SOS-ten-habilidad (I)

JOSEAN, 27/02/2022

Sostenibilidad por aquí, sostenibilidad por allá, sostenibilidad en cualquier presentación de resultados, incluso de compañías petroleras, pero sostenibilidad también cuando vas a hacer la compra o cuando abres un nuevo bote de pasta de dientes.

La sostenibilidad llegó justo antes de la pandemia, se sentó en nuestro sofá y se está fumando un puro mientras nos devanamos los sesos para meter la palabra en cada operación que realicemos. He visto algunas presentaciones de resultados o de operaciones financieras que llevarían a la carcajada si no fuera porque en realidad lo que me producen es lástima. Y rabia. Lástima, porque es necesaria una implicación sincera de las compañías y de las personas por el compromiso y a algunos CEOs se los ve incómodos cuando tienen que meter con calzador la palabra. Y rabia, porque esto se ha convertido en una carrera por “justificar” que se asumen retos en materia de sostenibilidad cuando lo que se hace es vender de otra manera las mismas actividades de siempre. El temido greenwashing, el lavado de cara para atraer más inversores o para conseguir una financiación más barata.

Por poner algunos ejemplos:

El grupo audiovisual Atresmedia vendió por radios y televisiones esta operación como «la primera financiación sostenible de un grupo de comunicación en Europa», así que me dio por pensar: «¿emplearán vehículos eléctricos para sus unidades móviles a partir de ahora?, ¿utilizarán maquillaje ecofriendly para sus presentadores?». Lo cierto es que los ratios de sostenibilidad consisten en poner subtítulos accesibles en la programación, ceder espacios publicitarios sin coste a alguna ONG (entre el horóscopo y la teletienda de madrugada, supongo) y firmar el compromiso con el Carbon Disclosure Project.

También he visto empresas de renting de equipos informáticos que te cuentan que cambiar de ordenador cada tres años es más sostenible y mejor para el medio ambiente que mantenerlos durante cinco, seis u ocho, sin que expliquen en ningún caso por qué. Esta misma semana escuché en la radio que la ampliación de una autovía (no conseguí escuchar cuál) se había hecho con criterios de sostenibilidad, para lo cual se había trabajado con proveedores de la zona y se había procurado que los trabajadores vivieran en un radio cercano para evitar desplazamientos y por tanto, emisiones. Vamos, lo que se ha hecho toda la vida para ahorrar costes, pero ahora es «sostenible».

Uno de los directores de Iberia contaba en otra presentación que sus aviones utilizaban «combustibles de origen sostenible» y tras repetir varias veces la palabra sostenibilidad, otro decía que desde 2016. Vamos a ver, que parece que no comprenden ni el concepto, pero es que además, según la propia compañía, el primer vuelo de estas características se realizó en noviembre de 2021.

Queremos meter la palabra de cualquier manera y todavía muchos directivos no lo hacen de manera correcta. Dicho lo cual, me parecen muy interesantes las propuestas que están estudiando en el sector de la aviación para descarbonizar el transporte aéreo con la utilización de biocombustibles generados a partir de «residuos, aceites usados reciclados u otras materias primas de origen vegetal», como el reciente acuerdo firmado entre Iberia y Cepsa. El compromiso consiste en la implantación de este tipo de vehículos en sus flotas hasta alcanzar un 63 por ciento en el año 2050. Menos palabras y más acción, compromisos claros como la iniciativa «RefuelUE Aviation».

El Financial Times cuestionaba algunas de estas prácticas en un artículo de noviembre de 2021 y dudaba sobre la autenticidad de numerosos «bonos verdes» en materia de cumplimiento de criterios ESG (medioambientales, sociales y de buen gobierno).

El artículo habla del escepticismo en el mercado acerca de la «sostenibilidad» de la deuda de países como China, Arabia Saudí o Rusia, cuyos cumplimientos en materia de derechos humanos y compromiso con el medio ambiente dejan mucho que desear. «Los principios ESG a veces parecen demasiado flexibles», sentencia el autor.

Voy a hacer un mal chiste etimológico y afirmo que, gracias a haber visto tantas presentaciones de resultados «sostenibles», he entendido por fin de dónde viene la palabra: todo comenzó con un S.O.S. por la «emergencia climática», «el no retorno» del planeta y la «massive destruction» (recordad El Día de la Marmota del cambio climático) y ahora consiste en «tener la habilidad» necesaria para que aparezca la sostenibilidad aunque la empresa haya cambiado poco su manera de producir.

El mundo de la empresa funciona por la maximización del beneficio, entendido como beneficio económico, no social o medioambiental, y no es una crítica. La sostenibilidad debería consistir quizás en renunciar a parte de ese beneficio económico para aportar una mejora a la sociedad y el medio ambiente, y sin embargo, se mueve exclusivamente por el menor coste de la financiación asociada a la palabra sostenibilidad. Si de verdad se hace así, bienvenidos sean los criterios, pero que sean reales, no maquillajes.

Es evidente la respuesta a la pregunta que hacía el Financial Times (vía Expansión) en un reciente artículo:

La emisión de deuda sostenible o asociada a criterios ESG ha crecido de manera exponencial, hasta 1,6 billones de dólares en 2021, más del doble que en 2020 (Fuente: El Periódico de la Energía).

Lo que me cuesta encontrar siempre en estas noticias (y nunca lo logro) es el peso de los ratios de sostenibilidad sobre el coste de las operaciones. Si una operación financiera de deuda «sostenible» puede tener fácilmente un coste entre los 300 y los 500 puntos básicos, el coste de la operación se mide en términos económicos (endeudamiento, ebitda, liquidez, cobertura de intereses,…) en un 98-99 por ciento, y el restante 1-2 por ciento es el que se liga a los criterios ESG. Porque al prestamista le sigue interesando la solvencia del receptor de los fondos y no tanto sus compromisos con la sostenibilidad, o por decirlo de otro modo, al acreedor de Atresmedia le interesa más saber si los números de la empresa van bien que si cede dos horas semanales o tres a una ONG. Sin embargo, el peso de los criterios ESG sobre el coste total de la deuda es inversamente proporcional al espacio que ocupa la sostenibilidad en las noticias sobre la misma.

Pese a que este post pueda parecer una crítica, me parece que se ha avanzado mucho y por el buen camino, quiero creer que hacia un compromiso real. Algunos artículos ya hablan de que la sostenibilidad transforma el modelo de gestión de las empresas y esa es la línea a seguir. Queda mucho por hacer porque nos estamos adaptando todos: empresas, banca, clientes, administraciones públicas, directivos y agencias de calificación. Estamos aprendiendo cada día (recomiendo este artículo de Frances Schwartzkoptff en Social Investor sobre el necesario reciclaje de los analistas).

Pero todo eso quedará para la segunda parte. Ruego a los lectores que no impriman este artículo, todo sea por la sostenibilidad.

Perdido en el metaverso

LESTER, 20/02/2022

Desde la presentación que realizó Mark Zuckerberg en octubre sobre su «mundo virtual» llamado Metaverso, he leído numerosos artículos acerca del futuro que plantea, así como de las incógnitas por resolver en ese universo alternativo creado en «la nube», o en los servidores que almacenan millones de gigas de información en algún lugar lejano. No es que el asunto me apasione, pero los expertos hablan de esto como «el futuro que tendremos» y se calcula que puede ser un mercado que llegará a mover 800.000 millones de dólares en 2024 (fuente: Bloomberg Intelligence).

Si alguien quiere entender algo más de qué pretenden vendernos Zuckerberg y su equipo de ingenieros/creadores de mundos virtuales, el vídeo es fácilmente accesible en YouTube. Ojo, una hora y diecisiete minutos, lo advierto:

Reconozco que intenté verlo entero, pero a los veinte minutos ya me había parecido tan poco excitante que empecé a darle con la barra para ver qué nuevas posibilidades ofrecía «el metaverso». La idea básicamente consiste en un universo virtual en el que nuestras casas, trabajos, amigos, hobbies o relaciones sociales puedan desarrollarse en el mundo que Zuckerberg y otros cuantos tipos han diseñado para nosotros. En ese mundo nos moveríamos a través de nuestros «avatares», gemelos virtuales, una idea nada novedosa que ya ha aparecido en numerosas películas.

A mí ya me echa un poco para atrás que el propio Zuckerberg parezca un avatar en su imagen real, sin arrugas, artificial, es más, me resulta más creíble su criatura virtual que la real que ejerce de maestro de ceremonias en el vídeo:

Facebook lleva años acumulando beneficios a la par que los datos personales y de consumo de millones de ciudadanos. Casi 3.000 millones de usuarios de Facebook en el mundo, no hay una red igual. La enorme tesorería generada estos años pasados le permitió comprar empresas exitosas como WhatsApp o Instagram, y en 2014 adquirió Oculus, una compañía especializada en las gafas de realidad virtual que serán necesarias para moverse por el metaverso.

Según la Fundación para la Educación Económica, el metaverso «tendrá prácticamente innumerables beneficios, ya que proporcionará a las personas nuevas oportunidades y capacidades como nada que hayan conocido hasta ahora». Entre ellas cita tres: experiencias más asequibles (ocio, reuniones de trabajo, prácticas saludables), nuevas posibilidades (de aprendizaje, formación práctica «real» y no teórica) y sostenibilidad (porque ya no se puede mover un euro que no incluya esta palabra y por la eliminación de desplazamientos o la reducción de bienes de consumo como la ropa).

Las gafas de realidad aumentada (que no de realidad virtual) tienen aplicaciones de sumo interés ya hoy mismo, no es nada del futuro, como los gemelos digitales o como ayuda para personas con discapacidad. Pero en lugar de ir por ese campo, Zuckerberg tira por el del universo virtual que él y los suyos «crearán» para los que quieran entrar en él. Da la impresión de verse a sí mismo como el Christof de El Show de Truman, el personaje que interpretó Ed Harris, como ese creador de un mundo perfecto sin fisuras que no entiende que otros no aprecien su creación. A mí particularmente, el vídeo del fundador de Facebook me resulta de un infantil que «tira pa’trás». A los veinte minutos ya está hablando de su principal aplicación: el gaming, los juegos en red. Con amigos, con desconocidos, pero en versión mejorada en 3D y en un mundo paralelo. Vamos, como un Fortnite o un juego de esos de comandos a los que nunca he jugado porque me interesan menos aún que First Dates o mierdas del estilo. Supongo que a muchos nos vendrán a la mente películas como Ready Player One, Avatar, los arquitectos de Origen, o salvando una enorme distancia, Matrix, pero es que a principios de los ochenta, Tron ya nos hablaba de meternos en un videojuego. Lo que no me estimuló en los ochenta o los noventa dudo que vaya a lograrlo ahora.

Por otro lado, cuando Zuckerberg habla de su aplicación en el mundo del trabajo lo limita casi exclusivamente a reuniones virtuales en la que cada uno puede hacer su avatar más atractivo, más cool, en lo que interpreto como un avance más hacia la infantilización social y laboral que algunos gurús como este pretenden. Lo que Zuckerberg define en el vídeo como «experiencias más ricas» son en realidad más falsas. Son irreales, por mucho que las gafas y los avatares de nuestros amigos estén muy logrados. Podemos quitarnos arrugas, ponernos pelo, estilizar nuestra figura, embellecer nuestra imagen virtual, elegir ropa que no tenemos… y yo pregunto, ¿y toda esa gilipollez, para qué?

Uno de los aspectos que deja caer Zuckerberg en el vídeo es que será un mundo sin un organismo regulador claro o una autoridad competente. No es el caso de este post, pero me parece que se abre un melón interesante con los aspectos legales que pueden darse en los negocios del metaverso que se trasladen al mundo real (recomiendo leer este artículo de KPMG: El metaverso: implicaciones legales). La propiedad intelectual, la protección de datos, asegurar la identidad digital de las personas para que no pueda suplantarse a otro individuo, esa cosa incomprensible para mí de los NFTs… Y también, aunque el artículo no lo mencione, qué ocurre con los delitos cometidos en el mundo virtual.

