¿Melómano y taurino? (1ª parte), por Manolester

Portada Melómano y taurino

Ahora que comienza la Feria de San Isidro, la más importante del mundo, según creo, me he dado cuenta de que en estos casi cuatro años de vida del blog ninguno de los cuatro amiguetes hemos hecho una sola referencia a la mal llamada “Fiesta Nacional”. Desde luego que no considero el sufrimiento animal elevado a la categoría de espectáculo como “fiesta” y mucho menos “nacional”, pero no pretendo hoy montar un debate sobre taurinos o antitaurinos, sino sobre una contradicción que puede ser más interesante.

Al contemplar en los telediarios las primeras imágenes de las corridas de San Isidro me ha venido a la mente un texto que escribió mi padre hace casi diez años en el que se cuestionaba si era posible ser melómano y taurino. Los interrogantes del título de este post son míos, pues el texto de mi padre contenía una doble afirmación/confesión: Melómano y taurino. A secas, reconociéndose en ambas facetas. Como mi padre prefiere permanecer en el anonimato, y yo no pretendo hacer un Anarrosa y apropiarme de su trabajo, le pondré un seudónimo que ligue al mítico torero con cara de Adrien Brody con el Lester que habitualmente deja aquí sus reflexiones.

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El texto resulta largo incluso para los habituados a este blog, así que lo dividiré en dos partes y dejaré del prólogo solo estas frases:

Desde hace varios años me pasaba por la cabeza esta cuestión: ¿se puede ser melómano y taurino? A algunos amigos se lo planteaba y lo discutíamos. Quien quiera saber en qué quedaba la cosa tendrá que leerse las páginas siguientes.

Las fotos que acompañan al texto, con sus partituras, pertenecen al complemento gráfico que acompañaba al texto, con lo que, de aquí en adelante, todo es obra de Manolester.

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Melómano y taurino

  1. La cuestión

No es imposible. Ni contradictorio. Puede ser. Es. Existe. Lo hay. No soy yo. Es L.L., un buen amigo, buen melómano y buen taurino. Médico. Y además, conocí a otro, J.A., ingeniero, fallecido hace poco, no por melómano y taurino sino por una mala enfermedad. Ellos dos no se han llegado a conocer. A los dos les gusta tanto la música como la tauromaquia, tanto un concierto como una corrida. Seguro que el fallecido está disfrutando ahora de música celestial, fácil, y si el cielo es el cielo, de alguna clase de corrida que podrá contar con carteles inimaginables e inacabables compuestos por figuras como Belmonte, Joselito, Manolete, Dominguín, Ordóñez, etc., aunque tendrán el gran inconveniente de la falta del imprescindible riesgo, porque ¿qué riesgo podrá correr quien ya está en el cielo?

La mejor tarde-noche de mis dos amigos es la que empezaba por una corrida en las Ventas a las siete seguida de un concierto a las diez en el Auditorio Nacional. Aquí me encontraba a cualquiera de los dos en el intermedio y estaban eufóricos, sobre todo si había habido orejas y si la orquesta se estaba comportando como Dios manda ante una buena partitura. Y yo siempre les sacaba el mismo tema, la misma pregunta: ¿pero se puede amar y gustar de la música y al mismo tiempo de los toros? Claro que sí, me respondían lo mismo, cada uno por su lado. Música y toros son casi lo mismo, me dice el médico y me decía el ingeniero. Son artes parecidas. Una buena sinfonía es como una buena faena, una media de Curro Romero es como un compás de Tchaikovsky. La larga salida a hombros por la Puerta Grande es como el final inacabable de la Quinta. La emoción y el escalofrío a flor de piel del respetable son los mismos en las Ventas que en el Auditorio.

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Me doy cuenta entonces de que si yo conozco a dos melómano-taurinos es porque habrá más, la estadística matemática lo proclama, si no muchos más, porque desde luego son rara avis, sí bastantes más, dada la considerable cantidad que hay de aficionados a la música y de aficionados a los toros. Pero es que ¿realmente se puede jugar a estas dos bandas? Dicho con aspereza para mejor entendernos: ¿puede gustar de la sublimidad de la música la misma persona que disfrute de la brutalidad de los toros? Voy a divagar un poco sobre el tema porque además de creerlo interesante por sí mismo, resulta que a mí me gusta la música y al mismo tiempo me gustan los toros, creo. Reconozco, de entrada, que soy un mal melómano y un mal taurino por entender poco de ambas cuestiones. Tenedlo en cuenta para disculparme cuando haga falta.

