Historia de un Kobeliever

BARNEY, 03/02/2020

Hoy cedo este espacio a una nueva colaboración, un amigo que quiso participar en el homenaje que mi hijo y yo brindamos a Kobe Bryant hace una semana con motivo del aniversario de su desgraciado fallecimiento. En aquel post en el que incluimos a Kobe en los mejores quintetos de la Historia, realicé dos menciones a otras fuentes:

  • Javier Bógalo, autor de Kobe, un libro en el que nos desgrana la personalidad del jugador angelino: «comprender en profundidad a Kobe es como estudiar un cuadro de El Bosco». La exigencia permanente, la búsqueda de la excelencia, las ganas de mejorar, la lucha por sobreponerse a lesiones como la que padeció en el talón de Aquiles… la Mamba Mentality.
  • David Mínguez, un gran aficionado al deporte en general, y al Real Madrid y Los Ángeles Lakers en particular. Su acercamiento a la figura de Kobe Bryant es la de un chaval aficionado que comienza a admirar a una figura del deporte hasta que su sombra trasciende los límites de la cancha. El mito, el ídolo, el hombre, el héroe… el recuerdo de la infancia. Por eso me interesa. Ni siquiera hablamos de baloncesto, hablamos de otra cosa, de sentimientos.

Kobe Bryant sigue vivo

DAVID MÍNGUEZ, 03/02/2020

En la fabulosa película de Batman Begins, del año 2005, el archiconocido Liam Neeson afirma que “si consigues ser algo más que un hombre, si te entregas a un ideal, si nadie puede detenerte, te conviertes en algo muy diferente, en una leyenda”.

Descubrí a Kobe Bryant como uno descubre o encuentra muchas cosas que le cambian la vida. Por pura casualidad. Corría el año 2001 y Canal Plus emitía en abierto el fabuloso programa Más Deporte. En el resumen destacaba por encima de todos un jugador con el número 8 y pelo afro que acababa de meter 45 puntos ante los Spurs en el primer partido de la final de conferencia.

Aquella fue la primera vez que vi jugar a Kobe Bryant y como imaginareis, quedé hipnotizado, enamorado. Desde aquel mismo momento, quizá movido intrínsecamente por mi cabezonería, supe que ese siempre sería mi jugador, con el que siempre iría en un partido de baloncesto o en la Play Station, por algo que es difícil de explicar, algo irracional.

El baloncesto, deporte que no me interesaba lo más mínimo debido a unos medios de comunicación tradicionales que monopolizan el futbol en el noventa por ciento de sus intervenciones, pasó a convertirse en mi deporte predilecto. Los Ángeles, ciudad desconocida y que no sabía ni situar en el mapamundi mundial, pasó a significar para mi la ciudad donde jugaba el número 8.

Desde aquel momento, nada más levantarme y lejos de la era Youtube y redes sociales, lo primero que hacía al levantarme era poner el teletexto para ver cuántos puntos había anotado Kobe: 62 puntos a Dallas en 33 minutos, ¡caray! 81 puntos a Toronto, el teletexto se había equivocado, pensé, pero no, era cierto.

Con la llegada de Youtube, ver sus highlights se convirtió en algo parecido a una adicción. Nada más llegar a casa y sin comer, veía vídeos de los highlights de la madrugada anterior, y así un vídeo tras otro durante horas, aderezado con decenas de euros gastados en revistas NBA, en videojuegos para poder “ser él” aunque fuese 15 minutos, con muchas noches sin dormir y teniendo ojeras en el instituto y en la universidad. Muchos viernes y sábado sin salir con los amigos “porque jugaba Kobe”.

(Colección personal de David Mínguez)

Muchos amigos y familiares jamás lo entendieron y pensaron que había perdido completamente la cabeza, pero el que suscribe estas líneas siempre pensó que para ver a uno de los mejores jugadores de la historia (top 3 junto a Magic y Jordan en mi modesta y subjetiva opinión, claro) había que hacer los sacrificios necesarios, incluido perder horas de sueño (y los que me conocen bien saben que dormir es una de las cosas que menos me gusta sacrificar).

Como afirma el gran Guillermo Giménez, reconocido narrador de Movistar: “a la cámara le gustaba Kobe”. Y es que su figura desprendía un magnetismo inigualable y podías sentirlo cerca de él, como tuve la suerte de comprobar en 2012, cuando tuve el privilegio de ver 2 partidos en directo en Barcelona y fotografiarme con él. Esa noche pude comprobar que su grandeza estaba en quien era como persona, y no en cuántos puntos metía, o en la increíble ética de trabajo que tenía, ya que mientras otros jugadores del Team Usa volvían sin pararse con ningún fan, Kobe fue junto a Deron Williams el único jugador del roster que se dignó a atender a los 30-40 fans que estábamos presentes en el Hotel Arts, mostrándose como el tipo más enrollado del mundo, haciendo caso omiso a su propio equipo de seguridad. Ese momento de estar junto a él y poder simplemente tocarle es algo que nada ni nadie podrá quitarme, ni siquiera cincuenta malditos accidentes de helicóptero.

Su retirada en 2016, con 60 puntos, fue para millones de fans como una muerte, al sentir que nunca más ibas a poder a ver a un fuera de serie como él, y fue imposible contener las lágrimas, pero una vez retirado su grandeza siguió fuera de las pistas, ganando un Oscar y transmitiendo su conocimiento a las nuevas generaciones, centrándose en especial en promover el crecimiento del baloncesto femenino.

En el maravilloso documental Senna, basado en la vida del piloto brasileño Ayrton Senna, se puede comprobar la deidad que suponía la figura del malogrado piloto a la edad de 34 años y el tremendo luto nacional que produjo en Brasil, con tres días de luto nacional. Aun así no comprendía las lágrimas de la gente, ya que, por mucha idolatría que hubiese, la gran mayoría seguramente no lo conocía. Desgraciadamente el 26 de Enero de 2020 comprendí la respuesta.

Kobe Bryant fallecido. La noticia fue un shock brutal, costaba verbalizar la frase, los que le amábamos llorábamos y muchos de los que le odiaban por ser el jugador que les derrotaba estaban rotos. Su muerte fue sentida por millones de personas en Los Ángeles como la de un familiar. Es el sentimiento de haber crecido con él, con sus canastas, con sus aciertos y con sus errores. El sentimiento de haberte levantado cientos de veces del asiento.

La noticia de por sí parecía más irreal si uno comprueba que grandes leyendas de la NBA como Bill Russell (86 años), Jerry West (82), Kareem Abdul-Jabbar (73), Bill Walton (68 años), Larry Bird (64) o Magic Johnson (61) siguen todos ellos vivos a pesar de una mayor edad que la del malogrado escolta de Philadelphia (y esperemos que por mucho tiempo).

Kobe fue tan grande, tan universal, tan planetario, y dio alegría a tanta gente alrededor del mundo, que, sin ir más lejos, a mi me proporcionó un sobresaliente en una asignatura de la carrera por mi blog. Su muerte fue como perder una parte de mi infancia, el sentir que siempre había algún truco aguardando, como en el sombrero de un mago, y eso no me lo ha dado nadie.

El mito es una gran verdad transformada, como un relato que se cuenta para atravesar los siglos. Es como una fábula, como una moraleja, pero mucho más profunda. Por eso sobrevive siempre, por eso el mito es inmortal y no se extingue, ni siquiera con la muerte. Por eso Kobe es inmortal.

Descansa en paz.

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Nuestro Nobel de Economía

LESTER, 30/01/2021

Tras el post del amiguete Josean sobre las Finanzas Sostenibles y la responsabilidad social la semana pasada, me he acordado de algunos estudios y artículos que leí en su momento sobre la influencia o la interacción entre la economía y algunos de los grandes problemas del mundo, como el cambio climático o la desigualdad. Algunos muy ambiciosos, como el Green New Deal Global del economista y sociólogo Jeremy Rifkin, que habla de una economía totalmente descarbonizada, apoyada en energías renovables y unas infraestructuras verdes, y con un nivel de digitalización global que llevará a importantes cambios en la sociedad. «Ambicioso» porque, aunque se están dando muchos pasos, parece que no se ha avanzado mucho desde que publicó La Tercera Revolución Industrial (The Third Industrial Revolution: How Lateral Power Is Transforming Energy, the Economy, and the World) allá por 2011, hace ya diez años.

El premio Nobel de Economía en 2018 fue a parar a los estadounidenses William D. Nordhaus y a Paul Romer por sus aportaciones en el campo de la innovación, el cambio climático y el crecimiento económico. Nordhaus, profesor de la universidad de Yale, fue el primer economista en crear un modelo cuantitativo que describía la interacción entre la economía y el clima. Transcribo a mi amigo El economista salvaje:

«A mediados de los noventa, se convirtió en la primera persona en crear un modelo sobre el cambio climático que incluía la población, cómo se concentra el dióxido de carbono, cómo afecta a la temperatura global, los efectos de respuestas con distintas políticas como el impuesto al carbono y la evolución del daño causado y sus consecuencias negativas para la economía».

Cada vez que he metido un poco las narices en el cálculo de la huella de carbono o en el mercado de compraventa de derechos de emisión me ha parecido un gazpacho de una enorme complejidad, seguramente intencionada, así que me quedo con algo más cercano, como son los estudios que desarrollaron sus sucesores en el premio de la Academia sueca. En 2019, el Premio Nobel de Economía fue a parar a los economistas Abhijit Banerjee, nacido en Bombay en 1961, Esther Duflo, natural de París, de 1972 y el estadounidense Michael Kremer, de 1964, por sus estudios en busca de una “aproximación experimental al alivio de la pobreza global”. Como indica la nota de la Academia Sueca en la que explica los motivos de su decisión:

“A pesar de la mejora en los estándares de vida, más de 700 millones de personas subsisten con unos ingresos extremadamente bajos. Cada año, unos cinco millones de niños menores de cinco años fallecen por enfermedades que podrían a menudo ser prevenidas o curadas con tratamientos que no son caros. La mitad de los niños del mundo todavía abandona la escuela con unas capacidades básicas de lectura y aritmética”.

Los estudios de estos tres economistas se centraron a lo largo de los años en los efectos de incidir en algún problema concreto, pequeño, en lugar de hacerlo sobre los grandes programas de ayuda para países desfavorecidos. Es lo que se denomina “economía del desarrollo”. Como dijo la propia Esther Duflo en su discurso al recibir el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales en 2015:

“Nuestro objetivo es asegurarnos de que la lucha contra la pobreza está basada en la evidencia científica”.

En términos económicos, sus análisis se centraron en la microeconomía en lugar de estudiar el impacto macroeconómico de las grandes políticas de desarrollo, millonarias ayudas internacionales que lograban muy poco, y comprobaron empíricamente cómo la solución de los pequeños problemas lograba efectos mayores a gran escala. Me vuelve de nuevo a la mente la frase de Eduardo Galeano:

Vuelvo a acudir al blog de mi amigo savage para mencionar algunos de los estudios de este trío de economistas:

Educación: los estudios desarrollados en unas escuelas de Kenia con rendimientos escolares muy pobres sirvieron para demostrar la ineficacia de las medidas que incidían en la pobreza de las familias y de los colegios como principal causa del problema. Dar libros y comida gratis a los alumnos no mejoró en nada el rendimiento. La base del problema estaba en los bajos salarios de los profesores, que se traducían en poca motivación. Al destinar el dinero a incentivar a los profesores, a ofrecer programas a los estudiantes y a ofrecer una atención más personalizada a los alumnos con mayores necesidades, los índices de rendimiento se dispararon. Sus propuestas se han implantado en más de 100.000 escuelas en la India, beneficiando a unos cinco millones de estudiantes.

Sanidad: sus estudios se centraron en analizar las causas de la baja eficacia de los centros de vacunación fija, y detectaron que se debía a que la mayoría de las familias no se desplazaba para vacunar a sus hijos. Además, estos centros fijos eran más caros que los centros de vacunación móviles, así que los economistas plantearon realizar campañas de vacunación directamente en las aldeas, desplazando los equipos y poniendo las vacunas prácticamente en la puerta de las casas de las familias. Con esta medida, la tasa de vacunación se incrementó del 6% al 31%.

Innovación tecnológica: los habitantes de países en desarrollo suelen ser reacios a aplicar nuevas técnicas y sus estudios se centraron de modo especial en la agricultura de países pobres. Comprobaron que los agricultores rechazaban o retrasaban la inversión en fertilizantes, pero más por coste que por desconocimiento, porque no tenían problemas para usarlos cuando se les suministraba directamente en sus aldeas. Los resultados mejoraron de modo espectacular.

