Malos tiempos para LaLiga

BARNEY, 12/08/2022

Esta noche comienza el campeonato de Liga 2022-23 y no resulta especialmente atractivo, o al menos eso me parece a mí. No sé si es por el calor del verano, la pereza que me produce ver de nuevo a Tebas o por saber que se va a parar todo en noviembre para jugar el Mundial de la infamia en Catar, pero el caso es que este campeonato no me motiva de manera especial. Quizás sea porque no veo el nivel de equipos y plantillas que en años precedentes. O quizás sea porque el producto no se ha vendido bien.

Como todo aficionado sabe, el campeón de la última Liga fue el Real Madrid, que ganó con cuatro jornadas de antelación, ni más, ni menos. No fue un Madrid tan espectacular como el de la Liga de los récords de Mourinho (2011-12), con tan buen juego como el de la Quinta del Buitre, ni se ganó con la épica de la Liga de la cofradía del clavo ardiendo (Fabio Capello, 2006-07), pero fue un equipo muy sólido, bien armado en defensa y que contó con el año espectacular de Benzema y Vinícius en punta.

Los de Ancelotti, tan criticado durante meses como cualquier entrenador que pise el banquillo blanco, vencieron con una solvencia apabullante, con el único momento de duda en toda la temporada de la derrota en casa por 0-4 con el Barça. El Real Madrid fue el campeón de Europa en la final de Saint Denis en mayo, tras superar al PSG, Chelsea, Manchester City y Liverpool, luego no hay nada que objetar ante el que fuera el mejor conjunto de Europa. Dejando a un lado las situaciones irracionales que vivimos en las eliminatorias de Champions, los títulos son los que deciden, y si bien el juego o la plantilla no hacían prever este éxito, la temporada fue irreprochable (Supercopa, Liga y Champions): el mejor equipo, el mejor jugador (Karim), el mejor portero (Courtois) y el mejor jugador joven (Vinícius). Y las cuentas más saneadas.

Habrá quien diga que no hubo rival en la competición doméstica, pero son los mismos que en los primeros meses de competición proclamaron que el Atleti tenía de largo la mejor plantilla de España. O los mismos que alabaron el juego de los de Xavi Hernández sin considerar cómo se los aupó por parte del colectivo arbitral para que entraran en Champions y plantearan algo de batalla. Cuando uno escucha los audios entre Gerard Piqué y el presidente de la Federación, Luis Rubiales, en el que desvelan que el acuerdo con los árabes maneja unas cantidades muy diferentes si no están Madrid y Barça en la Supercopa, le entran ciertos pensamientos sobre la falta de higiene en la competición. Pensamientos que llevo soltando en este blog casi desde sus orígenes (Reglamento de la Federación Culé, El Villarato morirá matando, PreVARicar). Las primeras jornadas con Xavi Hernández en el banquillo fueron un escándalo tras otro (el 1-0 al Espanyol, las manos de Piqué en Villarreal, de Busquets en Pamplona, la diferencia de criterio con las manos en Elche…) y preveo que este año va a ocurrir exactamente lo mismo durante el inicio del campeonato. Resulta todo tan obsceno que se me hace inevitable recordar el arranque de la temporada 2017-18: el Madrid venía de ganar la Liga y la Champions, había derrotado con comodidad al Barça en la Supercopa por 1-5 (contra un De Burgos Bengoetxea de vergüenza) y en menos de dos meses estaba a diez puntos de los culés en Liga.

Hoy empieza LaLiga y varios equipos de Primera están teniendo dificultades financieras para inscribir a los jugadores. Equipos tradicionalmente de la parte alta se ven obligados a vender a sus mejores jugadores para poder superar el control económico del estamento. El Valencia ha tenido que vender a Gonçalo Guedes al Wolverhampton por 30 millones, cuando lo fichó hace cinco años por 40. Estuvo a punto de regalar a Carlos Soler para cuadrar el presupuesto y no tengo la certeza de que no vaya a hacerlo en algún momento. El Sevilla ha traspasado a Diego Carlos por unos 33 millones al Aston Villa para poder equilibrar sus números, pero como seguía sin ser suficiente, ha vendido a Koundé al Barça por 50+5 millones, cuando hace un año pedía 80 por el mismo jugador (cifra que mantiene si el que pregunta es el Real Madrid).

El Betis no ha podido inscribir aún a Claudio Bravo, Willian José, Luiz Felipe, Luis Henrique Guardado, Joaquín y Dani Martín, y tendrá que vender algún jugador de la plantilla para aligerar su masa salarial, mejorar sus cifras y contar con los jugadores.

El Atleti ha querido deshacerse de varios jugadores con ficha alta en el mercado (Morata, Saúl, Lemar, salió Suárez), pero no ha podido porque los competidores tampoco andan demasiado sobrados. Que esa es otra cuestión para analizar la situación del mundo del fútbol en España: qué cantidad de jugadores arriesgaron la temporada pasada al no renovar con sus equipos, esperando una suculenta prima de fichaje al llegar gratis a otros clubes, y ahora están sin equipo o aceptando rebajas considerables sobre sus anteriores emolumentos. Como Dembélé en el Barça, por ejemplo, que aguantó insultos, ultimátums, mobbing y al final ha tenido que aceptar la rebaja del cuarenta por ciento. Como Isco, sin equipo hasta hace dos días. La ficha del Sevilla, según dicen, es de un millón de euros por temporada, cuando en el Madrid ganaba seis o siete veces más (que tampoco está mal para un exfutbolista). Marcelo, Cavani, Mertens, Juan Mata, Tello, Nolito, Januzaj, Cheryshev… jugadores importantes en su momento, algunos veteranos ya, pero otros en una edad que los convierte en valores todavía muy aprovechables.

Sorprenden las dificultades económicas de los clubes cuando hace un año el presidente de LaLiga, el ínclito Javier Tebas, se presentó como el salvador de los clubes con un acuerdo con el fondo CVC bajo el brazo. Un acuerdo al que se adhirieron todos menos el Real Madrid, el Barça y el Athletic de Bilbao. Qué mal se ha vendido un producto como LaLiga, desde luego. Y habrá quien diga que no se puede competir contra la pujanza de la Premier, pero no estoy nada de acuerdo. Durante un lustro completo, los campeones de los torneos europeos fueron los siguientes:

Qué mal se vendió este producto durante años. Para los que hablan con cierta inferioridad de LaLiga española, habría que recordarles que el Villarreal alcanzó este año las semifinales de la Champions tras eliminar al Bayern de Múnich (diez Bundesligas consecutivas) y a la Juventus (gran dominador del Scudetto en la última década). En los últimos tiempos, el Sevilla ha ganado cinco veces la Europa League, el Atleti otras tres y el Villarreal la de 2020-21, con otros equipos finalistas como el Athletic de Bilbao (2012) o el Espanyol (2007). El Madrid domina la Champions de largo con cinco títulos en las últimas nueve temporadas, más la del Barça en 2015, más las finales del Atleti, ¿de verdad LaLiga no resulta atractiva como para atraer más espectadores? Pues sí. Me pasa a mí mismo. Cada año que pasa me repugna más esta competición.

Cada vez que habla su presidente es para atacar al equipo con mayor número de seguidores, al que más interés atrae por la competición, el Real Madrid. Actuaciones suyas en campeonatos como el de la pandemia (un calendario adulterado), o contra los clubes de la Superliga, mintiendo de manera descarada, o en épocas de crisis económica como la actual, haciendo la vista gorda con las cuentas del Barça mientras se desciende o se echa de las competiciones europeas a otros clubes con menor peso, o se deniega lo que a otros se permite, me hace rechazar lo que venga del campeonato nacional. Pese a lo cual sigo viéndolo siempre que puedo y sin pagar el dineral que cuestan las plataformas (repletas de antimadridistas, por cierto). Masoquismo, lo reconozco.

Otros estamentos como el arbitral tampoco invitan al optimismo. LaLiga 2020-21, la que concluyó con el título del Atlético de Madrid, es la más vergonzosa que recuerdo en años, lo cual es difícil cuando tienes algunas como la de los 19 penaltis a favor del Barça. Mientras la Premier ha planteado que se puedan escuchar los audios entre los árbitros de VAR y los de campo, el presidente del Comité Nacional de Árbitros, Medina «Cantadelejos», ha añadido más «zonas grises» de interpretación, menos claridad, mayor subjetividad a unas normas cuyos cambios de criterio ya sufríamos cada semana.

Todo ello en un campeonato en el que las líneas del VAR se trazan con un despelote rayano con la tomadura de pelo (Las rayas del VAR).

La Federación Española de Fútbol mantiene a Luis Rubiales, un presidente con varias investigaciones abiertas, un tipo siniestro que hace negocios con Gerard Piqué sin que los periodistas deportivos lo encuentren como problemático, o como un conflicto de intereses. Exactamente igual que ocurre con Javier Tebas, que patrocina algunos de los proyectos de la empresa del mismo Piqué. Y por detrás de todo ello, los tentáculos de Jaume Roures: proveedor de imágenes, gestor de los derechos de televisión, avalista de Laporta y desde esta mañana, «financiador» del Barça para que pueda inscribir a sus fichajes.

Una empresa con 3 millones de euros de capital que afirma que pone 100 millones de euros para comprar el 24,5% de Barça Studios, una empresa que facturó 30 millones en 2021 (al 100%, ojo). Que la podrida Liga de Tebas acepte este contrato es clave para que el Barça pueda inscribir a Lewandowski, Raphinha, Koundé, etcétera. Que se cierren contratos de 100 millones de euros en dos tardes resulta poco creíble. El Barça tenía varias salidas: no fichar como el que más en el mundo, no renovar a Dembélé (¿con Ferrán Torres y Raphinha recién fichados?), vender a Pedri, Gavi, Araújo o Ansu Fati, ceder en lo que pretende cobrar por los traspasos de DeJong o Depay (y arreglar las diferencias salariales con los jugadores), vender antes de debutar a Christensen o Kessié (como hizo con Junior Firpo hace un año), no mantener 30 fichas… Aparte de asuntos éticos como no lanzar a la prensa contra Braithwaite, Umtiti (como a Dembélé hace apenas unos meses), o despedir sin indemnización a Mattheus. Podían no haber permitido las trampas en el pasado como los diferimientos de salarios de los capitanes o los trueques/amaños Neto-Cillessen, Arthur-Pjanic. En lugar de eso, critican a Tebas por haberlo permitido y ahora por no dejar que se lo permitan de nuevo. Son increíbles:

Pretenden jugar con otras reglas, como siempre, pese a lo cual se les dejará hacer, como han hecho toda la vida. Porque tengo claro que al «sistema» le interesa un Barça fuerte y competitivo. Y a Florentino Pérez también, que está echando un cable a Laporta en cuanto tiene ocasión. Solo me lo explico con la Superliga en el horizonte.

Todo esto es politiqueo y finanzas, y a mí en el fondo me gusta el fútbol, pero es que el deporte como tal, me parece más aburrido cada temporada. O mejoran el Reglamento (aquí dejé mis propuestas), o volvemos a un fútbol más directo y menos teatralizado como el de antaño, o seguirán perdiendo espectadores y con ello, ingresos. Más clubes van a pasarlo mal. El mío no. Y como buena parte de ese resto son antimadridistas, que se j… junto con Tebas. Lo siento por un campeonato que he seguido y querido toda mi vida… hasta que he madurado, si es que alguna vez lo hice.

Trilogía del Odio:

Valencia

Sevilla

Osasuna

Memoria colectiva, memoria democrática

JOSEAN, 06/07/2022

(Continuación de Amnesia digital)

El último post sobre los estudios acerca de la pérdida de memoria provocada por el uso excesivo de los móviles, así como el dedicado al componente emocional en la configuración de los recuerdos, hacen referencia a la memoria del individuo, de la persona o el particular que configura su pasado, adapta la realidad si su subconsciente lo considera necesario, y aloja en su memoria solo aquello que le interesa y del modo en que le conviene.

Pero una cosa muy diferente ocurre cuando se habla de la memoria colectiva, inexistente para algunos autores. Subjetiva o peligrosa para otros. En la antigua Grecia se promulgaron unas leyes conocidas como “del olvido”, cuyo objetivo consistía en dejar atrás el pasado para avanzar como sociedad hacia el futuro, en no recordar de manera continua las guerras y los viejos enfrentamientos entre pueblos como la manera de progresar, de construir una sociedad. Los libros de David Rieff Contra la memoria y Elogio del olvido son toda una declaración en contra de esa memoria colectiva.

“En las colinas de Bosnia aprendí a odiar, pero, sobre todo, a temer la memoria histórica colectiva”.

David Rieff habla de la necesidad que suelen tener los nacionalismos de crear una memoria colectiva para, a partir de esas afrentas del pasado, reales o supuestas, marcar diferencias, barreras, avivar conflictos étnicos, xenófobos o de clases, sin importarles llegar a crear nuevas situaciones de guerra. Lo vio con sus propios ojos y lo vivió durante sus años en la antigua Yugoslavia, en Sierra Leona o en Ruanda. Yo no creo en el olvido, sino en el conocimiento objetivo de los hechos, incluso en su difusión, como se hace en países como Alemania o Italia, que no tienen reparos en mostrar su historia más oscura. Lo que Don Francisco Tomás y Valiente definió como un estudio del pasado “sin rencores ni ánimos de venganza, con distanciamiento metódico y sin más pasión que la de sembrar lucidez y tolerancia para el presente y el futuro”.

