El talento frente al Big Data

BARNEY, 06/02/2022

El domingo pasado, tras la impresionante victoria (una más) de Rafa Nadal en la final del Open de Australia, recibí uno de los mejores memes de los últimos años, el que da inicio a este post. «Hola, soy Rafa Nadal y el big data me come los huevos». En esos momentos de partido, el programa de predicción de resultados del Open de Australia daba un 96 por ciento de posibilidades de victoria al ruso Daniil Medvedev y un exiguo 4 por ciento a Nadal. Los programas de las casas de apuestas le daban aún menos posibilidades, apenas un dos por ciento. Medvedev marchaba claramente por delante en el partido: dos sets a cero y 1-0 en el inicio del tercer set, y su ventaja parecía definitiva poco después:

Todos sabemos lo que ocurrió: Nadal salvó esos tres puntos de break, ganó el set, el cuarto, el quinto, el torneo y su 21º Grand Slam. Se agarró a ese cuatro por ciento de posibilidades y le dio la vuelta al partido. El Win Predictor es el resultado de un software desarrollado por Game Insight Group en colaboración con la federación australiana de tenis y la universidad de Victoria. El programa combina decenas de miles de resultados de partidos con estadísticas de los jugadores, los momentos de juego, incluso qué jugadores ganaban los puntos largos o cortos en el partido analizado. Todas las estadísticas estaban a favor de Medvedev y el programa informático se limitaba a contrastar los mismos:

  • Medvedev tenía un 33-0 en partidos de Grand Slam tras llevarse los dos primeros sets.
  • Nadal solo había remontado un 0-2 en sets en dos ocasiones en Grand Slam y de eso hacía muuuucho tiempo: ante Kendrick (Wimbledon, 2006) y ante Youzhny (Wimbledon, 2007). Yo le vi hacerlo otra vez, en el torneo de Madrid ante Ljubicic, una remontada impresionante e impensable tras los dos apabullantes primeros sets.
  • Medvedev estaba dominando los puntos cortos en Melbourne, pero también los largos, los de más de nueve golpes, que suelen ser en los que Nadal cimenta sus triunfos.
  • La edad de los jugadores, diez años más para el balear.
  • Los resultados de los últimos meses: Medvedev fue el único que logró quebrar el año triunfal de Djokovic en 2021, mientras que Nadal acababa de salir de lesión y covid.

¿Falló el programa? En absoluto. Lo normal en esas circunstancias es que Medvedev se hubiera llevado el título, pero el factor humano, la cabeza unida a un inconmensurable talento, desmontaron lo que el big data se obstinaba en predecir. Hay detalles que un algoritmo posiblemente no pueda implementar, como la fortaleza mental. Los algoritmos funcionan y mejoran a medida que se les cargan más resultados y variables, pero hay algunos conceptos difícilmente valorables, como la competitividad del Big Three sobre la Next Gen. En la final de Roland Garros de 2021, Novak Djokovic remontó dos sets al griego Stefanos Tsitsipas. En la final del U.S. Open de 2019, Medvedev empató un partido casi perdido frente a Nadal, remontó dos sets a cero y break en contra, pero no remató. Casi remonta el partido, casi iguala el quinto, que perdía 5-2, pero todo fue «casi». Le faltó el punch final que sí tuvo Rafa. El talento del Big Three Nadal-Federer-Djokovic o Rafa-Roger-Nole sigue siendo superior a la Next Gen, que empieza a no ser tan joven: Medvedev cumple 26 esta semana (un US Open), Thiem tiene 28 y al igual, un US Open, Zverev cumple 25 en abril sin Grand Slams de momento y el griego Tsitsipas cuenta con 23 y una final perdida en Grand Slam.

El análisis masivo de datos, todas esas herramientas de business intelligence, machine learning, big data y demás, tienen gran utilidad para el mundo del deporte, pero por suerte nunca podrán predecir los resultados del deporte, siempre existirá esa «maravillosa impredecibilidad» que nos mantendrá pegados a la pantalla. El talento, al igual que el gen competitivo, es inconmensurable en el sentido estricto de la palabra: que no se puede medir, comprimir en un algoritmo matemático. Me recuerda a la escena de El club de los poetas muertos en la que el profesor Keating obliga a destrozar a los alumnos la página del libro en la que se hablaba de la poesía en términos matemáticos:

¡A la mierda todo eso, dejadme disfrutar del partido! Dejad que me recree en los momentos clave, en la brecha abierta en la ceja de Iván Drago que altera el desequilibrio de un encuentro y lo balancea hacia el extremo opuesto, dejad que las máquinas se vuelvan locas tratando de comprender lo incomprensible.

En las últimas décadas, el estudio del deporte a través de los datos está creciendo de manera exponencial. Existen escuelas de negocios cuyos equipos de análisis de datos trabajan con clubes de fútbol, baloncesto, ciclismo y casi cualquier especialidad profesional. En ocasiones no es necesario conocer bien el deporte, ni haberlo jugado siquiera, sino que a través del estudio riguroso de las estadísticas junto con los profesionales del deporte se pueden comprender mejor determinados aspectos del juego. La película Moneyball (2011, dirigida por Bennett Miller, con Brad Pitt, Jonah Hill y Philip Seymour Hoffman) cuenta la historia del gerente general de los Oakland Athletics de béisbol en 2002, cuando revolucionó este deporte con la ayuda de un friki de los datos sin apenas conocimiento del juego. Las estadísticas fueron utilizadas por Billy Beane (el personaje de Brad Pitt) para formar un equipo low cost que logró batir el récord de victorias consecutivas de la liga americana a base de cambiar algunos paradigmas del juego. El objetivo de algunos bateadores no era lograr la carrera, sino capturar la primera base, por ejemplo, o analizaban como los pitchers contrarios se desgastaban y perdían fuerza en los lanzamientos, por lo que se buscaba forzarlos para que perdieran esa potencia y precisión. Fue un cambio radical para un deporte que se había jugado durante décadas de la misma manera, con los mismos esquemas.

En Estados Unidos, en donde la profesionalización del deporte es exagerada en comparación con el resto del mundo, se analiza todo al detalle y los equipos de la NBA, la NFL o la MLB cuentan con potentes equipos de matemáticos, estadísticos o entrenadores formados en disciplinas relacionadas con el big data. Desde hace varios años, igual que se celebra la Super Bowl, el gran espectáculo del fútbol americano, los analistas del deporte se reúnen en la Big Data Bowl para hablar de los avances en el campo de la estadística aplicada al juego. Se mide todo: entrenamientos, forma física de los jugadores en cada momento concreto de la temporada, potencia y distancia de los lanzamientos, metros recorridos, velocidad de los jugadores, espacio que ocupan en defensa y ataque… Pero siguen buscando algo imposible: desarrollar herramientas predictivas.

En la NBA hay estudios muy interesantes (los programas de Antoni Daimiel son apasionantes cuando tocan estos asuntos) sobre la evolución del juego y los datos van mucho más allá de los tradicionales puntos+rebotes+asistencias:

  • Cómo los jugadores se han ido alejando del aro a medida que aumentaban los porcentajes de tiro.
  • Los cambios en las defensas en función de los jugadores exteriores rivales.
  • Cómo los especialistas en la pintura ya no lanzan más allá de dos-tres metros.
  • Los más/menos con determinado jugador en cancha, que puede medir una excesiva dependencia o todo lo contrario, un jugador muy bueno en lo individual que perjudica al conjunto.
  • O esas otras que a veces lees en los rótulos en mitad de un partido: «2-15 cuando el equipo está con desventaja de 14 o más puntos», que en el caso de otros equipos puede demostrar una fortaleza mental muy superior: «8-12 cuando está abajo +14».
  • Alguna vez he visto el porcentaje específico de tiros libres de un jugador en función de lo ajustado o no del marcador, un dato que puede ser más concluyentes que el simple «porcentaje de acierto».
Fuente: Thierry Aymerich. Master Big Data Deportivo.

Yo personalmente tengo mis dudas al respecto: me interesan los datos como herramienta de análisis, pero no quiero saber de ellos para «manejar» un deporte, para tenerlo bajo control. Por llevarlo al extremo, no me interesa lo que ha ocurrido con el ciclismo o la Fórmula 1, deportes en los que parece que son los ordenadores los que previamente han decidido lo que va a ocurrir en la carrera. Los ciclistas y los pilotos están tan controlados en todos sus parámetros que los directores de equipo se limitan a transmitir por el pinganillo lo que las máquinas indican. Adiós a los arrebatos «a lo Perico Delgado», adiós a la emoción. Hay corrientes de aficionados al ciclismo en contra del uso del pinganillo y a favor de la vuelta al ciclismo tradicional. Ahora se habla más de vatios, potenciómetros y hasta ácido láctico. Yo era más de demarrajes irracionales y tirar hasta donde el cuerpo aguante.

En cuanto al fútbol, el big data se usa desde hace años, si bien en sus primeros pasos en nuestro país se utilizaba casi exclusivamente para el seguimiento de la forma física de los jugadores durante la temporada. Control del peso, mejora de la masa muscular, pérdida de grasa, minutos jugados, análisis de esfuerzo… Algunos entrenadores decidían las alineaciones en función de dichos parámetros y las famosas rotaciones eran resultado de los análisis de un ordenador.

Según El Big Data y el Fútbol, en un partido se analizan unos ocho millones de datos. Repito, ocho millones. Datos que posteriormente se procesan y analizan, pero que nunca serán más fiables que un aficionado con una cerveza en la barra de un bar: «¡ejke no presionamos!». Los alumnos del Máster en Big Data Deportivo, certificado por la UCAM de Murcia y en colaboración con Opta (proveedor de datos de LaLiga), publican ocasionalmente sus informes en un blog de Marca. Suelen ser interesantes, si bien en ocasiones me parece que muchos de los datos son irrelevantes. O demuestran que el conocimiento de la estadística no va parejo con el del juego. Analizar todo esto, con mapa de calor incluido, para decir que Vinícius se desenvuelve mejor por la banda derecha es… en fin, erróneo.

En este enlace se puede acceder al vídeo QlikView y las estadísticas en el fútbol, en el que se dicen cosas interesantes como la enorme utilidad de los datos para el análisis a posteriori, pero sus limitaciones como herramienta de predicción. El fútbol sea quizás más impredecible que ningún otro deporte porque un solo gol puede decidirlo todo. «La sublimación del gol ha frenado el desarrollo de la estadística como herramienta de análisis», se dice en el vídeo. Me suena un poco Xavihernández («nos ganaron 7-0, pero tuvimos la posesión, no pudieron dominarnos»), pero lo cierto es que uno ve las estadísticas del Real Madrid-Sheriff Tiraspol de esta temporada (1-2), el Atlético de Madrid-Liverpool (1-0) o frente al Bayern de Múnich (1-0), o el Real Madrid-Bayern de 2014 (1-0) y resulta imposible prever que aquellos prtidos pudieran acabar con esos marcadores cuando los derrotados fueron superiores en todo lo demás: posesión, pases, acierto en los pases, tiros a puerta, jugadas en el área, ocasiones de gol, saques de esquina… Pero en ocasiones el portero o una gran defensa, o un acierto puntual en ataque revierten todo lo que la estadística indica.

Con el tiempo se avanza en el entendimiento del juego a través de la estadística y algunos talibanes de la posesión tendrán que comenzar a entender que esto consiste en meter goles, a veces de la manera más rápida, y no en sobar la pelota. Este vídeo habla de «Diez estadísticas del fútbol que la gente usa de manera errónea» y coincido con lo que indica acerca de que los datos por sí solos y sin conocimiento del contexto de juego no se utilizan correctamente:

Y luego están los «intangibles», como entender los diferentes criterios arbitrales. O por qué en cada partido la primera tarjeta es siempre para un jugador del Madrid. En el partido de cuartos de final de Copa de hace tres días, la primera falta del Madrid (Toni Kroos) fue sancionada con amarilla. Era clara, nada que objetar, lo que no es normal es que Raúl García llevara dos entradas de amarilla-naranja a esas alturas de partido y que se fuera de rositas del campo:

Como siempre que critico a ese carnicero llamado Raúl García me aparecen sus defensores para criticar a Sergio Ramos, les remito a una de las mejores página de estadísticas, FBREF.com, que tiene incluso la posibilidad de comparar jugadores y competiciones (siempre aparece con el duelo Messi-Cristiano por «el mejor de la historia») y yo he hecho la comparación entre ambos «tipos duros» y el doble rasero arbitral:

Son jugadores con más de diecisiete años en primera división, y mientras Raúl García ha hecho más faltas que Ramos (1050 frente a 962), ha recibido bastantes menos amarillas (142 frente a 175) y una cantidad ridícula de rojas (6+1 en lugar del récord de 21+4 de Ramos). Y eso que los datos no pueden medir la dureza de las entradas de uno y otro. Así que la próxima vez que alguien me hable de Ramos en el apartado disciplinario, le diré que con el big data en la mano, me puede comer los huevos.

Concluyo ya, casi como empezaba: el talento no podrá medirse o parametrizarse jamás. Dejo un vídeo de otro partido que vi en directo y que resultaba imposible predecir que acabaría como acabó: Brasil-Argentina del Mundial de Italia 90. Brasil dominó de principio a fin, tuvo muchas ocasiones claras, tiró tres veces al palo, pero… no pudo controlar una sola vez al genio, a Maradona, y perdió.

La maravillosa imprevisibilidad del deporte. Que siga, que las máquinas no nos limiten la capacidad de sorprendernos.