Agua limpia: estos tres economistas certificaron a través de diversos modelos que hay pocas inversiones más rentables para los países en desarrollo que la ampliación del acceso a agua potable entre sus habitantes. Que era preferible saltarse la burocracia de muchos países e ir directamente buscando casa por casa a los posibles beneficiarios del suministro de agua limpia y segura, sin necesidad de esperar a programas gubernamentales.

 “Sí, queremos el crecimiento económico y es lo más importante a largo plazo, no hay duda. Pero, mientras tanto, la gente se muere porque no tiene acceso a agua limpia”. 

Las grandes inversiones en infraestructuras para llevar el agua potable a todos los ciudadanos de un país en vías de desarrollo no llegan o avanzan con lentitud, luego la distribución de filtros potabilizadores es capaz de lograr un efecto inmediato de mejora en la calidad de vida de las familias que lo reciben (The Water Van Project). Es evidente que no puede ser una solución definitiva, pero sí una enorme ayuda inmediata para grandes núcleos de población alejados de los centros urbanos. Como saben los asiduos a este blog, en verano de 2019 estuvimos colaborando con Ayuda en Acción y el FEPP en la distribución de filtros en comunidades del valle de Chota Mira (Ecuador). Las depuradoras de agua que vimos en algunas de las comunidades de Ecuador no funcionaban o no evitaban que el agua se contaminara, algo parecido a lo que demostraron los estudios de Michael Kremer en Kenia, así que la solución local, familiar, micro, resultó ser mucho más efectiva.

Por eso, cuando en octubre de ese mismo año concedieron el Nobel de Economía a Banerjee, Duflo y Kremer, sentimos que todos nosotros habíamos ganado también, sin saberlo, un pedazo del (y de) premio.

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Kobe y los mejores quintetos de la historia

IBRA & BARNEY, 26/01/2021

BARNEY.- Se cumple un año del desgraciado accidente que costó la vida a Kobe Bryant y a ocho personas más. Kobe fue un ídolo dentro y fuera de las canchas, un espectáculo sobre el terreno de juego y un tipo carismático en su vida al margen del baloncesto. Su carta de amor al baloncesto es una maravilla para todos los que amamos el deporte y somos conscientes de que llega un momento en que se acaba, «my mind can handle the grind, but my body knows it’s time to say goodbye», aquí os la dejo completa. La repercusión que tuvo fue tan amplia que el cortometraje Dear Basketball, basado en la misma, narrada por el propio jugador, se llevó un Óscar.

Tras escribir el reciente post sobre ¿los mejores de la historia?, discutí con el portador de “la opinión más relevante” que considero al hablar de la NBA, mi hijo, con el que ya escribí conjuntamente varios posts sobre los playoffs de la NBA y las Finales. Hablamos de Kobe, de Michael Jordan, de LeBron, de los grandes jugadores de los ochenta y de las inevitables comparaciones entre el baloncesto de Kobe y el de Michael. Hubo como una sucesión natural con la retirada del primero y la irrupción del segundo, un traspaso de testigo de Jordan a Bryant.

Ibra y yo hemos visto recientemente los tres documentales sobre la rivalidad entre los Boston Celtics y Los Ángeles Lakers, Celtics-Lakers, los mejores enemigos, tres estupendas crónicas de finales de los setenta y mediados de los ochenta en los que se mezclan el juego, el racismo, el creciente interés mediático por la NBA y sobre todo dos figuras fundamentales: Magic Johnson y Larry Bird. Su reinado se alargó prácticamente hasta la irrupción de los Bulls de Jordan con el permiso entre medias de los Bad Boys de Detroit. El baloncesto de aquellos años era muy diferente al actual, con jugadores mucho más especializados en determinadas facetas del juego que los actuales. Defensa, tiro exterior, juego interior, fundamentos, lectura del juego… hoy en día los jugadores son mucho más completos que entonces, eso no lo discuto. Y así fue como se nos ocurrió la idea de hablar acerca de los mejores quintetos de la historia. Lógicamente yo me aficioné a la NBA con el baloncesto de los ochenta y los noventa, e Ibra lo ha hecho en este siglo XXI, así que cada uno va a defender “su” quinteto preferido. Al lector le dejamos que elija cuál prefiere. De momento, aquí dejo mi elección:

Base: Magic Johnson. Escolta: Michael Jordan. Alero: Larry Bird. Ala-pívot: Hakeem Olajuwon. Pívot: Kareem Abdul-Jabbar.

Se quedan fuera jugones como Pat Ewing, Julius Erving, Isiah Thomas, Karl Malone o aquellos a los que no he visto jugar, como Bill Russell, Wilt Chamberlain o Jerry West.

IBRA.- Cuando se me propuso hacer este post, pensé que sería fácil componer un quinteto de jugadores del siglo XXI que pueda vencer al cinco ideal del siglo XX. Soy de la opinión de que los jugadores mejoran considerablemente generación tras generación, y por lo tanto los jugadores de la actualidad son mejores y más completos que los de hace 30-40 años. Sin embargo, debo reconocer que no ha sido tarea sencilla. La idea de un tío de 2,06 metros de altura como Magic Johnson jugando de base del equipo rival es un punto muy fuerte y difícil de contrarrestar. Tras darle mucho al coco, se me ocurrieron infinidad de combinaciones y todas son buenas, pero hay dos que destacan en especial para mí. La primera es más tradicional, siguiendo la posición natural de cada jugador; mientras que la segunda opción es más moderna y diferente a lo que estarán acostumbrados los puristas y defensores del baloncesto clásico; aunque en mi opinión, es mejor. Es por ello que propongo ambos quintetos:

Opción 1 – Tradicional. Base: Stephen Curry. Escolta: Kobe Bryant. Alero: LeBron James. Ala-pívot: Tim Duncan. Pívot: Shaquille O’Neal.

Opción 2 – Positionless basketball. Base: LeBron James. Escolta: Kobe Bryant. Alero: Kevin Durant. Ala-pívot: Tim Duncan. Pívot: Shaquille O’Neal.

BARNEY.- Magic se merendaría a Curry en ataque, pero habría una buena competencia en otros puestos. He estado tentado de meter en mi quinteto a Shaquille, que debutó en el 92, y a Kobe, del 96, pero “te los dejo” por razones que luego explicaré.

IBRA.- Como se puede observar, en mis dos quintetos hay cuatro jugadores en común. Jugadores que, en mi opinión, son intocables en el quinteto del recién comenzado siglo XXI. Kobe como escolta es indudable. El segundo mejor jugador de la historia en esta posición, sólo detrás de Michael Jordan. Los únicos competidores que puede tener al puesto serían Dwyane Wade, Allen Iverson y James Harden, pero a todos les falta algo que la Mamba sí tenía. A Wade el tiro, a Iverson la altura y a Harden la capacidad defensiva. Todos se quedan cortos en comparación con el grandísimo Kobe, que en paz descanse. Un jugador cuyo legado sobrepasa los límites de la cancha de baloncesto. Este 26 de enero hará un año de su fallecimiento y su actitud, trabajo duro, esfuerzo; lo que él llamaba la “Mamba Mentality”, siempre estará presente entre nosotros, no solo en su faceta deportiva, sino en todos los ámbitos de la vida.

BARNEY.- Coincido contigo, hay un mundo de distancia entre Kobe y el resto en esa posición. Para mí es, con diferencia, lo más cercano que ha habido nunca a Michael Jordan, no ya por sus capacidades atléticas y técnicas, sino por su mentalidad ganadora y ese carácter que hacía mejores y más competitivos a todos sus compañeros. Por si queda alguien que no haya visto este vídeo se lo recomiendo, es alucinante, si esto no es imitar al más grande hasta rozar su misma excelencia, se queda muy cerca:

IBRA.- Sea en la posición que sea, no se puede discutir la presencia de LeBron James en este quinteto ideal. Su combinación de cuerpo, durabilidad, fuerza, agilidad y visión de juego, le convierten sin duda alguna en el jugador más completo de la historia. Es un jugador redondo con apenas debilidades dentro de la cancha de baloncesto. A lo largo de su carrera ha jugado en la posición de alero pero su mentalidad siempre se ha asimilado más a la de un base. Esta pasada temporada lideró la liga en asistencias por partido a los 35 años de edad, es por ello que prefiero ponerlo de base para que defienda a Magic Johnson ya que por su envergadura, es mucho mejor emparejamiento que Curry.

BARNEY.- Menudo duelo sería ese. Para mí, Magic es como su apelativo: magia, showtime, velocidad endiablada y una visión del juego que hacía crecer muchos enteros a sus compañeros. Reconozco que LeBron me gusta cada año más, es increíble su progresión año tras año, de tipo tosco/fuerza de la naturaleza de sus orígenes al jugador completísimo que es ahora, en defensa, entrando a canasta, lanzando de lejos o asistiendo a sus compañeros.

IBRA.- En el juego interior, la dupla que forman Tim Duncan y Shaquille O’Neal me parece insuperable, aunque existen otras buenas opciones. El juego del alemán Dirk Nowitzki es mucho más atractivo para la posición de 4, pero su capacidad defensiva deja mucho que desear al lado de la de Duncan. Kevin Garnett o Pau Gasol tampoco son malas opciones, pero el de San Antonio les supera en títulos tanto a nivel individual con sus 2 MVPs, como a nivel colectivo con sus 5 anillos. En cuanto a Shaq, no hay nadie que se le acerque. Dwight Howard es el jugador que más podría disputarle el puesto, pero incluso a él lo situaría a años luz de O’Neal. Es verdad que debutó drafteado en 1992/1993 y fue All-Star 6 veces en la década de los 90, pero tanto sus 4 títulos, como su MVP fueron en los años 2000, donde se consolidó como la fuerza más dominante de la liga gracias a su combinación única de fuerza y agilidad. A pesar de sus 2.16 metros de altura y sus más de 130 kg de peso.

BARNEY.- Yo creo que entre Duncan y Hakeem Olajuwon sí habría una seria competencia. No sé si ha habido un jugador alto con el juego de pies del africano. Yo siempre lo he preferido a Duncan, que me parece más soft, como dicen los americanos. En cuanto al duelo Kareem-Shaquille, no hay duda de la fortaleza física de Shaq frente a Kareem, pero es que el Abdul-Jabbar que yo conocí era ese jugador entre los 35 y los 42 años mucho más fibroso y delgado que los pívots actuales. Sin embargo, su importancia para el crecimiento de la NBA fue descomunal ya desde su primera etapa en los Bucks. Si tienes un rato largo, te recomiendo este artículo de Javier Bógalo, Alegato por Kareem. Plantea con todo tipo de datos y razonamientos que en la tradicional pelea por «The Goat» merece la pena considerar a un tercer candidato: Kareem. 6 veces MVP de la liga, ahí es nada. Como bien dices, los mejores años de Shaq vinieron en este siglo XXI, así que me quedo con el que en sus principios se llamaba Lew Alcindor. Además, ya sabes que siempre me gustó el cine, y me quedo mil veces antes con Aterriza como puedas que con Ganar de cualquier manera o Kazaam.

IBRA.- Por lo tanto, el último puesto en mi cinco ideal quedaría a disputarse entre Kevin Durant y Stephen Curry. Siendo estrictos con las posiciones deberíamos ir con Curry de base y LeBron de alero; no obstante, a lo largo de este nuevo siglo se va a desarrollar un baloncesto diferente. El llamado “positionless basketball”, cuya traducción literal es baloncesto sin posiciones. Ya lo hemos visto desarrollarse durante la segunda mitad de la década pasada con jugadores como Nikola Jokic, LeBron James o Luka Doncic. Jugadores que juegan como bases aunque su estatura dicte que deberían ser más aleros o incluso pívots. Es por ello que creo que un quinteto con LeBron de base y Durant de alero funcionaría mejor, especialmente en defensa. Sus casi 2,10 metros de altura y su velocidad y agilidad propias de un jugador exterior, hacen de Durant una pesadilla para sus rivales tanto en ataque como en defensa. Curry también es un jugador increíble y por eso le hago mención especial, pero me parece que el talento puro y la versatilidad de Durant no se pueden discutir y por eso debe estar presente en este quinteto ideal.