En España sufrimos una terrible Guerra Civil cuyas heridas parecen no cerrar nunca, por mucho que una transición que creímos modélica trabajó en su empeño. En 1976 se aprobaron diversas medidas de indulto a los represaliados durante el régimen franquista y un decreto de amnistía con el objetivo de “promover la reconciliación de todos los miembros de la Nación” y “el olvido de cualquier legado discriminatorio del pasado en la plena convivencia fraterna de los españoles”. La propia Constitución de 1978 iba un paso más allá en ese esfuerzo de reconciliación. Sorprende escuchar hoy, bien avanzado el siglo XXI, a aquellos que dicen que la Constitución no les representa porque fue aprobada por la ultraderecha y sin tener en cuenta las sensibilidades nacionalistas o de izquierda. En El consenso imposible, a los cuarenta años de la Constitución, recordamos que fue aprobada con el voto a favor del Partido Comunista, UGT, Comisiones Obreras, el noventa por ciento del voto favorable en Cataluña, dos tercios en el País Vasco y el voto contrario de la Falange Española y Fuerza Nueva. Pero es una norma de ultraderecha, pues vale.

La Ley de Memoria Histórica, aprobada en 2007, nació “con el fin de fomentar la cohesión y solidaridad entre las diversas generaciones de españoles en torno a los principios, valores y libertades constitucionales”, y tenía además como gran objetivo la “reparación moral y la recuperación de la memoria personal y familiar”. Este punto es importante para mí por todo lo que comentaba al inicio: esa memoria personal y familiar es de cada uno, de cada familia. De cada individuo, pues cada uno lo vivió en sus carnes de un modo diferente. Nada que objetar, sino todo lo contrario, apoyar a todas esas familias que han tratado de recuperar su pasado, rehabilitar las figuras de sus familiares o encontrar los cuerpos de todos aquellos que fueron enterrados en fosas comunes.

Para mi sorpresa, en 2020 comenzó la tramitación de un nuevo Anteproyecto de Ley de memoria histórica, ahora llamado de Memoria Democrática. El proyecto se ha aprobado el pasado 7 de julio de 2022. Su prólogo se centra precisamente en la construcción de esa memoria colectiva que comentaba al inicio:

“Desde el fin de las guerras civiles y conflictos mundiales que asolaron Europa en el siglo XX, y especialmente desde el Holocausto, el impulso de las políticas de memoria democrática se ha convertido en un deber moral que es indispensable fortalecer para neutralizar el olvido y evitar la repetición de los episodios más trágicos de la historia.”

“Los procesos de memoria son un componente esencial de la configuración y desarrollo de todas las sociedades humanas, y afectan desde los gestos más cotidianos hasta las grandes políticas de Estado. El despliegue de la memoria es especialmente importante en la constitución de identidades individuales y colectivas, porque su enorme potencial de cohesión es equiparable a su capacidad de generación de exclusión, diferencia y enfrentamiento”.

Si no interpreto mal esta última frase, afirma que el proceso de construcción de esta memoria colectiva puede cohesionar tanto como enfrentar, que puede servir para unirnos tanto como para separarnos. Pues anda que…

“Por eso, la principal responsabilidad del Estado en el desarrollo de políticas de memoria democrática es fomentar su vertiente reparadora, inclusiva y plural”.

“La historia no puede construirse desde el olvido y el silenciamiento de los vencidos. El conocimiento de nuestro pasado reciente contribuye a asentar nuestra convivencia sobre bases más firmes, protegiéndonos de repetir errores del pasado. La consolidación de nuestro ordenamiento constitucional nos permite hoy afrontar la verdad y la justicia sobre nuestro pasado. El olvido no es opción para una democracia”.

Decía que la tramitación de esta nueva Ley era una sorpresa, porque entendía que la de 2007 estaba surtiendo sus efectos, como reconoce el propio prólogo presentado en 2022:

“El gran valor de la Ley 52/2007, de 26 de diciembre, reside en haber situado la memoria personal y familiar en el ámbito de la ciudadanía democrática, mediante el reconocimiento general de las víctimas, su derecho individual y colectivo a la reparación y declarando ex lege la ilegitimidad de los órganos represores del franquismo”.

“Se trata, en suma, de articular una respuesta del Estado para asumir los hechos del pasado en su integridad, rehabilitando la memoria de las víctimas, reparando los daños causados y evitando la repetición de enfrentamientos y cualquier justificación de violencia política o regímenes totalitarios”.

Los objetivos son los mismos, entonces, ¿qué es lo que puede preocuparme de esta Ley? Pues sobre todo una cosa, que en el fondo son dos: que sí trata de crear una memoria colectiva única, pero además, quiénes van a estar en esa tarea de configurar la misma. Uno ve a Esquerra Republicana de Catalunya, una de las formaciones que de manera más impúdica se dedica a falsear el pasado, y no puede esperar nada bueno de su participación activa. Lo mismo puede aplicarse a Unidas Podemos y a Junts X Cat. Pero ya el colmo está cuando uno ve que en ese proceso de construcción de la memoria común está el partido que alberga a los tipejos que con mayor ahínco trataron de destruir nuestra democracia en sus primeros años: Bildu. La declaración de principios de su portavoz no puede ser más clara: “vamos a poner en jaque el relato de una Transición ejemplar».

“La construcción de una memoria común no es un proyecto nuevo en la sociedad española.”

“El proyecto memorial más importante se plasmaría veinte años después (de la Guerra Civil)  en el Valle de los Caídos, inaugurado por el dictador Francisco Franco en el vigésimo aniversario de la «victoria» militar (1 de abril de 1959), monumento al que esta Ley presta especial atención al estar llamado a ser un eje fundamental de la resignificación democrática contemporánea de las políticas franquistas de memoria”.

La exhumación y traslado de los restos de Franco fueron aprobados con un solo voto en contra en el Congreso, ¿podemos pasar ya a otra cosa, que tenemos muchos problemas por resolver? Un buen amigo mío, bien situado en la judicatura, me dijo hace tres años:

– No te engañes, no se trata solo de hablar de Franco todo el día, aunque haya pasado casi medio siglo desde su muerte, el verdadero objetivo es quitar la cruz del Valle de los Caídos, porque ahí sí se va a generar una división, que es lo que muchos buscan en realidad.

Por mucho que yo insistía en la necesidad de reparar a los familiares de las víctimas, o destinar fondos a la búsqueda de los que nunca aparecieron, que es el objetivo de las asociaciones de víctimas, me contestó:

– Lo que se indica sobre la reparación de las víctimas de la guerra solo se va a hacer con las de un bando, sindicatos, partidos, represaliados, ¿tú crees que se va a indemnizar a una sola parroquia o a la Conferencia Episcopal por los bienes que fueron arrasados? ¡A la Iglesia, ni más ni menos, que es del «otro bando»! Terminaremos echándonos a la cara los muertos de uno y otro bando.

Todo este lenguaje de los bandos me revuelve el estómago y lo percibo más vivo cada día que pasa. Me vienen a la cabeza las palabras de Zapatero a Gabilondo, cuando decía que ”conviene que haya tensión”.

El libro sobre la Guerra Civil del que se habla siempre como referencia del conflicto, y de las atrocidades cometidas por ambos “bandos”, A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España, de Manuel Chaves Nogales, tiene un relato, ¡Viva la muerte!, en el que uno de los personajes del pueblo en el que se ha producido una reciente matanza por parte de los falangistas, cuenta orgulloso cómo sucedió:

– Yo estuve allá. Y si no fue así, tendrá que venir algún vecino del pueblo a rectificarnos.

El jefe territorial de la Falange, el señor Tirón, “que sabía a qué atenerse respecto de la verdad histórica y la verdad verdadera, sofisticaba:

– El hecho en sí poco o nada importa. A la historia lo que le interesa es su sentido, la significación histórica que pueda tener, y esa no la dan nunca los mismos protagonistas, sino los que inmediatamente después de ellos nos afanamos por interpretarlo”.

Como añade más adelante: “Tú estuviste allí, pero para enterarte de lo que pasó te faltaba perspectiva histórica”.

Esta obra fue escrita en plena Guerra Civil, y en su magnífico prólogo, de mayo de 1937, Manuel Chaves Nogales se definía a sí mismo como “antifascista y antirrevolucionario por temperamento”, y afirmaba que “mi única y humilde verdad era un odio insuperable a la estupidez y a la crueldad; es decir, una aversión natural al único pecado que para mí existe, el pecado contra la inteligencia”. No gustó a nadie y su obra estuvo oculta, desaparecida, durante más de medio siglo, quizás, o seguramente, porque no se posicionó en ninguno de los dos bandos, sino en contra de todos ellos:

“Idiotas y asesinos se han producido y actuado con idéntica profusión e intensidad en los dos bandos que se partieran España”.

A mí toda esta necesidad de reescribir el pasado con la perspectiva histórica que menciona el falangista de la obra de Chaves Nogales, me trae irremisiblemente al genio de George Orwell, un gran conocedor de nuestra contienda, por cierto, y de la desinformación que nos ha acompañado siempre:

“Ya de joven me había fijado en que ningún periódico cuenta nunca con fidelidad cómo suceden las cosas, pero en España vi por primera vez noticias de prensa que no tenían ninguna relación con los hechos, ni siquiera la relación que se presupone en una mentira corriente. (…) Estas cosas me parecen aterradoras, porque me hacen creer que incluso la idea de verdad objetiva está desapareciendo del mundo. A fin de cuentas, es muy probable que estas mentiras, o en cualquier caso otras equivalentes, pasen a la historia”.

En su obra más famosa, 1984, el Ministerio de la Verdad se dedica al control de la información, de la realidad presente y futura, la adapta a las necesidades del Partido si es necesario:

“Y si todos los demás aceptaban la mentira que impuso el Partido, si todos los testimonios decían lo mismo, entonces la mentira pasaba a la Historia y se convertía en verdad. «El que controla el pasado —decía el slogan del Partido—, controla también el futuro. El que controla el presente, controla el pasado.» Y, sin embargo, el pasado, alterable por su misma naturaleza, nunca había sido alterado. Todo lo que ahora era verdad, había sido verdad eternamente y lo seguiría siendo. Era muy sencillo. Lo único que se necesitaba era una interminable serie de victorias que cada persona debía lograr sobre su propia memoria. A esto le llamaban «control de la realidad»».

¿Bildu va a participar en ese control de la realidad? ¿Y los disidentes serán expulsados del sistema? La despedida del historiador Antonio Elorza de la redacción de El País, tras cuatro décadas de colaboración, me hace pensar en ello. El tono amargo de su carta de despedida (publicada en The Objective, puesto que El País no quiso que saliera en sus páginas) me recuerda mucho al de Antonio Caño, antiguo director del periódico. Sus críticas a Zapatero, a la negociación con ETA, al yihadismo, y sobre todo, al independentismo catalán, concluyeron en lo que define como «una operación de limpieza» que terminó con su colaboración con este medio. «Ese desencadenamiento que priva al independentismo catalán de toda legitimidad para presentarse como demócrata, cuando ha puesto en práctica un estricto totalitarismo horizontal para forzar la homogeneización de la sociedad catalana».

Exacto. Los que se jactan de no cumplir las sentencias, de la falta de legitimidad de los tribunales que los juzgan, los que apoyaron el tiro en la nuca (pero reivindican como nadie el olvido) y los que recogieron las nueces del árbol que los etarras agitaron, como actores principales de la «memoria democrática». Los que siempre hablan de la figura del «relator», del contador de sus historias, ven que sus enmiendas son aprobadas a cambio de vaya usted a saber qué. De verdad que hago esfuerzos, pero me va a costar mucho estar de acuerdo con lo que salga de ahí.

Amnesia digital

JOSEAN, 31/07/2022

No hace mucho tiempo recibí un vídeo de broma en el que se hacían pruebas para acceder a una academia de superhéroes. Llegaba uno y le preguntaban: “¿y usted, qué superpoderes tiene?”. Y el aspirante contestaba algo así como: “me sé varios números de teléfono de memoria”, “recuerdo las fechas de cumpleaños de mis mejores amigos”. A cada afirmación, los examinadores contestaban admirados con un “¡halaaa!”, y al final, el entrevistado concluía: “sé llegar a los sitios sin usar el GPS”. ¡Admitido!, claramente.

Es una coña, pero nos hace pensar en cómo lo que parecía normal puede llegar a resultar extraordinario en el mundo actual. Según parece, el uso excesivo de la tecnología está haciendo que perdamos determinadas facultades, o no tanto perderlas, sino que se nos están atrofiando algunas capacidades por desuso. Al delegar en ese pequeño aparato que siempre llevamos encima, hemos dejado de preocuparnos por cómo llegar a los sitios, por hacer cálculos sencillos, por las fechas de cumpleaños de familiares y amigos (siempre habrá una red social que nos lo recuerde) o por memorizar datos. Siempre tendremos Google a mano para salvarnos de ese apuro y rescatar un dato histórico, el nombre de una actriz, el resultado de un partido o el tugurio aquel de Londres que tanto nos gustó. Las cosas normales sobre las que sueles tratar con colegas. Pero también las cosas serias.