2022: el año de Soylent Green

TRAVIS, 30/01/2022

El 1 de enero de este año que acaba de comenzar recibí esta imagen junto con una de las primeras felicitaciones, una línea temporal con las principales películas que se ambientan en hipotéticos futuros imaginados por los guionistas:

La manera en que el cine o la literatura han tratado de imaginar el futuro me ha interesado siempre, razón por la cual ya lo he tratado en anteriores ocasiones en el blog (El futuro ya está aquí). Esta imagen me llamó la atención, aunque tengo alguna que otra matización, y además echo en falta algunas grandes obras con fechas concretas en sus predicciones:

1984: la novela de George Orwell, imprescindible, no como la película que se basó en la misma. Aunque con algunos años de retraso sobre lo que el escritor británico predijo, el control y manipulación de la información, la censura totalitarista, la alteración del lenguaje para pervertir el pensamiento, o la reescritura de la historia forman parte ya por desgracia de nuestro día a día.

1995. La Naranja Mecánica, ambientada supuestamente en ese año: la novela se adelantó a su tiempo al hablar de las bandas de delincuentes juveniles, el abuso de las drogas y la ultraviolencia, y quizás se pasó de frenada con las terapias de reeducación y el célebre método Ludovico.

1997, Escape from New York: la versión española incluía el año en su título, 1997: Rescate en Nueva York. Una divertida peli de serie B dirigida por John Carpenter en 1981 y con un personaje de culto para muchos, ese Snake Plissken mitad héroe, mitad delincuente, interpretado por Kurt Russell. Para este juego del Timeline peliculero, echo de menos la segunda parte, 2013: Rescate en Los Ángeles. Se rodó en 1996 con el mismo director y protagonista, y en la misma estaba prohibido fumar, comer carne roja o ser musulmán. Quizás no estemos tan lejos de estas prohibiciones si cambiamos el Islam por el cristianismo.

2001, Una odisea del espacio: rodada en 1968. Otra película con el peligro de llevar una fecha en su título, porque no, el hombre no ha logrado llegar aún a Júpiter. O a Saturno, como decía la novela de Arthur C. Clarke. En este blog ya dejé mis particulares timelines de películas espaciales en A (bored) man on the moon:

2015, Regreso al futuro: Robert Zemeckis y Steven Spielberg imaginaron en 1985 cómo sería el 2015 al que viajaba Marty McFly y resulta curioso verlo una vez que llegamos a la fecha en cuestión. No tenemos aún coches voladores (salvo algunos prototipos), ropa ajustable, drones para pasear a los perros o aeropatines, pero sí «acertó» con el cine en 3D, las pantallas planas, las videoconferencias, la identificación biométrica y unas gafas muy parecidas a las Google Glass. Pero acertó sobre todo con algo que no es una innovación tecnológica, sino un comportamiento: el atontamiento que produce el enganche a las pantallas, sobre todo en los adolescentes.

1984-2029: Terminator, ¿cómo puede faltar Terminator en ese timeline? La guerra contra las máquinas se sitúa en 2029, pero han sido tantas las idas y venidas al pasado que se podría llenar esa imagen con distintas marcas. El primer Terminator viaja a 1984 para cargarse a Sarah Connor. En la segunda, para mí la mejor de todas, nos cuentan que el 29 de agosto de 1997 Skynet se cargó a 3.000 millones de personas con su petardo nuclear. En 2017, la sociedad está tan absorbida por la inteligencia artificial que hay tras las pantallas de sus tablets, ordenadores y televisiones que no se entera del control absoluto que existe sobre sus vidas (Terminator: Génesis).

2019: Blade Runner. Los seguidores de este blog ya saben que no se encuentra precisamente entre mis favoritas, pero es que además el noviembre de 2019 que imaginó se parece muy poco al real. La cagó incluso con las marcas comerciales que escogió para los carteles de neón: quebraron todas, excepto la Coca-Cola. La «maldición de Blade Runner» se llevó por delante a Atari, RCA, Pan-Am, Bell Systems o TDK.

2199, Matrix: ¿de verdad se desarrolla en ese año? Esa es la fecha que Morfeo calcula, porque durante la primera parte de la película (la primera, la mejor, la obra maestra) se supone que la acción se sitúa en el momento presente, con detalles como la fecha de vencimiento del pasaporte de Neo/Thomas Anderson, el 11 de septiembre de 2001. Acojonante, porque se rodó en 1999. Lo que ocurre es que llega un momento en el que cuesta distinguir el mundo real del virtual, ¿será el Metaverso de Facebook el principio de algo parecido?

Sobre algunas otras fechas: La fuga de Logan se desarrolla en el año 2116, la escasez de papel higiénico de Demolition Man se adelantó algo en el tiempo con el confinamiento de 2020 y me importa un carajo la fecha de ese bodrio llamado El quinto elemento. ¿Y dónde situamos Fahrenheit 451, en qué momento las autoridades censoras se ponen a quemar libros? ¿Canadá, en pleno 2021?

2022. Llegamos al año de Soylent Green. Cuando el 1 de enero recibí esa imagen, no había visto la película, pero se encuentra fácilmente por internet, así que dejo aquí un enlace por si alguno siente la misma curiosidad por verla: Película «Cuando el Destino nos Alcance»

Se rodó en 1973, estaba basada en la novela ¡Hagan sitio, hagan sitio!, de Harry Harrison y su título español fue Cuando el destino nos alcance. La trama nos sitúa donde se sitúan siempre las escenas apocalípticas, ya sean meteoritos, inundaciones, nevadas, Godzillas, ataques zombis o atentados terroristas: en Nueva York. Pero una Nueva York con un ligero problema de hiperpoblación (40 millones de habitantes) y desempleo (20 millones de parados solo en Manhattan). La película fue dirigida por Richard Fleischer, uno de esos artesanos de Hollywood sin tanto nombre como otros directores, pero con una filmografía repleta de entretenidísimas películas: Asalto al carro blindado, 20.000 leguas de viaje submarino, Viaje alucinante, Tora! Tora! Tora!, o mi favorita de largo: Los vikingos.

Soylent Green cuenta con un reparto con tres grandes de la interpretación, Charlton Heston, Edward G. Robinson y Joseph Cotten en un papel menor, algunos secundarios conocidos como Chuck Connors (el de la cara cuadrada que casi siempre hacía de malo) y Brock Peters (Matar a un ruiseñor), y una actriz que desconocía, pero que es pura sensualidad en su papel de «mobiliario» del apartamento: Leigh Taylor-Young. Lo interesante de la trama es que se trata de una de las primeras películas con un mensaje claramente ecologista. Ya en los estupendos dos primeros minutos, en los que describe en fotos de época unos cien-ciento cincuenta años de historia, de 1850 hasta la segunda mitad del siglo XX, advierte del peligro de la polución, la superpoblación, el calentamiento global y el ritmo de vida de entonces. Tanto la ganadería como la agricultura se han echado a perder y la gente se alimenta de Soylent, en sus variedades roja y amarilla. La película habla también del control de grandes corporaciones, como Soylent, que anuncia el lanzamiento de su último producto, Soylent Green, elaborado a partir de plancton, según indica la publicidad de la empresa.

Sin desvelar grandes aspectos de la trama, me han llamado la atención algunos detalles que parecen actuales (recuerdo que se rodó casi medio siglo antes del 2022 en que sitúa la acción), como el toque de queda, las mascarillas que llevan algunos personajes, la iglesia como refugio o «Cáritas» para los más desfavorecidos o la referencia a violaciones en cuadrilla. Las élites tienen acceso a productos de lujo que no alcanzan a la población, pero nada del otro mundo, sino una ducha de agua caliente, un filete o la mermelada de fresa. Hay revueltas sociales, como en tantos lugares hoy día, y los antidisturbios tienen que actuar de manera un tanto particular (no desvelo nada, está en la carátula al principio del post).

No me ha parecido una gran película, aunque entretiene, y su resolución es algo floja, falta de metraje, de alternativas o de una gran final como el de esa otra película de Charlton Heston anterior en unos pocos años: El planeta de los simios. Por cierto, ya que hablo del actor de la Asociación Nacional del Rifle, su personaje es un jeta de cuidado, aunque si el papel consistía en hacernos valorar los placeres de la vida (lo que hoy parece cotidiano, en Soylent Green tratado como un lujo), cumple de maravilla. Su manera de solucionar el problema de superpoblación en el mundo guarda una cierta relación con La fuga de Logan, si bien aquí se matan dos pájaros de un tiro. Estamos en 2022, esperemos poder seguir disfrutando de buena comida, «¡un tomate!», dice Sol (Edward G. Robinson), y no compuestos plásticos insípidos distribuidos por la corporación megamillonaria de turno.

Una película que nos habla directamente de la belleza de este mundo, de sus paisajes, de la naturaleza viva y de la importancia de protegerla. Ya lo he comentado en otros post, pero la idea de la Tierra como vertedero que aparece en Wall-E me parece de lo más aterrador de estos futuros distópicos imaginados por el cine o la literatura.

Elvis sobre tórax

LESTER, 23/01/2022

Leningrado, marzo de 1967

Cuando llamaron a la puerta de la casa de Ruslan a última hora de la tarde, poco antes de la cena, se temió lo peor. Sus temores se vieron confirmados cuando divisó a través de la mirilla a dos tipos altos con largos abrigos grises al otro lado de la puerta. Nada bueno podía presagiar aquella visita. A su mujer, Nadia, se le encogió el corazón.

– No, por favor, Ruslan, dime que no.

Ruslan abrió la puerta y dejó pasar a los dos funcionarios del Estado. Se identificaron sin apenas mediar palabra, «Sergei Nikolaievich», «Yuri Shalimov», y comenzaron a registrar el piso. No les llevó mucho tiempo encontrar lo que buscaban. En el pequeño despacho de trabajo, decenas de estanterías con lo que parecían pequeñas carpetas con documentos no muy gruesos, de apenas medio centímetro de grosor, ocupaban todas las paredes.

– Con llevarnos una caja ahora será suficiente. Aquí hay pruebas para llenar un camión entero.

Nadia comenzó a llorar, mientras Ruslan trataba de tranquilizarla. Shalimov precintó la habitación con una cinta adhesiva con el símbolo de la policía.

– Usted se viene con nosotros -indicó a Ruslan. Luego se dirigió a la mujer-. Y a usted y a los suyos, más les vale no entrar en esa habitación. Volveremos mañana con un equipo para llevarnos todo.

La historia de Ruslan

A finales de la década de los cuarenta, el joven Ruslan estaba cerca de finalizar su formación como ingeniero de sonido en la Universidad Politécnica de Leningrado. Apenas dos años antes había tenido que tomar una decisión trascendente para su vida. Tras muchos años compaginando los estudios de música en el conservatorio con la ingeniería, había tenido que asumir que carecía del talento suficiente para desarrollar una carrera musical, así que se volcó en obtener el título de Ingeniería con un expediente brillante. Pero su afición a la música no había menguado y seguía tocando el clarinete como aficionado con una banda de antiguos alumnos del conservatorio. Gracias a contar con uno de los mejores currículos universitarios como ingeniero, fue autorizado a salir del país en varias ocasiones, siempre con el motivo de asistir a ferias y congresos internacionales sobre innovaciones técnicas en el campo del sonido.

En uno de aquellos viajes, a principios de los cincuenta, acudió a Berlín Este, donde, tras las interminables sesiones sobre ondas de radio, amplificadores y antenas, fue invitado a una fiesta en una casa particular en la que, para su sorpresa, descubrió la música occidental: el jazz, el blues, ¡el rock and roll! Acostumbrado a las orquestas sinfónicas y las piezas clásicas, aquella música, de la que había oído hablar a algunos paisanos, le pareció revolucionaria. «Lo que daría por llevar esta música de ritmos frenéticos a Rusia», comentó a un joven ingeniero búlgaro presente en aquella fiesta. Sin embargo, tenía bien claras las prohibiciones estalinistas que pesaban sobre esa música considerada «capitalista». «Una mala influencia para la juventud», según publicó el Pravda tras la aprobación de la censura en 1948.

El gusanillo de Duke Ellington, Ella Fitzgerald o Carl Perkins anidó en su cerebro y en el viaje de vuelta a la Unión Soviética pensó que «la música no puede hacer ningún mal a nadie», así que decidió que, aunque fuera de forma contraria al régimen, no habría nada malo en procurarse unas copias de esa música cada vez que tuviera ocasión. Aprovechó sus conocimientos y los viajes al extranjero para copiar discos enteros que lograba introducir al país junto con todo el material técnico que traía de las ferias. El mayor problema que encontró fue procurarse el material necesario para las copia, el vinilo, puesto que por entonces los derivados del petróleo escaseaban y eran muy caros.

La historia de Nadia

La familia de Nadia era natural de Jarkov, una de las mayores ciudades de Ucrania, pero a principios de los años treinta, cuando estalló la hambruna en el país, el terrible Holodomor que se llevó por delante a varios millones de camaradas, emigró a Rusia en busca de una vida mejor. Nadia tenía solo tres años cuando se instalaron en Leningrado, en un piso minúsculo en el que vivió con sus padres hasta que terminó la universidad. Allí estudió Enfermería, una carrera que le procurara un trabajo seguro y en el menor tiempo posible, puesto que la familia seguía viviendo estrecheces económicas y apuros para completar tres comidas diarias. Nadia aprobó sin demasiadas dificultades y en el concierto que se celebraba a finales de junio, durante el festival de las Noches Blancas, conoció a un joven sonriente llamado Ruslan. Nadia entró a trabajar en el hospital militar de la ciudad y apenas seis meses después se casaron en una ceremonia discreta con pocos invitados.