Zuckerberg nos cuenta su metaverso como un entorno de colegas repleto de bondad y relaciones sociales plenas (sin contacto, claro), pero quizás con ello eluda las mayores ventajas que para algunos podría tener su mundo: dar rienda suelta a los impulsos reprimidos. Decía Ortega y Gasset que «muchos hombres, como los niños, quieren una cosa, pero no sus consecuencias». El metaverso podría permitir a las personas disfrutar esa cosa y eludir sus consecuencias. Hacer deportes de riesgo si eres algo cobardón, o tirarte en paracaídas aunque tengas miedo a las alturas. O ser infiel, aunque esta vez sea más que nunca sin saber con quién (ni de qué sexo en el mundo real). O crear un avatar hijo de puta, por ejemplo. ¿Podrá un psicópata sin valor en el mundo real asesinar avatares por placer en el metaverso? ¿Se juzgarán esos crímenes? O podrás crearte varias identidades digitales para distintas ocasiones, igual que hoy en día muchos aficionados a las redes sociales tienen varios perfiles en Twitter, Instagram o Facebook.

Por volver al cine, Desafío total planteaba «tomarte unas vacaciones de ti mismo» y viajar como playboy millonario o espía interplanetario a Marte. Ya que vamos a jugar, Zuckerberg, hazlo bien, coño. En Días extraños los protagonistas podían vivir las experiencias intersensoriales al límite que hubieran vivido otras personas, pero experiencias «de verdad» como robar un banco, huir de la policía por las azoteas o tener sexo con un pibón impresionante.

A mí la verdad me interesa bien poco este metaverso, salvo por lo que plantea el vídeo: la pérdida de contacto con las personas, por mucho que nos venda lo contrario. Y eso sí que es un drama más de las redes sociales y no un juego. Como la búsqueda de notoriedad medida en likes, tan importante para tantos chavales. ¿Seguirán los jóvenes teniendo algunos de los traumas actuales por esa «falsa aceptación» del entorno? ¿O por la búsqueda de la «perfección» a base de filtros o de mostrar una imagen exterior radiante, aunque estén destrozados por dentro? ¿Seguirán los acosadores acosando en el metaverso? ¿Aliviará en algo las tasas de suicidio entre los jóvenes o contribuirá a su incremento?

El documental de Netflix El dilema de las redes sociales habla de los peligros del mundo virtual que llevamos años creando entre todos (polarización, pérdida de atención, desequilibrios emocionales). Y eso que se trata de algo mucho menos potente que el metaverso de Zuckerberg. Para mí al menos, el mundo real no tiene comparación, no es un juego y no todo es un maravilloso camino de rosas, pero intento disfrutar en él y acumular experiencias (y no objetos) en mi vida, todas las que pueda. Dudo que el metaverso pueda hacerme sentir el hormigueo de un vuelo sin motor o de un descenso de barrancos, que me haga sentir la adrenalina de una escalada en pared o de bajar un puerto de montaña en bici a ochenta kilómetros por hora. Que me ponga la piel de gallina como en la recta final de un maratón. Jamás podrá hacerme sentir la satisfacción ni el dolor de los partidos de fútbol o de baloncesto con los colegas de verdad, con patadas y codazos reales y una cerveza al terminar. No creo que me haga sentir la aventura como en Uyuni o Quilotoa, ni creo que pueda clonar el olor del ombligo de una mujer, ni que vaya a sustituir todas aquellas «cosas que hacen que la vida valga la pena». El propio Mark tiene en su casa objetos reales mucho más apetecibles, como una bici o una tabla de surf, para luego contar que se iría a hacer surf al metaverso:

Y además, Marsúquerber, las máquinas jamás podrán competir con el ingenio humano. Como el de ese tío que nos descubrió que el logo de los Chicago Bulls al revés es un robot leyendo un libro. Chúpate esa, Metaverso:

El absentismo en los carnavales de Cádiz

JOSEAN, 13/02/2022

Suena a tópico, a broma de mal gusto, pero lo he escuchado tantas veces que he tratado de ver qué hay de realidad y qué de falso mito: ¿es cierto que el absentismo laboral se multiplica durante los carnavales de Cádiz? ¿Que numerosos trabajadores «se cogen la baja» durante una o dos semanas para poder disfrutar de esos días por todo lo alto? La propia expresión «cogerse la baja» hace que parezca una decisión voluntaria del trabajador, como si fuera una excedencia, cuando tiene que haber una baja médica firmada para obtener tal dispensa.

Como sé que siempre que se critica a alguien se interpreta como una crítica a todo un colectivo, en este caso a los gaditanos, voy a aclarar algo desde el principio: no, no critico a los gaditanos, critico a los absentistas profesionales (que los hay) de cualquier provincia o localidad. Solo a esos y a los que los apoyan. He trabajado dos años en Cádiz, y he trabajado mucho, como la mayoría de mis compañeros, así que del tópico del andaluz vago no he visto nada de nada, sino más bien al contrario. Conozco Jerez de la Frontera, San Fernando, El Puerto de Santa María, la Tacita de Plata, esa maravilla que es Vejer de la Frontera o el casco histórico de Tarifa, las fenomenales playas de Bolonia y Zahara de los Atunes, he jugado al fútbol en Algeciras, al baloncesto en Los Barrios y he tenido barbacoas en San Roque y Barbate, he comido algunos de los mejores pescados de mi vida en Palmones (junto a La Línea de la Concepción) y en Getares (Algeciras), he recorrido varias veces la Ruta del Toro… tengo numerosos amigos en aquella provincia, ¿podré hablar sin que se me ataque? Lo intentaré, pero seguro que alguien se ofende tras el intento.

La provincia de Cádiz suele andar en los primeros lugares de absentismo laboral en España, y buscando estadísticas, encuentro que ya en 2008 era la provincia con la tasa más elevada no solo de nuestro país, sino de Europa:

Conviene distinguir entre el absentismo real, provocado por bajas médicas como consecuencia de enfermedades o accidentes, que podría estar relacionado con un tipo de trabajo con alto grado de penosidad (industria, minería, construcción), y el absentismo por la cara, entendido en el sentido de la RAE:

Si parte del absentismo se debe a esa abstención «deliberada» de asistir al puesto de trabajo, podría ocurrir que el mismo subiera o bajara en función de otras circunstancias, como el mayor control del empleador sobre el trabajador en función de la situación económica, por ejemplo. Tras ese año 2008, con la crisis, el cierre de negocios, los despidos y la dificultad para encontrar un empleo, el absentismo se redujo de manera considerable. Como dice acertadamente este artículo de La Voz de Cádiz: «No hay que olvidar que durante los años de la crisis se cerraron en la provincia unos 10.000 negocios y la tasa de paro llegó hasta el 42% de su población activa. La caída del absentismo fue fruto del miedo a perder el empleo. Quien tenía un trabajo tenía un tesoro».

Con la recuperación económica volvió a incrementarse el absentismo y sin embargo, al cierre de 2021, la tasa de absentismo en Andalucía se mantiene entre las más bajas de España:

Y por terminar con la foto global de la situación, la provincia de Cádiz tiene la mayor tasa de desempleo de toda España (fuente: Statista.com):

El 25,6 por ciento de la población, una aberración que se mantiene desde hace décadas. Aquí es donde comienza la picaresca, y seguramente por la falta de empleo se ha perpetuado en Cádiz la figura de esos «artistas» que la chirigota de los carnavales con la que empieza este post describió durante el concurso de 2019: «los busca pagas». A esos es a los que critico, no solo yo, sino la mayor parte de los gaditanos. A esos y a los que tienen trabajo fijo (a ser posible en una empresa pública o relacionada con la Administración), pero se escaquean de acudir a sus puestos de trabajo. Un trabajador del ayuntamiento de Cádiz se hizo «famoso» por estar catorce años cobrando sin acudir a su puesto de trabajo. Su historia no tiene desperdicio.

El periodista de El Diario de Cádiz Fernando Santiago describió varios de estos casos hace años en un artículo titulado Cobazos, un artículo que ha sido borrado de la web del periódico, pero que he podido encontrar. En él y en posteriores artículos, como el escrito en El País titulado Delphi dramatis personae, contaba lo ocurrido con el cierre de las fábricas de Delphi en la provincia, allá por 2007. La multinacional norteamericana tenía 30 fábricas repartidas por el mundo y las tres de Cádiz presentaban los mayores índices de absentismo, sobre el 16 por ciento. La cuarta era la de Sant Cugat del Vallés, con el 8 por ciento. «El capitalismo funciona así: hace 25 años Delphi llegó a Cádiz porque los costes salariales eran bajos. Ahora no les salen las cuentas y se llevan la producción a otro lado», decía el periodista. Sus artículos no sentaron nada bien en la provincia:

Aparte del absentismo, luego están las pensiones por incapacidades permanentes, o cómo seguir cobrando sin trabajar. Según este otro artículo más reciente, de El Español de 2018, «desde 2008, año de la irrupción de la crisis en España, hasta el 1 enero de 2018, Cádiz es la provincia española donde más pensiones por incapacidades absolutas se han concedido de todo el país. En la última década, según el Instituto Nacional de la Seguridad Social (INSS), una de cada cuatro personas que han empezado a recibir una paga vitalicia por no poder trabajar era gaditana«. El artículo trata varios de los casos de fraude que se detectaron en su día: mecánicos mancos, pacientes que no pueden mover las muñecas, pero conducen motos, «incapacitados» que van al gimnasio o abren el maletero del coche con el brazo que no pueden mover…

La picaresca, la búsqueda de la paga, llegó a crear incluso una trama con los accidentes de tráfico: el llamado «cuponazo cervical». Fingir lesiones para cobrar una indemnización. Una historia a la que el programa de La Sexta Equipo de Investigación le dedicó un programa.

Afortunadamente, los tribunales, aunque sea de manera lenta y con retraso, van poniendo coto a los desmanes provocados por un grupo de jetas:

O los famosos sordos de Astilleros Españoles, hasta 800 personas que obtuvieron una incapacidad permanente, si bien se sabía de varios casos de ellos que no lo eran y actuaban en comparsas ¡o daban clases de música!

«Nadie puede creerse que en Cádiz haya casi 800 sordos por Astilleros que en los años 90 tuvieron el visto bueno del Gobierno para prejubilarse y cobrar una pensión. Conozco a algunos de los de «verdad»…». «Si en aquella ocasión hubiese existido la operación Karlos a más de uno que en su día apoyó esta reconversión le temblaría el pulso si ahora revisaran esos informes médicos que el Gobierno dio por válidos».

Según José Blas Fernández, presidente del Consejo de graduados sociales de Andalucía, y residente en Cádiz, durante los últimos años del franquismo se fomentó la intervención pública en la provincia, con los astilleros o la antigua tabacalera, y la ciudad se llenó de funcionarios. «Con la posterior integración en la UE, se limitó mucho lo público y se empezó a eliminar puestos de trabajo y empresas que iban de la mano del Estado. Para que no hubiese un trauma social, se buscó la fórmula de jubilar a la gente de una manera encubierta. Se optó por concederles una invalidez permanente absoluta, que no cotiza ni da cuentas a Hacienda, a diferencia de la pensión de jubilación«.

De acuerdo, pero todo eso ya pasó, quiero creer, casi todo lo contado tiene más de diez años de antigüedad, aunque es cierto que se creó una cultura nociva en parte de la población. Ahora mismo, como figura en la estadística mostrada, la cifra de absentismo es inferior a otras regiones sin esta fama, como Asturias y el País Vasco. Y el drama del paro sigue siendo la mayor preocupación de los gaditanos, muy por encima de la Covid:

La preocupación de la gente de bien, de los currantes, de sus hijos y familiares, de los valientes que se atreven a emprender, de los sacrificados que tratan de sacar sus negocios adelante. De la buena gente que hay por allí, no de los «busca pagas» de la chirigota. Por cierto, la chirigota no fue bien recibida por el auditorio, porque el asunto no tiene ni puta gracia.