Cada vez leo con más frecuencia el término “amnesia digital”, un término referido al hecho que parece contrastado de que el cerebro pierde la capacidad de retener información en el momento en que no tiene el estímulo para hacerlo, pues siempre tendrá un aparato cerca para desempeñar esa función por él. Como se preguntaba Rebecca Seal en este interesante artículo publicado en The Guardian, Is your smartphone ruining your memory? Al “subcontratar” la memoria a un aparato externo, el modo de funcionar de nuestro cerebro se altera.

Los neurocientíficos están divididos. Algunos, como Chris Bird (Universidad de Sussex), indican que siempre hemos utilizado aparatos para recordar cosas, ya fueran cuadernos, notas o post-it, alarmas, y que delegar esa tarea en un teléfono nos ayuda a concentrarnos en otras tareas y ser más eficientes. Otros, como Oliver Hardt (McGill University, Montreal), advierten de los posibles perjuicios que el hecho de prescindir de nuestro cerebro para tareas básicas puede generar a largo plazo. “Cuanto menos uses la mente, cuanto más prescindas de tus propios sistemas para desarrollar tareas como los recuerdos o la flexibilidad cognitiva, mayores probabilidades de desarrollar demencia”. La universidad de McGill elaboró un estudio en 2010 sobre los efectos del uso prolongado del GPS en usuarios que llevaban largo tiempo empleándolo y la conclusión fue que simplificar tareas que requieren cierto esfuerzo mental, como interpretar un mapa, hacía que los usuarios ejercitaran menos el hipocampo, lo que a la larga traería efectos perjudiciales sobre sus funciones cognitivas.

La tecnología no puede ser perjudicial para el ser humano y quizás el problema no sea tanto el hecho de simplificar una tarea como la ingente cantidad de distracciones que el móvil nos genera. La neurocientífica Barbara Sahakian (Cambridge) lo tiene claro, como demostró un experimento sobre comprensión lectora con o sin mensajes y notificaciones de móvil durante la lectura de un texto. Parece obvio. En la misma línea escribe Catherine Price, autora del libro How to break up with your phone, Cómo romper con tu móvil: “No estamos preparados para la multitarea. Si prestas atención al móvil, no lo estás haciendo con el resto de cosas. Y solo recordarás aquello a lo que prestas atención”. Y sobre las distracciones advertía que las notificaciones constantes del móvil (los sonidos impertinentes, que diría yo), impiden que tu cerebro realice los procesos para transferir el recuerdo del corto al largo plazo.

No tengo ni idea de neurociencia, pero todo esto me recuerda a la función de grabar en un archivo informático: la distracción es como un corte de energía en mitad del proceso de almacenamiento. O como despertar en mitad de los sueños. Larry Rosen, autor de un libro titulado The Distracted Mind: Ancient brains in a High-Tech World, algo así como La mente distraída: cerebros ancianos en un mundo de alta tecnología, indicaba que “las distracciones constantes dificultan codificar la información en la memoria”.

Sea por las razones que sean, parece claro que nuestra capacidad de memorizar se está viendo alterada. Recordamos datos de hace décadas con gran nitidez y no somos capaces de acordarnos dónde o qué cenamos el fin de semana pasado. Un estudio del ABCD (Adolescent Brain Cognitive Development) sobre 10.000 niños menores de diez años demostró que aquellos que habían estado más expuestos al uso de aparatos tecnológicos como tablets o móviles tenían un córtex más fino de lo que debería ser para su edad. El grosor del córtex está relacionado en edades más avanzadas con episodios de Parkinson, Alzheimer o migrañas.

La memoria es básica, por mucho que podamos delegar los datos relevantes a un dispositivo. Quizás en unos años puedan insertarnos un chip con los conocimientos necesarios de ingeniería, cocina, historia o lucha a la manera de Matrix, pero aún así creo que sería un error no ejercitarla. La memoria es fundamental para asentar nuevos conocimientos (por mucho que haya tutoriales que te expliquen hasta cómo atornillar un picaporte), para poder razonar, relacionar conceptos, integrar unas partes del conocimiento con otras. Para aprender. Para desarrollar habilidades.

En su día le dedicamos dos post completos a la memoria. La primera parte (Memoria: los recuerdos) estaba dedicada a la configuración de los recuerdos y a la falibilidad de la memoria (según Oliver Sacks y Elizabeth Loftus), a cómo las emociones influían en la creación del recuerdo, adaptando la realidad si era necesario. La segunda parte (Memoria: el olvido) trataba sobre la bondad del olvido, la inexistencia de una memoria colectiva o la necesidad de borrar el pasado, según otros autores (Lewis Hyde, David Rieff), o quizás más eficaz, fomentar el conocimiento del mismo “con distanciamiento metódico” (Francisco Tomás y Valiente, Matteo Orfini).

Y voy a ligar todo lo expuesto al apocalipsis digital que algunos estudiosos de la materia sugieren. El saber, el conocimiento, la Historia con mayúsculas, todo está almacenado en soportes externos. Libros durante siglos, luego diskettes, cintas, CD’s, memorias externas cada vez más potentes, servidores… la nube. Si fuera cierto lo que algunos preconizan, todo ese conocimiento almacenado en la nube podría desaparecer un día igual que se borraron para siempre los conocimientos almacenados en la biblioteca de Alejandría. O muchos de los conocimientos ya existentes se pueden perder o no reproducir jamás al no haber soportes para ello: cintas VHS, reproductores de CD’s, cambios de formatos de los soportes digitales…

Si el ser humano está perdiendo la capacidad de memorizar y almacenar conceptos, habrá que confiar en el soporte externo, en la memoria tecnológica. Ahora bien, no solo en el soporte, sino en lo que se almacena. ¿Quién lo decide, bajo qué criterios? El recuerdo está condicionado por la emoción, y el olvido puede ser necesario para avanzar como sociedad. Me resulta inevitable llevar todo este berenjenal a la llamada Ley de Memoria Democrática, cuyo proyecto acaba de ser aprobado en el Congreso.

(Continuará)

Relacionados:

Memoria (I): recuerdos

Memoria (II): el olvido

Los sueños interrumpidos

14 horas sin móvil

¡Muera el futbolcentrismo, claro que sí!

LESTER, 24/07/2022

“Futbolcentrismo”, toma ya. No falla con el colectivo de inventores de “palabros”, términos que ni siquiera están en la RAE (otro organismo machista, sin duda) pero que suponemos que ayudan para describir una situación conflictiva o un problema de gravedad que merece ser analizado. Al leer el término pensé que podía referirse al peso que tiene el fútbol para muchas personas en esta vida, que lo sitúan en el centro de su jornada diaria, gente que organiza sus semanas en función del día que juega su equipo, pero enseguida comprobé que no, que significaba algo muy distinto.

El “futbolcentrismo” representa el uso abusivo de este deporte en los patios de los colegios, algo que, por lo que leo, debería ser erradicado porque “en el patio existen unos usos de poder y sumisión que se practican diariamente”, según Sandra Molines, profesora de Florida Universitària, y supongo que experta en género, como María Gijón, con quien arranco este post. Que es un tipo de experto que encuentro cada vez con más frecuencia, como en este otro artículo, Patios igualitarios frente al futbolcentrismo, en el que tres arquitectas han diseñado una alternativa para el uso de los patios “con perspectiva de género”:

“Cuando observamos un patio, generalmente hay un grupo dominante (mayoritariamente masculino) que ocupa el espacio central con modalidades de juego expansivas e invasivas respecto a las otras actividades…”. Con todo lo que se ha hecho para promover el fútbol femenino, incluso de manera forzada, dándole más espacio en las noticias y portadas que el interés real que despierta entre los aficionados, y ahora te llegan estos grupos a decirte que hay que reducir o suprimir el fútbol en los patios porque es una actividad exclusiva de niños.

Yo no soy experto en género, pero sí en patios, faltaría más, que me he formado en varios y luego he asistido expectante al cambio de normas con los recreos de mis hijos. Hay que suprimir el fútbol, claro que sí, un balonazo puede ser un principio de violencia de género, como parece que se da a entender, y la no participación en el partido es un principio de exclusión social, pues “la propia configuración del juego hace que las personas que no juegan queden relegadas a los extremos y lo más lejos posible”. Ya puestos, suprimamos también el juego de polis y cacos, porque generaba situaciones de buenos y malos, de delincuentes y represores en el que unos queríamos jugar el papel de los que se evadían y en otros se perpetuaban roles de dominación en los que podían atrapar a sus víctimas.

Prohibamos canciones como aquella de la comba que decía que “al pasar la barca, me dijo el barquero, las niñas bonitas no pagan dinero”, pues vuelve a caer en el estereotipo de las ventajas asociadas a la belleza física y no al intelecto para la consecución de objetivos en la vida.

Prohibamos el juego del churro, por supuesto, y no solo porque el que no se agachaba ejercía el papel secundario de “madre”, sino porque invitaba a los chavales (y chavalas, claro) a someter y oprimir a sus compañeros, lo que generaba patrones de dominación y violencia que solo podían acabar en acoso escolar.

El balón-prisionero, en mi colegio denominado balontiro, no solo ocupaba un amplio espacio del patio, marginando a los que no querían jugarlo, sino que además incitaba a emplearse con saña para atrapar a pelotazos a los compañeros, y en ocasiones, con dos pelotas en juego, terminaba con balonazos directos a la cara o al cuerpo que no eran otra cosa que preludios de agresiones y bullying.

Estas expertas en género proponen alternativas de una gran belleza, “que los patios incluyan zonas de naturaleza, con árboles, sombras, no un mero patio de cemento”… Creo que esta mujer ha visto pocos patios del centro de las ciudades, pero es que además, ¡dos árboles han sido toda la vida los postes de una portería! Sandra Molines opina que “el patio podría ser la mejor de las aulas del cole, pero para ello se debería educar en esos espacios”. ¡Pero que los chicos quieren desfogarse, correr detrás de un balón, meter unas canastas, jugar al frontón aunque sea con la mano, una pelota de tenis y en cualquier pared del colegio, déjalos tranquilos durante el recreo! “Cuando no se educa conscientemente en la igualdad, se educa inconscientemente en la desigualdad. La formación es la herramienta necesaria para poder detectar el sexismo en las escuelas”, afirma.

El colectivo de arquitectas Equel Saree plantea repensar “los espacios y las ciudades desde el feminismo y la participación comunitaria”, ya que la supuesta segregación por género en los juegos provoca “el sedentarismo de la mayoría de niñas, que charlan y pasean alrededor de la pista, con consecuencias negativas para su salud, su autoestima y su desarrollo físico y cognitivo”. Siempre he dicho que todas estas consideraciones sobre una supuesta inferioridad de las niñas y las mujeres en las que caen estos colectivos que piden cambiar las normas o regular todo lo ya regulado por el sentido común,  me parecen de un machismo exacerbado, pero no sé si se dan cuenta de ello. En uno de estos artículos, Sandra Molines propone “espacios para el juego tranquilo, como pintar, cantar, juego simbólico e imaginativo, música, lectura, juegos de mesa, etc”. Insisto en que les falta algo de patio. En mi colegio podíamos desarrollar habilidades pictóricas (los baños siempre fueron una escuela rupestre al estilo de las cuevas prehistóricas), jugar al ajedrez o a las damas (desconozco cómo se interpretarían estos juegos con una perspectiva de género, pero seguro que mal) y los que querían leer, tenían una zona oculta y algo alejada para ello. De hecho, allí fue donde vi por primera vez descubrí a unos compañeros que me enseñaron revistas especializadas en anatomía femenina. Siempre hubo espacios en los patios, no sé por qué tanta manía con regularlos.

Entre las alternativas propuestas, se habla también de ping-pong, bádminton (¿¿¿en un patio escolar???) y colpbol. Reconozco que he tenido que buscar qué era esto del colpbol. Leo con estupor que es “un deporte de equipo que supere las limitaciones educativas de los deportes tradicionales”, “que fomente la máxima participación posible de todos los jugadores”, “que reduzca al mínimo las diferencias individuales”, en definitiva, “un deporte que evita el incremento de las desigualdades”, que “se convierte en un agente socializador con una gran carga de beneficios socioafectivos asociados”.

Anonadado me quedo. Toda mi puñetera vida jugando al fútbol o al baloncesto, tratando de mejorar mis habilidades individuales por el bien del equipo y resulta que lo que tenía que hacer era reprimirlas, pasarle la pelota y la responsabilidad a otro. Empiezo a pensar si todo esto no consistía en una guerra contra el fútbol, sino en algo mucho más cercano al adoctrinamiento.

