Sí se puede. No se podía, pero ahora ya sí se puede

JOSEAN, 15/11/2020

Ahora resulta que sí se podía (¿acaso alguien lo dudaba?). Me refiero a que no se podía, pero ahora ya sí se puede bajar el IVA de las mascarillas, por más que desde el gobierno se nos indicara que no estaba permitido por la Unión Europea. Uno miraba los tipos impositivos de nuestro entorno y todos los países tenían tipos mucho más bajos que el nuestro, pero trataban de convencernos de que no era posible pese a que ya en mayo la Unión Europea indicó que se podían rebajar las tasas e impuestos de todos aquellos productos relacionados con la Covid-19.

No se podía, pero ahora ya sí se puede exigir una PCR negativa a los viajeros que lleguen de países de riesgo, como venían haciendo Italia y Francia, sin ir más lejos. La medida entrará en vigor a partir del 23 de noviembre, pese a que durante muchos meses se desestimó la implantación de esta medida, y aun hoy sigue haciéndolo el coordinador de emergencias, Fernando Simón.

«Sí se puede» fue un eslogan popularizado por la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, una forma de decir que había alternativas para los ciudadanos, que sí se podía paralizar un desahucio en los años duros de la terrible crisis del ladrillo que terminó en crisis de deuda. El partido de Pablo Iglesias se adueñó en sus inicios del eslogan, tres palabras que además encajaban a la perfección con el nombre escogido para el partido, Podemos, un lema que sus seguidores proclamaban en sus mítines y manifestaciones públicas.

“Sí se puede” como lema de que sí se podía hacer otro tipo de política, más cercana al ciudadano, como nos vendían, y alejada de ese gran «Monstruo» de varias cabezas que eran (pronúnciense con voz catastrofista) la banca, las grandes empresas, la Unión Europea, ¡la casta! Cada semana que pasa descubrimos que muchas de las cosas que pensábamos que no eran posibles, realmente sí lo son.

Ahora parece que sí se puede dormir tranquilo teniendo a Pablo Iglesias de vicepresidente de gobierno. Atrás quedaron esos tiempos en que Pedro Sánchez decía que no se podía formar un gobierno en coalición con los de Pablo Iglesias, porque con Unidas Podemos en el gobierno «no dormiría tranquilo por la noche. Junto con el 95% de los ciudadanos que tampoco se sentirían tranquilos». Septiembre de 2019, Sorprende la naturalidad con la que hemos visto que «sí se puede».

Sí se podía pactar con Bildu, pese a que escuchamos en innumerables ocasiones que «con Bildu no se acuerda nada» (junio de 2019), o que «no me voy a reunir con Bildu», «ni siquiera para decirles que no» (febrero de 2016), porque estaba claro que «con Bildu no vamos a pactar, si quiere se lo digo cinco veces o veinte durante la entrevista» (abril de 2015).

El primero de los documentos de la ignominia fue el acuerdo firmado con nocturnidad y alevosía entre el PSOE y Bildu para derogar la reforma laboral. Estoy convencido de que el logotipo del PSOE en el mismo encabezado que el de EH Bildu tuvo que revolver los estómagos de miles de militantes socialistas, empezando por Nadia Calviño.

Pero aquel documento tan bochornoso ha sido sustituido por la elección de Bildu como socio preferente para el acuerdo de negociación de presupuestos. Que sea Arnaldo Otegi quien anuncie ufano el principio de acuerdo no es casual, lo que ha creado malestar en varias voces destacadas del partido socialista.

Pues sí, resulta que no se podía, pero ahora ya sí se puede pactar con Bildu e incluso blanquearlos, como llevan haciendo desde hace unos meses, y de modo especialmente vergonzoso esta última semana. Pero es que ¡también se podía pactar con Esquerra Republicana de Cataluña!, pese a que Pedro Sánchez dijera hasta la saciedad que no iba a pactar los presupuestos con los independentistas por la oposición de los militantes del partido y, entre otras cosas, porque «los líderes independentistas no son de fiar».

El otro día escuché en la radio que es Pedro Sánchez quien ha cambiado de opinión, porque Pablo Iglesias había tenido muy claro desde el principio cuál era su agenda. Y en este punto de las coaliciones está claro que ha sido su partido el que se ha salido con la suya en la elección de los aliados. Pero hablar de coherencia en el caso de Iglesias tampoco parece lo más acertado.

Parece ser que no se podía salir del barrio de toda la vida porque eso significaba perder el contacto con la gente y era peligroso «el rollo de aislar a alguien. Este rollo de los políticos que viven en chalets, que no saben lo que es coger el transporte público o el precio de un café». No se podía, pero ahora ya sí se puede uno comprar un casoplón de 600.000 euros, moverse en coche con escolta y chófer, y alejarse «del pueblo». Pero es que las «líneas generales» de los que llegaron para combatir a la casta han cambiado tanto como los Siete Mandamientos que los animales escribieron en el muro de la granja de Orwell (Rebelión en la granja podemita).

No se podía mantener a un imputado o investigado en el partido, no digamos a un condenado, pero ahora ya sí se puede. Recordemos que los líderes de Podemos dijeron hasta la saciedad que no era admisible que un partido tuviera miembros imputados en sus filas, o que no se asumieran responsabilidades políticas en una investigación por financiación irregular. Esta misma semana, el 20 de noviembre, la cúpula de Podemos acudirá a declarar por financiación irregular.

Pedro Sánchez dijo que no se podía permitir que un partido condenado por corrupción estuviera en el gobierno, pero tras la sentencia de los ERE y la condena a los dos anteriores presidentes de su formación parece que sí se puede, y veremos qué ocurre con la investigación a Podemos. Los de Iglesias insistieron con que no se podía tener a miembros del partido imputados y en cargos de responsabilidad, pero ahora ya sí se puede, e incluso se les asciende, como ocurrió con Isa Serra o con Pablo Echenique. Al igual que hacían los líderes animales de la granja, en Podemos han añadido una coletilla a la máxima de la que presumían: «no tendrán que dimitir si son imputados… por actividades ajenas al ejercicio de su cargo público».

Y así con prácticamente todo. No se podía, pero ahora ya sí se puede beneficiar uno de su estatus de aforado, pese a que en el código ético del partido se abogaba por lo contrario o pese a que en su programa electoral hablaran de «eliminar los privilegios procesales». No se podía politizar la justicia, ni controlar la elección de los miembros del Consejo General del Poder Judicial, pero ahora ya sí se puede, incluso yendo un paso más allá y designando directamente al mayor número posible de miembros afines.

No se podía hacer bromas machistas, pero ahora ya sí se puede e incluso se puede ejercer el machismo más trasnochado «guardando» durante meses la tarjeta SIM del teléfono de una mujer de veintitantos años para no someterla a «más presión».

No se podía meter mano a la educación sin un consenso previo, no se podía nombrar consejeros a dedo, y menos aún que fueran familiares, amigos o personal de confianza del partido, no se podía nombrar un fiscal general del Estado que no fuera independiente, no se podía controlar a los medios de comunicación, ni coartar la libertad de expresión, ni aplicar la llamada «ley Mordaza» (excepto si era para proteger la seguridad de los moradores de cierta casa de Galapagar), en fin, no se podían hacer muchas cosas, pero queda claro que ahora ya sí se puede.

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The US Presidents según Hollywood (II)

TRAVIS, 03/09/2020

Como ya dije en la primera parte, para llegar a la presidencia de Estados Unidos conviene tener una elevada capacidad actoral, porque la carrera electoral en realidad es una interminable sucesión de shows and performances adaptada a cada uno de los escenarios, es decir, a la mentalidad de los espectadores/habitantes de cada estado. Ahora que parece que se confirma la victoria de Joe Biden, es un momento excelente para alabar la interpretación de un actor como Jim Carrey transmutado en Joe Biden con el mismo acierto con el que Alec Baldwin lleva años interpretando el personaje de Donald Trump. Por esa capacidad de actuación, no debe extrañar que un actor con una larga carrera en Hollywood como Ronald Reagan accediera a la Casa Blanca en 1980. O que Arnold Terminator Schwarzenegger se convirtiera en gobernador de California. O que ascendiera a presidente de los Estados Unidos en The Simpsons: the movie. Genial esta parodia sobre la toma de decisiones de un presidente en el Despacho Oval:

Me interesan más las películas sobre los presidentes posteriores a la Segunda Guerra Mundial, que suelen ser mucho más críticas y ácidas, que las anteriores, porque el tiempo tiende a mitificarlo todo, a suavizar los errores de los personajes y a ensalzar sus virtudes. En muchas películas sobre personajes históricos, los actores que los interpretan hablan con ese aire de grandeza que les da el lugar que la Historia tiene reservado para ellos, y el problema es que parece que lo hubieran tenido siempre, incluso desde su formación como cadetes en una academia militar o en una universidad. Se convierten en verdaderas hagiografías, biografías demasiado elogiosas y poco humanas del personaje.

Para los interesados en el tema, George Washington aparece, entre otras, en Los inconquistables, película de Cecil B. De Mille de 1947, con Gary Cooper y Paulette Goddard, en El Patriota (2000), la estupenda recreación de Roland Emmerich de la guerra de Independencia, con Mel Gibson y Heath Ledger, o en George Washington: la leyenda (2000), en la que el primer presidente de la historia de Estados Unidos es representado por Jeff Daniels. De Thomas Jefferson solo recuerdo Jefferson in Paris (1995), uno de esos tostonazos de época rodados por James Ivory que no acabé de ver, pese a que contaba con Nick Nolte y Greta Scacchi en el reparto. Ulysses Grant aparece brevemente en uno de mis wésterns favoritos de siempre, Murieron con las botas puestas (Raoul Walsh, 1941), con Errol Flynn haciendo de General Custer, y también en esa cosa abominable llamada Wild Wild West (1999, esperpento perpetrado por Barry Sonnenfeld).

El «padre de la patria» estadounidense actual que, sin duda, aparece en más películas es Abraham Lincoln. El nacimiento de una nación (1916) y Abraham Lincoln (1930), ambas de D.W. Griffith, Lincoln en Illinois (1940, John Cromwell) y de esa época, la muy recomendable de John Ford, El joven Lincoln (1939), en la que Henry Fonda interpreta el papel de ese joven abogado que terminaría como presidente de la nación. Mucho más modernas son La conspiración, de 2010, el acercamiento de Robert Redford al complot que culminó su asesinato con éxito, y Lincoln, de 2012. Como todo lo que hace Steven Spielberg es muy interesante, y como todo lo que hace Daniel Day-Lewis resulta de una intensidad un tanto agobiante.

En ese mismo año 2012 se estrenó un delirio titulado Lincoln: cazador de vampiros, del que me bastó ver el tráiler para saber que no me interesaba lo más mínimo ver al presidente convertido en un Van Helsing cualquiera que, hacha en mano, se dedica a descuartizar vampiros. Quizás una noche en la que me encuentre muy, muy, muy, pero que muy aburrido…

Y de un presidente asesinado durante su mandato a otro: John Fitzgerald Kennedy. Sin duda, su asesinato y muerte prematura idealizaron para la posteridad su figura. La fenomenal disección del magnicidio de 1963 en Dallas que Oliver Stone muestra en JFK (1991) nos hace dudar casi de cada punto relacionado con la versión oficial de la comisión Warren. La exposición de la teoría de la bala única resulta magistral en pantalla, pero ya sabemos que Oliver Stone suele ser tan hábil como tramposo en sus películas. Un genio en lo suyo. Kennedy aparece también en Trece días (2000), sobre la crisis de los misiles de Cuba, interpretado por Bruce Greenwood y en El mayordomo (2013), con el aspecto que le da James Marsden.

Si a alguien le interesa de manera especial este tema, El mayordomo, que no es otro que Forest Whitaker, cuenta la historia de ficción de un trabajador humilde que nace como esclavo en una plantación, entra a trabajar en la Casa Blanca como mayordomo y conoce a siete presidentes norteamericanos. La película aprovecha todo ese período histórico para hablar de los conflictos raciales en Estados Unidos y termina, como no podía ser de otro modo, con una recepción con Barack Obama. Robin Williams interpreta sorprendentemente al primer inquilino del Despacho Oval que conoce este mayordomo, Dwight Eisenhower, el predecesor de Kennedy. Robin Williams, con un poco de ayuda y caracterización, lo mismo te interpreta a Eisenhower que a otro presidente como Theodore Roosevelt (Noche en el museo, 2006).

