Los viejos rockeros

BARNEY, 05/06/2022

Los Rolling Stones han ofrecido un conciertazo esta semana en el Wanda, y he vuelto a escuchar, como la última docena de veces al menos, que «quizás sea el último que dan», o «puede que esta sea la última vez que los Stones se van de gira». No estuve en el concierto, pero sí he visto imágenes de la actuación y he leído alguna crónica, y parece que The Rolling Stones volvieron a estar enormes sobre el escenario. Lo dieron todo y mostraron una energía más que envidiable para gente de cualquier edad. Esas bandas aburridas y funcionales que abundan en los escenarios deberían ponerse en bucle los vídeos de Mick Jagger (78), Keith Richards (78) y Ronnie Wood (75) actuando como si no hubiera un mañana. Porque puede que no lo haya.

No voy a caer en el tópico de «los viejos rockeros nunca mueren», porque precisamente uno de ellos, el batería Charlie Watts, demostró hace un año lo contrario, pero sí voy a incidir en la excepcional maravilla que es contemplar a un viejo rockero dándolo todo. Dejándose la piel. Haciendo cosas impropias de su edad cuando, además, no tiene esa necesidad de demostrar nada. Como Rafa Nadal. Como Luka Modric. En una de las crónicas sobre el concierto del Wanda leí «qué manera de moverse y qué manera de tocar», frases que encajan como un guante a los dos deportistas mencionados.

Rafa Nadal disputa hoy su 14ª final de Roland Garros. Desde 2005 apenas ha fallado a una cita que suele coincidir con la semana de su cumpleaños, con la semana en que el calendario le recuerda que quizás sea el último título, quizás la última participación en una final. Pero ahí está, de nuevo. El viernes cumplió 36 años y se enfrentó al alemán Alexander Zverev en una semifinal que estaba siendo épica, espectacular, un duelo de cañonazos entre uno de los jóvenes elegidos y «el viejo rockero» que no da su brazo a torcer. Tres horas y trece minutos y aún no había finalizado el segundo set. Si el físico de algún tenista tenía que decir «basta», lo lógico sería pensar que lo hubiese hecho el del manacorí, que acumula un cuadro de lesiones y dolencias que asusta.

He visto muy bien a Rafa Nadal en los partidos que he podido ver esta semana. No creo que otro tenista hubiera aguantado el repertorio de cañonazos a las líneas de Sasha Zverev, quizás solo Djokovic habría sido capaz de no perderle la cara a este partido. Zverev jugó uno de los sets de su vida, tuvo cuatro bolas de set y sin embargo, se sentó en la silla tras el tie-break del primero para contemplar atónito que iba por debajo en el marcador. Ya en su día titulé Incombustible Rafa para definir al de Manacor. Cada año aporta nuevos golpes a su repertorio o mejora algunos de los que tiene. Ahora arriesga más en algunos momentos para no alargar innecesariamente los puntos, sabedor de que las piernas no muestran la misma exuberancia que diez o quince años atrás.

Lo que no dan las piernas, lo aporta ahora la experiencia. 36 años tiene también Luka Modric. Otro que parece haber hecho un pacto con el Diablo. Si los Rolling Stones se autoproclamaron Sus Satánicas Majestades, o cantaron por todo el mundo Sympathy for the Devil, debemos creer que algo de cierto habrá en ello. Cuando ya muchos lo daban por retirado, no apto para la velocidad de juego del fútbol actual, nos ha regalado una temporada espectacular, repleta de momentos épicos, maravillosos, de golpeos que nos hacen recordar con tristeza que «quizás sea el último», la última temporada. Todos tenemos en mente el excepcional pase con el exterior a Rodrygo que nos devolvió a la vida frente al Chelsea (minuto 80, casi nada), pero para mí la jugada de la Champions es esta otra en la que el croata recupera un balón, corre cuarenta metros perseguido por esos fortachones centrocampistas del fútbol moderno, da un gran pase en profundidad a Vinicius Jr. y culmina la jugada con una asistencia con caño incluido para que Benzema iguale la eliminatoria:

Modric ha disfrutado esta temporada como pocas otras. Y se ve con fuerzas para seguir un año más. Rafa Nadal ha hecho varias declaraciones en los últimos meses sobre lo que le cuesta seguir adelante, pelear cada punto y cada trofeo. Con dolor en todo el cuerpo, con molestias para caminar y llevar una vida normal. Pero ahí está. Comenzó la temporada ganando el Open de Australia con una remontada espectacular a Daniil Medvédev, desafiando toda la lógica y pasándose por el forro lo que la estadística pronosticaba. El talento desafía a la lógica, al Big Data.

Hace un año, Novak Djokovic eliminó a Rafa Nadal en su pista favorita, en la Philippe Chatrier de París. Hace un año también, el Chelsea demostró al Real Madrid que no podía competir con el fútbol inglés con ese centro del campo envejecido (Casemiro-Kroos-Modric). Pero los viejos rockeros han demostrado tener aún una marcha más, han sido capaces de progresar, de mejorar sus prestaciones. El miércoles pasado, Rafa Nadal eliminó a Nole en cuatro sets y otro partido memorable. El Real Madrid se ha llevado por delante a lo mejor del fútbol inglés sin cambiar apenas nada de su centro del campo. Chelsea, Manchester City y Liverpool. Lo mejor de la Premier. Quizás lo mejor de Europa. Y cuando muchos decían que Modric no aguantaría la prórroga frente al Chelsea de Kanté, Kovacic o Mason Mount, el croata ofreció otra clase maestra de temple, posicionamiento y saber estar.

Quizás una de las ventajas que da la edad en el deporte es la madurez, la experiencia para saber distinguir los momentos y no ponerse nervioso en situaciones que invitan a ello. Cuando uno ha estado al borde del abismo, cuando ha mirado hacia abajo varias veces, como Nadal, o como el Real Madrid en esta temporada histórica, sabe que puede pasear por su filo sin miedo, mirar al rival a los ojos y decirle: «ven, vas a tener que empujarme, y a lo mejor en el intento, el que cae eres tú». PSG, Chelsea, City, Liverpool. Medvédev, Djokovic, Zverev.

Otra de las anomalías estadísticas que hemos visto es la octava victoria del Real Madrid en sus últimas ocho finales de Champions. No es normal. El Madrid ha perdido alguna final de Copa del Rey reciente (contra el Atleti) o Supercopas de Europa y de España, pero cuando llega su torneo, se transforma. Ocho de ocho. Como Nadal en Roland Garros, trece de trece. Espero no gafarlo para hoy. Puede que sea su última final, puede ser la última temporada de Rafa perfectamente. Y aunque muchos ya esperaban la irrupción de Carlos Alcaraz en el lugar del viejo rockero, el murciano aún tendrá que esperar un poco. Lo mismo que Fede Valverde, Camavinga, Vinícius o Rodrygo. A los viejos rockeros Modric, Casemiro, Kroos o Benzema aún les queda cuerda.

Suerte para Rafa Nadal, aunque no la necesita. Lo tiene todo en su cabeza, mucho más que en las piernas.

Actualización a las 17.45 h.: por supuesto, ganó el viejo rockero. 14 de 14. Conoce los secretos de la arcilla parisina como nadie.

Me vais a obligar a reclamar, cabr…

LESTER, 31/05/2022

Acabo de recibir un «regalo», una compensación por una reclamación que inicié hace casi tres años. Que sí, que ahora está muy bien recibir 1.800 euros, nos pegamos un buen homenaje, le hago un regalazo a mis hijos, etc., pero en su momento nos sacaron de nuestras casillas. Todo sucedió a la vuelta de nuestro viaje a Ecuador en agosto de 2019. El vuelo que debía llevarnos de vuelta a Madrid se averió y, tras tenernos unas diez horas sin apenas información, retrasaron varias veces la salida, nos dijeron que iban a darnos una bebida o comida (que nunca llegó) y que no nos alejáramos mucho de la puerta de embarque. El vuelo se suspendió finalmente, así que nos llevaron a un hotel a las afueras de Quito donde pasaríamos la noche con la esperanza de poder volar al día siguiente. Una faena, hay gente que perdió conexiones de vuelos, yo perdí un día de trabajo, el agotamiento de tantas horas en el aeropuerto sin información… Lo más sorprendente fue cuando se llevaron todos nuestros pasaportes porque oficialmente habíamos salido del país, teníamos ya el sello, y tenían que «reingresarnos». La imagen de la empleada de la aerolínea con cincuenta o sesenta pasaportes que se le caían de las manos, repartiéndolos al corro de pasajeros que la rodeábamos fue cuanto menos penosa.

Llegamos a Madrid con treinta horas de retraso sobre el horario inicialmente previsto y puse una reclamación con toda la información que fui capaz de recoger. La puse físicamente en el aeropuerto de Madrid y en la web, y me contestaron ambas veces que «lamentamos las molestias, pero puedes irte a esparragar». Buceando en las redes, descubrí que los pasajeros que pasan situaciones similares tienen derecho a una compensación de hasta 600 euros por persona. Y puede que más, si ha habido pérdidas de vuelos o gastos por cuenta del pasajero, como hoteles o traslados. Pero el proceso de las reclamaciones es largo y tedioso, y a mí (como creo que a casi todo hijo de vecino) me aburre soberanamente. Casi todas las empresas tienen un sistema pensado para no hacerte ni puñetero caso si vas por la vía normal: teléfonos 900 ó 902 con varios minutos de espera, chatbox en las webs, mensajes automáticos sin una respuesta satisfactoria… Así que lo dejé en manos de una de esas empresas que reclama por ti, que han surgido varias en los últimos años. Estas empresas han creado un sistema automatizado en el que tampoco hablas con nadie, pero subes tu documentación a su web, explicas las circunstancias y ellos se encargan de todo, con una comisión que puede ir entre el 25 y el 35 por ciento, más IVA.

Así que finalmente hemos cobrado esos 600 euros de indemnización por barba, menos la (elevada) comisión de esta empresa. El post de hoy no va de este caso concreto, sino de los malos servicios que se nos presta a los ciudadanos, y en especial, los de atención al cliente disconforme. Hace unos años tuve una mala experiencia con una empresa de alquiler de coches en el extranjero. Al llegar al aeropuerto de Múnich para devolver el vehículo, nos dijeron que tenía un pequeño arañazo en el parachoques (menos de un centímetro, inapreciable). Hablamos del seguro que había contratado para la ocasión (el intermedio) y para mi sorpresa, dos semanas después, me llegó a casa una factura de 570 pavos que me cargaron directamente en la tarjeta de crédito. 100 euros por «entregar el vehículo con retraso» y el resto por el desperfecto y los días de alquiler que la compañía perdía mientras lo arreglaban.

Ahí comencé un calvario de reclamaciones, conversaciones telefónicas y escritos que tardó algo más de un año en resolverse. Me asusté al leer algunos artículos sobre las prácticas de algunas compañías, casi siempre de casos cortados por el mismo patrón: ciudadano que deja un coche en el aeropuerto justo antes de su salida del país. Aeropuertos en los que nadie revisa el estado del vehículo durante la entrega, horas de entrega manipuladas, desperfectos reclamados que no aparecen en las propias fotos de los usuarios…

En mi caso, pude acreditar la hora de devolución del coche porque guardo todo por deformación profesional y estaba claro que había sido a tiempo, pero del resto (incluidas mis fotos y su incumplimiento en la parte de la verificación previa del vehículo), ni caso. Al final solicité un arbitraje al Consorcio General de Transportes de la Comunidad de Madrid, y allí, un año después del incidente, tuvimos una vista oral, tras la cual logré que la compañía de alquiler me devolviera el cincuenta por ciento de todo el importe. El hecho relevante para mi defensa fue que la compañía entrega el vehículo de cualquier manera, en un garaje a doscientos o trescientos metros de la agencia, sin nadie que revise el estado del mismo, pese a que el contrato indica que hay una persona de la agencia presente en ese momento. Luego no pueden acreditar el estado del mismo o si ese mínimo arañazo ya existía cuando me lo entregaron. Uno aprende de estas cosas y desde entonces tomé dos decisiones:

  • Hacer mil fotos del estado del coche antes de retirarlo. Y al mínimos desperfecto, lo marco en la hoja, por pequeño que sea.
  • No volver a utilizar esa compañía (aunque con otras también he tenido «problemillas» que pude resolver).

¿Valoran las compañías el número de clientes que pierden con el maltrato que les dan? Hace apenas quince días, la compañía de mantenimiento de la caldera me ha devuelto un importe menor que reconocía haber cobrado erróneamente un año atrás. ¿Cuántas llamadas y correos hemos necesitado para que nos lo devuelvan? Su respuesta hace un año fue que «no es política de esta compañía devolver dinero a los clientes?». ¿Cómoooo, ni aunque tengan razón? Así que no me ha quedado otra que esperar un año para que me lo restaran de la cuota del segundo año. Y he renovado por la oferta que mantenía, pero ya les he tomado la matrícula y dudo mucho que vaya a continuar con ellos.