El talento frente al Big Data

BARNEY, 06/02/2022

El domingo pasado, tras la impresionante victoria (una más) de Rafa Nadal en la final del Open de Australia, recibí uno de los mejores memes de los últimos años, el que da inicio a este post. «Hola, soy Rafa Nadal y el big data me come los huevos». En esos momentos de partido, el programa de predicción de resultados del Open de Australia daba un 96 por ciento de posibilidades de victoria al ruso Daniil Medvedev y un exiguo 4 por ciento a Nadal. Los programas de las casas de apuestas le daban aún menos posibilidades, apenas un dos por ciento. Medvedev marchaba claramente por delante en el partido: dos sets a cero y 1-0 en el inicio del tercer set, y su ventaja parecía definitiva poco después:

Todos sabemos lo que ocurrió: Nadal salvó esos tres puntos de break, ganó el set, el cuarto, el quinto, el torneo y su 21º Grand Slam. Se agarró a ese cuatro por ciento de posibilidades y le dio la vuelta al partido. El Win Predictor es el resultado de un software desarrollado por Game Insight Group en colaboración con la federación australiana de tenis y la universidad de Victoria. El programa combina decenas de miles de resultados de partidos con estadísticas de los jugadores, los momentos de juego, incluso qué jugadores ganaban los puntos largos o cortos en el partido analizado. Todas las estadísticas estaban a favor de Medvedev y el programa informático se limitaba a contrastar los mismos:

  • Medvedev tenía un 33-0 en partidos de Grand Slam tras llevarse los dos primeros sets.
  • Nadal solo había remontado un 0-2 en sets en dos ocasiones en Grand Slam y de eso hacía muuuucho tiempo: ante Kendrick (Wimbledon, 2006) y ante Youzhny (Wimbledon, 2007). Yo le vi hacerlo otra vez, en el torneo de Madrid ante Ljubicic, una remontada impresionante e impensable tras los dos apabullantes primeros sets.
  • Medvedev estaba dominando los puntos cortos en Melbourne, pero también los largos, los de más de nueve golpes, que suelen ser en los que Nadal cimenta sus triunfos.
  • La edad de los jugadores, diez años más para el balear.
  • Los resultados de los últimos meses: Medvedev fue el único que logró quebrar el año triunfal de Djokovic en 2021, mientras que Nadal acababa de salir de lesión y covid.

¿Falló el programa? En absoluto. Lo normal en esas circunstancias es que Medvedev se hubiera llevado el título, pero el factor humano, la cabeza unida a un inconmensurable talento, desmontaron lo que el big data se obstinaba en predecir. Hay detalles que un algoritmo posiblemente no pueda implementar, como la fortaleza mental. Los algoritmos funcionan y mejoran a medida que se les cargan más resultados y variables, pero hay algunos conceptos difícilmente valorables, como la competitividad del Big Three sobre la Next Gen. En la final de Roland Garros de 2021, Novak Djokovic remontó dos sets al griego Stefanos Tsitsipas. En la final del U.S. Open de 2019, Medvedev empató un partido casi perdido frente a Nadal, remontó dos sets a cero y break en contra, pero no remató. Casi remonta el partido, casi iguala el quinto, que perdía 5-2, pero todo fue «casi». Le faltó el punch final que sí tuvo Rafa. El talento del Big Three Nadal-Federer-Djokovic o Rafa-Roger-Nole sigue siendo superior a la Next Gen, que empieza a no ser tan joven: Medvedev cumple 26 esta semana (un US Open), Thiem tiene 28 y al igual, un US Open, Zverev cumple 25 en abril sin Grand Slams de momento y el griego Tsitsipas cuenta con 23 y una final perdida en Grand Slam.

El análisis masivo de datos, todas esas herramientas de business intelligence, machine learning, big data y demás, tienen gran utilidad para el mundo del deporte, pero por suerte nunca podrán predecir los resultados del deporte, siempre existirá esa «maravillosa impredecibilidad» que nos mantendrá pegados a la pantalla. El talento, al igual que el gen competitivo, es inconmensurable en el sentido estricto de la palabra: que no se puede medir, comprimir en un algoritmo matemático. Me recuerda a la escena de El club de los poetas muertos en la que el profesor Keating obliga a destrozar a los alumnos la página del libro en la que se hablaba de la poesía en términos matemáticos:

¡A la mierda todo eso, dejadme disfrutar del partido! Dejad que me recree en los momentos clave, en la brecha abierta en la ceja de Iván Drago que altera el desequilibrio de un encuentro y lo balancea hacia el extremo opuesto, dejad que las máquinas se vuelvan locas tratando de comprender lo incomprensible.

En las últimas décadas, el estudio del deporte a través de los datos está creciendo de manera exponencial. Existen escuelas de negocios cuyos equipos de análisis de datos trabajan con clubes de fútbol, baloncesto, ciclismo y casi cualquier especialidad profesional. En ocasiones no es necesario conocer bien el deporte, ni haberlo jugado siquiera, sino que a través del estudio riguroso de las estadísticas junto con los profesionales del deporte se pueden comprender mejor determinados aspectos del juego. La película Moneyball (2011, dirigida por Bennett Miller, con Brad Pitt, Jonah Hill y Philip Seymour Hoffman) cuenta la historia del gerente general de los Oakland Athletics de béisbol en 2002, cuando revolucionó este deporte con la ayuda de un friki de los datos sin apenas conocimiento del juego. Las estadísticas fueron utilizadas por Billy Beane (el personaje de Brad Pitt) para formar un equipo low cost que logró batir el récord de victorias consecutivas de la liga americana a base de cambiar algunos paradigmas del juego. El objetivo de algunos bateadores no era lograr la carrera, sino capturar la primera base, por ejemplo, o analizaban como los pitchers contrarios se desgastaban y perdían fuerza en los lanzamientos, por lo que se buscaba forzarlos para que perdieran esa potencia y precisión. Fue un cambio radical para un deporte que se había jugado durante décadas de la misma manera, con los mismos esquemas.

En Estados Unidos, en donde la profesionalización del deporte es exagerada en comparación con el resto del mundo, se analiza todo al detalle y los equipos de la NBA, la NFL o la MLB cuentan con potentes equipos de matemáticos, estadísticos o entrenadores formados en disciplinas relacionadas con el big data. Desde hace varios años, igual que se celebra la Super Bowl, el gran espectáculo del fútbol americano, los analistas del deporte se reúnen en la Big Data Bowl para hablar de los avances en el campo de la estadística aplicada al juego. Se mide todo: entrenamientos, forma física de los jugadores en cada momento concreto de la temporada, potencia y distancia de los lanzamientos, metros recorridos, velocidad de los jugadores, espacio que ocupan en defensa y ataque… Pero siguen buscando algo imposible: desarrollar herramientas predictivas.

En la NBA hay estudios muy interesantes (los programas de Antoni Daimiel son apasionantes cuando tocan estos asuntos) sobre la evolución del juego y los datos van mucho más allá de los tradicionales puntos+rebotes+asistencias:

  • Cómo los jugadores se han ido alejando del aro a medida que aumentaban los porcentajes de tiro.
  • Los cambios en las defensas en función de los jugadores exteriores rivales.
  • Cómo los especialistas en la pintura ya no lanzan más allá de dos-tres metros.
  • Los más/menos con determinado jugador en cancha, que puede medir una excesiva dependencia o todo lo contrario, un jugador muy bueno en lo individual que perjudica al conjunto.
  • O esas otras que a veces lees en los rótulos en mitad de un partido: «2-15 cuando el equipo está con desventaja de 14 o más puntos», que en el caso de otros equipos puede demostrar una fortaleza mental muy superior: «8-12 cuando está abajo +14».
  • Alguna vez he visto el porcentaje específico de tiros libres de un jugador en función de lo ajustado o no del marcador, un dato que puede ser más concluyentes que el simple «porcentaje de acierto».
Fuente: Thierry Aymerich. Master Big Data Deportivo.

Yo personalmente tengo mis dudas al respecto: me interesan los datos como herramienta de análisis, pero no quiero saber de ellos para «manejar» un deporte, para tenerlo bajo control. Por llevarlo al extremo, no me interesa lo que ha ocurrido con el ciclismo o la Fórmula 1, deportes en los que parece que son los ordenadores los que previamente han decidido lo que va a ocurrir en la carrera. Los ciclistas y los pilotos están tan controlados en todos sus parámetros que los directores de equipo se limitan a transmitir por el pinganillo lo que las máquinas indican. Adiós a los arrebatos «a lo Perico Delgado», adiós a la emoción. Hay corrientes de aficionados al ciclismo en contra del uso del pinganillo y a favor de la vuelta al ciclismo tradicional. Ahora se habla más de vatios, potenciómetros y hasta ácido láctico. Yo era más de demarrajes irracionales y tirar hasta donde el cuerpo aguante.

En cuanto al fútbol, el big data se usa desde hace años, si bien en sus primeros pasos en nuestro país se utilizaba casi exclusivamente para el seguimiento de la forma física de los jugadores durante la temporada. Control del peso, mejora de la masa muscular, pérdida de grasa, minutos jugados, análisis de esfuerzo… Algunos entrenadores decidían las alineaciones en función de dichos parámetros y las famosas rotaciones eran resultado de los análisis de un ordenador.

Según El Big Data y el Fútbol, en un partido se analizan unos ocho millones de datos. Repito, ocho millones. Datos que posteriormente se procesan y analizan, pero que nunca serán más fiables que un aficionado con una cerveza en la barra de un bar: «¡ejke no presionamos!». Los alumnos del Máster en Big Data Deportivo, certificado por la UCAM de Murcia y en colaboración con Opta (proveedor de datos de LaLiga), publican ocasionalmente sus informes en un blog de Marca. Suelen ser interesantes, si bien en ocasiones me parece que muchos de los datos son irrelevantes. O demuestran que el conocimiento de la estadística no va parejo con el del juego. Analizar todo esto, con mapa de calor incluido, para decir que Vinícius se desenvuelve mejor por la banda derecha es… en fin, erróneo.

En este enlace se puede acceder al vídeo QlikView y las estadísticas en el fútbol, en el que se dicen cosas interesantes como la enorme utilidad de los datos para el análisis a posteriori, pero sus limitaciones como herramienta de predicción. El fútbol sea quizás más impredecible que ningún otro deporte porque un solo gol puede decidirlo todo. «La sublimación del gol ha frenado el desarrollo de la estadística como herramienta de análisis», se dice en el vídeo. Me suena un poco Xavihernández («nos ganaron 7-0, pero tuvimos la posesión, no pudieron dominarnos»), pero lo cierto es que uno ve las estadísticas del Real Madrid-Sheriff Tiraspol de esta temporada (1-2), el Atlético de Madrid-Liverpool (1-0) o frente al Bayern de Múnich (1-0), o el Real Madrid-Bayern de 2014 (1-0) y resulta imposible prever que aquellos prtidos pudieran acabar con esos marcadores cuando los derrotados fueron superiores en todo lo demás: posesión, pases, acierto en los pases, tiros a puerta, jugadas en el área, ocasiones de gol, saques de esquina… Pero en ocasiones el portero o una gran defensa, o un acierto puntual en ataque revierten todo lo que la estadística indica.

Con el tiempo se avanza en el entendimiento del juego a través de la estadística y algunos talibanes de la posesión tendrán que comenzar a entender que esto consiste en meter goles, a veces de la manera más rápida, y no en sobar la pelota. Este vídeo habla de «Diez estadísticas del fútbol que la gente usa de manera errónea» y coincido con lo que indica acerca de que los datos por sí solos y sin conocimiento del contexto de juego no se utilizan correctamente:

Y luego están los «intangibles», como entender los diferentes criterios arbitrales. O por qué en cada partido la primera tarjeta es siempre para un jugador del Madrid. En el partido de cuartos de final de Copa de hace tres días, la primera falta del Madrid (Toni Kroos) fue sancionada con amarilla. Era clara, nada que objetar, lo que no es normal es que Raúl García llevara dos entradas de amarilla-naranja a esas alturas de partido y que se fuera de rositas del campo:

Como siempre que critico a ese carnicero llamado Raúl García me aparecen sus defensores para criticar a Sergio Ramos, les remito a una de las mejores página de estadísticas, FBREF.com, que tiene incluso la posibilidad de comparar jugadores y competiciones (siempre aparece con el duelo Messi-Cristiano por «el mejor de la historia») y yo he hecho la comparación entre ambos «tipos duros» y el doble rasero arbitral:

Son jugadores con más de diecisiete años en primera división, y mientras Raúl García ha hecho más faltas que Ramos (1050 frente a 962), ha recibido bastantes menos amarillas (142 frente a 175) y una cantidad ridícula de rojas (6+1 en lugar del récord de 21+4 de Ramos). Y eso que los datos no pueden medir la dureza de las entradas de uno y otro. Así que la próxima vez que alguien me hable de Ramos en el apartado disciplinario, le diré que con el big data en la mano, me puede comer los huevos.