BARNEY.- Pues sí, creo que mi alero, Larry Bird, tendría serios problemas para defender a un tío como Durant, un gran anotador, atlético, rápido, muy completo. Bird, que por cierto, es el único jugador blanco entre los once que hemos mencionado, es sin embargo uno de los jugadores más listos que han pisado nunca una cancha. Tenía una gran visión de juego, un entendimiento de lo que necesitaba cada partido en cada momento y una calma absoluta para ejecutar tiros letales en los últimos minutos de partido. Lo que ocurre es que hoy en día resulta complicado imaginar a algún jugador con ese físico. Te reconozco que la velocidad ahora es otra. Pero puesto que esto va de duelos entre uno y otro siglo, te sugiero que me dejes a la Mamba para ese hipotético enfrentamiento. Puedes jugar con dos Hardens si quieres. Kobe era muy especial, único, como dice David, un amigo mío: «imposible calcular las horas de sueño que me robaste por poder verte jugar. Imposible calcular también todo lo que me hiciste disfrutar». ¡Gracias, Kobe!

Estadísticas para las comparaciones (en azul, los mejores en cada categoría). Está claro que la mayoría de jugadores del quinteto de la parte inferior mejorará todavía bastante sus prestaciones, pero ahí dejo un argumento más a favor de mis cinco del siglo XX:

Los adjetivos del nuevo capitalismo

JOSEAN, 23/01/2021

La tendencia no es de ahora, pero sí tengo la sensación de que se ha incrementado mucho en el último año, de manera especial tras el estallido de esta pandemia. Me refiero a la tendencia a adjetivar todo lo que rodea al mundo financiero, económico, fiscal o al sistema capitalista en el que vivimos. A raíz de la expansión del virus por el mundo y de las alteraciones que provocó en nuestro modo de vida, llevándonos a extremos de confinamiento y reclusión que jamás sospechamos, se publicaron numerosos artículos en el sentido de venganza de la Naturaleza, respuesta del planeta por la pérdida de biodiversidad o, como dijo Inger Andersen, director ejecutivo del programa de medio ambiente de la ONU: «la Naturaleza nos está mandando un mensaje«. La recuperación de la calidad del aire o de las aguas, la disminución de toneladas de residuos y de emisiones de gases a la atmósfera, o la invasión de especies del centro de las ciudades, fueron vistas como la victoria de la Tierra ante nuestro desaforado afán consumista. La ONU sentenció en mayo: El coronavirus: la advertencia del planeta de que la humanidad debe cambiar.

Pero la tendencia viene de muchos años atrás. La carta que el CEO de BlackRock, Larry Fink, envía a sus inversores al inicio de cada año pareció premonitoria allá por enero de 2020. Hablaba de Un cambio estructural de las finanzas, poniendo el foco en la sostenibilidad y la lucha contra el cambio climático por «el impacto significativo y duradero que tendrá en el crecimiento económico y en la prosperidad – un riesgo que, a la fecha, los mercados han sido lentos en reflejar». El nuevo estándar de BlackRock para invertir pasaría a ser la sostenibilidad, unido a la mitigación de riesgos ESG (environmental, social and governance), la transparencia y la exigencia de la medición de la huella de carbono a todas las empresas con las que el fondo colaborara o trabajara. Es un paso más en una tendencia iniciada hace una década y, ya sea como declaración de intenciones interesada o como voluntad decidida por el cuidado del medio ambiente, es un paso en la buena dirección. Al menos la web del fondo deja clara su apuesta por «lo verde»:

Se ha escrito mucho en los últimos años acerca de estos asuntos, y de manera especial tras el Acuerdo de París por el clima firmado en 2015 y la aprobación en la ONU de los Objetivos de Desarrollo Sostenible y la Agenda 2030. Resulta sintomático que una de las primeras declaraciones de Joe Biden al acceder a la presidencia de Estados Unidos haya sido para volver al Acuerdo de París del que se desvinculó el país durante la presidencia de Donald Trump: «Queremos liderar, no con el ejemplo de nuestro poder, sino con el poder de nuestro ejemplo».

En esa línea, la Comisión Europea aprobó en 2018 su Plan de acción para una economía más limpia, poniendo especial énfasis en lo que se denominó «Finanzas Sostenibles». Se trata de un ambicioso plan para clasificar las actividades de las empresas en «verdes» o «no verdes», y primar de algún modo las consideradas «sostenibles». Como el capitalismo entiende por encima de cualquier otra cosa de sus propios intereses, el Plan prevé incentivar este tipo de actividades con una financiación más barata, mayor facilidad de acceso de las empresas a proyectos públicos de inversión y la exigencia de certificaciones para poder acceder a fondos europeos. Parece que cobra importancia real la Información No Financiera de las empresas, esa parte de las cuentas anuales que se rellenaba de una manera genérica y bienintencionada, pero poco concreta. Algo que contrastaba con la detalladísima Información Financiera, en donde no escapaba un euro al control de los administradores de las compañías, ni de los auditores.

Finanzas sostenibles, economía circular, fiscalidad justa, empresas socialmente responsables, transición ecológica, transformación digital,… son cada vez más los adjetivos que se incorporan a la redefinición de nuestro sistema. Fondos de «impacto», o fondos de inversión solidarios, una figura mucho más extendida en el mercado anglosajón, que son «inversiones que buscan una rentabilidad financiera y también un impacto social o medioambiental positivo«, en palabras de Arturo Benito, de Impact Bridge AM. Estos productos mueven ya más de 633.000 millones de euros, y se han especializado en sectores como la salud, la alimentación o el acceso a la energía y la vivienda. La CNMV tiene registrados 19 fondos de inversión solidarios y 44 fondos ESG que basan sus inversiones en criterios sociales y medioambientales.

Dentro de esa tendencia a adjetivar (y cambiar la cultura empresarial y financiera), me encontré hace tiempo con otro artículo que hablaba de El gurú del buen capitalismo. Hablaba de Paul Polman, exconsejero delegado de Unilever, que defendía que «la opinión pública está castigando a las empresas que se comportan de forma irresponsable». Pero lo que me llamó la atención es que si se hablaba de «buen capitalismo» es porque el articulista entendía que había un «mal capitalismo». O un capitalismo voraz, salvaje e irresponsable que se preocupaba únicamente del beneficio del accionista y no del impacto en la sociedad. Quizás la pandemia haya acelerado muchos de los cambios que se llevaban años anunciando.

«El cisne verde» es un concepto creado por el Bank of International Settlements (BIS), del que comenzamos a escuchar a principios de febrero de 2020, justo cuando el virus y sus consecuencias estaban a punto de reventarnos en la cara. El cisne verde hace referencia a una crisis financiera motivada u originada por desastres climáticos o medioambientales: los incendios en California y Australia, las inundaciones en el sudeste asiático o el centro de Europa, los huracanes en Centroamérica, o lo que nadie preveía, el impacto del virus SARS-COV-2 en las economías de todo el mundo. La destrucción de centros de producción, el hundimiento de economías de países enteros o la destrucción de empleos y empresas son algunas de las consecuencias de esos cisnes verdes. También los llamados «riesgos de transición», como son los cambios regulatorios que pueden llevar a desincentivar unos sectores (materias primas, combustibles fósiles) en beneficio de otros (energías renovables). Los riesgos definidos por el Foro Económico de Davos en su informe de 2020 son muy numerosos:

En términos de probabilidad e impacto:

El propio Manifiesto de Davos de 2019 hablaba de esa necesaria «refundación» o «transformación» del capitalismo, basada en tres principios:

  • Las empresas no funcionan únicamente para sus accionistas, sino también para las comunidades locales y la sociedad en general, y deben involucrar a empleados, clientes y proveedores.
  • Las empresas no son solo unidades generadoras de riqueza, sino que atienden a las necesidades de toda la sociedad. En este punto hace mención a la importancia de los ejecutivos de las empresas y las desigualdades (La grieta salarial).
  • Una multinacional es en sí misma un grupo de interés al servicio del futuro global.

Sea por un interés altruista o por un interés propio de las empresas, el caso es que los pasos son firmes y se ha avanzado muchos en estos temas. Los fondos europeos para la reconstrucción (Next Generation-EU), de 750.000 millones de euros, se concentrarán en todos los aspectos mencionados y serán una gran oportunidad para avanzar en algunos campos. Solo espero que se gestionen bien. La ministra de Economía, Nadia Calviño, ha dicho recientemente que «El objetivo último es conseguir una España más verde, más digital, más cohesionada social y territorialmente y también más igualitaria en términos de género. Por razones de equidad social pero también de racionalidad económica; para lograr un crecimiento robusto y sostenible desde el punto de vista económico-financiero, pero también medioambiental y social«. Espero que haya una colaboración público-privada eficiente, en proyectos sólidos y necesarios, que se fiscalicen adecuadamente y que no se nos vaya el dinero en estudios chorras, sino en atender las necesidades reales de la sociedad.

Verde, digital, justa, sostenible, solidario, social, responsable… todos estos adjetivos me parecen perfectos. Ahora bien, me resulta extraño conjugar la «transformación digital», pasar de «un país de camareros» a ser productores de tecnología, con un plan educativo en el que se pueda obtener el bachillerato con suspensos, o en el que no se fomente abiertamente la excelencia o el esfuerzo. Y a nivel mundial, creo que todos estos esfuerzos no funcionarán si no se frena a un país al que le importa tres cojones ser ecofriendly, un país como China, que no se define como capitalista precisamente, al que le importa muy poco la gestión medioambiental, los derechos humanos, la transparencia, la justicia fiscal y la propiedad intelectual. Entonces sí que vamos a saber lo que significa otro adjetivo de moda: ser «resiliente». Saber adaptarse a las circunstancias adversas.

Hoy se cumple un año del inicio del confinamiento en Wuhan, y mientras China ha tenido un crecimiento del 2,3% en un año crítico, las economías occidentales han experimentado caídas de entre el 5% y el 12%. Insostenible.

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De ofendiditos y pollaviejas

LESTER, 17/01/2021

Reconozco que ya no puedo más con tanta tontería. Sí, tontería, necedad o soplapollez. Hace un par de semanas, al inaugurar la primera sesión del Congreso de Estados Unidos, el demócrata Emanuel Cleaver (que no «clever»), encargado de rezar la tradicional oración de apertura, finalizó del siguiente modo:

Amén. O «A-men and a-women». De verdad que se nos está yendo de las manos. Había escuchado muchas maneras forzadas de hablar y deteriorar el lenguaje, pero aplicar el lenguaje inclusivo a una palabra hebrea ha traspasado la línea del gilipollismo extremo. El problema de fondo es que hay algo más serio detrás de este postureo y es que el partido demócrata quiere hacer una apuesta seria por el lenguaje inclusivo, cambiando palabras como padre, madre, hijo o hija, y sustituirlas por otras de género neutro, no sé muy bien por qué. Todo ello viene recogido en un dictamen (o «dictawomen») de 45 páginas en el que recogen estas recomendaciones que, no me cabe la menor duda, millones de personas comenzarán a seguir en breve. Aquellos polvos trajeron estos lodos, aquellos a-women trajeron estos «jóvenas», «miembras» y «portavozas».

Recuerdo hace ya más de tres décadas cuando comenzaron a llegar las oleadas del modo de hablar «políticamente correcto» de los americanos. El lenguaje inclusivo no es lo mismo que el modo de hablar políticamente correcto, pero pertenece a la misma línea de imposición de un lenguaje impostado con la excusa de no ofender a nadie. No puedes decir negro, ni gordo, ni mendigo, ni inmigrante ilegal. Utiliza mejor las palabras afroamericano, robusto o grueso, sin techo, migrante o indocumentado. Con inválido ha habido varias fases en la evolución: minusválido, deficiente físico, discapacitado o persona con disfunción motora.

Me llama la atención de manera especial la manera de forzar el habla para no usar la palabra «black» ante un movimiento cuyo máximo exponente actual se hace llamar Black Lives Matter, pero es cosa mía, de un hombre blanco hetero y por tanto, mi opinión seguramente no sea válida. En este artículo de 2007 titulado no sin razón Dime qué decir, Javier Marías ya advertía del peligro de ceder ante «esta ola de hipersensibilidad» y convertir la realidad en «un jardín de eufemismos»:

«La pretensión de que todo el mundo hable de una misma manera es incluso una actitud suicida, porque el lenguaje es una vía de información y de datos sobre la otra persona. La tendencia de dulcificar es tramposa, porque siempre habrá una palabra que cambiar».

Sobre todo esto último: siempre habrá una palabra que cambiar. Los dictadores de lo políticamente correcto y el lenguaje inclusivo son incansables, tienen una antena para buscar un problema donde no lo había y montar un pequeño revuelo para alterar lo ya dicho. El jugador uruguayo del Manchester United Edinson Cavani ha sido sancionado con tres partidos de suspensión y 112.000 euros de multa por el gravísimo delito de finalizar una conversación con un amigo en redes sociales con un «gracias, negrito». Un amigo despidiendo a otro, con la confianza de una amistad de hace años, sin insultos de por medio, sino con un cariño seguramente mutuo. Como decía al principio, se nos está yendo de las manos.

