El cine ruso y los rusos en el cine

Acorazado Potemkin 2

TRAVIS, 17/07/2019

A raíz de la participación de Lester en el maratón de Nueva York hace unos años, nos planteamos hacer un Especial USA en el que cada amiguete trataría su especialidad. Surgieron unos posts interesantes, creo modestamente. En mi caso fue fácil, pues es tal el número de películas ambientadas en Nueva York que incluso tuve que escribir dos partes (el New York real y el imaginado). El reto que ahora se me plantea es hablar del cine ruso, trabajo ímprobo donde los haya, porque a lo largo de mi vida he visto muy pocas películas venidas de Rusia o de la extinta Unión Soviética.

El cine ruso es un gran desconocido para el que esto escribe, y supongo que para muchos de los lectores. Miro en mi perfil de Filmaffinity a ver cuántas soy capaz de recordar y me aparecen solo cuatro películas, una de las cuales ya apareció en mi lista de disaster movies. Me refiero a Soviet, sobre una especie de Rambo soviético que daba más pena que los efectos especiales empleados.

De las otras tres películas, dos fueron dirigidas por Sergei M. Eisenstein, al que muchos consideran el creador del montaje moderno. Las vi hace años, cuando La2 todavía emitía películas mudas en alguno de aquellos fantásticos ciclos de cine, gracias al cual pude ver Intolerancia y El nacimiento de una nación, de D. W. Griffith, La quimera del oro y El chico, de Chaplin, Metrópolis, de Fritz Lang, y las dos del maestro ruso, Octubre y El acorazado Potemkin.

El cine, como el deporte, y sobre todo en determinadas épocas de la historia, ha tenido una carga propagandística importante porque es una de las mejores maneras de transmitir un mensaje a la ciudadanía. Lo utilizaron los americanos, los británicos y los franceses, por supuesto que Hitler y Franco para ensalzar las bondades del régimen y como no podía ser menos, lo emplearon también los rusos para adoctrinar a las masas.

Recuerdo El acorazado Potemkin (1925) como una obra maestra absoluta, sorprendente por el modo de contar la historia, y por la fuerza y expresividad de sus imágenes. Cuenta la historia de los marineros rusos sublevados en 1905, durante la fallida primera revolución rusa contra los zares. El director aprovecha esta historia para hablar de la sublevación de las masas, de la actuación del pueblo unido como un solo hombre enfrentado contra una autoridad cruel e injusta. La escena más famosa es la matanza en la escalinata de Odesa, una sucesión de 150 planos que entremezcla los panorámicos con primeros planos de rostros aterrados, el movimiento acelerado con el pausado, y alarga el tiempo hasta convertir lo que duraría unos segundos en una escena de casi seis minutos de duración.

El hombre sin piernas, el de las muletas, la mujer horrorizada, y por supuesto, el bebé del carrito cayendo por la escalera forman una de las escenas más famosas de la historia del cine. Brian de Palma homenajeó esta escena, carrito de niño incluido, en Los intocables de Eliot Ness, aunque a mí sinceramente no me gustó demasiado, por mucho que la crítica alabara el atrevimiento del director. Me parece que el tiempo de Los intocables está tan estirado y de un modo tan artificial que se ganaron a pulso la parodia genial de Frank Drebin y sus chicos en la tercera entrega de Agárralo como puedas:

La otra película que he visto de Eisenstein es Octubre, finalizada en 1928, un encargo directo del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética para conmemorar los diez años de la revolución. Pese a ser una obra utilizada de modo evidente como propaganda, la versión final sufrió severos cortes por parte del Partido, puesto que Trotski había sido ya purgado por Stalin y se eliminaron todas las referencias a su figura. El montaje inicial de Eisenstein tenía una duración de 150 minutos, pero la versión estrenada se quedó en solo 103. En cualquier caso, es una película muy interesante y al igual que El acorazado, presenta un montaje potente y una serie de imágenes muy poderosas, como el asalto al Palacio de Invierno o el levantamiento del puente sobre el Neva con los cuerpos de los bolcheviques tirados sobre el mismo.

Octubre Eisenstein

Y poco más sé del cine ruso, pensé que Ojos negros (1987) era una película de dicha nacionalidad, porque estaba basada en una serie de relatos de Chejov y fue dirigida por Nikita Mijalkov, pero resulta que es una producción italiana. Es muy recomendable, una historia con Marcello Mastroianni de amores no correspondidos cuyo final no voy a desvelar, pero que te deja con una sensación de «si es que…», «ay, Marcello,…», prefiero no contarlo.

A principios de los noventa estuve en Rusia y ya que dediqué hace unos meses un post al doblaje, mencionaré que me sorprendió el modo de doblar películas en este país: una sola voz masculina y monocorde doblaba a todos los personajes. Vi cinco minutos de una peli de Woody Allen, creo que era Maridos y mujeres, y el doblador ruso (sin entonación alguna, sonaba como un interrogador del KGB) mataba cualquier atisbo de arte, entendimiento y disfrute de la obra. Era insoportable, así que la apagué. Según tengo entendido, Rusia ha adoptado muchas de las costumbres occidentales y las películas ahora se doblan de la misma manera que en el resto del mundo.

Peter Ustinov, Charles Bronson, Yul Brynner o Kirk Douglas, el inmortal, tienen antecedentes soviéticos en sus familias, de orígenes rusos, bielorrusos o lituanos, pero sus carreras se desarrollaron en Estados Unidos, como las de los actuales Andrei Konchalovski (Tango y Cash, El tren del infierno) o Timur Bekmambetov (Ben-Hur, Se busca), así que no valen como ejemplos de «cine ruso».

Imperio romano Bronston

Un caso especial es el de Samuel Bronston, sobrino de León Trotski, nacido como Bronshtein, y famoso en nuestro país por los estudios que montó cerca de Las Rozas para las grandes producciones de Hollywood. Lo curioso de la historia fue el modo de convencer al millonario Du Pont y al régimen franquista para que el primero invirtiera y el segundo autorizara la creación de los estudios de rodaje en esta localidad. La empresa Du Pont vio cómo los beneficios generados por la patente del nylon se quedaban inmovilizados en España debido a una normativa aprobada por el Régimen para evitar la fuga de capitales del país, así que Bronston convenció a sus gestores para que invirtieran esos fondos en una serie de producciones de cine, y convenció también a altos cargos del ministerio para obtener los permisos para la creación de los célebres estudios que atraerían capital extranjero.

Bronston Pekín

Gracias a Bronston, Las Rozas se convirtió en Pekín, en la antigua Roma o Jerusalén. 55 días en Pekín, La caída del imperio romano, Rey de Reyes y El Cid entre otras se rodaron en los estudios Bronston antes de su quiebra a principios de los setenta. La relación de Bronston con la localidad madrileña se mantuvo hasta sus últimos días, y de hecho, fue enterrado en el cementerio de Las Matas.

Nuestro país tiene tal variedad de paisajes que permitió la maravilla de ambientar países tan distintos en nuestro territorio. La propia Rusia del Doctor Zhivago (1965) se rodó casi íntegramente en España. La estación de Canfranc se convirtió en la Rusia de los zares, los alrededores de Barajas fueron la estepa siberiana y el pantano de Aldeadávila fue un decorado perfecto para el desenlace de la película de David Lean ambientaba en la revolución rusa.

Los rusos en el cine

Puesto que no puedo hablar mucho más de cine ruso por falta de conocimiento, lo único que me queda por hacer es hablar de los rusos en el cine, de cómo han sido descritos y estereotipados en diversas películas, sobre todo norteamericanas.

El primer topicazo que vemos en películas americanas acerca de los rusos es el de su falta de empatía y sentimientos, como si estuvieran más cercanos a un robot que a un ser humano. La excelente comedia de Lubitsch Ninotchka (1939) nos muestra a la diplomática de la Unión Soviética interpretada por Greta Garbo como una mujer más fría que mil témpanos de hielo, incapaz de mostrar sus sentimientos incluso cuando se está enamorando. Quizás no haya escuchado jamás peores piropos que los que regala a Melvyn Douglas mientras le mira fijamente:

– El blanco de sus ojos es claro. Su córnea es excelente.

Su personaje robótico va cambiando a lo largo de la película, cediendo a las comodidades del capitalismo y desemboca en el famoso «Garbo sonríe» con el que se promocionó la película:

El discípulo de Lubitsch, Billy Wilder, continuó con otro topicazo acerca de los rusos en Uno, dos, tres, la obra maestra ambientada en Berlín: los rusos son simples, nada transparentes, viven solo por y para el Partido,… pero sus convicciones se resquebrajan ante la belleza de una mujer. Todo en esta película me parece genial, pero quizás uno de los mejores momentos sea este, el de la negociación de James Cagney y las caras de los representantes soviéticos ante la «encendida» Danza del Sable de la asistente de Cagney:

Durante las décadas de guerra fría, los rusos eran representados (creo que sin excepción) como personas sometidas al férreo control del Partido, y los que no eran asesinos implacables, espías o agentes del KGB (Cortina rasgada, El premio) terminaban cediendo a las bondades del capitalismo y de Occidente, como la estupenda Barbara Bach, chica Bond en La espía que me amó. 

Stanley Kubrick fue todavía un paso más allá en la parodia acerca de los rusos en ¿Teléfono rojo?: Volamos hacia Moscú (1964), una «perfecta traducción» del original Dr. Strangelove or: How I learned to stop worrying and love the bomb (directo al top de Títulos letales).

– ¿Ha visto alguna vez a un comunista beber agua?

A partir de ahí, el general Ripper (Sterling Hayden) desarrolla una hilarante teoría sobre la conspiración soviética para dominar el mundo:

La posible invasión soviética de los Estados Unidos dio pie a otras películas como la comedia ¡Que vienen los rusos! (1966) o Amanecer rojo (1984), una flipada en la que los veinteañeros Charlie Sheen y Patrick Swayze se enfrentaban al ejército ruso sin muchas más armas que el patriotismo y el ardor juvenil.

En la década de los ochenta seguía el enfrentamiento soterrado pero casi nunca culminado entre norteamericanos y rusos. Se creaban situaciones de mucha tensión, con la amenaza nuclear sobre nuestras cabezas, pero al final las cosas volvían a su sitio, como en Juegos de guerra (1983) o El cuarto protocolo (1987). O directamente se planteaba el conflicto en otros campos como el robo de tecnología (Firefox, 1982), los combates aéreos de Top Gun (1986) o mi favorito: el boxeo, ¡Rocky IV! En 1985 Rocky Balboa se enfrentaba en el mismo corazón de Moscú a un ruso desalmado llamado Iván Drago, papel interpretado por el sueco Dolph Lundgren. El discurso de Rocky y los aplausos de Gorbachov resultan tan absurdos como emocionantes, y se me sigue escapando una carcajada cada vez que lo veo. 

rocky IV

Los rusos estaban cambiando, su país se desmoronaba y querían pasar al otro bando, o eso nos contaban en La caza del octubre rojo o La casa Rusia, ambas de 1990. El argumento de la guerra fría se agota y cambian los guiones, excepto con el que lleva casi treinta películas haciendo lo mismo, James Bond. En 1995, Pierce Brosnan  se dedica a destrozar San Petersburgo subido a un tanque en Goldeneye. Que todavía haya quien diga que este es el mejor Bond que ha habido…

Con el desmembramiento de la Unión Soviética a principios de los noventa, las tramas cambian por completo y ahora todos los rusos que salen en películas americanas son mafiosos, oligarcas podridos de pasta y sin valores. Así a botepronto me salen Misión Imposible, El santo, La Jungla 5, un buen día para morir, John Wick o El mito de Bourne.

John Wick

Topicazos. Los rusos fríos y las rusas macizas. Ellos violentos y ellas volcánicas. La simpleza del cine. He comentado al principio que recordaba haber visto cuatro películas rusas, pero solo he hablado de tres intencionadamente. Creo que la cuarta se merece un post enterito: Solaris (1972), de Andrei Tarkovski. Me apuesto una botella de vodka a que será el post menos leído de la historia de este blog.

Especial Rusia

San Petersburgo (I): como no preparar un maratón

San Petersburgo (II): el desenlace del maratón y alguna lección de historia

Madridistas por el mundo: San Petersburgo

Noches blancas en San Petersburgo

El cine ruso y los rusos en el cine

Pulp Fiction cumple un cuarto de siglo, por Travis

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En mayo de 1994, el entonces semidesconocido director, guionista y actor Quentin Tarantino se hacía con la Palma de Oro en el Festival de Cannes por su segunda película, Pulp Fiction. Su propuesta, transgresora y gamberra como pocas, se llevó el galardón por delante de otras películas más típicas de lo que suele ser este festival de vanidades y meñiques enhiestos como A través de los olivos, del iraní Abbas Kiarostami, Quemado por el sol, del ruso Nikita Mikhalkov, el nuevo sopor de colores de Kieslowski, Rojo, y la cuota tradicional oriental, ¡Vivir!, del cineasta chino Zhang Yimou.