A Eisenhower le tendré siempre cierta simpatía por la serie Ike, con Robert Duvall en su papel, por su breve aparición en una de las películas bélicas más míticas de siempre, El día más largo (1962), cuando era «solo» general en el desembarco de Normandía, y por ser ese presidente que lanza la carrera espacial en Elegidos para la gloria (The Right Stuff), la fenomenal epopeya espacial dirigida por Philip Kaufman en 1983.

John Fitzgerald Kennedy estrechó la mano de Forrest Gump en una de las tres visitas de este a la Casa Blanca, en la famosa (e hilarante) escena de Tom Hanks tratando de contener sus ganas de mear ante JFK. Aunque me gustó más aún el momento en que Forrest visita por fin el baño y se encuentra con un retrato de Marilyn Monroe, ¡qué cabr… este JFK!

Tras su asesinato y en cuestión de horas, según nos contó Oliver Stone, Lyndon B. Johnson sucedió a Kennedy, y por supuesto recibió otra visita de Forrest Gump, casi más desafortunada que la primera, pues acaba enseñándole la herida de guerra “en el pompis” (palabra que, por cierto, aparte de los dobladores, no sé si usa alguien más). Liev Schreiber interpreta a este “presidente por accidente” en El mayordomo, al hombre al que le tocó el período entre los dos presidentes que sin duda más impacto tuvieron en la política mundial entre los sesenta y principios de los setenta: el mencionado Kennedy y Richard Nixon.

Nixon es otra figura que ha dado mucho juego a Hollywood. Todos los hombres del presidente, de Alan J. Pakula (1976), es una magnífica recreación de la investigación que realizaron los periodistas Bob Woodward y Carl Bernstein sobre lo que acabó siendo el Watergate, el caso de espías ilegales que le costó el cargo a Nixon. Qué tiempos aquellos en que los altos cargos dimitían cuando eran pillados cometiendo actos delictivos. Nixon no se libra de la visita de Forrest Gump, un error del que “se arrepentirá”, pues según el filme de Zemeckis, el Watergate se destapa por una llamada nocturna del bueno de Forrest.

John Cusack interpreta a Nixon en El mayordomo de una manera contenida, incluso amable, nada que ver con la interpretación de Anthony Hopkins en Nixon (1995), de nuevo de Oliver Stone. El Nixon de Hopkins y Stone parece siempre crispado, desconfiado, incluso el lenguaje gestual no me parece el adecuado según los vídeos que he visto del Nixon real. En ese sentido, me gusta más el Nixon de Frank Langella en Frost contra Nixon (2008), la película de Ron Howard sobre la famosa entrevista del periodista británico en 1977.

Ahora bien, si tengo que hablar de Nixon y Kennedy, nada me gusta más que la teoría que Watchmen deja caer en sus versiones: el disparo frontal que asesinó a Kennedy fue obra de El Comediante y Nixon se mantiene como presidente hasta mediados de los ochenta gracias a la intervención del Doctor Manhattan en la guerra de Vietnam. ¡Toma ya!, casi nada en la obra maestra de Alan Moore y Dave Gibbons.

Ya metidos en los ochenta, resulta paradójico que el actor metido a presidente Ronald Reagan haya contado con muy pocas caracterizaciones en el celuloide. Un actor sin ningún parecido con el difunto presidente como es Alan Rickman interpreta al antiguo cowboy en El mayordomo. Creo que falta algo de tiempo para que veamos alguna gran película sobre su figura, al igual que sobre Barack Obama (que fue “borrado” en La noche más oscura, la película de Kathryn Bigelow sobre la ejecución de Bin Laden). O sobre Bill Clinton, pues los personajes de Primary Colors y La cortina de humo eran poco más que remedos del expresidente.

Donald Trump es un personaje en sí mismo cuya presidencia dará para varias obras. De momento, ha aparecido en el documental de Michael Moore Fahrenheit 11/9 sobre su acceso a la presidencia, con un momento muy potente en lo visual, en el que se emiten imágenes de Hitler y el nazismo con discursos del propio Trump. La obra de Michael Moore es también muy crítica con la presidencia de Barack Obama, tanto en la teatralidad (el vaso de agua de Flint, Míchigan) como en sus “logros” como presidente.

Michael Moore tiene otros documentales sobre los presidentes norteamericanos, como Michael Moore in Trumpland (2016) o el acojonante (por lo que cuenta y por cómo lo cuenta) Fahrenheit 9/11, Palma de Oro en Cannes en 2004. Se centra en la figura de George W. Bush, comenzando por el robo de las elecciones en el estado de Florida en el año 2000, con el apoyo del gobernador Jeb Bush en un proceso completado por los jueces del Tribunal Supremo nombrados en su mayor parte por su padre, George Bush Sr., y continuando por las sospechosas y extrañísimas vinculaciones empresariales entre la familia Bush y la familia de Osama Bin Laden. Todo ello con las imágenes del 11-S, el 9/11 americano, de fondo. Ni el mejor de los guionistas de Hollywood habría escrito nunca nada similar al momento en el que informan al oído de Bush de los ataques terroristas sobre el World Trade Centre. Siete minutos bloqueado escuchando un cuento infantil. Asusta.

Como asustan las dos caracterizaciones más recientes que hemos visto del mismo presidente en W. (2008) y Vice, El vicio del poder en España (2018). ¿En qué se parecen Josh Brolin y Sam Rockwell? En nada, pero ambos hacen unas muy buenas caracterizaciones de George W. Bush. El primero, en la película de Oliver Stone (¿quién, si no?) sobre los «años locos» de Bush, sus problemas con el alcohol, su incompetencia para los negocios, la conversión al catolicismo y los sabios consejos de su padre (interpretado por James Cromwell), que acabarían llevándole a la presidencia de los Estados Unidos.

Sam Rockwell, por su parte, compone un Bush Jr. despreocupado por la política exterior, que deja a su capricho (y enriquecimiento propio) al Vice-President Dick Cheney. No evita casi ningún asunto: Halliburton, las invasiones de Afganistán e Irak, y el enriquecimiento de las empresas de Cheney mientras Bush mira para otro lado o directamente no se entera de los negocios de su brazo derecho. Grandes interpretaciones de Rockwell como Bush y de Christian Bale como Cheney, pero asusta ver que un tipo así no ha acabado sus días en prisión.

Poco más me queda por contar, alguna referencia más para curiosos. Como Benjamin Button tiene tantas similitudes con Forrest Gump, no podía dejar de conocer a un presidente: Theodore Roosevelt. El otro Roosevelt, Franklin Delano, aparece con la cara de Jon Voight en Pearl Harbor (Michael Bay, 2001), y su sucesor, Harry S. Truman, en Banderas de nuestros padres (Clint Eastwood, 2006) y como amigo de ese sueco chiflado que fue El abuelo que saltó por la ventana y se largó (2013). Quería acabar de una manera similar a la primera parte: con una parodia de uno de los grandes, Leslie Nielsen, haciéndole todo tipo de perrerías a esa primera dama entrañable que era Barbara Bush en The naked gun (Agárralo como puedas). La habré visto un millón de veces y me sigo partiendo la caja:

Preveo que en poco tiempo estaré comentando alguna peli sobre Trump, ¡hasta entonces!

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The US Presidents según Hollywood (I)

TRAVIS, 03/09/2020

Hoy finaliza la campaña electoral a la presidencia de Estados Unidos, el país que celebra las campañas electorales más largas y caras del mundo, pero, posiblemente también, las menos tediosas debido al elevado grado de falsedad, teatralidad y sobreactuación que conllevan. Todo ello me ha dado la idea de dedicar estas dos entradas a la visión que el cine nos ofrece de los presidentes norteamericanos. Esta primera parte estará dedicada a los presidentes ficticios que hemos visto en películas, y ya en la segunda hablaremos de los reales, seguramente más inverosímiles que algunos personajes de este post, aunque hayan sido paridos por la mente de algún guionista más o menos brillante.

Puesto que he comenzado hablando de campañas electorales, la película de Mike Nichols Primary Colors (1998) fue una de las que mejor contó ese complejo y ordenado caos que es un equipo de partido en plena campaña electoral. El candidato a presidente estaba basado en Bill Clinton y fue interpretado de manera soberbia por John Travolta, que imitó muchos de sus gestos y miradas. El personaje fue suavizado respecto al de la novela en que se basaba, escrita por un periodista del Washington Post y que tuvo que ser publicada bajo seudónimo. Las infidelidades del candidato eran tapadas por su equipo y aparentemente ignoradas por su mujer, Emma Thompson en el filme. La doble moral o la falsedad de los candidatos son claves para el éxito de la campaña, y de ahí que El candidato interpretado por Robert Redford en la película de 1972, un abogado idealista, comprometido y sincero que no se calla lo que siente, que es honesto, sea un personaje que en principio jamás podría llegar a presidente. No al menos con sus principios, puesto que a medida que avanza la película comienza a obtener popularidad por su honestidad, hasta que «el sistema» se apropia de su discurso para pervertirlo y llevarlo de nuevo por el camino «correcto» que le marcan, es decir, apartado de sus propias convicciones.

Otra película relacionada con el mujeriego Bill Clinton es La cortina de humo, de 1997, en la que los asesores presidenciales inventan una guerra en los medios (¡contra Albania!) para tapar un escándalo sexual del presidente, cuyo nombre no se menciona. El guion es de David Mamet y parece sospechosamente cercano a la realidad. Durante la declaración de Mónica Lewinsky en el proceso de impeachment a Bill Clinton, aumentaron los bombardeos norteamericanos sobre Sudán y Afganistán. Los líos de alcoba del presidente de Estados Unidos dan bastante juego, como se vio en Love Actually (2003), la película de Richard Curtis en la que el flirteo del presidente norteamericano (Billy Bob Thornton) con la asistente del Primer Ministro británico (Hugh Grant) supone un cambio de actitud de este con respecto a su aliado. De lío de faldas a cambio de política exterior, así de simple.

La situación sentimental del denominado POTUS es la base de la película El presidente y Miss Wade (1995), una comedia romántica simplona para mi gusto, pero que se aguanta bien. Es la ventaja de contar con el guion de Aaron Sorkin (El ala Oeste de la Casa Blanca) y la dirección de Rob Reiner (La princesa prometida, Cuando Harry encontró a Sally, Misery). Michael Douglas pone el rostro al presidente Andrew Shepherd y se muestra muy comedido, sobre todo si recordamos que en sus anteriores películas había dado rienda suelta a sus instintos más primarios, o presidenciales (Instinto básico, Atracción fatal, Acoso). La aspirante a primera dama es la (siempre) estupenda Annette Bening, la mujer que logró que Warren Beatty sentara la cabeza.

Otra estupenda primera dama es la que interpreta Sigourney Weaver en Dave, presidente por un día, de 1993. El doble del presidente es el modesto dueño de un taller, Kevin Kline, al que le encargan que supla o que haga las funciones del verdadero presidente, que ha sufrido un accidente y está en coma. Para mí lo mejor de esta simpática película está en el momento en que el contable del modesto empresario comienza a analizar el presupuesto del gobierno y se da cuenta de la lamentable gestión que se realiza con el dinero público. Llega a la conclusión a la que llegamos todos: si yo gestionara el presupuesto de mi empresa de ese modo, estaría automáticamente despedido.

Y de primeras damas respetables a una deleznable, la que interpreta Glenn Close en Mars Attacks, la «tontá» de Tim Burton rodada en 1996. Creo que el director la soporta tan poco como yo, así que acaba bien sepultada bajo una pesada lámpara. Peor parado acaba su marido, el presidente Dale, un papel histriónico más en la carrera de Jack Nicholson. Su discurso buenista al líder marciano me recuerda a algunas bienintencionadas proclamas de líderes mundiales que acaban… bueno, como el líder norteamericano:

Se ve que colocar al “hombre más poderoso del mundo” en una situación de debilidad o inferioridad tiene su morbo, o su gracia. Muchas de estas películas nos muestran al POTUS como un tipo no muy inteligente, algo torpón, un pelele en manos de ese círculo de asesores que le rodean y le llevan de aquí para allá, o le tapan sus vergüenzas, porque en muchas de estas tramas nos lo pintan como un tipo sin escrúpulos. Es el caso de Poder absoluto (1997), la película de Clint Eastwood en la que este, un ladrón de guante blanco, presencia un asesinato cometido por los guardaespaldas del propio presidente (Gene Hackman) mientras este se trajinaba a la mujer de su mejor amigo, el típico magnate millonario americano.

