Matar el fútbol

BARNEY, 26/12/2021

La FIFA sigue adelante con su propuesta de organizar un Mundial de fútbol cada dos años. No solo eso, sino que indican que a partir de 2026 el número de selecciones participantes subirá a 48. La evolución del número de equipos participantes en las últimas décadas ha sido la siguiente:

  • De Inglaterra 1966 a Argentina 1978: 16 selecciones.
  • De España 1982 a Estados Unidos 1994: 24 selecciones.
  • Desde Francia 1998 hasta Rusia 2918: 32 selecciones.

Si ya en varios de estos mundiales hubo partidos aburridos e irrelevantes, con 48 equipos me temo lo peor, en especial en las primeras fases. Por su parte, la UEFA y la CONMEBOL (Confederación Sudamericana de Fútbol) han alcanzado un acuerdo para que las seis mejores selecciones de Sudamérica disputen la UEFA Nations League en el grupo A, y otras cuatro en el B. De este modo, la categoría A pasaría a contar con 22 combinados nacionales y la B con otros B. Se jugaría siempre en Europa, insertando las fases de grupo en mitad de la temporada, y las eliminatorias finales en junio, cuando hayan concluido los campeonatos de clubes nacionales y continentales.

Entre medias se tienen que seguir disputando las clasificaciones para las Eurocopas, Copas América (5 en los últimos 11 años), mundiales y cada cuatro años, los Juegos Olímpicos. La selección española ha jugado este año dos partidazos contra Italia, la final de la Liga de Naciones contra Francia y unos cuartos de la Euro muy entretenidos frente a Croacia, pero para ello ha sido necesario también una serie de partidos que no pasarán precisamente a la historia del deporte: Kosovo, Georgia, Grecia, Lituania y Eslovaquia. Incluyo en los tostones también los partidos frente a Suecia.

«Football is for the fans» y toda esa patraña que nos sueltan. Tanto la FIFA como la UEFA consideran que tienen un filón que pueden explotar y explotar aún más, y para ello van a seguir haciendo cuanto esté en sus manos no por el bien del fútbol, ni por llevarlo a más rincones del planeta, sino por su bolsillo. Los jugadores ni existen en este calendario absurdo que interrumpe las competiciones de clubes. Y ni siquiera he incluido los partidos de los Juegos Olímpicos, un torneo para el que, a pesar de las limitaciones de edad, también se llevan a profesionales que rinden al máximo nivel en sus equipos. Football is for the fans, claro, porque todos estábamos expectantes ante los Corea del Sur-Nueva Zelanda, Japón-Sudáfrica, España-Egipto, Arabia Saudí-Costa de Marfil y varios partidos más que supongo que alguien muy aficionado vería en su casa.

Yo no soy, o no era al menos, enemigo del fútbol de selecciones, pero cada vez que se interrumpe la Liga española o la Premier para un España-Kosovo o un Inglaterra-San Marino, me convierto en uno de los mayores detractores del mismo. Y yo solo soy un aficionado, pero me pongo en la piel de un directivo de club y me subiría por las paredes: «¿o sea, que las fichas millonarias de los futbolistas las pago yo y los beneficios te los llevas tú?». ¿Qué coño es eso de suspender las competiciones en Europa en noviembre de 2022 para llevar el mundial a una dictadura opresora como Catar? ¿Y luego te devuelvo a los futbolistas hechos papilla, como tras cada parón de selecciones?

Sergio Ramos llevaba en el Real Madrid dieciséis temporadas y en plena renovación, con varias lesiones encadenadas, se le ocurrió decir que quería disputar Eurocopa y Juegos Olímpicos en verano. Se lesionó tras un partido intrascendente contra Kosovo, jugó cojo las semifinales de Champions con el Madrid y al final se quedó sin Euro, sin Juegos y sin Real Madrid. El club que le pagaba, y muy bien.

El centrocampista del Real Madrid, Dani Ceballos, se lesionó el tobillo durante los Juegos y según los médicos de la selección, podría jugar infiltrado las semifinales. Por fortuna no se forzó, pero al llegar a Madrid, los servicios médicos del club comprobaron que tenía una lesión mucho más seria que le ha impedido jugar desde entonces (recuerdo que la lesión se produjo ¡en julio!).

El joven jugador del Barça Pedri, que acaba de cumplir 19 años, encadenó las competiciones con el club que le paga con la Eurocopa y los Juegos Olímpicos. Una locura para un chaval en formación que por entonces tenía (como dijeron los comentaristas unos dos millones de veces) «solo 18 años». En total jugó 73 partidos durante la temporada 2020-21, 52 con el Barça y el resto con las selecciones. Esta temporada está pagando las consecuencias de los esfuerzos y solo ha disputado cuatro partidos con su club, dos en Liga y otros dos en Champions.

Las federaciones hacen lo que les da la gana con los futbolistas. En lo más crudo de la temporada pasada, con las semifinales de Champions en ciernes, la selección croata hizo jugar a Luka Modric tres partidos en seis días. Y luego se habla del «virus FIFA», que no es sino un eufemismo para definir la sobrecarga. Pero ya que hablamos de virus en época de pandemias, conviene recordar la insensatez de los distintos organismos del fútbol al juntar a futbolistas que juegan en distintos campeonatos para las interminables fases de clasificación, con viajes de un continente a otro, o con protocolos distintos entre países.

Ya sé que los futbolistas no son unos lumbreras precisamente (como se ve en la foto junto a la barbacoa), pero la gracia que tiene que hacer a sus clubes saber que no van a poder contar con sus jugadores durante tres o cuatro partidos debe de ser inmensa. O los equipos que cuenten con futbolistas africanos en sus filas (la Ligue1 francesa es la que más lo va a notar), puesto que la Copa África comienza en unos días (el 9 de enero) y finalizará el 6 de febrero. El Sevilla, por ejemplo, que está clasificado en segundo lugar en la Liga española, se va a quedar sin su portero titular (Bono), el delantero centro (En Nesyri) y Munir durante varias semanas, convocados por Marruecos. En algún momento se tiene que cortar este sinsentido que altera y pervierte las competiciones.

Toni Kroos es uno de los futbolistas más sensatos que conozco y ya expresó su cansancio en la carta en la que anunciaba su retirada de la selección alemana: «A partir de ahora me permitiré deliberadamente descansos que no existen como jugador nacional desde hace once años. Y además, como esposo y padre, también me gustaría estar allí para mi esposa y mis tres hijos«. Pero creo que no serán los futbolistas los que pongan freno a esta situación, sino los dueños de los clubes. Los que pagan los estratosféricos salarios de los futbolistas y reciben muy poco como compensación a sus cesiones. Esto es lo que recibieron los clubes por sus jugadores durante el pasado Mundial de Rusia 2018:

Clubes cobro Mundial

Aunque parezca un buen ingreso, no deja de ser calderilla si pensamos que los principales clubes de Europa tienen en torno a una docena de internacionales en sus filas. Si los jugadores se lesionan, la FIFA tiene un Programa de Protección de Clubes con un fondo de hasta 80 millones de euros anuales. No es ni el veinte por ciento de la masa salarial del PSG, por poner la cifra en contexto. Es una ayuda, desde luego, pero solo cubre las lesiones superiores a 28 días y la parte fija de los salarios de los futbolistas, no los variables ni los bonus. Además, tiene un importe máximo anual de 7,5 millones de euros por jugador, lo que en muchos casos cubrirá la ficha del futbolista, pero no así en muchos otros. El club pierde si el jugador se lesiona menos de 28 días, si su salario es superior, o simplemente por las sobrecargas generadas. Y luego hay torneos no cubiertos por el seguro, como los Juegos Olímpicos, que en el caso de España es cubierto por la Federación con su propio seguro.

Las cifras que mueven las competiciones de selecciones son enormes, demasiado golosas y poco transparentes. Los derechos de televisión que negocian la FIFA y la UEFA suponen unos ingresos gigantescos para estos organismos, que además no tienen la responsabilidad de gestionar los clubes ni de pagar los caprichos de sus estrellas. Joao Havelange, Joseph Blatter, Michel Platini, Infantino, Ceferin,… vaya colección. Las acusaciones de haber aceptado sobornos y de plegarse al poder de los petrodólares sobrevuelan el mundo del fútbol y lo que menos importa a estos dirigentes es el espectáculo.

Precisamente el fútbol de partidos absurdos de selecciones es el que está haciendo que se pierda a los jóvenes. Y un Reglamento que hay que modificar para dotar al juego de mayor dinamismo, evitar las pérdidas de tiempo y castigar el teatro tanto como el juego sucio. El ejemplo del baloncesto está al alcance de estos gerifaltes del fútbol. El Reglamento se modifica en pro del espectáculo cada año. La Euroliga es una competición muy atractiva en la que los mejores clubes de Europa no ceden a sus jugadores para las selecciones durante las fases de clasificación. Al final de la temporada, y porque los jugadores de baloncesto son de otra pasta, los que pueden con su cuerpo disputan mundiales, eurobasket, Juegos Olímpicos y lo que les echen. Y casi siempre a tope, sin quejas sobre el calendario. Pero durante la temporada regular no. No vamos a quedarnos sin un Real Madrid-CSKA o un Barça-Unics Kazan como los de esta semana por un España-Finlandia de clasificación. La Superliga que proponían Florentino Pérez, Joan Laporta y la familia Agnelli junto con una serie de clubes entre «acojonaos» y untados era la solución: grandes partidos todas las semanas. Los mejores futbolistas a pleno rendimiento, al cien por cien de capacidad y concentración.

Pero la demagogia ha vencido con el mensaje falaz de los ricos y los pobres y el «football is for the fans» Si fuera para los aficionados, se tomaría ejemplo de un día como hoy en Inglaterra: el Boxing Day. Partidos para los más jóvenes, para que los niños vayan con sus padres al fútbol y se enganchen a unos colores, al ambiente del estadio. Aquí el fútbol es tan «for the fans» que se suspende en época de vacaciones escolares y luego se ponen los partidos a las diez de la noche entre semana. Están matando el futbol entre todos.

La naranja mecánica (II): la película

TRAVIS, 19/12/2021

A finales de 1970 se inició el rodaje de La naranja mecánica en Londres, adaptación de la novela de Anthony Burgess de la que se encargaría el director norteamericano Stanley Kubrick, un rodaje que se prolongó por espacio de seis meses. El estreno mundial se produjo el 19 de diciembre de 1971 en Nueva York, hace ya medio siglo, y una de las cosas que más me ha sorprendido al volver a verla estos días es pensar que el conservadurismo actual dificultaría o recortaría de manera notable una obra así. Los productores se autocensurarían, estoy convencido. Ya el propio Stanley Kubrick tuvo que hacer cambios sobre la novela original para lograr que se pudiera estrenar y aun con ello hubo numerosos países que la prohibieron durante años e incluso décadas. La ultraviolencia explícita, la falta de moral de los personajes o las escenas sexuales, violaciones incluidas, provocaban entonces y siguen provocando a día de hoy incomodidad, desasosiego. El famoso inicio de la peli no engaña a nadie e indica por dónde van a ir las dos horas y cuarto de metraje:

La cámara se aleja con un travelling, de manera inversa a un zoom. Podríamos pensar que tiene un significado metafórico de alejamiento de la violencia, pero creo que se debe más bien al gusto del director por mostrar esos planos panorámicos con el gran angular, enorme profundidad de campo, con simetrías inquietantes y los personajes en el centro de la acción.

Puro estilo Kubrick. Sus planos referentes, como los de El resplandor:

El one-point perspective que Kubrick utilizó como nadie, trazando con escuadra y cartabón:

Y por supuesto, los famosísimos de 2001: una odisea del espacio:

La adaptación

Del guion se encargó el propio Stanley Kubrick. Como ya mencioné en el post dedicado a la novela, la edición norteamericana se publicó sin el capítulo 21, y cuando se reeditó en 1986 en Estados Unidos, el propio Burgess escribió una introducción en la que decía que «La naranja americana o kubrickiana es una fábula; la británica, o la mundial, es una novela». Nunca estuvo satisfecho por el resultado, en especial porque ese recorte supuso cambiar el final pensado por el propio autor.

La película de Kubrick separa perfectamente las tres partes de la novela (Álex y sus drugos cometiendo tropelías, la terapia Ludovico y la vuelta a la sociedad) como si fueran tres capítulos de cuarenta y cinco minutos. Casi exactos. Y durante los mismos Álex va pasando prácticamente por todas las situaciones y vicisitudes de los protagonistas bajo el prisma tan personal del director. Toma elecciones estéticas y argumentales, pero casi todas ellas son fieles al espíritu de la novela.