Visto con la perspectiva que dan los veinticinco años transcurridos, creo que el premio fue un acierto. Supongo que el jurado tendría fuertes discusiones a la hora de elegir entre las tradicionales obras aptas para estómagos cinéfilos más o menos pedantes y esta Pulp Fiction irreverente de Quentin Tarantino. El jurado de aquel año estaba formado por personas tan dispares del mundo de la cultura como la actriz francesa Catherine Deneuve, el escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, el compositor argentino Lalo Schifrin o el británico de origen japonés Kazuo Ishiguro (Premio Nobel de Literatura en 2017), y parece ser que para que el premio fuera a los matones de Tarantino resultó fundamental que dicho jurado estuviera presidido por una eminencia en este noble arte cinematográfico como es Clint Eastwood, alguien que puede valorar una obra diferente de un autor diferente y dar lecciones desde su punto de vista como director, actor, músico o productor de grandísimas obras.

Hubo numerosos aplausos, pero también abucheos y críticas del público asistente a la gala en el Palacio de Festivales y Congresos de Cannes, lo que provocó la respuesta del director en forma de peineta:

Hoy en día me parece un gesto totalmente impropio e inadecuado, pero recuerdo que cuando le vi hacerlo, y pese a saber poco de él, pensé: «este tío me cae bien». Le estaba dando una patada en sus mismísimos genitales ¡y en su casa! a esa crítica esnob que presume de disfrutar tostones infumables que provienen de países exóticos.

El propio nombre del director, Quentin Tarantino, sonoro, rotundo, poco habitual, parecía predestinarle como director, igual que si te llamas Martin Scorsese o Howard Hawks. Además, con esa cara de loco solo podía parir locuras maravillosas o bodrios absurdos, pero por fortuna han predominado las de la primera categoría. El título de su segunda película, Pulp Fiction, resultaba tan atractivo como el de la primera, Reservoir dogs, por no sé qué extraña razón, ya sea intriga o curiosidad, un hecho insólito que ocurre con la mayoría de su filmografía al margen de su posterior calidad: Jackie Brown, Death proof, Inglourious Basterds, Django unchained, Kill Bill,…

Fuimos muchos los que acudimos en masa hace veinticinco años a ver esa peli de título raro y montaje desordenado, de pistoleros con traje negro que hablan de hamburguesas antes de liarse a tiros, de atracadores de cafeterías de tres al cuarto y de boxeadores que saldan su deuda con mafiosos tras atacar con una katana a dos violadores que están de la olla. No solo vimos esa película, la escuchamos. Saboreamos cada canción, las que conocíamos y las que descubríamos a medida que avanzaba el metraje contemplando cómo encajaba cada pieza en su correspondiente escena con una perfección asombrosa. Desde el potente Misirlou de Dick Dale & The Del-Tones hasta el Surf Rider de los títulos de crédito finales, obra de The Lively Ones.

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Me compré la banda sonora, me compré el guion (y lo leí y subrayé varias veces), puse en mi habitación el mítico póster de Uma Thurman fumando en la cama con el peinado del Príncipe Valiente, me compré la banda sonora de Reservoir dogs, me regalaron otra recopilación de temas musicales seleccionados especialmente por Quentin Tarantino,… En resumidas cuentas, me subí a la moda tarantiniana que se abrió con el exitazo de Pulp Fiction.

En cierto modo, creo que la figura del bueno de Tarantino se nos hizo cercana a los aficionados al cine al conocer su historia y ver cómo había llegado hasta la cima del éxito a una edad tan temprana (31 años por entonces). No era el típico director al uso que había estudiado en una prestigiosa escuela de cine, sino que era un aficionado más, un tipo que había trabajado durante años en un videoclub y que había engullido más cine que el que muchos veríamos en varias vidas. Pero, sobre todo, el suyo era un tipo de cine sin reglas en el que valía cualquier propuesta, desde empezar con la definición de diccionario del término «pulp» hasta dibujar un cuadrado en el aire o alterar el orden lógico de las escenas sin razón aparente.

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La película contó con un presupuesto modesto, de unos ocho millones de dólares, de los cuales cinco fueron para los actores, que cobraron muy por debajo de su caché habitual. Fue un éxito rotundo y la recaudación se elevó por encima de los doscientos millones de dólares, aunque su éxito no fue solo de taquilla, sino también como influencia para otros directores y guionistas, como una especie de «vale todo lo que propongas siempre y cuando lo hagas con pasión, con emoción y por supuesto con respeto a todo aquello que homenajeas», ya sea el wéstern, el cine negro, el blaxploitation o las pelis orientales de karatekas.

La película consiguió siete candidaturas a los Óscar, en las categorías consideradas más importantes, aunque solo se llevó el de mejor guion, escrito por el propio Quentin en Ámsterdam con la colaboración de su antiguo compañero de videoclub, Roger Avary. Es un guion tan sólido y brillante como poco convencional, con grandes ideas y diálogos, pero también totalmente heterodoxo, repleto de ideas muy locas que pasaban por la cabeza de un Quentin no sabemos si algo «fumao», ideas que sorprendentemente pasaron el filtro de la producción, y que, más sorprendente aún, lograron la complicidad del público. Y nuestras sonrisas, aunque el origen de las mismas esté en la cabeza reventada de un pobre chaval, en las discusiones acerca de limpiar los sesos de la tapicería, o en una inyección de adrenalina en el corazón de una yonqui a punto de morir de sobredosis.

Pulp Fiction 2

Se le criticó esa banalización de la violencia, y puedo entenderlo, pero es que no deja de resultar gracioso que en una peli de matones sin escrúpulos resulte tan relevante para la trama cada vez que el personaje de Travolta va al baño:

  • La primera vez dice claramente «me voy a cagar» en la cafetería y es entonces cuando sucede el atraco a la cafetería.
  • La segunda vez está hablando consigo mismo frente al espejo («ahora te vas a casa y te haces una buena paja») mientras Mia Wallace está a punto de morir en el sofá del salón.
  • La tercera vez está jiñando y leyendo pulp cuando el personaje de Butch se lo carga a tiros.

Algunos diálogos son largos porque Tarantino se recrea en ellos, en la supuesta brillantez de lo que cuentan, aunque en algunas películas lo logra mejor que en otras. En Pulp Fiction está más medido que, por ejemplo, en Death Proof (algún speech infumable) o que en momentos puntuales de Malditos bastardos o Kill Bill. El problema es que Tarantino se gusta tanto a sí mismo hablando de series B o masajes en los pies que  por ejemplo cuando Jules y Vincent llegan a la puerta de los chavales ¡que se van a cargar! no han terminado su diálogo y se van al final del pasillo para terminarlo, prosiguen dos o tres minutos más hablando de temas intrascendentes, y entonces y solo entonces vuelven y entran al piso. Es un tortazo a las reglas clásicas, pero funcionó. Y por cierto, ya que hablo de los masajes a los pies, recomiendo este vídeo sobre el fetichismo del director acerca de los mismos:

La película tiene 154 minutos de duración, es larga para lo que cuenta y quizás podía haber durado menos, pero como se disfruta cada frase, cada canción o cada imagen casi irreal, se te olvida que por momentos puede resultar lenta. Aunque muchos la calificaron de rompedora o novedosa, en realidad Tarantino lo que hace es reinventar, mezclar y utilizar los cientos de influencias cinematográficas y musicales que pasan por su cabeza. El baile de Mia y Vincent está basado en Ocho y medio de Fellini, los matones de Código del hampa hablan de las proteínas de un buen filete después de cargarse a John Cassavettes, y el MacGuffin del maletín ya se había visto en El beso mortal o en Belle de Jour de Buñuel.

Respecto al contenido del maletín con brillos dorados circulan por Internet teorías muy divertidas, como que contiene los diamantes robados en Reservoir dogs, pero mi favorita es la que dice que en el interior del mismo guarda el alma de Marsellus Wallace. Esta teoría cuenta que el mafioso pactó vender su alma al Diablo y por esa razón tiene una tirita en la nuca, que es por donde se la debió extraer Lucifer. La relación con el maletín viene porque la combinación para abrirlo es el número 666.

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En realidad Tarantino contó tiempo después que el actor Ving Rhames se había hecho un corte afeitándose la cabeza y que al director le pareció que hacía más intrigante su personaje, así que le pidió que no se la quitara. Ya está, es como el globo naranja de Reservoir dogs y las teorías imaginativas de la gente, no hay más.

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Tarantino tiene sus fetiches, sus gustos particulares y se recrea en ellos, como cuando el personaje de Butch (Bruce Willis) elige el arma con el que se va a cargar a los tipos de la tienda que están sodomizando a Marsellus Wallace. Nos muestra sucesivamente un martillo como en The toolbox murders, un bate de béisbol como en Los intocables de Eliot Ness, una sierra eléctrica homenaje a La matanza de Texas y finalmente se decanta por una katana al estilo de las pelis de samuráis que tantas veces ha reconocido que le encantan. ¿Sería la katana de Hattori Hanzo que luego aparece en Kill Bill? Igual que la marca de cigarrillos de los protagonistas o las hamburguesas Big Kahuna, elementos que se repiten en la filmografía de Tarantino.

 

Como curiosidades de la película están los actores inicialmente pensados para los papeles principales, hoy impensables como Michael Madsen o Daniel Day Lewis para el papel de John Travolta, o Michelle Pfeiffer o Meg Ryan para el que recaería en Uma Thurman. ¿Daniel Day Lewis con Meg Ryan haciendo el bailecito? No quiero imaginármelo, no, por favor. La película consiguió en el momento de su estreno el récord Guinnes por el mayor número de fuck y derivados en el metraje, 265, pero la marca le duró solo un año al ser superada por el Casino de Martin Scorsese. Y años después sería superada de nuevo por los más de 500 fuck de El lobo de Wall Street del mismo Scorsese.

El festival de Cannes hizo las paces con el director hace muchos años y reconoció su inmenso talento cuando le designó presidente del jurado en 2009. Quentin Tarantino es un enamorado del cine, de todo el cine existente y esta semana ha presentado su última película en Cannes, Érase una vez en Hollywood. Cine sobre el cine dentro del cine, yo ya estoy babeando solo con lo que he visto en el tráiler:

He leído ya algunas críticas muy favorables y luego está la de Carlos Boyero. En su estilo.

Veinticinco años ya de Pulp Fiction, todo un clásico. Un cuarto de siglo también de Forrest Gump, Ed Wood, El rey León, Cadena perpetua o Balas sobre Broadway. Cómo pasa el tiempo. De todas ellas habló el amiguete Barney esta semana en La Galerna, os lo recomiendo (enlace a Aquellos maravillosos años: 1994).

Pulp 8

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Taxistas, esos incomprendidos cabroncetes en vías de extinción.

Reservoir Rider dogs.

El conflicto del secundario.

 

A favor del doblaje, por Travis

1 El resplandor

«El doblaje es una infamia»

(Jean Renoir)

Hace años estuve en una conferencia del escritor de origen cubano Guillermo Cabrera Infante, premio Cervantes en 1997. Era un gran aficionado al cine, como lo demuestran sus libros y críticas sobre el llamado Séptimo Arte (he leído y disfrutado Cine o Sardina y Arcadia todas las noches) y los guiones que escribió, de los cuales el más famoso fue el que dio lugar a la película de Richard Sarafian Vanishing point (1971), titulada en España Punto límite: cero.

«Un guion sirve para que el productor sepa cuánto va a costar la película», fue una de las perlas que dejó en la conferencia. Aquel día presentaba Cine o sardina y el capítulo escogido por el escritor para animarnos a la compra de su obra fue el titulado Por quién doblan las películas. Con su particular flema británica, adquirida tras décadas de residencia en el exilio londinense, fue desgranando varias anécdotas acerca de su fobia al doblaje, no tanto las razones. Casi toda su socarronería se destinó a bromear sobre las consecuencias del doblaje, como que Bogart no era Bogart sin su voz, o que nadie podía decir que había visto actuar a Greta Garbo si no la había oído. Llegó a decir que en los sesenta tuvo que dejar Madrid para mudarse a Londres, pero que lo lamentó menos al ir a un lugar en el que poder disfrutar las películas en versión original.