Hace un par de años leí algunos artículos sobre el fútbol infantil, de chavales menores de ocho años, en el que colectivos de padres pedían que se suprimieran los marcadores porque los niños encajaban mal las derrotas. En algún foro leí a otros que proponían que los goles se celebraran conjuntamente por ambos equipos, el que había marcado y el que recibía el gol, porque los niños tenían que entender el componente lúdico del juego y celebrar cuando se alcanzaba el éxito, el gol, aunque fuera en tu propia portería. Pocas veces he leído una gilipollez tan gorda. Por supuesto que los que perdíamos nos íbamos a casa cabreados, llorando, escocidos, incómodos, rabiosos, de todo, pero aquello era un acicate más para mejorar, para progresar y hacerlo mejor en el siguiente partido. Y si exagero un poco, pero creo que no demasiado, parece que ahora hay que hacerlo todo tan plano y tan sencillo que el verdadero objetivo no es otro que coartar la decisión individual de destacar, de mejorar. De tomar la iniciativa.

Dejadme el fútbol tranquilo, coño. Y los patios repletos de futbolistas en potencia (de ambos sexos, claro).

De la velada cultural a la bobada escultural

LESTER, 17/07/2022

Por esas circunstancias del cargo laboral que no vienen al caso, mi mujer y yo fuimos invitados recientemente a una velada cultural de lo más completa, con cóctel de pitiminí incluido, exposición de obras de arte con el propio creador y concierto final de lo más «ecléctico». Antes de proceder a la descripción de la nochecita, conviene recordar que «ecléctico» es el eufemismo que suele utilizarse para definir «raro de cojones». Pues eso. Una velada «ecléctica».

La historia podría haber sucedido en un consulado extranjero o un Instituto de Cultura de un país europeo de larga tradición cultural, pero voy a situarla en un centro cultural de la República de Francia. Por comodidad, por dar fluidez a la historia, y también, no lo negaré, por esa cierta manía que tengo de toda la vida a los gabachos. Perdón, a los franchutes, digo… a nuestros amados vecinos los franceses. Pues eso, mi mujer y yo llegamos sobre las ocho de la tarde al Instituto Cultural francés, y en el propio vestíbulo nos esperaban dos jóvenes («jóvenas») mozas de metro noventa con unos taconazos descomunales. Nos ofrecieron «una copa de champán» (pronúnciese al modo «shampán» autóctono, comiéndose casi la segunda «a») y nos invitaron a pasar. La de la izquierda estaba estupenda, me recordaba a la Mónica Bellucci de hace un cuarto de siglo (la actual también está tremenda, ojo), pero la de la derecha me pareció que no siempre había sido mujer. Ya me entienden. Llegué a creer que esa masculinidad embutida en un vestido color champán era parte de la multiculturalidad y diversidad que pretendía mostrarse en todo el evento.

– Me llamo Lulú y tengo un trabuco más grande que tú -bromeé con mi mujer.

– Qué bobo eres. Aunque… si me fijo bien… en las manos sobre todo…

Mi mujer se fija siempre en las manos de la gente. Si algún día la conoces y te fijas, no es porque se dedique a la manicura, es porque te psicoanaliza en tus manos. Es capaz de sacar más detalles de las manos de la gente que de una autobiografía. De verdad. Al final de la noche y tras encontrarnos varias veces a «Lulú» en el cóctel y el concierto, coincidió conmigo en que, sin ningún género de dudas, Lulú era o había sido Lolo. Pasamos a la sala en la que se servía el cóctel (tras abandonar disimuladamente el champán y coger una cerveza), donde pudimos visitar la exposición del reputado escultor Monsieur Lafarge. Por supuesto que no se llamaba Lafarge, pero lo usaré por ser una conocida marca de cementos y la cara de este «reputado escultor» era más dura que el cemento tras veinte horas de solidificación.

Las supuestas obras de arte consistían en unas diminutas esculturas clavadas a la pared con una barra metálica de unos veinte centímetros. Se trataba de unas pequeñas formas abstractas de cristal o metal de tres o cuatro dedos de tamaño sin ninguna forma reconocible, lo mismo podían ser un boniato partido por la mitad y estampado contra el suelo que un asteroide de Star Wars. Una chuminada, en cualquier caso. Mi mujer y yo tratábamos de encontrar el sentido a algunas de las piezas mientras hincábamos el diente a unos canapés, pero en esas llegó el artista, el insigne creador Monsieur Lafarge, acompañado del Director del centro, el presidente de la compañía que patrocinaba el evento, un tipo estirado que imaginé como el agente de Lafarge y otra jaca de buen ver con el mismo vestido que las dos de la entrada. O les dos, o el uno y la otra, o como se diga sin ser tachado de tránsfobo.

Monsieur Louis Lafarge era un tipo de unos sesenta años, alto, enjuto, con los morros hacia fuera de manera un tanto forzada, un anillaco con un pedrusco rojo en el meñique izquierdo y un aspecto a medio camino entre Karl Lagerfeld y Antonio Gala. Con chaleco y americana, pese al calor que hacía, y un bastón que no usaba para apoyarse, sino para señalar sus obras. Puro postureo. Me quedé mirando su bigote, un bigote muy fino que parecía pintado y sin pelos, un poco a lo John Waters.

– Lleva bigote de pederasta -dije por lo bajinis a mi mujer.

– ¿Qué bobadas dices, acaso conoces a algún pederasta que lleve ese ridículo bigote?

El enfado de mi mujer conmigo por la tontería hizo que el tono de su frase se elevara de manera progresiva, con lo cual lo de «ridículo bigote» fue escuchado por varios de los asistentes, incluido el posible agente del artista. Menos mal que Lafarge iba a lo suyo, señalando sus obras con el bastón y en un momento dado pidió que encendieran unos focos que había en una extraña lámpara del techo. Los haces de luz iluminaban los boniatos escultóricos, lo que hacía que se proyectaran unas sombras sobre la pared, sombras sobre las que Lafarge empezó a divagar. Nos acercamos un poco para tratar de entender lo que decía. Los haces de luz se movían y cambiaban de color, lo que provocaba variaciones en las sombras y en las supuestas obras de arte. «El juego de luces y sombras puede representar el transcurrir de la vida, la quietud, la paz interior, pero a la vez el movimiento, los cambios de ánimo…». Creo que mi escaso francés me permitió pillar algo así. Muy bien, cariño, ¿lo vemos ahora? Nos miramos y se nos escapó una sonrisa:

– Yo solo veo sombras de patatas sobre la pared -contestó mi santa, que había recuperado el buen humor tras apretarse los primeros canapés decentes de toda la noche. Casualmente los más simples, los de queso francés, porque todos los anteriores, a base de fruslerías de colores, entraban directamente en la categoría de nouvelle cuisine basuré.

Nos separamos del grupo montado alrededor del artista para que no se pudieran escuchar nuestras risas y empezamos a jugar a imaginar las sombras y sus explicaciones:

– Esa parece un pato, no, una nube. O una nube con forma de pato.

– Es una nube -continué poniendo morritos y acento francés- que representa el vuelo grácil del pato en fase migratoria, una metáfora del artista sobre la inmigración en busca de mejores condiciones de vida.

– Ja, ja, ja, ¿y esta otra? Parece una torre como esas del petróleo, de perforación, y con el movimiento de las luces parece que está echando algo, será otra metáfora sobre el cambio climático y los efectos del hombre sobre la atmósfera.

– Cariño, eso no es una torre, sino un trabuco como el de Lulú, con eyaculación y todo.

Nos reímos, sí, pero cuando minutos más tarde vimos al señor Lafarge explicando con su bastón la escultura y a su séquito carcajeándose, comprendimos que a lo mejor nuestras interpretaciones no estaban tan desacertadas.

Seguimos durante unos veinte minutos con la cerveza y unos canapés infames, mucha brochetita de verduras infectas, bolitas engarzadas en palillos para mojar en salsas picantes como el demonio y texturas teriyakis de esas, o como se llamen. Sobre un pedestal en mitad de la sala había una bandeja con una cosa que dudamos si eran canapés art decó o una nueva escultura de Lafarge, así que no las probamos por si acaso. Que luego pasa como en aquella feria de Milán en la que la mujer de la limpieza tiró a la basura una obra de arte supuestamente vanguardista tras confundirla con los restos del cóctel. Una tomadura de pelo, vamos.

Tras el cóctel nos invitaron a pasar a otra sala en la que nos deleitarían con un breve concierto a cargo de tres artistas, dos franceses a los instrumentos y una portuguesa para la voz. Cuando presentaron a los artistas pronunciaron las dos palabras que más miedo me dan en este tipo de espectáculos: «experimental» y «fusión». Yo siempre creí que los experimentos debían hacerse en laboratorios y que las fusiones musicales no provienen de la mezcla de estilos, sino del efecto que provocan en los espectadores: los funden. Según parece, los artistas iban a interpretar unas piezas de Claude Debussy con ritmos de gipsy jazz y acompañados por la voz de la cantante de fados Maria Graça Dosantos, quien acompasaría versos de Enrique Morente a la música de sus compañeros de escenario. Con un par.

En las primeras filas se sentaron Lafarge, el presidente-mecenas y los altos cargos del Instituto, y nosotros nos pusimos en las últimas filas y cerca de la salida por si había que salir huyendo. Motivos no nos faltarían, visto el panorama. De todo el concierto apenas disfruté los primeros diez segundos, cuando el piano comenzó a sonar con timidez, pero en cuanto entró el contrabajo, y en especial, cuando se sumó la cantante moviendo una maraca que parecía un sonajero infantil, comprendimos que eso solo podía ir a peor. Y fue a peor, ya lo que creo que sí. Fue en el preciso instante en el que Maria Dosantoshuevazos comenzó a soltar un quejío de Morente que pegaba con los ritmos de los instrumentos como un tricornio en un traje de novia, como un baile de Shakira en un consejo afgano de ayatolás, como un tipo con frac en lo alto de una carroza en el Desfile del Orgullo.

Mi mujer y yo nos miramos con la misma cara de espanto y diversión con la que habíamos presenciado la muestra escultórica. Hicimos serios esfuerzos para contener la risa y mira, mira, cariño, Lafarge está moviendo los pies al ritmo de la melodía.

– ¿Al ritmo de quién? ¿Del piano, del flamenqueo, del contrabajo? ¡Porque cada uno va por su lado!

Sí, joder, parecía que los de las primeras filas estaban disfrutando de lo lindo y es en esos momentos cuando uno piensa por unos segundos que es un analfabeto cultural al que su escaso bagaje le impide disfrutar de estas excelencias no aptas para cualquier paladar. ¡Pero nooooo!, eso era una tomadura de pelo a la que estaban entregados los anfitriones porque a buen seguro se habrían gastado una buena pasta en el montaje de toda la velada. Los asistentes aplaudieron al final de la pieza. O mejor dicho, rehago la frase: aplaudieron el final de la pieza.

Si por un momento pensamos que el experimento había resultado fallido y tendría arreglo en los siguientes temas, enseguida vimos que no. La cantante dejó el sonajero y cogió un triángulo al que atizaría en los momentos más inopinados de la pieza de un Debussy «morentizado», vaya locura, qué espanto. Y los de las primeras filas, extasiados, se oyeron varios «¡bravo!» y hasta algún «¡ele!». No tengo la menor duda de que si en ese momento hubieran aparecido unos mariachis y unas bailarinas de samba, los espectadores habrían aplaudido a rabiar. Que esto costaba mucha pasta y tenía que parecer algo único y excepcional. Bueno, «único y excepcional» fue, desde luego.

Justo antes de la pieza final, acalorada, la cantante de fados se quitó el mantón de Manila que llevaba sobre los hombros y pudimos ver el vestido en todo su esplendor. Lucía un vestido rojo con un escote hasta el ombligo (literal), y ya que la música no acompañaba, nos habríamos extasiado en la contemplación de sus senos de no ser más plana que una tabla de plancha. Al menos, la cantante tenía una sonrisa preciosa, pensé, es una lástima que se empeñe en cantar de nuevo. «No rompas el silencio si no es para mejorarlo», me vino a la mente. Y al verla coger una pandereta, comprendí que el experimento sobre la capacidad de sufrimiento humano no había finalizado. Desde ese día creo que Debussy, Morente y hasta el jazz deberían estar considerados por la Convención de Ginebra, elementos que, sueltos, suenan bien, pero que mezclados son como echarle ketchup al cordero lechal o quinoa a un solomillo. Un crimen.

Antes de que acabaran los aplausos, mi mujer y yo salimos escopetados, necesitábamos salir de allí, desintoxicarnos, escuchar los cláxones de la ciudad y la algarabía de las terrazas de verano. Y de paso, cenar algo, que en estos cócteles se pasa tanta hambre como los viernes de Cuaresma en mi antiguo colegio. No nos fuimos muy lejos, encontramos una buena mesa, pedimos unas jarras de cerveza y unas raciones, y pasamos un buen rato reviviendo los mejores momentos de la velada. A decir verdad, los mejores fueron escasos, así que revivimos los peores y las sensaciones nada contradictorias que nos habían provocado.

La sorpresa de la noche llegó cuando vimos que dos mesas más allá de la nuestra se habían sentado a cenar los dos músicos franceses, la cantante portuguesa, el artista Lafarge y el tipo estirado que lo acompañaba hasta para ir al baño. Aguzamos el oído para ver qué comentaban y, oh, sorpresa, hablaban un perfecto español con acento de La Pampa.