Cuando unos pocos años después Ruslan trajo a casa sus primeras copias de artistas de jazz, Nadia se asustó. No entendía el idioma, ni el alocado ritmo, ni muchos menos el entusiasmo de su marido, y además era consciente del peligro de tener esos discos en su poder, pero al ver la felicidad en su rostro no pudo menos que asentir y pensar que, ciertamente, «la música no puede hacer ningún mal a nadie».

La cabeza de Ruslan era un torbellino de ideas, tenía una vitalidad que procuraba disimular para no llamar la atención, pero un día llegó emocionado, incapaz de disimular su alegría.

– He encontrado la alternativa al vinilo -dijo entusiasmado-. Mira que he probado con varios materiales para copiar los discos, pero unos son muy frágiles y se rompían, otros son escasos, o caros o muy gruesos, y resulta que la solución era muy sencilla. Mira.

Le mostró una radiografía de un pie. De frente y de perfil. Estaba recortada de modo circular y la puso contra la luz.

– Mira. ¿Ves el microsurco? ¡Es perfecto! -puso la radiografía en el pequeño tocadiscos que tenía en el salón y colocó la aguja sobre el metatarsiano de aquel pie-. ¡Escucha!

Ruslan se puso a bailar cogiendo de las manos a Nadia, que sonreía y bailaba con él sin ningún sentido del ritmo, de un ritmo que no era capaz de comprender.

Durante los años siguientes, Nadia procuraba sacar del hospital las radiografías que eran desechadas por los médicos. Al tratarse de un material inflamable, las normas obligaban a su destrucción casi inmediata, pero Nadia consiguió «salvar» unas cuantas de la quema. Al principio un par de ellas, luego media docena, una docena… Era difícil ocultar más bajo el uniforme de enfermera sin levantar sospechas. Durante los siguientes quince años, Ruslan copió decenas, cientos, miles de discos, al principio para su propio disfrute, pero posteriormente, para intercambiarlos en el mercado negro por alimentos o ropa. Louis Armstrong por un paquete de mantequilla o cinco litros de leche, Buddy Holly a cambio de un nuevo abrigo para el duro invierno.

La historia de Sergei

Sergei Nikolaievich era lo que podría considerarse «un ciudadano ejemplar», «un funcionario modelo», al menos en lo que aparentaba, en su comportamiento o en el modo de actuar. Sergei era lo suficientemente inteligente para saber lo que el sistema requería de él y en su cometido cumplía de manera sobresaliente, pero en su vida privada hacía pequeñas concesiones que trataba de mantener ocultas. Sabía hablar inglés y había leído varios de los libros prohibidos en su país, libros que requisaba en casas de disidentes a los que no tenía más remedio que detener. En cada ocasión procuraba hacerse con un ejemplar durante el trayecto a la comisaría. Solo uno, que leía y destruía inmediatamente.

A finales de los cincuenta fue invitado a una cena en casa de uno de los miembros del ayuntamiento. Al acabar, uno de los invitados comenzó a tocar el piano que había en el gran salón. Para sorpresa de todos los asistentes, pasó de una conocida pieza de Chopin a aporrear con fuerza el teclado, de manera casi violenta. Sergei no pudo evitar que se le movieran los pies al ritmo de esa canción.

– ¡Jerry Lee Lewis! -exclamó el hombre del piano-. ¡Great balls of fire!

Fueron pocos los que aplaudieron tras los tres minutos frenéticos de piano, al principio tímidamente, después con algo más de fuerza. El dueño de la casa se dirigió a todos los invitados y les dijo:

– Es mi sobrino, que acaba de llegar de Inglaterra, donde ha estado unos meses. Al parecer allí escuchan estas cosas, una locura propia de los anglosajones -sonrió y se dirigió al improvisado pianista-. Solo espero que no me hayas dañado el piano.

Los invitados sonrieron y la fiesta continuó. Pero Sergei tenía curiosidad por conocer esa música, así que se acercó al joven, el cual le habló fascinado de los movimientos musicales que había en Estados Unidos y el resto de Europa. Durante los años siguientes, Sergei visitó en numerosas ocasiones el mercado negro, de manera casi furtiva, donde logró hacerse con varios discos, impresos sobre radiografías. Los Beatles, Elvis Presley, los Beach Boys, microsurcos sobre cráneos, tórax o fémures. La policía conocía la existencia de estos discos de «rock&roll» y llamaron al movimiento Bones’n’Ribs, huesos y costillas, o Bone Music.

Sergei tenía una pequeña colección casera de discos oculta en casa, nada que pensara que era especialmente peligroso, porque al fin y al cabo, «la música no puede hacer ningún mal a nadie», y esta prohibición no iba a durar eternamente.

La historia de Yuri

Yuri Shalimov había nacido en Omsk, una ciudad del interior. Dejó allí a su familia cuando se enroló muy joven en la academia de policía de Moscú, donde vivió varios años y ejerció su trabajo durante los tiempos más duros de la represión estalinista. Su fidelidad al régimen y su absoluta falta de escrúpulos hicieron que fuera promocionado de manera rápida en el cuerpo de policía. Se casó y tuvo dos hijos, todo muy «soviético»: Dimitri, aficionado al ajedrez, y Elena, cuyo interés se decantó por el ballet y el violín.

A principios de los sesenta fue trasladado con su familia a Leningrado, una ciudad que estaba viviendo un cierto movimiento aperturista al exterior, quizás por su cercanía al Báltico y el mayor contacto con gente de los países cercanos. Las órdenes recibidas eran claras: controlar y reprimir cualquier influencia cultural, musical o política que pudiera venir del extranjero. Las autoridades locales tenían localizados a los disidentes, pero se les permitía vivir bajo cierto control siempre y cuando no trataran de reunirse, crear un movimiento o difundir sus ideas. Yuri era mucho menos tolerante y se hizo famoso por el número de registros en casas particulares y detenciones.

Tiempo después, le asignaron como compañero a Sergei, un tipo del que no llegó a fiarse completamente. En una visita que hizo vestido de paisano a uno de los mercados de la ciudad, un domingo, se encontró a Sergei hablando con uno de los comerciantes de artículos.

– Ah, hola, Yuri -dijo, visiblemente incómodo. Llevaba un maletín en el que había guardado sus adquisiciones y trató de salir del paso como pudo-. Estoy investigando lo de la música esa, los discos de contrabando que están por todas partes. Creo que estoy cerca de localizar el origen de los mismos.

La única manera que Sergei encontró para disimular fue enseñarle el disco que acababa de comprar.

– Mira, es ingenioso. Una radiografía, pero aquí en la esquina figura un código del hospital y las últimas letras del paciente. Creo que podremos encontrar de dónde viene.

Marzo de 1967, en casa de Ruslan y Nadia

Ruslan cogió unas pocas pertenencias, se despidió de Nadia y se marchó con los agentes. Nadia no volvería a verlo hasta cinco años después, cuando terminó su condena en un campamento de trabajo de Siberia. Ella misma fue condenada como cómplice necesaria y pasó tres años en una cárcel de mujeres en Sverdlovsk.

La noche de la detención, Sergei llegó a su casa, metió en una caja todos sus discos y los quemó a las afueras de la ciudad.

Yuri llegó tarde a casa tras rellenar todo el papeleo y se acostó junto a su mujer, a la que apenas le contaba nada de su trabajo. A la mañana siguiente, sábado, los chicos estaban en casa. Dimitri estaba con un compañero de colegio jugando al ajedrez y Elena estaba ensayando al violín con una amiga. Tenían la puerta cerrada, pero Yuri pudo escuchar perfectamente lo que tocaban. Unos acordes algo apresurados mientras una de las niñas cantaba:

«Eleanor Rigby, picks up the rice in the church where a wedding has been…»

FIN

Si alguien quiere conocer la historia de Ruslan Bogoslowski, le dejo un par de enlaces:

Música de huesos

Discos grabados en radiografías

A mi me pareció una maravilla: imaginación frente a la censura. Pasión frente a represión. Odio añadir a mi relato «basado en hechos reales», pero es así, al menos la parte principal y el protagonista de la historia. El resto es pura ficción.

Sobre la reforma laboral y el mercado de trabajo

JOSEAN, 16/01/2021

Hace un montón de años, cerca de veinte, escribí la primera parte de este post para tratar de explicar la tipología de contratos laborales existentes a unos compañeros de trabajo. Más en broma que en serio, pero la coña sirvió para que atendieran la explicación, así que me ha parecido adecuado rescatar el texto. En esos momentos estaba vigente la reforma de 1997, la realizada durante el gobierno de Aznar, una reforma aprobada con el consenso de patronal y sindicatos, al igual que la recientemente acordada en diciembre de 2021, o la de 2006, que incorporaba una serie de modificaciones bajo el gobierno de Zapatero. Aquel texto (repito, de principios de siglo), que me servirá de introducción para hablar del actual Real Decreto-ley 32/2021 y sus modificaciones, decía lo siguiente:

«Si la empresa es un pequeño mundo, el contrato, en cuanto vínculo, equivaldría a las relaciones de pareja. Y al igual que hay relaciones de todo tipo, existe una amplia variedad de contratos, conforme a la legislación laboral, civil y de parejas de hecho. Los más usuales son los siguientes:

  • Indefinido: hace años se le daba un valor que hoy no tiene, al igual que se le daba al matrimonio. Pero después de las últimas reformas laborales y de la Ley del Divorcio, el contrato indefinido y el matrimonio no son más que relaciones duraderas que se pueden romper en cualquier momento. A cambio de una cuantiosa indemnización, claro.

Y si existen contratos indefinidos, también los hay eventuales. Y rolletes de fin de semana. Un contrato eventual puede tener las siguientes modalidades:

  • En prácticas: la pareja convive un determinado tiempo, y cada seis meses se replantea la continuidad. En caso de conformidad por ambas partes, al cumplir los dos años se firma un contrato indefinido.
  • Por obra o servicio: son relaciones que se inician sin conocer la duración final del contrato, pero sabiendo que cumplen una función determinada (olvidar otra relación, aprovechar hasta que llegue algo mejor, aprendizaje,…) y que al concluir dicha función, lo más probable es que el contrato no se prorrogue. Algunos se llevan la gran sorpresa, firman el contrato indefinido y pasan por la vicaría o el juzgado.
  • Por circunstancias de la producción: equivaldría a los rolletes de poco tiempo surgidos de la necesidad fisiológica de dar rienda suelta a la libido. Existe una variedad poco habitual de contrato, como es el que firmó Madonna con su profesor de gimnasia para tener un hijo, y que vendría a ser algo así como un eventual por circunstancias de la reproducción.
  • Sustitución de vacaciones: muy habitual en verano, consiste en liarse temporalmente con un/a mozo/a, mientras la pareja fija se encuentra con sus padres en un pueblo del interior. Su firmante suele llamarse Rodríguez y tiene las ventajas de cubrir una necesidad, un bajo coste y nula indemnización por final de contrato.
  • Sustitución de baja por maternidad: son muchas las empresas que intentan no realizarlo debido a su poca practicidad. Su período de duración es de dieciséis semanas, tiempo durante el cual la parienta parturienta se encuentra en paro biológico y… no es recomendable, No, de verdad.
  • A tiempo parcial: se pueden realizar varios a la vez (lo que en el argot se llama “doblete” o “triplete”), con un límite de cuarenta horas semanales, lo cual sobrepasa (y con mucho) la capacidad humana de resistencia.
  • De formación: se trata de una variedad de contrato ya extinguida. Su función venía a ser iniciar y ejercitar en varias fases al adolescente barbilampiño a cambio de pagarle una ridiculez. El símil no es sencillo, me recuerda a esos libros antiguos en los que se cuentan historias acerca de chavales que realizaban su primera práctica y aprendizaje en un prostíbulo. Las nuevas generaciones han cultivado notablemente estas habilidades, razón por la cual se decidió su extinción.

Existe una última variedad de contrato, la de ese individuo que un buen día decide instalarse por su cuenta y darse de alta como autónomo. Vamos, yo conmigo mismo, un Juanpalomo, o, por seguir con la metáfora, el que practica el amor propio».

Fuera bromas, el Real Decreto-ley aprobado el 28 de diciembre tendrá que pasar ahora el trámite parlamentario, para lo cual el gobierno está buscando los socios y los votos necesarios. Un proceso en el que volverán a surgir las peticiones de los de siempre para conseguir apoyos o pasta en otros temas que no tienen nada que ver con la reforma laboral. Y la reforma laboral no solo era necesaria, sino una exigencia de Europa para el acceso a los fondos europeos de recuperación. Sin entrar a valorar lo acordado, porque es pronto para hacerlo y está por ver que funcione, el simple hecho de que se haya alcanzado un acuerdo entre patronal y sindicatos es una buena noticia. No se ha llegado tan lejos como pretendían los sindicatos, que hablaban de una derogación completa de la anterior reforma, ni la balanza se ha decantado hacia el lado de los empresarios, lo que lleva a pensar que a priori pueda ser una reforma equilibrada.

«Hablar de reforma laboral en España es evocar un larguísimo proceso de cambios normativos que no han logrado, sin embargo, acabar con los graves problemas de nuestro mercado de trabajo: el desempleo y la temporalidad». Así empieza el Real Decreto-ley del pasado mes de diciembre. Cuarenta años de reformas y seguimos con las tasas de desempleo y temporalidad más altas de la Unión Europea. La tasa de desempleo se sitúa en el 14,1%, y en cuanto a los tramos de edades, tanto en el desempleo de los jóvenes como en el de mayores de cincuenta, las cifras son desoladoras.