La cuestión se plantea por culpa de los toros, no de la música. Me explico. Nadie duda de que la música es un bien cultural, un logro de la humanidad. Sólo conozco de un cretino que dijo algo así como que la música es el ruido menos molesto. Se llamaba Napoleón. Que le den por Waterloo muchas veces. La música se lleva bien y se compagina inmediatamente con las demás expresiones artísticas de la cultura. No hay por qué dudarla, no hay por qué explicarla, no hay por qué discutirla, no hay por qué defenderla, no hay por qué justificarla. En cambio, los toros, ¡ay, los toros!, cuántos detractores tiene, cuántos atacantes, cuántos enemigos. Que no es arte, que no es bello, que es un barbarismo ancestral, que es cruel. Y así una retahíla interminable. Veamos.

  1. Lo antitaurino por el animal

El primer argumento antitaurino que suena es el de que se trata de un espectáculo cruel porque durante veinte minutos se tortura hasta la muerte a un animal. Además, a un animal de espléndida figura, sano, valiente, noble, bravo. Se le asesina con refinamiento, con impunidad, con premeditación y alevosía, con abuso de poder y, si no de sexo, porque el toro los tiene pero que muy bien puestos, sí de especie, de una especie, la humana, que se dice inteligente, evolucionada y civilizada contra otra meramente animal de atrofiado cerebro. Por tanto, el toro no tiene la menor oportunidad. Al toro se le va llevando engañado de un suplicio a otro, primero con el capote y luego con la muleta. Su bravura para acometer, su valentía, lo hace fácil. Primero le llevan bajo la puya del picador, bien acorazados él y su caballería, que le desloma tranquilamente para bajarle los humos y dejárselo facilito al maestro. Cuanto más encastado, más puyazos, hasta tres. Una masacre. Y si el toro derriba al caballo se celebra. Qué hipocresía. Ya corre la sangre hasta la pezuña. Y ahora tres pares de banderillas, tres. Que por dos son seis. Dice algún “entendido” que estos rehiletes, que así también se llaman, no hacen daño al toro, que sólo le escuecen un poco para embravecerlo más. A ese entendido le pondría yo unos alfileres en proporción a su tamaño a ver qué tal le parecían.

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Ahora un respiro, al toro se le deja descansar y desangrar un poco más mientras el maestro saluda a la presidencia y brinda su muerte a algún conocido, o a alguna autoridad, o celebridad, o al mismo público. Brindar, ofrecer, festejar, celebrar la muerte de lo que sea, de un vegetal, de un animal o de un humano es un contrasentido. La mayor desgracia es la muerte, el mayor bien es la vida. Lo peor es el no ser. Y a ello se pone el matador. El mismo entendido de los alfileres de antes nos dice que una buena faena es la que prepara el momento cumbre de la estocada final. Sobre el lomo del animal, a estas alturas ya con apariencia de fuente sangrante de carne molida, se perfila y se vuelca el maestro. Un pinchazo, lástima. ¿Le habrá dolido al morlaco? Otro y otro, y los que hagan falta hasta que la estocada surta efecto, entera o media, trasera o pescuecera, tendida o bajonazo infame. Mejor no pensar en los órganos que la espada ha atravesado y en el dolor que está produciendo.

El bravo animal recula y se refugia en tablas. No entiende nada, gracias a Dios, porque si lo entendiera ¿qué pensaría de esos seres vestidos estrafalariamente que le siguen torturando en su agonía, que ahora quieren que doble la rodilla a toda prisa? Lo hace. Y llega el puntillero. Le corta la médula de uno o más machetazos. A veces sólo lo deja inmóvil, pluripléjico, pero vivo. Si la faena le fue bien, al matador, se entiende, no le premian con un trofeo de latón o de plata, como son casi todos, sino ¡con una oreja o con las dos o hasta con el rabo del toro! que allí mismo se las ve cercenadas. Así se lo llevan a rastras, desorejado o no, a pelo vivo. Y si se ha portado bien durante esos últimos minutos de su vida entonces el arrastre lo hacen más largo, le dan una vuelta al ruedo. Los monosabios echan arena y disimulan los charcos de sangre dejando el ruedo listo para la siguiente ejecución. Los males del desgraciado animal acaban en el desolladero donde terminan de rematarle troceándolo para aprovecharle desde los cuernos al rabo (estofado) pasando por las criadillas (guisadas o fritas, que no lo sé porque no me apetecen lo más mínimo). Con su pan se lo coman, crueles maltratadores. ¿De verdad que les gusta esta sinfonía, señores melómano-taurinos?