En el artículo Las palabras y las películas del propio Kubrick, publicado en la revista británica Sight & Sound en 1961 (y a la que he tenido acceso gracias al cuadernillo de Cahiers du Cinema), explica lo que entiende que debe ser una adaptación literaria:

«Creo que para hacer una películas, el libro ideal no es una novela de acción, sino por el contrario una novela que trate principalmente de la vida interior de los personajes. Le daría al guionista un listado preciso con lo que piensa o siente cada personaje en cada momento de la historia». Para ello, pocas novelas como esta, narrada en primera persona por un tipo que expresa cada una de sus sensaciones o motivaciones, aunque esta sea la excitación por la sangre («le brotó la sangre, hermanos míos, y qué hermosa era», «soltaba sangre como una clase muy especial de fruta jugosa»). Continúa Kubrick: «El estilo es lo que un artista utiliza para fascinar al lector, la manera en que le comunica sus sentimientos, sus emociones y sus pensamientos. Eso es lo que ha de ser dramatizados y no el estilo. El guion debe encontrar su propio estilo, como si agarrara el contenido. Y al hacer eso podrá subrayar otra cara escondida de la construcción de la novela. Puede ser tan bueno como la novela, o no; a veces, en cierto modo, puede ser mucho mejor».

A mí me parece una estupenda adaptación de una novela parcialmente cercenada, pero ya coincidimos Reggie y yo en Mucho mejor la peli que no debería estar incluida en ese listado de «30 películas mejores que la novela en la que se basaron». El estilo de Kubrick es artificioso, ahonda en la irrealidad de la historia, los decorados son exagerados y las interpretaciones sobreactuadas (vaya padres, o ¡ese Deltoid!), pero es exactamente lo que es la novela: pura exageración. Una de las primeras escenas, la del intento de violación por parte de la pandilla de Billyboy, se desarrolla en el escenario de un teatro abandonado y los movimientos de los personajes, incluidos los de la chica a punto de ser violada, parecen una coreografía, una danza más que un intento de fuga.

Esa irrealidad de la novela y de la película es perfecta para enmascarar la violencia de lo que se narra. Kubrick emplea la cámara lenta, la ultra rápida, el zoom, el travelling, la retroproyección, el picado y el contrapicado, todos los elementos a su alcance que alejan la historia del documental, lo envuelve todo con la música y satura la pantalla de colores y elementos geométricos. Es brillante en todo, también en el alejamiento de la veracidad.

Los cambios

El personaje de Álex en la novela tiene solo quince años, mientras que el actor Malcolm McDowell contaba veintisiete cuando rodó la película. Las niñas que Álex lleva engañadas a su casa, a las que posteriormente droga y viola, tienen diez años en la novela, mientras que en el filme de Kubrick tienen un aspecto algo más crecido y menos infantil, y el sexo es consentido. Esta es la, ejem, transformación de la niña de diez años:

Los personajes son unos tarados mentales, verdaderos psicópatas y, sin embargo, uno ve la película o lee la novela y es capaz de encontrar un punto de humor en ellos, no sé muy bien por qué. La temida crítica cinematográfica Pauline Kael definió el filme como «comedia de ciencia-ficción porno-violenta», y se cabreaba porque afirmaba que «los directores nos llevan a aceptar la violencia» con naturalidad, como parte del ser humano, que es uno de los grandes temas de la novela. Como la posibilidad de reconducirla o si es lícito alterar la voluntad del hombre para inhibir sus impulsos más primarios.

Otra elección importante a la hora de trasladar la novela a la pantalla fue la reducción del uso del nadsat, porque podía hacer incomprensibles los diálogos, o resultar demasiado incómodo o cargante para el espectador. Se utiliza de manera ocasional y en contextos que hacen que se pueda seguir la trama. Algunos cambios respecto al libro aportan al ambiente febril y enrarecido de la película, como los cuadros eróticos de «la loca de los gatos» o la escultura con la que Álex da muerte a la mujer, que en el libro era una estatua de plata, y aquí… pues eso, algo que da bastante juego al director.

La película finaliza en el capítulo 20 de la novela, con la frase de Álex: «sí, ya estoy curado». El capítulo 21 es el que le da un cierto aspecto moralista a toda la historia. Álex ha madurado, comienza a trabajar y elige la bondad por propia voluntad. Entre otras cosas, descubre que le cuesta esfuerzo ganar el dinero y decide no derrocharlo como anteriormente a sabiendas de que podría robar para mantener sus caprichos: «Es que no me gusta arrojar porque sí los golis que me he ganado duramente«. Puede seguir robando o asesinando, o violando a mujeres, pero elige comportarse de otro modo. Ha madurado, «la juventud debe partir», aunque solo tenga dieciocho años y se muestra aburrido de la violencia, cansado. Se imagina a sí mismo formando una familia, con una débochca (mujer) con la que tener un hijo. «Ahí estaba vuestro Humilde Narrador Álex volviendo a casa, del trabajo a un bueno y caliente plato de cena, y ahí estaba esa ptitsa (muchacha) que le daba la bienvenida y lo saludaba como si lo amara«.

Sinceramente, no veo este posible final para la película, salvo que Kubrick (que lo dudo) lo resuma con ese plano final en el que Álex practica «el viejo unodós» con una joven desnuda rodeado de gente vestida de etiqueta, como de boda. Me chirriaría el capítulo tal como fue escrito, no creo que la mayoría de los espectadores viéramos con buenos ojos a un Álex rehabilitado y felizmente casado con una mujer a la que respetara. Lo entiendo en la novela porque Burgess quería llegar a la elección voluntaria del Bien y el abandono del Mal, no como consecuencia del atroz proceso de tortura ejercido por el estado sobre sus ciudadanos, sino como decisión consciente, razonada, meditada. He sido un hijo de puta, pero he comprendido. En su lugar, la película termina cuando Álex sonríe sádicamente y afirma estar «curado», y todos entendemos qué significa eso para el psicópata.

Reacciones al estreno

La crítica estuvo dividida entre quienes la consideraron una gran película y quienes se escandalizaron por su ausencia de valores morales de ningún tipo. Varios países la prohibieron, pero fue un éxito completo en todos aquellos en los que fue estrenada. En Reino Unido, tras varios crímenes cometidos por jóvenes que copiaban la estética de los personajes, las críticas se amplificaron y hubo voces exigiendo su prohibición. Algo que ocurre periódicamente, me vienen a la cabeza peticiones similares tras Asesinos natos, Pulp Fiction y ahora con El juego del calamar.

La obra llevaba más de un año en cartel en el Reino Unido cuando Stanley Kubrick comenzó a recibir amenazas de muerte para él y para su propia familia en su residencia a las afueras de Londres. Fue entonces cuando el propio Kubrick solicitó la retirada de la película de las carteleras, y consiguió que la distribuidora lo hiciera y no la reestrenara durante más de dos décadas. Desconozco el nivel de las amenazas, pero el veto del director en el Reino Unido se mantuvo hasta el fallecimiento del propio Kubrick en 1999. Eso ha sido hace dos días, como quien dice.

La película estuvo prohibida por la censura en España, pero en 1975 se estrenó en la Seminci de Valladolid. Precisamente acaba de estrenarse (17 de diciembre en TCM) un documental que narra la aventura de su estreno en «una de las ciudades más conservadoras de España», como cuenta el propio Malcolm McDowell.

La naranja prohibida. Lo recomiendo, se emite en abierto, y ahí podemos encontrar las cartas de los responsables del festival de cine de Valladolid a la Warner, las respuestas de esta, las exigencias de Kubrick y las hilarantes contestaciones de los órganos censores. La fama que precedía a la película provocó largas colas de estudiantes y una expectación como pocas veces se había visto en la ciudad. No hay que olvidar que estábamos en los últimos estertores del franquismo (abril de 1975), en la etapa del cine del destape en la que se podía ver algo más de una teta en pantalla como muestra de «apertura» del Régimen. La película se estrenó en Madrid a principios de 1976, pero exclusivamente en versión original, y solo puede exhibirse doblada dos años más tarde.

Curiosidades

  • La música de Ludwig van. El gran Ludwig van, oh, hermanos míos, porque apenas se habla de Beethoven. La banda sonora es fantástica, con obras fundamentalmente de Rossini y Beethoven perfectamente engarzadas con las imágenes. El compositor Walter Carlos (ahora Wendy Carlos) modificó varias de las piezas con ayuda de un sintetizador, lo que produce un sonido para la obra entre futurista y clásico, perfecta mezcla para unos decorados que comparten ambos estilos. Algunas de las alteraciones del sintetizador sirven para marcar el tempo de los personajes, lo ralentiza o lo acelera, como en la famosa escena en la que emplea la Obertura de Guillermo Tell, que por sí solo es un videoclip de un minuto entre divertido y perturbador. El tiempo real que aparece en ese minuto es de unos veintiocho minutos.
  • En la escena de las dos jóvenes que conoce en la tienda de discos aparece un disco con la banda sonora de 2001, Una odisea del espacio.
  • El diseño de ese estrambótico vestuario es obra de una debutante, la italiana Milena Canonero. A lo largo de su carrera ha ganado cuatro Óscar al mejor diseño de vestuario: Gran Hotel Budapest (2014), Marie Antoinette (2006), Carros de fuego (1981) y Barry Lyndon (1975), del propio Stanley Kubrick. Malcolm McDowell contó que Stanley Kubrick encontró en el maletero del coche del actor unas coquillas para protegerse sus partes, puesto que era practicante de cricket. Al director le pareció que podían darle ese aire entre retro y futurista si lo llevaban por encima del traje.
  • La canción Singin’ in the rain que Álex canta mientras golpea al escritor y desnuda a su mujer fue una improvisación del actor, al que Kubrick le pidió que cantara algo porque la escena había quedado muy sosa. A Kubrick le encantó, «es la canción que define la euforia para Hollywood». Le gustó tanto que compró los derechos de autor y la utilizó dos veces más en la película: para que Álex se delate en su segunda visita al escritor (un gran acierto) y en los títulos de crédito finales.
  • El culturista que ayuda al escritor que ha quedado en silla de ruedas tras la paliza de los drugos es ni más ni menos que David Prowse, el actor que interpretaría a Darth Vader tras la máscara (v. Goodbye, Lord Vader).
  • El perfeccionismo extremo, enfermizo más bien, de Kubrick le hizo famoso entre otras cosas por el número de tomas que obligaba a hacer a los actores. David Prowse acabó exhausto tras repetir más de treinta veces la escena en la que lleva al escritor con la silla de ruedas por las escaleras. La escena de los periodistas en el hospital se repitió 74 veces, y la escena inicial del intento de violación de Billyboy tuvo tantas tomas que la actriz inicialmente elegida abandonó el rodaje, harta de tanta «incomodidad».
  • La película estuvo prohibida en España, pero en 1973 se rodó y estrenó una producción de José Frade, con dirección de Eloy de la Iglesia, titulada Una gota de sangre para morir amando. La película tiene tal cantidad de escenas similares que fue apodada «La mandarina mecánica».
  • La película no disimulaba referencias a la obra de Kubrick, que aparecía mencionada en una escena, y fue distribuida en mercados anglosajones como Clockwork terror. La protagonista era Sue Lyon, la actriz de Lolita en la versión de Kubrick.
  • Del doblaje español se encargó Carlos Saura y de la traducción, el escritor Vicente Molina Foix. El mismo equipo de El resplandor. Yo personalmente detesto la voz española de Álex, no me gustó nada.
  • El suero que inyectan a Álex antes de la terapia Ludovico está en el bote 114. Las supersticiones o manías de Kubrick. En ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú, el CRM-114 es el aparato de seguridad que bloquea las comunicaciones con el B-52, y en Eyes Wide Shut el personaje de Tom Cruise visita el pasillo C, cámara (room) 114. Descubrimiento vía Cahiers du Cinema.

Otras referencias de los Cuatro amiguetes

Barney.- «La naranja mecánica» fue el apelativo que se dio a la fantástica selección holandesa de principios de los setenta, aquella comandada por Johan Cruyff y en la que jugaron Neeskens, Resenbrink o Johnny Rep entre otros. Un gran equipo comandado por Rinus Michels que llegó a dos finales de mundiales (Alemania 1974 y Argentina 1978).

Josean.- La naranja mecánica de Kubrick figura entre las películas más rentables de la historia, pues tuvo un coste de unos dos millones y medio de dólares y obtuvo una recaudación superior a los cuarenta. No se acerca a la rentabilidad de Garganta profunda, conocida en algunos círculos como la más rentable de todos los tiempos.

Lester.- Quizás quienes sí entendieron el final del libro antes que muchos fueron los miembros del grupo musical Los Nikis, quienes a mediados de los ochenta sorprendieron con la canción La naranja no es mecánica, con frases como «oh, hermanito, se acabaron los delitos», «la ultraviolencia siempre acaba mal» o «Álex, no lo intentes de nuevo, deja a los mendigos vivir en paz».

