Un cabrón de lo más simpático

LESTER, 30/07/2021

Odia los partidos de fútbol de la escuela.

Odia los colegios caros porque “cuanto más caro el colegio, más te roban”.

Odia su colegio porque “está lleno de hipócritas, los hay a patadas”.

Odia a los estudiantes que no se lavan, que tienen los dientes sucios y huelen mal. O a ese compañero que tiene granos en la cara y se los revienta delante del espejo.

Odia que le toqueteen sus cosas en la habitación, igual que odia que bostecen mientras le piden un favor. Odia cuando la otra persona no está satisfecha con el favor una vez realizado.

Odia a Stradlater y lo fanfarrón que se vuelve con las chicas, pero por encima de cualquier otra cosa, odia pensar que Stradlater se haya podido sobrepasar con Jane Gallagher en el coche.

Odia las maletas baratas y “compartir la habitación con un tío que tiene unas maletas mucho peores que las tuyas”.

Odia a los viejos en pijama y batín, odia el olor a Vicks Vaporub y que a esos mismos viejos se les estén cayendo cosas continuamente al suelo.

Odia que le deseen buena suerte. “Si lo piensa uno bien, suena horrible”. “Yo nunca le diré a nadie buena suerte”.

Pero si de verdad “hay algo que odio en el mundo, es el cine. Ni me lo nombren”. Odia las comedias de Cary Grant, “esas que son un rollazo”, odia a los actores por su modo de interpretar y odia a la gente que en el cine se ríe “como hienas de cosas que no tenían ninguna gracia”.

Odia a los tipos de Harvard y Yale, y odia a esos esnobs que llenan los bares de moda con su falsedad porque “entraban ganas de vomitar”. “Me los imagino a todos sentados en un bar con sus chalecos de cuadros hablando de teatro, libros y mujeres con esa voz de esnob que sacan. Me revientan esos tipos”. Y por si no hubiera quedado claro: “eran el mismo tipo de cretinos que en el cine se ríen como condenados por cosas que no tienen la menor gracia”.

Odia vivir en Nueva York. ¡En Nueva York! Menos mal que reconoce que es porque “estoy como una regadera”.

Odia el olor a vómitos del taxi y odia la falta de empatía de los taxistas.

Odia que no le sirvan copas porque es menor de edad, aunque insista mucho en que no lo parece.

Odia a esos músicos en directo que destrozan todas las canciones que tocan, y en especial, a los pianistas “que asesinaban” incluso las mejores melodías.

Odia a esa cantante francesa que “cantaba medio en francés medio en inglés una canción tontísima que volvía locos a todos los imbéciles del bar. Si te pasabas allí un buen rato oyendo aplaudir a ese hatajo de idiotas, acababas odiando a todo el mundo”. ¿Acaso no lo hacía ya antes de entrar al bar? Un bar en el que, por cierto, “el barman era también insoportable, un esnob de muchísimo cuidado”.

Odia la palabra “encantadora”, porque “suena de lo más hipócrita”.

Odia depender del dinero, del “¡maldito dinero! Siempre acaba amargándole a uno la vida”.

Odia a los boy scouts, odia al ejército más que a la propia guerra, tanto que “me alegro muchísimo de que hayan inventado la bomba atómica. Si hay otra guerra, me sentaré justo encima de ella. Me presentaré voluntario, se lo juro”.

Odia a los maníacos sexuales del hotel, y odia pensar que él mismo era “probablemente la persona más normal de todo el edificio, lo que les dará una idea aproximada de la jaula de grillos que era aquello”, pero por otro lado “ese tipo de cosas, por mucho que uno no quiera, resultan fascinantes”, lo que le lleva a reconocer que “debo ser el peor pervertido que han visto en su vida”.

Odia al señor Antolini por el modo de acariciarle el pelo, y odia que “en todos los colegios a los que he ido he conocido a un montón de pervertidos, más de los que se pueden imaginar”. Pero creo que por encima de cualquier otra cosa, odia no encontrar su sitio.

Los que lo hayan leído, sabrán a quién me refiero. Hablo de un tocapelotas de primera, un tipo que le toca las narices a sus compañeros de habitación, a los taxistas, a los camareros, a los profesores, al tipo del hotel, a Sally, esa tía buena con la que se sincera: “si quieres que te diga la verdad, me das cien patadas”. Pero es un tocapelotas que me cae bien, que me hace gracia.

Me gusta su manera de hablar, directa, al lector, “se lo juro”, “de verdad”, sobre gente que tiene “por lo menos cien años”, o sobre bares en los que hay “como un millón de personas”. Me divierte su acidez, su manera de describir situaciones o personas, como aquella tan gráfica en la que cuenta que “bailar con la tal Marty era como arrastrar la Estatua de la Libertad por toda la pista”, o su manera de desmitificar a Cristóbal Colón, al que “siempre nos lo enseñaban descubriendo América y sudando tinta para convencer a la tal Isabel y al tal Fernando de que le prestaran la pasta para comprar los barcos”, porque en el fondo, “a nadie le importaba un pito Colón”.

Me sorprende la facilidad con la que habla de “maricones y lesbianas”, claro que el libro se escribió en una época infinitamente menos conservadora que la actual, en 1945.

En uno de los diálogos con Luce, un antiguo conocido, le suelta que “eres un cabrón de lo más simpático, ¿lo sabías?”. Y no se me ocurre una definición mejor para el propio autor de todo lo dicho hasta aquí: Holden Caulfield, el protagonista de El guardián entre el centeno, la obra más conocida de ese tipo huraño llamado J. D. Salinger. Un libro quizás algo mitificado, o directamente mitificado en exceso, pero una novela muy divertida que he releído y devorado estos días de asueto. Se suele hablar de ella como una novela de culto, aunque de minoritaria tiene poco: se calcula que se han vendido más de sesenta millones de ejemplares. No sé si antes de que el asesino de John Lennon confesara su fijación por este libro despertaba tanto interés, pero el caso es que la he vuelto a leer y me he vuelto a sonreír con sus historias, con su viaje a ninguna parte.

Y para que quede clara mi opinión: Holden Caulfield es un anormal que ve totalmente lógico meter el dedo en el culo a sus interlocutores y totalmente anormales las reacciones de estos. No puedes tomártelo en serio una vez has superado la adolescencia y sin embargo, resulta sorprendente empatizar con algunas de sus ideas cuando ya has pasado los cincuenta. Y claro que empatizo con varias de sus ideas, por muy delirantes que puedan ser. De verdad. Se lo juro.