Cine y tenis (II)

TRAVIS, 10/07/2022

Continuación de Cine y tenis (I)

Lo normal es que las películas sobre deportes como el tenis hablen del talento unido al esfuerzo, al sacrificio de los entrenamientos y las renuncias a todo aquello que pueda despistar del objetivo final, pero Woody Allen reflejó en el arranque de Match Point otro de los factores en ocasiones fundamentales que no se pueden desdeñar: la suerte.

«Aquel que dijo más vale tener suerte que talento conocía la esencia de la vida. La gente tiene miedo a reconocer que gran parte de la vida depende de la suerte, le asusta pensar cuántas cosas escapan a nuestro control».

El primer break de Djokovic en la final de Wimbledon de hoy ha sido con una bola que ha golpeado la cinta y ha caído muerta en la pista de Kyrgios. Ese momento en el que la pelota puede caer de un lado o del otro, llevar al triunfo o a la derrota, es una metáfora de la vida que Woody Allen utilizará para la trama de su película sobre un exjugador profesional, un trepa, arribista, un tipo sin escrúpulos interpretado por Jonathan Rhys-Meyers. El tenis es solo la excusa para entrar en el mundo de los ricachones de Londres y apenas aparecerá después a lo largo del metraje, pero el momento cumbre de la película se resolverá con genialidad de un modo similar a este golpeo de la pelota en la cinta del primer minuto, cámara lenta incluida.

No es la primera vez que Woody Allen introduce el tenis en algún punto de sus guiones. Supongo que los que vimos Annie Hall lo recordamos vestido con su inconfundible estilo y un porte un tanto escuchimizado, o por las secuencias con Diane Keaton con la raqueta o sobre la cancha:

Con otra raqueta diferente, la de squash, apareció en Manhattan, y entre su lista de Cosas que hacen que la vida valga la pena de la misma película coló a Jimmy Connors. ¡Jimmy Connors junto a La educación sentimental de Flaubert, o Groucho Marx, ja, ja, ja, qué grande! La relación de Woody Allen con el deporte viene de lejos, como contó en una entrevista en L’Equipe a principios de este siglo. O cómo pasar de aspirar a tenista a hacerse cultureta:

“A los 30 años me aficioné al tenis. Creo que el tenis y el golf son buenos sitios para ligar. De joven leía periódicos deportivos, pero cuando empezaron a interesarme las chicas, descubrí que ellas hablaban de cosas como la literatura, de las que yo no tenía la más mínima idea. Por eso comencé a leer libros».

Woody Allen

Tanto Manhattan como Annie Hall son películas de los setenta, y durante esos años se celebró un partido de tenis de exhibición/reivindicación que dio lugar en 2017 a una película completa: el que disputaron la número uno de entonces, Billie Jean King, con el tenista retirado Bobby Riggs, La batalla de los sexos. La película fue dirigida por los mismos creadores de Pequeña Miss Sunshine, Jonathan Dayton y Valerie Faris, y vista hoy en día, sorprende que varias de las frases del fanfarrón Bobby (que no dudo que se pronunciaran de ese modo) serían impensables medio siglo después. No me imagino una rueda de prensa con medio centenar de periodistas en la que un tipo se autoproclamara «cerdo machista» y dijera que «claro que le gustan las mujeres: en la cocina y en la cama». Todo eso bajo las risas de los periodistas, aficionados e incluso de su rival femenina. Muy bien Emma Stone y Steve Carell (¿algo paródico, quizás?) en una película que prometía más, pero abre tantos frentes (la homosexualidad oculta, la presión de los patrocinadores, el nacimiento de la WTA, el machismo del mundo del deporte y los premios) que se queda en entretenida, para pasar un buen rato. No conocía la historia, pero a lo largo del metraje se pronuncian tal cantidad de frases de carga machista que sabía que solo podía concluir con la victoria de Billie Jean.

Por cierto, qué cascada se veía a Billie Jean King este año durante la archirrepetida entrega del trofeo a Rafa Nadal como ganador de Roland Garros:

El deporte de élite no es sano y mucho me temo que Nadal dentro de treinta años puede estar igual de cascado o más. Me lo imagino con bastón para sujetarse porque las rodillas ya no lo hacen, una bota ortopédica para el pie, tiritas en las manos, corsé y faja para las lesiones de costillas y abdomen. Y sin que los brazos le alcancen para sacarse los calzoncillos del culo. Qué grande es, si fuera americano ya tendría una película sobre su locura competitiva.

Retrocedo hasta los sesenta, ¿una raqueta como escurridor de espaguetis? No lo veo, Jack Lemmon, Billy Wilder, puede que sea lo único que no funciona en El apartamento (1960).

Si seguimos retrocediendo en el tiempo, llegamos a los cincuenta, en donde aparece la mismísima Katharine Hepburn demostrando sus habilidades deportivas en La impetuosa, Pat and Mike en el original, dirigida por George Cukor en 1952. La actriz no necesitó que la doblara ningún especialista en las escenas de golf o tenis, puesto que había desarrollado un buen nivel en ambos deportes durante su juventud, al igual que en la natación. Como supimos por el documental All about me, Miss Hepburn siguió jugando al tenis hasta pasados los ochenta.

Y en el golf logró varios títulos regionales antes de cumplir los veinte años. Según parece, esta escena, en la que Hepburn golpea nueve bolas seguidas, se grabó del tirón:

Un partido de tenis puede generar una enorme tensión, y eso lo sabía bien el mago del suspense, el británico Alfred Hitchcock, quien llevó la resolución de su trama al desarrollo de un partido en Extraños en el tren (Strangers in the train, 1951). Ese final es inverosímil, como tantos de Hitchcock, pues nadie se cree que las gafas estén en el mismo sitio del asesinato días después del mismo, pero el director convierte esa anécdota (un MacGuffin, quizás) en la clave que hace que el personaje de Farley Granger tenga que resolver por la vía rápida un partido de tenis, lo cual resulta imposible porque, como sabe todo el que haya jugado a este deporte, cuanta más prisa tienes por acabar un encuentro, más posibilidades hay de que lo pierdas o juegues peor.

Hitchcock era un exquisito inventor de trucos visuales, y de esta película me quedo con el de este vídeo en concreto, el del personaje de Robert Walker entre el público, con la mirada fija y sin moverse al compás de sus compañeros de graderío. Muy potente:

Como decía en la primera parte, el tenis es un deporte poco cinematográfico en calidad y en cantidad, cuando creo que de él se podrían sacar historias interesantes. Aquí dejo otras dos propuestas: la puñalada a Mónica Seles y el mundo del tenis en esos años convulsos en la antigua Yugoslavia (1993) y la vida de Boris Becker, durante su carrera profesional, pero de manera especial, después. Y poco más para completar este post doble, simplemente una referencia a lo atractivas que suelen quedar las actrices con los uniformes de tenistas.

  1. Catherine Deneuve, en Belle de Jour.
  2. Kirsten Dunst, en Wimbledon.
  3. Dominique Swain, en la Lolita de 1997, no la de Kubrick.
  4. El jardín de los Finzi-Contini.

Los tíos no tenemos esa suerte, y si no, que se revise el look desastrado y a lo Borg trasnochado del mayor de Los Tenenbaums, un tenista retirado de manera prematura, como su ídolo:

O por supuesto, la escena del partido de tenis más patético de la historia del cine, aquel de El otro lado de la cama en el que dirimen sus disputas de pareja Ernesto Alterio y Willy Toledo cuando era un actor con una tremenda vis cómica y no un tipo cabreado con el mundo:

Punto, set y partido. Game over.

Cine y tenis (I)

TRAVIS, 02/07/2022

Estos días se disputa el torneo de tenis más famoso del mundo, el de Wimbledon, el que se disputa sobre la hierba del megapijo All England Tennis Club, y me ha dado por pensar en lo poco cinematográfico que ha resultado ser el deporte de la raqueta, en las pocas películas que ha habido en comparación con otros como el béisbol, el boxeo o incluso el baloncesto (tramas que siempre acaban con un tiro en los últimos segundos del equipo que va perdiendo por un punto). Y creo que en este mundo del tenis siempre pueden encontrarse historias de interés, ya sean de ficción, como basadas en casos reales (ahí dejé mi propuesta sobre Djokovic y los Juegos de Tokio). Por lo general, los tenistas tienen tal cúmulo de manías, éxitos o fracasos, alegrías o decepciones, o historias personales tan curiosas a sus espaldas que sorprende que no se hayan producido más películas basadas en sus andanzas.

Quizás una de las razones esté en lo difícil que es encontrar actores que sepan jugar al tenis, no basta con coger una raqueta, sino aparentar que se tiene un conocimiento mínimo del juego. Mi padre, cada vez que veía alguna escena en una película con un partido de tenis, decía: «ese no ha cogido una raqueta en su vida». Brazos encogidos, la raqueta que sale del pecho como si jugaran a las palas de playa, golpeos frontales, movimientos laterales absurdos… La diferencia entre un actor que sabe jugar al tenis y uno que no tiene ni idea es la que hay entre Kevin Costner y Anthony Quinn en la escena de Revenge (Tony Scott).

Una de las películas destacadas de los Óscar de este año tenía el tenis como motor principal de la acción. King Richard, que como todo el mundo sabe, se traduce en español como El método Williams. La película trata la obsesión de Richard Williams por convertir a sus hijas Venus y Serena en dos estrellas del tenis, algo que lograron con los años al completar unas carreras repletas de éxitos (Venus tiene 7 Grand Slam individuales, mientras que Serena alcanzó la cifra de 23, un récord que todavía podría aumentar, pues no se ha retirado, aunque se prodigue poco por las canchas).

Como suele ocurrir en Hollywood, la figura del padre obsesivo e hipercontrolador es tratada de un modo positivo, halagüeño, por momentos como si fuera un visionario con una misión divina que cumplir. El trasfondo del racismo en un «deporte para blancos» da juego a la trama, así como las comparaciones con Jennifer Capriati, aquel juguete roto que empezó a despuntar muy joven (oro en Barcelona 92 con 16 años, tres Grand Slam posteriormente) y que acabó con problemas legales por posesión de drogas y acusada por robar en una joyería. Richard Williams, interpretado por Will Smith en un papel tan al gusto de la Academia que le supuso el primer Óscar de su carrera, representa a ese héroe americano ultracompetitivo, convencido del trabajo hasta la extenuación, incluso con niñas de poco más de diez años, un personaje que en la vida real resultaba polémico por sus formas y exigencias, así como por aplicar a rajatabla su método (las 78 páginas de su libreto infalible), por mucho que entrenadores profesionales aconsejaran otras técnicas.

Las escenas de tenis están bien rodadas, especialmente el debut como profesional de Venus en un partido frente a nuestra Arantxa Sánchez-Vicario, y las actrices que interpretan a las hermanas Williams, las desconocidas (para mí) Saniyya Sidney y Demi Singleton salen airosas de la complicada papeleta.

Las figuras de los padres obsesionados por el dinero que mueve el circuito del tenis profesional podrían ser de gran interés para otras películas y me vienen a la cabeza los de Steffi Graf (alcohólico, adicto a los medicamentos, condenado a más de tres años de cárcel por fraude fiscal) y André Agassi, uno de esos incombustibles Tauro del 70. Ambos tenistas son curiosamente pareja desde hace años y en uno de los capítulos de Open, la divertida biografía del tenista de Las Vegas, hablan de sus respectivos padres y del convencimiento que tenían ambos acerca del futuro que habían elegido para sus hijos, una infancia, adolescencia y juventud dedicadas enteramente a las raquetas y a perseguir pelotas por una cancha.

La vida de Agassi tendrá que ser llevada al cine en algún momento, porque lo tiene todo, desde la figura del antihéroe, el rebelde con talento que no quiere seguir el camino marcado por su padre y comete auténticas barrabasadas para que lo echen de la Academia de Nick Bolletieri, su aspecto llamativo en el peinado y la vestimenta, hasta el self-made man que se convierte en un ídolo para el país, se liga a «la novia de América», Brooke Shields, y completa el Grand Slam tras ganar Wimbledon vestido de riguroso blanco y con la frente despejada tras asumir su incipiente y temprana calvicie.

Ya que menciono Wimbledon, hay una película sobre el partido que fuera definido en su momento como «el mejor de la historia», la final que disputaron el sueco Bjorn Borg y el neoyorquino (aunque nacido en Weisbaden) John McEnroe en 1980. La película se titula Borg McEnroe sin más, se rodó en 2017 y fue dirigida por el danés Janus Metz Pedersen. Se centra más en el duelo psicológico de ambos tenistas que en el propio partido en sí, para contarnos que la visión externa que teníamos de ellos (el témpano de hielo sueco Iceborg frente al volcánico norteamericano) estaba alejada en realidad de lo que ambos eran, pues se parecían mucho más de lo que podíamos suponer: Borg era puro nervio que controlaba su rabia interior reprimiendo de raíz cualquier atisbo de emoción, mientras que McEnroe era un tipo mucho más calmado por dentro que necesitaba soltar su rabia hacia fuera para encontrar la concentración.