La naranja mecánica (I): la novela

TRAVIS, 12/12/2021

«Publiqué la novela A Clockwork Orange en 1962, lapso que debería haber bastado para borrarla de la memoria literaria del mundo». Quien se expresaba de este modo tan crítico con su obra más recordada era el propio autor de la novela, el escritor británico Anthony Burgess (Manchester, 1917). «De buena gana la repudiaría por diferentes razones«. La novela se publicó a principios de los sesenta, pero no tuvo demasiado éxito ni una gran repercusión, seguramente por su temática violenta y por el empleo de un lenguaje alternativo, el nadsat, que podía dificultar la comprensión del texto, o al menos hacerlo incómodo de leer. Fue a raíz del estreno de la película de Stanley Kubrick en 1971 cuando la propia novela se convirtió en un libro vendido, analizado y reinterpretado desde diferentes puntos de vista. Precisamente la interpretación errónea que Kubrick hizo de la novela fue la que llevó a Burgess a renegar de la misma hasta su fallecimiento en 1993.

Leí la novela a principios de los noventa y he vuelto a hacerlo el puente pasado, pues se trata de una novela corta, de menos de doscientas páginas (o de poco más, como explicaré en este post), que se lee rápido una vez que te acostumbras al nadsat. Mi edición es de 1994, de Ediciones Minotauro, una reedición de la de 1976 que constaba de veinte capítulos. Y tengo que decirlo cuanto antes, por mucho que moleste a Burgess, a mí me resulta inevitable imaginar a los personajes con un aspecto distinto al mostrado por Kubrick en la pantalla.

El extraño título

Del título se han dado tradicionalmente dos interpretaciones. La primera, del propio autor, indica que viene de una expresión del cockney (jerga londinense): «As queer as a clockwork orange». Tan raro como una naranja mecánica. Burgess explicó que le venía muy bien para explicar lo que cuenta la novela acerca de las técnicas empleadas para subvertir la naturaleza del individuo, como hacer de una fruta un ingenio mecánico. La segunda interpretación que he leído en varios artículos es que «ourang» es una palabra malaya que significa «persona», lo que complementaría la anterior. No es descabellado pensarlo, pues Anthony Burgess hablaba una decena de idiomas (ruso, español, alemán, japonés, italiano, y también malayo) y aparte de novelista era lingüista, traductor, ensayista, guionista y ¡compositor de música! Un auténtico polímata que pasó varios años de su vida en Malasia.

En realidad hay poco misterio, puesto que en el capítulo 2 de la Primera Parte del libro, el protagonista Álex entra con sus drugos (colegas) en casa del matrimonio al que va a agredir salvajemente y observa que el dueño de la casa está escribiendo un libro: «LA NARANJA MECÁNICA, y dije:- Caramba, es un título bastante glupo (estúpido). ¿Quién oyó hablar jamás de una naranja mecánica?». Y lee un solo párrafo que aclara lo que Burgess quería expresar: «Para oponerme al intento de imponer al hombre, criatura que crece y puede demostrar bondad, que es capaz de beber el néctar que brota de los labios barbados del Señor, para oponerme al intento de imponerle leyes y condiciones solo apropiadas para una creación mecánica, levanto la acerada pluma…». La novela toca muchos palos: la violencia, la ética, el control de la sociedad por las autoridades o si es el estado el único legitimado para ejercer la violencia, el Bien o el Mal como elección, pero se centra sobre todo en la disyuntiva entre imponer al ser humano algo en contra de su propia naturaleza o dejarlo a su propia elección. Y en esa disyuntiva, el autor de La naranja mecánica en la propia La naranja mecánica de Burgess dice que «para oponerme al intento de imponerle leyes…levanto la acerada pluma». Más adelante, tras la terapia que sufre Álex en la que se inhiben sus impulsos naturales y viendo cómo es analizado cual ratón de laboratorio, exclama: «¿No soy más que una naranja mecánica?».

La historia personal de Burgess en la propia trama

Un suceso conmocionó y cambió la vida de Anthony Burgess y su mujer para siempre. En 1944, durante un apagón forzado en Londres para evitar los bombardeos, la casa de Burgess fue asaltada y robada por cuatro soldados norteamericanos que habían desertado del ejército. La peor parte se la llevó su mujer, Lynne, que fue agredida y violada por los cuatro, y como consecuencia de los golpes y las agresiones perdió al hijo que ambos estaban esperando. Una escena muy similar a esta es la que aparece en el mencionado capítulo dos, en el que los cuatro drugos asaltan la casa del escritor y violan por turnos a su mujer. Lo describe con toda la crudeza, «oh, hermanos míos, entre tanto yo me sacaba los pantalones y me preparaba para la zambullida». «Después de mí, era justo que le tocase el turno al viejo Lerdo, y lo hizo resoplando y jadeando como una bestia». «Después hicimos cambio de parejas… y Pete y Georgie tuvieron lo suyo».

El nadsat

Álex, «Vuestro Humilde Narrador» de la novela, habla de un modo exageradamente refinado con los adultos que se cruza, pero utiliza una jerga con sus compañeros de ultraviolencia, el nadsat, creada para suavizar de alguna manera la crudeza de lo narrado y de ese modo evitar la censura. Las escenas con agresiones o violaciones se leen de una manera que hace que parezcan irreales, puesto que no es lo mismo hablar de glasos, grudos o rucas que de pechos, ojos o manos. La obra original de Burgess tenía 21 capítulos divididos en tres partes de siete capítulos cada una y no contenía el glosario de Nadsat al final del libro. Sin embargo, los editores norteamericanos decidieron incluir el glosario para facilitar al lector la comprensión del texto. Lo cierto es que aunque en las primeras páginas sientes la tentación de revisar si has entendido bien lo que está contando, después de dos o tres capítulos se puede leer el libro perfectamente sin acudir a dicho glosario de términos (Nadsat).

El nadsat aparece continuamente en la novela, pero con menor frecuencia en la película de Kubrick, que pensaba que podía afectar a la historia y a la calificación de la película. Burgess, como lingüista que era, utilizó su dominio de las lenguas eslavas para desarrollar esta jerga. En el capítulo 6 de la Segunda Parte, los doctores que aplican la terapia al joven Álex explican el origen de la misma:

– Muy curioso -comentó el doctor Brodsky- ese dialecto de la tribu. ¿Sabe usted de dónde viene, Branom?

– Fragmentos de una vieja jerga -dijo el doctor Branom, que ya no tenía un aire tan amistoso-. Algunas palabras gitanas. Pero la mayoría de las raíces son eslavas. Propaganda. Penetración subliminal.

En su mayoría son términos adaptados del ruso, o de la fonética del ruso. Nadsat es el sufijo ruso para las edades adolescentes, como el teen del inglés:

El tiempo, el lugar

Aunque no se menciona en ningún momento el nombre de la ciudad en la que se desarrolla la acción, ni tan siquiera el país, ni tampoco el año, he leído en algunos lugares que podría ocurrir en Londres en 1995. La única referencia al año aparece cuando los drugos roban un coche, «un Durango 95 nuevo» que «se tragaba el camino como espaguetis». En cuanto a la ciudad, podría ser Londres (donde la situó Kubrick) o cualquier otra ciudad británica, de donde era el autor, aunque a mí por momentos me recordó a Nueva York, donde suele ocurrir «todo». En el capítulo 6 de la Primera Parte, los jóvenes salen del restaurante Duque de Nueva York, donde «se levantaban edificios de oficinas», luego pasan junto a la biblioteca (en donde apalizarán a otro anciano), que me trajo a la cabeza la biblioteca pública de la Quinta Avenida, y después «el bolche (gran) edificio llamado Victoria». No sé por qué, pero mi mente lo situó en ese enorme edificio de estilo victoriano que es la Grand Central Station, a pocos pasos de la biblioteca. Cosas mías.

El capítulo 21

La primera vez que leí la obra de Burgess creí que terminaba en el capítulo 20, o el sexto de la Tercera Parte, el último editado en Estados Unidos y en la versión española de Minotauro. Álex dice «Sí, yo ya estaba curado», que realmente significa algo muy distinto a lo que entendemos por estar curado. Como este capítulo 21 es trascendental para comprender mejor las diferencias entre la novela de Burgess y la película de Kubrick, dejaré la explicación para la segunda parte. La suerte que he tenido esta vez, es que he encontrado el capítulo 21 (aquí dejo enlace), lo he leído con suma atención y creo que completa la visión moral o moralista que Burgess tenía inicialmente en su mente.

«En 1961 necesitaba dinero, aun la miseria que me ofrecían como anticipo, y si la condición para que aceptasen el libro significaba también su truncamiento, que así fuera», explicó Burgess en una entrevista años después. Ese tajo a la obra inicial provocó el gran malentendido que acompañó a esta obra durante décadas, un malentendido que la película de Kubrick amplificó y extendió.

Obras relacionadas

Tradicionalmente se ha asociado La naranja mecánica a otras dos grandes distopías cercanas en el tiempo: 1984, de George Orwell, escrita en 1948 y Un mundo feliz, de Aldous Huxley, de 1932. Ambas tienen esa visión del estado controlador, dominante, opresivo, capaz de ejercer la violencia sobre sus ciudadanos sin pudor. «Me parece que ayudarás al derrocamiento de este gobierno que nos aplasta. Convertir a un joven decente en un mecanismo de relojería no es ciertamente un triunfo para ningún gobierno, excepto si se siente orgulloso de su propia capacidad de represión». Un estado que contrata a psicópatas para acabar con la inseguridad en las ciudades, porque la violencia es lícita si parte de los propios militsos (policías). «¿No terminará decidiendo el propio gobierno qué es y qué no es delito, y destruyendo la vida y la voluntad de quien se atreva a desobedecer?».

Esa concepción de la falsa libertad que «concede» el estado, así como la violencia policial, me recuerdan también a los cómics escritos por Alan Moore V de Vendetta. Pero también encierra aspectos en común con Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, publicada en 1953. Una sociedad embrutecida, adicta a las pastillas cuando no a las drogas, en la que el tipo que sale con libros de la biblioteca es un tipo raro, o en el que por las noches «pasaban lo que solían llamar un programa mundial, porque todos los habitantes del mundo podían ver si lo deseaban el mismo programa; y el público era casi siempre los liudos (individuos) de la clase media». Exactamente lo que veía la mujer de Guy Montag en la novela de Bradbury justo antes de empastillarse para abstraerse del mundo y dormir.

Esta semana se cumple medio siglo desde el estreno de la versión cinematográfica de la novela, así que este post, oh, mis queridos drugos, continuará en La naranja mecánica (II): la película.

Una mirada incrédula

Ralph Pace, Estados Unidos

LESTER, 05/12/2021

Esta mañana he salido a correr y, como las últimas veces que lo hacía, mi cabeza se ha puesto a contar las mascarillas que me encontraba tiradas por el suelo. Doce kilómetros, diecisiete mascarillas. Hace un par de semanas conté veintidós, a casi una por cada quinientos metros. Lamentable. Las mascarillas han sustituido a las latas de Coca-cola en el paisaje de la «cerdidumbre» humana. Con toda la «cerdeza» lo digo. Hace años, cuando iba a la montaña con amigos, daba igual la altura a la que nos encontráramos que siempre encontraba una lata de Coca-cola metida entre dos piedras, o tirada en medio de unos matorrales.

El lobo marino de la foto observa incrédulo ese objeto extraño (y bastante asqueroso) que aparece ante sus ojos y se pregunta cómo coño habrá llegado hasta allí. Exactamente igual que hago yo con cada p… mascarilla arrojada al suelo por tipos incívicos, maleducados y (dejo un margen a la duda) despistados. El lobo bucea en California, yo me muevo por Las Rozas, pero la «cerditud» está en todas partes.

La foto obtuvo el primer premio en la categoría de Medio Ambiente del prestigioso World Press Photo. Estuve viendo recientemente la selección de fotografías que componen la exposición de fotoperiodismo que ha venido a Madrid y que se exhibe en el Colegio de Arquitectos. Algunas son impresionantes por lo llamativo, como esta sobre una plaga de langostas en África oriental:

Luis Tato, España. Tercer premio de Naturaleza

Pero yo me he interesado por otras fotos, menos espectaculares, sin duda menos llamativas, pero con una historia detrás que me apetecía inventar, narrar. Imaginar.

Historia 1: Recogiendo a Papá

Valery Melnikov, Rusia. Primer premio Temas de Actualidad.