«Después de vivir un tiempo en Madrid y estar yendo al cine todos los días, comencé a observar que la voz del actor español que doblaba a Burt Lancaster era muy parecida a la voz de quien doblaba a John Wayne. Y a James Stewart y a Gregory Peck y a Gary Cooper y así, ad infinitum, anónimo. Luego me enteraría de que ¡un solo actor los doblaba a todos! También a Lee Marvin. Tamaña proeza histriónica merecía un premio. Se trataba de una versión oral de Lon Chaney, el hombre de las mil caras. ¡Era el actor de las mil voces! El doblaje, por fin, había logrado su obra maestra.»

4 Cooper Wayne

El anglo-cubano era un fuera de serie. En dos idiomas. Lo mismo que Christoph Waltz era un redomado hijo de puta en cuatro idiomas interpretando al coronel Hans Landa en Malditos bastardos y sería una lástima perderse su voz original. Un crimen, un delito. Pero no pasa nada por reconocer que no todos tenemos el nivel de ambos y aunque me defienda más o menos en la lengua habitual del ochenta por ciento de las producciones que nos llegan, en ocasiones prefiero la versión doblada. Sobre todo si lo que se cuenta o lo que se explica es fundamental para entender la trama. He visto capítulos de House of cards o Mad Men en versión original con subtítulos en inglés que he tenido que volver a ver enteros y doblados porque no pillaba los giros del lenguaje o el nivel de sarcasmo. Lo siento, lo reconozco, me faltan varios años de residencia en Washington o Nueva York para poder seguir algunas series o películas. «¡Y ni aun así!», me dijo una vez un amigo angloparlante.

Por supuesto que nada es comparable a una versión original, eso no lo voy a poner en cuestión. Con apenas trece años vi La vida de Brian en versión original y, pese a mi nula costumbre de ver películas con subtítulos, la disfruté mucho más que con las copias dobladas que he visto años después. No es que esté a favor del doblaje, pero desde luego que no estoy en contra. Creo que el doblaje y el original pueden y deben convivir perfectamente. Eso sí, ahora que las nuevas generaciones vienen con el inglés incorporado de serie, ojalá las versiones originales sean más accesibles, que no siempre lo son. Apenas una emisión de cada veinte en las multisalas, como mucho.

El cine empezó a finales del siglo XIX como imágenes en movimiento, a las que luego se añadió la música y tres décadas después, la voz. Es uno más de los artes de contar historias, pero este se basa sobre todo en el empleo de imágenes, la fotografía, el uso de los encuadres, el montaje y todos los elementos visuales accesorios como decorados, iluminación, vestuario, maquillaje o efectos especiales. La voz es un componente fundamental de la trama porque es la que cuenta, la que narra, la que explica buena parte de la historia, pero es uno más y tiene que entenderse.

He visto algunas películas en versión original en las que no entendía nada, o no entendía a alguno de los actores protagonistas, pero sí al resto, lo cual es peor porque para la mayoría del reparto no necesitas leer los subtítulos, pero sí cada vez que intervenía «el intenso». Me pasa con Al Pacino, por ejemplo, que resulta taaaan intenso e interioriza taaaanto sus personajes que los mismos hablan para adentro, entre dientes y hacia sí mismos. Y a Al Pacino en el original (matadme ahora, puristas) no se le entiende con la claridad con la que seguimos la fenomenal voz de Ricardo Solans, su doblador habitual. Un actor de doblaje, por cierto, que también ha hecho las voces de Robert de Niro, Dustin Hoffman, Richard Gere o Mickey Rourke, lo que sin duda hará revolverse en su tumba al señor Cabrera Infante.

Jorge Luis Borges decía que «quienes defienden el doblaje, razonarán (tal vez) que las objeciones que pueden oponérsele pueden oponerse, también, a cualquier otro ejemplo de traducción.» ¡Por supuesto! Los más firmes opositores al doblaje admiten y celebran las traducciones en la literatura, cuando esa sí es la mayor perversión del original que conozco. Una novela, un relato, o no digamos la poesía con su musicalidad, es solo palabra escrita, sin más elementos al contrario que el cine, y se altera desde la primera letra a la última de toda la obra. A veces no coinciden ni los caracteres, y se cambia todo, desde «Prólogo» hasta «Fin», lo cual no quita para que podamos disfrutar excelentes traducciones de textos escritos en otros idiomas.

No solo eso, sino que cada año se otorgan premios a las mejores traducciones, a transcripciones palabra por palabra tratando de encajar la expresión adecuada a determinadas frases coloquiales del inglés, francés, ruso, alemán o cualquier otra lengua que se nos ocurra. Sin embargo, nos parecería impensable que se concediera un premio anual al mejor doblaje. ¡Un crimen!, dirían algunos.

«Ese argumento», continúa Borges, «desconoce o elude el defecto central: el arbitrario injerto de otra voz y otro lenguaje. La voz de Hepburn o de Garbo no es contingente: es para el mundo uno de los atributos que la definen. Cabe asimismo recordar que la mímica del inglés no es la del español.» Ni la del francés o el japonés, o el iraní o el chino. Guillermo Cabrera Infante continuó su conferencia bromeando sobre lo absurdo de ver y escuchar a Gary Cooper doblado en un perfecto mexicano, o cómo los actores negros habían perdido su «negritud», en lo que para el escritor constituía «una muestra sonora de racismo».

Dicho así, convendremos en lo absurdo que resulta ver a los amantes de Verona, al príncipe Hamlet de Dinamarca o al mercader de Venecia hablando a la perfección la lengua de Shakespeare. Si queremos que cada voz «suene» como debería sonar en el original, las productoras tendrían que tener el valor de hacer lo que hizo Mel Gibson en Apocalypto y La Pasión de Cristo: grabar en las lenguas originales de los protagonistas, como el maya, el hebreo o el latín. El resultado, según mi modo de ver, fue fantástico.

«Las posibilidades del arte de combinar son infinitas, pero suelen ser espantosas. (…) Un maligno artificio que se llama doblaje propone monstruos que combinan las ilustres facciones de Greta Garbo con la voz de Aldonza Lorenzo». 

(Jorge Luis Borges)

No todo el doblaje es un horror, ni mucho menos, y en España además tenemos la suerte de contar con grandísimos actores de doblaje. Constantino Romero será siempre nuestro Darth Vader, Roger Moore o el Clint Eastwood de muchas décadas y películas. Y siendo Constantino un gran actor y habiendo sido Arnold Schwarzenegger tan criticado en sus orígenes por su acento y mala dicción, ¿qué Terminator es preferible?

Pocas voces me gustan más que la de Pepe Mediavilla, que no solo es un Morgan Freeman repleto de matices, sino un Gandalf brutal: «¡No podéis pasar!» Su hija Nuria también se dedica al doblaje, con tanto acierto que ha sido la voz de Cameron Díaz, Nicole Kidman o Una Thurman en varias películas. Qué decir de Ramón Langa haciendo de Bruce Willis, qué vozarrón. Luego oyes al Willis original y te parece hasta blandengue.

En esa maravilla para cinéfilos que es El cine y sus oficios, el autor Michel Chion dice lo siguiente:

«Durante mucho tiempo, la práctica del doblaje fue algo más o menos vergonzante. Actualmente, aunque hay quien la sigue despreciando, parece por fin reconocida. Cuando tenemos la curiosidad de interesarnos en ello, descubrimos que se puede practicar como un arte: el doblaje al francés de Amadeus (1984), de Milos Forman, realizado bajo la dirección de Jacqueline Porel, con Luc Hamette en Mozart (doblando a Tom Hulce) y Jean Topart en Salieri (sustituyendo la voz de Murray Abraham) suele citarse como ejemplo de buen trabajo.»

Por supuesto que se cometen auténticas tropelías en esto del doblaje. Todavía recuerdo la enorme cagada que fue todo el proyecto de El capitán Alatriste, con grandes medios, un buen presupuesto, y concentrando a lo bruto y sin mucho orden seis libros de las aventuras paridas por Arturo Pérez-Reverte. Como remate, para representar al capitán de los tercios de Flandes, un actor americano con acento argentino, Viggo Mortensen. Una pena.

7 Viggo Mortensen Alatriste

No es una profesión sencilla. Antonio Banderas y Javier Bardem, con todo lo que tienen de grandes actores, dan algo de grima cuando se doblan directamente del inglés. Algunos actores de los que se han alabado sus grandes interpretaciones, tuvieron que ser doblados ya en la versión original. Lo remarco por los puristas de La Voz y esas cosas. Philippe Noiret nos encantó a todos en Cinema Paradiso y su trabajo fue muy alabado y reconocido, pero él, francés, tuvo que ser doblado al italiano en el original. Marnie Nixon puso su voz al personaje de Audrey Hepburn en algunas partes de My Fair Lady. La voz de James Dean en Gigante tuvo que ser parcialmente doblada por Nick Adams, al resultar poco inteligible… y al no contar con el actor por su prematura muerte.

8 Noiret Cinema Paradiso

El doblaje de El resplandor, de Stanley Kubrick, está considerado uno de los peores de la Historia del cine, pese a lo meticuloso del director británico, que se encargó de seleccionar directamente a los responsables del doblaje de sus películas. En la versión española se contó con Vicente Molina Foix para la traducción y todo un director como Carlos Saura para la grabación del sonido, pero el resultado no contentó a nadie.

Se puede hacer mucho peor, claro que sí. Algo muy típico en nuestro país es coger al actor de moda para que doble una película de animación. Dani Rovira, Santiago Segura, Anabel Segura,… Para rematar y si es posible, que ya se encargan de que lo sea, le meten alguna morcilla, alguna frase como el terrible «un poquito de por favor» de Fernando Tejero, insertado a machetazo limpio en El espantatiburones. El insoportable Ángel Garó dobló las 32 voces de todos los personajes de Ferngully, jodó, qué horrible,… si ya resultaba cansino con su voz original. ¿Algo peor? Sí, claro que sí. La voz de Iniesta en el doblaje de ¡Piratas! Menudo lince el que seleccionó al tipo con menor variación de tonalidad de voz del mundo, un tono monocorde ya sea vendiendo polos Kalisse o marcando en la final de un Mundial.

Por suerte, no todo el doblaje es tan penoso, no lo desdeñemos por completo. Concluyo como empecé, con Don Guillermo Cabrera Infante:

Me queda una última pregunta hecha en español al espectador español pero que pronto será doblada.

¿Por quién doblan las películas? No preguntes. Están dobladas por ti.

 

Veinte años de Matrix, by Tr4v1s

Matrix balas

«En la ignorancia está la felicidad».

Toda una declaración de principios de Cypher, el personaje interpretado por Joe Pantoliano en Matrix, el traidor del grupo de rebeldes que resiste en su lucha frente a las máquinas. Cypher la pronuncia justo antes de ingerir la pastilla roja y tras saborear un bistec de aspecto exquisito. Irreal, pero sabroso. La pastilla roja será su pasaporte al mundo virtual e impostado, su medio para abandonar de modo definitivo esta realidad  sucia, devastada y tétrica en la que se mueven los humanos que han logrado escapar de la inmensa colmena en la que yacen como meras pilas para abastecer de energía a las máquinas.

duracell_matrix

Han pasado veinte años del estreno de Matrix, así que poco nuevo voy a poder aportar, pocas interpretaciones que no se hayan hecho ya. La película resultó revolucionaria en su día, un «WTF?» en toda regla a medida que pasaban los minutos, «¿qué es esto, qué estoy viendo?», pensabas embobado. Salías del cine desconcertado, y a la vez encantado de haber pasado un par de horas emocionantes que con la calma o la lectura de revistas de cine intentabas desentrañar. Es más, nada más salir te planteabas volver a entrar a verla para recrearte en determinados detalles y explicaciones de los protagonistas como Morpheo o el Oráculo. Una obra maestra absoluta para mí, con la virtud de las grandes películas, que no solo no envejecen, sino que ganan con cada visionado.

«Verá, los mamíferos logran un equilibrio perfecto entre ellos y el hábitat que les rodea. Pero los humanos van a un hábitat y se multiplican hasta que ya no quedan más recursos y tienen que marcharse a otra zona. Hay un organismo que hace exactamente lo mismo que el humano. ¿Sabe cuál es? Un virus. Sí, los humanos son un virus, son el cáncer de este planeta y nosotros somos su cura.»

(Agente Smith)

Ni me imagino lo que debieron pensar los directivos de la Warner la primera vez que dos novatos como los (entonces) Andy y Larry Wachowski les presentaron el guion y la idea de Matrix en 1995. Les dijeron que sin experiencia no podían darles la responsabilidad de dirigir una obra tan arriesgada como la que planteaban, así que se lanzaron a rodar Lazos ardientes (1996), una interesante película con escenas eróticas y violentas a partes iguales, y volvieron a pedir financiación para la producción. Se habla de una cifra de unos 10 millones de dólares, muy lejana a los 85 que decían necesitar. Los Wachowski rodaron entonces los primeros diez minutos de película gastando la mayor parte del presupuesto y volvieron al estudio a pedir más dinero.

