996. La historia original no daba para mucho más, pero Eastwood fue capaz de contarla de manera entretenida y de un modo ajustado a la realidad. Parece que el director norteamericano se ha especializado en los últimos años en contar historias basadas en hechos reales (15:17 Tren a París, El Francotirador).

United 93, sobre el avión que se estrelló en Pennsylvania el 11-S, La red social, sobre el nacimiento de Facebook, Apolo XIII, Elegidos para la gloria, Todos los hombres del presidente, 127 horas… muchas buenas películas sobre acontecimientos que prácticamente todos recordamos, que cuando escuchamos acerca de su rodaje o de su estreno, pensamos: “ah, sí, ya recuerdo, sobre los tipos aquellos que…”. O muchas otras sobre hechos desconocidos que algún avispado guionista convirtió en película: Tres anuncios en las afueras, Moneyball, 12 años de esclavitud, El discurso del Rey, Hotel Ruanda…

De eso va el post de hoy, de todas esas historias que los que tenemos la memoria por castigo recordamos y de las que se nos ocurre que se podría hacer una película más que entretenida. Y de manera especial en España, demasiado anclada en ocasiones en la guerra civil y la posguerra. Porque si algo tienen los Estados Unidos es una capacidad bestial para hacer autocrítica, para mostrar al mundo sus vergüenzas sin complejos. Y reconozco que me encanta, que no se cortan un pelo aunque tengan que poner a caldo a un presidente de gobierno (W, Primary Colors, Fahrenheit 9/11), a los medios de comunicación (Los archivos del Pentágono, Network, Buenas noches y buena suerte) o a todo el sistema judicial (El juicio a los 7 de Chicago, Una cuestión de género, A civil action).

Si Hollywood nos regaló una crítica feroz de la burbuja inmobiliaria y financiera con La gran apuesta (Adam McKay) o con Capitalism: A love story (Michael Moore), aquí estoy esperando todavía que alguien coja lo ocurrido con Gescartera o con Fórum Filatélico y nos lo cuente. O con las tarjetas black, o con Bankia y el otrora prestigioso Rodrigo Rato. Con Gescartera desaparecieron 120 millones de euros y atraparon en la estafa a mutualidades de fondos públicos, fundaciones, ONG y varias congregaciones religiosas. El director de la agencia, Antonio Camacho, era un Lobo de Wall Street de mercadillo, un papel perfecto para Antonio de la Torre en una película de Rodrigo Sorogoyen.

La vida de Dick Cheney en Vice (de nuevo de Adam McKay) nos muestra a un tipo corrupto y sin escrúpulos, que se enriquece en las guerras de Iraq y Afganistán y que confiesa no arrepentirse de nada. Aquí en España creo que se tenía que haber hecho una película con la vida del hermanísimo más famoso de la política, Juan Guerra. El hermano del “vice” Alfonso Guerra no tenía cargo público conocido, pero sí despacho oficial desde el que ejercía de “conseguidor” de contratos. Qué historia tan cojonuda, inverosímil, pese a que todos sabemos que ocurrió. El caso es que hay directores capaces de rodar buenas películas sobre temas políticos, como vimos con El hombre de las mil caras (Alberto Rodríguez), sobre Francisco Paesa y la estrambótica huida del antiguo director de la Guardia Civil, Luis Roldán.

La política podría ser un fantástico granero de ideas para los productores españoles si tuvieran el valor de acometer los proyectos con objetividad y sin caer en el sectarismo. Lo que se podría rodar aquí solo con lo que salió en la comisión de investigación del “Tamayazo”, o con el dinero despilfarrado en coca y puticlubs por Javier Guerrero y la Junta de Andalucía. O con la cleptómana Cifuentes, o con la vida de esos dos amigos de pupitre en el colegio, José María y Juan, que llegan a la política y al mundo de la empresa respectivamente en esos momentos en que se privatiza lo público, y sus vidas se separan. Uno llega a presidente de gobierno y el otro se hace millonario hortera y va dejando pufos a los accionistas por donde pasa.

Aunque para historias de amigos, se me ocurre la de ese chico aficionado a la música cuyo padre está siendo investigado por corrupción, y un buen día, en medio de juicios e investigaciones, un tipo disfrazado de cura se cuela en su casa, lo secuestra junto a su madre, lo tiene ahí varias horas, y luego desaparece de la escena pública. Apenas vuelve a saberse del secuestrador y de su condena, mientras que el joven continúa en el mundo de la música con el nieto de otro célebre preso por delitos de cuello blanco. Y ambos tienen éxito: Taburete, la historia de los descendientes de Bárcenas y Díaz Ferrán. Con menos que eso, los americanos te hacen una historia que luego te venden como ejemplo de superación. O una historia de desesperación, como sería la del tipo disfrazado de cura, o la del hombre que embistió su coche con bombonas de butano y un temporizador de un ventilador en la sede del PP en Génova. ¿Qué coño pasaría por la cabeza de ese tipo, qué grado de desesperación tenía para tomar esa decisión?

El que se superaba en su vida era Frank Abagnale, el veinteañero interpretado por Leonardo Di Caprio en el que Steven Spielberg basó esa gran película titulada Catch me if you can (Atrápame si puedes). Era un experto en hacerse pasar por piloto comercial, médico o abogado, y un grandísimo falsificador. Aquí en España solo podría rodarse con el tono de comedia y sin duda sería la historia del pequeño Nicolás. Que este tipo imberbe llegara a eventos de todo tipo, a platós de televisión, a hacerse pasar por agente del CNI o emisario de la Casa Real y del que sabemos que era poco más que el buscador de prostitutas de un secretario de Estado, es una historia que no puede faltar en la gran pantalla. O al menos en la pequeña, en la que ya se han rodado series clarificadoras sobre algunos de nuestros sucesos más conocidos: Fago, sobre el crimen en aquella pequeña aldea de menos de treinta habitantes del Pirineo oscense, El caso Wanninkhof, Padre Coraje o Soy El Solitario. La historia de este último me recuerda vagamente a Zodiac, el peliculón de David Fincher sobre ese asesino que atacaba de manera muy esporádica en San Francisco, lo que hizo que la policía estuviera años persiguiéndolo (y aún sin resolver hoy en día). Y resulta que el Solitario vivía a menos de dos kilómetros de mi casa.