Con Telefónica tardé cerca de un año en que me devolvieran los importes cobrados erróneamente cuando me quedé la línea del anterior propietario de mi casa. ¡Un año de mareos y toreos! Pero te vas a Jazztel y no te hacen ni puñetero caso hasta el día que les dices que te vas porque el «nuevo y ultramoderno router» que te han instalado es una auténtica castaña que no llega al resto de la casa. Una docena de llamadas sin una respuesta satisfactoria hasta que dije que me iba. Y solo entonces me vinieron con una solución que ya no acepté: si he dicho que me voy, es que me voy. Lo siento, haber espabilado antes.

No sé si la sensación es solo mía, que seguro que no, pero tengo la percepción de que los clientes somos ganado, y un ganado que cada vez requiere menores cuidados. Menos cariño. Quizás haya ayudado la proliferación de servicios por Internet, low cost en la mayoría de los casos, y a las compañías tradicionales, para poder competir en precios, no les ha quedado otra que reducir sus servicios de atención al cliente. Pero lo que tengo claro es que ese servicio suele ser nefasto. Y eso lo saben bien las plataformas modernas que ofrecen sus servicios a particulares. No soy usuario habitual de Uber, pero mi hijo puso una vez una reclamación delante de mí por un mal servicio que nos prestaron en un viaje. En menos de una hora nos habían devuelto el importe íntegro del servicio (que tampoco habíamos pedido eso) y mil excusas por el malentendido que se produjo. Amazon resulta hasta empalagoso cuando quiere resarcirte por algún servicio en el que no todo ha resultado a satisfacción del cliente. Una vez nos devolvieron un importe ridículo que ni siquiera habíamos solicitado, nos pidieron perdón hasta que les dijimos «‘¡que no se disculpe más, pesao!» y hasta nos asignaron a una persona por si queríamos hacer un seguimiento de nuestra incidencia.

Justo esta semana se ha presentado el Anteproyecto de Ley de Atención a la Clientela, con el que el gobierno pretende acabar con las malas prácticas de los servicios de atención al cliente. Yo he hablado de algunos ejemplos sufridos en carne propia, y eso que no he entrado en asuntos de comisiones bancarias, factura de la luz o extras que aparecen en algún viaje, hotel o restaurante. Cada uno tendrá los suyos. A mí no me gusta reclamar, que conste, me aburre, me agota, me pone de mala leche durante varios días… pero es que no me dejáis hacer otra cosa, cabrones.

La bofetada a Catar

BARNEY, 22/05/2022

Sábado por la tarde, quedaba menos de una hora para el inicio de la final de la Euroliga y los grupos de Whatsapp se me empezaron a llenar de mensajes de insultos a Kylian Mbappé y a la madre que lo parió. A todos ellos les fui contestando lo mismo: «me da igual ahora mismo Mbappé. Tenemos una final de Copa de Europa en una hora y otra el sábado que viene, ¿qué más me dará?». Solo me interesaba el baloncesto y en unos días el fútbol, es decir, el deporte, todo lo demás es tan superficial como el cotilleo o los inventos de la prensa, y de tan mal gusto como hablar de dinero. He escuchado y leído tantas chorradas estos días, de periodistas desinformados y amigos que lo propagaban todo, que se ha olvidado lo que de verdad importa: el propio deporte en sí, el juego, el espectáculo de dos rivales en una cancha de juego. Que si lo renuevan por 600 millones en tres años, que si Ceferin ha dicho al entorno de Mbappé que la UEFA va a expulsar al Madrid cinco años de la competición por lo de la Superliga, que si la Cope había dicho que Florentino había bajado al vestuario el viernes para decírselo a la plantilla, ¡cuando el presidente estaba en Belgrado!,… no saben nada, pero les permite llenar horas de programación y hojas y hojas de los periódicos. A mí estos shows me la refanfinflan.

Tras el anuncio oficial de renovación del francés por el Qatar Saint Germain, los insultos se acrecentaron, las redes sociales empezaron a echar humo y cundió el desánimo, como si todo fuera una mierda, la plantilla se quedaba coja, Florentino tenía que dimitir, etc. Estaba claro, esto es el fútbol moderno. «Los objetivos eran Haaland y Mbappé», me dijo otro, y han acabado donde más pasta había: el primero con los Emiratos, que ya llevan más de 1.500 millones invertidos en el City y el segundo donde los petrodólares cataríes. Pues no, el objetivo era ganar la Liga y la Champions, y ya se ha conseguido la primera y estamos en la final del torneo más importante, así que no voy a lamentarme ni un segundo.

El 31 de agosto pasado el Real Madrid ofreció 180 millones de euros a los cataríes (algunas fuentes hablan de 200) y estos lo rechazaron. Esa misma tarde, con el ahorro generado, el Madrid compró a Camavinga, un espectáculo de futbolista de solo 19 años de edad. Camavinga, o Cachominga, ha sido fundamental en la locura de temporada del Madrid en Europa y jugará en una semana la final de Champions en la misma casa de Mbappé, ¿voy a estar triste o desanimado ahora? En absoluto.

Si algo me dolió anoche fue la derrota del Madrid ante los turcos del Anadolu Efes por un solo punto (57-58). Una pena, los chicos de Laso volvieron a demostrar su casta y su calidad, la manera de pelear de estos veteranos y estuvieron cerca de derrotar a los todopoderosos turcos en la Turkish Euroleague. Larkin y Micic fueron fundamentales en el triunfo, dos cracks, dos de los tres jugadores mejor pagados de Europa. Un aplauso enorme al Real Madrid de Llull, Yabusele, Tavares, Rudy, Poirier, Abalde, etc. por darlo todo hasta el último segundo, por eliminar en semis a ese Barça que lleva años subido a la inflación de salarios del baloncesto (tres jugadores en el top-ten), si bien este año se habían ajustado bastante y su presupuesto era similar al de los blancos. Según el diario As:

Ahora, ya en frío, sin competición hasta dentro de siete días, analizo lo ocurrido y lo reconozco: sí, me da rabia la renovación de Mbappé. Rabia, no pena. Pero no porque no venga al Madrid (hubo muchos antes que él y los seguirá habiendo), sino porque quitar a los cataríes a su máxima estrella era la bofetada que alguien tenía que dar a Catar, y el Madrid ha estado muy cerca de atizársela. Yo creí hasta ayer que se la íbamos a propinar. Porque todos hemos visto las fotos de Mbappé de niño en una habitación rodeada de fotos del Madrid, porque hemos leído lo que contó en su famoso cómic, porque hemos querido creer que la ilusión de un niño podía derrotar al poder de los petrodólares y yo sinceramente me lo creí. Que había jugadores que venían al club en el que siempre soñaron jugar de pequeños y para los que el dinero no era tan importante. Iluso de mí.

El club parisino ha reconocido pérdidas de 400 millones en los últimos dos años, lo cual no le ha impedido juntar a los antiguos capitanes del Madrid y el Barça con Kylian, Neymar, Di María, Verratti, Donnarumma, Keylor y un largo etcétera de figuras, y aun con todo, acaba de ofrecer el mejor contrato de la historia del deporte a un jugador que ya era suyo. Todo sea por frenar el ataque de cuernos que Al Khelaifi y Leonardo tenían desde hace meses tras las negativas de renovación del 7 francés. ¿Cómo era aquello que decía Ander Herrera sobre el fútbol de la gente humilde?

Esa es la oportunidad perdida, pararle los pies a esta gente que ha venido y lo va a arrasar todo. El fútbol que me gustaba se muere, dije en su día. Los cataríes lo solucionan todo poniendo un billete encima de otro hasta que aceptas, y les da lo mismo comprar votos para el Mundial, soltar pasta hasta que la FIFA y compañía acepten parar todas las competiciones en noviembre, construir estadios sobre los cadáveres de 6.500 muertos… Tras la eliminación en Champions frente al Real Madrid, Leonardo y Al Khelaifi bajaron al vestuario a buscar al árbitro y montaron un espectáculo bastante lamentable, con empujones a los asistentes, vergonzoso, antideportivo, de matón de bar. La UEFA dijo que los iba a expedientar. ¿Se ha sabido algo de aquello? ¿Va a sancionar Ceferin a su amigo con el que aparece en todos los saraos posibles? ¿Recordáis que también sancionaron al City con dos años fuera de las competiciones por incumplir el fair play financiero? ¿Alguien se lo creyó? Alegaron un defecto formal, un error en las fechas, aceptaron unos contratos fraudulentos, y a otra cosa, que los clubes-estado mueven mucha pasta y no se puede renunciar a ella.

El espectáculo de dimes y diretes del entorno de Mbappé (menudo personaje ha resultado ser la madre, cómo celebro que no venga), las declaraciones de Al Khelaifi y Leonardo, las amenazas de Ceferin al Madrid durante toda la temporada… todo ha sido lamentable, pero no me quita el sueño. Lo que de verdad me fastidia es que será inevitable que en unos pocos años la final de la Champions sea un QSG-Abu Dhabi City, y en los banquillos veremos jugadores que serían titulares en cualquier otro equipo puntero. Ese es el futuro próximo y Mbappé ha sido la oportunidad perdida para frenarlo. Tenía un ejemplo muy cerca de cómo mandar al traste una carrera prometedora: Neymar Jr. Enterrado en su jaula de oro, coleccionando ligas francesas y viendo pasar su carrera como un futbolista más, cuando estaba en el mejor Barça de su historia.

Una oportunidad perdida, sí, pero el Madrid tiene otra y donde mejor se maneja: en el terreno de juego. Esta temporada promete ser mítica. Nos hemos cargado al megamillonario París Saint Germain tras un amaño de sorteo del que muy poco se habló. Luego a los campeones de Europa, el no menos megamillonario Chelsea financiado con el gas ruso y la pasta de Abramovich. En semis al todopoderoso City, subcampeón de la anterior edición y coleccionista de Premiers desde la llegada de la pasta de Abu Dábi (cuarenta años sin ganarla y pueden lograr su quinta en diez años). El partido de vuelta tuvo un momento sintomático del nuevo fútbol: el City sacó a Jack Grealish en el minuto 70 de la segunda parte, un jugador por el que habían pagado 120 millones de euros el verano pasado. El Madrid sacó a Vallejo al final de la prórroga para defender.

Las remontadas han sido inverosímiles, de cabeza, coraje, de una mezcla de veteranos con mucha calidad y jóvenes con enormes ganas de triunfar en el Bernabéu. Una victoria del fútbol de siempre frente al poder de la lógica y la pasta. Irracional. Esto solo se mejora ganando al Liverpool el sábado que viene en el mismo París, esto solo puede concluir con la entrega del trofeo de manos de Ceferin al Madrid. Que lo vea bien Mbappé desde su mansión cercana y se pregunte el resto de su vida si acertó al cambiar la posibilidad de jugar en el club más importante de la historia por los billetes de Oriente Medio.

Que el trofeo lo recoja Benzema, que ayer mismo subió una foto del rapero Tupac con el amigo que lo traicionó. O Marcelo, nuestro capitán (¡Oh capitán, mi capitán!), ese jugador del que no sabemos ni quién es su representante y lleva dieciséis temporadas, ni cuántas veces ha renovado por el Madrid, ni qué ofertas recibió en el pasado, porque siempre tuvo claro que quería retirarse con los blancos y que el dinero no iba a ser un problema. Como Luka Modric, otro ejemplo a seguir. Como Toni Kroos, al que el club le ha ofrecido una renovación de dos años y ha dicho que solo uno porque tendrá que ver cómo está su físico antes de aceptar. Un tío con una cabeza inusual en el mundo de estrellitas de hoy en día. Como Alaba, que tras ganarlo todo en el Bayern de Múnich está disfrutando como nunca en su carrera. Como los jóvenes Vinícius, Rodrygo, Valverde y Camavinga, sobre los que se construye desde ya el equipo que se enfrentará en los próximos años a los clubes-estado. El Madrid ha conseguido salvar la pandemia con beneficios, reducidos, pero beneficios, el único club entre los grandes. Para ello ha tenido que vender a Varane (40 M.), Odegaard (40 M.), Achraf (40 M.), Reguilón (30 M.), no renovar a Ramos y mantener una escala salarial ajustada que con la llegada de Mbappé corría el riesgo de quebrarse. Pues eso que ganamos también. El Barça está en la ruina y acabará siendo otro club-estado o en manos de un gran fondo de inversión, entre otras cosas, por intentar competir con sueldos estratosféricos (no solo los 555 millones de Messi, sino el resto) y con fichajes fuera de su alcance como las millonadas pagadas por Coutinho y Dembélé.