Cuando los productores vieron lo que habían rodado se quedaron (supongo) con la misma cara de asombro que mis sobrinos la primera vez que les puse la película, especialmente con la escena en la que Keanu Reeves se queda sin boca, sin poder hablar. Lograron que les ampliaran el presupuesto hasta los 63 millones y se pusieron ya manos a la obra, rodando en Sidney para abaratar costes.

Matrix Neo Mouth

Esos diez primeros minutos incluyen la espectacular patada de Carrie-Anne Moss a un agente de policía utilizando la técnica llamada bullet time, como si el tiempo se congelara, una técnica en la que se rueda con decenas de cámaras y desde todos los ángulos.

Lo cierto es que al margen de sus efectos especiales, lo que nos encantó de Matrix fue la historia en sí, un guion que mezcla diversos elementos de la filosofía (el mito de la caverna de Platón), la religión (el Elegido que salvará a la humanidad, que se entrega, muere y resucita), la literatura («sigue al Conejo Blanco», de Alicia), los videojuegos, las artes marciales o el terror de las distopías futuristas ante el avance de las máquinas. Tiene similitudes con Terminator, Ghost in the shell o con el libro 1984 de Orwell.

«La guerra es la paz.

La libertad es la esclavitud.

La ignorancia es la fuerza.»

Las tres consignas escritas en la fachada del Ministerio de la Verdad de 1984, en ese país ficticio llamado Oceanía, otro mundo en el que la realidad no es otra que la que cuenta la versión oficial. En estos veinte años hemos asumido y repetido la frase «viven en Matrix» como para hacer referencia a esa gente que vive en un mundo irreal totalmente alejado de la mugre o la podredumbre, y viven en ese mundo porque posiblemente, como decía Cypher, se es más feliz siendo ignorante que conociendo la triste realidad.

Matrix tuvo dos secuelas (Matrix Reloaded y Matrix Revolutions, ambas de 2003) que, siendo entretenidas y me gustan, las disfruto y tal, están a años luz de la primera. Eran innecesarias, pues la original resultaba redonda desde su inicio hasta la conclusión. Las secuelas demostraron que no hay mejores «efectos especiales» para el público que la imaginación o que un buen guion:

Captura

Aunque los lectores ya sabrán mil cosas acerca de esta película, voy a dejar tres o cuatro curiosidades que a mí me llamaron la atención:

  • Keanu Reeves no era el Elegido inicialmente para el papel, sino que se pensó en otros como Johnny Depp, Ewan McGregor (que lo descartó por el papel de Obi-Wan Kenobi en Star Wars), ¡Nicholas Cage!, o Leonardo di Caprio. Sinceramente, Keanu Reeves podrá gustar más o menos, pero yo ya no puedo imaginar a un Neo alternativo.
  • La habitación de Neo es la número 101, como la terrible habitación del Ministerio del Amor (en realidad, de la tortura) que se utiliza en 1984.
  • El pasaporte de Neo caduca el ¡11 de septiembre de 2001! Esta y otras coincidencias acerca de esta fecha ya fueron tratadas por el amiguete Lester en otro post acerca de las teorías de la conspiración.

Matrix cartel

  • El guion inicial era conocido en la Warner como «ese guion que no entiende nadie».
  • La película ganó cuatro Óscar en los apartados técnicos: mejor montaje, mejor sonido, mejores efectos visuales y mejores efectos de sonido.
  • Andy y Larry Wachowski son hoy las directoras Lilly y Lana Wachowski.
  • Una tal Sophie Stewart acusó a Matrix de plagio y reclamó a la Warner la módica cifra de 1.000 millones de dólares, porque aseguraba que la trama era muy similar a un libro de la autora escrito en 1981 bajo el poco sugerente título de El tercer ojo. También demandó a James Cameron por Terminator, porque también era una copia de su tercer ojo, y supongo que también demandaría a alguna productora de porno por utilizar el tercer ojo en otros argumentos. La demanda fue desestimada al no haber evidencias suficientes y el guion, para curiosos, se puede encontrar fácilmente por internet.
  • El filósofo Baudrillard fue otra de las referencias de los autores para su obra. De hecho, suya es la teoría que Morfeo explica a Neo sobre el futuro de la humanidad como pilas no recargables. Cuando los Wachowski le pidieron ayuda para el guion de las secuelas, el filósofo les mandó al carajo por haber hecho «la película que las propias máquinas hubiesen producido».

El año 1999 fue sin duda uno de los mejores de la historia del cine, al menos de la reciente. No sé si los creadores se pusieron a terminar sus obras a toda pastilla por temor al «efecto 2000», la venganza de las máquinas que nos habían anunciado como el Apocalipsis, pero el caso es que ese año se estrenaron La milla verde, Huracán Carter, Eyes wide shut, Magnolia, El gigante de hierro, Todo sobre mi madre, Cómo ser John Malkovich, Tarzán, Toy Story 2 o Sleepy Hollow. Pero sobre todo 1999 fue el año de peliculones como Matrix,  El sexto sentido (El sexto sinsentido, según Barney), American Beauty y El club de la lucha. Casi nada. Como dice un buen amigo, American Beauty, El club de la lucha y Matrix son tres películas sobre la rebeldía frente al sistema establecido. Muy necesarias, imprescindibles.

El amiguete Barney ha recopilado y «futbolizado» varias de estas películas en este entretenido artículo para LaGalerna, que espero que disfrutéis:

Pelis de 1999

«Libera tu mente. ¿Acaso crees que lo que respiras es aire?»

(Morfeo)

 

Heroínas, por Travis

H1 capitana Marvel

“Yo he crecido viendo a mi género representado (especialmente en películas de acción) a través de personajes que se limitaban a sufrir al otro lado del teléfono, mientras su pareja desataba guerras, se enfrentaba a monstruos o desactivaba artefactos. Ellas: en el mejor de los casos, a buen recaudo, en casa con los hijos”. «Ha llegado un punto en el que me he dado cuenta de que ya no veo series ni leo libros que normalicen mínimamente el machismo.»

Me he acordado de estas palabras tras la segunda parte del artículo de Lester sobre el 8-M y los movimientos en favor de la igualdad entre hombres y mujeres. Quien las pronuncia es la conocida activista Barbijaputa en un artículo titulado Vikingas, publicado en eldiario.es. La conocida bloguera cuenta con más de trescientos  mil seguidores en redes sociales, dos libros publicados sobre su particular visión del feminismo y varios artículos en los que despotrica de series, películas y libros que no se ajustan a sus cánones. Allá ella y sus seguidores. O seguidoras. Y seguidoros.

Vivimos en tiempos de exageraciones y, por tanto, no me extraña que alguien inventara algo tan discutible como «el test de Bechdel», un método para descubrir si una película, serie o libro cumple con unos estándares mínimos para evitar la brecha de género. Su creadora, la dibujante Alison Bechdel, planteaba en una tira cómica de 1985 un diálogo entre dos mujeres a las puertas de un cine decidiendo la película y su conclusión era que solo verían aquella que cumpliera estos tres requisitos:

  • Que tenga al menos dos personajes femeninos.
  • Que compartan al menos una escena en la que haya una conversación entre ambas mujeres.
  • Que la conversación no trate acerca de hombres.

Alison Bechdel. “The Rule” (en “Dykes to Watch Out For”), 1985.Ya hay un cine en Francia que solo proyecta películas que aprueben este test. Según estos cánones, no podríamos o no deberíamos ver ninguna película de la trilogía original de Star Wars, Top Gun, El Padrino, El show de Truman, Reservoir dogs, Cuando Harry encontró a Sally, Toy Story, District 9, Gladiator, ¡la saga completa de El señor de los anillos!,… Llamadme machista, pero me niego a renunciar a una parte tan importante de mi vida.

El precedente de este test se encontraba ya hace tiempo en el ensayo de la escritora británica Virginia Woolf, quien en Una habitación propia (1929) destacaba que la presencia de mujeres en obras de ficción se debía únicamente a su relación con hombres:

«Ellas son ahora, y lo fueron entonces, madres e hijas. Casi sin excepción se les muestra debido a la relación que tienen con los hombres. Era extraño pensar que todas las grandes mujeres de ficción fueran, hasta el día de Jane Austen, vistas no sólo desde el otro sexo, sino también únicamente en su relación con el otro sexo».

No me voy a poner a pasar el calibrador de Bechdel a varias de mis películas favoritas, pero al menos estas reflexiones me han dado la idea de dedicar este post a algunas de las grandes heroínas del cine, a todas esas mujeres que no se dedican a ser sujetos pasivos de la trama, sino protagonistas activas y principales.

Precisamente (y no por casualidad) el 8 de marzo pasado se estrenaba la última de Marvel, Capitana Marvel, protagonizada por Brie Larson, y en algunos foros nos la vendieron como una nueva victoria del feminismo en un mundo tradicional de machos y tipos duros. Capitana Marvel. ¿feminismo o márketing?, se titulaba este otro artículo. Hay un poco de todo, como cuando nos vendieron Black Panther como la primera película con un superhéroe protagonista que fuera negro. O afroamericano, si «negro» es un término que no se debe aplicar en los tiempos de lo políticamente correcto ni aunque el término original lo contenga.

H2 gal Gadot Wonder woman

Lo cierto es que Capitana Marvel no es la primera, ni mucho menos. Antes que ella tuvimos a Gal Gadot como Wonder Woman, que se ganó el derecho a su propia película tras ser lo mejor y más salvable de Superman v. Batman, de DC Cómics. O a Halle Berry haciendo una espantosa Catwoman y una fardona Tormenta en los X-Men. Son muchas las actrices de prestigio que han querido poner una superheroína en su carrera, como Scarlett Johansson haciendo de Viuda negra en Los vengadores, Michelle Pfeiffer interpretando a una Catwoman que más bien parecía la loca de los gatos, Jennifer Garner con la soporífera Elektra, o Jessica Alba como la Mujer Invisible de Los cuatro fantásticos.

H4 Barbarella

Todas ellas tuvieron un precedente muy lejano en el tiempo, aquella Barbarella de modelos sensuales interpretada por Jane Fonda en 1968. Mi favorita es Elastic Girl de la maravilla de Pixar Los increíbles. Así que heroínas de acción ha habido siempre, aunque nos lo vendan como una preocupación reciente de las productoras por desarrollar personajes femeninos poderosos.

H3 Los increíbles

Lara Croft en Tomb Raider (interpretada por las oscarizadas Angelina Jolie y Alicia Vikander), Alice Abernathy en Resident Evil, Selene en Underworld, Beatrice en Divergente, Katniss (Jennifer Lawrence) en Los juegos del hambre,… Las mujeres saben dar mamporros, saltar edificios y disparar un arma con la misma soltura que sus compañeros masculinos de reparto, así que recomiendo a la bloguera Barbijaputa que vaya de vez en cuando al cine para comprobarlo con sus propios ojos y liberada de prejuicios. Advertirá, además, que no solo son capaces de hacer todo eso, sino que resultan infinitamente sexis embutidas en esas mallas a las que parece que se les aplica luego un aparato de extracción de aire y envasado al vacío.

Aprovecho la excusa para dejar mi lista de favoritas, que no son superheroínas con poderes, sino mujeres con un par de ovarios que se han convertido en grandes heroínas de acción:

H3 Ripley

  • La teniente Ripley, de la saga Alien. Interpretada por Sigourney Weaver en una saga que comenzó de manera estupenda con las dos primeras entregas (1979 y 1986), y que ha ido decayendo con los años hasta lograr que las nuevas películas no interesen nada. La teniente Ripley es inteligente, dura, guerrera y capaz de mostrar la serenidad suficiente para deshacerse del peligroso alien de diversas formas. Y en la segunda, Aliens, el regreso, habla con la niña a la que rescata, y no habla sobre hombres, sino sobre una fuga, así que supongo que aprobará el test de Bechdel, valiente chorrada.

H5 Beatrix Kiddo

  • Beatrix Kiddo, la Mamba Negra, la Novia de Kill Bill, Vol. I y II, los peliculones de Quentin Tarantino sobre una venganza consumada. Su chándal amarillo con rayas negras se ha convertido en un icono tan reconocible como los trajes de cualquier superhéroe o superheroína. Protagoniza varias escenas memorables, aunque la mas recordada sea la más inverosímil de todas, aquella contra los ochenta y ocho maníacos (¿o eran trescientos?) samuráis. Una locura de sangre como solo Tarantino y Uma Thurman podían filmar.