Concluyo ya, casi como empezaba: el talento no podrá medirse o parametrizarse jamás. Dejo un vídeo de otro partido que vi en directo y que resultaba imposible predecir que acabaría como acabó: Brasil-Argentina del Mundial de Italia 90. Brasil dominó de principio a fin, tuvo muchas ocasiones claras, tiró tres veces al palo, pero… no pudo controlar una sola vez al genio, a Maradona, y perdió.

La maravillosa imprevisibilidad del deporte. Que siga, que las máquinas no nos limiten la capacidad de sorprendernos.

2022: el año de Soylent Green

TRAVIS, 30/01/2022

El 1 de enero de este año que acaba de comenzar recibí esta imagen junto con una de las primeras felicitaciones, una línea temporal con las principales películas que se ambientan en hipotéticos futuros imaginados por los guionistas:

La manera en que el cine o la literatura han tratado de imaginar el futuro me ha interesado siempre, razón por la cual ya lo he tratado en anteriores ocasiones en el blog (El futuro ya está aquí). Esta imagen me llamó la atención, aunque tengo alguna que otra matización, y además echo en falta algunas grandes obras con fechas concretas en sus predicciones:

1984: la novela de George Orwell, imprescindible, no como la película que se basó en la misma. Aunque con algunos años de retraso sobre lo que el escritor británico predijo, el control y manipulación de la información, la censura totalitarista, la alteración del lenguaje para pervertir el pensamiento, o la reescritura de la historia forman parte ya por desgracia de nuestro día a día.

1995. La Naranja Mecánica, ambientada supuestamente en ese año: la novela se adelantó a su tiempo al hablar de las bandas de delincuentes juveniles, el abuso de las drogas y la ultraviolencia, y quizás se pasó de frenada con las terapias de reeducación y el célebre método Ludovico.

1997, Escape from New York: la versión española incluía el año en su título, 1997: Rescate en Nueva York. Una divertida peli de serie B dirigida por John Carpenter en 1981 y con un personaje de culto para muchos, ese Snake Plissken mitad héroe, mitad delincuente, interpretado por Kurt Russell. Para este juego del Timeline peliculero, echo de menos la segunda parte, 2013: Rescate en Los Ángeles. Se rodó en 1996 con el mismo director y protagonista, y en la misma estaba prohibido fumar, comer carne roja o ser musulmán. Quizás no estemos tan lejos de estas prohibiciones si cambiamos el Islam por el cristianismo.

2001, Una odisea del espacio: rodada en 1968. Otra película con el peligro de llevar una fecha en su título, porque no, el hombre no ha logrado llegar aún a Júpiter. O a Saturno, como decía la novela de Arthur C. Clarke. En este blog ya dejé mis particulares timelines de películas espaciales en A (bored) man on the moon:

2015, Regreso al futuro: Robert Zemeckis y Steven Spielberg imaginaron en 1985 cómo sería el 2015 al que viajaba Marty McFly y resulta curioso verlo una vez que llegamos a la fecha en cuestión. No tenemos aún coches voladores (salvo algunos prototipos), ropa ajustable, drones para pasear a los perros o aeropatines, pero sí «acertó» con el cine en 3D, las pantallas planas, las videoconferencias, la identificación biométrica y unas gafas muy parecidas a las Google Glass. Pero acertó sobre todo con algo que no es una innovación tecnológica, sino un comportamiento: el atontamiento que produce el enganche a las pantallas, sobre todo en los adolescentes.

1984-2029: Terminator, ¿cómo puede faltar Terminator en ese timeline? La guerra contra las máquinas se sitúa en 2029, pero han sido tantas las idas y venidas al pasado que se podría llenar esa imagen con distintas marcas. El primer Terminator viaja a 1984 para cargarse a Sarah Connor. En la segunda, para mí la mejor de todas, nos cuentan que el 29 de agosto de 1997 Skynet se cargó a 3.000 millones de personas con su petardo nuclear. En 2017, la sociedad está tan absorbida por la inteligencia artificial que hay tras las pantallas de sus tablets, ordenadores y televisiones que no se entera del control absoluto que existe sobre sus vidas (Terminator: Génesis).

2019: Blade Runner. Los seguidores de este blog ya saben que no se encuentra precisamente entre mis favoritas, pero es que además el noviembre de 2019 que imaginó se parece muy poco al real. La cagó incluso con las marcas comerciales que escogió para los carteles de neón: quebraron todas, excepto la Coca-Cola. La «maldición de Blade Runner» se llevó por delante a Atari, RCA, Pan-Am, Bell Systems o TDK.

2199, Matrix: ¿de verdad se desarrolla en ese año? Esa es la fecha que Morfeo calcula, porque durante la primera parte de la película (la primera, la mejor, la obra maestra) se supone que la acción se sitúa en el momento presente, con detalles como la fecha de vencimiento del pasaporte de Neo/Thomas Anderson, el 11 de septiembre de 2001. Acojonante, porque se rodó en 1999. Lo que ocurre es que llega un momento en el que cuesta distinguir el mundo real del virtual, ¿será el Metaverso de Facebook el principio de algo parecido?

Sobre algunas otras fechas: La fuga de Logan se desarrolla en el año 2116, la escasez de papel higiénico de Demolition Man se adelantó algo en el tiempo con el confinamiento de 2020 y me importa un carajo la fecha de ese bodrio llamado El quinto elemento. ¿Y dónde situamos Fahrenheit 451, en qué momento las autoridades censoras se ponen a quemar libros? ¿Canadá, en pleno 2021?

2022. Llegamos al año de Soylent Green. Cuando el 1 de enero recibí esa imagen, no había visto la película, pero se encuentra fácilmente por internet, así que dejo aquí un enlace por si alguno siente la misma curiosidad por verla: Película «Cuando el Destino nos Alcance»

Se rodó en 1973, estaba basada en la novela ¡Hagan sitio, hagan sitio!, de Harry Harrison y su título español fue Cuando el destino nos alcance. La trama nos sitúa donde se sitúan siempre las escenas apocalípticas, ya sean meteoritos, inundaciones, nevadas, Godzillas, ataques zombis o atentados terroristas: en Nueva York. Pero una Nueva York con un ligero problema de hiperpoblación (40 millones de habitantes) y desempleo (20 millones de parados solo en Manhattan). La película fue dirigida por Richard Fleischer, uno de esos artesanos de Hollywood sin tanto nombre como otros directores, pero con una filmografía repleta de entretenidísimas películas: Asalto al carro blindado, 20.000 leguas de viaje submarino, Viaje alucinante, Tora! Tora! Tora!, o mi favorita de largo: Los vikingos.

Soylent Green cuenta con un reparto con tres grandes de la interpretación, Charlton Heston, Edward G. Robinson y Joseph Cotten en un papel menor, algunos secundarios conocidos como Chuck Connors (el de la cara cuadrada que casi siempre hacía de malo) y Brock Peters (Matar a un ruiseñor), y una actriz que desconocía, pero que es pura sensualidad en su papel de «mobiliario» del apartamento: Leigh Taylor-Young. Lo interesante de la trama es que se trata de una de las primeras películas con un mensaje claramente ecologista. Ya en los estupendos dos primeros minutos, en los que describe en fotos de época unos cien-ciento cincuenta años de historia, de 1850 hasta la segunda mitad del siglo XX, advierte del peligro de la polución, la superpoblación, el calentamiento global y el ritmo de vida de entonces. Tanto la ganadería como la agricultura se han echado a perder y la gente se alimenta de Soylent, en sus variedades roja y amarilla. La película habla también del control de grandes corporaciones, como Soylent, que anuncia el lanzamiento de su último producto, Soylent Green, elaborado a partir de plancton, según indica la publicidad de la empresa.

Sin desvelar grandes aspectos de la trama, me han llamado la atención algunos detalles que parecen actuales (recuerdo que se rodó casi medio siglo antes del 2022 en que sitúa la acción), como el toque de queda, las mascarillas que llevan algunos personajes, la iglesia como refugio o «Cáritas» para los más desfavorecidos o la referencia a violaciones en cuadrilla. Las élites tienen acceso a productos de lujo que no alcanzan a la población, pero nada del otro mundo, sino una ducha de agua caliente, un filete o la mermelada de fresa. Hay revueltas sociales, como en tantos lugares hoy día, y los antidisturbios tienen que actuar de manera un tanto particular (no desvelo nada, está en la carátula al principio del post).

No me ha parecido una gran película, aunque entretiene, y su resolución es algo floja, falta de metraje, de alternativas o de una gran final como el de esa otra película de Charlton Heston anterior en unos pocos años: El planeta de los simios. Por cierto, ya que hablo del actor de la Asociación Nacional del Rifle, su personaje es un jeta de cuidado, aunque si el papel consistía en hacernos valorar los placeres de la vida (lo que hoy parece cotidiano, en Soylent Green tratado como un lujo), cumple de maravilla. Su manera de solucionar el problema de superpoblación en el mundo guarda una cierta relación con La fuga de Logan, si bien aquí se matan dos pájaros de un tiro. Estamos en 2022, esperemos poder seguir disfrutando de buena comida, «¡un tomate!», dice Sol (Edward G. Robinson), y no compuestos plásticos insípidos distribuidos por la corporación megamillonaria de turno.

Una película que nos habla directamente de la belleza de este mundo, de sus paisajes, de la naturaleza viva y de la importancia de protegerla. Ya lo he comentado en otros post, pero la idea de la Tierra como vertedero que aparece en Wall-E me parece de lo más aterrador de estos futuros distópicos imaginados por el cine o la literatura.

Elvis sobre tórax

LESTER, 23/01/2022

Leningrado, marzo de 1967

Cuando llamaron a la puerta de la casa de Ruslan a última hora de la tarde, poco antes de la cena, se temió lo peor. Sus temores se vieron confirmados cuando divisó a través de la mirilla a dos tipos altos con largos abrigos grises al otro lado de la puerta. Nada bueno podía presagiar aquella visita. A su mujer, Nadia, se le encogió el corazón.

– No, por favor, Ruslan, dime que no.

Ruslan abrió la puerta y dejó pasar a los dos funcionarios del Estado. Se identificaron sin apenas mediar palabra, «Sergei Nikolaievich», «Yuri Shalimov», y comenzaron a registrar el piso. No les llevó mucho tiempo encontrar lo que buscaban. En el pequeño despacho de trabajo, decenas de estanterías con lo que parecían pequeñas carpetas con documentos no muy gruesos, de apenas medio centímetro de grosor, ocupaban todas las paredes.

– Con llevarnos una caja ahora será suficiente. Aquí hay pruebas para llenar un camión entero.

Nadia comenzó a llorar, mientras Ruslan trataba de tranquilizarla. Shalimov precintó la habitación con una cinta adhesiva con el símbolo de la policía.

– Usted se viene con nosotros -indicó a Ruslan. Luego se dirigió a la mujer-. Y a usted y a los suyos, más les vale no entrar en esa habitación. Volveremos mañana con un equipo para llevarnos todo.