El Bayern y el Madrid, me temo que solo van a quedar ambos clubes para competir contra ellos. O la Superliga, una competición organizada por los propios clubes con las mismas reglas para todos y no por una banda de golfos corruptos. El Bayern privó al PSG de su gran oportunidad de llevarse la Champions en 2020. La paradoja fue que aquel triunfo por 1-0 vino de un gol marcado por Coman, un jugador que salió de la cantera del mismísimo PSG repleto de figuras. Me descojono.

A ganar el sábado, no pienso en otra cosa.

Inflación (II): «greenflation» y «ukrainflation»

JOSEAN, 18/05/2022

(Viene de: Inflación (I): deflación, estanflación, reduflación y otros conceptos)

Greenflation o inflación verde

La primera vez que leí este término fue en un artículo sobre las palabras de Isabel Schnabel, Responsable de Operaciones de Mercado del Banco Central Europeo. La greenflation o inflación verde como concepto me parece atinado, expresa el incremento de precios al que tendremos que acostumbrarnos para cumplir los compromisos adquiridos en la lucha contra el cambio climático, en pos de la transición energética, o en materia de residuos, economía circular y biodiversidad.

La inflación en España se situó en 2021 en el 6,1 por ciento, mientras que en la eurozona alcanzó una media del 5 por ciento, y en Estados Unidos, un 7,5. Unas cifras no vistas en décadas. En España al menos, el incremento de la inflación se debió en un 25 por ciento al incremento del precio de los hidrocarburos y en un 46 al de los precios de la electricidad. De este brutal incremento de precios de la energía eléctrica, al menos la cuarta parte se debió al «mercado de humos» de los derechos de emisión de CO2, es decir, al componente especulativo y de conveniencia creado para cumplir los compromisos del Acuerdo de París. Es tan claro que la propia Unión Europea está desarrollando alternativas para «flexibilizar» la rigidez de este sistema, aun cuando ello suponga incrementar la capacidad de emitir gases contaminantes.

El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, anunció en abril una medida que permitirá el uso de gasolinas más contaminantes para frenar la inflación. Se trata de una gasolina con menor poder energético, más contaminante, pero más barata, y el título del comunicado del presidente no dejaba margen a la interpretación: Biocombustible de producción nacional para combatir la subida del precio de la gasolina causada por Putin y bajar los costes de vida a las familias estadounidenses. Lo cachondo del asunto es que una medida similar había sido propuesta por Donald Trump tres años antes (sin la mención a Putin), lo cual causó una gran oposición en las filas demócratas, que ahora, a la hora de elegir entre la economía y «lo verde» se sitúan en el lado de la primera.

Hay cosas que cuesta entender como ciudadano. Por ejemplo, que nuestro compromiso por la sostenibilidad (a través de la Ley de Cambio Climático) prohíba el uso en España de la tecnología del fracking, perfecto, nada que objetar. No soy técnico, pero si atendemos a lo que dice la mayor parte de los expertos consultados (muchos otros opinan en otro sentido), los daños medioambientales de esta técnica de extracción de gas desaconsejan su uso, pese a que podría servir para abastecer a España durante las próximas cuatro décadas (Fuente: ABC).

Lo que no parece de recibo es que optemos por descartar esta fuente de energía, pero no nos cause un conflicto «moral-sostenible» importar el gas de Estados Unidos… extraído con la misma técnica del fracking. De este contrasentido ya advertía recientemente el presidente de Repsol, Antonio Brufau. Y no le falta razón. Si la Unión Europea abogaba recientemente por el seguimiento de los compromisos contra el cambio climático y en favor del cumplimiento de derechos humanos y laborales a lo largo de toda la cadena de valor (no vale eso de «ser sostenible aquí, pero importar de donde no lo es»), este es un caso claro de incumplimiento. O de cumplimiento de cara a la galería con impacto directo en las cuentas públicas.

Creo sinceramente que el compromiso por la sostenibilidad es claro en la sociedad, en las empresas y en la mayor parte de los ciudadanos, pero cuando se pone el bolsillo en la balanza, algunas convicciones se resquebrajan. Sin entrar en cuestiones políticas o de oposición a la Agenda 2030 (que la hay, y puede que creciente), ¿cuál es el coste que tendremos que soportar o que estamos dispuestos a asumir para cumplir los compromisos asumidos por las principales economías occidentales? ¿Se trata de compromisos que solo podrán adquirir los países más ricos, mientras que los países en vías de desarrollo tendrán que mantener el uso de energías más contaminantes? Que ya es una exigencia de varios países africanos y asiáticos, por cierto, que se cuestionan por qué tienen que invertir en renovables cuando occidente se ha beneficiado para su progreso del uso de tecnologías «sucias».

Resulta complicado cuantificar el impacto de dicha transición de los combustibles fósiles a las energías renovables, y en especial, el coste que va a tener durante los años en los que se pasa de un modelo a otro. La consultora McKinsey calcula en 3,1 billones de euros anuales hasta 2030 el coste hacia la transición energética. Otro informe sobre Transición Energética y Financiación, realizado por el Club de la Energía, cifra en 6,2 trillones de dólares americanos (5,2 billones de euros) el coste anual hasta 2030 para adaptar los sistemas de producción de energía, distribución y transporte a los nuevos parámetros. Se habla de una cifra cercana al ocho por ciento del PIB mundial. Como eso nos pilla «muy lejos», o son cifras macro que nos cuesta asimilar, el cálculo realizado por Enel Foundation y The European House-Ambrosetti nos ayuda a ponernos en situación: unos 8.000 euros por ciudadano europeo. Esa es la cifra resultante de dividir el déficit de inversiones de la Unión Europea para cumplir con los objetivos de descarbonización antes de 2030 (3,6 billones de euros) entre los 446 millones de ciudadanos europeos. No es una cifra anual, sino por el período completo, pero estamos hablando de un importe cercano a los 1.000 euros por habitante y año.

Y todo lo anterior solo para lo referido a la descarbonización del modelo energético, la reducción de emisiones y los compromisos contra el cambio climático. Que luego habrá que añadir el coste de los nuevos impuestos relacionados con los residuos: sobre el plástico, sobre los envases, el impuesto sobre el depósito de residuos en vertedero, la Responsabilidad Ampliada del Productor, que traslada al fabricante el coste de gestión de los residuos y una larga batería de medidas de carácter tributario que inciden en la recaudación, y no en la realización de las inversiones necesarias para gestionar de manera adecuada los residuos. Todas estas medidas se trasladarán al precio de los productos, lo que generará otro efecto inflacionario, o «greenflacionario».

Por si alguien tiene dudas sobre este bloguero, estoy dispuesto a asumir el coste necesario y solo pido que se haga cuanto antes y de manera efectiva. No lo estoy tanto para asumir chorradas u organismos que no aportan nada en esta o en otras materias. Y a buen entendedor…

«Ukrainflation» o la inflación generada por la invasión de Ucrania

Con todo el gazpacho mencionado en el anterior post y en este (compromisos medioambientales, crisis de suministros y materias primas, tensiones geopolíticas, incremento del consumo mundial tras la pandemia), no entiendo que el gobierno se centre en culpar de la inflación en exclusiva a lo que el Consejo de Ministros denomina al unísono «la guerra de Putin».

No es necesario. Son tantos los factores y ajenos al gobierno, es tan fácil la comparación con el resto de la eurozona, que me parece poco inteligente escurrir el bulto tratando de decir que todo es culpa de la invasión de Ucrania por el ejército de Rusia. Parece de Primero de Estrategia de manipulación mediática: simplificar el mensaje y aludir a la temporalidad de los efectos, mencionar el problema y hablar de la solución (quitar a Putin), como si todo se fuera a solucionar en un chasqueo de dedos.

La invasión de Ucrania ha agrandado el problemón que se venía arrastrando desde meses atrás y el gobierno se ha movido bien en algunos ámbitos para tratar de afrontar el problema, como con la llamada excepción ibérica aprobada para limitar el precio del gas en España y Portugal, o con algunas de las medidas incluidas en el Real Decreto-ley 6/2022 aprobado en marzo pasado.

El real decreto tiene un preámbulo de 42 páginas, una abundancia de explicaciones para incidir en el impacto de la guerra de Ucrania sobre los precios, cuando (creo) que lo que queremos los ciudadanos son medidas y no tanto insistir en si la culpa es de esto o de aquello. Y cuando algo necesita «sobreexplicaciones» corre el riesgo de caer en contradicciones o de pervertir el mensaje. El objetivo de las medidas (pág. 10) es «…limitar los costes económicos y sociales de la distorsión de naturaleza geopolítica en el precio del gas, atajar de raíz el proceso inflacionista y facilitar la adaptación de la economía a esta situación de naturaleza temporal, reforzando al mismo tiempo las bases de la recuperación económica y de la creación de empleo de calidad». Vuelve a insistir en la naturaleza temporal y en la distorsión geopolítica cuando ya hemos visto que los problemas son mucho más extensos, vienen de lejos y persistirán cuando acabe la guerra en Ucrania (ojalá sea pronto).

Precisamente porque las presiones inflacionistas venían de muy atrás, el mismo gobierno de Pedro Sánchez aprobó un Real Decreto-ley el 14 de septiembre de 2021 para combatir la escalada de precios del gas y la electricidad. Y otro posteriormente en octubre.

El resto del preámbulo se centra en el impacto en los precios de los cereales, debido al peso de Ucrania en el mercado europeo, en los efectos sobre los sectores ganadero, agrícola y pesquero (incremento del precio de los fertilizantes, incremento de los costes eléctricos…), en las ayudas a una parte del sector del transporte, así como en otra serie de medidas de muy largo recorrido, como son casi todas las referidas a la energía: «Estas medidas deberán abordarse, una vez más, desde una visión omnicomprensiva, que combine medidas de naturaleza coyuntural para frenar la escalada de precios, entre las que se destacan las medidas de ámbito fiscal, con medidas de marcado carácter estructural, fomentando el autoconsumo y promoviendo la integración de nuevas tecnologías renovables que…». «El capítulo III recoge medidas para la agilización de los proyectos de energías renovables con la finalidad de acelerar la descarbonización y reducir la dependencia energética».

Esas «medidas de ámbito fiscal» como la rebaja de veinte céntimos en el precio de la gasolina y el diésel han sido las más directas para el bolsillo del ciudadano y ya han tenido un impacto en el IPC de abril, pero los precios siguen subiendo. Y la fiscalidad de los carburantes no se ha tocado. Por otro lado, se incide en la necesidad de actuar sobre los windfall profits o beneficios caídos del cielo, un aspecto que, como tantos otros mencionados en el decreto, no tienen que ver con la invasión de Ucrania, sino con el modo de configurar el precio de la energía.

En cualquier caso, los impactos de la guerra sobre la inflación son difíciles de acotar y dependerán en buena parte de la duración de la misma. El Banco de España presentó en la misma fecha del real decreto un Informe en el que realizaba sus valoraciones sobre el impacto posible de la guerra en la economía de España y de la eurozona:

La guerra no ha hecho sino empeorar lo que ya mostraba una clara tendencia inflacionista:

Tras un repaso al posible impacto por sectores, el Banco de España concluye con las previsiones del BCE sobre el impacto de la guerra en Ucrania sobre el PIB y el IPC: entre el 1,9% y el 3,9%, lo cual dependerá de la duración y de las medidas que se adopten para combatir sus efectos.

Ojalá acabe pronto la guerra. Y no solo por la inflación o los efectos sobre el PIB.

La Comisión Europea acaba de rebajar (de nuevo) las previsiones de crecimiento para España al 4 por ciento (rebaja de 1,4 puntos) y sitúa la inflación para 2022 en el 6,3 por ciento. Casi nada.

Parafraseando a Bette Davis en Eva al desnudo: «abróchense los cinturones, va a ser un año muy movido».

Inflación (I): deflación, estanflación, reduflación y otros conceptos

(Fuente: Cinco Días)

JOSEAN, 12/05/2022

Llevábamos varios años con una curva de incremento de precios bastante estable, hasta el punto de que la inflación no era un problema demasiado relevante para los sucesivos gobiernos de España y el resto de países occidentales, pero en los últimos meses el Índice de Precios al Consumo se ha disparado de tal manera que han saltado todas las alarmas. La tasa más alta en treinta y tres años. La inflación desbocada abre los telediarios y se ha situado en el top-5 (¿quizás top-3?) de los principales problemas para el gobierno, pues afecta al bolsillo de los ciudadanos, al crecimiento de las empresas, a las inversiones, a la evolución del PIB… a todo. Como indica este artículo de Expansión, todas las magnitudes económicas han caído con fuerza:

No hay manera. Parecíamos salir del bajonazo en el que nos sumió la pandemia y entre el alza de los precios de la energía, la guerra de Ucrania y la crisis de suministros, tenemos un nuevo frenazo a una economía que no termina de arrancar. Este post no pretende otra cosa más que aclarar algunos conceptos o mencionar otros que solo aparecían en los libros de economía, pero que nunca pensamos que llegaríamos a ver en la vida real. Por cierto, es inflación, no «inflacción», como siguen diciendo algunos periodistas en las tertulias. Por mucho que les suene a «acción de inflar» los precios, no, por favor, no lo digan más. Cada vez que un periodista dice «inflacción», un escalofrío recorre el cuerpo de cientos de miles de economistas en el mundo.