La película se puede encontrar en YouTube y las escenas de tenis están muy logradas. Cierto es que era otro tenis, más de artistas que de fuerza y la manera de jugar con la Donnay de Borg y la Dunlop de madera de McEnroe son muy diferentes a las actuales. Shia LaBeouf consigue un McEnroe convincente incluso cuando tiene que forzar el extraño saque del jugador zurdo, mientras que el sueco Sverrir Gudnasson se transmuta en Borg por momentos.

La épica final de 1980, con el mítico tie-break del cuarto set que acabó 18-16 y la victoria en el quinto de Borg por 8-6, se repitió un año después, con victoria esta vez para McEnroe. Durante muchos años fue considerado el mejor partido de la historia del tenis, título que para muchos ostenta ahora el triunfo de Rafa Nadal sobre Roger Federer en el mismo escenario en 2008. Nadal había perdido las dos finales anteriores ante el suizo, aunque cada año recortaba un poco la distancia que le sacaba el suizo sobre la hierba del All England Club. La final de 2008, que acabó con un marcador de 6-4/6-4/6-7/6-7 y 9-7 tras casi cinco horas de juego, merecería su propia película. Hay un libro de John Carlin que cuenta todas las peculiaridades de la progresión en el juego del manacorí hasta llegar a ese momento cumbre de su carrera. Y en 2018 se estrenó un magnífico documental dirigido por Andrew Douglas sobre el denominado «partido del siglo». Strokes of genius en el original.

Fue todo un duelo al sol… que acabó casi sin sol. Hubo dos interrupciones por la lluvia y el partido estuvo cerca de tener que suspenderse por falta de luz natural. De hecho, en el documental se aprecia perfectamente cómo había caído la luz, y de haberse prolongado un poco más, los espectadores podíamos habernos perdido la conclusión de uno de los grandes momentos de la historia del deporte. Aquí lo dejo para los aficionados. Muy recomendable:

Habrá más para la segunda parte de este post. De momento, espero que se me admitan mis comentarios sobre la calidad tenística y no interpretativa de los actores, pese a que mi especialidad sea más bien el cine. En el fondo, no soy muy distinto de Torrente aconsejando a Carlos Moyá sobre su revés:

Continuará: Cine y tenis (II)

Con perspectiva degenero

JOHANA, 26/06/2022

A finales de 2020, publiqué en este mismo blog uno de los posts que más lectores ha tenido hasta la fecha, aquel en el que «concluíamos» que la M-30 era machista, y de manera especial los túneles. Llegué a tal convencimiento tras descargar y leer el estudio encargado por el gobierno del ayuntamiento de Madrid en 2018, un informe por el que se pagaron 52.000 euros, en el que citaba como fuentes para fundamentar su análisis unas estadísticas sobre la escasez de paseos de mujeres por los parques de la ciudad chilena de Temuco y el pensamiento de un personaje de ficción de una novela desconocida de 1970. Frente a tamaña fiabilidad de las fuentes empleadas, solo cabía asentir y aplaudir las conclusiones.

A principios de marzo de este año, poco después del inicio de la guerra de Ucrania, la ministra de Igualdad Irene Montero afirmó sin pestañear que «las mujeres son las que más sufren en cualquier conflicto bélico». En su caso no hizo falta ni siquiera un sesudo estudio que demostrara sus palabras, bastaba con ver las imágenes por televisión de esas pobres mujeres que escapaban del país cargando con sus hijos (opresión heteropatriarcal), mientras los hombres se quedaban en el país con sus amigotes para tomar vodkas, ver el fútbol por la tele y a ratos, coger unos fusiles para tratar de defender sus ciudades del avance de las tropas rusas. Si en el fondo la solución al conflicto no es tan complicada, como la propia ministra explicaba con sencillez: bastaba con poner a más mujeres a negociar la paz con Putin.

No hay ámbito, materia o problema en la vida que no tenga que incorporar o imponer la perspectiva de género en la actualidad. Algunos expertos afirman muy ufanos que se evitarían así muchos problemas, como por ejemplo, los creados por las tradicionalmente machistas Matemáticas.

Las matemáticas socioafectivas y con perspectiva de género no suponen «escribir sobre un papel rosa», como dice Clara Grima, matemática, profesora, divulgadora y una de las voces a favor de este cambio, sino combatir «el estereotipo de que las matemáticas no son para las chicas», o evitar el hecho de que «las niñas se perciben a sí mismas como peores en matemáticas». Lo cierto es que afirmar ciertas cosas acerca de la inferioridad de las mujeres en esta materia (con mejores notas en las pruebas de acceso a la universidad, por cierto) me parece de un machismo insoportable y me provoca algo parecido al nombre de esta profesora. Es el mismo machismo del que partían algunos colectivos feministas para promover el acceso de más mujeres a las carreras denominadas STEM (Science, Technology, Engineering and Mathematics):

En los casi ocho años de existencia de este blog ya se han tocado muchos asuntos relacionados con el «machismo» latente en la sociedad: el lenguaje es machista (Horrifying palabros), incluso el hebreo si lo usas en inglés (De ofendiditos y pollaviejas), el cine es machista y solo debería aceptar la «Imposición Rider» a la hora de producir películas, el fútbol y el mundo del deporte son machistas, las políticas tributarias deben considerar la perspectiva de género en sus análisis de impacto (Populismo legislativo),… Pero también hemos tratado asuntos en los que la perspectiva de género cobra todo el sentido, como la violencia de género, la brecha salarial o las desigualdades económicas y laborales.

Con lo que no contaba es con algunos de los nuevos «actores» del machismo. Los desastres naturales, por ejemplo, que según cuentan esos mismos expertos también deben ser machistas y discriminatorios, pues «reproducen estereotipos de género».

A esta conclusión llegaron tres investigadoras del Departamento de Sociología de la universidad de Oviedo, tras analizar la ayuda prestada tras el terremoto de Lorca (Murcia) en 2011, puesto que «los hombres aparecen como protagonistas del salvamento, mientras que las mujeres son vistas fundamentalmente como beneficiarias de la ayuda masculina». Los hombres son los héroes y las mujeres, las víctimas, o algo así. No sé, yo, cuando veo una tragedia, observo unos servicios de emergencia coordinados en los que hay bomberos (y bomberas), enfermeras (y enfermeros), psicólogos y psicólogas, militares (también mujeres), médicos y políticos de ambos sexos,… Y sobre todo víctimas. Y «víctimos», ahí no hay discriminación. Creo sinceramente (y que se me perdone la osadía) que el terremoto, las inundaciones, los incendios y las pandemias no entienden de perspectivas de género.

Llegados a este punto, era inevitable que confluyeran el cambio climático y la perspectiva de género. Las Naciones Unidas tienen grupos de trabajo para analizar estas conexiones, si bien todo lo que he leído hasta la fecha no habla en realidad del cambio climático, sino de problemas culturales y sociales en países en vías de desarrollo que aumentan con las consecuencias del cambio climático. Por ejemplo, regiones en las que las mujeres trabajan en la agricultura o se encargan del abastecimiento de agua de sus familias, lugares en los que el cambio climático puede acabar provocando escasez de cosechas o sequías.

Movimientos migratorios, abandono escolar de las niñas, violencia contra las mujeres… Los países mencionados en este otro informe son Nigeria, Chad, Sierra Leona, Pakistán… Con el debido respeto, no son problemas de la lucha contra el cambio climático, sino del propio machismo existente en estas sociedades, muchas de ellas, digámoslo abiertamente, musulmanas, países que no están avanzando en derechos sociales, sino retrocediendo y dejándose llevar por el radicalismo. En las conclusiones nos indican que:

El Informe recomienda trabajar sobre cinco puntos concretos, aunque solo escriba cuatro, y me ha dado por pensar si esta mujer va a ser una de las que tiene problemas reales con las matemáticas. Bromas aparte, siempre he creído que el cambio climático y la igualdad de género eran dos luchas necesarias que deberían acometerse por separado, porque además esta mezcla afectaba negativamente a la resolución de ambas. La primera debe estar dirigida por el mundo de la ciencia, la ingeniería, la tecnología, el diseño de productos y nuevas técnicas, etc., mientras que la segunda debe analizarse desde perspectivas jurídicas, sociales o educativas, y se puede y debe avanzar mucho en las conquistas sociales en todos los países. Y todo ello es independiente de los avances tecnológicos o científicos, y de las normativas sobre emisión de gases, residuos o economía circular.

Puede que esté equivocado, ojo, por eso, cuando se presentó el estudio ¿Por qué el Pacto Verde Europeo tiene que ser ecofeminista? corrí a descargarlo antes de que lo retiraran (como hizo el ayuntamiento de Madrid con el del machismo de la M-30, por cierto).

Uno tiene que aprender de todo y de verdad que tengo la mente abierta a nuevos conocimientos, pero es que el propio prólogo, con un lenguaje inventado e incómodo de leer, estuvo a punto de hacerme desistir del intento:

Quizás sea la primera vez que leo un estudio o informe de este tipo en el que el autor explica su condición sexual, identidad de género y raza (al menos creo que quiere decir que no es blanca), factores que, por lo general, me dan exactamente igual cuando voy a leer a alguien. Reconozco que no me he leído las 151 páginas porque tiene partes infumables, pero sí los capítulos que me interesaban, que eran los que podían relacionar el cambio climático con la perspectiva de género, porque trato de entenderlo. El Informe defiende justo lo contrario de lo que indicaba yo en los párrafos precedentes: «buena parte de las políticas medioambientales ignoran el género (…) y el Pacto Verde Europeo no es ninguna excepción. Se centra fundamentalmente en resolver los problemas con soluciones tecnocientíficas, a pesar de que lo que realmente necesitamos son respuestas transformadoras desde el punto de vista social». De verdad que hay párrafos que me parecen propios de gente obsesionada con las diferencias entre hombres y mujeres, o de meter un ideario sobre asuntos que no tienen nada que ver: comienza con los movimientos LGBTQ+, luego los LGBTQIA+, luego desaparece la A, pero, ¿no estábamos hablando de cambio climático?

Yo creo que hace falta que cada uno trabaje en su especialidad y que los fondos públicos, ya sean europeos o nacionales, se destinen a su mejor uso posible. Los Fondos Next Generation no son regalos de la Unión Europea, sino préstamos que habrá que devolver con los rendimientos generados en actividades productivas, no en financiar tanta comisión de estudio para decirnos que los tornados o los terremotos son machistas:

Ya lo están consiguiendo. Resulta casi imposible enfrentarse con esta corriente, que a mí me parece un negocio, como el de los que han montado este informe con frases delirantes. Digo más, por mucho que consigan fondos de la Unión Europea (una pena el despilfarro), no creo que me vean utilizando el término «todes»:

Es tal el ideario de términos y explicaciones sobre identidad de género que cuando llega el capítulo en el que tienen que opinar sobre los efectos de determinadas sustancias químicas sobre las mujeres, caen en el hecho de que llevan páginas explicando que sentirse mujer es algo ajeno a los genitales o al propio cuerpo, así que tienen que aceptar el «convencionalismo» de que un cuerpo tenga anatomía femenina o masculina. Ay, la química, esa otra machista y tránsfoba.

Después de leer algunos capítulos y revisar el índice del Informe, comprobé que de lo que menos había aprendido era de cambio climático, una pena el tiempo invertido. Y el dinero de los impuestos de todos, desperdiciado. Esta semana entrante, sin ir más lejos, se presentan en Europa algunos de los siguientes asuntos:

  • Propuesta de modificación del Régimen de Comercio de derechos de emisión.
  • Unificación de normas estándares de CO2 para turismos y furgonetas.
  • Propuestas previas al consejo de Energía del martes sobre los enfoques de la Directiva de Energía Renovable y la Directiva de Eficiencia Energética.
  • Estudio sobre los mecanismos de ajuste de carbono en frontera.
  • Durante la jornada organizada por Business Europe, se analizará la Estrategia de químicos para la sostenibilidad. En particular, los Reglamentos europeos REACH y CLP.
  • Diversos avances del Fondo Social por el Clima.
  • Propuesta de Reglamento del Parlamento Europeo y del Consejo sobre los requisitos de diseño ecológico aplicables a los productos sostenibles.

Y estas son solo algunas de las iniciativas en marcha, hay muchas más. Ninguna ha tenido en cuenta a los zurdos, ni a la gente del Athletic de Bilbao. Si a los temas mencionados le aplico la perspectiva de género, quizás degenero la propia perspectiva del debate.

Temporadón. A pensar en la siguiente

BARNEY, 21/06/2022

Si nos atenemos a lo que decían los «expertos» al principio de la temporada, la 2021-22 no pintaba bien para el Real Madrid, ni en fútbol, ni en baloncesto. Las plantillas estaban envejecidas y no se habían renovado de manera adecuada, los entrenadores Carletto y Laso eran cuestionados (¿y cuándo no lo han estado?) y el club no invertía más porque todo se centraba en la renovación del estadio. Ambos equipos podían competir por los trofeos nacionales, pero «no les daba» para Europa.