Eran las tres de la mañana cuando el joven Vlado lo comprendió todo. Horas antes, su hermano Nikol le había dicho que le acompañara «a un sitio». Siempre le decía lo mismo, y aunque Vlado sabía que la mayoría de las veces era más para buscar problemas que para ganar algo de dinero con el que comprar la cena, en esa ocasión decidió acompañarlo. Su tono era grave, como todas las conversaciones que Nikol y su madre habían mantenido en los últimos días.

«Toma». Le ofreció una pala al llegar al cementerio. Vlado se negó a recogerla puesto que se temía alguna de las locuras de su hermano. «Cógela, idiota, tenemos que llevarnos a Papá. Nos vamos de aquí». No hizo falta decir mucho más. Con la escasa luz de la luna cavaron durante casi dos horas. La tierra estaba congelada, dura como el cemento tras dos años y medio en el mismo sitio. Les dolían las manos, casi en carne viva, pero lograron desenterrar el ataúd y meterlo en la furgoneta. Al abrir el portón trasero, Vlado observó que el interior estaba repleto de maletas, algún mueble, las fotos de las paredes de casa. «Nos vamos esta misma noche», le dijo.

Volvieron a casa, recogieron a su madre y salieron rumbo a Armenia. Nagorno-Karabaj iba a ser un infierno. De nuevo.

Historia 2: La casa a cuestas

Lorenzo Tugnoli, Italia. Primer premio Noticias de Actualidad

Tuvo que saltarse varias barreras de seguridad, derribar una de las pocas puertas que quedaban del edificio y trepar por los escombros de las escaleras, con gran riesgo en cada una de las acciones, pero Abdullah no quería dejar de intentarlo. La explosión del puerto de Beirut tres días antes había arrasado todos los edificios cercanos, incluido aquel en el que él y su familia tenían un modesto apartamento. No hacía ni cinco años desde que lo habían adquirido con los ahorros que lograron sacar de Siria antes de que decidieran huir de allí.

«He tenido suerte», contaba a Walid, el compatriota que iba a alojarlos temporalmente mientras se resolvía su situación. «Estamos todos vivos. Mi mujer estaba visitando a su prima en la otra parte de la ciudad y los niños estaban en la escuela, así que puedo decirlo. Alá cuidaba de mí y de mi familia. No he perdido nada, aunque lo haya perdido todo».

Abdullah había decidido que tratarían de rehacer su vida en Europa. No sabía muy bien en qué país, si en Grecia, Francia o Alemania, pero tenían que intentarlo. No podían volver a Alepo y nada los retenía ya en el Líbano, así que les tocaba reunir sus pocas pertenencias y salir de nuevo con la casa a cuestas. Lo tenían todo listo, pero antes de eso Abdullah quiso visitar por última vez su antigua casa en busca de recuerdos, algunas pertenencias que llevar consigo. Libros, fotos, alguna joya de familia, documentos que pudieran necesitar, como el título de ingeniería… y si algo quedaba medio en pie y sin destrozar, quería llegar a la mesilla en cuyo cajón guardaba un sobre con los pocos ahorros de toda una vida. El suelo temblaba bajo sus pies.

Historia 3: La pregunta que no respondió

Angelos Tzortzinis, Grecia. Tercer premio Proyectos a largo plazo

Idrissa se quedó mirando a la nada. Se apartó del grupo junto con la pequeña Ndeye y ambos se sentaron a descansar. Ofreció un poco de agua a su hija y trató de cerrar los ojos. No es que el campamento de Moria hubiera sido un hogar maravilloso, pero al menos era algo parecido a un hogar. Con sus cuatro cosas, unas mantas de abrigo, algún producto de higiene, la mochila de su hija con los cuadernos de la improvisada escuela del campamento y amigos en la tienda de al lado.

– ¿Y ahora dónde vamos, Papá?

– A un pueblo aquí cerca, en la isla también. Mucho más bonito, ya lo verás, donde vamos a tener mucho más espacio tú y yo.

– ¿Ya no podremos volver a casa?

– No, se ha quemado todo.

– Y en el sitio al que vamos, ¿va a estar Mamá?

Idrissa estaba exhausto, tenía los pies doloridos de tanto clavarse los guijarros del camino, ya que caminaba con unas zapatillas casi sin suela, de tan desgastadas que estaban. Tenía los ojos cerrados, pero las lágrimas humedecieron sus párpados y comenzaron a caer lentamente. Llevaba toda la vida contestando a las preguntas de la curiosa Ndeye, y sin embargo, hacía meses que no era capaz de dar respuesta a la cuestión más trascendente que jamás le había planteado.

Historia 4: Orgullo yanqui

Gabriele Galimberti, Italia. Primer premio Retratos

Will miró «su obra» con orgullo y le pidió a su mujer que le hiciera una foto en la que se apreciara bien.

– Súbete al techo de la camioneta, Karen. Sin miedo, resiste. Necesito que cojas algo de altura, para que se vea bien en perspectiva.

Había tenido una visión unos días antes: sacaría todas sus armas de fuego, les pasaría la revisión anual que solía hacer para asegurarse de que todas estaban en perfecto estado y listas para ser usadas, y luego dibujaría la silueta de Estados Unidos con todas ellas repartidas por el césped del jardín.

– Carolina del Sur es un sitio maravilloso para vivir -contaba a sus amigos cuando venían a visitarlo-. El suelo es barato aquí y no solo tienes todo el espacio del mundo para tener un jardín fantástico o una casa enorme, sino que además es el paraíso de la libertad en donde puedes comprar las armas que necesites para proteger a tu familia y tus pertenencias.

Ese día tocaba sesión de tiro. Se iría al bosque cercano con sus colegas Jack y Randy, dispararían miles de veces, competirían por la mejor puntería contra siluetas humanas en la distancia y luego abrirían unas latas de Budweiser. «Cheers! That’s life!».

– Me encanta -le dijo a Karen cuando vio cómo habían quedado las fotos con su obra de arte.

He seleccionado solo cuatro historias, pero allí había muchas más. Al acabar la exposición me compré el libro de la misma, con las mejores fotos acompañadas de textos que ayudaban a situar la acción.

El conflicto de Nagorno-Karabaj se ha reabierto y en muchos aspectos no se ha avanzado nada desde hace cuarenta años. Familias enteras cuyas vidas dependen de las decisiones de los gobiernos de Armenia y Azerbaiyán.

El Papa visitó ayer mismo la isla de Lesbos, una anomalía más que no sabemos cómo resolver en este Occidente supuestamente civilizado. Veinte mil personas que vivían en un campamento pensado para tres mil, varios años de «problema sin resolver», de pasarse la patata caliente entre instituciones y finalmente un incendio.

La situación económica del Líbano va a mantener durante décadas al país en la ruina más absoluta. La explosión «solo» contribuyó a agravarla aún más. Un país de poco más de seis millones de habitantes que acogió a más de un millón de refugiados sirios y que ahora se enfrenta a una reconstrucción que no puede pagar.

Tres historias que acaban con familias desplazadas en busca de una oportunidad. La cuarta historia está relacionada con el tiroteo múltiple que hemos conocido esta semana en Michigan, en Estados Unidos, el país de las oportunidades. Un imbécil de quince años se ha cargado a cuatro compañeros de instituto. Solo tuvo que coger algunas de las armas de los imbéciles de sus padres, ir a clase y ponerse a disparar. Pero no he venido hoy a cuestionar uno de los derechos fundamentales del país, uno de los pilares de su sólida democracia.

Tengo una mirada incrédula, o descreída más bien, tanto como la de un lobo marino que contempla atónito nuestras grandes hazañas.

Reducir, reusar, reciclar… residuos, ¿recursos?

JOSEAN, 28/11/2021

La semana que hoy termina ha sido la European Week for Waste Reduction, la Semana Europea por o para la Reducción de los Residuos, una semana en la que, al igual que en la reciente Cumbre de Glasgow (aquí definida como Día de la Marmota), se ha hablado mucho de «lo que hay que hacer» y se ha insistido en que «hay que actuar pronto», pero por desgracia con resultados poco concluyentes. Por supuesto que se logran avances, pero con una lentitud en muchos casos exasperante, con incumplimientos continuos de las metas marcadas. Cambiar un modelo productivo que lleva funcionando décadas no es una tarea sencilla y la innovación para buscar alternativas suele ser una apuesta arriesgada y de coste elevado en el corto plazo, pero no tengo ninguna duda de que solo la investigación y los avances tecnológicos, unido a la sensibilización ciudadana, permitirán que todas esas palabras que suenan tan bien como «economía circular», «infraestructuras verdes» o «modelo sostenible» sean reales y no simples quimeras.

Hemos pasado de las tres «erres» tradicionales (reducir, reutilizar y reciclar) a las cinco (añadiendo reparar y recuperar) e incluso a algo más ambicioso, puesto que vamos ya por las siete «erres» del proceso: rediseñar, reducir, reutilizar, reparar, renovar, recuperar y reciclar. Repensar el modelo. Pero si este proceso se convierte en una especie de Scattergories con la R, a mí se me ocurre que dentro de la economía circular no cabe otra alternativa que considerar al Residuo como un Recurso más que incorporar a la cadena productiva.

El Consejo de Ministros aprobó en mayo de este año el proyecto de Ley de Residuos y Suelos Contaminados, una ley necesaria que se une a la Ley de Cambio Climático y Transición Energética, a la Estrategia Española de Economía Circular (España 2030) y a las directivas de la Unión Europea que conforman el Paquete de Economía Circular. El proyecto de Ley de Residuos:

  • Introduce restricciones a los plásticos de un solo uso y propugna su eliminación.
  • Plantea objetivos de reducción de residuos en varias fases. La reducción de envases en origen, en la distribución y en la propia venta al público de productos resulta fundamental en el proceso.
  • Prohíbe la destrucción de excedentes de productos no perecederos (textil, juguetes, aparatos eléctricos).
  • Trata de combatir el despilfarro de alimentos.
  • Obliga a ayuntamientos y entidades locales a implementar nuevas medidas de separación de residuos en origen y su tratamiento previo al depósito en vertederos.
  • Y un aspecto posiblemente clave: se crea un nuevo impuesto a la incineración y eliminación de residuos en vertederos.

La nueva Ley de Residuos sustituirá a la anterior, de 2011, en la que se fijaba una serie de objetivos de cumplimiento para 2020 en materia de reciclaje y depósito de residuos en vertedero (acordes con las directivas europeas) que no se han cumplido. El objetivo del 50% de reutilización y reciclado en 2020 quedó lejos de alcanzarse y, según los últimos datos que he podido encontrar en la web del propio Ministerio para la Transición Ecológica (datos de 2018), apenas el 35% de los residuos fueron reutilizados o reciclados:

Este mal dato provocó que dieciséis organizaciones ecologistas presentaran una denuncia ante la Comisión Europea por el incumplimiento de la normativa europea en materia de residuos. Para que los menos habituados se hagan una idea de las cifras manejadas (y hablo solo de residuos municipales), cada ciudadano produce una media aproximada de 1,3 kilos de residuos diarios, unos 500 kilos anuales. Según la citada Memoria del Ministerio, en España se generaron 22,3 millones de toneladas de residuos. De basura. Si miramos el cuadro, comprobamos que más de la mitad acabaron enterradas en un vertedero. Las instalaciones autorizadas para el tratamiento de los residuos son las siguientes (pág. 9 de la Memoria):

No es una sensación, sino una certeza: hay pocas instalaciones adecuadas para el tratamiento de los residuos. Y numerosos vertederos con una capacidad ¿para…? ¿Hasta cuándo? ¿Es sostenible este modelo por tiempo indefinido? Según el Miteco, «en estos vertederos se depositaron otros residuos, entre ellos residuos industriales no peligrosos y lodos de depuradora. En gran parte de estos vertederos existen sistemas de captación del biogás producido, siendo aprovechado en la mayoría de ellos para producir energía eléctrica». Esa es otra, «gran parte», «la mayoría»… vuelvo a la consideración del residuo como un recurso infrautilizado. La detección reciente de la mayor emisión de metano de Europa junto al vertedero de Valdemingómez por parte de la ESA (Agencia Espacial Europea) nos ha permitido saber que el metano expulsado a la atmósfera podría generar energía suficiente para abastecer las necesidades de 350.000 hogares.

El objeto de este post no es hablar del metano, el segundo de los gases que más contribuye al calentamiento global tras el dióxido de carbono (recordad El mercado de humos), pero sí quería aprovechar el dato para destacar que cuando se habla del metano el debate se suele centrar en la ganadería, pero muy poco en la fermentación de la materia orgánica en vertederos. La reciente cumbre de Glasgow planteó la reducción de sus emisiones en un 30% para 2030 respecto a los niveles actuales. Pero las cifras que se van a invertir son (again!) ridículas:

300 millones de dólares entre 103 países, hagan cuentas.

