Un japo en Cannes, por Travis

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Un año más un tipo semidesconocido para el gran público ha ganado la Palma de Oro del Festival de Cannes, galardón que en esta edición de 2018 ha ido a parar al japonés Hirokazu Kore-eda por su película Shoplifters. Es posible que en ningún otro lugar como en esta ciudad de la Costa Azul se evidencie la distancia sideral entre lo que gusta al público y lo que los críticos valoran como arte hecho cine.

Hay un poco de todo en la habitual elección de “pelis raras” o “de autor” (en ocasiones auténticos truños) como ganadores del máximo galardón del festival, pero me voy a atrever a citar las que a mí modestamente me parecen reseñables:  Cyclo

1. Por esnobismo: el mundo está lleno de imbéciles que adoran ser únicos, exclusivos o especiales, tipos a los que les encanta presumir de que sus gustos no coinciden con los de la plebe. Si una película es comercial, automáticamente la desdeñan. Si un taiwanés graba a un niño en bici durante dos horas recorriendo el inframundo de los suburbios, el esnob la apreciará. No, corrijo, dirá que la aprecia como una nueva forma de hacer cine, como algo grandioso que solo él y algunos privilegiados son capaces de entender. Es el mismo tipo esnob del tendido 5 de Las Ventas, el comepipas del Bernabéu o el estiradillo del meñique enhiesto del Teatro Real.

2. Por chovinismo: en Francia siempre ha existido una especie de rechazo al cine comercial, de modo especial al norteamericano, al menos entre los críticos y periodistas franceses. El cine francés es una industria muy potente, cuenta con presupuestos medios elevados, con grandes actores, buenas historias, espléndidas comedias, y a veces alcanza unas cifras de recaudación que aquí en España envidiamos. Aunque a veces miren con desdén al cine made in USA y sus críticos lo ataquen con frecuencia, el público al final termina cediendo ante el poder de las majors:

Cuota de pantallaLa Palma de Oro es una excelente carta de presentación para el arranque comercial de los títulos que la reciben, y los franceses no se lo van a poner fácil a películas americanas con marchamo de taquilleras que puedan robarle el público a sus propias obras.

4 semanas 3 meses 2 días3. Porque son verdaderos entendidos: depende del jurado seleccionado para cada año, pero en ocasiones el del Festival de Cannes ha premiado películas “raras” de directores semidesconocidos que sin embargo eran auténticas joyas. El público no suele acudir en masa a verlas, pero estas películas consiguen tener un recorrido y una difusión mundial que sin Cannes no tendrían. Hay que reconocer a este y a otros festivales que hayamos descubierto títulos tan incómodos como la rumana Cuatro meses, tres semanas y dos días (2007) o la alemana La vida de los otros (Óscar y César en 2006). Igual que se atrevieron a reconocer en su día el valor de Scorsese en Taxi driver (1976) o el desasosegante documental de Michael Moore Fahrenheit 9/11. (2004).

4. Por venganza: sí, sí, estoy convencido, explico mi teoría. Tanto el jurado como los periodistas que siguen el festival tienen apenas una semana para ver decenas de películas, emitidas muchas veces a horas intempestivas. Recuerdo hace mil años una crítica de un bodrio de arte y ensayo realizada no sé si por Carlos Pumares o por Ángel Fernández Santos, en la que, por encima de la ausencia de calidad y ritmo de la película, el crítico destacaba que les habían hecho ver la misma a las ocho de la mañana. Y claro, a esas horas y si encima has trasnochado, yo creo que te cuesta disfrutar hasta del mejor Indiana Jones. Así que estoy convencido de que como venganza un grupo de críticos elige todos los años un bodrio infumable al que empiezan a regalar adjetivos de admiración y loas exageradas, “la película de la década”, “el mejor descubrimiento del cine en años”, “una obra maestra absoluta” y titulares por el estilo, para que otros pasen el suplicio que han pasado ellos. De algún modo, no sé si a base de copas en los saraos que rodean al evento, o creando una corriente de opinión, un efecto “traje nuevo del Emperador”, convencen al jurado de que tienen que elegir la producción franco-tunecina-armenia como ganadora de la Palma de Oro. “Que se joda el mundo”, pensarán sin duda.

La lista de películas ganadoras de los últimos treinta años contiene grandes títulos, enormes aciertos del jurado al elegir películas que aguantan el paso del tiempo, pero también encontramos algunos bodrios intelectualoides infumables que solo se explican como una broma de mal gusto del jurado hacia la humanidad. Me gusta imaginar a esos miembros del jurado cenando la noche previa a la lectura de los ganadores, hastiados de cine denso como un plato de engrudo, y charlando tras el vino, las cervezas y un par de copazos:

– ¿Cómo dices que se titula esa de los yugoslavos que viven bajo tierra?

– ¿La de Kusturica? Underground. Ja, ja, ja, pero no seas cabrón, que dura tres horas.

– Ja, ja, ja. Palma de Oro en Cannes, la de gente que se la va a tragar igual que nosotros, jo, jo, jo.