En asuntos tan serios y de interés general conviene no dejarse llevar por los cálculos electorales y buscar el mayor consenso posible. Igual que en este blog he criticado anteriormente a Yolanda Díaz, parece que en esta ocasión su obstinación o su capacidad negociadora (reconocida por los intervinientes en el acuerdo) ha sido clave para que se alcanzara ese consenso entre los agentes sociales. Así se desprende de los comunicados de CEOE y CEPYME por un lado, y UGT y CCOO por otro. Faltará ahora encontrar el consenso con el resto de partidos del Congreso. La anterior reforma laboral no creó tres millones de puestos de trabajo, como ha repetido hasta la saciedad Pablo Casado, porque los puestos de trabajo no los crean los gobiernos, sino los empresarios, a los que hay que dotar de marcos legales favorables para la creación de empleo en épocas de crecimiento económico, y para que la destrucción no sea tan directa cada vez que llegan las vacas flacas. Y eso incluye tanto la normativa laboral como fiscal, como regulatoria o favorecedora de la competencia. Como tampoco es cierto que se hayan recuperado los niveles de empleo pre-pandemia (Yolanda Díaz dixit), pese a las esperanzadoras cifras de crecimiento de empleo del año.

La cifra de creación de empleo «está maquillada por un buen número de trabajadores en ERTE (132.049 ocupados en promedio mensual, una cifra que parece haber dejado de reducirse, los autónomos acogidos a las prestaciones extraordinarias (108.178) y el fuerte aumento del empleo público en los dos últimos años (211.800). Si se descuentan todos estos factores, el mercado laboral del sector privado seguiría a día de hoy con 35.654 ocupados reales menos que antes de la crisis» (Fuente: Expansión).

La otra gran diferencia respecto a nuestros socios europeos que las sucesivas reformas no han logrado atajar es la temporalidad. Según el estudio de Statista, España destaca con mucho en el porcentaje de contratos temporales respecto al resto de la Unión Europea:

Recomiendo este análisis de Javier Esteban en Iberinform sobre el asunto, en el que ya plantea la cuestión acerca de si una reforma laboral podrá acabar con la temporalidad en nuestro país. En el informe aparecen cuadros como el que copio a continuación, en el que se representan las tasas de afiliados a la Seguridad Social según la duración de su alta. La mala praxis de algunas empresas queda reflejada en esta aberración:

La nueva reforma laboral tiene la difícil tarea de crear ese marco adecuado para el crecimiento del empleo y que además el mismo sea de calidad. Aquí dejo dos enlaces a los aspectos claves de dicha reforma (Informe KPMG e Informe EY), que resumo muy brevemente:

  • Limitación a la contratación temporal y desincentivación de la misma: se suprimen los contratos de obra y servicio, eventuales y de interinidad. Solo se admitirán los contratos temporales por circunstancias de la producción y los de sustitución (tendré que actualizar la broma del principio), y se penalizarán las contrataciones por tiempo inferior a 30 días.
  • Impulso al contrato fijo-discontinuo.
  • Creación de un nuevo contrato formativo: se sustituyen el de prácticas, el de formación y aprendizaje y el de la formación dual universitaria por dos nuevas modalidades, el contrato formativo en alternancia (para la obtención de formaciones universitarias o de FP) y el de la obtención de la práctica adecuada al nivel de estudios. Este último tendrá una duración máxima de un año, cuando antes su equivalente podía llegar a dos.
  • Se limita la prioridad aplicativa del convenio de empresa al excluir de la misma el salario base y el resto de complementos salariales, manteniendo su prioridad frente a otros de ámbito superior en el resto de materias.
  • Se recupera la ultraactividad de los convenios colectivos, una de las medidas con mayor número de detractores.
  • Se flexibiliza la normativa referida a los ERTEs, incorporando algunos de los aprendizajes obtenidos durante la pandemia (reducciones de plazos, causa de fuerza mayor por limitaciones de actividad por situaciones como la vivida en 2020, formación,…).
  • Otras medidas específicas sobre la subcontratación o el convenio de construcción, o el régimen de sanciones.

Es muy pronto para juzgar la efectividad de la reforma, veremos si finalmente funciona o, como viene ocurriendo en las anteriores, solo lo harán algunas de las medidas. El tejido empresarial español está poblado de pymes y micropymes que son las que suelen verse más afectadas por todos estos cambios, como se vio con el incremento del SMI. Ojalá se recupere la actividad económica, eso es lo que de verdad hace falta. Tanto como que se empleen los fondos europeos de manera adecuada.

Medina «Cantadelejos»

BARNEY, 08/01/2022

El pasado mes de noviembre, el Comité Técnico de Árbitros (CTA) cambió a su presidente y el sevillano Luis Medina Cantalejo sustituyó al madrileño Carlos Velasco Carballo. La verdad es que veníamos de una época lamentable que duró varias décadas, la de Victoriano Sánchez Arminio, un tipo que reconoció delante del resto de árbitros de Primera que «el Real Madrid no cae muy bien en este estamento». y algunos ilusos teníamos esperanzas de que con Velasco Carballo se alcanzaría una ecuanimidad en el trato con respecto al resto de clubes de la Primera División, en especial, con los principales aspirantes al título. Por esa razón, para algunos como el que escribe estas líneas, su paso por el CTA ha sido una total decepción. La temporada pasada fue una de las más lamentables que recuerdo (y durante el Villarato hubo muchas que insultan la inteligencia del espectador), con anomalías estadísticas, imágenes ocultadas, manipulación del VAR y un dato revelador: al Madrid, el equipo que más pisa el área rival, los árbitros de campo no le señalaron ni un solo penalti a favor. Solo tres desde la sala VAR. Inconcebible, con algunos tan clamorosos como los que sufrimos durante toda la Liga pasada. Ya hablé mucho en meses anteriores, bajo el formato de una serie con un guion perfectamente escrito desde el inicio de la competición, así que no voy a extenderme más.

Me consta que Velasco, ingeniero industrial de formación y como tal, amante de los principios lógicos e inmutables, era el primer interesado en que hubiera coherencia y transparencia en las decisiones, y en ese sentido su gestión ha sido nefasta y los criterios ilógicos, incoherentes y para colmo, carentes de toda transparencia. Cuando intentó explicar los protocolos, errores o aciertos del VAR resultó aún más confuso y opaco. Una pena, porque no creo que fuera un mal árbitro, ni un tipo tan sectario como los que comentan en el As y el Marca: Andújar Oliver e Iturralde González.

Ahora llega el sevillano Medina Cantalejo y a mí me recorre un escalofrío por el cuerpo. Hay que darle un tiempo, por supuesto, pero para los que tenemos memoria, pertenece a ese grupo de colegiados nefastos y lo que es peor, protagonistas y con ademanes chulescos. De momento, una de sus primeras decisiones (con la que en principio estoy de acuerdo) ha sido dejar el VAR solo para ocasiones flagrantes o errores graves y manifiestos. Eliminar su intervención en muchas de esas jugadas en las que no se ve nada y a cámara lenta se ve que los futbolistas chocan, ya sin el balón en juego, o una vez despejado el mismo, y les da por señalar penalti.

Pero ya hemos visto que ese criterio en la práctica significa la inutilidad del VAR, por cuanto una jugada como el agarrón a Marcelo el domingo pasado, es considerado como una jugada ya vista y arbitrada por el trencilla de campo y, por tanto, no corresponde su revisión. De estos cuatro agarrones leves, solo uno quedó sin señalar como penalti y nos queda por ver (que lo dudo) si el de Marcelo será el nuevo criterio a seguir:

Los propios palmeros/defensores del arbitraje utilizan el mismo lenguaje para una cosa y la contraria:

Veremos qué ocurre en otros casos, porque todo lo que se está haciendo en el mundo arbitral en los últimos años es para dejar más margen a la interpretación: «jugadas grises», «error manifiesto», «sin la suficiente fuerza o intensidad», «ya juzgada sobre el terreno». Medina Cantalejo, quien tras retirarse del arbitraje profesional mamó de los pechos del orondo Sánchez Arminio, era un experto en esa doble vara de interpretar, sabía manejarse muy bien en ese mundillo en el que han prosperado gente como él o como Clos Gómez, ahora director del VAR y colegiado con el que no perdió nunca el Barça en 24 partidos.

Otro de los aspectos en los que está por ver el modo de proceder de Medina Cantalejo es el de la designación de los colegiados para los partidos, un sistema que en la mayoría de ligas se hace por sorteo y en España se sigue haciendo a dedo. Una aberración que conduce a que ciertos árbitros «afines» al sistema terminen pitando los partidos importantes. En Italia se llamó Calciopoli o Moggigate (recomendable el documental de Netflix sobre el asunto) y acabó con el descenso de la Juventus y el Milán. En Portugal, la operación «Pito Dorado» supuso más de veinte procesos judiciales y 144 cargos de corrupción y falsedad contra el expresidente del colegio de árbitros portugués. Pero en España no pasa nada de eso, no. Que tantos partidos relevantes acaben en manos (o el pito) de HH y BB, o Hernández Hernández y De Burgos Bengoetxea, es mera casualidad.

Esta noche HH pitará el Real Madrid-Valencia, pero son tan pocos los árbitros que me parecen poco sospechosos que ya ni lo critico, porque habría criticado igualmente a Melero López, Sánchez Martínez, BB, Soto Grado, Del Cerro Grande o Mateu Lahoz. Ni Undiano, Andújar, Iturralde o Clos Gómez en el pasado. Sánchez Arminio dirigía con puño de hierro el CTA y los árbitros que querían alcanzar la internacionalidad, que supone duplicar los ingresos, sabían lo que tenían que hacer. No me gusta ni Gil Manzano, aunque este suele repartir los errores de un modo más equilibrado. En Valencia se quejaban de este árbitro antes del partido de Mestalla la temporada pasada y tras el esperpéntico arbitraje de los tres penaltis y una sucesión concatenada de errores contra el Madrid callaron. O peor, seguirán con la cantinela de siempre:

En nuestra podrida Liga se disimula tan poco que el año pasado, de todas las decisiones controvertidas que hubo, quizás las más decisivas fueron la mano de Felipe no pitada por HH (la única vez en toda la temporada que no hizo caso al VAR) en el Atleti-Real Madrid, y el penalti a Benzema en el Real Madrid-Sevilla convertido en penalti en contra por mano de Militao, señalado por Martínez Munuera.

Pues bien, en la final de Champions, al final de la temporada pasada, ¿qué árbitros fueron los que el CTA decidió que acompañaran a Mateu Lahoz? Bingo:

Medina Cantalejo es conocido en todo el mundo porque fue el árbitro que «chivó» al principal de la final del Mundial la agresión de Zidane a Materazzi. Nada que objetar, era su papel, aunque entonces él lo vio a través de un monitor, no en directo, y resulta una paradoja que ahora promueva que no se use la tecnología para corregir los errores del árbitro de campo.

De la época de Medina Cantalejo como árbitro en España recuerdo algunas cosas como que fue el árbitro que consintió el bochornoso espectáculo de las gradas del Camp Nou el día de la vuelta de Figo con la camiseta blanca. El partido del cochinillo que tanta gracia sigue haciendo a algunos hoy en día. Si no ocurrió una desgracia fue por suerte o intervención divina, pero Medina «canta de lejos» que estaba totalmente superado. Joan Gaspart, vicepresidente de la Federación, estaba en el palco y no iba a consentir que se suspendiera un partido en su campo porque todo aquello le parecía bien, o que entraba en los límites de lo razonable porque Figo había ido a provocar al sacar los córner. Medina sabía lo que el sistema esperaba y no defraudó. Tan es así que apenas seis años después fue elegido de nuevo para un Barça-Madrid en el mismo escenario y volvió a hacer lo que de él se esperaba: pitó un penalti más que dudoso (Van Bommel ya se está dejando caer antes del contacto) y expulsó a Roberto Carlos en el minuto 25. De chiste. Pero el Madrid, habituado a competir en inferioridad numérica en ese campo, fue capaz de empatar el partido y aun así, Ronaldo protestó un posible penalti que por supuesto Medina Cantalejo no iba a señalar. A mí no me lo parece, pero estaba claro lo que iba a ocurrir en ese campo y con uno de los árbitros de cámara del sistema:

He buscado su historial con el Real Madrid y dirigió 26 encuentros de los blancos, con 15 victorias, 4 empates y 7 derrotas. 7 de 26, un porcentaje muy superior al habitual. Señaló 3 penaltis a favor del Madrid y 5 en contra, y siguió, como no podía ser de otro modo, la norma de los colegiados españoles para alcanzar la internacionalidad: expulsó a 5 jugadores del Madrid por solo 2 de los rivales. Dirigió tres Madrid-Barça, con una victoria culé y dos empates. Los vecinos barceloneses del Barça, los periquitos del Espanyol, lo recuerdan muy bien por el arbitraje de 2008 en Montjuic, cuando los dejó con diez al filo del descanso y en especial, por señalar un penalti que no era en el descuento, que supuso el 1-2.

Lo que no entiendo es que el Madrid haya desistido de ir a la guerra con estos asuntos, como sí hacen el Barça, el Atleti o los hiper llorones Sevilla y Valencia. Y menos aún comprendo algunos comportamientos del club, como que el día que Undiano Mallenco se retiraba del arbitraje se le entregara un obsequio del club y se le hiciera un pequeño homenaje, o que a Medina Cantalejo se le llamara para arbitrar un Corazón Classic Match, un partido de leyendas, como quien invita a un «amigo».