Si pienso en muchas de las pelis americanas que nos llegan, se me ocurre enseguida pensar en cuál sería el equivalente español de una trama similar. Y veo que tenemos casi de todo:

  • El sargento de hierro, ese energúmeno que curte a los marines a base de torturas y tacos de todo tipo, y luego invade la isla de Granada con facilidad, porque para eso ha curtido a su ejército y las torturas y humillaciones eran parte del entrenamiento, sería aquí El sargento chusquero, sobre un veterano militar de la Legión que fuerza a límites extenuantes a los legionarios, lo que luego será fundamental para tomar el islote de Perejil “al alba y con fuerte viento de Levante” (Trillo dixit).
  • El gran carnaval, la obra maestra de Billy Wilder sobre el sensacionalismo de la prensa estadounidense ante la angustia de un hombre atrapado en un derrumbe en una gruta es muy similar a lo que aquí ocurrió con el niño Julen y el elefantiásico despliegue de medios alrededor de la desgracia. Hubo un programa especial un viernes por la noche en el que se anunciaba que iban a llegar en directo al lugar en el que supuestamente estaba atrapado el niño. Bochornoso, me negué a verlo y participar con ello del morbo. Luego supe que no alcanzaron a encontrar el cadáver en directo y me alegré. Joder, cómo me alegré.
  • Captain Philips, sobre los secuestradores somalíes de un mercante americano es una historia con puntos en común con la del pesquero Alakrana, que además aquí se habría podido rodar añadiendo el conflicto batasuno y su petición de ayuda al “Estado represor” español.
  • Spotlight, sobre los abusos de la Iglesia católica de Massachussets y la investigación periodística. Por desgracia, es fácil encontrar su equivalente español.
  • Buried, de Rodrigo Cortés. Si un individuo atrapado en un ataúd da para una angustiosa trama de hora y media, no quiero ni pensar lo que se podría rodar con los secuestros de Miguel Ángel Blanco o de José Antonio Ortega Lara. Que además son historias que no se pueden olvidar, pese a que según un estudio los menores de veinte años las desconocen por completo. Y el porcentaje baja en el País Vasco.
  • The Crown. Los Windsor han dado ya para cuatro temporadas, ¿habrá valor para rodar algún día (y sin censuras) The Spanish Crown? ¿O Los Borbones? He visto un par de series sobre los Reyes Juan Carlos y Sofía (Sofía) y Felipe y Letizia, muy edulcoradas ambas, demasiado amables. ¿Tenemos la madurez suficiente para que nos cuenten los claroscuros de la Familia Real? Pues parece que el proyecto ya está en marcha.

Veremos hacia dónde van los argumentos del cine español, pero creo que nuestros periódicos nos dan numerosas ideas. Y cuando los directores españoles se ponen a rodar sobre nuestra vida son capaces de conseguir obras interesantes, aquí dejo alguna más y me despido por hoy:

  • Lo imposible
  • Mar adentro
  • El crimen de Cuenca
  • El lobo
  • Solo
  • El Lute, camina o revienta
  • Cien metros.

La lotería de los penaltis no es tal

BARNEY, 18/07/2021

El domingo pasado finalizó la Eurocopa de fútbol con el triunfo de Italia sobre Inglaterra en los penaltis. La misma escuadra azzurra había eliminado a los nuestros en semifinales por penaltis, de igual modo que España eliminó de esta guisa a Suiza, que a su vez había hecho lo propio con Francia desde los once metros. Siempre que un encuentro se decide de este modo, los periodistas recurren a un tópico tan manido como el de «la pena fatídica» o «los Globos de Oro son la antesala de los Óscar» y es que el partido se resolverá en «la lotería de los penaltis». Y yo creo que, al igual que en el fútbol se entrenan todos los aspectos técnicos, tácticos y físicos, los penaltis son un lance más del juego que se prepara y se entrena, y el resultado final dista mucho de ser una lotería.

En un deporte colectivo como el fútbol, los penaltis son la expresión máxima de la individualidad: el jugador de campo frente al portero. El que tiene todo que perder frente al que puede erigirse como héroe. El que acaba señalado como villano enfrentado al que será el gran triunfador de su país aunque los penaltis se vayan a las nubes. Y en esas circunstancias la cabeza pesa tanto como la habilidad para lanzar los penaltis.

De todos modos y por seguir con el símil, para enfrentarse a una lotería conviene comprar más papeletas o jugar con más números, y hay una serie de reglas que conviene seguir para (al menos) no partir en desventaja:

  • El sorteo para elegir portería y orden de lanzamiento. No tengo datos sobre la importancia de lanzar en la portería en la que están los aficionados de uno u otro equipo, aunque lógicamente todos los equipos quieren lanzar frente a la grada en la que están sus seguidores, pero sí hay numerosos estudios sobre el peso del orden de lanzamiento en el resultado final. El famoso estudio de los profesores Palacios-Huerta (London School of Economics) y José Apesteguia (Universidad Pompeu Fabra, Barcelona) analizó 2.820 tandas de penaltis entre los años 1970 y 2008, y llegó a unos porcentajes de 60%-40% a favor del primer lanzador, pero no solo eso, sino que realizó un muestreo de los sorteos para concluir que en más del noventa por ciento de los casos el ganador elige lanzar en primer lugar. Por esa razón, el capitán del Real Madrid, Sergio Ramos, se sorprendió y se frotó las manos al ver que Gabi ganaba el sorteo para elegir en la final de Milán de 2016 y escogía lo indicado por el Cholo Simeone: ceder el turno al Madrid. Sabemos todos lo que pasó. La razón psicológica es clara: la presión suele ser mayor para el que lanza en segundo lugar, y el porcentaje aumenta si el rival anota, es decir, si se va por debajo en el marcador. Si el sorteo es tan importante para el resultado final, no puedes mandar a un tipo como Jordi Alba frente a un italiano, y menos si este es Chiellini, doctor en Administración y Dirección de Empresas. Que te vacile después es una consecuencia lógica. Entre los cambios que algunos expertos han propuesto para el reglamento del fútbol está que el orden de lanzamientos sea ABBA, en lugar del tradicional ABAB, para que se produzca un traspaso de presión entre los equipos.
  • Confiar en la experiencia, desconfiar de la juventud. Son muy pocos los jugadores que tiran penaltis a lo largo de una temporada, pues esta es una tarea reservada normalmente para los cracks de cada equipo, así que llegado el momento decisivo lo normal es optar por la veteranía, por jugadores curtidos en mil batallas a los que no les pese la responsabilidad ni la presión de lanzar en un ambiente hostil. En la final de la Euro 2020, por Italia lanzaron los veteranísimos Chiellini (36) y Bonucci (34), y nadie entendió los elegidos por el seleccionador inglés, Gareth Southgate, que dejó la papeleta a tres de los más jóvenes jugadores sobre el campo. Y fallaron los tres. En casa, con un público que nos recordó a los peores tiempos del hooliganismo, con el equipo como favorito y toda la presión sobre sus espaldas, Southgate decidió que Jadon Sancho (21), Marcus Rashford (23) y Bukayo Saka (19) lanzaran. A los dos primeros los sacó en el minuto 120 de partido solo para que cometieran el gambazo que cometieron. En sus enfrentamientos contra Suiza e Italia, Luis Enrique no dejó esa presión a Pedri (18) y creo que todos lo entendimos. En momentos así también se distingue a un entrenador, como cuando Vinicius pidió tirar un penalti en la final de la Supercopa entre el Real Madrid y el Atleti (Arabia Saudí, 2020) y Zidane le dijo que no. Hay jóvenes con mucho más aplomo que algunos veteranos, pero el entrenador debería ser quien dejara los criterios claros mucho antes del partido (días, semanas incluso). Nunca entendí que Camacho escogiera a Joaquín (20 años entonces) para tirar un penalti en aquella fatídica mañana de junio en Gwangju, el día que supimos de la existencia de Al Ghandour, sobre todo porque en el campo había jugadores como Luis Enrique (32) y Miguel Ángel Nadal (35), que se curraron un Bebeto mirando para otro lado y dejando toda la responsabilidad al chavalín.
  • La elección y la preparación del portero. El portero es quien más tiene que ganar y menos que perder en una tanda de penaltis. Salvo que seas De Gea. Luego lo explico. Un portero no puede llegar a la tanda sin haber analizado previamente a sus rivales. Coño, que no es tan difícil, que los jugadores y el cuerpo técnico se pasan horas en una concentración preparando un partido y es bastante probable pensar que se puede resolver por penaltis. ¡Pues prepáralo! Parece algo excepcional cada vez que nos cuentan que un técnico o incluso el portero suplente ha soplado al titular por dónde suelen lanzar los jugadores rivales, cuando es algo que debería estudiarse siempre. El Madrid lanzó sus cinco penaltis de Milán a Oblak por su lado izquierdo. Y también consiguió engañarle en los cinco de la Supercopa de 2020. Porque lo habían estudiado. Van Gaal cambió a su portero titular (Cillessen) por el suplente (Krul) en el último minuto de la prórroga frente a Costa Rica en el Mundial de 2014 y le salió bien, seguramente porque descolocó a sus rivales, cambió el guion y los pilló desprevenidos. Si alguien en la selección española hubiera estudiado los aciertos de David De Gea en los lanzamientos de penalti jamás le habría dejado que se la jugara en la tanda del Mundial de Rusia frente a los locales. Porque no los para ni aunque le tiren a dar. Este año le anotaron once seguidos en la final de la Europa League frente al Villarreal, y para colmo falló el suyo. Lleva desde abril de 2016 sin detener un penalti: 40 lanzamientos desde entonces y 40 goles. Solo hay que tirar a puerta. Cuando vimos que la final de la Euro se decidía entre Donnarumma y Pickford, supimos que Italia partía con mejores papeletas para «la lotería». Lo mismo que en las semifinales entre Inglaterra y Dinamarca, en las que Schmeichel hijo me hizo pensar que repetiría la hazaña de Schmeichel padre en la Euro del 92 (El bigote de Kim). Hay porteros con esa habilidad y la confianza necesaria para asustar al rival, pero por desgracia, lo que ocurrió es que un piscinazo de Sterling made in City me privó de confirmar mi teoría.
  • Cuidado con los megacracks, es preferible que lancen al principio de la tanda. Mbappé falló por Francia, Cristiano en la final de Champions entre el Manchester y el Chelsea (salvado luego por los errores de Terry y Anelka), Messi en la final de la Copa América frente a Chile, Ronaldo, Kaká y Sergio Ramos en las famosas semis frente al Bayern de 2012, Zico, Sócrates y Platini en los cuartos del 86, Maradona en el partido frente a Yugoslavia del Mundial de Italia 90, Roberto Baggio y Baresi en la final del Mundial USA 94,… y así un largo etcétera de cracks. Algo les pasa que sienten la presión más que sus compañeros, quizás porque nadie espera de ellos lo que les puede ocurrir, igual que al resto. Hay entrenadores que dicen que hay que poner al mejor lanzador en quinta posición y al segundo mejor en la primera. Yo pondría siempre a mi jugador más fiable en primer lugar. Te evitas además que tu estrella se pueda quedar sin tirar, como a Cristiano Ronaldo en las semis contra España en la Euro de 2012, el día del «¡qué inyustisia!».
  • Raso, fuerte y al palo. Sé que parece fácil, pero si fuera entrenador, lo primero que haría es obligar a mis jugadores a que se dejen de gilipolleces. Si va raso, fuerte y al palo entrará más del noventa por ciento de las veces, por muy bien que se tire el portero rival. Ni paradinhas, ni pasitos, ni carreras absurdas, ni saltitos, ni esperar al último segundo para decidir el lado, ni panenkas, ni a media altura, ni… La de penaltis que se fallan por estupideces. Zaza, Oyarzábal, . Italia tenía la final ganada cuando Jorginho hizo su típico saltito y falló. Lanzamiento flojo, fácil de parar si el portero adivina la trayectoria. Aquí dejo algunos de los penaltis peor tirados de la historia, que incluye al propio Neymar y la tontería que hace siempre antes de lanzar:
  • Y la última, ya que hablamos de confianza: No dejar que lancen jugadores del Atleti. Así es, para qué nos vamos a engañar. Esta no-lotería de los penaltis va sobre la confianza y la historia del Atleti es la de los que se quedan «a punto de», con la miel en los labios, luego no puedes ir a la tanda de penaltis con los jugadores del Atleti. Lo sabía Southgate y no dejó que Trippier (30) lanzara en la final. Luis Enrique lo sabía y en el partido contra Suiza cambió a Morata y a Koke durante el partido. Griezmann y Juanfran en Milán, Saúl en Arabia, Koke en Rusia 2018, Torres en Munich… su cara antes del lanzamiento lo anticipa (recordad El influjo magnético de la sonrisa sobre los postes). De la Euro 2020 nos privó el fallo de Morata. Sí, ya sé que esta temporada ha jugado en la Juve, pero Morata es atlético de carácter, formas, declaraciones y sobre todo, de confianza. Psicológicamente. En todos los chats de Whatsapp, en todo Twitter, en el bar en el que estaba y en todo el puto mundo, se comentó: «tenemos claro que Morata no puede lanzar un penalti». Estaba con confianza, había metido el gol del empate y Luis Enrique lo animó, pero es un cenizo de manual. Ni siquiera me extrañó su fallo. Mi mujer me preguntó que cómo lo sabíamos y le dijimos simplemente: «tiene el ADN del Atleti».