La inflación alcanzó un máximo del 9,8 por ciento en marzo, una aberración que pensamos que no veríamos jamás, pero «al menos» la inflación subyacente se quedó en el 3,4 por ciento. La inflación subyacente es ese indicador que no tiene en cuenta las variaciones de precios de aquellos productos más volátiles o inestables, como la energía o los alimentos no elaborados. Las medidas aprobadas por el gobierno para reducir el precio de los carburantes tuvieron sus efectos sobre la inflación, que se moderó levemente hasta el 8,4 por ciento, pero en cambio, la inflación subyacente siguió su avance un punto más, hasta el 4,4 por ciento.

Siendo un indicador más estable para medir el impacto real sobre los precios, el dato se ha disparado hasta su nivel más alto en décadas, concretamente desde 1995. Se espera una subida de tipos de interés en breve, con lo que eso supone para unas empresas y administraciones fuertemente endeudadas.

Debido a todo lo anterior, se prevé un año de dura conflictividad laboral, puesto que los sindicatos piden o exigen ligar el incremento de los salarios a la inflación, mientras que las patronales proponen desligarlos de la misma y vincularlos a la productividad.

Los llamados «efectos de segunda ronda»: se suben más los salarios, los empresarios trasladan el incremento al precio de sus productos, suben los precios, se vuelve a solicitar incremento salarial, etc.

En la universidad nos enseñaron (y la verdad es que he desaprendido muchas cosas) que una inflación moderada o controlada era positiva para el crecimiento económico, o que al menos no lo perjudicaba. O que podía ser signo de crecimiento. Una de las teorías, de Solow y Swan (1956), indicaba que el dinero perdía valor como consecuencia de una inflación moderada, lo que llevaba a que los individuos destinaran su ahorro o parte del mismo al consumo, a la compra de productos o servicios, lo que redundaba en el crecimiento económico del país. Dependiendo del país analizado, un porcentaje bajo de inflación podía ser positivo, o al menos, un indicador de crecimiento económico. Por añadidura, la inflación actual está produciendo un impacto positivo en las maltrechas arcas públicas, al menos en el corto plazo, puesto que se ha incrementado la recaudación por IVA (precios más altos, más base imponible sobre la que repercutir el impuesto) y por IRPF (al no actualizar las tablas de Hacienda, los ciudadanos ven incrementada la carga fiscal).

Ahora mismo estamos viviendo algo que solo conocíamos por los libros y que pensamos que no veríamos en países occidentales: la estanflación. Este «palabro» es el resultado de la unión de estancamiento e inflación, y la he leído recientemente en noticias referidas a Estados Unidos, ni más ni menos. El dato de inflación en Estados Unidos alcanzó el 8,5 por ciento en el mes de marzo, su tasa más alta desde 1981, un dato muy negativo que se vio acompañado por la cifra de caída del PIB en el primer trimestre del 1,4 por ciento.

Y si hablamos de este concepto que, de prolongarse en el tiempo, conduce a un empobrecimiento tremendo de la economía de un país, no podemos dejar de hablar de la deflación. La deflación es una inflación negativa, y como no me gusta hablar en estos términos (me recuerda a aquello de la ministra de la «tasa de crecimiento negativa»), es preferible decir lo que es: una disminución de precios. Que tampoco es nada bueno para la economía del país, ni para sus ciudadanos, pues es un signo claro de estancamiento de la economía. El ejemplo más claro es el de Japón, que entró en una tendencia deflacionista a mediados de los noventa y se mantuvo así durante algo más de dos décadas. En estas situaciones no muy habituales se juntan causas o factores de carácter real (brecha de producción, envejecimiento de la población y menor demanda), monetarios (la situación de los bancos tras el estallido de la burbuja inmobiliaria a principios de los noventa, escasez de crédito) o de política económica (desajustes entre política fiscal y monetaria). Pero Japón daría para varios post y carezco del conocimiento necesario para afrontarlo, así que simplemente lo menciono de pasada.

La elevada inflación de los últimos meses nos ha traído un concepto nuevo, o que al menos desconocía, que es la reduflación. No es un término aceptado por la RAE y viene del inglés shrinkflation, unión de shrink (encoger, reducir) e inflation (inflación). Aquí lo mezclamos por las bravas: reducción más inflación igual a reduflación. Con un par. Consiste en vender una cantidad menor de un producto por el mismo precio que anteriormente llevaba el paquete de similar tamaño. Por ejemplo, quitar cincuenta gramos a una bolsa de patatas fritas, o 100 gramos a un paquete de macarrones, pero que ambos envases sigan costando lo mismo. No deja de ser una trampa para el consumidor, que desembolsa el mismo importe que anteriormente por una cantidad menor, un quince o veinte por ciento menos de producto.

Es completamente legal, pues al final, el paquete lleva los 250 gramos que anuncia, o los 400 que pone en la bolsa, aunque el precio sea el que anteriormente se pagaba por 300 y 500, respectivamente. Estrategias de las grandes compañías que recuerdan a aquello de: «yo no me entero si me sube la gasolina o no, porque siempre echo dos mil pesetas». Pues eso, un engaño autoimpuesto para no percibir que las subidas de precios nos están crujiendo.

Dejamos para la segunda parte dos conceptos modernos, bastante recientes, uno de ellos que ya ha salido en un post anterior, la greenflation o inflación verde, y la ukrainflation, de la cual esperamos un final que todavía no llega.

(Continuará)

¡Oh capitán, mi capitán!

BARNEY, 01/05/2022

Con el título de Liga obtenido ayer por el Real Madrid de fútbol, el brasileño Marcelo Vieira supera a Don Francisco Gento en cuanto a número de títulos con la camiseta blanca: 24 frente a los 23 de la Galerna del Cantábrico. No soy amigo de estas estadísticas que ponen en el mismo plano una Champions que un Mundial de clubes y comparan épocas diferentes, cuando antes no se disputaban tantos títulos, pero el dato en sí dice mucho de su larga carrera: es el jugador más laureado en el club de fútbol más exitoso del mundo. Me llevé una enorme alegría ayer cuando vi la sonrisa de Marcelo al recoger el trofeo, cuando lo vi disfrutar por el campo o en el abrazo a Modric tras el 1-0 que casi certificaba el título.

Aunque sin duda la foto de ayer, de una jornada memorable en instantáneas, es la que muestra al capitán encaramado a la Cibeles con el rojizo atardecer madrileño de fondo:

Marcelo es puro madridismo, un tío que ha disfrutado todos y cada uno de sus dieciséis años en la primera plantilla y que ha dado siempre muestras de su cariño al club. Ha sido irreprochable en su actitud incluso cuando el físico, como estas últimas temporadas, no le ha acompañado. Los madridistas pensábamos que iba a ser imposible encontrar un reemplazo a Roberto Carlos en el lateral izquierdo y durante una década tuvimos un artista como ha habido pocos sobre un terreno de juego:

En la última Champions del Real Madrid, en 2018, destacó incluso en lo que no era su especialidad: marcó en Turín y Múnich, y anotó en Madrid frente al Paris Saint Germain. La temporada anterior, en el partido de vuelta frente al Bayern (4-2 en el Bernabéu) dio uno de los mayores recitales defensivos y ofensivos que se recuerda en un campo.

Siempre ha estado ahí para lo que el equipo necesitara, ha sabido echarse a un lado cuando otros comenzaban a despuntar en su mismo flanco izquierdo (Mendy, Reguilón, Miguel Gutiérrez, incluso Coentrao durante algunas temporadas) y ha tratado de aportar cuanto ha podido. Para la historia quedará esa prórroga reciente contra el poderoso (físicamente superior) Chelsea, una prórroga que el Madrid afrontó con la defensa más insólita en décadas: Lucas y Marcelo en los laterales, Carvajal y Alaba como centrales. Supo dar la talla, luchar contra sus limitaciones y jugar con la veteranía para sacar el partido adelante. El brazalete de capitán que portaba ayer durante el encuentro es un premio a su trayectoria.

La capitanía en el fútbol añade un componente extra a los valores estrictamente futbolísticos. Significa jerarquía, dominio de la situación, un modelo en el que fijarse los jóvenes, una autoridad sobre rivales e incluso el árbitro a la hora de cuestionar algunos lances del juego. Es el referente emocional del equipo, el que debe transmitir a los demás el ánimo, la prolongación del entrenador cuando los jugadores saltan al campo. Y Marcelo ha sido siempre un diez, aunque no portara el brazalete. Gerrard en el Liverpool, Del Piero en la Juve, Pirlo en la selección azzurra, Carles Puyol en el Barça fueron grandes capitanes, tipos cuyo objetivo era procurar lo mejor para el equipo por encima de egos o individualidades.

Resulta curioso que el Real Madrid haya sido mejor entendido por muchos jugadores extranjeros que por los propios nacionales: Marcelo y Karim Benzema son los dos grandes capitanes este año, como también podrían serlo Luka Modric, Casemiro, Toni Kroos o, en breve, David Alaba. Sergio Ramos tuvo sus años, transmitía personalidad sobre el campo, pero un entorno que lo aconsejaba equivocadamente y su amistad con una prensa nociva hacen (para mí) que no sea el tipo de capitán que me satisface. Como Cristiano Ronaldo.

Sergio Ramos terminó su carrera en el Real Madrid con 22 títulos, y ayer por la tarde dejó un mensaje de felicitación al club en redes sociales. Podía haber estado ahí con Marcelo celebrando el 24º título, pero sus estupideces y malas decisiones lo llevaron a un club en el que apenas ha jugado y en el que ha sido receptor de un buen número de críticas. El capitán de un equipo como el Madrid no puede tratar de conseguir más pasta amenazando con irse al Manchester United, o contando al presidente que se marchaba a China y quería hacerlo gratis, o rechazando una oferta de renovación del club mientras se lesionaba en los bolos con la selección o contaba en los medios afines (que eran muchos) que quería jugar la Euro, los Juegos Olímpicos y el Mundial. Todo ello mientras pedía más pasta al club con los 35 bien cumplidos. El capitán de cualquier club no puede decir que ha tirado un penalti sin ser el designado por el entrenador porque «llevaba pocos goles esta temporada», o que le parecen bien los pitos a un compañero como Gareth Bale, por muchos méritos que pueda hacer (no entiendo lo de ayer, por ejemplo, salvo un pacto con el club).

Un brasileño como Casemiro entiende mucho mejor lo que debe hacer un gran capitán. Es el tipo que pone orden en el terreno de juego. La jerarquía se demuestra en acciones como la que tuvo con Milner en los cuartos de final de Champions la temporada pasada. Los reds salieron a intimidar y durante los primeros minutos realizaron varias entradas de gran dureza, como la de su capitán Milner a Karim. Hasta que Case, el gran Case, puso a cada uno en su sitio: «no nos vais a intimidar, antes te saco yo a patadas del campo». A los compañeros se los defiende.

La prensa pro-Ramos criticó duramente al club por no renovar al central, pero el tiempo termina poniendo a cada uno en su sitio. Entre las soplagaiteces que se dijeron, me llamó la atención una de las más gordas: que el Madrid perdía liderazgo sobre el campo, que no tenía jugadores con la entidad para portar ese brazalete. Aun dejando a un lado a Karim Benzema, que ha dado otro salto superlativo este año, sorprende que sus periodistas feladores olvidaran que el Madrid contaba entre sus filas con el capitán de Croacia, con el de Alemania, o con el que ocasionalmente ejerce las veces en Brasil, al margen de los olvidados Hazard y Bale, que también llevan con asiduidad el brazalete de Bélgica y Gales.

Para mí el gran error de Ramos fue hacer caso a su hermano René (lo conocí en persona y… bueno, me callaré) y a sus amiguitos de la prensa y no blindarse junto a sus compañeros de plantilla. O hacer negocios con Gerard Piqué cuando ya se ha visto cómo las gastaba este a sus espaldas. Piqué es otro caso sintomático: toda su vida en el Barça y qué pocas veces ha ejercido de capitán, porque sus propios compañeros, en votación secreta, preferían a Messi, Iniesta, Busquets y Mascherano. El capitán debe ser ese líder que se va a desvivir por ti, nunca ese otro para el que su imagen es lo que se antepone a todo lo demás, incluso al club.