En la línea de fuego, dirigida por Wolfgang Petersen en 1993 y también protagonizada por Eastwood, nos muestra al bueno de Clint como un antiguo guardaespaldas de Kennedy, un tipo que sigue trabajando para proteger la seguridad del presidente. Es un individuo con principios, tantos que no le importó dar una paliza a su anterior “protegido”, un senador bien posicionado, otro de esos tipos que piensa que el “poder absoluto” de su cargo le permite hacer de todo a una mujer. Un paso más allá va Peligro inminente, de 1994, en la que el agente de la CIA Jack Ryan (Harrison Ford) descubre que el presidente de Estados Unidos está implicado en una operación al margen del Congreso entre narcos colombianos.

Pero no todos los presidentes USA son mujeriegos, corruptos o imbéciles según la versión de Hollywood. La mayoría intenta salvar el mundo, ejercer ese papel de guardianes de la humanidad que se autoconfirieron no sé bien cuándo. Aunque en ocasiones resulten patéticos, como Peter Sellers haciendo de US President llamando al presidente ruso para decirle que, ejem,… están atacando su país por error y un B-52 le va a soltar unos pepinos atómicos si no consiguen frenarlo antes. Ocurre en ¿Teléfono rojo?: volamos hacia Moscú (Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb en el original, 1964):

Gran película de Stanley Kubrick, enorme Peter Sellers interpretando tres papeles completamente diferentes. En mi imaginario el presidente norteamericano debería ser un tipo como Morgan Freeman, alguien que transmitiera sensatez y credibilidad aunque un meteorito estuviera a punto de estrellarse contra la Tierra. Deep Impact, 1998. Un actor negro interpretando a un presidente negro mucho antes de que un afroamericano (como se dice ahora) lo hiciera. Freeman resultó tan adecuado para el puesto que en Objetivo: la Casa Blanca (2013) pasó a ser el portavoz de un gobierno presidido por Aaron Eckhart.

Y ya que menciono los meteoritos, ningún discurso tan ¿estremecedor?, ¿descacharrante?, como el del presidente norteamericano en Armageddon (1998), auténtica «obra maestra» del cine palomitero. «Nos enfrentamos al más grave de los desafíos de la Historia», pero gracias al Ejército y a los trillones de dólares invertidos en armamento nuclear podremos vencerlo. En realidad lo dice de una manera algo más sutil. Imprescindible:

Todo el patrioterismo barato de Michael Bay se queda en nada ante dos películas dirigidas (o perpetradas) por directores alemanes:

  • Independence Day, de Roland Emmerich, 1996. Como antiguo héroe de guerra en el Golfo, el presidente Whitmore (Bill Pullman) se pone a los mandos de un caza para combatir a los alienígneas, yujuuuu!!!
  • Air Force One, de Wolfgang Petersen, 1997. El presidente Marshall (ya el nombre es una declaración de principios) se enfrenta a un grupo de mercenarios que han secuestrado el avión presidencial, y él solito los derrota. Es lo que tiene ser Harrison Ford y haber tenido un pasado como Han Solo e Indiana Jones. Mala, mala, mala.

Argumentos tan absurdos como la idea de detener una invasión extraterrestre con un virus informático, pero una vez que nos ponemos, ¡nos lo creemos todo! Como que todos los presidentes de Estados Unidos desde George Washington comparten un libro de secretos que se pasan de mano en mano al acabar su mandato. Eso nos contaban en La búsqueda 2: El diario secreto (2007), tan poco verosímil como que Nicholas Cage se cuele en una fiesta y burle todos los controles de seguridad para quedarse a solas con el presidente. Si es que este chico,,, en cuanto desorbita un poco los ojos consigue lo que quiere.

En fin, con todas estas bobadas de guionistas al final se termina cayendo en la parodia, y ya que lo hacemos, hagámoslo con el más grande: Leslie Nielsen. Presidente por la gracia de Scary Movie, que en la cuarta nos regaló esta… indefinible escena:

Parece difícil de mejorar, perdón, de empeorar. Pero la realidad supera la ficción. Lo dejaré para la segunda parte.

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El Real Madrid como cebo

BARNEY, 31/10/2020

El periodismo atraviesa horas bajas. La prensa de papel ha visto reducidas las cifras de ventas hasta cotas alarmantes y se ha visto obligada a tomar medidas drásticas para tratar de evitar el cierre. Fundamentalmente dos: recortar plantillas (y calidad) y centrarse en los medios digitales. Hace un año, por estas mismas fechas, rescaté un artículo de The Guardian titulado Cómo la tecnología alteró la verdad, escrito por su directora Katharine Viner. El artículo concluía de una manera tristemente demoledora: «¿Todavía importa la verdad?».

Los medios digitales necesitan el click del lector, saben que el tiempo de atención ha disminuido y buscan captar el pinchazo de cualquier modo, pues cada pinchazo, cada click, supone un mayor ingreso de publicidad. Y así ocurre que nos encontramos con titulares lamentables, incomprensibles, tendenciosos, alejados del contenido que cuentan,… Pero que hacen picar al lector. Esa «autoproclamada» mejor prensa deportiva del mundo lo tiene claro desde hace años: hay que enganchar los clicks de la afición más numerosa del mundo. Esta es una noticia de la semana pasada:

Piqué como un idiota, ¿qué es eso de que el Madrid tiene a cuatro jugadores menores de veinte años entre los mejores jóvenes del mundo? «Acabo de enterarme de que hemos fichado a Haaland y Camavinga, no sabía nada». Pero obviamente no era así, era un clickbait (cebo para clicks) de manual y piqué cual gañán ávido de información de su equipo. Los medios saben que los aficionados están ansiosos por escuchar o leer noticias acerca de fichajes de su equipo favorito, y así se pasan meses calentando con rumores e invenciones sobre supuestos intereses que nunca se concretan. No sé cuántas veces ha «fichado» el Madrid (o tiene «principios de acuerdo», o «a falta de unos flecos») en los últimos años a los mencionados Haaland y Camavinga, pero también a Mbappé, Van de Beek, Erikssen, Pogba, Upamecano o Bruno Fernandes. Casi tantas entre todos como el Barça por Lautaro o Neymar, pero esa es otra historia de vendedores de humo de la que no venía a hablar hoy.

Los medios deportivos necesitan el click del mayor número posible de aficionados y para eso no hay una estrategia mejor que apelar a la parte emocional, a meter el dedo en la llaga. Sin embargo, la del Madrid no es la afición más numerosa del mundo, (aunque me cueste entenderlo). Hay otro grupo aún más numeroso: el antimadridismo. Me atrevo a decir que además es un grupo creciente, porque las campañas de prensa promueven desde hace décadas ese tono negativo en todo lo relacionado con el club. GolTV, BeIn, Movistar, la Cope, la Cadena Ser, Onda Cero, ESPN, incluso Culevisión Española y su programa estrella de toda la vida, Estudio Estadio, con gente como David Sánchez o Gonzalo Miró a los que no se les conocen mayores méritos que su profesado antimadridismo. La polémica vende más que la realidad.

El antimadridismo de Sport y Mundo Deportivo es más que lógico y entendible, coherente con el club que «les da de comer», pero lo que no es normal es la campaña en la que llevan metidos desde hace mucho tiempo los dos diarios deportivos madrileños: As y Marca. Al primero ya le dediqué un artículo entero en forma de Cuento de Navidad de Alfredo Relaño y el hundimiento de las cifras de ventas, pero de su sucesor, Vicente Jiménez, que viajó a Lisboa en 2014 con la camiseta del Atleti y ha profesado en redes su amor por el Barça de Guardiola, no podemos esperar una visión amable sobre el Real Madrid. En cuanto al Marca, también tiene a un atlético por director, Juancho Gallardo, pero intenta ser más moderado y dar tres palos por cada elogio o comentario medianamente favorable. Lo que resulta inadmisible en este medio es el número de invenciones que han pasado por noticias o portadas, patrañas que solo el tiempo ha demostrado que lo eran, pero que servían para lograr clicks de los lectores. Y todas ellas en la misma línea: atacar al Madrid.

La hernia de Bale, que no iba a las cenas de equipo, que no hablaba español, que la famosa pancarta era para pitorrearse del club,… Todo falso y fácilmente contrastable, pero les sirvió para llenar horas y horas de radio, y numerosos artículos. Que Bale sodomiza periodistas es tan cierto como todo lo que han dicho de él. Fue una campaña organizada, como la que ha habido recientemente en contra de Zidane, proponiendo abiertamente su destitución. Menos mal que el bueno de Zizou pasa de toda la mierda que llevan años echando sobre él:

Que yo sepa, Luca Zidane juega en Segunda División, en el Rayo Vallecano, tras pasar por el Racing de Santander la temporada pasada, y por mucho que estos periolistos dijeran que Zidane exigía en su nueva etapa al frente del equipo que su hijo fuera el segundo portero, nada de eso ha ocurrido: ni la presencia del chaval, ni la dimisión de Zizou por no ceder el club a sus supuestas pretensiones. Y así todo. Ya dejaron caer la misma bazofia sobre Zidane y su hijo tras la negativa del Real Madrid al fichaje del portero vasco Kepa. La insistencia de los medios fue enorme y al final la conclusión fue que el Madrid se equivocaba por ceder a los caprichos de Zizou:

Hoy, Kepa es suplente en el Chelsea, pese a los 80 millones de euros pagados por su fichaje, y es carne de memes debido a los errores que han costado muchos puntos al equipo londinense. Celebro tanto que no viniera al Madrid (Kepa Kete, le llamo) como el esperpento del fax fallido en el fichaje de De Gea. Los medios han descubierto que el filón para los clicks son las noticias negativas acerca del Real Madrid. Me imagino a esas redacciones estrujándose la mollera:

  • Jefe, jefe, que el Manchester United ha fichado a Garnacho.
  • ¿Y ese quién es?
  • Un juvenil del Atleti.
  • Náh, eso no vende, agárrame el cubata.

El Manchester United no le ha quitado el jugador al Atleti, ¡se lo ha tangado al Madrid! ¡Con dos cojones! Resultaría cómico si no lo hicieran totalmente en serio. La moda más reciente que he visto consiste en poner por las nubes a todos esos jugadores que el Madrid ha cedido o dejado marchar: Bale, Reguilón, James, Achraf, Brahim, Ceballos…, para que flote en el ambiente que el club se ha equivocado de nuevo. ¿Algo más falaz que este titular de As?

El «tonito» ya es de deshueve hacia los «madridistas del mundo, échense a llorar». La realidad es que es una muy buena jugada del lateral madrileño, que se la cede a Lamela, quien a su vez abre para Bale y el centro de este termina desviado a gol por un defensa del Lask, un equipo austriaco de la Europa League. Ni pase directo, ni medio gol, ni leches. Pero lo que se busca es resaltar el error del Madrid y de su entrenador, como se ve en el primer párrafo: «ahora mismo a la velocidad que juega la comparación con Marcelo ni existe». A mí me encanta Sergio Reguilón, del mismo modo que durante años Marcelo me ha parecido el mejor lateral izquierdo del mundo, pero el club ha apostado por Mendy y Marcelo, y cuenta con un lateral muy prometedor llamado Miguel Gutiérrez, que está a punto de dar el salto. Pero, sobre todo, el Madrid ha vendido a Reguilón porque necesita los ingresos (que nadie olvide la crisis económica por la pandemia) para no acabar como el Barça. Todo eso da igual, para la prensa el Madrid erró con su salida. En este artículo reciente que publiqué para La Galerna mencioné más de una veintena de titulares en la misma línea sobre los exmadridistas por el mundo.

La semana pasada hubo un Barcelona-Real Madrid que acabó con victoria de los blancos por 1-3. «Incontestable», pensaba yo, «con mejor juego, más ocasiones, sin mayores polémicas que el penalti de Lenglet a Ramos no pitado en la primera parte, intrascendente para el resultado final». ¡Iluso de mí!, no han parado en toda la semana de meter mierda sobre la victoria y sobre un penalti que es indiscutible. El primero que se señala a favor del Real Madrid en el Camp Nou desde 2007. El tercero en treinta años. Si esto ocurre con un acierto, empiezo a intuir lo que debió ser la campaña salvaje sobre Guruceta tras su error hace medio siglo.