¿Impuestos a los robots?

JOSEAN, 11/07/2021

En los últimos tiempos se viene produciendo un interesante debate acerca de la necesidad de crear un impuesto a los robots, un debate que surge de dos tendencias que pueden resultar contrapuestas en sus consecuencias: por un lado, la creciente robotización y automatización de los procesos de producción, y por otro, la pérdida de empleos en las economías más desarrolladas. Las modernas técnicas de producción, la mejora en los procesos ganaderos y agrícolas o la mayor rapidez en la distribución de bienes permiten incrementar los productos disponibles para los ciudadanos, pero por el lado opuesto, el incremento de la pobreza de estos (más paro, menores salarios, reducción de pensiones) puede acabar impidiendo el acceso a dicha producción.

En el Foro de Davos de 2017 se presentaron unas proyecciones que indicaban que cerca del cincuenta por ciento de los trabajos sería desarrollado por robots en 2025, lo que redundaría en mayor destrucción de empleo y un enorme incremento de déficit público en las economías desarrolladas. Menos ingresos públicos para pagar, entre otras cosas, las pensiones. Algunas voces como Bill Gates, Elon Musk o el Nobel de Economía Robert Schiller propusieron crear un impuesto a los robots con argumentos como el del dueño de Microsoft: «si una persona hace un trabajo valorado en 50.000 dólares en una fábrica, ese importe es sometido a impuestos sobre la renta, impuestos de la seguridad social y todas esas cosas. Si un robot viene para hacer el mismo trabajo, pensarías que habría que ponerle un impuesto del mismo nivel«. Los argumentos de los defensores del impuesto son los mismos que en 2016 utilizó el secretario general de UGT, José María Álvarez, quien pedía “que los robots paguen a la Seguridad Social por los trabajadores que no están en las empresas”.

Según el Jobs Report de 2018 (fuente: EADA), una serie de empleos están condenados a desaparecer por el desarrollo de la robotización y la automatización, unidas a la Inteligencia Artificial, pero por el contrario se generarán otros nuevos que llevarán a que los trabajadores tengan que readaptarse y formarse en puestos que ahora apenas existen o están dando sus primeros pasos:

Así que tocará hacer eso otro que también está muy de moda: reinventarse, convertirse en un tipo de profesional diferente (si tal cosa es posible) y trabajar en valores y capacidades muy diferentes a las que hasta ahora primaban y se valoraban en las empresas en los procesos de selección. Me cuesta creer que escribir, leer, la escucha activa o las matemáticas pierdan su sitio frente a otras habilidades que para su desarrollo requieren de las mismas, pero eso es lo que dice el mismo Jobs Report:

En este tipo de debates a veces un tanto catastrofistas se habla mucho de la destrucción de puestos de trabajo y mucho menos de la posible creación de otros. Según el propio Foro Económico Mundial (y de verdad que nunca he entendido de dónde salen estas cifras), la sustitución de personas por robots para tareas básicas suprimirá 75 millones de empleos, pero en su lugar se crearán 133 millones, lo que supone una creación neta de empleo de 58 millones.

El Índice de Automatización mide el reparto del trabajo en función del número de horas empleadas, y como decía al inicio del post, se espera que en 2025 este índice supere el 50 por ciento, pero cuando se hicieron estos cálculos en 2018 no se partía de cero, sino del 29 por ciento:

En cualquier caso, se habla muy en serio de la creación de un impuesto a los robots o de cotizaciones a la Seguridad Social para paliar los efectos de la eliminación de empleos. En realidad el concepto va mucho más allá de los robots, a los que imaginamos con aspecto humano por el cine o los androides de protocolo que vemos en ocasiones en ferias y exposiciones, pero “la máquina que roba puestos de trabajo a los hombres” es tan antigua como la primera Revolución Industrial. Y se dice que estamos ya en la cuarta. El propio Bill Gates indicó que se hablaba mucho de los impuestos a los robots, cuando debería referirse a la automatización de procesos, a todo aquello que las máquinas realizan de una manera más rápida, eficiente y segura que las personas. Para mí, realmente el debate debería girar en torno a la propia innovación: ¿se deben gravar los avances tecnológicos?

La primera Revolución Industrial, de 1760 a 1830 aproximadamente, supuso el paso de la producción manual a la mecanizada, y ya se suprimieron puestos de trabajo humanos. La segunda Revolución Industrial, con la incorporación de la electricidad a los procesos productivos hacia la segunda mitad del siglo XIX, permitió el incremento de producción en las industrias. Y supuso otra eliminación de puestos de trabajo. La tercera Revolución Industrial, hacia mediados del siglo XX, incorporó la electrónica, la mejora de las comunicaciones y las tecnologías de la información, y eliminaron miles de puestos de trabajo. Prácticamente cualquier avance tecnológico que se nos ocurra, la máquina de vapor, la cosechadora y el tractor, la cadena de montaje robotizada de la automoción, sobre todo los ordenadores y cualquier avance de los que han hecho millonario a Bill Gates, ha acabado sustituyendo personas en los puestos de trabajo por máquinas. Y sin embargo no existía este debate tan de moda.

La automatización no solo supone una mejora de la productividad y un incremento de la producción, sino que además reduce algo tan importante como la siniestralidad. La tecnología es clave para mejorar la seguridad en el trabajo, ya sea en la construcción, en la minería, en explotaciones petrolíferas, o aplicando tecnología predictiva para tareas de mantenimiento y reducción de los siniestros. Yo creo que a todos nos fastidia que nos atienda una máquina en una gasolinera, una cabina de peaje, un parking o un chatbox de reclamaciones, pero al final no tocará otra que adaptarse y emplear esos recursos humanos en trabajos más productivos, motivadores y con menores índices de penosidad.