H6 Sarah COnnor

  • Sarah Connor (Linda Hamilton), a la que vemos evolucionar de camarera choni a guerrillera implacable en las dos primeras entregas de Terminator, de madre futura e ignorante a salvadora de la humanidad. Su personaje merecía más en las posteriores entregas, en las que desapareció a mi modo de ver erróneamente.

H5B Trinity

  • Trinity, interpretada por Carrie Ann Moss en Matrix, la mítica película que cumple ahora sus veinte años de vida. Sensual, poderosa, ágil como pocas, capaz de mostrar que es posible dar «la patada del escorpión», al menos en ese mundo virtual tan agobiante que muestra la trilogía.
  • La princesa Leia, la deslenguada Carrie Fisher en la vida real y en las películas de Star Wars. ¿Que no cumple los cánones del test de Bechdel? ¡Y a mí qué! Está en el centro de toda la acción desde el inicio. Su captura y posterior rescate dan inicio a la trilogía clásica, y ya entonces vimos cómo las gastaba con un arma en la mano, ¡la princesa! Y con la lengua no era un dechado de virtudes reales propias de palacio, sino de una mujer de mundo con varias galaxias recorridas a sus espaldas. Lideró la Alianza Rebelde, rescató a Han Solo y no a la inversa, y estranguló a Jabba el Hutt con sus propias manos. Como para que digan algunas que las mujeres en las películas de acción se limitan a quedarse en casa con los niños. En la última trilogía perdió su fuerza como guerrera, pero ganó en respeto como generala de las fuerzas rebeldes. Estoy expectante por ver cómo la «matan» en la ficción para el Episodio IX, una vez que Carrie Fisher falleció poco después del Episodio VIII, Los últimos Jedi.

H7 Rey

  • Rey, la nueva heroína de la última trilogía de Star Wars, interpretada por Daisy Ridley. Desde su primera aparición en El despertar de la Fuerza sentí que J. J. Abrams y los urdidores de las nuevas tramas habían acertado. Otro personaje femenino «pasivo»: pilota el Halcón Milenario, maneja cualquier tipo de arma, se enfrenta a la Nueva Orden, escala por el interior de la Estrella de la Muerte, se defiende con un sable láser,… Lo que le echen encima. También estoy expectante por saber sus orígenes en la próxima entrega, de inminente estreno a finales de este año.

Y hay muchas, muchas más, en el cine reciente y en el clásico. La teniente O’Neal, Elizabeth Swann en los Piratas del Caribe, Clarice Sterling en El silencio de los corderos, Eowyn y Galadriel en El señor de los anillos, ¡Thelma y Louise!, dos mujeres capaces de lograr que Harvey Keitel y Michael Madsen parezcan blandos.

Pero la palabra «heroína» tiene un doble significado, el que he utilizado para este post y el de la temida droga que tantos estragos ha causado durante años. Heroína es el título de una película de Gerardo Herrero que jugaba con ese doble sentido para contarnos la historia real de una heroína interpretada por Adriana Ozores que se enfrentó a los narcotraficantes gallegos que se lucraban con la venta de esa mierda que se inyectaron miles de jóvenes en las venas.

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Ese tipo de heroínas, para mí, son mucho más valientes que la mayoría de mujeres de las que he hablado hoy. Porque nada otorga más valor a una madre que eso que menospreciaba Barbijaputa en su artículo: cuidar y defender a sus hijos. Como Erin Brockovich (Julia Roberts), como la Belén Rueda de El orfanato o la Frances McDormand de Tres anuncios en las afueras (pese a su alocada petición en la gala de los Óscar por la temible «Inclusión Rider»), como Jodie Foster en La habitación del pánico, como María Bennett (Naomi Watts) en Lo imposible, o como la madre de Forrest Gump, nuestra Sally Field, personaje fundamental de la historia, heroína como pocas en el cine:

«Nunca dejes que nadie te diga que es mejor que tú»

Cara Travis

El traje nuevo y la mentalidad «gramofónica»

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Seguro que todos recordamos el cuento de Hans Christian Andersen El traje nuevo del emperador, un relato corto sobre una mentira bien contada, una falacia que se extiende hasta convertirse en la verdad oficial, porque las telas del traje «poseían la milagrosa virtud de ser invisibles a toda persona que no fuera apta para su cargo o fuera irremediablemente estúpida». Y claro, a ver quién osaba decir que no veía el maravilloso traje del emperador, con sus hermosos colores y bordados.

Compruebo con tristeza que ese modo de actuar, sin cuestionarse las «verdades» que nos cuentan, se extiende sin apenas oposición. Por ignorancia, por pudor, por temor a contradecir la versión oficial, o por algo más simple como es carecer de pensamiento crítico. Varias de las estrategias de manipulación mediática de Timsit (atribuidas a Noam Chomsky) insisten en esa idea: dirigirse al público como criaturas de poca edad, utilizar el aspecto emocional antes que la reflexión, mantener al público en la ignorancia y la mediocridad, y estimularlo para que sea cómplice con esa mediocridad. Ante la ausencia de pensamiento crítico, la mentira, o la verdad oficial, se termina imponiendo.

El Diccionario Oxford elige todos los años una palabra como la más destacada del curso, y me llamó la atención que la elegida en 2016 fuese «posverdad», post-truth en el inglés original. Una palabra que hemos adoptado con asombrosa normalidad, cuando su significado «denota circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal». Es decir, una mentira que tu parte emocional se puede tragar porque quiere creérsela, o porque es la que la mayoría considera que es cierta. Como se dice en el cuento de Andersen, «no tiene por qué ser verdad lo que todo el mundo piensa que es verdad».

El prólogo de Rebelión en la granja (George Orwell) se titula La libertad de prensa, y es un lúcido análisis sobre la cobardía intelectual de la prensa británica, en sus palabras, el mayor enemigo de la libertad de expresión. Según Orwell, los directores de periódicos eludían ciertos temas no por miedo a una denuncia, sino «porque le temen a la opinión pública». «Porque existe un acuerdo general y tácito sobre ciertos hechos que no deben mencionarse». «Y cualquiera que ose desafiar aquella ortodoxia se encontrará silenciado con sorprendente eficacia».

Son los tiempos que corren y se aprecia en diversos campos. Por eso este post de hoy no lo firma ninguno de los cuatro amiguetes del blog: porque de una u otra manera aplica a todos ellos.

Barney ha llevado el mundo de la posverdad «futbolera» a la distopía de Oceanía en el 1984 de George Orwell. Un artículo acerca de cómo un mensaje falso pero repetido de modo sostenido en el tiempo y a través de todos sus altavoces mediáticos termina calando entre los aficionados. El libro de Orwell es, una vez más, premonitorio, y la web La Galerna ha tenido a bien publicarlo:

La neolengua de Orwell

1984 Orwell

Josean también ha tenido la suerte de ver publicado su artículo acerca de otra gran manipulación, la de Pablo Iglesias y Podemos, relacionada con el mencionado libro de Orwell Rebelión en la granja. La publicación ha sido en la web El Asterisco, una interesante propuesta de pensamiento crítico acerca de temas políticos, sociales y culturales.

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El amiguete Travis escribió en su día sobre ese intento de imponer criterios de raza, género y orientación sexual en los repartos de las películas, la tremenda y equivocada Inclusión Rider, que logró numerosos adeptos y quién sabe si será el futuro (y el final) del cine. O sobre el modo de actuar de la crítica cinematográfica, de cómo la opinión de tres o cuatro críticos termina convirtiéndose en dogma de fe que te convierte en poco menos que un analfabeto si te atreves a opinar en sentido contrario (Un japo en Cannes).

Image result for bailar en la oscuridadLo curioso es que en el caso del cine o de la literatura coexisten dos corrientes de pensamiento totalitario y opuestas: la de los críticos, que no se atreven a decir que tal o cual película es un tostón, tipo El árbol de la vida, Underground o Bailando en la oscuridad, por miedo a perder el respeto de sus colegas de profesión, pero también la de los aficionados: «a ver cómo digo a mis amigos que me ha gustado la última de Star Wars«, o peor aún, que «me ha encantado Roma sin que me llamen putofriki cuando ni uno solo de ellos ha sido capaz de pasar del minuto 15″.

Lester ha criticado en algunos textos determinadas imposiciones como la del lenguaje inclusivo, o los intentos de censura sobre canciones de hace décadas. Pareces un cafre machista si te niegas a usar determinados términos (y determinadas términas) o si insistes en rescatar aquel disco de Loquillo con La mataré entre sus canciones. «Cuando en estos momentos se pide libertad de expresión», continúa Orwell en su prólogo, «de hecho no se pide auténtica libertad». «Como dice Rosa Luxemburgo, es libertad para los demás. Idéntico principio contienen las palabras de Voltaire: detesto lo que dices, pero defendería hasta la muerte tu derecho a decirlo».

Ninguna de estas modas que vienen a imponer una manera de hacer o decir las cosas de modo políticamente correctas supone una mejoría sobre lo existente, ni mucho menos van a corregir el problema de fondo que pudiera haber detrás, porque «cambiar una ortodoxia por otra no supone necesariamente un progreso, porque el verdadero enemigo está en la creación de una mentalidad «gramofónica» repetitiva, tanto si se está como si no de acuerdo con el disco que suena en aquel momento». La verdad es que es un prólogo inmejorable.

Se persigue una mentalidad gramofónica, no la libertad de expresión, ni mucho menos el progreso, y a veces estamos tan idiotizados que necesitamos a ese niño que nos grite que el emperador «¡está desnudo!»

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El futuro ya está aquí, por Travis

Luna Meliés

En 1989 se estrenó la segunda parte de Regreso al futuro, una entretenidísima película en la que los protagonistas se trasladan al 21 de octubre de 2015. Supongo que durante la preproducción el director Robert Zemeckis, el productor Steven Spielberg y el coguionista Bob Gale se devanarían los sesos a la hora de imaginar ese futuro 2015, un futuro que sabían que alcanzarían a ver con sus propios ojos, y que no podía ser ni demasiado parecido, ni radicalmente distinto. En el blog dedicamos un post entero a esa fecha, justo ese día, y sirvió para sorprendernos con todo lo que había cambiado, pero más aún para asustarnos con lo que permanecía igual.

La tecnología no ha avanzado tanto como la peli predijo en algunos campos, pero en otros la ha superado ampliamente. Nike lanzó una tirada de las míticas zapatillas con robocordones y Lexus diseñó un aeropatín como el de Marty McFly, pero solo funcionaba sobre superficies metálicas ya que se basaba en el uso del magnetismo. No tenemos coches voladores que funcionan con basura, pero todo se andará (espero).

Regreso al futuro

Algunos inventos que predijo la película y que allá por 1989 nos parecían muy lejanos se han incorporado a nuestro día a día con asombrosa normalidad: las pantallas planas de televisión, las videoconferencias, el cine en 3D, los drones, las gafas de realidad virtual o el control biométrico de identidad. Pero ni olió el desarrollo de Internet, un avance para la humanidad que va mucho más allá de lo que los guionistas llegaron a imaginar, absorbe nuestras neuronas e invade muchos minutos y horas de nuestras vidas. Al menos la película acertó en el agilipollamiento que el abuso de la tecnología provoca en los hijos de Marty McFly.

Una de las grandes posibilidades que ofrecen el cine y la literatura es imaginar un futuro que en el momento presente puede parecer lejano, irreal o absurdo. Utópico o indeseable. O distópico, palabra que parece obligatorio usar para referirse a estos asuntos. El cine permite además representarlo, mostrar ese futuro, y han sido numerosos los cineastas que se han enfrascado en la tarea casi desde que el cine es cine. George Meliès imaginó en 1902 su particular Viaje a la Luna basado en la novela de Julio Verne De la Tierra a la Luna. La tecnología espacial no puede ser más simple: un enorme cañón disparado al ojo de la Luna. Una Luna poblada por selenitas con malas pulgas en una atmósfera respirable.

El hombre alcanzaría la Luna 67 años después con ingenios mucho más sofisticados, con el uso de toda la tecnología que el hombre ha sido capaz de desarrollar, pero aun así el cuarto de hora de película de Meliès, con toda su sencillez, resulta fascinante. Mucho más entretenido que el soporífero alunizaje del impávido Armstrong de Ryan Gosling y Damien Chazelle en First Man (2018). Será que preferimos la ilusión a la realidad.