La historia de Ruslan

A finales de la década de los cuarenta, el joven Ruslan estaba cerca de finalizar su formación como ingeniero de sonido en la Universidad Politécnica de Leningrado. Apenas dos años antes había tenido que tomar una decisión trascendente para su vida. Tras muchos años compaginando los estudios de música en el conservatorio con la ingeniería, había tenido que asumir que carecía del talento suficiente para desarrollar una carrera musical, así que se volcó en obtener el título de Ingeniería con un expediente brillante. Pero su afición a la música no había menguado y seguía tocando el clarinete como aficionado con una banda de antiguos alumnos del conservatorio. Gracias a contar con uno de los mejores currículos universitarios como ingeniero, fue autorizado a salir del país en varias ocasiones, siempre con el motivo de asistir a ferias y congresos internacionales sobre innovaciones técnicas en el campo del sonido.

En uno de aquellos viajes, a principios de los cincuenta, acudió a Berlín Este, donde, tras las interminables sesiones sobre ondas de radio, amplificadores y antenas, fue invitado a una fiesta en una casa particular en la que, para su sorpresa, descubrió la música occidental: el jazz, el blues, ¡el rock and roll! Acostumbrado a las orquestas sinfónicas y las piezas clásicas, aquella música, de la que había oído hablar a algunos paisanos, le pareció revolucionaria. «Lo que daría por llevar esta música de ritmos frenéticos a Rusia», comentó a un joven ingeniero búlgaro presente en aquella fiesta. Sin embargo, tenía bien claras las prohibiciones estalinistas que pesaban sobre esa música considerada «capitalista». «Una mala influencia para la juventud», según publicó el Pravda tras la aprobación de la censura en 1948.

El gusanillo de Duke Ellington, Ella Fitzgerald o Carl Perkins anidó en su cerebro y en el viaje de vuelta a la Unión Soviética pensó que «la música no puede hacer ningún mal a nadie», así que decidió que, aunque fuera de forma contraria al régimen, no habría nada malo en procurarse unas copias de esa música cada vez que tuviera ocasión. Aprovechó sus conocimientos y los viajes al extranjero para copiar discos enteros que lograba introducir al país junto con todo el material técnico que traía de las ferias. El mayor problema que encontró fue procurarse el material necesario para las copia, el vinilo, puesto que por entonces los derivados del petróleo escaseaban y eran muy caros.

La historia de Nadia

La familia de Nadia era natural de Jarkov, una de las mayores ciudades de Ucrania, pero a principios de los años treinta, cuando estalló la hambruna en el país, el terrible Holodomor que se llevó por delante a varios millones de camaradas, emigró a Rusia en busca de una vida mejor. Nadia tenía solo tres años cuando se instalaron en Leningrado, en un piso minúsculo en el que vivió con sus padres hasta que terminó la universidad. Allí estudió Enfermería, una carrera que le procurara un trabajo seguro y en el menor tiempo posible, puesto que la familia seguía viviendo estrecheces económicas y apuros para completar tres comidas diarias. Nadia aprobó sin demasiadas dificultades y en el concierto que se celebraba a finales de junio, durante el festival de las Noches Blancas, conoció a un joven sonriente llamado Ruslan. Nadia entró a trabajar en el hospital militar de la ciudad y apenas seis meses después se casaron en una ceremonia discreta con pocos invitados.

Cuando unos pocos años después Ruslan trajo a casa sus primeras copias de artistas de jazz, Nadia se asustó. No entendía el idioma, ni el alocado ritmo, ni muchos menos el entusiasmo de su marido, y además era consciente del peligro de tener esos discos en su poder, pero al ver la felicidad en su rostro no pudo menos que asentir y pensar que, ciertamente, «la música no puede hacer ningún mal a nadie».

La cabeza de Ruslan era un torbellino de ideas, tenía una vitalidad que procuraba disimular para no llamar la atención, pero un día llegó emocionado, incapaz de disimular su alegría.

– He encontrado la alternativa al vinilo -dijo entusiasmado-. Mira que he probado con varios materiales para copiar los discos, pero unos son muy frágiles y se rompían, otros son escasos, o caros o muy gruesos, y resulta que la solución era muy sencilla. Mira.

Le mostró una radiografía de un pie. De frente y de perfil. Estaba recortada de modo circular y la puso contra la luz.

– Mira. ¿Ves el microsurco? ¡Es perfecto! -puso la radiografía en el pequeño tocadiscos que tenía en el salón y colocó la aguja sobre el metatarsiano de aquel pie-. ¡Escucha!

Ruslan se puso a bailar cogiendo de las manos a Nadia, que sonreía y bailaba con él sin ningún sentido del ritmo, de un ritmo que no era capaz de comprender.

Durante los años siguientes, Nadia procuraba sacar del hospital las radiografías que eran desechadas por los médicos. Al tratarse de un material inflamable, las normas obligaban a su destrucción casi inmediata, pero Nadia consiguió «salvar» unas cuantas de la quema. Al principio un par de ellas, luego media docena, una docena… Era difícil ocultar más bajo el uniforme de enfermera sin levantar sospechas. Durante los siguientes quince años, Ruslan copió decenas, cientos, miles de discos, al principio para su propio disfrute, pero posteriormente, para intercambiarlos en el mercado negro por alimentos o ropa. Louis Armstrong por un paquete de mantequilla o cinco litros de leche, Buddy Holly a cambio de un nuevo abrigo para el duro invierno.

La historia de Sergei

Sergei Nikolaievich era lo que podría considerarse «un ciudadano ejemplar», «un funcionario modelo», al menos en lo que aparentaba, en su comportamiento o en el modo de actuar. Sergei era lo suficientemente inteligente para saber lo que el sistema requería de él y en su cometido cumplía de manera sobresaliente, pero en su vida privada hacía pequeñas concesiones que trataba de mantener ocultas. Sabía hablar inglés y había leído varios de los libros prohibidos en su país, libros que requisaba en casas de disidentes a los que no tenía más remedio que detener. En cada ocasión procuraba hacerse con un ejemplar durante el trayecto a la comisaría. Solo uno, que leía y destruía inmediatamente.

A finales de los cincuenta fue invitado a una cena en casa de uno de los miembros del ayuntamiento. Al acabar, uno de los invitados comenzó a tocar el piano que había en el gran salón. Para sorpresa de todos los asistentes, pasó de una conocida pieza de Chopin a aporrear con fuerza el teclado, de manera casi violenta. Sergei no pudo evitar que se le movieran los pies al ritmo de esa canción.

– ¡Jerry Lee Lewis! -exclamó el hombre del piano-. ¡Great balls of fire!

Fueron pocos los que aplaudieron tras los tres minutos frenéticos de piano, al principio tímidamente, después con algo más de fuerza. El dueño de la casa se dirigió a todos los invitados y les dijo:

– Es mi sobrino, que acaba de llegar de Inglaterra, donde ha estado unos meses. Al parecer allí escuchan estas cosas, una locura propia de los anglosajones -sonrió y se dirigió al improvisado pianista-. Solo espero que no me hayas dañado el piano.

Los invitados sonrieron y la fiesta continuó. Pero Sergei tenía curiosidad por conocer esa música, así que se acercó al joven, el cual le habló fascinado de los movimientos musicales que había en Estados Unidos y el resto de Europa. Durante los años siguientes, Sergei visitó en numerosas ocasiones el mercado negro, de manera casi furtiva, donde logró hacerse con varios discos, impresos sobre radiografías. Los Beatles, Elvis Presley, los Beach Boys, microsurcos sobre cráneos, tórax o fémures. La policía conocía la existencia de estos discos de «rock&roll» y llamaron al movimiento Bones’n’Ribs, huesos y costillas, o Bone Music.

Sergei tenía una pequeña colección casera de discos oculta en casa, nada que pensara que era especialmente peligroso, porque al fin y al cabo, «la música no puede hacer ningún mal a nadie», y esta prohibición no iba a durar eternamente.

La historia de Yuri

Yuri Shalimov había nacido en Omsk, una ciudad del interior. Dejó allí a su familia cuando se enroló muy joven en la academia de policía de Moscú, donde vivió varios años y ejerció su trabajo durante los tiempos más duros de la represión estalinista. Su fidelidad al régimen y su absoluta falta de escrúpulos hicieron que fuera promocionado de manera rápida en el cuerpo de policía. Se casó y tuvo dos hijos, todo muy «soviético»: Dimitri, aficionado al ajedrez, y Elena, cuyo interés se decantó por el ballet y el violín.

A principios de los sesenta fue trasladado con su familia a Leningrado, una ciudad que estaba viviendo un cierto movimiento aperturista al exterior, quizás por su cercanía al Báltico y el mayor contacto con gente de los países cercanos. Las órdenes recibidas eran claras: controlar y reprimir cualquier influencia cultural, musical o política que pudiera venir del extranjero. Las autoridades locales tenían localizados a los disidentes, pero se les permitía vivir bajo cierto control siempre y cuando no trataran de reunirse, crear un movimiento o difundir sus ideas. Yuri era mucho menos tolerante y se hizo famoso por el número de registros en casas particulares y detenciones.

Tiempo después, le asignaron como compañero a Sergei, un tipo del que no llegó a fiarse completamente. En una visita que hizo vestido de paisano a uno de los mercados de la ciudad, un domingo, se encontró a Sergei hablando con uno de los comerciantes de artículos.

– Ah, hola, Yuri -dijo, visiblemente incómodo. Llevaba un maletín en el que había guardado sus adquisiciones y trató de salir del paso como pudo-. Estoy investigando lo de la música esa, los discos de contrabando que están por todas partes. Creo que estoy cerca de localizar el origen de los mismos.

La única manera que Sergei encontró para disimular fue enseñarle el disco que acababa de comprar.

– Mira, es ingenioso. Una radiografía, pero aquí en la esquina figura un código del hospital y las últimas letras del paciente. Creo que podremos encontrar de dónde viene.

Marzo de 1967, en casa de Ruslan y Nadia

Ruslan cogió unas pocas pertenencias, se despidió de Nadia y se marchó con los agentes. Nadia no volvería a verlo hasta cinco años después, cuando terminó su condena en un campamento de trabajo de Siberia. Ella misma fue condenada como cómplice necesaria y pasó tres años en una cárcel de mujeres en Sverdlovsk.

La noche de la detención, Sergei llegó a su casa, metió en una caja todos sus discos y los quemó a las afueras de la ciudad.

Yuri llegó tarde a casa tras rellenar todo el papeleo y se acostó junto a su mujer, a la que apenas le contaba nada de su trabajo. A la mañana siguiente, sábado, los chicos estaban en casa. Dimitri estaba con un compañero de colegio jugando al ajedrez y Elena estaba ensayando al violín con una amiga. Tenían la puerta cerrada, pero Yuri pudo escuchar perfectamente lo que tocaban. Unos acordes algo apresurados mientras una de las niñas cantaba:

«Eleanor Rigby, picks up the rice in the church where a wedding has been…»

FIN

Si alguien quiere conocer la historia de Ruslan Bogoslowski, le dejo un par de enlaces:

Música de huesos

Discos grabados en radiografías

A mi me pareció una maravilla: imaginación frente a la censura. Pasión frente a represión. Odio añadir a mi relato «basado en hechos reales», pero es así, al menos la parte principal y el protagonista de la historia. El resto es pura ficción.

Sobre la reforma laboral y el mercado de trabajo

JOSEAN, 16/01/2021

Hace un montón de años, cerca de veinte, escribí la primera parte de este post para tratar de explicar la tipología de contratos laborales existentes a unos compañeros de trabajo. Más en broma que en serio, pero la coña sirvió para que atendieran la explicación, así que me ha parecido adecuado rescatar el texto. En esos momentos estaba vigente la reforma de 1997, la realizada durante el gobierno de Aznar, una reforma aprobada con el consenso de patronal y sindicatos, al igual que la recientemente acordada en diciembre de 2021, o la de 2006, que incorporaba una serie de modificaciones bajo el gobierno de Zapatero. Aquel texto (repito, de principios de siglo), que me servirá de introducción para hablar del actual Real Decreto-ley 32/2021 y sus modificaciones, decía lo siguiente:

«Si la empresa es un pequeño mundo, el contrato, en cuanto vínculo, equivaldría a las relaciones de pareja. Y al igual que hay relaciones de todo tipo, existe una amplia variedad de contratos, conforme a la legislación laboral, civil y de parejas de hecho. Los más usuales son los siguientes:

  • Indefinido: hace años se le daba un valor que hoy no tiene, al igual que se le daba al matrimonio. Pero después de las últimas reformas laborales y de la Ley del Divorcio, el contrato indefinido y el matrimonio no son más que relaciones duraderas que se pueden romper en cualquier momento. A cambio de una cuantiosa indemnización, claro.