La podredumbre moral e intelectual de la prensa catalana es la de siempre, pero es más dañina la actitud sibilina de la madrileña. Para Marca, fue «un penalti de videoarbitraje», no de Lenglet y por supuesto, ninguna mención al de la primera parte. Un hecho tan insólito como un penalti claro a favor del Madrid ha terminado convirtiéndose en un debate sobre el uso del VAR (Relaño dijo en el As que fue «un penalti de VAR, invento que ha venido a emponzoñar el fútbol«). Las grabaciones de audio, que el VAR no debe entrar en este tipo de jugadas (curiosamente el VAR sí avisó al árbitro en el Clásico de hace dos años y a nadie le pareció mal), que si el padre del árbitro era madridista (vomitiva y denunciable la campaña de Sport), o incluso, como escuché a algunos desvergonzados, «que los agarrones no se suelen pitar y no se entiende que se haya hecho en un Clásico». Observen que de nuevo el problema es el Madrid, incluso cuando ha habido un acierto arbitral: es penalti, pero no se debería pitar aunque la acción esté bien sancionada. Es absurdo, surrealista, así que para desahogarme me vi forzado a escribir el Rosco del clásico atraco, más de una treintena de «errores» que, como siempre ocurren en el Tramp Nou en la misma dirección, debe ser que no conviene pitar:

En mi frikilibreta tengo apuntados titulares tendenciosos de cada parón de selecciones (donde siempre «se valora a los madridistas, no como en su club»), las supuestas polémicas entre jugadores (Borja Mayoral-Jovic hace unos días, Benzema-Vinicius esta semana, Keylor-Courtois en el pasado), la persecución a jugadores cuando estaban, como Odegaard y Bale, o su ensalzamiento cuando salieron, y el vergonzoso doble rasero cuando alguien cercano al Madrid o al Barça se ve implicado en algún caso turbio. Fijaos bien la próxima vez: si estuvo en el Madrid, aunque no jugara ni un minuto, como el colombiano Congo, aparecerá en todos los medios con la camiseta del Madrid. Si estuvo en el Barça o en el Atleti, como Yayá Toure Yayá, Villa o Gabi, con la del City, el New York City o el Zaragoza. Así son las cosas, así deben lograr más pinchazos.

Resulta sorprendente el hallazgo de Edwin Congo con la camiseta del Real Madrid, sobre todo porque a lo largo de su carrera no jugó ni un solo minuto con la misma. Jugó en el Valladolid, Vitoria de Guimaraes, Toulouse, Levante, Sporting de Gijón y Recreativo de Huelva, pero buscaron y rebuscaron hasta encontrar una del colombiano en el partido benéfico Corazón Classic Match. Sin embargo, uno lee los artículos sobre Yayá Toure, Villa y Gabi en el mismo medio supuestamente madridista y no hay una sola mención a su pasado culé o atlético. No es casual, nada es casual.

Lo que está claro es que el Madrid como clickbait, como cebo, funciona. De hecho, a veces lo logra incluso conmigo, ¡qué le vamos a hacer!

¡Hasta la próxima!

Como todos los lectores asiduos de este blog sabéis, si queréis colaborar por una buena causa a través de una ONG contrastada, es posible hacerlo mediante microdonaciones en este enlace: Ayuda en Acción/colabora

La M-30 es machista

JOSEAN, 23/10/2020

Uno de estos días en que atravesaba los interminables túneles de la M-30 por la zona del Madrid Río, recordé que en su momento me comprometí a analizar esta obra para entender el por qué de su más que posible machismo. Fue en el post dedicado al Populismo legislativo, y la hipótesis, que para algunos puede sonar surrealista, estaba incluida en un informe sobre el soterramiento de la M-30 analizado con el punto de vista de la perspectiva de género. Fue encargado por el ayuntamiento de Madrid durante los años de Manuela Carmena como alcaldesa. 52.000 euros de dinero público de los que me comprometí a verificar su necesidad o a valorar sus conclusiones.

La M-30 es machista, sin duda, sobre todo los túneles. Mi primer pensamiento me llevó a la escena final de Con la muerte en los talones, de Alfred Hitchcock, con el beso de Cary Grant y Eva Marie Saint en el compartimento del tren, concatenado con dicho tren penetrando en un túnel (¿hace falta ser más explícito?). Cada vez que cojo uno de los túneles de la M-30, lo estoy cogiendo en el sentido argentino de la palabra, mas no iban por ahí los tiros del informe.

El informe se puede encontrar en el siguiente enlace, fue realizado por la empresa CambiaMo-Changing Mobility y lleva el título INFORME FINAL: Estudio de caso. Impactos del proyecto de soterramiento de Calle 30. Ahí me llevé mi primera “decepción”: los 142 folios del informe no se dedicaban exclusivamente al análisis en clave feminista de la obra por la que transitamos a diario miles de hombres y mujeres de la capital y alrededores. El análisis realiza un estudio del impacto medioambiental, social y de género, pero también del económico, si bien creo que para ello hay departamentos adecuados dentro del propio ayuntamiento o en el Tribunal de Cuentas.

El análisis de impacto de género ocupa diez páginas del informe, prácticamente las mismas que la repercusión económica. Sinceramente, a mí como ciudadano, más que la perspectiva de género de una obra pública me interesa saber si la obra se licitó y ejecutó correctamente, si el dinero público se invirtió de manera adecuada, la medición en términos de retorno de la descomunal inversión, si hubo o no mordidas… Pero, bueno, quizás yo esté contaminado por mi visión de economista y hombre nacido en los últimos años del franquismo, así que abrí mi mente para leer e interpretar las conclusiones del estudio.

En las primeras páginas del informe, donde se explican las necesidades de realizar este estudio, se indica de manera explícita que la obra se aprobó y ejecutó con fines electoralistas, no tanto por necesidades de la población (pág. 18): “El soterramiento de la M-30 se aparenta a la construcción de Metro Sur, una infraestructura orientada a conquistar el electorado el cinturón rojo de la comunidad de Madrid (Mejía Dorantes, 2011)”. Puede que sea una conclusión aventurada, pero además se contradice porque, apenas dos párrafos después, afirma que el proceso recibió numerosas críticas: “Partidos políticos de la oposición, vecinos y vecinas o actores de la sociedad civil como Ecologistas en Acción denunciaron la actuación”. Luego difícilmente puede tener fines electoralistas una obra que enfrenta a su promotor con el vecindario.

Pese a las críticas por la ausencia de estudio de impacto ambiental, el Informe reconoce (pág. 16) que “Es interesante señalar que a lo largo de 2016 se puso en marcha el Plan de naturalización del río Manzanares a su paso por la ciudad de Madrid, diseñado por Ecologistas en Acción, y que ha conseguido transformar el río con islas y meandros, recuperando especies de plantas, árboles, aves, reptiles y anfibios que han llenado de vida este ecosistema”. Concluye el Informe (y coincido plenamente) que “…el soterramiento de la M-30 y la construcción de Madrid Río siguen siendo actuaciones apreciadas por los/as residentes colindantes que lo ven como una mejora de su calidad de vida”, pág. 19.

Vamos a la chicha, al impacto de género del soterramiento, página 95.

La parte referida al motivo de los desplazamientos es quizás una de las más discutibles de todo el informe, puesto que afirma que el 40% de los mismos se realiza por lo que denomina “motivos de cuidado” (llevar a los niños al colegio, a los mayores al centro de salud o hacer la compra) y que dichas tareas son realizadas mayoritariamente por mujeres. Habla de número de desplazamientos, no del tiempo empleado en los mismos. La fuente que se cita en estos datos y conclusiones es un estudio de Di Ciommo de 2017 y otro de 2018.

Di Ciommo es Floridea Di Ciommo, Codirectora de CambiaMo, ¡la empresa que realiza el propio Informe!, luego se trata de una autocita en toda regla. Recicla unas estadísticas que tenía almacenadas en algún cajón, o saca unos datos que tenía para otro trabajo y los plasma como si fueran una fuente contrastada. Es como si yo dijera ahora: «el 45,4% de desplazamientos en los túneles de la M-30 se producen en traslados a y desde el centro de trabajo y, durante el período de estudio, otro 8,2% es para ver los partidos del Atleti en el Calderón», (Fuente: Cuatro Amiguetes y unas jarras, 2020).

A continuación se extiende en una serie de consideraciones sobre el uso de los espacios verdes de la ciudad, se va por las ramas, se sube a la parra o se tira al monte, si se me permiten expresiones que cobran todo su sentido en este caso. Sorprende que no tenga mejores ejemplos que un estudio realizado sobre dos ciudades chilenas “en los que se señala que el género y la edad son dos variables mucho más significativas que los ingresos para explicar los diferentes niveles de accesibilidad que existe entre hombres y mujeres al espacio verde tal y como se destaca en el mapa puesto a continuación”, Pág. 96.

Con todos mis respetos, creo que el comportamiento de la sociedad chilena de la ciudad de Temuco (220.000 habitantes) en lo relativo a sus zonas verdes no es el mejor ejemplo para hablar del impacto del soterramiento en una ciudad como Madrid. No sé muy bien qué relación puede tener con el tema, pero emite juicios de valor gratuitos como el párrafo que acompaña al mapa, que, por cierto, no aporta absolutamente nada. A continuación, el estudio liga la percepción de inseguridad de una mujer en un parque de una ciudad de Chile con el uso del transporte público (55% mujeres, 45% hombres) para concluir que “…el soterramiento de la M-30 ha sido una actuación poco orientada a las necesidades de las mujeres que, en los barrios colindantes de la M-30, utilizan mayoritariamente el transporte público”, pág. 99.

¿Mi opinión? Un copia/pega de manual, me ha recordado a los informes falsos que preparaba el Instituto Nóos de Urdangarín para justificar las morteradas que se llevaba. Pegaba cuatro cuadros de otros estudios, escribía un texto que le diera una apariencia formal adecuada y lo empaquetaba con la esperanza de que nadie lo leyera. A cincuenta o cien mil euros el informe. Este de la M-30 parece diseñado para llegar a la conclusión que se pretendía, como, por otro lado, ocurre con la inmensa mayoría de los estudios que se realizan: dicen lo que el pagador quiere que digan. Página 100:

La M-30 es machista, sin duda: «el impacto positivo del soterramiento de la M-30 sobre la movilidad de las mujeres es definitivamente reducido». La parte dedicada a Seguridad y barreras podría resultar más interesante, pero no lo es. Aparte de volver a autocitar los estudios de Di Ciommo, utiliza una fuente que me dejó anonadado:

¡Una suposición del posible pensamiento de una mujer, una ficción novelada de 1970! ¿Pero qué tipo de análisis sociológico o científico es este? ¿Y esa redacción? «A testigo de lo que las mujeres puedan resentir…», iba a quemarlo directamente, pero en su lugar, cuando lo leí, decidí a unirme a la propuesta: falta añadir los pensamientos del hombre que ve a esa mujer.

«Por la calle se me acerca una locaza que lleva un jersey de cuello alto de cachemira y un pañuelo escocés de lana. Me agacho, como si fuera a coger el maletín, pero debido a que estoy en la sombra, no me ve sacar el cuchillo, el más afilado, con la hoja de sierra. (…) Es innecesario decir que la chica no vivió para matricularse de segundo. Aquel invierno, encontraron su cuerpo en el río, decapitado, con…», (American Psycho, Bret Easton Ellis, 1993).

Seamos serios, por favor, que estábamos hablando del soterramiento de la M-30, y todo ese párrafo es para decir que las mujeres van a Madrid Río menos que los hombres, especialmente en las zonas poco iluminadas. 52.000 euros de dinero público, repito. En el fondo (y en la superficie), de esto es de lo que quería hablar: del uso que se hace del dinero público. El estudio de la M-30 está parido con la intención o la creencia de que nadie va a leerlo. Es un informe del que desconozco su licitación y de qué manera se seleccionó a la empresa (sus miembros son profesionales con carrera y formación ad hoc, y seguro que están sobradamente cualificados para trabajos mejores que este), pero estoy convencido de que forma parte de la estrategia a medio y largo plazo de Podemos y todas sus confluencias para mantener determinados debates siempre abiertos y crear puestos para seguir cobrando de la administración.

Me acordé del vídeo de Íñigo Errejón en el que reconocía claramente que, para «cuando perdamos las elecciones», «para cuando se acaben los ayuntamientos del cambio», tendrían que crear instituciones «donde refugiarse cuando gobierne el adversario».