En 1968, el año anterior a la llegada del hombre a la Luna, se estrenó una película con fecha en su título: 2001, Una odisea del espacio, de Stanley Kubrick. El hombre todavía no había pisado la superficie lunar y los cineastas ya estaban imaginando misiones tripuladas a la órbita de Júpiter. La meticulosidad de Kubrick para la preparación del filme fue tal, su asesoramiento fue tan exhaustivo, que pese a que hayan pasado cincuenta años desde su estreno nada chirría en exceso, ninguna tecnología parece especialmente obsoleta, salvo quizás la calidad de imagen de las pantallas, o los botones y clavijas del cuadro de mando. Nada táctil ni digital como cualquier aparato que dejamos hoy en manos de niños de dos años.

Hal 9000

Uno de los grandes hallazgos del filme de Kubrick en lo que a tecnología se refiere se encuentra en la inteligencia artificial de HAL 9000, el ordenador que todo lo ve y todo lo escucha, capaz de tomar decisiones no programadas como asesinar a uno de los astronautas. Parece que el desarrollo de la inteligencia artificial hoy en día no ha llegado a este nivel, ni al del humor programado de los TARS y CASE de Interstellar, pero estoy seguro de que llegará. De hecho, hoy en día ya se programa a estos superequipos de inteligencia artificial para que elijan entre matar a un peatón o al conductor del coche autónomo que dirigen. Y se han desarrollado ordenadores, algoritmos y programas capaces de pintar un Rembrandt, escribir una novela o finalizar la Sinfonía inacabada de Schubert. Me falta por ver si es programable el humor de Leo Harlem o el de Les Luthiers.

La inteligencia artificial ha dado mucho juego en el cine, ya desde aquella lejana Juegos de guerra (1983) que nos advertía del peligro de los superordenadores con capacidad autónoma para tomar decisiones en el terreno militar, sin intervención humana, decisiones capaces de desencadenar la tercera guerra mundial. De modo recurrente nos encontramos artículos que provocan cierto desasosiego, por no decir angustia, que nos informan del uso de la inteligencia artificial como desencadenante de una posible guerra mundial. Como dijo Elon Musk, «puede que no la inicien los líderes nacionales, sino una de las inteligencias artificiales, si deciden que un ataque preventivo es el camino más probable a la victoria».

terminator 2

Da miedo, pero al menos sobrevivimos al 29 de agosto de 1997, la fecha del Juicio Final según Terminator II, el día en que Skynet y las máquinas adquieren conciencia del peligro que son para el hombre y se rebelan contra este cuando los programadores intentan desactivarlas, provocando un holocausto nuclear en todo el planeta. Una escena que sigue poniendo la carne de gallina.

La última entrega de la saga hasta la fecha, Terminator: Génesis (2015), desarrolla una parte de la trama en 2017, en un futuro inmediato al rodaje en el que toda la sociedad vive idiotizada alrededor de una pantalla, ya sea de móvil, reloj, ordenador o tablet, pantallas controladas por una inteligencia artificial que todo lo domina y controla. Una especie de Gran Hermano orwelliano, como el 1984 que describiera el británico en su libro (escrito en 1948). Se adelantó un poco en las fechas, pero ese futuro que imaginó en el que se manipula la información, se reescribe la historia, se controla el pensamiento y se rebaja y simplifica el lenguaje como herramienta para el sometimiento de la población, en parte ya está aquí.

Es el problema de poner fechas en un título, que al final llega ese año y te quedas corto… o te pasas siete pueblos. 1984, 2001: Una odisea en el espacio, y sus continuaciones 2010: Odisea dos y 2061: Odisea tres. Como sus profecías seguían incumpliéndose, algún productor o el propio Arthur C. Clarke, pensó: «esto no me vuelve a pasar», y tituló su siguiente obra: 3001: Odisea final. A tomar por saco.

Veremos dentro de tres décadas qué ocurre con el futuro real y Blade Runner 2049, la plúmbea continuación de Dennis Villeneuve (2017) de la soporífera original de Ridley Scott (1982). Los aficionados a esta película de culto se encuentran de celebración este año, puesto que la historia de Deckard, Gaff y Roy Batty se desarrolla en Los Ángeles durante el mes de noviembre de 2019. En apenas unos meses habremos llegado a ese futuro que Ridley Scott diseñó e imaginó hace 37 años. Puede que acertara a la hora de mostrarnos esa gran ciudad decadente, exageradamente iluminada y poblada de seres individualistas, como Tokio, Shanghái o tantas otras. Y con severos problemas de contaminación, como cualquier ciudad occidental, aunque sin llegar al extremo de la lluvia ácida del filme de Ridley Scott. Por el lado contrario, seguimos sin tener coches voladores circulando de modo masivo por los cielos de nuestras ciudades, algo que parece obligado en cualquier película futurista, y la manipulación genética dista mucho de lo que Blade Runner o Gattaca (1997) mostraron como futurible. La oveja Dolly no ha tenido continuación en un espectacular Parque Jurásico (1993) repleto de dinosaurios, pero veremos con qué nos sorprenden los científicos en próximos años (y no muy lejanos).

Aunque no esté entre mis favoritas, lo que sí reconozco es el impacto que Blade Runner tuvo sobre la ciencia ficción y la estética de este tipo de películas:

Con lo que no tuvo fortuna fue con las marcas escogidas para los carteles de neón de ese hipotético futuro. Se mantiene la Coca-cola, pero el resto de marcas vivieron algo así como una maldición de Blade Runner que las llevó a la quiebra o a su desaparición: Atari, RCA, Pan-Am, Bell Systems, TDK,… Los diseñadores de producción buscaron logotipos representativos de marcas duraderas, que sobrevivirían en el tiempo, y las diferentes crisis se llevaron a casi todas por delante.

«El futuro ya está aquí», cantaba Radio Futura en los ochenta, «enamorado de la moda juvenil». A buen seguro nadie predijo que la estética cyberpunk que en aquellos años parecía vanguardista hoy en día se antoja todo lo contrario, retro o vintage. Desfasada. A veces esos detalles accesorios son lo que peor envejece de estas películas. Como los aparatos para comunicarse de Star Wars, que como alguien dijo en su día parecen maquinillas de afeitar, totalmente obsoletas en la era de los «acojo-smartphones». O los temidos rayos Láser de los setenta, que parecían letales y hoy en día se usan para corregir la miopía o para depilarse las ingles.

Como no soy un gran aficionado a la tecnología ni a los gadgets, a veces mi mayor interés en las pelis de ciencia ficción está en lo que las mismas plantean en torno a problemas comunes. Reales, cotidianos. Cercanos. Por ejemplo, dos de los que mencionaba acerca de Blade Runner: la contaminación y la incomunicación. Esa maravilla de Pixar titulada Wall-E (2008) nos presenta una humanidad que ha tenido que huir de la Tierra tras convertir la misma en un inmenso vertedero en la que no queda rastro de vida. Los humanos viven en una inmensa nave y apenas se relacionan si no es a través de pantallas de ordenador. Tampoco se mueven salvo en sus ingenios motorizados y por tanto han desarrollado una obesidad que les impide incluso caminar. El argumento sitúa la acción en 2815, aunque la huida por el inmenso lodazal en que se ha convertido el planeta se genera en el año 2115. Creo que estamos acortando los plazos.

Wall E

Y ya que hablamos de futuro, o de futuro inmediato, ha terminado por salir el asunto robots. ¿De qué manera van a cambiar nuestra sociedad? ¿Cuántos puestos de trabajo van a dejar de existir? ¿De qué modo van a subsistir todos esos trabajadores, más o menos cualificados, cuyas labores van a ser sustituidas por robots más rápidos y eficientes? Y sin más absentismo que el provocado por las labores de mantenimiento.

¿Se creará esa utópica sociedad del entretenimiento de la que tanto se escribe y tan lejana parece? Los robots del cine se enfrentan a otro tipo de problemas (Yo, robot, El hombre bicentenario, Chappie, Robocop, Cortocircuito, Metrópolis,…), provenientes en muchos casos de la toma de conciencia «artificial», pero incluso se han rodado películas en las que se plantea que los robots desarrollen ese ocio para los humanos, como el Acero puro (2011) y sus engendros boxeadores. O que sirvan para el sexo, como en Ex machina (2015), o como lo era la replicante (no robot) Pris, interpretada por Daryl Hannah en Blade Runner. ¿Ni siquiera nos va a quedar el disfrute del sexo en el futuro? Me refiero al normal, al calor humano, al olor corporal, al disfrute de los sentidos, no me vale el Orgasmatrón de Woody Allen en Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo, pero nunca se atrevió a preguntar, o el Vir-Sex, el simulador virtual de sexo en Demolition man. Ambientada en 2032, cuidado que no falta tanto.

Dejo ya el asunto del futuro inminente con el último problema que se nos ha planteado en algunas pelis de ciencia ficción, un problema que acabará creando importantes conflictos y que ya está aquí: la inmigración, vestida de llegada de alienígenas o extraterrestres. La premisa de District 9 (2009) es sumamente interesante, pero tremenda y tremendista, similar a la de Alien Nation (1988): ¿qué hacer con esas criaturas llegadas, más pobres que los habitantes de esa tierra? ¿Las integramos en la sociedad, les damos cobijo? ¿Las expulsamos, las recluimos en guetos inmundos?

District 9

La solución nos la dio la mítica serie V a mediados de los ochenta: dejemos que los aliens se conviertan en presidentes de los Estados Unidos de América.

V - Trump

¡Sayonara, baby!

 

 

 

 

 

 

 

 

En defensa del cine español, por Travis

Premios Goya Sevilla

«No me gusta el cine español», «no soporto a Pepito ni a Fulanita» o «todas las películas son iguales» son frases que algunos colegas me repiten con frecuencia cada vez que les comento o recomiendo una película española. Eso cuando no meten la política o los prejuicios para soltarte los archiconocidos «esos progres de la Ceja» o «siempre están con la guerra civil», justo antes del requeterrepetido «solo están para cobrar la subvención y vivir del cuento». Y no, no estoy de acuerdo en absoluto. Aunque a mí tampoco me guste «algún tipo de cine español» y «no soporte a mis Pepitos y Fulanitas» particulares, sí tengo claro que «no todas las películas son iguales». Ni mucho menos.

Hoy que el cine español celebra su tradicional fiesta anual, los Goya, creo que es un día perfecto para dedicarle un texto de homenaje, un post en defensa del buen cine español. El bueno, nada más, al malo podemos aplicarle el lanzallamas, igual que al mal cine francés, al americano, o a cualquier cinta de Lars von Trier.

Los Goya son una ceremonia bastante tediosa, pero nada que no sean los Óscar o (supongo) los César franceses o los Bafta británicos. Pero antes de comenzar, ¿por qué Goya? ¿Por qué se escogió al pintor aragonés para premiar algo mucho más reciente que sus cuadros? Siempre he creído que sería por el uso de la luz y el color, o por los encuadres del pintor, tan cinematográficos que alguien de la Academia de Cine lo elegiría por ser capaz de utilizar el color como Alfred Hitchcock,

1 Los borrachos Goya

por resultar costumbrista como Francis Ford Coppola,

2 La gallina ciega Goya

simbólico como Martin Scorsese,

3 Aquelarre Goya

por crear una luz como si de un fotograma de Vittorio Storaro se tratara,

4 Fusilamientos 2 de mayo Goya

o por ser un mago de la oscuridad y las tinieblas, como Ridley Scott:

5 Pintura negra Goya

Mal empiezo si para hablar del cine español menciono a directores extranjeros. Rebobino. El color de las escenas de Almodóvar, la representación costumbrista de Luis García Berlanga, el uso de los símbolos de Julio Medem, la iluminación y la fotografía de Javier Aguirresarobe (quien, por cierto, participó en Los fantasmas de Goya, de Milos Forman) o las sombras y penumbras de Álex de la Iglesia, bien podían tener inspiración en los cuadros de Goya.

Algo de lo comentado hubo en la creación de estos premios allá por 1987. Se buscó una palabra de dos sílabas, con cierta sonoridad, como Óscar o César, y se eligió Goya porque el artista «había tenido un concepto pictórico cercano al cine» y «varias de sus obras más representativas tenían casi un tratamiento secuencial».

Sea por lo que fuere, el cine español no termina de convencer aquí, a buena parte de nuestros compatriotas. La recaudación se situó por encima de los 100 millones de euros en 2018, barrera que se superó por quinto año consecutivo. Puede parecer una cifra aceptable, pero se trata «solo» de 17 millones de espectadores de los casi cien millones de entradas vendidas, lo que mantiene la cuota de pantalla en ese rango entre el 16 y el 20 por ciento en el que se estabilizó hace ya mucho tiempo.

La película más taquillera de 2018 en España fue Jurassic World: el reino caído, dirigida, ¡anda, coño!, por el barcelonés Juan Antonio Bayona. Una muestra más del enorme talento que hay aquí, un talento que Bayona ha desplegado cual bestia del jurásico en las cuatro películas que ha dirigido hasta la fecha: la mencionada, El internado, Lo imposible y la que más me ha acongojado en los últimos años, Un monstruo viene a verme.