Y si existen contratos indefinidos, también los hay eventuales. Y rolletes de fin de semana. Un contrato eventual puede tener las siguientes modalidades:

  • En prácticas: la pareja convive un determinado tiempo, y cada seis meses se replantea la continuidad. En caso de conformidad por ambas partes, al cumplir los dos años se firma un contrato indefinido.
  • Por obra o servicio: son relaciones que se inician sin conocer la duración final del contrato, pero sabiendo que cumplen una función determinada (olvidar otra relación, aprovechar hasta que llegue algo mejor, aprendizaje,…) y que al concluir dicha función, lo más probable es que el contrato no se prorrogue. Algunos se llevan la gran sorpresa, firman el contrato indefinido y pasan por la vicaría o el juzgado.
  • Por circunstancias de la producción: equivaldría a los rolletes de poco tiempo surgidos de la necesidad fisiológica de dar rienda suelta a la libido. Existe una variedad poco habitual de contrato, como es el que firmó Madonna con su profesor de gimnasia para tener un hijo, y que vendría a ser algo así como un eventual por circunstancias de la reproducción.
  • Sustitución de vacaciones: muy habitual en verano, consiste en liarse temporalmente con un/a mozo/a, mientras la pareja fija se encuentra con sus padres en un pueblo del interior. Su firmante suele llamarse Rodríguez y tiene las ventajas de cubrir una necesidad, un bajo coste y nula indemnización por final de contrato.
  • Sustitución de baja por maternidad: son muchas las empresas que intentan no realizarlo debido a su poca practicidad. Su período de duración es de dieciséis semanas, tiempo durante el cual la parienta parturienta se encuentra en paro biológico y… no es recomendable, No, de verdad.
  • A tiempo parcial: se pueden realizar varios a la vez (lo que en el argot se llama “doblete” o “triplete”), con un límite de cuarenta horas semanales, lo cual sobrepasa (y con mucho) la capacidad humana de resistencia.
  • De formación: se trata de una variedad de contrato ya extinguida. Su función venía a ser iniciar y ejercitar en varias fases al adolescente barbilampiño a cambio de pagarle una ridiculez. El símil no es sencillo, me recuerda a esos libros antiguos en los que se cuentan historias acerca de chavales que realizaban su primera práctica y aprendizaje en un prostíbulo. Las nuevas generaciones han cultivado notablemente estas habilidades, razón por la cual se decidió su extinción.

Existe una última variedad de contrato, la de ese individuo que un buen día decide instalarse por su cuenta y darse de alta como autónomo. Vamos, yo conmigo mismo, un Juanpalomo, o, por seguir con la metáfora, el que practica el amor propio».

Fuera bromas, el Real Decreto-ley aprobado el 28 de diciembre tendrá que pasar ahora el trámite parlamentario, para lo cual el gobierno está buscando los socios y los votos necesarios. Un proceso en el que volverán a surgir las peticiones de los de siempre para conseguir apoyos o pasta en otros temas que no tienen nada que ver con la reforma laboral. Y la reforma laboral no solo era necesaria, sino una exigencia de Europa para el acceso a los fondos europeos de recuperación. Sin entrar a valorar lo acordado, porque es pronto para hacerlo y está por ver que funcione, el simple hecho de que se haya alcanzado un acuerdo entre patronal y sindicatos es una buena noticia. No se ha llegado tan lejos como pretendían los sindicatos, que hablaban de una derogación completa de la anterior reforma, ni la balanza se ha decantado hacia el lado de los empresarios, lo que lleva a pensar que a priori pueda ser una reforma equilibrada.

«Hablar de reforma laboral en España es evocar un larguísimo proceso de cambios normativos que no han logrado, sin embargo, acabar con los graves problemas de nuestro mercado de trabajo: el desempleo y la temporalidad». Así empieza el Real Decreto-ley del pasado mes de diciembre. Cuarenta años de reformas y seguimos con las tasas de desempleo y temporalidad más altas de la Unión Europea. La tasa de desempleo se sitúa en el 14,1%, y en cuanto a los tramos de edades, tanto en el desempleo de los jóvenes como en el de mayores de cincuenta, las cifras son desoladoras.

En asuntos tan serios y de interés general conviene no dejarse llevar por los cálculos electorales y buscar el mayor consenso posible. Igual que en este blog he criticado anteriormente a Yolanda Díaz, parece que en esta ocasión su obstinación o su capacidad negociadora (reconocida por los intervinientes en el acuerdo) ha sido clave para que se alcanzara ese consenso entre los agentes sociales. Así se desprende de los comunicados de CEOE y CEPYME por un lado, y UGT y CCOO por otro. Faltará ahora encontrar el consenso con el resto de partidos del Congreso. La anterior reforma laboral no creó tres millones de puestos de trabajo, como ha repetido hasta la saciedad Pablo Casado, porque los puestos de trabajo no los crean los gobiernos, sino los empresarios, a los que hay que dotar de marcos legales favorables para la creación de empleo en épocas de crecimiento económico, y para que la destrucción no sea tan directa cada vez que llegan las vacas flacas. Y eso incluye tanto la normativa laboral como fiscal, como regulatoria o favorecedora de la competencia. Como tampoco es cierto que se hayan recuperado los niveles de empleo pre-pandemia (Yolanda Díaz dixit), pese a las esperanzadoras cifras de crecimiento de empleo del año.

La cifra de creación de empleo «está maquillada por un buen número de trabajadores en ERTE (132.049 ocupados en promedio mensual, una cifra que parece haber dejado de reducirse, los autónomos acogidos a las prestaciones extraordinarias (108.178) y el fuerte aumento del empleo público en los dos últimos años (211.800). Si se descuentan todos estos factores, el mercado laboral del sector privado seguiría a día de hoy con 35.654 ocupados reales menos que antes de la crisis» (Fuente: Expansión).

La otra gran diferencia respecto a nuestros socios europeos que las sucesivas reformas no han logrado atajar es la temporalidad. Según el estudio de Statista, España destaca con mucho en el porcentaje de contratos temporales respecto al resto de la Unión Europea:

Recomiendo este análisis de Javier Esteban en Iberinform sobre el asunto, en el que ya plantea la cuestión acerca de si una reforma laboral podrá acabar con la temporalidad en nuestro país. En el informe aparecen cuadros como el que copio a continuación, en el que se representan las tasas de afiliados a la Seguridad Social según la duración de su alta. La mala praxis de algunas empresas queda reflejada en esta aberración:

La nueva reforma laboral tiene la difícil tarea de crear ese marco adecuado para el crecimiento del empleo y que además el mismo sea de calidad. Aquí dejo dos enlaces a los aspectos claves de dicha reforma (Informe KPMG e Informe EY), que resumo muy brevemente:

  • Limitación a la contratación temporal y desincentivación de la misma: se suprimen los contratos de obra y servicio, eventuales y de interinidad. Solo se admitirán los contratos temporales por circunstancias de la producción y los de sustitución (tendré que actualizar la broma del principio), y se penalizarán las contrataciones por tiempo inferior a 30 días.
  • Impulso al contrato fijo-discontinuo.
  • Creación de un nuevo contrato formativo: se sustituyen el de prácticas, el de formación y aprendizaje y el de la formación dual universitaria por dos nuevas modalidades, el contrato formativo en alternancia (para la obtención de formaciones universitarias o de FP) y el de la obtención de la práctica adecuada al nivel de estudios. Este último tendrá una duración máxima de un año, cuando antes su equivalente podía llegar a dos.
  • Se limita la prioridad aplicativa del convenio de empresa al excluir de la misma el salario base y el resto de complementos salariales, manteniendo su prioridad frente a otros de ámbito superior en el resto de materias.
  • Se recupera la ultraactividad de los convenios colectivos, una de las medidas con mayor número de detractores.
  • Se flexibiliza la normativa referida a los ERTEs, incorporando algunos de los aprendizajes obtenidos durante la pandemia (reducciones de plazos, causa de fuerza mayor por limitaciones de actividad por situaciones como la vivida en 2020, formación,…).
  • Otras medidas específicas sobre la subcontratación o el convenio de construcción, o el régimen de sanciones.

Es muy pronto para juzgar la efectividad de la reforma, veremos si finalmente funciona o, como viene ocurriendo en las anteriores, solo lo harán algunas de las medidas. El tejido empresarial español está poblado de pymes y micropymes que son las que suelen verse más afectadas por todos estos cambios, como se vio con el incremento del SMI. Ojalá se recupere la actividad económica, eso es lo que de verdad hace falta. Tanto como que se empleen los fondos europeos de manera adecuada.

Medina «Cantadelejos»

BARNEY, 08/01/2022

El pasado mes de noviembre, el Comité Técnico de Árbitros (CTA) cambió a su presidente y el sevillano Luis Medina Cantalejo sustituyó al madrileño Carlos Velasco Carballo. La verdad es que veníamos de una época lamentable que duró varias décadas, la de Victoriano Sánchez Arminio, un tipo que reconoció delante del resto de árbitros de Primera que «el Real Madrid no cae muy bien en este estamento». y algunos ilusos teníamos esperanzas de que con Velasco Carballo se alcanzaría una ecuanimidad en el trato con respecto al resto de clubes de la Primera División, en especial, con los principales aspirantes al título. Por esa razón, para algunos como el que escribe estas líneas, su paso por el CTA ha sido una total decepción. La temporada pasada fue una de las más lamentables que recuerdo (y durante el Villarato hubo muchas que insultan la inteligencia del espectador), con anomalías estadísticas, imágenes ocultadas, manipulación del VAR y un dato revelador: al Madrid, el equipo que más pisa el área rival, los árbitros de campo no le señalaron ni un solo penalti a favor. Solo tres desde la sala VAR. Inconcebible, con algunos tan clamorosos como los que sufrimos durante toda la Liga pasada. Ya hablé mucho en meses anteriores, bajo el formato de una serie con un guion perfectamente escrito desde el inicio de la competición, así que no voy a extenderme más.

Me consta que Velasco, ingeniero industrial de formación y como tal, amante de los principios lógicos e inmutables, era el primer interesado en que hubiera coherencia y transparencia en las decisiones, y en ese sentido su gestión ha sido nefasta y los criterios ilógicos, incoherentes y para colmo, carentes de toda transparencia. Cuando intentó explicar los protocolos, errores o aciertos del VAR resultó aún más confuso y opaco. Una pena, porque no creo que fuera un mal árbitro, ni un tipo tan sectario como los que comentan en el As y el Marca: Andújar Oliver e Iturralde González.

Ahora llega el sevillano Medina Cantalejo y a mí me recorre un escalofrío por el cuerpo. Hay que darle un tiempo, por supuesto, pero para los que tenemos memoria, pertenece a ese grupo de colegiados nefastos y lo que es peor, protagonistas y con ademanes chulescos. De momento, una de sus primeras decisiones (con la que en principio estoy de acuerdo) ha sido dejar el VAR solo para ocasiones flagrantes o errores graves y manifiestos. Eliminar su intervención en muchas de esas jugadas en las que no se ve nada y a cámara lenta se ve que los futbolistas chocan, ya sin el balón en juego, o una vez despejado el mismo, y les da por señalar penalti.

Pero ya hemos visto que ese criterio en la práctica significa la inutilidad del VAR, por cuanto una jugada como el agarrón a Marcelo el domingo pasado, es considerado como una jugada ya vista y arbitrada por el trencilla de campo y, por tanto, no corresponde su revisión. De estos cuatro agarrones leves, solo uno quedó sin señalar como penalti y nos queda por ver (que lo dudo) si el de Marcelo será el nuevo criterio a seguir:

Los propios palmeros/defensores del arbitraje utilizan el mismo lenguaje para una cosa y la contraria:

Veremos qué ocurre en otros casos, porque todo lo que se está haciendo en el mundo arbitral en los últimos años es para dejar más margen a la interpretación: «jugadas grises», «error manifiesto», «sin la suficiente fuerza o intensidad», «ya juzgada sobre el terreno». Medina Cantalejo, quien tras retirarse del arbitraje profesional mamó de los pechos del orondo Sánchez Arminio, era un experto en esa doble vara de interpretar, sabía manejarse muy bien en ese mundillo en el que han prosperado gente como él o como Clos Gómez, ahora director del VAR y colegiado con el que no perdió nunca el Barça en 24 partidos.