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Uno ve la lista, variopinta, que tiene de todo, y lo que no encuentra es un patrón, una película típica que te haga pensar: “esta es una peli de Palma de Oro”. Reconozco que solo he visto la mitad, pero junto a obras maestras o películas claramente perdurables como Pulp fiction (Tarantino) o El pianista (Polanski), hay tostones como el mencionado Underground o como La eternidad y un día, o películas sobrevaloradas como El piano o La habitación del hijo. Y entre las premiadas, la segunda película con la que más gente he visto irse del cine: Bailando en la oscuridad, de Lars von Trier. Convencí a un par de amigas para ir a verla y casi me matan. Creo que no me han perdonado todavía, porque ahora, siempre que vamos al cine eligen ellas. Y el jurado la noche previa:

– Jo, jo, jo, verás la de gente que se va a tragar la de la islandesa medio ciega y el director danés ese que está como un cencerro.

 

Bailando en la oscuridad, o un título alternativo: Durmiendo en la penumbra de la sala de cine. La segunda película con la mayor fuga de espectadores del cine, porque la primera está en la relación siguiente, 2003-2017, a ver si la averiguáis:

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¡Bingo! El árbol de la vida, de Terrence Malick, 2011. Este bodrio tuvo tan buena acogida entre los críticos (HdP, qué bromistas) como negativa fue la reacción que provocaba en el público. La gente salía del cine en tal número, cabreada con la tomadura de pelo, que algunos cines llegaron a indicar en un cartel que si te salías antes de la media hora te devolvían el dinero o te daban una entrada para otra película. Acojonante. Y Palma de Oro en Cannes, por supuesto. Se cumple la máxima (inventada por mí) según la cual para saber si una película es un coñazo basta con ver si hay un árbol en su título: Mientras nieva sobre los cedros, A través de los olivos, El olivo, El sol del membrillo (o El sopor del ladrillo, para mí), Cerezos en flor, El manzano azul,…

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El Festival de Cannes tiene cierta predilección por el cine oriental, algo complicado de ver en nuestras pantallas. Y si logras verlo, resulta algo difícil empatizar con la historia que cuenta. Imamura, Chen Kaige, Kurosawa, Koreeda, Yimou,… Aparte del japo que se llevó el gran premio de este año, el segundo favorito era el coreano Lee Chang-Dong, por la película Burning, basada en un relato del japonés Murakami, el eterno aspirante al Nóbel de Literatura. Los relatos que he leído del escritor nipón son tan abstractos e inadaptables como un prospecto médico, así que tengo curiosidad por ver la película. Curiosidad, nada más.

No tengo nada en contra del cine oriental, aunque a decir verdad, lo veo poco. Pero siempre me ha gustado leer críticas de cine, incluso de películas que no pensaba ver, como las tan valoradísimas por la crítica de Zhang Yimou o Shoei Imamura. Hace años hice un viaje en autobús a Murcia y en el trayecto emitieron Sorgo rojo, de Zhang Yimou. Desconozco quién eligió esa película, y sinceramente no supe si alabarle el gusto o pedir el libro de reclamaciones. No tenía escapatoria, así que me la tragué enterita. Y no estaba mal, pero si un viernes por la noche veo que la ponen en la tele, argh,… me apetece tanto en esos momentos como… como… como un viaje en autobús a Murcia.

Hollywood endingCrítica y gran público, eterna divergencia. El propio mundo del cine se ríe en ocasiones de estos “entendidos” del séptimo arte, de los Wenders, Antonionis, Oliveiras, Kusturicas, von Triers y los que los secundan. Recuerdo la película de Woody Allen Un final made in Hollywood, en la que el protagonista, director de cine, sufre una ceguera total que le afecta durante todo el rodaje de un filme.

– No puedo dirigir una película, ¡estoy ciego!

– ¿Pero tú has visto las películas que hacen ahora? -responde su agente para convencerle.

Allen se hace ayudar por un intérprete que ejerce de lazarillo y director de fotografía. Como no puede ser de otro modo, el rodaje es un auténtico desastre, con todos los planos mal encuadrados, mal iluminados, mal enlazados. El resultado es lamentable y se da un batacazo en taquilla, pero sin embargo, Allen nos regala una broma final y la película resulta todo un éxito en Europa:

– Por alguna razón me aprecian más en Francia que aquí. ¡Los subtítulos deben de ser realmente buenos!

Pero sin duda, el momento que mejor expresa esta dualidad lo encuentro en una película menor, como Las vacaciones de Mr. Bean. En ella, el cómico inglés termina en el Festival de Cannes, en el estreno del último filme de un director de culto, un tal Carson Clay interpretado por Willem Dafoe. Egocéntrico, enamorado de sí mismo y de su obra, tedioso, de ritmo lento e incluso rebobinado,… el público se duerme. Creo que merece la pena ver este pequeño corte, al menos los primeros dos minutos:

Ja, ja, ja, payasadas de Mr. Bean aparte, estoy convencido de que algunos pases de Cannes son como la “obra maestra” del Carson Clay de los cojones. O lo que es peor, como la “obra maestra sin intención de serlo” de Mr. Bean.

Así que la próxima vez que vean en cartelera una película china o japonesa premiada con la Palma de Oro en Cannes, cuidado, cuidado, vaya a verla antes Vd. solo, no la recomiende, no lleve a nadie animado por sus deseos de experimentación de algo novedoso porque no habrá término medio posible: obra maestra o truño servido como venganza por un jurado que la detestó. ¡Sayonara!

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