Y a mí que Medina me sigue recordando a Carles Sans, del Tricicle… por eso me cuesta tomármelo en serio. Es pronto para juzgar el papel de Medina Cantalejo al frente del CTA, habrá que darle un margen de confianza, pero confianza es precisamente lo que no me inspira este tipo.

Actualización tras el Real Madrid-Valencia: el cometa Halley pasa cada 75 años, más o menos. Pues bien, que Hernández Hernández pite un penalti a favor del Madrid y con el marcador 0-0 debe ser un suceso igualmente infrecuente. El penalti parece claro, una zancadilla de Alderete, que deja la pierna atrás y traba a Casemiro. No es tan claro como algún otro de los mencionados en este mismo post, pero es. Pues bien, estamos asistiendo en vivo y en directo a la creación del relato:

  • Los medios insisten en que no es penalti y utilizan a todos sus portavoces: GolTV, Maldini, Mister Chip, Andújar Oliver… Sorprendentemente, Iturralde González dice que sí es, pero como justificándose, «en el campo parece más de lo que es», «es de los penaltitos». El community manager del Valencia, que calló este año con el discutible penalti pitado a Gayá tras arrebatarle el balón a Ansu Fati, se pone a hablar de robos y el manido «como siempre».
  • No se habla de que esta semana el agarrón de Mendy sí toca pitarlo. Para mí es penalti claro, pero ya nos dijeron la semana pasada no sé qué pollada sobre «agarrar y no sujetar».
  • Desaparece la mano clara de Piccini dentro del área. Es una jugada que ha desaparecido como siempre en esta manipulación torticera del relato que llevamos años viviendo.
  • Las tarjetas perdonadas a los valencianistas ya no existen.
  • Conclusión: cada vez que un árbitro tenga que pitar un penalti a favor del Madrid, como ha hecho hoy HH, o como hizo Martínez Munuera en el Camp Nou tras el cual sufrió una vergonzosa campaña de acoso, se lo va a pensar varias veces. Y así podemos estar otras 60 jornadas con solo dos penaltis a favor siendo el equipo que más pisa el área contraria. Objetivo cumplido. Es más fácil no pitarlo, que la prensa va a apoyar a ese colegiado.

No mires atrás, no mires arriba…

No hay que mirar hacia atrás a menos que sea para obtener...

05/01/2022

Comenzamos un nuevo año en el blog (¡el octavo ya!) y, como tantos inicios de año, nos encontramos en las agendas con frases sobre dejar atrás lo ya vivido y centrarnos en lo que está por venir, como con cierto reproche:

«Sabes que estás en el camino correcto cuando pierdes el interés por mirar atrás».

«No mires atrás, ya no vas por ese camino».

Luego están esos otros que llevan al extremo aquello de vivir el momento: «Disfruta hoy de la vida, el ayer ya se ha ido y el mañana puede que no llegue».

Lester: Pues… siento discrepar, pero me parece que en este blog no hacemos otra cosa que mirar continuamente al pasado, quizás para entender mejor el presente, para pensar en el futuro o para recordar momentos placenteros, que los hubo y muchos. «Que el objetivo de mirar atrás sea ver recuerdos y no sueños«, o puede que sea por algo como lo indicado por George Washington en la cita de la entrada, para aprovechar la experiencia adquirida.

Sea por la razón que sea, aquí dejamos un resumen de dos minutos de lo que fue el año 2021:

Y varios de los temas mencionados en el vídeo aparecieron en el blog: algún viaje, una realidad convulsa, la memoria y los recuerdos, o mi vuelta a las carreras tras pasar la covid y una lesión de varios meses. Precisamente el post sobre el maratón de Madrid ha sido el texto más leído del año del Amiguete Lester, que no del blog:

  1. Volver al asfalto
  2. Nuestro Nobel de Economía
  3. De ofendiditos y pollaviejas

Travis: El vídeo termina con una reflexión extraída de No mires arriba, la película de la que quizás más se ha hablado durante las últimas semanas. La obra de Adam McKay es una sátira despiadada de la política, los medios de comunicación o las redes sociales norteamericanas, que por extensión podemos pensar que se asemeja mucho a los del resto del mundo. ¿De verdad son/somos tan gilipollas? Pese a sus fallos, es una película muy entretenida y que merece la pena ver.

Por seguir con el asunto del inicio de este post, No mires atrás era otra de esas películas nostálgicas de Edward Burns, un tipo que consigue ser cargante cuando quiere ser demasiado protagonista. El título dice una cosa, pero su protagonista, Lauren Holly, parece empeñada en hacer lo contrario y recuperar un pasado, si es que tal cosa es posible.

¿Es No mires arriba la mejor película del año? Ni de coña. No tengo recuerdos de una gran película del año. Nomadland, la triunfadora de los Óscar, me pareció un plomazo. No he querido ver Dune ni la última de Matrix por lo que he leído de ambas o lo que me han contado los que las han visto. El último duelo, de Ridley Scott, está bastante entretenida, pero si tengo que destacar un cine desinhibido y nada sutil, directo como un puñetazo, quizás lo más interesante que haya visto sea la danesa Otra ronda, de Thomas Vinterberg (esta sí habla del poder de una copa de vino o de varias), y Una joven prometedora (Emerald Fennell). Y lo mejor de lo mejor, La mujer que escapó, de Hong Sang-soo, una obra apabullante y diferente ahora que es muy cool decir que te gusta el cine de Corea del Sur. (La verdad es que no la he visto y no tengo ni idea de si es un truñaco o no, pero es lo que toca decir para ir de entendido en la materia).

Los tres textos más leídos del Amiguete Travis en 2021 fueron escritos en años anteriores, qué le vamos a hacer:

  1. Watchmen (II): la película
  2. Frases de cine para usar en el trabajo (II)
  3. ¡Qué bello es vivir!

Barney: no voy a hacer un extenso resumen del año porque ya está hecho en dos artículos paridos en La Galerna que hablan un poco de este año extraño: Juegos Olímpicos en año impar, los conflictos de la Superliga con la UEFA, los zarpazos de la FIFA y la UEFA a los clubes, la salida de Zidane y sus críticas a la prensa, la marcha de Ramos y Messi de la Liga española, la vergüenza del mundial de Catar o acerca del racismo existente en algunos estadios de fútbol…

Aquí dejo un enlace a ambos artículos, en los que salen muy mal parados los medios:

Compendio de portadas macabras, primera parte

Compendio de portadas macabras, segunda parte

Pero como estamos en la tarde en la que estamos, 5 de enero, prefiero dejar a los lectores un relato escrito recientemente sobre una tarde de Reyes que ocurrió en el Bernabéu hace exactamente diecisiete años. Tarde de Reyes.

Los post más leídos del Amiguete Barney en 2021 fueron los siguientes:

  1. El Real Madrid como cebo
  2. Propuestas para cambiar el Reglamento del fútbol (I)
  3. El futbolista coge la pluma (I)

Josean: No mires arriba, no mires atrás, no mires abajo, que decía el funambulista (por distintos motivos a los de Hugh Grant en aquel callejón), no mires a los ojos de la gente, que cantaba Germán Coppini, de Golpes Bajos… ¿Y qué tal si dejamos de decirle a la gente lo que tiene o no tiene que hacer? Y que cada uno mire lo que le salga de las pelotas, que hay un poco de hartazgo ya después de tantos meses. Muchos de los textos de este año han ido sobre toda esa normativa: fiscal, laboral, de conexión o descojonexión digital, de comportamiento incluso en nuestros propios hogares, de residuos, cambio climático, libertad de expresión,… Y la palabra sostenibilidad para todo, hasta cuando no pega ni con cola.

Los artículos más visitados este año fueron estos tres, los dos primeros de años anteriores. Por alguna extraña razón que se me escapa, pero que puede que tenga que ver con el miedo y el rechazo, se ve que los temas tratados interesaban más que tanta normativa imperante e imperativa:

  1. La esquizofrenia del CFO
  2. La falacia del ebitda
  3. El mercado de humos

Vamos a por 2022, muchas gracias a los lectores que nos acompañan (en muy buen número) otro año más.

Un paseo por las Islas Feroe

LESTER, 31/12/2021

Último post del año y he querido hacerlo, al igual que en 2017 (El salar de Uyuni), con un recorrido por uno de esos lugares sorprendentes que me he encontrado por el mundo. No diré único, ni mucho menos, pero sí especial. Y fue especial, entre otras cosas, porque nos supuso poder volver a salir de España y hacer turismo tras un año y medio en régimen de semiconfinamiento. Estuvimos cuatro días en las islas y nos llevamos un magnífico recuerdo que nos apetece compartir, por si alguien quiere animarse en el futuro.

Las Islas Feroe tienen un estatus autónomo respecto a Dinamarca (territorio asociado, pero no perteneciente a la Unión Europea) y su propia lengua, el feroés, según la cual el nombre del país significa «islas de corderos». Por la abundancia de estos animales he querido comenzar el post con una foto que saqué frente a la cascada Gasádalur con estos espectadores que nos solían acompañar con gesto de extrañeza: «¿turistas, aquí?». Las Feroe tienen una superficie de unos 1.400 kilómetros cuadrados (la comunidad de Madrid ocupa poco más de 8.000, por ponerlo en contexto), están a medio camino entre Islandia y el norte de Escocia, en la misma latitud que Noruega, y si el tiempo que vivimos en agosto fue similar al invierno «madrileño», no quiero ni imaginar lo que puede ser el invierno en esos territorios.

Las islas son dieciocho, y todas menos una están habitadas. Nosotros solo pudimos visitar cinco de ellas, que son las que concentraban más del ochenta por ciento de la población. Por cierto, según las últimas estadísticas que encontré, unos 56.000 habitantes, 12.000 de los cuales viven en la capital Tórshavn, en la isla de Streymoy. Es esta isla que aparece de otro color en esta foto que saqué precisamente en la capital.

Las islas son de naturaleza volcánica, creadas hace millones de años y me gustó esta foto precisamente porque las islas parecen piezas de un puzzle que pueden encajarse entre ellas a la perfección. Precisamente ese origen volcánico es el que creó este paisaje verde de acantilados, colinas bien altas junto al mar, fiordos, lagos… No he estado en Islandia (país en la lista de «Pendientes»), pero en algunos aspectos debe ser similar.

La isla de Vagar

La temperatura pasó de los diez grados en pocas ocasiones, tuvimos alguna que otra lluvia (muy fina, eso sí) y sobre todo, una persistente neblina que se quedaba anclada en las montañas, lo que confería al paisaje un aire misterioso, evocador. El aeropuerto de Vagar era más pequeño que la mayoría de estaciones de autobuses de un pueblo español de tamaño medio y solo recuerdo uno aún más minúsculo: precisamente el de Uyuni, en Bolivia. En «temporada alta», por llamar así al mes de agosto, aterrizaban cuatro aviones al día desde Copenhague, en medio de una bruma que me impidió sacar buenas fotos desde el avión. Una pena, porque seguro que desde el aire se divisaba la espectacularidad de estas islas. Aterrizas y… se acaba la pista en un lago, no hay más.

El aeropuerto está ubicado en la isla de Vagar, la tercera en tamaño, justo al oeste de Streymoy. Nada más pasar la PCR de rigor en el propio aeropuerto, cogimos el coche y nos dirigimos a un pueblo cercano, Sandavagur, desde donde comenzamos la marcha hasta llegar al punto panorámico desde el que podíamos ver Trollkonufingur, el dedo de la mujer Troll (muchas lo eran por esas latitudes). Si un día quieres desaparecer de tu mundo y vivir aparentemente cómodo y apartado del mundanal ruido, Sandavagur es una opción.

Vagar alberga algunos de los puntos de mayor interés de todas las islas: las excursiones a las cascadas de Gasádalur y Bosdalafossur. En Gasádalur dormimos tres de las cuatro noches y se trata de un pueblo sin salida de poco más de veinte casas al que solo se puede acceder atravesando un túnel de unos dos kilómetros por un macizo poco iluminado que por momentos se hace eterno. Nos llamó la atención el hecho de que los túneles son de un solo sentido, así que si te encuentras un coche de frente te tienes que echar a un lado, donde hay unos huecos para apartarse cada doscientos metros, más o menos. Curioso.

A la entrada del pueblo hay tres casas negras que se alquilan y que son una maravilla (Gasádalur Apartments, se distinguen en la foto). De madera, completamente equipadas y sí, pese a estar en el culo del mundo, con wifi. Antes de la construcción del túnel, a este pueblo solo se podía acceder por dos vías: la Ruta del Cartero, que no es otra cosa que una senda empinadísima que sube la montaña en zigzag, o por medio de unas poleas desde las que se recogían los cargamentos en los barcos que se aventuraban a acercarse a la cascada, a una empinadísima escalera de piedra junto a la misma. La impresión al bajar esas escaleras es tremenda.

Bosdalafossur es un sitio único al que se llega tras una caminata de unos cuatro kilómetros. Fossur significa «cascada» y el lugar hace referencia a la que se forma en la salida del lago Leitisvatn (el mismo del aeropuerto) al mar. Las fotos que se encuentran en Internet son impresionantes, pero ese efecto óptico solo es posible de ver desde el mar o en días muy soleados.

Bosdalafossur, foto de Christopher Berend

Hicimos dos veces la ruta, la primera con mucha niebla, y merece la pena aunque solo sea por el recorrido, los acantilados y las vistas desde la cima Traelanipa.