He visto tres de las cinco películas nominadas a mejor película este año, y desde luego que tengo que decir a esos colegas que «no, no son todas iguales», y «no, no van sobre la guerra civil». El cine español tiene miles de temas más por explotar. Un equipo de baloncesto de discapacitados intelectuales, un político corrupto, las soterradas disputas familiares en un pueblo, dos gitanas lesbianas y dos hermanos gitanos tratando de rehacer sus vidas.

Esos son grosso modo los temas de los que tratan las cinco películas que competirán por el Goya a mejor película de 2018: Campeones, El reino, Todos lo saben, Carmen y Lola y Entre dos aguas. No he visto las dos últimas, pero sí puedo decir que las tres primeras son películas con bastante interés, notables. Muy cuidadas en cada detalle, desde el guion, los actores seleccionados, la factura técnica y el diseño de producción. Con historias interesantes que contar.

El reino (Rodrigo Sorogoyen) nos cuenta en hora y media lo que vemos en el telediario por capítulos durante meses: una panda de políticos corruptos, grabaciones, chantajes, registros policiales, investigaciones judiciales,… Si el cine español quiere desarrollar estas tramas, como hemos visto en los últimos años, tenemos material como para ser una potencia de primer orden. Antonio de la Torre compone otro estupendo personaje más que añadir a su carrera repleta de hijos de puta integrales, un carrerón que nada tiene que envidiar a muchos actores de Hollywood.

Cuando salí de ver Todos lo saben (Asghar Farhadi) le dije a mi acompañante: «anda que no hay historias en los pueblos por contar, conflictos entre familias que ocurrieron en el pasado y que permanecen latentes a la espera de que algo prenda la mecha». La trama tarda en arrancar, pero luego lo hace con fuerza, apoyada en un reparto que se permite el lujo de contar con dos Óscar de Hollywood (Javier Bardem y Penélope Cruz), aunque yo me quedo mil veces antes con Bárbara Lennie y con el argentino Ricardo Darín, al que ya podemos considerar «uno de los nuestros».

Mi favorita para esta noche es Campeones, la obra de Javier Fesser a la que los cuatro amiguetes dedicamos un post entero repleto de cariño. Es una película entrañable, honesta, emotiva, solidaria y muy, muy divertida. Es mi favorita para esta noche y seguramente por eso no ganará, como no lo ha hecho nunca la película por la que yo apostaba, o la más taquillera, o la más reconocida a nivel internacional.

Porque así somos en España muchas veces, que parece que nos jode reconocer el éxito del vecino, no digamos el del compañero de profesión. A Almodóvar le negaron los premios sus propios compañeros de la Academia de Cine durante años, esos mismos años en los que sus vitrinas se abarrotaban de galardones internacionales.

A veces somos nuestros peores enemigos, echando pestes de las películas que se hacen aquí y yendo como locos a ver el último blockbuster bazofia que nos viene de Hollywood. O creando una polémica artificial y difundiendo comunicados y guasaps en contra de una película porque alguien ha escuchado que un actor dijo no sé qué mierda, como le ocurrió a la muy digna El guardián invisible, que me llevó a escribir sobre esos guardianes visibles de la moral. Este blog tampoco es el mejor ejemplo. No hay más que ver que en el post dedicado a las películas más desastrosas de la historia las dos primeras resultaron ser producciones españolas (No somos nadie y Fotos).

Nos encanta buscar la polémica y la alimentamos, «que si los Bardem, que si las sociedades panameñas de Almodóvar, que si Willy Toledo ha dicho,…», y no digo que en la mayoría de los casos con razón, pero hasta en eso nos alejamos de los norteamericanos. Clint Eastwood, Arnold Schwarzenegger, Robert Duvall o Chuck Norris son lo que aquí denominaríamos fachas muy fachas, protofranquistas, pero no creo que a sus películas acudan únicamente votantes del partido republicano. Parece que los espectadores sean capaces de valorar la calidad artística de una película al margen de las ideas políticas de sus directores o actores.

Y entiendo que cueste, a mí también me pasa. Es cierto que en España no ayudaron nada espectáculos como la gala de los Goya del No a la guerra, o los sucesivos ataques a los ministros de Cultura que han ido desfilando año tras año para recibir los insultos y las chanzas de los premiados, sobre todo si eran del PP. Parece que el cine es de izquierdas y que hay que subir el IVA si gobierna el PP y bajarlo si lo hace el PSOE. Basta ya, dejadnos en paz, dejadnos disfrutar de las películas de Amenábar, Bayona, José Luis Cuerda, por supuesto que el gran Álex de la Iglesia, Trueba a veces, Isabel Coixet cuando no se pone coñazo trascendental, Alberto Rodríguez, Raúl Arévalo, Icíar Bollaín y también, por qué no, de las comedias gamberras de Santiago Segura, Nacho García Velilla y tantos otros.

En el fondo, con los años he aprendido que se llaman premios Goya porque evidencian lo que narró mejor que nadie Don Francisco de Goya y Lucientes en su cuadro Duelo a garrotazos:

7 Duelo a garrotazos Goya

 

 

 

Roma, por Travis

roma cuarón

ESCENA 1. INT. PATIO – DÍA. PLANO CENITAL

Blanco y negro sesentero. Agua sobre unos azulejos cuadrados en lo que parece un pequeño patio interior. La cantidad de agua aumenta, mezclada en ocasiones con la espuma. Alguien está fregando. El agua fluye con lentitud, en pequeñas oleadas. El cielo se refleja en el agua y vemos un avión atravesar de lado a lado la pequeña abertura superior del patio sobre las casas. No hay música, solo el murmullo del agua al verterse por el desagüe mientras vemos los títulos de crédito. La cámara deja el plano cenital, recupera su posición natural y se aleja con ritmo parsimonioso. Vemos a una mujer recogiendo la manguera. Un perro, unas jaulas con pájaros, el patio, una escalera.

Llevamos cinco minutos de película, no ha pasado nada y estoy fascinado. Enganchado a la pantalla. El blanco y negro resulta sorprendentemente colorido. A continuación, tras el primer cambio de plano, la cámara recorre el salón de la casa grande. Escrupulosamente ordenado en el piso inferior, caótico en el superior. Y vemos a la misma mujer, Cleo, la abnegada trabajadora interna de la casa, recogiendo y ordenándolo todo. Constante, infatigable. Con unos ojos enormes que todo lo ven, una mirada que en el fondo es la nuestra como espectadores.

Acaba de estrenarse la última obra de Alfonso Cuarón, la película que ganó el León de Oro de la Mostra de Venecia y el Globo de Oro a la mejor película en lengua no inglesa. El director mexicano vuelve a ponerse tras la cámara después del éxito de Gravity (2013), y lo hace con una historia radicalmente distinta, muy personal, ambientada en el barrio de México D.F. llamado Roma, en el que se crió. La historia se sitúa en 1971, cuando el director tenía 14 años, la edad de uno de los niños protagonistas, porque, según parece, la película es autobiográfica en la mayor parte de su trama.

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Roma es la típica película que pone al espectador con ciertas ínfulas cinéfilas ante la tesitura de decidir: ¿realmente me ha gustado o tengo que decir que me ha gustado para no contradecir la opinión imperante de los críticos y de algunos amigos? Para mí la respuesta es clara: sí a la primera cuestión, aunque Lester defenderá al final de este post la segunda postura.

Por momentos me ha fascinado, y en otros me ha tenido absorto ante el discurrir de las imágenes, por muy lentas que fueran las mismas, o aunque en apariencia no estuviera pasando nada.

Como el estreno se ha producido en la plataforma Netflix y no en los cines, la vi cómodamente desde el salón de mi casa. No es lo mismo, pierdes el encanto del cine y la sala oscura, pero por otro lado me permitió hacer como en los viejos tiempos de friki gafapastero: cogí una libreta para apuntar los tiempos de la película, los momentos clave, y tratar de definir esa estructura de guion a la manera de los manuales de Syd Field al respecto.

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Precisamente el ritmo y el tipo de historia convierten Roma en una de las películas menos apropiadas para definir esa línea de guion de Field, el «paradigma» como lo denomina, porque no es una historia convencional con los tres actos clásicos de presentación, nudo y desenlace, o lo que Field llama «planteamiento, confrontación y resolución». O sí lo es, aunque con el disimulo de la propia vida. Porque por encima de su argumento, de los personajes y del contexto en el que se sitúa, Roma es un trozo de vida, y como tal, no tiene esa estructura clásica.

 

Y sin embargo, están pasando muchas cosas. Continuamente. Cada detalle, cada objeto en la pantalla, cada línea de diálogo, y eso que no abundan, cada gesto, cada elemento que vemos conforma ese retazo de vida que el director ha narrado con maestría. La escena del padre de familia metiendo el coche en el estrecho pasillo de la casa dura dos minutos y diez segundos (min. 12-15), pero no puedes dejar de mirar cómo lo hace. Como en la boda de la famiglia Corleone al inicio de El Padrino, cuando se ponen a cantar la Tarantella y aparentemente no pasa nada. Pero pasa todo ante nuestros ojos.

De las críticas que he leído acerca de la película, todas sin excepción hablan de la maravillosa fotografía en blanco y negro, y es cierto, resulta excepcional y de una extraña belleza. En cada plano el director se recrea alargándolo, desplazando la cámara quizás para que el espectador pueda ver todos los detalles que contiene cada escena. Cuarón juega con la cámara, la deja fija en ocasiones como en la preciosa escena del cine (min. 38-39), despliega algunos travellings espectaculares, como el de las dos chicas corriendo por las calles de DF y entre los coches en su día libre (min. 21), o el de la manifestación de estudiantes frente a la policía (min. 93), y por supuesto, el angustioso travelling en la playa, casi al final de la película (min. 122).

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Parece que no ha pasado nada y por el cuerpo y la mente de Cleo han pasado mil cosas. Si tuviera que elegir una sola escena tendría serias dudas, porque me encantan la del cine ya comentada, o la del enorme ventanal en la tienda de cunas mientras en la calle se masca la tragedia, o la de los zumbaos entrenando artes marciales frente al profesor Zovek. Hay muchísimas, pero mi escena favorita sería la del hospital, de nuevo con la cámara fija y un primer plano de Cleo postrada en la camilla (min. 104-107), mientras en segundo plano vemos… no quiero desvelarlo por si algún lector no ha visto la peli, pero vemos lo que decidirá o podrá marcar para siempre el futuro de la mujer.

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Recomiendo verla. Sinceramente, aunque no a todo el mundo, que sé que este tipo de cine no gusta a todos por igual. Como al amiguete Lester.

La opinión de Lester

Recuerdo cuando alguien definió las películas de Eric Rohmer como «ver crecer la hierba». ¿Es eso lo que quiero cuando voy al cine o cuando me siento cómodamente a ver una película? ¿O prefiero que me sacudan, que me lleven de un sitio a otro sin pausa, con acción, con movimiento, con diálogos salvajes? Impostados, sí, pero duros o divertidos, ingeniosos, de los que no ves en tu vida diaria porque para ver crecer la hierba o a una mujer andando por la calle te basta con levantar tu mirada en cualquier terraza de la ciudad.

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Roma pertenece a ese cine de autor que a mí me solivianta la mayoría de las veces, un tipo de cine lento y pagado de sí mismo, onanista, que se recrea en «lo bueno e interesante que soy» del director. La palabra que mejor lo define para mí es pretencioso. ¿Y ese final? O más bien, ese no final ¡después de 130 minutos! Pero es que además es un tipo de cine que si criticas te convierte de modo automático en un sacrílego, o lo que es peor, en un analfabeto, un tipo sin conocimientos para poder opinar con alguien de superior catadura intelectual. Y es contra eso contra lo que me rebelo. Que sí, que puedo ver Roma o Bailar en la oscuridad sin dormirme, pero coincido con la definición que hizo Aki Kaurismaki sobre los tipos de cine:

«Hay tres tipos de cine: el artístico de mierda, el comercial de mierda y el cine, que consiste en contar historias»

Y hombre, Roma no es exactamente del primer grupo, como sí lo es la obra que he mencionado de Lars von Trier, pero yo desde luego soy de los que les gusta ese tercer tipo de películas.

Las polémicas de Roma

Gracias, Lester (analfabeto…). El estreno de Roma ha venido acompañado de algunas polémicas, una por la distribución y otra por el doblaje. Respecto a su casi inexistente distribución, los exhibidores españoles decidieron no estrenar la cinta en salas alegando una «exclusividad teatral» que no existe en ninguna ley, por lo que finalmente se estrenó solamente en cinco salas y para verla tendrás que abonarte a Netflix o esperar un tiempo a que los derechos se vendan a las cadenas tradicionales de televisión.