Volviendo al asunto de los residuos y su reciclado, los nuevos objetivos marcados por Europa (abril de 2018) son aún más ambiciosos que en la década precedente:

  • Para 2025, los Estados miembros deben reciclar un 70 % de los metales ferrosos y residuos de vidrio, un 65 % de los envases, un 75 % del papel y el cartón, un 50 % de los residuos plásticos y de aluminio y un 25 % de la madera.
  • Para 2030, un 80% del papel y el cartón, un 70 % de los envases, un 80 % de los metales ferrosos, un 75 % del vidrio, un 60 % del aluminio, un 55 % del plástico y un 30 % de la madera.
  • Las metas fijadas para los residuos municipales suponen que su reciclado debe ser de al menos un 55 % en 2025, un 60 % en 2030 y un 65 % en 2035. También propone reducir el desperdicio de alimentos en un 50 % para 2050 y que solo un 10 % de los residuos municipales terminen en vertederos en 2035.

Me quedo con este último dato. Si se pretende que apenas un diez por ciento de los residuos acaben en vertederos, o que el reciclado alcance las cotas fijadas por la Unión Europea, no queda otra que realizar inversiones serias y potentes en la materia. El sector de tratamiento de residuos calculó las inversiones necesarias en 10.000 millones de euros, incluyendo en esa cifra no solo la construcción y mejora de las plantas de tratamiento, sino también la implantación de la movilidad eléctrica en la flota de vehículos municipales de limpieza viaria y recogida de residuos (unos 20.000 vehículos).

Apenas se ha invertido en plantas de tratamiento de residuos en España en la última década debido a la situación de buena parte de las administraciones públicas, y la ocasión que brindaban los Fondos Next Generation para modernizar las instalaciones era única. El sector proponía la mejora de la recogida selectiva, incorporando otros residuos como los aceites de cocina o el textil, y la investigación en nuevas tecnologías de valorización de residuos para obtener más y mejores materias primas secundarias a partir de los residuos, pero la sensación que queda es de ocasión perdida. Según Mariano Sancho, presidente de la Asociación de Empresas de Limpieza Pública y Cuidado del Medio Ambiente Urbano, de los 140.000 millones de euros de los fondos europeos, apenas 3.782 millones se destinarán a la Estrategia de Economía Circular, de la que además no se ha especificado las partidas destinadas a valorización de residuos, mejoras de infraestructuras de reciclaje o electrificación de las flotas de servicios urbanos. Como aspecto positivo al menos, cabe destacar que se trata de una partida muy superior a los 400 millones de euros asignados en los Presupuestos Generales del Estado para la materia, una cantidad irrisoria cuando se habla continuamente de sostenibilidad y cuidado del medio ambiente.

Siguen pasando los meses, se avanza muy lentamente y apenas hay noticias del destino de los fondos. El tiempo apremia si se pretende alcanzar los objetivos intermedios, los de 2025. Las inversiones en plantas de residuos manejan plazos amplios de proyecto, licitación, recursos, ejecución y puesta en funcionamiento, y 2030 está a la vuelta de la esquina. Se presentaron 1.300 proyectos de fomento de la economía circular al Miteco, luego la excusa no puede ser que no exista una idea clara de qué hacer con los fondos. La colaboración público-privada será fundamental para revertir el proceso actual. Hay cientos de ideas interesantes para robotizar las plantas e incrementar su eficiencia, para aumentar los usos del subproducto generado y reducir el residuo que se lleva al vertedero, para recoger el aceite usado, primar el retorno de envases o sustituir el plástico o el papel. Muchas de ellas provienen de pequeños empresarios con grandes ideas y mucho entusiasmo. En algunos de los sectores más contaminantes, como el textil, aparecen empresas como Ecoalf o Sepiia, que producen a partir de material reciclado. Pero todo esto no es posible sin el apoyo de los consumidores y sin medidas adicionales que se tienen que tomar desde el propio gobierno. Una de estas prendas no puede competir en precio (ni lo pretende) con una camiseta traída de China, Bangladesh o Vietnam, luego quizás haya que completar las medidas con el establecimiento de aranceles verdes, un impuesto en frontera para evitar la competencia no sé si desleal de productos producidos en países con menores exigencias en materia de sostenibilidad o derechos de los trabajadores.

No es una buena época para incrementar los impuestos y aquí se habla de dos: el de eliminación de residuos en vertedero y el «arancel verde». Pero está claro que mientras sea más barato llevar los residuos a un vertedero que gestionarlos, o producir de cualquier manera que hacerlo de manera sostenible, seguiremos en una situación similar.

Una visita de cine al Museo del Prado

TRAVIS, 21/11/2021

El 19 de noviembre pasado se celebró el 202º aniversario del Museo del Prado, una de las mejores pinacotecas del mundo, así que me pareció una excusa como cualquier otra para recordar mi última visita al museo, hace aproximadamente un año, con motivo de la exposición El Reencuentro. Una visita con la mirada de un tipo que cree entender algo de cine, pero muy poco de pintura:

  • ¿Van Gogh? Sí, el pintor ese que se cortaba la oreja en El loco del pelo rojo, interpretado por Kirk Douglas.
  • Toulouse-Lautrec era el pintor ese de la minusvalía que interpretaba José Ferrer en Moulin Rouge, pero la buena, la de John Huston, no el pastiche kitsch ese de Baz Luhrmann.

Así que espero que los puristas del arte respeten este post de un reconocido no experto en artistas del óleo, técnicas, escuelas, ni en muchas de las historias que hay tras cada uno de los cuadros. Antes de la visita, me preparé de modo conveniente con la Guía definitiva para reconocer las obras de los genios de la pintura, una broma que ha alcanzado fama por sus pequeños trucos para no entendidos, como «si todos los personajes del cuadro, incluidas las mujeres, se parecen a Putin, es un Van Eyck»:

O que «si todo el mundo tiene un culo enorme, es Rubens»:

Las tres Gracias de Rubens estaban en la exposición y me permitió apuntarme un primer tanto. Bromas aparte, el hecho de ver tantas obras maestras juntas, agrupadas por épocas o autores, o por temáticas, me permitió contemplar numerosos detalles con esa perspectiva «cinematográfica». Los cuadros datan del siglo XV hasta principios del XX y la disposición de los mismos en las salas permite ver influencias entre unas escuelas y otras, o precisamente todo lo contrario: la diferencia de estilos entre artistas a la hora de retratar una familia real o una escena bíblica. Algunos cuadros parecían pintados como en el antiguo Cinemascope, esas pantallas hiper anchas, enormes, que cuando ponían una peli en una televisión con pantalla cuadrada hacía que no se vieran los personajes de los laterales. Como El Lavatorio, de Tintoretto:

Recuerdo que a veces esas películas rodadas en Cinemascope eran ajustadas para el formato de una televisión comprimiendo la imagen, lo que hacía que los personajes se alargaran hasta parecer watusis escuálidos de más de dos metros. Me acordé de este efecto al ver los cuadros de El Greco, el único pintor que perfilaba sus obras en Cinemascope y luego los ajustaba a un lienzo estrecho:

No osaré decir que la pintura era el cine de aquellos siglos para el pueblo, pero sí servía al menos para plasmar la realidad mucho antes de la fotografía (en el caso de los retratos, paisajes o bodegones), o para contar verdaderas historias que se podrían haber rodado de contar con una cámara en los años en que fueron encargados. Como la de Moisés salvado de las aguas, de Orazio Gentileschi:

El episodio bíblico del Antiguo Testamento tiene ese anacronismo tan propio de la pintura como una furgoneta en una peli ambientada en el siglo XIII, puesto que los personajes visten unos ropajes que para nada coinciden con su época y lugar. El objetivo no era otro que agradar al monarca que encargó el cuadro, Felipe IV. Hubo que esperar algo más de tres siglos para que Cecil B. De Mille rodara este momento con las técnicas modernas y un vestuario que se entiende más apropiado para la ocasión, aunque tratándose de Hollywood siempre se generan miles de dudas acerca de la idoneidad de los decorados y el atrezzo:

Otro ejemplo, El 2 de mayo de 1808, de Goya, también conocido como La lucha con los mamelucos:

Esta escena fue llevada al cine por José Luis Garci en Sangre de mayo, de 2008:

Ya que llegamos a Goya, recordé que los premios del cine español llevan el nombre del pintor aragonés porque «había tenido un concepto pictórico cercano al cine» y «varias de sus obras más representativas tenían casi un tratamiento secuencial», en palabras de la Academia de Cine. El uso de la luz sobre los personajes del cuadro o para destacar unos detalles frente a otros es el mismo de algunos directores de fotografía en las películas:

Puro Vittorio Storaro. Por el contrario, la época negra de Goya es una clara precursora de la oscuridad de Gordon Willis y su manera de iluminar los rostros de todos los personajes de El Padrino. Penumbras, sombras, oscuridad, negrura:

Don Francisco de Goya, uno de nuestros pintores más universales, ha tenido varias películas para contar su particular vida, pero de momento no ha tenido suerte con ninguna de ellas, que yo recuerde. No he visto Goya en Burdeos, de Carlos Saura, porque el cine de este director se me ha ido haciendo cada vez más pesado con los años y las críticas no fueron buenas. Por cierto, el director contó de nuevo con el maestro de la fotografía cuasi pictórica, el italiano Vittorio Storaro. Otra película que me apetecía ver era Los fantasmas de Goya, de Milos Forman (Amadeus), pero resultó ser un tostón ¡con el actor sueco Stellan Skarsgaard en el papel de Goya! Si es que… Como curiosidad, Javier Bardem fue nominado al premio Fernando VII como peor actor protagonista del año en los premios Godoy, una versión española de los Razzie estadounidenses, los premios a lo más infumable.

Cuando llegué a las majas de Goya, La maja desnuda y La maja vestida, recordé ese espanto de película de Bigas Luna titulada Volavérunt (1999) y pregunté a mis acompañantes: «¿se parece a Penélope Cruz?».

El director catalán, erotómano al nivel Berlanga plus, fue capaz de hacer un tostón infumable con Penélope Cruz y Aitana Sánchez Gijón, pero es que además, no se le ocurrió nada mejor para el casting del «mañico» Goya que seleccionar al cubano Jorge Perugorría. En nuestro cine somos tan zopencos que no somos capaces de sacar más partido a nuestra historia ni a los personajazos que nos ha dado, otro aspecto en el que Hollywood nos da cien mil vueltas.

Lo mismo pensé con la versión de Agustin Díaz Yanes de ese gran personaje de la saga creada por Arturo Pérez-Reverte que es El Capitán Alatriste. Qué grandes películas de acción y época se podrían haber hecho con El sol de Breda o El oro del Rey, y en su lugar el director nos presentó una obra decepcionante, con un error de casting similar al de Perugorría como Goya. ¿A quién se le ocurre representar a un capitán de los tercios de Flandes, castellano recio y antiguo, en la piel y con la voz de Viggo Mortensen, neoyorquino criado durante unos años en Argentina? No discuto su planta ni su estilo con la espada. Un tipo que se ha cargado decenas de orcos y uruk-hais está casi preparado para comportarse como un español de campaña en tierras valonas, pero esa voz… ese acento, ¿de verdad no había otro actor? Comento todo esto porque, según sugiere la propia novela de Pérez-Reverte, el capitán Alatriste aparece en uno de los cuadros más famosos de Velázquez, si no el que más.

La rendición de Breda. Íñigo Balboa, el narrador de las obras de Alatriste, habla de su padre y dice que: “Diego Alatriste y él fueron muy buenos amigos, casi como hermanos y debe ser cierto, porque después, cuando a mi padre lo mataron de un tiro de arcabuz en un baluarte de Jülich -por eso Diego Velázquez no llegó a sacarlo más tarde en el cuadro de la toma de Breda como a su amigo y tocayo Alatriste, que sí está, tras el caballo-…”.

La presencia de Velázquez en los libros de Alatriste le da mucho juego al autor, tanto como para dar a entender que una de las Meninas del famoso cuadro era Angélica de Alquézar, la rubia que traerá por la calle de la amargura a Íñigo de Balboa. “Asistía a la reina y las princesas jóvenes como menina”. “Debía tener once o doce años, y ya era un prometedor anuncio de la espléndida belleza en que se convertiría más tarde y de la que dio buena cuenta el propio Velázquez en el cuadro famoso para el que posaría tiempo después”.