Otro de los aspectos en los que está por ver el modo de proceder de Medina Cantalejo es el de la designación de los colegiados para los partidos, un sistema que en la mayoría de ligas se hace por sorteo y en España se sigue haciendo a dedo. Una aberración que conduce a que ciertos árbitros «afines» al sistema terminen pitando los partidos importantes. En Italia se llamó Calciopoli o Moggigate (recomendable el documental de Netflix sobre el asunto) y acabó con el descenso de la Juventus y el Milán. En Portugal, la operación «Pito Dorado» supuso más de veinte procesos judiciales y 144 cargos de corrupción y falsedad contra el expresidente del colegio de árbitros portugués. Pero en España no pasa nada de eso, no. Que tantos partidos relevantes acaben en manos (o el pito) de HH y BB, o Hernández Hernández y De Burgos Bengoetxea, es mera casualidad.

Esta noche HH pitará el Real Madrid-Valencia, pero son tan pocos los árbitros que me parecen poco sospechosos que ya ni lo critico, porque habría criticado igualmente a Melero López, Sánchez Martínez, BB, Soto Grado, Del Cerro Grande o Mateu Lahoz. Ni Undiano, Andújar, Iturralde o Clos Gómez en el pasado. Sánchez Arminio dirigía con puño de hierro el CTA y los árbitros que querían alcanzar la internacionalidad, que supone duplicar los ingresos, sabían lo que tenían que hacer. No me gusta ni Gil Manzano, aunque este suele repartir los errores de un modo más equilibrado. En Valencia se quejaban de este árbitro antes del partido de Mestalla la temporada pasada y tras el esperpéntico arbitraje de los tres penaltis y una sucesión concatenada de errores contra el Madrid callaron. O peor, seguirán con la cantinela de siempre:

En nuestra podrida Liga se disimula tan poco que el año pasado, de todas las decisiones controvertidas que hubo, quizás las más decisivas fueron la mano de Felipe no pitada por HH (la única vez en toda la temporada que no hizo caso al VAR) en el Atleti-Real Madrid, y el penalti a Benzema en el Real Madrid-Sevilla convertido en penalti en contra por mano de Militao, señalado por Martínez Munuera.

Pues bien, en la final de Champions, al final de la temporada pasada, ¿qué árbitros fueron los que el CTA decidió que acompañaran a Mateu Lahoz? Bingo:

Medina Cantalejo es conocido en todo el mundo porque fue el árbitro que «chivó» al principal de la final del Mundial la agresión de Zidane a Materazzi. Nada que objetar, era su papel, aunque entonces él lo vio a través de un monitor, no en directo, y resulta una paradoja que ahora promueva que no se use la tecnología para corregir los errores del árbitro de campo.

De la época de Medina Cantalejo como árbitro en España recuerdo algunas cosas como que fue el árbitro que consintió el bochornoso espectáculo de las gradas del Camp Nou el día de la vuelta de Figo con la camiseta blanca. El partido del cochinillo que tanta gracia sigue haciendo a algunos hoy en día. Si no ocurrió una desgracia fue por suerte o intervención divina, pero Medina «canta de lejos» que estaba totalmente superado. Joan Gaspart, vicepresidente de la Federación, estaba en el palco y no iba a consentir que se suspendiera un partido en su campo porque todo aquello le parecía bien, o que entraba en los límites de lo razonable porque Figo había ido a provocar al sacar los córner. Medina sabía lo que el sistema esperaba y no defraudó. Tan es así que apenas seis años después fue elegido de nuevo para un Barça-Madrid en el mismo escenario y volvió a hacer lo que de él se esperaba: pitó un penalti más que dudoso (Van Bommel ya se está dejando caer antes del contacto) y expulsó a Roberto Carlos en el minuto 25. De chiste. Pero el Madrid, habituado a competir en inferioridad numérica en ese campo, fue capaz de empatar el partido y aun así, Ronaldo protestó un posible penalti que por supuesto Medina Cantalejo no iba a señalar. A mí no me lo parece, pero estaba claro lo que iba a ocurrir en ese campo y con uno de los árbitros de cámara del sistema:

He buscado su historial con el Real Madrid y dirigió 26 encuentros de los blancos, con 15 victorias, 4 empates y 7 derrotas. 7 de 26, un porcentaje muy superior al habitual. Señaló 3 penaltis a favor del Madrid y 5 en contra, y siguió, como no podía ser de otro modo, la norma de los colegiados españoles para alcanzar la internacionalidad: expulsó a 5 jugadores del Madrid por solo 2 de los rivales. Dirigió tres Madrid-Barça, con una victoria culé y dos empates. Los vecinos barceloneses del Barça, los periquitos del Espanyol, lo recuerdan muy bien por el arbitraje de 2008 en Montjuic, cuando los dejó con diez al filo del descanso y en especial, por señalar un penalti que no era en el descuento, que supuso el 1-2.

Lo que no entiendo es que el Madrid haya desistido de ir a la guerra con estos asuntos, como sí hacen el Barça, el Atleti o los hiper llorones Sevilla y Valencia. Y menos aún comprendo algunos comportamientos del club, como que el día que Undiano Mallenco se retiraba del arbitraje se le entregara un obsequio del club y se le hiciera un pequeño homenaje, o que a Medina Cantalejo se le llamara para arbitrar un Corazón Classic Match, un partido de leyendas, como quien invita a un «amigo».

Y a mí que Medina me sigue recordando a Carles Sans, del Tricicle… por eso me cuesta tomármelo en serio. Es pronto para juzgar el papel de Medina Cantalejo al frente del CTA, habrá que darle un margen de confianza, pero confianza es precisamente lo que no me inspira este tipo.

Actualización tras el Real Madrid-Valencia: el cometa Halley pasa cada 75 años, más o menos. Pues bien, que Hernández Hernández pite un penalti a favor del Madrid y con el marcador 0-0 debe ser un suceso igualmente infrecuente. El penalti parece claro, una zancadilla de Alderete, que deja la pierna atrás y traba a Casemiro. No es tan claro como algún otro de los mencionados en este mismo post, pero es. Pues bien, estamos asistiendo en vivo y en directo a la creación del relato:

  • Los medios insisten en que no es penalti y utilizan a todos sus portavoces: GolTV, Maldini, Mister Chip, Andújar Oliver… Sorprendentemente, Iturralde González dice que sí es, pero como justificándose, «en el campo parece más de lo que es», «es de los penaltitos». El community manager del Valencia, que calló este año con el discutible penalti pitado a Gayá tras arrebatarle el balón a Ansu Fati, se pone a hablar de robos y el manido «como siempre».
  • No se habla de que esta semana el agarrón de Mendy sí toca pitarlo. Para mí es penalti claro, pero ya nos dijeron la semana pasada no sé qué pollada sobre «agarrar y no sujetar».
  • Desaparece la mano clara de Piccini dentro del área. Es una jugada que ha desaparecido como siempre en esta manipulación torticera del relato que llevamos años viviendo.
  • Las tarjetas perdonadas a los valencianistas ya no existen.
  • Conclusión: cada vez que un árbitro tenga que pitar un penalti a favor del Madrid, como ha hecho hoy HH, o como hizo Martínez Munuera en el Camp Nou tras el cual sufrió una vergonzosa campaña de acoso, se lo va a pensar varias veces. Y así podemos estar otras 60 jornadas con solo dos penaltis a favor siendo el equipo que más pisa el área contraria. Objetivo cumplido. Es más fácil no pitarlo, que la prensa va a apoyar a ese colegiado.

No mires atrás, no mires arriba…

No hay que mirar hacia atrás a menos que sea para obtener...

05/01/2022

Comenzamos un nuevo año en el blog (¡el octavo ya!) y, como tantos inicios de año, nos encontramos en las agendas con frases sobre dejar atrás lo ya vivido y centrarnos en lo que está por venir, como con cierto reproche:

«Sabes que estás en el camino correcto cuando pierdes el interés por mirar atrás».

«No mires atrás, ya no vas por ese camino».

Luego están esos otros que llevan al extremo aquello de vivir el momento: «Disfruta hoy de la vida, el ayer ya se ha ido y el mañana puede que no llegue».

Lester: Pues… siento discrepar, pero me parece que en este blog no hacemos otra cosa que mirar continuamente al pasado, quizás para entender mejor el presente, para pensar en el futuro o para recordar momentos placenteros, que los hubo y muchos. «Que el objetivo de mirar atrás sea ver recuerdos y no sueños«, o puede que sea por algo como lo indicado por George Washington en la cita de la entrada, para aprovechar la experiencia adquirida.

Sea por la razón que sea, aquí dejamos un resumen de dos minutos de lo que fue el año 2021:

Y varios de los temas mencionados en el vídeo aparecieron en el blog: algún viaje, una realidad convulsa, la memoria y los recuerdos, o mi vuelta a las carreras tras pasar la covid y una lesión de varios meses. Precisamente el post sobre el maratón de Madrid ha sido el texto más leído del año del Amiguete Lester, que no del blog:

  1. Volver al asfalto
  2. Nuestro Nobel de Economía
  3. De ofendiditos y pollaviejas

Travis: El vídeo termina con una reflexión extraída de No mires arriba, la película de la que quizás más se ha hablado durante las últimas semanas. La obra de Adam McKay es una sátira despiadada de la política, los medios de comunicación o las redes sociales norteamericanas, que por extensión podemos pensar que se asemeja mucho a los del resto del mundo. ¿De verdad son/somos tan gilipollas? Pese a sus fallos, es una película muy entretenida y que merece la pena ver.

Por seguir con el asunto del inicio de este post, No mires atrás era otra de esas películas nostálgicas de Edward Burns, un tipo que consigue ser cargante cuando quiere ser demasiado protagonista. El título dice una cosa, pero su protagonista, Lauren Holly, parece empeñada en hacer lo contrario y recuperar un pasado, si es que tal cosa es posible.

¿Es No mires arriba la mejor película del año? Ni de coña. No tengo recuerdos de una gran película del año. Nomadland, la triunfadora de los Óscar, me pareció un plomazo. No he querido ver Dune ni la última de Matrix por lo que he leído de ambas o lo que me han contado los que las han visto. El último duelo, de Ridley Scott, está bastante entretenida, pero si tengo que destacar un cine desinhibido y nada sutil, directo como un puñetazo, quizás lo más interesante que haya visto sea la danesa Otra ronda, de Thomas Vinterberg (esta sí habla del poder de una copa de vino o de varias), y Una joven prometedora (Emerald Fennell). Y lo mejor de lo mejor, La mujer que escapó, de Hong Sang-soo, una obra apabullante y diferente ahora que es muy cool decir que te gusta el cine de Corea del Sur. (La verdad es que no la he visto y no tengo ni idea de si es un truñaco o no, pero es lo que toca decir para ir de entendido en la materia).

Los tres textos más leídos del Amiguete Travis en 2021 fueron escritos en años anteriores, qué le vamos a hacer:

  1. Watchmen (II): la película
  2. Frases de cine para usar en el trabajo (II)
  3. ¡Qué bello es vivir!

Barney: no voy a hacer un extenso resumen del año porque ya está hecho en dos artículos paridos en La Galerna que hablan un poco de este año extraño: Juegos Olímpicos en año impar, los conflictos de la Superliga con la UEFA, los zarpazos de la FIFA y la UEFA a los clubes, la salida de Zidane y sus críticas a la prensa, la marcha de Ramos y Messi de la Liga española, la vergüenza del mundial de Catar o acerca del racismo existente en algunos estadios de fútbol…

Aquí dejo un enlace a ambos artículos, en los que salen muy mal parados los medios:

Compendio de portadas macabras, primera parte

Compendio de portadas macabras, segunda parte

Pero como estamos en la tarde en la que estamos, 5 de enero, prefiero dejar a los lectores un relato escrito recientemente sobre una tarde de Reyes que ocurrió en el Bernabéu hace exactamente diecisiete años. Tarde de Reyes.