La semana pasada estuve viendo una versión nueva del clásico de Agatha Christie Diez negritos. Pues bien, la versión es tan moderna que se titulaba Diez soldaditos y por supuesto el poema de los Diez negritos había sido sustituido por los Diez soldaditos, no vaya a ser que se ofenda alguien por una obra escrita en 1939. Es cierto que el original contenía el término despectivo «nigger», pero ya se han encargado sus descendientes de enmendarle la plana a la autora. El bisnieto de la escritora anunció el verano pasado que la obra pasaría a titularse Eran diez.

Seguro que con este cambio ya ha logrado acabar con el racismo. Como esos colegios estadounidenses que han prohibido La cabaña del tío Tom y Matar a un ruiseñor, o las plataformas que han eliminado Lo que el viento se llevó de su catálogo. Y seguro que el a-women ha enterrado de manera definitiva el machismo del Congreso. La corriente censora avanza implacable. Recientemente se ha planteado el debate sobre si Grease y Pretty Woman se deberían prohibir por sexistas. La primera provocó una controversia en el Reino Unido, mientras que la segunda fue cuestionada por Beatriz Gimeno, directora del Instituto de la Mujer del gobierno de España. Si abrimos la veda no van a quedar ni las películas Disney. Y además, ¿la solución es la censura?

Según Carlos Rodríguez Braun, autor del Diccionario políticamente incorrecto (2004), «es un reflejo de la hipocresía de vivir en un mundo más libre» en el que paradójicamente vivimos menos libres a la hora de expresar nuestras ideas: «El poder político ha llegado a controlar cómo hablamos». Elvira Lindo afirma que esta tendencia que comenzó en Estados Unidos desvirtuó totalmente su objetivo y «los colectivos que luchaban por sus derechos se convirtieron en grupos de presión que fiscalizaban el lenguaje y el pensamiento. En España, si bien es deseable cierta corrección porque nuestras maneras pueden ser groseras, sería un desastre para el ejercicio de la libertad de expresión que eso cundiera. No conduce a nada, no mejora la vida de quienes se pretende defender». Esas maneras groseras son muy limitadas, así a botepronto se me ocurren los términos «judiada», «perro judío», «gitanada» o frases como «no me seas gitano». Hace cinco años el pueblo burgalés de Castrillo de Matajudíos votó mayoritariamente por cambiar su nombre por el de Castrillo Mota de Judíos. Bueno, ellos sabrán. La mayoría vio antisemitismo donde no lo había y decidió cambiar un nombre de más de diez siglos de historia que hacía referencia a una arboleda, una mata, poblada por judíos en el siglo X. Pero el dinero negro no tiene connotaciones racistas, ni hacer una lista negra o un libro blanco, aunque habrá quien así lo considere. Aunque pueda parecer coña, en Estados Unidos ya están desde hace tiempo en esos niveles de modificación del lenguaje, como con la palabra «blackmail», chantaje.

Sinceramente creo que el problema no está en los que utilizan determinado lenguaje, sino en los «ofendiditos» que en todo encuentran una agresión. Y que son muy plastas y ruidosos. El presentador de la televisión británica en la que se emitió Grease, Piers Morgan, zanjó el debate de una manera que no gustó a muchos espectadores, pero con la que coincido: «Lo que deberíamos censurar es a esos malditos idiotas que quieren censurarla». Arturo Pérez-Reverte dijo que «vivimos entre montones de inquisiciones. Nunca he sentido mi libertad personal tan amenazada como estos últimos diez años». «La estupidez es mala compañera de viaje de la libertad». Es cierto, yo creo que a todos nos pasa cada vez con más frecuencia. Cuando decimos o escribimos algo nos ponemos cortapisas para que otros no piensen tal o cual de nosotros, o tenemos cuidado para no parecer lo que no somos, puesto que al negarnos a utilizar determinado lenguaje (que es el socialmente aceptado) ya estamos transmitiendo una idea acerca de nuestro pensamiento. Un buen amigo mío, de izquierdas, me reconoció hace tiempo que le cabreaba muchísimo que todas estas imposiciones falsamente morales hayan venido de los que se hacen llamar progresistas, que ese «puritanismo espantoso» (palabra de Don Arturo) sorprendentemente no haya venido del ala más conservadora, sino de los que teóricamente presumen de ser más abiertos de mente.

El lenguaje inclusivo o el lenguaje políticamente correcto debería ser una opción para el que la quiera utilizar, jamás una imposición. Por suerte, la Real Academia de la Lengua Española no ha cedido de momento a ese puritanismo inquisitorial y en redes sociales se ha mostrado muy atinada cuando alguien ha querido llevarla al límite de lo absurdo:

El problema es que desde hace tiempo se pretende que el lenguaje inclusivo no sea opcional, sino de obligado cumplimiento. Tiene mucho de George Orwell y la neolengua, de cómo el uso de las palabras o la prohibición de otros términos altera el modo de construir el pensamiento. Ya existen consultoras especializadas dando cursos en las empresas sobre este asunto, con criterios de SuperPop, de revista de adolescentes, si se me permite decirlo. Desde hace un tiempo, cuando recibo correos electrónicos de compañeros que utilizan el lenguaje inclusivo, hago como ese profesor de universidad que dejaba a sus alumnos que lo emplearan, pero si lo hacían tenían que usarlo de modo correcto y en todas las frases, porque en caso contrario, esa frase no puntuaría. Si hay confianza, corrijo o bromeo con estos compañeros:

  • Si dices «Estimados tod@s», deberías poner «estimad@s tod@s».
  • ¿Se pronuncia «estimadarrobas todarrobas»?
  • «Bienvenidos todos y todas», como leí hace poco en una de estas reuniones por Teams. En un chat interno durante esa misma reunión planteé el minidebate: ¿no debería ser «bienvenidas todas y bienvenidos todos»? ¿O es que nos dan la bienvenida solo a nosotros?
  • Si has empezado con el todos y todas, no puedes decir solo «aquellos compañeros que…», ya estás obligado a seguir. Y también los adjetivos. ¿Que es un coñazo? Perdón, que coñazo es sexista, ¿rollazo?
  • No, no, no. No es «aquellos compañeros y compañeras que escojan…», tendrás que decir «aquellos compañeros y aquellas compañeras» y el adjetivo posterior si está referido a ellos y a ellas, también.

Con lo que no puedo es con la x para ese neutro falso, como en «todxs», «compañerxs» o «amigxs». Una vez leí un correo en una reunión con seis personas y dije intencionadamente «queridksss compañerksss». Lo reconozco, forcé un poco la k y la ese, pero cuando me preguntaron que por qué hacía eso, respondí que esa era la pronunciación correcta de la equis en español. Algunos se rieron más que otros y una chica me dijo que a los que nos negábamos a usar el lenguaje inclusivo se nos llamaba ahora «pollaviejas». Hombre, he cumplido 50 palos hace unos meses, así que soy un pollo algo viejo, pero buscando el término «pollavieja» me he encontrado debates curiosos en Internet. Por supuesto, en esos debates Javier Marías, Arturo Pérez-Reverte o el noventa por ciento de los académicos de la lengua (y yo mismo si fuera alguien) somos «pollaviejas». Y en ese concepto, con sinónimos como «heteruzo» o «señoro» se mete todo, hasta ideología política.

Siento si mi manera de hablar o escribir molesta a alguien, de verdad que intento evitarlo, pero a veces pienso que el problema no está en el modo de hablar, sino en el de escuchar y encontrar agravios en cada palabra. Y si aun así he molestado a alguien, lo siento, me da mucha pena. O la sienta y mucho pene.

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Goodbye, Lord Vader

TRAVIS, 09/01/2021

El año 2020 no solo se llevó por delante a dos actores que parecían inmortales, como Olivia de Havilland y Espartaco Kirk Douglas (ambos habían superado el centenar de años hace casi un lustro), o a otros viejos conocidos que siempre nos acompañaron y de los que llegamos a pensar que no desaparecerían nunca, como Sean Connery, Ennio Morricone o Albert Uderzo, el dibujante original de Astérix y Obélix. El año ha sido de una maldad tan profunda que incluso pudo con el malo de entre los malos: se llevó también por delante al actor que interpretó a quien aparece casi siempre en el número uno de las listas de malvados: David Prowse, el hombre tras la máscara de Darth Vader. David Prowse, actor británico, natural de Bristol, culturista, campeón del Reino Unido de halterofilia y condecorado con la Orden del Imperio Británico en el año 2000, falleció el 28 de noviembre pasado a los 85 años de edad. Pocas veces hemos podido verlo en un papel distinto al de Darth Vader. Hizo tres películas como el monstruo de Frankenstein y en La naranja mecánica es el gigantón del grupo de drugos.

Si gugleas «los mejores villanos de la historia del cine» o «los personajes más malvados», casi siempre aparece Darth Vader en el número 1, junto a una serie de villanos con los que coincido (Hans Landa, Hannibal Lecter, el Joker) y otros bastante discutibles. ¿Qué pintan Tiburón o Alien en esta lista, o una criatura como Terminator que no es otra cosa que un exterminador? ¿Qué edades tienen esos votantes que ponen a Loki o Voldemort en el top-10? Tendré que hacer mi propio listado, por lo que veo. Ya tengo tarea para otro post.

Para adquirir la condición de villano o de malvado, primero hay que tener claro lo que es la maldad, o saber distinguir entre el Bien y el Mal, y Tiburón, Terminator o un Terminator humano como Anton Chigurh (el personaje de Javier Bardem en No es país para viejos) solo muestran una faz. Por eso me parecen mucho más interesantes los personajes que saben perfectamente cuál es el lado correcto, pero sin embargo, por diversas circunstancias, se apartan del lado luminoso de la Fuerza y se sitúan en el Lado Oscuro, como lo definen perfectamente las películas de Star Wars.

La creación del personaje de Darth Vader tuvo algo de casual, no estaba tan definido en sus orígenes y su personalidad fue creciendo episodio a episodio, del IV al VI, de Una nueva esperanza a El retorno del Jedi, incorporando matices, motivaciones y elementos que lo convirtieron en un villano tan atractivo para los espectadores de varias generaciones. Posteriormente, en los episodios I al III, de La amenaza fantasma a La venganza de los Sith, su conversión del niño Anakin a Jedi, y luego a Lord Sith, resulta ser el motor principal de la nueva trilogía. Pese a que soy fan de la clásica y mucho menos de la intermedia, hay que reconocer los esfuerzos de los guionistas para encajar todos estos elementos en una trama que concluyera con el paso de Anakin al lado oscuro.

La elección de Prowse para el papel de Darth Vader tuvo algo de fortuita, pues le ofrecieron elegir entre el papel de Chewbacca, «un gigantón peludo», o el del malo malísimo, y David escogió este último. El aspecto físico de Vader incorpora elementos del cine de samuráis, como el casco y la armadura, o los duelos de sables láser, lo cual es entendible puesto que George Lucas ha reconocido en varias ocasiones la influencia de La última fortaleza, de Akira Kurosawa, para el primer episodio de la trilogía clásica. En su concepción original de la saga, Lucas incorporó elementos del cine de superhéroes, de la mitología clásica, del wéstern y de los libros de J. R. R. Tolkien de El señor de los anillos (para curiosos, ya le dediqué El despertar de la Fuerza. Jedis, hobbits y otras historias).

Según el libro Secretos y mentiras de Hollywood, de Juan y Miguel Juan Payán:

«El villano por excelencia de las aventuras de la colección de tebeos de Los Cuatro Fantásticos apareció en el número 5 de la misma. Su nombre es (…) Victor Von Doom, más conocido en España como El Doctor Muerte. Inspirado en La máscara de hierro de la novela de Alejandro Dumas, tiene el rostro desfigurado y atravesado por cicatrices, y porta una armadura que le recubre todo el cuerpo y la cara, una capa y una capucha. Es medio brujo y medio científico. Adivinen a quién nos recuerda: Anakin Skywalker, alias Darth Vader».

A todo este aspecto exterior, a ese vestuario que acojona al espectador desde su primera entrada en la nave de la princesa Leia, se le sumó la presencia imponente y el lenguaje gestual de David Prowse. La altura del actor, por encima de los dos metros, su manera de hacer callar a los oficiales del Imperio, el gesto de cerrar el puño o simplemente de apretar dos dedos para cargarse a alguien, lo convierten en un villano intimidatorio como pocos en la historia del cine. Por eso sorprende que, siendo «el malo entre los malos», o quizás, «el malo más atractivo» para el espectador, sepamos tan poco del actor que lo interpretaba.