Elegir un tema con el que sea imposible estar en desacuerdo y vivir de él, de crear comités, grupos de «expertos», consultoras especializadas en drenar recursos públicos. Cada partido tiene su manera de hacerlo y los lectores más veteranos de este blog ya saben que aquí he hablado de la corrupción del PPSOE y de las élites extractivas, que es en lo que se han convertido la mayor parte de los partidos que nos dirigen y gobiernan. Unidas Podemos ha elegido su manera de vivir del Estado, y si alguien piensa que exagero, recuerdo que en los últimos meses, con la que llevamos encima, hemos hablado de temas tan importantes como si las señales de tráfico eran machistas, si había que cambiar la redacción de la Constitución para que incluyera el lenguaje inclusivo, o el machismo de los algoritmos de los buscadores de Internet.

Pero todo eso no serían más que chorradas si no hubiera detrás un movimiento mucho más serio en la línea de lo que decía Íñigo Errejón. En mitad de esta crisis tan brutal que tenemos, con una caída del PIB del veinte por ciento, han ocurrido algunas cosas sorprendentes como el nombramiento de una Embajadora en Misión Especial con no sé sabe muy bien qué funciones y contenido:

Hemos escuchado también a la ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, decir que «se acabó que un hombre y una mujer puedan cobrar retribuciones diferentes». Quizás desconocía que, al menos legalmente, ya existía esa igualdad desde hace décadas. O que la Ley Orgánica 3/2007, promulgada por sus socios de gobierno, establece en su artículo 46 una serie de medidas para la igualdad efectiva de hombres y mujeres en todo tipo de organizaciones. “El objetivo es alcanzar la igualdad de trato y de oportunidades entre mujeres y hombres y a eliminar la discriminación por razón de sexo», decía aquella ley. La novedad ahora va a ser la introducción obligatoria de Planes de Igualdad en las empresas (ya hay consultoras especializadas para ello) y auditorías para la comprobación de su cumplimiento. Lo siguiente es la distribución de distintivos de igualdad en las empresas. Suma y sigue.

Estar a favor de la igualdad salarial, como estoy, o en contra de cualquier tipo de violencia sobre las mujeres, no es incompatible con estar en contra de toda esta red tejida para vivir del sistema. Y ahora, abro el paraguas.

Cae la felicidad

LESTER, 15/10/2020

Esta semana escuché en la radio que España había bajado nueve puestos en el ranking mundial de la felicidad, lo que nos situaba en el puesto 30º de la lista. La verdad es que cuando escuché la noticia me sorprendí por varios motivos y me hice una serie de preguntas:

  • ¿Tanto hemos caído? ¿Nueve puestos en un solo año?
  • ¿Solo estamos en el puesto trigésimo del mundo o de los países que entran en este tipo de mediciones?
  • ¿Cómo se mide la felicidad?

Respecto a la primera pregunta, si tuviéramos en cuenta este maldito año 2020 (que no sé si está considerado en la encuesta), es entendible que hayamos caído nueve puestos. Es más, incluso me parecen pocos. La Covid-19 ha traído mucha tristeza a la sociedad, muchas familias que han perdido a sus padres, hermanos, amigos y que no han tenido la posibilidad de despedirse de ellos. El vacío que ha dejado en miles de personas difícilmente se llenará en algún momento. Pero los efectos de la terrible pandemia no son exclusivos de España, así que ese descenso de la felicidad solo podría entenderse si hubiera sido una tragedia que sucediera únicamente en nuestro país. Entonces, (supongo que) entran en juego otros factores, como la incertidumbre generada por las informaciones contradictorias, la desastrosa gestión de unos y de otros, y la pelea barriobajera de la clase política por sacar réditos electorales o por hundir al adversario. Lamentable. Quizás lo que haga diferente a España respecto a otros países (“Spain is different!”) haya sido el aumento de la crispación. De la polarización de la sociedad. De la intolerancia.

En cuanto a la segunda pregunta, sorprende que seamos el trigésimo país del mundo en felicidad, sea lo que sea eso, cuando ocupamos el puesto 13º en términos de PIB, vivimos en un país avanzado, con un clima fantástico, con la segunda mayor esperanza de vida del mundo, sin grandes desigualdades sociales, con tantas y tantas cosas buenas que nos cuesta reconocer en este país cainita. Pero es que la felicidad no tiene nada que ver con el PIB. Estados Unidos, por ejemplo, es la primera potencia mundial, pero solo ocupa el 18º puesto del ranking de la felicidad. Los primeros en la estadística, como casi siempre en estos casos, son los países nórdicos:

Lo que nos lleva ineludiblemente a la tercera pregunta: ¿qué es o cómo se mide la felicidad? Ni idea, así de claro lo digo. En el texto en el que más me acerqué a esta cuestión, En busca de la tranquilidad, opté por sustituir la palabra felicidad por tranquilidad. Tranquilidad económica, bienestar emocional, satisfacción personal y salud. Ante todo, salud.

Pero para las Naciones Unidas, un concepto tan subjetivo como este sí es medible y por esa razón desde 2012 se publica el Informe Global de la Felicidad. En este Informe, que se publica todos los años el Día Internacional de la Felicidad, el 20 de marzo, España aparece en el puesto 28º. Veremos dentro de un año en qué puesto nos situamos, con todo lo ocurrido desde entonces. Lo que se valora en este informe son seis parámetros:

  • PIB per cápita.
  • Apoyo social
  • Esperanza de vida saludable
  • Libertad para tomar decisiones vitales
  • Generosidad
  • Percepción de la corrupción

La riqueza del país y el bienestar económico de su población son importantes, pero distan mucho de proporcionar la felicidad. El mito o la leyenda urbana entre el pobre feliz y el ricachón eternamente insatisfecho me vienen a la mente. La sonrisa de un niño en un país repleto de carencias.

Para el Informe de Naciones Unidas resulta más relevante la confianza en una sociedad igualitaria, solidaria o que apoya al desfavorecido o a uno mismo en caso de necesitarlo, que esa riqueza económica que, además, puede estar muy mal repartida. La corrupción, no solo de las administraciones públicas, sino también de los particulares, o la sensación de vivir en una sociedad plenamente libre son posiblemente más importantes para obtener una percepción más cercana a la felicidad, pero en el fondo no dejan de ser opiniones subjetivas. En un vistazo rápido al listado de países advierto que varias monarquías figuran en el top-ten, o que no hay países musulmanes en los primeros puestos. Son hechos, no opiniones, aunque me parece evidente que una sociedad musulmana, con represión religiosa en tantos aspectos de la vida cotidiana y con distintos derechos entre hombres y mujeres, es una sociedad menos feliz.

En casi todos los factores comentados influyen las políticas de los gobernantes de los países: la libertad económica, pero también ideológica, la capacidad de generar riqueza y de mejorar los servicios sociales, que a su vez influirán en la esperanza de vida, la inexistencia de conflictos civiles o raciales, o del tipo que sean, la confianza en los dirigentes y a su vez en la sociedad o la familia como soporte del individuo. Lo que me lleva a otro aspecto interesante, que es el por qué todas las políticas públicas se centran en el incremento del PIB casi en exclusiva y no en la mejora de otros indicadores, ya sea el Índice de Desarrollo Humano, el Índice de Progreso Social o el mencionado Índice de la Felicidad. En el artículo La dictadura del PIB, de Marco Schwartz, se recuerda cómo los premios Nobel de Economía Joseph Stiglitz y Amartya Sen realizaron un informe tras la crisis financiera de 2008 en el que, “sin invalidar el criterio del PIB”, se buscara un indicador estadístico que “se centre más en la medición del bienestar de la población que en la medición de la producción económica”. Quizás sea demasiado subjetivo o sus recomendaciones pecaran de inconcretas, lo desconozco, pero me parece un concepto interesante.

Otro país como Bután abandonó hace años el medidor del PIB como motor de sus políticas económicas para reemplazarlo por la Felicidad Nacional Bruta (2008). El sistema se basa en complejas encuestas realizadas a la población, un sistema que ha dado el inverosímil resultado de considerar a Bután «el país más feliz del mundo». Inverosímil por cuanto se trata de un país pobre en lo económico, pero además con altas tasas de analfabetismo, trabajo infantil y desigualdades. Para los curiosos, Bután no aparece en el Informe de Naciones Unidas de 2020 y figuraba en el puesto 93º en 2019.

Todo lo que he comentado hasta este punto me lleva ineludiblemente a la consideración que tenemos cada uno de la felicidad. Yo discrepo profundamente con el ranking de Naciones Unidas. Discrepo con el hecho de estar por debajo de Arabia Saudí, por ejemplo. Ni de coña. O con los altos indicadores sobre los países nórdicos en contraste con el puesto tan bajo de España. Aunque los nórdicos han mejorado notablemente la tasa de suicidios, siguen teniendo un clima poco benigno, con muchas menos horas de sol que nosotros, razón por la cual son tantos los habitantes del norte de Europa que ansían jubilarse o pasar largas temporadas en nuestro país. Me juego parte de mi felicidad en ciernes por el pensamiento que pasa por la cabeza de ese jubileta sueco en Benidorm: “Calidad de vida”. Y añado otra razón más: el precio de la cerveza en España, la tercera o cuarta parte que en Dinamarca o Finlandia (Están locos estos finlandeses). Y desde luego hay que considerar las cañas con los amigos entre los indicadores de felicidad nacional de cualquier nación que se precie.

Decía Ortega y Gasset que la felicidad no es lo mismo que el placer. Totalmente de acuerdo, el placer es un momento puntual, efímero. La felicidad es un estado de ánimo, posiblemente también puntual y efímero, pero que provoca una sensación más duradera y plena. En el relato que escribí y publiqué recientemente, El oso gris, hay placer, pero totalmente disociado de la felicidad. Más bien al contrario, que era lo que buscaba el relato.

Para el filósofo español, la felicidad dependía precisamente del tiempo que le dedicábamos a aquello que nos satisface y nos agrada. “Si nos preguntamos en qué consiste ese estado ideal de espíritu denominado felicidad, hallamos fácilmente una primera respuesta: la felicidad consiste en encontrar algo que nos satisfaga completamente”. O más concretamente:

“Felicidad es la vida dedicada a ocupaciones para las cuales cada hombre tiene singular vocación”.

Y ahí entramos en el terreno pantanoso de cuál es la vocación de cada uno o qué le satisface en lo personal. Hace tiempo escuché a Juan Luis Arsuaga en una conferencia que para él la felicidad está ligada al aprendizaje, que mientras aprendes algo nuevo eres feliz, y que el día que no aprendes nada es cuando realmente envejeces. Pero en sus estudios antropológicos que se remontan al hombre prehistórico, la felicidad solo entraba en juego cuando las necesidades básicas elementales estaban cubiertas.

Si nos ponemos en plan budista, diremos que “no hay un camino a la felicidad, sino que la felicidad es el camino”. Lo que nos lleva a John Lennon, que nos animaba a disfrutar de ese camino cuando nos decía que “la vida es aquello que te va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes”. Bertrand Russell, premio Nobel de Literatura y autor de La conquista de la felicidad, ligaba la obtención de la misma al amor, pero el amor como herramienta para dejar a un lado el ego, superar la vanidad y alcanzar esa felicidad con otra persona.

En fin, yo sí que no tengo ni idea de qué es la felicidad, aunque creo saber cuáles son las cosas que para mí hacen que la vida valga la pena. Y desde luego tengo muy claro lo que no es, lo opuesto: crispación. Enfrentamientos. Mal rollo. Lo unimos al miedo, la angustia, las privaciones de ver a la familia, a los amigos, de viajar, de jugar al fútbol con los colegas, la pérdida del puesto de trabajo, las penurias económicas… Me parece poco que solo hayamos bajado nueve puestos en el último año.

Que seáis felices, cada uno con lo que le satisfaga.

Este próximo sábado, 17 de octubre, se celebra el Día Internacional de la erradicación de la pobreza. El Objetivo de Desarrollo Sostenible número 1 es precisamente eso. Comparto la reflexión de Ayuda en Acción al respecto en este enlace.

Elogio y crítica furibunda de Tenet (II)

TRAVIS, 07/10/2020

Enlace a: (I) ELOGIO: puro entretenimiento

(II) CRÍTICA FURIBUNDA: fuegos de artificio

Con spoilers, estáis advertidos. Habrá quien le extrañe que después de haber alabado la película en la primera parte, me descuelgue ahora con una crítica desaforada. Creo que no es incompatible, pero aun así voy a ver si soy capaz de explicarme: claro que disfruté la película, estuve dos horas y media muy entretenido y sin pestañear, pero me gusta analizar estas películas, “racionalizarlas”, si se me permite el término, tratar de entenderlas y de encontrar la coherencia. Sí, ya sé que soy un fan de Star Wars, Watchmen, Armageddon y cosas por el estilo, pero incluso esas películas tienen sus reglas. Si un Jedi tiene determinados poderes, podrá utilizarlos siempre y será lícito, lo que no me vale es que en el Episodio IX la Fuerza sirva para curar heridas cuando en ninguna de las anteriores hemos visto ese poder, ni siquiera para que Luke salve a su padre. Si el Batman de Michael Keaton se pasa el metraje saltando de edificio en edificio con sus gadgets, no puede ser que al final suba a la torre por las escaleras. Ese es el concepto.