La plantilla de baloncesto del Real Madrid ha vivido también unos meses convulsos, que parecen haber concluido tras la expulsión de la plantilla de Thomas Heurtel y Trey Thompkins. Al capitán Sergio Llull se le ha machacado en redes sociales por su baja aportación, sus malos números o lo flojo que ha estado en defensa frente a algunos rivales. Pero siempre ha estado ahí, asumiendo la responsabilidad cuando el balón quemaba a los demás, dando la cara para que se la partan mientras otros superclase como Heurtel hacían lo mínimo o salían de copas antes de un partido decisivo en Atenas. Llull ha sido un referente para sus compañeros porque incluso cuando el físico no daba más de sí, lo intentaba, ejercía los galones y se jugaba algunas canastas decisivas como en la final de Copa. Por eso me alegré tanto de sus buenas prestaciones ante el Maccabi en la eliminatoria que ha llevado a los de Laso a una nueva Final Four. «¡Llull, Llull, Llull!», muchas veces más en el Palacio de los Deportes. Como en su día lo fue Felipe Reyes, otro gran capitán. Como puede llegar a serlo Rudy Fernández.

Este año se retira Marcelo, al menos del Madrid, y el «Oh capitán, mi capitán» del título está dirigido a Karim Benzema, un jugador que lleva catorce temporadas en el club, del que no sabemos ni quién es su representante, que ha renovado solo tres veces en este tiempo, que ha sabido adaptarse a lo que requería el equipo (no hay más que ver su papel con CR7 al lado y sin él) y que ahora ejerce un coaching diario y constante con los jóvenes, en especial con Vinícius Jr. Como Modric con Rodrygo Goes. Un apadrinamiento, como lo define mi amigo Pepe Kollins:

Como Benzema está ejerciendo de gran capitán ya ha salido la prensa metemierda a polemizar con el francés diciendo que en el descanso del partido contra el Getafe tiró el brazalete al suelo visiblemente cabreado. Lástima que sea tan fácil de desmontar la patraña una vez más: ese día el capitán era Marcelo.

Si es que… Enhorabuena al Real Madrid por el título, a Marcelo, Ancelotti, Karim y a todos los miembros de la plantilla. Tiene mucho mérito ganar la Liga de Tebas, la de los apaños Geri-Rubi, la de Medina Cantadelejos y el CTA, la de los medios hostiles, la de los criterios financieros cambiantes y los chantajes para firmar con CVC. Enhorabuena y ahora, sin más celebraciones, a por el City y la Champions, que me encantaría ver el careto de Ceferino en París entregando la copa al capitán del Real Madrid.

Entre el crazy weekend y el forever young

LESTER, 29/04/2022

Ahora que han pasado unos días puedo decir que fue divertido. Intenso, pero divertido. Pudimos quedarnos en casa tranquilos y descansar, o pudimos optar por los planes B: tener un incidente diplomático internacional con un refugiado ucraniano, beber más de la cuenta en una boda, correr un medio maratón al día siguiente, jugar al baloncesto, celebrar un cumpleaños con una dieta hipercalórica o quedarnos atrapados en un “escape room”. Pudimos no hacer nada o pudimos tratar de llegar a todo. Que fue lo que hicimos.

“Forever Young”, siempre joven, que cantaba Alphaville allá por los ochenta:

Let us die young or let us live forever / Vamos a morir jóvenes o vamos a vivir para siempre

We don’t have the power, but we never say never / No tenemos el poder, pero nunca digas nunca

Sitting in a sandpit, life is a short trip / Sentado en un cajón de arena, la vida es un viaje corto.

La semana pasada fue mi 52º cumpleaños, nada que ocultar, como ya he hecho otras veces desde los “felices 45”, y pude decir que NO a varios de los planes que surgieron para comenzar a aceptar la edad que tengo, o… en esa guerra contra la edad opté, optamos, si incluyo a mi santa, por decir que SÍ a todo.

Youth’s like diamonds in the Sun / Los jóvenes son como los diamantes al sol

And diamonds are forever / Y los diamantes son para siempre

So many adventures couldn’t happen today / Así que muchas aventuras podrían no suceder hoy

Pero como decían los concursantes del Un, dos, tres… y nosotros mismos: “Hemos venido a jugar, ¿no?”.

Todo comenzó el viernes a última hora de la tarde, cuando el refugiado ucraniano llegó a nuestra casa. O comenzó un poco antes, cuando se solicitaron familias de acogida para los refugiados que estaban llegando a España procedentes de Ucrania y nos apuntamos en la lista. A nosotros no llegaron a pedirnos que acogiéramos a nadie de manera oficial, pero nuestros vecinos, que fueron más rápidos y seguramente más hábiles, tenían a una familia (madre e hija) acogidas en su casa desde hace un mes y medio. Las ucranianas pidieron a nuestra vecina que si conocía a alguien que pudiera acoger a un chico durante tres o cuatro días, y dijimos que sí, aunque este fuera uno de nuestros peores fines de semana de los últimos tiempos para ello.

La madre ucraniana no hablaba inglés y la niña (16 años, la llamaré Dayana) lo hacía con poca fluidez, pero podíamos entendernos. Dayana nos contó que el chico había logrado salir del país, que vivía en una zona que estaban bombardeando y que iba a pasar unos días por Madrid antes de su destino final en Ámsterdam, donde se juntaría con su madre. La verdad es que no preguntamos nada, ni pedimos documentación, ni tratamos de hacer más averiguaciones, dijimos que lo recibiríamos encantados y punto. El viernes por la tarde-noche, bajo un diluvio universal, apareció el chico ucraniano (al que llamaré Andrei para la ocasión) acompañado de Dayana.

  • Esta será tu habitación, aquí está el baño, la clave de la wifi, unas toallas, la cocina… lo que necesites, nos dices.

Andrei hablaba un inglés bastante solvente y nos lo agradeció efusivamente. Un chico bien majo, todo hay que decirlo. Las mujeres son mucho más espabiladas que nosotros para todas estas cosas y desde el principio, ya desde antes de que Andrei entrara en casa, mi santa me dijo:

  • Para mí que este chico es el novio de Dayana.
  • ¡No creo!, nos están pidiendo un favor para un chaval y tenemos esa habitación disponible, no creo que pase nada.

El “chaval” me sacaba una cabeza. Pues bien, no había transcurrido ni media hora cuando Andrei se nos acerca y nos dice:

  • Disculpad, ¿tenéis algún problema en que nos quedemos a pasar la noche aquí?
  • ¿Los dos???
  • Sí, claro.

El amor, las hormonas, la situación desesperada de las familias, el diluvio en la calle, un kiki emotivo… pasaron mil cosas por nuestras cabezas en cuestión de segundos, pero supimos responder que no. Una de las normas no escritas en nuestra casa a nuestros hijos es que los novios o novias respectivas son bienvenidos, pero no para… en fin, eso. No quiero levantarme un domingo a desayunar y encontrarme a un tipo con los calzoncillos medio caídos preparándose un café en mi taza favorita, no, lo siento, llamadme carca, pollavieja, lo que queráis. Tengo unos hijos maravillosos y todos pertenecemos a “este mundo”, pero la casa es un recinto sagrado, así que contestamos a Andrei y Dayana que no. Que se quedaran la tarde-noche juntos si querían, viendo una peli, cenando, pero de dormir nada.

  • ¿Lo sabe tu madre? -preguntó mi mujer a Dayana.
  • Eeeeeh, sí -dijo la niña con evidente rubor. Estaba mintiendo como una bellaca. Ucraniana, pero bellaca.

El caso es que pasaron dos o tres horas en casa, charlando, picando algo, pero cerca de las doce, la hora de Cenicienta, pero también la hora tope que les habíamos puesto, se encerraron. En la habitación de mi hijo, que ahora estudia fuera. Ejem, eeeeeh, ¿cómo se gestiona esto? La niña es menor, el chico no sé si lo es o no, porque puede que tenga los diecisiete años que decía, pero, ¿y si no lo es? ¿Es un delito en España por aquello de la edad del consentimiento sexual? ¿Y yo, tendría algún tipo de implicación en ese delito?

Ese pensamiento lo tuve después, porque en aquel momento mi cerebro trataba de montarse su propia película romántica sobre los últimos momentos de pasión de una joven pareja de refugiados ucranianos antes de separar sus vidas rumbo a Holanda y Estados Unidos, pero no, quita, quita… me di un guantazo a mí mismo, mi mujer me sacó de la ensoñación y me dijo que iba a llamar a la vecina y a la madre, y que yo, mientras, fuera a sacarlos de la habitación.

Llamé a la puerta, Dayana, tu madre está aquí, ha venido para llevarte a casa. El timbre de casa también sonó en perfecta sincronía. Cuando me abrieron la puerta de la habitación, la chica estaba en pijama y con zapatillas de andar por casa. Lo tenía muy claro desde el primer minuto: ella había venido para quedarse.

La escena del vestíbulo, con las ucranianas discutiendo en su idioma, nosotros hablando en inglés con la madre (que negaba con la cabeza al no entender nada), luego en español con mis vecinos, y después en inglés con los chavales para decirles que cada mochuelo a su olivo, fue digna de una comedia de Berlanga, que finalmente se saldó con una frase mítica de mi vecino, quien, a falta de un fluent English, soltó: “ñakañaka a un hotel”. Ja, ja, ja, ja,… si su objetivo era que lo entendiéramos nosotros, pero no los ucranianos, consiguió todo lo contrario. Pero funcionó. Seguía diluviando y en el fondo nos dio algo más de lástima: “familia de desalmados españoles arroja a una tormenta a una refugiada ucraniana en pijama”. “Ucraniana coge una pulmonía al ser expulsada por su familia de acogida”. Se me venían titulares así al coco.

Dayana se subió a la habitación visiblemente contrariada, pero bajó con una sudadera sobre el pijama, les dejamos un paraguas y quedamos en que se verían al día siguiente temprano. Porque al día siguiente nosotros teníamos una boda y no íbamos a estar en casa en todo el día. ¿Dejamos a Andrei con la casa a su entera disposición? ¡Pero si le conocemos de tres horas y ya nos ha puesto la cabeza como un bombo! Nada, muchacho, mañana te vas a pasar el día con tu amiga, hacéis turismo por Madrid y sobre las siete, ocho de la tarde, que habremos vuelto de la boda, te llamamos y te vienes por casa.

Lo que ocurre es que las horas de las bodas… sabes cuándo empiezan, pero no cuándo terminan. A las doce estábamos en la iglesia dispuestos a presenciar la boda con la novia más guapa que se ha visto en años, por lo menos desde hace veinticinco. Era una de esas bodas muy esperada y querida, de las que parecía que nunca iba a celebrarse por culpa de la pandemia que todo lo paró, pero el gran día (para ellos) llegó. Novia radiante y feliz, novio súper atento con todos los invitados, y tras las fotos de rigor, nos fuimos rumbo al «peazofinca» en el que se celebró el cóctel-banquete-baile-sarao, etc. Yo no quería pasar mucho tiempo de pie, puesto que al día siguiente tenía carrera, pero esa intención, en una boda, es tan de ilusos como la de aquellos que escriben a Scarlett Johansson por Instagram o Twitter con la esperanza de que les conteste.

  • ¿Y cómo es que te has apuntado al medio maratón de Madrid mañana, con una boda de por medio?

Fue una pregunta que me hicieron varias veces a lo largo del día, y como bien dije, todo formaba parte de mi carrera contra la edad (recordad ¿Por qué corremos los cuarentones?, que ahora debería actualizar con los cincuentones): demostrarme a mí mismo que todavía podía salir e irme a hacer deporte de intensidad al día siguiente. En las resacosas mañanas de domingo previas a los partidos de fútbol de birria, perdón, de barrio, hay un gran libro de pequeñas historias. De chavales cuyo sudor huele a cubata con whisky de garrafón, de aquel Juan que trabajaba en una disco hasta las ocho de la mañana y venía del tirón o de jóvenes con toses de fumador compulsivo que piden la UVI nada más empezar y luego aguantan la hora y media de partido dando cada carrera como si fuera la última de sus vidas. Podía haber dicho que NO a la boda, o podía haber dicho que NO a la carrera, pero «hemos venido a jugar, ¿no?».

Si antes de empezar a zampar, nos pusieran en una mesa todo lo que nos íbamos a comer y beber, a buen seguro que contestaríamos: «ni de coña». Pero oye, empiezas canapé a canapé, minihamburguesita por aquí, caña, chuminadas de pitiminí y fuá, caña, rollitos teriyaki, copa de vino blanco, y cuando te sientas a la mesa ya estás entregado: ponme el milhojas de hojaldre, el salmón, más vino blanco, solomillo, vino tinto, tarta nupcial, una copa de cava, vamos con todo y vivan los novios y los padrinos, que hemos venido a jugar.