De ese vacío se ocupó un documental de Marcos Cabotá y Toni Bestard de 2015 titulado I am your father. No podía llevar otro título. La frase de la trilogía, de todas las trilogías. Una frase que como tantas otras cosas en el universo Star Wars fue una sorpresa hasta para los miembros del rodaje. El documental es una maravilla nostálgica para los que somos aficionados a la saga desde hace décadas y lo que hicieron estos dos directores mallorquines es un acercamiento a la figura de David Prowse y a sus sentimientos respecto al personaje de Vader. Muy recomendable si te interesa la saga galáctica.

En ninguna de las tres películas en las que participó David Prowse llegamos a ver su cara. Y en el momento cumbre de El retorno del Jedi, cuando Darth Vader se redime, abandona el Lado Oscuro y está a punto de morir, le pide a Luke que le quite la máscara. Era el momento de haber conocido a Prowse, el hombre bajo el casco y ese respirador tan característico, y sin embargo George Lucas le negó la gloria, el reconocimiento. En su lugar intervino un actor llamado Sebastian Shaw, que es el mismo que aparece después en el poblado ewok, ya como espíritu Jedi (antes del bochornoso cambio que incorporó Lucas en las ediciones remasterizadas). Con todo, lo peor no fue solo eso, sino que ni George Lucas, ni el director Richard Marquand, se atrevieron a decírselo al propio David. Para que no se enterara, ese día le pusieron a rodar otra escena en un set de rodaje apartado del lugar en el que el equipo preparó el encuentro cara a cara entre padre e hijo con Shaw. La última puñalada de una larga lista.

No vimos nunca en pantalla la cara de Prowse, pero es que tampoco escuchamos jamás su voz. El vozarrón del original pertenece a James Earl Jones, mientras que en España tenemos asociado el personaje a ese otro vozarrón que era Constantino Romero. David Prowse rodó todas las escenas, pero se enteró el día del estreno de que su voz había sido sustituida. Según parece, tenía un fuerte acento inglés del sudoeste de las islas, lo que no convencía a Lucas para el papel. Carrie Fisher, la princesa Leia, hablaba de él despectivamente como Darth Farmer, el granjero. La escena cumbre de la trilogía, el célebre «Yo soy tu padre», «I am your father», en El imperio contraataca, se rodó originalmente como: «Obi Wan mató a tu padre».

El día del estreno, con el equipo de rodaje en las butacas de la sala, la sorpresa fue mayúscula para todos. La misma sorpresa que tuvo David Prowse en el estreno del primer episodio cuando vio que su voz original había sido sustituida por la de James Earl Jones. Uno de los descubrimientos que tuve con el documental de Cabotá y Bestard fue saber que el giro argumental de la paternidad de Darth Vader fue una ocurrencia del propio David Prowse. La guerra de las galaxias no estaba concebida para tener secuela, pero fue tal su éxito que se lo propusieron a Lucas. En una entrevista a David Prowse que ni siquiera él recordaba, le preguntaron que cómo creía que podría continuar la historia y él lo soltó como si tal cosa, podríamos hacer que Darth Vader fuera el padre de Luke. Es un giro argumental brillante que abría numerosas posibilidades: el Bien y el Mal como caras de una misma moneda, la delgada línea que nos puede llevar al reverso tenebroso, el poder de perversión de la venganza,… una idea brillante de la que George Lucas jamás ha reconocido la autoría. Cuando se grabó la voz con la famosa frase, solo George Lucas y el productor Gary Kurtz sabían que se iba a dejar así. El propio James Earl Jones pensó que era mentira mientras ponía voz a una de las frases más famosas de la historia del cine, como reconoció en alguna entrevista posterior: «(Darth Vader) está mintiendo. Habrá que ver cómo desarrollan esta mentira».

Lo cierto es que la relación entre Lucas y Prowse nunca fue buena, como se muestra en el documental, y el actor británico no fue invitado posteriormente a ninguna de las convenciones de Star Wars que se celebran cada cierto tiempo. Si el director y productor ya le había hecho varias jugarretas al actor como la de la voz o escenas en las que le negaron su participación, el deterioro de la relación fue completo con la publicación de un reportaje de Paul Donovan en el Daily Mail antes del final del rodaje de El retorno del Jedi en el que se anunció que el personaje de Vader moría al final de la película. El reportaje incluía una entrevista a David Prowse, luego para George Lucas estaba claro quién había sido el filtrador. Lo cierto es que la filtración vino de un miembro del equipo de rodaje, como reconoció el propio Donovan, y resulta creíble si tenemos en cuenta el secretismo que había alrededor del guion y cómo los actores solo recibían las páginas que iban a rodar en el día. David Prowse no tuvo nada que ver, pero a pesar de eso, nunca hubo reconciliación entre Lucas y él. Como bien dice Darth Vader en una de sus grandes frases, que sería totalmente aplicable a Lucas:

«Su carencia de fe resulta molesta».

Algunas otras de mis frases preferidas son:

El Emperador no comparte su valoración tan optimista de la situación».

«Eso espero, comandante, por su propio bien».

«Únete a mí y juntos gobernaremos la galaxia como padre e hijo».

«Controlas tu miedo, Obi-Wan te instruyó bien».

El documental I am your father concluye con una locura maravillosa: el rodaje de la escena que le escamotearon a David Prowse… interpretada por el propio David Prowse.

La escena en la que por fin podía desprenderse de la máscara y enseñar su rostro al público. Su gran momento, la redención del gran villano, el malvado que insiste a su hijo en que «tenías razón, dile a tu hermana que tenías razón», que aún había algo de bondad en él. Lucas Films no autorizó a que dicha escena re-grabada se exhibiera, luego tendré que conformarme con mostraros la original:

Según el libro Star Wars y la filosofía, en el capítulo dedicado a la «pérdida y redención de la paternidad», de Charles Taliaferro y Annika Beck, Anakin Skywalker tenía una distorsionada visión de la paternidad, pues él mismo carecía de padre, y sus ansias de alcanzar el poder para proteger primero a su madre y luego a Amidala serán las que le lleven al miedo y de este al lado oscuro, pero finalmente nos dará una lección de amor: «El sacrificio de Vader es poderoso, porque cumple lo que debería haber hecho mucho antes, sacrificar su exagerado sentido del yo, sacrificar su búsqueda de poder en nombre de lo que para él era el amor, y sacrificar sus planes de salvar a su hijo conduciéndolo a las profundidades de la oscuridad». «Vader no puede retroceder en el tiempo para hacer tales sacrificios y convertirse en el padre amoroso que debería haber sido, pero sí puede sacrificar su vida ahora, morir en lugar de Luke, tal como Obi-Wan hace en Una nueva esperanza».

Un gran final para el personaje, una gran homenaje el que le brindan a David Prowse estos dos jóvenes directores mallorquines y su elenco de maquillaje y efectos especiales. Pocas veces un personaje de ficción habrá tenido una vida tan larga y habrá contado con tantos actores para representarlo:

  • James Earl Jones, la voz original.
  • Sebastian Shaw, para las escenas sin la máscara.
  • Bob Anderson, el doble para las escenas de los sables láser.
  • Jake Lloyd, como el Anakin de nueve años que aparece en La amenaza fantasma.
  • Hayden Christensen, como el joven Jedi invadido por el odio en los episodios I y II.
  • Spencer Wilding, en los pocos segundos de metraje de Vader en Rogue One.
  • Y por supuesto, el gran David Prowse. El cuerpo, la presencia de Darth Vader. Descanse en paz.

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El año que nos encerramos cautelosamente

El año que vivimos peligrosamente es una película de Peter Weir de 1982 ambientada en las revueltas de Indonesia a mediados de los sesenta. Inicialmente me pareció un buen título para definir lo que había sido 2020, pero una vez que analizas que todo lo que tenías que hacer era confinarte, reducir tu actividad al mínimo y no hacer nada me pareció que quedaba un tanto exagerado. De ahí el título escogido.

Un año como el que acaba de terminar no podía hacerlo de una manera más adecuada que como lo ha hecho: mal, penoso, lamentable. No lo digo por el vestido de la Pedroche, no. Ni lo digo solo por «regalarnos» una de esas sobreactuaciones a las que Nacho Cano nos tiene acostumbrados (ahí queda su particular intervención en el homenaje a Miguel Ángel Blanco), sino sobre todo por una nueva polémica y división acerca de la bandera de España en la Puerta del Sol: el artículo de Ignacio Escolar, los insultos habituales en redes sociales, Televisión Española tapando la bandera con medio metro de flores,… en fin, la polarización de la sociedad una vez más y la manipulación de todo desde los medios y la clase política. Que una bandera de 1785 utilizada durante siglos (también por la Primera República) sea «un problema» tan grande me hace pensar que estamos perdidos como sociedad.

Como dice la letra de la canción de Nacho Cano, en este momento del año «hacemos el balance de lo bueno y malo», aunque sea un par de días después y no «cinco minutos antes de la cuenta atrás», y de eso va este primer post del año, o último de 2020, según se mire. Si vamos a las cifras de este blog de los Cuatro amiguetes y unas jarras (aunque cada vez haya menos jarras que tomar con amigos), el número de lectores se ha triplicado en comparación con el año 2019, que ya había sido el mejor de largo, algo tan espectacular como sorprendente. 60 artículos en total publicados en este blog, 15 en otros medios, más otros 23 firmados de manera apócrifa en sitios inconfesables, y la edición de Aguafiestas en un año muy completo. Solo en este blog hemos llegado a las 70.000 lecturas, pero si añadimos las de LinkedIn, La Galerna y Planeta Fútbol seguramente hayamos superado los 100.000 lectores en todo el año, congrats! Y gracias a todos por el interés.

Esas son las estadísticas, que pueden decir mucho o no contar nada, pero de lo que hoy se trata es de hablar de las tendencias que han marcado el año, de qué temas se han ocupado los cuatro amiguetes en estos doce meses en los que nuestro modo de vida saltó por los aires. Y el comentario sobre el vestido de la Pedroche o la bandera solo eran excusas para comentar uno de los temas que más nos preocupan y que ya estaban en el primer post del año (Despropósitos de Año Nuevo): la polarización de la sociedad. Cristina Pedroche es una mujer «empoderada» o «cosificada» en ese nuevo lenguaje, según pertenezcas a un bando o al otro (y ya me preocupa hablar de bandos), en ese discurso de rojos y fachas que todo lo contamina, no digamos la bandera. La utilización partidista de todas las herramientas al alcance de la clase política ha servido para desunir aún más a una población sorprendida por la pandemia que necesitaba la unión de esfuerzos y la coordinación de administraciones, y su actuación ha vuelto a poner de manifiesto que no están a la altura de los ciudadanos, que en su mayor parte han tenido un comportamiento ejemplar, solidario y responsable. Las cicatrices del coronavirus necesitarán años para cerrarse.

El Amiguete Josean ha dedicado buena parte del año y de sus esfuerzos a explicar las reformas fiscales que se anunciaron a principios de año (Las grandes corporaciones son malas, un tema complejo que dio para dos partes) y todos los cambios legislativos que se implementaron con el estado de alarma (Y todo en un mes), con mucha precipitación y rectificaciones constantes que no trajeron los resultados deseados. A veces hay que fiarse más de criterios técnicos que ideológicos cuando se van a tratar determinados asuntos, como los Presupuestos Generales del Estado, que pecan de una serie de errores, como ingresos erróneamente calculados y gastos infravalorados. El peaje también de tener que contar con algunos socios que no son los mejores compañeros de paseo (Sí se puede. No se podía, pero ahora ya sí se puede). No quería dejar el tema de la ideología en cuestiones de dinero público, porque uno de los textos más celebrados de este blog es aquel sobre el estudio del impacto de género en un túnel. Sí, con un par: La M-30 es machista.

El Amiguete completó su año con los capítulos VI y VII del libro no publicado Grandes errores de las escuelas de negocios (ahí lo dejo por si algún editor se siente interesado por la idea), en esta ocasión dedicada al modo de confeccionar presupuestos en una empresa. La esquizofrenia del CFO es la que le anima a escribir este tipo de artículos, así como un relato casi verídico sobre una visita a declarar en los juzgados (Con Animal en el juzgado).