Y en segundo lugar, también me molesta que no haya una explicación lógica al finalizar el metraje. Diez años después de Origen había numerosos foros en Internet o en medios especializados debatiendo (o discutiendo acaloradamente, como siempre en estos foros) sobre el significado de la última escena de la película de Nolan. Si la peonza sigue rodando, ¿está Di Caprio en un sueño? Entonces nos volaría la cabeza a los que creíamos haber entendido lo ocurrido. En esas llegó el propio Christopher Nolan a dar su interpretación: no vemos si la peonza se para o no, lo que vemos es que Di Caprio no espera a ver qué ocurre. Eso significa que ha decidido vivir esa realidad, que sea un sueño o no, no es relevante. «A él no le importaba nada más, y es supone una declaración: Tal vez, todos los niveles de la realidad son válidos». ¡Vamos a ver, eso es una trampa tan enorme como el camión de la escena de Tallin! Es su manera de quedar bien con los que han defendido diferentes teorías.

Hago ese inciso para recalcar que tengo una sensación parecida con Tenet, que en cualquier momento va a llegar el director para “explicarnos” a su manera que puedes montarte la película que quieras. A mí me parece absurdo pensar que el final de Sator es la primera escena en el tiempo concebido de manera lineal, o que la paradoja del Abuelo es irrelevante o no es tal paradoja porque podemos hacer lo que queramos con el tiempo, hasta el punto de que coincidan temporalmente personajes en distintas “entropías”. O que el protagonista sea contratado por él mismo en el futuro para llevar a cabo la misión en el pasado, o que la Debicki se ventile a Branagh por las perrerías que todavía no le ha hecho. En resumidas cuentas, el mayor reparo que le pongo a la película es que al final, con tanta ida y venida en el tiempo, resulta que Nolan parece creer en el determinismo, en que da igual que viajes hacia atrás en el tiempo, que lo modifiques o no, porque no vas a alterar el presente y mucho menos el futuro.

Traigo aquí una genial escena de The Big Bang Theory en la que Sheldon y compañía discuten sobre cómo esa alteración del pasado forzosamente tiene que modificar el tiempo que sucederá después. Al menos en nuestra concepción en la que no existen (o no concebimos) mundos paralelos ni realidades alternativas. Es imposible que permanezca inalterado, salvo que exista una especie de Ministerio del Tiempo dedicado justamente a eso (y no creo que Nolan estuviera pensando en esta institución).

Como dije en la primera parte, he tratado de ordenar cronológicamente los grandes sucesos de Tenet y me sale un churro sin mucho sentido, pero, sobre todo, sin coherencia. Claro que hay paradojas temporales en Regreso al futuro, Déjà vu, Terminator, incluso en Jacuzzi al pasado, pero estas películas son más respetuosas con sus propias reglas que Tenet, salvo, quizás, la segunda y tercera de Regreso al futuro, en las que todo vale. Con la de Nolan, además, tengo dudas sobre si en todo momento los personajes que van hacia atrás en el tiempo llevan la mascarilla (cuento con que cuando se desplazan en el barco o la ambulancia van en compartimentos convenientemente equipados). Que ese es otro recurso que no entiendo muy bien, dentro de lo desafiante que puede ser todo para las leyes de la física: la gravedad funciona en sentido contrario, la inercia, el tiempo, los personajes hablan al revés (o no), pero lo del oxígeno… WTF?, ¿qué respiran entonces? ¿Los personajes absorben dióxido de carbono y expulsan oxígeno, o cómo funciona esto? Está claro que Nolan ha parido un invento absurdo de guion para distinguir a los personajes que van en un sentido de los que funcionan en otra “entropía”. Menos mal que me sumerjo en las tramas de las películas, porque si me paro a pensar en la máquina de cambiar entropías de los objetos y en la pinza temporal urdida para la batalla final,… ¡madre mía!

Otro problema que se le suele reprochar al director es que sus personajes abusan de las explicaciones sobre lo que está ocurriendo. Un personaje le cuenta a otro lo que ocurre para que nos enteremos nosotros, los espectadores, lo cual es necesario en ocasiones como esta o como Origen para poder seguir la acción, pero eso mismo desvela hasta qué punto resulta inverosímil. Con todo, a mí eso no me molesta tanto como la poca profundidad de sus personajes, tan poca que el propio personaje de John David Washington no tiene pasado, ni presente y ni siquiera nombre. En los títulos de crédito aparece como “el Protagonista”, sin más. La misma carencia podría achacarse al matrimonio Branagh-Debicki, mientras que en el caso de Robert Pattinson resulta válido puesto que el suyo es un personaje sin pasado, o con un pasado en el futuro.

Tras la absorbente escena inicial de la Ópera de Kiev (magnífica, como ya destaqué en la primera parte), la película comienza a moverse de un lado a otro sin orden ni control aparente: Londres, Mumbai, Oslo, Tallin, la costa de Nápoles, Vietnam. Todo ello con escenas muy sugerentes, rodadas sin limitaciones presupuestarias, pero al final lo que subyace es una falsificación de un cuadro de Goya. Un MacGuffin o una chorrada como un piano para mantener la tensión alrededor de la figura de la mujer de Sator. Que los protagonistas se tomen las molestias que se toman (estrellando incluso un Jumbo) para no robar la falsificación es una más de las piedras que Nolan se va dejando en el camino, un guijarro incómodo para proseguir con su historia. La película no utiliza CGI ni efectos digitales, técnicas que Nolan rechaza siempre que puede, así que para la escena del Jumbo utilizaron uno real adquirido en un desguace de California. Sin embargo, al final quedó mucho más soso de lo que parecía que iba a ser (que no se me ofenda nadie si digo que prefiero la escena del avión atravesando la cristalera en Aterriza como puedas).

Aprovecho la historia de la falsificación realizada por un tal Tomás Arepo para hacer una mención al cuadrado Sator, una estructura de cinco palabras de cinco letras que puede leerse en varias direcciones y de arriba abajo. Nolan utiliza todas ellas en momentos puntuales de la película, quizás para incidir en la idea de las distintas ópticas desde las que ver o interpretar su argumento.

El cuadrado Sator es una figura encontrada en varios hallazgos arqueológicos en ruinas romanas y aunque no hay unanimidad sobre su significado, me quedo con la que dice que podría ser la frase del latín “Sat Orare Poten Et Opera Rotas”. “Suficiente poder para orar y trabajar a diario”. ¿Qué aporta a Tenet? Pues no gran cosa, supongo, pero no deja de ser un juego más que Nolan pone a disposición del espectador porque aporta esa visión bidireccional o “pluridireccional” del tiempo y de los actos de los personajes.

Las escenas de acción son cojonudas, de acuerdo, nada que objetar, salvo que intentas disfrutarlas y no entender en que entropía actúa cada coche o personaje que aparece. El asalto al furgón de Tallin tiene una tensión muy medida y controlada, si bien, hay que ser un memo integral para conducir ese furgón y no mosquearte no ya con el primer camión que se te cruza, sino con el segundo y hasta con el tercero que te rodea. ¡Y nada, los tíos tan felices! Solo reaccionan cuando les golpean por detrás, en fin… un poco torpes como todos los malos en cualquier película de casi cualquier género.

Con todo lo dicho, cabría preguntarse de nuevo: ¿me ha gustado la película? Sí, claro que sí, aunque hubo un momento dado en el que seguí el consejo de la científica que nos explica el funcionamiento de la bala: «no trates de entenderlo». Así lo hice sobre todo en la escena final, el asalto simultáneo a la mina de Stalk-12, en la que confluyen comandos que operan en varios tiempos y entropías diferentes, un puto caos totalmente disfrutable, como esos edificios que se reconstruyen tras un disparo de bazoka o los muertos que se recuperan y resultan claves por las acciones que realizan antes de lo que acabamos de ver aunque cronológicamente ocurra después. ¿Verdad que esto no hay quien lo entienda si no ha visto la película? Bienvenido a Tenet. O bien: Tenet a odinevneiB.

Elogio y crítica furibunda de Tenet (I)

TRAVIS, 04/10/20 TENET 02/01/40 SIVART

150 minutos de entretenimiento, 205 millones de euros de presupuesto, localizaciones en Mumbai, Oslo, Londres, la costa amalfitana, Tallin, el parque eólico de Nysted en Dinamarca, la ópera de Kiev (aunque realmente fuera un antiguo teatro de Tallin),… Un gran espectáculo con una historia interesante detrás. Seguro que para algunos la premisa de partida resulta absurda, pero yo suelo dejar la incredulidad fuera de la sala de cine y entrar a disfrutar, a participar del juego que se me ofrece. Como no quiero fastidiar su disfrute a los posibles lectores, voy a dividir este post en dos partes, la primera con el elogio y sin revelar nada importante de la trama, ¡sin spoilers!, y la segunda, en la que no me quedará más remedio que criticar lo que menos me ha gustado y ahí ya sí, entrar a saco en el argumento.

(I) ELOGIO: puro entretenimiento

En este año tan desastroso en el que los cines han permanecido cerrados la mayor parte del tiempo, o en el que acudir a una sala parece una actividad de alto riesgo, es de agradecer y de destacar que Christopher Nolan ha logrado atraer a un enorme número de espectadores a los cines de todo el mundo. Y lo ha hecho como siempre a lo largo de su filmografía, con una película compleja, exigente para el espectador, tejiendo una de esas tramas retorcidas en las que el tiempo es protagonista. Por cierto, ya que hablamos de tiempo: dos horas y media de puro espectáculo visual que se pasan volando. Tuve que mirar el reloj para comprobar que no había vivido una paradoja temporal y que no me encontraba en el inicio. Quizás esa sea una de las mayores virtudes de Tenet, que no se hace pesada a pesar de la duración, ni te quedas con la sensación de que le sobra metraje, como ocurría en Interstellar o en la última de Batman, El caballero oscuro: la leyenda renace.

La película tiene un estilo de espías y malos malísimos a lo James Bond: localizaciones espectaculares, acción, trajes caros y elegantes, bromas sobre las bebidas que toman los protagonistas, yates de lujo, motivaciones absurdas y diálogos afilados y con cierto punto de sarcasmo. Hasta ahí todo bien, un buen entretenimiento, pero lo que en los filmes de Bond es una trama reiterativa que dura ya más de seis décadas, cambiando únicamente los paisajes, los villanos y los pibones, en el caso de Tenet se presenta un guion complicado que en un momento dado te obliga a replantearte lo que ya has visto hasta ese minuto de película. Y que va más allá, pues todavía, aun hoy, una semana después, sigo tratando de recomponer el complejo puzle que el guion nos ofrece. Por eso es de agradecer una película como Tenet, cuando en plena era de los blockbusters insustanciales te encuentras con un buen espectáculo, pero no por ello convencional, ni de los que sueltas según sales: «para pasar un rato y olvidar».

He tratado de escribir la línea temporal del guion, como hago a veces en estas películas «desordenadas» (Memento, pero también Pulp Fiction), pero creo que lo conseguiré tras verla por segunda vez, como he escuchado en algún podcast. En esta primera vez me ha quedado alguna duda de si el guionista me ha colado alguna trampa o no. En esta ocasión, el guion lo firma en solitario el propio Christopher Nolan, sin la colaboración de su hermano Jonathan (Memento, The Prestige, El caballero oscuro, Interstellar) y no sé si es por este motivo que algunas escenas tienden a «sobreexplicar» lo que estamos viendo.

La escena de acción con la que comienza la película en la ópera de Kiev es de las más potentes que recuerdo en los últimos años, aunque te pierdas por momentos en lo que está ocurriendo. Desde el primer minuto me llamó la atención la banda sonora: estruendosa, impactante, de esas como en Matrix o El club de la lucha que son perfectas para las imágenes que estás viendo, pero las aguantarías con cierta dificultad si las escuchas fuera de la sala. Su autor es el sueco Ludwig Göransson, al que no conocía porque no soy muy fan de sus principales trabajos (Venom, Creed, Black Panther).