En los momentos complicados que suelen pasar todos los equipos a lo largo de un año, los más cautos comentan/comentamos que «las notas se ponen al final de la temporada», cuando las competiciones han concluido y se puede valorar el éxito o fracaso de los equipos. Este domingo pasado concluyó la Liga ACB de baloncesto con el brillante triunfo del Real Madrid sobre el F.C. Barcelona por 3-1. La Liga número 36:

Esta es la foto que subió el Real Madrid a sus redes sociales, en la que se muestra la plantilla que ha logrado ganar la Liga y la Supercopa de España, y que perdió en los últimos segundos la Copa del Rey y la Euroliga. En los meses de febrero y marzo, cuando el equipo acumuló una racha de 15 derrotas en 20 partidos, nadie daba un duro por este final de temporada. Si observamos la foto, en ella aparecen 16 jugadores: dos fueron apartados por Laso tras la juerga de Atenas (Trey Thompkins y Thomas Heurtel) y otros tres han sufrido lesiones de gravedad que los han apartado de la final (Randolph) o de varios meses de competición (Alocén y Williams-Goss). Para colmo de males, el entrenador Pablo Laso sufrió un infarto hace tres semanas, lo que hizo que el equipo fuera dirigido durante toda la final por su segundo, Chus Mateo. Alberto Abalde apenas ha podido disputar unos minutos durante la final por una lesión y Llull jugó tocado tras perderse el primer partido.

La capacidad de supervivencia y de reinventarse de este equipo es infinita. Esta temporada nos ofrecieron otro de esos momentos únicos del deporte, de los imprescindibles aunque finalmente no tuviera repercusión por la anulación de los resultados contra los equipos rusos. Me refiero al partido frente al CSKA de Moscú que la Euroliga no quiso cancelar por el positivo en covid de ocho jugadores del primer equipo. Aquel partido se jugó con cinco seniors (Tavares, Llull, Rudy, Williams-Goss y Taylor) y varios juniors en pista (Klavzar, Garuba, Vukcevic y Baba Miller). Y se ganó al todopoderoso equipo ruso de Shved, Kurbanov, Clyburn, Shengelia… El ejercicio de unidad frente a la adversidad de este equipo no tiene parangón (Orgullo blanco).

Con el triunfo en la Liga, Pablo Laso conquista su 22º título como entrenador, y lo hace a lo grande, tras derrotar con claridad a un Barça que llevaba un parcial de 11-3 con Saras Jasikevicius al frente, justo antes de la Final Four. En los cinco partidos posteriores, cuatro victorias para los de Laso y una sola para los culés, la del pasado miércoles, que contó con uno de esos arbitrajes de vergüenza en el que se vieron cosas inéditas, como que un bofetón a Causeur se saldara con triple y técnica a favor del Barça, o que se pitara personal en la jugada decisiva cuando el Madrid había capturado el rebote, no cuando teóricamente se había cometido. Vistas las imágenes varias veces y desde diferentes ángulos, no se aprecia contacto alguno. Cosas que pasan en ese «clásico» error de los últimos segundos en el Clásico del baloncesto.

La nota de la temporada solo puede ser un sobresaliente y no se alcanza la matrícula por los errores del último minuto en la final de la Euroliga. Una auténtica pena. Pocas veces he visto tan clara la posibilidad de ganar este título tan complicado (que se lo digan a Mirotic). Apenas ha acabado la temporada y las celebraciones por los éxitos y ya toca pensar en la próxima, en la que Alberto Herreros y Juan Carlos Sánchez llevan tiempo trabajando:

  • Jeffery Taylor: todo indica que no continuará en el equipo después de siete temporadas. Nunca estuvo entre mis jugadores favoritos, pero hay que reconocer lo mucho que aporta en defensa, así como con su famoso triple desde la esquina. Su exhibición en defensa en el tercer partido fue brutal y acabó exhausto. Un gran aplauso por sus años aquí, es uno de esos imprescindibles en una plantilla campeona, un jugador de equipo, que siempre aporta.
  • Fabien Causeur: no ha renovado todavía y es algo que espero que el club solucione pronto, porque, como se vio el domingo en el partido decisivo de la serie, pocos jugadores tienen su sangre fría para decidir en el tramo final. Cumplió 35 años durante la final de la ACB y a mí me encantaría que siguiera.
  • Llull y Rudy: durante muchos tramos de la temporada, multitud de aficionados madridistas han pedido que se les corte ya, que dejen paso a jugadores más jóvenes porque las piernas no les dan para competir al máximo nivel. Yo seguiría con ellos al menos un año más porque aportan mucho a la plantilla en cuanto a experiencia y saber enfrentar determinadas situaciones, ejercer de capitanes y líderes, no solo organizar barbacoas. Rudy (37 años) siempre ofrece un extra en defensa, es de los jugadores más inteligentes que existen para predecir por dónde va a ir el balón, y Llull (34) es el termómetro anímico del equipo. ¡Llull, Llull, Llull, Llull! Nunca le tiembla la mano para asumir responsabilidades. Junto con Causeur, los viejos rockeros que se resisten a dar su último concierto.
  • Heurtel y Thompkins: tendrán que salir y son dos jugadorazos. Lo del francés no extraña a nadie, puesto que ya salió mal de Vitoria y Barcelona, pero lo del norteamericano sorprende, en especial tras el cariño que mostró Laso con él y su situación personal en 2018.
  • Randolph: sinceramente no creo que vuelva. Tras superar la rotura del tendón de Aquiles y un año entero de baja, parecía haber vuelto a un nivel aceptable, aunque nunca el que mostró antes de la lesión. Ahora, tras la rotura completa del ligamento cruzado anterior de la rodilla izquierda y a punto de cumplir 33 años parece difícil que regrese a un buen nivel. Habrá que planificar sin contar con el bueno de Toñejo.
  • Adam Hanga: reconozco que su fichaje hace un año no me produjo una ilusión especial, pero los entrenadores saben mucho más que nosotros, los simples aficionados con ínfulas, y el húngaro ha sido fundamental para el título, para suplir todas las ausencias en el puesto de base. Parecía que en el intercambio Laprovittola-Hanga había salido ganando el Barça y sin embargo, en la final, el madridista ha sido claramente superior al argentino en todas las facetas del juego. Que siga, claro que sí, otro veterano (33 palos).
  • Tavares, Poirier, Gaby Deck, Yabusele, Abalde: con estos cinco al fin del mundo. Intensidad en defensa, calidad en ataque, edades idóneas que aúnan juventud y experiencia, y hambre, mucha hambre de títulos.
  • Alocén y Williams-Goss: una de las grandes dudas para la próxima temporada está en el puesto de base. El zaragozano es joven y tiene mucho que aportar, pero habrá que ver cómo vuelve de su grave lesión. El norteamericano no me convence, aunque Laso haya sabido sacar partido de su juego en momentos puntuales. Habría que empezar a dar minutos a Juan Núñez (18 recién cumplidos), quien ya ha demostrado tener calidad de sobra en los pocos minutos con los que ha contado.
  • Altas: se comenta que el Madrid ya tiene atados a Mario Hezonja y Dzanan Musa para la próxima temporada. Si así fuera, son dos grandísimos fichajes que complementarían una plantilla que tiene que iniciar otra renovación, la enésima. Musa tiene solo 23 años y ha sido el MVP de la pasada Liga ACB con el Breogán, pero eso no significa nada cuando entras en una plantilla como la del Real Madrid. Laprovittola también fue MVP con el Joventut y le costó mucho ganarse minutos con Laso. En cualquier caso, dos muy buenos fichajes. En cuanto al puesto de base, todo parece indicar que el Madrid puede tener cerrado al Chacho Rodríguez, una de mis debilidades de la etapa anterior de Laso, pero acaba de cumplir 36 tacos y no sé si es lo que la «renovación» de la plantilla requiere. Por otro lado, parece que el Madrid espera un gesto del Facu Campazzo para volver a Europa y a sus 31 años, tras haber sido el mejor base de Europa y con la experiencia de dos años en Denver, sería el base perfecto para completar una plantilla brutal. Veremos qué fichajes se concretan de estos cuatro, y si hay hueco y minutos para los prometedores jóvenes que ya han debutado con el primer equipo: Vukcevic (cedido al Partizan de Belgrado), Klavzar (solo le he visto en el partido del CSKA y me pareció otro gran proyecto de jugador), Garuba y Spagnolo.

Ancelotti y el equipo de fútbol

Que «el tiempo pone a cada uno en su sitio» es una frase que encaja como pocas en lo que viene siendo el Real Madrid y la opinión que del club tienen los periodistas deportivos patrios, los autoproclamados mejores del mundo. Que al Barça le iba a costar digerir la salida de Messi lo sabíamos cualquiera. También se sabía que contaba con muy poco margen de maniobra, dado que, entre el estratosférico salario del argentino, el del resto de capitanes y veteranos (Piqué, Sergio Roberto, Busquets, Ter Stegen y Jordi Alba) y los fichajes equivocados de los últimos años tenía la caja más esquilmada que cualquier equipo de Primera o Segunda descendido por deudas (Reus, Elche), así que los medios se volcaron con la cantinela de decir que el Atlético de Madrid tenía la mejor plantilla de España.

Que el Madrid no se había renovado de manera adecuada, que había apostado todo a Mbappé y se había quedado sin fichar (a mí me encantan Álaba y Camavinga) y que Carlo Ancelotti era un entrenador jubilado que venía a Madrid a disfrutar de un plácido retiro. El Barça empezó a pinchar, como se esperaba, pero ese súper Atlético de la mejor plantilla, también, así que los periodistas cambiaron casi al unísono a otro de sus mantras: «al Madrid le da para competir en España por lo mal que están Barça y Atleti, pero en cuanto salga a Europa tiene muy poco recorrido, si hasta el Sheriff Tiraspol los ha humillado en el Bernabéu». Ahí están las hemerotecas y los audios de Richard Dees. Decenas de minutos de radio dedicadas a menospreciar al trabajo de uno de los entrenadores más laureados de la historia. Que si tiene ideas antiguas, que no rota a los jugadores y en febrero se le va a caer el equipo, que la temporada es muy larga y no va a llegar, que lleva de segundo a su hijo en un caso claro de nepotismo…

No escuché nada similar de Xavi Hernández cuando se trajo a Barcelona a su hermano como parte de su equipo técnico. O del Cholo Simeone cuando convocó a su hijo Giuliano y lo hizo debutar. Si no hay ningún problema cuando hay calidad o trabajo, el problema es el doble rasero de la prensa. Siempre.

El Real Madrid ganó la Supercopa tras derrotar al Barça y al Athletic, se llevó la Liga de calle, con cuatro jornadas de antelación pese a competir con la todopoderosa plantilla del Atleti (a 15 puntos) y se llevó la Champions más inverosímil y disfrutable que hayamos visto nunca. La quinta desde 2014, una animalada. Para este escribidor/espectador que tardó 28 años en ver su primera Copa de Europa, y que había llegado a pensar que quizás no la disfrutaría nunca, esta Orejona, la octava que he presenciado, ha sido quizás la más gozosa, junto con la de Ámsterdam en el 98.

En el año en el que Ceferin y su colega Al Khelaifi quisieron expulsar al Madrid de la competición, en el que los clubes-estado se convencieron de que podían campar a sus anchas (las sanciones al PSG y al City quedaron en nada), cuando nos contaban que la mejor competición posible era la Premier y que su poderío físico y técnico iba a destrozar a este Madrid avejentado, en ese escenario improbable, el Madrid resultó vencedor en una serie de remontadas memorables. Llevándose por delante al Catar Saint Germain y a lo más granado de la Premier: Chelsea, Manchester City y Liverpool.

El Madrid ha ganado con aroma a fútbol de los de antes, sin tanta especulación ni análisis de datos sobre ocupación de espacios y porcentajes, y de camino al éxito le ha hecho un gran favor a la propia UEFA, pues ha logrado la mejor publicidad posible a su competición. Aparte de la enésima demostración de que el dinero no lo es todo, y menos en el deporte. Las notas a final de temporada y con tres títulos logrados de los cuatro en juego, forzosamente tiene que ser una matrícula de honor.

Pero este equipo no descansa y ya está pensando en la siguiente temporada. Una vez que el emir de Catar se pasó por España repartiendo inversiones y siendo agasajado por ministros y empresarios, ah, perdón, que esto es un artículo de fútbol… una vez que los petrodólares cataríes consiguieron convencer a Mbappé de que no fichara por el Madrid (el PSG anuncia pérdidas cercanas a los 300 millones de euros en la temporada 2021-22 sin contar con los nuevos emolumentos de Kylian), el club blanco anunció los fichajes del alemán Antonio Rüdiger y del francés Aurélien Tchouaméni. El primero con la carta de libertad y el segundo tras desembolsar 80 millones de euros. Para los periolistos que se han atrevido a comparar este desembolso con el de los clubes-estado por un centrocampista de 22 años, habría que enseñarles un poco de cultura económica en primer lugar, y ya después, recordarles que son periodistas supuestamente imparciales que deberían quitarse el palillo antimadridista de entre los dientes antes de esputar aberraciones.