La Covid-19 lo ha impregnado todo este año, también los temas recurrentes en este blog: el deporte, el cine, algún viaje o voluntariado, los maratones,… El Amiguete Lester se ha quedado sin correr un maratón por primera vez desde 2003, así que este año no hemos tenido crónica maratoniana desde algún lugar lejano (o cercano, pues tenía inscripción para Madrid en abril). Pero nos ha contado el placer de correr por el placer de correr, cuando no hay un plan exigente de entrenamientos detrás, y sobre todo, cuando has estado casi dos meses encerrado en tu casa sin salir. El placer de salir a la calle y trotar al aire libre, algo que creíamos que no nos faltaría nunca y en este 2020 desapareció de nuestras vidas como tantas otras cosas. Lester reconoció haber estado (casi) feliz en casa disfrutando con la familia y el tiempo en común, incorporando nuevas aficiones, y el «casi» sería completo de no ser por todo ese sufrimiento cercano que a todos nos ha llegado de un modo u otro. Cae la felicidad en los índices que miden estas cosas intangibles y el relato El oso gris nos trasladó a un futuro cercano que podría ser aún peor que este año de aislamiento y distancia social que hemos vivido. Otro relato extraño, Espectros sobre la pared, y una primera incursión en la poesía, Volverán las malditas mascarillas, completan el año de Lester.

El cine no ha escapado a la pandemia, y el cierre de las salas, así como el bajo nivel de los estrenos, ha llevado al Amiguete Travis a refugiarse en temas atemporales, como si es mejor el libro o la peli, en una larga conversación con Reggie que se alargó en dos partes muy interesantes por las aportaciones de ese gran fichaje del blog. La ausencia de estrenos hizo que Travis repasara algún clásico, como en Mi cita anual con Ben-Hur, se equivocara en los Óscar de Parasite, tratara las manías de algunos directores (Los cigarrillos Red Apple y el Imperio Austro-húngaro) y el modo que tiene Hollywood de tratar la figura de sus presidentes, ya sean ficticios o reales. El confinamiento también dejó huella en algunos posts, como en Ensayos de un futuro distópico, sobre el modo de tratar este tipo de catástrofes en el cine, o en la peli surrealista que podría escribirse juntando una buena colección de pelis que aparecieron en los reordenamientos de casas que todos hicimos durante el encierro. Un año tan raro como 2020 ha visto los estrenos de dos de los directores más exitosos e interesantes del panorama actual: Christopher Nolan y David Fincher. Ambos pasaron por el análisis de Travis, tanto Nolan con Tenet, en la parte del elogio (sin spoilers) y en la crítica furibunda (destripando el argumento), como Fincher con su visión de la escritura del guion de Ciudadano Kane en Mank (Citizen Mank, Ciudadano Fincher). Un formato que se va a repetir a buen seguro es el de destripar una novela gráfica o cómic y posteriormente su versión cinematográfica. Este año ha sido el de Watchmen, la novela gráfica y la versión de Zach Snyder. En 2021 toca V de Vendetta.

En cuanto a Barney y sus diatribas futboleras, 2020 ha sido un año en el que el deporte no ha escapado a la drástica alteración que ha supuesto la pandemia para todo nuestro mundo conocido. La Liga se suspendió durante tres meses, la NBA se disputó en agosto, Roland Garros en octubre, nos quedamos sin Juegos Olímpicos ni Eurocopa de fútbol, en fin, todo muy raro. El mejor resumen de Barney lo podréis encontrar en La Galerna, en modo Carta a un 2020 muy, muy perro.

En este blog comenzamos con la Supercopa y las nulas críticas al Cholo y acabamos con el primer relato de Barney, Lituriaga, ambientado en el Torneo de Navidad de baloncesto allá por los ochenta. Entre medias hubo tiempo para hablar de esta temporada tan extraña (Déjà vu de la 2016-17), la vergonzosa exigencia de algunos acerca de la Liga inconclusa (La solución belga, el sueño húmedo culé), los incomprensibles olvidos o la desmemoria de la prensa (La mano no era de Dios) y el triunfo final de los de Zidane en el campeonato. El parón en la competición sirvió para encontrar los lazos en común entre los Tauro del 70 (André Agassi, Luis Enrique y Simeone) o para hablar de las derrotas más dolorosas, las que nos siguen revolviendo el estómago tanto tiempo después. El blog dedicó cinco extensos artículos a la vuelta de la NBA y la victoria de los Lakers con el mejor especialista de la materia en España (aquí, guiño): Barney Jr. La muerte de Maradona sirvió como excusa para hablar de los mejores de todos los tiempos en varios deportes y por último, Barney no pudo evitar su tradicional crítica a la penosa prensa deportiva de este país.

Ha sido un año productivo, sin duda. Es lo que tiene pasar tanto tiempo encerrados. El blog ha cumplido seis años y goza de muy buena salud. Los ingresos generados (muy bajos de momento, por «el odio a monetizar») han servido para apoyar una serie de proyectos solidarios en Perú (con Gam-Tepeyac) y de Ayuda en Acción de apoyo a familias desfavorecidas por la Covid. Como resumen de lo que han sido estos seis años cada Amiguete agrupó su centenar de textos en un recopilatorio que sirve de índice para lectores recientes:

Muy orgullosos de lo logrado, cómo no. Este blog solo busca entretener y aportar información, y lo que no va a descuidarse en ningún momento es el lado humano. El título del documental estrenado recientemente sobre las personas que han estado en la guerra cruenta contra el virus (y sobre los que lo han padecido) me sirve para hablar de la mayor enseñanza que nos deja 2020, aunque haya sido arrojándonosla a la cara: olvídate de egoísmos, preocúpate del que tienes al lado, deja de lamentarte de gilipolleces, quiere a tu familia, llama a tus amigos,… Esta situación la revertiremos entre todos, y cuanto más unidos estemos y menos divididos, como empezaba este artículo, será mucho mejor. Más sencillo, más efectivo. La mitad de las lecturas de este año aciago han sido para un texto que hablaba de todo esto y de reconciliación, de las lecciones de vida que nos dejaron nuestros padres, los más castigados por el virus: Aplauso a una generación de héroes. Muy grandes, a ver si aprendemos.

¡Feliz 2021, amigos!

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El lado humano

Cuando empezamos a escuchar sobre este p… virus que ha marcado todo el año 2020 y que probablemente seguirá influyendo en nuestro modo de vida durante los próximos meses e incluso años, me llamó la atención lo rápido que sus consecuencias se convirtieron en un simple dato, una estadística: tantos contagios diarios, tantos ingresos hospitalarios, no-sé-cuántos fallecidos. Cada día desde hace meses, los telediarios arrancan con la misma letanía: contagios, ingresos, muertos,… primero nacionales, luego por provincias, a continuación mirando hacia otros países, no sé si por solidaridad o para convencer al espectador de que «aquí no lo hemos hecho tan mal». Desde que empezó esta tragedia me llamó la atención la deshumanización de las cifras y me vino a la cabeza aquella frase desgraciadamente certera que dice que:

«La muerte de un hombre es una tragedia.

La muerte de un millón es solo una estadística».

En estos tiempos de pandemia he sabido que esa frase la pronunció (o al menos se le atribuye) el dictador soviético Josef Stalin, y me estremece pensar que las cifras nos hayan hecho alcanzar esa inmunidad ante la tragedia de la que se jactaba este dirigente, tristemente famoso por las purgas entre los ciudadanos de su nación.

El domingo pasado, 20 de diciembre, se estrenó en el cine Capitol un documental con el mismo título de este post, El lado humano, escrito y dirigido por Carlos Caraglia. El título no puede ser más acertado, puesto que trata de acercar la cámara, el objetivo, el foco, a aquellos sitios que se nos negaron durante los meses iniciales de la pandemia y el confinamiento general al que se sometió (a) la población, pero sobre todo nos trae al primer plano a los protagonistas, a las personas que sufrieron el maldito coronavirus y a los que lo combatieron.

El documental comienza con el proceso (terriblemente complicado) de mover a un paciente de Covid para una placa de rayos. Ocho personas entre enfermeros y celadores para una prueba a un hombre cercano a los sesenta años, un hombre que ni siquiera sobrevivió las siguientes veinticuatro horas. Sin montajes, sin necesidad de elementos que reforzaran lo dramático de la situación, el documental simplemente muestra las imágenes con toda su crudeza. Claro que son duras, como lo son las de cualquier UCI, pero prefiero la crudeza de la realidad a la desinformación que hubo durante las primeras semanas, aquellas semanas de caos y shock emocional en las que tras las frías estadísticas, trescientos muertos, seiscientos muertos, dos mil nuevos contagios, nos contaban de manera algo ñoña cómo entretener a nuestros hijos o cómo ponernos en forma durante el confinamiento. Eché en falta más información sobre lo que estaba ocurriendo en los hospitales, sobre los dramas de las salas de urgencias, el trabajo de los profesionales y el sufrimiento de los pacientes y sus familias. El lado humano de la tragedia, pero también el lado humano de todos aquellos que combatieron y siguen combatiendo el virus.

Por la cámara del documental de Carlos Caraglia van desfilando médicos, enfermeros, policías nacionales y municipales, bomberos, los militares de la Unidad de Emergencias (UME), el SUMMA,… Todos ellos se muestran muy profesionales, hablan con seguridad de su trabajo y de las funciones que desarrollaron durante esos días, de cómo su experiencia o las instrucciones les llevaban a proceder de un modo u otro. Hablan con seguridad… hasta que les tocaban «su lado humano», su experiencia personal, sus sentimientos. Son varios los grandes profesionales que aparecen ante la cámara que se derrumban al abandonar la mera explicación profesional para hablar de su lado emocional, de cómo afrontaron esta lucha, de la cercanía a los pacientes o de los sentimientos encontrados al regresar a sus casas con sus familias. La directora del Hospital Puerta de Hierro, un neumólogo del que no recuerdo el nombre, un médico del Hospital Nuestra Señora de América de nombre José Luis Moreno,… todos ellos liberan su estrés ante la cámara.

El documental trata de tocar todos los aspectos de la lucha contra la pandemia, cómo surgió un movimiento espontáneo de ayuda o cómo cada uno en su empresa o en su casa trató de poner su granito de arena para superar la crisis: los abastecimientos de los supermercados y el refuerzo de la seguridad en el proceso (Dia), una autoescuela que prestó sus autobuses para el traslado de pacientes entre hospitales (Autoescuela Lara) o el movimiento Maker, que ya existe desde hace años, pero que durante las primeras semanas se volcó en fabricar mascarillas y elementos de protección cuando aquí no había nada de eso o lo que llegaba era defectuoso.

Y como no podía ser de otro modo, El lado humano habla de las víctimas, de los pacientes que sobrevivieron, de los que no lo lograron y de sus familias. Poniendo cara a la tragedia, evitando convertirlo en una estadística. Llevamos un número de fallecidos solo en España que se mueve entre los 49.824 oficiales de hoy y los más de 70.000 que calcula el INE. Una estadística, sí, pero más de 70.000 tragedias, una y otra, y otra… En el documental nos muestran el momento en que una mujer y su hija son informadas del fallecimiento del marido y padre de ambas, de cómo reciben sus objetos personales en una bolsa de basura sin ni siquiera poder ver al familiar, como ha ocurrido en casi todos los casos, dejando un vacío enorme. Cada una de esas familias lleva un vacío que será imposible de cubrir: el hecho de no poder despedirse del padre, madre, marido o hermano, pero también el vacío de la soledad, la falta de consuelo de los más cercanos, la ausencia de duelo. Todos tenemos amigos que han perdido a un familiar y todos ellos coinciden en la tristeza de ese momento, en la soledad que les acompaña en todo el proceso, en la ausencia de aliento o de un abrazo de los familiares y amigos. Un vacío enorme, un múltiplo muy grande de 70.000 vacíos enormes que quedarán para siempre.

Afortunadamente, el documental también nos muestra El lado humano de los que vencieron al virus, de los que no dejaron de luchar y salieron adelante, y de sus familiares. Como mis padres, que aparecen contando en primera persona y desde el hospital lo que fueron aquellos días: el sufrimiento de mi padre, que estuvo ochenta larguísimos días en la UCI, y el de mi madre, que también pasó el virus sin necesidad de ingreso, pero que padeció el no menos terrible virus de la soledad y la angustia. Menudos lagrimones se nos escaparon a todos en el cine, el llanto de recordar lo que fueron aquellos días, pero también las lágrimas de alegría al ver el triunfo sobre la enfermedad. Este virus no ataca solo el físico de las personas, destruye también lo anímico, lo emocional, las ganas de luchar y seguir adelante. El virus desaparece, pero sus secuelas quedan en los pulmones y en la moral de los que lo han sufrido. Por eso me parecen tan bonitas las palabras de mi madre y el abrazo que por fin puede darle a mi padre para, a su lado, y ya con todos nosotros, seguir día a día mejorando y dejando atrás aquellos momentos. Y la progresión es lenta, pero firme.