Nos lo pasamos fenomenal, cómo no, y a partir de las seis de la tarde, mis esfuerzos irían orientados a no cansarme demasiado (Dios no me llevó por el mundo del baile, pero sí pasé muchas horas de pie) y a no volver a beber una gota de alcohol. Logré esto último, pese a que los impresentables de mis kolegas me ofrecieron unos trescientos gintonics y cuatrocientos cubatas. Lo más que lograron es que sobre las ocho de la tarde me apretara una cerveza sin alcohol, que había que hidratarse, y pensé que mi cuerpo soportaría el uno por ciento de alcohol de ese brebaje infecto. Con lo que no contaba era con que esos mismos impresentables compañeros iban a ofrecer un gintonic detrás de otro a mi mujer con la alegría con la que se ofrece bidones de agua a los ciclistas antes de un puerto de montaña. Y mi mujer también había venido a jugar, así que la cosa se complicó para salir de allí.

  • Cariño, que tenemos a un refugiado ucraniano esperando que volvamos a casa -le recordé.

La frase habitual en estos momentos suele ser «una retirada a tiempo es una victoria», mas la triste historia del meloso ucraniano me parecía más convincente para la ocasión. El caso es que lo estábamos pasando en grande, así que ni carrera del día siguiente, ni ucraniano, ni abstinencia de alcohol, ni nada. No salimos de allí hasta cerca de las once y al final llegamos a casa sobre las doce. Ah, sí, que teníamos a un ucraniano en espera, casi se nos olvida. Avisamos a los vecinos, se presentó en casa, charlamos un rato sobre lo que habían hecho durante el día y todos al sobre. La preparación adecuada para una carrera.

Menos de seis horas de sueño, pero allí estuve, en la salida. Como un campeón, forever young y toda esa autopatraña. Había muchas ganas de correr de nuevo por Madrid y se notó en el espectacular ambiente que hubo, no solo de corredores, más de treinta mil, sino de público. Mucha más gente animando que en septiembre, cuando me arrastré en el maratón. Tenía los gemelos más cargados más que el saco de un mantero huyendo de la policía, así que corrí toda la carrera con el móvil y un metrobús. Por si acaso, porque no sabía hasta dónde aguantaría. No se me dio mal, aunque no tenía frescura de piernas, pero disfruté del ambiente y de un día maravilloso.

Corrí razonablemente bien hasta el kilómetro 15, más o menos donde nos separábamos de los valientes del maratón y aquí pongo el único pero a la organización: justo en ese punto había una banda de rock, muy buenos, muy cañeros, ¡pero no la pongáis en ese sitio! El momento en el que se separan ambas carreras y los mediomaratonianos aplaudimos y deseamos suerte a los de la carrera completa es uno de mis favoritos del Mapoma, pero este año apenas se pudo apreciar. Traté de acelerar el ritmo los últimos kilómetros, pero me fue imposible, forever young, pero no de piernas. Me llamó la atención la cantidad de carteles con el «nuevo» patrocinador oficioso del Barça.

Llegué a la meta en 1 h. 47 m., dos por encima de lo previsto, ¡ese solomillo extra con patatas!, y mi móvil me advirtió de otro de los eventos del finde: a mis compañeros de la liga municipal de baloncesto les faltaba un jugador para el partido. Pues queda una hora, no sé si… hemos venido a jugar, ¿no?

Me fui para allá y tengo que agradecer a la policía municipal de Madrid que con las calles cortadas por el maratón me fuera imposible salir de la ciudad, porque era una locura que solo podía acabar en lesión. Llegué media hora tarde, cambio de zapatillas, e intenté incorporarme a la pachanga, pero no me daban las piernas, hice un salto de menos diez centímetros y desistí de intentarlo, así que pasamos al plan B del que me iban advirtiendo mis compañeros: «llegas a pagarte una ronda de cervezas». Cosa que hice gustoso bajo un sol radiante.

Jarra veloz y a buscar a la familia para ese plan que me tenían preparado como la mejor dieta de recuperación post-carrera: hamburguesas contundentes, cerveza y brownie de chocolate.

  • Y antes de que te relajes, nos vamos a un escape room.

Un escape room temático de Rebelión en la granja, casi nada. Para el que no lo haya probado nunca, consiste en que te encierran en una o varias salas, te describen el objetivo del juego y te dan un tiempo para desentrañarlo, descubrir las claves y poder salir. Ni móvil, ni reloj, ni agua, ni un baño por si lo necesitaras, ni mucho menos un sofá para descansar, un crimen, vamos. El caso es que yo ya no sé por qué había tan poca luz al principio, ni dónde estaba la salida, ni cuántas contraseñas tenía que descifrar, ni cuántos candados me quedaban por abrir, ni si el juego estaba ideado por un psicópata y no saldríamos vivos de allí. «Me duele tó…, pero hemos venido a jugar, pues venga, sin quejas». Tardamos un poco en cogerle el punto, pero fue muy divertido, todo hay que reconocerlo.

Se acababa el día y ni nos acordábamos de que teníamos de nuevo al ucraniano con su chica en la casa de al lado. Pasó a la nuestra y tuvimos el mejor momento de charla con él en todo el fin de semana. Allí descubrimos que al día siguiente volaba de vuelta a Ámsterdam, y digo de vuelta porque no había salido escopetado de Ucrania, ni estaban cayendo bombas en su casa, como Dayana nos había contado, porque Andrei había salido del país con su madre casi dos meses atrás. El único que quedaba en Ucrania era su padre, en Lutsk, en la parte occidental del país, «la más segura», nos dijo.

Andrei estaba muy agradecido por que le hubiéramos dado un sitio donde dormir (la verdad es que hicimos bien poco y lo siento), y nos regaló una botella de vino. Mi estado a esas horas de la noche era tal que le pegué un buen meneo. A la botella, quiero decir.

Pues sí, así acabó el crazy weekend, normalmente son más tranquilos y no recomiendo hacer muchas de las cosas que hicimos esos dos días. O todo lo contrario, porque al fin y al cabo, a este mundo hemos venido a jugar, ¿no?

Objetos de culto (y IV): objetos molones

TRAVIS, 18/04/2022

Completamos ya este largo repaso a:

1. MacGuffins,

2. Armas de Chéjov,

3. Arenques rojos y guiños frikis,

con auténticos objetos de culto. Insisto en que cualquier ayuda es bienvenida para rellenar huecos del listado.

U. (Continuación del MacGuffin Uranio de Encadenados) Los diferentes montajes de Blade Runner pudieron hacer que lo que fue concebido como un arma de Chéjov se quedara finalmente en arenque rojo, o viceversa. Me refiero al pasaje del Unicornio. En un momento de la película, el personaje de Deckard (Harrison Ford) tiene un extraño sueño en el que se le aparece un unicornio.

Nunca entendí la referencia, si era un plano preciosista que le apetecía rodar a Ridley Scott (metió los unicornios en Legend un par de años después) o si tenía un significado profundo. El caso es que en uno de los primeros montajes (creo que el inicial) no había más referencias al unicornio, luego podría ser una pista falsa, un arenque rojo. Sin embargo, en el llamado Director’s Cut, el personaje de Gaff (Edward James Olmos) deja un origami con forma de unicornio en el apartamento de Deckard.

Debido a esta escena, la interpretación más habitual indica que debemos deducir que el propio Deckard es un replicante y que Gaff conoce su secreto, puesto que sabe que sueña con unicornios. Pero para ese momento de la película estoy tan aburrido que en mi caso no tengo claro cómo interpretarlo. En especial, si el anterior origami de Gaff es un hombre con una erección, figura a la que nunca supe qué interpretación dar, ni he encontrado un crítico que me lo aclare.

V. Luis García Berlanga nos dejó varias comedias con su particular sello, y en una de ellas utilizó una Vaquilla para hablarnos de la estupidez de una guerra civil, de los dos bandos que se enfrentan sin saber muy bien por qué principios. Me refiero, cómo no, a La vaquilla, enorme metáfora animal de la idiosincrasia española, de las dos Españas o del “antes muerta que del otro”.

El elemento que actúa como arma de Chéjov en Vértigo es el propio Vértigo del protagonista. Aparece en la primera escena y nos olvidamos del mismo hasta la escena de la escalera en la torre. Pero para ilustrar esta letra, voy a mencionar un “arma de Chéjov” reciente que me dio mucha rabia no entender de inicio: la Vaca muerta de El poder del perro. Estaba tan aburrido que no supe ver a cuento de qué venía esa escena en la que el chaval se pone los guantes de látex y corta una tira de la piel del animal. El “arenque rojo” de la supuesta relación homosexual en ciernes me hizo despistarme de lo que en realidad se estaba cociendo en la trama.

Y aquí voy a dejar otro de esos detalles frikis que suelen pasar desapercibidos. En El show de Truman descubrimos que todo el mundo en el que vive el personaje interpretado por Jim Carrey no es más que un inmenso decorado con un cielo artificial bajo una enorme cúpula. ¿De qué modo recibiría entonces su protagonista la necesaria Vitamina D? Pues hasta eso habían previsto los guionistas, como puede verse en una de las escenas.

Y otro guiño muy, muy friki que solo los auténticos frikardos que todo lo analizan son capaces de ver. El Vestuario que utiliza el personaje de Wayne Night en Parque Jurásico-, película dirigida por Steven Spielberg en 1993, coincide sospechosamente con el de los personajes de Los goonies. Película producida por el propio Spielberg en 1985. No creo que sea una coincidencia, ¿no?

W. ¿Creíais que no se me iba a ocurrir nada para esta letra? Pues está en los propios títulos: Winchester 73 y Un pez llamado Wanda. El robo del Winchester 73, el mejor rifle del mundo, es la excusa para toda la trama en la que James Stewart anda en su búsqueda. En cuanto a Wanda, no es un MacGuffin, aunque todos anden detrás de ella, ni un arma de Chéjov, aunque el pez del mismo nombre albergue la llave del tesoro. Pero es un peliculón (y un pedazo de mujer) que me apetecía recordar.

X. No se me ocurren MacGuffins con esta letra, aunque un taXi puede dar mucho juego para una trama. Ya he hablado mucho en otros post sobre este colectivo de simpáticos cabroncetes, o sobre el uso de un taxi como metáfora de la soledad y espectador de una sociedad que repudia (Taxi driver), así que voy a limitarme a dejar un detalle friki cinéfilo: en los títulos de 20th Century Fox al inicio de las películas de la saga X-Men, la X de Fox permanece iluminada un rato más que el resto de letras, fijaos en el detalle la próxima vez que la veáis. Detalles que me alucinan y que pasan desapercibidos casi siempre.

Y. No se me ocurre nada que contar que comience con esta letra, pero voy a utilizar una película con uno de los guiones más retorcidos de los noventa para hablar de MacGuffins, arenques rojos y Chéjov: Sospechosos habituales. ¿Y por qué en esta letra? Pues por su director, BrYan Singer, o por sus actores principales, Kevin SpaceY y Gabriel BYrne. O por lo que desvelaré a continuación. El gran robo que se investiga desde el inicio de la trama sería el MacGuffin de la trama, porque ni siquiera es lo relevante, sino la respuesta a “¿quién es KeYser Söze?”.

Uno de los villanos favoritos de mi lista, por cierto. Y como podremos comprobar al final del guion, casi todo en el mismo son “arenques rojos”, pistas para despistarnos: la discapacidad de Spacey, el aspecto físico del temible Keyser, o el nombre que vemos en la taza del inspector de policía: KobaYashi. No deberíamos dar nada por hecho, sino fiarnos de algunas frases que estaban en nuestras narices: “El mayor truco que hizo el diablo fue convencer al mundo de que no existía“. “Y así, (se sopla en los dedos) desaparecer”.

Z. Los Zombis son como un enorme MacGuffin de los que se habla mucho a lo largo de una película, pero luego, lo cierto es que aparecen muy poco tiempo en pantalla. Representan una amenaza del exterior, un peligro latente que aparecerá en cualquier momento y provocan el pánico en los perseguidos. Pese a que se muevan a cámara lenta, como en las primeras películas del género, con George A. Romero a la cabeza (La noche de los muertos vivientes, 1968). Pero en el fondo son películas de personajes encerrados que se enfrentan a sus miedos en una situación extrema en la que saben que posiblemente vayan a morir. Como en Amanecer Zulú, Las cuatro plumas o cualquier versión de El Álamo.