El Real Madrid está en el puesto 25 en el desembolso neto (fichajes menos ventas) en las últimas diez temporadas. Su masa salarial está ajustada a sus ingresos y no desbordada como en el caso del PSG o el Barcelona, y para hacer hueco a estos jugadores ha sabido dejar salir antes a otros. Esta temporada libera los (elevados) salarios de Isco, Bale y Marcelo. Siento la salida de este último (aunque era lo mejor), siento mucho que no se haya podido recuperar el rendimiento del galés, al que me harté de defender en este y otros foros, y no siento nada la marcha del malagueño. Lo mismo que no sentí las de Ramos y Varane (¿alguien se ha acordado de ellos este año?) o de igual modo que no sentiría las de Dani Ceballos o Marco Asensio, para mí, uno de los bluffs de esta plantilla. Me desespera, lo siento.

Con Modric, Casemiro, Kroos, Valverde, Tchouaméni y Camavinga tenemos un centro del campo potentísimo al que se pueden sumar Álaba e incluso Lucas Vázquez de manera ocasional. En defensa tenemos un muro con Militao, Rüdiger, Álaba, Mendy y Nacho, que siempre acaba siendo fundamental. El lateral derecho es el que más flojeaba, pero Carvajal ha tenido un último tercio como no se le veía desde hace años. Ojalá se mantenga sin lesiones, porque la alternativa, Odriozola, si finalmente vuelve de la cesión, tiene carencias defensivas y no convence.

Los expertos dijeron hace un año que Courtois no estaba ni entre los diez mejores porteros del mundo. Pues bueno, si esos son los expertos, yo soy un entendido en botánica y me parece perfecto que esa gilipollez la siga creyendo el resto del mundo. Yo no recuerdo un portero igual en mi vida, y lo dije ya cuando jugaba en el Atleti.

Así que la plantilla tiene muy buena pinta a falta de ver qué ocurre con la delantera: Karim Benzema, Vinícius Jr., Rodrygo y ¿Hazard? Con lo que me gustaba el futbolista belga, no sé si seguir esperando su resurgir. Son muchos años ya, casi tantos como los que pasé esperando que Gareth Bale volviera a ser el Gareth Bale de las primeras cinco temporadas. Parece que Jovic saldrá cedido y Mariano no se va ni con agua caliente (nunca entenderé a los jugadores con edad de disfrutar de minutos y juego que se acomodan). Quizás no vendría mal otro delantero goleador puro, pero creo que no hay nada por menos de 100-150 millones de euros, y Florentino ya ha dicho que no va a haber más fichajes (¿y si hubiera salidas con buenas ventas, como Asensio o Jovic?). Lo que parece claro es que no vas a traer a nadie por ese importe para tenerlo de suplente, así que sería el momento de confiar en la cantera: Latasa. Lo prefiero mil veces a opciones que han sonado como Gabriel Jesús o recuperar a Cristiano Ronaldo para una temporada. Mi gran duda es: ¿aguantará Karim a ese nivel? Yo digo que no, que mejorará, como hace año tras año.

Aquí lo dejo. Este aficionado está muy satisfecho, tanto con la temporada que finaliza como con la que está por venir, tan contento que me he puesto a jugar a director deportivo. Lo mismo que cualquiera de esos expertos que, vistas las hemerotecas, no creo que sepan mucho más que la mayoría de nosotros.

Colgar las botas

LESTER, 11/06/2022

Llevaba toda la temporada dándole vueltas a este momento y el domingo pasado por fin llegó: cuelgo las botas. Dejo el fútbol. Alguno de los cabroncetes que juegan conmigo seguro que piensa que fue el fútbol el que me dejó a mí hace años, pero ahí he seguido, dando guerra hasta los 52 tacos. He sido un privilegiado. Las lesiones me han respetado todos estos años y eso, sin duda, ayudó a esta longevidad. Muchos de mis compañeros tuvieron que dejarlo antes por problemas en las rodillas, meniscos, tobillos, cartílagos, espalda… cada convocatoria era un repertorio de dolencias y molestias que invitaba a la huida. O a la risa, que también: «estáis mayores», les decía. Seguramente algo hice bien para prepararme y aguantar las tarascadas y los golpes, que a partir de cierta edad uno se resiente. Y aunque trato de disimular en la oficina, los días posteriores a un partido me duelen los muslos, la espalda, las costillas y los innumerables sitios en los que haya podido llevarme un golpe ese fin de semana. No ando como Robocop por placer, compañeros. Con veinte años te recomponías en un segundo (sobre todo si tu chica estaba presenciando el encuentro) y al día siguiente ni te acordabas de dónde te habían golpeado. Pero desde hace años no, el cuerpo me estaba diciendo algo y yo me resistía a escucharlo.

Desde el año 87 he participado con regularidad en ligas de todo tipo, 35 temporadas con los únicos parones de la pandemia y del año que estuve a medio camino entre Marbella y Madrid. Algunos años jugaba en dos campeonatos diferentes al mismo tiempo, uno entre semana y otro los fines de semana. Hasta tres en un par de años de locura. Ligas de barrio, en la universidad, equipos de antiguos alumnos, de empresa, de fútbol 7, 8 y 11, fútbol sala, en campos de la Alameda de Osuna, Vicálvaro, Vallecas, Torrejón, Mijas, Fuengirola, San Pedro de Alcántara, Alcalá de Henares o Fuenlabrada, en mil sitios. Siempre ligas seniors, nunca quise asumir que la lógica me llevaba a las ligas de veteranos. En los campos en los que he jugado nos mezclábamos adolescentes, veinteañeros, treintañeros, cuarentones y (pocos ya) de mi quinta.

He disfrutado mucho todos estos años. Mucho. Albert Camus, antes de lograr el Nobel de Literatura en 1957 jugó como delantero durante su juventud hasta que una tuberculosis lo debilitó y lo llevó a continuar su «carrera» de aficionado como portero, y siempre decía que, de haber podido elegir entre las letras y el fútbol, escogería sin duda lo segundo. También nos dejó una de mis frases favoritas sobre este deporte:

“Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol”.

Siempre que en las empresas se plantean cursos sobre gestión de equipos o liderazgo, pienso que no hay mejor escuela que un equipo de fútbol. O de baloncesto, balonmano o rugby. Los que tengáis hijos pequeños, permitidme este consejo: apuntadlos a deportes de equipo, aunque luego se decanten por alguno individual. En un equipo de fútbol aprendes como en ningún otro sitio sobre gestión de egos, cómo abandonar el individualismo por el bien colectivo, sobre la solidaridad con el grupo, la preparación, cómo tratar de dar tu máximo, a alegrarte con los éxitos de tus compañeros o cómo aprender de tus errores para mejorar. No por ti, sino por tus compañeros, a los que quieres ofrecer tus mejores prestaciones.

De hecho, cuando menos he disfrutado ha sido cuando he jugado en equipos en los que no existía ese buen ambiente de compañerismo y camaradería que normalmente he encontrado en los terrenos de juego, cuando no jugué rodeado de amigos con los que luego te ibas a tomar una cerveza. O varias. Cuando he jugado con gente que vivía anclada en el reproche aunque luego sus decisiones no eran las que convenían al equipo. ¡Camus era un sabio! Y claro que hay tramposetes, como en la vida misma, gente que trata de engañar a la autoridad, o que te la hace por detrás y nunca de frente, o jugadores cuyo estado natural es el confrontamiento. Abandoné una liga en la que disfrutaba como un enano (y no como el cuarentón que era) el día que pegaron a un árbitro muy cerca de mí, ¿qué se me había perdido allí, o separando veinteañeros en las continuas tanganas que se formaban?

En el fútbol he hecho grandes amigos, gente del barrio en su mayor parte, o compañeros con los que coincides en un momento dado de tu vida y los quieres siempre a tu lado, en la defensa o en el centro del campo. Cuando publiqué mi primer libro de relatos (Relatos de un tiempo fugaz), varios lectores me dijeron que algunos parecían autobiográficos, y yo dije que solo uno lo era. Nadie adivinó cuál. Y era precisamente Remontada, sobre un equipo de barrio y un compañero, Alberto, que falleció con 23 años. Hay mucho de verídico en aquel texto. Como en aquel relato se contaba, he tenido la suerte de jugar con dos de mis hermanos e incluso, años después, con mi hijo durante cuatro temporadas. Una gozada auténtica, soñaba con una rosca perfecta a la cabeza de mi hijo que me gritaba «Papá, Papá» desde el centro del área y este remataba a la perfección, ilusiones que, con pequeños matices, cumplí (mis roscas dejaron de parecerse a las de Michel hace décadas).

El fútbol siempre ha servido para acercarnos a la gente y tener un nivel algo más que aceptable me ayudó siempre a disfrutar y hacer que los demás disfrutaran más esos momentos. En Bolivia organizamos partidos con los chavales de las escuelas cercanas que venían al Hogar Teresa de los Andes a pasar las tardes con nosotros y en Ecuador organizábamos partidos callejeros en el pequeño pueblo de Mascarilla. Una pelota y poco más. Ganas, sobre todo. De allí salió también uno de mis textos favoritos, Agua o fútbol, sobre la curiosa contradicción de unos pueblos con problemas de agua potable, pero con unas fantásticas canchas de fútbol de coste superior al de una depuradora para los vecinos.

En los distintos trabajos por los que he ido pasando a lo largo de todos estos años no ha habido lugar en el que no haya surgido una pachanga, un torneo de empresa, un equipo para una liga organizada. Hace años me di cuenta en uno de estos campeonatos del poder «democratizador» del fútbol, de su virtud «igualadora». Jugábamos una liga entre los distintos centros de trabajo de la empresa: nosotros, que éramos los de la Central, y gente de Fuenla, Rivas, Alcalá, Leganés… En uno de los equipos contrarios había un tipo que se pasó todo el partido repartiendo estopa, atizándonos a todos los que osábamos pasar por el medio del campo. En una de estas le dije que se controlara un poco que íbamos a acabar haciéndonos daño y me contestó:

– Es que ustedes, los de la corbata, vienen aquí a vacilarnos.

Me salió del alma la respuesta:

– ¿Corbata? ¡Pero si aquí estamos todos en pantalón corto, amigo!

No sé si sirvió de algo, pero creo que rebajó un poco las hostialidades. Todos somos iguales en pantalón corto, once contra once con las mismas reglas. Cada uno con nuestras fortalezas y nuestras debilidades, ahí no hay rangos ni escalafones, y se respeta la integridad física de compañeros y rivales. Nunca he ido a hacer daño. Y todo el que ha jugado al fútbol sabe cuándo un rival va a hacer daño. Cuando ves un partido por televisión con amigos o en un bar se nota mucho por los comentarios quién ha jugado al fútbol y quién no, y hay periodistas y «piperos» que creo sinceramente que no le han pegado jamás a un balón. Cuando esta temporada empezaron a opinar sobre los pisotones, que si eso era roja, que si la intención, que si tal… te dabas cuenta de que ni uno solo se había calzado jamás unas botas, ni sabía distinguir una jugada de otra. Este es un «regalo» que me dejaron a mí esta misma temporada, un taco cerca del gemelo que me rascó toda la pierna. No hubo mala intención, solo mala suerte, pero de haber existido el VAR en los campos en los que juego, esa entrada habría parecido escandalosa y cualquier juntaletras habría empezado con la cantinela «¡roja! ¡Criminal!»:

Y no era así, ni mucho menos, hay mucha más nobleza de la que algunos creen en este deporte. Lo he pasado muy bien, he aprendido mucho, he conocido gente estupenda, mucha más que desalmados carniceros, y ahora toca dejarlo. La mejor despedida de un deportista que recuerdo, al menos la más emotiva, es la del Dear basketball de Kobe Bryant, aquel corto que se llevó un Óscar en 2017, con música de John Williams. Yo no he dado mi vida al deporte, ni mucho menos, pero sí tiene grandes frases, de entre las cuales me quedo con esta:

«My body knows it’s time to say goodbye. And that’s OK.

Mi cuerpo sabe que es el momento de decir adiós. Y eso está bien».

Kobe Bryant

Gracias, Papá, por inculcarnos ese amor al deporte, por insistirnos en que saliéramos de la cama y nos fuéramos «a hacer deporte», ya fuera con una raqueta, un balón de fútbol o uno de baloncesto. Gracias, Mamá, por tu infinita paciencia con esos chavales que desde los doce años jugábamos en campos de tierra, auténticos lodazales cuando llovía. Sabías que el fútbol, y no la música, es lo que amansa a las fieras. Gracias a todos los que habéis jugado conmigo todos estos años, y a los que me habéis aguantado como rival, «ese pesao que no paraba de correr». Lo hemos pasado realmente bien. E igual que Chicho Ibáñez Serrador se resistía a enterrar el Un, dos, tres año tras año («clave usted unas puntas sobre el ataúd… pero no muy fuertes por si acaso»), yo no voy a deshacerme todavía de las botas. Tras el maratón que espero correr en diciembre, quién sabe si podré resistirme a un The Last Dance a partir de enero. Aún me veo joven, fuerte como un Miura, concretamente como ese japonés que se resiste a colgar las botas.

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