Gracias a todos los profesionales que les trataron, gracias a todas esas personas que aparecen en el documental y a las que no lo hacen pero que igualmente lo dieron todo en todas partes por atender a la población, gracias a Carlos por su esfuerzo para contar en pantalla todas estas historias que había que contar. El documental termina con los aplausos de los balcones y con un minuto de silencio sobre una ciudad paralizada, sin gente en las calles. Hace bien en no tratar el asunto desde una perspectiva política, muy bien, porque esto va precisamente de mostrar «el lado humano» de la tragedia, y algunos comportamientos… intentando sacar provecho de la situación… en fin, hoy no toca hablar de esto.

«Ojalá El lado humano se pueda ver en alguna plataforma o televisión en breve. Es necesario. Estas historias, así como muchas otras de tantas y tantas familias, de tantos y tantos profesionales y voluntarios entregados, no deben caer en el olvido». Así terminaba este post hace casi tres meses, pero la novedad es que por fin el documental está disponible en la plataforma Filmin, que lo pone a disposición del público sin necesidad de hacerse socio (basta con el alquiler como en un videoclub). Aquí dejo el enlace.

Ha pasado ya un año de aquellos días terribles y aun hoy me parece mentira lo que estábamos viviendo entonces. Mi padre sigue en su proceso de lenta recuperación, con los pulmones muy afectados. Pero sigue, junto a mi madre. Muy grandes.

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El Torneo de Navidad

La mítica foto de Fernando Laura en el momento en que Sabonis destroza el tablero de la Ciudad Deportiva del Real Madrid

BARNEY, 25/12/2020

Cada uno asocia las navidades a una serie de planes, personas con las que se reúne, tradiciones o acontecimientos. Habrá quien lo asocie a ver belenes, ir a la Plaza Mayor, recibir en casa a los abuelos, tragarse el espectáculo de Cortylandia con los niños, la cabalgata de Reyes, el especial de Martes y Trece o los cenorrios y comilonas como si no hubiera un mañana. En mi caso lo asociaba también al famoso Torneo de Navidad del Real Madrid de baloncesto. Un torneo que se estuvo celebrando desde 1966 hasta 2006, con una serie de ediciones espectaculares en los ochenta y una lenta decadencia desde la segunda mitad de los noventa hasta su desaparición definitiva en 2006, cuando ni siquiera se disputó en las fechas navideñas, sino como un torneo de pretemporada en septiembre a partido único.

Los años buenos para mí, los que veía en casa todas las navidades, fueron los ochenta. El torneo se jugaba en tres días y participaban cuatro equipos bajo el formato de liguilla, todos contra todos. Lo normal era que se jugara del 23 al 25 de diciembre, o del 24 al 26 de diciembre a media tarde, así que, mientras en casa nuestra abnegada madre preparaba la cena para toda la tropa, nosotros veíamos los partidos del Real Madrid contra quien tocara ese día: un combinado exótico americano llamado Marlboro All Stars o New York All Stars, la selección de Brasil o Cuba, o las potentísimas (y ya extintas) Unión Soviética y Yugoslavia.

Era una gozada ver esos partidos porque participaban equipos a los que no se podía ver habitualmente, como las selecciones mencionadas o los equipos creados para la ocasión con aroma de Globetrotters (aún recuerdo los Cheiw All Atars) y porque al ser un torneo amistoso se jugaba sin la presión del marcador, solo por ofrecer un buen espectáculo de baloncesto justo antes de la cena de Nochebuena. En 2016 la web Endesa Basket Lover publicó tres artículos sobre el mítico torneo titulados Navidades Blancas y me han servido para leer a gente que sentía lo mismo que nosotros ante esos partidos:

Comentaba el periodista Fernando Ruiz hace unos días en su cuenta de Twitter, “Parecerá una tontería. Pero para mí estas fechas son diferentes desde que desapareció el Torneo de Navidad del Real Madrid”. 

Aquellos partidos servían para descubrir jugadores que podían terminar recalando en el Madrid, como Petrovic, Sabonis o Bodiroga, o los que nunca llegaron como Óscar Schmidt o Toni Kukoc, o para ver un modo diferente de entender el baloncesto, como cuando llegó la Universidad de North Carolina con sus cambios múltiples de cuatro o cinco jugadores, algo impensable en el baloncesto europeo de entonces, donde el quinteto titular apenas era sustituido para descansar unos minutos.

El Torneo fue una idea de Raimundo Saporta, directivo histórico del Real Madrid desde 1952, y tuvo el nombre de su creador, Torneo de Navidad – Trofeo Raimundo Saporta, hasta que se le añadió Memorial Fernando Martín en 1989, cuando sucedió la terrible desgracia del fallecimiento del pívot. Aquella tristísima edición contó con un cartel de lujo: la Jugoplastika de Split, el Aris de Salónica, el Maccabi de Tel Aviv y el Real Madrid, una pequeña Copa de Europa con los mejores equipos del continente. Por desgracia, las fechas, los calendarios cada vez más apretados y la mayor profesionalización del deporte fueron relegando este torneo hasta su desaparición.

Por todo lo dicho, cuando La Galerna convocó recientemente un Certamen de relatos «navideños y madridistas» no fui capaz de pensar en algo distinto a este torneo y a la imagen que todos los aficionados al baloncesto de mi generación recordamos: la rotura de tablero de Sabonis. 26 de diciembre de 1984. Aquella selección de la Unión Soviética era una salvajada: Sabonis, Iovaisha, Homicius, Kurtinaitis, Valters, Tarakanov, Tkachenko… Ganó el Preolímpico a nuestra selección por más de treinta puntos de ventaja, pero el boicot soviético a los Juegos de Los Ángeles nos privó del que hubiera sido uno de los partidos más recordados de la historia: el que les habría enfrentado frente al combinado USA de Michael Jordan, Pat Ewing, Chris Mullin y Sam Perkins.

Mi relato no ha resultado ganador, pero sí uno de los finalistas seleccionados para su publicación. Recomiendo leer el relato vencedor, El póster de Zamora, de Mari Carmen Alarcón, sobre el ritual de volver unidos padre e hijo a los estadios de fútbol tras otra época convulsa de nuestra historia. Podéis encontrar mi relato directamente en la web, en este enlace bajo el título de Lituriaga, o aquí mismo, junto a otra de mis tradiciones de cada Navidad: las palmeras de chocolate de La Mallorquina, en pleno centro de Madrid.

No es un relato sobre baloncesto, sino sobre los nietos y su abuelo, y las tradiciones navideñas. Aquí os lo dejo:

  • Vale, entonces quédate aquí, Fer, pero no te muevas, por favor, no vayas a hacerme una de tus trastadas, ¿eh?

Aquellas palabras las pronunció mi abuelo con su firmeza habitual, severo, pero no exento de cariño. Que me quedara quieto frente al escaparate de aquella tienda de televisores de la que era imposible separarme mientras él se iba a comprar unas palmeras de chocolate a La Mallorquina con mi hermano pequeño Juan. Juanito para mi Abuelo, como ese futbolista que tanto le gustaba. Aquellas palmeras suponían el mejor final posible al paseo que dábamos todos los años con mi abuelo por el centro de Madrid, un paseo que Juan y yo esperábamos con ilusión y que comenzaba con el viaje en Metro.

– ¡Veinte mil leguas de viajes de subterráneo!

Así anunciaba siempre mi abuelo la llegada del Metro, con ese aire aventurero que casi nos trasladaba a una novela de Julio Verne, “y ahora, ¡viaje al centro de la plaza!”. Recuerdo muchas de las frases de mi abuelo con precisión, hasta viendo su cara y sus gestos, con la precisión con la que grabas las cosas en la memoria cuando tienes nueve años. Salíamos del Metro corriendo, cogíamos una de las octavillas que nos ofrecían, hacíamos una pelota y nos íbamos raudos a la papelera más cercana:

– ¡Canasta de Fernando Martín!

Mi hermano me imitaba como en casi todo y lanzó su bola de papel con alguno de los nombres que le sonaban ahora que empezaba a leer y a ser capaz de identificar esas letras que veía en las espaldas de los jugadores:

– ¡Lanza Lituriaga…!

Pero Lituriaga falló, así que yo cogí el rebote, me giré sobre mis pies y…

– ¡Fernando Martín machaca la canasta rival!

Juanito empezó a protestar cuando mi abuelo, siempre el abuelo presto al rescate para calmar su incipiente rabieta, le dio otra octavilla de papel convertida en improvisada pelota de baloncesto:

– Toma, Juanito, demuéstrale lo que sabes hacer.

Del Metro nos dirigíamos a la Plaza Mayor, veíamos algunos belenes, la iluminación, entregábamos la carta a los Reyes Magos y nos divertíamos con los disfraces de la gente que nos ofrecía globos. El pequeño Juan y yo estábamos fascinados, aquel momento era la Navidad, representaba la Navidad con mayúsculas y con todas las letras. Porque la Navidad solo comenzaba cuando el abuelo venía a casa a pasar esos días con nosotros. Le recuerdo con su abrigo negro, ese abrigo al que nos agarrábamos para no caernos en el vagón del Metro, y con un sombrero que le daba un aire de actor de Hollywood de los cincuenta.

No sé quién disfrutaba más en aquellas tardes del frío diciembre madrileño, si él o nosotros. “Huy, frío, frío es lo que tenemos en Burgos, ¡o en Siberia!”. Mi abuelo tenía muchas virtudes y entre ellas recuerdo cómo era capaz de contarnos cada año alguna anécdota nueva de los belenes que nos llevaba a visitar, pequeñas historias o chascarrillos que escuchábamos con atención y con los ojos aún más abiertos que los oídos. Siempre nos compraba una figura en alguno de los puestos para llevar al belén de casa, una figura por la que casi siempre discutíamos Juan y yo, prefiero la pastorcita, no, que tú elegiste el año pasado, quiero esa oveja, o mejor un paje… Mi abuelo zanjaba siempre la discusión con un argumento que nos convencía o al menos tranquilizaba a ambos.

Tras el paseo y según empezábamos a quejarnos del frío, volvíamos hacia el Metro para regresar a casa a tiempo para la cena, no sin antes pasar por La Mallorquina para saborear una suculenta palmera o una napolitana de chocolate. Pero aquella tarde yo me quedé delante de un escaparate repleto de televisiones en las que se podía ver el final de un partido de baloncesto del Torneo de Navidad del Real Madrid. El abuelo quiso que le acompañara a por la palmera, pero enseguida entendió que no iba a lograr moverme de allí hasta que acabara el partido, así que optó por las palabras con las que comencé este relato.

A los pocos minutos regresaron ambos con las palmeras, la mía sujeta en una servilleta por donde la agarré sin apartar los ojos de la pantalla.

– ¿Cuánto queda? -me preguntó algo nervioso por la hora de llegada a casa.

– Solo tres minutos, no queda nada.

– ¡Tres minutos! Eso es un mundo en el baloncesto, pueden quedar tres días todavía -respondió con una media sonrisa.

Mi hermano empezó a leer el marcador con esa manera de leer de principiante y su característica dificultad para pronunciar la erre fuerte:

– Real Madrid, u, ere, ese, ese. ¿Quiénes son esos, abuelo?

– Los rusos -me adelanté a contestar.

– ¿La ere es de “Rusos”, abuelo?

– Por supuesto que sí -contestó este con euforia-. ¡Unión de Rusos… con Súper Salto!

El pequeño Juan alucinaba y yo miré al abuelo, que me guiñó un ojo de modo cómplice.

– Abuelo -le pregunté, con esa insistencia en desgastar su nombre de tanto usarlo-, ¿sabes que este año si metes canasta desde esa línea del suelo vale tres puntos?

– Por supuesto que sí, ¿y a que tú no sabes que si la metes desde tu campo vale cuatro?

– ¿En serio?

– Claro, por eso al final de los partidos siempre tiran desde muy lejos.

El partido había estado igualado, pero en esos últimos minutos los rusos que no eran rusos se habían escapado a catorce puntos.

– Abuelo, ¿sabes que los rusos tienen a un tío de dos metros veinte?

– Qué tío, a saber qué le daban de comer en casa. ¿Cómo se llama, Grandovski, Gigantov o algo así, no?

– ¡Tachenko! -dijo Juan, que me había escuchado muchas veces en casa.

– No, Tachenko es otro. Este año tienen a un chico joven que se llama Sabonis, que lleva veintidós puntos. Dicen que es buenísimo, que se lo quieren llevar a la NBA.