En la película de Díaz Yanes aparece también el conde-duque de Olivares interpretado por Javier Cámara:

Así que cuando llegamos a la sala de Velázquez y contemplé el retrato del Conde-Duque, solo se me ocurrió preguntar si el tipo del caballo sería más como el intrigador interpretado por Javier Cámara o el histriónico que representó Javier Gurruchaga en El Rey Pasmado:

Desde que vi la divertida película de Imanol Uribe (1991) me resulta imposible no ver a Gabino Diego en el rostro de Felipe IV. Este fotograma me lo impide desde entonces:

Fue una mañana de lo más entretenida, pasando sala tras sala contemplando obras de todo tipo, maravillas recreadas en distintos siglos, viendo a Johnny Depp basándose en el maestro Sorolla (Aureliano de Beruete y Moret) para su interpretación de Mortdecai:

…viendo a Adrien Brody o a Terele Pávez en un Rosales o un Velázquez…

No creo ser el único al que le parece que el cine y la pintura tienen mucho que ver. De hecho, en algunos cuadros de época se aprecia perfectamente, como decía aquel meme, que algunos personajes de la nobleza se intentaban llevar una pantalla de plasma disimuladamente del Media Markt de la época:

El Día de la Marmota del cambio climático

JOSEAN, 16/11/2021

En la prórroga y con una reducción de objetivos provocada por las presiones de algunos países, la Cumbre de Glasgow sobre el cambio climático ha cerrado con un acuerdo que, en palabras del propio presidente de la COP26, Alok Sharma, resulta «imperfecto». Entre los principales puntos de la declaración destacan:

  1. Los países se comprometen a poner en marcha “todos los esfuerzos necesarios” para que la temperatura del planeta no se incremente por encima de los 1,5 grados y que de ese modo se puedan evitar “los impactos más catastróficos del cambio climático”.
  2. Reducción de emisiones: los países se comprometen a limitar sus emisiones y a implementar las medidas necesarias para el control de las mismas mediante la presentación de planes que se revisarán periódicamente.
  3. Financiación del fondo: los países desarrollados «deben» contribuir al mecanismo de financiación de 100.000 millones de dólares anuales para la mitigación y adaptación de sus sistemas de los países en desarrollo.
  4. Objetivo a largo plazo: los firmantes se comprometen a alcanzar el objetivo de emisiones cero «tan pronto como sea posible», poniendo los mecanismos necesarios para reducir las emisiones y compensar las mismas con la adopción de otra serie de medidas.
  5. El cumplimiento del acuerdo dependerá de los propios países firmantes, de su transparencia (y casi buena fe, añadiría) y no se establece un régimen fiscalizador, ni sancionador del mismo.

Los dirigentes de los países firmantes se han felicitado por el acuerdo alcanzado, mientras que los grupos ecologistas critican su falta de ambición y la poca concreción de las propuestas. El caso es que estos días leía sobre los avances de la cumbre de Glasgow y me sonaba todo muy conocido, tanto, que he hecho trampas: estos cinco puntos que acabo de escribir, así como las reacciones tras la declaración conjunta, no corresponden al acuerdo alcanzado ayer, sino a los compromisos firmados en el Acuerdo de París en 2015. ¡La mayoría son calcados! Y para que vean que no exagero, dejo aquí un resumen de la declaración firmada este fin de semana:

  1. Los países deberán revisar sus compromisos climáticos con objeto de reducir las emisiones un 45% en 2030 respecto a las existentes 2010, con el objetivo de que la temperatura del planeta no se incremente más allá de 1,5 grados.
  2. Los países reconocen la necesidad de destinar recursos financieros, tecnológicos y de capacitación para adaptarse a las exigencias del cambio climático y presentarán sus planes en la COP27, para que toda la información esté disponible en 2023.
  3. Financiación del fondo: los países firmantes reconocen la urgencia de dotar dicho fondo para facilitar la adaptación de los países en desarrollo, para lo cual los países desarrollados deberán duplicar sus aportaciones en 2025 respecto a las realizadas en 2019.
  4. Objetivo a largo plazo: los firmantes se comprometen a alcanzar las emisiones cero de CO2 en el año 2050, y una reducción significativa de otros gases de efecto invernadero. Los países firmantes se comprometen a presentar sus planes para 2030, así como las estrategias para 2050, que serán objeto de revisión y seguimiento anuales.
  5. Transparencia: se finalizaron (¡por fin!) las reglas del Acuerdo de París, los mecanismos de cooperación, el marco de transparencia y la unificación de los plazos y esquemas de los compromisos de todos los firmantes. Era una demanda del sector privado desde 2015, pues se consideraba básico para generar confianza y credibilidad en el sistema.

Los firmantes se felicitaron por el acuerdo alcanzado: “Creo firmemente que el texto refleja un equilibrio de los intereses de todas las partes y nos permite actuar con la urgencia que es esencial para nuestra supervivencia”, dijo Frans Timmermans, vicepresidente de la Comisión Europea y jefe de los negociadores europeos. Por el contrario, las ONG lamentan su poca ambición y la vaguedad de sus propuestas. «Las buenas palabras no nos salvarán de la crisis climática», ha dicho Tatiana Nuño, Responsable de Cambio Climático de Greenpeace España, «necesitamos acción, medidas urgentes para transformar rápido los sectores responsables del cambio climático y abandonar los combustibles fósiles». Para Amigos de la Tierra, el objetivo de limitar el incremento de la temperatura global a 1,5 grados se aleja y condena «aún más» a los países del sur.

Con pequeñas variaciones, este breve resumen es calcado al del Acuerdo de París. ¡Seis años después! ¿Entonces? ¿Le damos la razón a Greta y su “bla, bla, bla”? La eliminación de los combustibles fósiles y de las subvenciones a los mismos por parte de algunos países fue modificada en la declaración final (el borrador anunciado el miércoles era mucho más drástico) y quedó finalmente en un compromiso de reducción paulatina. Los medios señalaron a la India, Sudáfrica y China como los principales impulsores de esa reducción del objetivo, pero algo tendrían que ver también los lobbys de los combustibles fósiles acreditados en la Cumbre de Glasgow. Hasta 503, según The Global Witness, más que cualquier otra delegación o país asistente. Un peso muy superior al de los ocho países que están sufriendo en mayor medida los impactos del cambio climático, según la misma organización: Puerto Rico, Myanmar, Haití, Filipinas, Mozambique, Bahamas, Bangladesh y Pakistán.

Pero no todo es negativo, o así debemos creerlo, y la declaración conjunta y por sorpresa de que los dos países más contaminantes del planeta, China y Estados Unidos, se comprometían a cooperar en asuntos climáticos durante la próxima década parece a priori una buena noticia. Está por ver en qué queda esa cooperación, pero de momento ambos gobiernos pretenden avanzar en materia de descarbonización, transición hacia una energía limpia y el control de las emisiones de metano.

Tras los primeros esbozos del Acuerdo de París sobre la creación de un mercado global de derechos de emisión de CO2, con todas sus imperfecciones (recordad El mercado de humos), parece que tras la Cumbre de Glasgow se avanzará en un sistema de medición, control y posterior compensación bastante más fiable que el actual. Soy bastante escéptico al respecto. Durante la propia cumbre supimos de un informe del The Washington Post en el que concluía que la mayoría de países falseaban los datos sobre sus emisiones contaminantes. Unos países no actualizan sus datos, otros omiten los gases fluorados artificiales (aire acondicionado, por ejemplo) o los productores de petróleo evitaban incluir las emisiones de metano en sus informes. The Washington Post calcula que el error de cálculo en las emisiones oscila entre los 8.500 millones y los 13.000 millones de toneladas anuales, es decir, un error una omisión de entre el 16 y el 23% de los gases emitidos a la atmósfera. Y si el error se da en las mediciones de lo emitido, no tengo la más mínima duda de que también lo hará en las aplicaciones de medidas de compensación (en la propia web del Ministerio).

Al final creo que los avances escasos en estos asuntos hacen que incluso los que no somos negacionistas dudemos de todo lo que se nos cuenta. Muy bien, el lenguaje es más agresivo, hemos pasado del calentamiento global al cambio climático, a la emergencia climática, al no retorno del planeta, a la «massive destruction» de esa niña aupada a los altares por los medios, han pasado seis años de París, ¿y ahora qué? Más de lo mismo. Pues no sería para tanto, dirán algunos. ¿Dónde quedó el agujero de la capa de ozono que iba a condenar irremisiblemente al planeta? Pues en 2019 alcanzó su mínimo histórico, y si bien ha incrementado su tamaño en los últimos dos años, parece que habrá desaparecido por completo para 2060 ó 2080. Lo que puede dar argumentos a un negacionista es precisamente una prueba palpable de todo lo contrario, de que con medidas acertadas y consensuadas se puede revertir un proceso tan peligroso como nos contaban que era este. Y nuestro desconocimiento es parte del problema, hasta el punto de que ya nos fiamos de todo lo que nos cuentan con la misma confianza ciega que los habitantes de Pensilvania acerca de la longitud de la sombra de la marmota para predecir el final del invierno.

Hay mucho trabajo por hacer en este Día de la Marmota del cambio climático, otra cosa bien distinta es que la clase política, tan pendiente del corto plazo, afronte compromisos para varias generaciones. Qué bien nos lo ha explicado (una vez más) El Mundo Today:

El futbolista coge la pluma (y III)

BARNEY, 08/11/2021

Por sorprendente que pueda parecer, sigue habiendo episodios de racismo en los terrenos de juego. En un fútbol cada año más multicultural, en el que resulta habitual que un mismo equipo reúna más de una docena de nacionalidades diferentes, etnias de todo tipo, sorprende seguir encontrando situaciones en las que energúmenos en las gradas profieran insultos o gritos simiescos hacia los jugadores rivales.

El francés Lilian Thuram, ex futbolista de la Juventus de Turín y F.C. Barcelona entre otros equipos, ha presentado recientemente un libro titulado El pensamiento blanco, en el que destaca que «la blanquitud no es un color de piel, sino una forma de pensar». Para Thuram, la solución para acabar con el racismo en el fútbol «depende de los jugadores blancos. Corresponde a los jugadores blancos, que son mayoría, negarse a seguir jugando. Entonces, el poder se verá obligado a tomar medidas, porque si no, su negocio se resentirá».

Thuram es una figura controvertida en Francia por sus opiniones, discutido por la crítica continuada a eso que llama «pensamiento blanco», como si existiera un único pensamiento blanco, del mismo modo que una única y exclusiva cultura negra. En 2008 creó la Fundación Lilian Thuram para la lucha contra el racismo y es una de las voces que nunca faltan en los debates acerca del racismo en el mundo del fútbol. Nicolás Sarkozy le ofreció el puesto de ministro de Diversidad, pero el futbolista lo rechazó por sus diferencias ideológicas con el marido de la Bruni. «No se nace blanco, uno se hace blanco», continúa Thuram. «El pensamiento blanco no es el pensamiento de todas las personas blancas, sino un pensamiento del mundo. Es decir, cuando hay dominación, recibes una educación a través de la mirada de quien domina, terminas por asimilar su discurso. Es por eso que digo que el pensamiento blanco es poderoso, educa a las personas no blancas a pensarse inferiores, menos aptas».

Creo que lleva razón en varias de las cosas que dice, como la necesidad de que los jugadores que no han sufrido los insultos racistas paren los partidos y apoyen públicamente a sus compañeros y rivales (cosa que ya se hace mayoritariamente), pero, sinceramente, me parece que no lleva razón en varias de sus afirmaciones, o que se centra demasiado en establecer la línea divisoria entre blancos y negros. Durante el seminario Prevenir el racismo en el deporte / Promover la inclusión desde el deporte, organizado por el ayuntamiento de Bilbao en abril de este mismo año, volvió a insistir en marcar las diferencias entre razas y sorprendió cuando criticó que «en España, llamar a un negro ‘negro’ no es racismo, es algo cultural». Y digo que me sorprende porque su primer libro se tituló Mis estrellas negras, remarcando una vez más la diferencia de color entre las personas. Pero luego no te permitas utilizar la palabra «negro» ni aunque el movimiento se llame Black Lives Matter.

En España, como en el resto del mundo, hay mucha más sensibilidad con este tema y afortunadamente hemos mejorado mucho como sociedad y el público como público. Recuerdo haber estado hace décadas en el Bernabéu y escuchar, en referencia a Wilfred, el portero nigeriano del Rayo Vallecano: «negro, cabrón, recoge el algodón». Del mismo modo que a Míchel y Guti se les dedicaban lindezas de todo tipo sobre su supuesta condición sexual y nadie se planteaba parar un partido. Los clubes miraban para otro lado y el número de espectadores que se unía a estos cánticos aumentaba, alentados, como primates que somos, por el sentimiento de pertenencia al colectivo.