La isla de Streymoy

La cuarta noche que pasamos en las islas fue en Torshavn, la capital de este pequeño estado, la misma ciudad en la que las selecciones españolas de fútbol masculino y femenino han disputado sus partidos. En septiembre, las nuestras derrotaron por diez goles a cero a las feroesas. El parlamento y los ministerios son los más austeros de Europa con diferencia, casas de madera con el techo de hierba, pero hay que reconocer que todo funciona bastante bien en las islas: infraestructuras, comunicaciones, calidad de vida… Y la pesca, la principal fuente de ingresos de la zona.

No solo se habló de Feroe en septiembre por las goleadas del fútbol, sino también por los excesos cometidos durante el grind, la tradicional matanza de ballenas, una costumbre local que en esta ocasión saltó a los periódicos porque se cargaron más de 1.400 delfines blancos. La política en materia de pesca es la principal razón por la cual el gobierno feroés no ha suscrito los acuerdos de adhesión a la Unión Europea.

La isla en la que ocurre esta tradicional matanza que tiñe los mares de rojo es Suduroy, la situada más al sur, una isla de menos de 5.000 habitantes que no entra en los circuitos turísticos habituales.

Al margen de esta polémica, Torshavn es una pequeña ciudad interesante, muy nórdica de aspecto (puerto, colores, gente), con buenos restaurantes y una fiesta local que duraba tres días, durante los cuales los feroeses se pillaban unas cogorzas monumentales, siguiendo esa tradición tan vikinga del norte «civilizado» de Europa.

Recuerdo que hace años se publicaban unas guías de «pueblos con encanto». Pues bien, la isla tiene tres pequeños pueblos repletos de ese encanto, cada uno diferente, con un estilo propio:

  • Saksun: un fiordo, una iglesia junto a un pequeño cementerio y una docena de casas con el tejado cubierto de hierba. Todo ello junto a unas colinas de las que caían varios arroyos, Qué poco y qué visualmente atractivo todo.
  • Tjornuvik: quizás Sandavagur está muy cerca del aeropuerto, así que si mi intención es perderme y que no me encuentren, mucho mejor ir por la carretera a ninguna parte que lleva a Tjornuvik, un pueblo con decenas de cascadas que caen de las montañas y una playa de arena negra en la que encontramos algo tan fuera de lugar como una escuela de surf. Un hogareño ofrece un café y unos bollos caseros a los visitantes en su propia casa, en lo que es el único establecimiento «hostelero» en varios kilómetros a la redonda.

Para llegar a este pueblo, la carretera te lleva previamente por la cascada de mayor altura de las islas, la de Mulafossur, característica por su doble salto en la época de más agua:

  • Kirkjubour: este pueblo al sur de la isla tiene el primer asentamiento de una iglesia, del siglo X, ni más, ni menos, puesto que el pueblo se convirtió en sede episcopal cristiana ¡en el año 999! Todavía quedan restos de una antigua iglesia, junto a la moderna, y a las pocas casas del pueblo, construidas con los tradicionales tejados cubiertos de hierba para combatir la humedad de la zona.

La isla de Eysturoy

Las islas se comunican entre sí por puentes (las más cercanas) o por túneles submarinos, algunos de ellos con varios kilómetros de duración y uno de ellos, con lo que nunca jamás he visto en ningún otro lado: una rotonda. Aunque accedimos por el sur de la isla, los pueblos más interesantes están en el norte: Eiôi y Gjogv. ¿Habéis visto las pelis malas suecas esas de los sábados después de comer? ¿Esas en las que todos los protagonistas viven en unas estupendas casas de madera de colores junto a praderas bucólicas, y son artistas, pintores, escritores que arrastran mal de amores? Pues así son estos pueblos y serían platós de rodaje si no tuvieran menos de cien habitantes.

Las islas de Bordoy y Kunoy

Nos quedamos sin tiempo para ir a ver esa isla alargada con poco más de cien habitantes que es Kalsoy, y que por lo visto tiene su encanto si te quedas a dormir en el único sitio que hay en esos cuatro pueblos en línea.

Klaksvik es una ciudad con ferris y un puerto para barcos pesqueros de gran tamaño y lo mejor de la isla de Kunoy son sus vistas a la vecina Kalsoy. Cuando te mueves por estas islas, por los pequeños pueblos cercanos, lo mejor es dejarse llevar y parar donde te apetezca, que será difícil que te salga una foto fea.

Nos teníamos que volver cuando mejor tiempo hacía, una lástima, porque los colores son otros, las laderas de las montañas adquieren un verde especial. En definitiva, y por si no ha quedado claro, un sitio recomendable, curioso, muy agradable, y en el que experimentas el placer de no encontrarte con turistas. La intención del gobierno local es limitar el acceso a las islas, preservarlas tal como están. Nos alegramos de la decisión, y ya si se replantean las matanzas de delfines «por tradición», aplaudiremos con las orejas.

Feliz año a todos los lectores.

Matar el fútbol

BARNEY, 26/12/2021

La FIFA sigue adelante con su propuesta de organizar un Mundial de fútbol cada dos años. No solo eso, sino que indican que a partir de 2026 el número de selecciones participantes subirá a 48. La evolución del número de equipos participantes en las últimas décadas ha sido la siguiente:

  • De Inglaterra 1966 a Argentina 1978: 16 selecciones.
  • De España 1982 a Estados Unidos 1994: 24 selecciones.
  • Desde Francia 1998 hasta Rusia 2918: 32 selecciones.

Si ya en varios de estos mundiales hubo partidos aburridos e irrelevantes, con 48 equipos me temo lo peor, en especial en las primeras fases. Por su parte, la UEFA y la CONMEBOL (Confederación Sudamericana de Fútbol) han alcanzado un acuerdo para que las seis mejores selecciones de Sudamérica disputen la UEFA Nations League en el grupo A, y otras cuatro en el B. De este modo, la categoría A pasaría a contar con 22 combinados nacionales y la B con otros B. Se jugaría siempre en Europa, insertando las fases de grupo en mitad de la temporada, y las eliminatorias finales en junio, cuando hayan concluido los campeonatos de clubes nacionales y continentales.

Entre medias se tienen que seguir disputando las clasificaciones para las Eurocopas, Copas América (5 en los últimos 11 años), mundiales y cada cuatro años, los Juegos Olímpicos. La selección española ha jugado este año dos partidazos contra Italia, la final de la Liga de Naciones contra Francia y unos cuartos de la Euro muy entretenidos frente a Croacia, pero para ello ha sido necesario también una serie de partidos que no pasarán precisamente a la historia del deporte: Kosovo, Georgia, Grecia, Lituania y Eslovaquia. Incluyo en los tostones también los partidos frente a Suecia.

«Football is for the fans» y toda esa patraña que nos sueltan. Tanto la FIFA como la UEFA consideran que tienen un filón que pueden explotar y explotar aún más, y para ello van a seguir haciendo cuanto esté en sus manos no por el bien del fútbol, ni por llevarlo a más rincones del planeta, sino por su bolsillo. Los jugadores ni existen en este calendario absurdo que interrumpe las competiciones de clubes. Y ni siquiera he incluido los partidos de los Juegos Olímpicos, un torneo para el que, a pesar de las limitaciones de edad, también se llevan a profesionales que rinden al máximo nivel en sus equipos. Football is for the fans, claro, porque todos estábamos expectantes ante los Corea del Sur-Nueva Zelanda, Japón-Sudáfrica, España-Egipto, Arabia Saudí-Costa de Marfil y varios partidos más que supongo que alguien muy aficionado vería en su casa.

Yo no soy, o no era al menos, enemigo del fútbol de selecciones, pero cada vez que se interrumpe la Liga española o la Premier para un España-Kosovo o un Inglaterra-San Marino, me convierto en uno de los mayores detractores del mismo. Y yo solo soy un aficionado, pero me pongo en la piel de un directivo de club y me subiría por las paredes: «¿o sea, que las fichas millonarias de los futbolistas las pago yo y los beneficios te los llevas tú?». ¿Qué coño es eso de suspender las competiciones en Europa en noviembre de 2022 para llevar el mundial a una dictadura opresora como Catar? ¿Y luego te devuelvo a los futbolistas hechos papilla, como tras cada parón de selecciones?

Sergio Ramos llevaba en el Real Madrid dieciséis temporadas y en plena renovación, con varias lesiones encadenadas, se le ocurrió decir que quería disputar Eurocopa y Juegos Olímpicos en verano. Se lesionó tras un partido intrascendente contra Kosovo, jugó cojo las semifinales de Champions con el Madrid y al final se quedó sin Euro, sin Juegos y sin Real Madrid. El club que le pagaba, y muy bien.

El centrocampista del Real Madrid, Dani Ceballos, se lesionó el tobillo durante los Juegos y según los médicos de la selección, podría jugar infiltrado las semifinales. Por fortuna no se forzó, pero al llegar a Madrid, los servicios médicos del club comprobaron que tenía una lesión mucho más seria que le ha impedido jugar desde entonces (recuerdo que la lesión se produjo ¡en julio!).

El joven jugador del Barça Pedri, que acaba de cumplir 19 años, encadenó las competiciones con el club que le paga con la Eurocopa y los Juegos Olímpicos. Una locura para un chaval en formación que por entonces tenía (como dijeron los comentaristas unos dos millones de veces) «solo 18 años». En total jugó 73 partidos durante la temporada 2020-21, 52 con el Barça y el resto con las selecciones. Esta temporada está pagando las consecuencias de los esfuerzos y solo ha disputado cuatro partidos con su club, dos en Liga y otros dos en Champions.

Las federaciones hacen lo que les da la gana con los futbolistas. En lo más crudo de la temporada pasada, con las semifinales de Champions en ciernes, la selección croata hizo jugar a Luka Modric tres partidos en seis días. Y luego se habla del «virus FIFA», que no es sino un eufemismo para definir la sobrecarga. Pero ya que hablamos de virus en época de pandemias, conviene recordar la insensatez de los distintos organismos del fútbol al juntar a futbolistas que juegan en distintos campeonatos para las interminables fases de clasificación, con viajes de un continente a otro, o con protocolos distintos entre países.

Ya sé que los futbolistas no son unos lumbreras precisamente (como se ve en la foto junto a la barbacoa), pero la gracia que tiene que hacer a sus clubes saber que no van a poder contar con sus jugadores durante tres o cuatro partidos debe de ser inmensa. O los equipos que cuenten con futbolistas africanos en sus filas (la Ligue1 francesa es la que más lo va a notar), puesto que la Copa África comienza en unos días (el 9 de enero) y finalizará el 6 de febrero. El Sevilla, por ejemplo, que está clasificado en segundo lugar en la Liga española, se va a quedar sin su portero titular (Bono), el delantero centro (En Nesyri) y Munir durante varias semanas, convocados por Marruecos. En algún momento se tiene que cortar este sinsentido que altera y pervierte las competiciones.

Toni Kroos es uno de los futbolistas más sensatos que conozco y ya expresó su cansancio en la carta en la que anunciaba su retirada de la selección alemana: «A partir de ahora me permitiré deliberadamente descansos que no existen como jugador nacional desde hace once años. Y además, como esposo y padre, también me gustaría estar allí para mi esposa y mis tres hijos«. Pero creo que no serán los futbolistas los que pongan freno a esta situación, sino los dueños de los clubes. Los que pagan los estratosféricos salarios de los futbolistas y reciben muy poco como compensación a sus cesiones. Esto es lo que recibieron los clubes por sus jugadores durante el pasado Mundial de Rusia 2018:

Clubes cobro Mundial

Aunque parezca un buen ingreso, no deja de ser calderilla si pensamos que los principales clubes de Europa tienen en torno a una docena de internacionales en sus filas. Si los jugadores se lesionan, la FIFA tiene un Programa de Protección de Clubes con un fondo de hasta 80 millones de euros anuales. No es ni el veinte por ciento de la masa salarial del PSG, por poner la cifra en contexto. Es una ayuda, desde luego, pero solo cubre las lesiones superiores a 28 días y la parte fija de los salarios de los futbolistas, no los variables ni los bonus. Además, tiene un importe máximo anual de 7,5 millones de euros por jugador, lo que en muchos casos cubrirá la ficha del futbolista, pero no así en muchos otros. El club pierde si el jugador se lesiona menos de 28 días, si su salario es superior, o simplemente por las sobrecargas generadas. Y luego hay torneos no cubiertos por el seguro, como los Juegos Olímpicos, que en el caso de España es cubierto por la Federación con su propio seguro.

Las cifras que mueven las competiciones de selecciones son enormes, demasiado golosas y poco transparentes. Los derechos de televisión que negocian la FIFA y la UEFA suponen unos ingresos gigantescos para estos organismos, que además no tienen la responsabilidad de gestionar los clubes ni de pagar los caprichos de sus estrellas. Joao Havelange, Joseph Blatter, Michel Platini, Infantino, Ceferin,… vaya colección. Las acusaciones de haber aceptado sobornos y de plegarse al poder de los petrodólares sobrevuelan el mundo del fútbol y lo que menos importa a estos dirigentes es el espectáculo.

Precisamente el fútbol de partidos absurdos de selecciones es el que está haciendo que se pierda a los jóvenes. Y un Reglamento que hay que modificar para dotar al juego de mayor dinamismo, evitar las pérdidas de tiempo y castigar el teatro tanto como el juego sucio. El ejemplo del baloncesto está al alcance de estos gerifaltes del fútbol. El Reglamento se modifica en pro del espectáculo cada año. La Euroliga es una competición muy atractiva en la que los mejores clubes de Europa no ceden a sus jugadores para las selecciones durante las fases de clasificación. Al final de la temporada, y porque los jugadores de baloncesto son de otra pasta, los que pueden con su cuerpo disputan mundiales, eurobasket, Juegos Olímpicos y lo que les echen. Y casi siempre a tope, sin quejas sobre el calendario. Pero durante la temporada regular no. No vamos a quedarnos sin un Real Madrid-CSKA o un Barça-Unics Kazan como los de esta semana por un España-Finlandia de clasificación. La Superliga que proponían Florentino Pérez, Joan Laporta y la familia Agnelli junto con una serie de clubes entre «acojonaos» y untados era la solución: grandes partidos todas las semanas. Los mejores futbolistas a pleno rendimiento, al cien por cien de capacidad y concentración.