Respecto a la elección de los actores, no suele ser el fuerte de Christopher Nolan, al que se le reprocha la frialdad de sus personajes y cierta misoginia. Bueno, como persona de éxito que es tendrá que estar acostumbrado a escuchar todo tipo de chorradas. No es la frialdad de Soderbergh, por ejemplo, pero sus personajes tampoco están escritos por Tarantino. Reconozco que no conocía al protagonista, John David Washington, y que como héroe que reparte palos a diestro y siniestro, corre y dispara, da la talla a la perfección. Con el traje de etiqueta tiene unos andares más bien de alguien que fue rapero en un tiempo no demasiado lejano. Tiene presencia, eso es innegable, es herencia de su padre, el mismísimo Denzel Washington. Tenía mis dudas con Robert Pattinson porque para mí estaba marcado por esa cosa llamada Crepúsculo de la que nunca he aguantado más de diez minutos seguidos, pero aquí compone un héroe con carisma, un estupendo compañero de batallas para el protagonista.

No puede faltar Michael Caine, como en toda peli de Nolan que se precie, aunque en un papel residual en el que, como confesó el propio actor británico: «no entendí nada del guion». En cuanto al reparto femenino, para los que tachan al director de misógino, aparecen dos mujeres con un peso bastante relevante para la trama: Elizabeth Debicki y la india Dimple Kapadia. La primera es más larga que un día sin pan, y con los tacones que gasta está cerca de los dos metros de estatura. No es especialmente atractiva, no sería para mí una «chica Bond», pero sale airosa de un papel complejo. La segunda interpreta a uno de los personajes fundamentales que mueven toda la trama. Lo de la misoginia de Nolan surgió hace años porque en varias de sus obras anteriores mueren las mujeres del protagonista (Memento, Batman, Origen) o bien traicionan a «los buenos». No voy a desvelar nada, pero eso que le reprochan también lo hacen los hombres de sus obras anteriores, sin entrar en discusiones absurdas sobre quién ha hecho qué, que luego acabamos como ya he denunciado otras veces: con asesinos que no pueden ser negros, ni latinos, ni mujeres, ni homosexuales, ni coreanos, ni senegaleses.

En cuanto al villano, me ocurre como con tantos villanos de James Bond, que nunca he sido capaz de entender sus motivaciones, porque robar bancos, gestionar un cártel de la droga o vender armas para pegarse la vida padre en un yate de cincuenta metros rodeado de mujeres espectaculares lo entiende cualquiera, pero «dominar el mundo» o «destruirlo» me parece estúpido. Kenneth Branagh compone un hijo de puta orgulloso de demostrar lo hijo de puta que es. Desalmado, sin escrúpulos, siempre cabreado. No es un problema de interpretación, sino de escritura del personaje.

El tiempo en el centro de la trama, como casi siempre en Nolan. El director ha cumplido 50 años este verano, pero parece que hace tiempo que entró en esas crisis de edad en las que vemos cómo el tiempo vuela y se nos escapa entre los dedos, lo cual libera nuestra rabia, una rebeldía contra esa brevedad o contra la fugacidad de la vida. Gandalf nos dejó en El señor de los anillos una frase que viene muy al caso para este asunto:

«No podemos escoger el tiempo que nos ha tocado vivir, lo único que podemos hacer es decidir qué hacer con el tiempo que nos han dado»

Dejo para la segunda parte las críticas y el «destripamiento» de la trama. Mientras tanto, como aperitivo, os dejo la interpretación del Amiguete Barney sobre las motivaciones que hay detrás de Tenet. Evidentemente no se le puede tomar en serio.

Tenet, una película sobre el antimadridismo

NBA (V): La gran final

IBRA.- Parece mentira que a día 1 de octubre vayamos a hablar del comienzo de las Finales de la NBA. No solo por la fecha, pues en circunstancias normales, a principios de octubre deberíamos estar hablando del comienzo de una nueva temporada y las finales ya se verían como algo atrás en el tiempo. Se tendrían que haber jugado allá por junio. Sin embargo, esta temporada no ha sido como ninguna otra. No sólo ha tenido lugar el parón por la pandemia del coronavirus, durante el cual fue muy posible que se diera por terminada la temporada, sino que también, en medio de los playoffs, hemos tenido un boicot de tres días por parte de los jugadores en protesta por las injusticias sociales y abuso policial en Estados Unidos.

Visto todo lo sucedido en este año 2020, es un milagro que se hayan podido volver a jugar partidos y se esté logrando terminar la temporada. Gracias al rotundo éxito del experimento de la “burbuja” en los parques Disney de Orlando, estamos disfrutando del mejor baloncesto del mundo. Y por si esto supiera a poco, aún nos queda por ver la mejor serie de todos los playoffs. La serie que enfrenta a los únicos dos equipos que quedan en la burbuja. Un duelo igualado y abierto en el que veremos a dos de las franquicias con más historia de la liga. La serie que finalmente coronará al próximo campeón de la NBA.

LOS ÁNGELES LAKERS (1) vs MIAMI HEAT (5):

Representando al Oeste en estas Finales de la NBA tendremos a Los Ángeles Lakers. No me queda mucho que decir que no haya dicho ya sobre ambos equipos. El equipo angelino tiene a LeBron James y a Anthony Davis, ambos seleccionados en el mejor quinteto de la NBA este año. Dos auténticas superestrellas que dominan la liga desde hace años, y en el caso de LeBron, desde hace décadas. Es la décima vez que mete a su equipo en las finales del campeonato, la novena en los últimos diez años, siendo la única excepción el año pasado, durante el cual estuvo lesionado. Es el único jugador comparable con Michael Jordan y su legado no hace más que crecer partido tras partido, jugada tras jugada y mate tras mate. Este año ha liderado a toda la NBA en asistencias promediando más de 10 por partido, logro que no había conseguido nunca. Si a LeBron le añades a Anthony Davis, en mi opinión el mejor jugador interior de la liga, vas a ser favorito a ganar siempre que salgas a la cancha a jugar. A pesar de ser su primer año jugando en Los Ángeles, pues fue adquirido el verano pasado en un traspaso con los New Orleans Pelicans; ha encajado a la perfección en el sistema de Frank Vogel. Súmale algún talento joven como Kuzma o Caruso y jugadores veteranos de rol con experiencia en playoffs como Dwight Howard, Danny Green o Rajon Rondo y tienes un equipo digno de anillo.

Representando al Este tendremos a un equipo totalmente diferente. Poca gente se esperaba que Miami llegara hasta aquí, incluso había expertos que a principio de temporada les pusieron fuera de playoffs. Es verdad que son un equipo relativamente nuevo y que a lo mejor no encajaron de primeras, pero si sabes un poco de la cultura de la franquicia de Miami, sabes que siempre van a ser un equipo fuerte y difícil de batir. Los Heat son un equipo sólidamente construido de arriba abajo. “El Padrino” Pat Riley como Director General ha hecho un gran trabajo encontrando talento donde nadie más lo encontraría y creando un equipo de “underdogs”. Empezando desde el puesto del entrenador ocupado por Erik Spoelstra, el cual llegó a los Heat en 1995 como coordinador de vídeos y que poco a poco fue escalando posiciones hasta convertirse en el primer entrenador del equipo en 2008 para más tarde ganar 2 títulos con el “Big Three” de LeBron, Wade y Bosh en 2012 y 2013.

Si seguimos mirando el resto de la plantilla, nos encontramos jugadores que fueron elegidos muy abajo en el draft: Jimmy Butler fue la elección número 30 en 2011, Herro y Adebayo fueron las elecciones 13 y 14 en sus respectivos drafts, Dragic y Crowder fueron elegidos en la segunda ronda de los suyos y ni Kendrick Nunn ni Duncan Robinson fueron elegidos en sus años. La mayoría de estos jugadores han superado un montón de obstáculos para tan siquiera estar en la plantilla de un equipo NBA. Estos datos contrastan con los de los jugadores de los Lakers, entre los que cuentan con hasta 3 números uno del draft (LeBron James, Anthony Davis y Dwight Howard). Por no hablar de apariciones en partidos del All-Star, entre las que los jugadores de los Lakers suman 35 por solo 8 de los jugadores de Miami Heat.

Por esta y por muchas razones considero que este enfrentamiento es un choque de estilos totalmente opuestos. Tenemos a los Lakers que siempre van a tener los 30 puntos de Davis y LeBron y que saben a quién deben recurrir en momentos de duda o si se atascan anotando. En Miami tenemos un equipo que define a la perfección esta misma palabra. Todos los jugadores se compenetran muy bien, se entienden en la cancha y no tienen una estrella fija. Hoy puede ser Jimmy Butler quien anote 30 puntos, mañana Dragic, pasado Adebayo y al siguiente Herro, el rookie de tan solo 20 años, que demostró su calidad en la serie anterior ante Boston anotando 37 puntos en el cuarto partido. Ese es el peligro de Miami, nunca sabes quién va a ser el jugador que va a destrozar tu sistema defensivo.

Habiendo analizado bastante a ambos equipos, veo un par de puntos que serán decisivos a la hora de determinar el ganador de esta serie y campeón de la NBA. La primera es la defensa que pueda realizar Bam Adebayo sobre Anthony Davis. Dando por hecho que a LeBron James no lo vas a parar a pesar de tener jugadores como Iguodala o Butler que le han dado problemas en el pasado, no espero ver a LeBron por debajo de los 25/30 puntos 6/8 rebotes y 8/10 asistencias por partido. Por lo tanto, la clave pasa a ser Anthony Davis enfrentándose a Adebayo. El pívot de Miami ya ha demostrado ser un grandísimo defensor. Es uno de los pocos jugadores de la liga capaces de contener al MVP Giannis Antetokounmpo, tal y como hizo en temporada regular y en las semifinales de conferencia. Anthony Davis es un jugador similar al griego en cuanto a altura y peso, pero es mucho más ágil en sus movimientos de espaldas a canasta y tiene un tiro de media distancia y de tres letal, cosa que la estrella de los Bucks no tiene. Si Anthony Davis juega por debajo del nivel esperado, los Heat tendrán muchas opciones de ganar la serie. Por otro lado, será también clave ver cómo actúan los jugadores de Miami bajo presión. Ningún jugador de la plantilla que cuenta con minutos a estas alturas de temporada (salvo Iguodala que cabe destacar que éstas son sus sextas finales consecutivas) ha llegado nunca a las finales. Están ante una nueva experiencia y eso puede pasarles factura, especialmente a los más jóvenes. De todos modos, espero que el ambiente en la burbuja haga este factor más leve debido a la falta de público.

Mi pronóstico es que ganarán los Lakers en 6 partidos. Me encanta el equipo que tiene Miami y si ganan tampoco me sorprenderá, pues tienen armas para ganarle a cualquiera que se les ponga enfrente. Tienen un equipo increíble y si añaden algún agente libre este verano, y mantienen el núcleo de jugadores que conforma este equipo, darán muchos más problemas en los próximos años. Pero dicho todo esto, no puedo ir en contra de LeBron. Este es el año perfecto para que gane su cuarto anillo y los Lakers dediquen el título a Kobe Bryant. Es curioso recordar que hace 11 años, Kobe ganó su cuarto anillo en Orlando tras eliminar a los Houston Rockets en semifinales de conferencia y a los Denver Nuggets en las finales del Oeste. Sería un bonito homenaje que los Lakers pudieran ganar este título haciendo el mismo camino que tuvo que realizar el equipo liderado por Kobe junto a Pau Gasol en 2009. Los Lakers no pueden malgastar esta oportunidad, así que me reitero: Los Ángeles Lakers 4-2 Miami Heat.

BARNEY.- Como leí hace unos días, «la NBA es esa competición de baloncesto en la que siempre llegan a la final Iguodala y LeBron James». Una burrada el historial de ambos, da igual en qué equipos o circunstancias.

En esta final van a coincidir (y por fin chocar) los dos temas en los que más me he repetido desde el inicio: los Lakers en camino hacia el anillo y los Heat desbaratando mis pronósticos. Reconozco que ahora que me he picado con los partidos y los resúmenes tengo mucho más conocimiento de la NBA que al principio, hasta el punto de valorar en mucha mayor medida a los Heat. Es el equipo al que he visto en más partidos, y me han sorprendido por su manera de afrontar cada encuentro, sabiendo cambiar el ritmo, adaptarse a lo que el juego requería, atenazando siempre al rival, ya fueran Milwaukee, los Boston Celtics o los que se les pusieran por delante, y no dejándose ir pese a que fueran perdiendo o ganando con comodidad. Siempre han competido con el mismo nivel de tensión e intensidad. Entre el entrenador, Erik Spoelstra, y su prolongación en el campo, Jimmy Butler, al que he sabido valorar con el discurrir de las series, han conseguido reunir a una serie de jugadores convencidos de lo que hacían y de sus posibilidades.