– ¡Los americanos!

Aunque mi abuelo no sabía mucho de baloncesto, se quedaba con lo que yo le contaba y pronunció “los americanos” con ese tono berlanguiano que imprimía a muchas de sus expresiones, “Siberia, Di Stéfano, ¡los americanos!”.

En los monitores vimos una canasta de Wayne Robinson tras una buena circulación entre Corbalán y Martín. Vamos, dije, mientras soñaba con una remontada épica tirando de cuatro puntos. En la jugada siguiente, el ruso alto que no era ruso, pero sí muy alto, recibió de espaldas, se giró y la clavó hacia abajo con fuerza. De repente el tablero cambió de color, se oscureció. Al principio pensé que era un reflejo de la luz, pero cuando acercaron la cámara desde atrás pudimos ver que lo había destrozado, que estaba hecho añicos.

– ¡Se lo ha cargado, Abuelo, se lo ha cargado!

Repitieron la jugada varias veces. Sabonis se daba la vuelta y atacaba con virulencia el aro, mientras del Corral intentaba taponarlo, pero desistía de la locura de jugarse el brazo en el último instante.

– ¿Y ahora qué va a pasar, Abuelo? ¿Cómo termina el partido?

– Ahora se lo llevarán detenido, para que lo pague.

– ¿De verdad?

– Claro, ¿qué pasaría si tú rompieras este escaparate? Pues lo mismo.

Quiso la casualidad que en ese momento un coche de policía pasara por la calle Mayor con la sirena puesta.

– ¿Ves? Ya van a por él al Palacio de los Deportes.

Aquello me dejó impactado, en un estado de shock que mantuve mientras volvíamos a casa. Juan tenía restos de chocolate en la comisura de los labios y mientras, yo seguía preguntando al Abuelo por lo sucedido, por qué no terminan los dos minutos de partido que quedaban, ¿no hay tableros de repuesto?, en mi cole hay tableros así, por qué no van a cogerlos… No callaba.

– Me da pena lo de Sabonis, Abuelo, ¿no podía ficharlo el Madrid para que no lo detengan?

– Si es de los buenos, como dices, terminará jugando en el Madrid. ¡Y con los americanos también!

– Abuelo, ¿y crees que Fernando Martín también acabará jugando en la NBA?

– Seguro, es tu favorito, ¿no?, ese que dices que es tan bueno. Pues si es tan bueno, Fer, seguro que sí. Además, se llama como tú y como yo, y con ese nombre nada puede frenarte en la vida.

Pueblo Nuevo, Ciudad Lineal, Suanzes… Ya estábamos cerca de nuestra parada.

– Fer, ¿te gustaría ir el año que viene al Torneo de Navidad? Yo te llevo.

Mis ojos se abrieron como nunca en mi vida lo habían hecho, aquello era un sueño, el mejor regalo que jamás podría recibir. Porque todo lo que decía mi abuelo se cumplía, pero por desgracia, no todo lo que me dijo mi abuelo aquella tarde sucedió.

Citizen Mank, Ciudadano Fincher

TRAVIS, 19/12/2020

Como en los últimos dos años, la plataforma Netflix nos ha traído una de las películas más interesantes del año, Mank, la última de David Fincher, una de esas obras poco comerciales como Roma (Alfonso Cuarón, 2018) o El irlandés (Martin Scorsese, 2019), en las que se da plena libertad a sus directores para que desarrollen la historia que les apetezca. Coinciden estas tres películas en el hecho de ser proyectos largamente perseguidos por sus directores, historias ya escritas o que les rondaban la cabeza y que no encontraban nunca el momento o la financiación para llevarlas a cabo. Si Netflix asume el riesgo de producir este tipo de obras arriesgadas sin temor a la audiencia, bienvenida sea esta plataforma, al igual que todas las demás que se dedican a producir películas o series de calidad.

El proyecto llevaba largo tiempo intentando ser plasmado en pantalla, tanto como que David Fincher trató de sacarla adelante tras el éxito de taquilla de The Game (1997) y sobre todo de Seven (1995). Y resulta tan personal porque el guion fue escrito por Jack Fincher, el padre de David, quien sin embargo falleció en 2003 sin poder ver su historia trasladada a la gran pantalla. Una pena en varios sentidos, por el propio Jack, que no pudo ver lo que el fino estilista de su hijo ha rodado, por David, que no llegó a tiempo de dedicarle en vida el filme a su padre, y por nosotros los espectadores, porque creo que Fincher hijo ha querido respetar de tal modo el guion de Fincher padre que no le metió su toque personal. Por respeto o por lo que fuera, pero creo que en alguna parte de la trama, sobre todo en el final, el guion está muy por debajo de la realización.

La película cuenta el proceso de escritura de Ciudadano Kane, Citizen Kane (1941), la ópera prima de Orson Welles, ese título que aparece sistemáticamente en todos los listados de películas más grandes de todos los tiempos. Una de esas películas no aptas para todos los públicos, así me lo ha parecido siempre que la he visto con alguien por sus comentarios. Descomunal, grandiosa en el mejor y peor sentido de la palabra, brillante en algunas escenas, plúmbea y pretenciosa en otras… Exactamente igual que Mank, apelativo de Herman J. Mankiewicz, coguionista junto al propio Welles de Ciudadano Kane.

David Fincher me parece un director asombroso, de los mejores del cine actual sin duda, pero de él me maravilla su capacidad de transformarse en cada película para ser capaz de pasar de un director rompedor en el estilo (Seven o esa obra maestra que fue El club de la lucha) al clasicismo más absoluto, como en Zodiac (2007), El curioso caso de Benjamin Button (2008) o en Mank. Lo que ha hecho Fincher en pleno 2020 es rodar una película de finales de los treinta y principios de los cuarenta, no en vano la época en la que está ambientada. Con el mismo estilo y la misma atmósfera. El blanco y negro, el gran angular, la profundidad de campo, los títulos de crédito y algunos toques personales como la vieja máquina de escribir que marca los flashbacks de la historia. David Fincher tiene un sentido estético y visual como pocos directores actuales, como el Ridley Scott de sus mejores películas, con una concepción global de lo que quiere rodar (música, fotografía, planificación) al estilo de Steven Spielberg o Martin Scorsese, un tipo capaz de regalar grandes planos de esos que se quedan para siempre en la memoria.

Mank, como no podía ser de otra manera, está repleta de homenajes a Citizen Kane: la estructura temporal, la bola de nieve que cae de las manos aquí convertida en botella, el moribundo en la cama y la enfermera entrando por una puerta difuminada al fondo, el destrozo de la habitación de Kane que resulta ser una caja de botellas de whisky en Mank, el plano desde el suelo (o más abajo) de la habitación,… y sobre todo la luz, la iluminación. Si en algo se esmeró Orson Welles con el director de fotografía Gregg Toland fue en componer planos en los que la luz fuera protagonista, que entrara en las habitaciones como un personaje más, con su propio significado, como un cañón de luz en el teatro que lleva la atención sobre unos personajes, se concentra sobre un objeto o difumina otros. Quizás por eso su nombre comparte pantalla en los títulos de crédito con el del director y creador con mayúsculas de esta película:

Al talento de Toland, ya reconocido por entonces con un Óscar, se le unió la mayor concentración de talento precoz que se ha visto nunca en una sola película: el niño prodigio Welles a la tierna edad de 25 años, Robert Wise como montador (el que después fuera director de Sonrisas y lágrimas, Ultimátum a la Tierra y West Side Story contaba entonces solo 26 años) y Bernard Herrmann como compositor de la banda sonora sin haber alcanzado aún la treintena. Bernard Herrmann había colaborado previamente con Orson Welles en varios programas de radio y se convertiría en historia de Hollywood con el paso de las décadas: comenzó con Welles, compuso las bandas sonoras más características de las películas de Alfred Hitchcock (Vértigo, Con la muerte en los talones y la famosísima de Psicosis) y acabó sus días a las pocas horas de terminar de grabar los últimos acordes de la desasosegante música que acompaña a Robert De Niro en Taxi driver.

Comento toda esta concentración de talento porque no es otra cosa lo que vemos ocupar la pantalla en Mank. Con asombrosa naturalidad pasean por la pantalla el hermano de Mank, Joseph L. Mankiewicz (director de Eva al desnudo, Cleopatra, La huella, guionista oscarizado por Carta a tres esposas y Eva al desnudo), los escritores Ben Hecht y Charles MacArthur, y varios de esos productores judíos que pusieron en pie los estudios de Hollywood, como Irving Thalberg o Louis B Mayer.

La historia que cuenta Mank no es original, se ha contado ya muchas veces, como en el ensayo de la crítica cinematográfica Pauline Kael, Raising Kane, o en RKO 281, una película de 1999 dirigida por Benjamin Ross, que se centra en el propio rodaje y en las reacciones del magnate caricaturizado en Kane, William Randolph Hearst. RKO 281 me pareció en su día una película interesante, sin más, aunque según he leído posteriormente comete varias inexactitudes en la historia, como que la fiesta en la que supuestamente estuvo Orson Welles no existió, o el imperdonable error de no utilizar el estado convaleciente del guionista.

El papel de Mank recae en John Malkovich, Liev Schreiber hace de Orson Welles, y los papeles de Hearst y su novia Marion Davies recaen en James Cromwell y Melanie Griffith. Creo que volveré a verla estos días, se puede encontrar fácilmente en enlaces como el que dejo aquí:

Mank se basa fundamentalmente en el ensayo de Pauline Kael, una serie de artículos polémicos que se decantan por la teoría de que el autor del guion casi de modo exclusivo fue Mankiewicz. Pero conociendo el genio creador de Orson Welles, apabullante, megalómano, controlador hasta la obsesión, parece improbable que el guion que Mank entrega en la película a Welles se convirtiera finalmente en lo que se rodó. En 1996 se rodó un documental sobre esta misma historia, The battle over Citizen Kane, en el que se explica que Welles realizó seis versiones del guion sobre el original de Mankiewicz, más de trescientos cambios y aportaciones que hacen que quizás lo más justo es que la autoría del guion quedara compartida, como finalmente ocurrió aunque no hubiera sido lo pactado inicialmente. También se puede encontrar con facilidad:

Lo curioso es que de las nueve nominaciones a los Óscar que recibió Ciudadano Kane solo obtuvo una estatuilla, la de mejor guion, y ni Welles ni Mankiewicz acudieron a la ceremonia a recogerlo. A mi modo de ver, algunas partes de Mank podrían haber mejorado con un recorte, mientras que echo en falta más metraje justo en el final, en esas reelaboraciones del guion o en las presiones que recibió la RKO del círculo de Hearst para que Citizen Kane no viera la luz. La película de Fincher se corta de una manera algo abrupta con la ceremonia de los Óscar y con las palabras reales de los dos coguionistas en conflicto (y no hago spoiler, porque creo que esto lo sabe todo cinéfilo), con esa genial respuesta de Mankiewicz al hipotético discurso que habría dado de haberse personado en la ceremonia: «estoy muy feliz de recoger este premio en ausencia de Orson Welles, que es como se escribió este guion: en ausencia de Orson Welles». Ahí, volando los cuchillos, remarcando la distancia enorme que separó a ambos.

Para terminar, no podía dejar de lado las interpretaciones de Mank. Gary Oldman tiene uno de esos papeles tan agradecidos para los actores, tan «oscarizables» como el que le diera el galardón por interpretar a Winston Churchill en La noche más oscura: un personaje real, histórico e histriónico, arrollador, con buenos diálogos y perfecto para el lucimiento. Mankiewicz era un alcohólico totalmente dependiente y Oldman muestra esa degradación del personaje a la perfección. «Pescado y vino blanco», ahí lo dejo para el que la haya visto. Charles Dance interpreta a un William Randolph Hearst más amable que el de RKO 281, sobrio, contenido y con una fábula estupenda que contar acerca de un mono y un organista. Amanda Seyfried pone la cara y la voz a Marion Davies, y Tom Burke a Orson Welles. El resto de secundarios tiene «cara de época», sobre todo esos cabroncetes de productores judíos, como Louis B. Mayer (Arliss Howard), pero me quedo con dos de las actrices: Lily Collins, que interpreta a la asistente y mecanógrafa de Mank, Rita Alexander, y la no menos estupenda Tuppence Middleton, la «poor Sara» Mankiewicz del filme.

Merece la pena verla, como los enlaces que aquí les he dejado. Pero si algo merece la pena de verdad es ver este otro enlace que dejo por aquí. Hasta la próxima:

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