Pero la demagogia ha vencido con el mensaje falaz de los ricos y los pobres y el «football is for the fans» Si fuera para los aficionados, se tomaría ejemplo de un día como hoy en Inglaterra: el Boxing Day. Partidos para los más jóvenes, para que los niños vayan con sus padres al fútbol y se enganchen a unos colores, al ambiente del estadio. Aquí el fútbol es tan «for the fans» que se suspende en época de vacaciones escolares y luego se ponen los partidos a las diez de la noche entre semana. Están matando el futbol entre todos.

La naranja mecánica (II): la película

TRAVIS, 19/12/2021

A finales de 1970 se inició el rodaje de La naranja mecánica en Londres, adaptación de la novela de Anthony Burgess de la que se encargaría el director norteamericano Stanley Kubrick, un rodaje que se prolongó por espacio de seis meses. El estreno mundial se produjo el 19 de diciembre de 1971 en Nueva York, hace ya medio siglo, y una de las cosas que más me ha sorprendido al volver a verla estos días es pensar que el conservadurismo actual dificultaría o recortaría de manera notable una obra así. Los productores se autocensurarían, estoy convencido. Ya el propio Stanley Kubrick tuvo que hacer cambios sobre la novela original para lograr que se pudiera estrenar y aun con ello hubo numerosos países que la prohibieron durante años e incluso décadas. La ultraviolencia explícita, la falta de moral de los personajes o las escenas sexuales, violaciones incluidas, provocaban entonces y siguen provocando a día de hoy incomodidad, desasosiego. El famoso inicio de la peli no engaña a nadie e indica por dónde van a ir las dos horas y cuarto de metraje:

La cámara se aleja con un travelling, de manera inversa a un zoom. Podríamos pensar que tiene un significado metafórico de alejamiento de la violencia, pero creo que se debe más bien al gusto del director por mostrar esos planos panorámicos con el gran angular, enorme profundidad de campo, con simetrías inquietantes y los personajes en el centro de la acción.

Puro estilo Kubrick. Sus planos referentes, como los de El resplandor:

El one-point perspective que Kubrick utilizó como nadie, trazando con escuadra y cartabón:

Y por supuesto, los famosísimos de 2001: una odisea del espacio:

La adaptación

Del guion se encargó el propio Stanley Kubrick. Como ya mencioné en el post dedicado a la novela, la edición norteamericana se publicó sin el capítulo 21, y cuando se reeditó en 1986 en Estados Unidos, el propio Burgess escribió una introducción en la que decía que «La naranja americana o kubrickiana es una fábula; la británica, o la mundial, es una novela». Nunca estuvo satisfecho por el resultado, en especial porque ese recorte supuso cambiar el final pensado por el propio autor.

La película de Kubrick separa perfectamente las tres partes de la novela (Álex y sus drugos cometiendo tropelías, la terapia Ludovico y la vuelta a la sociedad) como si fueran tres capítulos de cuarenta y cinco minutos. Casi exactos. Y durante los mismos Álex va pasando prácticamente por todas las situaciones y vicisitudes de los protagonistas bajo el prisma tan personal del director. Toma elecciones estéticas y argumentales, pero casi todas ellas son fieles al espíritu de la novela.

En el artículo Las palabras y las películas del propio Kubrick, publicado en la revista británica Sight & Sound en 1961 (y a la que he tenido acceso gracias al cuadernillo de Cahiers du Cinema), explica lo que entiende que debe ser una adaptación literaria:

«Creo que para hacer una películas, el libro ideal no es una novela de acción, sino por el contrario una novela que trate principalmente de la vida interior de los personajes. Le daría al guionista un listado preciso con lo que piensa o siente cada personaje en cada momento de la historia». Para ello, pocas novelas como esta, narrada en primera persona por un tipo que expresa cada una de sus sensaciones o motivaciones, aunque esta sea la excitación por la sangre («le brotó la sangre, hermanos míos, y qué hermosa era», «soltaba sangre como una clase muy especial de fruta jugosa»). Continúa Kubrick: «El estilo es lo que un artista utiliza para fascinar al lector, la manera en que le comunica sus sentimientos, sus emociones y sus pensamientos. Eso es lo que ha de ser dramatizados y no el estilo. El guion debe encontrar su propio estilo, como si agarrara el contenido. Y al hacer eso podrá subrayar otra cara escondida de la construcción de la novela. Puede ser tan bueno como la novela, o no; a veces, en cierto modo, puede ser mucho mejor».

A mí me parece una estupenda adaptación de una novela parcialmente cercenada, pero ya coincidimos Reggie y yo en Mucho mejor la peli que no debería estar incluida en ese listado de «30 películas mejores que la novela en la que se basaron». El estilo de Kubrick es artificioso, ahonda en la irrealidad de la historia, los decorados son exagerados y las interpretaciones sobreactuadas (vaya padres, o ¡ese Deltoid!), pero es exactamente lo que es la novela: pura exageración. Una de las primeras escenas, la del intento de violación por parte de la pandilla de Billyboy, se desarrolla en el escenario de un teatro abandonado y los movimientos de los personajes, incluidos los de la chica a punto de ser violada, parecen una coreografía, una danza más que un intento de fuga.

Esa irrealidad de la novela y de la película es perfecta para enmascarar la violencia de lo que se narra. Kubrick emplea la cámara lenta, la ultra rápida, el zoom, el travelling, la retroproyección, el picado y el contrapicado, todos los elementos a su alcance que alejan la historia del documental, lo envuelve todo con la música y satura la pantalla de colores y elementos geométricos. Es brillante en todo, también en el alejamiento de la veracidad.

Los cambios

El personaje de Álex en la novela tiene solo quince años, mientras que el actor Malcolm McDowell contaba veintisiete cuando rodó la película. Las niñas que Álex lleva engañadas a su casa, a las que posteriormente droga y viola, tienen diez años en la novela, mientras que en el filme de Kubrick tienen un aspecto algo más crecido y menos infantil, y el sexo es consentido. Esta es la, ejem, transformación de la niña de diez años:

Los personajes son unos tarados mentales, verdaderos psicópatas y, sin embargo, uno ve la película o lee la novela y es capaz de encontrar un punto de humor en ellos, no sé muy bien por qué. La temida crítica cinematográfica Pauline Kael definió el filme como «comedia de ciencia-ficción porno-violenta», y se cabreaba porque afirmaba que «los directores nos llevan a aceptar la violencia» con naturalidad, como parte del ser humano, que es uno de los grandes temas de la novela. Como la posibilidad de reconducirla o si es lícito alterar la voluntad del hombre para inhibir sus impulsos más primarios.

Otra elección importante a la hora de trasladar la novela a la pantalla fue la reducción del uso del nadsat, porque podía hacer incomprensibles los diálogos, o resultar demasiado incómodo o cargante para el espectador. Se utiliza de manera ocasional y en contextos que hacen que se pueda seguir la trama. Algunos cambios respecto al libro aportan al ambiente febril y enrarecido de la película, como los cuadros eróticos de «la loca de los gatos» o la escultura con la que Álex da muerte a la mujer, que en el libro era una estatua de plata, y aquí… pues eso, algo que da bastante juego al director.

La película finaliza en el capítulo 20 de la novela, con la frase de Álex: «sí, ya estoy curado». El capítulo 21 es el que le da un cierto aspecto moralista a toda la historia. Álex ha madurado, comienza a trabajar y elige la bondad por propia voluntad. Entre otras cosas, descubre que le cuesta esfuerzo ganar el dinero y decide no derrocharlo como anteriormente a sabiendas de que podría robar para mantener sus caprichos: «Es que no me gusta arrojar porque sí los golis que me he ganado duramente«. Puede seguir robando o asesinando, o violando a mujeres, pero elige comportarse de otro modo. Ha madurado, «la juventud debe partir», aunque solo tenga dieciocho años y se muestra aburrido de la violencia, cansado. Se imagina a sí mismo formando una familia, con una débochca (mujer) con la que tener un hijo. «Ahí estaba vuestro Humilde Narrador Álex volviendo a casa, del trabajo a un bueno y caliente plato de cena, y ahí estaba esa ptitsa (muchacha) que le daba la bienvenida y lo saludaba como si lo amara«.

Sinceramente, no veo este posible final para la película, salvo que Kubrick (que lo dudo) lo resuma con ese plano final en el que Álex practica «el viejo unodós» con una joven desnuda rodeado de gente vestida de etiqueta, como de boda. Me chirriaría el capítulo tal como fue escrito, no creo que la mayoría de los espectadores viéramos con buenos ojos a un Álex rehabilitado y felizmente casado con una mujer a la que respetara. Lo entiendo en la novela porque Burgess quería llegar a la elección voluntaria del Bien y el abandono del Mal, no como consecuencia del atroz proceso de tortura ejercido por el estado sobre sus ciudadanos, sino como decisión consciente, razonada, meditada. He sido un hijo de puta, pero he comprendido. En su lugar, la película termina cuando Álex sonríe sádicamente y afirma estar «curado», y todos entendemos qué significa eso para el psicópata.

Reacciones al estreno

La crítica estuvo dividida entre quienes la consideraron una gran película y quienes se escandalizaron por su ausencia de valores morales de ningún tipo. Varios países la prohibieron, pero fue un éxito completo en todos aquellos en los que fue estrenada. En Reino Unido, tras varios crímenes cometidos por jóvenes que copiaban la estética de los personajes, las críticas se amplificaron y hubo voces exigiendo su prohibición. Algo que ocurre periódicamente, me vienen a la cabeza peticiones similares tras Asesinos natos, Pulp Fiction y ahora con El juego del calamar.

La obra llevaba más de un año en cartel en el Reino Unido cuando Stanley Kubrick comenzó a recibir amenazas de muerte para él y para su propia familia en su residencia a las afueras de Londres. Fue entonces cuando el propio Kubrick solicitó la retirada de la película de las carteleras, y consiguió que la distribuidora lo hiciera y no la reestrenara durante más de dos décadas. Desconozco el nivel de las amenazas, pero el veto del director en el Reino Unido se mantuvo hasta el fallecimiento del propio Kubrick en 1999. Eso ha sido hace dos días, como quien dice.

La película estuvo prohibida por la censura en España, pero en 1975 se estrenó en la Seminci de Valladolid. Precisamente acaba de estrenarse (17 de diciembre en TCM) un documental que narra la aventura de su estreno en «una de las ciudades más conservadoras de España», como cuenta el propio Malcolm McDowell.

La naranja prohibida. Lo recomiendo, se emite en abierto, y ahí podemos encontrar las cartas de los responsables del festival de cine de Valladolid a la Warner, las respuestas de esta, las exigencias de Kubrick y las hilarantes contestaciones de los órganos censores. La fama que precedía a la película provocó largas colas de estudiantes y una expectación como pocas veces se había visto en la ciudad. No hay que olvidar que estábamos en los últimos estertores del franquismo (abril de 1975), en la etapa del cine del destape en la que se podía ver algo más de una teta en pantalla como muestra de «apertura» del Régimen. La película se estrenó en Madrid a principios de 1976, pero exclusivamente en versión original, y solo puede exhibirse doblada dos años más tarde.

Curiosidades

  • La música de Ludwig van. El gran Ludwig van, oh, hermanos míos, porque apenas se habla de Beethoven. La banda sonora es fantástica, con obras fundamentalmente de Rossini y Beethoven perfectamente engarzadas con las imágenes. El compositor Walter Carlos (ahora Wendy Carlos) modificó varias de las piezas con ayuda de un sintetizador, lo que produce un sonido para la obra entre futurista y clásico, perfecta mezcla para unos decorados que comparten ambos estilos. Algunas de las alteraciones del sintetizador sirven para marcar el tempo de los personajes, lo ralentiza o lo acelera, como en la famosa escena en la que emplea la Obertura de Guillermo Tell, que por sí solo es un videoclip de un minuto entre divertido y perturbador. El tiempo real que aparece en ese minuto es de unos veintiocho minutos.
  • En la escena de las dos jóvenes que conoce en la tienda de discos aparece un disco con la banda sonora de 2001, Una odisea del espacio.
  • El diseño de ese estrambótico vestuario es obra de una debutante, la italiana Milena Canonero. A lo largo de su carrera ha ganado cuatro Óscar al mejor diseño de vestuario: Gran Hotel Budapest (2014), Marie Antoinette (2006), Carros de fuego (1981) y Barry Lyndon (1975), del propio Stanley Kubrick. Malcolm McDowell contó que Stanley Kubrick encontró en el maletero del coche del actor unas coquillas para protegerse sus partes, puesto que era practicante de cricket. Al director le pareció que podían darle ese aire entre retro y futurista si lo llevaban por encima del traje.
  • La canción Singin’ in the rain que Álex canta mientras golpea al escritor y desnuda a su mujer fue una improvisación del actor, al que Kubrick le pidió que cantara algo porque la escena había quedado muy sosa. A Kubrick le encantó, «es la canción que define la euforia para Hollywood». Le gustó tanto que compró los derechos de autor y la utilizó dos veces más en la película: para que Álex se delate en su segunda visita al escritor (un gran acierto) y en los títulos de crédito finales.
  • El culturista que ayuda al escritor que ha quedado en silla de ruedas tras la paliza de los drugos es ni más ni menos que David Prowse, el actor que interpretaría a Darth Vader tras la máscara (v. Goodbye, Lord Vader).
  • El perfeccionismo extremo, enfermizo más bien, de Kubrick le hizo famoso entre otras cosas por el número de tomas que obligaba a hacer a los actores. David Prowse acabó exhausto tras repetir más de treinta veces la escena en la que lleva al escritor con la silla de ruedas por las escaleras. La escena de los periodistas en el hospital se repitió 74 veces, y la escena inicial del intento de violación de Billyboy tuvo tantas tomas que la actriz inicialmente elegida abandonó el rodaje, harta de tanta «incomodidad».
  • La película estuvo prohibida en España, pero en 1973 se rodó y estrenó una producción de José Frade, con dirección de Eloy de la Iglesia, titulada Una gota de sangre para morir amando. La película tiene tal cantidad de escenas similares que fue apodada «La mandarina mecánica».
  • La película no disimulaba referencias a la obra de Kubrick, que aparecía mencionada en una escena, y fue distribuida en mercados anglosajones como Clockwork terror. La protagonista era Sue Lyon, la actriz de Lolita en la versión de Kubrick.
  • Del doblaje español se encargó Carlos Saura y de la traducción, el escritor Vicente Molina Foix. El mismo equipo de El resplandor. Yo personalmente detesto la voz española de Álex, no me gustó nada.
  • El suero que inyectan a Álex antes de la terapia Ludovico está en el bote 114. Las supersticiones o manías de Kubrick. En ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú, el CRM-114 es el aparato de seguridad que bloquea las comunicaciones con el B-52, y en Eyes Wide Shut el personaje de Tom Cruise visita el pasillo C, cámara (room) 114. Descubrimiento vía Cahiers du Cinema.