Pero una cosa son los espectadores, entre cuyas decenas de miles siempre hay energúmenos que no deberían salir de sus casas ni para comprar el pan, y otra muy distinta es la responsabilidad de jugadores, entrenadores y directivos. En el año 1997, durante una visita del Real Madrid al Camp Nou se podía leer perfectamente una pancarta dirigida a Roberto Carlos en la que ponía: «Macaco, Copito de Nieve no tiene novia». Durante todo el partido, cada vez que el lateral brasileño cogía el balón, una parte importante del público hacía el sonido del mono y se escuchó perfectamente «puto chimpancé» a varios espectadores grabados por las cámaras. La respuesta de Joan Gaspart y el entonces jugador Pep Guardiola fue igualmente impresentable, negando los hechos y evitando condenar los mismos.

Por suerte, como decía, las cosas han cambiado mucho en estas últimas décadas y los episodios sufridos por Samuel Eto’o, Dani Alves o Iñaki Williams, entre tantos otros, fueron rápidamente condenados por los propios jugadores e investigados por las autoridades. Hasta Guardiola dice que sus hijos van al colegio con «indios y negros, gente normal» (te tienes que reír). Las autoridades tienen que intervenir de manera radical con estas actitudes y la solución no pasa por cerrar un estadio y castigar a decenas de miles de espectadores por una veintena de energúmenos. Cuando ocurrió el caso del plátano lanzado al jugador del Barça Dani Alves en El Madrigal, el Villarreal ayudó a identificar al imbécil, que fue rápidamente detenido y tiene prohibido el acceso a un estadio de fútbol de por vida. Se lanzó una campaña, no sé si afortunada, con el eslógan «Somos todos macacos».

En el caso de los insultos a Iñaki Williams en el estadio de Cornellá, LaLiga interpuso una denuncia ante la Fiscalía de Barcelona y los aficionados fueron localizados (dos adultos y un menor) y juzgados por un delito contra la dignidad de las personas, que se castiga con penas de seis meses a dos años de prisión, más una multa económica. En el Reino Unido, un aficionado acaba de ser condenado a catorce semanas de prisión tras los insultos racistas que publicó en redes sociales en los que atacaba a los jugadores que fallaron los penaltis durante la final de la Eurocopa, casualmente, los tres de raza negra, Marcus Rashford, Jadon Sancho y Bukayo Saka. Este último, que, por cierto, apenas tiene 19 años, cogió la pluma y escribió una carta plena de sentimiento que fue muy difundida:

Se puede encontrar el texto completo en varios enlaces, dejo aquí un extracto: «Para aquellos que han hecho campaña en mi nombre y me han enviado cartas sinceras, me desearon lo mejor a mí y a mi familia, estoy muy agradecido. De eso se trata el fútbol. Pasión, gente de todas las razas, géneros, religiones y orígenes que se unen en una alegría compartida de la montaña rusa del fútbol.

Para las plataformas de redes sociales Instagram, Twitter y Facebook, no quiero que ningún niño o adulto tenga que recibir los mensajes hirientes y llenos de odio que Marcus, Jadon y yo hemos recibido esta semana. Supe instantáneamente el tipo de odio que estaba a punto de recibir y es una triste realidad que sus poderosas plataformas no están haciendo lo suficiente para detener estos mensajes.

No hay lugar para el racismo u odio de ningún tipo en el fútbol o en ningún ámbito de la sociedad y para que la mayoría de las personas se unan para llamar a quienes envían estos mensajes, actúen y denuncien estos comentarios a la policía y expulsen el odio siendo amables unos con otros, ganaremos».

Lo que llevo mal en estos asuntos es la hipocresía, el hacer gestos de cara a la galería y mantener luego actitudes bien diferentes. Los jugadores se dicen de todo en un campo de fútbol, más cuanto más desciendes en las categorías: «negro» al negro, «maricón» porque sí, «zanahorio» al pelirrojo, «hijo de tal», «paquete», «chino»,… Pero creo que los profesionales tienen la madurez suficiente para evadirse de estas cosas y seguir haciendo su trabajo. Cuando se montó el caso Diakhaby y los jugadores del Valencia abandonaron el terreno de juego por el supuesto insulto racista del jugador del Cádiz Juan Cala, todos los medios de comunicación orquestaron una campaña sin precedentes en apoyo del jugador y de la decisión tomada por el Valencia Club de Fútbol. Pese a la abundancia de cámaras y micrófonos en los estadios, la investigación posterior no pudo concluir que tales insultos existieran, como sí logró la Premier británica en su día con Luis Suárez, duramente sancionado, luego debe primar la presunción de inocencia del jugador gaditano.

Sin embargo, hace un par de semanas, durante el Clásico entre el Barcelona y el Real Madrid celebrado en el Camp Nou, el brasileño Vinícius Jr. fue insultado por un espectador y su hijo, que bajaron varias filas de las gradas corriendo como posesos y la mirada fuera de sí, para espetarle un sonoro «¡macaco!», que repitieron varias veces. No creo que el Barcelona sea un club que haya mirado hacia otro lado en asuntos relacionados con el racismo, como se vio con el caso de Dani Alves o de Bukayo Saka, pero lo cierto es que aún no ha hecho nada en este tiempo para denunciar al espectador y colaborar con su identificación. Ha tenido que ser la propia Liga de Fútbol Profesional la que iniciara la investigación.

Lo que sí creo (y le pasa lo mismo a Guardiola) es que el odio culé a lo blanco es irracional hasta el punto de querer minimizar, ocultar episodios racistas y, si hace falta, manipular para que no parezca que ocurrió lo que realmente ocurrió. Durante el verano pasado, se rumoreó que el jugador de familia guineana Illaix Moriba podía acabar en el Real Madrid y la actitud del club hacia el mismo (18 años de edad, conviene recordarlo) por su postura contraria a la renovación fue calificada por algunos periodistas de mobbing laboral. A las declaraciones de los dirigentes del club siguieron decenas de insultos, muchos de ellos de tinte racista, como leyó el propio jugador ante las cámaras (bien la actitud del club al denunciar estos mensajes).

Ahora bien, resulta sorprendente que ni uno solo de los principales medios deportivos que llevaron a sus portadas el caso de Diakhaby sin pruebas, se haya hecho eco de los insultos probados en el Camp Nou. Creo que no es casual, porque desde hace años nada puede manchar la imagen del Barça en los principales medios, por muchas tropelías que hayan cometido. Como no fue casual la manipulación de imágenes que hizo Movistar en su canal para editar la parte de los insultos del vídeo y reprochar en el programa El Día Después ¡la actitud de Vini, no la del espectador! Es el mundo al revés, los periodistas diciéndole al brasileño que no debería señalar al público y obviando recriminar la actitud del espectador y su hijo. Y no vale la excusa de que no contaban con las imágenes, porque las emitieron en la misma cadena sin manipular unas horas antes.

Tampoco es casual que los sicarios culés para América Latina, la ESPN, falsearan los hechos y dijeran que los insultos habían ocurrido en el campo del Elche. O que cuando corrigieran el error lo hicieran mencionando dos veces al Real Madrid y ni una sola al Barça.

¿Hay miedo a criticar algo mal hecho por el Barça? ¿O en una balanza racismo-antimadridismo pesa más lo segundo? Porque la exigencia de rectificación del Elche también fue de coña marinera. No sucedió en Elche lo que dice que no existió, joder, ¿tanto miedo hay a decir que sí existió, que lo hizo un solo energúmeno con su hijo, pero que ocurrió en el Camp Nou?:

En fin, concluyo este post recomendando la lectura de la carta del jugador del Chelsea Antonio Rüdiger en The Players Tribune: Este artículo no resolverá el racismo en el fútbol. En él habla de los episodios de racismo que sufrió en Italia cuando jugaba para la Roma y cómo los clubes y dirigentes publicaron varios tuits, posts en redes sociales, quejas muy escandalizados, etc., pero no hicieron nada. Ni se investigó nada porque en el fondo todo es postureo, como la exigencia de la UEFA (apoyada por Thuram, por cierto) de arrodillarse antes de los partidos. Sin embargo, Rüdiger agradeció la actitud humana, personal y alejada de las cámaras de su compañero Daniele De Rossi. Nada de venderse hacia fuera, sino preocuparse de manera sincera por el futbolista y lo que podía necesitar en ese momento.

El artículo habla de los episodios de racismo que sufrió en Alemania desde los ocho años, o posteriormente en Italia, y concluye con un argumento de pura lógica: menos postureo en redes sociales y más educación. Todo lo contrario de lo que se hace en este mundo tan superficial e hipócrita que es el fútbol moderno.

Relacionados:

El futbolista coge la pluma (I): Ander Herrera, Tim Sparv y el mundial de Catar 2022.

El futbolista coge la pluma (II): Toni Kroos, Marcus Rashford y Juan Mata, sobre la explotación de la FIFA y el papel de los jugadores como influencers.

Una hora, veinticinco años

LESTER, 31/10/2021

«A las tres serán las dos», «no olviden retrasar sus relojes esta noche» y todos esos topicazos que escuchamos con cada cambio de hora. El que menos me gusta es ese de «¡dormimos una hora más!», pronunciado con euforia, como si pasar esa hora extra de regalo planchando la oreja fuera motivo de celebración. Prefiero verlo como un día de veinticinco horas, y visto de ese modo, sí disfruto, aplaudo y aprovecho el cambio de hora de otoño porque da para mucho más. Los días de veinticinco horas son una gozada, del mismo modo que el día del año que apenas dura veintitrés, allá por la primavera, es un estropicio en el que te falta tiempo para todo.

«Pierde una hora por la mañana y la estarás buscando todo el día».

(Richard Whately)

Claro que el problema no es tanto el tiempo del que disponemos como el uso que hacemos del mismo, su aprovechamiento. Ya lo dijo un sabio: «Cada uno decide qué hacer con el tiempo que le es dado». Lo sé, la cita no es de ninguno de los grandes pensadores habituales que se utilizan de manera permanente para estas cosas, sino de Gandalf el Blanco en El señor de los anillos.

«El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río». Con esta cita de Jorge Luis Borges comienza el capítulo El río de la conciencia del libro de Oliver Sacks del mismo título, y a lo largo del capítulo contrapone la visión del tiempo como un movimiento continuo, fluido, imparable, con la de otros autores como David Hume y William James, que lo consideran como una sucesión de momentos puntuales.

Sea como fuere, como considera Borges o como explica Hume, parece evidente que hay que disfrutar el momento presente, aquí y ahora, no anclarse en el pasado, ni fiarlo todo a un futuro que llegará y no será como habíamos imaginado. Los momentos de calidad, como en el cuento breve El buscador, de Jorge Bucay. Recomiendo leerlo completo. Por simple que pueda parecer coincido con el mensaje que expresa. Narra la historia de un individuo que llega a un pueblo y, al pasar por el cementerio, descubre con estupor lápidas con inscripciones como:

Abdul Tareg, vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días

Yamir Kalib, vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas

«El buscador se sintió terriblemente conmocionado. Aquel hermoso lugar era un cementerio, y cada piedra era una tumba.
Una por una, empezó a leer las lápidas.
Todas tenían inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto.

Pero lo que lo conectó con el espanto fue comprobar que el que más tiempo había vivido sobrepasaba apenas los once años…
Embargado por un dolor terrible, se sentó y se puso a llorar.

El cuidador del cementerio pasaba por allí y se acercó. Lo miró llorar durante un rato en silencio y luego le preguntó si lloraba por algún familiar.
-No, por ningún familiar —dijo el buscador—. ¿Qué pasa en este pueblo? ¿Qué cosa tan terrible hay en esta ciudad? ¿Por qué hay tantos niños muertos enterrados en este lugar? ¿Cuál es la horrible maldición que pesa sobre esta gente, que les ha obligado a construir un cementerio de niños?

El anciano sonrió y dijo:
– Puede usted serenarse. No hay tal maldición. Lo que pasa es que aquí tenemos una vieja costumbre. Le contaré…:

“Cuando un joven cumple quince años, sus padres le regalan una libreta como esta que tengo aquí, para que se la cuelgue al cuello. Es tradición entre nosotros que, a partir de ese momento, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abre la libreta y anota en ella:

A la izquierda, qué fue lo disfrutado.
A la derecha, cuánto tiempo duró el gozo.

Conoció a su novia y se enamoró de ella. ¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla? ¿Una semana? ¿Dos? ¿Tres semanas y media…?

Y después, la emoción del primer beso, el placer maravilloso del primer beso…¿Cuánto duró? ¿El minuto y medio del beso? ¿Dos días? ¿Una semana? ¿Y el embarazo y el nacimiento del primer hijo…?

¿Y la boda de los amigos? ¿Y el viaje más deseado? ¿Y el encuentro con el hermano que vuelve de un país lejano? ¿Cuánto tiempo duró el disfrutar de estas situaciones? ¿Horas? ¿Días?