Los post más leídos del Amiguete Barney en 2021 fueron los siguientes:

  1. El Real Madrid como cebo
  2. Propuestas para cambiar el Reglamento del fútbol (I)
  3. El futbolista coge la pluma (I)

Josean: No mires arriba, no mires atrás, no mires abajo, que decía el funambulista (por distintos motivos a los de Hugh Grant en aquel callejón), no mires a los ojos de la gente, que cantaba Germán Coppini, de Golpes Bajos… ¿Y qué tal si dejamos de decirle a la gente lo que tiene o no tiene que hacer? Y que cada uno mire lo que le salga de las pelotas, que hay un poco de hartazgo ya después de tantos meses. Muchos de los textos de este año han ido sobre toda esa normativa: fiscal, laboral, de conexión o descojonexión digital, de comportamiento incluso en nuestros propios hogares, de residuos, cambio climático, libertad de expresión,… Y la palabra sostenibilidad para todo, hasta cuando no pega ni con cola.

Los artículos más visitados este año fueron estos tres, los dos primeros de años anteriores. Por alguna extraña razón que se me escapa, pero que puede que tenga que ver con el miedo y el rechazo, se ve que los temas tratados interesaban más que tanta normativa imperante e imperativa:

  1. La esquizofrenia del CFO
  2. La falacia del ebitda
  3. El mercado de humos

Vamos a por 2022, muchas gracias a los lectores que nos acompañan (en muy buen número) otro año más.

Un paseo por las Islas Feroe

LESTER, 31/12/2021

Último post del año y he querido hacerlo, al igual que en 2017 (El salar de Uyuni), con un recorrido por uno de esos lugares sorprendentes que me he encontrado por el mundo. No diré único, ni mucho menos, pero sí especial. Y fue especial, entre otras cosas, porque nos supuso poder volver a salir de España y hacer turismo tras un año y medio en régimen de semiconfinamiento. Estuvimos cuatro días en las islas y nos llevamos un magnífico recuerdo que nos apetece compartir, por si alguien quiere animarse en el futuro.

Las Islas Feroe tienen un estatus autónomo respecto a Dinamarca (territorio asociado, pero no perteneciente a la Unión Europea) y su propia lengua, el feroés, según la cual el nombre del país significa «islas de corderos». Por la abundancia de estos animales he querido comenzar el post con una foto que saqué frente a la cascada Gasádalur con estos espectadores que nos solían acompañar con gesto de extrañeza: «¿turistas, aquí?». Las Feroe tienen una superficie de unos 1.400 kilómetros cuadrados (la comunidad de Madrid ocupa poco más de 8.000, por ponerlo en contexto), están a medio camino entre Islandia y el norte de Escocia, en la misma latitud que Noruega, y si el tiempo que vivimos en agosto fue similar al invierno «madrileño», no quiero ni imaginar lo que puede ser el invierno en esos territorios.

Las islas son dieciocho, y todas menos una están habitadas. Nosotros solo pudimos visitar cinco de ellas, que son las que concentraban más del ochenta por ciento de la población. Por cierto, según las últimas estadísticas que encontré, unos 56.000 habitantes, 12.000 de los cuales viven en la capital Tórshavn, en la isla de Streymoy. Es esta isla que aparece de otro color en esta foto que saqué precisamente en la capital.

Las islas son de naturaleza volcánica, creadas hace millones de años y me gustó esta foto precisamente porque las islas parecen piezas de un puzzle que pueden encajarse entre ellas a la perfección. Precisamente ese origen volcánico es el que creó este paisaje verde de acantilados, colinas bien altas junto al mar, fiordos, lagos… No he estado en Islandia (país en la lista de «Pendientes»), pero en algunos aspectos debe ser similar.

La isla de Vagar

La temperatura pasó de los diez grados en pocas ocasiones, tuvimos alguna que otra lluvia (muy fina, eso sí) y sobre todo, una persistente neblina que se quedaba anclada en las montañas, lo que confería al paisaje un aire misterioso, evocador. El aeropuerto de Vagar era más pequeño que la mayoría de estaciones de autobuses de un pueblo español de tamaño medio y solo recuerdo uno aún más minúsculo: precisamente el de Uyuni, en Bolivia. En «temporada alta», por llamar así al mes de agosto, aterrizaban cuatro aviones al día desde Copenhague, en medio de una bruma que me impidió sacar buenas fotos desde el avión. Una pena, porque seguro que desde el aire se divisaba la espectacularidad de estas islas. Aterrizas y… se acaba la pista en un lago, no hay más.

El aeropuerto está ubicado en la isla de Vagar, la tercera en tamaño, justo al oeste de Streymoy. Nada más pasar la PCR de rigor en el propio aeropuerto, cogimos el coche y nos dirigimos a un pueblo cercano, Sandavagur, desde donde comenzamos la marcha hasta llegar al punto panorámico desde el que podíamos ver Trollkonufingur, el dedo de la mujer Troll (muchas lo eran por esas latitudes). Si un día quieres desaparecer de tu mundo y vivir aparentemente cómodo y apartado del mundanal ruido, Sandavagur es una opción.

Vagar alberga algunos de los puntos de mayor interés de todas las islas: las excursiones a las cascadas de Gasádalur y Bosdalafossur. En Gasádalur dormimos tres de las cuatro noches y se trata de un pueblo sin salida de poco más de veinte casas al que solo se puede acceder atravesando un túnel de unos dos kilómetros por un macizo poco iluminado que por momentos se hace eterno. Nos llamó la atención el hecho de que los túneles son de un solo sentido, así que si te encuentras un coche de frente te tienes que echar a un lado, donde hay unos huecos para apartarse cada doscientos metros, más o menos. Curioso.

A la entrada del pueblo hay tres casas negras que se alquilan y que son una maravilla (Gasádalur Apartments, se distinguen en la foto). De madera, completamente equipadas y sí, pese a estar en el culo del mundo, con wifi. Antes de la construcción del túnel, a este pueblo solo se podía acceder por dos vías: la Ruta del Cartero, que no es otra cosa que una senda empinadísima que sube la montaña en zigzag, o por medio de unas poleas desde las que se recogían los cargamentos en los barcos que se aventuraban a acercarse a la cascada, a una empinadísima escalera de piedra junto a la misma. La impresión al bajar esas escaleras es tremenda.

Bosdalafossur es un sitio único al que se llega tras una caminata de unos cuatro kilómetros. Fossur significa «cascada» y el lugar hace referencia a la que se forma en la salida del lago Leitisvatn (el mismo del aeropuerto) al mar. Las fotos que se encuentran en Internet son impresionantes, pero ese efecto óptico solo es posible de ver desde el mar o en días muy soleados.

Bosdalafossur, foto de Christopher Berend

Hicimos dos veces la ruta, la primera con mucha niebla, y merece la pena aunque solo sea por el recorrido, los acantilados y las vistas desde la cima Traelanipa.

La isla de Streymoy

La cuarta noche que pasamos en las islas fue en Torshavn, la capital de este pequeño estado, la misma ciudad en la que las selecciones españolas de fútbol masculino y femenino han disputado sus partidos. En septiembre, las nuestras derrotaron por diez goles a cero a las feroesas. El parlamento y los ministerios son los más austeros de Europa con diferencia, casas de madera con el techo de hierba, pero hay que reconocer que todo funciona bastante bien en las islas: infraestructuras, comunicaciones, calidad de vida… Y la pesca, la principal fuente de ingresos de la zona.

No solo se habló de Feroe en septiembre por las goleadas del fútbol, sino también por los excesos cometidos durante el grind, la tradicional matanza de ballenas, una costumbre local que en esta ocasión saltó a los periódicos porque se cargaron más de 1.400 delfines blancos. La política en materia de pesca es la principal razón por la cual el gobierno feroés no ha suscrito los acuerdos de adhesión a la Unión Europea.

La isla en la que ocurre esta tradicional matanza que tiñe los mares de rojo es Suduroy, la situada más al sur, una isla de menos de 5.000 habitantes que no entra en los circuitos turísticos habituales.

Al margen de esta polémica, Torshavn es una pequeña ciudad interesante, muy nórdica de aspecto (puerto, colores, gente), con buenos restaurantes y una fiesta local que duraba tres días, durante los cuales los feroeses se pillaban unas cogorzas monumentales, siguiendo esa tradición tan vikinga del norte «civilizado» de Europa.

Recuerdo que hace años se publicaban unas guías de «pueblos con encanto». Pues bien, la isla tiene tres pequeños pueblos repletos de ese encanto, cada uno diferente, con un estilo propio:

  • Saksun: un fiordo, una iglesia junto a un pequeño cementerio y una docena de casas con el tejado cubierto de hierba. Todo ello junto a unas colinas de las que caían varios arroyos, Qué poco y qué visualmente atractivo todo.
  • Tjornuvik: quizás Sandavagur está muy cerca del aeropuerto, así que si mi intención es perderme y que no me encuentren, mucho mejor ir por la carretera a ninguna parte que lleva a Tjornuvik, un pueblo con decenas de cascadas que caen de las montañas y una playa de arena negra en la que encontramos algo tan fuera de lugar como una escuela de surf. Un hogareño ofrece un café y unos bollos caseros a los visitantes en su propia casa, en lo que es el único establecimiento «hostelero» en varios kilómetros a la redonda.

Para llegar a este pueblo, la carretera te lleva previamente por la cascada de mayor altura de las islas, la de Mulafossur, característica por su doble salto en la época de más agua:

  • Kirkjubour: este pueblo al sur de la isla tiene el primer asentamiento de una iglesia, del siglo X, ni más, ni menos, puesto que el pueblo se convirtió en sede episcopal cristiana ¡en el año 999! Todavía quedan restos de una antigua iglesia, junto a la moderna, y a las pocas casas del pueblo, construidas con los tradicionales tejados cubiertos de hierba para combatir la humedad de la zona.

La isla de Eysturoy

Las islas se comunican entre sí por puentes (las más cercanas) o por túneles submarinos, algunos de ellos con varios kilómetros de duración y uno de ellos, con lo que nunca jamás he visto en ningún otro lado: una rotonda. Aunque accedimos por el sur de la isla, los pueblos más interesantes están en el norte: Eiôi y Gjogv. ¿Habéis visto las pelis malas suecas esas de los sábados después de comer? ¿Esas en las que todos los protagonistas viven en unas estupendas casas de madera de colores junto a praderas bucólicas, y son artistas, pintores, escritores que arrastran mal de amores? Pues así son estos pueblos y serían platós de rodaje si no tuvieran menos de cien habitantes.

Las islas de Bordoy y Kunoy

Nos quedamos sin tiempo para ir a ver esa isla alargada con poco más de cien habitantes que es Kalsoy, y que por lo visto tiene su encanto si te quedas a dormir en el único sitio que hay en esos cuatro pueblos en línea.

Klaksvik es una ciudad con ferris y un puerto para barcos pesqueros de gran tamaño y lo mejor de la isla de Kunoy son sus vistas a la vecina Kalsoy. Cuando te mueves por estas islas, por los pequeños pueblos cercanos, lo mejor es dejarse llevar y parar donde te apetezca, que será difícil que te salga una foto fea.

Nos teníamos que volver cuando mejor tiempo hacía, una lástima, porque los colores son otros, las laderas de las montañas adquieren un verde especial. En definitiva, y por si no ha quedado claro, un sitio recomendable, curioso, muy agradable, y en el que experimentas el placer de no encontrarte con turistas. La intención del gobierno local es limitar el acceso a las islas, preservarlas tal como están. Nos alegramos de la decisión, y ya si se replantean las matanzas de delfines «por tradición», aplaudiremos con las orejas.

Feliz año a todos los lectores.