Ángel Gómez de Ágreda, autor de Mundo Orwell (Editorial Ariel, 2019), un libro muy recomendable, analiza este asunto desde varios puntos de vista, como las diferencias de desarrollo entre países en función de su grado de automatización, la creación de una legislación específica o una Carta Magna que regule «la convivencia entre humanos y máquinas», el desarrollo de algoritmos respetuosos con la dignidad humana (lo que vendría a ser como una actualización de las leyes de la robótica de Isaac Asimov), el proyecto Robolaw del Parlamento Europeo para definir un estatus de «personas electrónicas» con sus derechos y deberes, los impuestos a los robots y lo más interesante para mí:

«La unión de la inteligencia de los robots y las personas generará grandes ventajas. Sin embargo, para que se traduzca en un incremento de la producción, será necesario que este trabajo sea aditivo y no se produzca en entornos separados».

«Un mundo en el que las tareas productivas no constituyan una preocupación y, por tanto, podamos dedicar más tiempo a construir relaciones personales».

«Los nuevos trabajos de los humanos deberán estar centrados en aquellas áreas que requieren una mayor capacidad de empatía y relación personal». «Tiempo para vivir».

Ojalá. Lo veo un tanto utópico con mi visión de hoy, pero si las necesidades básicas serán cubiertas gracias al incremento de la capacidad productiva, ¿podremos dedicarnos a otras cosas? ¿De qué o cómo viviremos?

«La liberación de la labor productiva debería dar lugar, en algún momento de la evolución del proceso, a un sistema de renta básica personal universal que asegure la supervivencia del individuo».

De todo esto ya habló Tomás Moro en su obra Utopía ¡en 1516! Continúa Mundo Orwell:

«La llegada de los robots y la automatización de una parte importante de la producción puede, por fin, permitir implantar este modelo y acabar definitivamente con la pobreza extrema. Eso sí, este sistema tampoco reduce necesariamente las desigualdades socioeconómicas, sino que, tal vez, incluso las exacerbe creando una casta de conformistas y otra de personas más ambiciosas«.

Mientras llega ese futuro, sinceramente creo que en este debate no podemos ir contra el progreso y no veo razonable la creación del impuesto a los robots por diversas razones:

  • Los robots no pagarán nunca los impuestos, del mismo modo que no se benefician de una pensión, ni de unos servicios públicos.
  • Los impuestos serán pagados por las empresas, que a su vez los repercutirán a los ciudadanos que utilicen los productos diseñados por robots o por ordenadores, exactamente igual que hoy en día. Es un impuesto a la producción, o más concretamente, a la mejora de un proceso de producción.
  • Los países con tasas más altas de automatización de sus procesos, como Japón, Alemania o Corea del Sur, con tasas cercanas a 300 robots por cada 10.000 trabajadores, mantienen sus cifras de desempleo entre las más bajas del mundo, luego la asociación robots-destrucción de empleo no se sostiene con las cifras en la mano.

En resumidas cuentas, el impuesto a los robots o a la automatización sería en realidad un impuesto a la innovación y un más que posible freno a la iniciativa particular o empresarial.

Como todos los lectores asiduos de este blog sabéis, si queréis colaborar por una buena causa a través de una ONG contrastada, es posible hacerlo mediante microdonaciones en este enlace: Ayuda en Acción/colabora

Too old for this shit!

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JOSEAN, 07/07/2021

Ayer falleció Richard Donner, el director de cine norteamericano autor de célebres títulos setenteros y ochenteros como Superman, Lady Halcón, Los Goonies y las cuatro de Arma Letal. El personaje de Danny Glover en aquellas buddy movies popularizó la frase con la que comienzo este post: “Too old for this shit!”. “¡Demasiado viejo para esta mierda!”. La frase tiene su gracia porque “la mierda” hace más referencia por lo general al que la pronuncia (“estoy hecho una mierda”) que al hecho o actividad que la propicia: un salto desde lo alto, colarse en un edificio por la ventana o toda esta sucesión de “hazañas” (o sus intentos) que podemos ver en este vídeo, puesto que la frase se ha utilizado en cientos de películas de Hollywood, con sus tiny fucking variaciones:

Pero hoy no venía a hablar de cine, sino de todas esas circunstancias de la vida en que mis esquemas mentales me hacen exclamar que estoy “too old for this shit!”, demasiado mayor para aceptar según qué cosas. Uno ha recibido una educación determinada bajo la cual ha conformado su mentalidad o su personalidad, o el entendimiento sobre algunos comportamientos, actitudes, modo de hablar o de vestir, y pese a que uno ha intentado ser tolerante toda su vida y abrir su mente, cuando llega a determinadas edades siente que difícilmente va a cambiar y tolerar aquello a lo que hasta ese momento no había tenido que enfrentarse.

Por ejemplo, temas chorras y que reconozco absolutamente gilipollescos como los chicos con moño o los calvos con coleta, a los que respeto, por supuesto, pero que hacen que sienta ganas de coger las tijeras de podar. Del mismo modo que reconozco que si me viene a una entrevista de trabajo un tipo con moño o un calvo con coleta tiene muy pocas papeletas para ser contratado. Lo sé, me dejo llevar por mis prejuicios, cortedad mental, etc, pero I’m too old for this shit!

Son las modas, lo sé, puedo aceptarlas, como los tatuajes, aunque no me gusten. En su día, dentro de esas estupideces propias de la juventud, podía entender que te hicieras uno en plan malote, o en la mili, o si pasabas por prisión, o con unos colegas por el afán de mostrar un sentimiento de pertenencia a la tribu que nos ha acompañado desde la prehistoria, pero, ¿ahora, de mayor? Too old for this shit! Y que se me entienda que la palabra mierda no va destinada al tatuaje, sino a mi edad para entrar en esas cosas o para normalizarlas, ese es el significado de la frase. Esas chicas jóvenes, pijitas y monas con sus tatuajes… qué pena… pensamiento de tío carca, carca, carca.