  1. Lo antitaurino por el hombre

Un componente esencial e imprescindible en la fiesta (como algunos la llaman, allá ellos) es el riesgo, la posibilidad de un revolcón, de una cornada y hasta de la muerte del matador. Es un morbo añadido que va incluido en el precio de la entrada. ¿Qué sería de la fiesta sin esa posibilidad de más sangre, ahora humana, de más tragedia, de más muerte? Una vida es un bien de valor inconmensurable y único. Pues en los últimos dos siglos ha habido ¡más de sesenta toreros muertos por los toros! Prácticamente uno cada tres años (por cierto, ya va tocando). El haber sido corneado o haber corneado hasta la muerte ha hecho del nombre propio una leyenda: Pepe-Hillo, Gallito, Joselito, Granero, el Espartero, Sánchez Mejías, Manolete, el Yiyo, Paquirri, Cáceres, etc., y Barbudo, Islero, Bailaor, Pocapena, Avispado, Perdigón, Granadino, etc., todos tienen su mística. Pero esto ¿qué es? ¿Cultura o barbarie? ¿Es que no es lo mismo un pase natural de cartel a un morlaco astifino que al mismo pero embolado? Ya sabéis, el embolado es ese toro al que se le ha puesto una bola en la punta de cada cuerno. Antes se hacía en algunas ocasiones, consultad el Cossío. El mayor percance que entonces le puede suceder al matador es una cornada-bolazo, pero de sangre torera nada de nada.

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También hay otro estilo de corridas, creo que en Portugal, en las que a los toros no se les pica ni se les banderillea. Ni mucho menos hay estocada final. El matador simula la suerte (la suerte, otra palabreja taurina, ¿de quién?) y el toro es devuelto al corral y a la dehesa, a procrear si había demostrado casta o al matadero cuando le toque. No ha habido sangres. Pues dicen los taurinos que ni los embolados ni los sin sangre son los toros, que eso no es la fiesta. El arte de aquel natural de cartel a un embolado no pasa de ser una filigrana pinturera que nadie iría a ver. Hace falta el morbo. El triple mortal con red no tiene gracia. Tiene que estar la vida en juego y que se juegue. Así sí vale. Incluso hasta el punto de que hay toreros que compensan su falta de arte con mayor temeridad, los tremendistas, y el respetable se lo reconoce, agradece y premia. En cambio a los toreros artistas pero miedicas les abroncan y les insultan sin ningún respeto tirándoles papel higiénico. Jugarse la vida, el bien mayor, ¿es lícito, es ético, está justificado? Claro que no. Por nada, ni por dinero, ni por muchas cornadas que dé el hambre. Efectivamente, lo mismo vale aplicarlo a esas otras muchas profesiones y/o aficiones de riesgo, qué sé yo, como el alpinismo, la escalada, la fórmula uno, el paracaidismo o el submarinismo del más difícil todavía, los trapecistas sin red, correr los sanfermines, etc. No hay un límite establecido con claridad para determinar en cada momento hasta dónde llega el riesgo asumible y razonable a partir del cual el protagonista se convierte en trasgresor de lo ético. Ese límite no es una raya, es una zona. Por debajo está claro que vale y por arriba está claro que no. Y en la zona intermedia pues ¡psch! El aprecio por la propia vida incluye el aprecio por la integridad física cuando el resultado de un percance puede ser una minusvalía importante ya para los restos.

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Por lo que parece, según oímos a unos y otros, el riesgo del torero da lugar a una relación muy peculiar con sus familiares. Los familiares sufren cada tarde que hay corrida, pero tampoco le desaniman demasiado para que lo deje, al menos hasta que haya hecho hucha. El torero quiere a los suyos y por tanto no les quiere hacer sufrir y sufre cuando ellos sufren porque les hace sufrir, pero es que es su profesión y le gusta, le apasiona. Lo siente mucho, pero que sufran, que se angustien, que aguanten, que además la hucha se va llenando. Qué extraños estos cariños que tanto hacen sufrir a los encariñados.

En los tendidos ¿se considera la ética, o, mejor dicho, la no-ética del riesgo de la vida del torero en peligro? Prefiero pensar que no, que es algo inconscientemente asumido desde tiempos ancestrales. Esto en las butacas del Auditorio no pasa, con perdón.

Forges, corrida goyesca

(Continuará…)

 

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