Podría utilizar los Zapatos de cualquier película del fetichista Tarantino para hablar de este objeto como «arma de Chéjov» puesto en mitad de la trama, pero me quedo con la mejor escena de Jojo Rabbit: los Zapatos de Scarlett Johansson. Esos detalles iniciales no podían ser casuales, tenían un objeto.

Y una vez terminado este amplio repaso, voy a dejar aquí esa colección de objetos “molones”, cosas que he visto en películas y que no me importaría tener, aunque solo sea como detalle friki de coleccionista:

Andúril. La espada de Aragorn. Mira que en España tenemos la Tizona y la Colada, o las armas de los conquistadores de América, pero uno se da una vuelta por Toledo y lo que más le sorprende de los escaparates del “acero castellano” son las réplicas de armas de películas, como Andúril de El Señor de los anillos, o la espada de Conan, el Bárbaro.

BMF. Estas tres iniciales están en la cartera de Vincent, el personaje de Samuel L. Jackson en Pulp Fiction. En la traducción española dice: “¿ves una cartera que pone “hijoputa peligroso”? En el original decía Bad Mother Fucker y fue tal la demanda de carteras (que no existían) que una compañía las puso a la venta.

Cazadora de Tyler Durden. El club de la lucha. Pero hay que tener la percha de Brad Pitt para poder llevarla.

Delorean. “Si vas a hacer una máquina del tiempo, hazla con estilo”. Sí, tengo un Delorean en mi lugar de trabajo. Con su condensador de fluzo y todo.

Endor. Bien sea el planeta de El retorno del Jedi o bien, el territorio de El señor de los anillos, que como ya hemos comentado por aquí, tienen varios puntos en común. Pero eso es un lugar y no un objeto, así que como ahora se viene algún otro avión, escojo el Espíritu de San Luis, el avión de Charles Lindbergh en la vida real y en El héroe solitario (Billy Wilder).

F-14 Tomcat, de Top Gun. Pedazo de avión, con sus alas plegables. O de El final de la cuenta atrás. De chaval hice una maqueta de este avión, y de mayor me hice una foto con uno en el hangar del Museo Smithsonian del Aire y el Espacio junto al aeropuerto de Washington. Impresionante.

Gafas de Matrix. ¿No me doy un aire a Neo con ellas?

Helicóptero. Ya sea un Black Hawk, El trueno azul o el que transporta a Forrest Gump y Bubba, pero nada supera a los helicópteros del ejército filipino utilizados con la Cabalgata de las Walkirias a todo meter en Apocalypse Now. Pero a la misma altura, si no a una superior, sitúo el mítico Halcón Milenario.

Isla. ¿Cuál, la del tesoro, la misteriosa, la de los Robinsones de los mares del Sur, la carnívora de La vida de Pi, la del Náufrago Tom Hanks? ¿La repleta de nativas tahitianas de muy buen ver de El motín de la Bounty? Os las regalo todas, yo me quedo con la isla tailandesa de La playa, con sus particulares plantaciones, pero sin tanto pirado suelto.

Johnny B. Goode. Gran descubrimiento de Marty McFly, de nuevo en Regreso al futuro.

Katana de Hatori Hanzo. Como dijimos en su momento, es un objeto que parece adquirir vida propia.

Látigo de Indiana Jones. Tan propia del personaje como la capa para Superman.

Magnum 44. “El mejor revólver del mundo, capaz de volarte los sesos de un tiro…”. Y si Harry el Sucio dice tal cosa, quién soy yo para llevarle la contraria.

Nave de Darth Vader. O la de Matt Damon en Marte, The Martian.

Ñ. BaÑador de Halle Berry en Muere otro día. O el de Ursula Andress en la primera de Agente 007, contra el Doctor No. No hace falta añadir nada.

O. Mmmhhh… ¿la Orgía de Eyes Wide Shut? No, la verdad es que no. Mejor me quedo con varios de los Ovnis que nos ha regalado el cine: el de Encuentros en la tercera fase, el de la familia de E.T. o el impactante desde el punto de vista visual de La Llegada.

Pósters de Cadena Perpetua. No solo porque tapen el túnel de la huida, sino porque el paso de las décadas se aprecia en las mujeres de los pósters: Rita Hayworth, Marilyn Monroe y Raquel Welch.

Q. Help!

Hay Relojes de película que se convirtieron en joyas de coleccionista, como el de Top Gun, el de Michael Douglas en Wall Street o varios de 007, pero creo que ninguno tiene tanta vida como el Reloj de oro de Bruce Willis en Pulp Fiction. O como los cigarrillos Red Apple de su director.

S. Sable Láser de Star Wars. Sinceramente creo que en los inicios de la saga, el propio George Lucas no era consciente de la mística con la que iba a envolver este arma Jedi.

T. Terminator, pero no un T-1000, ni una Terminatrix como la de la tercera parte, ni nada surgido con posterioridad, sino un Schwarzie que envejece e intenta sonreír.

U. Ulifante de El señor de los anillos. Si bien el aspecto estético está muy logrado, decepciona un tanto al ver su utilidad como arma de combate.

V. Podría hablar de la colección de Vello púbico del Marqués de las Marismas en La escopeta nacional de Berlanga, pero molarme, me mola más bien poco, me da algo de asquito, así que me quedaré con el Vehículo espacial de Interstellar.

W. Wall-E. Un robot para recoger y separar la basura. Será imprescindible en un plazo muy breve, seguro.

X. Xenomorfo de Alien. Si has parido una criatura como esta y le has sacado poco partido en la primera parte, en la que el terror o la angustia se genera por su ausencia, nada mejor que una segunda parte poblada de xenomorfos para acogotar a los marines. Aunque casi preferiría tener en casa un X-Wing como el de Luke Skywalker.

Y. Yate. Casi que me vale cualquiera, ya sea el de un villano de peli de James Bond, el de El lobo de Wall Street (Leonardo di Caprio), o el de Sator (Kenneth Branagh) en Tenet. Pero solo el Yate del millonario Osgood ha tenido el privilegio de contar con Marilyn Monroe en su interior (Con faldas y a lo loco).

Z. Las Zapatillas Nike de Marty McFly en Regreso al futuro. El marketing logró que me comprara unas en mi primer viaje a Estados Unidos, allá a finales de los ochenta.

Objetos de culto (III): arenques rojos y guiños frikis

TRAVIS, 11/04/2022

Tras las dos primeras partes, se está quedando una lista de objetos/situaciones bastante completa, una lista que no sé si seré capaz de llevar hasta la Z. Se me ocurren varios MacGuffins que coinciden en la inicial, así como armas de Chéjov, pero me fallan algunas otras, luego dejaré la lista con huecos para que los amables lectores me ayuden a completarla. Podríamos complicar el post con otra herramienta común para los guionistas, el llamado arenque rojo, que no es más que una pista falsa, algo que te distrae del asunto de fondo del guion y lleva la atención a otro punto, pero sin ocultar información al espectador. Como el revólver en la guantera de la mujer de Lester en American Beauty o algunos detalles sobre la dualidad de Tyler Durden en El club de la lucha.

El director y guionista de origen indio M. Night Shyamalan es un artista del arenque rojo, de llevarnos por un lado de la trama y contarnos en el giro final de guion que lo teníamos todo en nuestros caretos y no nos hemos dado cuenta. El sexto sentido y El protegido son únicas en el manejo de esta técnica. Del mismo modo que me congracié con el final de El poder del perro (Jane Campion) tras haberme pasado la primera hora y media bastante aburrido. ¡Lo tenía delante de mí y no lo percibí hasta las últimas escenas! Las pistas falsas o los datos para despistar al espectador son habituales de las novelas de Agatha Christie, y aunque al final se explican y resuelven, son una pequeña trampa que contribuye a que el misterio no se desvele antes de tiempo. No hay que confundir con pequeñas bromas que deja algún «artista» en escena, bien sea el guionista, o bien el director o el encargado del atrezzo. Aquí lo llamaré «guiños frikis».

De todos modos, este post podría ser interminable y algo tedioso si junto MacGuffins, pistolas de Chéjov, arenques rojos y guiños al mismo tiempo, así que voy a limitarme a completar la lista de los primeros y segundos, y añadir en el capítulo IV (y final) una colección de objetos «molones», artilugios, prendas, armas o vehículos que he visto en alguna peli y me han parecido bien chulos, que molan. «Molones».

O. El Oro. Igual que las Joyas, los Lingotes o los Diamantes, el oro es la base de una buena colección de películas basadas en los buscadores del preciado mineral. El jinete pálido, La balada de Buster Scruggs o ese divertidísimo musical que es La leyenda de la ciudad sin nombre (Paint your Wagon, traducción «casi» literal). El oro es la excusa para una comedia musical con un triángulo amoroso magnífico (Clint Eastwood, Lee Marvin y Jean Seberg), un final apoteósico y trufada de canciones inolvidables. Como Gold Fever, precisamente el MacGuffin que mueve toda la trama.

Una Octavilla a la que luego se le saca partido sería el arma de Chéjov escogido para esta vocal. Un recurso muy socorrido que vemos por ejemplo en Regreso al futuro o en El día de la bestia.

P. No se me ocurría ningún MacGuffin, así que voy a aprovechar esta letra para soltar un guiño muy friki que solo he conocido a través de podcast de gente muy, pero que muy especializada. P de Pino. Concretamente del pino o pinos de Regreso al futuro. ¿Sabéis por qué al inicio de la película el centro comercial se llama Twin Pines Mall y cuando Marty McFly regresa, el nombre ha cambiado al Pino Solitario?

Me encantan estas cosas. Pues porque cuando Marty escapa de los terroristas libios y viaja de 1985 a 1955 se lleva por delante un árbol con el Delorean. Uno de los dos que se encuentra y por eso, cuando regresa a 1985, aquel centro comercial se construyó junto a un pino solitario. ¡Había cambiado el futuro, o el presente, qué sé yo, en aquel viaje al pasado! Este tipo de guiños, de detalles, me parecen excepcionales.

Pero quería utilizar la P para volver a Chéjov y hablar de una de las escenas míticas del cine. En El Padrino, el productor de cine Jack Woltz le explica a Tom Hagen (Robert Duvall) con todo lujo de detalles lo que piensa hacer con el Purasangre que tiene en su cuadra de caballos, que si no lo va a hacer correr, que quiere cuidarlo, que lo utilizará como semental, etc. Y como decía Chéjov, tú no muestras un arma cargada si no vas a utilizarla, y del mismo modo, no das tantas explicaciones sobre un caballo si luego no vas a hacer una escena tan tremenda como la que verás unos minutos después.

Q. Complicado, ¿es Quasimodo el MacGuffin para toda la retorcida trama pergeñada por Víctor Hugo sobre el poder, las clases humildes y la marginación de los diferentes? Porque los personajes principales son el archidiácono Frollo y la gitana Esmeralda, no el chepudo que da nombre a la novela y a sus versiones cinematográficas.

R. Creo que sin ningún género de dudas, el MacGuffin más famoso de la historia es el Rosebud de Ciudadano Kane. Las palabras pronunciadas por Charles Foster Kane en su lecho de muerte dan origen a la búsqueda de su significado por un periodista, que se dedica a recomponer la vida del magnate interpretado por Orson Welles. «El señor Kane fue un hombre que tuvo todo cuanto quiso, y que lo perdió. Tal vez Rosebud fue algo que no pudo conseguir o algo que perdió». La última imagen de la película nos muestra por qué ese tipo que lo tuvo todo se acordaba en el momento de morir de ese objeto tan valioso para él. Las bromas sobre el significado real de «rosebud» para William Randolph Hearst, el millonario en el que se basó la película, sirvieron de aliciente para otras obras como Mank y RKO 281.

He querido juntar la Q y la R para meter mi Chéjov particular y otros detalles de esos que suelen pasar desapercibidos en las películas. Hablo del Queso y de Ratatouille. ¿Por qué al temible crítico Anton Ego le retrotrae a su infancia el plato de Ratatouille que le cocinan en el momento clave de la película? Pues ahí va el truco: porque Ego se crió en la misma casa en la que vivía la rata Remy antes de emigrar a la ciudad. ¿Cómo lo sabemos, qué pistas nos han dejado los guionistas o los dibujantes? Pues algunos detalles en los muebles de la cocina durante la huida de la rata por la ventana, ¡que son los mismos que vemos en la casa del niño Anton Ego cuando su memoria le devuelve a la infancia! La receta le recuerda a su madre porque Remy la ha aprendido de su propia madre, convertida en venerable anciana en las primerasescenas. Es una genialidad que pasa desapercibida (vía Urbanian) por muchas veces que veas la película:

S. De nuevo un MacGuffin en el título: La soga. La Soga que rodea toda la trama de la película/experimento/reto de Alfred Hitchcock no es más que un arma (y no de Chéjov, precisamente) para dar rienda suelta a las fantasías depravadas y supremacistas de dos tipos que malinterpretaron a su profesor, el veterano Rupert Cadell interpretado por James Stewart (El conflicto del secundario). O quizás no lo malinterpretaron, quizás cuando decía que el homicidio “resolvería muchas cosas: el desempleo, la pobreza, las colas para conseguir entradas” estaba hablando en serio. En cualquier caso, La soga es una magnífica película cuyo título español es un poco spoiler. “Ahorcaría a todo incompetente”, continúa Cadell, “¡hay demasiados en el mundo!”.