Así, vamos anotando en la libreta cada momento que disfrutamos… Cada momento.

Cuando alguien se muere, es nuestra costumbre abrir su libreta y sumar el tiempo de lo disfrutado para escribirlo sobre su tumba. Porque ese es para nosotros el único y verdadero tiempo vivido”.

El tiempo. Queremos atraparlo, controlarlo, pero se nos escapa como el agua entre los dedos. Por algo el libro de H.G. Wells sobre la máquina del tiempo se titulaba como el sueño del autor: El tiempo en sus manos. O como el libro de Félix Torán El tiempo en tus manos, un elogio del momento presente y la atención plena a lo que hacemos, el mindfulness tan de moda. Y una crítica a todos los que dicen que «necesitaría que el día tuviera 25 horas». Pues comienza aprovechando los próximos cinco minutos.

– El tiempo es relativo.

– ¿Pero qué coño dices, Albert?

– Tienes tres meses para acabar tu tesis doctoral.

– Pero… ¡profesor! ¡Tres meses no es nada, no me da tiempo!

– ¿Cuánto llevas sin echar un polvo?

– Tres m… ¡es usted un genio, señor Einstein!

Para terminar de complicarlo todo, cuando creemos que un minuto es un minuto, y una hora contiene sesenta de esos minutos, llega Einstein y te dice que el tiempo es relativo. Que se puede alargar, estirar, contraer… que en el mismo influye la gravedad, o que cuanto más rápido vayas, más lento envejeces. La putada extrema que nos cuenta Interstellar, en la que una hora en el planeta de agua equivale a siete años en la órbita. Recuerdo lo que me angustió ese momento. Las tres horas de McConaughey y la Hathaway que se convierten en más de veinte años para el compañero que los espera en la nave. No puede ser, no se te puede ir la vida esperando algo, o no puedes decir «ya lo haré cuando tenga tiempo». Como tanta gente que anhela la jubilación y luego no saben qué hacer con el tiempo que tienen porque no se han preparado para el momento de levantarse por las mañanas y ser dueños de su tiempo. El momento es ahora.

Este fin de semana mi mujer y yo cumplimos veinticinco años felizmente casados. Si empleo la visión de Borges, el río me lleva rápido, pero por paisajes preciosos. Si me voy a los momentos puntuales de Hume, ha habido muchos: el nacimiento de nuestros hijos, todos los viajes por el mundo, las comidas con la familia, las cenas con los amigos, nuestros momentos de intimidad, o para ir al cine o tomarnos un vino para charlar de cómo había ido el día. Tanto tiempo En busca de la tranquilidad que encontré con ella.

Si llevara una libreta como en el cuento de Bucay, seguro que me salían muchos años de tiempo real vivido. Si hablara del pasado, presente y futuro con un objetivo y una visión, como decía Félix Torán, hemos dejado atrás muchos momentos felices, tres hijos, cuatro libros escritos y seis árboles plantados entre ambos, disfrutamos este puente presente con el embobamiento de los novios cuya condición de tales acaban de adquirir, y miramos hacia un futuro repleto de proyectos por delante.

Y si el tiempo es relativo, como dice Einstein, estos veinticinco años, cariño, se me han pasado volando. Vamos a por los siguientes veinticinco.

Aquellas medidas imprescindibles

JOSEAN, 27/10/2021

Se acerca el final del año de la recuperación, o del inicio de la recuperación, o bien, del inicio de poner las bases para la recuperación futura, depende de lo optimista o pesimista que sea uno, y me ha parecido un momento adecuado para ver qué ha ocurrido con varios de los asuntos que hemos tratado en el blog en meses y años anteriores, relacionados todos ellos de un modo u otro con las cuentas públicas.

  • La recaudación de la llamada «tasa Google»: el impuesto sobre determinados servicios digitales recogía en su Memoria de Impacto una serie de cálculos «a globo» según los cuales se preveía recaudar entre 600 y 1.258 millones de euros. Recordad que ese amplio margen de error se hizo previendo «una tasa de actualización de las cifras muy alta». Lo que parece que finalmente será «muy alta» es la desviación prevista en la recaudación. Si extrapolamos los 92 millones recaudados en el primer semestre a la totalidad del año, nos quedaríamos en una cifra entre el 14% y el 30% de lo inicialmente estimado. La vida de este impuesto será corta y poco exitosa, pues tendrá que desaparecer cuando entre en funcionamiento el pacto global de la OCDE sobre el régimen fiscal de las grandes multinacionales. Esta misma semana hemos conocido el acuerdo entre los gobiernos de España, Francia, Italia, Austria y Reino Unido con el estadounidense para eliminar este impuesto el 31 de diciembre de 2023 como muy tarde. La presión de Estados Unidos con amenazas arancelarias a los productos europeos ha forzado este acuerdo y dicho plazo, pues a partir del mismo entrará en vigor el impuesto pactado en el marco de la OCDE y el G-20.
  • El impuesto a las transacciones financieras, o la mal llamada «tasa Tobin»: la recaudación esperada por este impuesto para la totalidad del año era de 850 millones de euros. Sin embargo, tuvo ciertos problemas en su puesta en funcionamiento, que llegó a retrasarse hasta dos veces, lo que seguramente ha influido en su baja recaudación del primer trimestre. Según el informe de recaudación publicado por la Agencia Tributaria, la cifra fue de apenas 150 millones de euros, lo que, de mantenerse la tendencia, supondría alcanzar a final de año un 35% de lo estimado inicialmente.
  • Los pleitos planteados por grandes fondos de inversión tras los cambios regulatorios del sector eléctrico en 2010 y especialmente en 2013 se están resolviendo en su mayoría de manera desfavorable para los intereses del Estado español. Esta semana hemos sabido que Endesa, Iberdrola y Acciona no han acudido a la subasta de renovables por la «falta de seguridad jurídica» del sector, tras las sucesivas reformas, las vigentes y las recientes, tras las que se prevén nuevos conflictos judiciales. En 2016 dediqué un post completo a las sospechosas resoluciones que se estaban dando en España sobre estos asuntos y a cómo estas reclamaciones estaban llevando a nuestro país al primer puesto del triste ranking de litigios en el CIADI (Centro Internacional de Arreglo de Diferencias relativas a las Inversiones). La seguridad jurídica salta por los aires, decía, y los litigios están llegando a su resolución.
No he sido capaz de encontrar una cifra fiable del importe de las indemnizaciones que tendrá que afrontar el Estado español para hacer frente a los pleitos planteados, pero parece que será (afortunadamente) sensiblemente inferior a los 15.000 millones de euros estimados en su día. Pese a haber ganado los dos primeros litigios a dos filiales extranjeras de Isolux, el goteo inicial era doloroso:
Mayo de 2017: Eiser, indemnización de 128 millones más intereses. Aun así, sensiblemente inferior a los 300 millones reclamados.
Febrero de 2018: Novenergía, pago de 58 millones más intereses.
Mayo de 2018: Masdar Solar, condena al pago de 64 millones más intereses. El fondo de Abu Dabi reclamaba un importe superior a los 250 millones de euros.
Junio de 2018: Fondo Antin. Condena al pago de 112 millones de los 218 reclamados inicialmente.

Este otro artículo de 2019 cifraba la cantidad que España tendría que pagar por los 45 litigios interpuestos en unos 7.000 millones de euros y avisaba de los fichajes de altos cargos de la Administración realizados por varios de los despachos de abogados a cargo de las demandas contra el Estado. Esas «otras puertas giratorias». La mayoría de estos inversores son fondos extranjeros que vieron sus inversiones comprometidas por las razones expuestas en el post, y en octubre de 2020 se zanjó un acuerdo con varios de ellos para arreglar las diferencias por unos 3.000 millones de euros.
  • El registro de jornada: en su día dediqué dos artículos a la normativa que trataba de controlar el horario de los trabajadores y que establecía un régimen sancionador para aquellas empresas que incumplieran la norma. El Real Decreto-ley tenía una serie de complicaciones y lagunas que no dificultaban el control, no solo por parte de las empresas (teletrabajo, viajes, formaciones, acceso a medios electrónicos…), sino de la inspección. Pese a ello, a los dos años de su puesta en funcionamiento, la Inspección había encontrado 8.616 infracciones, de las que resultaron 16.303.493 euros en sanciones. El período analizado cubre desde el 13 de mayo de 2019 (entrada en vigor) hasta el 12 de mayo de 2021, y sorprende el reparto en las sanciones:

2019: 2.940 infracciones. Importe: 6.327.769 euros.

2020: 4.120 infracciones. Importe: 7.226.615 euros.

2021: 1.556 infracciones. Importe: 2.749.106 euros.

El confinamiento y el teletrabajo no paralizaron la actividad inspectora y recaudatoria.

  • El mínimo del 15% en el Impuesto de Sociedades: los ataques a las empresas comenzaron en la época de Cristóbal Montoro y fueron continuados por la ministra Montero y el vice Iglesias. No podía ser que las grandes empresas pagaran menos del 7% en el Impuesto de Sociedades, nos decían, aunque para ello tuvieran que falsear y manipular los datos (Montoro miente y Las grandes corporaciones son malas), así que finalmente se aprobó un tipo impositivo mínimo del quince por ciento en el Impuesto de Sociedades. El anuncio tuvo efectos más propagandísticos que reales, porque una buena parte de los beneficios de las grandes empresas provenía de dividendos o del extranjero y, por tanto, ya habían pagado los impuestos correspondientes en otros países. Según cálculos presentados por la propia ministra de Hacienda María Jesús Montero hace un par de semanas, la nueva tasa mínima del Impuesto recaudará menos de 50 millones de euros en su primer año de vigencia. La cantidad que se esperaba recaudar era superior a los 400 millones de euros, pero tendrá que esperar como mínimo hasta 2023, en los pagos definitivos y no en los anticipos a cuenta del Impuesto. La ministra advertía de la baja recaudación de este impuesto, que «está aportando la mitad de lo que aportaba hace diez o quince años». Normal, cuando antes de 2008 los resultados de las empresas eran muy superiores a los actuales y no contaban con las bases imponibles negativas generadas tras esos años de crisis financiera o ahora con los impactos negativos de la Covid. Las pérdidas de las empresas se han convertido en un problema para la recaudación del Estado y el propio lenguaje de la ministra habla de «poner el foco en los créditos fiscales», como si las empresas celebraran o les viniera bien haber sufrido pérdidas.
Creo que es evidente que hay un patrón claro en todas las medidas aprobadas y en otras, como la subida del Salario Mínimo Interprofesional, y consiste en cargar sobre las empresas buena parte de los ajustes necesarios. Sin embargo, todas estas medidas, que no digo que no sean imprescindibles, o necesarias en muchos casos, inciden solo en la necesidad de incrementar los ingresos del Estado. La propuesta para implantar los peajes en las autopistas está en la misma línea y así aparece en los informes presentados a Europa para la obtención de los fondos del plan Next Generation. Sin embargo, se trabaja poco o muy poco sobre los ajustes o recortes en los gastos. También traté en su día sobre «el gran despilfarro» de gastos de las Administraciones, las «élites extractivas» que se perpetúan gobierno tras gobierno. Hace una semana, «con la que está cayendo», como se suele decir, nos desayunamos con un nuevo nombramiento de esos «imprescindibles» para afrontar los grandes problemas actuales de nuestra economía y sociedad:

En fin. Acaba de presentarse el Proyecto de Ley de Presupuestos Generales del Estado para 2022 y tanto el Banco de España como la Airef (Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal) han cuestionado las premisas en las que se basan los mismos. Hace menos de un año dediqué dos artículos del blog a los Presupuestos presentados para el año 2021, y con todas las reservas del mundo, basándome en algunas premisas indirectas, concluí que parecían realizados como en las empresas que elaboran de manera forzada sus presupuestos: estimando de manera errónea los gastos, infravalorándolos, y “ajustando” luego a martillazos los ingresos para que cuadren con el objetivo que se pretende mostrar (que no alcanzar).

Parece evidente que determinadas políticas económicas terminan afectando a la competitividad de las empresas españolas. Por hacer un breve recopilatorio del sector energético: Naturgy ya tiene más de la mitad del capital en manos extranjeras, Endesa pasó a ser italiana hace tiempo, Sacyr ha dejado de ser el principal accionista de Repsol, y Cepsa ha cambiado de consejero delegado por decisión de los principales accionistas (el fondo anglosajón Carlyle y el holding emiratí Mubadala). Lo recordaba con preocupación este artículo reciente de La Vanguardia, Hablando de soberanías. Los grandes grupos están tocados y no les queda otra que desinvertir o enfocarse en otros mercados en los que se consideran mejor tratados (aquí dejo un resumen de las principales desinversiones de ACS, FCC; Ferrovial y OHL). Una pena.