El mejor granero de ideas para este post me lo ha dado en el último año el diario El País. No sé quién dirige las secciones de Sociedad o Vida, pero llevo recopilando de un tiempo a esta parte algunas ideas para un futuro no sé si mejor, peor, más verde o más loco, pero el caso es que no me veo practicando ninguna de ellas. Esto va mucho más allá de no comer carne, usar poco el coche y ser política y ecológicamente correcto, pero aquí van algunas de las ideas:

  • Comer insectos. Muy proteínicos, sanos y ecológicos, pero no, gracias. Y que conste que he probado unos snacks a base de insectos disimulados con especias. No me veo alimentándome de ese modo en los próximos años.
  • Deberíamos dejar de planchar la ropa: planchar es caro, poco ecológico y «podemos» vivir con la ropa como esa camiseta vieja que sacas del fondo de un cajón tras varios meses.
  • Para qué independizarte o formar una familia tradicional cuando puedes compartir piso hasta los cuarenta. Ya le han puesto nombre y todo: coliving.
  • Reciclar las aguas fecales: «es esencial concienciar a la sociedad para que acepte el uso de aguas residuales». Claro, en San Diego se usa agua reciclada, como dice el artículo.
  • El papel higiénico reciclado: sé que no es lo que parece, pero no resulta muy comercial precisamente.

Yo… no sé qué quieren que les diga… o sí: I’m too old for this fucking shit!!!!

No hace mucho hablé del lenguaje inclusivo (De ofendiditos y pollaviejas), en el que dije que no iba a entrar o que me costaba mucho incorporar con naturalidad. De hecho, ni lo uso, ni lo incorporo con naturalidad alguna en el trabajo y cuando lo empleo, escribo unos mails tan enrevesados y absurdos que se aprecia claramente la intención de boicotearlo. ¿Que soy un “pollavieja”?, pues qué le vamos a hacer, “I’m too old for this shit!”. Me alegra leer que en Francia han suprimido el uso del lenguaje inclusivo en los colegios porque dificultaba la comprensión lectora y el aprendizaje. Los franceses, como siempre, unos pasos por delante de nosotros.

El uso del lenguaje impostado puede terminar llevando a absurdos como el discurso de Irene Montero sobre los “hijos, hijas, hijes”, pero cuando uno ve que es el propio Ministerio el que lo emplea en sus webs oficiales empieza a sentir que tiene que hacer algo por defender un idioma que corremos el riesgo de cargárnoslo por el analfabetismo y el sectarismo de algunos, algunas y algunes.

Hace apenas un mes se registró una proposición no de ley para que los gestantes transgénero pudieran inscribirse en el registro como “padres, madres o adres”. De verdad que me veo mayor para entrar en estos debates. El problema es que el destrozo del lenguaje se está llevando al BOE, a los informativos y trata de imponerse en el habla hasta el punto de considerar intolerante, facha, homófobo y no sé cuántas cosas más a quien se niegue a usarlo.

Y es con todo, pones la radio y hablan de una cantante llamada Héloïse Letissier, que se autodefine como “persona pansexual de género fluido”, y yo ya no sé dónde esconderme para no ser considerado un retrógrado, por eso me digo a mí mismo lo del too old for this shit!, explicando nuevamente que el mierda soy yo y no el pansexual de género fluido, que la piel fina de la gente hace que haya que explicar las cosas.

No voy a entrar en la Ley Trans porque me consta que el amiguete Josean se ha leído el anteproyecto y parece un tema complejo de analizar y en absoluto dado a la broma, pero hace poco, en una comida de trabajo, me encontré con un debate acerca de las mujeres con pene y los hombres con vulva, y ufff…. qué puedo decir aparte del título de este post. Yaaaa, lo sé, que parece que el sexo es un constructo social y que hay más de dos géneros, igual que hay personas no binarias, como explica perfectamente esta camiseta de marca incongruente:

¡Too old para comprender estas cosas!

20 años sin Jack Lemmon

TRAVIS, 27/06/2021

Tras varios meses luchando contra un cáncer de vejiga, el 27 de junio de 2001 nos dejaba Jack Lemmon, uno de los más grandes actores que hemos visto en la pantalla grande. Y en la pequeña, en la que se prodigaba menos, pero en la que dejó alguna interpretación notable, como en la versión de Doce hombres sin piedad que dirigió William Friedkin en 1998. Por aquella actuación fue candidato al Globo de Oro, pero sin embargo el premio fue a parar al «duro» Ving Rhames, el Marsellus Wallace de Pulp Fiction, por su papel de Don King. Lo que sucedió después fue uno de esos grandes momentos de admiración y respeto en los que ese mundo de egos que es Hollywood no suele prodigarse. El tipo «duro» rompió a llorar, llamó a Jack Lemmon para que subiera al escenario y le entregó el Globo de Oro porque entendía que lo merecía mucho más que él: «Es tuyo», le insistió.

Es un momento muy emotivo en el que vemos a grandes estrellas de Hollywood puestas en pie (Steven Spielberg, Jack Nicholson, Jim Carrey, Dustin Hoffmann, Jodie Foster) aplaudiendo a ese tipo corriente, aparentemente normal, que se había ganado el cariño y el respeto de todo el mundo de la interpretación. Porque Jack Lemmon no era una estrella en el sentido en el que se entendía cuando comenzó a destacar en papeles de interpretación. No era un tipo guapo o carismático, como Cary Grant, James Stewart o Paul Newman, tampoco tenía una presencia física rotunda como John Wayne, Gary Cooper o William Holden, ni tenía la intensidad de Marlon Brando o Montgomery Clift. Simplemente era un tipo normal, por eso no lo vimos demasiado en papeles de romanos, ni medievales o en wéstern, ni rodó con Hitchcock, porque su especialidad era ser «el vecino de al lado». Y eso lo hacía como nadie.

La leyenda cuenta que nació en el ascensor de un hospital de Boston, el 8 de febrero de 1925. La suya es una de tantas historias que comienza en Harvard con un tipo que se queda fascinado por el grupo de teatro de la universidad. Combatió con la Marina estadounidense en la Segunda Guerra Mundial y se graduó en Arte Dramático. Aprendió a tocar el piano y, según su hijo Chris, siguió tocándolo todos los días de su vida. En los cuarenta se dedicó a tocar el piano en pequeños clubes de Nueva York, donde en ocasiones ni siquiera cobraban, y poco a poco fue metiéndose en el mundo de la interpretación, al principio en el teatro y luego en la televisión, en series como The Wonderful Guy, hasta que finalmente le llegó la oportunidad en el cine a principios de los cincuenta.