Podían haber traducido Rope como La cuerda, pero entonces no tendría el significado justiciero de una soga como la de los ahorcados. Mucho mejor título en cualquier caso que el argentino: Festín diabólico. Suena a serie B de zombis.

En cuanto al amigo Chéjov, hay un par de objetos que circulan por cierto bar de Casablanca durante la Segunda Guerra Mundial: los Salvoconductos. No son propiamente un arma de Chéjov, pero sí los documentos que aparecen de modo casual al inicio de la trama y que permiten a Rick redimirse de sus “pecados” al final, o quién sabe, quedarse exactamente donde quería y con quien le apetecía (El celuloide oculto en el armario).

Y un guiño friki, muy friki, que no he sido capaz de comprobar: según parece, en cada plano de El club de la lucha aparece al menos un vaso de Starbucks. Me cuesta creerlo, pero lo he visto ya en varios sitios, y tiene visos de credibilidad, como una crítica más de David Fincher al consumismo de la sociedad.

T. Ponga un Tren en una buena trama y ya tendrá un escenario sin escapatoria, cerrado, en el que todo lo que ocurra tendrá que resolverse en su interior. Asesinato en el Orient Express, Tren al infierno, El expreso de Chicago o La dama del expreso, asesinatos, desapariciones de cadáveres o de pasajeros, y un tiempo límite para resolverlo. Sin embargo, de todas las películas de trenes yo destaco (y con mucho) dos: El maquinista de la General y El tren. Buster Keaton en acción en la primera, y Burt Lancaster con más acción aún en la segunda. Vibrante de principio a fin, un intento desesperado de rescatar el verdadero MacGuffin de la película: los cuadros expoliados por los nazis que viajan en el interior del tren.

Para Chéjov elijo una Tarántula. Si muestras una tarántula en una película ocurrirá como lo que comentábamos de los acuarios: en algún momento tendrá que actuar, no va a quedarse inmóvil en su urna. Solo en casa tenía un guion bien trabajado: todo lo que aparece al inicio de la película tendrá su sentido cuando los ladrones intenten entrar en la casa de la familia de Macaulay Culkin. La tarántula aparecerá en el momento cumbre, justo cuando el mocoso está a punto de ser atrapado.

U. De nuevo Hitchcock, el gran aficionado a los MacGuffin. El Uranio de Encadenados, ¿acaso alguien recuerda que tras la historia entre Ingrid Bergman y Cary Grant, con Claude Rains como espía nazi, había una trama sobre el uranio para fabricar bombas atómicas? Al primero que no le interesaba esa historia era al propio director, y a mí, la verdad, me interesó bien poco toda la película.

Continuará en: Objetos de culto (y IV): objetos molones

Diccionario de chorrading

LESTER, 02/04/2022

A ningún lector habitual de este blog debería extrañarle el post de hoy, puesto que en ocasiones anteriores ya me he reconocido públicamente como poco amigo de los «horryfing palabros» inventados por la modernidad, alguien «too old for this shit», entendiendo por «shit» la manía de vestir con un término normalmente acabado en ing lo que en realidad es una moda forzada en la mayoría de las circunstancias por las condiciones económicas o las modas, y no por un deseo natural. El texto de hoy tiene como objetivo procurarme a mí mismo (y quizás a algunos de mi quinta) una guía de qué quieren decir algunas soplapolleces que a veces leemos o escuchamos. Perdón, no son soplapolleces, son tendencias de vanguardia que no concibe mi mente de «pollavieja». De verdad, discúlpenme.

Coliving: los jóvenes de hoy reciben unos salarios tan bajos que no pueden independizarse o formar lo que era una familia en el sentido tradicional de la misma, así que se juntan con otros colegas para compartir piso como si fueran estudiantes, aunque puedan estar con la treintena bien avanzada. No os preocupéis, podéis ser eternamente jóvenes y encontrar artículos que os hablarán de las bondades del sistema.

Staycation: ¿que este año tampoco te suben el sueldo mientras se disparan todos los gastos de luz, comida, gasolina, alquiler, etc.? No pasa nada, quédate en casa (stay) a disfrutar de las vacaciones (vacation). Pese a que soy un encendido defensor de la lectura, el cine o si me apuran, la soledad, coño, las vacaciones y los viajes son parte fundamental de la vida, pero si se practica el staycation, todo serán ventajas: económicas, emocionales, por comodidad y, cómo no, de sostenibilidad.

Batch cooking: este es uno de mis favoritos, sin duda. Consiste en cocinar los domingos, guardar la comida en tápers o «tapergüers» y sacar uno distinto cada día de la semana, bien sea para llevarlo al trabajo o bien para un almuerzo o cena rápida en casa. Una de las consecuencias de los salarios bajos en los jóvenes ha sido su renuncia a los «menús del día», esas combinaciones contundentes en las que por diez o doce euros te apretabas dos platos, postre, pan, un vino peleón, agua y a veces hasta un café incluido en el pack. Genios de la gastronomía y la economía cuyos negocios están sufriendo por el batch cooking y la dieta sana de la juventud.

Mamá, que sepas que el táper repleto de croquetas se llama a partir de ahora batch cooking.

Trash cooking: el nombre resulta cualquier cosas menos motivante, suena a cocinar algo que rescatas de la basura, si bien el artículo (nuevamente de El País) habla de darle una oportunidad a los restos que tienes en casa. Vamos, lo que nuestras madres ¡y nosotros mismos! llevamos haciendo toda la vida sin sonar tan cool.

Friganismo: ¿os creíais que no existía una palabra para coger comida de la basura? Lo que toda la vida se ha llamado «pobreza» hoy tiene un nombre posmoderno. La palabra en cuestión viene del inglés freeganism, que promueve un estilo de vida anticonsumista, sano y teóricamente vegano, aunque me temo que más por necesidad que por convicción. «Lo de comer directamente de la basura, además de salvar el planeta, tiene varias ventajas». «Rebuscar en la basura no es de pobres, es de mileuristas». Cosas así se pueden encontrar en este elogio de la búsqueda del tesoro entre los desperdicios de un contenedor: dumpster dive, bucear en la basura.

Uno es partidario de conformarse con lo que tiene, pero esto de vivir con colegas hasta los cuarenta, quedarme sin vacaciones y coger comida de la basura no es algo que me motive en exceso. Desde luego que no es fácil plantearse tener hijos con ese panorama, pero también para eso existen palabras.

DINK / DINKY: las parejas DINK son aquellas en las que trabajan ambos, pero no se plantean tener hijos. Double Income, No Kids. Algunos, para mantener su espacio o su libertad, poder viajar sin ataduras o lo que sea, o simplemente porque las circunstancias lo ponen muy difícil. Por su parte, las parejas Dinky son las que se lo plantean, pero no terminan de encontrar el momento: Double Income, No Kids Yet.

Parece que tener niños se ha convertido en una proeza. Habrá que ver qué piensan los padres de nuestra generación, en la que era extraño ver una familia con menos de cuatro chavales. Quizás por eso se han popularizado unos eventos que en su día no tenían nada de extraordinario, como el siguiente:

Baby shower: una baby shower es una fiesta para celebrar que la llegada del bebé es inminente y suele celebrarse a partir de los siete meses de embarazo. Nunca he estado en ninguna, ni me apetece lo más mínimo porque me imagino que será una fiesta muy «cuqui», llena de regalos con lazos, colores rosas y azules en chaquetitas o bodis infantiles, jabones y olor a Nenuco. Los norteamericanos son muy aparatosos para todo, pero aquí somos más supersticiosos o de «no vender la piel del oso antes de haberlo cazado», que adaptado a esta caso sería algo así como «no regalar colonias de bebé antes de que el alien haya emergido».

La mayoría de estas palabras nos llega por modas guiris. Igual que importamos Halloween, Papá Noel, el Black Friday o llamamos hiking al senderismo, running al footing, que en realidad era «salir a correr», bullying al acoso que practican los hijoputas en el colegio o casual Friday a quitarse la corbata los viernes, la tecnología nos está trayendo nuevos inventos lingüísticos.

FOMO: Fear Of Missing Out. En este mundo de las redes sociales, la sobreinformación, la necesidad de reconocimiento y la sobreexposición, el síndrome del FOMO es el miedo a perderse algo, como una experiencia maravillosa que otros están disfrutando, ya sea un concierto, una fiesta o el último vídeo de moda. Pero lo preocupante del FOMO es el temor que crea sobre todo en los jóvenes a no recibir el reconocimiento por la vida que uno vive (la dictadura de los likes), o la angustia que les genera creer que no disfrutan una vida tan «plena» como la de sus amigos. El FOMO está muy relacionado con la frustración de la juventud. La aceptación o no aceptación del grupo, lo que ha pasado toda la vida, pero ahora aumentado por el uso abusivo de los móviles y las redes.

Nomofobia: es el miedo a salir de casa sin el móvil. O a quedarse sin batería o sin cobertura. O a no tener datos y buscar como un poseso una wifi disponible con desesperación, que todos lo hemos visto alguna vez en nuestros hijos. La palabra no está reconocida todavía por la RAE, pero llegará en breve. Viene del inglés nomophobia: no, mo por mobile phone y phobia, el miedo o aversión a algo. Los que tuvimos nuestro primer móvil cerca de la treintena agradecemos esos momentos ocasionales sin el móvil, esos días en los que levantas la cabeza de la puñetera pantallita y te das cuenta de la belleza que puede haber en el entorno.

Phubbing: se llama mala educación, sin más. Consiste en usar el teléfono móvil (phone) delante de alguien que te está hablando, o en una comida o cena con más gente, lo que supone una forma de desprecio (snubbing), mala educación y falta de respeto acojonante. Se solucionaría con un bofetón a mano abierta, o mejor, llamémoslo openhanding.

Como vemos, la falta de recursos económicos y la tecnología están creando nuevos vocablos en los últimos tiempos, pero si hablamos de inventarnos el lenguaje, de pervertirlo con finalidades «orwellianas», ningún sector ha parido tantos palabros como el del feminismo/machismo progre actual. Ya no hablo de heteropatriarcados, despatologizaciones, adres, personas gestantes o violaciones inversas, sino de otros debates que me dejan boquiabierto. ¿Qué es micromachismo? ¿Y yo me lo pregunto? ¡Micromachismo soy yo!

Mansplaining: el término es una mezcla de hombre (man) y dar explicaciones (explaining), algo insoportable, como podrán comprender, y que rezuma machismo por todos los poros, ya sea tu padre, un amigo que da una opinión, o tu marido, ese ser que por el hecho de haber nacido con un sexo concreto ya es machista, posesivo, dominador y un violador en potencia. El mansplaining tiene una palabra española mucho más bonita, que sí puede estar relacionado con una forma de machismo: condescendencia. La que muestran algunos hombres con las mujeres por la supuesta superioridad intelectual o moral que manifiestan o creen tener. No es casual que todos estos términos se propaguen en el diario oficial de la autoproclamada progresía.

Manspreading: en una definición extraída, «es el nombre que recibe la costumbre de muchos hombres de sentarse con las piernas bien abiertas, ocupando más espacio, casi como si estuvieran marcando su territorio». Que una cosa es ir «espatarrao» en el Metro, lo cual es de muy mala educación, y otra muy diferente es montarse unas pajas mentales sobre el ansia «machirula» de mostrar la dominación del espacio, la autoafirmación de los atributos masculinos y el ofrecimiento del género a las hembras cercanas.

No exagero, he leído teorías detalladas sobre esto hasta el punto de que, en mi afán constante por no molestar a nadie, cada vez que me siento en un sitio público me parezco a Sheldon Cooper.

Cada día se me hace más complicado todo. Lo reconozco, estoy mayor, lo he dicho desde el inicio de este post, pero es que algunos debates me superan: 

La belleza, la amabilidad, la cordura, la educación, la sensibilidad, la risa… son nombres femeninos. El caos, el hartazgo, el agobio, el suicidio, el homicidio, el estupro, el bofetón… son palabras masculinas. Pero esto sería entrar en uno de los debates más gilipollescos que se me ocurren, ¿»el mundo fálico, de violencia»???? Datacutting para ellos, que me acabo de inventar. O cortarles los datos para que no expandan su diccionario de chorrading.