Otras referencias de los Cuatro amiguetes

Barney.- «La naranja mecánica» fue el apelativo que se dio a la fantástica selección holandesa de principios de los setenta, aquella comandada por Johan Cruyff y en la que jugaron Neeskens, Resenbrink o Johnny Rep entre otros. Un gran equipo comandado por Rinus Michels que llegó a dos finales de mundiales (Alemania 1974 y Argentina 1978).

Josean.- La naranja mecánica de Kubrick figura entre las películas más rentables de la historia, pues tuvo un coste de unos dos millones y medio de dólares y obtuvo una recaudación superior a los cuarenta. No se acerca a la rentabilidad de Garganta profunda, conocida en algunos círculos como la más rentable de todos los tiempos.

Lester.- Quizás quienes sí entendieron el final del libro antes que muchos fueron los miembros del grupo musical Los Nikis, quienes a mediados de los ochenta sorprendieron con la canción La naranja no es mecánica, con frases como «oh, hermanito, se acabaron los delitos», «la ultraviolencia siempre acaba mal» o «Álex, no lo intentes de nuevo, deja a los mendigos vivir en paz».

La naranja mecánica (I): la novela

TRAVIS, 12/12/2021

«Publiqué la novela A Clockwork Orange en 1962, lapso que debería haber bastado para borrarla de la memoria literaria del mundo». Quien se expresaba de este modo tan crítico con su obra más recordada era el propio autor de la novela, el escritor británico Anthony Burgess (Manchester, 1917). «De buena gana la repudiaría por diferentes razones«. La novela se publicó a principios de los sesenta, pero no tuvo demasiado éxito ni una gran repercusión, seguramente por su temática violenta y por el empleo de un lenguaje alternativo, el nadsat, que podía dificultar la comprensión del texto, o al menos hacerlo incómodo de leer. Fue a raíz del estreno de la película de Stanley Kubrick en 1971 cuando la propia novela se convirtió en un libro vendido, analizado y reinterpretado desde diferentes puntos de vista. Precisamente la interpretación errónea que Kubrick hizo de la novela fue la que llevó a Burgess a renegar de la misma hasta su fallecimiento en 1993.

Leí la novela a principios de los noventa y he vuelto a hacerlo el puente pasado, pues se trata de una novela corta, de menos de doscientas páginas (o de poco más, como explicaré en este post), que se lee rápido una vez que te acostumbras al nadsat. Mi edición es de 1994, de Ediciones Minotauro, una reedición de la de 1976 que constaba de veinte capítulos. Y tengo que decirlo cuanto antes, por mucho que moleste a Burgess, a mí me resulta inevitable imaginar a los personajes con un aspecto distinto al mostrado por Kubrick en la pantalla.

El extraño título

Del título se han dado tradicionalmente dos interpretaciones. La primera, del propio autor, indica que viene de una expresión del cockney (jerga londinense): «As queer as a clockwork orange». Tan raro como una naranja mecánica. Burgess explicó que le venía muy bien para explicar lo que cuenta la novela acerca de las técnicas empleadas para subvertir la naturaleza del individuo, como hacer de una fruta un ingenio mecánico. La segunda interpretación que he leído en varios artículos es que «ourang» es una palabra malaya que significa «persona», lo que complementaría la anterior. No es descabellado pensarlo, pues Anthony Burgess hablaba una decena de idiomas (ruso, español, alemán, japonés, italiano, y también malayo) y aparte de novelista era lingüista, traductor, ensayista, guionista y ¡compositor de música! Un auténtico polímata que pasó varios años de su vida en Malasia.

En realidad hay poco misterio, puesto que en el capítulo 2 de la Primera Parte del libro, el protagonista Álex entra con sus drugos (colegas) en casa del matrimonio al que va a agredir salvajemente y observa que el dueño de la casa está escribiendo un libro: «LA NARANJA MECÁNICA, y dije:- Caramba, es un título bastante glupo (estúpido). ¿Quién oyó hablar jamás de una naranja mecánica?». Y lee un solo párrafo que aclara lo que Burgess quería expresar: «Para oponerme al intento de imponer al hombre, criatura que crece y puede demostrar bondad, que es capaz de beber el néctar que brota de los labios barbados del Señor, para oponerme al intento de imponerle leyes y condiciones solo apropiadas para una creación mecánica, levanto la acerada pluma…». La novela toca muchos palos: la violencia, la ética, el control de la sociedad por las autoridades o si es el estado el único legitimado para ejercer la violencia, el Bien o el Mal como elección, pero se centra sobre todo en la disyuntiva entre imponer al ser humano algo en contra de su propia naturaleza o dejarlo a su propia elección. Y en esa disyuntiva, el autor de La naranja mecánica en la propia La naranja mecánica de Burgess dice que «para oponerme al intento de imponerle leyes…levanto la acerada pluma». Más adelante, tras la terapia que sufre Álex en la que se inhiben sus impulsos naturales y viendo cómo es analizado cual ratón de laboratorio, exclama: «¿No soy más que una naranja mecánica?».

La historia personal de Burgess en la propia trama

Un suceso conmocionó y cambió la vida de Anthony Burgess y su mujer para siempre. En 1944, durante un apagón forzado en Londres para evitar los bombardeos, la casa de Burgess fue asaltada y robada por cuatro soldados norteamericanos que habían desertado del ejército. La peor parte se la llevó su mujer, Lynne, que fue agredida y violada por los cuatro, y como consecuencia de los golpes y las agresiones perdió al hijo que ambos estaban esperando. Una escena muy similar a esta es la que aparece en el mencionado capítulo dos, en el que los cuatro drugos asaltan la casa del escritor y violan por turnos a su mujer. Lo describe con toda la crudeza, «oh, hermanos míos, entre tanto yo me sacaba los pantalones y me preparaba para la zambullida». «Después de mí, era justo que le tocase el turno al viejo Lerdo, y lo hizo resoplando y jadeando como una bestia». «Después hicimos cambio de parejas… y Pete y Georgie tuvieron lo suyo».

El nadsat

Álex, «Vuestro Humilde Narrador» de la novela, habla de un modo exageradamente refinado con los adultos que se cruza, pero utiliza una jerga con sus compañeros de ultraviolencia, el nadsat, creada para suavizar de alguna manera la crudeza de lo narrado y de ese modo evitar la censura. Las escenas con agresiones o violaciones se leen de una manera que hace que parezcan irreales, puesto que no es lo mismo hablar de glasos, grudos o rucas que de pechos, ojos o manos. La obra original de Burgess tenía 21 capítulos divididos en tres partes de siete capítulos cada una y no contenía el glosario de Nadsat al final del libro. Sin embargo, los editores norteamericanos decidieron incluir el glosario para facilitar al lector la comprensión del texto. Lo cierto es que aunque en las primeras páginas sientes la tentación de revisar si has entendido bien lo que está contando, después de dos o tres capítulos se puede leer el libro perfectamente sin acudir a dicho glosario de términos (Nadsat).

El nadsat aparece continuamente en la novela, pero con menor frecuencia en la película de Kubrick, que pensaba que podía afectar a la historia y a la calificación de la película. Burgess, como lingüista que era, utilizó su dominio de las lenguas eslavas para desarrollar esta jerga. En el capítulo 6 de la Segunda Parte, los doctores que aplican la terapia al joven Álex explican el origen de la misma:

– Muy curioso -comentó el doctor Brodsky- ese dialecto de la tribu. ¿Sabe usted de dónde viene, Branom?

– Fragmentos de una vieja jerga -dijo el doctor Branom, que ya no tenía un aire tan amistoso-. Algunas palabras gitanas. Pero la mayoría de las raíces son eslavas. Propaganda. Penetración subliminal.

En su mayoría son términos adaptados del ruso, o de la fonética del ruso. Nadsat es el sufijo ruso para las edades adolescentes, como el teen del inglés:

El tiempo, el lugar

Aunque no se menciona en ningún momento el nombre de la ciudad en la que se desarrolla la acción, ni tan siquiera el país, ni tampoco el año, he leído en algunos lugares que podría ocurrir en Londres en 1995. La única referencia al año aparece cuando los drugos roban un coche, «un Durango 95 nuevo» que «se tragaba el camino como espaguetis». En cuanto a la ciudad, podría ser Londres (donde la situó Kubrick) o cualquier otra ciudad británica, de donde era el autor, aunque a mí por momentos me recordó a Nueva York, donde suele ocurrir «todo». En el capítulo 6 de la Primera Parte, los jóvenes salen del restaurante Duque de Nueva York, donde «se levantaban edificios de oficinas», luego pasan junto a la biblioteca (en donde apalizarán a otro anciano), que me trajo a la cabeza la biblioteca pública de la Quinta Avenida, y después «el bolche (gran) edificio llamado Victoria». No sé por qué, pero mi mente lo situó en ese enorme edificio de estilo victoriano que es la Grand Central Station, a pocos pasos de la biblioteca. Cosas mías.

El capítulo 21

La primera vez que leí la obra de Burgess creí que terminaba en el capítulo 20, o el sexto de la Tercera Parte, el último editado en Estados Unidos y en la versión española de Minotauro. Álex dice «Sí, yo ya estaba curado», que realmente significa algo muy distinto a lo que entendemos por estar curado. Como este capítulo 21 es trascendental para comprender mejor las diferencias entre la novela de Burgess y la película de Kubrick, dejaré la explicación para la segunda parte. La suerte que he tenido esta vez, es que he encontrado el capítulo 21 (aquí dejo enlace), lo he leído con suma atención y creo que completa la visión moral o moralista que Burgess tenía inicialmente en su mente.

«En 1961 necesitaba dinero, aun la miseria que me ofrecían como anticipo, y si la condición para que aceptasen el libro significaba también su truncamiento, que así fuera», explicó Burgess en una entrevista años después. Ese tajo a la obra inicial provocó el gran malentendido que acompañó a esta obra durante décadas, un malentendido que la película de Kubrick amplificó y extendió.

Obras relacionadas

Tradicionalmente se ha asociado La naranja mecánica a otras dos grandes distopías cercanas en el tiempo: 1984, de George Orwell, escrita en 1948 y Un mundo feliz, de Aldous Huxley, de 1932. Ambas tienen esa visión del estado controlador, dominante, opresivo, capaz de ejercer la violencia sobre sus ciudadanos sin pudor. «Me parece que ayudarás al derrocamiento de este gobierno que nos aplasta. Convertir a un joven decente en un mecanismo de relojería no es ciertamente un triunfo para ningún gobierno, excepto si se siente orgulloso de su propia capacidad de represión». Un estado que contrata a psicópatas para acabar con la inseguridad en las ciudades, porque la violencia es lícita si parte de los propios militsos (policías). «¿No terminará decidiendo el propio gobierno qué es y qué no es delito, y destruyendo la vida y la voluntad de quien se atreva a desobedecer?».

Esa concepción de la falsa libertad que «concede» el estado, así como la violencia policial, me recuerdan también a los cómics escritos por Alan Moore V de Vendetta. Pero también encierra aspectos en común con Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, publicada en 1953. Una sociedad embrutecida, adicta a las pastillas cuando no a las drogas, en la que el tipo que sale con libros de la biblioteca es un tipo raro, o en el que por las noches «pasaban lo que solían llamar un programa mundial, porque todos los habitantes del mundo podían ver si lo deseaban el mismo programa; y el público era casi siempre los liudos (individuos) de la clase media». Exactamente lo que veía la mujer de Guy Montag en la novela de Bradbury justo antes de empastillarse para abstraerse del mundo y dormir.

Esta semana se cumple medio siglo desde el estreno de la versión cinematográfica de la novela, así que este post, oh, mis queridos drugos, continuará en La naranja mecánica (II): la película.