Me han sorprendido gratamente varios de los jugadores, que además se han repartido escrupulosamente el papel de «Man of the match» día tras día: Dragic, Tyler Herro (estratosférico su cuarto partido), Adebayo en el sexto, Butler, perfectamente acompañados por Iguodala, Crowder o Duncan Robinson. Lo de este tirador me ha dejado alucinado en varios partidos. No es su acierto (que también), sino sobre todo la velocidad para armar el brazo y lanzar de tres puntos. Me recuerda a Klay Thompson, del que a veces he leído burradas de esas como meter 52 puntos tocando el balón solo durante 96 segundos: se la pasan y no necesita ni botar, ni colocarse, bang, dispara y adentro.

Va a ser un rival muy duro para los Lakers, que pese a todo siguen siendo favoritos para mí. La diferencia es que los angelinos tienen a dos de los mejores jugadores del campeonato, pero menos variedad en el ataque, son menos conjunto y suman más las individualidades. LeBron, por mucho que me lo rebata Ibra, es uno de los más grandes de la historia, pero sigue un peldaño por debajo de Michael Jordan, a la misma altura de Magic Johnson, Kareem Abdul-Jabbar y (supongo, porque no les vi jugar nunca), Wilt Chamberlain y Bill Russell. LeBron mejora año a año en alguna faceta del juego: el tiro exterior, mejor defensor, ahora mejor asistente de la temporada,… Sigue siendo una locomotora imposible de parar cuando pone la directa, pero en algunos partidos le he visto algo estático en el juego posicional y con él en esa posición alejada del aro el juego de los Lakers es menos fluido, lo que se compensa con su enorme talento y variedad de recursos, como se vio en «el momento King James» del quinto partido de la serie contra Denver.

Mi pronóstico es que ganan los Lakers en el séptimo, por no repetir. Ojalá, ese séptimo partido lo veríamos en directo, aunque acabe a las seis de la mañana. Lakers 4 – Miami Heat 3.

El presupuesto (II)

JOSEAN, 26/09/2020

Continuación de El presupuesto (I).

Decía Albert Camus que “todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol”. Me voy a atrever a parafrasearlo y a decir que “todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los ingenieros se lo debo a las revisiones de presupuestos”.

Si en la primera parte me centré en (A) la elaboración del forecast o los errores de los planes estratégicos, en esta segunda parte hablaremos de (B) las personas que elaboran esos presupuestos y (C) del budget.

B – Los artistas

Después de muchos años reuniéndome con gente de todo perfil y pelaje, voy a atreverme a hacer unas descripciones de los personajes que gestionan proyectos. Normalmente suelen venir en pareja, antitética en muchas ocasiones, como Jack Lemmon y Walther Matthau. O como un ingeniero y un financiero, como suele ser el caso. Vamos con ellos:

El Esputador. No se ha estudiado en detalle los números, pero se ha aprendido cuatro cosas del presupuesto y además me juego un brazo a que lo ha hecho en la media hora previa a la reunión. Luego esputa esas cuatro cosas en un tono exageradamente alto, incluso acompañadas de felipones que vuelan de un lado a otro de la mesa. Su tono de voz, y por tanto los salivazos, aumentan a medida que le cuestionas las premisas en las que se basa, y como no se lo sabe, grita más alto con el falso convencimiento que tiene tanto tertuliano televisivo de que la razón la lleva el que más potencia de voz muestra. Con el Esputador celebro la obligación del uso de mascarillas. Proverbio para la ocasión: “No alces la voz, mejora tus argumentos”. Y si aún no funciona, recuérdale que ha quedado demostrado que cuanto más aúllan los primates, más pequeños tienen los testículos. Os aseguro que esa táctica es efectiva. Al menos durante unos segundos.

El Anécdotas. La habilidad de este individuo es que resulta simpático. No se conoce los grandes números de su presupuesto, pero la reunión va a ser amena porque te va a contar las cosas más sorprendentes del cliente. Se conoce todos los coches que tienen sus clientes, si son tartanas o deportivos, porque eso le da una idea de la salud financiera de los mismos. Ni registros de impagos, ni informes de rating. Su olfato sobre bugas. Y sobre mujeres o vicios ajenos. “Iré a hablar con la directora, que es una jaca curiosa, ¡jaca, jaca!, ya me entiendes, mantecona, que lleva siempre unas sandalias con los dedos por fuera porque no le caben, y se pinta las uñas de negro que un día pensé que se las había pillado con la puerta”, o bien: “para que me aprueben la revisión de contrato tengo que subir el gasto en cigalas, que ya sabes que este sin cigalas no mueve un papel, recuerdo una vez que…”. Reírte te vas a reír, otra cosa será que entiendas sus números. Aunque se programen reuniones de un par de horas, con el Anécdotas te vas a una mañana entera. Por eso hay que ponérselas por la tarde, que viene con la lengua menos suelta cuando se le pasan los efectos de las cuatro cañas y los dos vinos.

El Analista de irrelevancias. Se trata de un sujeto que parece que busca algún error menor en sus propios números, o espera a que le preguntes por alguna cifra que no encaja demasiado, para echar una mirada asesina al administrativo de turno, que es el que se ha currado el presupuesto, y soltarle: “esto no puede ser, lo tenemos que revisar”. Te pelotea todo lo que puede para que seas indulgente y repite una y otra vez “tienes razón, cómo se nos ha podido pasar”, por mucho que le digas que es un asunto menor que supone un error inferior al 0,1% del número final. “No, pero es que no nos podemos permitir estos errores, lo revisamos y volvemos otro día”. ¡Y una leche! No dejes que se escape, es que no se lo sabe y a la siguiente que le pillas, vuelve a mirar al pobre administrativo, que parece un sabio de la NASA de Apolo XIII enterrado en un mar de carpetas y números, y vuelve a soltar: “si es que no me fío ya de lo que hemos traído, Arturo, necesitamos revisarlo todo otra vez, la hemos cagado”. Es una táctica no solo para ganar tiempo, sino para medir por dónde van las exigencias del grupo y del plan estratégico, si ese año el grupo va mal y son muy rígidas o si por el contrario ha sido un buen año y son más laxas. Por ese motivo hay que exprimirle en esa primera visita en la que monta el paripé, ¡no dejes que huya por dos chorradas!

El Esparcidor de obviedades. Primo hermano del «Maestro de lo evidente» del que hablaba Dilbert en su libro: «para aumentar los beneficios tenemos que elevar los ingresos y rebajar los costes». Nobel de Economía para él. Pues aunque parezca una coña, hay tíos con su carrera y todo, que te defienden su presupuesto con frases de ese estilo:

  • Tendremos que renovar los contratos para no perder cifra de negocio.
  • La competencia es muy dura.
  • Es difícil prever la evolución de los precios.
  • Mientras no suban los tipos, creo que podremos contener los costes financieros.
  • El absentismo y los impagos nos hacen polvo.

Suelta obviedades una detrás de otra, pero nunca una sola propuesta. Podría ganarse la vida como consultor.

Colchonetti. Este simpático cabroncete siempre va holgado. No sabes muy bien cómo o de qué manera, pero por mucho que le aprietes y le cuelgues de los tobillos para sacarle todas las morcillas que lleva guardadas en distintos sitios, cumple siempre el objetivo que se le marque. Aunque se le caiga un cliente importante, aunque le hayan subido los costes de las materias primas o del personal, este tío es un genio ante el que solo queda descubrirse.

El lector ilustrado. Suele ser otro de esos pájaros que ha dejado toda la preparación de los números en manos de su financiero o controller de turno, que es el que defiende los mismos por la mitad de sueldo que él. Como la mayoría de revisiones de presupuestos se hacen compartiendo una pantalla grande en una sala de reuniones, el lector ilustrado, desconocedor de las tripas del presupuesto, suele querer intervenir recalcando algún dato que todos podemos ver en la pantalla:

  • Los costes de mantenimiento han crecido un doce por ciento («lo sé, ya lo veo»).
  • El beneficio se reduce en cincuenta mil euros de un año a otro («sabes restar, amigo»).
  • Los gastos suben porcentualmente más que los ingresos («gracias, si no es por ti, no sabría para qué está la columna de porcentajes»).

En cierto modo es como el Esparcidor de obviedades, solo que en este caso la defensa del presupuesto que hace el controller suele ser brillante, así que con sus frases trata de hacer creer que ha participado en el mismo. Justificar el sueldo básicamente.

Malasombra. Pobrecito, el mundo entero conspira en su contra. Con las ideas tan fantásticas que tiene en la cabeza, siempre hay un factor externo, totalmente ajeno a su inteligencia preclara, que hace que fracase y se quede lejos del objetivo. Un tipo que conocía le definió acertadamente así: «suele acertar el resultado, pero se confunde siempre con el signo». Malasombra suele defender sus presupuestos remontándose a la prehistoria hasta llegar al que le precedió en el proyecto y te cuenta lo mal que estaba todo cuando él llegó con sus planes de reestructuración, planes ambiciosos y creativo-futuristas que no han conseguido detener todavía la hemorragia, pero «por mala suerte». Por el barril brent, la crisis de deuda, la devaluación del yuan, o por un accidente. Pero no porque el plan no fuera excepcional. Y así un año tras otro.

Hay tantos tipos como personas que hacen presupuestos, pero no voy a extenderme más. El Ebitdófilo (aquel al que no le interesa nada por debajo del ebitda y comete auténticas tropelías), el Caracemento (el tío perfecto para jugar al póker, al que en la revisión puedes criticar o felicitar que no va a mostrar emociones) y el Repelente (el que cumple con todo, se lo sabe todo, te lo da en fecha, con el formato requerido y si le fuerzas para un extra, te lo da con una sonrisa de dieciocho piezas dentales). Y muchos profesionales. Y muchas profesionalas, que ahora toca ser políticamente correcto.

C- El budget

El budget es la estimación del presupuesto asignado para los gastos de un ejercicio anual completo. Creo que no es necesario saber de economía para entender el concepto porque todo el mundo sabe o estima cuál es su presupuesto de gastos y trata de ajustarse a él: un responsable de departamento o delegación, un ayuntamiento y sus responsables de distritos, las comunidades autónomas y sus consejeros de área, un club de fútbol como el Madrid o el Barça, una madre controlando la economía familiar o una junta de vecinos por caótica que pueda ser.

Algo que parece tan sencillo como ajustarse a ese presupuesto y mantenerlo equilibrado choca con dos «pequeños» problemas de base:

  • Los ingresos suelen estar sobredimensionados.
  • Los gastos no se calculan adecuadamente.

Los responsables de departamentos suelen elevar sus estimaciones de un año a otro («ah, pero… ¿tienes idea de subir el sueldo a los yogurines?»), pero sistemáticamente se les niegan esos incrementos, así como cualquier extra propuesto, con lo que se las ven y se las desean para ajustarse al presupuesto marcado. Y cuando llega un imprevisto, comienza el sufrimiento. Toca recortar de alguna partida.

Pasa en las mejores familias y en todas las empresas, aunque a mí lo que me preocupa de manera especial es el Presupuesto General del Estado, que peca de estos mismos errores: ingresos mal calculados (la recaudación fiscal va a caer en unos 40.000 millones de euros este año) y unos costes calculados con poca racionalidad y mucho ánimo de gastar cada uno en «su negociado». Va a tocar recortar y mucho. El problema es que la negociación de ese presupuesto empeora si la negociación se realiza con grupos que solo se preocupan de seguir gastando la parte que les afecta a su terruño y les importa poco el conjunto.

La diferencia entre ingresos y gastos del budget es una pérdida para las empresas, pero déficit público cuando se trata del Estado o las comunidades autónomas, y así como una empresa no puede gastar más de lo que ingresa, las administraciones públicas sí lo hacen endeudándose y dando una patada a seguir al problema. «Que lo arregle el siguiente».

Índice del libro no escrito:

Capítulo I. La falacia del ebitda.

Capítulo II. El apalancamiento, ese engañoso eufemismo.

Capítulo III. El jodido desapalancamiento.

Capítulo IV. La diversificación del riesgo.

Capítulo V. Excel no viene de Excelencia.

Capítulo VI. El presupuesto (I). Forecast.

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