No sé si su manera de interpretar era muy «stanislavskiana» o todo lo contrario, pero se metía en el papel sin que se notara, porque su mayor virtud era la naturalidad. La sencillez, la falta de aspavientos. Interpretar sin que se note que está interpretando. Quizás la clave de su manera de actuar se la dio George Cukor en una de sus primeras películas, Una rubia fenómeno (It should happen to you), rodada en 1954. Lo cuenta el director con el que más veces rodó, Billy Wilder, en el libro de Conversaciones escrito por Cameron Crowe. Al parecer, Lemmon llegó al rodaje, memorizó sus diálogos y soltó su texto ante Cukor:

«Ha sido estupendo, va a ser una gran estrella. Pero… en la gran parrafada, por favor, un poco menos. Ya sabe, en el teatro, estamos muy atrás, en plano general y hay que entregarse. Pero en cine, si se intercala un primer plano, no puede haber tanto entusiasmo».

Lemmon repite la escena varias veces, cada vez con menos energía y en todas ellas el director le dice lo mismo:

«¡Fantástico! Totalmente maravilloso, ahora vamos a repetirlo, un poco menos». Al cabo de diez o doce veces, en las que Cukor no deja de decirle: «Un poco menos», Lemmon comenta: «Señor Cukor, por Dios, voy a acabar no actuando en absoluto». Cukor replica: «Ahora nos vamos entendiendo».

Esa no-interpretación, que en absoluto es cierta, esa interpretación invisible, es una de sus principales características. Y sin embargo, siempre estaba dentro del personaje, «era» el personaje que interpretaba. Hace un par de semanas pillé empezada Con faldas y a lo loco (1959), una vez más, la 128ª por lo menos, y me quedé hasta la última escena, hasta el mítico «Nobody is perfect».

Poco antes de esta escena ocurre la de las maracas, esa en la que Jack Lemmon, aún travestido como Daphne, fantasea con la promesa de matrimonio que le ha hecho el millonario Osgood. Es genial, es Lemmon en estado puro, se marca un Stanislavski doble: Lemmon interpreta a un músico que se hace pasar por una mujer enamorada y por momentos consigue resultar femenino, transmitir felicidad y en medio segundo volver a ser el músico malhumorado de siempre. Era un genio, sin duda.

Aunque se le haya etiquetado tradicionalmente como un actor de comedia, realizó papeles dramáticos con gran soltura, si bien su mejor papel quizás sea el del oficinista Baxter en la que puede ser la comedia más triste de todos los tiempos: El apartamento (1960, Billy Wilder).

«Un centímetro a la derecha o la izquierda, y la película se llena de tragedia o dulzura».

Cameron Crowe

Sin embargo, esas no son las interpretaciones que gustan en Hollywood, al menos para los premios, sino aquellas extremas, histriónicas, exageradas, algo de lo que también se quejaba Wilder:

«Por eso le seleccionaron para un premio por Días de vino y rosas (Days of wine and roses, Blake Edwards, 1962), porque interpretaba un borracho».

Jack Lemmon recibió dos Óscar a lo largo de su carrera, por dos películas que no están entre sus más conocidas: Escala en Hawaii (1955, actor de reparto) y Salvad al tigre (1974, actor principal). Interpretaciones dignas del premio tiene decenas, no solo en comedias, sino en papeles dramáticos como los que interpretara en Missing, El síndrome de China o Glengarry Glen Ross. Era un actor que posiblemente no valía para todo (no me lo imagino como héroe de acción, pistolero, matón, gladiador o caballero medieval), pero sí para todo lo que fuera ver a un tipo normal metido en dificultades, como fueron la mayoría de sus papeles.

Igual que resulta imposible hablar de Jack Lemmon y no mencionar a Billy Wilder (aparte de las mencionadas, tiene esas obras maestras que son Avanti e Irma, la dulce), ocurre lo mismo con el actor Walter Matthau, con quien formó una fructífera pareja, fruto de la cual surgieron nueve películas, tres de ellas dirigidas por el propio Wilder.

«La química solo surge de manera natural. No puede fabricarse».

«Con esos dos, se veía que juntarlos iba a ser divertido. Son dos cómicos».

(Billy Wilder)

Eran dos actores complementarios, el bondadoso Lemmon y el retorcido Matthau (En bandeja de plata, Primera plana, Aquí un amigo), el ordenado Jack y el desastroso Walter (Una extraña pareja, Dos viejos gruñones, La extraña pareja, otra vez). Por esas cosas del destino, esos tres genios que eran Wilder, Matthau y Lemmon fallecieron en un plazo no muy diferenciado de tiempo: entre julio de 2000 (Matthau) y marzo de 2002 (Wilder) se marcharon los tres, como si esa época irrepetible de buen cine y carcajadas desapareciera para siempre.

Veinte años ya, y posiblemente no me haya reído tanto con un actor desde su ausencia. Y posiblemente no lo haga jamás. Un gran tipo. Jack Lemmon siempre buscó (y logró) arrancarnos una sonrisa, incluso cuando ya estaba «más allá», desde la tumba:

Relacionados:

Los actores (I): la veracidad

Los actores (II): el ganado

El conflicto del secundario

La subida del SMI

JOSEAN, 12/06/2021

No ha terminado la reciente polémica sobre los efectos del incremento del Salario Mínimo Interprofesional (SMI) en el crecimiento o destrucción de empleo y ya estamos inmersos en el debate sobre el aumento para el ejercicio 2021. En el propio gobierno hay dos tendencias contrapuestas: la defendida por Nadia Calviño a principios de este año, cuando propuso congelar el SMI, y la de Yolanda Díaz, apoyada en el comité de expertos del Ministerio de Trabajo, que plantea un incremento en tres años, con una subida más leve en 2021 y un aumento importante en 2022 y 2023. Ambas posturas coinciden en mantener la prudencia ante la evolución que pueda tener el año en curso, y lo fían todo a la mejora de la economía en los posteriores.

Las cifras de recuperación de empleo comienzan a mejorar, en mayo hubo un descenso del paro de 129.378 personas y un incremento de más de 200.000 cotizantes a la Seguridad Social, sin duda datos esperanzadores impulsados por la recuperación de la actividad en sectores tan importantes como la hostelería y la construcción. Sin embargo, conviene ser prudentes puesto que la recuperación aún no se ha consolidado y hay datos preocupantes como que más de medio millón de empleados continúa en situación de ERTE, concretamente 542.142.

El Banco de España publicó un Informe a principios de junio en el que valoraba los impactos del incremento del SMI aprobado en 2019 sobre la creación de empleo en ese año en el que se aprobó una subida sin precedentes hasta los 900 euros (un aumento del 22,3 por ciento). En las conclusiones del Informe, con muchas reservas por parte de los propios autores del mismo, se concluye que hubo un «menor crecimiento del empleo en los colectivos con menores salarios». Ese menor crecimiento, o esa pérdida de empleos, ha sido cuantificada según diversos medios entre los 94.200 (eldiario.es) y los 180.000 empleos (eleconomista.es).