Esta controversia con los exhibidores se une a la polémica del Festival de Cannes en 2017, cuando sus responsables anunciaron que las películas de Netflix no podrían competir en el concurso oficial a menos que fueran estrenadas previamente en salas comerciales. Esto es un negocio y cada uno trata de defender su parte de la tarta, pero desde el punto de vista artístico es una aberración. El cine es cine, se trata de contar historias, mostrar personajes, guiones e imágenes que nada tienen que ver con el reparto económico de sus derechos. Espero que la actitud de Cannes no se extienda porque al menos las plataformas de pago como Netflix están invirtiendo en producir buen cine y proyectos arriesgados que de otro modo habría sido imposible sacar adelante.

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Respecto a la polémica acerca de los subtítulos en «español de España», todo surge porque los mismos no coinciden con las frases literales pronunciadas por los protagonistas en el español de México, para facilitar la comprensión de quien pueda necesitar leerlos. El propio Alfonso Cuarón ha tildado este hecho de «parroquial, ignorante y ofensivo para los propios españoles». A mí parece una chorrada más en este mundo de ofendidos que tenemos, una gilipollez como un piano que sin embargo ha sido atendida por los responsables de Netflix.

Tenemos un idioma muy rico, amplio y variado, con distintas palabras y acepciones en un montón de países, y todo lo que redunde en una mejor comprensión de la trama debería ser bien recibido. Yo la vi con subtítulos porque en alguna ocasión, muy pocas, me costaba entender a los actores, como me pasó en su día con Y tu mamá también o con la argentina Nueve reinas. O a los propios americanos con The wire, que tuvieron que ofrecer subtitulada para poder entender la jerga de los bajos fondos de Baltimore. No pasa nada, o no debería, pero ha pasado. Como ocurre en cada entrega de premios con las cuotas de mujeres, negros, orientales o latinos. En fin.

Iba a terminar diciendo «vayan a ver Roma«, pero lo dejaré en «si tenéis Netflix, ved Roma». Y con subtítulos. Una gran película.

¿Y en qué quedó lo que escribí en esa libreta? Pues en algo muy muy friki, pasado de sucio a menos sucio sería algo así:

estructura roma
Cara Travis B-N

Freddie Mercury y Lady Gaga, por Travis

 

Dos estupendas películas alrededor de la música rock y el mundo de los conciertos coinciden estos días en las carteleras: Bohemian Rhapsody y Ha nacido una estrella. Tienen algunos puntos en común y a la vez son muy diferentes entre sí. La cantante Lady Gaga interpreta a un personaje de ficción, mientras que Freddie Mercury revive en la piel de un actor que no canta, Rami Malek.

Ambas películas cuentan historias conocidas en mayor o menor grado por los espectadores (la creación de la banda británica Queen y una nueva versión de Ha nacido una estrella), y sin embargo se ven con agrado, se disfrutan mientras uno no se da cuenta de que está llevando el ritmo con las piernas o tarareando todas las canciones de Queen.

Ha nacido una estrella

Se trata de la cuarta versión de esta historia, tras las de William Wellman (1937), George Cukor (1954) y Frank Pearson (1976). En el fondo es un argumento bastante socorrido en el mundo del cine, pero no por ello menos fascinante: un personaje en la cima que se siente atraído por una desconocida a la que anima y ayuda a llegar a lo más alto, para comprobar con el tiempo cómo el discípulo comienza a superarle mientras la estrella inicia el declive. Las estupendas Eva al desnudo y The artist se basan igualmente en esta historia. De un modo tangencial, es la historia de Obi-Wan viendo que ya no puede controlar a su padawan Anakin, el cual le supera y además pervierte las enseñanzas del maestro, abandona el lado luminoso de la Fuerza.

La versión actual supone el debut en la dirección del actor Bradley Cooper, y cualquiera que vea Ha nacido una estrella pensaría que lleva decenas de películas a sus espaldas. Se maneja de modo espectacular en las escenas de masas, en esos conciertos con miles de fans pendientes del artista, está inmenso moviéndose entre tramoyistas y equipo técnico tras el telón, en el recorrido que va de una copa de whisky en la caravana a pisar con firmeza el escenario, y a la vez resulta sobrio y acertado en los momentos de intimidad de la pareja, cuando estos aparecen desnudos de toda la parafernalia que rodea a las estrellas.

La estrella de vuelta de todo es Jackson Maine (Bradley Cooper), que en pleno deterioro físico y creativo conoce a Ally (Lady Gaga), una cantante aficionada que trabaja de día en un supermercado y actúa por las noches en un bar infame al que acude Cooper en busca de un último trago. La química entre ambos es evidente desde el primer instante y de ese buen rollo personal, afectivo, musical y creador se nutre toda la trama. Ambos son mejores cuando unen sus talentos.

Lady Gaga - Bradely Cooper - Ha Nacido Una Estrella

La fuerza de la música en pantalla es de tal intensidad que el primer acorde de guitarra de Bradley Cooper es suficiente para engancharte a la película. Y no ha pasado ni un minuto de metraje. Las canciones que escuchamos y la banda sonora al completo componen otro de los enormes aciertos de la película. El director se pasó cuatro años estudiando el personaje, contrastando opiniones con productores musicales y buscando el sonido que la película demandaba. Acertó. Cada canción encaja perfectamente en el momento que vemos en pantalla: los grandes temas de rock para los conciertos, las baladas intimistas, las suaves melodías que escribe Ally y que Cooper ayuda a potenciar, la espantosa canción comercial de Lady Gaga (no es Ally en ese momento), y por supuesto, la impresionante versión de La vie en rose (Edith Piaf) que nos regala la protagonista.

Ocho de los temas aparecen firmados por Lukas Nelson, en cuyo aspecto parece haberse fijado Bradley Cooper para la composición de su personaje. Para mi gusto, son los mejores temas de la película, junto con el impresionante Shallow de Ally. El personaje de la joven crece en cada aparición en pantalla, y aunque trata de mantener su estilo y el sonido que la hace especial, se ve inmersa en un mundo que todo lo devora y arrasa, empezando por su arte. Me recuerda a esas jóvenes desconocidas arrastradas por la vorágine de la música moderna y comercial que las transforma en «otra cosa», un producto artificial en el que prima la imagen, el peinado, el vestuario y el físico. Desaparece el artista y toman protagonismo los productores y los agentes. Ally se convierte en Lady Gaga y pierde totalmente su encanto.

Bradley Cooper no es músico ni cantante, pero hace un gran papel. Lady Gaga no es actriz, pero compone una Ally deslumbrante. Se habla de ella como la gran favorita para el Óscar a mejor actriz. En definitiva, una película muy recomendable para amantes de los conciertos y la música rock.

Bohemian Rhapsody

Is this the real life?

Is this just fantasy?

Las dos primeras frases del temazo Bohemian Rhapsody son perfectas para hablar de la película del mismo título basada en el éxito del grupo británico Queen,  desde su formación hasta el concierto Live Aid en 1985. Adelanto que salí del cine con una sonrisa de oreja a oreja, el ritmo (que no tengo) en el cuerpo y cantando varios de los grandes éxitos del grupo, así que no seré objetivo, o lo seré desde mi subjetividad de aficionado a la música de los 70 y 80, repleta de grandes grupos y entre ellos, el cuarteto Queen.

Freddie Mercury

Is this the real life?

Es lo que parece durante buena parte del metraje, y especialmente cuando ves en pantalla a Rami Malek y Gwilym Lee transformándose en Freddie Mercury y Brian May. También están muy ajustados a sus papeles Ben Hardy como Roger Taylor y Joseph Mazzello como John Deacon. La película comienza como casi todo biopic, exaltando la genialidad del protagonista sin necesidad de explicar nada acerca de su formación musical: un tal Farrokh Bulsara, de familia parsi, se pone a cantar, tiene un chorro de voz inigualable y como es un puto genio convence a sus futuros compañeros en mitad de la calle, de ahí salta al escenario de un pequeño local, y como es un fucking genius, de ahí a un gran disco todo parece un camino casi de rosas.

Brian May

La personalidad arrolladora de Freddie Mercury es el motor de la película, que sin embargo nos muestra el contraste entre su histrionismo en los escenarios y la timidez en las relaciones personales, ya sea con su compañera de toda la vida, Mary Austin, o con los distintos hombres con los que mantuvo relaciones. El proyecto para la película se comenzó a gestar en 2010 y en su origen se pensó en el exageradísimo / divertidísimo / incorrectísimo Sacha Baron Cohen para interpretar a Freddie Mercury. Sinceramente, me alegro de que el proyecto pasara al actor de origen egipcio Rami Malek, que literalmente clava el papel.

El director elegido fue Bryan Singer, un habitual de los X-Men, perpetrador de cosas como Superman returns, y uno de esos directores cuya mejor película fue la primera, aquellos tramposos Sospechosos habituales rodados en estado de gracia. No pudo terminar el rodaje de Bohemian Rhapsody, que abandonó por una enfermedad de su padre, aunque se haya hablado de desavenencias con la productora, la Fox, y en su lugar la terminó el director inglés Dexter Fletcher.

La película es larga, dos horas y cuarto, pero se pasan en un suspiro. Te das cuenta de la cantidad de canciones que conoces prácticamente enteras y de cómo son piezas creadas por y para el público, para que disfrute sus ritmos por igual en un concierto, en un musical (lo único salvable de We Will Rock you! son las canciones), o en partidos de baloncesto o fútbol (de nuevo We Will Rock you! y por supuesto el We are the Champions). Desconozco por qué se elige 1985 y el concierto de Wembley para finalizar la historia, pero si la idea es completar hasta el año de la muerte de Freddie Mercury, en 1991, por mi parte perfecto. Iré a verla, seguro.

Los trabajos de ambientación y caracterización de los personajes son fantásticos, y los más aficionados pueden disfrutar de vídeos que comparan el clímax final de la película con la actuación real en el Live Aid. Una gozada:

Is this just fantasy?

La voz que escuchamos en los ensayos y las grabaciones no es de Rami Malek, ni mucho menos de Freddie Mercury, sino de Marc Martel, un músico canadiense que tiene varios vídeos en YouTube clavando la voz del cantante de Queen.

Pero la voz no es la única fantasía de la película. Había visto ya el documental Days of our lives antes de Bohemian, y después de verla, apenas un día después, me tragué el otro gran monográfico sobre su carrera,  Freddie Mercury: The Great Pretender. Ambos muy recomendables. Sin embargo, te das cuenta de que, como hace siempre Hollywood, se cambiaron algunos detalles de la biografía de Freddie Mercury y del grupo, seguramente para aumentar el interés de la historia o para rebajar la calificación y poder acceder a todos los públicos.

La película no omite las orgías en casa de Freddie, ni los excesos del artista, aunque suaviza la mayoría de los detalles. Tampoco elude sus meses de escapada por los antros neoyorquinos gays, ni su promiscuidad en aquellos años en que el SIDA se extendió como la pólvora. Algunos detalles son menores, como el momento en que fueron grabadas algunas canciones, o el directivo de EMI que nunca existió, pero otros resultan bastante cuestionables.

La pareja del cantante, Jim Hutton, no era camarero, sino peluquero, y por supuesto que no lo presentó a sus padres el mismo día del concierto Live Aid, en ese momento que la película nos cuenta como una búsqueda de la aceptación por parte de su conservadora familia. Llevaban ya varios años de convivencia.

El grupo no llevaba más de dos años separado, como nos cuentan en la película, sino que habían rodado otro disco apenas un año antes del concierto. Esa inexistente separación sirve a los guionistas para crear el conflicto y la reunificación de la banda, cuando lo cierto es que habían actuado juntos apenas un par de meses antes del concierto de Wembley.

Y lo que me parece más discutible es que se date en 1985 el contagio con el VIH de Freddie Mercury, cuando según parece, no tuvo constancia hasta 1987 ó 1988. Sirve a la historia para darle mayor dramatismo, pero falsea los momentos que suceden tras conocer el diagnóstico. Creo que se le perdona, como todo a la historia que cuenta.

Nothing really matters

Anyone can see

En The Great Pretender se habla sin tapujos de su enfermedad, de la época loca del cantante y de la maravillosa historia que tuvo de entendimiento creativo con Montserrat Caballé (recientemente homenajeada por Barney en La Galerna).

Repito lo dicho con anterioridad, si el corte en 1985 es para rodar una segunda parte, hay material suficiente, y vistos los resultados en taquilla, interés del respetable.

Cara Travis