El Informe del Banco de España reconoce las dificultades para evaluar el impacto que la subida del SMI tuvo sobre el empleo, puesto que hay diferentes metodologías de cálculo, algunas bien diferentes o contradictorias, y no resulta sencillo calcular el efecto que el incremento de los salarios más bajos tuvo sobre el consumo o la actividad económica general. Es decir, el «retorno» de ese importe extra que reciben los beneficiados por la subida sobre el consumo, y cómo ese incremento de consumo se traduce en mayores ingresos (y quizás, más empleos) para las empresas. Así, mientras que «la evidencia muestra de forma robusta que un incremento del SMI supone un aumento del coste laboral para los empleadores» (totalmente lógico, la carga del incremento recae sobre el empresario), «sin embargo, la evidencia acerca del efecto sobre el empleo tiende a ser mixta y diferentes estudios (…) muestran una dispersión grande (…) con elasticidades del empleo estimadas positivas, nulas y negativas». Luego el Informe puede valer para una cosa o para la contraria dependiendo de la metodología que se emplee y no resulta tan concluyente como algunos artículos han indicado.

Lo que parece fuera de toda duda es que es el empresario quien asume el coste de dicha subida del 22 por ciento y a él corresponderá trasladarlo en precio a sus clientes, recortar sus márgenes o directamente no contratar trabajadores. O despedirlos al no poder asumir la subida. La cuerda se tensa siempre hacia uno de los dos lados, pero está claro que había que hacer algo en el país europeo en el que más crece la desigualdad salarial. De la subida se han beneficiado principalmente los jóvenes, cuya contratación tiene un alto componente de precariedad y eventualidad:

El problema que ocurre con la subida del SMI en España tiene mucho que ver con la estructura empresarial. Las empresas grandes o de cierto tamaño pudieron asumir en su mayor parte estas subidas ya que el porcentaje de sus trabajadores sujetos al SMI no es elevado o relevante como para tener un impacto significativo en sus cuentas. Sin embargo, el 95 por ciento de nuestras empresas tiene menos de diez trabajadores, y este tipo de empresas son las que han soportado el grueso del incremento del SMI. Según el informe del Banco de España:

Y el drama es que esas pymes, o micropymes, como las denominan algunos, pequeños comercios, productores agrícolas o establecimientos de hostelería, van tan apuradas en sus márgenes que no tienen la capacidad suficiente para generar los recursos que les permitan absorber el 22,3 por ciento de incremento, o el incremento previsto para ejercicios futuros, en los que se prevé que el SMI alcance el sesenta por ciento del salario medio, en línea con lo propuesto por la Unión Europea. No es un panorama sencillo de resolver y estoy convencido de que lo que han hecho numerosas empresas ha sido rebajar el número de horas oficiales y pagar en B las trabajadas y no cotizadas para cumplir con la subida. En cierto modo se puede deducir del Informe en varias de sus páginas (pág. 32), cuando se dice que «tras una subida de SMI, algunos puestos de trabajo pueden haber permanecido activos, pero con una reducción en las horas trabajadas, por ejemplo, mediante el paso de un contrato a tiempo completo a uno a tiempo parcial». «La empresa ha podido decidir mantener el puesto de trabajo, pero solo en las horas más productivas o reduciendo horarios de apertura, por ejemplo». O pagando 30 horas oficiales y 10 en negro. «El resultado en estos casos sería una caída en las horas trabajadas, y no en el empleo». No puede demostrarse, pero se entiende que en buena parte es lo que ha ocurrido. En la página 17 se indica que «si se analizan los indicadores de empleo en términos de horas trabajadas», así como tras la subida del SMI en 2017 hubo un incremento de las horas trabajadas de «un 4,1 % a finales de 2018», en esta ocasión, tras la subida de 2019 se produjeron «desaceleraciones superiores a las observadas en la actividad económica». Y no parece que sea resultado de una mejora de la productividad.

Veremos en qué queda finalmente el asunto. «No confundamos la ideología con la ciencia y con lo que debemos de hacer», ha dicho la ministra de Trabajo Yolanda Díaz para defender su postura frente a la congelación propuesta por la ministra de Economía, Nadia Calviño. Precisamente creo que es un tema lo suficientemente importante como para analizar los números y no dejarse llevar por esa ideología que cree que el empresario puede aguantarlo todo porque está hinchándose a ganar pasta a base de explotar a los trabajadores, porque lo cierto es que el pequeño empresario está en el límite. Claro que conviene mejorar las rentas más bajas y mejorar su poder adquisitivo, pero primero habrá que analizar si esta subida por decreto contribuye a disminuir el paro entre los más jóvenes, el más alto de Europa con mucha diferencia, o tiene los efectos contrarios, como puede desprenderse del informe del Banco de España.

Nadia Calviño acaba de apuntarse un tanto a su favor con la aprobación del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia por parte de la Unión Europea, ratificado tras la visita de la presidenta de la Comisión Europea Ursula Von der Leyen. De dicho plan nos han contado reiteradas veces dónde se piensan gastar los fondos recibidos, que será «resiliente, justo, inclusivo y sostenible», pero se habla menos de las reformas exigidas: en las pensiones, en el sistema tributario y en la legislación laboral, no precisamente en el sentido que le gustaría a la ministra de Trabajo.

Pedro Sánchez parece apoyar las tesis de Calviño, como dijo esta misma semana durante la rueda de prensa posterior al visto bueno al Plan de Recuperación: «Ahora mismo lo relevante es la creación de empleo y la consolidación del crecimiento económico». De ese modo daba por válidas las conclusiones de la ministra Calviño, así como el informe del Banco de España en el sentido de contraponer subida del SMI con creación de empleo.

A su lado (o enfrente) cuenta con una ministra de Trabajo que tratará de convencerle de lo contrario, respaldada por una sólida formación que incluye tres másteres: en Recursos Humanos, en Relaciones Laborales y en Urbanismo. Ah, no, disculpen, que eso era hasta el jueves, parece que se ha descubierto que no tenía tales estudios y ayer mismo desaparecieron de la web oficial del Palacio de La Moncloa (vía Carles Enric):

Aquí un enlace a la noticia. Yo ya no me extraño de nada.

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